Manuel Fernández Álvarez: el hombre gris y la tentación de la nueva Rusia

Manuel Fernández Álvarez

El suyo no era precisamente uno de esos nombres que ayudan a pasar a la historia. Ella, tan dada a la onomástica de originalidad campanuda o de rimbombancia mayestática, es inclemente a ese respecto y no va a perder el tiempo en registrar la biografía de un tal Manuel Fernández Álvarez. Sí, ese era el nombre —tan corriente y moliente, tan insignificante, si se quiere— que constaba en su partida de bautismo y que, tal vez, se habría acomodado bien a la biografía que le había tocado encarnar. Nacido en Oviedo en 1897, era hijo de un maestro de instrucción primaria; él mismo estudió Magisterio y llegó a ejercer la profesión, aunque por muy poco tiempo. Dispuesto a burlar el designio que le imponían su nombre y sus circunstancias, con apenas veinte años se marcha a París, donde trabaja como taxista al mismo tiempo que cursa estudios de Ingeniería Eléctrica en la École Technique de Cinématographie e ingresa en la Intersyndicale Ouvrière de Langue Espagnole en France, una organización de anarquistas españoles que funcionaba en la práctica como una sección de la CNT. Algunas versiones adornan esta época con una nota de color: en aquellos días se habría convertido en un consumado maestro del arte de birlar las carteras a los boulevardiers. Podemos dar crédito o no a la leyenda golfa, el caso es que no le hace ninguna falta a su peripecia, que, en la primavera de 1920, está a punto de tomar un insospechado derrotero. 

En aquella fecha, un buque aguarda en el puerto de Marsella para zarpar con destino a Odesa. Llevará de vuelta a casa a un contingente de soldados rusos que los alemanes habían hecho prisioneros durante la reciente guerra, la Gran Guerra. Un instante antes de levantar anclas, «un hombrecillo diminuto, gris» se acerca al capitán. 

—Ha embarcado usted a trescientos rusos y no lleva intérprete. ¿Cómo se va a arreglar para entenderse con el pasaje?

—No había pensado en ello —contestó el capitán—. Pero tiene usted razón. Sin embargo, no hay modo de buscar intérprete; zarpamos dentro de unos minutos.

—Yo me presto a serlo sin remuneración alguna: por el viaje y la comida.

No es que el hombrecillo gris fuera un experto en ruso; pero era, bajo aquellas vulgares apariencias, un aventurero de lo desconocido que sentía la tentación de la nueva Rusia.

Así reconstruyó la escena años después el periodista Fabián Hernández, seguramente a partir del testimonio de aquel osado aventurero de lo desconocido que no era otro que Manuel Fernández Álvarez. Había llegado a Francia «asfixiado dentro de los moldes vilipendiosos de la tiranía borbónica» y ahora embarcaba rumbo al país de los sóviets, atraído por la promesa comunista. Para aquel paseo por la historia, Manuel creyó necesario agenciarse otro nombre y eligió uno de inspiración rusófila: Iván. Los diez días de travesía sirvieron al capitán para descubrir que las cuatro palabras de ruso que sabía el supuesto intérprete no le servían para lidiar con el levantisco pasaje y a este para descubrir en la cala del barco un cargamento de armas y munición que iba a entrar de matute en el país para pertrechar a las fuerzas del Ejército Blanco comandadas por Piotr Wrangel. Los repatriados e Iván, que han interceptado el flete, son recibidos como héroes al llegar a Odesa. En ese momento de entusiasmo colectivo, Iván se alista como voluntario en el Ejército Rojo. 

Según le contó a Eduardo Barriobero y Herrán, luchó en la frontera de Rumanía y, más tarde, en Ucrania. Allí, en la ciudad de Járkov, tuvo oportunidad de conocer a Christian Rakovski y en Moscú, a donde fue destinado más tarde, asiste a mítines de Trotski, Bujarin, Kámenev y Rýkov, además de entrar en contacto con líderes del anarcosindicalismo como Pestaña, Lepetit, Vergeat y Lefebvre, Souchy y Bauer. No eran las relaciones más convenientes para un transeúnte de la historia soviética de 1920, a quien, además, le gustaba recordar sus excursiones hasta Dmítrov para visitar a Kropotkin. El patriarca del anarquismo internacional había endurecido sus críticas a los bolcheviques y estaba a punto de remitir una carta a Lenin en la que le acusaba de empujar la revolución «a un camino que la lleva a su destrucción, sobre todo por defectos que no son inherentes al socialismo o al comunismo, sino que representan la sobrevivencia del viejo orden y de los antiguos efectos destructivos de la omnívora autoridad ilimitada». Las simpatías libertarias de Iván se hacen evidentes y llaman la atención de los guardianes de la ortodoxia bolchevique. El 13 de octubre de 1920 es arrestado por la Checa moscovita bajo la acusación de sabotaje contrarrevolucionario. 

El azar quiso que cuatro días después, el 17, Fernando de los Ríos iniciase su «viaje a la Rusia sovietista». Recién llegado, el presidente de una célula anarquista se pone en contacto con él para concertar una entrevista. El socialista español acude a la cita y se encuentra con un tipo muy propio, «barbado como Bakunin y Kropotkin» y los tics del secretismo y la clandestinidad, según contó también Fabián Hernández, quien recreó el cuadro dramático así:

Muy cerrados en la habitación, el anarquista levanta la tapa de una mesa, y con una navajilla saca de una ranura un papel muy doblado.

—Es un mensaje para usted de un español preso por la Checa. Ha llegado a nosotros por caminos muy complicados y secretos, y no debe usted decir quién se lo ha entregado.

Con lápiz, sobre un papel sucio, Manuel Fernández Álvarez pedía auxilio.

«Sé —decía— que va usted a visitar a Lenin; pídale mi libertad». 

Fernando de los Ríos asumió el encargo e intercedió en favor de su compatriota. Después de escuchar la petición, Lenin levanta el teléfono, llama al director de la Checa, Félix Dzerzhinski, y da la orden de la excarcelación inmediata del preso. Aquel quería ser, sin duda, un gesto de buena voluntad con el que el líder soviético pretendía ganarse al español, comisionado por el PSOE junto a Daniel Anguiano para estudiar la posibilidad de que el partido ingresase en la Tercera Internacional. Sin embargo, De los Ríos debió de ver en él una exhibición de poder omnímodo que solo ratificaba el juicio que se había formado sobre los bolcheviques, inapelable después de escuchar de boca del mismísimo Lenin aquella diatriba rotunda que terminaba con la célebre pregunta: «El problema para nosotros no es de libertad, pues respecto de esta siempre preguntamos: ¿libertad para qué?». 

Así fue cómo, el 22 de noviembre, cuarenta días después de su arresto, Manuel Fernández Álvarez consigue salir de las cárceles moscovitas. Ha salvado su vida de forma providencial. En los últimos meses, como él mismo recordó, había viajado «de Odesa a Leningrado y de Polonia a los Urales, en plena actividad revolucionaria, cuando la invasión de las fronteras del este por Polonia y la ocupación de Ucrania por los Ejércitos Blancos mantenían aún incierto el porvenir de los sóviets»; había conocido y entrevistado a Bujarin, Trotski, Voroshílov, Kalinin o Litvínov, entre otros protagonistas de aquellas horas históricas, e incluso podía alardear de que su conversación de dos horas con Lenin había merecido titulares en la prensa de medio mundo; Pravda había publicado su firma al pie de algunas colaboraciones; guardaba las notas que le iban a permitir escribir el libro Nicolás Alexandrovitch Romanoff, ciudadano soviético, un relato novelado de los últimas días de vida de la familia del zar Nicolás II, y hasta podía acreditar los métodos que gastaba la policía política bolchevique. Era suficiente: el enigma del ensayo comunista quedaba desentrañado y la tentación de la nueva Rusia, liquidada. 

Regresa a Francia en diciembre de 1920 y es entonces cuando adopta un nuevo nombre: Jack Wilkens (tal vez en homenaje al anarquista alemán Kurt Gustav Wilckens). Con este seudónimo, el 14 de enero de 1921 comienza a publicar en el periódico Le Libertaire una larga serie de artículos titulada «Six mois en Russie», en la que expone las conclusiones de su experiencia y que constituye una de las críticas más tempranas y duras de la Revolución de Octubre: niega que los bolcheviques estén creando las bases de una sociedad igualitaria; afirma que los sóviets son los instrumentos de una dictadura ejercida por una burocracia  aburguesada, por una clase de nuevo cuño que mantiene oprimidas bajo su yugo a las masas revolucionarias; denuncia que el proletariado padece régimen de terror tan ignominioso o más que el impuesto por los zares; describe los campos de concentración y las prisiones, y revela, en fin, la persecución a la que están siendo sometidos los anarquistas, encarcelados y fusilados sin juicio por discutir una revolución que se está traicionando a sí misma. Cuando en marzo de ese mismo año llega a Francia la noticia de la brutal represión con la que los bolcheviques aplastan la rebelión de sus propios marinos en Kronstadt, Sébastien Faure advierte que nadie debería sorprenderse, porque los sucesos no hacen más que corroborar la tesis de Wilkens, a quien, en realidad, muy pocos quisieron atender. Su testimonio resultaba incómodo, sospechoso o intolerable: para unos, porque provenía de la extrema izquierda; para otros, porque la promesa de la utopía comunista no podía ser desprestigiada de ninguna manera; y hasta los suyos, los anarquistas españoles, hicieron todo lo posible para acallar una voz que cuestionaba la política de la CNT de adhesión al Profintern. De hecho, en España, la publicación de su denuncia en 1922 en la revista Nueva Senda no suscitó otra reacción que el silencio. Idéntica indiferencia merecieron los reportajes que vieron la luz en las páginas del Diario de Madrid entre el 23 de mayo y el 15 de junio de 1935. 

Para aquel entonces, Manuel Fernández Álvarez ha publicado el libro Técnica cinematográfica moderna, un estudio enciclopédico de más de quinientas páginas, pionero en su género. Gracias a él consigue en 1932 una pensión de la Junta de Ampliación de Estudios para continuar sus investigaciones sobre el tema, que darán como resultado la obra Cinematografía pedagógica y educativa (1936). Aprovecha su estancia becada en las principales capitales europeas para ejercer como corresponsal de El Liberal y Heraldo de Madrid. Sus crónicas, en especial las remitidas desde Alemania, dando cuenta del auge del nazismo y el ascenso de Hitler al poder, dan cierta notoriedad a su firma, ahora «M. Alvar» o «Alvar». En 1936, cubre las reuniones en Ginebra y Londres del consejo de la Sociedad de Naciones, organismo al que dedica un libro publicado ese mismo año con un breve prólogo de Salvador de Madariaga. Sabía bien que se cernía una tormenta sobre Europa, pero quizás no sospechaba que el primer relámpago iba a caer en España. La sublevación militar lo pilla en Madrid y acude al asalto del Cuartel de la Montaña. Pocos días después, el 23 de julio, muere al alcanzarle la metralla de un obús en el frente de Guadarrama justo en el instante en que intentaba subir a un camión, en el que, entre otros milicianos, se encontraba Ramón J. Sender, quien dibujó su semblanza en el libro Contraataque:

Yo miraba el cadáver de Alvar, tendido en la carretera y, momentáneamente abstraído, recordaba. Había sido anarquista y tenía una compleja historia de combatiente. Su tragedia era que no llegó a inspirar entera confianza en las Organizaciones. Vivía una vida rara. Le habían sucedido cosas extraordinarias, y era tan inteligente, tan sagaz, tan agudo; había vivido, por añadidura, tan fácilmente casi siempre, y ponía en sus aventuras una cantidad tal de ingenuidad verdadera y sana que casi nadie lo tenía por un hombre de buena fe. Esta era su tragedia […]. 

Había quedado su cara vuelta hacia nosotros. Con los brazos abiertos —un gesto muy suyo— parecía decirnos: 

—¿Me creéis ahora? ¿Queréis más de mí?

Uno de mis compañeros dijo:

—¿Es uno que firmaba Wilkens?

—Sí.

Otro intervino, pero no le oí, entre el ruido del motor y las explosiones de las granadas. Le pregunté:

—¿Qué dices?

Repitió, alzando la voz:

—¡Buen pájaro!

Lo decía sin irrespetuosidad, con cierta familiar campechanía en la que había una cantidad de compresión enorme.


Ocaña cegado por el sol

Ocaña
José Pérez Ocaña ©Roger Velàzquez.

Toda obra de arte aspira a tal ocaso cuando quiere llevar la muerte a todas las demás.

(Theodor Adorno, Minima Moralia: Reflexiones desde la vida dañada)

Una faz de color ámbar se destapa: es el nuevo rey sol. En el ardiente septiembre del año 1983, José Pérez Ocaña —sus labores— se travistió de astro dorado en el calor de Híspalis. Era ya, en pleno auge de esa falsa modernidad de inicios de los ochenta, un pintor reclamado y no solo exponía sus cuadros, ya que también organizaba completos montajes e instalaciones. Representaba el artista total, «hombre del Renacimiento» le llamaba Jordi Petit —activista gay—, en el cual su mayor obra era él mismo. Estaba allí, en Cantillana (su pueblo natal), buscando el descanso a sus múltiples compromisos artísticos, según el dibujante underground Nazario Luque

Poco podría durar este letargo para un creador nato: se desperezó con prontitud y pergeñó con los niños y los músicos del lugar una espontánea cabalgata. En ella habría dragones, gigantes, cabezudos y un sol cartón piedra. Con un ostentoso disfraz de tiras multicolores, improvisado arcoíris de guardería, ocultaba su rostro macilento, enfermo de hepatitis. Este último estaba pintarrajeado y se asemejaba a un polichinela lisérgico coronado por unos anteojos verdes. Algo así como un cronopio del dios Baal; un aterciopelado personaje de una canción instigada por Carlos Berlanga.

Al inicio de la comitiva un grupo de querubines tamborileros encaraban esa «turba pelona y descalza», que decía el clásico. Detrás serpenteaba un animal fabuloso, entre reptil y lombriz, cosido con sábanas de motas, piezas de colores y que tenía como testa una máscara que diríase sacada de la pesadilla más belicosa de Moctezuma. Una piñata florida entre ese gentío travieso y juguetón. El artista, según su amigo Alejandro Molina:

… había embolicado a todo el chavalerío, a sus madres y abuelas (…) en un pasacalle que recorrería el pueblo y que acabaría en el patio de la escuela ¡Banda de música (ella era muy completa) incluida!.

Presidía este aquelarre entre maricón y dadá el estandarte del sol. Este se coronaba con un rostro bifaz: una cara tenía los ojos abiertos mientras la distinta estaba dominada por otro guiñado. En esa banderola flamígera caían ocho puntas de pliego amarillento con varias bengalas incorporadas; ejercían como rayos en paño de papel de seda y caían como guirnaldas: una suerte de tirabuzones áureos.

Se había avisado a Ocaña que estas podrían incendiarse, pero el artista asumió los riesgos y al prenderse extendieron el fuego a su traje. Se convirtió en un bonzo del Bosco como obra inadvertidamente póstuma. El fotógrafo de la kermés, que acudió a socorrerle sin éxito, no pudo captar el instante donde aquella llama uranista brilló pura.

La respuesta de Ocaña ante ese desliz es tan perspicaz en su ordinariez como suntuosa en su ambición: «¡Nene, te has perdido la foto de tu vida!».

Así publicó El País su obituario, el 9 de septiembre de 1983.

Ocaña, pintor y actor sevillano afincado en Barcelona, falleció en la madrugada de ayer en la residencia sanitaria García Morato, en la capital andaluza, víctima de una hepatitis, que se le había recrudecido en las últimas semanas como consecuencia de un accidente en el que sufrió diversas quemaduras. El cadáver de Ocaña será enterrado esta tarde en el cementerio de su pueblo natal, Cantillana. Con Ocaña desaparece, como ha dicho el actor Enric Majó, «el espíritu del 75 que transformó las Ramblas de Barcelona en un espacio de libertad».

Las Ramblas, años setenta

Existe toda una literatura evocadora, fuertemente melancólica, de la Barcelona de los años setenta. Subprefectura a la altura de Perpiñán, según célebre definición del poeta Pere Gimferrer, escritores como Marcos Ordóñez, Federico Jiménez Losantos, Terenci Moix o Mario Vargas Llosa han recreado literariamente esta urbe como paraíso ácrata y nudista.

Si el célebre espíritu del tiempo se suele encarnar en un hombre, en un arquetipo, es difícil separar a Ocaña, «la diosa Ocaña» según Moix, de ese tiempo y lugar. Pintor de brocha gorda, nacido en 1947, llegó en 1971 a esa Barcelona en pleno ocaso de la dictadura. Recordaba el propio artista su tránsito con no poco cachondeo:

Yo soy sevillano que llevo seis años en Barcelona y vivo con mi gato Enrique. No es que haya venido aquí para resolver mis cuestiones sexuales, eso lo tenía más que superado en mi pueblo. Ya de pequeñito hacía los amores en un pajar con amiguitos míos, ¡aquello era divino y espontáneo!.

En Barcelona, con la progresiva libertad (libertinaje, más bien…), encontró una forma de ser y escapó del ambiente represivo de su pueblo natal. Esos recuerdos, esas vírgenes alucinadas y alucinantes, decoraban su casa —cripta situada en la plaza Real de Barcelona—. Esas ermitas andaluzas fueron sustituidas por el templo posmoderno en la capital de Cataluña para aquel tiempo: el drugstore. Según Marcos Ordóñez, en sus recientes apuntes Juegos reunidos, estos eran «la quintaesencia de la nocturnidad más peliculera y neoyorquina».

Las Ramblas le tenían como figurante de lujo y se recuerda cómo llegaba a erigir procesiones en honor a la Virgen de la Macarena en el Barrio Chino. El periodista Josep María Carandell inmortaliza a ese Ocaña que dirigía con mano de hierro, quizá mejor dicho con abanico de madera, a todos los travestidos con un «gesto enérgico y sobrio» para finalizar con una saeta a la virgen que terminaba «en un silencio sentido y perfecto». 

No era ninguna boutade esta solemnidad: Terenci Moix rememora un debate encendido entre Ocaña y Nazario respecto a qué virgen era más milagrera: la Asunción o el Rocío. Nuestro devoto mariano declamaba que su arte, su pintura, eran «ojos tristes, cuerpos desproporcionados y mucha humanidad. Fetiches y recuerdos de mi niñez, mi pueblo y su gente, farolillos de colores como abanico, muerte y vida, luz de cirio, Macarena y saeta». El antropólogo Alberto Cardín, personaje ubicuo en esta escena barcelonesa gay y contracultural (escuela lacaniana), enunciaba el travesti en aquella época como una «moderna asceta» que todavía tenía presente el «ideal».

Estos travestidos, Ocaña, Camilo y otros, proyectaban por el día una performance multicolor que era celebrada por la pudorosa burguesía catalana. Resultaba para ellos una síntesis surreal e inofensiva de las emergentes libertades. En las clases sociales populares, en el mercado de la Boquería, sus verduleras contratacaban las ordinarieces del artista ofreciéndole pepinos de gran tamaño. A esta dádiva Ocaña respondía con esa procacidad que los andaluces dominan: «¡Pues métaselo a su marido por el culo!».

Hombre sin carné ni afiliación política, declara Petit, desfilaba con su troupe, la cual glorificaba sin control —ni protección— la perversión. Según Jiménez Losantos, llegó a despreciar en su heterodoxia un encuentro con la novelista Marguerite Duras afirmando que «no quería pasar toda la tarde con una inteletualah aburridah». 

Su aparición en las Jornadas Libertarias de julio del 77, que historió divertidamente Guillem Martínez en su Barcelona rebelde, fue una de sus principales obras al límite. Su grupo representó una felación en el escenario como acto erótico y festivo; más aún, teniendo delante a gran parte de la vieja inteligencia de la CNT que sobrevivió a la guerra civil. 

Recuerda Nazario:

Mientras otros intrigaban, manipulaban y se destrozaban buscando acomodo junto al nuevo poder, nosotros nos dedicábamos a pasarlo bien. Bailábamos, ocupábamos la calle, nos emborrachábamos, nos drogábamos, follábamos… Pero, además, buscábamos nuevas formas de expresión, creábamos nuevas músicas, nuevas revistas, nuevo cine.

El director de su gran retrato fílmico, Ocaña, retrato intermitente (1978), Ventura Pons, afirma cómo en su primer encuentro nuestro pintor se definió con una frase delirante, aún acertada: «¡Soy la Pasionaria de las mariquitas!». Fue su irrupción total, otra performance, en el progresista y sesudo Front d’Alliberament Gai de Catalunya, organización pionera de la comunidad LGTB aquí. Pons quedó fascinado y poco a poco trabó amistad con el pintor y artista. Este le pareció un mutante imbuido en el barroco sevillano y trasplantado a la Barcelona de las primeras libertades.

El filme, que tiene algo de testamento de su tiempo, funciona también como obra destinada a autoinmolarse en los abismos de la memoria. Casi, tal cual, como el preciosista y real recuerdo de Ocaña en la película sobre el aspecto de vírgenes de todas las niñas de su pueblo en su primera comunión con Dios.

El documental llegó a Cannes en el año 1978 dentro de la sección Un Certain Regard de cine más experimental. Ocaña y su séquito dieron allí, a decir del periodista José Luis Guarner, «la rueda de prensa más divertida de la historia del Festival». El artista llegó a cantar un verso a la Macarena y asistió luego travestido junto a Camilo, su camarada en estas fechorías petardas, al estreno del filme de Carlos Saura Los ojos vendados en el Gran Palais. Los dos llegaron entrelazados a los brazos del todavía joven Ventura Pons. 

Un acto artístico, otro más, que Petit consideró «impecable».

Un hombre incoherente

En el mismo tiempo en el cual Ocaña destruía todos los tabúes burgueses, Jordi Pujol reeditaba su libro sobre la inmigración en Cataluña. En él existe un párrafo célebre donde se refiere al natural de Andalucía de este modo:

El hombre andaluz no es un hombre coherente, es un hombre anárquico. Es un hombre destruido. Es, generalmente, un hombre poco hecho, un hombre que hace cientos de años que pasa hambre y vive en un estado de ignorancia y de miseria cultural, mental y espiritual.

Es una declaración xenófoba, todavía marginal, que prefigura el viraje cultural de la ciudad en los años ochenta. La aparición de la cultureta, en célebre definición de Joan de Segarra, enterrará en prejuicios del interior de la provincia catalana a todos estos condenados al futuro. El quiosco, la copla y el carnaval dejarán paso a Terenci Moix citando pomposamente a Gramsci ante «no demasiado público», según la rumba escrita de Segarra.

Ocaña, hombre coherente en su incoherencia, se adaptó a este cambio al profesionalizarse como retratista. Son sus grandes años como vendedor de esas vírgenes de Plastidecor: ahora por fin alcanzaban comprador y dejaban de ser regalos a «sus chulos» por los servicios prestados. Cardín recordó con perspicacia cómo esa construcción de un personaje fue clave en ese éxito artístico y comercial. Escribía en la Revista de Asturias (1979) que esos lienzos se vendían solos y los burgueses nuevaoleros, embutidos en Montesinos, le ofrecían «sustanciosos contratos» para decorar las casas de esa incipiente gente guapa levantina.

No mentía: del 69 al 75, en la dictadura, Ocaña apenas tuvo dos o tres exposiciones (en Cantillana, en bares de Barcelona o librerías hippies). Del 76 en adelante comenzará su buena nueva, siendo una firma dominante en la galería Mec-Mec y exponiendo ya en Besançon (Francia) en la galería Artémis para mayo de 1979. Sus exposiciones más célebres, las de Mec-Mec y la Capilla del Antiguo Hospital (las dos en Barcelona), congregaban a todo el grupo de Nazario y resultaban un tipo de catarsis colectiva gay.

Mec-Mec, en el carrer dels Assaonadors (cerca del Barrio Gótico), fue el referente irreverente de la contracultura catalana y duró apenas tres años en este estilo de ruptura (de 1976 a 1979). El investigador Andrés Ruiz cree que Ocaña quería redescubrir la «pintura popular», dar a conocer a nuevos autores, y lo hacía en este lugar cercano a un pub dominado por el lenocinio y sus meretrices. Nazario es el gran cronista de esos happenings, donde Ocaña llegó a instalar «su dormitorio», además de recordar que «manadas de maricones» le ayudaban en sus trabajos kitsch de papel maché. La otra exposición, aquella de la capilla, fue más ambiciosa y el dibujante underground rememoraba que nuestro artista llegó a «derribar» la pared de su estudio para poder sacar las imágenes religiosas. Estas fueron llevadas a hombros por sus camaradas espirituales, en una especie de procesión psicotrónica y que él intitula de manera clarividente como «felliniana». 

Ese mundo cultural se trastocaba lentamente: Nazario confesó al periodista David Barba que la victoria de Jordi Pujol en las autonómicas de 1980 fue «la puntilla del movimiento libertario». La ciudad se convirtió en más violenta, los intelectuales fueron más modosos, y el trabajo en la Caixa resultó algo más tentador. Terenci Moix, ya en 1978, recogía el hartazgo en los quioscos de la figura del travesti. Esta había pasado de convertirse en «revulsivo cultural» a ejercer ahora más bien como atractivo extraño para señores de Barcelona no poco reprimidos. Es de imaginar que muchos de ellos serían calvos, gordos y con bigote, siguiendo ese modelo físico que popularizó, que legitimó intelectualmente, Manuel Vázquez Montalbán. Moix sentenciaba que «la nostalgia del andrógino ideal pierde puntos cuando se la encuentra colgada semanalmente en un quiosco».

Esta década será fructífera para Ocaña en lo comercial ya que los museos de arte contemporáneo se abren a sus obras y a él como firma (expondrá en Ibiza, Santander, Donostia, etc.). Todo cambió para este artista total, según Nazario, cuando se estableció como retratista: compró un «enorme piso» donde la alcurnia canalla y sórdida estaba fuera de marco, desenfocada, ante la nueva realidad propia del Hola. De hecho, en su afán de promoción, llegó a vender una página doble a color en la revista Fotogramas donde se inmortalizaba junto a este casoplón

Sin duda, Ocaña convertido en «marchante de su propia obra» estaba empezando a ser un tipo de funcionario cultural, subsección camp. A la vez, fue poco a poco consumido por la enfermedad, cuyo origen nadie conoce en todos esos libros de memorias, y que derivó en la aludida hepatitis. Su piel, de tono amarillo limón, habría de dorarse en esa inmolación artística propia de un personaje creado por Gabriele D’Annunzio.

Ahora, quedémonos con esta diosa de cartón piedra un poco antes, todavía en los setenta, con su bombín, camisa a rayas y zapatones. Un Chaplin todavía más amanerado en medio de esa Barcelona lluviosa; ciudad triste, sucia y gris casi siempre en otoño. Allí, según Jiménez Losantos, Ocaña hizo su mejor y más sentida representación:

Una mañana, yendo en taxi a no sé dónde, lo vi solo en las Ramblas desiertas, bajo la lluvia, viviendo con disciplina teatral el personaje que quiso ser.


‘El entusiasmo’: lo que la crisis del petróleo se llevó

Fotografía de Julián Martín Cuesta. Imagen de El entusiasmo (Hanoi Films / AVED Producciones).

Uno de los consuelos de envejecer es que aumenta la perspectiva que tienes de lo que te rodea, ves mejor qué es excepcional y qué responde a un patrón. En lo ideológico, social y político, en mi adolescencia se discutía sobre el servicio militar, pero nunca se pensaba que fuese a desaparecer. Lo hizo a los pocos años. La cuestión de si es justo que la gente más humilde y necesitada de una salida laboral sea la que más acabe sometida a la confinación y disciplina del ejército profesionalizado ya se debatió menos, o nada. Pero vimos cambios profundos y poco esperados. Otras cuestiones que solo se leían en páginas de fanzines con grapas, como el veganismo o el bienestar animal y el rechazo a la vivisección, han terminado siendo la filosofía de vida de partes importantes y destacadas de la población e incluso han derivado en leyes y directivas europeas. Lo que venía en esos fanzines hechos con máquina de escribir ahora está en el New York Times. Ideas o planteamientos que parecen extravagantes y se les ridiculiza, pueden llegar a ser dominantes en el futuro. Yo lo he visto.

En este aspecto, no se puede sostener en un sentido estricto que todas las ideas avanzadas procedan del anarquismo, pero sí que es un hecho que en su entorno encontraron cobijo antes de ser aceptadas por capas amplias de la población. Un ejemplo palmario sería el del naturismo y también el de la liberación sexual y el feminismo.

También la perspectiva es útil para ver cómo se ha vivido el recuerdo de los años setenta en España a través de las épocas. Del olvido total a las mitificaciones y lo que ahora se llama lucha por el relato, que es un rodillo importante. Sin embargo, pese a los riegos e intereses manipuladores, el aumento de la información y documentación sobre aquellos años al menos permite que haya un debate. Estamos en una época en la que la sordera está extendida, pero hace veinticinco años se ignoraban más aspectos de este periodo, por no mencionar de los años treinta, aunque estuviesen más cerca en el tiempo.

En este contexto, se ha estrenado el documental El entusiasmo con el eslogan Una vez muerto Franco, todo parecía posible de Luis E. Herrero. Un recorrido a la breve primavera del anarquismo en los años de la Transición, al momento en el que parecía que la CNT iba a ser una fuerza a tener en cuenta.

Al igual que le pasó a muchas dictaduras del siglo XX en las que se experimentó un desarrollo económico, el propio desarrollo y evolución hacia una economía postindustrial traía en su seno la incompatibilidad con una dictadura. La represión ya no bastaba, ni siquiera era viable, para dominar a una sociedad sin derechos. En España, esta transformación ocurrió en muchos ámbitos, incluida la propia Iglesia católica, pero en especial alcanzó una gran fortaleza entre la clase obrera.

Manifestación feminista. Colectivo Tinta Negra. Fotografía de Jordi Pavía. Imagen de El entusiasmo (Hanoi Films / AVED Producciones).

De los múltiples «relatos» que circulan de la Transición, hay un hecho que curiosamente se cita poco porque disloca las conclusiones apriorísticas de las que suelen venir acompañadas las versiones actuales de lo que ocurrió. En 1976, las huelgas masivas e incesantes por todo el país echaron abajo el gobierno AriasFraga. Es un hecho que viene muy bien explicado en los trabajos de los historiadores Carme Molinero y Pere Ysás, sobre todo en su libro conjunto sobre el PCE De la hegemonía a la autodestrucción 1956-1982. Las vías de franquismo sin Franco pergeñadas por Carrero Blanco en su día se estrellaron contra un muro de granito que fue el pueblo español movilizado. La izquierda. Y murieron ahí.

Las huelgas, la organización de los trabajadores y las asambleas continuas, tras tres décadas bajo la bota franquista, llenaron de esperanza e ilusión a mucha gente y alimentaron sueños revolucionarios de toda clase. Quizá el mejor ejemplo del espíritu del momento lo tengamos en el documental Numax presenta, de 1980, sobre el intento de unos trabajadores de tomar el control de su fábrica y establecer un centro de producción colectivizado y autogestionario.

En El entusiasmo, los testimonios recogidos dejan claro que las movilizaciones respondían a problemas laborales puntuales, pero que detrás de todas ellas se encontraba la lucha contra el sistema y por las libertades. Estas asambleas no eran ninguna fiesta, hubo casos como el de Vitoria que se saldaron con un reguero de asesinatos. Aparece también citada la famosa e histórica huelga de Roca Radiadores. Un paro de noventa y cinco días en el que las decisiones las tomaron asambleas de hasta tres mil trabajadores. Una huelga que comenzó por un despido-represalia. Uno.

En este caldo de cultivo y con la efervescencia ideológica propia de la época, tomaron cuerpo formaciones de izquierda de todo tipo. Lógicamente, el anarquismo, tan arraigado en España, hizo lo propio, pero no necesitaba nuevas fórmulas. Recogía una organización que ya había existido, la CNT. Lo más interesante que plantea el documental son las contradicciones que conllevó su resurgimiento. Al igual que le ocurrió a otros partidos, como el PSOE, también se produjeron diferencias entre la dirección en el exilio y en el interior. En el caso del anarcosindicalismo había varios comités simultáneos que decían ser la CNT. Cuenta un testimonio que, mientras crecieran y se multiplicasen, se dejaba hacer. Al menos hasta su legalización el 14 de mayo del 77.

Un choque generacional marcó esos días. Los jóvenes libertarios venían de la cultura underground. Del rock and roll, las drogas y la libertad sexual. Del hippismo al incipiente punk. Los mayores, de las condiciones de vida de los años treinta, de la guerra y la represión de la posguerra. En imágenes impagables del mitin de San Sebastián de los Reyes, en el que se reunieron treinta mil simpatizantes, se da cuenta de que había cierta incomprensión ente unos y otros. Había un lenguaje diferente. Algunos anarquistas veteranos no entendían las melenas y el descontrol. Sin embargo, cuentan los entrevistados, los jóvenes no se podían creer lo que escuchaban en las intervenciones de los ancianos. Nunca en su vida habían oído a alguien gritar en un lugar público contra todo, contra las instituciones y el capitalismo. Creían que estaban soñando.

Pintada en la calle. Imagen de El entusiasmo (Hanoi Films / AVED Producciones).

Es en esa etapa cuando se puede decir que el anarquismo llegó a ponerse de moda. Se habla de doscientos mil afiliados «que salieron de debajo de las piedras». Leopoldo García sostiene en el documental: «tuvo una atracción de las gentes, lo que dio una imagen de masividad». Se celebró el famoso mitin de Montjuic, con la intervención histórica de Federica Montseny. Hubo lágrimas. Había cien mil personas congregadas.

Llegaron las Jornadas Libertarias. También no exentas de críticas, porque mostraban toda la diversidad del movimiento ácrata. Desde el rock and roll, el travestismo y el amor libre, por lo que algún medio se refirió a estos días como «orgías», a sesudos debates en las asambleas. Aparece uno en el que se le echa en cara a quien tiene la palabra que se deje de demostraciones erudición, que se hable de alternativas a los problemas actuales y no se cite a tanto apóstol de la revolución con décadas de antiguedad.

En estas escenas hay una intervención con una frase que, a mi juicio, no ha envejecido precisamente: «los defensores de la ortodoxia, los químicamente puros, que parecen inasequibles a la realidad histórica y a la realidad científica, son los apóstoles y los aspirantes a inquisidores, y los inquisidores rojos, azules o negros, esos son  los grandes enemigos».

Todo esto sucedía en unos años que, como han subrayado en múltiples ocasiones quienes los vivieron entrevistados por esta publicación, hubo un vacío de poder. Las sucesivas amnistías hasta la amnistía total de octubre del 77 y, después de eso, la Constitución, eran las preocupaciones fundamentales del gobierno y los partidos políticos. Los cuerpos de seguridad alternaban los abusos de poder con el pasotismo total ante la falta de un esquema legal claro. De aquel vacío surgió una explosión cultural cuyos frutos no se pueden medir solo en lo sucedido aquellos años, crearon escuela, fueron iniciáticos y forjaron la mente e ideas de gente que ha escrito mucho y bien durante décadas desde entonces.

El documental cuando marca el punto de inflexión es en los Pactos de la Moncloa. Los acuerdos entre fuerzas políticas y sindicales para acordar las medidas de ajuste frente a las recesión. La crisis del petróleo había empezado en 1973 y se recrudecería en 1979. Aquí, los entrevistados están todos de acuerdo en la lectura socioeconómica. Atribuyen a la patronal y los poderes fácticos su intención de establecer un nuevo orden ya que desde hacía veinte años las huelgas les estaban destrozando. La realidad es que esos ajustes no fueron un caso único español. A Yugoslavia, donde también se produjeron, la hirieron de muerte hasta su disolución. Polonia se incendió. Rumanía enloqueció. Son tres ejemplos de países insertados en la economía mundial, sufriendo las mismas consecuencias de la crisis, pero con sistemas productivos socialistas.

Manifestación trabajadores de SEAT (1977). Fotografía de Julián Martín Cuesta. Imagen de El entusiasmo (Hanoi Films / AVED Producciones).

En este documental, los testimonios sugieren la idea de que el capital de alguna manera compró a los sindicatos y partidos políticos para reconducir una situación que se les había ido de las manos y acabaron con el único movimiento que desafiaba la restauración del sistema de explotación: la CNT. Como gracias esta estrategia no hubo dique de contención, empeoraron las condiciones de los trabajadores. Sin embargo, basta una mirada al exterior como la del párrafo anterior para ver que el problema tuvo una magnitud mucho mayor.

En este punto, sí que juegan a favor del discurso algunos hechos, aunque la interpretación general pueda parecer maximalista y grandilocuente. El caso Scala supuso el principio del fin de la CNT. Un delincuente común, Gambín, que recibió el carné de la CNT pidiéndolo de rodillas en Murcia, tuvo un comportamiento sospechoso y errático dentro de la organización —llegó a fingir su propia muerte aprovechando la de su tío, que se llamaba igual— que culminó el día que persuadió a otros militantes de lanzar unos cócteles molotov contra una sala de fiestas al término de una manifestación. La repercusión mediática que tuvo ese caso, reactivar la memoria de la violencia revolucionaria de los años treinta, bien presente en Barcelona, y la que seguía en esos momentos ETA, vació el movimiento anarcosindicalista. Hubo bajas masivas.

El remate lo pone Pepe Ribas, director de Ajoblanco, cuando sentencia: «con un movimiento libertario este país no tendría nada que ver con lo que es, su influencia hubiera evitado haber caído tan bajo». Una historia con presentación, nudo y desenlace.

