Pokémon Go o el día que todos nos volvimos gilipollas

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Fotografía: Voltordu (CC).

Oliver Stone se asomó por la Comic-Con 2016 de San Diego para promocionar su película Snowden, un biopic basado en la figura de Edward Snowden protagonizado por Joseph Gordon-Levitt. Lo curioso del asunto es que durante la presentación del film que ofreció el director junto a Gordon-Levitt, Shailene Woodley y Zachary Quinto, alguien le preguntó por su opinión sobre el juego de realidad aumentada Pokémon Go aprovechando la alarma que había causado un fallo de seguridad que aparentemente permitía al programa de Pikachu y compañía acceder a toda la información del usuario en Google.

La cuestión no estaba demasiado fuera de lugar: por un lado se trataba de la Comic-Con y ahí el visitante más normal tiene dos carreras convalidadas como entrenador Pokémon, y por otra parte la privacidad en el mundo digital era un tema que rozaba con la vida y obra de Snowden, un hombre a quien la Agencia de Seguridad Nacional estadounidense le quiere comentar cuatro cosas por filtrar documentos ultrasecretos sobre programas de vigilancia. El director de Platoon se quedaría a gusto comentando su percepción del fenómeno: «Realmente no es gracioso porque lo que está ocurriendo es un nuevo nivel de invasión, la búsqueda de beneficios es enorme en este caso, enorme. Nadie ha visto nunca en la historia del mundo algo como Google. Es la empresa que más rápidamente ha crecido, la más grande y más exitosa que ha existido nunca. Y ellos han invertido una enorme cantidad de dinero en lo que es la vigilancia, la recopilación de datos. Están recopilando datos de cada una de las personas que está en esta habitación para adquirir información sobre lo que compras, lo que te gusta y tu comportamiento» sentenciaba Stone antes de apuntar al juego en sí mismo. «Y Pokémon Go encaja dentro de esto. Está en todas partes, es lo que la gente llama vigilancia del capitalismo, es un nuevo nivel. No tiene como objetivo sacar beneficios en un principio, sino obtenerlos al final. Porque crea una conciencia propia y se cuela en todos los rincones del mundo hasta que manipula nuestro comportamiento, y empezamos a actuar de otra manera, algo que ya ha sucedido en internet». Lo mejor llegaba al final: «Y sinceramente, veréis una nueva forma de sociedad robot donde ellos sabrán cómo vas a comportarte y crearán un patrón que encaje contigo y te guíe a otro tipo de comportamiento. Es lo que ellos llaman totalitarismo».

Oliver Stone en la Comic-Con sopesando la posibilidad de abrir de una vez un blog sobre chemtrails. Foto: Gage Skidmore
Oliver Stone en la Comic-Con sopesando la posibilidad de abrir de una vez un blog sobre chemtrails. Fotografía: Gage Skidmore (CC).

Pablo Hasel, el rapero condenado en abril de 2014 a dos años de cárcel por enaltecimiento del terrorismo (en una sentencia polémica por provocar debate: ¿el chico estaba realmente alabando el terrorismo o solo pretendía tocar los cojones siendo muy bestia?) se asomó a Twitter el 25 de julio para soltar la siguiente proclama en la red social: «Que haya más personas buscando pokémones que luchando contra los desahucios lo dice todo de esta sociedad enferma». Sor Lucía Caram, tuitstar y monja, por ese orden, escribía algo muy en la línea de Hasel un día antes: «Si en lugar de “cazar moscas” o “pokémones” ocupamos el tiempo en buscar soluciones y hacer el mundo más bonito para todos. ¡Todos ganaremos!».

Durante un concierto en Lille, Francia, la cantante Rihanna decidió advertir a la audiencia sobre la idoneidad de dejar de lado el teléfono móvil durante el show, y lo hizo gruñendo un bastante directo «No quiero veros escribiendo a vuestros novios o novias. Y no quiero ver a nadie cazando pokémones sobre esta perra que tenéis delante». Casi al mismo tiempo y en otro lugar del mundo Beyoncé se encontraba en pleno concierto cuando uno de sus fans subió a Instagram un vídeo donde una espectadora se mostraba más concentrada en atrapar a las criaturas digitales que en prestar atención a la estrella que tenía a escasos metros.

Pero la persona que realmente se cubriría de gloria con todo esto sería José Aranda en una columna del diario Ultima Hora Mallorca con un texto que arrancaba con un «Me enoja hablar de Pokémon Go […] publicitar esta basura de juego aparentemente inofensivo.» para continuar con un indescifrable «porque si alguien cree que inventar y desarrollar un videojuego en el que por arte de manipulación de masas tavistokiano cientos de personas se ven obligadas a concentrarse en un mismo lugar y a la misma hora —léase el Central Park en Nueva York por ejemplo, o el Parc de la Mar en Palma— es que no entiende nada de esto» [Nota personal: ¿si alguien cree qué? El texto está transcrito tal cual pero parece que le falta algo, es como si en su cabeza centellease una idea pero se la olvidase por el camino]. Lo genial sería el remate de la diatriba, porque conforme Aranda iba pillando carrerilla la cosa se desmelenaba hasta hacer mención a guerras futuristas a través de televisores de plasma y poderes X que podrían aniquilar a la población aprovechando que las gentes se concentraban en masa en lugares concretos para cazar pokémones. Hasta que al final el columnista decidía hasta bajarse los pantalones y hacerle el amor a la Ley de Godwin metiendo en la maleta todos sus traumas contemporáneos: «… las teorías libertarias, libertarias y anarquistas de principios del siglo XX teorizaban acerca de cuestiones como el aborto, el amor libre, la defensa de los animales, la eutanasia o el vegetarianismo —ideas, algunas, por cierto, de Adolf Hitler—, todo eso acabó en la miseria moral en la que nos encontramos en la actualidad». El fin de fiesta de la columna era directamente espectacular y remataba un discurso fantástico y demencial en el que se podía escuchar un «pollavieja hace buen caldo» entonado por un coro de góspel si uno pegaba la oreja a la página del periódico: «Por eso no nos extraña ver a mujeres que son capaces de abortar tras ocho meses de gestación porque “les daba pereza” hacerlo antes. O abandonar al marido, estar con el amante, dejar al amante, volver con el marido, y encontrar otro amante».

El día que Nintendo nos enseñó a jugar

La editorial Héroes de Papel cobija en su catálogo los dos volúmenes de La historia de Nintendo, un par de libros de Florent Gorges que permiten descubrir que los orígenes de la empresa, en el muy lejano 1889, estaban enfocados hacia lo lúdico pero alejados de los contornos pixelados: Nintendo comenzaría fabricando cartas y juguetes clásicos mucho antes de convertir la pantalla del televisor en una ventana a otros mundos. Años más tarde la compañía se asentaría en el mundo del videojuego con una mentalidad empresarial muy japonesa, estricta consigo misma y el oficio. A causa de ello los juegos de producción propia resultaban minuciosos y rotundos: errar un par de milímetros en una partida podía implicar que un estereotipo de fontanero se precipitase al abismo, pero dicho error era siempre culpa del jugador porque el programa estaba afinado con precisión de relojero.

