La química de los besos con lengua

El besos, de Edvard Munch.
El beso, de Edvard Munch.

Guy de Maupassant dijo: «Un beso legal nunca vale tanto como un beso robado». En un improbable catálogo de besos se podría listar los cordiales de saludo, de despedida, los familiares, besos paternales, los besos de tía, de tío, de abuelo. Besos babeados, limpios, impíos y malvados. Besos con sentido: el beso robado, por ejemplo, tiene una alta carga de coquetería y maldad. Un beso esquiniado es una trampa al destino. Hay besos famosos en la biblia como el beso de Judas y en el arte como el de Gustav Klimt. Hay beso en la mano, beso negro y beso con lengua. Alguna vez una amiga me preguntó qué significaba un beso en la frente. Si te gusta el tipo —le dije— olvídalo. Los besos en la frente tienen la misma intensión de los besos a las mascotas.

Pablo Neruda, que era un poeta cursi irremediable dijo que «en un beso, sabrás todo lo que he callado». Cosas de poetas. A mí siempre me parecieron más románticas las letras del punk.

¿Qué pasa químicamente en nuestro cerebro cuando damos un beso con lengua?

Las placenteras endorfinas segregadas por el hipotálamo y la glándula pineal se disparan, y la excitante adrenalina va subiendo poco a poco, aumentando la presión sanguínea, dilatando las pupilas, acelerando el ritmo cardíaco y la respiración, incrementando el volumen de oxígeno en la sangre y haciéndonos sentir con mucha más energía.

La saliva de los hombres contienen testosterona y hay también evidencias de que un beso largo y apasionado podría aumentar el deseo en mujeres, pero el factor clave es la segregación de dopamina. Se ha dicho que la dopamina es una hormona «embaucadora» porque es como un alucinógeno que distorsiona y exagera lo que sentimos. Algo así como el principio activo de la marihuana, que nos hace más sensibles y propensos a los estímulos. La dopamina, entre otras hormonas, es la encargada de activarnos el bienestar y la tranquilidad cuando, por ejemplo, por fin, terminamos la tesis de grado o cuando ganamos con un buen negocio.

La subida de esta hormona implicada en la sensación del placer, motivación y búsqueda de novedad, genera ansiedad y deseo de besos cada vez más frecuentes. Y si en una relación llegamos a este punto, ya estamos perdidos y enamorados. Un dicho popular dice que «no hay peor ciego que un enamorado». Por otra parte, el cantante Joaquín Sabina, que vendió su alma a los bares y le dieron un sombrerito, tiene razón cuando dice: «Lo bueno de los años es que curan heridas, lo malo de los besos es que crean adicción». Joaquín-sombrero intuía lo que la ciencia ya demostró: en este punto del romance, nuestro cerebro está aprendiendo que una persona le genera gran placer. Es una persona, una sola, y no otra. Es decir, nos volvemos adictos. La ciencia ya lo demostró. Podemos estar con los amigos, con la familia, en el trabajo, incluso con un «arrocito en bajo», pero el cerebro sabe que ninguna de estas personas es quien nos tiene encoñados.

Cuando estamos lejos de esta persona estamos ansiosos, distraídos, sufriendo con los síntomas de abstinencia de cualquier drogadicto sin su dosis. Pero cuando nos volvemos a ver con el encoñe, y volvemos a estar juntos y conversamos y volvemos a cogerle el culo, —porque el culo amado siempre es perfecto—, el vínculo neuroquímico se va fortaleciendo. Todo esto ya lo sabíamos, pero la ciencia explica «por qué sucede». Uno escucha por ahí comentarios al estilo de «esta persona me tiene [email protected]» y en efecto, nos tiene embrujados con chorros de dopamina que nosotros mismos disponemos y consumimos. Y si a esto le sumamos unas vibrantes revolcadas, en las que los niveles de dopamina se disparan a sus máximos niveles, el vínculo químico y neuronal se hace más fuerte.

Según estudios de la ciencia, entre los efectos del beso se cuenta con los bajonazos de los niveles de cortisol, la hormona del estrés, tanto que se siente flaquear las piernas. Es decir, el beso funciona como terapia antiestrés. Y es verdad. Todos lo sabemos. Practíquela cuando quiera matar al jefe de la oficina.

¿Pero cómo diablos terminamos los humanos besándonos?

El beso es de las manifestaciones más extrañas en la naturaleza. Y más si es un intenso beso con lengua. El político y escritor irlandés Jonathan Swift algún día preguntó: «Señor, quisiera saber ¿quién fue el loco que inventó el beso?». Muchas especies se lamen u olfatean, pero solo nosotros y los monos bonobos practicamos el beso con fines amorosos. Pero ¿por qué diablos nos besamos? Para la pregunta hay dos respuestas científicas. Una viene por parte de los antropólogos, quienes afirman que es una manifestación cultural relativamente moderna. La otra respuesta la dan los biólogos evolucionistas, quienes apuestan a que el beso es una necesidad de carácter evolutivo.

Los evolucionistas se paran en la raya afirmando que la naturaleza ha ido diseñado nuestros labios de una manera particularmente enfocada al beso: la presentación que tienen nuestros labios orientados hacia afuera, que sean más gruesos en proporción al resto de los animales, que concentren una mayor cantidad de terminaciones nerviosas que otras partes del cuerpo, y que instintivamente consideremos a los carnosos como más atractivos, sugiere que el beso ha tenido un papel evolutivo. Los biólogos argumentan que las hembras besaban al macho para identificar al buen candidato por medio de la intensificación de la función olfatoria. Algunas opiniones de expertos dicen que nos gustan por su parecido con los genitales o como reminiscencia de la lactancia materna. Pero de momento la hipótesis más plausible es que besarse es un comportamiento evolutivo a partir de la olfacción, una manera más sofisticada para calibrar que todo está correcto y que el macho besado es un buen candidato para procrear. Según esta «fría teoría, vacía de magia», como me dijo un amigo poeta, el beso no sería tanto para generar excitación como para eliminar candidatos malos, enfermos o demasiado parecidos genéticamente a nosotros.

Es fría, racional y desmonta todas esas pendejadas que se inventan los poetas, pero la teoría explica varias cosas. Entre otras, aclara por qué hay besos y personas con las que, sin saber por qué, no hay química a pesar de las buenas expectativas que teníamos. A todos nos ha pasado: todo va superbien con esa persona, hablamos rico por teléfono, salimos y se nos va el tiempo volando, tenemos cosas en común, todo marcha en orden hasta que nos acercamos y le damos un beso. Entonces notamos que algo va mal. No es. Hemos caído en la trampa, en el engaño de las miradas. Por alguna razón que no entendemos, pero sentimos, y lo sentimos muy hondo, tenemos la certeza de la huida, del escape. Resulta espantoso, pero cierto.

Por eso quien dijo que «el primer beso no se da con la boca, sino con los ojos», afirmó algo muy poético, pero medio mentiroso, como todo lo de poetas. Porque uno puede besar con los ojos, pero hasta que no besa con la lengua no siente el aliento del otro. Y esto es vital. Hay que sentir el sabor del otro, sin chicles Adams, ni crema dental Colgate. Es tan importante el sabor de la lengua como el olor de la boca. El olor. Y acá podríamos comenzar a hablar de otro gran tema: el olfato. Pero dejemos el tema del olfato en coitus interruptus para otro ensayo . La vaina es que, si no nos gusta el aliento natural del otro, olvídalo. A pesar de todo el tiempo que hasta gastado, del coqueteo y mensajes en WhatsApp, tienes el derecho legítimo de largarte y perderte. No hay miradas brillantes ni sonrisas que cubran un aliento que no te gusta. Luego encontrarás la excusa. Pero, por favor, nunca le digas que fue su aliento.

Y al contrario también nos ha pasado. Es posible que, inicialmente, no estemos pensando nada serio con esa persona. Solo estamos «saliendo». ―Ojo, porque todos sabemos que afirmar «estamos saliendo» es el eufemismo para decir: estamos pichando sin compromiso―. El caso es que, sin mayores pretensiones, besamos a esta persona, la sentimos, la mordemos, y así el interés inicial sea menor, luego de ese primer encuentro la atracción se intensifica más, y con cada beso, y su aliento, su aliento natural y con cada encuentro, cada revolcada, nos sentimos derrotados y felices. La jodida química. Y la seguimos mordiendo. Pero ahora, la mordemos con harta gana. El beso es realmente un momento crítico en el inicio de una historia amorosa. El escritor alemán Emil Ludwig dijo que «la decisión del primer beso es la más crucial en cualquier historia de amor, porque contiene dentro de sí la rendición». Otra cursilería, pero qué le hacemos. Una cursilería cierta, como lo dijo el poeta portugués Fernando Pessoa: «Todas las cartas de amor son ridículas, pues no serían cartas de amor si no lo fuesen».

Luego del primer beso bien apretadito, ojalá en balcón de duodécimo piso, de noche, con susto, con lengua, el terrible vendaval se viene encima y no queremos huir, ni salir corriendo. Entonces estamos jodidos. Jodidos y enamorados.


Cerebros malcriados: cómo caemos en la infelicidad por intentar no caer en la infelicidad

cerebros infelicidad Donna Cymek
Foto: Donna Cymek.

Toda generación está marcada por la búsqueda de una vida mejor, de un trabajo más lucrativo, de un estándar de vida más alto, pero siempre con particularidades. Si ahora mismo están envejeciendo los que tuvieron el éxito como objetivo, en las nuevas generaciones la obsesión es encontrar la felicidad. Antes importaban los ascensos, el sueldo, una casa más grande, luego el reconocimiento, pero ahora parece que, en líneas generales, solo basta con estar feliz. 

No hay más que comprobar la saturación de libros de autoayuda que hay en los estantes de las librerías. Volúmenes repetitivos que hablan de tener la felicidad al alcance, recomiendan maneras para ser más feliz o elecciones que pueden hacerte más feliz. No se trata solo de libros. El gimnasio también tiene la fórmula para que seas más feliz, o un taller, o un curso… hasta los bancos venden felicidad en lugar de dinero. Cada vez son más abundantes las empresas que ofrecen entornos de trabajo con futbolines y mesas de ping-pong, encuentros de happy friday y todo tipo de prestaciones para que el trabajo nos haga más feliz que sus condiciones. 

Todos estos detalles demuestran que la búsqueda de la felicidad personal se ha convertido en una obligación, atrás quedó tener una buena vida. Incluso los actos de bondad hacia los demás hoy también se venden como estrategias para alcanzar la felicidad personal. Como una sociedad capitalista bien entrenada, se le ha puesto precio al altruismo. 

Como explica Anna Lemke, autora de Dopamine Nation (Dutton, 2021), además de huir del dolor, ahora mismo hemos llegado a un punto de no tolerar ni formas menores de incomodidad. El anhelo de felicidad ha llegado a un punto que estamos buscando constantemente distraernos del presente, eludirlo con un entretenimiento continuo: «Todos huimos del dolor, algunos tomamos pastillas, otros navegamos por internet en el sofá mientras vemos Netflix, sin embargo, todo este intento de aislarlos del dolor parece haber empeorado nuestro dolor». Buscar la felicidad nos hace infelices. 

En su ensayo, la autora analiza la necesidad contemporánea de placer continuo desde un punto de vista científico y encuentra que, si hay algo que para ella simboliza toda esta tendencia, ese es el smartphone: la aguja hipodérmica moderna que administra dopamina digital. Una herramienta que se ha integrado en nuestras vidas tan estrechamente que a mucha gente hasta le produce ansiedad separase unos metros del teléfono. 

La dopamina es un neurotransmisor que tiene un papel fundamental en la motivación, pero, como explica la autora, está más relacionado con «querer» que con «gustar». Estudiada en ratas, se encontró que el chocolate aumentaba un 55 % la dopamina en el cerebro, el sexo un 100 %, la nicotina 150 % y la cocaína, un 225 %. En estas circunstancias, el reto que se le plantea a la población actualmente es cómo vivir en una sociedad en la que la tecnología te proporciona nada menos que todo. Es fácil inundar el cerebro de dopamina, pero en cuanto esta se esfuma, lo que ocurre es que nos sentimos infelices. 

Según cita en su libro, el Informe Mundial de la Felicidad, que clasifica a 156 países según lo felices que son sus ciudadanos, las personas que viven en Estados Unidos contestaron a las encuestas de forma que quedó de manifiesto que eran menos felices en 2018 que en 2008. Otros países con una riqueza similar y mayor esperanza de vida, como Bélgica, Canadá, Dinamarca o Francia, también experimentaron un descenso similar. En otro estudio en el que se entrevistó a casi 150 000 personas de 26 países para monitorizar la prevalencia del trastorno de ansiedad generalizada, se descubrió que en los países ricos había más que en los pobres. En todo el mundo, el número de nuevos casos de depresión aumentó un 50 % entre 1990 y 2017. 

La pregunta que cabe hacerse es por qué en una época de riqueza, libertad, progreso tecnológico y avances médicos sin precedentes, parecemos más infelices y sentimos más dolor que nunca. La conclusión de este ensayo es que la razón por la que somos tan miserables no es otra que porque intentamos con todas nuestras fuerzas no ser miserables. Solo sabemos querer, porque solo queremos más. La autora, Anna Lemke, es una psiquiatra estadounidense que imparte clases en la Universidad de Stanford, su tesis es que el dolor y el placer están estrechamente relacionados y en la sociedad actual se están confundiendo con demasiada frecuencia, pero no es difícil que suceda porque ambos se procesan en regiones cerebrales superpuestas.

