Antonio Caño: «Este país lo primero que necesita es información, tenemos un exceso de opinión desmedido»

Antonio Caño para Jot Down 1

Lleva un mes y una semana al frente del periódico más vendido de nuestro país. Su aterrizaje desde Estados Unidos, su último destino, ha sido de todo menos tranquilo. Poco antes de su nombramiento se filtró un mail enviado, teóricamente por error, a la redacción en el que hablaba de la anterior cúpula y no precisamente en tono cariñoso. Además le ha tocado dar sus primeros pasos con un rey abdicando, con el líder de la oposición anunciando que se marcha y el bipartidismo corneado tras las elecciones europeas. A todo eso hay que sumar la situación financiera de su propio medio que ha prescindido de casi doscientos periodistas tras un ERE. Antonio Caño, de cincuenta y siete años y treinta y dos trabajando en el mismo medio, entra puntual en la sala de juntas del edificio de El País donde está previsto que hagamos la entrevista. Pero Lupe, la fotógrafa, pide cambiar de sitio por cuestiones de luz y encuadre; él acepta sin problemas. Es cordial y directo en el trato. Trae en la mano el teléfono móvil que apenas mira un par de veces en las dos horas largas de conversación. Ha accedido a responder todas las cuestiones sabiendo que algunas son terreno pantanoso y le pueden dar algún dolor de cabeza extra.

Es la primera vez que un director de El País tiene despacho en la redacción. Es raro, ¿no?

Efectivamente, antes no había. Yo creo que el director tiene que estar donde está la redacción. En las redacciones que yo había visitado en otros periódicos del mundo siempre veía el despacho del director en la misma planta. Se trata de estar más cerca del trajín diario.

Eres el quinto director de El País. ¿En qué eres diferente de los demás?

(Hace una pausa durante varios segundos. Piensa bien la respuesta) Soy un periodista que llega a la dirección después de haber pasado por casi todos los puestos. Llego después de una larga carrera y después de haber hecho una transformación personal. Procedo del periodismo tradicional y en los últimos años me ha tocado crear una edición digital, con lo cual he experimentado todos los tipos de periodismo que se hacen en este momento. Soy eso esencialmente, un periodista. No tengo otra formación, otra experiencia ni otras ambiciones.

 ¿A qué periódico te gustaría que se pareciera El País?

Los mejores periódicos del mundo son anglosajones. Financial Times o New York Times son los mejores.

¿En España no estamos a la altura?

No. El periodismo español está muy lejos. Es muy distinto. La mejor referencia para nuestro país es El País. Es el mejor periódico que se ha hecho en España.

Hablas en pasado. ¿Con qué época te quedas?

Con los primeros años, no hay duda. Era extraordinario. Tenía una combinación que los periódicos pocas veces consiguen: buena información y una conexión mágica con la sociedad a la que se dirigía. Era un periodismo moderno conectado con la gente. Después no fue igual.

¿Qué habéis hecho mal para que se pierda esa conexión?

Se ha debilitado, pero no se ha perdido. Ha cambiado la sociedad y nos necesitan menos. Cuando El País surgió era tan necesario como el pan de cada día. Se necesitaba ese producto.

Insisto, ¿qué habéis hecho mal para que ya no os necesiten?

Ahora vivimos en una sociedad más desarrollada, más madura. Necesita menos guías, en general, menos tutelaje. Es más autónoma y más moderna. Y también con el paso de los años, nosotros hemos crecido y nos hemos hecho un periódico más institucional. Lo cual es inevitable.

¿No crees que eso es malo?

No necesariamente. Cuando menciono alguno de los principales periódicos del mundo son muy institucionales. Le Monde es un símbolo de Francia. Los periódicos importantes acaban convirtiéndose en instituciones de su sociedad. El New York Times es un símbolo de Nueva York y mucha gente que va a la ciudad hasta va a la tienda del periódico y se compra una camiseta y una gorra que pone NYT.

Has dicho que El País representó algo parecido y se ha perdido. ¿Habéis dejado de representar a la gente?

Yo creo que sí representamos a la sociedad. En España estamos metidos en un debate y una confusión que no nos permite ver las cosas como son. Tengo la fortuna de estar recién llegado tras vivir muchos años fuera. Desde fuera se ve El País como un símbolo de España, de una España moderna que se democratizó. Es marca España.

¿Crees que dentro de España os ven igual?

En España no valoramos lo que tenemos. Ni El País ni muchas otras cosas. Este periódico es mejor de lo que algunos de nuestros críticos creen. No es tan bueno como me gustaría que fuera, pero es mejor de lo que gran parte de nuestros críticos creen. Tenemos esa costumbre de menospreciar cosas que hacemos bien. El País debería ser un orgullo.

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En tu blog señalas sobre el periodismo: «tampoco vendría mal preguntarnos si no estamos observando con demasiada frecuencia la realidad desde el mismo lado del cristal opaco desde el que la miran los poderosos».  ¿Crees que El País hace periodismo contra el poder?

Los periodistas hemos hecho demasiada poca autocrítica. Hemos vivido una crisis económica y además en los medios una crisis de modelo que ha dejado a nuestras empresas famélicas. Y hemos salido a la sociedad a quejarnos de lo mal que estamos y casi a pedir ayuda. Hemos discutido poco en el oficio sobre la culpa que tenemos de que nos vaya tan mal. Tenemos parte de culpa, y también la revolución tecnológica. Ahora les está pasando a los taxis lo que lleva años pasando en nuestro sector. A todos les va a pasar.

¿Cuál es la autocrítica? ¿Hemos estado pegados al poder y no a los ciudadanos? Así lo perciben todas las encuestas.

Estoy de acuerdo en que los periódicos hemos prestado poca atención a los ciudadanos. Incluido El País. A los temas que preocupan a los lectores. Los hemos descuidado. Pero no somos una ONG. Las necesidades de las ciudadanos son una cosa y los intereses de los lectores son otra. Nuestra responsabilidad no es atender sus necesidades sino tener información y datos sobre los asuntos que son relevantes para los lectores. Y es verdad que hemos estado más pendientes de los poderosos de todos los ámbitos. Los periódicos de calidad están más pendientes de lo que dice la gente y hay gente muy interesante en España que no sale en la prensa. Hay muy buenos médicos, investigadores, científicos, etc.

¿Quieres darles ahora más visibilidad?

Eso pretendo. Me gustaría que nuestro periódico enseñara una sociedad que es más laboriosa, optimista, más emprendedora y a la que creo que no prestamos demasiada atención. Los periódicos cubrimos una parte muy pequeña del país que justamente es la más desmoralizada, la más asustada.

¿Dais visibilidad suficiente a la gente que peor lo está pasando?

Yo creo que sí. A la gente que está sufriendo el paro.

Un periodista que viene de trabajar en Estados Unidos, ¿cómo vive el momento «plasma» del presidente de Gobierno o las ruedas de prensa sin preguntas?

En este país tenemos la enorme capacidad de distorsionar los argumentos y enredarnos en debates absurdos. Para mí el debate de las ruedas de prensa sin preguntas es absurdo.

¿De verdad?

Sí. Es todo un gran malentendido.

¿Tú crees? No es que haya declaraciones institucionales como cuando Obama anuncia que han matado a Bin Laden, el problema es que se han extendido y ya casi no nos dejan preguntar. ¿No?

Vengo de un país en el que con mucha frecuencia convocan  a la prensa para hacer una declaración y después se van. Y a veces los periodistas le gritan a Obama y él se va y no contesta.

Rajoy da una rueda de prensa larga al año y cuando está obligado por la visita de un líder internacional admite dos preguntas. ¿Te parece suficiente?

Una conferencia al año es muy poco. Tres o cuatro con muchas preguntas son necesarias. En Estados Unidos cuando Obama sale con otro líder son dos preguntas por país y las decide la Casa Blanca. Los periodistas tenemos que tener un poco más de humildad en todo este asunto. La gente tiene derecho a hablar y a callar. Y eso incluye a los políticos. Ellos pagarán la responsabilidad de su silencio. Pero tienen derecho a callar.

¿Siendo cargos públicos que tienen que rendir cuentas?

Tienen derecho. Y luego serán los electores quienes les juzguen por ello. Rajoy sabrá cuánto tiene que comunicar. Pero tiene el derecho a callar. Desde mi punto de vista se equivoca si calla, pero tiene derecho.

Entonces, ¿al director de El País le parece bien que sea la vicepresidenta del Gobierno quien decida cada viernes en la rueda de prensa del consejo de ministros qué medios preguntan? ¿No le incomoda que se elija a los medios desde el Gobierno en una comparencia que debería ser más abierta?

En España hay carencia de información por parte del Gobierno. El Gobierno facilita poca información. El problema no es de formato. Si la vicepresidenta responde de media seis o siete preguntas a la semana es muy poca información. Y sin embargo, en España se abusa de la información confidencial, del «te cuento pero no digas quién te lo ha dicho». Hay un exceso de eso y me disgusta profundamente.

En general en España se dan pocas explicaciones a los ciudadanos desde la clase política, desde los poderes financieros o la monarquía, que no concede entrevistas. Esto fuera no ocurre. ¿No crees que padecemos una falta de rendición de cuentas?

Instrumentos hay. Es una democracia como cualquier otra en ese sentido. Pero hay poca transparencia informativa. Insisto en que los periodistas disponen de poca información pública y eso incluye a todos: el Gobierno, la oposición, empresas…y hay un exceso de información confidencial. Hemos llegado a un punto absurdo en el que los periodistas cuentan en sus medios menos de la mitad de la información que poseen.

¿Por qué crees que ocurre esto?

Porque gran parte de las veces no tienen autorización para publicarla. Lo peor es que el público dispone de poca información hasta en lo personal. En Estados Unidos saben hasta cuántas veces hace deporte el presidente, si es agresivo jugando al basket, si juega de alero o de pívot, cuál es su handicap en golf. Sabes cuántas horas y minutos lleva jugados al golf Obama.

¿No te da cierta envidia, al margen de la información más superficial?

