Clásicos que deberías leer aunque te digan que deberías leerlos: La isla del tesoro

Fotografía: Andy Field (CC)
Fotografía: Andy Field (CC)

Desocupado lector: esta que empiezas a leer ahora es ya la sexta entrega de Clásicos que deberías leer aunque te digan que deberías leerlos. Seis recomendaciones literarias llevamos, y uno de los comentarios más repetidos en las redes sociales es el de «buf, yo ese no me lo pude leer en el instituto». Normal, claro: quien más quien menos guarda una relación digamos, peculiar, con según qué clásicos —a veces incluso con todos ellos— y muchas veces esto es debido a las clases de literatura de nuestra adolescencia. Por lo general, el que amemos o no los libros depende de si tuvimos o no un docente con suficientes dotes celestinescas.

Aunque esto sucede con todas las disciplinas, en el caso de la enseñanza de la literatura podría parecer a primera vista una tarea sencilla, porque leer sabe más o menos todo el mundo y lo único que hay que lograr es que lo que se lea sea de interés para el lector. Y ese es el quid de la cuestión: «A mí me obligaron a leer el Quijote y nunca he podido con él», dicen unos. «Hostia, el Libro de buen amor, no me enteré de nada», braman otros. Y así desde las jarchas hasta el siglo al que se pudiera llegar porque había poco tiempo y el que había era necesario para hablar de fechas y ciudades. No es este el lugar para reclamar que los responsables de Educación se den cuenta de que a un adolescente, por lo general, le va a dar muy igual el año de nacimiento y muerte de Emilia Pardo Bazán. Pero quizás sí lo es para que usted, lector, reflexione sobre cuánto tiene que ver su relación con los clásicos con lo que sucedió —o sucede, quién sabe si nos leen alumnos de enseñanzas medias— en el instituto.

Y es que hay libros que, por muy buenos que sean, no se disfrutan igual a los quince años. Ojo, no decimos que no se comprendan sino que no se disfrutan. Y cuando alguien no disfruta con la literatura, lo normal es que se aburra con ella. El Cantar de mío Cid, por ejemplo. Recuerde ese famoso y terrible verso: «Dios, qué buen vasallo si tuviese buen señor». Deténgase un momento para leerlo despacio y en voz alta, repitiéndolo las veces que sea necesario. Marque las consonantes y abra bien la boca para pronunciar todas las vocales de cada diptongo. Hágalo delante del espejo: si se asusta de su parecido con Jim Carrey es que van por buen camino. Exagere ahora un poco las sílabas sobre las que recaen los acentos rítmicos (Dios, sa, vie, ñor). Es muy posible que así aprecie mejor el sabor árido y profético de este verso. Por último, mantenga en el paladar unos segundos esa mezcla de sonido y ritmo con significado propio mientras piensa en algún caso de alguien que haya sido condenado por hacer bien su trabajo o acusado en falso para que no siguiera cumpliendo con su deber. Si todo va bien, y ojalá que sea así, algo en su cabeza unirá todos esos elementos (lo que se dice, el cómo se dice y el cómo suena) y usted se sorprenderá al descubrir que un texto escrito hace ochocientos años contiene una frase que se ajusta como un guante doloroso a quien ha sufrido el abuso del poder. Ahora pregúntele a su yo adolescente qué le decía esa frase que pronuncian los lugareños que se ven obligados a cerrar las puertas para no dar cobijo al Cid en su destierro. Sí, es una frase que se entiende, no es especialmente complicada desde un punto de vista gramatical. Pero hay que llevar unas cuantas arrugas en la mochila para apreciar en toda su inmensidad ese grado de compasión y empatía tan solemne como impotente.

También hay libros con los que ocurre todo lo contrario. Libros que o lees de joven o ya de adulto te parecen triviales. Y no nos referimos solo a la saga de El pirata Garrapata, sino incluso algún que otro clásico. Quien lee por primera vez El guardián entre el centeno a los treinta y tantos, por ejemplo, tiene muchas papeletas de que le parezca la historia de un niño bobo y malcriado. Pero quizás unos cuantos años antes hubiera empatizado hasta lo enfermizo con ese joven que se siente incomprendido y que realiza el sueño frustrado que todos tuvimos una vez: escaparnos de casa.

Y luego están los libros eternos. Los libros que no solo seguirán funcionando dentro de muchos siglos sino que valen para cualquier edad. Aquellos que admiten múltiples lecturas que se van desvelando según el lector va creciendo. Uno de estos libros es, claro que sí, La isla del tesoro. Pero, por alguna razón que se nos escapa, cuando pensamos en clásicos no siempre tenemos en cuenta aquellos que pertenecen a esos géneros que la gente de voz engolada considera «menores»: es lo que sucede con la novela de aventuras o con la novela gótica. Pasa con Julio Verne, con Emilio Salgari, con Edgar Allan Poe, con Arthur Conan Doyle, con Howard Phillips Lovecraft y, por supuesto, con Robert Louis Stevenson, autor de tesoros como La isla del ídem o El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde. Sí, sabemos que son clásicos. Llevan escritos desde hace la tira de tiempo, fíjate, cómo no van a ser clásicos. Pero hay cierta condescendencia en el mundo académico al referirse a ellos, como si fueran clásicos de segunda división. Como si ser adulto supusiera tener que renegar de esos libros que nos convirtieron en ese mismo adulto.

Pero esto no sucede en todos los sitios. En el mundo anglosajón estos géneros gozan de cierto prestigio, al igual que sucede, por ejemplo, con la literatura infantil. El orgullo que sienten ingleses y estadounidenses por su literatura fantástica —que no fantástica literatura, aunque también— se nos queda a los españoles un poco lejano entre otras cosas porque Cervantes se encargó de dejarnos claro que los libros con dragones y magos son cosas de gente loca. Lo que es una lástima, porque por culpa culpita de ese prejuicio nos perdemos algunas obras maestras de la literatura que llevan tiempo haciendo las delicias de los que no tienen tantos miramientos hacia la verosimilitud de lo imposible.

En lo que sí estaría de acuerdo Cervantes es en que, al menos una vez en la vida, hay que leer una novela de piratas, y la de Robert Louis Stevenson es la madre de todas ellas. No la primera, claro. Ya en la literatura de la antigua Grecia los piratas hacían sus primeros pinitos. Pero La isla del tesoro contiene casi todo lo que se nos pasa por la cabeza cuando pensamos en este tipo de novelas: un cofre con doblones de oro, un mapa del tesoro, barriles para esconderse dentro de un barco, piratas con cuchillos entre los dientes, piratas abandonados en islas desiertas, piratas cojos con loro en el hombro… Y, por supuesto, mucho ron, ron, ron, la botella de ron.

Pero si es lo de siempre, ¿para qué leer el libro si ya nos lo sabemos? Qué preguntas, oiga. Pues porque este es el original. Y cuando decimos original no nos referimos al más antiguo, que ya hemos dicho que no lo es, sino al más genuino. Dejemos ahora a un lado el hecho de que los ingleses se beneficiaron en muchos casos del pillaje marítimo. Quedémonos en que, por lo general, los piratas siempre habían sido los malos del cuento. Y entonces llega Stevenson y nos presenta a Long John Silver, alguien de quien huiríamos en la vida real pero hacia quien, como personaje literario, es imposible no sentir fascinación. Y esto es así porque el mismo Stevenson no tenía muy claro que la sociedad a la que pertenecía fuera su opción de vida preferida.

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Robert Louis Stevenson y familia en la isla de Upolu en Samoa. Fotografía: DP

Criado en la rigidez victoriana del siglo XIX, nuestro autor mandó a hacer puñetas los planes de su padre de heredar la empresa familiar y se marchó a California con una mujer casada (oh, qué escándalo). Stevenson sufría de una salud tirando a regular y cuando los médicos le recomendaron un clima más cálido se lio la manta a la cabeza y se trasladó a Samoa, donde pasó el resto de su vida y fue enterrado, casi en las antípodas de su Escocia natal.

¿Por qué nos interesa esto para recomendar la lectura de La isla del tesoro? Porque, como sucedía en muchos de los comentarios literarios de instituto en los que hablábamos del contexto sociocultural del autor y cosas de esas, la vida de Stevenson está muy relacionada con su obra. En sus páginas se respira el deseo de huir de un mundo estable pero aburrido de solemnidad mientras se sopesa la dualidad del bien y el mal como parte esencial e indivisible del ser humano. Es lo que sucede con Long John Silver y en mayor medida con la otra gran novela de Stevenson: El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde.

Pero no se trata de leer un libro tan solo porque su autor tuvo más huevos que nosotros, pobres almas grises que preferimos la comodidad de nuestra rutina y el olor de nuestras colchas. La isla del tesoro debería leerse y releerse porque, ya lo hemos dicho, es una de esas novelas que con los años va descubriendo nuevas capas de lectura. Se podrían clasificar las etapas de la vida de una persona a través de sus percepciones de dicha novela a lo largo de los años.

Qué demonios. No es que se pueda hacer esa clasificación, es que de hecho vamos a hacerla ahora mismo.

El momento ideal para leer La isla del tesoro por primera vez es de niño, a los diez o doce años. Nuestra mirada inocente se parece mucho a la de Jim, el protagonista, al principio del libro. Descubrimos la trama con él con su misma fascinación, y cuando él pisa por primera vez las tablas de La Hispaniola queremos estar allí y escondernos en ese barril para escuchar una conversación terrible. Y sabemos —porque a los diez años las cosas no se imaginan sino que se saben— que algún día seremos nosotros los que pilotaremos ese barco para navegar por el inmenso mar que es la vida que aún tenemos por delante.

La segunda lectura es la del adolescente impetuoso, que encuentra irresistible que Jim sea el héroe que lo soluciona todo. Jim se escapa, Jim roba el barco a los piratas, Jim se nombra a sí mismo capitán de La Hispaniola. ¿A quién le importan entonces las opiniones de Livesey, Smollett y Trelawney, que son los típicos adultos al mando que no saben nada del mundo real?

En torno a los veinte años nos sentimos iluminados por la oscuridad de la novela. Es ahí cuando se desvela nuestra bella e incomprendida atracción hacia los malvados. Long John Silver, el taimado y peligroso cocinero, se nos aparece como un renegado, un rebelde astuto y encantadoramente manipulador. ¿Cómo no amar a alguien con semejante afán autodestructivo?

Rondando los treinta reflexionamos sobre la relación con nuestros padres, cuánto de ellos hay en el adulto que somos y cómo nos las apañaremos si algún día llegamos a tener hijos. Si en ese momento releemos La isla del tesoro lo que más llamará nuestra atención será el darnos cuenta de que Jim, huérfano de padre, siente más afinidad hacia Silver que hacia el resto de las otras posibles figuras paternas del libro. Algunos incluso sonreímos con emoción cuando vemos que esa afinidad es mutua, y que la admiración que Silver siente hacia Jim es tan peligrosa como sincera.

A los cuarenta, el poco tiempo libre que nos concede la paternidad nos hace soñar en secreto con escapar y gozar de ese mundo en libertad que sabemos que ya no será parte de nosotros sin dejar a alguien en la estacada. Es el momento de desempolvar nuestra novela de piratas favorita para degustar el hermoso canto a la soledad que encierra el libro: frente a la ruidosa multitud de la tripulación, frente a los motines, luchas y explosiones, Jim es un héroe que resuelve las cosas a solas. Y así, más de un cuarto de siglo después de haberla leído por primera vez, seguimos sintiendo un poco de envidia ante la euforia de Jim con su recién estrenado mando de capitán y cómo su conciencia, que antes le había recriminado por su temeridad, había enmudecido ante la gran victoria que había supuesto.

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La isla del tesoro (1990). Imagen: Turner Pictures / Agamemnon Films / British Lion Film Corporation

Llegan los cincuenta y al echar la vista atrás nos preguntamos qué podría haber sido de nosotros si hubiéramos tomado un camino distinto en ese jardín de senderos que se bifurcan al que nos gusta llamar vida. ¿Qué habrá sido de aquellos amigos a los que abandonamos o que nos abandonaron, aquellos a quien un día consideramos miembros imprescindibles de la tripulación de nuestro día a día? Ahora que las energías ya no son las mismas y no nos sentimos con las fuerzas necesarias para lanzarnos a alta mar, algunas noches nos da por pensar que si tuviéramos una segunda oportunidad haríamos las cosas de otro modo. Y entonces recordamos a Ben Gunn, el pirata abandonado por los suyos en una isla desierta que consigue redimirse a lo largo del libro.