Para explicarlo, recurre a casos extremos pero muy elocuentes. Cuenta la historia de un paciente suyo que estaba enganchado a la compra de productos on line. Decidir qué comprar, esperar la entrega y desenvolver el paquete constituía para él un proceso por el que alcanzaba verdadera euforia, pero no duraba mucho más allá del tiempo que tardaba en arrancar la etiqueta de Amazon y ver qué había dentro. Tenía habitaciones llenas de objetos inútiles y una deuda de miles de dólares. Como no podía mantener el ritmo de gasto, empezó a pedir productos cada vez más baratos, como llaveros y tazas. Al final, siguió pidiendo, pero en cuanto le llegaban los paquetes, los abría y los devolvía inmediatamente después. 

Más extremo era el caso de un tal Jacob. Había aprendido de joven a fabricarse máquinas para masturbarse. La primera, conectando a un tocadiscos una barra de metal envuelta en un suave pañuelo. Así lograba masturbarse en las tres velocidades que tenía el reproductor. Se obsesionó con este tipo de máquinas y en internet llegó a convertirse en una estrella de los foros dedicados a esta afición, donde publicaba sus manuales. Sin embargo, no quería hacer lo que más le gustaba hacer. Desesperado, tiraba las máquinas a la basura, pero a las pocas horas las rescataba del contenedor y las volvía a montar. Un círculo vicioso incompatible con la gente que vivía con él: su familia, cristiana creyente y practicante. 

Posiblemente, estas actuaciones sean excesivamente patológicas o excepcionales, pero otro caso arrojaba claves más aplicables al común de la población. Kevin, un chico de diecinueve años que acudió a su consulta obligado por sus padres. No quería ir al colegio, no quería hacer ningún tipo de trabajo y en casa se dedicaba a no hacer nada. La familia era aparentemente normal, no tenía ningún problema grave, pero sus padres estaban excesivamente preocupados con no «estresarle» ni «traumatizarle» pidiéndole que hiciera cosas que no quería hacer. 

Con menor intensidad, este fenómeno está bastante extendido, explica la autora: «Percibir a los niños como psicológicamente frágiles es un concepto esencialmente moderno. En la antigüedad, los niños eran considerados adultos en miniatura completamente formados desde que habían nacido. Para la mayor parte de la civilización occidental, los críos eran considerados malvados por naturaleza. El trabajo de los padres y cuidadores era imponer una disciplina extrema para socializarlos para vivir en el mundo. Era completamente aceptable usar castigos corporales y atemorizarlos para hacer que se comportaran. Ahora no es así (…) Hoy, a muchos padres que veo les aterroriza hacer o decir algo que le pueda dejar a su hijo una cicatriz emocional o les cause, según creen, un sufrimiento emocional que pueda derivar en una enfermedad mental en el futuro». 

A su juicio, esta es una creencia freudiana, pensar que el trauma en la primera infancia pueda influir en la psicopatología adulta. Es la convicción de que cualquier experiencia que constituya un desafío será carne de diván y psicoterapia. Hay infinidad de detalles que lo prueban en Estados Unidos, como cuando en la escuela se da el premio al mejor alumno de la semana, pero se hace por orden alfabético y no por ningún logro en particular. Una sobreprotección que se prolonga hasta la universidad, donde abundan los denominados espacios seguros, incluso se exige con antelación saber de qué se va a hablar en una conferencia por si algún matiz del tema pudiera herir la sensibilidad del alumno. 

No hay que engañarse, la autora obviamente está de acuerdo con que hay que impedir toda brutalidad física y emocional en los patios de colegio, pero a lo que se refiere es a que los espacios seguros deberían ser en realidad lugares donde se pueda pensar libremente, aprender y discutir. Las burbujas en las que sea imposible recibir cualquier tipo de molestia promueven una infancia sobrehigienizada y sobrepatologizada. 

Crecer en entornos así, que impidan el dolor por completo, lo único que consiguen es no preparar a los niños para el mundo que les espera. Se pregunta si no se es consciente de que al proteger a un hijo de cualquier adversidad, lo que se logra es que adquiera miedos invencibles. Reforzar una autoestima con falsos elogios y hacer que se desenvuelvan por la vida sin asumir las consecuencias de sus actos en el mundo real, sirve para que exijan ser siempre privilegiados e ignorantes de los defectos de su carácter, sentencia. Ceder a todos sus deseos ha llevado el hedonismo a una nueva era, la necesidad incesante de placer cuando se es adulto. 

En realidad, el placer es vital. Es imprescindible en el ser humano para reproducirse o alimentarse. A la vez, sin dolor, no nos protegeríamos de posibles lesiones o de la propia muerte. El problema es que al elevar nuestro ajuste neuronal con la reiteración de placeres, nos convertimos en personas que nunca pueden estar satisfechas con lo que tienen, siempre buscan más. Hacen falta más recompensas que antes para sentir placer y bastan heridas muy leves para experimentar dolor insoportable. 

A escala global, hasta la medicina habla de eliminar el dolor. Un cambio de paradigma que se ha traducido en la prescripción masiva de analgésicos, con el episodio abominable de la epidemia de opiáceos desencadenada por empresas farmacéuticas en Estados Unidos. En 2012, se recetaron tantos como para que cada estadounidense tuviera un frasco de pastillas en el cajón. Las sobredosis de opioides llegaron a matar más que las armas o los accidentes automovilísticos. Sin embargo, el problema contemporáneo no se trata desgraciadamente de algo tan tosco como prescribir opiáceos contra el dolor de muelas. Uno de cada diez estadounidenses toma medicación psiquiátrica diaria. Eso es más grave, aunque sea menos visible. El consumo de Paxil, Prozac o Celexa está aumentando en todos los países del mundo. Detrás de EE.UU., siguen Islandia, Australia, Canadá, Dinamarca, Suecia y Portugal. En Alemania hubo un ascenso del 46 % en cuatro años y en España, del 20 % durante el mismo periodo. Incluso en China, donde no hay datos de prescripción disponibles, se estima que las tendencias van también en aumento por el crecimiento de la facturación. 

Cuando es la propia rutina o el día a día lo que nos conduce a la ansiedad, la solución que ofrece la sociedad actual es medicarnos. Por el contrario, Lemke propone una alternativa estudiada científicamente: ayunos de dopamina. Para restablecer un balance adecuado de dolor-placer haría falta uno de un mes. Esta psiquiatra, por la experiencia con sus pacientes, durante los periodos de abstinencia recomienda practicar mindfulness, dedicar atención plena y exclusiva a una sola cosa: «Muchos de nosotros usamos sustancias y tenemos comportamientos que implican altos contenidos de dopamina con el fin de distraernos de nuestros propios pensamientos. Cuando dejamos de usar dopamina para escapar, esos pensamientos, emociones y sensaciones dolorosas se derrumban sobre nosotros. El truco es dejar de huir de las emociones dolorosas y permitirnos tolerarlas». Consejos que antes eran típicos para drogodependientes, ahora son válidos para el grueso de la población. 

Hay que partir de la base de que el uso compulsivo que hacemos de esas fuentes de dopamina se han acabado convirtiendo en la principal razón de ser de nuestras vidas. El propio acto de consumir se ha convertido en una droga. Si los padres no enseñan a sus hijos a no convertirse en adictos a la dopamina les están privando de herramientas para que puedan lidiar con estas situaciones en el futuro. En lugar de protegidos, lo que estarán es indefensos ante cualquier conflicto o situación dolorosa. Si no se aprende a colocar las barreras cuando sea necesario, imponérselas a uno mismo para separarnos de eso que consumimos compulsivamente, se repetirá el círculo vicioso. Debemos crear nuestras propias leyes y depender de ellas más que de las externas.

De hecho, si de lo que se trata es de la búsqueda del placer, no hay mejor camino que el dolor. Biológicamente hablando, el placer es una respuesta natural fisiológica al dolor. Con una exposición intermitente al dolor, es más fácil sentir placer e incluso llegar a ser menos vulnerable al dolor. Se trata de la adaptación hedónica, un reflejo de los seres humanos que les lleva a regresar a un estado medio de felicidad sean cuales sean las adversidades que afronten. Tanto si se recibe una alegría como si se sufre un contratiempo, hay una respuesta adaptativa por la que, al cabo de un tiempo, se vuelve a encontrar un estado anímico medio. Gracias a ella se siguen teniendo alicientes y se pueden superar las desgracias. Todo varía según la persona y las circunstancias, pero es así como funciona, concluye. Por eso, no es ninguna novedad que todo placer se convierte en esclavitud si se vuelve rutinario. 


Epidemiología epidémica: modelos ecológicos en tiempos mediáticos

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El triunfo de la Muerte, de Pieter Brueghel el Viejo. epidemiología

Alfred Lotka y Vito Volterra propusieron, en los años 20 del siglo pasado, unas ecuaciones matemáticas para describir las dinámicas de los sistemas biológicos, en particular la relación entre presas y predadores. El principio de estas curvas es tan sencillo como cierto: cuando aumentan demasiado los depredadores (por ejemplo, zorros), disminuyen mucho las presas (por ejemplo, conejos), y esto conllevará una sucesiva disminución de los depredadores mismos; la disminución de los depredadores ocasionará entonces un aumento de las presas, lo cual generará un nuevo aumento de los depredadores. Y el ciclo, en un ambiente equilibrado y sano, vuelve a empezar.

Las poblaciones de presas y predadores fluctúan cíclicamente, y se regulan la una con la otra. Hasta que algo pasa y fastidia este equilibrio, y lleva a las poblaciones a dificultades que pueden alterar estos ciclos o, en el peor de los casos, acabar con su existencia. Desde entonces, la ecología se ha basado profundamente en modelos, o sea, representaciones numéricas de los procesos que subyacen a las complejas relaciones ambientales que caracterizan los ecosistemas. Un modelo permite cuantificar, y constituye entonces un paso fundamental para poder entender, validar y, por supuesto, predecir. Ahora bien, cualquier modelo tiene necesariamente que simplificar la realidad, y su fuerza reside entonces en la capacidad de explicar lo que pasa con un nivel de sencillez suficiente para que la información sea manejable, a la hora de medir y calcular sus elementos, así como de aplicar, luego, sus soluciones.

La clave está, por tanto, en dar con una adecuada mesura entre lo sencillo y lo complicado. Modelos demasiados básicos suelen funcionar muy bien (es decir, aciertan en sus previsiones), pero no aportan mucho, y se limitan a revelar lo que es, sencillamente, obvio. Modelos demasiado complejos, sin embargo, suelen aportar mucho, pero al primer imprevisto ya se descontrolan, y fallan con cierta facilidad. De ahí la necesidad de saber encontrar un equilibrio razonable entre la cantidad de información que uno maneja y su nivel de utilidad a la hora de explicar lo que observamos en la naturaleza. 

Otro campo que se rige profundamente por el uso de modelos es la epidemiología, o sea, la ciencia que estudia las dinámicas de las enfermedades. Se puede decir que la epidemiología es la medicina de las comunidades, de las poblaciones. Dentro de la ciencia médica es una disciplina a veces menospreciada, que entra en auge solo cuando pasa algo serio y la sociedad se acuerda de ella con cierta urgencia. En lugar de centrarse en el individuo, la epidemiología se centra en el grupo, utilizando como herramienta clínica la estadística. Evidentemente, los problemas son los mismos que los de la ecología, porque siempre se trata de modelizar las dinámicas entre los organismos y sus ambientes. Además, muchas veces son dinámicas que atañen precisamente a los seres vivos, vertebrados y bacterias, virus y parásitos, así que no es de extrañar que las dos disciplinas, la ecología y la epidemiología, acaben usando los mismos recursos teóricos y analíticos. 

Una tercera disciplina donde los modelos son fundamentales es la sociología, y en este caso, evidentemente, los números se aplican a las relaciones humanas y a las dinámicas sociales de los grupos. Los números solo son símbolos y no saben qué están representando, así que también en este caso las ecuaciones y los métodos son los mismos que los de la ecología o de la epidemiología, pero en este caso ofreciendo una lectura muy sutil de las relaciones personales, a pequeña o a gran escala. Es decir, las curvas y los modelos que describen las fluctuaciones de presas y predadores funcionan para los conejos, para los virus, y para las redes sociales.

Y ¿qué ocasión podría ser más propicia que una pandemia para ver cómo se entrelazan las dinámicas de la ecología, de la medicina y de la sociedad? Las dinámicas ecológicas globales de las convivencias entre especies, el proceso de contagio y las respuestas emocionales y económicas de nuestras sociedades se mezclan y se influyen la una con la otra tirando de las mismas ecuaciones, enredando causas y consecuencias, y confundiendo terriblemente los roles de presas y predadores. Y en el centro de la red tenemos al ser humano: cazador cazado.

