Las ciudades del espacio

Conceptualización artística de una colonia espacial para diez mil habitantes, 1975. Imagen: NASA / Cordon Press.

Todo el mundo desea vivir mucho tiempo, pero ningún hombre quiere hacerse viejo.

(Jonathan Swift, Los viajes de Gulliver)

La humanidad no conquistará la galaxia en naves de la NASA.

(Alejandro Jodorowsky, en preparación de su adaptación no realizada de Dune)

A las 06:07 horas del 12 de abril de 1961, el coronel Serguéi Koroliov pronunció las siguientes palabras en el intercomunicador de la sala de control del cosmódromo de Baikonur: «Fase preliminar… intermedia… principal… ¡despegue! Le deseamos un buen vuelo. Todo va bien». Desde el interior de la Vostok 1, modelo 3KA-3, el también coronel Yuri Gagarin respondió: «Poyekhali!». ¡Allá vamos!

Una hora y cuarenta y ocho minutos más tarde, tras completar una órbita alrededor del planeta, Gagarin fue eyectado de la cápsula y desplegó su paracaídas. Diez minutos después, a las 08:05 horas, el cosmonauta aterrizó suavemente a unos veintiséis kilómetros al suroeste de la ciudad de Engels. El trayecto ni siquiera alcanzó las dos horas, pero Gagarin se había convertido en el primer ser humano en visitar el espacio. De hecho, ese «Poyekhali!» fue elevado al podio de las frases históricas: la palabra que lanzó a la humanidad a la era espacial.

El espacio, la última frontera

En ese mismo año 1961, el colectivo británico Archigram imprimió su primera publicación: Archigram I. La cosa no tuvo especial difusión, esencialmente porque se trataba de poco más que un panfleto en blanco y negro editado por un puñado de arquitectos treintañeros —y alguno veinteañero— sin predicamento ninguno en el mundo de la arquitectura académica del momento. Sin embargo, en sus páginas había ideas que no se habían visto nunca y que, en realidad, no se verían nunca en ningún sitio porque lo que Peter Cook, Ron Herron, Michael Webb y los demás componentes del grupo proponían no era ni remotamente una visión realista del futuro de la arquitectura o el urbanismo; lo que había dentro de Archigram I era un torbellino de gráficos y esquemas, de collages y señalética, de hipertecnología modular asociativa, optimismo consumista y cápsulas espaciales. Es decir, algo que tenía bastante más que ver con Popular Science o la versión más amable de Amazing Stories que con la revista oficial del Royal Institute of British Architects. Y aún faltaba lo gordo, que llegaría tres años después.

En 1964, Archigram dio a conocer la Walking City, proyecto estrella de Herron y símbolo instantáneo tanto de la arquitectura radical de los sesenta como del propio colectivo. La Walking City era una megaestructura polimórfica de edificios y calles montadas sobre un sistema de patas telescópicas que tocaban el suelo en unos pocos puntos. Aunque estaba dibujada con un detalle exquisito, lo cierto es que no resolvía los problemas estructurales, constructivos o sociopolíticos que el concepto lanzaba porque el propio concepto, desde el nombre, era tan potente que se llevaba por delante casi cualquier objeción. Una ciudad que no había crecido en el terreno, que no respondía a un entorno geográfico o paisajístico, que no dependía de accidentes orográficos. Una ciudad móvil, autónoma y autosuficiente. Una ciudad que camina.

Mientras, y por muy rápido que fuese —y desde luego que lo hacía—, la carrera espacial no tenía más remedio que adaptarse a las limitaciones de la realidad tecnológica de la época. Digamos que, en 1964, el hito de la NASA fue poner en órbita el primer satélite geoestacionario, el Syncom 3. Por su parte, los soviéticos lanzaron la Voskhod 1, el primer vehículo espacial con una tripulación de más de dos miembros. Parece muy poca cosa comparada con el futurismo militante de Archigram, pero si pensamos que, un año antes, Valentina Tereshkova había entrado en la historia como la primera mujer cosmonauta, no es difícil atar los cabos del futuro del viaje interestelar. Ya saben, un hombre en el espacio y una mujer en el espacio pueden engendrar, al menos en teoría, a un niño espacial. Claro que la minúscula Voskhod, o la minúscula Estación Espacial Internacional, no son ni de lejos el entorno idóneo para formar una familia, por muy bravos pioneros que sean sus integrantes.

Walking City, Ron Herron, 1964. Imagen: Archigram.

Vivir donde no se puede vivir

Es sabido que la carrera espacial tuvo mucho de marcar paquete armamentístico entre rusos y americanos y algo menos de romanticismo explorador, pero, como el ser humano lleva toda la historia de la civilización abriendo caminos y descubriendo mundos, la fría realidad no impidió que los cohetes y los transbordadores se convirtiesen en ensoñaciones de un futuro en el que el hombre colonizaría el espacio. El problema es que, en el espacio, las cosas están muy lejos.

Nos hemos acostumbrado a ver representaciones gráficas del sistema solar donde los planetas parecen a una distancia aceptable. Donde la Tierra y la Luna son como dos bolitas puestas una al lado de la otra cuando, en realidad, en los 384 400 kilómetros que nos separan de nuestro satélite cabrían todos los planetas del sistema solar juntos, y aún nos sobrarían más de 8000 kilómetros. Lógicamente, recorrer esos trayectos a bordo de ingenios terrestres convierte al viaje en una odisea impensable fuera de las páginas de una novela de ciencia ficción pulp. Si la Mars Curiosity tardó más de dieciocho meses en llegar a Marte y la Voyager 1 necesitó más de trece años para acercarse a la órbita de Saturno, el resultado es que, si usamos tecnologías de propulsión convencionales, tardaremos la bonita cifra de ochocientos mil años en llegar a Alfa Centauri, el sistema estelar más cercano al nuestro. Esto es, más tiempo del que lleva el hombre sobre la Tierra. 

Ante lo inconcebible de la empresa, durante las pasadas décadas se han llevado a cabo varias investigaciones, independientes y más o menos utópicas, sobre sistemas de propulsión que acorten el tiempo del trayecto. Uno de los más famosos es el exótico —y peligrosísimo— modelo matemático que el físico mexicano Miguel Alcubierre publicó en 1994, según el cual se podrían alcanzar velocidades superlumínicas, si bien no resuelve los problemas de disipación de la energía en el frenado que provocarían dichas velocidades, los cuales no solo pondrían en peligro la vida de los hipotéticos colonos que habitasen las naves, sino que serían capaces de desencadenar cataclismos de escala planetaria. 

Otro de los sistemas, también teórico pero bastante más apegado a la realidad científica, es el motor de propulsión nuclear de pulso. Iniciado en los años cincuenta con el proyecto Orion, continuado en los setenta con el Daedalus y en la actualidad con el programa Icarus Interstellar, este tipo de impulsor podría alcanzar velocidades en torno al 9 %-12 % de la de la luz y conseguiría que el viaje a Alfa Centauri se redujese a apenas dos o tres centenares de años, abriendo así la puerta al único vehículo razonablemente plausible con el que el ser humano colonizará la galaxia: la nave generacional, el arca interestelar.

Porque viajar rodeado del vacío asesino del espacio durante un par de siglos es una locura, pero es una locura asumible siempre que entendamos que el contenedor de los viajeros no es una cápsula. Es un lugar que habitarán centenares de colonos, quizá miles. Un lugar donde varias generaciones de seres humanos nacerán y morirán; pero también vivirán. Por eso, el arca interestelar nunca será un vehículo; será una casa, y aún más, una ciudad. 

¡Allá vamos!

En 1966, el doctor en física Gerard K. O’Neill se presentó como candidato al cuerpo de astronautas de la NASA, una vez que la agencia permitió el acceso a civiles a sus programas. Si bien se sometió al intenso entrenamiento físico y psicológico necesario, finalmente no fue aceptado. Sin embargo, la experiencia sirvió para apuntalar su entusiasmo por la colonización espacial. Como afirmaría años más tarde: «Estar vivo y no participar en esto me parecía algo terriblemente miope». Y participaría, aunque nunca subiera a un cohete e incluso aunque el «esto» hubiese perdido el favor de la gente.

A principios de 1970, y pese a que Neil Armstrong había pisado la superficie lunar menos de un año antes, el clima de aceptación del programa espacial estaba en sensible deterioro. La guerra de Vietnam era un foco de realidad demasiado doloroso y los universitarios del país no estaban dispuestos a que el Gobierno lo tapara con banderas colocadas a cuatrocientos mil kilómetros de distancia. Así que O’Neill le dio la vuelta a la desilusión e hizo a sus alumnos de Princeton la siguiente pregunta: «¿Es la superficie del planeta realmente el lugar más adecuado para una civilización tecnológica en expansión?». Como la Tierra parecía un sitio cada vez más hostil hacia la humanidad, la respuesta de los alumnos fue, efectivamente, que no.

