Carlos Azagra y Encarna Revuelta: «Las mejores ideas surgen en los bares. Por ejemplo, la Segunda República se pensó en un bar»

Carlos Azagra (1957, Morón de la Frontera) y Encarna Revuelta (1958, Guadix) llevan tanto tiempo trabajando juntos en lo de hacer tebeos que disociar al uno de la otra y viceversa es imposible. Azagra es ya un dibujante histórico de la revista El Jueves, creador de los personajes de humor contracultural Pedro Pico y Pico Vena y biógrafo de personajes como Durriti o Labordeta. Revuelta ha sido durante este tiempo su colorista y la de muchos otros autores de la revista como Tabaré o Ivá.

Más allá de sus carreras en el seno del semanario satírico, la pareja ha realizado ilustraciones para grupos musicales, eventos y más recientemente se han aventurado en temas tan variopintos como la autobiografía, la biografía histórica o los recetarios gastronómicos. Encarna lleva siempre una libreta donde está dibujada una gran parte de la historia del cómic patrio y nos la enseña durante la entrevista de forma continua para ilustrar cada anécdota que nos cuentan ambos. 

¿Cuál es vuestra primera relación o experiencia con el cómic?

Carlos Azagra: De pequeño siempre me han gustado los dibujos animados, sobre todo los Picapiedra, me compraba cada domingo Pulgarcito, Tío Vivo, Din Dan… También me gustaba mucho el mundo de Bruguera, Hazañas bélicas... Ya de niño me gustaba dibujar, me encantaba coger un lápiz.

Encarna Revuelta: Yo también tenía un hermano que le encantaban las Hazañas bélicas. Y Marco Polo. Y me introdujo en este mundo, me gustaba. Tenía una prima que le gustaba Mujercitas que era de chicas y los intercambiaba, recuerdo que eran unos cómics apaisados. Los encontraba un poco cursis y me gustaban más lo de mi hermano.

¿Cómo empezáis a trabajar, a dibujar vuestros propios cómics?

C. A.: Yo al principio, en el colegio, los vendía. Pero claro, vendía originales, no existía la fotocopia. Me ganaba unos durillos pero desaparecieron. Una pena, pero me desparecieron.

¿Alguna vez has visto por ahí alguno de esos antiguos originales?

C. A.: Sí, sí, tengo uno que no vendí, bebía mucho de Hazañas bélicas o Carlomagno, novela histórica. Luego salió la fotocopia de cera y algo más adelante las copisterías, pero eso no existía entonces. Iba a un colegio de curas, La Salle, que tenía una biblioteca, y de allí sacaba Gaceta Junior. Los curas encuadernaban los tebeos y ahí estaban El Capitán Trueno, Roberto Alcázar y Pedrín. Hasta que empezó lo de las fotocopias y me pude sacar un dinero. Luego vinieron los fanzines, pero eso fue más tarde.

E. R.: La verdad es que yo solo era lectora. Me encantaba pintar desde muy corta edad, pero empezar con las historietas fue accidental. Lo mío fue accidental. Nos habíamos casado en el 84, se había hundido todo donde él dibujaba, cerró todo, y entonces se presentó a un concurso de carteles de la fiesta mayor de Santa Coloma de Gramanet. Hizo un dibujo, pero tenía que hacer una gestión y no le daba tiempo a colorearlo y le dijo yo: Carlos, ¿quieres que te lo coloree yo? Y lo hice. La sorpresa fue cuando nos vinimos a Granada y Sevilla de vacaciones y a la vuelta nos encontramos toda Santa Coloma empapelada de nuestros carteles. Había ganado el concurso.

C. A.: ¡Cincuenta mil pesetas de la época!

E. R.: Cincuenta mil pesetas, las primeras, que nos sentaron superbién. Esto fue en el verano, en agosto.

C. A.: En el 84.

E. R.: Y ya en septiembre salió.

C. A.: Y en octubre me llamaron de El Jueves para entrar y ya desde entonces. Entré en El Jueves en octubre del 84.

¿Os conocisteis antes de entrar en El Jueves?

E. R.: Sí.

C. A.: Estaba el Gin, Jordi Ginés Soteras, que era el director, que quería que metiera punkis… Yo quería meter el borracho de la barrera. Y él no quería. Quería punkis y yo no sabía qué eran los punkis. Debajo de donde yo vivía en Santa Coloma había un bar que se llamaba 81 y ensayaba un grupo de se llamaba Olor Insoportable. El cantante se llamaba Pedro Pico y el batería se llamaba Pico Vena. Les pregunté si les importaba que les cogiera el mote y les pareció de puta madre. El cantante era más punki, luego fue heavy, tecno y ta,l pero bueno, y el batería era más skin, cojonudo, punk y skin. Además empezaba el movimiento Oi!, que era punk y skin. Se fundó el KSK: Komite Oi! de Santa Koloma, que se acogió a un plan de empleo juvenil de la Generalitat. Se consiguió un local donde ensayaba el grupo, que se llamaba Pisando Fuerte. Hasta que la Generalitat se enteró de que financiaba un local de skinheads, lo cual era cierto. Retiraron la subvención y fastidiaron a los cuatro chavales que se ganaban allí la vida. Una época maravillosa.

Te voy a preguntar por una anécdota de los primeros años. ¿Estuviste cuatro meses en la cárcel?

C. A.: No, estuvimos a punto de entrar en la cárcel. No llegamos a entrar. Nos metieron en juicio los de Acción Católica y nos condenaron a cuatro años de cárcel y siete de inhabilitación. Éramos ocho dibujantes. El más famoso de los que estaban ahí era Luis Royo. El abogado nos dijo que no nos hiciéramos ilusiones, que nos iban a penetrar analmente a cada uno en celdas individuales. Aquello era para que nos fuéramos mentalizando psicológicamente. Y yo, ay madre mía, igual me gusta, ¿no?

Exactamente, ¿qué fue lo que hicisteis para que les molestara tanto?

C. A.: Fue Antonio Sotera, el Rizos, amiguete, pero nos solidarizamos todos. Dijimos: «Señoría, eso lo hemos hecho todos». «Bueno pues todos al trullo». Era un dibujo de la Virgen del Pilar que se le veía el pezón de una teta, y de la otra salía un tubo que estaba chupando un capitalista con las majas de las fiestas, un obrero aguantando todo eso y dos policías con porras defendiendo la escena. Luego había una imagen de la última cena en la contraportada en la que simplemente el que estaba en medio que era Ricardo Joven; se parecía a Jesucristo, la verdad. Y luego una escena de Pedrita y esta Santa Carga, una viñeta sobre la fiesta del Pilar. El fiscal nos acusó de todo, que eso en los países del Este no se podía hacer y tal y cual. Pero el ministro de Justicia de entonces, que era Francisco Fernández Ordoñez, de la UCD, dijo «que estos chicos no entren en la cárcel» y no entramos. Cuando estábamos en el juzgado, el furgón de la guardia civil estaba esperando fuera, nos dijeron que íbamos directamente a Torrero. Pero estábamos solamente siete. El octavo dibujante, no diré el nombre, se fugó a Francia. Dijo: por el culo a mí no me desvirga nadie.

E. R.: Coincidió que se fue a Francia, no se fugó.

C. A.: Bueno, estábamos siete y nos pusimos en fila india y el primero que firmó lo hizo por el octavo, así de esta manera no hubo problemas. Dimos la vuelta y no se enteraron (risas).

¿A quién se le ocurrió la idea?

C. A.: No sé.

E. R.: Fíate que la guardia civil lo sabría. Es que era tan injusto.

C. A.: En mi caso, estuve en libertad condicional un año y luego tuve otro juicio de Acción Católica en Barcelona por un bolo de Butifarra, que era el colectivo donde yo entré. Era por Iglesia, S.A., un negocio por los siglos de los siglos, amén. Y también lo mismo. En este caso no podía ir al juzgado, porque si estás en libertad condicional vas directamente al trullo.

E. R.: Se te juntan las condenas.

C. A.: Claro, se te juntan, entonces en mi lugar fue Miguel Gallardo. Rafael Baquero estaba haciendo la mili y también tuvo que ir otro en su lugar. Porque si estás en la mili y se te junta una pena por lo civil vas al castigo militar.

¿El Jueves tenía un abogado en plantilla?

C. A.: Sí, teníamos un abogado, Javier, uno que ahora es de Ciudadanos… Javier Nart. Tuvimos una historia por unos nazis que me piratearon un dibujo que hice para SOS Racismo. Le habían cambiado el sentido a «moro, vete a tu país». Y entonces digo: vamos a ver este tipo a ver qué se puede hacer y él decía que no, que la página web está en San Francisco, es la página del partido nazi no sé qué, que no se le puede meter mano.

Habéis tenido un montón de historias, como lo del secuestro.

C. A.: Lo del secuestro fue antes, en el 78. Nos secuestraron dos mil ejemplares, menos mal que no los contaron porque teníamos una redacción e íbamos cogiendo de cinco en cinco. Iba bajando el nivel y al final quedaron diez ejemplares. Menos mal que la policía no fue a contarlos, porque tenía que haber dos mil. El secuestro estaba precintado pero daba igual, cogimos un cúter, quitamos precinto y fuimos cogiendo. Estaba el precinto de policía vacío y solamente quedaban diez números. Estábamos en un colectivo que se llamaba Colectivo Zeta, era el número tres, sacamos cinco; luego fue Bustrófedon. Entró Altarriba y ya fue una cosa más teórica del cómic. Antonio Altarriba empezó ahí a escribir con el Colectivo Zeta.

¿Era un fanzine que hacíais?

Era un fanzine, se llamaba Bustrófedon. Primero fue Zeta.

¿Sabes si ese fanzine está por ahí disponible?

C. A.: Sí. Dionisio Platel, el coleccionista que hace historia, se dedica a hacer exposiciones y saca todas las portadas de Bustrófedon.

En el Congreso del Cómic de Zaragoza, hace unos meses, en el que estuvo Altarriba, había varios ejemplares del Bustrófedon en la exposición.

C. A.: Salieron un par de números, uno de ellos normal y el resto monográficos, porque el ayuntamiento ya apoyaba eso y no molaba estar con el ayuntamiento.

E. R.: ¿Qué cosas, eh? De estar casi en prisión a que te edite el ayuntamiento.

C. A.: Fue divertido y nada más.

E. R.: ¿Divertido? En su época, me acuerdo de los lagrimones que sacaba ahí, en la estación de Francia, en la despedida.

C. A.: No me dejaban llevar una copia. El revisor del Talgo me dijo no podía llevar eso y le dije: mire, que soy el de la portada del papel. Pase, ande, pase.

E. R.: Me acuerdo de que llovía ese día. Yo lo cuento desde otro punto de vista. Cuando él lo cuenta, parece que fue muy divertido, pero no fue así.