A los sesenta creemos conocer, al menos de oídas, todo lo que merece la pena conocer. El mundo es de una forma determinada que hemos moldeado según nuestra propia experiencia y la llegada de los nietos nos ayuda a renegar de la temeridad de Jim y de la maldad retorcida de Silver. Nuestro héroe ahora es el doctor Livesey, cuya mezcla de serenidad y rigor incluso en los momentos más peligrosos es el único modo posible de solucionar cualquier problema en nuestro entorno más cercano.

A los setenta, la juventud ya no es un divino tesoro sino un país lejano y diminuto al que miramos con simpatía y algo de condescendencia. Es el momento, sin embargo, de recordar las pasiones auténticas de la adolescencia, cuando aún no sabíamos nada de la vanidad del mundo y sus placeres. Será entonces cuando mejor apreciemos que Jim sea el único personaje al que le interese más la aventura que el oro y que ni siquiera le emocione la posibilidad de ir a buscar el nuevo tesoro del que se habla hacia el final del libro.

A los ochenta tenemos la total certeza de que la vida es ante todo un viaje. La isla del tesoro es una lección de vida que comienza con un niño descubriendo un mapa misterioso y termina con ese mismo niño, ya hombre, que ha luchado contra el mal, contra el bien y contra sí mismo. Ha sido un proceso de aprendizaje completo tras el que solo queda descansar con la satisfacción de haber hecho lo que siempre quisiste hacer. Y con la modestia de Jim, que nunca presume de sus hazañas.

A los noventa, puesto ya el pie en el estribo, la vista nos escasea y hay días en que las manos apenas pueden sujetar con fuerza el bastón en que nos apoyamos. Tras perder a mucha gente en el camino los personajes ya no nos parecen tan importantes como la descripción del mundo que ya no podremos conocer. Hemos vivido el amor y la derrota, el desencanto y la esperanza y quién sabe si a pesar de ello o como una consecuencia lógica sabemos que el mundo es un lugar extraordinario que pese a todo ha merecido la pena. La Hispaniola ya no es sinónimo de aventura sino el barco en que haremos nuestro último viaje mientras nos dejamos fascinar por la belleza de la luz del sol y sus matices infinitos.

Por supuesto, esto es solo una propuesta de lecturas y relecturas. No nos cansaremos de decir que todo clásico tiene tantas interpretaciones como lectores, así que disponen ustedes de toda una sección de comentarios esperándoles para que aporten las suyas.

AYUDA PARA VAGOS Y MALEANTES:

Si aún así se atreve a reincidir en el pecado abominable de no leer a Stevenson, recuerde que tiene a su disposición una buena cantidad de versiones. Las múltiples adaptaciones cinematográficas de La isla del tesoro suelen ser conocidas por el actor que daba vida a Long John Silver. Es el caso de la de Orson Welles en 1972 y la de Charlton Heston para televisión en 1990, con cameos incluidos de Christopher Lee y Oliver Reed, entre otros. Pero si quieren ver algo divertido y apasionante al mismo tiempo, no se pierdan la versión de los teleñecos con Tim Curry (sí, el payaso terrorífico de It) como Silver. Puede parecer poco serio recomendar esta versión, pero es bastante más interesante que El planeta del tesoro, versión sci-fi de Disney.

Si es usted de los que disfrutan con lo que pasó antes o después de la historia, está de suerte. Dado el tremendo éxito de su novela, el propio Stevenson escribió otros textos con algunos de los personajes, y poco después de su muerte ya comenzaron a aparecer secuelas y precuelas. Una secuela contemporánea a la que merece echar el ojo es Retorno a la isla del tesoro, escrita en 2012 por Andrew Motion en la que el hijo de Jim y la hija de Silver buscan el tesoro que no fue encontrado en el libro original. En cuanto a precuelas, una cita ineludible es Black Sails, una serie de 2014 con el capitán Flint como protagonista y en la que Silver es un jovencito recién enrolado en su tripulación.

Pero si lo que quieren es volver a sentirse niños, nada como revisar esta serie de animación japonesa de 1978.

Por una vez, y sin que sirva de precedente, no diremos aquello de «qué envidia me das» si no han leído jamás La isla del tesoro: cualquier lectura de la novela que no hayan hecho es algo que ya se han perdido para siempre. Pero aún están a tiempo. Corran a buscarlo y prepárense para realizar, literalmente, el viaje de su vida.


Clásicos que deberías leer aunque te digan que deberías leerlos: Cándido

Una adaptación teatral de Cándido a cargo de Spooky Action Theatre. Fotografía: Franc Rosario / Spooky Action Theatre.

Ah, la France! ¡Qué ricos los croissants y el café-au-lait! Y la torre Eiffel, qué alta y qué emblemática. Y el Sena y Nôtre Dame y los tres mosqueteros y Depardieu que se hace ruso para no pagar impuestos, oh là là. Cuántos buenos momentos nos ha dado Francia, y con cuántos clichés absurdos les hemos pagado. Que si se creen el ombligo del mundo, que si nos queman los camiones, que si menos mal que los echamos, que si su cine es lento, que si su literatura es aburrida, que si son chauvinistas, que si culturalmente tampoco son para tanto…

Reconozcámoslo de una vez, ahora que no nos oyen: todas estas bobadas, los españoles las decimos por envidia. Que anda que no nos hubiera venido bien, al menos culturalmente, ser un poco o un mucho más franceses. No es cuestión de hacer ahora absurdas hipótesis, pero parece obvio que en los últimos siglos su política cultural ha funcionado mejor que la nuestra. Si es que a lo que ha habido en España desde 1812 se le puede llamar política, claro. Y, sobre todo, si se le puede llamar cultural. Aquí, ya saben, fue echar a los franceses y ponernos a gritar «Vivan las caenas» mientras aplaudíamos a un rey infecto que se dedicó a cerrar universidades y a matar afrancesados y ole y ole el botijo y la tortilla de patatas. Y las fronteras bien cerraditas para que el progreso se quedara por encima de los Pirineos consolidando un retraso industrial, científico y cultural del que aún no nos hemos puesto al día. Todo para que más tarde ese mismo rey tuviera que pedir ayuda a los francesísimos Cien Mil Hijos de San Luis para no perder el trono y que años después su hija Isabel II se exiliara en París junto a su hijo —el futuro Alfonso XII— gracias a la ayuda de Eugenia de Montijo, granadina de postín y a la sazón emperatriz de Francia. Qué cosas, ¿eh? La idea de una España sin rey no sería posible sin la que se montó en París en 1789 y nuestra monarquía actual —no lo olvidemos, la dinastía de los Borbones es francesa— lo sigue siendo gracias a la ayuda de nuestros vecinos del norte. Seamos monárquicos o republicanos, los españoles tenemos que reconocer que mucho de lo que pudimos ser y mucho de lo que somos se lo debemos a los franceses.

Y como a buen entendedor pocas palabras bastan, ya se imaginan ustedes que tras estos argumentos tan vehementes como deslavazados hoy vamos a hablar de literatura francesa.

Pero no solo eso. Cándido, de Voltaire, es un relato filosófico. O, al menos, es una respuesta despiadada a un filósofo que decía una serie de cosas que no se podían sostener sin que a uno le entrara la risa floja. «Oh, merde! ¡Filosofía! ¿Acaso hay algo más solemnemente aburrido?», gritan algunos lectores a punto de cerrar la ventana del navegador. «Que si los postulados, que si los apriorismos, que si la ontología, que si la impermanencia, que si tanta palabrería vana para hablar de cosas improductivas que le interesan a tres gatos mal contados. ¿Acaso la filosofía nos da de comer? ¿Se puede construir una casa filosofando, eh, eh?».

Pues mire, sí. A lo mejor una casa de esas que se hipotecan no, pero sin filosofía es difícil construir un hogar. O un Estado, que es como un hogar pero mucho más grande. Aunque la buena filosofía sobre todo se dedica a construir puentes. Puentes resistentes y duraderos para unir culturas, para unir conceptos, para unir ideas y, sobre todo, para unir neuronas. Ojalá en los sucesivos planes educativos con que nos han acribillado en los últimos años se hubiera incluido una formación filosófica más profunda —no, Historia de la Filosofía no es lo mismo que Filosofía, igual que Historia de la Literatura no es lo mismo que Literatura— para crear una sociedad con pensamiento crítico. Claro que si usted no está muy acostumbrado a leer ensayos filosóficos, es mejor que no se acerque de golpe a la Fundamentación de la metafísica de las costumbres de Kant si no quiere que le entren ganas de tirarse a una picadora industrial de carne en marcha. Pero ahí están, por ejemplo, algunas cuantas cosas de Ortega, otras de Platón —algún día deberíamos hablar por aquí de El banquete— o una pequeña joyita del mismo Kant llamada ¿Qué es la Ilustración? Lo que nos ayuda a recordar que, además de francés y filósofo, Voltaire fue uno de los mayores exponentes de esa extraordinaria corriente de pensamiento del siglo XVIII a la que tanto le debemos.

Dos ilustraciones de Cándido de Jean-Michel Moreau, 1787 (DP)

«¡Hosti, el XVIII! ¿Pero por qué tanta crueldad?», llora amargamente el lector, al que medio habíamos convencido con lo de la filosofía y ahora se lo vuelve a pensar al recordar a Jovellanos y a Moratín y el regreso a la regla de las tres unidades. Si de los clásicos pensamos que son aburridos, cuando nos mencionan la literatura dieciochesca nos entran escalofríos por la rabadilla con eso de que la pasión quede relegada para que la razón y las ideas florezcan en pos de una sociedad más perfecta. Y como no solo ha cambiado la forma de escribir sino también la forma de leer, hoy en día no queremos que un novelista nos adoctrine sino que nos cuente una historia entretenida —en el amplio sentido de la palabra— cuyos personajes sean un poquito —o un muchito— trasunto de nosotros mismos y, a ser posible, que nos haga pensar un tanto en el lugar que ocupamos en el mundo.

A lo mejor lo que sucede es que solo nos han contado una parte de la historia y los que se miran el ombligo no son los franceses sino nosotros mismos, porque en esa época fuera de España hubo escritores extraordinarios cuyas obras siguen hoy tan frescas. Algunos de los personajes más destacados de la historia de la literatura aparecieron en esta época, como Robinson Crusoe, Tristram Shandy o el joven Werther. Es también el siglo de la literatura libertina, cuya gradación lujuriosa de menos a más incluye joyas como Las amistades peligrosas de Choderlos de Laclos, la Historia de mi vida de Casanova y una buena parte de la obra del Marqués de Sade. Aquí de libertinaje no supimos nunca mucho, la verdad, más allá de algunos poemas subidos de tono de Samaniego (que además de fábulas de animalitos también sabía escribir cochinadas) y poca cosa más. Pero lo que nos interesa hoy es un género que tampoco gozó de mucho predicamento en España: la novela satírica, que en el XVIII dio al mundo maravillas como Los viajes de Gulliver o el propio Cándido, una delicia que se lee en una tarde o dos, pero que da para pensar durante varias semanas.

Goodman Beaver, un cómic de Will Elder y Harvey Kutzman inspirado en el Cándido.

Voltaire debe haber sido uno de los autores más prohibidos y menos leídos en España. Pero no es que haya sido poco leído por haber sido prohibido —ya sabemos que no hay nada que más anime a leer algo que el que nos lo prohíban— sino que se ha condenado incluso antes de leerlo. Sus obras completas, por ejemplo, estuvieron varias veces en el Índice de libros prohibidos. Un curioso honor, ya ven, que hoy queremos rebatir con nuestro pequeño grano de arena animando a leerlo. No porque sea francés o filosófico o del siglo XVIII, sino porque es un libro divertido, ágil, crítico, eficaz y sobre todo muy actual. Sí, sí: actual. Hay sitio para usted en este relato, tanto si piensa que el mundo es fabuloso o, todo lo contrario, que es un lugar miserable lleno de injusticias.

Cándido es un joven al que el nombre le viene que ni pintado. Que hubiera sido mejor que le llamaran Pánfilo, eso sí, porque más que inocente es bobo de los de ganar concursos. Concursos de bobos, se entiende. Vive una vida tranquila y apacible en el castillo del barón Thunder-ten-Tronckh, disfrutando de dos placeres incomparables: la visión de la bella Cunegunda y las lecciones filosóficas que le da su preceptor Pangloss, un buenista que se dedica a contar que el mundo es perfecto y maravilloso. Y Cándido, el pobre, no puede más que darle la razón. Total, la vida en un castillo es algo extraordinario, con su comida caliente y sus edredones de plumas y su guardia que te protege las veinticuatro horas.

