La dulce ciencia: un exquisito viaje al pasado

Detalle de la cubierta de La dulce ciencia.

—Tampoco nos perdemos nada —intervino Graham—. No he visto nunca una buena pelea en el cine, excepto en las noticias del principio. Siempre lo suavizan todo.
—¡Yo vi una película en la que un tipo se estaba entrenando en un gimnasio el día del combate! —exclamó Cohen con los ojos abiertos como platos por la incredulidad—. ¿Qué clase de manáger tenía?
(…)
—Yo vi una —dijo Graham— en la que a los dos tipos les estaban vendando las manos antes de ponerse los guantes, ¿y quién se encargaba? ¡El médico de la comisión!
—¡Y la de veces que tienen que caer al suelo al principio los protagonistas! —siguió Cohen—. Tienen que reventarlos vivos o no pueden ganar. El mejor consejo para saber a quién apostar en una película de boxeo es hacerlo al que pierde los primeros catorce asaltos.
—Se recupera milagrosamente —siguió Graham—. Se le renuevan las fuerzas. Pero lo mejor que he visto en la televisión fue el invierno pasado: el hombre va a defender el título mundial la noche siguiente y le dice a su mujer que está harto de todo.
—¿Está con su mujer la noche anterior al campeonato? ¡¿Con su mujer?!

En el reino de lo físico es imposible viajar al pasado. Nuestro único deambular por el tiempo sigue el camino inverso, pues el mero acto de vivir nos arrastra con lentitud hacia un futuro siempre inminente. Del pasado reciente, el que nosotros mismos protagonizamos, nos quedan los propios, pero de los tiempos en que no todavía no existíamos quedan los recuerdos y las obras de extraños. De la capacidad de esos extraños para condensar en palabras lo que vivieron depende el vigor y la ilusión de autenticidad de la visita imaginaria que, como lectores, hacemos a lugares y momentos que nunca pudimos conocer. Los datos, los nombres y los números de épocas antiguas podemos consultarlos en los manuales; las grandes crónicas cumplen otra función, la de persuadir a nuestro cerebro de que, cuando nos sumergimos en sus páginas, viajamos de verdad a esos otros lugares y otras eras.

Un viaje, vívido y envolvente, es lo que ofrece La dulce ciencia. Por economía de lenguaje podría decirse que es un «libro sobre boxeo», porque lo es, pero tal calificación no le haría justicia del todo. Es un gran libro para cualquier lector que ame la letra impresa, y un gran libro cuyo tema central resulta ser el boxeo. Para que nos hagamos una idea, la revista Time lo incluyó en su selección de los mejores libros de no ficción de todos los tiempos; hace unos quince años, Sports Illustrated lo designó como el mejor libro de temática deportiva.

El particular prestigio de esta obra dentro del mundillo periodístico es comprensible. La dulce ciencia es una recopilación de artículos que A. J. Liebling, publicó en la revista The New Yorker, a la que estuvo vinculado desde los años treinta hasta su muerte acaecida por una bronquitis en 1963, cuando tenía cincuenta y nueve años. Mucho antes de que alguien acuñara la expresión «nuevo periodismo», Liebling ya narraba las cosas desde un punto de vista personal, con un impresionismo alegre y desenfadado que inspira en el lector un poderoso sentimiento de inmersión en sus historias. El escritor David Remnick, ganador del permio Pulitzer y devoto admirador, resumió su obra con una certera sentencia: «Era incapaz de caer en el cliché».

Liebling tenía un amplio historial periodístico y era capaz de escribir con idéntica soltura sobre cualquier cosa y en cualquier circunstancia. Redactó crónicas desde varios escenarios de la Segunda Guerra Mundial. También escribió sobre política y periodismo; escribió sobre ciudades; escribió sobre carreras de caballos; escribió sobre comida. Y escribió sobre su gran pasión, el boxeo, del que era ávido espectador, buen entendido y un antiguo practicante. En todos esos asuntos, incluso en la narración bélica, huyó de la solemnidad y el melodrama innecesarios, pero sin deslizarse en el pantanoso terreno de la parodia. Era siempre sarcástico, pero hacía lo que se supone que un reportero debe hacer: contar las cosas como las había visto. Cuando surgió el mencionado nuevo periodismo como corriente visible, Liebling ya había muerto y sus trabajos circunvolaban el olvido, injusticia reparada por una nueva generación de reporteros que lo consideraron un modelo a seguir y un listón con el que medirse. Quizá su nombre resuena menos en la memoria colectiva que los de Truman Capote o Hunter S. Thompson porque no cultivaba la novela. Supongo que a él mismo, carente de pretenciosidad y desdeñoso de todo lo solemne, le hubiese importado poco. Bon vivant, amante de la buena mesa y retratista de lo pedestre, escribía como vivía: al día. Narraba tan bien que se permitía el lujo de insuflar una traviesa ligereza en su estilo, lo cual era quizá un reflejo de su actitud ante la vida. Incluso le hubiese divertido saber que la fecha de su muerte, un 28 de diciembre, es el mismo día en el que los españoles celebramos el día de las inocentadas. Esta clase de casualidades y datos triviales despertaban su entusiasmo como solo lo pueden despertar en un historiador. Que es lo que, en el fondo, era.

Las crónicas pugilísticas de Liebling iban mucho más allá de la mera disección del combate en cuestión. Que la hacía, y la hacía muy bien, porque era un gran entendido. Como tal era respetado en los círculos de ese deporte; se lo recibía en gimnasios, entrenamientos, oficinas y vestuarios de campeones mundiales, como a alguien ante quien se abría la puerta por derecho. De esta cercanía con campeones hoy legendarios nos llegan pinceladas inesperadas y sorprendentes. Pero Liebling no limitaba ese detallismo a los deportistas, ni siquiera al entorno pugilístico como tal. Sus artículos son como pequeñas películas costumbristas que contienen anécdotas, descripciones pintorescas de personajes y lugares, alusiones históricas imprevistas, comentarios irónicos sobre las minucias más inesperadas. Nos ofrece una galería de individuos representantes, entrenadores, pululantes varios y ciudadanos anónimos— que parecen extraídos de un guion hollywoodiense. Describe los gimnasios y los bares donde se reúnen los profesionales del boxeo con pocas palabras y, aun así, nos hace sentir que estamos allí mismo. Reproduce las conversaciones, describe las mentalidades y manierismos. A veces, cómo no, deja buena nota incluso del menú del día. Y de otros pormenores que no suelen llegarnos en las crónicas deportivas estadounidenses, quizá porque otros periodistas de aquel país lo daban por hecho o lo consideraban un asunto menor, como el feroz (y en ocasiones hilarante) localismo de muchos aficionados, defensores templarios de los púgiles de sus respectivos barrios, ciudades o estados, frente a los «extranjeros» de otros barrios, ciudades o estados.

Uno de los elementos más fascinantes es la facilidad con la que construye secuencias casi cinematográficas ambientadas en la Nueva York de los años cuarenta y cincuenta. Sorprende, porque apenas dedica tiempo a las descripciones físicas de los lugares, dando por hecho que sus lectores neoyorquinos no las necesitan. Y aun así, su poder de sugestión es enorme. Cada noche de combate es una excusa para captar el espíritu de una ciudad y de una época: propenso a conversar con cualquiera que se le cruce, comenta divertido sus intercambios con taxistas, con taquilleros, con espectadores que tiene sentados cerca y que suelen saber mucho menos de boxeo que él, pero cuyas opiniones registra como un elemento más de la vivaz escenografía. Habla de los jovenzuelos sin entrada que fingen buscar su asiento y se acurrucan en las escaleras para poder ver a sus ídolos de cerca, o de los fotógrafos caraduras que tapan con su chaqueta las etiquetas de las sillas de la zona de prensa, robándole el sitio de privilegio a algún periodista (a veces, según deducimos, al propio Liebling). Incluso cuando recomienda una parada de metro o una rutina para esquivar las multitudes a la salida del Madison Square Garden, evoca imágenes y sonidos que casi creemos percibir con claridad; ese autoengaño del lector es el homenaje más elogioso que se le puede dedicar a alguien que escribe. Todo esto es un efecto, me parece, de la manera en que Liebling huye de lo grandilocuente; escribía para sus contemporáneos, para una revista y sin aparente preocupación por la posteridad. Pero sabiendo que, cuanto más cercana está su mirada a lo inmediato, más cercana le resultará esa visión incluso a los lectores del futuro. Esto hay que saber hacerlo, y no es fácil. Era lo bastante astuto como para entender que la pomposidad convertiría sus escritos en antiguallas con rapidez. En cambio, su atención a lo minúsculo y a lo intrascendente, así como su lenguaje desenfadado, es lo que hace que en pleno siglo XXI podamos disfrutar con él más que con otros muchos cronistas de su época.

Liebling tenía buena idea de cómo se termina leyendo la crónica periodística y deportiva al cabo del tiempo, cuando el autor ya ha desaparecido. Su ídolo particular era Pierce Egan, periodista británico que escribió numerosas crónicas pugilísticas en la primera mitad del siglo XIX. Recopiló unas cuantas en la serie de libros titulada Boxiana, publicada entre 1813 y 1824. Egan, cómo no, fue quien acuñó el término sweet science para referirse al boxeo (en español se impuso la traducción literal «dulce ciencia»; aunque quizá hubiese sido más propio traducirlo como «bella ciencia», la primera ya es la tradicional). Liebling menciona a Egan en todos los artículos, comparándolo cada vez con un distinto literato medieval (había estudiado historia de la Edad Media como una excusa para irse a tomar por asalto los restaurantes franceses) y nunca se molesta en ocultar que sus propias estaban inspiradas por las del inglés. El libro La dulce ciencia, en cuanto a formato, es un moderno Boxiana, y el propio Liebling lo deja claro en su prólogo, calificándolo como «Extensión de la Obra Maestra del GRAN HISTORIADOR». Las mayúsculas son suyas; como experto en historia y como antiguo reportero de guerra, se toma la molestia de recordarnos que la crónica deportiva no es menos noble o menos digna de admiración que cualquier otra; eso sí, siempre que contenga verdades y no fantasías manipulativas destinadas a los forofos.

La seriedad del libro, eso sí, está en el contenido, que no en el tono. El agudo sentido del humor y la alegría de vivir de Liebling hombre obeso, de aspecto afable y muy sociable— maquillan la asombrosa erudición de su trabajo. Ironiza con todo; en uno de los capítulos, por ejemplo, finge haberse creído las teorías que unos psicólogos publican en prensa para predecir el resultado de un combate en base a las características psicológicas de los púgiles en liza. En el capítulo, Liebling repite ante quienes lo rodean y ante el lector las susodichas teorías, como si fuesen un pasmoso descubrimiento, solo para poder dejarlas en evidencia después, cuando la lógica de la técnica boxística se impone. Ese mismo juicio burlón se extiende a muchas otras cosas, aunque nunca de manera gratuita. Su concepto del mundo y de la vida es claro y directo; esa mentalidad que en inglés etiquetan con tanto acierto como no nonsense, «sin tonterías». Y, claro, se muestra despectivo aunque nunca displicente— con quienes tratan de barnizar la realidad con romanticismos innecesarios y trascendencia premeditada. Ese desparpajo irónico lo convierte en un narrador divertido y cercano; escribe como si te estuviese hablando en la barra de un bar. Quizá porque muchos personajes le hablan a él en la barra de un bar.

Esta recopilación de artículos fue publicada por primera vez en vida de Liebling, a mediados de los cincuenta. Aparecen nombres familiares para el aficionado al boxeo incluso más casual; hablo de inmortales como Joe Louis, Rocky Marciano, Floyd Patterson, Archie Moore, etc. Los conoció y trató de cerca a todos. También habla de púgiles que gozaron de fama en su día y que después fueron olvidados, y de unos cuantos que nunca sobrepasaron la segunda o tercera categoría, pero a quienes incluye en sus relatos cuando los considera dignos de recuerdo por algún motivo. Después de la muerte de Liebling, fueron añadidos algunos artículos más en los que hablaba de un boxeador en ascenso, un tal Cassius Clay, a quien por desgracia nunca llegó a ver coronado: Clay (que aún no se hacía llamar Muhammad Ali) se proclamó campeón mundial un año y tres meses después de la muerte del escritor. Con una ausencia de ironía desacostumbrada en él, Liebling se refería a Cassius Clay como «el poeta». Nos recuerda que Clay se había descrito como una «primavera» que iba a terminar con el «invierno» del boxeo; Liebling simpatizaba con aquel jovenzuelo virtuoso y todavía invicto a quien el público desdeñosamente calificado por Liebling como «antiintelectual»— abucheaba por ser demasiado carismático y demasiado excelente en su disciplina: meses antes de su propia muerte, el autor de este libro nos dejaba melancólicas reflexiones como esta:

Del vestuario del perdedor, que tenía la atmósfera del de un ganador, me dirigí al de Clay, que transmitía el estado de ánimo de la oficina de una editorial cuando el novelista de la casa ha perdido el Premio Nacional del Libro. Apolo [Clay], sin heridas y tan fresco como una flor recién brotada de un salto, estaba desconsolado; hasta aquella misma noche había pensado que era uno de los artistas más populares de Estados Unidos. Su hermano, Rudolph Valentino Clay, también boxeador y casi gemelo de Cassius, no podía entender nada tampoco.

—Ganó unánime —decía—. Por decisión unánime.
—Lo noquearé la próxima vez —intervino el poeta—. Ya sé cuál es su estilo.
Pero sus ojos estaban tristes. Se sentía agraviado.
—¿Por qué esa gente me abuchea cuando le doy una paliza? —me preguntó—. ¿Por qué no abuchean a mi favor?

Parecía sentir que las hojas no estaban en los árboles, que la hierba y las flores estaban muertas. ¿Será campeón de los pesos pesados? El tiempo lo dirá. ¿Aprenderá a golpear más fuerte? Es una cuestión de tiempo también. ¿Aprenderá a boxear en el cuerpo a cuerpo? El tiempo lo es todo. El mejor amigo de un hombre joven es el tiempo.

En resumen, si se suele citar La dulce ciencia como uno de los mejores libros deportivos es porque no es solo un libro deportivo; es un retablo en el que A. J. Liebling pinta sitios y momentos para sus lectores en The New Yorker y, muy a sabiendas, para los lectores que pudiesen venir en el futuro. Es como una colección de pequeñas novelas, salvo que no son ficción. Por descontado, imprescindible para cualquier aficionado al boxeo, pero también una absorbente lectura para cualquiera que desee desconectar y plantarse en mitad de las calles lluviosas de una Nueva York que ya no existe. Lo suyo es leerlo en inglés, pero si no lo tienen disponible, la editorial Capitán Swing lo ha publicado en español con lo que, he de decir, es una muy buena traducción de Enrique Maldonado, muy respetuosa con el tono del original.

Y, por si fuera poco, podrán encontrar, dispersas por el texto, perlas de agudeza típicas de Liebling, que uno ya no puede olvidar una vez las ha leído. Como cuando justifica su interés por los perdedores: «¿Qué sería Moby Dick si Ahab hubiera tenido éxito? Solo otra historia de pesca».


Alfredo Evangelista y la sombra de Dios

Combate entre Mohammed Ali y Alfredo Evangelista, 1977. Foto: Cordon.

En un juego en el que no le pintaban más que bastos, el lince de Montevideo ganó. El hijo del distrito 24 ascendió a los cielos de Europa y a los altares de escay de la noche madrileña, y se consiguió sacar a golpes el hambre voraz que le iba detrás desde la cuna. Subió tan alto tan pronto que perdió la cuenta de lo que tardó en caer. Los puños le abrieron unos horizontes que su origen le vedaba. Y sin embargo, el mito de Alfredo Evangelista Chamorro se forjó en una derrota, la que hace cuarenta años le infligió el deportista más influyente de todos los tiempos. Aunque mañana curara el cáncer, o matara al papa, Evangelista seguiría siendo, para la memoria colectiva, el púgil ignoto con trazas de guerrero apache que una noche de mayo le metió el miedo en el cuerpo a Muhammad Ali.

