¿Por qué cayó el imperio de los zares?

Zar
Zar Nicolas II. Fotografía: Rue des Archives. Cordon Press

La revolución empezó al salir de misa. Era domingo, 9 de enero de 1905. Las familias obreras se habían congregado en las iglesias para rezar. Al acabar, marcharían en dirección al centro de la ciudad, al Palacio de Invierno, donde se encontraba su vínculo terrenal con Dios: el zar. El padre Gapón encabezó la procesión. Los obreros llevaban cruces e iconos. Cantaban himnos religiosos en las calles heladas de San Petersburgo, donde todavía quedaba nieve de la noche anterior. El padre Gapón les había prometido que el zar escucharía sus penurias y los ayudaría. Tenía la obligación divina de cumplir las demandas de su pueblo. Por eso marchaban hacia el Palacio de Invierno: para que Nicolás II oyera directamente las voces de sus súbditos, que le suplicaban que arreglase su miseria.

Algunos de ellos temían estar caminando hacia la muerte. Mientras sujetaban sus cruces y gritaban sus plegarias, doce mil miembros de las tropas del zar estaban preparados para impedir que esa masa obrera llegara hasta la residencia de los Románov. El Gobierno había avisado de que detendría esa manifestación con los métodos que hiciera falta. Pero Gapón gritaba que los policías y los soldados no se atreverían a detenerlos. Que era mejor morir por sus demandas que seguir viviendo como lo habían hecho hasta ahora. Y la gente respondía levantando las manos y haciendo la señal de la cruz con sus dedos.

En primera línea iban las mujeres y los niños, vestidos con su mejor ropa de los domingos. Los soldados no se atreverían a disparar a una manifestación pacífica. El zar no lo permitiría, repetía Gapón, cargado con una gran cruz. Enfrente del Arco del Triunfo de Narva, todavía lejos del Palacio de Invierno, un regimiento de infantería se colocó delante de las masas dirigida por el clérigo. Dispararon al cielo una vez. La gente se asustó, pero continuó avanzando. Ametrallaron el aire una segunda vez. Las cruces e iconos siguieron caminando en dirección al zar. Entonces el ejército apuntó y disparó.

La gente empezó a caer y a gritar, a correr desesperadamente. Presos del pánico, los soldados dispararon sin parar contra la turba de mujeres, niños y obreros que chillaban ante ellos. Cuarenta personas murieron en los primeros disparos. El Padre Gapón cayó derribado, sin heridas, observando la desesperación de su alrededor. El zar había disparado a su pueblo. Dios no estaba con ellos. Dios no estaba con nadie. El padre Gapón se levantó, entre fusiles que tronaban. Rodeado de sangre y gritos, repetía las mismas palabras sin cesar: «Ya no hay Dios. Ya no hay zar».

¿Cómo se había llegado a esta situación?

El mito de la comunión divina entre el zar y el pueblo no era algo que se hubiera inventado el padre Gapón. Nicolás II, el último Románov, difundió esta narrativa desde el inicio de su reinado: su modelo era una autocracia bizantina y despótica, opuesta al absolutismo europeo. Renegaba de dirigentes rusos como Pedro I o Catalina II, que apostaban por un modelo occidental de Estado burocrático y moderno, donde la ley estaba por encima del monarca. Nicolás II —en cambio— profesaba que Dios le infundía la política al zar, y que solo a este debía rendir cuentas. Su ministro Serguéi Witte escribió que Nicolás creía que «Dios lo dirige todo, y el zar —el elegido de Dios— no debe escuchar consejos de nadie, sino únicamente de su inspiración divina». Los cargos políticos medios eran una barrera entre él y su pueblo: la malvada burocracia que impedía el contacto del «Buen Zar» con sus «hijos» campesinos. Como puede verse, no era una visión política demasiado adaptada a los grandes cambios del siglo XX.

Pero el problema del zar no era solo su ideología, sino su persona. Su padre, Alejandro III, lo consideraba débil y estúpido, incapaz de gobernar como un auténtico monarca ruso. Cuando su padre murió de manera inesperada, Nicolás se puso a llorar desesperadamente ante la tarea imperial que se le venía encima. Una vez que asumió el poder, prefería refugiarse en minucias burocráticas antes que encarar los grandes problemas a los que se enfrentaba el Estado. Tenía una presencia y talante de monarca a la inglesa, no de todopoderoso déspota ruso. Su manera de sentirse un auténtico emperador era tener a sus funcionarios débiles y divididos, con el objetivo de defender su poder autocrático y bloquear cualquier discrepancia. Su oposición a toda reforma liberal del Imperio (que, posiblemente, habrían podido salvar su reinado) era inquebrantable. Decenas de ministros y funcionarios vieron desesperados cómo el Gobierno se iba hundiendo por el inmovilismo de su líder.

Su mujer, Alejandra, inflamaba en Nicolás sus ideas autoritarias y bizantinas, creyendo que su poder sobre Rusia era absoluto y eterno. La zarina escribió a la reina Victoria: «Aquí no necesitamos ganarnos el amor de la gente. El pueblo ruso adora a sus zares como a seres divinos, de los que emana toda su caridad y fortuna». Alejandra era alemana, pero se convirtió al cristianismo ortodoxo y a las ideas místicas del pueblo ruso al poco de llegar al país. Esta espiritualidad eslava fue la puerta de entrada del tercer personaje en el triángulo de poder de los Románov: Rasputín. Para Nicolás, este campesino sucio y perverso era la representación del pueblo ruso con el que quería una comunión directa. Para Alejandra, era un enviado de Dios para curar la hemofilia de su hijo Alekséi: sus palabras hacían que la enfermedad del pequeño zarévich remitiera, e incluso consiguió «curarlo» una vez mediante un mensaje de telégrafo. Era un ser extraño que fascinaba sexual y místicamente a la clase aristocrática rusa. Las damas de la corte se sentían extasiadas cuando eran humilladas por ese campesino piojoso y depravado. Los escándalos públicos eran habituales: un día llegó borracho a un bar —acompañado de periodistas y prostitutas— y empezó a menear su pene al aire mientras representaba teatralmente un coito con la zarina. Los intentos de encarcelarlo o castigarlo se topaban con la protección de la familia real.

Esas tres personas —de caracteres y potencial claramente dudosos— eran las que gobernaban Rusia. Pero la nobleza también dejaba mucho que desear. No había una clase burguesa o aristócrata que hubiera peleado por una autonomía económica frente al Estado. Entre la nobleza había sectores reformistas, que apostaban por ampliar las libertades políticas hacia una Constitución. Pero Nicolás II tenía el poder para imponer la última palabra, y siempre apoyaba al bando tradicionalista de las élites, que veían en la mano dura la única manera de frenar la revolución secular y liberal que amenazaba a la autocracia.

Si en las ciudades había cierto debate sobre el rumbo que debía tomar el país, en el campo la situación estaba totalmente dejada de la mano de Dios. A pesar de algunos nobles liberales de los zemstvo (gobiernos locales), que promovieron ciertas mejoras educativas y de infraestructuras en el campo —y que siempre se topaban con la obstrucción del zar, que veía todo liberalismo como algo peligroso—, la mayoría de la aristocracia y nobleza era totalmente ajena a la situación del campesinado ruso, que formaba el 80 % de la población del imperio. El príncipe Lvov —líder del zemstvo de Tula en 1980— lo expresó así: «Conocemos tanto del interior de Tula como conocemos de África Central». La mayoría del terreno y la población rusa escapaba del control del Gobierno, ajeno a la vida de las provincias, donde apenas llegaban la policía y la administración. Era un vacío entre el Estado y los campesinos que cada vez se ampliaba más. Y que —en un futuro— las nuevas fuerzas políticas revolucionarias no dudaron en intentar ocupar.

La única vía fuerte de conexión entre el Estado y los campesinos era la Iglesia ortodoxa. Los clérigos hacían homilías propagandísticas sobre el zar, se encargaban de denunciar a los disidentes y educaban a los niños en la lealtad a la monarquía. Los manuales de catecismo de la época rezaban: «Debemos mostrar completa lealtad al zar y estar preparados para dar la vida por él», o «Los culpables no lo son solo ante el Soberano, sino también ante Dios. La palabra del Señor dice, “Cualquiera que se resista al poder, se resiste a las órdenes de Dios”». El sentimiento religioso del campesinado ruso era fuerte, pero no demasiado riguroso. Casi nadie conocía la Biblia y la religiosidad cristiana se mezclaba con las creencias paganas y mágicas. Los campesinos creían que Dios era un ser humano de carne y hueso, y los santos eran venerados como dioses paganos clásicos, vinculados a fenómenos naturales o sociales.

Y es que el mundo rural ruso era bastante diferente a un remanso de paz y humildad cristiana, tal y como lo imaginaban la nobleza y la intelectualidad urbana. Algunos jóvenes que chocaron con esta cruda realidad rural formaban parte de los populistas (naródnik), estudiantes radicales que elogiaban el modelo comunal ruso, base de la utopía que querían construir. Cuando llegaron a los pueblos del interior en los que se habían propuesto pasar el resto de sus días, se encontraron con una realidad plagada de violencia y atraso. Los campesinos recelaron completamente de ellos y los terratenientes los atacaron desde el primer momento. El sistema campesino era comunal, sí, pero básicamente por utilidad en términos de cosecha y supervivencia, no por unos valores de convivencia más elevados. Los campesinos desconfiaban del Estado y vivían en una especie de anarquía rural, con sus propias y oscuras tradiciones. Las aldeas estaban dominadas por una asamblea patriarcal y opresiva de ancianos, que controlaba a cualquiera que viviera en su territorio e imponía leyes agresivas. Un ejemplo de esta violencia normalizada eran los típicos proverbios del campo ruso: «Golpea a tu mujer con el culo del hacha, agáchate y mira si todavía respira. Si es así, está fingiendo y quiere todavía más», o «Cuantas más palizas le des a la vieja, más buena estará la sopa». El ámbito sexual también tenía un aire «comunal»: en varios lugares de Rusia era habitual que una pareja recién casada copulara por primera vez ante toda la aldea. Si el marido se mostraba impotente, un hombre de más edad podía ocupar su lugar y acabar la tarea.  

Ante esta situación, era normal que los jóvenes aldeanos con cierto nivel educativo huyeran a la ciudad ante la mínima oportunidad. A pesar de las duras condiciones urbanas (San Petersburgo tenía la media de mortalidad más alta de cualquier capital europea), allí los jóvenes campesinos ganaban independencia y se acercaban a doctrinas seculares y humanistas. Muchos se unían a organizaciones laborales o políticas, y sus camaradas de grupo —la mayoría aldeanos desarraigados como ellos— se convertían en su nueva familia. Estos nuevos obreros también se toparon de manera constante con la intransigencia del zar, que se negaba a cualquier reforma laboral, incluso cuando buena parte de ellas eran meramente simbólicas, de dignidad personal. Todas ellas quedaban fuera del modelo medieval que defendía Nicolás II, y no había más que hablar.

Esta nueva masa obrera organizada se solía encontrar con los intelectuales de clase alta de la época, la llamada intelligentsia, los más ávidos defensores de la revuelta y la violencia contra el Estado. Los grandes líderes revolucionarios salían de este segmento social —culto y sectario— en el que compartían lecturas, modas y costumbres. Elogiaban (y financiaban) el terrorismo y despreciaban el débil liberalismo reformista. Eran un grupo aislado de la política de la corte rusa, pero también de las clases bajas: sus planteamientos radicales estaban basados en los libros e ideas que debatían, en especial el marxismo, pensamiento que interpretaban de manera dogmática y totalitaria, dividiendo el mundo entre amigos y enemigos, entre fuerzas del progreso y de la reacción. Su clase social alta avivaba su compromiso: todos ellos sufrían la culpa de sus privilegios y riquezas, y liberar al pueblo de sus cadenas era la manera de redimir su «pecado original», aunque el camino comportara todavía más sufrimiento. Su modelo era Rakhmetov, el héroe revolucionario —sacrificado y ascético— de la novela ¿Qué hacer? de Nikolái Chernyshevski (Lenin, por ejemplo, se leyó esta novela cinco veces en un mismo verano).

En esta época empezaron los debates dentro de las organizaciones socialistas sobre qué camino seguir. ¿Debían apostar por la educación y la propaganda para que las masas se sublevaran por ellas mismas? ¿Debía una vanguardia revolucionaria tomar el poder y establecer una dictadura en la que el pueblo tendría el contexto adecuado para impregnarse del ideal socialista? ¿Era legítimo esperar a que se dieran mejores «condiciones revolucionarias», o era necesario actuar «ahora o nunca»? ¿Se tenía que apostar, en primer lugar, por mejorar las condiciones de los trabajadores dentro de un capitalismo moderno? ¿Se debía liderar a las masas hacia una revolución inmediata, sin previo paso por una «democracia burguesa»? Estos eran los dilemas que crearon divisiones dentro del movimiento socialista, entre los «economistas» y los «políticos», o entre los populistas, los mencheviques y los bolcheviques.

Pero en medio de estas discusiones, estalló una fuerte protesta popular un «domingo sangriento» de 1905. Empezando con la procesión masacrada del padre Gapón, las revueltas, huelgas y enfrentamientos se extendieron por todo San Petersburgo. En las masacres hubo un cambio radical en la mente de las masas rusas, y un bolchevique que se encontró en medio de los baños de sangre lo dejó por escrito: «Observé las caras a mi alrededor y ya no vi miedo ni pánico. No, las caras reverenciales y devotas se transformaron en hostilidad y odio. Vi esas miradas de odio y venganza en literalmente cada cara, vieja o joven, de hombre o mujer». Las calles se empezaron a llenar de barricadas, varios regimientos militares se sublevaron y pogromos descontrolados arrasaron con los barrios judíos. Las turbas «políticas» o de criminales —la mayoría de veces costaba diferenciarlas— atacaban y saqueaban a toda persona o edificio que representara la riqueza o la autoridad. Durante estos primeros días de anarquía y descontrol, el zar parecía totalmente despreocupado de la situación en las calles de su país. Su diario está lleno de notas sobre el tiempo, el número de pájaros que había cazado ese día o su compañía durante la hora del té. Finalmente, ante el descontrol y la represión sangrienta de las protestas, varios ministros de Nicolás II le pidieron que aprobara reformas liberales y constitucionales, y la apertura de un Parlamento —la Duma— para canalizar la rabia política a través de las elecciones. El zar aceptó a regañadientes, aunque su intención era destruir el poder e influencia de la Duma en cuanto tuviera la oportunidad. Los servicios secretos del zar espiaban a los parlamentarios cuando salían del Palacio Táuride, la sede del nuevo Parlamento. El monarca disolvió varias veces la Duma, la primera vez, setenta y dos días después de haberla inaugurado.

Fotografía: Cordon Press.

Los diferentes sectores políticos se organizaron en nuevos partidos. Los liberales se agruparon en los kadetes o los octubristas: la inflamación popular y el inmovilismo del zar harían que su camino reformista entre la autocracia y la revolución cada vez fuera más estrecho e imposible. A su derecha aparecieron varios partidos monárquicos y antiparlamentarios, el más importante de ellos la Unión del Pueblo Ruso, que intentó organizar a las masas al estilo fascista. Extendió la teoría de la conspiración de una «dominación judía» sobre Rusia, visión que compartían el zar y la mayoría de aristócratas. La Unión formó grupos paramilitares que realizaron pogromos con total libertad, sin oposición de las fuerzas del orden. En muchos lugares, la misma policía armaba y regalaba vodka a las turbas antisemitas, además de imprimir y repartir panfletos que demonizaban a los judíos. La xenofobia fue uno de los últimos intentos del zar para atraer al pueblo a su lado. Por su parte, algunos socialistas se organizaron políticamente, y otros acabarían en prisión o en el exilio. Buena parte de la intelligentsia de clase alta, al ver de lo que era capaz la masa enfurecida, se recluyó en el esteticismo y el hedonismo frívolo, una manera de tapar y olvidar sus antiguos deseos subversivos.

Durante todos estos años, una institución clave en la supervivencia del monarca se había ido erosionando poco a poco. Los militares cada vez tenían más tensiones con el zar, especialmente los soldados rasos y de origen humilde. Las derrotas de los últimos decenios en Crimea, Turquía o Japón no auguraban nada bueno para el Ejército ruso. Era un cuerpo caduco, que se fiaba más de la caballería y de las bayonetas que de la artillería o de los trenes, esenciales para la guerra moderna del siglo XX. El soldado ruso estaba peor armado, entrenado y pagado que su contraparte europea: muchos tenían que plantar lo que sería su propia comida o remendar sus uniformes, además de trabajar en las minas o las cosechas para conseguir un sueldo mínimo. Sus superiores militares —la mayoría de ellos de origen aristocrático— los trataban de manera medieval y despectiva. Tenían restringidos derechos como fumar en lugares públicos, ir a restaurantes y teatros, o coger el tranvía. Algunos parques tenían colgado el cartel: «Prohibida la entrada a perros y soldados».

Aunque los motines y protestas habían sido constantes desde hacía décadas, el Ejército llegó preparado para la Gran Guerra de 1914. El zar no se encontraba en una posición fácil: si escogía participar en el conflicto, se exponía a que estallase una revolución en Rusia; en cambio, si no lo hacía, se arriesgaba a la ira patriótica de sus súbditos. Hacía meses que el sentimiento antigermánico proliferaba en las calles, en especial entre la clase media y alta. Se imponía la narrativa de que era imposible la coexistencia entre el espíritu eslavo y el teutón —entes que incluían varias naciones periféricas de Rusia y Alemania—. Nicolás II quiso aprovechar este ánimo militarista para volver a unir un país lleno de brechas. Incluso cambió el nombre de San Petersburgo a Petrogrado, para darle una denominación más «eslava» a la capital de su imperio.

Pero los ejércitos rusos, al empezar la guerra, no se encontraron con lo que esperaban. Creían que el conflicto sería corto y rápido, pero cada vez iba transformándose más en una guerra lenta y de trincheras. Pese a este cambio de circunstancias, buena parte de los jefes militares rusos —muy aristócratas, pero poco profesionales— enviaban a sus tropas a campo abierto y estas morían masacradas por doquier. Al fin y al cabo, eran simples campesinos con bayonetas, carne de cañón sumisa y fácilmente renovable. La mayoría de estos soldados tenían un patriotismo muy poco desarrollado, y no entendían esa guerra cruenta contra Alemania (país del que, por cierto, algunos nunca habían oído hablar). Algunos dirigentes militares de rango bajo, que experimentaron esta falta de competencia del Ejército, se unirían al cabo de unos años a los bolcheviques y serían importantes dirigentes del Ejército Rojo. La decepción de la Gran Guerra los llevaría a buscar un cuerpo militar más profesional y moderno, donde el mérito se valorara más que el origen social.

Dentro de esta guerra entre naciones empezaba a crecer el conflicto social que dividiría al Ejército ruso. Corrían las teorías de que la zarina —de origen alemán— estaba conspirando junto a Rasputín y la corte para que Alemania arrasara el país. Nicolás II creyó que la mejor respuesta a esta situación era ponerse al mando de su ejército y unificar el mando. Pero su nula presencia de mando y su desconocimiento de lo militar no aportaron nada bueno en el campo de batalla. Y, quizás todavía peor, dio manga ancha a la zarina y a Rasputín —al que asesinarían en pocos meses— para controlar los asuntos del Estado. Aumentarían las huelgas espontáneas y las protestas por la falta de alimentos. Solo hacía falta un hecho explosivo que desencadenase todo el resentimiento que se había acumulado durante años de penurias, represión y violencia.