El caso es que Pangloss es un trasunto de Leibniz, un filósofo alemán que entre otras cosas se dedicó a justificar por qué el mundo es tan horrible si Dios es tan benévolo. El amigo Leibniz, que durante toda su vida viajó lo suficiente de corte en corte como para sentir que el mundo le sonreía, argumentaba que sí, que bueno, que no vivimos en un mundo perfecto pero sí en el mejor de los mundos posibles y con eso deberíamos estar satisfechos porque, total, es un mundo creado por un Dios perfecto y matemático que ha sabido encontrar y combinar las mejores posibilidades imaginables. Voltaire, en cambio, viajó lo suficiente de cárcel en exilio como para pensar que eso era una solemne mamarrachada y que a Leibniz lo que le hacía falta eran dos guantazos. Afortunadamente para la historia de la literatura, Leibniz llevaba muerto casi medio siglo y Voltaire se tuvo que conformar con escribir Cándido, donde las teorías del alemán son llevadas al extremo para mostrar que carecen de fundamento alguno. Así, por ejemplo, el sabio Pangloss enseña a Cándido que como muestra de ese mejor mundo posible nuestro, la nariz se hizo para llevar anteojos y por eso llevamos anteojos.

Dicho así parece una tontería. Pero esto es solo un ejemplo, claro. Y es que Voltaire aprovecha la ocasión para realizar una despiadada crítica contra los horrores del mundo y la hipocresía del ser humano. Y todo porque el joven se ve obligado a salir del castillo y emprender una vida por su cuenta. Pero las cosas llevan unas a otras y el pobre Cándido viajará de país en país conociendo de primera mano la guerra, el terrible terremoto de Lisboa de 1755, la esclavitud, la Inquisición… sin dejar de creer que las enseñanzas de Pangloss son ciertas, y que sí, que el mundo es muy feo pero qué suerte tenemos de estar en él. Y todo con un humor absurdo, cruel y demoledoramente crítico, algo así como una curiosa mezcla de Gila, Tarantino y Michael Moore.

(Nota: si usted no es español, es posible que no sepa que Gila fue el mejor humorista de este país, así que aparte de pedirle disculpas por todo el rollo sobre España y Francia del segundo párrafo, le dejamos aquí uno de sus vídeos más representativos para que sepa de quién hablamos. Si usted es español y sabe quién es Gila, déle al clic y vuelva a disfrutar de la historia de su vida. Y si usted es español y no sabe quién es Gila, lo sentimos pero usted no es español).

Parece peregrino unir al gran cómico español con Voltaire, pero hay un componente común basado en un humor absurdo a lo largo de las peripecias de los protagonistas. Esta causalidad casi casualidad que mueve la vida de Gila («se lo conté a mi madre y me dijo: “pues anda, vámonos a Chicago”», por ejemplo) es una de las características principales de la estructura de Cándido, donde el protagonista aparece en un país como podría haber aparecido en otro sin más lógica que la que el autor necesita para contar su historia. Aun así, esta mezcla que se nos ha ocurrido para definir el relato no es suficiente. Gila es absurdo, Tarantino es salvaje y Moore es sarcástico. Voltaire pone todo eso en la olla, claro, pero le añade un ingrediente que consigue que el plato final se conserve fabulosamente: la sátira. La ironía y el sarcasmo están muy bien, pero es en la sátira donde el autor emplea su ingenio en ridiculizar todo tipo de vicios y abusos para hacer una denuncia social. Como decíamos, la sátira no llegó a arraigar en España porque, bueno, digamos que de libertad de expresión hemos estado históricamente un poco escasos y cuando por fin la hemos tenido, ejem. Lo cual no quita para que nos hayan satirizado históricamente, como ya explicó aquí Rubén Caviedes.

Pero un libro no es mejor ni peor por su capacidad satírica. Sea cual sea el tono elegido por el autor, es necesario que en una obra literaria todo gire sobre una historia más o menos sólida. En el caso de Cándido, el tono satírico la fortalece ya que la trama es tan absurda y tan novelesca —en el peor sentido de la palabra— que solo puede disfrutarse con un registro así de exagerado. Al igual que Cervantes se pitorreó de los libros de caballerías en su Don Quijote, Voltaire aprovecha para hacer sangre contra las llamadas novelas bizantinas. Estas novelas, que gozaban de enorme éxito desde tiempos de los griegos, contenían unas tramas imposibles llenas de piratas, secuestros, traidores, situaciones rocambolescas, muertes violentas, desgracias naturales… Para entendernos, algo así como La princesa prometida pero en tono dramático y muchas veces traspasando el límite de lo patético. Voltaire, una de las mentes más lúcidas de su tiempo, aprovecha el género para decirnos que esas historias son muy molonas, sí, porque vivimos en una burbuja que nos permite pensar que mañana será otro día, pero que allá afuera lo normal es que la gente no sepa si al día siguiente va a seguir vivo. Y que un mundo así no puede ser el mejor de los mundos posibles creado por un Dios benévolo y omnipotente, porque en ese caso o no existe Dios o bien se trata de un dios mezquino, estúpido y/o incompetente. Vaya con Voltaire, ¿eh? No es de extrañar que a los censores se les disparara el rotulador rojo de prohibir cosas. Es lo que tiene la sátira: que ente jijí y jajá se cuelan una serie de mensajes que no van a agradar a todo el mundo. Ya ven: estamos hablando de un pequeño relato escrito hace más de dos siglos y medio, pero tan actual que muy posiblemente algún lector de hoy en día seguirá sintiéndose ofendido.

El joven Cándido sufrirá un choque continuo con la realidad, que poco a poco le hará ver que ni Pangloss ni Leibniz sabían de lo que estaban hablando. No destriparemos la trama si decimos que su peregrinación forzosa le llevará a conocer un verdadero mundo ideal donde todo es paz y armonía. Un mundo legendario del que regresará, como en el mito de la caverna de Platón, para comprobar que el mundo real es una pifia y que le llevará a pronunciar la famosa frase con la que se cierra el relato. Una frase que ha suscitado varias teorías y que en el fondo es un modo elegante y graciosísimo de mandar a Leibniz a defecar a la línea ferroviaria. Pero para llegar a ella (a la frase final, no a la línea ferroviaria) es necesario que el lector abra el libro y comience a leer, a ser posible con un paquete de biodramina cerca si suele marearse con la velocidad. Y de paso, con unos cuantos ibuprofenos para el dolor de mandíbula que le va a provocar tanta carcajada.

Ayuda para vagos y maleantes. Hay unas cuantas posibilidades de acercarse a Cándido sin leer la obra original. Como todo buen clásico, la novela de Voltaire no ha perdido su vigencia y es fácilmente adaptable a otros tiempos. Es el caso de la película de 1960 protagonizada por Jean-Pierre Cassel y Louis de Funes, ambientada en la Segunda Guerra Mundial. También pueden echar un ojo a la versión teatral para la Royal Shakespeare Company que escribió Mark Ravenhill, en la que la acción transcurre ya en el siglo XXI. Pero si lo que quieren es quedarse con la boca abierta, escuchen hasta el final este espectacular Glitter and be gay que canta Cunegunda en la opereta Candide de Leonard Bernstein. Pueden, por supuesto, escuchar la opereta entera, pero ya les avisamos de que se tarda menos en leer el original de Voltaire. Y no olvidemos los cómics: el viaje de Cándido es tan intenso que a su lado la más ágil de las road movies parece una versión de Cocoon rodada con figuritas de Lladró. De ahí que haya sido trasladado a novela gráfica en varias ocasiones, siendo la más celebrada la versión de Radovanović en tres volúmenes, con guión de Dragan y Delpâture. Ya ven, hay versiones para todos los gustos. Cine, teatro, ópera y comic. ¿Quién lo iba a decir de un libro francés, filosófico y, por si fuera poco, del siglo XVIII?

Portada de Chris Ware para la edición de Cándido de Penguin Classics con traducción de Theo Cuffe.


Clásicos que deberías leer aunque te digan que deberías leerlos: La Regenta

Fotografía: Anthony P. Buce (CC).

Haga la prueba: acérquese a su librería más cercana y vaya a la sección de novedades. Es matemáticamente imposible que no haya una novela de vampiros adolescentes, otra de detectives suecos resolviendo un sangriento y complicadísimo crimen en la nieve, y otra de mujeres luchadoras que se ven obligadas a salir adelante en un mundo distinto al que conocen. Más aún: es muy probable que haya al menos dos novelas de mujeres luchadoras, pues una de ellas contendrá una trama de hoy en día mientras que la otra será una novela histórica ambientada en un lugar lejano y/o exótico. Esta repetición de historias durará hasta que el público esté ya cansado de amores melancólicos entre vampiros y humanas, sectas satánicas secretas y mujeres desarraigadas descubriendo a su pesar que con el tesón suficiente todo se puede solucionar. Y entonces habrá que encontrar otros temas suficientemente amplios como para poder crear muchas novelas pero suficientemente concretos como para acertar con el nicho de público al que se quiere llegar.

Esto de las modas literarias no es nada nuevo: si echamos la vista atrás podremos recordar que gracias al realismo sucio de los ochenta un escritor era casi un fracasado si no salpimentaba su prosa con vocablos tan atrevidos como polla, coño o follar. En los setenta, el principal daño colateral de la guerra fría fue la proliferación novelística de megavillanos soviéticos que querían invadir el mundo. El modernismo de finales del XIX impregnó

nuestras almas dolientes de abril
con fragancias nocturnas de un beso,
el sabor del placer y el exceso
y dos cisnes turgentes de añil.

Y qué decir del siglo XVI, donde todo se llenó de novelas pastoriles, en las que el único problema de los protagonistas es estar enamorados en un campo feliz y florido donde los ríos son mansos y no huele a estiércol ni a mierda de vaca.

El caso es que en el último tercio del siglo XIX surgieron las novelas protagonizadas por mujeres infelices en su matrimonio, fueran o no fueran sus maridos el mismo demonio. Esta moda literaria dio lugar a verdaderas joyas: Madame Bovary y Ana Karenina son las más célebres, pero en Portugal apareció El primo Basilio, Effi Briest en Alemania y en España La Regenta. Las más famosas son las dos primeras, claro, pero es en esta última donde se abre el zoom para hacernos ver no solo el proceso interno de la protagonista sino el nudo completo de ambiciones, deseos, hipocresías y represiones latentes en la sociedad de Vetusta, la ciudad no tan imaginaria en la que vive la susodicha.

Ana Ozores es la mujer ideal. Casada con don Víctor Quintanar, exregente de la Audiencia de Vetusta —de ahí que la llamen la Regenta—, tiene todo aquello a lo que puede aspirar una mujer de su clase. Es guapa, modélica y casta en los dos sentidos de la palabra. Los hombres la idolatran, las mujeres la admiran y a unos y a otras les molesta que sea tan perfecta porque les recuerda que ellos no lo son. La Regenta no es una mujer cualquiera, pero a media ciudad le gustaría verla convertida en una cualquiera. Sobre todo sus amigas de la alta sociedad, damas linajudas de rango y copete, pues todas ellas ya han probado en sus carnes los placeres de la lujuria adúltera y sueñan con que Ana caiga al lado oscuro como han caído todas.

Esta diferencia de enfoque entre La Regenta y otras novelas sobre el mismo tema ya aparece desde el mismo título: Ana Karenina es la novela de una mujer llamada Ana, casada con el señor Karenin, al igual que Madame Bovary —o mejor aún, La señora Bovary— es la historia de Emma Rouault, esposa de Charles Bovary. Ambos títulos, por tanto, nos remiten a mujeres que han adoptado el apellido de su esposo mientras que La Regenta nos indica que el interés que despierta la protagonista se debe al cargo institucional de su marido. Ya saben: la mujer del César no solo tiene que ser honesta sino también parecerlo; pero si no lo es, que se vaya preparando porque la vamos a poner a caldo. Aunque nosotros mismos no tengamos motivos ni para estar orgullosos ni para tirar la primera piedra.

Leopoldo Alas «Clarín» (DP).

