La alucinante historia de la Patagonia

La alucinante historia de la Patagonia
Los legendarios patagones y los conquistadores españoles en Tierra de Fuego en una ilustración de 1754. Imagen: Getty.

Fui hace muchos años a la Patagonia y corrí aventuras que no vienen al caso y no merecen la pena al lado de lo que es la gran aventura de la historia de Patagonia, a la que me aficioné después de estar unas semanas por allí y de donde volví con un montón de libros. De ellos, y principalmente, de Barridos por el viento. Historias de la Patagonia desconocida, de Roberto Hosne (Guadal, 2004), el primero que leí y que desde entonces he disfrutado, debo decir que he sacado todo lo que les voy a contar. Otro, ya se lo imaginarán, es el de Bruce Chatwin, publicado en 1977, a veces criticado por las dudas acerca de su rigor, pero da igual: es un libro estupendo, de esos que luego le copias el estilo durante una temporada. No sé por qué, pero Chatwin está muy olvidado en España, o me lo parece a mí. El libro empieza con sus recuerdos de infancia de cuando iba a casa de su abuela. Allí había un trozo de brontosaurio que le regaló a su abuela un primo suyo, marino en la Patagonia, con una historia clásica en esos lugares: naufragó en el estrecho de Magallanes y ya se quedó por allí. Patagonia está llena de historias así y es un sitio extraño donde acaban todo tipo de personajes, de toda nacionalidad, como un sumidero del mundo al que llegan lanzados hasta allí. Por ejemplo, sin ir más lejos, el bisabuelo de la editora de esta revista. Historias fascinantes como la del brontosaurio son las que te hacen querer ir allí.

Chatwin, periodista del Sunday Times, acabó vagando seis meses por ese lejano punto del planeta por una entrevista a una arquitecta, Eileen Gray, que tenía un mapa de la Patagonia en casa. «Siempre quise ir», dijo él. «Yo también. Vaya por mí», le dijo ella, que tenía noventa y tres años. Tuvo una iluminación y se largó. Al llegar mandó un telegrama al periódico con su dimisión: «Estoy en la Patagonia». La verdad es que cuando llegas allí no te lo crees. Es una sensación aún tangible, que viene desde 1520, cuando las cinco naves de Magallanes, en su vuelta al mundo, tocaron tierra en la bahía de San Julián, la actual ciudad de Puerto San Julián. Allí se celebró la primera misa, se construyó y se utilizó el primer patíbulo para liquidar una rebelión y se cometió el primer homicidio registrado, un nativo del lugar. La civilización acababa de llegar. El suceso se produjo a los dos meses, cuando apareció un tipo gigantesco, según cuenta su cronista, el veneciano Antonio Pigafetta: «Era tan grande que nuestra cabeza llegaba apenas a su cintura». Tenía la cara pintada de rojo y, en torno a los ojos, de amarillo. Luego vieron otros, igual de grandes. Por eso les pusieron patagones, parece que por sus pies descomunales, y se quedaron con esa fama, aunque con el tiempo se puso en duda que fuera para tanto. Los españoles, desde luego, eran bajitos, y algo exageraron los viajeros, a menos que la tribu enviara al encuentro de los españoles a su selección de baloncesto, para impresionar. Estos señores eran los tehuelches.

Es una zona muy inspirada para los nombres, muy evocadores, como Puerto Hambre, Deseado o cabo de las Once Mil Vírgenes, que hay que ver cómo llegarían allí de desatados las expediciones españolas para bautizarlo así. Actualmente se ha quedado solo en Cabo Vírgenes. Uno de los nombres más seductores es Tierra de Fuego. Parece que es porque los navegantes, por la noche, divisaban fuegos en tierra, signo de misteriosa presencia humana. En cuanto a Cabo de Hornos es más curioso. Una expedición holandesa posterior tenía una nave llamada Hoorn, el pueblo del capitán, que perdieron en un incendio. Les debió de dar mucha pena, porque luego le dieron su nombre al cabo que se encontraron arrastrados por los vientos: cabo Hoorn. De ahí cabo de Hornos. Magallanes pasó al Pacífico por el estrecho que lleva su nombre, y no sabían si había un paso más abajo. Fue doblado por primera vez cinco años después, en una segunda expedición, que siguió más al sur y notificó «el acabamiento de la tierra». No me digan que no da miedo. 

En su cuentecito Instrucciones para llorar, Cortázar sugiere: «Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca». En la Patagonia la soledad es tan palpable que casi te hace compañía.

Pronto se difundieron las leyendas sobre el lugar, que eran verdad, no se inventaban nada. En las historias de las primeras expediciones se relatan vientos huracanados al embocar el estrecho; barcos que desaparecían al alejarse unos de otros con las tormentas; rebeliones a bordo, escabechinas, asesinatos de los jefes mientras duermen. Con frecuencia las naves se confundían y entraban por el río Gallegos, más al norte, pensando que era el estrecho. Se fundaban ciudades en medio de las tempestades y de la nada, con cuatro gatos descalzos y muertos de hambre, solo para morir allí. Con ataques de nativos, comiendo pingüinos. Hacía tanto frío que un marino del pirata Cavendish fue a sonarse la nariz y se quedó con ella en la mano. Tripulaciones de doscientos hombres reducidas a seis o siete. Escorbuto galopante. Terroríficas historias de caníbales. Balleneros y cazadores de lobos marinos. Para terminar de adornarlo, dos náufragos llegaron a Chile en 1556 y contaron una serie de trolas del género «tierra de leche y miel», y así nació la leyenda de la mítica tierra de Trapalanda, que duró dos siglos. Pasó lo mismo con otra llamada Ciudad de los Césares, nunca encontrada y que generó aventuras desastrosas. Los relatos añadían siempre detalles exóticos, como esta curiosa descripción de los pingüinos escrita en 1670 por el capitán John Narborough: «Siempre de pie, enhiestos, como niños con delantales blancos, y muy juntitos».

España se volvió loca con el estrecho de Magallanes, paso estratégico clave. Hubo proyectos para fortificarlo, para controlar el acceso al Pacífico y también para evitar que corsarios ingleses, franceses y holandeses asaltaran los barcos cargados de riquezas que volvían a casa. Fue en 1578 cuando llegó allí Francis Drake, justo a la misma bahía en la que desembarcó Magallanes. De hecho, reparó el cadalso ruinoso que aún estaba allí y le hizo su servicio, pues también tuvo que resolver un motín. Hizo el récord de atravesar el estrecho, dieciséis días, y luego subió hasta California cumpliendo otro récord aún más envidiable: saqueó y atacó todo lo que pillaba, forrándose de oro, plata y joyas. Volvió dando la segunda vuelta al mundo, mucho más fructífera que la española: «El botín de Drake puede justamente ser considerado la fuente y el origen de las inversiones británicas en el exterior», dijo Keynes. De ahí arranca la Compañía de las Indias Orientales y el Imperio británico.

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Puerto Deseado en un mapa de 1615, durante el curso de la expedición de Le Maire y Schouten. La nave incendiada a la derecha de la ilustración es la Hoorn, que acabaría dando nombre al cabo de Hornos. Imagen: Getty.

Esta tierra salvaje y de clima criminal era tan inhóspita y dejada de la mano de Dios, que en 1774 un jesuita británico advirtió en un libro que «el lugar podría poblarse y ocuparse por años, sin que los españoles se dieran cuenta». «Se podría hacer con el mayor sigilo», proponía. Así que por fin en 1778 España decidió intentar establecer alguna colonia, una cosa seria. El 22 de abril de 1779 se fundó Carmen de Patagones, donde hoy está Viedma, 600 km al sur de Buenos Aires. Empezó a llegar gente de León, de Astorga y de la zona de la Maragatería, de ahí que hoy sus habitantes se llamen maragatos. Pero vamos, que de ahí para abajo aún quedaban más de 2000 km desconocidos. En 1785 zarpó de Cádiz una fragata al mando de Antonio de Córdoba, a patrullar, explorar y ver qué demonios se podía hacer por allí. Su informe concluyó: «Esta parte es la más desdichada y despreciable del orbe».

Detengámonos un momento a fijarnos: hace solo doscientos años, aquello todavía estaba vacío en su inmensidad, solo había una colonia en tierra firme, Carmen de Patagones, y otra minúscula en las Malvinas, pero en 1811 los españoles se largaron de allí, porque no había mucho que hacer y, sobre todo, porque nacía Argentina. Los ingleses se aprovecharon rápido, pero esa es otra historia, y también fundaron la Patagonian Missionary Society, de misioneros anglicanos. Fueron muriendo como chinches en desastrosas incursiones evangelizadoras, pero su tesón llevó en 1869 a un reverendo y catorce indígenas conversos a acamparse en un lugar que por allí llamaban Ushuaia. Así nació esta ciudad del fin del mundo.

En los años veinte y treinta del siglo XIX se organizaron expediciones británicas como Dios manda, dirigidas por Parker King y Fitz Roy, con científicos a bordo, que por fin arrojaron algo luz sobre la geografía del lugar. En uno de esos viajes, en 1831, iba un estudiante de veintitrés años, Charles Darwin, que ya conocen de sobra y quedó fascinado por la Patagonia. El estrecho de Magallanes seguía tan desolado a mediados del siglo XIX que un irlandés borrachín, cuyo nombre nunca se supo, se lo compró, tal cual, y durante una temporada se presentaba como su dueño y cobraba peaje. Se lo había comprado al cacique Casimiro, un indígena tehuelche que había sido vendido por su madre a cambio de un barril de ron en Patagones, y luego volvió para hacerse con el mando. Casimiro, que andaba entre chilenos y argentinos a ver quién lo trataba mejor, fue nombrado por el presidente Bartolomé Mitre, «jefe principal de las costas patagónicas hasta las puntas de las cordilleras de los Andes». Sonaba mejor que «capitán», que es lo que era en Chile, así que con eso se quedó. Era 1864.

Pero aquellas extensiones eran tal vacío y, por consiguiente, tal vacío de autoridad, que seguía existiendo la posibilidad de que cualquiera fuera por allí y se lo quedara. Es lo que pensó un tipo totalmente majara, un francés llamado Orélie Antoine de Tounens, que en 1860 decidió ir hasta allí y proclamarse rey de la Araucanía. Nada más fácil: buscó a unos cuantos caciques y logró que lo nombraran monarca, si bien fue «en medio de amplias y generosas libaciones», como informó luego el cónsul francés en Chile. Es más, poco después se anexionó la Patagonia. Así tenemos a Orelio Antonio I, búsquenlo en la Wikipedia, que te mueres de risa. Estaba tan enardecido que le declaró la guerra a Chile y todo. Fue arrestado sin mayores problemas y el juez pensó que estaba loco. Lo metieron en un barco rumbo a Francia, aunque siguió dando guerra muchos años: volvió tres veces a reconquistar su reino, fracasando todas ellas.

Con opuestas ínfulas de gloria llegó gente mucho más modesta y admirable, como Luis Piedrabuena, un marino que se instaló en 1859 en un rincón remoto ya muy al sur, la isla Pavón, en la desembocadura del río Santa Cruz, por donde ya había pasado Magallanes. Lo convirtió en una pequeña trinchera de la civilización, y comerciaba con los indios y los viajeros. Llegabas al fin del mundo y tenían tabaco, eso no tiene precio. Pero Piedrabuena, además, se hizo famoso porque salía al rescate de quien estaba en apuros y salvó a cientos de personas de morir ahogadas, desinteresadamente, porque había piratas que se dedicaban a eso y esquilmaban a las tripulaciones. En cambio, él perdía siempre dinero. Obviamente, es el típico personaje al que los burócratas hicieron la vida imposible. Hoy allí hay un pueblo de seis mil vecinos que lleva su nombre, Comandante Luis Piedrabuena.

También hay grandes aventuras colectivas. A partir de 1850, miles de galeses dejaron las islas británicas y aparecieron en la Patagonia, pero no solo para buscarse la vida y huir de las minas de carbón, también con un proyecto nacional, hartos de la discriminación inglesa y para preservar su identidad y su lengua. En medio de la nada se propusieron construir su particular burbuja galesa, con sus iglesias metodistas y sus escuelas en su propia lengua. Fue una de esas epopeyas de colonos que sufrieron calamidades inimaginables, pero lo consiguieron. Fundaron las ciudades de Rawson y Gaiman y luego fueron subiendo por el río Chubut, hasta llegar al pie de los Andes. Llegaron más grupos de colonos variopintos, como los pastores de ovejas escoceses —aquello está lleno de millones de ovejas y no he comido más cordero en mi vida—. O los bóeres sudafricanos, que dejaron su país tras perder la guerra con los británicos en 1902 y recalaron en torno a Comodoro Rivadavia.

La alucinante historia de la Patagonia
El Beagle, la nave en la que Charles Darwin emprendió su viaje de seis años por todo el mundo, varado en la desembocadura del río Santa Cruz, Patagonia, en 1834. Imagen: DP.

Pero eran motitas de polvo en la inmensidad. Aquello seguía siendo un desierto desconocido. A finales del XIX solo había algunos puntos perdidos de civilización propiamente dichos en la Patagonia argentina, y pegados a la costa: el poblado de Carmen de Patagones, las colonias galesas y, en la punta del continente, la remota taberna de Piedrabuena. Siguiendo por el estrecho de Magallanes se llegaba a Punta Arenas (Chile). Esto fue cambiando con mucho explorador loco y solitario. La Patagonia, como el oeste norteamericano, o la Siberia rusa, atraía a personajes geniales cuyas vidas siempre son de novela. Algunos luego lo escribieron, como George Chaworth MustersAt Home with the Patagonians, de 1871, es la primera descripción rigurosa del interior patagónico—, y luego llegaron los propios argentinos, de los cuales el más célebre es Pascasio Moreno, o Perito Moreno, a secas. Da nombre a ese majestuoso glaciar que sale en la tele para mostrar cómo se rompe con el calentamiento del planeta, y fue un personaje muy interesante. Además de hombre de ciencia y aventurero, fue el clásico visionario ilustrado de aquellos años que, al serle regalado un vasto territorio de veintidós mil hectáreas, como pago a sus servicios, asombró a la clase política diciendo algo tan absurdo como que renunciaba a él y que mejor lo convirtieran en parque nacional. ¿Para qué?, pensaron en Buenos Aires. Pues eso, Argentina fue el tercer país del mundo, después de Estados Unidos y Canadá, que tuvo parques nacionales. Hoy es el Nahuel Huapi.

En 1881 tomó por fin una forma concreta: se estableció la frontera y el reparto de tierras entre Argentina y Chile. Naturalmente, cuando decimos que la Patagonia estaba desierta estamos diciendo una tontería: vivían los indígenas. Lo cierto es que de ellos no se sabía casi nada. Los españoles se limitaron a matarlos o a convivir con ellos esporádicamente en las cercanías de sus escasos asentamientos, pero la vida nativa en el vasto y misterioso interior básicamente no se alteró durante tres siglos. Cuando se fundó Argentina, allí seguían los indígenas a lo suyo. Sus ataques cuando se enfadaban, los llamados «malones», eran temidos. De hecho, a las puertas del siglo XX, el inicio de las tierras salvajes, 500 o 600 km al sur y oeste de Buenos Aires, se consideraba aún la frontera de lo desconocido. Se llegó a construir una zanja de 500 km, en plan Muralla China, de Italó hasta la costa de Bahía Blanca, con fortines, para impedir incursiones indígenas.

Los primeros gobiernos nacionales afrontaron la cuestión al principio de buenas maneras, pero, tras topar con problemas y caciques revoltosos, pronto se pasó al método más habitual en la historia humana: machacarlos. No fue fácil. Es un capítulo de la historia argentina que se conoce como la Conquista del Desierto, uno de esos asuntos espinosos con el que se puede acabar discutiendo con un argentino. Los araucanos o mapuches eran bravos combatientes y dominaban una tierra muy hostil. Las tropas argentinas se veían impotentes; tomaban a los indios por prácticamente invencibles, aunque solo tenían lanzas, y eso en un lugar tan infernal donde tan pronto te quedabas congelado como te comía un puma. Finalmente, la llegada de los nuevos fusiles Remington y una ofensiva a lo bestia a partir de 1878 cambió las tornas. El general Roca avanzó hacia el sur con seis mil soldados e hizo miles de prisioneros. En 1885 todo había terminado. La historia de los indígenas derrotados es tan triste como se pueden imaginar.

