Patricia Ramírez: «No creo en una psicología que no esté basada en la ciencia»

Fotografía: Énkar Neil

Patricia Ramírez Loeffler (Zaragoza, 1971) es una mujer segura de sí misma, asertiva y con las ideas muy claras. No rehuye las preguntas y responde con conocimiento y entusiasmo. Se viene arriba con un público que abarrota La Rambleta, acostumbrada como está a hacer su trabajo en los grandes estadios de fútbol o en los medios de comunicación de mayor audiencia. Es, probablemente, la psicóloga deportiva más famosa del universo fútbol. Ha trabajado con el Real Betis Balompié y con el Real Club Deportivo Mallorca, aunque su trabajo no se restringe exclusivamente a la órbita del deporte rey. Hablamos de la importancia de la psicología en el deporte de alto rendimiento, de cómo las redes sociales han modificado las relaciones, de los modelos de liderazgo, e incluso de su incursión como neuropsicóloga en el campo de la enfermedad de Alzheimer.

La jornada en la que nos encontramos inmersos hoy en La Rambleta se titula «Preparándonos para vivir cien años». Patricia, como experta en psicología, ¿estamos preparados para vivir cien años?

¿Estamos preparados en qué sentido? ¿para disfrutarlo? ¿para cognitivamente estar bien? Yo creo que estamos preparados para vivir cuanto más mejor y, a ser posible, en buenas condiciones. Hoy en día hay mucho trabajo a nivel cognitivo, y sabemos desde la parte psicológica qué tipo de actividades cuidan nuestro cerebro para llegar a esos cien años en buenas condiciones.

Cuéntanos, ¿qué tenemos que hacer para llegar con unas buenas condiciones cognitivas, ya no a cien, sino a ochenta años por ejemplo?

Hoy sabemos que existe una serie de actividades que favorecen la neurogénesis, entre ellas la práctica regular del ejercicio físico, el poder meditar, dormir y descansar con calidad. Y todo lo que hacemos despertando la curiosidad, ponernos retos, aprender a hacer cosas fuera de nuestra zona confortable, trabajar, vestirte con la mano no dominante… Cualquier reto que le ponemos al cerebro favorece que se genere esa neurogénesis, que se ramifique el cerebro y que eso mantenga a nuestro cerebro cognitivamente más joven. Ya que vamos a vivir tanto que por lo menos podamos recordar qué hemos hecho anteriormente.

Entonces se trata de intentar salir de nuestra zona de confort. Esa es tu recomendación.

Bueno, no siempre, porque mi zona de confort cuando acabo el día es sentarme con mi marido a ver una serie y no quiero salir de ahí, pero sí es cierto que si queremos cultivar esa curiosidad y si queremos que nuestro cerebro sepa memorizar tenemos que entrenar ese músculo, porque el cerebro funciona un poco como cualquier otro músculo del cuerpo, si dejas de utilizarlo se atrofia. Podemos hacer ejercicios tan sencillos como ir a hacer la compra y hacer el cálculo matemático de cuánto cuesta lo que llevamos dentro del carro antes de llegar a la caja, podemos coger otro camino distinto para llegar al trabajo y obligar al cerebro a que elabore un mapa mental del recorrido, podemos abrocharnos, comer, ducharnos, con la mano no dominante, podemos hacer ejercicios que nos saquen de esa zona cómoda y que obligue al cerebro a pensar de otra manera, y eso sí que contribuye a la neurogénesis.

En resumen, ejercitar la memoria de trabajo.

A nivel cotidiano hay ejercicios muy sencillos, aprender cada día cinco palabras nuevas, aprender tres palabras en otro idioma, o hacer algún juego que requiera concentración. Hoy en día los móviles nos facilitan esto con las apps, y a nuestra edad, bueno… Porque estamos bien, pero la gente de sesenta, setenta, ochenta años tiene ahí un recurso riquísimo, no para evitar el deterioro cognitivo, pero sí para evitar muchas otras cosas. Es importante seguir aprendiendo toda la vida.

He leído que crees que la actitud condiciona más que la edad.

Totalmente. Mira, yo no creo en estas frases míticas que hay ahora en redes sociales en las que la actitud lo es todo y que sí tú quieres no hay límite, no hay techo, que los límites los pones tú. Todo esto es mentira, todo eso son frases de gente con un nivel de positivismo totalmente irreal. La actitud es importante pero no lo puede ser todo. Nosotros estamos condicionados por una genética, hay un talento, hay unas habilidades, hay una capacidad, hay unas condiciones socioeconómicas, hay un factor suerte que contribuye a que las cosas nos salgan mejor o peor, pero a igualdad de condiciones la actitud es un valor importantísimo.

Estamos hablando en todo momento de un envejecimiento, llamémosle, normal. Pero tú has trabajado en Granada, en el Hospital Universitario San Cecilio, con enfermos de alzhéimer. A mí me gustaría que nos contaras cuál ha sido tu experiencia y qué trabajo has hecho allí.

Estuve cuatro años en el departamento de neurología y trabajaba con Antonio Huete, que llevaba temas de demencia de alzhéimer, y yo llevaba la valoración neuropsicológica de los enfermos. Yo me dedicaba a evaluar el deterioro cognitivo con una serie de tests, el más conocido y más sencillo es el minimental, pero también con otros tests más complicados en psicología. Hay diferentes tipos de demencias, teníamos a gente con demencia por consumo prolongado de alcohol, teníamos a gente con treinta, treinta y cinco o cuarenta años que pensaba que tenía una demencia y realmente tenía deterioro cognitivo por un trastorno de ansiedad, que afortunadamente luego se revierte. Todo ese problema de no poder concentrarnos, de perder las llaves, de no poder estar atento, de leer y no retener, cuando eres tan joven, normalmente cursa con un trastorno de ansiedad, y yo me dedicaba a eso, a valorar en el paciente si había un deterioro cognitivo leve o una demencia, y si había demencia de qué tipo era.

Sobre el diagnóstico de alzhéimer, desde el punto de vista neuropsicológico, me gustaría que nos contaras cuán fiable es el diagnóstico psicológico para esta enfermedad

Pues mira, sinceramente, cuando yo estaba con este trabajo, que era en el año 2000 o 2001, no recuerdo que hiciésemos esas estadísticas. Recuerdo que simplemente tenía que valorar, dando unas puntuaciones, el deterioro cognitivo. Y dependiendo de la demencia, si había también una desorientación espacial, pérdida de memoria, un trastorno con el vocabulario, con el lenguaje… No encontrar las palabras adecuadas indicaba al neurólogo, aparte de las pruebas que ellos hacían, si solo había un deterioro cognitivo leve o era una demencia. Pero ahora no recuerdo la correlación, porque si se hicieron esas pruebas desde luego a mí esos datos no me los dieron. Ya me gustaría tenerlos, en psicología todo lo que no tenemos en datos no existe.

Y decías antes que trabajabas también en estimulación cognitiva con pacientes.

Sí, ahí hacíamos de todo, desde trabajar psicomotricidad fina, porque el paciente se vuelve muy torpe, hasta ayudar a los cuidadores en casa a tapar los espejos cuando el paciente ya no se reconoce o le da miedo verse en el espejo, o señalar el agua caliente o fría porque el paciente deja de percibir, a ordenar la ropa porque muchas veces el paciente de alzhéimer sale en pleno invierno con ropa de verano. También hacíamos talleres de lectoescritura, hacíamos puzles para trabajar la memoria, recordar fechas en las que estábamos, todo ese tipo de cosas.

Los aprendizajes que has sacado de trabajar con pacientes con alzhéimer son experiencias gratificantes pero también muy duras.

Muy duras.

¿Y cómo lo trasladas a otros campos de la psicología en los que trabajas?

Bueno, estuve cuatro años allí porque me lo pidió Antonio Huete, pero luego no he vuelto a trabajar con demencia de alzhéimer. Tengo un nivel de empatía muy grande, así que llegó un momento en el que no quería trabajar con trastornos psicóticos, ni con una depresión mayor, ni con enfermos de alzhéimer, porque si el cuidador sufre una depresión el enfermo ve como esa persona poco a poco se va apagando y lo pierdes. Así que decidí no seguir trabajando en ello. La lectura que saco de ahí para aplicar a lo otro es poca, porque al final me he terminado dedicando a esos entrenamientos psicológicos que nos permiten subir, de hábitos de vida saludables, de relaciones de pareja, de educación serena con los niños, de rendimiento deportivo. Hubo un momento en que lo anterior me tenía completamente marchita, todos esos trastornos de la personalidad, por más que trabajas ver un cambio cuesta muchísimo.

De hecho el cambio es a peor.

Normalmente ese cambio es a peor.

Y tienes dos patologías, la del paciente y la del cuidador, que tiene una depresión.

La psicología es un campo muy amplio, enfocado a ayudar.  Aunque la familia de los pacientes agradecen muchísimo la ayuda yo necesitaba ver otro tipo de cambios. Yo estudié psicología para aplicarla al deporte, y son dos campos totalmente distintos.

Por cambiar de tema, eres la psicóloga más influyente, una influencer como se dice ahora

Yo especifico ahí; a mí el colegio oficial de psicólogos me dio un premio como la psicóloga más influyente en redes sociales, porque igual en otros campos no.

En Twitter tienes unos ciento treinta mil seguidores. ¿Cómo lo llevas?

Bien, bien. Mira que Twitter es una red social complicada, porque enseguida hay alguien que salta, Instagram es una red como mucho más amable, es más difícil que la gente te salte, pero no tengo la sensación de recibir mucha crítica, alguna vez sí que hay algún comentario cuando escribo en la columna del Marca. Me dicen que si para esa columna hay que ser psicólogo, pues yo que sé, pues igual no, pero yo la escribo. Normalmente no recibo mucha crítica como para sentirme mal, al revés, en las redes sociales percibo mucho agradecimiento. Yo comparto información: en un momento determinado con un paciente sale una frase que crees que puede servir a los demás, la comparto, y puede ser que a alguien esa frase le venga como anillo al dedo e igual puede cambiar su perspectiva, hacerle reflexionar o tomar una decisión, o quitarse en un momento determinado el concepto de culpa. Eso para mí es una bendición.

Tú también dices que dime a quién sigues y te diré qué eres en las redes sociales. La comunidad que cada uno genera depende del discurso, el mensaje que lanzas hace que la red sea amable o no contigo, ¿es así?

Y que yo no soy una persona polémica, no comparto nunca ideas religiosas, ni políticas. Cuando algo no me gusta no lo critico, simplemente o dejo de seguir o no opino, pero no soy de las personas que cuando algo no le parece bien va enseguida y contesta para que se note que no me gusta. Hay críticas que creo que suman poco. Al no ser polémica, creo que la gente tampoco tiene mucho que decir contra mí.

Y desde el punto de vista profesional ¿cómo ha cambiado la irrupción de las redes sociales sobre nuestros comportamientos? ¿Hemos mejorado o hemos empeorado?

Yo, sobre todo, voy a hablar de la parte positiva porque también va relacionado con mi forma de ser. El conocimiento y la libertad que nos dan las redes sociales requiere información. Tú antes te sentabas delante del telediario y tenías que verlo entero. Con las redes sociales puedes seleccionar lo que quieras: política, ciencia, nutrición, si te interesa el deporte… Te permite seleccionar, y eso es una ventaja. ¿Qué parte negativa tiene? En la gente joven, y también en muchos adultos, existe el peligro de depender de esa aprobación social para sentirte bien. Aunque por lo general creo que las redes sociales nos han facilitado tener la información accesible y eso nos hace libres.

Tal vez nos crea cierta ansiedad por no poder llegar a toda la información o por no poder seguir a toda la gente que quieres seguir o por responder.

Pero ahí tenemos que educarnos y aprender a establecer prioridades. Igual que tenemos un límite para el tiempo que le dedicamos a la televisión por la noche antes de irnos a dormir, o un límite para la siesta porque te tienes que ir a trabajar, las personas tenemos que aprender a ponernos límites. Puedes limitar el uso de las redes sociales, dedicarle media hora por la mañana cuando desayunas y media hora por la noche antes de acostarte. Una forma de educarnos en el autocontrol, en la paciencia, es poner un límite si no lo tienes y en ese límite establecer tus prioridades.

¿Y cuándo das tú el salto a tener decenas de miles de seguidores? ¿Cuando empiezas a trabajar en el ámbito del fútbol u ocurre antes?

Ocurre antes, me abrí cuenta de Twitter cuando fui a dar una charla a la Federación Española de Baloncesto, porque colaboro en el curso de entrenador todos los años. Voy a Zaragoza y el director me dice «¿Tú no tienes Twitter? Pues hazte un Twitter». Y me lo abro y de ahí me voy a la concentración del Betis a Cardiff y Jorge Molina me dice «¿ya tienes Twitter?». Le digo que sí y ahí todos empiezan a compartir. Entonces pedí a la afición del Betis que colaborara en mis charlas mandándome historias personales relacionadas con el beticismo, y cómo han sentido el Betis, lo lancé en las redes sociales y a partir de ahí consigo unos once o doce mil seguidores. Pero el salto empieza cuando después de ese año empiezo a trabajar en Televisión Española y en El País Semanal.

Antes de llegar al Betis estabas en el Mallorca

Seis años en el Mallorca con Gregorio Manzano.

¿Cómo empieza esa experiencia?

La experiencia en el fútbol empieza con Luis Aragonés en el año 2000, en el Mallorca también, y esa fue muy corta. Luego voy a trabajar a Granada con un corredor. Me acuerdo que una vez en verano me llamó Gregorio Manzano. Y yo estaba en la consulta en agosto y me llaman por teléfono y digo «¿quién es?» y responde que Gregorio Manzano y le digo que si es para darle consulta. No lo relacionaba y me dice «no hombre, que soy el entrenador». Y me dice que quiere conocerme porque lleva siguiendo mi trabajo desde hace años, que ha leído mis artículos en el Marca, ha oído a Paquillo Fernández hablar de mí, y me dice que ahora no tiene equipo pero que le encantaría que en el próximo equipo me fuera con él. Y eso fue en verano. Y en febrero del año 2006 destituyen Cúper en el Mallorca y llaman a Gregorio y me dice: «oye, Patricia, que tenemos equipo y trabajamos ya la semana que viene». Y ahí empecé los seis años con él. Así empezó, vamos. Lo más intensivo del fútbol.

Pero había habido psicólogos en equipos de fútbol antes en la liga española, ¿no?

Bueno, lo que se conocía en ese momento era la experiencia que tuvo Benito Floro en el Real Madrid.

¿Cuál es el trabajo que hace un psicólogo en un equipo de fútbol?

Bueno, los distintos psicólogos en un equipo de fútbol trabajamos de forma distinta. Hay a quien le gusta trabajar a pie de campo, pero yo tengo una forma distinta, trabajo en la concentración. La charla que monto con los dieciocho jugadores que vienen convocados está relacionado con el late motiv que tengamos en el partido. Y eso viene fruto de una reunión con el cuerpo técnico en el que hablamos de cuál es el histórico con ese equipo, cómo estamos jugando, si venimos de haber ganado, perdido, empatado y de ahí sacamos conclusiones, de si por ejemplo es importante trabajar la concentración porque últimamente nos despistamos, o si es importante trabajar para ser más competitivos porque hasta pasados veinte minutos del primer tiempo no nos metemos en el partido… Y en función de eso yo monto una charla muy visual, porque el jugador está acostumbrado a ver o a estudiar con lo audiovisual. Hago una charla en la que se trabaja esa variante psicológica de una forma muy rigurosa, porque no creo en un psicología que no esté basada en la ciencia. Se usan fichas de trabajo, juegos, poniéndoselo fácil al jugador. Tengo una charla muy participativa con los dieciocho, siempre en forma de U para que todos se puedan ver, donde se comparte lo que hacemos, y así semana tras semana.

Entonces primero tienes la charla con el equipo técnico con el que haces el análisis del histórico del equipo, del momento de la liga en el que estás, del equipo con el que te enfrentas… y luego preparas la charla con los jugadores. Y ahí acabas.

No, no acabo. A mí, después del partido, me gusta analizar las cosas positivas, aunque hayamos perdido. Analizar qué cosas volveríamos a repetir de ese partido, qué cosas haríamos exactamente igual, qué cosas haríamos de una forma distinta. Luego tengo un eje transversal todo el año con el que trabajamos cada semana cuáles son los objetivos para cada entrenamiento y cada partido, vamos trabajando pensamientos. Y a nivel particular, individual de cada jugador, pues los hay que vienen de una lesión y hay que trabajar unos aspectos psicológicos, otro que no está siendo un jugador importante y entonces hay que trabajar la autoestima, la seguridad y la confianza. Depende de cada uno, y de sus necesidades personales.

¿Y cuál es la respuesta de los jugadores frente a un psicólogo y frente a un psicólogo mujer?

Bueno, creo que a los jugadores les da igual que seas hombre o mujer; el jugador quiere tener enfrente un buen profesional que le ayude a trabajar las variables psicológicas que mejoren su rendimiento deportivo, independientemente de si es hombre o mujer. Si el jugador entiende que tú sabes de fútbol, o que tienes una noción de lo que va lo suyo, y que eso implica o da a entender que tienes empatía para entender sus problemas y hacer un trabajo serio, riguroso con ellos, los tienes ganados. En los dieciocho años que llevo trabajando en el fútbol de élite no he tenido nunca un problema con ninguno, al revés, me he sentido totalmente apoyada, respetada, para mí son mis compañeros y los jugadores saben que yo los quiero muchísimo. Cuando un periodista viene y me pregunta por los egos de un jugador me revuelve las tripas. Estoy cansada de los juicios de valor sobre los jugadores, y esa predisposición a pensar que como son personas que cobran mucho dinero existe el derecho a juzgar su vida, con quién sale o con quién no. Dejemos la vida de los jugadores tranquila, dejemos los juicios de valor, pidámosle simplemente que sean buenos profesionales cuando salgan a jugar o a entrenar y ya está.

Entonces no es un mundo tan machista como por lo menos parece desde fuera.

¿Y por qué parece que es un mundo tan machista? Nunca he tenido la sensación de estar en un mundo machista, no.

Lo digo porque cuando ha habido una fisio o alguna médica que ha intervenido en un partido, no los jugadores, evidentemente, pero sí el público muchas veces ha hecho algún comentario fuera de lugar.

Nosotros no, pero a la afición no la podemos controlar. Pero desde luego con el trato y el respeto que  he tenido con los jugadores y el cuerpo técnico me he sentido una más. He viajado con ellos en el autobús, he convivido con ellos en el hotel, y jamás he sentido una falta de respeto, al revés, he sentido un profundo agradecimiento por parte de los jugadores. Imagino que de los cientos de jugadores con los que he trabajado alguno seguro que no le gusta mi trabajo, pero mi sensación es de agradecimiento. Es más, con muchísimos de ellos, una vez ya no hemos coincidido en el equipo, he seguido trabajando a nivel individual. Siento agradecimiento y respeto, nunca he sentido un ataque machista, ni mucho menos. Igual vas en un autobús con muchos hombres y puedes oír un chiste, pero como si lo puedes oír en tu casa y lo cuenta tu padre o tu hermano, o sea, que no puedo tener una queja.

Fabuloso.

De verdad.

Contabas que te llama Gregorio Manzano para planificar una temporada, pero también te podría llamar un entrenador para sacar al equipo de una dinámica negativa o de una situación complicada.

Mira, eso me ha pasado también, pero no creo en ese tipo de trabajo. Alguna vez, cuando me han llamado para hacer de bombero he ido, pero no creo en ese trabajo. Creo que el psicólogo debe ser un miembro más del cuerpo técnico dado que el éxito deportivo depende de tu rendimiento y de cómo gestionas tus emociones. Si le preguntas a un jugador de fútbol o de golf de en qué medida su éxito depende de su cabeza, con toda seguridad te dirá que en un porcentaje muy alto. Igual que entrenas tu parte física también tienes que entrenar tu parte mental. El psicólogo del deporte debe estar desde el inicio de la temporada y empezar a trabajar en pretemporada aspectos tan importantes como la comunicación, la cooperación, el compañerismo, el conocimiento del grupo, el tolerar la frustración, el liderazgo, establecer un código de conducta… Todo eso hay que trabajarlo al principio, porque va a aunar al grupo. Si en pretemporada generas vínculos emocionales entre los jugadores, que aprendan a quererse como personas, no solamente como jugadores, va a ser mucho más fácil que luego se quieran ayudar, que quieran cooperar, que en los momentos difíciles se echen un cable. Para mí el psicólogo del deporte debe estar integrado desde un inicio.

¿Pepe Mel también te llama antes del inicio de la temporada?

Sí, Pepe Mel me llama desde un principio. Justo salgo del Mallorca, ya que se termina el contrato y Gregorio se va, y Pepe me llama a principio de la temporada y lo único que me dice es «mira, Patri, me han hablado muy bien de tu trabajo», y me dice por favor que me vaya a trabajar con él, pero me dice «solo hay una condición, y es que este año tenemos que subir sí o sí, no hay plan B». Y yo digo: pues plan A. Y al final subimos, así que me quedé también al año siguiente en primera, y ahí ya decido dejar el fútbol como miembro del equipo para dedicarme a los medios de comunicación.

¿Por qué?

Pues porque ahí ya había escrito mi primer libro Entrénate para la vida, y lo tenía que presentar. Y empiezo a trabajar en El País Semanal, y en La 2 de Televisión Española. Y porque me gusta mucho la divulgación sencilla de la psicología, porque era para mí algo muy importante. En Granada vi que en la radio no se hablaba de psicología. Entonces me dediqué a ir radio por radio presentando un programa a ver quién lo quería, a la COPE le gustó y estuve seis años en COPE Granada trabajando en un programa de divulgación. Yo creía que la divulgación de la psicología cotidiana, no la de los grandes trastornos, era importante y que no había. Además el fútbol en el alto nivel es algo muy sacrificado cuando tienes familia. Los seis primeros años de mis hijos no los viví. Estaba en el Mallorca. Tienes que viajar todos los fines de semana con el equipo, y organizar tu consulta. En ese momento ya empezaba a despuntar como psicóloga del deporte y me invitaban a los másteres, y no podía ir . Cuando te preguntan en enero si podrás ir en mayo tienes que decir que no lo sabes, porque no sé si juego jueves, viernes, sábado, no sé dónde viajo porque el partido no te lo fijan hasta casi quince días antes, no puedes organizar tu agenda, y llegó un momento en que quería estar los fines de semana con mis hijos, quería participar en congresos, y sobre todo me llamaba mucho la atención el divulgar en medios.

Porque lo simultaneabas…

Un entrenador o un jugador de fútbol se pueden permitir el lujo de no simultanear, pero un psicólogo no.

Porque no cobráis lo mismo, ¿no?

No. Nunca me han cesado en un equipo, he tenido esa suerte, en el momento en que te cesan si no tienes una carrera profesional al margen te puedes morir de hambre.

Pero lo que sí adquieres es una visibilidad muy grande.

Te da visibilidad, pero la visibilidad no te da de comer.

Desde luego.

Lo que te da de comer es el trabajo, yo con la visibilidad en las redes no como. Te lo digo porque me hace gracia. Imparto talleres los fines de semana y la gente me dice «me gustan más tus pósits que los talleres», y yo le digo que los pósits no me los paga nadie. El pósit está muy bien, a ti te encanta, pero yo vivo de los talleres y no de los pósits . Y tendré que compaginar… Y la gente enseguida que cuelgas algo que medianamente te genera un ingreso lo rechazan, y tampoco es eso.

Siguiendo con el fútbol, en una temporada a veces pasas rachas negativas o dinámicas muy malas…

Muy malas, las pasamos canutas… Bueno, gracias al Valencia nos pudimos mantener en primera división porque en el Betis estuvimos en primera diez partidos sin ganar, que eso es muchísimo. Yo no sé cómo no nos echaron, no lo entiendo. Entonces fuimos a jugar contra el Osasuna, y parecía que empatábamos y en el último minuto nos meten un gol, injustísimo, porque habíamos hecho un buen partido. Y ese partido no nos vamos a la calle porque los jugadores dijeron que ese día habíamos jugado bien, los pobres nos salvaron. El siguiente partido nos jugábamos el cuello, en casa, contra el Valencia y les doy una charla para cambiar la dinámica de la suerte, una charla muy chula. Y empezamos el partido y en el minuto 17 o 21 nos meten un gol y digo, «mecachis, 0-1». Y yo veía en el banquillo a dos jugadores, que eran Amaya y Ezequiel, que me miraban y me decían «Patri, tranquila, vamos a tener suerte», porque yo había hablado de la suerte, y yo los miraba y decía «madre de Dios, si confían ellos más que yo». Yo nos veía ya en la calle, y en el minuto 89 Rubén Castro mete un gol, y viene a celebrarlo conmigo a la banda y le digo «por Dios, Rubén, métete ahí dentro que tenemos que ganar», y en el minuto 94 ¡gol!, y la cara de Emery… Si podéis ver el gol por ahí, la cara decía «no puede ser lo que ha pasado». Ganamos 2-1 gracias al Valencia y a partir de ahí rompimos la racha y fuimos hacia arriba… pero sobre todo gracias al equipo que teníamos. Jugadores, cuerpo técnico, club, todos comprometidos. Fue increíble, parecía que celebráramos la final de Champions.

Aparte de que el Valencia vaya haciendo favores por ahí, que es lo que acostumbramos a hacer los valencianistas, ir salvando equipos… ¿qué haces tú para cambiar esa dinámica de diez partidos sin ganar, que son muchos?

Sí, sí son muchos. ¿Qué ocurre? Yo lo primero que hago es preguntar a los jugadores «¿oye, chicos, qué pensáis que está fallando?». Y en el fútbol hay un sentimiento de que cuando entras en una racha parece que no puedes salir de ella por tus propios medios… Yo trabajaba el locus de control interno, el ver en qué medida nosotros generamos el éxito o el fracaso, qué parte de la suerte depende de nosotros y cómo podemos crear oportunidades, trabajaba mucho en focalizar la atención en las cosas que hacíamos bien para no dar mucha vuelta a los errores, mantener un pensamiento positivo, pero es verdad que después de diez partidos cuesta.

También has trabajado con otros equipos no solo de fútbol, como el balonmano Antequera, o el CB Granada. ¿Qué diferencias ves con el fútbol? Con estos equipos, ¿el trabajo del psicólogo es diferente?

A nivel neuropsicológico hay una diferencia muy grande; en el balonmano el control mente-mano es mucho más sencillo que el control mente-pie, por lo que puedes trabajar muchas cosas respecto a visualización y concentración, y atención en jugadas, como puede ser un tiro libre en baloncesto. En la parte neuropsicológica es más fácil trabajar en balonmano y en baloncesto, pero en la parte de equipo es lo mismo. El deporte de equipo es lo mismo, porque son humanos.

¿Hay más presión en el fútbol que en el baloncesto o en el balonmano?

Hay más visibilidad y cuando hay más visibilidad hay más presión, porque la presión viene muchas veces por la sensación de que no estás cumpliendo con las expectativas. La gente te está criticando y los jugadores son humanos, y las críticas muchas veces son injustificadas porque solo se valora el resultado, pero la gente no sabe cómo entrenan, la gente no sabe lo que al jugador le importa, la gente no sabe cómo el jugador se entrega, saca la conclusión de que si no tiene un buen resultado es que no suda la camiseta, no siente el escudo, que habrá veces que pase, pero la mayoría de veces no es así. El jugador es un profesional como tú y como yo.

¿Entonces tu trabajo es diferente, independientemente de la presión?

No, es el mismo, porque la presión la traducimos en psicología como ansiedad, debido a la interpretación que tú estás haciendo de esos juicios de valor, y la ansiedad es un factor común en cualquier deporte.

También has trabajado con deportistas a nivel individual.

Sí.

Y eso sí que es diferente ¿verdad?

Es muy diferente, porque el deportista a nivel individual es mucho más controlador, es su escaparate. Tú ten en cuenta que en el fútbol cuando fallas siempre hay un compañero detrás intentando ayudar, la responsabilidad es más compartida y eso nos permite relajarnos un poco. Pero para el jugador de golf, de tenis, para el ciclista es más obsesivo con todo.

Cuéntanos un poco más del trabajo individual del deportista

El trabajo individual realmente es el mismo, porque lo que tú trabajas en el deporte de alto rendimiento son las variables psicológicas que afectan al rendimiento y ahí está, para todos igual, la presión, el miedo, las expectativas, la seguridad, la confianza, la concentración, la toma de decisiones… Para el deportista individual es lo mismo, pero tengo la sensación de que el deportista individual es un poco más sufridor, por esa sensación de que está solo. Es esa soledad de cuando acabas un partido y has perdido. En un deporte de equipo siempre hay un compañero que viene y te dice algo, ríes con alguien… Cuando pierdes un partido de tenis estás solo, hay que trabajar un poco más esa parte de soledad y esa atribución que tienen de culpa, la gestión de la frustración, mientras que en un equipo siempre hay un compañero para echarte unas risas en el vestuario.

A mí, que me gusta mucho el tenis, me fascina el control mental que tienen los tenistas de alto nivel como Rafa Nadal. El otro día contaba Carlos Moyà que su hijo le preguntaba que cómo podía ayudar a Rafa Nadal, si es el número uno del mundo. ¿Qué le puede aportar un psicólogo a un jugador que tiene esa fuerza mental como Rafa Nadal?

Pues yo creo que nada.

Te estás vendiendo muy mal.

Tengo que ser sincera. Una persona que ha ganado lo que ha ganado, con dolor, cómo se ha recuperado, cómo ha sido el número uno, cómo se ha lesionado, cómo ha vuelto otra vez… Yo creo que me tendría que sentar con Rafa Nadal y decirle «oye, ¿cómo lo haces? ¿Qué me puedes enseñar que yo pueda enseñárselo a otros?». Porque hay veces que uno elabora una serie de estrategias mentales que le convierten a uno en supercompetitivo, en positivo… Ese hombre ha desarrollado una serie de estrategias que seguramente serán como las que yo enseño, pero para mí sería muy interesante saber su manera particular de aplicarlo, para enseñárselo a otros. Aquí el aprendizaje es a la inversa, soy yo la que tiene que preguntarle a él cómo lo hace para poder enseñárselo a los míos.

A mí me sorprende que un tipo que ha ganado tanto y durante tanto tiempo tenga el hambre de seguir ganando. Recuerdo a Björn Borg, que se retiró porque estaba jugando un partido y se dio cuenta de repente de que ya no le motivaba el tenis.

Eso es importante, claro. Tú date en cuenta de que estar ahí requiere un esfuerzo y un sufrimiento altísimo, y el nivel de renuncias que haces en tu vida es enorme. Si te pones a contar los días en que Nadal está fuera de su casa son doscientos y pico. Si este hombre quisiera tener una familia y casarse con su novia de toda la vida y tener hijos sería complicado. Tú haces una serie de renuncias y trabajas con un nivel de dolor y con un nivel de esfuerzo altísimo, expones a tu cuerpo y a tu mente a una situación que no es nada natural. Y eso es porque lo que haces te apasiona. En el momento que pierdes la pasión tienes que irte. Yo imagino que Nadal sigue siendo competitivo porque le seguirá apasionando el tenis, y porque en su mente debe tener una serie de objetivos pues como Alonso. Alonso tiene el objetivo de la triple corona y sigue luchando por conseguirlo, pero si tú no tienes pasión por lo que haces y tus objetivos ya no te estimulan, entonces tienes que dejarlo.

La actitud, como decíamos antes, es muy importante. Pero por otra parte, este tipo de deportistas, como Rafa Nadal, nos ofrecen un camino de vuelta, proporcionan modelos de valor para la sociedad. Otro ejemplo es Vicente del Bosque.

Ese liderazgo tan bonito que tiene.

Ese liderazgo silencioso que ahora incluso se pone como ejemplo en las escuelas de empresas.

Hay un término del inglés que a mí me gusta mucho, que es el servant leadership, que es como el liderazgo al servicio de los demás, donde desparecen un poco las jerarquías, en el que tu liderazgo está sobre todo orientado al servicio del trabajador, no para hacer servir, si no para ser servicial. Y yo lo veo un poco en ese sentido, es un liderazgo tipo Teresa de Calcuta; estoy aquí para que tú seas mejor, no para que tú me sirvas a mí. Y a mí me parece que ese liderazgo silencioso, servicial, es el que es capaz de tener un respeto absoluto hacia la persona que tú diriges y con eso poder sacar lo mejor de la gente.

Pero un líder no silencioso no tiene tampoco por qué perder el respeto del equipo.

El respeto de un líder se mide por muchos criterios; primero por ser un modelo de conducta, segundo por el respeto que tiene hacia la persona, tercero por conocer a cada uno de los miembros del equipo, porque todos son distintos… Tú no los puedes dirigir igual, porque tienes que conocer a cada persona, no al trabajador o al jugador, que también, pero sobre todo a la persona, y saber adaptar tu estilo de liderazgo a cada uno. Hay gente a la que tienes que retar porque se viene arriba. Tienes que conocer a la gente, porque hay a quien le retas y le hundes. Para mí el líder que se gana el respeto es el que da argumentos, el que motiva, el que respeta, el que se comunica de forma amable, el que confía, el que delega, el que trata de sacar lo mejor de los suyos, el que empatiza, el que establece objetivos que son desafiantes… A mí un líder autoritario, que grita, que falta al respeto, me parece que pinta poco.

No me refiero a eso. Me refiero a una gestión más dura, no a una gestión silenciosa. Por ejemplo el Cholo Simeone no debe tener el mismo comportamiento que Vicente del Bosque, y es un líder excelente. ¿Depende entonces del líder?¿depende del grupo?

Depende las dos cosas. Por ejemplo, el liderazgo de Bielsa no encaja igual liderando argentinos que liderando aquí en España. Y se supone que es uno de los hombres que más sabe de fútbol, y la gente que ha trabajado con él dice que es el entrenador más brillante que han tenido en su vida. Cualquier padre o madre sabe que no se puede educar igual a un hijo que a otro, porque hay uno que necesita más tiempo de comunicación, hay uno que necesita un tipo de razonamiento distinto, y tienes que adaptarte al tipo de persona, al tipo de personalidad de la gente a la que diriges.

Y la gestión de un equipo y la gestión de una empresa tienen muchos puntos de encuentro.

Claro que tienen puntos de encuentro, porque una empresa es un equipo.

¿El trabajo de un psicólogo es parecido?

Pues yo creo que hay muchos valores que tú trabajas en el deporte que puedes trasladar a la empresa. Me hace mucha gracia que me llamen para trabajar y me digan: «vamos a enseñar a trabajar en equipo a la empresa». No, vamos a trabajar en equipo en la guardería y eso es lo importante, porque en la guardería no se trabaja en equipo, en el colegio tampoco, en la universidad tampoco, porque tú tomas los apuntes y son tuyos, y rara vez los prestas. Vivimos en un sistema educativo muy individualista, y luego queremos en la empresa empezar a trabajar en equipo, y eso es muy difícil, muy complicado. Trabajar en la empresa como equipo para que luego sea uno el que asciende, y ese quizá es el que le roba la medalla al otro. Igual tenemos que cambiar tantos valores en la empresa para luego educar en trabajar en equipo, que yo empezaría por una educación en valores que empezara por arriba. Porque cuando educas en valores a los trabajadores ellos te dicen «¿pero eso mi jefe lo ha escuchado?». Porque cuando educas en valores y luego el de arriba se carga lo que haces entonces no vale para nada. Para mí la base de todo es la educación en valores, y ahí está el trabajo en equipo.

Trabajar desde arriba con los jefes y desde abajo con los niños, para que luego sean futbolistas o empresarios, o lo que quieran ser.

Sí, pero para trabajar en equipo primero. Tenemos que olvidarnos de este individualismo que tenemos, que es muy potente, y que el sistema educativo lo potencia.

Te decía que a Vicente del Bosque lo ponen como ejemplo de coaching empresarial y me gustaría que me dijeras que te sugiere la palabra «coaching».

Bueno, como te decía antes soy una persona muy poco polémica, ¿que qué me parece el coaching? Pues mira, creo que habrá gente que haga coaching y lo hará de forma maravillosa, pero yo creo en la ciencia. Estudié en la Universidad de Granada, donde se estudia la psicología cognitivo-conductual y las terapias de tercera generación, y para nosotros todo aquello que no hayas probado y que hayas demostrado que funciona no existe. Para estudiar el comportamiento humano y la parte neurocientífica y las bases biológicas del comportamiento humano necesitas, cuando yo estudié, cinco años de carrera y luego un máster de dos años y luego un doctorado, como hice yo de dos años. Así que tras nueve años estudiando no creo que la calidad o los recursos o la empatía o el entendimiento de la persona que trabaja sea lo mismo que cuando haces un curso de seis meses o un máster de dos años. Y no quiero descalificar a nadie porque creo que hay coaches maravillosos, con herramientas muy prácticas que sacan cosas muy chulas, pero también creo que cuando la gente busca ayuda profesional en este sentido es gente muy vulnerable, que está en un momento muy crítico y que tiene que tener mucho cuidado en elegir a un profesional adecuado. En disciplinas como la nutrición, la psicología o la preparación física existe mucho instrusismo y se puede hacer mucho daño. Hay que creer en la ciencia.

Y no solo el coaching, sino también otras prácticas pseudocientíficas que entran en el campo de la psicología probablemente de forma más virulenta. ¿Cómo podemos luchar contra eso?

Bueno, creo que para luchar contra eso tienes que tener un colegio profesional detrás. Y que cuando vas a buscar a una persona la busques con un colegio profesional que avale que tiene una experiencia, y que detrás tenga unos estudios que avalen que esa persona tiene conocimientos. También habrá profesionales, como imagino en todos los sectores, que tengan muchos conocimientos y mucha carrera universitaria y que luego no sean muy brillantes, pero por lo menos como cliente tienes que buscar gente que te avale desde la parte científica. Para mí eso es importante, pero claro, la gente es libre de elegir. Igual hay alguien que va a uno que es entrenador de la mente y le va muy bien, pues qué vamos a hacer. No podemos ir portal por portal quitando todo lo que ponga psico- lo que sea. El otro día me preguntaron: ¿qué piensas del coaching transnosecual?, unos nombres que no tengo ni idea.

Hay uno que es coaching celestial..

¿Para los que van al cielo?

No lo sé, no he profundizado en el tema.

Para que te vayas tranquilo al cielo, no lo sé, igual eso es un cura.

Seguramente, debería serlo, si no entiendo que sería intrusismo. Tienes un libro que se titula Por qué ellos sueñan con ser futbolistas y ellas con ser princesas. Dime que el título lo pusiste para vender más.

No. El título es ¿Por qué ellos sueñan con ser futbolistas y ellas con ser princesas?. Es un interrogante.

Es verdad.

Mucha gente me dice «vaya título más machista». Y no, es una pregunta para que la gente reflexione. Simplemente son estrategias para que la pareja se lleve bien y el título tiene mucho que ver en por qué. Aunque tengas un padre feminista, como he tenido yo, aun así quieres tener una muñeca o vestirte de princesa. A mí mi padre no me hizo los agujeros cuando yo era pequeña, ni me regaló una muñeca en su vida. Hay una base biológica que explica por qué las mujeres elegimos según qué cosas, aparte de la base educacional. Hay parte biológica que explica muchas cosas y luego la mayor carga está en la educación, ¿por qué todos los niños quieren ser futbolistas? ¿por qué a pocos les da como al mío por hacer esgrima? Algo hay, es esa reflexión, era un título que invitaba solo a la reflexión.

En ese libro tienes un capítulo que dice «¿Los hombres estamos más predispuestos al sexo?». Dime sí o no porque se nos acaba la entrevista.

Sí.

Vale.

Sí, porque…

No, no. No lo cuentes, que lean el libro.

Porque tenéis más niveles de testosterona.

Yo creo que vamos a ir acabando pero no me resisto a irme sin preguntarte por tu afición por los pósits. ¿Por qué en todos los vídeos aparecen tus pósits con dibujos?

Yo creo que soy una adicta a todo lo que sea papelería; rotuladores, fosforitos, pósits… Y un día me dio por poner un pósit en las redes sociales y desde entonces. Porque si me preguntas «¿cómo eres Patri?», fácil, soy una mujer fácil, me gustan las cosas fáciles, y las frases en los pósits me parecen fáciles. Me parece que resumen mucho en una sola frase, y como me encanta rotular y combinar, es como un ejercicio de meditación. Los pósits a mí me permiten meditar. Y luego veo que a la gente le gusta, hay ese feedback y como todo lo que refuerza lo repites me reforzaron un pósits y me quedé ahí enganchada. Me quedé enganchada a los pósits.


Claudio Caniggia: «Maradona siempre le puso el pecho a todo, era como un indio salvaje»

Fotografía: Jose A. Ramos

En los años en los que el rock and roll dominaba la cultura popular, Argentina jugaba al fútbol con dos melenudos por delante, Caniggia y Batistuta. Incluso hoy, con sus gafas de cristal púrpura, Claudio recuerda a Robin Zander, de Cheap Trick. En ocasiones, estos «rockeros» por detrás tuvieron a Dios. A Diego Armando Maradona. Pero fue en ocasiones porque las suspensiones arruinaron el potencial de aquella selección. A estas alturas, Claudio Caniggia (Henderson, Argentina, 1967) no quiere hablar de nada extrafutbolístico, pero sí que recuerda momentos épicos de su carrera que son historia del fútbol. Nos encontramos en Málaga, junto al exfutbolista local Antonio Vega y el periodista Camilo López. En el repaso a su trayectoria, Caniggia rechaza valorar a los futbolistas por su técnica y florituras, para él los buenos son los que aparecen en el momento cumbre. Cuando hay que aparecer. No hay más.

Eres un futbolista salido del medio rural.

Henderson era un pueblo chiquito, de unas siete mil personas. Yo no es que fuera un hombre de campo, pero prácticamente crecí en un pueblucho. Puede que se note en mi carácter, no soy de Buenos Aires. Soy un poco más desconfiado, me protejo más. Allí lo que tenía era el campo a treinta metros de mi casa. Desde que tuve cinco años, me pasé ahí todo el día. Era un terreno que nosotros llamamos potrero. La pelota iba para donde quería. Era terrible. Pero jugar en potreros lo que te daba era algo diferente a tu fútbol. No solo lo digo yo, ya se ha hablado mucho de esto, hasta Pelé lo decía: «A nosotros la pelota nos botaba para cualquier lado». En el potrero, a salir con el balón con gente alrededor, a pensar, lo aprendes instintivamente. Luego llegas a un campo de verdad y es un lujo.

Donde yo jugaba, en un equipo que se llamaba Juventud Unida en el que había jugado también mi padre, en el campo había zonas con zarzales. Por ahí pasaban después los corderos para quitarles la lana. Nadie quería pasar por esas zonas del campo, si corrías por ahí se te llenaban las medias de espinas; luego, cuando te golpeaba la pelota, se te clavaban. Te ponías perdido de sangre, era un dolor terrible. Veinte espinas clavadas. Y si te caías…

Hiciste atletismo también.

Me gustaba mucho, corrí cien, doscientos y cuatrocientos metros. Lo que más me gustaba era el salto de longitud. Me encantaba saltar y quizá eso se quedó en mi estilo a la hora de correr sobre el campo. Siempre me dijeron que corría encogido, que me agachaba un poquito para coger velocidad, pero yo lo hacía por los rivales, para meterles el cuerpo en carrera. Si vas erguido, te tiran con solo tocarte un poquito. Una vez leí que Usain Bolt le dijo a Cristiano Ronaldo que tenía que correr con la espalda más derecha, pero no es lo mismo correr con la pelota que en la pista. Bolt hace muy bien los cien metros, pero no puedes correr como un atleta en un partido de fútbol. Ahí hay gente que te quiere desacomodar, no puedes arrancar con el pechito para adelante.

Fui a muchas competiciones de atletismo en las ciudades alrededor de mi pueblo, no competí a nivel nacional porque era muy joven, pero me hubiese gustado. Pero no creo que fuese rápido jugando al fútbol por haber hecho atletismo, ya era rápido de por naturaleza. Puedes aprender a correr, mejorar tu salida, por ejemplo, pero no se puede aprender a correr más rápido. Eso no se puede mejorar.