Vetusta es, por tanto, la verdadera protagonista de la historia. A pesar de estar inspirada en Oviedo podría ser cualquier ciudad de provincias de aquel siglo o del nuestro, que conserva aún muchos de los vicios y defectos más de cien años después. No es una novela que pretenda hacer amigos: su autor, Leopoldo Alas «Clarín» carga las tintas contra la Iglesia y contra los ateos, contra los caciques y contra los obreros, contra los señores y contra los criados, contra las mujeres y contra los hombres. En el fondo, la historia de Ana Ozores es una excusa —deliciosa, pero excusa a fin de cuentas— para construir una tremenda crítica a todos los estamentos de una sociedad rancia cuya medicina es un aire nuevo que nadie sabe, quiere o puede proporcionar.

Es posible que, al sentarse a escribir, Clarín se planteara de qué forma podía sacar más jugo a una historia que otros ya habían contado antes de forma magistral. Así que se quedó dándole vueltas a lo de forma magistral y llegó a la conclusión de que lo mejor era que la protagonista se sintiera atraída por un Magistral. O sea, un canónigo. Un cura, vamos. Pero no un cura cualquiera, ¿eh?, sino el hombre más admirado y más odiado de toda la ciudad. Un montañés metrosexual que se aprovecha de ser el confesor de Ana para manejarla a su antojo porque, vaya por Dios, no sabe bien cómo canalizar el impulso sexual que le sale por los poros… Y para darle aún más gracia al asunto, el típico triángulo amoroso mujeresposoobjeto de deseo se convierte en cuadrilátero mujer-esposo-objeto de deseo 1-objeto de deseo 2. Así que, aparte del Magistral, a Ana también le hace tilín y tolón don Álvaro Mesía, cacique de Vetusta y donjuán de medio pelo, de quien todas las mujeres de la ciudad podrían decir cuántos lunares tiene en cada nalga. No son malas opciones, sobre todo teniendo en cuenta que la otra posibilidad es permanecer fiel a su esposo, que casi le dobla la edad y la trata como una niña.

La novela arranca con mucha mala leche desde la primera frase:

La heroica ciudad dormía la siesta.

O lo que es lo mismo, que a los vecinos de Vetusta les gusta creerse el ombligo del mundo aunque a la hora de la verdad sean más parecidos a este ombligo. Es en ese momento de modorra cuando el Magistral sube a lo alto de la torre de la catedral para observar la ciudad con un catalejo como un pastor voyeur que se excede un tanto velando el sueño de su rebaño. Fiel a la famosa máxima de «muéstramelo y no me lo cuentes», Clarín nos explica a la perfección la personalidad de Fermín y de la ciudad —dominador y dominada— con esta escena que se corona con una frase-guinda de solo siete palabras: «Vetusta era su pasión y su presa».

Pero no anticipen juicios de valor. No piensen desde ya que Fermín es el malo malísimo del cuento. Entre los muchos aciertos de la novela hay que destacar el ojo sagaz del autor para hurgar en la psicología pero también en los hechos. Nos gustan, sí, las historias en las que nos plantean las razones por las que los personajes actúan como actúan, ¿verdad? De ese modo nos da la sensación de que el autor sabe cómo hacer para que el malvado nos parezca noble. Pues Clarín le da una hermosa vuelta de tuerca a todo eso diseccionando a cada uno de los personajes para mostrarnos su descontento con toda la sociedad. Al terminar La Regenta, el lector se queda con la sensación de que el autor no está de parte de ninguno. Tan solo un personaje se libra de la quema y no es casual que sea el que menos afín se siente con la vida en la ciudad, el que más ganas tiene de alejarse del mundanal ruido de la Vetusta/España caciquil y mohosa.

Para lograr esa descripción social tan oscura como atinada, Clarín recurre a una galería fascinante de personajes secundarios. Si esto fuera una serie de televisión —y luego hablaremos de ello— muchos de ellos podrían tener su propio spin-off. Esto sucede sobre todo con las mujeres, como la feroz doña Paula, madre de Fermín; Visitación, la mejor/peor amiga de Ana; Obdulia Fandiño, cuya religiosidad es solo superada por su escote, o con Teresina y Petra, las criadas que todo lo saben. Cada uno de los más de cien personajes aporta su grano de arena para dar forma a una novela que fue considerada un verdadero escándalo en la época. El libro está lleno de momentos en los que no podemos entender cómo hizo Clarín para no aparecer en el fondo del mar con una piedra al cuello: la denuncia social es tan dolorosa como lúcida como sincera como feroz. Quizás la escena más lograda sea la de la procesión —estén tranquilos, que no haremos spoilers—, donde Clarín convierte a todos los asistentes en una versión ridícula de los judíos que se burlan, ningunean o desprecian a Jesús. Ni siquiera al clero o a los mismos penitentes les interesa la Pasión de Cristo: «Ni un solo vetustense pensaba en Dios en tal instante», dice el narrador. Porque la sociedad biempensante de esa Vetusta que tan bien caracteriza a la Españaza de ayer, hoy y siempre ha sustituido a Dios por el morbo, el postureo, el orgullo, el qué dirán, el qué han dicho y el a ver lo que decimos, olvidando que san Pablo dejó dicho que debemos ocuparnos de nuestros propios asuntos (Tesalonicenses, 4:11).

No es en absoluto una novela de ritmo rápido sino de tempo sosegado y continuo. Pasan muchas cosas y muy gordas, pero casi siempre sotto voce, por lo bajini, como sucede con el mismo inicio desde la torre ya mencionado o con algunos episodios que indagan en el carácter psicológico de los protagonistas a través de flashbacks donde se nos narra su infancia y su juventud. No se desesperen. Respiren y concéntrense, por ejemplo, en la belleza de la prosa. Algunos pasajes pueden hacerse más cuesta arriba pero tienen una función básica en el relato. Sobre todo aquellos que tienen que ver con una barca y, ¡ay!, con un sapo. Cuando terminen la novela verán que todo tenía su porqué y también comprenderán por qué el mismo obispo de Oviedo calificó la novela como «un libro saturado de erotismo, de escarnio a las prácticas cristianas y de alusiones injuriosas a respetabilísimas personas». Al buen hombre no le faltaba razón. La Regenta está llena de todo eso y más, pero no por eso debe dejar de leerse: como dijo Oscar Wilde, «Los libros que el mundo llama inmorales son libros que muestran al mundo su propia vergüenza. Eso es todo». Pocas novelas son tan lúcidas al plasmar ese cainismo español de satisfacción indisimulada al imaginar al virtuoso retozar por el barro.

TVE copia
Aitana Sánchez-Gijón en la adaptación de La Regenta de 1995. Imagen: TVE.

Pero más allá del contenido social, una buena novela ha de construirse sobre una trama adictiva, de las que uno no puede dejar de leer para saber qué va a suceder. Bien. La tenemos. Una mujer virtuosa de la que no sabemos si será capaz de salir a buscar fuera de casa la salsa del estofado ya es un filón. Pero que durante toda la novela oscile entre el quiero, el no puedo, el madre mía si quiero y el a ver si al final voy a descubrir que sí que puedo le da un plus añadido de interés. Más aún si el suspense no solo está en si será o no capaz sino, en caso de hacerlo, con cuál de los dos. O si incluso hasta se liaría la manta a la cabeza para matar dos pájaros de un revolcón.

¿Qué más necesitamos para una buena novela además de una buena trama? Personajes interesantes y bien construidos. Buf. De esto tenemos de sobra. Ana Ozores, al igual que sus colegas Emma Bovary y Ana Karenina, destilan fuerza literaria. Esto no significa que nos caigan bien, claro, porque en más de una ocasión nos gustaría acercarnos a Vetusta y zarandear a la Ozores para que no sea tan bobalicona y melindrosa. Pero no cabe duda de que la Regenta partiría con ventaja en un hipotético ranking de los personajes femeninos mejor construidos de la literatura española. Que a todo esto, ¿se han dado cuenta ustedes de que la mayoría de esos grandes personajes —Celestina, Laurencia, doña Inés, Fortunata, Jacinta, Yerma, Adela y la novia de Bodas de sangre, por citar solo algunas— tienen en común una relación digamos peculiar con la sexualidad? Esto es frecuente en nuestra literatura, pero ya no lo es tanto en el caso de los hombres. Ya saben, la tontería esa del macho hispano seguro y confiado en lo que tiene ahí colgado. Pues nuestro amigo Clarín nos presenta a tres hombres que no saben muy bien qué hacer con su carga de testosterona. El marido, a quien no le interesa el sexo y no se entera del problema que eso puede acarrearle; el Magistral, un semental encerrado en una sotana; y por último Mesía, que tras tantas idas y corridas está a punto de necesitar la pastillita azul y ya en su cincuentenez comprende que tanto vicio no le ha proporcionado la felicidad deseada. De todos ellos es Fermín el personaje más completo y con más recovecos por donde hurgar y deleitarse. Galdós, que sabía un poco bastante de esto de crear personajes, dejó escrito que el Magistral es la figura culminante de la obra de Clarín, además de ser «el estado eclesiástico con sus grandezas y sus desfallecimientos, el oro de la espiritualidad inmaculada cayendo entre las impurezas del barro de nuestro origen». En serio, querido lector: aunque no le importe la represión sexual de la mujer en el siglo XIX, aunque le aburra la crítica social, aunque a usted esto de la descripción de caracteres le suene a chino, lea La Regenta aunque solo sea para conocer a don Fermín de Pas y luego hablamos. Si no le parece que el Magistral es un personaje ídem entonces yo ya no sé lo que le puede interesar en este mundo.

Un último elemento para asegurarnos de que estamos ante una buena novela: que el estilo esté depurado y a la altura de la trama. Ay, amigos, el estilo de La Regenta. La obra maestra del naturalismo español. Sí, ya saben, ese movimiento literario creado en Francia que busca plasmar la realidad analizando a los personajes con la distancia y la asepsia de un científico. Que oye, fantástico por Zola. Yo acuso y Germinal y todo eso muy bien, sí. Pero vamos, que pocas lecciones de describir la realidad nos tienen que dar los franceses, sabiendo que cuando nosotros estábamos con el Lazarillo de Tormes ellos todavía estaban con Gargantúa y con Pantagruel, unos gigantes alcohólicos que conquistaban ciudades inundándolas a base de meadas. Que no es por criticar a los franceses, ojo. Que ojalá hubiéramos tenido aquí su Ilustración y sus vanguardias. Pero si para una cosa en la que hemos sido buenos en literatura vienen de fuera a darnos lecciones, apaga y vámonos. Y si creen que esto es una exageración, ahí tienen la Celestina, la novela picaresca, el Arte nuevo de Lope, los artículos de Larra, los Episodios nacionales… y por supuesto el Quijote, cuyo realismo echó por tierra el mundo irreal de las novelas de caballería: un género que nació, oh là là qué casualidad, en Francia. Sí, amigos. Si buscan buen naturalismo, elijan el de un experto en la materia. Porque, por el mismo precio, en España le añadimos al naturalismo algo que no es tan frecuente por allí fuera: un sentido del humor amargo y cínico que ayuda al lector a saborear mejor la realidad más descarnada. Y de esa tradición tan cervantina y quevedesca bebe precisamente Clarín para terminar de dar lustre a esta joya literaria. Así que no lo duden y tachen ustedes por su cuenta la última casilla que falta.

Gráfico1vTrama adictiva.

Gráfico1vGrandes personajes.

Gráfico1vEstilo depurado.

Gráfico1nComenzar a leer este novelón.

Ayuda para vagos y maleantes: antes de nada, es preciso aclarar que es muy complicado adaptar La Regenta en texto y alma. Es por eso que las tres versiones existentes se quedan cortas a la hora de dar vida a tanta chicha. La primera, dirigida por Gonzalo Suárez en 1975, está protagonizada por una Emma Penella cuyo buen trabajo no siempre logra hacer olvidar al espectador que el papel no parece hecho para ella. Además, varias de las tramas de la novela fueron eliminadas para que la película no fuera excesivamente larga. Por otro lado, la versión televisiva de Méndez-Leite de 1995 cuenta con algunas interpretaciones estupendas, como las de Aitana Sánchez-Gijón, Carmelo Gómez o Cristina Marcos, aunque se nota demasiado que al director le caen más simpáticos unos personajes que otros —Mesía mejor que Fermín, por ejemplo— y la carga crítica a todos los estratos sociales queda así más diluida. Suárez, Gómez y Sánchez-Gijón se reunieron en 2007 para rodar Oviedo Express, en la que una compañía de actores llega a Oviedo para representar una versión de La Regenta. Se trata de una simpática comedia que precisamente por serlo carece de la crueldad del original. Así las cosas, parece necesario que para disfrutar de esta joya tendrán que echar mano al libro. O crear una petición en change.org para que la HBO se plantee hacer una versión de La Regenta ambientada hoy día en un pueblecito del sur de Estados Unidos y así conseguir que todo el mundo se entere de una vez que alguna vez también supimos ponernos oscuros, críticos y profundos y, ya de paso, que Clarín goce del prestigio que merece: el de un insolente jovenzuelo que con solo treinta y tres años consiguió escribir una verdadera obra maestra.

