Spomenik, memoria histórica en serbocroata

Spomenik Los tres puños (Nis, Serbia) Foto Mikica Andrejic CC
Spomenik Los tres puños (Nis, Serbia) Foto: Mikica Andrejic (CC)

Llegué a Split con mis mejores amigos en el verano de 2010. Cumplíamos casi un mes de viaje de interraíl y apenas si me había dado cuenta de que era la primera vez que pisaba la antigua Yugoslavia. Tras casi un día de trayecto desde Budapest, un tren (a todas luces, también yugoslavo) depositó en la costa dálmata lo que quedaba de nosotros. No pensábamos tanto en el casco histórico romano del siglo IV como en alcanzar el punto más alejado del mapa ferroviario, en el buen tiempo y en el provechoso cambio de kunas a euros. Entonces, una Croacia en pleno proceso de europeización estaba demasiado de moda como para detenernos en las sutilezas de su historia, y los cuadros de la camiseta de su selección de fútbol me atraían más que los ladrillos de Salona que todavía protegen el centro de la ciudad, enmarcado en el Palacio de Diocleciano. 

Aquel agosto supuso más un ejercicio de amistad que de inspección del continente que entonces nos abría sus puertas y con el que, como mucho, nos empezábamos relacionar con más curiosidad y confianza. De aquellos tres abrasadores días en Split, solo una anécdota me extrajo de nuestra realidad: un hombre se acercó a mi amigo, que vestía la camiseta de España, y le preguntó si prefería el Real Madrid o el Barcelona. Real Madrid, le contestó, a lo que el entusiasta sonrió, con el pulgar en alto: bravo, bravo, Real Madrid fasshista, Barcelona comunista, girando la mano hacia abajo. Nos lo tomamos a broma, pero lo decía muy en serio. Aquel soleado e inocente país se redescubría y liberaba tras un período mucho más oscuro y convulso de lo que parecía a simple vista. Las oleadas de turistas y los fondos de cohesión europeos pasaban por alto que la inminente integración en el bloque debía ir más allá del plano comercial. 

Primeros avistamientos

A lo largo de sucesivos viajes por la zona, mis ojos se fueron amoldando a las particularidades del paisaje de la antigua yugoslavia, sus etnias y las capas de historia que conforman sus ciudades y monumentos. Las montañas verdes y abruptas de Eslovenia, las largas playas de Montenegro, las mezquitas de Sarajevo, los minaretes de Kosovo, los templos ortodoxos de Belgrado o las catedrales católicas de Zagreb concentraban fuertes contrastes en un denso mapa mental. Los puntos en común también se iban haciendo evidentes: los típicos panelki (bloques de viviendas hechos de paneles de hormigón) trazan una línea entre las afueras de Ljubljana y Novi Sad, así como los agujeros de bala aún marcan muchos de los edificios de Osijek y Mostar. Reliquias del imperio austrohúngaro y otomano se intercalan con el brutalismo experimental (o modernismo socialista) de la época de Tito, más sobrio y elegante que el que ofrecen Rusia, Ucrania, Bulgaria o los bálticos. Precisamente, adentrarme en los restos de esta estética futurista me guiaría durante una década a lo largo de todo el antiguo bloque socialista, donde me podía recrear en marginados edificios de aspecto alienígena, como llegados del espacio, unas «ruinas del futuro» (según las define el fotógrafo Frederic Chaubin) que estimulaban mi imaginación y me empujaban a leer historia y periodismo. El descubrimiento más cósmico serían los spomenici (monumentos, en serbocroata), una serie de miles de memoriales que se extienden por toda la antigua Yugoslavia. 

Donald Niebyl cree que estos artefactos merecen mucho más que la consideración de anomalía visual llegada desde otra galaxia. En su proyecto Spomenik database, elabora una hoja de ruta para entender y explorar un movimiento escultórico sin parangón, que se hunde en el mejor de los casos ante el olvido y, en el peor, ante el rechazo al pasado. Conforman un patrimonio artístico extraordinario, el testimonio físico que mejor explica la trayectoria de esta región tras la II Guerra Mundial. Construidos entre 1960 y 1990, estos monumentos «no solo operan como estructuras surrealistas y abstractas que conmemoran un horrible pasado y la ardua victoria contra el fascismo, sino que, además, funcionan como herramientas políticas para articular la visión del país de un nuevo mañana», define Niebyl. 

Así que, por una parte, surgen para cohesionar y unificar un país habitado tanto por las víctimas como por los verdugos de los crímenes de la reciente guerra, un país recién nacido sobre la memoria milenaria de sociedades dispares e históricamente enfrentadas por sus religiones y tradiciones. Los spomenici son multiformes como la propia Yugoslavia y tan ambiguos como su esencia revolucionaria. Por otro lado, «¿cómo hacer un monumento a algo que está por llegar?», se pregunta el especialista en estudios eslavos Gal Kirn. Como símbolos de ese nuevo mañana, cada pieza del proyecto debe reformular la idea de lo sagrado y mantenerse siempre abierta a sucesivos cambios, a la revolución permanente.  

Contextualizarlos exige colocarnos en otro marco histórico y social; de ahí que, ante esta complejidad, suelan quedar al margen de los circuitos turísticos en cualquiera de los siete países que los aglutinan. Cuando llegué a Mostar (Bosnia-Herzegovina) en 2017, esta vez algo más curioso hacia el patrimonio y expectante ante escabrosos testimonios de guerra, el dueño de nuestro hostal nos ofreció un recorrido por la ciudad. Pasó de largo por la Mano escondida (un spomenik-fuente en el centro de una alameda) para conducirnos a la Torre del francotirador, un edificio acribillado a tiros y reconvertido en galería de grafitis, que durante el segundo sitio de Mostar (1993-1994) los croatas utilizaron como bastión para amenazar a la parte oriental, de dominio bosnio. Todavía como uno de los puntos más altos de la ciudad, nuestro guía lo utiliza para explicarnos sobre el terreno cómo a cada lado del río Neretva se extienden, en realidad, dos urbes: un este bosniomusulmán y un oeste croatacristiano, cada uno habitado por unas cincuenta mil personas que siguen a equipos de fútbol distintos, se turnan para estudiar distintos temarios en los colegios o compran en tiendas distintas.