La Patagonia tuvo un momento muy «Far West» a finales del XIX y principios del siglo XX. Por un lado, tuvo su fiebre del oro, cuando unos náufragos que buscaban agua potable excavando en una playa, cerca de Cabo Vírgenes, encontraron algunas pepitas en 1876. Se desató la locura y, de entre todos los aventureros, el que se forró de forma estratosférica fue otro personaje, Julius Popper, rumano criado en París que montó un emporio protegido por su propio ejército personal vestido con uniformes húngaros y llegó a acuñar su propia moneda. Pero el ambiente de película de vaqueros se creó sobre todo cuando empezaron a llegar pistoleros y bandidos estadounidenses. Y aquí llegamos a una de mis partes favoritas de este relato, como fan empedernido que soy de Dos hombres y un destino (Butch Cassidy and the Sundance Kid, Georg Roy Hill, 1969). Sí, amigos, Butch Cassidy y Sundance Kid (Paul Newman y Robert Redford en el filme) existieron, fueron personajes reales y acabaron en la Patagonia. Lo que cuenta la película es que, en un cierto momento, acorralados por los cazarrecompensas, deciden huir a Bolivia, donde no los conoce nadie, para seguir dando palos por allí, que está chupado. Pero no fue así exactamente: en realidad acabaron en Cholila, al pie de los Andes. Se establecieron en 1902 y construyeron una cabaña, que todavía se puede visitar, y allí se dedicaron a ser granjeros, junto a Ethel Place (Katharine Ross en la peli). Les gustaba hacerse fotos juntos, como se ve en la preciosa y melancólica secuencia color sepia del filme, con música de Burt Bacharach. Utilizaron nombres falsos y eran respetados en la comunidad, aunque a veces los vecinos se sorprendieran de su habilidad con el revólver. Los detectives de la agencia Pinkerton, que los siguieron hasta allí, los tenían medio localizados a la espera de que dieran un paso en falso.

Lo curioso de la historia es que, en un determinado punto, nuestros bandidos debieron de empezar a aburrirse, sobre todo Sundance Kid, y les pudo su vieja vocación. Acabaron atracando a los tres años un banco en Río Gallegos, que está ya muy, muy al sur, y de hecho volvían de Punta Arenas, en el estrecho de Magallanes. Me hubiera gustado ver eso en la película, hubiera sido bonito. Más tarde asaltaron otro en Villa Mercedes, en el norte, y al final huyeron del país. Cassidy, que era un tipo simpático y en su vida mató a nadie, tal vez soñaba con retirarse a una vida bucólica, pero es que el atractivo de la Patagonia también era precisamente el contrario: mientras en Estados Unidos el viejo oeste tocaba a su fin y los pistoleros desaparecían arrollados por la civilización, entre ellos se corrió la voz de que allá abajo, en el fin del mundo, todavía había un lugar parecido que se mantenía igual, como en los buenos tiempos, donde se podía seguir siendo joven y atracando bancos. Sundance Kid se sentía allí como un niño en una tienda de caramelos. Debía de ser un personaje peculiar: le encantaba Wagner

De Argentina escaparon a Bolivia, y aquí es donde la película ya cuenta el final. Pero, para placer de los aficionados, debe decirse que, si en el filme los fríen a tiros, en la realidad no está nada claro. Se les dio por muertos en 1911, pero la única base son relatos fantasiosos. Es también probable que la agencia Pinkerton y las autoridades prefirieran que oficialmente ya fueran cadáveres, después de décadas de hacer el ridículo por no ser capaces de arrestarlos, y ellos también aprovecharan la oportunidad para desaparecer definitivamente. Chatwin cuenta que fue a visitar a la hermana de Butch Cassidy, aún viva con noventa años, y le aseguró que en 1925 estuvo allí con ella, en la casa familiar de Circleville (Ohio), tomando té y pastel de frambuesa.

El censo nacional de 1895 registraba un habitante por cada 26 km2, pero también en la Patagonia acabó llegando lentamente algo parecido a la civilización, y me van a permitir que lo deje aquí. Ahora viven dos millones y pico de personas, pero siguen siendo dos personas por km2. Uno de los últimos románticos que pasó por allí fue Antoine de Saint-Exupéry: su tormentoso vuelo nocturno tiene lugar en torno a Puerto Madryn. Otro fue el autodenominado sheriff Martin Sheffield, que en 1922 aseguró que había avistado un plesiosaurio en el lago Epuyén y desató otra locura para buscar el animal.

Al margen de historias fabulosas, nunca pareció haber una política para la Patagonia desde Buenos Aires, más allá de regalar adjudicaciones de extensas propiedades a amigos y potentados con conexiones políticas. Los grandes latifundios impidieron una colonización ordenada y el nacimiento de poblaciones estables. En 1920 la región tuvo su momento revolucionario, cuando, a raíz de una aguda crisis económica por el desplome del precio de la lana, estalló una rebelión de los trabajadores ante los despidos y las bajadas de sueldos. Fue aplastada por el ejército. Encontraron petróleo y gas, y en los años setenta hubo desastrosos intentos de industrialización. En los noventa se la fueron comprando a grandes pedazos magnates y millonarios, como Ted Turner o los Benetton. Luego se empezó a explotar el turismo y el alpinismo en sus montañas de absoluta belleza. Así llegamos tipos como yo, que quedamos prendados para siempre de este lugar infinito. Como le pasó a Darwin, que escribió años más tarde: «Al revivir imágenes del pasado encuentro que, con frecuencia, se cruzan ante mis ojos las planicies patagónicas, aunque son juzgadas por todos como las más miserables e inútiles. Se caracterizan solo por cuanto poseen de negativo: sin habitantes, sin agua ni árboles, sin montañas, solo poseen plantas enanas. ¿Por qué entonces —y el caso no es peculiar solamente para mí— tienden estas tierras áridas a tomar posesión de mi mente? (…) Apenas me lo explico, pero en parte debe de ser por el horizonte que aquellas dan a la imaginación».


El curioso caso de Jemmy Button

Jemmy Button
HMS Beagle in the seaways of Tierra del Fuego, por Conrad Martens.

Hay una milonga que escribió Borges a partir de un nombre que alguien dejó caer por ahí: un tal Jacinto Chiclana. El poema evoca a un malevo, un pendenciero de Buenos Aires, de esos que a principios de siglo andaban buscando pelea con el cuchillo en la cintura. Borges quiere que el solo nombre hable del hombre, como si fuera un mensaje en clave que se descifra aludirlo. No sabemos nada de él, pero podemos figurarlo con esas dos palabras: Jacinto Chiclana.

Solo Dios puede saber

La laya fiel de aquel hombre

Señores, yo estoy cantando

Lo que se cifra en el nombre

El de Jacinto Chiclana me hizo acordar a otro nombre: Jemmy Button. La cuestión es que con él todo es diferente porque este no es tanto un nombre sino una reputación. Los libros y la prensa dicen que Jemmy Button existió pero a mí se me hace que eso es puro cuento. Hay pasajes de la historia que parecen novelas, complementos posibles de los hechos o hasta sus metáforas, y este podría ser uno de esos. El cauce narrativo puede ayudar a descifrar lo que se cifra en ese nombre: Jemmy Button.

La Tierra del Fuego es la isla grande del archipiélago en el que América se va desarmando hacia el sur en fragmentos cada vez más pequeños, son como migas de tierra en el mar. El último punto es el cabo de Hornos, más abajo no hay nada, solo las aguas de los dos océanos que se juntan. Acá vive el hombre de esta historia. Nació y se crio en un laberinto de islas y canales en medio de la bruma helada con un sol que, cuando aparece, es siempre lejano y frío. Los hechos de los que hablamos no tienen ni doscientos años aunque hay cierta brutalidad que nos hace verlos como más lejanos. Las historias hablan de Jemmy Button, un indígena de la tribu yámana que fue transportado desde el cabo a Londres, entrenado en la civilización inglesa y después devuelto a su tierra. Al hombre detrás de ese nombre que no es el suyo no podemos conocerlo, antes de eso era un joven que llevaba el fuego en su canoa. 

En este lugar el fuego es importante: cuando los barcos de Magallanes querían la vuelta al mundo y cruzaron el estrecho, vieron líneas de humo elevándose desde la costa: eran fogatas con las que los nativos se alertaban de la presencia de unos objetos y seres extraños en su mundo. Tierra de los Humos la llamaron, pero a la vuelta el rey prefirió Tierra del Fuego. Los hombres que venían del este creían estar atravesando territorio virgen pero hace años, miles, que los yámanas viven acá; también los onas, los kawésqar, los haush, los mánekenks. La vida es simple en el archipiélago: desplazarse de un lugar a otro para conseguir focas, mariscos, peces, algo para comer. Sobrevivir, y cuidar el fuego.

¿Por qué el fuego? Por lo mismo que lo ha usado el resto de la humanidad: para dominar la oscuridad, los miedos y el aire helado; por eso el fuego se mueve siempre con ellos. Cuando los hombres pálidos y barbudos siguieron viniendo, el fuego también pretendía alejarlos: en la noche, las canoas se acercan sigilosas a los barcos y dan vueltas alrededor, desde cubierta ven unos aros de fuego brotando en la oscuridad, parece el infierno y quizás lo es. No solo están bordeando los confines del globo, también se acercan a sus secretos, porque esas islas con árboles doblados por el viento y agarrados a la tierra con poco, con la fuerza de unas raíces que quedan a la vista, ocultan unos seres ancestrales de los que no pueden saber nada.

El océano es un exceso: azar, monotonía y agua. Para ser capitán de barco y lanzarse más allá de la costa en esos cascarones frágiles de madera hay que ser excesivo, también un poco loco, como los personajes de Moby Dick. Fitz Roy era un hombre del océano, aunque nada en él indicara desmesura: aristocrático, marino experto, con formación científica, cristiano devoto. Sus hombres le temen pero también le confían sus vidas. Se comporta en el barco como si estuviera en un salón londinense: a su alrededor se genera distancia y vacío. El capitán Fitz Roy sale de Inglaterra en 1829 al mando de su primera expedición al sur con el objetivo de recorrer y explorar las costas de la Patagonia. El barco se llama Beagle

A todos los marinos les gusta contar historias porque eso es lo único que ayuda a pasar los días y las noches a bordo: los cuentos y el alcohol. Y los relatos de barcos, tormentas y naufragios son los mejores para exorcizar los miedos. Los hombres de Fitz Roy conocen de los cientos de vidas y barcos tragados por los mares del sur: deberán enfrentar vientos, las olas como paredes, riscos y unos canales improbables para maniobrar. También los caníbales: todos conocen la historia de esos indios que hace doscientos años almorzaron un grupo de holandeses. Sin embargo la llegada fue dócil y ya están en el cabo de Hornos: peñascos, islotes y una gran roca que sale del agua. También, y a lo lejos, los posibles caníbales: con pequeñas pieles que cubren lo que pueden, el cuerpo engrasado y las melenas hirsutas. Van a aprender después que las rayas y puntos blancos pintados en la cara y en el torso no son una señal amistosa. Tal vez no sean humanos. 

A lo largo de los meses el barco fue y vino sin interrupciones de los nativos, bajó y subió bordeando las costas del continente y volvió al archipiélago; los tripulantes ya estaban familiarizados con las canoas encendidas que los rodeaban por las noches. No hay nada que temer. Durante el día alistan los botes, bajan, miden y vuelven al barco pero entretanto se dan cuenta de que van perdiendo cosas: cajas, utensilios, los instrumentos de medición desaparecen en la playa y en los bosques sin dejar rastros. Saben que los nativos están ahí agazapados pero no pueden verlos. Cuando lo que se escurre es el bote ballenero el capitán se pone furioso, quiere recuperarlo antes de que llegue el invierno y estos salvajes van a conocer quién es él. Así empezó la historia de Jemmy Button.

Lo que se cuenta es esto: una canoa con hombres oscuros se está acercando, el más joven viene parado en el medio: el cuerpo al aire, la cara y el torso pintados, las crenchas largas. Cuando el capitán lo toma del brazo y lo carga a su nave, es probable que sus compañeros en la canoa se desesperen y empiecen a gritar en una lengua que a los ingleses les parece endiablada. Tal vez el capitán interpreta que los aullidos son reclamos comerciales y entonces convierte eso en una transacción: saca un botón de su abrigo y se lo arroja al que podría ser el padre del chico, que no tiene más que unos catorce años. En ese momento también decide su nombre: Button, será Jemmy Button porque le ha costado un botón.

En el barco el chico se encuentra con otros indígenas, dos jóvenes y una niña a los que no conoce: hablan otra lengua y pronto descubrirá que tendrán que convivir porque el capitán Fitz Roy los considera un grupo y ha resuelto llevarlos a Inglaterra: los va a civilizar. Y así empieza el gran viaje de Jemmy Button del cabo de Hornos a Inglaterra. Treinta años después lo vamos a encontrar en un banquillo de acusados en una oficina en las islas Malvinas. ¿La acusación?, comandar a su tribu en la masacre de una misión evangelizadora: el Imperio británico contra Jemmy Button.

De los cuatro nativos que Fitz Roy decidió llevar a Inglaterra, uno de ellos murió a bordo; a medida que avanzaban hacia el norte el calor los iba sofocando, estaban atontados. Fueron aprendiendo a obedecer porque de esa manera la comida llegaba y pronto se dieron cuenta de que conseguir alimento en el barco es tanto más fácil que lo que había sido procurárselo cada día desde que habían nacido. En Inglaterra será mucho más, en todos lados hay comida guardada. El otro muchacho, al que llaman York, era callado y asustadizo y pasaba todo el tiempo protegiendo a la niña, a la que nombraron Fuegia; en cambio Jemmy Button se convirtió muy pronto en la atracción del barco y en Inglaterra va a ser una celebridad. Dicen que era simpático y extrovertido, que se entusiasmaba con todo y le gustaba la Biblia, que quería aprender y que se adaptó muy rápido. Parece que recorría la cubierta diciendo «pueden llamarme Jemmy Button». Podemos imaginar a alguien haciendo mímica y copiando unos sonidos sin conocer el significado y también inferir por sus relatos que los ingleses creyeron, durante todo el tiempo que duró el episodio de Jemmy Button, que el muchacho se estaba nombrando a sí mismo. ¿Creían acaso que en la pantomima se cifraba algo del yámana en ese nombre?

Le cortaron el pelo, le pusieron botas y pantalones, levita, sombrero, guantes, y pasó a encarnar el imaginario del buen salvaje: todos se sorprenden de lo rápido que aprende. En Londres estuvo de moda ir a ver a los salvajes civilizados, Jemmy y los otros dos hacen sus gracias frente a los nobles durante meses hasta que la novedad se diluyó y apareció la pregunta que nadie le había hecho al capitán: para qué los trajo y qué piensa hacer con ellos. Como no tiene respuestas, decide llevarlos de vuelta.

Jemmy Button
Jemmy Button en 1831 y en 1834. (DP)

Fitz Roy va a volver al sur con el Beagle pero hay algo que tiene que resolver antes, porque el capitán tiene más miedo de sí mismo que del mar o los salvajes. Le preocupan sus constantes cambios de ánimo y el antecedente de un tío loco que pasó de ser un político prominente a cortarse la garganta con una navaja, sabe de la depresión y la soledad que lo acorralan en los momentos sin acción en el barco. Por eso, para este segundo viaje, se procura un compañero civil: un científico joven que quiere revolver piedras, líquenes y guijarros en la costa, pero que a él le hará compañía a bordo. El doctorcito está recién salido de la universidad, se llama Charles Darwin y se embarca con un cargamento de lupas, compases, pinzas y frascos con formol. Lo que no sabe es que padece el mal del mar y la compañía que el capitán imaginaba se convirtió en una molestia a bordo. En la bodega también despachan los regalos que los ingleses llevaron para los fueguinos: vestidos, botas, juegos de té, manteles y todo lo que Fuegia necesitará para armar su hogar con York. Porque en Londres ya planearon su futuro: cuando lleguen al cabo construirán una casa en la que vivirán los tres, pondrán muebles y vajilla, van a plantar las semillas que se llevan de Inglaterra y ver crecer sus frutos y sus hijos mientras leen la Biblia al atardecer y la comparten con su tribu. Más bucólico no se consigue.