Con quince años te plantaron en Buenos Aires para jugar en River.

Carlos «el Negro» Jaimerena era de una peña de River en mi pueblo. Jugaba al billar con mi padre y un día propuso que me llevaran a probar. Todas las peñas hacen estas cosas. Llamó al club, le dijeron que fuéramos y nos presentamos allí los tres en un auto. Me probé como 8, que era lo que me gustaba, pero cuando vieron mi velocidad me pusieron de 7. Yo en realidad era de Boca, desde chico escuchaba los partidos por la radio y mi padre, que era comerciante y de vez en cuando iba a la capital a por electrodomésticos, me llevó alguna vez a la Bombonera.

Pero el problema de verdad fue que pasé de un sitio donde conocía a todo el mundo a, de repente, verme en una ciudad como Buenos Aires completamente solo. No tenía amigos, cambiaba de colegio cada año. Con quince años no eres niño ni adulto. No fue fácil para mí. Me encontré, además, con un equipo de pibes que llevaban tres o cuatro años jugando juntos y se bancaban entre ellos, se protegían. Ahí empezaron los problemas. Yo era el nuevo, le quité el puesto al que llevaba ahí años y dijeron: «¿Qué pasa acá?». Con dieciséis años estuve a punto de volverme. No solo por esto, también porque tenía que ir hora y media en autobús al colegio, luego coger un tren, luego otro autobús. Estaba agotado y no tenía relación con casi nadie. Vivía con mis tíos y mis primas. No fue fácil. Si no es porque me convence mi madre, que me dijo que me quedase un poco más, hubiese renunciado. El segundo año fue más fácil y no volví a tener deseos de volver al pueblo.

Te apodaron el Pájaro.

Se le ocurrió a un periodista cuando empecé a jugar en primera. Era porque corría con las puntas de los pies y parecía que no tocaba el suelo. No apoyaba el talón prácticamente. Alguien dijo que volaba y a otro se le ocurrió llamarme el Pájaro. También se dijo el Hijo del Viento, que se lo decían a Carl Lewis.

Cuando subiste a la primera plantilla, se recuerda de ti que salías de cada entrenamiento lleno de arañazos porque no te podían atrapar.

Me pegaban bastante. Hijos de puta [risas]. Cuando empiezas a entrenar con los de primera te enseñan el rigor. Me daban duro, me mataban a patadas, pero me tenía que callar. Tenía que levantarme cada vez y seguir. Nunca me lamentaba. Ruggeri decía que, cuando me daban, iba al suelo, me ponía de pie y en la siguiente jugada volvía a encararles otra vez. «Le dábamos, pero el hijo de puta seguía encarándonos», decía. Obviamente, te querían intimidar. Ahora también pasa, pero si le dan a uno en los entrenamientos sale en todas partes. Ya ha pasado. Entonces no podías decir nada. ¿Qué ibas a decir? Y te hacías jugador, u hombre, como quieras llamarlo, más rápido.

Ruggeri decía que te daban igual los golpes y que no sabías ni con quién jugabas el siguiente partido.

Sí sabía contra quién jugaba, lo que no sabía era quién me iba a marcar. Salvo los jugadores más importantes de cada equipo, no conocía a los demás. Los periodistas me preguntaban a propósito quién me marcaba y yo contestaba: «No lo sé, qué quieres que te diga». Igual era inconsciencia, pero así me quitaba preocupaciones. Si yo estaba bien, no necesitaba saber quién me marcaba. No quería tanta información en mi cabeza. Ni siquiera en los Mundiales. Seguí igual. Mi mente funcionaba así.

Ese River ganó la Copa Libertadores y luego la Intercontinental al Steaua de Bucarest.

Era muy difícil debutar en ese River, había ocho o nueve jugadores internacionales entre uruguayos y argentinos. El club tenía dinero en esa época y compraba lo mejor que había en circulación por Sudamérica. Estaban Pumpido, Ruggeri, Henrique… el centro del campo de la selección argentina campeona del mundo en el 78, Gallego y Ardiles… Hubo jugadores mejores que yo en las categorías inferiores que no pudieron jugar en ese River.

Pero cuando debutaste se dijo que no se veía nada igual desde Maradona.

Es verdad que fue un ascenso bastante rápido, arranqué a jugar y desde el primer partido encaraba, cogía la pelota y me iba para delante. Jamás me sentí intimidado. Nunca me puse nervioso. Era un poco inconsciente en ese momento. Pero fue Bilardo el que le dijo al técnico del primer equipo, Héctor Veira, que me sacase. No se la quería jugar con los pibes, que los había muy buenos, pero no los ponía. Bilardo me conocía porque utilizaba a las categorías inferiores de River como sparring de la selección argentina que luego ganó la Copa del Mundo del 86. Le dijo: «¿A este pibe qué haces que no lo pones en primera?».

Cuando llegas arriba es muy bonito, pero nada de lo que has hecho antes vale para nada. Muchos muy buenos llegaron y se cayeron. Jugaban uno o dos partidos, después iban al banco y al final desaparecían. Cuando yo aparecí, me faltaba mucha experiencia, pero era como si hubiese jugado toda mi vida en primera. Me adapté.

Puedes tener la técnica que quieras, pero si no tienes cabeza… La mentalidad es más importante que la técnica en el máximo nivel. Tienes que saber que los espacios son más reducidos, que no puedes ponerte a gambetear como si tuvieras dieciséis años, tienes que entender que el juego es más rápido, más fuerte y tácticamente tienes que prestar más atención a tu ubicación, al juego posicional. Todo eso lo tienes que aprender muy rápido. Yo no tuve ese problema, también porque era muy vertical; cuando había que ir, iba y punto. No hacía jugadas para perder el tiempo.

Esas cabalgadas tuyas recuerdan a las de Ronaldo Nazario, o al revés.

Sí, a pesar de que la posición en el campo era diferente, él era un 9, más delantero, lo mío era arrancar de atrás. En principio, yo partía como wing. En River jugábamos con tres arriba. Estaba Alzamendi, el uruguayo que jugaba en la selección, a él no le iban a largar de la derecha, así que tuve que aprender a jugar desde la izquierda. Nunca lo había hecho, ni siquiera en las categorías inferiores.

Y lo hacías contra esas defensas sudamericanas de la época…

El fútbol argentino y el italiano son los más difíciles del mundo. Te pegan, te dan codazos, no les importa. Vas a sacar un córner y te escupe toda la tribuna, te reputean. Pero eso nos pasa a los argentinos desde que somos chicos, por eso nos acostumbramos a la presión y por eso mismo cuando salimos fuera no existe la presión para nosotros. Cuando teníamos trece años, íbamos a sacar un córner y los padres del equipo contrario nos decían de todo. Nos apedreaban. Tipos de cuarenta años insultando a pibes de trece. Es una vergüenza, pero Argentina es así. Desde chico juegas en un ambiente hostil, luego te vas a Europa y te parece un juego de niños. No te causa sorpresa nada de lo que ves. Te gritan cuatro, vale, ¿y a quién le importa?

En el campo las patadas eran terribles. Todo el tiempo. Yo, que era finito, flaquito, volaba cinco metros cuando me daban. Alguna fractura me costó. En la Libertadores igual, ibas con un cuchillo entre los dientes a jugar a Paraguay, a Colombia… te mataban. Era horrible. Ahora hay cámaras, pero en esa época era el terror. Ibas a sacar un córner y no sabías si ibas a salir con un ojo menos. A mí me agarraban del pelo…

Es como dijo Riquelme hace unos meses, que Messi es un fenómeno, pero en Argentina acabaría lesionado dos o tres veces por año y no podría jugar todos los partidos. En Argentina tampoco podría tirar paredes en el área chica, porque le irían a buscar antes y le pegarían, le frenarían. Con inteligencia, pero le desacomodarían. No quiero decir que aquí no pasen esas cosas, pero el jugador sudamericano está más acostumbrado a ese tipo de fricción. A ser listo. Es así, es la naturaleza. Es como crecemos en Argentina, Brasil o Uruguay. Como sé que eres muy bueno y me vas a pintar la cara, no te voy a dejar salir. No te respetan. En Europa, a los grandes equipos les dan, pero no les dan tan fuerte. Allá no importa quién sos. Cuando volví a Boca en el 95 con Maradona me daban igual. Nos tenían respeto, pero dentro del campo, si te tienen que colgar con un alambre, te cuelgan. Así es Argentina.

Pronto llamaste la atención de los clubes europeos.

El primero que vino a por mí fue la Roma. Estaba todo listo, yo tenía diecinueve años, pero no pudo ser, ¿sabes por qué? Porque alguien, no voy a decir quién, se quería quedar con el 15 % del traspaso, que es una comisión que le corresponde al jugador. Habría jugado unos treinta partidos en primera y me ofrecieron un contrato de tres años. También lo intentó la Juventus. Yo no tenía representante, no había esas cosas, iba con mi padre a negociar porque sabía algo de contabilidad. Era el año 87, la Roma ponía cinco millones, a mí me correspondían cuatrocientos mil dólares. Eso era una fortuna en aquella época. Ya habían adelantado un millón, pero dije que no. Quería mi 15 %. Yo no le había costado a River ni una moneda. Al año siguiente vino el Verona ofreciendo un buen contrato y entonces sí decidí irme.

¿Hubo mucho cambio de Argentina a Italia? Dijiste que tenías agujetas hasta en las orejas.

Yo lo aprendí todo de Bilardo y del fútbol italiano. Era un fútbol mucho más cerrado, había que moverse mucho, si no, te comían. El italiano es el fútbol más difícil en el que he jugado. En los ochenta, los máximos goleadores del Calcio no marcaban más de veinte goles. Maradona fue máximo goleador en la temporada 87-88 con quince goles. Yo hacía unos diez u once. Había muy pocas ocasiones, se trabajaba muchísimo. Mucho.

Nunca me he entrenado como allí. Era terrible. Aunque solo lo pasé mal el primer año, en el segundo el cuerpo tiene memoria y se adapta. Pero eran entrenamientos extremos. En la pretemporada hacíamos tres al día, durante veinte días, en una montaña. Troglio, que era un tractor, tampoco podía. Al final del día, le decía: «¿Vos estás como yo o soy yo solo?». Y contestaba: «Estoy hecho polvo». Cenábamos a las ocho de la noche y nos tirábamos en la cama. Pero luego veías a tíos como Thomas Berthold, el internacional alemán, que cuando salíamos a correr a la montaña él iba solo un kilómetro por delante de los demás.

¿Sufriste al Milan de los holandeses?

Les hice dos goles en un mes. Con uno de esos dos les echamos de la Copa. También recuerdo haberles hecho uno muy lindo de vaselina un día que luego nos ganaron con un gol de Van Basten en el último minuto, que le dio a uno de los nuestros en el hombro y entró. ¿Sabes que al principio Van Basten tenía problemas con Sacchi? Pensaba: «¿Para qué trajimos a este?». Y él se quería ir. No tenían buena relación. Jugando, lo impresionante era cómo te presionaban. No te dejaban. Y se lo hacían a grandes equipos, jugaban igual contra el Inter o contra el Madrid, al que le metieron cinco.

¿Es verdad que a los extranjeros el primer día os llevaban a vestiros bien?

Eso le pasó a Van Basten, precisamente. Un día salieron a algo con sus trajes y él iba con calcetines blancos. Le dijeron: «Perdona, ¿qué es esto?». Siempre que llegaba un jugador le llevaban a vestirle. Tienes que tener en cuenta que en los ochenta no había información como ahora, que puedes pedir lo que sea por internet y hay setecientos canales de televisión. Antes nadie tenía información de un carajo. Si llegabas a Italia con veintiún años, que aquello era el Hollywood del fútbol, te llevaban a comprar ropa, varios trajes, camisas, zapatos y te explicaban cómo iba la cosa. No porque fueses mal vestido, sino porque querían que fueses bien, como se iba en Italia.

¿Por qué fichaste luego por el Atalanta?

A veces me dicen que podía haber jugado en equipos más fuertes y es verdad, pero fue así porque el fútbol era distinto, los cupos de extranjeros lo complicaban todo. Mira al brasileño Junior, fue al Pescara y al Torino. Enzo Francescoli, uno de los mejores jugadores que he visto, fue al Cagliari. Toninho Cerezo, a la Sampdoria. Zico, al Udinese. Maradona no fue ni al Milan ni al Inter ni a la Juventus, sino al Nápoles, que el primer año peleaba en mitad de la tabla. Gica Hagi, al Brescia. Ramón Díaz, uno de los mejores defensores que vi en mi vida, ¡al Avellino fue!

Ahora se ha perdido la esencia con tantos extranjeros. Antes los vestuarios estaban mucho más unidos porque estaban todos los italianos y nosotros, dos o tres extranjeros. Ahora hay quince tipos y son todos de fuera. Esos grupos ya no son tan compactos como antes.

¿Cómo viviste que Maradona ganase dos ligas con el Nápoles y tirase una, o lo que fuera aquello?

Fue una historia rarísima, llevaban cinco puntos de ventaja, cuando ganar eran dos puntos, y faltaban cinco fechas. Era casi imposible que lo perdieran. Circulan muchas leyendas sobre lo que pudo pasar. Pero ganó dos. Con un par de incorporaciones, ese equipo medio, después del Mundial del 86, se puso a pelear por la liga y ganó dos. Por eso Maradona es el jugador más grande de la historia del fútbol. Porque se fue al Nápoles. Esto hay que tenerlo en cuenta cuando se hacen comparaciones, porque parece que hablamos diferentes idiomas. Maradona fue el jugador más trascendental de la historia del fútbol. Tenía que pelear contra el poderío económico y también político del norte de Italia, y llevó al Nápoles a ganar dos campeonatos y perder otro de forma extraña.

No hay un jugador capaz de repetir eso. Se rodeó de buenos jugadores, sí, pero no olvidemos que Maradona regaló un 30 % de lo que pudo dar de sí. Entrenaba cuando le salía de las pelotas y todos los demás problemas, que no es necesario que los diga porque ya los sabemos. Fue el mejor de la historia regalando el 30 % de su carrera.

Diego le dijo a Bilardo que te llevase al Mundial, que, si no, él no jugaba.

Lo dijo Diego. No lo sé. Eso lo sabrán Maradona y Bilardo. Lo escuché por primera vez en televisión.

¿Cómo fue la preparación para Italia 90? Tras ser campeones del mundo en el 86, en la Copa América del 87 y del 89, parecía que la selección pudo haber dado más.

Argentina siempre tuvo problemas. Para el 86 se clasificó en el último momento con un gol a Perú en cancha de River que fue terrible, si no lo mete, Argentina estaba fuera; tiró Passarella, dio al palo y la metió Gareca. El Gobierno estaba presionando para que sacasen a Bilardo, llamaban a Grondona para que lo echase. No se daban los resultados, se perdía y empataba contra equipos mediocres, pero él estaba haciendo su trabajo, lo que consideraba. Se ponía en duda a Maradona, se discutía si debía jugar o todavía no. Para muchos era mejor que no fuese titular todavía.

También era verdad que con los que tenían que hacer el trabajo táctico Bilardo era terrible. A Ruggeri lo llamó un día y le dijo que se presentase en su casa, pero con ropa para jugar. Se presentó ahí confundido y Bilardo le hizo bajar a una plaza que había enfrente de su casa, donde estaban unos chicos de ocho o nueve años jugando al fútbol. Le dijo: «Venga, ya lo arreglé con ellos». Quería que jugase con ellos. «Patéale», le dijo. A un chaval de nueve años que estaba en el arco. «Pero es un chico, Carlos… no puedo». «¡Patéale!», insistió. Quería probar a ver si se había recuperado de una lesión.

Los jugadores vivían momentos que… Al Vasco Olarticoechea lo llamó a casa y le preguntó qué hacía. Le contestó que iba a llevar a su familia en coche a un sitio. Le dijo: «¿Por qué autopista?». Y le esperó en un kilómetro, detrás de un peaje. Allí le paró el coche y le dio una charla técnica pintando con un ladrillo en la pared de una casa que había al lado de la carretera.

El Loco era así, hacía cosas rarísimas. Nos grababa a todos, tenía a un tipo escondido en una parte alta tomando vídeos de los entrenamientos. A mí me hizo ver un vídeo mío en el que me mostró con los brazos en jarras. Me dijo que no podía ponerme en esa posición durante un partido porque parecía que estaba cansado y eso lo podía ver el rival y coger confianza. También me pasó vídeos enseñándome cómo me tocaba el pelo, decía que eso me quitaba concentración. Usaba los vídeos para tener pruebas cuando te decía algo. Apoyarse en algo. Yo luego me puse una cinta en el pelo.

Si tenía una charla contigo, llamaba a dos testigos. Si había una mala onda, quería que en el futuro uno no dijese que había pasado una cosa y él otra. En el 90 me lo hizo antes del primer partido, en el que no jugué el primer tiempo. Hubo una historia dos días antes, cuando dio la alineación del equipo y yo me enfadé con él. En una cena hubo mucha bronca, por mi parte hacia él, y me llevó a una habitación a hablar conmigo, pero con testigos. Tuvimos que estar ahí dos minutos los dos en silencio esperando a que llegasen Olarticoechea y Ruggeri. Cuando entraron, tenían a Bilardo de espaldas y se rieron mirándome. En cuanto él se dio la vuelta, se pusieron automáticamente serios los cabrones [risas]. Entonces Bilardo me habló y ellos solo tenían que escuchar, no podían opinar. Era una cosa entre él y yo.

Las concentraciones con él tenían que ser amenas.

Yo las recuerdo con Troglio, que era mi compañero de habitación porque habíamos ido juntos al Verona. Una semana antes de jugar contra Camerún, estábamos en la habitación jugando con la consola. Teníamos una con el Mario Bros y estas cosas. Esa noche estábamos jugando al tenis. Era la una de la mañana y no nos podíamos dormir. Llevábamos un mes concentrados, fuimos el primer equipo que llegó. Bilardo tenía la costumbre de ir habitación por habitación de los nuevos entrando sin tocar a la puerta. Con los que habían ganado el Mundial del 86 tenía otro trato. Esa noche asomó la cabeza y, como no tenía ángulo para ver la cama de Troglio, solo me vio a mí con el mando. Bilardo dio un paso para verle a él, y en esos dos segundos, Troglio soltó el mando y se puso a hacer que dormía. Bilardo se fue y le empecé: «Pedrito, maricón, puto, cómo podés…». Luego, en la sala de televisión, nos dio una charla a todos y se quejó de que yo esa noche estaba jugando al videojuego, ahí a ver si entraba la pelotita, en lugar de estar viendo vídeos de Camerún.

Pues bien, después de eso estaba yo comiendo y me llegó Maradona. Me dijo: «Ven, Claudio, tenés que ver esto». Subimos Maradona y yo a la sala de televisión, fuimos despacito, y me dice Diego: «Ahí lo tenés». Estaba Troglio tumbado, él solo en toda la sala, viendo un Camerún-Sudáfrica o qué sé yo. Él solito. Me acerqué y le dije: «Pedro, sos una mierda, un cagón hijo de puta, no puedes ser tan rata y hacer lo que te dijo» [risas]. Pero era un fenómeno Troglio, ¿eh? Un gran tipo. Maradona también le dijo ahí, pero es que Pedro era tan bueno que no le podíamos decir mucho.

Otra vez entró Bilardo en la habitación y yo estaba fumando. Empecé a fumar en las concentraciones porque me aburría. Un día le dije a Troglio: «Pedro, fúmate un cigarrillo, maricón». Él no había fumado en su vida y dijo: «Bueno, me voy a fumar uno». No se sabía tragar el humo ni nada. Se puso a fumar el primer cigarro de su vida y justo ¡entró Bilardo! Salió de ahí rápido y se fue corriendo a la habitación de Maradona: «Diego, ¡están fumando! ¡Está todo lleno de humo!». Y Diego: «Carlos, y qué quiere que yo le haga, si quieren fumar van a fumar, qué voy a hacer yo». Pero vino Diego a vernos a la habitación, llegó riéndose, se encontró todo lleno de humo y me dijo: «Cani, boludo, abran la ventana aunque sea». Pero ¿sabes por qué pasó eso? Porque teníamos habitaciones diminutas. Bilardo no quería lujos ni comodidades. Ordenó que fuera todo muy rústico y muy pequeño, en el colchón te dabas una vuelta y te caías. Pero nadie se lamentaba. No nos importaba, a mí por lo menos no. Y a la mayoría de los que estaban allí tampoco.

En ese debut en Italia, delante del papa, la selección campeona del mundo cayó ante Camerún. ¿Qué pasó? ¿Había mucha presión?

Siempre hay presión. Yo no me sentí presionado. Jamás me pasó eso. Sentía la responsabilidad de lo que me estaba jugando, tomaba conciencia de la cantidad de argentinos que estaban viendo el partido por televisión, pero no sentía presión. Obviamente, nosotros sabemos a qué compañeros les afecta la presión. Ves cómo se ha levantado ese día, si está igual que hace una semana o no. Hay jugadores que siempre están igual y otros que no. A Ruggeri lo veías igual un mes antes que a diez minutos del partido. Yo también era así.

Aquel día se perdió, pero no fue por presión. Fíjate que hubo dos cambios en ese partido y cuatro más para el segundo. Yo entré por Ruggeri, que tenía pubalgia y no volvió hasta los octavos. Pasó que Bilardo formó un equipo en el que dos estaban fuera de sus posiciones, como Balbo o Lorenzo. Jugó Fabbri, al que no volvió a sacar. Todo esto te da la pauta de que Bilardo se equivocó al formar el equipo. Esa fue la razón. Cuando yo salí, obviamente, se jugó muy bien [risas]. No, me cagaron a patadas. Hice echar a dos, se quedaron con nueve y ni así pudimos empatar. Eran buenos y fuertes físicamente. Era uno de los mejores equipos de la historia del fútbol africano; este y el de Nigeria del 94.

Tras la derrota, Bilardo dijo que, si no pasábamos, iba a coger los mandos del avión de vuelta y lo iba a estrellar. El problema era que casi te lo creías.

Se pasó como mejor tercero de grupo y, claro, esperaba un primero: Brasil.

Veníamos de empatar con Rumanía, aunque a los dos nos valía el empate, por eso el final de ese partido fue tranquilo [risas]. Antes de Brasil, Bilardo mandó a una persona a ir habitación por habitación para reservar los pasajes de vuelta a Buenos Aires en caso de que perdiéramos. Era todo mentira, pero quería que nos viésemos volviendo a Argentina a comernos toda la bronca, porque Argentina es así, es exagerado. Luego era todo mentira.

Brasil os pasó por encima, pero Maradona y tú hicisteis magia.

Brasil venía de jugar bien y ganar, pero ni nosotros ni ellos queríamos ese choque. Es peligroso jugar contra un rival directo que no te tiene miedo, que no te va a respetar, que te quiere ganar. Nadie quiere eso en octavos. Para ellos también fue una mierda el clásico de Sudamérica en octavos, por muy bien que estuvieran.

En el primer tiempo debieron irse dos a cero, no dimos tres pases. Yo estaba solo como un perro delante luchando contra todos, era el único atacante. ¿Cuántos equipos en la historia del fútbol en un Mundial han jugado con un solo atacante? Nómbrame uno.

Tuvimos muchos problemas en ese Mundial. Batista y Olarticoechea vinieron mal. Ruggeri tuvo la pubalgia. Y Héctor Enrique, que era un centrocampista bárbaro, no pudo venir por problemas en la rodilla. Burruchaga estaba a la mitad de lo que podía dar. Maradona, también a la mitad. Diego tenía un tobillo hinchado. No podía casi ni entrenar. Apenas se podía poner la bota. Se tenía que infiltrar incluso para los entrenos. Fue un calvario para él, sufrió mucho. Llegamos con muchas bajas, pero lo que sí que había era un equipo sólido que no quería quedarse afuera. Nos veíamos mal, pero también pensábamos: «Bueno, tiene que jugarse el partido». Era un poco así. Simple. Pensábamos: «Vamos a ver qué pasa, a ver si nos ganan o no». Y en un Mundial, en un acontecimiento de esa dimensión, se ve quién es cada cual.

Contra Brasil tuvimos un poco de culo, como decimos nosotros, de suerte, es verdad. No podíamos salir de mitad de la cancha. No nos dejaban. Nos presionaban alto y no podíamos. La primera mitad fue un sufrimiento, pero la segunda ya fue diferente. Obviamente, hubo un desgaste físico de ellos. Como le hizo el otro día Khabib a McGregor, ¡qué quilombo que se armó! El ruso lo hizo desgastar en el piso, le hizo perder energía. Estos igual, iban para delante, sumaban superioridad numérica, una y otra vez, pero la pelota no entraba. Eso psicológicamente afecta. Te entra un poco de desesperación. Fíjate que tenían a Romario y Bebeto en el banco. Jugaron con Müller, un negrito muy rápido que jugaba en el Torino, y Careca. Tuvimos momentos críticos, pero, poco a poco, luego ya no tanto.

Hasta que Diego tiene una idea.

La jugada de Diego fue espectacular.

Tú eres el que mejor la viste de todo el planeta.

La vi venir, sí.

Él estaba quieto, sin apoyos, y de repente dijo: «Pues me voy».

Vio un huequito, porque él veía todo, y se metió. No estaba como en el 86, que era rápido, tenía un cambio de ritmo espectacular, pero sale con el balón y no lo podían tirar. Se dijo que Alemão no lo quiso tirar porque eran compañeros en el Nápoles, ¡mentira! No podían. Era muy difícil tirar a Maradona. Yo lo he visto salir de situaciones imposibles con dos tipos colgados y no podían echarlo abajo. Tenía un equilibrio y una estabilidad, aunque lo empujasen, impresionante. Una de sus muchas cualidades es que era muy difícil tirarlo. Nunca vi un jugador así, incluso en eso destacó.

En Maracaná, en el 89, le vi salir de una situación con los uruguayos, que ellos te matan… Paró la pelota, fueron tres a por él. Uno de ellos, el Tano Gutiérrez, que jugó conmigo en River. Pensé: «Lo matan». Y puso el culito a un lado, se giró y puso el culo del otro lado, le empujaron por los dos lados y le puso un brazo a uno, un brazo al otro, y salió de la jugada. Le habían caído tres encima. Me quedé: «Pero ¿cómo hizo este tipo?». Es increíble el equilibrio que tenía en los pies. Eso nunca se lo vi hacer a nadie y le he visto hacerlo mil veces. Por eso digo que no se puede comparar con nadie. Déjenlo ahí arriba y todos los demás abajo.

En esa jugada contra Brasil, cuando lo vi venir, pensé: «¿Qué hago?». Me podía ir a la derecha, Branco era el que me marcaba. Lo primero que hice fue esperar un poquito a ver para dónde tiraba él, porque Maradona de repente te puede frenar y salir para el otro lado y yo tendría que cambiar de dirección. Cuando vi que se iba para la derecha y lo estaban cerrando ahí, cuando vi que ya no podía cortar para el otro lado, me fui a la izquierda. Estas cosas no salen de casualidad, simplemente salió perfecta. Fueron diez segundos perfectos. En milésimas de segundo, vi que no podía quedarme donde estaba porque nos quedaríamos ahí los dos. Se iba contra los cuatro tipos y contra mí también. Entonces me la jugué y empecé a correr, pero con cuidado, mirando para no meterme en fuera de juego, y vi que nadie me seguía.

Tenía a cuatro brasileños encima, ¿confiabas en que te viese?

Sí, Maradona siempre ve todo. Es difícil que no viese algo. A nivel mental jugaba más rápido que cualquiera. Piensa, como ahora Messi, mucho más rápido que cualquier otra persona. Lo que tú no ves, él lo ve.

En esa jugada, un central se debería haber ido conmigo cuando me crucé, pero se quedó con Maradona. Yo pasé rápido y era una decisión difícil para un defensor. Creo que se equivocaron, pero también fue mérito nuestro. Porque, si a mí me llegaba la pelota, era la jugada perfecta. ¿Sabes cuál era el partido perfecto para Bilardo? El que quedaba cero a cero sin ocasiones de gol. Nadie se había equivocado, no se tiraba a puerta y cero a cero. El partido perfecto [risas]. Le preguntaron una vez y dijo eso.

Yo corté y, claro, Diego, aunque iba cayéndose al piso, obviamente me había visto. La jugada resultó bárbara porque el pase le salió. Justo, entre las piernas de Galvão, pero salió. Yo estaba casi al límite del fuera de juego. Me iba frenando incluso, mirando a Diego y al último jugador de ellos. Si te fijas, no había nadie más, ninguno de nuestros compañeros. No vino ninguno.

Cuando recibí el balón, mi primera intención era tirar, arquearme un poquito y darle de rosca, pero vi que salía Taffarel. Lo complicado al encarar al arquero es que se te frene. Tú quieres que salga, que vaya hacia ti, porque tienes la ventaja si la tiras para delante. ¿Qué va a hacer ahí? No puede frenarse, echarse para atrás y alcanzarte, es imposible. Él me vino saliendo muy rápido. Como lo vi, pensé en pararla y tirarle de rosca, pero en el último momento, dije: «No». Estaba tan cerca de mí que vi que si se la tiraba larga no me atrapaba, y ya sabía que por ese lado no venía nadie, porque lo había visto al tirar la diagonal. Tomé entonces la decisión de irme a la izquierda y gambetearlo. Me quedó todo el arco libre. Pasó así de rápido y pensé todo esto igual de rápido. No son ilusiones mías ni estoy contando exageraciones. Fueron milésimas de segundo, pero en ese tiempo piensas y analizas.

No celebraste mucho el gol.

Nunca fui muy efusivo celebrando los goles, el tipo que corre por todos los lados, choca con todos, con los recogepelotas, se sube a la tribuna y abraza al papá. Pensé que a partir de ahí nos tocaba aguantar la embestida de ellos. Había que ordenarse, hablar un poquito. Solo faltaba que nos hicieran dos goles en cinco minutos. Quedaban nueve y había que estar a muerte. No perder tensión, nada de festejar tanto, todavía no había terminado.

Al final, Müller. Se quedó solo, con un centro que le vino de atrás, pero se apura. Era un gran jugador, pero solo, delante del portero, le dio mal y le salió como a tres metros del arco. Tenía que haber esperado un segundo más y haber definido en el segundo palo, ¡estaba solo!, pero la paró y se apuró en pegarle. Goycochea además era un tipo que no salía mucho, tenía todo el arco. Ahí está la diferencia. En los momentos claves, en los grandes eventos, hay jugadores que aparecen y otros que no. De local, sí, pero después de visitante en un partido chivo, duro, no aparecen.

Dicen que metisteis ese gol porque drogasteis a Branco ofreciéndole agua.

Eso es una leyenda urbana. No te lo creas. Supuestamente había Rohypnol en el bidón. Siempre he dicho que no es verdad.

Las siguientes eliminatorias las sacó adelante Goycochea en las tandas de penaltis.

Siempre fue bueno en los penales. No es que salvara grandísimas pelotas durante el campeonato, salvo alguna, que las hubo, pero no tantas. En Brasil saca una, pero las demás fueron al travesaño o fuera. No es para quitarle mérito, al contrario. Siempre tuvo esa condición, ese instinto de ver para dónde iba a ir el balón. Fue muy meritorio lo suyo. Contra Yugoslavia fallamos dos penales, si no es por él…

Faruk Hadzibegic, el que falló el quinto de Yugoslavia después de que fallaran Maradona y Troglio, dice que sueña cada día que mete ese penalti y, por la alegría que genera, su país no se desintegra, porque todo hubiese sido distinto si hubiesen jugado la final.

¿Y si hubiese perdido 3-0 el siguiente partido? Todavía les quedaba mucho.

A Italia, en Nápoles, la eliminasteis y tú marcaste, pero te sacaron una amarilla por la que te perdiste la final.

Mi mano la podría haber dejado pasar el árbitro, fue en mitad del campo. No era una jugada peligrosa. Él sabía quién estaba amonestado. Ahora, con las nuevas normas, te limpian, si te sacan amarilla en las semis, no te dejan sin final. Un árbitro tenía que tener en cuenta todas estas cosas. Además, jugaba delante, para crear, no para destruir. No paré una jugada de ataque. Eso lo tiene que saber un árbitro, para eso le ponen a pitar la semifinal de un Mundial. Tiene que tener la ética de saber que no merecía amarilla.

Obviamente, la sacó a propósito. Nos sacaron a tres jugadores. Si hubiésemos estado dos de los tres a los que nos sancionaron, hubiésemos ganado a Alemania, por mucho que ellos vinieran jugando tan bien. Íbamos de menos a más, con palos, con historias, con puteadas, con lesionados, dejando a Italia eliminada a las puertas de la final… nadie quería que ganásemos. Ya lo sabíamos nosotros. No había que pensar demasiado. Era lógico. Estaba Havelange, brasileño, al frente de la FIFA, y habíamos dejado fuera a Brasil. Europa quería que el campeonato se quedara en Europa. Para colmo, habíamos eliminado a los dos candidatos a ganarlo. No nos querían, que no te quepa duda. Si nos podían sacar amarillas, lo iban a hacer a la más mínima posibilidad.

¿Qué pasó con la bandera de Argentina de vuestro hotel de concentración?

Quemaron la bandera, se cuenta que la quemó alguien de Bilardo [risas] para crear un clima hostil contra nosotros y motivarnos, pero, si te digo la verdad, no lo sé. Igual es también una leyenda. Sí que había un poco de mala hostia en la concentración después de haber eliminado a Italia. Hubo un problema con el hermano de Maradona, que llegó con un Ferrari a la concentración y le paró la policía porque no tenía documentación. Diego se enfrentó con ellos. Hubo mucha bronca, y lo de la bandera pudo ser un italiano enfadado tanto como Bilardo intentando motivarnos. Yo no me enteré de nada, me lo contaron luego todo.

El penalti con el que os derrota en la final Alemania, ¿lo fue?

No. Fue un contacto que no era para penalti. Les empezó a entrar el pánico. No querían ir a la prórroga. Era un peligro, y ante la mínima… Echaron a dos, a Monzón y a Dezotti. Y hubo un penal contra Calderón que lo podían haber cobrado e íbamos cero a cero. En el borde del área. Si cobró el de Klinsmann, el de Calderón debió haberlo cobrado mucho más.

Fue un golpe, pero en la siguiente Copa América volvisteis a vencer a Brasil y ganasteis el torneo.

Diego no estaba porque lo habían suspendido. Basile cambió prácticamente todo, quedamos solo Ruggeri y yo del Mundial. Se incorporaron Simeone, Redondo, Batistuta, Chamot. Jugadores con personalidad, presencia y ganadores; jugadores que, juegues contra quien juegues, se los siente. Por eso digo que la selección no es para cualquiera. Aunque Redondo jugó muy poco con la selección. Solo jugó un Mundial, fue raro. A Italia no acudió por decisión, dijo que prefería estudiar. En realidad, no compartía el fútbol de Bilardo, o algo así. Luego se contó que Maradona, cuando Redondo hizo esas declaraciones, lo encaró en Sidney, en el ascensor del hotel, y le dijo: «Tú estudiás, ¿y los demás qué somos?, ¿ignorantes, burros?».

El último partido de la liguilla final fue contra la Colombia de Higuita.

Higuita me dijo que le tirase una por arriba para poder hacer el escorpión [risas]. Pero creo que lo dijo en joda. Es un crack, un personaje. Ahora vamos a jugar un partido benéfico juntos para el pueblo saharaui.

Fichaste por la Roma.

Fue en un momento en el que la Roma tenía problemas de vestuario. Tenía una camarilla dentro, un grupito. Nunca vi nada así en un vestuario de todos los que estuve. No había buen ambiente para nada. Ni con los italianos para los extranjeros ni de parte nuestra hacia ellos, porque cuando nos dimos cuenta de lo que había siempre hubo tirantez y roce. Había jugadores que llevaban mucho tiempo e iban tirando mierda. Sinisa Mihajlovic, que era buena gente, un tipo correcto. Con su personalidad y eso, pero muy correcto. Él fue uno de los que sufrió el vestuario. Fíjate que luego se fue a la Lazio y estuvo mucho mejor. El club también estaba descontrolado, desorganizado, no se sabía quién mandaba ahí. No fue un gran periodo.

Estados Unidos fue una nueva oportunidad de ganar la Copa del Mundo, Maradona y tú llegasteis a tiempo tras estar suspendidos. ¿Teníais la moral alta?

Todo empezó con un vuelo a Nueva York. Éramos campeones del 86, subcampeones del 90 y, antes de empezar el Mundial del 94, nos metieron trece horas de vuelo ¡en clase económica! Y no era económica pero todos juntos, era dos por allá, otros dos más atrás, con gente que no conocíamos. Maradona iba en una fila de cuatro asientos con tres tipos que eran turistas. Yo iba en una de tres con un señor en medio que no sabía quién era. Batistuta también iba con dos extraños. Veintidós jugadores desperdigados entre doscientas cincuenta personas. Diego iba fastidiado. Llegó Basile y le dijo: «Hay sitio acá en business class», y Maradona contestó: «Yo me quedó aquí con todos mis compañeros». Trece horas nos pasamos ahí, íbamos tirados en el piso, la gente nos tenía que pasar por arriba, otros iban tumbados debajo de los tres asientos durmiendo. Pasó que alguien en la AFA hacía sus movidas para ahorrarse un dinero y le importaba un carajo.

Pero el equipo llegó fuerte a ese Mundial.

Nos sentíamos capaces de ganar ese Mundial. Estábamos cada uno en el momento justo, con el técnico justo, el Coco Basile, que es un gran amigo, incluso ahora, y como técnico fue espectacular, uno de los mejores que he tenido. Iba al frente con todo, le ponías un tren delante y se ponía, pero a la vez creaba un ambiente muy agradable, con respeto hacia él, obviamente.

Basile no trabajaba la parte táctica como lo hizo Bilardo. Era más ofensivo, formó un equipo bárbaro que miraba siempre para delante. Ganamos así dos Copas América. Llegamos muy bien al Mundial, éramos el equipo a temer. Después del 2-0 a Nigeria venían los periodistas de todo el mundo a decirnos que venían de la concentración de selecciones fuertes, de Italia, de Brasil, y que todos comentaban, los jugadores, los dirigentes, los ayudantes o los familiares de los jugadores, que iban a jugar la final contra Argentina. Y nosotros también lo creíamos. El jugador argentino en ese sentido es muy creído, piensa que le puede pasar por encima a cualquiera; a veces no es así, pero tenemos esa moral.

En el 90 sabíamos que no estábamos bien, Bilardo metió esos cambios, cinco jugadores del primer partido al segundo, pero esto era completamente distinto. Llegamos muy bien, jugamos muy bien, en todas las líneas teníamos buenos jugadores, con personalidad todos. Podíamos crear una situación de gol en cualquier momento, eso lo teníamos clarísimo. Y de repente todo se fue a la mierda.

Echaron a Maradona por el positivo en el control antidopaje.

Perjudicó mucho lo de Diego. El ambiente se puso muy tenso, muy difícil. Estuvimos tres días encerrados, había mucha gente, habíamos perdido a nuestro hombre principal. Fue una situación jodida. El equipo estaba para pelear igual, pero hubo errores en el último partido, y encima yo me quedé fuera por una lesión.

Entrevistamos a Stoichkov y nos dijo que Maradona acudió a ese Mundial engañado por la FIFA. Textualmente: «La FIFA le prometió a Diego, sabiendo que tenía un problema, que no le iba a sacar el dopaje».

A Maradona lo utilizaron. Los argentinos, los que estamos en el ambiente del fútbol, lo sabemos todos. Sabemos que lo fueron a buscar. Lo utilizaron porque necesitaban a la figura principal del fútbol en Estados Unidos, que era el primer Mundial ahí. Querían que fuese para promocionar el campeonato. Cuando Grondona llama al representante de Diego, le dice: «Lo necesitamos, tiene que volver, tiene que ponerse bien, como sea, si necesita ayuda, que…». Algo así, ¿entendés? «Necesita ponerse bien, tiene que ponerse bien en estos cuatro o cinco meses». Y Maradona hizo de todo para ponerse bien, se entrenó como un burro. Porque yo lo veía, mañana y tarde, mañana y tarde. Todo el tiempo. Quería estar en ese Mundial y fue utilizado.

Cuando vieron que Argentina era un candidato, que era otra vez candidato, dijeron «a la mierda». Yo te puedo asegurar que fue así. Dijeron: «¡Afuera Maradona!». Esto de irlo a buscar hasta la mitad de la cancha… ¿A quién van a buscar hasta la mitad de la cancha para hacer el control? Le esperarás en el vestuario. Irlo a buscar con el delantal blanco… ¿Se iba a escapar del estadio? ¿Va a venir un helicóptero y va a huir por la parte de atrás? Hay toda una serie de secuencias, nosotros sabemos la trastienda, lo que pasó anteriormente, y sí, fue utilizado. Tiene razón en lo que dijo Stoichkov, porque, efectivamente, fue así.

Cuando Passarella cogió después la selección, te quitó del equipo. La polémica trascendió porque se dijo que no quería en el equipo a nadie con el pelo largo.

Se equivocó, no sé si por su ego personal contra los símbolos de la selección argentina, como yo o Redondo en aquel momento. Con Batistuta también quiso hacer lo mismo. Passarella fue un grandísimo jugador, siempre he dicho que para mí uno de los mejores defensores de la historia, sin duda. Pero como técnico no. Le traicionó su ego y alguna cosita más, sus amiguitos que venden jugadores. Tenía interés en meter gente nueva en la selección y de paso venderlos después del Mundial. Algo así. Y afuera Caniggia y afuera Redondo.

Cuando todo estaba bien, fue cuando pasó toda esta pelotudez del pelo. Fue la excusa para quitarnos, pero también… ¡la cosa más patética que yo escuché en la historia del deporte! Tuve una llamada con él y, cuando me lo dijo, le contesté: «Pero ¿cuántos centímetros quieres?». Y él: «Cuatro». Y yo: «Pues te voy a dar uno y medio». Era irónico por mi parte, era joda por parte de los dos, pero fue así en un principio y luego eso se volvió, meses después, otra cosa. Ya no se habló del pelo, y el problema fue que quería ir con su gente y no con los grandes nombres de los Mundiales anteriores.

Decidiste abandonar el fútbol europeo y volver a Argentina, a un proyecto en Boca Juniors con Maradona y Bilardo.

Era un proyecto ambicioso económicamente. Maradona y yo íbamos a cobrar más que en Europa. Ponía el dinero un inversor, un millonario armenio que tenía una televisión en Argentina. Puso una pasta terrible, pero no fue por eso por lo que fui, sino por el proyecto en sí.

Estuvimos casi tres años. Diego abandonó en el 97. Fue una etapa espectacular. Diego ya venía jugando en Rosario, yo volvía después de siete años. Al principio de entrenador estaba Marzolini, el gran lateral izquierdo de Boca en los setenta, y al poco vendría Bilardo.

Fue impresionante, jugar en Boca no es para cualquiera. Te lo puedo asegurar. Teníamos treinta o cuarenta periodistas, a veces cincuenta, en todos los entrenamientos. Salías del entrenamiento y se te venían los veinte o treinta cada día. Los periodistas de radio en Argentina son terribles, están todos los días y siempre tienen algo, siempre surge un tema, Boca es Boca y siempre da para hablar. Te entrevistaban hasta en las concentraciones, entraban por dentro del hotel. Ahora el equipo tiene un centro y ya es más difícil. Con nosotros hacían las notas en el mismo hotel, eso forma parte del folclore argentino, en otros lugares es imposible que pase.

Cuando estuve al final de mi carrera en Glasgow Rangers me decían: «Bueno, Claudio, la semana que viene hay una entrevista al final del entrenamiento». Y yo: «¿Y cuándo es eso? ¿Dentro de una semana? ¡Dímelo el día anterior!». En Argentina un periodista, en un segundo, viene y te hace una entrevista.

La imagen icónica de esa etapa es en la que Diego y tú os besáis en la boca tras un gol.

Fue como una joda. Surgió así. Obviamente, no significa nada. Fue como una apuesta. Una pelotudez, alguien dijo «a ver si hay huevos» y…

¿Por qué se retiró Diego?