Entre los muchos aspectos que se pueden explorar con esta lupa dentro de una pandemia, uno de los más interesantes son quizá las relaciones entre instituciones y ciudadanos, a nivel tanto local como global. En este caso, las cosas como son, tenemos por un lado instituciones que no siempre han brillado por su capacidad y competencia. Si nuestras instituciones políticas y administrativas a menudo lucen más por sus carencias que por su sensatez incluso en tiempos mansos, es de esperar que no logren manejar propiamente sus responsabilidades y sus recursos en tiempos revueltos. Entre las dificultades inmensas y objetivas de una pandemia y los fallos reconocidos de muchos sistemas institucionales (ineficiencia y torpeza, corrupción y burocracia, intereses personales y corporativos, etc.), sería fatuo pensar que una emergencia planetaria se pudiera resolver sin errores ni pecados.

Por el otro lado tenemos a la multitud, una criatura que muchas veces responde más con emociones que con cordura, que antepone intereses personales al bien común, que quiere soluciones ya y sin renunciar a sus privilegios, y que generalmente está más predispuesta a la crítica que a la acción constructiva. Cuando dos sistemas como estos entran en contacto (o incluso en conflicto), las ecuaciones que pueden diseñar sus dinámicas serán, probablemente, mucho más complejas que las de los zorros y los conejos. De hecho, ni siquiera está del todo claro quién es la presa y quién el predador, considerando la dependencia retorcida de amor y odio que existe entre los políticos y sus votantes, o entre las administraciones y sus usuarios.

Es de esperar, desde luego, que maniobras drásticas para tiempos drásticos generarán emociones y reacciones drásticas. Cuando una institución cambia los equilibrios preexistentes, la hostilidad surge espontáneamente en la multitud, a veces como fruto de un rechazo psicológico espontáneo, y a veces manipulada por intereses personales de alguien que saca algún provecho. En realidad, detrás de un negacionismo, de un boicot o de cualquier respuesta discrepante se hallan situaciones muy distintas, aunque al final acaben convergiendo en una única y confusa oleada de obstinación.

A veces esta reacción antagonista se sustenta en una capacidad crítica abierta y más objetiva, incluso documentada y, de alguna forma, razonada. Otras, sin embargo, se desata solamente como respuesta agresiva y descontrolada al miedo, cebándose en la falta de información o en la escasa capacidad de análisis. El problema es que, sobre todo hoy en día con el aumento ilimitado de las fuentes de información y la escasa posibilidad de discriminar la calidad de dichas fuentes, es muy difícil saber cuándo la crítica es sensata y cuándo no lo es. Por supuesto, esta duda atañe sobre todo a la crítica ajena, no a la propia, que siempre es innegablemente cierta, sobre todo en los ambientes que, por cultura o temperamento, no son muy pronos a la tolerancia o a la prudencia.

En todos los casos, la aversión, la oposición y la negación prosperan fomentadas por dos sesgos cruciales y universales del ánimo humano: el sesgo negativo y el sesgo confirmativo. El sesgo negativo nos lleva a dar más importancia a los aspectos perjudiciales que a los aspectos beneficiosos. Nuestra atención se centra más en lo malo que en lo bueno, quizá por razones evolutivas que priman estar más al tanto de los peligros que de los placeres. Como escriben Vidyamala Burch y Danny Penman, para la evolución es más importante sobrevivir que ser feliz. También a nivel fisiológico y bioquímico, nuestras emociones sufren de los problemas mucho más de lo que gozan de sus soluciones: lo malo perdura y obsesiona, y lo bueno se olvida pronto. El sesgo confirmativo, sin embargo, nos conduce a fijarnos más en las evidencias que apoyan nuestras creencias, descuidando al mismo tiempo las evidencias que las contradicen. Nuestra red atencional se ve atraída por las informaciones que refuerzan nuestros pensamientos previos, y pasa por alto las que no encajan con nuestros prejuicios. Este sesgo, innato en la psique humana, ha sufrido recientemente un potenciamiento exasperado desde que nuestros ordenadores han empezado a decidir qué información proporcionarnos en función de nuestras preferencias previas, oportunamente recopiladas por algoritmos mirones.

Claro está que, al mismo tiempo, una reacción adversa de la multitud es más probable si el efecto introducido por la institución, en lugar de ser el fruto de una renovación sabia y sensata, es el resultado de un batiburrillo improvisado, de parches mal apañados, o de un plan golfo, irresponsable o incluso criminal. Y es aquí donde podemos vislumbrar algo que nos recuerda mucho a las ecuaciones de Volterra-Lotka, y a aquellos equilibrios de zorros y conejos. Cuanto más actúa una institución con métodos impropios, fines ilícitos, fallos e incompetencia, más generará la multitud una reacción adversa y contraria. Hasta que esta reacción sea tan excesiva que la institución se vea obligada a hacerlo mejor, a calmar los ánimos, o a dar algo a cambio (lo cual incluye derechos, privilegios, y circo). Entonces, la multitud se calmará, y la institución podrá empezar otra vez, poco a poco, a obrar de forma incompetente o aprovechada, hasta que el ciclo vuelva a empezar.

Estas fluctuaciones entre acción institucional y reacción popular pueden tener diferentes escalas, que abarcan meses, años, décadas o siglos. También sus efectos pueden tener magnitudes muy distintas, que van desde un poco de desobediencia civil hasta una guerra. A veces todo esto genera fluctuaciones históricas aceptables, tolerables a nivel demográfico, económico o cultural. Por supuesto, esto no quiere decir que sus consecuencias sean agradables, porque pueden conllevar muerte y pobreza, degradación y desesperación. Otras veces, sin embargo, el equilibrio se puede romper, y esto suele generar una destrucción integral del sistema. Lo cual viene a ser, evolutivamente, su extinción.

Lo importante en ecología, epidemiologia o sociología es no olvidar nunca que un sistema es un conjunto de elementos, y su destino no se puede achacar solamente a uno de sus componentes. En un momento de emergencia habrá obviamente fallos, incompetencias y descarados abusos por parte de las instituciones, y todo ello tendrá que ponerse bajo atenta mirada crítica por parte de quien sea suficientemente activo y competente. Pero, al mismo tiempo, no deberíamos dejar que la aversión y el rechazo a la institución dieran rienda suelta a todas las fragilidades e incoherencias de la psique humana, e intentar respetar cierto orden colectivo que va más allá de los objetivos o de las creencias de cada uno. Sin embargo, los niveles de negacionismo o de complotismo que surgen en estos casos son tan extremos que ponen en entredicho la cordura de una consistente parte de la población. Lo cual, por ende, delata cierta preocupante inestabilidad, profunda y celada, de nuestro sistema social.

Pero claro, para intentar hacer las cosas bien hay que considerar ambos factores, o sea las limitaciones de las instituciones y las limitaciones de la multitud, y buscar una imparcialidad que nos aleje de los extremos. Si la gente se ve obligada a tomar una posición firme entre una institución incompetente o corrupta por un lado y una panda de fanáticos emocionales por el otro, cualquier decisión será un fracaso. La verdadera crítica, como siempre, va por dentro. Los que apoyan la estrategia de las instituciones tienen que velar por que estas instituciones permanezcan limpias y eficientes, y actuar con vehemencia cuando esto no pasa. Los que, por el contrario, critican a las instituciones, tienen que velar por que sus detracciones se mantengan en un marco de competencia, de prudencia y de sensatez, y rechazar todo lo que puede contaminar y debilitar su posición antagonista. 

La mala noticia es que esta posición resulta, desafortunadamente, bastante utópica. La historia nos enseña que la política raramente prima las necesidades de la multitud con respeto, capacidad y compromiso, siendo la incompetencia y la corrupción elementos bastante frecuentes en la gestión del bien común. Al mismo tiempo, la multitud se conoce por ser un animal impulsivo y no muy razonable. De hecho, la etología humana nos sugiere que mantenemos los rasgos más primitivos y simiescos de nuestra evolución precisamente en el comportamiento social y en las dinámicas de grupo. La interacción entre estas dos realidades, que además son internas la una a la otra y se difuminan sin solución de continuidad como en una banda de Möbius, nos puede llevar a no ser muy optimistas. Como decía George Bernard Shaw, la experiencia nos enseña que los humanos aprenden poco o nada de la experiencia.

Si las cosas se ponen feas entre zorros y conejos, la única medida infalible puede ser abandonar el bosque, y buscar otro más tranquilo. Pero cuando el bosque abarca todo el planeta, es más difícil dar con un refugio seguro. Acorralado por las ecuaciones ecológicas, epidémicas y sociales, a uno no le queda otra que pasar de las estadísticas de grupo y contar con los individuos que, cada uno por separado y de forma aislada, se escapan a las reglas generales de los modelos, y pueden dar sorpresas. Un punto, por sí mismo, no crea tendencia, y deja entonces abiertas muchas puertas. Es decir, dar importancia a los individuos más que a la sociedad, a la ideología más que a la política, a la espiritualidad más que a las religiones, a la identidad más que a la afiliación. Somos primates sociales y necesitamos integrarnos en los grupos, formando parte de sus patrones y de sus modelos numéricos. Pero esto no quiere decir que tengamos que acatarlos por defecto. Entre reaccionar y pertenecer, la alternativa es, sencillamente, ser. Una alternativa muy provechosa, que sienta muy bien, y que no necesita matemática ni soluciones.


Génesis de la relatividad general para principiantes (y 2)

Albert Einstein relatividad 1
Albert Einstein. Fotografía: Getty.

Viene de «Génesis de la relatividad general para principiantes (1)».

En el principio (casi) todo era éter

El ambiente científico del siglo XIX era etéreo, en el sentido de que todo era éter. El comodín que lo resolvía todo. Era imperceptible y no se tenían pruebas físicas de que existiera, pero las teorías se construían o aparentemente funcionaban a partir de la premisa de que en el vacío del espacio todo estaba formado por éter. Era el soporte de la realidad. Puede sonar ridículo, pero, salvando las distancias, en cierto modo no es muy diferente a lo que sucede ahora con la materia oscura: es algo que la tecnología actual no detecta, pero que según la teoría y ciertas observaciones indirectas se asume que debe estar ahí.

A finales del siglo XIX, Karl Pearson desarrolló la teoría del chorro de éter. «De acuerdo, todo es éter, pero de algún lado debe venir y a algún lado debe marchar», conjeturó. Lo resolvió con una cuarta dimensión: de ella manaba el éter y a ella volvía a través de unos sumideros —¿no les recuerda a los agujeros negros?—. Y no solo eso. En su libro La gramática de la ciencia especulaba con qué le sucedería en cuanto a la percepción del tiempo a alguien que viajara a la velocidad de la luz. También resulta familiar. Y hay constancia de que Einstein leyó ese libro.

Aún hay más. El astrónomo Simon Newcomb propuso en 1888 un modelo de éter basado en el espacio hiperdimensional de geometrías no euclídeas y mantuvo correspondencia en la misma época con Charles Sanders Peirce, quien por su parte esbozó una teoría del espacio para explicar «las características del tiempo, el espacio, la materia, la gravedad, etc.», donde hablaba de cuatro dimensiones, de geometría hiperbólica y la realidad del espacio absoluto. Pero más revolucionarios fueron los estudios del matemático William Kingdon Clifford, que ya en 1870 utilizó la geometría elíptica de Riemann para deducir que la variación de curvatura del espacio era lo que en realidad percibíamos como movimiento del éter y los astros. Para muchos, es el precursor de los conceptos de la relatividad general.

En resumen, antes de Einstein ya había ideas innovadoras, incluso se conocían ciertas herramientas matemáticas avanzadas, pero lo que no se conseguía era articularlas para que reprodujeran correctamente las observaciones.

El duro camino entre lo especial y lo general

La relatividad especial que se publicó en 1905 supuso un avance colosal en muchos aspectos de la física, pero estaba limitada porque solo contemplaba los efectos bajo velocidad constante: no tenía en cuenta las aceleraciones. Einstein contó posteriormente que, en 1907, pensó en que, cuando un hombre cae libremente, no siente su peso. Es decir, en determinadas circunstancias, es lo mismo hablar de un objeto que sufre aceleración o que está bajo el efecto de un campo gravitatorio. A partir de este principio de equivalencia y teniendo en cuenta que, según la relatividad especial, la velocidad de la luz es una constante, la primera generalización que esbozó Einstein predecía que los campos gravitatorios afectaban a la propagación de la luz y que los relojes se ralentizan cerca de grandes masas gravitatorias. Esto sentaba las bases para lanzar una OPA hostil a la gravitación universal de Newton, ya que en esta teoría la atracción gravitatoria no dependía del tiempo, era instantánea, lo que era contrario a la limitación de la velocidad de la luz. Era la presencia de masas lo que configura el espacio-tiempo, lo deforma, lo curva, y no existe una fuerza invisible e instantánea que ejerza atracción entre los astros. Unas ideas no muy alejadas de lo que algunos habían aventurado a finales del XIX, como hemos visto, pero quedaba el durísimo paso de los conceptos a la formulación.

Aunque se ha extendido la errónea idea de que en el colegio las matemáticas se le daban regular (una confusión en la interpretación de las escalas de calificación), «Einstein era un buen matemático intuitivo y tuvo un poco de problema con estas ideas, pero sabía lo que quería. Cuando vio lo que Riemann había hecho, supo que era eso», contó Roger Penrose, premio nobel de física en 2020, en una entrevista.