Nintendo gozaría de un éxito importante con la venta de hardware: NES, GameBoy (y casi todas las portátiles hasta llegar a la New Nintendo 3DS actual), SuperNES y Nintendo 64 tuvieron éxito entre mercados y jugadores. Su GameCube tuvo menos suerte de la deseada y el extraño experimento que era el Virtual Boy se enterró en cal viva al poco de nacer. La famosa Wii apostó por un marketing arriesgado que promocionaba la consola como un producto para toda la familia y arrasó vendiendo toneladas de unidades a personas que no jugaban habitualmente a videojuegos. A su sucesora Wii U le ocurriría todo lo contrario: en Nintendo no supieron venderla con claridad y el público creería de manera errónea que aquello era una Wii con una tablet acoplada, algo que provocó unas ventas situadas muy lejos de unas expectativas demasiado optimistas. Tras el tropezón, Nintendo necesitaba un nuevo tipo de táctica para reflotar y realizó un movimiento inesperado: anunciaría que el desarrollo de apps para el mercado del teléfono móvil. Era un paso extraño porque gran parte del valor de la compañía se basaba en tener un catálogo de videojuegos (las sagas Zelda o Mario) que solo era posible disfrutar en sus máquinas, y que probablemente resultaban mucho más incómodos en cualquier otro soporte que no fuese el original. Pero el plan de Nintendo no era trasladar los brincos entre champiñones al smarthphone, sino crear aplicaciones paralelas que introdujesen a cierto público en el mercado de las consolas. En marzo de 2016 la compañía lanzaba Miitomo, una red social protagonizada por los avatares que utilizaban los jugadores en las consolas de Nintendo. Un programa que gozaría de un éxito absurdo durante sus primeros días de vida, medio planeta se lo descargó gracias al boca a boca, pero murió con la misma rapidez con la que había crecido: dos semanas después de su nacimiento la aplicación había perdido a la mitad de sus usuarios.

Tras aquella incursión en el mercado móvil Nintendo encargaría el desarrollo de una aplicación llamada Pokémon Go a la compañía Niantic, una empresa que tenía cierta experiencia en la realidad aumentada al ser responsables de un exitoso juego llamado Ingress, que utilizaba el GPS del móvil para dibujar el escenario de la acción. Pokémon Go se estrenaría en julio del 2016 presentando una mecánica sencilla: utilizando el GPS del móvil, la aplicación sitúa al jugador en una especie de Google Maps plagado de pokémones, donde el objetivo consiste en atrapar a las criaturas, visitar poképaradas para recoger diferentes objetos (entre ellos las pokéballs necesarias para llevar a cabo la caza) y frecuentar gimnasios donde los animalillos digitales que el usuario ha capturado se pelean con los de otros jugadores. La gracia del asunto está en que todos los puntos de interés estaán situados en localizaciones reales, y para interactuar con los mismos es necesario salir de casa y desplazarse físicamente hasta sus proximidades. Los pokémones, el objetivo real de tanto trekking, brotan de manera aleatoria a lo largo del mapa y por eso mismo las posibilidades de encontrar un mayor número de criaturas dependen de lo largos que sean los paseos del jugador.

El día que Pokémon Go se convirtió en noticia

Advertencia de tráfico en Florida. Fotografía: Cyclonebiskit (CC).
Advertencia de tráfico en Florida. Fotografía: Cyclonebiskit (CC).

Tras su aterrizaje en el mercado del teléfono móvil, Pokémon Go se transformó en un éxito descomunal de manera instantánea. Con una cantidad disparatada de descargas y usuarios el fenómeno se tradujo en media humanidad paseando por las calles, con el teléfono en una mano en busca de un bichejo extraño al que lanzarle las pelotas, y la otra mitad de la población contemplándolo todo con la boca muy abierta por resultar todo el asunto algo mucho más divertido de observar que de jugar gracias a la, en apariencia, infinita cantidad de noticias absurdas y disparatadas que producen los monstruos de bolsillo.

Durante las primeras semanas de vida de la aplicación una chica llamada Shayla Wiggins, natural del Wyoming más rural, descubrió un cadáver en el río mientras peinaba la zona en busca de pokémones de agua, y algo muy similar ocurriría días más tarde en un parque de San Diego donde tres mujeres, que también se encontraban en plena cacería, acabarían encontrando el cuerpo de un hombre sin vida entre un par de arbustos. En Missouri un grupo de atracadores utilizaría los puntos de interés del juego como lugares donde acechar a posibles víctimas, y en California la casualidad quiso que un par de marines a la caza de poképaradas acabasen ayudando a la policía a capturar a un presunto asesino. La guionista de cómics Kate Leth compartiría una disparatada anécdota con forma de chiste sucedida en torno a un gimnasio Pokémon. Un hombre dispararía a un grupo de jugadores al confundirlos con posibles ladrones. Otro acabaría buceando en un estanque por no mirar dónde ponía los pies y un par más se caerían por un acantilado. La aplicación ayudaría a una mujer de Queens a descubrir que su pareja le ponía los cuernos (el hombre había cazado uno de aquellos seres en el interior de la casa de su exmujer).

El fenómeno social se extendería hacia diferentes hábitos de la vida diaria: las compañías de viaje comenzarían a ofrecer packs especializados que permitían recorrer rutas con pokémones a la vista, los bares aprenderían a anunciar en sus pizarras a los viandantes las criaturas disponibles en las cercanías y, en las webs de anuncios, un puñado de listos alquilarían sus paseos para atrapar monstruos a gente con menos tiempo libre. Lugares como Auschwitz se verían obligados a prohibir el uso de la aplicación y Niantic acabaría eliminando las poképaradas y gimnasio en los alrededores del Monumento de la Paz de Hiroshima. En Irán la Corte Suprema de los Espacios Virtuales (se llama así de verdad) ha decidido vetar el juego hasta tener claro de qué va el asunto. Un tal Michael Baker pasaría de ser un loser desconocido a una leyenda moderna cuando alguien le apuñaló en el hombro y en lugar de ir a buscar ayuda decidió continuar su misión de caza y captura de pokémones. Kohei Uchimura, un gimnasta japonés que mataba las horas muertas en las Olimpiadas de Río 2016 dándole duro al juego de Niantic, acabó convertido en titular al descubrir que no se había cambiado de tarifa de datos al salir de su país y su factura del móvil bailaba cerca de los cuatro mil quinientos euros. En la ciudad de Vaughan, Canadá, un helicóptero perseguiría a un coche de movimientos erráticos y conducta sospechosa para acabar descubriendo que estaba tripulado por cazadores de pokémon que habían decidido hacer la ronda sobre ruedas, un malentendido que acabó con un inusual comunicado oficial de la policía:

Finalmente ocurrió lo inaudito: los trucos para el juego se convirtieron en noticia en el medio periodístico cuando La Vanguardia apuntó cómo evitar perder las pokéballs en su sección de tecnología como si aquello fuera el rincón de trucos de la Hobby Consolas.