 


Clásicos que deberías leer aunque te digan que deberías leerlos: Orgullo y prejuicio

Greer Garson y Laurence Olivier en la primera adaptación de Orgullo y prejuicio, de 1940. Imagen: MGM / Warner Bros.

Chica conoce a chico. Ella es guapa, independiente y un poco marisabidilla. Él es guapo, seguro de sí mismo y con cara de que todo lo que no es él huele mal. Ambos están solteros y nada más conocerse estarían encantados de ver al otro morir de forma dolorosa. Pero según va avanzando la historia cada uno descubre en el otro algo que no había visto en un primer momento y ¡oh! surge el amor.

¿Conocen esta historia?

No, no hablo de Cuando Harry encontró a Sally ni de Pijama para dos ni de Ninotchka ni de La maldición del escorpión de jade ni de Sucedió una noche ni de Star Wars ni de Indiana Jones ni de Lo que el viento se llevó ni de Shrek ni de Ocho apellidos vascos ni de tantas y tantas otras. Me refiero a Orgullo y prejuicio, escrita en 1797 por Jane Austen pero no publicada hasta 1813. Una novela que, debido a esa trama, podríamos considerar la madre de todas las comedias románticas. No es un argumento muy original, pues Shakespeare ya había planteado uno similar en Mucho ruido y pocas nueces (que sería, por tanto, la abuela de todas las comedias románticas), pero es la novela de Austen la que ha servido de modelo para esas películas de sobremesa protagonizadas por Julia Roberts o Jennifer Aniston. Vaya usted a saber por qué y cómo ha sucedido eso, pues mientras que la mayoría de esos filmes se caracterizan por estar cortados por el mismo patrón divertido pero insustancial, la grandeza de Orgullo y prejuicio radica en la prodigiosa radiografía social de la época. Pero quién sabe, quizás dentro de varios siglos se estudiará Tienes un e-mail como ejemplo de lo que eran las relaciones de pareja a principios del siglo XXI. O quizás no, claro.

Todo comienza cuando la vida apacible y monótona de la familia Bennet se ve alterada por la llegada de Charles Bingley, un joven rico y encantador a quien todas las madres del pueblo pretenden convertir en su yerno. La señora Bennet decide que al menos una de sus cinco hijas casaderas tiene que ser para el nuevo vecino, que enseguida se ve atraído por la mayor de todas ellas, lo que forma la trama secundaria de la novela. ¿Por qué la secundaria? Porque si los dos se aman desde el principio y la madre está de acuerdo porque él es rico y tienen dinero suficiente para ser felices y comer perdices deconstruidas en El Bulli todos los días, se acaba el libro enseguida. Así que nos hace falta una trama con más chicha: junto con Bingley ha venido su mejor amigo, Fitzwilliam Darcy, bastante más rico que él pero también bastante menos encantador. Elizabeth (la segunda de las hermanas Bennet, llamada cariñosamente por su apodo, Lizzie), no tarda en considerar a Darcy como un ser detestable y arrogante. Pero él, ¡ay!, no tarda en descubrir aterrorizado que el hastío que le provoca oír a la provinciana señora Bennet es inversamente proporcional a la fascinación causada por los ojos de su hija Lizzie.

Lo primero que salta a la vista al lector de hoy en día es esa necesidad apremiante de casar a las hijas con un hombre rico. ¡Habrase visto semejante machismo! ¿Acaso es este otro de esos libros que deberíamos mandar a desterrar? En absoluto. Se trata, eso sí, de un libro que refleja a la perfección un mundo tan machista que las mujeres solo podían aspirar a casarse para poder sobrevivir dignamente. Piensen, por ejemplo, que en ese futuro distópico en el que se analizará Tienes un e-mail como obra cumbre de nuestra época quizás alguien considere que somos tan machistas que no merece la pena saber nada de nosotros. Lo cual será un buen argumento para no ver la película de Meg Ryan y Tom Hanks, por supuesto, pero se perderá joyas como Los Soprano, Cómo conocí a vuestra madre, Californication True detective. Decenas de contemporáneos de Jane Austen no han llegado a nuestros días porque, como dijimos en su momento, el tiempo ha ayudado a que no sobrevivan. Algunos porque están tan arraigados en el contexto en que fueron escritos que hoy en día solo son arqueología literaria y otros porque fueron un simple best seller que se olvidó años después. Pero no es el caso de Orgullo y prejuicio. Especialmente porque más allá de ese machismo innegable la novela defiende valores que siglos después han triunfado socialmente, como la libertad de las mujeres para elegir marido o la fuerza del amor por encima de otros valores.

Una escena de la adaptación de 2005 de Orgullo y prejuicio. Imagen: Focus Features / Universal.

En el caso de las hermanas Bennet este machismo es clave para comprender su historia ya que las leyes inglesas estipulaban que, en caso de no haber hijos varones, la hacienda paterna fuera heredada por el varón más cercano de la familia. En su caso, un primo lejano al que apenas conocen y que resulta ser un tanto peculiar. El señor Bennet ya está entradito en años, así que para su esposa la única solución posible es al menos un buen matrimonio que permita que la afortunada pueda mantener al resto de las hermanas. Este es el contexto de la ficción, pero también el de la realidad machista tan criticada y tan conocida por la autora: sus novelas fueron publicadas de forma anónima porque, ya se sabe, una mujer que escribe es un peligro para la sociedad, un engendro despreciable. Para evitar rumores y maledicencias, Jane Austen se acostumbró a escribir en una habitación cerca de la cual había una puerta que crujía si alguien la abría, dándole tiempo a esconder lo que estuviera escribiendo. Su mundo era, por tanto, machista y monótono. Y ella, dotada de uno de los mejores bisturíes psicológicos que se han conocido, se dispuso a analizar ese mundo para que nos quedara constancia de él.

Casi desde el arranque, esa vida monótona y contemplativa se instala en la narración para desesperación del lector actual, acostumbrado a que pasen cosas todo el rato mientras las páginas se llenan de traiciones y juramentos y seducciones y pasiones desorbitadas y desmayos y millonarios altivos que son derrotados por la verdad del amor y la nobleza de los no tan millonarios. El tono de Orgullo y prejuicio es mucho más relajado, más sereno. Incluso rozando en algunos casos la apatía, si se quiere. Pero es una sensación doblemente falsa, ya que aparte de esa continua perspectiva ingeniosa sobre la sociedad, la novela está llena de traiciones y juramentos y seducciones y pasiones desorbitadas y desmayos y millonarios altivos que son derrotados por la verdad del amor y la nobleza de los no tan millonarios.

Si todo eso no salta a la vista es porque ante todo es una novela de costumbres y la costumbre más extendida en aquella época era aburrirse. Aburrirse soberanamente, alternando el aburrimiento con los paseos a la vicaría, el bordado y las acuarelas. Aburrirse es lo que hacen los personajes continuamente, y conocer de cerca ese aburrimiento es lo que deben hacer los lectores para comprender por qué la simple llegada de un regimiento de soldados puede ser la mejor de las bendiciones. Pero no se dejen engañar por esta falsa apariencia de tranquilidad y bostezos: el libro es como un exquisito bombón que, más que masticar apresuradamente, hay que dejar que se derrita en la lengua poco a poco para poder apreciar mejor la suave textura del praliné y el toque crujiente de las almendras tostadas. La magia de Orgullo y prejuicio, en efecto, consiste en los pequeños detalles y en la (no siempre) sutil descripción casi aforística de personajes y costumbres, como cuando proclama esta pequeña joyita:

La vanidad y el orgullo son cosas distintas, aunque muchas veces se usen como sinónimos. El orgullo está relacionado con la opinión que tenemos de nosotros mismos; la vanidad, con lo que quisiéramos que los demás pensaran de nosotros.

Además de la apatía, la otra gran costumbre social era el huir de todo aquello que pudiera parecer apasionado, que por aquel entonces solía ser sinónimo de escandaloso. De ahí que los personajes no se construyan a partir de sus acciones sino de sus palabras. Y qué palabras, oiga: algunos diálogos son tan afilados que podrían haber sido escritos no con pluma sino con punzón. Lo mismo sucede con la relación de amor que se va fraguando entre los protagonistas: es paulatina y sin grandes sobresaltos apasionados porque aún no estamos en el Romanticismo y porque por aquel entonces en Inglaterra estaban de moda las novelas sentimentales de las que Austen se burló en toda su obra. Solo teniendo eso en cuenta disfrutaremos aún más de la romántica (por decir algo) declaración de amor de Darcy a Lizzie.

De todos modos, contamos también con personajes que desengrasan la monotonía con su simple presencia. La señora Bennet, por ejemplo, es un personaje tan caricaturesco que cuando abre la boca el lector se acomoda en el sofá pensando en qué desfachatez va a ser la siguiente en soltar. Lo mismo sucede con el señor Collins —el primo que heredaría todo a la muerte del padre— y, cómo no, con Lady Catherine de Bourgh, tía del protagonista. Los tres desempeñan un papel monolítico en la trama, un papel que podría resumirse con una frase tipo «la madre simpática pero histérica» o «el primo ridículo pero buenazo». Cada vez que aparecen sabemos perfectamente lo que va a suceder. Pero esta previsibilidad no va en detrimento de la novela pues también sabemos de antemano que todo acabará bien y eso no nos impide disfrutar de su lectura. A fin de cuentas, hablamos de una sociedad en la que cada persona tiene su rol asignado y sabe perfectamente lo que se espera de él o ella.

Esta unidimensionalidad en ciertos personajes podría tomarse como una falta de rigor ante nuestros ojos de lector ecuánime que busca que el autor comprenda a cada personaje y les dote de razones y argumentos para hacer lo que hacen. Pues no, amigos. Quítense las gafas de ver la HBO porque aquí no hay nada de eso: el narrador nos cuenta la historia desde el punto de vista de Lizzie, y si a Lizzie su madre le parece un tanto estúpida también nos lo va a parecer a nosotros. Si el señor Collins le parece un cretino también nos lo va a parecer a nosotros. Y así con todos los personajes ya que solo se salvan aquellos con los que Lizzie se lleva bien, especialmente con su hermana Jane y con el señor Bennet, su padre, un señor adorablemente irónico que suele ser uno de los preferidos por los lectores.

Pero una cosa es la voz del narrador y otra distinta la autora, que no se olvida de repartir leña (sutil y refinada, pero feroz) a todo el que se le pone por delante. Es lo que sucede, por ejemplo, con el mismo señor Bennet, que a pesar de ser adorable y adorado no es capaz de estar a la altura como padre cuando llega la hora de demostrarlo. En el fondo, Jane Austen es una feminista avant la lettre que no considera necesario defender al cien por cien a sus personajes. Por un lado, los hombres son, en el mejor de los casos, una excusa para que avance la trama amorosa (es el caso de Darcy, Bingley y algún otro) cuando no un pelele manejado entre bastidores por una mujer. En el caso de estas, curiosamente, parece que Austen las divide en tres grupos: las pasivo-pasivas, las pasivo-agresivas y las agresivo-agresivas. Ni siquiera Darcy y Lizzie se llegan a salvar de la quema pues ellos son, respectivamente, el orgullo y el prejuicio que dan título a la novela. Tan solo una distinción interesa a Austen a la hora de salvar o condenar a sus personajes: la que existe entre el mérito interno y el mérito externo. Es decir, que la nobleza de las acciones siempre estará por encima de la nobleza aristocrática.

Gracias a Colin Firth, muchas mujeres comprendieron a finales del siglo XX la necesidad de tener cerca un frasquito de sales. Foto: BBC.

