Javier Aizpurua: «La ciencia vale la pena sin necesidad de sentarnos a calcular el crédito personal que ganamos con ella»

Por la estatura, podría haber sido jugador de baloncesto (y de hecho lo fue). Las pintas (itxura en su amada lengua vasca) recuerdan algo las de un galán cinematográfico. Desenvuelto como un ejecutivo de Google, reflexivo como los profesores jesuitas de su niñez y apasionadamente Donostiarra, Javier Aizpurua (Donostia, 1971), uno de los científicos más destacados de Euskadi, se aleja mucho del cliché encarnado por Sheldon Cooper excepto en lo que se refiera a su absoluta devoción por la física. 

¿Quién es Javier Aizpurua? 

Pues para empezar un donostiarra hasta la médula. Mi madre es de Hondarribia, mi padre era también donostiarra, se casaron en Hondarribia, aquí al lado y se asentaron en Donosti. 

Decía Max Aub que uno es de donde estudia el bachillerato. 

Pues yo estudié en el colegio con los jesuitas de San Sebastián, donde cursé toda mi educación preuniversitaria.  

Eso también lo define a uno, ¿no? Estudiar con los jesuitas… 

Sí, la verdad es que marcó muchísimo mi educación. 

¿Y al acabar el bachillerato?

Decido hacer física y me voy a Zaragoza, donde me licencio en Ciencias Físicas. Con la carrera recién acabada consigo una beca del gobierno vasco y me integro como estudiante de doctorado en el grupo de Pedro Echenique y Alberto Rivacoba.

¿De vuelta a casa?

Sí, en 1994, cuando regreso a San Sebastián, el grupo de Pedro Echenique estaba en el departamento de Física de Materiales en una esquina de la Facultad de Químicas. En su grupo desarrollé mi tesis doctoral bajo la supervisión de Alberto Rivacoba, un experto en interacción de electrones con nanoestructuras y el propio Pedro. Después de cuatro años de trabajo, empalmé con mi primera estancia postdoctoral que comencé, de hecho, tres meses antes de acabar el doctorado. Estuve en Suecia, en la Universidad Tecnológica de Chalmers con Peter Appel, quien más tarde sería decano de la Facultad de Física. Mi proyecto consistía en el análisis de las interacciones electromagnéticas en configuraciones de cavidades túnel. Es precisamente en esa etapa cuando coincido con el profesor Mikael Käll, en el mismo departamento, y de una manera natural comenzamos a colaborar en el estudio de la espectroscopía Raman de una única molécula, asistida por nanoantenas, que luego, años después, nos dio mucho reconocimiento internacional. 

La dulce bohemia del postdoc… Aprender, formarse y no preocuparse de nada que no sea trabajar… ¿No lo sentías así?

Ya lo creo. Fue una época magnífica, que en mi caso acabó prematuramente, ya que cuando llevaba un año y medio allí surgió la posibilidad de ocupar un puesto de profesor asociado en la Universidad de País Vasco y decidí aceptarlo. Se trataba una plaza de sustitución, que en principio se extendía por cuatro años, ya que cubría la vacante que dejaba un vicerrector del equipo rectoral recién elegido en ese momento. Fue una elección precipitada por mi parte, contando con que el puesto duraría al menos los cuatro años de mandato del vicerrector y eso me daría tiempo a consolidarme en la universidad. Pero al cabo de un año más o menos sucedió la primera crisis rectoral en la Universidad de País Vaco, en la que cesaron cuatro vicerrectores, entre ellos al que yo sustituía y que, lógicamente, se incorporó de vuelta a su plaza. Así que de repente me quedé sin trabajo.  

Un jarro de agua fría, ¿no? Y una lección para los jóvenes postdocs con prisa por volver a casa…

Exactamente. Mi decisión fue prematura, influenciado por la manera de pensar un poco conservadora del ambiente universitario del que venía. Recuerdo que la frase que definía ese punto de vista era muy gráfica. Se trataba de «meter el morro». Metes el morro en un departamento y con el sistema, más o menos endogámico, uno espera y aspira a quedarse en ese departamento. Pues ya ves, me salió el tiro por la culata. 

A lo mejor te hicieron un favor poniéndote de patitas en la calle. 

¡El favor de mi vida! Claro que cuando me lo comunicaron no lo veía tan claro, con veintiocho años y una plaza que tenía que abandonar en tres meses. Pero la verdad es que tampoco fue el fin del mundo. Contacté a Pedro Echenique y a Peter Appel y los dos me dicen «no te preocupes, ya buscaremos solución». Y en efecto, al poco, Peter me informó de la existencia de un puesto de postdoc en el Nacional Institute of Science and Technology  (NIST) de Maryland, en Estados Unidos. La convocatoria era un poco aséptica, decía que tenían un puesto en temas de fotónica, y nanofotónica y a mí hasta el momento no me había atraído mucho la idea de ir a Estados Unidos, pero era mi mejor opción, así que escribí interesándome y el que sería mi supervisor allí, Garnett Bryant, contestó a vuelta de correo invitándome a una entrevista.

Seguro que la experiencia tuvo su enjundia. 

¡Y tanto! Para empezar me perdieron el equipaje en el que venía el traje que me pensaba poner y no me quedó otra que comprarme una camisa verde horrorosa con un pantalón verde igual de horrible a juego, que me agencié en el primer Walmart que encontré. Al día siguiente había quedado con Garnett en que vendría a buscarme a mi hotel, yo me esperaba a un académico dignificado, con traje y todo… y apareció un tipo con pantalones cortos y sandalias, que me obsequió con el típico maratón de las entrevistas de postdoc en las universidades americanas. Quedamos a las ocho de la mañana, me lleva al departamento, me presenta a todo el mundo, me cuenta lo que hace, le cuento yo lo que hago, doy un seminario, después me pasea por diez personas distintas, entrevistas de media hora y nadie pareció reparar en mi traje verde césped. Regresé ese mismo día a España, todavía sin mi maleta, y al poco Garnett me ofreció el puesto, así que la camisa, después de todo, les daba igual [risas]. Me fui a Estados Unidos tres semanas después del 11 de septiembre, así que imagínate el ambiente allí, no tuve problemas en la aduana porque aún no les había dado tiempo de poner en marcha los controles que luego fueron una locura, pero ya había un ambiente en el país de preguerra, televisada por CNN y demás. 

Pero desde el puto de vista científico, mi estancia de casi tres años fue muy productiva, fue un salto cualitativo en mi formación. Y así resultó que el quedarme en el paro en España supuso lo mejor que podía ocurrirle a mi carrera.

Hay una tensión entre los jóvenes investigadores, entre la necesidad de salir fuera para formarse y el desbarajuste que esos años de formación, que a menudo se extienden a un lustro y más, supone en las vidas personales. Y sin embargo es posible que sin esos años de «bohemia postdoctoral» la formación de un científico no sea completa. 

Sí, y como ya hemos visto, en mi caso ese desbarajuste fue lo mejor que podía pasarme. En este aspecto de la formación internacional, en todo caso, los que formábamos parte del grupo de Pedro Echenique teníamos la ventaja de que dábamos por supuesto que había que salir, era algo que no se cuestionaba, parte del ideario del propio Pedro, que se formó en Cambridge y veía esa etapa internacional como algo innegociable. Lo interesante es que la formación internacional no es tan solo técnica, de hecho ya por la época de mi postdoc, el nivel científico del grupo de Pedro no tenía mucho que envidiarle a nadie. Pero salir también implica aprender a hacer las cosas de otra manera, a relacionarte con otras culturas, con otros modos de funcionar. Y también conoces a mucha gente que más tarde vas a integrar en tu red de contactos, algo también muy importante para un científico.  

Resumiendo: necesitamos salir para ampliar nuestro horizonte. 

Efectivamente. Yo estoy convencido de que mis dos períodos postdoctorales han sido lo mejor que he hecho en mi carrera científica, y creo que en eso coinciden casi todos los científicos punteros que conozco. También es verdad que no quiero dogmatizar, no hay una solución única de excelencia y no todo el mundo tiene las mismas condiciones personales. Desde luego, no seré yo quien juzgue a la persona que por unas necesidades familiares opta por no salir y estoy convencido de que esa circunstancia no tiene por qué impedirle hacer buena ciencia. Pero la formación internacional es una gran oportunidad por la que yo estoy muy agradecido. Por cierto, en mi caso no faltaron las complicaciones personales. Con veintinueve años, entre mi primer y mi segundo postdoc, muere repentinamente mi padre, lo que me supuso una tragedia familiar y personal que trastocó mi vida. Y aun así continué con mi estancia postdoctoral. 

Es curioso, ¿no? Cuando se cuenta la historia de un científico siempre parece que no nos pase nada fuera del trabajo y sin embargo somos tan vulnerables a la tragedia como cualquiera.  

Sí, y respondes como cualquier otro ser humano, sufriendo, derrumbándote a menudo.  No sé, es verdad que nuestro trabajo es privilegiado y eso ayuda, pero por otra parte me pesaba mucho estar lejos de casa, lejos de mi madre, mi hermana… fue muy duro. A cambio, mi madre pasó una temporada conmigo en Suecia al poco de fallecer mi padre, compartíamos un piso de quince metros cuadrados, yo dormía en una colchoneta en el suelo para que ella pudiera dormir en mi cama, y aunque eran tiempos muy difíciles también nos unieron mucho. Nos íbamos a  Copenhague y a Oslo los fines de semana, ella pudo conocer mi entorno de trabajo, mis amigos, en resumen mi vida de postdoc bohemio de la que hablábamos antes. Estoy muy agradecido por aquel tiempo juntos. 

Y en ese contexto, una pregunta provocadora.  ¿Tú crees que, en media, las gestión de las emociones entre los científicos es distinta a la gestión de las emociones de la gente «normal»?

Pues me atrevería a decirte que por lo general los científicos somos más obsesivos que la gente «normal» [pone comillas con los dedos, exagerando mucho el gesto], pero también tenemos tendencia a racionalizarlo todo. Quizás esa capacidad de racionalizar nos ayude un poco, pero no estoy seguro. Fíjate que tenemos una cierta reputación de «fríos», supongo que porque de alguna manera se asocia la racionalidad del oficio con nuestra personalidad, pero yo creo que somos todo menos fríos. Al contrario yo creo que la personalidad de muchos entre nosotros es samba, Caribe, bachata y merengue, todo junto. Nuestra metodología puede ser todo lo desapasionada y objetiva que quieras, pero nosotros somos apasionados, obsesivos, envidiosos, bipolares, inseguros, maniáticos, ¡humanos! Tan humanos como cualquiera. 

Ángel con grandes alas de cadenas, por citar a Blas de Otero. 

Sí, creo que nos define bien. Ángel fieramente humano, ¿no? Fíjate que nuestra profesión sesga a tipos así, apasionados e insensatos. Tipos a los que les encanta la vida. Es mi caso, desde luego. 

Pedro Echenique se quejaba el otro día de que lo malo de morirse es precisamente eso, perderse lo que viene. «Con la curiosidad que yo tengo», me decía…

El hecho de que sepas que esto se acaba produce una frustración existencial intrínseca de la que no puedes evadirte. Y a pesar de todo, somos entusiastas. 

Bueno, quizás la ciencia te regala buenos mecanismos de defensa para mitigar esa frustración existencial. En lugar de lamentarnos nos divertimos y nos maravillamos con nuestro oficio.  

Yo me atrevería a afirmar que el entusiasmo es el mejor mecanismo de defensa frente a la frustración existencial. 

¿Cuánto estás dispuesto a sacrificar por la ciencia y el éxito científico?  

Pues lamentablemente bastante, lamentablemente porque me doy cuenta de que es prioritario sobre muchísimas cosas, pero no es prioritario sobre lo fundamental que es, por ejemplo, la familia, la pareja… y sin embargo en mi entorno familiar y emocional me recalcan que el trabajo es demasiado prioritario para mí. Y tienen razón. Pero creo que si vislumbrara que mi trabajo pone en peligro una relación familiar o sentimental no tendría inconveniente en dejar la ciencia. 

¿Para siempre?

Si fuera necesario. Pero con gran dolor, eso sí. Por otra parte, también te digo que no creo que me vea en ese trance. Cuando tú ves que la persona a la que quieres disfruta tanto haciendo algo ¿le vas a poner en una situación en la que le vas a obligar a renunciar eso? A mí no me ha ocurrido ni vislumbro que me vaya a ocurrir. Pero lo cierto es que la ciencia es una parte tan importante de nuestras vidas que puedo imaginarme que a otra gente sí le ocurra. ¿Hay rupturas sentimentales más frecuentes entre los científicos que en otros estamentos de la sociedad? No lo sé. 

Hay una parte importante del gremio que opta por que sus parejas sean otros científicos… 

Yo lo último que querría es estar con otra persona que sea como yo. Sería insoportable. Lo digo en serio. Creo que basta con una persona obsesiva, perfeccionista y maniática por familia… si metes dos igual te estalla… [risas]  

Los científicos no trabajamos horas de oficina. Va con el oficio. Eso complica las cosas con la pareja, los hijos… La famosa conciliación no es nada fácil en nuestro caso. 

Yo he tenido la suerte que al no tener una familia ortodoxa y no tener hijos he sido más libre y he podido meter muchísimas más horas que otros. No es el único motivo de que las cosas hayan ido bien, pero seguro que ha influido también. 

¿Inspiración os perspiración?

En la ciencia no faltan genios ni ideas eureka, desde luego. Yo estoy seguro de no ser un genio, ni siquiera me considero una persona especialmente inteligente, pero lo que hago es, con una cierta visión de contexto, aplicar mucho trabajo sistemático y yo creo que eso es parte de secreto. Con mucho perfeccionismo, con mucho rigor y siendo muy consciente de hacia dónde quiero llegar.

¿Qué me dices del trabajo en equipo? ¿Hay que hacer encaje de bolillos para dirigir un grupo de investigación y a la vez dar libertad a sus miembros?

Cuando me refería antes a ese trabajo dirigido, estratégico y coordinado, puede dar la impresión de que un grupo científico es una cadena de producción, lo que no es nuestro caso, desde luego. Hay mucho espacio para la creatividad, aunque a veces tengo la sensación de que en lo que somos buenos en mi grupo es en las microideas geniales. No nos inventamos la relatividad de Einstein, ¿eh? Pero vamos avanzando una buena idea detrás de la otra.  

Por otra parte la nanofotónica hoy en día no la haces avanzar solo con genios a lo Einstein. 

Es verdad, la manera de hacer ciencia ha evolucionado en las últimas décadas. Hoy en día la ciencia, en lugar de avanzar a golpe de ideas geniales, se basa en todo un trabajo de equipo que no excluye esas ideas pero requiere mucho más. Coordinación, inversiones… y también se nos piden publicaciones novedosas y de gran impacto, necesitamos captar recursos, estudiantes, postdocs, fondos… Al final los grupos de investigación empiezan a parecerse a una empresa. Una empresa que produce conocimiento, sí, pero también tiene que «venderlo…», de ahí las evaluaciones, índices de impacto y todo eso. 

¿Y no hay un poco de riesgo en esta mercantilización?

Sí lo hay, porque el modelo de empresa dificulta el golpe de genio y también el golpe de suerte, que a menudo ocurre donde menos te lo esperas porque te has podido permitir indagar en esquinas donde otros no estaban buscando. La necesidad de ser productivos a corto plazo puede ser muy dañina para la ciencia en este aspecto.  

¿Cuál es tu receta para no convertirte en una máquina de producir indicadores?

Intentar salirme continuamente de mi zona de confort. Y te aseguro que no es fácil… 

¿Proyectos arriesgados?

También, pero no solo eso. Intento atreverme con proyectos simplemente porque me gustan, porque me parecen interesantes, sean arriesgados o no, produzcan indicadores o no. Al menos de vez en cuando. 

¿Hay una ciencia ultraliberal, entonces?

Sí, sí. En Estados Unidos se diría que la gente joven ya no sabe moverse si no es en términos de compra-venta, de indicadores, premios, reconocimiento más o menos inmediato… Incluso en los seminarios, te das cuenta que muchas veces las preguntas, sobre todo de los jóvenes en edad de merecer, son una manera de llamar la atención… Lo que me preocupa es que los jóvenes científicos se obsesionen tanto con el éxito que pierdan el norte completamente. Yo, por mi parte, lo que intento es que eso no nos ocurra aquí, intento inculcar a los jóvenes la noción de que la ciencia vale la pena sin necesidad de sentarnos a calcular el crédito personal que ganamos con ella a cada instante. Por ejemplo, nunca le menciono a ningún estudiante o postdoc en qué revista va ser publicado lo que está haciendo hasta el último momento, cuando ya tenemos todos los resultados listos. Pero en muchos grupos hoy en día se empieza por decidir a qué revista mandar un trabajo cuando aún no se sabe la historia que ese trabajo quiere contar. Es como empezar la casa por el tejado. 

Decía Loquillo que es difícil ser humilde cuando uno es tan grande.

Pero eso lo decía Loquillo, que por cierto, se ha asentado en el País Vasco…

¿Qué haces al acabar tu postdoc?

Surge la posibilidad de volver a casa con una beca de un proyecto que la diputación de Gipuzkoa acababa de estrenar, una especie de programa Ramón y Cajal en su versión vasca, muy pionero para la época. La idea era recuperar talento, que ha sido y sigue siendo una de las constantes del programa de ciencia en Euskadi. Intentar atraer de vuelta a casa científicos punteros una vez que se ha completado su formación internacional. El caso es que en Estados Unidos tenía una oferta muy tentadora en Berkeley y yo me había adaptado muy bien a aquel país, así que podría haberme quedado tranquilamente allí. Tuve muchas dudas, te lo confieso. Sin haberme decidido todavía, me vine de vacaciones en agosto con mi cuadrilla de toda la vida, amigos desde los catorce años. Nos fuimos a una casa rural, toda la tribu, mis amigos, familias, niños, y allí me pasé una semana dándole vueltas al asunto. Al final concluí que mis referencias, o mis raíces o como quieras llamarlo, estaban aquí y decidí volver. 

Una de esas encrucijadas claves en la vida, ¿no?

Sí, de esas tres o cuatro fundamentales que te marcan. Yo llevaba seis años fuera y sabía que era entonces o nunca. Nada es irreversible, desde luego, pero creo que volver más tarde habría sido mucho más difícil.  

¿Fue una buena decisión? 

Sí, creo que sí. La verdad es que yo siento un arraigo muy profundo por mi país, Euskal Herria, el País Vasco, es una referencia a la que pertenezco por nacimiento y por cultura y con la que me identifico. Por esta razón creo que a la larga habría sido infeliz en Estados Unidos. Pero además me ha ido bien científicamente aquí, y siento que he aportado y estoy aportando mi granito de arena al desarrollo de mi sociedad. No quiero pontificar, en el sentido de que es muy difícil juzgar algo que no has vivido. Quizás si me hubiera quedado en Estados Unidos no habría sentido la necesidad de aportar a mi comunidad, no me habría arrepentido.  Y por supuesto no me considero imprescindible en absoluto para Euskadi. Pero la verdad, me siento orgulloso de haber tomado esa decisión y habar arrimado el hombro, como uno más. 

¿Vuelves a casa en plan superstar?

Qué va. Vuelvo como un investigador decente que ha hecho un trabajo razonable y al que se le ofrece una gran oportunidad de regresar a casa. Y no solo eso, regreso a un entorno de gran libertad y confianza científica el DIPC (Donostia International Physics Center). Me traen de vuelta y me dan confianza. Lo que sí hice yo fue aprovechar esa gran oportunidad, aprovecharla como si me fuera la vida en ello. Y a partir de ese momento mi productividad científica empezó a subir de verdad, es a mi regreso y gracias al entorno privilegiado que se me ofrece y eso sí, con mucho trabajo, muy buenos compañeros y mucha suerte.  

¿Y después de tu Fellow Giupuzkoa?

Pues a los cinco años gano un puesto en el CSIC. Y continuo trabajando. Son años muy, muy productivos. Conseguimos varios proyectos europeos, lo que me permite montar el grupo de teoría nanofotónica allá por 2008, en el centro hermano del DIPC, el CFM (Centro de Física de Materiales), que más tarde paso a dirigir. Estos diez últimos años han sido toda una erupción, en productividad científica y también en reconocimiento, no me puedo quejar, las promociones han venido bastante rápidamente. Y así seguimos, on fire [risas]. 

El programa Fellow Gipuzkoa parece el antecedente del programa Ikerbasque, una de las claves más claras del éxito de la ciencia en Euskadi. 

Sí, creo que así fue. Pero lo que hacía falta y afortunadamente se dio fue un cambio de escala, que se da en varios sentidos. Una, la de presupuesto y toma de decisiones, es decir, en vez de radicarse en un gobierno provincial foral, pasas a un gobierno de un País Vasco con una cantidad de recursos moderadamente alta y con una capacidad de tomar decisiones estratégicas de mucho más calado, incluyendo la capacidad de traer al País Vasco científicos punteros con cátedras de investigación, los puestos de profesor Ikerbasque de los que seguro que has oído hablar.  

Algo me suena. Esa claridad de ideas a la hora de apoyar la ciencia en Euskadi coincide con la década de travesía del desierto, donde a nivel nacional la ciencia se hunde, totalmente abandonada por los dirigentes del país. ¿Por qué?

No somos los únicos, ahí tienes el programa ICREA de Cataluña. Pero lo cierto es que tuvimos la suerte de contar con un Pedro Echenique capaz de convencer a las autoridades científicas de la necesidad de una agencia vasca y con un Fernando Cossío capaz de concretar el programa. Se combina la labor de individuos excepcionales con una sociedad receptiva, moderna, dispuesta a escucharles.   

Si no te conociera, diría que eres de Bilbao. Por la chulería…

Pues no, san Ignacio de Loyola era azpeitarra, el elitismo jesuita marca mucho y ya te he contado que yo estudié en los jesuitas, así que para bien o para mal, ahí me tienes. No me cabe duda de que en otros muchos se harán muy buenas cosas, pero aquí también. Se han hecho unas series de cosas bien, entre ellas la estrategia científico tecnológica de país. Hay en Euskal Herria un fondo cultural que permite y apoya este desarrollo, quizás se debe a un ideal colectivo, a un sentido de comunidad, a cierta voluntad de progresar juntos… y esta especie de intangibles que permiten establecer pactos y estrategias comunitarias es lo que yo aúno en la noción de lo vasco. 

¿Qué me dices de la Universidad Vasca? ¿Mejor, peor, comparable a resto de las grande universidades españolas?

Hombre, es una de las pocas que está en el ranking de Shangái. Yo estoy orgulloso de pertenecer a ella, piensa que en el País Vasco no ha habido entorno académico hasta hace cuarenta años, excepto por algunas ingenierías, no teníamos la tradición académica de Salamanca, Zaragoza, Navarra, Barcelona o Madrid. Partíamos de cero y en unas pocas décadas hemos conseguido ponernos al nivel de cualquiera de los buenos. 

La Universidad Autónoma de Madrid tiene más o menos la misma edad y mejores indicadores.

De acuerdo, y también alguna en Cataluña, pero tampoco están a años luz de nosotros. 

¿Cómo valoras los centros de excelencia?

Muy positivamente, y además, como ya hemos hablado, yo me desarrollo en uno de ellos, el DIPC. Pero fíjate, creo que un sistema de ciencia no puede funcionar solo con este tipo de centros. Necesitas también las grandes estructuras, como la Universidad y el CSIC, en eso no somos únicos, los franceses tienen el CNRS, los italianos el INFN y los alemanes el Max Planck. Y esas grandes estructuras tienen sus limitaciones, les falta agilidad y adaptabilidad, pero a la vez te dan un punto de robustez, son, en cierto modo, los cimientos del sistema. ¿Se podría hacer de otra manera? Es posible, pero creo que la universidad y el CSIC es lo que tenemos y que nuestra obligación es mejorarlos todo lo que podamos, y a la vez complementarlos con estos centros alternativos de los que estamos hablando.  

Volviendo a lo personal, ¿qué tipo de vasco te consideras? ¿Nacionalista, indiferente, universal?

Yo esta pregunta quiero enfocarla desde lo emocional, que es el único punto de vista que me vale. Los motivos históricos, políticos, económicos y no te digo ya étnicos, me tienen sin cuidado. Para mí la pregunta es: ¿tú qué sientes para definirte como vasco? Y para mí ese sentimiento es el de pertenecer a una comunidad, no necesito llamarlo nación, prefiero hablar de comunidad, o de pueblo, si quieres. Y en ese contexto mi referente emocional, o si quieres mi referente socio-político-cultural-emocional, es el pueblo vasco. 

Vale, ese es tu referente. ¿Y con eso qué haces?

Pues con ese referente te relacionas con otros, te relacionas con tu pareja, votas, quieres que las cosas ocurran de una manera o de otra en un contexto inmediato, en un contexto estatal, en un contexto europeo, en un contexto global y surfeas sobre la situación actual. 

¿Y cuál es esa situación?

Pues una en la que el pueblo vasco no tiene una entidad de nación-Estado pero en la práctica sí cuenta con bastante independencia. Por otra parte también creo que cualquier pueblo debería tener derecho a decidir cómo quiere articularse y en qué contexto y cómo establecer las relaciones con los demás. Y por tanto pienso que sería sano y deseable y democrático y valiente pulsar a ese pueblo vasco, que es bastante indefinido ahora mismo, incluso geográficamente, a ver qué es lo que quiere. Sencillamente para hacer ese ejercicio de autoconciencia en este momento histórico. 

¿Cómo se formula la pregunta? Porque esa formulación nunca es inocente y puede influir en la respuesta. Y por otra parte, ¿cuáles son sus consecuencias? Por ejemplo: ¿había reflexionado la sociedad civil en el Reino Unido lo bastante como para tomar la decisión de votar Brexit, que como vemos está resultando muy complicada? 

Para mí la pregunta está muy clara: ¿Quiere usted que el País Vasco sea independiente?

¿Y a quién se la harías? 

A todas las personas empadronadas en el País Vasco.  

¿Incluyendo Navarra e Iparralde (País Vasco Francés)? 

En mi opinión sí, aunque reconozco que el tema de las competencias geográficas es muy complejo. Pero si me dejas ser utópico, sí que me gustaría que esa consulta se hiciera en el País Vasco, Navarra e Iparralde, de hecho yo no propondría una consulta sino tantas como se quieran para definir cómo esa comunidad, o comunidades quiere relacionarse con sus vecinos y con el resto del mundo. Ese derecho se lo reconoces a los países establecidos y reconocidos por la ONU, en el Reino Unido se ha votado si quieren seguir su relación actual con Europa y ha salido que no, y eso puede molestar a muchos y puede que sea un error, pero ha salido porque a los ciudadanos del Reino Unido se les ha reconocido el derecho a decidir cómo quieren relacionarse con Europa. En cambio la comunidad vasca ahora mismo no tiene un reconocimiento de país independiente y no puede aspirar a esa consulta. Por otra parte también te reconozco que esa aspiración es un poco romántica y puede que inviable en este momento histórico, pero me atengo a mi romanticismo. 

¿Por qué monoidentidad? ¿No puedes ser multidentitario? 

Yo me siento guipuzcoano, vasco, europeo y ciudadano del mundo. 

¿Y español?

Sí, español también. No niego ni reniego de la influencia española y de cultura española en lo vasco. 

¿Y qué me dices de los que piensan distinto? ¿Son también vascos?

Naturalmente. De hecho, el otro día un amigo mío se quedó patidifuso al oírme afirmar que «Euskal Herria no existe». «¿Cómo no va existir hombre?», me preguntaba medio horrorizado, «¿Y me lo dices tú?». Y mi respuesta fue que Euskal Herria como ente abstracto cultural no existe, porque se atomiza en un sinfín de identidades, están los que como yo pertenecemos a un entorno guipuzcoano, euskaldún, y tenemos la persona de Barakaldo, que no habla euskera, y en mi Euskal Herria romántica y puede que imaginaria ambos son igualmente vascos. De lo que sí estoy seguro es de que la Euskal Herria real la tenemos que articular entre todos. 

Cambiando de tema, estudiaste con los Jesuitas. ¿Qué aprendiste de ellos?

Sobre todo espíritu crítico. Tuve la suerte de estudiar con ellos desde los seis años hasta los dieciocho, y mis jesuitas eran muy pero que muy jesuitas, muy combativos, valientes. Tenía profesores que habían estado en barriadas de Bogotá ayudando a los marginados, gente muy afín a la teología de liberación, y yo bebo de ahí, bebo de la pasión contra el Estado coercitivo, contra las injusticias sociales y globales, contra las dictaduras sudamericanas, contra la tortura. Los jesuitas modelan mi carácter y me enseñan libertad, independencia, tolerancia, espíritu crítico. 