O’Neill recabó varias docenas de trabajos con las distintas propuestas de los estudiantes, las reajustó, las destiló, las amplió, y con el resultado escribió un paper que tituló «La colonización del espacio». Lo presentó a revistas científicas como Science y Scientific American pero fue rechazado en todas. Como el tipo no era de desánimo fácil, siguió presentándolo a todas las publicaciones del ramo que conocía y, a la espera de que fuera aceptado, en mayo del 74 organizó un pequeño simposio de dos días en la universidad con el nombre de «Primera conferencia sobre colonización espacial».

La convención fue un éxito. Entre el público asistente se encontraban futuros astronautas, futuros ingenieros aeroespaciales, representantes de la NASA y también el decano del periodismo científico estadounidense Walter Sullivan, quien escribió un artículo que aparecería en la primera página del New York Times del 13 de mayo con el título «Los científicos consideran propuestas factibles para la colonización humana del espacio». Cuatro meses después, Physics Today publicó el paper que lo inició todo y, en 1975, la misma NASA inyectó quinientos mil dólares para financiar los estudios de O’Neill. El 23 de julio de ese mismo año, este realizó una declaración ante el Subcomité de Ciencia Espacial y Aplicaciones del Congreso y, en enero del 76, hizo lo propio ante el Subcomité de Tecnología Aeroespacial del Senado. 

Con ese moderado apoyo gubernamental, O’Neill recopiló todo su trabajo en un libro que publicaría en 1977. Se llamaba The High Frontier: Human Colonies in Space, traducido al español con el nombre Ciudades del espacio. El volumen apareció en todas las librerías, se publicaron más de diez ediciones y marcó el pico de la popularidad de Gerard O’Neill. Poco después llegaría la crisis del petróleo y, a ojos de parte de la opinión pública, la exploración espacial se convirtió en un enemigo del bienestar en la Tierra. 

Pero The High Frontier permaneció. Quizá porque la ilusión pervive en reductos más o menos impermeables, quizá por las magníficas ilustraciones del volumen. Probablemente porque proponía las posibilidades más realistas y más minuciosas de eso que Archigram dibujó doce años antes en forma de boutade: una ciudad autónoma y autosuficiente, tan despegada del terreno que ni siquiera está apoyada en ningún terreno. O’Neill las llamó Island One, Island Two y Island Three.

Las islas de The High Frontier son hábitats espaciales que debían funcionar bien como residencia permanente, bien como naves generacionales. Para que las propuestas fuesen consistentes no se trataba solo de echarle imaginación, había que resolver todos los problemas asociados a lo ambicioso del planteamiento: alimentación y suministro de aire respirable, pero también trabajo y ocio. Y, por encima de todos ellos, la condición ineludible para el sostenimiento físico de cualquier arquitectura y orgánico de todos los seres humanos: la gravedad.

Con esas premisas, las islas de O’Neill eran incluso más que ciudades, eran verdaderos continentes orbitando el vacío espacial. Micromundos con calles y edificios, árboles, campos de cultivo y hasta ríos artificiales, que albergarían poblaciones de entre diez mil y diez millones de personas.

La Island One era una esfera de Bernal, basada en el diseño que John Desmond Bernal propuso en 1928 y que el doctor Robert Enzmann había redefinido en 1964 cuando acuñó el término «arca interestelar». Como su propio nombre indica, se trata de una esfera hueca ocupada en sus paredes interiores. La gravedad se conseguiría gracias a fuerza centrífuga de la rotación sobre su eje, si bien las condiciones óptimas tan solo se darían en el ecuador. Gracias a los bosques se solucionaría el problema del aire y, de alguna manera, los habitantes vivirían más o menos igual que en la superficie de la Tierra. Con sus casas, sus comunidades y sus empleos.

Conceptualización artística de una estación espacial con la forma de una esfera de Bernal. Imagen: Rick Guidice / NASA Ames Research Center.

La Island Two eliminaba las dificultades gravitatorias del modelo de Bernal al acotar su superficie a la del segmento ecuatorial, adoptando así la forma de un toro. Se le llamó toro de Stanford y, aunque a priori se reducía la cantidad de suelo disponible, en la práctica, el ancho del segmento podría alcanzar dimensiones de cientos de metros e incluso kilómetros en función de su radio. De igual manera, el toro resolvía los problemas de soleamiento y, por tanto, suministro de energía solar que presentaba una esfera esencialmente opaca. De hecho, al estar constantemente expuesta a la luz solar, el toro debería emplear mecanismos artificiales de sombreado para simular los periodos de día y noche y no desestabilizar los ritmos circadianos de los colonos.

Conceptualización artística de una estación espacial con la forma de un toro de Stanford. Imagen: Rick Guidice / NASA Ames Research Center.

La Island Three se erigía en el modelo más avanzado, recibiendo el nombre de su creador: el cilindro de O’Neill. Se trata esencialmente de un toro extruido o cilindro hueco que, de este modo, aumenta enormemente la superficie aprovechable manteniendo las condiciones óptimas de gravedad, habitabilidad y soleamiento en todos sus puntos.

Conceptualización artística de una estación espacial con la forma de un cilindro de O’Neill. Imagen: Rick Guidice / NASA Ames Research Center.

Los diferentes diseños de hábitats espaciales bebían de la ciencia ficción y, a su vez, inspiraron numerosas narraciones del género. El Mundo Anillo que describía Larry Niven en su novela homónima de 1970 es un toro de Stanford, como también lo es la estación orbital Elysium de la película del mismo nombre dirigida por Neill Blomkamp en 2013. De igual manera, la enigmática nave alienígena descrita por Arthur C. Clarke en Cita con Rama es un cilindro de O’Neill, si bien la novela se publicó en 1972, tres años antes de que O’Neill pusiese nombre a su modelo. 

El ejemplo más reciente y más conocido de cilindro de O’Neill aparecía en los minutos finales de Interstellar, el filme de Christopher Nolan estrenado en 2014, donde más allá de chiripitifláuticas disquisiciones sobre el amor como dimensión física, el equipo de diseño de producción y efectos visuales echó el resto al edificar —siquiera para la pantalla— la Estación Cooper: un bellísimo paisaje de valles y granjas curvados, de carreteras y ríos curvados, de parques, plazas y centros comerciales curvados. De vidas bajo un cielo que a la vez es un suelo curvado en el interior de un asteroide hueco en órbita alrededor de Saturno.


¿Y si Gagarin no hubiese subido al espacio?

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Yuri Gagarin. Fotografía: TopFoto. Cordon Press.

¿Qué hubiera pasado si el día 12 de abril de 1961 Yuri Gagarin no hubiera subido a la nave que lo hizo entrar en la historia y a la URSS ganar una de las grandes batallas de la carrera espacial? ¿Cómo habrían cambiado la guerra fría y el mundo desde aquel momento? ¿Dónde estaríamos hoy? Esta es una interpretación (libre, por supuesto) de la historia que no fue…

El día 12 de abril de 1961 Yuri Gagarin no se despertó en la base de Baikonur. El día 12 de abril de 1961 Yuri Gagarin no desayunó dos tubos de ciento sesenta gramos de carne y de chocolate. El día 12 de abril de 1961 Yuri Gagarin no se vistió con un mono naranja y un casco con las letras CCCP. Ni paró el autobús de camino a la rampa de lanzamiento para orinar en las ruedas del mismo. Ni se subió a la nave Vostok 1. Ni a las 9:57 hora de Moscú chilló aquello de «¡Poyejali!» («¡Allá vamos!»). Ni se convirtió en el primer ser humano que veía la Tierra desde el espacio. Ni en un héroe. Ni el dirigente soviético Nikita Jrushchov pudo decir aquello de «Gagarin estuvo en el espacio, pero no vio a Dios allí». Porque aquel día 12 de abril de 1961 Yuri Gagarin ni siquiera apareció.

Había pasado los días previos concentrado en el balneario Foron, en Crimea, junto a su esposa Valentina y sus hijas Elena y Galina. Pero Gagarin, mujeriego y bebedor entusiasta, se había dedicado la víspera al vodka y a perseguir a una de las camareras del balneario. La siguió hasta su habitación. Y estuvo con ella hasta que Valentina lo buscó por todas las instalaciones y llamó a la puerta de aquella habitación a gritos. Hasta que Gagarin, piloto de la fuerza aérea, quiso escapar para no ser descubierto, saltó por el balcón, borracho, y en la caída se golpeó la cabeza, se abrió una brecha en la ceja izquierda y se quedó inconsciente, durmiendo la mona, en unos matorrales. Oculto. Desaparecido para los comandantes que lo buscaron desesperadamente para llevarlo a la base aérea, para que, a bordo de aquella Vostok 1, subiera al espacio y entrara en la historia. Para que la URSS se apuntara una nueva victoria en la guerra fría de la carrera espacial que cuatro años antes habían iniciado con la puesta en órbita del Sputnik, con el lanzamiento de un satélite cuyo bip-bip desde el espacio exterior mostró al mundo, y sobre todo a Estados Unidos, el poderío soviético. Pero aquel día Yuri Gagarin andaba a otras cosas y su resaca cambiaría la historia para siempre.

