Eterno resplandor de una mente accidentada

Mente accidentada
Bustos frenológicos esculpidos por William Bally en 1831 y expuestos en el Science Museum de Londres. Fotografía: Wellcome Collection CC.

7 de enero de 2001. Acuciado por las deudas, Homer J. Simpson aceptaba participar en un conjunto de ensayos clínicos que, por pura serendipia, lo llevaban a descubrir que la causa de su estupidez supina era un lápiz de cera incrustado en el lóbulo frontal de su cerebro. De golpe, todo cobraba sentido. Tras extraérselo, y ante la sorpresa de propios y extraños, nuestro antihéroe se convertía en una persona educada, calmada y extremadamente culta, pero la infelicidad asociada a no ser un completo ignorante lo llevó a pedirle a Moe que devolviera el lápiz a su sitio y, con ese sencillo gesto, a Homer a su estado natural. Volvía a ser imbécil y nosotros suspirábamos tranquilos.

Supongo que este sería el momento de decir aquello de «no prueben esto en casa», porque nos faltaría papel para listar todos los errores médicos en que incurrían Matt Groening y compañía en esa historia. Sin embargo, el trasfondo de este capítulo premiado bien podría acompañar al testimonio real de cualquier persona que haya sufrido un traumatismo o afectación en el cerebro y que, como consecuencia, haya vuelto del hospital siendo alguien distinto. En algunas ocasiones, un accidente o la aparición de un tumor han cambiado por completo la personalidad de sus protagonistas. Incluso los han convertido en genios de la música o las matemáticas. Visto así, ¿quién no querría llevarse un buen trastazo que le permitiera tocar la Quinta sinfonía de Beethoven sin haber recibido ni una clase de solfeo?

Decir que el sustrato biológico de nuestro cerebro y las conexiones entre las neuronas configuran en última instancia lo que llamamos mente —y las funciones cerebrales superiores como la conciencia, la memoria, la personalidad o el yo— tal vez suene obvio, pero nada más lejos de la realidad. La complejidad del problema mente-cerebro es tal que, aunque lleva siglos entre nosotros desde que aparecieran sus concepciones más rudimentarias, en la actualidad aún tiene a psicólogos, neurocientíficos y filósofos de la mente andando a la greña con la mejor respuesta a esta disyuntiva. Dualismo interaccionista, epifenomenalismo, materialismo emergentista… Se diría que los pensadores de este ámbito están abocados a enrocarse en la misma indiscernibilidad que la física cuántica lleva colgada como un sambenito y que Feynman describió con tanta picardía diciendo aquello de que «si crees que entiendes la mecánica cuántica, es que no entiendes la mecánica cuántica». Pero poco a poco se va avanzando en la resolución del misterio. Tenemos miles de millones de cerebros a lo largo y ancho de nuestro mundo que podemos observar y tratar de comprender. Y si la pregunta concreta es dónde se encuentra la personalidad en el cerebro, la respuesta la podemos ir construyendo, como un puzle, a base de las piezas que vamos obteniendo de casos clínicos que nos demuestran que sí, que la personalidad —o la inteligencia, o el lenguaje— tienen distintos centros distribuidos a lo largo de la morfología de nuestros prodigiosos sesos. Y que alterarlos afecta nuestra esencia. Vaya si lo hace.

Cambiar para mal

El caso paradigmático, el que aparece en todos los manuales de neurociencia básica, neuroimagen o neuropsicología de la personalidad, el caso del que cualquier persona mínimamente iniciada en la materia le hablará por lo rocambolesco de los acontecimientos que tienen lugar en él, es el de Phineas Gage. Se lo resumo en unas pocas líneas: Gage era un capataz de la emergente industria del ferrocarril en Estados Unidos. Uno de sus trabajos era el de realizar voladuras controladas: sus hombres excavaban un agujero en la roca, metían pólvora, luego arena, lo prensaban con una barra de hierro, y ¡bum! El 13 de septiembre de 1848, el orden de los factores sí alteró el producto cuando un despistado Gage insertó la barra antes que la arena. La barra salió despedida atravesándole la cabeza por debajo del pómulo izquierdo para acabar cayendo a 22 metros de distancia. El hombre sobrevivió, pero nunca volvió a ser el mismo. Se dijo que pasó de ser un individuo responsable, un marido y padre ejemplar, a ser un borrachuzo irreverente que blasfemaba, se comportaba de forma caprichosa y vacilante, era manirroto y abandonaba todo plan de futuro a la primera de cambio. Aún llegó a vivir doce años llevando a todas partes su famosa barra y, tras su defunción, tanto su cráneo como su fiel compañera fueron donados a la colección de Historia de la Medicina de la Universidad de Harvard.

Más o menos ese es el relato que escuchará en boca de cualquier persona, y aunque no irá desencaminada, usted tendrá la obligación moral de decirle aquello de «sí, pero». Porque una historia tan morbosa lo tiene todo para calar con rapidez entre los profesionales del cerebro y la mente, y más todavía cuando durante las últimas décadas se ha podido comprobar mediante técnicas más modernas que, efectivamente, las personas con lesiones en esa región pueden acabar sufriendo ese tipo de cambios de personalidad. Pero hay toda una intrahistoria que bien merece ser contada y que circunvala prejuicios científicos y licencias artísticas de los tabloides amarillistas de aquella época. Es cierto que en las notas del doctor Harlow, encargado de su cura y cuidado durante la convalecencia inicial, el médico dejaba claro que Gage «was no longer Gage» (Gage ya no era Gage) y describía los cambios comentados más arriba. Pero no se sabe qué fue de la salud mental del accidentado capataz durante los meses posteriores al accidente. Por ejemplo, el propio Harlow también dejó registro de que Gage había empezado a contar historias a sus sobrinos sobre supuestas aventuras que había vivido, lo que daría una imagen más cercana a la de un hombre hogareño. Tampoco se guarda ningún testimonio de alguien que hubiera conocido a fondo al hombre antes del accidente y pudiera atestiguar el cambio. Algunas fuentes hablan de un Gage apático en lo sexual, mientras otras lo describen como un promiscuo (otras dicen incluso que aún vivió veinte años tras el accidente con la barra incrustada en el cráneo). En definitiva, se podría decir que la historia real se fue aderezando al gusto de las preconcepciones de los investigadores para así emplearla a placer como paradigma de la relación entre comportamiento y morfología cerebral. Hay quien sospecha que Gage, que se marchó a Chile a trabajar como conductor de diligencias, recuperó parte de su antiguo yo al cabo de los meses. Y quién sabe si ese detalle se dejó de mencionar deliberadamente para que la verdad no estropeara una buena noticia.

Por suerte para la ciencia, desde hace años intentamos ser más rigurosos con los historiales médicos y se cuenta con gran cantidad de información sobre pacientes que, debido a un accidente o algún otro tipo de dolencia, han dejado de ser quienes eran. Personas que de la noche a la mañana adquirían una personalidad apática o que, por el contrario, se mostraban desinhibidas e impulsivas, cuando no lo acompañaban de conductas delictivas o violentas. Un caso llamativo fue el de un profesor de mediana edad que, sin lo que parecía motivo alguno, empezó a desarrollar un gran interés por la prostitución y la pornografía infantil. Sus impulsos se volvieron tan intensos que, a pesar de sus esfuerzos por frenarlos, intentó abusar de su hijastra y, tras ser detenido, alejado de ella y él negarse a ir a terapia, acosó a sus compañeras de trabajo. Unos fuertes dolores de cabeza lo llevaron poco después al médico y el resultado de un escáner demostró la existencia de una importante masa tumoral sobre la corteza orbitofrontal. Tras la extirpación del tumor, el hombre volvió a ser el de antes, pero solo hasta que el tumor, que no había sido eliminado del todo, volvió a crecer y, con él, los impulsos más primarios del hombre. Una segunda intervención eliminó del todo tanto el cáncer como el comportamiento desviado, pero quedó abierto un interesante debate sobre quién está al volante de la responsabilidad de nuestros actos.

Si alguien hubiera preguntado a Platón sobre el comportamiento de nuestro profesor «guarrindongo», tal vez el filósofo hubiera tirado de una de sus más famosas alegorías para concluir que el carro alado que era el alma de ese hombre había dejado de ser tirado por el caballo blanco, el bueno, y estaba bajo el control absoluto del caballo negro, el de las bajas pasiones. Sin embargo, visto de esa forma, puede dar la impresión de que un cáncer nos puede eximir de toda responsabilidad sobre nuestros actos y, con ello, abocarnos al determinismo biológico más estricto que podamos imaginar. «Somos esclavos de nuestra biología.» ¿En serio? ¿El profesor se convirtió en pedófilo porque el tumor tocó donde no debía? ¿O ya lo era, y lo que hizo el cáncer fue eliminar la barrera que frenaba esos instintos? Y, en cualquier caso, ¿qué debemos hacer como sociedad frente a estas situaciones? ¿Se podría llegar a «curar» una personalidad patológica?

Cambiar para bien

A principios del siglo XX, el psiquiatra Egas Moniz decidió que podía ser una buena idea el uso en humanos con esquizofrenia o depresión grave de una técnica desarrollada años antes para apaciguar a chimpancés estresados. El procedimiento se basaba en perforar el cráneo a ambos lados de la frente e inyectar alcohol en la materia blanca del lóbulo frontal. Se esperaba que, al destruir conexiones cerebrales entre ese lóbulo y el resto del cerebro, el comportamiento general del individuo mejoraría y desaparecerían los delirios y otros pensamientos obsesivos. Nacía así la lobotomía. Moniz, que acabó recibiendo el Premio Nobel por su trabajo, no tardó mucho tiempo en perfeccionar la técnica mediante el uso de un leucotomo que permitía seccionar pedazos de cerebro.

La popularización de la lobotomía vino de la mano de Walter Freeman, doctor sin licencia para operar que se mostró interesado por el trabajo del médico portugués y lo importó a Estados Unidos. Freeman aún añadiría una modificación en la forma de proceder que acabó convirtiendo esta técnica en todo un exponente del torture porn: se introducía un orbitoclasto —lo que viene siendo un picahielos— en el conducto lagrimal y se martilleaba hasta que lograba atravesarse el cráneo tras el ojo y algunos centímetros de cerebro. La última etapa era la más precisa: se meneaba el cincel con mucho garbo y energía hasta que se seccionaba un buen manojo de nervios del lóbulo frontal. Nadie se sorprenderá si digo que la práctica se acabó ilegalizando solo treinta años después, dejando a decenas de miles de personas con importantes disfunciones de personalidad y comportamiento social. Sin embargo, el motivo de su desaparición no fue otro que el desembarco de los psicofármacos en los hospitales psiquiátricos.

Como es de suponer, pasar por una lobotomía y que el resultado fuera óptimo se trataba en muchas ocasiones de una cuestión de suerte y no de ciencia. Como en el caso de Phineas Gage, que la barra pasara un centímetro más a la izquierda o a la derecha podía haber provocado muy distintos desenlaces, la mayoría funestos. Pero hay veces en que la vida se reserva giros de guion impredecibles. Aunque son contadas, hay ocasiones en que, contra todo pronóstico, la cosa salió bien. Personas que, según el testimonio de sus allegados, se convirtieron en seres mucho más empáticos, agradables o tranquilos tras un accidente o la extirpación de un tumor cerebral. Pero si hay un perfil que se lleva el premio gordo del estupor es el de quienes han sufrido algún tipo de trauma cerebral que ha acabado desencadenando un síndrome del savant adquirido.

Jason Padgett era un vendedor de colchones con un historial estudiantil mediocre cuya máxima aspiración en la vida pasaba por cerrar los bares del puerto noche tras noche. En una de ellas, tras haberlo dado todo en el karaoke y salir a la calle en busca de nuevo destino, un par de individuos le dieron una paliza sin mediar palabra que acabó con él inconsciente en el suelo y los dos tipos marchándose con una chaqueta nueva. El momento what the fuck vino cuando, al despertar, descubrió que las matemáticas que años antes se le resistían habían cobrado una insultante sencillez. Movido por tan singular descubrimiento, decidió abandonar la colchonería y se convirtió en un investigador de la Universidad de Washington que igual se lía a calcular ondas gravitacionales como se interesa por el estudio de los fractales. Algo parecido le sucedió a Derek Amato. Tras una muy mala inversión que lo dejó en la estacada y trabajar como entrenador de kárate, agente de ventas y relaciones públicas sin saber qué hacer con su vida, un buen día, en una fiesta con piscina en casa de unos amigos, decidió que a ese balón sí que podía llegar, y llegó, pero el cabezazo que se dio contra el fondo de la piscina se debió de oír hasta en la casa del vecino. Lo simpático del asunto fue que, tras salir del hospital con una contusión grave, descubrió que, sin tener formación musical básica, sabía tocar el piano con verdadero virtuosismo. De la misma forma que sucedió con Padgett, la sensación que tuvo fue que el conocimiento surgió como por arte de magia y que, sin saber explicarlo, de golpe la música se desplegaba ante él con enorme naturalidad.

Vale, sí, nadie en su sano juicio probaría a darse cabezazos contra una pared para desarrollar una memoria prodigiosa o convertirse en un genio de las matemáticas por pura chiripa. Conseguir que el efecto de una contusión afecte al área concreta que pueda liberar esas capacidades —por describirlo de alguna forma— es una tarea abocada al más estrepitoso de los fracasos. Pero en una galaxia no muy lejana ya se han llevado a cabo experimentos mediante una técnica no invasiva —estimulación transcraneal por corriente directa— que tras estimular áreas concretas del cerebro mejora la capacidad de cálculo matemático durante meses. La técnica no es muy precisa y los resultados que arroja son poco significativos, pero es un principio. Aún faltan unos años para que alguien nos pueda poner un casco y, en cuestión de minutos, podamos decirle aquello de «Ya sé kung-fu».

Me pregunto si llegará el día en que conozcamos tan al detalle la estructura y las funciones de nuestro cerebro como para potenciar una habilidad específica con tan solo estimular sus regiones asociadas. Y me pregunto si ese descubrimiento no será el principio del fin de nuestra humanidad en lo que parece un relato sacado de una distopía demasiado biologicista para mi gusto. «Sea más empático en tan solo diez segundos. Conviértase en un genio de las matemáticas y sorprenda a sus amigos en la próxima fiesta». No tenemos que olvidar que somos quienes somos debido a nuestra biología, pero también a nuestra interacción con el entorno. Porque no sabremos nada de la mente humana si solo estudiamos de cráneo hacia dentro y obviamos todo el resto. ¿Cambió Phineas Gage solo por culpa de la barra que atravesó su cerebro, o también por la forma en que lo trató la sociedad a partir de su famoso accidente? Ninguna persona es una isla, y si así lo siente, es porque aún tiene que excavar a mayor profundidad.


¿Qué sabes sobre nuestro cerebro?

Los límites de nuestra mente empiezan a ser explorados en algún momento del siglo XIX en lugares recónditos, como oscuros laboratorios perdidos, lúgubres clínicas psiquiátricas, salas polvorientas de museos olvidados o magnificentes mansiones donde se revisan los umbrales que separan la vida de la muerte. Todo nace con el mito de Frankenstein, donde la joven Mary Shelley coquetea con la idea de la resurrección de la carne muerta y remendada a partir de pedazos de cuerpos obtenidos de las morgues más tétricas.

Más tarde Paul Broca empieza a comprender las relaciones entre las regiones del cerebro y las funciones que ejerce. Muchas veces los descubrimientos son fortuitos, otras veces imaginarios, siempre retadores. En la propia comprensión del cerebro que nos hace humanos está la esencia de reconocernos como especie.


Profunda mente

Foto: Emiliano Bruner

El cerebro. Después de hurgar a lo largo de un par de siglos en sus entrañas, en sus células y en sus moléculas, sabemos todo sobre él pero no cómo funciona. Igual hemos sido demasiado optimistas (o ingenuos) en pensar que una maquina tan prodigiosa se pueda entender sencillamente descomponiendo y analizando sus microscópicas componentes, y luego haciendo una aglomeración de unidades que, como siempre, al final nunca puede alcanzar la belleza de su todo.

Un sistema complejo, por definición, no es igual a la suma de sus partes porque, como decía Henri Poincaré, lo que realmente cuenta no son los elementos sino sus relaciones. Saber cómo funciona una neurona es fundamental, cierto, pero es fundamental para saber cómo funciona una neurona, no un cerebro. Y, mucho menos, una mente. La palabra «mente», aunque alguien muy reduccionista la pueda tachar de concepto abstracto y espiritual como si fuese un «alma», biológicamente se refiere al conjunto de procesos y mecanismos que generan nuestras capacidades cognitivas. Y a estas alturas son muchas las teorías y las evidencias que sugieren que esta mente no es un producto del cerebro, sino un proceso, que se genera gracias a una interacción entre cerebro, cuerpo y medio ambiente. Aunque queda por ver en qué medida estos tres componentes aportan al mecanismo general y con qué roles, y aunque tal vez el cerebro sea el microprocesador de toda esta máquina, tenemos la evidencia de que el cuerpo, con toda probabilidad, tiene su papel activo en el proceso cognitivo (a menudo se usa el término embodiment para referirse a estas funciones), y que el medio ambiente (incluso la cultura y en particular la tecnología) también carga con una parte crucial del mecanismo.

Así que ya tenemos tres componentes para entender nuestra cognición, y entonces podemos actuar en los tres ámbitos para forjar nuestra mente que, al fin y al cabo, es el resultado de un flujo de información entre ellos. Como los electrones, viajando entre situaciones de diferentes potenciales, generan una corriente eléctrica o un campo magnético, así la información viajando entre cerebro, cuerpo y ambiente, genera una «mente». Tenemos que hacer un esfuerzo bastante extremo para hacernos con estos conceptos, porque llevamos siglos dando por hecho que el cerebro es un ordenador autónomo y que lo hace todo solito. Nos cuesta mucho ahora tener que incluir, por lo menos, elementos periféricos (la tecnología) que exportan parte de sus funciones y de sus capacidades más allá del sistema nervioso.

Ahora bien, tampoco es algo tan novedoso. En su tiempo del sueño, los aborígenes australianos incluyen el medio ambiente y la cultura material en la concepción de su propia existencia, y el jefe Seattle nos explicó muy bien por qué los nativos americanos veían a sus ríos y a sus montañas como elementos de su propio ser, tal como la sangre o los pulmones. Y también son muchas las culturas donde la lectura y el cuidado del cuerpo pueden revelar aspectos íntimos y recónditos de nuestras más profundas esencias. Desafortunadamente, en nuestra cultura occidental todo esto se ha quedado como parte de un mundo bastante alejado de nuestra realidad cotidiana. Hay todo un abanico de disciplinas que remontan a preceptos orientales más o menos contaminados (como por ejemplo el yoga, el tai-chi, el shiatsu o el mindfulness) que tienen cierto éxito, pero que siguen representando campos alternativos, paralelos, extraoficiales, tanto en nuestros contextos sociales como en su reconocimiento oficial (en los sistemas educativos o de salud, por ejemplo).

Estas perspectivas, aparentemente más holísticas que nuestro reduccionismo europeo, se han quedado todavía en una tierra de nadie, donde por un lado muchos ven claramente el interés y la importancia de ciertas prácticas o de ciertas aproximaciones, pero al mismo tiempo no hay datos suficientes para avalar o justificar una integración contundente de estos elementos culturales en nuestra sociedad. La incertidumbre y la heterogeneidad laboral y profesional que caracterizan estos campos delatan su naturaleza todavía poco o mal definida, dentro de los cánones de nuestros esquemas culturales. Hablamos de profesiones con marcos legales muy variables e inestables, caminos formativos a menudo poco claros y fronteras desde luego borrosas. Como es de esperar, un contexto como este acaba recogiendo un poco de todo, lo cual incluye muchos extremos que se embrollan y se mezclan, añadiendo confusión en lugar de preparar el campo para una prometedora cosecha.

Muchas técnicas de meditación, por ejemplo, a pesar de tratar directamente conceptos relacionados con cerebro y cuerpo, utilizan con frecuencia términos imprecisos o incluso incorrectos. Ya desde hace unos cuantos años la neurociencia se está ocupando con cierta inquietud de estos temas, y también la psicología está haciendo saltos importantes en este sentido. Utilizar un concepto sin tener una definición clara, o incluso equivocada, evidentemente puede perjudicar bastante la comunicación al momento de formar o de enseñar ciertos tipos de métodos y de prácticas. Y está claro que si la ciencia ofrece informaciones útiles para entender y desarrollar estas disciplinas, sería sabio aceptar la aportación en lugar de ignorarla.

Foto: Emiliano Bruner

A la luz de las teorías sobre extensión cognitiva, por ejemplo, suena raro ver que precisamente estos campos supuestamente tan holísticos siguen a menudo separando, conceptual y terminológicamente, mente y cuerpo, como si el segundo no fuese parte de la primera. El cuerpo es uno de los focos principales de las técnicas meditativas, y no vendría mal organizar la educación de su propia exploración aprovechando los conocimientos de la ciencia. Por ejemplo, hay muchas técnicas que usan el cuerpo para controlar la atención, y la atención para controlar el cuerpo. A pesar de ser un término frecuentemente utilizado en un sentido general, la atención es un mecanismo cognitivo muy complejo y específico, que viene cargado de un siglo de investigación en psicología y neurobiología. Hay tantos datos, experimentos, teorías, resultados y debates sobre la atención, que es una lástima utilizar la palabra en un sentido general, sin aprovecharnos de la increíble cantidad de información que conlleva su concepto.