Y acá está llegando el Beagle en medio de la peor tempestad que tuvo que enfrentar Fitz Roy en toda su carrera: las olas encaran la quilla con furia y suben a cubierta, el viento del sur les corta la cara, hace mucho que vieron al último albatros dejándose llevar por las corrientes de aire, no hay cielo y mar: ahora todo es una sola noche sin arriba ni abajo. Desde el puente de mando, el capitán intenta controlar la nave que se acuesta y nadie sabe si se podrá volver a levantar. El doctorcito vomita y Jemmy Button está en silencio, ¿acaso esto será obra de su dios invariable, ese que concede los alimentos y con el que se estaba por iniciar cuando los blancos se lo llevaron? ¿Estará furioso con él? Su rostro es insondable.

Cuando el cielo y el mar se calman la nave se acerca al cabo y entonces, tres años después, el chico convertido en hombre vuelve a pisar las piedras de la playa: las botas lustrosas, la ropa cerrada hasta el cuello, la mirada hacia abajo. Las cajas con regalos esperan atrás. Los miembros de su tribu lo miran en silencio, entre ellos está su madre que lo había buscado por días y noches en los canales, pero nadie dice nada y el capitán no puede con semejante decepción: en esas caras no hay alegría ni admiración ante el prodigio del cambio, no hay vítores a la civilización. Entonces los yámanas dan media vuelta y se van en sus canoas mientras la tripulación empieza a armar el campamento y a desembalar las cajas. Es probable que Jemmy Button se sienta solo y avergonzado, pero no podemos saber nada de él, nunca alcanzaremos a descifrar algo a partir de ese nombre que no es el suyo.

Lo que pasó después puede ser resumido de esta manera: los ingleses construyeron una casa, una huerta y un cerco con piedras para delimitar un terreno y mantener alejados a unos vecinos improbables. Semillas, rastrillos, tazas y teteras son un puñado de objetos domésticos incrustados en la inmensidad de la naturaleza: la idea que había nacido en un salón a miles de kilómetros devino absurda en la contundencia del entorno. El barco siguió su ruta por el Pacífico y ahí quedó Button en su casa de madera, tan sensible a las llamas, con su patio y su cerco impotente. Cuando un año después vuelve, el capitán no puede entender qué es lo que pasó: de la casa no queda nada, por el huerto había pasado la noche austral del invierno y solo se ven las piedras demarcando la propiedad privada de Button, pero él no estaba. Es que apenas el barco se fue el hombre empezó a recuperar su lugar. Ellos no lo saben, pero nada de lo planeado en Londres tiene sentido acá: los barcos tan grandes no sirven para pescar, las casas de madera no soportan el fuego, las botas resbalan en las piedras y las ropas molestan más que lo que protegen del frío —para eso es mucho mejor la grasa de foca—. Los yámanas controlan el mundo natural con una tenacidad que no viene de la voluntad sino de otro lado, de algo más arcaico: siglos de supervivencia en un clima y un terreno que a otros se les muestran hostiles. Esta casa no es para él. 

Pero el capitán y su tripulación no pueden saber nada de eso, entre los riscos vacíos buscan su rastro, no hay fogatas ni restos humeantes, ¿es que se han ido todos? De pronto una canoa se acerca, es Jemmy Button, aunque no hay nada de Inglaterra en él: ni en el pelo crecido, ni en el gesto indiferente, ni en las costillas marcadas. Un año en el lugar le habían dejado rastros de la lucha por la comida: es un hombre yámana sin nombre, con hijo, mujer y canoa, bien plantado, seguro. Pasaron cuatro años del día en que se lo llevaron por unos botones y ya es un hombre. Se mantiene distante y dice que no, que muchas gracias pero que prefiere no ir a Inglaterra con ellos. Al capitán no le gustó. Dicen que se encerró en su gabinete y estalló en una furia victoriana. 

Durante más de treinta años Jemmy Button siguió siendo un nombre para los hombres blancos que vienen del este, pero acá en el cabo eso no designa a nadie. Durante más de treinta años el nombre siguió yendo y viniendo por el mar, siempre había barcos que querían dar la vuelta por el cabo de Hornos y le temían por igual a las olas y a los nativos, todos salvajes. Por eso cada europeo que llegaba hasta allá invocaba ese nombre como un conjuro civilizatorio en el fin del mundo, un pasaporte que le garantizaría inmunidad frente a los peligros. No es improbable que el hombre yámana haya usado ese miedo a su favor: cada vez que alguien grita Jemmy Button desde un barco él responde porque, si es capaz de convencerlos de que hay caníbales, quizás los blancos se olviden de este lugar y los dejen en paz. Nunca podremos saber qué se cifraba en ese nombre para él, si una nostalgia, si una necesidad, si un rencor o acaso un destino que prefirió evitar.

La última vez que se convocó el nombre Jemmy Button fue cuando tenía casi cincuenta años y lo llevaron a las islas Malvinas para declarar en un juicio por la masacre en un barco misionero porque, a diferencia de lo que pasa en el archipiélago, en estas islas el imperio impera con sus dos brazos: la administración y la ley. Hablar sobre el proyecto misionero inglés de esos años nos llevaría a otra historia que incluye a un reverendo anglicano que fracasó en Chile con los mapuches, en Bolivia con los quechuas y los aimaras, que intentó vender biblias en inglés en Buenos Aires y acabó naufragado y muerto de hambre en el extremo del mundo, y después un nuevo barco y otro reverendo y una tripulación que terminó ajusticiada en una playa negra en la tierra de los humos y los fuegos. Por ahora solo vamos a decir que los ingleses encontraron su barco saqueado cerca del cabo y a un sobreviviente que culpa a Button. 

Cuando el juicio empieza saltan acusaciones, enfrentamientos internos, una demanda por despido y denuncias por maltrato a los nativos mientras Jemmy Button escucha en silencio. Cuando habló, en un inglés casi olvidado, dijo que su tribu no era responsable de la masacre, que enterraron a los muertos y que le gustaría mucho que las misiones no vuelvan a llevarse a sus hijos. Al otro día un barco inglés salía rumbo al cabo para llevar al hombre del que seguían desconociendo el nombre y lo dejaban en su tierra. Las playas acá son negras, están cubiertas de algas, líquenes y mejillones. Un cormorán se descuelga desde el cielo en vertical, toma un mejillón y se eleva, desde lo alto lo tira para romperlo y, como no lo consigue, repite la acción una y otra vez por horas, cada día, todos los días. Entretanto se enfrenta al viento y compite con otros cormoranes y también con gaviotas y con humanos que buscan lo mismo: comida. Con la insistencia y con el tiempo, que es eterno, las conchillas se irán resquebrajando y ahí estará el bocado, no para ese ejemplar único de cormorán sino para la especie. 

Cuando evoqué a Jemmy Button traje con él a quien así lo nombró, un capitán de barco que tiene lo que hace falta para lanzarse al mar de esa manera: una locura que lo lleva a los extremos. El muchacho al que quiso injertar en Londres vivía en uno de los extremos del mundo sin saberlo, lejos de los excesos del océano porque la vida en el cabo es simple. También tenía un nombre, pero eso Fitz Roy no lo podía entender, tampoco la prensa que criticó al capitán por traerlo, darle educación y después abandonarlo en el sur salvaje sin las ventajas de la civilización. 

Treinta y cinco años después de aquella escena de los botones está el capitán Fitz Roy frente al espejo de su casa de Londres, toma su navaja y, en lugar de afeitarse, lo vemos cortarse la garganta. Un cuento querría que ese gesto contenga un arrepentimiento en honor a Jemmy Button que había muerto unos meses antes en el cabo; pero no, el capitán acarrea sus propios fantasmas desde hace tiempo y no es probable que Jemmy Button sea uno de ellos. 

Quien murió en esa tierra surcada por canoas que llevan el fuego, lo hizo bajo otro nombre que cifraba algo que nunca llegaremos a conocer.


Latinoamérica redonda: Barras bravas, el negocio del sentimiento

A Boca Juniors' fan holds a flare during their Argentine First Division soccer match against River Plate in Buenos Aires May 5, 2013. REUTERS/Marcos Brindicci (ARGENTINA - Tags: SPORT SOCCER)CODE: X90087
Fotografía: Cordon Press.

Todo comenzó con un ruido seco y ahogado, reconocible a la primera para quien vive en una gran ciudad latinoamericana: un disparo. A ese le siguió otro, y otro, y después un crash de botellas rotas. Y entonces vimos entrar por un portalón a una marabunta al galope.

—¡Corran, la concha de su madre!

Pero nadie movió un pelo.

Acabábamos de llegar al campo de fútbol del histórico club San Telmo de Buenos Aires, en la Isla Maciel, un barrio marginal a escasos quince minutos del centro de la capital argentina. Envuelta por el Riachuelo, una lengua de aguas pestilentes que desemboca en el Río de la Plata, la Isla no es tal, pero a ella se sigue accediendo por balsa desde el vecino barrio de La Boca. Sus casas, de chapa y madera, podrían ser una postal turística, como Caminito, pero están sin pintar, y abrigan historias de desigualdad y decadencia. Siempre ha sido un lugar temido para los hinchas visitantes. Pero aquella tarde hirviente de febrero de 2006 empezó demasiado fuerte, entre los humos de la hamburguesa y el choripán, la garrapiñada y la marihuana, olores clásicos de las canchas argentinas. En menos de una hora se iban a enfrentar San Telmo y Talleres de Remedios de Escalada, de Primera B Metropolitana, equivalente a Segunda B. El robo de unas pancartas en un partido previo provocó que la hinchada local recibiese con una emboscada a los valientes que iban a acompañar a su equipo en tierra hostil. Primero fueron unos tiros al aire, luego varios cócteles molotov (uno de los cuales le quemó medio cuerpo a un aficionado rival) y, finalmente, carreras sin fin. Eso es lo que escuchamos del otro lado del campo de fútbol —dos gradas, una tercera de apenas tres tablones y un cuarto lado, tras la portería, convertido en aparcamiento—. Se nos decía que corriéramos, no sabíamos si para involucrarnos en las peleas o para escapar, pero allí nadie hacía ademán de nada, como si hubiera que esperar algo más.

Ante el recibimiento de los de San Telmo, los de Talleres de Escalada respondieron como mandan los cánones de la batalla: contragolpeando. Una turba entró por una esquina, a empellones, al aparcamiento donde habíamos dejado el coche. Sin poder hacer nada, vimos como destrozaban en dos minutos la mayoría de coches con varas y trancas, saltaban encima de ellos, lanzaban patadas voladoras a los retrovisores, abollaban los capós. La jauría hambrienta intentó entonces romper la reja que los separaba de la hinchada local. Y estos respondieron enzarzándose a puñetazos, patadas y palazos. A simple vista parecía un sálvese quien pueda. Pero para nuestros colegas, cincuentones imperturbables de ceja caída, parecía ser un domingo más.

Apareció entonces, campo a través, la policía: cuatro obesos manifiestamente mal pertrechados, tres con escudos y porras, uno con una escopeta de balas de goma. Para completar la escena, y mientras se molían a palos, entraron en el campo los jugadores locales a calentar junto a la terna arbitral. Viendo el chaparrón, volvieron al vestuario. Veinte minutos después, el colegiado decidió suspender el partido, llegaron refuerzos policiales y todo pareció volver a la calma. Nada más lejos. Cuando los hinchas locales consiguieron devolver a la visitante a sus buses, se dirigieron a la tribuna principal y allí le abrieron la cabeza de una pedrada a un futbolista visitante que no estaba convocado. Luego corrió la versión de que lo habían arrojado al vacío desde la grada. Más caos, más ambulancias. Pero ni un detenido. Eso sí, el estadio fue clausurado durante cinco años, lo que alimentó las teorías de los locales de que aquello había sido montado para perjudicarlos.

Fue, en cualquier caso, un episodio clásico de violencia en el fútbol latinoamericano: barrio contra barrio, violencia desmedida y un vacío social evidente disfrazado de pasión. Aquello que nosotros habíamos vivido como el desembarco de Normandía era un día más entre barras bravas, grupos organizados de fanáticos de un club de fútbol que han ido mutando su definición hasta convertirse en algo así como el brazo armado de las directivas de los clubes y de otros actores de la sociedad y la política. Por su origen y conformación es un fenómeno relativamente tolerado dentro del mundo del fútbol, si bien su deriva lo ha llevado a ser incluido en los diagramas de los mayores grupos delictivos del continente (especialmente en Argentina, Uruguay y Brasil, pero también Colombia, Chile, Perú o Paraguay, que han ido replicando el esquema por imitación desde los años ochenta). Las barras son hoy un negocio sucio con una camiseta puesta, un elemento mafioso que pasó de ser algo lateral a instalarse en los intestinos mismos del fútbol, al mismo tiempo que el propio deporte se convertía en negocio multimillonario. Pero no siempre fue así.

La cultura del aguante

Se llamaba Prudencio Miguel Reyes, era uruguayo y fue el primer hincha de la historia. En los primeros años del siglo XX, cuando las costuras de los balones se cerraban con una tira de cuero enhebrado, se hacía indispensable la acción de un talabartero, un artesano del género, para montarlos e inflarlos a pulmón. Prudencio se metía en el papel y daba rienda suelta a su pasión por ese deporte que había llegado hacía poco a Montevideo, su ciudad. En el Parque Central jugaba su amado Nacional. Y por él se dejaba la garganta, el pecho y el mostacho, inflando los balones y también gritando y animando como nadie lo había hecho hasta la fecha. Tanto se hacía notar que en el estadio se empezaron a preguntar: ¿quién grita tanto? «Es el hinchador», respondían. «El hincha».

Se llamaba Pedro Demby, también era uruguayo y fue la primera víctima de la violencia en el fútbol sudamericano. Su muerte ocurrió en 1924, tras un clásico del Río de la Plata en Montevideo, cuando a un grupo de uruguayos no se le ocurrió otra cosa que celebrarlo frente al hotel de los argentinos. Un «allegado» a la delegación visitante lo mató de un balazo para que se callara. Según las crónicas, futbolistas y directivos trataron de encubrir el crimen llevándose al autor a Buenos Aires en su barco.

Reyes y Demby inauguran la historia de una arista que marca el carácter de los países sudamericanos, especialmente en Uruguay y Argentina: la cultura del aguante, una manera de defender unos colores al extremo, una incondicionalidad a una camiseta, un escudo, al barrio, a la ciudad, al país o a lo que se pase por delante. Se dice que el aguante consiste en encontrar algo por lo que vivir más allá de la cotidianeidad. Y eso puede ser el fútbol, la política o una asociación de filatelia, es un decir. En el fútbol solo hay que remitirse al cancionero de la grada para definirlo: te sigo a todas partes, de local o visitante, desde la cuna hasta el cajón, nunca abandono, estoy en las buenas y en las malas, y todo para ser campeón. Pero el aguante también implica, según las canciones, pegar, quemar, y, al final, matar. Es violencia verbal, pero todos cantan. Porque cuando se tiene delante al eterno rival y se le gana en el minuto noventa y mil, da igual todo y lo grita la señora, el niño a hombros del padre o el abuelo que vio jugar a Di Stéfano y Pelé.

