Los límites del humor (y 2)

Dave Chappelle límites del humor po
Dave Chappelle. Imagen: Netflix.

(Viene de la primera parte)

El humor no hace un daño físico inmediato, aunque el daño moral es una cosa que, pese a parecer demasiado abstracta, puede cuantificarse, al menos hasta cierto límite. Todos somos, espero, partidarios de una libertad de expresión lo más extensiva posible, pero también entendemos que deben existir ciertas limitaciones. Las justas. Por ejemplo: no veo por qué debería impedirse que Fulano insulte a Mengano. Un insulto será desagradable, pero es pasajero. Sin embargo, cuando Fulano insulta a Mengano a todas horas y por todos los medios, sin dejarlo respirar, la cosa puede considerarse acoso. Lo mismo sucede con el maltrato psicológico, con las amenazas, o con las calumnias. Todas ellas son acciones verbales que no hacen un daño físico per se, pero sí buscan provocar un daño psicológico, y van más allá del mero deseo de expresarse con libertad. Limitar estas cosas es necesario, pero hay que hacerlo en casos extremos.

Muy distinto es pretender que la mera expresión de una idea controvertida pueda ser perseguida por la ley, aun cuando no medien acoso, amenaza o calumnia. Ahí es donde empiezan los grises. Si un cómico empieza a reírse de usted, personalmente y concretamente de usted, bueno: quizá tenga usted motivos para intentar callarlo. Pero si el cómico se burla de un colectivo, de una religión, o de cualquier otra cosa que no sea una persona concreta, no veo por qué debería usted sentir el impulso de pedir que se intervenga.

En el caso de la comedia, creo que lo mejor y lo más sensato es dejar que sean los propios espectadores quienes decidan los límites del humor. Cuando escribo esto, aún está reciente la controversia que ha rodeado a The Closer, el último de los programas especiales de comedia de Dave Chappelle en Netflix. Ya saben, las acusaciones de que Chappelle es tránsfobo, basadas en sus chistes sobre transexuales y en la afirmación de que se identifica con las TERF, trans-exclusionary radical feminists. No tengo una opinión concreta sobre la posibilidad de que Chappelle sea realmente tránsfobo. Puedo entender a quienes piensan que sí, y puedo entender a quienes piensan que no. Y puedo entender a quien se sienta molesto/a por el humor sobre un colectivo. Pero supongamos que alguien agrede una persona transexual, y otro alguien decide echar la responsabilidad del suceso sobre Dave Chappelle. Eso no tendría sentido, dado que el cómico nunca ha sugerido que se agreda a alguien (lo cual, además, es penado como incitación en cualquier país normal). La responsabilidad de una agresión es exclusiva del agresor.

Esto no significa que, desde una perspectiva de la comedia como disciplina, Chappelle no esté cometiendo errores. Chappelle es indudablemente, y pese a sus defectos, uno de los grandes de la comedia. Te puede caer bien o mal, pero el hecho no es discutible: ahí están su dominio del ritmo, del tono, del escenario y de todos los aspectos técnicos de la comedia. Pero con The Closer se ha puesto a la defensiva (además, después ha seguido haciendo extrañas declaraciones preguntándose sobre si ha sido «cancelado»), lo cual me hace pensar que, o bien está dolido en su ego, o bien le está gustando este nuevo papel de enfant terrible. El abandonar por momentos el contexto cómico, el alejarse del equívoco entre ficción y realidad, ha provocado además que The Closer no sea su mejor trabajo. Ojo, contiene buenos momentos cómicos, cómo no, y además demuestra que Chappelle, cuando se pone a narrar, es un excepcional narrador. Pero excepcional. Véase cuando, al final de especial, habla sobre su amiga transexual.

No tengo un juicio moral que hacer sobre Chappelle y, ante la duda, prefiero ponerme a favor de la libertad de expresión del cómico. Defender al cómico no significa alabar todo lo que hace. Sí he pensado que, si Chappelle continúa por ese camino de anteponer sus circunstancias personales a la comedia —cosa que, como vemos, Norm Macdonald nunca hizo ni aun padeciendo cáncer—, corre el riesgo de que sus propios seguidores se terminen aburriendo. Insisto: Closer no está mal, pero es un Chappelle al ralentí y no está entre sus mejores rutinas. Anticipa lo que supondría escorarse demasiado por el camino de Twitter, y, si exceptuamos la religión, no hay nada peor para la comedia que Twitter. La comedia es el arte de hacer reír, no de hacer pensar. Si hace pensar, miel sobre hojuelas. Pero los hermanos Marx o Lucille Ball no estaban ahí para lanzar grandes mensajes. Chaplin lanzó grandes mensajes, pero solamente empezó a hacerlo tras decenas de largometrajes que casi nunca contenían moralejas.

La comedia puede moralizar, pero rara vez sale bien. Ponerse a hablar en serio durante sus rutinas convirtió al George Carlin de los últimos años en un predicador más que un cómico. Dicho de otro modo, terminó siendo más convincente que gracioso. Chappelle parece querer ir por ahí, pero si sus ideas consisten sobre todo en defenderse a sí mismo, no veo el interés. Chappelle es muy inteligente, pero quién sabe, quizá la comedia ya no le importa, y desde luego no necesita el dinero. En fin, es inevitable echar de menos sus años más despreocupados. Recordemos que en su día fue capaz de rechazar un contrato de cincuenta millones de dólares cuando decidió no seguir con su exitoso Chappelle Show. Y lo hizo sencillamente porque se sentía artísticamente incómodo.

Insisto: dejemos que los seguidores de un cómico decidan sobre su futuro. Incluso antes de que existiesen las ponzoñosas «redes sociales», un cómico que conseguía notoriedad traspasando ciertas líneas corría el riesgo de perder a su público si no cambiaba de registro. En los años ochenta, el cómico Andrew Dice Clay se hizo inmensamente popular con su personaje de macarra de Brooklyn que hablaba como si estuviese en una taberna. Su comedia se basaba más en la chabacanería que en la sofisticación, y no a todo el mundo sentaba bien. Cuando apareció como invitado en Saturday Night Live, el episodio tuvo mucha audiencia, pero la cómica del programa Nora Dunn se negó a participar alegando que Clay era un machista. En la misma línea, Sinead O’Connor canceló su actuación musical. Ellas tenían sus razones y actuaron en consecuencia, pero esto afectó poco a Clay. Tampoco le afectaron los problemas con la censura cuando, actuando en los premios MTV, decidió llevar a la pequeña pantalla sus característicos poemas malsonantes. La MTV decidió vetar su presencia (y el veto no sería levantado hasta 2011), pero esto reforzó la imagen de Clay como valiente provocador. Al año siguiente, de hecho, Clay estaba en lo más alto y fue capaz de llenar el Madison Square Garden en dos noches consecutivas, cosa que ningún cómico había conseguido. Además, vendió discos de comedia por centenares de miles de ejemplares. Incluso protagonizó una película que tuvo bastante repercusión en España; aún hoy, conozco a gente que cita frases de ahí.

Hay un motivo por el que Andrew Dice Clay no es recordado como un mártir de la libertad de expresión: su carrera feneció como debería fenecer la carrera de un cómico. Esto es, no porque su comedia es «inmoral», sino porque deja de ser efectiva. Lo que acabó con él no fueron el veto de MTV o las protestas de quienes consideraban su comedia machista y homófoba, sino que su material era repetitivo y el impacto de su concepto estaba destinado a desgastarse. Cuando su propio público se cansó, Clay empezó a ser visto como una parodia de sí mismo, hasta el punto de que ¡otros cómicos empezaron a parodiarlo a él! Y esto es señal de un inminente cataclismo. El día en que Gilbert Gottfried apareció en televisión imitando de manera histriónica a Andrew Dice Clay, las risas de la audiencia sonaron a martillazos. Eran los martillazos sobre los clavos en la tapa del ataúd donde yacía la idea de que la comedia de Andrew Dice Clay seguía siendo cool.

Algo parecido le sucedió a Tom Green, pionero que en 1994 se estaba anticipando en más de un lustro a Jackass, y en varias décadas al tipo de contenido que algunos youtubers hacen hoy (por más que los jóvenes no conozcan este precedente, y por más que otros ancianos como yo crean equivocadamente que los yotubers son estrictamente un fenómeno nuevo). Green empezó su carrera como rapero y en 1992 hizo algo de ruido en su país, Canadá, con el tema «Check the O. R.». Si me preguntan a mí, les diré que el tema no tenía demasiado que envidiar al rap estadounidense de primera línea de la época. Green era muy bueno como rapero, pero su futuro resultó estar en la comedia. Empezó en la televisión de acceso público canadiense, donde cualquier majara podía emitir un programa. Él emitía el suyo en una cadena que no era vista por casi nadie, así que se dedicó a hacer el imbécil con total libertad. Su era humor desenfadado, pueril y en ocasiones hasta truculento. Hoy quizá no llame la atención porque es un tipo de humor mucho más habitual, pero en su momento era algo verdaderamente nuevo, y su entrañablemente estúpido programa empezó a captar a la audiencia joven de Canadá:

En 1999, el ascenso de Green en Canadá hizo que la televisión estadounidense se fijase en él. Y el salto fue espectacular: obtuvo su propio programa en la MTV, que entonces era aún una cadena de enorme repercusión e influencia. En los Estados Unidos, el humor proto-youtuber de Tom Green se convirtió en un verdadero fenómeno. Si quieren ver un delicioso ejemplo de su virtuosismo para la gilipollez, vean la ocasión en que Tom Green les regaló un «putamóvil» a sus propios padres, quienes se lo tomaron con hilarante (y comprensible) indignación. Sí, son sus padres de verdad.

Aquel delicioso programa era de una cretinez insondable, pero cabe aclarar que Tom Green era un tipo inteligente y con mucho talento, y desde luego mucho más versátil que Andrew Dice Clay. Sin embargo, tuvo un problema parecido: insistió con una sola nota hasta que el público se cansó. El salto al cine fue su perdición (aunque cabe admitir que, puestos a arruinar su carrera, él lo hizo por todo lo alto y por la puerta grande). Veamos: dada la popularidad de Green en la MTV —su humor era ofensivo para los adultos, pero parecía dominar el mercado adolescente—, el estudio 20th Century Fox le otorgó graciosamente catorce millones de dólares para que rodase una película, y cometió el error de otorgarle también total libertad creativa. Al parecer, ningún ejecutivo tenía ganas de supervisar lo que veían como un subproducto para quinceañeros sin cerebro. Y bueno, qué decir: Tom Green hizo un uso muy particular de esa libertad. Se descolgó con la película Freddy Got Fingered, un inenarrable ejercicio de anarquía cinematográfica que escapa a todo adjetivo del diccionario. En comparación, el cine de los transgresores oficiales del Hollywood de aquella época —los hermanos Farrelly— parecía hecho por Sofía Coppola.

Freddy Got Fingered tenía un guion que podría haber sido escrito por un quinceañero puesto de marihuana, pero rodado con un presupuesto millonario y un equipo profesional. No digo esto en sentido peyorativo. Cuando uno se para a considerar el concepto general, la inteligencia de Green se hace evidente. No me gusta usar gratuitamente el término, pero al Tom Green de aquellos años solamente se lo puede describir con una palabra: troll. De hecho, le recomiendo a usted ver esta película no porque crea que le vaya a gustar (o no necesariamente), sino porque, se lo digo desde ya, nunca habrá visto algo semejante que haya emergido de un gran estudio de Hollywood. ¿Es Freddy Got Fingered una buena película? No, pero es una película apoteósica. Tome usted este adjetivo como mejor le parezca, porque es el adjetivo perfecto. Y ¿de qué es la apoteosis, concretamente? De la estupidez. Pero a mí me hace gracia, porque soy idiota perdido.

La película se pegó un batacazo en taquilla. Aunque el humor de Tom Green era tan descerebrado y cafre como de costumbre, su joven público no recibió bien el salto a la ficción, probablemente porque les parecía lo mismo de siempre pero sin la gracia añadida de que Green lo hiciese «en la vida real». El público adulto, por descontado, quedó horrorizado al enterarse de las cosas que aparecían en el film. Los críticos se ensañaron con Tom Green y Freddy Got Fingered obtuvo seis premios Razzie, los «Óscar» paralelos que se conceden a las peores películas de cada año. Cabe señalar que Green fue también un pionero a la hora de recibir estos premios. Antes de él, ninguno de los anteriores agraciados con los Razzie se había dignado aparecer en la ceremonia. Pues bien, Tom Green no solo se presentó orgullosamente y para sorpresa de todo el mundo, sino que llevó su propia alfombra roja. Era como si la implosión de su carrera no le importase un comino, cosa que no puede decirse de Dice Clay.

Lo malo del troll es que la fórmula corre el riesgo de agotarse, y eso fue lo que pasó. Los jóvenes también le dieron la espalda al programa de televisión de Tom Green porque aparecieron programas como Jackass (2000), que nunca hubiesen existido sin Green, pero eran más extremos e hicieron que su humor pareciese repentinamente inocente. Y los adolescentes, ya se sabe, rechazan todo aquello que suena inocente. Green trató de reformarse apuntando al público adulto con un talk show inspirado en el de su ídolo David Letterman, pero su imagen de gamberro pueril estaba demasiado asimilada por los espectadores. Hoy, Green es mucho menos popular que entonces, aunque muy respetado por quienes todavía le siguen. Además, sigue llevando el hip hop en la sangre. Si tiene usted afición a improvisar rap, nunca se le ocurra desafiar a Tom Green, porque podría usted salir trasquilado/a.