No obstante, en un primer momento no estaba tan abierto a esos jaleos matemáticos. En 1907, un antiguo profesor suyo —insisto, el mundo era entonces un pañuelo— de la Escuela Politécnica de Zúrich llamado Hermann Minkowski, definió una métrica para un espacio-tiempo acorde a la relatividad especial, donde lo que se medía no era la separación entre dos posiciones, sino entre dos sucesos. Minkowski utilizó para ello el análisis de geometría de superficies de dimensión superior que hemos mencionado antes. La primera reacción de Einstein fue furibunda: «Desde que los matemáticos se abalanzaron sobre la teoría de la relatividad, ni yo mismo la entiendo». Pero en 1912, tras unos años de intenso trabajo, tuvo que reconocer que no había forma de llegar a la relatividad general sin echar mano de las matemáticas avanzadas: «Debes ayudarme o si no me volveré loco», le suplicó al matemático Marcel Grossmann, amigo suyo desde los tiempos en que fueron compañeros de estudios. Grossmann lo introdujo tanto en la geometría elíptica como en el análisis tensorial que se originaba en los trabajos de Gauss y Riemann. Incluso en 1913 publicaron de forma conjunta el artículo «Esquema de una teoría de la relatividad generalizada y de una teoría de la gravitación», donde expusieron por dónde iban a ir los tiros de la construcción matemática de la relatividad general. La cosa parecía ir sobre ruedas, a pesar del complicado trabajo que aún tenía por delante. Pero en 1915, con la intuición de que la pancarta de meta estaba cerca, surgió un problema inesperado. Alguien se le podría adelantar.

Me llamo Hilbert, David Hilbert

En el verano de 1915, Einstein fue invitado por un profesor de la Universidad de Gotinga a dar unas conferencias sobre sus progresos en la teoría de la relatividad general. Este profesor era David Hilbert, uno de los más grandes matemáticos de su época que, en aquel momento, estaba interesado en las aplicaciones físicas de las matemáticas, tal vez por la influencia de su amigo Minkowski —un pañuelo, sin duda—, y, por tanto, qué mejor forma de hacerlo que escuchar los avances del mayor talento mundial de la física del momento. Hilbert se sintió fascinado por las implicaciones de la teoría de Einstein en construcción y se vio capacitado para intentar llegar a la formulación final por su cuenta, aunque en comunicación con el físico. 

Durante el mes de noviembre de aquel año intercambiaron numerosas cartas, donde se iban transmitiendo los avances, se aclaraban mutuamente dudas y compartían las dificultades que se iban encontrando. Cuando Einstein finalmente envió su artículo definitivo titulado «Las ecuaciones de campo gravitacional» el 25 de noviembre de ese mismo año, suscitó dudas. Había quien pensaba que se había aprovechado de la buena fe y los conocimientos del matemático para llegar a buen puerto, e incluso hay quien vio tongo porque Hilbert había enviado antes su artículo con sus propias ecuaciones de campo, pero se lo publicaron más tarde (en marzo de 1916 frente al 2 de diciembre de 1915). Era un poco extraño que, si se había producido algún plagio o trampa, la relación de Hilbert y Einstein siguiera gozando de una extraordinaria cordialidad. Finalmente, este extremo quedó aclarado en 1997 cuando unos historiadores localizaron en los archivos de la Universidad de Gotinga las primeras pruebas de impresión del artículo de Hilbert. Además de estar fechadas el 6 de diciembre de 1915, el artículo aún contenía algún error y, sobre todo, carecía de ecuaciones de campo que en el definitivo sí aparecían. Por si fuera poco, en el artículo publicado en marzo de 1916 Hilbert felicitaba indirectamente a Einstein. Pocas dudas.

Hilbert fue un excelente matemático. De su historial, lo que mayor fama pública le ha granjeado sea probablemente el planteamiento de los veintitrés problemas del milenio, alguno aún sin resolver (como la hipótesis de Riemann). Pero sus contribuciones a las dos teorías más importantes de la física del siglo XX fueron también capitales. Además de sus aportaciones a la relatividad general de Einstein, la habilidad matemática de Hilbert fue utilizada para demostrar que la formulación de ondas de Schrödinger y la matricial de Heisenberg, las piedras angulares de la mecánica cuántica, son análogas. No es mala contribución a la física para solo «un matemático».

En resumen, la densidad de genios de las matemáticas y la física que se produjo en los cien años comprendidos entre 1850 y 1950 no ha tenido parangón en toda la historia. Einstein fue, con pocas dudas, el más brillante de todos ellos, pero su relatividad general fue factible gracias al apoyo y la consulta de los avances que habían logrado otros colegas. 


Bibliografía mínima para saber mucho más y bastante mejor

-Generaciones cuánticas, de Helge Kragh. A finales del siglo XIX se decía que toda la física estaba ya definida, que solo quedaba afinar las mediciones. Y al poco llegó la relatividad y la física cuántica, desbaratando muchas de las ideas preestablecidas. En este denso volumen se realiza un repaso de los avances de los distintos campos de la física y la tecnología que se produjeron durante el siglo XX.

-Cuando las rectas se vuelven curvas: las geometrías no euclídeas, de Joan Gómez i Urgellés. Durante siglos, la geometría que estableció Euclides fue la única válida para la representación de nuestra realidad, hasta que lo que parecían concepciones abstractas de algunos matemáticos como Gauss, Riemann, Lobachevski y Bolyai se demostraron necesarias para describir el mundo físico que nos rodea. Una buena introducción a las bases de esas geometrías no euclídeas.

-Lo que no podemos saber, de Marcus du Sautoy. El famoso autor de La música de los números primos expone en esta obra los límites actuales del conocimiento humano, describiendo cómo se llegó a las teorías físicas vigentes en la actualidad y cuál es su campo de validez.

-Einstein. El espacio es una cuestión de tiempo, de David Blanco Laserna. Una gran introducción a la teoría de la relatividad con incisos descriptivos de otros científicos y la época.


La Tierra no es redonda

La Tierra no es redonda
Pierre Maupertius, vestido con ropas típicas de Laponia, plana una esfera terrestre con su mano.

El péndulo de Richer

La fuerza de la gravedad no es igual en todas partes. El primero en observarlo fue el astrónomo francés Jean Richer cuando se encontraba en Sudamérica realizando unas medidas para estimar la distancia entre la Tierra y Marte. Allí Richer se dio cuenta de que su reloj de péndulo se retrasaba sistemáticamente respecto a los relojes de París. Isaac Newton lo cuenta en su Principia Mathematica:

Y, en primer lugar, en el año 1672, Mr. Richer lo notó en la isla de Cayena; porque cuando, en el mes de agosto, estaba observando los tránsitos de las estrellas fijas sobre el meridiano, encontró que su reloj iba más lento de lo debido con respecto al movimiento medio del sol a razón de 2 minutos y 28 segundos por día.

En aquel libro, publicado quince años después de las observaciones de Richer, Newton presentó por primera vez su teoría de la gravedad, según la cual todos los cuerpos del universo ejercen una misteriosa fuerza de atracción entre sí, tanto más intensa cuanto más cerca estén. Esa fuerza, la gravedad, sería la responsable de hacer oscilar el péndulo de Richer y, por lo tanto, también la causante de aquel retraso.

Newton lo explicaba argumentando que el giro de la Tierra alrededor de su propio eje generaría una fuerza que hundiría al planeta por los polos. De ser cierto, el ecuador y los trópicos estarían más alejados del centro de la Tierra que los países europeos y, por lo tanto, la fuerza de la gravedad sería menor en Cayena que en París. De ahí el retraso del péndulo.

Sin embargo, esta explicación apelando a una fuerza nueva, extraña y poco intuitiva, no convenció inmediatamente a todo el mundo. Uno de los más escépticos fue el astrónomo italiano naturalizado francés Giovanni Cassini, director del Observatorio de París y colega veterano de Richer en la Academia de las Ciencias. 

Cassini era un hombre de gran prestigio y uno de los astrónomos más brillantes de su época. Durante sus años en Italia había determinado el tiempo que tardan Marte y Júpiter en dar una vuelta sobre sí mismos. Y más tarde, ya en París, descubrió cuatro de las lunas de Saturno, a las que llamó Sidera Lodoicea, las estrellas de Luis, en honor al rey de Francia, Luis XIV.

Newton y Cassini estaban de acuerdo en que la Tierra no era redonda, pero a partir de ahí sus opiniones divergían. Cassini afirmaba, basándose en sus propias observaciones y cálculos, que la Tierra no estaba achatada por los polos sino por el ecuador. Sobre por qué el péndulo oscilaba más despacio en Cayena, ofrecía una explicación sencilla: las medidas de Richer eran probablemente incorrectas. Después de todo, en aquel momento Richer era un simple «asistente», el rango más bajo en la Academia de las Ciencias, y además sus datos contradecían medidas similares realizadas en toda Europa que indicaban que el movimiento del péndulo era constante. Empezaba así una disputa científica que se extendería a lo largo de las décadas siguientes y cuyo desenlace ni Newton ni Cassini vivirían para ver.

Newtonianos y cartesianos

Durante el final del siglo XVII y el principio del XVIII la cuestión de la forma de la Tierra fue motivo de largos y enconados debates en la Academia de las Ciencias francesa. La polémica fue mucho más allá de la astronomía. Supuso el enfrentamiento de dos concepciones del mundo y tuvo connotaciones nacionalistas y filosóficas.

Por un lado estaban los seguidores de Newton, ingleses en su mayoría, pero también una sección joven dentro de la Academia. Para ellos la fuerza de la gravedad servía para explicar tanto la caída de las manzanas de los árboles como los movimientos de los planetas en el espacio. Y por supuesto, también los retrasos tropicales en los relojes de péndulo. Si los cálculos de Newton eran ciertos, la Tierra tenía que ser achatada por los polos.

En el otro lado estaban muchos científicos franceses, que acudían a las ideas de Descartes para proponer otra explicación, según la cual los movimientos de los planetas se producirían por fuerzas internas y no por la atracción que ejercen unos cuerpos sobre otros. Según eso y los cálculos de Cassini, argumentaban que la Tierra debería tener forma oblonga, achatada por el ecuador y no por los polos. 

Había una forma de dirimir la cuestión. Si la Tierra fuese una esfera perfecta, algo que por entonces ya nadie creía, su curvatura sería igual en cualquier punto de ella. Sin embargo, si los newtonianos tenían razón y el planeta estaba achatado por los polos, la curvatura sería menor en ellos que en el ecuador. Si en cambio tenía forma oblonga como decían los cartesianos, el resultado sería el opuesto. Por lo tanto, conociendo la curvatura de la Tierra en dos lugares lo suficientemente alejados entre sí sería posible deducir la forma del planeta.

La curvatura de la Tierra ya se había calculado en Francia en varias ocasiones. El primero en hacerlo fue Jean Picard, un astrónomo francés que ideó un ingenioso sistema para determinar la «longitud del arco meridiano», una medida que permite relacionar grados de circunferencia con distancias lineales.

Para empezar hacía falta medir una línea base de varios kilómetros de longitud. Se hacía de forma manual, utilizando una especie de regla de casi dos metros llamada toesa. A continuación había que buscar un hito (la cima de una montaña, por ejemplo) y medir los ángulos entre los extremos de la línea base y el hito. Con ello, mediante simples cálculos trigonométricos, es posible obtener la distancia entre la línea base y el hito. Utilizando nuevos hitos y calculando los ángulos entre unos hitos y otros, la operación se repetía a lo largo de cientos de kilómetros, lo que permitía estimar la longitud de una enorme línea recta. Después, mediante observaciones astronómicas, se podía calcular cuántos grados había entre un extremo y otro. Finalmente, comparando los grados con la distancia en línea recta  se obtenía el valor de la longitud del arco meridiano.

El propio Cassini utilizó esta técnica para medir el llamado meridiano de París, una línea imaginaria entre Dunkerquee, en el extremo norte del país, y Perpignan, en la costa mediterránea, lo que permitió conocer por primera vez con cierta exactitud el tamaño real de Francia, que resultó ser menor de lo que se pensaba. El rey Luis XIV afirmó entonces que sus astrónomos le habían quitado más tierras que las que le habían dado sus generales.

Conocida la curvatura de la Tierra en París, bastaba ahora comparar ese valor con el de una medida hecha en las proximidades de alguno de los polos o del ecuador. Con esa motivación la Academia de las Ciencias decidió organizar la primera expedición científica moderna. Nacía la Misión Geodésica Francesa.

La Tierra no es redonda
Mapa de Francia de 1720 con el meridiano de París.

Una expedición accidentada

Tras alguna deliberación, la Academia decidió que la msión se llevaría a cabo en Sudamérica, en una región que hoy pertenece a Ecuador y que en aquella época formaba parte del virreinato de Perú, una colonia española. La elección obedeció a criterios prácticos y geopolíticos, y se aprovechó el hecho de que España y sus colonias estaban gobernadas por Felipe V, primer Borbón que ocupó el trono de España y primo del entonces rey de Francia, Luis XV.

La explotación de las riquezas de América constituía una importante fuente de ingresos para la corona, por lo que España mantenía un estricto control sobre su acceso. Pero en este caso el parentesco entre los monarcas facilitó las negociaciones. Felipe V autorizó la expedición con la condición de que permitiese participar en ella a dos españoles.

