Barcelona, entre Mendoza y Bolaño

Barcelona fotografía Alberto Gamazo.
Fotografía: Alberto Gamazo.

Madrid podría presumir de grandes novelas: Fortunata y Jacinta de Benito Pérez Galdós, Por quién doblan las campanas de Ernest Hemingway, La colmena de Camilo José Cela, los Alatriste del Siglo de Oro de Arturo Pérez Reverte o Romanticismo de Manuel Longares. A Madrid solo le falta mar; respirar sal, algas y libertad marina. Barcelona, además de mar y pausa, tiene La ciudad de los prodigios de Eduardo Mendoza y al gran González Ledesma.

Italo Calvino, un escritor mayúsculo del XX, sostenía que la felicidad consiste en encontrar el lugar en el que uno se siente más cómodo como extranjero. Nueva York sería perfecto: un país vertical en sí mismo, capaz de acoger a miles de heterodoxos, raros y errantes; una ciudad que vive y deja vivir, en la que cada cual puede elegir si le afecta la caída de una cornisa diez calles más arriba; no como otras en las que cualquier nimiedad se transforma en dolor colectivo y obligatorio del que nadie puede escapar. Es lo que escribió en los años 40 E. B. White en Esto es Nueva York, un retrato psicológico de la capital del mundo.

Me gustan las ciudades-mapa, en las que se puede pasear sin norte, sin coordenadas ni rumbos, solo dejarse llevar. Me gustan las ciudades invisibles, como las imaginadas por Calvino, porque son únicas, irrepetibles; dependen de quién las mira, de cuándo las mira: otoño, primavera, día, noche. Me gusta Lisboa, la ciudad donde duerme eterno José Saramago, y me gusta El año de la muerte de Ricardo Reis, que nos conduce por el cementerio de Prazeres en busca de heterónimos, nos muestra otras lisboas impregnadas de una saudade pessoadiana, de la nada que nos invadió. Esa Lisboa en blanco y negro es adictiva.

Barcelona estaba anclada a la montaña, sujeta, impasible. Los Juegos Olímpicos le cambiaron el eje obligándola a mirar el mar, a respirarlo. Fue el último portento de la ciudad de los prodigios tras las exposiciones universales de 1888 y 1929 que sirvieron de marco para la transformación urbana y mental que narra Mendoza. Además del personaje de Onofre Bouvila, Barcelona se alimentó de buena parte del boom latinoamericano que la adoptó como madre-exilio.

Me gusta el Dry Martini porque es territorio de Enrique Vila Matas. Se sirven cócteles, cava, ostras y sueños. A él acuden náufragos, periodistas, poetas malditos y alguno por maldecir. Se encuentra en la calle Aribau 162 que, por algún cortocircuito idiomático, me transporta a la canción de Lluis Llach, «Si Arribeu», que también me sabe a África. 

En Eixample se exhibe parte de la Barcelona moderna, presumida: tiendas de diseño, muebles artificiosos, incómodos y restaurantes de lujo en los que se gasta más tiempo en pronunciar el nombre del plato que en degustar la comida que presenta. Esa Barcelona pija se mezcla con la cotidiana: bares, tráfico infernal, fútbol, la pequeña historia. En Girona 70, junto a la boca del metro, está el portal donde fue detenido y apaleado Salvador Puig Antich, uno de los últimos fusilados del franquismo. Aún quedan los restos del tiroteo.

En la ciudad de los prodigios es obligado entrar en un espacio mágico y borgiano como la Biblioteca Pública Arús. Su creador, Rossend Arús, fue el principal impulsor de la masonería en Catalunya y legó este mundo paralelo repleto de libros y signos. Su principal fondo son los textos sobre el movimiento obrero, esencial en Catalunya, y presente en la novela de Mendoza. Se encuentra en el paseo de Sant Joan 26, también en el Eixample.

El Raval fue siempre territorio arrabalero, fronterizo, de putas, chulos y chivatos, hasta que Richard Meyer levantó su Museo de Arte Contemporáneo por encargo del alcalde Pascual Maragall. Algunos edificios tienen la fuerza de transformar una ciudad, revivirla como el Guggenheim en Bilbao. Meyer solo cambió un barrio, el alma de la Barcelona que describen Mendoza y González Ledesma: cerraron tugurios y abrieron salas de arte; se fueron las putas unas calles más abajo y se apareció la posmodernidad.

En el Raval está una parte de Roberto Bolaño, en el estudio de veinticinco metros de la calle Tallers en el que se soñó escritor, tal vez inmortal. Allí están sus territorios de pobreza entre el bar Cèntric y el Parisienne. No lejos, Rambla abajo, en la calle Josep Anselm 6, está el Margarita Blue. Solo por el nombre merece una borrachera: cocina mexicana, más cócteles. Dicen que cuando Pedro Almodóvar visita Barcelona se deja caer por su barra.  

Al otro lado de la Rambla, en el barrio Gótico, se encuentra la plaza de San Felipe Neri. Me recuerda a Sarajevo: una foto fija del cerco de cuarenta y cuatro meses. Las paredes aún están mordidas por la metralla de la matanza del 30 de enero de 1938. Murieron cuarenta y dos personas, la mayoría infantes de la escuela. El techo del sótano en el que se refugiaron no soportó el bombardeo franquista. Hoy es un lugar apacible, en el que el tiempo parece suspendido. A veces cruzan niños a la carrera; gritan, ríen, juegan. Pasean enamorados de la mano. Nadie escucha el rugido de los aviones. Hay otra guerra civil oculta en los refugios del Poble Sec, en el 169 del Nou de la Rambla. Es historia y es presente, y olvido. En ellos se puede sentir la memoria.

En el barrio del Carmel, fuera del perímetro de la ciudad, se hallan las baterías de defensa del Turó de la Rovira, un museo de la guerra civil. Desde allí se divisa una maravillosa vista de la ciudad. Desde esa altura se respira un mundo sin fronteras y una brisa que limpia y ventila. A lo lejos, la Sagrada Familia, el puerto, la torre Agbar, las calles ordenadas del Eixample. Se llega en el autobús 28 desde la plaza Catalunya. 

Otra vista excepcional está en El Mirador de la plaza del Doctor Andreu, a la que se subía en el mítico Tramvia Blau, que acumula problemas de servicio tras un par de accidentes. Más arriba, en el Tibidabo, además del parque de atracciones más antiguo de España (1899), está el Museo de los Autómatas: muñecos, juegos mecánicos, infancia.

En la ciudad rescatada en los Juegos Olímpicos está la Barceloneta. Para algunos, un segundo Raval al que la modernidad también le robó el alma. Aún quedan calles estrechas que huelen a pescado, a estraperlo, personas con un ir y un venir diferente. A primera hora de la mañana en el muelle de Pescadores se celebra una de las dos subastas diarias. No es la Bolsa, no es un casino, pero es un espectáculo. En la calle del Baluard 12 está Can Maño, un templo gastronómico, un náufrago de otra época que se resiste a desaparecer.

Lisboa, la ciudad que navega en el decir de Cardoso Pires, se hunde en la crisis, se desconcha y empobrece edificio a edificio, habitante a habitante. Le queda Pessoa, el fado, Sostiene Pereira de Antonio Tabucci y Saramago: el Memorial del convento, Historia del cerco de Lisboa

Hay ciudades con literatura mayúscula y ciudades-cine como Nueva York. También existen las ciudades literarias, París, que se escriben solas, que exudan una belleza reposada, melancólica. Está Nápoles 1944, el libro capital de Norman Lewis, el del reconocimiento de la existencia del otro. Están los libros de las ciudades vivas, muertas y moribundas. De todas me quedo con una de las invisibles de Calvino: Zobeida, creada por hombres de varias naciones que tuvieron un sueño idéntico en el que perseguían a una mujer hermosa. Cuando la extraviaron en el sueño, los hombres decidieron construir la ciudad soñada. Las mejores son así: una suma de miles de sueños y pesadillas, de pequeñas y grandes historias, de silencios y bullicios, de pérdidas y encuentros, de esperanzas que no siempre se dejan de soñar sean o no novela.


Cadaqués ready-made

Cadaqués ready-made Ilustración Oriol Malet.
Ilustración: Oriol Malet.

Ready-made: objetos manufacturados, elevados a la categoría de obra de arte por la decisión del artista.

Hace unos años una nutrida delegación de ingenieros, arquitectos, fotógrafos y agrimensores de la República Popular China, cargados con sus aparatos de medición, aparecieron en Cadaqués (provincia de Gerona, España, Europa). También andarían con ellos algunos comisarios políticos e intérpretes del mandarín al catalán y del catalán al mandarín. Y después de registrarse en el Hotel Rocamar salieron a medir calles, edificios, distancias, con esa minuciosa diligencia oriental que se gastan. Unos se arrodillaban en las cuestas y blandían banderitas; otros se arrojaban al suelo para desde allí tomar las fotografías más sorprendentes; y otros, en fin, con un metro flexible de sastre medían los adoquines, la curvatura de las esquinas, los poyos, la altura de las ventanas. Esto sucedió en invierno, cuando el pueblo está desescombrado de visitantes, y los lugareños observaban con curiosidad, desde las ventanas de las tabernas y del casino, el ir y venir de aquellos misteriosos sujetos de ojos rasgados, tan propensos a la risita tímida como a una ceremoniosidad zalamera y allí completamente fuera de contexto… Y el que según Georgina —camarera en la pizzería Angelo— era el más inteligente del grupo, cuya mirada penetrante anunciaba la presencia de una mente activa y en ignición, tomó fotos como un loco del bar Melitón, y concretamente de la placa conmemorativa donde dice: «Aquí jugaba al ajedrez el inolvidable Marcel Duchamp». Sí, es verdad, ahí, en el centro del pueblo, ante la playa, se sentaba Duchamp y jugaba al ajedrez varias horas al día, durante varios meses al año, vestido con su camisa rosada a finas rayas verdes y fumando uno tras otros sus apestosos cigarros —¡diez al día!— mientras su mujer nadaba en las calas rocosas de los alrededores.  

¿Y por qué el chino de marras, el que según Georgina era el más inteligente del grupo, tomó precisamente esas fotos? Antes de responder tengo que aclarar —o recordar— cuál era el objetivo de tan llamativa expedición: levantar un plano tridimensional perfecto de Cadaqués para duplicar el pueblo: para construir en el litoral del mar de China una réplica de ese antiguo pueblo de pescadores. ¿Y por qué? En primer lugar, porque ciertamente es bonito, o era bonito ya que ahora va progresando adecuadamente hacia la fealdad, homologándose con el resto del mundo. Era bonito y pintoresco, aislado, de muy incómodo acceso, y al estar allí, según dice Josep Pla en el libro que le dedica al pueblo, precisamente titulado Cadaqués, sentías «las sensaciones que dan las islas: una obsesión de recogimiento, una seguridad —real o ficticia— y un sentimiento de lejanía». Lo cual, claro, apenas sucede ya, pues cada vez hay más luz eléctrica, más asfalto, más corruptos, más pizzerías y parkings y más idiotas. A principios de siglo, Derain y Picasso habían plantado allí sus caballetes. Pero solo eso no justifica copiarlo en el litoral chino, y aunque Salvador Dalí proclamase que es el pueblo más bonito del mundo, en esto su juicio es claramente parcial. No, lo que de especial tiene el lugar, su genius locii, es un intangible mítico relativo al arte, intangible que precisamente tiene su núcleo en el bar Melitón y en esa placa donde dice que precisamente allí, allí y no en otro lugar, jugaba al ajedrez Duchamp.

Cadaqués es el más grande ready-made que jamás eligió Duchamp, que lo descubrió, como varios miembros del grupo surrealista, a través de Dalí. A partir de los shows de este y de las visitas de Éluard y compañía el lugar se convirtió en un centro internacional de veraneo esnob o artie, y luego en segunda residencia para la juventud barcelonesa de la burguesía de izquierdas, y en fin, en lo que sea, en una especie de coquetería, y a tal extremo que en verano aparecen en la playa, procedentes de La Escala y de Roses, no ya las barcas de los contrabandistas de antaño sino transbordadores cargados de turistas que van a pasar el día en tan afamado pueblito, al que fue también esa expedición de agrimensores chinos.

Pla habla muchas veces del materialismo innato del payés de su adorado Ampurdán, pero seguramente no previó que en Cadaqués llegase al extremo de que algunos sugiriesen cobrar a los chinos un copyright, unos derechos de autor sobre la planta y la arquitectura del pueblo. Hay que ser codicioso y mezquino, pero sobre todo hay que ser paleto, porque creer que los chinos se avienen a pagar por lo que copian es incurrir en una fantasía psicopatológica…

Hace pocos años se publicó en español un libro de conversaciones que Duchamp sostuvo en 1966, dos años antes de morir, con Pierre Cabanne, y en esta edición, además de unos ensayos del mismo Cabanne se incluye el brevísimo prólogo que Dalí redactó por expreso deseo de Duchamp para la edición inglesa. Inevitablemente el libro es muy interesante. En un momento determinado Cabanne le pregunta: «Se va usted dos meses a Cadaqués. ¿Qué va a hacer allí?». Y el otro responde: «Nada. Tengo una terraza estupenda, muy agradable. He fabricado una persiana. La he hecho de madera, porque allí sopla el viento. La hice hace tres años, no sé si este invierno se habrá roto… Yo me quedo a la sombra, es maravilloso…». El lector encontrará especialmente divertido que a lo largo de aquellas conversaciones Duchamp repetidamente negase la posibilidad de trabajar en ningún nuevo proyecto artístico, ya no, nada, nunca, mientras secreta y clandestinamente y desde hacía veinte años años trabajaba en su laboriosa y perturbadora obra póstuma, la instalación Étant donnés, parte importante de la cual es precisamente la puerta de madera de una de las masías, entonces en ruinas, de los alrededores de Cadaqués.

Él iba allí, cada año, en busca de que le dejasen en paz: de soledad, silencio y calma que consideraba las condiciones necesarias para pensar y trabajar. Durante su primera visita el pueblo le había agradado por todo eso y porque ofrecía un clima «perfecto» y un coste de la vida sensiblemente más barato que en el sur de Francia…

Eran otros tiempos. Yo creo que Cadaqués carece de interés, o, para no ofender a sus vecinos, carece ya de un interés especial, a no ser que como Pitxot vivieras en un lugar privilegiado del Llaner. Lo mismo que Port Lligat desde que se quedó sin protección a la muerte de Dalí. El paisaje del cabo de Creus, que inspiró tantas de sus pinturas, sigue más o menos preservado, como parque natural, salvo por los incendios y los visitantes veraniegos. 

No obstante, nada más lejos de mi intención que gemiquear sobre el tiempo pasado que fue mejor. Todo lo contrario. Declaro que de ese ayer mítico se salva algo: la idea de un chino, un chino de vacaciones en el Cadaqués asiático, tomando un refresco bajo la reproducción de la placa donde dice —en mandarín, claro—: «Aquí jugaba al ajedrez el inolvidable Marcel Duchamp».

Desde luego ese Cadaqués de pegolete ha de ser mejor que el auténtico. ¡Cómo nos llama, qué atractivo tiene el falso Cadaqués!

Y a lo mejor ese chino que se fuma un puro bajo la placa es el propio Duchamp. A lo mejor no ha muerto. Se ha hecho chino. Ya se sabe que le gustaban las matemáticas y con lo listo que era es posible que haya encontrado algún logaritmo de la inmortalidad.

Todo es posible. Nunca se sabe.  


Ramón de España: «Sabíamos que no estábamos trabajando para Rolling Stone, lo nuestro era puro voluntarismo»

Periodista cultural todoterreno, Ramón de España (Barcelona, 1956) consiguió pasar de la prensa underground a la prensa mainstream sin tener que hacer demasiadas concesiones. A finales de los setenta se curtió escribiendo sobre música rock en cabeceras hoy míticas de nuestra contracultura como Star, Disco Expres o Vibraciones, para pasar en los ochenta a convertirse en todo un referente de la crítica de cómics.

De sus manos han surgido álbumes tan recordados como La noche de siempre (1981) y Fin de semana (1982), ambos firmados junto a su amigo Montesol. Es autor de nueve novelas y una docena de ensayos, entre los que destaca El canon de los cómics (1997), escrito a medias con su inseparable Ignacio Vidal-Folch. 

La realidad, no obstante, se le impuso un buen día y lo transformó en uno de los comentaristas más ácidos de la actual situación sociopolítica de Cataluña, como así atestiguan sus encendidas columnas. 

Ramón de España estuvo con nosotros en la pasada edición del festival Bookstock, en la que nos presentó la revista Letra Global —spin-off cultural de Crónica Globalacompañado por su viejo compañero de fatigas Diego Carrasco y por el periodista Carlos Mármol, actual coordinador de este singular proyecto.

Te habrán hecho esta pregunta mil veces, pero no me resisto a intentarlo de nuevo, confiando en que esta vez cuentes la verdad: ¿es De España realmente tu apellido?

¡Hombre, por favor, a estas alturas del curso! [risas]. Mi apellido es totalmente auténtico, sí. Es de hecho lo único que le queda a mi familia, que fue de la aristocracia destronada, de tradición militar… El apellido «España» y el «de» es lo único que nos queda de aquella época en la que según me cuentan hubo dinero y títulos nobiliarios. Eso fue mucho antes de que yo naciera, claro. Cuando vine al mundo ya lo hice en la puta clase media [risas]. Hay gente que cree que estoy forrado, ¿eh? Que me codeo con la aristocracia y tal. Cuando empecé a colaborar en El País hubo por ahí rondando una teoría creada por los nacionalistas catalanes según la cual yo era un pseudónimo que se habían inventado Xavier Vidal-Folch y Lluís Bassets para tocar los huevos al «régimen». Pero yo venía del underground, venía firmando con mi nombre toda la vida, lo que ponía de manifiesto que el underground fue un terreno que los nacionalistas no transitaron mucho. Ahora se ve que ya se han acostumbrado. Me siguen odiando pero a mí, directamente, como persona, no como firma.

¿Pero tienes la sensación de que tu apellido pesa ahora más que antes?

Depende de con quién te trates, porque la gente normal sabe que lo del apellido es una lotería, que lo mismo se puede llamar uno Pérez o Matute o De España, lo que te toque. Pero al sector independentista, como no estamos en muy buenas relaciones, me consta que le irrita especialmente mi nombre. Un amigo mío un día me contó que un conocido suyo independentista le dijo: «Este amigo tuyo, ¿por qué se llama Ramón de España?» [risas]. Fíjate el nivel. La pregunta es absolutamente imbécil. Como si yo hubiera elegido mi apellido solo para joder. 

¿Qué recuerdos tienes de cuando Ajoblanco publicó en 1979 el libro Lo que queda de España, de Federico Jiménez Losantos? Te lo pregunto porque Mariano Antolín Rato me dio a entender en su día que ese fue un poco el principio del fin de las «buenas vibraciones» entre los catalanes del underground.

A Mariano Antolín Rato lo conocí más o menos en aquella época, sí. Su mujer era quien llevaba la colección Los Juglares de la editorial Júcar, donde publiqué dos libros sobre música, uno sobre Roxy Music y el otro sobre Buddy Holly

En el underground de Barcelona lo que ocurría es que había mucha gente que llevaba dentro al burguesito nacionalista, pero no lo sacaba entonces a pasear porque quedaba paleto. Pero gracias a Jordi Pujol y a todos lo que vinieron después, ese paletismo, esa imperiosa necesidad de reivindicar tus raíces, se convirtió en cosa de obligado cumplimiento. Este amigo del que te hablaba antes me contaba también que hubo una época en la que cada vez que se cruzaba con alguien en Barcelona y te decía que era independentista, terminaba diciendo: «Es que yo tengo una tía en Manlleu, ¿eh?» [risas]. Había como que dejar claro que tu familia era de origen rural y que por mucho que vivieras en Barcelona no te ibas a dejar contaminar por esa ciudad, en la que había mucha gente rara. 

Recuerdo la publicación del libro de Jiménez Losantos y el revuelo que se formó, pero yo no tuve con él nunca ningún trato. Él formaba parte de un grupito que miraba a los rockeros y a los comiqueros como nosotros muy por encima del hombro, porque consideraban que eso era subcultura. Para ellos éramos una panda de garrulos. En su grupo estaba también Alberto Cardín, José Manuel Broto, Biel Mesquida —que curiosamente acabó luego pasándose al pancatalanismo—, Lluís Fernández Calpena —que había ganado un premio de literatura catalana—… Se hacían llamar el grupo Trama. Eran una pandilla de sobrados. Lo que pasa es que Federico pagó aquello muy caro. Un poco más y lo matan. Él decía siempre: «Llegué a Barcelona en tren y me fui en ambulancia». Yo creo que ahí fue donde se empezó a zumbar, porque por muy estirado que fuera entonces no era el energúmeno que todos conocemos ahora. Pero hay hechos que te cambian la vida, y acabar atado a un árbol con dos tíos que te quieren matar porque se supone que eres anticatalán, pues… Yo creo que ahí algo le hizo clic y se convirtió en el personaje que es ahora, que, por otra parte, le ha sido muy rentable, ¿eh? Quienes le hicieron aquello fue Terra Lliure, que juraría ha sido la única banda terrorista que se ha disuelto por su propio bien. Cada vez que ponían una bomba moría uno de ellos. Menos mal que Ángel Colom los convenció para que lo dejaran antes de que se exterminaran [risas].

