Igualdad en ciencia, la inspiradora lucha de Jess Wade

Jess Wade Ilustración de Coco Escribano
Jess Wade. Ilustración de Coco Escribano.

Por qué una de las físicas más brillantes del mundo, reconocida como una de las diez grandes por la revista Nature, dedica varias horas al día a ser editora de la Wikipedia.

«¡Hola! Soy Jess. Hago OLEDs que emiten luz circular polarizada. Uso Wikipedia para incluir biografías de mujeres científicas negras y de minorías raciales y LGBTQ+ que están haciendo enormes contribuciones a la ciencia y la ingeniería, pero que no tienen la atención que merecen. Si tienes una sugerencia, o crees que alguien merece tener una página, puedes decírmelo en mi Talk page. Si no te gusta lo que hago, lo siento, no me voy a ir a ninguna parte.»

Casi resulta difícil, leyendo estas palabras, asociar a su editora con la Jess Wade cuyas investigaciones miramos a diario, materializadas en nuestros móviles, tablets, en cualquiera de nuestras pantallas. Sus avances en física de materiales han permitido que tengan menos consumo energético y sean más sostenibles. Y es que si su vocación científica nació de la necesidad de entender el mundo, su labor diaria está orientada a cambiarlo. Con ideas audaces que comienzan en el Blackett Laboratory del Imperial College, en Londres, con su frase favorita: «Sería genial si lográramos hacer esto».

Sería genial, pensó hace tres años, que las contribuciones científicas de mujeres, y de otros colectivos infrarrepresentados en la ciencia perduraran para la posteridad. Más aún, que cualquiera pudiera leerlos, sentirse inspirada, y sentir el deseo de hacer cosas increíbles.

Mientras lees estas líneas es muy posible que Jess Wade esté redactando una nueva biografía. En sus días más entusiastas llegó a hacer tres diarias. Y en la semana en que he estado siguiendo su producción, ha creado seis nuevas. Ahora ya suma casi mil quinientas entradas, y es un logro increíble si recordamos su punto de partida. Si nos pasan desapercibidas las aportaciones de mujeres, minorías y personas LGTBQ+ a la ciencia, ¿no será porque apenas trabajan en ella? Están, pero en menor proporción. Wade cree que es así porque entre los roles que la sociedad les asigna no está el de ser científicas, y eso es especialmente llamativo en el caso de las mujeres.

Los datos parecen darle la razón. En Reino Unido, su país de origen, solo el veinte por ciento de sus científicos son mujeres, y pese a los intentos institucionales, ha sido imposible elevar ese porcentaje. Wade es muy crítica con los programas creados para alentar vocaciones. Vídeos de chicas analizando la composición química del pintalabios y la sombra de ojos. Charlas de unos minutos en el instituto de mujeres que trabajan en la ciencia. Cuando lo que se debería hacer, sugiere, es que las científicas en activo trabajaran estrechamente con el profesorado de los institutos.

Un mujer llega a científica, nos explica, con varios estímulos. El primero, ser alentada a seguir esa carrera si tiene las cualidades y la vocación. Fueron sus profesores de instituto quienes más la animaron, viendo sus cualidades, a seguir una trayectoria STEAM, el nuevo modelo de aprendizaje donde ciencia, tecnología, ingeniería, arte y matemáticas se aprenden de forma interdisciplinar. En casa sus padres, médicos, le habían enseñado el amor y respeto por la ciencia. A menudo señala que solo cayó en la cuenta de qué pocas mujeres siguen estas carreras su primer día de clase en Físicas. La mayoría de sus compañeros eran varones.

Y esto es algo que sucede en la mayor parte del mundo. En la actualidad solo en unos pocos países musulmanes y de Latinoamérica está aumentando el número de graduadas en ingeniería o ciencia. En el resto se quedan igual o descienden, y en España su número ha bajado de manera drástica. Y no porque no existan referentes de gran prestigio.