España estaba muy lejos de ser una potencia científica como lo eran Francia e Inglaterra. No poseía una academia científica equivalente a la Royal Society inglesa o la Academia de las Ciencias francesa. Lo más parecido que tenía era la Academia de Guardias Marinas de Cádiz, una escuela naval militar donde también se impartían estudios de matemáticas, trigonometría, cartografía y astronomía. A falta de sabios más prestigiosos, se escogió para acompañar a los franceses a dos jóvenes cadetes: Jorge Juan, que entonces contaba con tan solo veinte años, y Antonio de Ulloa, de dieciocho. 

En Francia querían aprovechar la oportunidad para realizar muchas otras observaciones científicas, por lo que los dos jóvenes españoles se unieron a un numeroso grupo de académicos y ayudantes franceses. Entre ellos destacó un carismático personaje llamado Charles Marie de La Condamine

Dotado de una gran inteligencia, una curiosidad indomable y una enorme hiperactividad, La Condamine fue uno de los académicos más originales de su tiempo. Lector voraz y escritor incansable, se dedicó a las más diversas disciplinas, desde las matemáticas a la botánica, pasando por la astronomía y el derecho. Tenía la cara marcada por la viruela y cuentan los que le conocieron que suplía esa fealdad con una incontrolable locuacidad, descrita por unos como entretenida y por otros como insoportable.

La Tierra no es redonda
La Condamine en 1760.

Los franceses zarparon de La Rochelle en mayo de 1735, en un barco repleto de baúles con sextantes, toesas y muchos otros aparatos de última generación finamente calibrados. Los españoles lo harían pocos días después desde Cádiz. Nadie suponía entonces que necesitarían siete años para completar la misión y algunos más para presentar sus resultados frente a la Academia. 

Durante ese tiempo ocurrió de todo. Por un lado, la expedición tuvo muchos problemas con las poblaciones locales y las autoridades coloniales, que miraban con suspicacia a aquel grupo de extranjeros que en lugar de buscar oro decían querer medir algo en el cielo. Por el otro, las discusiones internas fueron constantes, tanto por cuestiones logísticas como científicas. Además, a menudo las condiciones meteorológicas les fueron desfavorables, lo que obligaba a esperar a que el cielo se despejara o a tener que volver a subir a una montaña para recolocar un hito caído. El dinero se acabó antes de lo planeado y durante muchos momentos del viaje los expedicionarios tuvieron problemas de solvencia. La Condamine se pasó meses en juicios y embrollos legales, uno de ellos contra Jorge Juan y Antonio de Ulloa, que se opusieron a que menospreciara la contribución española en la inscripción de unas pirámides conmemorativas de la expedición que mandó construir. Incluso hubo un miembro de la expedición que murió linchado por un asunto de faldas. Todo ello hizo que la expedición se dilatase en el tiempo.

Pero a pesar de los problemas, la expedición también obtuvo varios logros científicos importantes, en muchos casos aprovechándose de los conocimientos locales. Antonio de Ulloa, por ejemplo, fue el primer europeo en estudiar el platino, un metal que ya era conocido y empleado por las culturas precolombinas. La Condamine, por su parte, publicó la primera descripción detallada del  árbol de la cinchona, de cuya corteza se obtenía la quinina para tratar la malaria, y mandó a Francia muestras de caucho, material que los indígenas utilizaban para hacer botellas y antorchas que no se apagaban con la lluvia. 

Además, la Misión Geodésica Francesa también cumplió su principal objetivo, el de determinar la longitud del arco meridiano. Aunque desafortunadamente, lo hizo demasiado tarde.

La Tierra no es redonda
La expedición realizando medidas. De Relación histórica de un viaje a la América meridional, por Jorge Juan y Antonio Ulloa (1749).

Maupertuis gana la partida

Mientras La Condamine y el resto de sus compañeros intentaban llevar a cabo sus medidas, la vida continuaba en París. En la Academia de las Ciencias las noticias que llegaban desde América sobre las dificultades de la expedición supusieron un choque de realidad. Obtener la medida de la curvatura de la Tierra en el ecuador iba a ser más difícil de lo que se pensaba y empezaron a plantearse alternativas.

Fue así como el matemático Pierre Louis de Maupertuis consiguió convencer a la Academia de la necesidad de organizar una nueva expedición para medir la longitud del arco meridiano, pero esta vez a Laponia, en las cercanías del polo norte.

Maupertuis era un reputado académico. Newtoniano acérrimo y hombre de mundo, cuentan que se movía con la misma destreza por las matemáticas que por los salones parisinos. Cuando se organizó la expedición a América muchos se sorprendieron al saber que había rehusado formar parte de ella. Por prestigio, edad y experiencia, era probablemente la persona más adecuada para dirigir aquella expedición. Es posible que no quisiera abandonar París en un momento donde ser visto en determinados círculos podía servirle mejor a su carrera científica que embarcarse en una aventura difícil y de éxito incierto. Algo debió cambiar en los meses siguientes, porque sí que aceptó liderar la expedición a Meänmaa, en el círculo polar ártico. 

Allí, en la frontera entre Suecia y Finlandia, Maupertuis y sus compañeros consiguieron medir en poco tiempo la longitud del arco meridiano. Lo hicieron sin apenas problemas (exceptuando el naufragio del barco en el que regresaron) y contaron con la ayuda de algunos investigadores locales, como el sueco Anders Celsius, que algunos años después crearía la famosa escala de temperatura que lleva su nombre.

En 20 de agosto de 1737, Maupertuis presentó sus resultados en la Academia de las Ciencias y anunció que la longitud del arco meridiano es menor en Laponia que en Francia, confirmando que la Tierra está achatada por los polos como había anticipado Newton. La discusión sobre el tema todavía se alargaría algunos años, pero los cartesianos ya no se recuperarían del golpe.

La noticia de la expedición de Maupertius sentó como un jarro de agua fría a La Condamine y sus compañeros, pero a pesar de ello prosiguieron su trabajo. Todavía tardarían varios años más en concluir sus medidas, que corroboraron los resultados de Maupertius. A partir de ahí los miembros de la expedición siguieron diferentes rumbos. Algunos tardarían años en volver a Francia, otros nunca regresarían.

La Condamine fue de los que consiguió volver. A su regreso a Francia escribió varios libros contando sus aventuras. Se convirtió en una persona muy popular en París e incluso le aceptaron en la Academia Nacional de las Letras. Su amigo Voltaire le dedicó estas palabras:

Encontraste a través de largos problemas

lo que Newton encontró sin salir de casa.


Génesis de la relatividad general para principiantes (1)

Albert Einstein relatividad 1
Dos operarios cuelgan un retrato de Albert Einstein pintado por Max Liebermann, 1938. Fotografía: Getty.

En el transcurso de estos primeros diez años de vida de Jot Down se celebró el centenario de la presentación de la teoría de la relatividad general de Albert Einstein. Incluso lo conmemoramos con un pack de trimestrales que llevaban impreso en el lomo su ecuación de campo (Gab = 8 Π G Tab), una fórmula que parece tan inocente y sencilla que da la sensación de que la ecuación de gravitación de Isaac Newton (F = G m1 m2 / d2) es más compleja. Nada más lejos de la realidad. Llegar a ella fue una tarea titánica de una de las mentes más prodigiosas de la historia de la ciencia. Newton, quitándose importancia, dijo en su momento: «Si he visto más lejos, ha sido encaramándome a los hombros de gigantes». Siguiendo con la metáfora, cuando Einstein decidió enfrentarse a la generalización de su teoría de la relatividad especial, solo había un circo de tres pistas con gigantes y enanos dispersos, y él se tuvo que encargar de agruparlos, organizarlos para que formaran un castell, montar un andamio sobre ellos y encaramarse hasta la cima para enarbolar una banderita con la ecuación de campo anteriormente grafiada. Solo así consiguió «ver más lejos».

Matemáticas al poder

Gracias a las películas de ciencia ficción, forma parte de la cultura popular que la relatividad general consiste, a grandes rasgos, en que el espacio-tiempo se deforma por la presencia de los astros. Una forma simplificada de visualizar este fenómeno es con el consabido juego de pelotas de distintos tamaños y pesos sobre una red o tela tensa. Quien haya dormido en una cama vieja junto a alguien mucho más pesado incluso lo habrá experimentado en primera persona. Pero describirlo matemáticamente es otra historia, porque la geometría convencional no sirve.

Durante siglos, la representación de la realidad a la que estaba acostumbrado el ser humano en su día a día fue la que estableció Euclides quien, a partir de cinco axiomas, construyó su geometría: la conocida como plana o euclídea. Los axiomas son unas proposiciones de partida que se asumen como ciertas, y durante unos mil quinientos años no hay constancia de que nadie chistara a Euclides. Hasta que, en el siglo XIX, el quinto axioma («por un punto exterior a una recta se puede trazar una única paralela a la recta dada») fue rebatido por un puñado de matemáticos sensacionales que consiguieron plantear otras geometrías consistentes y que no daban lugar a contradicciones partiendo de una premisa diferente.

En torno a 1823, János Bolyai remató una geometría en donde el quinto axioma de Euclides era falso porque, en la suya, por un punto exterior a una recta hay más de una recta paralela a la primera. Esta geometría se denomina hiperbólica y su «plano», donde se contienen las rectas y puntos, es una seudoesfera que tiene una forma similar a dos campanas de trompa pegadas una a la otra. Y no era el único resultado sorprendente que arrojaba el análisis, ya que la suma de los ángulos interiores de un triángulo resulta menor de 180 grados.

Maravillado por su creación, János se lo comunicó a su padre, el también matemático Farkas, quien a su vez compartió orgulloso los descubrimientos de su hijo con su antiguo profesor de la Universidad de Gotinga, a quien aún lo unía cierta amistad. Este antiguo profesor era nada más y nada menos que Carl Friedrich Gauss, uno de los mejores matemáticos de todos los tiempos. Contra todo pronóstico, aunque Gauss reconoció el talento de János, transmitió algo más de tibieza ante la geometría hiperbólica porque, según manifestó, él la había concebido antes, pero se lo había guardado para evitar jaleos con los seguidores de Euclides radicalizados. Estas palabras en boca de cualquier otro matemático podrían sonar a machada, pero dado el talento y el bagaje de Gauss, los Bolyai asumieron que decía la verdad. Esto le sentó a János como un jarro de agua fría, suponemos que volcó algunos muebles por la impotencia, abandonó las matemáticas, ingresó en el ejército y estuvo años sin publicar lo que había descubierto. Cuando al fin se decidió a darlo a conocer, en 1932, como un apéndice dentro de un libro de su padre, ya era tarde: un matemático ruso llamado Nikolái Lobachevski se le había adelantado. Aunque oficialmente fuera Lobachevski el primero en difundir la geometría hiperbólica, casi siempre va unida su autoría a la de Bolyai y, en menor medida, a Gauss. Premio de consolación para el pobre János.

A otro alumno de Gauss (el mundo era un pañuelo en el siglo XIX), Bernhard Riemann, también le dio por las geometrías no euclídeas (entre otras muchas cosas, como veremos más adelante, porque estamos ante otro fenómeno de las matemáticas). En su caso, el quinto axioma de Euclides se transformó en «por un punto exterior a una recta no pasa ninguna recta paralela». Además, los ángulos interiores de un triángulo en esta geometría siempre suman más de 180 grados. Y, por si fuera poco, las rectas no son infinitas (a diferencia de la euclidiana y la hiperbólica). Todo esto se consigue al considerar un elipsoide (por eso se denomina elíptica) como el «plano» donde se encuentran los puntos y las «rectas».

Para visualizarlo, basta con coger un globo sin inflar y dibujar sobre él un triángulo convencional. Cuando hinchamos el globo y se estira la goma, vemos cómo se curvan los lados del triángulo y se abren los ángulos que forman. Y si consideramos una esfera (un caso particular de un elipsoide), las «rectas» (entendidas como el camino más corto entre dos puntos, denominadas técnicamente geodésicas), siempre son círculos máximos, por lo que es imposible trazar una paralela por un punto exterior sin que corte a la recta inicial y, evidentemente, siempre se cierran (basta con pensar en el ecuador de la Tierra). Este tipo de geometrías no euclídeas de primeras suenan a pura abstracción, aunque si visualizamos sus «planos» y sus «rectas» vamos comprendiendo las posibles aplicaciones ante el ejemplo de un gordo tumbado en la cama. En efecto, fueron unas herramientas indispensables para que Einstein diera forma a la relatividad general.

Además, sin alejarnos de Gauss y Riemann, hubo otros desarrollos matemáticos esenciales para que se pudiera llegar a la ecuación de campo que plasmamos en el primer párrafo. Si nos dicen que describamos un objeto, en general enumeraremos los aspectos singulares que apreciamos desde fuera. Por ejemplo, si se trata de un jarrón, diremos que en la parte superior tiene una abertura, que su forma es sensiblemente cilíndrica y que la base está cerrada. Pero si ante la misma pregunta alguien responde que si se mueve en una dirección determinada vuelve al punto de partida y si se desplaza en una dirección perpendicular a la anterior llega a una abertura o a la base, inmediatamente marcaremos el 112. Algo así fue lo que propuso Gauss.

