Aleksandr Mostovói: «El futbolista soviético ganaba dinero, pero no tenía en qué gastarlo»

Esta entrevista fue publicada originalmente en nuestra revista trimestral número 21

Nos encontramos en un café del centro de Moscú, donde ya empiezan a caer las primeras nieves. Aleksandr Mostovói viste camisa y americana, y no ha renunciado ni a las greñas ni al fútbol. Hablamos de su vida, de sus inicios en un campo de hierba en una pequeña ciudad a las afueras de la capital rusa, de la eliminación del Nápoles de Maradona, de su salida del Spartak y de aquel Celta que marcó una época. El delantero ruso nos habla de una manera de entender el deporte y el fútbol made in la URSS, de largos desplazamientos del equipo en tren y de futbolistas que jugaban en la Champions y no tenían coche. Una forma de entender este deporte que, para bien o para mal, se ha perdido para siempre. También le pregunto por el convulso siglo xx que vivió su país y el final de aquel experimento que fue la Unión Soviética. Por sus respuestas, me queda una cosa clara: la patria de Sasha es el fútbol. Tras casi tres horas de charla, nos retiramos. «¿Habéis venido con Aleksandr Mostovói? No os preocupéis, lo ha pagado todo él». Las nieves ya empiezan a caer en Moscú.

Tú naces en Lomonósov, en Leningrado, ¿qué recuerdas de aquellos primeros años?

La verdad es que no mucho, porque viví allí solo hasta los cinco o seis años. Mi madre y mi abuela materna eran de Leningrado, mi abuela de hecho falleció hace un par de años allí. Al cumplir los dieciocho años, a mi padre le tocó hacer el servicio militar en la ciudad, y así fue como conoció a mi madre.

No me acuerdo mucho de aquello, sobre todo tengo recuerdos de cuando era más mayor y mis padres y yo íbamos a visitar a mi abuela. Hasta los catorce años íbamos a veces de visita en tren, pero luego, con los años, cuando empecé un poco a jugar bien, ya fui pocas veces, no había mucho tiempo. De lo que sí que me acuerdo muchísimo es de los palacios y jardines de Peterhof, que están al lado de San Petersburgo. Nosotros vivíamos a cinco minutos de allí y era un lugar precioso, íbamos a pasear muchas veces.

La Gran Guerra Patria, que es como se conoce la Segunda Guerra Mundial en Rusia, dejó víctimas en muchas familias del país. ¿Tus abuelos lucharon en ella?

A mi abuela materna la afectó, claro. En cuanto a mi abuelo paterno, nunca he escuchado en mi familia hablar de él. Ella estuvo en el cerco de Leningrado, cuando los nazis bloquearon la ciudad durante casi tres años. La verdad es que no sé muchos detalles, porque en mi familia no hablábamos de este tema y no sé si hay mucha gente que hable de ello, pero mi abuela sobrevivió, y eso es lo importante. De todos modos, te puedo decir que ni yo, ni mi madre, ni mi padre hablamos nunca entre nosotros de este tema, y menos todavía de lo que vivió mi abuela. Además, yo tampoco visité muchas veces San Petersburgo ya de adulto y cuando iba a verla ella ya estaba mayor y no sacábamos el tema.

Y cuando llegasteis a Moscú, ¿dónde vivisteis?

Nos mudamos a una ciudad bastante grande a las afueras de Moscú, cerca del aeropuerto de Sheremétievo, que se llama Lobnya. La mudanza fue cosa de mi padre, él era electricista y en tiempos de la URSS la gente se movía mucho. Además, mi padre jugaba muy bien al fútbol, y lo llamaban para jugar de aquí y de allí, de diversos equipos no profesionales. Finalmente se fue para Lobnya, aunque la verdad es que no sé por qué exactamente nos quedamos a vivir allí y no en otro sitio, tampoco es algo que le preguntara nunca a mi padre, algún día se lo preguntaré. Lo que sí sé es que en Lobnya había un equipo bastante bueno en el que jugó mi padre.

En la época de la URSS los futbolistas no eran profesionales, no existía ni siquiera esta palabra. El día a día de los jugadores era trabajar, entrenar y jugar. Si después te cogían en un equipo grande como el Spartak de Moscú o el Dinamo de Moscú, entonces sí, ahí sí que ya se les podría llamar profesionales, pero, si no, ni pensarlo. Mi padre jugaba muy bien, eso sí que te lo puedo decir yo, que he sido futbolista y que lo he visto jugar… y te puedo decir que él sigue jugando ahora, con setenta y un años, y lo hace bien.

Mira, un día pasó una cosa curiosa con él. Cuando yo ya jugaba en el Celta, él siempre venía a verme y un día fuimos a un torneo en Vigo. Me habían invitado a ir y jugaban los directivos del Celta contra otro equipo. Yo les dije que mi padre podía jugar con ellos, además conocía a Atilano Vecino, que era exjugador y jugaba con ellos. Él era el único que sabía que mi padre era exfutbolista. Después del partido muchos me preguntaban que quién era, que dónde había jugado… Cuando les dije que era mi padre, no se lo podían creer. Piensa además que yo tenía treinta años y él cincuenta y pico. Jugó como un chaval y los dejó alucinados, se pensaban que había jugado en algún equipo profesional, pero qué va.

¿A qué se dedicaba tu madre?

Trabajó muchos años de peluquera, aunque desde que empecé a ser futbolista profesional ella ya solo trabajó en casa, porque ya no hacía falta aquel salario. Creo que lo dejó definitivamente cuando firmé mi primer contrato con el Benfica, yo tenía unos veintiuno o veintidós años. De todos modos, siguió teniendo a sus clientas y, si querían, venían a casa, les cortaba el pelo, de hecho hasta el día de hoy todavía lo hace.

¿Qué tal te iba en el colegio, había alguna asignatura que te gustara más que las otras?

Bueno, había más cosas que no me gustaban que las que me gustaban, por ejemplo, Física y Química, aquello no era para mí, pero lo peor era la asignatura de Historia del Partido Comunista de la URSS. Era horrible. Teníamos que estudiar un tocho donde salían el Congreso XI, el Congreso XII… así hasta veintipico congresos de los que tenías que memorizar qué conclusiones hubo, quién dijo qué, qué temas se abordaron… y eso, ¿para qué? Aquello no iba a ningún lado.

De pequeño tocabas el acordeón…

¿Yo? [risas] ¿De dónde has sacado eso? Eso fue algo raro, antes no era como ahora, que puedes elegir lo que quieras como actividad extraescolar. Antes no había tanta variedad. Cuando hacía buen tiempo jugábamos a fútbol, en invierno, a hockey, y aparte podíamos tener clases de piano o acordeón. Para que no perdiera el tiempo en tonterías, mis padres me dijeron que tenía que ir a clases de acordeón por las tardes. Fui unas cuantas veces, pero cuando estás allí intentado tocar el acordeón y no te sale, y ves por la ventana a tus amigos jugando al fútbol… al final mandé a hacer puñetas el acordeón, aguanté un mes o dos, no más. Incluso mi padre me compró un acordeón pensando que iba a practicar, y de hecho estuvo por casa hasta que tuve veinte años, no sé si se lo regaló a alguien o qué hizo con él, pero años después el acordeón seguía dando vueltas por casa.

Imagino que tu padre se cabrearía contigo…

No, por esas cosas no se enfadaba. Mi madre y mi padre nunca se pelearon por qué era lo que tenía que hacer su hijo, muchos padres discuten porque uno quiere enviarlo a un sitio y el otro, a otro, pero yo tuve mucha suerte, y con once o doce años, cuando empecé a jugar a fútbol más en serio, mis padres vieron claro que yo, aparte de que jugaba muy bien, iba a llegar a hacer algo importante, a ser profesional, aunque ya te digo que en aquella época esta palabra no existía. Igual por eso nunca escuché ningún reproche de ellos; por ejemplo, cuando yo jugaba a fútbol o hockey con mis amigos en el barrio, nunca escuché a mi madre gritarme desde el balcón: «¡Sasha, deja esa tontería y ven para casa!», nunca.

Por parte de mi padre, era impensable que a él le pareciera mal. Él jugaba a fútbol y estaba encantado. Con once, doce, trece años, yo ya era muy bueno, lo que pasa es que, como vivíamos en la URSS, no podían pensar que jugaría en el Spartak. Si dos años antes de dar el salto al Spartak me dicen que yo iba a jugar en aquel equipo, les hubiera dicho que estaban locos, y mucho más si me dicen que llegaría a jugar en el extranjero, porque eso era directamente imposible, con el comunismo éramos un país totalmente cerrado. Nunca pensé en eso y me imagino que mis padres tampoco, porque además ellos vivieron un periodo de la URSS todavía más difícil.

En tu biografía, Diez años sin el 10, de Rafa Valero y Víctor López, se cuenta que aquella época echabas las tardes en el cine, en la Casa de la Cultura de la ciudad…

Sí, ponían una película los domingos a las ocho de la tarde. Había una sola Casa de la Cultura en cincuenta kilómetros a la redonda y para ver una película venían niños de todas partes, a una sala que tenía capacidad solo para cuarenta personas. Lógicamente, había peleas para entrar, y luego entre los que conseguían entrar y los que se quedaban fuera [risas], aquello era increíble.

Cuando estábamos viendo la película, genial, todos nos lo pasábamos bien, pero cuando faltaban diez o quince minutos para que se acabara ya estábamos pensando en cómo íbamos a salir y con quién nos íbamos a cruzar. Íbamos en grupitos, con niños de cada pueblo, y con unos te llevabas mejor que con otros, y todos nos encontrábamos en la Casa de la Cultura. Además, también había chicas por ahí y eso siempre, pues… podía generar algunos conflictos… así que siempre teníamos peleas garantizadas.

¿Cómo te iniciaste en el fútbol?  

Jugaba con mis amigos del barrio y tuve la suerte de que en mi clase, en el colegio, muchos niños también jugaban a fútbol y hockey, y nos pasábamos todo el día jugando juntos. Aunque había compañeros mejores que otros, al final hicimos nuestro propio equipo y empezamos a competir en pequeños torneos.

Nuestro entrenador era el padre de uno de los que estudiaban conmigo, también jugaba con mi padre y lo combinaba con su trabajo. Así fue como empezamos. Yo entonces ya destacaba y, cuando jugábamos, siempre ganábamos, porque de niño casi que podía ganar solo los partidos [risas]. Les decía a mis amigos: «Vosotros os ponéis todos atrás, le pegáis al balón para arriba cuando podáis, lo más lejos posible, y yo lo hago, yo lo arreglo todo». Entonces jugábamos con diez atrás y yo arriba solo, los diez cerrados recuperaban, le pegaban para arriba, y yo driblaba y marcaba.

No teníamos ni vestuario ni botas. Lo que sí que teníamos en nuestra ciudad era un campo, eso sí, que además estaba al lado de casa. Era un campo de hierba, donde jugábamos nosotros y también jugaba el equipo de mi padre. En aquellos tiempos un campo de hierba era raro de ver, incluso cuando empecé a jugar con el Spartak teníamos campos de tierra.

Y en invierno jugabais a hockey.

Sí, la misma historia, con la misma clase, con los chavales de dos años diferentes, todos juntos. Jugábamos en invierno y también era una historia parecida. Ellos defendían y yo me iba para arriba solo. Pero eso era cuando jugábamos en nuestro barrio y nos enfrentábamos a equipos de la región… Cuando íbamos a Moscú la cosa era diferente, Moscú es demasiado grande, ahí ya no podía ganar yo solo [risas]. Y eso también nos pasaba con el fútbol, pero con el hockey era especialmente difícil porque donde vivíamos no había pistas de hielo cubiertas y en Moscú sí que las había. Eso es importante, porque jugar a hockey sobre hielo en pistas descubiertas y cubiertas es muy diferente. Nosotros solo podíamos entrenar en invierno, y ellos, en cambio, tenían todo el año; además, la textura del hielo cubierto es distinta. En mi equipo había algunos que no sabían patinar muy bien, y cuando nos tocaba enfrentarnos a equipos de Moscú nos metían diez y para casa. Cuando jugábamos a fútbol no lo tenían tan fácil.

¿Cuándo ves que la cosa se pone seria con el fútbol?

Me acuerdo muy bien del momento. En verano, por casualidad, a Lobnya vinieron los equipos juveniles del CSKA de Moscú y el Dinamo de Moscú a hacer su stage de verano. El caso es que se enteraron de que en la ciudad había también un equipo de niños, que era donde yo jugaba, mi padre también estuvo hablando con ellos, y al final quedamos y jugamos un partido con los del Dinamo de Moscú, teníamos unos catorce años.

Yo sabía que eran del Dinamo y pensaba que nos iban a meter una paliza, pero salimos al campo y les metimos 4-1, además yo marqué tres goles. Los entrenadores se quedaron alucinados, no entendían que unos niños de un colegio, con un chico que no sabían ni quién era, les acabaran de meter cuatro goles. Jugaban el campeonato de Moscú y no perdían ni un partido, y fueron a Lobnya y les dieron una paliza.

Cuando salimos al campo la táctica fue la de siempre, les dije a mis compañeros: «Mirad, vosotros le pegáis para arriba y yo lo hago todo». Después del partido, el entrenador del Dinamo se me acercó y me dijo: «Sasha, ¿a ti quién te lleva?». Y yo le dije, bueno, si quieres hablar con alguien, ahí está mi padre. Estuvieron hablando un buen rato y quedaron en que yo iba a ir a entrenar con el Dinamo de Moscú.

Pero, claro… yo de pequeño, no sé, no me gustaba el nombre del Dinamo. En aquella época, el Dinamo era el equipo de la policía, el CSKA, el de los militares, y el Spartak, el del Gobierno, y a mí y a mis amigos nos gustaba el CSKA de Moscú. De todos modos, mi padre me dijo que a la semana siguiente iba a empezar a entrenar con el Dinamo de Moscú, pero yo le dije que no, que no iba a ir. No se lo podía creer: «¿Cómo que no vamos? ¡El entrenador quiere verte!». Al final quedó mi padre con el entrenador un martes a las 16:00 y yo no me presenté. Me escapé y me fui por ahí.

Dejaste plantado al Dinamo de Moscú y acabaste en el CSKA.

Cuando mi padre jugaba, después de cada partido, siempre se quedaba con sus compañeros tomando algo y charlando. Un día les explicó que no me había presentado al entrenamiento del Dinamo y uno de su equipo le dijo que tenía un conocido en el CSKA, al parecer era un jugador.

Luego, mi padre llegó a casa, se me acercó y me dijo: «Mira, he hablado con un amigo y mañana vamos a ir para que entrenes en el CSKA». Yo le dije: «¡Al CSKA sí que voy!» [risas]. Fuimos al entrenamiento juntos y ya está, desde el primer día el entrenador me dijo que tenía que ir a jugar con ellos.

Todo salió bien, pero había un problema, y es que yo vivía muy lejos de Moscú y antes no era como ahora. Para ir al entrenamiento, solo de ida, tenía dos horas y media. Primero tenía que coger un bus, luego un tren de cercanías, luego corría un poco hasta el tranvía, luego a correr otra vez… Además, tampoco podía ir todos los días, porque seguía estudiando. El entrenador lo entendió y me dijo que no tenía que ir a los entrenos, pero que no me podía perder ningún partido.

Como los domingos no estudiaba lo tenía más fácil, me levantaba temprano, iba a Moscú, jugaba y me quedaba allí todo el día. Luego volvía a casa y llegaba sobre la medianoche. El problema era que podían pasar dos semanas sin que fuera a entrenar y entonces jugaba con mis amigos en el barrio, aunque después de empezar a jugar con el CSKA ya no era lo mismo con ellos, porque yo me lo empecé a creer y mis amigos del cole también me veían como a una estrella. Desde entonces ya supe cómo era jugar al fútbol de verdad. Con mi equipito del barrio me hinchaba a hacer goles yo solo, pero en el CSKA era uno más.

¿Y cómo pudiste aguantar aquel ritmo?

Yo creo que por algo que tenía dentro, porque ni siquiera ahora puedo entender cómo pude aguantar y no lo dejé. Seguía porque no podía vivir sin el balón. Habría que preguntarles a mis padres cómo me podía levantar para ir a entrenar, no sé de dónde sacaba la energía, pero lo conseguí.

De hecho, pasaste por un internado del club.

Cuando mis padres vieron que estaba totalmente agotado, que llegaba a las doce a casa sin haber cenado y que luego tenía que estar a las ocho de la mañana en el colegio, que me dormía en las clases, hablaron con el CSKA y en el centro de Moscú, al lado de donde entrenábamos, había un internado donde sobre todo vivían chicos y chicas deportistas. El internado estaba pensado para que los que vivían lejos se pudieran quedar allí a dormir y me metieron allí.

Pero pasó una cosa un poco rara que solo entendí después. Allí no solo vivían niños deportistas, también había niños huérfanos y de familias que tenían problemas, había de todo, niños buenos… pero también malos. Así que todos los días había peleas.

Mis padres tampoco lo sabían, y de hecho solo estuve en ese internado unos tres meses. Un día me vinieron a visitar, vieron cómo era aquello y me sacaron de allí. Se ve que el edificio para los deportistas era el de al lado. Yo tenía unos trece años y, en el fondo, a mí me daba igual, porque iba al campo a entrenar por la mañana y por la tarde, y al internado solo iba a comer y dormir.

El fútbol me salvó de muchos problemas. Cuando llegué me miraban un poco raro, pero cuando salíamos afuera a jugar a fútbol y me regateaba a diez chavales se quedaban alucinados, aquello me ayudó muchísimo. Luego, ya se enteraron de que jugaba en el CSKA y todo el mundo me respetaba. De todos modos, la vida dentro era dura, a veces podían entrar chavales grandes a la habitación y decirte: «Mira, yo hoy duermo en la cama y tú en el suelo», y tampoco podías hacer mucho más. Al final mis padres me dijeron que preferían que me pasara seis horas viajando a que viviera allí.

Pero a los dieciséis años cambiaste de equipo.

Sí, el entrenador del CSKA, que era un chaval jovencito, un día después del entrenamiento me llamó para hablar y me dijo: «Mira, Sasha, a ti te quiere ver un equipo profesional»; para que nos entendamos, que me iba a pagar un salario. El equipo era el Krasnaya Presnya de Moscú, de la Segunda B soviética. Yo no los conocía. Se ve que me vieron jugar en un campeonato de Moscú y al entrenador le gusté.

Yo tenía dieciséis años, había acabado el colegio y no sabía qué hacer. Me dio el teléfono al que tenía que llamar, pero yo no tenía teléfono, en aquella época era un poco difícil encontrar uno, y el entrenador me dijo: «Llama a este número, dices que eres Sasha Mostovói, y te dirán a qué hora y dónde tienes que ir a entrenar».