Así pues, sucede que perfectamente puede ser el propio público de un cómico quien lo abandona más por desidia que por indignación. Y eso es lo saludable. La comedia es un ecosistema que se regula a sí mismo. Cuando el público decide que un tipo de comedia ya no tiene gracia, ese cómico está perdido. A la comedia que ya no funciona hay que dejarla morir, no matarla antes de tiempo.

La comedia, cuando lo es de verdad —y no es un cómico opinando sin pretender hacer comedia—, no puede ser inmoral. O, si puede serlo, ¿a quién afecta? Porque la comedia es un equívoco, una ficción que a veces puede parecer realidad, pero no lo es. Y pedirle moralidad al contenido de una ficción es un ejercicio de incapacidad para entender los límites de la realidad, o, peor aún, un ejercicio de autoritarismo. La comedia debe ser un santuario donde se permita más flexibilidad que en otros ámbitos. Hablo por supuesto de flexibilidad moral y social, no de crear una excepción legal sobre el acoso, la amenaza, la calumnia, etc. Porque, obviamente, esas cosas ya no son comedia. Pero sí creo que es inherente a la comedia el que se digan cosas que quizá no queremos escuchar. Por supuesto, podríamos vivir en un mundo donde toda la comedia fuese blanca e inofensiva, pero eso sería como vivir en un mundo donde toda la música fuese apta para sonar en un ascensor. ¿Quién demonios querría vivir en un mundo así?

Una alegación legítima es, por supuesto, la pregunta: ¿y si la comedia es usada para difundir ideas nocivas? ¿Acaso no es eso un problema? Pues la verdad es que no debería serlo. Como comentaba sobre George Carlin o Chappelle, es fácil detectar en qué momento un cómico abandona el contexto de la comedia y emplea sus rutinas para soltar un discurso (ideológico o de otro tipo). Es fácil detectar que ya no existe animus iocandi. Estoy de acuerdo con muchas de las cosas que decía George Carlin (y no con otras) cuando sermoneaba, pero en esos sermones no lo percibo como cómico, sino como columnista. Lo veo, como diría Norm Macdonald, buscando el aplauso más que la risa. Y eso es respetable, pero no es comedia. Cuando un cómico prefiere opinar, ha abandonado el santuario.

El tener gracia es el santuario. El humor, mientras sea realmente humor, no debe tener límites. Todos decimos cosas controvertidas en privado, todos bromeamos con tabús en privado, pero la comedia es el único laboratorio en el que se puede experimentar con ideas controvertidas y tratar tabús ante la vista de todo el mundo. Un buen cómico es capaz de decir cosas que muchos otros piensan en privado. Cuando Chris Rock distinguía entre negros y negratas, decía algo que muchos otros negros piensan pero no dicen, y que por descontado ningún blanco estadounidense puede decir sin que lo consideren miembro del Ku Klux Klan. No es un asunto que pueda tratar como debe una tertulia televisiva, no es un asunto que pueda tratar un noticiario. Es un asunto que, en público, solamente puede tratar un cómico como Chris Rock. Si los buenos cómicos no pudiesen tratar los temas controvertidos como solamente ellos saben, estos temas quedarían exclusivamente en mano de tertulianos, periodistas y usuarios de Twitter. Líbrenos Dios de esa aterradora posibilidad.


La defensa Chewbacca

South Park. Imagen: Comedy Central.

Wookie

La «defensa Chewbacca» suena a una línea de defensa conformada por individuos con serios problemas para controlar con éxito el crecimiento de su vello corporal. Pero en realidad se trata de un término real con el que se denomina a cierto tipo de estrategia argumentativa utilizada con muchísima frecuencia en juicios y debates. Y la culpa de que exista un concepto popular capaz de plantar a los wookies en medio del debate judicial la tiene South Park. Y O. J. Simpson.

Ocurrió durante el decimocuarto capítulo de la segunda temporada del deslenguado programa creado por Trey Parker y Matt Stone. En aquel episodio de South Park, titulado «Chef Aid» y emitido a principios de octubre del 98, Chef descubría que Alanis Morissette estaba triunfando con una canción titulada «Bragas sucias» donde la artista plagiaba de manera evidente un tema que él mismo había compuesto varios años antes. El hombre decidía contactar con los ejecutivos de la discográfica, con la única petición de que su nombre fuese incluido como compositor entre los créditos del hitazo. Pero desde la casa de discos no solo ignoraron la solicitud, sino que además se pusieron bravucones y optaron por demandar a Chef por acoso, logrando que el pobre hombre fuese llevado a juicio. En un principio, el litigio no parecía que fuese a llegar demasiado lejos, porque resultaba irrebatible que la canción de Morissette fusilaba con descaro la composición de Chef. Pero la discográfica tuvo la indecencia de contratar los servicios del abogado Johnnie Cochran, el hombre que defendió con (dudoso) éxito a O. J. Simpson de los cargos de asesinato. Durante la celebración del juicio del Chef, la versión animada de Cochran se marcaba el siguiente discurso a la hora de proteger los intereses de la discográfica:

—Señoras y señores del supuesto jurado, el abogado del Chef quiere que crean que su cliente escribió «Bragas sucias» hace diez años. Y ha sido sincero, casi hasta a mí me ha conmovido. Pero señoras y señores del supuesto jurado, voy a decirles algo que quiero que consideren: señoras y señores, este es Chewbacca. Chewbacca es un wookie del planeta Kashyyyk, pero Chewbacca vive en el planeta Endor, piensen eso, eso no tiene sentido. ¿Por qué un wookie de ocho pies va a querer vivir en Endor con unos ewoks de dos pies? Eso no tiene sentido. Y más importante, ustedes se dirán ¿qué tiene que ver eso con este caso? Nada. Señoras y señores, no tiene nada que ver con este caso. Eso no tiene sentido. Mírenme, soy un abogado que defiende una compañía discográfica hablando de Chewbacca. ¿Tiene sentido? No, señores, eso no tiene sentido. Nada tiene sentido, pero pregúntese cuando estén deliberando y practicando la declaración de emancipación: ¿tiene sentido? No. Señoras y señores del supuesto jurado, eso no tiene sentido. Si Chewbacca vive en Endor deben exonerarlo. La defensa ha concluido.

Aquella exposición disparatada lograba convencer al jurado, y Chef era inexplicablemente condenado a pagar una multa de dos millones de dólares o, en su defecto, apalancar el culo en prisión durante cuatro años. Durante el discurso de Cochran, el abogado defensor de Chef apuntaba que el letrado estaba utilizando una estrategia conocida como «la defensa Chewbacca», una denominación ficticia que acabaría contagiándose a la jerga del mundo real. Porque Parker y Stone suelen hacerse los tontos pero a la hora de escribir los guiones de South Park son bastante avispados: aquel alegato parecía un disparate absurdo, pero en realidad era una sátira directa de la estrategia que, unos años atrás, el auténtico Cochran había utilizado durante el proceso contra O. J. Simpson .

La defensa Chewbacca

La defensa Chewbacca es el truco más viejo del libro. Una estrategia que persigue ganar un debate a base confundir, con argumentos y exposiciones que no tienen nada que ver con lo debatido, al rival y al público presente. Es el salvavidas cuando no existe otra manera humana de defender un argumento, la táctica de hacer uso de los recursos más chabacanos: utilizar red herrings (pistas falsas, elementos que no conducen a ningún sitio) que distraigan al tribunal, repetir una afirmación constantemente aunque esta no se sostenga por ningún lado, debatir sobre la semántica de algún dato trivial, elevar la voz para imponerse o encadenar con rapidez ráfagas de conceptos absurdos y deliberadamente complejos para abotargar al oponente.

El objetivo final de la defensa Chewbacca es convertir falsamente en ganador a quien la expone, otorgando a la audiencia la impresión de él ha vencido en el litigio, cuando lo cierto es que ni siquiera ha tocado el tema central a debatir. Para llegar a dicha meta, los artesanos de la defensa Chewbacca han perfeccionado un puñado de caminos posibles, todos ellos asfaltados sobre las falacias, los malentendidos y las trampas. El más común se basa en demostrar que el contendiente está equivocado en algún tema no relacionado con lo que se debate, una maniobra que subconscientemente convence al jurado de que dicho oponente en general está equivocado en todo. Pero también es habitual abrumar al adversario con datos disparatados hasta que este pierda el hilo de lo que está ocurriendo, o jugar a lograr el apoyo de más audiencia y justificar una posición con un «si tanta gente está de acuerdo conmigo significa que yo tengo razón y tú no». Una de las estrategias wookie más extremas pasa por comportarse como un auténtico tarado para forzar al rival a abandonar el debate por pura desesperación, porque la retirada de uno de los oradores suele interpretarse como una victoria para el otro.

Chewbacca en el mundo real

El capítulo de South Park apuntaba de manera nada disimulada al discurso que Cochran había esgrimido durante el caso «El pueblo del estado de California contra Orenthal James Simpson» donde se juzgó por doble asesinato a O. J. Simpson, un famoso exjugador de la NFL reconvertido en actor y comentarista deportivo. El caso en sí ya tenía bastante miga: el 13 de junio de 1994 fueron hallados los cuerpos apuñalados de Nicole Brown (exesposa de Simpson) y Ronald Goldman. Poco después, la policía visitó la vivienda de O. J. Simpson y localizó en ella un guante ensangrentado (que coincidía con otro abandonado en la escena del crimen) y un coche repleto de sospechosas salpicaduras de color rojo. Ante el marón evidente, Simpson prometió entregarse de manera voluntaria para someterse a juicio. Pero en lugar de ello, agarró una pistola, un pasaporte, un fajo de dinero, ropa de recambio y una barba falsa para subirse al coche pilotado por su amigo Al Cowlings y escapar a lo loco. Ambos protagonizaron una huida a cincuenta kilómetros por hora y televisada en directo perseguidos por una veintena de coches de policía y nueve helicópteros de diversas cadenas televisivas mientras Simpson, sentado en el asiento trasero del coche fugado, sopesaba la idea de volarse los sesos. Tras ser detenido, el exjugador se fundió entre tres y seis millones de dólares construyendo un equipo de abogados con nivelazo, un grupo al que los periodistas se referían como el dream team. Letrados de alta gama entre los que figuraba el Cochran del que harían guasa en South Park.

O. J. Simpson. Imagen: DP.

Pese a que todo apuntaba en su contra y las pruebas potencialmente incriminatorias (desde una nota de suicidio hasta la sangre de las víctimas encontrada en su coche) se contaban por toneladas, O. J. Simpson fue declarado inocente en octubre de 1995. Y todo gracias a una efectiva estrategia del equipo de abogados defensores basada en confundir y marear al jurado a través de todos los frentes posibles: desde cuestionar la validez de los análisis de ADN (que en aquella época eran novedosos y por tanto demasiado desconocidos para el público) insinuando que los mismos podían estar contaminados pero no diciendo cómo, hasta acusar al departamento de policía de Los Ángeles de estar integrado por racistas cercanos a Hitler. Pero también pasando por sugerir que ciertos policías podrían haber fabricado pruebas falsas, y teorizando que los crímenes podían haber sido cometidos por traficantes de drogas colombianos. El alegato final de Cochran se centró en demostrar que a Simpson no le encajaba bien en la zarpa aquel guante hallado en la escena del crimen. Y su discurso de defensa se basó principalmente en meter en la cabeza del jurado la idea de que, como el hombre no podía rellenar con comodidad dicho guante, aquello no tenía sentido y eso significaba que era inocente. En conjunto, los abogados de Simpson elaboraron la versión más pura de la defensa Chewbacca, aquella que recurrió a todo y además tuvo éxito al hacerlo.

El guion de Parker y Stone llegaba a fusilar la frase más repetida por Cochran durante su famosa exposición. En aquel juicio contra O. J. Simpson, el abogado convirtió en muletilla una afirmación con alma de eslogan y rima ridícula incluida: «It makes no sense, it doesn’t fit, if it doesn’t fit, you must acquit». En South Park, el personaje de Cochran colaba en su monólogo un «It does not make sense! If Chewbacca lives on Endor, you must acquit». El episodio logró convertir en algo bastante popular el concepto de la «defensa Chewbacca», introduciendo la idea en el léxico habitual de abogados y jueces. Cuando Cochran falleció en 2005, el obituario que se redactó desde Associated Press recordaba cómo la persona se había convertido en personaje en el imaginario popular (fue parodiado en Seinfeld y Saturday Night Live) y cómo se había presentado en South Park esgrimiendo con éxito la defensa Chewbacca.

Johnnie Cochran. Imagen: DP.

En un momento dado de Arma letal 4, Chris Rock detenía a un sospechoso y le recitaba una variante muy curiosa de la advertencia Miranda: «Tienes derecho a un abogado. Si ese abogado es Johnnie Cochran, yo mismo te mato».