Si la Revolución de 1905 empezó al salir de la iglesia, la de 1917 empezó en la cola de las panaderías. El frío del invierno había paralizado el transporte de harina hasta Petrogrado, y se creaban largas colas para conseguir una simple barra de pan. Las mujeres que esperaban conseguir algo de comida empezaron a esparcir rumores sobre especuladores judíos o alemanes —o incluso miembros de la corte— que estaban acaparando el pan que el pueblo necesitaba. El 23 de febrero, Día Internacional de la Mujer (las mujeres rusas celebraron su primer Día Internacional de la Mujer el último domingo de febrero de 1913), miles de ellas salieron en protesta por la escasez de alimentos. A esa masa enfurecida se sumaron trabajadoras del textil y obreros de la metalurgia, todos en dirección al centro de la ciudad. Cada vez más obreros se dirigían al interior de Petrogrado, armados con cuchillos y martillos para enfrentarse a la policía. Y ya no se pedía solo pan, sino la caída del zar.     

Al día siguiente, todavía más gente salió a las calles, y la capital rusa vivió una gran huelga general. Las banderas rojas aparecían entre los manifestantes, y proliferaban las pancartas en contra del zar y la guerra. Los choques entre policías y obreros eran cada vez más agresivos. Pero había un factor crucial que desencadenaría la sensación de poder en las masas de Petrogrado y haría triunfar la revolución. Mientras los policías se ensañaban con la población y reprimían con dureza, cada vez más soldados y cosacos rusos se negaban a coger sus fusiles y disparar contra el pueblo. En el tercer día de protesta, por ejemplo, sucedió una escena simbólica que mostró cómo el poder había cambiado de bando. Cerca de la catedral de Kazán, un grupo de manifestantes se encontró cara a cara con un temible regimiento de cosacos. La fuerte tensión y el derramamiento de sangre se palpaban en el frío aire de febrero. Cosacos y trabajadores se habían quedado paralizados, pero de repente, de entre la masa angustiada de obreros, salió una niña que empezó a caminar lentamente en dirección a la tropa armada. Todas las miradas se posaron en ella. La respiración se cortaba en las gargantas. Al llegar frente al oficial del regimiento, la niña sacó algo de debajo de su capa. Era un ramo de rosas rojas, y se lo ofreció al líder cosaco. Hubo una pausa larga, de desconcierto absoluto sobre qué sucedería. El cosaco sonrió y cogió el ramo de rosas. Los obreros empezaron a vitorear y a gritar alabanzas a sus «camaradas» cosacos. Se marcharon felices con la convicción de que la historia estaba de su parte. Con el paso de los días, cada vez más soldados y cosacos unieron sus armas a los martillos y cuchillos de las masas, atacando a los policías del zar que todavía seguían reprimiendo las protestas populares, ya extendidas por todo Petrogrado.

Pero la clave de la revuelta fueron, por encima de todo, los soldados (bastantes cosacos siguieron reprimiendo las manifestaciones, aunque una parte se sublevó contra las órdenes del zar). Las tropas amotinadas de Petrogrado hicieron que las protestas se convirtieran en una revolución: capturaron armas de los depósitos oficiales, y tomaron el control de las telecomunicaciones e infraestructuras. Los policías, el único cuerpo completamente fiel al zar, se atrincheraron en los tejados de los edificios, desde donde disparaban a la gente que pasaba por las calles. Las turbas obreras destruyeron por completo los cuarteles de policía y las prisiones de la ciudad. El caso más sonado fue la toma de la Fortaleza de Pedro y Pablo, la cárcel para presos políticos más importante del país. Los rumores sobre los horrores y cuerpos que encerraba esta prisión eran habituales entre los corros obreros y socialistas. Pero, al llegar allí, los revolucionarios se encontraron que estaba casi vacía, con apenas diecinueve soldados que habían sido detenidos por haberse amotinado hacía unos días. El interior de las celdas estaba arreglado de manera bastante decente, y no había rastro de hacinamiento de presos. Pusieron una gran bandera roja ondeando encima de la fortaleza y se callaron lo que realmente habían visto en la temida «Bastilla rusa». El mito sería bastante más útil a la revolución que la decepcionante realidad.

La Revolución de Febrero fue un auténtico levantamiento popular, es decir, genuina pero anárquica. Las masas empezaron a atacar a la gente bien vestida que encontraban por la calle, que veían como símbolo del antiguo régimen. El libertinaje sexual se abrió paso por las esquinas de Petrogrado; las mujeres empezaron a vestirse con la ropa de sus maridos o hermanos. Los niños encontraban pistolas por la calle y —sin tener idea de cómo funcionaban— apretaban el gatillo por curiosidad, matando a las personas que tenían delante por accidente. Los criminales liberados de las prisiones llamaban a las casas haciéndose pasar por revolucionarios y saqueaban, mataban y violaban a las personas que caían en su trampa.

Todo este caos debía organizarse de alguna manera. Dos instituciones se pusieron a trabajar para ello: la antigua Duma, que reunió a liberales y moderados para hacer una nueva Constitución y Parlamento democrático, y el Sóviet de Petrogrado, que organizó a los obreros y soldados bajo su autoridad. Eran dos centros de poder que poco a poco irían rivalizando: el Comité Temporal de la Duma tenía la autoridad formal institucional, pero el Sóviet tenía el control real de las masas obreras que dominaban las calles. Un hecho decisivo sería que los soldados, los que habían decantado la balanza de la Revolución de Febrero, solo reconocieron la autoridad del Sóviet, que poco a poco fueron controlando a expensas de los obreros y trabajadores.

¿Y qué hacía el zar durante la revuelta que arrasaba la capital de su imperio? Nota de su diario, el 26 de febrero de 1917: «Hay mucha gente en el desayuno, incluidos todos los extranjeros. He escrito a Alix y he ido a caminar cerca de la capilla por la calle Bobrisky. El tiempo era bueno y frío. Después del té he leído y charlado con el senador Tregubov, antes de cenar. He jugado al dominó por la tarde». El zar, como en otras ocasiones, vivía en su mundo paralelo. Es posible que cuando todos sus comandantes y funcionarios le pidieron que abdicara —para detener la revolución y poder continuar la guerra— su primer sentimiento fuera el de alivio. Nicolás II firmó su renuncia con buena conciencia: antes dejaría el trono que convertirse en un monarca «liberal y reformista».

Su renuncia fue celebrada en las avenidas de las ciudades, donde los símbolos monárquicos habían sido arrancados y atacados durante las protestas. En la mayoría de aldeas la primera respuesta fue de incertidumbre, pero, poco a poco, los campesinos arroparon la idea de que la caída del monarca era buena para su futuro. En muchos pueblos se celebraron procesiones religiosas para agradecer a Dios las nuevas libertades que ofrecía el derrumbamiento de los Románov. La Revolución de Febrero de 1917 acabó siendo una revuelta contra la monarquía, institución que quedó asociada al atraso y oscurantismo de Rusia. La leyenda negra era uno de los pilares en los que se sostendría el nuevo régimen: hubo una gran producción de dibujos, obras de teatro y películas que mostraban a los zares como degenerados, progermánicos, satánicos e inmorales. Algunos de los panfletos más famosos eran «Los días gais de Rasputín» o «Las orgías nocturnas de Rasputín», donde —por supuesto— aparecía toda la familia real.

La caída de los zares, pese a todo, no hizo que el pueblo ruso dejara de pensar en términos monárquicos. La necesidad de un liderazgo fuerte y de una cabeza visible en tiempos convulsos hizo que un líder socialista, de discursos enardecidos y fieros, empezara a coger popularidad. Era el único político que estaba tanto en la Duma como en el Sóviet, las dos grandes instituciones del nuevo régimen. Sus arengas eran vibrantes —siempre había querido ser actor— y sus palabras apelaban a la moralidad y la entrega, con términos más similares a los que utilizaría un clérigo que un político ateo. Empezaron a venderse pequeños retratos suyos, y su cara llenaba los negocios y casas particulares. Era Kérenski, el nuevo «zar» de la revolución, el nuevo líder que la gente necesitaba. No tardaría en caer.


Nota: Buena parte de las anécdotas del artículo están extraídas de A People’s Tragedy: The Russian Revolution 1891-1924, de Orlando Figes. Es interesante complementarlo —porque es un libro magnífico y porque los hechos encajan con una exactitud sorprendente— con la novela-reportaje El maestro Juan Martínez que estaba allí, de Manuel Chaves Nogales.


¡Que viva la Revolución! Qué leer para comprender la Rusia soviética

Lenin, 1922. Fotografía: Cordon.

—¡Que viva la menstruación! —grita un ciudadano soviético a otro en plena calle.

—¿Qué dices, camarada? Querrás decir «la Revolución».

—¡¿Qué más da?! ¡El caso es que corra la sangre!

Es imprescindible abrir cualquier buena recomendación con chistes de rusos. Y lo es porque esa cultura tan cercana y a la vez distante está llena de una gracia natural que asusta, y eso es precisamente lo que he venido a hacer aquí, ayudarte a olvidar a los brasas de los suplementos recomendando el aluvión de publicaciones que se prepararon para conmemorar el centenario de la Revolución rusa. Nadie ha podido escapar de la lista de recomendaciones, pero he aquí que, lejos de pedir que se compren las «novedades» en Amazon o La Casa del Libro, como sucede en otras partes, voy a tratar de hacer algo útil.

No es que Babelia no lo haya hecho ya, es que nadie se va a meter entre pecho y espalda veinte obras sobre el tema. Y viendo la extensión de la mayoría, ni siquiera cinco.

¡Dos! ¡Solamente le hace falta leer dos obras para considerarse al día sobre la unión de repúblicas bajo la bandera de los sóviets y sus usos y costumbres!

La historia

Obviamente, con dos obras uno no se convierte en un experto. No se trata de eso; nadie quiere ser ya experto en historias de algo, son temas demasiado extensos para abarcarlos un individuo solo. Pero, no obstante, todos los años sale algún nuevo estudio o investigación sobre la Revolución soviética. Evidentemente, no aporta ningún dato nuevo, sino que todo lo que se dice se narra con otras palabras, más bonitas, más atractivas para el público lector, que año tras año lo va flipando y admitiendo los palabros de nuevo ingreso de este vocabulario nuestro.

De todos modos, no es una cuestión lingüística, no iré por ahí. El denominador común de todas esas publicaciones se encuentra en su bibliografía: ningún trabajo sobre el tema está completo si su autor no ha leído una mínima parte del ambicioso proyecto sobre la Historia de la Rusia soviética de Edward Hallett Carr. Un chorro de tomos que fueron publicados en los años cincuenta por Macmillan & Co., cuya edición castellana corrió a cargo de la vieja Alianza Editorial durante los años setenta y ochenta, y que podemos encontrar hoy resumidos —muy, muy resumidos, casi como un insulto— en el breve volumen de Alianza La Revolución rusa. De Lenin a Stalin (1917-1923). Por unas cochinas rupias puede usted entender el trasfondo de toda esa época y sin marearse con fechas exactas ni discusiones internas de cada reunión de la Komintern. ¡Adquiéralo en su kiosco habitual!

Ni Uniliber ni Iberlibro. Es imposible, hoy en día, encontrar todos los ejemplares de la inmensa obra de Carr. Muchos estudiosos y aquellos que persiguen la colección apuntan a tres tomos. Y no andan por el mal camino, solo que se equivocan de medio a medio. Son tres volúmenes, sí, pero solo del primer tomo dedicado a los años 1917-1923 —La Revolución bolchevique— hay un segundo tomo para los meses comprendidos entre los años 1923 y 1924 —El Interregno, con un único volumen—, un tercero para los años 1924-1926 —El socialismo en un solo país, dividido a su vez en dos volúmenes— y un cuarto para el periodo de 1926-1929 —Bases de una economía planificada, cuyo tomo es una completa locura, dividido en tres partes y cada parte, a su vez, compuesta de entre dos y cuatro volúmenes—.

A día de hoy, no hay noticia de ningún erudito, investigador o ente de inteligencia desmedida que se haya chupado —y retenido— la información de todos los volúmenes de esta colosal obra. Mucho menos en España, donde algunos de los libros se pueden encontrar todavía por el módico desembolso de un salario digno completo —en Amazon, por ejemplo, los de Iberlibro son levemente más accesibles y, que yo sepa, tan reales y tangibles que el repartidor te los hace llegar a la puerta de casa—.

Leer todo esto sería lo ideal para saber todo lo que uno debe saber de la Revolución rusa, pero, como somos humanos, yo propongo algo más abarcable y hago notar que con dos libros sería más que suficiente para tener una idea clara de lo que hubo en aquella lejana Rusia visto desde sus propias entrañas.

Los motivos internos

Hasta hace bien poco, para encontrar un ejemplar de la Historia de la Revolución rusa de Trotski en España había que acudir al archivo de textos de Trotski digitalizados libremente en la red. No entraré en discusiones sobre las traducciones de estos documentos —que, siendo gratis, bastante es que estén traducidos—. También se podía encontrar el libro dividido en dos volúmenes bajo el sello de la editorial SARPE. Un par de ejemplares con una buena traducción, no mal trabajo de edición y un papel amarillo del año 85 que puede cortar la carne y casi llegar hasta el hueso. En serio, he visto ejemplares firmados con sangre.

Por suerte para nosotros, la editorial Capitán Swing ha editado la obra en un magnífico tomo con tapas duras y papel de Biblia que, si bien corta lo suyo también, es mucho más manejable y puede lucir precioso en la estantería de nuestras librerías. Lectores, les presento a mi amigo «Rechazo», no se dejen avasallar por él, pero reconozcamos que la prosa de Trotski, sea del año de edición que sea, no hay traductor que haya logrado «suavizarla» un poco para su mejor digestión.

Lo importante es que todos estamos bien y dispuestos a enfrentarnos a esos textos abigarrados y colmados de motivos internos entre bolcheviques, mencheviques y demás palabrería y fauna, que después el bueno de Carr explicaría con hermosas palabras de historiador y no de politólogo soviético. En todo caso, Trotski se propone hacer algo que nadie por entonces se atrevía a hacer —y con razón, ya sabemos cómo acaba eso—: explicar los verdaderos motivos de la necesidad de una revolución a nivel nacional de la que prácticamente toda la Rusia de los zares hablaba.

León Trotski en México. Fotografía: Cordon.

Es una verdadera lástima que cada párrafo de esta obra vaya irremediablemente encadenado al anterior y al siguiente, porque es imposible querer enterarse de algo sin perder el hilo cada vez que hacemos un alto —más que necesario— en su lectura. Pero, sin lugar a dudas, es imprescindible para comprender dónde surge la cuestión nacional que daría paso al comunismo soviético y, de forma irreprimible, a la propia actitud de la sociedad rusa de entonces y de hoy.

La lengua es el instrumento más importante de contacto entre los hombres y, por tanto, de vinculación de la economía. Se convierte en lengua nacional con la victoria de la circulación mercantil que unifica una nación. Sobre esta base se establece el Estado nacional, que es el terreno más cómodo, ventajoso y normal para las relaciones capitalistas.

Nada más que añadir, señoría. Y sí, he seleccionado un fragmento en el que defiende los usos del capitalismo porque Trotski, damas y caballeros, no era un idiota, y sí un tío lo suficientemente lúcido como para no hacer ascos a las relaciones de creación y circulación del capital; es decir, a las relaciones del poder económico emergente en la Europa del momento. Lean y juzguen por ustedes mismos, pues puedo asegurar que muy pocos a día de hoy se han enfrentado a esta obra como hay que hacerlo: desnudos y sin prejuicios.

El delirio

Año 1957. Dos periodistas soviéticos reciben un encargo: recorrerse una Unión Soviética perfecta según los designios de sus dirigentes e investigar cómo de bien está evolucionando todo para ofrecer una perspectiva de futuro. Como de todas formas no podían decir que la cosa iba mal por algunas partes del país porque eso no era posible, los tíos decidieron escribir el reportaje sin salir de la redacción y se encontraron con que el futuro tendría toques de ciencia ficción… pero de verdad. Según su «visión», las enfermedades más graves como el cáncer o el VIH desaparecerían con pirulas, la superpoblación no sería un problema porque estaríamos colonizando la Luna y Marte y quién sabe si algún asteroide más, Armageddon no se habría rodado porque un rayo de la muerte de la hostia estaría preparado para evitar que pensásemos en posibles cataclismos saurios, los coches funcionarían con electricidad y habría televisores planos.

Consuela ver que acertaron en algo.

Cincuenta años después, a alguien se le ocurre que tal vez es momento de coger aquel Reportaje desde el siglo XXI y comprobar cuán optimistas se mostraron los muchachos. O cuánto de «socialismo soviético» había detrás de sus palabras y mostrar un poco qué es lo que la Rusia de los sóviets había estado ocultando. Y no me refiero a los gulags o toda aquella barbarie que emergió de golpe cuando se vino abajo la censura, sino a la realidad con la que convivía una gran mayoría de la ciudadanía más allá del Volga.

Pues el señor Jacek Hugo-Bader, polaco raruno y reportero habitual del diario Gazeta Wyborcza, convence a la dirección del mismo para que le pague un viaje de locos con una tartana a través de la inmensidad rusa, desde Moscú hasta Vladivostok. El tío agarra y se marca un Humbert Humbert estepario con lo peorcito de los 4×4 del mercado mundial que, según refleja en su crónica, más allá de los Urales cualquiera podría arreglar con un martillo y una botella de vodka.

El relato empieza con jijís y jajás por todas partes, como era de esperar de una nación atestada de borrachos, supersticiosos y demás fauna variada. Pero, a medida que va avanzando en el camino, las cosas se van mostrando más en sintonía con lo que otros reporteros ya recogieron en sus crónicas previas. Aleksiévich, Grossman o Chaves Nogales entre otros destacaron el sufrimiento del pueblo ruso durante la guerra, pero ¿y después? Tras la disolución de la URSS, nadie sentía necesidad de reprimir su sexualidad en favor de la supervivencia ni administrar la carne de sus hijos muertos para poder comer durante el invierno. Afortunadamente, eso pasó.

Hugo-Bader encuentra otra cosa durante su viaje, algo que tal vez esperásemos, pero hacia lo que volteamos la cara en busca de historias más de nuestro siglo. En El delirio blanco, que es como se ha traducido al castellano, nos muestra una realidad cruda y sin maquillaje que disimula lo mal que Rusia se ha tratado a sí misma durante un tiempo que creyó encaminado a un futuro fantástico y maravilloso, y sin enfermedades ni nada que no pudiera ser arreglado con una pequeña dosis de colores de unicornio. Algo vamos asentando la cabeza ya cuando entramos de lleno en el capítulo de la entrevista con Miss Seropositiva, la chica con VIH que fue modelo de una campaña publicitaria para la prevención de la transmisión del VIH. Parece algo muy redundante, pero cuando tratamos con los rusos, y con Miss Seropositiva, sobre todo, nos encontramos con que follar con condón es poco menos que escupirse uno en la cara y perder el respeto por uno mismo y por la persona con la que se comparte el coito.

El mundo al revés, ¿verdad? El camarada Kaláshnikov nos recuerda amablemente que no, que de rarezas está el mundo lleno, pero fuera de sus fronteras. En un mundo civilizado, si alguien tiene un accidente en carretera, lo natural sería desconfiar y huir mientras el acelerador del coche funcione. Y que efectivamente sea así, porque, si te detienes a ayudar, un bulto agazapado entre la nieve te asaltará y se acabó la carretera para ti mientras el accidentado resucita para llevarse tu vehículo.

Pero no todo son anécdotas ni chascarrillos a lo largo de la crónica. No hay adjetivo que sea capaz de plasmar la ansiedad y miedo que describe en torno a las zonas de pruebas nucleares por las que pasa —porque esa es otra, revienta el contador Geiger y el tipo sigue adentrándose en el infierno de Dante—. Nueve epígrafes tiene el capítulo dedicado a ello y, como en la Divina comedia, a medida que profundizamos en ellos van apareciendo peores muestras de dignidad humana —no encuentro eufemismo más suave para lo que he leído—. Los periodistas del 57 creían que el cáncer se erradicaría en el futuro como la tuberculosis, y que, con una píldora, todo arreglado. Los cánceres que describe Hugo-Bader en las proximidades del Polígono —la zona de pruebas por la que pasa— harían perder toda esperanza a la medicina actual si la radiación normal fuera la que allí refulge. Ojalá me equivoque, pero ese reportero ha debido ver tumores que ni imaginaríamos.