Me tiré toda una semana sin dormir, mirando al techo. Al final llamé y quedamos. Era diciembre, hacía frío y había nieve ya en Moscú. Llegué un par de horas antes al campo y me quedé esperando, no sabía muy bien a dónde ir, así que me quedé por allí dando vueltas. Al cabo de un rato vino un chaval que me preguntó qué hacía allí, le expliqué quién era y me acompañó al vestuario. Lo malo es que el campo estaba nevado y yo solo tenía un chándal y un gorro, no tenía ni botas. Por mí no había problema, podía entrenar así, pero el entrenador me dijo que cómo iba a entrenar con esos zapatos. Al final no me pudieron encontrar unas botas, pero sí unos zapatos que me iban mejor y que por suerte eran de mi talla. Después de entrenar se me acercó el entrenador y me dijo que volviera al día siguiente. No me dijo si me iba a quedar o no, solo que volviera.

¿Sabes quién era aquel entrenador? El mítico Oleg Romántsev, que había sido capitán del Spartak y luego fue entrenador del equipo y de la selección. Con él en el banquillo, el Spartak fue campeón de Rusia diez veces en los noventa.

Un día me dijeron que estaba contratado, por decirlo de algún modo, porque no existían los contratos profesionales en la URSS, pero me dieron una cosa que se llama stavka, que era como un salario. Para mí era un sueño, con diecisiete añitos, jugaba en un equipo y además me pagaban.

¿Y de cuánto fue tu primer salario?

Fueron sobre unos sesenta rublos… para comparar, mi padre y mi madre trabajando ganaban en aquel entonces unos ochenta rublos, y yo, con diecisiete años, ya ganaba sesenta, aunque en aquella época tampoco había nada que comprar.

Esto te iba a preguntar, qué hiciste con tu primer sueldo.

¡Nada, nada! No podía gastármelo en nada. Se lo di todo a mis padres y ya está. Si quería comprarme un refresco o un helado, me bastaba con veinte kopeks, que son como los céntimos del rublo.

¿Entonces el Krasnaya Presnya era como el equipo de los juveniles del Spartak?

No, no, qué va. Los jugadores eran adultos y cobraban, lo que pasa es que yo era el más pequeño de todos, y la relación que tenían con el Spartak era que Romántsev era un histórico del equipo. Antes se hacía una cosa muy bien hecha y es que, en la categoría de Segunda B de la URSS, cuando un equipo jugaba en casa, estaba obligado a alinear como mínimo a un jugador de menos de dieciocho años. Un compañero de mi edad, que luego jugó también en el Spartak, y yo siempre jugábamos en casa.

La verdad es que empecé a marcar goles y a destacar, y como Romántsev era exjugador del Spartak, siempre venía gente del club a vernos jugar, incluso el presidente, el gran Nikolái Stárostin.

Al final me convertí en titular también fuera de casa y un día el entrenador me dijo que al día siguiente me iba a ir a entrenar con los juveniles del Spartak. Yo le dije que no quería, que estaba muy a gusto en el Krasnaya Presnya, era un chaval y el Spartak me daba respeto. Pero Romántsev me dijo que no, que ya había hablado con el entrenador del Spartak, que era Konstantín Béskov, que había sido delantero del Dinamo de Moscú, y que ya estaba todo arreglado.

Para tranquilizarme, Romántsev me dijo que podía ir a entrenar con el Spartak pero que iba a jugar con el Krasnaya Presnya. Por lo visto, ellos ya habían quedado en que al año siguiente me iba a ir a jugar con el Spartak.

Quedamos en que alguien me iba a esperar para acompañarme al entrenamiento, pero no me presenté.

La segunda vez.

Como no había teléfonos móviles, era más difícil que se enteraran de que no estaba yendo a los entrenamientos, pero un día me pillaron. Yo estaba con el Krasnaya Presnya, se me acercó Romántsev y me dijo: «¿Qué?, ¿cómo fue el entrenamiento?», y yo le respondí que bien, muy bien [risas].

Al día siguiente me viene y me dice: «Sasha, tú no fuiste a entrenar», y le reconocí que no [risas]. Romántsev se enfadó, no podía entender por qué no quería ir a los entrenamientos del Spartak. «Oleg Ivánovich, yo es que tengo miedo, ¿qué voy a hacer allí?», le respondí.

¿Sabes lo que hizo entonces Romántsev? Al día siguiente, cuando llegué al campo del Krasnaya Presnya, me agarró del brazo y me llevó al entrenamiento del Spartak, hasta su ciudad deportiva, que estaba a las afueras de Moscú.

Te llevó casi a rastras…

Sí, fuimos en el tren de cercanías, luego a pie… me dejó allí y se fue. Imagínate yo, siendo un chaval, y con jugadores del Spartak como Dasáyev, que luego jugó en el Sevilla, Cherenkov… yo pensaba, ¿dónde me he metido?

¿Cómo te recibieron?

Me trataron bien, porque nadie sabía quién era yo ni de dónde venía. Además, estaba tranquilo porque sabía que después de los entrenamientos me iba con el Krasnaya Presnya, a mi casa, así que me daba igual. Entrenaba, me cambiaba rápido y fuera. Un día Romántsev me dijo que no iba a jugar a la semana siguiente con ellos y que tenía que ir a jugar con el segundo equipo del Spartak. Me volví a asustar, aunque el entrenador me dijo que estuviera tranquilo, que no iba a pasar nada.

Fuimos a Ucrania, que en aquel entonces formaba parte de la URSS. Jugamos contra el Shajtar Donetsk, donde ahora la guerra, un equipo muy potente. Fuimos en tren desde Moscú, apenas habíamos dormido, pero jugué bastante bien. Yo sabía que lo podía hacer bien. Cuando volvimos, me llamó Romántsev y me preguntó que cómo me había ido, lógicamente él lo sabía perfectamente porque ya había hablado antes con sus conocidos del Spartak. El siguiente partido fue contra el Zenit, en San Petersburgo, y también fue bien. A todo esto, entrenaba con los dos equipos y también iba jugando con los dos.

¿Cómo acabó aquella temporada con el Krasnaya Presnya?

Quedamos primeros de la liga, fue fantástico. Entonces jugamos la promoción a Segunda, que la disputaban los primeros de cada grupo. Por desgracia, no pudimos ascender porque perdimos un partido en Georgia, que entonces también era una república soviética. Allí nos mataron los árbitros, que hicieron todo lo que se podía hacer para no dejarnos ganar. Tres penaltis en contra, dos goles anulados… Yo salí del campo llorando y me estuvieron buscando dos horas, porque no me entraba en la cabeza que aquello pudiera estar pasando. En aquel entonces las cosas iban así. Después del partido Romántsev se me acercó y me dijo que se había acabado, que tenía que ir a jugar con el Spartak.

No había contratos, así que me pusieron otra stavka y empecé a entrenar con el segundo equipo. Vivíamos juntos en la ciudad deportiva del club el primer equipo, el segundo y el tercero, cada uno en una planta. También entrenábamos juntos, y al final éramos solo un equipo: el Spartak de Moscú. Eso fue idea de Béskov, que hacía entrenar a los jóvenes con las estrellas.

El segundo equipo siempre jugaba un día antes que el primero y a mí me iban saliendo las cosas bien. Un día el entrenador, al acabar un partido, me dijo: «Vete a la ciudad deportiva y prepárate, que mañana vas a jugar con el primer equipo». Siempre íbamos dos o tres del segundo grupo con el primero, pero normalmente nos quedábamos en el banquillo, estamos hablando del año 1986.

¿Y cuándo diste el paso definitivo al primer equipo?

En un partido contra el Dinamo de Minsk, en Bielorrusia, que era un equipo muy fuerte. Salimos en tren desde Moscú a las once de la noche, dormimos durante el viaje y llegamos por la mañana.

Unos días antes Béskov me dijo que íbamos a ir a Minsk y que creía que iba a ser titular. Yo tenía dieciocho años… y me volvió a pasar lo de siempre, me asusté, pero tampoco podía hacer o decir nada.

Esta vez no te pudiste escapar…

No, no [risas], te meten en el tren y te llevan para allí, no hay manera. Llegamos al hotel de Minsk y dieron la charla de siempre. Entonces el cuerpo técnico dijo la alineación: Dasáyev, Jidiatulin, Radionov, Cherenkov… y Mostovói. Me quedé con los ojos como platos [risas].

Al final empatamos a cero, pero desde entonces ya siempre fui titular.

¿Cómo era la vida de un futbolista profesional de la URSS?

Desde luego mejor que la de la gente normal. Tampoco es que hubiera mucha diferencia. Ganaban más dinero, pero no había en qué gastárselo. Acabábamos los partidos y nos íbamos a la ciudad deportiva directamente. Como mucho, jugábamos al billar allí o veíamos la tele, nada más, no íbamos ni a restaurantes. Por ejemplo, los coches. Yo recuerdo que la mayoría de jugadores no tenían coche, siempre íbamos en autobús a la ciudad deportiva y luego en metro para movernos por la ciudad. Rinat Dasáyev, por ejemplo, no tenía coche, y yo en aquel momento ni soñarlo, claro. Romántsev, que había sido jugador y era entrenador, sí que tenía coche [risas], pero era horrible. Béskov también, aunque ese sí que tenía un coche normal.

Tal vez así os concentrabais más.

No, no lo creo. Creo que, si yo ahora tuviera veinte años, con todo lo que se puede hacer, tendría una vida normal y me dedicaría a entrenar, tal y como hacen los chicos ahora. A veces lo pienso, ahora marcan dos o tres goles y viven como reyes [risas]… y pienso: no saben cómo vivíamos nosotros, sin coche, sin dinero… y todo el día metidos en la ciudad deportiva. No se puede comparar, simplemente era otra realidad y otra vida.

¿Cómo era Béskov como entrenador?

Era un buen entrenador, lo que pasa es que conmigo solo estuvo dos años, hasta que vino… fíjate qué casualidad, Romántsev, que había sido mi entrenador en el Krasnaya Presnya. Con Béskov en el 87 quedamos campeones de la Unión Soviética, y en el 89-90 con Romántsev volvimos a ser campeones de liga.

Y coincides con el presidente del Spartak Nikolái Stárostin, historia viva del fútbol soviético y un hombre que tiene una vida digna de novela. ¿Cómo era?

Lo primero que me sorprendió de él es que era muy inteligente, como dicen de Putin, que parece que lo sabe todo. Stárostin, con sus ochenta años, podía pasarse dos o tres horas contándote historias que no te podían entrar en la cabeza sobre la vida tan dura que había llevado. Él siempre iba con el equipo en los desplazamientos. En cambio, hablaba poco de fútbol, porque siempre era el entrenador el que hablaba y él estaba sentado al lado, callado, como mucho nos decía dos o tres palabras al final. Además, se llevaba mal con Béskov. Con Romántsev se llevaba mejor, porque de hecho fue Stárostin el que trajo a Romántsev como entrenador al Spartak.

¿Cómo fue tu primera salida internacional?

Aquello fue algo de película. No sabía ni cómo vestirme, porque en Moscú yo iba con chándal todos los días, un chándal que tenía ya tres años. Empecé a hablar con mis compañeros, a ver si me podían prestar ropa… les decía, así, dándome importancia: «Porque voy a Hungría…» [risas]. Mi padre me dijo que me prestaba sus zapatos, pero le dije que no, que eran muy feos [risas].

¿Es cierto que te pusieron un guardaespaldas para que no te fichara nadie?

Sí, pero eso ya fue más tarde. Yo en el 87 quedé como mejor jugador joven de la URSS, con dieciocho años; al año siguiente me fue bien también, en el 89 quedamos campeones y luego, en el 90, fuimos a unos torneos en Alemania, en invierno, porque aquí en Moscú hacía frío y nos íbamos a jugar allí partidos amistosos y torneos. A los hoteles a veces entraba gente, se nos acercaba y nos decía: «Oye, ¿no te quieres ir a jugar al Stuttgart?». Y nosotros, que éramos jovencitos: «¡Claro que quiero! Pero ¿cómo?» [risas]. Entonces los entrenadores y la gente que venía con nosotros se dieron cuenta y nos pusieron a alguien para que controlara. Además, nos avisaron de que no teníamos que hablar con nadie y de que, si queríamos hablar, tenía que estar presente otra persona más.

¿Alguien del cuerpo técnico?

Del cuerpo técnico y luego otras personas que viajaban con nosotros. Siempre eran dos o tres, y la verdad es que no sé cómo llamarlos, es como si fueran del KGB. Siempre estaban por allí, en los desplazamientos. Se sentaban en el hotel, miraban por aquí, por allí. Si íbamos a pasear por la ciudad, iban siempre detrás de nosotros, a una cierta distancia, y eso era siempre así, y, por decirlo de algún modo, era también lógico, porque vivíamos en el comunismo y nos íbamos al capitalismo, a países que eran como enemigos. Siempre nos avisaban: «Si salís a la ciudad tenéis que ir en grupos de tres o cuatro, no podéis ir solos». Nosotros en aquel momento lo veíamos como algo normal.

En aquella época llegó al poder Gorbachov, se hicieron muchas reformas en la URSS, y mucha gente se ilusionó con aquel cambio… ¿cómo lo viviste?

No lo viví, la verdad. Nosotros ni entendíamos ni entrábamos en política, solo teníamos fútbol en la cabeza.

A finales de los ochenta llega Valeri Karpin al Spartak, con el que después daríais tantas buenas tardes de fútbol.

Llegó en el 89-90. A la ciudad deportiva siempre llegaban muchos jóvenes para probar y tal. Y un buen día llegó Karpin, pero yo entonces ya era una estrella [risas]. Y me acuerdo de que estaba sentado con Dasáyev, en el salón de la residencia, y entró él, así delgadito y jovencito, y no le hicimos mucho caso. Lo saludamos y ya está, estaría bien preguntarle a él cómo lo vivió, porque yo ya estaba allí desde hacía tiempo, pero a él le pasaría como a mí cuando fui por primera vez a la ciudad deportiva, que estaba alucinado y un poco asustado.

De aquel equipo, con el que mejor te llevabas era con Dasáyev.

Sí, el primer equipo vivía en la tercera planta y me pusieron de compañero de habitación a Dasáyev. Cada uno tenía su habitación, pero, para que nos entendamos, compartíamos una especie de recibidor común. Imagínate cuando me pusieron con él, una megaestrella y yo un chaval. Así vivimos dos años. Karpin, por ejemplo, vivía en la segunda planta.

También me llevaba muy bien con Shalímov, aunque a él lo conocía desde los catorce años porque habíamos jugado juntos en la selección de Moscú, de la URSS… Era muy amigo mío.

Pasan los años y llegamos a la ruptura de la URSS, los equipos georgianos y los bálticos se separan de la liga soviética, ¿cómo vivisteis aquello?

La verdad es que no entendíamos mucho qué estaba pasando. Esto pasó ya en el último campeonato de la URSS y nos avisaron antes, era el año 91 y se fueron dos o tres equipos de la competición, creo que el Žalgiris, el Vilnius… pero a nosotros nos daba igual, nos limitábamos a jugar. Alguna vez habíamos entrenado y luego, cuando llegaba la hora del partido, nos decían que no se iba a celebrar, pues nada. Sabíamos que en el país había muchos cambios, pero en el fútbol no nos afectaba mucho más allá de estas situaciones.

¿Ves alguna similitud entre la separación de la URSS y lo que pasa ahora en España?

No, no veo nada en común. Lo que sí, en mi opinión, no entiendo es por qué Cataluña quiere separarse, es mi opinión personal. Pero no veo ningún punto de comparación con lo que se vivió aquí en el 91. Piensa que la URSS era algo enorme, de ahí salieron quince países.

¿Y cuál crees que sería la solución para arreglar las cosas entre Cataluña y España?

Pues que las cosas volvieran a como estaban antes, ya te digo que sigo sin entender cuál es el problema. Cuando hablo con mis amigos de España y me cuentan, yo no entiendo por qué hay gente que quiere separarse, a ver, dime tú, ¿por qué? ¿Es que la gente cree que va a vivir mucho mejor que antes? No, eso nunca. Claro, si te separas y te dicen que mañana vas a ganar diez veces más, pues lo entiendo, pero es que eso no va a pasar porque es imposible. Todos los países que se han separado lo han pasado mal y al final han acabado más o menos igual que estaban o peor. De verdad, no lo entiendo, ¿por qué Cataluña quiere independizarse? ¿Tú me lo puedes explicar?

Pues hay una parte importante de los catalanes que no se siente a gusto en la España de hoy a nivel político.

A ver, a nivel político yo tampoco me siento a gusto muchas veces con nada.

Volvamos al Spartak, a la época dorada, cuando elimináis al Nápoles de Maradona, ¿cómo fue aquello?

Aquello fue fácil [risas]. Cuando nos tocó el Nápoles todo el equipo y todo el país se quedó alucinado. Ahora tenemos a Messi, Ronaldo… pero antes solo había uno: Maradona. La competición se llamaba la Copa de Campeones, no Liga de Campeones, y solo jugaban los ganadores de cada liga, eso quiere decir que ir progresando era bastante más complicado que ahora. Hasta llegar a los octavos de final contra el Nápoles tuvimos que eliminar a dos buenos equipos. El primer partido lo jugamos allí, en Italia. En aquella época teníamos un equipo bastante bueno, éramos jóvenes, estaban Karpin, Kulkov y algunos más, y no le teníamos miedo a nadie, aunque el nombre de Maradona nos imponía respeto.

En Nápoles empatamos 0-0 aunque tuvimos unas cuantas ocasiones de gol claras, yo hice un palo con la cabeza e incluso pudimos ganar. Hay que tener en cuenta que el Nápoles en aquella época era un equipo muy potente, doble campeón de Italia. Pero lo más fuerte es lo que pasó aquí en Moscú.

El estadio de Luzhnikí tiene una capacidad para unas cien mil personas, pero es que llegaron llamadas de toda la URSS para comprar entradas. Una semana antes ya nos dijeron que había habido trescientas mil solicitudes para conseguir entradas.

Al final, Maradona no llegó con el resto del equipo, llegó a Moscú el mismo día del partido con su avión privado. Tú imagínate, en aquel tiempo, que nos contaran a nosotros, que vivíamos en un sistema comunista, que había un jugador que viajaba en avión privado [risas], cuando a veces no teníamos ni buenos guantes para los porteros. Cuando nos lo explicaron, yo pregunté que qué era eso de un avión privado, sencillamente no lo podía entender [risas].

El partido de vuelta fue en noviembre, aquí ya nevaba. Luzhnikí, lleno a reventar. Fue una locura. Maradona no salió de titular, se quedó en el banquillo. No sé si fue por el entrenador o fue él el que no quiso jugar. Acabamos la primera parte empatados a cero y luego ya salió él… no veas, el público se volvió loco. Pudimos aguantar, porque en la segunda parte el Nápoles jugó mejor que nosotros. Acabamos empatados a cero, jugamos la prórroga y fuimos a penaltis, que de eso es de lo que se acuerda todo el mundo.