Thank you for Chewbacca

En Gracias por fumar, una película firmada por Jason Reitman y basada en una novela de Christopher Buckley, tenía lugar una escena genial en donde Nick Naylor (Aaron Eckhart) le explicaba a su hijo Joey Naylor (Cameron Bright) la estrategia de debate que utilizaba en su trabajo. Aquel diálogo sobre sabores de helados es una de las mejores demostraciones que podemos encontrar en la ficción cinematográfica sobre cómo se construye una buena defensa Chewbacca:

— ¿Y qué pasa cuando te equivocas?

— Joey, nunca me equivoco.

— No puedes tener razón siempre.

— Si tu trabajo es tener razón, no puedes equivocarte.

— Pero, ¿y si te equivocas?

— Vale, digamos que tu defiendes el chocolate y yo defiendo la vainilla. Bien, si te dijera que la vainilla es el mejor sabor de helado, ¿qué dirías?

— No, es el chocolate.

— Exacto, pero así no puedes ganar. Así que te pregunto: ¿crees que el de chocolate es el no va más de los helados?

— Para mí es el mejor helado, yo no pediría otro.

— Ah, ¿lo es todo para ti, no?

— Sí, es lo único que necesito.

— Yo necesito más que chocolate, y en realidad necesito más que vainilla. Creo que necesitamos libertad para elegir nuestra clase de helado. Y esa, Joey Naylor, es la definición de libertad.

— Pero no es de eso de lo que estamos hablando.

— Ah, pero es de lo que yo estoy hablando.

— Pero no has demostrado que el de vainilla sea el mejor.

— No hace falta, he demostrado que te equivocas y, si es así, yo tengo razón.

— Pero aún no me has convencido.

— Porque no voy a por ti, voy a por ellos [señala a los transeúntes de su alrededor].

Gracias por fumar. Imagen: Fox Searchlight Pictures.

La defensa Twinkie

Existe un antecedente a la idea de la defensa Chewbacca, uno que también tiene nombre loco pero contiene alma de bollería industrial: «la defensa Twinkie».

El 27 de noviembre de 1978, Dan White asesinó a tiros al concejal Harvey Milk y a George Moscone, alcalde de la ciudad de San Francisco. Durante el juicio posterior la defensa no puso en duda la evidente culpabilidad de White, pero sí optó por utilizar la estrategia de demostrar que el hombre estaba pasando por una depresión bastante gorda y que sus actos no habían sido premeditados, algo que serviría como atenuante. Para lograrlo, contaron con el testimonio del psiquiatra Martin Blinder, un hombre que confirmó el estado depresivo en el que se hallaba White basándose en las evidencias proporcionadas por su vida cotidiana: el acusado había renunciado a su trabajo, abandonado a su esposa, renunciado a la higiene personal y sustituido su dieta equilibrada (White era un fanático de la alimentación saludable) por chucherías, refrescos y comida basura. Blinder también apuntó que según algunas teorías aquella alimentación tan descompensada y rellena de azúcares podría influenciar agravando ciertos estados de ánimo. La treta de demostrar la depresión de White funcionó mejor de lo esperado, y el hombre solo sería condenado por homicidio involuntario a cumplir cinco años de cárcel.

Ante tanto circo, el periodista Paul Krassner acuñó con sorna el término «defensa Twinkie» para referirse a la estrategia utilizada por los abogados de White. Aunque lo cierto es que los propios Twinkies (un pastelito de bollería industrial que tiene esta pinta) tan solo habían sido mencionados muy de pasada durante el juicio, y que la dieta azucarada nunca fue realmente el eje del argumento de los letrados. Desde entonces, la defensa Twinkie es un término que es usado de manera informal al referirse a aquellos razonamientos judiciales que utilizan conceptos absurdos para intentar reducir la pena del acusado. La rápida popularidad del concepto «defensa Twinkie» también provocó que la gran mayoría de norteamericanos se tragasen una leyenda urbana muy extendida: la idea de que se había demostrado que White cometió los asesinatos por culpa de un subidón de azúcar, y que aquello había servido como atenuante.

Dos años después de cumplir su condena y volver a pisar la calle, Dan White se suicidó. Aunque unos meses antes tuvo tiempo para confesar que los asesinatos cometidos habían sido cuidadosamente premeditados y no consecuencia de una depresión, pero también que en sus planes iniciales figuraba la idea de matar a más gente.

La defensa bocata

Jared Fogle, conocido popularmente como Subway Guy, tiene el muy dudoso honor de ser otra de esas personas que, durante un juicio, trató de aligerar un acto aberrante utilizando como argumento una descarada defensa Chewbacca centrada en la ingesta de alimentos.

Jared Fogle. Si aquí ya da grima espera a ver su historial de internet. Imagen: Subway.

Fogle se hizo famoso en 1999 tras idear una dieta con la que fue capaz de adelgazar noventa y un kilos, basada en comer bocadillos de la franquicia Subway. Gracias a la popularidad de aquella gesta, la propia cadena de restaurantes Subway lo fichó como portavoz oficial de las virtudes de sus productos. Y durante los quince años posteriores, el hombre protagonizó anuncios y campañas de publicidad, realizó cameos (se coló en la WWE y también en Sharknado) y ofreció charlas sobre lo bonito de comer sano, convirtiéndose en algo así como la mascota humana de la compañía. Pero la cosa se le complicó en general a mediados del 2015, cuando el FBI y la policía registraron su casa y se tropezaron con discos duros repletos de pornografía infantil y evidencias de que el hombre andaba a la caza y captura de niñas para mantener relaciones sexuales.

Repudiado por el mundo, Fogle fue llevado a juicio y acusado tanto de haber pagado para acostarse con una menor de edad como de ser poseedor y distribuidor de pornografía infantil. Durante el proceso, los abogados de Fogle apostaron por construir una de las peores defensas Chewbacca imaginables: aquella que intentó convencer al jurado de que los hábitos alimenticios del hombre tenían la culpa de su enfermizo comportamiento sexual. Durante el pleito, la defensa citó a declarar al psiquiatra forense John Bradford, un hombre que tuvo los cojones de asegurar que el cambio de dieta de Fogle había sustituido su desorden alimenticio previo por una hipersexualidad que incluía una pedofilia que etiquetaba como «leve», al estar centrada en las adolescentes y no en las niñas más pequeñas. Pero todo aquel montón de mierda no le funcionó en absoluto: en la actualidad, Fogle cumple una condena en prisión y no es probable que tenga oportunidad de salir de allí para catar otro bocadillo que no sea el de lomo carcelario hasta como muy pronto el año 2029.

El dilema Chewbacca

Desgraciadamente, la propia existencia y conocimiento de la defensa Chewbacca puede acarrear lo que se conoce como dilema Chewbacca. O lo que es lo mismo, que una defensa, inteligente, correcta, razonada y lógica resulte tan compleja de asimilar para el oponente como para que sobrevuele por encima del entendimiento de aquel y sea interpretada incorrectamente como una defensa Chewbacca. Si esto ocurre, el rival adquiere la falsa impresión de que el otro orador se está yendo por las ramas de Endor cuando en realidad está utilizando un argumento con los pies bien plantados en nuestro planeta. Una percepción errónea capaz de provocar que alguien sea acusado de utilizar la defensa Chewbacca cuando realmente no es así. En terrenos gubernamentales este dilema ha llegado a alcanzar la categoría de arte, porque los políticos se han acostumbrado a llevar a cabo todos sus debates de la manera más wookie y enrevesada posible: utilizando una defensa Chewbacca para acusar al oponente de estar utilizando una defensa Chewbacca.

En el fondo, hasta aquel Johnnie Cochran que se asomaba por South Park construía su defensa sobre unos cimientos malintencionados. Porque la afirmación que utilizaba como base durante su disparatada exposición era también a su vez otra gran mentira: Chewbacca nunca ha vivido en Endor, en realidad solo estaba de paso por allí en El retorno del jedi.

No lo abandones, él nunca lo haría. Imagen: Walt Disney Pictures.


¿Qué otro cantante merecería ganar el Nobel de Literatura?

Aunque no perdemos la esperanza de que el Premio Nobel de Química genere algún año de estos polémicas en redes sociales, bares y reuniones familiares que acaben a insultos y gorrazos, una vez más han sido los de Literatura y de la Paz los que han venido para dar algo de vidilla. Especialmente el primero, pues si son legión quienes se alegran por este reconocimiento, está también extendida la opinión de que es una muestra más de la decadencia y trivialización de los Premios Nobel, de la cultura contemporánea y hasta de Occidente si nos apuran. Tampoco falta quien, situándose en un término medio, se limita a pedirle a Bob Dylan que se eche Respir y se suene de una vez. Así que si lo que se buscaba es repercusión entonces bien elegido está, al fin y al cabo todo el mundo ha escuchado alguna canción suya y puede posicionarse. Por si los académicos perseveran en tal camino es momento entonces de ir planteando otros posibles merecedores de esta distinción que se le negó a Borges. Voten o añadan su favorito, recordando en primer lugar que debe estar vivo, así que por ejemplo Chayanne sí valdría.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

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Ray Davies

Contaba Heródoto en el libro primero de sus Historias que los persas acostumbraban a tomar las decisiones más importantes reunidos en plena borrachera. Así nos imaginamos también al comité noruego que se encarga del Premio Nobel de la Paz, con cada miembro exponiendo su candidato junto a un «¿A que no hay huevos?», mientras el resto bastante tiene con no caerse de la silla. Por su parte, los suecos parecen tomárselo más en serio con los que les toca repartir, aunque en su momento también otorgaron uno de literatura a Churchill porque daba buenas arengas, decían. Si es por eso entonces lo merece igualmente este otro inglés, letrista y líder de The Kinks, pues también lanzaba auténticos manifiestos en sus canciones con los que despertar conciencias, como el de este tema inspirado por un desastre ocurrido en un pueblo minero galés, en el que describía «un mundo donde el esfuerzo de la persona normal importaba poco». Pero sobre el grupo, esta canción y su letra ya hablamos en este artículo.

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Tom Waits

«Es un gran día para la literatura y para Bob cuando un maestro de su forma original es celebrado. Antes de que los relatos épicos y los poemas fueran escritos, las letras migraban en los vientos de la  voz humana, y no hay una voz más grande que la de Dylan». Así felicitó Tom Waits el otro día a un compañero con el que comparte múltiples referencias, la primera y más fundamental el escritor Jack Kerouack. Una vez se ha reconocido así a uno; el otro, tarde o temprano, debería también compartir su gloria.  

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Neil Young

Una afinidad también compartida con este músico canadiense, en quien influyó notablemente y con el que se le ha comparado a menudo, aunque Neil Young deja claro la posición de cada uno: «yo nunca seré Bob Dylan, él es el maestro». Es un gesto de humildad que le honra, aunque la huella también ha sido en sentido contrario, tal como Dylan cantaba en uno de los versos de «Highlands»: «I’m listening to Neil Young, I gotta turn up the sound».

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Dolly Parton

La larga y meritoria trayectoria de esta cantante country ha estado igualmente vinculada a la de Bob Dylan, de cuyo tema «Don’t Think Twice It’s All Right» hizo la versión que tienen sobre estas líneas, que supera a la original. Aparte también ha sido actriz, participando junto a Burt Reynolds en La casa más divertida de Texas. Eso también debería puntuar para un Nobel.

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Santiago Auserón  

Este doctor en filosofía es sin duda uno de los mejores compositores en castellano, con unas letras ingeniosas, originales y de gran belleza poética, ya fuera con el grupo Radio Futura o en su posterior carrera en solitario bajo el nombre Juan Perro. Este tema en el que se hacía aquella pregunta de «¿Con esa mala leche un salón de té?», corresponde al primero.

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Eminem

Chris Rock decía que uno se da cuenta de que el mundo ha enloquecido cuando ve que el jugador más alto de la NBA es chino, el mejor golfista es negro y el mejor rapero es blanco. Refiriéndose, naturalmente, a Eminem. El novelista Stephen King también ha elogiado su talento e incluso un premio Nobel como Seamus Heaney reivindica las letras de este cantante por su «energía verbal». En ellas hay juegos de palabras, interpretaciones de diferentes personajes y muchas referencias a sus propias circunstancias vitales.

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Joaquín Sabina

Al día siguiente de darse la noticia del Nobel a Dylan, Sabina publicaba este artículo  congratulándose por ello y apuntando algo más bajo, al Premio Cervantes. Claro que no lo reclamaba para sí mismo, pero a buen entendedor… Cualquiera de los dos sería un justo merecimiento, al fin y al cabo ningún otro cantante de nuestro país ha compuesto tal cantidad de letras que resulten inmediatamente reconocibles con apenas escuchar unas palabras, ya forma parte de la cultura española. En su momento le dedicamos esta entrevista .

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Luis Eduardo Aute

Recientemente ha sido noticia que ha logrado salir del coma en el que cayó tras sufrir un infarto y parece que va recuperándose bien tras unos momentos muy difíciles, así que afortunadamente cumple el primer requisito requerido que señalábamos antes, que es el de estar vivo. Respecto al segundo, que es merecerlo, va más holgado: no hay rama artística que Aute no haya tocado alguna vez en su larga y prolífica carrera, siempre con una gran acogida. Albanta fue un disco de 1978 con letras de contenido político antifranquista, como «Al alba», y otras como esta que da nombre al disco y al país imaginario con el que su hijo fantaseaba, un lugar donde «las ciencias no son exactas / porque es eterna la infancia / y el fin no es el fin / porque no acaba lo que no empezó».