Menciona también un par de calles serbioortodoxas, pero la mayor parte de esta minoría se marchó tras la guerra. La ciudad sigue totalmente dividida y es cuestión de tiempo que los tiros empiecen de nuevo, nos dice. Él, bosnio, trata de ser objetivo y separa las vivencias personales de los hechos históricos, que nos relata a través de distintos emplazamientos. En el monte Hum nos acercamos a la Cruz del Milenio, treinta y tres metros de hormigón que recuerdan los dos mil años de cristiandad para todos los mostaris, les guste o no. Desde allí nos cuenta la lucha de su padre y sus tíos: en 1992 contribuyeron a expulsar al ejército de la República Srpska y un año después sufrieron el sitio y masacre de los croatas sobre la ciudad bosnia. Hacia esa zona todavía hay minas activas, dice con descuido señalando un terraplén, así que mejor no os acerquéis.  

Al otro lado de este mismo monte se encuentra el Cementerio Memorial Partisano, uno de los spomenici más fantasiosos por la manera en que el mítico arquitecto Bogdan Bogdanović amolda en los bancales de la montaña un conjunto de mosaicos, relieves y muros intercalados con jardines. El cementerio fue parcialmente restaurado en 2005 y nombrado monumento nacional de Bosnia-Herzegovina, pero la falta de cuidados lo devolvieron al decrépito estado de los años noventa. Nuestro guía tampoco lo menciona.

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Cementerio Memorial Partisano. Foto: Fanny Schertzer (CC).

Lo que sí incluye la ruta es un poco de folclore comunista-dictatorial, con la visita a un hangar supermilitar, supersecreto y superabandonado. Colarse allí dentro, bajo una montaña, impresiona, pero choca todavía más (sobre todo, en contraste con aquel croata madridista de Split) que nuestro guía ensalce la labor de Tito como estadista, para mantener la paz y la convivencia entre todos los pueblos yugoslavos… aunque a veces tuvieras que guardarte ciertas opiniones si no querías acabar en una isla, puntualiza. Un testimonio que no oía por primera ni última vez, y cuya disyuntiva entre paz y libertad plantea lo complicado que es empatizar con los miedos de otras sociedades. 

La visita pone de relieve lo evocador y divisorio que es el pasado en esta región. De ahí que los spomenici se centraran en los valores de la nueva sociedad revolucionaria, resumidos por la doctrina titista de «unión y hermandad». Muchos de ellos generaban a su alrededor espacios públicos que servían de anfiteatros, en los que ciudadanos de etnias diferentes se reunían para ensalzar lo que tenían en común: la revolución, la victoria sobre el fascismo y el futuro. Frente a la concepción contemplativa de otros monumentos, los comités de selección de los spomenici (sus diseños se elegían en concurso público) premiaban obras originales y rompedoras que se integraran en su entorno y movilizaran a los ciudadanos por su uso eminentemente ideológico, como recoge la investigadora Aleka Korolija.   

Contemplarlos a lo largo de Yugoslavia los cohesiona como movimiento y explica que los diseños tiendan a la extravagancia. Según Gal Kirn, «la abstracción es la manera más obvia de representar el universalismo», una estética que se fue implantando a pesar de Tito y no gracias a él, con una visión más clásica del arte. Es más, en virtud de la ruptura política del líder yugoslavo con el estalinismo, se dejó también de lado el realismo socialista que Moscú imponía a toda su esfera en el terreno artístico. Se empezaron a explorar otras formas de creación, impulsadas por la incipiente apertura de Yugoslavia al extranjero (su pasaporte era uno de los más aceptados en el mundo) y así se asumieron movimientos como el expresionismo, la abstracción geométrica, el minimalismo, etc. Cruciales fueron en este sentido las muestras del MoMA de Nueva York que Belgrado acogió en 1956 y 1961. De esta manera, iniciativas locales surgidas de experiencias propias se fusionaban con las expresiones artísticas más vanguardistas. Un modernismo que calaría hasta lo más cotidiano, como es el caso de los míticos quioscos modulares K67. 

El último inventario de spomenici, de 1961, los cifraba en catorce mil. Niebyl estima que en los noventa podrían haberse alcanzado los cuarenta mil. Aunque, desde entonces, muchos sucumbieron a los efectos de la guerra, al abandono o al espolio. Así como su actual estado ruinoso revela la relación de la región con su pasado, su antiguo esplendor también reflejaba la llamada historia secreta de Yugoslavia, que trataba de mirar hacia adelante y obviar hechos percibidos como potencial fuente de enfrentamientos. Como apelación a la multiculturalidad del país, aunaba a los yugoslavos en un solo grupo de víctimas: las del fascismo. Sin embargo, todos los traumas silenciados estallaron en 1975 con el escándalo Zaliv, que destapó el asesinato sumario de doce mil guardias nacionales eslovenos (católicos, anticomunistas y financiados por los nazis) por parte del régimen comunista entre mayo y junio del 1945. Según las exhumaciones y la información se sucedían (las matanzas de Kulen Vakuf, de Kočevski Rog o Huda Jama, así como el descubrimiento de la isla de prisioneros Goli Otok), aumentaban la ira y el resentimiento, tanto entre los ciudadanos como hacia un gobierno que ignoraba problemas todavía muy presentes. Cundió el descrédito hacia la superioridad moral yugoslava y hacia sus elementos representativos. En vez de memoriales antifascistas, los spomenici se percibían como tapones de la historia. Niebyl compara este antiyugoslavismo con la práctica romana del damnatio dominae, mediante la que los traidores del senado eran eliminados de cualquier tipo de documento u obra en que estuvieran mencionados; nada ajeno a nuestros días.  

La hoz y el martillo pierden su significado

Aun rodeado de cascotes, cubierto de escarcha y corroído por el tiempo y el vandalismo, en un descampado donde la maleza lo acecha como el olvido, el spomenik perece con una dignidad impasible, como un fenómeno natural que decide extinguirse. Con su elegancia y como parte de un proyecto de semejante dimensión, nos da a entender la magnitud de lo que fue. La magnitud de una utopía que estremece, pero que cede ante algo todavía superior, la realidad. El rastro de spomenici despedazados por estos siete países confiesa, simplemente, que un sueño comunista de ese tipo no es posible. Cada día que pasa es más y más distópico. Desde el mundo de las ruinas, la simbología política no es más que un objeto estético. La iconografía del poder se reformula para desmitificarlo, como concluye acerca del «porno de ruinas soviéticas» Jamie Rann, editor en Calvert Journal

Como aquel hangar que visitábamos en Mostar parecía burlarse de los delirios de la Guerra Fría, muchos spomenici se recrean en la fantasía desarticulada de una Yugoslavia unida. De hecho, la supervivencia de estos monumentos pasa por la reconfiguración de su significado y su integración en las nuevas narrativas patrióticas. Niebyl explica que los mejor conservados son aquellos que conmemoran tragedias civiles, sobre todo si las víctimas pertenecían a la etnia predominante en la región. Debido a su naturaleza ambigua, muchos otros fueron actualizados; es decir, se restauraron para homenajear, por ejemplo, a las víctimas de los conflictos de los noventa. Aunque, sin lugar a dudas, lo que mejor retrata su espíritu balcánico es su utilitarismo, con algunos que se adaptaron al paisaje y pasaron a utilizarse para atar el ganado o como soporte de antenas de radio.