Se cansó, había mucha presión y él la sintió. En el último año, los últimos cinco meses, no estuvo en su mejor momento y se saturó. Él lo declaró, que casi le matan dos veces al padre en la prensa. Estaba enfermo, tenía algunos problemas, se inventaron varias historias, Diego no sabía nada y publicaron que había fallecido. Dijo: «Ya estoy cansado, basta, sobrepasaron el límite de lo que es el respeto por la persona». Le pasó lo mismo en el último Mundial de Rusia, cuando se sintió mal al final de un partido. A mí me llegó que se había muerto. Llamé al chico que trabaja con él y le pregunté y me dijo: «No, estamos acá, nada que ver, esperando al avión». Y me mandó una foto. Me quedé… ¡qué hijos de puta!

En Boca igual, estaba cansado. Ya no tenía ganas, ya no disfrutaba tanto con el fútbol. Se entrenaba menos. Los martes y los miércoles no venía al entrenamiento. Iba el jueves, viernes, sábado y jugaba el domingo. Los últimos tres o cuatro meses ya se veía que no, no lo sentía, y abandonó. Está bien, si no se levantaba contento y feliz para ir a jugar al fútbol, tenía que abandonar.

Para mí fue un placer enorme haber jugado con el que considero y el que es seguramente el mejor jugador de la historia y también un personaje salvaje, un tío con una alegría y una pasión increíble para jugar al fútbol. Nos entendimos muy bien en el campo. Aprovechaba bien mi velocidad, pero también mis movimientos entre los centrales, dándome la vuelta, girando. Los defensas me han contado después que no sabían dónde estaba y luego aparecía y los pasaba a cien por hora.

Lo he visto jugar hecho mierda, con lesiones con las que nadie podía jugar, y él lo hacía con un amor propio increíble, poniéndole el pecho siempre a todo, era como un indio salvaje. No es el mejor jugador por eso, pero eso también fue algo impresionante de él. Asumía responsabilidades, le mataban a patadas y siempre se puso al frente. Juntos pasamos momentos gloriosos y momentos no tan gloriosos, como personas, porque ante todo uno es persona, y como futbolistas. Pero es parte de la vida. Todos los momentos con él fueron inolvidables.

Siempre estuvo presente en cualquier problema. Tenía mil presiones, como ahora mismo, que cuando va a un lugar se le echan todos encima, a veces la gente no entiende, no es fácil vivir así. Es un ser humano también. No quiero hablar de su vida privada porque jamás hablaré de eso, no quiero hablar de lo que es fuera del fútbol, pero quiero decir que con las presiones que tenía siempre le puso el pecho a todo y estaba siempre disponible con mil quilombos que tenía alrededor. Y cuando jugaba al fútbol era como la vida misma para él, cuando entraba al campo parecía que se le olvidaba todo. Mira en qué situaciones límite estuvo y siempre dio el pecho. Y lo que regaló, que ya te he dicho. Siempre estuvo comprometido y, si alguna vez no lo estuvo, es porque era un ser humano y no siempre se puede estar al mil por mil, nunca nadie jamás en la historia lo estuvo.

Con lesiones increíbles, tuvo un compromiso en cada partido. Siempre estaba con los compañeros, y con el que más lo necesitaba también. Le venía mucha gente a pedir, le hacían llegar el mensaje, y siempre estaba presente o mandaba a alguien. Siempre ayudó a la gente. Yo he ido a partidos benéficos con él en Italia donde se suponía que tenían que ir los jugadores italianos más famosos y no apareció ni uno, ¡ni uno! Pero él iba. Con mil historias, porque era Maradona, e iba porque era una causa importante. Luego le criticaban, me gustaría ver a muchos en la piel de Maradona a ver si se la aguantan.

Tuviste problemas para abandonar Boca.

Decidí volver a Europa. Me quedaba un año de contrato y podía haberme quedado más tiempo, tenía una gran relación con Macri, el presidente, pero después de la última temporada, en la que perdimos el campeonato al final, en los últimos dos partidos increíblemente, pedí en una charla en Guatemala, en un partido amistoso que jugamos allí, que me dejasen marchar por motivos… Estaba todo muy…

Bueno, por una serie de razones, prefería irme a Europa. Y se armó un conflicto. Les dije que buscaría un equipo que les dejara un dinerito. Dijeron que no. Tuve que volver por una cuestión legal, para no tener un conflicto mayor. Pero fue un conflicto personal, entre Macri y yo. Al final acabé en Miami entrenando yo solo con un preparador físico en el campo que tenía un amigo italiano.

Resucitaste en Escocia.

Fui a un equipo chiquito, no es que no debiera haber ido, pero nunca se me pasó por la cabeza terminar jugando ahí, en el Dundee. Fueron solo unos meses, llegué en noviembre cuando ya llevaban diez partidos. Como me estaba entrenando solo en Miami cuando me llamaron, dije: «Bueno, pues voy». El equipo lo había cogido un amigo mío, Ivano Bonetti, que era técnico-jugador. Jugaba como centrocampista. Si te digo la verdad, en ese momento no sabía qué hacer, no sabía si seguir jugando o retirarme.

Enseguida me puse bien físicamente. Tengo suerte de que jamás en mi vida engordé, peso ahora lo mismo que cuando tenía veinticinco años, incluso menos. Nunca me costó mucho entrar en ritmo cuando volvía a una pretemporada. Y cuando empecé a jugar en este club, me di cuenta de que tenía que llegar a los grandes de esa liga, al Celtic o al Rangers, a uno de esos dos.

De la forma de jugar que tenían allí no sabía nada. A veces te dejan espacios, unas veces no marcan mucho y otras te ponen los tacos en el cuello. Se comen por la mañana huevos fritos, panceta y luego se ponen a correr. Yo si me como eso y me pongo a correr, vomito. Yo tomaba mis cereales y una tostadita con mermelada [risas]. A veces los vi comer platos de pasta con kétchup en vez de salsa. Les decía: «Sos un hijo de puta, cómo vas a poner kétchup a la pasta». Los he visto comer las cosas más impensables, pero corrían como unos animales. Entrenamientos con frío, con lluvia, con nieve que cae. Fue una experiencia espectacular.

En el primer partido casi me quiebran. Era contra el Aberdeen F.C. Antes de llegar estuve en Italia. Ahí sí que me entrené solo. Salía a correr alrededor de mi casa. No hice más que correr, nada de fútbol. Llegué a Escocia y a los tres días me pusieron a jugar. Pasé la primera parte en el banco, me dijo el entrenador que me fijase cómo se jugaba allí: «Así entiendes un poquito», y en la segunda me sacó. Salí, primera pelota, sacó el portero y me vino uno que, si no salto, me quiebra. Dije: «Muy bien, ya veo cómo se juega acá, vale, lindo, muy lindo». Pero hice el segundo gol, ganamos y ahí empezó mi aventura escocesa.

Me fijé en quiénes eran los grandes, me preparé para cuando vinieran y cuando jugué contra ellos la rompí [risas]. Enseguida me quisieron fichar el Rangers y el Celtic. Fui a una reunión privada con el Rangers, escondido en un auto con cristales polarizados, entramos por el garaje al estadio hasta la oficina de David Murray, el presidente. Un magnate del acero del Reino Unido, un millonario, «el Rey de los Aceros» le llamaban. Y no tenía piernas. Las perdió en un accidente, iba con dos ortopédicas. El entrenador era Dick Advocaat. Fiché por ellos porque insistieron más y me dieron algo más, y jugué la Champions.

Y un Mundial.

Me llevó Bielsa cuando quedaban tres partidos para empezar el Mundial de Corea y Japón.

¿Cómo es Bielsa?

Es un tipo… no sé cuál es la palabra… Es un gran técnico, muy estudioso a un nivel de locura. Como lo era Bilardo en su peor momento, que era su mejor momento. Pero Bielsa no cambia nunca la forma, es siempre lo mismo. Él lo reconoce, que no es flexible. No sé por qué, porque es un técnico muy inteligente y que trabaja mucho. Tiene gente alrededor que estudia mucho al contrario, pero no cambia. Y a veces hay que cambiar.

En las concentraciones salía del hotel y se ponía a dar vueltas él solo, mirando el piso. Recuerdo un día en Alemania que estábamos calentando, había un argentino en la grada gritándole a quién tenía que poner, y le contestó: «Callate ya, pelotudo, que no te aguanto». Le dijo eso, pero era capaz de salir corriendo hacia él y hacerle la de Cantona.

Tiene una personalidad… Está todo el día pensando en el fútbol. Su apodo, el Loco, está bien escogido.

Me contaron que un día montó un quilombo en una rueda de prensa y tenía un coche preparado en la puerta para, según saliera, irse. Fue, se subió al coche y… ¡no arrancó! Y se veía al Loco gritándole al conductor: «¡Sos un pelotudo, la concha de tu madre!». Se tuvieron que bajar y empujar el auto. Quería salir de la rueda de prensa volando y se fue empujando el coche.

Acabaste tu carrera en Catar, con Guardiola y Hierro por ahí.

No estábamos en el mismo equipo, pero estábamos todos en la misma ciudad. Éramos Batistuta y yo argentinos. Mario Basler y Stefan Effenberg, alemanes. Y Frank Leboeuf, que jugó en el Chelsea, un francés. Romario había estado antes, pero solo duró tres meses.

Allí me entrenaba todo el día porque no sabía qué hacer. ¿En Doha qué iba a hacer? No había gran cosa, algún hotel, alguna playa… de hombres, por supuesto. Los entrenamientos eran a las ocho de la noche y yo me despertaba temprano, así que me iba a entrenar. Porque lo que hacíamos con el equipo tampoco eran gran cosa.

Me llamó mucho la atención lo reprimidos que estaban los jóvenes. Un día me vino un catarí y me dijo que se iba a casar, que si iba a la boda. Un buen chico. Le pregunté: «¿Ya follaste y tal?». Y me dijo: «No, no se puede». Le contesté: «¿Cómo que no se puede? ¡Claro que se puede! ¿Cómo sabes si no si folla bien?». Y él «No, no podemos hacer eso nosotros». Esto, claro, lo ves un poquito… Cuando llegué me contaron que Romario en un centro comercial estaba con una chica, le dio unos besos y le llegó la seguridad a decirle que ahí no se podía hacer eso

Los chicos tampoco estaban muy acostumbrados a la exigencia, los entrenamientos que eran un poco duros no querían hacerlos. Yo me iba una hora antes a estirar para no lesionarme. Me estiré más ahí que cuando tenía veinticinco años, lo que también es normal. Un día tuve un problema de espalda, no me podía ni mover. Fueron al hotel a verme dos árabes, el director deportivo, que no tenía ni puta idea de lo que era el fútbol, y un médico. Al verme así, me querían hacer mes por mes el contrato, pero ya estaba firmado y me negué. El médico, un cabrón francés, no importa la nacionalidad, pero era un cabrón [risas], hablaba conmigo en italiano. Me llevaron a una clínica espectacular y le dijo al árabe que lo mejor era operarme. Yo le dije que no me iba a tocar la espalda. Me puse recaliente, porque cobran por operación y te meten en el quirófano con una uña encarnada. Me fui a Alemania a un fisio que es un crack y a los diez días estaba jugando bárbaro.

Al retirarte, ¿te costó vivir sin fútbol?

No me costó al principio. Luego me arrepentí a los dos años. Creo que debí haber jugado más, no por una cuestión de dinero, sino porque estaba para jugar hasta los cuarenta. Físicamente estaba impecable, nunca tuve grandes lesiones. Tenía treinta y siete y estaba bastante rápido. Pero al dejarlo no, me cayó la ficha a los dos o tres años porque me aburría. Esa adrenalina no la puedes tener nunca más. Yo me seguía divirtiendo jugando, no me costaba ir a entrenar por la mañana. Ni entrenar dos veces al día. Y eso que en Catar los jugadores africanos nos iban a dar. Nos iban mal y son fuertes los cabrones, especialmente iban a por mí y a por Batistuta. También había que correr en ese fútbol. Mira que Romario cuando fue pedía la pelota al pie, no corría y lo mandaron al banquillo, y a los tres meses le dijeron que basta y para casa. Me lo contaron todo unos brasileños que había en el staff de mi equipo.

¿Cómo has visto estos años a la Argentina de Messi?

La final que se perdió se pudo ganar. Hubo oportunidades, el tiro pegado al palo de Messi, la de Higuaín solo, que falló, pero hay que estar ahí y patear. Si hubiese entrado una de esas… ponte a recuperar un 1-0 en la final de un Mundial. Bueno, en el 86 se lo hicieron a Argentina, que le remontaron dos. A lo que me refiero es a que no podemos decir que Alemania la arrasara. Pero mira a los aficionados argentinos. Cuando va bien, mira cómo se ponen. Pues si va mal, es lo mismo, pero al revés y con la misma intensidad.

Este año en Rusia, cuando el técnico pierde el control de la situación, hay muchos problemas. Si el técnico dice que la selección es el equipo de un jugador, es un gran problema. Si luego Croacia en el segundo partido te gana así, es todo un caos. Nunca puede terminar bien una historia así. Nosotros pudimos tener muchos cambios, pero había solidez en el grupo. Tú no puedes decir: «Este es el equipo de Messi». Bilardo nunca dijo: «Este es el equipo de Maradona». Eso no se puede decir, todos sabíamos que Maradona era el mejor, quién no lo sabía, pero no hay que decirlo. Porque es un equipo de fútbol, una selección nacional, la selección de Argentina, no el equipo de nadie.


Radomir Antic: «Elegí al Atlético de Madrid porque en aquel momento era el club más difícil del mundo»

Fotografía: Ivana Todorovic

Esta entrevista fue publicada originalmente en nuestra revista Jot Down Smart número 13

Viajamos a las montañas de Zlatibor, en Serbia, donde Radomir Antic tiene su casa de veraneo. Está rodeado de su familia. Mientras hablamos, viene a visitarle Milan Jovanovic con su mujer, el delantero de la selección serbia en el Mundial de 2010 y ex del Liverpool. Tiene una casa cerca. Como muchos deportistas, algunos retirados de la NBA y otros viejos conocidos de la liga española. Comemos todos juntos. Rado me explica que en España nos fijamos en el menú del restaurante y en Serbia en lo que van a cantar los músicos. Metidos en el repaso a su carrera, noto emoción y miradas vitriólicas cuando relata los episodios más complicados de su currículum. Antes de irnos, no quiere que nos marchemos sin ver su gol con el Luton en YouTube, en un portátil. Fue en 1983, pero sus nietos lo viven como si lo hubiera marcado ayer. Él les besa uno por uno. Tengo la sensación de que ese fue el mejor momento de toda su carrera deportiva. Al menos en el que fue feliz de la forma más inocente y pura. Luego todo fue, digamos, complicado.

Hábleme de su familia.

Mis padres eran de Bosnia, se conocieron en la II Guerra Mundial, fueron partisanos. Mi tío fue héroe de guerra. Yo nací en un pueblo, Zitiste, en 1948, porque mi madre quiso dar a luz cerca de su madre, pero no viví allí nada, solo algún verano. Era un sitio duro; un invierno los vecinos tuvieron que hacer túneles para comunicar sus casas por la nieve que cayó. Después estuvimos en Uzice, en Belgrado… Mis padres, al ser militares, cambiaron mucho de destino.

En aquella época en mi casa siempre se hablaba de los sacrificios que se realizaron durante la guerra en defensa de unos valores y unas ideas. Valores, los del socialismo, que me siento muy orgulloso de haber recibido. Por ejemplo, en el colegio un profesor nos hizo una vez un cuestionario sobre qué queríamos ser de mayores y qué no. Yo puse que quería ser ingeniero mecánico y que no me gustaría barrer la calle. En la siguiente clase vino enfadado y gritó: «Sentaos todos menos tú, Radomir». Pensé: «¿Qué habré hecho?». Y me explicó: «Puedes llegar a ser ingeniero mecánico porque eres inteligente y buen alumno, pero lo que has dicho sobre que no quieres limpiar las calles es una vergüenza. Cada trabajo honesto hay que valorarlo, y lo único que no deberías querer ser es un criminal».

Otro ejemplo. Mi padre, cuando se jubiló, tuvo una depresión. «Pero si lo tienes todo; has formado una familia, tienes a tus hijos encarrilados y ahora puedes disfrutar de la vida», le decía, y él me respondía: «Me he pasado toda la vida luchando, peleando, y ahora que tengo cuarenta y cuatro años, que es cuando mejor estoy, cuando más puedo dar porque ya no tengo problemas de sacar adelante una familia ni nada, la sociedad me rechaza».

Cuando se mudó a Belgrado fue la primera vez que le vi llorar. En Yugoslavia, al jubilarte, podías elegir dónde querías vivir. Él decidió ir a la capital por mí, para que tuviera un futuro, pero yo no quise marcharme con él porque me acababa de fichar el Sloboda, el equipo de Uzice. Sin embargo, poco tiempo después, el fútbol nos reunió. Fiché por el Partizan y volvimos a estar juntos.

También hizo deporte. Tengo una lista: baloncesto, boxeo, ajedrez, tenis de mesa…

De boxeo llegué a tener un combate, pero amateur. Fui campeón de ajedrez y el baloncesto me gustaba mucho. De hecho, me llegaron a seleccionar para jugar en un equipo serbio, pero lo rechacé para dedicarme al fútbol porque con mi altura veía que tendría más oportunidades en este deporte. Esa decisión marcó mi vida. La Ingeniería Mecánica que empecé también le dejé por el fútbol. ¿Sabes qué me dijo mi madre cuando me empezó a ir bien como futbolista?

Cuénteme.

Cuando empecé como profesional di una entrevista al Vesti, que es un periódico de Uzice, en la que salía mi foto. Cuando salió publicada, compré dos periódicos y los tiré sobre la mesa al llegar a casa. Le dije a mi madre: «Mira, mamá, a dónde ha llegado tu hijo». Ella lo miró, lo remiró y me contestó: «Hijo mío, has llegado muy lejos. Ahora todo el mundo puede limpiarse el culo con tu cara».

¿Era para que no se le subiese a la cabeza el éxito?

Sí, era la forma de vivir y educar a un hijo en aquella época. La filosofía de mi pueblo siempre ha estado enfocada hacia lo colectivo, no a la individualidad, tanto en la cultura como en el deporte, como en cualquier otra cosa. Aquí siempre hay que sacrificarse a favor del grupo. Además, estábamos en Uzice, que fue la primera ciudad de Europa liberada de los nazis por las armas en 1941. Los partisanos establecieron una república que duró seis meses, pero ahí quedó la hazaña. Eran otros tiempos. Recuerdo cuando nos fuimos a la nueva casa y tuvimos baño por primera vez. Antes de eso solo nos podíamos bañar los sábados y para tener agua caliente había que ponerla al fuego en la cocina. También me acuerdo de un discurso que dio una vez un cura en la inauguración de una fábrica…

¿Un cura?

Sí, era un cura que había ayudado a los partisanos en la guerra. Dijo: «Ojalá que tengáis muchos niños y muchos animales, y que en la vida, como en una montaña, vayáis siempre cuesta arriba y nunca cuesta abajo». Todo muy bien, se inauguró la fábrica, se fueron todos los obreros a beber y comer para celebrarlo y un paisano se le acercó al cura y se atrevió a decirle: «Es muy bonito esto que nos has contado de que todo nos vaya bien, pero eso de marchar toda la vida cuesta arriba… ¡Parece que dices que tenemos que sufrir siempre!». Y él le contestó: «Hijo mío, cuando en la vida empiezas a ir cuesta abajo ya no habrá nadie que te frene». [Risas]

¿Cómo fueron sus primeros años como futbolista?

En el Sloboda empecé de extremo y luego pasé al centro del campo. En el Partizan ya me pasaron a la defensa, donde me quedé, pero creo que en mi carrera he participado en todas las posiciones. Mi ídolo era Omar Sívori, un italiano que jugó en la Juventus y en el Nápoles. Cuando empecé a ganar dinero como futbolista todavía no había terminado el colegio y ganaba más que mis profesores. No les gustaba y me criticaban: «Para ti todo es fácil, ganas más que nosotros». Pero en realidad mi vida no era mucho mejor que la suya y yo, además, no le daba más importancia al dinero que a mis valores. Otra cosa que me inculcaron en casa. En Belgrado, cuando fiché por el Partizan, como me había casado, el club me tuvo que dar una casa, porque lo estipulaba en el contrato. Fue una de cuarenta y cuatro metros, pero ahí empezamos a vivir.

¿Cómo eran los derbis entre Partizan y Estrella Roja?

Una vez tiré desde lejos en el último minuto. El portero del Estrella, Ratomir Dujkovic, despejó, le cayó a Nenad Bjekovic y marcó el 2 a 1 para nosotros. Fue una explosión en el estadio que no te puedes ni imaginar.

Su primer contacto con España fue un viaje a Valencia con el Partizan.

Fue un torneo de verano. Como éramos comunistas, nos dieron una especie de charla antes de viajar. Nos dijeron que teníamos que tener mucho cuidado, porque España era un país fascista en el que no había libertades. Yo solo tenía veintiún años y de verdad que fui muerto de miedo. Estábamos en un hotel en el centro y yo salía, andaba diez metros en una dirección y volvía. Andaba diez metros para el otro lado, y volvía de nuevo. Sin embargo, lo que me encontré fue que estaba toda la gente sonriendo por la calle. Me preguntaba: «¿Cómo es esto posible?». Pensé que por la noche se recogería todo el mundo y saldría la policía. Pero tampoco. Llegó la noche y todavía había más gente, más jaleo y más risas. Me quedé… Esto no es como me lo han contado. Desde ese día, decidí que cualquier cosa que me contaran en los medios de un país, si no la veo yo con mis propios ojos, no me la creo.

Cuando cumplió veintiocho años y pudo salir de Yugoslavia, fichó por el Fenerbahçe turco.

Otra experiencia, porque aquello era una cultura completamente distinta. Estambul en aquel momento era la ciudad más bonita del mundo, entre dos continentes, entre dos mares… Preciosa. En el Fenerbahçe no me fue mal, fui elegido mejor jugador y ganamos la liga. Conservo en la cara esto [se señala una cicatriz] del gol que le marqué al Galatasaray. Salté con el lateral izquierdo, Erdogan Arica, para rematar, y me dio un cabezazo. Marqué, ganamos 2-1, nos proclamamos campeones de liga y yo me fui inmediatamente al hospital para que me cosieran la cara. Imagina la repercusión de aquello, en las tiendas no me cobraban porque me convertí en Dios para ellos. Era la época en la que Besiktas, Galatasaray y Fenerbahçe compartíamos estadio. Cuando había partido, el campo se empezaba a llenar desde las diez de la mañana y se pasaban todo el día cantando. Si ganábamos, el presidente venía al vestuario y nos iba metiendo dinero en la ropa a cada jugador. Y luego había salidas que eran como ir al Oeste, en serio. En Diyarbakir, entre la frontera de Irán e Irak, nunca lo olvidaré, la gente iba por la calle con pistolas. Creo que ahora sigue siendo así. Era la parte de Turquía más lejana de Ankara, de Esmirna y de Estambul y se vivía de esa manera. Nos entrenaba Kaloperovic, que es de aquí, de Serbia, y aquel día nos confesó: «Menos mal que nos han empatado al final; si ganamos no salimos con la cabeza pegada al cuerpo».

Decidió entonces fichar por el Zaragoza.

Tenía un año más de contrato, pero hubo un golpe de Estado en Turquía, el del general Evren, y como yo tenía familia e hijos tuve miedo. Casualmente, Boskov estaba haciendo la pretemporada con el Zaragoza en Pirot, Serbia, me dijo que me pasase, jugué un partidillo y ahí me ficharon, firmando en una servilleta.

¿Cómo era Boskov?

Más que un entrenador, para mí fue un profesor. Vivía el fútbol de otra manera. Me aconsejó sobre todos los aspectos de la vida. Me recomendó a qué colegio llevar a mis hijos en Zaragoza, cómo invertir el dinero que ganase con el fútbol. La amistad con él era más allá de jugador-entrenador.

Nos legó la famosa frase «fútbol es fútbol».

Y la de «penalti es cuando pita el árbitro». Tenía muchas.

¿Qué tal le fue en aquel Zaragoza setentero?

La llegada fue dura. Entramos en Aragón en coche después de pasar por Lleida y cuando mi mujer vio el desierto de Los Monegros y todo eso empezó a gritarme: «Pero ¿dónde me has traído? ¡Eres un irresponsable conmigo y con tus hijos!». Se puso a llorar. Pero luego la ciudad resultó inmejorable. Me acuerdo de las convocatorias en Zuera antes de cada partido. Comíamos todos juntos y cada uno tenía un vaso de vino, pero como en Yugoslavia los futbolistas no bebíamos alcohol, Camus siempre se sentaba a mi lado, se bebía el suyo y luego me lo cambiaba y se bebía el mío. Las comidas en España me dejaban alucinado. Siempre he dicho que en España se vive para comer y en la antigua Yugoslavia para vivir, que es muy distinto. Aunque pensaba que no había ningún país del mundo como España, pero después de mi experiencia en China puedo decir que los chinos dan todavía más importancia a la comida que los españoles.

Sus compañeros eran Amorrortu, Pichi Alonso, Víctor Muñoz…

Y Pedro Camus, Irazusta… Me acuerdo de toda la plantilla. Marqué gol, el de la victoria, el día de mi debut, contra el Celta de Vigo. Salí como el extranjero más rentable de toda la liga, pero teníamos un equipo con mucha personalidad. De hecho, Pichi y Víctor terminaron en el Barcelona. A mí me pudo fichar el Madrid después de esa temporada, pero tenía treinta y un años.

Al año siguiente llegó Valdano.

Y casi muere. Vino con Badiola, que era también del Alavés, y al llegar a Zaragoza se hospedaron en el Hotel Corona de Aragón, que se quemó, no se sabe si por un atentado. Badiola saltó desde el segundo piso y se hizo un traumatismo craneoencefálico. Valdano entonces era un jugador joven, con mucho porvenir, y como buen argentino tenía mucho pico [risas]. Fue una época muy bonita y me hubiera gustado quedarme en Zaragoza, pero de repente me enteré por la prensa de que prescindían de mí. Trajeron a un argentino, Trobbiani, en mi lugar. La gente hizo pancartas y octavillas a mi favor, pero no les hicieron caso. No les guardo rencor, mi siguiente parada en Inglaterra también fue una experiencia maravillosa.

Fue en el Luton Town, allí le conocen como «Raddy».

Mi estancia allí fue como la universidad. Aprendí inglés, valores familiares y una cosa muy importante: planificación. Algo que no sabíamos hacer ni los españoles ni los yugoslavos, nosotros vivimos al día. También me cambiaron la forma de pensar. Yo venía de jugar de libre y le preguntaba al entrenador que por qué no me ponía de esa posición, y Pleat contestaba: «Raddy, yo entiendo que en Europa todos lo hacen y que Beckenbauer ha sido el mejor jugador de la época, pero cuando tenemos el estadio lleno, no tengo derecho a cambiar el sistema de juego y poner un hombre atrás de libre porque significa que admitimos que somos inferiores al rival». Eso me lo llevé al Atlético. No nos sentimos nunca inferiores a nadie.

El gol que marcó allí contra el Manchester City fue el de su vida.

Le marqué también uno a Peter Shilton, pero el del Manchester City fue de leyenda. Íbamos empatados a cero, en su campo, un resultado que les mantenía en primera. Yo estaba de suplente, entré a quince minutos del final, hicimos una jugada por la derecha, Brian Stein centró, ellos rechazaron la pelota, que me vino a la pierna derecha en la frontal del área, y la metí por la izquierda. Quedaban cuatro minutos para el final y les mandé a segunda. Pleat nos dijo que lo superarían, porque eran un club grande, pero les costó siete años volver. La celebración desde Manchester hasta Luton fue increíble.

Se retiró y empezó una nueva vida en Yugoslavia intentando ser entrenador.

Tuve problemas con los entrenadores serbios. Traía mentalidad inglesa y chocaba con la forma de hacer los entrenamientos, con la forma de vida, etc. Eran de corte clásico y no estaban preparados para incorporar ideas nuevas. Me pusieron de ayudante de Fahrudin Jusufi en el Partizan, él también era exjugador y ya en la pretemporada lo tuve que dejar porque teníamos ideas diferentes. Tuve un equipo cadete y luego con Bjekovic cogí por fin al Partizan como segundo entrenador. Ahí incorporé a Pantic, que jugaba en segunda o en tercera. También traje a Goran Bogdanovic, que luego acabó en el Espanyol.

Tuvo en ese equipo a Srecko Katanec.

Eslovenia es país de esquiadores más que de futbolistas, y cuando vino la gente desconfiaba, pero mira a lo que llegó. Era un jugador completamente novedoso, con esa altura y esa fuerza, que chocaba con cualquiera, la presión que hacía, cómo hablaba en el campo, porque tenía carácter. Ahora es el seleccionador de su país.

Ganaron la liga con el Partizan, pero porque se la concedieron años más tarde en los juzgados. ¿Qué pasó?

Historias burocráticas. No me gusta recordar esa época. Fue cuando empezó a haber problemas en Yugoslavia, cuando visitábamos Zagreb, Split o Sarajevo había peleas entre los aficionados. El ambiente se volvió raro…

Regresó a España, como técnico del Zaragoza, y se encontró una huelga de entrenadores en protesta por su llegada y la de Cruyff.

El problema era Cruyff, yo tenía el diploma de entrenador. Nos metieron en el mismo saco, pero no era así. A mí me pidieron que terminase un curso más en España, pero al final eso quedó en nada y entrenamos los dos.

Su portero era el paraguayo José Luis Chilavert.

Cuando llegué me encontré a Cedrún, que era un portero con prestigio y cuyo padre también había sido portero en el Athletic de Bilbao, pero desde el principio quería un guardameta que no solo valiese para estar bajo palos, sino que también saliese y jugase con el pie. Paco Santamaría, que trabajaba en el club, me habló de un paraguayo que reunía estas características con el que podríamos jugar con la defensa adelantada. Por eso le fichamos. Y luego descubrimos que era todo un carácter que chocaba con los rivales, con los compañeros y con su cuerpo técnico. Siempre quería imponer su ley. Pero fue algo novedoso saliendo de su portería, tirando faltas. A veces incluso quería tirar los penaltis.

El Madrid de la Quinta, en el Bernabéu, les metió cuatro un año y siete al siguiente.

Pero no nos achicamos. Todo lo contrario. Aunque recuerdo lo pequeño que me sentí cuando miré a la grada desde el banquillo. «Como bajen todos me aplastan», pensé. Lo que se siente estando ahí es una sensación única. El Bernabéu es imponente, muchos equipos pierden antes de empezar el partido. Me he dado cuenta perfectamente cuando he llevado a otros equipos a jugar ahí. Entiendes lo importante que es el ambiente para jugar al fútbol.

Sin embargo, la gente se queja de que animan poco.

No, no es eso. No sé cómo te lo podría explicar. El público de Madrid tiene su jerarquía. Antes se hablaba de Juanito, de esa fe suya, de su lucha. Pues va de eso. El público del Madrid no deja que su equipo sea inferior a nadie.

Su Zaragoza llegó a la UEFA en la 88-89.

Llenábamos La Romareda en cada partido. Incorporé a gente de la tierra: Pablo Alfaro, Salillas, Salva, Belsué… Trajimos al búlgaro Sirakov, uno de los mejores pichichis de Europa entonces, pero se nos lesionó. En la UEFA perdimos contra el Hamburgo en octavos. Me expulsaron a Higuera y a Pablo, a Pardeza le anularon un gol y nos eliminaron en la prórroga. Al volver teníamos a siete mil personas en el aeropuerto esperando a sus héroes, pero en aquel año, el segundo, ya empezaron los problemas con el nuevo presidente. Me quería imponer sus fichajes, como a Redher, un peruano. Yo no quería imponer los míos, pero al menos sí discutirlos. ¿Ahora por qué está el Zaragoza como está? Porque se ha convertido en un cementerio de elefantes, siempre fichan a jugadores en el final de su carrera, a los que no puedes revender. Cuando luego fui al Madrid fiché a Lasa y a Luis Enrique, los dos de dieciocho años. No pensaba solo en el «hoy», pensaba en el futuro.

Víctor Fernández era profesor de aerobic, ¿por qué se fijó en él para que fuera su asistente?

Da igual. El fútbol es un proceso de aprendizaje. Yo buscaba un entrenador joven. Alguien que no solo te ayude con tu trabajo, sino que también sea como una apuesta de cara al futuro, que aprenda de ti como técnico. Víctor fue uno de ellos. En el Real Madrid elegí a Rafa Benítez

Llegó al Real Madrid para acabar una temporada lamentable, quedaban diez jornadas e iban séptimos.

Echaron a Toshack, y luego Di Stefano y Camacho no pudieron remontar. Mendoza había dimitido cuando quedaban trece partidos para el final de liga y llegué yo. Me pidieron que recuperara al club con los jugadores que teníamos.

A Butragueño, por ejemplo, le dije: «Mira, esto que te insistían de que presiones en la salida del balón, yo no lo quiero. Cuando lo perdamos quiero que te retires y descanses, yo quiero al Emilio Butragueño que todos reconocen, al que es único en el mundo, el que cuando entra en el área todos tienen taquicardias. Ahí quiero que recortes y pongas el balón donde no está el portero». La única vez que ha sido pichichi fue conmigo. En aquella época, Emilio terminaba los entrenamientos y se quedaba en el campo haciendo yoga, porque estaba de moda; yo siempre le picaba y le decía que él era un tipo inteligente, que se dejase de historias.

A Chendo le dije «sabía que eras buen jugador, pero no me imaginaba que tanto. La forma en la que defiendes al rival me parece fenomenal, pero eso de estar siempre por delante de Míchel y centrar desde detrás cuando tienes el balón… Mejor quédate un poco y deja a Míchel centrar alguna vez». Todo fueron risas y solucionamos los papeles en esa banda derecha.

Gheorghe Hagi no se separaba de mí, era como mi hijo. ¿Y por qué? Porque Toshack y compañía lo querían jugando pegado a la banda izquierda, y él se preguntaba: «¿Por qué me han fichado por tanto dinero para ponerme en una posición que no es la mía?». A él le llamaban el Maradona de los Cárpatos, quería tener libertad de juego. ¿Recuerdas el gol que le marcó al Osasuna desde cuarenta metros? Esas son el tipo de cosas que yo conseguí, logré que estuviese contento y jugase a gusto.

A Míchel también le animé para que subiera al segundo palo a rematar de cabeza, él me decía que no lo había hecho en la vida, pero un día le metió uno al Athletic. Entonces dijo: «Vaya, míster, no sabía ni que tenía cabeza».

Y luego Fernando Hierro. Soy el único entrenador con el que jugó de centrocampista. Marcó muchísimos goles. Me llamó el otro día, ahora está en Oviedo, para hablar conmigo porque he tenido un problema de próstata y me han operado. Me confesó: «Nunca he estado tan a gusto en el campo como contigo». Me decía: «Para mí era fácil jugar hacia delante porque el espacio siempre quedaba cubierto por Milla». Sin embargo, luego llegó Beenhakker y le ordenó a Milla «en lugar de jugar diez pases cortos, tienes que jugar seis cortos y cuatro largos». Y Milla desapareció como jugador porque le exigieron algo que no iba con él, que era un jugador de cubrir espacio y equilibrar al equipo.

¿Solo bastaba con aplicar sentido común?

Sí, pero cuando lo consigues todos piensan que es fácil. Me acuerdo del maestro croata Tomislav Ivic, entrenador del Atlético entonces. Visitamos una vez juntos el diario As para comentar la previa de un derbi y, como tenía experiencia, era mayor que yo, me dijo: «Radomir, por favor, no hables tanto porque nos vas a dejar sin trabajo, luego piensan que esto es fácil» [risas]. En mi caso en Madrid, lo cierto es que el trabajo en la parcela física que habían realizado Toshack y luego Di Stefano y Camacho no había sido el adecuado. Conmigo se mejoró esa faceta y empezaron a funcionar como grupo.

¿Y Spasic?

Era un jugador que se fichó antes de llegar yo y, claro, le pidieron que jugase el balón, algo que él nunca había hecho. Spasic se fue del Bernabéu entre aplausos porque conmigo por fin pudo jugar como lo que era: un marcador, un stopper, no un jugador de balón. Con Sanchís al lado hacía una buena pareja, porque Manolo jugaba el balón y Spasic marcaba al hombre, y te garantizaba que al que cubriera, al más importante, lo borraba del partido. En su lugar se fichó a Rocha, que era internacional con Brasil, jugaba en el Sao Paulo y tenía una gran trayectoria. Yo estaba por la labor de que se quedara Spasic, pero decidió el club, como siempre.

Logró un hecho significativo: que Butragueño, Míchel, Buyo… toda la plantilla hablase bien de usted y le considerase el artífice de la recuperación.

Me llevé bien con ellos porque soy de los pocos entrenadores que emplea la comunicación en las dos direcciones. Valoraba a las personas y me gustaba saber qué opinaban. Nunca impuse nada, todo fueron acuerdos. Hice siempre trabajo de grupo con los capitanes y todos los acuerdos había que cumplirlos porque no eran solo decisiones mías, también lo eran de ellos.

Tras la recuperación del equipo, el problema es que habían contratado a Maturana, un entrenador famoso por el juego zonal, por crear espacios. Yo llegué de Belgrado y Mendoza me invitó al restaurante Jockey. Nos sentamos y me dijo: «Radomir, en esta mesa nunca nadie me ha rechazado una propuesta», y le respondí «Será porque nunca has tenido a un serbio enfrente». Me ofrecía ser director técnico, argumentaba: «porque hablas idiomas, eres un hombre que está integrado, sabes hacer cosas… no hay nadie mejor, le dejamos a él de entrenador y tú te quedas en la dirección». Dije que no, que conmigo no contase. El día de la presentación del equipo en el Bernabéu no tenía contrato, pero me hicieron ir.

Hicieron la pretemporada en Italia.

Nos fuimos a Udine, cerca de la montaña. Hice tres o cuatro entrenamientos diarios y descubrí que esos jugadores nunca en toda su carrera habían pasado por algo semejante. Rocha me decía recostado en una silla, sin poder respirar, «míster, mucha agua mata a las plantas». Le respondí: «¡Calla y trabaja!». No podía ni hacer un rondito después del entrenamiento físico. Hasta que me llamó Mendoza y me dijo que los jugadores se habían quejado. Yo me defendí y dije que sabía lo que hacía.

¿Cuál fue el problema entonces por el que le cuestionaron desde el inicio de la 91-92?

En el Teresa Herrera en A Coruña, Mendoza llegó en su yate y Beenhakker, que estaba allí con el Ajax, le dijo que no podíamos aspirar a algo teniendo solo a Butragueño como delantero centro. Por eso, cuando empezamos la liga, le contrataron como director técnico.

Fichó a Eduardo Esnáider, un niño.

No fui yo, lo ficharon ellos. La primera vez que estuvo convocado jugábamos contra Osasuna y salíamos de la Ciudad Deportiva a las diez de la mañana. Era la hora y Esnáider no estaba, así que le dije al chófer: «¡Vámonos!». Los jugadores empezaron «Pero, míster, ¿no esperamos a Esnáider?». Y dije: «Que le den por el culo, siendo la primera vez que va convocado debería estar aquí a las ocho de la mañana esperando, no que estéis vosotros esperándole a él». Nos fuimos y luego nos tuvo que seguir en taxi.

¿Estaba muy verde?

Tenía diecisiete años. Los fichajes sudamericanos siempre vienen con historias. Siempre se dice que es el mejor negocio que puedes hacer si los compras por lo que valen y los vendes por lo que ellos piensan que valen. Siempre están sobrevalorados, especialmente los argentinos.

Pero luego él demostró que era un gran futbolista.

Sí, en aquel momento fue por su edad y su carácter, pero nunca tuvo regularidad.

Pudo incorporar a aquel Real Madrid a Caminero, pero usted dijo que no.

Sí, y él sabe perfectamente por qué. Cuando quisieron ficharlo, él venía de jugar en el Valladolid de central, pero en ese puesto ya teníamos a Sanchís y a Fernando Hierro. Ese fue el único motivo, no era nada personal. Y te digo que lo sabe porque hablamos más de una vez sobre esto.

La incorporación estrella fue Robert Prosinecki.

Tenía veintitrés años en aquella época y había sido elegido el mejor jugador de la competición en el Mundial Juvenil del 87, que ganó Yugoslavia con aquella famosa selección que luego no pudo ser por la disolución del país. Era el jugador con mayor porvenir de la época, pero luego… Como todo jugador con talento, lo quieras o no, necesitaba continuidad y por los problemas físicos no la tuvo. Es verdad que como fumaba tuvo muchos problemas musculares. Además, la guerra entre Serbia y Croacia le afectó mucho. Su padre era croata y su madre, serbia. Vivía cada día pensando qué podía ocurrir, pendiente del teléfono. Los bombardeos eran diarios y le podía tocar a tus seres queridos o a tu familia en cualquier momento.

Usted era serbio, ¿de qué hablaba con él?

Entre compañeros de trabajo no teníamos problemas políticos. De verdad que no. Aquella situación cada uno la vivió a su manera, nos afectó mucho, pero a un nivel personal. Yo nunca he tenido ningún problema en la vida con ningún croata. Nunca he sido nacionalista. Desde muy pequeño, como he explicado, mis valores han sido universales como para preocuparme por de dónde es uno o de dónde es otro. Prosinecki en Madrid no salía de mi casa y en Oviedo conmigo hizo la temporada de su vida.

¿Cómo se gestó su destitución de un Real Madrid que iba líder en la tabla?

Hicimos un buen inicio de liga, aunque nos pasó factura la lesión de Hugo Sánchez. Los problemas fueron subterráneos. José María García tuvo un papel determinante en lo que pasó. Decía que yo era demasiado joven para entrenar al Real Madrid. Atacaba a Míchel con asuntos de una chica o no sé qué. Hicimos una reunión en el vestuario para vetarle, pero alguien lo sacó a la luz y entonces empezaron las hostilidades a lo bestia. Decía que teníamos que jugar de otra manera, esas cosas que se dicen siempre que quieres romper un equipo. En realidad, batimos muchos récords jugando así.

La ironía es que le destituyeron justo después de ganar al Tenerife en la primera vuelta.

Con diez jugadores y Míchel de portero porque expulsaron a Buyo, pero cuando llegué a casa me llamaron por teléfono y me dijeron que estaba despedido. Estaba tranquilo porque había hecho todo lo que tenía que hacer. Me arroparon mis amigos de Zaragoza y después ya sabemos cómo acabó todo. En todos los clubes grandes pasan cosas de estas. Yo siempre he querido tomar mis propias decisiones en todas partes. Algunas veces he salido perjudicado por este motivo, pero me da igual, soy así.

Cuando perdieron en Tenerife en la segunda vuelta, ¿qué se le pasó por la cabeza?

Estuve en el partido. Desde el principio sabía que iba a ocurrir algo porque se notaba al equipo muy nervioso. En el descanso ya le dije a Mendoza que lo veía muy mal. Me dijo que había que tener fe y… bueno. El Real Madrid de aquel año fue un club que regaló la liga en todos los aspectos.

Pasó página y fichó por el Oviedo.

Había pocos recursos, pero buena cantera y los fichajes que dejó Irureta eran muy buenos: Lacatus, Jankovic, Jerkan

Tengo grabada una imagen de Irureta, antes de que le cesaran, de cómo le escupían los aficionados, una lluvia de saliva.

Ya sabes cómo es el fútbol. Y en el Tartiere todavía más, porque los aficionados estaban junto detrás de ti, muy cerca.

En tres años reunió una buena plantilla, al tercero se quedó fuera de Europa por pocos puntos.

No renovamos a Lacatus porque tenía el ego tan característico de la mayoría de los rumanos: siempre creen que tienen razón. Había que convencerlo de todo lo que se quería cambiar por el bien del grupo, como el trabajo de recuperación. Todos los rumanos que he tenido, como Prodan o Hagi, eran parecidos. Con Jerkan y Jankovic tuve una gran relación. También me traje a Slavisa Jokanovic del Partizan, que aportó cosas realmente importantes. Pedí a Onopko porque era un ganador, tenía carácter de líder. Luego tuve a Carlos, a Oli, Losada, Suárez, Amieva… muchos jóvenes de la cantera y de Asturias que empezaron su carrera conmigo.