Por aquella época comenzaste a colaborar en la prensa marginal, escribiendo sobre todo de música rock en cabeceras como Star, Disco Expres o Vibraciones. ¿Te imaginabas entonces que cuarenta años después iba a estar escribiendo casi exclusivamente contra el independentismo?

No. De hecho me resistí mucho tiempo a hacerlo. Estaba empeñado en que mi agenda era mía y no me la tenía que imponer nadie. En realidad me aguanté hasta 2013, cuando la situación se me hizo insoportable y publiqué el libro El manicomio catalán, que sentó muy mal, realmente mal, tal y como yo esperaba por otra parte. Hasta entonces yo había sido un señor que escribía de cultura, de tebeos, de música… Era un señor que había hecho algunos álbumes de cómic con distintos dibujantes, al que habían incluso dejado rodar una peli, un señor que había publicado un montón de libros, había traducido otros… Yo intentaba ir a lo mío, pero es que hubo un momento en que me dije: «Aquí hay que decir algo». Y además decirlo desde la perspectiva más hiriente para este tipo de gente, que es la perspectiva irónica y sarcástica, que es algo que llevan muy mal. Fíjate que esta gente prefiere discutir con Jiménez Losantos antes que hacerlo conmigo. En este sentido, yo ya estoy amortizado para ellos. Ahora lo que más les molesta es cuando una celebrity se pone a opinar en contra de sus intereses, como fue el caso de mi amiga Isabel Coixet, que dijo lo que pensaba y le montaron un linchamiento vergonzoso, con piquetes en la puerta de su casa y gritos de «¡Fascista!». ¿Te has fijado la alegría con la que se usa ahora ese término?

Te iba a preguntar por eso precisamente. ¿Qué ha pasado en Cataluña para que gente como Serrat, Nazario, Pérez Andújar o la propia Coixet hayan acabado siendo tildados de «fachas»?

Ha ocurrido que los nacionalistas catalanes parten de la teoría de que todo lo que ellos hacen y piensan está bien, y todo lo que no sea darles la razón está mal. Todo esto está además fomentado desde el poder, porque el numero de independentistas en Cataluña nunca había pasado del 20 %, que era el mismo número que había cuando vivía Franco y era también el que había cuando vivía Alfonso XIII, no sé si me explico. Pero, claro, cuando toda la ingeniería del pujolismo se puso en marcha… Esto lo hemos confirmado ahora, por más que fuera una cosa que ya intuíamos todos, gracias a que se ha revelado el contenido del «Programa 2000». Pujol es un tipo que llegó al poder con un proyecto a largo plazo para recatalanizar Cataluña, y para ello contó con la colaboración de una serie de gobiernos centrales que, por cortoplacistas, por pillar votos al instante, fueron tragando. Durante el franquismo todos teníamos claro al menos que no nos teníamos que creer nada. Veíamos el NO-DO y nos daba igual, pero con esta gente, estando ya en democracia, pensaba uno que… 

La cosa es que tras cuarenta años de nacionalismo español, yo y muchos más lo que no queríamos era cuarenta años de nacionalismo catalán, sino vivir en una ciudad normal, como fue Barcelona durante cinco o seis años, entre la muerte de Franco y el primer gobierno de Pujol. Fue una época en la que no se sabía muy bien qué estaba prohibido y qué no. Se hacía el animal y no pasaba nada. Aquello nos pilló a muchos con veinte años, así que seguro que no fue tanta cosa, pero con el tiempo piensa uno: «Joder, se vivía bien entonces». Era esa la sensación. Pero fracasamos estrepitosamente, porque aquella idea demencial que teníamos algunos de convertir a Barcelona en el Nueva York del Mediterráneo no pudo llevarse a cabo al darnos cuenta de que los que no pensaban como nosotros lo que querían no era eso, sino ser la capital de una nación milenaria. Y desde entonces han tenido mucho tiempo para desarrollar esa idea. Ha sido como la película aquella, La invasión de los ultracuerpos: tú dejabas de ver a un tío un año, y cuando te lo cruzabas de nuevo ya era uno de ellos. Te veía y te señalaba con el dedo, chillando [risas]. Te salía con unas cosas que no había contado en su vida. «Hostia, otro oprimido», te decías. Pero el tío resultaba que vive mejor que tú. Pero, nada, estaba oprimidísimo. Te decía: «En Madrid no nos entienden». Y, claro, no te quedaba otra que decirle: «Pero, a ver, en los años setenta esto no era ningún problema, ¿no? No recuerdo haberte escuchado decir nada de esto entonces». Porque de lo que se trataba en aquella época era de librarnos de una tabarra para ser un país normal, no para apuntarnos a la siguiente tabarra. Yo, es cierto, venía vacunado de casa, porque mi padre era un coronel franquista y ya me turró largo y tendido en su día sobre la grandeza de España, pero que ahora vengan estos a contarme la misma mierda pero con Cataluña… Ha cambiado la bandera, el himno, el idioma, pero las bases del discurso nacionalista catalán son exactamente las mismas que las del franquismo.

Tú date cuenta de que la palabra «cosmopolita» se ha convertido ahora en un insulto. Cuando yo era joven, era un halago. Hacía referencia a un tipo que sabía moverse por el mundo. Pero los indepes lo usan ahora a modo de sarcasmo. Para ellos un cosmopolita es alguien que no siente los colores. Hemos sustituido un patriotismo rancio por otro. Y te preguntas, ¿cómo es posible que de todos los tocomochos del siglo XX el único que haya sobrevivido sea este? El fascismo y el comunismo ya se vio que eran una mierda pinchada en un palo, el anarquismo es inaplicable, pero entonces coge y nos sobrevive la patria, la tribu. Joder, para este viaje no hacían falta alforjas. Y luego está la extraña comprensión de la llamada extrema izquierda, los Pablo Iglesias de turno, capaces de ponerse de parte de una revolución de burgueses. Y es justo por eso por lo que esto no puede salir bien. No conozco ninguna revolución que haya triunfado que la hayan montado unos tíos con segundas residencias, dos coches y pasta en el banco. No puede salir bien, porque una revolución la tienen que montar los desgraciados, los que no tienen nada que perder. Si esta gente no está dispuesta a hacer algo gordo de verdad, mejor que se callen la puta boca, porque están quedando además como una pandilla de supremacistas. Hay un fondo ahí muy desagradable que ellos niegan, pero está, porque esa lectura que han acabado haciendo los nacionalistas de la inmigración andaluza y extremeña de los años sesenta, esa teoría delirante de que los enviaba Franco para acabar con la patria catalana, de tal modo que los opresores vivían en barrios de mierda y los oprimidos en la Diagonal… ¿Pero dónde se ha visto esto? Son lecturas tan mezquinas, tan miserables… Tomarla con un colectivo que se moría de hambre, y que venía a Barcelona a hacernos los trabajos que los señoritos no queríamos hacer, y encima considerarlos fuerzas de ocupación… Es difícil ser más miserable. Esa mezcla de supremacismo y complejo de inferioridad es una cosa muy catalana. Eso de pensar que eres el mejor del mundo y a su vez creer que todo el mundo te está timando… La principal actividad de los gobernantes indepes es potenciar lo más bajo, lo más vil del pensamiento nacional. Y, ojo, que este raca-raca va a durar, ¿eh?

Ese cambio de mentalidad del que hablas, ¿también se dio entre la gente que estaba en tu onda, entre los que os movías en el underground?

Sí, ha habido gente que ha cambiado de bando de la forma más radical. El caso más evidente es el de Ferran Mascarell, a quien conocí cuando era del PSC y era más o menos colega, vamos, todo lo que colega que puede ser un político. Pero llegó un momento en que como vio que no le salían las cosas bien con los sociatas, se pasó directamente a CiU de la forma más ruin. Esto me lo contó otro sociata, que estaba ese día presente: estando los del PSC reunidos en las oficinas de la calle Nicaragua para hablar de política cultural, a Mascarell le sonó el móvil, se salió de la sala y cuando volvió dijo: «Bueno, me voy. Me ha fichado Artur Mas». ¡En plena reunión! Entró socialista y salió convergente. Y luego se ha convertido en el ideólogo de cabecera de Mas, es un indepe desaforado, pero cuando yo lo trataba me decía: «Yo con los indepes no voy ni a la esquina». Pues ahí lo tienes.

Ha habido más casos como este, ¿eh? Incluso dentro del frente cultural. Cineastas, escritores… Hubo una época en Barcelona en la que no había esa distancia brutal que hay ahora entre los que escribimos en castellano y los que escriben en catalán. El idioma era un poco lo de menos, nos sentíamos todos del mismo sitio. Cada uno escribía en lo que le parecía mas cómodo, pero ahora somos compartimentos estancos. Yo solo tengo trato cordial con Sergi Pàmies, que es un tipo al que se la pela todo esto, porque Quim Monzó, que habíamos sido semicolegas, ha acabado adoptando una actitud radical y cascarrabias que no se entiende, la verdad. La sociedad está totalmente partida. No llegamos a las manos porque no somos vascos. Ya lo dijo Arzalluz, que lo del tiro en la nuca no iba con el carácter mediterráneo [risas]. 

Estudiaste Ciencias de la Información en la Universidad Autónoma de Barcelona. ¿Había entonces muchos periodistas licenciados trabajando en la prensa marginal? 

Bueno, aquella era una facultad calamitosa. No se puede decir que yo estudiara nada allí, la verdad. Pero, no, no era normal ver a licenciados en periodismo escribiendo en Star o Disco Expres. De la facultad estaba yo y estaba Juan Bufill, que ahora es crítico de arte en La Vanguardia. De todos modos, date cuenta de que cuando muchos empezamos a colaborar en esas revistas teníamos veinte años o así. Lo mismo no habíamos ni acabado la carrera, la que estuviéramos haciendo cada uno. Recuerdo que por aquellas redacciones te podías encontrar a Manuel Huerga, que ahora se ha hecho del procés, o a Ignacio Juliá y Jaime Gonzalo, que luego montarían Ruta 66. Lo curioso de la época era eso, que gente con veinte años tuviera cierto poder, porque aquellas revistas no eran fanzines, llegaban al quiosco y las leía mucha gente. Eso es algo que, creo, no se ha vuelto a dar. Siempre me lo pregunto de hecho: los equivalentes actuales a nosotros, ¿qué están haciendo? Lo mismo lo que están haciendo es mucho más underground que lo que hicimos nosotros en su día. Pero el caso es que de aquella época lo que yo recuerdo es que había una cierta escena en la ciudad, creada en parte por nosotros. Te encontrabas siempre a la misma gente en los bares, en las inauguraciones de las exposiciones, en las presentaciones de libros, y la edad media de aquella «pandilla basura» sería, eso, de veintitantos. 

¿Cómo de exclusiva era esa «pandilla basura» de la que hablas? ¿Era difícil entrar a colaborar en aquella prensa marginal?

Existía una cierta leyenda urbana de que era imposible entrar ahí. Recuerdo a uno que me dijo un día: «Ni lo intentes. Eso está copado por Manrique y Ordovás, por todos esos viejos» [risas]. Esos «viejos» tendrían entonces treinta años o así. Y no, no era verdad. Dando unos pequeños codazos se entraba. Funcionaba mucho el boca a boca. Alguien te presentaba a Juanjo Fernández, terminabas enviándole un par de artículos y ya entrabas a formar parte del establo de Star

Respondía todo también a cierto espíritu juvenil, porque ¿quién quería con esa edad entrar en nómina en La Vanguardia? ¡Nadie! En la prensa mainstream estaba todo muy encorsetado. Estaba prohibida la primera persona, determinados comentarios, pero en la prensa underground podías hacer lo que quisieras. Éramos gente muy poco politizada en realidad. Pasábamos de los sermones de Vázquez Montalbán que daba gusto, estábamos con la vista puesta en otro sitio, un poco en la inopia. Tangencialmente colaboré también con Ajoblanco, y aunque ahora estamos todos en el mismo saco, en aquella época estábamos por un lado los del rock y por otro los pseudoácratas de Pepe Ribas, con quien siempre he tenido una relación muy cordial, ¿eh?, pero ya en su momento me parecía que había un punto de iluminación en lo que decía que no… Aunque éramos jóvenes, teníamos la edad suficiente para darnos cuenta de que las quimeras de Pepe no eran muy viables. Es que, claro, Pepe siempre ha sido rico. Fíjate si era rico que a veces se le olvidaba pagarte. Y no lo hacía por mala fe, es que no caía en la cuenta de que alguien pudiera necesitar dinero todos los meses para pagar el alquiler.

A ver, los frentes estaban bastante claros, y los de Ajoblanco eran de los nuestros, pero a diferencia por ejemplo de los de Disco Expres, que siempre tuvieron buena relación con la gente de la línea chunga del cómic, con los de El Rrollo enmascarado y tal, que eran gente más desenfadada, los de Ajoblanco tuvieron siempre ese punto de querer soltarte un sermón. En Star eso no ocurría tampoco, aunque a Juanjo le diera de vez en cuando por hacer un editorial de esos suyos petardistas. Éramos todos muy jóvenes. Nos gustaba Tom Wolfe y Hunter S. Thompson, ese tipo de cosas. Lo nuestro era una respuesta al Nuevo Periodismo americano, solo que lo hacíamos en plan de pueblo. Se hacía lo que se podía.

¿Sobre qué solías escribir entonces? ¿Cuáles eran tus principales intereses? 

En Disco Expres estabas un poco obligado a escribir sobre música, sobre novedades, lo que pasa es que coincidió con una época musicalmente muy rica. Te hablo de los años 1977 a 1981, con todo el postpunk y la new wave, grupos como los Talking Heads, los Ramones o los B-52s. En Star te dejaban luego tener tus manías musicales. Me acuerdo de que Juan Bufill estaba obsesionado con Brian Eno, Ignacio Juliá con Lou Reed y Jamie Gonzalo con Iggy Pop. Era un poco cada loco con su tema, y ahí estaba Juanjo para ordenar el puzle. Yo quizás era el más pop de la pandilla, porque me gustaba mucho el rock inglés de los sesenta, los Stones, los Kinks y compañía, y también Roxy Music y David Bowie, esas propuestas en las que siempre había una cierta relación entre la música y el arte contemporáneo. El caso de Bowie es muy claro en este sentido, de ahí que a mi edad provecta vaya todavía con una camiseta de un disco suyo del año 1972. A ver, ¿no voy a ir con una camiseta de Kurt Cobain, no? ¡Haría el ridículo! [risas].

Luego, dependiendo de cómo te camelabas al jefe, te podían dejar escribir sobre cine, sobre cómics o sobre literatura. Podías incluso colar algún relato. Era todo muy artesanal. Los contenidos se decidían muchas veces sobre la marcha. Recuerdo que haciendo Cairo, un día apareció Ignacio Vidal-Folch diciendo que había descubierto unos tebeos de un amigo de Hergé que era buenísimo, un tal Edgar Pierre Jacobs, y compramos los derechos. Yo mismo me encargué de traducir La marca amarilla, y lo publicamos directamente. Había mucho terreno virgen que recorrer, años de atraso y desconocimiento en esas áreas. No era tan difícil hacerse el listo en aquella época [risas].

De hecho en Star publicaste un artículo muy llamativo titulado «Somos los hombres de los setenta y todo está a nuestro alcance». 

Bueno, aquello fue un delirio paranoico-crítico un poco moderniqui que ahora me da bastante vergüenza, la verdad, pero lo cierto es que entonces nos creíamos muy listos, tío. A veces creo, siendo honestos, que fuimos bastante arrogantes. Pero cuando te ríen las gracias, los cuatro gatos que lo hicieran, no se quiere uno mover del sitio. Se está muy a gusto ahí arriba, ¿sabes? Es lo que te decía antes: entre estar escribiendo en el Star o trabajando para La Vanguardia había un abismo. La perspectiva aquella de estar en nómina en una redacción escribiendo sobre cosas que no te interesan nada era como para pegarse un tiro. Luego es verdad que te vas haciendo mayor, vas viendo cual es la realidad y buscas el camino menos gravoso. Sabes también que hay sitios a los que no puedes acercarte, porque te dispararían si lo hicieras, pero cuando tienes esta manía que tengo yo de hablar en público, de decir lo que piensas, supongo que no te queda otra que pasar por una serie de fases, de tal modo que, para mí, pasar del underground al mainstream fue algo bastante natural.

Cuando empecé a escribir en El País en teoría estaba prohibida la primera persona, pero yo empecé a usarla y nadie me dijo nada. Hubo un conato de motín por parte de los puristas, pero al cabo de tres meses estaba ya todo el mundo usando la primera persona para explicar lo que le pasaba. Las cosas habían cambiado y encima yo tuve suerte con los jefes que me tocaron, Vidal-Folch y Bassets. Los años noventa en El País de Barcelona fueron muy entretenidos también, porque empezaba tímidamente la resistencia al pujolismo y la función que cubre ahora Crónica Global la cumplíamos entonces nosotros. Y lo pagábamos, ¿eh? Cada vez que se organizaba algún almuerzo oficial con los políticos, al tío de El País lo sentaban debajo del chorro del aire acondicionado o con vistas al retrete. Se nos hacía ver que no hacíamos ni puta gracia [risas].

En esa época Bassets me dejó hacer también una serie de columnas que titulé Sospechosos habituales, de las que luego publiqué una selección en Anagrama. Eran como perfiles de gente famosa, pero por los que siempre salía yo por un rincón. Intentaba evitar a la gente que me caía mal, porque tampoco creo que la prensa esté para ajustar cuentas personales, pero alguno se me rebotó con aquello. Luego hice otra serie que se llamó Amigos y vecinos, que eran como conversaciones y que publicó Plaza y Janés en un libro chiquito. Durante esos años sentí que me encontraba en el sitio adecuado, como antes había estado cuando trabajaba en Star o Disco Expres.

En Disco Expres entraste en la época en la que la revista estaba en manos de Gay Mercader, el gran promotor musical. ¿Se notaba aquello en lo financiero?

No, y, fíjate, yo pensé también eso mismo al principio cuando entré. «Joder, tenemos a un magnate detrás», me decía. Pero no se notaba mucho, la verdad. La redacción era un cuchitril al que se llegaba por una escalera que era lo más agónico que he visto en mi vida. Miguel Gallardo, el de Makoki, la llamaba «la escalera que aprieta», porque llegabas destruido arriba. Cada piso tenía una altura diferente entre los peldaños, con lo cual no había manera de pillar un ritmo. Llegabas arriba echando el bofe directamente. Era todo muy cutrillo, pero salvo problemas puntuales, se cobraba. Poco, pero se cobraba.

El problema de Disco Expres no era Gay Mercader sino su socio, José María Baqué, que había sido también el socio de Pepón Coromina, el productor de Bigas Lunas. Por donde pasaba el tal Baqué llegaba la catástrofe. Recuerdo un cristo que le montamos al pobre Gay Martí Font y yo un día que estábamos en la sala Zeleste, bastante cocidos los dos, la verdad, porque llevábamos un mes y pico sin cobrar, por culpa del tal Baqué, y nos encontramos allí con un colega del TeleXpres y le dijimos: «Ven aquí, que te vamos a dar una exclusiva, neng: Gay Mercader no paga a sus empleados». Y aquello salió al día siguiente casi en portada, tío. El Mercader se puso como las cabras. Afortunadamente, con el tiempo, conseguimos enderezar la relación y ahora me llama incluso de vez en cuando y se paga una comida. Gay es un tipo estupendo, de verdad. El problema era su socio, que era tremebundo, un moroso profesional. Porque a Gay no le da la gana de hacerlo, pero yo me he ofrecido ya varias veces para hacer un libro de conversaciones con él, pero no hay manera. Le he dicho que con una semana me vale, no quiero más. Que me aloje en la casa de invitados esa que tiene, que me deje grabarlo durante cuatro horas al día, y hecho. ¡Si el tío no hace otra cosa que hablar! Pues no quiere.

También estuviste brevemente de redactor jefe en Vibraciones. Siempre me pareció llamativo que la revista pudiera permitirse el mandarte a ti y a Diego Carrasco a Nueva York para entrevistar a Eduardo Mendoza.