Ayuda para vagos y maleantes: Si a pesar de todo siguen ustedes dudando de si adentrarse en el libro o no, no se preocupen: a diferencia de lo que vimos cuando hablamos de El caballero de Olmedo y el teatro del Siglo de Oro español, las adaptaciones de Orgullo y prejuicio sin leer la novela son innumerables. Es lo que tienen los ingleses: han sabido comprender que la cultura con minúsculas y la Cultura con mayúsculas son una máquina imparable de hacer dinero y nos han convencido a los demás de que no hay un país con mayor tradición cultural que ellos. La más reciente y vistosa de todas las adaptaciones es la película protagonizada por Keira Knightley, aunque los puristas siempre preferirán la miniserie de 1995 que lanzó a la fama a Colin Firth, que interpretaba a Darcy. Una adaptación más libre es, por supuesto, El diario de Bridget Jones, donde el personaje de —otra vez— Colin Firth se llama —otra vez— Darcy. Si prefieren algo aún más heterodoxo, siempre pueden ver Bride and Prejudice, una adaptación americano-bollywoodiense que aprovecha la temática de los matrimonios de conveniencia para trasladar la acción en la India actual.

Pero no se vayan todavía. Una vez hayan disfrutado de Orgullo y prejuicio aún tienen un austenizado e infinito mundo por descubrir, del que aquí solo daremos unas pinceladas. En primer lugar tenemos el relato «The Janeites» de Rudyard Kipling, en el que unos veteranos de la Primera Guerra Mundial forman una sociedad llamada «Sociedad de los Janeitas», en homenaje a su amor por Jane Austen. También pueden saber qué pasó después del The End leyendo, por ejemplo, las novelas de Linda Bertoll cuyos títulos sugieren un entorno lleno de satén y picardías (Mr. Darcy takes a wife y Darcy & Elizabeth: Nights and Days at Pemberley). Otra posible continuación es la que propone la miniserie de la BBC Death comes to Pemberley, una curiosa mezcla de Austen y Agatha Christie que comienza con un crimen en la mansión del señor y la señora Darcy. Y ya que estamos no se olviden de echarle un ojo a Lost in Austen para ver cómo una joven de principios del siglo XXI aparece de repente en la casa familiar de los Bennet. Si acaso todo esto no les parece suficientemente friki, siempre pueden echar mano de Orgullo, prejuicio y zombis cuyo título lo dice todo. Y, por supuesto, no se olviden de echarse unas risas en twitter con los tuits irónicos y documentados de @janeaustenenfur.

Nada, sin embargo, como comenzar a leer Orgullo y prejuicio porque, como hemos dicho, la acción de la historia no es tan interesante como el complejo entramado de frases dichas, no dichas y entredichas que no siempre es posible traspasar a la pantalla. Así que pónganse cómodos, prepárense un té con pastas y viajen desde la primera frase a una sociedad rígida y tediosa pero llena de sutiles pasiones y afectos:

Es una verdad universalmente reconocida que un hombre soltero que posea una gran fortuna necesita buscar una esposa.

Una escena de Orgullo y Prejuicio en un grabado de 1833. Imagen: Pickering & Greatbatch (DP).


Clásicos que deberías leer aunque te digan que deberías leerlos: El caballero de Olmedo

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Lope de Vega en Las glorias nacionales, de 1852. Imagen: Biblioteca de la Facultad de Ciencias Sociales y del Trabajo de la Universidad de Sevilla (DP).

Hoy vamos a hablar de una obra en la que el protagonista es asesinado al final. No, no vayan todavía a los comentarios a despellejarme por hacer semejante spoiler: ahora están en igualdad de condiciones que los espectadores del siglo XVII cuando iban en masa a los corrales de comedias a disfrutar de El caballero de Olmedo de Lope de Vega.

«¿Teatro? ¿Pero este artículo no va sobre literatura? El teatro no es para leerlo sino para verlo representado, ¿no?», dirán los más suspicaces. Bueno, ese es otro mito que habrá que echar por tierra, igual que cuando hablamos del Decamerón ya vimos que los clásicos no son aburridos. Veamos. Es cierto que cuando un dramaturgo escribe un texto lo hace pensando en la representación, y que solo con esta el texto podrá adquirir su totalidad expresiva: mientras que otros géneros literarios tienen un único emisor (quien lo haya escrito) y un único receptor simultáneo (quien lo lea), en el teatro existen varios emisores simultáneos (quien lo escribe, quien lo dirige y quien lo interpreta) y un receptor colectivo (el público, que ve la misma representación al mismo tiempo) siendo cada representación distinta por motivos distintos (incluso siendo el mismo espectáculo, nunca hay dos funciones iguales). Hasta aquí la teoría, que está muy bien saberla. En la práctica, sin embargo, sabemos que el número de obras que se representa cada año es muy reducido con respecto al infinito caudal de textos teatrales que se han escrito a lo largo de los siglos. Es fácil, por tanto, que muchos de ellos tarden tiempo en ser representados. ¿Cuántas ocasiones han tenido ustedes de ver en escena en los últimos años obras tan imprescindibles como Edipo Rey, El jardín de los cerezos o Bodas de sangre? En grandes ciudades como Madrid, Barcelona o Buenos Aires (un saludo a los que nos leen desde el otro lado del océano), la cartelera teatral siempre está más nutrida; pero si usted vive en una localidad pequeña es muy posible que la respuesta a mi pregunta sea un número cercano a cero, con lo que o lee teatro o se pierde algo muy grande. Y no digan que prefieren ver la película, porque muchos de los grandes textos teatrales no han sido llevados a la gran pantalla. Recuerden además que el teatro se lee más rápido que la novela, ya que las obras están concebidas para que su representación dure solo unas horas.

Pero volvamos a Lope y al spoiler del comienzo: les decía que era el mejor modo de situarse en la historia, porque la obra está basada en una copla popular que todo el mundo conocía. Como si hoy, por poner un ejemplo, alguien escribiera una obra sobre la Tarara o sobre el señor don Gato sentadito en su tejado. La copla en cuestión decía así:

Que de noche le mataron
al caballero.
La gala de Medina,
la flor de Olmedo.

Aunque la copla es más larga, en ningún momento se aclaraba quién era ese caballero, quién lo mato ni por qué. Así que Lope, que era más chulo que un rebaño de ochos, decide responder a esas preguntas inventándose las respuestas. La historia real se remontaba a 1521, cuando Juan de Vivero fue matado por Miguel Ruiz a causa de una pelea por unos galgos. Pero de eso hacía mucho tiempo y nadie se acordaba: las hemerotecas no estaban, digamos, en el punto más álgido de su historia y las noticias corrían de boca a oído gracias a la oralidad, donde cada cual añadía y/o eliminaba la información que le apetecía para contar la historia a su manera. Era frecuente que los escritores de la época modificaran la historia para complacer al poder (no solo en España: Shakespeare, por ejemplo, era un experto en eso), así que Lope de Vega no veía problema en inventarse un nuevo caballero de Olmedo si con ello podía agradar al público, y, de paso, escribir una de las historias de amor y traición más extraordinarias de todos los tiempos.

Lope, que sabía muy bien en qué consistía el show business, comprendió que una historia de riñas por unos galgos no tiene mucho tirón comercial y que si quería mantener su status de autor de éxito necesitaba una trama que vendiera. ¿Y qué es lo que vendía en aquella época? Pues básicamente lo mismo que hoy en día: las historias de amor y las de tiros. Espadas, en este caso; o, para los puristas, capa y espada. ¿Algo más? Sí, claro. Las historias cercanas, las verosímiles. Las que seguramente no hemos vivido pero nos gusta imaginar que podríamos vivirlas. Lope había emprendido una cruzada personal para entregar al pueblo la magia del teatro, que por aquel entonces se encontraba en manos de los cultos y eruditos. El llamado «Fénix de los ingenios» fue una especie de Prometeo que se enfrentó a las reglas establecidas para mejorar la vida del ser humano. A Lope le debemos, entre otras muchas cosas, que el teatro abandonara las rígidas normas neoaristotélicas (la famosa regla de las tres unidades) para agradar al público con dos actores, dos tablas y una pasión. Y muchísima calidad, claro. Que luego ese gusto del público derivara siglos después hacia Paco Martínez Soria y cierta forma de entender la televisión que todos sabemos, ya no es culpa suya.

Así que Lope creó una trama de amor y espadas tan intensa que fuera creíble que desembocara en asesinato: a la feria de Medina llega don Alonso (el chico guapo de Olmedo) que se cruza con doña Inés (la chica guapa de Medina) y se enamora perdidamente de ella aunque no llegan a cruzar palabra. Inés también se ha quedado prendada de él para desesperación de don Rodrigo (el chico guapo de Medina), que lleva dos años rondando a Inés con bastante poca fortuna. Contado así, el argumento parece una bobada, pero lo mismo sucede con el de Cien años de soledad (un siglo de la historia de una familia en la que todos se llaman igual y tienen miedo de que les salga un hijo con cola de cerdo) y ya ven ustedes la maravilla que hizo García Márquez. Pero claro, en ambos casos nos encontramos con personajes inolvidables.

Un corral de comedias en Almagro. Fotografía: Katie Bordner (CC).

La obra comienza con un monólogo en el que don Alonso, que no sabe si su sentimiento es correspondido, se queja al Amor de haber disparado sus flechas solo contra él y no contra ella también. El monólogo tiene un marcado tono neoplatónico, que era el código poético de moda en la época según el cual el amor es el mejor instrumento divino para que el alma cumpla su misión de unir lo corporal con lo intelectual. O lo que es lo mismo, que el amor es capaz de convertir a un hooligan borracho en el hermano listo de Einstein. Quédense con este dato del neoplatonismo al menos cuatro párrafos más y verán que esto tiene su chicha. En ese monólogo don Alonso nos expresa sus dudas, por las cuales ha hecho llamar a Fabia, un trasunto de Celestina a quien le pide que haga llegar una carta a Inés. Antes, eso sí, le explica el encuentro en un monólogo larguísimo en el que básicamente cuenta lo guapa y bien vestida que iba. La complicación de este monólogo, lleno de léxico de prendas de ropa del siglo XVII, es un buen ejemplo de por qué a mucha gente le tira para atrás el teatro del Siglo de Oro. Pero ustedes tranquilos: recuerden que en casos así lo importante no es entender cada palabra sino el concepto general, igual que es posible leer Rayuela sin conocer las infinitas alusiones jazzísticas que introduce Cortázar. Esto es como montar en bicicleta, y las notas a pie de página como las ruedas traseras de entrenamiento: al poco tiempo se acostumbrarán a los aquestes, los hipérbatos (alteración del orden lógico de las palabras en una oración o, para los frikis de Star Wars, «de Yoda hablar la forma de») y los corrido estoy, que, aunque no se lo crean, significa «estoy avergonzado».

La siguiente escena es la presentación de Inés, que viene con las mismas dudas neoplatónicas que don Alonso pero más eufórica, más excitada. ¿Cómo sabemos esto si en ningún momento dice abiertamente lo feliz que es en su vida de luz y de colo-oh-oh-or? Muy sencillo: por el cambio de estrofa. No es este el lugar para una clase de métrica, pero una de las grandes renovaciones teatrales propuestas por Lope es utilizar una estrofa distinta para cada situación dramática. De este modo, don Alonso comienza la obra en décimas, una estrofa de ochenta sílabas, meditada y reposada. Pero la escena de Inés es en redondillas, una estrofa ágil de treinta y dos sílabas. Porque uno se está lamentando y la otra está casi bailando de felicidad. No crean que esto es algo que solo lo pueden disfrutar los entendidos: escribir en verso no es más que dotar de ritmo a las palabras y Lope entiende que las personas hablamos más o menos precipitadamente según nuestras emociones. Si quieren entender mejor de lo que hablo, prueben a leer en voz alta la presentación de cada uno y, jugando a ser directores de escena, imaginen qué banda sonora pondrían a cada fragmento. ¿A que son dos melodías muy distintas? Este poliestrofismo es una de las características más brillantes del teatro en verso y también su lastre: ninguna tradición teatral de la literatura universal es tan rica poéticamente hablando, pero es imposible que en la traducción permanezca esta riqueza. De ahí que nuestros autores del Siglo de Oro sean tan poco representados en países no hispanos.

En la siguiente escena, Fabia visita a Inés. Esta se deja engañar para recibir una carta de don Alonso, pero de pronto aparece don Rodrigo. Atención, que aquí nos encontramos con uno de los personajes más insólitos del teatro del Siglo de Oro español: al igual que don Alonso, don Rodrigo es presentado con tres hermosísimas décimas en las que se queja a Inés de su desdén. Igual número de sílabas, igual grandeza para el personaje. A fin de cuentas, la grandeza del héroe se mide por la grandeza de sus adversarios: Aquiles no sería Aquiles si Héctor no fuera Héctor, por ejemplo. Por eso necesitamos un galán a la altura del de Olmedo. Pero hay una gran diferencia: mientras que el concepto de amor de don Alonso e Inés es neoplatónico, don Rodrigo sufre de un modo más antiguo. Sus hermosísimas décimas transpiran un aliento medieval de poesía cancioneril. Ese sentimiento de amor frustrado y contradictorio cercano a la muerte y lleno de juegos de palabras que se resume en dos desolados y proféticos versos:

Serás mi muerte, señora,
pues no quieres ser mi vida.