La noticia corrió enseguida por los cables diplomáticos y los teléfonos rojos. En la Casa Blanca un joven presidente Kennedy es informado de lo sucedido y decide aprovecharlo. Es la oportunidad de apuntarse una victoria con la que no contaban. La NASA, creada solo dos años antes, acelera sus planes. Para el 5 de mayo de 1961 tenían programado un vuelo suborbital a bordo de la cápsula de la nave Mercury Redstone 3. A bordo viajará Alan Shepard. La clave está en fichar al artífice del programa espacial soviético. El hombre en cuestión es Serguéi Pávlovich Koroliov. A Koroliov lo habían enviado los soviéticos, por orden de Stalin, a un campo de trabajo. Era un enemigo del Estado. Pero también una mente brillante. Por eso fue liberado y puesto al servicio del Gobierno. Hasta que la CIA lo localiza, le ofrece stock options de la NASA y un televisor nuevo donde poder ver el programa de Ed Sullivan y Koroliov acepta y deserta.

El día 5 de mayo de 1961 Shepard se convierte en el primer hombre que ve la Tierra desde el espacio. En un mensaje al mundo, Kennedy anuncia que su astronauta ha visto a Dios en las alturas y se burla del «salto de pulga» de los soviéticos, en referencia a la acrobacia fallida de Gagarin desde el balcón. El éxito de la misión dispara la popularidad del presidente. Dos años después aún lo aclaman y lo celebran en las ciudades. Así sucede en noviembre de 1963 en Dallas. Kennedy visita Texas. Lee Harvey Oswald lanza flores desde el séptimo piso del edificio de la librería municipal. El viaje resulta perfecto. Cuando regresa a Washington el presidente escribe en su diario: «Dallas salió a recibirme y di un fantástico paseo en mi Lincoln descapotable. Lo único que no me ha gustado es el traje rosa que llevaba Jackie».

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Fotografía: Cordon Press.

Pero los dolores de espalda, la crisis con Cuba y el inicio de la guerra de Vietnam estresan a Kennedy. Logra aliviarse flirteando con la actriz Jayne Mansfield, con quien enseguida iniciará un tórrido romance. Cansada de que su marido pase más tiempo en Camp David que en la Casa Blanca, que nunca la deje acompañarlo y consciente de que en poco tiempo ya no será primera dama, en 1968 Jackie se divorcia de John y se casa con Aristóteles Onassis.

Kennedy ya no oculta su relación con Mansfield, quien, por supuesto, no morirá en un accidente de tráfico en 1967. Incluso utiliza sus influencias para ayudarle a triunfar en Hollywood y logra que le den el papel de Katharine Ross en la película Dos hombres y un destino. Mansfield, todavía resentida con Paul Newman, a quien considera el responsable de que Joan Collins la sustituyera diez años antes en Rally Round The Flag, Boys!, le pide a Kennedy que haga un par de llamadas más y vete a Newman. Kennedy lo consigue. Newman decide entonces leer el guion que tenía en el buzón. Sin otro proyecto más interesante a la vista, acepta convertirse en el policía Harry Callahan en Harry el sucio.

En el Kremlin, mientras, Jrushchov echa chispas. Por culpa de Gagarin los yanquis van ganando la guerra fría y debe dar un golpe de efecto. El ánimo del pueblo está por los suelos. Jrushchov se la juega a la carta más alta. Promete la Luna. Y la promete con Gagarin. El 20 de julio de 1969 el mundo asiste atónito a un día histórico: el cosmonauta, con su ceja izquierda partida, a bordo del Poseidón 11, aterriza en la Luna. «Hola, camarada Yuri. Le estoy hablando desde el despacho presidencial del Kremlin», le dice Jrushchov por radio, «y seguramente esta sea la llamada telefónica más importante jamás hecha, porque gracias a lo que ha conseguido, desde ahora el cielo forma parte del mundo de los hombres. Lo que ha hecho lo enorgullece y confiamos en el trabajo colectivo y socialista para que vuelva sano y salvo a nuestra república». Gagarin deja sobre el satélite, en el mar de la Tranquilidad, que pasa a llamarse el mar de la Colectividad, una placa del líder soviético: «Venimos en paz por toda la raza humana. ¡Chúpate esa, Washington!».

El alunizaje ha sido presenciado en directo en todo el mundo. En Graceland, Memphis, Elvis Presley, vestido de lentejuelas y comiendo cereales, alucina ante el televisor. Años después se ofrecerá al nuevo presidente soviético Leonid Brézhnev durante un viaje a Moscú para acabar con el capitalismo. «He sido soldado. He cantado en la cárcel. Actúo en Las Vegas», le cuenta. «Y no hay nada más comunista que el ejército, la cárcel y el juego. Ante las armas, las rejas y las ruletas todos los hombres somos iguales».

El éxito soviético tiene consecuencias también en Washington. Kennedy ha dejado la Casa Blanca tras su segundo mandato, abandonado por Mansfield y solo. Nunca conocerá a Marilyn Monroe. Y se retira a vivir a su pueblo natal de Brookline, Massachusetts, donde pronto se convertirá en mentor de un niño espabilado llamado Conan O’Brien a quien intentará meter, sin mucho éxito, en política. Richard Nixon gana las elecciones, pero la derrota moral ante la URSS y la física en Vietnam también le pasarán factura. La crisis institucional en Estados Unidos es profunda. Solo la llegada de Jimmy Carter en 1977, el año que muere Elvis en Leningrado, parece abrir por fin un nuevo tiempo de prosperidad. Carter necesita también un golpe de efecto. Devolver la imagen al mundo de una América grande de nuevo. Y sus asesores le proponen que viaje a la Alemania dividida del telón de acero y que haga allí un gesto de liderazgo. Un beso, le proponen. Un beso de hermanamiento con el líder comunista Erich Honecker que mostrará el inicio de una nueva época.

Carter duda. No ha besado nunca a un hombre. «¡Eh! Yo soy un hombre muy hombre de Plains, Georgia. En mi estado a los hombres que besan a otros hombres los colgamos de los árboles», dice. Pero acepta. En junio de 1979 la imagen da la vuelta al mundo: en el 30 aniversario de la República Democrática Alemana, Carter y Honecker se funden en un largo beso de hermanamiento. La estrategia parece funcionar. Brézhnev está celoso. Políticamente es un éxito. Pero dentro de la Casa Blanca el beso provoca un tornado. Carter no es el mismo tras regresar a Washington. Pasa el día suspirando con el rostro entre las manos sentado en su Despacho Oval. Se ha enamorado. Y Honecker, además, como le cuenta en largas cartas que Jimmy lee y relee, le corresponde. Rosalynn, la esposa de Carter, huérfana desde pequeña, luchadora y despechada, decide vengarse. Pide el divorcio e inicia su campaña para ser la primera presidenta de Estados Unidos. Lo logra. Vence a Ronald Reagan, el candidato republicano y gobernador de California. Reagan apuesta entonces por volver al cine y aprovecha la furia de su derrota para preparar el papel que le proponen de un loco encerrado en una casa casi blanca: El resplandor.

Jack Nicholson, la gran sensación del cine, que había ganado ya un Óscar por Alguien voló sobre el nido del cuco y que aspiraba a ese papel, se queda sin el trabajo. Se enfada, dice que él era la estrella, despide a su agente y decide llevar las riendas de su carrera él solo. Para darle un giro acepta entonces un guion extranjero que le ha llegado: Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón, donde debe interpretar a Pepi, una mujer que cultiva marihuana en su terraza. Le gusta tanto el rodaje en Madrid que decide quedarse allí. Se deja bigote y se hará muy popular entre los españoles interpretando a Smith en la serie de televisión Los ladrones van a la oficina. Como aún no ha aprendido a hablar en español hace de mudo y lo clava. Años después triunfará en la televisión como cantante de boleros Antonio Resines. Son los años noventa. La gran era de la NBA. Los Chicago Bulls dominan el campeonato gracias a la espectacular pareja que forman Michael Jordan y Barack Obama.

El deporte es la única alegría para el pueblo americano. El año 1989, con la ampliación del Muro de Berlín, supone la caída definitiva del sistema capitalista. El colapso de Estados Unidos provoca la división en países independientes. Chuck Norris es elegido presidente de Texas. Fidel Castro impone el bloqueo y el embargo a Florida, que ha decidido mantener el modelo capitalista. Miles de emigrantes huyen de Miami en barca para pedir asilo en La Habana. Gloria y Emilio Estefan son finalmente aceptados por el Gobierno cubano. Todavía actúan hoy los martes y los jueves en el Tropicana. Años después, Alejandro Sanz, agobiado por la fama y la prensa española, se muda a Vladivostok. Allí compone su tema más conocido: «Corazón y martillo». «Después de la tormenta siempre llega la calma, pero después de ti, mi URSS, después de ti no hay nada», canta en un perfecto ruso que habla desde que lo aprendió en el instituto. Es el idioma oficial de un mundo que enloquece con la comida rápida de los McTrioska, bocadillos de arenques secos con patatas cocidas.