Como M. Carmen Galan, química, graduada por la universidad de Alicante, y en la actualidad profesora en la Universidad de Bristol. Está llevando a cabo una investigación para el diagnóstico rápido de tuberculosis mediante nanopartículas. Podría suponer un avance diagnóstico de primer orden en todos los ámbitos de la medicina. Victoria Reyes García, antropóloga y profesora de investigación en ICREA, ha puesto en valor el conocimiento ecológico de los pueblos indígenas —Amazonía, Borneo— para adaptarse al medio modificando el propio sistema ecológico. Cristina Nevado, química y profesora en la Universidad de Zurich, desarrolla modelos computacionales para que ayuden a comprender la metástasis y progresión del cáncer. Seguro que no has oído sus nombres a menudo. A menos, claro, que hayas leído sus biografías, escritas por Jess Wade, en la Wiki.

La red ha sido un medio hostil a las mujeres desde el principio, por eso es tan importante actuar allí. Un hecho que señala a menudo María Sefardi, presidenta española de la Fundación Wikipedia. Pero no es el único ámbito con barreras. Cuando Jess Wade alcanzó su puesto en el Blackett Laboratory comenzaron a hacérsele patente hechos tan llamativos como que había sesgos de género en las publicaciones científicas, o que son más aceptados y revisados los papers escritos por hombres.

También descubrió el problema de ser mujer en los congresos científicos. A menudo se organizan allí charlas de mujeres científicas, como si su sexo fuera más importante que el campo a que se dedican. A ella misma la han invitado a menudo para cumplir con la cuota de género, especialmente tras haberse hecho relevante como activista por la igualdad en la ciencia. Desalentada al descubrir, una vez que llegaba, que los organizadores estaban menos interesados en sus avances en OLEDs de luz polarizada que en su nombre.

Pero si se pregunta a Jess Wade si fueron todas esas experiencias las que la impulsaron a su labor de fomento de la igualdad, contesta que no. Lo que cambió completamente su idea de lo que es la desigualdad fue un libro. Inferior. Cómo la ciencia se equivocó con las mujeres y la nueva investigación que está reescribiendo la historia. Su autora, Angela Saini, periodista científica, analiza con detalle y partiendo de datos cómo fue creada «científicamente» la idea de que la mujer era inferior en capacidades. El argumento biológico ha sido casi universalmente rechazado, pero el prejuicio permanece.

Hay mucho por hacer, y no es una labor exenta de polémica, ni siquiera para Jess Wade, ahora que ha sido reconocida, además de como científica, como una de las pioneras actuales en el destacar el papel de la mujer y las minorías en la ciencia. En Wikipedia sus contribuciones han sido muy discutidas, e incluso se han borrado algunas de sus entradas, bajo el argumento de que no estaba recogiendo a personas relevantes, sino a sus amigas. Sí, las primeras entradas contenían biografías de sus colegas en el Blackett Laboratory, pero también de muchas otras científicas. Además ha sido acusada de dar más importancia a que la persona sea mujer, minoría racial o LGTBIQ+, y anteponer eso a los avances científicos que haya realizado.

Y cuál es su entrada favorita, de todas las que ha creado. Esta. La de Gladys West. Una mujer negra que en los años 50 estudió en la por entonces única universidad pública para negros en Estados Unidos. Todavía era un país segregado, el movimiento por los derechos civiles ni siquiera había comenzado como tal, y el sueño de Martin Luther King estaba muy, muy lejos. Pero eso no impidió que esta matemática fuera la primera capaz de programar un ordenador IBM 7030 para calcular la superficie de la Tierra, el geoide. Porque no es una esfera bonita como solemos representarla, sino más bien una informe bola de papel arrugada. Su modelo de algoritmos fue capaz de calcular las variaciones producidas por las fuerzas de la gravedad, mareas, etc., y la deformación que producen. Y este modelo fue la base para crear el GPS. Así que debemos a una mujer científica negra y segregada por su raza poder usar hoy nuestro teléfono para llegar a cualquier sitio sin perdernos.