[Risas] Eso no fue así como tú piensas. Te cuento cómo ocurrió aquello, para que veas como funcionaban las cosas entonces. La revista no nos mandó a ningún sitio, lógicamente. No podía permitírselo. Lo que ocurrió es que Diego Carrasco estaba viviendo entonces allí, en Nueva York, porque se había echado una novia muy guapa y muy simpática, pero que acabó echándolo a patadas. Y yo pillé una beca de artista, con mi amigo Carlos Pazos, gracias a que presentamos un proyecto absurdo al Ministerio de Cultura sobre las relaciones entre el rock and roll y el arte contemporáneo, que no sé cómo coló. Estuve entonces como tres meses viviendo entre Nueva York y Los Ángeles, con el sentido de la oportunidad que siempre me ha caracterizado, porque el día que me fui de Nueva York con destino a Los Ángeles, porque vivía allí entonces Martí Font, fue justo tres días antes de que mataran a John Lennon y no pude disfrutar de la histeria colectiva. 

Por aquella época, en Barcelona, si no estabas a punto de irte a Nueva York o acababas de volver eras un mierda, un mindundi y un desgraciado [risas]. París acababa de ser sustituida por Nueva York como nueva capital cultural del mundo, así que hubo un montón de artistas locales que pasaron largas temporadas allí. Carlos Pazos, Francesc Torres, Antoni Miralda, Antoni Muntadas… Todos estos fueron siempre muy hábiles poniendo boca abajo a la gente con dinero. Lo de Muntadas es de hecho una cosa admirable. Qué capacidad tiene para sacarle dinero a la gente. En Nueva York tiene un club de fans que fliparías. Allí hay un montón de artistas de medio pelo que lo consideran un Dios. El tío se lo ha montado muy pero que muy bien.

El caso es que en Nueva York coincidí con Diego y nos fuimos un par de noches a cenar con Eduardo Mendoza, que vivía entonces allí y se había convertido en algo así como el guía oficial de la ciudad para los barceloneses. Me acuerdo de que nos decía: «Cada semana me suena el teléfono y es un amigo de un amigo de un amigo de un primo que viene a Nueva York y me pide que lo saque a pasear» [risas]. Yo al menos venía apadrinado por Carlos Pazos, que era íntimo de Eduardo, y Diego Carrasco y él ya se conocían de antes, no sé por qué. Pero fue así como surgió la entrevista, no fue de otra forma. 

¿Se podía vivir entonces solo de trabajar en esos medios?

Lo que ocurría es que con el dinero que ganábamos cubríamos nuestras necesidades más básicas, porque al margen del escaso sueldo podíamos luego entrar gratis a muchos conciertos, nos enviaban los discos que queríamos y teníamos barra libre en algunos bares. Para cualquier joven alternativo de veinte años, esas son las necesidades básicas. Sabíamos que no estábamos trabajando para Rolling Stone. Lo nuestro era puro voluntarismo. Se hacía lo que se podía, por eso intentábamos aprovecharnos de las situaciones que nos surgían, como la que te acabo de contar, para darle brillo a nuestro trabajo. 

También, en cierta medida, escribir en esos sitios era como un estilo de vida. Todo te sentaba bien entonces: el alcohol, las drogas, hacer el animal… Recuerdo ahora una tarde yendo al concierto de Iggy Pop, con un atasco enorme en la Gran Vía, lloviendo a cántaros, todos montados en el jeep de Juanjo, que era un tío que no bebía, no tomaba drogas, pero cogió y dijo: «Vamos a llegar tarde». Y subió el jeep al paseo central, y llegamos así hasta la plaza de España sin que nos parara nadie. Era para que nos hubiera caído una bronca de cojones, ¿eh?, porque íbamos todos puestos. No hubiéramos resistido una detención. Pero teníamos veinte años y te parecía normal hacer eso porque llegabas tarde al concierto de Iggy Pop. Con vivencias así, ¿qué más daba entonces lo que uno cobrara? [risas].

La mayoría de aquellas revistas marginales desaparecieron con la llegada de la Transición. ¿Por qué crees que esto ocurrió?

Sí, es verdad, fue como si de repente hubiera pasado su época. Pienso que aquello ocurrió porque las cosas que eran marginales entonces empezaron a ocupar espacio en la prensa tradicional, y quizás nos volvimos un poco redundantes. En los noventa El País sacó El País de las Tentaciones, y cuando lo veía decía: «Estos están haciendo ahora con dinero lo que nosotros hacíamos antes con dos duros». La gente joven fue haciéndose mayor, incorporándose a la digamos vida real, y de aquella época solo quedaron fanzines muy marginales. Esto es un poco lo mismo que luego pasó en los ochenta con las revistas de cómics, que fue un espejismo. Parecía que teníamos una industria consolidada, pero no era así. 

Ocurrieron también algunas cosas no previstas durante aquella transición entre la prensa underground y las revistas especializadas en cómic. Date cuenta de que la revista Star había sido creada por Juanjo gracias a que su padre tenía una editorial muy rara que lo mismo publicaba tebeos que publicaba colecciones de literatura en las que podías encontrar obras de Tolstói o libros del tipo Las carceleras lesbianas de las S.S., cosas así. Juanjo era aficionado a las carreras de coches, y un día se pegó una hostia que casi la diña, y su padre le dijo: «Mira, te doy dinero para lo que quieras, pero, por favor, ocupa el despacho que está al lado del de tu hermano». Y así fue como nació Star. Eso tuvo su parte buena y su parte mala, claro, porque cuando el padre de Juanjo cerró el grifo nos tuvimos que ir todos a la mierda. Y ahí a Juanjo le faltó un poco de empuje, porque yo creo que El Víbora lo tenía que haber sacado él, no Josep Maria Berenguer, que no se había distinguido por nada hasta el momento. De Berenguer sabíamos que había viajado a Holanda y que era un fumeta simpático, pero quien tenía entonces la estructura y los conocimientos editoriales era Juanjo. Pero no se atrevió, y todos los dibujantes que habían pasado por sus manos acabaron en El Víbora

Para desquitarse, una vez que palmó Star, Juanjo montó la revista Bésame mucho, que yo estuve controlando un año o así y que luego heredó Ignacio Vidal-Folch. Juanjo era el jefe, pero la verdad es que delegaba muchísimo, hasta el punto de que más que de director de lo que hacía era en verdad de productor. Nos reuníamos en su despacho de vez en cuando para ver los contenidos y siempre nos decía que sí a todo. Digamos que lo controlaba todo pero sin hacer nada [risas].

En Bésame mucho empiezas a escribir de forma asidua sobre cómics. ¿En qué momento te interesaste por el medio?

Los cómics fueron mi primer interés cultural. Luego ya vino la literatura, la música, el cine y el arte contemporáneo, pero lo primero fueron los cómics y era lógico, por otra parte. Mi generación se destetó con Tintín. Mi hermano mayor, que era también muy aficionado al cine, fue quien me introdujo tanto en el cine como en el cómic, aunque él se quedó en la parte más clásica del asunto. Yo pillaba sus tebeos de Flash Gordon, Rip Kirby, El Príncipe Valiente, los clásicos americanos de los años treinta y cuarenta era lo que le gustaba, porque mi hermano no se interesó luego por el underground ni por la música pop. Empecé entonces aficionándome a través de los tebeos de mi hermano y de los que me podía comprar cuando conseguía algo de pasta de mis padres. Mi adolescencia coincidió luego con la época en que en Europa se empezaron a tomar un poco en serio la cuestión del cómic, y los italianos sacaron la revista Linus y en Barcelona Antonio Martín publicaba Bang!, que era una revista muy sesuda, y digamos que así pasé de los tebeos para niños a los de adultos, porque por primera vez en muchos años se hicieron tebeos solo para adultos. 

Y cuando empezamos a hacer Bésame mucho ocurrió un poco lo que te decía antes, de que coincidió con una época en la que había mucho material suelto, de modo que en aquella publicación pudieron verse cosas insólitas. Yo empecé ahí a sacar cosas de Gérard Lauzier, que me gustaba mucho, y Juan Bufill empezó a escribir unos artículos de cuatro páginas sobre los cineastas underground más oscuros y desconocidos del planeta. Esto es una cosa que yo creo que se ha perdido también, ese escribir teniendo la sensación de «a quién coño le importa esto», porque ahora parece que está claro a quién te diriges, porque si no lo sabes es mejor callarse la boca.

En Bésame mucho comienzas a publicar La noche de siempre, junto a Montesol.

Sí. A Montesol ya lo conocía de antes, y un día me vino con que tenía cuatro páginas dibujadas con unos personajes y tal, pero que no sabía cómo continuar, hacia donde tirar, y que si le echaba una mano. Me dio las cuatro páginas y a partir de ahí elaboré tranquilamente toda la historia, y el siguiente álbum, Fin de semana. Aquello surgió así. Era, como te contaba antes, una cosa muy de la época, de encontrarte con alguien en la barra de un bar y decir: «Oye, como tú escribes y yo dibujo, ¿y si nos ponemos?», Y nos pusimos y nos salió aquella especie de retratito de una ciudad, en un momento concreto, dentro de un círculo social muy específico y que yo tenía también la sensación de que no lo había leído nadie, pero con el paso del tiempo he podido comprobar que fue un álbum muy querido. No paro de encontrarme con gente que se lo había tragado en su día [risas].

Juan Puchades de hecho lo calificó como «de lo mejor del tebeo moderno de aquel periodo y de lo mejor de la historieta española de todos los tiempos».

Leí aquella reseña, sí. Juan Puchades siempre me ha caído bien, la verdad, pero no nos conocemos apenas. Aunque suene muy a boy scout, en esos tiempos casi todo se hacía según las relaciones humanas. Hice también un álbum con Sento, Velvet Nights, porque le tenía un gran aprecio y él a mí, y acabamos haciendo aquella historieta que transcurría en Las Vegas, donde no habíamos estado ni él ni yo [risas]. Es más, aquello lo hicimos en un piso en Alcoy, en plena fiesta de moros y cristianos, porque su mujer daba clases en un instituto de allí. Era la cosa esta que dicen los americanos de «Have gun, will travel», ¿no? Tengo una pistola y estoy dispuesto a viajar. Fue lo mismo que ocurrió con Keko, con Seguí, con Fornies…  Partías siempre de las sensaciones que tenías con esta gente, de estar en la misma sopa.

Tanto La noche de siempre como Fin de semana ofrecían un retrato muy estimulante de aquella Barcelona de principios de los ochenta. Con todo, ¿quién crees que ha sabido retratar mejor todo aquel ambiente?

Nazario. Lo que pasa es que él ha retratado su mundo, claro, igual que hicimos en su día Montesol y yo, porque lo nuestro era un poco un retrato de burguesitos, con pretensiones además. Lo nuestro era un cómic para gente de clase media con estudios, mientras que lo de Nazario ha sido siempre lumpen total. Nazario parece que no ha salido nunca de la plaza Real. Por allí estaba su novio Alejandro, que era un vagazo de siete suelas, de estos que se te suben a la chepa y no te suelta, y el Ocaña, que era un tío bastante tonto, la verdad, un artista muy malo al que cuando detenían aprovechaba para chupársela a todos los detenidos. Esa inconsciencia mezclada con cierto alcoholismo rampante quedó muy bien retratada por Nazario. Es la foto de un tiempo y de un lugar muy concreto, también de un medio social, marcado a su vez por la condición homosexual del autor, pero la obra de Nazario es sin duda todo un documento. 

No parece que piense lo mismo la Generalitat. ¿Cómo has vivido la salida de Barcelona, con destino al Archivo Lafuente, de los archivos personales de Nazario, Mariscal, Pepe Ribas, Pepichek, Montesol…?

Bueno, es que esa es otra prueba de la política cultural que tenemos. Hace unos años se anunció un museo del cómic, y en su lugar lo que hay es un museo privado en Sant Cugat, que no está mal, pero no es el museo público que tendríamos que tener. Ya me lo dijo Mascarell cuando todavía me hablaba: «El problema que tienen los cómics es que no podemos hacer con ellos un museo nacional». Pero digo yo, ¿qué falta hace que sea «nacional»? ¿Qué empeño es ese de que todo sea «nacional»? Que si el teatro nacional, que si el museo nacional… No puedes hacer un museo nacional del cómic catalá siempre y llanamente porque todos los historietistas catalanes han hecho su producción en español. Si tú lo que quieres es tener un museo con cómics en catalá, pues no tienes para llenar las paredes. Y al final no hacen nada. 

Barcelona sería un sitio lógico para montar un museo nacional del cómic, entendiendo por nacional lo español, claro, pero son incapaces de tragar con eso. Tendría todo el sentido del mundo que un museo de ese tipo estuviera en Barcelona porque en Madrid no ha habido nunca tradición, más allá del cómic de posguerra falangista, tipo Flechas y Pelayos. La tradición editorial estuvo siempre en Barcelona o en Valencia. Uno de los dos sitios debería albergar un museo en el que pudieran verse todos los fondos de Brugera, por ejemplo. Pero no hay voluntad para ello, porque no pueden rentabilizarlo políticamente. ¡Cómo iban a montar un museo en el que todo lo que estuviera colgado estuviera en español! El coco no les da para más. Sin embargo tenemos un museo de los castellets. Un museo sobre unos tipos que reptan unos encima de otros de manera simiesca para que un niño cuando llega arriba haga así… Esto es ahora una cuestión de Estado, cuidado. En los telediarios nacionalistas se pegan unos diez minutos hablando de este tema, que era un tema que le importaba una mierda a todo el mundo hace dos días. Pues nada, ahora hay un museo de eso, de una cosa intangible. Tenemos también un museo del cántaro catalán, pero sobre los cómics, nada. Ocurre igual con la fotografía, ¿eh? Barcelona ha dado una cantidad de fotógrafos acojonantes, pero como no se puede rentabilizar patrióticamente, pues nada. El modo en que han tratado aquí a gente gloriosa como Català Roca, Miserachs, Masats, Colom… Nada, no parece que tengan ningún interés. Claro, al visitante del museo del cántaro todavía puedes comerle el tarro y decirle que el cántaro catalán es único en el mundo, pero al tío que le gusten los cómics o la fotografía no se les puede sacar rédito por ahí. 

Al director del Museo Nacional de Arte de Cataluña, el pobre Pepe Serra, lo tienen frito por este tema. La exposición que ha hecho sobre El Víbora ha sentado como un puto tiro. Van a terminar librándose de él como hicieron en su momento con Lluís Pasqual, director del Teatre Lliure, teatro que él mismo había fundado, y se lo follaron porque tuvo la osadía de decir en una reunión con la superioridad que con él no contaran para toda esa chorrada del procés. Fue decir eso y firmar su sentencia de muerte. A esta gente no le interesa la cultura para nada. Les interesa solo el idioma, y según para qué, porque yo recuerdo que cuando eran los tiempos de la nova canço, los que a mí más me gustaban, el Sisa, Pau Riba, Ia Clua y Jordi Batiste, estaban muy mal vistos, ¿eh? Por mucho que cantaran en catalán, se les consideraba una panda de botarates. La gente buena era entonces Maria del Mar Bonet, Raimon, Lluís Llach… las personas serias, vamos. Es que no dan más de sí, tío [risas].

En 1997 publicaste junto a Ignacio Vidal-Folch El canon de los cómics. ¿Por qué esa «obsesión» por canonizar un medio tan, digamos, popular? 

Porque el cómic es en el fondo un medio muy bastardo, o mestizo, lo que te suene mejor. Es literatura gráfica, pero al mismo tiempo su montaje le debe mucho al cine. Es un medio que chupa de muchos medios anteriores muy respetables para el gran público, lo que en el fondo le da empaque, porque el cómic siempre ha estado acomplejado. Yo me he encontrado a Montesol o a Keko poco después de que el Museo del Prado les encargara algo e iban los tíos como con diez centímetros por encima del suelo, en plan «cuidado conmigo que me han llamado del Museo del Prado». Tres meses después están de nuevo lampando, intentando vender un proyecto donde se pueda. Montesol de hecho vive de la pintura, no ha vivido nunca del cómic. La mayoría de esta gente se ha quedado por el camino en la pura ruina. ¿Cómo no va a uno a intentar canonizar lo que hacen? Gallardo es un caso claro de esto que te estoy contando. Gallardo es un buen ilustrador. Es así como se gana la vida ahora. Pero Gallardo sobre todo es un buen dibujante de cómics. Y ahí está el problema: si lo que se te da mejor no te permite llegar a fin de mes, no te queda otra que dedicarte a hacer otra cosa, porque las historietas dan un trabajo de cojones y al final uno ve que no sirven para nada. Por culpa de esta mentalidad hemos perdido a un montón de gente buenísima, gente que son en el fondo como todo el mundo, gente que normalmente tiene a algún niño que alimentar, y vete tú ahora a decirle a ese niño que no se cena porque papá es underground.

Y de aquella Barcelona underground, ¿qué queda? ¿Qué debería canonizarse?

Barcelona sigue siendo una ciudad que está bien, por más que se estén encargando de envenenarla. El hecho de que vengan tantos turistas ajenos a la, digamos, «situación sociopolítica» te dice que es una ciudad bastante chollo. Tiene además unas dimensiones muy humanas y de una lógica aplastante: la montaña arriba, el mar abajo; los ricos arriba, los pobres abajo, y la clase media en medio para que los pobres no maten a los ricos o los ricos no echen al mar a los pobres. Barcelona durante la Transición tenía muchas posibilidades, pero ha sido vencida por la Cataluña rural. Pujol le tuvo siempre mucha manía a la ciudad, porque en ella había demasiada mezcla, no había pureza de sangre. Aquí había mucho extranjero, mucho maricón, gente incluso de Madrid o de Andalucía, y al nacionalismo catalán lo que le gusta son las antorchas, como al Tercer Reich o al Ku Klux Klan. Aquí en Cataluña siempre se la ha tenido asco a las grandes ciudades. Ocurre igual con los nacionalistas del País Vasco, que parten del sueño del vascuence con la boina puesta partiendo troncos, ajeno a las modas… Es la garrulería disfrazada de patriotismo. La cosa es que desde que somos trending topic permanente con toda esta tontería de la independencia, están por aquí los ánimos muy caldeados. Pero, bueno, la verdad es que yo no puedo quejarme mucho [risas].


En los últimos segundos de la Cataluña republicana

Teresa Pàmies. Foto: DP.

No hay mejor homenaje a un escritor ni recuerdo de su legado que no sea leerle. Es lo más recomendable que podemos hacer en el Any Teresa Pàmies con su protagonista. Autora de un libro de memorias que ha servido de referencia sobre la vida en la Barcelona de la guerra civil, Cuando éramos capitanes, más allá de los hechos que constata, es interesante hoy el enfoque que les da. Al igual que con la llegada de la democracia se olvidó la guerra civil, con el regreso del recuerdo de la guerra civil en el siglo XXI se ha olvidado cómo la recordaban sus protagonistas. En la introducción, ella misma refleja que para los jóvenes de los setenta mencionársela era hablarles de «el rollo» y su preocupación ante el panorama era que pudiera repetirse. No hay épica en sus líneas, vivió todo aquello como una tragedia con la contradicción patente de que se trataba de su juventud, sus mejores años de vida.

Lo ocurrido en Cataluña entre 1936 y 39 ha estado siempre en entredicho. No es extraño que se pervierta la historia para hablar ahora de que fue un conflicto entre Cataluña, que era la republicana, y España, la fascista. También es un arma arrojadiza la cifra de muertos por la represión por provincias, que en Cataluña fue menor que en otras zonas como el sur o el noroeste, olvidando que por la frontera francesa salieron en 1939 cuatrocientas mil personas. Muchas de ellas refugiados que fueron acogidos en Barcelona por docenas de miles.

Pàmies habló de esa diferencia entre el frente de Madrid y la retaguardia barcelonesa. Era la primera vez que salía de Cataluña cuando llegó a la capital, solo tenía dieciocho años; la primera vez que estaba en un lugar donde no se hablaba catalán. Notó enseguida la diferencia: «Madrid era esencialmente distinto a Barcelona: la guerra estaba allí y su presencia daba a la ciudad un semblante más grave, menos frívolo y, al mismo tiempo más resuelto a ganarla. En Cataluña teníamos más banderas anarquistas, mayor diversidad de anagramas, más extranjeros con pantalones de golf, más enchufados, más emboscados…»

Sin embargo, el porqué de esta situación, además de por la cercanía amenazante de las tropas de Franco, no era por la idiosincrasia, sino por una situación obvia: «[Madrid] se había liberado de una serie de elementos que, genéricamente, también se llaman pueblo. Habían huido de Madrid, amén de los funcionarios, lo que podríamos llamar la periferia de los ministros (familiares, amigos, protegidos, preferidos, camelistas y otras hierbas), los que buscan el sol que más calienta. Elementos de la picaresca y del monipodio que —en tiempos de sacrificio como los de que la lucha exigía, son más numerosos y repugnantes— habían abandonado la capital».