Pero el modelo comunista también tendrá consecuencias. En 2008 los oligarcas rusos dominan el negocio del gas y del petróleo. Incontrolables, su ambición provoca un alza de los precios que hunde a Europa en el invierno más largo de la historia. Los hechos servirán de argumento para una nueva serie de televisión que se llamará Juego de tronos. Putin se consolida en el poder tras una campaña en la que se presenta como líder mundial con el lema —en inglés, para llegar a los países satélites de Washington— «yes, we can». El modelo de la URSS se extiende a todo el mundo. La monarquía en España es abolida y Juan Carlos se exilia en Botsuana, donde monta una granja de elefantes y se dedica desde entonces al conservacionismo y a producir el primer vino ecológico de África, cuya producción se bebe enteramente él.

En el año 2017 una nueva crisis sacude a España. Cataluña quiere independizase de la Unión Europea de Repúblicas Socialistas. Kim Yong-il, firme aliado de Moscú y uno de los más respetados líderes mundiales, recibe a Mariano Rajoy en Pionyang para hacer un llamamiento a favor de la unidad de España y amenaza con lanzar un misil sobre Castelldefels. Y todo esto lo presencia mientras tanto, impasible y tranquilo, en Arteixo, Amancio Ortega, que triunfa vendiendo batas de boatiné para señoras en Siberia.


El entusiasmo espacial y la arquitectura soviética

La Soyuz MS-05 (2017). Fotografía: NASA (CC).

En 2011 la editorial Taschen publicó el libro CCCP (1), Cosmic Communist Constructions Photographed, del fotógrafo francés Frédéric Chaubin. En la introducción el libro habla de las intenciones de su autor de documentar su particular investigación de arqueología del presente y estos edificios, según él, olvidados y desconocidos. Desde el punto de vista occidental, como también por el lamentable estado de conservación de algunos de ellos, estos grandes equipamientos públicos construidos en las últimas dos décadas de la existencia de la URSS constituyen una especie de cementerio de formas arquitectónicas espectaculares como si se tratara de una lejana civilización desaparecida. Ciertamente, CCCP no es la única publicación con el mismo planteamiento que, a través de preciosas fotografías, presenta la decadencia del mundo socialista, pero tiene la particularidad de acercarse, aunque de manera retórica, al impacto que tuvo la conquista del espacio en la cultura y arquitectura soviética. Aun así, en él no aparece ni el monumento a Yuri Gagarin, inaugurado en 1980, ni el Museo de la Cosmonáutica de 1981, que ocupa la base del Monumento a los Conquistadores del Espacio, el obelisco de 107 m de titanio, en su momento el más alto de mundo (entre las construcciones de titanio).  

La fascinación por el desarrollo científico y la conquista del espacio han estado presentes en todas las etapas de la URSS. La Revolución socialista conllevaba una gran promesa para el futuro y los discursos políticos hacían guiños a la utopía de progreso que, aparte de la supremacía nacional, les acercaría los «otros mundos». La ciencia ficción rusa, muy popular ya en los años prerrevolucionarios, había preparado el terreno y la sociedad sabía que la electrificación e industrialización darían paso a la era del espacio. En su Estrella roja de 1908, Aleksandr A. Bogdánov describió una sociedad socialista y la situó en Marte, y unos años más tarde, en La fiesta de la inmortalidad, describió el mundo del futuro: «Ya no existían ciudades como antiguamente. Gracias a la facilidad y universalidad del transporte aéreo, la gente no temía las distancias y se instalaba por todo el planeta en lujosas villas rodeadas de flores y vegetación. Cada villa tenía un espectroteléfono que las mantenía en contacto con los teatros, periódicos e instituciones públicas. Cualquiera podía disfrutar en su propia casa con la actuación de sus cantantes favoritos, ver en su pantalla de cristal pulido una representación teatral, escuchar los discursos de distintos oradores, charlar con sus conocidos…».

Varios proyectos arquitectónicos daban cuenta de este sueño del futuro. En Vkhutemas, la nueva escuela de arquitectura fundada en 1920 por decreto de Lenin, en paralelo a la más conocida Bauhaus de Alemania, se habían pensado las ciudades sobre muelles que se movían según gira el Sol o que se concentraban en edificios largos sobre pilares para mantener intacta la naturaleza debajo. El proyecto de Georgy Krutikov, con el que se graduó en 1928, fue más allá (2). El proyecto, conocido como la Ciudad Voladora, especulaba sobre el asentamiento humano; en él, la zona de trabajo —complejos industriales y explotaciones mineras— junto con el comercio y el ocio estarían situados sobre la superficie terrestre, mientras que la zona residencial, con los equipamientos educativos y culturales, formaría estructuras flotantes, una especie de colmenas en el aire. Los ciudadanos estarían en movilidad permanente, viajando en sus cápsulas individuales, que se acoplaban a las viviendas. Colonizar el espacio era la mejor manera para solucionar la crisis de la vivienda heredada y desprenderse definitivamente de la ciudad burguesa.

Stalin utilizó el interés popular en los temas relacionados con la ciencia y la exploración del espacio, aunque sus investigaciones no eran prioritarias en los primeros planes quinquenales. En la era pre-Sputnik, los científicos y los astrofísicos se consideraban héroes y su trabajo se utilizaba en los discursos nacionalistas para enaltecer el poder soviético por encima del occidental. El 1 de mayo de 1935, Konstantín Tsiolkovski, el teórico de la astronáutica y conocido como el abuelo del programa espacial de la URSS, dio un discurso desde la Plaza Roja de Moscú en el que habló sobre el futuro de los viajes espaciales de los humanos. El discurso fue trasmitido en todo el país (a sus once zonas horarias) y tuvo un gran impacto social.

En los tiempos de las grandes purgas estalinistas, algunos ingenieros importantes fueron encarcelados acusados de sabotaje, espionaje o actividad contrarrevolucionaria. Serguéi Koroliov, director del programa espacial soviético desde los años cincuenta, pasó seis años en un gulag, algunos meses en el durísimo campo de Kolyma, de los cuales su salud cargó con secuelas permanentes. Durante la Segunda Guerra Mundial, al ver que su industria aeronáutica quedaba por detrás de los avances del Tercer Reich, Stalin redujo las condenas de los ingenieros y los confinó a Sharashka, un campo de trabajo intelectual, conocido como el gulag de los ingenieros, situado cerca de Moscú. Koroliov trabajó junto a varios especialistas de aeronáutica bajo la dirección de Andréi Túpolev en el diseño de aviones y bombarderos que llevaron su nombre.

La muerte de Stalin en 1953 cambió el rumbo de la cultura y tecnología soviéticas. En arquitectura se revisó el estilo monumental del estalinismo, que produjo edificios de gran escala y un particular estilo neoclásico revolucionario. Se consideró excesivo, parte del culto a la personalidad del líder y culpable de grandes despilfarros de material y mano de obra que no ayudaron a solucionar la endémica falta de viviendas. Como remedio, se impuso la industrialización general del proceso constructivo y la preferencia por sistemas prefabricados en la edificación de grandes complejos residenciales. Al mismo tiempo se emprendió el programa espacial, resultando en el lanzamiento del primer satélite Sputnik el 4 de octubre de 1957, que puso a la aeronáutica soviética por delante de la estadounidense.

(Clic en la imagen para ampliar). Estudio para el interior de la Soyuz realizado por Galina Balashova (1970–1974).  Imagen: Archiv Galina Balaschowa publicado en Balashova: Architect of the Soviet Space Programme.

Especialmente desde el viaje de Yuri Gagarin alrededor de la Tierra el 12 de abril de 1962, los temas cósmicos empezaron a formar parte de la vida diaria. Los astronautas se convirtieron en héroes nacionales y en Moscú se construyó el monumento de titanio a Gagarin. Los motivos espaciales empezaron a inspirar los objetos cotidianos, así aparecieron los modelos de aspiradoras Chaika y Saturnas, mientras que los nombres de Sputnik, Laika o Kosmos también se convirtieron en marcas de cigarrillos. La popular revista Tehnika Molodezhi (‘técnica para los jóvenes’), que se publica mensualmente desde 1933, empezó a partir de 1950 a publicar cada vez más artículos e imágenes sobre exploración espacial. Durante la década de los sesenta y especialmente desde el viaje de Gagarin, la revista se dedicó a publicar proyectos utópicos de asentamientos humanos en la Luna, en Marte o en Venus, con naves, vehículos de superficie dura, robots y otras máquinas imprescindibles e inexplicables. Los diseños eran de ciencia ficción y de cómic al mismo tiempo: coloridos, de líneas simples, de formas aerodinámicas y curvadas, con edificios-burbuja y construcciones que desafiaban la gravedad.