Sin embargo, al contrastar los hechos nos encontramos con una realidad más prosaica. Lo mismo que hubo circunstancias que coexistieron, como que el auge de las huelgas en España y la llegada de la democracia coincidieran con el inicio de la desindustrialización en amplias zonas de Europa, no hay que eludir las dinámicas internas que hubo en el seno de la CNT. Las dos tendencias, la que propugnaba no asumir las funciones y responsabilidades de un sindicato normal y la pragmática libraron una lucha importante que se saldó con expulsiones y escisiones.

La intervención de organismos ajenos a la CNT, bien ejemplificada en la resurrección de la FAI, la naturaleza sectaria de las disputas internas por el control de los comités y las prácticas violentas e intimidatorias utilizadas en las luchas por el poder orgánico, son factores que confluyeron con la negativa de los anarquistas radicales a la colaboración en el proceso de transición y consolidación democráticas para provocar fuertes caídas en la afiliación de los sindicatos confederales, producidas tanto por salidas voluntarias de trabajadores desilusionados como por expulsiones directas de sectores disidentes. (El mito del paraíso revolucionario perdido, Isaac Martín Nieto)

Portadas de la revista Ajoblanco. Imagen de El entusiasmo (Hanoi Films / AVED Producciones).

También hubo hechos simbólicos. En el mitin de  Montjuic, primera aparición pública del sindicato tras cuarenta años, el histórico José Peirats arremetió contra el catalanismo, las nacionalidades históricas y hasta el estatuto de autonomía. Según fuentes del propio sindicato recogidas en la prensa de la época, aquel fue un error imperdonable y un duro golpe que produjo un trasvase de militantes catalanistas hacia otros sindicatos.

En cuanto al caso Scala, pese a la turbiedad del asunto, también es cierto que en su momento hubo acusaciones mutuas dentro del propio sindicato, entre faístas y reformistas, de programar acciones violentas contra los Pactos de la Moncloa. Cuando Bernat Muniesa explica el suceso en el documental, señala que cinco o seis jóvenes «fueron imbuidos», lo que pone de manifiesto que si las cloacas teledirigieron el atentado con un infiltrado —muy viable—, fue gracias a que existían facciones propensas a la «acción directa» en contra del criterio de otros militantes.

La gran paradoja de la democracia española es que llegó cuando la democracia iniciaba sus diferentes crisis en todo el mundo y daba sus primeros pasos el modelo productivo actual, con la deslocalización, la hipercompetitividad y los avances tecnológicos que crean menos empleos que los que desalojan, con las lacerantes consecuencias que han tenido para la lucha histórica de los trabajadores.

Cuando el pueblo pudo por fin articular sus reivindicaciones sociales y laborales no eran ni los cincuenta ni los sesenta. Esos años bajo la bota del dictador es lo que nos falta como sociedad y como país, pero ni en eso somos especiales. Portugal tuvo idéntica experiencia e incluso peor, con sus guerras coloniales, tres cuartos de lo mismo Grecia, en el resto de la periferia Europea, Balcanes y Europa Central y del Este, las dictaduras también dejaron huellas que no han conseguido borrarse.

El hecho es que en la actualidad CNT es una organización marginal y la relevancia de su escisión «reformista», CGT, es limitada. Sin embargo, volviendo al inicio de esta reseña, es tanto lo que entró en el «saco sin fondo» de la CNT —que era la crítica que hacían los sectores más obreristas— que está plenamente vigente en nuestros días, que sería muy matizable hablar de fracaso sin paliativos de las ideas libertarias en España. Uno de los golpes fuertes que recibió el sindicato, golpes que se medían por bajas en la militancia, fue la imagen que se reflejó de las Jornadas Libertarias. Se tachó aquello de orgía de maricones y pasotas, pero gracias a un documental como El entusiasmo, al repasar con detenimiento y sensibilidad esas imágenes, una juventud por fin libre y desatada, en ellas se ve más el presente que el pasado.


George Orwell: dos y dos son cinco

George Orwell, 1945. Foto: Vernon Richards / UCL Orwell Archive.

Recuerdo que una vez le dije a Arthur Koestler: «La historia se detuvo en 1936», a lo que asintió con una inmediata comprensión. Ambos estábamos pensando sobre el totalitarismo en general, pero más concretamente sobre la Guerra Civil española. Antes ya había notado que ningún suceso es correctamente relatado en la prensa, pero en España, por primera vez, vi periódicos cuyos reportajes no tenían ninguna relación con los hechos, ni siquiera la mínima relación que se sobreentiende en una mentira ordinaria. Vi narradas grandes batallas donde no había existido combate alguno, vi completo silencio allí donde cientos de hombres habían muerto. Vi soldados que habían luchado valientemente ser denunciados por cobardes y traidores, y a otros que nunca habían visto pegar un tiro ser ensalzados como los héroes de victorias imaginarias; vi periódicos en Londres que vendían estas mentiras y vi a ávidos intelectuales construyendo superestructuras emocionales sobre eventos que nunca habían tenido lugar. Vi, de hecho, la historia escrita no en términos de lo que sucedió sino de lo que debería haber sucedido de acuerdo con diversas «políticas de partido». (…) Sé que está de moda decir que la mayor parte de la historia escrita está hecha de mentiras. Aun así, quiero creer que es en su mayor parte inexacta y subjetiva, pero que lo peculiar de nuestra propia época es el abandono de la idea de que puede ser verazmente escrita. En el pasado la gente mentía deliberadamente, o inconscientemente coloreaba lo que escribía, o se esforzaba por descubrir la verdad sabiendo que iba a cometer muchos errores; pero en cada caso creían que los «hechos» existían y que más o menos podían ser descubiertos. Y en la práctica siempre había un considerable cuerpo de hechos con los que hubiese estado de acuerdo casi cualquiera. (…) La teoría nazi, específicamente, niega que existe tal cosa como «la verdad». No hay, por ejemplo, tal cosa como «la ciencia». Solo hay «ciencia alemana», «ciencia judía», etc. El objetivo implícito de esta línea de pensamiento es un mundo de pesadilla en el cual el líder, o alguna camarilla gobernante, controla no solamente el futuro sino el pasado. Si el líder dice que tal o cual evento «nunca sucedió»… bien, entonces nunca sucedió. Si dice que dos y dos son cinco… bien, entonces dos y dos son cinco. Esta perspectiva me asusta mucho más que las bombas; y después de nuestras experiencias de los últimos años, esta no es una afirmación frívola.

(George Orwell, Recuerdos de la guerra de España, 1943).

—¿Cuántos dedos estoy mostrando, Winston?
—Cuatro.
—¿Y si el partido dice que no son cuatro, sino cinco, entonces cuántos hay?
—Cuatro.

La palabra terminó con un jadeo de dolor. (…)

—Aprendes muy despacio, Winston —dijo O’Brien con suavidad.
—¿Cómo puedo evitarlo? —sollozó. —¿Cómo puedo evitar ver lo que está frente a mis ojos? Dos y dos son cuatro.
—A veces, Winston. A veces son cinco. A veces son tres. A veces son todo eso a la vez. Debes esforzarte más. No es fácil alcanzar la cordura.

(George Orwell, 1984, 1949).

El periodista y escritor George Orwell pasó varios meses combatiendo en el frente de Aragón junto a una milicia del POUM reclutada en Barcelona. «España», escribió, «era el país que desde mi infancia más había anhelado visitar». Su etapa de miliciano terminó al ser herido de gravedad por una bala que, tras aparecer de ninguna parte, entró por un lado de su cuello y salió por el otro. Describió la sensación de recibir aquel disparo como análoga a «estar en el centro de una explosión». Oyó un fuerte ruido y fue cegado por una luz intensa; creyó que uno de sus compañeros le había disparado por accidente desde pocos metros, pero no: fue el disparo de un francotirador fascista. Tuvo que ser evacuado del frente en camilla y después transportado en una ambulancia que no cesaba de pegar brincos sobre los destartalados caminos de la zona, todavía consciente y sabiendo que muchos soldados morían en aquellos infaustos viajes de urgencia. Contra todo pronóstico, sobrevivió. Después, en los hospitales, los doctores y enfermeras iban a verle con la expectación que despierta un caso médico excepcional; no cesaban de repetirle lo afortunado que era, porque nunca habían visto a un soldado recuperarse de una herida como aquella. En su fuero interno, él se decía que hubiese sido más afortunado si nunca le hubiese alcanzado la maldita bala. Pero vivió, e incluso recuperó la voz, con el tiempo, aun cuando los médicos le habían asegurado que hablaría en un afónico susurro durante el resto de su vida.

Orwell había experimentado de primera mano los horrores de la guerra. Incluso tras la herida, se planteó volver al frente. Pero no estaba preparado para suponer que en la retaguardia le esperaba otra clase de horror: la represión política. Descartado para el combate, regresó a Barcelona junto a su mujer, que se había estado hospedando en un hotel durante los meses que él había pasado en el frente. Allí fue testigo de cómo muchos de sus amigos del POUM, incluyendo a hombres que habían luchado contra el fascismo con un valor inquebrantable, eran apresados por sus antiguos aliados en una purga generalizada que lo dejó descolocado. Cualquiera podía ser detenido sin previo aviso ni necesidad de mayor acusación que la pertenencia o la mera simpatía hacia las ideas revolucionarias de los socialistas libertarios o los anarquistas. Ni siquiera los ciudadanos de países extranjeros se libraron de una persecución que hizo desaparecer a muchos españoles, pero también a ingleses, franceses, belgas o alemanes. Los detenidos permanecían durante meses hacinados en celdas insalubres —cualquier sótano podía ser convertido en prisión— y no pocos de ellos fueron ejecutados sin la oportunidad de intentar defenderse en un juicio. Orwell, cuyo vínculo con el POUM anticipaba un destino funesto, consiguió huir a Francia in extremis, tras una concatenación de escenas dignas de una película de intriga. En 1938, mientras ya en Inglaterra escribía la crónica de su participación en la guerra española, titulada Homenaje a Cataluña, continuaba sin tener noticia de varios amigos, conocidos y camaradas del frente, a los que con tristeza suponía muertos.

Su voz física volvió, pero sus denuncias sobre lo sucedido en España resonaban en el vacío. Descubrió con estupor que la prensa inglesa, como el resto de la prensa europea, no relataba aquellas purgas tal y como él las había vivido, limitándose a repetir la versión oficial propagada por los mismos que las habían impulsado. «Con cuánta facilidad la propaganda totalitaria puede controlar la opinión de gente cultivada en los países democráticos», diría. Había esperado ver una oleada de indignación internacional ante los sucesos de los que había sido testigo, pero fuera de España todos parecían sentir alivio por el aplastamiento del impulso revolucionario en el bando republicano. «La historia se ha detenido en 1936», le dijo con tristeza a un amigo. Aquel fue el punto de inflexión en la vida, el pensamiento y la literatura de Orwell. El hombre de izquierdas con conciencia social continuó siendo un hombre de izquierdas con conciencia social, pero se convirtió también en el sombrío cronista de la muerte de la verdad. La fría manipulación de la realidad no era, como él había creído hasta entonces, patrimonio exclusivo de los regímenes fascistas. Incluso en las democracias con prensa libre y una clase intelectual autónoma, la verdad podía ser sepultada bajo una montaña de propaganda. Era el fin de la historia, de la preponderancia de los hechos; el escritor inglés se preguntaba con amargura si los sucesos que él había conocido, si las realidades de su generación, sobrevivirían al paso del tiempo. En el nuevo mundo, el de mediados del siglo XX, dominado por los grandes medios de comunicación, los hechos habían dejado de tener importancia. Este artículo es la crónica y el análisis, no de la novela 1984, que es lo bastante conocida, sino de su gestación.

La revolución soñada

Una de las primeras ediciones de Homenaje a Cataluña. Imagen: The Granger Collection / Cordon.

La guerra de España y otros eventos de 1936-37 inclinaron la balanza y supe dónde me encontraba. Cada renglón de cada obra seria que he escrito desde 1936 ha sido escrito, directa o indirectamente, contra el totalitarismo y en favor del socialismo democrático. (Por qué escribo, 1946).

Cualquiera que sienta el valor de la literatura, cualquiera que vea el papel central que desempeña en el desarrollo de la historia humana, debe también ver que es necesario, cuestión de vida o muerte, resistir al totalitarismo, ya venga impuesto desde fuera o desde dentro. (Intervención radiofónica de Orwell en la BBC, 19 de junio de 1941).

—¿Te das cuenta de que lo que estás sugiriendo es una revolución?
—Por supuesto, es una revolución. ¿Por qué no?
—Porque no puede haber una revolución. Nuestra revolución fue la última y nunca puede haber otra. Todo el mundo sabe eso.
—Pero querido, tú eres matemático: dime, ¿cuál es el último número?
—Esa pregunta es absurda. Los números son infinitos. No puede haber un ultimo número.
—Entonces, ¿por qué hablas de la última revolución?

(Yevgueni Zamiatin, Nosotros, 1920).

Antes de 1936, los libros de Orwell ya tenían un marcado trasfondo de denuncia social; en ellos había tratado la pobreza y la dura vida de los trabajadores (Sin blanca en París y Londres, La hija del clérigo, Que no muera la aspidistra) o el colonialismo inglés que había conocido de primera mano trabajando como policía en Asia (Los días de Birmania). El principal objeto de interés de su literatura habían sido los efectos perniciosos que el capitalismo producía en los estratos más vulnerables de la sociedad. Convencido socialista, estaba asociado al Independent Labour Party, un partido que abogaba por la nacionalización de tierras y medios de producción. En aquellos tiempos, empero, el pensamiento político de Orwell se caracterizaba más por un idealismo humanista y una sincera preocupación hacia las condiciones de los más débiles que por los detalles concretos de la teoría política. Quién sabe si, de no haber combatido nunca en España, George Orwell se hubiese convertido en la referencia universal que hoy es. Es muy posible que no, porque nunca hubiese escrito 1984.

En la década de los cuarenta construyó lo más impresionante de su legado, desviando su principal foco de atención hacia los fenómenos del totalitarismo y la manipulación de la información. Como un científico que mira un cultivo en el microscopio y de aquello que ve —una muestra concreta confinada a los límites del portaobjetos de cristal— deduce leyes generales que pueden aplicarse fuera del laboratorio, Orwell desarrolló todo un análisis del totalitarismo a partir de sus experiencias en España, añadiendo después el análisis de lo que sucedía en otras partes. Primero escribió Homenaje a Cataluña para denunciar las purgas políticas y la manipulación informativa dentro del bando republicano, así como las mentiras deliberadas que se multiplicaban en la prensa europea —tanto la de izquierdas como la de derechas— sobre el aplastamiento de la revolución (denuncias que repitió unos años después en el breve pero también muy poderoso Recuerdos de la Guerra de España). Después amplió el campo de visión para efectuar una demoledora crítica del estalinismo en Rebelión en la granja. Por fin, condensó sus ideas sobre el terror político y la aniquilación del concepto de «verdad», aunque ahora de manera más abstracta, y por eso aplicable a totalitarismos de cualquier naturaleza y signo político, en su novela más famosa: Mil novecientos ochenta y cuatro (o 1984; el título numérico ha sido adoptado con frecuencia, más en español que en inglés, quizá porque es más llamativo). Estos son sus libros más famosos y los que más gente ha leído; pero también cabe insistir, porque no siempre se menciona cuando se habla de su figura, en la importancia de su abundante trabajo en prensa. En sus novelas las ideas aparecen condensadas en forma de sátira o alegoría, pero es en su trabajo periodístico donde encontramos el desarrollo más explícito y complejo, aunque fragmentado en una miríada de artículos, de todas esas ideas.

No es fácil resumir en qué consiste el poder de Orwell como escritor de ficción. Quizá reside en su pasmosa facilidad para destilar conceptos políticos y filosóficos que, expresados mediante sentencias nada presuntuosas, claras y cortantes, o mediante metáforas de una sencillez casi escolar, se convierten en axiomas que cualquier persona puede entender de inmediato. Pero su sencillez es aparente, porque están construidos sobre toda una montaña de reflexiones previas, que encontramos en sus artículos y parlamentos. Recuerdo que una de las primeras frases de un libro que de verdad me obligaron a pensar fue esa tan famosa de «todos los animales son iguales, pero unos son más iguales que otros», uno de los puntos álgidos de Rebelión en la granja. Por entonces, siendo casi un niño, no podía comprender su verdadero significado, pero era uno de tantos renglones que parecían estar impresos en otro color, emergiendo con luz propia de entre la habitual salmodia de tinta negra. Esa sensación, que nunca se ha extinguido, es compartida por muchos otros lectores: cuando Donald Trump llegó a la Casa Blanca, la prensa estadounidense comentó con cierta sorpresa el súbito aumento de ventas de ejemplares de 1984. El trasunto de la noticia revelaba una evidente lógica: en un país donde la mentira deliberada siempre fue considerada uno de los más imperdonables pecados de un presidente, el completo desdén de Trump hacia la verdad o siquiera hacia la simple noción de intentar no parecer un mentiroso es algo que produce asombro y un profundo estupor, así como el que sus partidarios parezcan indiferentes a esa actitud, hasta hace no mucho considerada más propia de líderes no democráticos. Así pues, mucha gente ha decidido indagar en lo que decía Orwell al respecto de la mentira y de cuál es su efecto sobre el pueblo (aunque más que en 1984, libro poco aplicable a los actuales Estados Unidos, la respuesta que buscan está en sus artículos, donde se explaya sobre la manipulación en contextos democráticos). Orwell dijo muchas cosas sobre la mentira y el uso que el poder hace de ella. Por brillante que sea el contenido filosófico y político de Rebelión en la granja o 1984, estos dos libros no son sino la conclusión final de varios años de trabajosa elaboración sobre el asunto.

El inicio de ese proceso de reflexión es Homenaje a Cataluña. Un impulso idealista fue lo que le hizo alistarse en la milicia barcelonesa del POUM. Para Orwell, al principio, la guerra española era una cosa bien simple: había que combatir al fascismo. Reafirmó esa decisión el ambiente libertario que se encontró al llegar por primera vez a Barcelona, donde se había erradicado cualquier práctica que simbolizase una diferencia social entre ciudadanos; comenta encantado cómo los dependientes, los camareros y hasta los limpiabotas trataban a los clientes de igual a igual, llamándolos «camaradas», sin rastro de la reverencia servil que se esperaba de sus trabajos. Otro ejemplo: le choca de manera muy positiva el cambio de comportamiento de las mujeres; en un pueblo aragonés observa a unas jovencitas y dice de ellas: «las chicas del pueblo eran criaturas espléndidas y vivaces, con cabello negro como el carbón, andares bamboleantes, y un comportamiento directo, de hombre a hombre, que era probablemente un producto de la revolución». Otro detalle que le sorprende es que nunca ve a una persona santiguarse; esperaba que, incluso en mitad de la fiebre revolucionaria, un gesto así sería automático en un país de honda tradición católica, y sin embargo ha observado que «para el pueblo español, en Cataluña y Aragón, la Iglesia era simple y llanamente un fraude». Sugería que la creencia sobrenatural había sido sustituida por la creencia en el anarquismo, que tenía a sus ojos una naturaleza «casi religiosa». Estos y otros rasgos de la revolución igualitaria que conoce en España se convierten en combustible para su idealismo socialista.

Este igualitarismo se extendía al frente, a las milicias del POUM, donde se rechazaba la estructura piramidal habitual en las unidades militares; a los mandos les estaba vedado tratar a los subordinados como inferiores. Algunos rasgos de la idiosincrasia española exasperaban a Orwell: la impuntualidad, la tendencia a procrastinar (que en su texto aparece sustantivada en un irónico castellano: the mañana) o la desorganización general. Sin embargo, tuvo que admitir que la exótica mentalidad igualitarista de los milicianos funcionaba mejor, a efectos del combate, de lo que él mismo había previsto, y que el sentimiento de solidaridad era auténtico. La «revolución» (en contexto español, Orwell siempre usa la palabra como sinónimo de «igualitarismo») le hizo creer en su causa ya no solo como oposición al fascismo, sino también como la posibilidad de construir un mundo mejor. Asimiló como propio ese proyecto, aun con todas sus imperfecciones, y llegó a parecerle concebible el establecimiento de un sistema basado en ese concepto igualitario de la justicia:

Las milicias españolas, mientras duraron, fueron una especie de microcosmos de una sociedad sin clases. En esa comunidad donde nadie estaba intentando hacerse rico, donde había escasez de todo pero no privilegios, ni lamidas de bota, uno tenía, quizá, un tosco pronóstico de cómo podrían ser los estadios iniciales del socialismo. Y eso, en vez de desilusionarme, me atrajo profundamente. El efecto fue hacer que mi deseo por ver el socialismo establecido fuese mucho más real de lo que había sido hasta entonces. En parte, quizá, se debía a la buena suerte de estar entre españoles, quienes, con su innata decencia y su omnipresente ramalazo anarquista harían que incluso las etapas iniciales del socialismo fuesen tolerables, si es que tenían la oportunidad de llevarlo a la práctica.

Los cuatro primeros capítulos de Homenaje a Cataluña, aunque son quizá los menos conseguidos del libro —el resto es invariablemente fascinante— nos muestran a un Orwell que apenas entiende el país en el que pelea, que como británico encuentra irritante el desorden de las milicias, que apenas tolera las deplorables condiciones de un frente en el que nunca sucede nada, cuyas trincheras están rodeadas de excrementos y plagadas por bichos de todas clase (condiciones que en ocasiones consigue describir con un hilarante colorido: «Los hombres que lucharon en Verdún, en Waterloo, en Flodden, en Senlac, en las Termópilas… todos y cada uno de ellos tuvieron piojos reptando por sus testículos»). Pero son esos cuatro capítulos, pese a su relativo menor peso literario, los que retratan el conato de sociedad sin clases que lo ha deslumbrado, convenciéndole de que está peleando en el sitio indicado y junto al pueblo indicado. Pese a la cínica superioridad típicamente inglesa con la que no pocas veces censura los defectos de los españoles, no puede por menos que sentirse impresionado cuando los ve poner en práctica lo que antes le hubiese parecido una utopía. La manera en que el carácter miliciano estimula su idealismo es muy similar a la descrita por la argentina Mika Etchebéhère en su también extraordinaria crónica Mi guerra en España, un libro que por desgracia y a causa de motivos que no alcanzo a entender es muy poco conocido en nuestro país (léanlo, aunque planeo comentarlo en breve). Etchebéhère, también miliciana del POUM, se sintió igualmente conmovida por aquel igualitarismo revolucionario.

La metamorfosis de Barcelona

Orwell, al fondo, en el cuartel general del POUM, Barcelona, 1937. Foto: Rovira / UCL Orwell Archive.

Después de tres meses y medio de aburrimiento y escasa acción en su sector del frente de Aragón, Orwell regresó a Barcelona para disfrutar de dos semanas de permiso. Esperaba que la ciudad continuaría en sintonía con el socialismo libertario que la había caracterizado en su primera visita, el mismo que todavía imperaba en la milicia; confiaba en que las clases sociales seguirían siendo invisibles. Pero aquellos tres meses y medio habían dado para muchos cambios. A Orwell le costó creer lo que vio cuando bajó del tren:

En el tren, de camino a Barcelona, la atmósfera del frente persistía; la suciedad, el ruido, la incomodidad, las ropas harapientas y el sentimiento de privación, camaradería e igualdad (…) Cualquiera que haya hecho dos visitas a Barcelona durante la guerra ha remarcado los extraordinarios cambios que tuvieron lugar. (…) Lo que decían era siempre lo mismo: la atmósfera revolucionaria se había desvanecido. (…) Para mí, cuando recién llegaba de Inglaterra, Barcelona era más parecida a una ciudad de trabajadores de lo que había concebido como posible. Ahora la marea había retrocedido. De nuevo era una ciudad ordinaria; un poco enflaquecida y desportillada por la guerra, pero sin ningún signo exterior de predominancia de la clase obrera. El cambio en el aspecto de la multitud era chocante. El uniforme de la milicia y los monos azules casi habían desaparecido; todo el mundo parecía vestir los refinados trajes de verano en que los sastres españoles se especializan. Prósperos hombres gordos, mujeres elegantes y distinguidos automóviles estaban por todas partes. (…) Los oficiales del nuevo Ejército Popular, una tipología que apenas había existido cuando dejé Barcelona la primera vez, aparecían en enjambres y en sorprendente número. (…) No creo que más de uno de cada veinte de ellos hubiese estado en el frente, pero todos tenían pistolas automáticas enfundadas en sus cinturones; nosotros, en el frente, no podíamos conseguir pistolas ni por todo el oro del mundo. Conforme caminábamos por la calle, noté que la gente nos miraba fijamente a causa de nuestro sucio aspecto. (…) Hubo dos hechos que eran la clave de todo lo demás. Uno era que la gente —la población civil— había perdido gran parte de su interés por la guerra; el otro era que la división normal de la sociedad entre ricos y pobres, clase alta y clase baja, se estaba reafirmando. La indiferencia general hacia la guerra era inesperada y más bien nauseabunda. Horrorizaba a quienes venían de Madrid e incluso de Valencia. En parte se debía a la distancia que había entre Barcelona y la verdadera guerra. (…) Antes me había chocado la ausencia de mendigos; ahora había muchos. En el exterior de las tiendas de delicatessen de las Ramblas, pandillas de niños descalzos esperaban a cualquiera que saliese para clamar por pedazos de comida. (…) Todos los que habían estado en Madrid decían que allí era completamente diferente; en Madrid, el peligro común forzaba a la gente de casi toda condición a adoptar cierto sentido de camaradería. Un hombre gordo comiendo codornices mientras los niños están mendigando pan es una visión repugnante, pero es más difícil que se produzca cuando estás oyendo el sonido de los cañones.

Al entrar en una tienda junto a su mujer para comprar algo de ropa, el dependiente —tomando a los Orwell por turistas de clase alta— se puso a hacer toda clase de reverencias y gestos de sumisión, ante el desconcertado rubor del escritor, que se sentía abrumado por lo que estaba sucediendo. «Recuerdo pasar por una de las calles de moda y ver una tienda con un escaparate repleto de pasteles y bombones de lo más elegante, a precios desorbitados. Era la clase de tienda que ves en Bond Street o en la Rue de la Paix». El retorno de la sociedad de clases le resultó chocante, pero no era lo que más le preocupó. Si los cuatro primeros capítulos de Homenaje a Cataluña transcurren un tanto al ralentí, es el quinto, donde se dedica a desmenuzar el conflicto interno del bando republicano en Cataluña, el primero en el que la narración se torna vibrante, absorbente. Aunque Orwell invita al lector a saltarse el capítulo si no quiere aburrirse con una sopa de siglas, no tiene nada de aburrido, al contrario. En él demuestra su sensacional agudeza; el resto del libro continuará en la misma tónica electrizante.

Durante su permiso en una metamorfoseada Barcelona se desata una oleada de combates callejeros que mantienen la ciudad vacía y a la población aterrorizada durante días; son las «jornadas de mayo». El escritor inglés se encuentra una retaguardia plagada por las tensiones entre facciones. Los comunistas del PSUC y el PCE, cada vez más influidos por el Comintern —ayuda que el Gobierno republicano espera ansioso financiación y soporte militar de Stalin—, han frenado la revolución libertaria. Sobre el papel, el origen del conflicto reside en que los comunistas desean ganar la guerra primero para poder después hacer la revolución, mientras que los libertarios consideran que la revolución es la guerra (Orwell comparte esta idea, afirmando que la resistencia inicial al alzamiento fascista se produjo sobre todo por el impulso de grupos anarquistas y libertarios). Aunque la diferente perspectiva en torno a la manera de conducir la guerra era, desde luego, una importante cuestión, Orwell no creía que los dirigentes comunistas hubiesen sido sinceros cuando justificaban su creciente oposición a los libertarios en función de las necesidades militares. Él ya había notado la influencia del Comintern en otros partidos comunistas, por ejemplo en Francia; pensaba que a Stalin, en una hipotética guerra contra Hitler, le convenía tener como aliados a países con una capacidad industrial capitalista y no a países con una producción en estado larvario por estar recién salidos de una revolución (sobre todo si se trataba de una revolución libertaria cuyo control se escaparía por completo a Moscú). El inicio de una campaña de rumores en contra de la CNT-FAI y del POUM parece confirmar las sospechas de Orwell: de repente, los anarquistas y libertarios empiezan a ser englobados bajo la etiqueta de «trotskistas» porque en la propaganda «trotskista» es sinónimo de «espía del fascismo». Orwell traza un paralelismo entre las acusaciones a los «trotskistas-fascistas» y las que en Rusia se habían lanzado contra los «social-fascistas», esto es, los socialistas moderados. Sin embargo, todavía no cree que se esté gestando una persecución abierta.

El conflicto callejero se dispara porque la Generalidad de Cataluña desea controlar el edifico de la Telefónica: muchas colectivizaciones efectuadas por la revolución obrera han sido revertidas, pero el edificio de la Telefónica continúa en manos de la CNT-FAI, cuyos miembros operan las comunicaciones. Eso, se piensa, permitiría que los anarquistas tengan conocimiento de cualquier conversación de las autoridades, incluyendo las comunicaciones clave con el Gobierno de Valencia. Cuando se envía un comando de asalto para tomar el edificio, los miembros de CNT-FAI se resisten y la noticia provoca una espiral de tensión en toda la ciudad. Empiezan a sonar los disparos. Incluso la Guardia Civil —de lealtad dudosa, a ojos de Orwell— sale a la calle. Las distintas organizaciones políticas tiran de su arsenal y se atrincheran en sus respectivas sedes, aunque por lo general dando orden a sus militantes de no disparar a nadie salvo que se les ataque primero. Orwell, pues, pasa buena parte de su permiso atrincherado en la sede del POUM y vigilando a unos guardias civiles que se han hecho fuertes en un bar contiguo. Pero pronto comprueba que en realidad nadie parece tener demasiadas ganas de provocar un derramamiento de sangre, ni en un bando ni en el otro. Incluso los guardias civiles tratan de congraciarse con sus transitorios enemigos del POUM, dándoles botellas de cerveza y haciéndoles prometer que no les dispararán sin provocación previa. De todo esto deduce que las tensiones no han sido generadas por el supuesto fanatismo de los militantes, que a todas luces evitan pelear, sino que han sido impulsadas desde arriba. Es la primera señal de alarma de que algo no marcha bien en su bando, pero Orwell, en esos momentos, considera los disturbios como un episodio tan desagradable como pasajero. También preocupante es el asunto de la censura: tras el restablecimiento del orden, los periódicos libertarios o anarquistas empezarán a aparecer con recuadros en blanco allí donde las autoridades han censurado contenidos «inapropiados». Con el paso de las semanas, en un episodio digno de la futura 1984, esos diarios presentarán un porcentaje tan escandaloso de recuadros en blanco que se promulgará una nueva ley obligándoles a rellenar los huecos con otros contenidos, para no hacer tan evidente la mutilación informativa.

Orwell parte de nuevo al frente, y esta vez sí le espera una intensa acción; la hasta entonces estática guerra de trincheras de su sector se está moviendo y tiene ocasión de jugarse la vida en diversos lances que narra con una viveza espectacular. Por lo demás, los inconvenientes de la vida en las trincheras continúan siendo los mismos, así como la endémica carencia de armamento decente en la milicia del POUM y la casi total ausencia de artillería aliada o apoyo aéreo (Mika Etchebéhère, en su libro, describe una situación idéntica en otro frente del POUM, donde los milicianos están a completa merced de los cañones y bombarderos del enemigo, abandonados por las autoridades republicanas). Herido de gravedad en el cuello, abandona el frente y regresa por tercera vez a Barcelona. Esta vez se topará con una pesadilla: el POUM ha sido prohibido, como otras organizaciones libertarias, trotskistas o anarquistas; sus miembros e incluso sus simpatizantes están siendo encarcelados de manera indiscriminada. No se han producido nuevos disturbios callejeros, como muchos se temían, pero en su lugar se está ejecutando una despiadada represión política. Descubre —gracias a un compatriota que ha sido marino y consigue reconocerlos por su silueta— que han sido buques ingleses los que han transportado tropas gubernamentales desde Valencia para militarizar Barcelona y asegurar que ni CNT-FAI, ni POUM ni grupos similares puedan ejercer resistencia. Así, de manera indirecta, entiende también que los gobiernos democráticos europeos están felices de mirar hacia otro lado mientras se purga todo resto del impulso revolucionario. Él está con el POUM, así que es un objetivo más y ser ciudadano británico no va a ayudarle en absoluto, pero consigue escapar a Francia gracias a la inesperada colaboración de un oficial republicano.

Cuando regresa a Inglaterra comprueba con estupor que la información ofrecida por los periódicos no se parece en nada a lo que él ha vivido. La versión oficial, que POUM y CNT son organizaciones al servicio del fascismo, se ha impuesto en los periódicos de izquierdas también fuera de España. La prensa de derechas, cuando no alaba a Franco, culpa a los ahora perseguidos partidos libertarios de haber provocado los desórdenes de Barcelona con el fin de desestabilizar al Gobierno republicano, otra manera de acusarlos de estar al servicio del fascismo, pero sin usar palabras que puedan chirriar a los lectores conservadores. La verdad, descubre Orwell, es un material tan precioso como frágil, que se quiebra con facilidad cuando se impone una atmósfera de paranoia política en el lugar desde donde surgen las noticias. Así, nos ofrece una primera pincelada de lo que después será una de sus grandes creaciones de ficción, el Gran Hermano:

No es fácil expresar con palabras la atmósfera de pesadilla de esos tiempos —la peculiar intranquilidad producida por rumores que siempre estaban cambiando, por los periódicos censurados, y por la constante presencia de hombres armados. No es fácil de expresar porque, por el momento, lo que resulta esencial para esa atmósfera no existe en Inglaterra. En Inglaterra, la intolerancia política todavía no es un hecho asumido. Hay persecución política a pequeña escala; si yo fuese un minero del carbón no quisiera aparecer ante el jefe como un comunista; pero el «fiel hombre de partido», el gánster-gramófono (1) de la política continental, es todavía una rareza, y la noción de «liquidar» o «eliminar» a cualquiera que esté en desacuerdo contigo no parece natural. Solamente parecía natural, demasiado natural, en Barcelona. Los «estalinistas» tenían la sartén por el mango y por lo tanto era cuestión de mera rutina que todo «trotskista» estuviese en peligro. (…) Era como si alguna gigantesca inteligencia malvada estuviese flotando por encima de la ciudad. Todo el mundo lo notó y lo comentó. Y era extraño que todos lo expresaran casi con las mismas palabras: «La atmósfera de este sitio… es horrible. Como estar en un sanatorio mental».

También menciona la indiferencia e ignorancia de los burgueses británicos que visitan España con intenciones supuestamente filantrópicas y no han captado nada de lo que sucede. Será otro de los temas habituales en la escritura de Orwell: la burbuja en la que viven determinados sectores sociales, para los que la realidad termina allá donde termina su reducido mundo de privilegios. No tardará en extender esta misma crítica, aunque de manera más extensa y elaborada, a los intelectuales de los países democráticos:

Algunos de los visitantes ingleses que pasaron rápidamente por España, revoloteando de hotel en hotel, parecen no haber notado que algo andase mal en la atmósfera general. La duquesa de Atholl escribe, y cito el Sunday Express, 17 de octubre de 1937: «He estado en Valencia, Madrid y Barcelona… un perfecto orden prevalecía en las tres ciudades sin demostración alguna de fuerza. Todos los hoteles en los que estuve eran no solamente “normales” y “decentes”, sino extremadamente confortables, a pesar de la escasez de mantequilla y café». Es una peculiaridad de los viajeros ingleses que realmente no creen en la existencia de nada más allá de sus elegantes hoteles. Espero que encontrasen algo de mantequilla para la duquesa de Atholl.

Orwell había entendido bien los motivos por los que una población española empobrecida y castigada durante siglos había iniciado la resistencia contra Franco como una necesidad para la supervivencia, pero también como una oportunidad para iniciar una revolución que les permitiera sacudirse el yugo de aquellos mismos poderes que habían apoyado a Franco al otro lado del frente. Afirmaba que habían sido los anarquistas los primeros organizadores de la resistencia, pero que las clases populares se habían sumado a esa resistencia (y a la revolución) gracias a su anhelo de cambiar el país. Como Etchebéhère, conoció a muchos españoles incultos y analfabetos que apenas entendían nada de la jerigonza ideológica de los partidos, pero que sí tenían una cosa clara: querían una sociedad más igualitaria y más libre. Orwell recuerda que las milicias en las que combatió estaban formadas por voluntarios y que ningún miliciano hubiese soportado las penosas condiciones del frente ni la constante amenaza de morir o quedar mutilado si no hubiese sido sincero su convencimiento de estar persiguiendo un país mejor. El que los intelectuales, españoles o europeos, hubiesen jugado a la guerra de salón opinando —desde muy lejos del frente— sobre la necesidad de terminar con los impulsos revolucionarios del bando republicano era algo que le sacaba de quicio. Buena parte de la intelligentsia creía a pies juntillas lo que contaban los periódicos de sus respectivas cuerdas, sin apenas filtro crítico, y a partir de ello construían complejas elaboraciones sobre la guerra que eran por completo ficticias, y si las informaciones cambiaban por conveniencia política, entonces los intelectuales cambiaban sus opiniones con ellas.

El imperio de la mentira

Orwell con su unidad de la Home Guard durante la Segunda Guerra Mundial. Foto: UCL Orwell Archive.