Nos llamó Romántsev y nos preguntó que quién iba a tirar. Yo pedí ser el último porque pensaba que así me libraría y la tanda se resolvería antes de que me tocara [risas]. Nadie estuvo en contra… pero lo que acabó pasando es que mi último penalti acabó siendo el decisivo. Nosotros marcamos cuatro y un defensa suyo falló. Luego tira Maradona, marca… y ahí me tienes a mí, el último. Estábamos en el centro del campo esperando y me quedé solo. Fui andando al punto de penalti y no sé qué me pasó por la cabeza… y marco. Marco y ya está, me voy corriendo, todo el mundo vino a abrazarme y fue un momento increíble.

¿Cómo celebrasteis aquella victoria tan épica?

Fuimos a una cafetería después del partido que estaba al lado del estadio. Allí nos esperaban muchos amigos. Piensa que en Moscú tampoco había nada que hacer, en la ciudad había cuatro restaurantes, pero para nosotros, con veinte añitos, aquello fue increíble.

Y después os toca el Real Madrid de Butragueño.

Sí, empatamos a cero aquí y luego les ganamos 1-3 en el Santiago Bernabéu. El partido de vuelta yo lo vi desde el banquillo porque tenía problemas en la espalda, por la mañana me pincharon, pero no podía ni levantarme y me quedé sin jugar. Fue un partido impresionante también.

Al final caísteis en semifinales con el Olympique de Marsella.

Nos ganaron en casa 1-3, y allí en Francia también nos ganaron. Éramos muy jóvenes, y después de haber eliminado al Nápoles de Maradona y al Madrid nos creíamos que éramos tan buenos y tan fuertes que con el Olympique iba a ser fácil. De todos modos, sabíamos que tenían un buen equipo, allí jugaban Basile Boli, Abédi Pelé, Jean-Pierre Papin, Chris Waddle… sabíamos que eran buenos, pero llegamos a un punto en que ya nos daba igual quién tuviéramos delante, y ya no solo a nosotros, también les pasaba a los directivos. De golpe, el Spartak se había hecho famoso en todo el mundo y nos encontraron dos o tres partidos amistosos en un torneo en Japón, para ganar un poco de pasta. Eso coincidió con la eliminatoria con el Marsella. Estuvimos en Japón una semana y en teoría allí teníamos que preparar el partido contra el Olympique. Sin embargo, entre el viaje y el jet lag llegamos a Moscú solo dos días antes del partido y aquello nos mató, salimos al campo medio dormidos y nos metieron el 1-3.

Sin embargo, al Marsella le acaba ganando el Estrella Roja de Belgrado en los penaltis… ¿por qué era tan bueno el fútbol del Este en aquella época?

¿Sabes por qué? Yo creo que porque en la cabeza de los jugadores de la Europa del Este había fútbol y nada más. No había dinero, ni coches, ni apartamentos… nada, y si no tienes nada de eso, pues no te distraes. En nuestro tiempo libre veíamos fútbol por la tele y luego entrenábamos, ya está [risas]. Ahora los jugadores acaban su partido, se llaman, quedan para cenar, para ir aquí, allá… igual por eso antes éramos más competitivos.

Entre el 19 y el 21 de agosto de 1991 hubo un intento de golpe de Estado en la URSS contra las reformas de Mijaíl Gorbachov, ¿cómo lo viviste?

Nosotros estábamos fuera, habíamos salido con la selección, la verdad es que no recuerdo dónde. Vimos las imágenes por la tele del hotel en el que estábamos concentrados. Vimos a los militares por las calles y los disturbios en Moscú y nos asustamos mucho, empezamos a llamar a casa para ver si todos estaban bien y nos empezaron a decir que iba a haber una guerra, que iba a empezar una guerra civil… y lo vivimos con mucho miedo, la verdad. Además, sabíamos que al cabo de dos o tres días teníamos que volver, igual nos detenían al aterrizar… no sabíamos qué iba a pasar.

En los años noventa ya no jugabas aquí, pero muchos rusos dicen que lo pasaron mal en aquella época. ¿Cómo lo vivías desde la distancia?

Lo pasé mal porque mis padres se quedaron aquí y aquello les afectó directamente, yo, gracias a Dios, estaba ya en Lisboa, y lo que hacía era invitar a mis padres para que se vinieran a Portugal. De hecho, mi madre vivió conmigo en Lisboa bastante tiempo, porque sabíamos que aquí en Rusia no había nada que hacer y lo peor era la incertidumbre de no saber qué iba a pasar después. Mi padre también estuvo un tiempo en Lisboa, pero menos. Yo pasé aquellos primeros años en Portugal y solo venía a Moscú para jugar con la selección, así que no lo viví en carne propia, pero claro que sabía que las cosas estaban mal. Cuando en vacaciones venía a Moscú tenía miedo, porque era un desastre. El recuerdo que tengo es verlo todo negro… ya cuando iba a aterrizar el avión, miraba desde la ventanilla y decía… madre mía, qué va a pasar ahora. Entonces salías, en el antiguo aeropuerto de Sheremétievo, que parecía una cárcel, y la policía y los otros pasajeros… había miradas hostiles, tensión. Luego, teníamos el problema de que en aquella época cuando facturabas el equipaje muchas veces no llegaba, porque directamente desaparecía, te lo robaban. Imagínate cómo era, que casi siempre cuando viajábamos con la selección llevábamos el equipaje dentro del avión, no nos separábamos de él, porque a veces no lo recuperábamos. De todos modos, no recuerdo mucho de aquella época, porque estuve en Lisboa y luego tres años en Francia, así que aquello quedó un poco de lado, pasaba unos días aquí, me subía al avión y punto. Además, económicamente yo estaba bien, porque en aquella época ganaba mucho y podía ayudar a mis padres, tenía coche, buena comida, me iba bien futbolísticamente y la verdad es que no pensaba mucho en este tema.

¿Y cómo crees que se pasó de aquel momento de casi colapso hasta el punto de hoy, que más o menos estamos bien?

Bueno, bien, bien… Tampoco estamos bien. En Moscú las cosas están bien, luego, en San Petersburgo también… pero menos, ya empiezas a ver cositas. Y si te vas a cincuenta kilómetros de Moscú las cosas están mal y eso se nota, se notaba en el 93 y se nota hoy. Por eso no creo que estemos bien, claro que hay gente que está muy bien, pero creo que la mayoría, según mi opinión, no está bien, porque no puedes ganar cincuenta mil rublos [unos 741 euros] y vivir bien con los precios que hay, con los gastos de la comunidad, por ejemplo, que son de unos doce mil rublos [unos 173 euros]. No sé cómo vives tú… [risas]. Cuando vas al metro, ves a la gente, y se nota que a algunos no les va bien. A ver, estamos bien en el sentido de que no hay guerra, como sí la están sufriendo en Ucrania. Te hablo de lo que conozco, que es el caso de mis padres. Ahora ya están jubilados y con su pensión, y, después de pagar gastos, les quedan unos cuatro mil rublos [58 euros], ¿y qué es eso? Eso nos lo gastamos tú y yo en una comida. Yo siempre me fijo en eso, en las pensiones. Si ganaran treinta mil, perfecto, pero diez mil, doce mil… ¿qué vas a hacer con eso?

¿Y cómo se puede arreglar esta situación?

No lo sé, la verdad es que no entiendo mucho de política, igual soy un poco diletante… pero yo, cuando hablamos entre amigos y tal, no entiendo por qué hay gente que gana millones sin hacer nada y por qué estas personas no pueden dar un poco de su dinero a la gente mayor o la gente que trabaja y que no gana mucho, ¿por qué no dan un salario mínimo más alto que dé para vivir bien? ¿Por qué en un país donde hay tanta pasta no se hace esto? Yo puedo entender que no se haga en otros países, con otras características, pero no puedo entender por qué no se hace aquí.

En la URSS los deportistas lo tenían muy difícil para marcharse, ¿cómo acabaste en el Benfica?

Yo, en mi caso, me escapé. Estábamos jugando un torneo con el Spartak de Moscú en Alemania. Como te he dicho antes, siempre había gente que entraba al hotel y te ofrecía ir a este o aquel equipo… y aquel mes me llamó una persona, que me ofreció ir al Benfica, y otra, que me ofreció ir al Bayer Leverkusen. Este último había tenido relación con el Spartak de Moscú anteriormente. Él quiso llevarme al Leverkusen, para él era una forma de ganar dinero, y a mí la verdad es que me daba igual, porque no sabía ni qué era el dinero, pero él sí que lo sabía. Esta persona habló con la gente del Leverkusen y se pusieron de acuerdo. Iban a ficharme, de hecho, gente del Leverkusen vino a Moscú y, después de un partido en casa, quedamos y hablamos y me hicieron una oferta. Luego, ya en Alemania, hablé con el presidente del equipo y me pusieron el contrato delante para firmarlo y una cantidad de dinero en efectivo. Yo me quedé mirando los fajos de billetes, nunca había visto tanto dinero junto en mi vida. Tampoco era una cantidad grande, pero para mí… [risas]. Estaban allí el presidente del Leverkusen y el chico este que quería que fichara con ellos. Me mira y me dice: «Cógelo», y yo le dije que no, que no sabía qué hacer con ese dinero, y ellos insistieron en que lo cogiera. Al final me dijeron que saliera de la sala y que ellos lo iban a arreglar todo.

Después, volvimos al hotel y me dijo: «Mira, hemos firmado un precontrato y todo va para adelante». Yo subí a la habitación y justo me llaman los del Benfica, de Lisboa, y me dicen que me habían comprado ya los billetes para ir a Portugal. Al día siguiente cogí la mochila y me fui al aeropuerto, dije el número de vuelo, me senté en el avión y me fui para allá [risas].

Después me enteré de que este chico que había hecho todo el trato con el Leverkusen se quedó solo… porque no me despedí de él y al día siguiente vio que ya no estaba en el hotel. Se puso a buscarme como un loco, piensa que él se dedicaba a aquello porque no era un cualquiera… pero, claro, yo tenía veinte años y me daba todo igual.

Llegué a Lisboa, todavía no sé cómo, sin visado ni nada. En el aeropuerto me estaba esperando Paulo Barbosa, que era mi contacto con el Benfica y sabía ruso porque había estado diez años estudiando en Moscú. Fue él el que les recomendó que me ficharan y el que hizo este transfer, por decirlo de alguna manera [risas]. Del aeropuerto fuimos a la sede del Benfica, me encontré con el presidente y algunos directivos, y firmé el primer contrato de mi vida. Me dijeron lo que iba a cobrar, en aquella época en Portugal la moneda era el escudo. No entendía ni cuánto era mi salario, pero firmé y me convertí en jugador del Benfica.

Aunque la cosa no se quedó ahí. Cuando el Spartak y el que me había intentado vender al Leverkusen se enteraron de dónde estaba, me vinieron a buscar y casi me matan [risas]. Dos días más tarde de fichar aparecieron en la habitación de mi hotel y me dijeron que hiciera las maletas, que nos íbamos para Moscú y punto. Yo les dije que no podía ser, que ya había firmado un contrato con el Benfica, y así empezamos a gritos. Paulo Barbosa, que al principio era nuestro traductor en Lisboa, con todo el escándalo, entró en la habitación y empezó a hablar con ellos, se tranquilizaron y poco a poco arreglaron el tema. Tardaron tiempo en cerrarlo, porque piensa que le pidieron dinero al Benfica, como una indemnización. Al Benfica la verdad es que le daba igual, porque decían que en la URSS no había contratos, así que no sé cómo lo arreglaron, pero lo arreglaron y me pude quedar allí.

¿Y cómo fue pasar de no saber qué era el dinero a vivir en una sociedad capitalista?

Bueno, empecé a entrenar, estaba contento, porque las instalaciones eran buenas, teníamos un campo de hierba bonito que casi solo había visto por la tele, el equipo tenía un gran nivel… además en Lisboa el clima era mejor, hacía más sol que en Moscú [risas]. También me dieron ropa para entrenar, ¡y no tenía que lavarla yo mismo! Aquello no existía en Rusia, en Rusia entrenabas y tú te lavabas después la ropa a mano.

¿Los profesionales también?

Claro, antes para nosotros era normal, eso solo cambió a mediados o finales de los noventa.

¿Y cómo llevabas el hecho de estar más libre?

Eso fue complicado, porque entrenaba por la mañana y luego no sabía qué hacer. Además, no sabía portugués y no entendía nada, así que me quedaba todo el día en casa. Suerte que después también ficharon por el Benfica Yurán y Kulkov. Cuando vinieron ellos estuve mejor, y pasábamos todo el día juntos, íbamos a la playa, a restaurantes… Pero mi paso por el Benfica fue complicado. Antes no era como ahora, que te fichan y te ponen a un traductor, una persona que te va a limpiar la casa, que te hace la compra… antes llegabas a un sitio y te dejaban un poco solo, tenías que apañártelas como podías.

¿Te arrepientes de haber fichado por el Benfica?

Fueron dos años y medio de fútbol perdido para mí. Lo único bueno que saqué de allí es que cuando después me fui a Francia era más fuerte mentalmente. El primer año fue el más duro porque además no podía jugar, porque no pudieron inscribirme como extranjero, así que me pasé medio año entrenando sin jugar. Además, tuvimos problemas en el vestuario, no sé por qué los rusos no les gustábamos a algunos compañeros, que nos miraban como si fuéramos de un país tercermundista y no nos trataban muy bien. Por suerte estábamos los tres juntos, y si tocaban a alguno pues respondíamos.

¿Llegasteis a las manos?

Sí, en el campo, en el vestuario, en los entrenamientos… muchas veces. Lo arreglábamos a golpes. Pero tampoco me arrepentí, porque sabiendo cómo estaban las cosas en Rusia… no había mucho que hacer aquí. A partir del año 91 en la liga rusa casi se podía jugar borracho, como jugaban algunos, el nivel bajó mucho. Piensa que el país se paralizó, empezó la liga y el Spartak quedó diez veces campeón, diez veces seguidas, imagínate.

El entrenador del Benfica en aquella época, Toni Oliveira, se quejaba de vosotros, en especial de Kulkov, porque decía que salía mucho de noche.

No, no lo creo. Piensa que estábamos solos y, aparte del entrenamiento, poco se podía hacer en Lisboa en el año 91 o en el 92.

Jugaste con Rui Costa, João Pinto, Paulo Futre…

A nivel futbolístico eran impresionantes, era un gran equipo, y te puedo decir más gente: Stefan Schwarz, Mozart Santos, un defensa brasileño, de portero teníamos a Pinto, el segundo portero era Silvino Louro, que ahora es ayudante de Mourinho, el capitán de la selección de Portugal, Vítor Paneira, Paulo Sousa… era un equipo fantástico.

De ahí te vas a Francia, al Caen.

Como en el Benfica no jugaba, le dije a Barbosa que me quería ir, y él empezó a buscar equipos, y al final encontró al Caen y adiós Benfica, me dije que no iba a volver nunca, a mí solo me interesaba jugar. En Francia sí que me volví a sentir como un futbolista. Desde el primer día empecé a entrenar bien, contento, a jugar bien. Además, tuve mucha suerte con el entrenador, Daniel Jeandupeux. Me pusieron el número 10 desde el principio, como una estrella. En dos o tres meses ya era el mejor del equipo y lo pude salvar del descenso, porque cuando llegué estábamos abajo. Incluso le ganamos 1-0 en casa al Olympique de Marsella con un gol mío… tengo muy buen recuerdo de mi paso por el Caen. Luego pasó que el entrenador fichó por el Estrasburgo y la única condición que les puso es que me ficharan a mí también. Jeandupeux me dijo: «Mira, Álex, yo me voy al Estrasburgo, que es ya un equipo fuerte, pero quiero que te vengas conmigo». Le dije que perfecto.

En el Estrasburgo jugué muy bien, aunque firmé por cuatro temporadas, fueron dos años impresionantes. El primer año ya conseguimos entrar en la UEFA y llegar a la final de la Copa de Francia. Teníamos un equipo muy bueno y también era el número 10. La verdad es que me sentía a gusto con todo: con el entrenador, con el presidente, con el campo, la gente, incluso me gustaba la ciudad. El segundo año también fue impresionante, llegamos hasta los cuartos de final de la UEFA, jugábamos bien… y, como siempre, empezó a llamarme gente de otros clubes. Estrasburgo está en la frontera con Alemania, de hecho, es una antigua ciudad alemana, así que me empezaron a llamar todos los días del Kaiserslautern, del Stuttgart… yo escuchaba las ofertas y el presidente y los directivos del Estrasburgo se acabaron enterando.

Luego vino el campeonato de Europa del 96 con la selección de Rusia y me volvía loco con tantas ofertas. No tenía representante y no sabía para dónde ir. Al final, me llamó el presidente del Estrasburgo y me dijo: «Mira, Álex, a ti te quedan dos años más de contrato y no te dejo que te marches». Yo le dije que me daba igual, pensaba que iba a ser como cuando me fui al Benfica, me escapo y ya está [risas]. Al final le propuse que renováramos y me subieran la ficha y la cláusula, y, aunque empezamos a negociar, no sé por qué al final no quisieron cerrar nada, creo que estaban seguros de que no me iba a ir porque pensaban que nadie iba a pagar la cláusula. El tiempo iba pasando y vi que a la hora de la verdad ningún equipo quería pagar y que se iba a cerrar el mercado de fichajes.

Un día salió el presidente en la prensa y dijo: «Le hemos dado a Mostovói un ultimátum de cinco días para que se decida: o encuentra un equipo que se haga cargo de la cláusula o se queda». Entonces yo me vi en una situación complicada, porque en el Estrasburgo no me querían mejorar la ficha y tampoco había ningún equipo dispuesto a pagar aquella cantidad por mí. Ya tenía medio asumido que me iba a quedar allí.

Pero acabaste en el Celta.

Me llamaron al día siguiente de Vigo. Yo no tenía ni idea de qué equipo era el Celta de Vigo ni de dónde quedaba la ciudad. Al día siguiente se plantaron en Estrasburgo, nos encontramos y la verdad es que me pareció todo bastante bien, además siempre me había gustado el fútbol español. Cerraron un trato con el Estrasburgo, me compraron un billete y me fui para Vigo.

Aunque el fichaje estuvo a punto de suspenderse…

Cuando llegué a Vigo tuvimos un problema. Yo iba con una persona que sabía francés y español y me hacía un poco de representante. En Estrasburgo habíamos quedado en que iba a cobrar una cantidad, pero cuando estaba en España me pusieron el contrato delante para que lo firmara y suerte que me dio por mirarlo. Yo no sabía español, pero vi que la ficha era más baja de lo que habíamos acordado. A todo esto, la prensa ya había publicado que me habían fichado y que me iban a presentar al día siguiente. Estuve a punto de firmar aquel contrato. Cuando lo vio mi representante ya empezaron a discutir, y los españoles, como siempre: «No pasa nada, no pasa nada, mañana, mañana lo arreglamos, tú firma, Álex, y después de la presentación lo arreglamos». Yo les dije que no, que ya sabía cómo iba aquello. Total, que empezaron a discutir y de repente coge mi representante y me dice que no firmamos y que nos vamos al hotel, después de haberse tirado media hora peleándose.