El día que todos nos volvimos gilipollas

De repente la población comenzó a dividirse entre los que salían a la calle a intentar atrapar a toda la fauna virtual y los que calificaban a los primeros de idiotas sin remedio y a la app en un detector de gilipollas. Llegó a alcanzarse un punto en el que despreciar el juego era la opción socialmente inteligente, aceptable y parecía obligatorio calificar de infraseres a los que jugaban en las calles, como si lo de caminar mirando el móvil lo hubiesen inventado las huestes de Pikachu y la gente no llevase años decorando las farolas con los dientes por andar ojeando redes sociales, whatsapps, porno gonzo y trivialidades diversas en la segunda pantalla. Más disparatado sería observar que los fans originales de la saga Pokémon (que lleva en el mercado desde 1996 en forma de RPG exitoso) empezaban a renegar de los jugadores de Pokémon Go al considerarlo un producto paralelo, casual y tontorrón que funcionaba como una aplicación para hacer deporte disfrazada y no tenía la profundidad del juego en el que se inspiraba.

La percepción del asunto resultaba paradójica: los padres que llevaban años quejándose de cómo los videojuegos evitaban que los niños respirasen el aire del exterior ahora se defecaban en un juego cuya razón de ser era salir de casa, patear mucho y visitar poképaradas que el juego ubicaba en zonas de interés, lugares conocidos de cada barrio, monumentos, edificios históricos o iglesias.

Werner Herzog. Imagen: Erinc Salor
Werner Herzog. Fotografía: Erinc Salor (CC).

Y entre todo esto apareció Werner Herzog, director y fundador del nuevo cine alemán, mostrándose sincero y despreocupado con el asunto que parecía traer a todo el mundo de cabeza: en una entrevista para The Verge, al ser cuestionado sobre el fenómeno respondería: «No sé lo que es Pokémon Go y todas esas cosas. Estás hablando con alguien que hizo su primera llamada a los diecisiete años, con alguien que por razones culturales no tiene teléfono móvil». A lo mejor la posición de Herzog, la de no hablar de algo si no tienes ni puta idea, era la única coherente y la que nadie se molestaba en haber considerado. Quizás Pablo Hasel y sor Lucía Caram tenían poca fe en la capacidad del ser humano para la multitarea y por eso confundían velocidades y mantecas al relacionar con una lógica infantil asuntos que nunca han sido excluyentes. Probablemente Rihanna andaba un poco quemada de las giras y Oliver Stone a estas alturas ha logrado perfeccionar su técnica a la hora de moldear gorritos con papel de plata. Lo de José Aranda directamente no tenía explicación, porque todo el mundo sabe que si en el futuro un denominado (gesto con los dedos de abrir comillas) «poder X» (gesto con los dedos de cerrar comillas) quiere acabar con la población el truco no consiste en apuntar los misiles hacia el lugar donde brotan los pokémones legendarios, sino hacia el estadio donde se celebre la final futbolística de turno. En el fondo todo este asunto de mirar por encima del hombro a los jugadores y considerarlos una masa borrega tiene pinta de adoptar la forma de un señor muy ofendido que se burla de aquellos chavales que se entretienen enfundándose en cosplays, pero que al mismo tiempo no considera un problema pintarse la cara con los colores de su equipo y atornillarse el sombrero de bufón para animar en el estadio.

A lo mejor es que todos nos hemos vuelto gilipollas y acabamos de descubrir antes de ayer que lo que persigue una compañía es el éxito de su producto. A lo mejor ahora está bien visto condenar a alguien por sus hobbies y culpar a un juego por invitar a jugar.

A lo mejor es verdad que Pokémon Go funciona como un detector de gilipollas.


Librerías con encanto: Akira Cómics

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Aquí, Dios es Stan Lee. Desde las nubes, alarga su dedo hacia su creación, que le extiende el índice arácnido vestido de licra azul y roja, esperando ser dotado de la chispa de la vida. No llegan a tocarse, como tampoco lo hacen Dios y Adán en la pintura de Miguel Ángel que aboveda la Capilla Sixtina. Aquí no hay ignudi, ni querubines. En esta constelación están Thor, Hulk, el Capitán América y también Superman —siempre supimos que Dios era marvelita, pero no un fanático— recibiendo desde el techo al visitante de Akira Cómics (Avenida de Betanzos, 74, Madrid). Los quince metros de Capilla Sixtina superheróica pintados por uno de los propietarios, Jesús Marugán, ofician de antesala y santuario de este local de dos plantas y trescientos setenta metros cuadrados. Porque vender cómics no es el único motor que movió a la familia Marugán Escobar a montar, hace veintitrés años, una tienda especializada. Cuentacuentos, museo, actividades, aplicaciones móviles, presentaciones, charlas… Hasta donde alcanza la vista, todo es viñeta.

En 2012 les nombraron mejor tienda de cómics del mundo con el Premio Eisner, el Óscar del cómic que reconoció su habilidad para hacer lo que mejor saben: ni ser los más grandes, ni los más céntricos, ni los que tienen las camisetas más frikis. Sencillamente, descubrirte cuál es el cómic perfecto para ti (que no te has acercado a ellos jamás y crees que «tebeo» es algo despectivo), o para ti (que sigues en Twitter a Garth Ennis).

Charlamos con Jesús Marugán, copropietario de la tienda y Miguel Ángel con chaleco rojo de Akira Cómics.

Estamos hablando con uno de los personajes del Fanhunter de Cels Piñol, nada menos. En la serie tú eras uno de los jefes de la resistencia contracultural, y tu némesis era Alejo Cuervo. ¿Viene esto de alguna rivalidad real, él era el bueno y tú el malo?

No, no, qué va. Si es que en realidad es a él al que le gusta ser el villano. En el 94, cuando empezó la serie, le decía: ¿te gusta ser el malo? Y él me decía que claro, que le gustaba mucho más que cualquier otra cosa. Y tiene razón, es algo que he entendido con los años: mejor un villano que un héroe. Tienen un encanto que no tienen los buenos.

¿Había algo de metafórico en ser jefe de la zona libre?

Lo que pasa es que Cels, por lo menos en los años noventa, dividió España entre los lugares donde lo tratábamos bien y entre los que le ignoraban. Por eso nos convirtió en núcleos de resistencia, como había hecho en Barcelona con Antifaz Cómics. Ellos son más protagonistas porque son quienes le dieron la oportunidad de vender su fanzine cuando era un don nadie. Por eso él los pone en los agradecimientos desde siempre hasta el fin de los tiempos. Reconoce que ser un don nadie y que alguien te diga: «Sí, sí, te lo vendo en la tienda» es lo que le permitió llegar a ser famoso. Y en el caso de Alejo, es el malo porque cuando Celso entró en Gigamesh la primera vez, y Alejo le empezó a hablar de títulos y tal, como hacemos aquí, se fue con un taco así de grande. De cosas imprescindibles. Y entonces dijo: «¡Este es un fenicio!». Como le gusta tanto Philip K. Dick le imbuyó en eso. Es algo muy frecuente cuando conoces a Alejo. Cuando le conocí confesé que no me había leído ninguna obra de K. Dick. «¿Es mucho pecado?», le dije. Y ya te imaginas lo que me respondió. Hoy en día, después de haber leído todo, pienso como él, que es el autor referencial, y eso que yo he sido siempre de Asimov. Cuando me llega algún cliente cojo el relevo y le evangelizo.

Acabáis de reabrir el Museo Akira Cómics, la joya de la corona de la librería, con originales de Watchmen, de Kirby… ¿Cómo surge el proyecto?