 

Petrova Gora (Croacia). Foto Sandor Bordas Spomenik
Petrova Gora (Croacia). Foto: Sandor Bordas. (CC)

Estos juegos de la memoria no se limitan a los spomenici y alcanzan el esperpento en Skopje. En 1963, un terremoto destruyó más del setenta por ciento de la ciudad y dejó alrededor de mil muertos y doscientas mil personas sin hogar. Dos años más tarde, el arquitecto japonés Kenzo Tange desarrollaría uno de los proyectos más innovadores en Europa, con una planificación urbana de corte brutalista que hizo de la capital una buena macedonia (sic) arquitectónica, con su centro vanguardista separado por el río Vardar del tradicional barrio musulmán. Skopje, como el Nuevo Belgrado, se convertía en un modelo para los desarrollos urbanos yugoslavos y lo que entonces podría ser motivo de orgullo, hoy lo es de burla: «Las cantidades gastadas en monumentos de inspiración clásica en homenaje a Alejandro Magno o Felipe de Macedonia se miden en cientos de millones de euros», recogía en 2011 el Balkan Insider, en una queja abierta sobre el abandono de los monumentos a la lucha partisana en la II Guerra Mundial. El centro histórico de la ciudad, con galeones pirata de cemento construidos en el río, autobuses londinenses, fachadas al estilo parisino y puentes y estatuas clásicos (en una mezcla grecorromana, eso sí, bastante delirante) recuerdan más a una disneylandia de emperadores que a una ciudad real. El hormigón de Kenzo Tange sigue presente, pero forrado de cartón piedra neoclásico.

Así como Serbia o Kosovo parecen más concentrados en sobrevivir el día a día, Skopje apuesta por ensalzar las presuntas glorias de un pasado recreado en torno a Alejandro Magno. Algo así ocurre en la vecina Albania, donde Tirana se apropia de la imagen de una santa Teresa de Calcuta que pasó menos de un día en la ciudad. Ambas, tentativas más o menos inofensivas de crear una identidad propia, sobre todo si se comparan con el constante revisionismo histórico que azota Zagreb, capital europea que se define como víctima de los conflictos de los noventa y se erige en torno al «padre de la nación» Franjo Tudjman, que da nombre a su aeropuerto y al que las cortes internacionales no acusaron de crímenes de guerra porque murió antes que sus compinches. 

Extinción o recuperación

Marx insitía en que «la tradición de las generaciones muertas pesa como una pesadilla en las mentes de los vivos», un axioma que el académico Benjamin Keatinge aplica a Europa Oriental… «pero, ¿y si fuera al contrario? ¿Y si, más que el peso de la tradición y la historia, los Balcanes en realidad sufren de olvido, desatención (…) de una amnesia voluntaria terapéutica, de la incapacidad de recordar y de una memoria selectiva y no fidedigna?», se pregunta Keatinge. Los antiguos miembros de Yugoslavia son con toda probabilidad los estados que más sufrieron durante la caída de los regímenes comunistas en los noventa. Pero todo el bloque de Europa oriental se entregó a grandes privaciones alimentada por grandes esperanzas. Para estos nuevos estados, la libertad pasaba en primer lugar por librarse de Moscú (o de Belgrado). A partir de ahí, su interés en el capitalismo precedía a sus aspiraciones democráticas, con reformas más cercanas a las de la autoritaria Corea del Sur que a las de sus vecinos comunitarios. 

Treinta años después, su energía y paciencia parecen agotadas. Ante la llegada de realidades más complejas, la sucesión de duras crisis, la decepción por una semiintegración europea o las amenazas de «invasiones de inmigrantes», parte del bloque exsocialista se ve obligada a simplificar la realidad para encontrar una identidad propia; cada uno, la suya. Sustentado en el victimismo o en glorias pretéritas, el nacionalismo posee aquí marcados tintes étnicos, así como un pasado común nada rentable en el plano político. Los espacios urbanos son un ejemplo evidente de sus lazos, pero muchos ven en su homogeneidad (herencia de setenta años de influjo soviético) un impedimento para resaltar sus diferencias sobre sus similitudes. 

El arte en lugares públicos y el patrimonio arquitectónico, como dos de las formas creativas y simbólicas más cotidianas, ponen esta problemática cada día sobre la mesa. Y si bien es cierto que los monumentos no representan la historia tanto como una concepción de la historia en un momento determinado (y habitualmente impuesta por el poder), los spomenici no homenajean a personajes o episodios concretos, sino a ideales que seguimos percibiendo como positivos. Y, más importante, lo hacen mediante fantásticas obras de arte. Ahora se dirimen entre la extinción y la recuperación. Lo que les ocurra marcará la relación de siete países con su pasado, así como hace décadas reflejaron la visión de futuro de un pueblo y también demostraron que de nada servía ignorar sus antiguos traumas. Ningún consenso persiste, pero tampoco se olvida. 

Ahora, el patriotismo y nativismo que responden a las angustias de esta población quizá se entiendan desde países más privilegiados de Europa occidental como una reacción anacrónica a problemas complejos. Pero quizá también puedan analizarse como una premonición llegada desde lugares que ya han atravesado más veces y con más intensidad las crisis que ahora se dibujan en los horizontes de todo el continente.

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Monumento a al Cuarto Ejército Yugoslavo (Bistrica, Eslovenia). Foto: DP.


Stanislaw Lem, el hombre que hizo lo que pudo

Stanislaw Lem
Stanislaw Lem. (DP)

Me cago laburando de escritor tan al pedo como valientemente.

Eso escribió Stanislaw Lem. No con estas palabras, claro, lo escribió en polaco. Lo que más me interesa de Lem es la figura de un escritor de vanguardia que hizo toda su obra desde los márgenes de la literatura universal y por eso me parece un gesto de justicia poética acercarme a él a través de una biografía escrita por un polaco y en una traducción hecha también desde los márgenes. 