El título del libro, como uno puede sospechar, recae en la responsabilidad rusa para dar la talla con los abusos del vodka. Lo que tal vez alguien se esté preguntando es por qué demonios considero El delirio blanco el único libro de lectura obligatoria junto a la Historia de la Revolución rusa de Trotski. Si bien es un documento menor, lo que narra es simplemente todo lo que les falta a los libros supuestamente imprescindibles: la realidad de a pie de una sociedad machacada y subsumida bajo el control mental durante la época soviética; El delirio blanco es un parque temático de lo que ha quedado de la Rusia postsoviética, y es una verdadera lástima que haya pasado desapercibida la edición de Dioptrías —aunque ha alcanzado las nada desdeñables cuatro cifras de venta— entre tanta investigación de chichinabo, recurrente y oportunista.

No obstante, y mientras no nos toque a nosotros, ¡que viva la Revolución!


Lei­la Gue­rrie­ro: «El periodismo objetivo es la gran mentira del universo, todo es subjetivo»

Leila Guerriero para Jot Down 0

Lei­la Gue­rrie­ro (1967, Ju­nín, provincia de Buenos Ai­res) tiene fama de gran reportera y editora rigurosa, exigente. Es la responsable de la revista Gatopardo en el Cono Sur. El periodista y escritor chileno Alberto Fuguet sostiene que deja «el manual de estilo de la revista The New Yorker a la altura de un paseo por un balneario». Ella se defiende entre risas: «Creo que exagera, en el The New Yorker son terribles». Al final de esta conversación celebrada en Madrid, habla del cardenal Jorge Mario Bergoglio, el Papa Francisco, tan argentino como ella. Sostiene Guerriero que parte de sus acciones, las muestras de humildad y algunas declaraciones son pose, que no cambiará nada de fondo. «Los que le eligieron sabían a quién elegían. No hay sorpresa. Necesitaban a alguien como Bergoglio porque se les estaban vaciando las iglesias». Guerriero vive en Buenos Aires, en Argentina, un país que ha resuelto mejor que España sus problemas con la memoria histórica. Uno de sus trabajos más célebres y premiados fue acompañar en 2010 a un grupo de forenses durante tres meses, ganarse su confianza y la de las familias. Guerriero es una excelsa representante del movimiento Crónica. Esta crónica (reportaje) revitalizada es la de siempre, la que está siendo expulsada de los grandes periódicos: el reportaje largo, la paciencia extrema, el rigor, las voces de los que tienen algo que decir, la buena escritura, el detalle. Esta crónica y sus cronistas representan la mejor arma contra la crisis y el pesimismo, al menos en Latinoamérica.

El periodismo español vive una crisis profunda, tiene dudas sobre su futuro. América Latina ya superó esta fase; allá están haciendo cosas muy interesantes.

En América Latina vivimos esta dinámica de crisis desde que nacemos. Cada cinco o diez años hay una crisis en la que el Gobierno o el banco se queda con tu dinero, o tu dinero no vale nada. Hay que tener un plan A y diecisiete planes B. Uno crece en esa dinámica en todos los ámbitos: laboral, privado… Vives con precaución y a la vez con un espíritu kamikaze, porque si eres precavido todo el tiempo terminas no haciendo nada. Ese espíritu ha ayudado a que pase todo esto que se dice que pasa con el periodismo narrativo. Por un lado, pasa de verdad; por otro, se habla más de lo que en realidad pasa. Las revistas que publican textos largos, de periodismo narrativo, siguen siendo las mismas cuatro o cinco de siempre: Gatopardo, Soho, Malpensante… Lo que sí siento es que hay mucha más gente interesada en hacer periodismo, y hacerlo bien. Hay una avidez enorme. Aquí pasó algo que en Latinoamérica no ha pasado de manera tan fulminante. El acceso a la tecnología en Europa ha sido relativamente más fácil, la gente se ha acostumbrado a leer el periódico en el ordenador o a descargarlo en el iPad. En Latinoamérica —y es una opinión modesta, de sociología de café—, esto se ha demorado. El acceso a esos dispositivos sigue siendo caro. Aquí quedan pocas cabinas telefónicas, están desapareciendo. Latinoamérica está llena porque casi nadie tiene ordenador, teléfono y qué sé yo. Supongo que aquí la tecnología ha ganado esa batalla, y eso hizo que los medios se preocuparan antes por ver cómo iban a estar compitiendo con ella. Se empezó a pensar demasiado en el soporte y se dejó de pensar en el contenido. En Latinoamérica todavía hay muchos que creemos en que si hacemos esto es para contar historias que valen la pena. No nos quejamos porque asumimos que todas las batallas están perdidas desde el principio, pero hay que darlas.

Siempre han tenido en América Latina la cultura del gran reportaje, del relato literario y la investigación periodística. Aquí, en cambio…

En España también: Chaves Nogales.

Sí, pero quitando a Chaves Nogales, que era un maestro poco reconocido en su época, y unos pocos más, no se apoya este periodismo de fondo. Lo primero que ha desaparecido en la crisis es el gran reportaje y la investigación. Parece la dirección opuesta que deberíamos seguir para superar la crisis.

Sí, es la dirección contraria a la que se debería ir. Depende más de la fe perdida en los medios de comunicación por parte de los estamentos que toman las decisiones, de los directivos. El periodismo de investigación, en un mundo cada vez más complejo y difícil, es más necesario que nunca. No hay tantos lectores que lean los grandes reportajes. Pertenecemos a un mundo de escritores y periodistas, todos somos más o menos lectores, tenemos una biblioteca. Me parece que el mundo no es así en su mayoría. La gente que tiene bibliotecas en casa y lee los clásicos es una minoría. Los grandes reportajes y los textos de periodismo literario son para este pequeño núcleo más lector. El común de la gente busca la noticia, lo inmediato: saber cómo va a estar el tiempo, enterarse de lo ocurrido en el accidente de Santiago, saber cuántos muertos hay en un atentado. El cronista es el tipo que llega después y tarde. Esa producción exige reposo, una mirada más contemplativa. Va dirigido a un tipo de lector más severo y formado. No creo que el lugar de los grandes reportajes esté en los diarios. Los diarios deberían tener uno por día, pero no catorce. También deberían estar mejor escritos, incluso las noticias cortas y sueltas. Exigirle a la crónica narrativa que asuma la responsabilidad de ganar lectores no es bueno, pero es un periodismo muy necesario en un mundo complejo.

¿Es el boom de la nueva crónica parecido al boom de los escritores sudamericanos?

Si a una persona normal le dices: Mario Vargas Llosa, García Márquez o Carlos Fuentes, reconocerá el nombre, recordará la cara, quizá hasta se ha leído alguna novela. Si le dices «crónica» al dueño de una tienda, al chico de la recepción del hotel o a un ingeniero, los pones en un aprieto. Además, la palabra crónica es engañosa porque en cada país quiere decir una cosa distinta. Pero más allá de eso los periodistas narrativos estamos mejor que hace 15 años. Por lo menos se habla más del tema. Pero no creo que sea un boom, ni que sea comparable. ¿Cuántos miles de ejemplares vendían estas personas? Eso fue un boom. El boom sería que mañana, como editora de Gatopardo, me sentara con las piernas sobre el escritorio y dijera «Lluevan veinte crónicas fantásticas para la revista del próximo número».

Leila Guerriero para Jot Down 1

Su especialidad es el gran reportaje al que dedica semanas o meses. ¿Cómo llega a la idea?

No soy una gran encontradora de historias. Hay cosas que están dando vueltas por ahí y por algún motivo me movilizan. Pero saber por qué, es tan difícil como saber por qué me enamoré de una persona y no de otra. Leo mucha prensa y de pronto algo destella, me provoca curiosidad. En el caso de mi último libro me llamó la atención el titular de una pequeña nota publicada en la primera página del suplemento de espectáculos del diario La Nación en 2008 o 2009: «Los atletas del folclore se preparan para competir.» Las palabras «atletas» y «competir» mezcladas con «folclore» eran disruptivas. ¿Qué es un atleta del folclore? La nota también jugaba con la idea de los gladiadores. Guardé el recorte. En el caso de mi primer libro me llegó una gacetilla, como le llegó a todos los periodistas del diario La Nación, donde trabajaba, de una ONG llamada Poder Ciudadano. Informaban de que iban a implantar un plan de resolución de conflictos entre jóvenes y adultos en un pueblo perdido de la Patagonia llamado Las Heras. Lo iban a hacer porque allí había un enorme conflicto: en un año y medio se habían suicidado 22 personas. Era un pueblo petrolero con un 30% de desocupación. Me dije que no podía ser verdad, y si lo era, entonces ese lugar sería como Macondo. Lo guardé y ese mismo día —era 2002— corrí a fotocopiar la guía de teléfonos de Las Heras. Empecé a llamar y a confirmar la historia. Era real, asombroso. La gacetilla sobre Las Heras me disparó algo que a los otros ochocientos trabajadores del diario no les disparó.

¿Cómo convence a su jefe de que esa es una noticia que merece la pena seguir?     

No tengo jefe. En estos dos casos hice las historias por mi cuenta. Viajé sin decir nada, pagué mi propia investigación. Si le hablas a un editor de un pequeño pueblo petrolero, con más del 30% de desocupación, lleno de prostitutas y 12 suicidas en un año y medio es muy posible que te diga que le gusta y te mande hacia allá. De hecho lo había medio hablado con Rolling Stone, pero vino la crisis de 2001 en Argentina y me dijeron que no lo podían pagar. En el caso de los atletas del folclore era muy difícil convencer a un editor. Era una historia sutil. En cuanto la propusiera la iba a exponer a ser bombardeada por una serie de cuestionamientos para los que todavía no tenía respuestas. Necesitaba asegurar la historia para poder transmitir ese entusiasmo a un editor. Así que fui por mi cuenta sin tener claro si iba a ser una crónica para Gatopardo o un libro. Vivo de escribir historias para los medios; no todas me llevan tres meses, si no estaría pidiendo limosna. Hay periodistas de investigación que descubren cosas increíbles mirando un balance. No soy ese tipo de persona. Simplemente miro más de cerca historias que pasan debajo de las narices de todo el mundo. Es la curiosidad la que me lleva a ahondarlas. Cuando tengo que convencer a un editor para alguna de estas historias, por ejemplo un tipo que mide 2,50 metros que casi llegó a jugar en la NBA y terminó pobre, ciego, diabético en el pueblo donde nació en Argentina y que grabó algunos capítulos de Los vigilantes de la playa, trato de construir un relatito de diez líneas que convenza al editor, haciendo hincapié en cuáles son los detalles que me parece que le pueden hacer picar.

El periodismo latinoamericano está cerca del anglosajón en el interés por las grandes historias, en el convencimiento de que el trabajo paciente da resultado, en los editores que cuando leen un texto bien escrito dicen «lo quiero».

Durante mucho tiempo los referentes del periodismo latinoamericano fueron los referentes del nuevo periodismo norteamericano: Tom Wolfe, Gay Talese, Capote… Lo que ha pasado en los últimos 15 años con el trabajo de estas revistas que mencionaba antes, de la Fundación Nuevo Periodismo y de los talleres, es que los referentes se han desplazado. Los periodistas latinoamericanos tenemos hoy como referentes a periodistas como Martín Caparrós. Hemos cambiado.

En el nuevo periodismo y en el periodismo literario hay límites entre realidad y ficción. Hubo un gran debate sobre debido al libro Kapuscinski non-fiction, de Artur Domoslawski, que le acusa de inventarse cosas, de redondear. ¿Cómo ve este límite cuando se hace periodismo?

Creo que el límite es claro, a pesar de que se dice que son difusos: los periodistas contamos hechos reales, cosas que han pasado. Lo esencial es que los hechos hayan acontecido, que no inventes que un señor tiene bigote porque es lo que te conviene, o que a una vieja le faltan los dientes porque es bueno para tu construcción de la historia. O decir que estuviste en un lugar si no estuviste. Es tan fácil como contarlo dejando claro que no estuviste. ¿Por qué mentir? Ese límite es claro. Lo demás tiene que ver con lo formal. En el periodismo narrativo, y en el otro, deberíamos esforzarnos en escribir bien. Poner una metáfora pensada durante media hora no es hacer ficción. Se trata de generar un estilo. Sin estilo no hay texto, pero sin reporteo no hay historia. Si me dan a elegir entre un tipo con mucho estilo que no sabe investigar y lo opuesto, como editora voy a elegir siempre al que sabe investigar y juntos podemos trabajar el estilo. Evidentemente, preferiría a alguien como Caparrós, un tipo que tiene punto de vista, sabe investigar, buscar una fuente y escribe como los dioses.

Leila Guerriero para Jot Down 2

Es editora de Gatopardo para el Cono Sur y tiene fama de ser una editora criminal.

¿Sí? ¡Qué horror!

Muy exigente con el texto. ¿Cómo es el papel del editor que recibe un trabajo que no ha escrito, pero que lee como lector? ¿Qué puede decir al reportero sobre los ángulos que no ha visto? ¿Cómo es ese diálogo? ¿Suele haber conflictos?

Mi experiencia es bastante grata. No he tenido gente que se haya ofendido. Creo que tiene que ver con cómo uno dice las cosas. Si pido un texto a un periodista es porque me interesa, me parece bueno y supongo que va a entregar un trabajo de calidad. Cuando me entrega el texto asumo que no me ha entregado cualquier cosa. Así que trato de que mi primera respuesta sea sumamente respetuosa, a la altura de su esfuerzo. Intento no ser demoledora. Se pueden decir las cosas de una manera amable. Uno puede ser riguroso sin ser grosero. No hago una devolución pensando en cómo yo resolvería cuestiones del texto, sino pensando en cómo podría hacer ese periodista para resolver las cuestiones dependiendo de su estilo y punto de vista. Tengo una amiga y gran editora chilena, Andrea Palet, que asegura que hay que hacer lo que los japoneses dicen de un buen sastre: zurcir con la propia tela. Hay que editar zurciendo a ese periodista con su propia tela, consultándole, no dando la solución, sino marcando lo que uno cree, como lector. En general, cuando edito los textos, tienen varias idas y vueltas con el autor.

Mario Vargas Llosa tuvo una experiencia desagradable con The New York Times, según leí hace años. Escribió sobre Perú, país del que sabe un poco. El editor le llamó 10 o 20 veces para consultar detalles, hacer precisiones. Vargas Llosa acabó harto. Pero al final hay que reconocer que un buen editor siempre ayuda a mejorar el texto.

Hay textos que no hay que tocarles una coma, aunque son pocos; hay otros en los que tienes que trabajar más para que estén a la altura de lo que esperas. Mi idea es siempre lograr un texto que no tenga fecha de caducidad, que se pueda leer con tanto placer ahora como en 2048. Es lo que pasa con los grandes textos de periodismo. Lees una antología de Gay Talese y es un placer aunque no te interese la crisis inmobiliaria de California de hace no sé cuántos años. Hay un gozo en el cuento bien contado. Otra cosa que me interesa es que el texto periodístico tenga la lógica interna que tiene un relato corto de ficción. Si puedes leer un relato de ficción de 1930 o 1820, ¿por qué no puedes leer un buen texto periodístico dentro de 60 años?

Un problema en la narración periodística es la utilización del yo.

Prefiero ser prudente con el yo. El primer libro que escribí fue en primera persona, pero me lo pensé mucho. Me terminó de decidir la conversación que tuve con un periodista español, Jordi Carrión. Me parece que la primera persona es un recurso muy llamativo, como una muchacha bonita en bikini con unas piernas largas hasta el cuello y bronceada. Es fácil que el lector se interese. La tercera persona es un desafío más interesante. De todas maneras, la presencia del autor siempre se nota, porque el periodismo objetivo es la gran mentira del universo, todo es subjetivo. Siempre hay un autor, alguien recortando una realidad. Me molesta la primera persona cuando veo que el periodista se pone delante de la historia. La primera persona le sirve para decir «Miren qué héroe». Hay primeras personas que me maravillan, como la de Martín Caparrós, que logra contarte la historia en primera persona y nunca se pone delante de la historia. Yo no soy así. Me siento más confortable en esa tercera persona más discreta. El último libro lo escribí en primera persona porque había una enorme cantidad de reflexiones. Me producía conflicto la figura de Rodolfo González Alcántara, arriba podía ser una especie de león o animal salvaje y abajo era un tipo más común. Para explicitar ese conflicto, incluso a la hora de contar su historia, era necesario escribirlo en primera persona. También era importante cómo había sido mi encontronazo con la historia. Fui a contar una historia y terminé contando otra, que es la historia de un hombre en un concurso de baile, no del concurso.

En el libro de estilo de El País está prohibida la primera persona, así que me eduqué en la tercera. En algunos reportajes la primera persona da prestigio al texto, permite licencias porque estás allí; puedes escribir «la luz es amarillenta». Jon Lee Anderson empezó un reportaje sobre Liberia contando que había vivido allí de joven con un familiar. Es un detalle esencial.

Mi escuela con la primera persona es sencilla: me educó Homero Alsina Thevenet, que era el editor del suplemento cultural de El País de Montevideo. Era el año 1991. Cuando empezabas a colaborar como corresponsal te mandaba el Manual para periodistas modestos. Una guía de estilo maravillosa. Una de las cosas que decía el manual era «Utilice la primera persona solo para hablar de una experiencia intransferible».

Muchos periodistas que hacen televisión tienen la tendencia de convertirse en parte del espectáculo. Ese es otro yo, quizá el más peligroso.

Hay una crónica maravillosa de Martín Caparrós en Tanzania titulada Pole pole, en la que él se lastima el pie. La situación es parte de la historia. No está contando que se lastimó el pie para hacerse el héroe. El accidente lo llevó a la casa de un médico, a un diálogo absurdo en el que se enteró de que el doctor era dentista. Eso me encanta, lo agradezco como lectora. Me cuenta más del país y de cuán extraño resulta para un occidental, que si lo escribe en tercera persona.

Da la sensación de que muchos periodistas van a la historia con el titular en la maleta. No dejan espacio a la sorpresa, para el proceso de ir a contar una historia y descubrir otra mejor. ¿Nos estamos perdiendo esas historias escondidas con tanta prisa?

Sí, o por lo menos existe ese riesgo. Pero no es algo de ahora, se da bastante en el periodismo. Muchos colegas van a la realidad a confirmar un prejuicio. Alguien saca una nueva película y las preguntas solo giran en torno a esa película. Los periódicos se han adaptado a las agendas de las discográficas y las editoriales. No hay nada malo en entrevistar a un escritor porque ha sacado una novela, esa puede ser la excusa, pero ¿por qué no tratar de entender la mente que produjo la obra? Me parece interesante que hable de su libro, pero ¿cuál es la vida que lo produjo? Sabemos que Messi es un tipo que no habla. Quien lo va a ver ya sabe que se va a encontrar con un tipo que no habla. Entonces, en vez de quejarse porque Messi no habla, quizás es mejor pedirle al manager pasar una tarde con Messi mirando lo que hace. A lo mejor de esa mirada sobre Messi pueden salir cosas más interesantes que de una charla que confirme que a Messi no le gusta hablar.

Leila Guerriero para Jot Down 3

Un genio en esto que cuenta es Julio Villanueva Chang, director de Etiqueta Negra. Siempre encuentra un ángulo insólito para sus historias.

El periodismo empieza a ser interesante cuando hay una mirada. Los periodistas que más me interesan son los que saben mirar. La vida se relata por los detalles. Recuerdo una entrevista a un geólogo argentino, era el que había descubierto que Chile era una tierra que había venido navegando por el océano y se había pegado al continente. Era una teoría que en los años 80 parecía un disparate. El tipo, un aventurero que investiga rocas, me dijo de pronto que los domingos iba a misa con su mujer. Le pregunté si creía y empezamos a hablar de Dios. Un tipo acostumbrado a lidiar con la edad de la Tierra, con las piedras que le hablan de cosas concretísimas y le dicen que este planeta tiene una edad determinada. En principio Dios no sería una materia para hablar con un geólogo. De pronto una pregunta te cambia la mirada.