La ingente cantidad de informaciones falsas le abruma y el pesimismo empieza a hacer mella en él. Media Europa es fascista y la otra mitad, la democrática, contempla con indiferencia (es más, con regocijo) la inquisición contrarrevolucionaria en la España republicana. Buena parte de la izquierda europea está controlada por la propaganda comunista apoyada y financiada por Stalin, pero a Orwell le parece significativo que señalen como enemigos de la España republicana a los mismos que señala la derecha, esto es, a los anarquistas y los libertarios. Añadiendo un insulto a la herida, la prensa conservadora inglesa calificaba el alzamiento de Franco como una hazaña propia de patriotas y buenos cristianos, una cruzada destinada a erradicar una revolución infame que era descrita en tonos muy distintos a lo que Orwell había visto; él no negaba los desmanes revolucionarios —contra la Iglesia, sobre todo— pero pensaba que fuera de España estaban siendo magnificados a niveles absurdos por la derecha, mientras que las purgas políticas eran silenciadas, así como eran silenciados los crímenes del bando franquista. En Inglaterra, para su desmayo, incluso su detestado Hitler parece una opción preferible a los estallidos revolucionarios; muchos políticos y periodistas son partidarios de una política de distensión con el Führer, quien es visto como un freno —no muy agradable quizá, pero efectivo— que puede detener la expansión del comunismo. Es ya legendaria la tragicómica fotografía del Premier británico Neville Chamberlain agitando el papelito firmado por Hitler por el que, en teoría, se evitaba cualquier guerra con Alemania; esa sola imagen bastó para mancillar el recuerdo de Chamberlain en la historia. Pues bien, Orwell pensaba que esa política de distensión era un completo error y que tarde o temprano, con papel o sin él, habría guerra entre Inglaterra y Alemania. El objetivo de Hitler era el de someter todo el continente por la fuerza. El propio Hitler, insistía Orwell, lo había dejado caer en Mein Kampf. Sin embargo, la miope realpolitik del Gobierno británico no se detenía en esos pequeños detalles. Los ingleses parecían creerse inmunes a las turbulencias que se producían en el continente. Él, de manera casi profética, se pregunta hasta cuándo podía durar el ensueño del Reino Unido. Escribió las siguientes líneas en 1938, apenas dos años antes de que los bombarderos alemanes descargasen sus bombas sobre las ciudades británicas:

Y entonces volví a Inglaterra— la Inglaterra del sur, probablemente el paisaje más pulcro del mundo. Es difícil, cuando pasas por allí y especialmente cuando estás recuperándote pacíficamente del mareo del barco con suaves almohadones bajo tu trasero, creer que de verdad algo está sucediendo en cualquier parte. ¿Terremotos en Japón, hambrunas en China, revolución en México? No te preocupes, la botella de leche estará mañana sobre el escalón de la puerta y el New Statesman estará el viernes en los quioscos. Las ciudades industriales quedaban lejos, un borrón de humo y miseria oculto por la curvatura de la superficie terrestre. Aquí abajo todavía estaba la Inglaterra que yo había conocido desde la infancia: las veredas del ferrocarril ahogadas por flores silvestres, los espesos campos donde grandes y relucientes caballos pacen y meditan, los lentos arroyos bordeados por sauces, los verdes senos de los olmos, las consueldas en los jardines de las casitas de campo; y después la amplia y pacífica campiña de las afueras de Londres, los carteles anunciando partidos de cricket y bodas reales, los hombres con bombín, las palomas de Trafalgar Square, los autobuses rojos, los policías azules —todo ello durmiendo el profundo, muy profundo sueño de Inglaterra, del cual me temo que nunca despertaremos hasta que de él nos arranque de un tirón el rugido de las bombas—.

Cuando Hitler invade Polonia los ingleses, en efecto, despiertan. En Europa, un fascismo rampante se ha empezado a extender como una mancha de aceite, amenazando con terminar con la existencia de las democracias liberales. Los Gobiernos de Francia y el Reino Unido, comprendiendo por fin que Hitler es un peligro, le declaran la guerra. De manera sorprendente, los nazis y los soviéticos firman un tratado de no agresión, aunque Orwell no se lleva a engaño y en su interesantísima reseña de Mein Kampf, publicada en un periódico unos meses más tarde, afirma que «en la mente de Hitler, el pacto ruso-alemán representa no más que una alteración del calendario». La idea del líder nazi siempre ha sido la de atacar primero Rusia y después Inglaterra, pero Orwell afirma que se ha alterado el orden de la secuencia porque los rusos son «más fáciles de sobornar». Predice que el III Reich se revolverá contra la URSS en cuando considere controlada la guerra contra Inglaterra. En efecto, Alemania invadió la URSS en 1941. Esto produjo un vuelco en la actitud europea hacia Stalin, que de repente era enemigo del agresor nazi y por lo tanto un aliado, si bien coyuntural y no demasiado querido, de las democracias occidentales. En Inglaterra, la derecha que había contemplado (y seguía contemplando) con simpatía el levantamiento fascista de Franco, la misma que había querido pactar con Hitler hasta que este lo hizo imposible, había tenido que quitarse la venda de los ojos en cuanto al dictador alemán. Y, sin embargo, con la nueva situación incluso los conservadores se ponían otra venda ante Stalin. La izquierda, claro, no hacía sino profundizar en sus simpatías hacia el estalinismo.

Todo esto produjo una profunda desazón en el escritor. Entendía la necesidad perentoria de acabar con Hitler y así lo expresó de manera muy activa desde su posición de periodista, pero bajo un punto de vista ideológico continuaba aislado. La propaganda bélica acentuaba el uso de la mentira (tras sus colaboraciones bélicas en la BBC, esta institución servirá en parte para inspirar el «Ministerio de la Verdad» descrito en 1984). Mirase a su derecha o a su izquierda, Orwell no encontraba nada a lo que agarrarse. La Europa de la nueva década era un caos que había resultado de la demagogia, la propaganda, la manipulación y la mentira. Franco, Hitler, Stalin o Mussolini eran monstruos a los que, en su momento y por diversos intereses, habían tolerado y hasta defendido muchos poderes fácticos en los países que todavía eran democracias. Ahora las necesidades estratégicas requerían que se tratase a Stalin como un amigo. Esto no amilanó el afán de denuncia de Orwell. Su libro Rebelión en la granja, nuevo resultado de sus experiencias en España y de sus análisis del estalinismo, contenía, como era de esperar, un ataque furibundo al líder soviético. Sin embargo, la nueva alianza bélica provocó serios problemas para que pudiera verlo publicado. La obra no fue un éxito de crítica y público hasta meses después del final de la guerra, cuando con el III Reich ya extinguido volvía a ser evidente que el comunismo soviético era enemigo de las democracias capitalistas occidentales. Evidente, al menos, para las derechas; Orwell continuaría decepcionado con la actitud todavía complaciente de buena parte de la izquierda hacia Stalin. Como izquierdista convencido él mismo, se sentía aislado. Pero en la nueva coyuntura, al menos, Rebelión en la granja pudo ser finalmente apreciado, así que su fama como escritor se redobló.

El fascismo

Rebelión en la granja, 1954. Imagen: Halas and Batchelor.

En Homenaje a Cataluña y Rebelión en la granja Orwell atacaba de manera evidente al totalitarismo de corte estalinista porque era lo que había conocido de cerca en España, pero no había dejado de ser un socialista y sus simpatías libertarias, de hecho, se habían acentuado. Como decíamos antes, son muy populares sus novelas, pero no cabe olvidar que una buena parte de su trabajo consistió en una gran cantidad de artículos y pequeños ensayos sobre muy diversos asuntos políticos, y no pocos contenían reflexiones muy agudas sobre la mentalidad del totalitarismo fascista, al que definía como «una especie de maldad sin sentido, una aberración, un “sadismo en masa”, la clase de cosa que ocurriría si de repente vacías un sanatorio mental y dejas libres a los maníacos homicidas» (Spilling the Spanish Beans, 1937). Ya antes del final de la Guerra Civil española se había lamentado de que el conflicto terminaría en un tipo de dictadura u otro, porque tras sus experiencias en Barcelona suponía que, en el muy improbable caso de una victoria republicana, era posible la instauración de un régimen contrarrevolucionario respaldado por Stalin. Sin embargo, incluso ese régimen le parecía preferible a una dictadura de Franco, que estaría apoyada por los mismos poderes fácticos de naturaleza arcaica que habían oprimido a los españoles durante siglos. Orwell detestaba con parecida pasión a Franco y a Hitler, pero mientras Franco era un problema solamente para España, Hitler lo era para toda Europa. Orwell entendió con rapidez que el fascismo sui generis de Franco era de naturaleza distinta al de otros movimientos ultraderechistas de la época: «El asalto al poder de Franco ha diferido de los de Hitler y Mussolini en que ha sido una insurrección militar, comparable a una invasión extranjera, y por lo tanto no ha tenido mucho apoyo popular, aunque Franco ha estado desde entonces intentando conseguirlo. Sus principales seguidores, aparte de ciertos sectores de los grandes negocios, han sido la aristocracia terrateniente y la enorme y parásita Iglesia». Pero Hitler y Mussolini sí se habían apoyado en la demagogia para ganar respaldo popular; Franco no era un político, ni aun en la acepción más laxa del término; era un tirano apoyado en la fuerza, no en las ideas, y carecía de una masa de seguidores. Su alzamiento había provocado una resistencia popular generalizada allí donde sus partidarios no pudieron ejecutar una represión inmediata, y no estaba respaldado por una ideología convencional; su adopción de los símbolos y consignas de un partido fascista, la Falange, tendría un carácter más bien sobrevenido y cosmético.

Franco, eso sí, no podía hacer daño más allá de las fronteras españolas. Cosa muy distinta era lo de Hitler. Antes de estallar la Segunda Guerra Mundial, a Orwell le había indignado el apoyo o el relativismo no solo de los políticos sino también de muchos intelectuales hacia la figura del Führer; había avisado una y otra vez del peligro que Hitler constituía. Además, y sobre todo, reflexionó acerca de los resortes que lo habían llevado al poder. Los españoles habían plantado cara a Franco, pero Hitler había sido elegido democráticamente. Pero ¿en dónde había radicado el éxito de la propaganda nazi? A Orwell le preocupaba mucho la relación entre el lenguaje y las ideas; en su breve ensayo Politics and the English Language (1946) afirmaba que el deterioro de los usos lingüísticos produce un deterioro generalizado de las ideas en el pueblo; incluso notó ese deterioro en la propia Inglaterra, durante los años de propaganda bélica y patriótica (no achacaba la responsabilidad exclusiva al Gobierno sino, como de costumbre, también a la prensa y la intelectualidad), e identificó ese mismo proceso como una de las claves del éxito popular de Hitler. No es casual que Hitler describiese en Mein Kampf cómo la simplificación se convertía en su principal herramienta propagandística: no se les debe hablar a las multitudes sino con ideas que sean extremadamente simples, y si se presentan en forma de consigna breve y pegadiza, aún mejor. Orwell también había sufrido la simplificación en sus propias carnes, cuando en España miles de personas con pensamientos de lo más diverso habían sido etiquetadas de un día para otro como enemigos gracias a una sencilla etiqueta: «trotskista». En la enrevesada (y para muchos ciudadanos de a pie, incomprensible) escena política de la Barcelona republicana, una sola palabra parecía haber eliminado toda complejidad. Si la guerra iba mal era culpa de los trotskistas, como los males de Alemania habían sido culpa de los judíos, o los de Rusia de los «social-fascistas», o, ya en la España de Franco, de los rojos. Una afirmación muy simple, aunque sea falsa, dificulta la discusión a causa de su misma sencillez, de su escasa elaboración, y parece inútil intentar revocar una consigna con libros y análisis sesudos que nadie va a leer.

La simplicidad, sin embargo, no puede ser el único factor implicado en el éxito de la propaganda nazi. Ya hemos visto cómo Orwell criticaba, precisamente, que los intelectuales acostumbrasen a construir elaborados y complejos artefactos ideológicos sin preocuparse por si estaban basados en mentiras. Entre los partidarios del fascismo había personas cultivadas e inteligentes que podían distinguir cuándo una idea había sido simplificada a propósito, pero eso no les impedía adscribirse al mensaje. Así pues, otro factor debía de entrar en juego: la naturaleza del contenido del mensaje; cuando un mensaje apela a la razón requiere de una elaboración mental, aunque sea mínima y automática, por parte del receptor. Un cierto trabajo, una labor de comprobación de su consistencia. Si yo les digo a ustedes que las cucarachas mataron a Kennedy, ustedes pueden refutar esa idea en sus cabezas de manera inmediata, porque la afirmación es una falacia manifiesta. Pero un mensaje que apela a la emoción no requiere elaboración mental en el receptor, y por ese motivo no puede ser refutado con tanta facilidad. Si les digo que las cucarachas son repugnantes, muchos de ustedes —presumo que una mayoría— estarán de acuerdo al instante. No porque la idea sea una verdad objetiva —hay gente a la que le gustan o le interesan estos insectos—, sino porque ustedes lo sienten así. De este modo, al menos en un primer momento, asumen la idea como verdadera y como propia, sin mayor necesidad de reflexión. Algunas personas que no habían admitido nunca que estos animales les repelen, quizá porque pensaban que su asco era una reacción infantil o impropia, ven ahora que hay una persona que confirma, con las palabras más serias y en un medio de comunicación, que ese sentimiento de repugnancia es compartido por otros y puede por tanto ser considerado no solo admisible, sino normal e incluso inevitable. Y bien, es difícil justificar de manera intelectual un amor a las cucarachas, que son una plaga incluso para otras especies animales, pero piensen ahora en las arañas o las abejas; también inspiran asco o terror a mucha gente. En este caso, las elaboraciones ideológicas que pueda alegar un defensor de estos insectos (las arañas controlan otras plagas; las abejas polinizan el campo) sí pueden ser entendidas en un nivel intelectual como verdades objetivas, pero usted, en lo más íntimo de su ser, desea que no existan las arañas, ni siquiera las no venenosas, por beneficiosas que sean.

Orwell identifica esta distinción entre mensaje intelectual y emocional como elemento decisorio en la escena política. Afirma que en las democracias occidentales se apela a la razón: los políticos recurren a promesas de bienestar que pueden ser bienintencionadas o no, pero que en cualquier caso son razonables, porque en principio suponemos que la gente desea el bienestar. Sin embargo, esas promesas pueden terminar pareciéndoles huecas a los ciudadanos si no se acompañan de algo más, de un componente emocional, de un significado; el bienestar, por sí solo, no es suficiente. Con ello Orwell dio en el clavo de la demagogia hitleriana, que no prometía tal bienestar sino al final de una dura lucha, al precio de enormes sacrificios personales y nacionales. Así, el bienestar futuro toma la forma de logro, de recompensa colectiva, y adquiere un poder de atracción que no hubiese tenido de otra manera. De manera paradójica, esa fuerza de atracción hacia el sacrificio se acentúa en épocas de crisis donde ese bienestar físico no existe; el bienestar se torna más deseable; cuanto más deseable, más justificable el sacrificio requerido para obtenerlo. El pueblo que no sufre anhela sufrir; el que ya está sufriendo tiene una mayor disposición a sufrir todavía más.

Hitler, porque en su propia y triste mente ya lo siente con excepcional intensidad, sabe que los seres humanos no quieren solamente comodidad, seguridad, jornadas laborales breves, higiene, planificación familiar y, en general sentido común; también quieren, al menos de forma intermitente, lucha y autosacrificio, por no mencionar los tambores, las banderas y los desfiles. (…) Donde el socialismo, e incluso el capitalismo de una manera más codiciosa, ha dicho a la gente «os ofrezco bienestar», Hitler les ha dicho «os ofrezco lucha, peligro y muerte», y como resultado una nación entera se ha arrojado a sus pies. (Reseña de Mein Kampf, 1940)

A Orwell, sin duda, le hubiesen fascinado (y supongo que horripilado) los continuos desmanes verbales de la era internet, porque demuestran su tesis de la atracción que ejerce la lucha, la confrontación, aun cuando resulta innecesaria. En cualquier caso, la lucha es un eficaz sustituto de la verdad. Varios de los principios sobre la propaganda y manipulación expresados en 1984 —quien controla el pasado controla el futuro; el seguimiento ciego al partido expresado no como mera lealtad sino como la cordura, etc.— son destilados del estalinismo, pero es del análisis del nazismo de donde extrae la distinción entre la manipulación (o destrucción) de la verdad y el completo desdén por el concepto mismo de verdad. Orwell recalca un buen ejemplo al mencionar la absurda distinción que los nazis realizaban entre «ciencia alemana» y «ciencia judía». A mediados del siglo XX, esa división ni siquiera tenía sentido como concepto abstracto, dado que la ciencia ya era vista como un procedimiento que produce un cuerpo de conocimientos común a nivel mundial y que es puesto a prueba entre sus practicantes; los paradigmas científicos se basaban en hechos, no tenían un componente ideológico. Pero a los nazis no les preocupaba que su concepto de ciencia fuese visto como lógico o sensato, sino que fuese sentido por su público diana, que se adecuase a su mensaje simplificador de la realidad. Orwell comprendió bien que, mientras para los estalinistas la verdad era un producto manipulable y por tanto se podía hacer pasar una mentira como «verdad», para los nazis ni siquiera tenía importancia una «verdad» fabricada como producto. Stalin imponía una «verdad» a sangre y fuego; Hitler, en cambio, imponía emociones. Y las emociones son verdaderas por sí mismas, con independencia de con qué ideas las podamos revestir. Las ideas asociadas a ellas serán, pues, sentidas como verdaderas.

La geometría del totalitarismo

George Orwell, 1945. Foto: Vernon Richards / UCL Orwell Archive.

Escribir un libro es una horrible, agotadora lucha, como un largo combate contra alguna dolorosa enfermedad. Uno nunca se metería en semejante cosa si no fuese impulsado por algún demonio al que no puede resistir o comprender. Solo sabe que ese demonio es el mismo instinto que hace a un bebé llorar para recibir atención. Y aun así, es también cierto que uno no puede escribir nada legible a menos que pelee constantemente por borrar en ello todo rastro de su propia personalidad. (Por qué escribo)

Poco después de los bombardeos nucleares de Hiroshima y Nagasaki, Orwell escribió un pequeño ensayo titulado You and the Atomic Bomb en el que describía un mundo donde las grandes potencias, futuras poseedoras de arsenal atómico, serían adversarias pero sabiendo que no podían atacarse sin destruirse también a sí mismas. Así pues, evitarían una guerra declarada y tratarían de competir de manera indirecta, por ejemplo apoyando a diferentes bandos en guerras de terceros, como habían hecho Alemania, Italia o la URSS en la Guerra Civil española. Para describir ese estado de «paz que no es paz» entre grandes potencias, Orwell acuñó un nuevo término: «guerra fría»; una de sus tantas aportaciones terminológicas al pensamiento del siglo XX.

También predijo que la fabricación de armamento avanzado en los países industrializados se convertiría en un serio obstáculo para las insurrecciones populares. Hablaba de la extinta «era del rifle y el mosquete» como «la gran época para la democracia y la autodeterminación nacional». Un tiempo en el que las armas más modernas —los mosquetes— habían sido fáciles de fabricar y se podían producir en gran número había permitido que el pueblo se armase y había hecho posibles fenómenos como la revolución estadounidense. Sin embargo, a mediados del siglo XX, las armas decisivas eran mucho más complejas y costosas de producir. Por tanto, estaban solo en manos de los Gobiernos, y ninguna revolución popular era posible; no sin la aquiescencia del ejército nacional o la intervención del ejército de un país extranjero. «Cada desarrollo en la técnica militar», dijo, «ha favorecido al Estado contra el individuo y al país industrializado contra el atrasado». Orwell, en sus últimos años de vida, reflexionó en profundidad sobre los efectos políticos del progreso tecnológico:

Se nos dijo una vez que el avión había «abolido las fronteras»; en realidad, desde que el avión se convirtió en un arma seria, las fronteras se han vuelto definitivamente infranqueables. De la radio se esperaba que promoviese la comprensión y cooperación internacional; ha resultado ser un medio para aislar unas naciones de otras. La bomba atómica puede completar el proceso al robarle a las clases explotadas y los pueblos todo su poder de revuelta, y al mismo tiempo poniendo a las potencias poseedoras de la bomba en una situación de igualdad militar. Incapaz de conquistarse unas a otras, estas potencias, posiblemente, continuarán gobernando el mundo entre ellas, y es difícil ver cómo ese balance puede ser trastocado excepto por lentos e impredecibles cambios demográficos. («You and the Atomic Bomb», Tribune, 19 de octubre de 1945)

En efecto, el mundo pasó a estar controlado por potencias nucleares que han evitado guerrear entre sí, al menos de manera abierta. El balance no se ha roto, aunque el sistema político de una de esas potencias, la URSS, se vino abajo, debido a un tipo de «cambio demográfico» que Orwell no tuvo tiempo de predecir ni mucho menos de contemplar: las democracias occidentales, temerosas de la expansión del comunismo, reforzaron el estado de bienestar y las condiciones de la clase trabajadora, así como sus libertades civiles y políticas; la atracción irresistible de este modo de vida produjo la descomposición de las bases filosóficas del bloque soviético. Pero en lo esencial, el balance nuclear continúa intacto como el escritor inglés predijo en su día. En cuanto al avance de las condiciones del pueblo, hoy se discute si la caída de la URSS (y el fin del miedo a la sovietización del mundo) puede estar produciendo un lento desmantelamiento de los progresos conseguidos durante las pasadas décadas. Orwell, claro, no pudo saber de todas estas cosas. Pero también en este sentido nos resulta útil su mensaje, al menos como advertencia: el Estado moderno está bien armado y no necesita justificarse ante el individuo.

En 1945, en paralelo al inicio de la era atómica, la vida personal de Orwell estaba entrando en un negro periodo. Poco después de que la pareja hubiese adoptado un hijo, su mujer Eileen murió durante la anestesia al someterse a una operación de rutina que, en principio, no debía haber tenido mayores consecuencias. El escritor se enfrentó a la pérdida volcándose con intensidad frenética en la redacción de artículos para prensa; el trabajo no le faltaba, porque su popularidad se había incrementado de manera considerable gracias al súbito (y algo tardío) éxito de Rebelión en la granja. Para colmo, su salud, que ya había empezado a decaer, empeoró con rapidez. Empezó a escribir El último hombre de Europa en 1947; mientras se quebraba los sesos con un manuscrito que se le resistía, y en vista del rápido declive en su condición física, le fue diagnosticada una tuberculosis, enfermedad que por entonces tenía elevadas tasas de mortalidad. Terminó al año siguiente, 1948. Se publicaría en 1949 con el título definitivo de Mil novecientos ochenta y cuatro (Orwell moriría en 1950, a la edad de cuarenta y seis años).

Lo escribió, como cabe suponer, en un estado mental muy particular: la devastadora viudedad, la enfermedad, la todavía resonante atmósfera de terror de la guerra y su honda decepción con la política, la prensa y la intelectualidad, hicieron de él un hombre sombrío. Para colmo, el éxito de Rebelión en la granja le resultó molesto y disruptivo. Se había convertido en una figura muy solicitada, cosa que le sacaba de quicio; se quejaba a sus amigos de que ya no disponía de «tiempo para pensar». Buscando la paz en una fría y remota isla escocesa —cuyo clima era el peor posible para su grave dolencia—, ocultaba su identidad de los lugareños empleando su auténtico nombre de nacimiento, Eric Blair. Sus vecinos contemplaban con preocupación y cierta conmiseración a aquel individuo solitario, que no parecía un hombre sano ni feliz. En efecto, aquel periodo final de su vida fue una cuesta abajo en la que tuvo que sacar adelante su obra magna. Cuando no estaba sentado ante la máquina de escribir, caía enfermo, con síntomas respiratorios que no dejaban de empeorar. Peleaba por la vida y por una creación que le estaba costando lo que restaba de su salud; su opinión sobre las primeras versiones del libro en el que trabajaba no era muy favorable: «es increíblemente malo». Emborronaba hojas y hojas con sucesivas capas de obsesivas correcciones. Envió una carta a su agente literario para disculparse por la tardanza en entregarlo: «Me he acostumbrado de tal manera a escribir en la cama que creo que lo prefiero, aunque por descontado es incómodo teclear allí. Estoy peleándome con las últimas fases de este maldito trabajo, que trata sobre el posible estado de cosas si la guerra atómica no es concluyente». Al final dio por finalizado el libro, aunque admitía no estar particularmente satisfecho (ni insatisfecho), lamentándose en tono lacónico de que el libro hubiera sido mejor «si no lo hubiese escrito bajo la influencia de la tuberculosis».

1984 fue su testamento literario, no solo porque se editó justo antes de su fallecimiento, sino porque era como un resumen final de su concepción de los mecanismos psicológicos y propagandísticos del totalitarismo. Era un libro distinto a todos los anteriores; no se trataba de un ensayo, ni de unas memorias, ni de una novela social, ni de un ejercicio paródico; era ciencia ficción distópica (aunque él empleó la palabra «sátira», con la que solía englobar este tipo de novelas). Mostraba la influencia, reconocida por el propio Orwell, de obras como The Managerial Revolution de James Burnham, Nosotros de Yevgueni Zamiatin y las novelas de H. G. Wells. Pero estas influencias eran más bien estilísticas o argumentales, y no impiden que debamos considerar que 1984 es, en esencia, un índice novelado del pensamiento orwelliano más característico; es algo que se desprende por su propio peso de la lectura de muchos de sus artículos anteriores.

Situado en una sociedad futura, describe una dictadura perfecta compuesta por los rasgos principales de la manipulación de la verdad y el control político que Orwell había identificado en las dictaduras de su tiempo, pero también en las democracias. Bajo determinadas circunstancias, algunos de los resortes que describe el libro pueden existir y tener efecto incluso en sociedades liberales. Orwell nunca pretendió, al contrario de lo que mucha gente cree, que su novela fuese profética. Como suele suceder en la ciencia ficción (y creo que es el motivo por el que se suele incluir la obra en dicho género), toma diversas premisas extraídas de la realidad y las lleva hasta sus últimas consecuencias para reflexionar sobre ellas, no tanto pretendiendo que el argumento cobrará realidad. En realidad, Orwell dijo muy pocas cosas sobre la novela, lo cual es uno de los motivos de la eterna fascinación que provoca: algunos detalles pueden ser interpretados de tantas formas como lectores tiene. Sin duda puede decirse que 1984 se parece a dictaduras que han existido, pero no quiere ser un retrato del totalitarismo de su tiempo, cosa que Orwell ya había hecho en Rebelión en la granja, sino una especulación sobre las consecuencias de la inoculación de las ideas totalitarias en un Estado cualquiera (él mismo, en una de las escasas referencias temáticas que hizo de aquella obra, la calificó como «utopía»; la palabra «distopía» todavía no era de uso tan común). Tras la publicación empezó a recibir buenas críticas, lo cual le alegró, habiendo peleado tanto y en tan malas condiciones para sacar la obra adelante. Eso sí, con su característico humor negro, un Orwell que ya se pasaba los días escupiendo sangre y que sin duda veía acercarse la muerte le dijo a su editor que no debía extrañarse si en cualquier momento había que sustituir la reseña publicitaria de 1984 con «un obituario».

El aplastamiento del individuo por parte del Estado es el asunto principal, aunque no el único, de 1984; las deprimentes desventuras del protagonista son un retrato tenebroso de la existencia bajo una dictadura en la que nada es dejado al azar. Hasta el más nimio detalle cotidiano en ese mundo de pesadilla está diseñado para ejercer un control total sobre las mentes y los cuerpos de los ciudadanos; cada rutina, cada mensaje, cada escenificación tienen un único propósito: erradicar cualquier resto de autonomía personal, de libertad, de autoestima. Es el totalitarismo perfecto, donde el ser humano ya no es humano, sino un engranaje en la maquinaria, un mero insecto. Orwell despliega un arsenal de conceptos y términos («Gran Hermano», «neolengua», «policía del pensamiento», «crimen mental», etc.) que han pasado al uso común, convirtiendo 1984 en una de las mayores fábricas de referencias terminológicas y filosóficas del siglo XX. 1984 es la Biblia del antitotalitarismo, no cabe discusión alguna. Es como el reverso de la historia, la crónica fantasma de un tiempo, ambientada en otro tiempo inexistente. Orwell edificó ese libro sobre sus experiencias como miliciano, como periodista, como hombre; sostuvo toda una teoría del totalitarismo ideal sobre miles y miles de renglones en los que durante años había diseccionado las perversas relaciones entre las democracias y las dictaduras, entre la prensa y la verdad, entre los intelectuales y el pueblo. La novela no es un retrato, ni una profecía; es una advertencia. Lo que narra puede suceder entre un Estado y los ciudadanos, pero también entre una empresa y sus trabajadores, entre una raza y otra, incluso dentro de una pareja. 1984 habla de su época, y de nuestra época, y de todas las épocas, precisamente porque Orwell no inventó una explicación de la represión; incluso en forma de ficción, expresó lo que había visto, vivido y analizado con suma preocupación. Por ello, sin importar ideologías o situaciones, allá donde el fuerte aplaste al débil, y aunque todo el resto del planeta fuera libre, se harán realidad sus sentencias:

Pero siempre —no olvides esto, Winston—, siempre estará la borrachera de poder, siempre creciendo, siempre haciéndose más sutil. Siempre, en cada momento, estará la emoción de la victoria, la sensación de pisotear a un enemigo que está indefenso. Si quieres una visión del futuro, imagina una bota aplastando un rostro humano… para siempre.

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(1) Léase agente de la propaganda estalinista.


Radowitzky, el anarquista que sobrevivió a la prisión del fin del mundo

Fotografía policial de Simón Radowitzky, 1909. Foto: DP.

Las esculturas urbanas suelen contar la historia de las ciudades desde la visión de los vencedores. Las pintadas, por su parte, tratan de canalizar de forma urgente y efímera la voz de los de abajo. En ocasiones, esculturas y pintadas son la cara y la cruz de una historia que ocurrió hace mucho tiempo. Hay en una céntrica plaza de Buenos Aires, en el corazón del acomodado barrio de Recoleta, unas esculturas que de tanto en tanto alguien garabatea en su base con una expresión —«¡Simón vive!»— que desconcierta a todo aquel que no conoce el abrupto final del coronel Ramón Falcón, el hombre a quien está dedicado el monumento. El clásico símbolo anarquista —la A dentro del círculo— nos ofrece alguna pista sobre quién puede ser ese Simón al que una mano anónima ha colocado junto al grabado de quien fuera el sanguinario jefe de la policía de Buenos Aires en la turbulenta primera década del siglo pasado.

A veces, de forma más explícita, alguien se ha animado a escribir el apellido del personaje en cuestión: Radowitzky, el anarquista ruso que acabó con la vida de Falcón un día de noviembre de 1909 y pagó su intrépida acción con una de esas penas dignas de un récord Guinness: dos décadas a la sombra en la cárcel más austral del mundo, la prisión de Ushuaia, de la que salió a los cuarenta años sin haber claudicado nunca de sus principios libertarios. Mil veces borrado y otras mil veces pintarrajeado, el nombre de Simón Radowitzky resiste porfiado a una historia que lo ha querido negar durante décadas. Un cómic del ilustrador argentino Agustín Comotto155 (Nórdica, 2016)— le ha dado ahora la razón a los autores de los grafitis. Simón, el inquebrantable preso 155 de la prisión del fin del mundo, es ya un héroe vivo de la historieta.

A pocos metros de esa plaza de la Recoleta sombreada por gomeros gigantes, Ramón Falcón, preboste de la policía porteña, se traslada en su carruaje la mañana del 14 de noviembre de 1909. Lo acompaña su ayudante, Alberto Lartigau. Regresan del cementerio de la Recoleta, donde le han dado el último adiós a un comisario amigo de Falcón. Un desconocido se acerca al carruaje en la esquina de Quintana y Callao y arroja una bomba de fabricación casera. Ha consumado la venganza del movimiento obrero contra el hombre que ordenó reprimir la marcha del último Primero de Mayo dejando varios obreros muertos y heridos en las calles de la capital argentina. El joven que lanza la bomba y corre como si le persiguiera el diablo es un inmigrante ruso de dieciocho años que solo lleva un año y medio en Buenos Aires. Cercado por algunos viandantes y policías, decide pegarse un tiro en el pecho. Pero no muere. Le espera algo peor.

De ascendencia judía, Simón Radowitzky nació en 1891 en Stepanitz, un pueblito de la actual Ucrania (aunque algunas versiones fijan su nacimiento en 1889). Su activismo revolucionario comenzó en Ekaterinoslav, la ciudad adonde se mudaron sus padres y donde Simón empezaría a trabajar a la temprana edad de diez años como aprendiz en casa de un herrero. En ese ambiente fue testigo de reuniones de obreros en las que se hablaba de explotación, compromiso, solidaridad. Con apenas catorce años fue herido de bala por la policía zarista durante una manifestación de obreros. Esos primeros años de lucha social marcarían su destino, como le confesaría muchos años más tarde en México a su compañero ácrata Augustin Souchy, periodista y escritor alemán que esbozaría una semblanza de Simón en el libro Una vida por un ideal. Su progresiva implicación en las protestas sociales le valió la cárcel y una amenaza de deportación a Siberia en cuanto cumpliera los dieciséis años. Alentado por algunos compañeros, a Simón no le quedó más remedio que embarcarse en un vapor rumbo a Argentina, la tierra prodigiosa en la que estaban recalando los parias de media Europa. Pero el paraíso argentino de la prosperidad estaba vetado para los obreros. Como otros miles de inmigrantes europeos, Radowitzky encuentra en los sindicatos la tabla de salvación para integrarse en una sociedad ajena. Aprende el español leyendo La Protesta, el órgano de expresión de los anarquistas agrupados en la FORA (Federación Obrera Regional Argentina).

Para la conmemoración del Primero de Mayo de 1909 la FORA reúne a treinta mil personas en la plaza Lorea de Buenos Aires. El coronel Falcón despliega a sus gendarmes en los alrededores y sin muchos preámbulos suenan los primeros disparos de la policía. A Simón, que asiste a la marcha, se le quedarán grabadas en la retina las escenas de la represión policial. Un grupo de anarquistas prepara la venganza durante varios meses. Radowitzky es el elegido para perpetrar el ataque. Y cumple con creces la misión. El precio de su osadía es la pena de muerte pero el joven ruso eludirá el pelotón de fusilamiento gracias a un certificado de nacimiento presentado in extremis por un familiar que demuestra su minoría de edad. Nunca se sabrá a ciencia cierta quiénes ayudaron a Radowitzky a matar a Falcón. Simón nunca les delataría. Él siempre declaró que lo hizo a título personal para vengar a sus compañeros caídos el Primero de Mayo. Su resistencia a las torturas agranda su figura entre los obreros. Es el mártir de un movimiento libertario que no olvidará jamás a su héroe moral y organizará interminables y masivas campañas exigiendo su libertad.

Maté porque en la manifestación del 1.º de Mayo, el coronel Falcón, al frente de los cosacos argentinos, dirigió la masacre contra los trabajadores. Soy hijo del pueblo trabajador, hermano de los que cayeron en la lucha contra la burguesía y, como la de todos los demás, mi alma sufría por el suplicio de los que murieron aquella tarde. Realicé dicho acto solamente por creer en el advenimiento de un porvenir más libre, más bueno, para la humanidad.

Prisión de Ushuaia. Fotografía: Liam Quinn (CC).

Cerrada definitivamente en 1947, la prisión del fin del mundo es hoy una de las atracciones turísticas de Ushuaia. Un museo en el que el visitante puede acceder a las celdas de los prisioneros recreadas al mínimo detalle y participar en un recorrido teatralizado disfrazándose con un traje a rayas. Una extravagante propuesta. Pero si hubo alguna performance irrepetible por su audacia fue la que protagonizó el preso 155, Simón Radowitzky, en 1918. El anarquista ruso llevaba ya varios años soportando las torturas de sus carceleros y las condiciones climáticas extremas de Tierra de Fuego. Un día recibió un regalo especial de sus compañeros de La Protesta: un ejemplar de la Biblia. ¿Querían reconducir al libertario ruso por el camino de la fe? ¿Se había dado cuenta Simón tras casi una década encerrado de que solo la palabra de Dios podía alejarle del sendero de odio y violencia por el que había transitado en su vida? Nada de eso. El libro sagrado traía codificado el plan de fuga para liberar al «Ángel de Ushuaia», como era conocido entre los internos. Descifradas las instrucciones, Radowitzky se decide a echar por tierra la leyenda de que nadie podía escaparse de la cárcel del fin del mundo.

El 7 de noviembre de 1918 saldrá caminando del recinto embutido en un uniforme de guardiacárcel. Aunque nunca se confirmó, se sospecha que Simón contó con ayuda en el interior del presidio para consumar su huida. Cabizbajo, el fugitivo llega hasta el lugar donde le espera Apolinario Barrera, el militante de La Protesta que ha alquilado una goleta en Chile para ir en busca de su compañero. A Simón se le iluminan los ojos cuando va dejando atrás el Canal de Beagle. No lo puede creer. La libertad, a un suspiro. El Sokolo, la barquita alquilada por Barrera, surca durante cuatro días los canales de Tierra de Fuego y se adentra en el estrecho de Magallanes. Al quinto día, los dos marineros de la goleta divisan una embarcación sospechosa. Alertado por las autoridades argentinas, un barco de la Armada chilena, el Yáñez, va directo a su encuentro. Simón no se lo piensa dos veces. El preso 155 se lanza a las frías aguas del estrecho, alcanza la orilla en la península chilena de Brunswick y corre desesperadamente entre el bosque de lengas en dirección a Punta Arenas, donde le espera una casa de seguridad a la que nunca llegará. Será apresado enseguida y reenviado por la policía chilena al infierno de Ushuaia. Allí purgará otros doce años con castigos corporales y psicológicos. Los dos primeros años después de la fuga los pasará en una celda de castigo, a media ración. Aislado, humillado, enfermo. De sus cartas desde prisión, sin embargo, sus amigos y compañeros perciben la entereza de un hombre que sigue en pie.