Los sentidos recogen señales del medio ambiente, el cuerpo funciona como unidad de medida y referencia, el cerebro filtra y devuelve sensaciones al cuerpo que los integra en el medio ambiente, y el ciclo vuelve a empezar generando un camino, es decir un flujo de información que llamamos consciencia. La atención depende de todos los sentidos, pero como primates (y aún más como humanos) somos particularmente sensibles a los estímulos del cuerpo y de la visión. Las regiones visoespaciales de nuestro cerebro son particularmente desarrolladas, y son capaces de integrar cuerpo e imágenes de una forma extremadamente potente. Ahora bien, nuestros sentidos no son capaces de descodificar los valores absolutos de un estímulo sino que detectan sus variaciones, es decir, las diferencias que se pueden detectar en un entorno.

Para formar un escenario hecho de estímulos, nuestros sentidos y nuestro cerebro necesitan discontinuidades, aquellas discontinuidades que precisamente son las que capturan (y a menudo secuestran) nuestra atención. Detectamos una forma solo si resalta de su fondo, y un sonido solo si destaca del ruido. Por esto, si estamos quietos en un momento de meditación y de sensación, necesitamos un movimiento si es que queremos sentir el cuerpo y acompasarnos a ello. Y el movimiento más manifiesto, en un momento de relajación, es nuestra propia respiración, que además es un marcapaso de nuestro metabolismo general. A seguir, viene el latido del corazón y el flujo de la sangre en nuestro sistema vascular. Y, finamente, el mismo peso de nuestro cuerpo que contrasta la gravedad y determina el contacto físico con el medio ambiente, incluso con la ropa que llevamos encima. A un nivel todavía más sutil, viene bien el temblor de nuestros músculos antagonistas y de sus tendones, que estabilizan el cuerpo con un equilibrio dinámico hecho de infinitésimas vibraciones.

Todo esto se puede llamar con muchos nombres, desde los más espirituales hasta los más pijos, pero en realidad siempre se trata simple y llanamente de un mismo mecanismo, y de un mismo fin: potenciamiento sensorial. Es decir, aunque la practica meditativa puede venir bien para relajarse o equilibrarse, también es un recurso excepcional para mejorar nuestras capacidades perceptivas. Estamos hablando de un entrenamiento de nuestros sentidos que va más allá de lo que solemos llevar a cabo según nuestros estándares sociales y culturales. Explorar el mundo afinando nuestras capacidades de sentir, moldeando las potencialidades de las relaciones entre cerebro, cuerpo y ambiente. Saber controlar nuestra atención, a veces dejando que vagabundee a lo loco como una peonza (que precisamente para esto ha sido seleccionada a lo largo de millones de años de evolución) y a veces dirigiéndola o distribuyéndola de forma más activa y consciente. Escuchar las valoraciones de nuestros sabios lóbulos frontales, o mandarlos a callar (la «mente en blanco») cuando se ponen demasiado pesados, insistentes y cansinos. En este sentido, aunque la práctica meditativa sea a menudo algo típicamente introspectivo (hacia dentro), puede potenciar también lo contrario, es decir nuestras capacidades para apreciar lo que hay más allá de nuestro cuerpo (hacia fuera). Mejorar la relación con uno mismo, y a la vez la relación con el exterior.

En todo esto, un infeliz e incómodo malentendido es pensar que estas aproximaciones y estas técnicas solo sirven en los casos donde, sencillamente, no se ha logrado generar una buena calidad de vida. Probablemente por una (a veces descarada) razón de mercado y de negocio, muchas prácticas meditativas se venden para sanar mentes y curar heridas. Es cierto que en muchos casos donde hay conflictos pueden aportar, pero desde luego es un error pensar que haya que recurrir a ellas solo cuando ya es demasiado tarde. Técnicas de meditación, de potenciamiento sensorial o de control de la atención vendrían bien a cualquiera, y una sociedad cuerda habría ya incluido algunas de estas prácticas en la educación infantil y primaria, así como en sus rutinas cotidianas. En este sentido hay, afortunadamente, proyectos pioneros y prometedores.

Los primates (y los humanos en particular) tenemos la corteza parietal del cerebro particularmente compleja y desarrollada, lo cual sugiere una importante inversión evolutiva dedicada a la relación entre cerebro, cuerpo y ambiente. En medio de estos lóbulos parietales tenemos un elemento profundo que se llama precúneo, y que precisamente coordina e integra cuerpo y visión, gestionando imaginación, espacio, tiempo, recuerdos y relaciones sociales. Se activa cuando las señales que proceden de nuestro cuerpo se encuentran con las señales que proceden de nuestros ojos, es decir cuando el mundo interno y el mundo externo se cruzan y generan juntos un modelo funcional al que llamamos realidad.

El precúneo es un elemento anatómico increíblemente variable entre individuos, y se apoya justo encima de la glándula pineal, un ojo atávico (el famoso «tercer ojo») que en muchos animales todavía se encarga de detectar la luz y ajustar los ritmos circadianos, acompasando las fluctuaciones del cuerpo con las fluctuaciones del día y de la noche. Aquí era donde, según Descartes, cuerpo y alma se encontraban, puerta entre dos dimensiones. Quizás entonces nuestro precúneo se merezca el apodo de «ojo de la mente», que muchos le otorgan a raíz de sus capacidades y de sus responsabilidades. Con toda probabilidad viene con programas genéticos y ajustes por defecto, pero luego potenciar, controlar y entrenar sus conexiones es cosa nuestra, igual que hacemos con cualquier otro tipo de gimnasia y de ejercicio. Para algunos es un camino espiritual, para otros es un recurso bioquímico y fisiológico. Lo interesante es hacer este camino con conciencia, con coherencia, y con responsabilidad. Y, por supuesto, disfrutar de cada uno de sus pasos, a lo largo de un recorrido que, como siempre, no tiene metas, pero sí muchos horizontes.

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Este artículo se puede enlazar con el anterior dedicado al potenciamiento sensorial. Como ejemplo de literatura científica, os recomiendo este artículo «The Neuroscience of Mindfulness Meditation», publicado en Nature Review Neuroscience en 2015. He podido acercarme a estos temas, y escribir este artículo, gracias a los estímulos y a las aportaciones de Estibaliz Bartolomé, y a su capacidad de enseñar, con sus ojos, lo que muchos ojos no pueden ver.


Susana Martínez-Conde: «La multitarea es igual para hombres y para mujeres: ninguno podemos hacerla bien»

Susana Martínez-Conde es neurocientífica, profesora de Neurología y Oftalmología en la State University de Nueva York y directora del laboratorio de Neurociencia Integrativa del Downstate Medical Center. Es conocida también por su trabajo divulgativo en torno a las ilusiones perceptivas en libros como Los engaños de la mente: Cómo los trucos de magia desvelan el funcionamiento del cerebro. Con ella conversamos sobre la manera en que nuestro cerebro procesa (e incluso reinventa) la información del entorno y los curiosos efectos que su manera de funcionar tiene sobre lo que lo que creemos saber acerca del mundo que nos rodea, que no siempre es como creemos: ilusiones, errores perceptivos, alucinaciones, fenómenos de la memoria como el déjà vu o ese famoso vestido que diferentes personas ven de distinto color. 

¿Es cierto que casi toda nuestra percepción es ilusoria y que el cerebro solamente es capaz de procesar un 5 por ciento de la información visual de nuestro entorno?

O menos, en realidad. Es difícil darte un porcentaje. Digo que la mayoría de nuestra percepción es ilusoria porque la riqueza de detalles de nuestra experiencia perceptual subjetiva es mucho mayor de lo que alcanza a captar nuestra entrada sensorial. Tenemos más de dos docenas de áreas cerebrales que procesan información visual y conocemos medianamente bien quizá las tres primeras. Tomemos el ejemplo visual más simple: una figura geométrica como un cuadrado, un círculo o un triángulo. Al llegar a la tercera etapa de procesamiento, que sería la corteza visual primaria, estas neuronas solo estarían respondiendo a los bordes de las figuras geométricas. Si les pudiéramos preguntar a estas neuronas «¿Qué es lo que ves?», dirían que están viendo solo el marco del triángulo o el contorno del círculo. Las áreas cerebrales posteriores a la corteza visual primaria están rellenando el interior de estos objetos con información procedente de los bordes. Si partimos del hecho de que, para cualquier objeto que veamos, nuestro «cerebro visual» se está inventando el interior simulándolo con información procedente del contorno del objeto, esto te da una idea del ínfimo porcentaje de nuestra percepción que está basado en información sensorial que nos llega directamente del mundo.

Entonces no estamos viendo la realidad, sino una simulación de la realidad.

Nuestro cerebro está simulando la realidad de manera constante. Hay gente que describe el propio proceso del pensamiento como simulaciones: cuando pensamos, estamos analizando diferentes tipos de escenarios que nos llevan a una conclusión o a otra. Hacemos lo mismo con la propia realidad que estamos viviendo. No tenemos acceso directo a esa realidad. Tenemos acceso directo a la simulación que nuestro cerebro está construyendo. Esta es una cuestión algo más filosófica, pero desde un punto de vista científico no podemos concluir, basándonos en nuestra propia experiencia del mundo, que exista una realidad fuera de nuestra percepción. Vamos, yo creo que sí hay una realidad, me parece la hipótesis más plausible desde el punto de vista de la navaja de Occam. Pero no lo podemos saber, porque solamente experimentamos la simulación.

¿Es esta la única manera en que el cerebro puede asimilar el mundo? Recuerdo una metáfora que usabas: si el cerebro tuviese que procesar de verdad toda la información que hay a nuestro alrededor, necesitaría tener el tamaño de un edificio y, aún así, no sería suficiente.

Sí. Ni sería capaz de darte el tamaño de cerebro que necesitaríamos. Pero creo que es una falacia pensar que cuanta más información tengamos, mejor nos va a ir. Una de las grandes ventajas que tiene nuestro cerebro es el sistema atencional. ¿Qué hace nuestro sistema atencional? Elimina información. Nuestra atención no resalta ni mejora la información en la que nos estamos concentrando, sino que elimina la información que no corresponde o no es relevante para la tarea que estamos llevando a cabo. Concentrarse quiere decir suprimir todo aquello que no es relevante en ese momento. A veces, la información excesiva no es una ventaja. Eso está claro desde el punto de vista de la atención, y también de la reacción, de cómo se utilizan los recursos para darnos una respuesta ante una amenaza o una oportunidad. Queremos reaccionar de manera rápida y lo más eficiente es llegar a una decisión —y actuar sobre esa decisión— sin estar meditando durante una cantidad de tiempo ilimitada sobre si la información de la que disponemos es exactamente la correcta. Queremos estar más o menos seguros de que es correcta, pero no al 100 por ciento. ¿Se acerca un león? Pues voy a escapar. ¿Que después resulta que es un tigre? Pues me escapé y me fue muy bien el hecho de escaparme, aunque no hubiera acertado con el animal concreto.

Entonces ese funcionamiento económico del cerebro ha permitido que sobrevivamos.

Sí, efectivamente. Y también existe un malentendido: que nuestro cerebro está optimizando nuestra percepción. Esto no es así. Nuestro cerebro no está optimizando ni nuestra percepción, ni nuestra acción, ni nada. Nuestro cerebro simplemente ha evolucionado y esa evolución es un proceso que continúa, no quiero decir que hemos llegado hasta aquí y ya está. Los organismos evolucionan, sobreviven y pasan su material genético a la siguiente generación. Son procesos que no están optimizados, sino que simplemente son lo suficientemente buenos como para que el organismo llegue a una edad en la que se pueda reproducir y lanzar la siguiente generación, que tendrá las mismas habilidades y limitaciones.

¿Y hay mecanismos de selección de información que son resultado de esa evolución, por ejemplo, el hecho de fijarnos más en objetos que se mueven que en objetos estáticos?

Sí, efectivamente, y esto se puede ver muy claro en el laboratorio si medimos los movimientos oculares de participantes voluntarios a los que presentamos todo tipo de imágenes, vídeos y demás estímulos. Podemos ver cuáles son los objetos que captan nuestros movimientos oculares, que captan la atención del sistema oculomotor. Son objetos de gran interés para nuestro cerebro y pueden ser, como dices tú, objetos en movimiento. Pueden ser objetos de alto contraste. Y hay mayores complejidades: por ejemplo, en una escena visual que contenga personas, las caras de esas personas van a ser mucho más interesantes para nuestro sistema visual que cualquier otro objeto que se encuentre en la misma escena. 

¿Esta manera de funcionar está impresa en nuestro hardware cerebral, estamos programados para ello?

Esta había sido la idea que se había tenido durante mucho tiempo. Bueno, en cuanto a movimiento, contraste y estas propiedades, quizá pueda ser a nivel de hardware. Pero a nivel de las caras, del por qué las caras captan tanto la atención, no está tan claro. Nos basamos, por ejemplo, en experimentos que ha hecho recientemente Margaret Livingstone en la universidad de Harvard. Ella ha criado a monos de manera que estos animales nunca han observado una cara. Han estado con cuidadores humanos que llevaban una máscara. Por lo que he podido ver en las publicaciones, es una máscara parecida a las que se utilizan para practicar esgrima. Los monos saben que su cuidador es una persona y se desarrollan socialmente bien, pueden interactuar. Escuchan y tienen una reacción emocional con esta persona. Pero esta persona no tiene rasgos y resulta que estos animales no tienen la facilidad ni la disposición para reconocer caras, ni para tener respuestas de las neuronas visuales, como las tenemos quienes sí hemos estado rodeados de caras toda nuestra vida.

En el proceso de criba que usa el cerebro por cuestiones de economía, ¿cómo decide el cerebro cuál información es importante y cuál no?

Yo creo que el cerebro no siempre decide qué información es relevante. A veces sí, a veces no. Hablamos de procesos top-down y bottom-up. Si hablamos de atención, un proceso bottom-up son las cosas que nos «llaman la atención», que ya lo dice la palabra. Si alguien grita mi nombre, me voy a dar la vuelta sin decidir: «Ah, están diciendo mi nombre, eso quiere decir que querrán encontrarme, voy a darme la vuelta para ver qué pasa». No. Es un acto de orientación refleja y ahí no hay pensamiento consciente. Cuando decidimos que hay que prestar atención, sería un proceso top-down, de arriba abajo: «Voy a dar una presentación en este congreso y no me la he preparado, me queda una hora, tengo que concentrarme porque, si no, voy a quedar muy mal». Son las dos maneras de concentrarnos. Y a veces pueden ser incompatibles. 

Dices que las ilusiones demuestran cómo funciona nuestro cerebro a nivel perceptivo. Que las ilusiones son, incluso, la manera en que realmente captamos el mundo. 

Sí. Creo que hay que darle un poco la vuelta a la tortilla. Hasta hace relativamente poco, se consideraba que las ilusiones eran los errores de la percepción. Donde el sistema visual se equivocaba. Y ahora nos estamos dando cuenta de que las ilusiones no son la excepción, sino que son la regla. Entonces, si entendemos las ilusiones, entendemos cómo funciona nuestro sistema visual. Cómo, con cuatro indicios muy limitados de información, puede llegar a crear el tipo de percepción tan compleja que tenemos. 

Entonces, lo que vulgarmente llamamos ilusiones ópticas, ¿no son errores perceptivos, sino los momentos de un sistema normal en que existe mayor disparidad entre la realidad y lo que nuestro cerebro capta de ella?

Yo creo que sí podemos hablar de errores. Lo que se considera error o no está en función de la tarea. Si mi tarea es distinguir entre tigres y leones, y me equivoco al distinguir un león de un tigre, pero he escapado… pues sí, he cometido un error, pero ese error me ha salvado la vida. Creo que hay varias razones por las que percibimos ilusiones. Hay veces que percibimos ilusiones por una economía de recursos. También, por qué no, puede haber ilusiones porque no ha sido importante para nuestra supervivencia el desarrollar una percepción más exacta en ese dominio; ocurren esas ilusiones, pero como no interrumpen la transmisión de material genético a nuestros hijos, qué más da. No existe presión evolutiva para suprimirlas. Y puede haber otras ilusiones porque existe presión evolutiva para mantenerlas y desarrollarlas. 

¿Las ilusiones se dan en los primeros niveles de procesamiento visual, en el ojo, o se dan también a niveles más profundos?

Se dan en todos los niveles del procesamiento. Tenemos más de dos docenas de niveles, si hablamos de áreas cerebrales. Tienes ilusiones que puedes explicar, más o menos, basándote en la anatomía del ojo y de la retina. Y hay ilusiones que implican atención, memoria. Eso quiere decir que las bases neurales de esas ilusiones se encuentran en estadios más elevados de procesamiento. Creo que hay una regla, no sé si se cumple siempre, pero que me parece una buena heurística. Hay ilusiones que sabemos cognitivamente que lo que estamos viendo no es así en realidad, pero, por mucho que lo sepamos, no somos capaces de verlo de otra manera. Hay otras ilusiones que sabemos que lo que vemos no es así y, si nos esforzamos, conseguimos verlo como es en realidad. Y hay otras ilusiones que solo vemos de manera errónea al principio, pero después, una vez sepamos el «truco», lo vemos siempre bien. Entonces, yo diría que una buena manera de pensar en ello es que las ilusiones que nos resulta imposible ver de otra manera son las que están más hardwired [programadas o innatas] y que son más cercanas a la entrada sensorial. Que están dentro del ojo, o cercanas a él.

Como aquel famoso vestido que circulaba por internet y que hacía que la gente discutiese sobre sus colores.

Sí.

Ofrecías una explicación muy interesante: tenía que ver con la manera en que interpretamos los entornos naturales, la luz del sol y el azul del cielo. 

Sí, sí, efectivamente. Es otro tipo de presiones evolutivas de las que hablábamos. De una forma simplificada, porque la historia es mucho más compleja, podemos decir que más o menos la mitad de las personas ven el vestido como de color dorado y blanco, y la otra mitad lo ve como azul y negro. Lo que apunta la investigación hoy en día es que a algunas personas su cerebro les dice que el vestido está en la sombra y a otras personas su cerebro les dice que está a plena luz del sol.

Esto implica que para el cerebro no existen absolutos. Ni blanco ni negro, ni grande ni pequeño.

La manera en que están construidas nuestras conexiones neuronales es que todo funciona a base de contrastes. Entonces, lo que nos parece negro en una situación es negro dependiendo de aquello con lo que lo contrastes. El mismo estímulo visual puede parecerte oscuro o claro, dependiendo del contexto. 

¿Y por qué el cerebro de distintas personas elabora estas diferentes versiones ante una misma imagen?

Esta es la pregunta del millón [ríe]. Eso no lo sabemos, de momento. Suele pasar con las ilusiones. Conocemos primero la parte fenomenológica, la descripción del fenómeno, la cuantificación. Encontrar las bases neurocientíficas es lo que tarda más tiempo, lo más complicado. Conocemos algunas ilusiones que tienen décadas de antigüedad y todavía no sabemos exactamente por qué funcionan de la manera en que lo hacen. 

Décadas o incluso siglos; has escrito que los magos hace mucho que conocen ciertas ilusiones que la ciencia está ahora empezando a desentrañar. 

Sí, es curioso porque, de alguna manera, creo que la ciencia y la magia ya nos hemos acabado de encontrar. Los científicos, trabajando en el campo cognitivo, hemos llegado a describir fenómenos con otros nombres —la ceguera al cambio, la ceguera por inatención— que los magos han llamado misdirection en inglés.

La ceguera al cambio supongo que incluye aquel experimento que mencionabas en el que se pedía al sujeto que eligiese, de entre dos fotos de dos personas A y B, aquella que le pareciese más atractiva físicamente. Después, al mismo sujeto le enseñaban la foto de una persona C diciéndole que era esa la que en realidad habían elegido. Le pedían que explicase por qué les había gustado más esta persona. La mayoría de los participantes ni siquiera se daban cuenta de que se había cambiado la foto original y, aun así, explicaban los motivos de su preferencia. 

La ceguera al cambio consiste en no darse cuenta del cambio. Te cambian una persona por otra y no te das cuenta. Y te da igual. Este experimento en concreto no se queda en la ceguera al cambio, sino que continúa hacia lo que llaman «ceguera a la elección». Es decir, el ser ciego a tu propia toma de decisiones. En la segunda parte del experimento, cuando les preguntan: «¿Por qué te parece esta persona más atractiva que la otra?», los participantes empiezan a explicar los motivos. Se están inventando esos motivos, en realidad. Lo que explican no fue lo que los llevó a tomar la decisión. Son completamente inconscientes de no haber llegado a esa decisión, porque nunca llegaron a ella. 

Entonces, ¿ocurre con frecuencia que las personas actuamos sin pensar y después nos inventamos las motivaciones?

Sí, efectivamente. Nuestro cerebro siempre está intentando buscar el porqué de las cosas. Normalmente es una característica muy buena porque podemos juntar causa y efecto, lo cual, evidentemente, suele ser muy beneficioso. El pequeño problema es que a veces vamos a juntar causas y efectos que no tienen nada que ver entre sí. A veces vamos a intentar dar sentido a eventos que son aleatorios o que no guardan ninguna relación entre ellos. Esto da lugar a supersticiones, pseudociencias y todo lo que te puedas imaginar, incluyendo el hecho de que nos contamos mentiras a nosotros mismos. A veces actuamos de manera impulsiva y luego lo razonamos perfectamente bien: «Yo hice esto, y no hubo otra manera de hacerlo, y tuvo que ser así». 