A las doce de la noche llamaron a mi representante desde el Celta y le dijeron que ya estaba todo arreglado, así que agarramos un taxi y volvimos al restaurante. Los directivos me abrazaron, «¡Hombre, Álex!» [risas] y ya habían puesto las cifras bien. Así, sí firmé y al día siguiente a las once de la mañana me presentaron en Balaídos.

El primer año en Vigo no te fue muy bien.

No, porque yo tenía muy idealizado el fútbol español. Allí vi cosas que nunca había visto antes. Aparte de que teníamos un equipo un poco flojo, lo que me sorprendió más fue ver las instalaciones, no me lo podía creer. Yo, con veinte años, en la ciudad deportiva del Spartak de Moscú teníamos comida, campos, habitación… y allí no había ni campo para entrenar. Cuando me llevaron a la ciudad deportiva del Celta por primera vez, los vestuarios parecían una tienda de campaña. Había dos banquetas, unas perchas y no teníamos ni agua caliente. Tenían solo un termo y no tenía capacidad para calentar agua para todos, muchas veces nos duchábamos con agua fría, a veces yo me iba a casa a ducharme después de entrenar directamente. Menos mal que vino mi mujer con mi hijo Sasha, que había nacido en Francia, y pudimos encontrar una casa que nos gustó mucho en la playa. Aunque ver aquel panorama todos los días, aquellas instalaciones y apatía en el equipo, me iba minando y desanimando.

Entonces llegó el famoso partido contra el Sporting de Gijón, cuando ya dices basta.

Día a día, partido a partido, me fui hartando, a veces perdíamos 3-0 y a la gente parecía que le diera igual, veías a compañeros bailando contentos en el autobús, yo no entendía nada. Yo jugaba para ganar, me podía matar en el campo para ganar, pero a veces no veía competitividad en los compañeros, y aquello no me podía entrar en la cabeza, no lo podía entender, y de hecho era lo que más me desesperaba. Imagínate, todo esto después de haber estado en Francia, donde las cosas se hacían bien y todo era muy profesional.

Y llegó el partido contra el Sporting de Gijón. Aquel partido lo íbamos ganando, estábamos jugando más o menos bien, ganábamos 1-0, pero empieza la segunda parte y nos marcan dos goles. Aquello no era la primera vez que pasaba, todos los partidos eran igual, y dije: «Ya está, no podemos perder así». Y me fui del campo, que fue el famoso escándalo… Lo que pasa es que yo me fui porque no sabía que ya habíamos hecho los tres cambios, y pensé: «Mira, que me cambien porque es que no aguanto más». Entonces me dijeron que no podía marcharme. Al final me quedé en el campo, pero no jugué. Me pusieron una multa de dos millones de pesetas, me apartaron del equipo… pero a mí me daba igual, porque no quería seguir allí, aquello era un desastre.

Mucha gente se puso en contra de mí, pero poco a poco muchos acabaron viendo que aquello no podía seguir así, y de hecho las cosas mejoraron a partir de entonces. Yo le dije a todo el mundo lo que creía que había que mejorar y me acabaron dando la razón, empezando por muchos compañeros. Éramos un equipo profesional y había muchas cosas que teníamos que cambiar, hasta el presidente y los directivos ya empezaron a tomarse en serio lo de mejorar las instalaciones. Al final terminamos el año bien, bueno, conseguimos salvar la categoría y de hecho le ganamos al Real Madrid.

El año siguiente ya fue el mejor año del Celta, y así pasamos siete temporadas seguidas.

En aquel Celta te reencuentras con tu viejo compañero Valeri Karpin…

Cuando el cuerpo técnico estaba preparando la plantilla para el año siguiente, yo les dije que si querían jugar bien había que fichar. En aquella temporada llegaron Karpin, Mazinho, Gustavo López, Revivo… A partir de entonces la situación cambió totalmente y fuimos uno de los mejores equipos de aquellos años, aparte de que jugábamos bien al fútbol. En dos años, además, mejoraron la ciudad deportiva de A Madroa y teníamos vestuarios donde al menos nos podíamos duchar [risas].

De aquella época todos recordamos el dúo Mostovói-Karpin, ¿cómo os llevabais fuera del campo?

Nos llevábamos muy bien. Para él la adaptación fue más fácil porque antes de fichar por el Celta había jugado en la Real Sociedad y el Valencia. Ya habíamos jugado juntos en el Spartak de Moscú y en la selección, así que no teníamos ningún problema, incluso después vivimos en el centro de Vigo en el mismo edificio, pero cada uno tenía su vida.

En el campo daba la impresión de que os entendíais muy bien.

Claro, porque el fútbol es muy fácil. Nos mirábamos y conectábamos, porque es lo que habíamos aprendido en el Spartak, donde podíamos jugar con los ojos cerrados. Además, veíamos igual el fútbol, yo cuando recibía un balón ya sabía qué maniobra iba a hacer él, y Karpin sabía lo que yo le podía dar. Muchas veces juegas con alguien y esperas de él un pase, pero sabes que no te lo va a dar, porque sencillamente no sabe darlo. En el otro extremo, por ejemplo, si juegas con Messi, tú con Messi no tienes que hacer nada, solo tienes que abrirte bien y él te da lo que necesitas.

En aquella época te pudiste vengar del Benfica…

Sí, sí, les ganamos 7-0. Cuando nos tocó el Benfica, les dije a mis compañeros: «A estos les vamos a dar una paliza».

También le metisteis un 5-1 al Madrid.

Al Madrid, al Barça… [risas].

Pero en 2004 el equipo bajó a Segunda.

Eso fue una pena. Karpin, yo y, bueno, todos nosotros habíamos subido al Celta tan arriba… en la Liga, en Europa, donde gustaba mucho nuestro juego. Aquello a los directivos se les subió a la cabeza y las cosas se empezaron a hacer de otra manera. Empezaron a dejar de pagar, siempre te decían que mañana, mañana… y así fue durante todo el último año, que jugamos también la Liga de Campeones. Yo ya tenía treinta y cuatro años, y sabía que o no me renovaban o a saber qué iba a pasar conmigo, y piensa que yo no ganaba como un jugador del Madrid o del Barcelona.

Empezamos mal la Liga, porque muchos jugadores no estaban cobrando al día y eso se notaba, se notaba en los entrenamientos y en los partidos. Luego Karpin se fue. Él quería quedarse en el equipo, pero directamente no le renovaron porque dijeron que no había dinero. Yo hablé con el club y les dije que era mi último año y que tenía que cobrar, que si no cobraba no iba a jugar. E igual que yo toda la plantilla entró en esta dinámica. En la Champions jugábamos mejor, nos pasó a veces ganar al Ajax jugando fabulosamente o al Milan, y luego al domingo siguiente en la liga perder contra el Osasuna.

En el Celta acabamos muy mal. El problema es que yo sabía que no me iban a pagar, si hubiera sabido que iban a pagarme, aunque fuera con atraso, pues hubiera aguantado. Pero es que hubo casos en el Celta de jugadores que se fueron sin cobrar. Eso, si te pasa con veinticinco o veintiséis años, pues fichas por otro equipo y sabes que tienes cinco o seis años de ficha, así pasó con Jesuli, Velasco, Juanfran… Pero yo ya tenía treinta y cuatro años, ¿quién me iba a fichar? Acabé el contrato y de hecho me fui sin cobrar, el último año no me pagaron nada.

¿Y entonces qué pasó?

Volví a Moscú y pasé cinco meses desconectado del fútbol, cuando de golpe me llamaron del Alavés, que lo acababa de comprar el famoso Dmitry Piterman. Piterman me explicó el proyecto y me pareció bien. Firmé con ellos y me fui para Vitoria hasta final de temporada.

El problema es que yo en aquella época tenía algunos problemas personales, estaba solo, con treinta y cinco años, en otra ciudad… y en Segunda División. Yo llevaba quince años compitiendo a un nivel altísimo, y de repente verme en Segunda, peleando por migajas, aquello me quemó. A pesar de todo, estuve muy bien con el equipo, con mis compañeros y con Piterman. Al final conseguimos subir a Primera y yo puse mi granito de arena.

¿Y cómo llevas el estar retirado?

Los primeros tres o cuatro años, muy bien, porque vivía en Marbella, con sol y playa, con mi familia, viendo a mis hijos crecer, tranquilos. La verdad es que esa primera etapa creo que todos los jugadores la disfrutan mucho: descansas, no viajas tanto, puedes hacer un poco lo que te da la gana, pasar más tiempo con la familia… pero luego ya te entra la nostalgia y te acuerdas de tu carrera, de cosas que habrías podido hacer de otra manera.

Además, cuando te retiras también gastas más y no ganas como antes. Yo al final me vine a Moscú. Moscú es una ciudad grande y hay más cosas que hacer, además tengo a mis padres aquí, aunque mis hijos, que ya son mayores, viven en España. De momento, así vamos tirando. Sobre todo en los últimos dos años voy trabajando con la tele rusa, de comentarista deportivo, pero a veces echo de menos estar más apegado al deporte.

Mi vida es el fútbol, y si algún día me llaman de algún sitio para entrenar, yo me voy para allá con los ojos cerrados.


Mapa de las aficiones del fútbol español

Fotografía: Alberto Varela (CC)
Fotografía: Alberto Varela (CC)

Vivimos en un país de aficionados al fútbol. Para sospecharlo basta con mirar un telediario o asomarse a Twitter una tarde de partido, pero además tenemos datos que la confirman: según las encuestas del CIS, a la mitad de los españoles le interesa este deporte. Los datos también confirman la impresión generalizada de que la mayoría de simpatizantes lo son del Real Madrid (38%) o del FC Barcelona (25%) y que el resto de aficiones —las del Atlético (6%), Valencia, Athletic o Betis (3%)— son minoritarias a nivel nacional. Esas estadísticas nos dan la foto general, y es verdad que son las cifras que mueven el dinero y gobiernan las audiencias televisivas, pero no reflejan el duelo que se libra en cada ciudad y cada pueblo.

Porque, ¿cómo se distribuyen las aficiones a lo largo y ancho del país? Esa es la pregunta que hacemos hoy. Queremos averiguar (¡por fin!) si hay más culés que madridistas en Valencia, si las Castillas beben de la fuente central, o el nacionalismo (o la simple singularidad territorial) tiene efectos sobre qué equipos prefieren los ciudadanos. Vamos a ver que hay regiones monolíticas, como Lleida y Bizkaia, y otras divididas en tres contingentes, como Granada o Castellón. ¿Está justificada esa sensación de inferioridad numérica que le asola cada lunes cuando llega la discusión futbolera? ¿Es Ud. uno de tantos entre sus vecinos o puede sentirse una excepción?

(En las provincias que faltan, desgraciadamente, la muestra de la encuesta del CIS era demasiado pequeña para concluir nada, lo sentimos)

1. Los favoritos en cada provincia

El mapa siguiente muestra qué equipo de fútbol tiene más aficionados en cada provincia. Los datos, como todos los que veremos, provienen de la encuesta que realizó el CIS en junio pasado.

mapa 1

Las muchas Españas del fútbol. Aunque el Real Madrid es capaz de dominar en la mayoría de territorios del centro y sur de la península, en las provincias del norte, en Valencia y en Sevilla las mayorías se alinean con otros equipos. El Barcelona domina Catalunya y la provincia de León (!), mientras que el resto de regiones optan por sus escuadras locales: Valladolid, Deportivo, Sporting, Osasuna, Athletic, etc. Las provincias de La Rioja, Albacete y Baleares, por su lado, tienen el corazón dividido entre los dos grandes. Más tarde, hacía el final de este artículo, discutiremos sobre las posibles causas de esta distribución, pero de momento permítannos que sigamos indagando.

2. El madridismo y el barcelonismo por provincias

Los dos mapas que siguen muestran el porcentaje de aficionados que tienen el Real Madrid y el Barcelona.

mapa 2

(Este mapa puede verse con más detalle en un mapa interactivo en CartoDB. Ahí se incluyen también los márgenes de error, que son significativos en las provincias donde la muestra de la encuesta es más pequeña. Al final del artículo hay una tabla con los principales datos desglosados).

mapa 3

(Este mapa puede verse con más detalle en el mapa interactivo).

Madrid vs. Barça, ¿sur contra norte y centro contra periferia? En España el Real Madrid es el equipo con más aficionados (33%), seguido a una distancia nada despreciable del FC Barcelona (24%) y con el resto mucho más atrás. Este madridismo se concentra en el centro de la península ibérica… así como en Lugo y Ourense, donde seguramente se nota la falta de un equipo local fuerte. Pero en general, el tercio norte parece ser mal sitio para la escuadra blanca. Por su parte, el Barça, el segundo club más querido del país, tiene sus plazas más fuertes, aparte de en Catalunya, en una especie de donut que rodea el centro peninsular. Esta distribución en centro y periferia es bastante clara, aunque hay varias provincias que escapan del patrón: el norte es poco barcelonista, Tarragona es más madridista de lo que cabría esperar y Ourense justo lo contrario.

Esta distribución se observa aún mejor si ponemos frente a frente la potencia de arrastre de los dos equipos más seguidos de España, donde puede apreciarse cómo efectivamente la ventaja del Madrid respecto al Barça se difumina conforme uno se aleja del centro y del sur del país.

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(Este mapa puede verse con más detalle en el mapa interactivo.)

3. Ni del FC Barcelona ni del Real Madrid: los terceros equipos

El último mapa refleja el porcentaje de las aficiones del tercer equipo, diferente de Barcelona y Real Madrid, con más aficionados en cada provincia. De esa manera estaremos viendo la fuerza de esos «otros equipos» en cada una de las regiones.

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(Este mapa puede verse con más detalle en el mapa interactivo).

Lo primero que verán es que en la mayoría de provincias los terceros equipos son más bien minoritarios (no superan el 20% de aficionados), pero que hay un buen número de excepciones. Los equipos de Asturias, Cantabria, Valladolid y Pontevedra se mueven entre el 30%  y el 50% de seguidores, seguidos de aquellos de Sevilla, La Coruña, Valencia y Zaragoza, que superan el 50% y consiguen ser mayoritarios. Un tercer grupo lo forman la Real Sociedad, el Osasuna y el Athletic que superan el 70% y son casi monolíticos en Gipuzkoa, Navarra, y Bizkaia, respectivamente.

El porqué de esta distribución de aficionados

Hemos visto que el Real Madrid domina en la mayoría de territorios del centro y sur de la península, que el Barcelona es mayoritario en Catalunya y está muy presente en toda la periferia, mientras que son otros equipos los que dominan en Valencia, Sevilla, Zaragoza y la mayor parte del norte (sobre todo en Galicia, País Vasco y Navarra). Pero, ¿qué puede explicar esta distribución de aficionados? ¿Por qué en algunas provincias son tan fuertes los equipo locales mientras que en otras todo el mundo apoya a Real Madrid y Barcelona?

Pues bien, además del «factor norte», un elemento que parece ayudar a tener una afición local numerosa es contar con una gran ciudad en la provincia: con la excepción de Málaga, en todas las provincias donde se ubican las ciudades más pobladas domina siempre un equipo local (ocurre en Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla, Bilbao y Zaragoza). No es extraño. Una gran ciudad sirve para coordinar aficionados en número suficiente y alimentar así un equipo competitivo, capaz de mantenerse en primera y hasta competir por títulos de vez en cuando. Un equipo, en definitiva, capaz de proporcionar emoción, ilusiones y espectáculo de primer nivel. Donde eso no es posible, o no ocurre, la gente elige seguir al Real Madrid o al FC Barcelona.

Tampoco cabe despreciar que un mayor sentimiento de pertenencia, de singularidad cultural o nacional, tenga su reflejo en las afinidades futbolísticas y acabe atado al balompié. La tierra pesa, pero parece que no pesa lo mismo en todas partes. Un tercer elemento, aunque seguramente menor, pueden ser los flujos migratorios:las provincias con más habitantes llegados de otras tendrán sus fidelidades más repartidas —quizás eso explica porque el Real Madrid y el Barça dominan Toledo y Lleida más incluso que las propias Madrid y Barcelona.

En todo esto hay, por supuesto, un efecto de retroalimentación y de «dependencia histórica» más que evidente: conforme un equipo tiene más aficionados —por la razón que sea—, consigue más recursos y construye equipos más competitivos, gana partidos, lucha por títulos y da más espectáculo, y de esa forma consigue reclutar más aficionados; aficionados que le servirán para conseguir más recursos nuevamente, y así sucesivamente. Esa realimentación nos aporta otro factor para explicar nuestro mapa: la antigüedad de los equipos. Si una ciudad tuvo pronto su primer equipo de fútbol, esos equipos pioneros tuvieron tiempo de crearse una afición antes de que los dos grandes dominasen, y ese impulso inicial pudo bastar para consolidarlos como equipos con una cierta base social y por tanto competitivos.

En definitiva, es posible elucubrar durante infinitos cafés y amontonar montañas de cascos de cerveza sin saber exactamente por qué las simpatías futbolísticas se han distribuido como lo han hecho. Por suerte es una cuestión que importa poco. Lo cierto es que una miríada de factores, unos obvios y otros inimaginables han interaccionado e interaccionan de forma incierta y presumiblemente complicada, pero el resultado es conocido: todas esas fuerzas agitadas, miles de personas inculcando equipo a sus hijos, niños en el colegio observando camisetas y balones de cuero, ojos emocionados que ven ganar a un equipo, o casi ganar, o perder y estar satisfechos… todas esos sucesos diminutos se amontonan y configuran un escenario conocido: los mapas que acabamos de dibujar.

 

Apéndice. Tabla con los datos principales desglosados (también pueden consultarse en el mapa interactivo al que ya nos hemos referido antes).

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Cinco goles como cinco orgasmos (o por qué se me va la vida con el fútbol)

Sergio celebra el gol del Dépor frente al Real Madrid en la final de Copa del Rey de 2002. Foto: Cordon Press.
Sergio celebra el gol del Dépor frente al Real Madrid en la final de Copa del Rey de 2002. Foto: Cordon Press.

Y cuando digo fútbol, me refiero al Dépor. Al Deportivo de La Coruña. En realidad a mí lo que me gusta del fútbol es jugarlo. Verlo está bien, pero no me va la vida en ello. En cambio sí me va la vida en ver al Dépor. La vida, la garganta, el corazón y el ánimo. Una desgracia como otra cualquiera.

¿Te gusta el fútbol?, a veces me preguntan. Bueno, a mí lo que me gusta es el Dépor. Hay gente que se muere si no puede ver una semifinal Brasil-Alemania de un Mundial. Sí, yo también quiero verla, pero lo que es morir, me muero si me pierdo un Sabadell-Dépor jornada diecisiete Segunda División domingo a las doce de la mañana.

¿Cómo se te puede ir la vida por el fútbol?, me preguntan otras veces. Yo pienso que no es por el fútbol, es por el Dépor. Y que si hay gente a la que se le va la vida por dinero, por un cantante o por Dios, no sé qué tiene de extraño que a mí se me vaya por mi equipo. Porque es que se me va.