Por supuesto. Este país lo primero que necesita es información porque tenemos también un exceso de opinión desmedido. Hay hambre de información en la sociedad para modernizarse, para volver a conectar. Necesitamos hechos y datos y menos opinión. Quiero que en El País haya más información y menos opinión. Cuando hablaba de que falta autocrítica me refiero a eso. Los periodistas hemos devaluado los hechos. Hemos entrado en una deriva literaria contando las cosas de forma bonita más o menos acorde con los hechos, pero interesando más que el hecho. Otros dando más importancia a la opinión y a la interpretación que yo hago de los hechos, que pasan a un segundo plano. Los periodistas llevamos años en España despreciando los hechos. Es penoso que desde las ocho de la mañana en la radio estés escuchando opinión. ¡Desde las ocho de la mañana!

También hay información.

Sobre todo opinión, y es imposible que a las ocho de la mañana alguien tenga opinión de nada. ¡No te ha dado tiempo a elaborar una opinión! El periodismo de opinión tendría que estar más limitado en el espacio y en el tiempo. Es desmedido. Y, como se prima frente a los hechos, crea un país histérico. ¿Cómo no va a estar el país histérico si no escuchan más que a gente opinar precipitadamente de hechos que no han tenido tiempo de conocer?

¿El País también ha contribuido a esa dinámica?

También. La deriva general también ha afectado a El País.

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Quiero saber también cuál es tu análisis sobre la importancia de los medios públicos en España. ¿Cómo deberían ser?

La televisión pública debería ser estrictamente de servicio. No entiendo una televisión pública con basura.

¿Se está dando ese servicio?

No. Creo que el mejor periodo de la televisión pública fueron los últimos años. Cuando se hizo información de manera sobria, profunda, seria y objetiva. Las privadas casi renunciaron y la televisión pública quedó como la reserva de ese tiempo de información, por ejemplo, con una gran red de corresponsales. Esa debería ser la línea.

¿Qué opinas del cambio de modelo?

Creo que con la televisión habría que tener una política de Estado y no de partido. Es un bien publico. No creo que a nadie se le ocurra llevarse un cuadro del Prado a su casa porque todos entendemos que ese museo es un bien público que nadie puede usar en su propio beneficio. Pues con la televisión pública debería pasar lo mismo. Es el Prado de los medios de comunicación. Me asombra que me preguntes por algo así porque me parece muy obvio. No sé cómo un político a estas alturas cree que puede utilizar la televisión pública a su servicio. Es incalificable.

Te voy a dar algunos nombres de compañeros de profesión para que me des tu opinión: Pedro J. Ramírez.

No lo conozco.

¿Qué te parece su salida de la dirección de El Mundo?

No puedo decir mucho de él como persona porque no lo conozco. El periodismo que ha hecho El Mundo no me gusta nada. Me refiero a ese periodismo escandaloso, de verdades a medias, de pseudoinvestigación, en el que vale todo. Ese periodismo no me interesa.

¿Incluyes también el periodismo de investigación que, en ocasiones, coincide con El País? Por ejemplo en el caso Bárcenas.

No hablo de un caso en particular. Es una manera de abordar las historias y la actualidad. Contribuye a esta gran confusión general. La gran contribución que un periódico puede hacer a la sociedad, por encima de todo, es la credibilidad y el rigor. Que cuando leas algo en un periódico sea así. Si esa es la gran contribución, te diría que El Mundo no la hace. Es mi punto de vista.

Insisto sobre el cese de Pedro J. Ramírez. ¿Lo atribuyes a Moncloa, Zarzuela, la caída de las ventas…?

Desde fuera lo que puedo decir es que yo no creo que Zarzuela pueda despedir en este país a ningún director si la empresa no quiere. Lo creo honradamente.

¿Y Zarzuela y Moncloa juntas?

Tampoco. No creo que viva en un país en el que el gobierno pueda despedir a un director.

Seguimos: Francisco Marhuenda, director de La Razón.

Lo conozco por los debates en La Sexta, donde no me interesa lo que dice. Considero que es un periodismo ultraideológico. El problema es que los periodistas estamos para unas cosas en la sociedad y no para otras. Estamos para aportar hechos, para dar información, para contribuir a que una sociedad esté bien y objetivamente informada. Para eso estamos. Pero nos hemos creído que estamos aquí para no sé qué coño. Ni somos actores ni estrellas. Tenemos que enterarnos de lo que pasa y contárselo a la gente de la manera más sencilla, sobria y objetiva posible. Eso hace una sociedad más saludable, y Marhuenda no hace precisamente eso.

Otro nombre: Jordi Évole. Juan Luis Cebrián escribió en El País sobre el documental del 23F: «La misma televisión que organizaba acalorados debates sobre idéntico tema había programado semanas antes un falso reportaje, una auténtica invención dolosa, que venía a defender tesis más o menos parecidas: el golpe habría sido algo simulado para tratar de reconducir a partir de él la caótica situación del país. En mi opinión la permisividad, que diría Carrillo, ante tantas vulneraciones de los más elementales principios profesionales y deontológicos del periodismo puede derivar, de hecho lo ha conseguido en parte, en que algunos sectores duden del papel del rey en el golpe de Estado».

¿Lo compartes?

A mi me parece que Jordi Évole está muy bien. Lo veo cuando puedo. Hace un buen servicio. Lo único que me sorprende del fenómeno, que por otra parte hace una contribución positiva, es que sea el periodismo de referencia. Porque es un producto bueno, original y heterodoxo.

Quizá por eso funciona.

Pero ¿dónde está el periodismo ortodoxo en este país?

Igual no tiene que existir la ortodoxia.

¡No, no! Tiene que existir. Porque el periodismo tiene que ser sobrio, no tiene que llamar la atención. Es como un buen árbitro, se considera que arbitra bien cuando no se nota que está. Créeme. El periodismo tiene que ser humilde.

Por supuesto, pero en televisión el periodismo tiene una visibilidad diferente: el director de Salvados, Jordi Évole, tiene más visibilidad lógicamente que el director de El País, ¿no?

La visibilidad que hay que tener en televisión es la credibilidad. Obviamente en televisión todo tiene un ingrediente de espectáculo. También las noticias. Y por eso la persona que sale debería contribuir a la credibilidad. Walter Cronkite es la persona más famosa de información en televisión porque cuando decía una cosa te la creías. Esa es la imagen que él transmitía. Eso debe ser y no esa especie de carrera de celebridades en la que están algunos.

¿Quiénes están en esa carrera?

No quiero dar nombres.

Igual hasta estás pensando en mí. Hay gente que piensa que cuando interrumpimos lo hacemos por protagonismo y no por no aceptar mítines.

No. Me refiero a periodistas que están en mil tertulias, actos sociales, etc. Así no se puede cumplir el papel que tenemos encomendado.

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Hablemos del gran problema de la prensa al margen de los contenidos. El futuro del papel. ¿Está muerto? ¿La prensa escrita está firmando sus últimas horas?

Muerto no está todavía porque yo hago cada día prensa escrita, pero está atravesando por un momento muy difícil. El presente es muy complicado.

Cebrián llegó a decir que la prensa en papel es un producto del siglo XIX. ¿Lo compartes? ¿Sobrevivirá en el siglo XXI?

El tiempo del papel se cuenta en años, en muy pocos años.

¿Sobrevivirá una década?

No creo que más de una década.

¿Cómo se puede convencer a un lector de que pague mañana el periódico en el quiosco si esta noche a las diez le vais a adelantar gratuitamente muchas de las informaciones o incluso las mismas en la web?

Estamos intentando que no sea la misma información. Queremos diferenciar el papel de los productos digitales y vamos a profundizar más en eso. Hemos hecho incluso cambios físicos en la redacción. (La edición impresa ocupaba el centro de la redacción y con la llegada de Caño ha pasado a un lateral).

¿Cuál sería el precio de ese valor añadido en la edición digital? ¿Vais a añadir algún pago en la web?

No es una cosa que tengamos decidida. Es una estrategia muy complicada de llevar a cabo. No tengo claro que la única forma de rentabilizar la web sea el pago.

¿Tiene El País lectores jóvenes?

En la web es altísimo el número de lectores jóvenes. Hay una confusión sobre la pérdida de lectores en los periódicos. El País tiene hoy más lectores que nunca por la edición digital. Tiene más influencia que nunca porque no solo estamos en España sino también en México, Colombia, Chile, etc. Es influencia real. Antes El País era conocido en América Latina. Hoy es influyente. Tú abres la web de El País en México y lees una información complicada sobre el gobierno mexicano, o sobre la violencia, o sobre el proceso de paz en Colombia o las revueltas de estudiantes en Chile. Y automáticamente se convierte en un periódico de influencia local.

¿Y en papel dais por perdidos a los jóvenes?

No es por el contenido. Es el formato. Aunque hiciéramos solo temas que interesaran a ese sector tampoco lo comprarían.

Vamos a repasar algunas portadas y editoriales que han causado polémica últimamente: «El bipartidismo recupera vigor» (7-mayo-2014).

Era una encuesta del CIS. Nosotros reflejábamos eso.

Visto lo que ha pasado, ¿fue un error darle tanta potencia a ese titular?

Es un titular estrictamente descriptivo. Había un ascenso en esa encuesta del CIS para los dos grandes partidos. Y lo que sí ha habido en estas elecciones es un patinazo en las encuestas, no solo en esa, también en la que dimos nosotros de Metroscopia. Pero ese titular no era interpretativo.

Sin embargo, poco antes también leímos en vuestro periódico un editorial aplaudiendo la designación de Elena Valenciano como cabeza de lista en las elecciones europeas. Se titulaba «Subiendo el listón» y decíais que se enviaba un mensaje positivo a la sociedad. Eso es mojarse mucho.

¿De qué fecha es? Yo no era director del periódico.

Pero tendrás opinión del tema, sobre todo porque siempre defiendes que el periodismo no debe ser de derechas o de izquierdas.

Ya, pero no voy a opinar de un editorial que yo no he firmado.

Cómo definirías ahora mismo El País: ¿de derecha, izquierda, probipartidismo, constitucionalista, monárquico?