La arquitectura de los años sesenta, de la era Jruschov, pretendía ser más funcional que espectacular y, sobre todo, economía era el imperativo para evitar los excesos de Stalin. Se llevaban a cabo numerosas investigaciones en el campo de materiales y elementos modulares para su producción masiva en la industria, pero la forma arquitectónica tardó más de una década en adoptar la espectacularidad de la era espacial. Los años setenta y ochenta, cuando la carrera espacial ya había terminado, fueron tiempos de más extravagancia formal y fue cuando se construyeron obras como el Sanatorio Druzhba en Yalta, el edificio ministerial en Tiflis o la Academia de las Artes y Ciencias de Moscú.

Galina Balashova estudió Arquitectura en Moscú y en 1961 —con solo veintiséis años—  fue empleada por el Instituto de Investigación y Desarrollo, Oficina OKB-1 de Diseño Experimental, el núcleo del programa espacial soviético. En  plena era Jruschov, Balashova era la única arquitecta que se dedicaba a diseñar los interiores de las naves espaciales, preparando la flota soviética para vuelos tripulados. Su jefe directo era Serguéi Koroliov o «el Diseñador Jefe», como solía ser identificado en clave.

El legado de Galina Balashova es espectacular y hasta hace poco desconocido por el secretismo que envolvía la investigación espacial: en 2015 fue expuesto en el Museo de Arquitectura de Frankfurt y se publicó en el libro Galina Balashova: Architect of the Soviet Space Programme (3). Su trabajo consistía en crear unos interiores habitables en las naves espaciales, así que participó en proyectos para las naves Soyuz, el transbordador Burán y la estación Mir. La particularidad del diseño consistía en dotar de humanidad y calidez a los espacios reducidos de las cápsulas y hacer que estos espacios, altamente tecnológicos, fueran psicológicamente aceptables para que los astronautas pudieran pasar allí más tiempo. Esto pasaba por domesticar visualmente estos espacios llenos de tubos, botones y palancas y dotarlos de sentido de orientación, diferenciando con claridad el suelo de las paredes y del techo, algo a priori innecesario en el espacio sin gravedad. Gran parte del éxito de Balashova residía en el uso de formas sencillas y reconocibles del mobiliario doméstico: sofás, sillas, escritorios, cajones o armarios, en la transformabilidad de los elementos, como también en la aplicación de un sistema de colores muy actual en su época: verdes, azules claros, ocres, marrones y naranjas que ha ido variando en todos sus diseños.

El Museo de Cosmonaútica de Moscú (4) exhibe las naves Mir y Soyuz y, aparte de su abrumadora complejidad tecnológica, también se puede apreciar la simplicidad acogedora de sus interiores. A pesar de estar rodeada durante años de astronautas, Galina Balashova no se sentía atraída por los viajes espaciales. Para la única arquitecta realmente cósmica, la arquitectura, la creación de espacios armoniosos y funcionales, siempre ha sido mayor desafío que la carrera espacial.

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(1) CCCP hace alusión a las siglas en cirílico de la URSS: Сою́з Сове́тских Социалисти́ческих Респу́блик.

(2) En 2015 la editorial Tenov de Barcelona publicó este proyecto en el libro Gueorgui Krútikov. La ciudad voladora, utopía y realidad, de Selim Omárovich Jan-Magomédov. Traducción de Miquel Cabal Guarro.

(3) Meuser Philipp. Galina Balashova: Architect of the Soviet Space Programme. Berlin: Dom Publishers, 2014.

(4) La página del Museo ofrece un tour virtual donde se pueden ver estas naves.


Queridos extraterrestres, queremos que existáis

El astronauta Yuri Gagarin. Foto: Cordon.

El gran interés del público de los siglos XIX y XX por las exploraciones del planeta, y la admiración por sus grandes figuras, Aducen, Livingstone, y los demás, cesó como moda mayoritaria al comenzar la guerra fría. Y ello porque ahora había un lugar mucho más grande y exótico que contemplar: el espacio. La última frontera, como se encargaba de anunciar una voz en off al inicio de cada capítulo de Star Trek. La ciencia ficción cobró a partir de la década de 1950 un protagonismo inédito en la cultura, debido en parte a la contienda entre la Unión Soviética y Estados Unidos. Las dos primeras victorias soviéticas en la carrera espacial fueron aplastantes, y aterradoras para los estadounidenses. Su enemigo había sido capaz de poner en órbita el primer satélite artificial, el Sputnik, y también de demostrar que un ser vivo, la perrita Laika, podía sobrevivir en el espacio, abriendo el camino a la exploración humana. Cuatro años después iba a ser el ruso Yuri Gagarin el primer ser humano en abandonar la Tierra y viajar al espacio. Aunque para entonces el Gobierno estadounidense ya había agrupado sus esfuerzos mediante la creación de la NASA, por lo que un mes después de Gagarin hubo también un astronauta norteamericano en órbita.

Pero la NASA no solo iba a orientar los esfuerzos técnicos que pondrían al hombre en la Luna, asegurando su supremacía sobre los rusos. También iba a convertirse en una poderosa arma de propaganda que presentaría resultados atractivos para el gran público. Los políticos estadounidenses la emplearían para atraer el voto ciudadano, los de la Unión Soviética para desalentar a sus enemigos. En Estados Unidos se recuperó el talento y la organización propagandística de la Segunda Guerra Mundial, para reconvertirlos en gabinetes de relaciones públicas y lobbies al servicio del Gobierno. Los cuales dedicaron gran parte de sus esfuerzos a influir en la cultura de la nación. Y lo hicieron alimentando los sueños de sus ciudadanos, ofreciéndoles algo más que una sucesión de hitos en la carrera espacial. Era necesario asegurarles que en un futuro próximo vivirían en un edén tecnológico donde sus problemas serían resueltos por robots, y su necesidad de trabajar posiblemente también. Un modo de acallar cualquier oposición a un millonario gasto público que afectaba a otras partidas como la sanidad, la educación o la lucha contra la pobreza.

Pronto cesaron las críticas, y la sociedad civil se contagió del entusiasmo hacia los viajes espaciales, y de la posibilidad de que existieran sociedades futuras muy avanzadas tecnológicamente. Los cómics y las novelas pulp fiction de temática espacial fueron, en los años cincuenta, las primeras manifestaciones culturales de esta tendencia. Género infantil los primeros, y literatura de consumo para un público con educación básica las segundas. Pero no tardaron en cobrar relevancia obras literarias tan sólidas como las de Isaac Asimov, Phillip K. Dick, Arthur C. Clarke y Ray Bradbury. Sus argumentos no solo comenzaban a ser aceptados como un género para adultos, sino ampliamente demandados. El desarrollo de la televisión aprovechó este interés por los asuntos galácticos y futuristas para lanzar en 1966 Star Trek, que a día de hoy sigue constituyendo un hito. Su capacidad de recreación de los viajes interestelares y la exploración de las galaxias marcaron definitivamente el camino a seguir por la ciencia ficción. Algo que se trasladó al cine en los años setenta y ochenta con grandes éxitos comerciales como la saga de La guerra de las galaxias, que generó una ola de admiración solo equivalente a su predecesora Star Trek. También el documental científico televisivo tuvo su auge con Carl Sagan y sus programas sobre el espacio.

Aunque llegó un momento, a partir de la década de 1970, en que los esfuerzos propagandísticos gubernamentales y el desarrollo cultural se disociaron. La película Apolo XIII protagonizada por Tom Hanks refleja bien ese ambiente de desinterés social. Era la séptima vez que se viajaba a la Luna, y todos daban por hecho que era una operación rutinaria. Tan solo ese «Houston, tenemos un problema» suscitó algo de interés entre el gran público, que ahora prefería los mundos fantásticos del cine o la novela de ciencia ficción. A principios de los ochenta Alien, el octavo pasajero, mezcló el género con el del terror, haciendo prevalecer una idea ya anticipada por las novelas, el peligro de aniquilación por extraterrestres. La película era además una muestra de la aceptación social de los viajes espaciales en el futuro, pues el argumento arranca en una nave, con tripulantes sacados de la hibernación, sin que haga falta explicar dónde están ni qué hacen. Desde entonces hasta el día de hoy las sagas de Alien, La guerra de las galaxias, o Star Trek despiertan mucho más entusiasmo que las fotos del Curiosity en Marte o las del rover chino Yutu en la Luna. Cuando la Unión Soviética dejó de existir se canceló también la guerra fría, y la NASA quedó como única agencia relevante en las conquistas espaciales. Pero algo muy importante había cambiado para siempre en la mentalidad de todos nosotros.