Es solo una de las muchas entradas inspiradoras creadas por Jess Wade. Que se ha convertido en un referente por esta iniciativa, y por el resto de su labor de visibilización. Una de sus últimas campañas ha sido lanzar un crowdfounding para comprar tiradas completas del libro Inferior, y regalarlas a todos las bibliotecas de los institutos públicos de Reino Unido. Iniciativas como esta mueven el mundo, y lo cambian. Demostrando que las chicas pueden hacer cualquier cosa, y hacerlas si se ponen a ello. Un ejemplo: este 2021, de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona ha salido la primera promoción de Ingeniería Matemática en Ciencia de Datos. El cincuenta por ciento de sus graduados son mujeres.

Jess Wade es una inspiración y un referente. Su mensaje y su figura inspiró también a Casio para pedir a catorce ilustradoras excepcionales que aportaran su visión sobre dieciséis grandes científicas. Sus trabajos decoran la serie de calculadoras científicas ClassWiz y forman un conjunto de recursos dirigidos al talento en STEAM, para la educación en casa y en la escuela. Como los pósteres descargables en científicas Casio.

Jot Down se une a esta iniciativa de visibilización con cien calculadoras exclusivas Casio CASIO fx-991SPXII modelo Jess Wade ilustrada por Coco Escribano, que puedes adquirir en nuestra tienda Jot Down y te regalamos una suscripción de un año a Jot Down Kids.

 Jess Wade


Científicas: lo que nos habríamos perdido sin ellas

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Nuestro tiempo pone especial empeño en hablar del papel de la mujer en la ciencia porque durante siglos se las ha borrado de la historia. No las encontramos en las estatuas de las plazas, apenas en los libros de historia, y solo recientemente se las muestra como ejemplo en las escuelas. Es un ejercicio de invisibilidad que solo afecta a la memoria, porque no elimina sus aportaciones científicas. Pero qué pasaría si borráramos también su ciencia.

Probemos a imaginar un presente alternativo donde no existirían aún muchas de las tecnologías cotidianas a que nos hemos acostumbrado. Como ordenadores, teléfonos móviles de bolsillo, o señal wifi. Para eso nos bastaría eliminar el trabajo de Ada Lovelace, Hedy Lamarr y Jess Wade. Apenas tres de las muchas mujeres que superaron las dificultades para estudiar e investigar que les pusieron sus sociedades, por haber nacido con un género al que no se consideraba capaz de hacer grandes descubrimientos.

Antes de comenzar aclaremos que eliminar un descubrimiento de la línea temporal, al más puro estilo de la ciencia ficción, no supone que no llegara a producirse. En los hallazgos de las investigaciones científicas suele importar tanto el genio del individuo o del equipo como las condiciones del momento histórico y el conocimiento acumulado. Las aportaciones de nuestras mujeres científicas cambiarían de fecha, para ser hechas por otras mujeres u otros hombres. Eso sí, toda la historia, tal como la conocemos, se pondría patas arriba, y nada de lo que somos o pensamos sería igual. Es el verdadero precio de invisibilizar a personas por su género en lugar de valorarlas por su cerebro.

No descubrimos América ni circunnavegamos el globo

Al menos los españoles no, y tampoco los portugueses. Fue en parte el dominio musulmán de la península ibérica lo que nos convirtió en los mejores navegantes del mundo. El conocimiento acumulado por romanos y griegos fue conservado por el imperio islámico, y más tarde reintroducido en Europa por el contacto con los reinos cristianos. Siglos más tarde, cuando portugueses y españoles avanzaran hacia el sur, explorando las costas de África, lo harían con la versión de una herramienta tecnológica, el astrolabio, mejorada por la matemática y astrónoma Hipatia de Alejandría.