***

Siempre poniendo el carro antes que los bueyes, Alfredo Evangelista se asomó al mundo del año 54 en Villa Española, la barriada montevideana aposento de contrabandistas y proletarios que olas tenaces de inmigrantes europeos habían ido haciendo suya y a la inversa. Allá había ido a dar con sus huesos el abuelo Evangelista, un laburante italiano que prosperó lo que le dejaron, o sea poco. En La Isla, el mísero ranchito de ladrillo y chapa que dejó en herencia a la turba católica de vástagos de rigor, se amontonaban tíos, primos y chinches sin filiación, y la comida era un término difuso que a veces significaba pan de anteayer y a veces un café negro como una tele apagada y un andá a buscar changas y dejate de joder. Bichuchi (el alias le cayó de rebote, por mirar) pudo ir unos años a la escuela de la calle Algarrobo, que por las mañanas era la 89 y por las tardes la 118, hasta que (sabe Dios cómo, en vista del plan nutricional) pegó tal estirón que le empezaron a llamar, con sorna, el Maestro. A la espalda, claro, porque, aunque tranquilote y distraído, cuando Bichuchi se enciende arrima unos sopapos de los que quitan las manías. Con eso y con todo, el boxeo no le vino de vocación. Es papá Evangelista, de nombre Vicente Roque, el que idolatra la dulce ciencia. El viejo frecuenta gimnasios y clubes, departe con los preparadores y no perdona una velada. El problema es que Roque es rengo. Un accidente le dejó una pierna más corta que la otra, y en una historia más vieja que el fuego se le mete entre ceja y ceja calzarle al pibe los guantes que él nunca podrá lucir. Pero el pibe quiere seguir siendo pibe, la disciplina del saco no va con él, prefiere jugar en la calle a ser Pedro Virgilio Rocha llevando a Peñarol a ganar otra Libertadores. Un mal día, harto de doblar la grupa por migajas, Roque hace el petate y se va, a dedo, rumbo a la tierra de Mickey Mouse. «Elsa, si no hago plata no vuelvo». María Adelcia Chamorro llora. El pibe le promete medio forzado al padre que se subirá al ring al menos una vez, para dedicarle la victoria. Las cartas desde la carretera, frecuentes y optimistas al principio, se vuelven exiguas con los años. En la nochebuena de 1972, un terremoto de 6,2 asola Managua, su última dirección conocida. No se vuelve a saber.

Siendo el mayor en talla y primaveras, Alfredito se echa la familia al lomo y pasa sus primeros años de adolescencia ejerciendo cualquier oficio no cualificado que le deje unos chavos en la repisa. Mira de cuando en cuando la bolsa de deporte con toallas enrolladas que tiene bajo la cama, hasta que un día esta le devuelve la mirada con ojos de Roque. Bichuchi se plantifica en la entrada del Club Social y Deportivo Villa Española, donde empieza a tirar manos bajo la tutela de Adrián Rivero, y ya no mira atrás. El bigardo candoroso que se distrae con el vuelo de una mosca resulta tener maneras de boxeador, un instinto de los que no se entrena y una movilidad de piernas que, sin ser la de Nijinsky, es difícil de ver en un peso pesado. Alfredo avanza en su instrucción al doble de velocidad que el resto de la recua del Villa Española, y en tres años de amateur presenta una hoja prácticamente inmaculada, con veintitantas victorias, muchas antes del límite, y tan solo una derrota. Son los primeros y duros años de la dictadura uruguaya, y Alfredo busca pastos más verdes en Brasil y Argentina, donde estiba en los muelles y le hace de sparring al malogrado campeón argentino Víctor Galíndez, que le zurra como si le hubiera matado un hijo. A la chita callando, Alfredo se sube a lo alto del cajón en el campeonato amateur de Sudamérica. El nombre Evangelista comienza a resonar por las parcas estructuras del pugilismo uruguayo y, durante una visita a casa para acercar cuartos, Alfredo recibe la llamada del ojeador Hortencio Gularte. Él la había recibido a su vez de Evelio Mustelier, Kid Tunero, un legendario púgil cubano afincado en España y reconvertido en preparador. Mustelier y Gularte se habían hecho amigos casi cuarenta años atrás, cuando el primero puso fin a la carrera del segundo mandándolo a la lona del Gran Parque Central de Montevideo. Tunero busca un joven con aptitudes para nutrir la maltrecha categoría pesada en Europa, y Gularte solo tiene un nombre en la cabeza. Alfredo hace que se lo piensa, pero le falta tiempo para subirse al avión. A la pobre Elsa por poco le tienen que hacer una tortilla de Valiums mientras ve salir tarifando a otro cabeza de familia con una fantasía en la cabeza y cero en la buchaca.

II.

Alfredo Evangelista aterriza en Madrid un domingo yermo de 1975. Al dictador de aquí ya le están haciendo la cuenta de diez, pero el franquismo goza aún de una lozanía envidiable. Tunero lo instala en una pensión detrás de la Cibeles, y Alfredo descubre a sus veinte años la comida diaria y la cama caliente. La gazuza acumulada es tal que en pocas semanas coge diez kilos de los buenos, de los de acero pa’ los barcos. Tiene una idea fija en la cabeza: amasar la plata que su padre no pudo y traerse al resto de la familia a España sin saltarse un cumpleaños. Los amaneceres le sorprenden corriendo por el Retiro y las tardes se le hacen noche hostigando al saco en el aledaño Palacio de los Deportes. Si el Museo del Prado se asentara sobre setenta y dos escalones como el de Philadelphia, no es difícil imaginarle haciendo cima, puños en alto, bajo la funkfarria de Bill Conti. Alfredo ni se imagina hasta qué punto su futuro discurrirá en paralelo al del guion que Sylvester Stallone está escribiendo en esos mismos momentos, aunque la idea le surgiera tras presenciar la pelea de Ali con Chuck Wepner. El cubano Mustelier le invita los domingos a su casa, y le habla de la bohemia parisina, de su amistad con Hemingway, le da consejos zen. Alfredo de eso no sabe y solo quiere que lleguen los mamporros. Su desvirgue profesional no se hará esperar. El primer rival de la carrera de un boxeador suele buscarse asequible, un picapedrero con cierta experiencia y consciente de su labor de fogueador. Tunero le pone delante a Angelo Visini, un trozo de carne con ojos que a esas alturas presenta un grotesco historial de una victoria y quince derrotas. Alfredo le cambia el eje Y por el X a los noventa segundos del primer asalto. En los siguientes cuatro meses, despachará sin melindres a media docena de bultos sospechosos (italianos mayormente) de los que vagan por los cuadriláteros europeos como orquesta por romería, y al jamaicano Neville Meade. El runrún sobre la presencia de un joven pesado sudamericano con posibles se intensifica en los albores de 1976, y flota como una mariposa por los mentideros de una España con una pobre tradición boxística pero que ha pasado los últimos años viendo a sus púgiles brillar en el escenario internacional

El boxeo español había vivido efectivamente una edad dorada en los diez años anteriores, con la pragmática sanción de un régimen al que le venía de perlas un nuevo single que añadir a los greatest hits de fútbol y toros, y con los que tener bien apamplinado al personal. En los dos lustros que van del 66 al 76, una treintena de campeonatos europeos y ocho cinturones mundiales pasarán a engrosar las raquíticas vitrinas rojigualdas. Pero a ojos profanos todo lo que hay por debajo de los noventa y un kilos es caza menor, y España solo parecía capaz de producir plumas y ligeros, así que los mecanismos federativos patrios, presididos por Vicente Gil, a la sazón médico personal de Franco, se habían lanzado a finales de los sesenta a la búsqueda de un peso pesado de relumbrón. La tarea se adivinaba complicada en un país que en toda su historia solo había dado un Maciste de talla mundial, en la figura del guipuzcoano Paulino Uzcudun, y tal fue el páramo que encontraron los enviados del Dr. Gil que no les quedaría más remedio que fabricar un campeón de la nada. La fábula del auge y caída de José Manuel Ibar Urtain es demasiado improbable y jugosa como para glosarla aquí en la extensión que merece, pero para cuando Alfredo entra en escena, a finales de 1975, el Tigre de Cestona ha arramblado con dos campeonatos de Europa, llenado polideportivos y plazas de toros hasta dejar gente fuera, y protagonizado una lisérgica película sobre su vida, impregnando el subconsciente colectivo a un nivel que es difícil de concebir hoy en día. Urtain es un icono pop en las postrimerías del régimen, y aunque para entonces ya ha comenzado a mostrar unas hechuras de juguete roto más que evidentes, un latigazo de su estruendosa derecha de harrijasotzaile aún es capaz de arruinar una familia. El Morrosko es el hombre a batir en la desangelada categoría de plomo en España, y Alfredo fija sus miras en él para su octavo combate, con un triple objetivo: una bolsa suculenta, la promesa del promotor de traer a su familia de Uruguay si vence, y la posibilidad de ganar el favor de un país que ya ha demostrado que no tiene remilgos en asimilar por la vía rápida a púgiles foráneos cuando vienen con los panes del triunfo bajo el brazo: El soberbio pluma cubano Pepe Legrá, la otra gran importación excolonial de Kid Tunero, puede dar testimonio de ello.

La escenificación de este choque atávico entre el pasado y el futuro, que tan periódicamente se da en el boxeo, se produce una vez más el 15 de mayo de 1976 en el Palacio de los Deportes de Madrid. El combate en sí no tuvo mucha historia: la diferencia de trayectorias, de peso y de edad (Urtain cumple treinta y tres años sobre la lona, una edad geriátrica para la época; Evangelista ha soplado veintiuna velas hace unos meses) decanta desde el principio la pelea para el aspirante. No hay título oficial en juego, pero todo el mundo sabe que lo que se dirime es el trono de la categoría máxima, y que el Rey lleva demasiadas batallas encima. El contraste de estilos es total: Evangelista mantiene en la distancia con piernas de ligero a un Urtain que le busca como un miura por el cuadrado, y castiga al de Zestoa cuando se acerca más de la cuenta, con una izquierda que no mata pero marca. Con más pundonor que juicio, Urtain carga una y otra vez para encontrarse con que su dinamita no conecta en la zona de puntos y que Evangelista no desaprovecha ninguna de sus sempiternas aperturas de guardia para reconfigurarle los rasgos faciales. A la salida del quinto asalto, el histórico preparador Manolo del Río arroja la toalla desde la esquina de un Urtain bañado en sangre que ya ha conocido lona dos veces y que solo puede aspirar a salir vivo de esta. El público madrileño, que no pocas veces en los últimos años había abandonado el Palacio molesto con la apatía de Urtain, pero que nunca le ha dado realmente la espalda, despide al ídolo caído con la nostalgia instantánea de las últimas ocasiones, y acoge con calor al forastero, que cae de rodillas en medio del ring asumiendo la coronación. La nacionalidad tardará casi un año aún en llegar, pero Alfredo se hace español aquella noche ante diez mil testigos.

El remanente del año transcurre con cierta placidez, haciendo pleno de victorias en siete peleas de limitada relevancia mientras llega la ansiada ciudadanía española que otorga el derecho a optar a títulos en el continente. Esta segunda parte de 1976, sin embargo, quedará marcada por un suceso extradeportivo de aquellos en los que la realidad se adentra peligrosamente en el terreno del folletín más inverosímil. La cosa es tal que así: en el furor periodístico que sigue a la pelea con Urtain, Alfredo concede unas declaraciones a la Agencia Efe en las que, rememorando su vida antes de España, relata la desaparición de su padre en Nicaragua y cómo su ausencia le ha marcado la vida adulta. Sus palabras encuentran eco mundial gracias a las filiales de la agencia, y al cabo de unas semanas recibe un anónimo dirigido a él y remitido al Palacio de los Deportes. En él, una señora le cuenta que su señor padre no solo está vivo y coleando, sino que ella les puede poner en contacto. Remata la carta una dirección de la ciudad de Panamá. Alfredo aterriza a los pocos días en el país centroamericano y se echa a la búsqueda con el corazón en un puño y un papel arrugado en el otro. Da vueltas durante horas por un barrio deprimido de la capital panameña buscando el número de una casa que parece no existir. Cuando está a punto de darse por vencido, una mujer se le acerca y le pregunta si es Evangelista, el boxeador. Le lleva hasta un ranchito cercano, más mísero aún que el que Alfredo dejara en Montevideo. Es entonces cuando la mujer se identifica como la esposa de su padre, y a tres mocosos que corretean por la propiedad como sus hermanos pequeños (la rumba de Peret la tenemos todos en la cabeza, pero no dejemos que nos coloree el momento conmovedor que sigue). Ajeno a este improbable cónclave familiar, el pobre Roque Evangelista regresa después de otro día de escamotearle cuartos a la miseria. Al doblar la esquina de la chabola escucha algo que identifica al instante pero no comprende: es un silbido particular que él mismo enseñó a su primogénito muchos años atrás, y solo a él. No puede ser, y sin embargo es. Hijo y padre se abrazan y lloran. Alfredo le cuenta que no solo se ha subido una vez al ring, sino cuarenta, y que casi todas las ha ganado y se las ha dedicado todas. También llega a un acuerdo insólito con la familia sobrevenida: se lleva al padre para España, que ya está bien de zascandilear y la mamá estará preocupada, y a cambio Alfredo girará unos cuantos billetes al mes al sarmiento panameño de este particular viñedo genealógico. Y aquí paz y después gloria. Tracatrá.

III.

Combate entre Mohammed Ali y Alfredo Evangelista, 1977. Foto: Cordon.

Muhammad Ali, el peso pesado más grande de todos los tiempos, el icono del siglo XX, se retira de facto en septiembre de 1976. Acaba de vengar por segunda vez su derrota de 1973 con Ken Norton. Ya lo había hecho (dos veces también) con la otra L de su casillero, la que le infligiera Joe Frazier en 1971. Ha sido tres veces campeón lineal. Ha sobrevivido al Rumble in the jungle, al Thrilla in Manila. No hace ni tres meses que el combate publicitario con el wrestler Antonio Inoki en Japón le ha salido rana, con una infección en una pierna que le ha llevado a la cornisa de la amputación. Bordea los treinta y cinco años y el cuerpo le pide clemencia. Ya no le queda nada por hacer en el boxeo. Pero hay un pequeño problema: The Greatest ha venido acumulando durante los últimos quince años una corte ambulante de allegados, gorrones y saltimbanquis (un entourage, que se dice) que sus contables estiman en unos ciento cincuenta jetas y que, claro, quieren lo suyo. Además, está en proceso de divorciarse por segunda vez en unos términos que no presagian nada bueno para sus arcas. El artista anteriormente conocido como Cassius Clay ya no es ni de lejos el de antes del parón obligado por negarse a combatir en Vietnam. Ni siquiera es el de después del parón, pero sigue siendo un imán publicitario, y a una bolsa de tres millones por poner en juego el cinturón mundial es muy difícil decirle que no. Al infame promotor Don King le queda la labor de extraer un nombre asequible de la proverbial chistera. El pito pito gorgorito que le lleva hasta ese nombre se ha escurrido por los sumideros de la historia, pero cuando King levanta el teléfono para asignar contrincante en febrero del 77, la voz que contesta del otro lado es la de Kid Tunero. El cubano no lo ve nada claro: Ali ya no es el que era, pero Alfredo tampoco es aún el que puede ser, y catorce peleas (incluida su reciente y primera derrota, en la que Lorenzo Zanon, otro italiano de segunda fila, consigue desquiciarlo y le arrebata la decisión final) no son bagaje suficiente para subirse a un ring con el tipo que ha mandado a dormir a las últimas dos generaciones de pesos pesados. Le pide seis combates más antes de considerarlo. Evangelista se rebela. Si el ser casi mitológico que él se escabullía para ver en el maltrecho televisor de un vecino en Villa Española le ha elegido a él, por algo es. Y si viene con una bolsa millonaria (aunque estos millones sean en pesetas), ¿quién es él para rechazarla? Dentro de seis combates quizás el tren haya pasado de largo para siempre. Cierto es que él aún no es nadie, pero, pase lo que pase con Ali, lo será. Es la apuesta de Pascal hecha pelea: no perder nada contra ganar la eternidad.