En lugar de definir las superficies bidimensionales desde un punto de vista tridimensional o exterior, realizó el análisis desde la propia superficie, describiendo su relieve, los valles y las cimas, la curvatura, en definitiva, a medida que se recorre. Riemann cogió el testigo de su profesor en este punto y lo generalizó para cualquier número de dimensiones. En la conferencia de 1854 donde compartió estas ideas, Riemann concluyó de modo premonitorio: «Esto nos conduce a los dominios de otra ciencia, al ámbito de la física, donde nuestro propósito de hoy no nos permite adentrarnos».

Hubo que esperar más de cincuenta años para retomar el asunto, porque en 1915 Einstein pudo formular su teoría gracias a esta forma de analizar el espacio ideada por Gauss y generalizada por Riemann: describiendo la curvatura del espacio-tiempo desde su interior (además de otras ventajas matemáticas más complejas de describir y que se resumen excelentemente en la página de Wikipedia sobre la geometría de Riemann: «No hay introducción fácil a la geometría de Riemann»). No obstante, aun disponiendo de estos artificios matemáticos desde hacía décadas, nadie los había usado, ni pensado en que el espacio se deformaba, ni que había más dimensiones que las tres del espacio, ni que la luz hacía cosas raras… Einstein fue el primero al que se le ocurrió. ¿O no?

(Continúa aquí)


Leonardo Torres Quevedo, un inventor adelantado a su tiempo (y 2)

torres quevedo 2
Inauguración del Spanish Aero Car. Fotografía: Niagara Falls Public Library (DP).

(Viene de la primera parte)

Máquinas extraordinarias

Los accidentes durante las pruebas de dirigibles eran bastante frecuentes y de no ser tan trágicos serían hasta graciosos, basta imaginarse a hombres con bigote y levita, a la moda de la época, montados en un globo que se mueve dando bandazos mientras se deshincha sonoramente. Para evitar lesiones o posibles concursos de voluntarios desiertos, a Leonardo Torres Quevedo se le ocurrió inventar un aparato que permitiera maniobrar el dirigible a distancia, sin necesidad de estar montado en él, lo que es sin duda el precedente de los drones que aportaron a Barack Obama un primer mandato relativamente apacible y a Homeland un argumento bastante sólido.

Apoyándose en los descubrimientos de Heinrich Rudolf Hertz primero (las ondas electromagnéticas) y de Guglielmo Marconi después (la radio —aunque el mérito real sea de Tesla—), el ingeniero español empezó a realizar ensayos con un triciclo, despertando el asombro de las frecuentes visitas que acudían al taller a presenciar lo que parecía magia: el juguete giraba, frenaba y arrancaba obedeciendo las órdenes que le dictaba Torres Quevedo por medio de lo que denominaba «telegrafía sin hilos», que no dejaba de ser un dispositivo de radiocontrol. La máquina, llamada Telekino, etimológicamente dejaba clara su utilidad (tele: a distancia; kino: movimiento).

El punto álgido (y un tanto bizarro) del Telekino tuvo lugar el 25 de setiembre de 1906, cuando se probó el dispositivo en un pequeño barco en aguas del Cantábrico en presencia de un gran número de público presidido por el rey Alfonso XIII. Además de las maniobras habituales (giros, marcha, frenado…), frente al club marítimo del Abra de Bilbao, izó y arrió varias veces la bandera de España que estaba en la embarcación, para alborozo de los presentes. En vista de que su máquina funcionaba a la perfección, Torres Quevedo ofreció al ejército una aplicación del Telekino en torpedos, pero una vez más no hubo sintonía con los militares y declinaron su oferta. Paradójicamente, el Telekino, que se pensó para pilotar dirigibles, nunca se puso en práctica en aerostatos.

El interés de Torres Quevedo por las máquinas venía de lejos, como él mismo decía: «Recuerdo haber visto de niño un juguete que me produjo impresión profunda: era un canario entre unas ramas, que cantaba, movía la cabeza y las alas y aun saltaba de una rama a otra. ¡Parecía un pájaro vivo! Gran entusiasmo me produjo aquella que yo reputaba maravilla de mecánica, y mi mayor satisfacción hubiera consistido en ser dueño del pájaro, para deshacerlo y ver lo que tenía dentro». Tal vez, ese afán por recrear un organismo vivo le llevó a construir máquinas que se asemejaran al ser humano en su faceta más inimitable hasta ese momento: resolver problemas. Desde mediados del siglo XIX ya existían máquinas que realizaban multiplicaciones e integraciones, pero Torres Quevedo fue más allá. Con la publicación en 1895 de Memoria sobre las máquinas algébricas (máquinas analógicas que resolvían ecuaciones) se dio a conocer mundialmente, y construyó a modo de ejemplo de sus teorías un ingenio que resolvía ecuaciones de ocho términos.

Pero su aportación a la historia de la ciencia, que le ha valido los sobrenombres de Abuelo de la Cibernética, Padre de la Inteligencia Artificial y Cuñado de la Informática (u otras combinaciones aleatorias entre parentescos y estas disciplinas técnicas), fueron sus Ensayos sobre Automática (1914), donde Torres Quevedo demostró, desde el punto de vista teórico, que siempre es posible construir un autómata que obedezca unas reglas (más o menos complicadas) que se le impongan arbitrariamente en el momento de la construcción. Frente a las máquinas algébricas, analógicas, que funcionaban de acuerdo a principios geométricos y físicos1, tras Ensayos sobre Automática se centró en el diseño y fabricación de máquinas electromecánicas, es decir, digitales. Su Aritmómetro electromecánico (1920) fue probablemente la primera calculadora digital (o incluso el primer ordenador) de la que se tiene constancia. El ingenio consistía en una máquina de escribir unida a varias carcasas con mecanismos y cables. Era muy sencillo de utilizar: en la máquina de escribir se tecleaban los números y operaciones que se querían realizar; al poco, la máquina de escribir escribía ella sola el resultado requerido. 

Aunque tanto el Telekino como el Aritmómetro electromecánico fueron avances increíbles en la época, sus Ajedrecistas tal vez sean sus logros más importantes desde el punto de vista conceptual: una máquina que era capaz de jugar al ajedrez frente a un humano ¡y ganarlo! Desde luego no era comparable a Deep Blue, ya que se trataba de un final de partida donde el Ajedrecista jugaba con blancas y tenía rey y torre, mientras que el oponente humano, con negras, solo contaba con su rey, pero la máquina conducía la partida inexorablemente hacia el mate, anunciando los diferentes jaques e incluso avisaba si el humano se equivocaba o se pasaba de listo haciendo un movimiento no permitido (detectaba la posición de los trebejos a través de sensores en el tablero). Es más, el Ajedrecista tenía cierto orgullo, porque a la tercera vez que su contrincante movía erróneamente una pieza, entendía que le intentaban hacer trampa, por lo que emitía una señal luminosa y se negaba a seguir la partida (personalmente, para dar más dramatismo a su indignación, yo habría añadido un muelle bajo el tablero que lo hiciera saltar por los aires junto a las piezas)… aunque no era rencoroso y, si «lo reiniciabas», volvía a jugar.

Puede parecer un problema sencillo —o una encerrona para el humano—, pero en aquel momento fue una revolución: para hacernos una idea, Torres Quevedo no aparece ni citado en la famosa obra Cibernética (1948) de Norbert Wiener, donde se anunciaba pomposamente que «en un futuro» se podrían construir máquinas que jugaran al ajedrez. Años más tarde, en 1951, Wiener conoció de primera mano el segundo Ajedrecista. Y como todo hijo de vecino, perdió contra la máquina de nuestro genial inventor. Además de eficiente, la máquina en sí era bastante vistosa, sobre todo su segunda versión de 1920, que solo se diferenciaba de la primera (de 1912) en su apariencia: en el segundo Ajedrecista, las piezas se movían mediante rodamientos y electroimanes, deslizándose sobre el tablero por sí mismas, mientras que en el primero un brazo mecánico era el encargado de moverlas.

0,1 leguas de viaje en transbordador

En aquellas idílicas tierras cántabras en las que pasaba largas temporadas durante su retiro para pensar, gestó Torres Quevedo su primer gran invento, que denominó transbordador, y que consistía en un original sistema de transporte funicular aéreo. Un transbordador es, para que nos entendamos, un teleférico más o menos horizontal, un medio de transporte que permite unir puntos separados por un valle o una depresión mediante unos cables sobre los que se desplaza una barquilla en la que se alojan los viajeros. En sus primeros ensayos, Torres Quevedo utilizó un par de vacas como fuerza tractora. Tiene lógica: Newton, que estaba en una granja, se supone que se inspiró al ver una manzana caer; Torres Quevedo, que estaba en la Cantabria profunda, veía montañas y vacas. 

El teleférico que Torres Quevedo ideó tal vez no sea el primero de la historia2,pero sí el más ingenioso. Nos hemos cansado de ver en películas de serie B el típico teleférico en el que el cable se está pelando poco a poco y la cabina amenaza con precipitarse al vacío con los protagonistas a bordo. En el sistema patentado por Torres Quevedo las probabilidades de que se produzca esta situación son bajísimas: la barquilla circula sobre seis cables independientes entre sí y diseñados de tal forma que están siempre bajo la misma tensión. A diferencia de los puentes colgantes, con los que comparte ciertas similitudes estructurales3, los cables del transbordador de Torres Quevedo solo están anclados al terreno en uno de sus extremos, mientras que en el otro pasan sobre una polea y cuelga de cada uno de ellos un contrapeso. De esta forma, si la barquilla va muy cargada, el cable desciende en el vano, lo que hace girar la polea y subir el contrapeso; en caso contrario, el contrapeso baja, pero el cable se mantiene en ambos casos sometido a la misma tracción. 

Además, está diseñado de tal forma que si se rompe uno de los cables el resto sería capaz de sostener la barquilla, deformándose, sí, pero se mantendrían bajo la misma tensión y el transbordador seguiría funcionando normalmente, tras el pequeño susto de una caída súbita de en torno a un metro. Obviamente, que dos cables independientes se rompan durante el mismo trayecto es muy poco probable, por no decir imposible a no ser que se trate de un sabotaje. Con esta idea, patentada en 1887, se presentó en 1890 Torres Quevedo en Suiza donde debido a su famosa accidentada orografía suponía que iba a tener buena acogida su idea. Pero no fue así, incluso la prensa local ridiculizó su propuesta. Abatido, Torres Quevedo aparcó esta patente durante años y se centró en otros trabajos. Finalmente, en 1907 se inauguró el transbordador del Monte Ulía, en San Sebastián, aunque cayó rápidamente en desuso. La puesta en práctica de su sistema tocó techo con el transbordador del Niágara, llamado Spanish Aerocar (haciendo honor a su nombre, está pintado con los colores de nuestra bandera nacional), de 550 metros de luz. A pesar de haberse inaugurado en 1916 sigue en funcionamiento, y no ha sufrido ningún accidente en estos casi cien años… lo que tampoco es una noticia como para lanzar sombreros al aire, puesto que está calculado con un factor de seguridad de ¡4.6! No es que Torres Quevedo se la cogiera con papel de fumar, que también, sino que fue un condicionante del proyecto por parte de las autoridades canadienses, que aún tenían fresco el hundimiento de un puente en construcción en Quebec4 y pensaron, sensatamente, que una desgracia en un transbordador construido para atraer turistas podía producir el efecto contrario. 

De ciencias a letras

Torres Quevedo alcanzó un reconocimiento nacional (e internacional) difícil de entender hoy en día debido al olvido en el que se ha sumido su figura. Incluso le ofrecieron en 1918 el cargo de ministro de Fomento, que rechazó por no sentirse capacitado (!!!). Tal era su prestigio que encabezó la comitiva española al Congreso Científico Internacional que se celebraba en Buenos Aires con motivo del centenario de la Revolución argentina, en 1910, incluso por delante de Santiago Ramón y Cajal, que ya había ganado el Premio Nobel. Este congreso argentino fue el germen de su Diccionario Tecnológico Hispano-Americano, que pudo lanzar gracias a su ingreso en la Real Academia Española, en 1920, en el sillón que había ocupado Benito Pérez Galdós. No fue su único contacto con temas lingüísticos, puesto que también fue un gran defensor del esperanto, en el que creía como vehículo no ya para las relaciones entre distintos países, sino como lenguaje internacional científico. En este sentido, intentó establecer una codificación universal para la descripción de las máquinas, como un lenguaje de programación, que facilitara el entendimiento de las mismas. No tuvo éxito, y a día de hoy sigue sin existir algo similar.

También se interesó por la educación, no solo con sus patentes de un proyector didáctico o un puntero proyectable como ayuda para el desarrollo de clases magistrales, sino que dedicó algunas palabras a la enseñanza de la ingeniería de la época:

Yo tuve que aprender de memoria (…) muchas obras, máquinas y aparatos de diferentes clases, con detalles excesivos, que había olvidado antes de terminar la carrera, y no me produjeron más beneficio que hacerme trabajar y perder el tiempo miserablemente. Hay que evitar que esto siga así. Lo que importa no es la erudición técnica del ingeniero; es la orientación de su inteligencia. 