C. A.: No fue divertido, pero para defenderte un poco había que tomárselo así.

E. R.: Además es que salió justo después del golpe de estado, fue el 23F y esto para San José. En marzo salió la sentencia de que tenían que ir a la cárcel. Yo creo que revisaron todo y como hubo algún tipo de retroceso…

C. A.: Regresión, tiempos de la LOAPA.

E. R.: Fue en tan rápido que no dio tiempo a comprar ni la maleta, nada, con bolsas de plástico. Me acuerdo de que el día anterior a marcharse quedamos con nuestros amigos. Íbamos por las Ramblas y me llegó a decir Carlos: Encarna, nadie me pregunta por la situación, por lo que me ha pasado, que mañana ya me voy. Estaba todo el mundo en grupitos hablando de Carlos pero cuando se acercaba él… Todo el mundo estaba pendiente, ese era el tema monográfico, pero él ni enterarse.

Cuando ahora veis algún caso de gente que denuncia porque se escandaliza con algún dibujo, ¿qué os parece?

C. A.: Si bebes, no tuitees.

E. R.: ¿Si bebes, no tuitees? (risas)

C. A.: Digo barbaridades y las tengo que quitar.

E. R.: Pero lo que es la censura, la presión, todo esto…

C. A.: Sigue estando ahí.

E. R.: Ha estado siempre, lo que pasa es que antes no salía tanto en las noticias, pero casi cada día tenías juicios.

C. A.: Era un cachondeo. Por eso ponía la palabra hostia sin hache. En un juicio me querían meter mano. No, no, la sagrada forma es con hache, Ostia sin hache es un pueblo de Italia, con lo cual no me estoy cagando en la sagrada forma.

Teníais mil y un recursos para escaparos de la censura.

E. R.: Lo más fuerte es ir a juicio y defender que se refería a la isla de Ostia, ¿no?

C. A.: Pues ahí el juez me dijo «no se vaya, no se vaya». Y yo «¿qué quiere, señoría?». «A ver si puede hacerme un dibujito para mi niño» (risas). Luego el cabo primero de la guardia civil de un pueblo de Burgos, por llamarle mariconazo hubo también otro juicio. Me dijo la jueza: «¿Verdad que no lo vas a volver a hacer?». «No, señoría». Rompió el atestado y fuera.

E. R.: Es triste, pero a veces la justicia va tan lenta por tonterías, cuando hay gente que de verdad está esperando un juicio justo por muertes y cosas así.

C. A.: Una pareja de policías fue a El Jueves por la portada de Letizia con Felipito, se partían el pecho porque decían que el fiscal les había dicho que entregáramos los fotolitos. La secretaria les dijo: Mira ahí tienes cincuenta ordenadores, búscalos, están todos en red, llévatelos todos. Los fotolitos. Se descojonaban. Eran policías jóvenes y sabían que eso ya no existía.

Respecto a vuestra formación, ¿vosotros sois autodidactas totalmente?

C. A.: De Zaragoza me fui a estudiar Bellas Artes. No me interesaba mucho. Estuve un año y luego me pilló la mili por el medio y lo dejé. Me dediqué a dibujar. Me metí en El Diari de Barcelona, conecté con Butifarra, que era un colectivo de dibujantes. Un poquito para revistas vecinales, para cualquier cosa. Rock In, revistas, fanzines.

E. R.: De temas sociales.

Pero tú eres de Morón, ¿no?

C. A.: Sí, de Morón de la Frontera.

¿Y la OTAN no y estás cosas?

He veraneado mucho en Morón y tenía mucho contacto con el pueblo. Les hacia una portada a un grupo de ideas democráticas.

¿Y ahí estabas vinculado al activismo?

C. A.: Nada, en Morón yo iba de veraneo a pasarlo bien. Tres meses de vacaciones y un mes en el campo, en Rosalejo. Un campo sin agua corriente ni luz y lo pasábamos estupendamente con los candiles.

E. R.: Ya, pero hablas de cuando niño, pero cuando ya eras joven fue la época de la lucha por el agua de Carmona y te metiste en cosas sociales, recuerdo las relaciones que tenías con el SOC, cuando fuiste con Gordillo.

C. A.: Con Gordillo fue la hostia. Me fui a Marinaleda y nos sacamos un montón de fotos, pero al final no salió ni una. Estaba de árbitro porque Gordillo iba de árbitro en un encuentro de fútbol entre ellos. Nos sacó un montón de fotos y no salimos en ninguna.

Y tu eres de Guadix, ¿no? ¿Cómo acabasteis en Barcelona?

E. R.: La emigración. Él de mayor fue a estudiar y yo con mis padres, que me llevaron para allá.

¿También has mantenido la relación?

E. R.: Sí, bajaba cada verano. Cuando hicimos el cómic de la Fonda Pascual, pensábamos en que al margen de la generación que seamos todos hemos sido niños, en unos momentos donde no existía el tiempo. Aparte de que te sientas identificada, en ciertas escenas como cuando saca el expreso, el sevillano; aquí se le dice el catalán, en Sevilla. Eran aquellos expresos tan grandes con compartimentos. Cuando saca escenas así te recuerda tu época de vacaciones.

C. A.: Yo fui a Barcelona pudiendo haber elegido Madrid, Valencia o Bilbao para estudiar Bellas Artes, pero ya me gustaba Barcelona por el rollo underground que había, me influyó eso de la música, las jornadas libertarias del parque Güell, el Ajoblanco, todas estas cosas me gustaban tanto que me fui para allá. Ya sabía que me iban a hablar en catalán, pero nunca ha sido un problema. De hecho yo no hablo catalán y no tengo ningún problema. El idioma nunca ha sido un obstáculo. He hecho muchas cosas en catalán y yo ahora corrijo en catalán, ya sé si un acento está al revés. Cuando era niño deberían haberme obligado a estudiar idiomas, porque eso te da otra cosa; cogí francés pero claro, ya no sé. Me hubiera gustado saber catalán, vasco, árabe, chino. Cuando eres niño es cuando aprendes más. De niño eres una esponja y lo pillas todo.

E. R.: Carlos y yo nos conocimos porque nos presentó un amigo común, Ignacio, en la puerta del Canaletes, en Barcelona.

C. A.: Es que la capital de Andalucía estaba en Barcelona.

E. R.: En Barcelona somos muchísimos de fuera.

¿Os conocisteis en algo relacionado con el cómic?

C. A.: No, no.

E. R.: No, era más que me gustaba porque era muy bohemio.

C. A.: Artista (risas)

E. R.: Sí, porque yo he sido maestra toda la vida.

C. A.: ¡Nah!, pero luego ya enseguida empezó a dibujar y… Es que al principio, tú no ponías tu firma, Revuelta, me acuerdo cuando hacía la portada del Pedro Pico

E. R.: Porque yo no quería.

C. A.: … trabajaba de maestra y decía «a ver si me echan»…

E. R.: No era por eso, es que me daba corte.

Preferías no exponerte.

C. A.: Yo siempre he dicho que soy más de blanco y negro. Las cosas las veo en blanco y negro. Para contar las cosas uso el blanco y negro. Ella en colorines; mi estilo es más agresivo y ella lo dulcifica, y me gusta.

E. R.: Después de que empezara a trabajar en El Jueves, el primer cartel que hizo se lo coloreé yo.

Y no estás en los créditos.

E. R.: No.

C. A.: No.

¿Hay muchos así?

C. A.: Muchos, muchos.

¿Cuándo decides ponerte en los créditos?

E. R.: Pues mira, en ninguno de los Pendones. Están todos coloreados por mí y ninguno tiene la firma. A Gin le gustaba mucho cómo coloreaba, primero me pidió colorear una historia de Tabaré. Y yo fíjate que le decía «pero no sé dibujar, no sé pintar la noche». No te preocupes, yo te hago un croquis, y me hizo un boceto de cómo pintar la noche. Yo he ido aprendiendo así, picoteando, era una esponja. Coloreé la historia de Tabaré y luego me pidió colorear a Ivà, las Historias de la puta mili; y las que hay coloreadas de Makinavaja también.

¿Y todas esas son tuyas?

E. R.: Sí, bueno, las coloreaba. Y eso que no salía mi firma.

C. A.: Y ha cobrado como colorista.

Eso te iba a preguntar, ¿existía la figura del colorista, no?

C. A.: Sí.

E. R.: No.

C. A.: Bueno como colorista…

E. R.: Cobrabas tú.

C. A.: Bueno, cobraba yo.

El colorista como tal no existía. Ahora ya sí se les está dando la misma importancia que a los dibujantes y guionistas. Incluso se les diferencia por el estilo.

E. R.: Yo soy artesana. Colorista no me considero. Tengo mucho que aprender.

En el cómic en el que hicisteis la biografía de Durruti a mí me pareció que buscabas como un cierto efecto estacional en cada capítulo. Hay un color predominante en cada uno.

E. R.: Sí. Lo que pasa es que claro, ves el original y no tiene nada que ver. El lector ve el libro y ve los colores y… bien. Pero en los originales sí que se nota, por ejemplo, aquí este rojo es diferente (señala el cómic).

C. A.: En artes gráficas el verde es un color muy difícil de conseguir. Es el color que más cuesta.

E. R.: En el cómic, el nacimiento, la época de los primeros años de Durruti, los hice ocres, luego ya fui introduciendo otros colores. En la época del plomo, que es casi una historia de gansterismo, utilizamos colores violáceos y la parte de los Errantes, el otro grupo que tenía Durruti, en América, me salió azul.

C. A.: A mí una cosa que me pasó dibujando a Durruti es que le faltaban tres dedos que perdió en una prensa en Nueva York. No me acordé de esto y luego iba con típex borrando los tres dedos.

E. R.: Claro, porque habías dibujado los cinco dedos.

C. A.: La época buena del anarquismo fue cuando Durruti atacaba con dos pistolas, dos colt, iba a los bancos con dos colt, en plan novela negra. Pero claro, después sin dedos, ya no podía mantenerlo y solo llevaba un colt. Por eso su muerte no pudo ser con el naranjero, la metralleta. Porque no manejaba el naranjero. Al secretario de Durruti, que era cura, Jesús Bernal —en la película Libertarias el papel lo hacía Miguel Bosé, de jovencito— le fueron dos tíos a contar que el naranjero se disparó accidentalmente. Lo resume muy bien Def con Dos en «Miedo a una muerte ridícula». Fue eso. Eran naranjeros que originalmente estaban fabricados en Checoslovaquia pero, las cosas de la guerra, los hacían piratas en Valencia. Pero los hacían de tal manera que ya no les ponían seguro. Tú imagínate en ese momento, contar que había muerto accidentalmente por un naranjero: todos los milicianos tirarían el naranjero al suelo.

E. R.: Estaban en época de guerra.

C. A.: Fue contraproducente. Durruti estaba denunciando que las armas soviéticas que eran defectuosas, las escopetas no tenían percutor, eran malas. Cuando murió los primeros que se alegraron fueron los rusos, luego los comunistas, y luego mucha gente incluso de la CNT, a los que Durruti se enfrentó. Cuando Durruti atracaba bancos mucha gente le copió, y atracaba pero se lo quedaban para ellos, para la familia. No es lo que hacía Durruti.