Las disputas políticas que hubo entre el Estado y la autonomía durante toda la guerra también han servido para disputas posteriores. Julián Zugazagoitia, ministro de la Gobernación (Interior) explicó en sus memorias por qué el gobierno tuvo que sentar su autoridad en Cataluña. Si algo estaba minando allí la autoridad republicana era la ley del más fuerte impuesta por las patrullas de control a las que Companys no podía hacer frente:

Barcelona, con abundancia de todo, hervía de pasiones revolucionarias, que se manifestaban de muchos modos y maneras. Prácticamente, la autoridad estaba en manos de los sindicatos de la CNT, que la ejercían por medio de las llamadas «patrullas de control». El gobierno de la Generalidad, que presidía Companys, litigaba con el gobierno central sobre materias del estatuto autonómico, y conllevaba la situación que le habían creado los sindicatos, a cuya fuerza expansiva no tenía posibilidad de poner límites (…) Los autonomistas catalanes me perdonarán si afirmo, con mis propios datos, que Barcelona se sintió tranquilizada al conocer que el Estado se atribuía la función de garantizar el orden. Ese acto puso término a la época más abusiva y violenta. Se acabó con las patrullas de control y con los tribunales particulares. Cuando se recuerda ese pasado, se advierte bien cómo baja de tono y de importancia la queja de los autonomistas, no obstante tener razón, en muchos casos, para formularla (…) Sin entrar ni salir en esa polémica, bastante sencilla de fallar, sin embargo, un hecho se me imponía de modo indubitable: la transformación operada en Barcelona. Del primero a mi último viaje, la ciudad había cambiado. No parecía la misma. (Guerras y vicisitudes de los españoles)

Pero había algo más. La industria. Vital para la causa republicana y en manos de los sindicatos, estaba en Cataluña.

El gobierno necesitaba instalarse en Barcelona. Coincidía en eso con Prieto, quien también estaba convencido de que la sede del gobierno estaba en la ciudad condal y no porque los edificios fuesen más suntuosos que los de Valencia y la ciudad más hermosa, sino porque el material que se necesitaba para ganar la guerra había que producirlo en Barcelona. Sus amigos le hemos oído afirmar en más de una ocasión que en Cataluña se ganaba o se perdía la guerra. Su afirmación la reforzaba con noticias, de veras impresionantes, sobre los índices de producción de las principales fábricas. La conclusión era desconsoladora. Prieto no hizo secreto de ella ni ante los propios catalanes. (Ídem)

Todo ello supuso finalmente el cambio de sede en noviembre del 38:

«Negrín no descubre su pensamiento. El traslado tiene un designio más hondo: impedir que la Generalidad se entremeta en aquellos temas que, constitucionalmente, no son de su incumbencia; intentar la reconquista de la producción y, en suma, incorporar Cataluña a la guerra, cosa que se estima generalmente que no ha ocurrido. (íÍdem)

En este contexto, la autora habla mucho de la actividad de los teatros catalanes, llenos a rebosar, del interés por la alta cultura que desarrolló una población atrapada por la guerra, pero también queda patente los estragos que causaron los bombardeos aéreos.

Sobre la presencia gubernamental en Barcelona, Pàmies habló de la gran masa de funcionarios que arrastraba. Entre ellos, unos más conscientes que otros del «hecho catalán», lo que levantó muchas suspicacias en la distancia corta con las fuerzas nacionalistas catalanas y sus organismos. Llegaron a coincidir en la Ciudad Condal la presidencia de la república, la presidencia del gobierno, las cortes, lógicamente el gobierno de la Generalitat y, además, el gobierno vasco. Cuando pasaron a Francia, dice la escritora, los guardias de fronteras no podían entender que en un espacio tan pequeño hubiese tantos gobiernos.

Además de los aludidos refugiados de toda España, en Cataluña también se encontraban los heridos del frente. Las páginas más crudas de todas las memorias de Pàmies son cuando hace referencia a su abandono. Estos soldados tenían el carné de su militancia en su propio cuerpo en forma de heridas o mutilaciones. Sin poder caminar, necesitaban huir más que nadie, pero no tenían cómo. La autora les vio con sus propios ojos, envueltos en su vendajes, implorar que les subieran a algún vehículo, pero, en la desordenada huida, todos pasaban de largo.

Cuando las más altas esferas ya conocían que Cataluña no podría mantenerse, lo que la escritora llama «el secreto de los dioses», tuvo que marcharse de gira por Estados Unidos a recaudar fondos y reclamar ayuda para la causa. Es un capítulo muy elocuente sobre la situación de España, perfectamente análogo a los que han vivido otros países y siguen viviendo.

Pàmies confesó: «algunos ricos progresistas me exhibían como a un mono». No obstante, hay escenas realmente sorprendentes. La comitiva también viajó al sur de Estados Unidos, regiones donde la segregación seguía vigente. Lo estuvo hasta mucho después, incluso durante la Segunda Guerra Mundial hubo reticencias para enrolar negros en las Fuerzas Armadas. Inicialmente, tuvieron los ascensos limitados. En la retaguardia, tampoco se les permitió al principio trabajar en la industria de guerra. Por no poder, hasta la Cruz Roja no permitía que se hicieran transfusiones de sangre de negros a blancos, una prohibición que se manutuvo incluso después de que American Medical Associaton hiciera público que la sangre de todos los seres humanos es igual.

Los afroamericanos en aquellos años lucharon contra el fascismo en los frentes de batalla y contra el racismo en su propia casa. Es conmovedor el retrato que hace Pàmies de una escuela negra en St. Louis. Los alumnos, profesores, administrativos, jardineros, cocineros y bibliotecarios eran todos negros. Eso llamó su atención. Le cantaron un góspel sobre España, le hicieron a ella interpretar alguna canción de guerra española. Cuando fue a visitar las habitaciones de los alumnos, todos ellos tenían un mapa de España con banderitas clavadas negras y blancas con las que señalizaban las posiciones de las tropas para seguir el curso del conflicto.

Sobre la ofensiva final franquista, están las palabras de Vicente Rojo en sus memorias ¡Alerta los pueblos!:

… íbamos a afrontar la acometida más fuerte de todas las realizadas por el enemigo: con una organización del Estado viciada en sus raíces; con una baja moral en retaguardia; con una falta de deseos de cooperar a la guerra en las autoridades subalternas, tan manifiesta, que hasta los propios alcaldes encubrían, cuando no fomentaban, las deserciones, y, en fin, con un ejército, como vamos a ver, desgastado, con pocos y malos medios materiales y con escasas reservas. Solamente un contraste satisfactorio se ofrecía en ese conjunto. En vanguardia buena disposición, temple fuerte, espíritu de sacrificio, serenidad. En retaguardia desorganización, moral baja, desorden, cansancio. Por desdicha, y para que la regla general no fallase, iba a triunfar la retaguardia sobre la vanguardia haciendo posible una gigantesca derrota.

El contexto necesario de añadir aquí es que de Cataluña habían salido miles de voluntarios a todos los frentes, habían muerto otros tantos en la ofensiva del Ebro y solo quedaban ancianos y niños para llamar a filas, las llamadas Quinta del Saco, porque habían hecho la mili en la época de la guerra de Marruecos y en esa época los soldados llevaban un saco con su equipaje y la Quinta del Biberón, los nacidos en 1920. En Guerra y revolución en Cataluña, de José Luis Martín Ramos, hay una estimación de la magnitud del esfuerzo bélico en Cataluña medido en tropas:

A finales de julio de 1937 fuentes de Esquerra Republicana sostenían que un 30 % del total del Ejército Popular eran catalanes, 160 000 sobre 500 000. A comienzos de mayo de 1938, el total de efectivos del Ejército Popular era de casi 690 000 y después de la caída del norte, que supuso la disminución del 13% de la población del territorio republicano, la participación catalana hubo de alcanzar una holgada tercera parte cuando menos, unos 230 000. Las últimas incorporaciones de quintas pudieron aumentar esa participación en unos 50 000 más, aunque los de más edad se utilizaran en labores auxiliares y en retaguardia. Si incluimos una parte de las pérdidas, de los 38 500 soldados catalanes muertos no es aventurado estimar el total de soldados catalanes en el Ejército Popular en 300 000 y no es improbable que fueran algo más. Si los movilizables por edad sumaban 475 000, entre 150 000 y 170 000 no llegaron a ingresar en el ejército.

Hay que tener en cuenta también que muchos trabajadores fueron desviados a la industria y que en torno a los diez mil escaparon a territorio francés para incorporarse en la zona franquista a su ejército. En las horas finales, la mayoría de los llamados a filas, ante el avance franquista, no llegaron a entrar en acción ni a ser movilizados. Ni se presentaron. Sí lo hizo, en cambio, el padre de la autora. Como voluntario, estuvo en un batallón de ametralladoras.

Esos días finales en las memorias de Pàmies reflejan la dura realidad en la distancia corta. Las familias separándose. Los que decidían quedarse confiando en que no eran culpables de nada, los que huían atropelladamente. Ella dejó atrás a su madre y apareció muerta en un río meses después. Nunca supo realmente si la mataron, pero eso le dijo una vecina.

Sobre la escena de los heridos pidiendo subirse a algún convoy sin éxito, revela que años después un superviviente español de Mauthausen la consoló confesándola que en el campo ellos robaban harina de la cocina ocultándola en el sobaco. Después, en el catre, repartían en partes iguales las ínfimas porciones que habían reunido, pero solo entre los sanos. No podían malgastar esa «sobrealimentación» con los enfermos.

En los últimos metros antes de Francia, la protagonista de este relato, encargada de la dirección de las Juventudes Socialistas Unificadas (JSUC), constató que la población civil que huía ya estaba harta de discursos. Al otro lado de la frontera estaba la nueva realidad:

Unos señores con bata blanca sobre los abrigos, antes de meternos en los vagones de ganado, nos preguntaban si cargábamos piojos, si teníamos sarna, si escupíamos sangre, si padecíamos enfermedades venéreas, si llevábamos oro, si teníamos moneda francesa; a las muchachas nos preguntaban si éramos vírgenes. Nuri, que sabía francés, traducía llorando.


Semana de escalada de disturbios, pero sin guerrilla posmoderna

El viernes 18 de octubre tuvimos la sensación por un instante de que iba a suceder. Cuando se estaban produciendo los disturbios más extremos y espectaculares en Urquinaona, circuló un tuit sacado del Telegram de Anonymous Catalonia que señalaba al Parlament. Desde hacía tiempo, mucho se había dicho de la respuesta a la sentencia, de los CDR, de las app del independentismo, en definitiva, de su capacidad para organizar ataques simultáneos y coordinados en diferentes puntos de Barcelona que desbordasen a la policía para poder consumar la acción final, cualquiera que fuera esta. Sin embargo, nadie llegó al Parlament. No ocurrió. Las fuerzas de seguridad siguieron peleando en el mismo lugar en el que todo había comenzado esa tarde y resistieron. A duras penas, pero lo hicieron.

Las imágenes del lunes en el aeropuerto presagiaban un conflicto de varios días en el Prat, pero esa misma noche se desconvocaron las movilizaciones en el momento más crítico. Al día siguiente, no hubo grandes problemas para volar. Por la noche, las manifestaciones se trasladaron al Eixample. Arropados por la masiva movilización, radicales prendieron fuego a barricadas. En principio, las escenas eran impresionantes. Barcelona en llamas.

Hubo cargas, no obstante, a las pocas horas se podía pasear entre el fuego tranquilamente. La sospecha era que aquello parecía un gran plató. Estaba todo lleno de jóvenes de alrededor de veinte años yendo y viniendo, contándose heroicidades callejeras, pero las llamas no parecían el resultado de una rabia salvaje, sino más bien un teatrillo.

El miércoles se esfumaron las sospechas de escenificación, iba más en serio. Ardían coches. No estaban cruzados en la calle, algo que puede hacer fácilmente un grupo de personas, no parecía tener una lógica estratégica, pero se había traspasado una línea. Las cargas en Sant Joan eran espectaculares, pero la policía iba avanzando. Nada tampoco fuera de lo común en disturbios callejeros. Solo era curioso que los que protestaban cantaban el «A por ellos». Con quien hablases siempre decía lo mismo: «han empezado ellos».

Esa noche ya apareció una mujer en bata a barrer cristales rotos y piedras, los días siguientes fueron más. Un grupo de manifestantes la miraba desde enfrente y una chica exclamó: «Pero hay uno protegiéndola». Efectivamente, detrás de ella había una persona vigilante. Inducían a cierta duda detalles, de los que fuimos testigos, como que cuatro manifestantes le gritasen «maricón» a un ciclista repartidor de comida que trataba de atravesar una barricada. Un exabrupto así no es normal en las movilizaciones independentistas. Ese macarrismo suponía un cambio.

El miércoles toda la atención estuvo centrada en el correcalles entre grupos de extrema derecha y antifascistas que se daban caza mutuamente. Quedaron uno a uno. Un chico que se enfrentó a varios fascistas recibió una paliza y un fascista quedó noqueado en el suelo, este llevaba un cuchillo listo para emplearlo. Ahí se mantuvo el foco mediático mientras se cocía algo más acorde a lo que se esperaba supuestamente de las jornadas de repulsa a la sentencia. Los manifestantes siguieron con sus barricadas en llamas, pero haciéndose fuertes en varios puntos. Se arrasó una sucursal bancaria y una tienda.

El lugar crítico fue en Paseo de Gracia con la calle Valencia. En un principio parecía un trabajo rutinario de los mossos, pero pasada la madrugada se vieron desbordados. Ocurrió de la siguiente manera: la policía ordenó a todos los periodistas y curiosos que les seguían que se volvieran. Se introdujeron en sus furgonetas y maniobraron frenéticamente para darlas la vuelta y ponerlas en la dirección contraria. La manifestación les iba a engullir y lo hizo. Cuando les alcanzaron los manifestantes, se vieron escenas, francamente, acongojantes. Una turba arremetía a palazos contra las furgonetas. Cuerpo a cuerpo. Los antidisturbios se iban. La situación era grave.

Quedaron unos cincuenta metros francos que fueron cubiertos por una mancha de gente, serían más de mil. La manifestación llegó entonces hasta Pau Claris. La calle que delimita la manzana de Delegación del Gobierno en Cataluña y que tenía todos los accesos cerrados por la policía nacional, que se quedó prácticamente frente a frente con ellos, pero volvieron los mossos que habían retrocedido y los contuvieron ahí. Periodistas sobre el terreno confirmaban que en dos días de disturbios en el Eixample no habían visto nada igual.

Un veterano antidisturbios, profesor de la materia, explica que es más fácil de lo que parece desbordar una línea policial. Avanzando en hileras, bien parapetados, con las tácticas pertinentes, de poco sirven las salvas y la munición de los mossos. El policía teme por su vida si un millar de personas le están lanzando adoquines, rodamientos, canicas y tornillos. «Todo eso puede llegar a atravesar la chapa de un vehículo», explica. A la mañana siguiente se podían ver múltiples por el suelo. Sin embargo, ahí se quedó la cosa. Durante más de una hora de batalla, en el siguiente envite la policía catalana logró repelerlos y echarlos a Paseo de Gracia. Eso sí, los cohetes y los láseres atravesando el humo de las hogueras durante el enfrentamiento dieron una imagen distópica.

Mientras esto sucedía, en la retaguardia de las fuerzas de seguridad había nervios. Se identificaba a los que por allí pululaban de maneras muy lejanas a la praxis deseable en profesionales de policía. Insultos, bofetones, empujones contra la pared. En la cara de los agentes había verdadera tensión. También había roces entre personas que pasaban por ahí con camisetas de relativas a España o sus fuerzas armadas y gente desperdigada. «¿Te gusta mi camiseta, te gusta mi camiseta?», le repetía una mujer a una chica que estaba con su pareja en una esquina mirando el show. Ahí mismo un vecino paquistaní al que hacía tiempo que no veía me saludó y me contó que por fin lo había conseguido, que había logrado ser español, que el lunes lo firmaba. Ironías.

Visto lo visto esa madrugada, el viernes era temible. ¿Y si lo de por la noche solo era un ensayo? Llegaron medio millón de independentistas a Barcelona en distintas marchas. Pronto empezaron los choques en Urquinaona. Fue por la tarde, mucho antes que los días anteriores. La policía, esta vez la nacional, que defendía la Jefatura Superior de Policía, se encontró al límite. Ahí sucedió. Un rodamiento atravesó el casco de un policía que se encuentra grave con una fractura en la base del cráneo.

Cuando apareció el citado mensaje de extender las protestas al Parlament, una Delegación de Gobierno encastillada, el objetivo de la noche anterior, no parecía en peligro. Los que iban y venían a su alrededor eran manifestantes pacíficos, pero lo que se veía desde ahí, a lo lejos, era una batalla campal. Era una burbuja roja en el horizonte con el brillo de las llamas, ecos de detonaciones y gritos. Con las noticias que llegaban de las dificultades que tenían los antidisturbios para aguantar la línea en Vía Laietana, con el anuncio de que podían llegar como refuerzos unidades de guardia civil, lo último que quedaba, si se abría otro frente en esta zona —que es lo que se temía de la guerrilla posmoderna de las apps y demás— hubiera sido realmente grave, pero no ocurrió.

Ahí abajo lograron poner a la policía nacional al límite, sí, pero si se rodeaba el perímetro de la acción no se percibía tanta tensión. Alrededor de esa zona cero, en las calles colindantes, olía a marihuana, había mucha lata de cerveza y corrillos de cachondeo. Un ambiente lejos de una manifestación de rabia que busca destruirlo todo. Evidentemente, un millar o dos constituían una vanguardia capaz de amedrentar a la policía, algo tipo Black Block, pero el resto, el bulto, estaba ahí para correr y tirar alguna cosa como mucho. Se ha comentado que esas puntas de lanza eran antisistema.

Un dirigente independentista estima «lo que ha pasado es que esos grupos han tomado parte, se han incorporado». Al día siguiente la mayoría de las pintadas estaban en inglés, no en catalán, con lemas propios del entorno anarquista. Mucho ACAB (acrónimo de All Cops Are Bastards, «todos los policías son unos bastardos» en inglés). Lo mismo, pero por números «1312». Que si «que se joda el sistema», «abajo el capital», etc. Los independentistas suelen ponen otras cosas, aunque también haya algunos independentistas en esa onda.

Aunque hubiese algún saqueo a tiendas, aunque no fuese raro ver jóvenes rompiendo adoquines o bajando contenedores desde el Eixample hasta el centro del conflicto, también había una inmensa mayoría de grupos sentados o de pie hablando. Listos para correr si había una carga, pero de risas. Olía a orín, a botellón. Había vendedores de latas. En una esquina parecía que se preparaba algo, mirabas y no, eran unos chicos cubriendo a sus amigas mientras meaban. El olor a meado competía con el del plástico quemado en muchas calles.

Al irse acabando el jaleo en Urquinaona, subían los «guerreros» hacia el Exiample. Volvían a quemar contenedores, pero es curioso lo poco que tarda uno en acostumbrarse a esos fuegos. Ya no impresionaban a nadie. Patrullas de vecinos, algunos con chalecos, los apagaban o volvían a colocar en su sitio. Se oían aplausos desde las ventanas. Una mujer asiática salía de su restaurante para palmear histéricamente. Hacía preguntas un director de seguridad de una empresa internacional encargado de realizar un informe que evaluaba el nivel de riesgos para sus empleados de viaje, sobre todo en las grandes infraestructuras como Sants y El Prat.

Al mismo tiempo que adolescentes intentaban montar nuevas barricadas fácilmente superables por la policía, se veía en retirada a los manifestantes más duros con máscaras, cascos, gafas y lo más impresionante, picos con los que arrancaban el pavimento para tirárselo a la policía. No obstante, no reanudaron la lucha, se estaban yendo.

El sábado había verdadero pánico al Block, se publicó en La Vanguardia que venía un «in crescendo» de los disturbios pero, paradójicamente, fue la noche más tranquila de la semana. La novedad fue el cordón pacífico independentista para interponerse entre policías y gente con ganas de gresca. «No podemos convertir un problema político en uno de orden público», decía uno de ellos a los manifestantes. Minutos antes, la CUP había desconvocado la manifestación. Surgió la duda de si lo hacía para no ser acusados sus dirigentes de un delito por lo que pudiera pasar después, pero tampoco pasó nada. Hubo hogueras, pero a algunos de los que volvían a prender esas barricadas y fueron captados por las cámaras ya se les trababa la lengua como tras varios días en un after. De madrugada hubo algún fuego más, los mossos les siguieron hasta la Rambla, pero ya estaba todo periclitado. Por ahora.