Sí, lo hemos recomenzado tras las Navidades. Iván es el comisario de la exposición, el que se encarga de contar el anecdotario de las obras que tenemos, porque todo está enfocado al visitante que desconoce el mundo del original, al que le llama la atención ver marcas de típex en un original, o ese tipo de cosas. Hemos renovado los originales, porque la iniciativa trajo un aluvión de gente, así que seguimos reinvirtiendo dinero en ellos. Esto es una cosa de la que no sacamos un duro porque no cobramos las visitas, y aun así vamos por la segunda fase: ahora tenemos un Will Eisner, tenemos un Superlópez de Jan, un John Byrne, un Lee de WildCats… Hay muchos compañeros y distribuidores del sector que piensan que estamos chalados. Porque claro, te preguntan qué sacas con esto, y dices la verdad: que la gente venga a la tienda. Y que lo disfruten, porque al final el arte original es una cosa muy chula donde se puede unir el mundo del cómic y el mundo del museo, pero no tiene una monetización más allá de eso realmente. Somos bichos muy raros en ese sentido.

Parece que en España empiezan a abrirse los museos al arte del cómic, ahora mismo la Fundación Telefónica ha abierto una exposición, y también el Museo ABC está programando cada vez más actividades.

Sí, parece que empezamos a abrir las fronteras, porque ya hacía falta y tocaba. Al fin y al cabo en países como en Francia tienen mucho terreno ganado con esto, no es raro encontrar piezas de cómic en museo.

El Louvre hizo su primera exposición incluyendo cómics en 2005, que no es hace tanto.

Sí, es cierto. Pero para ellos el cómic es más cultura que aquí, que el museo no lo tengan tan atendido si en global lo ven distinto. Aquí el cómic es algo que se ha entendido toda la vida como una cosa para niños, luego ya como para adolescentes que les gustan los superhéroes, y ahora se está empezando a ver que es un elemento narrativo y artístico adicional a la música, al teatro…

La categoría oficiosa del «noveno arte».

Estoy encantado con esa denominación. Una pregunta que nos hacen habitualmente es que cómo vemos el tema de las descargas y la piratería, con las nuevas tecnologías, si nos afectan. La verdad es que no le afectan mucho, porque el cómic es como la evolución de las especies. Es una hibridación de dos elementos, la narrativa y la pintura, y eso lo que le permite es resistir a problemas que tienen esos dos elementos por separado. En el caso de la pintura, que tenga reproducciones y no tengas que ir a un museo para ver un cuadro; y en el caso del libro, el libro electrónico. Y lo cierto es que el cómic aguanta muy bien y muy sano todo eso. Cuando voy a Estados Unidos y visito allí tiendas, secciones como la de cómic atrasado que nosotros tenemos abajo, ellos lo tienen multiplicado por diez. Y eso significa que goza de muy buena salud el cómic tangible. El día que yo deje de ver eso allí será cuando aquí nos empezaremos a preocupar. A lo mejor el cómic es el que es capaz de aguantar este devenir de nuevas tecnologías, de cambio de modas.

¿Y no es eso también por el propio perfil del aficionado, de cierto fetichismo por el cómic?

Claro, y por el coleccionismo también. De hecho, las editoriales y las industrias y los países que cuidan eso hacen vida, porque también es cuidar al propio público. El cómic es un producto que se publica muy bien por eso, porque el público no solo lo quiere para leer, lo quiere para cuidarlo, que tenga un aspecto chulo… Hasta el punto de que internacionalmente se considera al cómic español, en cuanto a impresión y edición, de los mejores del mundo en calidad.

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Has abierto el melón: como en tantas cosas, está mejor considerado fuera que dentro. Hasta que llega un bombazo como Blacksad, que triunfa fuera y entonces todo el mundo lo abraza como éxito propio.

Es tal cual. Es un camino que aún hay que recorrer. Justo el año en que estuvimos en la Comic Con de San Diego — en 2013, que fui jurado por el premio que habíamos ganado el año anterior— le dieron a Juanjo Guarnido el Premio Eisner por Blacksad. Y da gusto ver allí una sala de americanos, aplaudiendo todos, gente que son profesionales del sector, reconociendo la valía de ese cómic… ¡Cuando en tu propio país no había tenido eco! Te da una envidia sana. Y eso que no es un cómic americano, pero lo está reconociendo allí la industria más poderosa del planeta, reconociendo lo que vale, y es un orgullo. Pero fuera, claro.

¿Ha marcado un punto de inflexión Blacksad para la consideración del cómic español? Tanto dentro como fuera.

Sí. Porque por ejemplo ahora con Paco Roca ya lo veis, todo el fenómeno en torno a él está moviendo mucha prensa variada, mucha reseña cultural. El año pasado a la exposición que hizo fue mogollón de gente, y ahí es donde notas que algo está cambiando. A lo mejor un poco más lento de lo que debiera, pero sí que está habiendo un cambio. Y en eso el primer culpable es Blacksad. Y a partir de ahí genera un efecto ola que hace que el no conocedor del mundo del cómic entienda que es un elemento narrativo de comunicación cultural fundamental, que no es una cosa para que el niño se entretenga y nada más.

En ese efecto ola, ¿no ha influido mucho también el cine? Porque habrá mucha gente que se ha acercado a Roca después de ver Arrugas, sin tener idea de que eso venía de un cómic previo. Lo mismo que las adaptaciones de Hollywood.

Ni os lo imagináis. Bueno, igual sí. El año pasado yo entrevisté en San Diego a Joe Ferrara, porque estoy haciendo una especie de documental de eso, de un español en la Comic Con. Le pregunté cómo veía él que en Big Bang Theory se haga humor de sus gustos, en contraste con la gente que no es así. Y me respondió: «Es un chiste viejo, que ya no hace gracia. Porque ahora mismo en este país el raro, el friki, es al que no le gusta algo de todo esto». Por la impregnación cultural que tiene, entre otros factores por el cine. El éxito de Juego de Tronos, el no se qué… Está por todas partes. Eso allí, y creo que aquí acabará pasando lo mismo. Es una cuestión de tiempo, como el tabaco: en Estados Unidos los quince días que estoy me olvido de que existe el tabaco, no fuma ni Dios, pero es que ni por la calle. Aquí todavía no, pero en unos años pasará lo mismo. En esta cuestión, lo mismo.

¿Y crees que en España las editoriales aprovechan suficientemente el tirón?

Lo que a veces decimos a las editoriales y a las distribuidoras es que deberían aprovechar todavía más esa popularización que propicia la multimedia hoy en día, porque algunos no lo aprovechan del todo, algunos no se dan cuenta de que eso es un tesoro, parece que les da casi hasta como complejo. Es que no es una cosa mala, es positiva. Lo malo era cuando empezamos hace veinte años, éramos cuatro pringados, encima las películas eran cutres y te daba pudor que hubiera una adaptación. Ahora es una edad dorada que no sabes si algún día va a acabar, pero hay que aprovecharla. Si a partir de algo que sale en cine o el cine te la amplifica puedes hacer que una persona de cada cien conozca el mundo del cómic, cojonudo. Hay editoriales que no lo acaban de entender, parece que están más a gusto  en el gueto. Ahora mismo la gente de hasta veinte años, los millenials, como ya se han educado con todo el manga y el anime que está por todas partes, y los salones del manga y tal, no lo ve de esa forma. Una persona de esa edad lo ve mucho más pancultural, incluso una cosa tan japonesa como son esos fenómenos. Quizás de aquí a veinte años…

Es interesante lo de los jóvenes que mencionas. Porque nuestras generaciones hemos consumido siempre cómics sabiendo que era algo que estaba fuera del circuito cultural mayoritario, pero ahora para ellos no es así.