Tengo bastante valor, aunque estoy flaco de cuerpo, para soportar esta reclusión y la que venga tras ella. Muchas veces he pensado acabar de una vez, en vista del fracaso de mi fuga y de los malos tratos; es decir, hacerme matar o seguir el ejemplo del 122. ¿Sabes por qué no lo hago? Para que no gocen mis verdugos… (…) Pronto hará once años que estoy en el presidio y te puedo asegurar que no tengo el menor remordimiento; jamás hice ningún mal conscientemente a nadie. Siempre he velado, mejor dicho, cuidado, de la dignidad que debe ser norma de los anarquistas, y respecto a mi proceder con los compañeros del presidio jamás un anarquista podrá avergonzarse.

La frustrada fuga por el estrecho de Magallanes no fue el único intento de liberar a Radowitzky que idearon los anarquistas argentinos. Según la biografía de Radowitzky escrita por el periodista argentino Alejandro Martí, en 1924 un reconocido militante ácrata, Miguel Arcángel Roscigna, logró un puesto como guardiacárceles en el penal de Ushuaia con el propósito de poner fin al cautiverio del activista ruso. La estrategia estaba pensada para que salieran tres presos. Pero Radowitzky se negó. El plan, a su juicio, debería incluir a todos los prisioneros políticos del penal. El compañero «carcelero» trató de convencerle de la imposibilidad de liberar a todos pero Simón no dio su brazo a torcer y el plan no se ejecutó. La suerte de Radowitzky estaba echada.

Fue esa resistencia del anarquista ruso a la adversidad la que, entre otras razones, llevó a Agustín Comotto, ilustrador argentino afincado en Barcelona, a aproximarse a la figura de Radowitzky: «Simón logra sobrevivir a pesar de las torturas, el frío, el hambre, una fuga que fracasa, los castigos…». Un personaje singular. Simón es el hombre que al matar a Falcón —reflexiona Comotto— no está atentando simplemente contra un jefe policial sin escrúpulos. Está lanzando una bomba al corazón de un Estado represivo que nace manchado con la sangre de la Campaña del Desierto, de la que Falcón fue uno de sus más notorios carniceros. Radowitzky nunca fue amigo de las armas. Alguien definió su acción como un «vómito social» contra el sistema.

«El personaje de Simón tenía muchas capas más allá de su acción anarquista», explica Comotto, que dedicó seis años a documentarse sobre la vida de Radowitzky rastreando archivos en Argentina, México y Holanda y entrevistando a todo aquel que podía ofrecerle alguna información para el libro gráfico que acaba de publicar en España. Una vida salpicada de agujeros negros, pasajes nebulosos sobre los que las fuentes no se ponen de acuerdo. Comotto rescata también la imagen del hombre que huye del culto a la personalidad pese a que se había convertido en todo un mito: «Había obreros que tenían su estampita y lo llamaban el mártir o el Ángel de Ushuaia». Toda una paradoja dentro de un movimiento libertario que suele recelar de todo lo que huela a idolatría.

Simón Radowitzky sale en libertad en 1930 tras haber estado preso veintiún años. Foto: Diario Clarín (DP).

El 22 de abril de 1930 Simón Radowitzky se viste con las mejores galas. Ha llegado, por fin, el día de su liberación. Enfermo de tuberculosis, flaco como un alfiler, abandona la prisión del fin del mundo. Los anarquistas le han hecho llegar un traje cruzado y un sombrero Orion. Parece un dandy. Para los ácratas de medio mundo es un ejemplo a seguir. Gracias en parte a las gestiones de la poetisa Salvadora Medina Onrubia, esposa del director del diario Crítica, Natalio Botana, el Gobierno de Hipólito Yrigoyen le ha otorgado una amnistía. Salvadora, a quien Simón llama «hermanita» en sus cartas, ha sido su ángel de la guarda durante las dos décadas que ha pasado en prisión. No solo ha participado activamente en las campañas para su liberación. También financió la fallida fuga por el Canal de Beagle. La gratitud del anarquista ruso será eterna. Según el historiador ácrata Osvaldo Bayer (La Patagonia rebelde, Los anarquistas expropiadores), la liberación de Radowitzky fue fruto más que nada de una negociación política entre la dirigencia anarquista y el Gobierno de Yrigoyen, necesitado de paz social. Pero el hábil político radical se guardó un as bajo la manga para no incomodar a los sectores más conservadores. Radowitzky quedaría en libertad, sí. Pero no en Argentina. Sería deportado a Uruguay.

Veintiún años han pasado desde que Simón lanzó esa bombita casera que mató a Falcón y a su ayudante. El mundo es un hervidero social. Y Simón sigue fiel a la causa. Ha entregado toda su juventud a esa lucha revolucionaria de la que nunca ha renegado. ¿Y ahora? Tras una estancia de varios años en Montevideo, Radowitzky viaja en mayo de 1937, en plena Guerra Civil, a la capital del anarquismo mundial: Barcelona. Los milicianos de la CNT/FAI se baten en todos los frentes: contra el fascismo y contra el auge del comunismo en el seno del bando republicano. Radowitzky solicita ir al frente de Aragón, donde se baten el cobre las antiguas columnas ácratas. Pero los jefes de la CNT son precavidos. Bajo ninguna circunstancia pueden poner en riesgo la vida de un mito viviente del movimiento como Simón. Ya habían perdido en el frente de Madrid a su faro, Buenaventura Durruti, en aquel corto verano de la anarquía. Lo encuadrarán en la 28.ª División de Gregorio Jover, uno de Los Solidarios que anduvo en Argentina junto a Durruti y Ascaso en los años veinte. Radowitzky realizará funciones de enlace durante un tiempo hasta que la cúpula anarquista decide replegarlo a la oficina de Propaganda Exterior. En el libro de Augustin Souchy, la dirigente anarcosindicalista Federica Montseny habla así del paso de Radowitzky por la Revolución española:

No era orador ni escritor. Era un hombre inteligente, dotado de criterio propio, que atesoraba un profundo buen sentido. Era un hombre tan rico espiritualmente que, en lugar de restar a los demás, les enriquecía constantemente con la proyección propia. (…) Asistía a nuestros «plenos», siempre callado, siempre observando. Y nunca decía nada. Pero algunas veces, encontrándole en la Secretaría de Cultura y Propaganda (…) hablábamos. Yo le preguntaba. Y Simón me contestaba. Su juicio claro, lúcido, unía a la discreción una profunda conciencia de los problemas, de las posibilidades y de las imposibilidades. Recuerdo que pasé horas escuchándole, sin interrumpirle, dejándole manifestarse con su voz lenta, arrastrando las sílabas, buscando a veces las palabras que expresasen mejor su pensamiento sin herir a nadie.

La derrota de los republicanos en la Guerra Civil obliga a Radowitzky a buscar un nuevo refugio. Antes de abandonar España, el líder de la CNT, Mariano Rodríguez Vázquez, Marianet, le encarga una misión delicada. Será uno de los encargados de trasladar el ingente y valioso archivo de la CNT a Ámsterdam, la ciudad elegida por los anarcosindicalistas para poner sus documentos a salvo del franquismo. Simón correrá después una suerte similar a la de otros miles de exiliados. Sobrevivirá un tiempo en el campo de refugiados de Saint Cyprien y después viajará a México, donde vivirá hasta su muerte en 1956 bajo el nombre de Raúl Gómez Saavedra, un alias que le permitirá pasar desapercibido.

En Ciudad de México mantiene su relación con los grupos anarcosindicalistas y no es ajeno a las continuas rencillas entre las distintas facciones republicanas. Vivía casi del aire y rodeado de pájaros en un cuartito alquilado en la azotea de un edificio. Algunos compañeros y amigos, como Ricardo Mestre (fundador de una impresionante biblioteca ácrata en el D. F. y fallecido en 1997), le ayudaban en el día a día. «Para algunos era casi un místico; un personaje taciturno, silencioso», recuerda Comotto de sus conversaciones con aquellos que trataron a Simón o supieron de sus andanzas en México.

En México su vida transcurre a medio gas. Los veintiún años que pasó en prisión le habían pasado factura. Del periodo carcelario le quedó una tuberculosis de la que nunca se recuperó. Su muerte por un paro cardiaco conmocionó a sus compañeros anarquistas en las dos orillas. En su humilde cuarto —cuenta Comotto— apenas tenía pertenencias: una muda y una estampita de Kropotkin firmada de puño y letra por el príncipe de la acracia rusa. El santo laico de Ushuaia se había quebrado definitivamente. Comenzaba la leyenda del preso 155. Una leyenda subterránea que sale a flote de tanto en tanto. Cuando un brillante historietista le rinde un homenaje. O cuando alguien, bajo la luz de la luna, garabatea su nombre en una escultura de la Recoleta. No hay duda: ¡Simón vive!


El nudismo y los primeros anarquistas españoles

Imagen: DP.
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Lo normal es que una noticia o un suceso llamativo te lleve a buscar lecturas sobre las materias con las que está relacionado, pero puede ocurrir al revés. Toda la polémica de los burkinis de este verano a mí me pilló acabándome La pérdida del pudor. El naturismo libertario español (1900-1936) (LaMalatesta Editorial) de Mª Carmen Cubero Izquierdo, historiadora que forma parte del grupo de estudios Historia de la Prisión y las Instituciones Punitivas.

El libro es un trabajo que estudia la importancia de la ideología anarquista en la aparición del naturismo en general y el nudismo en particular en la España de principios del siglo XX y su auge en los años veinte y treinta. Me resultó imposible no contrastar lo que se lee en estas páginas —detenciones, multas, persecución de nudistas y secuestro de sus libros— con las imágenes de la policía francesa en las que daba la impresión, así lo registró la prensa, de que a una mujer la estaban multando por ir a la playa demasiado vestida.

En la España de entonces la situación era bien distinta. Este libro recoge que la prensa hablaba de los nudistas en términos de «salvajes» y «primitivistas». El conspicuo Ortega y Gasset tachó esta actividad como una actitud «infantil», entre las risas de los presentes a una de sus conferencia. Gran parte de la prensa se echó encima de los que se desvestían. Y aunque ABC, por ejemplo, se llenó de artículos en contra, mofándose y criticando a partes iguales a la gente que hacía excursiones para quitarse la ropa, o se bañaba así en ríos o en el mar, también publicó algún texto muy valioso a favor de los nudistas, como un extenso artículo de Adolfo Marsillach y Costa en 1931 que venía a sostener todo lo contrario de lo que esgrimían los sectores más pudorosos y conservadores de la sociedad de entonces.

El periodista hizo una defensa que incluso a día de hoy no es frecuente leer o escuchar. Dijo que la «inquietud sexual» era la enfermedad del alma moderna y que no había otra forma de acabar con ella que no fuese el propio desnudismo. «El desnudo absoluto es casto», afirmó. Y puso ejemplos: «Hasta ahora no se ha registrado entre los desnudistas catalanes el más leve caso de impureza. No ha habido que lamentar la menor transgresión de los preceptos morales establecidos (…) no hay nada más inocente que sus juegos. Bailan la sardana y danzas rítmicas, juegan a la comba y a las cuatro esquinas».

Imagen: DP.
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La autora de este libro, Cubero, a continuación también cita otros artículos que se hicieron eco del de Marsillach y su punto de vista. Uno de ellos iba más allá: «El vestido es la causa, el origen de la inquietud sexual, hoy aguda enfermedad del alma. Con el vestido, el individuo toma para sí lo que no es suyo, imagina, fantasea, dibuja, siempre fuera de la realidad».

Pero estaba muy lejos de la intención de los poderes fácticos combatir la neurosis sexual que tanto y tan hipócritamente les molestaba si no era con tácticas medievales. Hasta el papa se pronunció sobre la oleada de nudismo que apareció en la España de los años treinta: «La vida pagana de hoy ataca a todos los actos habituales de nuestra actividad: los placeres, los divertimentos e impudicia superan, en mucho, a los de la antigüedad pagana: pues se rinde culto al desnudismo». Advertencias que no cayeron en saco roto; la autora, para ilustrar las reacciones, recoge un caso en el que unas alumnas de Barcelona denunciaron a su profesor de gimnasia, que era naturista, por proponerlas hacer gimnasia nada menos que en mallas.

Estos movimientos que habían puesto en estado de histeria a los sectores conservadores de la sociedad venían originalmente de Alemania, cuenta la obra. Durante el siglo XIX, con la revolución industrial, fueron surgiendo tendencias higienistas que pretendían «regenerar» a la especie humana, la cual entendían que estaba amenazada por el avance de la industrialización.

La vida moderna era «artificial». No solo por la industria, también por el auge de las tabernas y vicios como el café, el alcohol y el tabaco. Ellos proponían dietas vegetarianas, baños de sol al aire libre y alejarse de las ciudades, madres de la degeneración, y sus antros oscuros llenos de humo.

Imagen: DP.
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Aunque hubo socialistas alemanes que pusieron en práctica estas ideas, los higienistas fueron derivando hacia las ideas extremistas. Huir de la ciudad pasó a ser un ejercicio de admiración del campo, el bosque y las montañas ¡la patria! Y detrás llegó el culto a los cuerpos perfectos, esculturales, de proporciones basadas en el ideal grecolatino… Los hijos de la sagrada nación. Estos naturistas se fueron politizando, llegaron al extremo de exaltar la sangre alemana y cayeron en el nacionalismo, primero, y en la paradoja, después, ya que sus prácticas fueron terminantemente prohibidas por los nacionalsocialistas en cuanto tomaron el poder en 1933. No obstante, habían convertido el naturismo en una expresión ultraderechista.

En España, sin embargo, esto no fue así. Los viejos ideales decimonónicos naturistas fueron recogidos por la izquierda y muy en particular por el discurso cultural del anarquismo, explica la historiadora. Aquellos españoles no se desnudaban por la patria, sino por la emancipación. La desnudez simbolizaba la liberación del cuerpo y el rechazo a «un sistema de valores obsoleto e hipócrita». Se despreciaba la vida urbana de hacinamiento e insalubridad. En un artículo citado de Federica Montseny, la cenetista se quejaba de las condiciones de vida urbanas: «Vamos huyendo del sol para hundirnos en la electricidad».

La fecha de llegada «oficial» del naturismo a España fue la fundación en Madrid de la Sociedad Vegetariana Española en 1903 y en 1915 apareció en Valencia la revista Helios, que comenzó a difundir todas estas ideas. Hubo episodios aislados desde entonces relacionados con estas nuevas teorías, pero no fue hasta los años veinte que estalló el fenómeno por una razón muy sencilla: simplemente, se pusieron de moda.

Imagen: DP.
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Sin embargo, una de sus actividades, el excursionismo, sirvió a los grupos políticos para confraternizar y, también, durante el régimen de Primo de Rivera, para preparar acciones de protesta y ocultarse. Con todo, la CNT y las Juventudes Libertarias fueron las que más impulsaron el fenómeno.

No sin debates y polémica. Tal y como relata la autora, para sectores anarquistas antes que preocuparse por este tipo de actividades alternativas o contraculturale, había que realizar la revolución social y económica. Para otros, esa revolución no llegaría sin la liberación naturista. Hubo quejas del cariz que tomaban los acontecimientos cuando el naturismo, a juicio de algunos anarquistas, no era más que un pretexto para que un hombre estableciera e impusiera nuevas leyes creadas por él, por muy alternativas que fueran. Y cualquier deriva mística, las doctrinas espiritistas, o culto a la madre naturaleza también sufrieron enmiendas a la totalidad. No podía haber ningún tipo de deísmo, aunque estuviese dedicado al entorno, «un hombre que creía en un dios, fuera este el que fuese, no podía ser libre», explica Cubero. Y, por supuesto, también se cargaron las tintas contra todos los pseudodoctores que fueron proliferando que se servían de estas teorías para vender productos dietéticos o vegetarianos. Para mercantilizar el naturismo al fin y al cabo.

Las citas de los intercambios dialécticos en la prensa anarquista son de traca. Se quejó el articulista Julio Enrique de que sus compañeros se burlaban de sus ideas, y escribió: «Nosotros, los naturistas anarquistas, no queremos hacer la revolución con repollos y otras hortalizas como algunos camaradas nos echan en cara (…) la revolución no se hará comiendo alcachofas, pero tampoco bebiendo alcohol».

Con la llegada de la II República creció el fenómeno aún más y su eco en al prensa. Especialmente en el periodo radical cedista las autoridades se cebaron contra el nudismo. Hubo secuestros de publicaciones, encarcelamientos y multas. Una represión que no solo la ejercía el Gobierno y las autoridades, sino también grupos de fascistas. Pero en esta época el debate ya no solo se trataba de la liberación simbólica del cuerpo. También entraban en liza la liberación sexual y el amor libre. Explica la autora:

Los defensores de la liberación sexual y el amor libre denunciaban esa hipocresía manifiesta que existía dentro de una sociedad fuertemente arraigada a las costumbres católicas que reprimían el cuerpo y todos sus impulsos, así como también se criticaba insistentemente la doble moral y los prejuicios que aún permanecían cegando a los seres humanos, impidiéndoles emanciparse y rodeando el cuerpo y el sexo de un halo de obsesión casi neurótica.

Hubo anarquistas franceses, como Jean Grave, que vieron en estas teorías un espíritu «burgués, impropio y sucio». En Francia la oleada naturista tampoco se instaló en la sociedad sin conflicto. Cubero cita casos de nudistas tratados a latigazos en plena playa. Pero en general, para los anarquistas españoles fue un ejercicio de afirmación, de liberación, puesto que la ropa para ellos no era más que otro «marcador clasista». Entendían desnudarse como una muestra de sinceridad y forma de relacionarse con la naturaleza más estrecha y auténtica. Nunca vieron que el cuerpo desnudo pudiese ser una fuente de deseo sexual o lujuria, puesto que entendían que el contenido sexual del cuerpo venía dado por una tradición cultural con la que precisamente querían romper.

Imagen: DP.
Imagen: DP.

El drama, para Mª Carmen Cubero Izquierdo, es que si entras en conflicto con las bases de tu propia cultura te arriesgas más que si te limitas a incumplir alguna ley de tu sociedad. Los principios morales y culturales aportan seguridad a la gente y cuestionándolos la sumerges en la incertidumbre y el miedo. Pero concluye: «Las ideas que deja la contracultura dejan un poso de los que se apropian las generaciones venideras».

Así ha sido y así fue incluso en su momento. Si bien todos los españoles no se sumaron en tropel a la nueva moda, sí lo hicieron al «semidesnudismo». Las playas de aquellos años empezaron a llenarse de maillots. La prensa dio cuenta de cómo se multiplicaron de un año a otro y admitieron que ya nada podía hacerse para dar marcha atrás. Un texto en el suplemento del ABC, Blanco y Negro, en su sección «La mujer y la casa» apartado «Las charlas del salón de te», ya era un grito de impotencia desesperado. El autor llegaba a preguntarse qué sería de costureras, modistos y fabricantes de tejidos si la fiebre por llevar menos ropa en la playa o en la montaña seguía creciendo. El remate del texto no tenía precio, decía: «¿Se ríe usted?».

Lo que ocurrió después de 1939 ya lo tratamos aquí en su día en la serie «El sexo en el franquismo» y la nueva relación que se estableció con el cuerpo humano bien la pueden resumir estas palabras de Francisco Umbral: «Nos enseñaron a odiar el propio cuerpo, a temerlo, a ver en su desnudez rojeces de Satanás, repeluznos de Luzbel, frondosidades infernales. Odiábamos nuestro cuerpo, le temíamos, era el enemigo, pero vivíamos con él, dentro de él, y sentíamos que eso no podía ser así, que la batalla del día y de la noche contra nuestra propia carne era una batalla en sueños, porque ¿de dónde tomar fuerzas contra la carne si no de la propia carne? Había un enemigo que vencer, el demonio, pero el demonio era uno mismo».


Librerías con encanto: La Esquina del Zorro

La Esquina del Zorro para JD 0

Aléjense los de derechas, los monárquicos, los papistas y los futboleros (excepto rayistas) con ganas de darse la razón. Aquí Evaristo es Dios y el Drogas su profeta. Por si no lo habían notado estamos en Vallecas, así que si recalan en La Esquina del Zorro ávidos de cupcakes, prepárense para recibir tercios. Entre Portazgo y el Puente, pregunten por «los chicos esos que hacen cosas raras» y les dará indicaciones precisas hasta aquí, una de las pocas librerías del barrio de la Barbie Superstar. Ciclos de poesía en días de partido, conciertos de rock en días pares, presentaciones de libros en los impares. Editan a los «melenudos» que asustan a las grandes editoriales y si se lo piden, también despachan biblias y coranes.

Charlamos con Bego Loza y Jorge Jiménez, propietarios de La Esquina del Zorro, (Calle Arroyo del Olivar, 34), una librería que se parece más a un espacio cultural, y un espacio cultural que se antoja también librería de viejo.

La Esquina del Zorro, ¿es por la canción de Barricada?

Jorge: Sí. El rollo del nombre es que te vale también para los críos, porque aquí tenemos mucho libro infantil y de vez en cuando realizamos también alguna actividad, pero a la vez el zorro puede ser un personaje un poco canalla con el que se puede identificar un adulto perfectamente, así que es un nombre del todo versátil y nos pareció bueno a pesar de no estar en una esquina.

Bego: Pero vamos, el guiño es a Barricada.

J.: Una de las ideas originales era dar cabida a mucha literatura musical y meterla dentro de la cultura, cosa que no se hace tanto, aunque últimamente hay bastantes más.

Esa es una de vuestras reivindicaciones iniciales: devolverle al rock su lugar literario.

J.: Sí, tratar de aportar tu granito de arena para que se considere cultura, porque lo es aunque no esté dentro del gran círculo cultural, llamémosle, o aunque se considere que culta es otro tipo de música. En fin, tiene ciertas connotaciones que a mí personalmente no me gustan nada. Todo lo que podamos hacer para favorecer que no sea así o darle la relevancia que tiene el rock, genial.

Habéis cumplido cinco años. ¿Qué tal el balance?

B.: En abril, sí.

J.: La verdad es que guay. Y por esa parte de reivindicar el rock cojonudo también, porque a los dos años de empezar la librería arrancamos la editorial. Fíjate, una actividad complementaria pero muy centrada en esa idea… pues es una pasada. Estamos viviendo una experiencia superinteresante.

¿Teníais ya desde el principio la idea de montar la editorial (Desacorde Ediciones) o surgió después?

B.: No, la editorial surgió a raíz de la librería. Estuvimos haciendo varias presentaciones y vino Toni Marmota, Juan Abarca y más músicos que habían publicado libros, y todos contaban lo difícil que les resultaba publicar: «Un melenudo va ahí a Planeta y no quieren saber nada de él» y «¡Qué difícil ha sido!». Entonces nos dijimos: bueno, pues si sabemos editar —porque yo vengo del mundo de la edición—, nos gusta el rock y los roqueros necesitan una casa que les edite sin que vayan a mirar si llevan melena o no, pues esta es la nuestra. Así se nos ocurrió y fuimos adelante.

J.: Somos una editorial al uso, la idea simplemente es funcionar como cualquier otra editorial con la salvedad o diferencia de que nosotros nos distribuimos también.

Bego, decías tenías experiencia en la edición. ¿De qué mundos venís?

B.: Yo vengo del mundo editorial. Había estado trabajando en dos editoriales grandes pero me fui y luego estuve un tiempo trabajando de freelance para esas editoriales y para otras hasta que decidimos montar la librería.

J.: Yo vengo del mundo audiovisual y el rollo de plantearnos esto… Yo decía: «Joder, si ya es complicado cualquier negocio imagínate una librería». O sea, manda narices.

Y era innegociable que fuera en Vallecas.

J.: Sí, era la idea. Si te fijas fuera en la calle pone «librería y rincón cultural» porque la idea era un espacio donde pudiéramos hacer de todo. Tener encuentros culturales, vaya. Pues claro, no vas a poner una tienda de chicles. En lo de la librería había interés y, en fin, el rollo de «venga, vamos a arrancar por ahí», porque al principio parecía una locura, pero entiendo que como cualquier cosa que vas a emprender.

B.: Hombre, Vallecas era porque nos gusta y entre otras cosas porque vivimos aquí. Y porque aparte de la librería Muga, que está un poco más para allá, en este rinconcito de aquí no había ninguna librería de este estilo que hiciese encuentros y demás. Hay librerías-papelerías de compraventa y ya está.

Por lo que hemos visto abristeis en un momento en el que habían cerrado un par de librerías muy icónicas de la zona. El panorama era poco halagüeño.

J.: Sí, cerraron una en un centro comercial que había por ahí arriba el primer año que estuvimos funcionando. Fíjate, estamos hablando de Vallecas, que es uno de los barrios más populosos de la ciudad, así que dentro de la locura que supone una cosa de estas tampoco lo es tanto, porque al final sabes que vas a llegar a mucha gente y es cuestión de despertar intereses. Al final si lo haces medianamente bien, un pequeño respaldo vas a tener.

Supongo que también sabíais que este es uno de los barrios con más tasa de paro de Madrid y que, al fin y al cabo, de los productos culturales es de lo que prescindimos antes.

B.: Bueno, eso quisimos obviarlo [risas]. Dijimos que para adelante, porque si te pones a pensarlo mucho al final te quedas en casa porque todo son miedos. Era el 2011, en plena crisis, con cambio de Gobierno, etc. De hecho aquí nos confesaron después que hacían apuestas para ver cuánto durábamos [risas].

En vuestro entorno, supongo.

J.: Los de los bares de arriba. Y el de abajo también. Son parte de nuestro entorno, claro, siempre vamos allí porque cómo no te vas a tomar algo con quien viene a una actividad en la librería —además es una pasada y un privilegio poderte tomar un día una cerveza con un poeta, otro con un escritor…— en fin, son cosas que no están pagadas. Y con el tiempo terminas haciendo amistad con los de los bares y nos decían: «¿Vosotros tenéis un circo, no?» [risas]. Porque hacemos cosas tan diferentes que no tiene sentido.

B.: Cuando preguntas por ahí a gente un poquito más alejada que a lo mejor no nos tiene muy controlados alguien dice: «¿Oye, La Esquina del Zorro, dónde está?». «¿La Esquina del Zorro? No me suena…». «Sí, la librería». Y dice: «Ah, ¿los chicos esos que hacen cosas raras?». «Pues serán». «Ah, pues está ahí». Ahora colaboramos con mucha gente de aquí. En Vallecas se mueven mucho los centros sociales y las organizaciones de vecinos, y en principio no nos hacen competencia pero sí que de repente hay mucho más movimiento que cuando llegamos hace cinco años.

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No sé si aplaudiros o llamaros locos, pero he visto que habéis programado ciclos de poesía el mismo día en que había partido de fútbol de los potentes. ¿Esto es una provocación absoluta o coincidió?

B.: Bueno, como nosotros no sabemos cuál es el calendario futbolístico… [ríe].

J.: Sí, muchas veces es que ya no te enteras porque es es imposible. Si te pones a mirar…

Si preguntas si hoy hay fútbol la respuesta es «sí». Siempre.

J.: Además es que luego nos han pasado unas cosas… Por ejemplo: un día presentaron un libro que era Conversaciones con Pablo Iglesias y venía aquí el escritor, Jacobo Rivero, y resulta que Pablo Iglesias, el de verdad, iba al Ateneo, que está en esta misma calle unos cuantos números más arriba. ¿Pero quién coño va a venir? Si es que…

B.: Una cosa programada el mismo día y no anunciada, la verdad. Nos enteramos  una hora antes de que pasase. Había sido todo secreto para que no se montase mucho pifostio allí, que tampoco tienen mucho espacio, y fue una convocatoria rápida. Y claro, Jacobo no se había enterado y nosotros tampoco [ríe]. Y llegamos aquí y le dijimos: «Pues nada, apáñate con Pablo para que no te contraprograme».

J.: Otra vez igual, era un libro sobre el Rayo y accedimos porque, bueno, estando aquí cerca del estadio, a pesar de que no nos gusta nada el fútbol, se entiende que es una cosa del barrio y un pequeño respeto le tienes que tener… y ese día justo había partido contra el Atleti, así que no vino nadie, solo una familia y un vecino que siempre suele venir y ya está.

Lo importante: el día de la poesía y el fútbol… ¿Vino gente? 

B.: Sí. El otro día tuvimos a Marta Sanz, justo el mismo día en el que tocaban Silvio Rodríguez y Aute aquí. Es verdad que ahí sí que nos fallaron un par de personas que sabíamos que querían venir, pero bueno, lo de Silvio es una cosa única, no va a pasar nunca más, creo yo. El fútbol, pues bueno… dentro de dos días vas a tener otro partido.

Ya que mencionáis a Marta Sanz, he estado viendo que a Chirbes le tuvisteis antes de que muriera, y no es el único gran autor que ha pasado por aquí. ¿Es difícil abrirse camino para una librería pequeñita lejos del centro y traer a gente que está en editoriales grandes?

B.: Pues en este caso no porque han sido muy amables, pero sí que es cierto que en algunos casos cuesta. Hemos querido traer a gente que forma parte de grupos editoriales un poco fuertes y a nosotros esas cosas nos cuestan. También es cierto que cuando Gsús Bonilla abrió el ciclo de Poétikas nos abrió un espectro de contactos y de renombre que vamos, agradecimiento infinito y por siempre. Porque empezó como algo informal y de repente nos ha traído una cantidad de gente que cuando empiezas a verlo alucinas. Por ejemplo, Marta repitió porque había venido así la primera vez. Chirbes vino a través de un cliente que era amigo personal suyo. En estos casos si tienes algún contacto que te ayude… si no es un poquito difícil.

Los autores consagrados van a hacer sus presentaciones a un circuito de librerías muy cerrado.

B.: Alguna vez hemos intentado traer a algún autor por intereses personales y… «Bueno, pues se lo digo a la editorial a ver si lo cuadran en la agenda», pero todo se termina diluyendo. Pero con lo que ha llegado estamos muy contentos.

J.: Sí, la verdad es que sí. Al final ya acaba convirtiéndose en una especie de rueda y todo es más sencillo porque también sabes a qué puertas llamar y tienes otros recursos.

Y un autor sirve para tirar del otro. Ahora que ha venido Marta Sanz imagino que a otro autor de Anagrama le tirará más.

B.: Sí, eso lo miran mucho. De hecho, este último año te dicen: «Uy, pero si es que este año habéis tenido ahí a…» como diciendo «a unos peces gordos» o algo así. Sí, es verdad que vino Marta Sanz, Javier Azpeitia, etc. En un mes vinieron dos o tres así grandecitos.

Y nadie vinculado con el barrio, además.

B.: Marta sí me parece que tiene vínculo con Vallecas. Creo que su padre vivió en Vallecas o algo así y conoce el barrio. Lo cierto es que mucha gente tiene algún vínculo con Vallecas, si no es un amigo es otra cosa, porque hablamos con la gente y nos dice: «Ah, pues es que yo venía aquí de pequeña» o «Yo tengo un amigo que vive aquí a la vuelta de la esquina».

Decís algo así como que «si lleva el sello de Vallecas ya es prácticamente nuestro y lo aceptamos».

B.: Vallecas es un barrio que tiene muchísima identidad. Tú pones en una agenda «Vallecas» abajo y la gente quiere la agenda. Y a nosotros nos parece que todo lo que sea darle vida al barrio y a la gente de aquí es fundamental, por todo lo que recibimos nosotros de ellos. De hecho, tenemos ahí un pequeño rinconcito para los libros sobre Vallecas o publicados por gente de Vallecas. Para nosotros el barrio es importante, hay un sentimiento identitario que quizá en otros de Madrid  no lo he vivido tan fuerte.

Vuestro catálogo decís que es generalista, pero en las publicaciones o ensayo político no escondéis de qué pie cojeáis.

B.: Sí, hay cosas que no entran y hay otros que sí que están y además los exponemos clarísimamente. De hecho, cuando vienen los comerciales con el nuevo libro del papa les decimos que no. Les damos una lista de lo que no queremos en esta librería: ni papado, ni fútbol, ni monarquía, ni derecha.

J.: Al final tienes que tener tu propia identidad de alguna manera y esas pequeñas cosas… Además es una licencia que resulta perfectamente permisible porque no le estás haciendo daño a nadie tampoco.

Si quieres un libro de Pío Moa tienes la opción de ir a comprarlo a otro sitio, ¿no?

J.: Sí, o lo pides e igual se te trae. Alguna Biblia sí que ha caído, como hay colegios… Y también algún Corán hemos vendido. Ten en cuenta que hay mucha población musulmana y nos dicen: «Oye, pues tráeme un Corán en castellano». Igual tres desde que hemos abierto, tampoco es que sea muy significativo, pero tiene su gracia.

Es decir, que también recibís encargos y tratáis de aprovisionar.

J.: Claro, ten en cuenta que el espacio que tienes es limitado y, en nuestro caso, encima teniendo la editorial, hay cajas por todos lados con diferentes historias y no puedes tener tampoco un fondo muy amplio. La idea es esa: tú tienes un número de libros que te parecen a ti imprescindibles, más las novedades y luego traes lo que te piden.

Te lo pregunto sobre todo porque ahora mismo con Amazon, un sitio en el que puedes comprar un libro y tenerlo de inmediato en tu casa sin moverte, el aprovisionamiento es fundamental para vosotros.

J.: A mí me da la impresión de que Amazon le hace más daño a sitios grandes tipo FNAC y todo eso que a un sitio pequeño. Al final un sitio pequeño tiene que ser un sitio de encuentro y debes crear un espacio y un vínculo con el barrio donde el comprador es diferente. Igual me equivoco pero yo lo veo así.

Últimamente mencionar a Amazon en el sector editorial es poco menos que mentar al demonio.

J.: Bajo mi punto de vista el libro electrónico es el típico electrodoméstico que es la novedad y entonces la gente a la que le gusta mucho la tecnología, léase la gente que quiere tener el último móvil y demás, lo compra pero luego tampoco le hacen tanto caso. Por ejemplo, tenemos aquí clientes a los que se lo regalaron en su momento y leen bastante, pero luego siempre vuelven al libro de papel. Yo qué sé, creo que ahora mismo está limitado y creo que se va a quedar así. No te digo que sea una anécdota, pero bueno.

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En la editorial tampoco tenéis ebooks, ¿verdad?

J.: No, porque lo que teníamos en mente al crearla, tratando de músicos, era coger un poco el rollo romántico que tenían antes los discos, que ahora ya no se venden. Un libro lo puedes tener fotocopiado pero ¿qué interés tiene? Haces una tirada más pequeña o más grande según sea el caso, pero la idea es que la gente que lo quiera lo tenga impreso porque a mí es lo que me gustaría como fan o como seguidor de alguien.

¿En qué habéis tenido que transigir vosotros? 

J.: Pues por ejemplo cuando salió lo de las Cincuenta sombras de Grey, que de hecho yo me lo llevé para empezar a leérmelo y buf, ¡madre mía!, eso no es recomendable a ningún nivel, pero luego la gente lo pedía y ponerle vetos a eso pues…

¿También es cultura popular?

J.: Sí, está claro. Va de boca en boca y al final es el fenómeno que hay que tener. Lo que sí veo negativo, en cambio, es meter cosas que ideológicamente no compartes y que te parece que no son muy beneficiosas.

No se va a dar el caso de que vendáis algo con lo que no comulgáis.

J.: Sí hombre, se puede dar el caso, pero la idea es no hacerlo si no es un caso muy especial. La pequeña libertad que tenemos hoy en día los ciudadanos es poder elegir esas pequeñas cosas. Yo qué sé, en la vida vendería un libro de Jiménez Losantos, tampoco lo recomendaría y muy difícilmente se lo traería a alguien, porque pienso que le estoy haciendo mal. Hay gente para todo, pero creo que a los ciudadanos solo nos quedan esos pequeños espacios o decisiones de libertad, como las quieras llamar, y si puedes elegir lo que vendes y lo que no…

Vivís en Vallecas pero, ¿sois de Vallecas?

J.: No, además nacimos los dos muy cerquita uno del otro, por la zona de Cuatro Caminos, pero sí que muchas horas de ocio las hemos pasado aquí. Y luego conocíamos a mucha gente del barrio y al final todos elegimos el lugar donde nos gustaría ir a vivir.

Lo pregunto porque todas las librerías que están surgiendo ahora y en los últimos años remiten a las librerías de barrio de la infancia a las que ibas, pedías un libro aunque te tardaran tres días y tu consumo cultural estaba condicionado por lo que tenían y por lo que te traían.

J.: Sí, y que el trato con la gente fuera de otra manera: el poder recomendar, el abrir un lugar de encuentro. Yo creo que las librerías tienen que ser un local de encuentro donde se programen actividades culturales y abran otro foco, si quieres llamarlo así. En este barrio hay bastantes cosas, en ese sentido no nos podemos quejar. Pero sí, esa era la idea, salir de lo que era la papelería de siempre.

Pero además, al ser una librería tan particular, en la que organizáis eventos culturales y estáis especializados en música, en rock y en política, ¿no viene gente de otros distritos de la ciudad? Porque nos contó Juan Salvador López, de Estudio en Escarlata, que está en Chamberí, que cuando programa eventos se acercan allí personas de otras zonas.