Ese adiós de la vida, esa huida del cuerpo, suele producirse a través del grito del gol. El absurdo instante en el que tu ojo capta que la pelota ha entrado en la portería. No siempre se detecta igual. En el estadio, si la portería está lejos, no gritamos gol hasta que vemos cómo se mueve la red. Intuyes que la pelota avanza, que el peligro revolotea confuso como un niño jugando con un cuchillo entre el portero y la portería, pero no ves un carajo, hasta que de pronto vislumbras la sacudida de la red y la tensión se libera de un grito. Esa tensión que coge carrerilla mientras agarras la manga del aficionado del al lado para impedirte a ti mismo saltar al campo. Hay veces que ni siquiera ves la red; solo escuchas el griterío y ves a los jugadores levantar los brazos y allá vas tú con tu celebración ciega: no lo has visto, pero te lo crees. Otras veces la portería está cerca, entonces ves nítidamente como la pelota supera al portero y durante un chispazo de tiempo, menos de un segundo, adquieres la certeza de que el balón va a entrar, de que no hay posibilidad física de que no lo haga, y entonces tu grito nace unas décimas antes del gol. En ocasiones —sin dejar de gritar echas un vistazo rápido al linier, compruebas que corre hacia el medio campo autorizando el gol y rematas tu alarido como se merece. Nada más trágico que emprender la celebración y verte obligado a abortar tras hallar el horror en forma de banderín levantado. «¡Lo anuló!», suele gritar alguien todavía abrazado a otro. Y te sientes como cuando descubriste que Pressing Catch era mentira.

En casa la televisión te lo ofrece más claro y siempre se festeja con conocimiento de causa. A cambio, la celebración se vuelve más personal. Para quien no está atento a la tele ni al partido es como el arranque violento de un loco. O, peor aún, de varios. Tres, cuatro, cinco adultos gritando a pulmón en un espacio cerrado. Eso es un gol. Sacarlo todo en un instante sin filtros, sin control, sin obstáculos. Como Penélope Cruz en los Óscar. Proferir un defectuoso bramido que vacíe la tensión de un golpe y volverte a sentar tan satisfecho como si lo hubieras metido tú. Una pelota entra en una portería y eso deriva en un instante de éxtasis en tu interior, en una inyección de felicidad y placer que borra cualquier otro avatar de la vida y que, durante unos segundos, te inunda de bienestar. Eso es un gol de tu equipo. El símil con un orgasmo es de una obviedad ofensiva.

Veamos cinco de ellos que me han hecho hombre. Me refiero a cinco goles:

Gol de Zoran

La primera cosa no normal que le recuerdo al Dépor (el Dépor es un equipo que se caracteriza porque le ocurren cosas no normales) fue en el partido de Segunda División contra el Murcia temporada 90-91 con mi abuelo al lado. Entonces tenía yo nueve años y recuerdo a mi abuelo saltar del sillón con el gol de Zoran Stojadinovic que valía un ascenso. Mi imagen es nublosa: un tipo de pelazo al viento batiendo por bajo a un portero de gorra blanca (ningún portero sin gorra en los tardíos ochenta) que iba en pantalón corto (corto de verdad) a pesar de que el área pequeña era de tierra.

El partido había empezado con mucho retraso porque se declaró un incendio en la grada de Preferencia. «Las meigas, queimada», dirían los cronistas del tópico al día siguiente. Allí estaba yo, sentado en el suelo (antes a los niños se nos mandaba al suelo para ver la tele) viendo como las llamas flameaban en el techo de la grada y mi abuelo diciendo, «¡otro año que no ascendemos, verás!». Por suerte sí ascendimos, de la mano de Arsenio Iglesias a quien en rueda de prensa le inquirían, «Míster, ¿qué?», y él contaba el partido. En realidad, para gran parte de mi generación, ahí comenzó todo. Más de lo que nunca soñamos y más de lo que, probablemente, merecíamos.

Gol de Alfredo

En el gol que Alfredo Santaelena le metió a Zubizarreta en la final de Copa del Rey de la 94-95, los deportivistas bramamos dos goles: ese y el que había fallado Djukic el anterior año en su maldito penalti.

Segunda cosa no normal del Dépor: esa final se jugó en dos actos: el primero el 24 de junio y el segundo el 27. La primera parte duró setenta y nueve minutos y se vio interrumpida por una tormenta como jamás había visto Madrid (probable exageración). Granizos como percebes obligaron a interrumpir el partido cuando iba empate a uno contra el Valencia (el rival el anterior año del penalti de Djukic, claro). Se decidió que los once minutos que restaban se jugarían tres días después. De aquel compás de espera recuerdo la incertidumbre, la confusión, como aquel turista que en una parada de autobús de Betanzos preguntó a un vecino si por ahí pasaba el bus para Coruña y le respondieron: «ayer pasó».

También recuerdo las súplicas a mi padre para que me llevase al Bernabéu. «¿Para once minutos? Estás loco». «Que no, que va a haber prórroga», exponía yo (es probable que dijese próloga). Tenía razón mi viejo: no hubo tiempo extra. A los dos minutos cayó un balón de cualquier sitio y de cualquier forma y Zubizarreta (había porteros más rápidos que él) llegó más tarde que la cabeza de Alfredo Santaelena, un jugador que venía como añadido al fichaje de Donato del Atlético de Madrid, fichaje que, por cierto, era de cara a los dos o tres últimos años de carrera de un ya veterano. Se quedó diez.

Alfredo cabeceó, la pelota entró y yo recuerdo pensar que no sabía cómo celebrar aquello. Que era demasiada felicidad, demasiada alegría. Y me fijé en los jugadores y les vi tan contentos, con esa cara de cabreo de pura felicidad, que me pregunté si a alguno le podría dar un ataque o algo. Después descubrí la tortuosa sensación de que no pase el tiempo, aunque el tiempo sean nueve minutos. Fui un niño temeroso de la alegría desde ese día. Fui un niño, por siempre y para siempre, deportivista.

Gol de Sergio

El problema de ganar al Madrid es que tu equipo no gana: pierde el Madrid. La ecuación causa-efecto se invierte, como aquel paisano de Corcubión (perla de la Costa da Morte) que salía de casa, se quedaba mirando los molinos eólicos del monte de enfrente y decía enfadado: «Joder, cada vez que encienden esos chismes pega un viento de carallo».

Al Madrid en Madrid le ganamos pocas, poquísimas veces. Pero las elegimos. La recordada, la épica, fue la del centenariazo, claro. «Fue solo una Copa del Rey, nos da igual», me dicen mis amigos madridistas. Y yo no niego que les dé igual, pero que no me lo digan. Déjame rebozarme en mi épica, coño. Y mi épica es la épica blanquiazul, la que llevó a veinticinco mil deportivistas al Bernabéu un día entre semana de invierno a jugar de visitantes una final. Allí estaba yo, claro, el único de entre mis amigos convencido absurdamente de la victoria. El resto, pesimistas, sin ver solución a una derrota segura, como cuando a Fraga le preguntaron qué harían si el Prestige se negaba a alejarse de la costa y respondió, conciso, «se le pega un cañonazo y punto».

Mi recuerdo del primer gol del partido, autoría del deportivista Sergio González, actual entrenador del Espanyol, es borroso. Esta vez no por los años y sí por el alcohol que veinticinco mil bárbaros llegados del norte habíamos trasegado en aquel marzo madrileño que nos hizo ocupar el fondo norte del Bernabéu dos horas antes de que comenzara el partido. A pesar de la nebulosa todavía puedo ver la pelota avanzando despacio hacia la línea de gol ya superado el portero (César) y todos detrás de la portería agarrados unos a otros, de pie al estilo vieja grada de cemento (que vuelvan ya) y con los ojos desencajados porque, qué cojones, quién iba a pensar que les íbamos a meter un gol en su final. Perdí una zapatilla en aquella celebración en la que juro vi volar cuerpos por encima de mi espalda mientras la buscaba. Después vino otro gol, de Tristán, el de la incredulidad, y finalmente el pitido final no sin sufrimiento por el tanto de Raúl que cerró en 2-1 el partido.

De entre los cánticos, fuegos de artificio y lágrimas de alegría, me recuerdo a mí mismo sentado en mi asiento por primera vez en noventa minutos regocijándome en mi alegría incapaz de ponerme de nuevo en pie de puro cansancio.

Gol de Albert

En mis primeros años como periodista trabajé en el diario Marca. Cubría el devenir del Deportivo desde la delegación de A Coruña. Me pillaron los últimos años de Champions del Dépor y recuerdo que tenía una buena relación con Jabo Irureta, el entrenador entonces. Más bien era una relación paterno-filial. Hubo unos cuartos de final en el año 2004 que emparejaron al Dépor con el Milan de Ancelotti, por entonces, probablemente, el mejor equipo de Europa: Maldini, Nesta, Gattuso, Seedorf, Rui Costa, Shevchenko… Nos metieron cuatro en la ida en Milán, y eso que empezamos ganado con gol de Pandiani. Gol que vi solo, lamentablemente solo, en la delegación del periódico. Y lo festejé como un energúmeno corriendo en círculos. Luego nos metieron ellos cuatro y adiós muy buenas. Parecían habernos despachado como el sindicalista argentino Luis Barrionuevo despachó a una periodista que le preguntaba por la crisis del corralito: «En este país —dijo Barrionuevo— lo que hay que hacer es que todos dejemos de robar dos años». Sinceridad al peso.

En los días de espera antes del partido de vuelta, en una rueda de prensa, le pregunté a Irureta qué prometía si remontaban: «Hago el Camino de Santiago», me dijo. Y lo tuvo que hacer. El Dépor le metió al Milan los tres que necesitaba en Riazor más otro extra. De aquellos, recuerdo especialmente el tercero, el que culminaba la remontada, obra de Albert Luque. Había conseguido no trabajar aquella noche (era especialista en zafar en las grandes citas para acudir como se debe al estadio: borracho y con amigos) y tengo el nítido recuerdo de la pelota entrando de forma inaudita en la portería, comprender en un décima de segundo que habíamos remontado y abrazarme a mi buen amigo Iago. Recuerdo bien ese abrazo porque fue muy fuerte, que casi no nos dejábamos respirar el uno al otro y me acuerdo que pensé: «Coño, qué abrazo más sincero y cuánta alegría». Y recuerdo también que nos habíamos abrazado porque antes había intentado gritar el gol, pero no me salía la voz.

Gol de Borja

Imposible terminar sin una mención especial al Celta de Vigo. Para aquellos lectores no gallegos lo resumiré en que la relación entre el Dépor y el Celta es de amor-odio pero sin la parte del amor. Como un hombre que solo debe temer la picadura de una cobra, el ataque de un tigre y la venganza de un afgano, un deportivista solo debe temer una cosa: perder contra el Celta. Por suerte, no solemos hacerlo. Y menos cuando no debemos.

No debíamos aquella mañana de Segunda División del 15 de abril de hace dos años. Unos cinco mil deportivistas se presentaron en Balaídos sin previo aviso sabedores de que, ganando, teníamos medio ascenso conseguido. Intentaré ser breve: el Dépor empezó ganando cómodamente con dos goles y en la segunda parte las tornas cambiaron y el Celta empató a falta de cinco minutos. Ese segundo gol vigués nos puso contra las cuerdas, nos tenían donde querían: solo necesitaban la puntilla, el tercero, y completarían la remontada. Pero es el Celta, de modo que los minutos pasaron y en el último del descuento (del descuento, no de la segunda parte) hubo una falta tonta cerca del área. Del área donde estábamos los cinco mil deportivistas apiñados. El balón voló y —no es un recurso narrativo, es una realidad— mientras seguía con la vista su parábola, pensaba: «Dios, ¿te imaginas un gol ahora? Un gol en el último segundo, hundirlos en su propio estadio, gritarles el gol aquí mismo y encima casi asegurarnos el ascenso gracias a ellos». Los pensamientos se repitieron pero sin el condicional mientras descendía dieciséis filas sin tocar el suelo, arrastrado por la marea humana que celebraba lo imposible: la falta terminó en gol. Gol de Borja Fernández, un jugador declaradamente celtista pero que vestía cosas del mercado futbolero nuestra camiseta. Todo era absolutamente perfecto.

Toda esa alegría, ese éxtasis provocado por el gol de Borja, el de Albert, el de Sergio, el de Alfredo o el de Zoran, es lo que te hace comprender que merece la pena. Que merece la pena que se te vaya la vida por el fútbol. Y cuando digo fútbol, me refiero al Dépor.


Vicente Engonga: «Hacerle falta a Butragueño era como pegar a un niño, me sabía mal»

Vicente Engonga para Jot Down 0

Miguel Jones, aquel bilbaíno nacido en Malabo que deslumbró en el Atlético de Madrid en los sesenta, no debutó con la selección española aunque estuvo convocado y llegó a calentar en la banda en un partido contra Rumanía. Solo se puso la roja para un encuentro benéfico organizado por Carmen Polo. Después llegó Donato Gama da Silva, natural de Rio de Janeiro, que accedió a la doble nacionalidad y fue el primer negro que jugó con la selección española. Y finalmente llegó Vicente Engonga. Nacido en Barcelona, criado en Cantabria, con la parrilla de TVE de los setenta aprendida de carrerilla. Su caso, el de un español hijo de inmigrantes, no tendrá nada de particular en pocos años, cuando la primera generación de hijos de los trabajadores de todo el mundo que vinieron a enriquecer nuestro país a partir de los noventa estén en todas las categorías del deporte español. Pero además de eso, Engonga fue un centrocampista duro y trabajador, ese tipo de jugador que se puso de moda en el apogeo de los Vieira y Makeleles, que formó parte de combinados históricos para el buen conocedor de este deporte, como el Celta de Rojo y los Valencia y Mallorca de Luis Aragonés.

¿Cuál es la historia de tu familia?

Mi padre, que yo sepa y por lo que me dice la gente, fue el primer negro que pisó Cantabria en el año 58. Imagínate el shock que fue para los españoles de los cincuenta. Yo ya soy de otra época, pero a mi padre le tocaba la gente para ver si estaba pintado. Cosas que ahora no se entienden, pero él siempre se lo tomó por el lado bueno. Aunque al principio pueda parecer que te agobia la gente, si eres un poco listo puedes sacar provecho. Por eso hizo muchos amigos.

Mi padre vino a España porque jugaba bien al fútbol y en la zona de Micomeseng, en Guinea, de donde él es, había mucho cántabro. Un señor que se apellidaba Varillas se lo trajo a España. Después vino la dictadura de Macías y no pudo volver a Guinea, a su país, hasta el año 2000. Cuarenta años sin poder regresar a su tierra. No vio morir a su padre ni pudo ver a su hermano ni a su madre durante todos esos años.

¿Cómo fue tu infancia?

Nací en 1965, en la España de Franco. Me recuerdo siempre de chiquitito con una pelota entre los pies. Con entre uno y cero juguetes porque mis padres no tenían capacidad económica para comprarme nada. Siempre me decían que todo costaba mucho. Pero no dinero, sino que conseguir cualquier cosa costaba mucho trabajo, y luego he comprobado que es cierto. Pero recuerdo una infancia muy alegre porque tuve tres hermanos y siempre he estado rodeado de alegría, de peleas, de juegos. Con diez años tenía un amigo que era hijo único y yo pensaba que eso era una lástima. El tío tenía el Scalextric, el fuerte apache de los Playmóbil, en Navidad un montón de regalos, lo tenía todo porque era él solo, pero siempre tenía que llamar a alguien para jugar. Nosotros cuatro, con un balón y dos canicas, nos arreglábamos. Me considero muy afortunado.

Has dicho en alguna ocasión que tus padres te repetían que eran «pobres pero honrados».

Siempre. Es la frase que más he escuchado en boca de mi madre. Y, con la edad que tengo, es de las primeras cosas que miro. Uno de los problemas que hay hoy en día en la sociedad en general es que la gente no es honrada. No quiero decir que todo el mundo robe, pero a la hora de dar la palabra, de darle la mano a alguien, ya no vale nada. Yo vengo de una época en la que dar la mano valía mucho, más que una firma, y ser honrado lo era todo.

¿Cómo llega el fútbol a tu vida?

Mi primer recuerdo de fútbol, aparte de los cromos —que no eran como los de ahora, sino que tenías que comprarte pegamento, aunque la clara de huevo pega muy bien es mi padre y el As, que en aquella época era el periódico del Atlético de Madrid. Mi padre era muy del Atlético. Nos hablaba de fútbol y desde muy chiquititos nos llevaba a ver partidos de Tercera, a la Gimnástica de Torrelavega o al Barreda; él delante por la calle y nosotros detrás como si fuésemos patitos.

Mi padre me inculcó sobre todo el querer ganar. La mayor rabia que he sentido en la vida fue un día de chiquitajo, con diez u once años, jugando una final de futbito. Recuerdo un gol en contra, mirar a mi padre, que era la primera vez que venía a verme jugar, y verle riéndose. No veas qué rabia sentí, te lo juro. Es algo que he recordado muchas veces cuando las cosas me han ido medio mal o medio bien: que empiece una final, te metan un gol y tu padre se ría de ti en lugar de darte ánimos.

Entonces el fútbol no era tan mediático. Cuando tenía cuatro años no tenía televisión, escuchaba la radio. Y de mayor, cuando la tuve, a la hora del partido había una película. Estaba la 1 y el UHF, nada más, y mi madre no quería ver fútbol. Cuando llegué a Primera se lo dije: todo lo que me has hecho sufrir no dejándome ver el fútbol y ahora que salgo yo sí lo quieres poner. Cuando era pequeño el fútbol era más de vivirlo, el día a día, leer el Marca y el As como mucho. Mi primer recuerdo en televisión es la final del Atlético de Madrid y el Bayern de Munich.

¿Quiénes fueron tus ídolos?

Me gustaba mucho Paco Gento, yo creo que porque era de Cantabria. No sabía cómo jugaba, pero oías hablar de él como de una leyenda. Cuando tuve un poco más de conocimiento, Cruyff. Y me gustaba muchísimo Leivinha, que jugaba en el Atlético de Madrid. Cuando era infantil mis compañeros me llamaban Pitinho, por un jugador que había en el Sevilla. Y con dieciséis o dieciocho, cuando buscas a alguno que te gusta de verdad, fui bastante de Ruud Gullit.

Al que le copiaste un poco el look.

No, un poco no. Le copié entero. El tío medía 1,88 y yo pensaba: tengo que llegar a 1,88, tengo que llegar a 1,88… Era negro, alto, con melena. Me dejé la melena por Gullit. Es verdad. Para mí era un futbolista supercompleto porque le vi jugar de delantero centro, de medio, de libre. Recuerdo un partido contra España en Sevilla después de Mundial 82 que ganaron 1-2 y él jugaba de libre. Me gustaba muchísimo. Los amigos del barrio eran más de Van Basten, de Rummenigge, tenía un amigo para el que Pierre Littbarski era dios. Pero a mí me gustaba Gullit. No sé si porque era negro, pero me identificaba bastante con él. Así que en cuanto pude, en cuanto mi madre me dio un poco de libertad, me dejé crecer el pelo como él.