Hace poco entrevisté a Aurora Venturini, una escritora platense de más de 90 años. Tres años antes ganó el premio a la nueva novela que daba el diario Página 12 con un jurado prestigiosísimo. Leyeron Las primas y pensaron que estaba escrita por alguien de 25 años, totalmente punk, con una escritura revulsiva. Abrieron el sobre y descubrieron a una mujer de 87. Se transformó en un fenómeno literario. Es buenísima. Fui a entrevistarla con la excusa de mujer mayor ganando un premio con una novela que parece escrita por alguien joven. Al marcharme le pedí permiso para sacar fotos a las paredes de su casa, que estaban repletas de fotos, pasajes de avión. Una vida puesta en las paredes. Le dije que no las publicaría, que eran para mí. Al llegar a casa y bajar las fotos, me fijé en una foto chiquitita de una nena con una canastita con flores de plástico, un vestido corto, zapatos rojos, un camafeo. Me sonó la foto. Ojeé el libro Las primas y encontré en él la descripción de una nena que se va a sacar un foto. La foto es la foto de la niña de la canasta de flores. Ella tiene un hermano al que llama Canelón porque es deforme, baboso, una malformación severa de nacimiento. La llamé y pregunté si la chica de la foto era ella; me dijo que sí. Aún no tengo claro si Aurora tuvo ese hermano o está inventando su propia leyenda, pero el hecho de que la foto estuviera allí y ella hubiera jugado en el libro con esa foto… Cuando uno saber mirar surgen líneas narrativas. Al final al lector no le queda claro, igual que a mí, si el hermano existió, si la historia es la de su vida, pero dejas sembrada una duda que me parece más interesante. La foto me dio la palanca para el punto de vista: la duda de si Aurora contaba una leyenda o era una historia real.

Estoy releyendo las memorias de García Márquez. Es difícil avanzar, cada poco debo parar y sonreír. Él nació en una familia mágica, pero como él es mágico también pudo crear un mundo literario propio. Hay escritores mágicos sin familia mágica que deben inventar la magia. Hay familias mágicas sin escritores mágicos que se pierden. La clave es saber ver lo extraordinario que está alrededor para poder construir un relato.

Sí, cuando uno es periodista debe vivir con el radar. Supongo que cuando uno es escritor de ficción —cosa que yo no soy— se vive algo parecido. Es una especie de oreja gigante hacia cosas que deberían llamar la atención. El periodista tiene la obligación de hacerlo, mientras que el escritor de ficción puede nutrirse de otras cosas. Nosotros tenemos la obligación de saber mirar. La mirada es un músculo que se entrena. Pongamos un caso extremo que entenderás porque haces guerras: te hunden en una realidad completamente alterada y desconocida. Tienes que decidir todo. Debes tener información previa, pero sobre todo tienes que decidir el punto de vista. Encontrar en esa maraña de la realidad un eje donde anclar tu crónica. Sin ir al extremo de la crónica de guerra, un periodista que va a un pueblito y hace una crónica de viaje también tiene que encontrar dónde anclar su crónica. Lo más importante en una persona que escribe periodismo es saber lo que quiere decir. La gente sigue diciendo cosas extraordinarias y haciendo cosas extraordinarias. En mi último viaje a Madrid pasé por la puerta de una iglesia. Iba mirando al piso. Cuando atravesé el portal de la iglesia vi pegados al suelo unos troqueles, de esos que hay en los carteles colgados en los postes de la luz ofreciendo informáticos o manicuras a domicilio. Había colocado la publicidad en el suelo. ¡Qué tipo tan genial! El nombre era latinoamericano. Me dije que los españoles tenían razón en tener miedo, porque esto es inteligente. La gente va por la calle mirando al suelo, no a los postes de la luz. Es una anécdota un poco exagerada. Soy periodista, tengo que ver estas cosas y analizarlas. La realidad, con un objeto mínimo, te puede decir algo grande. Hay que vivir con el ojo abierto pero sin el artificio de creer que toda historia encierra una metáfora. A veces es lo que es.

¿Qué diferencia hay entre una historia pequeña que muere en la pequeñez y una historia pequeña a la que si le encuentras las conexiones se convierte en grande?

No creo que todas las historias pequeñas se puedan transformar en grandes, así como tampoco creo que toda la gente tenga algo interesante que contar. Hay gente que no tiene ninguna historia interesante para contar. El tipo que dice «Si escribiera mi vida tendría un libro» seguro que no es interesante, ni tiene libro ni historia. Lo que transforma una historia en apariencia pequeña con mucho potencial en una grande es la mirada del periodista y cómo logra bajar esa mirada a la escritura. La mirada y las formas son muy importantes.

Uno de sus trabajos premiados es la historia de unos antropólogos forenses. Argentina es uno de los países con más desaparecidos junto con Guatemala y Chile. En España no aceptamos los hechos pese a tener 113.000 desaparecidos forzosos documentados. Los mejores antropólogos del mundo son guatemaltecos y argentinos. ¿Cómo vivió aquella historia? No era Ruanda, estaba en su país, algo que salpica emocionalmente.

Los antropólogos forenses son bastante ariscos. No son personas que acepten fácilmente la presencia de un periodista. Antes había hecho una historia tremenda de una nieta recuperada, una historia políticamente incorrecta porque la chica no estaba contenta con que le hubieran revelado que sus padres eran apropiadores y no se llevaba bien con su familia biológica. Era lo contrario a un final feliz. Era mi único antecedente en un tema relacionado con los desaparecidos por la dictadura. Como no conocía a los antropólogos forenses les propuse vernos y tomar un café. Mi primer encuentro fue con Silvana Turner. En ese mismo momento ella me dijo que si quería podíamos empezar a hablar. Sentí que ya estaba dentro. Les propuse hacer un trabajo muy largo, instalarme en sus oficinas. Iba tres o cuatro veces por semana. Estaba sumamente sumergida en el tema. Era necesario. Me tenía que transformar en una especie de mosca en la pared. Era gente amorosa pero reticente y arisca. Así que un periodista era una especie sospechosa: no daban entrevistas. Me acogieron y fui venciendo las reticencias, fui hablando con todos. Vieron que mi trabajo iba en serio cuando llegó el cuarto día y yo estaba parada contra una pared tomando notas sin molestar. Quizás cuando vieron el tipo de preguntas que hacía, cuando se dieron cuenta de que estaba dispuesta a aprender y me daban miniclases. Estuve tres meses. Los dos primeros fueron más intensos. Al final pude asistir, como quería, a una exhumación de restos en un cementerio. Se empezó a postergar porque llovía. Cada vez que había posibilidad de excavar, llovía. Finalmente, un día de noviembre partí con ellos al cementerio de La Plata. Lo debo recordar como uno de los días más bellos de mi vida en todos los sentidos. Los vi trabajar y vi en la práctica todo lo que me habían contado. Vi cómo se relacionaban con las familias. Me recordó a como trabajo, lo que fue una complicación a la hora de escribir. Esa tarea terminó y encontraron restos de tres cuerpos. Era un día fantástico en un cementerio muy bonito. Me gustan los cementerios, gusto que comparto con Maco Somigliana, uno de los forenses. No se vivía un ambiente tremebundo. Era de respeto pero en absoluto tétrico. Cuando empezaron a salir los huesos, la forma en la que se desarmaban era profundamente científica y respetuosa. Con la presencia de la familia mirando y grabando. Nos fuimos sucios y llenos de tierra a comer a una parrilla. Para mí fue muy sentido, era mi último momento con ellos. Nos despedimos, les di las gracias y me retiré diciendo que les avisaría cuando saliera la nota, cuya primera versión, más corta, apareció en El País Semanal. Cuando se publicó me lo agradecieron. Me dio mucho placer porque no tenía claro si les iba a gustar. Uno no escribe para que guste; uno escribe lo que siente que tiene que escribir. A partir de ese momento empezaron a invitarme a las fiestas del equipo en final de año, al cumpleaños de uno, al cumpleaños de otro. Ahora somos amigos. Sería difícil volver a escribir sobre ellos. Es la única vez en veintipico años de trabajo que he quedado profundamente unida a protagonistas de una historia que cuento.

Leila Guerriero para Jot Down 4

Cuando termina la recolección de datos, emociones y colores, ¿qué sucede? ¿Lo tiene estructurado en la cabeza o empieza un proceso más complicado, que es seleccionar y descartar? Otra discusión eterna en periodismo: cuándo los datos y testimonios son demasiados y aplastan y cuándo son demasiado pocos y aún no hay historia.

Uno nunca puede saberlo todo. Siempre puede salir alguien diez años después de que lo entrevistes y cambiar radicalmente la historia. Puedes pasarte un año entrevistando a una persona y que nunca te confiese que tiene una amante. Esto cambia las cosas. No es lo mismo una persona con un amor tremendo oculto que una persona sin ese amor. Tengo que tener la sensación de que lo sé todo. Ahí me detengo, pero con la humildad de que en el fondo saberlo todo es imposible. Pero si no tengo esa sensación de saberlo todo no me puedo sentar a escribir. No voy escribiendo la nota a medida que la hago. Quiero decir que, tras el reporteo previo y las entrevistas con la gente, me retiro, imprimo todo y me vuelvo a leer todo lo que leí para el reporteo previo sumándole todo lo que tengo de las grabaciones de las entrevistas. A partir de ahí empiezo a pensar cómo empezar el texto. Cuando lo tengo claro me siento a escribir. Ese saber cómo empieza tiene que ver solo con la frase de arranque, la idea del primer párrafo. A partir de ahí empiezo a incluir material sin un rumbo demasiado fijo hasta lograr una especie de primera versión monstruosa que nunca verá la luz. Solo me sirve a mí para que me explique la historia. Esa primera versión es una selección de todo el material que voy a poner en la historia. Lo que no entra en esa versión quedará fuera para siempre. A partir de esa primera versión empiezo a pulir. Ese es el verdadero proceso de escritura.

António Lobo Antunes, escritor portugués, decía que cuando termina una novela solo tiene una novela debajo. Entonces empieza el trabajo del orfebre o del jardinero que tiene que quitar la hojarasca que hay sobre la novela.

Es la famosa teoría del iceberg de Hemingway: si hay un cinco por cierto que flota, ese cinco por ciento flota porque hay un 95% que no se ve, pero que si no está se nota. Lo que logras con ese reporteo absurdamente demencial y enorme -como decía Kapuscinski con aquello de que por cada página que uno escribe debería leer doscientas- es una voz autorizada.

Si tuviera que sentarme a escribir sin tener claro el arranque sería incapaz. Necesito ir estructurando mientras recolecto el material. Si hay algo que me llama la atención, me digo: ese es el arranque. Es como si todo se fuera ordenando en mi cabeza y cuando llego a escribir simplemente tengo que colocar las manos en el odenador y esperar.

Son métodos. Julio Villanueva Chang escribe en la primera versión de sus textos lo que le quedó en la memoria. Después va a los papeles. Cada uno tiene su método y cuando todo falla lo único que uno tiene que ser capaz es de saber cuál es ese método.

Hice un reportaje para Jot Down sobre Guatemala. El último día fui a ver al antropólogo forense Fredy Peccereli, antes de ir al aeropuerto. Fue mala suerte porque era fantástico. Me contó algo que me dejó impactado; un reportaje que no pude escribir. El día que su centro anunció que tenía un banco de ADN para hacer pruebas a los familiares temieron colas kilométricas en un país con 40.000 desaparecidos. No fue nadie. Pasar de buscar tu desaparecido entre los vivos a buscarlo entre los muertos es un paso enorme.

Son procesos internos larguísimos. La desaparición de una persona es un acto perverso. Imagino que para las familias que tienen desaparecidos ha sido muy duro. El paso de los días, la reconstrucción inevitable y horrible que uno hace de «la última vez que lo vi». Hay un poema de Borges que me resulta aterrador. Dice: «¿Quién nos dirá de quién, en esta casa, sin saberlo, nos hemos despedido?». Esa idea me produce un terror profundo. No saber a quién viste por última vez. Si le sumas el saber que esa persona querida atravesó momentos de dolor, miedo y quién sabe qué. Si le sumas el saber que esa persona está muerta, entiendo que no fuera nadie.

¿Cómo es posible que España, el segundo país con más desaparecidos forzosos del mundo después de Camboya, no investigue, que aún sea un tema tabú? No hubo una reconciliación que permita afrontar el pasado.

Esa ausencia de reconciliación se ve mucho. Recuerdo que cuando estuve acá un tiempo largo, en 2010 o 2011, pasó lo de Baltasar Garzón. Para mí era naturalísimo: si no lo hicieron hasta ahora era obvio que había que hacerlo. Recuerdo con emoción los juicios que promovió Raúl Alfonsín en Argentina. Visto desde el tiempo fue algo demencial porque la dictadura terminó el martes y el jueves se estaba enjuiciando a esta gente. Fue muy rápido en un momento democrático endeble. Fue en ese momento cuando empezaron a trabajar los antropólogos forenses y les preocupaba mucho un posible retorno de los militares. En este sentido Argentina ha sido un país extrañamente evolucionado. Después vinieron las leyes de Punto Final y de Obediencia Debida. Ahora se está juzgando a la gente que fue perdonada. Pero el primer movimiento inmediatamente después de la caída de la dictadura fue ejemplar. Yo, que he crecido en la idea que esto es lo que hay que hacer con un criminal que ha matado desde el Estado, me cuesta comprender lo que pasa acá.

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En la Comisión de la Verdad de Sudáfrica, que presidió Desmond Tutu, hubo momentos emotivos, impactantes. Una mujer escuchaba al policía que hizo desaparecer a su hijo. El policía explicó cómo lo mataron, lo trocearon y quemaronen una barbacoa para hacer desaparecer el cuerpo. El policía estaba arrepentido. Cuando terminó la mujer le dio las gracias porque lo único que quería era saber la verdad. Saber la verdad es esencial para construir el futuro.

No todo el mundo quiere oír la verdad, eso hay que respetarlo. No todo el mundo recibe como una gran noticia el saber que han encontrado los restos de su hermano. Hay quien prefiere quedarse con la historia que cree que fue verdad. No se los puede culpar. Pero como sociedad sí estamos obligados. Si esa persona no quiere ir al juicio tiene todo el derecho a no hacerlo porque ya perdió todo, ya está jodido. Pero como sociedad uno no se puede negar a saber estas cosas. Como ciudadana me siento responsable. La dictadura no me tocó directamente a ningún ser querido, no tengo desaparecidos, pero siento la responsabilidad de leer, enterarme e informarme. Me cabreó muchísimo que el Gobierno de Menem aprobara los indultos. Me pareció la hideputez máxima que se puede hacer con un pueblo. 

¿Cómo está ahora Argentina con Kirchner y la batalla con los medios?

Es una situación complicada y convulsa. En materia de derechos humanos se han hecho cosas interesantes y cosas no tanto. A veces se ha hecho un aprovechamiento populista del discurso de los derechos humanos. Es un momento complicado. Me parece que afuera hay una mirada reduccionista de lo que pasa en Argentina. Cuando viajo me preguntan por Argentina como si fuera un lugar casi en guerra. Me enoja esa mirada, esa visión. Creo que hay muchos logros y muchas fallas que tienen que ver con la comunicación de lo que se está haciendo y la conversión de las críticas en una confrontación permanente. Por supuesto que no es malo el compromiso político de la gente, pero sí que no se pueda hablar de manera racional. Se habla desde el kirchnerismo y desde la oposición como desde dos lugares de fanatismos extremos. Es una cosa extraña. Te planteas con quién te tomarías un café y no te decides.

Te lo acabas tomando con Messi.

Sí, me voy con Messi, que no habla.

Existe un poco de racismo subyacente. Hay países que caen bien y otros que caen mal. Argentina cae mal, mientras que Brasil cae bien. Argentina es la bronca y Brasil es la samba, el fútbol bonito y Copacabana.

Es cierto. También hay un elemento misógino. Las presidentas que caen bien y se respetan son las que tienen un rol y un aspecto casi varonil: Merkel. Bueno, no es que Angela Merkel caiga precisamente bien. O Bachelet, Roussef, que son señoras con su trajecito Chanel. Con la presidenta de Argentina se cargan las tintas. No sé si se le está dirigiendo una mirada algo machista, incluso desde mujeres periodistas. Reconozco que hay muchas cosas que no me parecen buenas y me encantaría que hubiera un espacio donde se hable con comodidad. Se habla con libertad pero sin comodidad.

Si tuviera que dar un premio a un líder latinoamericano actual ¿a quién se lo daría?

Se lo daría a mis amigos del equipo de antropología forense.

El presidende de Uruguay, Pepe Mujica, tiene mucho…

Sí, a Pepe Mujica sí, pero también hay cosas de él que me desorientan. Algunas me gustan mucho, pero hay otras… Pero sí, si tuviera que elegir uno, elegiría a Mujica. En muchas cosas es un presidente que me gustaría tener. Su cosa de un ciudadano de a pie me gusta.

Se puede confiar en un presidente que sabe prepararse el café.

Un tipo que sigue viviendo en la misma casa en la que vivía. Lo que me resulta interesante es que no veo en eso una actitud populista o demagógica, me parece auténtica. Me imagino a la gente de seguridad; si fuera el presidente de Brasil o Argentina volvería loco a todo el mundo. Eso de salir caminando sin custodia a comer tallarines…

¿Cómo ve la situación en Venezuela?

Está complicado. Me parece que a Venezuela se le aplica la misma mirada reduccionista que se aplica a Argentina. Creo que en Venezuela sí hay un extremo de polarización, se ve claro. Pero esto es sabido, lo puede ver cualquiera, esté a favor o en contra del chavismo. Me sigue llamando la atención esta intención de algunos líderes de seguir ahondando en esa división. El ellos y nosotros, el querer gobernar para la mitad del país. Me llama la atención hasta desde el sentido común. ¿No tendrían una vida más fácil si trataran de conversar ese proyecto en otros términos que no fueran los confrontativos? En este momento la economía de Venezuela me produce mucho temor.

Maduro no es Chávez, no tiene su prestigio.

Por supuesto que no es Hugo Chávez. Un Chávez nace cada 100 años. Un tipo con carisma y capacidad de liderazgo y de construcción de su propia leyenda que podía gustarte o no, pero se murió y se acabaron con él muchas de las cosas que se podrían haber hecho. Pensé que Maduro era más endeble y no lo es tanto. Me sigue pareciendo sumamente divertido cuando se equivoca con lo de los penes y los peces.

Se corrigió y lo volvió a decir, no le salían panes y peces.

Ahora ha decretado que la felicidad es una cuestión de Estado. Y eso de que hablara con el pajarito… Todo eso me parecía muy chaviano. Lo que pasa es que Venezuela es un país que viene arrastrando un montón de problemas, y eso sí es una papa caliente. Ahora el problema que tiene es con las divisas: el dólar a cuatro, seis o 40 bolívares. A veces tengo la sensación de que Venezuela es como el «punching-ball» preferido de muchos gobiernos o periódicos. Darle duro a Venezuela es fácil. Cuando leo lo del desabastecimiento, que no hay papel higiénico, prefiero preguntarle a mis amigos venezolanos si de verdad pasa eso. Algunos se lo toman con más humor que otros. Parece que la situación es complicada de verdad, incluso para la gente que simpatiza con el chavismo. Cuando conseguir un litro de leche se transforma en una aventura por los supermercados, la vida cotidiana se transforma en una pesadilla. Mucha gente habla de Venezuela sin saber, yo incluida, porque es muy fácil generar admiración o rechazo por estos seres tan vistosos como Chávez o Maduro.