La violencia está ahí, latente, digamos que a un nivel muy parecido al que se vive en el día a día en una gran ciudad latinoamericana. En una sociedad marcada por una injusticia rampante y una tensión permanente, el individuo recoge el estrés de la semana y lo repercute el domingo, adobado con un sentimiento de pertenencia intransferible: yo contra el resto. En ese contexto, el autodenominado hincha común va al campo y viaja para ver a su equipo. Canta contra el rival, pero no arriesga la vida. Eso ya lo hacen aquellos dispuestos a transgredir los límites. Eso que llaman hinchada, la que enciende nitratos y bengalas, tira millones de papelitos y estira las pancartas y empieza los cánticos a golpe de bombo. Y por eso se tolera, porque además de todo eso, se pelean, aguantan. Y entonces el hincha recuerda aquella vez que lo salvaron de la muerte en tal estadio o en tal ciudad. ¿Violencia? Es folclore, dicen, O decían. Porque una cosa es pegarse «por unos colores» y otra hacer negocio con ello. Entonces hablamos de barra brava.

La mercantilización de la violencia

Argentina's Gonzalo Higuain (R) celebrates his goal against Jamaica with teammates Lionel Messi (L) and Angel Di Maria during their first round Copa America 2015 soccer match at Estadio Sausalito in Vina del Mar, Chile, June 20, 2015. REUTERS/Rodrigo GarridoCODE: X01761
Higuain, Messi y Di Maria. Fotografía: Cordon Press.

El plan era sencillo: queríamos ver el partido final de un campeonato argentino. Faltaba un detalle: no teníamos entradas. «Tranquilos, las conseguimos», dijeron los amigos porteños. Al llegar cerca del estadio, en el aparcamiento de un hipermercado, esperamos hasta que apareció un grupo de tipos con cara de malos. Grandes y gordos todos, menos uno, el que mandaba, uno sesenta escaso, pelo largo y gorrito de ala entera. Nos dio a todos el protocolario beso con el que se saluda en Argentina y dijo: «¿Cuántos son?». Y acto seguido sacó de la cazadora sacó un fajo de relucientes entradas, extendió unas cuantas, sin contarlas, y se fue para siempre. Sin cobrar. Cándido de mí, pregunté si era un reventa. «No, no. Es uno de los jefes de la barra, amigo de un amigo».

El negocio de las entradas —cuando se venden, no como en este caso— representa una entrada de dinero fijo y jugoso en las barras bravas. Y es, además, el más tradicional en varios países. Es fácil para todos los actores implicados y por eso funciona en todos lados: dirigentes que dan entradas (pongamos, un tercio de las que se entregan) cuando el equipo es visitante para asegurarle un dinero que deje contentos a los barras, que a su vez le dan el apoyo necesario para dirigir el club. Así fue durante muchos años y nadie lo cuestionó. Por ahí comenzó la proverbial condescendencia hacia un negocio de por sí fraudulento. Empezó, al menos tímidamente, en la época en que el diario La Razón de Buenos Aires llamó «barras fuertes» a aquellas bandas de hinchas cada vez más intimidatorias. Era 1958 y Argentina vivía momentos de zozobra política que no se fueron por mucho tiempo. Y en el fútbol se daban los primeros pasos de violencia sin patrón. En los sesenta se produjeron varios asesinatos y la tragedia de la Puerta 12 del estadio Monumental, donde murieron setenta y un hinchas de Boca aplastados por una avalancha.

Fue en los setenta cuando se profesionalizó la violencia, cuando esta pasó de espontánea a racional. Las barras se hacían mayores. Se les ponía nombre como paraguas donde recoger la lógica tribal del grupo. Dice el periodista Amílcar Romero, autor de Muerte en la cancha, que la violencia creció con la sociedad de consumo y el retiro paulatino de la clase obrera, de algún modo semejante a sus primos hermanos de Inglaterra, que multiplicaron su virulencia en los años de vaciamiento industrial de Thatcher. Pero enseguida se verá que no basta el discurso que se basa en la imagen de las clases populares dándose mamporros para liberar endorfinas. Hacía tiempo que ya excedía todo eso, porque comienza a ser un negocio, en un círculo vicioso alimentado por las directivas que necesitan el apoyo de un ejército a cambio de favores que agradecen con su apoyo instrumental: entradas, material deportivo, viajes y entrada en el vestuario. Por entonces ya se habla de los acuerdos con la policía —«la barra uniformada», que hacía su propio negocio en los dispositivos de seguridad o en el reparto de otro negocio ya clásico de las barras: el control de los aparcamientos y la seguridad en las puertas de los conciertos en los grandes estadios de Buenos Aires.

Con la llegada de la democracia, en los ochenta, se amplían miras. Sindicalistas y partidos, principales patas del imbricado panorama político, los usan como fuerza de choque, sin que a las hinchadas les importe a quién se apoya, mercenarios sin cargo de conciencia. Las barras de River y Boca, por ejemplo, llegaron a sacar en los partidos pancartas pagadas por candidatos peronistas rivales. Y en 2009 ambas hinchadas acabaron por desvirtuar una rivalidad devenida negocio. Gracias al dinero por primera vez parecían estar de acuerdo en algo: durante un superclásico en la Bombonera, ambas sacaron sendos grandes banderones con mensajes contra el grupo Clarín, el grupo mediático más importante de Argentina, en aquella época enfrentado al Gobierno.

La connivencia con el poder queda claro en cada detalle. Recordemos aquí al Gusano, el jefe de la barra del club Nueva Chicago que la AFA puso como guardaespaldas de Messi. Pero la bestia seguía y había que alimentarla. Se supo, gracias a la pelea a navajazos entre varios barras de River, que Los Borrachos del Tablón, así se llaman, sacaron un porcentaje por la venta de Higuaín al Real Madrid. Y no es un caso único, desde luego. A la barra de Rosario Central se le atribuye algo parecido con el pase de Di María al Benfica, pero van más allá, con publicaciones que aportan pruebas a las sospechas de que las dos grandes barras de Rosario, la de Central y la de Newell’s Old Boys, tienen lazos con el narcotráfico, muy presente en la ciudad. El Ministerio de Justicia, incluso, asegura que el líder de la de Central maneja también la barra rival con la tutela de la mayor banda narco de la ciudad. Siempre con la pantalla del fútbol por delante y pasando olímpicamente del qué dirán. La lógica aplastante es la siguiente: «Si el fútbol es un negocio, ¿por qué no nos vamos a lucrar también?».

Un ejército de matrioskas

Un perfil interminable de brazos acompasados al ritmo de bombos, tambores y platillos reverberan en la grada. Va a empezar el partido, un clásico, y la coreografía es perfecta. Solo queda, en el centro de la tribuna, un vacío perfecto, un círculo de cemento donde en breve su ubicará la barra brava tras su entrada triunfal en el estadio. En ese vacío se ven, cada pocos metros, unas estructuras metálicas normalmente usadas para evitar caídas en una repleta grada de pie. Eso se llama en Argentina paravalanchas y vale más dinero que cualquier otra cosa en el estadio, contando los sueldos de los futbolistas.

Porque el paravalanchas se usa como símbolo de estatus, el trono del campo de batalla, el altar de un torneo medieval. A ellos se suben los barras en orden jerárquico, un verdadero ejército que entrará desde el vomitorio a golpe de bombo y en formación. Y lo harán, incluso, con el partido empezado, como verdaderas estrellas, con el resto de la grada volviendo el cogote hacia ellos, hinchas de su propia hinchada. Primero entran los portadores de la larga pancarta que se superpone a los tirantes de tela de los que se cuelgan encima de los paravalanchas. Detrás, los bombos y tambores redoblantes. Luego, paraguas, banderas, banderones. Y después el grupo que arrastra a su paso hasta ocupar el centro de la escena. En esta cohorte van haciéndose a un lado las capas, como una cebolla, desde la última línea de soldados hasta los capos, en el centro mismo, en una liturgia casi geométrica que acaba cuando los jefes y sus laderos copan el paravalanchas principal. Eso si la casa está en paz, claro. Y últimamente casi nunca es así. Una barra hoy es un ejército de matrioskas, muñecas rusas, que van saliendo una de dentro de otra en un movimiento sin fin. Caen unos, pero hay otros dentro, en una regeneración interminable. Tienen todas las trazas de las organizaciones mafiosas, que se pone especialmente de manifiesto a la hora de las sucesiones. Porque, como se puede suponer, los cambios de líderes no se votan precisamente en asamblea y a mano alzada, sino que se decantan por enfrentamientos, trufados de traiciones y alianzas espurias, que normalmente acaban en prisión o muerte. Y así llega el siguiente, y el siguiente, ad infinitum.

Los adaptados de siempre

Entrar a un estadio latinoamericano es gracioso para el turista, curioso para el que va una vez al año e insoportable para el que lleva toda la vida aguantando un filtro de seguridad que no sirve para nada. El hincha siente al llegar cerca de la cancha que es un borrego maltratado. A doscientos metros hay un primer control. A la vuelta de la esquina, el primer cacheo. A salir de él, cámaras policiales graban a los hinchas. Más adelante, señores haciendo soplar aleatoriamente un test de alcoholemia y drogas. Cuando después de haber pasado por todo esto, con el ruido incesante de un helicóptero encima, los ladridos de los perros policía, las cagadas de caballo de la montada, el aficionado cree que ha tirado una hora de tu vida a la basura, sobreviene la ridícula realidad: cuando va a colocar, por fin, su entrada en el láser y atravesar el torno, un policía le hace atrás con la mano en el pecho. Sus compañeros uniformados hacen un pasillo de honor y entonces piensa que va a aparecer la reina británica. Pero quien surge, en cambio, es la barra, un tropel de búfalos a los que se le abren las puertas de par en par, con los bolsos gigantes guardando pancartas y quién sabe qué más, mientras los policías solo aciertan a calarse la gorra y mirar hacia un lado por si algún hincha normal tiene la imperdonable intención de entrar con un mechero o incluso unas llaves. Pero a la barra, angelitos, ni cacheo ni test de alcoholemia ni vídeo ni mucho menos un control de entrada.

En los grandes países de Latinoamérica se intenta atajar la violencia matando moscas a cañonazos, frivolidades que serían cómicas si no fueran trágicas. En los noventa, mientras se mataban las barras, un juez argentino ordenaba prohibir las banderas de más de 2×1 metros, una arbitrariedad de bombero: destruyen la cultura futbolística criminalizando hasta las pancartas —como se empieza a ver hoy en España pero la víscera no la tocan, y los crímenes y sus autores siguen impunes. Hoy, en Argentina, con otra de esas medidas surrealistas, los visitantes no pueden viajar en el campeonato pero sí en la Copa. Vaya usted a saber por qué. En Brasil optaron por algo más sutil que recuerda a Inglaterra, que optó por subir el precio de las entradas de forma drástica como una forma de elitizar el fútbol y ello, unido a reglamentos severos, permitió rebajar los niveles de violencia. En Brasil saben la teoría (encarecer las entradas) pero hecha la ley, hecha la trampa, como se ha demostrado en partidos recientes, porque las barras torcidas organizadas siguen consiguiendo entradas baratas o gratis por el lado que todos sabemos. Si la impunidad existe en Argentina, Brasil la supera. Y ni cuenta los muertos como propios del fútbol, en ocasiones, como ocurrió hace meses con una carnicería en la que mataron a ocho miembros de una torcida de Corinthians. Porque se da por hecho que son ajustes de cuentas, y tan diversificado está el fenómeno la torcida Gavioes da Fiel tiene una de las más famosos escolas de Samba de Sao Paulo que ya no se le suma los muertos al fútbol.

Hay una frase hecha que se repite en los medios de comunicación de Argentina, los mismos que se regocijan por el espectáculo de las gradas y un minuto después reniegan de sí mismos por la vergüenza de las barras, sin solución de continuidad. La frase más repetida es la que les llama «los inadaptados de siempre». Pero no hace falta analizar demasiado las cosas para darse cuenta que ellos, los barrabravas, cebados por el poder y la política, son los más adaptados de todos.

Fotografía: Cordon Press.
Fotografía: Cordon Press.


La guerra de la Oreja de Jenkins y otras guerras olvidadas

Defensa de Cartagena de Indias por la escuadra de Blas de Lezo, por Luis Fernández Gordillo (DP)
Defensa de Cartagena de Indias por la escuadra de Blas de Lezo, por Luis Fernández Gordillo (DP)

1. La pérfida Albión. Una vieja historia de violencia

¿Una oreja como casus belli? ¿Y por qué no? Cuando uno quiere declarar la guerra casi cualquier cosa vale. Nos dicen que en este caso los ingleses no estaban muy interesados en declarar la guerra a los españoles, pero eso es una afirmación que no se sostiene de ninguna manera: los ingleses podían estar relativamente satisfechos con el Tratado de Utrecht, pero ¿quién se conforma con un pedazo pequeño del pastel cuando puede quedarse con un trozo mucho más grande? Una guerra en las colonias era una cosa que ofrecía grandes posibilidades, así que una oreja cortada era tan buena excusa como cualquier otra, y más si la oreja se presentaba como prueba en el Parlamento, acompañada con unas palabras desafiantes, provocadoras, intolerables. ¿Eran ciertas? Bueno, eso es siempre lo de menos. El telegrama de Guillermo I también había sido manipulado por Bismarck, pero eso, la verdad, es siempre un detalle sin la menor importancia. Lo que importa es que se declare la guerra, y, sobre todo, lo que importa es ganar el botín buscado, que la victoria lava todos los pecados y anula todos los escrúpulos.

Pero, mira por dónde, la guerra de la Oreja de Jenkins a los ingleses no les resultó tan productiva como esperaban. Aunque lo cierto es que tampoco fue un éxito rotundo para la corona española.

De esta guerra el episodio más conocido es la defensa de Cartagena de Indias, donde Blas de Lezo, con muchos menos barcos y hombres, logró derrotar a una gran escuadra inglesa. Con eso prácticamente se soluciona la guerra colonial, pero entonces se activa el frente europeo, como una parte de la guerra de Sucesión Austriaca, en la que no solo luchaban ingleses y españoles, sino también austriacos, franceses, prusianos y hasta rusos, además de los pequeños reinos y estados italianos. Al final se armó un lío tremendo, porque las alianzas cambiaban constantemente y los escenarios bélicos se multiplicaban rápidamente; y todo para nada, porque en el Tratado de Aquisgrán, que en 1748 pone fin a la guerra, se decide que todo vuelva a estar como al principio, que cada país se quede con los territorios que tenía antes de empezar la guerra. De manera que se puede decir que nadie gana.

Y donde nadie gana todos pierden, y es muy fácil que alguien no se conforme con el resultado y quiera resarcirse, como de hecho así fue. Si en 1739 la guerra empieza en el Caribe y de ahí pasa a Europa, ahora, en 1756, pasa al revés. La guerra empieza en Europa y de ahí salta a América, pero en este caso no al Caribe sino a América del Norte. A los españoles les pilla de rebote. Pero lo que importa es que les pilla.

Sátira británica de 1738 en la que aparece el león inglés atacando un arado tirado por esclavos que representa el sistema colonial español. Al fondo se puede ver a Fandiño cortándole la oreja a Jenkins. (DP)
Sátira británica de 1738 en la que aparece el león inglés atacando un arado tirado por esclavos que representa el sistema colonial español. Al fondo se puede ver a Fandiño cortándole la oreja a Jenkins. (DP)

Hay que decir que se suele hablar mucho de Latinoamérica, pero se olvida que media América del Norte es española. Y no me refiero solo a la zona de México (que por entonces incluía lo que luego sería Texas, Nuevo México, Arizona, California…), sino a Florida. Por eso mismo, además de otras razones dinásticas, la corona española establece una alianza con Francia y entra en la guerra. Carlos III no ha pasado a la historia como un rey muy belicoso, pero lo cierto es que participa en las dos grandes guerras americanas del siglo XVIII. En la guerra de los Siete Años los españoles prácticamente no harán otra cosa que defender las colonias de los ataques ingleses y portugueses. Pero eso ya es mucho, teniendo en cuenta que el frente va desde California hasta Buenos Aires y desde ahí salta hasta Manila, que será atacada y conquistada por los ingleses en 1762.