J.: Sí, sí. Cuando se hacen eventos y vienen autores o músicos claro que arrastran a gentes de otros lados. Y luego también se nota mucho en que hay gente incluso de otras ciudades que buscan un poco el «¿Dónde se habla de mi historia?» y te preguntan «Oye, ¿puedo hacer aquí algo?». Pues claro. En ese sentido sí que hay movimiento desde otras partes de la ciudad.

Por lo que veo también tenéis novela gráfica y cómic. ¿Habéis notado mayor interés en los jóvenes estos años?

J.: Eso le interesa a un público más de nuestra edad y quizá a alguien que quiere hacer un regalo y se decanta por eso, pero en general casi todo el mundo que se acerca al cómic o a la novela gráfica es de nuestra edad.

El gran reto: ¿la juventud viene?

B.: Hasta los doce años o así sí que leen. Además vienen ellos e incluso ya se enteran por sí mismos de cuáles son las novedades. A partir de esa edad, buf, ya caen, y creo que tenemos tres lectores de dieciséis años o por ahí. Muy poquitos, caen muchísimo.

J.: Pero bueno, yo entiendo que es una cosa lógica. Recuerdo cuando yo estaba en el colegio con esa edad y había un montón de chavales que no leían. Sentías que te estaban obligando a leer cosas que a ti no te interesaban. Al final la lectura te engancha porque encuentras algo que te hace decir «qué pasada», pero tienes que dar tú el paso a nivel personal. No sé ahora, pero antes la educación era un poco complicada en ese sentido, bajo mi punto de vista, y ha habido una época en la que muchos no leíamos, Yo, por ejemplo, lo único que hacía era escuchar música, y la música es cultura. No hemos sido todos burros ni mucho menos, e igual hemos estado muchos años solo con la música y nos entraban las cosas por esa vía.

Y también muchos años explicando los grandes prebostes eso no era cultura. Ahora decimos que sí y no pasa nada. Durante mucho tiempo a la música popular y al cómic era imposible verlos dentro de la esfera cultural.

J.: ¿A que sí? Totalmente.

Por eso os preguntábamos por los jóvenes, porque ellos ya han crecido con el cómic completamente incorporado al mundo de la cultura.

B.: Sí, eso sí que es verdad. Aunque bueno, son muy de manga. Los chavales que vienen de más de doce años buscan manga.

O los libros de youtubers. ¿O no tenéis?

B.: Libros de youtubers también.

J.: Sí, los tenemos. ¿Un tal el Rubius te suena? [ríe] 

Nos fascina.

J.: Es la leche, ¿eh?

B.: Pero solo tenemos el de el Rubius porque el otro youtuber que vimos en la Feria del Libro no sabíamos ni quién era. Es un fenómeno extraño, yo no sé lo que ese escribe ni le he visto en YouTube. El otro día dije por curiosidad: «Voy a verme un vídeo», pero es que solo verle la cara me dio una pereza… Pero me sorprendió cuando el Rubius sacó el nuevo: los críos vinieron dos días antes a decirme que el miércoles salía el nuevo del Rubius y «tiene una carpeta y una agenda y yo quiero…». Se lo sabían y sabían lo que costaba. Pues si de repente vienen unos niños que antes no venían a por libros del Rubius, quizá de esos diez dos van a leer más cosas.

Además tendemos a homogeneizar mucho cuando hablamos de youtubers y los hay tóxicos, horribles y social e ideológicamente deleznables, pero también hay otros que son geniales y otros que ni siquiera hacen daño a nadie. Hay que saber diferenciar. ¿A quién hace daño el Rubius?

J.: Yo no le conozco, pero eso lo que demuestra es que internet sí que llega y que al final termina siendo un medio de comunicación, porque hay gente que aún se resiste a esa idea pero fíjate, la gente de esa edad ya lo tiene como tal.

Es que resistirse en 2016 a que internet sea un medio de comunicación…

B.: En Planeta los libros que son de youtubers ya los editan con el logotipo de YouTube detrás.

Pero tampoco esto es nuevo, es como el antiguo logo de «anunciado en TV», lo único que pasa es que ahora YouTube ha sustituido a lo que en nuestra generación era la tele.

B.: Claro. Es que es el poder del medio audiovisual es innegable, tanto internet como la televisión. Porque ahora ¿qué periodista de telediario no ha escrito una novela? o ¿qué película de Disney no tiene su ristra de libros y merchandising? De librería, no solo de las toallas de la playa. Sale Dory y tiene como quince o veinte productos de librería. El medio audiovisual tiene un poder que es innegable y creo que eso está bien, lo que hay es que aprender a usarlo. Si quitamos todo eso la librería estaría vacía, vale que no entre el papado y la monarquía pero si quitamos esto… [risas].

La Esquina del Zorro para JD 3

Durante el Día del Libro, Bego, dijiste que te parecían muy aburridas las iniciativas institucionales. ¿Crees que en general las políticas de fomento de la lectura o los aniversarios como el de Cervantes son útiles?

B.: Hay cosas y cosas. Es verdad que La Noche de los Libros ya lleva un par de años que se lo están currando mucho. Aunque bueno, lo que están es aglutinando las actividades que promueven las librerías. Pero es verdad que con La Noche de los Libros se están poniendo las pilas y la iniciativa parece que va bien y además van mejorando. Pero en general desde el mundo institucional es todo un poco sosito. Si comparamos el año Shakespeare con el año Cervantes… Es que lo del año de Shakespeare ha sido una pasada, y aquí todos los años leer el Quijote en BUP uno tras otro y lectura continuada del Quijote por mucha gente. Pues bueno, está bien pero…

Ya no es noticia ni quién lo lee.

B.: Claro, es noticia el primero y luego ya pasa la ciudadanía a leer. Vaya, que en general todo lo que se hace por el fomento de la lectura, ya desde la propia denominación, que ya echa bastante para atrás… Además  yo creo que lleva la carga detrás de que quien fomenta la lectura es un profesor o alguien por el estilo, cuando tendría que ser algo mucho más creativo y mucho menos evidente: fomentar la lectura sin querer fomentar la lectura. No se trata de la gente lea mucho, sino de que aprenda a leer y que aunque solo hayas leído un libro en tu vida, que ese libro haya hecho mella en ti. Hay gente que lee cien libros y es como quien lleva en la mano un ladrillo, que no le cala. Cuando hablan del fomento de la lectura parece que se refieren a la cantidad y no; es el cómo, la calidad. Es ver qué hacen los niños o los adultos con esa lectura luego. ¿Qué hacemos con eso que hemos leído? Parece que hay que leer, hay que leer, hay que leer… Y creo que no se trata de decir «hay que leer», sino que hay que demostrar cómo se disfruta con la lectura.

J.: Claro. Por ejemplo, aquí hay muchos colegios y vienen los chavales «oye, que me han mandado esto», y suelen ser siempre los mismos libros. Yo solo recuerdo ahora mismo a un profesor que viene y se preocupa de preguntarnos «¿de literatura juvenil para estas edades qué hay así más o menos interesante y de qué trata?». Y él se preocupa y lo lee.

J.: Las lecturas que están haciendo ahora son las de siempre. Ya os las podéis imaginar: El sí de las niñas

B.: Tres sombreros de copa… Y bueno, hay lecturas de esas que incluso para esa edad están muy bien.

Como libreros ¿qué recomendaríais vosotros a los chavales de instituto o finales de la ESO, en un plan de educación en la clase de Lengua y Literatura Española? ¿Cuáles son los libros que podrían hacer que lo cojan y digan: «Pues esto de leer mola»?

B.: Pues para empezar yo no leería solo en la clase de Lengua. Creo que tendrían que leer en la clase de Matemáticas, en la clase de Historia… En la clase de Lengua e Historia es bastante fácil recomendar, y  un profesor de Matemáticas puede encontrar literatura en la que la matemática está de fondo y la puedes leer en esa clave. Si no, solo lees en clase de Lengua y Literatura. Si vas a clase de Historia y para explicarte la Segunda Guerra Mundial te dicen: «Vamos a leernos El festín de la muerte y no estudiamos la asignatura», te lees ese libro y dices «pues mira tú, qué fácil de entender es la Segunda Guerra Mundial», y cosas así. Se trata más de sacarlo de la asignatura, aunque es verdad que en Literatura tienes que leer y si les quieres enseñar qué es el Romanticismo tendrán que leer algún fragmento o incluso una novela, pero yo creo que lo suyo es decirles que la literatura sirve para otras cosas. Puedes estar hablando de matemáticas y de física leyendo una novela. Puedes estar hablando de historia y aprender de historia leyendo una novela.

Casi habría que decir de cuál de las disciplinas no podrías estar aprendiendo mientras lees. Hay para todos.

B.: Claro, incluso los de Religión podrían hacerlo también. Incluso de Educación Física… Una misma novela se puede utilizar para muchas cosas y leerla con muchas claves de lectura. Hay rollos matemáticos detrás de Alicia en el país de las maravillas y un profesor de Matemáticas podría leer fragmentos o animar a leer Alicia y descubrirles la cantidad de cosas que hay con referencia a las matemáticas. Sería una forma diferente de plantearlo, y creo que es lo que sorprendería a un chaval. «Anda, si esto no es el típico rollo que me mandan y tengo que aprenderme el personaje y quién lo escribió y cuándo…». No, de repente está leyendo esto y hay cosas de matemáticas ahí detrás. Pero oye, de todos modos los profes lo hacen muy bien y hay muchísimos que se lo curran.

Sí, sin duda. La pregunta se refiere más a planes educativos, porque individualmente siempre hay profesores que se preocupan y se esfuerzan.

B.: ¿Por qué los planes educativos son así, además, habiendo gente de la comunidad educativa metida? Eso es una incógnita. Yo trabajé haciendo libros de texto. Las editoriales de las que me fui eran de libros de texto. Y es que me parece aberrante y difícil de comprender que habiendo tanta gente en la comunidad educativa con tantas ideas brillantes, ¿por qué luego todo termina derivando en un currículo que no entiende nadie? En la editorial hay antiguos profesores y cuando se trabaja con el currículo nadie entiende nada. Los mismos profesores no entienden por qué se montan así los currículos. Entonces te preguntas por qué hemos acabado en esto si aquí hay gente que sabe hacerlo. No hay quien lo coja.

Habrá un tapón en alguna parte del proceso.

B.: Sí, no sé a qué atiende. Sí que es verdad que hay políticos que echan un poquito de ingrediente y de sal al asunto, y entonces puede ir derivando en cosas, pero en líneas generales no sé por qué se termina desvirtuando tanto. Eso es un misterio y da para un debate largo.

J.: Además de que a los profesores les han castigado tanto que ahora tampoco les puedes pedir encima que le metan dos horas de trabajo más al día, o lo que sea, para preocuparse por tantos detalles. Que sí que deberían, pero después de toda la que ha estado cayendo, imaginaos. Yo entiendo hasta que estén desanimados muchas veces.

La Esquina del Zorro para JD 5

Me gustaría saber con qué apoyos habéis contado o si os habéis sentido respaldados al abrir una librería desde cero, nueva y en una zona en la que no había.

B.: Es muy complicado.

J.: Y además te hacen pagar por todo, como a cualquiera que quiera abrir algo, me imagino. Y luego es la leche, porque cuando te piden algo desde las bibliotecas públicas tardan en pagarte la de Dios por mucho que se les llene la boca diciendo «no, ahora tienen que pagarte a tantos días». No. Anda que no hemos estado, este año no tanto pero sí el anterior, haciendo llamadas. No entienden que a lo mejor para mí seis mil euros menos significan que puedo tener que cerrar, yo no soy El Corte Inglés, obviamente. Y te dicen: «Intentaremos hacer un esfuerzo, a ver si en agosto». Y al final tienes que estar discutiendo un montón.

¿Cuánto tiempo pasa desde que decidís montar la librería hasta que se abre la puerta?

B.: Pues como cuatro meses, me parece.

J.: ¿Tanto? Bueno, lo hablamos unas Navidades, es verdad.

B.: Al principio teníamos un socio y yo creo que las primeras cervezas con Paco fueron en diciembre.

Los peores planes y las cañas, un clásico.

B.: [Ríe] Sí, debió de ser a comienzos de diciembre, porque empezaban ya las vacaciones de Navidad y le dijimos a Paco «pues a la vuelta nos ponemos» y el 1 de abril ya estaba la puerta abierta. Fue como si te dijeran «abre la puerta», pero la tienes que abrir a empujones y venga a empujar hasta que consigues hacerlo todo. Y mira que nosotros en cierto modo, por amistades y contactos, algunos trámites los hicimos fácilmente.

J.: No sé si os acordáis, pero fue una época en la que Gallardón había metido, no sé si por ley, un rollo de que si te querías abrir algo tenías que pedir la licencia a empresas privadas y pagarles. Yo me encontré a una compañera del colegio de cuando era más pequeño y una mano nos echó en el sentido de agilizar las cosas.

B.: Y te sientes más respaldado a la hora de hacer esto con una persona a la que conoces que cuando no la conoces. Aunque solo sea por eso… Y bueno, Paco también tenía contactos con los proveedores y como venimos del mundo editorial y todo eso pudimos tener una milésima de ayuda, pero lo que viene a ser con la Administración…

J.: Fue todo complicadísimo, porque no te dan ninguna facilidad. Luego te sientes mal cuando ves en la tele o en la prensa que se dedican a decir que cualquier persona que quiera abrir un negocio lo tiene en poco más que una semana. ¡Los cojones!

No sé lo que costarán las campañas de fomento de la lectura, pero la lectura se fomenta también ayudando a la apertura de negocios de este tipo.

B.: En Francia, por ejemplo, y en Europa en general, hay una cantidad de ayudas para el que quiera montar una librería… y aquí no. Así somos.

J.: Y luego para ciertas cosas tienes que estar en el gremio de libreros si quieres ir a la Feria del Libro. Aunque eso es libre, nosotros no estamos.

Pero habéis estado en la Feria.

J.: Sí, pero como editorial.

B.: Han ido nuestros autores a firmar a una caseta pero nosotros no tenemos caseta.

J.: Hemos estado dos veces: la primera fue en una librería de las que trabajaba con nosotros, es decir, un punto de venta.

B.: La Marabunta, que cerró hace un año.

J.: Y este año hemos ido donde la FAL [Fundación Anselmo Lorenzo] que es una fundación donde también pueden ir editoriales.

B.: De la CNT.

J.: Fueron con sus autores, pero aparte complementaron su catálogo con otra gente y perfecto, porque llevamos a nuestros autores y listo. Si lo piensas es un rollo para sacar dinero. Joder, estás viendo que hay unos escritores que alucinas y no tienen a nadie y luego la gente de la tele o los youtubers sí. Está más enfocado a vender.

Hay librerías y editoriales que casi con lo que venden en la Feria ya tienen casi tres o cuatro meses ventilados. Y es verdad que es muy difícil conseguir una caseta…

B.: A nosotros es que ya por lo pronto los grandes libreros no nos gustan y no nos queremos agremiar.

¿No?

B.: Estas son mis cabezonerías y luego les arrastro a ellos [risas]. Partiendo de la base de que no estoy muy de acuerdo en cómo se gestiona el gremio de libreros, de que no quiero formar parte de él y que para ir a la Feria del Libro como librería que yo sepa no puedes ir si no estás agremiado… Como editorial o fundación sí, porque ahí no tienes que estar en el gremio, pero como librero sí. Y luego es que somos dos y para repartirnos el trabajo durante diecisiete días…

J.: Hay que coger a alguien que te sirva de apoyo.

B.: Pero entonces me imagino que será lo comido por lo servido. Yo creo que si no estuviese el gremio de por medio, si no hubiese tanta mafia por ahí y sobre todo si fuese más corta y con otro talante sí que me animaría, pero  es que diecisiete días son una barbaridad. Cuando luego preguntas a los otros libreros y editoriales la mayoría de las veces entre semana los pobres están a dos velas.

Pasando calor en la caseta.

B.: Pasando calor, viendo pasar las horas… Pues a lo mejor habría que hacer tres fines de semana o concentrarlo en una semana, porque también es cierto que somos así y que si te dicen diecisiete días, vas el primero y el último. El primero por la emoción y el último porque no llegas y el resto de días pues va algún loco. Si lo haces en nueve días, hay siete de gente mirando al techo. No sé por qué lo plantean tan largo. Por otra parte, está claro que hay que vender porque si no el negocio no andaría y no comeríamos. Yo no estoy en contra de las ventas, evidentemente, pero sí que hay veces en las que es demasiado excesivo el mercantilismo de la Feria. Entiendo que hay que vender pero a veces es muy exagerado. Es cierto que hacen algunas actividades aparte de lo de las firmas, pero en el fondo es una feria únicamente de venta. Cuando hemos ido a otras ferias más pequeñitas con la editorial se nota, porque también se va a vender, vale, pero ya hay un acercamiento directo con el lector. El que viene es el lector, ya no tanto el consumidor. Se hacen más eventos para fomentar todo eso y da otro aspecto. Aunque al final todos vamos a lo mismo: a vender para comer. No tengo nada en contra porque somos comerciantes.

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Comerciantes de libros, es exactamente eso.

B.: Claro, solo que la de Madrid me parece un poco excesiva.

J.: Además es que hay una competencia muy fuerte. ¿Cómo te comes que aparte de librerías haya distribuidoras que pillan por todos lados, además de fundaciones o editoriales?

B.: Y luego que lo patrocine Bankia, que ya me parece que nos hemos vuelto todos locos.

J.: Sí, este año era de risa lo de las bolsas.

Y tenían un eslogan también que era como… «¿Perdón?».

B.: «Menos comisiones y más libros» [risas].

J.: El Drogas pensaba que eran unas bolsas que habían hecho los de la CNT para joder [risas]. «No, no, Enrique, que son en todos lados así, que las paga Bankia». «¡Joder!». [Risas].

¿Por qué le sacasteis del error? Hay equivocaciones que bien merecen ser ciertas.

J.: Luego es que lo piensas y… ¡encima Bankia!

Por defender un poco la Feria, quizá es cuestión de tamaño. Cuando es tan grande, al final no deja de ser un centro comercial para vender y se pierde la atención sobre el resto de eventos, aunque los hay. En la Feria de Granada, siendo más pequeña y siendo también para vender, era fácil seguir charlas de autores, mesas redondas y demás.

B.: Pero había mucha más actividad alrededor que pudiese justificar más esa parte de venta.

J.: Claro, debería hacerse un espectáculo en torno al libro para que tenga ya de por sí una entidad suficiente que justifique el hecho de que hay que hacer un evento en torno a él.

Eso es más sencillo cuando la Feria del Libro es pequeña.

J.: Sí, es más manejable.

B.: Claro, y si gracias a eso hay muchas librerías que viven todo el año pues olé, de verdad me alegro. Como el chico de Venir a cuento que cierra y está ahí en la Feria porque le merece la pena por todo lo que vende. En ese sentido me alegro un montón por las pequeñas, pero por las grandes no. Que esté allí FNAC y VIPS no me gusta.

J.: A mí me llamó la atención el primer año —no recuerdo si era la Casa del Libro o el VIPS, pero uno de esos era— que veías el planning de firmas que tenían y estaban, creo recordar, Wyoming y un poco antes el Pío Moa o uno de esos, que yo dije joder, ¿pero quién programa esto? No tiene ningún sentido.

B.: El otro día también pasó algo así. No recuerdo quiénes eran, pero era una cosa muy chocante.

J.: Está muy bien que haya sitio para todos pero no sé, entiendo que cada uno tiene que llevar una línea.

Bueno, la línea es vender.

J.: Ya, ¿pero no tienen un criterio, no?

B.: Bueno, este año en la FAL, la caseta en la que hemos estado nosotros, vendían lo suyo y además por un lado estaban las firmas de los de Amargord y por otro estaban las nuestras. Cualquiera diría «¿pero estos cenetistas que se traen a unos roqueros y a unos de filosofía política?».

J.: Pero casa mejor.

A mí no me suena nada marciano.

B.: Pero nadie estaba firmando libros anarquistas. Bueno, iban con uno pero se les calló. Cualquiera podría decir: «¡Anda estos!, qué poco criterio tienen». Al final buscas lo mismo, estás para vender y para que la FAL tenga dinero y pueda pagar la caseta. Ahí sí que lo hemos hecho.

En este caso el rock español de este tipo sí pega. En Estados Unidos no te vas a poner a vender literatura anarcosocialista y colocar firmando a Ted Nugent, porque es un fascista del copón, pero aquí sí es más común la identificación del rock con una ideología de izquierdas.

B.: A los autores les dijimos «vamos a una caseta de la CNT». «¡Estupendo!» «¡Fenomenal!». [Risas].

Estoy viendo que tenéis La banda que escribía torcido, de Libros del KO. Con todo este boom de las pequeñas editoriales ¿cómo lo gestionáis vosotros? ¿Les dais más apoyo?

J.: Sí. Ya sabéis que vivimos en un país en el que se publica un montón, pero estas editoriales editan de la leche, hay una diferencia que alucinas. Blackie Books, Libros del KO… hay un montón de editoriales que están haciendo cosas muy chulas y muy interesantes.

De hecho ellos decían que el salto más grande y más duro ha sido entrar en las librerías. Ahora están mucho más asentados y la gente más o menos lectora ya les conoce, pero hace unos años…

J.: Es que joder, parece que no pero es un currazo que tela marinera. Y no en todas las distribuidoras te admiten al principio porque tienes que tener un número de publicaciones o lo que sea. Vete a saber tú los criterios. Cuesta. Pero vamos, yo creo que están haciendo una labor alucinante, son cosas superchulas y tenemos que salir un poco del sota, caballo y rey, porque además justamente vivimos en un momento en el que Planeta, por ejemplo, que son supuestamente una gran casa de cultura, termina publicando que si a Belén Esteban, que si tal… Les dan dinero y nadie dice que sea malo, pero quizá están descuidando otro tipo de literatura. Ojalá existieran muchas más, pero es complicado.

J.: El otro día estuvimos en una feria que hacían en el Matadero. ¿Os acordáis? Poetas se llamaba. La hace la gente de Arrebato Libros y claro, ahí eran todas chiquititas. Hablando con una de al lado me decía que deberíamos unirnos, desde la fabricación: nos juntamos todos y vamos a una imprenta, y como vas a tener un número de publicaciones y un número de impresiones, negociamos el precio. También nos distribuimos nosotros de alguna manera y luego ya tienes unos puntos de venta.

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Eso es lo que han hecho los de la Editorial Contexto. ¿Son un caso aislado o un precedente?

J.: Eso llegará porque el mundo del libro se está transformando.

El fenómeno asociativo está llegando incluso a las librerías.

B.: Claro, un poco lo que han hecho La Conspiración de la Pólvora, que se aliaron la librería Letras Corsarias de Salamanca, Intempestivos de Segovia y La Puerta de Tannhauser de Plasencia. Ellos lo hacen para mover el tema de las presentaciones. Decían que es muy complicado pedirle a un grupo editorial que le trajese a los autores porque claro, estás en Segovia, en Salamanca, en Plasencia… Así que se han unido y además les han dicho: «Mira, la ruta es superfácil. Hay una carretera que une las tres ciudades», y entonces programan y coordinan las presentaciones. Por ejemplo, consiguen a Millás y piden tres fechas seguidas, una en cada librería. Así, hacer fuerza a la hora de conseguir estas cosas es mucho más fácil. Intempestivos, que están en Segovia, lo tenían mejor porque a la gente de Madrid le pilla cerca, pero la que está en Salamanca o Plasencia… Son los últimos monos y allí nadie quería ir. Porque claro, que venga el autor cuesta dinero, pero con la asociación se han organizado de una manera que les permite hacer fuerza y da resultado.

A estos sitios no van ni los editores. Nos contaba Diego Moreno, de Nórdica, que fue a Badajoz y el librero le dijo que era la primera vez que un editor iba allí a hablar con ellos, que en veinticinco años no había ido un editor nunca. Un autor ya no te digo.

J.: ¿Sí?

B.: A no ser que estés en Bilbao, Barcelona, Valencia o las ciudades más grandes, en las localidades de la periferia tiene que ser desesperante.

Imagínate una librería de fantasía y ciencia ficción en una pedanía de Soria…

J.: [Risas]. Bueno, a lo mejor luego te va genial, quién sabe.

B.: Hombre, cuanto más específico es el tema que coges, mejor. Incluso una rama de la ciencia ficción y solo esa, pero resulta que eres eres superespecialista, y al final terminas atrayendo a los equis frikis que están interesados en tu tema, y esos van a ser clientes fieles aunque estés en la Conchinchina, porque te los van a pedir por correo o por internet o lo que sea. Cuando es algo muy, muy, muy específico, que hasta puede parecer una locura, en el fondo no es tan locura porque generalmente esos públicos suelen ser muy fieles y van buscando todo lo que salga.

Cuando se entra en el debate de los problemas del sector todos coincidís, más o menos, en cuáles son los riesgos y dificultades que se afrontan. Hay un problema muy claro y es que en España se lee poquísimo, se edita una barbaridad y el nicho de lectores no disminuye, que es una buena noticia, pero tampoco crece. Vender mil quinientos ejemplares con una tirada es un éxito, pero esa cifra, en un país de cuarenta y seis millones de habitantes, en fin. Vosotros como editores ¿sentís también que se está sobreproduciendo?

B.: Sí. Yo tengo clarísimo que se sobreproduce y de hecho tenemos nuestros conflictos a la hora de marcar la tirada [ríe]. Este último, que sale mañana [Cuatro estaciones hacia la locura], han sido dos mil. Es el de Evaristo, la segunda parte del anterior. Lo adaptamos según el autor, porque el de Kutxi Romero fueron tres mil pero por ejemplo, el de Maraví han sido trescientos. El primer año tiramos como locos…

Cometisteis el error del principiante de tirar de más.

J.: Sí. Del primero tiramos mil y hala, luego al final te los comes, pero bueno.

¿Cuántas cajas tenéis muertas de risa?

B.: Infinitas. Pues todas menos una, yo creo [risas]. Lo que hicimos con ese libro, una vez que vimos lo que pasaba, fue utilizarlo mucho como regalo o para hacer promoción. Con un libro que poco más se va a vender, antes de tenerlo ahí…

J.: Bueno, saldrá uno nuevo para septiembre e igual tira un poco del anterior.

B.: Sí. Pero luego hemos sabido ir ajustando las tiradas porque a mí me da mucha rabia que se queden ahí.

J.: Ese es el problema. Con el tiempo aprendes y también dices: bueno, vamos a imprimir aquí que nos da otras facilidades o es más económico o lo que sea.

B.: Nosotros no podemos editar tanto y, además, con la librería es complicado. Por ejemplo, Periférica nos mandó ayer el catálogo de los cien primeros títulos. En diez años han sacado cien títulos, o sea que son diez al año para una editorial mediana, quince como mucho, y no publican más. Creo que si quieres cuidar el producto no te puedes permitir mucho más y no da tiempo. Si sacas uno y la siguiente semana estás con otro, ¿qué haces?, pues estás menospreciando el anterior, porque si ya estás con la siguiente novedad a este no le has dado vida. Yo creo que hay una sobreproducción, pero qué vas a decirle al autor, ¿que no escriba tanto?

J.: Y luego está la autopublicación, que eso no lo hemos hablado. Es una pasada porque ves que todavía les parece la leche estar publicando sus cosas y eso sí que es amor a los libros. Porque al final todo el mundo tiene derecho. Aprecian tener sus letras impresas. Y por todos los lados venga libros, venga libros…

B.: Y toda esta gente de la autoedición está copando las plataformas como Amazon, etc., y claro, tú vas a Amazon y te resulta sugerente un libro… Muchísimo de eso lo está copando la autoedición.

J.: Bubok, por ejemplo.

B.: Como se llega a esto a través de internet pues no tienes mucho criterio para poder elegir, porque la información que te viene ahí es mínima. Al final la elección se centra en que la cubierta te guste y en que el título te resulte sugerente. Entonces claro, hay mucha producción ahí que se está sumando a la preexistente, que ya era mucha. Pero no le vas a decir a alguien que no edite su libro.

Al final el problema es que las cifras no cuadran porque es un bombardeo enorme para un público pequeñísimo. Es lo que nos decían en Valdemar, que el mercado editorial se sostiene porque todos compramos libros por encima de nuestras posibilidades. Compramos libros que no tenemos tiempo de leer porque invertimos en una expectativa.

J.: Eso pensarán: «Cuando tenga tiempo, cuando me jubile».

B.: La falta de tiempo es el mayor problema. Aunque es verdad que en Europa se publican menos títulos y se leen más.

J.: También tienen otra percepción. Mira cuando estuvimos en Sicilia, que publican en bolsillo muchas novedades, con tapa blanda y mucho más económico. Y estamos hablando de que aquí nos gastamos veinte euros así porque sí.

Siempre se habla del precio de los libros…

B.: Claro, es que te sacan la novedad de Dan Brown en tapa blanda y te lo cobran a veintidós euros y se quedan tan panchos. Y el precio de los libros en Polonia es una barbaridad; una novedad cuesta ocho euros y son libros bien encuadernados. Y en Italia igual; lo vimos el año pasado en Sicilia. Y están bien editados y son más económicos, que ese también es uno de los problemas fundamentales. Desde que hemos abierto, lo hemos oído muchas veces, sobre todo en este barrio donde ha habido y hay mucho problema de paro. Aquí hay gente que quiere leer y no puede permitirse comprar libros.

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Nos hemos fijado también que tenéis los de segunda mano en la puerta. Combinación de librería de viejo y librería tradicional.

J.: Si te das cuenta, es un pequeño reclamo; tienes ahí eso y dentro también hay. Es muy poquito, la verdad que es anecdótico, pero es suficiente para que la gente se pare y se pueda llevar un libro.

B.: Esta mañana mismo ha venido una señora y se ha podido llevar tres libros para su hijo porque había ahí unos de El Barco de Vapor por dos euros y a lo mejor de otra manera no se los habría podido llevar. Y los nuevos de El Barco de Vapor ya son ocho euros cada libro. Aquí ese problema sí que existe. La gente te lo dice, aquí no se corta nadie: «Cómo me gustaría, pero no puedo» o «vengo el día 10 que es cuando cobro». Es que es muy triste. Tú claro, tampoco puedes decirle: «Venga, te lo dejo a diez euros», porque no puedes regatear. Nosotros con la editorial sí que quisimos ajustar para que no hubiese nadie que dijese: «Ay Dios mío, no puedo».

¿A cuánto los estáis vendiendo?

J.: Te diría que a una media de trece euros pero luego los hay a doce y alguno a diez.

Son baratos en comparación con el sector.

B.: Claro, es que si no lo fuesen mucha gente no los compraría. Luego ya no sé si los leen o no, pero de otra manera no se acercarían al libro por el problema económico. Hablábamos antes del fomento de la lectura, pues ya podrían hablar con determinadas editoriales que sabemos que pueden bajar los precios. Y yo no me meto en sus economías y contabilidades, pero no me puedo creer que una gran editorial tenga que sacar su novedad a veintidós euros.

En una pequeña sí es lógico, además ellos te lo explican muy claramente: son caros pero porque no pueden bajarlos. Ves la calidad del papel, lo cuidados que están… y esa edición y esa tapa cuestan dinero.

B.: Y este libro es muy barato para lo bien editado que está. [Instrumental, de James Rhodes, N. d. R.].

B.: Este me parece que son 19,90 euros. Están bajando y es verdad que está muy ajustado. Es una tapa dura y está bien encuadernado… Mira, voy a dar nombres: Planeta. Sacan alguna novedad que ni siquiera es en tapa dura y en fresado y dices: «Chico, te estás ahorrando lo que no está escrito, ¿cómo lo puedes sacar al mismo precio?». Por eso una de las iniciativas para incentivar la lectura sería bajar el precio de los libros. En el caso de Planeta no les vas a dar subvenciones —además yo no soy partidaria de dar subvenciones—, pero sí facilitar que los editores puedan bajar los precios de los libros para que el consumidor los pueda comprar. Pero claro, eso lo está haciendo la editorial pequeña y mediana de su bolsillo y, sin embargo, en la media del resto de editoriales una novedad cuesta entre dieciocho y veintidós euros, no hay otra cosa. Claro, si tú quieres que la gente lea una media de cuatro o cinco libros al mes, pues dieciocho por cuatro es una barbaridad de dinero. Los directivos de grandes empresas se podrán permitir eso y más, pero gente que está en paro y está cobrando solamente la prestación por desempleo o los sueldos de mierda que existen… ¿te vas a gastar cien euros al mes en libros si estás cobrando quinientos?

Es que es una locura plantearlo.

B.: No salen las cuentas. Y claro, hay mucha gente que no tiene acceso, y aquí está clarísimo porque nos lo dicen.

En esta librería se notan los finales de mes y la disminución de clientes esos días.

B.: Sí, sí. Pero clarísimamente. Y gente que te dice: «Ay porfa, resérvamelo que vengo tal día que es cuando cobro». Es una cosa peliaguda porque yo entiendo que en el precio de un libro hay muchas cosas que pagar y está el sueldo de muchas personas, así que yo también estoy especulando aquí con las finanzas de esta gente [ríe]. Pero sí que entiendo que se pueden recortar costes, y lo sé porque he vivido el mundo el libro de texto desde dentro y sé lo que son los presupuestos y cuánto se gastan las editoriales en determinadas cosas, y también sé lo que luego cuesta el libro.

O sea, que esos padres y madres que se quejan de los precios de los libros tienen toda la razón del mundo, ¿no?

B.: Pues sí, sobre todo porque si una editorial, para hacer una convención, contrata un crucero donde llevar a doscientos empleados, si no se gastara ese dinero en el crucero podría abaratar costes. Lo del crucero es una cosa que me parece indecente e innecesaria; claro que puedes hacer una convención, pero ¿por qué tienes que hacerla en un crucero?

[….]

B.: Y cosas así. No son todas, gracias a Dios. Pero es que el mundo del libro de texto da para otro capítulo. Ahí ha habido unas que son la leche.

Porque además son unas ventas seguras y obligatorias.

B.: Claro, sí. Hay muchísimos niños en este país en edad escolar. Este es un problema gravísimo, pero creo que tiene más que ver con la concienciación de la sociedad.

Ahora están empezando a surgir iniciativas de colectivos de madres y padres que se agrupan para el tema de los libros.

B.: Sí, es verdad que hay un montón de asociaciones que se están uniendo. Aquí en Vallecas empezaron a surgir hace dos años, cuando la gente ya empezó a estar muy muy canina con la economía. La historia no es que se monten asociaciones… Pero, ¿por qué un libro de texto cuesta treinta y seis euros?

Es más, ¿por qué tienes que pagarlos?

J.: Yo creo que eso cambiará y lo veremos nosotros.

Qué optimista.

J.: Seguramente. Tiene que haber una política en serio en educación.

B.: Pues no lo sé, porque en el mundo del libro de texto hay determinados mastodontes y lobbys con los que no vas a poder.

Para terminar, a los libreros siempre se se os suele preguntar por el libro que recomendáis o por el que más se vende, pero como nos parece una brasa, preferimos preguntar qué clásico tenéis atragantado. Un poco por desmitificar los Quijotes, los Rayuelas, los Ulises… No pasa nada por decir «no me lo he acabado y no soy un paleto».

B.: El Ulises.

J.: Yo no entiendo nada.

Creo que hace pleno, nos han dicho el Ulises nueve de cada diez veces.

B.: Y Proust. En Literatura en la universidad nos lo mandaron y no me acabé ni el primer volumen. Yo cada vez que llegaba a la magdalena no podía más, y eso que es la quinta página o así.

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Fotografía: Begoña Rivas


José García Abad: «En España todavía hay un sustrato franquista, un franquismo sociológico, autoritario, considerable»

José García Abad para Jot Down 0

Tras más de cincuenta años de profesión a las espaldas, José García Abad (Madrid, 1942) está celebrando el veinticuatro aniversario de la revista de la que es editor, El Siglo. ¿Por qué no el veinticinco? Porque aquí cada año que se sobrevive es una fiesta, me dice. En papel, el éxito es existir. Y perderemos cuando no esté. El Siglo fue la única publicación en España que informó sobre el caso Noos y los presuntos chanchullos de Urdangarin cuando se produjeron. El resto de la prensa llegó después, cuando la causa judicial no podía obviarse. Pero José García Abad siempre ha entendido que la Casa Real es la primera perjudicada si hay ley del silencio. Tarde o temprano todo se sabe, sentencia. Por eso sus libros sobre la monarquía tampoco sentaron muy bien en palacio. Ahora, no aspira a ser historiador con sus investigaciones sobre la corona y el PSOE, sus materias favoritas, pero sí a servir a los historiadores.

En tus libros sobre el Partido Socialista subrayas que, durante el franquismo, si no se le conoce una actividad contra el régimen realmente relevante fue porque la represión después de la guerra se ensañó especialmente con sus miembros destacados y militantes, más que con los comunistas, pero faltan las cifras. ¿De qué proporciones estamos hablando?

Traté de cuantificar las cifras, pero no llegué a ver ninguna estadística. Me basé en una reflexión que me hacía la gente con la que fui hablando. Creo que es la verdad, la represión se ensañó especialmente con los socialistas. Mi padre lo era y hasta bastante después de muerto siguió viniendo a visitarlo a casa una vez al mes un policía de la Brigada Político-Social para ver si se movía, dónde había estado, qué había hecho e interrogar a los vecinos sobre sus rutinas. Y eso que mi padre era un socialista moderado, pero las pasó canutas. A mí me negaron una beca por ser mi padre quien era.