Y hasta la llegada de la democracia, directamente estaba considerado como un subproducto en este país. Encima, siendo vecinos de los franceses o de los italianos con el fumetti, aquí era un subproducto, era una vergüenza. Por eso pasó el boom de los ochenta con el Víbora, Cairo, y todas estas revistas, porque fue una forma de decir: oye, es que el cómic puede contar más cosas y puede contar cosas de adulto, cosas violentas, eróticas. Como el destape en el cine. Y todavía estamos recuperando ese tiempo perdido.

Ahora ya hay una generación que se está educando con el cómic como algo completamente integrado en la cultura. No hay más que ver la oferta que tienen las grandes superficies en cómic, que se ha ido engrosando en los últimos años.

El estado en el que estamos ahora no nos lo habríamos imaginado en los noventa. Entonces pensábamos que nos íbamos al paro todos, que acabaríamos cerrando, de hecho los americanos lo llaman «los oscuros años noventa». Porque era una década en la que en España, además de la crisis que sufríamos, el panorama editorial estaba muy mal. En el caso del mercado americano habían tenido el boom de especulación que se había ido todo a tomar por culo, Marvel y DC estaban hechas una porra, sus historias eran muy malas, cuando Marvel entró en bancarrota… Cada día decíamos eso, hablábamos así en casa: en dos años, tenemos que cerrar. Piensa que abrimos en el peor año que hemos tenido en este país, aparte del año 2008-2009, con la diferencia de que en esta segunda crisis ya sabíamos que había una crisis. Nosotros cuando abrimos la tienda no éramos conscientes de que sufríamos una crisis, veníamos del Barcelona 92, todo muy bien, y claro, pones un negocio y  la gente no entra a comprar ni a tiros. No sabes qué está pasando: si es que eres feo tú, si es fea la tienda, si el barrio no es el adecuado, si están todos en contra de ti… No lo sabes hasta que no empiezan a pasar los años y ves lo que ocurría. En esa época cerraron muchos puntos de venta por esa razón, porque venían de malacostrumbrarse al boom que hubo, brevemente, a finales de los ochenta, principios de los noventa cuando surge Image Comics, y cuando aquí en España se vivía de cómics de importación. Allí en Estados Unidos se llegaron a publicar millones de ejemplares de tirada de un solo número. Cuando ha llegado esta segunda crisis al menos pensamos que saber que tienes una enfermedad es el primer paso a la curación.

Así que: muchas gracias, Hollywood.

Sí, muchas gracias.

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Decís que hacéis las cosas al contrario, porque en lugar de expandiros, hacer franquicia, o mudaros al centro de la ciudad, habéis decidido abrir un museo. ¿Por qué?

Pues porque somos una familia rara y especial, en todos los sentidos. Y como libreros más todavía. Por eso somos como somos. Hay gente que no entiende nuestra localización, por ejemplo.

Sí, que no esté en un sitio céntrico donde aprovechar más afluencia de gente. Llama la atención.

Eso es. Es que nosotros no queríamos poner una tienda junto a todas las demás, como se suele hacer en esta ciudad, porque no era nuestra visión. Y no hemos querido montar una cadena de franquicias porque no es lo nuestro, porque además se pierde el know how que tienes como empresa. Y tampoco nos gusta que sea todo monetizado. El año pasado sacamos una aplicación para móvil, somos la primera librería que la tiene, precisamente por eso. Antes que gastar nuestros esfuerzos en montar cosas por ahí es mejor que la gente a través de un dispositivo que lleva encima pueda conocernos por cualquier lado. En el año 95 fuimos, junto con otra tienda de Barcelona, los primeros que desembarcamos en internet por la misma razón. Y se reían de nosotros. Nos ha gustado siempre mucho la informática, mi padre viene de ese sector, yo me he destetado leyendo manuales de informática desde pequeño, la llevamos muy integrada en el día a día. En cuanto conocimos internet supimos que algún día eso sería importante. Loa aplicación para móviles es igual, habrá un momento en el que será lo más habitual del mundo, y recordaremos cómo en 2015 nos lanzamos a ello. El móvil permite utilizar la tecnología iBeacon: entras en un establecimiento y el móvil te avisa de que tienes ahí un producto que te puede interesar. Pero también para el museo es muy interesante, porque te evita la audioguía.

Hablamos del móvil, de nuevas tecnologías, de cómo alguien desde Cuenca puede comprar un cómic aquí… Pero precisamente el Premio Eisner que os dieron en 2012 como mejor tienda de cómics del mundo no fue por vuestro fondo, ni por la innovación, sino por fidelizar a la gente a venir a la tienda.

El problema es que tú no puedes ir en contra de los tiempos. Si la tecnología consigue facilitar las compras desde donde sea no puedes evitarlo porque es un tsunami que te arrasa. Ya que eso ocurre y es una realidad, lo mejor es tener una buena infraestructura. Eso no quita para que luego paralelamente hagas otras cosas. Porque aparte de esa inversión en la venta a distancia, a nosotros nos gusta que la gente disfrute con la experiencia de venir aquí físicamente. Pintar esta burrada [señala la Capilla Sixtina Superheroica, N. d. R.], que me llevó un montón de meses, o el museo, o la cafetería donde estamos, estar siempre tratando de diseñar de la forma más amigable el tránsito por la tienda… Y a la vez no debes olvidar tu salida al exterior porque eso permite que nos visite gente de fuera de Madrid, que viene porque te conoce. Pero lo importante es que no puedes dar un buen servicio a distancia si no das un buen servicio offline. Lo principal es que a la gente le guste la tienda y esté cómoda, porque eso es el objetivo original y siempre será la base de operaciones. Lo que más nos ilusiona es que esté bien provista bonita.

Es un poco esa definición de «mi librero de confianza» que también usaba Cels en Fanhunter. ¿Cómo tratáis de orientar, además de verbalmente, al que desembarca aquí sin tener ni idea?

Mira, en esos muebles europeos de arriba tenemos montada una cosa que importó Iván de las librerías de cómic belga. Allí tienen la costumbre de poner una especie de afiche en los cómics donde escriben una sinopsis y por qué a la librería le parece interesante. Yo cotilleo americanos y él cotillea belgas, y me dijo que eso es interesante para incluirlo. Porque hay mucho cómic americano y europeo muy bueno, y la gente recurre a ti para que asesores. Es una parte extra, además del boca a boca de «llévate este o este otro», añadir eso. En la planta de abajo, la de superhéroes, una buena orientación es no decir jamás que todo es maravilloso. Si me preguntan qué me parece algo que no me gusta, lo digo. Lo tengo que vender, pero si es una mierda, es una mierda. Que no te pueda el afán de vender.

¿Nos ha hecho internet más selectivos con los cómics o menos? Porque ahora cuando vamos a comprar un ejempla, venimos con mucha más información previa sobre él de la que teníamos antes.