Al final, con el Tratado de París, los franceses pierden Canadá y los españoles Florida. Pero, pese a todo, a los españoles no les va tan mal: recuperan Manila y La Habana, que también había sufrido un asalto inglés, y los franceses less compensan la pérdida de Florida cediéndoles la Louisiana, un territorio inmenso y medio salvaje donde destaca la ciudad de Nueva Orleans. Y luego viene la letra pequeña, lo que se suele olvidar… Durante la guerra, un ejército español salido de Buenos Aires ha conseguido conquistar la colonia de Sacramento, un lugar minúsculo pero muy estratégico que estaba en poder portugués. Ahora tienen que devolvérsela a sus dueños. Y eso no quedará así, por desgracia.

De la guerra de los Siete Años ha quedado para el cine una película: El último mohicano. Y eso es más que una anécdota, porque desde ahí hasta el final del colonialismo el recurso a usar tropas indígenas en todas las guerras de los blancos va a ser lo más normal del mundo. Pero casi lo más importante es lo que no pudo prever nadie: cómo una gran victoria se iba a convertir en la causa de una gran derrota. A los ingleses se les subió el éxito a la cabeza. Quisieron que las colonias de Norteamérica, las Trece Colonias, pagaran los gastos de la guerra. Los colonos se negaron y ya sabemos lo que vino: la guerra de Independencia americana. Y ahí volvemos a ver a los españoles, de rebote, metidos en una guerra en sus fronteras del norte, siempre de la mano de los franceses. Y es curioso, porque parece que los españoles en esta guerra no estaban por ningún lado, pero lo cierto es que sí estaban, sí participaron, aunque luego el mérito de la victoria se lo llevaron los colonos y los franceses, como el marqués de La Fayette, que volvió a París convertido en un gran héroe y con ganas de empezar la Revolución francesa.

La guerra acabó con la Paz de Versalles, España recuperó Florida pero no devolvió la Louisiana a Francia, de manera que amplió sus territorios en América del Norte. De paso, recuperó Menorca y las costas de Nicaragua y Honduras, de manera que Carlos III podía estar contento. Pero no del todo…

Esta república federal ha nacido pigmea, por decirlo así, y ha tenido necesidad de apoyo y de las fuerzas de dos potencias tan poderosas como la España y la Francia, para conseguir su independencia. Vendrá un día en que será un gigante, un coloso temible en esas comarcas. Olvidará entonces sus beneficios que ha recibido de las dos potencias, y no pensará más que en su engrandecimiento.

Esto decía el conde de Aranda en su informe para el rey. Ayudar a los americanos podía salir caro en el futuro.

Luis XVI también debió de pensar lo mismo. Pero su cabeza ya tenía precio.

La batalla de Carillon en la guerra de los Siete Años, por Henry Alexander Ogden. (DP)
La batalla de Carillon en la guerra de los Siete Años, por Henry Alexander Ogden. (DP)

2. El terremoto, el marqués y la isla

En 1755 Lisboa es destruida por un terremoto. El terremoto es tremendo, pero además es mucho más que un terremoto. Va seguido de un tsunami y un incendio. Además, bandas de delincuentes y presos fugados de las cárceles aprovechan para robar, violar y matar a los aturdidos supervivientes. Es lo más parecido al Apocalipsis que esa pobre gente había vivido en sus vidas. De manera que una de las primeras explicaciones es atribuirlo a un castigo de Dios. En ese momento tenemos en Portugal a un rey que practica el despotismo ilustrado y a un poderoso ministro, el marqués de Pombal. Los jesuitas intentan poner al pueblo contra él, pero el ministro aguanta, continúa al frente del país y en cuanto pueda se vengará de los jesuitas convenciendo al rey para que prohíba la orden. En 1759 se decreta la expulsión de los jesuitas de todos los dominios del imperio portugués. A esta expulsión pronto se sumarán otras expulsiones, como la expulsión decretada por el rey Carlos III en 1767, después del motín de Esquilache. Todo eso tendrá una consecuencia inesperada en América: las guerras guaraníes y el fin de las reducciones.

Retrocedamos un poco. En concreto, al Tratado de Madrid de 1750. En ese momento acaba de terminar, como hemos visto, la guerra de la Oreja de Jenkins o guerra del Asiento, que se ha enlazado con la guerra de Sucesión Austriaca. Pero, aparte de todo esto, Portugal y España tienen un largo conflicto por una pequeña isla, sin ningún valor más que su localización: la colonia de Sacramento, situada a la entrada del estuario del Río de la Plata. Para solucionar este asunto se acuerda el trueque de esta isla por un territorio situado en la llamada Banda Occidental del río Uruguay, dentro del cual se encuentran siete reducciones jesuíticas. Estas reducciones son una de las zonas más ricas y bien administradas de todo el Virreinato de Río de la Plata y en ellas habitan treinta mil indios guaraníes. Al ser transferidas las tierras a la corona portuguesa los jesuitas y los indígenas deben abandonar las tierras o convertirse en súbditos de su nuevo rey. Los jesuitas obedecen la orden, pero los indios no. Y empieza la revuelta en 1754.

Misioneros en Brasil, autor desconocido. (DP)
Misioneros en Brasil, autor desconocido. (DP)

En el momento del terremoto, la guerra guaranítica, en la que los soldados españoles acuden a ayudar a los soldados portugueses, está en pleno desarrollo. Los jesuitas, como ya hemos dicho, acusan a Pombal, al rey del Portugal y a la Ilustración en general de provocar la ira de Dios, pero lo cierto es que no ayudan militarmente a los indios, como se ha especulado (y, por cierto, como sale en la película La misión), y de poco les vale. Con su doble expulsión, las misiones quedan definitivamente abandonadas, pero lo cierto es que las guerras guaraníes ya han acabado con ellas. Solo en la batalla del Cerro Caibate han muerto más de mil quinientos guaraníes. Los que logran escapar se refugian en la selva y en las colinas. La ocupación portuguesa nunca llegará a ser efectiva totalmente y durará muy poco. En el Tratado del Pardo, de 1761, se vuelve a las fronteras anteriores al Tratado de Madrid. Pero el desastre ya no tiene remedio. Lo que había sido una región muy rica, con una gran población y con un sistema social y administrativo muy desarrollado y avanzado, que funcionaba perfectamente, es ahora un montón de ruinas deshabitadas. Por otra parte, Sacramento será conquistada militarmente por los españoles en la guerra de los Siete Años y tendrá que ser devuelta otra vez a Portugal al final de la guerra. Es decir, que todo sigue como está. Todo menos los jesuitas, sus misiones y sus habitantes. Todo menos los muertos.

3. ¿Qué fue del sueño del libertador?

América del Sur después de la independencia. Sí. Estos países tienen su historia, aunque los españoles, los peninsulares, ya no pinten nada en ella. En los libros de texto la historia de Chile y Argentina acaba en 1825, pero no. Esos países tienen su historia y, curiosamente los españoles, los antiguos dueños, a veces siguen saliendo en ella.

En 1866 una escuadra española atacó la ciudad de Valparaíso. Y uno piensa, ¿Valparaíso? Pero ¿los españoles qué pintan ya allí? Desde que O’Higgins independizara Chile en 1817 ningún soldado español había disparado ninguna bala en aquella parte del mundo. Casi se podía decir que España y Chile se habían ignorado completamente. Los nuevos países miran a Gran Bretaña, miran a los Estados Unidos. La ruptura ha sido muy traumática. Las relaciones con las excolonias nunca son fáciles. Pero con una larga guerra por medio la cosa es mucho peor.

Pero ¿qué ha pasado en América del Sur y Central desde que se fue el último virrey español? Para empezar, hay que decir que a los libertadores les va muy mal. A Sucre lo matan, San Martín se autoexilia, a O’Higgins lo echan de Chile, Bolívar se deja la piel intentando que alguien le haga caso, pero nadie quiere la «Gran Colombia». En México, Iturbide pasa en pocos años de defensor de la corona española a caudillo independentista, luego dictador (autoproclamado «emperador») y, finalmente, es condenado a muerte por sus propios compañeros. Pero México se disgrega, pierde el sur, de donde salen países como Honduras o Guatemala, y pierde el norte, por obra y gracia del ejército norteamericano. Y si a los libertadores no les va bien, a sus países tampoco. Guerras civiles y guerras con sus vecinos, además de enormes problemas sociales y económicos, en eso se resumen los años posteriores a la independencia.

Proclamación de Iturbide el 19 de marzo de 1822, autor desconocido. (DP)
Proclamación de Iturbide el 19 de marzo de 1822, autor desconocido. (DP)

Y así llegamos a 1866, y España vuelve a entrar en escena y por la puerta grande: entra en guerra con media América del Sur de la manera más tonta, porque a la declaración de guerra de Chile se suman Perú, Ecuador y Bolivia. Será un episodio muy breve, que pasa por los libros de historia como una simple nota a pie de página, pero lo cierto es que esa guerra existió, como existieron sus bombas, sus incendios, sus barcos hundidos y sus muertos, y no contribuyó especialmente a mejorar las relaciones de las excolonias con la metrópoli.

Por eso es muy curioso el caso de Santo Domingo, que, siendo independiente desde hacía décadas, volverá a ser español de 1858 a 1865, y no por una reconquista militar sino por petición propia, por un acuerdo diplomático.

Y por eso también es muy curioso el caso de Cuba, de Filipinas y de Puerto Rico, que hasta final del siglo no inician ningún movimiento independentista. Y, de hecho, en Puerto Rico casi no podemos hablar de «movimiento independentista» en ningún momento.

Volvamos al norte… ¿Alguien se acuerda de Florida y de la Louisiana? Ya sabemos que a la altura de 1783, con la firma del Tratado de París, España recuperó una y conservó la otra. Pero ¿luego qué? ¿Qué pasó con ellas? Pues que las perdió sin pena ni gloria. Vendió Florida a los americanos y le regaló Louisiana a Napoleón (que fue listo y la vendió a los americanos, siempre dispuestos a comprar o a conquistar nuevos territorios). Luego vino Riego y acabó por hundir los esfuerzos de Abascal, el virrey de Perú, que él solito había defendido media América para el inútil de Fernando VII. Pero esa historia ya está toda en los libros.


¿Qué pasó entre Bolaño y César Aira?

César Aira. Imagen cortesía de Random House.
César Aira. Imagen cortesía de Random House.

En julio de 2008, César Aira (Argentina, 1949) impartió un curso en Santander, organizado por la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. Costaba cien euros, e incluía una beca para alojarse cuatro noches en el Palacio de la Magdalena. Dio la casualidad de que en ese preciso momento yo tenía cien euros y me matriculé. El primer día, una hora antes de empezar, bajé a desayunar y me encontré a Aira solo, bebiendo un zumo de naranja vagamente natural, y con un huevo frito en el plato, que era mi desayuno preferido, pero para cenar. Me senté a su lado y al rato me estaba contando que su abuelo se llamaba Robustiano y que era de Sobradelo, en Ourense. Aira no sabía, y yo tampoco, que en Ourense hay tres pueblos con ese nombre. Poco después se sumó al desayuno Michel Lafon, catedrático de Literatura Argentina en la Universidad Stendhal de Grenoble, novelista y traductor de Aira, Borges y Bioy Casares al francés. Hurgamos, y resultó que la suegra de Lafon también era de Ourense.

El curso se titulaba Por qué escribir. Cómo escribir. Qué escribir, y al final no consistió en nada de eso. O tal vez sí. Nos pasamos los cinco días que duró hablando de Borges, y de otros escritores que a su vez remitían a Borges. Naturalmente, también hablamos de Aira. Nos contó que, después de cuarenta años publicando, había tomado conciencia de su posición como escritor a través de las preguntas que le hacían los periodistas. «Cuanto más importante es un novelista, más fáciles son esas preguntas». Al principio de su carrera era habitual que hiciera frente a cuestiones para las que no tenía respuestas. Señal de que «me tomaban por un novelista menor». Con el tiempo comenzaron a valorarlo. En parte, lo supo porque le preguntaban cosas como «¿Escribe con ordenador o a bolígrafo?», «¿Fuma cuando está delante de la página?», y hablando de página, «¿Tiene miedo a la página en blanco?». La cosa iba bien. Últimamente advertía que estaba entre los grandes de la literatura, después de que en una emisora de radio una periodista le preguntara: «¿Está casado o soltero?»

El momento culminante del curso, después de tantos autores citados, llegó cuando alguien quiso saber si le gustaba Roberto Bolaño (1953-2003). «No he leído una sola línea de Bolaño en mi vida», aseguró. Sonó raro, casi a mentira. César es un lector obstinado. Parecía imposible que no hubiese leído al autor chileno. Todo el mundo leía, o al menos decía que leía a Bolaño. «Yo soy un escritor que escribe para que lo dejen seguir leyendo», había confesado esos días. Bolaño se había convertido en un escritor especialmente leído por escritores. ¿Menos por Aira? Podía ser, sin embargo. En general, Aira se había mostrado reacio a leer a sus contemporáneos. Por no decir que aborrecía los grandes consensos. Bastaba que todo el mundo coincidiese en que había que leer a Bolaño para que, automáticamente, eso fuese lo que menos le apetecía en esta vida.

En uno de nuestros encuentros posteriores, me confesó que alguna vez había sentido «la curiosidad íntima de leerlo». Nada ineluctable, o mordiente. Más bien era curiosidad presumida, puntual, discreta, que al poco decaía. En cierta ocasión otro escritor, creía recordar que Alan Pauls, le había hablado de un cuento de Bolaño titulado «El gaucho insufrible», hermanado con «El sur», de Borges. La conversación transcurrió en Rosario, en 2004, con Bolaño ya fallecido, y Aira estuvo a punto de acudir a una librería a comprar el volumen donde se incluía el relato. Pero tenía prisa. No pudo. Al día siguiente regresó en avión a Buenos Aires y la tentación de leer Bolaño se fue diluyendo en el aire, con la velocidad de crucero.

Era curioso, porque Bolaño sí había leído a Aira. Y tenía una buena opinión de su obra. En Entre paréntesis, un libro en el que se compilan algunas de sus conferencias y artículos periodísticos, afirma: «Si hay actualmente un escritor que escapa a todas las clasificaciones, ese es César Aira, argentino de Coronel Pringles, ciudad de la provincia de Buenos Aires que no tengo más remedio que aceptar como real, aunque parezca inventada por él, su hijo más ilustre, el hombre que escribió las palabras más lúcidas sobre la madre (un misterio verbal) y sobre el padre (una certeza geométrica), y cuya posición actual en lengua española es tan complicada como lo fue la posición de Macedonio Fernández a principios de siglo. Digamos, para empezar, que Aira escribió uno de los cinco mejores cuentos que yo recuerde. El cuento se titula “Cecil Taylor”, y lo recoge Juan Forn en una antología sobre la literatura argentina. También es el autor de cuatro novelas memorables […]. Aira es un excéntrico, pero también uno de los tres o cuatro mejores escritores de hoy en lengua española».

Aquel día en Santander, César nos hizo una segunda revelación a propósito de Bolaño, mucho más emocionante. Habían estado a punto de conocerse en varias ocasiones y en todas ellas, en el último instante, «había sucedido algo inesperado». Me quedé intrigado. ¿Qué había pasado? ¿Por qué no se habían conocido? ¿Qué faltó? ¿O qué sobró? En aquel momento, en mitad del curso, no aportó apenas detalles. Con el tiempo, sin embargo, entablamos amistad, y poco a poco reconstruimos el sugerente mapa de los encuentros fallidos. El primero debió de haberse producido en 1997, auspiciado por Ignacio Echevarría. Para entonces, Bolaño había publicado ya La pista de hielo, La literatura nazi en América y Estrella distante. Lejos quedaba su primer libro, escrito a cuatro manos con Antoni G. Porta, Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce. Aira había empezado a publicar antes, pero su obra apenas había llegado a España.

En mayo de este año, durante un acto de homenaje que se le rindió a Aira en la Casa Encendida de Madrid, Ignacio Echevarría contó que Jorge Herralde, editor de Anagrama, regresó de un viaje a Argentina en 1990 con «una maleta de manuscritos de autores entre los que estaban Ricardo Piglia, Rodrigo Fresán, Rodolfo Fogwill y César Aira, entre otros». Le pidió un dosier de todos ellos, y «yo informé tibiamente de Respiración artificial, de Piglia, y recomendé la publicación de Una novela china, de Aira, y de Los pichiciegos, de Fogwill». Finalmente, no se produjo el desembarco argentino. Herralde se limitó a editar Historia argentina, de Fresán, y Buenos Aires, la antología de relatos comentados por Juan Forn, en la que se incluía «Cecil Taylor».