De todas formas, que la represión aplastara a los socialistas más que a nadie es comprensible sencillamente porque los comunistas eran muy poquitos. Tuvieron un papel importante en la guerra, en la medida en que la URSS ayudó a la República, porque fueron gente ordenada que daba prioridad  a lo que había que dárselo, que era ganar la guerra y eran militantes disciplinados con los que se podía contar, sobre todo por parte de Negrín. Pero eran pocos, los socialistas eran los predominantes junto con los anarquistas, lo que pasa es que estos no eran muy amigos de votar ni de involucrarse en tareas de gobierno hasta que llegó la guerra.

Por aquel entonces, Felipe González está en Bruselas y señalas en tu libro Las mil caras de Felipe González que le marca la situación de los emigrantes españoles, a los que califica como «explotados, oprimidos, desamparados, odiados como seres inferiores, como una raza maldita».

Eso lo dice en las cartas que le enviaba a su novia de aquel entonces, con la que hablé. Creo que Felipe tenía una especie de impronta cristiana.

También indicas que Alfonso Guerra le definía como «cristianorro».

Es que Felipe fue a Lovaina con una beca que le dieron los obispos alemanes. Al principio él estaba en una línea de democracia cristiana progresista, como la que representaba su paisano Manuel Giménez Fernández o los demócratacristianos italianos. De hecho, se casó por la Iglesia. Luego se disculpó diciendo que el cura era progre y tal… lo típico que hacen muchos progres, justificarse diciendo que van al altar por los padres de ella y demás. Luego sí es verdad que el hombre dejó de creer, pero eso deja una impronta, como digo. Él tenía compasión por los pobres. No partía de una visión ideológica o teórica, como Alfonso Guerra.

El padre de Felipe tenía una vaquería, rico no era, pero venía de una clase media acomodada. Alfonso, por su parte, tenía diez hermanos y llegaron a tener que pedir por la calle. Él que podría haber tenido una reacción política motivada por lo mal que lo pasó su familia, fue, sin embargo, por lo intelectual. Es algo que también se puede explicar. Pero el caso es que Felipe tuvo una visión más pragmática y menos ideológica. Y tuvo la intuición de que, una vez establecida la democracia, las siglas del PSOE tendrían un gran atractivo, contra la idea general entonces de que la hegemonía de la izquierda la tendría el Partido Comunista, tal como había ocurrido en Italia.

En el PSOE de aquellos tiempos abundaba la masonería, citas a Ana María Ruiz-Tagle, compañera del despacho laboralista de Felipe, que te dice que los masones eran una «estructura seudomafiosa ineficaz», que «no hacían más que pasarse papelitos unos a otros» y que en las reuniones «te los encontrabas con el babi puesto, cuando salías a la calle veías a un policía y querías echarte en sus brazos».

Ruiz Tagle es una chica estupenda, describe muy bien aquella época. Es verdad que una parte muy importante de los socialistas de aquella época eran masones, empezando por Rodolfo Llopis. Pero la masonería, no es que no me la tome en serio, pero nunca le he dado demasiada importancia. Tenía su interés y su morbo, sin embargo, su capacidad para cambiar Gobiernos la pongo en duda. Y eso que Franco tuviera una brigada contra la masonería y el comunismo lo veo desproporcionado. No creo que los masones tengan la trascendencia que se les ha dado.

Ana María Ruiz-Tagle también admite que los jóvenes socialistas del momento se portaron muy mal con los compañeros del exilio.

Es verdad. Felipe y Guerra cuando mejor conjuntados estuvieron fue para desmontar todo el tinglado de Llopis y demás en el exilio. El grupo de los sevillanos no jugó del todo limpio con ellos, con los ancianos del PSOE que eran los guardianes de la marca. El resultado luego fue positivo para el partido, pero excluyeron a mucha gente que había tenido una vida de compromiso y una larga trayectoria política. Era cierto, no obstante, que el exiliado estaba un poco fuera de la realidad, que tenía una visión de España deformada por la nostalgia y por el propio exilio y con eso habría sido muy difícil que el PSOE hubiera tenido el desarrollo que tuvo posteriormente. González, tener, tenía razón, pero se portó fatal.

José García Abad para Jot Down 1

Señalas que, de hecho, Felipe no demonizó el régimen anterior con el fin de sumar a su proyecto a gente que hubiera colaborado con el franquismo.

Él jamás hablaba mal de Franco. A mí me dijo en una ocasión que porque Franco meara, él no se iba a aguantar sin mear. Felipe no ponía el énfasis de sus discursos en decir que el dictador era un cabrón y un asesino. A diferencia de otra gente del PSOE que tuvieron tuvo un papel importante en esta primera fase, como Pablo Castellanos o Francisco Bustelo, quienes habían tenido otro tipo de experiencias con el franquismo. Tanto Felipe como Guerra, sobre todo este último, encontraron en Madrid un territorio hostil. A Felipe el régimen le trató con mucho cuidado pues estimaba que su pretendida «apertura» no tendría credibilidad si no integraba al PSOE. Cuando Felipe llega a Madrid como «Isidoro», por ejemplo, un día fueron a poner flores a la tumba de Pablo Iglesias y la policía que se lo impidió ya tenía orden de no tocarle.

Pablo Castellanos te dice en el libro que uno de esos excolaboradores del franquismo era, por ejemplo, Rodríguez Ibarra, que había organizado las elecciones al tercio familiar al falangista Enrique Sánchez de León.

A Pablo Castellanos hay que tomarle con precaución, pero él no me mentiría con una cosa así sabiendo que la iba a publicar. Es más, a todos los que me hicieron declaraciones les pasé los textos para que los corrigieran y matizaran y esto se quedó así. Vamos, que es cierto.

El caso es que Arias Navarro contaba con el PSOE para prolongar el franquismo mutatis mutandis.

Con el llamado espíritu del 12 de febrero que impulsó Arias Navarro, la idea era admitir al PSOE, pero hasta ahí; a su izquierda: nada. La palabra partido era impronunciable todavía para ellos, eran asociaciones. Si Felipe, que era moderado, aceptaba, suponía para ellos la consolidación del régimen después de Franco. Sin el PSOE hubiese sido imposible, porque además estaba apoyado por el alemán Willy Brandt, el francés Mitterrand o el sueco Olof Palme. Era una socialdemocracia nada peligrosa. Sin él tampoco se podía aspirar a entrar en el Mercado Común. Nunca habrían admitido a España con los partidos fuera de la ley, pero quedaba la posibilidad de hacerlo excluyendo al comunismo, como en Alemania.

Dentro del partido hubo una pugna entre la visión de Felipe y la de otros compañeros que tenían unos planteamientos más radicales de cara al régimen, como Castellanos, Bustelo o Gómez Llorente. La idea de Felipe era la de ir ganando espacios de libertad. Como abogado laboralista había representado a despedidos o huelguistas y pensaba que sí se podía forzar la legislación del régimen de forma lenta y pacífica.

Un ala del partido se oponía a esas ideas, pero al final el carisma de Felipe y su discurso se impusieron. De hecho, en la democracia Izquierda Socialista nunca ha llegado a ser una fuerza de importancia dentro del PSOE. Felipe fue el tipo de líder que logró que el partido apoyara su visión, unas ideas un tanto difusas, pero que, con ese verbo que tenía, encandilaban a la gente. Aunque luego miraras con atención lo que había dicho y no era gran cosa.

Tras analizar las memorias de todos los protagonistas, llegas a la conclusión de que sus recuerdos o su memoria se orientan demasiado a reforzar su ego.

Son insaciables y no admiten la crítica, aunque alardeen de lo contrario. La única que suelen admitir, ocurre con todos los presidentes de Gobierno que ha tenido este país, es que no lo saben explicar. Solo admiten una crítica por un problema de comunicación. Somos tan buenos, pero no lo hemos sabido explicar, no hemos sido capaces de que la gente lo vea.

Guerra, por ejemplo, en sus memorias da una visión romántica de la librería donde se reunían, donde había una tertulia en la que se arreglaba España hasta altas horas de la noche. Eso es hacer teatro. Por eso luego despotricaba mucho contra Madrid, pero lo que le pasaba es que nunca le gustó la capital porque ahí su teatro no funcionaba. En Sevilla tenía su corte, un núcleo que no participó en actividades antifranquistas. Lo más que hicieron fue un abucheo a Fraga en la universidad, un suceso que Guerra cuenta en sus memorias como si fuese el asalto al Palacio de Invierno.

Y luego hay detalles significativos, como que en el homenaje a Pablo Iglesias en el que Felipe tuvo que pedir a la policía que por favor le detuviera también a él, Guerra ni siquiera hizo acto de presencia. Dijo que se había perdido en Moratalaz y no llegó.

Semprún lo ridiculiza especialmente.

En su libro en el que relata sus experiencias como ministro de Cultura critica esa especie de impostura intelectual de Alfonso Guerra, que nunca había comido caliente en el terreno cultural, que no era un lector de solapillas, pero trataba de sacar partido intelectual a un bagaje bastante inconsistente, desde el punto de vista de Semprún. Todo eso le cabreaba y lo ridiculiza en esas páginas, esa actitud de falso intelectual que presumía de hacer el amor escuchando a Mahler. Además, si algo no podía ni ver era esa actitud de Guerra en los consejos de ministros, que llegaba antes y se sentaba apartado de los demás para que se le acercasen y le comentaran confidencias, en algunos casos poniéndose de rodillas, para que les impartiera doctrina. Y luego decía que él estaba solo de oyente, que no se implicaba en las labores de gobierno, sobre todo en las más desagradables.

Y a Semprún tú le reprochas que en sus vastas memorias critique tanto las purgas del Partido Comunista y se le olvide relatar en las que él tomó parte.

Hay olvidos muy significativos y es una pena. Si has estado en campos de concentración, en la clandestinidad casi toda tu vida, haz una autocrítica explicando que también has cometido errores. Ese reconocimiento te dará más credibilidad, no te quita méritos. Al contrario. Resulta más atractivo alguien con méritos que reconozca que en un momento dado estuvo abducido, que no veía nada más que lo que quería ver, que las posiciones estaban muy polarizadas. Se puede entender perfectamente que el ambiente de una época determinada te condicione.

El caso es que Felipe González con sus posiciones moderadas también sedujo a gran parte del exilio, que venía, detallas, «de vivir historias  truculentas».

La gente del exilio quería buscar la reconciliación. Estaba por la visión de Felipe de tratar de evitar por todos los medios otra guerra civil. Eso ha contado mucho en España y sigue contando. Una guerra civil es incomparable con ninguna otra, ni siquiera la Mundial. Te deja una huella tremenda. Los que la habían vivido iban con mucho cuidado. En razón de esto Felipe estaba obsesionado con el orden público, tenía pánico a que se reprodujeran las violencias de la II República, donde esta serie de problemas dieron un pretexto a los militares.

Esas lecciones aprendidas del pasado son recurrentes. En tu último libro, Cataluña, diez horas de independencia, explicas que la II República, a su vez, nunca barajó la posibilidad de establecer un Estado federal por la experiencia de la guerra cantonal de la I República.

Creo que la historia no se repite, pero sí se alimentan los mitos. Hay un proceso de acumulación de mitos, digamos. En la II República, la declaración de independencia de Companys del 6 de octubre de 1934 habla de la República Catalana dentro de la República Federal Española, que no existía. Él lo deja ahí como diciendo: no queremos romper del todo. Hay un catalanismo, pero también un vértigo a la ruptura. También queda claro esto en el 31, cuando Macià proclama la independencia de Cataluña dentro de una confederación de pueblos ibéricos. Siempre había un «dentro de». Pero claro, le fueron a ver tres ministros de la República, Marcelino Domingo, Fernández de los Ríos, Nicolau d´Olwer, dos catalanes y un andaluz, y le dicen que van a inaugurar un nuevo régimen en el que Cataluña iba a tener un encaje muy diferente al que tenía en la Corona, que por favor no les hiciera esa faena. Entonces Macià aceptó cambiar la independencia por la autonomía y la República asume el compromiso del Estatuto. He mirado en el archivo de las Cortes los debates sobre el Estatuto, sobre todo el cara a cara de Ortega y Gasset frente a Azaña, y los argumentos tienen una actualidad tremenda.

José García Abad para Jot Down 2

No faltan analogías con la situación actual.

Para empezar, decía Companys que al ganar las derechas se produce un proceso recentralizador. Igual que se ha dicho ahora. El Tribunal de Garantías Constitucionales de la República anuló una ley aprobada casi por unanimidad en el Parlamento catalán, la ley de cultivos. Ahora, lo que más ha alimentado las pasiones es que el Constitucional cepillara, como dijo Guerra, el Estatuto.

Hay coincidencias interesantes y también diferencias abismales. La España actual no es la del 34. Ya no hay tanta pobreza, hay un estado del bienestar, o del medioestar. Entonces Lerroux puso al Ejército a cañonear la Generalitat. Hoy el Ejército es distinto. Resultaría inconcebible algo así en la actualidad. Aunque este es un tema sensible para el Ejército y se le está sometiendo a una tensión tremenda. Por mandato constitucional le corresponde mantener la unidad de España. Puede haber un general que diga que esto no se está cumpliendo. Ya sabemos eso de que España antes roja que rota. Aunque el Ejército se ha civilizado mucho, valga la paradoja.

El caso es que Companys tampoco era independentista, como Mas. Reaccionó ante el ala más radical de su partido, de Esquerra Republicana, que tenía una milicia parafascista uniformada y armada denominada Estat Catalá, mandada por Josep Dencás que quería la independencia pura y dura y la Revolución. Companys tuvo que defenderse de que le acusaran de tibieza. Nada más salir del balcón de la Generalitat desde donde había declarado la independencia dijo a un correligionario : «A ver si ahora decís que no soy catalanista». Ahí tiene con Mas cierta similitud psicológica. Aunque Companys, cuando el fiscal del Tribunal de Garantías Constitucionales pidió para él y para los consellers veinte años de cárcel, se enzarzó con él y le dijo: «Usted quiere humillarme al no pedir par a mí la pena de muerte». Mas con las consecuencias legales de su referéndum dijo que no tenía madera de héroe ni de mártir. Franco le dio a Companys categoría histórica al fusilarle. Y, lo que son las cosas, a Artur Mas le llaman a declarar ante el juzgado justo el día en que fusilaron a Companys.

Dices que Companys prefiere rendirse ante el Ejército español que ante la revolución social que se estaba gestando en las calles de Barcelona. Eso recuerda a cuando Mas tuvo que entrar en helicóptero al Parlament e inmediatamente puso en marcha la maquinaria independentista. Unos dicen que para que no le pasase por encima, otros que para diluir las demandas sociales en el caldo nacionalista.

Exactamente. Lo que a la burguesía catalana más le aterraba era el anarquismo. Esos días había en toda España un intento de huelga general, que solo funcionó en Asturias, pero en Barcelona los sindicatos, particularmente la CNT, controlaban la calle. Además, había socialistas por ahí, trotskistas, los de Estat Catalá paseando con escopetas. Todo esto en realidad les asustaba más que el Ejército. No obstante, antes en estas reivindicaciones había un anclaje con España, aunque fuese de forma flácida. Ahora se pide la ruptura total. Esa es la gran diferencia.

Lo que me sorprende es que el catalanismo elude como mito la proclamación de Companys en 1934 y prefieren irse a 1714, cuando hay un enfrentamiento entre dos monarquías absolutistas. Un anclaje en una rebelión de algunos catalanes de entonces para buscar un precedente que está absolutamente fuera de lugar. No tiene mucho contenido, no es más que una guerra de sucesión. Pero aunque las situaciones cambian, los mitos permanecen. Engordan. Y al final tienen una fuerza tremenda en los imaginarios y los discursos de las distintas formaciones políticas. De modo que es inevitable que haya reacciones derivadas de la historia, como la de Felipe que mencionas o la de los que trajeron la República en el 31, porque la historia enseña; es evidente que los grandes conflictos enseñan.

Y así se llega a que en los mítines del PSOE de los setenta estuvieran proscritas las banderas republicanas.

En el primer congreso del PSOE en el interior, cuando todavía no estaba legalizado, solo tolerado, recuerdo a Alfonso Guerra con su equipo de vigilancia detrás de que no apareciera ni una sola bandera republicana. Pero fíjate, ahora en las manifestaciones cada vez se ven más. La represión siempre termina teniendo un efecto contrario al que se pretende.

Hay un congreso del PSOE en el que el líder socialista portugués Mario Soares le recomienda a Felipe que no se preocupe por las resoluciones, «que los papeles no sirven para nada».

Esto me recuerda a lo que decía Lenin. En un congreso del Partido Bolchevique estaba todo el mundo loco por los pasillos peleándose por las resoluciones, y dijo: «Discutid las resoluciones y dejadme a mí la nota de prensa». Guerra y Felipe, cuando tomaron casi al asalto el PSOE, es lo primero de lo que se apropiaron, de la secretaría de prensa. Ahí fueron muy listos. Conclusiones y ponencias, las que quieras, pero lo que importa es cómo se cuenta esto. Ahí fueron leninistas. Hay que tener en cuenta que se dieron cuenta muy pronto de que con esa mochila no iban a conseguir el poder. Se cargaron todo lo que veían tópico e impracticable y ampliaron el campo en el terreno ideológico. En esos congresos se llegó a aprobar el derecho de autodeterminación para las nacionalidades españolas. Felipe decía: «Con esto no voy a ninguna parte». Luego renunciaron al marxismo y todo lo demás. Y fue determinante cuando Suárez le ganó la segundas elecciones apelando a su radicalismo, diciendo que eran un partido sin Dios ni patria, y Felipe se revolvió y dijo: «A mí no me vuelven a ganar con mi programa».

Mencionas unas palabras de Heribert Barrera, líder de ERC en la Transición, durante la ponencia constitucional: «Pretender que España sea monárquica por agradecimiento me parece propio de una mentalidad arcaizante, me recuerda a las leyendas medievales del caballero que salvaba a la doncella del dragón y en recompensa obtenía su mano y su dote». Parece lúcido.

Es muy lúcido. Absolutamente. El núcleo central de franquismo no era la Falange, era el nacionalcatolicismo, con la Asociación de Propagandistas y después con el Opus Dei. Los falangistas cantaban aquello de que no querían «reyes idiotas» y proclamaban el Estado sindical, una república fascista, pero con ese toque «sindical», lo social siempre está presente en toda ultraderecha. Sin embargo, el resto de los franquistas decían que no, que continuase como fuera el régimen del 18 de julio, con un rey elegido por Franco y que le debía todo a Franco que, obviamente, continuaría todo lo andando por Franco. El matiz es que el rey se dio cuenta de que Franco se había muerto y de que por ese camino iba a durar cuatro días. Tonto no era. Y creo que reaccionó más por él y la monarquía que por convicciones firmes. De todas formas, su obligación era mantener la institución que representa.

En tu otro libro, La soledad del rey, la historia que relatas del pequeño timo que le mete el rey al sah de Persia en estas fechas es, cuando menos, curiosa.

Suárez en un viaje a Irán había visto que el sah tenía esculturas de oro macizo. Al contárselo a Juan Carlos cuando regresó, al rey se le ocurrió escribirle una carta al sah pidiéndole mil millones de pesetas, unos diez millones de dólares, para poder hacer frente a la amenaza del PSOE, que como hemos visto de radical no tenía gran cosa. El jefe de gabinete del sah les hizo notar que fuesen más discretos, pero sí que se lo envía y ese dinero se lo embolsa don Juan Carlos. Una pequeña muestra de picaresca real. Esta actitud yo la comparo con Lo que el viento se llevó, cuando Scarlett O´Hara dice eso de «Juro por Dios que nunca volveré a pasar hambre». Juan Carlos lo había pasado mal en el exilio y en cuanto pudo se puso a acumular dinero como un poseso.

Ya en la propia boda de Juan Carlos, que era Juan pero Franco decidió que se llamase Juan Carlos para que fuese primero, los banqueros pasaron la gorrilla para un regalo del orden de cien millones de pesetas de la época, en plan como dicen ahora los hijos: no me compres un regalo, dame el dinero. [Risas]

Manuel Prado y Colón de Carvajal, administrador privado del rey, se ocupó de pasar la gorrilla especialmente en el mundo árabe. Enviaba cartas pidiendo dinero en nombre del rey. Luego el jefe de la Casa, Sabino Fernández Campo, recibía cartas respondiendo a misivas de Juan Carlos que no habían pasado por sus manos. Cuando le preguntaba al monarca, este decía: «No te preocupes, son cosas de Manolo».

Consiguió un crédito sin intereses del rey de Arabia a devolver en diez años, pero lo invirtió tan mal que no pudo devolverlo y al final se lo perdonaron. Más grave fue lo de Kio. Cuando Husein fue desalojado del emirato, el Gobierno de Kuwait acusó ante los tribunales a Javier de la Rosa, representante del instituto de inversión kuwaití, de haberse quedado con millones de dólares que no tenían justificación. Javier de la Rosa se defendió asegurando que había entregado más de cien millones de dólares al rey de España a través de su administrador Manuel Prado con el fin de apoyar la causa de la monarquía kuwaití en el exilio tras la invasión del emirato por Sadam Husein.

Prado aseguró que los cien millones los recibió en labores de asesoramiento, para estudios y proyectos [risas]. De la Rosa y Colón de Carvajal fueron condenados, pero el juez no pudo investigar si el dinero había llegado a don Juan Carlos pues el rey, según la Constitución, es irresponsable. No puede ser juzgado. Lo cierto es que, después de estos hechos, Manuel Prado siguió contando con la amistad del monarca.

José García Abad para Jot Down 3

En tu libro sobre el expresidente Adolfo Suárez, Una tragedia griega, presentas a un político que viene del franquismo pero que, paradójicamente, al contrario que Felipe, hacia lo que se escora, peligrosamente para él, es hacia la izquierda.

Suárez a la banca la llama «la madrastra». Y era recíproco, el poder económico desconfiaba de él porque lo consideraba imprevisible, que es lo peor que te pueden considerar los empresarios. Ahora, por ejemplo, están encantados con Rajoy porque, si algo es, es previsible. La incertidumbre los pone muy nerviosos a los empresarios. De hecho, la CEOE se dejó mucho dinero intentando cargarse a Suárez. La nacionalización de la banca, ningún partido de izquierdas se hubiera atrevido a llevarla a cabo, pero Suárez estuvo mucho tiempo dándole vueltas. Él tenía cierto síndrome de que, como había sido secretario general del Movimiento, temía que se le considerase un derechista, quería hacer notar que él en realidad era progre y que le hubiera gustado ser Felipe González, con el que tenía cierto complejo.

Cuando se constituyó el Congreso, Suárez pidió estar en el ala izquierda y le tuvieron que decir que ni hablar. Tenía un síndrome de cierto izquierdismo cristiano pero muy radical frente a los grandes poderes. Entre otras cosas porque era de una familia muy humilde y su padre tuvo problemas con el franquismo, había sido un republicano de Sánchez Albornoz, un republicano ilustrado, y su familia pasó penurias tremendas. Suárez fue maletero en una estación, vendió neveras, se tuvo que buscar la vida y hacer la carrera por libre. Este tipo de condicionamiento de clase creo que fue muy importante y jugó un papel en su visión. Se consideraba un chusquero de la política, todos sus compañeros tenían muchos libros y doctorados, él solo hizo unas oposiciones pequeñas y le despreciaban.

Ahora es un icono de la democracia.

Al final se ha terminado reivindicando su figura, pero muy tarde, tengo que presumir de que yo escribí este libro cuando todavía no se había desatado esta pasión tardía por Suárez. Creo que fue un presidente capaz de salvarte cuando estás al borde del precipicio, pero en situación de normalidad, gobernando el día a día, le patinaba el embrague. Para llevar el país a una democracia normal, homologable, hacía falta valor, incluso valor físico, y Suárez lo tuvo. La gente del entorno del rey, Fernández-Miranda, Fraga o Areilza, todavía esperaba una transformación paulatina del régimen. Una Constitución nueva, con todos los partidos políticos, eso Suárez lo hizo a contrapelo, a veces del propio rey, que siempre le decía: «Oye, a ver si nos equivocamos y nos pasamos».

Carrillo me dijo una vez: «Con lo que el rey me ha dicho a mí de Suárez, qué no le habrá dicho a Miláns del Bosch». Con los militares lo ponía a parir. Fue muy imprudente ganándoselos con frases en plan «si yo soy el primero que está con vosotros». Él provocó, alimentó y cortó el golpe. Como en la historia lo que cuentan son los hechos, pues ha quedado que lo abortó. Pero el papel fundamental fue de Sabino, que fue quien llamó uno por uno a los militares, en el orden que era preciso, para pararlo. Y mientras lo hacía, Juan Carlos le decía: «Sabino, a ver si nos estamos equivocando». Dudaba qué hacer. Y Suárez ya había avisado de que veía venir el peligro.

En su despacho tenía fotos de todos los presidentes de España asesinados. Pensaba que se lo iban a cargar. Pero no se anduvo con paños calientes, actuó con esa arrogancia democrática, chulería, como cuando le dijo a Tejero: «¡Cuádrese ante su presidente!». Un valor que tampoco le faltó ante el rey, porque hay dos Suárez, el que es elegido por el monarca y el que es elegido por los ciudadanos. Ese creo que fue su gran mérito, el valor. Porque hasta su propia gente le consideraba un traidor. Cuando estaba en misa y se daban la paz, los que estaban al lado se negaban a darle la mano.

Los golpistas, cuentas, utilizaron la infraestructura del Banco Santander y del Banco de Bilbao.

Quiso dejar muy claro que él no era como la derecha del franquismo, que no iba a defender los intereses de los poderosos, y tomó muchas medidas que iban en contra de la gran banca española. Una vez, el padre de Botín fue a verle a la Moncloa. Estuvieron sentados departiendo y de vez en cuando Suárez tenía que excusarse para atender alguna llamada telefónica. En una de estas salidas, Botín padre apoyó la pierna en la mesita. Al volver Suárez y verle, le gritó: «¡Quite inmediatamente ese pie de mi mesa!». Cuando luego su ayudante le explicó que el señor Botín padecía de gota, contestó «ni gota ni pollas».

Cuentas también que a Felipe González Gutiérrez Mellado le pidió después de desarticular la Operación Galaxia que no abriera heridas sacando el tema de la Guerra Civil.

En aquella época seguía contando. Era un asunto tabú en cierta manera, algo muy delicado. Hay que entender que la Constitución del 78 fue una especie de acuerdo de paz, un abrazo de Vergara. Felipe fue muy consciente de eso. Se dijo, vamos a lo nuestro, a modernizar este país y olvidemos esas diferencias ideológicas que a nada conducen. No mentemos la bicha porque las pasiones son tremendas. Y lo siguen siendo, mira lo que pasó cuando Zapatero habló de la memoria histórica y ahí sigue la gente en las cunetas. Es muy fuerte.

A Felipe se le pasó por delante el 50 aniversario del inicio de la guerra y el 50 del final y en ninguna de las dos oportunidades hizo absolutamente nada.

Durante este periodo yo fui a la Moncloa habitualmente junto a María Antonia Iglesias, Enric Sopena y José Luis Martínez a departir con el presidente de lo divino y lo humano. En cierta manera, a Felipe le interesaba saber a través de nosotros cómo estaba la situación, pero la verdad es que luego no dejaba hablar a nadie [risas]. Y como dijeras algo que le molestara un poco se acababa la conversación. Pues en esas charletas, admitía que había que hacer algo con la Guerra Civil. Concretamente, reconocía dos tareas pendientes. Una, poner las cosas en claro sobre la rebelión de Franco y homenajear a las víctimas de la guerra y la dictadura. Y otra, la Iglesia. Dejar clara su complicidad con el franquismo, ajustarle las cuentas y avanzar hacia un Estado laico de verdad. Decía que ambas cosas las tenía pendientes.

Pero gobernó sin pisar ningún callo.

Porque tenía la simpatía de mucha gente de derechas. Le encantaba recibir a empresarios y salían de su despacho felices, pensando que era uno de los suyos. Era un encantador de serpientes, como se dice, con ansiedad de apoyo universal. A la izquierda, al centro y a la derecha. Quería ser el gran patriota que sacaba el país adelante.

Me suena a Podemos.

En cierta manera sí, es eso. Podemos habla de un proceso de regeneración en el que entra la derecha y la izquierda, porque no somos ni una cosa ni otra, algo que por cierto también decía José Antonio Primo de Rivera, y que te lleva al populismo a una velocidad… También lo pretende Marine Le Pen una vez que ha echado a su padre del partido. Lo cierto es que Pablo Iglesias me parece un tipo inteligente, se da cuenta de que con su programa básico nunca llegará y va a buscar todo lo que puede ser aceptado de entrada, esto es, todo el mundo está en contra de la corrupción, todos queremos un sistema electoral más democrático, a nadie le gustan los vicios en los que han caído los partidos que parecen asociaciones de auxilio mutuo. Pero ha sido dar ese paso y empezar a tener contradicciones internas fuertes. La gente que se movilizó en Sol, los del «no nos representan», creen que para esos planteamientos no han hecho la guerra, que se están convirtiendo en algo como los demás. Lo están reflejando las encuestas, aunque tampoco era muy normal que hubiera tanta gente de extrema derecha dispuesta a votarles. Cuando uno trata de unificar o de unir cosas difíciles de soldar siempre hay problemas, si te vistes de una cosa que no es, la gente detecta la impostura.

Nada nuevo bajo el sol.

Hay pocas cosas nuevas, coño. Desde la democracia que inventaron los griegos ha habido ya muchos inventos. Eso de descubrir la fórmula de que todo el pueblo unido se ponga en una misma tarea, pues no es tan fácil.

José García Abad para Jot Down 4

Esos empresarios que iban a ver a González… pasado el tiempo han cambiado los presidentes, pero siguen siendo los mismos empresarios los que van a Moncloa.

El poder económico es un bloque, los cabezas de las grandes empresas, la plutocracia, son los mismos. Ha habido pequeñas bajas y casi siempre es la muerte la causa de sucesión en las empresas. Entre otras cosas, porque no dimite ni dios. La cantidad de gente por encima de setenta años es altísima. Botín en su día, Villar Mir que debe tener noventa… Las empresas españolas son monarquías absolutas. El presidente busca a los consejeros con el único fin de perpetuarse fácilmente. En una empresa se puede exigir cierta unidad de gestión, pero es necesario que el consejo de administración exija cierto control. Esto es una asignatura pendiente de nuestro mundo empresarial.

¿Y en la prensa?

La autocensura. La hay en el interior de cada medio porque tienen sus personajes intocables, asuntos que más vale no tocar. Desde el 78, periodista que llegaba a una empresa, si quería salvar su promoción, lo primero que tenía que saber eran los códigos de la empresa. Qué personas eran intocables y de qué temas no se podía hablar o no se podía abordarlos por los intereses económicos de su grupo. Además, desde un consenso de que perro no come perro y de que más vale no criticar a la competencia porque todos tenían algo que ocultar. Por todo esto, uno de los factores para la consolidación democrática, como es la prensa libre, ha cojeado.

En Las mil caras de Felipe González destaca la extensa entrevista que le hiciste a Barrionuevo sobre el GAL, en las contradicciones que pone de manifiesto están todas las claves.

Se quejaba de que le pasó como cuando Moisés abrió las aguas del mar Rojo y, nada más pasar él, se cerraron. Hizo un papel, y me decía que nunca lo hubiera desempeñado sin haberlo hablado con Felipe. Esto es evidente. Trató de salvarse tirándole a los caballos y estaba muy jodido.

La guerra sucia contra ETA surgió en los estertores del franquismo para vengar el asesinato de Carrero, explicas.

Y la prensa nunca le dio importancia. Incluso, cada vez que había un atentado de ETA la prensa casi animaba a la guerra sucia. El ambiente era que había que acabar con ellos antes de que ETA acabara con la democracia, porque ese peligro existía.

Barrionuevo dice que había muchos grupos terroristas cuando llega el PSOE al poder, que los GAL eran solo unos más, pero desliza «y ocurría en Francia y en algunos casos nos resolvía problemas».

Es verdad que luego Felipe proclama aquello de que ellos acabaron con ello, pero lo mantuvieron unos añitos. Pero lo fundamental de esta entrevista es que me reconocen que Felipe no se enteraba por la prensa de estos asuntos.

Le insistes: «No se acaba con algo si no se tiene constancia de que ahí estaba» (en el Ministerio).

Belloch le dijo a Felipe que podía salvarlo, pero que en el lance tenían que perecer otros personajes. Y Felipe compró. Esta es la misma idea que tenía al incorporar a Garzón a su candidatura. Pero ahí se juntó la ambición frustrada de Garzón de luego no ser ministro con que, como decía Guerra, tampoco le dieron un par de helicópteros para que montara películas de acción como secretario de Estado contra la droga. Siente que no tiene todo el protagonismo que González le había prometido o, al menos, que Felipe no le presta atención. Pero Felipe ya ni recibía a los ministros, para verle había que pedir audiencia poco menos. Los nombraba porque tenía que hacerlo, pero ya iba completamente por libre a esas alturas.

Garzón salió rebotado y al volver a su despacho lo primero que sacó del cajón fue el caso GAL, lo cual también es un poco fuerte. Cuando escribí este libro, Felipe, según me dicen, se quedó sorprendido de que un amigo suyo entrara al detalle en lo del GAL, especialmente eso le molestó mucho. A mí ahora también me ha decepcionado un poco. Fue presidente del Gobierno con un partido de izquierda y no veo bien que ahora solo se codee con millonarios. Al final uno termina pensando como vive, como dicen. No digo que tenga que pasarse todos los días con la UGT, pero sí le critico que debería tener cierta responsabilidad por lo que representa. Pero a Felipe siempre le gustó ese ambiente, el aroma de los ricos siempre le sedujo.

Años después, tomó el poder Zapatero, otro que utilizó como ascensor en el partido la secretaría de prensa, que estaba en manos de Rubalcaba.

Esto por un lado, por el otro que, cuando se empezó a gestar aquello de la Nueva Vía, él le fue filtrando a los periodistas que él era el líder del movimiento, cuando no estaba decidido ni mucho menos. Tuvo dotes de seducción con los periodistas. Se lo decía en plan confidencia: «no lo digáis, ¿eh?, pero venga, va, soy yo». Gracias a eso consiguió luego postularse para secretario general, porque logró que se publicase en la prensa que él era la alternativa y al final de tanto decirse se convirtió en un hecho consumado.

Esto de Nueva Vía tampoco parecía muy sólido, primero que, cuando Blair invade Irak, lo tuvieron que meter corriendo en un cajón. Y luego, en El hundimiento socialista escribes que Jordi Sevilla le dijo a Jesús Caldera, cuando este buscaba una doctrina con la que estructurar la corriente, «Eso no es lo prioritario Jesús, las ideas vendrán luego, ya lo verás, hay gente en la universidad muy lista, lo que hay es un vacío de poder de la hostia en el partido y hay que decidir si lo queremos coger o no».

Me lo contó uno de los próximos de Zapatero, que fue ministro, pero más no te puedo contar. Tiene nombres y apellidos, pero me dijo que no los pusiera. Tenerlo, lo tengo grabado. Y sí, de esto venía Zapatero. Algo muy típico, una especie de pragmatismo al que ya directamente le dan igual las ideas. El poder por el poder. Poner el carro antes que los bueyes. Primero a coger el poder y luego a ver qué hacemos con él. Es una degeneración democrática tremenda en la que incurren todos los partidos.

En el congreso en el que también se postuló Rosa Díez comentas que tampoco ella iba muy sobrada de doctrina, que tras su intervención a los compromisarios «lo único que les había quedado claro era que se llevaba muy bien con su hijo».

Es verdad, me quedé asombrado. Ella es lista y tiene mucho peligro, pero apareció con un discurso rarito, de la juventud y tal, diciendo lo bien que se llevaba con su hijo. Quizá quería dar a entender que no era mayor para tomar el relevo, pero era una cosa tan flácida que daba vergüenza que se pudiera hacer política con esos mensajes. Vergüenza ajena y vergüenza propia.

Te quejas de que con Zapatero solo prosperan en el partido los fabricantes de frases. Aquí, una antología: «Nadie tiene los planos del paraíso», «no hay que buscar una solución verdadera, las fronteras difusas permiten un alto grado de contrabando de ideas», «no estar más al centro o más a la izquierda sino más adelante, debemos reivindicar la fuerza de la cultura frente a la cultura de la fuerza», «una cultura que saque a las persona del vasallaje pero que no avasalle»…

Zapatero funcionó con estas frases y con gestos espectaculares, como poner a una mujer embarazada como ministra de Defensa o promocionar a Madina porque ETA le había herido. Recuerdo especialmente un día durante el debate de los Presupuestos. Resulta que Miguel de la Quadra-Salcedo tenía un programa financiado por el BBVA en el que se premiaba a unos niños con excursiones a lugares que tenían que ver con la historia de España. Los del programa pidieron ver a Zapateo con los críos y les dieron un viernes, cuando había Consejo de Ministros. La persona que los llevaba pensaba que se habían debido de equivocar, pero fue hasta ahí y les tenían montado un puesto con Coca-cola y Fanta. Cuando se estaba discutiendo lo más gordo de los Presupuestos, Zapatero salió de la reunión a hacerse un montón de fotos. Le dijeron: «Pero ¿cómo haces esto?», y contestó: «No os preocupéis, esto ya no es lo que era, desde que nos han puesto límite de gasto da igual y va un poco más o un poco menos para cada cosa». Una frivolidad increíble. Y así se ha quedado el partido.