¿Y el final de la obra? Ese eco que deja.

C. A.: (Nos enseña la página) Mira qué arte, yo, sin Photoshop, acababa finamente (risas). Aquí puse «fin», sin Photoshop. ¿Verdad que no se nota? Pues lo hice con la manita. Y aquí ponía «estoy muerto», pero era un poco cruel. Le dijimos al guionista que metiera dos páginas más para hacerlo más optimista, pero es que luego la historia acabó como el rosario de la Aurora.

E. R.: Es porque me rebelé. No contra ellos, el guionista y el dibujante, sino que era tan apasionante la historia que no podía ser que acabase así. Me rebelaba yo misma. No puede ser. Y al final conseguí que hicieran estas dos páginas más, que dejan un final esperanzador. Es que yo decía: si ha terminado así ¿qué es lo que estamos haciendo? Lo comentamos cuando hacemos presentaciones. Queríamos dejar un mensaje de que la lucha continúa. Todavía sigue habiendo problemas, sí. Y luego puedes estar de acuerdo o no en las actuaciones del personaje, ¿no? Pero que hay mucho por hacer todavía.

C. A.: Durruti unifica criterios. Incluso los fachas lo respetan mucho. De hecho, este verano hemos estado en la COPE en Guadix y me han hecho una entrevista. Parece imposible hablar de Durruti en la COPE ¿no? Luego me hicieron una foto y bromeé en el Twitter «mira, he estado en la COPE y ahora estoy cara al sol, que nos han sacado una foto». Mis fans soltándome «hostia, te has rajado, ahora eres de Ciudadanos o de Vox» (risas). Lo que pasa siempre, con estas cosas no puedes hacer muchas bromas porque te toman por… bah.

Habladnos un poco más de cómo fueron vuestros años en El Jueves.

C. A.: Años maravillosos donde no había internet ni móviles. En El Jueves cualquier tontería que pusieras impactaba. Hacías canciones de La Polla Record, por ejemplo. Yo tenía dos páginas con canciones de KortatuNegu Gorriak y tenía completa libertad. Ahora mismo no podría publicar eso. Hasta el Ivà se cargaba un policía de un balazo en la frente. O llamar moromierda a un moro. Ahora no puedes hacer esto. Eran tiempos felices. Además tenía influencia porque había menos publicaciones. Sin internet, El Jueves era referencia y se comentaba mucho. Ahora ya pasa más desapercibido, El Jueves sigue existiendo pero con tanta revista y sobre todo internet ha perdido influencia.

Pero todos los que habéis estado en El Jueves os habéis convertido en figuras icónicas del cómic. Había mucho talento.

C. A.: De hecho hemos vuelto muchos porque El Jueves lo compró el grupo RBA, entonces iba bajando en ventas. Entonces el Fer fue a hablar con el dueño del grupo RBA y este le preguntó a Fer qué haría para que El Jueves volviese a ser lo que fue. Y así estamos. El Jueves sigue tirando, de lo cual me alegro. Imagino que habrá un mañana que igual no venda o cierre, pero de momento sigue tirando.

¿Te pilló a ti lo de Orgullo y satisfacción o no?

C. A.: Me llamaron pero no lo veía claro. A mi estas cosas de internet nunca me han gustado mucho. No.

De hecho no llegó a ser viable. Al principio sí que parecía que iba bien, la gente lo apoyaba, pero luego eso no se mantiene. El público por la vía digital con este tipo de historias parece que no funciona.

C. A.: A mí me gustaba lo que hacían. Estaba muy bien. Ojalá todas estos proyectos hubieran salido para adelante.

E. R.: Yo soy muy anticuada, necesito la prensa escrita, manosear, no sé, tocar el libro, irme para delante, para atrás.

El Jueves vivía en la calle; recuerdo que yo de crío leía El Jueves en la peluquería cuando iba con mi madre y veía vuestras historias ahí.

C. A.: Y yo cagando pero claro, cagando no te vas a llevar el portátil (risas). Y leer en el móvil como que no.

Es el clásico de las peluquerías, los bares, el váter, la playa, son los sitios donde ibas con la revista y leías. 

C. A.: Lo enrollas, te lo llevas bajo el brazo. Jordi Coll intentó vender el cómics con las tablet pero no sé…

Puede ser que más adelante.

C. A.: Igual habrá inventos, yo qué sé, holográficos.

También depende del tipo de historia, porque lo que hace Panel Syndicate si que se lee bien en la web, pero el El Jueves, no. Cada cosa tiene su formato. Hay que pensar, como dice Encarna, en trabajar todo en su conjunto.

C. A.: Quizá habría otras formas de hacerlo. Algo como el King Feature Syndicates, quizás. Pero es que estamos muy verdes. Hay mucha precariedad, hay autores que no cobran. Gente trabaja sin cobrar, que es lo último. Incluso pagando. Recuerdo cuando quería un aumento de sueldo y estaba de director el Fer, me abría un cajón con trabajos y me decía «mira, Azagra, toda esta gente quieren dibujar gratis». Y eran dibujantes de nivel. La gente sabe dibujar muy bien y ahora tienen mucho nivel. Yo me quedo alucinado. Sobre todo las chicas, que antes no había casi autoras y ahora las hay y tienen mucho nivel. Otra cosa es lo que la gente de ahora cuenta, falta mordiente, son muy sosas las historietas. Falta mordiente, pero estéticamente están muy bien y dominan el Photoshop magníficamente.

Comparado con autores más veteranos como Altarriba, ¿les faltan vivencias a los autores jóvenes para poder destacar?

E. R.: Hay de todo.

C. A.: Yo siempre me he quitado el sombrero con las nuevas generaciones, pero ¿qué pasó? Las nuevas generaciones de por sí, no tiraba la cosa, entonces… tuvieron que recurrir a las vacas sagradas y a ver qué pasa.

E. R.: A mí lo que me da gozo son las reivindicaciones. Me acuerdo de que salieron unas mujeres mayores reivindicando por la España vaciada, de Teruel eran ¿no? Y salían con la historieta de Carlos ahí en papel.

C. A.: De Teruel, de Zamora, de Soria y de más sitios. A mí eso me pone contento. De el número que está ahora en la calle hasta los bomberos forestales han sacado fotocopias y eso me gusta.

E. R.: Es que son todas esas historias que no salen en los medios. El hecho de poder darles voz es muy importante.

C. A.: Joaquín Martín me decía «jo, es que tú haces una huelga dentro de un pueblo de Córdoba y no le interesa al resto de la gente». Pues todo lo contrario. Yo creo que interesa y destacar una huelga de un pueblo perdido de Córdoba a los de Córdoba le interesa y así el resto también se informa.

Lo particular también es universal. Lo que pase en un pueblo pequeño también puede pasar en uno grande o más pequeño. 

C. A.: No todos los punkis te van a leer, pero hay gente que le interesa conocer el mundo de los punkis.

Cuando era crío me daba bastante miedo el tema de las tribus urbanas y lo que conocía era por tus historietas. 

E. R.: A mí también. Cuando les veías juntos ahí por la calle, a mí me daban miedo.

C. A.: Hay una revista que se llama Cáñamo que sigue saliendo por los suscriptores que tiene y son eso, de un pueblo perdido de Córdoba también. Ojalá pudiéramos conseguir eso, sacar una revista y contar con la gente que realmente le interesa, las cinco o seis mil personas que les pueda interesar. Y que te lo comprasen.

Por contrapartida, cuando hay polémicas, juicios, atentados como les pasó a Charlie Hebdo, a todo el mundo llama la atención y todo el mundo corre a comprar.

C. A.: Vamos a ver, de vez en cuando, el secuestro de un número vien bien. Mira cuando nos pasó a nosotros, no hubo secuestro. Simplemente la gente agotó El Jueves y no hubo secuestro. «Han cortado internet». No es que hayan cortado internet, es que el servidor se cayó de tanto entrar.

Ha habido un par de historietas tratando la vida de los historietistas en España. Paco Roca hizo El invierno del dibujante, Carlos Giménez hizo Los profesionales. ¿De la gente de El Jueves se podría hacer una historieta?

E. R.: Los de Malavida hicieron Los mediamierdas. Era una parodia de Los profesionales pero con ellos, que eran Los mediamierdas.

C. A.: Yo pienso que con el tiempo alguna cosa de esas saldrá.

Encarna, por curiosidad, me han dicho que llevas un cuaderno con anécdotas de la época de El Jueves. Cuéntanoslo, si se puede.

E. R.: Desde jovencita siempre he llevado historias…

C. A.: En los cuadernos de Encarna siempre salen un poco los bocetos de las futuras historias que hacemos. Por ejemplo (señala en una de las libretas), ¿ves? La cabecera de Durruti; al principio había pensado poner la firma pero optamos por otra cosa.

¿Desde cuándo llevas el cuaderno, Encarna?

E. R.: Desde que tenía catorce años o quince. Y ahora tengo sesenta, o sea que…

C. A.: Tiene un montón de cuadernos. Queremos hacer una selección de sus mejores cositas y bueno, si sale… A mí casi me gustan más los bocetos que tienen una huella de cerveza, del culo de una botella.

E. R.: No son libretas de dibujo, sino que son más como un cuaderno de campo.. Mira, esto por ejemplo lo cogí en Suiza y esto de un calendario del local. Esto para Mundo Chillón, no sé si lo conocéis. Pedro Chillón es un cantautor, es de un CD que ha sacado en Madrid.

Y también cuentas todas las historias que han ido pasando en El Jueves.

E. R.: Bueno, aquí hay historias de todo tipo. Esto por ejemplo es un boceto de la evolución, aun no ha salido en El Jueves. Empezamos desde el mono y acabamos con los móviles. También hay cosas de Pedro Pico y Pico Vena. De todo

Las historias de Pedro Pico y Pico Vena, las anécdotas, ¿son cosas que tú has vivido o son de tu imaginación?

C. A.: Hay una mezcla, aunque siempre son experiencias, siempre está basado en la realidad. Bueno, exageras un poco y le buscas un gag. Cuando eran dos páginas el asunto es que acabe en un gag, una sonrisa, lo que sea y…

E. R.: Esto son cosas que solamente entiende él (risas). La mayoría de guiones salen en los bares. A lo mejor estamos en una terracita tomándonos algo tranquilamente…

C. A.: Las mejores ideas surgen en los bares. Por ejemplo, la Segunda República, se pensó en un bar. El PSOE se hizo en un bar. En la plaza del Pino, donde estaba Makoki, hay una placa en el bar del Pi que dice «En este bar se montó el PSUC», y eran cuatro tíos que estaban en la mesa.

Y por eso hicisteis el Partido de la Gente del Bar.