Incorporó a Prosinecki, apostando por su resurrección.

Fue una oportunidad, porque en el Real Madrid no jugaba y nosotros teníamos buena relación, así que le ofrecí la posibilidad y él encantado de venir. Yo diría que esa fue su mejor temporada en España.

Un partido con morbo fue cuando con Prosinecki sobre el campo logró vencer al Real Madrid de Valdano. Teniendo en cuenta que el año anterior también había ganado al Tenerife de Valdano con el Oviedo, fue una especie de venganza.

No era por venganza [risas]. Soy un entrenador que siempre sale con la intención de ganar. Mira la portada del diario NIN que tengo ahí colgada en la pared, es de cuando fui seleccionador de Serbia. El titular dice: «Nunca vamos a reconocer ninguna debilidad». Esa es la filosofía de nuestro pueblo. Por eso nos bombardearon, por no aceptar las reglas de la OTAN, pero es nuestra mentalidad. Yo nunca me he rendido. Ahora te cuento por qué me fui al Atlético de Madrid teniendo un precontrato por más dinero con otro club.

¿Por qué eligió al Atlético de Madrid?

Elegí al Atlético de Madrid porque en aquel momento era el club más difícil del mundo y yo quería demostrarme a mí mismo que era capaz de funcionar en esas circunstancias.

¿Con quién tenía el precontrato?

Con el Valencia. Luego el presidente Roig decía de mí: «Este es el único hombre que me ha puesto los cuernos».

El Atlético era una máquina de despedir entrenadores.

Allí era todo. Hasta el Calderón tenía aluminosis y se le caían las gradas, pero luego hicimos un campo de cinco estrellas. Con la plantilla fue complicado al principio. Tenía treinta y tres jugadores y no había equipo. Tuve que ponerme frente a más de veinte jugadores con contrato en vigor y anunciarles que no iban a seguir. No fue nada fácil. Y fichamos a jugadores sin tener un duro. Por ejemplo, Molina, al que en la promoción para bajar a segunda con el Albacete le metieron siete goles en los dos partidos. Igual que Santi. A Penev lo trajimos gratis…

Lo primero que me pregunté en el Calderón fue cómo era el aficionado del Atlético de Madrid. Vi que era un hombre de clase media que igual tenía problemas para llegar a fin de mes, pero que nunca iba a reconocer ninguna inferioridad con nadie. Por eso nuestro equipo jamás salió a un partido buscando el empate, sino a pelear para ganar. La filosofía de un equipo ganador. Además, jugando a un ritmo que para el fútbol español era toda una novedad.

¿Porque el fútbol español era más lento?

Era un fútbol de marcaje hombre a hombre, muy distinto al fútbol de contraataque que hacíamos nosotros.

Se da una carambola muy curiosa ese verano que permite la llegada de Milinko Pantic. Inicialmente, usted quería a Prosinecki, pero le dio una larga cambiada al Atlético y se fue al Barcelona.

Quería tanto a Prosinecki como a Jokanovic, pero ninguno de los dos se atrevió a venir porque era un club muy inestable. Robert prefirió irse al Barcelona que, vale, es un club grande, pero Jokanovic antes que al Atlético se fue al Tenerife. Nadie quería ir al Atlético entonces. Habían pasado diez entrenadores en dos temporadas o algo así.

Pero eso fue bueno. Que no quisieran ir sirvió para que llegara Pantic y se quedara Simeone.

Sí, Simeone había llegado el año anterior del Sevilla. También puse en su sitio a Caminero, que antes estaba en otra posición. Toni fue fundamental. Todos estos jugadores empezaron a funcionar desde el primer entrenamiento. Pero, fíjate el ambiente, cuando nos llevamos el Carranza en verano, Jesús Gil dio una cena y pidió que algún jugador se levantara y diera un discurso. Se puso de pie Biagini y no le salió ni una sola palabra. Le imponía la situación. No te puedes imaginar cómo era eso.

Pidió a Michael Robinson como ayudante.

Sí, es verdad. Tuvimos una reunión con Gil. Yo estaba encantado porque no solo le quería como ayudante, también para promocionar al Atlético y darle una nueva imagen. Pero Robinson al final no se atrevió.

¿Cómo llegó Pantic?

Fue un poco fortuito. Un día vi un partido de Grecia, estaba él y marcó un gol de falta. En cuanto lo vi, dije: «¡Ese es Pantic! ¿Está en el Panionios?». Lo analicé todo y vi que era la pieza que necesitaba. Primero, porque sabía que con Penev y Kiko jugando de punta y mediapunta íbamos a tener unas cinco o seis faltas al borde del área cada partido y por eso necesitaba a un especialista. Pero encontré resistencias al principio. Gil me dijo medio en broma: «Lo que quieres es traerte a tus amigos, como todos». Y le contesté: «Si tú no quieres pagarlo, lo hago yo de mi bolsillo». Cuando vino, nada más aterrizar, le metió un gol de falta al Talavera y dijo Gil: «Joder, qué jugador».

Tuvo un inicio fulgurante en liga.

El sistema de juego que creamos fue algo totalmente nuevo para el fútbol español. Una defensa adelantada, pero éramos muy compactos, jugábamos al primer toque… tengo vídeos maravillosos de goles que marcamos. En pretemporada lo ganamos todo. En liga empezamos 4-1 a la Real Sociedad, 0-4 al Racing, 0-2 al Athletic…

Cappa en el Madrid declaró que usted tenía suerte, Toshack en el Deportivo también sugirió lo mismo.

Todos lo decían. Éramos el equipo que mejor fútbol jugaba y pensaban que llevábamos un ritmo imposible de mantener, que bajaríamos el pistón al final de temporada. Yo a aquellas críticas repliqué que eran mentira y que cada uno mirase a su plato y no al del vecino. Aquel año tuve pelea con todos; con Serra Ferrer, con Bilardo, que echaba sal a la salida de los jugadores del equipo visitante para darles mala suerte.

Kiko y Penev metieron veintisiete goles en liga.

A Kiko le dije que de cada diez jugadas que hiciera, cuatro o cinco fueran fáciles y las otras cinco a su manera. Quería buscar un equilibrio en su forma de jugar y acerté. Por otro lado, con los goles de cabeza, le pasó lo que a Míchel: se dio cuenta de que tenía una. Se compenetró muy bien con Penev, que como buen búlgaro también era muy orgulloso, y había tenido una enfermedad muy dolorosa para un hombre, cáncer de testículos. Si vino con nosotros fue porque el Valencia no quiso renovarle. A mí me encantaba, era un delantero que podía estar en el área, valía para la estrategia, para proteger el balón… era un jugador perfecto. Respondió muy bien y se hizo dueño y señor de la posición de delantero centro. Luego tenía detalles como que, mientras los demás jugadores del Atlético venían a Boadilla con coches normales, él traía un Porsche. Hacía esas cosas. [Risas] Y tenía la manía de ser siempre el último en subir al autobús. Se quedaba en una esquina esperando para poder hacerlo. Supersticiones.

Simeone.

Por su carácter y por su forma de presionar la salida del balón, Simeone fue muy influyente en nuestro juego. Y en la estrategia siempre atacaba al primer palo. Esa temporada marcó doce goles por primera vez en su carrera. Pero tuvimos un equipo en el que todos los jugadores, excepto Molina, marcaron goles. Marcamos más del 60 % de los tantos de estrategia. Esa fue la clave del triunfo. Me empeñé en que todo el mundo supiera por qué se hacía cada cosa. Una vez entró Jesús Gil en el vestuario y había un papel en el que ponía: defensa, ataque, córneres, faltas, barrera… Y dijo: «¿Esto qué es? No había visto algo así en mi vida». Claro que no lo había visto nunca. Era fruto de un acuerdo entre toda la plantilla, saber qué tenía que hacer específicamente cada uno en cada una de esas situaciones y evitar así cualquier imprevisto.

La Copa del Rey la ganó en Zaragoza, su querida ciudad, y con gol de Pantic.

En el viaje del Calderón a La Romareda les puse un vídeo de cada jugador para motivarles, con sus goles, cosas buenas, celebraciones. Las chirigotas de Kiko también ayudaron a relajar el ambiente. Éramos una familia. Todos los viernes nos íbamos a tomar unas cervezas y unos pinchitos. Con Simeone hacíamos barbacoas en Boadilla.

La liga se ganó, pero no sin agonía.

El partido decisivo contra el Barcelona, Simeone no lo quiso jugar. Se tenía que ir con la selección y, ya sabes los argentinos, a eso no renuncian por nada del mundo. Luego también había unas historias, pero no quiero hablar demasiado… Intentamos prepararle un avión y se negó. Pero puse a Roberto y ganamos 1-3. En la ida les habíamos metido 3-0 y era el Barça de Cruyff. A todos los que dijeron que no íbamos a aguantar así todo el año, con esa intensidad, les demostramos lo que es la confianza en uno mismo.

La celebración la recuerdo como algo maravilloso. Nunca lo olvidaré. En el paseo por Madrid había más de un millón de personas. Iba en una especie de carroza y desde ahí vi a una mujer, una abuela, de unos ochenta años, sentada en una silla y aplaudiendo. Pensé: «Por esto el fútbol es grande». Miguel Ángel Gil me quiso dar una sorpresa y se trajo a mi padre sin yo saberlo. Estuvo muy discreto, pero muy orgulloso de su hijo. Me hizo muy feliz.

Por estas fechas, en una entrevista en El Mundo, llamó nazi al periodista Hermann Tertsch y él le denunció.

Su padre durante la Segunda Guerra Mundial era nazi. Y el hijo atacó a Serbia por todas partes. Yo, por supuesto, no pude aguantar eso. Me denunció y sí, tuve que pagar una multa.

Su Atlético campeón se quedó atrás al año siguiente del doblete, cuando la ley Bosman revoluciona la liga.

Antes de eso hubo otros problemas. Cuando ganas algo, siempre te aparecen tíos en el club a traerte jugadores con los que yo no estaba de acuerdo. No pude traer a Ronaldo, que ya lo seguía en el PSV. Perdí a Solozabal, que yo estaba totalmente a favor de que se quedase y no sé qué ocurrió ahí arriba, pero se fue y me trajeron a Andrei, que era bastante lento. Me dijeron los Gil que tiraba buenas faltas, pero yo quería a alguien que defendiera bien, ya tenía gente que sabía tirar faltas. Bueno, cosas que pasan…

Pero hicimos una Champions maravillosa, fuimos el primer equipo que ganó al campeón de Alemania en su feudo, al Borussia Dortmund, que luego ganó la Champions. Y el partido contra el Ajax en casa… fuimos muy superiores y nos marcaron ese gol en la prórroga. Dani desde fuera del área, que en la vida había metido algo así.

Esnáider falló el penalti.

Sí, eso es.

¿Se adaptó a su equipo el argentino?

Prefiero no hablar de aquello. Solo te puedo decir que le quitamos un lastre al máximo rival, porque la temporada anterior solo había jugado siete partidos.

¿Y por qué dejaron marchar entonces a Penev?

Porque ya era mayor. Ya que teníamos aspiraciones de Champions queríamos mejorar en ese sentido. Pensábamos que ya había dado lo máximo de sí mismo y que iba a ser difícil que se superase. A Pantic también le buscamos un recambio, porque iba a tener que jugar miércoles y domingo cada semana y ya estaba en una edad en la que no podía rendir a buen ritmo con un calendario así. El año anterior fue maravilloso, pero los refuerzos del siguiente no rindieron como pensábamos. Y luego te das cuenta de que en el fútbol el entrenador no manda siempre en este aspecto.

En su tercer año en el Atlético la prensa destacaba que tenía muchos problemas de vestuario.

No era cierto. Lo que pasó fue que Bogdanovic tuvo problemas musculares y hubo que cambiarlo por otro jugador a mitad de temporada. Y lo de Juninho, la lesión que le hizo Míchel Salgado fue clave. Encima era penalti y expulsión y no pitaron nada. Le rompió el tobillo, ahí se acabó su temporada prácticamente y perdimos a un jugador muy valioso.

Otro personaje conflictivo pero que también jugó muy bien fue Vieri.

Christian vino precisamente porque era un jugador joven y con gran porvenir. Tuvimos muchas conversaciones porque él venía de un club grande con Lippi, y nos costó mucho cambiar un poco su forma de jugar. Queríamos que tirase los desmarques en contra del sentido en el que se juega porque así tenía toda la portería para sí, pero nada. «A mí me dijo Lippi que tengo que ir siempre al primer palo», se me quejaba. Y yo: «¡Si te vas al primer palo vas a tener una portería así de pequeña!». Cuando logramos que entrara en razón metió veinticuatro goles en una temporada. La primera vez que lo hizo en su carrera, y solo logró igualar esa cantidad un año más con el Inter cinco años después.

¿Y él no lo veía?

No, porque su carácter era un poco de ir de guapo, de italiano [risas].

Usted le acusó públicamente de cerrar discotecas.

¿A Vieri? Bueno, tuvo algunas historias con unas chicas italianas y también tuvo problemas de lesiones.

Pero la afición le quería a usted y cantaba lo de «Radomir, te quiero».

Cada vez que voy al Calderón lo escucho. En todos los clubes que he estado me he portado como si fuese mi casa. Tenemos un dicho en Serbia: «Nunca cierres una puerta con el culo».

¿Por qué salió del equipo en la 98-99?

No fue cosa mía. Había otras historias. Recuerdo un partido contra la Lazio en Roma, los Gil estaban sentados en el palco con Arrigo Sacchi.

Le estaban haciendo la cama, que se dice.

Hombreee…

¿Cómo es que no fichó por ningún otro equipo?

Me quedé un poco tranquilo en casa con mi familia, que también lo merecía. Y, ¿sabes lo que pasa? Yo nunca en mi carrera he tenido representante y a veces los clubes imponían a sus representantes para fichar. Cosas que pasan.

¿Por ese motivo no salió al mercado?

[Risas] Había de todo. En aquella época había otras circunstancias en la forma de pago y esas cosas que no quiero desvelar.

¿Pero se refiere al Atlético o a los demás equipos?

Todos los equipos.

Y a usted eso no le gustaba.

Por supuesto, yo velaba por mis derechos.

¿Con los Gil cómo era?

No voy a decir nada. Solo te puedo decir que hubo muchos cambios en el fútbol español con el paso de los clubes a Sociedades Anónimas.

Volvió al Oviedo.

Sí, también en una situación de transición a Sociedad Anónima y problemas internos. Aposté por Collymore, pero no cumplió y la gente se enfadó. Nunca olvidaré las declaraciones de Cruyff: «El equipo que mejor fútbol ha hecho ha sido el Oviedo, y puede descender». Y nunca se habla de qué manera ganó el Osasuna a la Real Sociedad en la última jornada.

Ha visto mucha suciedad en el fútbol español.

Bastante [risas].

¿En otros países es igual?

No lo sé, lo desconozco. Solo creo que le hicieron al Oviedo cosas que nunca deben hacerse en el fútbol.

¿Lo del Osasuna o durante todo el año?

Lo del Osasuna.

Sin embargo, luego logró fichar por el FC Barcelona. Aunque fuese cogiendo al equipo a mitad de temporada, se convirtió en el único entrenador que ha estado en Madrid, Atlético y Barça.

Gaspart me dijo: «Estamos en situación de descenso. Por favor, a ver si nos puedes ayudar». Dije que por supuesto, pero me encontré al llegar con muchos problemas. Aquellos seis meses para mí fueron seis años. Había cuatro presidentes y cada día se hablaba de uno de ellos, del nuevo fichaje estrella, del nuevo entrenador. Siempre estaban en campaña.

En la Champions di bola a jóvenes, como Gabri e Iniesta. Puyol venía cada día al despacho a preguntarme «¿Qué hacemos?, ¿cómo lo hacemos?», pero nos echó la Juventus… Fue increíble la que falló Luis Enrique delante del portero, era casi a puerta vacía.

¿Sabes cuáles eran los problemas? Le dije al capitán, a Luis Enrique, de hacer una convivencia cada viernes, y el primer día que la hicimos vi que los cinco holandeses estaban jugando a las cartas, los argentinos hablando entre ellos y me dije… «aquí está el asunto». Terminó la primera convivencia y le dije a Luis Enrique: «Esto es una vergüenza, la cerveza estaba fría y la tortilla inmejorable, pero también me he dado cuenta de por qué estáis donde estáis y por mí no vamos a hacer ninguna convivencia nunca más». Luis Enrique me pidió que por favor les diéramos otra oportunidad. Contesté: «Por mí no, si vosotros queréis podemos repetirlo, pero convivir de esta manera no os lleva a ningún sitio». En la siguiente ocasión empezaron a hablar entre ellos y, mira, ganamos todos los partidos hasta el final. Siempre he tenido la filosofía de que los buenos jugadores no hacen un buen equipo como el buen ambiente.

Cambié a siete jugadores de puesto y Xavi fue uno de ellos. Le llamé un día y le dije: «Xavi, amigo, vamos a ver, esto no va con tus virtudes». «¿Cómo, míster?», replicó. Él tenía complejo de Guardiola, de jugar por delante de la defensa. Le dije: «Mira, tienes un buen tiro desde media distancia, tienes un gran pase al espacio, tienes un gran sentido de combinación. ¿Eres capaz de añadirle a tu posición treinta metros hacia la portería del rival? Porque tenemos a Overmars y tenemos a Saviola, que son rápidos. Necesitamos a un jugador que pueda poner balones al espacio». Entonces se excusó: «Sí, míster, pero a los centrales les gusta que yo empiece a jugar desde atrás». Y yo: «No te preocupes, esto lo voy a arreglar con los centrales. Vamos a probarlo». Al primer partido vino Gaspart y me dijo: «Míster, este es el partido más importante de mi vida. Jugamos con el Espanyol y si nos gana en su campo se pone por delante de nosotros y yo tengo que irme del Barcelona». Y, justo a los diez o quince minutos, Xavi, por primera vez en su vida, termina una jugada, entra en el área del rival y marca un gol. Una fiera. En ese momento empezó a ser el mejor centrocampista del mundo y el mejor en su posición.

Decían que con Van Gaal el equipo estaba un poco machacado de táctica y usted les dio más libertad.

No fue exactamente así, aunque hice cambios, claro. Por ejemplo, me dijeron que Frank de Boer era más lento que su madre, así que yo puse a su lado a Puyol, que era mucho más rápido, para adelantar la defensa y corregir el problema. También hablamos con Overmars, que era un diestro pero jugaba por la derecha; era muy rápido, pero siempre que llegaba a la zona de ataque tenía que recortar y era muy predecible. Yo lo pasé a la otra banda. Al final terminamos en la zona UEFA, pero ganó Laporta las elecciones y tenía a su gente. Begiristain me dijo que estaban encantados conmigo, pero que «nuevo presidente, nuevo entrenador». Me agradecieron que no pusiera problemas a mi salida.

Y después otro fichaje igual, a salvar al Celta.

Ha sido mi vida. Coger equipos al borde del desastre y dejarlos en mejor situación. Pero ¿por qué? Porque nunca tuve un representante. El problema con el Celta fue que, además de estar por abajo, tenían que jugar Champions y nos las vimos con el Arsenal de Henry, Vieira… El equipo estaba agotado y había jugadores con unas costumbres antideportivas muy serias.

Ser entrenador de los tres grandes de España es algo que no ha hecho nadie. ¿En qué se diferencian Madrid, Atleti y Barça?

En todo. El fútbol es un espejo de la sociedad. Catalanes y madrileños ya sabemos que son muy diferentes, pero es que el Atlético también es muy especial y distinto al Real, no tiene esa arrogancia.

¿Qué se le pasó por la cabeza cuando murió Jesús Gil?

Esto es algo que ya he repetido más de una vez y que es una enseñanza vital para mí: Jesús Gil tenía todo para ser feliz; una finca preciosa, Valdeolivas, mucho dinero. Y, sin embargo, se fue de la vida con pena y con muchos problemas. Con todo lo de Marbella… De verdad, todo el dinero que ganó no le hacía feliz. Seguramente Gil fue la persona que más disfrutó con los títulos que ganamos. Nunca olvidaré cuando fuimos al Vaticano a ofrecer el trofeo al papa. Fue su mujer y también su madre, doña Guadalupe. Ella era una mujer muy firme, no dejaba que nadie la ayudase con sus maletas en el aeropuerto, ni siquiera yo mismo, y eso que Gil le dijo, refiriéndose a mí: «Pero que sin este señor no estaríamos aquí» [risas]. Estas cosas te marcan muchísimo, de verdad.

Te voy a contar otra cosa sobre Gil. Él tenía su oficina en el estadio y mandó construir un baño para poder ducharse, porque decía que necesitaba limpiarse de las cosas malas que le habían pasado, de su tiempo en la cárcel cuando lo de Los Ángeles de San Rafael [se derrumbó un restaurante de su propiedad y murieron cincuenta y ocho personas, fue condenado por ello]. Recuerdo también que una mañana, en Liga de Campeones, vi a todos sus guardaespaldas saliendo del hotel cargados hasta arriba de almohadas del propio hotel. Gil dijo: «Es que nunca he dormido tan bien como en este hotel con estas almohadas». [Risas] Él iba al casino y gastaba y gastaba, ganaba mucho dinero, aunque lo que de verdad le hacía feliz, ¿sabes qué era? [risas]. Jugar al parchís. En serio.

¿Qué le parece el Atlético actual de Simeone?

Creo que ha ganado solidez. También ha solventado sus problemas económicos, que, quieras que no, estos éxitos en Liga de Campeones, llegar a las finales y tal, les dan mucho dinero. Ciento cuarenta millones de euros de derechos de televisión, otros sesenta por llegar a la final…

¿Y el estilo de juego?

Ya sabes que los resultados son lo único que no se discute en el fútbol. Pero si tengo que opinar personalmente, a mí me parece que Simeone tiene todo el derecho a hacer lo que hace, pero su equipo no juega con autoridad de campeón: siempre está replegándose, defendiéndose muy atrás, jugando al contraataque. Él es quien ha hecho que el equipo juegue de esta manera, aunque es cierto que también trabaja la estrategia y marca goles por ahí. Por otro lado, Simeone ha sabido generar una relación casi simbiótica con el grupo y con los aficionados. La gente está con él.

¿El Madrid de Florentino?

Sigue siendo el club más rico del mundo, con las mayores posibilidades. Y, sin embargo, los últimos años se han salvado de milagro con las dos victorias en la Liga de Campeones porque llevan cuatro años sin ganar la liga española. Les he visto en muchos partidos de Champions y han ganado, pero no me han convencido en absoluto.

¿El Barça de Messi?

Te voy a decir una cosa que me encanta del Barça y que no veo en el Madrid: salen a calentar las estrellas juntas. Neymar, Messi y Suárez. Y, además de marcar goles, dan asistencias. Es algo de lo que se beneficia el Barcelona, son jugadores que normalmente serían egoístas, pero trabajan mucho unos para otros. Este año creo que tienen un poco de overbooking en el centro del campo, hay ocho para dos puestos.

Pudo clasificar a Serbia para el Mundial de Sudáfrica.

La situación del fútbol serbio era calamitosa, de los veintitrés jugadores que tenía doce no jugaban en sus equipos. Hubo que devolver la autoestima al grupo, pero cambiamos la mentalidad de la plantilla y la de los aficionados, tuvimos el campo siempre lleno. Nos clasificamos por delante de Francia y le metimos un 5-0 a Rumanía.

Javi Clemente, que fue seleccionador de Serbia, dijo en su entrevista en Jot Down que los serbios, ante los equipos grandes, salían a muerte, pero contra los que eran inferiores a ellos salían desmotivados.

No. Es que él siempre ha intentado jugar contrarrestando el juego del rival y buscar su oportunidad. Siempre desde la defensa y desde la pelea. Contra los grandes, bien, pero contra equipos pequeños no podía porque no dominaba. Es el problema de siempre de los equipos que salen siempre a defenderse.

¿Qué pasó en Sudáfrica que no pasó de primera ronda?

Perdimos con Ghana por un penalti absurdo de Kuzmanovic, una mano tonta. Luego ganamos a Alemania, hacía veintiocho años que un equipo de Yugoslavia no podía con ellos, y contra Australia hicimos nuestro mejor partido, pero perdimos. La suerte que tuvo España en ese mundial nos faltó a nosotros.

¿Tuvo suerte España?

Sí, porque España tampoco tuvo autoridad en el juego, en los momentos claves tuvo suerte.

¿Cómo ha sido su última etapa entrenando en China?

He estado en el Shandong, donde hicimos una ciudad deportiva que para mí es la mejor del mundo. Le pusieron un río artificial alrededor, trasplantaron árboles de cincuenta años y sobrevivieron. Solo puede pasar en China, son extraordinariamente meticulosos y trabajadores. Nos superan en todo; en trabajo, jerarquía, comportamiento. Son maravillosos. Luego estuve en el Hebei, que lo compró un magnate, un constructor, pero que no construye casas, construye ciudades. Empezamos desde cero y conseguimos subir a primera división, pero como siempre, aunque tenía más de un año de contrato, me lo pagaron y me despidieron.

¿Por qué?

Porque pusieron un chico joven chino. Como siempre, pensaban que esto de entrenar lo hace cualquiera. A mí me ocurre siempre.


Fernando Torres: «Galicia ha marcado mi vida entera»

Esta entrevista fue publicada originalmente en nuestra revista trimestral número 11.

Recuerdan los treintañeros de Corcubión —un pueblecito en el corazón de la Costa da Morte— a un niño madrileño con pecas que gastaba agosto jugando al fútbol frente al mar gallego. Solía participar en los torneos de fútbol sala que se celebraban todos los veranos y competía con chavales tres y cuatro años mayores que él. «El cabrón —dice un vecino— no hacía nada espectacular, ninguna filigrana especial. Pasaba desapercibido, pero acababa el partido y el niño aquel había metido ocho goles». «Es que no sé hacer esas cosas», dice aquel niño, hoy convertido en jugador profesional e ídolo inapelable del Atlético de Madrid. «No sé hacer chilenas, espuelas y esas cosas. Yo juego al fútbol y marco goles. Me lo decía Luis Aragonés: «niño, usted clink, clink. A marcar goles. Olvídese del resto». Se trata de reducir a la máxima sencillez la complejidad del juego. Y así entiende también el resto de su vida Fernando Torres. Reduce preguntas con aspiraciones complejas a respuestas sencillas como un remate. «El Niño» recoge la pregunta, encoge los hombros, amaga una sonrisa y responde a gol. No rehúye un solo balón. Se puede llamar madurez. La madurez del Niño a quien, con diecisiete años, le dijeron que tenía que salvar al equipo de sus sueños.

Me explicaba Juan Tallón, gran atlético y mejor escritor, que tu carrera se puede sintetizar en un esquema de nombres propios de grandes entrenadores: Luis Aragonés, Rafa Benítez, Roberto Di Matteo, José Mourinho y Cholo Simeone. Y sin embargo tú siempre has dicho que el que más te ha marcado ha sido tu entrenador en juveniles, Abraham García.

A veces te encuentras gente en el camino que en ese momento son importantes solo hasta un punto. Pero con el tiempo te das cuenta de que no los olvidas, que las cosas que te quisieron enseñar y no entendiste, las entiendes más adelante. Me pasó con Luis Aragonés y con Rafa Benítez, pero sobre todo con Abraham García, tal vez por ser el primero. Tengo treinta y un años y setecientos partidos como profesional y me sigo acordando de él. Fue muy importante: yo era cadete y jugaba con los juveniles del Atlético de Madrid y de ahí salté al primer equipo, que estaba en segunda división. Algo que debería haber llevado bastantes años yo lo hice en menos de dos. Fue fundamental tener a alguien como Abraham, que me hablase de lo que iba a pasar. Quizá en ese momento no sabía bien lo que me decía. Fue el primero que me habló de cuidar mi imagen, de la importancia de ser un buen compañero, de hacer caso a mis padres. El fútbol empezaba a cambiar y Abraham lo sabía. Yo no entendía de qué me hablaba, tenía dieciséis años y solo quería marcar goles. Pero él me puso en alerta de lo que venía y lo tengo muy presente. Además me enseñó a jugar al fútbol.

¿Te refieres a que te enseñó a ver más cosas además de meter goles?

A pensar. Me enseñó a pensar. El futbolista madura con la edad. Cuando tienes veinte años no piensas como con treinta. Tienes más condiciones físicas entonces, pero la experiencia te la dan los partidos. Él me enseñó muy temprano a moverme, a entender el juego, a saber por qué la pelota va a un sitio y no a otro y a estar ahí para llegar antes. A observar a los compañeros y entenderlos. Me pasó lo mismo con Luis Aragonés. Me decía cosas que yo no entendía y luego, llegaba un partido o una jugada y decía «coño, esto ya me lo había explicado Luis hace años». Hablaba de una manera que no se refería a un momento puntual, sino que puedo aplicarlo años después a muchas situaciones. Cosas que se me han quedado en la cabeza.

Si tuvieras que escribir un reportaje sobre tu carrera, ¿con qué imagen abrirías el texto? ¿Con qué descripción?

Yo con cinco años tirando tiros a mi hermano, que era portero, y sin ganas. Obligado por él [se ríe]. No me gustaba el fútbol de pequeñito. Nada. Tampoco lo seguía. Mi padre es gallego y seguíamos un poco al Deportivo porque veraneábamos siempre en la Costa da Morte, pero me empezó a interesar de verdad por mi abuelo. Tenía en su casa un platito con un escudo del Atlético y yo le preguntaba: «Abuelo, ¿y esto?». Le veía irse a escuchar el partido por la radio a la calle y no podía ver al Atleti por la tele porque se ponía muy nervioso. Y fue el que me hizo despertar mi curiosidad por el fútbol.

Pero entonces te interesó antes el Atleti que el propio fútbol.

Sí. Me llamaba la atención por qué tenía ese escudo en aquel plato si no podía ver los partidos por la tele. Empecé a verlos por él y me hice del Atleti. Y solo entonces me empezó a gustar el fútbol, cuando los otros niños llevaban años coleccionando cromos o jugando a las chapas de futbolistas.

Y en ese proceso de acercamiento al fútbol también Galicia es importante.

Galicia ha marcado mi vida entera. De ahí es mi padre, allí conocí a mi mujer, nació mi hija… Cada verano suponía el momento que estaba deseando que llegara desde que se acababa agosto. Por la mañana iba a la playa de Cee con mis amigos y por la tarde al pabellón de Corcubión a apuntarnos a los torneos. Ese mes lo pasaba increíble.

Has dicho en alguna ocasión que, de tu pandilla de amigos de Madrid, tú eras el peor técnicamente. Y sin embargo eres el único que ha llegado a profesional. Dice bastante de cuántos factores se necesitan conjugados para llegar a la élite, más allá de las condiciones innatas.

Es que yo creo que condiciones tiene todo el mundo al que le guste el fútbol. Si algo te gusta y tienes interés, vas a hacerlo bien. El problema es que bien no es suficiente, porque hay mucha gente. Siempre hay alguien mejor que tú, en todo. Se trata de hasta dónde quieres llegar. Hay un momento en el que tienes que ser consciente de que no puedes pasar de ahí y en la mayoría de casos ese límite impide llegar a profesional. Yo de pequeño nunca pensaba en llegar a nada. Es que yo nunca he sabido hacer estas cosas que hacen los jugadores, de la pierna por arriba y malabares y esas cosas. Luis Aragonés siempre me decía: «Niño, usted no aprenda a hacer esas cosas que eso no vale para nada. Usted clink, clink. Gol, gol, gol». A mí nunca me han llamado la atención esos jugadores que la controlan de tacón. O esos pases mirando para otro lado. Ni de pequeñito. Sentía que se perdía tiempo y que al final el fútbol era otra cosa. Desde los seis años que empecé a jugar al fútbol hasta los diecisiete que debuté, he conocido a muchísimos compañeros con muchas más condiciones que yo, pero no entendían lo que era el fútbol. El fútbol no es eso. Eso son complementos. Si los tienes son un tesoro, porque es un recurso, pero no es fútbol. Y muchos niños se equivocan con eso porque al final esas cosas son las que están todo el día en las televisiones. En los anuncios que nos hacen hacer, tacones, chilenas y esas cosas. El fútbol no es eso.

¿Qué es entonces lo que necesita un jugador más allá de la técnica para dar ese salto entre amateur y profesional?

Depende de la posición y de la persona. Hay muchísimos factores. Creo incluso que hay jugadores de primera división en España que nunca podrían jugar en la primera de otras ligas como Inglaterra o Italia. Y viceversa. Es que ese salto es muy difícil. No vale solo con ser técnico: hay que ser competitivo, hay que ser fuerte, hay que entender lo que pide cada partido… Y aprovechar la oportunidad, que es lo más difícil.

¿Y el factor psicológico? Supongo que no es lo mismo jugar una pachanga que en un estadio con sesenta mil personas. Y en tu caso más: debutaste con el primer equipo del Atlético con diecisiete años y saltando directamente desde el juvenil.

Yo pasé de estar un fin de semana en la grada viendo al equipo a estar el siguiente en el campo. Yo jugaba en los juveniles, me lo pasaba bien, marcaba goles, pero no tenía el reto de llegar al primer equipo. No lo veía como algo cercano ni me obsesionaba. Si llegaba, llegaba. Para mí jugar un solo partido con el primer equipo hubiera sido suficiente. No tenía presión ni en casa se hablaba de eso. Si en alguna categoría hubiera estado en el banquillo, lo hubiera dejado, porque no me hubiera merecido la pena hacer dos horas de autobús para ir a entrenar. Me habría ido al equipo del barrio y jugado allí. Yo no tuve tiempo para asimilar que estaba en el primer equipo. Llegó de repente y creo que eso me ayudó. Cuando me di cuenta de dónde estaba metido ya era tarde para echarme atrás. Cuando comprendí todo lo que conlleva un club profesional, cuánto sufre la gente, ya estaba metidísimo y por eso no me dio vértigo. Otros chicos tienen marcada esa fecha como un reto y cuando llega se dan cuenta de que hay muchísimas más cosas aparte de jugar. Y les puede.

¿Y cómo se gestiona eso? ¿Cómo se maneja la cabeza de un chaval de veinte años al que todos adoran, en el que todos confían y que se convierte en un icono?

Eso me lo decía Luis Aragonés. Cuando yo coincidí con él con diecisiete años me decía, «Niño, no lea la prensa. No les haga caso porque están construyendo un pedestal y cuando le tengan arriba de todo le van a dar un hachazo en la base y se va a dar cuenta de lo que es la realidad». No entendía muy bien a qué se refería hasta que estuve fallón dos o tres partidos, no jugué bien y dije «Mira, era esto lo de Luis». Efectivamente, veo chavales muy confundidos. Con presión en casa, que los padres no les dejan disfrutar, les exigen. O con ídolos o ejemplos de jugadores que no son los mejores.

Hay una corriente creciente de aficionados que se posicionan —nos posicionamos— en contra del llamado fútbol moderno, este fútbol-negocio de hoy en día supeditado a las televisiones, los fichajes y el marketing que hace que los estadios se vacíen y la esencia se pierda poco a poco.

El fútbol es un negocio. La ley de la oferta y la demanda. Hay muchísima oferta y mucha gente que saca partido. Sin embargo, desde el punto de vista del futbolista el fútbol es de los futbolistas. Y si alguien se tiene que llevar lo que produce el fútbol son los futbolistas, que son los protagonistas. El problema es que los futbolistas no controlamos la liga. Ni los horarios: a nosotros nos encantaría jugar un partido por semana nada más, jugar a las cinco de la tarde con el campo lleno y con precios asequibles. Pero no mandamos. Las televisiones en España controlan todo. En Inglaterra es distinto. He estado allí y sé cómo funciona. ¿Por qué la gente llena los campos? ¿Por qué los equipos llevan cuatro mil o cinco mil aficionados visitantes? Porque no pueden ver a su equipo en la televisión. O van al campo o no lo ven. Y si no lo ven, no pueden ver los resúmenes hasta el lunes. Allí, si tú quieres disfrutar de tu equipo, tienes que ir a verlo. Eso es el fútbol. Todo lo demás es otra cosa. En España hay cultura de ver el partido siempre y en cualquier sitio. Es un gran negocio. No es fútbol. El fútbol está en el estadio.

¿Entonces en España el fútbol está perdiendo su esencia?

Lo puedes comprobar en la televisión, cada vez que ves un campo vacío. Deberíamos devolver el fútbol a la gente porque ellos son los que producen todo, los aficionados.

Sinceramente, ¿hasta qué punto es importante la hinchada para un jugador profesional? Decía Molina, exportero del Atlético y del Deportivo, que a él le daba igual jugar en casa que fuera.

A mí me encanta jugar en casa. La afición influye mucho en mí. Yo considero importante meterte en el partido en el campo y en la grada. Contagiarte del entusiasmo cuando están apretando o saber aislarte si hay pesimismo. Hay que interpretar también lo que hacen los hinchas. Y lo mismo fuera: cuando tienes a cuarenta mil aficionados en contra cuesta más aguantar el balón, no escuchas al compañero, no conoces el campo. Parece una tontería, pero no te resultan familiares los colores, no estás acostumbrado a la iluminación… es un sitio que no controlas. En tu campo estás con tu gente. Y cuanto más te apoye tu afición y más te perdonen los fallos, más opciones tienes de hacerlo bien.

Un tema delicado que afecta al mundo de las gradas es el de los grupos ultras. Los jugadores no soléis hablar de ello. En España hay una demonización pero la mayoría de clubes siguen considerando a estos grupos muy importantes.

Para mí es muy sencillo: lo que no puede haber en un campo de fútbol son delincuentes. Ya está. El resto, bienvenido. Gente que viene a animar o que el equipo es una religión para ellos, bienvenidos.

Y sin embargo las medidas actuales de la liga no atañen solo a los posibles delincuentes, sino que también prohíben banderas, bufandas, ciertos cánticos o hasta ver el fútbol de pie.

La gente ahora se burla de las medidas y las hinchadas cambian palabras en los cánticos a modo de broma para que no les sancionen. Pero esto no es ninguna broma. No me parece ninguna tontería. A mí me da vergüenza ver a alguien insultando a un jugador. Muchísima vergüenza y pena si tiene un niño al lado. Yo lo veo cada vez que juego en un campo rival: nos insultan con niños de la mano. ¿Pero en qué país vivimos? Eso no es fútbol. Yo ahora tengo niños y no sé si quiero que vayan a un campo de fútbol. Eso en Inglaterra no lo he visto, llevaría a mis hijos a un partido en Inglaterra sin problema. Lo que tampoco puede ocurrir es demonizar a todos, llamar ultra a alguien porque vea el fútbol de pie en el fondo del estadio. Allí hay de todo, desde abogados a profesores pasando por fontaneros. Yo he ido al fondo del Calderón de crío y no era ningún delincuente.

Tras siete temporadas en el Atlético de Madrid, convertido casi en leyenda, te vas a Inglaterra, al Liverpool. ¿Por qué?

Igual que fue cumplir un sueño debutar en el Atlético y pasar de la grada al campo, fue complicado vivir los últimos años. Me tocó una época de muchos problemas, con una intervención judicial, con problemas sociales y deportivos, con un equipo de media tabla… Yo lo aceptaba encantado porque estaba viviendo mi sueño, pero de pronto se convirtió en responsabilidad. Veía que no podía cambiar la situación, sentía la necesidad de cambiar todo y no podía. Y era un peso enorme. Llegué a sentir que el club se estaba centrando demasiado en mí y yo obstaculizaba que el equipo pudiera mejorar. Era muy extraño. Yo quería seguir, pero estaba seguro de que si me iba el equipo iba a dar un empujón para arriba.

Y así fue.

Y así fue. Yo pude crecer y el club pudo crecer. Sentí un alivio tremendo. Igual fue azar, pero lo que tenía en la cabeza que iba a pasar si me marchaba, pasó.

Allí coincidiste con Rafa Benítez como entrenador.

Rafa me cogió en un momento muy bueno. Estaba en paz conmigo y con el Atleti. Todos mis sentidos estaban en crecer y disfrutar. Su aportación fue distinta a la que experimenté con Abraham o Luis.

¿Muy distinto un vestuario inglés de uno español?

Bueno, es que en el Liverpool había mucho español. Estaba Xabi Alonso, Reina, Arbeloa y argentinos como Mascherano, Insúa… Y todo el staff de Benítez era español. Entonces el ambiente no era tan diferente. La gran diferencia para mí fueron los entrenamientos. Eran muy, muy profesionales. Cada entrenamiento parecía un casting que había que hacerlo perfecto para entrar en la siguiente alineación.

Y estaba Steven Gerrard.

Hasta que lo conocí yo nunca me había puesto una meta. Debuté en el Atleti, jugué en primera, me fui a Liverpool… Iba quemando etapas y dando pasos, pero sin un objetivo claro. Solo quería disfrutar y hacer goles. Gerrard me cambió la manera de entender las cosas. Recuerdo que en mi primer año en Liverpool quedé tercero en el Balón de Oro y fui con él a la gala porque él también estaba en el once ideal de la FIFA. En el avión de vuelta me dijo que no me preocupara, que yo ya ganaría muchas más cosas y que podía ganar el Balón de Oro. Estuvimos hablando todo el viaje y yo sentía que de verdad pensaba que yo podía ganar todo lo que quisiese. Y a partir de ahí, vi que tenía que intentar llegar a todos los objetivos. Ver que él creía en mí me hizo cambiar. Jugué mis mejores años. Solo saber que él estaba en el campo me hacía mejor. De los ochenta o noventa goles que marqué aquellas temporadas, el 90 % son gracias a él.

Hay jugadores que solo con su presencia ya ayudan al equipo.

Hay jugadores distintos. Que los árbitros y los rivales miran de una manera diferente. Que cogen la pelota y tienen tres tíos alrededor y nos dejan a los demás libres. Son jugadores con los que tienes que asociarte. Yo vivo de esos jugadores. Vivo de jugadores como Gerrard o como Xabi. Miran hacia adelante y ya sabes que ellos te ponen la pelota donde les pidas. Donde y cuando quieras.

Es que a veces los aficionados ven a los futbolistas como figuras iguales y hasta deshumanizadas. A uno le sale un mal partido y ya se especula con que si es malo o que no sirve. Igual es que la noche anterior durmió mal. O le dejó la novia. Eso nunca lo piensa el aficionado.

Es que eso pasa en todos los oficios del mundo. Hay muchísimos factores que influyen en un partido, lo que pasa que hay que dejarlos a un lado porque a nadie le importan. La gente está esperando algo de ti y le tienes que dar eso. No hay otra opción. Imagínate que salgo y digo «hoy jugué mal porque mi niño estuvo toda la noche llorando y no pude dormir». Impensable. Me comen.

Pero a veces ocurren cosas así.

Claro que ocurren. Pero te las comes, como cualquier otro trabajador que va a su puesto sin dormir porque el crío le dio la noche. Lo mismo. Lo que pasa que a nosotros se nos mide por un solo día: el del partido. Igual has entrenado espectacular toda la semana y el día de partido no te salen las cosas. Pues has perdido una oportunidad.

Hay un añadido en vuestra profesión que sí os hace diferentes: la tremenda atención de la prensa. Si en tu trabajo no te salen las cosas o en un torneo de tu barrio no das una, pues apechugas tú. Pero vosotros tenéis que leer o ver las críticas públicas al día siguiente. ¿No te pasa eso por la cabeza mientras juegas?

A mí no. Es verdad que con veinte años acabas el partido, lo analizas y dices: «Mañana la que me va a caer». A estas alturas ya me importa poco. Lo que sí me afecta es que afecte a mi familia. Que se preocupen por mí.

Pero a veces la prensa tiene mucho poder. Y puede llegar a hacer daño a algún futbolista.

Sí. Si tienes a cincuenta mil tíos en la grada que leen todos los días cosas malas de un jugador, pues están condicionados. Eso sí lo notas. Compañeros que salen incómodos, que pierden la pelota y se escucha un rumor. Eso afecta porque a veces la prensa crea realidades sin fundamento. Si tú mañana escribes en este reportaje que me has visto triste, mañana otro periodista me va a preguntar si estoy triste y otros medios hablarán de que si estoy triste. Y de pronto, una historia inventada se convierte en real. Es muy difícil controlar eso.