¿También nos engañamos con respecto a los recuerdos de nuestra propia vida?

Sí. Son datos que están ya demostrados científicamente. Cuando almacenamos algo en la memoria a largo plazo, la manera para recordar es extraer este recuerdo de la memoria a largo plazo y ponerlo al frente del almacenamiento a corto plazo. ¿Qué ocurre? Que cuando extraemos este recuerdo y lo situamos ahí, de repente se vuelve versátil. El propio hecho de acceder a ese recuerdo hace que lo cambies. Es decir, cuando recuerdas una vivencia que te ha ocurrido y te pones a meditar sobre ella o te pones a revivirla, cuando después la vuelves a guardar en el almacenamiento a largo plazo no es exactamente la misma. 

La retocas siempre que la recuperas. 

Siempre la retocas, aunque sea de una manera mínima. Pienso que es un poco triste en cierto sentido, porque quizá aquellas vivencias que pensamos que son más significativas para nosotros, que nos definen como personas a lo largo de los años, que son las experiencias que recordamos una y otra vez, seguramente serán muy distintas de las experiencias originales por el hecho de estarlas recordando tanto. 

Hablando de engaños a uno mismo, las ilusiones son útiles, pero ¿hay algún tipo de relación entre lo que es una ilusión habitual y una alucinación visual producto de una enfermedad mental? ¿O con las alucinaciones hipnagógicas e hipnopómpicas que pueden producirse entre el sueño y la vigilia? ¿Son efectos secundarios del sistema perceptivo o son fenómenos cognitivos?

Una vez que salimos del ojo, yo diría que ya no puedes hablar estrictamente del terreno visual y no cognitivo. Porque influyen la atención, la motivación, etc. Claro, existe un procesamiento visual, pero no es un procesamiento visual aislado porque ahí entra la cognición. Entonces, los ejemplos que tú me nombras de la visión normal, la imaginación, las alucinaciones hipnagógicas y demás, no quiero decir que sean un continuo, pero forman parte del mismo mecanismo. Son las mismas áreas las que están activadas en estas situaciones. Lo que llamamos alucinación y lo que no, lo que resulta patológico y lo que no, es relativo en cierto sentido y depende de si la mayoría de la gente lo experimenta o no. Porque también podríamos decir que todos experimentamos alucinaciones cada noche, cuando soñamos. Pero, como lo hacemos todos y no nos importa, pues no es una alucinación, es un sueño. Sin embargo, ¿cuál es la diferencia?

¿Y el déjà vu? ¿Es una ilusión, es un fallo de almacenamiento cognitivo, qué es? 

Eso es un fallo de Matrix [ríe].

Ya puestos, ¿sería admisible la idea de que vivimos en una simulación?

No sabemos. Puede que sí. Hay astrofísicos que consideran en serio el posible escenario de la simulación. En cuanto al déjà vu, yo lo categorizaría como una ilusión de la memoria. Es la ilusión cognitiva de haber experimentado previamente una situación en la que nunca has estado, pero se da también la situación contraria, el jamais vu, la ilusión de estar experimentando por primera vez algo que has experimentado muchas veces. Me pasó una vez en mi antigua universidad; entré en el baño y me pareció un baño rarísimo. Un baño al que iba todos los días. Dije: «¿Me he metido en el baño de hombres? ¡Me salgo rápidamente! ¡Qué vergüenza!» [ríe]. ¿Me había metido en el baño que no era? Lo miré bien y no, era el correcto. 

¿A qué se debe eso? ¿A que el cerebro de repente reinterpreta lo que ya conoce, pero de otra manera?

Son fallos ocasionales de la memoria. Creo que no tenemos una explicación neural completa de cualquiera de los dos fallos. 

Se podría explicar simplemente diciendo que no somos máquinas y que somos imperfectos.

Sí, efectivamente. Quién sabe, puede haber habido algún tipo de fluctuación en las neuronas porque existe «ruido». Somos un sistema biológico y hay ruido en el sistema. A lo mejor es una fluctuación temporal que puede haber afectado cualquier conexión, hasta que se recalibra y vuelves a lo de siempre. 

Volviendo al uso de las ilusiones por magos y carteristas y demás, se dice que los psicópatas son personas manipuladoras, incluso encantadoras, etc. ¿Pueden llegar a usar este tipo de mecanismos como recursos para manipular de manera intuitiva?

Yo creo que estos recursos los utilizamos todos. Con nosotros mismos, como decíamos hace un momento. Con familiares, amigos, vecinos. El hecho simplemente de ser educado y tener buenas maneras; no estás diciendo todo lo que se te ocurre, estás creando un tipo de ilusión. Muchas veces hacemos esto de manera inconsciente. Es importante resaltar que lo que hacen los magos no es aprovecharse de circuitos «especiales» que tenemos en el cerebro, sino que utilizan la circuitería normal que ya tenemos instalada para usarla en cualquier otro tipo de ocasiones. Ahora, como tú dices, sí hay gente que tiene una gran habilidad para explotar, o hackear, estos sistemas que dan lugar a ilusiones. Y no hablamos de magos solamente, hablamos de especialistas en marketing, políticos y demás. Embaucadores, pseudocientíficos. 

¿La publicidad visual recurre mucho a las ilusiones?

Sí. Creo que la publicidad y el marketing siempre han utilizado ilusiones de manera implícita, como el hecho de presentar un producto con unos colores muy brillantes o en movimiento. Van a intentar siempre captar la atención de una manera u otra. Se han usado implícitamente de la misma manera en que podemos decir que un pintor o un artista las ha usado implícitamente. Es más reciente el fenómeno de que publicistas y demás van a por las ilusiones a propósito. 

¿Alguna vez se te han acercado de alguna empresa con este objetivo?

Sí. He trabajado con alguna empresa. No puedo dar nombres, pero esta empresa se me acercó y me dijo que quería que pareciese a primera vista que los envases que exponían en el supermercado contenían más producto del que había en realidad [ríe]. Fue muy simpático porque le eché un vistazo a los productos que tenían, los envases, etiquetas y demás. Lo que pudimos concluir, además de darles un buen consejo, era que los envases que ellos usaban, que eran muy bonitos y sofisticados visualmente, estaban produciendo la ilusión contraria. Parecía que hubiera menos producto en el envase del que en realidad había. Les pude aconsejar, sin ninguna culpabilidad, que lo que tenían que hacer era corregir esa ilusión para dar lugar a la percepción verídica del producto. 

Siempre se ha dicho que los pasillos de un supermercado son una especie de laboratorio, con la música, los estímulos visuales, etc.

Sí, sí. Bueno, existen laboratorios así. Estas grandes empresas tienen laboratorios en forma de supermercado, tan grande como uno normal, y allí se hace todo tipo de investigación de productos. 

Hablando de que somos sistemas biológicos, no crees que haya nada en el cerebro que no se pueda llegar a reproducir de manera artificial. 

Sí. No creo que el cerebro, por ser un material biológico, sea un sustrato mágico que no pueda ser replicado en el futuro. Claro, hoy por hoy es ciencia ficción. Pero, en principio, no veo una razón teórica que imposibilite el que nuestro código neural pueda implementarse en un sustrato artificial. 

Tampoco se sabe aún dónde reside la consciencia, pero tú eres optimista y crees que se llegará a averiguar. 

Sí, claro. No estamos ahí, pero sí hemos conseguido ciertos avances significativos en ese terreno. No me cabe la menor duda de que la consciencia esté generada por la actividad neural de nuestro cerebro. 

Supongo que, salvo para quien crea en el alma, esa es la única explicación posible. 

Para mí, es la única explicación posible. Y el cerebro es un órgano que cabe dentro de nuestro cráneo. Sí, contiene muchas conexiones neuronales, evidentemente, pero tiene unas dimensiones que podemos contabilizar y que en el futuro seguramente podremos simular. Quiero decir que es un problema concreto, es un problema que está delimitado. De momento no estamos ahí y quizá ni siquiera tengamos las herramientas, pero es un problema soluble. 

De todo esto se deduce que una inteligencia artificial podría llegar a tener consciencia. 

Sí, claro. Por qué no.

Hablando de religión, mucha gente ha tenido experiencias místicas desde siempre, lo cual está relacionado con creencias muy íntimas. Pero hay otros fenómenos curiosos que quizá no son experiencias místicas per se. Por ejemplo, que personas que no suelen tener creencias sobrenaturales ni nada parecido afirmen que han visto cosas extraordinarias. No sé, por ejemplo, naves extraterrestres.

Yo creo que es un fenómeno similar a lo que puede ocurrir en los espectáculos de magia. En nuestro libro Los engaños de la mente hablábamos del famoso truco de la cuerda india, que se levanta, se sube por una nube y baja un niño… vamos, una cosa que es imposible que alguien de verdad haya visto. Los historiadores no se ponen de acuerdo sobre qué puede haber motivado esto, pero lo que sí sabemos es que la gente se va de los espectáculos de magia con unas ideas que no tienen nada que ver con lo que de verdad acaba de ver. En el caso de las personas que ven platillos volantes, lo primero es que posiblemente no tengan una gran formación en, por ejemplo, aspectos meteorológicos que puedan explicar estos fenómenos. Por otro lado, claro, una experiencia así va a tener un impacto emocional, y la emoción afecta a la memoria. Volviendo al ejemplo del mago, lo que le interesa al mago durante el espectáculo es no solo que los espectadores no adivinen el truco, sino que no puedan ser capaces de reconstruirlo a posteriori. El mago va a plantar una serie de pistas falsas. Muchas veces me pasa que viene alguien y me dice: «He visto a este mago y ha hecho desaparecer esto, ha cortado por la mitad a su ayudante, ¿cómo lo ha hecho?». Pues no te puedo decir cómo lo ha hecho, en primer lugar, porque he prometido bajo juramento que no puedo desvelar secretos mágicos [risas]. Y, en segundo lugar, lo más importante, porque lo que me estás contando y lo que en realidad sucedió pueden ser cosas completamente dispares. Creo que el fenómeno de los ovnis puede ir también por ahí. 

Lo contrario de ver cosas que no existen es olvidar que hemos visto cosas que sí existían. Como en la amnesia de la carretera. Yo conduzco de Alicante hasta Valencia y, si no hay incidentes en el camino, después me preguntas: «¿Qué has visto durante el viaje?», y no sabría decirte.

Sí, eso está relacionado con lo que llamamos los «comportamientos zombis» [ríe]. Nos parece que somos conscientes la mayor parte del tiempo, pero esto no es así. En realidad, nos pasamos la mayor parte del día siendo inconscientes de lo que hacemos. De hecho, hay experimentos famosos; esto era antes de los teléfonos móviles, a los sujetos les daban pagers [buscapersonas] y cada vez que sonaban tenían que pensar si en ese momento habían estado conscientes o no. En conclusión: realmente estamos conscientes del momento que estamos viviendo solo una proporción bastante mínima del día. Esto, al final, también se trata de economía de recursos. Me explico: si estamos aprendiendo a jugar al tenis o a conducir, porque esto pasa mucho con comportamientos motores, solo al principio somos muy conscientes de todo. 

¿Porque son comportamientos nuevos?

Son comportamientos nuevos, tomas de decisiones que nunca hemos tenido que hacer. O si estamos aprendiendo a tocar un instrumento, como mis hijos, que están aprendiendo a tocar el violín y pasan mucho tiempo viendo cómo tienen que poner los dedos exactamente. Tienes que usar tus procesos conscientes para determinar tu acción. Pero ¿qué es lo que se pretende al tocar un instrumento, o al jugar al tenis, o al realizar cualquier otra actividad motora un poco repetitiva? Se pretende que este comportamiento se automatice completamente, que se convierta en un comportamiento zombi. Una vez que el comportamiento esté enteramente zombificado, se libera cualquier otro tipo de recursos. Los magos son otro ejemplo de comportamientos zombis, aunque a lo mejor ellos no los llaman así. Juan Tamariz dice que todos los espectadores son telépatas. Esto quiere decir que si el mago está pensando: «Aquí es donde yo meto la trampa», el espectador lo capta. El mago nunca puede estar pensando: «Aquí es donde hago el truco». Todo lo que hace tiene que estar completamente automatizado o zombificado. Una vez que este comportamiento manual sea completamente automático, sus recursos se liberan para tareas más complicadas y puede entrar la parte más psicológica y artística del mago. Así que la amnesia de la carretera no quiere decir que hayamos conducido mal durante ese trayecto. Quiere decir que es un comportamiento automatizado y que no ha ocurrido nada que sea digno de mención. Y es muy interesante que sea automatizado porque, si hubiese ocurrido una situación crítica, no tendríamos que estar pensando: «¿Giro el volante para la izquierda o para la derecha?».

Entonces, si no ha ocurrido nada digno de mención, la memoria RAM del cerebro, por así decir, es borrada.

Sí, no es necesario almacenarlo a largo plazo. Date cuenta de que en el proceso de almacenamiento de memoria juegan un papel la atención y la emoción. Realmente solo tendemos a recordar a largo plazo las cosas que tienen un impacto emocional. Si no nos han afectado, nuestro cerebro decide que no merece la pena conservarlas. 

Entonces es un funcionamiento normal del cerebro desechar la mayoría de la información sensorial tras un viaje, pero ¿qué sucede en casos como el de este pintor autista inglés, Stephen Wiltshire, que solo con echar un vistazo breve a una ciudad es capaz de dibujarla después con mucho detalle usando solo su memoria?

Sí, hay casos aislados de gente con memoria de tipo fotográfico. Hay personas que tienen esta capacidad, que es verídica. No sabemos por qué. También hay gente capaz de realizar cálculos mentales o, sin tener formación previa en matemáticas, contar los números primos hasta muchas cifras. ¿Por qué estas personas pueden realizar estas hazañas casi sobrehumanas y el resto de nosotros no podemos? De momento, no tenemos ninguna explicación buena para ello. Evidentemente, en el nivel de lo que es la anatomía gruesa no está la respuesta. Ha de estar en el nivel de la circuitería y el código neural de estas personas. 

¿Estas capacidades extraordinarias se producen al coste de mermar otras capacidades que el resto de la gente sí tiene y que se dan por supuestas en casi cualquier individuo?

En ciertos casos sí, aunque este no es exactamente mi campo. A. R. Luria [médico y neuropsicólogo ruso] escribió sobre este hombre que tenía una memoria prodigiosa y nunca olvidaba nada, como en la historia de Borges «Funes el memorioso». Si has leído esa historia, lo que cuenta Luria como neuropsicólogo es básicamente lo mismo. Aquel hombre, por la imposibilidad de olvidar las cosas, no era capaz de llevar una vida normal. Porque necesitamos el acto de olvidar y la función de la atención es suprimir información. Claro, hay recuerdos que nos gustaría conservar para siempre, pero si tenemos una información excesiva, la mayoría de los recuerdos estorbarían el procesamiento de la información. A este hombre le resultaba muy difícil el acto de abstraer; el proceso de pensamiento normal y de abstracción que a todos nos resulta natural, para él era muy complicado. 

Entonces cabe enterrar el mito de que solo usamos un porcentaje del cerebro. 

Sí. Lo usamos todo. 

Hay otro fenómeno que los deportistas, por ejemplo, llaman «la zona». Varios jugadores de baloncesto han explicado cómo hay determinados momentos en los que, de repente, entran en «la zona» y la canasta les parece más ancha. Son conscientes de que están en racha y tienen la seguridad de que van a encestar. Son periodos muy cortos que duran pocos minutos, pero, en efecto, aciertan en un grado excepcional. ¿Cómo se explica?

Yo creo que está relacionado con lo de la amnesia de la carretera. Si los deportistas lo llaman la zona, también en inglés se le llama flow. Es ese estado en el que eres uno con la tarea que estás realizando. Pero no puedes tener este estado de flow si no es una tarea que esté automatizada a un alto nivel. Si estás aprendiendo a jugar al fútbol, no vas a tener flow, no vas a ver la portería de color brillante, o lo que sea. No vas a tener este tipo de experiencia. Se forma sobre la base de la automatización. 

¿Es la misma experiencia que tienen los músicos cuando están tocando, cierran los ojos y desconectan de todo? Como si no existieran ni ellos mismos, solo existe el instrumento y el lenguaje musical

Creo que está todo relacionado. Yo no toco ningún instrumento, pero tuve una experiencia similar relacionada con el bilingüismo. Cuando llegué a Estados Unidos —en el año 1997, llevo mucho tiempo por allí— hablaba inglés, pero no lo hablaba con soltura. No lo hablaba sin pensarlo, pensaba lo que tenía que decir. Llevaba por allí unos seis meses, más o menos, y en un momento dado me di cuenta de que estaba hablando en inglés sin pensar. Y eso me descolocó de tal manera que en ese momento no sabía qué idioma estaba hablando, si inglés o español [ríe]. Por primera vez estaba hablando en inglés sin traducir internamente. Creo que es la misma situación: una vez que ya no tenía que pensar en la traducción del inglés, podía centrarme mejor en conversaciones, conversar a otro nivel. 

¿También son mitos afirmaciones como que las mujeres son mejores en la multitarea y los hombres en el razonamiento espacial?

Nada de esto es cierto. A veces, después de alguna charla, me preguntan sobre las mujeres y la multitarea. Yo lo que les digo es que es igual para hombres y para mujeres, que ninguno podemos hacer bien la multitarea. Lo podemos ver en la magia: no hay espectáculos de magia separados para hombres y para mujeres. Lo que los magos suelen intentar es que hagamos multitareas y ahí es donde se basan los trucos, en dividirnos la atención. Si las mujeres fueran capaces de dividir la atención mejor que los hombres, verían los trucos de magia mucho mejor, y este no parece ser el caso. Pero ya no tengo que especular sobre este tema porque, de hecho, la semana pasada salió un estudio que ha comparado por primera vez si las mujeres y los hombres hacen la multitarea de manera distinta. Y la respuesta es que no hay diferencia. Con respecto a las habilidades espaciales, matemáticas y demás de los hombres, también estamos viendo que se están acercando mucho más hombres y mujeres, o niños y niñas, y creo que esta diferencia se va a perder en el futuro. 

Un ejemplo que usabas para explicar el funcionamiento la percepción, que me llamó mucho la atención, es cómo relacionabas el hecho de que una rana no pueda ver una mosca inmóvil en una pared con el hecho de que un ser humano esté buscando las gafas por toda la casa cuando en realidad las lleva puestas. 

Tiene que ver con lo que llamamos la adaptación neural. Es decir, el dejar de percibir un estímulo cuando llevamos un tiempo habituados a él. Es un tema de recursos neurales porque no nos interesaría estar siempre diciendo: «Esto no cambia. Esto no cambia. Esto no cambia». Nuestros sistemas sensoriales están codificados para señalar cuándo existe cambio, y eso es mucho más económico que estar siempre diciendo: «No hay cambio». Entonces, claro, cuando algo no cambia durante mucho tiempo dejamos de percibirlo. Hasta que cambie, y entonces lo volvemos a percibir. Esto le ocurre a la rana con la mosca inmóvil en la pared. El único motivo por el que los seres humanos sí podemos ver la mosca inmóvil en la pared es que nosotros tenemos ojos que se están moviendo constantemente, incluso cuando fijamos la mirada. En nuestro sistema visual, cuando no hay cambios en el mundo, nosotros producimos nuestro propio cambio. Una anécdota de lo que es la adaptación neural la experimenté anteayer mismo en el centro comercial al otro lado de este palacio de congresos. Tenían estos tanques de ictioterapia, ¿la conoces?

No.

Yo antes tampoco la conocía. Son estos pececitos, no sé de qué especie, que pones los pies en el agua y vienen pues, no sé, a quitarte la piel muerta [ríe]. Son como veinte o treinta pececitos. Y me hacían unas cosquillas… era una cosa horrible. Metía los pies y los tenía que sacar otra vez. Me daban unas cosquillas y un repelús, que me ponían nerviosísima. Yo me recordaba a mí misma: «Si mantengo los pies y no los quito, al final la adaptación neural me salvará». Tardé unos cinco o seis minutos, pero al final lo conseguí. Y se convirtió en una experiencia relajante.

¡Las ventajas de ser neuróloga!

[Ríe] Sí, ¡las ventajas de la adaptación neural!


El cielo, el infierno, y otros hipermundos

En la Divina Comedia, Dante Alighieri necesita a Caronte (aquí en una preciosa ilustración de Gustave Doré) para ser trasbordado en el Infierno, y así empezar su viaje hacía el Paraíso.

Si se limpiasen las puertas de la percepción,
todo le aparecería al ser humano tal y como es: infinito.
(William Blake)

Cultura y sociedad canalizan nuestro desarrollo cerebral y sensorial, y pronto nos conformamos con nuestras habilidades mentales, supuestamente encauzadas hacia valores «normales». Pero ¿qué pasa si quiero más? La genética cumple su función a la hora de moldear nuestro cerebro y nuestras capacidades cognitivas, es cierto, pero luego todo se puede entrenar, con una gimnasia adecuada. Si levantar pesas hincha un bíceps, los videojuegos potencian nuestras habilidades visoespaciales. Si correr mejora nuestro flujo sanguíneo, el ajedrez impulsa nuestros circuitos cerebrales. Es decir, lo mismo que podemos entrenar nuestros músculos, podemos entrenar nuestras capacidades cognitivas. O nuestros sentidos. 