C. A.: Claro. Hombre, no te vas a juntar a hablar en una iglesia, no, te irás a una bar. Que conste que le pillábamos la tertulia, las tapas y tal. Pero para que veas, un periodista me malinterpretó las ideas y dije: es que en un bar heavy no puedes hablar, acabas gritando y acabas afónico. Con lo cual él me pone en la entrevista: «los heavies no saben hablar».

E. R.: Con más mala idea.

C. A.: Luego tuve que ir a aclarar que no, que es eso hombre, no. Hice una historieta para explicarlo.

E. R.: Le salió una historieta, de verdad, superdivertida.

¿Cómo fue lo del Partido de la Gente del Bar?

C. A.: Se basó en el PGB que era el inglés, el People  Party of no se qué… algo así. Que estaba en Inglaterra en el recopilatorio de música Oi!, se llamaba Carrion Oi! y había un escudo que era nazi. Entonces, para no poner el rollo nazi, tuve que poner la estrella de cinco puntas para diferenciarlo. En aquella época entre los skin había que diferenciar los buenos de los malos. Piensa que cuando se fundó el PGB había un local al que iban tanto del Barça como del Espanyol. Luego cuando surgió la política se separaron, los del Barça se hicieron más radicales e independentistas y los del Espanyol se hicieron nazis, eran las Brigadas Blanquiazules. Entonces se separaron. Había que hacer diferencia y por eso el PGB lleva la estrellita de cinco puntas, porque entonces hasta los grupos autónomos, se llamaban Bases Autónomas, llevaban cosas del PGB. «Nuestro deber al beber es joder al poder». Unos que dieron una paliza a Herrero de Miñón en un mitin del CDS eran de Bases Autónomas. Las Bases Autónomas eran del rollo de juntar todo. O sea, cuando los 20-N juntan la figura de José Antonio y Durruti, ponían «20-N la misma lucha, Durruti y José Antonio». Mezclan en la misma lucha a Durruti y José Antonio. Era todo confuso. El PGB era divertimento para los que no tenemos partido. Yo soy afiliado a Greenpeace porque me prometieron que iba a viajar en el Rainbow Warrior y al final no me llevaron, pero bueno, sigo estando afiliado, sigo pagando la cuota, lo único a lo que estoy apuntado. Pero sobre todo recogiendo un montón de gente que estamos sin partido. A las manifestaciones anti OTAN iba todo el mundo con sus siglas y estábamos sin siglas y dijimos, venga, vamos a poner una nuestra. Entonces llevábamos en las pancartas PGB.

Suena un poco como como si fuerais los goliardos del activismo.

C. A.: Lo mismo, reírse un poco y ya está. Te ríes primero de ti mismo y luego de todo el mundo.

Otro de vuestros últimos trabajos es Fonda Pascual. ¿Cómo se os ocurrió hacer este trabajo autobiográfico?

E. R.: Es un homenaje.

C. A.: Sí, como ya desapareció y la echaron abajo, para que haya un recuerdo de la Fonda Pascual. No es un retrato de familia, sino más de un sitio físico que desapareció, de una época, de la infancia que recuerdas feliz. Un homenaje a un edificio físico que desapareció, a Manolita Chen y no sé, todas esas cosas.

E. R.: Y a unos años. A los objetos que había. El papel de váter aquel de El Elefante. Anécdotas. Lugares.

Es curioso, porque en el libro utilizas la misma narrativa que has utilizado siempre, como en Pedro Pico y Pico Vena, que es contar anécdotas pero a veces también mosaicos de cosas, como para ilustrar o hacer contexto.

C. A.: Es que yo si no me aburro. Un guion así de principio a final no sé, es una cosa que… entonces me gusta romper, que haya flashes y que dé igual por donde lo leas. El objetivo es no aburrir a la gente.

Unas memorias también son eso. Retazos sueltos que a veces no van hiladas en una historia, pero mostrárselo al lector lo sitúa en esos tiempos y momentos.

C. A.: Sí, cada uno tiene su sistema y ya está. Por ejemplo, Kim hizo Nieve en los bolsillos. Está muy bien, pero hay un momento en que me aburre un poco. Está muy bien, Kim es un maestro, pero tiene un pelín que aburre. Es como estos tochos así de gordos, que llega un momento que te aburren.

El novelote gráfico.

C. A.: Con lo de Joe Sacco me pasa igual: está muy bien dibujado, toca los temas de Palestina y tal, pero llega un momento que te aburre, como que ya no te sorprende. Hay que intentar no aburrir.

E. R.: Hay escenas que a veces son más dinámicas que otras.

C. A.: Yo entiendo que la letra la tienes que meter. Lo ideal sería hacer libros mudos, es decir, páginas sin palabras porque la palabra a veces, no sé, no… Por eso me gustaba mucho Quino cuando hacía cosas sin texto, esos dibujos que hacía en Triunfo.

E. R.: Maravilloso.

C. A.: Me gustaba mucho Mafalda, pero me gustaban mucho más aquellos chistes grandes que hacía sin texto.

E. R.: Por ejemplo, en el libro este de Durruti, Juan Arete, el guionista, le dijo «Carlos, tengo una escena del Hospital Clínico de Madrid». Tenía seis páginas aquella escena. ¡Y solamente teníamos dos páginas para desarrollarlo! Y estaba desesperado porque no podía resumirlo. Le dijo «ten, Carlos, a ver lo qué puedes hacer». Y entonces Carlos lo resumió en esto. (Nos enseñan una doble página con una sección del hospital en la que se ve un combate en todas las estancias).

Hiciste un 13 Rue del Percebe.

C. A.: Un homenaje a la Rue del Percebe.

E. R.: Es que era la sinrazón. Imaginaros, estaban aquí todos.

C. A.: A veces me permito algunas licencias. Intentas meter un poco de humor. Sabes que fue una cosa trágica pero…

E. R.: Y es que estaban ahí los legionarios abriendo boquetes en la pared y pegando tiros a todos los enfermos. Habían múltiples escenas.

Es un recurso formal del cómic, lo puedes usar para el humor y también para narrar otro tipo de historias no humorísticas.

E. R.: Ahí se notan las tablas.

C. A.: Está hecho el libro con todo el respeto del mundo pero, hombre, estas ahí…

Te pasa que no puedes evitar meter el humor en todas las cosas que haces.

C. A.: A veces intento cambiar de registro y dibujar en plan serio, pero no me sale. Me sale la vena cómica.

Otra cosa que usas mucho, y que también es muy divertido, es el refranero popular y los juegos de palabras.

C. A.: Sí, sirve de apoyo, de muleta, como se llame. La filosofía popular, los refranes parece que es una cosa más… Yo los hago servir.

Un detalle de Pedro Pico y Pico Vena y en lo tocante al color; algunas historietas están coloreadas en rojo y negro, que son los colores simbólicos del socialismo, comunismo y anarquismo. Imagino que eso es buscado.

E. R.: No lo sé. Hay algunas que también están hechas por Carlos solo.

C. A.: Pero cuidado, que a veces haces cosas y no te lo piensas. A veces te salen así y ya está.

E. R.: Volviendo al cómic de Durruti, cuando vuelve Durruti a Europa, estaba Europa efervescente, entonces lo hice con tonalidades rojas. Cuando llega la república ya le voy poniendo más color hasta que llega la época de la revolución y acaba con una explosión de colores. Está bien editado, pero absorbe muchos negros y es un color muy fuerte.

¿Aparte de ti había más mujeres invisibilizadas en aquella época?

C. A.: Estaba la Mariel.

E. R.: La que hacía Mamen, la mujer de Barceló, el actor. Montse Clavé también. Había mujeres que eran dibujantes que sabían mucho. Yo, al fin y al cabo, no me lo había propuesto nunca. Sé que desde que tenía dos años me encantaba el color y le cogía los bolígrafos a mi padre, le quitaba la punta y empezaba a hacer mezclas y eso.

C. A.: Max le dio un consejo. Con los pantalones punkis, usar una gota de lejía en el azul y así queda muy punki el pantalón.

E. R.: No, para hacer los claros de las luces lo que hacía era, con el pincel, trazar una línea de lejía y entonces se lo comía y hacía la tonalidad del tejano. Pero bueno, he preguntado a mucha gente. Por ejemplo, los de Butifarra me decían: mira para hacer los fondos utilizamos las pastillas, la acuarela en pastilla, sólida y para hacer los personajes utilizaban las anilinas, las ecolines que eran más luminosas para sacar más los personajes. Y el Fer por ejemplo, te explicaba otra cosa, Kim también… he aprendido de todos. En las Historias de la Puta Mili había una historieta en la que el sargento Arensivia estaba en la selva haciendo maniobras. Todo verde, todo verde, qué aburrido, así que se me ocurrió poner la tienda de campaña blanca con lunares rojos. Cuando Carlos lo ve me dice riendo «pero qué has hecho, que tiene que ser de camuflaje, qué va a pensar el Ivà» (risas). Digo «mira, Carlos, ya está, ya lo he hecho así, pues ya está». Cuando lo llevó se ve que Ivà se partía el pecho diciendo que yo había dado en el clavo.

Antes parece como que el cómic y la música estaban muy conectados. ¿Eso se ha perdido un poquito ahora?

C. A.: No. Yo creo que no. La cerveza, la música y el cómic son un trinomio, es un triángulo de las Bermudas en el que desaparecer con gusto. De hecho la música es fundamental, cualquier grupo de rock saca por ahí un librito de portadas de discos. Tiene mucha relación. Yo siempre he dibujado con musiquita y tal. La música, a lo mejor, ska en inglés para no despistarte, porque claro, te pones música en castellano y te despista. Yo me pongo música de película, música épica, de todo. Pero la música… el ska es más vibrante y tiene más ritmo, entonces… Sería interesante un tratado sobre eso, cómo la música te influye para hacer unas cosas diferentes. Desde luego tiene mucha relación, al menos para mí.

E. R.: Sí, cada uno con lo suyo. Por ejemplo, el Tha; ¿conocéis al Tha? era August Tharrats, hacía Miércoles, mercado con Paco Mir de Tricicle. Hace muchos años en El Jueves hacían esto, y al Tha le dieron un premio al mejor dibujante en el Salón del Cómic. Pues a él le gustaba la música tranquila y tenía un hermano, Joan Tharrats, que también era guionista. ¿Cómo se llamaba? T. P. Bigart. A veces estaba cada uno en una habitación diferente.

C. A.: Al Vázquez le gustaba el rock and roll, el rockabilly, la ópera.

Recupero ahora el tema de Labordeta. Dijiste que ha sido profesor tuyo.

C. A.: Profesor de Historia. Y tutor de COU durante todo un año.

¿Cómo era Labordeta?