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Fotografía: Guadalupe de la Vallina


David Gistau: “El trauma del periodista es pasar desapercibido”

Finales de septiembre de 2011 d.C., todo Madrid está ocupado por bares que expenden bebidas alcohólicas a los ciudadanos que deciden salir a torrarse en las calles. ¿Todo? No. Un pequeño bar en el Paseo de la Castellana resiste ahora y siempre al embate de los sedientos, y nos lo encontramos cerrado. Precisamente aquel en el que nos habíamos citado con David Gistau (Madrid, 1970) con la esperanza de emborracharle para que se prestara a posar desnudo en un reportaje fotográfico. Con nuestro plan arruinado por elementos a los que no contábamos enfrentarnos decidimos sentarnos con él en el muy decente y señorial Embassy, rodeados por señoras del barrio de Salamanca que toman el té con el meñique estirado mientras conversan con nietos que lucen un corte de pelo a la manera del casco de Darth Vader. Si no existe un grupo de Facebook de esto, debería. En este contexto se nos antoja difícil ejecutar nuestra idea inicial, así que le arrancamos la promesa de un futuro posado integral y aprovechamos la trayectoria profesional de Gistau para hablar sobre ella. Corresponsal, reportero de viajes, guionista de televisión, recaló en La Razón muy joven, donde empezó a distinguirse por su estilo humorístico, polémico y desacomplejado. Desde 2005 trabaja en El Mundo como cronista, reportero y columnista. Con esta fructífera carrera en mente iniciamos con este gran escritor, excelente periodista y mejor conversador una larga entrevista en la que dialogaremos sobre periodismo, literatura, fútbol, política, boxeo, zoofilia, sodomía y rock and roll.

Cuando empezaste, al hacerlo tan joven, te consideraban un columnista prodigio. Ahora, ya pasados los años, ¿cómo definirías una columna?

No es fácil, porque la columna es muy flexible. Aparte, cada autor tiende a inventarse el género. Lo que ha fijado más la columna en los últimos años es el argumento político. Además, este género, la columna española, creo que es propio de nuestra prensa, no lo he visto en ninguna otra parte. Es una suerte de género híbrido entre literatura y actualidad. Y esa es la decisión que tienes que tomar de entrada: si la columna va a bascular más hacia la literatura o hacia el periodismo. Por decirlo en breve, creo que es un acercamiento muy personal a la actualidad con licencias literarias que no tiene ningún otro género del periódico. Es un descenso del escritor al periodismo, o al revés: el tránsito y ascenso del periodista a la literatura. En mi caso, prefiero que sean periodísticas.

Las columnas periodísticas tienen tanto de ejercicio literario como de tribuna de opinión. ¿No hay algunos columnistas que pecan de hablar demasiado de sí mismos en lugar de aquello que ven?

Para mí eso no es un defecto. La criba la hacen los lectores, y cada uno se queda con los que consigue convencer. A mí no me parece mal lo que haga nadie. Mi columna es ajustada a lo que pretendo o soy. Hay otras que son “yoístas”, hay pajas literarias, o líricas, basadas en ti mismo. Se caen las torres gemelas y tú haces una columna sobre el grano que te ha salido en la frente. Eso ocurre, pero uno de mis columnistas preferidos era Francisco Umbral y él hacía eso. Y si él lo hacía, está bien.

Ahora que con Internet la información circula con mucha rapidez, casi en tiempo real y desde muchos puntos de vista, ¿no te parece que la columna es el último refugio que le queda a la prensa tradicional?

Absolutamente. Los periódicos van a desaparecer como formato papel y van a recuperar urgencia cuando estén en el soporte de Internet. Pero los periódicos han perdido completamente la premura, la urgencia de la información. Y cuando no tienen exclusivas, lo que los puede distinguir de la televisión y la radio, aparte del prestigio del papel, que se conserva, es la interpretación. Eso ya lo dijo Montanelli hace muchos años: el periódico va a quedar para los cuatro gatos a los que les gusta leer la interpretación y establecer complicidad con un autor, mientras que la información llegará por otros cauces más urgentes. Lo que tiene el periodismo escrito es la capacidad de hacer con la escritura tanto la interpretación como el puro placer de escribir o leer. Es la única ventaja que tiene sobre un picadillo radiofónico o un informativo de televisión. Y eso a mí me beneficia, porque como soy del género opinativo-interpretativo-pseudoliterario, encontraré siempre hueco en un periódico.

¿Crees que el lector de opinión es más crítico o prefiere una interpretación masticada de la actualidad?

Supongo que hay de todo, aunque a veces también me lo pregunto porque he conocido lectores de columnas que buscan que amplifiquen sus propias opiniones, sintiéndose prolongados por una firma con la que establecen una complicidad por decir lo mismo; hay otra gente que está dispuesta a confrontarse con un columnista que desafía sus propias convicciones y luego, por último, gente que disfruta del talento sin importarle tanto si el columnista prolonga o no sus propias convicciones. Lo que está clarísimo es que, cuando el lector establece una complicidad con la columna a diferencia de lo que ha leído en la parte de información, donde dominan la actualidad y los hechos, cuando busca ese cuadradito del periódico donde está esa firma lo que busca es, precisamente, esa firma; el acontecimiento le importa menos. Los que me leen me van a leer igual escriba de Gadafi o del Real Madrid. Esa es la gran diferencia con el lector de información, que lo que quiere es comprender cómo es el mundo, quiere saber los hechos, mientras que el lector de una columna lo que quiere es renovar esa pequeña complicidad que tiene cada mañana. Aunque, como ya he dicho, no sé si la gente lo lee para sentirse prolongada o confrontada.

¿Queda información en los grandes medios o ya es todo opinión?

Claro que hay información. El director de mi periódico, por ejemplo, se cabrea muchísimo las mañanas que no tiene información y saca a la gente a buscarla. Si no le traes información se enfada, se desespera. Es como un tiburón, necesita seguir nadando para respirar. Un periódico no se nutre solamente de información o de opinión, está calibrado para que haya de todo. No conozco un solo periodista que no dé importancia a la información, me parecería una barbaridad. Lo que sí conozco son periodistas-columnistas que no se la dan, que creen que con el hecho de acumular unas cuantas firmas se salva el día. Pero editores, directores, redactores-jefe o jefes de sección, que tienen una imagen mucho más real de lo que es de verdad un columnista, saben que sin información estás muerto.

Hablando de tu director, entrevistamos a Juan Pedro Quiñonero y lo definió como “inquietante, temible y siniestro”. ¿Coincides con él en algo?

Siniestro no. Hay un mito que rodea a Pedro J, como a toda la gente con poder y con éxito. Parece que cuando sale de su despacho va a sonar la Marcha Imperial, como cuando Darth Vader pasa por el puente de mando de la nave. Es una persona complicada de trato, es muy complicado establecer con él una relación más allá de la profesional, no es el típico coleguita que te da una palmada en la espalda, pero no es siniestro. Temible sí lo es, porque cualquier periodista capaz de crear opinión y que tenga un periódico tan influyente en la vida social por supuesto que es temible, pero tan temible como el propio periodismo cuando es trascendente. ¿Y lo otro qué era?

Inquietante.

Eso ya parece una interpretación casi sexual (risas). De todas formas, como le veo todos los días, tengo una imagen de él mucho menos espectacular, no lo tengo convertido en una especie de personaje mitológico.

Entonces, ¿no te imaginas la respiración de Darth Vader cuando pasa?

Bueno, reconozco que no es un tipo de trato fácil. Pero me parece que es, con sus defectos, el último de una estirpe de periodistas: el periodismo de autor, el gran estimulador y motivador de una redacción, el gran hacedor de periódicos antes de que se conviertan en una gran corporación y una mera cabecera… para bien y para mal, porque el periódico nunca se emancipará de Pedro J. y el día que decida jubilarse el periódico desaparecerá. Pero es una gran personalidad de nuestro periodismo y de nuestra cultura, con todos los defectos y esa parte poco empática que tenga. Y con la aceptación de que no se puede estar en la gran vida de la influencia siendo Heidi. No he conocido a un solo hombre poderoso que sea absolutamente bueno, no existe. Dicho esto, creo que Quiñonero exageró un poco, no es para tanto.

Hace unas semanas Arcadi Espada arremetía contra Juan José Millás por un artículo que éste escribió en abril cuando Zapatero declaró que no se presentaría como candidato. ¿Ahí ves opinión, un intento de desmontar la imagen positiva de Zapatero que quiere transmitir Millás o un ataque personal?

Esto en particular no lo recuerdo, pero lo que sí está claro es que Arcadi ha decidido que tiene que patrullar la profesión para repartir o negar permisos de circulación. No sé quién le ha investido con ese poder; que lo haga, que nos masacre o nos autorice. Pero este caso en concreto no lo he leído. Millás, muy crítico con Zapatero no suele ser, no sé si iba por ahí la cosa.

Más bien todo lo contrario. Escribió un artículo en abril sobre la despedida de Zapatero en el que enumeraba las acciones positivas de su gobierno y Arcadi, bastante tiempo después, lo desmonta punto por punto.

Sí, un “Deconstructing Millás”. Como ya te digo, no lo vi, pero lo que está claro es que el personaje de Arcadi es eso: el gran gurú y patrulla profesional que nos tiene a todos vigilados. Bueno, si le gusta… Además, Pedro J en eso fue muy cabrón porque le dio un blog que consiste no sólo en vigilar la profesión, sino en vigilar a los propios compañeros. Todo el que escriba un artículo en El Mundo, que sepa que Arcadi está mirando desde su garita dispuesto a lanzarle un trueno como Zeus en cuanto se te vaya una esdrújula sin acentuar. Es el papel que ha elegido para estar en la profesión y además se lo han potenciado en el periódico dándole un blog que es como la policía de asuntos internos. Pues que sea feliz, pero a mí no me gustaría; no me siento capaz de dedicarme exclusivamente a dar lecciones a los demás.

Además de tu columna, has escrito alguna novela. ¿Te interesa la literatura actual o prefieres releer clásicos?

La actual no mucho. Y me da miedo este desinterés porque pienso que, a lo mejor, me pierdo cosas, pero es que no me fío de los suplementos literarios, de la parte industrial de la cultura. Intento leer lo que merece la pena, pero además últimamente en la lectura me he vuelto muy pesado, leo casi exclusivamente historia y apenas novela. Me va por rachas, pero no me fío de las novedades, no me gusta perder el tiempo. No me apetece abrir un libro y, a las cuarenta páginas, darme cuenta de que el suplemento literario de El País o El Mundo me ha engañado porque lo que querían era vender a un autor que es amigo de alguien o que forma parte de la industria. Intento esperar a que el tiempo haga un poco de criba.

Las vanguardias artísticas y culturales nacieron entre las dos guerras, un clima muy revuelto. Ahora el ambiente, salvando las distancias, también lo está, ¿puede esto propiciar una generación con talento?

No lo sé, no estoy siguiendo el advenimiento de ningún movimiento especialmente brillante, al menos en la literatura. Para mí, que soy consumidor de cultura popular, el fenómeno cultural más importante de los últimos años son las series de televisión, más que el cine y la literatura. Lo que más me ha enganchado como una forma nueva de contar historias ha sido la HBO. Ellos han dejado la principal huella cultural de la década. Y si crees que por el hecho de estar en un país en el que se ha caído la sensación o prosperidad ahora está germinando por ahí una suerte de Siglo de Oro literario que viene de los escombros de nuestra sociedad, yo no lo veo por ningún lado. Y si, desde luego, la mayor expresión de inteligencia en la actualidad como consecuencia de esta época turbulenta ha sido el 15M, mi confirmación es que no hay nada que esperar. Sacarán sus novelitas los que las han sacado siempre y te interesará o no, pero que vaya a quedar una gran impronta cultural en la literatura española como consecuencia del desmoronamiento de la España post-transición o algo parecido… de momento no lo veo. ¿Qué ha llegado últimamente? ¿Estos de la Nocilla?

¿Qué piensas de la generación Nocilla?

No lo he leído, pero un amigo del que me fío me dijo: “No entres nunca en un libro de esos”. Y le he hecho caso. No he leído una sola línea.

Ahora que has mencionado las series de televisión, ¿cuáles te han gustado más?

Las que le gustan a todo el mundo: desde Los Soprano a The Wire pasando por Roma o El ala oeste de la Casa Blanca. También ha habido muchas series cáusticas que me han gustado, como Me llamo Earl o Shameless. Si tuviera que decir quién es el narrador que más me ha impresionado en los últimos años diría que es Aaron Sorkin, guionista de El ala oeste de la Casa Blanca en televisión, de Algunos hombres buenos y La red social en el cine… me parece que la gran explosión del talento narrativo en los últimos años ha estado en las series. Los Soprano, por ejemplo, es una mezcla de tantas cosas… ahí está hasta Balzac; no ves nada parecido en la literatura.

O los diálogos de Deadwood, que parecen shakespearianos.

O la de Juego de tronos, que parecía una bobada cuando empecé a verla y es una mezcla de El señor de los anillos con sodomizaciones, lo que la hace mucho más divertida, intrigas palaciegas con puntos shakespearianos… lo más divertido está ocurriendo en televisión. Pero en España no tanto. Tengo entendido que van a hacer una versión de Cheers, así que imagínate los españoles dónde estamos.

Es curioso lo de adaptar la cultura americana aquí. Porque antes mencionabas Me llamo Earl, que es una serie para los que hemos consumido mucha cultura basura americana…

¡Para nosotros!

Exacto. Porque si no es imposible encontrarle la gracia. Y ahora hacemos aquí una serie americana y la estropeamos, que es lo que ocurrirá con Cheers.

Además es una serie muy antigua, y adaptar un mito como ese es condenarte a estrellarte. Pasó con Las chicas de oro. Una serie española que me ha gustado en los últimos años es Crematorio, no estaba nada mal. Y además era muy española y muy oportuna, porque hasta el lugar donde ocurría, con la gran corrupción de la costa valenciana… ese personaje de Pepe Sancho es una emanación de la España que nos tiene obsesionados en los últimos ocho o nueve años, con las grandes operaciones judiciales y las grandes redadas. Ahí sí veías una serie con apego. Y me dijeron que la novela, que la tengo comprada, también es buena. Pero si lo demás es como Hispania, esta versión de los romanos… yo es que soy muy escrupuloso con ese tema porque me gusta mucho la historia de Roma. Acepto que esta gente usó lo de Roma como un pretexto para hacer una serie de adolescentes, pero no ves ese rigor intelectual plasmado en una serie, como la Roma de la HBO. Pero claro, establecer comparaciones es ofensivo, es como compararme a mí con Tom Wolfe, siempre perderé.

También puede depender del público al que vayan dirigidas.

No sé, porque las series americanas de las que hemos hablado antes tienen en España un público gigantesco, y tampoco seamos esnobs, no son series complicadas. Ver El ala oeste de la Casa Blanca no es complicado, es muy divertido, y no te cuento Juego de tronos, que se están dando por culo todo el día; no son series herméticas, es cultura popular, no de una élite. Lost era pura cultura popular, puro entretenimiento, en el espíritu de los 80, como esta película reciente, Super 8, que es un homenaje a esas películas spielberguianas que eran mero entretenimiento. Otra cosa es que también tienes a gente a quien le gusta ver a Pilar Rubio en Piratas. Pero vamos, no quiero tener un discurso esnob. No creo que ver El ala oeste de la Casa Blanca te convierta en élite intelectual. Es puro entretenimiento.

Pero entretenimiento bien hecho, bien producido.

Sí, con buenos guiones, historias bien construidas, apegadas a la actualidad, con personajes creíbles… pero es cultura popular. Es que yo soy consumidor de cultura popular, no tengo una visión especialmente elevada de la cultura, me gusta lo que le gusta a cualquiera.

Quizá la mayor expresión cultural en el conjunto del siglo XX haya sido el rock. Y a ti te gusta.

Me encanta, es la única música que escucho.

Lo digo porque te he leído que la movida madrileña no era la promovida por el ayuntamiento, sino que eran Obús y Barón Rojo.

Y los heavies y los mods de Moncloa. Eso era la movida madrileña. Tampoco tuve tiempo de vivirla. Si la fecháramos, sus comienzos me pillarían con unos 14 años. Yo estaba más en la calle a finales de los 80. Y creo que había una parte muy bien institucionalizada y dirigida por la política cuando España buscaba como una loca cambiar su imagen. El gran advenimiento de personajes de Pedro Almodóvar, aparte del talento, que algunos lo tienen y otros no, es que España está saliendo de la transición y convienen a la búsqueda de modernidad del país, que el alcalde de Madrid de entonces, Tierno Galván, lo comprende y lo promueve muy bien, y hay algo cultural y contracultural más o menos interesante, pero inducido por los poderes, porque un tipo cantando en bata de guata nos viene muy bien en ese momento para olvidar a Millán Astray. Pero luego está la movida real, la espontánea, la que emana de la calle sin ayudas de un ayuntamiento ni subvenciones. Y eso es el rock de Obús, Barón rojo, Leño, Ñu y los grandes conciertos cuando vienen a visitarnos Iron Maiden o AC/DC y las tribus urbanas alrededor del fútbol, la Moncloa, los mods que han visto Quadrophenia y se lo han creído, las bandas de skins que aparecen de repente, las movidas del fútbol que empiezan en el 82…

Cuando se decía que el heavy era violencia.

El heavy tuvo una conexión muy fugaz con el fútbol. Había un grupo de heavies del barrio del Pilar que al principio coquetearon con los rollos del fútbol, pero en seguida se apartaron porque los conceptos heavies nunca han sido violentos. Recuerdo de aquellos años, que yo iba a todo, un muerto. Fue en el campo del Rayo Vallecano, en un concierto de Scorpions, y fue un chaval al que mataron dos americanos de la base de Torrejón. Dos americanos que acababan de llegar a Madrid, que creían que venían a un país peligroso y se fueron al concierto armados. Hubo el típico tumulto y mataron a un chico. Pero aparte de ese acto de violencia producido por militares americanos, jamás vi violencia. Al contrario, el heavy era una hermandad. En las discotecas igual, como la Canciller y la Osiris, donde veías a tipos que llevaban guitarras de madera para bailar cabeceando… fueron años muy divertidos. Y las tribus urbanas igual. Llegabas a Moncloa y te pasaban Lambrettas que parecían sacadas de Quadrophenia. También me he hecho más viejo, y tendemos a creer que la ciudad se ha hecho menos divertida y que antes era cuando molaba.

¿Eras heavy, entonces?

Tuve una época heavy, pero no heavy reglamentaria. Me gustaba mucho el ambiente. Además, el colegio al que iba era muy especial. Soy medio francés y mi colegio lo fundaron en los años 70, con el franquismo aún en pie, una serie de familias francesas que querían crear un oasis de educación francesa en Madrid. Parecido al Liceo, pero más pequeño e íntimo, controlado por algunas familias… seguía el espíritu de la Ilustración. Culturalmente era muy a contrapelo para los cánones españoles de entonces. Se creó un ambiente muy libre y progre, y lo que se llevaba era el heavy. Era ese rollo de progre casi forzado en el que los profesores compartían la complicidad hasta el punto de que te pedían un condón. Pero qué me pides, si yo no tengo. Entonces nuestro plan era ir a Osiris. Nunca me he convertido en un estereotipo, en un personaje completamente identificado con un movimiento, pero la música que escuchaba, y que aún escucho, es rock duro.

¿Qué te parece que Metallica saque un disco con Lou Reed?

Me parece una mezcla rara. Lou Reed me gusta mucho, me gustaba la Velvet underground, y Metallica me gustaba, pero no tanto; pero como diría un cocinero, tengo curiosidad por ver el maridaje cómo queda y escucharlo. El otro día, hablando por Twitter con unos tipos muy aficionados a la música heavy, uno me dijo que lo había escuchado y que le había parecido muy bueno. A veces, cuando dos grupos tan distintos se juntan para hacer algo es el abrazo de los dos ahogados, nunca se sabe quién necesita más al otro pero, desde luego, si estuvieran en su época dorada nunca se les hubiera ocurrido juntarse.

Lo he escuchado y la sensación que da es que el peso de la composición lo lleva Lou Reed, pero pasado por la producción de Metallica.

Es decir, Metallica ha hecho con Lou Reed lo que Pitingo ha hecho con el flamenco y el soul. Hablando de Metallica, yo siempre he sido más de Motörhead. Lou Reed me encanta, hay canciones suyas, como Heroine o Perfect day, que son las canciones que llevo escuchando toda la vida. Pero la mezcla con Metallica la veo rara. Tengo en el iPod un disco de cuando cantaba con David Bowie, pero lo veo como estilos más compatibles.