Percibimos y pensamos el mundo solo y exclusivamente a través de lo que nos cuenta nuestro cuerpo y, en particular, a través de un complejo sistema de receptores e interfaces (los ojos, los oídos, las manos…) que transforman señales externas en códigos eléctricos. Estos códigos eléctricos los utiliza luego el cerebro para generar, de forma totalmente convencional, una interpretación de la realidad. Convencional quiere decir que se establecen asociaciones rutinarias entre estímulo, percepción y sensación, asociaciones que son muy funcionales y efectivas, pero ficticias. Para algunos puede ser una mala noticia, agobiante y cínica, pero el cielo no es azul, no tiene color propio, como no lo tiene nada ahí fuera, solo que nuestro cerebro asocia su frecuencia cromática (debida a cómo su composición molecular refleja y transmite las ondas lumínicas) a una respuesta bioquímica de nuestra corteza que hemos decidido llamar azul. Es decir, el cerebro «pinta» el cielo de azul, un prado de verde, un girasol de amarillo y un cisne de blanco, con tintas que solo existen en nuestra cabeza, y que hemos nombrado con etiquetas comunes para facilitar la comunicación entre mentes distintas. 

Todo ello es muy funcional y efectivo para el reconocimiento y la organización de la realidad, pero completamente convencional. De hecho, no solo desconocemos si nuestra sensación de lo que es azul es realmente la misma para todos, sino que, además, de vez en cuando se nos cruzan los cables y en lugar de asociar el color a una onda lumínica se asocia a una palabra, o a un número, o a un día de la semana: son las sinestesias, condiciones muy frecuentes en nuestra especie, donde las asociaciones entre estímulos y respuestas sensoriales son distintas de las convencionales. Tan de sencillo como asociar la estimulación cognitiva (azul) a una onda acústica (un sonido) en lugar de asociarla a una onda lumínica (un estímulo visual), y el mundo ya no parece el mismo.

La vista es el sentido más preciado en nosotros primates, que vivimos y pensamos el mundo sobre todo a través de formas y colores, así que es relativamente fácil entender que es nuestro cerebro el que, en continuo contacto con el medio ambiente, genera nuestro modelo de la realidad, coloreando las cosas con sus códigos arbitrarios. Pero lo mismo ocurre con los otros sentidos, aunque a través de descodificaciones diferentes. Esto tampoco quiere decir que el cerebro se monte la fiesta él solito: el modelo de realidad que genera está anclado y es dependiente de los estímulos y del mundo exterior, y es precisamente el resultado de esta relación extendida y dinámica. Además, el cerebro probablemente solo centraliza una información global, que sin embargo, se queda en parte almacenada en el mundo externo y en nuestro mismo cuerpo. Hay que imaginarse el proceso cognitivo como un flujo de información perpetuo entre ambiente externo, cuerpo, y cerebro, donde la percepción sostiene continuamente una proyección, una simulación, una sensación que llamamos realidad.

Como primates, hemos invertido tanto en la vista que nuestro comportamiento, nuestra cultura y nuestros conocimientos dependen increíblemente de ella. Pensamos mucho a través de imágenes, y razonamos usando nuestro cuerpo como unidad de medida en el espacio y en el tiempo. Incluso nuestros recuerdos y nuestras relaciones sociales utilizan las imágenes como base estructural de su organización, y el cuerpo como referencia. Y nuestras sociedades se han organizado ampliamente en torno a estas capacidades y necesidades sensoriales nuestras. Nuestra especie, en los últimos cien mil años, ha desarrollado regiones corticales particularmente especializadas para la imaginación visual y la cognición del cuerpo, ha empezado a figurarse y a dibujar bisontes inexistentes proyectándolos en un plano, a usar collares y ornamentos geométricos, y a generar códigos comunes basados en símbolos gráficos. Incluso el lenguaje, nuestro más alabado invento, tiene raíces en las sensaciones del cuerpo y, de todas formas, como también nos recordaba Goethe, una imagen sigue siempre valiendo más que mil palabras. Así que es de esperar que nuestra sociedad no solamente se haya desarrollado alrededor de las imágenes, sino que también, al mismo tiempo, haya ido forjando y fomentando estos recursos visuales.

Es un círculo vicioso donde la biología orienta la cultura (la capacidad visual canaliza el desarrollo social) y la cultura orienta la biología (los códigos visuales influencian el desarrollo cognitivo). Así que nuestras capacidades se deben en parte a un sustrato biológico (somos primates, y tenemos un arsenal de percepción visual muy potente) y en parte a vínculos culturales (nuestra cultura ha entrenado y potenciado adrede nuestras capacidades visuales). Nuestras potentes capacidades visuales fomentan una cultura visual que optimiza nuestros recursos pero, al mismo tiempo, también sesga nuestras capacidades perceptivas hacia una gama de posibilidades preestablecida y, probablemente, limitada. Porque, claro, hay todo un mundo más allá de la vista, un mundo que desconocemos por completo. Pero la biología y la cultura trabajan ambas con la misma materia prima, la plasticidad cerebral, y el proceso de desarrollo es tan dúctil que, en teoría, deja espacio de sobra para muchas más alternativas.

Siendo la vista nuestro sentido más valioso, tenemos una larga historia de estudios sobre su privación. La ceguera es algo que desde siempre hemos tenido —si se me permite el juego de palabras— bajo la atenta mirada de neurólogos, psicólogos, psiquiatras, biólogos, antropólogos, ingenieros, e incluso filósofos. Y, aun así, sigue dando sorpresas. Existen muchas cegueras diferentes, con mecanismos diferentes, de grados diferentes, y que diferentes cerebros elaboran de formas distintas. En muchos casos son los ojos que fallan, al cerebro no le pasa nada, así que las regiones dedicadas a la integración visual se quedan… ¡sin trabajo! En un increíble ensayo sobre ciencia y vida, Oliver Sacks describió en su libro Los ojos de la mente (por lo visto el desacertado plural se añadió innecesariamente en la versión en castellano) lo que pasa cuando la corteza occipital, encargada de descodificar nuestro mundo visual, se queda sin ojos. Y lo contó con conocimiento de causa, porque entre los asombrosos casos clínicos que relata estaba también el suyo, que iba perdiendo capacidad sensorial al progresar el cáncer que le estaba devorando el ojo derecho. Cuando los lóbulos occipitales no reciben señales desde los ojos, a menudo empiezan a inventar. Rellenan formas y texturas según criterios lógicos y sensatos, utilizando la información fragmentada e incompleta que tienen. Generan una realidad visual que es probable, unas veces acertando, y otras veces no.

René Descartes proponía la glándula pineal como punto de encuentro entre cuerpo y alma, cruce entre mundo interior y exterior, entre realidad y percepción. La glándula pineal, en su forma primitiva (aún presente en muchos vertebrados) está conectada con un receptor lumínico (el «tercer ojo») posicionado en la parte dorsal de la cabeza, para coordinar los patrones hormonales con los ritmos circadianos. Casualmente, la glándula pineal se sitúa debajo del precúneo, una región cortical implicada en la integración entre cuerpo y visión, y por esto a veces llamada «el ojo de la mente».

Sin embargo, en los casos de ceguera completa o temprana, no se limitan a inventar, sino se dedican a generar este mundo visual a partir de otras informaciones. Muchas personas que han sufrido una ceguera muy temprana pueden literalmente «ver» el mundo a través del sonido, generado mapas muy parecidos a una escena visual, pero basados en las informaciones acústicas o táctiles. Sus lóbulos occipitales siguen dibujando el mundo, pero, como en las sinestesias, creando sus bocetos a partir de sonidos y vibraciones, y no de ondas lumínicas. Y en muchos casos hablamos de capacidades descomunales, si las comparamos con el mundo de las personas que utilizan la vista. Algunos perciben el espacio y los objetos por su ocupación física, que altera por ejemplo el flujo de aire del entorno. En algunos casos no solamente es posible generar un mapa visual a partir de los sonidos emitidos en el ambiente (sonidos que son imperceptibles para los que usan los ojos), sino que además hay quien consigue visualizar espacios y objetos a raíz de los rebotes de las ondas sonoras. De forma sorprendentemente análoga a los murciélagos, por lo visto se puede desarrollar una capacidad de ecolocación que permite «ver» el entorno integrando los patrones de reflexión de las ondas. Ondas que pueden ser las que están presentes en el entorno mismo, o que incluso se pueden generar adrede, por ejemplo golpeando rítmicamente el suelo con un bastón, igual que un radar que emite impulsos y graba su retorno para localizar los elementos en el espacio. Increíble. Verdaderos superpoderes, que nos recuerdan cómo, al cerrarse unas puertas, se abren otras. 

Todo ello es fruto del entrenamiento, de un largo y continuo entrenamiento del sistema nervioso central. Y esto nos lleva a dos conclusiones. Primero, como hemos dicho, nuestro paquete sensorial y cognitivo es también fruto de nuestro sistema social y cultural, que nos empuja hacia ciertos patrones con sus estímulos y sus vínculos. Pero existen alternativas, que no conocemos, y nos topamos con ellas solo en casos extremos donde una patología no nos permite seguir los cánones convencionales. No conocemos las verdaderas capacidades de nuestros sentidos y de nuestros cerebros porque solo tanteamos las que nuestra sociedad nos induce a desarrollar y entrenar. Acostumbrados a ellas, pensamos que son las «normales», y no nos hacemos más preguntas. Pero sí que hay alternativas, y sería por lo menos interesante explorarlas.

Segundo, todas las veces que encontramos estos superpoderes están aparentemente asociados a situaciones patológicas, obligadas por un desarrollo defectuoso o por lo menos inesperado, que ha forzado nuestra biología hacia estas alternativas. Aparentemente, las nuevas capacidades siempre se desarrollan a expensas de otras. Para tener algo más, hay que tener algo menos. Pero ¿hasta qué punto esta renuncia es obligada? ¿Puedo desarrollar capacidades alternativas sin tener que perder las capacidades comunes? Y, si es que hay un tope de complejidad cognitiva que no permite añadir, sino solo sustituir, ¿es posible desarrollar situaciones intermedias, donde diferentes capacidades se desarrollen a la vez, aunque en grado menor? Ya sabemos que hay muchas culturas que han intentado cruzar las fronteras de estas limitaciones, pero lo que han descubierto todavía se queda fuera del alcance de nuestros conocimientos habituales. Muchos pueblos nativos usan drogas para sondear estos territorios, y ha habido muchos Carlos Castaneda o Aldous Huxley que han intentado explorar rincones desconocidos de nuestra cognición con peyote, ayahuasca, y toda una larga serie de potingues, bien sean industriales o caseros. Otros han alcanzado el mismo resultado con la meditación, a través de la privación sensorial, de una hiperventilación, u obligando el cuerpo a condiciones extremas.

En casi todos estos casos, aparte del riesgo de acabar como yonquis o de encontrarse en situaciones incómodas, el problema es que no sabemos si lo que encontramos es el resultado de una potenciación cognitiva o más bien de una ilusión desconectada de la realidad. Es decir, no sabemos si el cerebro está afinando sus capacidades, o inventando a lo bestia. Sin embargo, si bien en ambos casos se trata de todas formas de proyecciones convencionales, el grado de asociación con la realidad es distinto y, por ende, distinta es la utilidad o la necesidad de manosear nuestro centro de mando. Desde luego, no es lo mismo abrir las puertas de la percepción y aumentar el flujo de información, que, por el contrario, cerrarlas a cal y canto y dejar que el cerebro empiece a improvisar contenidos, pescando en los cajones subconscientes de los recuerdos. Además, si el cerebro necesita cierto orden y ciertos filtros para poder funcionar decentemente, tampoco se trata de abrir de par en par esas fatídicas puertas. Pero ojear por la mirilla podría ser muy interesante.

Ahora bien, si mi cerebro o mis sentidos son capaces de hacer algo aparentemente increíble bajo los efectos de una pastilla, de una plegaria o de una patología, esto quiere decir que la posibilidad está ahí, aunque tal vez bien escondida en los recovecos de nuestra biología. Y, si es que está ahí, entonces tiene que ser posible moldear mi capacidad cognitiva en esa dirección, sin hierbas ni oraciones, mediante un adecuado (y probablemente largo y meticuloso) entrenamiento sensorial. Todavía desconocemos en qué grado la plasticidad cerebral nos permite forjar nuestras propias capacidades, pero, por mucho o poco que sea, sería lo suyo hacerlo de forma consciente y activa. A veces mejorando lo que se pueda mejorar, y a veces sencillamente orientando la elección hacia opciones diferentes, si es que nos parecen más interesantes. Tenemos que admitir que hay aspectos de nuestro cerebro que desconocemos. Si bien algunos de estos aspectos se pueden explorar con fármacos o con técnicas psíquicas, deberíamos considerar la educación perceptiva como una alternativa más, que cuesta quizá más esfuerzo, más tiempo y más compromiso, pero que puede dar resultados más estables y efectivos. 

Está claro que todas estas cuestiones son extremadamente importantes para la neurociencia así como para la antropología evolutiva, la sociología o la psicología, y atañen a los fundamentos biológicos del comportamiento y de sus implicaciones clínicas. Pero es algo que tiene también una importancia a la hora de aumentar el conocimiento de nosotros mismos, de elegir una estrategia personal de desarrollo mental, y de plantearse una educación sensorial que considere las prioridades sociales pero también las potencialidades individuales. Decía don Santiago Ramón y Cajal que cada persona puede ser, si se lo propone, escultora de su propio cerebro. Y tenía toda la razón, aunque antes de meterse a moldear hay que enterarse de cómo se plasma esta materia tan escurridiza que son las neuronas. Para ser escultor de nuestro precioso procesador central hay que ser artesano de la cognición, y educar nuestro cuerpo y nuestros sentidos de una forma consciente y activa, para que el cerebro pueda coordinar informaciones internas y externas con sus hermosos modelos de la realidad según cánones que no sean solo fruto del azar o de los vínculos sociales, sino de decisiones más autónomas y conscientes. 

Finalmente, más allá de las posibilidades de moldear nuestra propia mente, estos principios también pueden ayudarnos a entender a los demás, a los otros, muchos otros, unos otros que, con toda probabilidad, sienten y ven el mundo de una forma distinta de la nuestra. En cientos de miles de años hemos desarrollado convenciones sociales muy buenas, que son capaces de ocultar las diferencias haciéndonos parecer todos muy iguales. Son tan buenas que no nos enteramos de lo distintos que somos, cada uno con sus patrones cognitivos peculiares, frutos de combinaciones muy pero que muy variadas. Aunque sin llegar a la compleja reorganización neural de una ceguera o de una alteración importante de las capacidades sensoriales, nuestros cerebros son todos muy diferentes, y muy diferente es, por ende, la realidad que generan. Quizá vivimos todos en mundos distintos, y no lo sabemos. Ser conscientes de estas diferencias es el primer paso para descubrir estos mundos disímiles, para entenderlos, para aceptarlos, y para aprovecharnos de su inimaginable e inexplorada belleza.


Tengo que agradecer a Gregorio Montero, Annapaola Fedato, Maria Silva, Duilio Garofoli, Luis Ibarra y Pablo Malo, por las muchas tertulias que hemos dedicado a estos temas sensoriales y cognitivos. Y por supuesto, a Oliver Sacks, quien, aun sin haber alcanzado su bismuto, no solamente sigue enseñándonos tantos caminos inesperados y sugestivos, sino que además nos explica perfectamente — y con una sonrisa — por qué merece la pena emprenderlos. 


El cerebro enamorado

Agustín de Hipona, obispo, santo, doctor de la Iglesia y autor de la plegaria más memorable de la historia («dame Señor la castidad, pero aún no») escribió en la homilía séptima a la primera carta de San Juan a los partos:

Ama y haz lo que quieras: si callas, calla por amor; si gritas, grita por amor; si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor.

Los científicos discutimos sobre lo que es el amor. No sabemos si hay amor en otras especies: esa mirada de adoración con la que me mira mi perro, ¿es amor? Y ese elefante que se queda días sin comer ni beber junto al cadáver de otro elefante asesinado por un furtivo para quitarle los colmillos, ¿le amaba? Y tampoco estamos seguros de dónde termina el amor y empieza otra cosa: ese hombre que ha matado a su pareja o a sus hijos y dice que es por amor, ¿está en lo cierto?, ¿puede haber amor en la ciénaga de la maldad?

El amor es quizá lo más importante en nuestra vida: nuestras mayores alegrías y nuestras más profundas desdichas van ligadas al amor. La gente muere y mata por amor y nos enamoramos a todas las edades, desde que tomamos conciencia de quién somos en la pubertad y nos fijamos por primera vez en ese muchacho o esa muchacha, hasta la pareja que superados los ochenta encuentra un nuevo principio y una nueva ilusión en una residencia para ancianos. No estamos seguros de si los distintos tipos de amor son similares; ¿es lo mismo el amor a tu pareja que el amor a tu madre que el amor a tu patria que el amor a tu dios? La neurociencia parece sugerir que sí hay bastantes semejanzas, se activan zonas similares en el cerebro de una persona que ve una foto de su pareja que con una foto de su hijo o su madre.

Pero basta ya de decir las cosas que no sabemos y hablemos algo de lo que sabemos. Lo primero es que el amor reside en el cerebro. Es entre divertido y patético que sigamos dibujando corazones con una silueta que se parece a las ilustraciones medievales y no a un corazón de verdad para expresar nuestros sentimientos amorosos. El culpable tiene nombre: Aristóteles. El sabio griego fue el primero que rompió con las teorías anteriores y dijo que la mente y nuestros sentimientos residen en el corazón. ¿Y por qué? Llegó a esa conclusión a través de la observación y la razón: el corazón tiene una posición central en nuestro cuerpo mientras que el cerebro está en un extremo. El corazón es sensible a las emociones se acelera cuando vemos a nuestro amor mientras que el cerebro no muestra ningún cambio. Una herida en el corazón y la persona muere; un daño en el cerebro y la persona pierde funciones mentales o se queda «vegetal», pero sigue viviendo. Además, el estagirita veía corazones en todos los animales a los que diseccionó, pero los finos ganglios o sistemas neuronales en red de los invertebrados son prácticamente invisibles a simple vista. Más aún, el corazón puede sentir dolor mientras que el cerebro no tiene receptores para el dolor, no parece sentir. También veía al corazón como un órgano caliente símbolo de la vida mientras que el cerebro lo sentía frío y húmedo (quizá lo estudiara en animales muertos y el cerebro se enfría con más rapidez). Dos mil quinientos años después de que Aristóteles planteara esas teorías sobre el corazón y la sangre, seguimos diciendo que algo «te lo digo con el corazón en un puño», «nos hizo hervir la sangre», «nos rompe el corazón», «fue un asesinato a sangre fría» o «fue un encuentro cordial». Todo muy aristotélico. Aristóteles tiene por tanto la culpa de las decoraciones horteras de corazoncitos del día de San Valentín, quien, por cierto, se convirtió en patrono de los enamorados por el interés de la Iglesia católica en sustituir los Lupercalia, ritos paganos de fecundidad algo que suena estupendamente— por algo más modoso y presentable, idea que siglos después aplaudieron todos los grandes almacenes.

¿Qué más sabemos? Entendemos los circuitos cerebrales del amor. Básicamente hay tres regiones encefálicas que se activan en el cerebro enamorado: el área tegmental ventral, el núcleo caudado/accumbens y la corteza frontal. Eso nos da muchas pistas porque estas tres zonas forman parte del circuito de recompensa, el que evalúa las experiencias y las premia. Lo hace cuando tenemos sed y bebemos o cuando tenemos hambre y comemos supervivencia del individuo, cuando practicamos sexo supervivencia de la especie, pero también cuando tomamos una decisión, resolvemos un problema o ayudamos a un desconocido. El circuito de recompensa interviene en la motivación, interviene en la adicción y en las emociones intensas. Las mismas regiones cerebrales son las que son trasteadas por las drogas, la música o los éxtasis religiosos.

Sabemos también que gran parte del amor es un proceso biológico. Nuestro cerebro busca amor, compañía, sexo y orgasmos. Está codificado en nuestros genes y en nuestras neuronas. Se ha visto que una vida amorosa y sexual satisfactoria es fundamental para la salud y al contrario, la pérdida de la persona amada, aumenta significativamente el riesgo de muerte. Nuestro cerebro también interviene en cosas como nuestra preferencia sexual, la facilidad para llegar al orgasmo o el interés por las relaciones cortas y rápidas los rollos de una noche, todo ello modulado lógicamente por nuestra cultura, nuestra educación y nuestras experiencias previas. Luego hay algunas diferencias entre sexos: los hombres somos llamativamente visuales lo que se supone que es una razón para nuestro interés por la pornografía mientras que las mujeres enamoradas tienen una memoria especialmente activa. ¡Sí, se va a acordar de todo!

Conocemos también las moléculas del amor. Todos hemos vivido las fases del amor y eso se explica bastante bien conociendo un poco la química cerebral:

Fase 1. Enamoramiento. Incremento de adrenalina. Aumenta el latido cardíaco, aumenta la presión sanguínea, estamos alerta y plenos de energía. En exceso, sentimos ansiedad. El hipotálamo produce dopamina clave en la atención, la motivación y el placer que a su vez induce la liberación de testosterona, la hormona que lleva al deseo sexual tanto en hombres como en mujeres. 