C. A.: Era un tío cojonudo. Nada más entrar nos dijo «a mí me interesa que aprendáis, con lo cual estáis aprobados todos, no lo hagáis por la nota, estudiad por aprender». Aprobaban todos, claro, todo el mundo se fue corriendo, nos quedamos cuatro y pasamos un curso cojonudo. Muy tranquilos y relajados. Decía: mira, los libros fuera, vosotros comprad revistas Época, Triunfo, Cambio16, Cuadernos para el diálogo, y así aprenderéis. Todavía no había sacado ningún disco y sabíamos que hacía algo de música, no sabíamos bien qué, pero bueno. Por Navidades llevamos la guitarra y dijimos, venga, toca algo, y empezó a cantar. Pues sabe cantar, eh. Era una voz de cantautor. A Labordeta yo nunca le he llamado José Antonio, era mi profe, cuestión de respeto, ¿no? Y una vez que vino a Barcelona le dije «Labrodeta, yo nunca te he comprado ningún disco». Porque claro, me los grababa en casete. Pero un día me vino con una caja de discos y me dijo «toma, Azagra, ¿no tenías ningún disco mío? Pues aquí tienes toda mi discografía». Era un tío muy saleroso, fue el que me introdujo en Andalán, que es el primer periódico en el que yo cobré. Era un periódico de rojos, una revista que se secuestraba mucho. Continuamente había secuestro y tal. Entré ahí antes de morirse Franco, en el 75.

Y le hiciste la biografía hace dos o tres años.

C. A.: Sí. TeBeO Labordeta.

E. R.: La biografía la escribió Daniel Viñuales.

C. A.: TeBeO Labordeta, tuvimos que poner dos es para que no nos confundieran con TBO, la marca que la tiene Ediciones B y claro, te pueden denunciar. Hay que mirar ya todo. Pero queda más gracioso TeBeO.

E. R.: Lo que más nos preocupaba era la familia, a ver qué es lo que les parecía el libro. A Juana, su viuda, y las hijas, les encantó.

¿Leyeron el guion antes o ya lo vieron acabado?

E. R.: Lo vieron antes porque fue un encargo de la fundación.

C. A.: Ellas vieron los originales una vez que quedamos en el Centro Aragonés, a la hija Paula le encantó y tira para adelante. El miedo que tenía es que a la viuda no le gustase, pero le gustó. Él me hubiese «capao», me hubiese corrido a collejas «Azagra, no me pongas tan guapo que no soy tan feo», porque Labordeta era un tipo coqueto; cuando empezó a perder pelo se ponía lo de atrás para delante, era muy coqueto, todos somos coquetos a fin de cuentas.

E. R.: Hay una anécdota en la biografía, que es cuando se casan. Él hacía poco que había aprobado las oposiciones y lo envían a Teruel, entonces se casan y se van a Teruel. Era un sitio nuevo para los dos, un sitio desconocido, y entonces lo pinté así como con lluvia, como un viaje a lo desconocido, y me dijo Juana que era un día soleado, pero que le ha gustado mucho cómo lo habíamos dicho y como lo habíamos expuesto. Era una vida nueva que emprendían juntos, el trabajo de él también era nuevo.

C. A.: Casi nos cuesta un problema diplomático con Cataluña, porque habíamos dibujado el mapa de España y en la parte de Cataluña habían coloreado mar, entonces Aragón tenía playa. No, que te has equivocado que esto no es mar, que es Cataluña.

E. R.: Aquí por ejemplo, este trozo lo había pintado azul; yo ni me enteré. Y me dijo «¡Ahí va, qué te has comido Cataluña!» (risas). Así que le tuve que poner tierra.

C. A.: Cuando vio aquello dijo, «¡por fin Aragón tiene playa!». La parte de Fraga, la parte de Huesca por fin tiene playa.

Aparte de la política y el activismo otro de vuestros grandes éxitos son los libros de los cocinicas. ¿Cómo surgió el tema?

C. A.: De una manera natural.

E. R.: Surgió de una libreta también.

C. A.: Ella apuntaba lo que Xcar, un dibujante de Zaragoza, y yo hablábamos porque a los dos nos gusta la cocina y ella iba apuntando: «Brócoli. Ah mira, a mi el brócoli me sale bien así».

E. R.: Le dije «Xcar, el brócoli cómo lo haces» y empezó a decirme «lo hago así, trae la libreta». Y me lo dibujó y me encantó cómo lo hizo. Digo «ostras, podríamos hacer un libro de esto ¿no?».

A partir de una receta de brócoli.

E. R.: Sí, a partir de ahí. Y ya nos pusimos. Y me acuerdo de que Dani García Nieto cogió una hoja y dijo «podíais poner en la portada esto y si le hacéis un agujerito a la cabeza del cocinero la gente que se lo compre puede poner su foto para que salga él de cocinero». Todo así, cositas de anécdotas, lo tengo en una libreta. Tengo también el recorte de García Nieto. Empezó así y muy bien.

C. A.: Además hemos llegado a mucho público que a lo mejor no le gustan los cómics pero las recetas sí.

E. R.: Acabamos de sacar la cuarta edición.

C. A.: Mucha gente decía «jo, Azagra, te has amariconado, ahora haciendo recetas».

Comer, come todo el mundo.

C. A.: Es la misma lucha, por la autogestión. Yo puse una frase: la autogestión empieza en tu nevera ¿no? Es la lucha, que me lo copió el Arguiñano. Le quitó «la autogestión» y lo cambió por «la digestión comienza en tu nevera» en un anuncio de yogures. Una lucha anticapitalista es procurar una comida que sea buena, que sea barata, no encarecerlo y un poco de cuidando de ti mismo.

E. R.: Que seas autónomo.

C. A.: Que no dependas tanto de los precocinados, los canelones, las pastas… Ahora los chavales jóvenes cuando se independizan de los padres solo comen pasta o cosas fáciles de hacer, pizzas o congelados.

Y en los libros de los cocinicas explicáis cómo se hace un arroz, cómo se hacen las lentejas…

E. R.: Claro. Saber decir «a ver, qué tengo en la nevera» y a partir de ahí, cocinar.

Un par de preguntas sobre el ecosistema del dibujante: ¿cuáles son vuestros favoritos? ¿Conocéis algún talento joven? ¿Estáis metidos en el mundo del cómic? Muchas veces los guionistas y dibujantes están un poco apartados. Yo veo que siempre estáis en un montón de eventos, ¿seguís un poco el mundo del cómic?

C. A.: Sí, más o menos sí. Intentamos estar al tanto y tal. Además, todos los dibujantes son buenas personas menos cuatro cabrones que hay por ahí. O sea, que se les va un poco la olla pero normalmente son buena gente.

¿En quién os fijáis?

C. A.: Hasta los dibujantes más malos me gustan por lo mal que lo hacen. Todos tienen algo positivo porque aunque sea una mierda, no sé, el gran… el que hacía Manos Kelly, Hernández Palacios, tenía unos fallos de perspectiva enormes. Dibujaba y tenía fallos de perspectiva. Pero bueno, era Hernández Palacios y ya está. Cada dibujante tiene sus cosas buenas.

E. R.: A veces, algunos aunque fallen un poquito el dibujo, el guion está bien contado. Te van sorprendiendo porque hacen cosas muy buenas y uno que a lo mejor cojeaba en algo luego ves la maestría.

C. A.: A mi el underground americano, Robert Crumb, Gilbert Selton y la escuela de Bruguera, son los que más me han gustado.

De lo nuevo, ¿no lees nada?

C. A.: No, ¿de fuera te refieres?

O de aquí, de las novedades.

C. A.: Es que me hago un lío con los nombres. Luego no me acuerdo ni de cómo se llama el libro. Una cosa que he leído que me ha gustado mucho: Los puentes de Moscú. Zapico lo hace muy bien.

El proyecto surgió de la entrevista en Jot Down entre Madina y Zapico…

C. A.: Me dejas alucinado porque no entendía el puente y al final lo he entendido. Me ha gustado mucho.

E. R.: La verdad es que tengo un montón de libros para leer. Estoy muy agobiada y soy muy despistada pero hay algunos que me han encantado. Estaba leyendo el de este chico de La Rioja de la Editorial Grafito.

¿Agustín Ferrer?¿El de Mies?

E. R.: Sí, el siguiente al de Arde Cuba.

Mies, con Agustín os encontráis en todas las ferias de cómics.

C. A.: Qué buena persona el Agustín. Ella se lo lee todo. Nosotros estamos cada año de jurado del concurso de cómic en Cornellá ¿no? Y ella es la última porque se lo lee todo. Cuando hay cien obras ya sabes enseguida los cuatro que van a ganar, pues ya está.

E. R.: Pero porque tu lo dominas mucho más. Yo prefiero meterme en cada historia.

C. A.: Y haces bien, porque además le das cancha al guion, porque es muy raro que salga un buen guion si tiene un mal dibujo, esa es la verdad. En los jurados todavía no se ha premiado un guion guapo si no que es más el dibujo.

E. R.: Puede haber un guion bueno.

C. A.: Sí pero es muy difícil. Un buen guion si no tiene un dibujo a la altura… puede ser injusto, porque vale más la imagen, el dibujo.

E. R.: Entonces esa persona vale más para guionista que para dibujante, tiene que compartir con alguien que le interprete su guion.

C. A.: Siempre me acuerdo de un dibujante de Sevilla, Gabriel, de Los Palacios, Gabriel Barragán, que entregó al concurso de cómic una historieta cojonuda, eran ocho páginas, se veía una limusina que se veía entrar y todo eran ventanas y ventanas y en la última viñeta se acaba el coche. Estaba muy bien. Era sencillísima. Claro, cómo le van a dar un premio a una historia tan «tonta». Pero bueno, a mí me gustó.


Diez paradas en el Salón Hispano-Francés de Cómic de Jaca

Quizás no lo conozcan todavía, pero además del archifamoso Eje del Mal existe el Eje Sagunto-Somport-Francia de editores de cómic. Y tienen un proyecto malvado que acaba de ponerse en marcha con motivo del II Salón Hispano-Francés de Cómic de Jaca. Este eje en construcción ha maquinado un plan perfecto para conseguir que Jaca sea el punto de encuentro entre los autores, editores, libreros, agentes y críticos de la industria del cómic de Francia y España. Ideado por Fran García y Daniel Viñuales entre otros cerebros, el proyecto se activó el día 2 de septiembre. Esa fresca mañana, los dirigentes del eje consiguieron meter en un autobús a varios de los mejores guionistas y dibujantes de cómic hispano-francés con Altarriba, El Torres, Marquina, Sento o Azagra, entre otros. Hacía frío. Veinte minutos después el autobús los apeó en la Estación Internacional de Canfranc. Allí les colocaron unos cascos que les posibilitaron viajar en el tiempo recorriendo con una guía autóctona la epopeya histórica de la famosa estación. En este momento se están escribiendo y dibujando varios de los mejores cómics que serán publicados jamás.

El día anterior, a veinte kilómetros de la estación y del laboratorio subterráneo al que no nos llevaron, los redactores de Jot Down aprovechamos para conversar con varios de los expositores del salón.