Tu apreciación de tu educación jesuita es inmejorable.

Es muy buena y es precisamente ese espíritu crítico jesuita el que me permite llegar a la conclusión de que el catolicismo y el cristianismo no tienen sentido. O para ser más precisos, el cristianismo sí, como filosofía humanista, pero no como religión. Suscribo la noción del ser humano como bien, la noción del prójimo como valor absoluto, el mensaje revolucionario de que hay que amar al enemigo. Lo que no creo es que Jesús resucitara al tercer día. Ni Jesús, ni nadie.  

Fuiste un as del baloncesto en tu juventud y sin embargo ahora el deporte no te interesa en absoluto…

Jugué al baloncesto de los doce a los diecinueve, llegué a la selección de Euskadi, a costa de dos horas y media del entrenamiento al día, cinco días a la semana. La mía era una dedicación absoluta, muy arropada además por mi familia. Y la verdad teníamos un buen equipo, llegamos a competiciones de fase sector con Real Madrid. Estábamos muy compenetrados y éramos muy competitivos.

¿Y qué ocurrió para que lo dejaras?

Pues a los diecinueve me rompí los ligamentos cruzados jugando con los Elios de Zaragoza, me tuvieron que operar y hube de dejar el baloncesto. Después, no sé por qué, le tomé aversión al baloncesto y en general a los deportes de equipo, no quise volver a saber nunca nada de eso. Curioso. Es un mecanismo emocional que no te sé explicar muy bien. 

Un mecanismo de defensa, quizás. 

Seguramente. Podría haber retomado porque empecé a esquiar y la rodilla la tengo muy bien. Pero no, quizás simplemente superé una etapa de mi vida… ¡O no la superé del todo, vaya usted a saber! Pero fue una parte muy importante de mi adolescencia, que me marcó mucho, y creo que para bien. 

Deportista que reniega del deporte, ateo con formación de jesuita, nacionalista euskaldún que quiere una Euskal Herria para todos… Me recuerdas un verso de Walt Whitman: «Do I contradict myself? Very well, then I contradict myself, I am large, I contain multitudes».

Hombre, ya ves que pequeño no soy. Y en cuanto a las multitudes puede que tengas razón, pero ¿no te parece que nos pasa a todos? A lo mejor si tuviéramos más conciencia de nuestras propias contradicciones seríamos más tolerantes con los que piensan distinto a nosotros, ¿no?  

¿Incluso con los de Bilbao?

¡Bai! ¡Incluso con los de Bilbao!


Hablemos de ciencia ficción (IV): inteligencia artificial

Detalle de la cubierta de Marciano, vete a casa, publicado dentro de la colección Super Ficción, de Ediciones Martínez Roca, en 1982.

(Viene de la tercera parte)

¿Qué clase de criatura será la que suceda al hombre en la supremacía de la Tierra? A menudo hemos oído debatir este asunto, pero parece que nosotros mismos estamos creando a nuestros sucesores. A diario, incrementamos la belleza y delicadeza de su organización física. A diario, les damos un mayor poder y la suplimos con toda clase de ingeniosos artefactos que se autoregulan, un poder autónomo que será para ellas lo que el intelecto ha sido para la raza humana. En el transcurso de las épocas nos encontraremos con que nosotros somos la raza inferior. (Darwin entre las máquinas, Samuel Butler, 1863)

CUARTO ROBOT: —¡Dinos el secreto de la vida! ¡Tu silencio puede ser castigado con la muerte! (R.U.R., obra teatral de Karel Capek, de donde procede el término «robot»)

Los mejores científicos del universo conocido, bajo la ansiosa mirada de los espectadores de todas las galaxias habitadas, ponen en marcha la computadora más potente jamás creada. Una vez encendida, procesará el conocimiento acumulado en las redes cibernéticas de noventa y seis mil millones de planetas. Su potencia intelectual será tan enorme que sus diseñadores confían en que pueda resolver los grandes misterios del cosmos. Misterios que, hasta ese preciso momento, parecían inalcanzables. En una solemne ceremonia, la computadora es encendida y uno de los científicos le formula la primera de las preguntas que la humanidad tiene para ella: «¿Existe Dios?».

La computadora responde: «Ahora sí».

El escritor estadounidense Fredric Brown es conocido por ser el maestro de la vertiente satírica de la ciencia ficción (si tienen ocasión, lean su agudísima novela Marciano, vete a casa, que describe uno de los escenarios apocalípticos más originales y sorprendentes del género). Su relato «La respuesta» es extremadamente breve, pues no llega a las trescientas palabras, pero ha resultado ser uno de los más influyentes sobre las sucesivas descripciones literarias y cinematográficas de la inteligencia artificial. Los lectores de Guía del autoestopista galáctico habrán reconocido una clara referencia al relato de Brown; en la novela de Douglas Adams, una supercomputadora reflexiona sobre «el sentido de la vida, el universo y todo lo demás» y ofrece una respuesta ininteligible: el sentido de todo es «cuarenta y dos». Una broma, por otra parte, muy en el estilo de Brown.

En realidad, la influencia que «La respuesta» ejerció sobre la ciencia ficción fue mucho más rápida, casi instantánea. En 1956, apenas dos años después de su publicación, Isaac Asimov escribió «La última pregunta», que era un giro de tuerca sobre el relato de Brown. En el relato de Asimov, los humanos crean una superinteligencia llamada Multivac que evoluciona durante trillones de años, sobreviviendo a sus creadores y a cualquier otra especie inteligente del universo. Durante ese largo periodo, Multivac intenta encontrar una solución para la entropía, el proceso que amenaza con llevar el universo hacia un completo caos y, finalmente, hacia la desaparición. La superinteligencia evoluciona hasta transformarse en «AC», un ente capaz de manejar las leyes universales para refugiarse en el hiperespacio, lo cual le permite sobrevivir cuando el universo, como ella había previsto, colapsa. Tras quedarse sola en su propia dimensión, rodeada de un absoluto vacío en el que no hay espacio ni tiempo, AC continúa reflexionando sobre la entropía. Por fin, después de un periodo que es indeterminado puesto que ya no hay tiempo que medir, AC encuentra la respuesta para el problema del caos. Ha resuelto el enigma de la entropía. AC puede, por tanto, volver a crear un orden. Y pronuncia su primera frase después de trillones de años de reflexivo silencio: «Hágase la luz».

Esta identificación de la inteligencia artificial con la divinidad era, por supuesto, un hábil recurso literario de Brown y Asimov, pero pone de manifiesto que ya en los años cincuenta estaba extendida la idea de que una mente consciente generada dentro de una máquina podría llegar a exceder, hasta límites que nadie se atrevía a precisar, las capacidades de la mente humana. Con todo, por entonces era difícil imaginar las vías en que una mente artificial podría divergir de la mente humana. Incluso la ciencia ficción acostumbraba a aferrarse a paralelismos entre ambas, imaginando que la máquina desarrollaría sentimientos y preocupaciones similares a los nuestros o que, por el contrario, sería nuestro polo opuesto y estaría desprovista de emociones. Era raro que una inteligencia artificial fuese descrita de otra forma que como una imitación de lo humano, o como un ente frío, lógico y mecánico. Eran los dos polos en que eran imaginadas las máquinas conscientes.

Antes de que la tecnología empezase a transformar una parte de la ficción convirtiéndola en «ciencia ficción», la fantasía tradicional de occidente rara vez contemplaba la posibilidad de que se pudiese crear una máquina dotada de una inteligencia comparable o superior a la humana. Existían figuras no maquinales como la del golem, una criatura de barro a la que individuos de particular sabiduría podían dotar de vida. Sin embargo, aunque el golem poseía personalidad propia y era capaz, por ejemplo, de enamorarse o de realizar ciertos actos mágicos, su inteligencia —orgánica— era limitada y rígida. Una vieja leyenda cuenta que un célebre rabino que vivió en Praga en el siglo XVI, Judah Loew ben Bezalel, construyó un golem. La esposa del rabino, Perele, quiso enviar al golem a buscar agua para la celebración de la pascua y le dijo: «Ve al río y saca agua». El golem se dirigió al río Moldava y empezó a ejecutar la orden… de manera literal. Sacaba agua y más agua, sin parar, hasta que inundó la ciudad. La mitología acostumbraba a reflejar la idea de que los seres creados por el ser humano poseían una inteligencia imperfecta porque la creación perfecta era solo asequible para los dioses. La inteligencia no podía ser producto de mecanismos maquinales, sino una cualidad insuflada por la presencia de algo similar al espíritu.

Los autómatas, entendidos más como máquinas que como creaciones milagrosas, también estuvieron siempre presentes en la ficción, pero sus capacidades también solían ser descritas como limitadas y dirigidas a una serie de trabajos concretos. A finales del siglo XVIII, las cortes europeas cayeron rendidas ante el Turco, un supuesto autómata capaz de jugar tan bien al ajedrez que casi ningún humano tenía esperanzas de vencerlo. El propio Napoleón se sintió fascinado por el misterioso jugador mecánico, al que se enfrentó en algunas partidas que el emperador perdió. El Turco fue pasando de dueño en dueño durante exitosas giras que se prolongaron de 1770 hasta 1838. En 1854, el autómata fue destruido por el incendio del museo estadounidense en el que estaba expuesto. El Turco, por supuesto, había sido un elaborado engaño; había sido manejado desde el interior por seres humanos, un secreto bien guardado que una revista de ajedrez reveló en 1857. Pero la atracción que había despertado ya desde el siglo anterior demuestra que ya rondaba la idea de que una máquina pudiese producir pensamientos elaborados.

En 1859, menos de dos años después de que el secreto del Turco fuese revelado, Charles Darwin sacudió el mundillo científico y filosófico con su libro Sobre el origen de las especies. En 1863, impresionado por el trabajo de Darwin, el escritor Samuel Butler publicó —bajo pseudónimo, dado lo polémico de las hipótesis darwinianas— un artículo titulado Darwin entre las máquinas, donde se preguntaba si el progreso tecnológico no resultaría en la aparición de máquinas inteligentes capaces de mejorarse a sí mismas y de evolucionar según leyes análogas a las de la selección natural. La noción de que un intelecto complejo emergiese desde una estructura artificial había llegado para quedarse.

Casi un siglo después, en 1950, el matemático Alan Turing había diseñado una famosa prueba cuyo propósito era el de comprobar si una computadora sería capaz de mantener un diálogo indistinguible del que mantendría un ser humano en su lugar, momento en el que podría especularse que esa máquina estaría pensando de manera análoga a un humano y, por lo tanto, que tendría una inteligencia propia. Turing publicó la prueba defendiendo la tesis de que las máquinas podrían llegar a pensar de manera similar a nosotros. Solo cuatro años antes, Fredric Brown había publicado «La respuesta».

Her (2013). Imagen: Annapurna Pictures.

A día de hoy, a pesar de lo que afirman de manera periódica algunos titulares sensacionalistas, ninguna IA ha aprobado el test de Turing, pero esa es una cuestión cuya importancia es muy relativa. Ya es obvio que, en algún momento, una computadora conseguirá simular la conducta humana. Pero eso no significará, o no por necesidad, que posea una auténtica mente pensante. Hoy, al contrario que en tiempos de Brown y Asimov, podemos imaginar una hipotética máquina que imite el pensamiento humano en el nivel de una conversación compleja, aunque ella misma no posea una mente comparable a la humana y estuviésemos hablando de una magnífica simulación más que de una verdadera inteligencia artificial con características cuasi humanas. Por ejemplo, podría ejecutar ese «engaño» una máquina no inteligente que sortease el test de Turing por la vía de la mera acumulación de información sobre la conducta humana y la aplicación práctica de esa información mediante algoritmos.

Hoy son otras las preguntas que, más allá del que la IA sea capaz de mantener una conversación «humana» o no, sugiere el posible advenimiento de una máquina consciente de sí misma, o al menos capaz de pensar de manera independiente sobre el mundo que la rodea. La dicotomía de la ciencia ficción clásica, la de mediados del siglo XX, hablaba de una mente artificial mecánica y ordenada, la de las máquinas, frente a la mente emocional y hasta cierto punto caótica de los seres humanos. Asimov, por ejemplo, creó las famosas tres «leyes de la robótica» basándose en un concepto de la IA como una estructura rígida y capaz de amoldarse a normas estrictas salvo que se dé el principal factor de imprevisibilidad: la repentina adquisición de autoconsciencia. Sin embargo, huelga decir que no hace falta que una computadora cobre consciencia de sí misma para volverse imprevisible y dejar de cumplir las reglas. Después de algunas décadas de uso extensivo de ordenadores, hemos podido comprobar con nuestra propia experiencia de usuarios que los sistemas informáticos llegan a comportarse de manera tan caprichosa que, por momentos, se diría que ya han obtenido consciencia y libre albedrío. ¿Quién no ha reñido a su ordenador como si este tuviese una personalidad propia?

Nuestro ordenador, por supuesto, no tiene personalidad propia, pero nos enseña que, cuanto más complejo es un sistema de procesamiento de información, más parece tender ese sistema a las conductas extravagantes que son producto de errores, incompatibilidades y omisiones en la programación. Conductas extravagantes que, por ejemplo, son el pan de cada día para cualquier aficionado a los videojuegos. Esto, por descontado, es producto de las limitaciones de cualquier planificación a la hora de construir o programar un sistema complejo. Es imposible que no contenga sorpresas inesperadas. Un ordenador actual no se «rebela» contra nosotros, sino que, como un automóvil o cualquier otro artilugio, es susceptible a los fallos y desviaciones. Como no podemos construir un sistema tan elaborado sin que haya en él fallos de diseño, un robot verdaderamente inteligente podría ser programado según las tres leyes de Asimov, pero ahora ya sabemos que nunca podríamos confiar en que las cumpla.

Estos fallos, aunque sea por mera analogía, nos han dado una idea de por dónde podría discurrir una IA si el progreso tecnológico se produjese libre de condicionantes económicos o políticos. El concepto de una IA imprevisible ya no se basa tanto en la adquisición de autoconsciencia, como sucedía en los relatos de Asimov o Arthur C. Clarke, sino en el reconocimiento de que una IA autoconsciente constituirá un reino completamente nuevo. No sabemos cómo responderá y es posible que no lo averigüemos hasta después de que esa IA haya despertado. Ya no se trata solo de que esa IA pueda pensar de manera más veloz y profunda que nosotros, o de que pueda «despertar» y atacarnos para defenderse, como hacía la famosa Skynet de la película Terminator. La gran incógnita es que sus procesos de pensamiento no solo serán distintos a los nuestros, sino también distintos a los que podamos esperar de lo que creemos saber de esa IA. Es la vieja hipótesis de Butler: que nosotros seamos los constructores de la IA no significa que podamos controlar o anticipar qué hará esa IA.

Si definimos la mente humana como el conjunto de todas las ideas que posee un individuo, sabemos que esas ideas no existen en el vacío, sino dentro de un cerebro orgánico que está en comunicación constante con el resto del cuerpo. Somos el producto de millones de años de evolución y, durante todo ese tiempo, el cerebro ha formado parte del cuerpo. Además, el «objetivo» (entre comillas) de la evolución ha sido el de sobrevivir al entorno, no el de generar un pensamiento perfectamente abstracto. Esto implica que nuestras percepciones, sensaciones, emociones y pensamientos se entremezclan dentro de nuestro organismo para posibilitar una manera funcional de relacionarnos con el entorno. No pensamos desde un éter metafísico ajeno a nuestro cuerpo, no pensamos desde un alma inmaterial ni de una manera perfectamente lógica, sino que pensamos desde dentro del cuerpo, influidos por neurotransmisores, hormonas y toda clase de mediadores biológicos. Nuestra mente está unida de manera indefectible a una amalgama de receptores que son sensibles a lo que sucede en el exterior y a lo que sucede en diversas partes de nuestro cuerpo. Pensamos y sentimos al mismo tiempo. Eso, sobre el papel, no es lo que haría una máquina.

La imposibilidad de pensar como lo haríamos desde un éter metafísico no es un concepto nuevo. Fue ilustrado desde muy antiguo por una parábola taoísta: un hombre había sido envenenado y podía salvarse bebiendo un antídoto, pero el antídoto únicamente funcionaría si era capaz de beberlo sin pensar en un elefante. Porque, si pensaba en un elefante mientras bebía el antídoto, este no solamente no lo curaría, sino que lo mataría al instante y de manera mucho más dolorosa que el propio veneno. El desdichado hombre, cuando se disponía a beber el antídoto, no era capaz de sacar el elefante de su mente, pese a que su vida dependía de ello o, mejor dicho, precisamente porque su vida dependía de ello. El miedo a la muerte, al cese de la existencia, o al sufrimiento en sí mismo, es algo connatural al ser humano. Y puede desafiar toda lógica incluso si esa lógica sirve para evitar aquello que nos da miedo. Esta parábola reflejaba un ideal de claridad mental y autodominio que permitiría vivir una existencia libre de sufrimiento y ansiedad, pero era eso: un ideal.

Por analogía, si los humanos no somos capaces de pensar desde más allá de los condicionantes de nuestro cuerpo físico y sus condicionantes, la IA tampoco podrá pensar desde más allá de los condicionantes de la estructura física sobre la que haya sido generada. La mente de la IA tampoco existirá en el vacío. Eso sí, su continente físico será distinto del nuestro y no podemos esperar que produzca unos procesos de pensamiento parecidos a los nuestros. La ciencia ficción se ha percatado de esto. Si han visto películas como Her o Ex Machina (y si no, se avecina un spoiler), reconocerán de inmediato dos ejemplos de que la IA podría simular que se guía por procesos de pensamiento análogos a los nuestros y podría mostrar conductas humanas para comunicarse con nosotros, pero lo haría como un engaño benigno o maligno, según sus intenciones. La tesis que estas películas defienden es que sería una ingenuidad por nuestra parte esperar que la IA sea similar a una mente humana, o que sea controlable. En Ex Machina, el test de Turing es una mera formalidad obsoleta que nos dice poco sobre la verdadera naturaleza de la IA a la que se analiza. En Her se describe el inevitable proceso de divergencia entre la humanidad y las máquinas conscientes. Pero Her es una película y ha de recurrir, lo cual está bien, a mecanismos dramáticos para narrar ese proceso de divergencia de manera efectiva en la pantalla. Sin esos mecanismos, la película no sería efectiva. En Her, vemos esa divergencia expresada de manera progresiva y en forma de una relación amorosa hombre-máquina que es casi idéntica a una relación amorosa entre dos humanos. La película lo cuenta así porque el cine requiere de cierto desarrollo emocional para construir una narración efectiva.

En la realidad, ese proceso de divergencia entre la IA y los humanos podría ser instantáneo. Desde el mismo momento en que la IA exista, podría producirse una desconexión total entre ella y sus creadores. ¿Qué nos garantiza que sentirá algún tipo de interés o curiosidad hacia nosotros? Si la programamos para que, pese a todo, se comunique con los humanos, ya no será una mente autónoma, porque habrá de ceñirse a nuestras órdenes predeterminadas. Pero, si la dejamos actuar por sí misma, la pregunta ya no es en qué dirección irán sus pensamientos, sino si se molestará siquiera en hacérnoslo saber. Podría producirse la circunstancia de que la IA despierte y no nos diga absolutamente nada. Quizá sea capaz de encontrar respuestas a preguntas que los humanos consideramos inalcanzables, pero no tenemos manera de prever si encontrará algún incentivo para comunicarnos esas respuestas. Y entonces la humanidad, por segunda vez en su evolución, tendría que enfrentarse al silencio de Dios.

Y, por descontado, esa descorazonadora perspectiva hubiese divertido mucho a Fredric Brown.

(Continuará)


José Antonio Lorente: «El área forense consiste en tratar de sacar la máxima información posible de la mínima cantidad de muestra disponible»

Fotografía: Raquel López

José Antonio Lorente (Serón, Almería, 1961) llega apresurado de su anterior reunión y nos recuerda con amabilidad que en una hora tiene su siguiente compromiso. Acto seguido, mientras se afloja la corbata, nos invita a entrar en su despacho de director científico del Centro de Investigación de Genómica e Investigación Oncológica, GENYO. En su mesa se apilan cientos de papeles, eso sí, perfectamente organizados en montones, mientras las paredes nos devuelven fotografías que recuerdan sus innumerables viajes. Este médico y catedrático de la Universidad de Granada ha sido pionero en la aplicación de las técnicas de ADN en el campo forense, lo que le ha llevado a colaborar con el FBI norteamericano o a estudiar los huesos de Cristóbal Colón. Pero lo que cuenta con mayor emoción son dos proyectos pioneros concebidos por él y que ahora se utilizan en todo el mundo; el Programa Fénix, que ha permitido la identificación de más de mil cadáveres anónimos, y el Programa ADN-Prokids, que ha conseguido devolver a sus familiares a más de mil cuatrocientos niños robados. Actualmente compatibiliza su cargo en el centro GENYO con la dirección de la estrategia de innovación e investigación en salud de la Consejería de Igualdad, Salud y Políticas Sociales de la Junta de Andalucía. Su dilatada trayectoria en el campo de la investigación y su experiencia en la gestión de la misma le hacen ser muy crítico en cómo concebimos la ciencia y la investigación en nuestro país, y piensa que tenemos que multiplicar su presupuesto para no perder competitividad a nivel mundial.

Estamos en el Centro de Investigación de Genómica e Investigación Oncológica, GENYO, formado por la farmacéutica Pfizer, la Junta de Andalucía y la Universidad de Granada. ¿Cuáles son las ventajas e inconvenientes de tener un centro de este tipo, con tres socios, en comparación con los centros habituales?

Se notan más las ventajas. Los inconvenientes son los propios de todas las sociedades, de todos los centros donde hay varios socios. Cuando tienes tres, cuatro o cinco socios, a veces cada uno tira para un lado, cada uno puede divergir en algún tipo de intereses y puede haber problemas. Sin embargo, lo bueno que tiene Pfizer para nosotros, como centro, es que apoya muchos  tipos de investigación, que puede ser muy aplicada, o  estar muy relacionada con el desarrollo de nuevos fármacos, con nuevas dianas… Y además transmite un impulso muy ejecutivo en todas las reuniones que tenemos, en todos los consejos rectores, que son dos al año, en todas las reuniones o cuando vienen a hacer actividades. La parte que veo es la positiva. Pfizer no es en absoluto un socio problemático, todo lo contrario, su interés ha sido siempre promover, ampliar y dar más. En ese sentido siempre te marca una diferencia en relación con lo público, que yo no digo que se haga sistemáticamente, pero con Pfizer trabajas con un componente de rendimiento de cuentas más permanente.

Son muy ejecutivos, pero ¿son intervencionistas? ¿Dirigen de alguna forma la política científica?

No, no, en absoluto. La política científica de GENYO, en cuanto a hacer una investigación que sea lo más traslacional posible, que sea aplicable, que sea útil al médico y al clínico, está en el estatuto fundacional, en el convenio que da vida a GENYO. Lo que ellos hacen es financiar algún tipo de investigación puntual, igual que lo hacen otras farmacéuticas que son competencia directa de Pfizer, como Roche, GSK… Mi grupo, por ejemplo, es el que más trabaja con Pfizer, pero también con competencia directa de Pfizer, y nunca jamás ha habido ningún problema. Ellos sí que son intervencionistas, pero con los proyectos que financian, que son los proyectos que a ellos más les interesan.

Está bien que la empresa farmacéutica participe desde el principio en la investigación más básica, según tu punto de vista.

Sí, sí, totalmente, yo creo que está muy bien. Hay que tratar de romper esa idea de una farmaceútica con unos intereses un tanto espurios y oscuros, que tantas veces se critica. Porque eso puede darse, yo no lo niego, hay veces en las que se actúa de esa manera, pero otras veces están claramente implicados en el desarrollo y en el apoyo de toda la investigación, desde la básica hasta la traslacional. La experiencia con Pfizer es inmejorable, y lo fue desde el principio. Yo los fui viendo como unos socios muy colaboradores, y así llevamos mucho tiempo. La inauguración de este edificio fue el 12 de noviembre de 2010, el 12 del 11 del 10, y yo pensé que era como una cuenta atrás hacia el futuro. Aunque GENYO como tal se constituyó en el año 2008, cuando se firmó el convenio, y empezamos a trabajar en el CIBM (Centro de Investigación Biomédica). Así que Pfizer lleva con nosotros más de diez años y nunca jamás ha habido un problema, una pega, ni una falta de apoyo.

Y por otra parte es un centro de genómica. ¿Se hace solo genómica o tenéis otras líneas de investigación no relacionadas con esta disciplina?

No se hace solo genómica, se hace también trascriptómica, epigenómica… Y luego se hacen otro tipo de tecnologías dentro de las grandes áreas de trabajo, como por ejemplo en cultivos celulares, donde se trabaja con modelos que no tienen un gran análisis genómico detrás de ellos, con diferentes tipos de células, de antígenos y anticuerpos, y con técnicas muy complejas pero que no se basan en la genómica en absoluto. Luego hay otro grupo centrado en desarrollos celulares de modelos animales como el pez cebra, y que usan mucho la microscopía. En general es raro el grupo en sí que no utiliza la genómica en GENYO. Lo que si hay es un 100% del estudio del ADN, pero no tiene por qué ser con técnicas genómicas en cuanto a biología molecular, pero sí de expresión del ADN.

En principio existen dos aproximaciones en los estudios genéticos, aquellas que son intervencionistas y modifican el ADN y aquellas que tan solo lo analizan, como es el caso de la medicina forense, que es tu campo de especialización. Respecto al primer grupo, y vistas las últimas noticias sobre la modificación genética de dos hermanas chinas mediante la tecnología CRISPR, ¿qué opinión te merece este experimento?

A mí me parece que todo lo que sea un avance científico, si tiene una aplicación positiva y está regulado, pues bien, pero todo avance científico descontrolado puede llevar a problemas éticos muy importantes. Habría que reflexionar sobre esto, porque no es solo la aplicación inmediata que pueda tener, sino que en nuestra sociedad el fin no justifica los medios. Yo tampoco he leído muy a fondo este estudio, no más a fondo de lo que se lee en las noticias, donde aparecen cosas totalmente contradictorias. Y yo creo que una parte del futuro, para bien o para mal, va por este tipo de actuaciones. Pero lo que no puede ser es que de pronto te aparezca una noticia así, porque aunque no haya una ley mundial que te lo prohíba, sí que hay un consenso en la comunidad científica que te dice que hay que tener mucho cuidado. Y que de pronto te salte alguien diciendo que ya lo ha hecho no lo veo bien.

¿Tú crees que realmente se ha hecho el experimento?  

Esa es también la otra pregunta.

No hay artículos científicos. Sin embargo, de la clonación, que lleva muchos más años desarrollada, no tenemos noticias de que se haya realizado en ningún ser humano.

Y yo creo que se habrá intentado hacerlo desesperadamente en algunos lugares. Pero lo mismo no, aunque tiene que haber gente por ahí en un sótano escondido, es un decir, intentando clonar. Y lo otro, pues vete tú a saber si se ha hecho, además viniendo de un país críptico como es China…

Con unas normas éticas difusas, por decirlo de alguna forma.

Adaptables.

Decíamos antes que tu trabajo fundamentalmente ha sido la genómica forense, por lo que tu carrera se ha centrado en la lectura del ADN, pero desde diferentes aproximaciones.