Fase 2. Locura de amor. Disminución de la serotonina. Similar a un trastorno del ánimo como la depresión. Pérdida de la sensación de control. Ansiedad, dudas, inestabilidad. ¿Me va a dejar? ¿Ya no me quiere? Sentimientos obsesivos.

Fase 3. Pérdida del juicio analítico. La corteza frontal se ralentiza. Se toman decisiones irracionales e impulsivas. Se olvidan los errores similares en el pasado. Se aceptan riesgos exagerados y se actúa de forma irreflexiva. Te casas en Las Vegas.

Fase 4. Estabilización. La liberación de las hormonas oxitocina y vasopresina se superpone sobre los efectos de la testosterona, la dopamina y la adrenalina. Se generan vínculos en la pareja que pueden durar décadas. La oxitocina se libera durante el orgasmo, por lo que una buena relación sexual refuerza el vínculo de pareja. Además, ese sentimiento de calidez, compañía y la formación de vínculos facilitan, si la relación sigue adelante, el cuidado compartido de la prole. Es fundamental en nuestra especie, con crías que nacen indefensas y que necesitan años de cuidados y atención. Aun así, el deseo del hombre disminuye cuando huele lágrimas de mujer o cuando sujeta a un bebé. La mujer obtiene la oxitocina que antes generaba durante el orgasmo a través de la lactancia. El hombre se puede subir por las paredes y sentir que su pareja no le busca como antes, que ha sido preterido por culpa de ese pequeño cabezón y sonriente. 

¿Y es el amor un tipo de locura transitoria? La observación sistemática permite comprobar que la persona enamorada puede tener comportamientos erráticos, súbitos cambios de humor, falta de juicio lógico, una estimación sesgada o irracional de otras personas y una alteración profunda de sus costumbres y valores. Muchos de estos aspectos se observan también en personas aquejadas de distintos tipos de trastornos mentales y, de hecho, un estudio realizado en Italia —país pasional según dicen— indicaba que personas con enamoramientos recientes tenían síntomas y signos parecidos a los de problemas mentales como el trastorno obsesivo compulsivo.

¿Es el amor una adicción? Puede parecer una exageración, pero no lo es: en la formación del vínculo entre la madre y la cría o en la pareja se genera una potente activación del sistema de recompensa dopaminérgico del cerebro, el mismo circuito sobre el que actúan algunas de nuestras drogas ilegales, como la cocaína y la heroína. Los circuitos pueden mostrar también tolerancia, requiriendo más neurohormona para sentir los mismos efectos; y dependencia, si ese chute hormonal disminuye. Como canta Sabina «lo malo de los besos es que crean adicción» y se genera por tanto un vínculo entre placer y esa persona concreta, así como un sentimiento de carencia cuando no está, cuando el amor es despechado o ha habido una ruptura sentimental.

¿Y si somos rechazados? La respuesta más común es amar aún más intensamente, la razón parece ser que en ese trágico momento del rechazo, los circuitos cerebrales asociados a ese sentimiento pasional incrementan su actividad neuronal y no hay el refuerzo positivo y adormecedor que se produce durante el orgasmo. Las neuronas están hablando amor pero no reciben el premio del sexo. En cierta manera, se generaría algo parecido a un síndrome de abstinencia, falta el refuerzo que genera el sujeto de la pasión. A continuación, en una segunda fase, la reacción puede ser de protesta y de esfuerzos más o menos sutiles, más o menos dramáticos, para conquistar de vuelta a la persona amada. Es común también una sensación de pánico, algo que se compara al llamado trastorno de ansiedad por separación, que es lo que experimentan las crías de muchas especies de mamíferos cuando de repente su madre deja de estar visible. Muchos de los cuentos infantiles transmiten ese pánico a quedarnos solos, perdidos en el bosque, donde podremos ser presa de lobos o brujas. Quizá lo contrario del amor no es el odio sino la soledad y el abandono.

La siguiente etapa neurobiológica en esto del amor no correspondido suele ser la de la rabia, el desprecio y el rencor, puesto que curiosamente las regiones cerebrales de los circuitos de recompensa tienen un solapamiento con las que se encargan de la ira y el enfado. Eso que decimos de que del amor al odio solo hay un paso, en el cerebro parece que tiene cierta razón de ser. Finalmente, cuando el amante despechado se resigna a su destino —como dice Sabina «Mi primera venganza se llamaba “perdón”»— se puede entrar en un periodo de depresión y desesperación. De estas emociones negativas puede surgir casi cualquier cosa, desde esos acosos obsesivos hasta el asesinato pasando por filtrar datos sobre cuentas en Andorra. 

¿Y cómo sugiere la ciencia afrontar un amor no correspondido? Pues hay varios caminos: el más evidente si las cosas se van de madre son los fármacos. Habrá personas a las que no les parezca bien que se usen medicamentos para una ruptura amorosa por esta forma de actuar en la que queremos siempre respuestas fáciles y rápidas. Es más fácil tomar una píldora que sufrir, recapacitar y aprender de la experiencia. Por otro lado, parece lógico que si tenemos un arma química contra los pensamientos suicidas que a veces acompañan a un amor no correspondido nos planteemos su uso. Se ha visto que tanto las personas en las primeras fases del amor como aquellos con un trastorno obsesivo compulsivo tienen niveles bajos de transportadores de serotonina. Esa similitud puede explicar esos comportamientos obsesivos de algunos enamorados, como escribir una y otra vez el nombre de la persona amada o eso tan compartido de «no me la puedo quitar de la cabeza». Los antidepresivos permiten recuperar los niveles normales de serotonina aunque también se sabe que moderan las emociones extremas y hacen más difícil formar un vínculo amoroso. Al final son estabilizadores del ánimo, un ánimo que suele estar gravemente alterado durante el enamoramiento, pasando, según los momentos, de la euforia a la depresión. Por otro lado, pueden ayudar a una persona que quiera olvidarse de alguien a soltar esa amarra. Y eso sin recurrir al alcohol, diga Sabina lo que diga.

También es posible actuar químicamente sobre los vínculos. Los perritos de la pradera, que son llamativamente monógamos, se convierten en polígamos si se bloquea la dopamina o la oxitocina, abriendo también una perspectiva farmacológica para cortar una fijación con un amor no correspondido. ¿Y el dolor ante la pérdida? Bloqueando el factor liberador de corticotropina, una hormona responsable del estrés, se detiene el comportamiento depresivo que los perritos de las praderas experimentan cuando su pareja muere. No es que tengamos moléculas para todo, es que por primera vez en la historia entendemos la química del cerebro y tenemos fármacos con cierta eficacia para distintos problemas de la mente.

Si no queremos tomar un fármaco hay otra manera para subir los niveles de dopamina o de oxitocina: hacer deporte. El ejercicio incrementa los niveles de dopamina mientras que el contacto físico y la interacción social pueden elevar los de oxitocina. Y encima mejorará tu silueta.

Finalmente, como todos sabemos, el tiempo calma los desengaños, algo que también sucede con los causados por los amores desgraciados. Las personas que tienen un desengaño amoroso tienen mayor actividad en el pálido ventral —una región encefálica que interviene en el apego— que las personas que se encuentran viviendo felizmente juntos. Con el tiempo se ha visto que esa actividad en exceso va disminuyendo paulatinamente hasta alcanzar niveles normales, lo que encaja con el comportamiento de las personas afectadas del mal de amores. Y es que, como por último nos cuenta el maestro Joaquín: «Lo bueno de los años es que curan heridas».


Patricia Ramírez: «No creo en una psicología que no esté basada en la ciencia»

Fotografía: Énkar Neil

Patricia Ramírez Loeffler (Zaragoza, 1971) es una mujer segura de sí misma, asertiva y con las ideas muy claras. No rehuye las preguntas y responde con conocimiento y entusiasmo. Se viene arriba con un público que abarrota La Rambleta, acostumbrada como está a hacer su trabajo en los grandes estadios de fútbol o en los medios de comunicación de mayor audiencia. Es, probablemente, la psicóloga deportiva más famosa del universo fútbol. Ha trabajado con el Real Betis Balompié y con el Real Club Deportivo Mallorca, aunque su trabajo no se restringe exclusivamente a la órbita del deporte rey. Hablamos de la importancia de la psicología en el deporte de alto rendimiento, de cómo las redes sociales han modificado las relaciones, de los modelos de liderazgo, e incluso de su incursión como neuropsicóloga en el campo de la enfermedad de Alzheimer.

La jornada en la que nos encontramos inmersos hoy en La Rambleta se titula «Preparándonos para vivir cien años». Patricia, como experta en psicología, ¿estamos preparados para vivir cien años?

¿Estamos preparados en qué sentido? ¿para disfrutarlo? ¿para cognitivamente estar bien? Yo creo que estamos preparados para vivir cuanto más mejor y, a ser posible, en buenas condiciones. Hoy en día hay mucho trabajo a nivel cognitivo, y sabemos desde la parte psicológica qué tipo de actividades cuidan nuestro cerebro para llegar a esos cien años en buenas condiciones.

Cuéntanos, ¿qué tenemos que hacer para llegar con unas buenas condiciones cognitivas, ya no a cien, sino a ochenta años por ejemplo?

Hoy sabemos que existe una serie de actividades que favorecen la neurogénesis, entre ellas la práctica regular del ejercicio físico, el poder meditar, dormir y descansar con calidad. Y todo lo que hacemos despertando la curiosidad, ponernos retos, aprender a hacer cosas fuera de nuestra zona confortable, trabajar, vestirte con la mano no dominante… Cualquier reto que le ponemos al cerebro favorece que se genere esa neurogénesis, que se ramifique el cerebro y que eso mantenga a nuestro cerebro cognitivamente más joven. Ya que vamos a vivir tanto que por lo menos podamos recordar qué hemos hecho anteriormente.

Entonces se trata de intentar salir de nuestra zona de confort. Esa es tu recomendación.

Bueno, no siempre, porque mi zona de confort cuando acabo el día es sentarme con mi marido a ver una serie y no quiero salir de ahí, pero sí es cierto que si queremos cultivar esa curiosidad y si queremos que nuestro cerebro sepa memorizar tenemos que entrenar ese músculo, porque el cerebro funciona un poco como cualquier otro músculo del cuerpo, si dejas de utilizarlo se atrofia. Podemos hacer ejercicios tan sencillos como ir a hacer la compra y hacer el cálculo matemático de cuánto cuesta lo que llevamos dentro del carro antes de llegar a la caja, podemos coger otro camino distinto para llegar al trabajo y obligar al cerebro a que elabore un mapa mental del recorrido, podemos abrocharnos, comer, ducharnos, con la mano no dominante, podemos hacer ejercicios que nos saquen de esa zona cómoda y que obligue al cerebro a pensar de otra manera, y eso sí que contribuye a la neurogénesis.

En resumen, ejercitar la memoria de trabajo.

A nivel cotidiano hay ejercicios muy sencillos, aprender cada día cinco palabras nuevas, aprender tres palabras en otro idioma, o hacer algún juego que requiera concentración. Hoy en día los móviles nos facilitan esto con las apps, y a nuestra edad, bueno… Porque estamos bien, pero la gente de sesenta, setenta, ochenta años tiene ahí un recurso riquísimo, no para evitar el deterioro cognitivo, pero sí para evitar muchas otras cosas. Es importante seguir aprendiendo toda la vida.

He leído que crees que la actitud condiciona más que la edad.

Totalmente. Mira, yo no creo en estas frases míticas que hay ahora en redes sociales en las que la actitud lo es todo y que sí tú quieres no hay límite, no hay techo, que los límites los pones tú. Todo esto es mentira, todo eso son frases de gente con un nivel de positivismo totalmente irreal. La actitud es importante pero no lo puede ser todo. Nosotros estamos condicionados por una genética, hay un talento, hay unas habilidades, hay una capacidad, hay unas condiciones socioeconómicas, hay un factor suerte que contribuye a que las cosas nos salgan mejor o peor, pero a igualdad de condiciones la actitud es un valor importantísimo.

Estamos hablando en todo momento de un envejecimiento, llamémosle, normal. Pero tú has trabajado en Granada, en el Hospital Universitario San Cecilio, con enfermos de alzhéimer. A mí me gustaría que nos contaras cuál ha sido tu experiencia y qué trabajo has hecho allí.

Estuve cuatro años en el departamento de neurología y trabajaba con Antonio Huete, que llevaba temas de demencia de alzhéimer, y yo llevaba la valoración neuropsicológica de los enfermos. Yo me dedicaba a evaluar el deterioro cognitivo con una serie de tests, el más conocido y más sencillo es el minimental, pero también con otros tests más complicados en psicología. Hay diferentes tipos de demencias, teníamos a gente con demencia por consumo prolongado de alcohol, teníamos a gente con treinta, treinta y cinco o cuarenta años que pensaba que tenía una demencia y realmente tenía deterioro cognitivo por un trastorno de ansiedad, que afortunadamente luego se revierte. Todo ese problema de no poder concentrarnos, de perder las llaves, de no poder estar atento, de leer y no retener, cuando eres tan joven, normalmente cursa con un trastorno de ansiedad, y yo me dedicaba a eso, a valorar en el paciente si había un deterioro cognitivo leve o una demencia, y si había demencia de qué tipo era.

Sobre el diagnóstico de alzhéimer, desde el punto de vista neuropsicológico, me gustaría que nos contaras cuán fiable es el diagnóstico psicológico para esta enfermedad

Pues mira, sinceramente, cuando yo estaba con este trabajo, que era en el año 2000 o 2001, no recuerdo que hiciésemos esas estadísticas. Recuerdo que simplemente tenía que valorar, dando unas puntuaciones, el deterioro cognitivo. Y dependiendo de la demencia, si había también una desorientación espacial, pérdida de memoria, un trastorno con el vocabulario, con el lenguaje… No encontrar las palabras adecuadas indicaba al neurólogo, aparte de las pruebas que ellos hacían, si solo había un deterioro cognitivo leve o era una demencia. Pero ahora no recuerdo la correlación, porque si se hicieron esas pruebas desde luego a mí esos datos no me los dieron. Ya me gustaría tenerlos, en psicología todo lo que no tenemos en datos no existe.

Y decías antes que trabajabas también en estimulación cognitiva con pacientes.

Sí, ahí hacíamos de todo, desde trabajar psicomotricidad fina, porque el paciente se vuelve muy torpe, hasta ayudar a los cuidadores en casa a tapar los espejos cuando el paciente ya no se reconoce o le da miedo verse en el espejo, o señalar el agua caliente o fría porque el paciente deja de percibir, a ordenar la ropa porque muchas veces el paciente de alzhéimer sale en pleno invierno con ropa de verano. También hacíamos talleres de lectoescritura, hacíamos puzles para trabajar la memoria, recordar fechas en las que estábamos, todo ese tipo de cosas.

Los aprendizajes que has sacado de trabajar con pacientes con alzhéimer son experiencias gratificantes pero también muy duras.

Muy duras.

¿Y cómo lo trasladas a otros campos de la psicología en los que trabajas?

Bueno, estuve cuatro años allí porque me lo pidió Antonio Huete, pero luego no he vuelto a trabajar con demencia de alzhéimer. Tengo un nivel de empatía muy grande, así que llegó un momento en el que no quería trabajar con trastornos psicóticos, ni con una depresión mayor, ni con enfermos de alzhéimer, porque si el cuidador sufre una depresión el enfermo ve como esa persona poco a poco se va apagando y lo pierdes. Así que decidí no seguir trabajando en ello. La lectura que saco de ahí para aplicar a lo otro es poca, porque al final me he terminado dedicando a esos entrenamientos psicológicos que nos permiten subir, de hábitos de vida saludables, de relaciones de pareja, de educación serena con los niños, de rendimiento deportivo. Hubo un momento en que lo anterior me tenía completamente marchita, todos esos trastornos de la personalidad, por más que trabajas ver un cambio cuesta muchísimo.

De hecho el cambio es a peor.

Normalmente ese cambio es a peor.

Y tienes dos patologías, la del paciente y la del cuidador, que tiene una depresión.

La psicología es un campo muy amplio, enfocado a ayudar.  Aunque la familia de los pacientes agradecen muchísimo la ayuda yo necesitaba ver otro tipo de cambios. Yo estudié psicología para aplicarla al deporte, y son dos campos totalmente distintos.

Por cambiar de tema, eres la psicóloga más influyente, una influencer como se dice ahora

Yo especifico ahí; a mí el colegio oficial de psicólogos me dio un premio como la psicóloga más influyente en redes sociales, porque igual en otros campos no.

En Twitter tienes unos ciento treinta mil seguidores. ¿Cómo lo llevas?

Bien, bien. Mira que Twitter es una red social complicada, porque enseguida hay alguien que salta, Instagram es una red como mucho más amable, es más difícil que la gente te salte, pero no tengo la sensación de recibir mucha crítica, alguna vez sí que hay algún comentario cuando escribo en la columna del Marca. Me dicen que si para esa columna hay que ser psicólogo, pues yo que sé, pues igual no, pero yo la escribo. Normalmente no recibo mucha crítica como para sentirme mal, al revés, en las redes sociales percibo mucho agradecimiento. Yo comparto información: en un momento determinado con un paciente sale una frase que crees que puede servir a los demás, la comparto, y puede ser que a alguien esa frase le venga como anillo al dedo e igual puede cambiar su perspectiva, hacerle reflexionar o tomar una decisión, o quitarse en un momento determinado el concepto de culpa. Eso para mí es una bendición.

Tú también dices que dime a quién sigues y te diré qué eres en las redes sociales. La comunidad que cada uno genera depende del discurso, el mensaje que lanzas hace que la red sea amable o no contigo, ¿es así?

Y que yo no soy una persona polémica, no comparto nunca ideas religiosas, ni políticas. Cuando algo no me gusta no lo critico, simplemente o dejo de seguir o no opino, pero no soy de las personas que cuando algo no le parece bien va enseguida y contesta para que se note que no me gusta. Hay críticas que creo que suman poco. Al no ser polémica, creo que la gente tampoco tiene mucho que decir contra mí.

Y desde el punto de vista profesional ¿cómo ha cambiado la irrupción de las redes sociales sobre nuestros comportamientos? ¿Hemos mejorado o hemos empeorado?

Yo, sobre todo, voy a hablar de la parte positiva porque también va relacionado con mi forma de ser. El conocimiento y la libertad que nos dan las redes sociales requiere información. Tú antes te sentabas delante del telediario y tenías que verlo entero. Con las redes sociales puedes seleccionar lo que quieras: política, ciencia, nutrición, si te interesa el deporte… Te permite seleccionar, y eso es una ventaja. ¿Qué parte negativa tiene? En la gente joven, y también en muchos adultos, existe el peligro de depender de esa aprobación social para sentirte bien. Aunque por lo general creo que las redes sociales nos han facilitado tener la información accesible y eso nos hace libres.

Tal vez nos crea cierta ansiedad por no poder llegar a toda la información o por no poder seguir a toda la gente que quieres seguir o por responder.

Pero ahí tenemos que educarnos y aprender a establecer prioridades. Igual que tenemos un límite para el tiempo que le dedicamos a la televisión por la noche antes de irnos a dormir, o un límite para la siesta porque te tienes que ir a trabajar, las personas tenemos que aprender a ponernos límites. Puedes limitar el uso de las redes sociales, dedicarle media hora por la mañana cuando desayunas y media hora por la noche antes de acostarte. Una forma de educarnos en el autocontrol, en la paciencia, es poner un límite si no lo tienes y en ese límite establecer tus prioridades.

¿Y cuándo das tú el salto a tener decenas de miles de seguidores? ¿Cuando empiezas a trabajar en el ámbito del fútbol u ocurre antes?

Ocurre antes, me abrí cuenta de Twitter cuando fui a dar una charla a la Federación Española de Baloncesto, porque colaboro en el curso de entrenador todos los años. Voy a Zaragoza y el director me dice «¿Tú no tienes Twitter? Pues hazte un Twitter». Y me lo abro y de ahí me voy a la concentración del Betis a Cardiff y Jorge Molina me dice «¿ya tienes Twitter?». Le digo que sí y ahí todos empiezan a compartir. Entonces pedí a la afición del Betis que colaborara en mis charlas mandándome historias personales relacionadas con el beticismo, y cómo han sentido el Betis, lo lancé en las redes sociales y a partir de ahí consigo unos once o doce mil seguidores. Pero el salto empieza cuando después de ese año empiezo a trabajar en Televisión Española y en El País Semanal.

Antes de llegar al Betis estabas en el Mallorca

Seis años en el Mallorca con Gregorio Manzano.

¿Cómo empieza esa experiencia?

La experiencia en el fútbol empieza con Luis Aragonés en el año 2000, en el Mallorca también, y esa fue muy corta. Luego voy a trabajar a Granada con un corredor. Me acuerdo que una vez en verano me llamó Gregorio Manzano. Y yo estaba en la consulta en agosto y me llaman por teléfono y digo «¿quién es?» y responde que Gregorio Manzano y le digo que si es para darle consulta. No lo relacionaba y me dice «no hombre, que soy el entrenador». Y me dice que quiere conocerme porque lleva siguiendo mi trabajo desde hace años, que ha leído mis artículos en el Marca, ha oído a Paquillo Fernández hablar de mí, y me dice que ahora no tiene equipo pero que le encantaría que en el próximo equipo me fuera con él. Y eso fue en verano. Y en febrero del año 2006 destituyen Cúper en el Mallorca y llaman a Gregorio y me dice: «oye, Patricia, que tenemos equipo y trabajamos ya la semana que viene». Y ahí empecé los seis años con él. Así empezó, vamos. Lo más intensivo del fútbol.