Es por eso que este Lem podrá sonar un poco argentino.

Cuando escribió esa línea en una carta a un amigo, ya era el escritor más conocido de la República Popular de Polonia, Stalin llevaba unos años muerto y se estaban terminando los cincuenta. También los problemas financieros de Lem, que lo habían acompañado desde principios de la guerra. Ahora le pagan por adelantado: tiene tres contratos firmados para tres libros que todavía no empezó a escribir, ni siquiera se le cae una idea. Cuando los termine y publique, uno de ellos será Solaris, su obra más reconocida y llevada tres veces al cine.

Para Stanislaw Lem, algunos días, la mayoría de los días, nada tiene sentido. 

Estamos sentados sobre un barril de pólvora enriquecido con hidrógeno, decía, y sobre el barril hay una mecha que lleva años encendida, a veces parece que se apaga pero sigue ahí. El barril, el hidrógeno y la mecha son el comunismo, el sistema que retiene las pruebas de galera de cada uno de sus libros y husmea palabra por palabra durante largos meses. «El libro sigue en la censura», dice en esos casos, porque de cosas como estas también están hechos los totalitarismos: acostumbramiento.

Lem sabe que el animal humano es tan elástico que se acostumbra a cualquier cosa —a la pólvora, a la mecha, a la arbitrariedad, al control— pero no deja de ver el sinsentido: «en mi profesión eso lo convierte a uno en un idiota».

Se cumplen ahora cien años del nacimiento de Stanislaw Lem, el escritor idiota que escribió sobre lo que pudo más que sobre lo que quiso, que lo hizo desde las entrañas del estalinismo y después en un deshielo eterno que nunca llegó a descongelar nada. 

Había nacido en Leópolis, una ciudad que fue polaca y dejó de serlo después de la guerra. Cuando Stanislaw tenía dieciocho años, su familia no pasaba apuros económicos y a él le parecía que era la mejor ciudad para vivir. Hasta que un día entraron los nazis. Después de eso, la vida de Lem se fue acomodando a los límites de un mundo cada vez más estrecho. Abandonaron la casa y la vida que tenían con la esperanza de recuperarlas después de la guerra, pero ese después nunca llegó del modo en que lo imaginaban. Porque a los nazis le siguieron los estalinistas, su ciudad quedó destruida y se fueron con lo que encontraron a Cracovia. Polonia ya no es lo que era, ahora es la República Popular de Polonia y está a merced de Stalin.

En un contexto en el que nadie podía elegir nada, Lem va a elegir ser escritor, como pueda y con lo que tenga a mano, como el narrador con el que comienza La verdad:

Estoy sentado en una habitación cerrada, con la puerta desprovista de picaporte y cuya ventana tampoco puede abrirse. El cristal es irrompible. Lo he intentado. No porque tuviera ganas de fugarme, o por efecto de la rabia, tan solo quise comprobar si se podía. Escribo sobre una mesa de madera de nogal. Dispongo de suficiente cantidad de papel. Escribo lentamente. Escribo aunque nadie lo lea. No quiero estar a solas, pero no consigo leer. Lo que me traen para leer es todo mentira.

Stanislaw Lem había estudiado completa la carrera de Medicina, pero no rindió los exámenes finales porque el gobierno y la causa lo iban a destinar al ejército. Eso era ser médico en la República Popular de Polonia: andar con un arma encima.

En esa poco republicana república la profesión de los ciudadanos debía inscribirse en el documento de identidad, uno no podía ser dos cosas a la vez, tampoco cambiar de idea con facilidad. Si quería ser escritor, debía registrarse como tal, fijar lugar de trabajo y no moverse de ahí para que la «Policía Política», como llamaba Lem al Estado, sepa todo sobre él. 

«Me convertí en nadie», escribió por esos días. «Ni estudiante, ni escritor, ni redactor, ni médico, ni científico».

Para recibir su estatus de escritor debe ser parte de la Sociedad de Escritores, que le exige contar con dos libros publicados. Tiene un par de artículos y una novela que desde hace meses está en revisión; cada semana lleva su manuscrito, lo leen, lo marcan y le sugieren cambios. Porque el diablo —y el Estado— está en los detalles. Los informes de los censores señalan que la novela necesita un contrapeso: está «ideológicamente equivocada». Lo que le falta al libro de Lem es comunismo. 

Es el año 1949 y la Sociedad de Escritores dictamina que el realismo socialista será obligatorio para todos. Lem no tiene idea de cómo cumplir esa doctrina, no sabe qué palabras o ideas concretas usar para cumplir la orden y por eso el manuscrito vuelve una y otra vez, hace correcciones y queda retenido durante años. 

Escribió una obra de teatro en la que se burlaba de Stalin y la repartió entre sus amigos, también unos relatos —reunidos en Sésamo-—de los que siempre se avergonzó: «La asquerosidad más realsocialista que pude haber escrito». La coartada para publicar sus libros le va a llegar con la ciencia ficción. Nadie en Polonia sabía entonces qué era eso, pero cuando los censores leyeron el nuevo libro que traía el mismo joven insistente decidieron con los editores que podía publicarse con una aclaración para no confundir a los lectores. Así apareció Astronautas: Novela fantástico-científica.

La novela no era buena pero, en medio del aburrimiento realista, brilló como un asteroide. La crítica local no lo acompañó. ¿Cuál era el problema? Los astronautas de la historia no usan «la palabra camarada, tan cara para nosotros» y en cambio prefieren el poco socialista «señor». Para los relatos siguientes Lem aprendió la lección y urdió tramas que se ajustaran la doctrina obligatoria. 

Decía al principio que la figura de Stanislaw Lem me interesaba por la posición de marginalidad desde la que escribió y debo sumar ahora otro aspecto: el contexto político y social en el que hizo literatura. Lem no fue un escritor polaco, fue un escritor de la República Popular de Polonia y entonces sus publicaciones se pueden ver como epítome del sinsentido. No voy a hablar de su obra porque no soy una buena lectora, ni de él ni de la ciencia ficción en general. El género me aleja, sé que ahí opera un prejuicio, supongo que los burócratas censores polacos tuvieron éxito al encasillar sus libros. Mucho antes de su biografía, mi primer acercamiento a Lem fue a través de Borges. Busqué en su escritura lo que se parecía a los juegos borgeanos: esos textos inusuales en los que inventó libros para después reseñarlos.