De esta forma, don Alonso y doña Inés están unidos por algo más que palabras y no hay sitio para don Rodrigo. Qué cuco este Lope, ¿verdad? No solo presenta al neoplatonismo como caballo ganador, sino que pone la poesía «antigua» en boca de aquel a quien Inés ya tiene muy visto, mientras el estilo más «innovador» lo representa el pretendiente perfecto que para ella es una novedad. Así, la respuesta de la dama a las que posiblemente sean las décimas más bellas de todo nuestro teatro clásico es «¡Qué de necedades juntas!». Este monólogo de Don Rodrigo es, además, un delicado malabarismo con los tres grandes conceptos en torno a los cuales gira la obra y la existencia del ser humano en general: el amor, la vida y la muerte:

Si al amor no satisface
mi pena, ni la hay tan fuerte
con que la muerte me acierte,
debo de ser inmortal,
pues no me hacen bien ni mal
ni la vida ni la muerte.

Sirvan estas pinceladas para conocer a los tres personajes: a partir de aquí la trama se complica incluyendo peleas de espadas, corridas de toros, profanaciones de cadáveres y hasta bosques misteriosos con fantasmas. Pero aunque la trama es estupenda, lo que hace a El caballero de Olmedo una obra única son sus dos protagonistas masculinos, ya que ninguno de ellos se corresponde con el estereotipo de galán de las comedias de la época: don Alonso es apuesto, valiente, leal… pero inseguro de sí mismo. Todo texto teatral necesita conflictos internos que son bastante frecuentes en la comedia áurea española (La vida es sueño, por ejemplo, está llena de ellos) pero nunca hasta el punto de que el galán necesite la ayuda para seducir a una mujer de alguien como Fabia, que es, a la vez, dos de las peores cosas que se podía ser en la España del XVII: bruja y alcahueta. Pero la copla original nos obliga a matar al caballero, y si este es un dechado de virtudes se nos va a tomar por saco la justicia poética según la cual los buenos siempre ganan y van al cielo de la Contrarreforma. Don Alonso busca la complicidad del lado oscuro provocando un desajuste en el perfecto mecanismo que es la sociedad de la época: a partir de ese fallo suyo todos los personajes obrarán en consecuencia, también erróneamente. Es el caso de Inés, que se presta al juego celestinesco, pero también el de otros personajes que sabiéndolo no lo denuncian. Por eso no hay happy ending posible: todos tendrán que ser castigados porque todos han obrado mal.

Para disfrutar de un personaje tan excepcional como don Rodrigo, es necesario que no piensen en él como el malo de la historia con cara de cabreo y mirada torcida: si don Alonso es el caballero de Olmedo, don Rodrigo es el caballero de Medina. Todas las chicas le aman en secreto. ¿Todas? ¡No! Una irreductible dama llamada Inés resiste todavía y siempre el asedio. Y la vida no es fácil para don Rodrigo, cuya impotencia de macho herido le lleva a hacer lo más impensable en aquella época: renegar de su propio honor para convertirse en un asesino traidor. Explicar el significado profundo del honor en aquella época nos daría para varios artículos; así que, para entendernos, diremos que es el statu quo personal por el que uno mismo debe velar para seguir siendo parte del sistema establecido. Algo así como el qué dirán que aún llevamos a rastras pero a la enésima potencia: eran tiempos en que una delación anónima te podía llevar delante de la Inquisición y tu mejor defensa era que algún vecino pudiera atestiguar que, como la mujer del César, seguramente eras honesto porque lo parecías. La expresión ser un pringado, por ejemplo, proviene de cuando a los condenados se les pringaba con tocino derretido sobre las heridas en sangre viva. El torturado era liberado, pero la cicatriz de sangre y tocino permanecía a la vista de todo el mundo, que se apartaban de él como si tuviera la peste. Ante una perspectiva tan halagüeña, ¿cómo no seguir el código del honor?

Es complicado explicar cómo abandona don Rodrigo su honor sin desvelar parte de la trama, así que solo les diré que el estricto código de la época estipulaba que a secreto agravio, secreta venganza. Lo cual es lo mismo que a público agravio, pública venganza y a público rescate de la muerte, público agradecimiento. Y con estas palabras tan pseudoenigmáticas les conmino a que abran el libro y comiencen a leer.

«¡Un momento! ¿Qué pasa con Inés? No merece la pena hablar de ella porque es solo una cara bonita, ¿verdad?», dirá alguno (o alguna). Lamento contradecirle: Inés es un personaje imprescindible y delicioso, pero no es tan insólito como don Alonso o don Rodrigo porque lo frecuente en la literatura española del Siglo de Oro es que las mujeres sean como ella: personajes activos que mueven las riendas de su destino, decidiendo por sí mismas lo que quieren y lo que no. ¿Quieren un ejemplo? Les pondré cuatro. La pastora Marcela del Quijote, las hermanas Serafina y Madalena de El vergonzoso en palacio de Tirso de Molina y Leonor en El galán de la Membrilla de Lope. Tres grandes autores que crearon grandes personajes femeninos porque conocían muy bien a las mujeres: uno porque le salvaron la vida, otro porque era su confesor y otro porque su amor por ellas era aún más grande que su talento. Así que empiecen por El caballero de Olmedo y, si les gusta, anímense con cualquier otra obra de nuestro Siglo de Oro: tienen varios miles para elegir.

Ayuda para vagos y maleantes: no es fácil encontrar una versión filmada de El caballero de Olmedo. Existen sendos Estudio 1 de 1968 y 1973 y una versión en prosa que podría estar patrocinada por H&S. Algún día habría que plantearse por qué la mayoría de nuestros grandes textos teatrales del Siglo de Oro no se llevan a la pantalla más allá de la formidable adaptación de El perro del hortelano de Pilar Miró y aquello llamado La dama boba en donde salía José Coronado haciendo de Johnny Depp en Piratas del Caribe. Así que lo suyo es ver El caballero de Olmedo en escena. Hasta el 13 de abril se representa en Barcelona una coproducción entre la Compañía Nacional de Teatro Clásico y el Teatre Lliure dirigida por Lluís Pasqual. También pueden acercarse a Olmedo, donde podrán conocer el Palacio del Caballero y en verano se celebra un buen festival de teatro clásico. Son buenas opciones, por supuesto. Casi tanto como abrir el libro por la primera página y escuchar —sí, escuchar— a don Alonso decir algo tan hermoso como

pero si tú, ciego dios,
diversas flechas tomaste,
no te alabes que alcanzaste
la victoria; que perdiste
si de mí solo naciste,
pues imperfecto quedaste.

Fotografía de portada: Luis García (CC).


Clásicos que deberías leer aunque te digan que deberías leerlos: el Decamerón

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Una escena de Il Decamerone, de Pier Paolo Pasolini. Fotografía: MGM.

En el arranque de ese delirante laberinto que es Si una noche de invierno un viajero, Italo Calvino nos describe las diversas barreras de libros por los que ha pasado el lector de la novela (es decir, nosotros mismos) antes de encontrar el ejemplar que tiene en sus manos (la propia Si una noche de invierno un viajero). Algunas de esas barreras son tan peculiares como Libros Hechos Para Otros Usos Que La Lectura o Libros Que Te Faltan Para Colocarlos Junto A Otros Libros En Tu Estantería. Otras, sin embargo son particularmente atinadas, como Libros Que Has Fingido Siempre Haber Leído Mientras Que Ya Sería Hora De Que Te Decidieses A Leerlos De Veras.

Como en los buenos monólogos de stand-up comedy, las barreras de Calvino nos hacen sonreír porque nos sentimos identificados con ellas. Cada uno de nosotros tiene una lista de libros pendientes, del mismo modo que cada uno tiene su lista de libros que desearía no haber leído. Sobre todo una a la que podríamos llamar Libros Clásicos Que De Algún Modo No Consciente Sabes Que Deberías Haber Leído Pero Te Resistes A Ello Porque No Tienes Muy Claro Por Dónde Empezar. ¿Acaso no tenemos todos nuestra lista de clásicos por leer? Algunos no los hemos leído por pereza, otros porque ya sabemos cómo acaban, y otros, sencillamente, porque hemos tenido cosas mejores que hacer. No es que debamos avergonzarnos por ello, pues tres mil años de tradición literaria (solo en Occidente) hacen que sea bastante lógico el tener algún libro pendiente.

En este tema, de todos modos, es necesario tener cuidado con la semántica: ¿acaso clásico es sinónimo de antiguo cuando hablamos de literatura? Sí, pero no. Todos los libros clásicos son antiguos; pero el DRAE (Diccionario de la Real Academia Española), en su tercera acepción, nos ayuda a comprender por qué no todos los libros antiguos son clásicos:

Dicho de un autor o de una obra: Que se tiene por modelo digno de imitación en cualquier arte o ciencia.

Lo que no aclara el DRAE es quién decide lo que es digno de imitación. O lo que es lo mismo: ¿quién decide lo que es bueno y lo que no? ¿Usted? ¿Yo? ¿Mi tía María la que vive en Leganés? ¿En quién podemos confiar para tener un criterio objetivo sobre un libro? Buena pregunta, ¿verdad? Dense un tiempo para buscar una posible respuesta.

Tic.

Tac.

Tic.

Tac.

¿Qué juez es lo suficientemente sincero e imparcial como para sentenciar si un texto literario es modelo digno de imitación?

Tic.

Tac.

Tic.

Tac.

En efecto. La respuesta es el tiempo.

Un clásico es una obra a la que el tiempo no solo no ha olvidado sino que le ha dado una suerte de denominación de origen. Un texto que siglos después de su creación sigue vivo porque su contenido sigue vigente. Su mensaje. Su discurso. Quizás un poco oxidado si algunos aspectos tan importantes como el lenguaje o el estilo no se corresponden del todo con los que usamos hoy, pero vivo a fin de cuentas. O, si lo prefieren, que aún no ha muerto. Es decir, un libro inmortal.

Esto no tiene nada que ver con el éxito comercial. To have and to hold, de Mary Johnston, fue el libro más vendido en Estados Unidos en 1900. No les suena demasiado, ¿verdad? Claro que no. Es un libro antiguo, otro más, que el tiempo ha decidido olvidar. Tanto la Celestina como el Quijote fueron también grandes éxitos desde el primer día de su publicación. Pero no han pasado a la posteridad por ello, sino por ser buenas obras.

¿Pero qué significa «bueno» cuando hablamos de literatura? ¿O, más concretamente, «ser bueno»? Estamos tan acostumbrados a pontificar sobre lo bueno y lo malo desde nuestros minúsculos púlpitos unipersonales que solemos olvidar la diferencia entre que algo sea bueno (o malo) y que ese algo nos parezca bueno (o malo). Quizás deberíamos, en nombre de nuestro amor a la lectura, desarrollar un doble criterio: el de saber si ese libro es bueno o no, y el de si nos lo parece. A fin de cuentas, tenemos todo el derecho a que algo bueno no nos guste. Otra cosa es ser conscientes de que esa opinión subjetiva no merma su calidad, por muy subjetiva que también sea la calidad literaria. A mí, por ejemplo, Azorín y Kerouac me aburren soberanamente, aunque jamás podría decir de ellos que son malos autores.

Otro problema al abordar la lectura de los clásicos es que a muchos les entra el canguelo recordando aquellas terribles clases de Literatura en las que se tenía que memorizar la fecha de nacimiento de Jorge Manrique, las características de la épica medieval y eso tan arcaico de contar sílabas con los dedos, amén de esa palabreja tan graciosa que es la sinalefa. ¿Cómo no vamos a tener miedo a los clásicos si, en muchos casos, sus principales defensores han sido siempre filólogos armados con sesudos ensayos y profesores parapetados tras comentarios de texto con miles de apartados donde analizar la estructura externa, la estructura interna y el uso de las herramientas literarias? Filólogos y maestros que suelen olvidar que, además del estudioso de la forma y el contenido, hay un tipo de lector claramente mayoritario: el que lee por el simple placer de leer.