Pero había habido psicólogos en equipos de fútbol antes en la liga española, ¿no?

Bueno, lo que se conocía en ese momento era la experiencia que tuvo Benito Floro en el Real Madrid.

¿Cuál es el trabajo que hace un psicólogo en un equipo de fútbol?

Bueno, los distintos psicólogos en un equipo de fútbol trabajamos de forma distinta. Hay a quien le gusta trabajar a pie de campo, pero yo tengo una forma distinta, trabajo en la concentración. La charla que monto con los dieciocho jugadores que vienen convocados está relacionado con el late motiv que tengamos en el partido. Y eso viene fruto de una reunión con el cuerpo técnico en el que hablamos de cuál es el histórico con ese equipo, cómo estamos jugando, si venimos de haber ganado, perdido, empatado y de ahí sacamos conclusiones, de si por ejemplo es importante trabajar la concentración porque últimamente nos despistamos, o si es importante trabajar para ser más competitivos porque hasta pasados veinte minutos del primer tiempo no nos metemos en el partido… Y en función de eso yo monto una charla muy visual, porque el jugador está acostumbrado a ver o a estudiar con lo audiovisual. Hago una charla en la que se trabaja esa variante psicológica de una forma muy rigurosa, porque no creo en un psicología que no esté basada en la ciencia. Se usan fichas de trabajo, juegos, poniéndoselo fácil al jugador. Tengo una charla muy participativa con los dieciocho, siempre en forma de U para que todos se puedan ver, donde se comparte lo que hacemos, y así semana tras semana.

Entonces primero tienes la charla con el equipo técnico con el que haces el análisis del histórico del equipo, del momento de la liga en el que estás, del equipo con el que te enfrentas… y luego preparas la charla con los jugadores. Y ahí acabas.

No, no acabo. A mí, después del partido, me gusta analizar las cosas positivas, aunque hayamos perdido. Analizar qué cosas volveríamos a repetir de ese partido, qué cosas haríamos exactamente igual, qué cosas haríamos de una forma distinta. Luego tengo un eje transversal todo el año con el que trabajamos cada semana cuáles son los objetivos para cada entrenamiento y cada partido, vamos trabajando pensamientos. Y a nivel particular, individual de cada jugador, pues los hay que vienen de una lesión y hay que trabajar unos aspectos psicológicos, otro que no está siendo un jugador importante y entonces hay que trabajar la autoestima, la seguridad y la confianza. Depende de cada uno, y de sus necesidades personales.

¿Y cuál es la respuesta de los jugadores frente a un psicólogo y frente a un psicólogo mujer?

Bueno, creo que a los jugadores les da igual que seas hombre o mujer; el jugador quiere tener enfrente un buen profesional que le ayude a trabajar las variables psicológicas que mejoren su rendimiento deportivo, independientemente de si es hombre o mujer. Si el jugador entiende que tú sabes de fútbol, o que tienes una noción de lo que va lo suyo, y que eso implica o da a entender que tienes empatía para entender sus problemas y hacer un trabajo serio, riguroso con ellos, los tienes ganados. En los dieciocho años que llevo trabajando en el fútbol de élite no he tenido nunca un problema con ninguno, al revés, me he sentido totalmente apoyada, respetada, para mí son mis compañeros y los jugadores saben que yo los quiero muchísimo. Cuando un periodista viene y me pregunta por los egos de un jugador me revuelve las tripas. Estoy cansada de los juicios de valor sobre los jugadores, y esa predisposición a pensar que como son personas que cobran mucho dinero existe el derecho a juzgar su vida, con quién sale o con quién no. Dejemos la vida de los jugadores tranquila, dejemos los juicios de valor, pidámosle simplemente que sean buenos profesionales cuando salgan a jugar o a entrenar y ya está.

Entonces no es un mundo tan machista como por lo menos parece desde fuera.

¿Y por qué parece que es un mundo tan machista? Nunca he tenido la sensación de estar en un mundo machista, no.

Lo digo porque cuando ha habido una fisio o alguna médica que ha intervenido en un partido, no los jugadores, evidentemente, pero sí el público muchas veces ha hecho algún comentario fuera de lugar.

Nosotros no, pero a la afición no la podemos controlar. Pero desde luego con el trato y el respeto que  he tenido con los jugadores y el cuerpo técnico me he sentido una más. He viajado con ellos en el autobús, he convivido con ellos en el hotel, y jamás he sentido una falta de respeto, al revés, he sentido un profundo agradecimiento por parte de los jugadores. Imagino que de los cientos de jugadores con los que he trabajado alguno seguro que no le gusta mi trabajo, pero mi sensación es de agradecimiento. Es más, con muchísimos de ellos, una vez ya no hemos coincidido en el equipo, he seguido trabajando a nivel individual. Siento agradecimiento y respeto, nunca he sentido un ataque machista, ni mucho menos. Igual vas en un autobús con muchos hombres y puedes oír un chiste, pero como si lo puedes oír en tu casa y lo cuenta tu padre o tu hermano, o sea, que no puedo tener una queja.

Fabuloso.

De verdad.

Contabas que te llama Gregorio Manzano para planificar una temporada, pero también te podría llamar un entrenador para sacar al equipo de una dinámica negativa o de una situación complicada.

Mira, eso me ha pasado también, pero no creo en ese tipo de trabajo. Alguna vez, cuando me han llamado para hacer de bombero he ido, pero no creo en ese trabajo. Creo que el psicólogo debe ser un miembro más del cuerpo técnico dado que el éxito deportivo depende de tu rendimiento y de cómo gestionas tus emociones. Si le preguntas a un jugador de fútbol o de golf de en qué medida su éxito depende de su cabeza, con toda seguridad te dirá que en un porcentaje muy alto. Igual que entrenas tu parte física también tienes que entrenar tu parte mental. El psicólogo del deporte debe estar desde el inicio de la temporada y empezar a trabajar en pretemporada aspectos tan importantes como la comunicación, la cooperación, el compañerismo, el conocimiento del grupo, el tolerar la frustración, el liderazgo, establecer un código de conducta… Todo eso hay que trabajarlo al principio, porque va a aunar al grupo. Si en pretemporada generas vínculos emocionales entre los jugadores, que aprendan a quererse como personas, no solamente como jugadores, va a ser mucho más fácil que luego se quieran ayudar, que quieran cooperar, que en los momentos difíciles se echen un cable. Para mí el psicólogo del deporte debe estar integrado desde un inicio.

¿Pepe Mel también te llama antes del inicio de la temporada?

Sí, Pepe Mel me llama desde un principio. Justo salgo del Mallorca, ya que se termina el contrato y Gregorio se va, y Pepe me llama a principio de la temporada y lo único que me dice es «mira, Patri, me han hablado muy bien de tu trabajo», y me dice por favor que me vaya a trabajar con él, pero me dice «solo hay una condición, y es que este año tenemos que subir sí o sí, no hay plan B». Y yo digo: pues plan A. Y al final subimos, así que me quedé también al año siguiente en primera, y ahí ya decido dejar el fútbol como miembro del equipo para dedicarme a los medios de comunicación.

¿Por qué?

Pues porque ahí ya había escrito mi primer libro Entrénate para la vida, y lo tenía que presentar. Y empiezo a trabajar en El País Semanal, y en La 2 de Televisión Española. Y porque me gusta mucho la divulgación sencilla de la psicología, porque era para mí algo muy importante. En Granada vi que en la radio no se hablaba de psicología. Entonces me dediqué a ir radio por radio presentando un programa a ver quién lo quería, a la COPE le gustó y estuve seis años en COPE Granada trabajando en un programa de divulgación. Yo creía que la divulgación de la psicología cotidiana, no la de los grandes trastornos, era importante y que no había. Además el fútbol en el alto nivel es algo muy sacrificado cuando tienes familia. Los seis primeros años de mis hijos no los viví. Estaba en el Mallorca. Tienes que viajar todos los fines de semana con el equipo, y organizar tu consulta. En ese momento ya empezaba a despuntar como psicóloga del deporte y me invitaban a los másteres, y no podía ir . Cuando te preguntan en enero si podrás ir en mayo tienes que decir que no lo sabes, porque no sé si juego jueves, viernes, sábado, no sé dónde viajo porque el partido no te lo fijan hasta casi quince días antes, no puedes organizar tu agenda, y llegó un momento en que quería estar los fines de semana con mis hijos, quería participar en congresos, y sobre todo me llamaba mucho la atención el divulgar en medios.

Porque lo simultaneabas…

Un entrenador o un jugador de fútbol se pueden permitir el lujo de no simultanear, pero un psicólogo no.

Porque no cobráis lo mismo, ¿no?

No. Nunca me han cesado en un equipo, he tenido esa suerte, en el momento en que te cesan si no tienes una carrera profesional al margen te puedes morir de hambre.

Pero lo que sí adquieres es una visibilidad muy grande.

Te da visibilidad, pero la visibilidad no te da de comer.

Desde luego.

Lo que te da de comer es el trabajo, yo con la visibilidad en las redes no como. Te lo digo porque me hace gracia. Imparto talleres los fines de semana y la gente me dice «me gustan más tus pósits que los talleres», y yo le digo que los pósits no me los paga nadie. El pósit está muy bien, a ti te encanta, pero yo vivo de los talleres y no de los pósits . Y tendré que compaginar… Y la gente enseguida que cuelgas algo que medianamente te genera un ingreso lo rechazan, y tampoco es eso.

Siguiendo con el fútbol, en una temporada a veces pasas rachas negativas o dinámicas muy malas…

Muy malas, las pasamos canutas… Bueno, gracias al Valencia nos pudimos mantener en primera división porque en el Betis estuvimos en primera diez partidos sin ganar, que eso es muchísimo. Yo no sé cómo no nos echaron, no lo entiendo. Entonces fuimos a jugar contra el Osasuna, y parecía que empatábamos y en el último minuto nos meten un gol, injustísimo, porque habíamos hecho un buen partido. Y ese partido no nos vamos a la calle porque los jugadores dijeron que ese día habíamos jugado bien, los pobres nos salvaron. El siguiente partido nos jugábamos el cuello, en casa, contra el Valencia y les doy una charla para cambiar la dinámica de la suerte, una charla muy chula. Y empezamos el partido y en el minuto 17 o 21 nos meten un gol y digo, «mecachis, 0-1». Y yo veía en el banquillo a dos jugadores, que eran Amaya y Ezequiel, que me miraban y me decían «Patri, tranquila, vamos a tener suerte», porque yo había hablado de la suerte, y yo los miraba y decía «madre de Dios, si confían ellos más que yo». Yo nos veía ya en la calle, y en el minuto 89 Rubén Castro mete un gol, y viene a celebrarlo conmigo a la banda y le digo «por Dios, Rubén, métete ahí dentro que tenemos que ganar», y en el minuto 94 ¡gol!, y la cara de Emery… Si podéis ver el gol por ahí, la cara decía «no puede ser lo que ha pasado». Ganamos 2-1 gracias al Valencia y a partir de ahí rompimos la racha y fuimos hacia arriba… pero sobre todo gracias al equipo que teníamos. Jugadores, cuerpo técnico, club, todos comprometidos. Fue increíble, parecía que celebráramos la final de Champions.

Aparte de que el Valencia vaya haciendo favores por ahí, que es lo que acostumbramos a hacer los valencianistas, ir salvando equipos… ¿qué haces tú para cambiar esa dinámica de diez partidos sin ganar, que son muchos?

Sí, sí son muchos. ¿Qué ocurre? Yo lo primero que hago es preguntar a los jugadores «¿oye, chicos, qué pensáis que está fallando?». Y en el fútbol hay un sentimiento de que cuando entras en una racha parece que no puedes salir de ella por tus propios medios… Yo trabajaba el locus de control interno, el ver en qué medida nosotros generamos el éxito o el fracaso, qué parte de la suerte depende de nosotros y cómo podemos crear oportunidades, trabajaba mucho en focalizar la atención en las cosas que hacíamos bien para no dar mucha vuelta a los errores, mantener un pensamiento positivo, pero es verdad que después de diez partidos cuesta.

También has trabajado con otros equipos no solo de fútbol, como el balonmano Antequera, o el CB Granada. ¿Qué diferencias ves con el fútbol? Con estos equipos, ¿el trabajo del psicólogo es diferente?

A nivel neuropsicológico hay una diferencia muy grande; en el balonmano el control mente-mano es mucho más sencillo que el control mente-pie, por lo que puedes trabajar muchas cosas respecto a visualización y concentración, y atención en jugadas, como puede ser un tiro libre en baloncesto. En la parte neuropsicológica es más fácil trabajar en balonmano y en baloncesto, pero en la parte de equipo es lo mismo. El deporte de equipo es lo mismo, porque son humanos.

¿Hay más presión en el fútbol que en el baloncesto o en el balonmano?

Hay más visibilidad y cuando hay más visibilidad hay más presión, porque la presión viene muchas veces por la sensación de que no estás cumpliendo con las expectativas. La gente te está criticando y los jugadores son humanos, y las críticas muchas veces son injustificadas porque solo se valora el resultado, pero la gente no sabe cómo entrenan, la gente no sabe lo que al jugador le importa, la gente no sabe cómo el jugador se entrega, saca la conclusión de que si no tiene un buen resultado es que no suda la camiseta, no siente el escudo, que habrá veces que pase, pero la mayoría de veces no es así. El jugador es un profesional como tú y como yo.

¿Entonces tu trabajo es diferente, independientemente de la presión?

No, es el mismo, porque la presión la traducimos en psicología como ansiedad, debido a la interpretación que tú estás haciendo de esos juicios de valor, y la ansiedad es un factor común en cualquier deporte.

También has trabajado con deportistas a nivel individual.

Sí.

Y eso sí que es diferente ¿verdad?

Es muy diferente, porque el deportista a nivel individual es mucho más controlador, es su escaparate. Tú ten en cuenta que en el fútbol cuando fallas siempre hay un compañero detrás intentando ayudar, la responsabilidad es más compartida y eso nos permite relajarnos un poco. Pero para el jugador de golf, de tenis, para el ciclista es más obsesivo con todo.

Cuéntanos un poco más del trabajo individual del deportista

El trabajo individual realmente es el mismo, porque lo que tú trabajas en el deporte de alto rendimiento son las variables psicológicas que afectan al rendimiento y ahí está, para todos igual, la presión, el miedo, las expectativas, la seguridad, la confianza, la concentración, la toma de decisiones… Para el deportista individual es lo mismo, pero tengo la sensación de que el deportista individual es un poco más sufridor, por esa sensación de que está solo. Es esa soledad de cuando acabas un partido y has perdido. En un deporte de equipo siempre hay un compañero que viene y te dice algo, ríes con alguien… Cuando pierdes un partido de tenis estás solo, hay que trabajar un poco más esa parte de soledad y esa atribución que tienen de culpa, la gestión de la frustración, mientras que en un equipo siempre hay un compañero para echarte unas risas en el vestuario.

A mí, que me gusta mucho el tenis, me fascina el control mental que tienen los tenistas de alto nivel como Rafa Nadal. El otro día contaba Carlos Moyà que su hijo le preguntaba que cómo podía ayudar a Rafa Nadal, si es el número uno del mundo. ¿Qué le puede aportar un psicólogo a un jugador que tiene esa fuerza mental como Rafa Nadal?

Pues yo creo que nada.

Te estás vendiendo muy mal.

Tengo que ser sincera. Una persona que ha ganado lo que ha ganado, con dolor, cómo se ha recuperado, cómo ha sido el número uno, cómo se ha lesionado, cómo ha vuelto otra vez… Yo creo que me tendría que sentar con Rafa Nadal y decirle «oye, ¿cómo lo haces? ¿Qué me puedes enseñar que yo pueda enseñárselo a otros?». Porque hay veces que uno elabora una serie de estrategias mentales que le convierten a uno en supercompetitivo, en positivo… Ese hombre ha desarrollado una serie de estrategias que seguramente serán como las que yo enseño, pero para mí sería muy interesante saber su manera particular de aplicarlo, para enseñárselo a otros. Aquí el aprendizaje es a la inversa, soy yo la que tiene que preguntarle a él cómo lo hace para poder enseñárselo a los míos.

A mí me sorprende que un tipo que ha ganado tanto y durante tanto tiempo tenga el hambre de seguir ganando. Recuerdo a Björn Borg, que se retiró porque estaba jugando un partido y se dio cuenta de repente de que ya no le motivaba el tenis.

Eso es importante, claro. Tú date en cuenta de que estar ahí requiere un esfuerzo y un sufrimiento altísimo, y el nivel de renuncias que haces en tu vida es enorme. Si te pones a contar los días en que Nadal está fuera de su casa son doscientos y pico. Si este hombre quisiera tener una familia y casarse con su novia de toda la vida y tener hijos sería complicado. Tú haces una serie de renuncias y trabajas con un nivel de dolor y con un nivel de esfuerzo altísimo, expones a tu cuerpo y a tu mente a una situación que no es nada natural. Y eso es porque lo que haces te apasiona. En el momento que pierdes la pasión tienes que irte. Yo imagino que Nadal sigue siendo competitivo porque le seguirá apasionando el tenis, y porque en su mente debe tener una serie de objetivos pues como Alonso. Alonso tiene el objetivo de la triple corona y sigue luchando por conseguirlo, pero si tú no tienes pasión por lo que haces y tus objetivos ya no te estimulan, entonces tienes que dejarlo.

La actitud, como decíamos antes, es muy importante. Pero por otra parte, este tipo de deportistas, como Rafa Nadal, nos ofrecen un camino de vuelta, proporcionan modelos de valor para la sociedad. Otro ejemplo es Vicente del Bosque.

Ese liderazgo tan bonito que tiene.

Ese liderazgo silencioso que ahora incluso se pone como ejemplo en las escuelas de empresas.

Hay un término del inglés que a mí me gusta mucho, que es el servant leadership, que es como el liderazgo al servicio de los demás, donde desparecen un poco las jerarquías, en el que tu liderazgo está sobre todo orientado al servicio del trabajador, no para hacer servir, si no para ser servicial. Y yo lo veo un poco en ese sentido, es un liderazgo tipo Teresa de Calcuta; estoy aquí para que tú seas mejor, no para que tú me sirvas a mí. Y a mí me parece que ese liderazgo silencioso, servicial, es el que es capaz de tener un respeto absoluto hacia la persona que tú diriges y con eso poder sacar lo mejor de la gente.

Pero un líder no silencioso no tiene tampoco por qué perder el respeto del equipo.

El respeto de un líder se mide por muchos criterios; primero por ser un modelo de conducta, segundo por el respeto que tiene hacia la persona, tercero por conocer a cada uno de los miembros del equipo, porque todos son distintos… Tú no los puedes dirigir igual, porque tienes que conocer a cada persona, no al trabajador o al jugador, que también, pero sobre todo a la persona, y saber adaptar tu estilo de liderazgo a cada uno. Hay gente a la que tienes que retar porque se viene arriba. Tienes que conocer a la gente, porque hay a quien le retas y le hundes. Para mí el líder que se gana el respeto es el que da argumentos, el que motiva, el que respeta, el que se comunica de forma amable, el que confía, el que delega, el que trata de sacar lo mejor de los suyos, el que empatiza, el que establece objetivos que son desafiantes… A mí un líder autoritario, que grita, que falta al respeto, me parece que pinta poco.

No me refiero a eso. Me refiero a una gestión más dura, no a una gestión silenciosa. Por ejemplo el Cholo Simeone no debe tener el mismo comportamiento que Vicente del Bosque, y es un líder excelente. ¿Depende entonces del líder?¿depende del grupo?

Depende las dos cosas. Por ejemplo, el liderazgo de Bielsa no encaja igual liderando argentinos que liderando aquí en España. Y se supone que es uno de los hombres que más sabe de fútbol, y la gente que ha trabajado con él dice que es el entrenador más brillante que han tenido en su vida. Cualquier padre o madre sabe que no se puede educar igual a un hijo que a otro, porque hay uno que necesita más tiempo de comunicación, hay uno que necesita un tipo de razonamiento distinto, y tienes que adaptarte al tipo de persona, al tipo de personalidad de la gente a la que diriges.

Y la gestión de un equipo y la gestión de una empresa tienen muchos puntos de encuentro.

Claro que tienen puntos de encuentro, porque una empresa es un equipo.

¿El trabajo de un psicólogo es parecido?

Pues yo creo que hay muchos valores que tú trabajas en el deporte que puedes trasladar a la empresa. Me hace mucha gracia que me llamen para trabajar y me digan: «vamos a enseñar a trabajar en equipo a la empresa». No, vamos a trabajar en equipo en la guardería y eso es lo importante, porque en la guardería no se trabaja en equipo, en el colegio tampoco, en la universidad tampoco, porque tú tomas los apuntes y son tuyos, y rara vez los prestas. Vivimos en un sistema educativo muy individualista, y luego queremos en la empresa empezar a trabajar en equipo, y eso es muy difícil, muy complicado. Trabajar en la empresa como equipo para que luego sea uno el que asciende, y ese quizá es el que le roba la medalla al otro. Igual tenemos que cambiar tantos valores en la empresa para luego educar en trabajar en equipo, que yo empezaría por una educación en valores que empezara por arriba. Porque cuando educas en valores a los trabajadores ellos te dicen «¿pero eso mi jefe lo ha escuchado?». Porque cuando educas en valores y luego el de arriba se carga lo que haces entonces no vale para nada. Para mí la base de todo es la educación en valores, y ahí está el trabajo en equipo.