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Nick Cave

Sobre este australiano fundador de la banda Nick Cave & The Bad Seeds, su trayectoria artística y la influencia del Antiguo y Nuevo Testamento en su obra poco más cabe añadir a lo dicho en su día en este artículo.

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Paquita la del Barrio

Con temas como «Arrástrate», «Escoria humana», «Llorarás», «Para que hinques a tu madre», «Qué poco hombres eres», «Te parto el alma» o «Rata de dos patas», esta poetisa jarocha ha sabido usar el despecho como combustible de su talento, elevando el arte del insulto a cumbres dignas de Quevedo. Los académicos suecos dan la impresión de tener poca sangre y quizá no puedan valorarla como merece, pero quién sabe…

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Morrissey

Morrissey sintió desde joven un gran interés por la literatura en general y por Oscar Wilde en particular, del que a decir de algunos ha logrado captar su estilo en unas letras que a menudo son atormentadas, aunque también suele recurrir en ellas a la ironía.

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Georgie Dann

Si todos los anteriores se caracterizan por largas parrafadas que hay que escuchar varias veces o leer con detenimiento para lograr desentrañarlas, concluiremos con un candidato que ha hecho de los estribillos sencillos su seña de identidad. En el universo poético de Georgie Dann el título de cada tema raramente lleva a engaño, de forma que «El chiringuito», «La cerveza», «La barbacoa», «El veranito», «La rana» o «El dinosaurio», ya nos orientan sobre qué podremos encontrarnos. La melodía es siempre la misma, porque tal como ocurre con los Lada una vez se llega a la perfección no hace falta cambiar, mientras que sus metáforas son contundentes y no hacen prisioneros: «Las chicas en verano / No guisan ni cocinan / Se ponen como locas / Si prueban mi sardina. (…) Si sube la marea / Me va de maravilla / La gente se amontona / Y yo les doy morcilla». Joder, un grande.

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¿Qué actor o actriz ha puesto más empeño en sabotear su carrera?

Hay intérpretes que jamás ganarán un Óscar, pero no es algo que les preocupe lo más mínimo: han sabido encontrar un nicho y lo han explotado, ganando mucho dinero y unos cuantos fans. Es el caso de Steven Seagal, que ha logrado ganarse la admiración del mismísimo Putin —que no es alguien que vaya por la vida regalando cumplidos—, o del columnista de política internacional y anteriormente actor Chuck Norris. Nunca han caído en la frivolidad de tomarse en serio y su carrera artística no da bandazos, nadie puede asomarse a sus películas esperando otra cosa que lo que son. Nuestro respeto. Otros, en cambio, en algún momento han dado muestras de un gran talento para la actuación, han sabido escoger proyectos que se convertirían en obras maestras del cine… y luego se han echado a perder con auténtica saña, hacia sí mismos y hacia los incautos espectadores que acuden confiados a la taquilla pensando «si sale este, debe ser buena». ¿Por qué lo hacen? Es una de las grandes incógnitas de la ciencia, así que mientras esperamos la respuesta al menos distingamos cuáles son, para minimizar el daño. Así que voten y añadan si lo desean algún otro más a la lista.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

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John Travolta

Imagen de Getty.
Imagen de Getty.

Mirando alguna foto de los últimos años de Travolta uno piensa en la escasa pericia con el Photoshop de quien le haya añadido eso en la cabeza, hasta que lo ves en otras imágenes y caes en la cuenta de que realmente lo lleva puesto, hay playmobils con el pelo más sedoso. Aunque probablemente cuando se mire en el espejo estará orgulloso del resultado, como lo está de su firme creencia en Xenu —el dictador de la Confederación Galáctica al que los terrícolas debemos nuestra existencia, de poseer un discreto Boeing 707 y, tal como sospechamos, también se sentirá satisfecho de su filmografía. En sus inicios la necesidad le obligó a interpretar papeles en películas buenas o al menos simpáticas, como Carrie o Grease, pero luego ya pudo hacer lo que realmente le gustaba: Austin Powers III, Campo de batalla: la Tierra, Phenomenon o Dos canguros muy maduros. ¿Cómo puede elegir tan rematadamente mal? ¿Es nuestro tormento alguna clase de ofrenda a su dios? Claro que hasta los más grandes maestros del despropósito tienen un desliz, que en su caso fue Pulp Fiction.

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Robert De Niro

Imagen de Universal Pictures.
Imagen de Universal Pictures.

El padrino II, Taxi Driver, Novecento, Érase una vez América, El cazador, Toro Salvaje, La misión, Uno de los nuestros, Casino, Heat… No hay otro actor en la historia del cine que pueda presentar un currículo con un nivel medio tan alto. Pero la buena estrella que le guió a la hora de escoger proyectos durante los setenta, ochenta y noventa dio paso a otra cosa cuando se le metió en la cabeza que tenía que hacer comedia y poner una y otra vez esa mueca que por algún motivo considera desternillante. Entonces llegaron Los padres de ella, Ahora los padres son ellos y, aún pendiente de su estreno, Dirty Grandpa.

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Eddie Murphy

Imagen de Paramount Pictures.
Imagen de Paramount Pictures.

Comenzó a principios de los ochenta siendo un monologuista malhablado e incorrecto en los temas que abordaba, de una manera que hoy día ya no sería posible bajo la vigilancia de unos medios de comunicación y redes sociales más susceptibles de escandalizarse que una señora victoriana de misa diaria. Pero el caso es que resultaba muy divertido, aquí un ejemplo. Por entonces se estrenó en la gran pantalla con Límite: 48 horas, todo un clásico del cine policíaco de los ochenta en la que tenía una fantástica química con Nick Nolte. Le siguieron otras cintas entretenidas y de cierta calidad y luego ya, entrados los noventa, esa clase de comedias que provocan al inicio cierta incomodidad en los espectadores, que termina derivando en abierta angustia y mirada extraviada en busca de la salida.

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Chris Rock

Imagen de Getty.
Imagen de Getty.

Aquí tenemos un caso similar, aunque aún más sangrante si cabe. Steven Pinker ha definido al biólogo Robert Trivers como «uno de los autores más destacados en la historia del pensamiento occidental» y este es, a su vez, un devoto admirador de Chris Rock, al que cita con frecuencia en su obra. Es un monologuista muy agudo, realmente brillante, y en YouTube hay múltiples ejemplos de ello: en este vídeo lo vemos por ejemplo hablando de la diferencia entre tener un trabajo y tener una carrera profesional. ¿Qué hizo cuando dio el salto al cine? Pues si dejamos a un lado Dogma, nos encontramos con La salchicha peleona, Zohan: licencia para peinar y De incompetente a presidente. De nuevo un misterioso desdoblamiento de alguien que tampoco parece forzado por la necesidad económica, dado su éxito previo. En la próxima entrega de los Óscar lo veremos como presentador, esperemos que encarnado en la primera versión.

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Christopher Lambert

Imagen de Columbia Pictures.
Imagen de Columbia Pictures.

Comenzó con Greystoke, la leyenda de Tarzán y Los Inmortales y a esta última le añadió cuatro continuaciones, cada cual peor que la anterior, en lo que probablemente es la peor saga de la historia. Tenemos por ahí a tanto artista posmoderno buscando con su obra la fealdad deliberada como forma de transgresión y este con menos alarde los barre a todos. Debía de ser curioso el mecanismo mental que permitió llevarlas a cabo: «eEsta nos ha salido mala de cojones… ¡Hagamos otra!». En fin, ahora parece que aún habrá una sexta que será un remake del original. También participó en Druidas, Mortal Kombat y Fortaleza infernal, así como Fortaleza infernal 2, que la primera no le salió suficientemente mala y hubo que repetirla. Está claro que su trayectoria es una cuestión de gustos, concretamente de carecer de ellos. Si bien ha estado casado con Diane Lane y Sophie Marceau, así que criterio y buen tino sí que tiene. Simplemente prefiere no aplicarlo en su vida profesional.

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Geena Davis

Imagen de 20th Century Fox.
Imagen de 20th Century Fox.

Su trayectoria tuvo un magnífico inicio que le llevó a ganar un Óscar por su papel en El turista accidental, pero del monumental desastre de La isla de las cabezas cortadas parece que ya no pudo recuperarse. Así que apareció en Stuart Little, en sus dos continuaciones, y en alguna otra producción que ha pasado desapercibida.

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Nicolas Cage

Imagen de Touchstone Pictures.
Imagen de Touchstone Pictures.

Sabíamos que este no podía faltar. En China hace poco más de dos años le concedieron un premio al Mejor Actor Global, podemos decir en consecuencia que encaja en los estándares chinos de calidad. No obstante prestigiosos críticos de otros lugares del mundo comparten ese diagnóstico, así que no seremos nosotros quienes lo cuestionemos ahora. Aunque tan bueno no debe ser si aparece junto a John Cusack (Con Air) y Travolta (Cara a cara).

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Renée Zellweger

Imagen de TriStar Pictures.
Imagen de TriStar Pictures.

Y hablando de Cara a cara, hay actores que sabotean sus carreras, otros además su cabellera, implantándose un pelo de no se sabe qué material, pero lo que ha hecho esta actriz es ir un paso más allá. La anterior cara ya no le valía y se ha puesto una que no es mejor ni peor, simplemente otra. Veremos si le sirve para prolongar una trayectoria en la que ya ha ganado un Óscar y dos Globos de Oro o no consigue que el público supere la sensación de extrañeza al contemplarla.

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John Cusack

Imagen de Warner Bros.
Imagen de Warner Bros.

Este actor se ganó cierta fama de intelectual gracias a películas como Medianoche en el jardín del bien y del mal, Cómo ser John Malkovich y Alta fidelidad, siendo además guionista de esta última. En Identidad ya aparecía junto a Ray Liotta —mala señal— y mientras tanto ya se ha encargado de dinamitar ese prestigio en Con Air y 2012.

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Sandra Bullock

Imagen de Warner Bros.
Imagen de Warner Bros.

Tiene el indudable mérito de haber ganado en un mismo año un Razzie y un Óscar, así que no podíamos dejarla fuera. Su filmografía ha tenido tal nivel que quienes en su momento recomendaban Gravity decían «pero Bullock está bien aquí», conscientes del efecto disuasorio de ese apellido.

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Ray Liotta

Imagen de Warner Bros.
Imagen de Warner Bros.

En Uno de los nuestros consiguió fijar en nuestras retinas su risueño personaje, pero desde entonces y con altibajos su brillo ha ido declinando. No hay proyecto al que le haga ascos por malo que a priori pueda ser, es que no se niega ni ante Uwe Boll, mientras que en Cerdos Salvajes aparecía acompañado precisamente de… John Travolta y Nicolas Cage. ¿Qué posibilidades con semejante trío tenía esa película de salir buena? Aquí un servidor no se ha atrevido a verla, pero si ha logrado ponerlos juntos entonces cabe deducir que estamos ante la tormenta perfecta del bodrio.

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¿Cuál es el mejor monólogo de humor de la historia reciente?

La pregunta es sencilla pero tiene trampa: estamos refiriéndonos exclusivamente a profesionales de la comedia, a discursos que buscan deliberadamente hacer reír al público. Así que los debates sobre el estado de la nación y toda clase de arengas del político u opinólogo al que más ojeriza tenga cada lector quedarán para mejor ocasión. A pesar de ello el margen de elección sigue siendo amplísimo y sí, nos vamos a quedar muy cortos en la selección, pues este formato da para toda clase de agudas reflexiones sobre las relaciones personales, los hábitos sociales, la política, el lenguaje, la religión, la ciencia o los monos que quieren hacer unas guarrerías españolas con leones. Así que voten, voten, o añadan el que más les guste.

Todas las cosas son moleeds, de Charles Fleischer

Fleischer es un veterano actor y quizá su papel más conocido sea el de poner voz a Roger Rabbit. También siente un gran interés por la astronomía y sostiene ante quien quiera escucharle que el universo se rige por un orden matemático basado en los números 27 y 37 y además tiene forma de hamburguesa con queso. Todo ello lo explica aquí con gran elocuencia mientras pone voces de marcianitos (se puede seleccionar subtítulos en castellano en la parte inferior derecha).

El budista, de Faemino y Cansado

Bien, esto formalmente no es un monólogo sino un diálogo, pero la sintonía que muestran Arroyito y Pozuelón sobre el escenario hace que parezcan tener una mente común, como los niños rubios alienígenas de El pueblo de los malditos pero en Carabanchel. Y como bien dicen «el cerebro gilipollas no es», por mucho que tengan uno para los dos, de ahí dentro les salió esta disertación de lo más metafísica sobre el budismo, los mejillones y una hostia que se rifa.

Politics, de Ricky Gervais

Actor y guionista de series y películas, presentador de galas, músico, escritor de libros infantiles y sobre todo monologuista de lengua venenosa. Este es quizá el humorista contemporáneo más vitriólico y eso tiene su mérito en una época en la que cualquier palabra fuera de lugar es motivo para escandalizar en unos medios y redes sociales como los actuales, tan estiradamente moralistas y donde nadie desaprovecha la ocasión de sentirse ofendido. Aquí tiene otro muy divertido sobre el Arca de Noé.