Pero en un principio ibas para electricista.

Sí, pero no acabé porque no quise. Hay una época en la que puedes pensar que no acabas por el profesor o porque no puedes, pero en el fondo cualquier persona puede compaginar fútbol y estudios. Si no lo hace es porque no quiere y más en esta época, que hay más facilidades para estudiar que antes. Yo era bastante inteligente, podía sacar cincos o seises solo yendo a clase, pero al final abandoné la FP por dejadez.

¿Por qué fuiste a FP y no a la universidad si se te daba bien estudiar?

Antiguamente hacías EGB hasta octavo y luego los directores le recomendaban a tus padres que fueras al instituto o a FP. Te ponían «Nota media: 6,5. Se recomienda que el alumno estudie FP». Y mis padres que eran muy correctos hicieron caso al director del colegio y dijeron: a FP.

¿Te pareció justo?

No sé. Tienes trece años, el director dice FP y tus padres te llevan a FP. Entré, miré lo que había, Electrónica, Electricidad, Delineante, Automoción, y elegí electricidad. Un «chispas» más. Me gustaba, pero tampoco le puse mucho interés. Luego cuando dejé de jugar, en 2003, me apunté a la UNED para sacar el acceso a la universidad para mayores de veinticinco años y me lo saqué con notable de media. Así que tonto no soy.

Tu hermano, que falleció el pasado año, era albañil, dijiste que él era un verdadero héroe, y no los futbolistas.

Para mí sí, y se lo dije varias veces. Cuando pasa el tiempo y te das cuenta de las situaciones que has vivido, ves que has tenido la suerte de crecer en una familia pobre, muy honrada y con cuatro hermanos. Porque siendo yo cabeza de familia, tuve dos hermanos que se sacrificaron mucho por mí. Cuando mi padre se quedó en paro yo estaba en primero de FP, tenía catorce o quince años. Pues como yo era el mayor, tendría que haber sido yo quien se fuera a trabajar, el que tenía que sacar pecho por la familia, pero mi hermano Rafa dijo que lo iba a hacer él. Mi hermano Julio estudió un año y al siguiente también se puso a trabajar. Si no fuera por eso a lo mejor yo no habría podido ser futbolista, habría tenido que dejar los estudios y haberme dedicado a ser albañil, pensar más en poner ladrillos que en otra cosa. Mi madre era ama de casa de toda la vida, había que sacar dinero y mientras que yo, con quince, dieciséis o diecisiete años no aportaba nada a casa, mis hermanos traían un sueldo de peones que sustituía un poco al de mi padre. Luego, cuando ya tuve la capacidad de ayudar a mi familia, la he ayudado, pero para poder llegar a eso se sacrificaron mucho mi hermano Rafa y mi hermano Julio. Si no fuera por ellos yo no estaría aquí ahora hablando contigo.

Rechazasteis tú y tus hermanos a la selección guineana.

Estando yo en el Sporting Mahonés en 1986 llegó una carta diciendo que nos querían convocar a los cuatro. En aquella época no podías ocupar plaza de extranjero en Tercera División, solo podías ocupar en Segunda B si te había fichado un club de Segunda que había descendido. Yo no pensaba que iba a llegar mucho más lejos que de Tercera o Segunda B, así que si me iba seleccionado ¿por quién fichaba luego? Hablé con mis hermanos y ninguno queríamos ir. No pensábamos que fuésemos a ser algún día futbolistas famosos. Jugábamos y ya. Piensa que cuando me llega esa carta, los jugadores de mi edad, como Martín Vázquez o Sanchís, estaban ya en el Real Madrid. O Fonseca en el Valladolid. Yo con veinte estaba en el Mahonés.

¿Y eso de que se perdió el dinero que os mandaron para viajar?

Salió a posteriori. Yo creo que algún listo dijo que sí que íbamos, mandaron la pasta y se la quedó. A mí particularmente me llegó cero.

Vicente Engonga para Jot Down 1

Te chupaste en Ferrol una mili ochentera.

Hice cuarenta días en Cartagena en infantería de marina. En Madrid hice el curso de policía naval en Arturo Soria y luego un año en Ferrol. Creo que a muchos niños de hoy en día de diecioocho años les haría mucha falta hacer la mili para que vieran lo que es obedecer, ya que no obedecen a sus padres. Pasarse un año sabiendo qué es la disciplina.

Al llegar a Ferrol un teniente formó a todos y dijo que el primero que tuviera algún problema conmigo se las iba a ver con él. Lo primero que pensé fue: «Adiós, ahora sí que voy a tener problemas». Fue todo sin comerlo ni beberlo. Pero no pasó nada. Hubo momentos complicados, a fin de cuentas estás fuera de casa con diecinueve años, pero a través del deporte —jugué en un equipo de Segunda Regional, el O Val— lo enfoqué bien. También había un equipo de fútbol en el cuartel, luego una selección de Marina Norte, y además un equipo de baloncesto. Yo jugaba en todas partes. Para mí eso era vida, así que como comprenderás no tengo mal recuerdo.

¿Los militares no eran duros con los reclutas?

Los militares son militares. Es todo una cuestión de disciplina. Pasa como tú en tu casa con tus hijos, que te impones porque los hijos no pueden mandar en una casa. Y si eres un soldado y tienes a un sargento, tienes que obedecerle. Desde que muere Franco en 1975 a 1986, que es cuando hago la mili, van once años, y en esos once años en España cambió todo. Incluso se legalizó el Partido Comunista, gobernó el PSOE, cosas que once años atrás eran impensables. No te las creías. Entonces, en el ejército, para ser sargento primero no han de pasar dos años, ni cuatro, es toda una vida y ya estaban bastante quemados. Además, tenían la mentalidad de gente de entre cincuenta y sesenta años, venían de los años sesenta. Eran personas que primero de todo te venían con el palo, porque eran militares, pero era lo lógico. No sé cómo son los tenientes de hoy en día, pero un teniente de mi edad, cuarenta y ocho años, no es como un teniente de cuarenta y ocho años de 1985.

En aquella época ya podías pedir no hacer la mili, pero si lo hacías casi te echaban de tu pueblo. «¿Cómo no vas a hacer la mili? ¡No quieres a España!». Era una cosa de locos. Tus padres te echaban de casa si no querías ir. Y no estamos hablando de una cosa tan lejana, es hace treinta años. Hoy en día tenemos capacidad para discutirlo todo, pero en aquella época no se discutía prácticamente nada. Llegabas a tu casa, te daban una carta y te ibas a Cartagena al día siguiente.

Pero luego cuando he sido entrenador de categorías inferiores del Mallorca he pensado que si muchos de esos críos se pasasen un añito en la mili y volvieran seríamos campeones del mundo cinco veces seguidas.

Y después de la mili, a la Segunda B de los años ochenta con el Sporting Mahonés

Tuve problemas para fichar por ellos. Había un problema de retenciones de fichas y el presidente de la Gimnástica no era muy buena persona precisamente. Mi padre estuvo viajando cada día en tren, que no tenía coche, a la Federación Cántabra para ver si me daban permiso para jugar en Mahón. Al final todo fue bien y de ahí no puedo tener mejores recuerdos. Es donde maduré de verdad. El fútbol de Segunda B en aquellos años era muy complicado, complicadísimo. En los cinco años que estuve jugué contra «Chapi» Ferrer, Pep Guardiola, Tito Vilanova, Carles Busquets, Onésimo, Molina… muchos de los que luego llegaron.

Segunda B era muy física. Guardiola, por ejemplo, había debutado ya con el primer equipo, pero cuando jugaba en Segunda B lo pasaba muy mal. Porque el Mini Estadi está muy bien, pero intenta jugar en Mahón con el Barça B. Así aprendes lo que es el fútbol. A los chavales a los que entreno les digo muchas veces que la diferencia entre un juvenil y un futbolista que ha estado jugando con mayores es que en un balón dividido el juvenil mira para arriba y el veterano a los lados, de modo que cuando el juvenil se quiere dar cuenta ya tiene un ojo morado. El veterano gana el balón sin mirarlo. Es una manera dura de aprender, pero…

Cuando se habla de cantera, ves a futbolistas que han entrado en un club bueno con once años y a los veinte cuando llegan al filial todavía no han aprendido de verdad qué es el fútbol. Has jugado contra gente veterana, pero todos tus compañeros son de tu edad. Si luego de repente te ceden y entras a un vestuario donde hay uno de treinta y cuatro años al que tienes que quitarle el puesto, que si se queda sin jugar no va a poderle dar pan a sus hijos, ahí se ve si eres futbolista o no. Siempre has estado jiji-jaja con tus colegas y pasas a una situación en la que hay gente que depende de que no la cagues en un pase y haya un contraataque para cobrar mil euros. Muchos de los que fracasan es por eso.

Cuando te ceden es cuando empieza el fútbol. Cuando oigo hablar de montar una liga solo para filiales creo que no es bueno porque se aprende de verdad cuando sales de tu hábitat. Estar en un filial es muy bonito, pero luego te vas a Vigo como Rafinha y ahí se ve si eres futbolista de verdad o no, si tienes capacidad mental para soportar la competición o no.

Cuando estabas en Segunda B pasaste del Real Madrid.

Cierto. Creo que debo ser de las únicas personas que le han dicho al difunto señor Malbo que no iba al Madrid. Yo no sabía quién era, me enteré años después. La gente a veces me decía «¿Le has dicho a Malbo que no?». Sí, ¿qué problema hay?

Me llamaron y me querían hacer una prueba para el Madrid Castilla. Yo estaba de vacaciones y les pregunté tres veces si me querían o no me querían. No me importaba si era el Madrid o lo que fuera, quería saber si me querían o no. Llevaba una semana en mi barrio, estaba bien, no me iba a ir a hacer una prueba.

Diste el salto a primera fichado por el Valladolid de Pacho Maturana, el recordado Valladolid de los colombianos.

Valladolid me costó un poco al principio. Salía todos los días de mi casa, me encontraba al vecino, le decía «buenos días» y él «msñññ». Luego iba al quiosco y la señora me decía «¿Qué desea?» Y yo «El Marca y el Norte de Castilla». Todos los días. Iba cada día y todos me preguntaba «¿Qué desea?» Joder, ¿no veía que todas las mañanas me llevaba lo mismo? Y el vecino sin saludar. Yo, un negro con melenas, quería gritarle a la gente «¡Un poco de educación, por favor!». Luego fui conociendo a gente maravillosa, y los compañeros hicimos quinta y quedábamos para beber calimocho y hablar de novias. Pero…

Y en lo futbolístico, sin querer menospreciar a todos los entrenadores que tuve hasta que llegué a Valladolid, Maturana para mí fue el primer entrenador de verdad. Fue la primera vez que entendí lo mucho que cuenta un entrenador en un equipo. Y no solo él, también Diego Barragán, su preparador físico, que era un monstruo.

Era un buen equipo, con Higuita, Caminero, Santi Cuesta, que había jugado en la selección sub19, Fonseca, Onésimo, Valderrama, pero el club arrastraba problemas económicos desde antes de llegar yo y se hablaba de que el objetivo era clasificarse para la UEFA. La cosa empezó mal. Nunca se me olvidará Maturana, en la cuarta o quinta jornada, entrando al vestuario en un partido que íbamos perdiendo en Zorrilla 0-1. Pensaba que nos iba a caer una bronca que se iba a acabar el mundo, como ocurría en Segunda B, y Maturana entró con semblante serio, pero tranquilo, y dijo que dejáramos de preocuparnos, que jugáramos al fútbol, que fuéramos nosotros mismos y que si perdíamos, al día siguiente iba a salir el sol igual. Con veinticinco años, era la primera vez en mi carrera que no me pegaban una bronca por ir perdiendo.

Maturana era un tío metódico, creía mucho en las ideas. Cuando tirabas un balón a veinticinco metros te preguntaba qué hacías. Hoy en día el tikitaka está muy de moda, pero en aquella época… recuerdo que durante toda la temporada me decía: «Usted désela a Carlos [Valderrama], usted se la da y él la devuelve, es como una pared, no se preocupe, désela». Y yo a veces le decía que no podía ser, que tenía a dos encima, no me entraba en la cabeza que se le pudiera dar el balón a un tío que no está solo. Él me la pedía, veía que tenía a dos encima y decía «¡que estoy solo, que estoy solo!». Para él tener cinco alrededor era estar solo. Luego cuando vas creciendo y viendo la calidad de la gente lo entiendes. Tú le tiras una pelota a Xavi o a Messi cuando están rodeados de seis y están solos.

Fabio Capello iba a Zorrilla cuando entrenabais a tomar notas de los entrenamientos de Maturana.

Lo leí. Yo no lo conocí ni lo vi, pero recuerdo una nota del Norte de Castilla en su día. Maturana era muy famoso, ese verano estuvo a punto de ir al Madrid, luego no sé si se arrepintió Mendoza. Por eso ese año cada diez o quince días aparecía gente con una libreta. Pero yo era futbolista, no me preocupaba de mucho más que de correr.

Vicente Engonga para Jot Down 2

En el Bernabéu, Míchel le toca los testículos a Valderrama ostensiblemente.

Fue mi segundo partido en primera división. La primera jornada fue contra el Sporting, perdimos por un gol de falta que pasó por debajo de la barrera. Le echaron la culpa a Higuita, pero fue de la barrera. Ya desde el primer día le echaron la culpa de todo. Moría uno en Australia y le echaban la culpa a él. Y ese partido en Madrid fue el debut de Prosinecki en el Bernabeu. Estaban Hagi, Gordillo salió en la segunda parte, Villarroya fue titular. Y lo que más recuerdo fue el trato del árbitro. Nosotros éramos el 8 o el 10, «7 cállese, 5 saque». Y ellos eran «Emilio, venga», «Míchel, vamos». Para mí fue como un shock.

Y lo de Míchel con Valderrama en el campo no lo vi. Recuerdo a Carlos comentarlo en el vestuario diciendo: «Este huevón me ha tocado, no sé que quería». Yo le pregunté qué le había dicho, y él: «Pues ¿quieres más? ¿quieres más?». Una circunstancia que al final fue fea porque luego a Míchel le dijeron cosas en todos los campos de España.

De ese Madrid me gustaba mucho Hagi, Prosinecki no tanto. Mi debilidad era Butragueño. Le tenía no idolatrado, pero para mí era especial. Siempre he admirado a los futbolistas leales, no sé si es la palabra, los que aguantan. Y Butragueño era de esos que le hacías una falta y te daba pena. Te miraba con una cara… y nunca discutía. A estos futbolistas siempre prefieres agarrarles que darles una patada. Hay otros que no, que sin tocarles ya se tiran y piensas que en la siguiente le vas a dar pero bien. El Buitre era como Zidane después, chocabas y nunca te decían nada. Aceptaban su rol. Eran nobles. Hacerle falta a Butragueño era como pegarle a un niño, me sabía mal, en serio.

Además aquel día salí en el Bernabéu espídico, por mucho que quisiera estar tranquilo no podía. A los diez minutos ya le había hecho tres faltas a Prosinecki. Veía algo blanco y como los toros al rojo, iba. Pensaba que nos podían meter cinco, pero lo íbamos a dar todo. Al final fue igualado, pero el Valladolid de aquel año jugaba bien y no ganaba nada. Así nos fuimos a Segunda.

¿Cómo era el clan colombiano?

De las mejores personas que he conocido en mi vida en un vestuario. Mira, un día un compañero le dijo a René Higuita, que tenía una cadena de plata en el cuello de estas gordas, qué collar más bonito llevas. Y René se dio la vuelta, le dijo ¿te gusta? Y se la regaló. Así. Era gente increíble.

Maturana tuvo que alinearlos solo fuera de casa para que el público no se los comiera.

Les echaron la culpa de todo. Siempre decían que Valderrama jugaba mal, que Leonel Álvarez solo sabía correr e Higuita tenía la culpa de todos los goles aunque fueran por la escuadra. Se vició mucho el ambiente. Fue una lástima. Se marcharon en febrero, tenían firmado que cada mes les tenían que pagar un millón y cuando se fueron les debían toda la ficha. No les habían pagado nada. Y no se quejaron.

Estaba el joven Caminero.

Jugaba de central, estaba bastante desaprovechado. En la cantera del Madrid había jugado de extremo. Tenía muchísima técnica. Onésimo siempre le llamaba «Estrellita», ese era su apodo. En aquellos tiempos era el que más vendía del equipo. A mí me intentó ayudar bastante.

Goyo Fonseca metió todos los goles que le dio la gana aquel año.

Era un rematador espectacular, pero le faltó constancia. Diego Tristán me recordó luego mucho a él. Eran futbolistas para estar diez años en la selección y triunfaron muy poco. No sé si por mentalidad, eran de los que no daban el cien por cien en los entrenamientos. Naces como naces. No puedes cambiar a Ronaldinho, ni a Ronaldo ni a Fonseca.

Qué recuerdas de otros rivales, del Barcelona de Laudup y compañía, por ejemplo.

El Barça ganó la Copa de Europa un miércoles y se fueron de fiesta el jueves y el viernes. Yo veía el Marca esa semana y estaban todos los días de celebración. Pues llegaron el domingo, jugaron con nosotros y nos metieron seis. Ese día, por cierto, debutó César Sánchez. En el último partido ganamos 1-0 al Sevilla, pero bajamos a segunda. Fue uno de los peores recuerdos que tengo de mi carrera porque encima lesioné a Ramón. Era una jugada en la que ni siquiera me tiré al suelo, le di en la rodilla con la rodilla y le rompí el cruzado. Él había firmado con el Deportivo al año siguiente, con Lendoiro, y nunca volvió a ser el mismo. Le fastidié la carrera. Siempre que lo recuerdo me da coraje. Recuerdo a Manolo Jiménez en el descanso gritándome que había hundido a su amigo. Yo solo decía que no le había tocado. Con el tiempo, cuando ves que no se recupera… creo que fue lo peor que he vivido en el fútbol. Hasta me cuesta contarlo ahora. Tampoco he podido hablar nunca de esto con él, no sé si por falta de valor por mi parte, pero me sabe fatal. Pero aquel año fue un cúmulo de experiencias. Tampoco se me olvida la impresión de ver a Schuster, que en televisión parecía un tío de metro setenta y cuando lo ves en el campo delante de ti empiezas a levantar la cabeza y ves que es más grande que tú. El campo más bonito en el que jugué fue el Sadar, en Pamplona, cuando estaba Jan Urban. También criticaba mucho a los futbolistas cuando los veía por la tele y cuando luego los tenía delante y veía el nivel que tenían me quedaba de piedra.

Pasaste al Celta balcánico.

Gudelj, Ratkovic, Juric, Bursac, Andrijasevic… cada uno de una nacionalidad, pero eran todos superamigos. A Ratkovic lo habían sacado en febrero o marzo de Yugoslavia porque lo iban a reclutar para ir a la guerra. Y luego la mujer de uno era serbia, la de otro croata. Era una mezcla alucinante, pero los veías a todos juntos con sus mujeres y no te podías creer que sus países estuvieran en guerra en ese momento. Recuerdo que Ratkovic cada día intentaba aprender tres palabras nuevas de castellano. Viajábamos en el bus e iba con el diccionario. Aprendía «tenedor» y luego en la cena estaba «¡tenedor, tenedor!» (risas) Luego Gudelj lleva treinta años en Vigo y todavía no habla castellano, es como Robinson.