¿Qué opinas de la prensa deportiva española?

[Sonríe ampliamente]. Hay de todo. Va un poco en paralelo a los futbolistas: hay jugadores a los que les gusta mucho el fútbol, a otros no, a otros les gusta todo lo que conlleva… Los periodistas supongo que lo mismo: habrá a los que les encante el fútbol, habrá otros dolidos porque no han llegado a ser futbolistas y critican, otros forofos… Pues habrá de todo.

Más allá del fútbol, ¿qué te ha dado Inglaterra?

Un idioma. También una manera diferente de ver las cosas. La gran diferencia para mí es que en Inglaterra la gente vive más su vida que la de los demás. En la España que yo dejé no ocurría eso. Ahora creo que ha cambiado: la gente es más consciente de lo que necesita, de lo que de verdad es importante.

¿Crees que el fútbol es importante?

¿Para qué?

Para una sociedad. ¿Es importante que exista una competición de fútbol?

Cualquier deporte que despierte sentimientos es importante. Se pueden conseguir muchas cosas a través de los sentimientos y el fútbol despierta muchísimos. Pero hasta ahí. Yo a la gente que viene llorando a hacerse una foto o a amigos que se fascinan con el fútbol les digo: «Yo solo juego al fútbol. Nada más. Y eso no es importante».

¿Por qué los futbolistas no hablan de política?

Mira, yo llevo jugando al fútbol desde que tenía diez años. Mi vida ha sido el fútbol. Con diecisiete años ya tenía un trabajo y una responsabilidad. A mí no me ha dado tiempo a pensar en política. Derecha, izquierda… no me ha afectado. Yo he empezado a trabajar tan temprano que un partido u otro no me va a cambiar la vida. Y además, los pocos futbolistas que se han pronunciado han sido duramente criticados.

Hay una percepción, sobre todo entre la gente a la que no le gusta el fútbol, de que los futbolistas son tontos. No quiero ofenderte, pero esa idea existe.

Creo que tiene que ver con la edad. Esa gente que dice que somos tontos, tendrían que dar una rueda de prensa con dieciocho años para tres millones de personas. Pues probablemente se confundan mucho. Se equivoquen en el mensaje o en la manera de decirlo porque no tienes formación, ya no digo académica, sino de madurez. Yo ahora veo ruedas de prensa que di con dieciocho años y pienso: «Madre mía, vaya joyita». Con treinta años es otra cosa. En cualquier caso, como en todas partes, hay de todo. Yo conozco a futbolistas muy, muy inteligentes.

Decía en una entrevista Rio Ferdinand, jugador inglés, que los futbolistas profesionales se aburren. Entrenan dos horas al día y el resto del tiempo no hacen nada.

Creo que el futbolista profesional tiene demasiadas cosas demasiado pronto. Y puede relajarse. ¿Quién no lo haría? Con los años aparecen las inquietudes, y muchos empiezan a estudiar, montan un negocio o practican otro deporte.

Del Liverpool te fuiste al Chelsea, otro club inglés. Allí te entrenó José Mourinho, una persona que siempre da que hablar.

Mi experiencia con él fue muy buena. Es un entrenador fantástico y un tío con el que puedes hablar. Me gusta la gente con la que puedes discutir, aunque no llegues a un acuerdo. Me parece gente de diez. Mourinho es así: tienes un problema con él y su puerta está abierta. Puedes hablar con él lo que quieras que te va a responder lo que él piensa. Va de cara. No hay que tener recelo ni miedo de las personas que van de cara.

Y regreso a casa. Con Simeone de míster.

Con el Cholo es diferente porque hemos sido compañeros. Imagínate que tienes un compañero y ocho años después es tu jefe. Siempre existen un montón de anécdotas, convivencias y experiencias que a veces es difícil medir. Debo pensar que es mi entrenador, no puedo ir y hacerle una broma que le hacía hace ocho años porque no procede [se ríe]. Pero lo mismo que Mourinho: es un tío que va de cara. Como lo ve la gente en la rueda de prensa, así es el Cholo.

¿Los jugadores son conscientes de lo que supone su juego o el de su equipo? Por ejemplo, la selección española campeona o el Barça de Guardiola: ¿los futbolistas se paran a pensar en lo que están dando al fútbol o el capítulo que están escribiendo en la historia del juego? ¿O se dedican solo a jugar y eso queda para los analistas?

Creo que eso lo da el tiempo. Todavía no se sabe a qué nivel hemos podido cambiar la historia del fútbol con el juego de la selección española. Hicimos algo que no ha hecho nadie en la historia del fútbol pero está muy reciente. Yo desde que nací he escuchado siempre hablar de Pelé y Maradona; no los he visto jugar nunca, pero están ahí, presentes. Marcaron una época. Y los años los va mitificando. Creo que pasará lo mismo con la selección española. Quedarán nombres y momentos y quedarán los títulos. Y se olvidarán los malos momentos.

Al Mundial de Sudáfrica en 2010 llegaste lesionado y fuiste casi en modo «por lo civil o por lo criminal». Dijiste incluso que ibas aunque fuera lo último que hicieras. ¿Por qué?

Porque sabía que íbamos a ganarlo. Me sentía parte muy importante de ese equipo y quería estar con mis compañeros. Porque habíamos vivido cosas muy malas antes de la Eurocopa 2008. Estábamos disfrutando muchísimo y sabíamos que íbamos a ganar. Arriesgué todo lo que tenía y lo volvería a hacer.

Ese momento del gol que marcas en la final de la Eurocopa 2008 contra Alemania. Si tuvieras que explicar cómo fue…

Te diría que pensaba que iba fuera. Gracias a que el campo estaba mojado, el balón, con el giro, no se va para fuera. El caso es que aquel gol fue tan temprano, que no piensas que va a ser el gol definitivo. No es esa sensación de final de partido que dices «la que hemos liado aquí». Tenía la sensación de que iban a pasar muchas más cosas y de hecho en la piña celebrando se oían cosas del tipo «tranquilidad, falta mucho». Fue diferente al que metí en la Euro 2012, que era el 3-0 y el partido terminado y fue una explosión.

Después de tantos años y éxitos, ¿entiendes el fútbol de otra forma? ¿De una forma más madura, tal vez?

Totalmente. Cambian las prioridades. Llegar a casa después de un mal partido y que tus niños te vengan a dar un abrazo, pues… Pues eso hace que te olvides de lo demás y comprendes qué es lo importante. Partidos de fútbol hay más: juegas mal pero a los tres días tienes otro. Pero cada día de tu niño… eso no vuelve.


Pirri Mori o el doblete insospechado

Imagen cortesía de historiasdecromos.com

No es usual si eres futbolista español. Dos apellidos que terminan con la letra «i» que serigrafiar encima del dorsal. Además lucen encima del marcial número 11, lo que supone sumar otras dos «íes» que, en mágico caligrama, te convierten instantáneamente en extremo izquierdo. Y zurdo. La diestra ahí, por simetría biológica. «Con el 11, ¡¡¡P-i-r-r-i M-o-r-i!!!», anuncia el speaker del Vicente Calderón para inflamar a la grada. Onomástica con ritmo, aliteración. Candidez infantil en apelativo travieso a la que sumar la rotundidad de un barbarismo que parece una italianización. Pero algo chirría. Hay en los apellidos talentosa calle y orígenes silvestres; falta excelencia, un punto de temple. Es una idiotez irracional —lo mismo que Maradona diría que Maldini era demasiado bello como para ser futbolista— pero la conjunción de apellidos carece de musicalidad como para perpetuar a su titular como una gran figura del balompié. Y encima el hipocorístico remite a míticos ecos merengues, un malicia si se quiere transitar por el enloquecido Atlético de Madrid de la 93-94. A ese toro mecánico aterriza el carbayón Pirri en plan promesa-incógnita, con veintidós añitos y con el cuerpo en tal ebullición que te da de sobra para entrenar sin dormir. Llegaba tras despuntar en el Vetusta y en el Oviedo grande gracias a su zigzag, a galopadas incontenibles y algún latigazo siniestro con resultado de gol. Por lo que acontecerá a su llegada a la capital, en el contexto de aquellos primeros meses lo más sensato hubiera sido llamar al del Libro Guinness. O a Ángel Cristo.

Procedente del Oviedo de Jabo Irureta, Marigil y Radomir Antic e hijo del histórico Armando Mori del Cánicas, al nuevo fichaje (Pirri a secas, lo de Mori se agregaría poco después) lo van a tratar de entrenar en su año de estreno —además de Jesús Gil— Jair Pereira (siete jornadas, fusilado tras un infausto partido contra el OFI Creta en UEFA), Cacho Heredia (cuatro encuentros, y eso que él fue el míster en la mítica remontada 4-3 al Barça de Cruyff, con 0-3 al descanso), Emilio Cruz (ocho, hasta una infame derrota contra el Rayo), José Luis Romero (seis, con descalabro 5-3 en el Camp Nou y con Koeman expulsado ¡desde el minuto 25!), Iselín Santos Ovejero (cuatro partidos, dinamitado tras un 0-4 contra el Zaragoza que un año después levantaría la Recopa) y, por último, el manso y verborreico Jorge D’Alessandro (nueve, para cerrar la temporada en el puesto 12). Todos devorados por el cetáceo (imagen robada a Carmen Rigalt) presidente-alcalde-patrone, que también repartía estopa a la plantilla intramuros, siempre que su corpachón no se quedara encajado en la puerta del vestuario o su agenda laboral se lo permitiera: alimentar cocodrilos y guepardos en Burgo de Osma y deslomar equinos con los que debatir alineaciones. Como para que los futbolistas cogieran el tono o cierta regularidad. Barra libre de «indocumentados y facinerosos». A todos los niveles. Titular indiscutible, Pirri metió cuatro goles aquel año de debut y tuvo el privilegio de jugar junto a Moacir, Roman Kosecki o Mario de Oliveira Costa, alias Tilico.

Desde aquel tiempo nefasto e infausto para cualquier colchonero con vergüenza torera, Francisco José Mori Cuesta, alias Pirri Mori (Cangas de Onís, Asturias, 1970) se ha fijado en el disco duro de los aficionados con una santa trinidad hecha de guasa, ternura y pizcas de mito de barriada. Para los vecinos a orillas del Manzanares Pirri Mori simboliza al jugador español que apunta grandes maneras en club modesto (Pizo Gómez, Tato Abadía, Mami Quevedo, Pedro, Bustingorri, Torrecilla…), es fichado por arrebato en la espuma del momento, nunca explota, no es convocado jamás con la selección pese a atisbar la internacionalidad y juran que da lo mejor de sí en la oscuridad de la noche y sus etílicas leyendas urbanas (una conducta siempre dada a chascarrillos cuando no a insultos desde la grada). Como si los forofos nunca hubieran pisado un bar y una escuadra de Primera División frecuentara la biblioteca de un convento. Por eso a la postre, y visto con la distancia de las dos décadas que ahora se cumplen de un hito insospechado, el indulgente atletista absuelve los presuntos pecados e impericias de Pirri Mori porque formó parte del elenco de una las mayores loterías de la historia del fútbol español: el doblete del año 96. Lo hizo como secundario. Pero ahí está. En banderines conmemorativos. En el póster que había en la garita del tipo de mono azul donde dejaba el coche tu padre o tu colega, ese que se compró un Kadett GT. En la orla, las caritas de Molina, Geli, Toni, Solozábal, Santi, Vizcaíno, Simeone, Caminero, Pantic, Kiko, Penev. Y Pirri Mori, con apenas mil minutos, veinticinco partidos y dos goles, uno de ellos en Copa contra el Mérida y el otro frente al Betis unos días después de haber ganado la Copa en Zaragoza gracias a la frente deforestada de Pantic en la prórroga.

Antes del histórico doblete, en el año 94-95 Pirri Mori tuvo otro trocito de gloria al mojar en el 1-4 a un pseudo-Barça de Cruyff (Angoy, Korneiev, Escurza…) en Copa del Rey. Cómo definir el partido si el Tren Valencia marcó dos goles. Parece que YouTube hubiera suprimido el vídeo de aquel encuentro porque vulnera todas las leyes de la verosimilitud. En esa liga, Pirri jugó veinticinco partidos (diecisiete como titular) y marcó cinco goles. En el último partido de aquella temporada horrorosa casi cae el Atleti a un playoff dantesco que disputaban antepenúltimo y decimosexto de Primera contra tercer y cuarto clasificados de Segunda. Una pelea de perros. Hubo biscotto con el Sevilla en el colofón y el bueno de Pirri Mori contribuyó a tal película gore con una expulsión en el minuto 71. El Atleti iba ganando 1-2. Siete minutos después empataba su paisano Monchu. Con la UEFA asegurada, quiso Luis Aragonés no hacer sangre con su malhadado Atleti. Simeone aún sigue pidiendo calma y pases en horizontal a sus excompañeros del Sevilla. Que se besen.

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Imagen cortesía de colchonero.com

No pasaron ni noventa días para que se empezara a obrar el prodigio, la carambola sideral. No del calibre del Leicester, pero sí que la sorpresa fue morrocotuda en la temporada 95-96. Aquella fue la primera en España en otorgar tres puntos por la victoria y también la pionera en que los jugadores lucieran el dorsal que les diera la gana —qué chachi, como en el Mundial—, y con el nombre coronando el número. Así nacieron las tiendas oficiales de los clubes para vender camisetas con las que pasear en verano sintiéndose Roberto Baggio, David Platt o Pilipauskas (aún juega en Montevideo a sus cuarenta y un espléndidos años). Al Atleti de junio del 95 llega el serbio Radomir Antic, que había dejado noveno al Oviedo de los talentosos Jankovic, Rivas, Mora, Prosinecki, Oli, Carlos y Jerkan, que además devoraban y se fumaban el postpartido en la discoteca El Antiguo de la ciudad donde casi nace Woody Allen. Confiaban el décimo proyecto desde que llegó Jesús Gil a la presidencia —saldado con dos míseras Copas del Rey— a un serbio al que habían largado del Real Madrid cuando iba líder. Por jugar mal, justificó Ramón Mendoza. Como jugador pasó por el Zaragoza a finales de los setenta procedente del Fenerbahçe. Dio el callo un par de temporadas con Boskov y Villanova, pero la memoria retiene mejor a coetáneos de más fulgor como Jorge Valdano, Barbas, incluso al paraguayo Amarilla. Con fama de dócil, parecía Antic contar con las tragaderas suficientes para capear las embestidas, arbitrariedades, insultos y caprichos del orondo Gil. Pasando por alto su vínculo merengue, la afición nada le podía exigir al exyugoslavo, después de coquetear con el abismo y tras unos años entre el pitorreo y la desolación. Agarrar la UEFA, ganar un partidito al Real Madrid… Eso es todo, míster, y que dure usted tantas jornadas como pueda. Hete que el balón echa a rodar y el Madrid de Jorge Valdano no carbura. El Barcelona, tres cuartos de lo mismo. Raro, raro, vía libre. Se da la circunstancia de que en verano Robert Prosinecki opta por jugar en el equipo azulgrana en vez de fichar por el Atleti (estaba casi hecho) con la coartada de «ganar títulos». Sonaba razonable. En el Atleti recala un volante serbio desconocido y barato que venía del potentísimo Panionios griego: Milinko Pantic. Visto lo conseguido por uno y otro, quedó en mal lugar la elección del croata, que se lesionaba viendo la tele.

Junto a Pantic se asomaron a la concentración en Los Ángeles de San Rafael otros chicos nuevos con la interrogante en el peto: Molina y Santi Denia recién descendidos, el españolista Roberto Fresnedoso, el veterano Penev, que había superado un tumor testicular, los exóticos Fortune y Biagini… El Atleti se artillaba con muchos extraños cromos (otro verano más), aunque el bloque Solozábal, Vizcaíno, Caminero, Simeone y Kiko mantenía un traje tipo que no sonaba del todo mal. ¿Se deshilacharía con prontitud? Inesperadamente, desde la primera jornada los de Antic no pararon de exhibir un juego portentoso, a ráfagas primoroso. Tiren los antidepresivos al río. Esto va serio, regular. Un fútbol total a oleadas. Repliegue y contraataque en hordas, con el portero de líbero. Destacaban todos, todos se ayudan. El equipo se compacta. Caminero, mejor que el mejor Kaká; Geli y Toni, puñales por la cal; Baresi se transfiguró en Solozábal; mientras, Kiko asistía aconsejado por Camarón, Simeone repartía arengas y patadas necesarias y el enclenque Pantic hacía magia con una camiseta tres tallas más grande. Lubo Penev seguro que habló con Mefistófeles. Un rodillo rojiblanco al que no daban crédito ni continuidad los analistas. Ya caerá. No es alternativa. Pasan los domingos. Las jornadas caminan. Líder al acabar la primera vuelta. Físicamente como caballos. La distancia con el segundo se ensancha. El Rayo Vallecano da la patada a Valdano. El mejor del Barcelona es Meho Kodro; en la portería, el padre de Sergio Busquets se quema las manos con una plancha. Al final, Cruyff se iría a falta de dos jornadas para echar el telón tras un empate a uno en Sarriá y el Madrid queda sexto. El Atleti gana al Salamanca agónicamente. Empata a uno en Tenerife con el exrojiblanco Aguilera echando el balón frente a una portería de cincuenta metros de ancho y sin cancerbero. Solo falta doblegar al Albacete para consumar la proeza. Córner, gol de Simeone; sandía que cae del cielo, Kiko a la tronera. Campeones. Cabalgata, confeti. Hubo plaga de polillas aquel mayo del 96. Dicen que eran de todos los atletistas que desempolvaron banderas y bufandas… Se festejó con más intensidad que la Liga de Godín en el Nou Camp. De largo.

En tan opípara celebración se lo pasa de rechupete Pirri Mori, sentado en calesa. Antes lo estuvo en el banquillo todo el año. Wikipedia podría reseñar que pertenece al ínfimo porcentaje de jugadores que llegan a la élite en España, juegan en un equipo grande y pueden beber champán en la misma temporada dentro de dos copas encargadas por la LFP a una joyería. Un retruécano de cojones. Y viviendo los contrastes más brutales de un club bipolar. El asturiano supone el eslabón entre una etapa espantosa (bastante antes de la caída al infierno en 2000) y un resurgimiento inesperado que se traduce en el único doblete en la historia del Atlético de Madrid. Caminó sobre el desfiladero para luego vivir un momento de cabalgata y opereta, con paquidermos y ponys en un inenarrable parade por el paseo del Prado, majorettes, éxtasis y calimocho. Aquella Liga, ganada en el último partido al Albacete —y con el Valencia de Luis Aragonés, Mijatovic y Mazinho en el cogote— reivindicaba que el Atleti seguía vivo, que aún atesoraba esplendor tras sus mil calamidades y que regresaba por fin a la nobleza pese a la incompetencia supina de su directiva. Poco a poco el espejismo se hizo añicos. La piedra de Sísifo volvió a rodar paseo Imperial abajo.

De entrada, en la 96-97 y con los refuerzos de Bejbl y Esnáider, el Atleti vio como el Real Madrid celebraba el alirón en su cara (y en el Bernabéu) y cómo el Ajax le descabalgó de una Champions que mereció y a la que solo se clasificaban los campeones de Liga (Auxerre, Juventus, Oporto…). Doblegó al Borussia Dortmund aquí y allí con un juego primoroso y fue Van der Saar quien le privó de la Orejona guardando la cancela del Ajax. Inmediatamente tras fallar el penalti y enajenado de frustración, Esnáider vio la tarjeta amarilla por lanzarle al portero holandés una patada con más saña que Cantona a aquel hooligan del Crystal Palace. No creo que se haya dado nunca en la historia del fútbol un doble suicidio tan idiota. Solo seiscientos setenta días después de aquel salto de kung-fu, la víspera de la lotería de Navidad la Guardia Civil copaba las escaleras que conducen a las oficinas del estadio. Intervención judicial. Ordenadores en convoy. Cajas, papeles. Escándalo. Un tipo llamado Rubí Blanc llega para meter en vereda económica a un club que se desguaza, lleno de mentiras. Gil al calabozo. Rainieri (el del Leicester) se apea del barco. Nadie cobra. Ni Valerón, ni los torpes paraguayos de la defensa que no ven tarjetas, ni Solari, ni Hasselbaink, ni el virtuoso Venturin… Al hoyo. Antic, triste paradoja, desciende a Segunda. Lo nunca visto. Encima frente a su Oviedo. Con un penalti que detiene Esteban, otro que luego denunciará impagos estando en el Atleti en la temporada 2002-2003 y que contagiaría una desidia generalizada que provoca que el equipo se quede a las puertas de clasificarse para la UEFA. De estos desastrosos vaivenes ya no es testigo Pirri Mori, que tras el doblete fichó por el Compostela, luego recalaría en el Mérida y abrocharía su carrera en el Burnley inglés sin siquiera pisar los treinta años.

Seguro que en estos años de entronización y salida en palio por Madrid Río del Cholo Simeone (las Champions perdidas también son dolorosísimos logros), a Pirri le preguntarán sus allegados cómo fue compartir vestuario y gloria con el argentino, que vivió un Atleti tan claroscuro como Caravaggio y que, ya convertido en entrenador rojiblanco desde diciembre de 2011, ha trazado un camino, deportivo y empresarial («si se cree y se trabaja, se puede»), que ha sentado las bases del futuro de un club para los próximos cincuenta años. Un turning point de coraje y corazón, del mismo modo que antes hicieron Cruyff en el Barça o Sacchi en el Milan. Todo el que venga tendrá que acarrear sobre los hombros ese legado de compromiso y juego feo competitivo.

Hoy el apellido Mori Cuesta aparece en la prensa local asturiana por cuencas muy lejanas a la del Manzanares. El hermano del exfutbolista (José María, Titi) regenta restaurantes que llevan por nombre El Campanu. Los tiene en Ribadesella, Oviedo y Cangas de Onís. Se precia de pescador consumado que a veces captura el cotizadísimo primer salmón de la temporada y que da nombre a sus negocios. En el mundo de la pesca todos le conocen como El Marqués. Hace tiempo que, si aparece su nombre por esas cosas de las fanfarronerías fluviales, La Nueva España ya no glosa que es el hermano del exjugador del Atleti del doblete. Cuando recuerdas ese doble apellido con apelativo cariñoso en cualquier antología de bar, los veteranos de grada coinciden en aglutinar su figura en apenas tres chispazos. «Jajaja Pirri Mori, ¡qué grande! Buena zurda. Dicen que le gustaba la juerga». Y a quién no. Una Liga. Una Copa. Con el número once, Pirr1 Mor1.


Los jugadores de la final en tres gráficos

Foto: Cordon Press.
Foto: Cordon Press.

El sábado, Real Madrid y Atlético de Madrid se disputan la final de la Champions League. Hemos querido analizar a sus protagonistas y compararlos con mil seiscientos jugadores de las cinco grandes ligas del continente.

Empecemos por la producción ofensiva. El primer gráfico representa los goles y los disparos de cada jugador.

G1

En Europa el líder en goles y disparos es Zlatan Ibrahimovic, del PSG, que ha marcado 38 goles en la liga francesa. El sueco ha marcado 1,34 goles por cada 90 minutos de juego. Detrás de Ibrahimovic vemos un grupo con ocho grandes delanteros, en el que aparecen tres jugadores del Real Madrid que participarán en la final.

Benzema, Bale y Cristiano Ronaldo disparan dos veces a puerta cada 90 minutos y marcan un gol. La producción ofensiva de esta BBC es la gran baza de los blancos. Aunque los datos evidencia también algo que se ve sobre el campo: al Real Madrid no le sobran rematadores fuera de la BBC.

Los dos arietes del Atlético —Torres y Griezmann— tienen una producción menor, otro dato de la capacidad del equipo de Simeone para sacar lo máximo de sus goles: hace mucho marcando poco.

Pasemos ahora a analizar las dos actividades propias del centro del campo. El gráfico siguiente representa el número de ocasiones que produce cada jugador —los pases que acaban en un disparo de un compañero—, y el número de recuperaciones que consigue, ya sea interrumpiendo un pase o robando un balón al contrario.

G2

El gráfico captura una de las características del fútbol moderno: su especialización. Vemos que algunos jugadores crean ocasiones y otros se dedican a destruir las del rival. Por eso el gráfico tiene forma de triángulo: no hay jugadores capaces de destacar a la vez por crear y destruir. No existe el «mediocampista total». Los especialistas en crear ocasiones recuperan pocos balones; los grandes recuperadores crean poco.

Observemos primero a los grandes recuperadores de Real Madrid y Atlético. Casemiro es una pieza clave del esquema defensivo de Zidane: es el jugador que más recuperaciones consigue, bien por delante de Ramos o Marcelo. Pero Casemiro está rodeado por jugadores rojiblancos que enfrentará el sábado: Godín, Filipe Luis, Ñiguez o Gabi son grandes recuperadores. De los cuatro, solo uno es un centrocampista, lo que da una pista sobre el sistema defensivo de Simeone: muchos balones se recuperan desde la propia defensa.

El Atlético también destaca por la capacidad recuperadora de sus jugadores de ataque. En especial la de Griezmann, que recupera casi el doble de balones que Bale y mucho más que Benzema y Cristiano Ronaldo.

Pero la historia es distinta con la creación de ocasiones. El Atlético de Madrid carece de jugadores que se destaquen por la creación —con la excepción de Koke–, mientras que el Real tiene media docena. Entre Koke y el segundo máximo creador colchonero –Griezmann—, el Real Madrid presenta ocho jugadores: James, Bale, Isco, Modric, Benzema, Kross y Marcelo.

Los mejores creadores de Europa son los sospechosos habituales: Özil, del Arsenal, Payet, del West Ham, o Kevin de Bruyne, del Manchester City. En recuperaciones, un líder se destaca claramente: N’Golo Kanté, que en su magnífica temporada ha promediado más de ocho recuperaciones.

Veamos ahora la capacidad destructora de los jugadores. El último gráfico representa el número de pases interceptados y los balones robados, o tackles, para cada jugador.

G3
Si comparamos los jugadores que disputan más minutos —los puntos más gruesos—, es evidente que los rojiblancos superan a los blancos en la faceta recuperadora. Godín, Filipe Luis, Gabi, Giménez y Ñigues son buenos en intercepciones y robos. Todos mejoran a Ramos en robos y a Marcelo en intercepciones.

Además el Real Madrid tiene un problema en la esquina inferior izquierda: Benzema y Cristiano Ronaldo apenas recuperan balones. Bale es algo mejor, pero sigue claramente por debajo de Griezmann. El único jugador Atlético liberado en tareas defensivas es Torres, y juega relativamente poco minutos.

* * *

Estos datos ayudan a entender el juego de Real Madrid y Atlético de Madrid. Nos sugieren qué jugadores serán claves el sábado y en qué circunstancias: quién creará las ocasiones, quién hará los goles, quién tiene por misión anular al rival. Otras características de los dos equipos no pueden verse en estos datos, porque emergen de la combinación de jugadores. Sobre esas características ya hablamos: el Real Madrid es el equipo con mejor producción ofensiva —genera muchos remates y necesita pocos para marcar goles—, mientras que el Atlético sobresale en defensa: exige veintiún disparos por cada gol que concede.


Monchi: «Bilardo es la persona que más me ha influido en el fútbol y en la vida»

Monchi para Jot Down 0

Durante los años noventa el Sevilla F. C. fue conocido por sus ambiciosos proyectos y sus contundentes fracasos. Ramón Rodríguez Verdejo «Monchi» (San Fernando, 1968) vivió esta época como futbolista. Primero fue el eterno suplente, condición que le hizo famoso por las imitaciones que hicieron de él en el programa Al ataque de Antena 3, y más adelante logró continuidad en segunda, luchando por sacar al equipo del hoyo. Al colgar los guantes, como delegado de campo vivió otro descenso del Sevilla, el más duro de todos, con el equipo colista desde enero. Pasó entonces a ser director deportivo y tuvo que montarle un equipo a Joaquín Caparrós a coste cero. Desde ese día, el equipo bajo su dirección no ha dejado de crecer, obtener más títulos que en toda su historia y traer a España a los mejores jugadores del mundo aún por descubrir. Hace una pausa en su apretadísima agenda en pleno verano para contar toda su historia en el Sevilla. Un club al que actualmente muchos aficionados apellidan «de Monchi».

Me ha dicho José María López del As de Sevilla que iba a flipar al verte, que tienes ahora más pinta de portero que cuando jugabas, y es cierto.

Llevo ya unos años dándole a los músculos. El gimnasio me libera. Voy a las siete de la mañana para no estar pendiente del móvil y centrarme solamente en levantar pesas. Siempre digo de broma que si hubiera tenido este cuerpo cuando era jugador todavía estaría jugando al fútbol. Pero, en fin, el ejercicio para mí no es más que una forma de rebajar el estrés. Prácticamente trabajo todo el día, siempre que esté el móvil encendido. Normalmente entro a las nueve a la oficina y salgo a las diez, pero a veces a las doce tengo que estar haciendo una gestión… Sobre todo ahora, en esta época del año, que es cuando hay mayor vorágine en nuestro trabajo.

¿Cómo era tu familia? ¿De dónde vienes?

De una familia muy humilde. Soy de San Fernando, un barrio obrero. Mi padre trabajaba en una empresa de construcción de barcos, la San Carlos. Él era tornero y mi madre ama de casa. Vivíamos en las casas que había para los trabajadores de esa empresa. Le cogió la reconversión industrial en aquellos años, pero tuvo suerte porque por un accidente ya le habían prejubilado. Se había roto la clavícula y ya lo tenían trabajando fuera de su puesto. Cuando llegó la reconversión fue uno de los primeros jubilados anticipados. Su empresa se la llevó por delante aquella crisis, ya ni siquiera existe.

Vivíamos con lo que teníamos. No quisiera entrar en detalles para no pecar de humildad, pero teníamos lo justo. Nunca faltaba un balón en Reyes, ni mi bicicleta Motoreta ni nada, pero porque mis padres se sacrificaron mucho. Mi padre nunca tuvo carné de conducir, por ejemplo. Hacía veladas, que eran las horas extras nocturnas. Le recuerdo irse con la comida al salir a trabajar de madrugada y gracias a eso, a su esfuerzo, yo tuve todo lo que quería. Por eso recuerdo mi infancia con felicidad, aunque todo esto me ha hecho valorar lo que tengo ahora. Saber de dónde vengo. Porque me críe en la calle prácticamente. Aún mantengo a casi todos los amigos de la infancia.

Luego estudié Derecho. Era buen estudiante, pero me gustaba mucho el fútbol. Siempre digo como anécdota que mi madre me llamaba por la ventana para tomar el biberón, es decir, que no soy capaz de recordar cuándo fue la primera vez que jugué con la pelota en la calle. Y siempre lo hice con chicos con más años que yo de modo que, como dice mi hermano, aprendí a ser portero recibiendo los balonazos que me tiraban los mayores, perdí el miedo al balonazo rápidamente. Después empecé a jugar en El Águila, un equipo de San Fernando. Más adelante en el San Fernando y al final recalé en el Sevilla. Mi historial de equipos es muy corto (risas).

Juan Arza, uno de los mejores jugadores del Sevilla de toda su historia, fue el que te hizo el seguimiento.

El que trabajaba entonces la secretaría técnica del Sevilla y las categorías inferiores era Pablo Blanco, que todavía trabaja en el club, y Juan Arza colaboraba con él. Vino a verme varias veces y entre todos decidieron firmarme. Pero antes de fichar por el Sevilla fui a probar una semana con el Madrid, con el Castilla. El entrenador era Vicente del Bosque, el segundo García Remón y el entrenador de porteros Miguel Ángel. Era el 88. Fui a probar con el Madrid la misma semana que el Español juega la final de la UEFA con el Bayer Leverkusen. La vi en el Hotel Centro Norte. La verdad es que fui un poco reacio a esa prueba. Pensaba que podían venir ellos a verme a mí con el San Fernando cuando quisieran en lugar de al revés. Entrené dos días y al tercero dije que me iba. Teníamos un partido muy importante contra el Montilla en el que nos jugábamos el ascenso a 2ªB. Curiosamente, a ese partido vinieron Juan Arza y Pablo Blanco y me dijeron directamente: «Monchi, el lunes te vienes a Sevilla para firmar». En el Madrid no estaban tampoco especialmente convencidos conmigo y yo era un poco rebelde. Estaba muy involucrado con el ascenso de mi equipo, también tenía mis estudios y no quería quitarme. Por eso al Madrid les dije que o me firmaban o me iba y me dijeron que me fuera. No sé si me habrían fichado aunque me hubiera quedado de todas formas, tampoco era tan bueno yo.

Fichaste por un Sevilla Atlético que pudo subir a 2ª pero se quedó a las puertas.

El primer año perdimos el ascenso en Linares en la penúltima jornada, que teníamos que ganar y empatamos y ascendió el Atlético Madrileño. Josu Ortuondo entrenaba a aquel Linares. Y el segundo año, con un filial más endeble, peleamos de nuevo por el ascenso pero el que subió fue el Albacete de Benito Floro. Los dos años quedamos terceros.

Cuando subes al primer equipo del Sevilla te impresiona el portero soviético Rinat Dassaev.

Solo podía haber tres extranjeros en el equipo en esa época. El Sevilla tenía a Polster, Bengoechea y Dassaev. Entonces vino Iván Zamorano y se dio de baja como extranjero al soviético. Al segundo portero, Fernando Peralta, lo mandaron al Málaga y se quedaron sin ninguno. Por eso firmaron con Juan Carlos Unzué, que entró en una operación de intercambio con el F. C. Barcelona por el lateral Nando y me subieron a mí del filial. Debuté viajando con el equipo a un trofeo Ciudad de Vigo contra el Spartak de Moscú, el Internacional de Porto Alegre y el Celta.

Y si yo tuviera que decir cuál es mi portero favorito siempre diré que Rinat Dassaev. En mi opinión, el mejor portero de la historia del fútbol con diferencia. Técnicamente era perfecto. Cuando se quedó sin ficha ese año lo asumió perfectamente y entrenaba como si fuera a jugar todos los partidos. Para mí ver eso fue muy importante. Un tío con la trayectoria de Rinat, tal y como tenía las rodillas, que estaban muy baqueteadas, entrenando todos los días, intentando estar como el que más aun sabiendo que no iba a poder jugar… eso te sirve de motivación. Luego se convirtió con Luis Aragonés en entrenador de porteros y aprendimos mucho. Además de que como persona era un crack, se adaptó muy rápido a Sevilla y se hizo muy sevillano. La pena siempre será que tuvo muy mala suerte porque llegó aquí con la rodilla muy mal y tuvo un par de incidentes… como cuando se cayó con su Citröen BX en el foso del rectorado de la Universidad de Sevilla (risas) que… bueno. Pero era un tío muy entrañable.

En esa primera plantilla, con Cantatore, estaban Polster, Zamorano, Jiménez….

El año anterior nos habíamos clasificado para la UEFA, había mezcla de canteranos como Rafa Paz, Jiménez, Martagón, Conte y Carvajal con tíos más contrastados como Polster y Zamorano, que eran top. Era un buen equipo, con muy buen ambiente. Llegar se me hizo muy fácil, me integré como uno más. Fue un año bonito, descubrí lo que era jugar en Europa. Primero con el PAOK, empatamos a cero en la ida y en la vuelta y allí les ganamos por penaltis, fue apoteósico. Y luego con el Torpedo de Moscú, que nos echó perdiendo allí 3-1 y aquí ganamos 2-1 en un barrizal. Tuvimos todos los condicionantes en contra. Jugábamos contra un equipo ruso y aquí que no llueve nunca va y diluvia.

Recuerdo que allí pasamos un frío enorme. Pero ese viaje fue muy impactante. Era la época de la Perestroika, con Gorbachov, y fue gracioso porque estábamos muy preocupados por qué país nos íbamos a encontrar, entonces se hablaba de escasez de alimentos y demás. Llegamos al hotel Rossiya, que decían que era el más grande del mundo. Era enorme, la verdad, y había en las puertas una manifestación a la japonesa, con la gente de medio cuerpo para arriba desnudos. Decían que no había pan, pero nosotros llegamos un lunes por la tarde y por la noche comimos bien, con pan bueno. Nos reíamos de las televisiones, de que exageraban. Pero al día siguiente por la mañana el pan estaba un pelín duro. Por la tarde más duro y por la noche ya insufrible: era el mismo pan para toda la semana. Fuimos testigos de la pobreza que había en aquel momento en ese país. Las sobras de nuestra comida, o más que la sobras si dejabas medio filete, decían que se lo podían comer tranquilamente los camareros. Por la calle te venían los chiquillos para cambiarte cualquier cosa. Era, en general, una época dura para Moscú.

Diego, vuestro defensa entonces, dijo que cuando estaba en el Betis a los derbis había jugadores que iban con pistola, que se cogía un muñeco vestido de sevillista y se le daba una paliza en el vestuario. Y que luego cuando estuvo en el Sevilla se hacía lo mismo.

Diego llegó en la 88-89 y cuando yo coincidí con él ya llevaba dos años de sevillista. En el fútbol hay mucha leyenda urbana, pero si ha contado eso seguro que es porque es verdad. La rivalidad aquí puede llegar a cotas insospechables. Ese año, por cierto, les ganamos 0-3 en su campo con dos goles de Iván Zamorano.

¿Cómo era Zamorano?

Cuando llegó aquí era desconocido. Venía del St Gallen suizo, pero en cuanto lo veías te dabas cuenta de que era distinto. Tenía unas condiciones físicas bestiales, con ese salto, esa capacidad de remate. Esa temporada fue con Polster y Zamorano y la siguiente con Zamorano y Suker. Eran delanteros que valían para el Sevilla de hoy. Si hubieran tenido compañeros mejores que Monchi (risas)… A saber hasta dónde habría llegado el equipo. Para mí el mejor de todos era Toni Polster. Su instinto asesino no lo tenían los otros dos. Aunque fuese un 10 contra un 9,8, eran top los tres, pero Toni era un matador, con esa corpulencia. Fue una pena que le tocara un Sevilla más humilde deportivamente. Polster, Davor o Iván con un Sevilla actual… ay. De hecho, Suker y Zamorano se fueron al Madrid.

Eso dijo Polster, que no podía coger a Hugo Sánchez jugando en el Sevilla.

El primer año suyo, 89-90, fue máximo goleador empatado con Hugo. Es el récord de goles de un jugador del Sevilla junto con Juan Arza.

Monchi para Jot Down 1

Aquel año debutaste.

Sí, en Atocha, justo cuando empieza la primera guerra de Irak. Se había fastidiado Unzué el menisco. Y tuve la mala suerte de que en el minuto uno, no estoy exagerando, me disparan, se me escapa el balón y Atkinson, un negrito que tenía la Real Sociedad, me da una patada y me saca el dedo. Vino el médico, me quitó el guante y tenía el dedo salido, de hecho aún hoy lo tengo desformado. El médico pidió cambio. Yo dije que cambio los cojones. Que me lo metiera y seguía. Lo hizo y acabé el partido. Empatamos a uno, me marcó John Aldridge. Pero no se habló de mi debut porque hubo un incidente entre Cantatore y Polster, lo cambió con el 1-1, se quitó la camiseta y se la tiró al entrenador. Al día siguiente solo se habló de esto y muy poco de mi salud. Unzué se recuperó pronto y ya jugó el siguiente partido, aunque estaba renqueante y lo tuvieron que operar. De modo que pude jugar cinco partidos antes de que volviera. Recuerdo que contra el Tenerife me marcó Martino. El Tata, el exentrenador del Barcelona. El único gol que metió en España me lo coló a mí (risas).

Luego no se me olvida Gijón, que me vino un balón alto, despejé para echarla a córner, escuché a los aficionados cantar gol y me dije «hostia, aquí ha pasado algo raro». Pues sí, me lo había metido. Encima aquel día Ablanedo estuvo inconmensurable y los periódicos dijeron «la diferencia estuvo en la portería». Y yo…

Luego contra el Atlético me marcó Rodax, volvió Unzué, pero pude jugar contra el Barcelona al final, donde monté otro número. Cada partido fue un incidente (risas). En este no lo hice mal, perdíamos 2-0, goles de Stoichkov y Goicoechea, pero no estuve mal. Sin embargo, recuerdo perfectamente la jugada en que me expulsaron. Acababan de introducir la norma de que el último jugador si hacía falta era roja. Venía Txiki Beguiristain directo, le hice falta fuera del área y me expulsaron. Era el Barça de Cruyff al principio, que nos metió un baño impresionante. Tremendo. Evidentemente, fueron campeones de liga ese año.

Háblame de Suker.

Su inicio fue difícil porque, entre otras cosas, como el idioma, cuando llegó acababa de empezar la guerra de los Balcanes y aterrizó aquí un poco perdido. Pero se integró muy bien al final. No tardó en meterse en la idiosincrasia de la sociedad sevillana y ser uno más. Tienes que entender que Sevilla es un sitio magnífico para el jugador. Tiene todos los condicionantes para que el jugador esté bien. El andaluz en general es muy acogedor y el sevillano, más. La ciudad es muy cómoda, no tiene problemas de tráfico, está bien comunicada, tiene de todo, y el ambiente tan bonito que se ve en los partidos engancha.

El debut de Suker fue en Copa del Rey. Como para olvidarlo. Metió el primer gol en el gol sur y atravesó corriendo en un sprint bestial todo el campo para ir a celebrarlo con los Biris al gol norte. Tardó como diez minutos en recuperarse, pero luego ganamos 4-1 y él metió tres. Martagón era muy amigo suyo, fue su compañero de habitación. Pero aquel año de Víctor Espárrago yo lo recuerdo por ser el más duro de mi vida.

¿Por qué?

Fue mi primera pretemporada con el equipo. La hicimos en Chiclana, justo al lado de mi casa. Era el hotel Al Andalus, que acababa de abrir, y recuerdo que le dije a mi mujer que ese hotel iba a ser un fracaso, ahí en mitad de la nada. Ahora es uno de los sitios más cotizados. Me di cuenta rápidamente de que no valgo para los negocios inmobiliarios (risas). Lo que pasó ese verano fue que las pretemporadas con Espárrago eran muy duras. No es que no fuesen con balón, es que eran sin campo de fútbol. Las sesiones de balón las hacíamos en una calle del campo de golf. En ese momento de la pretemporada Víctor no le daba ninguna importancia al balón. Ahora corro treinta kilómetros sin problemas, pero entonces eran siete un día, ocho el siguiente, nueve al otro. Y cuando llegábamos a diez hacíamos una contrarreloj. Corríamos por las dunas en la playa… Era bestial. Fue mi primera temporada como profesional y lo pasé fatal. Después además fue un año malo, no le cogimos el feeling al equipo.

En la 92-93 vino Carlos Salvador Bilardo.

Mi año favorito. Magnífico. Un sueño. Lo recuerdo todo como si me hubiera tocado la lotería, jugar un año con Maradona y encima entrenado por Bilardo. Es que si te decían «vas a jugar un año con Maradona entrenado por Bilardo» contestabas «Venga, ahora cuéntame la verdad». Tuvimos un grupo magnífico dentro del vestuario. Los más jóvenes, Unzué, Marcos, Del Campo, Conte, Carvajal, Martagón, vimos como llegaban Bango y Monchu, que éramos todos casi de la misma generación y encajamos muy bien. Luego llegó Diego y, la verdad, de él solo puedo hablar bien. Yo era el último mono del equipo y me trataba como a uno más. Guardo el recuerdo de este año como un sueño. Todo lo que pude aprender… y mira que no jugué nada, que no me ponía, pero al lado de Bilardo aprendí mucho. También viajamos mucho. El fichaje de Diego se financiaba en parte con Telecinco y teníamos que andar jugando amistosos. Estuvimos en Buenos Aires, en Córdoba, contra el Sao Paulo, en Turquía contra el Galatasaray, aquí en casa contra el Oporto, el Bayern de Munich, con la Lazio ¡Qué bonito fue ese año!

¿Por qué dices que aprendiste tanto de Bilardo?