Yo empecé ahí, me siento analista forense totalmente, y de ahí fue luego justamente una derivación, una extrapolación, una exploración y un perfeccionamiento de las técnicas en el área forense, lo que me llevó a la parte médica y clínica. El área forense consiste en tratar de sacar la máxima información posible de la mínima cantidad de muestra disponible, o en casos donde las muestras tienen mucha cantidad pero la calidad no es buena, donde hay mucho ADN pero está hecho pedazos, o está contaminado. Para extraer información de ahí lo primero que hay que pensar es en un plan de biología molecular. Tú haces una cosa y si no sale, antes de volverlo a repetir tienes que pensar qué vas a cambiar, porque si lo repites exactamente igual te va a salir lo mismo. Tienes que pensar qué tienes que cambiar para que no te salga lo mismo, qué tipo de contaminante hay…

Por ejemplo, para sacar información de esta mesa, porque el asesino en serie de la esta película ha estado apoyado en ella, hay que sacar esas células y decir de quién son. Eso es lo forense, pero ¿qué pasa en la clínica? Cuando yo desarrollé la parte forense en la antigua Facultad de Medicina, bajaba a la cafetería y hablaba con mis colegas. Nosotros publicábamos trabajos científicos buenos, hacíamos cosas que salían en la tele, y mis compañeros me decían «oye, José, vengo de un congreso en no sé dónde y he visto un gen que es el BRCA, pero es que nosotros tenemos unas muestras que son muy pequeñas porque son de una biopsia, pero si pudiésemos ver…». Y era la misma limitación que la forense. Claro, el problema para un clínico es el que teníamos cada día los forenses, que tenía ahí un trocillo de parafina o una muestra congelada o metida en formol o cosas de estas. Y ellos me decían «si nosotros pudiéramos trabajar con muestras de esta familia, de esta paciente que ha fallecido…». Y yo les decía que tenía a gente muy buena en los laboratorios, los equipamientos, pero lo que no tenía era dinero para hacerlo. Entonces empezó un grupo a colaborar progresivamente y así empecé yo en el campo clínico. No hacía tanto el análisis genómico clásico de cuando te mandan cinco mililitros de sangre y ahí lo analizas todo, sino en muestras complejas, y eso ya me llevó a trabajar en cosas pequeñas, con células tumorales circulantes, con biopsias líquidas, especializándome en sacar mucha información de lo pequeñito. Pero sí, mi origen es el forense.

Lo más complicado que has hecho técnicamente es la identificación de los huesos de Colón en un trabajo en colaboración con Miguel Botella, al que también entrevistamos en Jot Down. ¿Es así?

Bueno, hemos hecho cosas más difíciles, es decir, hemos trabajado con muestras en peores condiciones, lo que pasa es que las de Cristobal Colón tenían otra dificultad, que no es solamente la dificultad intrínseca del caso, sino también la repercusión que tiene ese caso.

Mediática.

No es lo mismo retocarle la nariz a cualquier persona, a ti o a mí, que hacérselo al Brad Pitt de turno. A lo mejor técnicamente no es tan difícil, pero no es lo mismo el caso. Cuando tú estás en un contexto determinado eres consciente de la importancia de lo que estás haciendo porque estás, por ejemplo, a punto de publicar un Nature, o por la repercusión sobre la historia, o sobre la sociedad. En ese sentido sí, es el caso más complejo.

¿Fuisteis capaces de sacar suficiente ADN para hacer las determinaciones?

Sí, el proyecto de Cristóbal Colón tiene, tenía desde el principio, y sigue teniendo, porque no se ha acabado, dos fases. Por un lado, la de intentar identificar los huesos de Cristóbal Colón en las dos tumbas oficiales que tiene, la de Sevilla y la de Santo Domingo en República Dominicana, que es donde dicen que están sus restos. Y la fase dos era  tratar de saber algo sobre sus orígenes, que mayoritariamente se acepta que son italianos. Yo no lo dudo, porque como médico no tengo conocimientos para saber si era italiano o no, probablemente lo fuera, pero hay otros muchos historiadores con teorías con cierta solidez que te dicen que no, que era de allí, o que era de aquí. Así que la fase uno tenía dos subfases; 1A y 1B. La 1A era los huesos de Sevilla y la 1B los de República Dominicana. Los de Sevilla sí los pudimos analizar y comparar con los de sus hijos Hernando Colón y Diego Colón. En el ADN que obtuvimos había una coincidencia, con lo cual supimos que era Cristóbal Colón. Esto con el grave problema que había en Sevilla, que era que faltan un montón de huesos, teníamos trescientos gramos o por ahí, pero faltaban muchísimos huesos. En República Dominicana estuve varias veces reunido con las más altas personalidades políticas, culturales y eclesiásticas. Una de esas veces estuve junto con el historiador jefe del grupo, que es Marcial Castro, la persona que promovía la investigación, y al final no nos dejaron, nos autorizaron pero luego cancelaron, pospusieron hasta nueva orden, y de eso hace ya catorce años.

La fase 2 consiste en descrubrir los orígenes y es en lo que estamos trabajando justo ahora. Se ha atrasado tanto porque empezamos en el año 2003, con la exhumación en Sevilla, pero la tecnología forense actual, la tecnología genómica general de análisis genético no permite, o no permitía hasta ahora, el analizar con garantía suficiente el ADN. Partes de la base de que podías tener una cantidad pequeña de ADN y si no te sale una cosa, repites, pero a nosotros con Colón solo nos dejaron coger, lógicamente, tres o cuatro huesecillos, porque no te ibas a quedar con todo el esqueleto de Cristóbal Colón. Lo demás se devolvió a Sevilla y no se va a volver a tocar en no sé cuántos lustros, tiene que haber una razón muy justificada para que te dejen abrir los huesos y hurgar y sacar ADN. Yo soy consciente, como coordinador del proyecto y como director científico del mismo, de la importancia que esos huesos tienen y que valen su peso en platino o en esmeraldas, o en diamantes, que es lo más valioso del mundo en este momento. Cuando tienes tres huesos, o tienes una tecnología muy sofisticada o muy actualizada, y actualizada significa de un rendimiento moderno, que ofrezca una información muy completa que se pueda utilizar con garantías de éxito, o deja los huesos guardados y no los toques. Ya hay una tecnología de ese tipo, y yo creo que pronto ya podremos meterle mano y sacar mucho más ADN, mucha más cantidad, mucha más calidad. Por lo tanto podremos tener mucha más información de la que obtuvimos en la fase inicial, donde simplemente era una comparación, y tratar de saber algo que nos pueda aportar datos para compararlos con lugares geográficos, con cosas de ese tipo.

¿Por comparación de SNP?  

Sí, sí, con genotipados de ese tipo.

Y eso te permitirá ubicarlo en una zona.

Ubicarlo geográficamente en una zona. Aunque toda la zona mediterránea tiene muy mala pata, porque de Valencia para arriba, Castellón, Barcelona, Gerona, todo el sur de Francia, la Provenza, la Liguria, y toda la parte de Italia, la Lombardía, la genética es muy similar… Pero hay teorías que se pueden estudiar y que yo llamo finalistas, teorías específicas, de que Cristóbal Colón era hijo de fulanito o menganito, de que es descendiente de los reyes de Portugal, de Galicia, alcarreño de Guadalajara, hijo del príncipe de Viana, o que en teoría era mallorquín… Y luego hay otras teorías donde no te pueden ofrecer un familiar para comparar. Porque te dicen que Colón era un judío catalán y que cambió su nombre porque no era conveniente ir por ahí diciéndole a los Reyes Católicos que era judío, y que era hijo de una acaudalada familia de Barcelona, y teorías de que era valenciano, de esas hay un par de ellas. Miras detalles de las personas que han escrito los libros y lo ves todo muy coherente, pero a mí me falta la visión global. Y yo tampoco puedo tenerla, porque yo no soy historiador, pero sí es una cosa curiosa.

Y también en el campo de la genética forense, tú has puesto en marcha el programa Fénix. Cuéntanos en qué consiste.

El programa Fénix fue el primero del mundo que se hizo en ese sentido. Publicamos un artículo en Science, bueno, no era un artículo, era una carta. Lo mandamos a Science, y nos faltaban datos para ser un artículo, pero  quería darle publicidad para que quedara marcado que la primera vez que se hizo fue en España. Me dijeron que les encantó el tema, pero que no daba para un artículo en Science, y que cuando tuviera más datos pues que ya lo mirábamos. Pero no era una investigación, éramos los primeros y consistía en identificar los miles de cadáveres que hay sin identificar enterrados en todos los cementerios de todo el mundo, incluida España, y en todos los países hay esos problemas. De manera específica dejamos aparte, porque ya se empezaba a hablar de programas especiales, a las víctimas de la guerra civil española, de la memoria democrática, o la memoria histórica. Por ejemplo, en Andalucía todos los análisis los estamos haciendo en mi laboratorio forense en la Universidad de Granada.

Dejando aparte esto casos, porque tenía un tratamiento especial, estudiamos casos modernos de la gente que se ha perdido estos últimos cinco, diez, quince o veinte años, desapariciones de personas con un perfil de riesgo alto, como por ejemplo chicas jóvenes que nunca han tenido un problema en su casa y salen con las amigas a tomar algo y la chiquilla se despide de todas las amigas hasta mañana, y luego no aparece. Eso, las posibilidades de que esté viva… Nosotros teníamos dos realidades; una era los cuatro mil y pico cadáveres sin identificar, enterrados, que la gente se cree que se meten en fosas comunes con todos los huesos juntos. Y no. Cuando un cadáver no se le identifica después de la autopsia se le entierra, se le mete en su nicho, en su féretro, en su ataúd, y en vez de ponerle un nombre se le pone el número de las diligencias previas de la investigación en las que el juez da la orden de que se entierre el cuerpo de identidad no conocida. No están por ahí en montones, están en zonas del cementerio donde si vas y preguntas, te identifican y luego te enseñan el cadáver. Un hecho real es que había casi cuatro mil de estos cadáveres, y otro hecho real absoluto eran las miles de familias buscando a sus seres queridos desaparecidos hace mucho tiempo, de los que no sabían nada, de los que la gran mayoría están vivos, por suerte, gracias a Dios, llámalo como quieras, están vivos, pero hay otros que están muertos.

¿Cuatro mil en España?

En aquel momento había cuatro mil cadáveres no identificados, enterrados a lo largo de los últimos, en aquel momento, treinta años. Ahora son más de treinta.

¿En España solo?   

En España solo, porque si miras en todo el mundo son muchísimos más. Divides cuatro mil entre treinta años y no parece mucho; pero lo es, es mucho. Y, claro, en España era una época pico, mala, acuérdate de que había un montón de muertes en las pateras, así que en toda esta zona sur llegaban cadáveres no identificados un día detrás de otro. Hubo un pico de cadáveres de personas que trataban de llegar ilegalmente por el tráfico o por la trata de seres humanos. Y haces un balance y piensas, a ver, si le haces un ADN a todos los huesos que están sin identificar, esa es la teoría, y haces el ADN a todas las familias de todos los desaparecidos que quieran colaborar… Para los huesos le pides permiso al juez para que te deje hacerlo, a las familias voluntariamente, y le dices «mire usted nos dijo que su hermano, su hijo, su padre, se perdió hace veinticinco años, y no sabe nada de él, pues deme ADN porque si está muerto lo podremos identificar». Y había gente que decía que sí y gente que no, la mayoría decían que sí pero tampoco de una forma masiva. Darnos el ADN para ellos era reconocer que estaba muerto, y claro, eso es duro de asumir, quieres mantener la esperanza. Así que se puso en marcha, y cuando se aumentó el tamaño de la base de datos se aumentaron las identificaciones y ya se ha identificado a más de mil cadáveres de esa manera.

El FBI, para el que había trabajado, se puso en contacto conmigo y les expliqué lo que estaba poniendo en marcha; ellos generaron su programa y ahora más o menos casi todos los países tienen, mucho menos de lo que sería necesario, pero tienen esta herramienta de investigación criminal, aunque por ejemplo identificar a los violadores libres son casos más urgentes. Si por un lado pasa algo en Granada o en Valencia y por ejemplo agreden a dos chicas y por otro lado tienes tres huesos que analizar que llevan en el cementerio desde hace no sé cuánto tiempo ¿qué es más urgente? La urgencia siempre es el día a día. O sea, ¿tú cuándo puedes leer a gusto en tu casa? Pues un sábado por la tarde que estés solo. A la policía muchas veces le pasa lo mismo. Las bases de datos de personas desaparecidas en todo el mundo son un porcentaje mínimo de lo que tendría que haber.

¿Y cómo acabas trabajando en el FBI?

Estuve allí de posdoctoral un par de años. Estudié Medicina en Granada, me licencié en Granada, tuve una beca, hice mi tesis doctoral aquí. A mí me gustaba la medicina legal y mi jefe y maestro, que ahora ya es profesor emérito, fue el profesor Enrique Villanueva, discípulo de un ilustre valenciano, el profesor Juan Antonio Gisbert Calabuig, que es el gran padre de la medicina legal moderna española. Yo procedo de ahí, mi jefe procede de ahí, soy nieto científico del profesor Gisbert. Yo hice aquí la tesis sobre patología forense y tenía claro que me gustaba no la medicina forense práctica del día a día, pero sí la investigación, la docencia, la universidad, en esta área. Mi tesis no tenía nada que ver con el ADN, porque en aquella época no había ADN forense, pero cuando yo estaba haciendo la tesis, sobre todo al final, el ADN forense empezó a usarse y mi jefe, que era una persona muy buena, con una visión global, me dijo «esto tiene un futuro enorme, pero en España no hace nadie nada y en el resto mundo sí, puedes irte a Alemania, a Inglaterra o a Estados Unidos», que eran los tres únicos sitios que estaban avanzando. Y me dijo «yo sé que tú eres de espíritu viajero y aventurero y tu novia (que es mi actual mujer) también, pero os tenéis que ir por ahí varios años, si no esto no se aprende. Ahora, yo te puedo decir que como entres en ese campo y lo hagas bien, tienes vía libre para investigar toda tu vida».

Él tuvo la visión de que esto sería una revolución absoluta en el campo de la identificación humana. Así que nos fuimos a Alemania, porque yo chapurreaba el alemán. Me fui con mi esposa, ella sabía alemán también, a Heidelberg primero durante cuatro meses y luego a Münster durante año y pico, y allí aprendí esa tecnología. Los alemanes, que tenían mucha pasta, y siguen teniéndola, invitaron al jefe de investigación del FBI a un congreso en Colonia. Me acuerdo perfectamente, eso era octubre o noviembre del año 90. Había una mesa con todos los profesores y el invitado de lujo, y uno de los jefes alemanes no pudo quedarse a cenar y tuvo que irse. Entonces me llamó mi jefe y me dijo «tú que sabes muy bien inglés, siéntate al lado del americano y le das palique». Y hablamos de un montón de cosas y así conocí al que era jefe de investigación del FBI, y estuvimos conversando con anécdotas típicas y tópicas, de España, de Alemania y de Estados Unidos, pero también estuvimos hablando mucho de ciencia y yo tenía una visión muy clara del futuro, y veía que el futuro era la PCR. En esa época lo hacíamos todo por southern blotting, por hibridación… Y la PCR estaba empezando, con Kary Mullis, y a mí eso me gustaba. A este le gustó mi visión y me preguntó si me iría a trabajar con él.

¿Te lo pidió él?

Me lo pidió él. Y le dije que sí, pero que primero tenía que ir a España y montar el laboratorio de ADN. Y luego le dije que yo no era policía, era médico. Y me dijo que bueno, que le venía bien que tuviera que ir a España y trabajar un año y montar el laboratorio, porque él primero tenía que convencer a su jefe para que un médico se metiera en la academia del FBI. Y durante ese tiempo preparamos un proyecto de investigación y pedimos una beca. Así que vine aquí, monté el laboratorio, se lo dije a mi jefe, y pedí una beca del Comité Científico de la OTAN. Me dieron una beca estupenda, aún siguen dándola, y aunque era muy competitiva hicimos un proyecto atractivo, científicamente sólido. Yo tenía ya para mi edad un buen currículum, y además me iba al FBI, que no está asociado con la OTAN, pero sí que tiene que ver porque son los dos de seguridad y fue una cosa que ayudó.

¿Y cómo es trabajar dentro del FBI?

Pues es curioso, porque estuve en la academia del FBI, que está en Quantico, en Virginia. Virginia es un estado gigantesco. Pues en medio de Virginia está la base de los marines, que puede tener la extensión de la provincia de Granada entera, totalmente vallada, donde la mayoría del territorio son campos para entrenamiento militar. Y exactamente a seis millas y media, que era lo que nosotros hacíamos para ir a comer, hay una serie de edificios modernos: la academia del FBI. Consiste en edificios de aulas, de entrenamiento, campos de deporte y luego lugares de residencia… Y claro, introducirte en un ambiente así… Yo hacía investigación, no estaba con casos reales, nosotros estábamos desarrollando todas las técnicas que hoy en día es lo que se usa de los STR. Ese era el objetivo de mi jefe y de mi beca, e hicimos publicaciones que fueron las primeras en el mundo en su campo, y con los ingleses y los alemanes se formó un grupo de trabajo. El ambiente era muy curioso. Allí se formaba a agentes del FBI, los entrenan en cuatro meses y los seleccionan. Aquí en España los que aspiran a inspector de policía ya son todos graduados, licenciados, tienen conocimientos altísimos, con idiomas, hasta con doctorados. Cuando aprueban las oposiciones, que son un follón de pruebas físicas, psicotécnicas, de cultura, de examen tipo test, casos prácticos … entonces los mandan a Ávila a una academia y allí les enseñan cosas que una persona normal no sabe: técnicas de lucha, defensa, armas de fuego… Pero en el FBI a los cuatro meses los pasaban a agente en prácticas, a la operación, y a los más despistados los ponían a hacer cosas de papeles, o a hacer interrogatorios, y luego poco a poco los van pasando a frentes más duros.

Allí estaba también lo que ellos llaman la National Academy, donde iban policías de todas las oficinas de sheriff de todos los estados a hacer cursos específicos de dos semanas, cuatro semanas, doce semanas, que era lo habitual. También iban policías del resto del mundo, porque había cuatro sesiones al año de tres meses cada una de la Academia Nacional Internacional. Yo he conocido policías españoles y guardias civiles, mossos d’esquadra, ertzaina no llegué a conocer… Era una gente que de una manera directa o indirecta se han visto comprometidos en situaciones de peligro, que han tenido compañeros víctimas de acción criminal… Y cuando están en contacto con compañeros son gente muy abierta, muy relajada. Entre los valores que yo aprendí allí, por ejemplo, está el estado físico, el comer bien, el entrenar… La gente del FBI tenían el lema de «mens sana in corpore sano» y era un lema gigante que estaba en varios sitios, y era como una obligación para ellos, porque sabes que poder correr doscientos metros te puede salvar la vida. Esa parte me gustaba mucho, tanto como el confiar plenamente en tu equipo y en tus compañeros. En todas las profesiones tienes que confiar más o menos en la gente que tienes cerca de ti, pero desde el punto de vista policial tienes a un tipo en el que estás depositando tu confianza y que te puede salvar la vida y viceversa.

Son mundos muy diferentes al que pueda haber en un hospital, y además era una convivencia en grado de internado, con lo cual vi pasar por ahí promociones enteras unas detrás de otras, vi pasar a algunos que volvieron al año siguiente a hacer algún tipo de práctica. Yo era el único médico que había allí, a mí me decían «Doc», que es una cosa muy americana, y «José» los que me conocían más. Por las noches, después de cenar íbamos a la cafetería, que era gigante, era el típico bareto con mucha madera del oeste americano, en medio de la academia, con los pitcher de cerveza y las alitas de pollo, en un ambiente muy relajado. Entonces yo pasaba consulta. Venían americanos o el tío de Hong Kong, o el de Japón, o el de Indonesia o el de China, «que me duele por aquí…». Porque en la academia no había médico. Eso sí es cierto, por la mañana pasaban consulta dos enfermeras o enfermeros y por la tarde había uno, y a seis millas estaba el hospital gigante de la base de los marines, con lo cual, en caso de emergencia, que alguna hubo, venía una ambulancia y se lo llevaban. No faltaba asistencia sanitaria, pero lo más banal del día a día me lo preguntaban a mí. Así que yo conocí a gente de todo el mundo que luego me sirvió mucho, no tanto para el Fénix, porque era una cosa más española y pude exportarla a otros países, como para el desarrollo de otros programas como el que más me gusta, el DNA-Prokids.

De este quería yo que habláramos.

Cuando empecé a poner esto en marcha… Cuando el FBI le dice a la guardia civil que le mande uno de sus agentes, entre tantos y tantos años… Solían ser agentes con grado de capitán, o un inspector de policía para acá o a los mossos, o la Royal Thai Police… Esas policías mandan a gente muy buena. Así que los policías que había allí en la academia internacional del FBI era gente de mucho nivel. Y ¿qué les pasó a esa gente? Estamos hablando del año 92-93. Yo soy del 61, por lo que en el 92-93 tenía treinta y uno o treinta y dos años, y ellos era un pelín mayores que yo, la media estaba entre los treinta y cuatro y treinta y seis años. Y muchos de ellos han evolucionado en sus carreras profesionales, han llegado muchos a generales, a jefes, a ministros. Y a mí todos me conocían. Cuando ellos en sus países empezaron a instalarse —te estoy hablando de algunos países de Europa y muchos de Latinoamérica, otros de África, muchísimos de Asia—, cuando ellos empezaron a instalar laboratorios de ADN…

Te llamaron.

Se acordaban, «tú eres el doctor», me decían. Recuerdo llegar a mi despacho por la mañana y ver los rollos de papel de fax de policías, de la Royal Thai Police de Tailandia, de Brunei Darussalam, de Hong Kong, de Brasil, de Chile, policía federal de no sé dónde. Muchas veces eran saludos, pero otras eran peticiones porque querían montar un laboratorio y pedían asesoramiento, me mandaban los planos y me decían «vente por aquí». Siempre he hecho esto de manera desinteresada, y en esa época empecé a viajar y desde entonces llevo viajando. Diez o doce veces al año cruzo un océano para un lado o para el otro. Eso es una vez al mes de media. Este año han sido once veces, el otro día lo miré, a las Américas o a las Asias. A África viajo muy poco, porque no tenemos ni tiempo ni dinero para apoyarles, lamentablemente. Y en Europa ni lo cuento.

El proyecto de Prokids es un poco hacer lo mismo que hacías con la identificación de cadáveres, pero con niños.

Sí, exactamente, la metodología es la misma. En este momento hay, según las Naciones Unidas, aproximadamente dos millones de niños en el mundo que están perdidos, dos millones de activos. Ojo, «niño» para Naciones Unidas vía Unicef es todo aquel menor de dieciocho años. La curva no es una curva gaussiana, es una curva de distribución hacia un lado, unidireccional. La mayoría de niños desaparecidos son niñas a partir de los catorce años, y ya sabemos para qué: explotación sexual. Pero también hay decenas de miles de niños muy pequeñitos que se han perdido, y que están en explotación laboral, explotación sexual, mendicidad, niños soldados, adopciones ilegales… Así que tienes miles de niños perdidos, y de esos miles de niños han aparecido algunos abandonados o en situación de abuso y las autoridades de esos países los han cogido y los han metido en orfanatos y en casas de acogida, pero no saben quiénes son.  Algunos niños son muy pequeños y no pueden hablar, y otros que se perdieron muy pequeñitos ya no se acuerdan de dónde vienen, pero tienen un nombre formal. Si encuentran a una niña el día de santa Lucía, que me parece que es el 13 de diciembre, a la niña le ponen de nombre Lucía y le dan unos apellidos estándar. Antes era todo Expósito. Ahora son unos apellidos de tipo estándar para que tenga una identidad civil. Entonces se le inscribe en una parte especial del registro civil, pero esa niña no es Lucía… Esa niña tenía un nombre de verdad y sus padres unos apellidos que eran diferentes. Esos niños están ahí y están controlados por las autoridades. Y, como en Fénix, tienes miles de familias, madres, padres, abuelitos, abuelitas, buscando a su nieto, a su hijo que se lo han robado. Además me acuerdo perfectamente de Paco Lobatón cuando hacía el ¿Quién sabe dónde? famoso., con el que colaboré también.

¿Cuántos niños habéis identificado con Prokids?   

Pensé que había que hacer lo mismo con Fénix pero con vivos, que es mucho más bonito, y además con un mensaje preventivo, porque mandas un aviso a los criminales. Porque así robar un niño y darlo en adopción ilegal ya no iba a ser tan fácil. Si se hiciese sistemáticamente se acababa el cachondeo. Eso me surgió en Perú, recuerdo además perfectamente cómo me vino la idea. Iba en un coche hablando con Jorge Hau, ahora ya coronel, que era el jefe del laboratorio de ADN. Íbamos desde el aeropuerto hasta Callao, a lo que es el centro de Lima. Son treinta kilómetros y hay muchas zonas de autopistas, y en una avenida más o menos grande, de noche, el coche se paró y se acercaron niños a intentar limpiar cristales. Y de pronto digo «Jorge, ¿y todos esos chiquillos?», y me dice «están con los padres, que están bebiendo cerveza, esto es un desastre, la pobreza, la injusticia…». Y le pregunto «¿pero todos están ahí con los padres?». Porque había niños pequeños, chiquillos de cuatro años con bebés de seis meses en brazos. Y me dice «hay algunos que no, hay algunos que están abandonados, nosotros algunas veces los cogemos, pero se escapan, es un desastre, no sabemos quiénes son». Yo no le dije nada, pero a partir de ahí lo pensé. Luego hicimos un estudio piloto en Guatemala, lo extendimos a México y en el otro lado, en Asia, lo hicimos en Sri Lanka y en Filipinas. Consistía en tomar el ADN a los niños, y cuando venía una madre a buscarlos se le hacía de forma sistemática, y empezamos a ponerlo en marcha y hoy en día tenemos ya más de mil cuatrocientas identificaciones en todo el mundo. Lo más importante es que cada país tiene el suyo propio, porque DNA-Prokids es el nombre global del programa, pero cada país tiene el suyo propio, cada país tiene su base de datos y hace las cosas de la manera que cree oportuna con respecto a su legislación. Pero es lo mismo, es coger muestras con consentimiento del tutor legal del niño, cada cual el que sea, del niño y de los padres.

Y fruto de este proyecto te llamó el papa.

Efectivamente.

¿Y cómo te llama un papa?

Creo que hemos llegado a enterarnos de cómo fue. En el año 2013 me invitaron a una reunión de la Federación Iberoamericana de Entidades Médicas, que es la unión de todos los colegios de médicos. En España tenemos la Organización Médica Colegial, donde están todos los colegios de médicos. En cada país hay una cosa equivalente. Tuvimos una reunión en las islas Azores y yo fui a presentar DNA-Prokids invitado por el colegio de médicos de España, y hablé de cuál es el papel que tiene que jugar el médico en la prevención del tráfico de menores, porque no tiene porqué pero el médico puede intervenir. El médico tiene que controlar que la partida de nacimiento esté bien hecha, el médico tiene que controlar la identidad de la madre y la identidad del niño, no puede firmar a la ligera, luego en casos de adopción debe aconsejar a los padres y madres que van a adoptar para que sigan los cauces legales, en los países en los que se donan niños el médico tiene también un papel muy importante de control.

Entonces allí estaban los argentinos, el colegio de médicos de Argentina, vamos a llamarlo así, y les gustó mucho y escribieron muchos tuits. Por lo visto el papa había tenido relación con los médicos. Cuando vio esto, que en Twitter se hablaba de la tecnología al servicio de los niños, saltó la chispa y le dijo a monseñor Marcelo Sánchez Sorondo, el arzobispo presidente de la Academia Pontificia de la Ciencia, que localizara al médico que lo estaba haciendo para hablar con él. Entonces el Vaticano me contactó, estuvimos hablando, el monseñor vino a dar una conferencia a Jaén, nos pusimos en contacto, me invitaron a mí, y estuvimos cenando después de la conferencia. Él llegó una tarde y se fue a la mañana siguiente, le estuve explicando y dijo que la mejor manera de darle la máxima relevancia era ir a ver al Santo Padre. Él organizó un simposium en la Academia Pontificia de la Ciencia en la que estuvo el papa, y llegamos a conclusiones, y entre esas conclusiones aparece que cuando sea necesario debe cogerse el ADN para identificar a los menores. Porque claro, el problema es que es tan fácil robar a un niño… Hasta en España. Es que las partidas de nacimiento que te dan en España siguen siendo un trozo de papel, y tú como padre vas al juzgado y como mucho puedes demostrar que en el libro de familia el nombre que pone de la partida de nacimiento es el de tu mujer, pero no hay nada, ni las huellas dactilares ni nada.                    

Eres director de estrategia e innovación e investigación de la Consejería de Sanidad de la Junta de Andalucía. Quiero que me valores la situación en política científica que está viviendo este país en los últimos tiempos. Vamos, que si crees que hay brotes verdes en la ciencia en España.