Yojimbo Cómics

La primera parada en el salón es para charlar con Jorge Cruz de Yojimbo Cómics. Jorge, con sus gafas de policía americano y su rostro anguloso, parece un personaje de Abraxas que se acaba de escapar al ver a Ertito Montana acercarse a firmar ejemplares en el stand contiguo. Yojimbo Cómics se dedica principalmente a la venta por internet de ComicArt en exclusiva: originales y láminas numeradas. En su tienda podemos encontrar dibujos de Paco Roca, Alfonso Zapico o Agustín Ferrer a unos precios a partir de cincuenta euros. Jorge nos cuenta que cada vez hay más lectores interesados en la adquisición de obra original y la cantidad de autores que trabajan con él no para de crecer. Yojimbo acude a cuantos salones y eventos de cómics puede para además de comerciar con obra original, vender cómics de otras editoriales como Astiberri o Grafito Editorial cuando estas no acuden directamente a los eventos.

Jordi Bayarri

Avanzando a lo largo del salón nos encontramos a dos científicos muy conocidos: Ramón y Cajal y Marie Curie, que custodian al autor que los ha dibujado, el segundo mono Jordi Bayarri. Jordi se dio a conocer con sus cómics erótico-festivos con los que consiguió el premio al mejor cómic erótico en el Salón del Cómic de Barcelona de 2002. Siempre centrado en la autoedición, en 2012 comienza a publicar su Colección Científicos, financiada mediante crowdfunding con un gran éxito. Jordi nos cuenta que el próximo personaje que verá la luz en su colección será Einstein y que varios de sus científicos aparecerán con textos en cirílico publicados en la madre Rusia. —¿Y quién es tu agente? —preguntamos. Pues resulta que es Yolanda, de Grafito Editorial. Tenemos que ir a hablar con ella.

Grafito Editorial

Grafito Editorial están apostados a la espalda de Jorge de Yojimbo. Mientras este último vende los originales del gran Agustín Ferrer, la pareja de editores Yolanda y Guillermo venden su obra impresa. Se estrenaron como editorial hace muy poquito, en 2014, con Cazador de sonrisas, un cómic que no ha dejado de traerles alegrías desde entonces. El año pasado publicaron otro cómic del mismo autor: Arde Cuba, que va por la segunda edición y que aparece en el Anuario de cómics Esenciales 2017. En Grafito Guillermo asume las tareas editoriales seleccionando proyectos y sugiriendo a sus autores los detalles que convertirán sus trabajos en obras maestras: «¡Más tanques por aquí! ¡Más explosiones! Quiero ver guerra». Yolanda, en cambio, está más centrada en conseguir que una pequeña editorial de cómics sea rentable. Lo hace representado como agente literario a sus autores y a los autores de editoriales amigas en las ferias internacionales. Esta chica vale un potosí. Además de con Jordi Bayarri acaba de cerrar un acuerdo con Azagra Ediciones, perdón, con GP Ediciones.

GP Ediciones

Labordeta, qué gran hombre. Y detrás de un gran hombre hay siempre una editorial de cómics para hacerle una biografía molona. Hablamos con Sara, la mitad de GP Ediciones —a la otra mitad ya la tenemos muy leída— para que nos cuente cómo van de ventas. Y con Carlos Azagra y Encarna Revuelta, está claro, viento en popa. Por cierto, el guion es de Daniel Viñuales. GP Ediciones es una editorial aragonesa, muy aragonesa, y aunque sus best-sellers son tan regionalistas como Labordeta —El último aragonés vivo I y II, El rapto del torico o Mosen Bruno— en su trabajo editorial no dejan de abordar nuevos y arriesgados proyectos con tal de no publicar nada de superhéroes. Su última novedad es Abraxas de Marquina y Montana, una locura repleta de humor, acción y violencia. En GP son trotamundos y se recorren todo el panorama español de ferias para presentar sus cómics y los autores que publican con ellos. Nos cuentan que su próxima parada es Bookstock.

Editorial Harriet

Con el mismo nivel de acción y violencia o más que Abraxas nos encontramos, tras caminar hacia la esquina derecha de la zona de expositores, a Harriet Ediciones. Se trata de una editorial vasca con el nombre de su creador, Gregorio Muro Arrieta, franconizado (Arrieta>Harrieta>Harriet). Harriet, quien viene de la Bande-Dessinée francesa donde ha publicado multitud de albúmes, ha sido también guionista y director de cine y TV. Le pedimos a Harriet que nos recomiende algún clásico y nos cuenta la historia de La marca de la bruja. «¿Sabéis la historia de las brujas de Zugarramurdi? Pues eso no es nada comparado con lo que pasó en el País Vasco francés donde quemaron a cientos de personas acusadas de brujería. Para que luego digan de la Inquisición, aquí seis fueron quemados vivos y cinco en efigie porque habían muerto en prisión (ejem)». Harriet apuesta por una detallada ambientación histórica en sus cómics aclarando que lo suyo no es cómic histórico, que no es lo mismo (sic). Otro de sus integrales es Justin Hiriart, una historia sobre balleneros vascos.

Estafermo

Y después de tantas páginas de historia y de tanto detalle es el momento de pedirle a Luis Orús que nos dedique un Cebolla tú, cebolla yo 2, el cómic del que se han vendido más de 2000 ejemplares y que patrocina la DOP Fuentes de Ebro. Luis, que forma parte del colectivo de mermaos Estafermo, nos dibuja una cebolla-Joker con la que he dado una alegría sin igual a mi hijo de nueve años. Después de hablar de las cebollas que no pican conversamos con Luis y su jefe contable —en realidad este chico no habla mucho, solo mira a Luis y se ríe— de Estafermo, el fanzine en el que sus autores se ríen de disminuidos físicos y psíquicos de toda índole —aún hay reductos culturales donde esto es posible—. El último número, el 15, acaba con un homenaje a Stephen Hawking, ¡Qué el vacío te sea leve!

Los Diletantes

Sin dejar el mundo fanzineroso, a la espalda de Estafermo están Los Diletantes, que también son un fanzine aragonés, pero con premios. Nos atiende Óscar Sanz, un chico muy educado con barba recortada y gafas de pasta que utiliza frases como la siguiente para definir su obra: «Mi influencia a la hora de dibujar viene de los cómics costumbristas de Jeffrey Brown». Como se puede intuir, Los Diletantes es un fanzine cool con aroma noir (sic). El quinto fanzine fue galardonado con el premio mejor fanzine en el 36 Salón del Cómic de Barcelona y ahora están camino del sexto (esperemos que ninguno de los diletantes tenga que sacarse el carnet de conducir —guiño, guiño, codazo, codazo—).


Xavier Saut

En el stand contiguo nos encontramos con Xavier Saut, un dibujante francés que se autoedita, dato por cierto bastante sospechoso. Xavier es un apasionado de la historia regional, lo que se refleja en sus ilustraciones y cómics. Sus últimas publicaciones están orientadas al público infantil con la naturaleza como escenario. Hay que destacar La fauna de los pirineos con cinco albúmes dedicados respectivamente al desmán ibérico, a la marmota, al águila real, al oso de los Pirineos y a la cabra montesa. Le preguntamos a Xavier si este salón sirve realmente para hacer negocios entre Francia y España y nos reconoce que sí, que algunos editores españoles se han interesado por su obra, así que esperamos ver pronto a la rut trompette en la lengua de Cervantes.

Nicolás Sauge

Y siguiendo con autores franceses que han venido a Jaca para darle el toque internacional del salón, nos paramos a charlar con Nicolás Sauge, autor de Golam, la historia de un joven ladronzuelo al estilo de Aladino que entra en Hikmadrassa, una famosa escuela de alquimia. De Golam se han vendido en Francia más de cinco mil ejemplares. Nicolás nos comenta que en nuestro país vecino esa es una cantidad pequeña. Si bien los royalties dan para vivir, al editor no le parece una cifra suficiente para vender los derechos en el extranjero. Nicolás viene a Jaca para dar una masterclass, vender alguno de sus originales, pero sobre todo para conocer gente. En sus palabras, «en cualquier sitio puede surgir una oportunidad». Incluso en Jaca, apostillamos nosotros.

Taula Ediciones

Y por fin llegamos a la otra esquina del recinto —la que está pegada a la primera porque el recorrido es circular— con muchas ganas. Y no para acabar, todo lo contrario, sino para empezar. Y es que en Taula Ediciones presumen de reeditar el primer cómic que se hizo en España. Se trata de Fantásticas aventuras de Tito y Tif de Joaquín Xaudaró. Este autor, que pudo ser aragonés pero que nació en Filipinas, fue un dibujante, ilustrador y caricaturista español que trabajó para la prensa ilustrada de la época. También fue uno de los pioneros de la historieta española. Los editores de Taula, Dionisio Platel y Joaquín Campo, hablan de Xaudaró con tanta pasión que acabarán comprando ellos mismos todos los ejemplares que han editado de la obra.

Y después de este excéntrico —posicionalmente— recorrido por el Salón Hispano-Francés de cómic de Jaca, nos vamos preparando para el que dicen es la mejor cita del mundo del cómic en nuestro país: el XVI Salón de Cómic de Zaragoza. Allí nos vemos.


2016 : una selección de tebeos

Clásicos inéditos populares y vanguardias alternativas. Familias corrientes y relaciones prohibidas. Manifiesto y tabú. Sinfonías que son testigo de la unión de culturas e imágenes que son testimonio de la separación de otras. Adolescentes lobo y adolescentes robot. Misterios en el futuro y misterios en el pasado. Tokio, con sus fantasmas por un lado y con sus zombis por otro. Alimentar el espíritu, alimentar el estómago. Hiperrealismo, clasicismo, expresionismo y minimalismo. Trazo firme, garabato, rayajo, mancha y borrón. Todo ello en estas quince propuestas para recordar lo mejor del año pasado en tebeos.

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La grieta, de Guillermo Abril y Carlos Spottorno (Astiberri)

Paradójicamente, el tebeo más relevante y revolucionario del año ha sido el que ha originado más debate respecto a si estábamos frente a un tebeo o no. El periodista Guillermo Abril y el fotógrafo Carlos Spottorno reunían el abundante material fotográfico acumulado tras un reportaje en las fronteras de Europa para contar el drama de los refugiados e inmigrantes a modo de (foto)novela gráfica. Con una selección puntillosa del material fotográfico y una composición estudiada, La grieta narra secuencialmente, pero también juega al mosaico visual. De igual forma, las inserciones de los textos en «voz en off» que acompañan a las imágenes se relacionan estrechamente con el material seleccionado. Guían al lector a través de la crónica visual, pero son mucho más, en tanto que acaban por ejercer un efecto potente de complicidad con el lector, que acaba inmerso en las experiencias vividas por los dos periodistas. Pero lo más significativo de esta obra es que lo que vemos en las páginas de La grieta no es la representación de unos hechos, sino los hechos en sí. Pese a que los trabajos periodísticos que han decidido narrar sus reportajes usando el lenguaje del cómic todavía son anecdóticos (no parece haber cánones estilísticos, tampoco hay editoriales de referencia, por ejemplo), sí que es destacable la inquietud de los primeros pioneros que van surgiendo —como Abril y Spottorno— y su capacidad de reflexionar e inventar a partir de los recursos narrativos del cómic para adaptarlo a sus necesidades, sin cortapisas aparentes. Justamente quizás como era el medio en su cuna.