Trabajar desde arriba con los jefes y desde abajo con los niños, para que luego sean futbolistas o empresarios, o lo que quieran ser.

Sí, pero para trabajar en equipo primero. Tenemos que olvidarnos de este individualismo que tenemos, que es muy potente, y que el sistema educativo lo potencia.

Te decía que a Vicente del Bosque lo ponen como ejemplo de coaching empresarial y me gustaría que me dijeras que te sugiere la palabra «coaching».

Bueno, como te decía antes soy una persona muy poco polémica, ¿que qué me parece el coaching? Pues mira, creo que habrá gente que haga coaching y lo hará de forma maravillosa, pero yo creo en la ciencia. Estudié en la Universidad de Granada, donde se estudia la psicología cognitivo-conductual y las terapias de tercera generación, y para nosotros todo aquello que no hayas probado y que hayas demostrado que funciona no existe. Para estudiar el comportamiento humano y la parte neurocientífica y las bases biológicas del comportamiento humano necesitas, cuando yo estudié, cinco años de carrera y luego un máster de dos años y luego un doctorado, como hice yo de dos años. Así que tras nueve años estudiando no creo que la calidad o los recursos o la empatía o el entendimiento de la persona que trabaja sea lo mismo que cuando haces un curso de seis meses o un máster de dos años. Y no quiero descalificar a nadie porque creo que hay coaches maravillosos, con herramientas muy prácticas que sacan cosas muy chulas, pero también creo que cuando la gente busca ayuda profesional en este sentido es gente muy vulnerable, que está en un momento muy crítico y que tiene que tener mucho cuidado en elegir a un profesional adecuado. En disciplinas como la nutrición, la psicología o la preparación física existe mucho instrusismo y se puede hacer mucho daño. Hay que creer en la ciencia.

Y no solo el coaching, sino también otras prácticas pseudocientíficas que entran en el campo de la psicología probablemente de forma más virulenta. ¿Cómo podemos luchar contra eso?

Bueno, creo que para luchar contra eso tienes que tener un colegio profesional detrás. Y que cuando vas a buscar a una persona la busques con un colegio profesional que avale que tiene una experiencia, y que detrás tenga unos estudios que avalen que esa persona tiene conocimientos. También habrá profesionales, como imagino en todos los sectores, que tengan muchos conocimientos y mucha carrera universitaria y que luego no sean muy brillantes, pero por lo menos como cliente tienes que buscar gente que te avale desde la parte científica. Para mí eso es importante, pero claro, la gente es libre de elegir. Igual hay alguien que va a uno que es entrenador de la mente y le va muy bien, pues qué vamos a hacer. No podemos ir portal por portal quitando todo lo que ponga psico- lo que sea. El otro día me preguntaron: ¿qué piensas del coaching transnosecual?, unos nombres que no tengo ni idea.

Hay uno que es coaching celestial..

¿Para los que van al cielo?

No lo sé, no he profundizado en el tema.

Para que te vayas tranquilo al cielo, no lo sé, igual eso es un cura.

Seguramente, debería serlo, si no entiendo que sería intrusismo. Tienes un libro que se titula Por qué ellos sueñan con ser futbolistas y ellas con ser princesas. Dime que el título lo pusiste para vender más.

No. El título es ¿Por qué ellos sueñan con ser futbolistas y ellas con ser princesas?. Es un interrogante.

Es verdad.

Mucha gente me dice «vaya título más machista». Y no, es una pregunta para que la gente reflexione. Simplemente son estrategias para que la pareja se lleve bien y el título tiene mucho que ver en por qué. Aunque tengas un padre feminista, como he tenido yo, aun así quieres tener una muñeca o vestirte de princesa. A mí mi padre no me hizo los agujeros cuando yo era pequeña, ni me regaló una muñeca en su vida. Hay una base biológica que explica por qué las mujeres elegimos según qué cosas, aparte de la base educacional. Hay parte biológica que explica muchas cosas y luego la mayor carga está en la educación, ¿por qué todos los niños quieren ser futbolistas? ¿por qué a pocos les da como al mío por hacer esgrima? Algo hay, es esa reflexión, era un título que invitaba solo a la reflexión.

En ese libro tienes un capítulo que dice «¿Los hombres estamos más predispuestos al sexo?». Dime sí o no porque se nos acaba la entrevista.

Sí.

Vale.

Sí, porque…

No, no. No lo cuentes, que lean el libro.

Porque tenéis más niveles de testosterona.

Yo creo que vamos a ir acabando pero no me resisto a irme sin preguntarte por tu afición por los pósits. ¿Por qué en todos los vídeos aparecen tus pósits con dibujos?

Yo creo que soy una adicta a todo lo que sea papelería; rotuladores, fosforitos, pósits… Y un día me dio por poner un pósit en las redes sociales y desde entonces. Porque si me preguntas «¿cómo eres Patri?», fácil, soy una mujer fácil, me gustan las cosas fáciles, y las frases en los pósits me parecen fáciles. Me parece que resumen mucho en una sola frase, y como me encanta rotular y combinar, es como un ejercicio de meditación. Los pósits a mí me permiten meditar. Y luego veo que a la gente le gusta, hay ese feedback y como todo lo que refuerza lo repites me reforzaron un pósits y me quedé ahí enganchada. Me quedé enganchada a los pósits.


Las mujeres y los hombres tenemos cerebros diferentes. ¿Y qué?

Foto: Peter Prehn (CC).

Empecemos por vestirnos todas las que nos hayamos rasgado las vestiduras al leer el título del artículo.

Bien, una vez vestidas, voy a explicarles por qué me atrevo a afirmar categóricamente algo tan controvertido.

La afirmación es la conclusión lógica de dos cuestiones fácilmente comprobables de manera empírica (luego les daré una vuelta, por si para alguien no son tan evidentes). 1- El comportamiento que desarrollamos depende de la actividad de nuestro cerebro. 2- Hombres y mujeres, en algunos aspectos, tienden a comportarse de manera diferente (es indiferente para esta discusión si esto ocurre por causas innatas o aprendidas).

Antes de desarrollar más estas ideas, quiero adelantar algo muy importante: ¿Qué más da que sean diferentes? ¿Por qué esto nos preocupa tanto y gastamos tanto tiempo y energía en discutirlo? Dejo la pregunta en el aire, y sigo justificando lo de que son diferentes.

Vamos a por la primera afirmación, que no creo que genere mucha controversia. El hecho de que cómo nos comportamos sea fruto de la actividad del sistema nervioso. Salvo en las películas de fantasmas, pocos seres humanos desarrollan un comportamiento sin tener un sistema nervioso. Ni siquiera los zombis, que casi siempre necesitan mantener la cabeza unida al cuerpo para seguir moviéndose. Y cuando alguna circunstancia afecta a una zona de nuestro cerebro, destruyéndola o limitando su actividad, no es extraño que cambie el comportamiento de la persona (o la memoria, o el pensamiento abstracto, o la capacidad de identificar objetos…). La actividad del sistema nervioso es, por tanto, la que genera nuestro comportamiento.

Si el comportamiento, uno de los resultados de la actividad del sistema nervioso, tiende a ser diferente, la causa más probable es que los sistemas que generan ese comportamiento sean diferentes. Profundicemos un poco en esta idea. Dos individuos cualesquiera se comportan de manera diferente ante un mismo estímulo porque la actividad de su sistema nervioso es distinta. Y solo puede ser distinta porque estos sistemas nerviosos lo sean, o porque hay un componente importante de aleatoriedad en el funcionamiento del sistema. Si la respuesta al mismo estímulo tiende a ser sistemáticamente diferente, entonces la segunda posibilidad se vuelve muy improbable, y para justificar una actuación diferente solo nos queda asumir que los sistemas nerviosos son diferentes. Pueden ser diferentes en alguno de muchos niveles de organización, o en todos: en macroanatomía, en microanatomía, en la fisiología de algunas o muchas de sus neuronas, en la expresión genética… Pero en algo han de ser diferentes, ya sea en una distinta arborización dendrítica en algunas áreas, en un distinto patrón de conexiones, en una diferente distribución de receptores, en diferentes niveles de actividad de algunas áreas a causa del contexto hormonal, en la diferente permeabilidad selectiva de algunas membranas celulares, etc.

Si un conjunto de individuos tiende a comportarse ante un mismo estímulo de determinada manera (no todos ellos, muchos de ellos), no es extraño pensar que los sistemas nerviosos de estos individuos tendrán algo en común (expresión de genes, conexiones, anatomía…) y que será diferente de lo que se observe en individuos que no tienden a desarrollar ese comportamiento ante ese estímulo. Esta idea también parece razonablemente lógica. Por ejemplo, si las personas pelirrojas tienden a sufrir más ansiedad ante el dolor dental (y a ir, por tanto, con más miedo al dentista) y resulta que esto tiene que ver con que les afecta menos la anestesia subcutánea, lo lógico es pensar que alguna diferencia hay en sus sistemas nerviosos. De hecho, esta diferencia parece estar relacionada con presentar determinadas variantes del gen MC1R (asociadas también al hecho de tener el pelo rojo).

Otro asunto es si los hombres y las mujeres tienden a comportarse de manera diferente. Creo que no es especialmente controvertido afirmar que esto es así. Hay decenas de comportamientos que se han estudiado sistemáticamente y en los que se ha comprobado que hay diferencias (no necesariamente grandes). Por ejemplo, un comportamiento en que sistemáticamente se encuentran diferencias entre mujeres y hombres es en la tendencia a masturbarse. Según diferentes metaanálisis (que combinan los resultados de miles de estudios), si cogemos al azar un hombre y una mujer heterosexuales de la misma edad, él se masturbará más frecuentemente en torno al 70 % de las veces. Estas diferencias se encuentran en comportamientos que las personas declaran llevar a cabo, pero, como vemos, también aparecen cuando se miden sin que el individuo sea consciente de ello (reacciones fisiológicas, medidas de atención visual, etc.).

¿Cómo de diferentes son nuestros comportamientos? Pues, en general, las diferencias entre los grupos son menores que sus semejanzas, aunque las diferencias suelen ser consistentes. Lo mejor para apreciar la importancia de las diferencias es ver cuán probable es que, al coger una mujer y un hombre al azar, estos sean diferentes en lo que estemos midiendo (como hemos hecho con el ejemplo de la masturbación). Aunque muchas diferencias psicológicas, por ejemplo, entre mujeres y hombres son pequeñas, algunos comportamientos y rasgos muestran diferencias importantes, como pueden ser recurrir a la agresión física o algunos rasgos de la personalidad. Cuando se comete un robo violento, un homicidio, un delito de lesiones o contra la seguridad vial, el 92 % de las veces el perpetrador será un hombre. Si escogemos un hombre y una mujer al azar, en el 75 % de las ocasiones ella presentará una tendencia más fuerte a tratar de agradar a otras personas con su comportamiento. En próximos artículos entraremos a explicar en más detalle cómo podemos estudiar si existen diferencias, a qué se deben y en qué medida se reflejan en diferencias cerebrales.

Aunque conocer el origen es importante, poco importa en este debate si estas diferencias de comportamiento son innatas o aprendidas. Porque lo aprendido ha de modificar algo físico en el cerebro (expresión de genes, presencia de más o menos receptores hormonales en las membranas, cantidades de neurotransmisores liberadas, arborizaciones, lo que sea) para que en el futuro lo que se ha aprendido sea recordado.

Finalmente, podemos preguntarnos si el estímulo que lleva a desarrollar un comportamiento sistemáticamente diferente es realmente el mismo. En un comportamiento sencillo medido en el laboratorio esto es fácil de controlar: un golpe, un sonido grabado, una foto, una narración… Pero, en los comportamientos de los que solemos hablar (como la tendencia a cooperar, o el interés que nos despiertan los niños), en realidad el contexto en que se desarrolla la respuesta podría estar explicando las diferencias. Imaginemos que las mujeres tendemos más a llorar cuando nuestro jefe nos grita. Esto no tiene que significar necesariamente que nos encontremos ante un mismo estímulo: un jefe que grita a sus empleados varones y mujeres. Puede ser que los jefes griten sistemáticamente de diferente manera cuando se enfrentan a una mujer que cuando se enfrentan a un hombre, provocando así que las respuestas sean distintas. Esto es imposible controlarlo en el mundo real. En muchas situaciones el estímulo (o estímulos) que influye en un comportamiento es sistemáticamente diferente para hombres y mujeres. Pero esto no invalida los estudios en situaciones controladas, en las que, presentando un mismo estímulo, seguimos observando tendencias a no responder del mismo modo. Siempre se puede argumentar que la interpretación que hacen unos u otros de la situación es diferente. Pero eso no importa en este debate, porque la interpretación diferente también la hace nuestro cerebro.

Bien, ahora viene lo importante de verdad: ¿Por qué se le da tantas vueltas a si los cerebros son o no diferentes? ¿Es que alguien es tan insensato como para vincular que las oportunidades y derechos deban ser idénticos con si hay o no diferencias entre nuestros cerebros?

Constantemente salen estudios científicos que muestran que hay diferencias entre los cerebros de hombres y mujeres: en las microconexiones entre áreas cerebrales, el tamaño de diferentes áreas, la expresión génica, los patrones de activación ante diferentes estímulos, etc. Y, también constantemente, la validez de estos estudios se trata de minimizar (a veces con argumentos científicos, otras veces no tanto).

¿Por qué tanto empeño? Se me ocurren dos posibilidades. La primera es que entre los minimizadores hay quien cree que, si esas diferencias existen, no es justificable que nuestros derechos y oportunidades deban ser los mismos. Pero es que nuestros derechos y oportunidades han de ser los mismos independientemente de lo iguales o diferentes que seamos, han de ser idénticos respetando nuestra heterogeneidad. No depende de nuestras características. Es el fruto de un compromiso individual y social con la convicción de que todos debemos tener los mismos derechos por el mero hecho de ser seres humanos.

Por ejemplo, supongamos (y quizá las suposiciones no son tan aventuradas) que la mayor tendencia a caer en distintas dependencias patológicas de uno y otro sexo se debiese a los niveles de hormonas sexuales. O que la aparición más frecuente de trastorno del déficit de atención en hombres estuviese asociada a determinadas variantes genéticas del cromosoma Y. O que la mayor tendencia a la depresión en las mujeres la causen las diferencias entre sexos en el proceso de reciclado de la serotonina. ¿Por ser más frecuentes en un sexo las diferencias estructurales asociadas a determinadas condiciones debemos asumir que nuestros derechos debieran ser distintos? ¿Perderíamos las mujeres el derecho a llevar a cabo labores en que una tendencia a deprimirse causase problemas? ¿Dejarían sistemáticamente los hombres de poder desempeñar tareas que exijan una atención continuada y profunda? No parece muy sensato. Las diferencias en nuestra biología (como estas) no deberían nunca asociarse a disfrutar o no de unos u otros derechos. Que todos disfrutemos de los mismos derechos, posibilidades y libertades es una convicción ética, no la conclusión de una observación empírica de cuán iguales (o desiguales) somos.

La segunda posibilidad es que, aunque no se crea que tener cerebros iguales tenga que ver con tener los mismos derechos y oportunidades, no se quiera dar argumentos a las personas que utilizan estas diferencias para justificar que los derechos deban ser distintos. Se entiende el miedo, pero lo más probable es que las personas que pretenden restringir los derechos acudirán a estos argumentos, o a cualquier otro que les convenga, con tal de respaldar su postura. Y lo harán porque su motivación es simplemente justificar que no debemos tener los mismos derechos. En mi opinión este debate no debería salir del terreno de la ética; dejarnos llevar a otro sitio es simplemente seguirles el juego.

Pero no son pocas las voces que reclaman que no se estudien las diferencias entre hombres y mujeres, ni en el cerebro ni en ningún otro sentido. No obstante, más allá de las cuestiones ginecológicas y urológicas, hay decenas de afecciones que padecemos diferencialmente más unos que otros. La esclerosis múltiple, la migraña, el lupus, la depresión, la celiaquía o el alzhéimer temprano son más frecuentes en mujeres. Sin embargo, es menor nuestra tendencia a suicidarnos, a sufrir espondilitis anquilosante, meningitis o leucemia infantil. Muchas de estas diferencias pueden atribuirse al diferente modo de vida, pero no todas. Y son las diferencias en nuestra biología, ya sean genéticas, inmunológicas u hormonales, las que están detrás. Entender el porqué de las diferencias es muy útil para aprender a combatir estas enfermedades. De hecho, seguramente hayan encontrado en los medios de comunicación debates recientes sobre la necesidad de incluir más mujeres en los ensayos clínicos, tras observar un efecto diferente en las pacientes de algunos fármacos. Evitar estudiar las diferencias quizá venga bien para poner trabas a un determinado discurso, pero complica mucho otras cuestiones relevantes.

Realmente, lo mejor para defenderse de cualquier argumento de este tipo es desligar la igualdad de derechos y oportunidades de si somos o no diferentes. Porque, tal como he venido exponiendo, en algo (ya sea microestructura, responsividad a hormonas, expresión génica o conectividad) tenemos que ser diferentes. Asociar igualdad de derechos a que no existan diferencias biológicas es exponernos a un tremendo peligro. Además de a un casi inexorable fracaso.

Así que dejemos de dar vueltas a si nuestros cerebros son diferentes o no. Lo son. ¿Y qué?


Borre solo este recuerdo, por favor

¡Olvídate de mí! (2004). Imagen: TriPictures .

En la película ¡Olvídate de mí! (Eternal sunshine of the spotless mind), Joe, el protagonista encarnado por Jim Carrey, descubre aterrado que su novia se ha sometido a un procedimiento para borrarle de su memoria. El procedimiento parece altamente específico, porque solo han desaparecido los recuerdos sobre Joe mientras que el resto permanecen intactos. ¿Quién no ha deseado alguna vez borrar una experiencia concreta? Este deseo se vuelve necesidad en los casos de trastorno por estrés postraumático (TEPT) en los que los recuerdos de una experiencia dolorosa y perturbadora como una violación o un atentado terrorista aparecen de forma recurrente. Recientemente, un equipo de investigadores ha conseguido borrar recuerdos de forma selectiva en neuronas de la babosa Aplysia. De forma natural, la estimulación del sifón, el órgano respiratorio de las babosas, produce una contracción de la branquia. En este experimento estimularon de forma repetida el sifón de la babosa, produciendo un efecto de sensibilización: la contracción de la branquia era cada vez más intensa. Además, este incremento se mantuvo en el tiempo, así que la babosa había creado un recuerdo. Más tarde, los investigadores bloquearon una proteína específica en las neuronas que codificaban ese recuerdo y cuando volvieron a estimular el sifón, la babosa respondió como si no la hubieran estimulado previamente, es decir, como si no tuviera el recuerdo. Lo más sorprendente es que los investigadores fueron capaces de eliminar este recuerdo sin afectar a los demás. Para los humanos, disponemos de terapias muy eficaces que permiten que las personas que sufren TEPT puedan seguir adelante, pero aún no sabemos eliminar por completo sus recuerdos traumáticos. Por eso, antes de borrar su recuerdo debe comprender que hay varias razones por las que es muy difícil que no quede ni rastro de una experiencia ya almacenada.

Conocemos procedimientos que pueden provocar que una persona no pueda recordar lo que le ha pasado recientemente o incluso lo que le pasó hace un par de años. El mejor ejemplo de este procedimiento es el famoso paciente HM. Este paciente fue sometido a una cirugía para aliviar las crisis epilépticas que sufría desde hace años y que le incapacitaban en sus actividades de la vida diaria. La cirugía logró disminuir sus crisis pero tuvo un resultado inesperado: HM perdió la capacidad de aprender o almacenar experiencias nuevas, es decir, vivió durante el resto de su vida con una profunda amnesia anterógrada. Brenda Milner, la neuropsicóloga que le evaluó durante más de cuatro décadas, tenía que presentarse día tras día porque el paciente HM no lograba crear un recuerdo sobre ella. Además, este paciente también sufrió amnesia retrógrada ya que perdió, aproximadamente, los recuerdos sobre los últimos cinco años anteriores a la cirugía. Lo llamativo es que los recuerdos más antiguos permanecieron intactos: no olvidó quién era, a qué se dedicaba o dónde pasó su infancia. Someterse a este método para olvidar a tu expareja, por ejemplo, supondría no solo perder este recuerdo, sino también perder todo lo ocurrido durante los últimos cinco años, incluida la decisión de querer olvidar.

Imagen 1. Amnesia retrógrada y anterógrada.

Existe un patrón de deterioro con el que lamentablemente estamos más familiarizados y que también produce un borrado de los recuerdos: la enfermedad de Alzheimer. En esta devastadora enfermedad las personas también pierden la capacidad de aprender cosas nuevas y, por ejemplo, no recuerdan a personas que les presentaron hace poco. Además, van sufriendo una progresiva amnesia retrógrada perdiendo los recuerdos más recientes —por eso no reconocen a sus nietos— y posteriormente los más remotos. Tomando el caso del paciente HM y la pérdida de memoria en la enfermedad de Alzheimer llegamos a la posición de salida en la misión de borrar un recuerdo, ya que lo que tienen en común estos dos trastornos aparentemente distantes es una región del cerebro llamada hipocampo.