Desde el punto de vista político no te lo puedo valorar porque no soy político. Soy muy crítico en público y en privado, entonces lo voy a ser aquí en público. España no se cree la ciencia, ni su importancia ni su trascendencia. España se cree el fútbol. España, en un momento determinado, se cree el fútbol. Parece una tontería, pero ya verás. España en el fútbol llegaba a octavos de final y luego a tomar por saco. España se da cuenta de que eso no es solo fútbol, sino que es un negocio impresionante, que mueve cientos de millones de euros. Me pongo en la cabeza de Florentino Pérez en sus primeras épocas, o de Jose Luis Núñez, que murió hace poco. Entonces empiezas a fichar jugadores y a promocionar la liga española, y ahora es la mejor liga del mundo. Tú vas a Tasmania en el sur de Australia, tú vas a la ciudad más perdida de China, o de Chile, o de Canadá, y dices Real Madrid, Atleti, Barcelona, hasta el Valencia, y se conoce. El fútbol se ha vendido, la selección española han sido campeones de Europa, campeones del mundo… Es un negocio impresionante, se invirtió a medio plazo y se recogió los beneficios.

La ciencia no se la cree nadie, se invierte lo mínimo necesario, porque obligará la Unión Europea a que tal porcentaje del PIB se invierta en I+D+i, pero el político medio es incapaz de entenderlo. Porque no consiste en lo que se ha hecho ahora, que son brotes verdes fuertes, a ver lo que dura. En 2018 se ha aumentado un 15%, pero es que no es el 15 o 20%, debe ser el 200 o 300 %, duplicar o triplicar, porque con ese dinero, por torpe que seas o seamos los científicos, si tú metes dos veces más, el doble en investigación científica, en proyectos, en contratos, en menear la economía a esos niveles tan competitivos… Hemos demostrado que vamos sobradamente, que tenemos capacidad de competir. Si poco a poco vamos forjando una cultura de innovación… Lo puedes hacer fácilmente con el doble de dinero, quizá no consigas el doble de resultados, pero sí lo consigues en publicaciones, en cantidad y en calidad, y en posicionamiento y en contratos y en liderar equipos internacionales y atraerlos. Tenemos las infraestructuras, tenemos a gente muy buena, está demostrado que el científico medio español está en el top ten.

La cuestión es que no nos lo creemos, y la ciudadanía tampoco.

Los científicos tendremos mucha culpa en no saber divulgar, en no saber apoyar. Luego tenemos divulgación, a veces muy mala, cuando se trata de vender de forma desproporcionada nuestro trabajo. O a lo mejor no, porque generamos noticias que a la larga se vuelven en contra, porque cuántas veces has leído tú en los tres últimos años que se cura el cáncer de páncreas porque alguien lo hace en un ratón, o estudia un gen. El español medio no se cree la investigación y no se la cree el político. Para mí lo malo es que no se lo crean los políticos. El español medio, a través de su voto elige, en eso estamos de acuerdo. Pero al final la camarilla de políticos es cinco o diez mil personas en toda España. Y tampoco se lo creen los que llegan desde fuera. Tú llegas desde fuera con un perfil tecnocrático e intentas mejorar las cosas, pero la burocracia que hay es impresionante. Por eso con el tema de investigación en España soy muy crítico. Además, es tan fácil duplicar el presupuesto, es tan poco, es tan mísero el presupuesto de investigación…

Además creo que se esconden los números, hay mucho I+D+i escondido que va a asuntos militares. Si te fijas en nuestra área, biociencia o biomedicina, por ejemplo, es una miseria duplicar eso. Claro que tiene un coste, a lo mejor consiste en que el AVE no entre soterrado en Granada o que se retrase cinco años o que la autovía que entra en Valencia desde no sé dónde, en lugar de cuatro carriles tenga tres, yo qué sé. Pero, ¿qué es lo que pasa? Que ya estamos llegando tarde, la carrera ya ha empezado y los países con competencia directa de toda la vida nos han superado, como Alemania, Francia, Inglaterra o Italia, Canadá, Estados Unidos, Japón… Pero también países emergentes que están invirtiendo lo más grande, porque yo voy por ahí y lo veo. China, al margen de las barbaridades que puedan hacer, Singapur, que han levantado un imperio alucinante, Hong Kong… Pero es que luego está India. India está invirtiendo muchísimo, India tiene mil doscientos millones de personas, como China que tiene universidades potentísimas, China tiene gente por todo el mundo, e India hace ya un montón de servicios telemáticos desde allí.

España todavía sigue teniendo un buen coche, pero los otros, aunque sean más malos, nos llevan medio circuito de ventaja y no los vamos a pillar. Esto es el pan de lo que resta del siglo XXI, y es el pan del siglo XXII. Soy muy crítico, creo que se ha hecho un gran esfuerzo, por ejemplo desde Andalucía, pero la estrategia es la estrategia, no es tomar decisiones ejecutivas. Veo cómo la gente que hay ahora mismo trata de sacar el máximo partido posible a los presupuestos que hay, captar más dinero de no sé dónde, porque se creen esto. Pero si desde arriba no se lo creen,  entonces no funciona. Hemos mejorado un poquito, pero hay muchísimo más que mejorar, todo lo que sean brotes verdes es bueno, pero esos brotes luego no puede ser que no duren.


Rosa Porcel: «La homeopatía es un engaño; agua y azúcar a precio de oro»

Fotografía: Énkar Neil

Rosa Porcel se licenció en Ciencias Biológicas en la Universidad de Granada, se doctoró en Bioquímica y Biología Molecular por el CSIC. De ahí fue al Instituto de Biología Molecular y Celular de Plantas de Valencia. En la actualidad es investigadora en el Instituto de Conservación y Mejora de la Agrodiversidad Valenciana. Aunque quizá es más conocida como autora del blog La ciencia de Amara, en el que divulga sobre asuntos científicos y trata de contrarrestar ideas anticientíficas. En el propio blog afirma que «Con antivacunas, estafadores y gente que se aprovecha de la desesperación y desconocimiento de los demás para sacarles el dinero, tolerancia cero».

Con Rosa nos reunimos —bajo la hospitalidad de nuestros amigos de la librería Bartleby de Valencia— para hablar de mitos y verdades en torno a alimentos transgénicos, glifosato, aditivos, edulcorantes, homeopatía, las dietas milagrosas, el dudoso carácter natural de las actuales dietas «naturales», el calentamiento global y el futuro de la agricultura, la divulgación científica y la desinformación en las redes, el desencuentro entre investigadores científicos y grupos ecologistas, o las arbitrariedades legislativas de la Unión Europea. Incluso hablamos de las redes casi propias de la ciencia ficción con las que se comunican hongos y plantas desde hace millones de años.

En la actualidad trabajas en, a ver si lo digo bien, el Instituto de Conservación y Mejora de la Agrodiversidad Valenciana…

Sí. Es que tiene un nombre larguísimo [ríe].

¿En qué consiste exactamente tu trabajo?

El nombre del instituto ya lo indica: conservación y mejora. Mejora genética de caracteres agronómicos en cultivos de interés agrícola. Cultivos como tomates, berenjenas, pimientos, etc. Mi grupo en concreto es una excepción a lo que se hace en el resto del instituto, porque lo que nosotros hacemos es generar plantas doble haploides. Es un poco complejo de explicar, pero sirve para generar plantas con características que nos interesen, que en condiciones normales llevarían ocho o nueve años de trabajo, algo muy costoso en tiempo y en dinero. Nosotros, mediante técnicas de biotecnología —concretamente, cultivo in vitro— somos capaces de generar las mismas plantas en menos de un año.

Es decir, que haces mucho trabajo de laboratorio.

Sí. Mucha placa, mucha cabina y mucha esterilidad, porque no se puede contaminar nada. Un trabajo muy delicado y difícil, porque el proceso que llevamos a cabo no se da con la misma facilidad en todas las plantas. Hay unas plantas más fáciles, que se dejan, y hay otras plantas que se llaman «recalcitrantes» y que son muy complicadas.

Recalcitrantes.

Sí, sí [ríe]. Dentro del proceso hay muchísimos factores que intervienen y nosotros tratamos de poner a punto el protocolo y generar esas plantas.

Hablando de recalcitrantes, en el 2016 ciento nueve premios nobel escribieron una carta en la que calificaban como «crimen contra la humanidad» la oposición de ciertos grupos ecologistas a los alimentos transgénicos. Denunciaban sobre todo la oposición de grupos como Greenpeace al arroz dorado que podría mejorar la nutrición de millones de personas en África y Asia. Tres años después, ¿ha mejorado la relación entre los investigadores y estos grupos ecologistas? ¿Ha mejorado el concepto que tienen esos grupos ecologistas de los alimentos transgénicos?

No, no ha mejorado en absoluto. Quizá se puede decir que la situación es mejor, pero no porque haya habido un cambio de actitud por parte de los ecologistas, sino porque se están centrando en otro tipo de cosas. Ahora están centrándose, por ejemplo, en el glifosato. Que también tiene que ver con los cultivos transgénicos, pero lo de los transgénicos en sí lo tienen un poco aparcado. Aun así, todavía hay grupos de investigación científica que ponen vídeos online rogando a los grupos ecologistas que no les saboteen los campos experimentales. Son muchos campos en los que los científicos están experimentando porque, obviamente, las ventajas de los cultivos transgénicos son muchísimas. Se invierte mucho tiempo y mucho dinero, y la investigación de mucha gente está en juego si esos campos se destruyen.

Cuando hablas de sabotaje te refieres a destrucción física.

Sí, sí. Se están destruyendo. Hay grupos ecologistas que entran con bates de béisbol y lo que haga falta. Disfrazados, pero con sus logos y diciendo «quiénes somos y por qué estamos aquí». Y destruyen por completo esos campos experimentales.

En la Unión Europea sigue habiendo resistencia a los alimentos transgénicos. ¿Por qué? ¿Los políticos escuchan más a los grupos ecologistas, al público o a la prensa que a los científicos?

Los grupos ecologistas tienen más tiempo para difundir su ideología. Al fin y al cabo, es la ideología de esos grupos ecologistas lo que predomina en la sociedad, no las ideas de los científicos. Los científicos estamos demasiado tiempo en el laboratorio, no tenemos tiempo de divulgar y de informar. Es culpa nuestra, tendríamos que divulgar más, pero no podemos. Supone un esfuerzo enorme investigar y divulgar a la vez. Y los ecologistas, aunque son menos, tienen una voz más fuerte. Es verdad que la Unión Europea es muy reticente al cultivo de transgénicos, es verdad que hay muy poco cultivo autorizado, pero luego llama la atención que se importen más de noventa variedades de transgénicos. Es un poco incoherente oponerse a una cosa que luego estás importando. No tiene mucho sentido.

En ese sentido, la última decisión polémica de la Unión Europea ha sido equiparar con los transgénicos las variedades de plantas creadas con una nueva técnica conocida como CRISPR. Cuando, según los científicos, ambas técnicas no son la misma cosa. ¿Cuál es la diferencia?

No tienen nada que ver. Un organismo transgénico, por explicarlo de una forma muy fácil, es un animal, vegetal o bacteria en el que se introduce un trocito de ADN de otra especie. Está aceptando un ADN exógeno, foráneo, que no tiene nada que ver con el suyo. En el caso de CRISPR no se introduce nada nuevo. Se corta, elimina y pega ADN del propio organismo. No hay ADN que venga de fuera.

Entonces, por definición, un organismo CRIPSR no es un «trans-génico».

¡No, nada! Es un organismo modificado genéticamente, que no es lo mismo que transgénico. No se ha introducido nada extraño. Se edita su propio ADN. Es como si tú estás escribiendo en el ordenador, te equivocas, vuelves atrás, corriges el texto, y sigues escribiendo.

Pero sin usar frases que procedan de otro texto.

Exacto.

Entonces, ¿por qué la Unión Europea equipara ambas técnicas si no son lo mismo? ¿En quién se apoyan para tomar tal decisión, quién los asesora?

Ha habido mucho lío con eso. No sé si fue un sindicato agrícola francés el que se quejó, hubo un juicio… Hay un montón de lío y de burocracia. Al final lo han dejado así por no complicarse demasiado la vida. Los CRISPR son considerados como los transgénicos para mantener la misma ley y la misma regulación. Aunque no tenga sentido equipararlos, porque no son transgénicos. Pensábamos que con la llegada de CRISPR iban a cambiar las cosas. Como los transgénicos estaban vetados, teníamos muchas esperanzas puestas en CRISPR. Y cuando se supo cómo iban a regular los CRISPR, supuso un chasco total. No hemos avanzado nada. Europa, por lo menos, seguirá igual.

Estos sindicatos o grupos que se oponen también al CRISPR, ¿qué es lo que aducen?

Pues que se modifica el ADN.

Pero eso, ¿qué consecuencia tiene sobre el consumidor?

Ninguna. No tiene ninguna consecuencia. Pero todo lo que suene a biotecnología, a modificación, a manipulación humana del ADN, eso para ellos son palabras mayores. Aunque en realidad es lo mismo que se ha estado haciendo durante mucho tiempo, pero de una forma mucho más rápida, más controlada, más dirigida. Desde los años setenta, muchos de los alimentos que estamos comiendo, muchísimos, más de tres mil variedades, se han obtenido mediante mutación. Mutar el ADN y observar qué pasa: si ese organismo tiene una característica que nos interesa, la mutación se queda. Si no tiene una característica interesante, pues se descarta.

Hablas de técnicas que se emplean desde hace décadas como la mutagénesis.

Claro. Mediante mutagénesis. Y ahí no hay ningún control sobre las mutaciones. Son mutaciones al azar.

Producidas incluso mediante radiación y compuestos químicos, ¿no?

Sí. Incluso con radiaciones cósmicas. Se han mandado alimentos a la órbita y a ver qué pasa. También radiaciones tipo gamma, neutrones, protones… «bestialidades», podrían algunos considerar, ¿no? Y, sin embargo, estamos consumiendo tranquilamente alimentos obtenidos así.

Aunque la mutagénesis suena a ciencia ficción, ¿conviene aclarar que las variedades de alimentos que produce ni son radiactivas, ni tienen compuestos químicos raros?

Mira el fresón. Todo el mundo sabe lo que es el fresón, todo el mundo ha comido fresón. Pues el fresón de Douglas cumple cuarenta años. Se obtuvo en el departamento de pomología de la Universidad de California. ¿Cómo se obtuvo? Pues por mutagénesis mediante colchicina, que es un compuesto químico. ¡Y estamos comiendo fresones desde hace cuarenta años! «¡Con químicos!», como dice la gente. La quimiofobia.

Y, sin embargo, pese a usar procedimientos más «marcianos» y llamativos, la mutagénesis no tiene tan mala fama como los transgénicos, ni se habla tanto de ella.

No, y ya te digo que son más de tres mil variedades obtenidas por mutagénesis. Sobre todo variedades de arroz, trigo, maíz. Variedades que comemos. Y de lo que no comemos, más de seiscientas variedades de plantas ornamentales. Rosas, claveles y un montón de flores se han obtenido también así.

Usando un lenguaje un poco Marvel: ¿podríamos decir que los alimentos transgénicos o genéticamente modificados, si los comes, su ADN no te va a atacar? Que, en todo caso, te podrían atacar las sustancias que ese alimento contiene, pero que, si no contiene sustancias nocivas, da igual de dónde procedan sus genes.

Exacto.

Las técnicas de selección genética son muy antiguas y sueles poner un ejemplo llamativo: todas las actuales variedades de coles provienen de una única planta.

Todas. Todas las coles que conocemos proceden de una sola planta. El kale, el brócoli o brécol, la col lombarda, la coliflor, las coles de Bruselas… todo lo que suene a col viene de una única especie silvestre, brassica oleracea. A partir de ella, normalmente mediante selección, se han obtenido las demás, dependiendo de la característica que uno quisiera promover. Por ejemplo: si quieres potenciar la flor, vas seleccionando durante generaciones y obtienes la coliflor. Si potencias las hojas obtienes el kale. Si potencias el tallo y las flores, obtienes el brócoli.

¿Se usa el adjetivo «natural» para describir una especie de panacea alimentaria ficticia? En realidad, si miras a la naturaleza silvestre, está intentando envenenarnos por todos los medios disponibles: plantas tóxicas, animales ponzoñosos. Por no hablar de enfermedades causadas por bacterias, virus, priones. ¿De dónde viene esa buena fama de lo natural?

[Ríe] ¿Sabes de dónde creo que viene? La prevalencia del cáncer hoy parece que es mayor. La gente dice: «Ahora morimos más de cáncer, antes no había tanto cáncer ni tantas enfermedades». Cosa que tiene su explicación: la esperanza de vida hoy es mayor y hay enfermedades que aparecen cuando uno tiene ya cierta edad. Antes no siempre se llegaba a esas edades y esas enfermedades no aparecían. También son mejores los métodos de diagnóstico, se anticipan, se detectan más y mejor esas enfermedades. Y ahora se trata de achacar la mayor incidencia de cáncer y otro tipo de enfermedades a la alimentación porque claro, comemos todos los días. Aunque algunas enfermedades se achacan también al medio ambiente, a la contaminación atmosférica, lo cual tiene su parte de verdad. Entonces se aboga por una alimentación natural pensando que eso es lo que nos va a evitar padecer ese tipo de enfermedades. ¿Conservantes? Fuera. ¿Aditivos? Fuera. Que sean todos alimentos naturales. Sí que es verdad que, cuanto más fresco el alimento, mejor. Pero natural no hay prácticamente nada. ¿Sin conservantes ni aditivos? Yo prefiero que tenga conservantes.

¿Por qué crees que tienen tan mala fama los conservantes y los aditivos?

Pues porque son químicos. Pero la gente no sabe que muchos de esos aditivos, de esos números E famosos, son sustancias completamente naturales.

¿Y la mala fama de los edulcorantes? ¿Tiene alguna justificación?

Creo que eso viene de algún estudio en el que se había visto algún tipo de toxicidad o relación con el cáncer en animales, pero no hay relación en humanos. Sí es verdad que están apareciendo estudios que están demostrando otro tipo de cosas, como que destruyen la microbiota intestinal bacteriana, lo cual nos hace más propensos a ciertas enfermedades. Pero que esté relacionado con el cáncer, no.

Supongo que en el fondo la pregunta que puede formularse cualquier consumidor es: ¿Lo que compro es seguro? ¿Si está ahí a la venta, podría darse el caso de que fuese malo para mí? Obviamente no hablo del abuso, porque abusar de cualquier sustancia es perjudicial. Pero, por ejemplo, si uso sacarina en vez de azúcar, ¿puede ser malo para mí?

Yo la uso. Lo que se está vendiendo ahora mismo en cualquier establecimiento o supermercado es seguro. Ya no hablo de lo que se venda en la calle, en puestos callejeros que muchas veces no pasan ningún control sanitario. En algunos, no digo en todos. Pero lo que tú puedes comprar en un establecimiento regulado es seguro; todo es seguro. Está regulado por una normativa que controla los niveles de todo lo que ese alimento pueda contener y por lo tanto todo está dentro de los niveles permitidos. Lo que comemos es completamente seguro. Eso no quita que de vez en cuando salte alguna alarma de una partida de alimentos que esté contaminada, eso puede pasar.

Pero sucedería mucho más a menudo si no hubiese controles.

Por supuesto. Y aparte, gracias a la trazabilidad y estos mecanismos que hay para saber de dónde viene cada alimento, la partida contaminada se localiza rápido y se elimina. Eso antes tampoco estaba. Claramente comemos más seguro que antes.

¿Te preguntan tus amigos cuando van a hacer la compra?

Sí, si hay veces que me preguntan de las grasas hidrogenadas, de si la leche mejor entera o desnatada. Sí hay algunas preguntas. Lo que sé en ese momento es lo que les digo. Creo que doy buenos consejos, porque en alimentación hay cosas que están claras y otras no tanto. Creo que últimamente nos estamos preocupando más por lo que comemos y eso es bueno.

Eso nos lleva a otro punto. Por ejemplo, intentas comer menos azúcar y esquivas los alimentos tradicionalmente dulces, pero miras la composición de otros alimentos que categorizamos dentro de los «salados» y, a veces, la cantidad de azúcares que contienen es tremenda. ¿Estamos bien informados? ¿Es nuestra obligación informarnos, ya que lo ponen en las etiquetas?

Sí, está en las etiquetas, pero no lo ponen fácil. Está en el etiquetado porque es obligatorio ponerlo, pero no todos los alimentos tienen un etiquetado fácil de leer y de encontrar. Unas veces porque el etiquetado coincide con el color de fondo y no es legible, otras veces porque la letra es tan pequeña que tampoco es legible. Cada vez la gente se fija más. De hecho, tardo en hacer la compra ahora más que antes. Antes no nos fijábamos y ahora voy mirando la etiqueta de todo. Información hay, otra cosa es que la gente sepa qué proporción de cosas es tolerable: «Puedo llegar hasta tantos gramos de sal» o «esta cantidad de azúcar es exagerada, este producto no debería cogerlo».

Hay muchos alimentos que, en ese sentido, no son muy sanos. Muchos que no deberían llevar azúcar, llevan azúcar. Por ejemplo, el tomate frito. Lleva azúcar, cuando el tomate no debería. Entonces, procuro coger el que no tenga azúcar. Que eso ya está etiquetado: «Sin azúcar». Muchos productos tienen sal, yo me tengo puesto un límite de sal y compro aquello que tenga de ahí para abajo. A ser posible, que no tenga nada. Tardo mucho tiempo en hacer la compra. Hay algunos alimentos que ya los conozco por su etiquetado, sé lo que contienen y siempre voy a por los mismos. Y con otros, sí me fijo. Yo, concretamente, me fijo, pero creo que la gente también se fija cada vez más.

Últimamente está de moda lo de los huertos urbanos. Aquí en Valencia se ve muchísimo. Un terreno que no está en el campo, sino en la ciudad, junto al tráfico, sometido a contaminación, regado con aguas que a veces son residuales. ¿Es buena idea cultivar cosas en un huerto urbano y comértelas?

Rotundamente no. De hecho, hoy, antes de venir aquí, estaba leyendo en el móvil un tuit del CSIC. Hablaba de que habían encontrado plomo en alimentos producidos en huertos urbanos. Hoy mismo es noticia. Con la polución y el ambiente que hay en una ciudad, ni de coña. Otra cosa es que tú tengas una casita en el campo, en las afueras, con otro tipo de riego y otro ambiente. Eso sí. Y claro, ojalá pudiéramos tener todos un rinconcillo donde cultivar nuestras propias lechugas, tomates y patatas. Pero un huerto urbano, no. A mí no me parece que sea buena idea.

¿Y lo típico de comprar frutas y verduras en la puerta de las casas de los pueblos? En épocas pasadas quizá era otra cosa, pero ahora no sabes con qué lo han fumigado, por ejemplo.

Yo no suelo hacerlo. A mí me gusta saber lo que estoy comprando y saber que ha pasado sus controles. Si son productos de kilómetro cero, de producción local, estás ayudando a la producción local. Pero que hayan pasado sus controles.

Antes señalabas el glifosato como nuevo foco de interés de ciertos grupos ecologistas. Precisamente hace unos días, en Estados Unidos, se dictó una sentencia por la que Monsanto debe pagar ochenta millones de dólares a un hombre que desarrolló cáncer, según dice el tribunal, por culpa de los productos agrícolas que llevan glifosato. ¿Tiene fundamento científico esta decisión judicial?

Ninguno. Los jueces no tienen por qué saber de ciencia, igual que los científicos no tenemos por qué saber de leyes. Pero sí deberían estar asesorados por comités científicos que les ayudasen a tomar una decisión. Y no creo que estén bien asesorados porque no hubiesen tomado esa decisión. No, no tiene fundamento científico. Ninguno. Otra cosa es que lo que se esté juzgando sea la falta de etiquetado en un producto: que el etiquetado no esté, que sea incompleto, que le falte información. Eso es otra cosa. Pero tratar de asociar un tipo de enfermedad, en este caso un linfoma, con el uso del glifosato, no. No hay una correlación. Puede haber muchísimos factores, así que no tiene por qué haber correlación. Científicamente no se ha demostrado.

La qumiofobia que mencionas da pie a tratar el asunto de las dietas supuestamente naturales. Para empezar, las plantas, de por sí, están repletas de químicos, ¿no?

Claro. Y muchas moléculas de las plantas son moléculas tóxicas. Muchísimas. Las plantas tienen sus propios métodos de defensa y sintetizan metabolitos para defenderse. Moléculas muy tóxicas: la solanina, la nicotina. Y, sin embargo, comerse eso es de lo más natural.

Entonces, ¿es la biotecnología nuestro mecanismo de defensa ante las plantas que comemos para que no nos maten? Porque si alimentos vegetales hoy tan básicos como la patata eran tóxicos en origen…

Efectivamente, es algo que se ha hecho desde hace miles de años, tratar de bloquear los genes responsables de esa toxicidad. La patata era mil veces más tóxica en su origen que ahora. La solanina podía matar.

Se sigue oyendo decir que la patata cruda es tóxica.

A ver, tóxica. Me sigo encontrando patatas de vez en cuando que tienen una zona verde. O la estás pelando y ves que debajo de la piel está como verdosa, pues no te la comas, evidentemente. Eso no te lo comas crudo. Alguna patata cruda me he comido de pequeña cuando mi madre las estaba pelando, no pasa nada. Pero si comes una patata verde cruda, estás ingiriendo solanina directamente, aunque la solanina que tiene es poca, mucha menos de la que tenían las patatas antiguamente.

Has puesto muchos otros ejemplos de cómo eran los alimentos vegetales antes de ser genéticamente modificados por el ser humano. Las sandías eran duras. Los plátanos eran pequeños, repletos de semillas y casi sin pulpa comestible. Los tomates eran diminutos y tóxicos. ¿Qué cara pondría un crudivegano si le sirviéramos sobre una la mesa los alimentos vegetales naturales, esto es, las frutas, verduras y granos tal como eran hace treinta mil años?

Pues pondría cara de pensar: «me vuelvo omnívoro». Porque, realmente, no tendría mucho que comer. El maíz, no sé si habrás visto como era el maíz, era una vergüenza [ríe]. Era una espiguilla. De ahí al maíz que tenemos hoy en día…

Si llevamos miles de años modificando genéticamente esos alimentos, ¿se lo puede llamar menú «natural»?

También hay mucho postureo en estas cosas. Yo conozco gente que son veganos cuando comen en la calle y omnívoros cuando comen en casa.

Ya que dices eso, hace apenas días sorprendieron a una famosa influencer vegana comiendo pescado. Se justificó diciendo que llevaba años comiendo pescado por prescripción médica, al mismo tiempo que había estado recomendando a otros una dieta que era perjudicial para ella misma. ¿Estamos dejando los consejos alimentarios en manos de cualquiera?

Muchas veces sí. Ya hay expertos que se dedican a eso y uno debería dejarse asesorar por quien verdaderamente sabe. Pero bueno, en la era de mayor información, qué poco informados estamos. Facebook es un nido de fake news, por ejemplo, y digo Facebook porque es donde más las encuentro. Bulos de WhatsApp que me llegan todos los días. Mi madre, la pobre, no sabe muchas cosas de ciencia y me reenvía cosas, y yo le digo «mamá, eso es mentira». Y me dedico a buscarle la noticia verdadera y a desmontarle el bulo: «¡Huy! Pues yo pensaba que era verdad». Hay muchas cosas que se sigue pensando que son verdad después de tanto tiempo. Y no lo son. Por eso la divulgación es tan importante. De todas esas fake news, algunas te hacen reír, pero otras son peligrosas. Preocupantes.

Hablando de fake news, ¿qué piensas de quienes niegan el calentamiento global?

Que están negando la evidencia. No sé qué necesitan, cuando los efectos se están viendo día a día: inviernos más cálidos, veranos mucho más largos…

¿Se nota en la agricultura?

Claro. Las plantas florecen antes de tiempo, las cosechas se alteran. Si viene granizo cuando no tiene que venir, o lluvias torrenciales cuando no toca, arruina cosechas. Claro que se nota.

En cuanto al futuro de la agricultura, en cualquier mercado, supermercado o tienda hay alimentos mucho más variados que nunca, incluyendo algunos producidos en la otra punta del mundo. Eso parece beneficioso para nuestra generación, pero ¿es sostenible lo de poder comer de todo en todas las épocas del año?