¿Te gusta conducir? Tres carreteras en ruta hacia parajes surrealistas del Empordà catalán

Foto: Michele Ursino (CC BY-SA 2.0).

El paseo, el vagabundeo sin más, no es un asunto menor. Es una forma de provocar el azar y, a su vez, una disposición de búsqueda. Dicen que en la escritura automática de los surrealistas la actitud imprescindible era parecida a ese dejarse llevar. El problema es que frente a una máquina de escribir o un ordenador no hay paisajes ni paisanos, y beber y comer no es tan placentero ante el fatigoso parpadeo de la pantalla. A veces, los actos solitarios tienen un algo, como decía Paul Éluard respecto a la masturbación, de juego lúgubre. Hay que levantarse, largarse y echarse a los caminos, siguiendo el sabio consejo de Mae West: solo se vive una vez, pero si lo haces bien, una vez es suficiente.

En el Empordà, en la provincia de Girona, aseguran que la tramuntana —un fuerte y frío viento del norte, insistente y bronco— es un catalizador natural de actitudes surrealistas. Hay incluso quien afirma que la cuna del surrealismo en España es, en realidad, este furioso viento que azota la tierra y deja el cielo y el mar excepcionalmente limpios y relucientes, con tintes casi fantásticos.

Es cierto que la contemplación de la nitidez extrema tiene algo de alucinatorio. Invita a traspasar lo visible, a tratar de ver más allá. La luminosidad extrema puede ser subversiva: te obliga a pensar en la libertad porque te muestra los límites y, en cierto modo, invita a romperlos. La vida convencional, el trabajo, la familia, el sometimiento, tan plúmbeo, pueden saltar por los aires. Solo es cuestión de abrir bien los ojos.

A la luz de ese viento, Figueres, Cadaqués, Portlligat y el cabo de Creus, lugares de sobras conocidos por tantos, mil veces vistos por muchos, adquieren, de repente, una nueva perspectiva.

Sabemos que para el visitante el Empordà es tierra hermosísima, pero nada es tan simple y fácil, e intuimos algo más. Leemos que para el escritor Josep Pla estos bellos parajes tienen «un invierno cruel, un clima siniestro y una tramuntana infecta». Según él, hijo de la comarca, el Empordà está lleno de «pleitos entre padres e hijos, hijos y padres, de hermanos, hermanas, primos y primas. Pleitos para conseguir un trozo de tierra y hacer el gandul, que es el ideal máximo» en estos parajes. Con sus excepciones, claro. 

Aprendemos que todo paraíso tiene turbios recovecos, pero por ello no deja de deslumbrar. Para empezar, por estos lares tenemos el cielo. Está la muda contemplación de descubrirlo tan descomunal —del gris centelleante al negro en tiempo de tormenta, del rosa al violáceo histérico en tardes de primavera—, y casi palpar la sensación, agarrado al volante del coche, de volar en él. Eso ocurre en la ruta que va desde el fin del mundo —que es exactamente lo que es el cabo de Creus— de vuelta a la civilización, a Figueres. Un trayecto de apenas treinta y cinco kilómetros tan asombrosamente cambiante y volátil que merece, al menos, tres días de tu vida, un depósito lleno de gasolina, varias botellas de vino y alguien a tu lado. 

Esa es la vuelta de la ruta y, como todo el mundo sabe, para volver normalmente primero hay que ir. La salida, por tanto, debe ser desde Figueres —una pequeña ciudad afrancesada, cuna de Salvador Dalí— y prepararse para vivir la carretera que lleva hasta Roses. Para ello, antes, hay que ver el Teatro-Museo Dalí, el artefacto surrealista más grande del mundo. Hay que ir allí de paseo, vagabundeando entre salas llenas de cuadros, esculturas, joyas, objetos —unos deslumbrantes y bellísimos, otros casi detestables— y dejarse apoderar por el estupor. Perdido entre la pasmosa escenografía, te conmoverá, de alguna forma, el alucinado empeño de Dalí en desentrañar miserias y grandezas, miedos y sueños trémulos y oscuros. Allí está una copia del asombroso montaje de 1935 Rostro de Mae West utilizable como apartamento, los emocionantes retratos de Gala, los dibujos espléndidos de juventud. Allí está también, en la cripta, el cadáver del propio Dalí, embalsamado y con un cetro —ay, el poder, qué importante es para un hombre tan obsesionado, como él, con la inmortalidad— entre sus manos, mandando sobre el destino de su población tantos años después de muerto.

Ya de camino a Roses, la carretera es, como en un juego de opuestos, la cara exactamente inversa a lo que siempre se ha oído sobre el paisaje ampurdanés: en vez de árboles suaves, civilizados campos y riachuelos, te acompañan en la ruta viejas fábricas de ladrillo rojo destartaladas, complejos logísticos, negocios de piscinas de tamaños y formas inimaginables, concesionarios de coches, enormes tiendas de jarrones, macetas gigantes y ejércitos de enanos de jardín en perfecta formación, almacenes colosales de alcohol para turistas como el Wine Palace y establecimientos de venta de figuras de plástico —amenazantes gorilas y elefantes sonrientes de cinco metros— para parques de atracciones y minigolfs.

Foto: Leslie Jones (CC BY-ND 2.0)

No temas. A lo lejos, imperturbable, te espera la magnificencia del Pení, la montaña que crece, abrupta, junto a Roses, a ras de mar, la que debes escalar con tu coche hasta llegar al otro lado, donde está Cadaqués. Es en esta segunda carretera, con el zigzag de las curvas cerradas y cada vez más empinadas —hay que subir gran parte de los seiscientos metros del macizo—, donde intuyes la atracción feroz de lo que está más allá de la enésima curva. El paisaje es casi pelado, y mientras subes y subes, la vista se escapa hacia abajo, donde no hace tanto tiempo podías ver, con espanto, restos de coches accidentados en forma de amasijos de hierro de colores desvaídos.

El ascenso continúa y, cuando crees que ya no puedes más, empiezas a bajar y, en un requiebro, como una iluminación, emerge, a modo de isla, el pueblo de Cadaqués.

Decía Pla que la vida en el Mediterráneo es «terrena y angélica, pobre y solar, prodigiosa y miserable». En invierno, en días de otoño o a principios de la primavera, entiendes lo que quiere decir: notas que el pasado, a veces, engancha, porque intuyes la tranquilidad del pueblo pesquero, el desasosiego cotidiano y dulzón, la aceptación de la fatalidad y una cierta alegría biológica. 

Ahora Cadaqués no tiene pescadores y vive de los turistas, a los que probablemente desprecia en secreto, no sin cierta razón. Atrapado en su propia belleza, ensimismado, en 2010 el pueblo recibió la visita de una delegación china con el anuncio de que, a más de doce mil kilómetros, en Xiamen, querían construir otro Cadaqués: un proyecto de ciudad de vacaciones inspirada en esta población. «Estamos muy ilusionados», dijo en aquel entonces el alcalde del pueblo, Joan Borrell, «al fin y al cabo la copia siempre levanta expectación para conocer el original, como pasa en las obras de arte». La delegación china jamás había pisado antes las calles del pueblo, pero se habían enamorado de él por internet. La ilusión de esa imagen es, ciertamente, embriagadora. Como bien saben los publicistas y demás vendedores de momentos, este rincón mantiene, prácticamente intactos, todos los elementos de la iconografía mediterránea.

En cualquier caso, sabemos que Dalí —cuya familia tenía una casa de veraneo por estos parajes— dejó dicho que era el pueblo más bonito del mundo. Y quizás lo es, pero intuyes un mudo trazo de desolación. Probablemente es debido al paisaje de pizarra oscura y el gris de los olivares, que le proporciona, a su vez, una luz única. Es una tristeza que puede derivar también de la nostalgia de una viva y extraordinaria belleza pasada. Antes, el paisaje de Cadaqués había sido de colores centelleantes: en las laderas había miles de viñedos, verdes en verano, furiosamente rojos en otoño. A finales del siglo XIX la llegada de la filoxera, desde los vecinos viñedos franceses, acabó con todas las cepas.  

Da igual. Como un imán, estas extrañas piedras, esta luz, atraparon a artistas de todo el mundo, especialmente aquellos que, en algún momento, comulgaron con el surrealismo: Paul Éluard, Luis Buñuel, René Crevel, André Breton, Man Ray o Marcel Duchamp. Este último llegó hasta este pueblo por vez primera en 1933 y, tiempo después, entre 1958 y 1968, lo convirtió en su destino de veraneo ininterrumpido. Se dedicó a jugar al ajedrez en el bar Melitón, frente a la bahía, y a hacer cosas para sus sucesivos apartamentos en el pueblo: puertas, ventanas, chimeneas, toldos. Se hizo amigo del ebanista, del sastre, de los albañiles, de los artesanos del pueblo.

No obstante, el sello de distinción de Duchamp era la ociosidad. Algunos le llamaban «el ingeniero del tiempo perdido» por su empeño en dejar pasar las horas sin ninguna ocupación especial. Su máxima era que no debe cargarse la vida con demasiado peso, y que el oficio de vivir debe tomarse como un desafío reposado, sereno y despreocupado.  Ya desde joven Duchamp se enfrentó a todo lo que consideraba un límite. Sin ir más lejos, a los veinticinco años decidió dejar de pintar, hastiado de las veleidades artísticas y la estrechez de miras de los propios artistas supuestamente más vanguardistas de la época. 

Sin embargo, a pesar de su indolencia, Duchamp nunca dejó de hacer cosas. Entre otras, se dedicó —de forma reposada pero implacable— a atacar la idea de productividad y mercancía en el mundo del arte. Para empezar, firmaba todo lo que le pedían con la intención de devaluar su propia obra. Exactamente todo lo contrario de lo que hacía Salvador Dalí, que firmaba lienzos en blanco para ganar todo el dinero posible. Los dos —curiosamente, ambos hijos de notario— fueron amigos toda la vida. 

Foto: Michele Ursino (CC BY-SA 2.0).

Pero dejemos Cadaqués y pensemos en Portlligat. Para llegar allí la mejor opción es dejar aparcado el coche e ir a pie, paseando entre caminos griegos, de romero, luz y piedra con el mar de fondo. Tropezarás con la ermita de Sant Baldiri —blanca y diminuta, con apenas cuatro humildes bancos de madera en su interior— y con un hermosísimo cementerio. Ya estás a un paso del verdadero hogar de Gala y Salvador Dalí. Lo sabes porque vislumbras, entre eucaliptos, los huevos gigantes y las dos cabezas calvas de maniquís enamorados del terrado, y porque empezarás a oír el murmullo de la fuente del jardín.

Portlligat era un diminuto puerto de pescadores, de aguas quietas y hermética bahía, cuando Dalí decidió comprar allí una barraca en 1930: su padre, escandalizado y furibundo, había decidido expulsarlo del hogar paterno por su relación adúltera con Gala y por haber escrito: «a veces, por gusto, escupo sobre el retrato de mi madre». El notario Dalí, además, había dado orden de que nadie lo acogiera en Cadaqués, y llegó a denunciar a Gala por tráfico de cocaína. Este asunto Dalí «es un fenómeno típicamente ampurdanés: las antipatías familiares», dejó dicho Pla.

En todo caso, el pintor no quiso renunciar a estos paisajes y, al adquirir la pequeña casa de pescadores de Portlligat, consiguió que su destierro no fuera más allá de unos kilómetros de la casa de veraneo de su familia. Y aquí renació como incontestable artista total. En sus propias palabras: «me he construido sobre estas gravas; aquí he creado mi personalidad, descubierto mi amor, pintado mi obra, edificado mi casa. Soy inseparable de este cielo, este mar, estas rocas». Un lugar apartado de todo y todos. Según él, Portlligat es «uno de los lugares más áridos, minerales y planetarios de la tierra: las mañanas ofrecen una alegría salvaje y marga, ferozmente analítica y estructural. Los atardeceres son en muchas ocasiones morbosamente tristes; los olivos, brillantes y animados por la mañana, se metamorfosean en un gris mineral como el plomo».

La casa de Dalí —que era inicialmente diminuta y creció poco a poco, «como una verdadera estructura biológica, por brotes celulares», dijo el pintor— es un hermoso y cálido laberinto blanco. Hay un oso polar disecado, una zona de la piscina que es un paraíso kitsch, miradores que dan a la bahía mil veces pintada, retratos minúsculos de Velázquez, preciosas chimeneas y un juego de espejos que consigue que se vean los primeros rayos de luz del día —los primeros en toda la Península— directamente desde la cama, situada a varios metros de la ventana. En el paseo por la vivienda, una de las cosas que más impactan es el tamaño tan reducido de su estudio, donde pintó gran parte de su obra, presidido por un chasis metálico con poleas para manejar los lienzos de gran tamaño.

Dalí consiguió que no se edificara nada más en Portlligat, y tomó posesión, para siempre jamás —incluso después de muerto—, de esta tierra extraña. Frente a su casa, una humilde cabaña de pescadores lleva el nombre de Ja en tinc prou («Ya tengo bastante»), y uno se plantea si se refiere al histrionismo del pintor, al aluvión de turistas venidos desde todos los lugares del mundo, a la pétrea quietud del paisaje o a una combinación de todo ello.

De vuelta al coche, el destino es el fin del mundo. Al cabo de Creus llegas por una carretera bellísima, un punto lunar. El paisaje, fruto de la erosión del viento y el salitre, es furiosamente arcaico, sin apenas rastro humano: musgo, piedra oscura y agua. Es «donde los Pirineos llegan al mar, en grandioso delirio geológico», escribió Dalí, quien intentó atrapar su imperturbabilidad en el lienzo de El gran masturbador, entre muchos otros. Este es, a su vez, el paisaje de La edad de oro, de Luis Buñuel. 

Conforme te aproximas al mar, empiezas a ver gigantescas rocas plegadas sobre sí mismas, casi flexibles. Hay que seguir las curvas hasta llegar al faro, donde muere la carretera rodeada de acantilados. Tu paseo acaba en el exacto paisaje imaginado por Julio Verne en su novela El faro del fin del mundo. En 1970 Kirk Douglas, Samantha Eggar y Yul Brynner contemplaron las mismas rocas y cielo cuando vinieron a filmar la película basada en el libro. Ya puedes aparcar y dejar de conducir.

Foto: Kate Fisher (CC BY 2.0).


FIGUERES

Comer y dormir: Hotel restaurante Durán.

CADAQUÉS y PORTLLIGAT

Comer: restaurante Casa Anita.

Dormir: Hotel Misty.

CABO DE CREUS

Comer: restaurante Cap de Creus.

Dormir: tu coche.


Mathieu de Taillac: «En España se castiga menos socialmente expresar una opinión xenófoba que en Francia»

Mathieu de Taillac es corresponsal en España de Le Figaro y Radio France. Nació en Burdeos hace treinta y seis años y vive en Madrid desde hace más de diez. Estudió Ciencias Políticas en Francia, pero quiso ser periodista. En Francia es una profesión seria —y sin carrera propia—, y no entró en ninguna Escuela de Periodismo. Las pruebas de acceso, dice, son tremendamente difíciles. Así que vino a España y entró como número 1 en el máster de El País. Escogió España porque había estado con una beca Erasmus en Bilbao y le interesaba la cultura hispana. Se ha integrado, pero conserva sus toques franceses: lleva gorra de visera corta sin ser calvo, hace bromas peculiares y no usa WhatsApp. Es un periodista tan prudente que controla los juicios de valor incluso para hablar de él. Habla perfectamente español, pero no logra que entiendan su nombre al teléfono. Con algunos amigos se hace llamar Mateo, lo que parece una derrota considerable.

¿Te haces llamar Mateo?

Depende, pero sí, sobre todo al principio. El problema de «Mathieu» no es que se diga «mal», porque ese sonido no existe en castellano y cada uno lo dice mal de una forma y al final no sabes cuándo darte la vuelta. El problema es que cuando digo al teléfono «Mathieu», si lo digo rápido, la gente entiende «Nacho».

¿Nacho?

Lo bueno es que hay pocos Mateo, aunque ahora digo: «Soy Mathieu de Taillac», pero vocalizo mucho el «Mathieu» para que no entiendan «Nacho», porque Nacho de Taillac es un apellido superfrancés y un nombre superespañol. Tengo pensado titular algún libro, si lo escribo algún día, No me llamo Nacho.

Decías hace años que te presentabas como «gabacho» para romper el hielo. ¿Sigues haciéndolo?

Sí, en mi bío de Twitter aún lo pone. He madurado, tengo treinta y seis años, pero me hacía gracia, porque es una palabra que no llega a ser insultante, pero es despectiva. Si te la apropias, desactivas el efecto de la crítica.

¿Pero te han llamado alguna vez «gabacho» como insulto?

No, muy poco, alguna vez en Twitter. A mí personalmente no, hay gente que lo dice pero que no te lo dice a la cara. No me puedo quejar en absoluto de un trato antifrancés. Ha habido momentos de tensión cuando los guiñoles del Canal Plus se metieron con el supuesto dopaje en el deporte español y salió Rafa Nadal. Ahí hubo problemas. Pero no puedo decir que como francés haya recibido nunca un trato de hostilidad.

¿Hay alguna palabra despectiva para los españoles en Francia?

Apenas. Se utiliza espingouin, pero no llega ni a juego de palabras, es una deformación de la palabra «español» unida a la palabra «pingüino», que es una tontería. Cuando me hacen esa pregunta, que me la hacen a menudo, hay algunos que se quedan decepcionados diciendo: «¿Cómo es que no tenéis ni siquiera una palabra para hablar de nosotros?». Tenemos muchas palabras para los alemanes, porque tuvimos tres guerras con ellos en siglo y medio, y unas cuantas para los ingleses.

Desde Francia, España es un país menor.

Salvando las distancias, la relación de España con Francia es parecida a la de Portugal con España. Es una relación de amor-odio, de uno que se siente un poco como hermano pequeño o como hermano mayor que cae bien o mal, pero que hay esa relación a veces un poco acomplejada. En España dicen: «En Francia nos miran desde arriba», y yo creo que no tanto. ¿Cuál es el criterio? En el criterio de los editoriales y el discurso de élites políticas y sociales no veo un desprecio por parte francesa, y si es a nivel medio de la población, cuya relación con España se ha desarrollado más por Ryanair que por los artículos que se han podido escribir, no tienen una mala imagen de España, más bien de los tópicos. Pero dentro de los tópicos hay muchos que son positivos: país de fiesta, de relacionarte con los demás, de estar mucho en la calle. No me parece una mala imagen.

¿Los tópicos españoles te sirven para vender temas en Francia?

Son una buena base, pero para afinar o destruir el tópico. Por ejemplo, el tópico de «España, país conservador de los Reyes Católicos» sigue existiendo en Francia. Pero luego resulta que España es uno de los primeros en la Unión Europea en aceptar el matrimonio homosexual.

¿Hay cosas de España que te sorprenden?

Es un poco paradójico, pero al principio te parece que todo es muy parecido. Somos países vecinos y las fuentes son las mismas, el mundo griego, el cristianismo. Es fácil para integrarte. Y, paradójicamente, al integrarte ves que no todo es igual, en las formas de relacionarse, por ejemplo, a veces te equivocas y te das cuenta poco a poco. Muchos franceses creemos ser muy graciosos, y la gente nos mira y dice: «¿Este por qué dice eso?». No encaja muy bien el humor francés y eso lo integras poco a poco. O, por ejemplo, si te portas como un francés cortés en España, vas a pasar por demasiado obsequioso, incluso por falso. Yo tengo una teoría y es que en todos los países tenemos dos polos, que son el polo de ser obsequioso y el polo de ser grosero, y cada país pone el cursor en un punto de la línea, y con lo que en Francia está bien en España te vas a pasar de una cosa o de la otra. Mi primer contacto largo con España fue con un intercambio de alumnos del instituto en un pueblo de Asturias, y cuando la madre de la familia me daba de cenar, yo decía: «Gracias», y se descojonaba el chico con el que hacía intercambio, me decía: «Deja de decir gracias por todo», y yo no podía evitarlo porque si no lo hacía me sentía como muy brusco. El nivel de ruido en la calle, en un tren, en un restaurante, es verdad que es distinto y lo sigo notando trece años después. Los horarios no son tan distintos, aunque te levantas un poco más tarde aquí, pero te acuestas más tarde también, lo cual les tienes que explicar a tus jefes, que no es que seas vago, es que te levantas más tarde porque no hay nada antes y que te acuestas más tarde porque la vida social sigue.

Que no tengas WhatsApp parece una cosa francesa premoderna.