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¿Quién es el undécimo pasajero?, de Moto Hagio (Ediciones Tomodomo)

Muy esperada en estos últimos años en los que nos han ido llegando grandes clásicos del manga y que aquí aún no habíamos tenido oportunidad de leer, la publicación de este manga capital de Moto Hagio ha sido harto celebrada. La autora japonesa fue la punta de lanza de un grupo de autoras que revolucionó el shojo en los setenta y nos llega con este volumen que recoge relatos de ciencia ficción protagonizados por un grupo de universitarios en el futuro. Estamos ante un cómic que marida ciencia ficción y shojo, sí. Y la primera historia del volumen es un fabuloso mistery in space en el que este grupo de once estudiantes deben resolver por qué son once en lugar de los diez que debieran, durante un viaje interplanetario que también es una prueba académica a superar. La segunda, ya con los personajes presentados, cuenta una intriga política con drama y conspiraciones a partes iguales. Preciosista en el dibujo, con arranques de caricatura en los momentos de humor y detallista en las referencias pseudocientíficas que deben estar siempre presentes en cualquier interesante fantaciencia, Moto Hagio construye un universo atrayente, tanto como cuida la profundidad de los personajes y las relaciones entre ellos. Completa a la perfección este manga la excelente edición de Tomodomo con cubierta a tintas plateadas, que hace de este libro un bellísimo objeto a atesorar.

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Sirio, de Martín López Lam (Fulgencio Pimentel)

Es bastante difícil explicar «de qué va» este cómic. O muy fácil, dado que su autor ya ha comentado en alguna ocasión que la historia se podría explicar en un par de frases. Sin embargo, Sirio va más allá de su historia para convertirse en una experiencia que atrapa al lector en cuanto abre el libro. Es, sin duda alguna, uno de los tebeos más atmosféricos que servidor haya podido leer jamás. Donde la gran mayoría de los autores buscan representar lugares, momentos o estaciones a base de acercarse a la realidad o al detallismo, Martín López Lam tira de expresionismo e inserciones de arte pop, para transportar al lector a un típico pueblo costero de veraneo, donde enseguida podemos sentir la humedad, el calor, la gravedad, el tedio de las tardes infinitas… pero también a recuerdos e impresiones compartidas generacionalmente. Los instantes que plasma el tebeo se suceden uno detrás de otro y enseguida la obra nos devora. Sirio es una trampa, pero una en la que dejarse caer como quien no quiere la cosa. Si acabado el libro quedan impresionados con su lectura, igualmente habría que incluir en esta recomendación sus trabajos posteriores. También publicados este año pasado Gialla y El título no corresponde en Ediciones Valientes, en ellos López Lam prosigue en la exploración de estas mismas técnicas y recursos visuales para contar historias de una forma muy poco común en el medio.

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La Visión; de Tom King, Gabriel Hernández Walta, Jordie Bellaire (Panini Cómics)

Este año, en cuestión de superhéroes, creo que el duelo entre «las grandes» lo gana claramente Marvel. Y por goleada. No solo ha contado con series de grapa tan interesantes y excelentes como Thor, diosa del trueno (Jason Aaron, Russell Dauterman y Esad Ribic) y Pantera Negra (Ta-Nehisi Coates, Brian Stelfreeze y Chris Sprouse), sino que hemos podido gozar de estupendos tomos como los de Spiderwoman (Dennis Hopeless, Javier Rodríguez) o la nueva serie de Moon Girl y dinosaurio diabólico (Amy Reeder, Brandon Montclare, Natacha Bustos). Pero si una serie ha brillado más que el resto —con la cantidad de buenas propuestas que ha ofrecido «la casa de las ideas»—, sin lugar a dudas esta ha sido La Visión de Tom King, Gabriel Hernández Walta y Jordie Bellaire.

Este equipo creativo se las ha arreglado para ahondar en las profundidades de la psique del androide Vengador contando el nuevo paso que este da en su búsqueda por volverse «más humano». En este caso, la Visión experimenta tratando de crearse una familia propia tanto a imagen y semejanza suya como a imagen y semejanza del imaginario canónico de la América de clase media televisiva, con esposa y pareja de hijos adolescentes. A pesar de esa premisa iniciática, los autores no se adentran en los lugares comunes de la sitcom. Al contrario, el resultado es un relato inquietante e intrigante en el que destaca el juego de paralelismos entre la narración en imágenes y la voz en off de los cuadros de texto, produciendo una voz narrativa global compleja y con muchos matices. La miniserie superheroica del año es amarga pero invita a la reflexión; algo no muy común en este género, pero sí presente en muchas de las que han pasado a la historia.

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Philémon, de Fred (ECC Cómics)

La obra maestra de la fantasía francobelga que a mediados de los sesenta empezó a publicarse en la revista francesa Pilote y que estaba inédita en España ha aterrizado por fin en 2016, en un integral de tres volúmenes. El imaginativo Fred creó a Philémon, un joven que vivía en el campo con su tío y que con su inseparable burro vivía disparatadas aventuras. El arranque de esta serie de álbumes juveniles, hay que reconocerlo, es bastante corriente, pero pronto su autor empieza a llevar a su personaje a terrenos inexplorados de fantasía, como islas con forma de letra o mares que se repliegan sobre sí mismos. Y pronto también Fred empieza a entender que, si su personaje puede viajar a lugares fantásticos donde las leyes físicas se cuestionan constantemente, entonces en el cómic también se pueden romper «las leyes» de la narración habituales. A partir del segundo volumen, los viajes de Philémon se convierten en una suerte de floridos experimentos narrativos y montajes gráficos que dejarían maravillados a los lectores de su época. Con el tiempo a sus espaldas y la cantidad de autores que han llevado la experimentación gráfica y narrativa al medio del cómic —desde Gianni de Luca a David Aja, por ejemplo—, creo que era necesario traer al público lector actual los trabajos de este pionero que se atrevió a desmontar cánones y jugar con la narración desde un medio popular, desde el tebeo juvenil. La cándida reverencia a la imaginación sin límites que es Philémon se merecía una edición completa como la presente.

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Intrusos, de Adrian Tomine (Sapristi Cómics)

¿Qué pasa cuando algo se instala en nuestras vidas y altera completamente la rutinaria «normalidad» de las mismas? ¿Una persona? ¿Una idea? ¿La idea de una persona? ¿Una ausencia? Adrian Tomine ha publicado este año en España su último trabajo, Intrusos —originalmente titulada Killing and Dying—, una novela gráfica de historias cortas que son el retrato de una clase media-baja norteamericana deprimida por la frustración de unas aspiraciones no alcanzadas. Tomine, autor que ya había dejado una buena impresión con otras obras como Rubia de verano o Shortcomings, ha afinado sus lápices hasta un minimalismo pulcro y elegante. Pero también afina la crónica dibujada de esta generación de americanos con una narración visual que varía a su antojo en cada historieta sin perder un mínimo común denominador gráfico. Así, tanto nos puede contar una historia usando el formato de las clásicas tiras de prensa, introduciendo una cierta comicidad amarga, como nos puede contar un relato con una voz en off y escenas silenciosas, para instalarnos en una cierta melancolía. El poso que deja su lectura es importante: la cercanía de sus temas difícilmente provocará indiferencia.

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Lamia, de Rayco Pulido (Astiberri)

La intriga de Lamia empieza cuando su autor, Rayco Pulido, en el momento de la publicación solicita a los medios que en las reseñas de la obra revelen lo mínimo posible de su contenido a los posibles lectores. Independientemente de que se vea esto como un sano intento de garantizar al lector la satisfactoria lectura de la novela gráfica  o como gancho para atraerlo a esta, la verdad es que esta era una de las obras más esperadas de 2016, al menos por quien firma este artículo. Dos años atrás Nela, una adaptación de la Marianela de Galdós, había causado muy buena impresión. Lamia es una intriga ambientada en la Barcelona de los años cuarenta, protagonizada por una misteriosa mujer que trabaja en la radio, en un programa del estilo del Consultorio de Elena Francis de antaño. Rayco despliega con paciencia la trama ante los ojos del lector, como quien va descubriendo las interioridades de una matrioska hasta que, al final, todas las incógnitas se despejan y todo lo mostrado cobra sentido. En el aspecto gráfico hay que destacar las bellísimas secuencias y composiciones del tebeo, a las que el silencio textual dota del halo de misterio prometido. Igualmente, destaca el uso de algunas convenciones visuales del tebeo de humor juvenil que el autor adapta a esta historia —estando en las antípodas de las primeras— como ya había hecho también en Nela.

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El piano oriental, de Zeina Abirached (Salamandra Graphic)

Una de los trabajos biográficos más interesantes de este año —me disculpo de antemano por haber dejado fuera de esta selección la imprescindible El ala rota de Antonio Altarriba y Kim, que, de todas formas, ha sido difundida también ampliamente— nos lo trajo Zeina Abirached, autora libanesa, con la historia de Abdalah Kamanja, un alter ego del que fuera su bisabuelo, Abdalah Chahine. Músico y afinador de pianos, Abdalah inventó en los años cincuenta un piano único, un instrumento que permitía tocar los cuartos de tono típicos de las melodías orientales, pero que hasta la creación del «piano oriental» eran imposibles de ejecutar en los pianos convencionales. Con el eje del relato puesto en el desarrollo de esta invención, Abirached convierte la historia en una reflexión sobre conceptos más elevados y abstractos como son la belleza de la música, el equilibrio entre opuestos o los procesos mentales que provocan la inspiración y la imaginación. Para ello, nutre el relato de numerosas metáforas visuales que buscan aportar comprensión sobre esos fenómenos. La autora da incluso un paso más allá, usando sus propias experiencias para investigar cómo serían las de su antepasado y las incluye en la historia, jugando a la alternación de biografías como ya lo había hecho Spiegelman en Maus o Mary Talbot y Bryan Talbot en La niña de sus ojos. La autora libanesa sale más que airosa y firma una novela gráfica con un ritmo estudiado, repleta de realismo mágico, con la que todos podemos conectar.