Roberto Bolaño. Imagen cortesía de RTVE.
Roberto Bolaño. Imagen cortesía de RTVE.

Fue Mondadori, a partir de 1997, la editorial que apostó por Aira. Ese año publicó Ema, la cautiva. En primavera vino a España de promoción. A Aira siempre le cuesta abandonar Buenos Aires. Es remiso a dejar su casa, sus cafés, su paginita diaria, sus lecturas. En Barcelona, donde iba a participar en un acto sobre literatura argentina, lo esperaba Echevarría, que durante sus conversaciones telefónicas le había trasladado la posibilidad de verse con Bolaño. Estaba todo preparado para que así fuese. Los dos tenían mucho interés. Sin embargo, cuando Aira pisó Barcelona, supo que dos días antes Bolaño había partido precisamente hacia Buenos Aires en compañía de Enrique Vila-Matas para formar parte de una mesa redonda sobre narrativa hispanoamericana. Aquella fue su primera cita frustrada.

Aira volvió a su barrio. Se olvidó de Bolaño. Siguió sin leerlo. Se reincorporó a sus rutinas, escribiendo en bares, despacio, aunque sin borrar ni reescribir, casi reivindicando el error, lo que en cierto sentido equivalía a ir deprisa. Usaba cuadernos de papel liso, sin rayas ni cuadrícula, con espiral. Un señor de la casa Wussmann lo provee. La misma casa Wussmann que fabrica los billetes para la Casa de la Moneda. Papel de Wussmann, pues, y estilográfica de Montblanc o Vuitton para escribir en los cafés, donde halla la proporción ideal de ruido y silencio, ensimismamiento y distracción. Si todo va bien, escribe una pagina y se detiene, hasta el día siguiente. Entonces ya su ritmo de producción era de una novela cada tres meses. Novelas cortas. O novelitas, como las llama él. Estas se reivindican como una desesperación de la novela, casi como su suicidio. «Voy improvisando, lanzándome a la aventura, nunca planifico, el momento de empezar es el más divertido. Luego, hay momentos en que me aburro, quiero empezar otra novela, y tengo que matar a todos los personajes para acabar pronto», comentó en una ocasión. «Lo ideal sería dejarlas inconclusas».

Su método de trabajo se oponía al de Bolaño. Este escribía en casa, y a otro ritmo, más febril. En un día común llenaba tres folios; en uno bueno, diez; en uno malo, quizá uno. «Cuando estoy metido de lleno en una obra duermo en mi estudio y puedo ponerme a escribir a las cinco de la mañana y no parar hasta las once», aseguraba. Lo hacía en un viejo ordenador que le duró toda la vida. No creía en el error y reescribía «muchísimo». Sus obras, hasta entonces más o menos cortas, estaban a punto de dar paso a una novela coral y larguísima. Entrábamos en 1998 y Los detectives salvajes iban a consagrarlo. La novela obtuvo el Premio Herralde. Ese año casi conoció otra vez a César Aira, pero ahora en Chile.

A mediados de septiembre, Aira recibió una llamada de Jovana Skármeta para invitarlo a la Feria Internacional del Libro de Santiago, entre el 27 de octubre y el 8 de noviembre. Jovana había trabajado en la Cámara del Libro, y en ese momento era relaciones públicas de la editorial Fernández de Castro, a través de la que se distribuían algunos de los libros de César en Chile. Aira aceptó la invitación. El día de su llegada se dio un paseo por la ciudad y después se dirigió a El Mulato, un café clásico de escritores. Cuando estaba a unos cincuenta metros del local, vio salir a dos personas; una de ellas le pareció Jovana Skármeta. Estaba casi seguro. Avivó el paso para alcanzarla, pero el semáforo se puso en rojo. Jovana y su acompañante se fueron alejando. «Cuando conseguí cruzar la calle, ya habían desaparecido». Encendió un cigarro y se dirigió al café tranquilamente. De todas formas, había quedado al día siguiente con Jovana en el hotel. Puntual, se la encontró cuando bajó al lobby. Le comentó que el día anterior creía haberla visto saliendo de El Mulato. «Sí, era yo; fui con Bolaño», le dijo. Acababa de esfumarse su segundo encuentro. «La única vez que lo vi, lo vi de lejos, sin saber que era él». Curiosamente, esos días Bolaño había regresado a Chile después de veinticinco años de ausencia. Nunca había pensado en volver a su país, pero semanas atrás había recibido la propuesta de Paula, una revista femenina chilena, para que formase parte del jurado de su concurso de cuentos, y aceptó. La casualidad casi lo empujó a cruzarse con César Aira en Santiago, y la misma casualidad, o tal vez otra, los separó. Al final iba a ser cierto que el mundo es demasiado grande.

Un año después, en agosto de 1999, Bolaño acudió a Venezuela para recibir el Premio Rómulo Gallegos. Su prestigio era imparable. La noche antes de regresar a España cenó con los representantes del Pen Club de Venezuela. Al final de la velada alguien comentó que justo el día anterior César Aira había participado en el Taller de Expresión Literaria del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos impartiendo una conferencia. Empezaban a ser demasiados desencuentros casuales. ¿No se estarían, en el fondo, evitando?

Pero entonces llegó 2003. El año anterior César había enviado a Mondadori el manuscrito de El mago, que entusiasmó a la editorial, y le pidieron que viajase a España para presentar la novela. «En ese momento volvió a surgir la oportunidad de planear un encuentro con Bolaño». De nuevo en Barcelona, y por segunda ocasión de manos de Ignacio Echevarría, del todo empeñado en que se conociesen. Esta vez no habría imprevistos de última hora. Aira seguía sin leer a Bolaño, pero no importaba. Quería estrecharle la mano, hablar, incluso permanecer en silencio junto a él, mirándose los zapatos. Ya disponía de fechas y billetes para el viaje. El 15 de julio, tres días antes de subirse al avión, leyó en la prensa que Bolaño había fallecido en el Hospital Vall d’Hebrón de Barcelona después de pasar diez días en coma a consecuencia de una insuficiencia hepática. Fin.

Ya nunca podrían encontrarse. Pero César aún podía leer a Bolaño. Era como un as en la manga. Equivalía a cerrar un círculo, y, en cierto sentido, a conocerlo al fin. En abril de 2009 estuve con Aira en Madrid. Me confesó que seguía sin leer a Bolaño. Como me lo temía, acudí al encuentro con Amuleto, que le regalé como parte de una broma. Pasaron los años, y nunca le pregunté por el libro, hasta hace unos días. «No, no leí nada de Bolaño en este entretiempo, a pesar de que fue un entretiempo largo. Cada vez releo más, y lo que no leí será difícil que lo lea».


Julio Iglesias, el embajador universal

Fotografía: Cordon Press.

Desde niño, siempre he tenido la costumbre, quizá mala (buena no es), de fisgar entre los libros y discos de la gente nada más entrar en sus hogares. Se aprende mucho de sus criterios, aspiraciones y, a veces, algo sobre sus simpatías políticas. A pesar de tan sólido aprendizaje en encasillar a los demás por sus gustos o predilecciones culturales, cuando llegué a España durante mi año Erasmus no estaba preparado para la casi enfermiza politización de la cultura en todas sus manifestaciones. Si se encuentra un CD de Tom Jones y las memorias de Jackie Collins en las estanterías de una casa británica, es más probable que los propietarios sean partidarios de David Cameron que si tienen la novela homónima del tigre de Galas de Henry Fielding y un vinilo de Bob Dylan; aún así, la ciencia es menos exacta que, por poner unos ejemplos que vienen al caso, el tropiezo con los grandes éxitos de Julio Iglesias y la biografía de la reina Sofía en comparación con la última novela de Juan Goytisolo, y una grabación de Camarón de la Isla en directo.

No es una exageración afirmar que he podido fraguar una carrera a base de esta observación y su relación con idiosincrasias tanto mías como de los españoles que rayan en vicios. Hice mi tesis doctoral sobre la puesta en escena y recepción de los grandes dramaturgos del teatro áureo en la España contemporánea; una de mis conclusiones fue que la apropiación del Siglo de Oro por ciertos sectores de la derecha española ha tenido mucho que ver con el hecho de que hay más montajes de Shakespeare que de Calderón de la Barca, Lope de Vega y Tirso de Molina en su conjunto. Mientras el genio de Stratford se ve como popular en el buen sentido de la palabra, a sus homólogos españoles los tildan de populistas, un adjetivo que asume connotaciones mucho más negativas en España que en el Reino Unido; hay muchas explicaciones para este fenómeno, pero la apropiación de la cultura popular por parte de la dictadura franquista junto con la hegemonía de la doctrina marxista entre los intelectuales de oposición es clave. Por poner un ejemplo sobre la mesa, si nos fijamos en Reivindicación del conde don Julián (1970) de Juan Goytisolo, el polémico escritor despotrica contra lo que considera como el opio de las masas: tanto lo más rancio —ahora diríamos casposo— de la cultura nacional, entre lo cual figuran manifestaciones tan diversas como la exuberancia del barroco y los fans de Raphael, como lo que interpreta como una cutre invasión anglosajona a través de productos que van desde la Coca-Cola hasta los Rolling Stones. Se olvida muchas veces que la llegada de los Beatles a la España de 1965 —y la muy comentada posibilidad de que iban a rodar una película con Manuel Benítez, el Cordobés fue peor vista por la disidentes que por los fieles al régimen.

Un par de décadas más tarde, una colega mía coincidió con Goytisolo en una cena en un colegio de la Universidad de Cambridge; se quedó estupefacta ante la manera en que don Juan entabló la conversación con una curiosa pregunta retórica: «¿Qué piensas de la julioiglesiasificación del mundo?». Tampoco sabría contestar a tal interrogatorio: la superestrella siempre me ha dejado indiferente, pero no conviene ver los toros desde la barrera cuando la bifurcación entre los que quieren y los que odian a Iglesias es igual o mejor que muchas definiciones o explicaciones de «las dos Españas». Cuando se celebró un concierto en el Liceo en 2011, hubo ecos de antiguos y empedernidos conflictos de clase en el contraste entre la gente guapa dentro del auditorio burgués por antonomasia y los okupas de la plaza Catalunya en pleno fervor 15M.

Julio diría que la política platica con el cerebro y él canta para las almas; una afirmación de esta índole no solo da fe de sus raíces gallegas sino que también es buena prueba de la regla general de que el que se autoproclama como apolítico suele ser de derechas. De hecho, es el camaleón perfecto, un encantador maquiavélico del siglo XX. Recibió la primera oportunidad de salir a la palestra musical porque su padre, el celebrado ginecólogo Dr. Iglesias, tenía importantes amiguetes dentro del Movimiento Nacional, quienes tuvieron el poder para seleccionar a su hijo como candidato español para el Festival de Benidorm. Según el antiguo mayordomo, Antonio del Valle, Julio se trasladó a Miami entre otros factores porque no pudo aguantar el rumbo democrático que tomaba España después de la muerte de Franco; eso no evitó que el cantante diera un concierto de masas, subvencionado por el Estado, para coincidir con la celebración de la Copa Mundial en su país natal. El cantante ofreció varias galas en Sudáfrica durante el apartheid; a medida que fue mejorando su fama en los mercados occidentales y empeorando la imagen de la segregación racial se arrepintió y, en 1985, prometió que no volvería a actuar allí hasta que cambiara la política del país —como resultado, las Naciones Unidas le quitaron de una lista negra de cantantes que no acataban las sanciones que habían impuesto.

Eurovision 1970. Fotografía: Nationaal Archief (CC).

Aunque nunca le ha tocado el papel de mariachi luchador metido en un golpe de Estado —como hacía Enrique, el benjamín del matrimonio Iglesias-Preysler, junto con Antonio Banderas en Once Upon a Time in Mexico, película de Robert Rodríguez—, la música de Julio casi constituyó la banda sonora de las dictaduras militares para muchos latinoamericanos. Los trabajos de Katia Chornik, una investigadora de la Universidad de Manchester, han revelado que solían torturar a muchos presos políticos en Chile con la música del español puesta a tope; aunque sería injusto echarle la culpa por los gustos de los matones de Pinochet, tampoco se debe olvidar que disfrutó de un trato personal y privilegiado del régimen dictatorial, bajo cuyo amparo volvió una y otra vez. Julio no ha dejado de ofrecer galas en países represivos en pleno siglo XXI; incluso ha llegado a cantar en directo con la hija del dictador de Uzbekistán. Ahora que se ha apagado un poco su estrellato en el llamado primer mundo, se puede notar un fenómeno bastante consistente en sus giras: cuanto menor es el PIB del país y peor su historial de vulneración de los derechos humanos, más cuesta una entrada para un concierto de Julio Iglesias. Para explicar este fenómeno hace falta entender su valor como icono de la supuesta modernidad y sofisticación.

Mi primer encuentro con su música fue cuando encontré uno de sus discos en las estanterías de la casa de mi tía; cuando le pregunté quién era, ella me contestó: «El hombre con quien debí de haberme casado en vez de tu tío». Hasta hace más o menos diez años, no había cena en su casa sin aceitunas y un disco de Julio, ambos buques insignia de cierto espíritu aventurero y cosmopolita que a ella le parece que la separaba de la mayoría de mis parientes más paletos. Tanto Raphael como el teatro del Siglo de Oro disfrutan de renombre internacional dentro de ambientes muy dispares, pero el caso de nuestro cantante es distinto y único: se ha convertido en un símbolo universal. Julio Iglesias era la marca España antes de que se le ocurriera a nadie acuñar tal término. Le pagaron dieciocho millones de dólares por aparecer en una campaña de Coca-Cola; su álbum Momentos vendió más ejemplares que Thriller de Michael Jackson en Brasil y a partir de su primer concierto en Beijing en 1988, visto por más de cuatrocientos millones de televidentes, Julio —o 胡利奥·伊格莱西亚斯, en mandarín— se ha convertido en el artista extranjero con más ventas en China; ha actuado en recepciones oficiales para presidentes tan diversos como Reagan, Chirac y Clinton. Digan lo que digan sobre Coca-Cola, los chinos o la Casa Blanca, saben invertir bien el capital tanto económico como simbólico, y Julio se ha convertido en un blanco atractivo y lucrativo. Para bien o para mal, el exportero de Real Madrid es, junto con la revista Hola, lo más parecido a la Coca-Cola made in Spain. Pero, ojo, el hecho de que algo o alguien sea un símbolo universal no quiere decir que signifique lo mismo en todos los sitios; a los guiris, por ejemplo, siempre nos parece raro que a veces haga falta en los menús del día pagar un suplemento por un refresco: no entra en nuestra mentalidad que una cerveza o un vino puede ser más económico que una Coca-Cola.

Cuando anunciaron que iba a dar un par de conciertos en Londres para coincidir con la entrega de un galardón por ser el artista latino con más éxito de todos los tiempos, hice el peregrinaje al Royal Albert Hall no solo para ver al español más universal en su salsa sino para observar la variedad entre la homogeneidad, es decir a su(s) público(s). Arrancó con «Amor», una de las canciones más emblemáticas en español para el mercado anglosajón. El público, muy entregado desde el principio hasta el final, quería que todo fuese apoteósico pero resultó obvio que algo no iba bien a pesar del apoyo incondicional de los fieles seguidores: casi no pudimos ni oír ni ver al gran ídolo, quien se ha quedado cojo y afónico. En una reseña de The Daily Telegraph, Neil McCormick, uno de los críticos más importantes y respetados de Gran Bretaña, echó la culpa a la mala acústica de la sala y dedicó elogios a la actuación en sí. Mi impresión, sin embargo, fue que los desajustes de sonido se hicieron adrede —no había problemas durante el recital del telonero, el aún más casposo Carlos Núñez— en lo que se puede interpretar como un sorprendente acto de humildad por parte de la estrella. Dio la impresión de haber trabajado mucho por disimular sus limitaciones: la aparición continua de un par de bailarines de tango sirvió para distraer la atención de su falta de movilidad; mientras que el bajo volumen de su micrófono durante la mayoría de la actuación permitió que una intepretación de «Hey» pareciera poderosa a base no tanto de las cuerdas vocales sino por la amplificación, muy bien manejada por su equipo de sonido. Un inciso: una pregunta que me surgió con la abdicación del rey Juan Carlos fue qué habrá sido de Hey, el cachorro de león que Julio compró para sus majestades a principios de los años ochenta.