El ambiente que viví en Valladolid no fue malo, pero cuando llegué a Vigo era una banda de amigos. Como una familia. Vicente, el capitán, «el Flaco» Gil, Atilano… era como abrir las puertas de una casa y que te recibiera tu padre. Llegamos Alejo, Oliete, Patxi Salinas, Tito Vilanova, Rafa Berges, que estuvo en la quinta del Cobi, que era el apodo de Amavisca en el Valladolid, por cierto, y se mosqueaba mucho.

¿Qué tal Tito Vilanova?

Al principio llegó solo y compartimos mucho, luego ya vino su mujer. Casi siempre le recogía en coche y mi relación con él fue buenísima. Me sentí como su hermano mayor. Recuerdo que era un futbolista con mucha calidad y que trabajaba mucho, pero Chechu Rojo nunca llegó a confiar en él. Jugamos mucho Vicente y yo y a Vicente era imposible quitarle porque era una máquina de correr, trabajar y jugar y yo lo hice bien ese año. Tito jugaba cuando no salía yo. Igual le cerramos un poco el paso. Pero le recuerdo como un futbolista muy implicado. Cuando tienes detrás a gente como Tito Vilanova que te pueden quitar el puesto, y cada día le ves trabajar sin bajar el ritmo, no te permites bajar el pistón. A mí Tito me hizo mejor futbolista. Esa es la importancia de que en una plantilla todos estén motivados, porque si el suplente baja el ritmo, el titular se relaja.

Vicente Engonga para Jot Down 3

Primer partido de liga contra el Superdepor.

Nos ganaron en Riazor. Jugamos Tito y yo. Creo que en el Dépor el que más me gustaba era Mauro Silva, siempre he tenido debilidad por los medios centros. Ese equipo estaba muy bien montado, desde Ribera, Voro y los que tenía atrás, luego Fran, Aldana. Se decía que eran retales de otros equipos, pero los veías correr y trabajar y… el único que no corría era Bebeto, pero tenía al lado a Claudio que no veas cómo peleaba. Era un equipo con todas las letras. Además, Paco Liaño, que le tirabas cinco y te paraba cuatro.

También jugaste con el Maradona del Sevilla de Bilardo.

Nos echó Díaz Vega, qué buen árbitro (risas), a tres o cuatro. A los tres yugoslavos y a mí. La verdad es que fue un partido complicado, bronco. No por culpa del Sevilla de Bilardo, sino porque éramos dos equipos fuertes, duros de pelar. Aunque los jugadores del Celta nos sentimos ninguneados por el árbitro. Y Maradona me pareció un muy buen futbolista, no hizo un partido de estos que ves por la tele y suspiras, pero es que era un tío que caminando hacía lo que yo corriendo diez kilómetros. Le veías y decías: si es que da igual.

Y Simeone.

Siempre me gustó jugar contra él. Tíos aparte de buenos, fuertes, que no te vuelven la cara, que no van de mentira, que no te van a dar una colleja cuando te descuides. Una vez no sé qué pasó que le dio a alguien, le fui a protestar y cuando me vio llegar, me puso la mano delante y me dijo textualmente: «Si venís a inflar las bolas, hasete humo». Me quedé así, callado. Dije un exabrupto, giré y me fui pensando ¿qué me ha dicho? Me quedé como si me hubiera hablado en inglés o algo así. Yo esperaba insultos y me encontré eso, me rompió.

El Redondo del Tenerife.

Me gustaba muchísimo, es de los mejores que han pasado por España. Y para mí fue muchísimo mejor futbolista el Redondo del Tenerife que el del Madrid, pero con muchísima diferencia además. Eso sí, dentro del campo era insoportable. Un par de las lesiones que tuvo fueron porque era un futbolista que hablaba demasiado y al final terminabas yendo a por él. Pero era dentro del campo, no fuera. Es como Patxi Salinas, tú le conoces y es un cachondo, pero dentro del campo una vez estuvo a punto de pegarme hasta a mí. Con Redondo jugabas y acababas pensando: «Te voy a matar». Hablaba mucho y siempre que podía te metía un codazo en la nariz. Y tú sabes muy bien a la altura que levantas un brazo, que los futbolistas no somos tontos.

Fueron famosos los codos de Redondo.

Pero menos famosos fueron los de Koeman y ese también te daba bien. Cada vez que podía. No protegía el balón con el cuerpo, sino metiéndote del codo en la nariz. Hay muchas formas de hacer una falta y cuando metes el brazo entre el cuello y la cintura, es para parar al jugador. Si lo pones en la nariz, es para hacer daño. Koeman era de estos. Y Redondo, también.

Fueron los años de explosión de Guardiola.

Ya había jugado contra él en el Mahonés. Mi hermano Oscar que estaba en la Masía me dijo que el 4 era muy bueno, pero que si le rascaba dos veces, no jugaba más. Me pasé diez minutos a su lado y era verdad, era muy rápido mentalmente y la soltaba genial. Entonces le pisé y, nada, ya hizo muy poco más. Pero estamos hablando de un tío de dieciocho años y yo tenía veinticuatro, era un chavalillo. El campo del Mahonés no estaba nada bien, con saltos, pero a él nunca le botaba mal el balón, era increíble. Se le veía muy tirillas, pero muy buen futbolista.

Luego en Primera y después en la selección, en el día a día de los entrenamientos, no es que le veas superior a ti, sino como un superdotado. Un jugador que con muy poco hacía mucho.

Ángel Cappa dijo que el fútbol del Celta le producía urticaria.

Con Chechu Rojo éramos un equipo que tenía muy buenos futbolistas. Siempre jugábamos con un 4-4-2 y sabíamos moverla, pero nos acusaban de defensivos porque todos corríamos. Luego me pasó lo mismo en el Mallorca. ¿Tú dirías que este año el Atlético ha sido defensivo? Tocábamos, pero cuando la perdíamos todos bajábamos la cabeza y corríamos atrás. Y ese año al Tenerife de Valdano le gustaba el toque, que jugaba en corto o en largo, pero tenían esa imagen de tocadores con Estebaranz, Miñambres, Redondo… Parecía que eran muy buenos y nosotros no. Nos cruzamos en semifinales de Copa, encima el campo estaba pesado y les metimos tres. Supongo que les molestaría porque nos veían como muy malos.

En el fútbol, como en la vida, hay dos vertientes enfrentadas. Los que parece que solo corren y los que parece que solo juegan. Hasta hace poco el Barça era el bonito, que la tocaba mucho, y el Madrid no porque era más de contraataque. Pero el fútbol es muy distinto al resto de deportes y cabe todo, el objetivo es meter gol y tienes que tener en cuenta lo que tienes para hacer las cosas. Tampoco me imagino al Barça jugando como el Atlético, que es superfísico y basa el cincuenta por ciento de su trabajo en apretar, robar y tener a un tío como Costa que las corre todas. El Madrid igual es más completo, pero su entrenador ha elegido que corran Bale y Cristiano Ronaldo. Así que en aquella eliminatoria ellos eran los artistas y nosotros los obreros. Pero Ratkovic había sido internacional por Yugoslavia, Juric por Croacia, yo lo fui por España, como Otero, Berges y Cañizares. Mancos no éramos. Que no jugábamos como le gustaba a Cappa, pues a lo mejor no. Pero porque teníamos otro tipo de futbolistas.

Y les ganasteis.

Al final sí (risas). Hubo miedo, que llegamos a Tenerife y todo el mundo en el aeropuerto nos sacaba la mano y decía que nos iban a meter cinco. Íbamos por la calle y la gente sacaba la mano del coche y decía «cinco, os van a meter cinco». Un paseo por la calle y cualquiera «os vamos a meter cinco». Y a los diez minutos de partido 1-0. Después, 2-0… menos mal que luego marcamos. Fue como el Madrid en Dortmund.

Vicente Engonga para Jot Down 4

La final contra el Zaragoza, una pena.

Yo particularmente no estuve al nivel que estaba entonces. Era mi primera final de algo importante. Trabajé, pero no me sentí bien. El resto del equipo estuvo bien pero en los penaltis fallamos uno. Lo curioso es que Alejo, el que falló, era el encargado de las faltas de treinta metros, le daba bien y en ese le dio al suelo. No sabes por qué. Las finales, como se dice, son para ganarlas. Al año siguiente, con el Valencia, me pasó lo mismo contra el Dépor, en la final que diluvió.

Tuvisteis también un Celta–Valladolid histórico. Fue considerado el partido de la vergüenza, los dos con empatar os salvabais.

Yo lo viví así. Chechu Rojo en la charla nos dijo que había que apretar, que no nos podíamos fiar. Salimos al campo, empezó el partido y la primera sensación rara que tuve fue que sacamos de centro, me vino la pelota y Alberto, del Valladolid, no vino a apretarme. Lo vi raro. En Vigo lo habría visto normal, pero estábamos en Pucela. Chechu no paraba de gritar y en el descanso nos echó la bronca porque nos vio que, como no nos apretaban, estábamos relajados. Decía que cuidado, que nos iban a meter uno y nos íbamos a la mierda. Y al final del partido, me llegó Amavisca y me dijo: «Menos mal que no nos habéis atacado porque estábamos medio tiesos». Y yo: «Pues nosotros acojonados». Luego vi en la prensa la que nos cayó, en el programa de Robinson tuvieron puesto el partido puesto todo el rato en los monitores de atrás y sí, me di cuenta de que pareció una cuchufleta. Pero en el campo…

En el Valencia te entrenó Parreira, un campeón del mundo.

No tengo ni palabras buenas ni malas de él. En ese vestuario el año anterior no habían logrado los objetivos y no había un buen ambiente. Me lesioné en pretemporada, me rompí el cuádriceps, estaba ahí Mazinho y no jugué casi nada. Eso sí, conocí a todas las peñas de Valencia, como no jugaba me fui de peña en peña cada fin de semana. La gente me quería bastante el primer año porque me veían con la afición, yo flipaba con la buena imagen que tenía porque no estaba jugando nada. Parreira solo se dirigió a mí una vez y fue para preguntarme si me iba al Osasuna.

¿Qué tal Pedja Mijatovic?

Creo que cambió cuando fue al Madrid. Ese no era el que yo conocía. Le cambió el comportamiento, el ego. Pero lo entiendo, no es lo mismo jugar en un Mallorca o un Valencia que en el Madrid. En estos clubes no te tienen que blindar, no vas a perder horas firmando autógrafos, pero en el Madrid no puedes ir ni a comprar al Mercadona. Entiendo que eso te pueda hacer cambiar hábitos. También en el Valencia él pagó su propia cláusula después de decir en noviembre que no se iba. Y el Valencia es un club del que la afición no te deja que te vayas de cualquier manera. El Pedja que yo conocí era muy buen tío y me ayudó. Y en el campo de los mejores futbolistas que he tenido al lado con diferencia.

Llega Luis Aragonés.

El entrenador con mayúsculas. Lo tenía todo. El trato con el futbolista, jugase o no, la psicología, la manera de plantear los partidos. Para mí el mejor que he tenido y el más especial que ha habido en España. Recuerdo un 0-4 en Compostela, lloviendo a mares, Mijatovic metió tres goles y en el vestuario le echó la bronca del siglo porque no había hecho lo que él había querido. Pero una bronca a dos centímetros de la cara, saltándosele la dentadura en cada palabra y con la vena hinchada. Y los compañeros intentando tranquilizar al míster.

Y lo hacía con Mijatovic y también conmigo. Cuando Ronaldo nos metió tres goles, esos que siempre siguen saliendo por la tele y estoy yo en un par (risas). En el primero, Ronaldo apareció, tiró un pase, o eso pensamos Otero y yo (risas), en serio, creía que era un pase, miré a ver a quién se la daba y, joder, no, resulta que era un autopase y detrás del balón iba él como un tren. Gol. Resulta que ese año habían puesto la norma de que si le dabas al último era roja, y Luis en el descanso una bronca… yo le vi la campanilla y la bilis: «¡Eso no puede ocurrir nunca más, hay que pararlo como sea!» Y yo: «pero…». «¡Ni pero ni nada!». Eso lo hacía con todos. Es el único que yo he tenido que de verdad sientes que tiene a veinticinco tíos con las orejas agachadas porque trata a todo el mundo igual y sin sensación de que se porta mal con nadie en particular.

En la selección ¿Raúl se le quiso subir a las barbas y pasó lo que pasó?

Creo que en la selección española todo lo que se ha ganado es responsabilidad de Luis. Los jugadores han hecho todo lo que tenían que hacer, pero España siempre ha tenido buenos futbolistas. Con la evolución del fútbol, que ya no hay tantas patadas ni el físico en sí importa tanto en el juego, sumado a que Luis eligió bien, España ha ganado lo que ha ganado. Solo podía haberlo hecho él. No me puedo imaginar a otra persona en España aguantando lo que aguantó él tras el Mundial de 2006 durante año y medio.

Con Raúl, para mí, en el fondo el problema fue del resto de España, no de Luis. Pasase lo que pasase tras el Mundial de Alemania, Luis desde 2004 ya había hecho crecer a España. Con Francia pasó lo que pasó, pero en la fase de clasificación de la Eurocopa Luis debió de ver cosas con las que no estaba a gusto, porque para él lo más importante era el grupo y el vestuario. Si recuerdo algo del Valencia o el Mallorca de Aragonés es que no había ni media oveja negra, ni media discrepancia. Dentro de lo que es cada futbolista, era todo una piña. Intentó hacer lo mismo con España y en ese momento debió de pensar que con Raúl y otros no le terminaba de encajar en los asuntos anímicos del día a día de una selección.

También te digo que yo he convivido con Raúl de 98 al 2000 y nunca he visto un problema con él. Pero el entrenador lo puede ver de otra manera desde su posición. Porque los entrenadores no son gilipollas, todos quieren ganar. Y si ven que para hacerlo tienen que cambiar esto y esto, lo hacen. Igual al principio España entera lo disculpó porque Raúl no estaba teniendo un buen año. Flojo no, porque yo a Raúl nunca lo he visto flojo; si estar flojo es meter quince goles en un año… yo nunca los he metido. Lo mismo que dicen que Messi y Cristiano han bajado el nivel porque en lugar de cincuenta meten treinta y ocho. Vete a la porra. Pero pese a todo, llegó un momento en que Raúl volvió a ser el de antes y Luis pensó que ya tenía eso montado, le dio los galones a Xavi o al que fuera, no le convino meter a Rául y lo dejó fuera por eso. Y se montó la movida porque era él, que si es Engonga ya te digo yo que nadie dice nada, pero como era del Madrid… Piensa lo que pasó Luis, siendo del Atlético y viviendo en Madrid, todo lo que aguantó día a día, salir de casa y en la escalera el vecino que te diga no sé qué Raúl. Y en la calle igual. Eso solo lo podía hacer él. O igual Clemente, que diría que por sus cojones no lo iba a llevar y no iba ni de coña. Aunque tampoco Luis era de no dar noticias en un periódico, su primer mandamiento era decirle a los jugadores que él se lo cargaba todo con la prensa y ellos que se dedicaran a jugar que era lo suyo. Así fue la guerra, toda la crispación contra Luis, todos los periodistas contra él, pero el equipo jugó, ganó y entonces ya se le tuvo que reconocer.

¿Qué tal con el Piojo y el Burrito?

Burrito me pareció muy buena persona, buen futbolista, pero en Valencia no le salieron bien las cosas. Claudio López me pareció un crack. El primer año en Mestalla le silbaron muchísimo, pero muchísimo, y terminó logrando ser el ídolo. También Karpin fue tratado muy injustamente en Valencia, a mí me encantaba como jugador. Tanto a él como a Quique Romero les criticaron mucho. Karpin creo que se sintió muy desprotegido.

Vicente Engonga para Jot Down 5

Después estuviste bajo las órdenes de Valdano.

Jugué todo, pero luego la imagen que tenía de él empeoró bastante. Cuando tuve que salir del Valencia, en la última charla que tuve con él me demostró que era un hombre de club más que una persona íntegra, al menos como yo entiendo que tiene que serlo. Para mí era muy fácil que me hubiera dicho que no me quería. Nunca me lo dijo y al final me enteré de que por detrás sí me había descartado. Me quedé con la imagen de que no era una persona recta.

¿Notaste que cambiara mucho el fútbol tras la ley Bosman?

Desde que llegué a primera siempre he notado que había mucho nivel, nunca he sido un superdotado del balón. Siempre me he sentido bastante inferior a mucha gente. A mí me costaba contra Míchel, Butragueño y Hagi lo mismo que contra Zidane. El nivel del fútbol siempre ha sido bueno en España. Si lo subió mucho no sé, creo que lo que más hizo por el cambio fueron las normas, las facilidades para entrenar desde joven, los campos y los balones, que han permitido que el juego sea más rápido. Hoy veo que muchos no tienen la mitad de la calidad de los rivales a los que yo me enfrenté.

Fichas por el Mallorca.

Vine porque yo me lo propuse. Tenía un recuerdo increíble de Menorca y de Mahón. Iban Eskurza, Moya, Gálvez, Iván Campo, Romero… el doctor Beltrán me preguntó si no me apetecía ir a mí también y fui. Volví a estar en una familia, Soler, Olaizola era gente que te integraba. La verdad es que disfrutamos.

Roa.

Roa, Roa… cuando jugamos contra el Madrid que se fue la luz en el Luis Sitjar, le digo al Lechuga en el vestuario: «Ten cuidado con Raúl si se queda solo  —que era algo muy factible que le gusta mucho amagar y tirarte una vaselina». Su famosa jugada, la cuchara. Y Roa me dice: «vale, vale, bien». Me doy la vuelta y me viene Roa otra vez: «¿Y ese qué número tiene?» (risas). Empezamos a jugar y al rato en un córner, coge a Raúl y me dice: «¿Es este, no?» (risas). Vivía en su propio mundo, no se preocupaba de los contrarios. El entrenador de porteros, Basigalup, no paraba de ponerles vídeos y estadísticas y a él le entraba por un oído y le salía por otro.

Un día, estaba concentrado con Argentina, y le llamó Ibagaza. Le preguntó qué tal y le dice: «Escuchá Lechu, ¿A qué hora jugás?». Y se oye por el teléfono a Roa decirle a los de alrededor: «¿A qué hora jugamos?». «¿Y contra quién?». Y Roa: «Hey, contra quién jugamos». No lo sabía. Se duchaba y era como si se quitara al futbolista.

La retirada la intuíamos y nos daba pena. Nos lo dijo antes de acabar la Liga, cuando estábamos jugando entrar en Champions, con una final de Recopa por delante, y para mí se equivocó. Intentó rectificar y ya fue tarde. Pudo ser… pero tenía sus creencias y pensaba que era lo correcto.