Vivo mejor así. Cuando lo tenía, lo gestionaba mal. Si recibía un WhatsApp, tenía la necesidad de leerlo inmediatamente y contestar al minuto.

¿Eso te pasa con los e-mails también?

No tanto, veo de qué va y lo paso. Me parece tan, tan fácil esa comunicación de WhatsApp que es agobiante, se mezcla lo personal con lo profesional y tienes que contestar en el momento, aunque no tienes por qué, pero yo quiero contestar en el momento. Tengo amigos españoles medio enfadados porque están todos en un grupo y dicen: «Estamos todos en un grupo y tú eres el único que no estás, es que eres muy moderno y eres muy guay», y no es por ser guay. Hace un año mi padre me dijo: «¿Por qué no te pones el WhatsApp?». Y le dije: «Lo he tenido, pero hace cinco años que no lo tengo». Nadie me ha dicho que no haya podido contactar conmigo porque no tenga WhatsApp. Es un filtro también, porque el que quiere contactar contigo lo consigue. En resumen, no lo utilizo porque lo gestiono mal. Yo no sé fumar poco, cuando fumaba fumaba un paquete al día, y entonces, como tendía a engancharme, dije que iba a cortar por lo sano.

En tus crónicas los titulares te los ponen en París.

Sí. Yo no los suelo poner, porque yo envío un archivo de Word y no sé cómo va a quedar en la maqueta. Estamos hablando de un periódico impreso, en el que igual en la columna de al lado no puedes repetir una palabra, no sabes cuántos caracteres tienes para tu titular. Esa es la parte práctica y la parte editorial; yo no veo mal que una visión exterior te resuma, a veces te fastidia, porque no es un título fácil, hay que matizar.

¿Te editan mucho en la redacción los textos que mandas?

No. La tradición anglosajona —a veces los corresponsales americanos de aquí se quejan, y se equivocan, porque editar es una gran ayuda— de exigir más rigor está muy bien, pero en Francia no es así.

¿Os parecéis más al periodismo español?

En este aspecto me imagino que sí.

¿En qué aspecto no?

En la definición, incluso en el vocabulario del periodista. Siempre me ha sorprendido y me sigue sorprendiendo que aquí un periodista es quien tiene la carrera de Periodismo, y hay gente de agencias de comunicación con la que hablas y te dice: «Yo también soy periodista», y no es un trabajo de periodista, es otro trabajo, que es muy respetable pero que no es de periodista.

Yo, según el criterio español, me debería definir como politólogo, porque he estudiado Ciencias Políticas. Yo no soy politólogo, yo no he escrito ningún artículo en ninguna revista de esencia política, que para mí es la definición de un politólogo y creo que eso marca bastante.

¿En Francia un periodista deja de serlo si sale de una redacción?

En el trabajo diario creo que no hay mucha diferencia, pero sí hay más diferencia en lo que hay alrededor, en la consideración de lo que es periodismo y lo que no lo es, en los conflictos de interés, en pasar del periodismo a la comunicación. En Francia, en general, es un viaje solo de ida: no puedes ir al gabinete de comunicación de un político o de una empresa grande y volver al periodismo después. Ya se ve bastante mal que te vayas a la comunicación de un partido después de haberlo cubierto, pero volver es casi imposible.

La relación con los políticos, con el poder en general, ¿te parece que aquí somos más permisivos o más suaves?

Sí, hay demasiado respeto al político que manda en general, se ve mucho en las entrevistas televisivas, en las que son demasiado corteses, a mi entender.

Si les haces una entrevista incisiva, ¿se sorprenden?

Sí. Recuerdo una rueda de prensa sobre un dato del índice del paro en la que yo dije: «¿Por qué empiezan a contar cuando baja?», y se lo tomaron mal y vino un secretario de Estado a decirme que no se hablaba así con una ministra.

¿Te lo dijeron como periodista extranjero porque no tenías la habilidad o el uso de lo que se hace aquí?

Yo creo que fue una forma de presión. No llamé mentiroso a nadie, solo pregunté por qué se empieza a poner en gráfico el paro cuando empieza a bajar.

Los corresponsales de medios franceses grandes en España, ¿todos sois freelance?

Sí.

Le Figaro y Le Monde son los periódicos más grandes.

Sí y son los que más cubren internacional.

En el extranjero, fuera de Francia, ¿cuántos corresponsales en plantilla tienen?

Suelen tener en Londres, Bruselas, Washington, Jerusalén, Roma, algún país que te permita hacer mundo árabe, Pekín.

En España, París es una capital básica, con lo cual el corresponsal suele estar en plantilla. Pero al revés no sucede.

Para el interés informativo de Francia España compite con Italia, y suele perder porque allí está el Vaticano y la política es más espectáculo.

¿Tú tienes la sensación de que tus condiciones laborales son malas?

Mi sueldo sube y baja en función del nivel de actualidad. En el periódico me pagan por pieza y por caracteres, y en la radio por el tipo de crónica. Al final del mes, un mes importante ganas mucho dinero y un mes malo o de vacaciones no ganas nada. Hay un sistema muy peculiar en Francia que se llama pigiste: no eres autónomo ni tienes un sueldo fijo, pero tu empleador te puede pagar la seguridad social. Eso es lo que tengo yo.

No es freelance estricto.

Legalmente es un contrato indefinido tácito. El día que te echan, si tienes un conflicto laboral, cualquier tribunal laboral te lo recalifica como un contrato indefinido.

Entonces decir freelance es trampa.

No es trampa porque, si no te encargan nada, no cobras nada.

¿Si te despiden tienes indemnización?

Sí, pero tienes que luchar. Se empieza a decrecer y cada vez te piden menos, de forma paulatina, y es muy complicado porque hay que demostrar que ha dejado de importarles tu trabajo. Es muy complejo, ahí hay discusiones. Yo estoy en listas de corresponsales freelance franceses en el extranjero y hay discusiones con abogados.

Sandrine Morel, corresponsal de Le Monde en España, contaba algo polémico en un libro reciente sobre Cataluña. Decía Morel que un funcionario catalán le advirtió que, si la Generalitat compraba publicidad en su periódico, ella iba a escribir lo que los independentistas quisieran.

Se leyó bastante mal lo que había dicho. Comprar dos páginas en Le Monde no va a cambiar la línea editorial. Presiones económicas de anunciantes hay, pero comprar el periódico no es fácil. Te puedes asustar —digo yo, que no soy director de ningún periódico—, te puede fastidiar, sentir la presión, y decir: «No, apuesto por mi línea editorial y me da igual porque tengo muchos anunciantes y muchos suscriptores». Pero te puedes asustar si aquí El Corte Inglés o en Francia una gran empresa francesa te amenaza con un boicot; pero, si una institución que te pone dos páginas se va, no es ninguna presión.

Ha habido también polémica porque el Gobierno de España se ha explicado peor que la Generalitat a los medios extranjeros.

Sí, clarísimamente.

Lo has vivido.

Sí, no te daban entrevistas. Por ejemplo, en un tema sobre la corrupción del PP, evidentemente yo quería hablar con gente del PP, y lo hice entre Valencia y Madrid, donde más fácil era contar la historia, y tuve que insistir, insistir, insistir, para tener a alguien que diera la cara.

¿Tú llamabas y decías: «Soy de Le Figaro y quiero hablar de la corrupción en el PP»?

Sí, y no es el tema del que más les apetece hablar, pero es mejor que alguien del PP diga su versión antes de que lo hagan desde otros partidos. El tema catalán es más evidente aún porque cada uno ha jugado sus cartas lo mejor que ha podido. El Gobierno español tiene por estructura una red estupenda de diplomáticos para convencer a las capitales y a los Gobiernos, y lo ha hecho estupendamente. Ha convencido y nadie se ha movido en Europa a favor del independentismo catalán, y cuando ha parecido que en una pequeña República báltica alguien lo iba a hacer, han rectificado rápidamente. Es una buena labor de convencimiento o propaganda diplomática. La Generalitat no tiene esos recursos. Las «embajadas catalanas» no tienen esos contactos. Entonces, como no han podido así, pues han dicho: «Vamos a intentarlo con la prensa».

Es decir, lo has tenido más fácil en Cataluña.

Si a mí me dicen que, en el mayor desafío político en España en los últimos quince años, el jefe del Gobierno autonómico que es independentista me propone una entrevista, realmente me interesa. Pero si me la propone la vicepresidenta o un ministro de Exteriores, o alguien que tenga algo que decir del Gobierno español, pues encantado de hacerla. En Madrid te decían que le bajaban el nivel de interlocución, pero también por una razón protocolaria: si habla el president de Cataluña, no podemos poner al mismo nivel al presidente del Gobierno de España, porque el presidente del Gobierno español no está al mismo nivel protocolario que el presidente de una comunidad autónoma.

Aparte de las entrevistas, ¿trabajar en Cataluña te ha sido fácil?

Es más fácil siendo extranjero. Como institución, el Gobierno catalán se ha abierto a la prensa internacional a partir de una fecha: yo recuerdo que pedía entrevistas con Mas y no me las daban, y a partir de su segundo mandato, que era cuando empezaban a hablar de independencia, sí que se abría más a la prensa internacional e incluso pusieron a una persona encargada especialmente de eso. Ha sido un poco la herramienta del débil, que han cuidado mucho desde el Gobierno catalán y el independentismo en general, mientras que en España, en el Gobierno español, no han visto esa prioridad o la han visto tarde.

¿Has tenido presiones hipotéticas o ni siquiera esa presión razonable has recibido?

No he recibido ninguna presión directa del Gobierno español. El Gobierno catalán mira mucho lo que haces en las redes sociales, y te responden y entran en un debate en el que yo intento no entrar.

¿La presión a los periodistas tiene consecuencias?

No sé, no tengo ni idea. Hay una variación del sentimiento y de la percepción de lo que pasaba en Cataluña. Ha habido un momento de romanticismo, igual menos en Francia que en el mundo anglosajón, de la lucha de un pueblo por su independencia, David frente a Goliat… ha funcionado un poco, pero también es verdad que ha habido un momento en el que han venido muchos enviados especiales, es decir, gente no especializada en España ni en Cataluña, en general especializada en internacional, algunos que hablan español y otros que tienen que trabajar con un fixer, y esa visión romántica alguna semana ha podido ser reforzada. Aunque los periodistas tampoco son tontos.

¿Habéis notado algún tipo de variación?

El antes y el después del referéndum. El hecho de que no pasara nada —porque la bandera española seguía ondeando en el Palau de la Generalitat— y los viajes de Puigdemont por Europa han quitado mucha credibilidad al independentismo. La gente que pensaba que iban muy en serio y que había una oportunidad para ellos de ser independientes ha cambiado de criterio.

La corrupción ha sido un tema grave aquí. ¿En Francia interesa o se sorprenden mucho? ¿Es en España un tema específicamente grave respecto a Francia?

En Francia nos recuerda un poco a lo que pasó allí en los años ochenta-noventa, hasta que se empezó a legislar de forma más dura la financiación de los partidos. Es grave, especialmente en los años en los que se exige más a los políticos y a la gestión pública y hay una acumulación de casos que afectan a todos los partidos. Aunque corrupción hay en todos los países.

En España ha ocurrido lo que ocurrió en Francia quince o veinte años antes.

Sí, pero en España hay más casos de forma más masiva, afectando a todos los partidos y en todas las Comunidades Autónomas o casi.

Eso ahora mismo debe interesar menos porque es más repetitivo o cansino, ¿no?

Cada vez hay que franquear un límite más fuerte para que vendamos un tema. Tiene que salir una declaración fuerte de un presidente autonómico, o expresidente, o una sentencia o una persona conocida en Francia.

Pedro Sánchez no era nadie en Francia hasta hace poco.

Sí. Yo había hecho ya un perfil de cara a las elecciones generales.

¿Qué nivel de conocimiento se tiene de Pablo Iglesias y Albert Rivera?

De Pablo Iglesias mucho, creo, y de Rivera menos. Porque se habla mucho de Podemos. Pablo Iglesias fue el primero de los dos partidos emergentes, porque bebió del 15M. Por ejemplo, en la tele te ponen una entradilla diciendo: «Podemos es el partido de los indignados», y nos hemos quedado más con esas palabras que con el 15M. Creo que por esa conexión ha funcionado bastante bien, e imagino que también por el interés de la izquierda en Francia en tener algo que se pareciera a Podemos.

¿Es mayor que la conexión Cataluña-Ciudadanos?

Sí. Ciudadanos además nace más poco a poco. Nace como un partido catalán antiindependentista, luego da el paso a ser plataforma nacional que no se sabe si va a tener mucho tirón o no.

Lo gracioso de un corresponsal es que tienes que ajustar los adjetivos para explicar o traducir en Francia algo que en España es muy conocido.

Eso me supone un problema en España. En España me dicen: «¿Cómo es que llamas a Podemos de “izquierda radical”?», y no los llamo de «izquierda radical», los llamo «de gauche (‘izquierda’) radical». Parece un chiste, pero no es lo mismo. En Francia, el partido hermano de Podemos se presenta como «de gauche radical» y no pasa nada. A la gente que se identifica con ellos le parece estupendo llamarse radical, porque de ahí es la raíz, y no de izquierda sin más, una izquierda que ellos verían sosa, retraída.

¿Con ETA hay una discrepancia similar?

A mí nunca me han dicho que ponga o no «terrorista» junto a ETA, por ejemplo, y lo he puesto bastante. Hay que contar que han matado a ochocientas personas y hay que contar que hacen terrorismo.

¿Los «políticos catalanes presos» o los «presos políticos» también es un dilema?

Yo nunca he puesto «presos políticos», aunque nunca lo he hablado con ningún jefe. Mi convicción es que es una palabra muy cargada y que con ella estás tomando partido. Explico de qué se les acusa y explico que muy poca gente observa violencia por las acusaciones por las que están en la cárcel. Pero no entro ahí a decir «preso político», porque me parece que es una trampa para el periodista muy gorda, es muy fácil no caer en ella de lo gorda que es.

¿A Izquierda Unida los llamas los «viejos comunistas»?

Los llamo «mediocomunistas», en general, y a Ciudadanos al principio «centrista» a secas y ahora «centrista liberal», y con respecto a Cataluña también «antiindependentista».

¿No incluyes el macronismo para Ciudadanos?

No, nacieron antes que Macron. Eso sería simplificar demasiado y no puedes. Yo, como corresponsal, no puedo acercarlo tanto, que lo haga un jefe. Yo creo que es al revés, que tengo que entrar en los matices.

No has hecho el titular de «Rivera es el Macron español».

No, ni lo voy a hacer ni creo que sea el Macron español, es bastante distinto. Creo que en los partidos una parte de la ideología o de los programas es común o comparable, pero las personalidades son bastantes distintas.

Macron tiene un recorrido mucho más de «guerra relámpago». A Macron allí nadie lo conocía antes de ser ministro y es candidato un año y medio después de ser ministro. Es todo muy rápido, es candidato y gana, lo que es inédito en Francia. La mayoría de los presidentes había perdido elecciones antes de ganarlas. Macron es un presidente joven que llega y Rivera creo que no tiene la misma preparación intelectual, es decir, Macron es un hombre de letras al que le gusta la cultura y demás (igual esto es lo que nos vende), y Rivera es un jurista, como hay muchísimos políticos, creo que demasiados, en este país. No quiero hacer ningún juicio de intenciones, pero yo creo que Macron tiene convicciones liberales muy claras, liberales en economía, liberales en sociedad también, y a Rivera se le ha visto hacer vaivenes del centro a la izquierda, del centro a la derecha, los independentistas dicen que de extrema derecha, yo no lo creo, pero me ha parecido más amoldable. También lo pienso de Sánchez.

El primer viaje que Sánchez ha hecho al extranjero como presidente del Gobierno ha sido a París, y habla de la buena sintonía con Macron. Parece que también quiere apropiarse del manto de Macron. De hecho, Macron viene del Partido Socialista, con lo cual igual no es tan fácil acercarlo a Rivera o a Sánchez, igual está lejos de los dos.

Hay que reconocer a Rivera que se lo ha currado antes, y ya están preparando una plataforma en común y por interés puro. Macron tiene más interés en decir: «Yo voy con un partido nuevo que dice, como yo, coger lo mejor de la izquierda y lo mejor de la derecha», con otras palabras, y con eso reunir a los mejores, eso son discursos de los dos que son muy cercanos, son iguales, y se lo creerán más o menos.

Pedro Sánchez tiene un Gobierno que no es solo de su partido.

Sí, pero es el PSOE, es el partido más viejo, si no me equivoco, con ese nombre por lo menos, y Macron viene a romper, igual para perpetuar, pero romper el sistema político de partidos. Entonces, es más coherente a nivel discursivo que se relacione con Rivera —sea cual sea la relación personal— que con Sánchez, aunque luego evidentemente tendrá más encuentros o más reuniones con este todos los meses en Bruselas. Pero públicamente, si Macron tiene que apoyar a un partido, lo más lógico es que apoye a Rivera.

El perfil del votante habitual del Frente Nacional en Francia, con todo lo que eso implica, ¿lo ves o lo has visto en España?

Es difícil establecer un perfil tipo y creo que nos equivocamos mucho los periodistas o los analistas con el voto a Le Pen, porque ha sabido convencer a votantes de clase media desplazada, que se sentían excluidos y que son los perdedores de la mundialización. Ese es básicamente el voto de Le Pen.

¿En España no hay perdedores de la globalización?

Sí los hay también, evidentemente, aunque la extensión igual es distinta. En España ha habido una indignación expresada por ejemplo por el 15 M, que es un movimiento que no parte de un partido, al principio por lo menos, que no va canalizado por un partido y que es bastante espontáneo, y que no tiene ningún aspecto xenófobo. ¿Quiere decir eso que no hay racistas en España? Yo creo que sí los hay, suelo decir que hay la misma proporción de racistas. Me parece ver que en España se castiga menos socialmente expresar una opinión xenófoba o al límite que en Francia. Un ejemplo, voy a comprar queso y jamón, y el tío me dice: «Ah, eres francés, allí no tenéis jamón tan rico como este, ¿no?», y le digo: «Tenemos un jamón de este estilo, pero no es ibérico. Yo soy de Burdeos y me gusta coger lo mejor de cada sitio, el jamón de aquí, el vino de Burdeos»; y me dice: «Pues lo mejor de cada sitio y cada uno en su país», y digo: «¿Pero eso lo dice por mí?». Y dice: «No lo digo por usted, lo digo por los inmigrantes». Como yo soy europeo blanco, no soy inmigrante; técnicamente lo soy legalmente, soy expatriado o como se quiera llamar para él. Una persona así en Francia en ningún caso, aunque hubiera pensado lo mismo que él, en ningún caso hubiera expresado eso delante de clientes que no conoce en un sitio público. Igual eso es más sano en España, porque sabes así lo que piensa la persona; luego a lo mejor en su vida cotidiana su hija se casa con un senegalés y su hijo con una ecuatoriana y no va a tener ningún problema, pero esa cosa que siente ahí la va a expresar de forma bastante directa, mientras que en Francia se la va a guardar y le va a crecer el rencor. Es un análisis político sociológico salvaje, igual me estoy equivocando mucho, pero sí tengo esa impresión de que no hay ese miedo a expresar una opinión políticamente incorrecta.

Habrás visto los mensajes del pianista James Rhodes en Twitter donde habla de España como un país sensacional y que tienen bastante éxito aquí. ¿Tienes la sensación de que España se valora poco y que tienen que venir de fuera a decirnos que somos un país cojonudo?

Lo de la infravaloración creo que es verdad, quizás sea un tópico, pero la infravaloración en España de sus artistas, científicos… hay gente que tiene que salir fuera al extranjero para que se le conozca y después volver.

En Francia, por ejemplo, los profesores de castellano en el instituto son todos fans de Almodóvar. No hay ningún curso que no te pongan una película de Almodóvar. Creo que él lo ha dicho alguna vez, que se ha sentido mejor valorado en Francia que en España, ya no sé en el resto de Europa y en Estados Unidos. Sí hay algunas cosas que dices: «Vaya, está bien lo que está haciendo España». El Aquarius ha sorprendido en Francia, uno, por la decisión, y dos, porque creo que Francia hubiera sido mucho más criticada, hubiera provocado un debate mucho más duro el hecho de acoger a seiscientos inmigrantes. España es admirable en este aspecto de acoger y de no hacer un debate nacional con posiciones muy duras y xenófobas.

Macron ganó hace un año y ya flaquea un poco en los sondeos. ¿Dónde crees que ha tenido los agujeros más grandes?

Yo creo que en los conflictos sociales, sobre todo.

¿Ha intentado imponer unas reformas para las que Francia quizás no estaba preparada?

Sí, y le pasa factura. Aunque creo que mucha gente, y yo me puedo incluir entre ellos, reconoce que hace buenos discursos.