La mayor utilidad del astrolabio en navegación era calcular la altura de objetos elevados, las estrellas, y su distancia a ellas, lo que permitía al barco seguir una ruta trazada. Hipatia lo hizo más preciso, y seguía siendo esta versión mejorada la que usaron tanto Cristóbal Colón como Magallanes y Elcano en su vuelta al mundo. Ella fue una de las mayores científicas del Imperio romano final. Neoplatónica, maestra, y de las primeras mujeres matemáticas de la historia. Sus tratados de geometría, álgebra y astronomía fueron vertidas a los tratados de los científicos islámicos Alfarganí, Alzarcalí, y Albatani, que a su vez serían la fuente de conocimiento de la que partieron Copérnico, Tycho Brahe, Kepler, Galileo y Newton.

Y por cierto, lo de que estaba al frente de la Biblioteca de Alejandría cuando se destruyó es simplemente un mito. Para cuando nació Hipatia llevaba muchos años reducida a cenizas.

No existirían los pisos por encima del décimo

Una de las aplicaciones más importantes de las matemáticas para nuestra vida diaria es la teoría de la elasticidad lineal. Permite calcular cuánto se deformarán los materiales por soportar pesos y cargas, para que las construcciones de arquitectos e ingenieros no se vengan abajo. Esta aportación resultó fundamental para la Escuela de Chicago, que realizó los primeros rascacielos, y a partir de la cual los países competirían y compiten por erigir los edificios más altos del mundo. Algo que nadie hubiera podido hacer sin el teorema de Sophie Germain, que lleva el nombre de la matemática cuyas aportaciones a la teoría de números y teoría de la elasticidad influyeron de manera determinante en el desarrollo de la matemática moderna.

Y de manera aplicada, al cálculo de estructuras. Antes de poder hacerlo ningún edificio podía superar los diez pisos de altura —a menos que, como las pirámides, no fuera hueco por dentro—. Tampoco el acero permitía apilarse sin deformar su base, y por eso los nombres de los grandes científicos franceses que habían contribuido a hacerlo posible fueron incluidos en la torre Eiffel. Ni se les ocurrió que junto a ellos debiera figurar Sophie Germain. En vida, cuando por fin le otorgaron el reconocimiento que merecía, no acudió a recoger el Premio Extraordinario de la Academia de Ciencias, harta del desprecio a que la habían sometido sus colegas hombres toda la vida.

Hoy, en desagravio, el Instituto de Francia concede el premio Le Prix Sophie Germain al investigador que haya realizado el trabajo más importante en matemáticas a petición de la Academia de Ciencias.

No tendríamos auriculares inalámbricos ni conexión wifi

Nosotros identificaríamos el comportamiento de su marido como un caso de violencia contra la mujer, pero a principios del siglo XX solo era un hombre celoso. La llevaba a todas sus cenas de negocios para asegurarse de tenerla controlada, y el resto del tiempo la mantenía encerrada en casa. Ella aprovechó ese encierro para continuar sus estudios de ingeniería, y las reuniones con empresarios para aprender cuanto pudo sobre los avances tecnológicos de los clientes y proveedores de su marido. Que era suministrador armamentístico de Hitler y Mussolini, y fue nombrado ario honorario… a pesar de ser judío. Cuando logró huir de él, puso toda esa información en manos de los aliados para ayudarles en su lucha contra los nazis. Pero su solicitud para trabajar además como ingeniera en el esfuerzo de guerra fue rechazada.

Así que lo hizo por su cuenta. Le preocupaba que el punto más débil de la contienda fueran las comunicaciones por radio entre barcos y aviones. Resultaban fáciles de espiar, y accidentes geográficos como montañas o valles, e incluso tormentas, podían interrumpirlas. Queriendo solventar estos problemas, ideó el sistema de transmisión por salto de frecuencia. Y lo patentó en 1942 junto al músico George Antheil, que le había ayudado a resolver el problema de la sincronización. El nuevo sistema tenía la capacidad de guiar torpedos para destruir los submarinos alemanes, sin que pudiera interferirse su señal, pero nunca llegó a usarse en la guerra. Para ser completamente útil necesitaba desarrollos tecnológicos que aún no existían. Sus inventores no llegaron a recibir ni un dólar por su patente. Desanimada, abandonaría el proyecto.