—De acuerdo, pues llévame al hipocampo para que busque este maldito recuerdo y terminemos con esto.

—La visita guiada está incluida en el precio. Pase por aquí.

Imagen 2. Localización del hipocampo.

—Un momento, ¡aquí no está mi recuerdo! Pero… Si el paciente HM perdió todos esos recuerdos cuando le extirparon el hipocampo, ¿será porque estaban almacenados en esta región y no en otra?

—No exactamente. Quizá lo entienda mejor si asiste a la creación de un recuerdo. Hoy vamos a crear el recuerdo de la película Star Wars. Episodio V: el Imperio contraataca.

Aparentemente en el cerebro hay tantas neuronas como estrellas en la Vía Láctea y, de hecho, asistir a la creación de un recuerdo desde nuestra posición —el hipocampo— se parece a estar en un observatorio astronómico. Si en este momento abrimos el techo del observatorio y con el telescopio dirigimos nuestra mirada a diferentes poblaciones de neuronas podremos buscar cuál de ellas se está encargando de crear el recuerdo de la famosa escena entre Darth Vader y Luke Skywalker. Pronto nos damos cuenta de que la escena está algo dispersa: un grupo de neuronas trabaja para representar los aspectos visuales de la escena, otra población no necesariamente cercana se está encargando de procesar los sonidos, otra algo más lejana nuestra sensación de sorpresa… Sabemos que esto no se parece a un recuerdo, cuando uno recuerda la película que estuvo viendo anoche recuerda escenas integradas y no un conjunto fragmentario de los distintos aspectos de la experiencia. Decepcionados, dejamos de mirar por el telescopio y justo en ese momento nos damos cuenta de qué es lo que está ocurriendo en el hipocampo: varias neuronas de esta región están apuntando a cada una de esas poblaciones neuronales intentando ligar los distintos aspectos de la experiencia (Ver Imagen 3A).

Imagen 3. El papel del hipocampo durante la consolidación.

De esta manera aunque el hipocampo no contenga el recuerdo, sí contiene el mapa de reconstrucción de ese recuerdo y, si nos preguntan qué película vimos anoche, las neuronas del hipocampo podrán apuntar y activar de nuevo a las poblaciones que representaron los aspectos visuales, auditivos y emocionales necesarios para orquestar el recuerdo de esa experiencia. Esta es una de las razones por las que es difícil borrar un recuerdo: el recuerdo no sólo depende del hipocampo sino que está distribuido por varias regiones cerebrales indirectamente conectadas por el hipocampo. Por eso HM no pudo recordar a las personas que conoció después de la cirugía, porque al perder el hipocampo, perdió la posibilidad de ligar o crear un mapa sobre la configuración y distribución de esa experiencia en el cerebro.

—Vale, pero algo no me cuadra. Si sin el mapa del hipocampo no puedes ligar las nuevas experiencias, tampoco puedes recuperar las que ya tenías almacenadas. Es como si tu cerebro no supiera dónde las ha puesto. Pero antes has dicho que HM mantuvo los recuerdos remotos, que solo perdió los últimos 5-7 años. ¿No debería haber perdido todos sus recuerdos al carecer del mapa para reconstruirlos?

—Es que otro factor a tener en cuenta para borrar un recuerdo es su antigüedad.

En otros trastornos que también afectan a la memoria como en la enfermedad de Alzheimer, los recuerdos recientes parecen perderse antes que los recuerdos más antiguos. El psicólogo francés Théodule Ribot en 1881 escribió que «la destrucción progresiva de la memoria sigue una ley: avanza progresivamente desde lo inestable hasta lo estable» y, efectivamente, cuando creamos un recuerdo su configuración es frágil e inestable y por lo tanto más sensible a factores disruptivos como el daño cerebral o la interferencia. Por esta razón, nuestros abuelos recuerdan con pelos y señales sus anécdotas sobre la mili mientras que olvidan dónde han puesto las gafas o cómo se llamaba el nuevo vecino. Este proceso que fortalece y estabiliza las huellas de memoria con el tiempo es la consolidación, y probablemente va a ser otro obstáculo en nuestra misión de borrar un recuerdo.

Si volvemos al hipocampo y abrimos de nuevo el techo del observatorio veremos frecuentes fogonazos o reactivaciones de las mismas poblaciones de neuronas que estuvieron activas en el momento de la experiencia —es decir, cuando estábamos viendo Star Wars—. Esta reactivación sucede cuando recordamos o reexperimentamos el episodio, pero también espontáneamente cuando dormimos o estamos despiertos sin hacer nada en concreto. El cerebro utiliza este mecanismo de reactivación para rebobinar varias veces la información y fortalecerla. La RAE define la palabra rebobinar como «hacer que un hilo o cinta se desenrolle de un carrete para enrollarse en otro», y precisamente eso es lo que ocurre: la reactivación permite que ese recuerdo inicialmente inestable se fortalezca y se independice del hipocampo para depender de otras regiones (ver Imagen 3B). Cuando el recuerdo se consolida no necesita del índice o mapa que estaba codificado en las neuronas del hipocampo y que lo mantenía unido cuando aún era un recuerdo reciente. Gracias a este mecanismo el paciente HM conservó los recuerdos remotos, porque que ya no dependían del hipocampo para orquestar la reconstrucción del recuerdo. Lamentablemente, aquellos recuerdos que aún no habían sido estabilizados perdieron el mapa para ser reconstruidos.

La consolidación se produce progresivamente, así que en el peor de los casos nos encontraremos buscando un recuerdo que ya se haya independizado del hipocampo. Sobre cómo se hace esta mudanza a otras regiones aún sabemos poco, pero uno de los mecanismos de consolidación mejor estudiados es el que sucede durante el sueño. El sueño no es un fenómeno uniforme, sino que pasamos por diferentes fases en las que nuestro cerebro muestra diferentes tipos de actividad. La fase que se ha vinculado con la consolidación es el sueño de ondas lentas. Una de las fuentes generadoras de estas ondas lentas es la corteza prefrontal y la reducción de estas ondas se ha asociado a una disminución del recuerdo. Es frecuente escuchar a personas mayores informar de que cada vez duermen menos y, de hecho, esta reducción es mucho más severa en personas con deterioro cognitivo leve —la antesala de la demencia— y la enfermedad de Alzheimer. Precisamente la corteza prefrontal es una de las regiones en las que antes se deposita el beta-amiloide, una sustancia que está presente en el cerebro de las personas sanas pero que en las personas con enfermedad de Alzheimer se deposita de forma patológica, creado placas que impiden la comunicación entre las neuronas. En un interesante estudio, observaron que cuanto mayor era la acumulación de beta-amiloide en la corteza prefrontal, más alterado estaba el sueño de ondas lentas y el recuerdo a la mañana siguiente. La conclusión a la que llegaron los investigadores es que la interrupción de la comunicación entre el hipocampo y la corteza prefrontal durante el sueño estaba impidiendo a las personas mayores la consolidación de sus recuerdos.

Imagen 4. Corteza prefrontal.

La corteza prefrontal es una región altamente conectada a otras regiones sensoriales, motoras o emocionales y por lo tanto es una buena candidata para asumir parte del papel del hipocampo como integrador de diferentes aspectos del recuerdo. Llegados a este punto, podríamos pensar que borrar un recuerdo puede ser difícil dado que está distribuido por varias regiones cerebrales, pero eliminar su acceso parece relativamente sencillo: si es un recuerdo reciente, bastaría con eliminar las neuronas del hipocampo que albergan el mapa de reconstrucción, y si es un recuerdo remoto, podríamos aplicar la misma estrategia sobre las neuronas de la corteza prefrontal. De hecho, hasta ahora parece que el hipocampo mantiene los recuerdos en cuarentena hasta que progresivamente se van estabilizando y migrando a la corteza prefrontal. Sin embargo, un estudio llevado a cabo con roedores ha desafiado esta visión usando técnicas optogenéticas que permiten activar o desactivar de forma controlada determinadas neuronas. Este estudio revela que cuando tenemos una experiencia se crean dos copias del recuerdo simultáneamente: una en el hipocampo para su uso inmediato y otra en la corteza prefrontal a modo de copia de seguridad que, si se estabiliza, puede ser utilizada mucho más tarde. Durante los primeros días los roedores parecían utilizar la copia del hipocampo, pero conforme pasaba el tiempo estas neuronas se iban silenciando para ser relevadas por las neuronas de la corteza prefrontal. Al igual que pasaba con la acumulación de beta-amiloide y la reducción del sueño de ondas lentas en seres humanos, si a estos roedores les interrumpían la comunicación entre el hipocampo y la corteza prefrontal durante la consolidación, esa copia de seguridad no maduraba los suficiente para ser funcional.

Cuando hablamos de recuerdos, casi siempre nos referimos a experiencias concretas que ocurrieron en un momento y lugar determinados. Por ejemplo, tu última visita al dentista o las vacaciones en la playa durante el verano pasado. Estos recuerdos conforman nuestra memoria episódica, es decir, nuestra memoria para eventos o acontecimientos que conservan los detalles sobre el momento y el lugar en el que fueron adquiridos. Sin embargo, gran parte de nuestro conocimiento se asienta sobre los significados de las cosas y para saber qué es una naranja o qué es la lluvia no necesitamos pensar en la última naranja que nos comimos o en todas y cada una de las veces que hemos visto la lluvia caer. Estos recuerdos son diferentes a los recuerdos episódicos y conforman lo que llamamos memoria semántica. Para saber lo que es la lluvia no necesitamos recrear un episodio en concreto, y por eso el hipocampo no resulta imprescindible para acceder a esta información. De hecho, el paciente HM era capaz de completar crucigramas y entender conversaciones sin ningún problema. Aunque aún hay cierto debate sobre este asunto, parece que los conceptos y el significado de las cosas se adquieren mediante la acumulación de episodios. El proceso de consolidación hace que los recuerdos episódicos se estabilicen pero también que se conecten con otros episodios que contienen elementos similares. Así, acumulando episodios de días lluviosos creamos el concepto de lluvia. Poco a poco se difuminan las experiencias concretas y crece, como una enredadera, la compleja red de conocimiento semántico que poseemos sobre el mundo; hasta el punto en el que uno no recuerda cuándo aprendió lo que significa la palabra «llover» ni cuántas experiencias con la lluvia han dado lugar a ese concepto.

Recopilando, un recuerdo está sembrado en diferentes regiones cerebrales. Estas regiones cerebrales se conectan entre sí gracias a un mapa de la distribución de la experiencia que alberga el hipocampo y a otro mapa que tarda algo más en madurar en la corteza prefrontal. La letra pequeña de este servicio de borrado de recuerdos dice que es muy difícil extirpar completamente un recuerdo dada su dispersión, su progresiva mudanza a otras regiones, y el efecto que haya podido ejercer al enredarse con otros recuerdos que poseen elementos similares en la memoria semántica.

—¿Alguna vez llovió estando con su expareja? Porque quizá haya afectado a lo que piensa usted sobre la lluvia en general.

—Me temo que sí. Estuvimos viviendo en Santander.

—Bueno, pues si aún sigue interesado, necesito que firme aquí abajo.

He leído y acepto los términos y condiciones del borrado de recuerdos.

Este artículo ha sido finalista del concurso DIPC de divulgación del evento Ciencia Jot Down 2017

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Fuentes:

  • Antony, J. W. et al. (2017). «Retrieval as a fast route to memory consolidation». Trends in Cognitive Sciences.
  • Frankland, P. W., & Bontempi, B. (2005). «The organization of recent and remote memories». Nature Reviews Neuroscience, 6(2), 119-130.
  • Hu, J., et al. (2017). «Selective erasure of distinct forms of long-term synaptic plasticity underlying different forms of memory in the same postsynaptic neuron». Current Biology.
  • Kitamura, T. et al. (2017). «Engrams and circuits crucial for systems consolidation of a memory». Science, 356(6333), 73-78.
  • Mander, B. A. et al. (2015). «Beta-amyloid disrupts human NREM slow waves and related hippocampus-dependent memory consolidation». Nature Neuroscience, 18(7), 1051-1057.


Mens sana in machina sana

Ghost in the Shell, 2017. Imagen: Paramount Pictures / DreamWorks Pictures.

Ya sé que no eres más que una forma de vida basada en carbono, pero yo siempre pensaré en ti como en un montoncito de titanio.

(Bender, Futurama)

El cuerpo como cárcel del alma: nos encontramos ante un precioso símil platoniano que ha vuelto a ponerse de moda en la época de la biónica. Aquello de que el cuerpo es nuestra naturaleza material, lo sensible, y el alma habita la naturaleza espiritual, lo inteligible, tal vez esté algo demodé desde hace algún que otro siglo gracias al método científico, pero no deja de evocar conceptos relacionados con las investigaciones más punteras en neuroimplantes, prótesis robóticas o exoesqueletos de última generación. En la actualidad, la mente o la conciencia aparecen como sustitutas de aquella alma que anhelaba librarse de los lazos que la mantenían atada firme al débil cuerpo, buscando retornar a su origen primitivo.

Además, las soluciones tecnológicas que aporta la biónica cobran todo el sentido del mundo cuando se emplean en personas con algún tipo de discapacidad física o mental. Pregunten a un usuario vitalicio de silla de ruedas o a quien vive postrado en una cama si no consideran que su cuerpo es, en cierto sentido, una cárcel. Sus limitaciones no solo nos hacen reflexionar sobre la supuesta libertad que nos ofrece un cuerpo plenamente funcional sino también, y sobre todo, acerca de ese tipo de esclavitud connatural a nuestra existencia. Nuestra biología nos limita, pero a la vez nos hace ser quienes somos. Por lo tanto, ¿sin este cuerpo dejaría de ser quien soy? ¿Trasladar nuestra conciencia a una máquina es, de esta manera, una idea totalmente disparatada?

La llegada de internet, la comunicación inalámbrica, los smartphones o la aparición de realidades virtuales nos han servido como primera tentativa de un posible plan de fuga corporal. Nuestros límites personales se hacen borrosos, indefinidos, indeterminados. Nos difuminamos con la tecnología a un ritmo sostenido y sin pausa, aunque aún logramos distinguir lo natural de lo artificial. Pero si hablamos de avances como la piel sintética, los neuroimplantes o, en general, de las neuroprótesis, la cosa se complica un poco más. Tal vez llegue el día en que ni nosotros mismos sepamos qué nos venía de fábrica y qué añadimos en nuestra última compra en Amazon. El transhumanismo y derivados se pondrán de moda. El ser humano ha muerto, viva el ser posthumano.

Obviamente existe controversia sobre la viabilidad de estos seres híbridos. Sea más o menos asequible en un futuro, las reflexiones teóricas y filosóficas que plantea trascender nuestra humanidad son de un gran interés: por el futuro que nos hace imaginar pero también por el presente sobre el que nos hace recapacitar. Si somos un todo y, tal como dice Daniel Dennet, nuestra mente no es más que un resultado epifenomenológico del cuerpo —incluyendo el cerebro—, todo parece indicar que una modificación tan agresiva de nuestro soporte físico tiene que influir inevitablemente en quiénes somos.

Es decir, que si implantamos un dispositivo artificial en una persona y dicha persona aprende a controlar dispositivos a distancia solo con pensar en moverlos, ¿dónde está el límite, la frontera, dónde acaba la persona y empieza la máquina? Pero no nos quedemos aquí. La dificultad que entraña responder a esa pregunta aumenta exponencialmente si a un implante le añadimos el uso de una inteligencia artificial. En ese caso, ¿las decisiones que tomaríamos, de quién serían? ¿De la persona, de la inteligencia artificial, o del ser resultante de ambas? Los límites del yo saltarían por los aires aunque, para qué engañarnos, tampoco es que ahora sean férreas construcciones inamovibles.

Investigaciones en realidad virtual —y otras que no emplean tecnologías tan punteras— han ido demostrando a lo largo de los años que nuestra concepción de nuestro cuerpo o de nuestra mente no está tan clara como desearíamos. Algo tan sencillo como abrir una mano o mover un pie puede ser hackeado mediante una sutil combinación de estímulos visuales y corporales. Ese pie que crees haber movido no era el tuyo, sino una imagen creada por ordenador sumada a una vibración en tu tobillo que ha estimulado tus nervios para crear la ilusión de que lo estás girando. Alucinaciones a la carta que actualmente se utilizan en laboratorios bajo estrictos comités éticos, pero que dan que pensar sobre el futuro que nos espera. ¿Nacerán nuevas patologías mentales asociadas a estas confusiones sensoriales? ¿Se nos romperá el yo de tanto usarlo?

Digamos que se trata de ciencia ficción nacida de ciencia real. Del trabajo de científicos que exploran las posibilidades de extender nuestros cuerpos, y que en muchos casos, además logran desarrollar una tecnología que cambia por completo la vida de quienes sufren algún tipo de discapacidad. Personas que tienen dificultades para comunicarse con su entorno físico y social, y para las que sistemas como las interfaces cerebro-máquina son la puerta a una nueva dimensión. Tal vez no puedan mover los brazos, tal vez no puedan hablar, pero gracias al trabajo de estos investigadores consiguen superar esas barreras e integrarse en la sociedad. En un mundo en el que es casi imposible pasar un día sin ver un ordenador, una pantalla o un teléfono de última generación, estar conectado a ellos a nivel mental puede convertirse casi en una ventaja evolutiva —metafóricamente hablando, no se me enfaden los antropólogos—.

De esta manera, investigaciones como la publicada en The Journal of Neuroscience el pasado mes de junio, y que fue desarrollada por investigadores de la Universidad Pablo de Olavide (Sevilla) y la Universidad Autónoma de Barcelona, se convierten en grandes aportaciones en la consecución de una sociedad en la que todos los ciudadanos seamos plenamente capaces.

El trabajo de los científicos consistió en utilizar las señales cerebrales eléctricas de ratas para activar un estímulo concreto en la pantalla táctil de un iPad. Así, estos roedores «encendían» mentalmente un recuadro luminoso en el dispositivo, de manera que, si además se acercaban y lo tocaban, obtenían una recompensa. Una buena porción de queso a cambio de controlar mentalmente una tablet de última generación. Ratas millennials, lo que nos faltaba.

Tarea desarrollada por las ratas durante el experimento. Fuente: divisiondeneurociencias.es (UPO) y Neuro-Com (UAB).

El lector bregado en literatura científica habrá caído en la cuenta de que, en realidad, este tipo de experimento es un paso más en el clásico paradigma de enseñar al animal —sea rata, ratón o cuervo, por poner tres ejemplos— a realizar una tarea y premiarle cuando la lleva a cabo correctamente. Sin embargo, lo interesante de esta nueva propuesta ha sido que, para estas ratas, la tarea a realizar no ha sido puramente física. Los electrodos conectados al córtex prelímbico de los animales registraban la actividad cerebral de un área concreta y solo cuando identificaban un patrón concreto encendían la lucecita en el iPad que servía de señal de que la comida estaba a punto de ser servida. Dicho de otra forma: el animal no esperaba a que le dijeran «¡a comer!», sino que era él quien decidía cuándo llevar el plato a la mesa.

Y si bien los estudios donde se registra actividad cerebral son bastante comunes en laboratorios de neurociencia de todo el mundo, no lo es tanto el tipo de actividad concreta que se registró y empleó para dar las órdenes al iPad. Las investigaciones más comunes en esta área están asociadas a registrar la actividad neuronal en áreas del cerebro asociadas a actividades motoras, dado que es más fácil identificarlas y procesarlas, además de estar directamente relacionadas con ámbitos como la recuperación del movimiento en las extremidades. («Piensa en que mueves el pie izquierdo» y órdenes de ese tipo.) En cambio, en este trabajo el patrón a identificar estaba relacionado con un conjunto de procesos cognitivos determinado. Concretamente, debía registrarse un descenso significante en la potencia de la banda de ondas theta unido a un cambio en la de ondas beta y gamma. Dicho de forma inteligible: la rata debía mantenerse inmóvil en la jaula, observando el comedero, o levantándose sobre sus patas traseras. Y como hemos dicho, no era la información motora asociada a esas posturas físicas, sino a la actividad cognitiva asociada a esos estados. Aunque parezca complejo, los animales aprendieron tan bien el proceso que poco a poco aumentaron la frecuencia de ese patrón de actividad neuronal para recibir su recompensa más a menudo. No eran tontas, no.

Este tipo de investigaciones nos hacen ser moderadamente optimistas e imaginar a una persona discapacitada controlando cualquier tipo de tecnología a nivel mental en un futuro a medio plazo. Una noticia esperanzadora para aquellos que no pueden moverse o desempeñarse a nivel físico o social. Poco a poco logramos agrietar los cimientos de esa cárcel para nuestras platónicas almas que es el cuerpo. Y así, surgirán soluciones que a la vez plantearán nuevas preguntas fundamentales sobre la naturaleza humana. El día que logremos trascender nuestros cuerpos si es que lo logramos, ¿en qué nos convertiremos? Y si lo conseguimos y dejamos de estar sujetos a los límites de nuestro sustrato biológico, ¿cuál será la siguiente frontera? ¿Será la realidad en su conjunto la nueva cárcel del alma? Y si así fuera, ¿intentaremos escapar también de esa prisión?