Nuestro periódico está definido en el libro de estilo. No tengo que inventarme la definición yo.

No te pregunto cómo lo define la empresa, sino cómo lo define Antonio Caño.

Nosotros no podemos cambiar la definición solo porque cambie el director. Lo único que quiero es sacar el periodismo del debate izquierda-derecha. El periódico no se puede medir por esos parámetros porque son muy pobres para un medio.

Pero si os consideráis progresistas supongo que no se os puede enclavar en la derecha. ¿O sí?

Eso son parámetros muy estrechos. Si yo te pregunto si tu programa es de derechas o de izquierdas no está bien porque honradamente no es ni de un lado ni de otro. A nosotros nos tienen que medir por la función que cumplimos. Es decir, debemos medirlo por si somos rigurosos, creíbles y objetivos, o mejor dicho, ecuánimes. Yo no rechazo el parámetro izquierda-derecha pero digo que es secundario y que hay demasiada ideología. Los periódicos se definen primero y sustancialmente por otros valores, que son los que he mencionado.

Entonces ¿te incomoda que el periódico que diriges haya sido considerado como periódico de izquierdas?

Me incomoda porque El País no es un periódico de izquierdas. Ni lo es ni lo ha pretendido. Es un periódico liberal, progresista, que conecta con las tendencias de modernizar y conseguir que la sociedad a la que se dirige progrese. Somos socialmente responsables y avanzados. Y nos gustan los cambios. Y nos gusta la justicia. Es un periódico mayoritario que se dirige al conjunto. Tenemos una visión determinada. Nos interesan unos temas más que otros pero no rechazamos a nadie. Todo eso no significa que seamos de derechas.

En concreto de ti se ha dicho que eres muy conservador. ¿Lo rechazas?

Por supuesto. Ni mucho ni poco. No lo soy. Ni tampoco lo es mi visión del mundo, porque me interesa todo lo que tenga que ver con progresar y avanzar. Como periodista nunca he sido ideológico. Y no me gusta añadir adjetivos. Ni social, ni comprometido, ni de paz, ni de guerra. El periodismo es periodismo, contar las cosas sin trampas, de la manera más ecuánime. Que puedas dormir tranquilo por las noches.

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¿Duermes tranquilo por las noches?

No te lo puedes imaginar.

Otro editorial: «Un éxito de Rajoy» (15-enero-2014). Se titulaba así y trataba de la visita del presidente a la Casa Blanca.

No tuve nada que ver tampoco. Los editoriales son responsabilidad del director. No voy a juzgar el trabajo de Javier (Moreno).

Por cierto, al hilo del debate de izquierda y derecha, quiero saber si estas a favor de la gran coalición que propuso Felipe González. Una idea con la que se armó un gran revuelo en campaña.

Un revuelo que no puedo entender. Me alegré del revuelo por ti, porque la declaración la hizo en tu programa. Pero quién con sentido común puede estar en contra de que, en determinadas circunstancias y llegado el caso, se haga.

La mitad de su partido, el PSOE.

Pero dependerá de las circunstancias.

Las actuales.

Pero Felipe González no dijo actualmente.

No dijo hoy, pero se refirió a la crisis y a Cataluña.

No creo que pueda haber alguien que se oponga. Y quienes se opusieron estaban en campaña electoral. A mí no me suena mal que cualquier clase política en cualquier país civilizado debe tener la opción de que, en determinadas circunstancias, pueda gobernar en coalición. ¿Quién puede oponerse a eso?

¿Podemos es un partido antisistema?

Yo creo que sí. Son antisistema democrático. Sus dirigentes creen en otro sistema que probablemente no es democrático.

¿Crees que están en contra de la democracia?

No quiero entrar a juzgar, pero están en contra del sistema con el que nos gobernamos. Y este sistema es democrático. Claro que requiere reformas. Yo personalmente creo que hay que reformar la Constitución. Pero el sistema es válido, es el que necesitamos. Un sistema de partidos políticos contra los que yo no tengo nada.

Ellos también son un partido político que ha conseguido entrar en las instituciones y en el sistema.

Pero es un partido que desprecia a los demás. Y eso me parece una mala propuesta de convivencia. Yo soy un partido y no como los de mi lado que son una panda de sinvergüenzas. Eso me parece una pésima propuesta de convivencia.

El otro día Carles Francino en la cadena Ser hacía autocrítica sobre cómo los medios no supimos ver el fenómeno de Podemos. ¿Lo compartes?

No veo que sea así. Cuando ese partido tuvo los votos le dimos la portada al señor Iglesias.

Hay quien piensa que Podemos ha ganado gracias a su presencia en televisión. ¿Lo compartes?

La visibilidad ayuda. No sé cuánto depende eso de su éxito, pero ha sido un factor importante.

Otra portada. «El rey abdica» (7-junio-2014). Y vemos que no hay una sola línea crítica en ella. Ninguna referencia a los escándalos y el desgaste que ha provocado que el rey deje el trono.

¿Pero cómo vas a titular el día que abdica el rey?

No me refiero al titular principal, sino al resto de la portada. El rey no se va porque quiere simplemente o solo por la edad. Eso no aparece.

Pero eso de nuevo es buscar primero las interpretaciones.

Hablo de vuestras interpretaciones. El editorial se titulaba «Un rey necesario» y los artículos de opinión de la portada del director y del presidente del grupo son también positivos. No digo cómo deben ser, ojo, solo que lo son.

Nosotros sostenemos en la portada que la Corona ha sido útil. Yo mismo firmé «decisión inaplazable» porque está bien que se haya producido. Claro que hay desgaste, que está mencionado dentro en el editorial donde hablamos de claroscuros. Nosotros tenemos que poner las cosas en contexto. El reinado ha coincidido con el mejor periodo de la historia de España, el más estable y el de más progreso, desarrollo y justicia social. Es importante saberlo y es nuestra obligación decirlo. Ese día lo más importante era eso. Miremos las cosas en perspectiva como hacen los países serios.

¿Crees que se ha instalado el debate monarquía-república en la calle o en caliente por la abdicación?

Absolutamente. Responde a un impulso emocional de un instante. La última encuesta del CIS decía que era la preocupación del 0’2 por ciento de la población.

Pero no había abdicado el rey.

No estaba instalado. Lo instala la actualidad pero desaparecerá con la misma rapidez. No creo que el príncipe lo vaya a tener que afrontar porque no es una preocupación de la gente.

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¿Hay que preguntar a la sociedad sobre el sistema que queremos?

Hay que reformar la Constitución y efectivamente actualizar la monarquía y discutirlo. Ahí cabe la posibilidad de actualizar nuestra forma de gobierno. Si reformamos la Constitución habría que votar y los españoles podrían opinar. El problema del referéndum sobre la república es que no es un debate real sino artificial, al que nos ha llevado la actualidad y se han sumado algunos grupos de izquierda de manera oportunista. Como resultado de su propia incapacidad de poner otros temas en la agenda porque este es más fácil. Pero creo que no ha prendido en la calle ni va a prender. Lo que no se hace en ningún lado es votar continuamente sobre la forma de gobierno.

Entre votar todos los días y votar una vez cada treinta y ocho años quizá hay un punto medio.

¿Qué país vota sobre monarquía y república?

Los países como el Reino Unido no votan entre otras cosas porque la monarquía tiene un apoyo del ochenta por ciento. Aquí no.

Yo no tengo inconveniente. No somos un periódico monárquico. En absoluto. Apoyamos la monarquía porque contribuye a dar estabilidad a la democracia.

¿Cómo se puede decir que no eres monárquico y a continuación que apoyas la monarquía? Cuesta entenderlo.

La soberanía no reside en la Corona sino en el pueblo. La Corona es un instrumento útil para dar cohesión y estabilidad a España. No me preocupa otra cosa de la monarquía. Eso y que sea ejemplar. Al nuevo rey ya le diremos lo que esperamos de él. Lo han dicho Carrillo, Solé Tura o Rubalcaba, lo han explicado ya.

Todos las referencias que me das quizá no convencerían a la gente más joven, porque hay quien piensa precisamente que es un problema generacional. Algunos se preguntan para qué va a servir a este país el nuevo rey. Por cierto, me han dicho que le conoces desde hace años, tras su paso por la universidad de Georgetown ¿Es así?

Es así.

¿Tienes buena relación?

Tengo relación institucional.

Hablemos de Cataluña. ¿Hay que preguntar a los catalanes si quieren independizarse?

Hay que preguntar. No tengo inconveniente. Pero la consulta que propone Artur Mas no es preguntar a la gente.

¿Cómo se debería hacer?

Hay que hacerlo de manera constitucional, pactada, democrática. Así es como se pregunta. No se puede preguntar cada vez que a alguien se le ocurre algo, esto sería ingobernable. Las preguntas a la gente hay que canalizarlas, pactarlas con los demás partidos, hacerlo por los medios legales. Como se han hecho las cosas en Canadá, Reino Unido, como se hace en los países que son una referencia y que tienen problemas similares. En Reino Unido se ha canalizado a través del primer ministro y con la Corona como punto de unión, a través de las leyes.

Dos portadas más: «30.000 inmigrantes subsaharianos preparan el salto a Europa por Ceuta y Melilla» (17-febrero-2014). Primera página muy polémica porque reflejaba una agresividad que no se corresponde, entre otras cosas, con los datos globales de la inmigración en este país. ¿Te gustó esa portada?

Yo no era director, pero no me gusta esa portada.

«La impunidad en Twitter desata una polémica social» (21-mayo-2014). ¿Cuál es la novedad en este tema para que le dierais la portada a la red, donde siempre han ocurrido estas cosas?

La novedad era la polémica por los tweets sobre el asesinato de Isabel Carrasco y los tweets durante el partido entre el Maccabi y el Real Madrid.

Pero no era la primera vez que leíamos tweets así de estos y otros temas. A Pilar Manjón e Irene Villa llevan años amenazándolas e insultándolas en Twitter.