La discrepancia lleva a Alfredo a distanciarse de Tunero, que ha ejercido de padre desde que llegara a España, pero ahora Alfredo ha recuperado a su padre de verdad y nadie le marca los tiempos. La voz que se encuentra Don King la siguiente vez al otro lado de la línea será la del ganadero y promotor José Luis Martín Berrocal, lo más parecido a un homólogo que el exconvicto de Cleveland tiene en España. Berrocal se lo lleva a Nueva York a firmar la pelea (por si acaso, le dice que van a firmar el europeo a París; si le entra el temblor de piernas que sea cuando ya está el bacalao repartido), y lo concentra cuatro meses en el complejo que otro santo varón, Jesús Gil y Gil, tiene en Los Ángeles de San Rafael. El combate se fija para el 16 de mayo de 1977 en el Capitol Centre de Landover, un deslavazado suburbio de Washington D. C. que cae ya en la vecina Maryland, y se pacta a quince asaltos. Alfredo nunca ha peleado más de ocho (en realidad, pocas veces ha necesitado pasar del tercero), así que la preparación aeróbica ha de ser concienzuda. Puede que Ali lo despache a las primeras de cambio, pero si cabe la posibilidad de recorrer la distancia con él, las piernas y los pulmones tienen que aguantar. De eso se encarga José María Martín Búfalo, el preparador físico abulense que más tarde habitará las esquinas de colosos como Azumah Nelson y Julio César Chávez. Las palabras con las que Búfalo arengaría años más tarde al mexicano en la esquina de su Ragnarök particular contra Meldrick Taylor («¡Hágalo por su familia, Julio! ¿Quiere que su madre vuelva a fregar escaleras?») ya retumban en la cabeza de Alfredo, porque son las mismas que retumban en las cabezas de todos los boxeadores, porque el boxeo es un caramelo envenenado que pone millones en las manos de infelices que solo saben prenderles fuego. En la rueda de prensa aledaña al pesaje, los periodistas no se molestan en reprimir sonoras carcajadas cuando Evangelista afirma venir a destronar al campeón. La policía del condado de Prince George remata la faena al detenerle, junto con miembros de su equipo, tras sorprenderlos corriendo por la carretera a las cuatro de la mañana y carecer del mínimo dominio del inglés con que explicarse. Parece claro que se va a tener que ganar el respeto a guantazos. A ser posible, dándolos.

«Cuando podía, no quiso. Y ahora que quiere, no puede». Con este sobrio retruécano clava el maestro Manuel Alcántara, de cuerpo presente en Landover, la papeleta en la que se encuentra Ali en los minutos finales del combate ante Evangelista. Se ha tirado los primeros siete asaltos haciendo el payaso, dejándose perseguir por el ring y llevar a las cuerdas, fingiendo que los golpes le llegan y, básicamente, siguiendo al pie de la letra la liturgia del Ali crepuscular que sus seguidores conocen y temen. El modus operandi sirve a dos propósitos: exasperar al oponente, madurándolo para rematarlo en los rounds finales, y asegurarse de que el combate llega al número de asaltos que hacen la retransmisión publicitariamente rentable para la cadena ABC (en este caso siete). Lo interesante llega a partir del octavo asalto: Ali siente que necesita subir una marcha más. Ha ido acumulando puntos con su jab y sabe que si se llega a las cartulinas la decisión le va a favorecer. Pero no se fía. El don nadie que tiene enfrente, al que literalmente pretendió torear con una camiseta durante la rueda de prensa, se ha preparado el examen y aún está en pie. Alfredo no es precisamente un pegador temible, pero un cross mal encajado en los asaltos de fondo y estaríamos ante la mayor sorpresa en la historia de las doce cuerdas. El problema es que no solo la marcha que Ali necesita no está ahí, sino que la palanca de cambios es un uruguayo de cien kilos que acaba de abrir la cortina de Oz y ha visto que el mago es un mero mortal. Evangelista se había mostrado cohibido los primeros asaltos. Una mezcla lógica de cautela, reverencia y no acabar de creérselo le han tenido atenazado. Pero el temido cambio de tercio del campeón no acaba de llegar, y el aspirante le empieza a salir respondón al Elvis de Las Vegas en calzón corto que tiene ante sí. En el minuto final del duodécimo asalto, Evangelista cierra el paso contra su propia esquina al de Louisville. Con Ali nunca se sabe, pero por momentos se muestra realmente vulnerable. Alfredo le tira todo lo que tiene, entrando desde abajo con uppers de ambos brazos que conectan como no lo habían hecho hasta ahora, mientras esquiva los esporádicos zarpazos de Ali con una agilidad casi presciente. El público parece despertar también de un letargo que solo han venido interrumpiendo intermitentes pitos al campeón. Alfredo aprieta y Ali se resiste como puede. Lo imposible parece, por un instante, inevitable. Pero el epílogo del asalto doce se lleva por delante la inercia, y el milagro se aleja sin remedio. En los tres últimos rounds un extenuado Ali tira de oficio para conseguir llegar sin más sobresaltos a la campana final. Con ella, a Evangelista se le cierra la improbable puerta del mundial, mientras se le abre la ventana infinita de la historia.

IV.

«El boxeo me lo ha dado todo». Este revelador mantra fluye sin excepción de la boca de todo boxeador cuando se ve abocado a echar la vista atrás, que suele ser más pronto que tarde en un oficio que prejubila a treintañeros desprovistos de otro renglón con el que surtir sus anémicos currículos. Y cuando el boxeo lo es todo, tras él solo está el abismo. Salvo notables excepciones que supieron ver desde la cresta de la ola las rocas que esperaban abajo, la hermandad de los expúgiles relata, con distintos timbres de voz, una historia unívoca: una de amigos que se desvanecen, llamadas que no se devuelven, de favores sin retribución, de catastróficas decisiones empresariales, humillantes reapariciones alimenticias y combates contra la adicción y la enfermedad donde son meros comparsas para mayor gloria del oponente. No es difícil imaginar a Alfredo Evangelista, en julio de 1995, haciendo inventario vital desde la celda de Carabanchel que será su casa durante los próximos años. Luego vendrán Navalcarnero, Alhaurín de la Torre. La sentencia de ocho años por delito contra la salud pública, que escuchó como en un sueño, se vuelve de repente tan real como la coz de Urtain que le dejó medio brazo negro una eternidad atrás.

Y, sin embargo, oteados desde la cama de esta suite de la séptima galería, los veinte años que han pasado desde aquella noche de Landover que le situó en el planisferio celeste parece haberlos vivido otro. Otro, que ese mismo septiembre del 77 le arrebató el cinturón europeo de los pesados a Lucien Rodriguez, y lo defendió con solvencia durante dos años contra lo mejor que el Viejo Continente podía ofrecer: Jean-Pierre Coopman, Billy Aird, Dante Cané… dos años en los que reinó sin apenas oposición en el continente, mientras esperaba la oportunidad de cruzar el charco de nuevo. Pero la distancia entre Europa y América era entonces mucho mayor que los 5577 kilómetros que separan el York Hall londinense y el Madison Square Garden. Las bisoñas promesas europeas se estrellaban una y otra vez contra el muro americano (y se llevaban las mayores bolsas de su vida por sus esfuerzos) y Alfredo no fue una excepción: en su segundo y último asalto al título mundial, Larry Holmes lo tira en el séptimo round; Leon Spinks hará lo propio en el quinto; Greg Page, en el segundo. Las sufridas victorias ante Pedro Soto y Renaldo Snipes hacen poco por desterrar la noción de un Evangelista reducido en Estados Unidos a uno de los papeles más desagradecidos del boxeo: el del journeyman, el púgil domesticado al que llamar cuando hay que cubrir un expediente o inflar un récord, y que sabe que la siguiente llamada depende en buena medida de no dar demasiados problemas. Así, Alfredo vive el cambio de ciclo post-Ali a medio camino entre una América que le ve como un sparring venido a más (la prensa lo llega a bautizar jocosamente the Spanish Scallion, en una cruel referencia a Rocky) y una España que certifica el final de su época de opulencia boxística a ritmo de movida madrileña y socialismo cool. La recién inaugurada democracia no se puede permitir mantener dos espectáculos sangrientos, y el apoyo mediático e institucional decae dramáticamente, mandando al pugilismo patrio a una edad oscura de la que ya no se recuperará, ni con el chispazo de popularidad de Poli Díaz ni con la irrupción de Javier Castillejo, el boxeador español más laureado de la historia.

Los años ochenta se convierten para Evangelista en un trayecto sisífeo, persiguiendo un nuevo aspirantazgo a la corona europea (su bestia negra, Lorenzo Zanon, se la había apropiado en 1979) que nunca acaba de llegar, mediante grises victorias frente a rivales de escasa entidad (y en más de una ocasión rodeados de escándalo) y que con frecuencia desatan la indignación de un público desencantado y menguante. La noche era otra cosa bien distinta. En los discobares de Capitán Haya nunca había dejado de ser el campeón, y las invitaciones a saraos, palcos e inauguraciones siguieron fluyendo. Era un fijo en los jurados de concursos de belleza, incluso de las revistas del corazón. Empezó a ser más habitual verlo descendiendo la escalera de una sala de fiestas, cual Henry Hill cañí, que la del gimnasio. Dice mucho sobre el nivel del boxeo europeo del momento que, cuando finalmente se vuelve a proclamar campeón en 1987, su coaspirante sea Andre van den Oetelaar, un estrafalario exjudoka y piloto de motocross holandés que se había inaugurado como profesional a la tierna edad de veintisiete años. Es igualmente elocuente sobre su propia motivación que pierda el título dos meses más tarde, en su primera defensa. Lento y pasado de peso, con la ilusión cercenada por años de frustraciones, bolsas nimias y tejemanejes de promotores cicateros, sumando derrotas innecesarias a un casillero otrora muy respetable, los focos de la carrera de Alfredo Evangelista se apagan sin ruido en abril de 1988, tras una deshonrosa victoria ante Arthur Wright, un esperpéntico contrincante (llamarlo boxeador sería un acto de caridad tal que debería desgravar en el IRPF) cuyo mayor logro en toda su carrera fue acabar un combate en pie.

Y entonces, el abismo. A la clásica sucesión de negocios de hostelería fallidos y trabajos de relaciones públicas y seguridad para locales nocturnos que parecen ser las únicas salidas laborales para púgiles recién jubilados, se suman dos escarceos con la justicia que marcarán su década más aciaga: en marzo de 1989 es detenido junto a su hermana por uso fraudulento de la tarjeta de crédito de una vecina: medio millón de pesetas de entonces en billetes de Iberia, productos de Galerías Preciados y viandas de Mantequerías Leonesas. (Si se les ocurre un botín más tardoochentero, el área de comentarios es suya). En noviembre de ese mismo año, un control rutinario de la policía municipal le sorprende en compañía de su señora, una amiga y treinta gramos de cocaína. Al multazo y sentencia suspendida le siguen tres años oscuros que culminan con su detención por tráfico de cocaína en julio de 1994 en un pub de Vallecas. La policía llevaba meses vigilándolo. Esta vez la sentencia de la sección XVI de la Audiencia de Madrid es tajante. En Carabanchel Alfredo ejerce de pintor, intercambia con los guardias fotos firmadas por pequeños privilegios y departe con Jesús Quintero, que le entrevista para su programa Cuerda de presos. Medita aprovechar los permisos carcelarios para una posible reaparición que nunca se llegará a producir, y llega a remitir una carta a su viejo conocido Jesús Gil en 1998 pidiéndole un cable con algún trabajo, «de boxeador o de lo que sea».

V.

Desde la casa de Alfredo Evangelista en el barrio zaragozano de Jesús, se intuye el chapitel con el que Giovanni Battista Contini remató la torre del campanario de la catedral de La Seo en los albores del siglo XVIII. A medida que uno se acerca al balcón de San Lázaro, el espectáculo barroco de la basílica del Pilar sobre un Ebro en horas bajas se va revelando en toda su magnitud. Alfredo se instaló en la capital aragonesa, después de varios tumbos, a finales de la pasada década. Su salida de prisión prometía dejar atrás su etapa más negra, pero la vida aún le tenía reservado un marrullero 1-2 en forma de cáncer de vejiga y trombosis en una pierna que le tuvo ingresado varios meses con un pronóstico muy poco optimista. Cuando finalmente consiguió salir por el otro lado, reunió una vez más a su familia y todos juntos se transplantaron a orillas del Ebro, lejos de la noche, de las palmadas alevosas. Allí se unió a otro excombatiente arriba y abajo de la escalerilla, el campeón del mundo José Antonio López Bueno, en la misión de hacer de una nave del polígono de la Cogullada un lugar donde dar refugio boxístico a chavales con poco y nada, como ellos fueron, y, quién sabe, incluso sacar un campeón.

«La experiencia es un peine que te dan cuando estás calvo», solía decir el bonaerense Ringo Bonavena, otro de los rivales de Ali, que acabó sus días tiroteado a la puerta de un burdel de Reno. Alfredo portó el plomizo féretro de Urtain cuando este, paranoico y destrozado por años de castigo, se tiró por la ventana de un décimo piso. También el de su gran amigo Perico Fernández, un genio indisciplinado que terminó viviendo en la calle, intentando malvender por las tascas sus cuadros de pincelada infantil. Y a lo mejor la enseñanza es esa, que en este oficio gana quien llega a viejo. Viéndolo por el paseo de la Ribera con una nieta en cada mano desde luego parece difícil discutir que al final ganó. Y a veces, cuando la casa duerme, saca del estuche una cinta de VHS que ha vivido días mejores y vuelve a escudriñar el último minuto de aquel duodécimo asalto. Sabe que no es posible, pero algo le dice desde el fondo del cráneo que, cualquier día de estos, la campana no llega y Ali caerá.

Combate entre Mohammed Ali y Alfredo Evangelista, 1977. Foto: Cordon.


Floyd Patterson: el boxeador tumbado, el hombre que quería levantarse

26 SEPTEMBER 1962 SONNY LISTON KNOCKS OUT WORLD HEAVYWEIGHT TITLE HOLDER FLOYD PATTERSON IN 2 MINUTES AND 6 SECONDS TO BECOME THE NEW CHAMPION. COMISKEY PARK, CHICAGO, ILLINOIS, USA.
Sonny Liston vs. Floyd Patterson, 1962. Fotografía: Cordon Press.

Es jueves, 27 de septiembre de 1962, y la portada en blanco y negro del diario ABC anuncia la «Catástrofe en Barcelona», las lluvias salvajes que la víspera han provocado el desbordamiento de ríos y arroyos  y la muerte de más de cuatrocientas personas en la provincia. En la misma edición, página 65, el rotativo publica la crónica de un combate de boxeo. «Curiosidades y detalles de la fulminante victoria de Liston», titula. El periódico cuenta cómo el público acogió con silencio la llegada del contendiente, Sonny Liston, «el hombre malo del boxeo», al ring. Y cómo su victoria, la del «hombre abominable», se celebró en la prisión de Misuri como el triunfo de uno de los suyos, de un excolega de galerías que había pasado allí casi tres años por robo a mano armada. La noticia explica que el ganador, Liston el terrible, se llevará casi quince mil dólares por cada segundo de combate que ha disputado. Y también que entre el público esa noche estaban las leyendas Rocky Marciano y Joe Louis. Lo que no dice el periódico es que, mientras sus lectores se enteran de lo que ha sucedido el día antes en Cataluña y la noche del martes en Chicago en aquella velada, Floyd Patterson, el otro púgil, el del batín azul y oro, el vencido campeón del mundo de los pesos pesados, está aterrizando en el aeropuerto de Barajas en Madrid.

Patterson ha nacido veinsisiete años antes en Waco, Carolina del Norte. El tercero de los once hijos de Thomas y Annabelle, una familia sin recursos que pronto se mudó a Brooklyn, donde pronto también Floyd, el niño, calle, calle y pobreza, se convierte en un ratero. A los diez años, sin saber leer ni escribir, es enviado al correccional de Wiltwyck. Dos años después, de nuevo en la calle, calle, descubre el boxeo. «Si no hubiera sido por eso», contaría al final de su vida, «probablemente hubiera acabado en la cárcel o muerto». En 1952 gana el oro olímpico en Helsinki. Patterson, el hombre incipiente, está a punto de convertirse en profesional. Floyd, el niño de la calle, calle, ha encontrado lo que nunca hubiera imaginado que tendría: futuro.

Es noche cerrada ya. Madrugada del 26 de septiembre de 1962. Patterson se ha puesto la barba y el bigote postizos que le han fabricado a medida, una gorra y gafas de sol. Conduce Clem, su ayudante. Él viaja en el asiento trasero. Les quedan por delante treinta horas de viaje. La distancia entre Chicago y Nueva York. Entre la nada y casa. Patterson logra finalmente quedarse dormido y Clem decide hacer una pausa para comer algo en un restaurante de carretera. Una patrulla de policía llega al aparcamiento y ve al hombre estirado en el asiento. Golpea la ventanilla.

—Disculpe, señor, ¿puede bajar del coche?

Dentro despierta Patterson, levanta el pulgar asintiendo y desbloquea la puerta para salir. Al mismo tiempo Clem abandona también el local.

—Buenas noches, señor. Hemos pensado que su vehículo parecía sospechoso, su amigo estaba durmiendo en la parte trasera —le dicen.

Clem está irritado.