¿A día de hoy sigues escuchando a Motörhead?

Sí, hace poco me compré un recopilatorio suyo donde salían unas 80 canciones. Me sigue gustando. Me doy cuenta de que debería estar escuchando otra cosa, pero me gusta. Te recomiendo Nashville pussy, que los conocí por unas versiones de AC/DC que hicieron, y como me gustó cómo las hicieron, busqué más cosas de ellos.

Nashville Pussy son buenísimos. El año pasado estuvieron tocando en Madrid con los Supersuckers, y veías el cartel y pensabas que no puede haber mejores nombres para unos grupos de rock.

Además te los imaginas bastante rednecks, como una degeneración de los Lynyrd Skynyrd. Pero son un grupo muy divertido, los vi en Madrid y las guitarristas están buenísimas.

Son muy rednecks, de hecho el cantante tiene un grupo paralelo de cowpunk que se llama Nine Pound Hammer. Pertenece a ese estilo que mezcla el punk rock con el country.

No conocía eso, pero suena estupendo. Lo buscaré. Respecto a Obús, me fui con ellos hace poco de viaje. Me metí en la furgoneta con ellos y me llevaron a un concierto en Valencia.

¿Y no escribiste una crónica?

Llamé al tipo que les lleva y le dije que les quería dedicar una página del periódico… no se lo creía, porque era la época de su regreso y nadie les hacía ni puto caso. En Valencia tocaron en un parking delante de mil tíos. Y cuando les dije que les haría una contraportada en El Mundo no se lo podían ni creer. Y me encantó. Parando a comer… además Fortu es cocinero. Me sentía como el de la película Casi famosos, que se va de gira. Un ambiente impresionante. Fortu se acababa de hacer un tatuaje y tenía que llevar el pie elevado, tuvimos que parar en un galpón de Rivas para recoger la pirotecnia del concierto y nos dieron como una caja de dinamita que llevábamos detrás, y los tíos tirando cigarrillos. Son geniales. Paco es un tío mucho más serio, con su chaletito en Rivas… es un señor de 50 que vive como tal, y va a dar conciertos como quien va a cambiar una rueda a un taller; pero Fortu es un personaje entrañable. Muy buena gente, queriendo vivir como una estrella del rock, pero siendo de un barrio de Madrid, teniendo ya una edad. Parece Ozzy Osbourne, es un despropósito. Igual que en Estados Unidos hicieron un reality con los Osbourne, aquí tendrían que hacer la versión castiza con Fortu, sería divertidísimo. Tenéis que entrevistar a Fortu, o mejor hacerle un reportaje. El 5 de noviembre me parece que hacen un concierto en La Riviera, por el aniversario de algo, y voy a ir a verlos, seguro.

Antes hemos hablado de que tu educación fue francesa. ¿Esto ha hecho que ames a los autores franceses o les has cogido manía?

Siempre me ha gustado leer, desde pequeñito. Pero en mis aficiones a la lectura me ha influido muchísimo mi padre. Fue, junto con un profesor de lengua española que tuve en ese colegio, que fue mi gran Pigmalión, quien formó mis apetitos. Cuando eres niño, supongo que todo lo que viene impuesto harta, pero los franceses me gustan. Estoy enamorado de Camus o del Cándido, o el optimismo de Voltaire desde que era un niño. Lo que ocurre es que, desde que dejé el colegio, he ido perdiendo el francés y, aunque lo hago, ahora es un esfuerzo para mí leer en ese idioma, pero me prohíbo leer un autor francés traducido al español porque me parece un pecado. Hace poco, por ejemplo, leí a Céline, pero representa un esfuerzo, y eso es lo que, en los últimos tiempos, me ha distanciado de los autores franceses; me resulta más fácil leer a un autor inglés traducido o a un español. Pero no les cogí manía, la literatura francesa ha sido clave en mi formación. Es muy pedante decirlo, pero La cartuja de Parma o El rojo y el negro de Stendhal son libros determinantes en mi formación como persona. Y los recuerdo como los primeros placeres de lectura. El 80% de los primeros libros que disfruté fueron franceses, y luego Graham Greene. Bueno, y antes de eso Robert Louis Stevenson y Emilio Salgari, como cualquier otro chaval. Con el tiempo me he dado cuenta de que todos los aspectos culturales que, siendo español, me hacen sentir extranjero, son franceses. Hay una parte francesa en mí que me impide sentirme completamente español para muchas cosas.

¿Jacobinismo?

No, es esa inyección de cultura ajena que te convierte en alguien fronterizo. Hay muchas cosas del arquetipo español en las que yo no me veo porque tengo mezclas de otro arquetipo. Y eso me ha condenado a ser una figura que, por una parte, es algo engorroso, porque no terminas de sentirte en comunidad o tribu con nadie —culturalmente digo, con la familia y amigos sí—; pero por otra parte, gracias a la influencia francesa, me he convertido en lo que España siempre necesitó, que es un espíritu menos racial, menos cañí, menos “España, coño”, menos Manolo el del Bombo… un punto más sofisticado que a mí no me ha venido por un esfuerzo intelectual, sino por la suerte de ser un híbrido cultural. La sofisticación que siempre buscaron los españoles que rechazaban el “Viva las caenas”, que era la Ilustración francesa, Jovellanos y demás, una rebaja al exceso de españolidad, a mí me ha venido de forma un modo natural, porque soy medio francés. A lo mejor me ha salvado de ser Manolo el del Bombo, o de ser tantos españolazos que escriben en prensa, como vemos todos los días. Y retornando a la pregunta, todo esto es gracias a los autores franceses. Camus es mi dique de contención que me impide ser tantos y tantos españolazos a los que se escapa el brazo como a Peter Sellers en Dr. Strangelove. Ha sido una vacuna contra muchas cosas. Y al final me siento culturalmente identificado con gente como Chaves Nogales, gente a la que la gran España de fuerte personalidad, la de un bando o la del otro, me da igual, regurgitaba. Ese tipo de español que nunca encontró su espacio en España, escupido por todos los ismos, radicalismos y guerras.

Chaves Nogales está muy olvidado.

Chaves murió en el 44 o así, pero para mí es un autor increíble que está siendo recuperado ahora y que representa la España con la que yo me quedo. Esa forma de no estar integrado a mí me ha venido de forma natural por mi origen multicultural. Es que yo tengo dos patrias, porque soy español, pero además me siento muy francés, yo voy a ver a mi familia francesa y estoy en casa.

¿Te gustaban las vanguardias? Has citado sobre todo a prosistas.

Sí, yo en aquella época leía a los dadaístas, a Raymond Queneau, que me gustaba mucho, era un cachondo de mucho cuidado, a Boris Vian, me encantaba… aunque luego lo he releído y me ha gustado menos. Me parece que era una buena lectura para lo que éramos entonces: chicos de 17-18 años y que teníamos ese punto extranjero por la cultura francesa y demás, esa inyección casi sesentayochista, que no era muy divertido pero es lo que quisieran ahora ser tantos y tantos humoristas del absurdo.

Hay lecturas de adolescencia que no soportan el paso del tiempo; aguantan las que tenían cierto sentido del humor, no las que trataban de ser trascendentes.

Absolutamente. Y revisitar un libro es complicado, porque hay lecturas que tienen un cometido, que te llevan a alguna parte a una edad, pero que a otra no funcionan. Igual que hay lecturas que son inaccesibles a cierta edad. Por ejemplo, yo ahora estoy leyendo ensayos históricos, libros que no habría soportado a los 16 o17 años. Pero a esa edad Queneau me encantaba y lo seguiría haciendo, era divertidísimo.

Era un cachondo, con esa serie de fotografías, el primer photobomber de la historia, estropeándolas poniendo caras.

En una pared yo tenía cuatro fotos de Queneau como las que hacemos nosotros en los fotomatones poniendo caras raras, unas fotos muy famosas, sí. Y una de Boris Vian tocando la trompeta. Por otro lado, cuando murió mi padre me dejé influir mucho por el padre de un amigo que había vivido en París, y él me descubrió a Salinger. A cierta edad es importante tener a alguien que te diga qué leer, porque si lo tienes que descubrir por ti mismo es muy complicado.

¿Y de los actuales? ¿Houellebecq, por ejemplo?

No, no me apetece. He leído algún libro suyo, pero es una literatura que no me apetece.

¿Crees que hay columnistas que buscan ser polémicos porque la polémica vende?

Ser polémico vende y no está mal. El trauma del periodista es pasar desapercibido. A nadie le gusta lanzar un texto y ver que no ha tenido la mínima repercusión. Lo que no me gusta es el no ser capaz más que de escribir boutades por el hecho de provocar por oficio. Y ya sé en quién estás pensando. Yo también (risas)

En un compañero tuyo por el que te voy a preguntar ahora.

Yo también era así al principio de mi carrera, pero llega un momento en el que tienes que madurar, joder, tienes que ponerte a escribir; o a intentarlo por lo menos. No puedes basar toda tu producción periodística o literaria en bajarte los pantalones delante de un colegio. En epatar al burgués. No puede ser. Por eso, la boutade como jugueteo de vez en cuando o como carta de presentación, como cuando entras en el saloon del Oeste, de acuerdo. Pero tienes que evolucionar, no te puedes quedar ahí. Yo no tengo miedo a la provocación ni a provocar reacciones con lo que escribo, pero me niego a quedarme anclado en el arquetipo del enfant terrible que se levanta diciendo: “A ver qué pongo hoy para escandalizar al burguesito”.

Hace poco entrevistamos a aquel en quien estábamos pensando, que es Salvador Sostres, y la reacción de los lectores ha sido bastante curiosa; se indignaban de que en la entrevista no se mostrara como se muestra en las columnas.

Es que Sostres no es así.

Esa es la cuestión, ¿cuánto hay de personaje en un columnista? Ya no me refiero a Sostres, ¿te has caricaturizado alguna vez a ti mismo para que te quedara más redonda una columna e incomodar un poco más?

Ahora soy un cuarentón casado y con dos hijos, mi vida es casi exclusivamente doméstica, pero cuando empecé a escribir columnas en La Razón me acostaba borracho a las cinco de la mañana todos los días, era un veinteañero. Veo que ahora en mis columnas ya no hago chistes de resacas, hago chistes de que no follas con tu mujer, o de que tu niño no sé qué, porque es lo que estoy viviendo. ¿Cómo voy a hacer chistes de salir hasta las cinco de la mañana si hace un montón de años que no lo hago? Lo que de mi propia vida se cuela en la columna es otra cosa: el desencanto, el descubrimiento de la vejez, el tiempo que se va, lo complicado que es el matrimonio, la responsabilidad del niño por la mañana… Sería absurdo hacer otra cosa a los 41 años. Dicho esto, yo intento no ser un personaje. Cuando empecé en La Razón fue la época más intensa de mi vida, y allí sí que se me escapaba un poco ese rollo pseudo-umbraliano de crear en las columnas a un personaje acodado a la barra de un bar. De hecho, mucha gente debe de tener esa percepción de mí, pero en algún punto decidí que quiero ser periodista en los periódicos, quiero que mande la actualidad sobre lo que escribo, quiero preocuparme de los hechos, quiero escribir sin dar el coñazo a la gente con mi yoísmo. Hay gente que sí es un personaje, pero lo hace con mucha gracia. Como Alvite, que es sólo un personaje, le importa un huevo Gadafi, hace unos textos maravillosos y me parece muy bien, porque los borda. Pero yo no creo estar escribiendo como un personaje, y cuando se me escapa algo personal es totalmente desmitificador, es lo que soy: un tío de cierta edad, con una vida doméstica ordenada sin mayores aventuras. No hay ninfas, como diría Francisco Umbral, en mi azotea escondidas. Y luego Sostres es verdad que es muy distinto de cómo escribe. Desde que estoy en el periódico lo he visto cinco o seis veces para salir a cenar y es un amor de hombre. Es un tío encantador. Lo que pasa es que luego tiene ese monstruo creado para las columnas y yo, que cada vez tengo más confianza con él, un día se lo diré: “Basta ya, ponte a escribir. Deja de epatar, que la gente empieza a pensar que eres un friki”. Porque además creo que tiene talento para escribir, lo que pasa es que está tirando por el escándalo y el trazo grueso porque creo que tiene miedo de quitarse esa etiqueta, quizá porque piensa que le costaría más escribir. 

Supongo que el sentido del humor a la hora de polemizar es importante.

Igual que para muchas cosas soy un pelotudo, soy una persona con mucho sentido del humor; forma parte de no tomarte nada de una forma muy personal porque todo, todo, merece que te descojones de ello.

Precisamente, cuando uno se lee tus columnas sobre el Congreso de los Diputados, da la sensación de que allí te aburres profundamente y por eso lo narras haciendo comparaciones con el cine y la cultura popular, para que el lector no lo padezca.

Pues no me aburro, lo que pasa es que me parece decepcionante. No sé cómo debía ser el cronista parlamentario cuando Cicerón le leyó las Filípicas a Marco Antonio, pero hacer las crónicas de cómo se las hace Carme Chacón a Mariano Rajoy no es divertido. Pero al mismo tiempo sí lo es, porque es estar en un lugar, estar cerca de lo que ocurre, hablar con la gente… yo no me aburro, me gusta mucho ir allí. Lo del humor no es nada impostado ni forzado, es que me sale así, y veo que mi humor se me está yendo al cinismo. Y es que el humor y el cinismo son colindantes, te impiden apuntarte con vehemencia y pasión a aquellas grandes cosas que levantan a la gente. Y yo no me apunto a nada, sólo me he emocionado con cosas muy personales, no con grandes causas. Entonces, esa sensación de humor mezclada con desencanto y cinismo es mi estilo escribiendo. No voy a llevar a nadie a una gran pasión ni a creer especialmente en nada, pero creo que hay un punto de distancia que es mi estilo, lo único reconocible.

Millás decía que Zapatero ha sido el único presidente realmente de izquierdas de la democracia. ¿Cómo explicas esta rapidez que han tenido en aprobar unas medidas tan poco socialdemócratas y no dejarlas para el gobierno del PP? ¿Crees que realmente eran tan necesarias, que han recibido presiones…?

Creo que eran necesarias, pero es que yo no tengo la ideología de Zapatero, no comparto con él las bases ideológicas y morales. Pero la forma en que Zapatero las ha asumido es algo tan sencillo como que gracias a Dios los españoles no somos dueños de nuestro destino. Y digo gracias a Dios porque siempre que lo hemos sido nos ha salido mal. El siglo XX demuestra qué cosas pueden ocurrir en España, como la Guerra Civil, como ser la única dictadura fascista rodeada de países liberales, un tío que en el año 81 entra armado en el Congreso, algo inimaginable en cualquier país a una hora de vuelo de nosotros… los españoles, cuando nos dejan solos, somos todo eso. Y somos también el despropósito de Zapatero, que es menos grave, porque no es lo mismo que un golpista o una guerra, pero lo que le han obligado a hacer demuestra que la frase de Ortega y Gasset funciona, aquella frase de que “España es el problema y Europa la solución”. Y ahora mucha gente reacciona así: “qué vergüenza, qué falta de dignidad, cómo nos han intervenido”. Oiga, pero si intervenidos es como estamos bien. Tengo un amigo argentino que fue ministro allá con el que a veces comparamos los países hablando del peronismo allí, de la corrupción… y yo siempre le digo que la gran diferencia entre España y Argentina es que nosotros hemos sido beneficiados por la geografía. Estamos al lado de países que no nos van a permitir ser como vosotros. Si fuerais vecinos de Alemania estaríais mucho mejor. Lo que le ha pasado a Zapatero, más allá de las adhesiones ideológicas al personaje, es que ha llegado un momento en que este país se estaba desintegrando, literalmente, y a Zapatero le han agarrado los estamentos externos que nos salvan de nosotros mismos y le han impuesto todas estas medidas de las que él ha sido un mero intérprete. Y no se las ha dejado al PP porque tendría que haber dimitido hace un año, pero él no quería convocar elecciones, quería agotar la legislatura. Además tengo la sensación, y esto es totalmente especulativo, de que Zapatero es consciente de lo que ha hecho, no puede no saber el país que deja. Aunque fuera articulado por Europa, creo que este último año ha intentado redimirse, corregir un poco su legado, asumiendo con una actitud sacrificial medidas que él sabía que no iban a gustar a sus votantes.

Sacrificando su imagen ideológica.

Aceptando un sacrificio, que él mismo lo ha dicho. Esto enajena a mi gente, mi ideología, refuta todas las promesas que hice de no cambiar… pero me inmolo, concedo mi vida política, mi carrera y mi prestigio por un sentido de Estado.

¿Está Zapatero sacrificándose por la patria?

De alguna manera, es lo que él quiere expresar. Y además es curioso, porque siempre he pensado que el mejor político es aquel que no necesita ganar las siguientes elecciones. En los EEUU eso se dice mucho, que el segundo mandato de los presidentes americanos es mucho mejor que el primero porque ya no gobiernan para su electorado, sino para la historia, para la sensatez, o para lo que sea. Cuando se vio claro que Zapatero se iba a marchar pensé que, si este presidente no necesita ganar unas elecciones ni salir en las encuestas, quizá sale un presidente mejor. Lo que pasa es que ya estaba devorado por lo que había pasado y era imposible. Pero lo que ha hecho con la reforma constitucional, incluso aliándose con el PP, partido que tenía estigmatizado por razones ideológicas los siete años anteriores, incluido el Pacto del Tinell, era la derecha con la que no puedes estar ni en la misma habitación y con la que de repente pactas una reforma constitucional. Es lo que le pido yo a Sostres: se ha dejado de boutades, se ha quitado al personaje y ha asumido una actitud de sacrificio, aceptando que iba a conseguir la inquina de su propia gente, y ha conseguido una estatura algo mayor. Aunque, por supuesto, ya era tarde para enmendar. Pero a mí el Zapatero de este último año, aunque con algo de lástima por su decadencia personal y por lo solo que se ha quedado, me parece un presidente más serio. Y más serio me ha parecido cuanto menos ideológico ha sido y cuanto más intuitivo. Por así decirlo, cuando le han encarrilado.

Antes de que llegara la crisis, el PP usaba como caballo de batalla algunas de las leyes aprobadas por el gobierno de Zapatero, como la del matrimonio homosexual. ¿Se atreverán a derogarlas cuando lleguen al poder?

No creo que se atrevan. Si lo hacen es que están locos. Creo que es una buena ley, es justa. Traer derechos civiles nunca ha sido malo. Y además creo que es una ley completamente digerida socialmente. Actualmente, ni entre la gente más rancia veo ningún tipo de molestia por esa ley. Mandarían un mensaje tremendo. No sé cómo va a gobernar el PP, pero si sus primeros objetivos son costumbristas o morales se equivoca de medio a medio. Hay que dar trabajo a la gente y no recortar derechos civiles a los demás.

Entonces, ¿no es un poco juego sucio usar eso para desgastar a un gobierno?

Esa campaña fue un error. Fue una trampa muy astuta del PSOE en la que el PP cayó. El PP decía que no rechazaba la ley, solamente su denominación, no querían que se llamara “matrimonio”; un problema etimológico, una estupidez. Pero el PSOE consiguió que por ese presunto problema etimológico el PP desatara tal campaña que se delató como un partido tremendamente reaccionario. No sé hasta qué punto el PP se sintió obligado a contentar a su votante más católico, por así decirlo, pero se equivocó hasta el punto de que en el programa del PP para la siguiente legislatura, de haber ganado, tenía esa ley con una denominación diferente, pero una ley parecida. Con su actitud consiguieron que pareciera que el derecho al matrimonio homosexual se convirtiera en algo de izquierdas, cuando ellos mismos la tenían.

¿Puede ser que fuera una reacción puramente emocional porque a Zapatero se le ha odiado mucho en ese sentido, no sólo en el político, desde la derecha?