En otras ocasiones no han tenido relevancia social. El Gobierno, el ministro de Interior había hablado, además de la embajada de Israel y el comité de judíos españoles. Estábamos recogiendo el hecho de que instituciones importantes habían hecho pública su queja. No es más que el reflejo de una realidad, de la polémica social. Nosotros en España nos lo tomamos muy a broma, pero el asunto de los judíos es un tema muy grave en toda Europa. Hicimos el ridículo en Europa porque eso se ve con espanto. Que en España alguien diga lo que se dijo en Twitter se observa con horror.

Antonio Caño para Jot Down 11

Te leo una respuesta que diste a los lectores de El País durante un chat con ellos: «En la circunstancias actuales, El País debe también contribuir a la transición hacia la democracia en países como Cuba o Venezuela». ¿Venezuela no es una democracia?

No.

¿Maduro es un dictador?

Venezuela no es un dictadura, pero no es una democracia.

¿Qué es entonces?

Un régimen autoritario, de control. Maduro ha sido elegido en las elecciones, pero en un país donde no hay prensa independiente, donde el gobierno controla la televisión, donde los partidos de la oposición están sometidos a todo tipo de dificultades, donde los ciudadanos viven en un clima de hostigamiento e intoxicación ideológica constante. Eso no es una dictadura porque hay una relativa libertad de expresión y relativa libertad de manifestación, pero no hay democracia.

Se dice que El País siempre es más crítico con Venezuela o Ecuador que con Colombia o México, donde hay gobiernos conservadores.

Claro que somos más críticos con Cuba o Venezuela que con México o Colombia. Es que allí hay democracias completas.

Pero son lugares donde, por ejemplo, el periodismo no se siente protegido, lugares donde los periodistas son asesinados.

Conozco México muy bien. Es cierto que hay muchos obstáculos. Son países que están por hacer en el sentido del perfeccionamiento democrático pero están en esa vía. En México hay caudillos locales, caciquismos que son el origen del asesinato de los periodistas. El Estado no llega aún a todo el territorio y es difícil garantizar plenamente el uso de la libertad de expresión. Pero es un país democrático.

¿Un periódico como El País y un país como el nuestro se puede permitir en un momento como este prescindir de grandes periodistas como Enric González, Ramón Lobo, Txetxo Yoldi y muchos otros? ¿Fue negativo?

Claro que fue malo. Nadie está satisfecho en esta casa de haber tenido que prescindir de ellos y de otros. No era la voluntad inicial. Se hizo porque no quedó más remedio. Porque la empresa entró en un periodo de dificultad económica innegable y había que reajustar la plantilla. No hay otra razón.

Muchos responden que la retribución de Cebrián es de varios millones de euros mientras la redacción es cada vez más pequeña.

Yo no sé cuánto gana Cebrián.

Su retribución es pública porque la empresa cotiza en bolsa.

No creo que su retribución sea el problema financiero de la empresa. En absoluto.

¿Ni en parte?

Ni en parte. Los salarios de cada uno de nosotros son parte. Lo que no puedes hacer es que nuestros ejecutivos no estén bien pagados. Porque los perderías.

A cambio sí has perdido muchos periodistas.

Y ejecutivos. Pero ¡claro que este periódico necesita periodistas! Y este periódico hubiera sido mejor si hubiéramos podido conservar a todos esos periodistas en la plantilla.

Tu llegada a la dirección estuvo precedida por un referéndum en la redacción. (El 42,9% de los redactores se pronunciaron a favor de su nombramiento. Obtuvo 97 votos a favor, 81 en contra, 35,8%, y 47 en blanco, 20,8%). ¿Cómo lo llevas?

Lo llevamos con respeto. Estoy contento con la redacción y la actitud a nuestra llegada. Habla con ellos. Están en la mejor disposición y están muy involucrados en el proyecto.

¿Habrá otro ERE?

No soy la mayor autoridad sobre las cuentas de la empresa, pero confío en que no. Creo que no hará falta más. Esta empresa ha encontrado una vía con la que podemos salir adelante. Pero será necesario un gran esfuerzo y acertar en la estrategia de los productos digitales y América Latina.

El famoso mail llamado «El informe Caño». ¿Se te pidió un informe sobre la anterior dirección y la redacción que después se filtró y le llegó a muchas personas? ¿Cuál es tu versión de todo aquello?

Yo no envié ningún informe ni nada.

¿Todo lo que se ha publicado es falso?

Yo no envié nada. El resto, en la medida en que yo no asumo haber enviado nada, es especulativo.

La respuesta abre nuevas especulaciones. ¿Quién lo envió? ¿Usaron tu correo?

No lo sé. Yo no envié nada.

¿Pero hiciste o no un informe que te pidieron sobre la redacción?

Yo estaba hablando con el presidente de la compañía y con la compañía sobre el futuro del periódico. He tenido varias conversaciones pero no de ahora, llevo treinta y dos años en El País. Algunas veces me han pedido opinión sobre cómo iban las cosas. No es la primera vez que se me pide opinión. Otras veces la he dado.

¿Sospechas que alguien ha intentado hacerte daño?

No lo sé.

Con la duda nos quedamos. Termina una conversación que iba a ser de hora y media y que finalmente se alarga por la generosidad del protagonista otros cincuenta minutos, incluido un paseo por la redacción. El nuevo director de El País bromea con uno de los periodistas de la sección de deportes mientras posa para Lupe. Entre una fotografía y otra vuelve a aceptar preguntas y repreguntas sobre la profesión y el futuro de su periódico. Cruza entre las mesas con las manos en los bolsillos mientras comparte con nosotras una última confidencia. Dice que lo único malo de su nueva vida es echar de menos a sus hijos, de corta edad, que viven aún en Estados Unidos. Solo el tiempo dirá si su batalla ha merecido la pena.

Antonio Caño para Jot Down 8

Fotografía: Guadalupe de la Vallina


Raúl del Pozo: «En las grabaciones que tiene Bárcenas está la voz de algún ministro»

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Nació una noche de Navidad, como Cristo y Ava Gardner. Tiene los tres premios de periodismo más importantes de España (Mariano de Cavia, Francisco Cerecedo y González Ruano) y una perra. También el Premio Primavera de Novela por El reclamo. Puso apodo a un presidente, «Bambi», y a un barrio de Madrid, «Costa Fleming». En periodismo ha hecho casi de todo. Alistado como columnista en la tripulación de El Mundo, defiende la trinchera de Umbral donde a veces se pone el viejo traje de reportero. Y le sigue sentando bien. 


¿Qué has aprendido del periodismo en todos estos años?

El periodismo sigue siendo mi primer amor. Soy un adolescente, un mitómano. Cuando era un chaval iba al Café Colón para ver cómo las moscas subían por los dedos amarillos de César González Ruano y les decía a los chicos de alrededor con los que jugaba a los dados: «Por favor, no montéis bulla que está escribiendo su artículo el maestro».

¿Por qué la de periodista es la mejor profesión del mundo? 

En su libro El escriba, Vázquez Montalbán dijo que el de escritor es el mejor oficio del mundo, igual que lo opina Gabo. Yo también creo que lo es. Para mí lo más importante será lo que aprenda ese día, escriba esa tarde y publique mañana. Hay gente que quiere ser bombero. Yo desde el principio quería ser periodista. Así éramos de gilipollas. Creíamos que el oficio era aún más bonito de lo que es. Primero empezabas a trabajar y luego muchos años después te daban el carné.

¿Qué aprendiste en aquellos años de formación?

Aprendí que el vellocino de oro del periodista es la noticia. Lo demás: contar nuestra gripe, el narcisismo, la autobiografía… son pajas mentales. Hay columnistas que hacen eso y yo lo hago también, pero la búsqueda de oro, la auténtica veta de la mina es la noticia. El columnismo condensa la ira del español sentado. De un predicador. Si la Revolución francesa hubiera tenido lugar en España hubiera sucedido en un café. Los tertulianos son cuchilleros de siglas de partido.

¿Aquel periodismo era mejor que el de ahora?

Aquellas redacciones eran mitológicas. Una mezcla de garito, de catacumba, de casino donde jugábamos al póquer hasta las seis de la mañana… Y allí conocí a los mitos de mi vida. Que te llamaran caballero en aquel ambiente era un insulto. En ellas he sido reportero, cronista de sucesos, corresponsal. Allí conocí a Tico Medina, un tipo que para entrevistar a Indira Ghandi se disfraza de mendigo y hace cola junto a los parias. A Yale, que para hablar con Ironside se vale de una silla de ruedas. A Julio Camarero, que hace una entrevista a Chessman en el corredor de la muerte… A Arturo Pérez-Reverte, a Vicente Talón, a Vicente Romero… En aquellos tiempos la fascinación era ir a las guerras. Yo siempre que empezaba una llegaba dos horas más tarde a trabajar para que no me mandaran. Me daban miedo.

¿Has cubierto alguna guerra?

Nunca he cubierto guerras, pero sí golpes de Estado. Una vez me invitaron a uno. El general Labanca me llamó y me dijo: «Vamos a tomar el poder pasado mañana. Necesito que escribas la crónica y le mandes un mensaje al general Perón». Estuve dos días acojonado en el hotel esperando a que su enviado personal me enviara noticias. Pero la única noticia que llegó de Tucumán es que la asonada había fracasado. Afortunadamente, claro. Luego otros escribían: «Anochece en Saigón mientras las bombas caen cerca de este corresponsal…». Pero el corresponsal estaba en Madrid, claro.

¿Cómo acaba un tipo de una aldea de Cuenca en la capital de la gloria?

Yo nací en un bombardeo, como dicen los de Madrid. Era una aldea de Cuenca en la que había una central eléctrica, cerca de la Ciudad Encantada. Mi familia era de carreteros, obreros, cazadores furtivos… Para mí poder ser periodista y salir de allí era como para un torero hacer una faena en Las Ventas y triunfar. Era el pasaporte a la gloria, el salvoconducto para salir de allí.

Raúl del Pozo para Jot Down 1

¿Cuál fue tu primer trabajo en el oficio?