¿Los buenos discursos son raros en Francia? Porque en España son muy raros.

Nos gusta que los hagan bien. Los hace mejor que Hollande y los hace mejor que Sarkozy. Dentro del nivel francés es especialmente bueno. A nivel internacional ha gustado mucho a los franceses que hablara de tú a tú a los grandes líderes como Putin o Trump.

Esa cosa de la grandeur, ¿no?

Sí, un poco, lo que se le reprochaba a Hollande básicamente. Sobre todo, transmitía la impresión de uno que no sabía muy bien adónde iba y, segundo, no te sentías orgulloso de la representación como actor a nivel internacional. Macron sí tiene ese aspecto telegénico y, un poco más allá de telegénico, de grandes discursos. Lleva solo un año, pero ha lanzado reformas y, si se aplican, a ver qué tal resultan y a ver cómo pasamos del discurso a la realidad.

¿Te has encontrado alguna vez, cubriendo cosas, con algún problema específico como periodista francés en España? ¿O algún tema que fuera más difícil o más delicado?

Hay temas que no he tenido que cubrir yo pero que sé, porque lo hemos comentado entre periodistas franceses en España, que son muy delicados de contar, que son la agricultura, la fruta, la fresa. Yo a veces he tenido que explicar por qué la fresa española es tan barata y por qué es competencia de la fresa francesa. Hay compañeros a los que les han tirado piedras, literalmente.

Por los camiones que van a la frontera, ¿no?

Sí, y supongo que al revés también pasa, a compañeros españoles en Francia al ir a ver a los agricultores franceses.

¿Aún ocurre?

Lo han vuelto a hacer con vino. Un vino que presentan con una etiqueta afrancesada, producto de la Unión Europea y con un nombre superfrancés.

En el sudeste francés los convencieron hace veinte años de arrancar vid para hacer menos cantidad y más calidad, y ahora ven que un vino a granel se está vendiendo y el suyo no, y están muy cabreados porque además lo presentan como vino francés, jugando un poco con los márgenes de la ley, y hay unas tensiones fuertes. A veces es con eso, otras veces con la leche, otras veces con la fruta.


Manual de supervivencia para la Navidad

El Grinch (2000). Imagen: United International Pictures.

Las Navidades las carga el diablo. No sé por qué nos empeñamos, con lo que ha avanzado la sociedad, la política, la ciencia, en seguir torturándonos con las cenas familiares, la decoración, los regalos y la masificación de los villancicos. Es una prueba para el espíritu. Solo aquellos boys y girls scouts más preparados son capaces de superarla; e incluso ellos pueden terminar con graves secuelas. Y esto pasa una vez al año.

Para hacer del mundo un lugar mejor, ofrecemos a nuestros lectores una sencilla guía, una clave con ciertas directrices, que puede ser usada como complemento a la preparación de cuerpo y mente para superar estas fiestas con los mínimos daños. Una ayuda para este siglo XXI en que Santa Claus tiene Twitter y viaja por los tejados de las casas seguido de cerca por los drones de Google.

Cómo usar esta guía. Advertencia:

Esta guía está llena de sarcasmo, humor y mala leche. Cualquier parecido con su situación familiar real puede ser susceptible de adaptarse al cine de tarde de Antena 3. Si le molesta algo de lo que lee pruebe a escribir muchos mensajes en Twitter. Si no tiene Twitter, siga siendo feliz.

Siga los pasos al pie de la letra. O no. Usted decide.

El autor de este artículo no se responsabiliza si estas son sus peores Navidades. El espíritu navideño es un misterio todavía en proceso de estudio.

Reconocer la Navidad

Para enfrentarnos a nuestro enemigo, lo primero es reconocerlo. ¿Hay amigos que te llaman después de meses, exparejas incluso, familia cuya relación sanguínea contigo es menos espesa que una sopa de cebolla? Alerta. Es muy posible que se esté acercando la fecha.

Asómate a la ventana (verás al niño en la cuna): ¿están colgando luces en las principales calles de tu ciudad? ¿Hay un gigantesco árbol que no parece un árbol y cuya factura de la luz hace babear a Iberdrola? ¿Lo han colocado en el centro de la plaza y un montón de gente con gorros de lana se hace fotos frente a él? No te alarmes: estos son los primeros síntomas de que se acerca la Navidad. Aún tienes un mes y medio (dependiendo de la comunidad autónoma) para reaccionar a tiempo.

A medida que se acerque la Navidad, es posible que sientas algunas cosas extrañas: una repentina subida en el precio de los langostinos; una inexplicable cantidad de familias felices por la calle. Bar al que entres, te ofrecerán una participación en el Gordo. Respira. Paga tu cerveza y camina con normalidad. Es posible que alguien pretenda que te pongas un gorro de lana: no caigas, sé fuerte. No hace tanto frío.

Cuando veas el anuncio de la Lotería, la Navidad ya es inevitable. No te preocupes, pasaremos por esto juntos. Nosotros nunca te abandonaremos.

Hazte un equipo

Hay gente con tanto complejo de Grinch como tú. Por ejemplo, el que firma estas palabras. La sociedad te llamará un montón de cosas, pero todo es mentira. Tú solo quieres sobrevivir a las fiestas más peligrosas del año. Ríete del verano y las operaciones salida; ríete de la Semana Santa y las procesiones. La Navidad es capaz de volver del revés un año entero de éxitos. Lo primero que tienes que aprender es que esta batalla no la vencerás en soledad: reúnete con gente tan cínica como tú. Seguro que tienes un amigo cuyas Navidades son fuente de desgracia y dolor; ese que apenas sale de casa estas fiestas y se refugia en el trabajo. Pégate a él como una lapa: te resultará muy difícil caer en la empalagosa «ñoñería» del invierno. Si tu pareja es muy navideña, será mejor que te prepares: tendrás al enemigo en casa. Si tienes hijos, estás perdido: tendrás que caer en la Navidad por ellos. Prepárate para Cortilandia, gorritos, paseos por la nieve, bastón de caramelo y un par de palos a la tarjeta que ni te los vas a creer. Para los que os veáis en esta situación, os saludamos, héroes. No podemos hacer nada por vosotros (a menos que queráis privar a vuestros pequeños de la magia de Saturnalia, en cuyo caso sois unos monstruos).

Banda sonora

Te van a salir los villancicos por las orejas. Y no les busques sentido a las letras; esto es como hacer caso a las letras de Kesha: simplemente, no lo tienen. Hay unos cuantos artistas cuyo espíritu navideño es el mismo que el de Charles Manson: Rammstein, Iron Maiden, Die Antwoord o Eminem. Si por tu ventana se cuela una de esas insidiosas letras sobre peces que no dejan de beber (como harán algunos en Nochevieja, ya llegaremos), te propongo que escuches todos estos grupos y artistas. A la vez. Y muy alto. Otra opción es contrarrestar con humor, en lugar de con mala leche, y hacer una retrospectiva de Mojinos Escozíos, Kinder Malo y Def con Dos.

Mejor ayuda menuda que ninguna.

Huye de la tele

Acéptalo: la televisión es tu peor enemiga en esta aventura. Hay un grupo secreto en el Gobierno que se dedica a reunir todos los metrajes de cine basura cuyas dosis de azúcar se escapan a los medidores. Y te los van a poner todos seguidos. No creas que el trabajo o la vida social te salvará: Netflix será tu mejor amigo. En este caso, lo mejor es que huyas en la dirección contraria. Cuando la televisión te ponga Santa Claus y sus renos salvan una festividad capitalista (no es una película de verdad, no la busques), tú contraataca con El exorcista. Si en las cadenas mayoritarias te dan Love Actually, es un buen momento para hacerse una maratón de Evil Dead. Cuando la cosa sea insostenible e incluso tus programas favoritos se vistan de Navidad, la pornografía será lo único que te salve. Existe porno navideño, pero es inocuo: si eso te despierta cualquier sensación de calidez festiva, estás completamente perdido/a.

Como toda buena norma, la Navidad tiene alguna excepción en lo que a entretenimiento se refiere. Las películas de Bill Murray. Ese tipo es la caña, puedes ver las que quieras sin riesgo de caer en el espíritu navideño. Estamos ante un Dickens del humor.

Bill Murray en A Very Murray Christmas, 2015. Imagen: Netflix.

Las cenas

Hemos llegado al peor momento: las cenas. Vas a cenar como si no hubieras cenado en tu vida. Vas a beber gin-tonics como si fueran zumo de melocotón y vas a tener que aguantar a tu familia borracha; a tus compañeros de trabajo borrachos; a tus jefes borrachos. Para mantener la linea y no tener que subir la cuesta de enero en Cabify (perdón, en taxi) deja de comer polvorones, turrón y mantecados. ¡Ja! Este es el mejor momento para hacerse vegano: no solo conservarás la línea, también volverás loca a la gente que quiera salir a cenar contigo (y puede que desistan y te dejen irte a casa a ver cine gore).

Pero si no puedes evitar las cenas, aquí van algunos consejos:

  • En la cena en casa, no hables de política, religión, estudios o tu trabajo. No quieres explicarle a los abuelos que te ganas la vida con un canal de YouTube o que eres el community manager de una gran empresa. Y menos que escribes manuales de cinismo en revistas online.
  • No hables de Cataluña. A menos que estés en Cataluña: en ese caso, no hables de España.
  • No le preguntes a tu prima gótica y siniestra cómo le va la vida. Su respuesta la puedes leer en cualquier relato de Poe.
  • No le preguntes a tu primo de derechas por su opinión sobre nada: su respuesta te la pueden dar en una reunión informativa de Ciudadanos.
  • No entres a hablar con tus padres sobre tus decisiones vitales: todo lo has hecho al revés.
  • Si no tienes pareja, no entres en la provocación: salvo casado por la Iglesia, todo lo demás está mal.
  • Si tienes pareja, no te esfuerces, no va a estar cómoda en esa cena.
  • Si vas a la cena de trabajo (los que tengáis trabajo y no seáis autónomos, freelance y demás), bebe menos que tu jefe. Cuidado con ese compañero tan amable que siempre te ofrece un café: quiere tema. Y se pondrá peor a medida que más beba. Emborráchate cuando vuelvas a casa. Mucho. Con suerte, ya habrá pasado todo cuando te despiertes.

Los regalos y las compras

Para salir a comprar regalos, lo mejor es que dejes atados tus asuntos: testamento, últimas voluntades, historiales de navegación borrados. No dejes nada al azar: salir a comprar en estas fechas es matar o morir. En todos los comercios sonarán villancicos (ver sección Banda sonora); te asaltarán comerciales que quieren venderte hasta a sus madres. Las grandes superficies tienen de todo, pero no puedo prometer que saldrás de allí una vez entres. La solución es simple: Internet. Amazon es tu aliado en esta lucha, aprovéchate. La humanidad lleva siglos perfeccionando el arte de no salir de casa ni para sacarse un título universitario, así que no temas comprar por internet. Fíate solo de las cadenas conocidas: eso sí, si son españolas no confíes en el plazo de entrega. Compra los regalos cuando todo comience (ver sección Reconocer la Navidad).

No vas a acertar en los regalos. Asúmelo. La vas a cagar como todos la vamos a cagar, y solo te darás cuenta si la persona decepcionada por tu objeto innecesario es capaz de disimular mejor que Silvia Charro y Simón Pérez hablando de hipotecas. Así que te voy a descubrir la tierra prometida: los cupones y las cajas de actividades son tus aliados. Es imposible fallar con eso porque, básicamente, le estás regalando a la persona la opción de hacer lo que le dé la gana, pero pagando tú. Un plan perfecto.

Nochevieja

Si te estás preguntando a qué viene la euforia por la Nochevieja, deja que te dé la enhorabuena: has pasado lo peor de la Navidad. Sí, aún quedan los Reyes (práctica que los protagonistas de la fuga de cerebros no van a tener que sufrir) y los churros con chocolate, pero esta segunda parte de la Navidad es más suave. La gente suele volver al trabajo y además todos tenemos demasiada resaca. Si has llegado a la Nochevieja y conservas tu dignidad, tu familia y tu integridad física, has ganado la batalla. Toca celebrar: sal de fiesta, bebe, liga y no cojas el coche. Disfruta del triunfo. Has pasado lo peor y has vivido para contarlo: te mereces una medalla. O un abrazo.

Pero no te relajes: has pasado una batalla, pero la guerra la vas a vivir para siempre. La Navidad es una condena que tenemos que sufrir por tener smartphones, Twitter y aviones. Es el precio que hay que pagar por el Progreso (no confundir con el Proceso, las consecuencias de eso ya las pagaremos). Sin embargo, sé que es una dura batalla. Y que cada año somos más débiles y la tentación de caer y convertirnos en el cuñado en un país de cuñados es una prueba para el espíritu. Por eso, no te juzgaré si decidas abandonar. Para terminar este manual, aquí tienes algunos lugares donde no se celebra la Navidad y puedes elegir como nuevo hogar:

  • Japón (y además mola).
  • Irán (¿cuánto odias la Navidad?).
  • Corea del Norte (ni siquiera tendrás que volver a pensar por ti mismo).
  • Tailandia (¿has visto Resacón 2?).
  • Uzbekistán (y casi todo lo acabado en -istán).
  • Invernalia (pero tu cabeza puede peligrar).

Felices fiestas Saturnales a todos. 


¿Saben aquel que DUI?

Foto: Iván Alvarado / Cordon.

El asunto es grave; el problema, muy serio. La Nochebuena va a ser partido de alto riesgo en un montón de hogares; una decena de personas han ido a la cárcel y todo esto nos está costando un pastón —hasta veintisiete mil millones se podrían perder, dice el Banco de España—. Pero si no estuviera ocurriendo de verdad, es decir, si el procés fuera ficción, sería una comedia, una obra maestra del humor. Qué personajes, qué diálogos… Ni a Berlanga se le hubiera ocurrido una película mejor.  

Examinemos, por partes, los ingredientes del telefilme.

La trama

Partido liberal, nacionalista moderado, democristiano y de centroderecha pasa apuros por escalada de recortes y oleada de casos de corrupción del patriarca, Jordi (Pujol) I, y casi todo su clan. El líder, Artur Mas, al que en 2002 la independencia le parecía «un concepto anticuado», contraataca envolviéndose en la estelada. La jugada catapulta a partido independentista de pro (ERC) y fulmina a partido nacionalista moderado (CiU). Escarceo con amante anticapitalista engulle también a Mas. Ocupa la presidencia de la Generalitat un señor que no se lo esperaba porque no se había presentado a las elecciones: «Hace pocas horas era el alcalde de Girona y no había pensado que ahora estaría aquí, por tanto no he dispuesto del margen de tiempo para preparar el discurso», lamenta en su investidura. Se llama Carles Puigdemont, alias KRLS.  

Gabriel Rufián se presenta en Madrid, en su escaño del Congreso de los diputados, con una impresora y convierte a Samsung en involuntario patrocinador de referéndum independentista: sí, las papeletas pueden imprimirse desde casa. Mariano Rajoy decide terminar todas sus frases diciendo que «el referéndum no se va a celebrar».

Son requisadas doce millones de papeletas, pero llegado el 1-O, los partidarios de la consulta consiguen burlar a la policía, la guardia civil y el CNI utilizando urnas made in China escondidas en casas de particulares e incluso en iglesias. Un párroco confiesa a La Vanguardia que se disfrazó de cura por si entraba la policía en la suya y les pillaba contando papeletas. Ese domingo por la tarde no había misa, pero el muy gamberro quería hacer ver que sí por si les pillaban en plena liturgia independentista. El referéndum no existe, pero haberlo, haylo: Generalitat 1- Gobierno 0.

Para impedir votaciones, las fuerzas de seguridad del Estado cargan con muchísima dureza. La foto que al día siguiente ilustra la consulta en gran parte de los medios internacionales es la de los brutales porrazos. 2-0. El referéndum se ha celebrado sin papeletas oficiales, ni junta electoral, ni censo fiable… A medianoche, el consejero Jordi Turull anuncia los resultados. Según su primer recuento, la suma de porcentajes da un 100,88%, el 90,09% de ellos a favor de la independencia. Artur Mas dice en una entrevista en el Financial Times que bueno, que para la independencia real, real, no están preparados. Puigdemont anuncia que asume el mandato para la independencia de Cataluña, bebe agua, tose y la suspende. Rajoy le pregunta que en qué quedamos. Puigdemont consigue escribirle una carta de cuatro folios sin aclararlo.

Entre tanto, son encarcelados los Jordis, a saber, el líder de la Asamblea Nacional Catalana y el de Òmnium Cultural, acusados de sedición. Se filtra que el preso que comparte celda con uno de los Jordis ha suplicado que le cambien porque no aguanta más la matraca independentista de su compañero. Instituciones Penitenciarias se apiada y accede. Primera gran grieta en el independentismo: la ANC convoca una butifarrada solidaria y los independentistas veganos protestan por discriminación. Días más tarde —ni para ti ni para mí— «ayuno por relevos» y punto.

El Parlament aprueba la independencia por voto secreto y setenta síes con casi toda la oposición (PP, PSC y Ciudadanos) fuera del hemiciclo. Rajoy activa el artículo 155 de la Constitución, sobre el que ya se habla en los bares con absoluta soltura; cesa a todo el Gobierno catalán y convoca elecciones en Cataluña el 21 de diciembre.

El vicepresidente cesado, Oriol Junqueras, hace entrar a las cámaras de televisión para escenificar que sigue trabajando moviendo frenéticamente unos folios en blanco sobre una mesa muy bonita. La Fiscalía General del Estado envía un comunicado anunciando las querellas contra Puigdemont y la mesa del Parlament con «Más dura será la caída» en el asunto. Se monta. La fiscalía dice que no seamos malpensados, que era el título de otro documento, ahora no se acuerdan de cuál, que no tenía nada que ver con Cataluña. Puigdemont abandona su recién proclamada república al día siguiente de presentarla en sociedad. Dice desde Bruselas que el artículo 155 es una cosa franquista, feísima, una gran injusticia, pero que asume las elecciones autonómicas que ha convocado Rajoy al aplicarlo. Responde a la prensa en cuatro de los cinco idiomas que sabe —salvo el rumano— y no acepta preguntas de medios españoles —salvo TV3 y RAC1—.  A continuación se va a hacer turismo y selfies con nativas. Decide quedarse allí. Dice que es «president del Govern en el exili», lo que Joan Josep Nuet, exsecretario tercero de la mesa del Parlament, llama «el matrix».  

La Audiencia Nacional envía a prisión preventiva a Junqueras y otros siete exconsellers de la Generalitat acusados de rebelión, sedición y malversación. El Tribunal Supremo deja libres bajo fianza a la presidenta del Parlament, Carme Forcadell, y a otros cuatro miembros de la cámara imputados por los mismos delitos tras asegurar que lo de la independencia era simbólico más que otra cosa y comprometerse a acatar la Constitución. Puigdemont, con una orden internacional de busca y captura, dice en una entrevista en el periódico belga Le soir que bueeeno, que si se van a poner así, que es posible otra solución que no sea la independencia.

Foto: Jordi Boixareu / Cordon.

Actores secundarios

Julian Assange. Fundador de Wikileaks, encerrado en la embajada de Ecuador en Londres desde 2012. Dice que el pueblo catalán tiene «derecho a la autodeterminación» y acompaña su declaración con la popular fotografía de un chino enfrentándose a los tanques en la plaza de Tiananmén en 1989: España es China. Pérez-Reverte le llama «perfecto idiota». Se lían a tortas en Twitter. El activista zanja: «Cataluña, al igual que Pancho Sánchez, no tolerará el abuso para siempre». A día de hoy no sabemos si se refería a Sancho Panza, Pedro Sánchez o Pancho Villa.

Pamela Anderson. Actriz canadiense, exvigilante de la playa, amiga entrañable de Julian Assange. Decide emitir un comunicado de nueve parrafazos para advertirle al mundo que ella está a favor de la independencia de Cataluña. Dice la socorrista: «Los catalanes se han sentido reprimidos durante mucho tiempo y tenían que hacer algo. El PP es el tipo de partido que trabaja sobre la provocación y durante una década ha mostrado a los catalanes y previamente a los vascos un dedo. Así que, obviamente, los catalanes sintieron que no había justicia (…) El Gobierno español ha sido totalmente idiota (…) La cuestión es si sería tal desastre que Cataluña fuera independiente. No es una mala idea si se maneja de forma adecuada y no es el fin del mundo. Creo que el futuro de Europa como continente de naciones Estado está obsoleto. Puedo imaginarme una Europa de regiones y de ciudades Estado (…) Lo que espero que salga de todo esto es que los catalanes tengan un referéndum y la oportunidad de decidir y también que la monarquía española se vaya, ya que ha demostrado ser totalmente inútil». Ea.