Recordemos que solo fue el cuarto (de siete) de su promoción, pero a pesar de ello ha sido uno de los más grandes genios de la historia de nuestro país. Más de un siglo después de esas palabras, los estudiantes de ingeniería tienen que aprender, como la lista de los reyes godos, definiciones exactas que no volverán a necesitar en su vida, pero en cambio apenas se menciona la obra de Torres Quevedo, tan desapercibida como pasó su muerte en España, que estaba inmersa en la guerra civil, en diciembre de 1936. Que su recuerdo no quede a expensas de algún doodle aislado.


Notas

(1) Torres Quevedo daba un ejemplo para entender su funcionamiento: «en el movimiento oscilatorio del péndulo simple existe cierta dependencia entre el tiempo que dura una oscilación y la longitud del péndulo: el tiempo es proporcional a la raíz cuadrada de la longitud. (…) inversamente, un péndulo dispuesto de modo que pueda hacerse variar su longitud, serviría para obtener la raíz de un número cualquiera, bastaría darle la longitud expresada por este número y medir cuánto dura una oscilación». 

(2) Hay discrepancias al respecto. Hay quien cita como primer teleférico destinado únicamente al transporte de personas el de Schaffhausen (Suiza, 1866), construido para controlar unas turbinas. Otros mencionan el de Glynde (Reino Unido, 1885), realizado a partir de la patente de Flemming Jenkin de 1882. Y otros citan el de Dresde (Alemania, 1901), que sigue en funcionamiento. Las diferencias de todos ellos con el transbordador de Torres Quevedo son evidentes.

(3) El funcionamiento estructural de los puentes colgantes se describe en «Los puentes colgantes (I): una introducción».

(4) En 1903, durante la construcción de un puente sobre el río San Lorenzo, cuando una locomotora empleada en las obras circulaba sobre él, este se vino abajo costando la vida a más de ochenta personas


Bibliografía imprescindible para saber más y bastante mejor

González Redondo, Francisco A.  Protagonistas de la aeronáutica. Leonardo Torres Quevedo. Centro de Documentación y Publicaciones de AENA 

Torres Quevedo, Leonardo. Mis inventos y otras páginas de vulgarización. Editorial Hesperia.

VV. AA. En torno a Leonardo Torres Quevedo y el transbordador del Niágara. Fundación ESTEYCO.

VV. AA. Revista de Obras Públicas (números 1710, 1808, 2043, 2048, 2117, 2697, 2831, 3265 y 3423). 


Leonardo Torres Quevedo, un inventor adelantado a su tiempo (1)

torres quevedo 1

Todo lo que una persona puede imaginar, otros pueden hacerlo realidad.

Julio Verne (1828-1905), novelista francés.

En la misma época en la que Nikola Tesla y Thomas Edison peleaban por el título honorífico de Inventor Supremo de la Humanidad, otra persona menos mediática que las anteriores construyó la primera máquina capaz de jugar al ajedrez frente a un humano, inventó el control remoto, desarrolló aparatos que resolvían ecuaciones y patentó una tipología de dirigibles que fue muy utilizada en la Primera Guerra Mundial. Este es parte del legado de Leonardo Torres Quevedo, un ingeniero de caminos, canales y puertos español tan brillante como desconocido.

Compartió vocación con su padre, también ingeniero de caminos que incluso llegó a ser catedrático de ferrocarriles; Leonardo acabó la carrera quedando cuarto de su promoción de un total de siete, lo que nos indica dos cosas: que a finales del siglo XIX no había tanta masificación universitaria y que el expediente académico de Torres Quevedo tampoco era como para volverse loco. Una vez acabados sus estudios dedicó sus primeros trabajos al ferrocarril, pero un capricho del destino hizo que cambiase su vida y, probablemente, la historia de la ciencia1: recibió una importante herencia que le dejó en una situación económica más que desahogada, lo que Torres Quevedo aprovechó para retirarse de la práctica profesional y dedicarse a «pensar en sus cosas». En su caso, el manido «tapar agujeros» que se escucha a los premiados a la puerta de las administraciones de lotería, a medio camino entre la exaltación de la amistad y los cánticos populares, se refería a huecos intelectuales, esos que son tan difíciles de tapar y a los que tan poca atención se presta. 

Desde 1877, que recibe dicha herencia y se retira, hasta 1893, que presenta para solicitar una subvención en el Ministerio de Fomento la memoria Máquina para resolver ecuaciones numéricas de todos los grados, que produjo una auténtica conmoción en los círculos científicos nacionales, Torres Quevedo estuvo apartado de la vida pública, viajó por Europa y se interesó por todo tipo de temáticas técnicas. Y pensó mucho en sus cosas. En esos dieciséis años, la mente de Torres Quevedo debió de ser un hervidero; en la línea del retiro forzoso de Isaac Newton por la peste bubónica (a la que debemos de forma más o menos indirecta el cálculo diferencial y el cuerpo teórico de la mecánica newtoniana), las largas temporadas que pasaba Torres Quevedo en Santa Cruz de Iguña (Cantabria) debieron ser el germen de las ideas que posteriormente desarrolló con una actividad frenética, pues registró hasta veinte patentes de la más diversa índole: transbordadores, dirigibles, un sistema de radiocontrol, máquinas de cálculo, un artilugio similar a un puntero láser, enclavamientos ferroviarios y hasta un método para situarse en las ciudades que hay quien ve como el precursor del GPS. Dado que trabajó de manera incansable y simultánea en varios proyectos, es mejor tratar sus aportaciones por temáticas y no por orden cronológico. 

Cinco semanas en un Astra-Torres

A finales del siglo XIX y principios del XX, los dirigibles eran el único medio de transporte por aire del que disponía el ser humano ya que, aunque el primer vuelo de los hermanos Wright fue en 1903, la aviación estaba aún muy verde como para tomarla en serio. Hasta la entrada de Torres Quevedo en el mundo de la aerostación, básicamente existían dos tipos de dirigibles:

-Rígidos: tenían una estructura metálica interna que mantenía su forma, por lo que no necesitaban que el gas interior estuviera a demasiada presión. El máximo exponente de esta tipología serían los famosos Zeppelin, marca que incluso se emplea como sinónimo de dirigible.

-Flexibles: en los que la forma se mantenía con una alta presión del gas. A pesar de contar con la ventaja frente a los rígidos de ser desinflables, tenían por el contrario poca resistencia a rachas de viento imprevistas y no podían acarrear una barquilla muy pesada porque deformaba demasiado la envolvente.

La gran contribución de Torres Quevedo fue encontrar el punto medio de ambos sistemas, para regocijo de la escuela aristotélica. En efecto, sus «dirigibles trilobulados autorrígidos» presentaban una gran estabilidad frente a los fenómenos atmosféricos y soportaban sin problemas la carga de la barquilla y, además, se podían desinflar para ser transportados cómodamente.

El dirigible patentado por Torres Quevedo no tenía la típica forma de pepino, sino que su sección era similar a la de un trébol debido a que, en su interior, las aristas de los tres lóbulos estaban unidas con cuerdas: cuando el dirigible se desinflaba las cuerdas se podían plegar con el resto de la envolvente, pero al inflarlo con la presión adecuada las cuerdas se tensaban, formando una viga de sección triangular a lo largo de todo el aerostato que lo dotaba de una gran estabilidad y rigidez.

Ante la buena impresión que causó esta patente de 1906, el gobierno español puso a disposición de Torres Quevedo instalaciones apropiadas (como el Centro de Ensayos de Aeronáutica) e importantes subvenciones económicas. Por desgracia para el desarrollo tecnológico de España, concurrieron dos circunstancias que obligaron a Torres Quevedo a exiliar sus dirigibles trilobulados a Francia: por un lado, los militares con los que tuvo que trabajar en los ensayos menospreciaban públicamente a Leonardo una y otra vez (probablemente poseídos por los celos que le profesaban), y por otro, un accidente en la única planta que servía hidrógeno en España (por aquel entonces, el gas con el que generalmente se inflaban los dirigibles), iba a dejar desabastecido el país durante bastante tiempo.

Ya en Francia, donde siempre le acogieron con los brazos abiertos, llegó a un acuerdo con la casa Astra de tal forma que pagarían a Torres Quevedo tres francos por cada m3 de su modelo de dirigible que vendieran (hay que señalar que al Gobierno español no le cobraba nada por la utilización de su patente). El primer modelo Astra-Torres (denominación de la serie) que construyeron era de casi 1600 m3, medía unos 47 metros y la estructura interior de cuerda de cáñamo solo pesaba ¡40 kg!2

Poco tiempo después de comenzar los ensayos, los Astra-Torres batieron el récord del mundo de velocidad, superando los 80 km/h e incluso alcanzando 124 km/h con el viento a favor, cifras de auténtica locura a principios del siglo XX. Los Astra-Torres y derivados tuvieron su máximo apogeo durante la Primera Guerra Mundial, cuando Francia, el Reino Unido, Estados Unidos y Japón utilizaron los dirigibles trilobulados en labores de exploración y protección de costas, principalmente. Mientras tanto, los mismos militares que prácticamente expulsaron a Torres Quevedo del Centro de Ensayos de Aeronáutica, negociaron con Astra la compra de un dirigible (el modelo España) cuyo diseño la propia casa francesa había descatalogado debido al éxito de los Astra-Torres. Tras muchos problemas y bastante dinero invertido, nuestro ejército tuvo que aceptar el fracaso de ese modelo de aerostato y abandonó la idea de una flota de Españas… el karma, ese cabronazo. 

Años más tarde, Torres Quevedo volvió a trabajar con el Gobierno español con el fin de diseñar un dirigible que realizara vuelos comerciales transoceánicos para los que los trilobulados no estaban preparados. El ingeniero patentó un nuevo modelo denominado —tal vez con cierta retranca— Hispania, cuya característica externa más destacable era una proa rígida bajo la que se encontraba la barquilla, pero este proyecto se quedó en nada principalmente por motivos económicos, y dejó el camino libre para que años más tarde se lucraran los alemanes de Zeppelin… hasta que se produjo el incidente del Hindenburg.

Al mismo tiempo que trabajaba construyendo y puliendo detalles de los dirigibles, a Torres Quevedo se le ocurrieron nuevas ideas que facilitaban la explotación de los mismos. Como el «poste de amarre», donde se podían «anclar» sus trilobulados, o un «cobertizo giratorio» que se orientaba con el viento buscando la menor resistencia y que fue el precursor de la arquitectura inflable, o el «buque campamento», probablemente el primer portaaeronaves de la historia, que consistía en un barco habilitado para transportar y abastecer dirigibles operativos, pero que fue desechado por algún visionario que pensó que transportar aeronaves por mar no tenía ningún futuro. Pero de entre todos estos ingenios que surgieron en torno a los aerostatos, su invento más fabuloso fue el Telekino, que veremos en la siguiente parte.

(Continúa aquí)


Notas

(1) Tal vez suene exagerado, pero el IEEE (Institute of Electrical and Electronics Engineers) incluyó en el programa Milestones (hitos del desarrollo tecnológico de la humanidad) el Telekino de Torres Quevedo. Huelga decir que es la única contribución española a esa lista.

(2) En 1913, con 107 pesetas se compraban 100 francos. Y para hacernos una idea del poder adquisitivo, un Ford T costaba unas 5000 pesetas y un litro de leche (a domicilio) unos 60 céntimos. Vamos, que con el primer Astra-Torres que se vendió, el ingeniero español prácticamente se pudo comprar un coche.


ibliografía imprescindible para saber más y bastante mejor

González Redondo, Francisco A.  Protagonistas de la aeronáutica. Leonardo Torres Quevedo. Centro de Documentación y Publicaciones de AENA 

Torres Quevedo, Leonardo. Mis inventos y otras páginas de vulgarización. Editorial Hesperia.

VV. AA. En torno a Leonardo Torres Quevedo y el transbordador del Niágara. Fundación ESTEYCO.

VV. AA. Revista de Obras Públicas (números 1710, 1808, 2043, 2048, 2117, 2697, 2831, 3265 y 3423). 


El simulador más potente del mundo

Simulador 1970. Fotografía Robert Natkin Getty.
Fotografía Robert Natkin / Getty. Simulador

El primer artículo que publiqué en Jot Down trataba del suicidio. Quería hablar de un tema que, pese a ser una realidad cotidiana —en España se suicidan diez personas al día—, sigue siendo tabú. Y quería hacerlo fuera de los foros especializados: el suicidio nos atañe a todos, y si solo hablamos de él en revistas científicas, difícilmente vamos a acabar con el estigma que lleva asociado. Poder hacerlo en un medio que desde el principio ha apostado por la divulgación y los contenidos de calidad, procurando, además, que el lector pase un buen rato leyendo, era todo un lujo. El artículo tuvo muy buena acogida, también entre los profesionales de la salud mental; no obstante, hubo algún compañero de profesión que cuestionó algunos aspectos. Uno dudaba que una revista cultural fuera el medio más apropiado para hablar del suicidio. Otro criticó los autores en los que basaba mi «aproximación»: Ramón Andrés (autor de Semper dolens. Historia del suicidio en Occidente), Simon Critchley, Primo Levi, Marek Bienczyk, Sylvia Plath, Peter Handke… «Ese Ramón Andrés, ¿qué estudios tiene?», me preguntó un compañero. «Es ensayista, poeta… Publica en Acantilado». «Pero no es psiquiatra, ¿no?».