Los eufemismos y la corrección política, de George Carlin

Precisamente sobre estos asuntos habló también en su día este maestro del stand up. Aunque alude a expresiones anglosajonas no es difícil encontrar sus equivalentes en castellano. Recientemente pudimos ver en un debate político a una candidata corrigiendo a su adversario: «no se dice “discapacitados”, se dice personas discapacitadas”». Intuimos qué palabra hubiera utilizado Carlin para definirla.

Los americanos, de Goyo Jiménez

Cualquier cosa que cuente este humorista —al que tuvimos ocasión de entrevistar aquí— la hará entretenida, tiene un talento innato para ello. Pero sin duda sus monólogos más celebrados son los que giran cerca de los clichés del cine americano. Luego uno ve en cualquier película a un pequeño Timmy coger el autobús escolar o al jefe de policía abroncando a uno de sus mejores agentes… y ya no hay manera de tomársela en serio.

La paja más triste de los Estados Unidos, de Louis CK

Este mexicano-estadounidense de ascendencia judío-irlandesa, además de ser el autor de una serie de culto se ha convertido en los últimos años en uno de los comediantes más conocidos gracias a su visión  ácida y desencantada de la vida. Este que hemos escogido es un buen ejemplo. Centrarse en un tema como el sexo en el matrimonio, mostrarlo en toda su crudeza y conseguir hacer reír a los espectadores en lugar de arrastrarlos a una depresión requiere un talento al alcance de muy pocos.

Las bromas del pueblo, de Gila

Gila no podía faltar en una lista así. Lo cierto es que su repertorio era bastante reducido, básicamente tenía tres monólogos. Pero qué tres. Entre lo buenos que eran y la cantidad de veces que se los oímos recitar, se nos quedaron grabadas para siempre esas imágenes en torno al enemigo que hablaba por teléfono, la madre que no estaba en casa cuando él nació y esas bromas tan brutas que se gastaban en su pueblo: «Me habéis dejado sin hijo, pero lo que me he reído».

Vamos a cazar y matar a Billy Ray Cyrus, de Bill Hicks

Si antes mencionábamos a Carlin, Hicks tuvo igualmente una enorme influencia para todos los que vinieron detrás a pesar de su temprana muerte. Su humor cínico brilló en todo su esplendor en esta colaboración censurada en el programa de David Letterman de 1993, que además de ser una declaración de principios resultó inquietantemente visionaria. Ahora tenemos aún más razones para desear que Billy Ray Cyrus hubiera tenido ese final…

Yo quiero matar a gente, de Berto Romero

Qué decir de Berto, otro personaje con mucha gracia al que también le hicimos una entrevista que podrán leer aquí. Todas sus intervenciones son muy divertidas y es difícil escoger una que destaque sobre el resto, nos quedamos con este desvarío sobre una marabunta de ancianos zombis en Benidorm.

Discurso en la cena de corresponsales de la Casa Blanca, de Stephen Colbert

El 26 de abril de 2006 la Casa Blanca celebró un año más su cena de corresponsales de la prensa extranjera. Esta vez invitaron a la tribuna a un comediante que acostumbra a parodiar el discurso conservador en su programa de televisión, The Colbert Report. Seguramente imaginaban que lanzaría alguna pulla, pero no la brillante y feroz sátira en torno al gobierno y los medios de comunicación que dio tanto que hablar desde entonces, difundiéndose masivamente por internet.

Tengo un sueño, de Dani Rovira

Aquí Rovira se nos descuelga con un monólogo surrealista sobre un sueño que tuvo en cierta ocasión en el que estaba en el castillo de Transilvania para matar a Drácula. Hasta los chistes malos —que alguno que otro ya cuela en la narración tienen gracia si se cuentan con ese desparpajo que le caracteriza.

Las relaciones de pareja y las almas gemelas, de Chris Rock

Este negro que odia a los niggas y que se metería en el Ku Kux Klan si le dejaran, es un magnífico monologuista, aunque aquí lo conozcamos principalmente por las pésimas películas en las que suele intervenir. Tiene observaciones muy agudas sobre el comportamiento de la gente, hasta el punto de que el profesor de psicología de la Universidad de Harvard Robert Trivers suele citarlo en sus libros.

Ultrashow, de Miguel Noguera

Los monólogos de humor si no están elaborados con ingenio corren el riesgo de acabar resultando repetitivos, convertidos en descripciones estereotipadas sobre las relaciones familiares, sobre por qué los hombres hacen esto y las mujeres lo otro y con reproches y quejas interminables sobre lo maleducados o estúpidos que son los taxistas, médicos, profesores, el que se nos sienta al lado en un bar o cine y prácticamente cualquier ser humano sobre la faz de la Tierra. Pues bien, Noguera no hace nada de eso. Lo suyo es algo original que hay gente a la que entusiasma y que otros en cambio detestan o simplemente no le encuentran la gracia por ningún lado. Juzguen ustedes.

Unnatural Act, de Jim Carrey

Es el ser humano más parecido a un dibujo animado que haya existido nunca, con la excepción de Cristóbal Montoro. Es el Shakespeare del lenguaje corporal, si le quitas el sonido su monólogo sigue siendo gracioso por esa forma inimitable que tiene de moverse y de hacer muecas. Estamos ante un talento excepcional, tal como ya lo ha demostrado también en el cine.

El chiste de la mona, de Chiquito de la Calzada

Lo mejor de la mayoría de los chistes que contaba este malagueño universal es que no los pillábamos, o bien eran muy malos o perdíamos el hilo de lo que estaba contando. Pero daba igual. La cuestión era verlo contar cualquier cosa haciendo esos gestos, usando su acento característico e inventándose esas palabras que a continuación sentíamos la necesidad de repetir. El chiste de la hormiga, el del orejón, el de la enana… cada uno era una pequeña obra de arte, pero este del mono lo tiene todo.


Miguel Iríbar: El picante

Me caen bien los mexicanos. Me intriga su relación con el dolor y la muerte. Suelo decir en los monólogos que las chicas a las que les gusta el picante son más cañeras sexualmente que las que no, ya que el picante no es exactamente un sabor, sino un dolor, por lo que deduzco un cierto gusto por la violencia consentida. Esta teoría también afecta a los hombres, pero estos me preocupan menos. Son solo tribulaciones de alguien con mucho tiempo libre, pero me gusta pensar que llevo razón.

Sea como fuere, me fascina que los mexicanos puedan desayunar algo que haría explotar el esófago de cualquiera, referirse a todo con diminutivos naif, mientras ven en el periódico fotos de personas decapitadas por los narcos y decoran su casa con calaveras. Me encanta que por las noches sea más fácil encontrarte a un tipo que cobra por darte descargas eléctricas con dos cilindros metálicos, antes que a uno que vende rosas. Un mexicano prefiere jugar a ver quién resiste estar más «enchilado» después de ingerir un chile asesino, antes de ponerse a jugar a Apalabrados. Una comida sin picante es vista por muchos mexicanos como una pérdida de tiempo. Con la comedia me pasa algo parecido: el humor sin picante me deja la sensación de que falta algo.

El dolor y el sufrimiento, bien dosificados, poseen un poder de atracción superior al de lo dulce y lo empalagoso. El dolor sabe a reto, lo dulce a recompensa. Hay quienes gozan más de los retos que de los triunfos, y la comedia, muy útil para endulzar nuestra vida, también sirve para amargarla alegremente, cual Campari, o para darle ese toque doloroso o picante que busca la risa, pero que rasca un poquito más adentro. En un test proyectivo sobre la comedia que uno ve, mi perfil sería el de espectador masoquista. Como cómico, eso sí, prefiero dar antes que recibir.

Por mi trabajo, asociado a ver monólogos cada día, he terminado rechazando el monólogo amable y buscando el de tono más desagradable o incómodo. No hablo de provocar gratuitamente, o de buscar el lado negro de las cosas sin gracia. Cualquier cosa tiene que estar bien escrita y bien dicha, y por mucho que el tema sea jugoso, un gag mal escrito echa por tierra la mejor y más transgresora de las intenciones cómicas.

Hace poco leí una entrevista a Chris Rock, un cómico negro y guapete con pinta de simpático. La realidad es que su segundo monólogo para HBO, Bring the pain, grabado en 1996, y que copia el título de una canción de rap, supone toda una declaración de intenciones. «I came to bring the pain, hardcore from the brain», decía Method Man en ese tema, inspirando a Rock, que después de un año preparando su especial, vio que la frase encajaba perfectamente con lo que quería contar. Casi 20 años después de esa grabación, Chris Rock es uno de los reyes de la comedia en Estados Unidos y en el mundo. Influido por clásicos como Richard Pryor, Eddie Murphy o Bill Cosby, y ayudándose con el visionado de los discursos de oradores como Malcom X, Luther King y JFK, este señor consigue hablar de lo que le apetece con un tono que engancha desde el minuto uno. Aquí, una ración de crítica a la industria de los medicamentos.

Vamos con otra de mis debilidades. Lo presentan en la BBC como «un cómico americano y un borracho alienado: Doug Stanhope». En esta serie de colaboraciones para la cadena británica, Doug hace monólogos sin público, sin mirar a cámara, sentado en una caravana o en mitad de la carretera, en una butaca vieja, siempre con una cerveza o un cóctel en la mano, intercalando imágenes de archivo de programas sonrojantes. De mayor querría ser Doug Stanhope, de no ser porque ya soy bastante mayor.

El discurso adulto es algo que se echa de menos en la comedia española, sobre todo en televisiones generalistas. Aquí todo suele estar pensado para que lo entienda esa famosa «señora de Cuenca» a la que aluden los grandes productores cuando buscan llegar a la mayor franja de público posible, y esto condiciona la política audiovisual de nuestro país desde que las cajas tontas empezaron a llenar nuestros salones. Hasta que la señora de Cuenca no se aburra de ser la diana de todos los contenidos, seguiremos escuchando las mismas cosas en los programas que las grandes cadenas dedican al género del monólogo. Mientras tanto, no busquen algo muy diferente, porque no va a llegar.

Personalmente disfruto cuando veo a este tipo con pinta de tarado y supuestamente alcohólico (su discurso está demasiado hilado para serlo tanto como presume) miccionando sobre cada uno de los pilares de la sociedad. Da gusto observar su punto de vista crítico, informado, nada simplista. Quizá demasiado oscuro por momentos, aunque es justo ese matiz exagerado el que lo hace divertido y casi entrañable.

Sigamos con un poco de Holocausto, un tema tabú con el que no se debe jugar. Si no, que se lo pregunten a Nacho Vigalondo, que de un día para otro se vio expulsado de un medio tan aparentemente abierto como El País por unos cuantos tuits irónicos sobre el tema. Una muestra más de que mucha gente junta termina teniendo mucha fuerza, sobre todo cuando se trata de fastidiar las cosas y crear alarmas innecesarias. El encargado en este caso de bromear sobre el asunto es, como no podía ser de otro modo, Ricky Gervais. Sin sentir especial predilección por él como cómico, es cierto que ha ayudado a allanar el camino de lo políticamente incorrecto. Gracias a lo que representa, hoy en día mucha gente tolera ciertos chistes que antes no habrían pasado por el aro.

Y como no solo de genocidios vive el hombre, vayamos con un poco de porno, publicidad y leyes. Para eso, para denunciar hipocresías con un tono inteligente, nadie mejor que Bill Hicks, ese joven metido en el cuerpo de un crápula, que murió a los 32 años de un cáncer de páncreas. Siempre que veo sus vídeos me parece mucho más mayor. Su mensaje, eso sí, no tiene edad.

Solo ustedes pueden decidir si les gusta el picante y en qué cantidad, o si les gusta echarle un poquito a cada comida para darle «el toque» o prefieren comerlo una vez al mes y reventar. Lo bonito es no quedarse con las ganas de probar.

 


Raquel Sastre: “Cuando eres gilipollas y lo demuestras puedes ser cómico o ministro”

En el sindiós que es Internet un productor de El Terrat fue a dar con el blog que escribía Raquel Sastre. Algo debió atisbar para que se pusiera en contacto con ella, aunque la cosa no terminó de cuajar. Raquel volvió a su trabajo de funcionaria y a seguir escribiendo, hasta que el cómico Kaco le propuso probar suerte en Paramount Comedy. Esta vez sí: monólogos, actuaciones, y algo así como un gritón de seguidores de Twitter, red social donde también llamó la atención de los productores de El Hormiguero, que sin dudarlo mucho la ficharon como guionista para el programa. Si alguna enseñanza extraemos de todo esto es que en la Red hay, además de inquietantes arañas de Google elaborando complejos algoritmos, una serie de ojeadores en busca de talentos demostrando que las madres se equivocan al decir que perdemos el tiempo escribiendo majaderías en Internet.

Esta pregunta tan original seguro que no te la han hecho nunca: ¿por qué hay tan pocas mujeres cómicas en proporción a hombres?

Las chicas normalmente no quieren ser cómicas, prefieren ser actrices o modelos. Para ser cómico tienes que tener muy poco sentido del ridículo, y eso es algo que a las chicas no nos gusta, queremos quedar como las princesitas guapas. Queremos brillar y normalmente un cómico no brilla, solo lo hace cuando se ha puesto tan sumamente mal que la gente se ríe, pero para eso tienes que dejar a un lado cualquier tipo de tabú o miedo al ridículo. Las chicas no quieren subir a un escenario a contar chistes, quieren salir en una obra de teatro o posar para una cámara. Creo que también es porque los hombres abren el camino y luego las mujeres se van introduciendo poco a poco. En el deporte pasa lo mismo: primero lo acapara el hombre y luego poco a poco van apareciendo mujeres. Pero cada vez hay más chicas y estoy segura de que en unos años estará bastante a la par.