La pregunta que yo creo que habría que hacerse es si no hay mucha más oferta que antes, y por eso necesitamos  organización. A vuestro alrededor tenéis cuarenta y cinco mil productos distintos.

¿Solo libros o contando merchandising?

Merchandising no hay casi nada. De esos cuarenta y cinco mil a lo mejor mil son merchandising, que no es casi nada. Aparenta mucho pero la mayoría son cómic y libros, que es lo que dice la base de datos. Darle una organización a eso en la tienda es muy complicado, en la web es más sencillo, y si además trabajas con sus cookies… Pero físicamente es más complicado si manejas un catálogo muy grande. Hace veintirés años la oferta era mucho más pequeña, Marvel publicaba muchos menos títulos, Norma tenía menos también, y ahora hay además muchas más editoriales. Entonces era muy sencillo, pero también más aburrido, porque ibas a un sitio a comprar y tenías sota, caballo y rey. Lo bueno es que ahora cualquier perfil de gustos va a tener un cómic a su medida. Tienes un espectro tan grande que no vale decir que no.

En cuanto al merchandising, en el año 2008, cuando llegó la crisis, hubo sitios que como tenían media tienda de merchan, y el merchan literalmente se desplomó, algunos cerraron y otros se quedaron a punto. Y nos contaban cosas terribles, porque tú mismo te has acostumbrado a depender de unos pies de barro muy grandes. En vez de que sea una cosa complementaria, que sirva de reclamo, metían más y descuidaban el cómic. Y te lo decían: esto cunde más porque vale cincuenta y lo vendo por el triple. Llega una crisis y cataplúm. Son vicios malos, una cosa que controlándola te es beneficiosa. También nosotros en eso somos raros, eh. Porque lo controlamos mucho, con papel y lápiz, sabemos que por ahí es por dónde cierras, o te vas a la ruina o te hipotecas. Y porque además somos libreros, y la tienda la pusimos por eso. Si eres librero eres librero, no es que quieras vender merchan. Hablábamos antes de Alejo, y cuando le conocí y me enseñó la tienda me sirvió también mucho en este sentido. Además de darme una serie de consejos supersabios me sirvió ver cómo él tiene la tienda, donde hay muchos libros. Y luego tiene el merchan, que lo trae por el previews, pero lo tiene muy controlado, y lo sigue teniendo así. Tiene claro que la venta principal es de libros. Para mí eso fue palabra de Dios.

No podemos obviar que has conocido a Stan Lee en la Comic Con. Cuéntanos algo.

Es un tipo majísimo, majísimo de verdad, más de lo que te esperas de alguien como él. Tuvimos mucha suerte, porque era un sorteo que hacía Marvel, y solo cincuenta personas pudimos conocerle en la Comic Con. Y me tocó. Ha dicho este año que ya no va a ir a la convención. Pero el mayor rendimiento que saco de la Comic-Con son las reuniones de libreros profesionales, el intercambio de ideas. A mí eso ya me paga el viaje, siempre vuelvo de allí con ideas chulas. Porque al final todos trabajamos el mismo producto, pero no es igual.

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De hecho Akira Cómics no reniega de tener una inspiración como tienda claramente americana.

Claro. Me las estudio y escruto todas. Mi opinión personal es que ellos son una sociedad que sabe muy bien cómo vender las cosas y cómo hacerlas atractivas. Al final, lo que me aportan es eso, gratuitamente me dan herramientas para poder embellecer la tienda. Nos inspiramos en un modelo de librería que en cuanto a exposición y cómo venderlo para mí son los mejores. Eso cuando lo hacen bien, porque a veces te encuentras un sitio que de guarro es el más guarro del mundo. En Nueva York está Midtown Comics, que te puedo hacer el plano sin mirar el papel. Me la tengo empollada de arriba a abajo. Aunque hay cosas que no, que aquí parecerían horteras o incómodas, en la mayoría son ejemplos para copiar.

¿Por ejemplo?

Cosas tan simples como la cartelería. Los españoles pensamos que la información la sabemos no se por qué, por ciencia infusa. Una cosa que nos dice la gente cuando pasea por la tienda es que tenemos una gran profusión de indicadores y carteles, y claro, pues sí. En este sector se comete mucho ese error, pensar que quien entra en la tienda ya sabe dónde está todo

¿Y eso no es porque sigue siendo endogámico, que se da por sentado que el que entra a la tienda es el friki más grande del mundo? ¿El que conoce desde lejos las portadas de Vértigo?

Exactamente. Por eso es un problema. Porque el público que más deseas captar es el casual, no el habitual, porque es el que más hay. Alguien que compre en la tienda no se cuál es difícil que me venga a comprarme a mí, podrá venir alguna vez porque le interese alguna cosa, pero cada uno tiene su parroquia. Por eso quieres captar a alguien que pase por la puerta y le resulte atractivo. Eso es lo que nos destacaron los americanos con el premio que nos dieron, no asustar al que pase por la puerta, sino todo lo contrario, que diga «coño, qué interesante» y que dentro se pueda desenvolver.

Es decir: no abrumar. Algo de lo que se quejan mucho los que no son aficionados cuando entran a una tienda especializada.

Sí. Un feedback muy chulo es ese: «He encontrado muy fácilmente las cosas, me he sentido muy acogido». Ves que lo que hacemos funciona. Que alguien que venía a comprarle algo a alguien no se ha sentido ni abrumado ni asustado, ni ajeno ni mareado. Que eso lo he conocido mucho por amigos que se habían ido de sitios porque se acojonaron. Sobre todo con mujeres, porque encima hasta hace no mucho esto eran sitios habitualmente de hombres, y todavía eso produce un choque más. Tuve una conversación en San Diego con Jennifer Haines, que ganó el premio con nosotros, ella es de Canadá. Esa librería de cómics la lleva una mujer y todas son trabajadoras. Hablando con ella de estas cosas me dijo que el enfoque que le daba a su librería es que la experiencia de compra sea lo chulo, porque nosotros normalmente como hombres no valoramos tanto la experiencia de la compra en sí como el producto. Por eso nos da igual que haya mierda en el suelo o lo que sea, vas a por lo que vas, te lo compras y te lo llevas. Pero a vosotras os gusta disfrutar, y entonces la tienda la tiene montada para eso. Eso me dio mucho que pensar.

No sé si estoy muy de acuerdo en eso de que la experiencia de compra es algo peculiarmente femenino, eso del «el hombre va a comprar algo y la mujer va de compras». He ido a comprar cómics con hombres toda mi vida y la experiencia es la misma…

Es una generalización, claro. Pero ya te digo que cuando voy a comprar algo para mi es una tortura y no quiero enrollarme nada.

Pero seguro que con los cómic no, con eso te puedes pasar horas comprando y mirando. Quizá dependa más de si te gusta lo que vas a comprar, o no.

Claro, puede ser. Pero ya que vas a comprar, lo que sea, buscas es que la experiencia sea lo mejor posible.

Y cuál es el balance desde entonces. ¿Han venido más mujeres a comprar?

No es presuntuoso, pero nosotros desde el momento en que abrimos no nos hemos podido quejar en ese sentido. Hemos tenido siempre muchas chicas, nuestro porcentaje está alrededor de un cuarenta por ciento de la clientela, es casi la mitad.