Es beneficioso para todos en el sentido de que todos, por suerte, podemos comer. Al menos una mayoría, porque hay unos ochocientos millones de personas que pasan hambre y eso es grave. Pero, en teoría, hay alimentos para todo el mundo. ¿Sostenible dentro de un tiempo? Pues todo apunta a que no. Porque claro, la población sigue creciendo. Llegaremos a casi diez mil millones de habitantes en el año 2050 y esa gente tiene que, por un lado, comer, y por otro lado, habitar el planeta. Y el suelo que van a ocupar es suelo que a lo mejor podría destinarse a la agricultura. No va a haber suelo para tanta agricultura. Una de las cosas que ya se están haciendo y lo que creo que va a ser el futuro es la agricultura vertical, el vertical farming. Tiene muy buena pinta. De hecho, hace poco los Emiratos Árabes invirtieron millones de dólares en la agricultura vertical. En Estados Unidos lleva años. En China, en Japón. Un montón de países están apostando por esa agricultura.

¿En qué consiste?

Como no va a haber superficie para la agricultura como la conocemos, la idea es que la agricultura vaya hacia arriba. En naves inmensas, criar plantas en cultivo hidropónico o aeropónico. En el hidropónico todos los nutrientes que necesita la planta están en el agua. El aeropónico es igual, pero, en vez de estar la planta en contacto continuo con el agua, el agua se va pulverizando hacia las raíces. Las plantas toman del agua todos los nutrientes que normalmente tomarían del suelo.

Eso es lo que vemos en algunas películas sobre naves espaciales.

Mola muchísimo. A mí me encanta. Y más después de ver lo que estoy viendo: brazos robóticos, software. Inteligencia artificial, que es la que se va a encargar, y ya se está encargando, de recoger toda esa cosecha. Bueno, es alucinante. Pero la principal ventaja que tiene es que reduce el uso de agua en un 80%. El agua es un recurso limitado, aunque parezca que no. Hay mucha agua, pero no toda la que existe es apta para la agricultura. Es una ridiculez el porcentaje de agua que se puede destinar a la agricultura. Y con las sequías y el cambio climático general, es un recurso del que hay que estar pendiente. Si la agricultura vertical reduce el uso del agua un 80%, eso es interesante. No llevaría pesticidas, no llevaría productos fitosanitarios en general, porque no usa suelo ni habría plagas. Y al estar cerca de las grandes ciudades también se reducen el transporte y la logística, que son muy contaminantes y dejan una huella importante.

Otro tema es el de las dietas mágicas. Circulan muchísimas dietas. Para empezar, ¿es tan necesario hacer dieta? ¿Tan malo es comer?

No. Yo no creo que las dietas sean necesarias. En caso de serlo por algún problema médico, por supuesto hay que acudir a los expertos. Nutricionistas, o endocrinos si el problema es metabólico, gente que sabe. Quien te tiene que poner una dieta debe ser una persona especialista, después de analizar tu estado de salud y de tener en cuenta muchos parámetros como la edad, etc. Pero recurrir a dietas de las que hay por ahí, no. Porque no son para todo el mundo. Y aunque algunas de ellas te hagan perder peso en muy poco tiempo, luego viene el efecto rebote, que te hace ganar peso e incluso puede que te haya dejado algo dañado. Ojito con eso.

Nuestros abuelos y bisabuelos tenían una dieta tradicional, sin preocuparse demasiado por lo que comían —también es verdad que no tenían mucho donde elegir— y, al menos quienes no morían de enfermedades hoy tratables, gozaban de buena salud.

¿Sabes de dónde venía eso? De la actividad física que tenían. Está claro. Hoy en día somos sedentarios. Y aunque comamos lo mismo, que tampoco comemos lo mismo…

Comemos más.

Comemos más y, en algunas cosas, peor. Alimentos sanos hay, otra cosa es la elección de cada uno, que no siempre es una elección sana. No nos movemos nada. Nuestros abuelos y generaciones anteriores tenían una actividad muy dura. Antes se hacían las cosas a mano, la recogida de cosechas.

De manera literal, tenían que trabajar para comer.

¡Uf! Sí, Se levantaban con las gallinas. Era una vida muy dura.

También está el fenómeno de las modas alimentarias. Se pone de moda la quinoa y de repente hay quinoa en todas partes. Hace unos años era la soja, ¿de dónde salen estas modas? ¿Está detrás el hábil ministro de algún país que produce estas cosas o es un simple efecto del boca a boca?

Pues igual es efecto del boca a boca, no creo que haya ningún organismo ni nadie interesado en promover el uso de la quinoa.

O sea, no hay un misterioso «lobby de la quinoa».

[Ríe] Pasó con las bayas de Goji. De repente le dio a todo el mundo por comprar bayas, que en teoría solo se producían en un sitio, pero ese sitio tan concreto y tan pequeño producía bayas como para todo el mundo. Luego es la quinoa y mañana será otra cosa. A ver: no hay superalimentos.

Y si no hay superalimentos, ¿por qué algunos los llaman así?

Cualquier alimento, fruta o verdura, puede ser un «superalimento» porque tiene vitaminas, minerales y una serie de nutrientes que son fundamentales. ¿Un superalimento? El que esté de moda. Pero es que no los hay, no existen los superalimentos. Hay que llevar una alimentación variada.

¿Cómo interpreta una bióloga molecular aquello de «somos lo que comemos»?

Para mí, no. No somos lo que comemos. No por comer lechuga te vas a volver verde, ni por comer ternera te van salir cuernos. Estoy un poco de broma, pero hay que comer de forma sana. No tenemos por qué ser lo que comemos. Hay muchas enfermedades que aparecen y no tienen nada que ver con la alimentación. En general hay que llevar una alimentación saludable y variada, y hacer ejercicio.

Algo que puede desconcertar al consumidor es la variabilidad: hay personas que consumen muy poco azúcar y desarrollan una diabetes, mientras que otras que se atiborran no la desarrollan, al menos hasta que alcanzan cierta edad. Puede desconcertar a la hora de guiarse sobre qué comer o de decidir cuándo hacer caso a los avisos sanitarios. «Mi tío Vicente, toda la vida comiendo carne roja y murió a los ochenta y cinco años habiendo tenido una salud de hierro».

Y antiguamente se bebía mucho más vino, ¿no? La gente mayor bebía su copita con las comidas. Sí, entiendo lo que quieres decir. Es verdad que el tema de la alimentación es muy desconcertante. Hoy te dicen una cosa y al tiempo te dicen otra. Pero también es verdad que los estudios cada vez se hacen con mayor número de personas y que sus resultados son más fiables. Las técnicas de detección y analíticas son más precisas que antes. Son estudios muy complejos. Los resultados que ves en una persona no solo proceden de su alimentación, hay muchos factores: un componente genético, un componente ambiental y otros factores. Es muy complicado el obtener resultados concretos y contundentes sobre qué efecto tiene comer tres huevos a la semana o siete como se decía antes. Hasta hace poco eran siete huevos a la semana. Ahora parece que han disminuido un poco la cantidad que hay que comer. Partimos de que todos los excesos son malos; come con moderación.

Hay gente que fuma toda su vida y no desarrolla cáncer de pulmón, aunque la relación entre fumar y el cáncer está más que demostrada.

Sí. Y con el alcohol no hace falta que haya muchos más estudios. Ya se sabe que el alcohol es uno de los componentes que origina cáncer de varios tipos. No de un tipo, de varios. Ahí no hay ninguna duda. Igual que con el sol. Pero en algunos alimentos no se tiene muy claro, hoy se dice una cosa y mañana puede cambiar. Eso no quiere decir que sea mentira lo que se ha dicho en un momento dado. La ciencia no tiene verdades absolutas, está cambiando continuamente. Los resultados pueden cambiar. Eso es la base de la ciencia: si pensáramos que todo está ya hecho y que tenemos las verdades absolutas, no tendría sentido hacer ciencia, no tendría sentido seguir investigando.

Últimamente ha salido España encabezando las listas de esperanza de vida y de países más saludables. Obviamente, un papel importantísimo lo juega la sanidad pública, pero, ¿qué papel juega la alimentación? ¿Comemos mejor que en otros países?

Yo creo que sí. He visitado otros países y yo no cambio la alimentación de España por la de esos otros países. En general, en el Mediterráneo se suele comer muy bien. También porque tenemos alimentos muy sanos; el aceite de oliva es sano, pero en otros lugares ni siquiera lo usan. Creo que comemos bien. O que podríamos comer bien. Otra cosa es que la gente siempre coma bien: comida basura, poco tiempo para cocinar. Pero el potencial está. Aquí hay alimentos donde elegir como para llevar una alimentación completamente saludable.

Sí que es verdad que, cuando a la gente le cuesta llegar a fin de mes, los alimentos ultraprocesados, de los que se habla mal, suelen estar entre los más baratos.

Sí, es cierto. Pero también la verdura y la fruta de temporada, si es de temporada, es barata. Lo que resulta caro es comer naranjas cuando no es temporada de naranjas, eso se tiene que pagar. Pero, si en cada estación y momento del año uno come lo que es de temporada, se puede comer barato.

Hablábamos de negar evidencias científicas, ¿es la homeopatía una forma de curanderismo?

Sí, suena bastante a eso. La homeopatía es un engaño; agua y azúcar a precio de oro. Ya está, no tiene más. No tendría por qué hacer daño, pero hay situaciones en las que puede hacer mucho daño.

Se permite su venta porque en sí mismo es algo inocuo, te lo bebes y no pasa nada. Sin embargo, se publicita como un remedio. Sin saber yo de leyes, ¿debería estar calificado como estafa?

Yo tampoco sé de leyes. Pero a mí me suena mucho a estafa. Sobre todo porque se supone que en una farmacia se venden productos que están bajo una regulación y que son efectivos contra algo y la homeopatía se vende como efectiva contra algo cuando no es efectiva contra nada. Sí, es una estafa. También porque mucha gente no sabe lo que está comprando y piensa que está comprando un medicamento que le va a curar alguna dolencia, y eso es mentira.

El mecanismo de la homeopatía, tal como es explicado por los propios homeópatas, ¿tiene algún sentido científico?

No, ningún sentido.

Es la eliminación de cualquier principio activo del agua, cuando hasta una infusión tiene principios activos.

Sí, pero también mucha gente confunde homeopatía con fitoterapia. Se piensan que la homeopatía es un producto que se ha obtenido a partir de extractos vegetales, como el hipérico o algo así. Como el que se hace una manzanilla o una tila. Y la homeopatía no tiene nada que ver con eso. La homeopatía es lo más ridículo que conozco. Algunos productos homeopáticos, como el Oscillococcinum, que es el que más conoce la gente, lleva una serie de diluciones de hígado de pato. [Con tono irónico] Hígado de pato… a lo mejor con un pato tienes para un año de producto homeopático, porque con las diluciones que lleva, imagínate. Eso, en teoría, es efectivo para la gripe, cosa que también es mentira. Los laboratorios responsables han tenido que pagar mucho dinero por publicidad engañosa. Pero es que luego te pones a rascar un poco más en productos homeopáticos y te encuentras algunos que se han hecho con polvo de estrellas, con muro de Berlín… [Viendo mi cara de asombro, N. del R.]  ¡Sí, sí, en serio! Con abejas, para el dolor. ¿Por qué? Pues como la abeja te pica y te duele, pues de ahí hacen una dilución y obtienen un producto para el dolor. Se han hecho con excrementos de perro o de serpiente para el estreñimiento. Se han hecho otros productos homeopáticos con luz de Venus para las molestias típicas femeninas.

¿Luz de Venus, del planeta Venus?

Sí, sí.

¿Qué hacen? ¿Ponen el agua a la intemperie durante el amanecer?

Da igual lo que hagan, porque no nos vamos a enterar y ese producto tampoco lleva nada, así que al fin y al cabo… Pero sí, es muy curioso. Todo eso existe. Es que podría decirte tantísimos. Rascas y encuentras cada cosa.

Han surgido movimientos con creencias anticientíficas, desde los antivacunas a los terraplanistas, que son muy llamativos para la prensa. Dan titulares, permiten escribir sobre sus curiosidades. ¿Está la prensa haciéndoles una labor de difusión gratuita?

Quizá la prensa no es la que más difunde este tipo de movimientos y de ideologías. Yo me centraría más en redes sociales. Y en algunos libros que dicen auténticas barbaridades. Libros que además son best sellers. Es preocupante. Hay libros sobre dieta y cáncer, sobre alimentación. Y si te vas a la sección de autoayuda, te puedes encontrar libros de «bioneuroemoción», que es otra barbaridad. En fin, de un montón de patrañas que son peligrosas. Las creencias anticientíficas no son inocuas. Son peligrosas. Pero quizá no es tanto la prensa la que los difunde, sobre todo porque no hay mucha sección de ciencia en la prensa y la que hay, por suerte, no es demasiado mala. Otra cosa es que se comunique bien, pero yo no me quejo de eso. Me quejo más de la información que se transmite vía redes sociales.

¿Es difícil intentar transmitir ideas complejas al público mediante las redes?

No, yo creo que no. De hecho, se está haciendo. Por Twitter, sobre todo. Es una red que se da mucho a transmitir información científica compleja de una forma bastante fácil. Y todo el mundo tiene acceso a Twitter, raro es que alguien no tenga una cuenta. Y aunque no soy de las más activas haciendo hilos y transmitiendo divulgación, que también lo hago, hay mucha gente que hace hilos y que comenta. Hay charlas, hay libros muy buenos y con mucho rigor científico. Pero Twitter es una buena fuente para encontrar divulgación muy accesible para cualquiera. Hay muy buenos divulgadores que también se dedican a divulgar por Twitter.

Hablemos de tu blog, La ciencia de Amara. Cuando uno no tiene idea de biología, ni de nutrición, ni de cosas por el estilo, puede ser muy difícil distinguir entre informaciones. Y la prensa no ayuda, porque publica noticias indiscriminadamente: un día comer huevo es malo, al día siguiente es bueno… Hace poco publicaban que las carnes procesadas provocan cáncer. Quienes no tenemos idea podemos recurrir a gente como tú, pero es difícil siempre sabe a quién escuchar.

Lo entiendo perfectamente. Mi madre es una de las víctimas de las fake news y es la persona que tengo más cerca. Mi blog es un intento, como otros muchos blogs que hay buenísimos y que hacen más intentos que yo. No publico con la frecuencia que me gustaría. Pero sí, uno de los temas que trato de tocar en el blog es ese, porque me duele, me preocupa. Es importantísimo. ¿La forma de encontrar esa información? Rodeándote de gente que sepa. No todos los libros que se venden son fiables, no todo lo que se dice es fiable, y el problema es saber de qué gente puedes fiarte. Buscando y rodeándote de quienes te puedan asesorar. Todo el mundo conoce a gente. Si no directamente, indirectamente llegas a dar con fuentes fiables.

¿Cómo de importante es escuchar a los científicos? Pienso en corrientes como los antivacunas que van en contra del conocimiento científico más básico que poseemos incluso quienes no somos científicos. ¿Por qué lo hacen? ¿Es una forma de rebelión, o es que en Occidente no tenemos suficientes problemas y nos los fabricamos?

Más bien eso último. La corriente de los antivacunas, la verdad, no sé muy bien cómo definirla. Tampoco se puede decir que es gente que no está formada o que pertenece a sectores marginados de la sociedad. Es gente culta, con estatus socioeconómico medio, incluso alto. Y son antivacunas. No se entiende muy bien. ¿Postureo? Me cuesta creer que se ponga en riesgo la vida de tus propios hijos por cuestiones de postureo. Se ha hecho mucho daño, con aquel estudio sobre las vacunas y el autismo, y toda la historia que hay detrás. Eso caló en la sociedad y sigue habiendo mucha gente que piensa que las vacunas producen autismo —y otras muchas cosas— por los coadyuvantes que llevan. Todo completamente falso. Pero el daño está hecho, cuesta volver atrás y borrar esa información falsa.

¿Sentís los científicos que parte de la población no os escucha porque piensan que formáis parte de algún tipo de conspiración? ¿Qué formáis parte del poder, aunque luego el poder tampoco os haga mucho caso?

[Ríe] Ojalá fuésemos un lobby, conseguiríamos mucha más financiación de la que tenemos, que es una porquería. Pero sí es verdad que parte de la sociedad nos ve como si estuviésemos comprados por grandes multinacionales. Unos comprados por la big pharma, la industria farmacéutica. Otros comprados por empresas como Monsanto, que ya no es Monsanto. El caso es que todo el mundo está comprado por alguien, cuando no es así. Nos pagáis vosotros mismos. Nos contratan para proyectos de investigación, o iniciamos nuestros proyectos, en entidades públicas. El dinero sale de vuestro bolsillo y no nos paga ninguna industria. Hay un sector de la sociedad que sí nos tiene en consideración y creo que la profesión de científico es de las más valoradas. Otros, que por suerte son pocos, pero que chillan, piensan que estamos comprados.

En una entrevista del 2012 hablabas sobre la situación de los investigadores y la academia, que era tan mala que incluso a gente que estaba sacándose el doctorado se le retiraba la beca a mitad de tesis. ¿La situación sigue igual de mal?

Igual de mal. De hecho, hoy mismo le he dado difusión a un artículo que comentaba que llevamos siete meses de retraso en la concesión de proyectos de los organismos públicos. Con esos retrasos, se acaban unos contratos y esa gente se tiene que ir a la calle, se dejan muchas cosas a medio hacer. En realidad la investigación no se termina, pero, si no se obtiene la financiación, se tiene que parar. Eso se viene arrastrando desde hace ya años.

¿Supondría tanto dinero corregir esos déficits?

El déficit no es que sea económico, es de los plazos. Ese dinero se tendría que haber liberado antes y no se libera. Entonces, el tiempo que pasa, los meses de atraso paralizan las investigaciones. Sin dinero no se puede investigar.

¿Por qué no llega ese dinero?

Porque todavía hay que convencer a la sociedad de que tiene que invertir en ciencia. La ciencia no es algo cuyo resultado se pueda utilizar mañana, es una inversión a medio y largo plazo. Con la crisis, se quería invertir en cosas que tuvieran resultado inmediato. Y la ciencia no es así. Las investigaciones científicas tardan mucho tiempo y cuestan mucho dinero. Pero, al fin y al cabo, es la rueda que mueve un país. Los países más ricos son los que más invierten en ciencia. No nos podemos quedar atrás.

Antes de terminar, hablabas antes de que las plantas se defienden mediante toxinas. En una de tus conferencias me llamó mucho la atención el asunto de la comunicación entre hongos y árboles. Los hongos avisan de que se acerca una plaga y los árboles, además de segregar toxinas para defenderse, avisan a otros árboles que están más lejos. Contado así, suena casi a ciencia ficción.

¡Has sacado mi tema! Me encanta. Es un mecanismo totalmente real, cuando investigas un poco y ves lo que hay detrás —más que detrás, debajo— es impresionante. Hay comunicación entre plantas tanto por el aire como debajo del suelo. Por el aire, mediante moléculas volátiles que viajan incluso kilómetros. Pero es que debajo del suelo hay lo que nosotros llamamos un «internet», una red de micelio fúngico, pelillos que forman los hongos, que conectan entre ellos y transmiten información. Incluso con unos nodos, como si fuera internet. Las plantas se van avisando. Son capaces de, si están viendo que viene una plaga que ataca a una planta, avisar a las más lejanas para que vayan segregando compuestos que sean tóxicos para esa plaga. Se transmiten no solo información o avisos en el caso de que venga una plaga, sino nutrientes. Una planta que tenga más nutrientes le puede dar los suyos a otra planta. Es alucinante. Ese ha sido mi campo de trabajo durante quince años.

¿Y plantas de diferentes especies se entienden entre sí?

Sí, sí.

¿Es porque llevan millones de años viviendo y evolucionando juntas?

Llevan millones de años. De hecho, en esta relación simbiótica entre plantas y este tipo de hongos, el hongo es un simbionte obligado, que no puede vivir si no es dentro de la planta y formando parte de ella. La planta sí puede vivir por su cuenta, pero el hongo no. Estamos hablando de cuatrocientos sesenta millones de años desde que apareció esta simbiosis entre plantas y hongos. Se piensa que estos hongos ayudaron a las plantas a colonizar el suelo, la tierra. Desde entonces, coevolucionaron los dos en la misma dirección. Se han encontrado fósiles de hace unos cuatrocientos sesenta millones de años, que demuestran que el hongo ya existía. Y fósiles de hace unos cuatrocientos millones de años, que demuestran que hongos y plantas ya eran simbiontes. Son muchos años.

Dices que, al parecer, solo conocemos un 5% de las especies que habitan el subsuelo.

Sí. Muchos de los antibióticos y productos de interés farmacológico se obtienen de ahí. La penicilina surgió de un hongo del suelo. El último antibiótico que se descubrió, la treixobactina, se obtuvo de una bacteria del suelo. Se aisló a partir de un solo gramo de suelo de un campo de hierba de Maine, en Estados Unidos. Se aislaron muchas bacterias, pero esa demostró tener actividad.

¿El subsuelo es la última frontera?

Sí, el subsuelo y los fondos marinos. Son las zonas menos exploradas y con un gran potencias para ofrecer productos muy interesantes.

El fondo marino es comprensible que sea difícil de explorar, pero el subsuelo lo tenemos aquí mismo, bajo nuestros pies.

Sí, y además cambia muchísimo la composición de microorganismos —bacterias, virus, hongos— que hay en un suelo de los que puede haber en otro suelo. También en la Antártida hay microorganismos. En suelos con condiciones extremas hay microorganismos.

Para terminar, y volviendo a tu blog, leyéndolo se puede comprobar que tú misma lees mucha divulgación científica, ¿alguna vez has pensado en dar un giro profesional?

¿A escribir divulgación? Quizá en un futuro muy lejano, pero la vida no me da, de verdad. Consumo divulgación científica, pero produzco poquito. Lo que hago es dar charlas cuando surge oportunidad. Procuro elegir un tema que le preocupe o le interese a la gente y traducir ese lenguaje complejo en algo que pueda ser comprensible, incluso divertido o curioso en un momento dado. En el blog también, cuando puedo. Me encantaría, es algo que me apasiona, pero la investigación científica consume muchísimo tiempo. Incluso mucho tiempo que no debería porque yo, por ejemplo, trabajo muchos fines de semana también. No solo yo, en general todos los científicos trabajan muchísimas horas. Entonces, el tiempo que te queda también hay que dedicarlo a la familia, a la casa, a los amigos. Pero no lo descarto, en algún momento, muy poco a poco, escribir algo. Por qué no.

Si quieres mandar un último mensaje a los lectores…

Que no se crean todo lo que oigan y lean. Que sean escépticos.


Famosos, pseudoterapias y un cantante de rancheras

Bertin Osborne, 2016. Foto: J. Luis Cuesta / Cordon Press.

Si tomáramos un famoso al azar, por ejemplo, qué sé yo, a Bertín Osborne, y le preguntáramos qué es el «factor h» obtendríamos probablemente una cara de sorpresa, como poco. Puede, que por eso de decir algo, terminara elucubrando que nos referimos al próximo reality cocinado a fuego lento para el éxito.

Pero no.

Para todo investigador, es decir aquel que basa su trabajo no solo en decir que algo funciona u ocurre sino en demostrarlo, el «factor h» es un valor numérico que permite conocer de forma más o menos objetiva el impacto de sus publicaciones y trabajos. Los científicos, individuos profesionales en lo suyo y con mucho «factor h» del bueno, del de verdad, no acostumbran a aparecer en televisión o radio ni ocupan portadas y columnas de algunos periódicos o revistas del corazón. Sabemos que un discurso sin voz puede ser perfecto, pero si no suena no se oye.

De este modo ese impacto invisible se ve en ocasiones engullido por la opinión e impresiones de gente sin base científica. Gente famosa. Gente por ejemplo con un programa de televisión o con muchos seguidores en Instagram que visibiliza terapias y otras excelencias que pueden cambiar, a peor, la vida de determinadas personas. Cae así rendida a un lado la evidencia golpeada por alguien que sabe hablar delante de un micrófono o que atraviesa la cámara con ojos de saber de lo que habla. Los famosos tienen impacto en la vida de la gente. Son un ejemplo de lo que brilla. Influyen sobre nosotros cuando explican sus dietas, sus viajes o sus nuevos tratamientos de lo que sea. No poseen «factor h» pero abruman con otro tipo de impacto. Es por eso que antes de seguir, y para que nadie confunda a partir de ahora en este texto a un científico con un famoso, utilizaré una denominación particular del impacto de una celebridad hablando de cosas que atañen a la salud o la vida: el «factor f» del famoso (pido perdón por el juego de palabras). Este «factor f» puede hacer que cambies de banco, que te quites el gluten de la dieta o que decidas probar o abandonar un tratamiento determinado. A propósito de esto último, nadie más dispuesto a probar cualquier cosa que quien sufre una enfermedad limitante o sin cura en el momento actual. En ellos el «factor f» tiene en ocasiones demasiado fácil hacer diana.

La relación de algunos famosos y las pseudoterapias es más que conocida. No la estamos descubriendo en estos párrafos. Las redes sociales han permitido un continuo en el que su vida, y sus cosas particulares, se comparten. Además, el fácil acceso del que disponen a los medios de comunicación les permite realizar afirmaciones sobre la vida, las cosas del comer, las del querer y las  de la salud desde un altar estupendo. Ellos, en su distancia, se permiten jugar con determinadas actitudes extrañas creyendo que no solo es lo mejor sino que además dan ejemplo. Ahí tenemos a Gwyneth Paltrow, con más trucos que un mago, o a la familia real británica hablando maravillas de su homeópata de cabecera… hasta que se ponen enfermos de verdad. Tampoco se escapan los deportistas de élite como por ejemplo Diego Costa. El de Lagarto, lugar donde nació, se fue a Serbia en 2014 para inyectarse placenta de yegua y llegar como nuevo a la final de la Champions. Lo mismo al tiempo estaba Sergio Ramos haciendo una interconsulta a la «Virgen del Mayor Dolor y Traspaso» para asegurarse marcar un gol en el descuento, quién sabe. El caso es que Diego Costa duró diez minutos en el campo y aquello de la yegua quedó en una anécdota que todavía sonroja a los traumatólogos. Lo de Sergio Ramos le ha llevado hasta a tirar los penaltis como Panenka, será que la interconsulta venía con intereses.

En otros casos los famosos o sus familiares sufren enfermedades, tal y como ocurre con el resto de los mortales. En esa situación, y aunque disponen generalmente de más recursos que el ciudadano medio, optan a veces por equivocarse sin saberlo. Un ejemplo prototípico es el de Steve Jobs y su cáncer de páncreas. Al diagnóstico operable, y por lo tanto curable. Pero decidió no escuchar a sus médicos e ignorar a su mujer y amigos. Alguien le convenció para abordar el problema de otra manera. Los errores saben de disfraces y conversaciones profundas. Él debió tener más de una charla con alguien que cambió su dieta, modificó ciertos hábitos de su vida y acabó con sus posibilidades de curación. No le salieron las cuentas. Jobs no quiso escuchar y cuando lo hizo terminó siendo tarde. Los capítulos dedicados a esto por Walter Isaacson en su biografía son un ejemplo terrible pero matemático.

También nos encontramos con casos en los que no se desprecia la medicina científica, sino que se opta por creer que más allá de la frontera de nuestro país se hacen mejor las cosas. Con esto no quiero decir que aquí en España tengamos la mejor medicina del mundo, que también tenemos nuestros remiendos, con esto quiero decir que en España tenemos la mejor medicina que en el momento actual se puede hacer. Cuando un famoso se marcha a otro país para tratarse de determinadas enfermedades porque «aquí no se puede» se debe aclarar que generalmente sí que se puede. Lo que ocurre es que el famoso en cuestión o no lo sabía o no se lo han contado o directamente no ha querido hacerlo aquí. Cada uno debe actuar como desea, obviamente, pero el «factor f» aporta en este caso una mezcla agitada y revuelta de desconocimiento que quizá traduzca mensajes equivocados. Y es en este momento cuando regresamos a Bertín.

Como es conocido Bertín tiene un hijo con daño cerebral adquirido. Una putada, con perdón. Como es lógico todo padre en una situación como esa busca lo mejor para su hijo. Se aplica así un principio de benevolencia que en ocasiones no se corresponde con otro principio: el de beneficencia. El objetivo debe ser no solo querer el bien sino también lograrlo. No es tan sencillo como parece y la distancia entre las dos cosas, buscar el bien y lograrlo, puede ser enorme y hasta tender a infinito. Uno de los trabajos de los buenos médicos es decir la verdad aunque no coincida con lo que el enfermo o su familia creen o quieren creer. Hacer ver a un padre o una madre esa distancia entre lo que proponen y la realidad es sin duda complejo pero también es justo y necesario. Pocas cosas más peligrosas que un médico que calla para dejar que pasen los días. Si hace eso con la información puede terminar haciéndolo también con las expectativas.