No podemos acercarnos a los clásicos como si estuvieran en una mesa de taxidermista: los clásicos están vivos, y merecen ser tratados como tal. Hay que sacarlos de paseo, tomar un café con ellos, escuchar lo que tienen que contarnos, contarles nuestras cosas y quedar de vez en cuando para ponerse al día. «No es verdad», dirán algunos, «los clásicos son aburridos. No se entienden. Hablan raro». Bueno, unos sí y otros no. Pero lo mismo pensarán, yo qué sé, los gallegos de los de Badajoz o los mexicanos de los españoles, y no por eso vamos a dejar de hablarnos unos con otros si nos apetece entablar amistad. En el caso de la literatura, contamos además con la inestimable ayuda de las notas a pie de página, que vienen a ser algo así como ver algo en versión original subtitulada.

Anímense. Saquen un rato para abordar su lista personal de clásicos por leer. Argumentos a favor hay mil, como estos, este, este o incluso este. Pero ninguno es tan poderoso como que los clásicos son, por definición, buenos libros. No lo digo yo: lo dice el tiempo, no se me ha de tachar. Y si no saben por dónde empezar, qué más da. Cojan uno y comiencen a leer. Háganlo por orden alfabético, por el color de la portada, por el que más rabia les dé. Y si aun así siguen sin decidirse, quizás les pueda ayudar esta nueva serie de artículos de Jot Down que comienza hoy con una de las mejores colecciones de cuentos de la literatura universal.

1348. La epidemia de peste que recorre Europa se está cebando con la orgullosa ciudad de Florencia. Nadie sabía qué hacer ante una enfermedad «que en su comienzo nacían a los varones y a las hembras semejantemente en las ingles o bajo las axilas, ciertas hinchazones que algunas crecían hasta el tamaño de una manzana y otras de un huevo». Así que un grupo de mozos (siete chicas y tres chicos) deciden marcharse a una quinta a las afueras de la ciudad para evitar el contagio y esperar a que este Apocalipsis en forma de plaga acabe cuanto antes. Qué planteamiento, ¿verdad? Si cambiásemos la fecha por una de dentro de unas décadas y la palabra peste por ataque nuclear, epidemia zombi o invasión alienígena nos encontraríamos con un blockbuster distópico próximamente en todas sus pantallas. Solo que el Decamerón no es un thriller ni sus personajes viven aterrorizados, pues es más una exaltación luminosa del beatus ille y del collige, virgo, rosas. O lo que es lo mismo, un canto a la esperanza del que huye del mundanal ruido. ¿A quién no le apetecería, por ejemplo, marcharse a una villa en la Toscana con unos amigos hasta que se acabe la crisis de una vez? A eso se dedican estos jóvenes: a disfrutar de la belleza de la vida. Que parece que no, pero existir existe.

Oigo desde aquí los comentarios jocosos de algún lector más jocoso aún: «Si son jóvenes, lo que harán es retozar todo el día entre ellos». Muy gracioso esto, sí. Pero todos sabemos que esa no es la verdad. A lo que dedican —y no todos— la mayor parte del tiempo es a intentar retozar. Que es lo que les pasa a estos florentinos veinteañeros. Sobre todo, cómo no, a los varones. Sería más fácil emplear un verbo más directo en lugar de retozar, sí, pero estaríamos traicionando la delicadeza con la que Bocaccio describe el despertar a la sensualidad de estos muchachos y muchachas.

«¿Me está usted diciendo que el Decamerón, esa joya del Renacimiento escrita por Giovanni Bocaccio, que está considerada como la primera obra en prosa escrita en lengua italiana, es un libro de jóvenes en celo?». Pues sí, caballero, es justamente eso lo que estoy diciendo. Me alegro de que usted tenga más comprensión lectora de lo que dice el informe PISA. Lo que no estoy diciendo en absoluto es que el Decamerón sea un libro que merezca la pena leer porque trate de jóvenes en celo. Pero vayamos a lo importante: ¿qué es lo que hacen estos jovencitos para intentar retozar? Pues lo que hemos hecho todos: hacernos los simpáticos, tontear compulsivamente y, sobre todo, contar historias.

Da igual que nosotros comiéramos pipas y echáramos nuestros primeros cigarros en un banco del parque o que los protagonistas del Decamerón canten y rían en ese lugar paradisíaco (locus amoenus para los puristas) en el que están confinados: tanto ellos como nosotros nos desenvolvemos en sociedad contando y escuchando historias; el mayor descubrimiento del ser humano desde la época de las cavernas, cuando hombres y mujeres se sentaban en torno a la hoguera para compartir sus experiencias, sus temores y sus fantasías.

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A tale from the Decameron, una pintura de 1916 de John William Waterhouse.

Dicho y hecho: cada uno de ellos contará una historia al día durante el tiempo que durará su estancia en la finca. Pero como en este reality show florentino son todos muy renacentistas (y por tanto amantes del orden y la simetría), los jovencitos deciden amablemente entre ellos que tanto cachondeo tiene que estar regido por unas normas. Así que cada noche uno de ellos será nombrado rey o reina para que, entre otras responsabilidades, decida el tema sobre el que tratarán las historias que se narren el día siguiente. Tan solo a Dioneo, el más ingenioso de todos, se le permite salirse del tema propuesto cada día.

Hasta aquí el contexto en el que se sitúa el Decamerón. Muchos lectores prefieren saltarse esta introducción para ir directamente a los cuentos. Puede hacerse, pues estos son completamente independientes. Desde aquí recomendamos que no lo hagan, pues, aunque sutil, la relación que se establece entre los jóvenes es un bello estudio de usos amorosos del Trecento, por no hablar del moderno componente metaliterario: las reacciones, halagos y críticas a cada uno de los relatos por parte de los otros nueve narradores. Pero aún hay algo más: una de las características de la literatura es que nos enseña que otros mundos son posibles. Mundos ficticios como Utopía, Lilliput o Macondo, pero también versiones mejoradas del nuestro. Si releen el párrafo anterior verán que tras esa pátina de happy hippy love, Bocaccio nos plantea la posibilidad real de que en nuestro mundo hombres y mujeres sean iguales y felices por ello; que el poderoso sea elegido en armonía, que este comprenda que su labor es promover la felicidad de sus súbditos para que esa armonía no se rompa. Y, de paso, recordarnos que la libertad individual (incluso rozando la anarquía) debe ser un elemento sine qua non para alcanzar la estabilidad social.

Aún así, esto no deja de ser un marco para el desarrollo de los cuentos. Aquí cabría decir aquello de marco incomparable, pero como esto no es un lugar común sino un locus amoenus, diremos que es un marco literario que potencia la unidad de la historia (Florencia, la peste, jóvenes en celo) frente a las obras de arte individuales que son cada uno de los cien relatos (diez días, diez narradores). Bocaccio, siguiendo el gusto medieval por las colecciones de cuentos como el Sendebar, el Calila e Dimna y otros tantos, recopila aquí un microcosmos en el que todos los lectores u oyentes puedan quedar satisfechos ante el despliegue de cuentos trágicos, cómicos, satíricos, religiosos, sensuales, de aventuras, exóticos, dramáticos, reflexivos, heroicos… Algunos son simples chistes populares y otros, novelas cortas. Muchos están anclados irremisiblemente en la época en que fueron escritos, pero otros nos aportan un punto de vista que incluso hoy nos parece, digamos, no mainstream. La claridad de su estructura, la multiplicidad de temas, la brevedad de la mayoría de los relatos y la sencillez del lenguaje convierten al Decamerón en una lectura muy recomendable para todos aquellos que todavía sienten por los clásicos ese respeto reverencial de se-mira-pero-no-se-toca.

Sería impensable hablar aquí de todos y cada uno de los relatos. Ni siquiera en Jot Down nos atrevemos a escribir algo tan largo. Así que nos conformaremos con detenernos en un relato que resume las principales características del libro. Se trata del cuento 32, en boca de Pampinea.

El rey Agilulfo vive feliz en Pavía sin saber que uno de los palafreneros está enamorado de la reina Teudelinga. El palafrenero piensa que eso de la fidelidad está muy bien para los demás; y que si la reina quiere serlo, por él no hay problema siempre que él también pueda conseguir lo que pretende. Así que el buen mozo aprovecha que los reyes duermen en habitaciones separadas para colarse por la noche en la de ella, que, debido a la oscuridad y al silencio del palafrenero, piensa que es su marido y pasa su buen rato con él. Poco después, cuando el supuesto marido ya se ha marchado, al auténtico rey le apetece darse un revolcón con su esposa. Al llegar a la habitación y comenzar a hacerle arrumacos, la reina, juguetona, le pregunta el motivo de tanto fervor. Que si lo de antes le ha sabido a poco.

ILUS
Gerbino and the Saracens y Madam Oretta and the knight who told a story, dos ilustraciones del Decamerón de Thomas Derrick. Imagen: Sue Clark (DP).

Llegados a este punto, los contemporáneos de Bocaccio habrían asesinado sin piedad a la adúltera y al vil palafrenero. Garcilaso hubiera compuesto una dolorosísima égloga en la que el rey, años después, seguiría lamentando su dolor. En manos de Shakespeare, el rey decidiría desterrarse tras un extenso monólogo en el que examinaría profundamente el comportamiento del alma humana. Calderón también le daría al monólogo, aunque lo llenaría de antítesis y paralelismos complejos antes de enviar a la reina al convento o, en última instancia, rebanarle el cuello con dolorosísimo pesar. Cualquier autor ilustrado aprovecharía la situación para valorar la necesidad de educar a los criados y así infundir en ellos el deseo de manifestar una actitud ejemplar. En un drama romántico vendría ahora una escena en la que, por este orden, el rey se habría tirado de los pelos, de los cabellos, exclamado «¡oh, ah!» una docena de veces, puesto los ojos en blanco, proferido juramentos espantosos en los que poder incluir aleatoriamente los términos horror, pavor y justo cielo, habría saltado por la ventana, caído encima del criado matándolo por accidente y salido de escena tras soltar una carcajada diabólica con los ojos otra vez en blanco. Galdós habría situado la escena en Madrid y se escucharían a lo lejos los buhoneros del Rastro. La Pardo Bazán argumentaría que nada de esto habría pasado si la mujer tuviera permitido socialmente iniciar ella el acercamiento sexual. Chéjov susurraría algo sobre la lentitud con la que cae la lluvia esta tarde mientras se calienta el samovar, Unamuno haría que el rey se replanteara la existencia de un dios tan inmisericorde, Lorca lo llenaría todo de lunas verdes con hormigas y Juan Ramón Jiménez hablaría de lo maravilloso que es ser Juan Ramón Jiménez.

Pero Bocaccio no hace nada de esto. El rey Agilulfo es el más humano, el más cabal y, paradójicamente, el que más nos hace sonreír por lo inesperado de su reacción. Tan solo Cervantes, admirador del florentino, habría podido escribir un final tan redondo. Final que, por supuesto, no vamos a desvelar ya que pueden leer el relato completo aquí y así solo les quedarán noventa y nueve cuentos para terminar esta joya de la literatura universal.

Ayuda para vagos y maleantes: Si, a pesar de todo, la idea de leer cien cuentos escritos en el siglo XIV se hace un poco cuesta arriba, existen varias opciones para acercarse a este clásico: el Decamerón ha sido llevado al cine varias veces, aunque nunca de forma completa. Dado el alto componente erótico de muchos de los cuentos, casi todas las adaptaciones cinematográficas son de la época del destape. La mejor de todas es sin duda la dirigida por Pasolini en 1971. Al igual que Bocaccio crea un marco para unificar los cien cuentos, el director italiano lleva a la pantalla nueve cuentos engarzados gracias a una pequeña trama en la que un alumno de Giotto, interpretado por el propio Pasolini, pinta un fresco en el que incluye a personajes de diversos cuentos. El lirismo de algunas escenas se mezcla con el marcado erotismo de otras, difuminando un tanto la delicadeza característica de Bocaccio. Porque, a pesar de ser un libro de jóvenes en celo, no hay que entrar en el Decamerón con la idea de que vamos a encontrarnos cien cuentos picantes. Es mucho más que eso, igual que los clásicos son mucho más que libros antiguos que hablan raro: ¿por qué no pensar en ellos como en un locus amoenus donde disfrutar de todo tipo de historias mientras esperamos a que la peste pase de largo?

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Una escena de Il Decamerone, de Pier Paolo Pasolini. Fotografía: MGM.