Fue en Eurofoto con Gianni Ferrari. Umbral me dijo, así con su voz grave, que me iba a dar «Un abrigo, una amante y un trabajo», como decía Baudelaire. Las dos primeras cosas no me las dio, pero el trabajo sí. Trabajaba con paparazzi italianos legendarios como Gigi Corbeta o el propio Ferrari. Mi trabajo consistía en poner pies de foto. Era prensa del corazón y vendíamos reportajes a toda Europa. Recuerdo uno: la reina Fabiola abandona España y deja a sus perros abandonados, y la foto era la de los perros solos en el palacio.

¿Cómo diste el salto a Pueblo?

El primer reportaje que publiqué salió de una conversación con unos tipos de Cuenca que eran poceros y que nos contaron que había una plaga de ratas en el subsuelo de Madrid. Llamé a Pueblo, lo propuse y me metí en las alcantarillas con aquellos tipos y un fotógrafo cojo. Aquel reportaje salió en la portada con el titular: «Madrid, amenazado por 100.000 ratas». Eso fue como torear en Las Ventas. Aquel reportaje lo leyó el célebre José María García, Butanito, y me dijo que tenía que dejar aquel trabajo en Eurofoto e ingresar en Pueblo. Y lo hice.

En tu carrera has visitado decenas de países como enviado especial. ¿Qué experiencia te marcó más?

La ciudad nos hace libres, decían. En mi caso es verdad. Para mí París fue un electroshock, una lengua de fuego. Allí dejé de ser el hombre de Cro-magnon que era. Era sentarte en una mesa de un café y ver a Brigitte Bardot en el Círculo de la Rive Gauche, a Sartre en el Café Floré. Era la gente más bella del planeta, la modernidad, los apóstoles del mundo que estaba por llegar. Aquella época me marcó más que ninguna otra. Trabajaba allí haciendo Radiorama, un programa de Radio Nacional, y vivía en Montparnasse. Dormía en el suelo, en la habitación que tenía Julián Pacheco encima de La Candelaria, donde el pintor trabajaba de lavaplatos. En aquel garito tomaba calvados George Brassens, Paco Ibáñez enseñaba guitarra a Bardot y cantaba Violeta Parra. Aquel París me influyó más que cualquier libro.

¿Y tu peor experiencia?

Donde peor lo he pasado en mi vida fue en Barcelona. Viví allí antes de irme a París con Julián Pacheco, gran pintor y chulo de putas. Yo lo acompañaba como su guardaespaldas. Teníamos peleas con los yanquis de la Sexta Flota, ¡pero peleas de verdad! Ahora me pregunto cómo podía ser tan idiota. Nos pegábamos con las botellas partidas en el Panans.

Eras una de las pocas personas a las que Camilo José Cela apreció de verdad. ¿Cómo era en las distancias cortas?

Una vez le vi bailar fandangos. Cuando un patoso le preguntó si aún follaba, respondió: «¡Soy académico de la lengua!». Le acompañaba cada verano a bautizar burros a Rute, donde según él se le apareció Cristo fumando Ducados. Lo adoré como lo que era: obispo de Iria Flavia. Camilo me quería mucho, no se por qué. Me llamaba a media tarde para que fuera a su casa a tomar el té y yo acudía a sus órdenes. Cuando tenía una tarde lúcida, intimista y simpática era mejor que leerle. Es el último gran clásico. Los escritores están una temporada en el purgatorio pero luego vuelven. Y Camilo volverá.

¿Cómo era irte de farra con Paco Rabal?

Una vez me dijo Paco Rabal, después de varios días seguidos de fiesta, que había un hotel en Roma donde pulsabas el número dos en el teléfono y subía una tía para chupártela. Le dije que eso no podía ser verdad. Pillamos los pasaportes y nos presentamos en Barajas para coger el siguiente avión. Cuando llegamos a aquel hotel de Roma pulsó el dos y subió una tía a chupársela.

Has tenido a muchos directores en tu carrera. Entre todos destaca un nombre: Emilio Romero, timonel de Pueblo.

Emilio Romero era el mejor de su tiempo. Llegaba rodeado de guardaespaldas. Un lobo de mar del periodismo. Fuimos pocos a su entierro. Y él había hecho famosos a toreros, futbolistas, cantaores, actores… fabricó mitos. Fue algo muy ingrato, pero él era el ninot del franquismo al que había que quemar. No lo indultó la democracia. Enseñó a tres generaciones de reporteros. Fue un hombre del régimen pero supo burlar la censura y rasgó las listas negras que le pasaba el almirante Carrero Blanco. Dice José María García que en los tiempos en los que mandaba la censura, cuando las galeradas tenían que ir de madrugada al Ministerio de Información, en esa redacción estaban los mejores periodistas de los frentes de guerra y de la actualidad, Pueblo era un periódico del régimen y de los sindicatos verticales, pero tuvo el acierto de conectar con la sensibilidad de entonces. De allí salió desde Cebrián hasta Arturo Pérez-Reverte. Era «A mí la Legión», una escuela de periodistas. Manolo Alcalá, por ejemplo, apenas sabía escribir y era un reportero legendario. Era un medio de la dictadura, pero abierto al mundo que llegaba: el rock, la moda, el arte, la poesía moderna…

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¿Quién es Pedro J. Ramírez?

Junto a Emilio Romero, Pedro J. es el mejor director que he tenido. Su mérito es haber entrado en un lugar inexplorado como eran las cloacas del Estado en los años noventa. El Mundo ha sido capaz de tumbar a un presidente. Ahora no tira a otro porque no quiere irse, pero ha quedado bien claro que ha mentido. Antes decían que era el diario de la derecha. ¿Qué pueden decir ahora? Ahora Pedro J. está más acorralado, pero con todas las contradicciones que pueda tener él y su periódico, ha servido muchas raciones de vellocino de oro, que no es otra cosa que la noticia. Ha desvelado la corrupción, el crimen de Estado, la financiación de los partidos… Ahora sigue vivo, tan vivo como el primer día. A este solo lo sacarán de un periódico el día que se muera, metido en una camisa de pino.



Una de la quejas del periodismo actual es la censura. ¿Cómo era la censura que tú conociste?

La censura es la muerte de la inteligencia. Pero las obras más importantes de la literatura española se escribieron bajo la Inquisición. En España siempre se ha perseguido a los escritores. A Quevedo lo encerraron en la Torre de San Abad, Cervantes murió en Madrid como un perro. Se le vio unos días antes por la calle Huertas, hundido, como un sintecho. Mataron a Lorca y también acabaron con Miguel Hernández. La censura en la época de Franco, que es la que yo conocí, era espantosa. Se hacía periodismo en Barajas, en los hospitales y en las casas de socorro. En política no. Ahí no podías meterte. Era repugnante. Pero había grandes expertos en sortearla.

¿Qué tenían los periodistas de antes que no tenemos los de ahora?

Los periodistas de antes no eran mejores. Estaban menos formados pero tenían una visión romántica del periodismo que se ha perdido. Estuve unos años haciendo crónica parlamentaria. A todos mis compañeros les sorprendía que Zapatero se parara conmigo y no con ellos. Lo único que hacía es acercarme a él con un bloc de notas y le decía: «Buenos días, presidente». Es así de fácil. No quiero presumir de nada, pero el periodismo sigue siendo eso, parar a alguien en un pasillo, preguntarle y apuntar lo que dice. Hay canuteros que ponen la grabadora y están pensando en salir cuanto antes a tomar cañas. Los becarios de antes querían ser grandes reporteros. Hoy solo quieren ser columnistas, españoles sentados y cabreados con un folio en blanco para predicar y dar la doctrina de los partidos. Entiendo al que quiere ser presentador o presentadora de Telediario, porque esos se hacen famosos y follan más, pero los que quieren ser tertulianos…

¿Un periodista para ser bueno debe ser buena persona?

No me gusta esa frase. He conocido a magníficos periodistas que eran auténticos hijos de puta. Ahora hay muchos que quieren arreglar el mundo. Y eso del contrapoder es una gilipollez. Lo que sí hay que hacer es contar lo que pasa, limpiar los cristales para que la gente vea lo que pasa en palacio. Somos limpiacristales de la libertad.



Háblame de tus columnas sobre el caso Bárcenas. ¿Cómo conseguiste esa información?

Bárcenas habló con cuatro periodistas de otros medios, pero hasta que no habló conmigo y con Pedro J. no quiso que nada se publicara. Tiene que ver con la credibilidad. Otros podrían haberlo contado, pero pocos les habrían creído. Pero cuando lo publicó ese acorazado que es el diario El Mundo, entonces… Yo para escribir de Bárcenas tuve que usar trucos: me inventé la «garganta de seda», que existía con otro nombre, nada menos que Rosalía, la mujer de Bárcenas, a la que yo conocí haciendo reporterismo hace veinte años. Después recurrí al «tercer hombre», que también existe pero que no puedo decir quién es, mi gran filtrador. Luego hablé con Bárcenas y después llegó Pedro J. y pegó el zambombazo con «Cuatro horas con Bárcenas», que ya es un artículo histórico.

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¿Por qué la sociedad española entendió pronto que todas esas revelaciones sobre Bárcenas eran ciertas?

En España nadie ha dudado de que hubo dinero negro durante décadas. Durante la dictadura los partidos clandestinos contaban con dinero de Rusia, de Gadafi o de Argentina. La costumbre de repartir maletines está enraizada en la política española y es algo difícil de cambiar. Aquí hay dinero negro en todas partes. En cualquier país a un partido democrático lo pillan con dinero negro y está muerto. Aquí no ha caído porque el PP se esconde en su mayoría. Si Rajoy resiste a eso su figura alcanzará proporciones legendarias. ¡Puede salir hasta reforzado!

¿Por qué nadie levanta un teléfono antes de escribir una columna? ¿Por qué todo se basa en la prosa y en la opinión? ¿No hay nada nuevo que aportar?

En España no existe el columnismo de investigación, sino el literario y costumbrista, pero cuando hay una noticia sí que levanto el teléfono y me convierto en un reportero. Cuando me dijo «garganta de seda»: «Si cae Luis Bárcenas, caerá Rajoy» fui el primero en publicarlo. Como dijo Ben Bradlee: «Cuando me encontré con el asunto del Watergate supe que era la historia de nuestras vidas». Es una exageración, claro, pero este caso tendrá consecuencias graves y es una gran historia periodística. Estuve picando unos días como un minero y al final encontré oro, porque al día siguiente de publicar la columna sobre «El tercer hombre» me llamaron cuatro televisiones y todo el mundo creyó lo que decía en ella.