Antonio Tejero. Excoronel de la Guardia Civil, golpista, ochenta y cinco años. Escribe una carta a La Gaceta, que le presenta como «la cara visible» del 23-F, para explicar que lo suyo fue un golpecito comparado con lo que está pasando en Cataluña: «El 23-F pretendía conseguir un cambio de Gobierno que garantizara la unidad de la patria, dañada por la Constitución y los estatutos de autonomías que el presidente Suárez otorgó a Cataluña y vascongadas; sin embargo, el golpe de Estado que se está preparando en Cataluña quiere conseguir la ruptura de la región catalana del resto de la patria».

Álvaro de Marichalar. Excuñado de la infanta Elena, exrelaciones públicas de Pachá, exportavoz de UPyD, el más rápido en moto acuática. Se presenta en la plaza de Sant Jaume para defender la unidad de España al grito de «¡Generalidad dimisión! y «¡Viva el amor!». Acusa a «unos mozos» de secuestro. Ellos argumentan que lo metieron en el interior del Palau para que no le partieran la cara. El excuñado real termina detenido por desobediencia. Pocos días antes había sido expulsado —cómo sería la cosa— del Sálvame Deluxe por decir «gilipolleces», según Jorge Javier Vázquez.

La banda sonora

Foto: Cordon Press.

Los independentistas se quedan con el himno oficial de Cataluña, «Els Segadors», cuyo origen es un romance popular sobre la revuelta de los segadores catalanes en 1640 contra la presencia de soldados castellanos. Queda terminantemente prohibido Joan Manuel Serrat. Sí, se opuso a cantar en Eurovisión si no le dejaban hacerlo en catalán y se exilió en México en los últimos años del franquismo, pero es un «fascista» y un «traidor» por haber dudado del referéndum y «la tierra prometida».  Eso incluye también a Víctor y Ana y a Sabina, la derechona. Un hombre de Barcelona decide provocar a sus vecinos separatistas poniendo cada noche a todo volumen «Que viva España», de Manolo Escobar. Se viene arriba y saca dos altavoces al balcón. Un guardia civil responde a un escrache cantando a todo pulmón un fandango. En esta categoría no nos nominarán a los Goya.  

Decorado

Como el caché de los protagonistas es bastante alto —de los veinticincco mil a los ciento cincuenta mil euros de fianza— y teniendo en cuenta que se han ido de Cataluña un porrón de empresas, el presupuesto es limitado. Pediremos prestadas a los vecinos las banderas que cuelgan de los balcones y las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado llegarán a Barcelona en el barco de Piolín, que nos hace precio.  

Posibles finales

1. Todo fue un sueño, como en Los Serrano.

Puigdemont se despierta encharcado en sudor y en Girona, ciudad de la que sigue siendo alcalde. Como no las tiene todas consigo, pone TV3, donde en ese preciso momento sale un anuncio del Banco Sabadell. Aún temblando, cambia de canal. Todas las cadenas abren sus informativos con el informe de la fiscal anticorrupción Concepción Sabadell: «Ha quedado plena y abrumadoramente acreditada la existencia de la caja b del PP …». Abre su cartera para comprobar que sigue teniendo euros. Su mujer le pregunta si va a ir esa tarde al fútbol. ¿Te imaginas que el Girona le gana al Madrid? A Puigdemont le da la risa.      

2. Matrix.

Puigdemont se despierta, encharcado en sudor, en un hotel de Bruselas. La calefacción se ha roto y jura que nunca volverá a un tres estrellas. Coge la libretita de cortesía del hotel y escribe Carles Puigdemont, president del Govern catalán en el exili hasta que se le acaba el papel. Llama entonces a recepción para pedir más libretas y más champú. Mientras se lo suben, escribe unas cositas en Twitter. Llama a Assange para preguntarle qué hace él en la embajada de Ecuador cuando se aburre. No le coge el teléfono. Le llama a él un amigo de la infancia furioso porque Messi se ha ido al Betis. Él intenta dialogar, pero su amigo no entra en razón. Finalmente, le grita botifler y cuelga.

3. Final abierto.

Puigdemont se despierta, encharcado en sudor, en el palacio de la Generalitat. Llegan unos policías a detenerle. En su declaración ante la juez dice que él no es mucho de criticar, que no quiere decir nada, pero que hay compañeros suyos del Govern que nada más declarar la independencia se largaron a otro país, y que eso no es serio. Que humildemente cree que debería tenerse en cuenta que él se ha quedado, que no huye de la justicia. Que si tienen que enviarle a prisión lo entiende, pero que se haga cargo la juez de que eso, fuera, se lo van a tomar fatal. Que, además, tiene que hacer campaña para las elecciones autonómicas del 21 de diciembre. Que si va a la cárcel gana seguro. Que ella sabrá.

Foto: Cordon Press.


La izquierda española y los indígenas por liberar

Una huelga de obreros en Vizcaya, de Vicente Cutanda, 1892.

Se ha hablado a menudo de mayo del 68 como el momento del divorcio entre la izquierda política y la clase trabajadora. El politólogo Jorge Verstrynge incluso apunta a un acontecimiento concreto de cierta carga simbólica: la marcha estudiantil el 16 de ese mes a la factoría de Boulogne-Billancourt, donde los empleados en huelga no quisieron abrirles sus puertas. Entonces los teóricos de la izquierda, sostiene, se dieron cuenta de que la clase obrera ya no era la clase revolucionaria y lo que hicieron fue sencillamente buscar otro protagonista para su relato emancipador. Es el momento en que eclosionaron las reivindicaciones en torno al sexo, la raza, la orientación sexual, el colonialismo, las minorías… etc. La izquierda en España encontró, además, un peculiar filón debido a nuestra historia. Para comprenderlo mejor merece la pena retroceder al siglo XIX y fijar la atención en el País Vasco.

A semejanza de otros países europeos el nuestro había tenido durante el siglo XIX un proceso de construcción nacional, pues es el Estado el que construye la nación y no a la inversa («ya hemos creado a Italia, ahora debemos hacer a los italianos»), pero a diferencia de otros países no pudo culminarse. La continua inestabilidad política dio lugar a un Estado débil que no pudo cohesionar el territorio, casi podría hablarse del insólito caso de unos gobernados que oprimían a sus gobernantes. Pues solo así se entiende que todo un presidente de la república como Estanislao Figueras terminara huyendo a otro país tras proclamar aquello de «Señores diputados: ¡estoy hasta los cojones de todos nosotros!». Por entonces estaba en su apogeo la Tercera Guerra Carlista, cuyo fin trajo la derogación de los fueros vascos y navarros en 1876 y su sustitución por un concierto económico. Lo cual supuso un doble efecto en el terreno ideológico. Esos privilegios fiscales impulsaron la industrialización de la región generando una amplia clase obrera que hizo de Bilbao, según la definición de Ramiro de Maeztu, «la Meca del socialismo español». Por otro lado, dichos fueros tenían un componente romántico que se remontaba a la Edad Media y que entroncaba con el mito del origen bíblico de los vascos como un linaje heredero del mismo Noé. Todo cambio repentino tiene su movimiento pendular, así que la melancolía por la pérdida de esta institución, unida a la vertiginosa transformación del paisaje y el paisanaje, con la proliferación de fábricas y trabajadores llegados desde otros lugares de España, dieron lugar a la aparición del nacionalismo vasco, caracterizado por su anhelo de una idealizada sociedad rural, no contaminada racialmente por elementos foráneos y devotamente cristiana. Una arcadia que se había perdido en algún momento del pasado y había que recuperar.

De manera que ambos movimientos ideológicos, socialismo y nacionalismo, nacieron y crecieron en Bilbao y alrededores de forma paralela, contemplándose con mutua extrañeza. Para los teóricos y líderes del socialismo bilbaíno, que es lo mismo que decir del español en su conjunto, Sabino Arana no pasaba de ser un burgués reaccionario cuya causa nada tenía que ver con la propia. Tomás Meabe Bilbao, fundador de las Juventudes Socialistas de España, tuvo una infancia marcada por su fervor religioso y nacionalista hasta que perdió repentinamente la fe tras observar las injusticias del mundo:

Ya no rogaré a un dios malo. Ese dios que me enseñaron no puede ser la aspiración de  mi alma. Es peor que yo; es infinitamente peor que cualquier hombre. Si existiese, lo único que yo quisiera, aunque me amenazase con mil infiernos, es decirle mi aborrecimiento y repugnancia.

Una vez perdida su creencia religiosa no tenía sentido seguir siendo nacionalista vasco, tal como escribió en respuesta a un redactor del periódico La Patria:

¿Sabe lo que me ocurrió siendo nacionalista? No pude menos de reconocer por un enemigo serio en Vizcaya al socialismo. Determiné, pues, estudiarlo para combatirlo. Hice mal, ya lo sé: así no se debe estudiar, sino por amor a la verdad. Caro pagué mi prejuicio.

Una doble pérdida de la fe que fue vista por su antiguo mentor, Sabino Arana, como una caída en las tinieblas difícil de comprender:

Ese joven que te escribe era todavía hace poco no solo religioso y patriota, sino también modelo de buenas costumbres. Hoy ¡qué desgraciado es! De buen cristiano se ha trocado en impío y blasfemo; de buen patriota en propagandista de un sistema que establece la utópica patria universal con alardes de amor a todos los hombres.

Y frente a la pregunta de este dirigida a los obreros: «¿No comprenden tal vez, que, si odiosa es la dominación burguesa, es más odiosa aún la dominación maqueta?», Meabe respondió:

No son esos que os hablan de apartaros del infeliz y honrado proletario de fuera de Vizcaya, no son esos que os enseñan a menospreciar al semejante, no son esos que se arrodillan ante esta sociedad despiadada, los que defienden vuestro bienestar, vuestra libertad. La independencia que os brindan es un armatoste hueco bailoteado por el general, el juez y el cura. Miráis alelados el ir y venir del armatoste, y así que se rompe, rompéis vosotros a llorar lágrimas de sangre.

Respecto a Felipe Carretero, cofundador de la Agrupación Socialista de Bilbao y protagonista de una larga y variada trayectoria por cargos públicos y de partido, consideraba radicalmente incompatible el socialismo y el nacionalismo, llegando a pedir que frente al «Gora Euskadi» de los nacionalistas se gritase «¡Viva España!». Por su parte, Unamuno, afiliado durante solo tres años a dicha agrupación (aunque su influencia sería importante), también tuvo trato personal con el fundador del PNV, en ocasiones cordial en el trato personal y en otras intercambiando reproches. Su pensamiento político y filosófico tuvo a lo largo de su vida considerables meandros, pero en general no pudo estar más distanciado de los que denominaba bizkaitarras de espíritu estrecho, cuyo ideario lo describía como una mentecatada y una chifladura de exaltados que falsean la historia. Sería imposible resumir aquí la obra de autor tan prolífico y vehemente, como un par de ejemplos tenemos su artículo de 1898 criticando el «antimaquetismo» o lo que escribió la década siguiente escribió en Niebla:

Pues sí, soy español, español de nacimiento, de educación, de cuerpo, de espíritu, de lengua y hasta de profesión y oficio; español sobre todo y ante todo, y el españolismo es mi religión, y el cielo en que quiero creer es una España celestial y eterna, y mi dios un dios, el de Nuestro Señor Don Quijote, un dios que piensa en español y en español dijo: ¡sea la luz!, y su verbo fue verbo español…!

Respecto a Julián Zugazagoitia, afiliado a las citadas Juventudes Socialistas al poco de su fundación y quien llegaría a ser ministro de la Gobernación durante la Guerra Civil, desdeñó el nacionalismo vasco por tres motivos: su racismo antimaqueto, su fuerismo tradicionalista y su catolicismo ultramontano. Por último la figura más destacada del movimiento, Indalecio Prieto, pasó a dirigir la Agrupación Socialista de Bilbao avivando su antinacionalismo aunque más adelante se avino a la concesión de un Estatuto de Autonomía durante la Segunda República, no porque creyera en su componente étnico o cultural sino como una forma de alcanzar un acuerdo con el PNV (se aprobó una vez había estallado la guerra): «De los Fueros queda el espíritu liberal, y nosotros no tenemos inconveniente en sumarnos a esas esencias de los Fueros vascongados en lo que tienen de democrático». En resumen y por si aún no ha quedado claro, según señalaba Jordi Solé Tura:

El movimiento obrero de inspiración marxista y la intelectualidad progresista no tuvieron ninguna duda al respecto. Uno y otro veían en el estado liberal, en su versión jacobina, la única posibilidad de modernizar España, de vencer a los partidarios del Antiguo Régimen y de sentar las bases para el desarrollo del socialismo o de la democracia o de ambas cosas a la vez. La tradición jacobina dominó desde el principio en el movimiento socialista y luego en el comunista, y fue también el elemento principal en la reflexión de la intelectualidad liberal y regeneracionista.

Preparativos del 1º de mayo, de Vicente Cutanda, 1894.

Nos habíamos quedado en los nacionalistas vascos y la Guerra Civil. La rendición de Santoña y la rápida adaptación al régimen franquista de la burguesía vasca fue vista por la siguiente generación de nacionalistas como una traición o una afrenta que ellos vengarían. Así surge en los años cincuenta la desgraciada escisión del PNV Euskadi Ta Askatasuna, que mediante intelectuales como Federico Krutwig atemperaría los elementos más explícitamente racistas del nacionalismo vasco (el nazismo con su derrota había arrastrado al descrédito toda doctrina al respecto) aunque sin exagerar tampoco. Según dejó escrito en su obra más importante, Vasconia, la que cautivó a una nueva generación de abertzales y al parecer fue el libro que más engrosó las filas de ETA en sus primeros años:

Sería falso, asímismo, llevar el antirracismo al extremo límite y afirmar que ninguna importancia tiene la raza. Una mezcla de vascos con elementos negríticos desvirtuaría la raza vasca y difícilmente se podría tratar de vasco a un negro.

Pero lo más importante, aliñó el movimiento con buenas dosis de marxismo y anticolonialismo. Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial se había alcanzado en Europa cierto consenso socialdemócrata: la estabilidad política, el fuerte crecimiento económico y sucesivas mejoras sociales consolidaron a una clase trabajadora convertida en clase media que perdía el interés por la revolución. Inmersa en una narrativa en torno a conceptos como la lucha de clases, la alienación y la emancipación, la izquierda revolucionaria necesitaba entonces encontrar rápidamente algún colectivo que liberar a la manera de un Espartaco recién fugado de la academia de gladiadores. Eran años en los que cobró protagonismo el fenómeno de la descolonización y Europa dejó de mirarse a sí misma para centrar su atención en el foco informativo que suponían Cuba, Argelia o Vietnam. La lucha política en el tercer mundo tenía el encanto del exotismo, al ser más violenta era más pura ideológicamente y sus protagonistas podían encajar en el mito del buen salvaje. Ahí tenemos a los jóvenes parisinos protagonistas de La Chinoise de Godard, que se pasaban el día escuchando Radio Pekín y citándose unos a otros el Libro Rojo de Mao. Bien, en la lucha anticolonialista tal vez se hallase ese sujeto a emancipar que ya no quería ser la clase obrera, pero España apenas mantenía nada de su imperio de antaño… un momento, ¿por qué no adoptar la manera en que los nacionalistas veían a vascos, catalanes o habitantes de cualquier otra región donde hubiera brotado algún otro movimiento tradicionalista? Ahí teníamos a los indígenas colonizados que buscábamos.

La propaganda aranista había perfilado el cliché de un pueblo vasco oprimido, solo faltaba reescribir el otro elemento de la ecuación: el opresor, que pasaba de ser el maqueto al Estado/capitalismo. De hecho aquella aprobación del Estatuto de Autonomía durante la guerra fue reinterpretada bajo esa nueva luz como una declaración de independencia y la victoria de los sublevados como una guerra de conquista, una invasión imperialista del recién creado Estado vasco. Era mentira, pero encajaba en la nueva narrativa. De manera que el nacionalismo (o parte de él) se adaptaba al espíritu de los tiempos girando hacia el ideario marxista/anticolonial, mientras que la izquierda podía encontrar en la visión del mundo etnonacionalista su pueblo oprimido… Aunque para ello tuvieran que dejar de considerar a vascos, gallegos o catalanes como son realmente ciudadanos iguales al resto de españoles, variopintos en sus intereses y su autopercepción, culturalmente eclécticos y sujetos a problemas semejantes a sus vecinosy tuvieran que pasar a verlos (o a imaginarlos, mejor dicho) de acuerdo a la mística telúrica con que el nacionalismo los retrataba, aproximándose a ellos con la actitud reverencial del misionero o el antropólogo bienintencionado que visita una tribu indígena… o incluso como seres brotados directamente del suelo, pues la etimología del término sabiniano «Euzkadi» era la de «arboleda de vascos» (al menos según Unamuno). En fin, como algo radicalmente ajeno que permite un trato paternalista y diferenciado. Como dice Jon Juaristi en El bucle melancólico:

La extrema izquierda francesa, a la que el PCF y los sindicatos habían vuelto la espalda durante las jornadas de mayo, desesperó del proletariado, cautivo ya del sistema capitalista y de la economía de consumo, y se lanzó a buscar un nuevo sujeto revolucionario. Los nacionalistas vascos que luchaban a tiro limpio contra el franquismo se encontraban entre los candidatos idóneos a ocupar ese lugar vacante en el imaginario.

Hay que decir que los propios nacionalistas interpretaron a menudo y con gusto ese papel de indígenas de una forma un tanto pintoresca, como podía ser el caso de Xabier Zumalde, uno de los primeros etarras de mediados de los sesenta, que pasó a ser conocido primero como el Cabra y luego como el Brujo por su decisión de irse a vivir a lo que hoy es el Parque Natural de Urkiola a la manera de un guerrillero con la cara pintada (años después, por cierto, se dedicaría a poner bombas en puticlubs). No deja de tener su gracia la generalización de la pose de indígena colonizado en una región que se ha distinguido en siglos previos por su contribución a la conquista de América.  

Así que esa fue la forma en que desde los años setenta la izquierda ortodoxa, revolucionaria, radical o como queramos llamarla, pasó a apadrinar cada tradicionalismo centrífugo como encarnación misma del oprimido, aunque este tuviera la renta per cápita más alta de España. Una actitud muy lejana a la del jacobinismo desacomplejado e igualitario de unas décadas antes, que desdeñaba el cantonalismo por divisorio y recelaba del nacionalismo de raíz. Ahora y de forma paradójica, la sombra del antimaquetismo, el integrismo católico y el rechazo carlista al Estado nación moderno pasaba a convertirse en una seña de identidad progresista. La lucha emancipadora del rico por liberarse de los pobres que le rodean adquiría una singular aura de respetabilidad por parte de quienes menos cabía esperarlo. Así que una bandera como la ikurriña, que diseñó Sabino Arana para representar a Dios con su cruz blanca y a los fueros con su aspa verde («Leyes Viejas»), logró desde entonces algo tan insólito como ser apreciada como un elemento subversivo que fascinaba en ciertos ambientes radicales de toda España. Servidor recuerda hace ya algunos años en una visita a Málaga como un personaje muy concienciado políticamente me hablaba con orgullo de la bandera vasca que decía tener en la pared de su casa…

El problema es que este fenómeno no quedó circunscrito a un grupo minoritario más o menos excéntrico. La izquierda moderada y mayoritaria que se ve sí misma como posibilista, inserta en el mundo real, dispuesta a dialogar y pactar concesiones, no puede evitar mirar de soslayo a la izquierda radical y envidia su pureza moral, íntimamente acusa el golpe que esta le propina al llamarla traidora a unos ideales que solo ella preserva intactos. Como consecuencia terminó supurando artefactos ideológicos conocidos como «vasquismo» y «catalanismo», así como estructuras políticas denominadas sucesivamente federalismo asimétrico, nación de naciones, estado plurinacional… En definitiva, esa clase de fórmulas de quien pretende encontrar un punto de encuentro entre el mundo real y Narnia que al final no logra satisfacer a nadie. Tras casi cuarenta años de descentralización autonómica parece que hemos llegado al final del movimiento centrífugo y lo que ahora está por llegar es otra cosa diferente. Aunque el protagonismo lo esté teniendo Cataluña tal vez este breve repaso a la relación entre nacionalismo e izquierda en el País Vasco permita comprender, al ser vista desde otro ángulo, la actitud que la izquierda está teniendo ante este movimiento separatista, rehén de unos esquemas doctrinales heredados de hace varias décadas pero muy diferentes a los que tuvo en otro tiempo. Así que a partir de ahora, forzadas por las circunstancias, la izquierda y puede que también la derecha van a tener que replantearse su idea de España y su relación con los nacionalismos periféricos.