Ya solo falta que se equilibren más las autoras de cómic y estupendo.

Sí, eso va a costar más trabajo, como bien sabréis. Pero sí, en cuanto a fans, como desde el principio estamos muy implicados con el manga supongo que algo tiene que ver, porque ese es el canal que más mujeres ha aportado tradicionalmente. Ahí tienes todo el Shōjo, un género que los chicos no suele leer, y hay un montón de títulos. Hay una editorial como Ivrea que prácticamente ha construido su imperio alrededor de esos títulos. Abajo tenemos una selección específica, y si empiezas a ver todas las colecciones que hay no acabas, y solo lo compran chicas. Además chicas de unas edades que son perfectas para engancharse, que son adolescentes, jóvenes, para que luego a partir de eso puedan irse al europeo, al americano… y eso lleva pasando casi desde el principio.

Y en los títulos no específicamente femeninos, ¿ahí se nota?

Sí, con el auge de Hollywood además se nota mucho. Y luego las nuevas generaciones que al fin ya no tienen ese estigma de decir que esto es un hobby de hombres.

Tenemos muy claros cuáles son los referentes del cómic en nuestra generación, pero en estas que vienen, ¿son los mismos? ¿Persiste la lucha de Marvel y DC?

Claro, ellos también son permeables a la cultura popular y ahora Marvel y DC son cultura popular como tal. Como Star Wars.

Hemos visto también que acogéis presentaciones de libros que escriben youtubers, lo que imagino que os proporciona un contacto con el público que les sigue y viene aquí, y algo sabréis sobre sus gustos. ¿Leen algo de cómic español?

Creo que lo consideran aún un producto un tanto viejuno, pero por ejemplo Laura Gallego García para ellos es el alfa y el omega. Si hay un cómic de Memorias de Idhun lo compran. Pero tampoco hay muchos. Es una cosa que les decimos a las editoriales, que necesitan publicar y generar títulos que sean atractivos para ese tipo de público. Gente que se mueve ya en el entorno de YouTube, que no ve la televisión, que si la ve es porque están apuntados a series tipo Netflix. Hay un cambio generacional muy grande, más de lo que parece. Por eso en este tipo de gente que sean influencers es tan gordo, porque ellos una noticia en la televisión ellos no lo van a ver, pero si uno de los youtubers habla en su canal de ello lo van a seguir muchísimo. Y ahí lo tienes, y lo verás mil veces, porque vamos a seguir insistiendo en esa dinámica. Lo que pasa que se mueven también mucho en novelas de fantasía y tal, este chico, Javier Ruescas por ejemplo, escribe sobre ello. Tendrían que ser cómics que se entremezclaran con esos géneros, y no hay tantos. Es una cosa de la que adolece el mercado español y que todavía ganaría más lectores en el sector en el que las editoriales españolas más se quejan de que no lo tienen, en esas edades. Porque a partir de los veinte años ya, te enganchas y ya tienes dinero, y es otra cosa.

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Has colaborado, o colaboras, en medios generalistas, pero también en medios de cultura geek, digamos. ¿Cómo ves el tratamiento del mundo del cómic desde los generalistas? ¿Parte de la responsabilidad de haber extendido su consideración como arte menor la tienen ellos?

Sí, hay medios como el programa de radio de Laura que hacen mucho a favor, pero lo que se echa en falta es que esté en todas emisoras. Parece casi que sales medio llorando, cuando es algo que tiene su audiencia y tiene su público. Existe tanto producto que el público lo que quiere es que le informes y le dirijas. Hay periodistas capacitados perfectamente para ello, la cuestión final es la cabeza dirigente, el problema es que quien dirige es el que menos conoce el asunto. Todos los periodistas que han pasado por aquí me han dicho lo mismo, que son consumidores y les encanta; pero que les dicen «hay que enfocar esto desde la perspectiva de que son unos frikis». No son los profesionales de a pie los culpables del tratamiento, sino los jefes, los que aún lo ven desde un punto de vista displicente. O no le hace caso, o no le interesa la noticia. Pero creo que con tiempo se va cambiando. Las personas que van teniendo cierta edad conseguirán puestos de mando en medios, llegará un momento en que será una parte tan integrada en la cultura que surgirá la necesidad de darle más espacio. Quizá es que aún estamos un poco en pañales en ese sentido, llevamos escasamente treinta años desde que el cómic en España pasa de ser un subproducto para niños a ser una cosa con más entidad, y esto requiere un camino adicional. Quizá necesitamos unos veinte años más para que acabe, porque sí que es cierto que poco a poco va viéndose más. Antes era más complicado ver alguna reseña, pero ahora entre autores y público va introduciéndose, aunque lentamente.

Y vosotros, personalmente, me imagino que habréis notado mucho la repercusión del Premio Eisner.

Sí, Ferrara me lo avisó en su momento, que el premio es un antes y un después para el país que lo gana y para el sitio que lo gana. Es un amplificador. Y sí, lo hemos vivido tanto por parte del público como por parte de los medios, ahora nos atienden más porque al fin y al cabo estás representando un referendo internacional.

Al final, el mismo ejemplo de Blacksad que hablábamos antes.

Sí, exacto. Y eso es algo que les sorprende mucho allí, porque no conocen la idiosincrasia nuestra y hay que avisarles de que somos un país un poco peculiar para algunas cosas. Todas las comidas que hacemos allí me preguntan por esto. Porque eres el exótico, y siempre surgen estas cuestiones. De cómo se ve el fenómeno del cómic en España y cómo ha crecido. Para ellos es distinto. Cuando pones allí la tele porque va a empezar la Comic-Con aparece la reseña en todas las televisiones a escala nacional, lo llaman the number one american pop culture event, y lo tratan muy chulo. No es como aquí, que se ve ahí un tío mirando de forma desganada... La cobertura de ellos es superchula, y ahí es donde te das cuenta de que el propio medio sabe que es una cosa muy importante y que hay que tratarla con respeto. El gran acierto que se tuvo en la Comic-Con y en este tipo de eventos fue unir Hollywood y el mundo del cómic, que hasta ese momento era una cosa más reducida. ¿Por qué no se hace lo mismo en España? Porque al final es dinero. Y si quieres hacer negocio, pues joder, imita al que mejor lo sabe hacer haciendo un show bussines. O por lo menos coge su forma de enfocarlo. Y no se hace. A mí me han dicho: «Es que eso son los americanos, que son como son», y tú te respondes: «Y así nos va». Que te vas a un salón y el suelo es una guarrería, y allí está enmoquetado.

Bueno, aquí tenemos el Salón del cómic de Barcelona que…

Y aún así es feo. Porque no se cuidan ciertos detalles de estética, es lo que decíamos antes. Parece que pones un sitio y la gente tiene que entrar porque está obligada. Tendrás que ofrecerle estética, atractivo, glamur… Y esto se aplica a todo, a los salones de cómic pero también a las panaderías. Y los salones de cómic aquí en España podrían mejorarse mucho. Y no es cuestión solo de que haya o no haya dinero. Hay que buscar alternativas. 

Pero estás metido en el sector, también habrá gente intentando subsanar estos errores.