Bilardo es la persona que más me ha influido en el fútbol y en la vida. Era un tío metódico, muy adelantado a su tiempo. No porque usara los vídeos, que también, sino porque lo tenía absolutamente todo bajo control. Yo no entro en la parcela táctica, que a mí su fútbol no me gustaba. Era de marcar al hombre, de conceptos que con Luis Aragonés se me cayeron. Pero profesional y personalmente, insisto, de quien más aprendí fue de Bilardo. Era cuidadoso, como digo no dejaba nada al azar. Todos los detalles estaban controlados y esa obsesión la llevaba al extremo. Incluso lo exageraba todo. Por ejemplo, los entrenamientos tenían que verlos todos los miembros del club, los utileros, los médicos…. Su teoría era que si un día se ponía malo él, y el segundo entrenador y el tercero, los tres a la vez, pues tendría que hacer el equipo el fisio y era su obligación saber cómo se entrenaba. Mira, es que hasta recuerdo de Bilardo en los hoteles que cuando todos estábamos en chanclas cómodamente, él iba en botines. Le preguntabas y te decía: «¿Y si arde el hotel? ¿Y si tenemos que salir corriendo? Tú en chanclas…». Lo medía todo. De repente nos llamaba para que en media hora estuviéramos todos en el estadio para ver un vídeo. Nos ponía una jugada de dos minutos y eso es lo que te llevabas para casa. Pero yo en eso soy muy parecido, me gusta tenerlo todo controlado. Igual me preocupo por cosas que son banales, pero es mi forma de concebir este deporte. Todo esto lo aprendí de él, pues estuve a su lado en el banquillo toda la temporada.

Cuando te cogió del pelo un día que os gana el Athletic en el último minuto…

Aquello fue en el debut de Maradona fuera de casa. Habíamos empatado 1-1 y nos metieron un gol en el último minuto, yo me agaché y él me cogió de los pelos del ataque de nervios que le dio. Yo tenía más pelo (risas) pero oye, yo reacciono igual ahora cuando nos meten un gol.

Y Maradona qué.

Cuando él llegó a finales de septiembre, estábamos concentrados en un hotel a las afueras de Sevilla. Nunca lo olvidaré. Estábamos todos en un salón muy amplio y apareció él. Aunque es cierto que no era él, él. Tenía el pelo largo, estaba un poco pasado de peso, pero era Maradona, joder. Y cuando acabamos de comer Carlos nos llevó a todos a una habitación y nos explicó que a partir de ese día en el equipo iba a haber dos grupos. Uno Maradona y el otro todos los demás. Y que teníamos que convivir con eso, que era Maradona. Todos lo aceptamos. En ese momento nos dimos cuenta de que tenía razón, que es que era Maradona. Él tendría unos hábitos y nosotros, otros. Luego Maradona tuvo muchas fases en el Sevilla, mejores y peores. Pero en cualquier caso, siempre fue muy cercano. Su adaptación al grupo fue muy rápida. Lo hizo fácil él. Nosotros al principio manteníamos la distancia porque pensábamos que él iba a mantenerla, pero fue todo lo contrario; él dijo «¡venirse aquí conmigo!».

De Maradona nunca ha hablando mal un compañero.

Era una persona… de verdad. Yo siempre digo que era mejor para el resto que para él, para él no fue bueno, pero para el resto era… ¡Maradona! Recuerdo cuando nos invitó a su cumpleaños a su casa, nos dio de todo, tan cariñoso, tan cercano. Mi relación con él se hizo fuerte porque Maradona no podía pasear a cualquier hora. Siempre que salía tenía a diez mil detrás. Entonces se daba una vuelta muy temprano. Y como yo era de dormir poco, me iba siempre con él. Con esos paseos a las ocho de la mañana hicimos amistad. Me regaló un reloj, qué risas, un Cartier, y me dijo: «No sabes por qué te lo regalo». Yo ni idea. Y siguió: «¿No te acuerdas de que un día íbamos paseando por las Ramblas en Barcelona?». Resulta que yo aquel día llevaba un Rolex falso, no me daba para mucho más, y él me dijo: «Qué reloj tan bonito tienes». Y yo: «No, es falso Diego, lo he comprado en Ibiza por cinco mil pesetas». Se quedó con eso y cuando ya se iba a ir me llevó a su casa con Monchu y Conte, con los que mejor se llevaba, y me hizo este regalo. Todavía lo tengo, por supuesto. Me dijo: «Toma, para que no tengas que volver a llevar relojes falsos». Diego era un buen tipo. No era nada divo ni prepotente. Tenía sus defectos, pero en el cara a cara, en el día a día, era tan normal. Luego el 20% que dio aquí era el 200% del resto.

El club le echó, le despidió.

La relación con Maradona fue ascendiendo, llegó a una cima y luego bajó. Hubo un punto de inflexión que fue el partido que quiso jugar con su selección. Nosotros jugábamos en Logroño, Luis Cuervas le hizo venir de una concentración nacional y ahí se encabronó un poco y se dejó ir. Empezó a faltar a los entrenamientos, al final llegó a tener una discusión terrible con Bilardo en el partido contra el Burgos…

Pero porque le hicieron jugar infiltrado para luego cambiarle.

Le pincharon el tobillo y le cambió porque no estaba bien. Al salir del campo Diego lo puteó, al pasar al lado de Bilardo lo insultó y en el último partido de liga, en el que nos jugábamos la UEFA, ya no jugó. Pero la cosa venía desde enero.

También estaba el Cholo Simeone.

Vino un poco a la sombra de Maradona, llegó del Pisa. Era semidesconocido. En aquel momento no había los medios que hay ahora, que tú en tu casa le das a un botón y ves toda la carrera de cualquier jugador. El Cholo al principio no llamó mucho la atención porque técnicamente no era nada del otro mundo, pero cuando empezó a salir ese jugador que llevaba dentro, lo que se ve ahora, una verdadera roca, enseguida se convirtió en alguien importante. Muchas veces me preguntan si cuando jugaba era como ahora de entrenador. Pues mira, es que era un entrenador dentro del campo. Ordenaba, mandaba. Y a pesar de que llegó como «el otro Diego» al poco tiempo se convirtió en «Diego». El «Diego» del Sevilla, Diego Pablo Simeone.

Luego en persona Cholo no era mucho de amistades en el vestuario, porque vino con su pareja y demás, no salía con nosotros. Pero después sí se integró y le gastábamos muchas bromas. Maradona sobre todo se metía mucho con él. Recuerdo que, como yo no jugaba, me quedaba después de los partidos a entrenar con ellos a que me lanzaran tiros. Maradona siempre le decía «¡Cholo, que tienes los pies redondos!». Pero fíjate a lo que llegó después, en qué equipos importantes ha jugado, y eso fue porque era muy bueno táctica y físicamente. Especialmente, su gran virtud fue que era muy inteligente. Mucho.

Monchi para Jot Down 2

93-94, Luis Aragonés en el banquillo.

Es el entrenador con el que mejor he trabajado tácticamente. Y yo percibía que bajo su mando el equipo cuando salía al campo tenía perfectamente claro qué quería hacer. En aquellos años ya era un entrenador con el que se trabajaba la presión, se asociaban líneas. Tenía un proyecto complicado porque venía después de Bilardo, un entrenador con el que estuvimos muy implicados, no era fácil, pero logró dos campañas magníficas. En la primera estuvimos a punto de entrar en la UEFA, pero la perdimos en el último minuto cuando falla Djukic el penalti famoso. Nunca lo olvidaré. Último minuto del partido, el Barcelona nos ganaba ya 5-2. Yo estaba con los cascos en el banquillo, pitan penalti en Coruña a favor del Dépor, toda la grada del Camp Nou callada y un segundo antes de que lo fallara por la retransmisión que yo estaba escuchando, ya saltaron todos los espectadores gritando. El Dépor se quedó sin liga y nosotros sin UEFA. Y al año siguiente de Luis por fin lo logramos.

Pero ya digo que Luis como entrenador para mí es el mejor que he tenido. Igual con Bilardo aprendí más cosas, pero Luis manejaba bien todas las facetas. Era un gran motivador, un tío trabajador, un gran analista, sabía estar, sabía mirar para otro lado cuando tenía que mirar para otro lado, encarar los problemas cuando tenía que encararlos. Fueron dos años muy bonitos y muy buenos.

A aquel Sevilla llegaban muchos fichajes que le había salido rana al Madrid, al Atlético o al Barcelona.

Más o menos. A Luis le gustaba fichar a gente que le conocía, como Soler, a Pedro, a Juanito, a Moacir, Quique Estebaranz. El concepto de dirección deportiva de entonces era diferente. Los entrenadores tenían más trascendencia sobre la decisión y Luis traía a gente cercana, que conocía.

Tú solo jugaste Copa del Rey. ¿Estar tanto tiempo en el banquillo te enseñó a ver el fútbol de otra manera?

Lo que para mí fue un problema en su momento, no jugar tanto como me gustaría, luego me vino muy bien. Aprendí mucho de los entrenadores que tuve al lado. Además, a mí particularmente me gustaba el fútbol. Me preocupaba de leer las alineaciones rivales, de ver cómo jugaban los demás equipos. No lo hacía pensando en que un día sería director deportivo, sino porque me gustaba. Decía a los compañeros lo típico de cuidado que este regatea por este lado, o este portero se tira más hacia este, etc… Como no podía sumar jugando, intentaba hacerlo de otra manera.

¿Cómo te tomaste lo de Al Ataque, el programa de Alfonso Arús en Antena 3 donde te imitaban?

Hubo fases. Al principio no lo entendía, me preguntaba que por qué yo. Portero suplente del Sevilla, nadie me conocía, ¿por qué yo? Y me enfadaba, pero luego terminé viéndolo en el salón de mi casa con mi mujer y riéndonos. Lo asumí. Pero en inicio me costaba entenderlo. ¿Tenía un habla muy andaluza, tal vez? Contacté con Sergi Mas, que era el actor que hacía de mí, y me dijo que no había ningún motivo. Respondió: «Lo hemos hecho y ya está». Luego íbamos a jugar a Barcelona, yo era suplente y la gente me aplaudía, era más famoso que en Sevilla. Porque como sabrás este programa se emitió primero en TV3, como Força Barça. Ahí empezó mi personaje, que vieron que tenía cierto éxito y decidieron llevárselo a Antena 3.

Hablemos del descenso federativo de Celta y Sevilla. Dice un amigo mío que es la única manifestación que ha habido en España que ha servido para algo.

Ahora se han cumplido veinte años. La noticia del descenso a nosotros nos cogió en Chiclana, en la concentración. Fue una verdadera pesadilla. Yo estaba con Unzué de compañero de habitación, íbamos a entrenar en segunda sesión a las siete de la tarde y a las cinco apareció Jiménez aporreando la puerta diciendo que nos habían descendido. Un resumen de la situación muy descriptivo de todo lo que pasó es lo que yo le dije inmediatamente a mi padre, que en paz descanse, que al apartamento que yo tenía en San Fernando le pusiera el cartel de «Se vende». Y también estaba la pena de ver a un equipo como el Sevilla desaparecer prácticamente. Recuerdo que en pretemporada jugamos un partido contra el Chiclana y se colaron ahí no sé cuántos miles de sevillistas. Nosotros, los jugadores, éramos convidados de piedra en todo esto. Al volver de la concentración sí que fuimos algunos jugadores a una manifestación que hubo en la Plaza de España, Jiménez, Tevenet, Pineda, yo…. Y nos pasamos quince días con la incertidumbre de no saber qué iba a pasar.

Lo que no creo es que haya que menospreciar todas aquellas movilizaciones, lo que hay que hacer es criticar la no movilización en otros ámbitos. Hay gente para la que el Sevilla es más importante que su familia. Aquí hay gente que se quita de muchas cosas para poder tener dinero para un carné. ¿Eso es malo o es bueno? Es un sentimiento, contra eso… Sevilla es una ciudad donde los sentimientos que no son privados son muy grandes. La Semana Santa, el Rocío, incluso la Feria. Son celebraciones que están tan dentro de la forma de ser del sevillano que para ellos llega a ser algo vital.

Esto que dice tu amigo lo he escuchado muchas veces, que la gente se movilizó para salvar al Sevilla pero no para salvar Astilleros, por ejemplo. Pero el problema no fue que se movilizaran por el Sevilla, sino que no se saliera a defender Astilleros. No sé si me explico. Hay gente en Sevilla para la que este club es su vida. Lo han mamado desde chicos y lo llevan tan dentro que… Mira, yo no lo he sentido desde pequeño, que soy sevillista de adopción, pero el año que bajamos a segunda fue el día más triste de mi vida. Así lo sentí. Igual luego se te muere un primo y no lloras. La explicación está en cómo es la persona, lo que significa para ellos interiormente su club. Salieron a la calle porque querían defender algo que era su vida. Si tu hijo tiene un problema, lo defiendes a capa y espada. Pues esto fue igual. Además, fue todo espontáneo. No hubo nada preparado, y fue así porque la gente sentía que se le iba la propia vida con el descenso a segunda B.

Ese año cayó el presidente Luis Cuervas. ¿Qué cambió al cerrarse esa etapa?

Se perdió un presidente que no obtuvo el resultado que merecía todo lo que él puso sobre la mesa. Con Luis Cuervas el Sevilla salió del anonimato con jugadores como Suker, Zamorano, Maradona, Simeone, pero luego no hubo un reporte. Al final fue un Sevilla que se quedaba cada año en mediocre y como mucho un poquito más, pero poco. Sin embargo, hizo cosas importantes. Fue un buen presidente sin el lustre de los resultados. No digo títulos —porque en aquella época era impensable ganar uno para un equipo como el nuestro, ahora sí porque hay ocho, pero entonces nada— pero debimos ir más veces a Europa.

¿Es verdad que el Maestro Araujo te puso el apodo de «el León de San Fernando» en una eliminatoria de Copa de ese año contra el Compostela?

No. Vino por ahí, pero el partido famoso fue un Atlético de Madrid-Sevilla contra el Atlético del doblete. Pasamos una vez del medio campo y metimos un gol. No sé la barbaridad de veces que nos tiraron a nosotros, pero esa tarde, yo, si me quitaba de en medio me daba el balón. Lo paré todo. Todo. Igual fueron cincuenta tiros. Me puso el Marca o el As un cuatro. Y aquel día Antonio me colocó el apodo del León. San Fernando es la isla del león e hizo ahí el juego de palabras.

Ese año llega Rambo Petkovic rebotado del Madrid.

No era mal jugador, pero tuvo mala suerte. Eso entró dentro de la operación de Davor, que se medio vende a mitad de temporada y vienen al Sevilla Petkovic y Agostinho. Entraron con mal pie porque la gente los comparaba con Suker, pero Petkovic no era malo, tenía un golpe de balón magnífico. Lo que pasó fue que se lesionó pronto, en un partido contra el Sporting de Gijón, y ya no levantó cabeza.

Peixe, que fracasó estrepitosamente, luego en Portugal volvió a la élite.

Peixe era un jugador magnífico, hombre. Lo que pasó es que llegó aquí y a los tres días, descenso federativo. Y Toni Oliveira, que era el entrenador portugués que lo trajo, al mes se marchó. Entonces le entró saudade, morriña, y se fue él también. Era de la generación de Figo, de Joao Pinto y todos estos y era un mediocentro defensivo muy bueno, pero aquí le pasó por encima todo.

Ese año, que jugaste en primera varios partidos, te marcaron jugadores emblemáticos: el Pizzi del Tenerife, Morientes con el Zaragoza, Laudrup con el Madrid, Dubovsky en Oviedo, Bakero en Barcelona y Mijatovic dos con el Valencia.

Recuerdo especialmente el de Valencia, que marcó mi vida. Echaron a Oliveira, vino Juan Carlos Álvarez que contó primero con Unzúe pero luego ya me puso a mí de titular. Y en el partido de debut, zas, me marcó Pizzi cuatro. Salí en todos los telediarios. Cada vez que jugaba se enteraba toda España. Despidieron a Juan Carlos y vino Espárrago, su segunda etapa, que me dejó jugando. Esta fue mi mejor época como jugador junto con los últimos seis meses de mi carrera. Jugamos contra el Espanyol de Camacho en Barcelona, paré un penalti y luego ganamos con gol de Pepelu. En el Camp Nou empatamos a uno y también fue un buen partido. Y al final nos estábamos jugando el descenso más o menos, y contra el Valencia en su casa. En el primer tiempo, a los quince o veinte minutos, Mijatovic se queda solo, me intenta regatear, quise no hacerle penalti, pero le di y encima me caí mal con el hombro. Metió el penalti y yo me quedé con el hombro fastidiado. Seguí jugando, en el descanso estaba destrozado, pero continué porque yo era cabezón. En la segunda parte le hice otro penalti, que me tiré para el lado donde tenía el hombro bueno y se lo paré. Y luego metió otro. Perdimos 1-2. Era Zubizarreta el portero del Valencia. Y yo nunca me recuperé de esa lesión. Uno de los motivos por los que me retiré del fútbol fue por los dolores del hombro.

Dos partidos después de ese de Valencia fue la famosa aparición de Suker en su último partido como sevillista.

Nos estábamos jugando el descenso, había pocas posibilidades de bajar, de hecho luego quedamos duodécimos. Pero existía la posibilidad de carambola. Suker estaba concentrado con la selección de Croacia para jugar la Eurocopa y se vino expresamente para jugar ese partido. Metió tres goles y se fue. Salió a hombros del campo, como los toreros. Era el último partido de su vida como jugador del Sevilla y fue de chapó.

Monchi para Jot Down 3

Llegó Camacho.

Estuvimos veintidós días concentrados en Holanda. Una barbaridad. Mirando los patos todo el día, no recuerdo una concentración más aburrida que esa. Nos regalaron unos móviles, cuando nadie usaba de eso todavía, y los llamábamos «los delanteros» porque estaban todo el día «buscando red». Veintidós días sin cobertura con los Airtel. Y cuando por fin llegamos a España, el primer entrenamiento de octubre se me volvió a fastidiar el hombro en una caída. Jugué con Camacho hasta que lo echaron y lo hice muy renqueante. Parando más con la izquierda que con la derecha.

Fue el año del descenso.

Hubo de todo ese año. En lo que a mí respecta, tuve actuaciones buenas y otras horrorosas. El día que echaron a Camacho contra la Real Sociedad por mi parte fue un desastre. Ganábamos 2-0 faltando ocho minutos y perdimos 2-3. De mi papel ese día te digo que de los tres goles me tragué cuatro (risas). Luis Carlos Pérez, periodista de Sevilla, siempre me cuenta que me tenía puesto un tres en la crónica hasta que llegaron esos ocho minutos y me tuvo que poner un cero. Fíjate cómo fueron.

Estaba Robert Prosinecki.

Era un gran tipo. Cariñoso. Pero aquí ya venía justito, aunque jugaba muy bien al fútbol. Pero es que deportivamente ese año fue todo un desastre. El grupo que teníamos nos hartábamos de reír, salíamos mucho, había muy buen ambiente con Robert, con Onésimo, que también andaba por ahí. Llegó Vassilis Tsartas

Un genio.

La mejor zurda que ha tenido el Sevilla después de Davor Suker. La calidad de Vassilis era impropia de su equipo. Estaba muy por encima de nosotros. Quizá era un poco lento en la traslación, pero…

Una vez en elCerro del Espino, en un partido contra el Atlético de Madrid B, quise fotografiarle, no lo distinguía entre el grupo que corría en el calentamiento, le pregunté a un aficionado sevillista quién era y me contestó: «¡Quién va a ser, el que va andando!».

(Risas) Ese día le paré un penalti al Atlético y dijeron que estaba amañado porque lo lanzó Sequeiros, que era de nuestra cantera. Tsartas era espectacular. Le costó arrancar, pero tenía mucha calidad. Se mereció jugar en un Sevilla mucho más grande. Cuando llegó lo trajo una agente que me lo dejó a cuidado, porque era medio introvertido. Yo lo recogía cada día, hice una buena amistad con él. Era calladito, muy educado, pero luego en el campo…

Vino con Petros Marinakis.

Uf, no me preguntes por aquellos fichajes porque llegó cada individuo…

A Tsartas lo trajo Herminio Menéndez.

El director deportivo era Rosendo Cabezas, que hasta hace poco ha trabajado conmigo y todavía colabora, lo que pasa es que ya es mayor y está retirado. Herminio llegó en un momento de vacío de poder, en agosto del 95, hubo varios presidentes y cogió fuerza. Era un buen gestor. En un momento difícil fue capaz de aguantar con sus hombros el Sevilla.

¿Qué opinión tienes de González de Caldas?

Como persona, conmigo se portó siempre muy bien. Siempre como un señor. No tengo capacidad de juzgar lo que hizo como presidente porque yo era jugador y no me enteraba de nada. Pero en lo personal me trató muy bien. Había pactado una renovación con él, lo tenía todo acordado, vino la vorágine de que se iba a ir, no se había firmado el contrato, y justo un día antes de su marcha me llamó y me dijo: «Lo que prometí aquí está, aquí tienes el contrato». No tuvo por qué hacerlo.

Ese Sevilla que se desmoronó y acabó bajando a segunda arruinado coincidió con una de las mejores generaciones de la cantera de su historia. Si no hubiese habido ese hundimiento, con esas incorporaciones el Sevilla podría haber volado ya entonces. Salva, José Mari, Yordi…

Carlitos, Tevenet, Marchena poco después. Fue la pescadilla que se muerde la cola. Esa generación salió por el declive de la primera plantilla, que había cada individuo sospechoso que era para descambiarlo, el entrenador Julián Rubio subió a Velasco, a Luque, a Loren, dio oportunidades, incorporó también a lo que venía detrás, Salva y José Mari, pero claro, el entorno del equipo no hacía que brillara el conjunto. Los chicos solo se lucieron individualmente, por eso no tuvieron un mayor reconocimiento. Pero la generación era espectacular, fueron todos campeones de España de juveniles.

¿Por qué dimitió Bilardo en esta, su segunda etapa como sevillista? ¿Es verdad que fue porque no quiso cargarse a los veteranos, que eran sus amigos?

Bilardo vino como última solución. Obligado por la amistad que tenía con Rosendo Cabezas. Pero se encontró una generación de jugadores que eran cinco años mayores, de los que era amigo de todos, lo era mío, de Unzúe, de Jiménez… y tuvo que tomar decisiones deportivas que afectaban a sus amigos. Por eso dijo que no podía. Y que si no podía ser él mismo, prefería irse. Bilardo era muy buen tipo, tenía muy buen corazón.

No ha quedado esa imagen de él.

Mira, en el primer año de Bilardo, yo tenía una cláusula por partido por la que si jugaba cinco, me daban la mitad del contrato y si jugaba diez me lo doblaban. Con Bilardo jugué cuatro solo de Copa del Rey contra la Gimnástica Ponferradina y el Gimnástico de Alcázar. Tenía solo cuatro partidos y si jugaba el quinto, tenía un plus de setecientas cincuenta mil pesetas. Mi sueldo era de un millón y medio. Esa prima para mí era la vida. Le planteé mi problema y me dijo que no me preocupase, que me lo daría. El problema es que el equipo estuvo compitiendo hasta el final, hasta el último día y no hubo un solo minuto donde pudiera decir que no nos jugábamos nada, que saliera Monchi. Yo entendí perfectamente quedarme en el banquillo, era razonable. No se podía y no se podía. El último día, en Gijón, no nos clasificamos. Llegó y comentó que quien quisiera salir a tomar una copa que podía. Yo me estaba cambiando y cuando los demás se fueron me llegó llorando. Me abrazó y me dijo: «Te he fallado, una cosa que te prometí y no te la he podido dar». Me puse a llorar yo también, porque soy muy llorón y le insistí que no pasaba nada, que lo entendía, que no se habían dado las circunstancias. Se quedó el tema ahí y cuando fui a cobrar me pagaron el premio. Aluciné y me contaron que lo había puesto Bilardo de su bolsillo. Eso te da cuenta de cómo es. Fue un tipo muy especial, muy duro, pero en la fachada.

Partido de copa contra el Isla Cristina. ¿El día más duro de tu vida?

Ese es el que me recuerdan los aficionados, ese y el de la Real Sociedad.

Me dicen que había que verte la cara ese día.

Yo he salido dos veces por una puerta distinta a por donde se tiene que salir. Ese día fui yo solo y el otro todo el equipo, en el 98. El día del Isla Cristina habíamos descendido, tuve actuaciones malas. Pero ese año había empezado jugando yo y no lo estaba haciendo mal. En la ida en San Roque, porque el Isla Cristina no tenía campo, ganamos 1-2. En casa todo se presentaba bien. A los diez minutos les expulsan a uno y metemos un gol. Creo que el día de la Real Sociedad tuve culpa, pero este día la verdad es que no. Luego nos empataron, nos fuimos 1-2, y yo no tuve nada que ver en esos tantos. Faltando diez minutos empató Tsartas y en el último minuto, yo estaba adelantado, jugando un poco como de libre, Mariano me coló una vaselina. Salí del estadio en la furgoneta del utilero. Me tuvieron que sacar el coche y llevármelo a la puerta del Corte Inglés. Y cuando iba con el coche, en cada semáforo había aficionados y tenía que taparme la cara. Fue un día terrible. De hecho, me he perdido pocas convocatorias en mi vida y Julián Rubio me tuvo castigado, apartado del equipo, porque decía que mi presencia en el banquillo era negativa para los compañeros porque los aficionados se cabreaban solo por verme. Cinco o seis partidos estuve sin convocar.

Un año horroroso el primero en segunda.

No subimos. Después vino Castro Santos, ficharon a Paco Leal.

Le quitas la titularidad.

Se la quité a Casagrande en el primer año en segunda y a Leal en el segundo.

Este año fue un desastre también hasta que llegó Marcos Alonso, el equipo hizo una remontada tremenda y logró subir clasificándose para la promoción.

Tuvo mucho que ver el preparador físico de ese equipo, el profe Ortega, que ahora está con Simeone en el Atlético de Madrid. Su aterrizaje en España fue en Sevilla. Era un obseso del peso. Jugué toda mi vida de futbolista con ochenta y un u ochenta y dos kilos. Cuando llegó él me dijo que tenía que perder ocho kilos. Soy muy obsesivo y cabezón, se me metió en la cabeza perder el peso y bajé los ocho kilos. En el último partido, contra el Villarreal aquí en casa, no soy yo. Tengo una cara demacrada. Pero él tenía razón. Cuando pesaba setenta y tres o setenta y cuatro, me decía que me imaginase que me ponía una mochila de ocho kilos y me pusiera a parar. Y claro, sí que hay una diferencia. Así hice un final de temporada muy bueno. De todas formas, con lo que me quedé ese año fue con que del «Mochi, vete ya» al «Monchi, quédate» hubo cuatro partidos. Eso me dio una gran lección, que en este deporte hagas lo que hagas siempre te puede tocar a ti. El ejemplo de eso fue esta temporada en segunda. El equipo estaba, en el domingo de Resurrección, en abril, el duodécimo. Habíamos jugado en Albacete en la jornada anterior y perdido 3-0. Imagínate qué Semana Santa nos esperaba, y encima como estaba yo, con mi mujer embarazada. Al final decidí salir de casa porque me gustan mucho las cofradías, pero la ponía delante a ella delante con la barriga para dar pena y que no se metieran conmigo.

El caso es que ese domingo jugábamos contra el Toledo en casa. En el hotel de concentración, los Biris nos tiraron huevos. Y no entraron los primeros quince minutos del partido como protesta. Échale, cuando quisieron entrar, nos metieron el 0-2. Imagínate yo, en la portería del gol norte, donde están ellos, que acababan de entrar y nos habían enchufado el segundo. Cada vez que me pasaban el balón, no veas. Le tuve que pedir a Hibic y Prieto que por favor no me la echaran más. Al final empatamos a dos e incluso estuvimos a punto de ganar, aunque tuvimos que salir todo el equipo por la puerta cinco. No obstante, desde ese día empezamos a subir. Hasta ganamos 0-1 en Málaga, el día que más miedo he pasado en un campo en mi vida por la actitud del público. Tengo una cicatriz en la cabeza de un monedazo que me dieron ese día en el calentamiento. Y de ahí fuimos a jugar la promoción con el Villarreal, goles de Tsartas, y a primera.

Y te retiras.

Tenía el hombro fastidiado. Decidí retirarme si ascendíamos. Pero al subir mi nombre fue de los más coreados y por ese prurito de egocentrismo y que tenía contrato aún, que había renovado hace poco, seguí. Empezamos la pretemporada en Holanda, pero vi que no era buena idea, me ofrecieron seguir como delegado y acepté.

Monchi para Jot Down 4

¿Por qué ese año de regreso a primera se ficharon tantos uruguayos?

Los primeros en llegar fueron Tabaré y Nico Olivera, que salieron bien, colaboraron con el ascenso. Y como salieron bien pues se dijo: traemos más. Sobre el papel no estaba tan mal. Otero había metido diez goles con el Vicenza en Italia. Podestá era joven, pero prometía. Y a Zalayeta, que venía de la Juventus, luego le fue muy bien en Italia. Pero el año fue otra vez para enmarcar. Todo lo que pudo salir mal, salió mal. Creo que descendimos en enero. Nos cerraron el campo no sé cuántos partidos ¡y yo de delegado! En el primer partido le dieron un botellazo al árbitro, en otro con una lata, luego el famoso cuchillo… fue una ruina de año. Cuando dejas el fútbol quieres tener una vida tranquila y yo me vi doce horas al día encerrado en el club. Teníamos el diez por ciento de los empleados que hay ahora. Yo hacía de delegado, de jefe de prensa, organizaba los viajes, iba a las peñas. Roberto Alés me dio la oportunidad después de ser director deportivo porque veía que trabajaba, que podía hacerlo todo. Veinte mil cosas más de las que tenía que hacer. Y aprendí mucho, conocí la otra faceta del fútbol, lo que hay fuera del jugador, pero lo pasé muy mal. Además, me convertí en el hombre del club para solucionar los problemas de los que el año pasado eran mis compañeros, y yo había sido el capitán. De capitán pasé a su asistente. Eso también me resultó complicado.

Cuando el equipo vuelve a bajar y Alés te quiere de director deportivo has declarado que a él no le podías decir que no a nada.

Alés era muy entrañable, por la forma de plantearte las cosas veías que iba de corazón. Por aquel entonces yo vivía en el club. De mi hijo mayor, Alejandro, me acuerdo de su infancia, pero de la segunda, María, no. Un día me llamó Alés a su despacho y me dijo que querían que me involucrase más en el tema técnico. Si me hubieran dicho que me involucrara más en la pintura del estadio habría dicho que sí a ser pintor. Porque entonces para mí la secretaría técnica era lo mismo que pintar el campo: no tenía ni idea. Y eso no es todo: además, me hicieron cobrar la mitad. Había renunciado como jugador a dos años de contrato, perdoné la ficha de mis dos mejores años, que tenía un buen contratito. Como delegado estuve bien pagado, no te voy a engañar, pero como secretario técnico ya era la mitad.

Con ese ánimo, le tienes que montar a Caparrós un equipo a coste cero. Cuenta la leyenda que viajabas en tu coche por los estadios, pagándote las dietas de tu bolsillo.

En mayo empezamos a preparar el equipo de segunda. Teníamos que vender todo porque estábamos en quiebra técnica. Vendimos a Marchena al Benfica, Jesuli al Celta, Tsartas al AEK y Juan Carlos al Atlético de Madrid. Sacamos de ahí unos tres mil millones que era más o menos lo que necesitábamos para respirar porque Hacienda nos lo tenía todo bloqueado. Así me tuve que poner a montar un equipo. La única ventaja que tenía era estar seguro de que estaríamos en segunda. Con Pepito Alfaro, que me enseñó mucho y ha muerto el pobre, cogíamos y nos íbamos un sábado por la mañana a Madrid o Barcelona, en coche o en tren, más en tren que en AVE, y veíamos todo lo que podíamos. Yo cuatro partidos y él otros cuatro. En un mes y medio hicimos algunos informes y con Joaquín Caparrós ya diseñamos la plantilla, que salió de la nada. Fichamos diez o doce jugadores creo que por cuarenta millones de pesetas. Pero tuvimos una ventaja: la marca. En el mercado en el que me he movido siempre he sido dominador por mi marca. Estábamos muertos, pero éramos el Sevilla. Le decías a Pablo Alfaro, a Loren o a Notario, oye, que soy el Sevilla. Y escuchaban. Porque nosotros siempre le hemos peleado los jugadores a equipos normales, menos una vez que pujamos con el Milan por Poulsen y ganamos, nunca hemos rivalizado con el Chelsea y estos.

Con un equipo diseñado para no descender se sube arrasando.

El equipo era para ascender (risas) lo que pasa es que con los fichajes la gente empezó a decir «Con Roberto Alés, a 2ªB». Traíamos a Notario de Granada, a Puli del Ceuta, a otro del Athlétic de Bilbao B, César. David Castedo del Mallorca, donde no jugaba. Pablo Alfaro, que estaba dando vueltas por el mundo. Con esos nombres la gente pensaba que no íbamos a llegar muy lejos.

Explotó Reyes.

Ya había debutado conmigo de delegado, pero en primera pegó el salto. Era un prodigio de la naturaleza. Un portento físico. Reyes es muy bueno técnicamente, pero entonces lo que rompía era su capacidad física. Podía jugar con un nivel de intensidad altísimo constantemente. Hacía esfuerzos una, dos, tres, cuatro, veinte veces. Eso era lo que le hacía distinto. Un jugador así nace una vez cada diez años y tuvimos la suerte de que naciera aquí.

¿Y en lo que respecta a su personalidad?

Hay que quererlo. No es un mal tipo, pero tiene su forma de ser. No le da trascendencia a las cosas, vive su día a día, es feliz. Yo lo quiero mucho y posiblemente las broncas más grandes que le han echado en la vida se las he echado yo. Y me veo con capacidad para echárselas porque lo quiero y él lo sabe. Pero tienes que quererlo. Los que son artistas son artistas. A Camarón de la Isla tenías que aceptarlo como era, pues igual a Reyes.

Perdisteis la UEFA en el último partido de liga, en Sevilla se recuerda como «el amaño».

No digo que fuese un amaño para no ofender a nadie (risas). Lo importante fue que, vamos a ver, hicimos un equipo que creció paso a paso. Fue un proyecto que se cimentó desde la base en todos los ámbitos, el deportivo y el estructural. El club fue creciendo de manera concéntrica.

La caída al pozo tan dura fue buena en ese sentido, os hizo aprender.

La gran virtud de Roberto Alés fue decirle a la gente «somos el Sevilla, somos muy grandes, somos muy buenos, pero estamos en segunda, arruinados, con una plantilla mediocre y sin nada; así que vamos a darnos cuenta de lo que somos realmente». Él fue capaz de verlo y de transmitirlo, que es lo más difícil. Luego con Del Nido el equipo fue creciendo y José María fue capaz de atreverse poco a poco a subir los objetivos y las ambiciones.

El Sevilla de Caparrós tuvo fama de ser muy duro, no había jornada en la que no lo recordaran los periodistas.

Más que duros, éramos fuertes, intensos, agresivos en cuanto a contundencia, pero matamos una vez a un gato y nos llamaron… ya sabes.

¿Lo de estar a punto de matar a Arango?

Ya venía un poco de atrás. Nosotros lo que intentábamos era sacarle partido a nuestras virtudes y no matábamos a nadie, éramos duros, pero honestos, leales y varoniles.

Monchi para Jot Down 5

En la 2002-2003…

¡Te has olvidado de mi anuncio! La primera campaña de publicidad del Sevilla la hice yo. Llegó Manolo Vizcaíno como director de marketing e hizo una campaña de publicidad para los abonos, y me utilizó a mí como actor. ¿Cómo era el eslogan? No me acuerdo. Yo salía con una chica embarazada, como si fuéramos una pareja. Ella va al ginecólogo a hacerse una ecografía y cuando vuelve a casa le pregunto: «¿Es niño o niña?». Y dice: «Sevillista». Entonces se veía la ecografía y salía, en lugar de un corazón, un escudo (risas).

Ese año ya se pudo ganar al Barça 0-3.

Con goles de Toedtli. En la 2001-2002 ya estuvimos a punto. Íbamos creciendo poco a poco, como te digo.

Pero este año llegó un chaval desconocido llamado Dani Alves.

Fue un año duro para mí porque murió mi padre. Le pillamos en invierno, junto a un griego del Ajax, Nikos Machlas. La noticia de que mi padre tenía cáncer, un cáncer galopante que se lo llevó en tres meses, me cogió en Ámsterdam viendo un Valencia-Sevilla en casa de un amigo. Con lo del cáncer no le pude prestar mucha atención al fichaje de Alves. Estuve mucho tiempo en San Fernando. A Dani la verdad es que le costó mucho trabajo integrarse. Venía de Bahía, medio perdido. Joaquín no le encontró mucha ubicación, sus primeros seis meses no fueron nada buenos. Antes de que explotase su calidad jugó en todas las posiciones. Lateral izquierdo, media punta, de todo. Al final sí que se le veían cosas distintas, Caparrós fue capaz de aguantarle y el resultado, pues mira.

La paciencia fue la clave y no solo en este caso.

No quiero quitarnos méritos, pero eso depende de la exigencia. Cuanto más se exige, menos paciencia puedes tener, y al revés. Nuestra presión entonces era menor. Así pudimos traer a Alves y esperar a que demostrara lo que podía dar de sí, a Baptista y esperar a encontrarle una posición donde explotara, lo mismo que Adriano, Luis Fabiano… En el caso de Alves hubo dos Danieles. Primero un tío que llega y no se entera de nada, que parece que se ha caído de un guindo, y otro Daniel que va ganando peso. Pese a todo, a mí lo que siempre me ha llamado la atención de él es su profesionalidad. Su capacidad competitiva, no solo en el campo, también en el entrenamiento. No se perdía uno. Hasta en los de recuperación él quería entrenar y había que decirle que no.

En la 2003-2004 fue el llamado «salto de calidad».

Ese fue el eslogan. Llegaron Baptista, Hornos, Aitor Ocio, Martí, Esteban, Darío Silva. Ahí hubo un cambio de registro. Veníamos de ascenso, dos años de permanencia, y la gente empezó a demandar algo más. Por eso se elaboró en el departamento de marketing el eslogan que anunciaba que íbamos a por otras cosas. Le metimos cuatro al Madrid de Queiroz en casa, con una noche apoteósica de Reyes y Alves. Así, después del nivel que mostró Reyes, lo pudimos vender al Arsenal y con lo que llegó tapamos agujeros y otra vez pudimos aspirar a un poco más. Y suma y sigue.

Además, se fue Reyes, pero apareció Navas, que por cierto le cerró el paso a su hermano.

Sí, Marcos Navas, que venía del filial también, jugaba en la banda derecha, pero su hermano tenía más calidad. De hecho, le pasa por encima.

Julio César Clemente Baptista, «la Bestia».

Tengo que confesar que a Baptista le llamaron «la Bestia» porque yo me confundí en la rueda de prensa. Él no era «la Bestia», le decían «la Roca». Me confundí, dije «la Bestia» y con eso se quedó. Su día clave fue en La Línea, donde jugamos un amistoso, nos expulsaron a alguien, no sé si a Reyes, se cambió el sistema, se le adelantó y metió dos goles. Dijo Caparrós: joder, este tío tiene gol. Lo empezó a adelantar, a jugar de segundo delantero, y vaya si tenía: veintipico goles cada año marcó.

¿Y Darío Silva?

Lo firmamos buscando ese delantero racial, pero no tuvo el rendimiento que todos pensábamos. No dio todo lo que pensamos que podía dar. No estuvo mal, pero no fue el del Málaga.

Más adelante se intenta recuperar a Jesuli. ¿Por qué?

Habíamos fichado a Renato, Makukula, Aranda, Sales… queríamos crecer, mantenernos. Ya nos metíamos todos los años en Europa. Incluso estuvimos a punto de entrar en Champions, que nos la quitó el Betis. Y trajimos a Jesuli porque estábamos buscando un jugador de banda. Negocié con el Chelsea por Gronkjaer y al final no pudo venir. Después pensamos en Riera y al final fuimos a por Jesuli. Había estado a muy buen nivel en el Celta. Apostamos por él y tuvo un buen comienzo pero luego no dio lo esperado…

En Vigo le criticaban que no es que saliera de marcha más de lo debido, es que no lo disimulaba.

No sé. Nunca he sido policía con este asunto. No sé si es virtud o defecto. No me gusta seguir a los jugadores. Yo les digo: tú verás lo que haces, estás en Sevilla, aquí se sabe todo, siempre va a haber un testigo. Si te cuidas, bien, si no, jugará otro. A mí la gente, los aficionados, me mandan wasaps, me escriben mails contándome lo que hacen los jugadores por la noche, pero no creo en eso. No sé si es bueno o malo, pero como no creo en fiscalizar a la gente no lo pongo en práctica.

Adriano fue suplente bastante tiempo.

Venía de un equipo pequeño, al igual que Alves, y aterrizar a un club de la dimensión del Sevilla les cuesta. Pero tenía unas condiciones increíbles. Un tren inferior tremendo, era un portento físico, tenía una potencia… Podía golpear con las dos piernas. Poco a poco su nivel se impuso.

Victoria en el Bernabeu 0-1 al Madrid de Raúl, Owen, Beckham, Zidane…

Gol de Baptista. Y Jesuli hizo un partidazo. Estábamos casi para ponernos líderes. Creo que ese año nos sobró temporada.

El destino os jugó una mala pasada ¿o buena? Cuando el Betis os quita la clasificación para la Champions y vais a la Europa League, que se consigue ganar, con todo lo que eso supuso.

Hubo un antes y un después. Sobre todo por la reafirmación del modelo. Cuando acabamos esa temporada, la 2004-2005, fue triste para nosotros. Aquí se mide, o medía todo mucho, por lo que hace el rival, el Betis. Ellos ganaron la Copa del Rey y se metieron en Champions. Al año siguiente era nuestro centenario, además. Entonces aquí se hablaba mucho de lo bien que trabajaba el Sevilla, pero el Betis sin tantas estructuras consiguió esos éxitos. De modo que a mí este año me lo acabaron planteando: «¿Merece la pena todo esto? El Betis sin eso mira lo que ha conseguido». Contesté: «Yo creo en esto, a la larga nos va a dar más éxitos que fracasos». Y Del Nido y el consejo de administración confiaron en mí y creyeron lo que dije. Luego vendimos a Baptista y Sergio Ramos, todo se complicó mucho más, pero precisamente ese verano, ante la adversidad, fue cuando se cimentó todo confirmando la fe en nuestro modelo. Fue muy importante.

Monchi para Jot Down

Llegó Juande. Buen entrenador, pero donde brilló realmente fue en el Sevilla y luego no ha vuelto a dejar esa impronta.

La verdad es que es así. Había estado bien en el Betis, no tanto en el Málaga, estaba en paro cuando lo fichamos, pero era el entrenador que creíamos que podía coger al equipo después de Caparrós, con la huella tan profunda que había dejado Joaquín. Misión que no era nada fácil y él la hizo muy bien, hubo una transición hacia un equipo más ofensivo que no perdió la personalidad que ya tenía.

Con Enzo Maresca, fichaje de ese verano, tuviste suerte, fue un tío importantísimo, pero era la segunda opción.

Cierto. La primera era Camel Meriem. Pero tengo un montón de jugadores que triunfaron y eran la segunda opción, Enzo no fue el único. Kanouté tampoco era la primera opción, era Fred.

Sí, que cuando llegó la gente alucinaba, sobre todo por el nombre.

El nombre hacía más gracia en Cádiz que aquí (risas).

Y con Dragutinovic alucinaron nada más llegar también pero con su gancho de derecha…

El caso de Drago es especial. Se salió de nuestra estrategia, fue suerte.

¿No te lo recomendó Arrigo Sacchi?

No, no fue así. Era el último día de mercado. Florentino pagó la cláusula de Ramos. Tuvimos que buscar un central para poder reemplazar a Sergio. Sí es verdad que hablé con Sacchi, pero los nombres que me dio ya los había barajado yo quince veces. Una de las noches que he llorado como director deportivo por impotencia fue esa. Pero José María Cruz, director general, a última hora de la noche se acordó de que Pedja Mijatovic había estado hacía unos días en las oficinas del club ofreciéndonos un central que jugaba en Bélgica. Yo no lo conocía, pero llamamos por teléfono a gente que dominaba el fútbol belga, Drago jugaba en el Standard de Lieja, y lo fichamos así. Era un millón y pico, no era un gran riesgo, pero nos salió muy bien. Aunque fue el factor suerte, no otra cosa.