Pero tres años después de que la patente caducara, en 1962, el ejército estadounidense comenzó a desarrollar este sistema, mejorándolo con el uso de transistores. Luego, en la década de 1980, cuando se permitió su uso civil, hizo posible el desarrollo de la tecnología Bluetooth y del wifi, con todas las implicaciones que conocemos.

Esta ingeniera se llamaba Hedy Lamarr, y fue rechazada para trabajar directamente con el ejército porque era una cara bonita. La actriz más bella de Hollywood en los años cuarenta, musa de Cecil B. DeMille y King Vidor, demasiado guapa como para además ser inteligente. Para colmo había firmado su patente con su apellido de casada, y eso hizo que tardáramos mucho tiempo en saber quién inventó el sistema del que todavía siguen explorándose posibilidades y desarrollando tecnologías. Hasta 1997 no comenzaron a reconocerla, concediéndola el Pioner Award, que no acudió a recoger, recibiendo la noticia con un escueto comentario: «Ya era hora».

Houston, ya no tenemos ningún problema

Porque los Estados Unidos no hubieran podido viajar al espacio. No hablemos de pisar la Luna, sino simplemente de orbitar en torno a la Tierra una nave tripulada. Una de las mayores dificultades a la que se enfrentaron los científicos espaciales estadounidenses fue a los cálculos para regresar. Apenas habían hecho vuelos suborbitales cuando recibieron la noticia de que los rusos ya habían puesto un hombre en órbita, Yuri Gagarin, que había vuelto además a Rusia con éxito. Y si la carrera espacial no la ganaron los soviéticos fue porque había una persona en la NASA con una enorme determinación. A la que no bastaba ser una brillante matemática y física, porque además de ser mujer era negra. Con enorme determinación se empeñó en ir a las reuniones de los ingenieros, algo que no era habitual pero que, como le dijeron, no estaba prohibido.

En una de aquellas fundamentales reuniones Katherine Johnshon pidió al equipo de ingenieros de la NASA que le dijeran dónde y cuándo querían que su nave aterrizara en la Tierra, y ella les indicaría cuándo debía despegar. Y no se quedó ahí. Los cálculos de Johnsonn supervisaron los de los primeros ordenadores empleados por la agencia espacial, y también fue ella quien hizo los cálculos del Apolo 11 para llevar al hombre a la Luna. Incluso después de aquella famosa frase, recibida con un escalofrío en el centro de control Tierra, «Houston, tenemos un problema», ayudó con los procedimientos para que la nave y su tripulación volviera sana y salva.

No sorprenderá que fuera no la primera mujer, sino la primera persona, en escribir un manual para viajar al espacio.

Viviríamos sin CSI ni series sobre investigaciones forenses

Los guionistas tendrían que borrar todas esas situaciones en que el análisis de ADN permite identificar a la víctima. Cuando vemos ese primer plano de rostro satisfecho del actor protagonista porque ha encontrado entre los restos un copo de caspa del asesino, ignoramos que podrá ampliar millones de veces la cadena de ADN para ser analizada y comparada. No importa lo pequeña que sea la muestra, o lo dañada que esté. Podrá hacerlo a temperatura ambiente y menos de una hora gracias a la científica española Margarita Salas, que ideó el método phi29. Su patente ha sido la más rentable en toda la historia del Centro Superior de Investigaciones Científicas, CSIC. Se ha aplicado en laboratorios e investigaciones médicas y antropológicas de todo el mundo, en el análisis de los restos de homínidos, para el avance de la mayoría de ramas de la ciencia, y, naturalmente, en la persecución del crimen.