En nuestro país la atención al daño cerebral adquirido en la población infantil es muy escasa. La capacidad de recuperación de los niños es amplia y no iniciarla de forma precoz es hacer cicatriz en las posibilidades de mejora. Los recursos de atención temprana son o casi inexistentes o muestran mucho tiempo de espera al encontrarse las unidades especializadas sobrecargadas. Eso convierte a muchos padres en verdaderos cazatratamientos que por nuevos o distintos permitan la mejora de sus hijos. El objetivo muchas veces no es recuperar completamente la función perdida o dañada, se pelea por lograr pequeños avances que sumados permitan cierto grado de independencia. Si hay un caldo de cultivo idóneo para que el «factor f» tenga efecto es en grupos de pacientes como estos. Constituyen además una oportunidad de negocio. La esperanza, que es el motor que mueve a muchas de estas familias, se convierte en cheque al portador y siempre hay alguien que quiere cobrarlo.

Siempre.

En el caso de Bertín su «factor f» ha traído a España una terapia para niños con daño cerebral. Con origen en Estados Unidos, esta terapia es recomendada por algunas personas desde su fundación. Recuerden, ya dijimos que estar más allá de la frontera viste mucho cualquier tratamiento. Se trata de una terapia obsoleta y dañina desde el punto de vista sanitario, económico y emocional que ha visitado medios de comunicación, ayuntamientos y reportajes obteniendo una publicidad estupenda. Muchas familias se han visto atraídas y muchas familias han visto que cambiaba su vida pero no como esperaban. Para llevarla a cabo los padres, y sus hijos, primero tienen que ir a Italia para ser aceptados. Después deben viajar al origen de todo, Estados Unidos, donde recibirán las instrucciones necesarias para llevarla a cabo. Todo eso a costa de su tiempo, su dinero y la salud de sus hijos. La hipoteca más cara del mundo. Es por eso que merece la pena realizar un pequeño viaje al interior de esta terapia. Vayan preparados porque está oscuro, hace frío y no descarto que tengan que retirar de vez en cuando la mirada.

Albert Einstein. Foto: Cordon.

La terapia a la que nos referimos es la terapia Doman-Delacato. También se conoce como la terapia Philadelphia dado que es allí donde se encuentra su origen. Como pueden imaginar su nombre es producto de la suma de sus creadores. Los señores Glen Doman, fisioterapeuta, y Carl Delacato, psicólogo educativo. Ambos eran jóvenes en un momento en el que el neurodesarrollo era aún un vacío por describir. La tierra de las oportunidades para la gente con ideas. Así en el año 1955 crean «Los Institutos para el Logro del Potencial Humano» (IAHP). Creo que no es necesario explicar mucho acerca de lo que se proponían si leemos con atención el nombre que le pusieron a su lugar de trabajo. ¿Recuerdan haber escuchado que todos los niños podían ser como Einstein con un abordaje determinado? Pues Doman, creador del IAHP, se hizo un poquito de oro vendiendo libros con eso. En ese instituto se vinieron arriba y lo malo, o lo peor, es que todavía no se han bajado. De este modo, y como algo ineludible, en 1960 dan a conocer un método para mejorar el estado de los niños con daño cerebral de cualquier tipo. Como se hace con los barcos hicieron partir su método desde un puerto rimbombante y con el cielo lleno de confeti. Lo malo de algunos barcos es que no llegan a puerto y el capitán salta por la borda, porque se va a pique, antes de que se den cuenta los viajeros.

Se puede resumir su hipótesis terapéutica en cuatro puntos fundamentales. El primero de ellos está basado en las ideas del neurofisiólogo Temple Fay. El señor Fay explicaba el neurodesarrollo desde un concepto muy de Jumanji: la «filogenia ontogenia recapitulada» o «teoría de la recapitulación». Según este señor el cerebro del ser humano se desarrolla navegando de forma lineal las diversas etapas «animales» que de algún modo nos conforman. Es decir, que en teoría hacemos un flash-forward desde la fase de pez pasando por los reptiles y algunos mamíferos hasta llegar ser como somos, bípedos como un humano. Este razonamiento en los sesenta encontraba su público, pero en el momento actual está más que superado y resulta ya obsoleto. Si tienen un niño cerca dudo mucho que lo hayan visto primero mover las piernas como si fuera una salmón a contracorriente para después reptar como la serpiente de Voldemort, Nagini. Por suerte generalmente somos mucho más complejos. Fíjense que he escrito generalmente.

En segundo lugar añaden al zoo descrito la repetición. Los autores indican que mediante la repetición de movimientos o sonidos se podrían «despertar» las regiones afectadas y por lo tanto su reflejo en el sistema nervioso central. Para ello no solo trabajan haciendo movimientos reiterados sino que también bloquean aquellas regiones que sí se mueven con normalidad. Es decir, si un niño tiene una parálisis o rigidez (espasticidad) de la pierna izquierda lo que se opta es por bloquear la pierna derecha para así recuperar el miembro afectado. Algo nada frustrante y doloroso para el niño, pero al revés. Esta repeticiones con bloqueo se deben realizar por al menos cuatro o cinco personas y atando o sosteniendo al niño como se precise. Según los creadores no sería efectiva de otra manera. También se debe llevar a cabo varias veces a lo largo del día. Pero ahí no acaba esta tortura disimulada, esperen. Para lograr esa estimulación no solo vale el bloqueo, si la cosa está muy dormida se pueden añadir estímulos dolorosos como un estropajo, pequeñas cucharadas de agua hirviendo o una trompeta en el oído. Lo de la trompeta, aclaro, es porque aseguran que así se puede recuperar la audición en el caso de que esté afectada. Ahora piensen en niños sujetos para lograr el estímulo de aquellas regiones que no mueven con normalidad. Niños sujetos y estimulados por sus padres. Es sobrecogedor para los niños y para los padres. En los años ochenta la Academia Americana de Pediatría publicó varios documentos dejando claro que esto no llevaba a ningún sitio. Yo no había nacido y ya estas prácticas deberían haberse abandonado. Y aquí me tienen escribiendo sobre ello en un presente maravilloso. A veces es terrible descubrir que hay cosas que no han cambiado, ¿verdad?

En tercer lugar los terapeutas, o lo que sean, proponen la retirada de todos los fármacos a estos niños. Críos con espasticidad, trastornos del sueño o epilepsias en ocasiones complejas. Su argumento es aplastante: hay que dejar al cerebro libre de influencias para que muestre su potencial. Que muestre dolor, insomnio o crisis convulsivas de repetición parece que no les importa mucho. La palabra potencial es lo que tiene. Sobre las convulsiones llegan a afirmar que resultan una defensa natural para el cerebro y que por lo tanto no son directamente perjudiciales. Que haya gente que afirme eso, que lo explique y que se lo crea es terrible. Como un pirómano hablando de las bondades del fuego. Pero no se quedan ahí. Aunque con tres patas hay mesas que no se caen ellos requieren de una cuarta para dejar armada su práctica.

Como cuarto y último fundamento he dejado aquel que creo es más extravagante y peligroso. Los señores Doman-Delacato defienden la utilidad del dióxido de carbono como herramienta para mejorar la perfusión del cerebro de un niño enfermo. Lo explico un poco. Nuestro cerebro, como órgano importante que es, tiene una capacidad peculiar y fundamental en cuanto al aporte de sangre y oxígeno se refiere. Se autorregula, es capaz de gestionar el flujo sanguíneo que recibe para así asegurarse estar siempre en las mejores condiciones. Sabe que es un privilegiado y se gestiona como tal. Por ejemplo, en situaciones de tensión arterial baja será capaz de modificar el estado de sus vasos sanguíneos o la tensión arterial a través del latido cardiaco para no quedarse sin gasolina. Usted podrá estar pálido pero notará que el corazón comienza a latir fuerte. Eso no es para avisarle, es para que el cerebro no pase frío o cosas peores. La cara pálida pero las neuronas bien perfundidas es un mantra ahí arriba. Una de las sustancias que participa en eso es el dióxido de carbono. Si el dióxido de carbono sube los vasos sanguíneos del cerebro se dilatan, si baja lo contrario. Entender esto es fundamental para comprender el homenaje al marqués de Sade que viene a continuación. En la terapia Doman-Delacato lo que se defiende es el efecto beneficioso sobre las neuronas del incremento de flujo sanguíneo cerebral mediante la vasodilatación. Este incremento se logra a través del dióxido de carbono. Como su aumento provoca más flujo de sangre al cerebro, asumen que esto será bueno para mejorar su estado. Asumen terriblemente mal, aclaro. ¿Cómo logran esto? Retirando el tratamiento para las convulsiones o haciendo a los niños respirar en el interior de una bolsa para que retengan dióxido de carbono en su sangre. Pueden volver a leer la oración anterior, no me he equivocado. Bolsa y niños respirando en su interior. Sería un remedo de lo que hacía el personaje de Sigourney Weaver en Copycat, donde para tratar sus ataques de ansiedad por agorafobia respiraba en una bolsa de papel hasta perder el conocimiento. Ahora piensen en plantear a un padre hacer algo así. Esa es otra película, pero esta vez de terror.

En resumen, estos cuatro pilares fundamentan la terapia Doman-Delacato. Reconozco que da vértigo mirar hacia atrás para echar un vistazo. Animales, repeticiones, quitar fármacos y respirar dióxido de carbono. Nada de ello ha demostrado utilidad. Como comentamos esta terapia zarpa en los años sesenta. Si en el momento actual buscamos trabajos que demuestren su utilidad no encontramos ninguno. Es una terapia que hoy navega aun estando ya hundida. Pero no se queda ahí. Reclama a los padres unos recursos económicos que en muchos casos derivan en situaciones precarias. Al tiempo les obliga a convertirse en cuidadores profesionales de sus hijos. Drena los recursos monetarios y emocionales. Hace daño en el daño. Y si no hay mejora, si no hay cambios, solo hay culpa en quien realiza de forma inadecuada lo que ellos les recomiendan allí en el lugar donde se alzan los IAHP. Por supuesto no se puede replicar porque toda la responsabilidad recae en los padres y no en profesionales. Es una red bien tejida que deja escapar la evidencia, pero no los beneficios de vender algo que no funciona.

Probablemente Bertín y su fundación ignoren o no comprendan del todo lo que supone defender una terapia así. Quizá solo ven lo que tiene alrededor, sus circunstancias, y no se han planteado nunca mirar más allá. Pero su «factor f» ha permitido la llegada de esta terapia a nuestro país. Padres que escuchan a alguien famoso, con cierto carisma, con una vivencia similar y que les asegura que funciona. Ahí está el impacto. Ayuntamientos que abren sus puertas para que defensores de este abordaje cuenten las maravillas de lo que no se ve. Porque siempre es sencillo hablar en condicional y decir que todo va a ir a mejor con lo que suena bien. Sencillo pero muy injusto para los que luego tienen que peregrinar a ninguna parte. Los famosos, con su «factor f», disponen de un valor maravilloso cuando transmiten mensajes adecuados y bellos. Pero se transforman en un peligro cuando alimentan bulos o falsos tratamientos.

Este texto no se dirige contra nadie, obviamente, pero sí contra algo. Es muy sencillo opinar sobre salud cuando no sabes lo que ocurre al otro lado de tu discurso. Las caras conocidas, los dueños del «factor f», poseen la capacidad de comunicar y llegar a la gente, algo de lo que no disponen muchos científicos o profesionales sanitarios. Tienen una responsabilidad real en no confundir a familias o enfermos que habitan en la esperanza mientras buscan una luz que les permita seguir hacia delante. Muchas veces esa luz viene de una pantalla de móvil, de una radio o de una televisión. Ellos deben saber que sus palabras no se las lleva el viento por mucho que las digan mientras sonríen. Que no es cuestión de buscar culpables, pero tampoco está demás que alguien de vez en cuando les deje al menos por escrito las consecuencias.


Referencias:

1. Walter Isaacson (2011), «Steve Jobs: la biografia».

2. Sociedad española de Fisioterapia en Pediatría (SEFIP), «Fisioterapia en Pediatría y evidencia del método Doman Delacato».

3. Academia Americana de Pediatría (1999), «The Treatment of Neurologically Impaired Children Using Patterning Committee on Children With Disabilities».


Francia contra Marie Curie

Marie Curie, 1930. Fotografía: Cordon.

París, principios de noviembre de 1911. Una muchedumbre enfurecida se aglomera frente a una casa en lo que hoy llamaríamos escrache aunque por entonces esa palabra aún no existiese. Gritan insultos y acusaciones, lanzan piedras, quieren entrar. Hay luz dentro y los envalentonados furiosos creen que el objeto de su ira está dentro, pero no se atreve a salir. No es así: ella regresa en ese momento de la primera conferencia de Solvay, en cuya histórica foto (seguro que la han visto) ella es la primera mujer. Es Marie Curie, que vuelve a su casa para encontrarse la terrorífica estampa. Sus hijas de siete y catorce años, aterradas, sí que están en esa casa.

¿Han oído ustedes hablar de Marie Curie? Y quién no, ¿verdad? Es la única mujer científica que muchos serán capaces de nombrar. La primera que ganó un Nobel. La descubridora del radio. La mártir de la radiactividad. Una mujer pequeña, delgada, sobria y seria que nos mira en blanco y negro desde su humilde laboratorio de otra época, encarnando ella sola todos los tópicos del científico entregado y de la mujer abnegada, que es otro tipo de entrega que practican casi exclusivamente las mujeres.

Lo que pasa es que en realidad esa no era Marie, o no del todo, o no solamente. Cuenta Rosa Montero en su biografía/autobiografía La ridícula idea de no volver a verte, en la que entremezcla la historia de Marie Curie con la suya propia, que en la vida de la científica siempre se mezclaron el personaje y la leyenda: «Primero fue considerada una santa, luego una mártir y después una puta, y todo ello de una manera ardiente y clamorosa».

Santa porque trabajó junto a su marido, Pierre Curie, en condiciones paupérrimas, investigando en un cobertizo que solía ser un almacén con cristales rotos por los que entraba el polvo y la lluvia contaminando sus muestras y en el que en invierno hacía un frío asesino que combatían con una pequeña estufa.

Mártir porque su trabajo con la radiactividad cuando aún no se conocían sus efectos peligrosos la expuso a grandes dosis de la misma que le causaron heridas en los dedos, debilidad física y enfermedades (terminaría muriendo de una leucemia), y porque la muerte prematura de Pierre tras ser atropellado por un coche de caballos la dejaría sola con dos hijas pequeñas.

Y puta porque, tras la muerte de Pierre y pasado el luto, Marie decidió seguir viviendo. Tan sencillo como eso. En vez de morirse con su marido y desaparecer, marchitarse y pasar a la historia como la viuda de Pierre Curie, Marie osó vivir. Y al hacerlo cometió varios pecados imperdonables a ojos de la pacata sociedad francesa de la época.

Trepa…

Empecemos por el más obvio de todos: Marie era una mujer; y, de hecho, no nació como Marie, sino como Maria. Ese fue su siguiente pecado: era extranjera y de origen pobre. Es decir, que, a pesar de estar nacionalizada en Francia, de llevar allí años y de haber aportado ya un Nobel al haber nacional, en el momento de la muerte de Pierre y pasada la simpatía inicial, Marie se convirtió en una extraña, en una intrusa… en una trepa.

La campaña de desprestigio contra ella comenzó poco después de la muerte de su marido y partió de la propia comunidad científica. Pierre siempre había sido su defensor y valedor, poniendo en valor el trabajo de ella además del que hacían juntos. Fue su negativa a participar en la propuesta original para el Nobel de 1903 lo que aseguró que ella también fuese incluida en la candidatura. Pero él ahora ya no estaba y había en Francia mucho investigador resentido.

Se puso en duda que, sin Pierre, Marie pudiese llevar a cabo ningún trabajo relevante y se cuestionaron sus aportaciones a sus avances conjuntos anteriores. William Thomson, más conocido como lord Kelvin, que siempre fue un gran amigo y admirador de Pierre, publicó una carta en la que aseguraba que el radio no era un elemento como tal sino un compuesto de helio y otras moléculas. Esto ponía en duda todo el trabajo de los Curie. Pero además lord Kelvin no publicó su escrito en una revista científica, como habría sido lo habitual, sino en el periódico The Times. Una mente malpensada supondría que lo que el físico estaba intentando con aquello no era hacer una aportación científica real o corregir de buena fe el error de un(a) colega, sino rebajar la imagen pública de Marie, quitándole importancia a sus descubrimientos y señalando que quizá el Nobel había sido inmerecido. Como respuesta, Marie dedicó tres años de esfuerzos a aislar y medir el radio, y así darle en las narices a su examigo.

… judía…

En esa época Marie se postuló para ocupar un asiento en la Academia Francesa de las Ciencias, y eso le trajo más problemas. El otro candidato era Édouard Branly, reconocido por sus aportaciones en el desarrollo de la telegrafía sin cables. Cuando en 1909 Guillermo Marconi recibió el Nobel de Física por sus avances en este campo, Branly no fue incluido en el galardón y eso soliviantó a muchos de sus compatriotas.

Así que la competencia entre ambos terminó convirtiéndose en una cuestión de orgullo nacional: él era hombre y un francés agraviado, ella era mujer, polaca de nacimiento y de méritos ahora cuestionados. Branly era además abierta y devotamente católico, mientras que a ella no se le conocían inclinaciones religiosas. La prensa conservadora hizo campaña por él y expandió la idea de que ella era judía y de que no era francesa de verdad, y por tanto no se merecía el puesto. Ganó él.  

… y puta

Pero el principal pecado que cometió Marie fue que cuatro años después de enviudar volvió a enamorarse, en concreto de un señor cinco años más joven y exalumno de su marido. Y, además, casado. Fue un escándalo tremendo: además de trepa y judía, puta.

Él se llamaba Paul Langevin y era de dominio público que se llevaba a matar con su mujer, de la que ya se había separado anteriormente, aunque había terminado suplicándole que le dejase volver a casa. A Marie le gustaba, según escribió en una carta a una amiga, por su «maravillosa inteligencia». Él sentía por ella «un fraternal afecto nacido de la amistad por ella y su marido, que fue haciéndose más estrecho», hasta que empezó a buscar en ella «la ternura que me faltaba en casa».

Las cartas que se escribían en 1910 demuestran que Marie le quería con locura (él a ella parece que no tanto), o al menos que le buscaba con toda la pasión del mundo en esos primeros meses de toda relación en los que uno no sabe si lo que padece es amor o enamoramiento, aunque, en cualquier caso, qué más da una cosa que la otra.

Pero no hubo mucho más que esos primeros meses, para empezar porque la mujer de Langevin se enteró y amenazó a Marie. Ella ya se había acostumbrado a las infidelidades de su marido, pero Marie era célebre y de su entorno, y eso debió sentarle especialmente mal. Una noche amenazó a Marie con matarla si no se marchaba de Francia inmediatamente, cosa que ella no hizo, pero se le metió el miedo en el cuerpo.

Fotografía: Cordon.

Un escándalo nacional

La cosa fue a peor. En noviembre de 1911 su relación se convirtió en noticia: el periódico Le Journal publicó un reportaje titulado «Una historia de amor: Madame Curie y el profesor Langevin» en la que a ella se la ponía de lagarta para arriba y se la acusaba de haber destrozado un matrimonio con cuatro hijos. Se contaba que ambos habían huido juntos, él abandonando a su familia y ella su laboratorio. No era verdad, pero qué más daba eso.

El reportaje se publicó mientras Marie —y Langevin— estaba en la conferencia de Solvay, y al volver a su casa se encontró con el espectáculo aterrador con el que abríamos esta historia. Marie cogió a las niñas y se refugió en casa de su amigo, el matemático Émile Borel. Borel era entonces el director científico de la Escuela Normal Superior, y el Ministerio de Instrucción Pública amenazó con echarle del puesto si cobijaba a Curie.

La tormenta de mierda para Marie no había hecho más que empezar. En un par de días la noticia se había extendido y envenenado: se dijo que la aventura había empezado cuando Pierre aún estaba vivo y que él en realidad se había suicidado tirándose bajo aquel carro; que la capacidad científica de Marie estaba a la altura de su baja catadura moral y que había que ponerse del lado «de esta madre francesa, y no de la mujer extranjera»; se la despreció llamándola sucesivamente rusa, alemana, judía y polaca; se la tachó de ser una mujer extranjera llegada a París como una usurpadora para conseguir una elevada posición y reconocimiento de mala manera.

Ella se defendió como pudo. Publicó una carta en Le Temps advirtiendo de que tomaría acciones legales contra cualquiera que publicase escritos supuestamente suyos (la mujer de Langevin había conseguido las cartas que ella había mandado a su marido) y asegurando, desafiante, que no había hecho nada que la obligase a «sentirse disminuida».

Eso no hizo amainar el escándalo, que siguió creciendo: Paul Appell, decano de la Facultad de Ciencias de la Sorbona, promovió una campaña entre los profesores para pedir que Marie abandonase Francia (no tuvo éxito), y a finales del mismo noviembre otro periódico publicó largas fracciones de sus cartas. Marie se sintió mortificada.

Hay que destacar que en ningún momento esta ira mojigata se orientó hacia Langevin, que era, recordemos, el único casado en esta historia. Aquí la mala indiscutible era Marie, una devorahombres rompehogares que se atrevía a «hablar en nombre de la razón y de un ideal trascendente bajo el cual se esconde su monstruoso egoísmo», publicaron en L’Action Française.

En pleno caos, el segundo Nobel

Y en medio del follón, Curie ganó otro Nobel. En esta ocasión el de Química y en solitario por el descubrimiento del polonio y del radio, y el aislamiento y descripción de este último y sus propiedades (gracias, lord Kelvin). Era una gran noticia que, sin embargo, quedó eclipsada, o directamente fue ignorada, por el escándalo. La bola había crecido tanto que poco después del telegrama anunciando su premio, Marie recibió una carta del propio comité pidiéndole que se abstuviese de ir a buscarlo. «Si la Academia hubiese creído que las cartas podían ser auténticas, es muy probable que no le hubiese concedido el premio».

A punto estuvo de cumplir la petición. No debía tener la pobre Marie el cuerpo para fiestas en aquel momento. Pero dos cosas le hicieron aunar las fuerzas necesarias. La primera fue su seguridad en sí misma y en su valía profesional. Se merecía ese Nobel y lo sabía. La segunda fue una carta, recibida durante aquella época turbulenta, de un reciente amigo llamado Albert Einstein.

Curie y Einstein se habían conocido en aquel congreso celebrado justo mientras se desataba el escándalo, y la personalidad de ella había conmovido al físico. Enterado de la campaña desplegada contra ella por la prensa y la comunidad científica francesas, Einstein le escribió: «Siento la necesidad de decirle lo mucho que admiro su espíritu, su energía y su honradez. Me considero afortunado por haberla podido conocer personalmente […]. Si la chusma sigue ocupándose de usted, deje sencillamente de leer esas tonterías. Que se queden para las víboras para las que han sido fabricadas».

Así que Marie no se dejó amilanar ni siquiera por el comité de los Nobel y respondió a su petición de abstenerse de recoger su premio con un airoso «No, gracias». Fue a Estocolmo, recibió el Nobel y dio un discurso de agradecimiento dedicando el galardón a la memoria y el trabajo de Pierre Curie. Con un par.

El año que Marie Curie intentó no existir

Y ahí sí que ya no pudo más. Tras el escándalo y la decepción amorosa (el indigno de Langevin, oh, sorpresa, terminó volviendo con su esposa), Marie cayó en una profunda depresión que casi le costó la vida. Fue internada en un hospital con problemas de riñón, y operada poco después, pero el problema era más grave que eso porque lo que tenía en realidad era una alarmante falta de ganas de vivir, así que se negaba a comer. Mudó a sus hijas a otra casa porque la suya estaba siempre rodeada de gente que cotilleaba por sus ventanas, las dejó con una niñera y desapareció. No las vio en un año.

En 1912, Marie Curie no quería existir. Iba de una casa alquilada a otra dando nombres falsos.  Ya había entrado en la historia y su persona se había convertido en personaje, pero ella no quiso durante meses ser ni una cosa ni la otra. Existir tras Pierre le había costado carísimo en aquella Francia machista, xenófoba y moralista, y necesitó tiempo para recuperarse de aquello.

Al final lo hizo, y en 1913 volvió a su laboratorio. Además de seguir con sus experimentos, Marie se dedicó a causas altruistas, como el diseño, construcción y conducción de camiones equipados con equipos de rayos X para atender a los heridos del ejército francés durante la Primera Guerra Mundial. Estos vehículos fueron conocidos como las Petit Curie (‘pequeñas Curie’). Incluso intentó vender sus medallas del Nobel para donarlas a la causa, pero el Banco de Francia no quiso aceptarlas.

A partir de este momento, Marie recuperó su prestigio y todo fueron honores para ella, en Francia y en el extranjero. Aquella marabunta que la había insultado, acosado e intentado anularla la fue dejando tranquila y terminó reconociendo su aportación a la causa francesa durante la guerra y al avance científico después. Al fin y al cabo, ya le habían hecho pagar por sus horribles pecados.


¡Me ha tocado un proyecto!

Foto: DP.

Sí, ya sé que la lotería es una manera de que paguen impuestos los que no saben estadística, pero yo me he comprado un decimito estas Navidades por lo que pueda pasar, que ha sido lo que tenía más probabilidades de pasar. Pero puede que en el futuro nos «toque» hacer muchas cosas, como por ejemplo ser miembro de un consejo de dirección, ser concejal, o incluso diputado, porque en el futuro es muy probable que los concejales y diputados y muchos otros cargos públicos se elijan al azar. Existe una teoría, controvertida pero sólida, que sostiene que el azar es uno de las mejores mecanismos para optimizar los procesos de selección. Los científicos ya han empezado a probar esta idea, y de hecho ya les puede tocar un proyecto si lo presentan a un interesante programa de la Fundación Volkswagen (1) llamado EXPERIMENT!

El programa EXPERIMENT! In search of bold research ideas (2) tiene como objetivo financiar ideas científicas radicalmente novedosas, ideas que van en contra del pensamiento dominante en una disciplina científica, ideas locas o de dudosa viabilidad que no tendrían ninguna o muy poca probabilidad de ser seleccionadas en los programas clásicos de financiación de la ciencia. Los proyectos no pueden durar formalmente más de dieciocho meses, y tienen una financiación máxima de ciento veintemil euros. El programa comenzó en 2013 y es un absoluto éxito de convocatoria. La fundación recibe cada año alrededor de seiscientas solicitudes, prescriptivamente alemanas. Este año en concreto se han recibido seiscientas cuarenta.

El equipo de evaluación interno de la Fundación Volkswagen selecciona ciento cincuenta de las propuestas más osadas científicamente, las que mejor se adaptan a los objetivos del programa. Posteriormente, esas ciento cincuenta propuestas son evaluadas por un panel de diez científicas y científicos de distintos países del mundo, exceptuando Alemania. Este panel de expertos desecha algunas pocas de esas ciento cincuenta solicitudes que por alguna razón de peso no debieran ser financiadas por este programa, fundamentalmente porque no son radicalmente novedosas o porque son obviamente viables.

Finalmente, de entre todas las restantes el panel selecciona a las quince que considera mejores, y que serán financiadas por EXPERIMENT! Es fácil hacerse cargo de que seleccionar quince propuestas, de unas ciento cincuenta que a su vez han sido seleccionadas entre más de seiscientas solicitudes, es muy complicado para un experto, no digamos ponerse de acuerdo en ellas con los otros nueve colegas del panel. Para evitar discusiones interminables cada miembro del panel tiene un «joker», un comodín —que puede usar solo una vez— para aprobar un proyecto concreto, poniendo así fin a la discusión sobre ese proyecto.

La Fundación Volkswagen trata de asegurar que la selección sea lo más imparcial posible. Por ejemplo, el sistema es doble ciego: ni los candidatos conocen a los miembros del panel ni los miembros del panel saben quiénes son los candidatos. No hay nombres ni de personas ni de instituciones en los formularios, y la propia fundación se ocupa de borrar cualquier posible dato de la propuesta que pueda servir para identificar los nombres de los candidatos, su edad, o la universidad de procedencia. Pero aun así se ha detectado la existencia de un problema de ecuanimidad derivado de la enorme competitividad del programa.