En Vacío perfecto los libros apócrifos le permiten hablar de todo: filosofía, política, ciencia, tecnología y, por supuesto, de literatura. En Magnitud imaginaria escribe prólogos para cinco libros que no existen: es un catálogo de imposturas, un ejercicio de imaginación y un despliegue de erudición sin solemnidad. Hay pornografía con rayos X, un lenguaje poético hecho a partir de bacterias, literatura con bits y una borgeana enciclopedia que almacena los saberes que todavía no alcanzamos, los del futuro. En Provocación discute la historia y la naturaleza humana. En esos textos la literatura de Lem es la escritura de un lector. 

Aquellos libros metaliterarios que leí fueron los de un autor consagrado en los años setenta, cuando ya no necesitaba escribir por razones económicas, pero en los cincuenta todavía estaba muy lejos de eso. Todavía estaba construyéndose como escritor. Ya estaba casado y viajaba todos los días a ver a su esposa porque él vivía en «un nicho» en el que no entraban dos personas. Al poco tiempo accedieron a una vivienda comunitaria que compartían con otra familia y él procuraba el lugar más silencioso que le permitiera pensar y teclear la máquina sin descanso hasta que finalmente apareció la constatación oficial de lo que ya era: 

Por la presente se certifica que el ciudadano Stanislaw Lem es miembro de la Asociación de Escritores Polacos. Es novelista, autor de novelas fantástico-científicas, dramaturgo y comentarista de la actualidad, difusor de temas científicos.

De todo esto, lo que más le gustaba era la ciencia y la actualidad, sin embargo el gobierno y las editoriales creían que era mucho mejor que siguiera escribiendo lo mismo, eso que él llamaba «bobadas futuristas». Las tendrán. También seguirá procurando estar al día con las novedades literarias y científicas. Isaac Asimov, contemporáneo suyo, probablemente sabía de las ventajas incalculables que tenía en Estados Unidos con respecto a los escritores del otro lado de la cortina de hierro: escribía en inglés y accedía a cualquier publicación con facilidad, en cuanto salía y en el mismo momento en el que bajaba por cigarrillos o por licor. Mientras tanto Lem leía lo que podía o lo que encontraba. 

En 1953 muere Stalin y el proceso de desestalinización arranca tan lento que apenas se percibe, pero Lem le ha encontrado la vuelta a la censura y publica un libro tras otro. Empiezan a pagarle con anticipación. Recibir dinero antes de empezar a escribir es lo mejor que le puede pasar porque le encantan las comodidades: le gusta ir a esquiar y viajar con su esposa, le gustan las «maquinitas». Se compra un pájaro a cuerda que picotea migas, un gatito inglés que corre detrás de una mariposa y un erector con motorcito que le costó un tercio de lo cobrado por su último libro. «Necesito fondos para juguetes nuevos», le escribe a sus amigos y por eso está obsesionado en seguir ganando dinero «sin prostituirme». Para eso deberá seguir escribiendo esas «bobadas» que todos esperan.

Stalin ya no está pero quedan los comunistas. Lem se siente cansado de lidiar con burócratas y censores. Nunca se manifestó públicamente contra el comunismo, ni en ese entonces ni después; da la sensación de que surfea la ola como puede. Y así llega 1956, el año de su consolidación definitiva como escritor, y aquel momento en que lo veíamos con tres contratos firmados y ninguna idea para desarrollar.

Con los anticipos se compró un auto y es probable que deje de andar porque, como le avisaron los vendedores, en Polonia uno de cada tres autos nuevos se rompe. También compró «una casita en los suburbios» donde se la pasa escribiendo. Está pensando y tecleando tres libros a la vez, envía los manuscritos y la censura los va demorando, siempre tiene algo que decir sobre lo que ha escrito. Le habla de estas cosas a sus amigos, les explica los argumentos y los personajes, les dice que hay nubes y plantas metálicas, lanzacohetes antimateria, descargas magnéticas, y después de todos los detalles agrega, resignado: «escribo esta pavada por desesperación y obligación». No puede darse el lujo de otro libro detenido. Tras varios meses de trabajo, en 1961, publica Solaris y, aun después de haber pasado por la censura, algunos críticos y lectores consideraron que los nombres de los científicos no debieron haber sonado tan ingleses y que hubiera sido mucho más apropiado que fueran rusos. 

Por ese tiempo la Unión Soviética mandó al primer hombre al espacio, Yuri Gagarin. A Lem el tema no le interesa demasiado, solo le causa gracia el estado de excitación en el que están todos, lo llama la «gagaromanía». El relato de Gagarin a su vuelta no tiene nada épico ni cósmico: «No era el primer hombre en el cosmos, sino un hombre soviético agradecido a las autoridades y el partido»

Lem se siente siempre un poco fuera de sitio y, a la vez, jamás piensa en irse de ahí. 

Solaris lo ha hecho célebre, tiene dinero suficiente para vivir «rodeado de conservas de cangrejos y espárragos», ha vendido más de dos millones de ejemplares de los diecisiete libros que lleva publicados y sin embargo se siente un fracasado. ¿Por qué? Porque no está orgulloso de casi ninguno de ellos, excepto de algunos en los que por fin dejó de lado el espacio y el futuro para ponerse a escribir sobre los problemas filosóficos y culturales que siempre le interesaron. Quería generar preguntas y debates profundos con sus escritos, pero dice que lo único que encontró fue un silencio absoluto. «No encontré ni violentos adversarios ni partidarios entusiastas, no di origen a ningún movimiento, ningún intercambio de frases sobre ningún tema».

De qué le sirve ser famoso si no puede incidir en la conversación pública. De qué le sirven todos esos temas que tiene en la cabeza si a nadie le interesa hacerse preguntas. De qué le sirve que en Moscú lo traten como a una estrella de rock si sus libros continúan dependiendo de la aprobación de un funcionario. De qué le sirve el dinero si no hay dónde gastarlo. Pero hay algo peor, ¿de qué le serviría irse? Entonces se queda. 