—¿Saben quién es?
—No, no lo sabemos…
—Es Floyd Patterson.
—¿Es usted Floyd Patterson?

Patterson se quita la gorra y las gafas y las coloca sobre el techo del coche. Después se retira la barba y el bigote falsos.

—Maldita sea… —dice el policía.
—Buenas noches, agente. ¿Podemos mi socio o yo ayudarles de alguna manera?
—Hemos escuchado la noticia en la radio. Es una vergüenza. ¿Vas a volver a luchar contra él, Floyd?
—Eso espero.
—¿No has terminado demasiado reventado esta noche, verdad?
—No, no pasa nada, estoy bien.
—¿Te importa si nos hacemos una foto contigo? Tenemos una cámara en el maletero.
—Claro.

De nuevo en la carretera Clem conduce hasta Nueva York. Pero Patterson no regresa a su casa, donde le esperan Sandra, su esposa, y sus tres hijos. En su lugar va al aeropuerto. Ha vuelto a ponerse su barba y su bigote. Viste de nuevo su gorra y sus gafas de sol. Ahora finge además una cojera. Está solo. Mira el letrero que anuncia los próximos destinos y compra un billete para el vuelo que está a punto de despegar hacia Madrid.

Patterson ha mentido al policía. No, no está bien. Y sí, sí pasa algo. En Chicago, en Comiskey Park, casi diecinueve mil espectadores abarrotan el estadio. Más de seiscientos periodistas aguardan impacientes con sus lápices afilados y sus libretas. Las entradas a pie de ring cuestan más de cien dólares. Es el combate esperado. En juego está el título de campeón del mundo de los pesados. Floyd Patterson, el campeón, calzón negro, treinta y ocho victorias en cuarenta peleas, veintinueve por KO, contra Charles «Sonny» Liston, el aspirante, calzón blanco, treinta y tres victorias en treinta y cuatro combates, veintitrés por KO.

Patterson conoce su estrategia. Liston es una roca. Un bicho feo y compacto con brazos como vigas. Debe esquivar sus jabs y trabajarle el cuerpo. Cuando suena la campana así lo intenta. Se dobla por debajo de la cintura de Liston y sus golpes le peinan el tupé. Pero a mitad de asalto recibe un uppercut y varios punchs. Patterson está perdido. Pocos segundos después, contra las cuerdas, Liston le asesta un gancho y lo manda al suelo. Han pasado solo dos minutos y seis segundos. Ha pasado una vida. Ha perdido el título. En el primer asalto. Mientras los rezagados aún se sentaban en sus asientos. En el vestuario busca entre su equipaje su barba y su bigote postizos. Se pone su gorra y sus gafas. Cuando abandona el estadio nadie lo reconoce. Floyd Patterson no existe.

Aaron Watson. Con unos dólares extras uno podía apuntarse en un hotel con un nombre distinto al que figura en el pasaporte. Patterson es el señor Watson. Así se lo contó el boxeador al escritor Gay Talese. Hoy resulta casi imposible reconstruir los días del boxeador en Madrid. Ni su familia sabe tampoco qué hizo ni dónde estuvo. En la España gris de comienzos de los sesenta, en la España que entierra a los muertos de Barcelona, Patterson, el excampeón, pasa cuatro días alojado como Aaron Watson en un hotel. Vaga por las calles. Camuflado tras su barba y su bigote, escondido bajo su gorra y sus gafas, perfeccionando la cojera que le mueve lento por la ciudad mientras los madrileños lo miran desconfiados y lo esquivan. Come y cena en el hotel. Salvo un día que decide hacerlo en un restaurante barato. Pide sopa. Odia la sopa. Pero una sopa es lo que un viejo de verdad habría pedido. Patterson se imagina que es otra persona. Que ya no es Floyd Patterson, el boxeador noqueado, el hombre humillado, sino Watson, el desconocido quejumbroso. Le gusta ser otro. Quiere ser otro. Cualquiera menos él.

Cassius Clay with arms raised, is waived to the neutral corner as Floyd Patterson (kneeling) takes a mandatory count of eight in the 6th round of their title fight in Las Vegas. Clay won on a technical knock-out in the 12th round to retain his title. The referee, Mr Krause, had to warn Clay for talking to Patterson early in the fight. "Clay tried from the first round to humiliate Patterson", Mr Krause said. "He tortured him with remarks like, 'Come on American, come on white American'". After the fight, Clay showered Patterson with unstinting praise and then typically demanded plenty of credit for himself from the "American Public". Clay spent nearly 15 minutes in the ring after the fight delivering a long impassioned oration, before finally heading for his dressing room. 22nd November 1965.
Cassius Clay vs. Floyd Patterson, 1965. Fotografía: Cordon Press.

Patterson, el campeón, el defensor, ponía en juego su título contra Liston. En caso de derrota, tenía derecho a un combate de revancha. Así figuraba en el contrato. Diez meses después de la noche de Chicago, el 22 de julio de 1963, ambos vuelven al ring en Las Vegas. Patterson, como lo anuncia el locutor, es el primer boxeador que intentará conquistar el campeonato por tercera vez. A los dos minutos y diez segundos del primer asalto, cae al suelo. Ya ha caído en dos ocasiones los segundos previos. Las dos primeras se ha levantado. El árbitro le ha mirado a los ojos y le ha dejado seguir. En esta ocasión el árbitro ha contado ya hasta diez. Liston sigue siendo el campeón del mundo. Lo será hasta que Muhammad Ali, Cassius Clay todavía, le tumbe siete meses después. Floyd Patterson ha durado cuatro segundos más sobre el ring que en su primer combate.

En el primer round no sabes bien qué pasa. Estás ahí fuera con toda esa gente a tu alrededor, con esas cámaras, con el mundo entero mirando dentro del ring, y todo ese movimiento, esa excitación, y el país esperando que ganes, incluido el presidente… ¿Y sabes lo que eso provoca? Te ciega. Simplemente, te ciega. Y entonces suena la campana y tú vas hacia Sonny Liston y él viene hacia ti y ni siquiera te das cuenta de que hay un árbitro en el ring.

Se lo contaba Patterson, el boxeador, a Talese, el escritor, semanas después, en su retiro de Nueva York, en el club social abandonado en el que se recluía para entrenar. Donde se lamía las heridas, lejos de su familia, lejos del mundo, cerca de sí mismo, lo más cerca que uno puede estar de uno mismo, que es estando solo.

Después no puedes recordar demasiado el resto, porque no quieres hacerlo. Todo de lo que te acuerdas es que de pronto te estás levantando y el árbitro te está preguntando: «¿Estás bien?». Y tú le respondes: «Por supuesto que estoy bien». Y él te pregunta: «¿Cómo te llamas?». Y tú respondes: «Patterson». Y entonces, de repente, con todos esos chillidos alrededor tuyo, estás debajo de nuevo y sabes que te tienes que levantar pero estás demasiado mareado y el árbitro te empuja y tu entrenador está ahí contigo con una toalla y la gente está levantada y tus ojos son incapaces de enfocar nada.

No es una mala sensación ser noqueado. De hecho es buena. No duele. Es solo un mareo profundo. Flotas en una nube placentera. Cuando Liston me noqueó en Nevada sentí durante cuatro o cinco segundos que todo el mundo del estadio estaba en el ring conmigo, que nos rodeaban a mí y a mi familia, y sientes la calidez de esa gente. Sientes amor por todos. Y quieres llegar a ellos y besarlos, a hombres y mujeres. Alguien me dijo que después de esa pelea lancé un beso desde el ring. No lo recuerdo, pero no me sorprende haberlo hecho.

Se lo contaba Floyd, el hombre de la mirada caída, el hombre triste, el hombre herido, a Talese.

Pero entonces esa sensación buena te abandona. Te percatas de dónde estás y de qué estás haciendo y de lo que te acaba de suceder. Y lo siguiente que sientes es dolor; confusión y dolor. No un dolor físico. Es dolor combinado con rabia. Es un dolor por lo que la gente piensa de ti. Es un dolor que te avergüenza de ti mismo.

Cuando Floyd Patterson falleció, el 11 de mayo de 2006, por un cáncer de próstata, todas las crónicas le recordaban como un «caballero». No hubo otro boxeador como él. Nadie que buscara en el dolor y que quisiera explicarlo. Nadie que se atreviera a exhibir en público sus fantasmas, su debilidad. Nadie que hubiera evitado siempre la confrontación más allá del ring. Que creyese en el boxeo como un duelo entre hombres, de igual a igual. Como la búsqueda de uno mismo entre hermanos. Pero le tocó vivir una época extraña.

En 1956 disputó su primera pelea por el título frente a Archie Moore. En la presentación del combate, Moore, de quien Ali aprendería aquella estrategia de desestabilizar también con el verbo, con la palabra, le acribilla. Le menosprecia. Dice a Patterson que le noqueará. Él calla. Cree en la dignidad y en el respeto. No responde. Agotado del ataque de Moore, nervioso, deja la sala del hotel en Chicago donde se encuentra. Sale a la calle y respira hondo. Busca un teléfono y llama a Sandra, su mujer, que lo calma. Ella es su báculo. Su espejo. Su mejor psicóloga. Está embarazada de su primera hija. El bebé nacerá al mismo tiempo que la pelea. Regresa de nuevo a la sala, más calmado, y termina de responder a los periodistas. Moore tendrá muchos años de experiencia, les dice, pero él ha aprendido rápido. Porque Moore es ya un perro viejo de cuarenta años, que lleva dos décadas como profesional, que ha engordado para subir de categoría a los pesados y que ha peleado y perdido contra el gran campeón de los blancos, Rocky Marciano, que se ha retirado ese abril invicto, dejando el trono de los pesos pesados vacante. Moore y Patterson son los dos aspirantes. Pero es Patterson, con veintiún años, en cinco asaltos, quien se convierte entonces en el campeón más joven de la historia. Floyd, el niño de la calle, calle, el del correccional, descubría entonces que el futuro que no tenía y que encontró en el boxeo se había convertido en presente.

Su historia, sin embargo, solo se entiende si se amplía el plano de la fotografía. Si se mira quién está su lado. Si se descubre en la escena a su entrenador y mánager, Cus D’Amato. Un personaje célebre de aquella época dorada del boxeo en blanco y negro. Y célebre por haber lanzado también años después a Mike Tyson. Pero un tipo obsesivo, excéntrico, paranoico. Antes de la pelea con Moore, D’Amato ha instalado su cuartel general en un hipódromo cerrado. Patterson corre por la pista de los caballos y su entrenador duerme tirado en un colchón al otro lado de la puerta de su dormitorio. Teme que alguien quiera envenenar a su púgil. Quien lo intente tendrá primero que sobrepasarlo a él.

By knocking out world heavyweight boxing champion, Swedish Ingemar Johansson, in the fifth round of their title fight in New York, 25-year-old Floyd Patterson, made history as the only heavyweight champion of the world to regain his lost title. The fight was a complete reversal of the contest last June when Johansson, then the challenger, finished the fight and claimed the title in three rounds. Picture shows Johansson, forced against the ropes by Patterson's pushes, uses weird, unorthodox footwork, as he tries in vain to move away. 23rd June 1960
Ingemar Johansson vs. Floyd Patterson, 1960. Fotografía: Cordon Press.

Los años siguientes al título Patterson apenas tiene rivales. D’Amato rechaza peleas y peleas. Se queja del nivel de los rivales. O del reparto de las ganancias. O de que la mafia quiere dominar el boxeo. Todo son excusas. Pero un boxeador solo es un boxeador si boxea. Y un campeón solo es un campeón si lo demuestra. Y a Patterson y a D’Amato les dicen entonces que lo suyo es una farsa, que tienen miedo, que qué clase de campeón del mundo de los pesos pesados es Patterson. El boxeo echa de menos a Rocky Marciano. Los blancos añoran a su mito. A los negros no les gusta su campeón. Quieren también un héroe y Patterson no lo es. En 1959 D’Amato acepta que el sueco Ingemar Johansson le dispute el título y Patterson lo pierde. Cae en el tercer asalto. Ahí descubre la humillación y el dolor. Ahí ve que el presente puede ser pasado. Y ahí empieza a aprender, como contaba, que un hombre solo se encuentra a sí mismo, solo aprende, en la derrota, que la victoria es un terreno yermo del que no brota nada. Patterson se encierra en su club social a un centenar de kilómetros de Manhattan. Rumia y entrena. Piensa y entrena. Se lamenta y entrena. Meses después vuelve a enfrentarse a Johansson, lo tumba con un gancho de izquierdas demoledor y recupera su título mundial.

Nunca dejó de intentarlo. Después de Liston, y el dolor y la vergüenza, llegó Muhammad Ali, el héroe con el que soñaban los negros. Ali llamaba a Patterson el «conejo». Le decía que estaba asustado como un conejo y para molestarlo se presentó un día en los aledaños de su refugio en Nueva York con un manojo de lechugas y zanahorias. Patterson llamaba a Ali «Cassius Clay». Se negaba a utilizar el nombre que este había adoptado. En noviembre de 1965 Ali aceptó defender su título ante el excampeón. Patterson intentaba de nuevo ser el primer hombre que conquistaba el título tres veces. Pero perdió por KO técnico en el duodécimo asalto de un combate a quince en el que sufrió y sufrió castigado por la velocidad y la fuerza de Ali. Aún volvería a intentarlo una vez más, frente a Jimmy Ellis, cuando Ali se había negado ya a combatir en Vietnam y le habían quitado su título de campeón. Cuando el trono, como sucedió con Marciano, se quedó vacío. Pero volvió a perder. En 1972, por fin, se retiró. Fue tras su última pelea, de nuevo con Muhammad Ali, aunque sin nada en juego. Esta vez cayó en el séptimo asalto. «Yo era solo un boxeador; Ali era historia», confesaría años después, antes de que llegaran el crepúsculo del alzhéimer, del olvido y del cáncer.

Patterson fue un paréntesis. Una sombra. El rey asustado de una época incierta. El boxeador que rellenó ese vacío, esa nada, ese tiempo entre Marciano y Ali, que hoy apenas se recuerda. Una nota a pie de página. Un actor secundario de las historias protagonistas de otros. Un hombre con gesto perpetuo de resignación. Un espectro, sí. Pero un espectro maravilloso. «Dicen que soy el boxeador al que noquearon más veces; también soy el que más veces se levantó».

Una década antes del retiro habían pasado Liston y los dos KO en el primer asalto. Había pasado Madrid. Habían pasado el bigote y la barba y las gafas y la gorra y la cojera. Habían pasado los brazos de su mujer, Sandra, de quien se divorciaría porque quería que se retirara y no lo hizo, que sobrevive hoy en las fotografías como ese rostro en el que Patterson se refugia buscando el consuelo en la derrota que no existe. Como ese cuerpo que acepta pero que rehúye como si no mereciera el calor, la comprensión; como si la vergüenza, como hacía, le apartara de los suyos. Como si no fuera capaz de mirar a sus hijos a la cara porque descubrirían la humillación, porque se percatarían de que su padre no era el héroe que imaginaban. Entonces, una década antes del retiro, se lo decía Patterson a Talese. Probablemente, las declaraciones más sinceras y valientes que ha hecho nunca un deportista. Probablemente, la mejor confesión de un perdedor.

Debe preguntarse qué lleva a un hombre a hacer cosas como la de España… Bueno, yo también me lo pregunto. Y la respuesta es que no lo sé. Pero creo que es algo que está dentro de mí mismo, dentro de todos los seres humanos, cierta debilidad. Una debilidad que se manifiesta aún más cuando estás solo. Y yo he pensado que en parte hago las cosas que hago porque… porque… soy un cobarde.

Sonny Liston vs. Floyd Patterson. Fotografía cortesía de The Stacks.


In memoriam: Muhammad Ali

Foto: Cordon.
Foto: Cordon.

Muchos de nosotros todavía éramos niños cuando descubrimos ese maravilloso espectáculo llamado boxeo de competición, pero la disciplina vivía un momento extraño. Había perdido buena parte de su relumbrón. Excepto en el cine, donde las películas de boxeadores habían protagonizado una fugaz pero intensa moda. A veces, de hecho, me pregunto si aquella fiebre por el pugilismo cinematográfico no fue de alguna manera un arrebato de nostalgia hacia los aún recientes estertores del pugilismo clásico, una nostalgia provocada por la decadencia y retirada del último grande de la era del blanco y negro, que fue además el más grande. Era casi como si el público echase de menos las viejas gestas del cuadrilátero y se lanzase en tropel a recuperarlas en versión de celuloide. Más que ningún otro escenario deportivo, ese cuadrilátero producía epopeyas y héroes dignas de las más nobles páginas. No porque es un deporte duro, pues otros los hay también muy duros, sino porque es algo más que un deporte. El boxeo es cine, y sería cine aunque nadie lo hubiese filmado. El boxeo es literatura, aunque nadie hubiese escrito sobre ello. El boxeo es la vida, aunque quienes ignoran o desprecian la disciplina no consigan entenderlo.