¿Hay un humor masculino y un humor femenino?

Bueno, normalmente los chicos hablan de cosas generales, mientras que las chicas no: hacen los chistes típicos sobre depilación, ir al ginecólogo, mi marido… y eso es un hándicap para estar en un escenario, porque un tío no quiere oír una hora sobre cómo te depilas, cómo te maquillas y si te ves gorda; quiere oír cosas con las que todo el mundo se sienta identificado. No obstante, tampoco creo que los hombres hagan siempre humor masculino y las mujeres femenino. Yo, por ejemplo, no hago humor femenino. El 95% de mi texto podría subir un chico y contarlo. Hay humor negro y no son chistes que hablen de ser mujer. Hablo de ser murciana, con lo cual cualquier persona murciana podría hacerlo, aunque seguramente no se le entendería.

Si nos ponemos a generalizar, la mayor parte de las chicas son más reacias al humor negro, bruto o directamente subnormal, como Jackass. He conocido solo un par a las que les divierta Jackass.

A mí Jackass me gusta muchísimo. Pero bueno, es que me crié con chicos. En mi casa era la única niña, con lo cual he crecido con mis tíos, que uno tenía 12 años más y el otro 17. He crecido bajo la supervisión de dos adolescentes muy animales. Tengo las rodillas llenas de cicatrices: me subía a los árboles, me tiraba, jugábamos a peleas… era muy bestiaca. Y respecto al humor negro, no sé si influirá que en mi casa hemos usado el humor para todo, incluso cuando ha pasado algo malo. Cuando hay un entierro de un familiar que ha estado enfermo mucho tiempo siempre contamos alguna anécdota graciosa de esa persona, con risas es mejor que con llanto.

El humor negro es un mecanismo de defensa. ¿En tu caso es una elección o lo has adquirido porque has vivido con ello?

Me gusta mucho el humor negro, me río más con ciertos chistes que ofenderían a mucha gente que con chistes más livianos. Hace dos años me reí muchísimo con Ricky Gervais en los Globos de Oro. Hay una cómica estadounidense que tuvo un cáncer y subió a quejarse de por qué el cáncer tiene que padecerlo en el pecho: “¡Qué hijo de puta el cáncer! ¿Por qué no me da en la celulitis y me la extirpan?” Cuando pasa algo malo el humor negro está muy bien para hablar de ello e intentar aliviar el peso. Y además ayuda como método de denuncia. Lo suelo usar para eso. Si eres periodista y quieres denunciar algo puedes escribir un artículo y la gente lo leerá, pero un chiste es algo corto, rápido, que se transmite de persona en persona. Si dices una animalada y la gente se ríe piensa de qué se está riendo y entonces la analiza. El humor negro es muy útil en ese sentido, porque la culpa que sientes por reírte de algo así hace que reflexiones sobre ello.

Entonces crees que el humor tiene una utilidad más allá de la risa.

Totalmente. Como cómico cada uno elige lo que quiere hacer. Hay quien elige ser cómico de entretenimiento, que está muy bien, y hay otros que quieren denunciar a través de su trabajo. Cuando hay una noticia siempre la cuento en modo de chiste porque soy cómica, no periodista.  Es mi forma de publicarlo y que la gente sepa lo que pienso. Aun y así, siempre se hace desde un punto de vista literario. La gente tiene que empezar a entender que los monólogos son literatura, no son nada real. Una persona puede subir a hacer un chiste racista sin ser ella misma racista. Tenemos gente que dicen ser muy progres y tolerantes pero que si su hija les viene a casa con un moro se echan las manos a la cabeza y dicen “¡mi niña no!”. Es algo que el público tiene que entender: los monólogos son literatura, es ficción. No puedes tomarlo como realidad, aunque tiene su fondo y su semilla. Pero no hay que coger las cosas al pie de la letra.

Quien me viene a la cabeza es Bill Hicks.

Maravilloso, me encanta, me parece el padre de este tipo de comedia de la que estamos hablando; en otro estilo muchos menos agresivo pero también ácido me encantaba Woody Allen en sus comienzos; tenía monólogos maravillosos. Lo que pasa es que conocemos a los cómicos estadounidenses, a los ingleses, algún francés y alemán y a los grandes de España. Pero me gusta citar a cómicos que no tiene tanta fama para que la gente se adentre más en este mundo, porque Bill Hicks, Chris RockGeorge Carlin o Sarah Silverman están más al alcance. Pero me encanta Sarah Silverman cuando se sube a un escenario y, ante un público lleno de judíos, les dice “Judíos, cuando veo que conducís Mercedes hechos en Alemania me doy cuenta de que no habéis entendido nada.” Me parece brillante esa manera de hacer comedia. Hay uno, que no sé si conocerás, llamado Jeff Dunham, que es un ventrílocuo y tiene a Ahmed, el terrorista suicida. Así que siempre recomiendo a grandes cómicos no tan conocidos, como Ignatius y Luis Álvaro, o algunos que están saliendo ahora como Dennis Horror. Pero en caso de tener que reducir  auno,  me quedaría con Luis Álvaro. Me parece un cómico brillante. Son líneas cortas, chistes muy bien hechos uno detrás de otro… No es un monólogo al uso, con argumento, sino que empieza a soltar chistes y cambia de tema muy rápido. Es un ejemplo de cómo se puede escribir humor negro y vivir de él.

¿Ser mujer en un mundo tan masculino es una ventaja?

Cuando subes al escenario la mayoría de chicos piensan que no vas a ser graciosa, por lo que vas a tener que ganártelos desde el principio; mientras que la mayoría de chicas, como a alguien se le haya ocurrido decir que eres guapa empiezan: “Y ésta de qué va”. “Pues no es tan mona”. “Para mí que está un poco gorda”. Por eso cuando subo digo cuatro chistes muy bestias seguidos que sé que funcionan. Así rompes la tensión, se ríen y puedo empezar el monólogo.

Los trucos frente al público solo es posible aprenderlos con la experiencia.

En el mundo de la comedia aún soy muy novata, sé las cosas que hago mal y las cosas que hago bien: improviso pero no sé poner acentos de otras comunidades… bastante que puedo hablar castellano habiendo vivido toda la vida en Murcia. Peor tengo algo que a mí me parece un gran mérito como cómica: hago un chiste en el que se muere un niño y la gente se ríe. Se están riendo de que se ha muerto un niño. Y me gusta mucho, porque es algo difícil.

Al hacer reír a la gente se genera cierta sensación de poder.

Pero a veces se te va y lo pasas muy mal. Por lo que sea: porque no tienes un buen día, porque no lo ha tenido el público, porque no has conectado con ellos… y se pasa muy mal, es una sensación horrible. Un monólogo sobre un escenario no tiene matices de gris; ahí arriba sientes que lo estás haciendo de puta madre y la gente se descojona o que te está saliendo fatal y nadie responde. Y eso es terrible, una mala actuación te deja hecha polvo psicológicamente, hundida. Porque no es como el teatro. Si estás en una obra, a no ser que la gente se duerma o se vaya, es imposible darte cuenta de que no está funcionando. Será la peor obra del mundo, pero como no reaccionan de forma significativa tú sigues tranquilo en el escenario. En el monólogo, en cambio, si la gente no se ríe ya sabes que está yendo mal. Cuando una actuación sale mal acabas con la sensación de “Joder, qué putada”, y cuando sale bien tienes la sensación de comerte el mundo y nada podrá resistírsete.

Se obtiene un plus de carisma que apoya esa línea de pensamiento que defiende que el humor es también una herramienta evolutiva para que los feos consigan reproducirse.

Hay cómicos feos que ligan y cómicos feos que no ligan, así que no sé. Sí es cierto que estar en un escenario te otorga cierto carisma. Les has hecho reír. Ya no eres un tipo cualquiera que se acerca, eres una persona de relevancia. Es un añadido. Es el factor admiración. Cuando admiras a una persona a veces te resulta sexualmente más atractiva. Las diferencias entre los chicos y las chicas es que los tíos admiráis más la talla de sujetador y las tías admiramos más la risa o que sea una persona relevante. Yo no. Cuando estoy con un chico es porque me he fijado en la talla de sujetador: tiene que tener menos tetas que yo.

Es un buen criterio.

Sí, pero no te creas que es fácil.

El monólogo en España ha existido siempre, pero el boom fue a raíz de El club de la comedia, que es lo contrario de lo que dices: es un humor muy blanco, suave…

Hay que entender que está saliendo en una televisión nacional, y hay que tener cuidado con según qué cosas. Y más en España, donde se monta a la mínima, por cualquier chorrada. Luego no pasa nada si nos suben los impuestos o nos recortan servicios sociales; pero eso sí, no salgas haciendo un chiste referido al pecho de tu compañera —aunque ella pueda reírse de tu calvicie—, porque eso es acoso y eres un machista. Estamos llegando a unos límites en los que tienes que llevar a un abogado al que consultar qué puedes decir y qué no. En este país exageramos demasiado, montamos pollos por simples bromas, olvidamos, como decía antes, que el humor es ficción. Si vemos El príncipe de las mareas, donde se intuye claramente que están violando a un niño, o estamos leyendo a García Márquez, que escribe sobre un anciano al que le apetece tirarse a una niña de catorce años, y no montamos tanto en cólera porque entendemos que es ficción. ¿Por qué sí lo hacemos con un monólogo?

Creo que porque resulta más sencillo tomar lo dramático y serio por obra de ficción. ¿Piensas que el humor está infravalorada como forma de arte?

Lo está totalmente. Esto lo hablo mucho con un director conocidísimo que es quien hace las películas más taquilleras del país, que son comedia, y la gente piensa que es comedia zafia. Vale, pero llena los cines y consigue recaudaciones muy altas, y el resto no. Luego llegan los Goya y no le cae ni una sola nominación, cuando es mucho más difícil hacer reír durante una hora y media que hacer llorar durante una hora y media. Y voy a lo de siempre, ponte un vídeo con cuatro gatitos y tienes al 30% de la gente que lo está viendo diciendo “Ay, por favor, qué bonito, qué cosa más mona.” Ponte a hacer comedia que le guste al 30% del público. Es muy difícil. Nosotros tardamos un año en hacer media hora de texto. Un año de escribir, probar, retocar… eso no está pagado ni valorado. Y es porque parece que hacer reír es muy fácil, cuando es todo lo contrario.

¿En la televisión te parece que hay gente que lo consigue?

Prácticamente no veo la televisión. De hecho me viene muy mal en mi trabajo en El hormiguero porque me dicen que viene Miguel Ángel Silvestre y yo pregunto si es uno que estaba en un Operación triunfo. Y me dicen “¡El duque, el duque!”. Y me sacan lo de Sin tetas no hay paraíso. Tengo un ordenador conectado a mi televisión y lo que hago es bajarme series. Ahora estoy viendo Modern family, que me parece brillante. Tiene unos guiones bestiales y unos personajes muy bien definidos. Y Me llamo Earl me gusta mucho, pero solo hasta la tercera temporada; a partir de entonces me parece aburrida. 

Ves poco la tele, entonces. Pero lees muchos cómics.

Me gustan bastante. Estoy muy enamorada de Sandman, de Neil Gaiman. Acabo de terminar Pluto, que me parece fantástica y estoy con 20th century boys, que también está muy bien. Probablemente uno de mis cómics favoritos sea Wanted.

Mark Millar tiene un sentido del humor muy cabrón, desde luego.

Me encanta. Y ahora estoy con una serie de Bill Willingham, Fábulas, también es fantástica. Voy por la mitad.

¿Has leído los cómics de Garth Ennis? Si hablamos de cómics y humor burro es el más grande.

Predicador está en mi lista para comprarlo. De todos modos no soy muy entendida, estoy aprendiendo ahora. Hace un par de años que me ha dado por comprar cómics más asiduamente.

Igual que el humor, los cómics han sido bastante denostados como expresión artística.

Si queremos que los niños lean, creo que empezar con los cómics podría ser una buena forma de hacerlo. Eso de “Deja el tebeo y coge el Quijote…” No. Que empiece con el tebeo, y el Quijote ya vendrá, si es que ha de venir. Además, soy de la opinión de que somos subnormales con eso de que te lo tienes que leer, para un crío o un adolescente. Hoy en día el Quijote es aburrido, digan lo que digan. Yo me lo he leído, y para los tiempos que corren es aburrido. Y por decir esto me van a llover muchas críticas.

Ahora di que Shakespeare es gilipollas y ya la tenemos liada.

No, en serio, es aburrido. Igual que El lazarillo de Tormes. Madre mía, me van a llover de hostias… Pero da igual, es aburrido. Si el Quijote saliera hoy en día no creo que vendiera mucho ni por asomo. A lo mejor si lo hacen cómic sí.

Probablemente añadirían zombis, es una invasión.

¡Qué manía con los zombis! Ya estoy cansada. El cómic de Walking dead me parece maravilloso, pero la serie es una caca, porque no se parece en nada. El cómic es la cosa más salvaje y bestial, y el tío clava la reacción de la gente en un caso así. El niño es un puñetero psicópata que habría sido totalmente normal en otra situación, pero en ese contexto de estrés se convierte en un psicópata maravilloso como él solo. Me quedé cuando pierde un ojo.