Tan importante como que los científicos que hoy exploran el espacio crecieron de niños soñando con las obras literarias, películas y series de televisión que prometían conquistar las galaxias. Ello podría explicar por qué hace poco realizaron un anuncio poco convencional, del que se han hecho eco medios de todo el mundo. En torno a la estrella KIC 8462852, popularmente conocida como Tabby, se había detectado una posible megaestructura alien. La primera gran posibilidad de vida extraterrestre. No se habían vuelto locos, ni exagerado su afición por la nave estelar Enterprise o los caballeros jedi. En realidad estaban barajando la hipótesis científica formulada por Freeman Dyson. Un físico y matemático de gran prestigio que se guía por la máxima de que los planteamientos de la ciencia deben ser siempre subversivos o no aportarán avance alguno. Consecuente con ello, se inspiró para una de sus ideas más famosas en la lectura de una novela de ciencia ficción, Star Maker, publicada originalmente en 1937. Esta maravilla del género explora el concepto de los humanos como seres de origen de una Tierra anterior y más antigua, la creación genética de especies o la mente colectiva conectada mediante telepatía. Anticipa muchos temas tratados después debido a la influencia que ejerció sobre Asimov, Arthur C. Clarke o H. G. Wells. Y añade además un trasfondo filosófico, conforme a la profesión de su autor, Olaf Stapledon, filósofo. Pero lo que más llamó la atención del científico Dyson fue la asociación entre necesidades energéticas y desarrollo tecnológico. Y así es como formuló su hipótesis, llamada esfera de Dyson, basada en principios matemáticos, astronómicos y físicos.

La esfera de Dyson es una megaestructura que rodea una estrella y aprovecha toda su energía. Es un planteamiento consistente con civilizaciones capaces de viajar entre galaxias, pues precisarían una cantidad de energía que hasta donde sabemos solo puede obtenerse de esta manera. Dyson imaginó que si tal estructura existía podríamos detectarla mediante observaciones astronómicas desde la Tierra. Y ello porque la ingeniería de los alienígenas iba a generar irregularidades en la radiación de la estrella. Algo así como si contempláramos un tubo de neón estropeado que se apaga y enciende caprichosamente antes de fundirse por completo. En 2015 las observaciones del telescopio Kepler de la estrella Tabby demostraron ser consistentes con la hipótesis de Dyson. Allí estaba la indicación de vida extraterrestre.

El hallazgo no fue casual. Una generación de científicos más parecidos a los protagonistas de la serie de televisión The Big Bang Theory que a los serios profesores del pasado estaba buscando activamente vida extraterrestre. Gracias al satélite telescopio Kepler lanzado por la NASA en 2009 y a los datos obtenidos en el Observatorio Europeo Austral de La Silla, Chile, han podido saber con toda certeza que sistemas como el nuestro, con varios planetas orbitando alrededor de una estrella, son lo común, y no la excepción, en nuestra galaxia. Un diez por ciento de ellos están situados además en la llamada zona de habitabilidad y, como la misma Tierra, reúnen las condiciones para albergar vida. No hay más que buscarla, y puede que en Tabby la hubieran encontrado.

Las observaciones sugieren que las inusuales señales luminosas de KIC 8462852 son fragmentos de cometas polvorientos que bloquearon la luz de la estrella cuando pasaron frente a ella en 2011 y 2013. Recreación: NASA.

Y ahora llega el momento de enfriar los ánimos. Nuestra cultura, heredada de la guerra fría y la carrera espacial, nos ha hecho mirar aquello que queremos ver. La estrella KIC 8462852 es llamada Tabby por Tabetha Boyajian, la astrónoma que reparó por primera vez en la anormalidad de este cuerpo celeste. Pero en el artículo científico que ella firmó junto a otros muchos colegas no aparece la esfera de Dyson sino otras posibles explicaciones del fenómeno, indicando que la más probable sea una nube de miles de cometas en caprichosas órbitas alrededor de la estrella. Quizá el producto de la colisión de dos planetas. Teorías que dejan, sin embargo, muchas cuestiones por explicar. Como el hecho de que Tabby lleve oscureciéndose un siglo y que haya perdido un 3% de su luz en los últimos años. El único modo de responderlas es seguir buscando más sistemas como el solar, y analizar individualmente los datos de cada estrella, cotejando unos con otros. Cualquier lector que haya mirado arriba en una noche estrellada en mitad del campo comprenderá que es como buscar una aguja en un pajar. Especialmente porque KIC 8462852 tiene una anormalidad que jamás se había observado, así que debemos encontrar otras similares para sacar conclusiones. Y como ni el telescopio Kepler de la NASA ni el europeo de La Silla pueden centrarse en esa única tarea, la propia Tabetha Boyajian ha impulsado la asociación Planet Hunters. Una red de voluntarios que contemplan durante horas los gráficos extraídos de observatorios de todo el mundo. En la web del mismo nombre pueden marcar con puntos rojos las estrellas cuyas oscilaciones lumínicas puedan indicar la existencia de planetas orbitando alrededor de ellas. No hace falta ser un experto, solo leer las instrucciones en inglés y ser lo suficientemente friki como para querer pasar allí las horas muertas.

Así que, aunque la megaestructura alien sea una hipótesis demasiado aventurada, lo cierto es que responde a una búsqueda real. Estamos intentando encontrar vida extraterrestre, y estamos haciéndolo desde mucho tiempo atrás. Incluso con cierta inconsciencia por nuestra parte. Las sondas Voyager, la primera de las cuales fue lanzada en 1977, contenían discos de oro con sonidos de la Tierra, saludos en varios idiomas humanos, fotografías y otros datos. Su objetivo era que, de ser leídos en su conjunto por una civilización extraterrestre, esta comprendiera la existencia humana en nuestro planeta y nuestra historia. En principio no iban dirigidas a ningún lugar lejano de la galaxia, sino a los planetas de nuestro sistema solar. Porque, aunque hoy nos parezca impensable que alberguen vida inteligente, en la década de 1970 no estaban tan seguros. La guerra de los mundos de H. G. Wells era una posibilidad científica, y quién sabe si los marcianos pondrían en algún tipo de tocadiscos aquellas grabaciones, caso de llegarles. Una acción un poco irresponsable si consideramos las advertencias que nos hace últimamente Stephen Hawking. De acuerdo con su pensamiento, una civilización extraterrestre capaz de llegar a la Tierra nos encontraría en una condición de inferioridad tecnológica muy similar a la que tenían las civilizaciones americanas cuando llegaron los españoles. Recordemos que no conocían el uso de los metales, y menos aún las armas de fuego. Por no hablar de que las enfermedades llegadas de Europa los diezmaron tanto o más que las guerras de conquista. Por tanto, lo más prudente es observar si existe vida en otros planetas y, caso de hallarla, guardar silencio. Mandar un «hola» interestelar es, según Hawking, la peor idea posible.

Pero la pregunta es si estamos buscando algo que no existe debido a la influencia de una cultura que nosotros mismos creamos. La intuición estadística nos lleva a concluir que, dada la existencia de mil millones de planetas en la parte del universo que podemos observar, alguno de ellos tiene que albergar vida. Ahora bien, si buscamos una vida similar a nosotros, capaz de viajar al espacio, usar la tecnología y dejar rastro de ella para ser detectada desde otros puntos de la galaxia, la cosa se complica. Especialmente porque solo podemos mirar al momento presente, y existe la posibilidad que otras civilizaciones alcancen su desarrollo mucho después de que nosotros nos hayamos extinguido, o que lo hayan hecho mucho antes. Es una cruda verdad que de momento estamos sujetos a la Tierra, y especies muy evolucionadas y bien adaptadas a su entorno, como los dinosaurios, sufrieron una extinción masiva por algo tan inevitable como la caída de un meteorito. No fue la única desaparición de especies en nuestro planeta, y la geología indica que habrá más en el futuro. Cabe la posibilidad de que seamos capaces de colonizar las estrellas y perpetuarnos en otros lugares, pero de momento eso sigue siendo ciencia ficción. Si nos extinguimos, simplemente no estaremos aquí cuando lleguen los aliens.

Por el momento nuestra búsqueda de extraterrestres continúa, y cada vez con más empeño. En 2018 entrará en funcionamiento el telescopio espacial James Webb Space de la NASA, destinado exclusivamente a estudiar atmósferas de planetas potencialmente habitables. Técnicamente, el espectro de los gases producidos por seres vivos puede ser identificado desde la Tierra, puesto que aquí los tenemos como producto de la respiración de las plantas, la putrefacción de los cadáveres, y otros procesos biológicos. En caso de localizar su espectro sobre un planeta indicaría que allí hay vida, y una vez establecida esa posibilidad, podríamos buscar además emisiones de radio procedentes de ellos. Las cuales indicarían una civilización tecnológicamente avanzada. El problema es, una vez más, saber hacia dónde tenemos que mirar en la infinitud espacial. Un reciente descubrimiento, el de la estrella Trappist-1, parecía haber resuelto este problema.