En mi generación abrimos los ojos al mundo sin tener un gran campeón de los pesos pesados; a finales de los setenta la competición se había dividido en dos. No era la primera vez, pero sí la definitiva y también la más dañina; la corona mundial de los pesos pesados, diluida en una sopa de siglas, dejó de ser vista como la Excalibur de los deportes, la más alta distinción deportiva del planeta, que lo había sido durante todo el siglo. Esto cambió durante algunos años, desde el mismo momento en que un huracán llamado Mike Tyson se ciñó el cinturón de campeón. Pero no duró. El reinado de Tyson fue el canto del cisne de esa preponderancia. Para entonces ya habíamos aprendido que Tyson, la última leyenda universal de los pesos pesados, se había limitado a recuperar parte de la atención perdida tras la retirada del más grande de los colosos emergidos de la antaño inagotable mitología pugilística: Muhammad Ali, o Cassius Clay, como por costumbre lo llamaban todavía quienes lo habían visto emerger durante los años sesenta. Cuando los niños de aquella generación veíamos pelear a Tyson, terminamos comprobando que todas las comparaciones, favorables o desfavorables, incluían a Muhammad Ali como primer término. De repente, para toda una generación de aficionados novatos, un Ali al que apenas habíamos visto en fugaces secuencias de televisión se reveló como la medida de todas las cosas. Supimos que su ausencia de los cuadriláteros había ensombrecido el boxeo con el sordo pesar de la orfandad; que no importase cómo de grandes pudiesen llegar a ser las hazañas de sus herederos, su figura sería siempre incomparable. Muhammad Ali, como Bobby Fischer en el ajedrez o Michel Jordan en el baloncesto, ya no podría ser eclipsado. No se trata de que pueda surgir alguien igual o mejor en lo deportivo; eso es lo de menos. No puede haber otro Ali como no puede haber otros Beatles ni otra Marilyn Monroe. Ali había sido mucho más que un campeón. Trascendió su profesión y las glorias condensadas en el metal de unas vitrinas. No era solamente un púgil, como Einstein no era solamente un científico y Elvis Presley no era solamente un cantante. Muhammad Ali fue mucho más que un deportista. Fue un icono universal, una referencia cultural de primer orden, la clase de material sobre el que los demás escriben ensayos y novelas, ruedan películas o componen canciones. Y él creció con una extraña e inexplicable predisposición a la inmortalidad. Como cuando decía que había odiado hasta el último minuto de sus entrenamientos, pero se había motivado diciéndose «¡No lo dejes! Si sufres ahora, vivirás como campeón el resto de tu existencia». La inmortalidad, pues, fue su verdadera vocación. Desde aquella vez en que sin tener todavía un título mundial ceñido a la cintura osó proclamarse como «el más grande», el mundo debió haber entendido que sus hazañas no iban a pertenecer a los titulares de los periódicos, sino a los libros de historia.

Foto: Cordon.
Foto: Cordon.

Su inmensa fama, sus títulos, sus gestas deportivas, eran solamente una parte de su inmensidad. Es verdad que fue el rey de los pesos pesados más célebre desde Joe Louis. Es verdad que su técnica y su estilo lo situaban entre los mejores púgiles de todos los tiempos. Es verdad que volvió de un retiro impuesto, cuando técnicamente era ya una sombra del virtuoso innovador que había sido durante sus primeros años, y todavía fue capaz de ganarle el pulso a aquel Joe Frazier con el que parecía disputar los rencores de alguna vida pasada. Es verdad que cuando era ya una sombra de su sombra, pudo vencer a aquel gigante joven y poderoso llamado George Foreman. Es verdad que recuperó la corona tres veces, algo por entonces nunca visto entre los pesos pesados. Todo esto y muchas más cosas son verdad. La carrera deportiva de Muhammad Ali fue una ejemplar combinación de talento, coraje, determinación y espíritu ganador. Pero no fue solamente esto lo que le convirtió en lo que ahora es. Hubo más. Pero, ¿con qué palabras podríamos expresarlo?

En las listas clásicas de mejores boxeadores, Ali solía aparecer por detrás de Sugar Ray Robinson, el hombre sobre quien había modelado su estilo y al que muchos consideraban el púgil de mayor talento técnico que había existido nunca. Es decir, no por necesidad hemos de considerarlo el mejor. Tampoco se retiró invicto como Rocky Marciano. Pero eso no impidió que en otra clase de listas, las que enumeraban a los deportistas más importantes del siglo XX, apareciese siempre como el número uno. Esto no lo explican sus triunfos. Es que Muhammad Ali era una fuerza de la naturaleza en todos los sentidos. Siempre admitió que nunca había sido «el niño más brillante de la clase», pero sus genialidades verbales conseguían quedarse marcadas a fuego en la memoria de los aficionados. Era el Bob Dylan del trash-talk, el Sergio Leone de las provocaciones previas a cada combate. Su verborrea inagotable era casi siempre pueril, pero también brillante; una de las tantas facetas que lo convirtieron en el Napoleón de la explosión mediática de finales de los sesenta y principios de los setenta. Llegó, vio, habló y venció. No se trata ya de aquella su más famosa frase, «flota como una mariposa, pica como una abeja, y sus manos no podrán golpear lo que sus ojos no ven», que pronunció, irónicamente, cuando la edad ya no le permitía volar sobre la lona (fue antes de su combate con Foreman, que ganó, sí, pero no cual mariposa, sino cual Maquiavelo de la estrategia pugilística). Antes de cada combate siempre tenía una declaración sensacionalista preparada. Sus poemas, casi siempre nefastos pero hilarantes, se convertían a veces en fragmentos líricos de un homérico infantilismo: «Me he peleado con un cocodrilo», dijo una vez, «he forcejeado con una ballena. Le he puesto esposas a un relámpago y he metido al trueno en la cárcel. La semana pasada asesiné a una roca, herí a una piedra, metí a un ladrillo en el hospital. Soy tan duro que hago enfermar a la medicina». Como pueden comprobar, Herman MelvilleJoseph Conrad y un bocazas fanfarrón, todos ellos combinados en una misma cita. Con él, imagino, había que tener siempre el cuaderno bien a mano, sobre todo cuando se acercaba una pelea. A veces caía en el insulto pueril, pero otras veces dejaba tras de sí perlas que resonaban con el nervioso roce de docenas de lápices apuntando con afán lo que iba a convertirse en el penúltimo titular y, con suerte, en una futura referencia enciclopédica. Muhammad Ali no quería ser un campeón, quería ser un gigante, y leyendo su propia época con la clarividencia de quienes nacen con el gen de la grandeza, entendió que los medios de comunicación eran la manera de conseguirlo. Modeló su personaje con tanto cuidado que se metió al mundo entero en el bolsillo, incluso a quienes le habían odiado. Muchos, en sus inicios, se habían burlado de las payasadas constantes de aquel excéntrico aspirante al título al que, no sin razón, apodaban «el loco de Lousville». El único personaje con el que se me ocurre establecer un paralelismo justo es Salvador Dalí. Qué más da que te conozcan por pintar cuadros o por posar junto a la cabeza de un rinoceronte; lo importante es que te conozcan.

Cuando no estaba inventando ripios para humillar a sus contrincantes, estaba batallando por tener el derecho de defender sus ideales. Se convirtió al islam, se cambió el nombre y escandalizó a casi todo el país, incluida su propia madre. Empezó a dejarse ver como el gran trofeo del más hábil proselitista de la Nación del Islam, el carismático Malcolm X. Parecía evidente que la inteligente e inatacable retórica de Malcolm X había deslumbrado al nuevo campeón. Pero Ali era algo más que una marioneta. Respondía con coherencia y una afilada eficacia cuando le preguntaban por sus ideas. Es cierto que repetía muchas ideas del brillante Malcolm X, pero no menos de las que Malcolm X tomaba de su líder sectario, Elijah Muhammad. Por lo demás, Ali sabía construir su propio discurso, algo en lo que pocos habían confiado. Era más fácil burlarse de él o calificarlo de radical peligroso que atacar algunos de sus argumentos, sobre todo en lo referente a la cuestión racial. Contra todo pronóstico, la marioneta se reveló como un ideólogo. Cuando decía que no tenía nada en contra de los vietnamitas porque «ninguno de ellos me ha llamado negrata» estaba poniendo el dedo en la llaga, una herida nacional cuyo reguero de sangre muchos de sus compatriotas se empeñaban en ignorar. Mientras estaba en lo más alto de su carrera aceptó con entereza la posibilidad de acabar en la cárcel («hemos estado en la cárcel durante cuatrocientos años; podría afrontar tener que ir cuatro o cinco años más»). Se vio despojado de sus títulos, apartado de la profesión para la que se había preparado con tanto esfuerzo desde que era un adolescente. A nosotros, los espectadores, se nos arrebataron varios grandes combates del más exquisito peso pesado defensivo que viera el siglo, pero a él le partieron la carrera deportiva en dos y le privaron de su principal fuente de ingresos. Todo por no querer alistarse, aunque no le hubiesen hecho pelear fuera del cuadrilátero. Todo para no «matar gente pobre mientras los negros en Louisville no disfrutan ni de derechos humanos básicos». Muhammad Ali, el deportista más famoso del mundo, estaba paseando las vergüenzas de su propio país. Un país racista donde la guerra era un requerimiento estándar de la política exterior, una guerra a la que iban quienes no tenían dinero para comprar la posibilidad de no morir casi imberbes, o de no pasar años en una celda de cañas en mitad de alguna selva.

Foto: Cordon.
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Ali no era perfecto. Cuando denigraba a Joe Frazier llamándolo «Tío Tom», estaba siendo cruel, injusto y además desagradecido, pues Frazier, pese a tener ideas políticas muy distintas, le había defendido y ayudado. Cuando ante los congoleños presentó a George Foreman como un esbirro de los malvados blancos —en el Congo, claro, no habían olvidado la sanguinaria frialdad del imperialismo belga— estaba siendo incluso más injusto. Pero sus acusaciones no dejaban de tener un tinte de referencia a la realidad. En sus hirientes ataques expresaba una rabia nueva, la de querer, pretender, necesitar romper con la vieja dinámica de agradar al hombre blanco pareciéndose lo más posible a él. Antes de Ali, la mayoría de los campeones negros habían peleado por la dignidad de su pueblo presentándose como individuos de imagen intachable. Joe Louis o Floyd Patterson. Y los que no, como Sonny Liston, habían cuando menos evitado meterse en jardines. Lejos quedaba ya el recuerdo del primer campeón de los pesos pesados, Jack Johnson, cuyo sistema de reivindicación era tan valiente que podía calificarse como suicida; Johnson se acostaba con mujeres blancas y sonreía mientras decenas de miles de espectadores blancos le deseaban la horca y él no tenía manera de saber si no acabarían invadiendo el cuadrilátero para, en efecto, lincharlo. Muhammad Ali era más Johnson que Louis, pero aportaba algo revolucionario. Su imagen era más poderosa que intachable, quizá, pero sus reivindicaciones estaban expresadas de forma política y con un enorme poder de convicción. Él ya no pensaba que hubiese que agradar a los blancos. Por ello, fue el campeón idóneo para su generación. El primer peso pesado que lo era también cuando salía de entre las doce cuerdas.

Cuando pudo volver a pelear ya no era el mismo y, sin embargo, en ese retorno produjo sus más memorables noches de boxeo. Impulsado más por el hambre de eternidad que por una condición de favorito a la que por cuestiones físicas ya no podía optar, recuperó la corona, la perdió, y la obtuvo por una tercera vez, excitando la pluma de escritores, periodistas, historiadores del deporte. Muhammad Ali era el sueño de todo narrador. Por ejemplo, la película que se rodó en torno a su combate con George Foreman, Cuando éramos reyes, es probablemente el mejor documental deportivo de todos los tiempos. Ahí vemos al Muhammad Ali de los años de retorno en todo su esplendor. Ni siquiera esa película puede resumirlo, porque Ali es imposible de resumir, pero sí demuestra que sus combates de boxeo no eran eventos deportivos, sino sucesos que por motivos intangibles estaban destinados a adornar las estanterías de todo buen amante de la epopeya. ¿Cómo lo hacía? Siempre pensé que cuando Ali olfateaba la gloria se dejaba el alma para superar sus limitaciones. En África se dejó acorralar por un Foreman que a usted y a mí podría habernos matado de un único golpe, pero al que Ali consiguió agotar con una táctica que dejó boquiabiertos incluso a los más expertos analistas. En Filipinas, frente a Frazier, fue él quien se dejó agotar hasta poner en peligro su vida, pero no sin que antes se hubiese desplomado Frazier. No fueron sus mejores combates, ni mucho menos, pero sí los más importantes. Y él lo sabía. Es lo único que puede explicar la manera en que se condujo en ellos. Los bautizó, claro, con ripios sencillos y sin esplendor (Rumble in the JungleThrilla in Manilla) que ahora sin embargo nos suenan a gesta, a títulos de romance medieval, a grandeza. Muhammad Ali tenía el instinto de un novelista para entender qué episodios de su carrera eran los que iban a cimentar su leyenda, y entendía que la elegancia del nombre que les puso es lo de menos. Pero debían tener un nombre. Lo habitual es que los deportistas hagan cosas y los buenos cronistas las conviertan en fascinantes historias. En el siglo XIX, un cronista británico bautizó el boxeo como the sweet science of bruising («la bella ciencia de hacer moratones»), una feliz expresión que revivió después de la Segunda Guerra Mundial. Pero Muhammad Ali lo convirtió en la bella ciencia de hacerse inmortal. Siempre daba sus historias ya hechas.

Desde que nos ha dejado, los periódicos de medio mundo están repletos, más que de ninguna otra cosa, de las declaraciones del propio Ali. Como en un Evangelio, es en sus palabras, y no en las nuestras, donde está el auténtico mensaje. Él sin duda sabía que el día en que muriese todos nosotros terminaríamos ejerciendo como simple caja de resonancia de su genio. Porque Ali fue un genio como boxeador, pero también como artista. Su propia vida fue su principal obra de arte. Nos dejó las citas, los hechos, las gestas, los fracasos, como quien hace regalos de Navidad: en un montón de cajas que quienes alguna vez hemos escrito sobre boxeo abrimos con el entusiasmo de un niño. Todo lo que Ali tocaba lo convertía en historia. Todo cuanto le sucedía, bueno o malo, lo terminaba acuñando en una moneda con su propio rostro. La suya fue una biografía increíble, un tesoro que dentro de mil años alguien encontrará, para descubrir con pasmo el argumento inigualable del ascenso al Olimpo cultural de este nuestro gladiador moderno. Parafraseando a Gandhi: primero se rieron de Ali, después trataron de acabar con él, después quedaron asombrados por sus hazañas, después empezaron a respetar sus ideas y finalmente le terminaron venerando como a un héroe. Díganlo sin miedo, porque los siglos les darán la razón: fue el más grande de todos los iconos del deporte. Hay figuras que nunca desaparecerán de la memoria colectiva, y Muhammad Ali es una de ellas. Ya no puede haber otro Ali, como no puede haber otro Ulises, como no puede haber otro Quijote.