Como acto de protocolo, el concierto no tenía parangón: todos supimos y desempeñamos nuestros papeles a la perfección. La canción del cachorro fue un desahogo emocional antes de que el público se pusiera en pie para la recta final, de temas más animados; también dio la oportunidad para un despliegue de hombres de seguridad, quienes iban a ser necesarios cuando una mujer bien entrada en años intentó subir al escenario para abrazar a su latin lover. Constituyó una versión esperpéntica del famoso cameo que hizo para un especial del día San Valentín del programa norteamericano The Golden Girls. El celebrado efecto que Julio inspira en mujeres de cierta edad ha sido apuntado por The Guardian, que ha comentado que da miedo a cualquier hombre cuya mujer ha mirado en los ojos de un camarero italiano más de lo estrictamente necesario. Sería un escándalo entre sus lectores si hicieran un comentario parecido sobre un rapero africano, y es muy llamativo que el periódico más políticamente correcto del Reino Unido no tenga reparos en mezclar lo italiano con lo español, reproduciendo en vez de desmitificar la facilona sexualización de los cuerpos y voces latinos por los anglosajones. Es solo un ejemplo entre muchos —el ejemplo más emblemático sería The Minstral Show— de cómo lo exótico puede conceder cierto protagonismo, pero siempre conlleva el riesgo de convertir al exótico en un payaso pendiente de los caprichos del público que manda. No sé hasta qué punto es verdad pero dicen que el galán italiano Eros Ramazzotti ya maneja el inglés demasiado bien y tiene que asistir a clases de enunciación para seguir hablando con el acento foráneo que exigen sus admiradoras; Julio no dejó de dar juego con su deje inglés durante todo la actuación y, antes de una canción típicamente latina según él, prometió que todas las mujeres del público iban a quedar embarazadas después del concierto y eso a pesar del hecho de que más del setenta por ciento del público femenino ya había pasado la edad en que incluso el doctor Iglesias hubiera podido facilitar los, digamos, trámites necesarios.

Iglesias en el Royal Albert Hall el pasado mes de mayo. Fotografía: Cordon Press.

Si uno se fija en los comentarios y las críticas de sus conciertos en las páginas web de Ticketmaster, muchos se quejan de que Julio cante demasiados temas en español. Hasta cierto punto, el cantante debe ser consciente de este chovinismo anglosajón: pasó por alto algunos de sus grandes éxitos en castellano —«De niña a mujer», «Soy un truhán, soy un señor»— para ofrecer versiones bastante mediocres de canciones ya anodinas de George Michael o The Cars. No es casualidad que sea en Benidorm donde hay un auditorio nombrado en honor de Julio, junto con una estatua: como la ciudad, es un cóctel que compagina lo familiar con lo exótico, y hace hincapié en las diferencias, pero siempre dentro de un discurso universal mezclado con idiosincrasias locales. Así invita a Carlos Núñez, quien ya había insistido en el espíritu celta de sus gaitas, para que vuelva al escenario para hacer juntos «Un canto a Galicia»; y antes de cantar —o, mejor dicho, susurrar— su tema más famoso en Inglaterra, «To All the Girls I’ve Loved», presenta a un joven desconocido estadounidense, quien reemplaza a Willie Nelson, como un «yanqui» —una palabra que no he oído desde la última vez que vi una película de John Wayne.

Soy consciente de que quizás he dado la impresión de que el concierto fue una birria total; hasta cierto punto lo fue y, según la prensa, un gran porcentaje del público en su siguiente concierto en Dublín pidió, sin éxito, que el promotor les devolviera el dinero. Sin embargo, en ningún momento me aburrió. En primer lugar, me quedé fascinado por la gente que había a mi alrededor: dos chinos adinerados, unas chicas cursis de Valladolid y dos abuelitas inglesas. Pero, más que nada, me sorprendió lo que había de entrañable y patético en la figura de Julio: se nota que es adicto al escenario y, en contraste con Bob Dylan —quien es igual o peor de voz, pero da la impresión de que no le importa para nada—, parece que echa mano desesperadamente de todos los limitados recursos a su alcance para que el público se lo pase bomba. Más que nada me recordó al protagonista de la película The Wrestler (El luchador), y no acabo de decidir si el cantante es más o menos patético que el personaje de Mickey Rourke por ser un multimillonario. Quizás el momento más trágico llegó cuando alguien tiró una bandera española al escenario y le costó mucho esfuerzo recogerla; minutos después durante una absurda pero pegadiza interpretación de «Bacalao» (si nunca has visto el videoclip para esta canción, merece la pena echarle un ojo en YouTube), una ayudante le colgó otra más pequeña en la solapa. Se hubiera podido preparar y defender una tesis doctoral sobre las distintas connotaciones que conllevó la bandera nacional durante aquel acto. Curiosamente, en estos momentos, la sonrisa y movimientos de Julio, acartonados por la edad y el exceso de cirugía plástica, me trajeron a la mente las figuras de Micky Mouse o el Pato Donald que andan por la Puerta del Sol.

A nivel anecdótico y sociológico, la experiencia me ha venido de perlas para hacer reír a la gente tanto británica como española después de un par de cañas. Pero soy funcionario y el Estado paga mis nóminas: ¿se puede justificar como trabajo? Contestaría que sí, tanto en lo que respecta a la investigación como a la docencia; lo digo no solo porque he llegado a la conclusión de que no solo es la cultura popular digna de nuestro estudio y respeto, sino también porque me gustaría sugerir, y sin ningún afán iconoclasta, que, como intentaré demostrar a continuación, no supone una exageración afirmar que no se puede entender cabalmente la Transición a la democracia sin tener en mente figuras como Julio Iglesias.

Existe una relación muy estrecha entre la política y la cultura popular en España. Después de haber trabajado para Adolfo Suárez como asesor personal y acuñado el eslogan electoral «Contigo, yo puedo» —una frase que serviría igual de bien para el titulo de una canción de Julio Iglesias—, Alfredo Fraile se convirtió en el representante del cantante durante quince años. Su siguiente trabajo importante: ser asesor personal de Silvio Berlusconi. Mientras redacto estas hojas estoy metido en una investigación sobre cómo y por qué el Ministerio de Turismo e Información apoyó las actuaciones de Raphael en la antigua Unión Soviética en 1971 cuando se habían roto las relaciones diplomáticas entre los dos países décadas antes. Otro tema que me fascina es la posible existencia de documentación que daría constancia de las airadas acusaciones de que el régimen franquista ofreció sobornos para garantizar la victoria de Massiel sobre Cliff Richard en Eurovisión. Estos son solamente un botón de muestra de la importancia que concedieron altas figuras del Estado español a la apropiación de las estrellas y los acontecimientos masivos por lo que solemos llamar en inglés soft power, es decir el uso de productos culturales para cultivar las relaciones internacionales.

Marina Pérez de Arcos, una joven y muy prometedora doctorando de la Universidad de Oxford, está sacando ahora mismo importante material sobre las relaciones bilaterales entre España y los Estados Unidos durante los años ochenta. Dentro de este material, hay una serie de telegramas entre miembros del National Security Council sobre Manuel Fraga y su obsesión con conseguir una foto con Ronald Reagan en 1983 —así, la disponibilidad que Aznar demostró para perder la dignidad a cambio de aprovecharse de cada oportunidad por salir en los medios con George W. Bush tiene un antecedente.

Fraga y Reagan en 1985. Fotografía: RTVE.

Lo que los estadounidenses denominan «the Fraga Saga» es un auténtico sainete en el que el entonces líder de Alianza Popular queda muy mal parado; pero lo que más me llama la atención es que, en vez de solicitar la reunión a través de la Embajada española en los EE. UU. o la embajada americana en Madrid, emplea a Julio Iglesias como alcahuete. No cabe la menor duda de que el «Celestino» de la canción causó mejor impresión entre la flor y la nata de la sociedad estadounidense que el líder de la oposición; sus relaciones públicas también aseguraron que ganara a Camarón de la Isla, un competidor musical con mucho más talento pero mucha menos tenacidad o ambición. En una tertulia del club taurino de Londres —una organización que merece otro artículo— Roberto Elms, un locutor de la BBC, me contó cómo su amigo representó durante una época al gitano gaditano en los EE. UU. Organizó un concierto en el Radio City Music Hall en Nueva York con la esperanza de que su talento fuera de serie convencería a Quincy Jones —quien acababa de de producir Thriller— para que colaborara en su próximo disco. Al final de un concierto verdaderamente apoteósico, había una cola de gente que quería felicitarle. Camarón ya había saludado a Aretha Franklin cuando le tocó a Quincy Jones. En vez de darle la mano, soltó: «¿Quién es este moro?». El mismo año, la colaboración entre Diana Ross y un español más diplomático salió en todas las emisoras principales del país más poderoso del mundo.

Si a mí el año de Erasmus me supuso un gran número de choques culturales, es lógico suponer que funciona de una manera parecida para los que embarcan en el camino inverso. Entre las sorpresas que les espera a los españoles destinados a Leeds, imagino que entra el hecho de que van a estudiar a personajes como Julio Iglesias, Corín Tellado, Paquirri y Alaska; esto sería casi imposible en una universidad española. ¿Quién tiene razón? Si soy sincero, honestamente, no lo sé. Hice una carrera de Filología pura y dura en Oxford, y esto me ha facilitado los recursos tanto económicos como intelectuales que me permiten consultar no solo las confesiones del mayordomo de Julio Iglesias sino también las actas de las Jornadas del Teatro Clásico de Almagro cuando paso por la Biblioteca Nacional. Es decir, me parece más factible defender una tesis sobre Lope de Vega y después hacer investigaciones sobre Isabel Preysler que al revés; y esto es algo que la veneración de los llamados Cultural Studies —tan en boga en las universidades anglosajonas— no suele tomar en cuenta. En el peor de los casos, funciona como una enseñanza antidemocrática en la que un hereje consagrado reserva todo su conocimiento más ortodoxo para sí mismo, y se dedica a hablar con los alumnos sobre temas más guays como los reality shows que, en la mayoría de los casos, ya formarán parte de su vida cotidiana y de los cuales sabrán mucho más los chavales que el maestro.

Quiero que mis estudiantes sepan que «Quijote» no es solo una canción de Julio Iglesias sino también un personaje de Miguel de Cervantes. Bromas aparte, forma parte de mi vocación docente no solo exponer a mis estudiantes a la belleza del arte, entre comillas, culto, sino también facilitarles las herramientas para explorar la cultura popular desde una perspectiva crítica. No aspiro para nada a que dejen de escuchar música pop o ver películas de Hollywood por mis clases; lo que sí espero es ofrecerles una visión más global de la cultura que les deje elegir según sus propios criterios y ver que hay óperas buenas, malas y mediocres, como en el caso de las canciones melódicas. Incluso en el muy poco probable e hipotético caso de que la canción ligera sea mala en su totalidad, solamente podemos y debemos decirlo con conocimiento de causa; como constata el aforismo, tan añorado tanto por los marxistas como por los punkis, know your enemy, o sea, «conoce a tu enemigo». Por este razonamiento, me dan vergüenza ajena tanto los supuestos intelectuales que presumen de no tener una televisión en casa como los ignorantes de verdad que se burlan de cualquier cosa que se aparta un poco de lo corriente. En España, este fenómeno se exagera por el hecho de que la gran mayoría de los profesores y autodenominados intelectuales suelen infra y sobrevalorar la cultura popular nacional a la vez. Según ellos, la cultura de masas no es digna de la palabra cultura, pero a la vez funciona como un somnífero para casi la totalidad del país; para que fuera verdad eso, la gente tendría que ser mucho más tonta de lo que es. Este cuento ya viene de lejos: si lees los muchos ensayos y artículos sobre el fenómeno Raphael a principios de los setenta, la narrativa dominante es que su éxito es un síntoma de una combinación de la pobreza cultural del país y la pervivencia de un Estado autoritario; para bien o para mal, el niño de Linares sigue siendo aquel y, en una de estas contradicciones que parece inverosímiles, encabeza el cartel del festival indie Sonorama este verano en Aranda de Duero. Por un lado, este fichaje es el resultado del hecho de que, como Lope, Raphael es un verdadero monstruo de la naturaleza —tiene tablas de verdad, y sus conciertos no tienen nada que ver con los de Julio Iglesias— y, por otro lado, el pasotismo de la posmodernidad que ha dado pie al auge inexorable de la nostalgia. Yo estaré allí, entre otros motivos, porque me parece que acabar con el binomio culto/casposo es una de las grandes asignaturas pendientes, no solo de las humanidades dentro de la universidad española, sino también de la implementación de los valores democráticos en la sociedad en su conjunto.

Fotografías: Mayor’s Office, City of Boston (CC).

 Duncan Wheeler, doctor por la Universidad de Oxford, es profesor titular de la Universidad de Leeds y profesor invitado de la Universidad de California y de la Universidad Carlos III de Madrid.


La nube negra de Roberto Bolaño

Cortesía de Anagrama.

La noche cae y Udo sale de su hotel de vacaciones a buscar al Quemado, rescatarlo de algún bar y llevarlo de vuelta a la habitación en la que los dos se retan delante de un tablero lleno de posiciones militares, bases y conquistas. El juego se llama «El Tercer Reich» y recrea la Segunda Guerra Mundial a la manera de un Risk descomunal, costa mediterránea ya abandonada, casi octubre, las tardes más cortas y frías, un frío insospechado para el turista.

A veces es al revés, a veces es el Quemado el que despierta a Udo. Sobre todo desde que ha decidido que va a ganar la partida. Aparece en el Del Mar y espera tranquilamente a que su rival despierte o a que se espabile al menos, para no jugar con ventaja. Uno podría imaginarse al Quemado con gafas frágiles, pelo rizado, media sonrisa y un cigarro en los labios, pero no, Roberto Bolaño prefiere que sea un hombre musculoso, lleno de cicatrices, guerrillero valiente y torturado en un país extranjero, no sabemos cuál.

El Quemado en cualquier caso es la noche y la noche es el universo de lo lumpen. Lo inesperado. Lo temido. El Quemado guarda patines en la playa como Bolaño guardaba un campamento de Casteldefells y Udo simplemente siente la pasión por el abismo propia de todo jovencito de bien, novia estable, trabajo fijo, unos días de playa en algún lugar del sur.

Es 1989 y Bolaño no es nadie. Eso no es lo malo, lo malo es que él mismo sabe que no es nadie: vive en Blanes con su mujer, que espera a su primer hijo, Lautaro. Ayuda en la tienda de bisutería y es un tipo relativamente carismático en el pueblo, siempre dentro de su aparente timidez. El encanto del que sabe pasar desapercibido. Lleva diez años en España, cuadernos y cuadernos emborronados de poesías y pasajes llenos de sexo, jorobaditos y policías. Historias recurrentes que vuelven una y otra vez sobre sí mismas.

Si Bolaño no está atrapado por una nube negra, lo parece, pero en la vida y la obra del chileno las apariencias juegan con la realidad como el Quemado juega con el burguesito Udo en las noches de septiembre. Escribe El Tercer Reich pero nadie la publica. Aún cuatro años después, en 1993, con los cuarenta a la espalda, escribe el famoso poema que resume su carrera hasta ese momento y que da inicio al formidable volumen titulado La universidad desconocida, publicado, póstumamente, como tantas cosas, en 2007: «Rechazos de Anagrama, Grijalbo, Planeta, con toda seguridad también de Alfguara, Mondadori. Un no de Muchnik, Seix Barral, Destino… Todas las editoriales… Todos los lectores… Todos los gerentes de ventas».