Trappist-1 es un sistema planetario muy parecido al nuestro. La estrella es más pequeña y emite menos energía que el Sol, pero de los siete planetas que orbitan en torno suyo, unos cuantos podrían reunir las condiciones para albergar vida. Al menos esas eran las primeras observaciones, porque nuevos datos han permitido saber que las tormentas solares de la estrella posiblemente harían imposible a ningún ser vivo sobrevivir allí. Si esto se confirma, tendremos que seguir buscando.

Desde un punto de vista meramente científico, aún no podemos afirmar ni desmentir que exista vida extraterrestre. Ambas posibilidades son correctas y los experimentos de búsqueda tendrán que decirnos si descartamos una de ellas. Dos astrónomos, Behroozi y Peeples, han combinado los datos del telescopio Kepler y del Hubble hasta concluir que hay un 92% de posibilidades de que existan civilizaciones alienígenas. Para añadir a continuación que será más probable que existan en el futuro, dado que la duración estimada del Universo es de cien mil millones de años, y nosotros hemos surgido en los primeros trece mil ochocientos millones. En teoría hemos nacido demasiado pronto, aunque no hay que descartar que otros hayan existido antes y ya no estén. Meros conjuntos de posibilidades que abren preguntas sin respuestas. La única certeza es que seguimos buscando, y mientras lo hacemos estamos defendiendo la posible existencia de otros seres. Porque, después de más de un siglo de novelas, películas, series de televisión y documentales, el problema no es si existen o no los extraterrestres. Es si queremos dejar de creer en ellos.

La guerra de los mundos, 1953. Imagen: Paramount Pictures.


La increíble y triste historia de la Zambia libre y sus heroicos afronautas

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Fotografía: Cristina de Middel.

El 12 de septiembre de 1962, ante treinta y cinco mil personas y en el estadio de fútbol de la Universidad de Rice, en Houston, Texas, John F. Kennedy dijo: «Hemos decidido ir a la Luna. Elegimos ir a la Luna en esta década y hacer lo demás, no porque sean metas fáciles, sino porque son difíciles, porque ese desafío servirá para organizar y medir lo mejor de nuestras energías y habilidades, porque ese desafío es un desafío que estamos dispuestos a aceptar, uno que no queremos posponer, y uno que intentaremos ganar, al igual que los otros».

Esas palabras trataban de responder a los hechos. El 4 de octubre de 1957 el Sputnik se convirtió en el primer objeto humano lanzado al espacio. Un mes después, la perra Laika fue el primer ser vivo en el espacio, donde estuvo cinco horas; Laika fue la primera de los doce perros que la URSS envió al espacio, cinco de los cuales regresaron vivos. En 1959 los rusos enviaron varias sondas que consiguieron fotografiar la Luna, y así se pudieron ver las primeras imágenes de su cara oculta. Todo ello hizo posible que el 12 de abril de 1961 Yuri Gagarin se convirtiera en el primer ser humano en viajar al espacio exterior, donde estuvo durante ciento ocho minutos; tripulaba la nave Vostok 1. Y, para colmo, en junio de 1963, una mujer, Valentina Tereshkova, fue enviada al espacio y dio cuarenta y ocho vueltas alrededor de la Tierra durante tres días.

¿Es que en Estados Unidos no tenían Lo que hay que tener, según el largo reportaje que publicó en forma de libro en 1980 Tom Wolfe (1)? «El Sputnik 1 se había convertido en el segundo acontecimiento decisivo de la guerra fría. El primero había sido la fabricación de la bomba atómica soviética en 1953. (…) El Sputnik 1 adquirió una dimensión mágica», dice Wolfe, y añade las palabras de Lyndon B. Johnson, jefe de la mayoría en el Senado: «El Imperio romano controló el mundo porque era capaz de construir caminos. Más tarde —cuando se trasladó al mar— el Imperio británico pudo dominar porque tenía barcos. En la era aérea fuimos poderosos nosotros porque teníamos aviones. Ahora, los comunistas han logrado asentar un punto de apoyo en el espacio exterior». Para el New York Times EE. UU. estaba en una carrera por su supervivencia.

Y la primera respuesta tras el lanzamiento del Sputnik fue el intento de colocar en órbita un satélite, el 6 de diciembre de 1957, dos meses después del éxito ruso. El cohete Vanguard TV3 que llevaba el ingenio se elevó apenas quince centímetros y explotó en directo, en televisión. La prensa tituló al día siguiente «¡Kataputnik!».

Pocos meses después nació la NASA. Y uno de sus primeros éxitos fue un logro menor: en la nave Mercury Redstone 2, Alan Shepard, el primer astronauta estadounidense, despegó el 5 de mayo de 1961, veintitrés días después del vuelo de Gagarin, para hacer un vuelo suborbital de quince minutos, es decir, sin dar una vuelta completa a la Tierra, menos relevante que el de Gagarin, que había sido orbital. Tras él voló, el 21 de julio de 1961 y sin llegar tampoco a orbitar la Tierra, Gus Grissom, quien, por cierto, murió en el accidente que sufrió en un entrenamiento de la misión Apolo 1, el 27 de enero de 1967, junto a los astronautas Roger Chafee y Ed White. Finalmente, EE. UU. consiguió el vuelo orbital el 20 de febrero de 1962 con la nave Friendship 7, tripulado por John Glenn, quien dio tres vueltas completas al planeta en cuatro horas y cincuenta y cinco minutos. Aquello, finalmente, subió la moral de los estadounidenses y el trato a Glenn, a diferencia del dado a Shepard y Grissom, fue de héroe, con recepción en la Casa Blanca y desfile desde la parte baja de Manhattan hacia Broadway. En septiembre de ese mismo año, 1963, Kennedy pronunció su famoso discurso prometiendo la Luna.

Queda patente, pues, que lo que nos llevó a la Luna fue la ideología modelando a la física y a la ingeniería. En palabras de Yuval Noah Harari, «Hay que tener en cuenta que las fuerzas ideológicas, políticas y económicas [son las] que han modelado la física, la biología y la sociología, y las han impulsado en unas determinadas direcciones al tiempo que ignoraban otras».(2)

Entonces, el 24 de octubre 1964, Zambia proclamó su independencia. Había sido hasta entonces Rodesia del Norte, el nombre que le había dado el empresario colonizador, Cecil Rhodes, que la había hecho británica a finales del siglo XIX. Y ese mismo año Zambia lanzó su programa espacial, que pretendía superar a los rusos y los norteamericanos y enviar a la Luna y a Marte a doce zambianos y diez gatos.

El impulsor de la idea era Edward Makuka Nkoloso, un visionario, traductor y profesor, un combatiente por la independencia que había estado preso por ello en 1956 y que formó parte del grupo que elaboró la Constitución de Zambia. Era profesor de ciencias naturales en Lusaka, la ciudad más poblada del país y su capital. En 1960 había fundado la Zambia National Academy of Science, Space Research and Philosophy, de donde salió el primer programa espacial de Zambia. Pretendía dejar atrás a Estados Unidos y a Rusia en la carrera espacial: «Nuestro pensamiento está cinco o seis años por delante del de ellos», aseguraba Nkoloso a la prensa.

Si se estudian con detalle los informes de la época resulta todo demasiado artificial, al menos, si uno se limita a los papeles oficiales, los conocidos, los que se hicieron públicos. Incluso se hicieron entrevistas en televisión a Edward Makuka Nkoloso en las que llama la atención lo poco profesional que parecía todo. ¿Era realmente así? ¿No había nada más? Nkoloso habla de sistemas derivados de catapultas, de hombrecitos en Marte de una civilización primitiva a los que habían visto con su telescopio y que el misionero que iría en el cohete convertiría al cristianismo «solo si ellos querían», de barriles lanzados cuesta abajo para simular el movimiento del cohete, de gatos trepando por un cuerdas y dejados caer para que sintieran la ingravidez.

La historia oficial dice que la aventura quedó pronto en agua de borrajas, que la joven de dieciséis años Matha Mwamba, destinada a ser la primera mujer de color en Marte, quedó embarazada y todo se fue al traste. A todo el mundo le vino bien que se echara tierra al asunto porque era demasiado ridículo, demasiado difícil para ser verdad. Y, sin embargo, era cierto, y llegó mucho más lejos de lo que nadie pudo llegar a imaginar. Documentos recientemente descubiertos así lo atestiguan.