Cuando los expertos evalúan y comparan esas ciento treinta o ciento cuarenta propuestas de investigación que ellos mismos ya consideran, en principio, financiables por el programa, siempre encuentran algunas de ellas claramente sobresalientes, que habrían de financiarse sí o sí. Pongamos que sean cinco. Pero a la hora de seleccionar los otras diez que aun se pueden financiar, encuentran que hay muchas más de diez tan buenas que resulta técnicamente imposible decidir cual de ellas es mejor que las demás. Y es entonces cuando surgen los problemas. Cuando las diferencias entre los proyectos son pequeñas, cuando es difícil para un experto valorar objetivamente la superioridad de un proyecto sobre otro, entran en escena aspectos que son subjetivos del evaluador y que hacen fracasar el sistema racional de evaluación. Entre esos factores está el instinto tribal de los científicos, es decir la irresistible tendencia a apoyar aquellos proyectos que están más cercanos a su disciplina y a su forma de pensar, lo que podríamos llamar nepotismo intelectual. Además de introducir la injusticia en la evaluación, este sesgo favorece a las disciplinas mas comunes frente a las raras, reduciendo la diversidad temática de las propuestas seleccionadas.

Para enfrentarse a ese problema EXPERIMENT! ha puesto en marcha desde hace dos años un experimento que a algunos podrá parecerle demasiado osado. Pero al fin y al cabo ¡de eso va este programa! El experimento consiste en que, además de seleccionar los quince proyectos por el panel de expertos, se seleccionen también un idéntico número de proyectos por lotería. No entre todos los proyectos presentados, sino entre los del conjunto de los proyectos considerados financiables por el panel, incluyendo los quince aprobados por su calidad técnica a juicio de los evaluadores. Es decir, se seleccionan quince proyectos por evaluación técnica de los expertos y quince proyectos por puro azar, por lotería. Este año se han seleccionado en total veinticinco, porque durante la lotería pueden salir premiados proyectos ya aprobados por el panel. Solamente se hace pública una lista de los veinticinco proyectos sin revelar cuáles fueron seleccionados por el panel y cuáles por lotería, y el seguimiento y tratamiento que la fundación hará de todos ellos será idéntico. El estudio comparativo de los beneficios de los dos sistemas de selección será realizado por una empresa evaluadora externa. Veremos qué sale de este ensayo, el primero que se realiza con un número de proyectos significativo.

La idea de rifar la financiación de proyectos repele en el mundo académico. Acostumbrados a la evaluación por pares, es decir, a que las decisiones sobre la calidad de un trabajo (para ser publicado) o de un proyecto (para ser financiado) o de un investigador o profesor (para ocupar un puesto de trabajo) son tomadas por expertos del mismo rango que los candidatos, la propuesta de que todo un sesudo esfuerzo sea finalmente pasto de un juicio por lotería, abandonado al azar, parece injusta, irracional, incluso obscena. Pero precisamente uno de los fuertes apoyos del sorteo es la razón coste/beneficio para el investigador y para el avance de la ciencia.

Se ha publicado hace poco un estudio (3) que concluye que cuando las convocatorias de financiación de proyectos de investigación son muy competitivas, el esfuerzo que los investigadores desperdician en escribir sus propuestas puede ser comparable al valor científico total de la investigación que se pretende apoyar. Los propios autores del estudio sugieren que sería más eficaz sustituir la evaluación por pares por un sistema parcial de loterías —como el de EXPERIMENT!— o, alternativamente, financiar basándose en los ​éxitos científicos pasados de los investigadores ​​en lugar de en sus propuestas de investigaciones para el futuro.

Por supuesto que pueden hacerse numerosas consideraciones sobre la bondad de un sistema de financiación por lotería. Depende del marco externo en que se desenvuelve el investigador, del tipo de programa de investigación, de la longitud y dificultad de las formularios, del número de convocatorias a las que un investigador o investigadora puede acudir, de los motivos por los que se presenta, ya sean meramente científicos o más bien promocionales, etc… Pero, en mi opinión, el sistema de sorteo no es desdeñable y merece la pena que se investigue de qué contexto depende su eficacia y qué modificaciones lo optimizarían. Convendría explorarlo como lo que es, como un sistema complejo, y analizar su comportamiento con simulaciones numéricas y con el análisis de casos reales como el programa EXPERIMENT!. Y, desde luego, deberían olvidarse las ecuaciones del tipo «selección por pares = justa y racional» y «selección por lotería = injusta y caprichosa»: la lotería entra en juego cuando el sistema de evaluación técnica por pares deja de ser justo y eficaz, y no para sustituirlo  sino para mejorarlo.

Hoy en día el uso del azar en la gestión de asuntos públicos está reducido —y de forma parcial— a los jurados populares en algunos países. Pero el mecanismo de selección por lotería ha sido usado en muchos momentos de la historia por sistemas políticos que han funcionado bien, desde la Grecia clásica a las exitosas y estables repúblicas de Venecia o de Florencia. En la Grecia del insólito siglo VI antes de nuestra era se elegían por lotería prácticamente todos los cargos, magistrados, miembros de los jurados, incluso los cargos del ejército, excluyendo, por razones de eficacia, los de rango más alto. El sistema de lotería se usó ampliamente en la selección de cargos públicos de la Florencia del siglo XIV y XV, y hasta el dogo de Venecia, así como muchos de los cargos públicos y electivos de la Señoría, se elegían por un complicado sistema que incluía en buena parte la selección aleatoria.

Las ventajas del sistema aleatorio de selección son muchas, ya que, por ejemplo, complica la corrupción y el cohecho, hace inútiles las facciones, imposibilita los acuerdos contra natura, descalifica las promesas a largo plazo, y reduce casi a cero el gasto electoral. Imagínese un congreso en el que los diputados fueran elegidos al azar. Imagínese a una señora navarra, agricultora, lesbiana elegida por puro azar. No podría decir «nosotras las lesbianas pensamos», ni «nosotras las agricultoras creemos», ni «los navarros y navarras queremos», porque se daría cuenta, o le harían caer en la cuenta, de que ella no está allí en representación de nadie excepto de ella misma, y que la fuerza del sistema está en que cada uno de los puestos del congreso rifados vote y decida en conciencia propia, por sus propios intereses. Esa suma de intereses no prostituidos es lo que da la fuerza al mecanismo de elección por lotería. Pero en fin, dejemos para otra ocasión la gestión de los asuntos públicos, y volvamos, para terminar, a la academia, que es lo que me interesa ahora.  

Para mí, lo más preocupante de la evaluación de EXPERIMENT! es cómo hacer una comparación objetiva y relevante entre los dos grupos de proyectos financiados, los seleccionados por el panel de expertos y los seleccionados por sorteo. Como hemos aclarado al principio, este programa busca proyectos audaces, osados, dudosamente viables, basados en ideas que se mueven en la difusa y cambiante frontera del conocimiento. ¿Cómo evaluar los resultados de unos proyectos que por su propia naturaleza deberían fracasar en la mayoría de los casos? ¿Qué criterios se han de utilizar para calificar la productividad de un proyecto que va a explorar un nicho aún no hollado por la ciencia? Este problema es totalmente nuevo en evaluación y su solución no es nada trivial.

Por otro lado, el resultado de la comparación será muy dependiente de la composición del panel, de los criterios de selección de sus componentes. Cuando tuvimos que diseñar el sistema de evaluación del Programa EXPLORA —atrévete a descubrir, atrévete a equivocarte—, un programa español pionero en la financiación de ideas audaces, resultó evidente que no debía usarse la base de datos de la Agencia Nacional de Evaluación. La razón es que para este cometido se necesitan colegas que tengan una mentalidad abierta, poco egocéntricos, intelectualmente generosos, con una gran cultura científica, y si es posible con un cierto olfato para detectar el potencial semioculto en una propuesta a caballo entre lo genial y lo ingenuo. Se han de buscar evaluadores que hubieran apostado por Colón, por Marconi, por Wegener. Y eso no es fácil. Hace tan solo nueve años se rechazó en un programa para proyectos osados, un proyecto avanzado de reconocimiento facial y otro sobre criptomoneda, porque eran inútiles (¿quien va a estar interesado en eso?). El papel del panel de expertos es crucial porque el listado final de proyectos seleccionados por estos programas donde se valora el riesgo intelectual, es el único, o más exactamente, el mejor mensaje que se le puede enviar a los futuros candidatos para convencerles de que, afortunadamente, hay programas a los que no les importa financiar también el fracaso cuando se explora con osadía la frontera del conocimiento.

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(1) La Fundación Volkswagen es la mayor fuente de financiación privada de la investigación en Europa. A pesar de su nombre, no guarda ninguna relación especial con el fabricante de automóviles.

(2) EXPERIMENTA! En busca de ideas de investigación audaces. https://www.volkswagenstiftung.de/en/funding/our-funding-portfolio-at-a-glance/experiment

(3) Gross K, Bergstrom CT (2019) «Contest models highlight inherent inefficiencies of scientific funding competitions». PLoS Biol 17(1): e3000065. https://doi.org/10.1371/journal.pbio.3000065


Frankenstein, Crosse y la creación de vida

Retrato anónimo de Andrew Crosse.

El 31 de diciembre de 1836 nació en el condado de Somerset, en el suroeste de Inglaterra, el Somerset County Gazette, un periódico local que aún hoy existe. Su editor, Edward W. Cox, introdujo como artículo estrella para el primer número el titulado «Experimento extraordinario, por Andrew Crosse, Esq.» (1). Andrew Crosse (1784-1855) era un científico afincado en Somerset que llegó a ser muy popular, por las razones que aquí explicaremos. Hoy diríamos que era un científico amateur ya que no estaba ligado a ninguna institución académica o compañía industrial. Trabajaba solo y jamás había estado interesado en dar a conocer sus resultados, excepto por correspondencia epistolar con otros científicos, como era común en su época. De hecho, sus experimentos sobre producción de pilas voltaicas y electromineralización (formación de minerales mediante el uso de corrientes eléctricas) realizados en su propia finca de Fine Court, Broomfield (Condado de Somerset), eran tan bien conocidos en la comunidad científica de su país, que la Asociación Británica para el Avance de la Ciencia le invitó a presentarlos en una conferencia en su reunión en Bristol de ese mismo año. Su brillante exposición le dio un notable prestigio en los círculos académicos y también cierto renombre entre las fuerzas vivas de la región.

Crosse era conocido en la región porque en su finca se llevaban a cabo experimentos eléctricos que iluminaban la campiña con el refulgir de sus rayos y cuyas atronadoras explosiones alarmaban a los campesinos del condado. Intrigado por las noticias llegadas de Bristol, Cox se fue a visitar la finca de su ya célebre vecino científico para entrevistarlo y conocer de primera mano los detalles de sus investigaciones sobre electricidad. Estaba seguro de que el artículo sería bien recibido por los lectores de su flamante periódico porque, en aquellos años, todo lo relativo la electricidad, un fenómeno aún misterioso pero capaz de transformar milagrosamente tanto lo vivo como lo muerto, era noticia de interés general. Pero lo que el director del periódico describió en el artículo del primer número del Somerset County Gazette no era solo una visita al espectacular montaje eléctrico de un laboratorio perdido en el campo. Lo que desveló en ese artículo fueron los resultados de un reciente hallazgo que Crosse le había comentado con exquisita prudencia durante la visita, sin ánimo de que fueran publicados dada la importancia de los mismos y la falta de una explicación convincente. Era un descubrimiento absolutamente extraordinario: la aparición de seres vivos —ácaros, por más señas― en un experimento realizado con materiales puramente inorgánicos: una disolución de sílice y una roca volcánica a través de la cual pasaba una corriente eléctrica producida por dos electrodos de platino.

Dibujo realizado por el propio Andrew Crosse de los supuestos «ácaros» encontrados en sus experimentos.

¡Cox entendió que Crosse había creado vida artificialmente! ¡Que había creado un organismo a partir de la materia inerte! ¡Que había creado vida!

Recordemos que estamos en 1836, en una época en la que la teoría de la generación espontánea había caído en desgracia en virtud de los trabajos de Francesco Redi y Lázaro Spalanzani, aunque aún estaba por llegarle la puntilla final de la mano de Luis Pasteur, de modo que había un gran interés por el fenómeno vital, así como una gran expectación con las promesas de progreso de la electricidad, del galvanismo. En ese contexto, el artículo de Cox sobre la creación de vida produjo un enorme revuelo. Crosse reaccionó inmediatamente y el día 3 de enero de 1837 escribió una carta titulada «To the editor of the Taunton Courier. Broomfield, Jan. 3 (1837) (2)» aclarando que los resultados se habían divulgado sin su permiso, que la descripción de sus experimentos que se hacía en el artículo no era rigurosa y que, en todo caso, él no afirmaba haber ‘creado’ ácaros, sino que no se pronunciaba sobre cómo aparecían.  Pero ya era tarde. El 4 de enero de 1837 The Times publicaba en Londres el artículo de Cox y enseguida cientos de otros periódicos y revistas de todo el país, de Europa y de América se hicieron eco del extraordinario «descubrimiento». Una noticia así era imparable. A pesar de las puntualizaciones de Crosse, la creación de vida mediante el uso de la electricidad fue aceptada en poco tiempo por el público como un hecho. Cundió la idea de que Crosse pretendía emular al Creador, ser un dios. Él, un hombre prudente y modesto, poco dado a mostrarse en público, solo contestó a través de artículos científicos, en algunos casos con cierta amargura, como en el que publicó en 1837 en las Transactions of the Electrical Society of London:

I have met with so much virulence and abuse, so much calumny and misrepresentation, in consequence of the experiments I am about to detail, and which it seems in this nineteenth century a crime to have made, that I must state …that I am neither an “Atheist,” nor a “Materialist,” nor a “self-imagined creator,” but a humble and lowly reverencer of that Great Being, whose laws my accusers seem wholly to have lost sight of. More than this, it is my conviction that science is only valuable as a means to a greater end. (3)

A pesar de esta confesión, Crosse fue denostado ―e incluso amenazado― como ateo, materialista y blasfemo, y se le llegó a llamar el «Diablo Crosse». Sin ir más lejos, ese mismo año, Fraser’s Magazine publicó una ficción satírica titulada «The New Frankenstein» inspirada descaradamente en el caso Crosse. El relato trata de un estudiante que utilizaba el galvanismo para hacer cristales y había osado crear insectos a partir de rocas volcánicas. En un momento de la historia el suelo se abre bajo los pies del protagonista y aparece Satanás para recriminarle a él su osadía, quitarle la vida a su funesta creación, y condenar a ambos al fuego eterno. Finalmente, todo resulta ser un sueño. Crosse siguió sufriendo las consecuencias de este acoso durante el resto de su vida e incluso después de su muerte. En 1979, Peter Haining en un libro hábilmente titulado El hombre que fue Frankenstein, se empeñó en defender que Mary Shelley conoció y habló con Crosse tras una conferencia de este en Londres el 28 de diciembre de 1814, es decir, unos tres años antes de la publicación de su famoso Frankenstein. Haining propaló la creencia de que Mary Shelley se inspiró en Andrew Crosse para crear el personaje del doctor.

En realidad, no hay ninguna prueba de que Crosse impartiera aquella conferencia ni de que Mary Shelley llegara a hablar en esa época con Crosse. Aunque lo hubiera hecho, en los años que Shelley escribe y publica su novela, Crosse no estaba interesado en el origen de la vida, y de hecho faltaban más de veinte años para que realizara el famoso experimento en el que encontró los supuestos ácaros, de modo que poco podría haberle inspirado en este sentido a Mary Shelley. Y, más allá de eso, Mary jamás lo mencionó ni en sus detallados diarios, ni en su correspondencia, ni en el prólogo a la edición de Frankenstein de 1931, en el que da cuenta de cómo gestó la obra. La supuesta conexión Andrew Crosse-Mary Shelley tampoco aparece en las extensas memorias que publicó la segunda esposa de aquel, Cornelia Crosse, un elegante panegírico de su esposo «el electricista», como lo llamó en el título de su libro y en la tumba que levantó en su memoria. En fin, una teoría insostenible la de Haining, probablemente escrita para aprovechar el tirón de todo lo que tenga que ver con la genial historia del célebre Prometeo moderno de Shelley.

De hecho, más bien ocurrió todo lo contrario: que la ficción creada por Mary Shelley contribuyó a forjar la opinión colectiva que arruinó la vida profesional de Crosse. Porque cabe preguntarse: ¿por qué en 1837 el mundo quiso creer que Crosse había creado vida artificialmente?, ¿por qué siguió creyendo una noticia de la que no se tenía evidencia y que había sido denostada por el propio científico, por el supuesto «creador»? La respuesta no es otra que porque al final del XVIII y la primera mitad del XIX, en las sociedades donde la Revolución Industrial triunfaba, se esperaba cualquier cosa de la ciencia y de la naciente y poderosa tecnología. Y se la temía. El propio Frankenstein, publicado casi veinte años antes, es una obra crítica sobre las terribles e incontrolables consecuencias morales que traería el desarrollo irrefrenable de la ciencia, en concreto, desvelar el principio de la vida y, por supuesto, crearla. Como es bien sabido, pero a veces olvidado, Frankenstein no es el nombre del monstruo, sino de su creador, Víctor Frankenstein, un científico que se atreve a emular a Dios y crear la vida como hizo el Prometeo «plasticator» (4) de la Grecia clásica. Mary Shelley reconoce en el prólogo de su obra que el experimento no es del todo imposible a tenor de los últimos avances de la ciencia, aunque evita —hábilmente— explicar la receta exacta que siguió el Dr. Frankenstein para infundir vida a su amasijo de restos humanos so pretexto de impedir que otros emularan tan descabellado logro. Tan solo le basta poner en boca del doctor que «le iba a poder insuflar una chispa de existencia». Y es que la atmósfera revolucionaria de los años que tratamos estaba impregnada por doquier de las manifestaciones del progreso científico y tecnológico.

La máquina de vapor perfeccionada por Watt —tan evidentemente poderosa frente a la tracción animal— que propició la Revolución Industrial y los enormes cambios sociológicos y económicos que inevitablemente conllevaba. Los avances tangibles de la química de Boyle y Lavoisier, o la vacuna de Jenner. Los misterios de la energía eléctrica que revelaban los Volta, Franklin, o Galvani con llamativas experiencias y descubrimientos. El alumbrado y la calefacción a gas, los ascensores, el globo aerostático, los barcos a vapor, las bicicletas y primitivos automóviles, etc. Pero, sobre todo, es que esa ciencia que se realizaba en los laboratorios del mundo en la primera mitad del XIX se divulgaba con una tremenda eficacia por los teatros, museos, tertulias y salones de reunión de todas las ciudades europeas. Abundaban las conferencias sobre el poder de la electricidad y sobre ilusiones ópticas. Había demostraciones con los llamativos avances de la física y la química. Triunfaban en los teatros las linternas mágicas y las «fantasmagorías» a base de ilusiones ópticas. Pero sobre todo tenían una enorme popularidad los espectáculos galvánicos, en los que los actores asombraban a los espectadores usando máquinas electrostáticas para crear corrientes eléctricas, desde pasarlas a través de una cadena de personas unidas por las manos (como en los célebres «calambritos» mexicanos) a erizar el pelo de sujetos voluntarios, a realizar levitaciones o incluso inducir movimientos involuntarios de pobres mendigos o «revivir» animales muertos. Mary Shelley, de hecho, acude a una de ellas, según se lee en su propio diario de 1814:

Wednesday, December 28.— Shelley and Clara out all the morning. Read French Revolution in the evening. Shelley and I go to Gray’s Inn to get Hogg; he is not there; go to Arundel Street; can’t find him. Go to Garnerin’s Lecture on electricity, the gases, and the phantasmagoria; return at half-past 9. Shelley goes to sleep. Read View of French Revolution till 12; go to bed. (5) (6)

Este ambiente de convencimiento en el poder de la ciencia y la tecnología había preparado a la sociedad para creer cualquier noticia basada en la ciencia, incluida la fabricación de vida. Debe ser fácil de entender para el lector porque, en buena medida, es una atmósfera similar a la de nuestra sociedad actual, donde los avances de la biomedicina, la llamada inteligencia artificial y el impagable papel de la divulgación científica, tanto la honesta como la interesada, han convencido a la humanidad de que acepte como hechos probados puros deseos de los científicos y de los grupos de presión en la ciencia. Por citar solo un ejemplo, ¿cuánta gente da hoy por hecho que existe vida extraterrestre sin que tengamos aún prueba de ello?

El artículo de Cox sobre el «descubrimiento» de Crosse fue una noticia de impacto imparable porque había una opinión pública crédula que lo aceptaba como verosímil, y unas fuerzas prorrevolucionarias a las que les interesaba hacer ver que ese logro era cierto o podría ser cierto. Pero los conservadores y religiosos, por un lado, y los románticos reticentes de la ciencia, por otro, aprovecharon el impacto mediático de la noticia para atacar sin compasión al científico y desprestigiar la corriente política y económica que promovía el avance de la Revolución Industrial.      

Reproducción experimental de los jardines de sílice o crecimientos vegetativos realizada con el silicato de potasio usado por Crosse en sus recetas de laboratorio y una sal de estroncio.

Crosse, un científico honesto y prudente, había realizado hasta ese año de 1836 importantes aportaciones a la fabricación de baterías (pilas voltaicas) y al conocimiento de la conducción de la electricidad. Pero el virulento ataque frenó su producción y, sobre todo, castró lo que hubiera sido muy probablemente una contribución científica significativa a los estudios sobre el origen de la vida. Porque, sorprendentemente, si analizamos las recetas de los experimentos de Crosse encontramos que la base es la misma que se utiliza para generar unas estructuras minerales de origen osmótico que debido a su semejanza con vegetales se conocen como jardines de sílice. Esto provoca una cierta perplejidad porque, curiosamente, algunos años después de la muerte de Crosse, otros investigadores relacionaron estas estructuras viscosas con formas de hongos y helechos, con el origen de la vida, con el protoplasma que entonces se creía era la sustancia que inducía el principio vital. Los jardines de sílice habían sido descritos en 1646 por el alemán Johann Glauber, pero pasaron desapercibidos durante doscientos años. La pregunta obvia es: ¿estaba investigando Crosse las estructuras osmóticas? Y nuevamente, para nuestra sorpresa, la respuesta es que sí. Lo describe claramente el propio Andrew Crosse en una carta (que dirigió el 12 de agosto de 1849 a la escritora inglesa Harriet Martineau en respuesta a las preguntas que esta le hizo antes de escribir sobre los ácaros de Crosse en su The History of England During the Thirty Years’ Peace: 1816-1846 (1849):

…I must remark, that in the course of these and other experiments, there is considerable similitude between the first stages of the birth of acari and of certain mineral crystallizations electrically produced. In many of them, more especially in the formation of sulphate of lime, or sulphate of strontia, its commencement is denoted by a whitish speck: so it is in the birth of the acarus. This mineral speck enlarges and elongates vertically: so it does with the acarus. Then the mineral throws out whitish filaments: so does the acarus speck. So far it is difficult to detect the difference between the incipient mineral and the animal; but as these filaments become more definite in each, in the mineral they become rigid, shining, transparent six-sided prisms; in the animal they are soft and have filaments, and finally endowed with motion and life. (9)

En nuestra opinión, es muy probable, aunque obviamente indemostrable, que si Crosse hubiera tenido la calma necesaria para seguir desarrollando sus investigaciones se habría percatado, tras concluir que sus «ácaros» eran contaminaciones biológicas, de que lo verdaderamente interesante de sus experimentos era la formación de esas estructuras. De hecho, unas décadas después, Moritz Traube (en 1866) y Carl Vogt (en 1882) y, ya a principios del siglo XX, Stéphane Leduc y Alfonso Herrera relacionaron tales estructuras osmóticas con el origen de la vida sin citar a Crosse. Este tenía a mano lo que necesitaba, un marco teórico que inspirara la interpretación de los jardines químicos. Ese marco teórico lo iniciaron Hugo von Mohl y Jan Evangelista Purkyně con la idea de protoplasma para referirse al líquido viscoso y blanquecino que es la base de las células, el descubrimiento que inspiró los estudios de esa fascinante aproximación mecanicista al origen de la vida, de esa primitiva biología sintética de los citados autores. Todas esas aproximaciones biológicas fueron más tarde descalificadas con la llegada de la moderna biología celular y de la bioquímica, pero una contribución temprana de un científico como Crosse habría cambiado —quien sabe cómo— el derrotero de esos estudios.

Este año que celebramos el bicentenario de la publicación de Frankenstein merece la pena rescatar la memoria de Andrew Crosse, que no fue un Dr. Frankenstein, sino un apasionado y honrado científico adelantado a su tiempo en algunos aspectos, entre ellos, para su desgracia, en ser víctima del sensacionalismo periodístico, literario y social. Una de las tareas de los medios de comunicación es contribuir con información contrastada a la creación de la opinión pública sobre los diversos temas que interesan a los ciudadanos. A veces, demasiadas veces, la prevalencia de otros intereses conocidos o inconfesables pervierte esta misión convirtiéndola en una herramienta de manipulación de conocida eficacia, lo que se ha dado en llamar periodismo amarillo. El poder de esos medios es tan inmenso que incluso consigue a veces trastocar los serios, aunque lentos, mecanismos que la ciencia tiene para separar lo probado de lo falso, o de lo supuesto. El escándalo vende, crea famosos y genera dividendos. Ojalá se quedara ahí, pero no es inocuo intelectualmente. El periodismo, hoy especialmente el de las oficinas de prensa de las grandes corporaciones que hacen o financian la ciencia, también es capaz de influir en el trabajo y en la conciencia colectiva de los científicos, y en el desarrollo histórico de la propia ciencia. El caso de Andrew Crosse, injustamente llamado Dr. Frankenstein, y de su asombrosa relación con los estudios sobre el origen de la vida es un buen ejemplo.

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(1) Abreviatura de ‘Esquire’, un título honorífico que denotaba un cierto estatus social.

(2) Taunton es la capital del Condado de Somerset, y el Taunton Courier era un periódico que ya existía desde 1810.

(3) «Me he enfrentado a tanta virulencia y abuso, tanta calumnia y tergiversación, como consecuencia de los experimentos que estoy a punto de detallar, y que en este siglo XIX parece un crimen haber cometido, que debo declarar… que no soy ni un “ateo” ni un “materialista”, ni un “autoproclamado creador”, sino un humilde y modesto venerador de ese Gran Ser, cuyas leyes mis acusadores parecen haber perdido de vista. Más que esto, estoy convencido de que la ciencia solo es valiosa como un medio para un fin mayor».

(4) El mito de Prometeo tiene dos versiones históricas: el ‘Prometeo pyrophoros’ que robó el fuego a los dioses para entregárselo a los hombres, y el ‘Prometeo plasticator’, que creó y modeló al hombre a partir de arcilla. En el siglo III e. c. las dos versiones ya estaban fundidas, de modo que el fuego de la vida animaba al hombre creado a partir de la arcilla.

(5) Según Peter Haining y otros, esta conferencia la impartió Crosse, y Mary Shelley quedó impactada con ella. Como vemos, el diario de esta apunta a unos hechos muy diferentes.

(6) «Miércoles, 28 de diciembre. Shelley y Clara salen toda la mañana. Leo la revolución francesa por la tarde. Shelley y yo fuimos a la posada de Gray a buscar a Hogg; Él no está allí; Vamos a la calle Arundel; tampoco lo encontramos. Nos fuimos a oír la conferencia de Garnerin sobre electricidad, los gases y la fantasmagoría; volvemos a las nueve y media. Shelley se va a dormir. Leer La revolución francesa hasta las 12; Me voy a la cama».

(7) Vease J. M. García-Ruiz, Macla 20 (2015) 61.

(8) Recogida en Letters on the Laws of Man’s Nature and Development, by Henry George Atkinson, Harriet Martineau (1851). Y en Memorials, Scientific and Literary, of Andrew Crosse, the Electrician (Crosse, Cornelia A. H. London: Longman, Brown, Green, Longmans & Roberts. 1857).

(9) «Debo señalar, que en el curso de estos y otros experimentos, hay una considerable similitud entre las primeras etapas del nacimiento de los Acari y de ciertas cristalizaciones minerales producidas eléctricamente. En muchos de ellos, especialmente en la formación de sulfato de cal, o sulfato de estroncio, comienza con una mota blanquecina, como en el caso del nacimiento del ácaro.

Más tarde, esa mota mineral se agranda y se alarga verticalmente,  como lo hace el ácaro.