Foto: Cordon.
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Un oso en las garras de La Mafia

Charles ‘Sonny’ Liston nació bajo la sombra del infortunio. Desde pequeño, como miembro de una familia más pobre que las ratas que había tenido 25 hijos, tuvo que ganarse la vida trabajando de sol a sol en una plantación en Pine Bluff, Arkansas. Sin educación, sin dinero y tras varios arrestos de la policía local, Charles se mudó a San Luis, en el estado de Missouri, junto a su madre y parte de sus hermanos. Era rudo, de pocas palabras, con escaso bagaje cultural y a duras penas sabía escribir su nombre, con lo que solía firmar con una ‘X’. Tras participar en el robo de una gasolinera y ser detenido, ingresó en prisión. Allí, en la penitenciaría, su suerte cambiaría. Conoció al capellán Alois Stevens, un reverendo que le convenció de que Dios le había bendecido con el don del boxeo, y que si era capaz de purgar sus pecados entre el confesionario y el gimnasio enderezaría su rumbo. Dicho y hecho. Supervisado por el reverendo Alois, Liston aprendió a boxear y sacó provecho de su cuerpo, una mole de metro ochenta y cinco adornada por más de cien kilos de peso. Los presos le apodaron ‘Sonny’. Un diminutivo para un gigante superlativo. A base de entrenamientos, de disciplina y mucha fuerza de voluntad el convicto Liston se convirtió en una auténtica máquina de picar carne. Un oso salvaje. En un tipo que, cuando subía al ring y cerraba aquellas manazas más negras que un tizón descargaba unos puños que, cuando impactaban, sacaban humo del saco y hacían añicos a sus atemorizados rivales. El capellán fue explícito con Liston: “Charles, hijo, Dios ha puesto dinamita en esos puños. Sólo tienes que usarlos”. No se equivocó. Cuando alcanzó el grado de libertad condicional, Charles ‘Sonny’ Liston ensayó con boxeadores profesionales. Su gancho, un tren de mercancías, conquistó los Guantes de Oro. “Les pego y se caen”.

Sonny’, una fuerza de la naturaleza con un pasado turbio, irrumpe en los cuadriláteros y comienza su impopular reinado a finales de los cincuenta y comienzos de los sesenta. Aunque la prensa especializada se esfuerza en escribir cuentos de hadas, los puños de Liston no entienden de refugios narrativos. Él se abre paso hablando con sus manazas, a martillazos de realidad, a puñetazo limpio. Son tiempos del gancho de izquierda de un ogro de color cuya reputación atenta contra el idílico estilo de vida americano. Villano, indeseable y marcado por el odio, no es ningún ejemplo para los niños. Entre rejas por agredir a un policía en plena calle y habiendo pasado seis meses a la sombra por reincidente, Liston era una bomba de racimo humana que alcanzaba su punto álgido en el ring. Sus desventuras en el calabozo le instaban a golpear más fuerte, más rápido, más contundente que antes de vestir el traje de rayas. Alentado por una sed de venganza interior, Liston se adivina indestructible. No conoce la piedad. “Voy a tumbarlos a todos”. Un periodista pregunta, acongojado por los registros del ex presidiario: “¿Y qué harás cuando no te quede nadie a quien tumbar, Sonny?” La mole responde con firmeza. “Pues entonces volveré a tumbarles a todos otra vez”. La prensa sufre. A pesar de ser demonizado por su turbulento pasado, Liston noquea a Mike DeJohn en seis asaltos, a Cleveland Williams en tres y acaba con Nino Valdez, que no acaba de pie el tercer round. Tumba de nuevo a Williams en la revancha en dos asaltos. Pasa por encima de Roy Harris y de Zora Folley. Y aplasta a Eddie Machen con una superioridad insultante. Liston es un ogro. El ogro. Un tipo hecho a sí mismo, un campeón forjado entre los barrotes de la cárcel, un boxeador con conexiones con la mafia. Un cuerpo grueso, compacto, de mirada maliciosa, de perfil siniestro. El típico animal salvaje al que uno jamás querría encontrarse de madrugada, a oscuras, en el rellano del portal de su casa. Un enterrador que disfruta noqueando a cualquier bicho viviente a su alcance. “Desayuna marines y se come a los boxeadores crudos”Hablar de Liston era hablar de miedo. De conocer el terror.

Apenas le queda un adversario de cierto renombre por derribar, Floyd Patterson, entrenado por Cus D’Amato, una leyenda del boxeo. Tras una escaramuza con la ley —siempre problemas con la autoridad— Liston es condenado por la Comisión de Boxeo. Los mentores de Patterson se agarran a ese clavo ardiendo para esgrimir que un ejemplo para la sociedad como Floyd no puede compartir ring con condenado como Liston. Pero la estratagema del entorno de Patterson no da resultado. Cuando la calle comienza a rumiar que Floyd desea evitar a toda costa medirse a Sonny Liston, entra en juego un factor tan inesperado como sorprendente: La Casa Blanca. A petición del mismísimo presidente John Fitzgerald Kennedy, que entiende que Liston es un deshonor para la división de los pesos pesados, Patterson da el sí quiero al combate más esperado. Por un buen puñado de dólares, amén del consejo áulico del presidente de la nación, Floyd (el bueno) decide subirse al ring para enfrentarse a Sonny (el malo). No podía negarse. La paliza, que no combate, tiene lugar en Comiskey Park, Chicago, Illinois, el 25 de septiembre de 1962. Liston se convierte en campeón mundial al noquear a Patterson en un asalto. Herido en lo más profundo de su orgullo, Patterson vuelve a la carga en Las Vegas un año después para la revancha. Liston le castiga con otra humillación sin precedentes. El ‘chico bueno’ visita la habitación del sueño en el primer round. Patterson jamás debió hacer caso a la Casa Blanca. Después de comprobar hasta dónde llegaba el poder de los puños del bribón Liston, la prensa agacha la cabeza. Su estandarte del fair play, su Adonis del boxeo, Patterson, es un juguete roto en manos del despiadado púgil que cuenta con el visto bueno y la amistad de los pesos pesados de la Cosa Nostra. Portada de todas las revistas, protagonista de anuncios de refrescos, estrella de los clubes regentados por ilustres mafiosos y boxeador favorito de The Beatles —solía escuchar Night Train mientras entrenaba y apareció en la portada del disco Sargeant Pepper’s—, Liston se convierte en un asesino en serie del ring, en un campeón indestructible. En las garras de La Mafia, que se forra con las apuestas ilegales, Liston es un campeón si oposición. Las rotativas echan humo: “Patterson es historia. Folley tambiénCleveland Williams no sirve. ¿Qué hacer?” Los puños de Liston hablan un lenguaje crudo, real, terrorífico. Y llega la pregunta:¿Existe alguien en este mundo, lo suficientemente loco, como para pelear con Liston y arriesgarse a que le partan el alma?”

La respuesta es Cassius Marcellus Clay. Un peso pesado negro de talento, con buen juego de piernas, instalado en la elite de los pesados gracias al mecenazgo de un puñado de millonarios blancos. Joven, musculado, rápido y lenguaraz, Clay entra en escena. Es un regalo llovido del cielo para la prensa. Es una suerte de hidroavión que, lleno de palabras, amenazas e ingeniosas rimas, se atreve a rociar el fuego abrasador de Liston. Las casas de apuestas encuentran un filón, una novedad: la cuestión era jugarse el dinero para acertar en qué asalto caería Clay o, en su defecto, averiguar a qué hospital acudiría Cassius después de la previsible manta de golpes que iba a soportar. Clay ya había caído y su mandíbula no tenía la mejor de las famas para la crítica especializada. Henry Cooper, el campeón de Inglaterra, había demostrado que un buen gancho de izquierda era suficiente para ponerle patas arriba. Si Cooper le había derribado, Liston podía enviarlo de vuelta a Louisville en una bolsa, pedacito a pedacito. Conocedor del lado oscuro de Liston, Clay debía ser un bailarín de claqué, un mosquito trompetero para revolotear lejos de Liston, un challenger precavido y que siempre mantuviera la distancia para no encajar una paliza a las primeras de cambio. El gran problema para la esquina de Clay reside en su propio boxeador. Lejos de amilanarse, Clay saca a pasear su lengua y destroza verbalmente a su rival. Amenaza, rima, grita, canta, salta, baila, alardea y reta. Cassius muestra un abanico mediático que provoca la ira del campeón y estimula a los aficionados a hablar del combate sin parar.

Comediante o visionario, Clay se hace acreedor a su apodo de ‘Bocazas de Lousville’. Entiende que, para ganar la pelea dentro del ring, el primer paso es ganarse el respeto fuera del mismo y lograr que el rival pierda el suyo. Ignorando las advertencias de sus promotores, CC abandera una guerra psicológica sin precedentes. Si ve una cámara de televisión se tira de cabeza, si tiene cerca un micrófono de radio se pregunta a la vez que se responde y si un reportero no ha tomado buena nota de sus gases verbales, decide escribirlo él mismo de su puño y letra. Clay sabe que, en esa guerra psicológica, en el ring de los medios de comunicación, Liston no sabe protegerse. Haciendo bueno eso de que quien golpea primero pega dos veces, Cassius Clay se convence de que Liston es un blanco fácil a la hora de pelear con la lengua en vez de con los puños. Acierta de pleno. Liston, semianalfabeto y con menos palabra que un telegrama, se siente fuera de su hábitat natural ante un rival que le provoca de manera constante y que no deja de atacarle de manera rabiosa en los periódicos. Sonny empieza a sentirse devorado, poco a poco, por la difusión del huracán mediático Cassius Clay. El ‘Loco de Louisville’ abre la caja de Pandora. Amenaza, rima, grita, canta, salta, baila, alardea y reta. Todo Clay es un ‘show’ de circo. Una comedia con ínfulas de campeón que destroza, una y otra vez, el orgullo de Liston. Lo hace sin piedad. Con sarcasmo. Con una vehemencia propia de un loco. O de un cobarde.

Cuenta la historia que el campeón acababa de mudarse a Denver, y justo enfrente de su casa apareció Clay montado en un extraño autobús que se había comprado para la ocasión. Pintado de rojo y blanco, como en la película Más dura será la caída, Clay decide colgar del mismo un cartel gigantesco con la leyenda: ‘Liston caerá en el octavo’. Después, sin tregua, avisa a todos los periodistas de la zona y les aconseja que a primera hora de la tarde deben pasar por casa de Liston. Cumpliendo su amenaza, Clay se presenta a la hora indicada en el hall de la casa de Liston, toca el timbre y, cuando tiene cara a cara al campeón, descarga sobre él un buen puñado de insultos para, acto seguido, retarle a pelear en el jardín. Liston, estupefacto, no sale de su asombro. La prensa, tampoco. Los únicos en reaccionar ante el encendido Clay son un grupo de vecinos, que deciden llamar inmediatamente a la policía, que detiene a Clay ipso facto. La imagen, dantesca, da la vuelta al mundo. “Clay está loco” titula la flor y nata del periodismo norteamericano. El Post va más allá: “Clay se hace el loco”.

Clay enseña todas sus dotes de ‘showman’. Su boca cruza todas las líneas rojas. Llega a presentarse en uno de los entrenamientos privados de Liston para, rodeado de una buena corte de periodistas, lanzarle un buen puñado de improperios. La Mafia trata de dulcificar la imagen impopular de Liston (fue portada de la revista Esquire en 1963, disfrazado de Santa Claus), pero no hay quien pueda frenar la lengua de un Clay que se lleva, de calle, la batalla de la propaganda. No hay quien pueda frenar la lengua de Clay. Deja ver su lado narciso. “Liston no puede ser el campeón del mundo de los pesos pesados. Es demasiado feo y gordo. En cambio, yo soy guapo”. Enseña su perfil retador. “Está viejo, es lento y está cansado. Soy más fuerte y rápido. Soy el campeón”. Explota su versión profética: “Sonny ¿me oyes? Eres un oso. Un oso feo y perezoso, y te voy a cazar. Voy a salir a cazar un oso feo y perezoso”. Muestra su lado más soberbio. “¿Humildad? Soy demasiado grande como para ser humilde. Soy lo máxxxxximo”. Hace gala de un extraño sarcasmo. “Sé que los que apuestan pondrán mucho dinero para ver a qué hora me ingresarán en el hospital, pero después del combate sólo se encontrarán allí con el oso feo y perezoso. Yo estaré en casa, viendo una película”. Se comporta como un fanfarrón. “Liston, debieron explicarte que el boxeo es un deporte de riesgo”. Promociona su lado más ingenioso. “Soy tan rápido que anoche apagué la luz y me metí en la cama antes de que el cuarto se quedara a oscuras”. Y alardea con una frase lapidaria, ideada por el inevitable ‘Bundini’ Brown, que pasaría a la historia. “Contra Sonny voy a bailar, voy a bailar. Vuelo como una mariposa pero pico como una abeja”. Toda una profecía.

El pandemónium de Clay consigue el efecto esperado. ¿Es un loco o un cobarde? Los periodistas le califican de payaso fanfarrón, la esquina de Liston de niño asustado y La Mafia cree que la irrupción de Clay responde a fuegos de artificio que, cuando comience el combate, acabarán con el aspirante en el suelo, un final esperado. Nadie repara en el estado de forma de Cassius Clay. El campeón tampoco. Liston anda obsesionado con cerrar la boca del aspirante, un tipo cuyo aliento resulta un insulto para alguien que ha destrozado sin piedad a toda la división, crujiendo a Patterson, el campeón de la Casa Blanca, en el primer asalto. El entorno de Sonny trata de aplacar la furia contenida del campeón, pero no hay quien calme a Liston. “Voy a matar a ese bocazas”. Ese deseo de Liston se multiplica durante el pesaje. Mientras Liston se despoja de su ropa para subir a la báscula, Clay se convierte en un manojo de nervios cuya boca explota en todas direcciones. Pierde los nervios, empuja a todo el mundo, insulta a su rival y grita cada vez más. Está rabioso, fuera de sí, a punto de sacar espumarajos por la boca. Liston se acerca hasta la posición de Clay y se dirige a él en tono desafiante: “Sigue hablando, te joderé con mis puños”. La escena sube tanto de tono que los allí presentes deciden separar a ambos púgiles. Angelo Dundee y ‘Bundini’ Brown, la esquina de Clay, obligan a su boxeador a tranquilizarse, está a punto de darle un infarto. “El oso feo y perezoso caerá como saco en el octavo asalto, apuntadlo bien, en el octavo”. Los médicos diagnostican que Cassius Clay ha sido víctima de un ataque de pánico. La noticia trasciende en los medios de comunicación y el periodismo entiende que la locura de Clay ha degenerado en un ataque de miedo. Después del escándalo del pesaje, Clay recibe una multa de dos mil quinientos dólares del ala por escándalo público.

La pelea tiene lugar en Miami, Florida. Es 25 de febrero. De un lado, Charles ‘Sonny’ Liston, ex presidiario vinculado al mundo del hampa y campeón del mundo. En la otra esquina, el aspirante Cassius Clay, loco o cobarde, cuyas controvertidas conexiones con los musulmanes negros del Islam empiezan a florecer. A la cita acude Malcom X, ministro de la Nación del Islam, que consigue un asiento de primera fila, el número siete, cerca del rincón del aspirante. Es entonces cuando resuena un grito seco, directo, desgarrador, de un aficionado: “¡¡Sonny, mata a ese negro bocazas!!”El público ruge. El ambiente se caldea. La hora de la verdad se acerca. Momento escogido por Clay para su última fanfarronada. Se acerca a Liston y le señala su cinturón de campeón. El bocazas de Louisville responde al gesto con ironía: “¿Para qué quieres eso, Sonny? ¿Para sujetarte los pantalones?”. La mirada de Liston se tiñe de sangre. La de Clay se pierde en el tendido. Los vecinos de Miami jalean. Suena la campana.

Liston ocupa el centro del ring y descarga una serie de derechazos. Ninguno conecta con el cuerpo de Clay, que se desplaza un lado a otro del ring con facilidad, con armonía, con unos movimientos tan sincronizados que terminan por dejar en ridículo al campeón. Suena la campana y los presentes en el estadio de Miami empiezan a mirarse unos a otros. Clay, la oruga que esperaba no ser pisoteada por Liston, se transforma por momentos en la mariposa que Bundini Brown había profetizado (“Vuela como mariposa, pica como abeja”). Clay está en pie después del primer asalto y la prensa no sale de su asombro. El Clay que imaginaban era huidizo. Rápido, sí, pero con algodón en los puños. El Clay que sus ojos perseguían por el cuadrilátero no se parecía en nada a esta versión de un negro alto, potente, elegante y preciso, que esquivaba los golpes del campeón de La Mafia. Cassius tenía un martillo pilón por jab, unos hombros tan enormes como los de Liston, un juego de pies eléctrico y una espalda tan ancha como la del campeón. Se hizo el silencio en la primera fila. Segundo asalto y tercer asalto. Liston no encuentra la manera de entrar en la distancia corta, persigue fantasmas y Clay sigue desquiciando al campeón con esquivas fulgurantes. El murmullo aumenta antes del cuarto round. Clay ha enchufado varias manos en el rostro de Liston y el campeón se muestra impotente ante un chico más joven y más rápido.