¿Eran las fotos que publicó entonces la prensa las únicas que había? La fotógrafa Cristina de Middel, recogiendo antiguos apuntes ahora aparecidos, ha recreado el reportaje fotográfico de aquella aventura inconclusa. «Di con el tema de manera casual mientras me documentaba para otra serie que ha quedado pospuesta de momento. Se me abrieron literalmente las puertas del cielo. Con esta serie de fotos reconstruyo las escenas que podrían haberla documentado entonces y refuerzo su veracidad añadiéndole a esa certeza mi carga personal y el fruto de mi imaginación».

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Fotografía: Cristina de Middel.

¿De verdad no había nada más, era solo un sueño? D-503 es un personaje de la novela Nosotros, del escritor ruso Yevgueni Zamyatin (1884-1937). Nosotros (3) es la primera novela distópica y tuvo una enorme influencia en el 1984 de George Orwell. Pese a haber sido escrita en ruso, se publicó por primera vez en Londres y en inglés, en 1924. Relata una sociedad futura dirigida por el Benefactor, una sociedad controlada y en la que no existe la vida privada; de hecho, los edificios son de cristal para que nadie pueda esconderse. Escrita como crítica a la sociedad zarista, pero también a la soviética, incluye un viaje espacial y, de hecho, este es el principio de la novela:

Dentro de ciento veinte días quedará totalmente terminado nuestro primer avión-cohete Integral. Pronto llegará la magna hora histórica en que el Integral se remontará al espacio sideral. Un milenio atrás, vuestros heroicos antepasados supieron conquistar este planeta para someterlo al dominio del Estado único. Vuestro Integral, vítreo, eléctrico y vomitador de fuego, integrará la infinita ecuación del Universo. Y vuestra misión es la de someter al bendito yugo de la razón todos aquellos seres desconocidos que pueblen los demás planetas y que tal vez se encuentren en el incivil estado de la libertad. Y si estos seres no comprendieran por las buenas que les aportamos una dicha matemáticamente perfecta, deberemos y debemos obligarles a esta vida feliz. Pero antes de empuñar las armas, intentaremos lograrlo con el verbo.

En nombre del Bienhechor, se pone en conocimiento de todos los números del Estado único:

Que todo aquel que se sienta capacitado para ello, viene obligado a redactar tratados, poemas, manifiestos y otros escritos que reflejen la hermosura y la magnificencia del Estado único.

Estas obras serán las primeras misivas que llevará el Integral al Universo.

La novela fue prohibida en la URSS y no ha alcanzado nunca una gran popularidad, entre cosas porque 1984 la devoró. Sin embargo, según se acaba de saber en los archivos desclasificados del KGB, un físico e ingeniero ruso se convenció de ser él mismo D-503, el constructor de Integral, el cohete que surcaría el universo. De hecho, se desconoce su nombre real porque se hacía llamar D-503. Era el alma y la cabeza del proyecto espacial zambiano, del que Edward Makuka Nkoloso era una tapadera. Si quieres que algo no se vea, que no se investigue sobre ello, ponlo a la luz.

La Academia de Ciencias y su disparatada presencia pública, esas entrevistas sobre la vida de poblaciones primitivas en Marte, el misionero que les acompañaría… todo estaba perfectamente calculado por la fría mente de D-503 para que resultase un disparate monumental en el que nadie creyera. Pero era una tapadera detrás de la cual estaba el ingeniero y físico desconocido, D-503, autor de un auténtico proyecto para ir a la Luna, no a Marte.

Así, la historia oficial nos cuenta que el programa espacial zambiano era un sencillo disparate de mandar doce astronautas y diez gatos a la Luna y Marte, superando así el reto que se habían propuesto Estados Unidos y la Unión Soviética en plena carrera espacial. Estaba claro que solo unos pocos optimistas apoyarían la peregrina idea de Nkoloso, el profesor de secundaria que era la cabeza visible del proyecto. Nkoloso había sido sargento en una unidad de comunicaciones en el ejército británico durante la Segunda Guerra Mundial, y de ahí deriva su prestigio y los cascos que sus afronautas llevaban puestos todo el día. Ni la Unesco ni Naciones Unidas respondieron a las cartas de esta Academia. De hecho, el ministro de Industria de Zambia en aquella época, E. N. Kamuyuw, habló desdeñosamente del proyecto, pero era una carta para incrementar las habladurías.

El cohete de Nkoloso se llamaba D-Kalu 1, la sempiterna D, pero era, también, un nombre en clave tras el que se escondía la auténtica nave, el Integral. Nkoloso pidió siete millones de libras a la Unesco y esperaba recaudar casi dos millones más de fuentes privadas. El término afronautas también nació de su fértil mente. La partida estaba prevista para el 24 de octubre de 1965, la celebración del día de la independencia, y se haría desde el estadio nacional, el Independence Stadium.

Edward Festus Makuka Nkoloso murió en 1989 y en su país le enterraron con honores de presidente. Es uno de los siete únicos no soviéticos que recibió la Medalla del Jubileo Cuarenta años de la Victoria en la Gran Guerra Patriótica 1941-1945. ¿A qué se deben tantos honores, nacionales e internacionales, a alguien que, aparentemente, se había desacreditado a sí mismo de esa manera? A su silencio. Pese a que cuando el programa se fue al traste denunció en la prensa que había sido víctima de un complot internacional, la verdad es que eso duró muy poco y que pronto se dedicó a otros menesteres. Su silencio le salvó la vida y le permitió los reconocimientos al llegar a la vejez.

Y es que la verdadera historia, revelada en los documentos desclasificados en Moscú, es que el cohete llegó a despegar y fue abatido a los diez minutos de vuelo en una operación conjunta del KGB y de la CIA. D-503 fue detenido por fuerzas especiales rusas y llevado al cosmódromo de Baikonur, donde fue puesto a disposición de Serguéi Pávlovich Koroliov, la persona a la que el líder soviético, Nikita Jrushchov, había hecho responsable máximo del diseño de naves del programa espacial ruso. Juntos idearon las naves Soyuz, al menos la primera.

La ventaja que los rusos habían adquirido en la carrera espacial se mantenía a mediados de los años sesenta y así, la cápsula Soyuz 1 iba a permitir, acoplándose a la Soyuz 2 (soyuz en ruso significa ‘unión’), dar un paso importante en la carrera hacia la Luna. Pero la Soyuz 1, que despegó el 23 de abril de 1967, se estrelló en su regreso a la Tierra, el día siguiente, por un cúmulo de fallos técnicos y su piloto, Vladimir Mijailovich Komarov, se convirtió en el primer ser humano muerto tras estar en el espacio.

El accidente de la nave Soyuz 1, tres meses después del del Apolo 1, fue el primero de envergadura en el programa espacial soviético y fue causado por un buen número de problemas, empezando por un panel solar que no se abrió tras el despegue, lo que limitó la capacidad de las baterías para alimentar la nave y permitir a Komarov maniobrarla, y terminando por que el paracaídas principal no se abrió porque el paracaídas guía no hizo la suficiente fuerza sobre él, así que se estrelló a doscientos kilómetros por hora contra el suelo, momento en el que se incendió debido a que se pusieron en marcha los retrocohetes, que tenían que haber funcionado antes para disminuir la velocidad de caída. Ahora se ha sabido que todos esos fallos no fueron casuales: era la venganza de D-503, que fue fusilado a los pocos días del accidente.

D-503, desde luego, no había perdonado a los rusos que eliminaran su cohete zambiano, el Integral. En los papeles desclasificados se dice que la trayectoria no era la prevista y que probablemente se hubiera estrellado él solo, pero la verdad es que fue alcanzado por tres misiles SA-2E de la serie V-750AK lanzados desde Vietnam del Norte, donde estaban instalados desde pocos meses antes.

El día, efectivamente, fue el 24 de octubre de 1965. El Integral despegó a las 9:33, hora local, desde la base secreta en Kawbe, una ciudad en el centro del país, al norte de Lusaka. Ahora hay ahí un campo de golf, el Kawbe Golf Course. Desde hacía tiempo el KGB y la CIA seguían la operación de manera conjunta, tal y como ahora sabemos que ocurría con cierta frecuencia, como en el complot mongol que ha puesto de manifiesto Rafael Bernal (4), un intento de asesinato en México del presidente de EE. UU. más o menos en las mismas fechas. Uno de los afronautas era un espía que informaba a las agencias de inteligencia, que no tuvieron dificultad para saber el día y la localización del despegue. A bordo iban el afronauta Chisamba Nkausu Lungu y dos gatos. A treinta y cinco kilómetros de altura el impacto no fue percibido por nadie. En África nadie miraba al cielo; nadie echó de menos a los afronautas.

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Fotografía: Cristina de Middel.

1. Lo que hay que tener, Tom Wolfe, Anagrama, 1981, pág. 63.

2. De animales a dioses, Yuival Noah Harari, Debate, Barcelona, 2014, pág. 304.

3. Nosotros, Evgueni Ivánovich Zamiátin. Cátedra, Madrid, 2011.

4. El complot mongol, Rafael Bernal, Libros del Asteroide, Madrid, 2014.