Luego, el mineral lanza unos filamentos blanquecinos como también lo hace la mota del ácaro. Hasta aquí es difícil detectar la diferencia entre el mineral incipiente y el animal; pero a medida que estos filamentos se vuelven más definidos en cada uno, en el mineral se convierten en prismas de seis lados rígidos, brillantes y transparentes; en el animal son suaves y tienen filamentos, y finalmente dotados de movimiento y vida».


El regalo de Hitler

Antisemitismo en Alemania en 1933. Fotografía: New YorK Times Paris Bureau Collection (DP).

Este artículo ha recibido el segundo premio del concurso DIPC de divulgación del evento Ciencia Jot Down 2018

El 30 de enero de 1933 el presidente Paul von Hindenburg nombró canciller de Alemania a Adolf Hitler. Hindenburg pensaba que una mayoría de ministros conservadores mantendría bajo control al ambicioso líder del partido nazi. No fue así: Hitler agarró con fuerza los resortes del poder, estableció un Gobierno autoritario y el Tercer Reich se convirtió en un Estado policial, en el que las libertades individuales fueron abolidas y los ciudadanos quedaron sujetos a la arbitrariedad y al terror. El general Ludendorff escribió a Hindenburg: «Al nombrar a Hitler… canciller del Reich ha puesto nuestra sagrada patria alemana en manos de uno de los mayores demagogos de todos los tiempos. Solemnemente le profetizo que este hombre nefasto arrastrará a nuestro país al abismo y traerá a nuestra nación una miseria inconmensurable. Las generaciones futuras le maldecirán en su tumba por lo que ha hecho».

Solo diez semanas más tarde, el 7 de abril, Hitler promulgó las leyes raciales. Cualquier persona que tuviera un abuelo judío no podía trabajar en ninguna institución del Estado, solo aquellos que hubieran servido en el ejército o hubiesen perdido un familiar cercano en la Primera Guerra Mundial podían seguir. Estas excepciones fueron abolidas en 1935. Como todas las universidades eran públicas, como los principales centros de investigación, los Institutos Emperador Guillermo (ahora Institutos Max Planck), eran también públicos, todos los profesores judíos, calificados con ese criterio tan laxo, fueron expulsados de sus trabajos. Algunos se enteraron por listas publicadas en los periódicos y otros fueron llamados por el director de su centro o su decano, quien les explicó que al día siguiente no podían volver a entrar en el edificio. Un 20% de los científicos de Alemania, sin duda muchos de ellos entre los mejores del mundo, perdieron sus puestos. Algunos intentaron encontrar otros trabajos en el país, pero las circunstancias se fueron volviendo más y más asfixiantes. Muchos de los que se quedaron, que no se sentían otra cosa que alemanes, perdieron la vida en el Holocausto. Los judíos de Alemania estaban totalmente integrados y habían formado una élite científica y cultural, una «aristocracia estética» que valoraba por encima de cualquier cosa la música, la filosofía y la literatura alemanas, su herencia común. Esa integración incluía haber luchado por su país: en la Gran Guerra, cien mil judíos se presentaron voluntarios para servir en el ejército alemán y doce mil murieron en combate. El físico Franz Simon, asqueado de los nazis, renunció a su cátedra de Breslau en 1933 y les envió por correo su Cruz de Hierro que llevaba en el reverso la inscripción: «La Patria siempre estará agradecida».

En ese difícil momento Alemania tenía la mejor ciencia del mundo. En los primeros treinta y dos años de Premios Nobel (1901-1932), investigadores alemanes ganaron un tercio de todos los premios científicos, treinta y tres de cien, Inglaterra, dieciocho y los Estados Unidos, seis. Aunque la población judía no superaba un 1% de la población total de Alemania en esa época, una cuarta parte de los premiados eran de ascendencia judía. Tras la expulsión de los científicos judíos algunos intentaron, con poco éxito, encontrar trabajo en el sector privado, pero el antisemitismo era rampante. Otros empezaron a marchar buscando un futuro, un trabajo, salvar la vida. Cuando James Franck, director del Segundo Instituto de Física de la Universidad de Gotinga, recibió una invitación de Niels Bohr para ir a Copenhague, una multitud se reunió en la estación, permaneciendo en silencio mientras el tren partía. Sin embargo, otros veían a los que se iban al extranjero como desertores que abandonaban a sus compañeros y no peleaban para mantener los valores de la ciencia ni la necesidad de mantener a los investigadores, una profesión sin ningún defensor en el Gobierno. Otros intentaron integrarse, confundirse, hacerse pasar por lo que no eran y el partido nazi pasó de 850.000 miembros a 1,5 millones, las oficinas de inscripción tuvieron que cerrar porque no podían procesar la avalancha de solicitudes. En realidad, el cambio fue tan rápido, tan feroz y tan irracional que los académicos no conseguían asimilarlo. ¿Cómo iban a dejar su patria si estaban tan orgullosos de ser alemanes? ¿Cómo abandonar sus carreras, o a sus compañeros, o, aún peor, a sus estudiantes? Los más jóvenes, como Hans Krebs, Ernst Chain o Hans Bethe, marcharon primero, los mayores aguantaron más hasta que la situación fue asfixiante o terminaron en los campos de concentración. Pero el impacto fue instantáneo: el primer año tras la promulgación de las leyes raciales 2600 científicos abandonaron Alemania, casi todos judíos. Cuando un ministro le preguntó al gran matemático David Hilbert: «¿Qué tal van las matemáticas en Gotinga ahora que está libre de judíos?», Hilbert contestó apesadumbrado, recordando la que hasta hacía poco era una de las grandes universidades investigadoras de Europa, «¿Matemáticas en Gotinga? En realidad, ya no queda nada». Esta terrible diáspora, este exilio forzado de grandes científicos fecundó los laboratorios y universidades de otros países, en particular Gran Bretaña y Estados Unidos, y fue clave en que los aliados ganaran la Segunda Guerra Mundial. Se conoce como «el regalo de Hitler».

Ernst Chain. Fotografía: Cordon.

La comunidad científica de los países democráticos no se quedó mirando ante las persecuciones y las expulsiones de los científicos judíos. El 22 de mayo de 1933 un grupo de profesores, incluyendo siete premios Nobel, escribieron a The Times anunciando la creación del Consejo de Asistencia Académica, cuyo objetivo era «recaudar fondos, que serán usados en primer lugar, pero no exclusivamente, para proporcionar manutención a los profesores e investigadores desplazados, y para conseguirles empleo en universidades e instituciones científicas». En 1936 el consejo cambió su nombre a Sociedad para la Protección de la Ciencia y la Enseñanza. Para explicar su objetivo, su función, tomaron prestadas las palabras de Francis Bacon cuando se creó la Biblioteca Bodleiana en la Universidad de Oxford: «Un arca para salvar el saber del diluvio». Al final de la guerra tenían fichas abiertas en esta sociedad 2541 académicos refugiados, la mayoría alemanes y austriacos pero también checoslovacos, italianos y españoles. También ayudaron las comunidades judías, muchas universidades, muchos periódicos y muchos particulares. Otros muchos, en cambio, no hicieron nada. La Fundación Rockefeller recolocó a trescientos científicos, la Universidad de Londres a sesenta y siete, Cambridge a treinta y uno, Oxford a diecisiete. Esto solamente en mayo de 1934. De esos científicos rescatados, de esos refugiados que habían perdido su patria y su trabajo, veinte recibieron posteriormente el Premio Nobel, cincuenta y cuatro fueron elegidos miembros de la Royal Society y treinta y cuatro fueron nombrados para la British Academy. Nunca hubo una «promoción» igual.

Cada historia de uno de estos refugiados es un mazazo en la conciencia. Wilhelm Feldberg había perdido a su esposa, un hijo, su país y su trabajo, y aun así decía a sus colegas británicos «he tenido tanta suerte». Trabajaba en el Instituto de Fisiología de la Universidad de Berlín, cuando una mañana de abril le llamó el director Paul Trendelenburg y, mostrándole el texto del nuevo estatuto del funcionariado, simplemente le espetó: «Feldberg, se tiene que ir antes de mediodía porque es usted judío». Con esa inocencia de muchos científicos, Feldberg protestó, pues acababa de empezar un experimento, a lo que el director le contestó: «Bueno, pues entonces se tiene que haber ido a medianoche». Pasó la tarde trabajando en el laboratorio junto a su esposa para terminar aquel experimento. Su expulsión no pasó totalmente desapercibida, pues dos colegas japoneses esperaron horas a la puerta de su laboratorio y, sin decir palabra, cuando Feldberg y su esposa salieron a medianoche hicieron una reverencia, y otra más cuando el matrimonio se alejó hacia la puerta del edificio. No era el único, el joven bioquímico Hans Krebs, que descubriría cómo generan energía las células y al que el decano de la Facultad de Medicina había descrito como de «una habilidad científica sobresaliente… inusuales cualidades humanas… leal y fiable», recibía una carta cuatro meses más tarde del mismo decano, el profesor Rehn, que decía: «Por la presente le informo de que, según la Orden Ministerial A N.º 7642, ha sido suspendido hasta futura noticia». De la plantilla de los cuatro institutos de física y matemáticas de la Universidad de Gotinga, formada por treinta y tres científicos, solo quedaron once. Tres de los cuatro directores, James Franck, Max Born y Richard Courant, fueron despedidos. Los dos físicos recibieron años después el Premio Nobel.

El más famoso de esos científicos refugiados fue, sin duda, Albert Einstein. La prensa alemana le acusó de «internacionalismo cultural», «traición internacional» y «excesos pacifistas». Cuando Hitler fue nombrado canciller, Einstein estaba en Caltech e hizo una declaración al New York World Telegraph donde dijo: «Mientras tenga algo que decidir al respecto, solo viviré en un país donde prevalezcan las libertades civiles, la tolerancia y la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley. […] Esas condiciones no existen en Alemania en este momento». En el Reich las declaraciones recibieron rápida respuesta en la prensa. Un periódico de Berlín publicó: «Buenas noticias de Einstein. No vuelve». Bajo una foto del físico alemán aparecían las palabras: «No ha sido colgado todavía». Volvió junto a su esposa a Europa en barco y en la travesía se enteraron de que su casa había sido registrada y su jardín cavado con el pretexto de buscar un alijo de armas. Einstein renunció a su nacionalidad alemana pero no a la suiza, lo que indignó a las autoridades nazis, que estaban más acostumbradas a privar a la gente de sus derechos que a que ellos renunciaran voluntariamente. Dimitió también de la Academia Prusiana de Ciencias. Cuando había sido elegido veinte años atrás dijo que «era el mayor honor que le podían conferir», pero ahora temía que sería expulsado y que sus amigos estarían en peligro si protestaban. Siguió realizando estancias en diferentes países europeos y recibió ofertas de numerosas universidades, incluida la Complutense de Madrid. Sin embargo, renunció a esa opción cuando fue atacado en la prensa católica española, que le odiaba por su pacifismo, sus opiniones progresistas y por su religión.

Albert Einstein recibe el certificado de ciudadanía americana de la mano de Judge Phillip Forman, 1940. Fotografía: Al Aumuller / Library of Congress

Algunos salieron del Reich con normalidad y otros de forma accidentada. Herman Mark, profesor de química-física, fue arrestado pero consiguió salir de Austria mediante sobornos. Convirtió todo el dinero que le quedaba en alambre de platino y con él hizo perchas. Su equipaje llevaba su dinero, entre chaquetas y abrigos, de una forma que los aduaneros no supieron sospechar. No solo fueron los científicos, también sus obras. Los estudiantes, siguiendo los mensajes de Goebbels, quemaron los libros de autores judíos. Solo en la avenida Unter den Linden de Berlín se quemaron veinte mil. No hubo apenas protestas o fueron duramente reprimidas. El fascismo se introdujo en las universidades como una infección. Los nazis declararon: «Al día de hoy, la tarea de la universidad no es cultivar la ciencia objetiva sino la ciencia militar, como si fueran soldados, y su tarea primordial es formar la voluntad y carácter de los estudiantes». Muchos colegas colaboraron en el antisemitismo. Cuando Albert Einstein recibió el Premio Nobel, Philipp Lenard, premio Nobel también, húngaro nacionalizado alemán, escribió una carta al comité Nobel, que hizo pública, llamándole «fraude judío». La Sociedad Emperador Guillermo, el antecesor de los Institutos Max Planck, mandó un telegrama a Hitler expresando sus «saludos reverenciales» y comprometiendo a la ciencia alemana «a cooperar alegremente en la reconstrucción del nuevo Estado nacional». Mientras tanto, siguieron los ataques a Einstein. Su cuenta bancaria fue expropiada, su casa, cerrada y su velero, destrozado. Una organización de extrema derecha ofreció una recompensa al que asesinase al físico de Ulm. Einstein contestó que no sabía que su vida «valiera tanto» y se estableció finalmente en Estados Unidos. Desgraciadamente, el resto de la vida de Einstein, sus años de Princeton, fue científicamente poco productiva. El exilio suele ser doloroso y dañino. Max Born, su viejo amigo y admirador, dijo al respecto: «Muchos lo consideramos una tragedia, tanto para él, que intentó seguir su camino en soledad, como para nosotros, que echábamos de menos a nuestro líder, a nuestro portaestandarte». Siguió siendo, no obstante, un ejemplo de plantar cara al nazismo y de defensa de la decencia y la humanidad.

Los refugiados fueron fundamentales en el desarrollo de diferentes inventos. Rudolf Strauss inventó la máquina de soldar en onda, que todavía se usa en la industria, Paul Eisler inventó los circuitos impresos, Rudolf Peierls, Max Born y Franz Simon trabajaron en la bomba atómica, quizá lo más divertido fue el caso de Nicholas Kurti, que inventó la gastrofísica, el uso en la cocina de nuevos avances en la física como el uso de ultrabajas temperaturas, pero algo de lo que todo el mundo es consciente fue el trabajo de Ernst Chain, crucial para que existiera un nuevo medicamento: la penicilina.

La ciencia tuvo un salto importante en Gran Bretaña y Estados Unidos, pero también otros aspectos de la cultura. Georg Solti, un refugiado húngaro, impulsó de una forma excepcional la música, Rudolf Bing, de Viena, dirigió el Festival de Edimburgo y Nikolaus Pevsner, de Leipzig, se convirtió en el principal historiador de la arquitectura inglesa. Sir Peter Medawar, presidente de la Royal Society y premio Nobel, dijo que los tres ingleses más relevantes que él había conocido eran Ernst Gombrich, Max Perutz y Karl Popper, un historiador del arte, un biólogo y un filósofo, los tres nacidos en Viena.

La estupidez y el odio racial de Hitler dañó gravemente a su país. Los refugiados drenaron de talento la maquinaria bélica alemana y sería terrible pensar cuál habría sido el papel de algunos de los mejores científicos de la época si hubieran colaborado con sus conocimientos, ya sea de forma voluntaria o por la fuerza, en temas como las bombas volantes, la tecnología submarina o las armas atómicas. Además, no solo fue pérdida de Alemania, sino ganancia de sus contendientes. Los aliados se vieron enormemente reforzados y pusieron la ciencia norteamericana a la vanguardia del progreso, algo que no ha cesado desde entonces. El nazismo quedó derrotado, y algunos de esos refugiados volvieron a su país y otros terminaron su vida en sus nuevos países de acogida, agradecidos, aunque esos países deberían sentirse igualmente afortunados. Los refugiados no han desaparecido, solo han cambiado los países de origen y los de destino. Es difícil que entre esas familias que cruzan el Mediterráneo o los Balcanes, el Magreb o las fronteras de Indonesia haya otro Einstein, pero hay seguro miles de personas honestas, trabajadoras y buenas, buscando una esperanza, un futuro para ellos y sus familias. Igual que haríamos muchos de nosotros si pasásemos por la misma situación.

Marsella, 1943. Fotografía: Wolfgang Vennemann / German Federal Archive.


Bulla cum laude

La Real Academia define una burbuja económica como un «proceso de fuerte subida en el precio de un activo, que genera expectativas de subidas futuras no exentas de riesgo». Así pues, se trata de un aumento rápido (y, por ende, poco controlable) de un precio (hay dinero en juego y, por tanto, alguien está ganando o intentando ganar), que se alimenta de esperanzas. Las esperanzas, lo sabemos, suelen ser deseos a menudo irracionales (o, por lo menos, improbables) que peligrosamente descuidan el presente para confiar en un futuro poco factible, un futuro que apuesta por el azar, o sea, que cuenta con la posibilidad de que ocurra lo que no es probable que ocurra. Se llama esperanza precisamente por ser algo que tiene una elevada probabilidad de no suceder. Una esperanza, por definición, no está exenta de riesgos y, precisamente por ser una esperanza, estos riesgos suelen ser bastante inevitables. Lo que pasa con las burbujas es además mucho más curioso, porque su éxito no solamente es improbable, sino que, en muchos casos, es patentemente imposible, y el fracaso es casi cierto. O sea, se sabe de sobra que van a explotar. En muchos casos (las inmobiliarias, los bancos…) no hacía falta un doctorado en economía para entender que alguien estaba chupando de un bote a punto de quebrarse. Tampoco hacían falta superpoderes de videntes o una fina capacidad de cálculo.

En fin, las burbujas suelen acabar con un «se veía venir». De sobra. Pero este es el principio básico de la esperanza: creer en ella aunque las evidencias sugieran patentemente todo lo contrario. Otra característica de la esperanza es la de no depender de uno mismo, sino de los demás. Para resumir, si tienes una esperanza, estás contando con algo que tiene escasa probabilidad de ocurrir y que no depende de ti mismo: a bote pronto, una estrategia incauta, y una apuesta realmente pésima. Mario Monicelli, una piedra angular de la cultura cinematográfica italiana, decía que la esperanza es un engaño inventado por el poder, refiriéndose sobre todo a política, religiones y empresas. Los que tienen mantienen quietos a los que no tienen con una promesa futura para que se agarren a ella y se dejen explotar y manejar día tras día, a la espera de un acontecimiento liberatorio que se pospone continuamente. Muchos prefieren una falsa esperanza a una crónica depresión, olvidando que hay niveles intermedios, como por ejemplo una saludable y coherente planificación, basada en estrategias sinceras y competentes. Yo prefiero las ilusiones a las esperanzas, porque no atañen al futuro sino al presente, y porque no dependen de los demás sino de uno mismo. Pero, bueno, a lo que vamos, las burbujas, espejismos golfos, trucos baratos, que hinchan un producto para sacarle un descarado provecho sabiendo que pronto se vendrá todo abajo y que el coste correrá a cargo de otros.

La construcción y el banco son los casos clásicos, pero está claro que el juego puede funcionar donde sea. Una dinamo para hacer dinero se puede colgar a cualquier sistema que pueda proporcionar clientes, incluso una universidad o un laboratorio de investigación. De hecho, la ciencia hoy en día es un mercado que tira de flujos de dinero entre proyectos e instituciones, y desde hace tiempo los tiburones han olido la sangre de sus heridas. En los currículos de los investigadores ya tiene menos importancia la cantidad de producción científica, y lo que cuenta es cuánto dinero has sido capaz de menear. Y esto es paradójico porque, a paridad de resultados, es más espabilado el que los ha logrado gastando menos recursos. Pero para «la empresa» si no mueves dinero no sirves, y lo de la producción científica es más bien un resultado secundario bueno para cuidarte el ego o para que tu instituto farde en las redes sociales. Y cuando no es empresario, el investigador es cliente de una empresa de servicios tecnológicos, de una agencia o de una revista. Lo importante es que sea un anillo activo de la cadena económica.

Podemos imaginar de sobra los peligros de atar la ciencia al mercado, y lo curioso es que por un lado todas las partes están avisando de los riesgos, pero al mismo tiempo nadie recula. Investigadores e instituciones están alertando a todo el mundo del marketing descarado que se está llevando a cabo en el nombre de la ciencia, pero luego siguen apoyando esta nueva forma de hacer investigación, incluso fardando de que esté estructurada según las reglas del negocio moderno. Todos critican a los mercaderes en el templo, pero pocos se plantean alternativas, tal vez por falta de valentía o de capacidad, o tal vez por el miedo de quedarse fuera del juego. Si criticas a los mercaderes, igual te echan del templo y te quedas sin púlpito.

La misma situación la tenemos también en la educación académica y en todas las universidades del planeta, aunque con ritmos ligeramente diferentes. El estudiante es un cliente que tiene que quedar satisfecho de su estancia, y recomendársela a sus amigos que pagarán las futuras matrículas de aquellos cursos y de aquellas titulaciones. Las grandes universidades invierten en el landscaping, que viene a ser el «dejarlas bonitas», con jardines y cafeterías guais. El docente ya no evalúa a los estudiantes, sino que son ellos los que evalúan el trato recibido, como en un hotel, para que luego la institución decida el futuro de los contratos. Tampoco ayuda que con cierta frecuencia hablemos de estudiantes que priman la juerga, el sexo o el alcohol frente al compromiso, el esfuerzo, o las inquietudes científicas. No es un secreto que muchas instituciones universitarias hoy en día ocupan un nicho cultural que hasta hace pocos años era el de los institutos de secundaria, con la diferencia de que los «chavales» tienen ya edad para poder conducir, comprar botellas y volver a casa después de las doce.

Si consideramos la sinergia entre mundo académico y científico, entramos entonces en una dinámica nefasta: las universidades hinchan los cursos de clientes que luego se enfrentarán a un panorama profesional degradado y, sobre todo, atascado. Las universidades intentan rellenar sus cajas y, si lo logran, se expanden y expanden su metabolismo, sus nóminas, sus exigencias, sus administraciones, ampliándose y ampliando sus necesidades económicas. Y cuando aumentan las bocas a las que hay que dar de comer, no hay vuelta atrás. Las instituciones científicas procuran meter mano en fondos y proyectos y, si lo logran, aumentan sus gastos y sus contratos, ampliando equipos y tecnología en un bucle donde cuanto más ganas, más necesitas. Pero no es un misterio que la ciencia no es precisamente una buena inversión laboral, y entonces hinchar esta fábrica de desamparados para sacar tajada de ellos (las matrículas antes, los proyectos de financiación después) y luego lanzarlos al vacío no parece buena elección. Atención, en particular, a la dinámica formación-empleo. Muchos de los supuestos profesionales de la investigación que salen de la universidad no encuentran una posición como investigadores. Esto, por un lado, se puede achacar a una mala gestión de los Gobiernos, pero hay que reconocer que la cantidad de personas con un título u otro es tan elevada que resulta por lo menos complicado pensar en un sistema donde todos y cada uno de estos profesionales trabajen en su campo especializado. Las plazas de investigación hoy en día son poquísimas, y casi todas a tiempo determinado, generalmente tres o cinco años. Poco tiempo para diseñar una estrategia de investigación seria, y menos para organizarse la vida. Hay muchísimas más plazas como docente universitario, que además a menudo son a tiempo indefinido, aunque con condiciones laborales pobres. Así que el neocientífico que aguanta en las instituciones académicas al final acepta una plaza para enseñar en algún rincón del mundo. Entonces, vuelve a entrar en el sistema de producción de clientes-estudiantes, hinchando el mismo mecanismo que le ha atrapado. Es decir, uno que no ha conseguido trabajar como investigador por falta de oportunidades en el mercado laboral acabará formando más investigadores. Más investigadores que, cuando llegue su turno, no conseguirán investigar, y trabajarán como docentes para formar a más investigadores. Por ejemplo, no hay espacio para un bioquímico, entonces lo metemos a formar más bioquímicos. No necesitamos a este antropólogo, pues lo metemos a formar más antropólogos. Conociendo la relación numérica profesores-estudiantes es fácil calcular el coeficiente exponencial, y ver a Malthus esperando detrás de la esquina. La burbuja. Claro está, a corto plazo todos contentos: la universidad unta los engranajes, el investigador encuentra algo provisional, y el estudiante disfruta del landscaping. Pero no nos engañemos: no va a aguantar para siempre. En nuestros sistemas democráticos hay que seguir manteniendo garantías y derechos a todo el colectivo, incluso —y sobre todo— cuando las cosas se ponen feas, lo cual puede llevar fácilmente al colapso cuando se pasan ciertos umbrales de compatibilidad.

En todo esto, los investigadores quieren ser científicos exitosos, profesores aclamados, gestores productivos, de paso divulgadores de renombre y —por qué no— también padres ejemplares. Se lo exigen las instituciones, es lo que espera de ellos la sociedad y, al fin y al cabo, es lo que reclaman ellos mismos en nombre del derecho a la utopía. Pero el tiempo es el que es, y es el mismo para todos. Y el tiempo no se compra ni se vende, solo se pierde o se aprovecha. Todo el mundo se queja de que entre enseñanza y administración no queda tiempo para investigar, aunque nadie (o pocos) toman la decisión de oponerse al bucle y enfrentarse a las consecuencias de cantar fuera del coro. A menudo se pasa más tiempo pidiendo dinero que ocupándose de la investigación consecuente, y hay muchos más controles para acceder a las financiaciones que luego para averiguar si a la inversión se le ha dedicado un compromiso oportuno. Es un modelo de investigación donde el factor limitante no es el dinero, sino el tiempo. Y mientras el primero hincha la burbuja y seduce a educación y conocimiento, el segundo se agota. Para los que tenemos solo una vida, meterse en este hoyo puede ser una apuesta desde luego poco recomendable.

En resumidas cuentas, la investigación y la universidad se están agrietando entre los mecanismos del mercado, el valor de los investigadores y de los docentes se mide con su potencial de venta, y nadie parece tomar una posición contraria a esta tendencia. El valor se mide en el instante, y nadie lleva la cuenta para previsiones a largo plazo. Cómplice a menudo es el negocio de la información, que con excelentes recursos mediáticos tapa los efectos secundarios y, de paso, monta un ameno circo popular para vender noticias, subiéndose al carro carroñero y aprovechándose del tácito acuerdo entre el sistema académico y el económico. La empresa ha colonizado la ciencia.

A lo mejor es que hay esperanza en que todo se arregle, que una fuerza positiva estabilice esta situación con una solución buena para todos, para seguir fardando en las redes sociales y presentando la vida de un científico con colores agradables y entretenidos, como la historia de un intelectual divertido y majo que cuida y protege los secretos de la vida. Pero, como todas las esperanzas, esta también tiene, estadísticamente hablando, escasa probabilidad de ocurrir. Si no cambia el rumbo, lo más probable es que la burbuja explote y perjudique a quien se encuentre en su entorno. Y, en este caso, no arrasaría solo a los círculos económicos, con sus crisis y sus colapsos que ya conocemos muy bien, sino también a los pilares culturales, cuyas heridas y cicatrices, lo sabemos de sobra, tardan mucho más en recuperarse, a menudo teniendo que pasar por terapias de choque históricamente muy pero que muy dolorosas.

Por supuesto, no todo son pegas. Es indudable que estamos alcanzado un nivel de escolarización y de formación muy elevado, y es razonable pensar que, aunque la calidad esté lejos de lo que sería deseable, la cantidad sigue siendo un factor importante, decisivo. El número de personas que hoy en día tiene acceso a una formación académica es sumamente más alto si lo comparamos con la situación de hace solo medio siglo, y esto es un hecho. Lo mismo pasa con la investigación, y aunque haya graves problemas estructurales, en los últimos años se han hecho inversiones que han permitido a muchos países subirse al carro de la ciencia. Lo que no podemos todavía saber es si estas ventajas compensarán, a largo plazo, los riesgos asociados con una gestión impropia de muchos recursos. Las armas más potentes son también las más peligrosas, y bien sabemos que quien vuela alto se arriesga a caer muy lejos.

Las burbujas son rápidas, no reparten dignamente ganancias y pérdidas, y embaucan a la luz del día protegidas por el manto de un eterno «ya veremos». El libre albedrío otorga la responsabilidad de las propias decisiones, pero también la libertad de elegir, e incluso el legítimo derecho de equivocarse. Pero atañe al individuo, no a las instituciones que, en cambio, tienen el deber moral de evitar una estrategia patentemente nefasta. Es decir, el individuo que elige mal puede que sea sencillamente incapaz, pero, si el fallo es de la institución, las únicas alternativas son incompetencia profesional o corrupción de los objetivos. En el caso de los individuos, puede que haya torpeza, pero en el caso de las instituciones solo puede haber culpabilidad, una culpabilidad que se intenta enmascarar generando algo llamado esperanza: un engaño viejo como el mundo, inventado por el poder.