Clay se sienta en su taburete al final del cuarto, otea el horizonte, mira de refilón a su esquina y se dirige a su entrenador Angelo Bundee. “No veo nada Angelo, me han puesto algo en los ojos”. Bundee no responde, Clay se bloquea y el combate entra en una fase de indefinición. La esquina de Liston no es ajena a la escena. Esperan la decisión de Clay. Esperan ver a Bundee arrojando la toalla. El aspirante amaga con abandonar, Bundee le persuade, le echa agua fría en los ojos y escupe un par de frases cortas dirigidas a su pupilo: “No tendrás otra oportunidad. Sal y no pares de correr”. Cassius asiente con cara de cordero degollado y corre una maratón alrededor de Liston. El campeón lanza rayos de izquierda y truenos de derecha, pero no consigue dañar seriamente al aspirante, que soporta el castigo y vuelve más despejado a su esquina. Está vivo. Sabe que Liston ha tirado todo lo que tiene. Exhausto por el esfuerzo, abriendo la boca, jadeando, Clay detiene el mundo con la mirada. Está listo para cazar un oso feo y perezoso. Liston se lleva la mano al hombro, parece cansado. Clay exige el protector bucal, siente que el quinto asalto es su oportunidad. Sale a por todas. Mete la quinta velocidad y empieza a conectar golpes en serie, castigando arriba y abajo a Liston, inmóvil en el centro del ring. El campeón empieza a tardar en responder al zafarrancho de combate de Clay, que descarga un uno-dos frenético. Luego un gancho de izquierda. Otro uno-dos. Otro. Otro. Y otro. No hay respuesta del campeón. Liston se marcha a su rincón fatigado, dolorido, herido. En silencio. Su esquina es un funeral. Increíble, pero cierto: Clay le está humillando.

A punto de comenzar el séptimo asalto, Liston escupe el protector bucal. Abandona, no puede más. La prensa traga saliva, se frota los ojos y el público estalla en una ovación de júbilo. El campeón está roto, Clay es el nuevo rey de los pesos pesados. Había profetizado que Liston caería en el octavo round, pero el ‘oso feo y perezoso’ se había retirado incluso un asalto antes. Cassius sale disparado de su esquina como un resorte para pasar factura a los periodistas: “Ahora os tragaréis vuestras palabras… Soy el campeón del mundo… He cazado al oso feo y perezoso… Soy El Más Grande”. Aquel niñato presuntuoso de Louisville saboreaba su victoria henchido de orgullo, eufórico, mientras las máquinas de escribir de los periodistas echaban humo. No sólo era una victoria de Clay, sino una humillación. El siniestro ex presidiario había pasado, en sólo seis asaltos, a ser un juguete roto. Nadie daba crédito. Una conmoción recorría todos y cada uno de los rincones de Estados Unidos. La profecía de Clay se había cumplido: había cazado al ‘oso feo y perezoso’. Su triunfante rueda de prensa cambiaría el signo de su vida. Tras derrotar a Liston, hacía pública su pertenencia a la Nación del Islam y especificaba su nueva identidad: Desde hoy abandono mi nombre de esclavo, no seré más Cassius Clay. Mi nombre es Muhammad Alí”. Ya no sería Cassius el esclavo de los blancos, sino Muhammad, el azote de los blancos. Ya no sería Clay, el campeón de los negros, sino Ali, el líder espiritual de los negros. Algo más que un boxeador. Mucho más que un simple hombre. Una leyenda.

Tras perder el combate, Liston alegó una lesión. El médico de la comisión de boxeo le detectó una distensión muscular, pero nadie le creyó. Su cara decía otra cosa. Era una masa de carne desfigurada, un drama en carne viva. Entre moratones y cortes, Liston trataba de pensar qué demonios había pasado. Su esquina trataba de restañarle las heridas, pero ‘Sonny’ se moría por dentro. Un fanfarrón le había arrebatado el cinturón. Buscaba lágrimas pero no las encontraba. No hay drama peor para un campeón del mundo de los pesos pesados. Después de aquella noche y de que circularan rumores de que tanto ‘Sonny’ como su esquina habían apostado en su contra, Liston jamás volvió a ser el mismo. El rumor corrió como un reguero de pólvora y ninguna ciudad grande de los Estados Unidos parecía dispuesta a albergar la pelea. Finalmente, Sonny tuvo su revancha ante Clay el 25 de agosto de 1965, en Lewinston, un pequeño pueblo del estado de Maine. Allí cayó fulminado, en el primer asalto, por un golpe que nadie acertó a ver, salvo el escritor y periodista Norman Mailer. La prensa bautizó el golpe que derribó a Liston como ‘el golpe fantasma’, la sombra del ‘tongo’ sobrevoló el combate y la opinión pública dudó de la legalidad de la pelea, pero aquel nocáut de Liston fue reglamentario. Clay, campeón, calificó su trueno del primer asalto como ‘el golpe de ancla’. Un puñetazo rápido, al mentón, que sólo pudo ser verificado a través de la cámara lenta y de múltiples repeticiones del golpe. Mailer tenía razón. El golpe había existido y en el KO de Liston no había habido ni trampa, ni cartón. —Inspirada en aquel golpe, la industria de Hollywood estrenó la película Phantom Punch, golpe fantasma, con Ving Rhames en el papel de Liston. No tuvo demasiado éxito—. El resultado de la revancha no está en los planes de La Mafia. Liston, el campeón del hampa, empieza a perder el afecto de sus ‘benefactores’.

Derrotado por segunda vez y para siempre Sonny se consume, poco a poco, en una vida en la que, sin ser el campeón, le costaba hasta respirar. Su sobrino, el célebre BB King, estrella del blues y dueño de la famosa guitarra ‘Lucille’, entendió que su tío, presionado por demasiados intereses, había dicho basta. “Perdió su confianza, algo se quebró dentro de él cuando perdió con Clay”. Tenía razón. Liston realizó un par de combates por Europa y por Estados Unidos, pero dejó de ser aquella mole fiera que provocaba el pánico en sus rivales. América le cerró las puertas de la gloria y tuvo que pelear en Europa derrotando al campeón alemán, Gerard Bech, en Estocolmo. Lejos de su mejor forma pero ansioso de volver a su país después de un par de combates, Liston hizo correr la voz de que su regreso era posible. Necesitaba patrocinadores. Meter pasta en esos músculos de ex presidiario. A esa llamada acudieron dos ilustres de la canción, siempre vinculados a los alargados tentáculos de La Mafia: Frank Sinatra y Sammy Davis Jr. Antes de pelear en Roma, Liston llegó a un acuerdo con Sinatra, que se comprometía a ser el mecenas del ‘comeback’ de Sony a Estados Unidos. Otras fuentes apuntaban que el contrato privado apenas recogía los servicios del ex campeón en calidad de guardaespaldas exclusivo de ‘La Voz’. Nunca se aclaró. Hizo un par de combates en Estados Unidos, sí, pero aquel boxeador imponente ya no era el terror de años atrás.

Un frío 30 de diciembre de 1970, en vísperas de Año Nuevo, su esposa Geraldine Liston, la esposa de ‘Sonny’, lo encontró muerto en su casa de Las Vegas, Nevada. Había ido de visita a casa de su madre y a su regreso a la mansión de Paradise Pall, chocó contra el cadáver de su marido, que yacía en el suelo del jardín. Llevaba más de una semana muerto. La versión oficial de los médicos reveló que la autopsia señalaba un paro cardíaco por sobredosis de heroína. Esa fue le versión oficial de la policía. Había marcas en sus brazos y eso bastó. La versión oficiosa de los soplones de la bofia no coincidía. Según ellos, había sido asesinado en un ajuste de cuentas. Nunca se investigó a fondo su muerte.


Muhammad Ali: una vida en diez asaltos

Casi ningún analista deportivo lo discute: Muhammad Ali es la mayor figura en la historia del deporte. Desde el inicio de su carrera se empeñó en decirlo a los cuatro vientos (“soy el más grande”) y la gente lo tomaba a broma, como una más de sus constantes payasadas… pero él realizó hazaña tras hazaña hasta convencer al mundo de que realmente lo era. Primero se convirtió en el más técnico e imaginativo de los pesos pesados. También en el primer icono deportivo capaz de atraer constantemente la atención de los nuevos medios de comunicación sobre sí mismo, con toda clase de diabluras y geniales trucos publicitarios basados en su arrollador carisma. Después fue capaz de sobreponerse a cuatro años de retiro forzoso —en los que su gobierno le quitó el título de campeón y le prohibió boxear— para regresar a lo más alto. Realizó un milagro en Zaire, cuando venció contra todo pronóstico a un todopoderoso George Foreman. Y protagonizó la más intensa rivalidad deportiva de todos los tiempos, en tres antológicos combates, contra su archienemigo Joe Frazier. Combates que fueron subiendo de intensidad hasta que ambos púgiles estuvieron a punto de matarse mutuamente. Esta es su historia contada en diez asaltos. Es la pelea de Ali contra la eternidad: una pelea que por descontado vencerá Muhammad Ali… “volando como una mariposa y picando como una avispa”.

Primer asalto, contra los matones del barrio:

 

cassius clay

1954. En un humilde barrio de Louisville, la principal ciudad del pintoresco estado de Kentucky, un oficial de policía es abordado por un lloroso chaval negro de doce años, quien le cuenta entre lágrimas cómo los matones del barrio le han robado la bicicleta. El policía le dice al muchacho “mira, chaval, será muy difícil que consigamos recuperar tu bicicleta” pero a cambio le da un buen consejo: podría prevenir futuros atracos practicando alguna técnica de defensa personal, como el boxeo. El niño —quien, por si no lo hemos dicho todavía, se llamaba Cassius Clayaplicó el consejo al pie de la letra y comenzó a tomar clases de boxeo, entrenando obsesivamente no sólo hasta conseguir hacerse respetar en el barrio sino tambiñen convertirse en el mejor púgil amateur del país. Durante los siguientes seis años, un adolescente Cassius Clay barrerá en el mundo del boxeo juvenil: ganará seis veces la competición anual del Guante de Oro de Kentucky, destinada a decidir quién era el mejor púgil aficionado del estado. También ganará dos veces el Guante de Oro de los Estados Unidos y culminará esta brillantísima etapa con una medalla de oro en las Olimpiadas de 1960. Sin saberlo, aquellos matones que le robaron la bicicleta y aquel policía que le aconsejó boxear habían desatado una de las mayores fuerzas de la naturaleza en el deporte del siglo XX.

 

 

Segundo asalto, contra la ortodoxia:

Aunque en el tercer asalto de esta biografía hablaremos del modo en que el joven Cassius Clay usó su carisma y su histriónica personalidad para romper moldes en el mundo del pugilismo, no sería justo olvidar su aportación técnica, que sencillamente revolucionó la categoría de los pesos pesados. Cassius Clay modeló su estilo de boxeo en torno al de su ídolo Sugar Ray Robinson; un estilo basado en un constante y agotador juego de pies —esquivando los golpes en vez de protegerse con los puños en alto, como era costumbre hasta entonces— y contraatacando continuamente con veloces combinaciones de golpes en vez de buscar el K.O. por la vía rápida. El propio Clay definió esta forma de pelear con la ya legendaria frase “vuelo como una mariposa, pico como una avispa”. Pero el gran mérito de Cassius Clay radicaba en que, mientras Sugar Ray Robinson había sido un peso medio de menos de 72 kilos, Clay pesaba más de noventa. Aun así, el público le podía ver recorriendo el ring como un bailarín, gesticulando con increíble rapidez de reflejos y moviéndose con una agilidad inaudita en alguien de su tamaño. Durante sus primeros años como profesional, Cassius Clay cimentó su prestigio como prodigio técnico gracias a la insóluta proeza de pelear como el mejor de los pesos medios, pero siendo un peso pesado. De hecho, en la listas de mejores púgiles de la historia suele aparecer en segundo lugar, sólo por detrás del propio Sugar Ray Robinson.

Tercer asalto, contra el anonimato:

 

Los Beatles experimentan la pegada del campeón.

Cassius Clay lo tuvo claro desde el principio, desde mucho antes de llegar a ser campeón. Quería ser diferente. Quería ser universalmente famoso y labrarse un lugar privilegiado en la historia. Cuando todavía no era nadie ya hablaba de sí mismo en términos hiperbólicos («soy el más grande») y su actitud arrogante parecía preparar el camino para las grandes gestas del futuro, aunque en sus inicios parecía pura fanfarronería barata. Usaba cualquier recurso a su alcance para publicitarse: uno de los trucos más célebres durante sus primeros tiempos era el de anunciar el número exacto de asaltos en los que iba a tumbar a sus rivales, predicción que además solía cumplir. También recurría a su imparable y divertida verborrea, generalmente para burlarse de sus rivales, ridiculizándolos o incluso insultándolos abiertamente. Cassius Clay era consciente de la enormidad de su carisma y lo usaba sin escrúpulos, no preocupándole el hecho de resultar simpático o antipático. A algunos les caía bien, otros no soportaban sus continuas payasadas, pero eso a él le daba igual. Quería que se hablase siempre de él, para bien o para mal.

Cuarto asalto, contra Sonny Liston:

Durante su rápida ascensión, Cassius Clay dominó a todos sus rivales con aquel imparable cóctel de rapidez, técnica e inventiva. Pero en 1965 había seerias dudas de que pudiese destronar al campeón mundial, el temible Sonny Liston, cuya agresividad y potencia causaban tanto espanto que muchos púgiles se negaban a enfrentarse a él. Liston tenía una oscura biografía a sus espaldas. Procedía de un entorno marginal y de hecho no se conocía su verdadera edad, puesto que ni siquiera había sido censado al nacer. Tras campar a sus anchas como delincuente juvenil, atracando tiendas y gasolineras, pasó unos años en la cárcel… de lo cual, por cierto, no se avergonzaba demasiado: “Al menos me daban tres comidas al día”. Entre rejas comenzó a boxear y pronto quedó claro que ningún preso podía medirse con él sobre el ring de la prisión, a riesgo de sufrir severas lesiones. Dado que no podía pelear con otros reclusos se invitó a la cárcel a un antiguo boxeador profesional para medir el potencial de Liston, y tras unos intercambios de golpes el púgil invitado se negó a seguir peleando (“¡Este tipo va a matarme!”). Tras ser puesto en libertad, Sonny Liston dejó las riendas de su carrera en manos de la mafia —lo cual era un secreto a voces que no contribuyó a mejorar su imagen pública precisamente— y llegó a coronarse campeón destronando a Floyd Patterson, uno de los deportistas más queridos del país y cuya carrera prácticamente hizo pedazos.

Antes del combate por el título, Cassius Clay se dedicó a perseguir a Sonny Liston en apariciones públicas, riéndose de él y gritándole estupideces desde la distancia, o recitando divertidísimos poemas destinados a ridiculizar al campeón. Liston, conteniéndose ante las cámaras y los testigos, se limitaba a lanzarle su característica mirada torva, que parecía querer decir “si me hubieses hecho esto en la cárcel ya estarías muerto”. El campeón incluso llegó a sacar una pistola de fogueo para asustar a Clay, cansado de su constante acoso. No obstante, pese a la palabrería mediática del aspirante, no eran muchos quienes confiaban en sus posibilidades. Y contra todo pronóstico, en el combate Clay demostró hasta qué punto llegaba su superioridad técnica: dominó sin problemas a Liston, venciéndole pese al juego sucio que casi arruina la velada (Liston puso una sustancia irritante en sus guantes para dificultarle la visión a Clay, lo que le tuvo perdido sobre el ring durante un par de asaltos). Como el propio Clay dijo eufórico al terminar el combate: estaba en la cima del mundo. Entre 1965 y 1967 defendió su título nueve veces —incluyendo una revancha contra Sonny Liston en la que lo fulminó— y estableció un listón técnico incomparable, cambiando para siempre la percepción del peso pesado en el boxeo. Se sigue esperando ver uno igual al Clay de aquellos primeros años.

Quinto asalto, contra el sistema:

Malcolm X (izquierda), el carismático portavoz de la Nación del Islam, captó al joven Cassius Clay para su causa.