Durante los ochenta y cuatro años que vivió Stanislaw Lem solo cinco lo hizo fuera de Polonia: fue en la década del ochenta, después de una ley marcial que lo hizo preocuparse pero no tanto como para exiliarse, pedir asilo o dejar de usar el pasaporte de la República Popular. Durante los ochenta y cuatro años que vivió Stanislaw Lem viajó mucho pero nunca estuvo más al oeste que en Berlín Occidental: iba de vez en cuando a tener una pequeña dosis de capitalismo y comprar algún juguete o un vestido para la esposa. Durante los ochenta y cuatro años que vivió Stanislaw Lem pasó cuarenta escribiendo ficción hasta que dejó de hacerlo y se dedicó a ver cómo caía el muro, a quejarse de todo, a escribir sobre la actualidad y a hablar con periodistas hasta que la sordera lo dejó hablando solo, definitivamente.

Su biografía es un relato y sé que como este habrá muchos otros, sin embargo me quedo pensando en ese lazo contradictorio y trágico que durante ochenta y cuatro años ató a Stanislaw Lem con Polonia. Ahí murió, ahí lo enterraron y ahí está la lápida con el texto que había elegido para tallar en piedra y dejar a la posteridad:

Hice lo que pude. Que otros mejores hagan más.


Por favor, procure no escribir en los márgenes, gracias

procure no escribir en los márgenes
Tina Modotti. (DP)

¿Tan difícil es? ¿Tan difícil es hacer caso a la máquina? Nos lo pide por favor. Con mucha amabilidad. Pero no hay manera, por mucho que uno lo intente, al final siempre se sale de la línea y acaba pisando el margen, uno de los márgenes. No. La máquina no se enfada. Solo hace su trabajo. Y corta todo lo que toca el margen. ¿Que te corta un brazo? Pues mala suerte. No lo saques por donde no toca, no pises fuera de tu acera, no asomes la cabeza por la ventana. Y no, no puedes decir que no te avisó…

Tina Modotti se pasó media vida buscando la libertad. Y luego se pasó la otra media tratando de no salirse de la hoja, ni de la línea que tocaba escribir. Tratando dolorosamente de no meter ni una letra en ninguno de los márgenes, esos márgenes que cada vez eran más anchos y por tanto dejaban retener menos palabras dentro. Al final el espacio de las palabras se había reducido tanto que cualquier palabra grande ya no cabía. Ya no cabía la palabra «felicidad», ni la palabra «esperanza», ni siquiera, por supuesto, la palabra «libertad». ¿Y «socorro»? Pues no, tampoco cabía. Y ese fue el problema. Que trató de gritarla, de pedir desesperadamente auxilio cuando ya no le quedaba tiempo ni para gritar una simple palabra, cuando estaba su vida tan rodeada de un territorio inmensamente muerto y vacío, de unos márgenes tan insoportablemente extensos, que era imposible que alguien oyera su grito. Bueno, ella se lo buscó, dijo la máquina. Y cortó por donde tenía que cortar. So… ¿Le dio tiempo a escribir lo que faltaba? Soc… Socor… Socorro… Pues me gustaría concederle ese último y mezquino consuelo, un grito final liberador. 

Pero muy posiblemente ni eso. No tuvo ni tiempo de gritar nada. Según la versión oficial (la que está dentro de los márgenes), murió dentro de un taxi,  en una noche oscura de México, que no era más que una pequeña porción de la gran noche oscura del mundo, allá por 1943. Pino Carruci, en su libro sobre ella (Tina Modotti, editorial Circe, 1992), nos dice que algunos de los testigos lo tuvieron muy claro: «Típica eliminación estalinista». Pues sí. Pino no afirma ni niega nada, pero lo que dice es suficiente como para dudar de la versión natural, que es la que habla, evidentemente, de una muerte natural, tan natural como que a una la envenenen en una cena con amigos y con su todavía actual amante pero muy pronto examante, que mira por donde es un gran experto en muertes naturales, es decir, naturalmente provocadas para que parezcan lo que son, una «típica eliminación estalinista». ¡Ah! ¡Qué gente tan divertida, con que gran sentido del humor! Como Alberti, que le escribe un poema en su honor y se lo dedica a su presunto asesino, para demostrar que un buen comunista tiene un gran estómago y aguanta lo que sea, siempre y cuando no lo envenenen en una cena con otros comunistas, claro está… Y sí, he escrito «presunto», pero solo porque me obligan a hacerlo, porque si la mató directamente o la mandó matar o dejó que la mataran sin mover un dedo, o dejó que ella se fuera muriendo lentamente hasta que ya estaba casi muerta cuando decidieron matarla, eso son pequeños detalles sin importancia, lo fundamental es que nuestro «comandante Carlos» (es decir, Vittorio Vidali, es decir, Enea Sormenti, es decir… ¿qué importa quién sea en realidad un agente estalinista, un agente cuyo trabajo es ser cualquiera y más aún, llegar a no ser humano, llegar a ser una máquina que nunca se sale a los márgenes?) era el hombre que tenía el control total de su vida, y cada vez le iba ampliando el margen por ambos lados, para que cada vez ella pudiera meter dentro menos palabras. «Son las órdenes». Sí, esa era la excusa de siempre. La maravillosa excusa que valía para todo.

Poco antes de su muerte, Tina se despidió de su hermano en Estados Unidos con un «adiós». Cuando su hermano le preguntó porqué «adiós» y no «hasta luego», Tina, tranquilamente, le respondió: «Imposible, es como si ya estuviera muerta. Allá abajo, en México, no podré sobrevivir». Esto hizo que algunos pensaran en un suicidio. En realidad poco importa si fue un suicidio o un envenenamiento o una muerte realmente natural, un muy oportuno ataque cardiaco, poco importa porque como ella misma confesó que tenía que vivir con alguien que, descubiertas todas las máscaras y rotos todos los pasaportes falsos, se muestra delante de ella como lo que es, un ser mezquino y servil, un ser profundamente inhumano, que se esconde detrás de su papel de patriota, de buen soldado, para justificar cualquier asesinato y cualquier traición. «Solo es un asesino… Y me ha arrastrado a un crimen monstruoso. Lo odio con toda mi alma. Y sin embargo… estoy obligada a seguirle hasta el final. Hasta la muerte». Nos confiesa ella misma, cuando ya sabe que no podrá escribir muchas palabras más sin alcanzar el margen. Y allí no hay nada. 