José García Abad para Jot Down 6

Hablas de que ha entrado en una dinámica de entropía.

Es una ley que se aplica a la economía pero que funciona en los partidos, la de rendimientos decrecientes. Es decir, cuando sube el más mediocre, el que genera menos resistencias o envidias, el que no es un peligro para muchos, el que es capaz de pasar como un camaleón. Un triunfo de la mediocridad y el cálculo mezquino. La gente con personalidad, la que puede enfrentarse a una línea oficial, la que actúa de una forma coherente con sus ideas, está considerada un peligro en los partidos. Se ha producido un deterioro tremendo.

Zapatero era un dirigente, digamos, limitado, pero con ambiciones mesiánicas. El tío no era ningún genio, pero se movió bien en León, con mucha audacia y, sin embargo, en lugar de aceptar sus limitaciones, pasó a pensar que era el mesías. Este cóctel de insuficiencia y una opinión tan elevada de sí mismo siempre lleva al desastre. Ocurrió como con Felipe González, que le daban igual los ministros porque consideraba que él era el único personaje relevante, pero aquí fue peor. Felipe con la ejecutiva de su partido tenía unas trifulcas tremendas, mucha pasión, pero con Zapatero duraban lo mínimo para guardar la compostura. No se apoyó ni en los órganos del Gobierno ni en los del partido, sino en una camarilla de amiguetes, Javier de Paz, el hombre que hacía de enlace con los empresarios que querían algo, Miguel Barroso, Miguel Sebastián… Prefería tener una camarilla de gente de adhesión inquebrantable, aplauso y halago, antes que el Gobierno o el partido, por eso funcionaba a veces a base de ocurrencias.

En su programa de 2004 llevaba promesas serias de cambiar la estructura económica de este país, como una reforma fiscal que nunca se llevó a cabo.

Su Gobierno tuvo dos vertientes económicas, la de Solbes y la de Sebastián, un liberal reconvertido del que Zapatero estaba enamorado. Le fascinaba. Y era un tío brillante, pero también limitado. Es profesor, pero no catedrático. Muy capaz, pero no un genio. Recuerdo que formaba parte de un grupo de sabios que tenemos en El Nuevo Lunes para comentar la actualidad, y cada vez que nos juntábamos Zapatero le llamaba dos o tres veces. Tuvo una influencia enorme. Pero Sebastián no era un hombre de gran compromiso político ni social. Llegó al PSOE por cierto oportunismo. Le habían echado del BBVA por algunas críticas que hizo al Gobierno del PP como director del servicio de estudios. Rato pidió su cabeza y se la dieron. En su situación, le vino muy bien ligarse al destino de Zapatero. Solbes, en cambio, estaba en las antípodas. Seguía la línea liberal de Solchaga, pero era como un gran funcionario y tampoco quería grandes cambios en la política fiscal.

Ni siquiera Zapatero pareció mostrar un gran interés. Cuando hizo el decreto de desgravación de los cuatrocientos euros a todo el mundo, desde Botín hasta su jardinero, iba contra todos los principios de la socialdemocracia. Volvemos a eso de Felipe de tratar de lograr que todo el mundo te quiera, pero con otro fundamento. Eso te da idea de su verdadera mentalidad. Tampoco tocó las sicav, que son una cosa escandalosa, dio también el cheque bebé para todos. Tenía una actitud como si no hubiera clases sociales, ni guerra de clases. Efectivamente, en el terreno fiscal esto se manifestó claramente.

Botín le dijo, revelas: «Tú eres el gran presidente que necesitábamos, ¿para qué quieres un ministro de Economía?».

Se lo dijo delante de mí. Fue en una copa de Fin de Año en la Moncloa. Me confesó el propio Botín que se lo había soltado. Así que esto lo cuento de primera mano. Se lo dijo a Zapatero, pero antes le habría dicho algo similar a Aznar.

Pero a lo que voy es a que Botín le acarició el lomo y luego su reforma laboral fue la antesala de la actual, le metió un palo a la negociación colectiva… no sé si tendrán relación ambas cosas…

Ese tipo de decisiones son las que han machacado al partido. Cambiar la Constitución por la vía rápida también. Por mucho miedo al rescate que se tuviera, una política tan radical y antisocial debía estar precedida de una convocatoria de elecciones. Eso era lo decente.

Al final de El hundimiento socialista hablas con Barranco y te confiesa que las capas urbanas abandonaron al PSOE ya en 1986, que se han convertido en un partido de implantación rural.

El PSOE todavía tiene el problema de las grandes ciudades, donde se supone que un partido progresista más apoyo tiene que tener, donde está la gente con más formación y más sofisticada. Y ya hemos visto en Madrid los resultados que han obtenido. En Andalucía todos los Ayuntamientos de las grandes ciudades eran del PP hasta hace poco. El PSOE se ha salvado por un voto que no voy a decir que sea rural, pero casi. Convertir un partido progresista con vocación de Gobierno nacional en un partido rural, o en un partido para Andalucía, tiene mucho mérito. Con eso no se va a ningún lado. Encima se ve que, en las encuestas, los votos que pierde Podemos se los está llevando Ciudadanos. Se decepcionan con la alternativa de Pablo Iglesias, pero esos votos no vuelven a la casa del padre. Ya hay encuestas que les dan como tercera fuerza.

¿Cómo ves a Pedro Sánchez?

Como el partido tiene tanta necesidad de resucitar de entre los muertos creo que hay un gran consenso entre los parroquianos. Sánchez da los mínimos para recuperarse, ha conseguido el apoyo de la militancia y se ha ganado la vida fuera del partido. Zapatero fuera del PSOE no ganó un solo euro en toda su vida, una situación que te condiciona mucho. Por eso Pedro me parece que tiene más condiciones, es menos frívolo, pero tengo mis dudas sobre su consistencia. No existen aún razones objetivas para decir que ha metido la pata, pero me parece zapateril eso de meter de número 6 en las listas a la exmilitar Zaida Cantera. O lo de Irene Lozano. Me recuerda a Felipe con Garzón, para probar que han cambiado meten a la chica que les ha machacado.

Pero todo esto me lo explico porque creo que Sánchez no ha podido elegir a su gente. El PSOE es un partido muy complicado donde mandan los barones, él tiene un pequeño margen y ha querido demostrar que mandaba más de lo que manda, aunque fuesen medidas criticadas, pero como su autoridad está en entredicho… Aunque aún no tengo elementos de juicio, no es como con Zapatero, que antes de que llegase mi revista fue muy crítica con él por todos los detalles que ya había dejado que indicaban que no era un líder sólido. No puedo decir lo mismo de Sánchez ni ponerme a criticarlo porque sea guapo [risas].

José García Abad para Jot Down

En 2005, el diputado balear Antoni Diéguez denuncia irregularidades de la empresa de Iñaki Urdangarin. Solo tu revista, El Siglo, siguió el caso y le disteis varias portadas.

Fuimos los primeros que lo dimos y los únicos. Ahí se ve el consenso que había entre los medios a la hora de informar sobre los asuntos reales. Cuando saqué la primera portada del yernísimo, me llamó el propio Urdangarin y tuve con él una conversación demencial. Me dijo que la gente no podía entender que él pudiera organizarse su vida profesional al margen de que fuese parte de la familia real. «Yo es que me voy a hacer republicano», me dijo. Yo le contesté que si había algo que no fuese cierto, se rectificaba. Y respondió: «Si es que no es eso, es el enfoque principal».

Luego hicieron que me llamase un ministro del PSOE, suponiendo Urdangarin que yo era del PSOE, cosa que no es cierta, estoy en una izquierda moderada pero nunca he tenido ningún carné. El ministro me pidió si no se podía cambiar alguna cosa, pero él mismo ya le había advertido a Urdangarin de que yo iba por libre y que no se podía hacer idea de qué manera, que ya les había dado bastantes disgustos a ellos.

Cuando explotó el tema judicialmente, ya salió en todos los medios. En la Sexta y en Telecinco entrevistaron a Inmaculada Sánchez, la directora de la revista, yo soy el editor, pero es una vergüenza que los periodistas no hicieran su trabajo. Porque esto no es atacar al jefe del Estado, es informar. Deberíamos hacer una petición de perdón colectiva por nuestra connivencia con el rey y sus asuntos impresentables.

Esta ley del silencio supuso además que con los años el rey se cortase menos e hiciera estas cosas con más descaro. Todo esto lo decía Aznar, que le dijo a alguien «yo sé lo que sé y él sabe que lo sé». Rajoy, pues igual. Además, todos han reconocido que leían mis libros, aunque más bien sería por amabilidad [risas]. Pero no, mi revista sí que la han recibido en todos los gabinetes de prensa y ha habido un silencio, una complicidad con unos manejos. Pensaban que esto iba a durar eternamente y nunca se llegaría a saber, pero eso es imposible.

Hombre, el rey sabía devolver los favores, ¿no?

Sí, a Felipe González le encargó que influyera en Grecia para que la familia de la reina pudiera recuperar sus propiedades. El presidente envió para allá a Julio Feo y algo consiguió. Luego el rey en un discurso de Navidad pidió moderación a la prensa cuando peor lo estaban pasando los socialistas. Felipe y el rey tuvieron muy buena relación. Había química. A los dos les gustaban los mismos chistes chabacanos, se entendían muy bien. Con Aznar no, el rey decía en público textualmente: «A mí ese del bigote…». Y Felipe también se lleva muy bien con el hijo, con el otro Felipe. Con lo de Eva Sannum y lo de Letizia, Juan Carlos quiso que mediara para que hiciera entrar en razón a su hijo, pero González dijo: «Una persona que está en condiciones de reinar, también lo está para elegir a su mujer». Hay que tener claro también que sin Felipe no habría habido monarquía. Una monarquía de derechas es imposible. Alfonso XIII nunca recibió a Pablo Iglesias ni a los socialistas, hizo una monarquía de derechas y así le fue.

Felipe quiso el primer día poner orden en los regalos que se recibían y no pudo.

Me lo dijo un ministro, tampoco voy a decir quién. Se le dijo a Juan Carlos, que se iba a hacer una norma para regular los regalos que recibían el presidente y él, y el rey gritó: «Ni hablar, ¡encima de que estoy todo el día pringando!».

Cuando publicaste La soledad del rey, ¿qué te dijo?

Apeló al hecho de que saqué lo de la novia, Marta Gayá, con la que estuvo dieciocho años. Yo no quería meterme en cotilleos de estos, pero en la medida en que esta Marta consiguió que se cesase al secretario general de la Casa Real, para mí es noticia. José Luis de Vilallonga estaba introduciendo a Marta en cierta sociedad mallorquina. Era un grupo restringido, pero le daba cuartelillo y presencia. El secretario general lo criticó, le dijo que tuviera más cuidado y cuando ella se enteró le pidió que lo cesara. Si una cosa de amores tiene relevancia hay que contarla, porque si no es imposible explicar los hechos. A mí me entró por ese lado. Me dijo que todo lo que decía el libro lo aguantaba, que tenía las espaldas anchas, pero que la reina estaba desolada. Yo no quería romper un matrimonio, pero también el rey es rey todos los minutos del día, no es un funcionario con un horario determinado. Tiene que dar ejemplo. Y eso de que Sofía le tuviera que preguntar a Sabino si era normal que el rey tuviera que ir al dentista a las cuatro de la mañana…

En tu siguiente libro, El rey y su hijo, planteas que la institución tiene anacronismos irresolubles en estos tiempos. Como la imposibilidad de tasar el tráfico de influencias, que un yerno sin formación termine en consejos de administración, la publicidad que hacen las gafas que llevan, etc.

Es que patrocinaban hasta el carrito del bebé, el coche, el equipo para navegar, todo tenía un fin crematístico. Ahora ha cambiado mucho, también es verdad, pero eso de que el rey recibe un dinero del que dispone libremente lo interpreta como que no tiene que dar cuentas y esto no es así. Eso no pasa en ninguna monarquía europea. El auditor de las cuentas solo daba el informe al propio rey, no pasa ni por el Congreso ni por el Tribunal de Cuentas. Recibir regalos gordos, coches de lujo, las motazas de Juan Carlos… ningún monarca europeo puede aceptar eso.

Relatas un episodio en el que Marichalar hace que un avión tenga que aterrizar de emergencia por «una indisposición» y que el rey dijo: «Le metería cuatro tiros. ¿He dicho cuatro tiros? No, quería decir seis».

Estaba muy encabronado, pero luego el que era peor era el otro yerno. Marichalar, al no haber régimen de incompatibilidades, se ha colado en tantas cúpulas empresariales… Tampoco lo hay en Inglaterra, pero la reina decide. Y en teoría aquí también, pero como estas cosas las hacía el rey mismo, no tenía autoridad moral para impedirlo. Aquí podría ocurrir que Felipe pusiera un puticlub en la carretera de Extremadura. Ninguna ley lo impide. Y sin una ley es imposible evitar que la gente sepa que estás en la familia real, de modo que el tráfico de influencias está servido y casi sin que nadie lo exprese. Urdangarin pedía un dinero a distintas empresas para la organización de eventos o como asesoramiento, pero es que, además, cuando empezó con el negocio fue el propio rey el que hizo las primeras llamadas a los grandes empresarios en favor de su yerno. Sí que han actuado inteligentemente dejando la familia real solo en el núcleo duro: rey, reina e hijos. Antes era mucho más amplia y se ha dejado lo meramente institucional porque hay mucho Borbón por ahí y cualquiera te puede meter en un brete. Lo bueno que podemos decir del actual rey, de Felipe, es que no se le conocen golfadas de esta clase.

Lo del elefante también marcó un antes y un después.

Afortunadamente, las últimas tropelías del rey Juan Carlos generaron cierta reacción en la gente de que por ese camino no íbamos a ninguna parte y la autocensura ha ido desapareciendo con mucha lentitud. Aquel día, con lo del elefante, Juan Carlos le hizo un gran servicio al país porque consiguió que la prensa entendiera que la monarquía no era un apartado para la sección de corazón o sociedad, sino algo político. Por fin se llegó a plantear un debate sobre la conveniencia de la monarquía o si se puede aceptar que sea hereditaria. En términos puramente políticos.

Me parece muy relevante el detalle que recogiste en El rey y su hijo de que Juan Carlos se empeñara en que Felipe hiciera la carrera militar. En su proclamación, de hecho, lo primero que ocurrió en la Zarzuela fue que su padre le hizo entrega del fajín rojo de capitán general de las Fuerzas Armadas. Él luego se vistió de militar, un uniforme que tiene un significado que lo siga llevando el jefe del Estado.

Los socialistas le dijeron a Juan Carlos en su momento que no les parecía bien que el príncipe Felipe hiciera la carrera militar, que en estos tiempos era más apropiado un futuro rey que fuese civil. Pero Juan Carlos dijo que no, que de ninguna manera. Primero, que había que meterle en el Ejército cuanto antes, no se le fuesen a quitar las ganas, y segundo, que eso era esencial para la defensa de la democracia. Se trata de flecos, ni más ni menos, de que todavía no estamos en plena normalidad; son flecos del franquismo. En España todavía hay un sustrato franquista, un franquismo sociológico, autoritario, considerable. Y tiene una base importante de ciudadanos. Todavía hay reflejos franquistas en cantidad de cosas. Y esa es la percepción que tenía el rey cuando insistió tanto en querer ponerle un uniforme militar a su hijo para que reinase.

José García Abad para Jot Down 7

Fotografía: Lupe de la Vallina


La brigada de los toreros de la Guerra Civil

Este verano me han regalado algunos libros de Chaves Nogales y tengo que decir que me lo he pasado pipa leyéndolos de una sentada cada uno. Aunque en La defensa de Madrid me llamó bastante la atención que Durruti muriera en primera línea de forma heroica. Sabemos que lo hizo en la retaguardia y de un disparo a bocajarro. En su momento las circunstancias de su asesinato se ocultaron e imagino que el periodista sevillano echó mano de las fuentes oficiales para su relato.

También hay cierta controversia con el tiempo que Chaves Nogales permaneció en Madrid durante su defensa, si escapó para volver o marcharse definitivamente. En el prólogo de A sangre y fuego dice que se fue a Valencia cuando el Gobierno decidió huir de la capital, de modo que esos primeros días de heroísmo del pueblo de Madrid se los tuvo que perder. Si vino después, no lo sabemos. Pero ahí quedan sus descripciones del atuendo de los soldados republicanos cuando empezó a apretar el frío en noviembre.

Casi todos los que han sido llevados precipitadamente a las trincheras carecen de mantas. Se abrigan con periódicos. La prensa revolucionaria que para inflamar su espíritu se les lleva a grandes cantidades les sirve para abrigarse con ella. Envueltos en unos cuantos periódicos que se sujetan al pecho y a la espalda con cuerdas, que les dan el aspecto de paquetes de andrajos, estos soldados, los más miserables del mundo, llevan ya tres días batiéndose sin descanso día y noche.

Con ese vestuario, y como dice páginas más adelante, con toallas anudadas al cuello como bufandas, no me quiero ni imaginar qué se le cruzaba por la mente a los marroquíes de Franco que venían a «salvar la civilización». Porque el ejército de Pancho Villa que rechazó a los fascistas en Madrid era para ponerle un marco a tenor de estas descripciones.

Además, en otro apartado, Chaves Nogales habla del batallón de «los Fígaros», que eran barberos y peluqueros, o «los Leones Rojos», dependientes de comercio. Hasta sabemos rescató su recuerdo hace un año el Marca—, que hubo un «Batallón Deportivo» formado por «futbolistas, boxeadores y árbitros», con sede en las oficinas del Madrid CF, el actual Real Madrid. Pero los que nos ocupan hoy son otros profesionales. Según dice Chaves Nogales:

Hasta los toreros han formado su unidad de combate.

Estaba leyendo con la mosca detrás de la oreja por los motivos citados, pero aquí dije: esto era cierto. Al menos así lo documenta un trabajo de Javier Pérez Gómez que un servidor encontró no hace mucho en la Cuesta Moyano de Madrid: La brigada de los toreros, historia de la 96 Brigada Mixta del Ejército Popular. Libro que desempolvamos en esta entrega de Busco en la basura algo mejor. Esta unidad estuvo mandada por tres matadores de toros, el Litri II, jefe de la brigada, Fortuna Chico, comandante de un batallón, y Parrita, capitán de una compañía, entre otros profesionales de la tauromaquia.

Lo curioso del caso es que, según cuenta el autor, no había primeras figuras entre los defensores de la causa republicana. La mayoría eran subalternos y novilleros a los que les costaba llegar a fin de mes. Un ejemplo paradójico de todo esto es la famosa corrida que se celebró en Madrid en favor de la República el dieciséis de agosto de 1936. De este festejo salió la famosa foto de Antonio García Bustamante «Maravilla», Cayetano Ordóñez «Niño de la Palma», Juan Rodríguez Ortega «Cagancho», Luis Gómez «Estudiante» y Félix Colomo dando el paseillo con el puño levantado. Una imagen histórica.

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Revista Mundo Gráfico, miércoles veintisés de agosto de 1936.

Pues bien, de ese cartel, «Maravilla», «Cagancho» y «el Estudiante» se pasaron a la zona nacional. La explicación, bastante coherente, es que muchos de los figuras también eran terratenientes y, en algunos casos, como el de Marcial Lalanda, habían matado a su hermano y le había confiscado las ganaderías. Esto, llevarse los toros de los cortijos a punta de fusil, fue bastante habitual y controvertido hasta para los propios republicanos. Atiendan al titular de la foto de la corrida por la República. Se hacía un llamamiento para que no se matase a los toros en los cortijos, espacios preferidos del descontrol revolucionario, para mantener viva la «fiesta» durante le conflicto:

Un solo cuidado inquieta ahora a los toreros: que puedan faltar toros de lidia. Y para evitarlo, quieren hacer un ruego a cuantos hoy luchan al lado del pueblo por campos y serranías. Que no se maten, por razones de abastecimientos, toros bravos en cortijos y cercados. La carne es la misma y será para el pueblo; pero de que un toro bravo muera en el campo de un tiro a que se le mate, después de lidiarlo, en una plaza, hay una diferencia de muchos miles de pesetas a beneficio del pueblo. (Mundo Gráfico, 1936)

Pero estos eran los figuras. Mientras ellos hacían el paseíllo con el puño el alto y la mente pensando en llegar a la zona nacionalista cuanto antes, la Asociación de Matadores de Toros y Novillos pidió oficialmente armas a la Agrupación Socialista de la calle Piamonte y promovió el alistamiento de sus miembros. Lo que venía a ser el sindicato profesional de todos los trabajadores de la tauromaquia, se alineaba decididamente del lado de la República. Rápidamente las milicias formadas partieron al frente de Guadarrama encabezados por Luis Prados «Litri II», quien en calidad de secretario de la asociación, fue situado al mando de la unidad.

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En el proceso «por rebeldía» al que fueron sometidos los toreros de las Milicias Taurinas después de la guerra se defendieron argumentando que fueron voluntarios «para intentar borrar sospechas de derechismo». Sea como fuere, guerrearon con entrega y habilidad porque se ganaron la confianza de sus jefes y fueron ascendiendo. Cuando por fin se levantó el Ejército Popular Republicano, fueron integrados en la 22 Brigada Mixta del comandante Francisco Galán, un guardia civil, entre cuyos mandos había bastantes toreros distinguidos en los combates de la sierra de Madrid. Su destino fue el frente de Teruel. Un picoleto dirigiendo a toreros en el campo de batalla en la guerra contra el fascismo es una de esas escenas que le reconcilian a uno con su país.

Pérez Gómez narra varias operaciones militares del grupo, pero lo más relevante antes de que se formase definitivamente la 96 Brigada fue un informe que redactó el propio Galán sobre la situación del frente de Aragón.

El único servicio que funciona es el de Orden Público y no al servicio de las fuerzas populares de la región aragonesa, sino al servicio de una determinada política de partido u organización, y como aparato coercitivo de éesta (…) imponen la colectivización y si los campesinos se niegan, los declaran facciosos y así los tratan. Las multas que imponen son en realidad un despojo apoyado en los fusiles y han sembrado un ambiente de terror por los pueblos. Sustraían a vecinos, como en Villarroya de los Pinares, relojes, ropas, animales, piernas de cecina… Realizan una política de coacción y pillaje, no teniendo el menor escrúpulo frente al ser humano, matando directamente…

Al margen de otras consideraciones, esta crítica hay que entenderla en el contexto de la lucha nada disimulada entre comunistas y anarquistas durante la guerra, especialmente en Aragón a raíz de las colectivizaciones que llevó a cabo la CNT y sus milicias afines, mientras que el Gobierno y los comunistas querían organizar un ejército regular disciplinado y uniforme. Los mandos de la brigada de los toreros, dentro de la 39 División, fueron mayoritariamente comunistas. Aunque hay que señalar que, una vez encuadrados dentro de la estructura del Ejército Popular Republicano, para el Litri II y otros diestros, afiliarse al PCE era imprescindible para aspirar a los ascensos y, más importante, para tener cierto control sobre lo que les rodeaba.

Lo grave fue que en la 96 Brigada Mixta esa lucha entre anarquistas y comunistas adquirió tintes dramáticos y de película de cine negro. En noviembre del 38, el Estado Mayor del XVI Cuerpo del Ejército ordenó investigar unos oscuros sucesos ocurridos en la brigada de los toreros. Estaban siendo ejecutados demasiados desertores: sesenta y cinco soldados y cabos ajusticiados sin formación de causa. Es decir, asesinados in situ por sus mandos. Todas las unidades tenían gente que se quería pasar, pero en esta brigada los números de desertores eran demasiado altos. Mandaron un investigador y este fue el resultado tal y como lo cuenta el libro:

El instructor del informe insinúa, veladamente, que estas ejecuciones buscaban, en cierta forma, imponer la predominancia de un partido, el PCE, eliminando físicamente si hacía falta a los que no pensaban como ellos: «Estas unidades son aquellas que, mandadas por agentes al servicio de determinado partido, han venido poniendo en práctica, desde el principio de esta guerra, sus tácticas, que no son otras que imponer por la fuerza la implantación de su bandera, reconociendo como enemigos peligrosos a todos aquellos que no compartiesen su mismo criterio».

Este asunto llegó hasta el presidente del Gobierno, Juan Negrín, que mandó al general Vicente Rojo cursar una orden para poner fin a las ejecuciones arbitrarias.

En poco tiempo han llegado, por diferentes conductos, a conocimientos del Ministerio de Defensa Nacional, informaciones relativas a la imposición de las más altas sanciones (fusilamientos sin formación de proceso), en algunas unidades de los frentes, por motivos que no justifican tal determinación extrema. Es necesario, a toda costa, atajar este mal (…) Por ello el Excmo. Sr Presidente del Consejo de Ministros y el Ministro de Defensa Nacional exhortan a todos los mandos militares para que por el prestigio de nuestro Ejército, se excedan en la vigilancia y control de sus tropas, evitando toda clase de desafueros que nada benefician al conjunto de la guerra.

El asunto coleó hasta pasada la contienda, incluso las autoridades franquistas investigaron el asesinato de estos soldados. El origen de este asunto tan oscuro estaba en el SIM. En cada unidad había miembros Servicio de Investigación Militar, un organismo creado a instancias de Alexander Orlov, enviado de Stalin en España. Estos agentes, entre otras labores, se encargaban de localizar y acusar a los derrotistas o potenciales desertores.

El SIM «adquirió durante la guerra una fama de organización despiadada y sin escrúpulos», cuenta Javier Pérez. Trabajaban estrechamente con los comisarios políticos, quienes «oficialmente» se encargaban de mantener alta la moral de la tropa, pero también se dedicaban «pistola en mano» a detener las retiradas no autorizadas en los combates, que eran frecuentes. Porque el enemigo era superior, por un lado, y porque a, por ejemplo, un oficinista de vida sedentaria, como les describía Chaves Nogales, el fuego real le acojonaba notablemente por mucho fervor revolucionario que tenga. Por eso les consideramos héroes a ellos y no a los profesionales de la guerra.

Estos comisarios tenían un uniforme color chocolate con una «C» dorada en el cuello. Con el tiempo se lo cambiaron para no ser reconocidos por el enemigo. Hasta un punto en el que empezaron a ser ellos los amonestados por no llevar las distinciones que les distinguían como comisarios. El problema era que si los cogían los nacionales los ejecutaban en el acto. Pero en su defensa hay que decir que a menudo solían combatir en primera línea aunque solo fuera para controlar a los soldados y «evitar debilidades», dice el autor.

Aunque a la tropa como mejor le subían la moral no era con bravatas propagandísticas, sino echando mano del coñac. Así lo cuenta Manuel Márquez (Huelva, dieciocho de julio de 1918), un superviviente de la unidad entrevistado para el libro:

El coñac no faltaba. Cuando venían los furrieles con los mulos, traían dos cubas… y coñac, el que queríamos. Llevábamos nosotros unas jarritas y nos poníamos…. «¿Queréis más coñac?», nos decían. Y un trago y otro. No sé qué puñeta tenía aquel coñac, que lo echábamos al fuego y se encendía mucho, no sé si tenía pólvora o qué tenía, o quizás el mismo alcohol. Nos lo daban para animarnos, para en el momento de quitarnos el frío de encima, para ser más valientes.

Desde la batalla de Teruel, la 96 se batió en retirada. Lenta e inexorablemente iban cediendo sus posiciones, a veces víctimas del pánico, atacados por tanquetas y aviones. Les hostigaba un ejército bien pertrechado y armado, mientras que ellos no tenían ni pantalones. Muchas veces los soldados de esta unidad, a falta de botas u otro calzado, tenían que envolverse los pies en trapos y toallas.

En una de estas, el ABC de Sevilla, el que editaba el bando fascista, se echó unas risas a costa del Litri II y su condición de torero, en un ejemplo de periodismo muy actual, que parece que nunca pasa de moda:

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Pero era cierto. La actuación de la unidad en la batalla de Teruel fue tan lamentable que hasta fueron fusilados varios soldados. También se incorporaron a ella reclutas de la 84 Brigada Mixta que directamente fue disuelta por la insubordinación de dos de sus batallones. Y lo más sangriento aún estaba por llegar.

La ofensiva de los nacionales sobre Valencia también fue detenida en Teruel. Las tropas del Litri II se defendieron esta vez luchando por cada palmo de terreno. Tanques, artillería y aviación les caían encima sin piedad. En un avance de la 5ª de Navarra les envolvieron e hicieron prisioneros a doscientos noventa y tres soldados.

Allí tuve suerte de tener un casco español que llevaba, porque un trozo de metralla me pegó en la cabeza, pero el casco la escupió (…) En aquella posición el comandante y sus ayudantes estábamos a muy pocos metros de las compañías, casi tocando las trincheras, y disparábamos igual que todos, yo con mi fusil y el comandante y el comisario con sus pistolas (…) al final tuvimos que retirarnos por una especie de sendero, cuando disparaba la artillería nacional, que disparaba continuamente, lo menos había veinte baterías, no sé lo que había. Cuando veíamos el fogonazo, calculábamos y entonces salíamos en grupos. Los que llegaban a tiempo se salvaban, los que no, quedaban allí (…) hubo muchas bajas, dejamos compañías enteras o más (…) cada uno se salvó como pudo. (Manuel Márquez)

El único respiro que tuvieron fue diez días después, cuando la aviación franquista bombardeó a los suyos sin querer. En Formiche, Mora de Rubielos, Valbona, en todos estos pueblos de Teruel aún hoy se encuentran los restos de las trincheras y los bunkers de todas estas batallas.

La brigada de los toreros combatió durante cuarenta días seguidos. Algo fuera de lo normal hasta para el ejército de la República. El Estado Mayor les concedió el Distintito al Valor, pero también les dio una noticia inquietante, el anuncio de la llegada de los reclutas de la llamada «Quinta del Biberón». Eran los nacidos entre 1920 y 1921, tenían diecisiete años de media. Indicativo de que algo no iba bien en la retaguardia y en el conjunto de la guerra.

Fortificaron las montañas de Paraíso Alto, entre Manzanera, Torrijas y Abejuela. Y allí permanecieron durante meses, pero en penosas condiciones. Lo prueban las palabras del comisario político, Ernesto Rojas, plasmadas en el acta de una reunión:

Las necesidades de la Brigada son que a pesar de habernos dado ropa, la cantidad no es suficiente para las necesidades ¿Cómo es posible que a la 96 Brigada se le den nueve capotes? ¿para qué? ¿para hacer salir descontentos? Tiene todo un batallón con toallas cubriéndose los pies por carecer de calzado, los pantalones es una vestimenta que se deteriora por más que se diga que tengan cuidado (…) Muchos soldados están enseñando los testículos y no por descuido. La intendencia a veces sirve lo necesario, pero no comprendo cómo otros días dan cuatro garbanzos.

En esas condiciones tuvieron que enfrentarse a los rigores del invierno. La prensa republicana del momento cuenta que rechazaron al enemigo heroicamente, pero el testimonio del soldado Márquez habla de que para muchos de ellos aquello fue un verdadero infierno:

Terminamos la guerra en la sierra de Javalambre, cerca de los Cerezos de Manzanera. Allí llegamos a veiticuatro grados bajo cero (…) Sí, unas montañas que llegan a mil ochocientos metros de altura. Los que estaban más arriba, muchos se congelaban, pero nosotros tuvimos suerte porque estábamos al lado de un bosque de sabinas y las sabinas tienen mucha resina. Hacíamos fuego y nos calentábamos, hasta pudimos hacer alguna chabola y todo.

El uno de abril de 1939 recibieron la noticia de que la guerra iba a acabar. Los jefes destruyeron la documentación de la unidad los días previos y salieron rumbo a Cartagena para embarcar hacia Argelia, pero fueron detenidos. Los soldados, tras entregar las armas al enemigo que tenían enfrente, acabaron en el campo de concentración de Toro, en Castellón.

En su proceso sumarísimo, el Litri II se defendió, como se ha dicho, diciendo que promovió el alistamiento de los miembros de su asociación como un acto de «autodefensa exento de convicción política» para que no se tachara a los toreros de derechistas. Con ello también pretendía, argumentó, dar protección y documentación a los compañeros en situación comprometida.

En su defensa, los testigos alegaron que siempre fue una persona de orden. Le salvó una campaña que emprendió antes de la guerra llamada «el pleito de los toreros mexicanos» en la que exigían leyes proteccionistas para limitar las faenas de los diestros extranjeros en España. Fue condenado a 30 años, pero salió de prisión en verano de 1943. Siguió ejerciendo su profesión como subalterno. Su faena más memorable, sin embargo, siguió siendo una de antes del conflicto. Cuando, en Guijuelo, un toro se escapó de la plaza, causó el pánico por las calles, hasta que el Litri II fue tras el animal, lo citó en plena rúe y lo tumbó de una estocada.

Todos corrieron una suerte similar, aunque mientas el Litri II abrió dos bares en Madrid, otros tuvieron que marcharse de España. A veces no hace falta un destino macabro para entender lo injusta que fue la vida, y también la historia, con los soldados del bando republicano. El torero Fortuna Chico, que tuvo galones de mayor (comandante) en esta brigada, fue enjuiciado con los cargos de «adhesión a la rebelión» en aquello que se llamó «justicia pero al revés». Salió de la cárcel en libertad provisional en 1946. Su familia estaba destrozada tras la Guerra Civil. Su hermano mayor huyó a Tánger. El pequeño, se enroló en la División Azul y desapareció en el frente ruso. El Ejército español no les dio ninguna explicación. A Fortuna Chico le dieron la espalda en el mundo del toro por su pasado rojo, tuvo que recoger remolacha y trabajó de peón en la construcción hasta que el encargado de la obra lo reconoció y lo situó en un puesto administrativo. Nunca habló de la guerra, recuerda su hijo. En 1990, cuando el gobierno de Felipe González permitió que los militares republicanos solicitaran pensiones, no quiso hacerlo. No quería saber nada.

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Para más información:

Historia del «Batallón deportivo»

Ruta senderismo por las trincheras de Formiche.

Más trincheras en Teruel.


Juanjo Puigcorbé: “Si se hubiera invertido en cultura la décima parte de lo que se ha invertido en deporte, este país sería uno de los más importantes”

Juanjo Puigcorbé para Jot Down 1

Si bien no falta quien sitúe la Edad de Oro en los continentes perdidos, en Hiperbórea o la Atlántida —y no pocos estudiosos hacen referencia a ambos—, aquellos que recordamos ese año de nuestras vidas que dieron por llamar Curso de Orientación Universitaria somos conscientes de poseer una verdad si no inmutable, sí al menos sólida como una obra de teatro o un soneto de Shakespeare. Ah, esos eran los años, y fue entonces cuando Juanjo Puigcorbé se subió a un escenario, miró fijamente a las concavidades orbitarias de una calavera que la mayor parte de las veces era simple utilería, pero otras quizá no, y sintió una extraña sensación más o menos inefable que no le ha abandonado desde entonces. En su casa de Madrid, gran parte de ella impregnada por un olor a librería, a papel antiguo, a horas de estudio que traen recuerdos de estancias pasadas y otras intimidades poco confesables por sensibleras, recuerda sus inicios y nos invita a reflexionar sobre lo manido de ciertos temas.

Cursaste tres años de Filosofía, dos de Física y tres de Teatro. ¿Cómo te decidiste finalmente por dedicarte a la interpretación?

En mi familia no había tradición teatral. Musical sí, pero no teatral. En 1972 estaba estudiando lo que a partir de entonces se llamaría COU, y tuvimos por primera vez asignaturas optativas: una de ellas era Expresión Dramática, y me inscribí. Me gustó mucho, descubrí un mundo nuevo. Como ejercicio de final de curso teníamos que subir a escena y representar un personaje, y experimenté una sensación nueva. A partir de ahí, con compañeros de ese curso y otros amigos, creamos un grupo de teatro amateur. De ahí dimos el salto —era la época espléndida de los años setenta y pico— y empezamos a hacer happenings y teatro en el metro… lo que ahora se llaman flashmobs. Después pasamos a representar obras de vanguardia. Yo alternaba esto con esas dos carreras en la universidad. Hubo un momento en que me pudo más esa afición que la posibilidad de dedicarme a la Física y abandoné las carreras para ingresar en el Institut del Teatre. Hice los tres años y durante el tercero ya era profesional, ya formaba parte de compañías profesionales de Barcelona. Es decir, la afición se convirtió rápidamente en profesión.

Física y Filosofía son dos carreras fuertes para estudiarlas simultáneamente.

Últimamente estoy haciendo muchas entrevistas para promocionar la obra de teatro de Juan Mayorga que estamos representando Pere Ponce y yo, y me suelen hacer esta pregunta, algunos de forma totalmente peyorativa, con desprecio (que es uno de los deportes nacionales). Uno me preguntó que si siempre andaba tan confundido como para estudiar Física y Filosofía a la vez, que qué tenían que ver esas carreras entre sí, vamos, que andaba muy despistado y que quería hacerme una foto con una linterna para ilustrar ese despiste. Evidentemente ahí acabó la entrevista. Pero antes me pegué el gustazo de contestarle que a la filosofía se le llama metafísica porque es la disciplina más allá de la física, y que hasta el s. XIX casi todos los filósofos son físicos, desde los presocráticos a Leibnitz, Newton e incluso Popper; que hay una conexión muy directa y últimamente mucho más, porque la física de partículas y la física cuántica enlazan directamente con la filosofía… en fin… Por cierto, que Juan Mayorga estudió Matemáticas, Filosofía y luego se dedicó al teatro. Otro confundido.

¿Puedes describir esa nueva sensación que tuviste al subirte al escenario del colegio?