¿No te parece increíble que tras la publicación de los papeles de Bárcenas Rajoy resista todavía?

Rajoy estuvo dos días muerto, como reconocieron ellos mismos, las cancillerías y los embajadores. Cuando El Mundo publicó los SMS y la nómina de Bárcenas, que probaba las mentiras del PP, el presidente estuvo cuarenta y ocho horas de cuerpo presente. Solo su resistencia y su gran mayoría le salvaron de la caída. Pero ojo, esta partida no ha terminado. Bárcenas grabó en los últimos meses a todo el mundo en pasillos, cafeterías y restaurantes. En esas grabaciones está la voz de algún ministro y Bárcenas puede usar esa información cuando le convenga. Además él ha dicho ya que quiere colaborar con la Justicia. Ya es tarde para el pacto. La información la tienen tres personas muy diferentes y está a buen recaudo.

Caso ERE, Bárcenas, Gürtel, Fabra… ¿Este país está condenado?

Por desgracia la mentira en España es gratis. No tenemos esa mentalidad calvinista o anglosajona por la que el que miente está jodido. España premia a los bandidos, a los delincuentes, a los pícaros. Me dicen los que saben que el déficit publicado no es real, que estamos cerca del 11%, lo que supondría una bancarrota, pero los datos están maquillados para no meter lo que nos costó el rescate bancario. Es la ruina. El paro es difícil que se recupere. Además no creo que se hunda el bipartidismo. Un viernes nadie va a votarles y el domingo en las elecciones todo dios vota a los de siempre. Y eso que creo que la gente ya ha descubierto que los partidos luchan más por sí mismos que por el ciudadano. Como las mafias. Pero el ciudadano tampoco es inocente: siguió votando a un partido que había usado los fondos reservados para enterrar a gente en cal viva. Ahora, según las encuestas, la gente va a seguir votando a otro partido vinculado a una trama de corrupción con millones de euros en Suiza y maletines de dinero negro. El pueblo también tiene responsabilidad en ese estúpido patriotismo de partido.

¿El PSOE de Rubalcaba será capaz de salir de su laberinto?

Saldrá. Todo eso de que el bipartidismo se está hundiendo es un cuento. Peor estaba el PSOE en los años noventa acusado de corrupción y crímenes de Estado y salió a flote. Lo del 15M era una amenaza para el sistema degradado, pero se dejaron infiltrar y cuando estaban en el Palacio de Invierno de San Jerónimo decidieron irse a los barrios, en una ingenuidad de anarcos naif que todo lo acordaban en asambleas repletas de topos, pero no de topos de Marx sino de los servicios secretos. Lo partidos turnistas y dinásticos sobreviven a pesar de su decadencia. Y creo que Rubalcaba es el dirigente más capaz y más inteligente del PSOE.

Hace muchos años fuiste un comunista convencido. ¿Qué queda de aquel Raúl del Pozo que creía en las utopías y leía L’Humanité?

Soy la síntesis de todas mis edades y contradicciones. Tuve mi época rosso. Como dijo Henry Levy, con la muerte del comunismo no va a nacer nada nuevo. Ahora está surgiendo un mundo viejo: el feudalismo del siglo XXI, democracia sin Estado de bienestar.

Raúl del Pozo para Jot Down 4

Eres tertuliano en televisión y lo has sido en la radio. ¿Crees que las tertulias han hecho un gran daño al periodismo?

Sí, le han hecho daño. El de tertuliano es un oficio muy español, como la zarzuela y la Guardia Civil. A mí las tertulias no me gustan. Voy a la de Susanna Griso porque es un arcángel de la información. No me quiero meter con los compañeros ni conmigo mismo, que hemos ganado mucho dinero gracias a ellas. Ahora no. Ahora vamos a predicar y no sacamos ni para el taxi. Pero mi verdadero oficio es escribir.


¿Cómo es ser periodista en un diario como El Mundo?

Ir en los años noventa a hacer información parlamentaria para El Mundo era escuchar cuchicheos a tu alrededor en el Congreso. Ahora también. A mí estuvieron a punto de lincharme en la puerta de la cárcel de Guadalajara cuando encerraron a Barrionuevo y Vera. Hijo de puta, fascista y traidor es lo más bonito que me dijeron.

¿Se mueren los periódicos o el periodismo?

Me di cuenta hace años de que el papel publicaba cosas que estaban muertas, mientras que la radio daba esas noticias en directo. La civilización del papel ha muerto. Ahora puedes ver en elmundo.es el gol de Iniesta minutos después de marcarse, el atentado de Irak o el discurso de Obama. Publicar eso veinticuatro horas después en el papel ya no tiene mucho sentido. Además la gente de menos de treinta y cinco años no compra un puto periódico. Pero eso no significa que sea el fin del periodismo, ni mucho menos. Solo es una transformación.

¿Qué aportan las redes sociales al periodismo?



Tienen mucho morbo. A veces te destrozan, pero si no tienes «odiadores» es que no eres nadie, aunque hay algunos que dan paseíllos en Twitter. Uno puede imaginarse cómo eran los paseíllos de la Guerra Civil leyendo en las redes sociales. He visto linchar estos últimos días a varias personas y he pensado: «¿Estos tipos son de nuestra misma raza?». Creo que los que más se meten con los periodistas también son periodistas.

¿Por qué la generación de la Transición se resiste a dejar el poder?



Porque los jóvenes no apretáis. Teníais que habernos echado a patadas. Es culpa vuestra. Lo que no entiendo es por qué los jóvenes se dejan avasallar.

¿Es el ego el peor cáncer de la profesión?

La vanidad y el narcisismo son la arteriosclerosis del periodismo. Es algo repugnante. Esta es una profesión donde el talento es sospechoso. Hay que ser discreto hasta con la imaginación.

¿Es noticia que Obama espíe a todo Cristo? ¿La noticia no sería que no lo hiciera?

No sé si el universo es un holograma, parecido a una infinita tarjeta de crédito, pero de lo que estoy seguro es de que es una gigantesca comisaría con las huellas digitales de todos. Me dice un viejo espía de la CIA que Madrid, como Cascais durante la Segunda Guerra Mundial, es un casino donde apuestan los agentes de todas las potencias. Se dio el caso de que, en el Hotel Meliá de Madrid, dos espías en habitaciones contiguas se estaban grabando sus propios polvos. También me han contado que Manning y Snowden son solo dos topos menores: «Unos merluzos a los que han pescado». El primero es un cabo y el segundo un subcontratado. No hay peces gordos, se tapará todo con la complicidad de los líderes europeos. Me han avisado: si tienes el ordenador conectado al móvil pueden grabar todos tus movimientos, conversaciones y correos. Todo eso de las llamadas a los embajadores es puro teatro. Los americanos y sus primos ingleses han entrado en las bases de datos de todos los servicios secretos y los demás han hecho lo mismo.

¿Existe el periodismo cultural?

No existe. Es mera propaganda de las editoriales. Y los peores son los críticos literarios, los guardianes del cementerio. No hay cosa peor que un crítico literario, un árbitro de fútbol y un enterrador.



Has escrito varias novelas negras, como Los reyes de la ciudad, No es elegante matar a una mujer descalza o Noche de tahúres. ¿Qué tiene la novela negra que tanto te gusta?

Cuenta la verdad oculta, que el poder es el asesinato, que los políticos y los gánsteres se parecen mucho. Es un género de izquierdas por lo que tiene de realismo sucio. Estoy contento de cómo me ha ido con la novela. No he sido un crack, pero todas se han vendido bien. Tampoco he escrito para vender o ganar dinero, sino como una forma de vida.



¿Es cierto que la noche de Madrid está en decadencia?



Madrid es mi patria, mi estilo, un turbión de palabras, se juntan todos los argots en Cibeles, que es nuestra Estatua de la Libertad. Dijo Borges que Madrid es una ciudad provinciana y la Gran Vía es más o menos un sainete. Sería entonces, hoy es una ciudad modernísima, abierta, neoyorquina. Han intentado hacer de el Foro la representación del mal, pero no podrán destruir ese mito universal. No sé si la noche de Madrid está en decadencia porque ya no salgo, pero me la he bebido entera y me la he jodido. Madrid ha sido y es la mejor ciudad del mundo. Salías a la una de la madrugada de casa y podías terminar acostado con un japonés muerto. Madrid era Sodoma, Gomorra, Babilonia, Berlín y San Francisco, todo mezclado.

Como antiguo jugador de ruleta, ¿qué te parece el proyecto Eurovegas para Madrid?

Me encanta que otra vez sea la ciudad más burlanga del mundo, como ya lo fue en el Barroco, cuando había más leoneras que iglesias y los pícaros pasaban el orinal a los jugadores para que no se tuvieran que levantar a orinar. Insisto en el tópico: la pasión del juego solo es comparable a la del amor. Fui ludópata, pero gracias a ello escribí Noche de tahúres

El ABC ha intentado ficharte varias veces. ¿Te ves escribiendo en otro periódico que no sea El Mundo?

Cuando llegué a Madrid en los años sesenta soñé con poner el paño negro a una ruleta y escribir en ABC. Ninguno de esos sueños se hicieron realidad. Claro que me veo escribiendo en otro periódico que no sea El Mundo, el problema es si sobrevive la galaxia del papel. Soy galeote de una civilización y una travesía que se extingue.  