Pero el problema es que en el lado de dentro tampoco hay nada. Antes una cabaña en el bosque podía ser un refugio. Ahora ya no hay cabaña, solo bosque. Al principio, cuando deja la fotografía y abraza el comunismo, todo se puede justificar, todo parece tener un sentido. Y si hay que mentir a un juez se miente, y si hay que engañar a un periodista, pues se le engaña, y si hay que darle la espalda a un antiguo camarada, pues se le da la espalda. Hasta que un día descubres que nunca serás una máquina perfecta, porque cada vez te cuesta más ceñirte a los límites marcados, y te preguntas qué es lo que falla en ti, cuando en realidad en ti no falla nada, o si falla algo es tu propia naturaleza humana, que hará que más pronto o más tarde cometas el error fatal que te sacará de tu espacio de seguridad, y fuera de ese espacio (cada vez más menguado) no puede existir nada. 

Son de sobra conocidos los motivos por los que una persona podía acabar en un gulag en Siberia. Orlando Figes, gran conocedor de la época estalinista, nos cuenta muchos de ellos en sus libros. La mayoría de los acusados eran (¡oh, sorpresa!) completamente inocentes. Otro libro muy doloroso pero muy necesario es el libro de Vitali Chentalisnki: De los archivos literarios del KGB. Como su título nos dice, el libro es una selección de algunos expedientes sacados de los archivos de la policía secreta. Ahí tenemos a muchos escritores, pero también tenemos el caso de personas totalmente anónimas, como un campesino que acabó siendo condenado a trabajos forzados y sufrió todo tipo de torturas y castigos físicos por un delito que a nosotros nos parece increíblemente insignificante: tener el documento de identidad caducado. 

Tina y su amante, el huidizo y eficiente comandante Carlos, formaron parte de esta gran maquinara de represión y muerte. No trabajaban dentro del país, sino fuera, pero su trabajo era en esencia el mismo, mitad policía, mitad espías, en la práctica agentes de Stalin encargados de velar para que se cumplieran rígidamente todas sus ordenes, y encargados de perseguir, descalificar, insultar, humillar, aislar y finalmente eliminar a los que no las cumplían. ¿Cómo puede una fotógrafa como Tina, que había ido a México buscando una vida alegre, feliz, radiante, una vida creativa, entregada al placer y al arte, acabar ingresando en el Partido Comunista y convertirse en la eficiente y silenciosa colaboradora de uno de los principales verdugos de Stalin fuera de La URSS?

Lo terrible del asunto es que hasta ellos mismos comprendieron un día lo difícil que era no salirse de la línea. Llegó un momento en que empezaron a sentir miedo. Les ofrecieron volver a Rusia, a la «madre patria» para pasar unas cortas vacaciones antes de empezar una nueva misión en un nuevo país. Y la sola idea les pareció terrible. Volver a la URSS era enfrentarse a una muerte segura. En lugar de aceptar el ofrecimiento, prefirieron partir de inmediato para su nueva misión, que por suerte se debía realizar muy lejos de la URSS. Y no, no era el sentido del deber, no era el «celo revolucionario», ni tampoco era que habían faltado a sus obligaciones, o habían cometido algún delito o atentado de alguna manera contra su gobierno, era simplemente que ya sabían lo bromista que podía ser el camarada Stalin, lo meticuloso y paciente que era cuando preparaba sus bromas, y lo increíblemente rápido que era a la hora de ponerlas en práctica, tan rápido que cuando la muerte disparaba su súbito flash deslumbrante, uno salía en la foto con una expresión congelada entre la admiración y el espanto. 

Y ¿cómo vivir después de esto? Cómo vivir sabiendo que tu destino está escrito de antemano por la máquina que te va quitando las palabras, sabiendo que todo por lo que has luchado, todo por lo que te has sacrificado, todo aquello que hacías por unos grandes ideales (la paz, el futuro de la humanidad, la felicidad y la libertad del hombre, la justicia, la solidaridad…) al final se ha convertido en una espantosa mentira, una mentira que solo sirve para mantener en el poder a un tirano tan vil como los tiranos a los que supuestamente intenta combatir, a un tirano que no tiene ningún problema en pactar con Hitler, su declarado y eterno enemigo, y dejar que los americanos maten a Sandino y a sus seguidores porque «no es momento de hacer otras revoluciones», ni en Nicaragua ni en Cuba ni en ninguna parte, que se mete en la guerra civil española para limpiar el país de troskistas y de anarquistas (y bueno, ya de paso, para luchar por la República, pero previo pago en lingotes de oro, que prestar ayuda gratis no es un buen negocio), que es capaz de conseguir que nadie, nadie, ni el mejor de sus espías, ni el mejor de sus generales, ni el mejor de sus policías, ni el mejor de sus ingenieros, ni el mejor de sus médicos, pueda dormir tranquilo una simple noche… Y así podríamos seguir un rato más, pero nos remitiremos a la frase que le dijo el exministro republicano Jesús Hernández a la propia Tina, cuando los dos se encuentran en México después de la Guerra Civil: «Stalin y su banda de asesinos han transformado en la palabra comunista en un insulto». 

Pero no, en realidad el problema no era Stalin. El problema era la incapacidad del ser humano de hacer fría e inhumanamente su trabajo. Su manía de protestar, de tener un extraño sentido de la justicia, de criticar y dudar y empeñarse en sentir simpatía por las víctimas, por los otros seres humanos, por los seres que nos rodean y cuya vida se parece tanto a la nuestra, seres con los que nos acostamos y tenemos hijos y compartimos tristezas y alegrías y que un día debemos denunciar ante la gran máquina, porque se han salido de plantilla, porque han traspasado los márgenes, porque no pueden ceñirse a hacer simplemente lo que tienen que hacer: callar cuando toca callar y acusar cuando toca acusar. ¿Tan difícil es? ¿Tanto cuesta hacer caso a la máquina que te va diciendo qué palabra toca escribir en cada momento? 