Cuando doy conferencias sobre mi profesión lo dejo claro. A pesar de que nos funcionó, nunca volvimos a dejarnos llevar por el azar. No cedí a la tentación de volver a tratar de hacer algo así. Me mantuve en mi línea. Y así también me equivoqué, y muchas veces, pero al menos lo hice con mi propia forma de trabajar. Lo de Drago fue un tanto que se apuntó la suerte, no yo, y seguí planificando las plantillas como hasta entonces.

En cuanto al puñetazo que le dio al moranco mira, Drago sigue viviendo por aquí y está muy integrado en Sevilla. Me considero muy amigo de él. Eso fue una anécdota, aunque el moranco no lo vea así evidentemente (risas), pero hay que entenderla en su contexto. Un tío que llega aquí sin tener ni papa de español, que ve entrar en el vestuario a un tío que no conoce de nada, que le lanza un beso, que todo el mundo se ríe, pues… Recuerdo que llegué a la ciudad deportiva un poco tarde, entré al vestuario del utilero y me encontré a César Cadaval con una bolsa de hielo en la cara, pregunté y me dijeron: «Nada, que Dragutinovic le ha dado un puñetazo». Y yo: «Espera, espera, rebobina. ¿Qué ha pasado?». (Risas). Hablé con Drago después del entrenamiento, los dos nos entendíamos en francés, y lo que me llamó la atención es que él estaba convencido de que tenía razón, que había hecho lo correcto. «Un tío que conozco de nada entra al vestuario me gasta esa broma, pues le doy una hostia». Lo tenía claro (risas). Pero aquí siempre fue muy buen profesional y gran amigo de sus amigos.

Ese año, el gol más importante del Sevilla fue el de Puerta al Shalke 04 en las semifinales de la Europa League. En el centenario, el gol de la victoria en el minuto 100.

Ese es el gol que nos cambia la vida. En ese momento yo estaba a punto de irme del Sevilla, había firmado ya por el Almería. Mi mujer tenía un problema por depresión y necesitábamos irnos de Sevilla. En marzo de 2006 firmé, y con todo hablado con el club, de hecho fue Del Nido el que revisó mi contrato con el Almería. Pero cuando fuimos a jugar la eliminatoria del Shalke… Ay. Decidimos dar la rueda de prensa el Miércoles Santo para que tuviera menos repercusión la noticia de mi marcha, pero el Domingo de Ramos cojo varicela y la suspendo. Entonces fuimos a jugar contra el Shalke, pero acudí ya como aficionado, con mi cuñada y con mi hijo. Me senté en la grada y los cinco mil sevillistas que había se dieron la vuelta hacia mí para cantarme «Monchi quédate, Monchi quédate». Terminó el partido, empatamos a cero. Y fui a ver a mi mujer a Chiclana y le dije que ella se iba a curar de una depresión pero que a mí me iba a dar otra, que no me podía ir. Y en la vuelta llegó ese gol, el que digo que nos cambia la vida. Llegamos a una final europea y nada volvió a ser lo mismo. Para mí como lo de Eindhoven no volverá a haber nada igual. Cómo se ganó, cómo lo celebramos y lo que supuso… fue irrepetible. Luego hemos jugado no sé si once finales más, doce con la del martes [Supercopa de Europa con el Barcelona en Tblisi. NdR] pero ninguna ha sido igual.

Al año siguiente, este equipo que has ido construyendo desde segunda división y sin un duro, está a punto de ganar todo lo que juega.

Es que nos centramos en ganar todo, pero no llegamos. Si hubiésemos dado menos importancia a la Copa igual sí hubiera caído la Liga, pero lo veíamos todo con tanta facilidad que intentamos ir a por todos los títulos. De hecho, llegamos muy justos al final, la Copa la ganamos con la lengua en el suelo.

Esta vez fue el gol de Palop. Otro tanto, gol del portero en el último minuto, inenarrable.

Otra vez la suerte. Mi trabajo es intentar acortar el factor suerte, pero luego te ocurre algo así: que con todo perdido salga el portero de su área y le meta un gol de cabeza al rival en el último minuto. Eso es suerte. Aunque para que ese gol valga luego tienes que poder afrontar los cuartos de final con algo más que suerte.

La inercia del equipo era increíble, ganando todas las finales que se ponían por delante, y entonces ocurrió lo de Puerta.

Fue muy duro. El peor momento de mi vida como director deportivo y como sevillista. Lo vivimos todos en primera persona, la muerte de Antonio nos cogió en Atenas y yo tuve que decírselo al grupo. Había estado todo el año peleando conmigo por un contrato, de septiembre a junio, muy duro. Aguantó, aguantó y consiguió lo que quería. Tenía mucha personalidad. El día que murió yo no estaba en el campo, se casaba un amigo en Chiclana. Vi el partido por televisión, cogí el coche y salí disparado.

¿Se puede decir por qué Juande abandonó el equipo semanas después?

Pregúntaselo a Juande (risas). Yo estaba en Londres viendo un Tottenham-Getafe de UEFA cuando Juande se va al Tottenham. Me había ido a ver a Rakitic en un Chelsea-Schalke 04 y me quedé unos días más a ver al Getafe. Estando allí, empezó a sonarme el móvil ¡que Juande se iba al Tottenham! Le pregunté al director deportivo del Tottenham y me dijo que sí, que efectivamente lo tenían. La gente se pensó que yo estaba allí vendiéndolo, pero no. Fue casualidad.

Aquí se abrió un paréntesis, empieza una época menos buena. La afición critica algunos fichajes y tú contestas: «Vendrán más Romarics», en referencia a un jugador que había llegado fuera de forma.

Romaric más allá de su peso o no peso, de su forma de ser o de su vida y tal, era el perfil de jugador que ficha el Sevilla. Uno que destaca en un equipo pequeño, en una liga más o menos competitiva y viene aquí. Así llegaron Kanouté, Escudé, Poulsen… Nuestro perfil de fichaje nunca es una estrella. Carriço vino del Reading. Romaric del Le Mans… Te puedo decir así veinte nombres. ¿Por qué dije más Romarics? Porque siempre iba a traer ese formato. Siempre alguien que viene de atrás y con hambre.

Ha habido años en los que has fichado hasta a catorce tíos.

Bueno, en la 2013 o 2014 sí que creo que fueron catorce.

Si fichas tantos no es tan difícil acertar con tres.

Juzgar el trabajo del director deportivo por el acierto de los fichajes es erróneo. Hay que valorar lo que ha hecho ese director durante un tiempo. Yo no me vanaglorio de haber fichado a Alves, a Adriano o a Baptista o Poulsen o Keita… lo que me enorgullece es tener una estructura que es capaz de lograr lo que ha conseguido el Sevilla estos últimos años. Cuando tú firmas quince es imposible que los quince triunfen, salvo que juegues al rugby. Pero hacer un examen puntual no vale, esto es mucho más profundo.

La Copa del Rey al Atlético salvó este periodo un tanto gris comparado con lo que se había alcanzado.

Es un título de los que más he celebrado. Tras lograrlo todo y atravesar una pequeña travesía del desierto, el titulo de Barcelona fue muy bonito. También porque había gran inferioridad de aficiones, al ser allí hubo menos gente de Sevilla. Además fue un título inesperado. La etapa de Jiménez había concluido, se le destituyó, la trayectoria no era buena. La pena fue luego no aprovechar ese impulso, pero bueno, con esa Copa volvimos a sacar pecho.

Monchi para Jot Down 6

¿Y qué pasó en estos años de Manzano, Marcelino y Michel que ningún proyecto cuajó?

No fuimos capaces de encontrar el entrenador que le sacara partido al equipo. No era culpa de ellos, era de la dirección deportiva que no supo verlo ni por su parte ni por establecer un equipo que pudiera rendir al nivel necesario para que ese entrenador pudiera tener un grupo humano lo suficientemente compacto para lograr los objetivos. Pasamos de tener muy pocos entrenadores durante muchos años a muchos durante pocos. No hicimos las cosas bien, para qué nos vamos a engañar. Malos entrenadores no eran, tenían buen currículum, Michel luego tuvo una continuidad buena en el Olympiacos y Marcelino está rindiendo magníficamente en el Villarreal, pero no fuimos capaces de encontrarles las plantillas adecuadas.

Rakitic llegó aquí y se convirtió en un sevillano más.

Iván es un ejemplo de lo que es contranatura. Lo normal es que hubiese tenido muchos problemas de adaptación y fue todo lo contrario. Echarse novia aquí le ayudó y también enseguida pilló el idioma, lo que le vino muy bien con la afición. Soy muy amigo suyo, quizá es de los jugadores que hemos traído con los que más amistad mantengo. Siento devoción por él, por su profesionalidad, por su ayuda al club, por su implicación con el vestuario, por su rendimiento. Siempre le estaré agradecido y tendré pasión por él. De todos los que he fichado es de los que más guardo como algo mío.

Con Marko Marin, sin embargo, ocurrió al revés. Rindió muy bien en Alemania, lo había fichado el Chelsea donde dejó algún detalle, pero aquí nada.

Fue una de las operaciones de las que más orgulloso me sentía. Firmar a Mako Marin me parecía una epopeya. Me costó mucho, fue una odisea. Sin embargo, no dio. Creo que Marko tenía y tiene que cambiar el chip y no lo hizo. De la calidad que tenía no podía vivir. Se lo explicamos muchas veces. Tenía que adaptarse al fútbol actual, ser más competidor.

Otra sorpresa, Vitolo. Fichado de segunda, ahora internacional con la absoluta.

No. Fue una apuesta segura, lo seguíamos desde muchos años antes, pero tuvo una lesión de rodilla y no pudo firmar en su momento. Era muy difícil equivocarse con él, solo estaba pendiente por ver su adaptación a la península porque era canario, pero nada más. Y su adaptación fue muy fácil, es muy abierto, muy dicharachero. Muy amigo de Reyes (risas).

Otro hallazgo, la dupla Bacca y Gameiro, que también ha dejado unos millones con la venta de Bacca al Milan.

Hubo un momento difícil, cuando tuvimos que vender a muchos jugadores. A Navas, a Negredo, a Medel… Necesitaba gol. Ya quise fichar a Gameiro antes, cuando estaba en el Lorient. Siempre fue una gran aspiración tenerlo aquí. A Bacca, sin embargo, nos lo ofrecieron, empezamos a ir a Bélgica a verlo y nos dimos cuenta de que ahí había algo. Sustituir a Negredo nos pareció difícil hacerlo con un solo jugador, así que nos trajimos dos.

Dice José Lobo, el autor de Yonkis y gitanos, que Negredo es el único jugador sevillista al que la afición ha pitado en una final.

Sí, en la de Barcelona. Álvaro tuvo un inicio complicado en Sevilla. Tuvo que sustituir a dos monstruos como Luis Fabiano y Kanouté y no estuvo fino. Pero luego fue vitoreado a más no poder.

Recuerdo que Luis Fabiano también empezó muy mal. Vamos, no es que fuesen unos inicios complicados, es que casi llegó a ser un hazmerreír

Para mí es el mejor delantero que ha tenido el Sevilla en la historia. Luisfa era un tío al que había que conocer, darle cariño. Los futbolistas llegan pero luego tienen que tener un recorrido.

Te has justificado en su día con la frase «No hay malos fichajes sino malos rendimientos».

Lo mantengo, no es una excusa, es una realidad. Tienes malos fichajes si no sigues tu estructura, si ficho tirando una moneda al aire a cara o cruz. Pero si tú sigues la trayectoria al final no es un mal fichaje, sino un mal rendimiento porque no has sido capaz de adivinar que su adaptación no iba a ser la adecuada, o su acople al fútbol europeo, o que al final no es el perfil que necesita el entrenador.

¿Cuáles han sido tus mayores frustraciones?

Lautaro Acosta. Cuando fui a ficharlo estaba al cien por cien seguro de que funcionaria, le vi todo lo que quería ver, me gustaba mucho, pero no salió.

Keita estuvo jugando años en el Lens. ¿Por qué no vio nadie que era un jugador top?

(Risas) Keita tampoco era la primera opción, la primera era Kevin-Price Boateng, se nos cayó y fuimos a por él. Al final la clave es leer los perfiles del jugador. Juande buscaba un box to box, un jugador con llegada, con potencia, y en nuestra famosa lista de los elegidos estaba él.

¿Cómo es tu equipo para fichar y cómo funciona?

Mi segundo, que no me gusta llamarlo así, es Óscar Arias. Después está el coordinador de área que es Miguel Ángel Gómez y luego tenemos trece personas más divididas en función de los campeonatos. Cada técnico tiene distribuido una serie de ligas a las que sigue, son responsables de esos países y van aportando información a nuestra base de datos; luego tenemos reuniones mensuales. Este equipo de trabajo se compone básicamente de exjugadores, exentrenadores, psicólogos y educadores físicos. Hay de todo porque eso nos permite ver a cada jugador desde diferentes puntos de vista para aunar distintos criterios. La mayoría son gente de aquí de Sevilla, que normalmente han pasado por el club y son de absoluta confianza. Gente de perfil normal, nada presuntuosos y muy trabajadores. Ahora, por ejemplo, en verano, solo hacemos gestiones. Ya tenemos todo el fútbol visto. El trabajo de seguimiento hay que tenerlo acabado por abril o mayo. A partir de ahí, ponemos un nombre a cada perfil que pide el entrenador. En este momento estoy cerrando el contrato de un fichaje del filial y lo que hago es revisar y redactar el contrato, que está en inglés. Por cierto, que de enero a mayo de 2014 me fui a Inglaterra a estudiar inglés. Hablo francés porque lo estudié en BUP y COU y luego he tenido tantos jugadores que hablaban en francés que he perfeccionado. A Inglaterra fui fundamentalmente a aprender inglés, me fui solo, pero ya que estuve allí aproveché para investigar cómo trabajaban los clubes ingleses.

¿Y qué viste?

Muy buenas infraestructuras en todo lo que no es deportivo. En eso nos ganan mil a cero. Y en lo que es deportivo tienen buenas infraestructuras pero no las aprovechan. Hay una desconexión total entre la captación o scouting y la toma de decisiones. Tienen quince mil técnicos y medios, los mejores programas de seguimiento, los mejores software para procesar los datos, pero después hay una desconexión entre esa información y la toma de decisiones. Es como si tienes un buen departamento comercial pero luego no existe el departamento de ventas.

Estabas orgulloso de la trayectoria del Sevilla en estos últimos años porque es un club que tiene treinta mil socios en la comunidad con más paro de Europa, dijiste, y sin el dinero de un jeque árabe.

La virtud del Sevilla, el orgullo del sevillismo, es que este club es lo que quiere el sevillismo. Hemos pasado malos momentos, pero seguimos siendo el club de los sevillistas. Eso hay que valorarlo, el equipo ha crecido desde sus propias raíces. Siempre con gente sevillista. Los presidentes que yo he tenido, Rafael Carrión, Roberto Alés, José María del Nido o José Castro son todos socios del Sevilla desde hace muchos años, con número de carné por debajo del 500. Muchos años. Pero luego el director financiero es sevillista, el director general es sevillista, el director de marketing es sevillista, el director de la asesoría jurídica es sevillista y el director deportivo, que soy yo, es sevillista. Esto es algo que no podemos perder. ¿Puede parecer anecdótico? Vale. Pero yo creo que es una virtud, porque si sientes lo que haces, te esfuerzas el doble. En los demás clubes no sé si es así, no lo sé, pero sí sé que aquí todos son sevillistas y todos tienen carnés muy bajos. Quizá el que menos sevillista sea soy yo, que lo soy de adopción y no de nacimiento.

Monchi para Jot Down 7

Fotografía: Manuel Gutiérrez


Cuando Diego Godín acabó con la «liga de mierda»

Fotografía: Cordon Press.

Lo prodigioso es que Diego Godín rematara solo ese córner. Que pudiera elevarse desde atrás mientras todos se peleaban en batallas menores y Piqué miraba muy tranquilo, paseando lentamente por el área, la trayectoria del balón que salía del pie de Gabi, cruzaba el área por el aire y acababa en la cabeza del uruguayo, como si fuera un desconocido, un Sobis que te la lía en el minuto 90 del partido decisivo del año mientras todos piensan en la próxima fiesta en Casteldefells.

Meses titulando en portada derivados del «A cabeza por la liga», saques de esquina rematados hasta la náusea por Miranda, Raúl García y el propio Godín, para que al final en el momento clave de la temporada, uno de los tres llegara solo y le quitara al Barcelona una liga improbable. La desidia, de nuevo, la falta de organización. Cruyff decía aquello de que un equipo que no podía defender bien los córneres por altura lo mejor que podía hacer era no conceder córneres y hasta siete había provocado el Atlético de Madrid antes de que llegara el empate. A Guardiola le achacaban ese mismo defecto, pero a Guardiola había que buscarle mucho las cosquillas para encontrarle un punto débil y al menos su equipo no era el que más goles recibía de córner de la liga, que ya es decir…

La jugada resumía lo mejor y lo peor de los dos equipos y había algo de justicia poética en que el responsable fuera uno de los mejores centrales «desconocidos» del mundo: campeón de América con Uruguay en 2011, semifinalista un año antes del Mundial con su selección, parte de la mejor defensa de la liga durante dos años y corresponsable de los triunfos del Atleti en la Europa League de 2012, la Copa de 2013 y las dos Supercopas Europeas de 2010 y 2012. Un palmarés a tener en cuenta para sus veintiocho años, tres de ellos en el Villarreal, donde ya dejó muestra de hasta dónde podía llegar.

Godín no es el tío más talentoso del mundo pero quiere ganar. En el fondo, la liga ha sido eso: querer ganarla. Si Real Madrid o Barcelona se hubieran ido a cien puntos como en años anteriores, el Atleti habría quedado a diez y sin opciones desde abril, pero no fue así: la cosa se fue a noventa y aunque para una plantilla como la de Simeone llegar a noventa puntos ya le tiene que costar un mundo porque sus suplentes no valen cuarenta y cinco millones de euros, el caso es que, una vez abierta la puerta, el equipo se coló hasta el fondo, hasta el mismísimo Camp Nou perplejo, que no sabía si aplaudir o silbar o llorar o alegrarse de que al menos el Real Madrid quedara fuera del palmarés.

El caos táctico y la dejadez mental

Otro de los momentos que resumen la temporada, aparte del de Piqué paseando tranquilo por el área y mirando el balón —poco podía hacer, es cierto, igual que poco importa que te vayas de asado, cena y siesta durante tres días antes de un partido de la máxima pero igual podías aparentar algo de interés—, es el de la grada pitando a Leo Messi. Hay que decir que el «entorno» y lo que no es el entorno han hecho mucho por que la grada acabe pitando a Messi y han tardado bastante en conseguirlo. En el momento en el que escribo este artículo, una encuesta del diario Sport dice que el delantero más prescindible del Barcelona es Messi y en algún lugar alguien sonríe satisfecho.

En esa misma encuesta, por cierto, el 57% cree que el Barcelona debe hacer ocho o más fichajes este verano. Que los traigan al peso, por kilos.

Cuando uno defiende a Messi, incluso cuando lo hace números en mano, siempre se le dice aquello de «ya no es lo que era» y es probable que sea verdad, pero la excelencia no es algo que se pueda exigir sin más. Este año, medio cojo, y según muchos reservándose para el Mundial o directamente negándose a jugar bien porque no cobraba lo suficiente, ha metido cuarenta y un goles y ha dado trece asistencias en cuarenta y siete partidos. Sus cifras están por debajo de aquellos tiempos en los que metía setenta y tres más veintinueve asistencias —sí, eso sucedió— y así el Barcelona ocultaba todas sus miserias, pero reconocerán que no son las cifras de un vago pesetero que no corre porque no le da gana…

Si el público pitó a Messi fue supuestamente por su desidia. Yo he visto desidia en Messi este año como se la he visto a todo el equipo. Yo he visto a Busquets salir del campo y soltarle al primer micrófono: «El gol que hemos dejado que nos meta el Getafe no es propio de profesionales que se están jugando una liga» y señalar una falta de intensidad que en nada tenía a Messi como protagonista. Messi, el hombre que marcó el 2-1 ante el Athletic, el 2-3 ante el Villarreal y había marcado el gol que abría el partido ante los azulones.

Messi ha podido correr más, para eso están los que miden kilómetros y luego se indignan, pero sobre todo ha podido correr mejor. Otra cosa es que correr mucho o incluso correr bien sean parámetros para juzgar a Messi. Su intensidad ante el Atlético de Madrid fue indudable: luchó por recuperar los balones que perdía, a veces incluso con faltas desproporcionadas, se peleó con Mateu Lahoz, bajó a su propio campo para iniciar la jugada puesto que sus compañeros jamás le conseguían encontrar donde debían… Cuando superó una primera línea intentó enfrentarse a la segunda, con poco éxito pero lo intentó, hasta el punto de que Luis Filipe le tuvo que tumbar expeditivamente cuando parecía que iba a hacer una de las suyas.

Para algunos aficionados barcelonistas, ese es el jugador que sobra. Digamos, en cualquier caso, que es el que mejor ejemplifica la desconexión mental con un batiburrillo táctico que hace que nadie juegue a su mejor nivel.

Qué mal sienta el «sálvese quien pueda»

El Real Madrid ha sido siempre el equipo de la épica. Pese a la indudable categoría de sus jugadores, ha habido en los últimos años un gusto por la remontada improbable, la cabalgada en el último minuto, el ataque de la caballería que convierte una derrota en un empate o incluso una victoria, así contra el Levante en la primera vuelta cuando la liga ya se escapaba y no hacía sino empezar. Por qué ha decidido tomar ese camino, lo desconozco. Puede que le haga campeón de Europa y no es poca cosa, pero si uno piensa en todas las oportunidades que se han dejado los merengues a lo largo del año es normal que sus socios se tiren de los pelos: si nos vamos a los tres partidos decisivos de la temporada —Valencia en casa, Valladolid y Celta fuera—, lo cierto es que, de haber conseguido cinco puntos, es decir, una victoria y dos empates, el Real Madrid habría sido campeón.

De acuerdo, la mente estaba en la décima pero sacar cinco puntos ante tres rivales que no están ni entre los ocho mejores de la clasificación no era una tarea hercúlea. Dio la sensación de que cuando se perdió el interés por la épica se perdió el interés por el fútbol en general y se convirtió todo en una cosa pesada, intrascendente, una imposición que convenía desobedecer pese a que la hazaña del «triplete» —nunca en su historia consiguió el Real Madrid algo así y no es poca historia la suya— estaba al alcance de las manos. El equipo intentó ordenarse y lo que hizo fue aburrirse. Sin desesperación, no hay paraíso.

Desesperación como la de Neymar durante los últimos minutos del último partido, empeñado en hacer de Messi sin ser Messi. Sin poder ser Messi, desde luego, después de un mes lesionado y ante la mejor defensa de Europa. Desesperación como la del aficionado que ve el enésimo centro a la olla de Alves, incapaz ni una sola vez de llegar a línea de fondo o tener la paciencia de esperar un desmarque, un desdoblamiento… quizá porque intuye que no van a llegar jamás. Alves centrando balones para que tipos de 1,70 intentaran rematar rodeados de centrales corpulentos, eso ha sido el Barcelona durante muchos partidos. ¿No sabía el jugador que eso no iba a ningún lado? ¿No ha habido nadie en el cuerpo técnico ni entre sus compañeros que le dijera que eso solo sirve cuando los defensas del Villarreal se empeñan en rematar ellos contra su portería?

Al parecer, no. El Barcelona, desde que Martino dimitiera, que debió de ser allá por febrero o quizá antes, cuando le empezaron en Vallecas con lo de la posesión o se dio cuenta de que ahí el que no acababa lesionado acababa en Hacienda o directamente en un juzgado, se convirtió en un galimatías táctico en el que la sensación que daba era que nadie quería molestar a nadie, incomodarle con un pase de más o intentar ocupar su puesto en defensa cuando subía al ataque. Uno recuerda aquellas derrotas del Barcelona de Guardiola con todo el equipo ordenado en la línea de tres cuartos rival, empeñado en lo imposible pero aun así creyendo en una idea, y se emociona. El Barcelona actual ataca, sí, pero como atacaría el Madrid en Huelva en 2007, un continuo «a la desesperada».

El mayor damnificado, como decíamos, no ha sido Messi sino Xavi. Jugando así, Messi pasa de ser el mejor jugador del mundo a un delantero bajo sospecha, pero Xavi directamente parece un futbolista retirado. Me da la impresión de que en el Mundial no va a ser así, con Xabi Alonso y Busquets imponiendo orden detrás. En este equipo roto, presuntamente vertical, donde dar tres pases es un insulto porque siempre es mejor dar vueltas y vueltas alrededor de uno mismo y sus defensores a lo Alexis, Xavi no pinta nada. Queda retratado en ataque y queda retratado en defensa. ¿Qué decisión tomará el año que viene el Barcelona? ¿Fichar a diez tíos que puedan correr más que los que están o recordar que sin disciplina, sin esfuerzo táctico, sin mentalidad y un punto de fe no hay manera de llegar a ningún lado?

La primera opción es un suicidio; la segunda a lo mejor, también. No hay signos ni entre los expertos ni entre los técnicos de que los problemas estén identificados y por lo tanto puedan ser solucionados. No hay Casteldefells o no parece haberlo, solo una guerra civil que dura ya demasiados años mezclada con un análisis casi escolástico de lo que es un juego. Todo esto hace que la tarea de Luis Enrique sea ímproba, casi imposible. Suerte para él, aunque yo, que soy un excéntrico, habría traído a Paco Jémez, un hombre al que es complicado tocarle las pelotas y cree en el juego de posición incluso en equipos de tabla baja. Como una vez lo comenté en Twitter y me llovieron unos cuantos palos he de pensar que no es el hombre más popular en Can Barça, pero, ¿quién lo es después de esta tormenta?

Simeone, más allá del tópico

Hay cierta unanimidad en que todo el mérito del triunfo rojiblanco parte de la labor de Diego Pablo Simeone. Pocas veces sucede así, quizá lo más parecido que recuerdo es precisamente cuando Radomir Antic llevó al equipo al doblete de 1996, lo que no le evitó hasta dos despidos posteriores. En ese sentido, me subo al carro. No solo por la disposición táctica, pétrea, de un equipo cuyos jugadores luchaban para evitar el descenso hace tres años, ni por la sucesión de jugadas de estrategia que han culminado en gol decisivo, sino por aquello tan intangible que se llama «liderazgo».

Acabada la liga, todos coinciden, jugadores incluidos, en que Simeone les hizo mantener la fe y les obligó a creer en una idea. Aún no sabemos qué idea es esa y ahí está lo mágico del asunto. Simeone no parece tener un cuaderno dogmático que le obligue a priori a afrontar de tal o cual manera una competición. Su equipo defiende bien sin necesidad de ser especialmente defensivo. Tiene problemas en ataque pero eso es normal cuando vendes a tu delantero estrella todos los años y te las tienes que apañar con los jugadores que el Barcelona considera que no valen ni tres millones de euros.

En el horizonte de Simeone solo aparece la victoria y eso, en el Atlético de Madrid, es de un romanticismo brutal. El equipo de las excusas, de repente, convencido de que ganar es ineludible. A menudo se dice que si Simeone jugara así con el Madrid o el Chelsea se le criticaría como se le critica a Mourinho. Nos ha fastidiado, pero es que no entrena al Madrid ni al Chelsea, entrena a Koke, Gabi, Tiago, Raúl García, Villa, Adrián, Sosa, el «Cebolla» y compañía. ¿Qué quieren que haga exactamente?

Lo bueno del Atlético de Madrid es que no tiene futuro o, más bien, no tiene preocupación por el futuro. No hay un legado que dejar a los niños, solo disfrutar del momento. En parte, el «partido a partido» era eso: una colección de souvenirs de cada ciudad conquistada. No hay una cuenta ordinal para sus triunfos. Si gana la Champions League no será «la décima» sino la primera, es decir, la que es. Probablemente no vuelva a ganarla en otros sesenta años y daría igual. Que algo dé igual en el mundo del deporte profesional es una ventaja impresionante. De ahí que la paciencia del Barcelona de Guardiola la hayamos visto este año en el Atleti de Simeone. Nada de venirse abajo, nada de adelantar el desastre. Una inyección de presente en vena.

Presión alterna, laterales que suben o cierran según necesidad, balones a la espalda de los centrales y así hasta que alguien fuerce un córner, Gabi lo saque y cualquiera, Godín por ejemplo, se lance convencido de que a él le corresponde la gloria. Ni al Balón de Oro ni al chico de los veintitrés millones de euros al año. A él. El hombre, el equipo, con el que nadie contaba.


Diego Pablo Simeone: «O me sigues, o no me sigues; el liderazgo no se puede explicar»

Cholo Simeone para Jot Down 0

Diego Pablo Simeone (Buenos Aires, Argentina, 1970) mira directamente a los ojos cuando habla. Es rápido de pensamientos y se enroca cuando la conversación no le conviene, aunque soltarla, la suelta. Ha convertido al Atlético de Madrid, un equipo que estaba medio grogui cuando él aterrizó, en un rival temible, y está luchando por la liga y la Champions en su tercera temporada en el banquillo rojiblanco con un presupuesto muy inferior al de sus contendientes. El «cholismo» es una religión, pregunten a un feligrés si tienen a alguno cerca. «El liderazgo se tiene o no se tiene, yo no lo impongo. O me seguís, o no me seguís. Es así de sencillo», afirma. Parece de ese tipo de persona que como amigo debe de ser un tesoro y al que jamás querrías como enemigo. Es un trotamundos del fútbol: de Buenos Aires a Pisa, Sevilla, Madrid, Milán, Roma, vuelta a Madrid, regreso a Argentina y ahora de nuevo en Madrid, donde su gran pena es no vivir con sus tres hijos. Gracias a «las moderneces de las computadoras» suele cenar con ellos. En Buenos Aires le dejan un hueco en la mesa, colocan el ordenador y Simeone, desde su casa en la capital de España, les habla como si no hubiera distancia. «La vida no es lineal», asegura. Él, tampoco.

¿Se imaginaba de niño siendo otra cosa que no fuera futbolista? Ya sabe, ¿recuerda jugar a ser policía, maestro, médico o bombero?

La verdad es que no. Solo jugaba a ser futbolista. De chico volvía del colegio y la mayor ilusión era irme a la plaza para jugar al fútbol, la calle en el medio y los árboles eran la portería. Siempre tuve la ilusión de ser futbolista y a los ocho años ya me fui al Estrella de Oro, después a Vélez en el año 79, donde jugué en las categorías infantiles. Recuerdo perfectamente las botas que llevaba de niño, por ejemplo, los botines «futbolsito» que eran unas botitas con ruedas blancas en los costados y los tacos medios raros para la época. Pelota, pelota, pelota, pelota. Esa fue mi niñez.

¿No se entretenía con otra cosa? 

Mira lo que te voy a contar para que veas hasta dónde llegaba. De pequeño me regalaron los «rastis», un juego de construcción. Y había soldados e indios, pero yo no jugaba a los soldados contra los indios. Iba a la verdulería con mi madre y se ataban las verduras con una cinta celeste y blanca y como soy hincha de Racing y sus colores son celeste y blanco armaba a los indios con las cintas y me montaba un partido. Mis padres me regalaban un fuerte para jugar y yo lo armaba como un partido de fútbol de indios contra soldados.

Al dedicarse al fútbol desde tan pequeño ¿Siente que se perdió algo más tarde en su adolescencia?

No. Es cierto que me fui alejando de lo que hacían los demás. Por ejemplo, el viaje de fin de curso en séptimo curso no lo hice porque tenía que competir y el resto de mi clase sí. No fue el único que me perdí. El sábado cuando mis amigos salían yo no porque me preparaba para el partido del domingo. Y no salía de verdad, me preparaba para lo que me gustaba y por eso no tuve nunca la sensación de estar haciendo ningún esfuerzo. Al contrario, lo hacía con la tranquilidad y la alegría de esperar que llegara el día del partido. Yo me quería matar cuando llovía el sábado por la noche, porque entonces al día siguiente se suspendía el partido porque el campo se embarraba y no se podía jugar. Siempre he pensado en el fútbol.

Uno de sus primeros referentes fue la selección argentina del 78, cuando tenía ocho años. Ha llegado a decir que de Pasarella le gustaban hasta los andares.

Sí. Y me fijaba en todo, en las caras de los jugadores, cada detalle. Siempre fui muy observador para todo en la vida. La mejor manera de aprender es mirar y escuchar. Mi familia siempre me enseñó a escuchar. Y sí, me gustaba mucho Pasarella porque me gustó y admiré siempre a la gente con personalidad. Cuando uno habla de líderes… El líder se ve también hasta en cómo camina, se ve cuando se mueve. Esas imágenes en el 78 de Pasarella de capitán, saliendo del túnel, con los papelitos cayendo. Y veías las caras de los chicos y eran hombres, con veinticinco años eran hombres. Me gustaba observar esos gestos.

Cholo Simeone para Jot Down 1

¿Quién es la persona que más ha influido en usted?

Mi padre ha influido como padre y en la vida como guía. He aprendido de muchos, de mi madre, mis hermanas. Hoy aprendo de mis hijos. Uno aprende hasta el día que se muere, al menos eso es lo que yo busco. 

Sus tres hijos son futbolistas. ¿Cómo lo vive? ¿Es de esos padres de futbolista pesados que les dan indicaciones todo el rato?

No, no. No intento nunca mejorarles futbolísticamente. Yo pienso en ellos como mis hijos, soy su educador. Cometeré errores como todos los padres del mundo, pero intento inculcarles principios de vida: El respeto, la educación, el compromiso con la gente, la fidelidad. Y eso no se negocia, al menos en nuestra familia. Intentamos marcarles el camino. 

Su hijo mayor, Giovanni, con diecinueve años, ya juega en el primer equipo de River como delantero. Se habla incluso de un posible salto a Europa. ¿Usted se imagina entrenando a un hijo y siendo objetivo?

Sí. Totalmente. Como entrenador no tengo compromisos con nadie, ni con mi hijo siquiera. No tendría ninguna duda. Seguramente, eso sí, me tocaría pelear con alguno de la familia [risas], pero bueno, el fútbol es ganar y si tienes compromisos obligados con alguien estás cerca de perder.

Por primera vez en su vida está lejos de sus hijos, que viven en Argentina con su mujer. ¿Cómo lo hace para sentirse cerca de ellos?

Lo que nos puede acercar ahora es la calidad del tiempo compartido, ahora que por primera vez no vivimos todos juntos. Cuando ellos están conmigo aquí es una cosa extraordinaria, que antes no lo sentíamos así porque estábamos todo el tiempo. Intento compensar eso, la falta de tiempo, con la calidad. Quiero que me sientan partícipe, cercano, porque al final uno puede estar mucho tiempo con alguien y no ser cercano porque no preguntas, no te ocupas, y sin embargo no vivir en el mismo país y que el otro sienta que estás todo el tiempo. Y en eso estamos.

Tengo entendido que incluso «cena» con ellos. ¿Me lo quiere contar?

Sí, gracias al ordenador. El Facetime y esas cosas modernas que nos permiten estar más cerca. Ponemos el ordenador en la mesa, ellos en Argentina y yo en Madrid y hablamos mientras cenamos, como si estuviéramos juntos, pero no es una cosa matemática. A veces lo hacemos por la tarde, o en la madrugada. En cuanto me dicen que quieren hablar conmigo estoy. Hablamos continuamente, antes de los partidos les llamo, y antes de ir al colegio, y por la noche antes de ir a dormir… No estás, porque la realidad es que no estás, pero creo que en su interior saben que el papá está feliz y que en algún punto les estás marcando que todo lo lineal es muy difícil, que hay momentos y que hay que vivirlos tal y como te los presenta la vida.

Antes de que diera el salto a Europa para jugar en el Pisa usted recordaba los domingos como el «día más feliz de la semana porque comía pizza y veía a Maradona en el Nápoles». ¿Qué recuerdos tiene de esa época?

El domingo en Argentina por la noche cuando pasan los resúmenes de los partidos es lo más lindo que hay, comerte una pizza y ver los partidos. Los domingos además empezaban relindos porque en el año 88 o por ahí pasaba que con el cambio de hora a las tres de la tarde jugaba Maradona en el Nápoles y en Argentina era por la mañana. Obviamente enamorado del Diego por su juego, por su pasión, por todo lo que transmitía, aquella era la mejor manera de empezar un domingo previo a que yo después jugaba. Y te ilusionabas, soñabas con algún día poder ser tú el que jugabas en Italia.

Cholo Simeone para Jot Down 2

Da la sensación de que algo absorbió de Maradona, de aquellas gestas, en un equipo menor, pero que con mucha casta y pelea llegó a hacer campeón al Nápoles. ¿Es así?

Nunca busqué copiar. El que busca copiar se equivoca. Uno tiene que ser absolutamente espontáneo y la mejor manera de transmitir a otra persona tus sensaciones y lo que uno siente por este juego es siendo único. Yo aprendí mucho de diferentes generaciones, de diferentes camadas, me tocó estar con la del 86 en el 90 y yo era muy chico, aprendí de hombres que tenían otras posibilidades, otras herramientas, que no eran ni mejores ni peores que los Messi de hoy, pero tenían una diferente manera de ver la vida porque se criaron de manera distinta. Después me fui adaptando a los cambios que hubo, de Verón, de Almeida, pero sí tengo mucho de aquellos tipos que con dificultades consiguieron muchas cosas.

Cuando le hacen la oferta para jugar en Europa, en el Pisa, le dan solo cuarenta minutos para pensárselo. ¿Qué se le pasó por la cabeza?

Yo estaba jugando en Vélez, tenía diecinueve años y me llamaron de la oficina del representante y me dicen «hay una posibilidad para jugar en el Pisa pero tienes que decidirte en cuarenta minutos». Me dejaron solo. Mi agente en Italia, mis padres fuera de vacaciones en Mar de Plata. No había móviles entonces, ¿eh? Había que resolver, con diecinueve años de los de entonces, no de los de ahora. Recuerdo quedarme mirando los cuadros de los jugadores de fútbol en la oficina y… el fútbol es mi pasión. Apareció una oportunidad y había que aprovecharla. No dudé mucho. Primero dije que sí y luego localicé a mis padres. Y ya me puse luego a mirar quiénes eran los jugadores del Pisa. Había dos daneses y yo estaba convencido que uno de ellos, Larsson, era Elkjaer Larsen, el 9 de Dinamarca y resulta que no, que era un lateral [risas]. Y a los tres días me fui a vivir a Italia.

Y en lo único que se equivocó fue en el vestuario…

Sí. No tenía yo ningún amigo en Europa que me avisara y también que me informé de la plantilla y bien poco de lo demás, así que llegué de invierno, con la «polera» de cuello alto y cuando bajé del avión me quería morir del calor que hacía.

Siguiendo con el vestuario, ¿es cierto que en Italia le miran a uno de arriba a abajo? Desde la ropa de calle hasta cómo se calza las botas.

Italia es especial. Es el país de la moda y se refleja en cualquier lugar. En los vestuarios también pasaba. Yo venía de Argentina que no se le daba tanta importancia a cómo llegabas vestido al vestuario, pero me fui adaptando. Uno siempre se adapta a los lugares en los que vive. La personalidad la forjas con la edad y después ya eliges, pero primero te adaptas.

Ha tenido grandes entrenadores, y de muy diferente personalidad. ¿De quién ha aprendido más o cree que le ha influido más?

Uno siempre dice que aprende de los entrenadores buenos que ha tenido, pero yo he aprendido mucho también de los malos que tuve porque ya sé qué es lo que no hay que hacer o cómo no comportarse. No es que quiera quedar bien con todos, es que saqué lo mejor de cada uno. Como todo en la vida, del entrenador que te agarra de joven, cuando uno está más esponja, absorbes más. Bilardo me marcó en mis inicios, pero después he crecido con Erikson, con Mancini, con Luis Aragonés, con Bielsa, Basile… No quiero decir uno porque no sería justo.

Cholo Simeone para Jot Down 3

De la etapa que pasó en el Sevilla, su primer club en España en el que coincide con Suker, con Maradona, entrenado por Bilardo y por Luis Aragonés. ¿Qué balance hace?

Fue muy buena, muy buena. Teníamos un equipo muy sólido y fuerte y en el segundo año la presencia de Luis Aragonés mejoró mi capacidad goleadora de mediocampista y me dio la oportunidad de poder llegar al Atlético. 

Daba la sensación de que Maradona absorbía la energía del equipo, si él estaba mal, la plantilla no carburaba ¿No pasó así en el Sevilla y en el Mundial del 94?

Yo no lo vivi así, yo creo que el equipo se acomodó muy bien cuando estuvo Diego, sobre todo en Sevilla. Le sacamos mucho partido arriba, evidentemente, si hubiésemos tenido al Maradona de veinticinco años hubiese sido mucho mejor. Hicimos una gran temporada. Y en el Mundial, increíblemente, todos hablan de lo que nos pasó a partir de la caída de Diego, pero el mejor partido que jugó Argentina en ese Mundial fue contra Rumanía, cuando nos quedamos fuera ¡Ese fue el mejor de todos! La figura del partido fue el arquero rumano, Stelea. La presencia de Diego es verdad que nos generaba una confianza importantísima. Jugando él en dos partidos lo hicimos muy bien, muy ofensivos, con Balbo, Caniggia, Maradona y Batistuta. Con casi cuatro delanteros y Redondo en el medio. El tercer partido contra Bulgaria perdimos y nos mandan a jugar enseguida contra Rumanía, pero aun así fue bueno. Al quedar fuera, se recuerda a partir del resultado, pero…

Llegamos ya al Atlético, y eso que estuvo a punto de fichar por el Real Madrid…

Hubo una posibilidad sí, porque llegaba Artur Jorge y me quería a mí, pero el Madrid eligió a Valdano y Valdano eligió a Redondo. Yo digo que las cosas en la vida pasan por algo y evidentemente lo mejor que me pudo pasar es el Atlético.

¿Fue amor a primera vista lo del Atlético?

No. El recibimiento que me dio la gente nada más llegar, cómo me trató, fue más de lo que yo le di en el primer año. Me lesioné el hombro, estuve fuera dos meses y el equipo tampoco estaba en su mejor momento, nos salvamos a última hora en Sevilla, pero la afición siempre tuvo conmigo un afecto enorme. Debe ser que los del Atlético están preparados para ver gente con entrega y eso nunca me faltó. Después el talento, la técnica, podía tener mejores o peores domingos, pero la afición lee muy rápidamente a los jugadores que se entregan. Lo vemos ahora otra vez.

¿Y con Madrid? ¿Qué tiene Madrid? Porque usted ha vivido en grandes ciudades y sin embargo siente Madrid como su casa.

Madrid me acerca a Buenos Aires. El porqué no lo sé. Me encuentro en mi lugar, de forma natural. Me fui a Milán, viví en Roma que es una ciudad extraordinaria, y cuando volví es como si nunca me hubiese ido. A mí me sorprendía por ejemplo que cuando estaba en Roma, o en algún otro lugar del mundo, y me encontraba con algún español siempre me decían: «Ahí va Simeone el del Atleti». Me hacía ruido esa forma de identificarme con un lugar.

Sus compañeros, cuando era jugador, siempre le recuerdan mandando, organizando. El entrenador estaba siempre latente en usted. A los diez años incluso un profesor ya le puso de director de orquesta en el colegio, ¿no es así?

El otro día charlando con mi hermana y viendo fotos de niños le comentaba justo eso. ¡Qué genio el tipo que me puso de director de orquesta! Se llamaba Bruno, Bruno Amasino. Era el profesor de música, un tipo aparte con mucha personalidad, un genio tocando el piano, tengo un gran recuerdo de él. Y el hombre me eligió para hacer de director de orquesta y había chicos más grandes que yo. La verdad que no sé por qué me eligió…

El carácter, ¿no? Ya le vería algo.