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Fotografía: Guadalupe de la Vallina


Juanjo Martínez Jambrina: La vida en B

Pasa la vida por la madrileña calle de Génova desde que el extesorero Bárcenas empezó a soltar hojas de un cuaderno cuadriculado con la contabilidad más oculta del Partido Popular. Pasa la vida, pasa la vida y esta España nuestra cada día se parece más a un país en B, como ha señalado el columnista gallego Manuel Jabois en El Mundo. Esa doble contabilidad, ese doble fondo que nos aflora no afecta solamente a la economía sino también a la moral, lo que es más grave porque esto es algo que no admite dobladillos como el dinero. Esto de vivir en B, de decir una cosa y hacer la contraria, de vivir ocultando la verdadera magnitud de la tragedia, es un estilo de vida que lleva rampante unos cuantos años entre nosotros. Mi buen amigo José Lázaro, otro gallego genial, apunta en el número de enero de Claves de Razón Práctica, a propósito de la reforma del sistema sanitario, que es muy difícil solucionar los problemas sociales cuando los intereses reales se ocultan bajo el discurso de falsos valores generales. Esta forma de vida en B la ilustra Lázaro con una estampa que trajo de una visita a la ermita de San Andrés de Teixido, de honda raigambre en la mitología gallega. Cuenta el fino intelectual coruñés que en los alrededores de dicha ermita suelen proliferar las vendedoras de souvenirs, reliquias y exvotos del santo. Parece que mientras el peregrino observa las postales y figuritas expuestas sobre las mesas la vendedora observa con sumo cuidado el rostro del visitante. Y que si interpreta que los valores espirituales no le van a animar a sacar la cartera, la vendedora levanta con cuidado el mantel de la mesa, le enseña un cubo discretamente situado bajo ella y le informa: “También hay percebes, oiga”. Le muestra, pues, lo que es la vida en B de la buena.

Pasa la vida y pasa la memoria a juzgar por esta tendencia nuestra a repetir escenas que no conducen sino al desánimo y a la desconfianza de la gente hacia las instituciones públicas y hacia la democracia. Pero ahí seguimos, dando oxígeno a políticos corruptos acantonados en partidos con sistemas de financiación algo más que opacos y con intereses alejados de los ciudadanos. Muchos de estos males tienen que ver con la contemporánea tendencia a dulcificar la realidad, escondiendo cualquier forma de malestar que contradiga el dogma de que en el Estado del Bienestar es posible la felicidad perpetua y de que cualquier dolor puede ser abolido por las agencias al efecto. De tanto edulcorar la realidad parece que nos la hemos llevado por delante o la hemos duplicado, como apuntan los gallegos Jabois y Lázaro. Esta tarde he estado viendo la película El paseante del Campo de Marte, la vigorosa cinta que Robert Guédiguian rodó en el año 2005 para ilustrar los últimos días con vida de François Mitterrand. Ya muy enfermo, el presidente acepta que un joven periodista le entreviste varias sesiones con el ánimo de recoger sus impresiones sobre la sociedad francesa y aclarar algunos interrogantes de la época. Un buen día, Mitterrand pide que le lleven junto con el periodista a la Catedral de Chartres. Pide luego que le bajen a la cripta y que le dejen a solas con el reportero. El veterano político se muestra entusiasmado ante varias de las estatuas yacentes que allí se guardan y que conoce de memoria. Y le pide al joven periodista que acaricie la piedra de la que emergen los transidos rostros. Para que sepa con fuerza que hubo un tiempo en que los hombres no temían mostrar ni siquiera la muerte en toda su crudeza. Al rebufo del último gran político europeo, se me ocurre que hay formas decentes de sanear España sin perder la historia. Será necesario volver a hablar de ideales, de sueños labrados con sudor en mármol, para evitar que la política se coma a la moral. Y empezar a hacerlo cuanto antes. Porque entre tanto se nos pasa la vida y se nos pasa la gloria.


José Antonio Montano: Noventayochismo y Twitter

Nos encontramos en el peor escenario posible: en pleno noventayochismo y con Twitter. No solo ahogados en una tremenda crisis, tanto económica como institucional, con todo resquebrajándose y desmoronándose, con todo pudriéndose, sino también con la compulsión de estar dando cuenta de ello a cada segundo. A veces, en Twitter, tengo la sensación de que somos los bichitos que dejan pelados los huesos. La realidad se ha descuartizado sola, pero nosotros cogemos los pedazos y los pasamos por la trituradora, para hacerla polvillo en paquetitos de 140 caracteres. La fórmula es sórdida: 98×140. Unamunos sin descanso: el sentimiento trágico del tuitear.

Hace años, y podría haber sido cualquier año desde, pongamos, principios de la década de 1990 hasta marzo de 2004 —en que, según Juan Pablo Fusi, terminó la Transición—, escribí esto en mi diario: “Impregnación de abulia al seguir con el tema de la generación del 98. Qué mediocridad hay en nuestros abatimientos actuales: ya todo este marasmo, esta zozobra de la voluntad la vivieron nuestros bisabuelos. Es cierto que la época ha podado en nosotros el ‘tema de España’ (¡y menuda poda!), pero en las cuestiones morales seguimos con lo mismo —si se quiere, de un modo más chic (aunque esto ya también lo hacían por entonces los modernistas). Si cansa la vida, más cansa esto de repetirse. Y cansados de cansancios, deberíamos evitar todo epigonismo barato, renovar nuestra escritura y nuestra mentalidad. La lejanía que hoy sentimos hacia los del 98 es la que debemos sentir hacia nosotros mismos. Mudarse, y mirar sin nostalgia el pellejo de la serpiente encogido en el suelo, ya seco y a punto de deshacerse en ceniza”. Pero ha pasado el tiempo y la verdad desagradable asoma: el noventayochismo parece hoy el único argumento de la obra.

Realmente, hemos perdido un imperio: el de la prosperidad, unida a una cierta impunidad. España ha resultado ser uno de esos pomposos edificios de Calatrava, de (falsa) modernidad que se agrieta y se desconcha. Podríamos decir que los arquitectos estrella —de todos los ámbitos— nos han estrellado. Con nuestra connivencia, porque nos estaba gustando, más o menos, lo que hacían; ignorando las condiciones técnicas de su sostenibilidad. En cierto sentido, cada uno ha sido el arquitecto estrella de sí mismo. Dentro y fuera, hemos montado chiringuitos que se cuarteaban. Mentalmente ha estado muy bien, la verdad, porque hemos descansado durante lustros del tostonazo de este “terrón maldito de España”, como decía otro noventayochista, Valle-Inclán. Pero el terrón era una planta carnívora, que no se aplacaba con solo no hacerle caso. Mi gran sorpresa biográfica ha sido verme enfangado en aquellas agonías de hace un siglo. La distancia (y la oxigenación) con que las estudiábamos y ahora esto.

Pero hay un hechizo, la famosa nostalgie de la boue, la nostalgia del fango, o del cieno. En Twitter nos sentimos sucios. Yo, al menos, me siento sucio. El ejercicio del sarcasmo (¡en el que soy campeón!) estraga. Siempre quiero quitarme: pero con “un arrepentimiento / que, por no ser antiguo” no invita “de verdad a arrepentirme / con algún resto de sinceridad”. El otro día, cuando salió lo de Bárcenas, cuando callaba Rajoy (luego habló, para seguir callando), alguien escribió este tuit: “En estos momentos el país es víctima de un fallo multiorgánico”. Twitter no es un refugio: es un envoltorio con pinchos.


El virus se extiende

Mariano Rajoy

Mariano Rajoy Brey sigue sin dimitir. Se conoce que se le pasó la portada de ayer de El País. Pero ya verán cuando levante la vista de las páginas de ciclismo del Marca y lea que las informaciones de El País le implican de forma directa en el que sería, de confirmarse su veracidad, uno de los mayores escándalos de corrupción financiera de la historia de la democracia española. ¡A lo mejor hasta toma medidas! Las del sofá de su despacho, obviamente. Ese en el que se echará una siesta de las de orinal y manta hasta que el zurriburri escampe por sí solo.

Estamos hablando de un hombre que ha logrado llegar a presidente del Gobierno sin que se le conozca talento ni mérito ni acierto ni brillo alguno. De un hombre cuyo único rasgo distintivo consiste en su habilidad innata para mimetizarse con el yeso de la pared mientras el país se ulcera de pura desesperanza a su alrededor. De un hombre que está a punto de convertir a Zapatero en Churchill. De un hombre que el 21 de noviembre de 2011, un día después de ganar por mayoría absoluta unas elecciones generales cuyo resultado estaba cantado desde hacía al menos un año, no tenía pensados ni discutidos ni negociados los nombres de sus futuros ministros. De un hombre que el diez de junio de 2012, inmediatamente después de comparecer en la Moncloa para anunciar un rescate de 100.000 millones para la banca de su país, se fue a Gdansk, en Polonia, para meterse entre pecho y espalda un España-Italia al grito de “si voy porque voy y si no voy porque no voy”. De un hombre al que todo le pilla por sorpresa: la virulencia de la crisis, la herencia recibida, la nacionalización de Repsol YPF, la dimisión de Esperanza Aguirre, la contabilidad de su partido…

¡Quién la pillara, tamaña inocencia! Ir por la vida descubriéndola a cada paso, como si fuera la primera vez, mientras deshojas la margarita a tus 57 años mozos pensando en lo que quieres ser de mayor. Mariano Rajoy Brey, de mayor, quiere ser presidente del Gobierno. No lo duden. El día que se entere de que ya lo es igual se le cae el puro de la boca de la emoción. ¡Hoshtia!