Es sentirse… (larga pausa) íntimo en público. Es algo muy difícil de explicar, pero voy a intentarlo: tener en el escenario una gran conciencia del presente, vivirlo, engrandecerlo si es posible y compartir esa intimidad del personaje con el público. Esa es la magia del teatro, y lo que los espectadores vienen a ver. Mientras que el cine deja una huella en la zona del cerebro de la ensoñación, el teatro la deja en la zona de la memoria física de las tres dimensiones… o las cuatro que tiene la realidad. El público asiste a una ceremonia en la que puede haber algunos momentos —porque una obra de teatro solamente es la preparación de unos momentos— donde se produce eso. Siempre cuento que en la historia del teatro se repiten muchos momentos así, pero hay algunos fabulosos, como los que escribió Shakespeare, que se los entregaba siempre a los actores. Cuando en la obra destronan a Ricardo II, Bolingbroke, el oponente, le pide la corona y todos los parlamentarios bajan la cabeza porque nunca han visto al rey sin corona y sienten vergüenza ajena. Pero el modo como Ricardo II entrega la corona, ese es el instante mágico del actor, solo suyo y del público. O en Macbeth, cuando llega el criado y le dice “Señor, el bosque avanza”. Esa perplejidad del personaje que se puede expresar con un grito, con furia, con asfixia, con pasmo, está también entregada al actor. Esos son los momentos mágicos del teatro. En una obra de teatro generalmente se producen uno, dos o tres momentos así, todo lo demás es preparación de ese momento.

¿Esto sucede sobre todo en las obras clásicas?

No, pero lo explico con obras clásicas porque así sé que tengo un referente con el interlocutor, si lo contara con una obra que no conoce nadie tendría que dar muchas más explicaciones.

Antes has empezado a hablar de la escena en los años 70. ¿Qué diferencias aprecias entre la de entonces y la de ahora?

La ilusión que teníamos cuando empezábamos es la misma que tienen ahora los que empiezan; esa ilusión no se pierde nunca. Los jóvenes ahora están mucho más preparados. He tenido la suerte de trabajar con ellos en series y son unos profesionales como la copa de un pino, educadísimos y muy entregados a su trabajo. La diferencia es de otro tipo. Para nosotros el horizonte era abierto, mientras que hoy en día parece algo más negro. Nosotros estábamos en una situación penosa, pero íbamos a mejor. Ahora estamos en una situación penosa y no sabemos si vamos a ir a peor.

Alguna vez has dicho que la situación cultural es desastrosa.

La cultura es una industria que en España solo es incipiente cuando debería ser puntera. Contamos con una situación geoestratégica importantísima, pero que carece del apoyo de nuestros gobiernos. La educación, la ciencia y la cultura, son la base de esta industria en otros países, como en Francia, como en Estados Unidos, pero aquí ha quedado por detrás del deporte. Si se hubiera invertido en cultura la décima parte de lo que se ha invertido en deporte, este país sería uno de los más importantes del mundo culturalmente hablando.

En Estados Unidos, que es un país con una economía más liberal, ¿también han intervenido y apoyado los gobiernos a la cultura?

No. Hay mecenazgo y otras cosas. Pero tienen un público de 500 millones de personas, mas todas las “colonias”, lo que puede sumar un total de 1500 millones. Estados Unidos tiene colonias, entre ellos nosotros. Y nosotros tenemos un público de cuarenta y pico millones, y tenemos que competir con productos creados para 40 millones contra otros creados para 1500 millones. Estamos hablando de una desventaja abismal. Por lo tanto, deberíamos tener una protección sólida, y no la tenemos. No es un problema de intervención o no intervención, es un problema de un orden mucho mayor. Los japoneses, por ejemplo, no tienen esa lengua que les pueda vehicular a otros países, y se han dedicado a la industria de los soportes: DVDs, magnetoscopios, televisiones… no al contenido, sino al continente. Hay que ser listo y ellos lo son. Nosotros tenemos un contenido y un continente que podemos utilizar, y no lo hacemos. Tiene que haber una inyección de dinero. Los Juegos Olímpicos de Barcelona demostraron que una ínfima aportación al mundo del deporte —y no me refiero únicamente a la construcción de las instalaciones, sino al apoyo directo a los deportistas— se tradujo en muchas medallas. El Club Natación Sabadell es hoy por hoy el club mundial que tenía más atletas participantes en los últimos Juegos Olímpicos. Y es que si no hay piscinas en Boyuyo, difícilmente pueden salir nadadores. En el mundo cultural tiene que haber una red básica de educación y un apoyo tanto a cultura pública como privada. En otras palabras: tiene que haber bibliotecas y librerías.

¿Crees que cuando empezaste tu carrera había más apoyo a la cultura, y que ese interés se ha ido degradando?

En 1976 se hundió, o estaba a punto de hacerlo, el teatro comercial en Barcelona. Entonces, en el Teatro Griego la profesión se unió y autogestionó su propia producción y distribución. De ahí nacieron dos ramas: una más ácrata, que es a la que yo pertenecía, y otra más institucional, más cercana a la Asamblea de Cataluña. Se desarrollaron muchos grupos independientes de esa época, como Els joglars, Comediants, La fura dels baus, el Teatre Lliure… y de ahí salió lo mejorcito. Una crisis puede ser una buena oportunidad para hacer cosas. Pero fíjate que todo esto que estoy diciendo está hecho desde la base, desde abajo y en cooperativas; es la sociedad civil la que se organiza. Supongo que esa solución que se dio entonces sería también válida ahora. La sociedad civil es la que tiene que dar las soluciones, y el poder tiene que facilitar el trazado y el mapa sobre el que desplazarse.

¿Por qué se apoya tanto al deporte y es tan importante ganar medallas en unos Juegos Olímpicos?

Pan y circo, un espectáculo que mueve mucho dinero.

El teatro también es un espectáculo.

Pero nunca de estas dimensiones. Esto ya viene de lejos, el deporte también era primordial en la Alemania nazi y en la Unión Soviética, aunque en cada uno de un modo distinto.

Como motivo de orgullo nacional los soviéticos también usaban mucho la cultura: los ballets, las orquestas…

Sí, propaganda. La propaganda de una nación y de una sociedad se traduce en lo que fabrica, tanto a nivel cultural como deportivo o industrial. Son facetas distintas de una fachada que se puede ver desde el exterior. ¿Por qué se apoya tanto al deporte? Porque todas las televisiones giran alrededor de la compraventa de eventos deportivos, porque tienen gran audiencia… Aunque también la televisión ofrece cada día cosas más parecidas a la radio. Conversaciones en un plató. Radio en imágenes. Es lo más barato y funciona.

Juanjo Puigcorbé para Jot Down 2

Retransmitir un Mundial de fútbol sale carísimo, por los derechos que se tienen que pagar.

Sí, pero es una burbuja que veremos cómo acaba. A lo que me refería es que, aparte de los deportivos, cada vez hay más programas televisivos que son conversaciones en plató, porque el coste es mucho menor. La ficción se puede comprar o se puede fabricar. La compra es a un precio asequible, y además de series de éxito. La ficción nacional sale más cara, se tiene que fabricar aquí, puede ser un éxito o no, aunque puede venderse al exterior, que es lo que está pasando ahora. Hay que hacer un esfuerzo para levantar la industria nacional. Había una ley que decía que el 5% de los beneficios de las privadas se tiene que destinar a la fabricación de ficción nacional. Si no existiera esta ley, seguramente no se produciría ese 5%, porque es más fácil comprar en el extranjero algo de éxito. Esto es una señal de que para producir algo en contra de una corriente multinacional hay que hacer una inversión. Esa inversión se puede traducir a veces en una subvención a fondo perdido, y aquí hemos topado con la Iglesia, y nunca mejor dicho, porque parece que la gente de la cultura es la única subvencionada en este país, cosa que es absolutamente falsa. Directa o indirectamente, casi todo está subvencionado. La gente de la cultura nos hemos ganado muy mala fama debido a intereses propagandísticos de distintas facciones políticas, y eso me parece tremendo.

¿Qué interés perseguían?

En este país el deporte nacional ha sido recalificar y descalificar. Recalificar terrenos, que es donde se ha producido la gran burbuja, y descalificar. Recalificar y descalificar han sido el auténtico deporte nacional, cuando lo justo, lo propio, sería calificar. Fíjate que cuando hablan de la burbuja siempre le añaden el “inmobiliaria”, cuando el gran negocio no está en el ladrillo, sino en la recalificación. Si recalifico un terreno que no vale nada, su valor virtual se multiplica enormemente. Y esto le ha venido estupendamente a ayuntamientos, políticos, particulares, negociantes, comisionistas y a los propietarios de ese terreno, claro… la recalificación ha favorecido una economía virtual. Y la descalificación, es el arma para apartar el obstáculo que se interpone. Todos los que sufren esas descalificaciones es porque han sido el obstáculo de alguna recalificación. Así de claro y de sencillo.

Vuelves al teatro, cosa que no hacías desde 1993. Has hablado de un veto a tu persona.

No he trabajado en teatro estos 20 años porque he hecho otras cosas, y porque las obras que me han ofrecido las compañías privadas no me han satisfecho lo suficiente. Si me hubiera llamado un teatro público para hacer una de las obras que me gustan, la habría hecho, pero no se ha dado el caso. El otro día hice una entrevista creo que muy correcta y me encontré con unos titulares alucinantes de los que enseguida otros medios se hicieron eco. Pedí una rectificación que no se me dio, pero uno de los medios que la reprodujo sí la dio. Generalmente suelen ser “declaraciones” que te pueden llevar a la ruina. Se desvirtúan expresamente. Se tira a dar, no es un accidente. Ni siquiera se puede decir que es la búsqueda de un titular: se sabe muy bien lo que se hace. El que hizo la traslación de esta entrevista, descontextualizando mis palabras en un titular, era la persona más importante del periódico digital, no era un mindundi; lo hacía expresamente, consciente del daño que podía hacer.

En tu caso, ¿por qué te hacen una entrevista para hacerte daño?

Antes me has preguntado y me he dejado la mitad por contestar, no he respondido a tu pregunta sobre el veto. No he dicho que estoy vetado, no me doy tanta importancia. He dicho que me han llamado de varios proyectos de trabajo y que en el último momento alguien, de una manera recurrente, me ha apeado. Cuando ya estaba todo prácticamente decidido, alguien me ha tachado.

¿Por qué motivos?

No me lo dicen. No hay interlocución… Y la verdad es que me gustaría saber por qué. De todas formas, últimamente la moda es que las personas se escondan. A veces incluso te insultan cobijados bajo un nick o un apodo que te impide saber quién son… Hay muchos “tapados”. Un tal Rosy Run Run, por ejemplo, salió a decir en plena campaña electoral que yo iba pidiendo en público el voto para el PP. Cosa absolutamente falsa, por supuesto.

¿Dónde lo publicaba?

En una publicación televisiva, que luego reproducían otros medios… Y aquí está la gracia. Resulta que por ley solo tienes siete días para demandarlo. Pero la trampa de la publicación es el redactado: La revista X dice que según dice Y en la revista Z que… Según me dice el abogado, tenemos siete días para contestar, pero uno dirá que lo ha escrito el otro, que se ha basado en otra publicación, que a su vez está firmada por un periodista que no tiene el nombre… así que mejor lo dejas. ¿A quién demandas? ¿A la primera publicación? ¿A la segunda? ¿A la fuente? Esa es la trampa. Después los demás medios lo reproducen corriendo porque saben que no se juegan nada… y llega un momento en que todo se hace imposible. ¿Por qué?

Quizá porque no tienes un perfil político definido.

¿Tu crees? Fui delegado del espectáculo de la CNT, vicepresidente de la Associació d’Actors i Directors de Catalunya, vicepresidente fundador de AISGE, encabecé la mayoría de huelgas de la profesión hasta el 85. No, no he votado jamás al PP, ni mucho menos he pedido el voto para ellos… y lo digo con el máximo respeto. Pero todas las veces que me he pronunciado públicamente ha sido a favor de grupos de izquierda, incluido mi alegato en el mitin del PSC en el Palau Sant Jordi, ante 20.000 personas, e inmediatamente antes de Narcís Serra y Felipe González. Si eso le parece un perfil político poco definido… Tengo un pasado y un presente de izquierdas, pero alguien ha querido convertirme en votante del PP. ¿Por qué?¿Porque como tertuliano asiduo en RNE, mis opiniones fueron poco complacientes con el entorno Zapatero? ¿Porque más tarde tuve un enfrentamiento con una productora de una cadena de televisión? Quizá de ahí viene el escarmiento.

¿Todo eso viene de la serie de televisión en la que hiciste el papel del rey?

No. Viene de antes. Pero ese fue el momento que aprovecharon para machacarme. Se burlaron de mí, como actor y como persona, pero de una manera tan reiterativa y durante un período de tiempo tan largo, que levanta sospechas. Cuando, ya harto, contesté a la periodista del micrófono, bien o mal, da igual, lo magnificaron hasta la saciedad. Y lo peor es que lanzaron contra mí a todos los hooligans de Internet, les dieron permiso para meterse conmigo: insultarme no solo estaba bien visto, sino que además se ganaban puntos. Modificaron reiteradamente mi biografía en Wikipedia, mi fecha de nacimiento, mi currículum, llenaron la red del “monotema” y YouTube de clips de lo peorcito de mi carrera. Y eso ha durado prácticamente hasta hoy, casi tres años después. Un auténtico infierno. No me dieron el espacio para contestar. Tuve que buscarlo en otra parte… En resumen, descalificar, desprestigiar, desacreditar a las personas que no te dan el beneplácito constantemente, y en muchas cosas, por supuesto, no les he dado el beneplácito.

Es decir, que todo esto viene de unas productoras grandes de televisión.

No, viene de una.

Juanjo Puigcorbé para Jot Down 3

¿Por qué resulta tan descalificador para un actor decir que es de derechas? Aunque no sea tu caso.

Después del runrún de Rosy, me lo han preguntado varias veces, pero siempre medios de derechas. Si me lo hubiera preguntado alguno de izquierdas, habría tenido la oportunidad de contestar. Pero no lo han hecho. Y ahora tú me das esa oportunidad. A ver, hazme otra vez esa pregunta, por Dios.

¿Por qué parece ser tan importante la filiación política a la hora de hacer teatro o cine en España? ¿Por qué si alguien se declara de derechas (aunque no es tu caso) sería un estigma?

Porque no sería tan querido por el grupo. Ser “de los nuestros” es la máxima virtud en todas las sociedades gregarias, y si te dicen que uno no es “de los nuestros” eso lo convierte automáticamente en un ser aparte, en un extraño, en alguien a quien hay que señalar con el dedo, en L´étranger de Camus.

¿Te parece lógico?

Me parece primitivo. Yo tengo conocidos de ideologías distintas, a los que respeto y con los que muchas veces no estoy de acuerdo o incluso en desacuerdo, pero mientras sean demócratas eso no me impide saludarles, tomar un café o trabajar con ellos. En nuestros comienzos, en el 76 los de la CNT y los trotskistas teníamos buena relación, pero retirábamos el saludo a los maoístas o los del PSUC… esa cosa “identitaria” absurda está muy bien en esa época; ahora es deplorable.

En España se acostumbra a relacionar al intelectual con la izquierda.

Creo que eso es así desde que yo era pequeño. Lo que he vivido siempre, la cultura que me ha interesado, ha sido la de la izquierda; el resto me parecía rancio y de otra época. No he vivido una cultura de derechas que me gustara o que me llamara la atención, y como yo, supongo que muchísima gente de mi generación. Por eso tenemos esa apreciación. Pero es una apreciación nuestra, de Europa, estoy seguro de que en Estados Unidos tienen otra. Además allí hay muy poca cultura de izquierdas.

Quizá es porque lo que ellos consideran izquierda aquí no…

Pues por eso: muy poca. Norman Mailer es lo más contestatario que hay, así que ya me explicarás… La cultura de izquierdas es la cultura de la solidaridad, fraternal y libre.

A la hora de otorgar esas subvenciones para apoyar a la cultura… ¿qué debemos considerar cultura? ¿Son la misma cultura una película seria que Fuga de cerebros, por ejemplo?

Una cosa es la industria cultural y otra es la cultura. Creo que lo primero que hay que apoyar es la educación; es lo básico, lo fundamental, incluso cuando hablamos de cultura. Y vemos que cada Gobierno se va enredando en planes de educación cada vez más cortos, no hay una visión a largo plazo. El otro día una historiadora sevillana especialista en educación decía que cualquier plan de educación debería ser a 25 años vista, y aquí eso no lo hemos vivido, están todo el día discutiendo sobre asuntos doctrinarios, y la educación es una cosa mucho más amplia que eso. Esa doctora en Historia, que tiene más de 80 años, decía que recordaba el período de la Segunda República como la mejor educación que ha tenido jamás este país. Y lo que yo he oído en mi casa ha sido lo mismo. Mi madre, sin ir más lejos, estudió en una escuela pública de Barcelona que aplicaba el método Montessori. Por cierto, el otro día un periódico barcelonés publicaba una foto de Robert Cappa en la que salía mi madre con tres amigas suyas en ese colegio. Ahí empieza la cultura y la educación, en la escuela. Luego vendrá la cultura como manifestación pública de esa sociedad y a la que hay que facilitar el proceso. Eso sería la cultura. Y la industria cultural es la fabricación de productos que se pueden comprar y vender. Son dos cosas distintas, pero enlazadas por un mismo concepto. A la industria cultural hay que desgravarla para que ese producto sea competitivo, incluso a las películas comerciales a tope, como dices tú. Luego hay productos culturales que no tendrán una venta excesiva, pero que son necesarios porque son los que nutren y empujan a los demás, y esos necesitan ser subvencionados. Valorarlo todo bien. No es fácil.

Pero si lo dividimos entre los productos industriales y los culturales, los industriales deberían de poder valerse por sí mismos, ya que están diseñados para ser comerciales. Alguien podría preguntar por qué apoyamos eso y no cualquier otra industria.

Es que las otras industrias también están subvencionadas. Además, yo no estoy distinguiendo entre el producto industrial y el producto cultural, distingo entre la industria cultural y cultura. La cultura es algo más extenso que la industria cultural, que no deja de ser una racionalización de la fabricación de una serie de productos. La cultura tiene un ámbito mucho mayor. A lo mejor poner un carril-bici es cultura. O un espacio en una plaza para que la gente pueda reunirse. O permitir que se pueda hacer teatro en un espacio no convencional. Por cierto, una cosa que yo haría sí o sí, es que todos los abonos de temporada a teatro, música y danza, desgravasen en Hacienda.

¿Cómo se gestiona ahora el apoyo a la cultura en España?

Estamos en un momento muy malo porque esta crisis terrorífica ha dejado sin poder adquisitivo a mucha gente, y la subida del IVA ha sido la puntilla que ha destrozado el teatro, que ha perdido la tercera parte del total de espectadores. ¿Por qué este castigo? Nos remitimos a lo de antes, parece una venganza. Me parece que el IVA más alto para la cultura está en Portugal, que es un 13%, y a partir de ahí va bajando hasta el 5% de Francia el año que viene. ¿Por qué nosotros pasamos del 8% al 21%? Y en cosas como el teatro o la danza, donde el coste de la entrada es mayor porque son espectáculos en vivo, lo encarece muchísimo más. Y respecto a lo que comentas de las subvenciones… es que parece que eso sea lo más importante cuando en realidad es lo de menos. Al que se subvenciona es al público. Cuando nosotros vamos a actuar a Badajoz, la entrada es más barata porque está subvencionada: subvencionan al público y no a nosotros. Yo cobro de la empresa que me contrata indistintamente haya subvención o no la haya.

Pero se cobra subvención también por las entradas que no vendas, ¿no?

No, eso es en el cine, donde también se subvenciona según la taquilla. La subvención es para que el público pueda ver cosas, que de otra forma, no podría. Es evidente que La vida es sueño, que protagoniza ahora Blanca Portillo, es imposible hacerla sin subvención porque no salen los números. Se subvenciona para que el espectador tenga la oportunidad de verla. Hay una mala percepción, porque se ha contado hasta la saciedad, pero siempre descontextualizado, que la subvención es para nosotros, cuando no es así. En cine se dio algún caso irregular, si te referías a eso, pero no se debe generalizar; hecha la ley, hecha la trampa y algunos hicieron trampillas, pero por mera supervivencia, no tiene nada que ver. La gente de la cultura en este país es una gente muy esforzada, y poquísimos se han hecho millonarios con esta profesión, ni siquiera trabajando 40 años seguidos en primera línea, como muchos hemos hecho. En otras profesiones sí, y además de la noche a la mañana. Entonces, ¿por qué esta inquina hacia nuestra profesión? Supongo que cuando necesitan un apoyo mediático se les tiene que hacer propaganda, y esa propaganda la pagas, tanto si la haces como si no.

Quizá el hecho de que se aproveche la ceremonia de entrega de los Premios Goya, por ejemplo, para emitir mensajes con fondo político, influya en que se identifique a los actores con determinadas posturas.

Cuando a uno le dan un premio tiene todo el derecho a decir lo que quiera. ¿Que a una parte de la población no le va a gustar el pensamiento de esa persona? Lógicamente, el que lo dice ya lo tiene en cuenta y ya sabe lo que se está jugando… Una cosa es que no te caiga bien pero lo respetes, y otra es que lo machaques, desacredites y descalifiques al día siguiente en los medios de comunicación. Este tiro al blanco, este linchamiento al opositor es repugnante. A un periodista se le permite decir lo que piensa. ¿Por qué no se le puede permitir a un actor? Cualquier periodista puede escribir lo que piensa, incluso una barbaridad, y nadie le dice nada porque es periodista. Pero un cómico, ¡cómo se atreve!

Las consecuencias son similares, los periodistas también son encasillados.

No es lo mismo. Y en todo caso están respaldados por su grupo mediático. Si un actor dijera la mitad de la mitad de lo que dice un artículo de determinados periodistas, tendría que irse a trabajar a Nueva Zelanda. No se nos permite opinar pero se nos pregunta, y cuando contestamos, como no tenemos el bolígrafo en nuestras manos, se nos puede tergiversar completamente. Si un periodista se lo propone puede hundir tu carrera. Por desgracia estamos escarmentados… Sin ir más lejos, tú ahora me estás entrevistando como actor y me has hecho unas 20 preguntas, 19 de las cuales implican un posicionamiento político. Solo con que yo te respondiera mal a dos, y tú quisieras, me he buscado la ruina. ¿Cómo se ejerce el periodismo? ¿Quién empuja a que te posiciones para luego reñirte públicamente por tu posicionamiento?

No es cuestión de reñirte.

No me refiero a ti, que me das un amplio espacio para expresarme. Pero me preguntas poco de mi profesión y mucho de política, para acabar añadiendo que si me parece bien que los actores se posicionen políticamente. ¡Coño, pero si es lo que preguntáis todo el rato! Y lo malo no es eso. Lo malo es que algunos lo hagan con la intención de ensañarse luego con las respuestas. Lanzarte a la arena, como a las fieras.

No pretendo lanzarte a la arena…

Me consta. Pero si tocamos el tema, toquémoslo a fondo. Estamos reflexionando en voz alta de periodismo y de política, y tú eres periodista… Y resumo: se nos pregunta muy poco sobre teatro y mucho sobre política, para luego quejarse de que los actores siempre hablamos de política.

No me quejo de que hablen de política, simplemente me extraña que haya esa uniformidad ideológica.

Quizá hay esa uniformidad porque nos damos cuenta de que casi todos los medios de comunicación están en manos del gran capital. No se interesan por nuestros valores artísticos. Para preguntar sobre arte ya están los actores americanos. A los españoles se nos pregunta sobre política para hacernos publicidad según afinidades.

Juanjo Puigcorbé para Jot Down 4

Hablemos de teatro, entonces. Has vuelto a los escenarios con una obra de Mayorga que es una reflexión sobre la crítica teatral. ¿Qué particularidades ha de tener la crítica teatral frente a la de cine u otras artes?

La crítica teatral, como en las demás artes, se escribe para el lector, el espectador. El crítico es un defensor del espectador. El crítico es un espectador avisado, entendido, que va antes que nadie y recomienda o no esa obra, señala o deja de señalar cosas que tienen interés, orienta a un tercero. Pero también, y sobre todo, es la mirada del otro. Y esa mirada puede ser objetiva o ser muy subjetiva, da igual, solo le pides que su compromiso afectivo y profesional esté a la altura de lo que juzga. Hay muchas maneras de abordar la crítica, y en general yo le tengo mucho respeto porque me parece una labor muy difícil, pero el buen crítico sería el que descubre el germen del talento en una obra. En la historia hay muchísimos casos. Baudelaire, por ejemplo, fue crítico antes que poeta, supo apreciar la pintura que venía. Un crítico con mayúsculas es el que sabe apreciar un talento en gestación. Y eso no está al alcance de todo el mundo. Y como hay varios críticos el espectador se acoge a aquel con el que sintoniza más.

¿Hay mucha diferencia entre las críticas que se hacen ahora y las que se hacían en los años 70 y 80?

No, hay una continuidad, no veo ninguna ruptura.

Antes un crítico escribía para los periódicos y se le suponía un conocimiento, ahora cualquiera con muchos seguidores en Twitter…

Un crítico es alguien que se gana su reputación y, sobre todo, firma. Ahora están proliferando en las redes sociales y en los periódicos gente que firma con seudónimo y no sabes quién es. Y no me refiero a Cándido” o “Mr. Belvedere”, que ya sabes quiénes son, me refiero a esos avatares creados para insultar a la competencia. Esto es una nueva modalidad de crítica nefasta y populista que se está extendiendo cada vez más. Incluso en revistas especializadas dicen “En Twitter han dicho…” y entonces empiezan a sacar toda la basura, cuando saben perfectamente que en Twitter se dice de todo. Con una espumadera recogen lo peor y se lo plantifican a la competencia. Estamos viviendo los últimos estertores de la época pop, donde todo lo vulgar quiere corona.

Si esto son los últimos estertores, ¿qué nos espera?

La incertidumbre. No sabemos qué va a pasar, pero el populismo está creciendo en Europa, España incluida. Tengo la sensación de que desde hace tiempo se está gestando un extraño movimiento interclasista, una especie de peronismo a la española, que me parecería nefasto. Yo creo mucho en la sociedad civil y en la capacidad de regeneración. Lo mejor que puede pasar es que se haga una amplia coalición de izquierdas, que los votos en blanco pasen a ser escaños en blanco, y que Cataluña, como otras ocasiones, sea la llave de un cambio necesario para este país: el cambio de la Constitución. Y aunque muchos consideran a Cataluña como la parte del problema, yo creo sin embargo que es la parte de la solución, ya que está facilitando la posibilidad de abrir la Constitución y regenerar muchas cosas, aunque sea a costa de un estilo que a mucha gente pueda no gustarle, aunque sea a costa de romper la baraja. Pero la desastrosa situación económica está forzando la situación y es muy sintomático ver como toda la izquierda catalana está a favor de la consulta (salvo alguna conspicua excepción), y buena parte del centro derecha.

¿Ves este proceso como algo positivo?

Como algo positivo y esperanzador. Evidentemente mucha gente no lo entiende así, y se están radicalizando las posiciones.

Eres catalán y vives en Madrid…

Voy y vengo desde hace muchos años, pero hace 10 que tengo la residencia en Madrid.

…con esa perspectiva ¿qué situación te gustaría para Cataluña? ¿Dentro o fuera de España?

Cataluña está en una situación desesperada, asfixiada económicamente, y sin capacidad de financiarse al margen del Gobierno del Estado. Maniatada económicamente y con una limitada capacidad para legislar y autoadministrar sus recursos. Sin embargo, una gran mayoría parlamentaria, y sobre todo un enorme movimiento ciudadano tiene voluntad de cambiar ese statu quo. Y no se puede esconder la cabeza debajo del ala. Cataluña tiene todo el derecho a optar al máximo autogobierno si así lo deciden sus ciudadanos. Tienen todo el derecho a celebrar una consulta y a decidir su futuro. Creo además, que en la sociedad civil catalana está la semilla del cambio, de la regeneración; y que incluso se puede convertir, y por qué no, en un ejemplo a seguir para el resto de España. La solución está en la sociedad civil. Y la sociedad civil tiende, quiere y debe autogobernarse. Esto es democracia. Pero también llamaría la atención sobre un aspecto: para Cataluña debería ser prioritario la solidaridad con el resto de pueblos de España, estén federados, confederados, o como sea. La sociedad catalana tiene la responsabilidad de proponer y solucionar un encaje que le permita ser parte de algo mayor que se llama España, Iberia, o lo que haga falta. Somos una nación dentro de otra, y la solidaridad tiene que ser una constante, como siempre ha demostrado Cataluña a lo largo de su historia. Porque tiene el derecho de dar sin que le quiten. Y además estoy convencido de que lo hará y muy bien, y que será muy bueno para todos porque las acciones que se lleven a cabo allí funcionarán para el resto. Como de hecho ya lo fue en la Transición. No, no me da miedo, sino todo lo contrario, y creo que no debería darlo; y menos a la izquierda. Bueno, a la izquierda de verdad tampoco se lo da.

Juanjo Puigcorbé para Jot Down 5

Volviendo a la obra de Mayorga de la que hablábamos, una de las cosas que trata es el ansia de reconocimiento que tiene tanto el artista como el crítico. Supongo que un actor, cuanto más reconocido sea, más subirá su caché y tendrá más trabajo. ¿Se habla de otro tipo de reconocimiento?

Se habla del reconocimiento del maestro. No solo el del público, sino del de alguien a quien estimas, aprecias y de quien consideras su opinión.

¿Has experimentado esa necesidad?

Sí, claro. No digo que haya actuado en funciones para gustar a un crítico, pero te agrada gustar a las personas que tienes como referencia. La mirada del otro siempre existe. El que un actor tenga reconocimiento es bueno para su salud, para su trabajo y para todo. Vivimos del aplauso. Y ahí no me quejo, siempre he tenido un buen feed-back de la gente de la calle, me han tratado siempre con mucho cariño.

¿Qué debe tener una crítica para que la aprecies y respetes?

Como te decía, que se vea trabajada. Me da igual si es estomacal, subjetiva… me gustará más o menos leer a ese crítico, pero como mínimo que se haya tomado una molestia si no equiparable, al menos en correspondencia con el artista.

¿Qué autores actuales recomiendas o admiras?

De los que conozco, Mayorga me parece el más esencialista. De hecho, diría que él parte y vuelve al teatro griego en contraposición al romano. Es un hombre que vive por y para el teatro, se desvive por él, ha venido a ver ensayos, cada vez nos dice cosas nuevas, cambia el texto constantemente… hay veces que le decimos “oye, que ya estamos de gira. Podemos cambiar algunas cosas, pero…”. Él estaría constantemente experimentando, es un apasionado por el teatro. Busca la esencia y creo que llegará muy lejos.

¿Algún otro?

Hay muchos y muy buenos, tanto en Madrid como en Barcelona, pero no me gustaría destacar a unos por encima de otros. Quizá algunos últimamente se han dedicado más a hacer adaptaciones que obras originales. Hablemos hoy de Mayorga.

Hablando de teatro griego y latino, ¿qué te llama la atención de ese tipo de teatro a la hora de interpretarlo y qué te parecen las adaptaciones de las que hablabas ahora? ¿Dónde está el límite de lo que se puede tocar de la obra?

La adaptación de una obra clásica, incluidos Ibsen y el siglo XIX, siempre implica una revisión de la lectura. Nuestro oficio ya está muy acotado; cuando uno lee, interpreta, y después actúa, que es otra parte de la interpretación. Y después improvisa y juega, que es la tercera parte de la interpretación. Cuando el actor lee algo ya lo está interpretando; en el papel solo hay unos signos de tinta que tú conviertes en emociones en tu cabeza, ya estás interpretando esa cosmogonía. Después tienes que mover en el aire esas emociones y tienes que esculpir ese personaje, y eso se llama actuar. Y esto no es suficiente, también lo puede hacer la mula Francis; hay que jugar, como un niño, ir más allá de la interpretación, hay que vivir eso en el tiempo, dando la sensación de que es presente. Y eso es muy difícil. Hay gente que lo hace de natural, gente a la que le cuesta su trabajo y gente que, por más que lo intenta, nunca lo consigue. En todo caso, vale la pena intentarlo. A mí, por ejemplo, me habría gustado saber dibujar y ser pintor, y ya ves…

¿Hay que tener un talento innato para ser actor?

Algo de innato hay que tener, pero lo demás es educación. Nosotros tuvimos la suerte de tener esa escuela del teatro de Barcelona —que precisamente ahora ha cumplido 50 años— cuando la caída del régimen franquista propició en Cataluña este movimiento de la sociedad civil, que se va repitiendo cada cierto tiempo, donde volvió Fabià Puigserver, que para mí ha sido la persona del teatro más importante que he conocido nunca a todos los niveles: personal y profesional. Trajo a todo el mundo que estaba exiliado en Polonia, Alemania, Inglaterra, Francia… Cataluña se nutrió de toda la gente que había hecho la diáspora antes y que volvía, y también de los que estábamos allí y que habíamos salido al extranjero para hacer cursillos. Ahí se creó el germen del nuevo teatro que se desplegó al resto del Estado y fíjate si ha durado. He tenido la suerte de vivir esa etapa gloriosa de la twilight zone, esa hora bruja española de cuando caía el régimen y empezaba lo nuevo. Evidentemente, nosotros éramos parte activa del futuro. Creo que ahora mucha gente está hablando de la segunda transición, y es evidente que estamos en ella y que se va a llevar a cabo, pero los que van a ser el germen de esa nueva transición evidentemente no van a ser los que tienen la sartén por el mango, porque no la van a soltar, tienen que ser los que piden el cambio. Por eso digo que es evidente, haciendo una regla de tres sencillísima, de parvulario, que en esa segunda transición tienen mucho que ver las tensiones periféricas y la posición de una hipotética coalición de izquierdas. Pero la batalla política que se está librando ahora no es esta, este será el siguiente peldaño, ahora estamos en el punto en que están decidiendo qué hacer con el centro del tablero. Y el centro del tablero está ocupado por dos grandes grupos de poder que se están deteriorando y por los grandes grupos mediáticos que los están bombardeando con fuego cruzado para sacar de ellos dos o tres partidos nacionales y centrípetos: uno liberal, con una presidenta; otro más centrado y españolista, con otra presidenta; y un tercero más populista y de izquierda, con otra presidenta. Las tres marías, vaya. Pero sinceramente, no creo que les salga bien. Lo que sí va a salir bien, aunque va a costar un poco más, es la segunda transición.

Pues a ver si es verdad.

Sí, pero vamos a recibir todos y de todas partes.

Para alguien profano del teatro: ¿Qué cinco obras debería ver para poder aficionarse?

De Shakespeare pondría Macbeth, que es la maldita pero para mí es la mejor.

¿Qué es lo que más te gusta de ella?

Trata sobre el hombre y el destino. Macbeth es ambicioso e intenta dar los pasos de las acciones correspondientes para conseguir su ambición, pero el destino se le adelanta constantemente, y finalmente se da cuenta de que él es la sombra del destino que siempre va un paso por detrás. Y precisamente estamos en la época en la que nos estamos haciendo esas preguntas. También recomendaría el Peer Gynt de Ibsen, una obra que yo hice y que me parece fantástica porque resume todo el siglo XIX: la búsqueda de identidad, la del Quijote noruego, para entendernos: la búsqueda de la identidad a través de la fantasía. Y una de Synge muy poco conocida en España que aquí se llama El botarate del Oeste (en inglés es The playboy of the western world), que es la búsqueda de la identidad a través de la usurpación. Creo que con estas ya vale; obras que tratan de la identidad del hombre y su destino. Hay miles de obras así, desde luego, desde las tragedias griegas, y cada una se aproxima a encontrar su interrogación, porque eso es lo que se busca. No dan una solución, sino que centran la pregunta y nunca contestan. Como la esfinge.

Nunca dirías que no a estas obras.

No, claro que no. Está muy bien leer teatro, aunque es arduo, pero el teatro está hecho para ser visto. El teatro es una experiencia fantástica. Única. Ojalá nacieran varios Teatres Lliures. Creo que fue la mejor etapa que he vivido nunca… Todavía no lo sé, pero estoy acariciando la idea de volver a eso en Barcelona. Soy muy inquieto, me gusta mucho viajar y conocer cosas, pero hay un momento en el que tengo la sensación de que todo se va espesando como el alquitrán, y no me gusta ver a mi profesión convertida en un grupo de gente relegada solo a recitar un texto, a cobrar cada vez menos y a estar dispuesta a lo que haga falta. Me parece injusto y muy poco estimulante.

¿Y dirigir?

Ya he dirigido teatro y ópera, y me gusta, claro. Lo que quiero decir es que hay que mantenerse activo en la profesión, en lo que sea, porque evidentemente lo que ahora nos preocupa a todos es la supervivencia. Nuestra profesión está muy tocada y cada vez es más difícil vivir de ella. He tenido conversaciones con actrices muy buenas y mayores que están perplejas ante la situación actual. Almodóvar decía el otro día que un actor, cuanto más longevo, más probabilidades tiene de convertirse en un indigente. Es la sociedad de consumo: usar y tirar. Estamos asistiendo a una degradación de nuestra profesión. Pero insisto, jamás he visto tanta gente interesante como ahora, en todos los campos: actores, creadores, directores… Hemos ganado muchísimo, solo nos falta darle salida. Costará, mucho tal vez, pero lo lograremos.

Juanjo Puigcorbé para Jot Down 6

Fotografía: Guadalupe de la Vallina