Y sin embargo los que le recuerdan le recuerdan feliz. Como si sobreponerse, que decía Rilke, fuera todo.

La energía febril de La universidad desconocida

He elegido El Tercer Reich para empezar el artículo sobre estos años oscuros de Roberto Bolaño porque me parece con mucho su obra más infravalorada, una especie de Parada de los monstruos ochentera vista desde una distancia que cada vez es menor: el esplendor de los primeros días de sol y calor y agosto que dan paso a la penumbra y la soledad del pueblo turístico pero sin turistas, sin playa, sin trabajo. El hotel que sigue abierto sin saberse muy bien por qué, con Udo casi como único cliente, un cliente fuera de sí, desquiciado, fugitivo…

Sin embargo, todos estaremos de acuerdo en que es precisamente La universidad desconocida la que mejor simboliza este periodo de Bolaño y sus páginas son en ocasiones una colección de pinturas negras, que pasan de un vitalismo exultante a la mayor de las nostalgias, la tristeza del día a día, el lumpen sin filtros, las calles del Raval, las Ramblas ochenteras con sus heroinómanos, el propio camping repetido una y otra vez, la chica pelirroja, la obsesión de un tipo febril y enfermo, hígado ya por entonces renqueante. Una especie de Nietzsche que se niega a rendirse, que ve en la propia enfermedad un signo de salud.

Cortesía de New Directions.

Bolaño como representante del destino latinoamericano. A él le gustaba verse así. Escritor chileno en Barcelona pero que escribe, no posturea en la barra del Bocaccio, no comparte comilonas con Barral ni Balcells. Él no es un boom, es una implosión relajada. Bolaño en la UNAM cuando la represión mexicana de 1968, Bolaño recién llegado a Chile cuando el golpe de Estado de Pinochet. Bolaño, en definitiva, convertido él mismo en un fugitivo, un fugitivo salvaje al que solo le queda investigar en los libros y en las calles que huelen a orina.

En cierto modo, La universidad desconocida es el complemento perfecto de Los detectives salvajes, y tengo a Los detectives salvajes como una de las mejores obras literarias de fin de siglo. Lo que en esa novela será ironía, noches mexicanas sin freno, realvisceralismo de tertulias y peleas, persecuciones tras un anciano Octavio Paz, aquí es realidad, dureza, anticipo de lo que será la segunda parte del libro que le consagró: aquel padre Font encerrado en un manicomio y a la vez perfectamente cabal, aquella belleza perdida, aquel huir de la juventud desperdigada por un continente, Ulises Lima y Arturo Belano buscando en el desierto de Sonora los rastros de un poema.

Los detectives salvajes te mecen, te llevan en el asiento de atrás y si te pierdes te hacen un dibujito. La universidad desconocida, en cambio, te despierta con un vaso de agua helada. Porque no queda otra, porque no hay días que estirar, pequeño Udo, esperando un milagro, jugueteando con el peligro, rodeándote de malas compañías. No hay nada a lo que renunciar. Son poesías salvajes, relatos salvajes, son vida pero una vida ochentera, Quinta del Sordo. Nada que nos haga pensar que ese hombre estaba enamorándose y empezando una vida familiar. Nada que remita al pequeño pueblo pesquero de la costa de Girona.

Si la pobreza de Los detectives salvajes es a menudo una pobreza estética, una pobreza de café de La colmena en la que alguien invita o se deja invitar, preludio de una ronda nocturna de descubrimientos, medianoche en México D. F., en La universidad la pobreza, la soledad, las noches perdidas de campamento en invierno no dan pie a la metáfora. Son lo que son. Y se agradece. Sin heroísmos, por favor. Solo resistencia, aguante, paraguas bajo la tormenta.

La fugaz vida feliz de Roberto Bolaño

Se puede decir que la nube negra —al menos la nube negra literaria, el hígado ahí siguió dando guerra, tanta guerra que se le llevó la vida en 2003, cincuenta años recién cumplidos— fue disipándose en 1994 con aquel Premio Ciudad de Irún que daba luz a lo que llevaba casi veinte años en la sombra. Después llegó La literatura nazi en América, un falso ensayo irónico, divertido, que servía para ajustar algunas cuentas pendientes —Bolaño fue muy claro siempre, en sus filias y en sus fobias, eufemismos, los justos— y por último en 1998 la consagración con el Premio Herralde para sus detectives salvajes.

Ahora ya sí, ahora ya columnas en revistas y periódicos y síes de todas las editoriales adonde quisiera mandar sus manuscritos apilados y pasados urgentemente a máquina o guardados en la memoria de ordenadores que de vez en cuando dejan aún alguna sorpresa. Probablemente, muchos llegaron a Bolaño atraídos por una especie de «amargura mágica» y se encontraron a un hombre bonachón, demasiado enfermo, obsesionado con el dinero que podía dejar a su familia cuando faltara y convencido a su vez de que iba a faltar más pronto que tarde.

Recreó sus tiempos en México en más novelas, de manera en ocasiones repetitiva, compiló relatos más o menos logrados, fue francamente desigual en su obra y se embarcó en aquel último reto que fue 2666, libro que tiene su origen en unas notas sobre el personaje de Amalfitano que se publicarían a su vez en 2011 bajo el título de Los sinsabores del verdadero policía, un libro sinceramente prescindible.

Sobre 2666 se ha escrito mucho y de lo más variado, aunque el hecho de que se lo recuerde más por el recuento de los asesinatos en Santa Teresa (Ciudad Juárez) que por la disparatada historia del esquivo Benno von Archimboldi no deja de resultar curioso. Lo escribió y lo dejó terminado casi de cualquier manera para que sus hijos tuvieran dinero, para que no pasaran por su propia nube negra, su propia miseria exiliada. Fue un exitazo, desde luego, pero no es fácil adivinar por qué, qué conectó en ese libro con una audiencia masiva mientras otros libros, igual de magníficos pero más oscuros quizá, pasaban desapercibidos.

Como lector, como lector entregado incluso, me alegro de que Bolaño tuviera esos cinco años de éxito de masas. Si algo me da pena es que fueran solo cinco. Tantos años fregando platos en restaurantes de Barcelona y solo un lustro de reconocimiento mundial. Poco antes de morir, en una entrevista concedida ya casi como cadáver a la revista Playboy y recogida en el volumen Entre paréntesis, afirma, refiriéndose a sus años de tinieblas: «Claro que pensé en suicidarme. En alguna ocasión sobreviví precisamente porque sabía cómo suicidarme si las cosas empeoraban».

Es un diálogo maravilloso, una especie de epitafio de diez páginas que, por supuesto, apareció también tras su muerte. En un momento dado, Mónica Maristáin le pregunta: «¿Ha experimentado el hambre feroz, el frío que cala los huesos, el calor que deja sin aliento?», y él responde en una línea: «Cito a Vitorio Gassman en una película: Modestamente, sí». A veces, lo reconozco, todo este universo lumpen me agota… pero otras veces, cuando se da la verdadera genialidad, la genialidad de la tristeza sin matices: esos dos hombres destruidos, suicidófilos, jugando de madrugada, esas cartas de rechazo, esa angustia febril de la madrugada catalana… la empatía es inevitable y ese es el mérito, supongo, de todo gran escritor, que un tipo de clase media-alta del barrio de Malasaña empatice con una vida que no conoce ni por asomo.

Solo la constatación de las nubes negras, que, esas sí, dejan encharcado cualquier solar sin entender de dueño.

Vía UAM.


Soluciones arquitectónicas a situaciones de crisis

Operation Tomodachi
Sukuiso, Japón, después del terremoto y el tsunami de 2011. Fotografía: Dylan McCord / Official U.S. Navy Imagery (CC).

—¿Existe el pasado concretamente en el espacio? ¿Hay algún sitio en alguna parte, hay un mundo de objetos sólidos donde el pasado siga acaeciendo? —No. —Entonces, ¿dónde existe el pasado? —En los documentos. Está escrito. —En los documentos… Y, ¿dónde más? —En la mente. En la memoria de los hombres.  (George Orwell, 1984).

Hace casi tres años, un 11 de marzo de 2011, tuvo lugar el terremoto más grande (o al menos que se tenga constancia) en la historia de Japón. Una sacudida con epicentro situado a 130 km al este de la ciudad de Sendai que llegó a durar aproximadamente seis minutos. El temblor de magnitud 9 MW generó olas de hasta 40,5 metros en las proximidades de las placas de subducción del Pacífico y la placa Norteamericana, lo que motivó una alerta por tsunami en toda la costa este del país nipón. Las víctimas ascendieron a más de 3000 desaparecidos y 20.000 muertos, donde alrededor del 92 % perecieron ahogados.

Las ciudades próximas a la costa quedaron absolutamente destrozadas, reducidas a un amasijo de escombros. Las estructuras de los edificios sucumbieron a la fuerza de la ola que limpió borrando del mapa cualquier actividad humana anterior al desastre natural. Pese a ser una cifra difícilmente abarcable por nuestra mente, los daños estimados de la catástrofe rondaron los diez billones de dólares. La no despreciable cantidad de 45.700 viviendas fueron destruidas por el tsunami y el terremoto, convirtiéndose en 25 millones de toneladas de escombros, repartidos a lo largo y ancho de las ciudades más damnificadas.

¿Cómo superar la dolorosa pérdida y sobreponerse a un revés de tales magnitudes? Los supervivientes, al haber perdido su comunidad, se ven obligados a una existencia aislada. Es entonces cuando la arquitectura, lejos de limitarse a dar un servicio a acaudalados inversores que solo buscan sacar provecho gracias a la especulación inmobiliaria, debe dar una respuesta.

La arquitectura debe pertenecer a quien más la necesite.

En estos casos, potenciar la idea de colectividad es uno de los elementos primordiales. Una vivienda tradicional alberga agrupaciones de diferentes lazos generacionales en un lugar donde la unidad familiar se ha roto con la pérdida de miles de vidas y en la que la comunidad se convierte en lo más parecido a una familia. Para ello, la materialización de las propuestas juega otro importante factor: a la vez que se replantea y reconstruye la ciudad a lo largo del tiempo, se ha de proporcionar cobijo lo antes posible a quien haya quedado sin hogar. Es necesario disponer previamente de un entendimiento de las necesidades básicas de la vivienda, estructurando sus diferentes fases. En función del grado de inmediatez constructiva, podemos agrupar los tipos de residencias dentro de tres grandes bloques, sirviendo los siguientes botones como muestra de una amplia colección de propuestas.

Situación de emergencia

En 1989 los arquitectos Jan Kaplicky y David Nixon de Future Systems presenciaban a través de los medios cómo gran parte de la población de Etiopía se desplazaba hambrienta por el desierto debido a enfrentamientos internos dentro del país, que habían sido seriamente agravados por la sequía. El Gobierno respondió con un programa de reasentamiento urbano, trasladando a miles de supervivientes desde el norte de la frontera hasta el sur. Además de las severas condiciones climáticas a las que se exponía el convoy, las malas cosechas y los combates dificultaban las ayudas humanitarias de socorro.

Cada noche, televisiones de todo el mundo difundían imágenes de cientos de familias agrupadas en torno a improvisados centros de distribución de alimentos, que eran golpeadas por la deshidratación y sin ningún tipo de protección contra los factores climatológicos adversos. Estos condicionantes llevaron a la pareja afincada en Londres a diseñar una estructura con capacidad de guarecer a 200 refugiados, como si de un gigantesco paraguas se tratase, gracias a un sencillo pero eficaz esqueleto capaz de ser desplegado y armado con la única ayuda de doce personas. Las costillas eran desdobladas y ancladas al suelo si el firme lo permitía o mediante contrapesos de arena en sus extremidades. Una cubierta ligera de PVC se encargaría de reflejar el 80 % del calor del sol generando sombra durante el día y de retener la energía térmica por la noche.

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Planos originales del proyecto en los que desarrollan factores como el transporte, la ventilación del refugio y el plegado y montaje del mismo.

La propuesta además estaba pensada para poder ser transportada en avión, helicóptero o como remolque en alguno de los camiones de suministros. El punto débil del proyecto y por el que nunca llegó a materializarse fue el alto costo de realización dada la época en la que fue concebido, superando los 30.000 dólares por unidad, impensable en situaciones de crisis.

Situación temporal

Si por algo se ha caracterizado la producción de Shigeru Ban durante estos últimos años de su vida, es por la creación de edificios experimentales utilizando materiales que hasta la fecha eran absolutamente inimaginables dentro del ámbito de la construcción. En palabras del propio Ban, «Estaba muy decepcionado con la profesión de arquitecto porque no estamos trabajando para la sociedad, sino para personas adineradas como Gobiernos o constructoras que ya poseen dinero y poder. Ellos nos contratan para mostrar su poder creando arquitecturas monumentales». Y como pataleta contra la arquitectura de autor, no tiene precio.

Comenzó utilizando tubos de cartón y papel en 1986 para le exposición de Alvar Aalto en Tokyo, descubriendo que resistían con holgura las cargas necesarias y eran fácilmente impermeabilizables para soportar agua y fuego. Descubrió que no solo era interesante como método experimental, sino que se podía aplicar con éxito a situaciones de emergencia.

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Vista interior de la impresionante estructura diseñada por Shigeru Ban para la Exposición Internacional de Hanover en el año 2000, utilizando exclusivamente tubos de cartón y conectores de plástico. Fotografía: Jean-Pierre Dalbéra (CC).

En 1995 participó con sus modelos creando viviendas temporales para los damnificados del gran terremoto de Kobe en su país natal. Los tubos de papel no solo realizaban la labor de estructura portante, ya que también conformaban las diferentes fachadas de los habitáculos. Los cimientos de las viviendas se realizaron con cajas de cervezas aprovechando la durabilidad del plástico como material no susceptible al daño creado por agua.

Más tarde, en 1998, diseñó cincuenta refugios en Ruanda utilizando tubos de papel y conectores de plástico generando una estructura sólida para transformarlos, gracias a un revestimiento exterior, en unas efectivas tiendas de campaña. Sus diseños de bajo coste y fácilmente manipulables han albergado a numerosos afectados por desastres en Taiwán, China, Haití, Turquía, Sri Lanka así como supervivientes del terremoto de 2011 en Japón.

Situación permanente

La principal diferencia entre las viviendas temporales y las permanentes radica en el factor de durabilidad del refugio, fuertemente ligado a la manera de construir y desarrollar los mismos. La vivienda temporal está pensada como solución más o menos inmediata a un problema de habitabilidad que pueda durar dos o tres años, alargándose hasta cinco o siete en los peores casos.

En Quinta Monroy, Chile, el grupo ELEMENTAL liderado por Alejandro Aravena se enfrentaba a una difícil ecuación: realojar a cien familias en una parcela en la que el precio del suelo se disparaba a más del doble del costo que se puede permitir una promoción de vivienda social. Para ello había que comprender el proyecto desde una visión global, ya que con un limitado presupuesto de 7500 dólares por unidad habitacional se quería resolver una vivienda digna capaz de revalorizarse con el paso de los años.

De esta manera, decidieron generar una estructura adaptable a lo largo del tiempo, fijándose unas pautas de crecimiento: quedan ocupados el primer y último piso de cada vivienda para, en caso de posterior ampliación cuando el poder adquisitivo de cada familia lo permita, el edificio pase de tener 30 m2 a disponer de 70 m2. Las partes más complicadas de edificar (zona de núcleos húmedos, escaleras y muros medianeros) quedan ya resueltas en la primera fase. Y es precisamente esa libertad que genera el proyecto de autoconstruirse en función de unas guías marcadas previamente la que lo convierte en todo un acierto. El contraste entre el hormigón con las coloridas ampliaciones llevadas a cabo por los vecinos conlleva una diversidad de fachadas características de diferentes slums, sin perder el control de la densidad en su totalidad.

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El antes y el después de la colonización vecinal del proyecto, en Quinta Monroy. Fotografía: elementalchile.cl.