Entonces, puesto en una librería tendría más éxito Walking dead que el Quijote.

Sí, pero tenemos la manía de que hay que venerar a los grandes clásicos. Evidentemente es un librazo para su época, pero los tiempos cambian, y probablemente dentro de 40, 50 o 200 años vean cualquier obra actual y digan “Vaya mierda, no me gusta nada”, porque en esos momentos la corriente literaria va sobre recuperar las plantas porque se han extinguido. Bueno, no, que de eso ya han hecho cientos de películas.

¿Te divierte más el proceso de escritura del monólogo o la interacción con el público?

Antes pensaba que me gustaba más escribir que actuar, pero conforme he ido cogiendo tablas me he dado cuenta de que me gustan mucho las dos cosas. Y cuando más disfruto es cuando improviso. Hay quien llega, hace su monólogo y no sale de ahí, y hay gente que interactúa con el público. A veces incluso es mejor no salirte de tu texto porque se te puede escapar una muy grande. El otro día estaba actuando en Mallorca en un local con dos plantas. Había dos parejas hablando muy alto justo al lado del escenario y les dije que la gente había venido a oírme a mí, que para hablar se podían ir a la planta de arriba, pero no me hicieron ni caso y siguieron armando follón. Entonces me empecé a meter con ellos. Cuando vieron que todo el mundo se estaba riendo de ellos se fueron arriba. Llega el descanso, empiezo a hacerme fotos con la gente, a hacer cachondeo con ellos… a hacer el subnormal, en definitiva, que yo soy muy de hacer el subnormal, y bajé al escenario para la segunda parte. En eso que bajan los de antes y empiezan a hablar. Les repito que es un monólogo y que están molestando al público, pero ellos pasando. Y les dije una burrada como que “si habéis venido aquí a hablar y no ver el monólogo es que habéis venido a dar por el culo, y a dar por el culo uno va al puticlub, que son 50€ más 10€ por el cambio de sala, que me lo ha dicho tu madre.” Me salió así del alma, en ese momento. Y el tío se quedó pensando un momento y me dijo “Con lo que acabas de decir te acabas de llamar puta a ti misma, ¿no?” Y le dije “Encima, idiota” o “Eres de la ESO, vete al rincón de pensar”, o algo así. Y el tío de repente cayó en la cuenta: “¿le acabas de decir a mi madre…?” pero el público ya estaba gritando “Que se vayan, que se vayan” Y yo pensando que me acababa de ahorrar una hostia… terminé invitando a todo el mundo a chupitos. Bueno, pues eso, que a veces improvisas y se te puede ir de las manos, que es a lo que iba.

¿El chiste bestia te sale así, natural, o es una manera de ocupar un cierto nicho de mercado?

Soy así. No sé si suena más gracioso cuando te lo esperas o no, pero es que siempre he sido así, desde pequeña. De hecho me metí a hacer comedia porque era la típica bocazas, que metía la pata mucho, y al final dije “Bueno, pues ganemos dinero con ello.” Y esta respuesta te la darán el 90% de los cómicos que conozco: éramos los bocazas. Cuando eres gilipollas y lo demuestras puedes ser cómico o ministro, y a nosotros nos ha dado por la comedia.

Hovik nos dijo que toda su vida había sido un gilipollas pero nunca creyó que podría ganarse la vida con ello.

¡Qué grande es Hovik! Me encanta, es uno de los grandes cómicos que ha dado últimamente España. Tiene un estilo muy bueno, se gana al público muy bien y tiene mucha presencia escénica. Además es muy culto, y eso se nota. Es fácil ver cuando un cómico es culto y cuando no lo es.

¿Cómo se lleva lo de pasar de escribir para ti a que te fiche El hormiguero y debas cohibirte bastante?

No me cohíbo. Otra cosa es que luego te cojan los chistes para el guión definitivo. Pero es algo lógico, a mí me tiene contratada una empresa. Es como si eres un pintor y pintas pimientos. Si te contrata alguien para que le pintes un melón lo harás, y luego en tu tiempo libre ya pintarás pimientos. Con la cantidad de metáforas que podría haber puesto y he cogido pimientos y melones. Maravilloso, pero creo que se ha entendido. Yo no tengo ningún problema. Es un programa que ve mucha gente, estamos hablando de más de dos millones de personas cada día. Y entre todos esos hay gente mayor y niños, con lo cual no te puedes pasar. Eso lo entiendo perfectamente y escribo acorde a El hormiguero. Hago los chistes que yo haría y los del programa, y no pasa absolutamente nada. Me contratan para hacer algo y lo hago. Es como si contrato a un diseñador para que me haga un traje. Aunque no le guste, como le pago me hará el traje que yo quiero, él para su colección ya hará lo que quiera.

¿Pero te ponen unos límites y lo haces por profesionalidad o en esa faceta también te sientes cómoda?

Me siento cómoda. El otro día me mandaron un mensaje que decía que en la facultad de Comunicación de la Universidad de Murcia han puesto a Raquel Sastre como ejemplo de que se puede llegar muy lejos saliendo de esa facultad. Y uno dijo “Y escribes chistes para Pablo Motos. ¡Qué bajón!” Le contesté que ojalá el día de mañana tenga un trabajo la mitad de bueno que el mío. Estamos hablando de ser guionista del que quizá sea ahora el programa más visto de la televisión en España. Te puede gustar más o menos el formato o los chistes, pero es una experiencia y una forma de aprender buenísima. Ahora mismo estoy con Juan Herrera

Independientemente de los gustos de cada uno, Juan Herrera es un grande.

Es maravilloso. Está Juan Herrera, está Jordi Roca, que también tiene mucho recorrido… para mí es un honor estar aprendiendo de ellos. Son como unas prácticas pagadas. Estoy ahí para aprender, para disfrutar, para pasármelo bien… el equipo es muy majo, es como una familia. En todo este año todavía no he visto que nadie haya discutido. ¿En qué empresa has estado tú que no hayas visto a nadie discutir? Ahí son todo amigos. Siempre estamos con tonterías, con las cosas de la teletienda… El otro día Juan, el mejor amigo de Trancas, casi me rebana un ojo con el helicóptero, pero… ¿y la risa que nos echamos? Es un clima maravilloso y ojalá me renueven.

Hace poco Charlize Theron criticó el programa cuando volvió a Estados Unidos. ¿No les avisan de adónde van?

Estamos hablando de que dos personas nos han criticado de entre tantísimos invitados. Es normal que un programa no le gusta al cien por cien de la gente. Pero cuando viene un invitado se le hace una reunión previa, se le dice de qué vamos a hablar, cuáles son los contenidos, qué acciones acometeremos… están avisados. Lo que le pasó a Charlize Theron es que en estados Unidos hacen una cosa que aquí en España no se practica, que es explicarte quién va a ver ese programa. Lo tienen muy delimitado: si lo van a ver niños de 5 a 9 años, adolescentes de 15 a 19, adultos de 35 a 45… aquí no. En España todo lo ve todo el mundo y fuera no se entiende. Y El hormiguero lo ven desde niños de tres años a ancianos de 80. Y a ella le pareció raro que hubiera tanto contenido para niños como contenido para adultos. También te digo que en la entrevista se lo pasó muy bien: durante la publicidad el invitado puede hacer lo que quiera, y Charlize Theron se puso a bailar con Pablo Motos. Alguien que lo está pasando mal no se pone a bailar. Ocurre que se ha magnificado. Ella lo que dijo es que le parecía un poco loco el programa porque no entendía para qué edades era, pero en ningún momento dijo que la trataron mal.

Supongo que influye que sea la segunda vez que un invitado lo critica.

Pero es la segunda vez en seis años. ¡Entonces El hormiguero tiene unas críticas de puta madre! Se han quejado dos personas en seis años: es maravilloso. Puede haber un sector a quien no le guste el programa, pero a la mayoría le gusta.

¿Qué ponéis en los bocadillos del público del plató? Siempre está eufórico.

Entre tú y yo, no lo tengo muy claro, pero creo que no se les da bocadillo.

¿Cómo pueden estar contínuamente dándolo todo?

Hay un muy buen animador de público. Xavi es muy bueno. Y la gente que viene a El hormiguero es muy fan, y sobre todo fan del invitado, con lo cual no hace falta darles nada. A más de uno lo que habría que hacer es darle Valium para que se relaje un poquito. Imagínate con Justin Bieber. Había 500 niñas en la puerta. Yo pedía un francotirador. Creo que empiezas a cargarte niñas y hasta que se dan cuenta de que no se están desmayando han caído por lo menos cincuenta.

¿A qué personaje popular no humorista te gustaría escribirle guiones?

Sería tan divertido escribirle los guiones a Mourinho y que dijese palabra por palabra lo que le hayas escrito…

¿Qué le pondrías?

Hoy no hemos estado tan bien como deberíamos, pero seguro que en el próximo partido mejoraremos.” Se lo escribiría solamente para ver cómo se pone rojo de la ira conforme lo va diciendo. “No he hecho una buena elección.” “Hoy Pepe no ha pegado lo que debería, lleva varios partidos muy suave.” ¿Te has fijado que últimamente cuando juega pega poco? Le han dado un toque, le han puesto la antirrábica o lo que sea, pero está mucho más tranquilo.

Y yo que pretendía no hablar de fútbol.

Pues ahora me ha invitado Abellán para acompañarlo en algún partido de la Eurocopa.

¿Los vas a comentar?

El domingo empiezo con el primer partido de España. Y estoy… cuando me llamaron no me lo podía creer. Además me lo dijo el propio Abellán, que yo lo escuchaba desde que era pequeña en La jungla.

¿La gente se pone más susceptible cuando se hace humor sobre su equipo de fútbol que sobre sus ideología o sus creencias? ¿Qué crees que es más sagrado?

Uff! No sabría decirte, depende de cada uno. Pero creo que me decantaría por el fútbol. Las cruzadas se hicieron porque no existía el fútbol. Dale un balón hace siglos a cristianos, musulmanes y judíos y la humanidad se habría extinguido.

Tenías una afición temprana por la escritura. ¿Se debe a eso que me hayas antes que al principio te gustaba más escribir que representar?

Sí, siempre me ha gustado escribir, desde que era pequeña. De hecho es muy triste, pero el otro día mi tío me sacó mi primer chiste, de cuando tenía cinco años. Con cinco años compuse un cuento de regalo de cumpleaños: había una pequeña historia de cuatro línea, un dibujo que no se entendía qué era y luego un chiste que era que la madre le pregunta al niño si quiere un caramelo. El hijo dice que sí, de fresa, y la madre le dice que no hay. Entonces lo pide de limón, y la madre le dice que tampoco hay. Entonces lo pide de menta, y tampoco. El niño le pregunta a la madre de qué hay, y la madre le contesta que no hay caramelos.

¿Qué pasa? Tenía cinco años y es mi chiste.

Volvamos al humor: ¿tiene que tener algún límite claro?

El límite lo pone la persona que esté escuchando el chiste. Siempre y cuando sea chiste el humor no tiene que tener límite. Con el mismo chiste una persona se ríe y otra se indigna. El límite lo pone quien escucha, no el chiste en sí, que es el mismo.

Entonces, si alguien no se toma bien un chiste, el culpable es él.

Es como si viene y dices que estás muy ofendido porque has visto El príncipe de las mareas y no te ha gustado, pongo el ejemplo de antes. Bueno, es una película. Como la gente que se ofende con Leo Bassi. Es un espectáculo de ficción, si a otra persona le gusta déjale la libertad de que vaya a verlo. Pero también es porque estamos en un país donde tenemos tolerancia cero para muchas cosas a pesar de lo que vendamos.

¿Qué opinas del juicio a Javier Krahe por asar un Cristo?

Ya puse en Twitter que me parecía estúpido. ¿Estás juzgando a Krahe por asar un Cristo cuando tú te lo comes crudo? El sushi sí y el asado no. Además es un corto, es ficción. Es algo que no entiendo. ¿Qué necesidad tiene Dios de que lo defiendan? Pero si ni siquiera sabemos si existe, cómo vamos a saber qué es lo que le ofende. Es tu religión y lo respeto, si quieres ir a misa ve a misa y no te voy a prohibir que lo hagas, pero déjame a mí hacer bromas al respecto. No estoy asando a nadie real. No te rías si no te hace gracia, pero lo absurdo es llegar al nivel de denunciarlo. ¿Cómo me puedes denunciar por meter en un horno una estatua de algo que ni siquiera está demostrado que exista?

Haciendo una comparación un poco chusca, podríamos decir que es como convertir en sujeto de derecho a un personaje de ficción.

Es que es de cajón, supongo que es lo que pensamos todos los que tenemos un poco de sentido común. Dios no debe ser sujeto de derecho, y creo que tampoco los sentimientos, religiosos o de otro tipo. Pero es que la Iglesia Católica tiene demasiado poder para ser un país aconfesional, como es el nuestro. Por ejemplo, lo de la casilla en la declaración de la Renta. ¿Y si yo soy musulmán y quiero darle a la Iglesia musulmana? ¿Y si soy judío? ¿Por qué solo está la católica? No es cierto que seamos un país aconfesional. Somos un país católico donde un obispo puede coger un micro y decir burradas que también ofenden mis sentimientos en la televisión pública. O lo de la religión en los colegios. La religión es algo que se ha de enseñar en el seno de la familia. En tu familia, en tu congregación y punto. En los colegios no hay que enseñar religión, me parece una barbaridad. Como mucho Historia de las religiones y por ponerle más horas a la literatura, no por otra cosa.