Sí, pero en esa reacción emocional hay algo de respuesta, también. La izquierda tiene tal sensación de su propia bondad, su perfección y su narcisismo moral que a veces no se da cuenta del daño que hace y de lo insultada que se puede llegar a sentir la gente por las cosas que dice. La visita del Papa, por ejemplo. No soy católico pero si lo fuera, me tocaría de tal forma los cojones que se metieran con mi fe los mismos que presumen de respetar la libertad de culto y de la pluralidad… Es como cuando Cuerda, el director de cine, agarra un micrófono y suelta: “Todos los que votan al PP son una turba de imbéciles”. Diez millones de tíos, insultados. Estás dividiendo la vida social en banderías. Y la gente insultada reacciona e insulta doblemente. El error está en establecer la vida social española en esos parámetros de colisión ideológica, y eso lo ha hecho Zapatero porque creía que iba a obtener una adhesión gigantesca de su propia gente, que no iba a perder ni un solo voto y que iba a rescatar una suerte de maniqueísmo moral que le iba a convertir en alguien bueno por naturaleza hiciera lo que hiciera. Pero lo que ha conseguido es emputecer mucho la vida social española. Como cuando mandaban a los artistas, con Federico Luppi diciendo aquello de “un cordón sanitario”. ¿Pero esto qué es? ¿Quieres extirpar de la vida social a diez millones de tíos? Pues esos diez millones de tíos se cabrean, porque votar al PP no es algo denigrante, no te convierte en un hijo de puta, por más que Maruja Torres te lo llame. Ese ambiente creado, y estamos hablando de la primera legislatura, antes de la crisis económica, para mí fue lo peor que trajo Zapatero a España: la recuperación de ciertas tensiones políticas e ideológicas que Felipe González no creó. El sentido de Estado de Felipe trascendía mucho más. Una vez conseguido ese ambiente Zapatero también ha sido muy azotado, por supuesto, pero es que ya has creado al monstruo, ¿ahora qué hacemos? A mucha gente le han dolido esas cosas. Si el presidente de la nación llega un día y dice “vuestra nación es un concepto discutible, y lo discuto en función de lo que me dice Carod-Rovira”, a poco que tengas un mínimo de pulsión patriota o identificación con tu país esa mañana, se te caen las pelotas al suelo. Otra cosa es que ellos han conseguido un monopolio moral e ideológico según el cual el que se siente patriota en Cataluña es un progresista pero el que se siente patriota en Burgos es un fascista hijo de puta.

Juan Manuel de Prada nos decía en una entrevista que vivimos bajo una dictadura progre.

Este concepto de dictadura progre me parece muy estúpido y reducido. Todos los movimientos políticos, sociales y religiosos tienen un afán de imponer valores y, en este sentido, este gobierno también ha insistido mucho en ello. Incluso han competido con la Iglesia por el monopolio de la moral. Pero de allí a que vivas oprimido, que te vaya a entrar la policía en casa si piensas según qué… creo que no. Todos los regímenes manejan un concepto oficial de valores, y en todos los regímenes tu obligación es no dejarte ahormar por lo que dice el Estado y buscar otras referencias para formarte tu opinión. En este sentido, este momento no es distinto a cualquier otro. Yo no me siento especialmente oprimido, ni muchísimo menos. No me siento identificado con muchos de los valores oficiales que emanan del Estado, pero no me importa porque no es mi fuente, de ahí no salen mis referencias morales ni vitales. Y cuando me dicen que no fume tampoco me siento como si estuviera viviendo bajo el fascismo, no es para tanto, hay un punto de exageración enorme. 

¿Crees que en este país los medios están al servicio de los partidos políticos, igual que los deportivos con los clubes?

Estoy de acuerdo, lo que pasa es que ahora Internet ha roto un poco ese equilibrio; es un territorio más libre, ha roto muchas de esas dependencias. Pero creo que hasta hace poco tiempo, en los espectros de la izquierda, había un grupo, Prisa, que consiguió absorberlo todo, un monopolio. Todo el periodismo y la circulación de ideas de la izquierda ocurría bajo las siglas de la misma empresa. Nació Público y pareció que iba a romper un poco ese monopolio, pero se ha quedado en nada, una decepción.

Ahora que nombras Público, están inmersos en un ERE. ¿Qué te parece que en un medio progresista los perjudicados vayan a ser de nuevo los trabajadores de base, y no los grandes opinadores y sus sueldos a juego?

Es que no es una arcadia socialista, ni un Shangri-la, es una empresa como otra cualquiera. No conozco en detalle cómo ha hecho Público su ERE, pero imagino que despedirán a la gente en condiciones legales; por más que defienda una ideología asamblearia y comunitaria, es una empresa que pertenece a un empresario, que es quien se juega la pasta y quien decide, dentro de la legalidad, cómo se hacen estas cosas. Lo que lamento es que echen a gente a la calle, evidentemente, y me temo que Público irá a peor, pero no creo que se tengan que comportar como en una república socialista ideal. Roures tendrá su rollo trotskista, pero es un empresario que quiere ganar pasta y despide cuando no le queda más remedio. Pero retomando lo que decíamos antes, la derecha está mucho más fragmentada, hay mucha más competencia entre medios. Mientras que la izquierda tiene un gran periódico, que es El País, la derecha tiene El Mundo, ABC, La Razón. Y en cuanto a televisiones, parece que las TDT están más escoradas a la derecha, las generalistas más a la izquierda y luego está Internet, donde vale todo. Creo que está bastante compensado, lo que pasa es que cuando gobierna un partido de izquierdas los medios de la derecha se vuelven más vocingleros, y al revés. Ya verás, cuando gane el PP cómo los de Intereconomía se van a callar. Y además yo no sé si esa cadena va a sobrevivir sin el tono este de contraperiodismo, porque viven de eso. Pero si ahora estamos oyendo tanto ruido es porque está gobernando la izquierda, y los medios más de derechas están en el contrapoder, que además no les pega, porque la actitud de contrapoder le pega bien a Público. Cuando Público se lo pasa bien es con un gobierno de derechas, porque ser un periódico golfo y a la contra, joven… y aparecer cuando gobierna el mismo tipo que te ha creado es una faena. Imagina cómo se lo hubiera pasado Público con José María Aznar de presidente, la de portadas que habrían hecho… Pero ahora, ¿cómo van a hacer portadas, si los ha creado Zapatero?

Hablando de periodismo, ¿cómo ves el periodismo deportivo? ¿Crees que hay una campaña de El País contra en Real Madrid o Mourinho?

Yo creo que sí. No soy mourinhista, pero estoy empezando a notar cierta tendencia al antimourinhismo. Lo que no voy a valorar es por qué. No sé si es porque se ha convertido en una convención, en una moda, porque la salida de Jorge Valdano ha azuzado a mucha gente con la que él tiene amistad, si es por temas empresariales como cuando Prisa no atacaba a Calderón porque tenían intereses comunes con las televisiones… pero que hay dos convenciones absolutas ahora en el periodismo deportivo que es la beatificación absoluta de todo lo que tenga que ver con Josep Guardiola y el Barcelona, y cierta obsesión por erosionar la imagen del Real Madrid a través de Mourinho, que lo aprovecha todo y se agarra a cualquier cosa para hacerlo, sí lo veo. Hay una pauta continuada. Como cuando el periodista dice que “en la cara que ponía Iker Casillas al subir la escalera para recoger la Copa vi reflejada la tortura psicológica de Mourinho…”

O las narraciones de Diego Torres sobre lo que pasa en el vestuario.

Por ejemplo. Y me da pena, porque a Diego Torres lo conozco y me parece un tío muy majo, pero creo que está obsesionado con eso.

¿Tienes alguna teoría sobre quién es el chivato que hay dentro del vestuario?

No tengo ni idea. Decían que era Pedro León, pero creo que lo decían en broma, para darle caña. Pero luego en esas narraciones se equivocan, como en aquella historia sobre Mourinho acusando a sus jugadores de traición. Si has creado en Mourinho un personaje duro, jodido, un degollador… no me lo pongas luego a llorar de rodillas en un vestuario porque no me lo creo, porque el personaje que me has creado es otro. Como guionista te has equivocado, el personaje no es un llorón.

¿No crees que tanto Mourinho como Guardiola tienen mucho de personaje?

No les conozco personalmente y no sé qué diferencia hay, pero seguro que la hay. Es evidente que Guardiola, por ejemplo, que es un tío muy listo, es perfectamente consciente del personaje que ha armado. Lo defiende y lo matiza, lo vuelve más o menos duro, lo politiza más o menos según le convenga, lo victimiza… y además es muy astuto; sabe perfectamente en qué territorios no tiene que hablar porque no es listo en según qué cosas. Cuando ha emitido juicios en términos políticos, por ejemplo. No es que no tenga derecho a hacerlos, sino que no ha sido inteligente. Mourinho, en cambio, creo que tiene otro personaje, que es el catalizador de emociones, el líder de psicología de masas, el gran redentor alrededor del cual se arracima toda una tropa dispuesta a seguirle. La aceptación y la adhesión que tiene en el Bernabéu son increíbles. Yo no las había visto nunca.

¿El mourinhismo nace porque Mourinho es así o como reacción contra el anti-mourinhismo?

Creo que Mourinho le ha dado al Real Madrid lo que nadie esperaba. Hay un Real Madrid que no conoce a su afición, que permanece en su endogamia y comiendo con directivos; y hay un Real Madrid contracultural que se les escapa, que no tiene nada que ver con la estupidez del compromiso con la huella de los antepasados, el señorío y todo eso. Y es un Madrid con un componente revolucionario, que en un momento de gran humillación y derrota quiere defender al equipo y romper con un montón de tópicos en blanco y negro: a las mocitas risueñas contentas por el juego del Real Madrid… se las van a follar; a esas mocitas no las quieren ni ver. Quieren crear otro Real Madrid que trascienda los complejos que ha creado la era del Barça, no va a aceptar ser corregido por el enemigo ni las interpretaciones sociopolíticas de las identidades actuales de Real Madrid y Barça. Va a luchar contra todos esos complejos y además va a volver a ganar al fútbol. Y el tipo en el que confluyen todos estos afanes es Mourinho. Mourinho se ha identificado con esto, ha hecho suya esta pelea y está dispuesto a librarla por ese Real Madrid, que no es el del tipo que dice que en los años 70 sí que había señorío. Ese nuevo madridista tiene un componente muy joven y  revolucionario.

¿Hay una lucha contra esos supuestos valores?

Es que esos supuestos valores son estúpidos. Para empezar porque no han existido. A ver si el Madrid no ha pegado ni una patada en los últimos 40 años, ni ha tenido futbolistas raciales y duros, a ver si Juanito no le pisó la cabeza a Lothar Matthäus en Múnich y fue expulsado a perpetuidad de Europa por hacerlo. Y ningún imbécil decía que eso era ir contra el señorío madridista. Porque no, porque esto pasa a veces en un partido de fútbol, a veces hay violencia. Esos valores madridistas los está manejando el antimadridismo para bloquear al Real Madrid, porque es Cruyff quien dice que “si haces esto no eres un señor. Resígnate, déjate ganar y serás un señor.” Usan tu imagen contra ti y eso es lo que no acepta este Madrid contracultural: no acepta ser como Cruyff quiere que sea el Madrid. Por ejemplo Santiago Segurola que, por otra parte, me parece un tío muy talentoso. ¿Cómo es posible que el gurú que dice cómo tiene que ser el Real Madrid sea hincha de un equipo antimadridista, como es el Athletic de Bilbao? ¿Va a decir uno del Bilbao cómo tenemos que ser? ¡Si siempre ha sido un equipo enemigo!

¿Y no puede ser que Mourinho tenga cierto despecho o desamor por el Barça?

Meterme en las torturas psicológicas de Mou ya no quiero (risas). Antes de nada ya digo que hay momentos macarras de Mourinho que no apruebo. Y no los apruebo porque están mal y porque nutren al rival del mensaje que quiere dar. Cuando el Madrid arranca la Liga jugando increíblemente bien y cuando se nota que hay un futuro en este equipo, Mourinho ha conseguido que solo se hable de que ha metido el dedo en el ojo de un tipo. Y esas acciones suyas desestabilizan la construcción del nuevo Madrid porque el enemigo las usa. A mí que le meta el dedo a Vilanova me da igual, anda y que se joda, como si le mete el dedo en el culo; pero no nos viene bien, y por eso prefiero que no lo haga. Pero aparte de esos detallitos, de esas cosas que el hombre podría controlar, el equipo que juega ahora me gusta, y no creo que Mourinho esté actuando con una obsesión antibarcelonista, sino que creo que se ha enchufado a librar una pelea donde una parte gigantesca del Madrid estaba buscando a alguien dispuesto a hacerlo. La gente del Madrid estaba buscando un campeón. Y con campeón no me refiero al tipo que gana ligas, sino al tipo que da dos pasos adelante y, ante los muros de Troya, lucha contra el campeón del enemigo con todos los demás mirando detrás. Está buscando un paladín, alguien que dijera: “Dadme vuestra pelea, que yo la libro”. Y Mourinho lo ha hecho. No lo ha hecho Valdano y no lo ha hecho Florentino Pérez. Y los que lo buscaban no son los institucionales, los que están en el mesón Txistu poniéndose morados de filetes y vino. A esos chavales del madridismo contracultural les ha dicho “os comprendo y vuestra pelea la libro por vosotros y con vosotros”. Y de ahí viene la pasión mutua. Y ahí Mourinho ha encontrado una conexión sentimental increíble, y de la que no se han dado cuenta los periodistas de despacho, que se quedan con el tópico del ojo y el dedito. No ha habido más allá. Y no se han dado cuenta de que, a través de Mourinho, se ha abierto ese cauce revolucionario de un Madrid que no interioriza lo que dicen de él ni el personaje malvado que le han creado, que no se resigna, que no se siente oprimido por el pasado y que se quiere reinventar. Y todo eso lo ha catalizado Mourinho. Fíjate todo lo que ha hecho sin haber ganado prácticamente nada.

Pero además proporciona mucho entretenimiento.

En ese sentido yo preferiría que proporcionara menos, que su protagonismo no estuviera en las ruedas de prensa, porque creo que eso perjudica al Madrid, le da munición al enemigo. Pero tampoco quiero un entrenador que sea John Lennon, como Guardiola, al que sólo le falta hacer las ruedas de prensa en la cama con Yoko Ono. O esas declaraciones de Shakira: ojalá el mundo entero se comportara como el Barcelona, viviríamos en la paz universal… tampoco me gustaría vivir en ese ambiente, es todo demasiado empalagoso. Y tampoco me gusta la traslación interesada que se hace de las identidades de Madrid y Barcelona a ámbitos sociopolíticos: el pequeño país oprimido y derrotista, cuando el Barça no lo es; y la gárgola imperialista, que es el Madrid de Mourinho.

Eso también puede ser un error de Guardiola; si Mourinho comete errores con esas salidas de tono que da munición, Guardiola los comete cuando empieza a hablar de pequeños países oprimidos.

Pero no lo hace de forma insultante, eso lo hacía Laporta. Guardiola nunca crea la idea contra otras, siempre crea ideas positivas, y en eso es listísimo. Cuando se inventa el victimismo del Barcelona, que no es tal, hablando de que “somos un pequeño país ahí arriba”, no está ofendiendo a nadie, pero está alentando cierta identidad victimista relacionada con el nacionalismo catalán. Y además es falso, porque el Barcelona es cualquier cosa menos un equipo-víctima; es un equipo hegemónico en todos los sentidos, hasta institucional. Si hasta el presidente de la UEFA reconoce que sus jugadores van a ser protegidos habitualmente, ¿qué victimismo deportivo puedes levantar sobre eso? Pero lo maneja muy bien, ya te digo que Guardiola me parece un personaje muy listo. Y Mourinho también, a su manera, son dos grandes inteligencias tácticas. Pero a mí Guardiola… ¡qué pesado, hijo, tírate un pedo, que no pasa nada! ¡Te podemos ver borracho un día!

No da mucho espectáculo. A ti como madridista no te gusta que Mourinho ofrezca entretenimiento, pero el que no lo es disfruta. Los que no son del Barça también podrían pasárselo bien con salidas de tono de Pep.

Guardiola lo da a su manera. ¿Te acuerdas de la rueda de prensa de la Copa de Europa cuando vino a Madrid, lo del puto amo? Ahí salió un Guardiola que no habíamos visto. Pero estaba todo calculado. Él dijo: nos habéis enrarecido el ambiente, nos habéis desafiado dialécticamente, pues voy a entrar en vuestro juego, y os voy a ganar en él. Y lo hizo. Y es curioso, porque se critica mucho a Mourinho, pero en esa eliminatoria europea Guardiola motivó a su equipo con las tácticas del portugués, buscando la colisión. Y consiguió que su equipo, al volver al hotel, le aplaudiera. Eso fue una lección de Guardiola. Pero una lección haciendo algo que habíamos quedado en que estaba mal. Ganó a Mou en su terreno. A mí lo que me asombra es este doble rasero que condena siempre al Madrid: al Madrid se le acusa de ser un equipo chulo, violento, y de repente la selección española juega un amistoso contra Chile, lo ganas con un robo arbitral en el último minuto y además les das de hostias. Pero la reacción del periodismo es “qué bonito, mira nuestros chicos qué unidos se pegan”.

Muchas declaraciones de que las tanganas son poco edificantes y, de repente, las tanganas son un ejemplo.

Sí, lo que cohesiona a un equipo. Yo me quedé sorprendido, de repente era evidente que no había fisuras internas porque se pegaban juntos. Pero cuando Mourinho cohesiona a su equipo con una tensión que puede hacer llegar a las manos le condenáis porque es un mal ejemplo para los niños, pero si lo hace el puto tiqui-taca es una gozada, incluso después de haber robado a la pobre selección chilena, a la que le han robado hasta el nombre, porque “La roja” es ella, en un partido amistoso.

Entonces, ¿es edificante o no la violencia?

No lo es, pero yo jugué en regional y cualquiera que haya practicado un deporte de equipo sabe que hay unas tensiones terribles y vas siempre a defender a tu compañero. Lo de que un entrenador le meta un dedo en el ojo a otro no pasa tanto, pero que los equipos lleguen a las manos… no pasa nada. Y no te cuento el rugby, que prolonga fuera del campo esa lealtad. Lo sé de cuando viví en Argentina: si tienes un problema con un tío le basta con descolgar su teléfono y viene todo su equipo de rugby. Ese tipo de compañerismo y la camaradería existe, forma parte del deporte. Yo estoy de acuerdo en que la tangana de España cohesionó a la gente, con lo que no estoy de acuerdo es con que me la ensalce el mismo que dice que Mourinho no es un ejemplo para los niños porque dice palabrotas, pega patadas, todo es muy brusco, y no es como diría Shakira. Con esa hipocresía es con la que no estoy de acuerdo. A ver si Shakira va a decir que nos damos patadas.

Para acabar con el fútbol, ¿crees que existe un periodista deportivo actual con el poder que llegó a tener José María García?

Yo creo que no, lo que llegó a ser García… hoy en día está más repartido.

¿Qué opinas del tratamiento que recibe el boxeo? Por ejemplo, en el libro de estilo de El país se prohíbe hablar de él a no ser que sea para hablar mal.