Al poco tiempo de proclamarse campeón, Cassius Clay sorprendió al mundo anunciando su afiliación al grupo radical Nación del Islam, una organización extremista liderada por el excéntrico visionario Elijah Muhammad. El grupo predicaba la necesidad de que Estados Unidos se separase en dos naciones, una cristiana para los blancos y otra islámica para los negros. Clay entró en la organización gracias a su amistad con Malcolm X, el elocuente y carismático portavoz de la organización. Clay renunció a su “nombre de esclavo” y se presentó públicamente como Cassius X, aunque no tardaría en cambiarlo por el nombre definitivo de Muhammad Ali. La noticia causó perplejidad en muchos e indignación en tantos otros. Incluso la propia madre de Ali salió en televisión expresando su disgusto al ver que su hijo renunciaba a la tradición cristiana de la familia. También respetadísimos ex-campeones negros estaban perplejos o decepcionados: el legendario Joe Louis dijo que era una lástima que el nuevo campeón se hubiese unido a aquella secta extremista en vez de representar a toda la América negra. Floyd Patterson dijo que Ali era demasiado joven y había sido guiado por gente inadecuada: «lo mismo podría haberse unido al Ku Klux Klan», dijo con ironía. De todos modos, la opinión general era la de que todo formaba parte de un capricho pasajero: Cassius Clay nunca había dado la impresión de ser capaz de tomarse las cosas muy en serio.

Esa percepción cambió cuando el ahora llamado Muhammad Ali se negó a acudir a la citación de reclutamiento que le envió el ejército estadounidense, cuando la guerra del Vietnam estaba en pleno apogeo. Se declaró objetor de conciencia por motivos religiosos: “la guerra está en contra de los preceptos del sagrado Corán”, dijo, aunque lo resumió mucho mejor con una de sus características frases ocurrentes: “ningún Vietcong me ha llamado nunca negrata“. La cosa era ahora mucho más trascendente que el simple escándalo mediático causado por su conversión. Muhammad Ali se enfrentaba a una posible pena de cárcel. El juicio fue espectacular: cada vez que el juez llamaba al boxeador por su nombre legal de Cassius Clay, él respondía con total seriedad “mi nombre es Muhammad Ali, señor”. El púgil se transformó repentinamente en una controvertida figura política, dando conferencias en las que abandonaba sus típicas bufonadas y se mostraba con una actitud mucho más seria y reflexiva. Aunque finalmente no fue encarcelado, la sentencia judicial le despojó del título mundial de boxeo (cuando Ali ¡nunca había perdido un combate! Su registro era inmaculado: 29 peleas, 29 victorias, 23 de ellas por K.O.) y se le retiró la licencia para pelear profesionalmente. Muhammad Ali se veía forzado a retirarse de los cuadriláteros justo en el mejor momento de su carrera, cuando tenía veinticinco años. Aquello terminaba con los que, técnicamente, fueron sus mejores años como boxeador. No pudo volver a subir a un ring hasta 1970 y nunca recuperó completamente la agilidad de sus primeros años. Sin embargo, paradójicamente, sus más grandes gestas deportivas aún estaban por llegar. Había desaparecido Cassius Clay, el boxeador técnicamente perfecto, pero estaba por venir Muhammad Ali, la leyenda del cuadrilátero.

Sexto asalto, contra Joe Frazier:

Ali ejerciendo su afición favorita: ir al gimnasio de Joe Frazier para importunarle con sus continuas payasadas y provocaciones.

Cuatro años de retiro forzoso son más que suficientes para destruir la carrera de un deportista, pero Ali retornó dispuesto a recuperar sobre el ring los títulos que los tribunales le habían arrebatado por causas políticas. En 1971, cuando ali pudo aspirar de nuevo al título, el hombre a batir era Joe Frazier, un boxeador duro y de estilo agresivo. Frazier tampoco había perdido nunca un combate; de hecho su registro era tan impresionante como el del propio Ali. Pese a que las ideologías políticas de ambos púgiles eran completamente opuestas, Frazier no tuvo inconveniente en apoyar el retorno de Ali a los cuadriláteros. Joe Frazier era de ideología conservadora y aprobaba plenamente la intervención americana en Vietnam. Admitió públicamente que no le gustaba nada el extremismo político de Ali, pero eso no le impidió defender el derecho de su futuro rival a recuperar la licencia de boxeo e incluso llegó a ayudarle económicamente cuando Ali se vio metido en problemas monetarios. La relación entre ambos era buena… o fue buena hasta que los dos boxeadores tuvieron que enfrentarse por el título en lo que se anunció como “Combate del Siglo”, una pelea que pondría sobre la lona a dos púgiles dominantes que no conocían la derrota. Muhammad Ali volvió a sus antiguas tácticas de humillación mediática del contrario, olvidando la gentileza y caballerosidad con que Frazier le había tratado hasta entonces. Aparte de sus características chanzas insultantes (empezó a referirse a Frazier como “Magilla el gorila” y soltaba perlas tales que “Joe Frazier es tan feo que debería donar su cara a la Oficina Nacional de la Fauna Salvaje”), Ali fue todavía más lejos, acusando a su rival de ser un perrito faldero de los blancos y un indigno representante de la raza negra. Calentar un combate de ese modo era algo desconocido en 1971 y Joe Frazier, lógicamente, se lo tomó como algo personal. De hecho, ambos púgiles estuvieron a punto de llegar a las manos en un programa de televisión, cuando el habitualmente correcto y educado Frazier no pudo soportar más las provocaciones de Ali y se levantó de su silla ante la expresión de pánico absoluto del presentador, que por poco no se vio metido en una pelea entre dos pesos pesados… pero sin guante sni reglas. al final no se pegaron en el plató (y no, no era una táctica publicitaria). No sólo estaba agriándose la relación entre los dos boxeadores hasta el punto de llegar al odio personal, sino que estaba naciendo una de las rivalidades deportivas más célebres e intensas de todos los tiempos.

Eso sí, de poco le sirvieron a Ali sus tácticas psicológicas. Tras los quince durísimos asaltos del espectacular combate, cuya alternancia de poderes superó incluso las expectativas más optimistas de los aficionados, los jueces otorgaron la victoria a Joe Frazier. Fue un momento devastador para Muhammad Ali: era la primera vez en toda su carrera que experimentaba la derrota. Ganó sus siguientes combates contra diversos rivales de menor entidad pero la gente daba por hecho que no podría volver a dominar el pugilismo. De hecho, pasaron tres años hasta que pudo volver a enfrentarse a Frazier, en 1974. Ali obtuvo su venganza al vencer también a los puntos en otro intensa pelea, pero no todo el mundo estuvo de acuerdo con la decisión de los jueces. Para algunos, Frazier debió haber salido vencedor. De todas formas, la intensidad de ambas peleas y la tensión que existía entre ambos púgiles bastaron para sentar una enemistad mítica. La rivalidad había quedado en empate, y la gente tenía ganas de más.

Séptimo asalto, contra George Foreman:

Muhammad Ali consigue lo imposible: noquear a George Foreman.
Muhammad Ali consigue lo imposible: noquear a George Foreman.

El combate por el que Muhammad Ali será recordado eternamente, y no porque mostrase su mejor boxeo sino porque tuvo un aura de epopeya trágica pocas veces vista en una competición deportiva. Ali logró lo imposible y lo hizo además de un modo que se consideraba también imposible. Su voluntad de hierro y sus ansias de grandeza pudieron más que la lógica competitiva. A sus treinta y dos años, más lento y menos resistente que en sus mejores tiempos, nadie le concedía posibilidades frente al nuevo campeón mundial, el todopoderoso George Foreman. El invicto Foreman había ganado la friolera de cuarenta combates consecutivos —la inmensa mayoría de ellos por K.O.— y su pegada era tan tremenda que se le consideraba capaz de noquear a cualquiera casi a voluntad. El esperadísimo combate entre Foreman y Ali se organizó en Zaire, el antiguo Congo, rodeado de una parafernalia espectacular. Muhammad Ali hizo lo acostumbrado en estos casos: calentar el combate increpando a Foreman, acusándole como a Joe Frazier de ser un servil instrumento del poder blanco, etc. Muhammad Ali se ganó al público local elogiando las virtudes de África y apabullando a todo el mundo con su carisma, mientras el pobre George Foreman —quien, pese a su aspecto temible, era en realidad un tipo tímido y bastante sensible— no podía hacer nada por contrarrestar la avalancha mediática y populista de su rival. Ali llegó al punto de popularizar entre los lugareños el grito “Ali, bomaye!” (que significaba literalmente “Ali, mátalo”), un grito que el desdichado Foreman tuvo que escuchar incesantemente antes y durante el combate.

La pelea, celebrada en un ambiente multitudinario, enrarecido y tenso, marcó uno de los hitos deportivos más impactantes del siglo XX. Muhammad Ali estaba literalmente vendido ante la fuerza de su rival y nadie daba un céntimo por él, pero cambió sus estrategias pugilísticas habituales e hizo lo que a priori parecía una insensatez suicida: dejó que Foreman le arrinconase contra las cuerdas, donde el campeón necesitaba sólo un puñetazo bien dado, uno, para noquearle. Aquella estrategia kamikaze pudo haberle costado caro pero lo cierto es que durante siete asaltos Foreman intentó aprovechar la circunstancia para noquearle y no lo consiguió. Ali hizo uso de toda su experiencia, sabiduría y talento para evitar lo aparentemente inevitable, dejando que George Foreman se desgastase intentando una y otra vez ataques infructuosos. En el octavo asalto, Foreman estaba literalmente agotado de tanto lanzar golpes y Ali —que había parecido estar varias veces al borde del desastre— resurgió cual ave Fénix y noqueó a Foreman con una de sus legendarias combinaciones, dejándole caer mientras le contemplaba con expresión de triunfo (¿la imagen deportiva del siglo? ¡sin duda!). El estadio de Kinshasa estalló de júbilo, mientras Muhammad Ali recuperaba por tercera vez el título mundial de los pesos pesados y se establecía definitivamente como el deportista más grande que había pisado la faz de la Tierra. Hasta entonces lo había tenido todo: técnica, títulos, fama. Pero se necesita un milagro para ascender a los altares y un milagro es lo que Muhammad Ali consiguió aquella noche en el corazón de África.

Octavo asalto, de nuevo contra Joe Frazier:

El aguerrido Joe Frazier, antes y después del combate contra Ali. Pese a haber quedado totalmente ciego durante la pelea, Frazier se negó a rendirse y protestó cuando su entrenador tiró la toalla por él.

En 1975, tras vencer a Foreman, Muhammad Ali había conseguido ya cualquier meta que hubiese podido proponerse como boxeador. Pero aún le quedaba una deuda pendiente: poner su título en juego frente a su máximo enemigo, Joe Frazier, y así romper el empate que definía por entonces su rivalidad. Todo el mundo quería ver un nuevo combate Ali-Frazier y nadie iba a quedar decepcionado: la tercera de sus peleas pasaría a la historia como una de las más espectaculares del siglo. Lo que ocurrió iba más allá del más alocado guión de las películas de Rocky Balboa. El combate se celebró en Manila, capital de Filipinas, y el lugar elegido era un enorme recinto abarrotado de gente, con mala ventilación, donde el calor y los altísimos índices de humedad contribuirían a hacer de la noche un suplicio para ambos contendientes. La lucha estaba programada a quince asaltos y el público pudo ver a dos boxeadores que se odiaban mutuamente dejándose la piel sobre la lona pese al insoportable calor. Entre asalto y asalto había que aplicarles hielo para bajar la temperatura corporal e intentar que recuperasen algo del mucho líquido que estaban perdiendo. Los entrenadores estaban cada vez más preocupados por el castigo mutuo que Ali y Frazier se estaban infligiendo: un boxeador exhausto no tiene la capacidad de encajar bien los golpes y eso puede producirle muy serias lesiones, incluyendo la muerte. Conforme pasaban los asaltos y los púgiles parecían cada vez más agotados —aunque seguían completamente entregados a la lucha—,  periodistas especializados y los espectadores más expertos empezaron a preguntarse por qué el árbitro no ponía fin al combate. Durante del decimocuarto asalto Joe Frazier tenía sus dos ojos tan hinchados que, literalmente, estaba boxeando a ciegas. Muhammad Ali se dio cuenta de ello, pero herido de consideración y muy cansado tenía que buscar fuerzas donde no las había para seguir castigando al cegado Frazier. El espectáculo empezaba a parecer una carnicería y ambos púgiles —sobre todo Joe Frazier— se mantenían en pie únicamente gracias al orgullo. Ambos se negaban airadamente a retirarse, parecían preferir arriesgarse a morir antes que tirar la toalla ante su Némesis. Algunos espectadores y comentaristas comenzaron a horrorizarse por lo que estaban viendo. Ali apenas podía continuar, pero es que Frazier estaba literalmente indefenso, con ambos ojos completamente cerrados. Al final de ese sangriento decimocuarto asalto el entrenador de Frazier decidió que era inhumano dejarle seguir peleando y anunció al árbitro que su pupilo se retiraba. Joe Frazier, ciego, agotado y con el rostro deformado por los golpes, protestaba a voces insistiendo en que quería seguir peleando: “¡Quiero ir a por él, jefe!”. Su entrenador tuvo que convencerle de la necesidad de retirarse, diciéndole “Nadie olvidará jamás lo que has hecho aquí hoy”. Ali ganó la pelea,  pero su estado no esra mucho mejor que el de Frazier: en cuanto supo que el combate había terminado, se desplomó, incapaz de mantenerse en pie durante un segundo más. Aquel fue el combate más cruento en las respectivas carreras de Ali y Frazier, pero también el que cerró de forma épica una trilogía legendaria de enfrentamientos. De hecho, tras la pelea, Muhammad Ali habló con sumo respeto de Joe Frazier y elogió su valentía y combatividad, para sorpresa de muchos.

Noveno asalto, contra el Parkinson:

Aunque ya visiblemente mermado por su enfermedad, Muhammad Ali se convirtió en el gran protagonista de las Olimpiadas de 1996.

Ali comenzó a recibir tratamiento por la enfermedad de Parkinson en 1984, tres años después de su retirada: en 1981 ya mostraba síntomas evidentes de la enfermedad. Hay quien afirma que esos síntomas se manifestaban ya en los años en que Ali compitió en sus últimos y más bien innecesarios combates (de hecho, en 1976 se trababa  ocasionalmente hablando en las ruedas de prensa, algo extraño en alguien famoso precisamente por hacer gala de una inigualable labia). El hombre que había sido emblema de la agilidad y el virtuosismo técnico sobre el ring empezaba a sufrir una considerable merma en su movilidad. Pero eso no le impidió seguir actuando como prominente figura pública, llegando incluso a intermediar para la liberación de rehenes norteamericanos en Oriente Medio. El respeto hacia el otrora controvertido Muhammad Ali fue creciendo de manera imparable, hasta manifestarse claramente en la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Atlanta en 1996, donde un Ali ya muy mermado por el Parkinson encendió la antorcha mientras era adorado como ningún otro deportista en el olimpismo moderno. Evidentemente, la gravedad de su trastorno y la merma en su capacidad del habla hizo que su forma de presentarse en público diese un giro de ciento ochenta grados. El bufón carismático y charlatán desapareció para siempre, y la dignidad y espíritu de lucha con que sobrelleva su enfermedad le han convertido en un venerable ídolo a nivel deportivo y también humano.

Décimo asalto, contra el olvido:

Ningún otro deportista, en ninguna otra disciplina, ha alcanzado una importancia social semejante a la de Muhammad Ali. Es probablemente el único individuo que es universalmente conocido con dos nombres distintos, eso resume bien la magnitud de su fama. No siempre fue un personaje querido por todos, y no siempre fue un personaje completamente admirable (como decía el título de un artículo británico: “no pretendamos que Muhammad Ali era Gandhi“) pero supo hacer de su carrera una obra de arte, como Groucho Marx o Salvador Dalí. Sí, fue un genio de la técnica, un artista del pugilato, pero del mismo modo que Groucho trasciende sus películas o que Dalí trasciende sus cuadros, Muhammad Ali trasciende el boxeo y el deporte. Es el hombre que personificó la búsqueda de la fama primero, la búsqueda de la gloria después, y la búsqueda de la inmortalidad más adelante. Desde sus inicios —aunque resultaba inevitable tomarlo a broma por entonces— repetía incesantemente su intención de convertirse en “el más grande”. Usó toda clase de métodos para conseguirlo, algunos asociados a su talento, otros asociados a su carisma, y aun otros más discutibles y polémicos; pero siempre con un objetivo en mente. Vista con la perspectiva del tiempo, su carrera es la fascinante epopeya de un hombre que rompió barreras y materializó imposibles, más allá de lo que nadie podía confiar que consiguiera. Su fuerza de voluntad pudo más que sus duros rivales, pudo más que los gobiernos y pudo más que la inevitable decadencia de todo campéon deportivo. Cuando se habla de la historia del deporte en el siglo XX, hay un nombre (bueno, dos: Muhammad Ali y Cassius Clay) y después, por debajo, están todos los demás.

«Es sólo un trabajo. La hierba crece, los pájaros vuelan, las olas golpean la arena… y yo pego a la gente»