Más gente de aquella época: Figo.

Me gustaba, pero dentro del campo era de los que no me caían bien. Se quejaba mucho, demasiado. Me gustaban más Zidane, Ronaldo. Figo era muy bueno, pero yo valoro lo que son los futbolistas dentro del campo y creo que en el Madrid había mucha gente más leal que Figo. Luego había jugadores que le tenían rabia a Luis Enrique, pero con él sabías a lo que ibas, yo nunca tuve ningún problema. Él peleaba por lo suyo y tú por lo tuyo. Me molestan más los que parece que sí pero no. De aquel Madrid, de 2000, 2001, me preocupaban mucho Raúl, Morientes y, joder, sobre todo Zidane. Es que era tan bueno.

El día que nos echa Francia de la Eurocopa de 2000, estábamos Helguera y yo sentados en el banquillo. Ellos pegaron un cambio de orientación y le cayó el balón a Zidane. Camacho le dijo Míchel Salgado: «Dale, dale». Míchel intentó apretarlo y según llegó a su altura, Zidane la paró con una y se la pasó al otro pie, y Míchel detrás, de ahí la puso otra vez en el otro, Míchel detrás, y de ahí al otro y la sacó jugando. Míchel ahí seco, Camacho se calló. Y Helguera y yo nos miramos diciendo: «joooooder». Cuando jugabas contra él en lo que te fijabas era en su forma de hacer las cosas. Le podías tirar una piña que tranquilamente la pillaba. Otra gente la ves que se remanga, salta. Y él, nada.

Djalminha.

Un mago. Era el fútbol de la calle. Total. Malencarado. Yo tenía unas trifulcas con él… Se reía de ti. Me recordaba al listillo del barrio que te regateaba y acababas dándole una patada en la cara. Era imposible jugar contra él, yo le he quitado balones a Zidane, pero a él, imposible. Y se reía de ti, ya te digo. Te daban ganas de matarlo. Siempre tenía alguna con alguno en todos los partidos. En España, en todo el tiempo que estuvo él, se escribió mucho de Rivaldo y Zidane, pero poco de Djalminha para lo que era. No he coincido nunca con él después de jugar, pero si le viera le daría un abrazo.

Makelele.

Qué trabajo hacía. Estuvo infravalorado en el Madrid hasta que se fue. No sé lo que pensarían los compañeros, pero cuando les quitaron los caballos de vapor de este se notó lo que corría y estuvieron buscando un mediocentro hasta que llegó Xabi Alonso. Lo que te enseña el fútbol es que la prensa puede decir muchas cosas, pero los clubes tienen que estar a la altura y con Makelele no estuvieron. Pensaron que solo había que fichar a otro que corriera y no era así, además en el mundo del fútbol todo dios sabe que los partidos se ganan en el centro del campo. Makelele estaba para correr maratones con los etíopes.

Viste debutar a Xavi.

Era muy buen futbolista, pero sospechoso como todos en el año 98. Aquel día, en la Supercopa, tenía dieciocho años. Le tenía enfrente, yo con treinta y uno, pero tal y como era el fútbol en aquellos años estaba bajo sospecha. No puedes comparar futbolistas de diferentes épocas porque ahora cualquiera que dé dos patadas se va a la calle. Cristiano y Messi son muy buenos, pero los porteros ya no pueden perder tiempo, la pelotita corre más… yo a veces me imagino qué pasaría si Maradona, Cruyff, Pelé o Di Stefano jugaran hoy en día, sabiendo que nadie les va a dar una patada de la rodilla para arriba, ni una ni las quince que venían después. ¿Y si Gento sabe que se va a ir por la banda y no le van a dar cincuenta patadas? Es muy difícil comparar épocas. A Xavi le ponían en sustitución de Guardiola y la gente le criticaba que solo daba pases para atrás. Ahora ya no te pasa como antiguamente que un jugador de 1,80 automáticamente era mejor que uno de 1,50 porque iba a aguantar más golpes.

Hoy en día, en la final de la Copa Confederaciones, España perdió por el físico, porque Brasil les metió cincuenta mil viajes de más y el árbitro no los pitó. Pero antes era siempre así, ibas a Yugoslavia y a todas partes y no podías ni jugar de la que te caía. ¿Has visto la final de la Copa del Rey en Zaragoza de Maradona, lo que le dieron? ¿Has visto las que se comía Santillana? Tú imagínate al Barça de hoy jugando un partido de esos, o al Madrid, igual alguno se retiraba. En el Mundial que gana Brasil en México a Pelé le meten contra Uruguay una cantidad… y ni amarillas. No se puede comparar. Cruyff saltaba en los regates y le alcanzaban en la rodilla. Así se hizo famoso Camacho, marcando a Cruyff. Ahora no tiene nada que ver. Ahora la paras, la bajas y miras, antes mirabas que no te partieran en dos antes de que te llegase el balón. Y te hablo de que se nota el cambio desde hace muy poco, desde el año 2008. Porque hasta me gustaría ver a Romario sin que le pegasen patadas.

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Cuéntame qué tal con él, con Romario. Viviste sus años en los que para jugar tenía que salir de marcha.

Ese sí que era un personaje. Cuando se iba de juerga, había que llamarlo, despertarlo, meterlo en el vestuario y casi vestirlo. Siempre iba con un chubasquero en los entrenamientos y parecía un maniquí, con los brazos caídos, la cabeza gacha. Sin embargo, he estado por ahí con él de noche y nunca le vi beber alcohol. Solo Coca-cola y Coca-cola. Lo que pasa es que llegaba sobado, luego se iba a dormir a la una, se despertaba a las siete de la tarde y ya tenía que salir hasta las cinco de la mañana. Y si se despertaba antes, futvoley. Tenía una furgoneta como la del Equipo A en la que iba con todos sus colegas, que abría la puerta y empezaban a salir todos y decías ¿pero y estos?

Un deportista aunque no bebiera alcohol tampoco podía acostarse a las siete de la mañana. Pero no era mal tío. Y en el campo, si lo mirabas y estaba parado, era como que no la quería, pero si veías que había hecho un gesto o algún movimiento, se la dabas y era gol. Le mirabas de reojo y si veías que se había movido es que había visto algo y si lo había visto era gol. Luego viendo al Madrid con Ronaldo me ha parecido lo mismo. Ronaldo en el Madrid estaba gordo, quieto, y de repente daba dos pasos, la cogía y era gol. La gente se quejaba de que no corría, pero ¿para qué? Si con correr veinte metros tenía diez para pararla y diez para meterla.

En Valencia Aragonés cambió el sistema solo para que jugase Romario, para que no tuviera que correr. Como te digo, Luis tonto no era. Luego pasó lo de «mírame a los ojitos», creo que habíamos empatado contra el Extremadura, vino el Bayern a jugar la ida de UEFA, Romario no quiso ir al banquillo, entonces no lo convocó, le metimos tres a los alemanes y hasta hoy. Luis habló con Paco Roig y le dijo que no le quería y al mes el que estaba fuera era Luis, se marchó.

Otro carácter, Eto’o.

Lo más gracioso de él eran las guerras que tenía con Luque. Quién tenía los vaqueros más bonitos. Pero no era un tipo gracioso Eto’o. Llegó con las ideas muy claras de lo que quería y cómo conseguirlo. Quería ser no mejor, sino el mejor. En el primer año entendí por qué tuvo problemas en el Madrid o en el Espanyol. Su ego, su manera de pensar, era creer que era superior al resto. Igual luego lo era y hasta lo demostraba, pero cuando vas con esa actitud y no juegas, pasa lo que pasa. Lo que siempre me ha gustado de Samuel en todo caso es que es una persona muy directa. Si no le gustas, no le gustas. Y no solo eso, te lo dice: tú no me gustas.

¿Has recibido muchos insultos racistas durante tu carrera?

Si cada vez que me han insultado en un campo de fútbol me hubieran dado diez céntimos de euro, tendría una cuenta espectacular. En el mundo del fútbol se utiliza cualquier arma para desestabilizar al contrario, pero no es racismo, sale así con cualquiera. Jugadores racistas enfrente no he tenido, pero me han llamado contrarios «negro de mierda» a montones. Claro que mi respuesta era siempre «blanco de mierda, te voy a matar». Siempre he sido así también. Ahora quieren vender el mundo del fútbol como un lugar idílico en el que nunca se ha insultado, nunca se ha pisado a nadie, cuando el fútbol de toda la vida ha sido un deporte de sacar ventaja, hacer triquiñuelas, insultar, quejarse, influir al árbitro. En un campo de fútbol es imposible no meterse con el contrario. Yo nunca le he metido una palabra a un tío con el balón a veinte metros, pero picarle… decirle que es muy malo. «Qué malo eres, cabrón». Siempre. Porque si no es imposible jugar, no puedes. Es muy aburrido.

En España en general nadie es racista hasta que le ponen enfrente de su casa a un negro, o un gitano, que se porta mal. Tú ahora sales a la calle en Palma y te vienen cuatro como yo y te metes en una tienda. Pero en España no hay racismo. En el fútbol lo que pasa es que no se entiende que para animar a tu equipo no tienes que meterte con el otro.

¿Te ha coreado todo un estadio lo del mono?

Mira, en Riazor donde más. Y ellos tenían a Djalminha, a Donato, a Mauro Silva… ibas al Bernabéu, tenían a Makelele y a Flavio, y se metían contigo. Pero si como futbolista vas a estar pensando eso, o que si te han silbado, mal. No se debe decir que es racismo, sencillamente tratan de desestabilizarte como pueden. También a los árbitros se les dice de todo de sus madres, ¿qué es peor?

Qué pena tu Mallorca que perdió la final de Copa contra el Barça y la de Recopa contra la Lazio.

La del Barcelona porque nos quedamos con menos en el campo. Faltábamos cuatro de los que tirábamos penaltis. Y contra la Lazio creo que tenían más experiencia que nosotros, jugamos bien pero no supimos ganar. Estuvieron más listos. Era mucho Lazio, con Nesta, Vieri, Almeyda, Salas… Con el Barcelona fue más determinante la expulsión.

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Al final de tu carrera te llegó el premio de la selección.

Nunca fui internacional. En ninguna categoría. Nunca me lo plantee, de hecho. Cuando me llamaron pensé que era una broma. En serio. Estábamos en la concentración de un partido de la Recopa, en el comedor en la mesa estaban Olaizola y Carreras, el delegado me dio el teléfono y Mateu Alemany me dio la enhorabuena porque me habían seleccionado. Pensaba que era una broma telefónica. Miraba de reojo a mis compañeros, vi que se reían y pasé. Y cuando subí a la habitación, vi el móvil en la mesilla que estaba colapsado de llamadas, me habían llamado mi mujer, mis suegros… Ahí ya me lo creí. Fue una sorpresa total.

Lo viví como un sueño. Ser el peor de la selección, darse cuenta de lo que es la calidad, poder dar un pase sin pensar, a la altura que sea y con la fuerza que vaya, y que todos la parasen… Porque en los demás equipos siempre piensas cómo le va mejor a tus compañeros recibirla, pero aquí cerrabas los ojos, echabas una piña y todos: «¡Bien!». Luego me la echaban a mí así y yo: «¡No, no!».

¿Te emocionaba representar a tu país?

Sí, yo siempre he ido mucho con España. Veía todos los mundiales, siempre he querido que ganase. Y al llegar a Primera División me gustaba incluso más por ver a la gente contra la que había jugado, si lo hacían bien o mal. Lo mejor es que la oportunidad me llegó muy mayor y disfruté mucho más. Tenía treinta y dos años, había vivido de todo y fue solo disfrutar. Me llamaron, fui, y si no me llamaban más, pues nada.

Jugaste contra Brasil.

Un ratito, en Vigo. Quedamos 0-0. Pero lo recuerdas… nunca pensé que pudiera jugar contra Brasil. O estar en un banquillo contra Argentina, como estuve en Sevilla. Jugar con España era la bomba. Esos amistosos, lo máximo.

Luego la Eurocopa del Alfonsazo y el penalti de Raúl.

Me llamó mucho la atención la tensión que se vivió después de perder contra Noruega por el fallo de Molina. Antes de eso fue todo bastante relajado. Nos jugamos la clasificación contra en Israel, marcó Etxebarría, pero bien. Nerviosismo, pero bien. Pero en la Eurocopa, desde el principio, notabas tensión entre los jugadores. Nada de relajación. Y no sé por qué era, pero bueno. Después influyó el cambio de Molina por Cañizares, que Moli no se tomó bien.

¿Qué tal es Cañete?

Un compañero como cualquiera que mira por lo suyo. Bien. Pero le gustan mucho los coches. En el Celta siempre estaba con Jorge Otero hablando de coches, de correr y, bueno, no te podías subir en el coche con ellos. Estaban locos. Y Patxi Salinas era también por el estilo. Cañizares como jugador, parar, paraba mucho. En Vigo no había forma de meterle un gol.

Volvamos a la Eurocopa.

Camacho me sacó contra Eslovenia a pedirme que aguantara todo lo que pudiera, que ayudara y no me descolocara, porque íbamos muy justos. Y el partido contra Yugoslavia lo vi en el banquillo y fue un estrés. Qué estrés. De la tensión, de toda la vivencia y la ansiedad no hicimos el partido que tocaba y lo demuestra cómo celebramos el gol de Alfonso. Parecía mentira que no pudiéramos jugar a nuestro nivel, desestresados, porque Yugoslavia en realidad no hizo gran cosa. Pero éramos nosotros mismos los que no éramos capaces.

Y con Francia, por fin hicimos un buen partido, pero a la hora de ganar siempre nos fallaba algo. Es lo contrario que los de ahora, que sale algo mal y lo solucionan. Ahora se duermen, pero cuando hay que ganar, ganan y jugando como los ángeles. A nosotros nos pasaba al revés.

Se dice mucho que el fútbol africano es el futuro, se dice, eso sí, desde Italia 90, pero no sé si lo viste así en tu experiencia como seleccionador de Guinea.

Acepté el puesto porque es la tierra de la que provengo. Siempre tuve ganas de conocer África, buena predisposición. Quería mejorar el fútbol de Guinea, hacer cosas en las categorías inferiores, organizar todo aquello. Luego vi que allí absolutamente todo el deporte dependía de la política, que era lo mismo, se confundían. Aquí en España el deporte va por un lado y la política por otro. Y eso me chocó, pero intenté trabajar.

Me encontré con situaciones de cuando yo tenía cinco años en España. La gente jugando con cualquier cosa redonda, en una carretera, en una casa derruida. Por todos los lados había fútbol de cualquier manera, en chanclas, descalzos. Talento en cada rincón, pero sin la infraestructura para enseñar a los chicos desde los once años. No hay clubes ni ligas. Hay un torneo escolar pero no está bien organizado. Ni hay gente que enseñe lo que es el fútbol en sí. Tácticas, hacerte pensar. Ahí todos son futbolistas de la calle. Además el futbol no está muy bien visto. No es una actividad remunerada, y si se cobra no se entiende que en un futbolista de la liga de allí pueda ganar más que el alcalde de un pueblo. Si el sueldo medio es de cuatrocientos euros es muy complicado que un futbolista cobre más de quinientos.

Pero talento encontré a raudales, posibilidades infinitas. A veces me metía en sitios con el coche por la selva, llegaba y veía unos pedazo de jugadores que no te lo podías creer. A algunos me los imaginaba que si los metía en un infantil del Mallorca los vendía en tres días. Pero es que toda África es así.

Guinea no es un país tan pobre en comparación con otros africanos.

No, no lo es. Tenemos petróleo, agua, madera, es un país ecuatorial, llueve todos los días, das una patada y salen cincuenta piñas, mangos y bananas. No es como, con todos mis respetos, Etiopía, Sudán o Malí. La riqueza no está bien repartida, pero recursos hay. De hecho, hay una base americana sacando petróleo con sus soldaditos americanos, sus escuelas americanas, con su valla y solo pasan los americanos, como Guantánamo. Pero no es un país pobre. No.

El problema es que si mezclas política y deporte se complican las cosas y es lo que pasa allí. Hay tíos que no pueden ser seleccionados, te lo advierten. Y pasa en todos los países africanos. Camerún casi no viaja a este Mundial porque no les pagaban. Situaciones así se repiten cada vez que hay torneos internacionales. En la Copa de África de Angola, el autobús de Togo pasó por una zona de bandidos, como las llaman allí, y les ametrallaron. El portero ya no pudo volver a jugar. Fue culpa de la Federación de Togo que no quiso ponerles un autobús. En el continente africano todos los países pueden ser más o menos seguros, pero a la hora de la verdad en todos hay bandidos, en los ricos y en los pobres. La justicia no es como aquí, donde si hay un problema llamas a la policía. Allí no. Si llamas a la policía es peor. No te va a arreglar nada, te va a robar si hace falta.

También allí se vive el fútbol de forma mucho más apasionada. Muchísimo más. Juega la selección y dos días antes la gente está vibrando y sin los periódicos que se venden aquí, por el boca a boca. Si juega es paralización total, la gente no va al instituto, pasan de ir a trabajar. La mitad de la gente es del Madrid o del Barça, a España se la admira mucho.

¿Comprendiste el follón que se montó cuando fue España a jugar allí?

Es imposible contentar a todos. Entiendo a la gente que protesta porque es un país con una democracia de puertas para afuera pero no de puertas para adentro. Sin embargo, esa gente no protesta por que España tenga tratados comerciales con China u otros países. Así son estos temas, depende del interés sacan unas cosas u otras. Desde mi punto de vista, estuvo mal mezclar cosas. El deporte es deporte. España no fue a la URSS a jugar una Eurocopa y luego la URSS sí vino a España y se la ganó, de hecho. No veo ningún motivo para implicar otras cosas.

Si tienes un partido de balonmano da igual si es en Nigeria o Arabia Saudí. Estos que criticaron lo de Guinea no critican que España haya ido a Brasil y allí las cosas están peor que en Guinea.

En todo caso, calidad como hay en África no hay en todos los sitios. Creo que hablar de África como el futuro fue una moda por cuatro o cinco jugadores que salieron buenos. El problema es que en Europa con tanta escuela no hay muchos jugadores que puedan sorprenderte. O sorprenderte en exceso. Todos están cortados por el mismo patrón. El fútbol en Europa está muy estructurado, pero a veces tiende a que tú veas cuatro equipos de diferentes categorías y te parezcan todos iguales. Por eso cuando se busca una calidad diferente, se van a América y África, porque a esos no les han enseñado como a los europeos de qué manera tienen que tocarla, pararla, darla, chutarla. A los otros no les han enseñado nada, pero estos son diferentes. Al menos te fijas más en ellos antes que en uno que entrene en España por gestos que aquí no les han dejado desarrollar, que los jugadores se hacen escuela tras escuela. En África o América les dejan que hagan lo que quieran. Pero la cosa está cambiando porque vamos muchos entrenadores europeos allí. También tú veías a una selección africana antes de 1990 y no sabías por dónde te iba a salir.

Vicente Engonga para Jot Down 8

Fotografía: Alberto Vera