A mí me gusta mucho, lo practiqué y escribo en el periódico todo lo que puedo, para sacarlo un poco del gueto en el que está. Por ejemplo, si un equipo de voleibol femenino, o de amputados, gana la medalla de bronce en los paralímpicos de Vladivostok va a tener una audiencia en La Zarzuela. Tenemos un tío que ha sido campeón del mundo ocho veces, después de Ángel Nieto el español que más veces ha sido campeón del mundo, Javier Castillejo, y no le han recibido ni en el balcón de su pueblo porque es un boxeador y su compañía contamina. Aunque me parece también un signo de estos tiempos: hay ciertas cosas, y podríamos incluir también a los toros, que la moral actual ya no acepta porque no las comprende, porque se va a territorios mucho más dulces, “no queremos ninguna relación con la violencia, y menos aún con la muerte”, y hay una incomprensión absoluta del boxeo, lo están mandando a la clandestinidad, cuando hay una afición soterrada enorme, que está deseando que eso salga, se reúnen 15.000 personas en La cubierta de Leganés, hay ahora buenos boxeadores en España, como Rubén Varón, tenemos un campeón del mundo, Gabriel Campillo. Yo hago lo que puedo: cuando hay una velada voy, si me dejan sitio en el periódico lo meto, he escrito cinco o seis crónicas de boxeo este año, cosa que no ha hecho ningún periódico, ni siquiera los deportivos. Yo no llegué a profesional, pero peleé como aficionado, y como deporte me encanta. Incluso ahora, que ya tengo cierta edad, sigo boxeando todo menos el combate, porque es muy buen entrenamiento. El último fenómeno del boxeo en España fue Poli Díaz. Esta pasada primavera estuve viendo unos combates y se empezó a correr un rumor que acabó a gritos porque habían visto a Poli en la grada. Y el tipo se tuvo que poner de pie y saludar, porque no sabes el griterío de la gente que hubo. El carisma que aún tiene, a pesar del daño que se ha hecho a sí mismo… ha sido el último gran animador del mundo del boxeo español. Porque Castillejo fue mucho mejor boxeador, y campeón del mundo, pero le faltaba un punto de carisma.

Su última oportunidad pudo ser la pelea contra Whitaker.

Como te he dicho antes, aún hago guantes, y entreno con un tipo que fue campeón de Europa de los medios. Me he dado cuenta, después de mucho tiempo de no hacer nada, de que hay cosas que conservas. Te mueves por puros automatismos, lo que has ido entrenando con los años te vuelve a salir solo. Pero hay una cosa de la que te das cuenta que has perdido, que es la ocupación del espacio, las distancias. Estás completamente perdido. Y es lo que le pasó a Poli con Whitaker. El tío con el que boxeé no necesitó ni subir la guardia para que yo no le tocase la cara, porque él dominaba el espacio y yo no. Con un simple paso lateral él me dejaba el golpe descojonado, yo lanzaba la mano y, cuando llegaba, ya no había nadie allí. Y se había puesto en el lugar perfecto para atacarme y contraatacarme inmediatamente. Yo estaba siempre fuera de lugar, o demasiado cerca o demasiado lejos. Y ahí me di cuenta de que eso es lo primero que diferencia a un gran boxeador, más allá de los golpes. Y es lo que le pasó a Poli, si le hubiera metido una mano le habría ganado, pero cuando lanzaba una mano el tipo ya no estaba.

Con toda la épica que ofrece el boxeo es increíble el maltrato que le damos en España.

En los últimos tiempos en España, entre la intelectualidad, ha habido una oleada de desprecio hacia todo lo que fuera popular. Y el boxeo es barrio, es lo popular, lo pobre; y la cultura oficial dice: Pedro Almodóvar sí, pero gente pegándose no.

Y eso que el boxeo podría ser el deporte más intelectual, del que más literatura se ha hecho.

La mitad de los artículos periodístico de Norman Mailer, por ejemplo, tienen ese punto de apoyo. A mí me gusta la literatura deportiva, porque hay gente que la ha elevado a categoría literaria. Pero el fútbol, por ejemplo, se diluye en el equipo; excepto casos como el de Diego Armando Maradona, que es un gran personaje, pero es que el boxeador es un tío épico, homérico, es Aquiles. Que a lo mejor luego es un tarado que no sabe ni abrir la puerta de casa, pero en el ring tú creas un héroe homérico, que contiene todas las virtudes y defectos que esperamos de un semihéroe. Cassius Clay es un personaje literario increíble, por ejemplo, o Chávez, el mejicano, o Poli, dentro de su casticismo o sus debilidades. Pero lo que le ha pasado al boxeador no tiene nada que ver con eso, se ha convertido en un deporte mal visto, y punto. También hubo un momento de crisis de boxeadores que vino con la prosperidad en España: nadie que pueda estudiar Derecho se subirá a un ring, convengamos eso. Nadie que pueda hacer otra cosa acepta que le den de hostias. Y el boxeo en España se mantuvo vivo gracias a la inmigración, cuando los españoles ya no estaban para subirse a un ring y que les pegaran se subían los rumanos y los dominicanos. De hecho, uno de los mejores boxeadores que tenemos ahora en España es Petrov, que es ruso. Y estaba Lacatus, un rumano. Porque el boxeo se nutre de eso, de la pobreza de barrio, de la necesidad. El único boxeador que ha sido boxeador pudiendo ser otra cosa era Arthur Cravan, sobrino de Oscar Wilde, que también era poeta y dramaturgo.

Y performancer, porque sus combates de boxeo eran más bien una performance, en esencia, antes de existir el concepto.

Y se peleó con Jack Johnson, el campeón del mundo, en Barcelona, en la plaza de toros.

Y recibió una paliza.

Sí, claro, era mucho mejor que Cravan. Por Jack Jonhnson inventó Jack London lo de “la gran esperanza blanca”. Mucha gente no sabe que lo de “la gran esperanza blanca” fue un concepto que creó London para animar a James Jeffreys, que era el boxeador blanco, en su pelea contra un boxeador negro, porque era terriblemente racista. Escribió una serie de libros en los que decía que un negro no podía pegar a un blanco. Y la gran esperanza es la esperanza de la raza blanca contra el puto negro que nos quiere ganar. Jack Johnson es quien pelea contra Cravan en Barcelona. Y Cravan, finalmente, muere en México de la forma más elegante: coge una barca, empieza a remar mar adentro y nadie lo vuelve a ver nunca más.

Es uno de esos casos en los que la vida del literato es más importante que su literatura.

Sí, sin duda. ¿Cómo era esa revista que hacía en Francia, que se metía con todo el mundo?

No recuerdo el nombre, pero él la editaba y hacía todo. En la Antología del humor negro de André Breton viene la entrevista que le hizo a Guidé.

Ya recuerdo como se llamaba la revista: Ahora. Era el antecendente de La Fiera literaria, el pasquín que tenemos aquí. Eso está ahí. Hace poco me compré una antología de esas revistas y está esta entrevista; cómo va a verle, hecho un dandy, que parece un gay, y Guidé está descolocado.

Sí, llega en plan “soy el sobrino de Wilde”.

Ahí está muy bien contado.

Tu afición a los toros te ha llegado un poco tarde. ¿Alguna vez te lo has analizado desde una perspectiva ética, además de estética? ¿Son los animales sujetos de derechos?

Mi afición es relativa, pero sí. No creo que sean humanos, que se les pueda igualar, como hace muchas veces el movimiento animalista. La muerte de un toro no es la muerte de un humano. No se puede poner a la misma altura ni comparar. Además creo que hay un concepto muy urbano, que es el de la humanización de los animales. Eso en el campo no lo hace nadie. Un animal es un animal, y su muerte tiene una importancia relativa, pero nosotros, como somos urbanitas y educados por Walt Disney, creemos que los ciervos hablan. Y que su muerte es tan importante como la de una persona. Y no es así. Dicho esto, sí creo en el respeto a los animales. Y, de hecho, yo tengo relaciones afectivas con animales.

¿Afectivas de qué tipo?

No sexuales, sin llegar a la zoofilia (risas). He tenido cariño por perros y gatos que he tenido en casa… sin sodomizarlos. Pero con los toros ocurre una cosa, reconozco la contradicción cultural. Te puedo decir todo esto pero, al mismo tiempo, tengo una inducción cultural que me permite aceptar lo que hacen con un toro en la plaza. Porque además, por esa misma inducción cultural, me parece que lo que le hacen no es indigno. ¿Que es una contradicción con el hecho de amar a un setter? Sí, lo es.

¿Puede ser un sentimiento generalizado en la afición taurina?

Pues me imagino.

Porque seguramente el aficionado no es un asesino de animales en su vida privada.

Claro que no, ni cuelgan gatos de la rama de un árbol, no tiene nada que ver. Es una excepción cultural. Pero yo nunca me peleo por los toros, tampoco me gustan tanto; tengo una afición relativa. Y yo comprendo que, si no estás culturalmente predispuesto, no lo puedes entender. Cuando vivía en Argentina me encontraba con gente que lo consideraba una barbaridad, y yo no intentaba convencerles de lo contrario. Yo comprendo que, desde tu formación cultural, te parezca una barbaridad. Es que es indefendible, no puedo decirte lo contrario, pero a mí me han formado culturalmente para entenderlo de otra manera.

Quizá entra un componente emocional. Es más fácil sentir empatía por un perro o por un gato que por una ostra; a la segunda me la comería, a los primeros no.

Yo no tengo ese problema. No me comería a mi golden retriever, pero puedo acariciarle el morro a un cordero y decir “qué bonito, parece el de Norit”. Y después que me lo descuarticen, que me lo como.

Homer Simpson llegó a sentir mucho amor por una langosta y se la comió.

Se comió a Tenacitas cuando ya había muerto y no por su culpa, eso sí. Pero, como digo, tengo una afición relativa por los toros, porque he llegado tarde, no entiendo mucho y voy a verlos tres o cuatro veces al año, nada más. Y creo que lo de prohibirlos en Cataluña ha sido un error, por la simple razón de que se iban muriendo solos. Ahora los han colocado en una dimensión de causa política que les ha dado una segunda vida.

Ya que hemos terminando hablado de zoofilia y sodomía, tú tuviste un consultorio sexual en larevista GQ. Para dar consejos de sexo, ¿hay que haber follado mucho o haber leído mucho sobre follar?

Eran consejos poco autobiográficos, porque me preguntaban cada cosa… Era una página de humor, poco seria, si alguien se la tomaba por el lado científico debo de haber creado varios monstruos sexuales. Si lo que quieres preguntar es si tengo una vida sexual divertida, ya te digo yo que no (risas)

¿Has leído Las once mil vergas de Apollinaire?

No, no lo he leído, aunque lo conozco.

¿Qué pensarías de alguien que te confesara que se excita con literatura así?

No lo sé, pero los que me preguntaban no solían tener referencias literarias, era todo mucho más inmediato: cómo dar por culo a mi mujer y cosas así. No tenían un gran nivel…

Dices que no tienes una vida sexual muy divertida, pero ¿cuál es la experiencia sexual más demencial que has tenido?

Hombre, tampoco tengo una vida sexual aburrida, no seamos así. Pero sí que tuve una época más activa. Recuerdo una vez haber hecho el amor en un autobús de línea Santander-Burgos.

Pero eso es un clásico, y más en esa línea concreta.

No lo sé, no recuerdo ningún momento demencial en mi vida sexual si por eso entiendes una orgía, o algo así. No lo creo.

¿Cuál ha sido tu educación sexual? ¿Has leído mucha literatura erótica, cómic…?

Milo Manara y todo lo demás, trabajo de campo. La primera vez que vi la palabra orgasmo o clítoris fue en un cómic de Manara.

Te iba a preguntar a qué personaje de cómic te hubiera gustado follarte, pero si me hablas de Manara…

Evidentemente, a Miel. Y de hecho Miel lo usé yo como pseudónimo porque, aparte del consultorio sexual, cuando terminé la mili, antes de Internet, en España había una cosa llamada Minitel, que lo conectabas al teléfono y era una especie de precursor de Internet. Había canales eróticos, en los que entrabas para interactuar y hablar de sexo, y yo trabajé en uno de ellos…

Eso cuenta como experiencia sexual demencial.

Y además haciéndome pasar por mujer (risas)

Vas cogiendo puntos, esto supera con mucho a lo del autobús.

Los tíos entraban rijosos a hacerse la paja y yo, que estaba con mi teclado, tenía que hacerme pasar por mujer y conversar con ellos. Y como veía que algunos repetían me tuve que crear personajes. Me creé fichas y uno de ellos, en homenaje a Manara, era Miel, que era una chica de Elche. Y eso duró un año, hasta que ya pude entrar a trabajar en prensa. Era muy divertido, porque era todo fantasía. Tenía un personaje que era una chica que se dedicaba a hacer tríos, entraba un señor de Valencia y te pedía una cita, y había que demorar aquello como fuera para que siguiera conectándose, que era por lo que tú cobrabas, pero sin llegar a la cita, claro. También escribí cuentos eróticos en una revista porno.

¿Te has planteado escribir literatura erótica?

Un amigo mío montó una revista erótica. Era el editor de la revista Renfe paisajes, la primera en la que trabajé. Se planteó montar una revista sobre las putas en Madrid. El soporte publicitario, de donde sacaría la pasta, eran puticlubs. Yo le escribía un cuento erótico en cada número. Y me basaba mucho en experiencias que me contaban los amigos. Por ejemplo, mi primer cuento erótico se basaba en la experiencia real que tuvo un amigo mío: uno se acuesta con una mujer casada y, cuando están juntos en la cama, llama su marido, que está de viaje en Alemania, para hacerse una paja por teléfono. Entonces ella empieza a contarle como si fuera una fantasía lo que mi amigo le estaba haciendo en esos momentos, mientras el otro desgraciado está masturbándose al teléfono.

En una de las consultas te preguntaban sobre atar y ser atado, y no parecías demasiado partidario de ninguna de las opciones.

No me atrae la sexualidad basada en la humillación o dominio del otro, pero no me escandaliza. Si me atan me siento ridículo, pero eso de reducir a una persona a la categoría de cautivo tuyo… no me parece erótico, no me pone. Yo tengo una sexualidad como en Porky’s; chicas de tetas orondas y un ratito, y ya está. Y luego gracias y adiós.

¿Participarías en un body sushi, como bandeja?

De un body sushi me sobra la bandeja, a mí lo que me gusta es el sushi. Ahora que me acuerdo, en Argentina me llevaron a una bacanal. Era un lugar que recreaba bacanales romanas. Y especifico que fue antes de conocer a mi mujer. Entre otras cosas, había unas chicas que se ponían uvas en los pechos o en el sexo y tú te las comías. Pero claro, yo me encuentro con un grano de uva que ha estado en contacto con una vagina y lo que hago es limpiarla. Esas cosas me hacen más gracia que otra cosa. No soy muy sofisticado para el sexo, qué se le va a hacer. Además, a estas alturas de la vida, no me apetece estar tres horas inventándome cosas.

Antes mencionamos Las once mil vergas. ¿Crees que un autor famoso podría publicar algo así hoy en día, con menciones a la pederastia, la coprofilia…?

Me parecería complicado, porque ya estamos hablando, en el caso de la pederastia, de un delito. Si eres una persona adulta y te gusta comer mierda me parece perfecto, pero si eres una persona adulta y quieres robar a mi niño para darle por culo… pues no. Y me molestaría que alguien hiciera apología de eso. En mi opinión la licencia literaria no puede llegar tan lejos. La ley es la frontera, no es otra, ni siquiera el buen o mal gusto.

¿Y si fuera tratado con humor? ¿Hay fronteras en el humor?

No se puede tratar cualquier tema, yo no haría humor con eso.

Por negro que sea y por mucho que se especifique.

De este tipo de cosas yo no me reiría nunca, de la pedofilia en particular. A mí no me hace ni puta gracia un chiste sobre pedofilia, y no me ha hecho falta ser padre para eso, no me parece un tema gracioso. A veces el humor trivializa cosas que no deben ser trivializadas. A mí me parece que un adulto que abusa sexualmente de un niño es algo tan inmensamente repugnante que no hay que reducir su importancia con nada, ni con el humor ni en nombre del arte. Existe la ley, y el hecho de ser un artista no te ubica en un espacio de impunidad legal o moral en el que puedes decir cosas que yo no puedo decir. Lo demás, mientras no infrinjas la ley, ni abuses de nadie, ni violes, ni ates involuntariamente, ni secuestres… haz lo que te dé la gana, cuéntame cómo le chupas la polla a un caballo, me da igual. Pero me escandalizaría si alguien sacara un libro de poesía ensalzando como virtud o pasión la pedofilia.

¿Y Lolita?

Si hablamos de una niña de 16 o 17 años… yo te estoy hablando de robar un niño de 4 y colgar fotos de su violación en Internet. Que una chica de 17 años tontee con un hombre maduro no es lo mismo.

Bueno, en el libro Lolita tenía doce.

Sí, tienes razón.

Y ahora, para terminar, te voy a preguntar si quieres más a papá o a mamá: ¿Florentino Pérez o Ramón Calderón?

Ninguno. Yo querría que el Real Madrid fuera presidido, algún día, por un exfutbolista. Y me gustaría que fuera Manolo Sanchís. Necesitaría el apoyo financiero y político de alguien, pero tengo ganas de que, por una vez, sea un hombre de fútbol quien presida el equipo, y no un tipo que hace casas. Además, Sanchís tiene cabeza para ello.

¿Grupo Godó u Grupo Zeta?

No me siento identificado con ninguno, pero me cae más simpático Zeta, por supuesto.

¿Puskas o Cruyff?

Puskas, de aquí a Roma.

¿Beatles o Stones?

Stones.

¿Motörhead o AC/DC?

AC/DC.

¿George Best o Cristiano Ronaldo?

Best.

¿Jorge Valdano o Zinedine Zidane?

Zidane.

¿Apollinaire o Balzac?

Balzac.

¿Quevedo o Lope de Vega?

Quevedo.

¿Rimbaud o Baudelaire?

Baudelaire, pero Rimbaud me gusta también.

¿Roquefort o Cabrales?

Cabrales.

¿No eres francés por parte de los quesos?

No, además yo soy muy asturiano, mi padre es asturiano. Yo defiendo a Asturias.

¿Manuel Jabois o tú?

Jabois.

¿Arcadi Espada o Juanjo Millás?

Cualquier otro.

¿Sostres o Sánchez-Dragó?

Pues no lo sé, me pones en un compromiso porque ambos son personajes de los que podemos decir cosas malas, pero Sánchez-Dragó es amigo mío. Ambos.

¿Segurola o Alfredo Relaño?

Segurola.

¿Alfredo, el de la barbacoa, o Ferran Adrià?

Alfredo. Además yo voy mucho a Alfredo’s. Empecé a ir cuando sólo tenía el de Juan Hurtado de Mendoza. Debe de estar ya muy mayor.

Sí, muy mayor. Lo ves por allí con la barba y el sombrero y podría pasar por uno de los ZZ Top.

Yo iba de adolescente y ya me parecía mayor. Me encantaba ir allí con los amigos, era un plan cojonudo.

¿Qué opinas de la cocina de vanguardia?

Me gusta conocer esos sitios una vez, que me descubran un sabor nuevo que no conocía… pero luego me quedo con la sensación de todo es muy retórico. No soy contrario, no me ofende, nunca haría la crítica que hizo Sánchez-Dragó de “donde esté un buen cocido…”. Aprecio la creatividad, pero me gusta sólo como experimento. Hace poco estuve en DiverXo, justamente, el de la polémica de Sostres.

No habló demasiado bien de DiverXo.

No, lo puso a parir, pero porque él es de Adrià y punto. Mi restaurante favorito en Madrid es Viridiana. Me encanta ese restaurante porque tiene el punto medio perfecto entre creatividad, donde ves el talento del tío que cocina y que inventa, pero sin llegar a la pijería de negar la materia prima o la cantidad. Estás con un tío que te da de comer de verdad pero al mismo tiempo lleva la materia prima a un nivel de creatividad superior. Para mí es el punto medio absoluto. Yo he comido en lo de Adrià, no en el Bulli, sino en el de Barcelona, el Tickets, donde encuentras sabores nuevos que no habías probado nunca y que te divierte conocer, pero eso de “es una falsa aceituna que nos hemos inventado, que sabe a aceituna…”. Habiendo aceitunas, ¿para qué me traes algo falso que sabe a aceituna? Es rizar el rizo. ¿Somos un país mediterráneo en el que hay olivares y te tienes que inventar algo que no es una aceituna pero sabe a aceituna? Tráeme una aceituna y ya está, es más fácil y el sabor es el mismo. Tampoco niego la creatividad, no soy de cocido, pero cuando llega a ese extremo… Para mí Viridiana es el restaurante perfecto, porque no es irte a una taberna a que te den el filetazo de toda la vida pero tampoco es llevar la creatividad al esnobismo culinario. Y Abraham me parece un cocinero maravilloso. Voy poco, porque allí se engorda mucho, pero cuando voy disfruto mucho.

Fotografía: Antonio Fortes