Y digo que, de confirmarse, este sería uno de los mayores escándalos de corrupción financiera de la historia de la democracia española no ya por las cantidades de las que se habla en El País, a fin de cuentas unos relativamente modestos siete millones y medio de euros, sino por el hecho de que dichas informaciones no implicarían a un subalterno turiferario a cargo de la subsecretaría remota número 527, sino a prácticamente toda la cúpula actual del PP. Pero sobre todo porque, a diferencia de otros famosos escándalos de corrupción en los que los corruptos se han trajinado cantidades mucho mayores pero puntuales (90 millones de euros en el caso PSV, 180 en el caso KIO, 500 en el caso Malaya), las informaciones publicadas ayer por el diario El País parecen revelar la existencia de un entramado financiero diseñado para el enriquecimiento ilícito y sostenido en el tiempo de sus beneficiarios. Es decir que no estaríamos hablando de un caso de corrupción oportunista sino de uno de corrupción sistémica. De la corrupción como opción por defecto del sistema político español. Una corrupción tan interiorizada, tan cotidiana, tan ordinaria que ni siquiera sus agraciados son conscientes al 100% de que lo suyo es intolerable. Aún saldrá algún iluminado diciendo que es que no cobran lo suficiente. Como si pagarles 2000 o 3000 euros más al mes fuera a convertir a los políticos españoles en Metternich. Como si hubiera sueldo alguno capaz de competir con la mordida del empresario inmobiliario de turno

Como explicaba ayer Lucía Méndez en El Mundo, los altos cargos del PP se pitorreaban hace apenas unos días de esas primeras informaciones en las que su diario hablaba de posibles sobresueldos:

Cuando El Mundo reveló los sobresueldos se lo tomaron un poco a broma. Implícitamente lo reconocieron, como si fuera una travesura. Que ‘si no me consta’, que si ‘no digo nada porque no me afecta’, que si ‘yo me ocupo de lo importante’. Al presidente del Gobierno le importunaban las preguntas sobre estas cuestiones. Un escándalo menor. Con una auditoría de la Señorita Pepis vamos que chutamos”.

Hace apenas una semana decía el PP que la práctica de los sobresueldos se cortó de raíz en 2008, cuando la secretaria general del partido, María Dolores de Cospedal, llegó al cargo. Ahora dice que esos sobresueldos no han existido jamás. Aún les veremos cambiar de versión una o dos veces más. Parece legítimo sospechar que lo que ocurre en realidad es que en el PP no acertaron a calcular bien las consecuencias de las informaciones publicadas en un primer momento por el diario El Mundo.

A falta de la del presidente del Gobierno, los españoles nos hemos tenido que conformar con la comparecencia de, precisamente, María Dolores de Cospedal. Es decir, con la de una subordinada. Toda una señal de cómo entiende el señor Rajoy Brey eso del liderazgo y las responsabilidades asociadas al cargo. ¡Quién lo tuviera como jefe! La Cospedal, a la que desde ya le recomendamos un curso acelerado de gestión de crisis para aprender a sobrellevar estos papelones, ha dicho cosas tan interesantes como “él sabrá” (en referencia a Pío García Escudero, que ha confirmado la veracidad de las informaciones de El País por lo que a él respecta) y “tratan de perjudicar al PP”. La primera frase está a la altura del “sí, hombre” de Rajoy de hace apenas unos días. A nuestro presidente solo le faltó hacer caracolillos con el chicle mientras la pronunciaba. La segunda frase de Cospedal es irrelevante. Dudo que a los españoles les importen un soberano pimiento las intenciones de los periodistas de El País o las de aquellos que han filtrado la contabilidad de Luis Bárcenas. Por amor no lo han hecho, eso está claro. Es probable que a los españoles les importe más saber si lo publicado por El País y El Mundo es o no es cierto.

Dice Ignacio Escolar en un artículo publicado ayer en eldiario.es que “las consecuencias en un país con algo más de cultura democrática que el nuestro serían sencillas de predecir: la apertura inmediata de una investigación judicial, la dimisión en bloque del Gobierno y de todos los dirigentes y diputados que cobraron estas comisiones, la convocatoria inmediata de unas nuevas elecciones generales y la refundación de la derecha española en un nuevo partido donde sean los propios militantes de base quienes corran a gorrazos a todos aquellos implicados en un pasado así”.

La conclusión de Escolar sería la correcta en un país en el que el principal partido de la oposición fuera la piedra de toque de la honradez política. En un país en el que hubiera una alternativa decente a la fermentación acelerada del PP. Pero estamos hablando del PSOE. Del mismo PSOE que gobierna en Andalucía y que acaba de pedirle al gobierno un PER “extraordinario” y un número menor de peonadas. ¡El parásito al bollo y el contribuyente al hoyo! Del mismo PSOE que le financia truños articulados a la aficionada de turno o que la coloca de directora del Instituto Cervantes de Estocolmo sin que el principal responsable político del engendro, Jesús Caldera, se digne dimitir. De un PSOE cuyas esperanzas de futuro descansan en esos enormes talentos naturales llamados Patxi López, Carmen Chacón y Eduardo Madina. Como para pillarse un billete solo de ida a la Patagonia.

La conclusión sería asimismo correcta si ese mantra que dice que “no todos los políticos son iguales” fuera cierto. Aunque de hecho lo es. Porque hay políticos españoles que no son exactamente iguales al resto: como en Rebelión en la granja de George Orwell, algunos son más iguales que otros. Como Xavier Crespo, por ejemplo. El exalcalde de Lloret de Mar (Gerona) está siendo investigado por el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña después de que el juez apreciara indicios de prevaricación y cohecho en relación con la trama de la mafia rusa que blanqueó 56 millones de euros en dicha localidad. Imaginen cómo estará el patio en este país para que Andrei Petrov, el capo de dicha mafia, haya declarado “estar harto de los corruptos de este país”. Cuando la corrupción en tu país empieza a resultarle cansina hasta a los mafiosos rusos es que va siendo hora de meterse debajo de una piedra.

Desengáñense. El único político en España que no es igual que los otros es aquel capaz de presentarse en la comisaría de la Policía Nacional más cercana para denunciar, con pruebas, la corrupción de sus compañeros de partido. Aún le estamos esperando. Podrán comprobar lo diferentes que son algunos políticos españoles cuando mañana, tras la reunión extraordinaria del Comité Ejecutivo Nacional del partido convocada por Rajoy, comparezcan los capitostes del PP frente a los medios para cerrar filas alrededor del presidente y amenazar con querellas a los periodistas que osen investigar el tema de los sobresueldos.

El ambiente en este país, ya de por sí tradicionalmente pestilente, se ha embrutecido tanto en los últimos tiempos que la casta dominante, acorralada por las antorchas, ha decidido arremeter contra sus propios ciudadanos al grito de “los políticos españoles son corruptos porque los españoles son corruptos”. Y luego vomitan el ejemplo del fontanero y sus facturas sin IVA mientras se hurgan los colmillos con el palillo en busca de los restos putrefactos del solomillo que se acaban de meter en el cuerpo. El mensaje sería algo así como “a fin de cuentas todos somos iguales”. Pues miren, señores: no, no somos iguales. Empezando por el hecho de que no es lo mismo una factura de 50 euros que una contabilidad B por valor de 7.5 millones, continuando por el hecho de que el fontanero está intentando conservar SU dinero en el bolsillo y no meter la mano en el bolsillo de LOS DEMÁS, y acabando por el hecho, evidente hasta para un niño de teta, de que no tiene la misma responsabilidad el presidente del Gobierno o el alcalde de una localidad de 100.000 habitantes que un ciudadano anónimo que se dedica a hacer chapuzas a domicilio por 50 euros. En este país, la corrupción cotidiana, la de las facturas sin IVA, se ha convertido en simple autodefensa contra una casta dominante que tiene los santos cojones de anunciar una rebaja en la cotización de los nuevos autónomos como si esta fuera la gran medida contra la crisis. Una rebaja por la que, durante seis meses, los jóvenes emprendedores “solo” pagarán 50 euros por disfrutar de su derecho constitucional a trabajar en vez de los 300 habituales. Habrá que darles las gracias por tan magnánima rebaja en el diezmo medieval que pagan los autónomos por su derecho a arruinarse en este país de pandereta.

Así que la solución no es ya, como dice Escolar, la convocatoria de elecciones generales. Esa fase de la enfermedad se superó en España hace mucho tiempo. Convocar elecciones generales en España sería como darle un poleo menta a un tipo al que le ha arrancado una pierna un tiburón. La degradación de lo público en España ha alcanzando tamaño nivel de putrefacción que es el sistema entero el que está en duda. No es el partido en el poder, sino la monarquía, la judicatura, la policía, el ejército, el parlamento, el senado, los ayuntamientos, las comunidades, los sindicatos, las fundaciones, las diputaciones, las empresas públicas, las cajas de ahorros, el Banco de España, los partidos… No hay institución pública española que no esté metida hasta el cuello en el pozo de la corrupción, el tejemaneje, la incompetencia y el nepotismo. No hay gran empresa privada que no esté metida en el ajo. La separación de poderes en este país es una filfa.

Hace apenas una semana se conocía que la nueva Ley de Cajas de Ahorros permitirá que los imputados por algún tipo de delito doloso o los sancionados por comisión de infracciones administrativas puedan convertirse en directivos de cajas de ahorros si así lo decide el Banco de España. Y es que no hay nada como el perdón. Especialmente si la ley, como es el caso, descarta también establecer límite alguno al salario de dichos directivos. Que no se diga que nuestra clase política es vengativa. Que no se diga que no es previsora.

Poner orden en el sector público español es el equivalente de pastorear un rebaño de gatos. Una tarea agotadora pero, sobre todo, inútil. Porque en España no ha fracasado un partido, un gobierno o un rey: ha fracasado un sistema. El de la Constitución de 1978. Una Constitución cuyo pecado original, el de su tutela a bocaperro por parte de las élites financieras y militares del franquismo, ha acabado desembocando en un país ingobernable. En un país capaz de provocarle náuseas a la mismísima mafia rusa.

Si los chavales del 15M tuvieran dos dedos de frente se dejarían de partidos X, de juergas callejeras y de vídeos infantiloides y se pondrían al frente de las tres únicas reivindicaciones que, hoy en día, pueden unir a todos los españoles sea cual sea su ideología: insumisión fiscal, el inmediato ingreso en prisión de la casta extractiva actual y la convocatoria de elecciones generales para la formación de unas Cortes Constituyentes sin pasado reseñable encargadas de la redacción de una nueva Constitución. Una Constitución racionalista, laica y humanista que haga entrar este país en el siglo XXI de una puta vez. Una Constitución cuya redacción sea tutelada, si es necesario, por juristas constitucionalistas de los EE. UU. y la Unión Europea. Si no sabemos hacerlo mejor, pidamos ayuda a aquellos que sí saben.

Y si se le ha de cambiar el nombre al país, se le cambia. Que nada nos recuerde que alguna vez existió un virus llamado España.