Los que más son los del Salón del Cómic de Gijón, que llevan dos años. Y el resultado es bastante mejor, porque lo primero es que traer autores, autores americanos. Editan también un cómic para vender allí con una portada especial. Tienen iniciativas que están inspiradas en sitios de fuera y tratan de seguir una guía que les separe de lo habitual, para que la gente no diga «otro salón más». El año pasado tuvieron bastante éxito con eso. Por el momento son los raros, pero bueno, se ve a alguien que tiene cierta intención de hacer las cosas de otra manera. Al final lo que mola es que este tipo de salones te oferten esta especie de glamur que no tienes habitualmente, ni en tu tienda, ni en tu barrio, ni en tu salón de aquí.

Otra cosa, fuiste muchos años el Darth Vader de la Legión 501, pero has colgado los hábitos.

Sí, en el 2008 fue la última vez que lo hice, y colgué el traje en ese maniquí y ahí sigue. En esos diez años participé como en cincuenta acciones, y se suda mucho dentro de ese traje.

Algo sabemos de lo mal que se pasa ahí dentro, sí.

De hecho en esa época estaba superdelgado, porque sudas un montón dentro de ese traje. Hay un corto rodado en Valencia con unos chicos, donde hacía de Vader y casi me caigo redondo. Me subieron a la peña de un cerro, encima en julio, tres horas para una toma en un secarral, y no tenían nada para que fuera bebiendo. Y en cierto momento digo: «Me parece que me voy a desmayar»; cuando vi al año siguiente en Baréin a Fernando Alonso que se le estropeó el agua y le pasaba eso pensé: «Efectivamente, puede pasar». Que en el podio ni se podía poner de pie. Desde entonces en verano ya no me lo volví a poner. Luego te quitas el traje y vas como el monstruo de la Laguna Negra, dejando huellitas de sudor.

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¿No te han entrado ganas de volver con el episodio VII? Imagino que en la tienda estaréis encantados con el repunte de interés en torno al universo con la nueva película.

Sí, un poco, la verdad. En el público se ha notado mucho el repunte de interés con Star Wars. Además de porque sea una película que está bien, porque como las preculeas eran flojas por mucho que tuvieran efecto amplificador enseguida se deshinchaban. Y además estaba Peter Jackson con El señor de los anillos metiéndole zascas continuamente, porque era una película que salía después y era mucho mejor. Y el regusto que quedaba era un tanto malo. Pero con esta, joder. Es una película de un director bueno, que le ha salido bastante redonda, una recaudación de la leche, en Navidades… Se nota mucho. Siempre es una cosa que te da la oportunidad en meter en la lectura a gente nueva.

Aunque se cargue el universo expandido y muchos títulos ya no sirvan para nada.

Ah, a míeso me parece buenísimo. El universo expandido no lo he aguantado nunca. En la 501 este era un tema habitual de debate y siempre estábamos en contra. Somos fans de edades parecidas y además de criticar la trilogía nueva, se critica el universo expandido, que en general quita más que pone. Son productos más comerciales que otra cosa. Porque a George Lucas el día que conoció a Rick McCallum se le fue la chola. Porque este tío, que no era su productor original, debió de decirle: «Tú no seas tonto, que de esto se puede sacar mucho dinero. Más». Y empezaron a hacer cosas raras: la edición especial…

Qué afán con descargar de culpas a Lucas…

¡Porque él no era así hasta entonces! Si lo único que había hecho es hacer una película con ewoks, porque ya quería terminar el asunto porque se estaba divorciando… En el fondo esas películas estaban seriamente enfocadas. Pero a partir de los noventa, se le empieza a ir y aparece un productor nuevo con quien se hace uña y carne, está claro que es el otro el que le llena de esas ideas comerciales. Que le dice que si quiere meter un personaje de compañía sea un bicho gracioso, que a la gente le va a gustar. Y toma, Jar Jar Binks, Y acabando ya con lo que casi se carga todo, las Clone Wars. Eso fue terrible. Y eso es lo que más daño hizo.

Por aquí tienes alguien que no está de acuerdo. Que la película era mala, pero defiende la serie.

Pero la peli es terrible, la del huttito, esa. La del hijo de Jabba. No te hablo de la serie, la película, cuando la vimos, nos cagamos como fans y como libreros, porque pensábamos que a la gente le iba a dejar de gustar Star Wars. Por eso cuando llegó la noticia de que se cargaban el universo expandido casi saco el champán, me pareció que era lo mejor que podían hacer. Venderle esto a unos que saben cómo trabajar estas cosas como nadie desde hace cien años, y encima su productora va a ser la mejor, la de Spielberg, la mejor productora que ha tenido Hollywood. Porque hacen una cosa que no se suele hacer, y es dejarle tranquilo al director que haga las cosas, ahí tienes Tropic Thunder: lo que hacen los productores es lo que hace el personaje de Les Grossman, meter el pescuezo, y así salen las películas. Y la productora que tienen ahora no hace eso. Cuando salía el tema del universo expandido en charlas y recordabas las novelas que empezó a licenciar, videjuegos y cómic…

También hay cosas buenas. En cómic había muy cosas malas, en novela el nivel (con terribles excepciones) era mínimamente potable, y con alguna cosa muy potente.

En general hay más malo que bueno. Pero el problema de esto es que tú hipotecas una línea temporal de productos, que ya no van a ser películas, tanto para adelante como para atrás. Y encima con cosas raras por muy bien que salgan. Como que Boba Fett resucite, que el otro se case con tal… A mí hay novelas de Timothy Zahn que sí me han gustado mínimamente, porque no mantiene un statu quo, sino que hace giros argumentales radicales.

Un poco lo mismo que J. J. Abrams, que tampoco ha tenido miedo de cargarse a personajes míticos.

Y si después hubieran puesto a Joss Whedon me habría parecido perfecto.

Necesitamos, definitivamente, unos episodios X, XI y XII dirigidos por Joss Whedon.

Me sumo. Porque el universo expandido anterior al episodio I es todavía es peor. En el origen de las películas partes de una situación un tanto sosa, los pesados de los jedi con sus rollos, y además con las Guerras Clon, que es una farsa. O sea, con el universo expandido estás leyendo algo que ya sabes que no va a ninguna parte, pero es que encima contar cosas anterioresde  cuando la galaxia está en paz pero de vez en cuando hay un chaval con sus discípulos dando la brasa, tampoco va a ningún lado. Hay que ser sinceros: este tío situó las películas originales en el punto más interesante de todos, un imperio malvado, una revolución en su contra… Por eso Abrams repite la estructura que funciona, de guerra civil. Y es acertado, porque fuera de eso es muy difícil encontrar nada válido.

Por último, hace poco publicamos una lista sobre lo mejor del cómic del pasado año, ¿Cuáles son tus títulos favoritos de 2015?

Los míos son: Jupiter’s Legacy (Panini Comics); La Casa —de Paco Roca— (Astiberri); Sally Heathcote, sufragista (La Cupula); Secret Wars (Panini Comics); Darth Vader (Planeta Comic); Tokyo Ghoul (Norma Editorial); La Casa —de Daniel Torres— (Norma Editorial); Corto Maltes: Bajo el sol de medianoche (Norma Editorial); Asterix y el papiro del César (Salvat); y Mortadelo y Filemón: El Tesorero (Ediciones B).

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Fotografía: Javier Nadales