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Días más largos que longanizas, de Gabriel Corbera (Fulgencio Pimentel)

Dos hombres recorren un castillo tratando de escapar de él, con un trasfondo posapocalíptico. No sabemos mucho más. Los hombres parecen fuertes, curtidos, pero al mismo tiempo transmiten una cierta fragilidad. Todo parece haber acabado, bien podrían ser los últimos habitantes de la existencia. Lo único que les queda es la huida de algo inevitable, que se les echa encima y que parece ser el punto y final definitivo. Gabriel Corbera, punta de lanza del tebeo experimental defendido en autoediciones y fanzines, publica con Fulgencio Pimentel un tebeo oscuro y desesperanzador, que transmite la soledad y el desasosiego de quien sabe a ciencia cierta que los días que le quedan son los últimos; y esa conciencia es la que provoca precisamente la sensación de la prolongación del tiempo. La obra está defendida desde un estilo «roto», un estilo que parece aspirar a un canon gráfico pero que deriva irremediablemente al fallo, a la línea sucia, al borrón, colocando esa aspiración al canon en una utopía gráfica lejana, pero buscada así por su autor. De alguna forma, quizás, este estilo imperfecto buscado por Corbera es una metáfora de lo que les sucede a los personajes y por eso acompaña tan bien la historia: un dibujo roto para un mundo roto, a punto de desaparecer. Y algo similar pasa también con la edición de Fulgencio Pimentel, que ha empacado el libro en una publicación de tela metalizada que remite a la fortaleza pero también a la vulnerabilidad de sus protagonistas.

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Insecto, de María Llovet (Norma Editorial)

¿Qué ha sucedido con el cómic erótico? Desaparecidas las revistas de papel y existiendo material de este género en su versión explícita al alcance de un clic, el tebeo sicalíptico parece haber quedado al margen o haber perdido el interés del público. Sí que se mantienen algunos de los autores de siempre, con alguna publicación puntual, pero no parece haber una escuela de autores o un recambio generacional para lo que era una temática que arrastraba a lectores a millares.

María Llovet, una joven autora catalana con una carrera ya consistente a sus espaldas, ha provocado curiosidad con su Insecto, una historia de deseo prohibida; su título escondía el tema de la misma con una anagrama argumentado de una forma tremendamente ingeniosa. Llovet, cuyo estilo gráfico parte del manga y en cuyas influencias iniciales constan autoras como Kiriko Nananan, con esta su última obra muestra una incorporación de referencias más occidentales. A su fondo de recursos artísticos se suman aspectos compositivos que recuerdan a la Valentina de Crepax o la atención a las acciones en segundo plano que ejecutaba con un gran sentido de la morbosidad el maestro Altuna. Todo ello Llovet lo encauza hacia un estilo propio que claramente la está haciendo despuntar como una de las autoras a seguir en el futuro.

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Tokyo Ghost, de Rick Remender y Sean Murphy (Norma Editorial)

En un momento en el que la ciencia ficción está dejando cómics y series excelentes por todo el globo, se hace difícil elegir solo una obra de este género. Igualmente, si nos centráramos solamente en uno de sus guionistas más prolíficos, Rick Remender, tendríamos serios problemas para quedarnos solo con una. Ciencia oscura, Fear Agent, Low… todas son entretenidísimas series de ciencia ficción, que toman algún elemento o tema tratado en los clásicos del género para luego revisarlo y/o modernizarlo. Tokyo Ghost aborda el tema del refugio, frecuentemente tratado en obras de trasfondo posapocalípitco en las que el protagonista se topa con una comunidad aislada, en la que con estructuras sociales y filosofías espirituales radicales y/u olvidadas consiguen construir un pequeño oasis utópico en un mundo predominantemente distópico. Remender recupera esta «vieja» historia en Tokyo Ghost, pero siembra el trasfondo de la distopía reinante de numerosos detalles muy presentes en nuestro mundo actual. El lector sentirá severos escalofríos al detectarlos. A partes iguales, la obra maneja una reflexión sobre el mundo actual, pero no abandona las cuestiones del género, abundando en el romance, la aventura y la acción. Los amantes de discriminar en la ciencia ficción entre obras escapistas y de compromiso se quedarán aquí sin coordenadas. A destacar también el trabajo de Sean Murphy, dibujante de prestigio ascendente en los últimos años, que pone toda la carne en el asador en una serie de la que ya tenemos ganas de leer más.

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Tik Tok Cómics / Teen Wolf de V.V. A.A. (webcómic / Tik Tok + Fosfatina)

Una de las propuestas más interesantes y diferentes de webcómic que ha habido en nuestro país ha sido la fundada y coordinada por la historietista Ana Galvañ. Tik Tok Comics es una plataforma que recoge el talento de numerosas autoras y autores de estilos alternativos, bastante alejados de los cánones mainstream, con una voluntad clara de librar sus batallas en la vanguardia del medio, pero también de establecer una comunidad amplia de artistas cuyos esfuerzos se retroalimenten. Y, por qué no, seguramente detrás de todo ello también haya unas ganas de pasarlo bien en el proceso. En Tik Tok Cómics han tenido cabida desde los arriesgados ejercicios de hacer a la perspectiva del lector protagonista de un tebeo en El espectador de Begoña García-Alén hasta el slice of life callejero con ecos pop de María Medem en Kinki Onírica, por mencionar dos de una amplísima nómina de autoras y autores. Este 2016, además, ha visto la publicación en papel de su primer libro —a pachas con Fosfatina—, un cómic elaborado por varias de las autoras de la plataforma y algunas invitadas especiales. Teen Wolf es una reinterpretación libre del mito televisivo del hombre lobo adolescente que cada participante lleva a su terreno temático y estilístico con total libertad.

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Tokyo Zombie, de Yusaku Hanakuma (Autsaider Cómics)

En el maremágnum de shonen, shojo y seinen publicado este año, una obra «rara» venida de Japón ha destacado especialmente. Precursora del estilo que posteriormente se conoció como heta-uma —que significa algo así como ‘malo pero bueno’—, que hace referencia al dibujo que en apariencia es tosco, garabateado y fallido según cualquier tipo de canon, pero que, sin embargo, cumple con su función de representar lo que quiere representar y de contar la historia al lector. En este caso, la de Yusaku Hanakuma, dibujada en 1999, nos cuenta un advenimiento zombi sucedido en Japón y vivido desde el punto de vista de dos camioneros practicantes de jiu-jitsu. Con todo lo inundado que está el mundo del cómic y el mundo audiovisual de este subgénero, es un mérito que Tokyo Zombie funcione bien no solo a fecha de hoy, sino también con casi veinte años a sus espaldas. ¿Las claves? Seguramente lo son sus altas dosis de humor negro y absurdo, su persistencia en dejar de lado las posibles consecuencias realistas del cansino holocausto fantástico y un desenfado general que permite que su autor cuente lo que le venga en gana. Un añadido de la edición de Autsaider es que acariciar su portada produce un efecto relajante. Hagan la prueba.

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El día de Julio, de Beto Hernández (Ediciones La Cúpula)

Viene siendo una tradición que en estas listas anuales incluya alguna obra de los Hernández. No es casualidad. Ni favoritismo. O bueno, quizás sí, pero también hay razones de peso. Los Hernández no dejan de producir obras interesantes, ya sean de los universos que han ido desarrollando a lo largo de los años o en novelas gráficas autoconclusivas. Hace tres años Beto Hernández nos sorprendía con una entrañable y honda reflexión sobre la infancia en Tiempo de canicas. Hace dos años, Jaime Hernández nos hacía llegar su Chapuzas de amor, una continuación de las historias del universo de Hoppers que dejó a más de uno escondiendo la lagrimilla. Y este 2016 nos ha dejado El día de Julio, de Beto, una crónica de una vida —realmente de muchas, ya que las de los Hernández suelen ser historias corales— desde el principio hasta su fin. En ciento dieciséis páginas, el autor consigue comprimir lo esencial y lo pasajero, las decisiones que tomamos y las que preferimos no tomar, así como recordarnos, mostrarnos, la fugacidad de la existencia. Aunque —según dicen— Beto detesta que lo comparen con García Márquez, en El día de Julio, como el colombiano, demuestra controlar con maestría el flujo del tiempo —qué enseñarnos y qué no— y dejarnos un poso que inevitablemente nos hace pensar sobre nuestras propias vidas.

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Chiisakobee, de Minetarô Mochizuki (ECC Cómics)

Una de las series de manga (cuatro volúmenes) más interesantes publicadas en 2016 ha sido esta adaptación de la novela de Shûgorô Yamamoto, con una factura gráfica impecable. El tema de la orfandad y el riesgo de la deriva posterior del individuo sin progenitores —un tema que otros mangaka de corte alternativo o seinen han desarrollado recientemente, como por ejemplo Taiyô Matsumoto en la también recomendable Sunny— se desarrolla aquí a través de la lucha de un joven carpintero, Shigeji, que tras la muerte de sus padres debe hacerse cargo de la empresa familiar. En esta tesitura, una joven ama de casa, Ritsu, también huérfana, entra a formar parte de la vida de Shigeji  junto con una pequeña horda de niños en la misma situación. La incertidumbre por el futuro y el salto a la madurez se tratan en esta obra y Mochizuki lo cuenta a través de las interacciones entre sus personajes, pero también de pequeños detalles, anecdóticos a primera vista, pero importantes en el conjunto global. Si el lenguaje corporal dice más que el discurso de las personas, entonces el autor se fija en todos ellos y es capaz de contarnos las interioridades de sus personajes, incluso ocultándonos sus caras constantemente, ya sea escondiendo sus rostros detrás del pelo o bien tirando de planos indirectos. Minetarô Mochizuki, que ya había convencido con otros géneros y estilos en obras como Dragon Head o Maiwai, sin lugar a dudas se ha ganado el corazón de los gafotakus con este drama intimista contado con trazo firme y elegante y enmarcado con unas composiciones de página equilibradas y medidas al milímetro.

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Todos somos cocinicas; de Xcar, Azagra y Revuelta (Editorial Cornoque)

Con el tercer libro de su serie de recetas en forma de cómic, «los cocinicas» firman el éxito y la consolidación de una obra que va camino de ser un clásico de la historieta contemporánea. Los autores por un lado toman el tebeo de temática gastronómica —que se ha vuelto popular estos últimos años con la proliferación de programas y realities culinarios— y lo fusionan con el tebeo de humor español de toda la vida con una cierta influencia de la casa Bruguera. De esta forma, Xcar, Azagra y Revuelta —junto con un buen montón de amigos invitados— no solo consiguen explicar el paso por paso de cómo se cocina un platillo determinado, sino también desarrollar un gag que termina con una resolución cómica bastante simpática. El resultado es un tebeo pedagógico y ameno, hecho en casa, para todas las casas. Y al mismo tiempo consiguen crear un libro que es un recurso a tener a mano, ya sea para sorprender a los invitados con un platazo de órdago como para resolver decentemente una cena solitaria con un bajo aprovisionamiento en la nevera. Cocina de olla, cocina de supervivencia, algunas especialidades extranjeras, postres… el repertorio es variado. Y a aquellos que dicen que, quitando los clásicos —Mortadelo y Superlópez—, ya no hay un tebeo de humor actual «de los de toda la vida» porque ya no se hace y porque ya no funciona en España hay que recomendarles inequívocamente esta serie. Quizás se lleven una sorpresa… y una alegría para el buche.

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Y además, Jot Down y la Asociación de Críticos y Divulgadores de Cómic de España, con la colaboración de diversos autores y autoras, repasamos los cien mejores cómics publicados este año en el Anuario de Cómics Esenciales de 2016, disponible ya en nuestra store.