Estos son apenas unos ejemplos de lo que ocurriría si restáramos a la historia desarrollos científicos esenciales hechos por mujeres. Hay muchas más, y cada una de ellas resulta fundamental. Ada Lovelace, primera creadora de un ordenador y un software para operarlo, sin la cual los PC hubieran tenido que esperar mucho más para aparecer. Sin Marie Curie, ni tratamientos radiológicos contra el cáncer ni energía nuclear. Sin la pionera y maestra española Ángela Ruiz Robles, el libro electrónico. Sin Donna Strickland, las aplicaciones del láser, desde cirugía a escaneo del código de barras.

Además de ser mujeres, todas ellas tienen en común haber usado intuitivamente lo que hoy se denomina STEAM. El nuevo modelo de aprendizaje donde ciencia, tecnología, ingeniería, arte y matemáticas se aprenden de forma interdisciplinar. Que además se esfuerza en fomentar la vocación por igual en hombres y mujeres, para que podamos seguir avanzando hacia mejores y mayores metas en la historia humana.

Son muchos los esfuerzos para poner las bases de esa sociedad más diversa y mejor preparada, visibilizando a científicas que han roto con los estereotipos de género. Casio también ha querido sumarse pidiendo a catorce ilustradoras excepcionales que aportaran su visión sobre dieciséis grandes científicas. Sus trabajos decoran la serie de calculadoras científicas ClassWiz y forman un conjunto de recursos dirigidos al talento en STEAM, para la educación en casa y en la escuela. Como los póster descargables en científicas Casio.

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*Hasta agotar existencias.


Quequé: Nostalgia temprana

De todas las enfermedades mentales que padece mi generación, mi favorita es la nostalgia temprana. Si vas solo a una boda y te colocan en una mesa en la que no conoces a nadie pero tus compañeros de banquete superan la treintena y eres alérgico a los silencios incómodos, siempre puedes optar por soltar algo del tipo: “Ya no se hacen dibujos como los de antes.” Lo más normal es que, antes del sorbete de mandarina, estéis todos abrazados con las corbatas en la cabeza cantando los grandes éxitos de nuestra infancia: “D’Artacan, D’Artacan / corriendo gran peligrooo…”, y así.

Fuimos la primera generación de este país que creció lejos de seminarios rijosos, a mesa puesta y con la libertad de serie. Y tanta suerte se nos nota en que, a la menor ocasión, abrasamos a quien se deje con las cansinas aventuras de nuestra Arcadia particular, igual que los anteriores nos dieron la paliza con su mili y los anteriores con su guerra. Los veranos en bici, los dibujos a las tres y media de la tarde y el Cola-Cao antes de acostarnos nos prometían un futuro en el que no se avistaban hipotecas cabronas ni jornadas laborales de diez horas a cambio de sueldos ridículos. Más bien, nos imaginábamos dándole órdenes a nuestro coche inteligente a través del Casio y salvando a la tía buena de los malos con la ayuda de un amigo loco y otro negro.

Y yo, que de pequeño quería ser mayor, ahora que lo he conseguido tengo que seguir soportando a miles de coetáneos que se niegan a crecer y aliviarme repitiendo en mi cabeza la frase con la que Tony Soprano ponía fin a la enésima tertulia nostálgica de sus compañeros de banda: “Remember when is the lowest form of conversation”.

Cuando algún Peter Pan de saldo se empeña en salpicar la reunión social de turno recordando lo felices que éramos, me borro de la conversación y me limito a desearle con todas mis fuerzas que ojalá un día se despierte y su sueño se haya hecho realidad: que sólo encuentre dos canales en la tele y que en uno echen todo el rato La bola de cristal y en el otro La clave; que sólo conozca a los trolls de David el Gnomo y no a los de internet; que sufra viajes de setecientos kilómetros en un Renault 4 sin aire acondicionado y con una cinta de Teresa Rabal y otra de Amancio Prada; que la Wendy de la que se enamore lleve calentadores, tres kilos de laca y pendientes en los que cabrían dos loros; que nunca se la folle; y que se le aparezca una noche E.T. en su casa y le pegue un susto que lo deje seco. Al menos morirá feliz, el muy imbécil.