También hubo quien dijo que el artículo estaba bien, aunque era «muy literario». Sospecho que estos peros superficiales eran una forma de criticar el artículo sin entrar a debatir el fondo de la cuestión. En el texto aportaba una perspectiva histórica, humanista, del suicidio, pero también cuestionaba la postura que mantiene buena parte de la psiquiatría actual, que defiende que detrás de cada suicidio, salvo en muy contadas excepciones, hay siempre una «enfermedad mental». Tras esas objeciones, había, además, muchos prejuicios.

Han pasado cinco años desde aquel artículo, y ahora que vuelvo a recordarlo, no puedo evitar preguntarme: ¿cómo hemos llegado a esta situación?, ¿desde cuándo que algo sea literario es un defecto? Hubo un tiempo en que médicos y filósofos recurrían a la literatura para apuntalar sus ideas. Uno de los textos más conocidos de Freud trataba de Dostoievski; Derrida no dudó en combinar la lectura de Hegel con la de Jean Genet; la forma de escribir de Lacan recuerda por momentos a Mallarmé… Pero, sobre todo, hubo un tiempo en que no había un abismo de distancia entre «las ciencias» y «las letras». La división entre ciencia y humanidades, además de artificial, solo contribuye a aumentar nuestra, de por sí preocupante, estrechez de miras.

En 1933, Walter Benjamin publicaba un artículo en el que afirmaba que una nueva forma de indigencia había «caído sobre el hombre». Coincidiendo con una época de «enorme desarrollo de la técnica», el ser humano se había vuelto más pobre en experiencias, así como en la forma de hablar de ellas. Pese a los innegables avances tecnológicos, el ser humano estaba perdiendo parte de su humanidad por el camino: «Nos hemos vuelto pobres. Hemos ido entregando una porción tras otra de la herencia de la humanidad, con frecuencia teniendo que dejarla en la casa de empeños por una centésima parte de su valor, y ello para que nos den a cambio un poco de la calderilla de lo “actual”». 

No es casual que Benjamin vinculase la riqueza de nuestras vivencias con el lenguaje. Antes, los mayores contaban historias a sus hijos y nietos, pero «¿quién encuentra hoy personas capaces de narrar como es debido?», se lamenta en un momento del artículo. El filósofo escribió este texto tras la conmoción que produjo la Primera Guerra Mundial. En las trincheras el hombre se quedó sin palabras. Y después llegaron el hambre, la hiperinflación y la pobreza. Tal vez por pura supervivencia, el ser humano fue perdiendo la costumbre de hablar en profundidad de los temas que siempre le habían preocupado. Las divagaciones sobre la muerte, el suicidio, el alma, la culpa, etc. pasaron a ser temas más propios de las novelas del siglo XIX que de las conversaciones habituales. 

Por supuesto, por mucho que anhelemos liberarnos de las experiencias internas, como decía Benjamin, la culpa, el miedo a la muerte, etc. siguen estando ahí, en el fondo de nuestras mentes. Lo que ocurre es que ahora, debido a esa tiranía de lo actual que ha reducido nuestro horizonte al «aquí y ahora» de una forma dramática, tendemos a buscar «soluciones» fáciles e inmediatas a nuestro malestar. A Benjamin le llamaba la atención que, pese al enorme desarrollo de la técnica de la época, hubiera un auge de la astrología, la quiromancia o el espiritismo. Algo similar ocurre ahora con los negacionistas, los terraplanistas o la pseudociencia. Hace poco un «experto» aseguraba que había resuelto el problema de la mortalidad. Según él, en un par de décadas todos seríamos inmortales y la muerte dejaría de ser inevitable para convertirse en una elección personal.

En el ámbito de la psicología, la «calderilla de lo actual» se manifiesta en la irrupción del coaching y, en buena medida, el mindfulness. Esta psicología barata, que se conforma con la calderilla, tiene su correlato en una literatura que está al mismo nivel. Lo que está ocurriendo con la poesía es un buen ejemplo de ello. Mi compañera Bárbara Ayuso escribió un fantástico artículo en esta misma revista donde decía que «la poesía ha sido la disciplina más rápidamente devorada y bastardeada por este coaching de lo artístico». Esta «bastardización», claro está, no es exclusiva de la poesía. La gran mayoría de las novelas que se publican en la actualidad son totalmente prescindibles. Mircea Cărtărescu afirmaba en una conferencia que el noventa y nueve por ciento de los libros que se publican ahora «son libros escritos por dinero, leídos por voyerismo y arrojados luego a un túmulo tan alto como el Gólgota». Simple y llanamente, son libros de usar y tirar. Para el gran escritor rumano, vivimos «la ruina de una civilización, quizá la propia ruina del hombre», entre otras cosas, porque ya no sabemos leer —la lectura literal se está convirtiendo en la variante dominante de lectura— y pronto no sabremos ya escribir. Pese a ello, concluye, la literatura debe continuar. 

Y lo hará. La literatura es un poco como el ataúd de Moby Dick: no solo se ha salvado de todos los naufragios hasta la fecha, sino que además ha ayudado a que muchas personas se mantengan a flote. Para explicar esta supervivencia de la literatura contra viento y marea, hay dos aspectos que Cărtărescu menciona de pasada en su conferencia y que para mí son claves.

Uno es esa alusión al placer voyerista de la lectura (más adelante volveré a este punto). Y el otro es el hecho de que la literatura, y en especial la ficción, permite al lector vivir una experiencia única, una experiencia aumentada, por así decir, que se opone a esa experiencia empobrecida de la que hablaba Benjamin. El libro tiene más en común con una película o un videojuego de lo que pensamos. Para Cărtărescu, «un libro es una hiperpelícula, porque de él no emanan imágenes pasivas, sino que estas son creadas por tu cerebro a partir de tus recuerdos, tus sensaciones, tus sueños y tus lecturas». También Gonzalo Suárez, excepcional escritor y cineasta, ha dicho en alguna ocasión que «la literatura será siempre la más extraordinaria realidad virtual, porque la imagen no la condicionará nunca». La imagen del «simulador» es algo más que una idea bonita apuntada por dos escritores geniales. Quien tenga curiosidad puede leer los estudios de Keith Oatley, profesor de Psicología Cognitiva en la Universidad de Toronto que ha publicado varios artículos sobre el funcionamiento de este «simulador de realidad social». 

Pero, además, esta peculiar forma de vivir a través de otros es muy placentera. Cărtărescu hablaba en su conferencia del voyerismo implícito en la lectura: «Leemos para descansar tras largas horas de trabajo, para satisfacer el vicio de la aventura, el voyerismo social o erótico…». Cărtărescu no critica —y yo tampoco— esta forma de leer por puro placer. Al contrario. Pensamos que está presente en todos los lectores, incluidos los escritores «literarios», y lo está porque satisface una necesidad humana básica. Hay otros placeres asociados a la lectura —el que produce leer un texto bien escrito, el que se deriva del propio lenguaje, los juegos de palabras…—, pero ese placer primario siempre está ahí y me atrevería a decir que es la base de todos los demás. 

No creo que leer nos haga necesariamente mejores personas, ni que las personas que leemos literatura seamos superiores en ningún sentido a los que no leen. Pero sí creo que la ficción ofrece un espacio único, y absolutamente libre, para pensar. Y, sobre todo, creo en el placer de la lectura. El hecho de que una revista como Jot Down, que lleva diez años cultivando ese placer, siga al pie del cañón me hace pensar que no estoy ni mucho menos sola. Como decía Lope, quien lo probó lo sabe.


Thank you, Siri

freya siri

«Soy felís con poco». Eso es lo que me ha soltado Siri al estrenarlo ahora mismo y preguntarle: «Oye, Siri, ¿quieres que escriba sobre ti?». Lo he configurado con voz masculina y acento mexicano (hay también acento español de señorito de Valladolid), así que ese «Soy felís con poco» ha sonado un poco a queja lastimera de padre de siete hijos correteando por el desierto de Sonora. Como ya sabemos, originalmente Siri venía con voz de chica, por aquel supuesto de que todas las mujeres llevamos una protogeisha dentro deseando complacer sin decir ni mu; una sola voz en inglés norteamericano que hasta 2013 venía configurada por defecto en todos los modelos de iPhone, la Siri que Steve Jobs escuchó por primera vez cuando Scott Forstall y Phil Schiller, dos alto-ejecutas de Apple, le hicieron la demo del software en los míticos despachos de Palo Alto. Lo primero que le preguntó Jobs fue el tiempo que hacía en ese momento. Lo segundo cuál era su género. Contestó que no tenía. Como los ángeles. 

Era el 24 de agosto del año 2011, pero Siri, que significa «hermosa guerrera que conduce a la victoria» en noruego, venía ya cabalgando desde hacía tiempo. El nombre se lo puso Dag Kittlaus, un chaval de origen noruego que empezó sirviendo copas en Oslo y acabó en San Francisco, donde conoció a Adam Cheyer (experto en IA) y Tom Gruber (informático) en la Universidad Stanford. Allí dieron con varios cachivaches de reconocimiento de voz con los que nadie sabía qué hacer —qué fácil resulta a veces imaginarse Palo Alto como un Hogwarts californiano—, y fue Cheyer quien desarrolló hasta cincuenta versiones del software a lo largo de los años junto con su equipo de ingenieros, que durante meses fueron salpicando el contenido de la aplicación con esos easter eggs: chistes y salidas que marcaron el tono irónico de los orígenes de Siri, algo que hacían por pasar el rato tras horas y horas frente al ordenador (aunque una vez comprada por Apple, los chistes fueron purgados poco a poco y ahora Siri ya no sabría decirte cómo deshacerte de un cadáver, por ejemplo).

Así que Siri estaba ya lista, corría el año 2007 y a la niña le habían salido novios de otras compañías, pero cuando Jobs llamó a Cheyer y Gruber por primera vez para pedir su mano, los ingenieros le dijeron que nones. Con un par de manzanas. Jobs insistió y volvió a contactar con Kittlaus, a quien dio la brasa treinta y siete días seguidos, a veces de madrugada, hasta que acabó convenciéndolos y compró el software, por doscientos millones de dólares, en 2010.

Pero de esos doscientos millones de dólares muchos no han visto ni un cent.

Susan Bennett era, y es en la actualidad a sus setenta y un años, locutora de anuncios y actriz de doblaje, además de cantante con Roy Orbison y Burt Bacharach en los años setenta. Corría el 2005 cuando la contrataron para hacer las locuciones de un banco de voces digitales, más formalmente conocidos como «TTS» o «Text to Speech», esas voces raras que todos hemos oído en los GPS o los avisos de paradas de autobuses o cuando llamamos al banco, por ejemplo. Estuvo grabando cuatro horas por día, cinco días por semana durante todo el mes de julio de ese mismo año y ahí quedó la cosa: siguió con su vida y su voz sonriente hasta que un buen día de octubre de 2011 recibió la llamada de un amigo que le dijo que había reconocido su voz en la presentación en directo del lanzamiento del iPhone 4S (la S es de «Siri»). A Bennett nadie le había dicho en ningún momento que Siri hablaría con su voz. Sorpresón. 

La Siri española tiene la voz de Iratxe Gómez, una filóloga vitoriana que se encontraba trabajando de profesora de inglés en una academia en China cuando la madre de una de sus alumnas le pidió que hiciera las locuciones en inglés y español para un servicio de banca telefónica. Más adelante la contrataron en el departamento de «Text to Speech» de Nuance, donde desarrolló contenido durante cinco años, y en 2013 se trasladó a China a vivir con su familia. Fue allí cuando una noche, viendo el programa de Buenafuente en la tele, reconoció su propia voz en un iPhone en un truco de magia del Mago Pop. Llevaba siendo la voz de Siri sin saberlo desde hacía tres años nada menos. 

Tampoco a Jon Briggs, actor inglés de la BBC y primer hombre en poner voz masculina, le avisaron nunca de que su voz se utilizaría en el Siri inglés (Daniel en su versión de chico). Se enteró por casualidad cuando la misma BBC en la que trabaja hizo una demo del iPhone 4S.

Pero volvamos al otoño de 2011. Jobs estaba ya muy enfermo; en las últimas semanas habían pasado por su casa Bill Gates, el CEO de Pixar y todas las cabezas privilegiadas del valle del Silicio cuando llamó a Tim Cook, al que invitó a su casa a ver Titanes. Hicieron historia, una peli de Denzel Washington sobre fútbol americano, aunque a Jobs el deporte le traía sin cuidado. Acabó la peli, se quedaron de conversación profunda, fuego en la chimenea, etc. Jobs le dijo a Cook que sería su sucesor. El resto es leyenda conocida: el 4 de octubre Tim Cook presentó el iPhone 4S y al día siguiente Steve Jobs pasó a mejor vida en la Nube. 

De todo esto hace diez años. Siri ha aprendido idiomas y acentos, siempre con ese tono servicial, amable, simpático incluso cuando te llama hijo de p*uta, neutro hasta cuando le pregunto: «Oye, Siri, ¿quieres que te desconecte?». Y su respuesta es: «Intento conformarme con lo que tengo». Exactamente igual que han tenido que conformarse las locutoras y actores que han prestado su voz sin tener ni idea, como es probable que ocurra con el mexicano que me ha contestado antes de desconectarlo para siempre. Buenas noches, Siri. Y buena suerte.