No tengo ninguna duda. Le gustaba mucho el fútbol al profesor, era hincha de un club que se llama Ferrocarril Oeste. Me eligió. Y bueno, fui siempre capitán de joven en mis equipos, capitán en la selección juvenil, en la selección a los veinticuatro años. A mí nunca me gustó imponer el liderazgo, es algo que no se puede imponer. El liderazgo lo tienes o no lo tienes y en realidad te lo aceptan y te lo dan tus colegas y compañeros, ya sea en un equipo de fútbol, en el colegio, en la empresa o en un restaurante. Posiblemente siempre me gustó empujar, nunca me callé. Siempre busqué pelear contra el que sea, el poder o los humildes.

Cholo Simeone para Jot Down 4

Cuando llega al Atlético como entrenador se hizo cargo de un equipo deprimido y en cinco meses ya estaban ganando un título. ¿Qué les dijo? ¿Recuerda su primera charla con la plantilla?

Sí. Nos juntamos en el vestuario y les dije que conocía el lugar y lo que necesitaba la gente y que lo único que no era negociable era el esfuerzo. Y ya después de eso, del esfuerzo, por la calidad técnica del equipo estaba convencido de que íbamos a salir, les dije que yo había pasado por ese momento y que al año siguiente salimos campeones. Un año peleábamos el descenso y al siguiente conseguimos el doblete. Y después de la charla cuando salí al campo y la gente me aplaudía también les dije: «Miren a todos ellos, que en algún momento también me insultaron». El fútbol es esto.

¿Y cómo se convence a una plantilla?

Eso no se puede explicar. Yo tengo una energía y vos podés tomarla o no tomarla, seguirme o no, pero no se puede explicar lo que hace un líder. O me sigues, o no me sigues. Yo no comparto que uno en el trabajo es de una manera y en la vida de otra. Vos sos de la misma manera siempre. Si eres falso, lo eres con tu familia y en el trabajo. Si eres «ventajero», oportunista como lo dicen ustedes, en algún momento le vas a querer sacar ventaja a alguien que te rodea. La gente siempre es la misma, así que tienes que transportar cómo eres en tu vida al trabajo y ser natural. Porque lo más difícil que tenemos es ser simples en la vida cotidiana. Natural, natural. Obviamente que hay momentos en los que hay que marcar el rumbo, como con tus hijos. Uno no habla siempre igual con sus hijos, y con tus amigos en algún momento te peleas y si no les dices las cosas a la cara se alejan y les vas perdiendo. Pues en el fútbol es igual. Si a un jugador no le dices una cosa se va alejando y lo terminas perdiendo.

Arda Turan llegó a decirle «te voy a dar mi corazón». Y eso que no hablan el mismo idioma. ¿Eso sí que lo puede explicar?

Arda es un chico especial, tiene un corazón enorme. No habla español, yo creo que nos entendemos por piel, por mirada. Hay gente con la que a veces no es necesario hablar, la miras y hay algo que te conecta. Si no, no existiría el amor a primera vista.

¿En su relación con los jugadores es una mezcla entre autoridad y seducción?

Es convencerles de dónde está el rumbo. Autoridad no.

Llegó a decir que algún jugador llegaría a odiarle, pero que le haría mejor. ¿Cree que tiene en la plantilla algún futbolista que le odie?

Si lo hay no me lo va a decir. Posiblemente lo haya. Nunca les vas a tener a todos contentos. Hay un refrán que dice que si el 49% de la gente te sigue, date por satisfecho. Cuarenta y nueve, eh, ni siquiera el cincuenta. El problema con un jugador es cuando no le hablas, cuando dejas de darle la atención que crees que necesita para que te sirva para el equipo. Ahí es cuando ya no hay vuelta atrás, ese jugador tiene que salir del club.

Le cito: «Prefiero jugar bien que jugar lindo», «la posesión del balón no me interesa, es un cuento». ¿Qué significa para usted jugar bien exactamente?

Pues ayer escuché a Xabi Alonso que decía que tener la pelota por tenerla no tiene ningún sentido, la pelota hay que tenerla para ser concreto. ¿No lo leíste? ¡Extraordinario! Si lo dice Xabi Alonso ¿cómo no lo voy a decir yo? Que inventaron en España el juego tan bonito este…

¿A usted le gustaba el Barça de Pep Guardiola?

Sí. Claro que me gustaba. Es el sueño de un entrenador hecho realidad porque aparte lo gestó él. La gran virtud de Guardiola fue haberlo armado para que se produjera.

¿El Atlético podría jugar así?

No.

¿Por qué?

Porque no somos el Barcelona. La construcción de las bases es diferente. El Atlético siempre tendrá más extranjeros que gente de la casa. El Atlético además es un histórico equipo agresivo, intenso, con compromiso, pasión, contragolpeador y fuerte defensivamente.

Cholo Simeone para Jot Down 5

¿Tiene la sensación de luchar contra una idea única de que el fútbol bonito es solo de una manera y lo demás es feo?

No. Eso es un juego mediático que sirve para vender. Hay un juego, que es el juego del fútbol y después el fútbol es muy amplio. Se gana de diferentes maneras y cada uno elige la suya. El Barça y la selección española nos llevaron a ir detrás de una idea que es hermosa, claro, pero para correr rápido hay que tener un auto bueno. Si tienes un auto menos bueno tendrás que buscar la manera de pincharle la goma al otro y correr lo más cerca de él que puedas.

Coincidió con Ronaldo en el Inter y usted afirmó: «Él sale al campo a divertirse. Le envidio, pero no lo comparto».

¡Ronaldo es como Kiko! Antes de salir a la cancha en el túnel hacía chistes. Cada uno encuentra la concentración de diferente manera, cada uno es distinto. Estos futbolistas vivían como son ellos, relajados, tranquilos, un chiste, una broma. A mí me gustaba estar encerrado en el partido, soy así, sigo siéndolo.

Con la Lazio en su etapa de jugador lograron ganar un Scudetto a un equipo poderoso como la Juve en el último momento. ¿Cree que puede repetirse la historia ahora como técnico del Atlético, con el Madrid y el Barça?

En la historia de la Lazio solo había ganado dos torneos, ganar ese en el tiempo que la Juve era tan poderosa… Puntos suspensivos, mejor me callo. Pero para todo, para acá también, pero bueno…

¿Qué pasa aquí?

Naaada. Acá está todo muy bien, todo perfecto. [Sonríe]

Eso que acaba de hacer de morderse la lengua, ¿por qué no dice lo que piensa de verdad?

Porque no tiene sentido, no arreglaré nada. Y como no tiene sentido lo único que vale es si vas ganando veintiuno hacer el treinta y uno.

¿Siente de verdad que de algún modo está establecido, que conviene, que Madrid o Barça sean campeones?

Hay una realidad mediática. Madrid y Barcelona son más importantes y todo sirve para que aparte de la jerarquía que tiene su institución y de la grandeza que tienen sus jugadores, a todos les sirva eso. A ustedes los periodistas, a todos.

Después del último empate en el Vicente Calderón ante el Real Madrid salió en rueda de prensa y dijo que hay gente a la que le incomoda que el Atlético esté arriba. ¿A quién se refería?

A la gente que después salió a contar cosas mías.

No sé quién me dice.

Paso.

Cholo Simeone para Jot Down 6

¿Qué relación tiene usted con la prensa deportiva?

Lo más prudente es tratar para dentro todo y para fuera nada, pero cada vez es más difícil porque todos tienen amigos, todos tienen celulares, todos mandan mensajes, pero siempre digo que a mayor privacidad en el vestuario hay mejor grupo, y a mejor grupo mejor equipo. Mi relación con la prensa siempre es buena porque no escucho ni leo.

¿Y nadie le cuenta? Porque esos suelen ser los peores.

Me cuentan las cosas importantes, pero si tú hablas mal de mí te contestaré con una sonrisa porque no lo sé. Si perdemos es lógico que nos critiquen, pero si hablan mal por conveniencia prefiero no leerlo.

¿Y cuando otros entrenadores dicen algo del Atlético negativo? Le pongo un ejemplo. Tras el último derbi Ancelotti declaró que su equipo había rozado la violencia.

Es una apreciación de un grandísimo entrenador al cual respeto muchísimo.

Vamos, que no me va a decir nada. Probemos de otra forma ¿Le parece a usted su Atlético violento?

No. Es un equipo intenso.

¿Cuánto tiempo al día le dedica al Atlético?

El fútbol son veinticuatro horas. Voy al cine y mientras está la película viene una idea y en cuanto salgo tengo que coger el teléfono y llamar. O estoy cenando con gente y de repente se me va la cabeza en «uy, si mañana este no juega, habrá que avisar al otro». Así vivo yo el fútbol.

Una curiosidad. ¿En serio se fija usted en los horóscopos de los jugadores que quiere fichar?

Sí. Porque las características, las personalidades son parecidas. ¿Vos de qué signo eres?

Yo Géminis.

Se te ve, así agresiva… Cambiante. Intensa.

Vaya.

Las características de la gente según su horóscopo son similares y prestamos atención para ver cómo le podemos sacar lo mejor.

¿Y hay un signo mejor que otro para ser jugador de fútbol?

Me gustan los valientes.

Vamos, que tampoco me lo quiere contar. Sigamos. Según usted hay dos jugadores perfectos, aunque ahora mismo no sepamos su signo zodiacal, en su posición: Baresi y Busquets. ¿Por qué?

Baresi porque entendía todo con una simpleza enorme. Con su jerarquía no tenía ningún temor de solucionar. El equipo jugaba al ritmo que él quería. Y Busquets porque lo lee todo. Jugadores como Busquets o Xabi Alonso en la mitad del campo que tienen la capacidad de leer todo el partido son una solución para los equipos. No es por casualidad que el regreso de Xabi Alonso significara que el Madrid encontró el famoso equilibrio que el míster buscaba. Pero el equilibrio es Xabi Alonso, no son los demás.

¿Y arriba quién es su delantero perfecto?

Los que tengo yo, Costa, Villa.

Tiene contrato hasta el 2017, tanto tiempo es algo rarísimo. ¿Cree que lo cumplirá?

Yo siempre me voy antes de que me echen y siempre pienso que me pueden echar mañana.

Hombre, ahora no tiene ninguna pinta.

Nunca se sabe, el fútbol es muy cambiante, pero lo valoro como intentar seguir una línea. El club lo está mostrando no solo con mi contrato tan largo sino con la continuidad de los Godín, los Miranda, los Filipe, los Gabi, los Costa, los Juanfran.

A la famosa pregunta de «¿Por qué somos del Atlético?», si llega un marciano y tuviera que explicárselo, ¿qué le diría?

Que tendría que haber venido a la final de la Copa del Rey con el Madrid y ahí lo hubiera entendido enseguida.

 Cholo Simeone para Jot Down 7

Fotografía: Guadalupe de la Vallina


Gárate: «El mejor Atlético de la historia es el de ahora»

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No podemos decir que sea algo habitual que a un jugador de fútbol se le recuerde por su elegancia y su saber estar. A José Eulogio Gárate nunca le han faltado elogios como killer del área, pero cuando se habla de su carrera, el detalle, la apostilla, siempre trae a colación recuerdos como que no celebraba los goles por respeto a los rivales. Treinta años después, las formas de Gárate siguen llamando la atención. Es cumplidor, puntual y muestra gratitud por nuestro interés. Lo que se dice un caballero de otro siglo. Su Atlético fue el mejor de la historia para muchos aficionados, aunque a él le gusta más el del Cholo Simeone. Otro gesto de generosidad. Desgraciadamente, salió del fútbol por una lesión inverosímil, más propia de un capítulo de House, pero supo seguir con su vida.

Nació en Argentina. ¿Cómo terminó allí su familia?

Mi abuelo fue teniente alcalde republicano de Eibar. Con la guerra tuvo que huir a Francia y de ahí se marchó a Argentina. Pero mi padre se quedó aquí porque estaba trabajando y más adelante se casó. Tiempo después, en una ocasión decidieron ir a visitar a sus padres y se quedaron allí durante la posguerra. España atravesaba momentos de dificultad, de carestía de comida, problemas de alimentación… de todo. Se quedaron allí porque Argentina entonces era un paraíso. Era el granero del mundo, se decía, pero es que era verdad. Allí había trabajo para todo el mundo y abundancia de todo. Yo nací allí en 1944 y en el 45 mis padres volvieron a Eibar. Así que yo me considero eibarrés.

En sus inicios en el fútbol estuvo con ficha de amateur hasta en Segunda División.

Yo empecé a jugar al fútbol en el colegio. Antes, en los inicios de los años cincuenta, solo había fútbol. Baloncesto había en las capitales, pero en los pueblos no. Ni balonmano, ni tenis, ni nada. Todos los niños del colegio jugábamos al fútbol en una época en la que, como se habrá contado en miles de ocasiones, el balón si no era de cuero era de papel. Jugabas al fútbol con lo que podías y así empecé a aficionarme. Luego, cuando hice el bachillerato y empecé con el ingreso en Ingeniería, mi padre quería ante todo que estudiara. Si podía compaginar el estudio con el deporte, mejor. Pero inicialmente quería que yo tuviese una carrera. Sin embargo, yo tenía muchísima afición. Y como aprobé todos los exámenes selectivos para la escuela de ingenieros, me dieron permiso para jugar en el juvenil del Eibar, porque entonces se necesitaba la autorización de los padres para jugar.

En cualquier caso, como tenía que compaginar los estudios con el fútbol, yo no entrenaba. Solo iba el fin de semana a jugar el partido. Luego ya pasé al Eibar en Tercera División categoría nacional, que venía a ser la 2.ª B actual, y después de dos años fiché por el Indauchu en segunda, pero siempre, efectivamente, como amateur, porque no podía tener la obligación de entrenar. En Segunda entrenaba un día a la semana. Todo esto me pasó factura. Hoy los chavales que se inician en el fútbol están entrenando desde los diez u once años, así adquieren una preparación y un físico adecuado. A mí me faltaba resistencia. Tenía condiciones, pero mi cuerpo no estaba trabajado desde la niñez o desde la juventud para aguantar los partidos enteros a un alto nivel. Fue uno de mis puntos flacos.

Usted no quería hacer la mili y eso condicionó su salto a Primera.

Yo era de pueblo, del norte, yo quería estar en el Athletic de Bilbao. Era el equipo de nuestro entorno, de la zona, el equipo de los vascos, y ellos querían ficharme. Piru Gaínza, el entrenador, me decía que me daba todo lo que quisiera, libertad para entrenar y estudiar, para compaginar el fútbol con mi vida. Pero el problema fue que para fichar por el Athletic de Bilbao me tenía que hacer español. Yo había elegido la nacionalidad argentina porque la mili me parecía una pérdida de tiempo. El Athletic la verdad es que fue muy honesto, se portó conmigo como un verdadero caballero. Y yo no tenía ningún problema en hacerme español, pero no quería ir al servicio militar. Ellos lo intentaron, contactaron con la Capitanía General de Burgos, pero les dijeron que no. Luego el Atlético de Madrid fue más hábil y me consiguió la nacionalidad española sin tener que hacer la mili. En la insistencia del Atlético en mi fichaje tuvieron que influir mucho los informes que dio de mí Ferdinand Daucik, mi entrenador en el Indauchu, que mantenía muy buenas relaciones con el club.

Llegar a Madrid me causó gran impresión. Era un 25 de julio, hacía un calor horroroso para alguien que llegaba de un pueblo del norte. Pero gracias a Dios todo fue muy bien. Madrid es una ciudad muy acogedora. Me siento vasco, porque lo llevo dentro desde la niñez, por mis padres, por todo, pero en lo que es la verdad de la vida, soy un madrileño más. Mi llegada aquí fue sensacional.

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Dijo que de quien más aprendió en el Atlético al llegar fue de Jorge Griffa.

Él era un profesional auténtico. En el fútbol no tenía ni familia, ni padre, ni madre. Había que ganar y ganar y ganar. En los entrenamientos he aprendido muchas cosas de muchos, pero lo que es a ser un profesional, un verdadero profesional, me lo enseñó él. Decía que había que darlo todo, porque la obligación de un profesional es ganar. En ese sentido fue un maestro para mí.

Desde que llegó reconoció las señas de identidad del juego del Atlético, defender todos juntos y contraataques rápidos.

Siempre ha sido así. Juego rápido, contraataque. El Atlético de Madrid fue pionero dentro del fútbol español en el esquema del 4-4-2. La forma de jugar que se emplea hoy en día, creo yo, la táctica básica que usan todos. La diferencia con aquella época está en las líneas. Antes no se jugaba tanto en bloque como hoy, que los jugadores están todos mucho más juntos. Ahora defienden todos y antes no era así. Pero el Atlético de Madrid de esos años defendía en el medio del campo. Éramos un equipo duro. A día de hoy, con Simeone, el Atlético está haciendo un fútbol físico. Se está jugando en una condición de mucha entrega, mucho desgaste. Tiene calidad, pero está jugando siempre al límite. Mantenerse mucho tiempo así no es fácil, hay algunos altibajos. La plantilla del Atlético no es ni la del Barcelona ni la del Real Madrid. No tenemos ese nivel, son superiores. Por eso somos ahora un equipo de esfuerzo y resultados; resultados que nos han acompañado y desde el punto de vista anímico eso ha sido fundamental para mantenerse en esa línea.

Después de cada partido le dolían los huesos.

Todavía me duelen. Los centrales en aquella época eran más duros, tenías un marcador fijo que te seguía a todos los lados y si no llegaba, te daba un leñazo. Ahora los jugadores arriba tienen más tiempo para controlar el balón. Entonces había un defensa permanentemente a tu lado. Ibas a la banda, y te seguía a la banda. Ibas al medio, al medio. A mear, pues eso. Hoy hay mucho bloque y poco espacio pero tienen la ventaja de que no hay marcajes al hombre como aquellos.

Había unos jugadores argentinos como Aguirre Suárez, del Granada, que… Este, si ibas a saltar, en cuanto te agachabas para coger impulso, te daba un pisotón. Imagínate el daño que te hacía eso cuando subías para arriba. Si te ibas a mover, a adelantarte, te daba un codazo. En aquella época hasta te escupían en la cara justo cuando ibas a recibir el balón. Así perdías el control fácilmente, te descentrabas.

No todos eran así, pero estas escuelas llegaron de Sudamérica. En las categorías juveniles o Tercera División española había entradas, pero no todo ese repertorio. Como los alfileres. Aguirre Suárez salía al campo con varios alfileres y te pinchaba en el culo. Todo lo que dejó ese hombre en Granada fue la pera. El fútbol sudamericano ha traído mucha malicia o picaresca, si prefieres llamarlo así. Eso de estar siempre al margen de la ley. Y para un árbitro era difícil que se diera cuenta de algo. Si hay varios jugadores, a ver quién ve que uno pisa a otro de repente, o el pinchazo con la aguja. Eso no lo ve nadie. También, cuando estabas en el suelo, si te habías caído, te llegaba el argentino a acariciarte la cara, a ver qué tal estás, te preguntaba y lo que hacía era pegarte un tirón de pelo que te arrancaba la cabellera. Yo, cuando hay uno en el suelo lesionado, si el que se le acerca es argentino dudo siempre que le vaya a hacer algo. Porque tú no lo ves, pero le puede tirar de pelo. Ahora la verdad es que no sé si seguirán pasando estas cosas. Y luego otro detalle, en aquella época para un argentino la palabra «hijo de puta» era como decir «hola, qué tal estás». Entraban en el vestuario por la mañana y decían «buenas, hijo de puta». Eso aquí no lo podías decir. Ahora se ha popularizado, pero antes, en aquella España, no le podías decir «hijo de puta» a nadie, era una palabra prohibida.

A uno de sus entrenadores, Max Merkel, le acusaron de dopar a los jugadores por el rendimiento que dieron su Sevilla y su Atlético y él contestó que su dopaje consistía en «sudor y billetes».

Con Merkel era eso, mucho trabajo para tener mucha potencia. Corríamos con balones de diez kilos en cada mano. Teníamos que subir escaleras, dar miles de vueltas al campo. Pero el resultado fue bueno. Con él ganamos la liga y una copa. Lo que nos fastidiaba de él es que ya llevaba dos o tres años en Sevilla y vino a Madrid sin hablar ni una palabra de español. En el fútbol la comunicación es importante. Luego tampoco trabajaba la velocidad. A veces puedes aguantar mucho, pero si no tienes velocidad punta… eso es fundamental en el fútbol.

¿Es cierto que Luis Aragonés, cuando aún era jugador, entrenó al equipo en la sombra tras una racha de malos resultados con Merkel?

Que yo sepa no. Luis era uno más y no haría eso. Es verdad que con el presidente Vicente Calderón tuvimos una reunión porque, evidentemente, teníamos problemas con Merkel. Íbamos terceros o cuartos. Estábamos varios jugadores, Luis, Adelardo, otro y yo, y Merkel. Hablamos de ver qué podíamos hacer y la conclusión fue que nos faltaba velocidad. Así que el austriaco cambió el sistema de entrenamientos a ejercicios de más velocidad, de reflejos y, oye, fuimos campeones.

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Pero Luis era un líder, en cualquier caso.

Como jugador, lo que decía, lo decía convencido con o sin razón. Mandaba y lideraba en el vestuario, es verdad. Cuando llegué, cuando empecé a jugar e integrarme, tuve algunos problemas con él. Yo y todos. Hoy en día ha cambiado mucho, pero antes los jugadores veteranos mandaban mucho más. En los equipos de aquella época el jugador que llevaba años jugando te llegaba y de decía: «Chaval, qué pasa, pásala aquí». Hoy imagino que le dicen algo así a alguien joven y le mandan a freír puñetas, la educación ha cambiado, salvo con casos como los de Cristiano Ronaldo o Messi, que son líderes en todo.

También es verdad que Luis fue un buen amigo de sus amigos. Yo llegué a tener una buena amistad con él. En el fútbol cuando fuimos compañeros y después, cuando fue entrenador, tuvimos buena relación. Pero hay que dejar claro que Luis fue una persona muy especial. Y al margen del fútbol más especial todavía. A veces se le acercaban los aficionados, le pedían algo y él no tenía buenas reacciones. Pero con los amigos siempre fue un amigo y, lo que es más importante, fue siempre un defensor del fútbol. Empezó con nosotros como entrenador de un día para otro. Era jugador y le sentaron en el banquillo a entrenar. Conocía todos los comentarios que hacíamos en las camarillas y se apoyó mucho en nosotros en esa primera etapa. Nosotros también le ayudamos y después su carrera como míster ha sido brillante. Él terminó creando ese sistema de juego con el que la selección ha llegado a lo más alto. Y todo gracias a su filosofía de no poner a los jugadores por su apariencia o aspecto, o por su potencia física, sino por jugar al fútbol. Esos Xavi, Iniesta, Silva, en fin, todos los jugadores del centro del campo que han sido la verdadera revelación de la selección.

Usted jugó contra Cruyff.

Tuve muy buena relación con él, por los enfrentamientos que tuvimos y alguna vez que coincidimos en algún hotel, pero luego cuando nos hemos retirado nos hemos distanciado y he tenido que seguir su trayectoria leyendo la prensa. En el fútbol me pareció un hombre muy importante. El Barcelona llevaba sin ganar la liga más de diez años y nada más llegar él la ganó. Era un futbolista muy rápido, cosa que no voy a descubrir yo aquí, y con mucha visión de gol, aunque no era un jugador de punta, le gustaba jugar por las bandas y bajar mucho al medio del campo. Cuando jugabas contra él tenías que tener una atención especial. No solo le marcaba uno, siempre teníamos que poner a otros compañeros de ayuda supletoria.

El Ajax de Cruyff les eliminó en semifinales de la Copa de Europa de forma contundente.

En aquel momento el fútbol español estaba por debajo. No estaba al nivel tampoco del fútbol alemán, por ejemplo. No estábamos y el porqué, no lo sé. Salíamos mal al campo de entrada. Decíamos que era la alimentación, la posguerra, pero mira los alemanes qué posguerra tuvieron… Y nosotros, pues bueno, también íbamos a Italia y siempre fueron superiores al menos en la forma de competir, porque eran como los argentinos, también siempre tíos que te agarraban, te empujaban, te mordían. Y además muy defensivos…

Y cuando ustedes estaban por encima del nivel, pasaban cosas raras ¿no? Hay documentados escándalos tremendos, como el de Turquía contra el Göztepe, que dijo Miguel San Román, el portero del Atlético entonces, que le pegó hasta la policía con las porras al final del partido.

Lo recuerdo perfectamente. El Atlético fletó un avión, hoy en día van todos en avión, pero entonces era raro. Pudimos invitar a nuestros padres, a la pareja. Habíamos ganado aquí dos a cero. Cuando llegamos a Esmirna aterrizamos en el aeropuerto militar porque estaban medio en guerra con Grecia por Chipre. En el campo de fútbol fue una verdadera encerrona, jugamos veinticinco minutos de más hasta que nos metieron el tercero y nos eliminaron. Fue un campo de tierra, con un público muy forofo, muy agresivo y ahí estuvimos hasta que palmamos en un ambiente muy malo, muy enrarecido.

O la llamada «Batalla de Glasgow».

Aquí la policía a los jugadores del Atlético sí que nos pegó. Mientras, a nuestros aficionados, en la grada, los escoceses les mearon. Sí, esas cosas pasaban. En el partido aguantamos como pudimos, fue una defensa heroica con un Reina magnífico y luego aquí les ganamos. Nuestro jugador Panadero Díaz fue uno de los expulsados, el otro fue Ayala y Quique también, otro defensa que era izquierdo. Acabamos con ocho. Johnstone, uno peladito que parecía que venía de la cárcel con esa camiseta de rayas, era el más temido. El tío era muy bueno. Panadero entraba muy duro, pero se llevaba casi siempre el balón, era un tío de una gran calidad técnica y de una contundencia física que no rayaba en la violencia, sin embargo, a Johnstone sí que le tuvo que dar porque llegó tarde, no alcanzaba la bola y le dio. Nuestros argentinos tuvieron una publicidad muy negativa. Me parece que no eran tan duros como se decía. Ovejero con su físico, que prácticamente no tenía cuello, daba la sensación de que era un matahombres pero no era violento. Eso sí, en un entrenamiento en Glasgow antes del partido se pegaron los dos, Ovejero con Panadero [risas]. Estábamos entrenando en un campito al lado del hotel y no sé cuál fue el problema, no me acuerdo, pero llegaron a las manos, les separamos y no pasó nada. Luego, claro, la prensa de Escocia les puso en primera plana en posición de pegarse, pero la verdad es que no llegó la sangre al río.

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A Ovejero, jugando contra el Bastia en Ajaccio, un aficionado le persiguió con una navaja.

Fue en Córcega. Yo estaba lesionado y no pude ir. La afición se portó fatal allí, son cosas que hoy en día serían impensables.

En la final de la Copa de Europa en Heysel, Bélgica, la grada estaba llena de españoles emigrantes. Ese escenario ha dejado de ser un recuerdo del pasado me temo…

Está saliendo mucha gente de España dada la situación económica, esperemos que puedan volver pronto y este país vuelva a lo que fue hace diez años. Todos aquellos trabajadores nos arroparon mucho. Y el Bayern era un número uno, tenía a seis o siete de la selección, una selección que era la campeona de Europa y luego ese verano lo fue del mundo. Entramos en el campo ya como perdedores, pero nos salió un partido muy bueno y por desgracia perdimos en el último segundo. Fue una verdadera pena porque de haber ganado esa copa el Atlético hubiese sido número uno de Europa. Hoy día está recuperando todo este prestigio, pero en aquel momento perdimos la oportunidad de ser algo grande dentro de Europa. Ese partido fue vital.

En el último segundo en el que nos empataron se dijo que fue culpa de Reina. También mía. Yo estaba delante del portero, solo, que era gol, o medio gol, y me dio un calambre en cada gemelo. Iba a disparar y me caí al suelo delante del portero. El Bayern estaba hundido, pero sacó el portero y al defensa que me marcaba a mí, Schwarzenbeck, le salió un disparo desde treinta y cinco metros que entró. Reina lo podría haber parado si hubiera estado más adelantado, o podría haberse estirado, pero no… fue mala suerte. Y se acabó. Ni sacamos de centro. Al siguiente partido no pudimos ni dormir los días previos y salimos derrotados. Ellos, al revés, lo tenían todo perdido y lo habían ganado en el último suspiro. Cuatro nos metieron en el partido de desempate. Fue una pena.

Y contra Beckenbauer la verdad es que me gustaba jugar. Era un jugador que no era duro, por lo que se caracterizaba era por su sentido de la anticipación y sus pases. Era un maestro en el dominio del balón. Me gustaba enfrentarme a él porque siempre me salía todo medio bien ya que no daba patadas, me dejaba controlar. Era muy respetuoso y un jugador de fútbol con todas las letras, él jugaba al balón, no sé cómo decirlo.

En España su mayor quebradero de cabeza fue Benito, del Real Madrid.

En toda mi carrera, Benito ha sido el que mejor me ha marcado. Era físicamente muy ágil, era rápido, era duro, iba bien de cabeza. El primer día llegaba y te ganaba, lo tenías que admitir. El segundo, otra vez, que si se te anticipa, que si luego te da la patada y al final resulta que no la tocas. Todo esto me fue creando un estado anímico que ya salía a jugar preocupado, perdía la partida antes de empezar. Aunque en otros casos, como Gallego del Barça, era al revés. Tenía complejo conmigo porque contra él me salía todo bien. Son cosas de la vida, ¿por qué hay personas con las que te encuentras bien de primeras y luego vas a hablar con otro y no estás cómodo por su forma de ser? En el fútbol, sobre el césped, es lo mismo. Cuando tienes que convivir y disfrutar con un contrario, si te come la moral, sales al campo ya medio agotado. Mira el Atlético con el Madrid hasta el año pasado que les ganamos la Copa. Sales mal y en cuanto te meten el primero te vienes abajo.

Con Juanito convivió un año, cuando él solo tenía dieciocho, antes de que se fuera al Burgos y luego al Madrid; ¿qué tal era?

Era un chico joven, que jugaba muy bien, tenía mucha ilusión. Estaba dispuesto a hacer lo que fuese para llegar donde llegó. En el Atlético de Madrid no encontró el hueco, tuvo que irse cedido al Burgos y después, sí, llegó al Real Madrid. Recuerdo una anécdota, jugábamos en Málaga contra Yugoslavia con la selección, estábamos concentrados en Mijas, cerca de Fuengirola de donde era él, fuimos a entrenar y apareció allí. Vino solo a dar un saludo y a estar con los internacionales del Atlético. No convivimos mucho pero tuvimos una relación muy buena.

También es una final maldita aquella de Copa contra el Madrid.

Nos anularon dos goles, un fuera de juego de Irureta, que estaba en el córner después de haber sacado de banda… Pudimos ganar y en los penaltis perdimos. Qué íbamos a hacer… Pero con los jugadores del Madrid había mucha relación. Este verano todavía he estado con Pirri y Amancio en Marbella. Entonces nos llevábamos muy bien con Velázquez, con Zoco… En el campo salían chispas, pero éramos muy amigos. Quedábamos para ir a tomar alguna copa a la discoteca. Mira, una cosa que no se me olvidará nunca, cuando yo peor estaba con mi lesión, metido en casa y muy preocupado, vino a verme un día Santillana, que en cierto modo había sido mi sucesor en la selección española. Ese detalle no se me olvidará nunca. Como jugador fue un fenómeno, pero eso no es relevante porque el Madrid siempre ha tenido grandes jugadores, lo que me quedó fue ese gesto. Beckenbauer también era muy buena gente fuera del campo. La humanidad de cada uno en esta vida es importante.

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¿Qué tal el Jabo Irureta futbolista?

Era muy bueno. Estábamos en la misma habitación al principio. Antes, cuando llegaba un jugador al Atlético no le daban una casa, íbamos a una pensión, a «Doña Sofi». Se convirtió en un gran amigo. En el campo tenía una llegada muy buena. Defendía, corría, trabajaba y marcaba. Era un jugador importante. En el 75 y por ahí fue al Athletic y también tuvo cuatro o cinco años que estuvo muy bien. Era elegante, pero muy trabajador y con mucha llegada al área, marcaba al año cinco u ocho goles.

Se dice que su compañero el brasileño Leivinha fue quien trajo el regate de la bicicleta a España.

Leivinha era un fenómeno como persona y como jugador. Era muy agradable, modesto, humilde. Un tío muy normal. Y como jugador era un número uno. Antes de venir aquí jugó un partido con el Palmeiras contra el Real Madrid en el Carranza, que hoy en día ya no es tan importante pero entonces era un trofeo con mucho renombre. Le ganaron al Madrid con una facilidad increíble. Leivinha le hizo la bicicleta a Juan Sol, que jugaba de lateral en el Real Madrid. También estaba por ahí el líbero Luis Pereira y a raíz de este partido a la semana los teníamos en el Atlético. Luis Pereira era una gran persona y un gran jugador, también muy supersticioso. Llevaba siempre un collar dentro del campo, que está prohibido, no se pueden llevar anillos o cadenas, y él no se lo quitaba.

Sus años en el Atlético fueron los mejores de la historia del club.

Pero el mejor Atlético de la historia es el de ahora. Competir como lo está haciendo contra el Madrid y el Barcelona con esos presupuestos que tienen. Nuestros años fueron buenos, pero los últimos del Atlético han sido maravillosos. Si tuviera que pensar en los mejores momentos que vivimos nosotros tendría que destacar la liga que ganamos en Sabadell jugando yo, la victoria de Copa al Valencia y la del Zaragoza en el Bernabeu, que metí gol y casi fue el último partido que jugué. También ganar la Intercontinental. Hasta llegar a la final de la Copa de Europa, pese al disgusto, fue un hito que se te queda grabado. A nivel personal, ser el máximo goleador varias veces y llegar a internacional con veintidós años fue muy importante para mí.

Pero lo que más ha quedado de usted es el respeto que sentía por los rivales, que no celebrara los goles para no ofender…

La alegría iba por dentro. Lo que se hace hoy en día, con todo el mundo dando volteretas, y saltos… no sé…

Dijo Di Stefano que los futbolistas actuales tenían la desvergüenza de celebrar hasta que habían marcado de penalti.

Nuestras celebraciones eran mucho más modestas de lo que se ve hoy en general. Y yo en particular, al meter gol, saludaba a los compañeros y nos íbamos al centro. Sencillamente, al jugar de delantero tenía la posibilidad de meter gol, pero nada más. Las alegrías iban por dentro. Yo siempre he respetado al estadio donde jugaba y al contario. Siempre. Nunca he intentado aprovecharme de meter una plancha o hacer una entrada dura. Todo lo contrario, siempre he ayudado y he colaborado para que ganase el mejor. Si yo no me llevaba la bola en un lance, no te daba una patada. Otros sí lo hacían. Siempre he procurado ser deportivo y aceptar la superioridad del adversario cuando te ganaba.

La selección española atravesó un bache en los setenta, pero Kubala siempre contó con usted.

Le tengo que estar muy agradecido allá donde esté. Fue un gran amigo y un gran defensor de los jugadores. En su época en activo fue de los que vivió la vida de la calle, que salía por las noches, pero era muy bueno. En Hungría ayudó a familiares y a amigos, lo he escuchado de muchísima gente. Además, Kubala era el yerno de Daucik y yo creo que este debió de ejercer mucha influencia en él, hablarle bien de mí, porque Kubala siempre me quiso mucho, y yo también a él. El balance de aquellos años de la selección no fue bueno. Si me tuviera que quedar con un partido fue uno que jugamos contra Yugoslavia que empatamos a cero en el Maksimir de Zagreb. Nos salió todo bien, merecimos marcar, pero no lo hicimos y, como suele ocurrir, en el partido de desempate en Alemania contra ellos perdimos y no fuimos al Mundial de Alemania. Aquella Yugoslavia era muy grande en Europa, que ahora son Serbia, Macedonia, Eslovenia… pero en deporte, hablando de baloncesto, fútbol, balonmano siempre ha sido un número uno. Mira lo que sigue saliendo de ahí, jugadores, técnicos…

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Viene en la prensa de la época que en 1976, cuando empezó su declive, reprendió a su hijo por una travesura y este le contestó: «Malo tú, que llevas tres meses sin meter un gol».

¿Sí? Yo he sido un padre normal, pero marcando la autoridad de padre, de la madre y de la familia. Si respondían mal, macho, mal asunto… lo tenían claro. Les eduqué en el respeto a los mayores. A lo mejor con tres años, que no sabe nada, te dice cualquier cosa como esa… pero bueno, si lo hizo, tengo que decir que me parece bien dicho [risas]. Oye, dentro de treinta o cuarenta años cuando te pregunten a ti qué te dijo no sé quién, a ver de qué te acuerdas [risas].

No se me ocurre una lesión más espantosa en la historia del fútbol español que la que sufrió usted.

Fue en el Vicente Calderón, fue una entrada de Indio, recuerdo perfectamente su nombre, lateral derecho del Elche. Iba por la banda, llegó tarde, me metió los tacos en la rodilla y me la abrió. Salí del campo, me cosieron y volví a entrar. Marqué dos goles, pero daba igual, la tierra que se me quedó dentro de la herida tenía esporas de hongos. Se fueron desarrollando lentamente, pasaron los meses, y me terminaron provocando una infección. A mí solo me dolía y tenía una ligera inflamación. Un día me abrieron, salió pus y no vieron nada. Pero pasaba el tiempo y me seguía doliendo, cada vez más. Se volvió a inflamar mucho y ya no sabían qué hacer. Entonces decidieron darme antibiótico, pero fue un error porque eliminaba mis defensas y favorecía el desarrollo del hongo, que me estaba comiendo el cartílago y el hueso, pero además el verdadero peligro era que se me extendiera por la sangre y llegara a los órganos. Tuve la suerte, un milagro, de que hubo un farmacéutico que era especialista en hongos, pero aficionado nada más, le llevaron un cultivo y supo decir lo que era. Sin embargo, no había medicamentos para ese hongo, no existían. Tuvieron que traer de Bélgica, de los laboratorios Janssen, un medicamento que no estaba aprobado por la Dirección General de Sanidad. Me lo dieron y en diez días se había eliminado todo, pero me dejó destrozado. Desde hace diez años tengo una prótesis en la rodilla.

Se dijo que pudo perder la pierna.

Eso es verdad. Los médicos estaban valorando esa posibilidad. Y yo estaba de acuerdo. Veía una incapacidad, una ignorancia y un desconocimiento, que no sabían lo que era. Cuando ves a los médicos desorientados, probando una cosa y luego otra, en esos momentos pensé que era mejor que me cortasen la pierna. En una consulta estuvieron doce médicos, ¡doce! Vino uno de Brasil, uno de Barcelona, otro era del mundo de los toros… Ocho médicos reunidos delante de mí sin saber qué hacer. Si había que amputar, yo estaba decidido para acabar con todo eso. Luego ellos me lo reconocieron, me dijeron que tenían claro que si la cosa no mejoraba iban a tener que cortarme la pierna y en un momento la posibilidad estuvo encima de la mesa.

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En su partido de homenaje se reunió una especie de selección de Euskadi, que llevaba sin hacerlo desde la República.

Y ganaron. Luego me regalaron la copa, que la tengo en casa. Nunca podré olvidar la reacción del público. No te puedo explicar hasta dónde llega mi agradecimiento a esa afición y a todo el pueblo de Madrid. Fue algo extraordinario. Pero luego tienes que pasar página. No puedes estar añorando lo que fuiste o dejaste de ser, aunque el fútbol haya sido siempre una parte tan importante de mi vida.

Una vez retirado, comentó que el Real Madrid era el club al que aspiraban los Atléticos en «sentido de club».

El Real Madrid se apoya mucho en sus exjugadores y fomenta su participación. El club procura y trata de darles relevancia y señorío manteniendo no solo una relación, debe de haber como diez o doce jugadores que participan y asesoran. En el Atlético de Madrid hemos recibido un trato muy bueno, y lo seguimos recibiendo, pero no existe esto de que el club se apoye en jugadores para engrandecer la institución. El Madrid tiene a Butragueño, Amancio, Zoco, Santamaría, Di Stefano, en el Atlético de Madrid esto sucede a otro nivel, existe, pero de forma muy puntual. No es el señorío que tiene el Real Madrid de mantener vivo el pasado con la utilización de los jugadores.

Pero usted estuvo con el doctor Cabeza.

Estuve unos meses. Yo no quería ser directivo, pero un amigo que era muy atlético quería serlo, era su ilusión, lo comenté y me dijeron que para hacerle a él tenía que hacerme yo, y ahí estuve unos meses. El doctor Cabeza llevaría muy bien el Hospital de la Paz, pero como directivo del club no dio la talla. Yo estuve seis o siete meses pero nada más.

Difícil igualar a Vicente Calderón.

Con él se ganaron títulos. El Atlético fue importante, después del Real Madrid éramos el club más importante de España. Calderón, además, era una persona normal, había una relación como supongo que habrá ahora del presidente con los jugadores, pero a nosotros nos gustaba que comíamos una vez cada dos meses con él. Si había un partido importante, estaba ahí en el Escorial con nosotros. Llevó muy bien el equipo, fíjate lo bien que lo llevó que el presupuesto del Atlético de entonces no sé si era de doscientos millones de pesetas y a nosotros nos tenían por cuatro perras.

¿Usted no rompió el carné harto de Gil?

No, cuando llegó Jesús Gil yo era socio del Atlético de Madrid en la tribuna justo al lado del palco. Y Gil le subió el precio tres veces más, me pareció prohibitivo así que lo que hice fue cambiarme a la tribuna lateral. Hace tres o cuatro años sí que dejé de ser socio porque ya no iba. Tenía tres abonos y mis hijos no iban. Se hicieron comentarios en este sentido pero no. Si voy ahora saco entrada.

¿Y la paga?

Por supuesto.

¿Pero qué valoración hace de los años de Gil?

Mala valoración. Logró que bajásemos a Segunda y ahí fue determinante la administración concursal, lo que transmite eso a los jugadores. La directiva es una correa de transmisión y tiene su reflejo en la plantilla. Un equipo como el Atlético que esté en Segunda dos años no puede ser. Luego se subió con Luis, pero la experiencia que quedó fue esa. Jesús era un poco demagogo y muy populachero, sabía como engatusar a la afición. Aunque tuvo cosas buenas, por supuesto que sí, tenía la fuerza y la voluntad para oponerse al Real Madrid, a la Federación o al Comité de competición. Todo esto fue muy bueno para el Atlético pero al final, con el descenso, es lo que más ha quedado dentro del aficionado como yo, si hablo estrictamente como aficionado.

¿Con qué 9 se queda de los que vinieron después de usted al Atlético?

Hugo Sánchez. Fue un fenómeno. Luego hubo buenos jugadores, que han sido grandes delanteros, pero no han marcado una huella. Penev, Vieri, HasselbainkBaltasar también fue un goleador increíble, pero solo estuvo un año. Parece que estuvieron como de paso. O Manolo, que fue Pichichi, y ahora está trabajando en la Fundación del club por cierto, era un hombre punta, pero no como los que hemos tenido los últimos años, como Falcao, el Kun Agüero o Diego Costa que es un fuera de serie. Sí, recuerdo más a los de los últimos años. También a Torres, por supuesto, que en el Liverpool se hizo muy grande y luego en el Chelsea ha tenido claros y oscuros, pero porque es muy importante sentir la confianza del entorno, del entrenador y los compañeros. Salir al campo bien anímicamente, con confianza, salir pensando en lo que vas a hacer, no en lo que vas a fallar, y parece que eso le está faltando.

¿No se cansa del fútbol?

Hoy en día hartarse del fútbol es lo normal. Hay todos los días… Con el Barça, el Madrid y el Atlético no suelo fallar, pero un Rayo-Getafe, o Rayo-Real Sociedad pues como mucho veo un poco, pero si no hay interés, pues no. Ahora mismo es que hay demasiado, y cuando tienes demasiado de lo que sea no te gusta. Por ejemplo, nosotros el agua no apreciamos lo que vale, pero si vas a África a un pueblo, el despilfarro que tenemos los europeos con el agua no se lo creerían. Con el fútbol, hace cuarenta años había un partido a las siete de la tarde y todo el mundo estaba mirando. Pero ahora si lo que echan no es tu equipo, te da igual. Hay una saturación muy grande.

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Fotografía: Begoña Rivas