¿Crees necesario el humor político? Precisamente en la situación actual. Cada noticia de actualidad política provoca un aluvión de chistes en twitter.

Es totalmente imprescindible. Aunque Twitter es algo para protestar desde un sofá. Lo que nos hace falta a los españoles ante la situación que está pasando es salir a la calle. Reivindicar nuestros derechos. No dejar que se cometan injusticias como las indemnizaciones millonarias a los directivos bancarios. Es una vergüenza.

Tienes, por cierto, decenas de miles de seguidores en Twitter. Y sabemos cómo puede ser el público tuitero. ¿Te afectan en algo los comentarios negativos?

Para nada. Cuando estás delante del público tienes que aceptar tanto los halagos como las críticas negativas. Así va el juego.

Para terminar: ¿quién a tu juicio, sin ser humorista, podría serlo? Y quiénes lo son sin saberlo.

Me gusta mucho Nacho Vigalondo. Es un tío muy divertido, con mucha vis cómica. Y humorista sin saberlo, entiendo el concepto de lo que me preguntas, pero no voy a llamarlo humorista porque es desprestigiar a la profesión. Por eso tampoco diré payasos. Tal vez deberíamos dejarlo en ministros de economía, que se acerca más a la realidad.

Raquel Sastre para Jot Down 8

Fotografía: José María Martínez


Quequé: “En la radio pública tengo una libertad que no he tenido nunca”

Nos encontramos con Héctor de Miguel Martín, conocido artística y familiarmente como Quequé en su hábitat natural: la cueva (típica de muchos locales madrileños) de Artebar La Latina. Quequé es de humor austero, de una sobriedad —no sabemos si dada por su naturaleza o prestada por su Salamanca natal— de la que hace gala y explota como recurso humorístico. Hablamos de humor y le damos a probar de su propia medicina sometiéndole a un test inspirado en el que realiza él mismo a los invitados de Abierto hasta las 2, en RNE.

En España, durante muchos años, más que monologuistas había “cuentachistes” como Arévalo, Marianico el Corto o los Hermanos Calatrava. ¿Sientes algún vínculo con ellos? ¿Hay una continuidad o te parece algo totalmente ajeno?

No solo siento continuidad, sino también mucho cariño y admiración. Si no me dedicara a esto también lo sentiría. Me he reído mucho con Arévalo, con los Hermanos Calatrava, con Marianico el Corto y, sobre todo, me he reído mucho con Eugenio. Eugenio era dentro de los “cuentachistes”, digamos, otro estilo; y no creo que sea difícil ver en mí la influencia de ese estilo en esa cosa de estar serio, ese no reírse nunca. Es verdad que muchas veces hablamos con cierto desdén de esta gente. Era lo que se podía hacer en aquella época. Y también estaba Gila haciendo monólogos. Son gente que abrió camino, es posible que ahora hayan quedado un poco desfasados por la nueva moda o lo que sea, pero ahí está Arévalo trabajando con Bertín Osborne en el teatro. Quizá no es un show que yo iría a ver, pero tiene su público. Para mí son pioneros y los respeto mucho.

Ya que mencionas la influencia de Eugenio en tu estilo, ¿es más efectivo el humor cuando quien interpreta está completamente serio?

En mi caso es un recurso que uso y que me gusta. No sé si es más efectivo. Hay gente que usa el recurso contrario, reírse de sus propios chistes cuando va contando la película, y también les funciona. Me parece bien, pero yo prefiero lo otro: estar serio.

¿A qué se debe la explosión del stand up en España?

La verdad es que no lo sé. Llegó el Club de la Comedia hace muchos años, puso la marca, puso el ladrillo detrás, puso el micrófono y dijo: esto son monólogos y esto es humor inteligente. Yo creo que ya existía, con Gila por supuesto, y con alguno más que hizo el intento; Pepe da Rosa, en su estilo, y alguno más. No sé a qué se debe el boom. Bueno, en los bares o locales que hacen monólogos sí hemos notado que la ley antitabaco les ha venido muy mal y en la primera hora que están medio vacíos no les viene nada mal contratar a un cómico, que además les sales muy barato —en comparación con contratar un grupo— y animas hasta que se va llenando. Pero antes las salas de fiesta también lo hacían.

¿Algún monologuista español que te guste, aparte de ti mismo?

Yo a veces me gusto y otras no. Para mí ahora mismo el número uno es Goyo Jiménez por cabeza, por texto y por nivel. Te tiene dos horas descojonado, eso es muy difícil. Es algo que no hacen ni Les Luthiers. Además con un humor nada chabacano, con unos textos muy currados —porque Goyo es un tío muy culto y se le nota— y con muchos recursos. Dani Rovira es buenísimo. Y de los que vienen empujando el que más me gusta es David Broncano.

¿Y americano?

Bill Maher. Tengo una especial debilidad por él. Pero es que en América da la sensación de que son todos buenos.

Son los maestros del stand up.

Sí. En Inglaterra también hay muchos y muy buenos, pero en América ver un monólogo en un teatro con tres mil personas es impresionante. El público es bueno también.

Chris Rock también es buenísimo. El primer Eddie Murphy, el de antes de las películas, es espectacular.

¿Hay algún político que —sin ironía— podría triunfar como humorista?

Rubalcaba.

Es un cachondo.

Efectivamente. Rubalcaba es de los pocos que puede hablar sin tener un papel delante, sin leer, y puede ser gracioso, tiene chispa.

Rajoy tiene su gracia.

A mí Rajoy me parece de los tíos más divertidos, me hace una gracia tremenda, pero me temo que sin querer. Un tío que es capaz de decir en la tele “es que no entiendo mi letra” me parece sublime. Pero claro, es humor involuntario.

¿Qué series de humor españolas y extranjeras nos recomiendas?

¿Españolas? Ninguna. Extranjeras, por ejemplo, The Office —tanto la versión inglesa como la americana están muy bien—; Flight of de Conchords es buenísima, Modern Family, hay tantas…

¿Cómo sería el programa perfecto que te gustaría presentar?

Me encantaría presentar un programa de música. Con humor, claro. Lo que estamos haciendo en la radio: Abierto hasta las 2. Es un programa en el que el artista está dos horas, toca cinco canciones en acústico y después entrevista muy relajada; eso me encantaría hacerlo en la tele. Pero dices “música” a un directivo de televisión y lo primero que piensa es en Operación Triunfo o en politonos. Eso es lo que por música se entiende en la tele ahora mismo, a no ser que sea una cosa marginal como los conciertos de Radio 3 o algo así.

Con la inminente despedida de Buenafuente, ¿ha muerto definitivamente el late night en España?

Si es que alguna vez vivió. Hubo una época buena, en que convivieron Buenafuente y Noche Hache. Por alguna razón que no acabo de comprender el late night se ha trasladado a la tarde, de tres y media a cinco. No sé si ha muerto definitivamente, espero que no, porque yo no sé hacer humor por la tarde, para los niños; lo mío es gente ya formada. Ahora está Tonterías las justas y antes estaba  Sé lo que hicisteis, que se podía considerar un late night en horario de tarde. Tonterías las justas es otro perfil más similar a El hormiguero, más preadolescente.

Espero que el late night vuelva y que lo haga con fuerza. En EEUU ya no es que haya late night, es que hay tres programas: de once a doce el gamberro, de doce a una un poco más gamberro y de una a dos ya es destroyer. Pero claro, duran una hora cada uno, que es algo que todavía en España no hemos conseguido: un programa que dure 45 minutos diarios, no hora y media, que es una barbaridad. Pasa lo mismo con las series, que cada capítulo parece una película.

¿Por qué te has decidido a cantar?

(Me mira con suspicacia levantando una ceja)

¿Había necesidad de ello?

Había una gran demanda en España (ríe)

Siempre he cantado. Hubo una época —con quince años más o menos— en la que me decía “quiero ser cantautor”, pero enseguida me desvié a la canción divertida porque lo que más me influyó para hacer eso fueron los discos de La Mandrágora, del primer Joaquín Sabina, de Toreros Muertos, el primer Gran Wyoming con El Reverendo, Javier Krahe. Mezclar música y humor es algo que me encanta.

Yo canto mal, lo sé, y toco mal.

Voz tienes.

Sí, pero no la sé manejar. Es como el que tiene una pistola. En fin, yo lo siento por el público asistente, pero me encanta mezclar música y humor.

Tienes Twitter, tienes Facebook, seguro que usas el buscador y los mapas de Google, pero ¿para qué sirve Yahoo?

¿Para qué sirve Yahoo? Es verdad, le han comido el pan un poquito a Yahoo. Pero han estado muy inteligentes contratando a un sujeto para volver a estar ahí en primera línea. No sé para qué sirve Yahoo, pero son una gente supersimpática y con mucho criterio.

Sabemos que te encantan las series como The Wire u otras de HBO.  ¿Se puede uno aficionar a ellas sin hacer descargas ilegales?

Es muy difícil. Hay que tener pasta, ir a la FNAC y hacer un saqueo. Pero gracias a internet tenemos la posibilidad —aunque sea ilegal… o “alegal”, vamos a llamarlo mejor así— de verlas y además de verlas en V.O. y subtituladas por voluntarios de la red que han dedicado su tiempo a subtitularlas para que tú las veas el día después que se ha emitido en EEUU. Eso nos lo dicen hace unos años y flipamos. Yo creo que es una suerte lo de internet.

¿Cuándo fue la última vez que la cagaste?

Hace un rato seguramente, porque es continuo lo mío. Tengo una facilidad para cagarla… Además, cuanto más grande es la responsabilidad, más grande es la cagada.

¿Tricicle o Faemino y Cansado?

Faemino y Cansado. A Tricicle también los venero, pero Faemino y Cansado son otro nivel.

Te digo tres frases  y me respondes el autor:

-¿Es la guerra? Que se ponga…

El enemigo. De Gila

-¿Saben aquel que diu?

¡Hombre! El gran Eugenio.

-España alcanzará el pleno empleo…

(ríe) ¿Esa puede ser de Zapatero? Gran humorista.

Sabemos por otras declaraciones que te gustan mucho las mujeres, sobre todo las inteligentes. ¿Quién te pone más, Cospedal o Pajín?

Joder. Madre mía. Pues debo decir que Cospedal. Porque es que Pajín… Pajín, claro, es que ni intelectual ni físicamente, con perdón. Pero Cospedal tiene un punto mature, MILF. Me pone más Cospedal, sí.

¿Has aprovechado alguna vez tu éxito en los medios para triunfar sexualmente?

Jamás. Pero jamás. Me parece obsceno.

Hace poco le hiciste el test malrollero a Modestia Aparte. ¿Podrías tararearnos una canción del grupo que más te gusta?

Tengo en la cabeza el último disco de Extremoduro porque me lo estoy metiendo en vena  y me he quedado con este estribillo maravilloso: (canta)

Arranqué un ramo de flores,

se lo regalé a mi amante.

Dijo que no las quería,

que estaba mejor antes.

El de Extremoduro no lo sabe, pero él hace flamenco. Parece rock, pero en realidad hace flamenco.

¿Qué tres canciones les dedicarías a Eva Hache, Fuentes y Buenafuente?

A Eva Hache una de amor. Esta que te acabo de cantar de Extremoduro. A Fuentes aquella de Malú que decía “Me has enseñado tú…” y a Buenafuente lo conozco menos porque no he trabajado con él, he estado sólo como entrevistado; no tengo tanta relación personal como para dedicarle una canción, pero sería también de amor, porque Buenafuente te puede gustar más o menos, pero el camino que ha abierto para todos creo que lo debemos valorar los demás.

¿Te molesta que te copien? Es que te he fusilado un par de preguntas del test malrollero.

Me ha dado la sensación en algún momento. No me molesta por una razón: soy muy poco copiado y si lo soy no soy consciente. Y mira la inconsciencia…

La pregunta del millón, ¿radio o televisión?

Radio, sin duda alguna. La libertad, el tópico de la magia que tiene la radio —que es verdad—, la inmediatez, el hecho de que puedas hacer otras cosas mientras escuchas la radio; porque la televisión te exige una presencia… A mí la radio me parece maravillosa.

¿Y si dejaran de pagarte en la TV como si estuvieses en la radio?

En la tele la pena es que ya ni se paga bien. La tele ya, ni por dinero. Antes sí, antes decías “hago este truño y tal” —que yo la verdad no he hecho muchos de esos “alimenticios”, he hecho casi siempre cosas que me gustan— y te pagaban muy bien. Pero ahora ya, la verdad, no compensa la exposición que tienes y los efectos colaterales. En Radio Nacional, en la radio pública, que es donde estoy ahora, tengo una libertad que no he encontrado en mi vida. Sobre todo porque no hay publicidad, eso es vital. Los problemas que he tenido alguna vez en la tele han sido por las marcas, por hacer un chiste de El Corte Inglés o de un banco. Es que están acojonados de que quite la publicidad  el afectado ¿Habéis notado que hoy se habla menos en los medios de Botín?

Es duro, pero es así.

Fotografía: Gonzalo Merat