Olympe de Gouges quiso dar un gran salto. Cogió carrerilla y se lanzó al borde de la hoja. No invadió el margen, directamente se lo saltó. Y fue a caer justo en la guillotina. Su caso es muy instructivo, pero por desgracia el ser humano tiene poca memoria. Clara Campoamor tampoco podía respetar los márgenes. O el de arriba o el de abajo o el de la izquierda o el de la derecha, nada, no había manera, al final tenía tantas ganas de escribir que siempre acababa pasándose al margen… Criticó duramente al gobierno republicano, siendo ella misma parte del gobierno republicano. ¿Y total para qué? Cuando escapaba en barco hacia México fue reconocida por unos falangistas que quisieron matarla. Pero aunque no la mataron hicieron otra cosa: tapar sus palabras. Todas sus palabras. Las que estaban fuera del margen y las que estaban dentro del margen. Su libro La revolución española vista por una republicana fue escrito en francés en 1937, pero no se tradujo al castellano hasta el año 2002. Y uno se pregunta por qué tan tarde. ¿Decía cosas que no gustaban ni a unos ni a otros? ¿Metía un pie o una mano donde no tenía que meter nada? Y lo mismo le pasó a Chaves Nogales, que dijo aquello de que «España no será ni comunista ni fascista» y tuvo que elegir entre ser fusilado por los comunistas o ser fusilado por los fascistas. Chaves Nogales quería escribir bien, con corrección y limpieza, no quería que sus palabras se llenaran del lodo de los márgenes, no quería caer en ese lodazal donde cada vez había más charcos de sangre. Murió pronto. Y murió en silencio. Atacar a unos y a otros era enfadar a todos. A los escritores que iban a los congresos de escritores a gritar las consignas del partido y a los escritores que iban a los periódicos oficiales a decir a quién tocaba fusilar esta semana. Los que no saben respetar el margen pueden acabar en la cuneta o bajo la nieve de un bosque boreal. La máquina no tiene la culpa. La culpa es de nosotros, por ser tan inútilmente humanos. 


Cuando la guerra fría salvó a los superhéroes

Superhéroes

Tras la victoria de las tropas aliadas, los cómics quedaron huérfanos de supervillanos. Superman solo aplicaba su afán justiciero para con la comunidad de Metrópolis, pero la Segunda Guerra Mundial puso al Hombre de Acero y los demás a luchar contra el mismísimo Hitler y sus esbirros en la ficción. Terminada la contienda, el cómic se llenó de historias descriptivas de terror y detectives, cuyo contenido principal orbitaba sobre la violencia y el sexo. Pronto comenzaron a surgir voces que alertaban del peligro de inculcar con ello a las nuevas generaciones ideas no solo poco edificantes, sino a todas luces muy peligrosas. Para algunas autoridades, estos cómics animaban a saltarse la ley, por no hablar de los comportamientos claramente impúdicos con que retrataban las relaciones hombre-mujer (otro tipo de relaciones eran un atentado contra el sistema). Los lectores podrían terminar como los protagonistas, robando bancos o en una conspiración para dominar el mundo. Los cómics, concluían estas celosas autoridades, aparte de obscenos y poco edificantes, llevaban implícitos los mensajes del comunismo. Tanto robo podía predisponer a mentes poco formadas hacia la idea de la propiedad colectiva. Por ello se orquestó una campaña de purga y control. No estaba bien que en las viñetas apareciesen solo zombis y héroes atormentados repartiendo tortas a policías corruptos. Se apostó por un tipo de argumentos de tipo local y sin nada de fantasía. Nació la editorial True Comics, donde los protagonistas eran héroes reales del deporte y miembros de la policía, en clara oposición a las líneas de editoriales de terror y sci-fi. Asociaciones de padres de familia y la Iglesia consiguieron que la industria del tebeo se autocensurase a sí misma en sus contenidos, con el Comic Code Authority.

Para simplificar mucho el problema, como hicieron los preocupados padres y las devotas asociaciones cristianas, había que volver al orden. Y el orden volvió en una ola paranoica que arrebató a Occidente: la amenaza roja. El miedo a la invasión comunista de los países libres. Miedo, sobre todo, a que, en uno de sus enfados, Nikita Jrushchov, lo mismo que se había liado a zapatazos en la ONU, apretase el botón rojo y borrase del mapa una costa entera de los Estados Unidos. Este ejército del miedo arruinó carreras y condenó a diversos personajes del mundo de la cultura por sugerir en ellos no ya una ideología comunista, sino la más pequeña crítica al capitalismo. La campaña anticomunista tuvo gran éxito en términos psicológicos, pero no precisamente en ventas de tebeos relamidos. Eso sí, nacieron cientos de canciones, películas, novelas y tebeos sobre el poder atómico y las hordas del este, además de unos curiosos y sensacionalistas documentales sobre qué hacer en caso de ataque nuclear o encontrarte con un sospechoso de pensamiento marxista.

Los soviéticos, que habían sido aliados en la guerra y en el frente recibían cómics desde Estados Unidos donde se los consideraba camaradas, pasaron en poco tiempo a convertirse en seres primitivos que no dudarían en hacer cualquier barbaridad contra Occidente. Los rusos rechazaban el progreso y no usaban desodorante. Poco a poco, la propaganda y la cultura pop comenzaron a presentarlos ante la temerosa opinión pública como máquinas inteligentes de matar, superiores en habilidades técnicas y científicas (pero del lado oscuro) a los americanos y nada impresionables ante sus ideas y creencias. Solo los productos y objetos del mercado capitalista serían capaces de hacerlos sucumbir. Antiguos personajes de la era dorada del cómic resurgieron con nuevos uniformes y poderes, tras oportunos accidentes nucleares en el desempeño de sus profesiones, como Flash y Linterna Verde. El Capitán América cambió de objetivo: de «machaca nazis» pasó a ser «machaca commies». Cráneo Rojo, el esbirro de Hitler y principal villano en las aventuras del Capitán América durante la guerra, devino en un poderoso agente secreto de la URSS que manejaba el infame Teseracto o Cubo Cósmico, donde tenía encerrada nada menos que la mente del Führer.  

También nacieron nuevos personajes al calor del miedo a la bomba y a los comunistas. La editorial Marvel triunfó por fin en todo el planeta con su deslumbrante colección de superhéroes disfuncionales. En sus cómics, Stan Lee y sus dibujantes hicieron planear la sombra del terror rojo. Un ejército de espías, doctores chiflados, mutantes y genios del mal al servicio de Moscú entró en las viñetas a plantar batalla. Duró poco: la contracultura y la guerra de Vietnam provocaron otro universo que se iría amoldando a las cada vez más contradictorias y caprichosas demandas del mercado. Pero la sombra tras el telón de acero volvería a alzarse en los ochenta, cuando llegó el presidente Reagan, e incluso con las dramáticas consecuencias de la desintegración del Pacto de Varsovia. 

guerra fría

Galería de villanos comunistas

1. El Hombre de Titanio (Iron Man, 1965).

Iron Man no era en los cómics esa chistosa estrella que aparece hoy en las películas. Tony Stark fue concebido por sus creadores como el adalid del capitalismo, un poderoso empresario que solo tiene un punto débil, el alcohol (y su corazón artificial). El Hombre de Titanio es uno de los más entrañables, por sus estrepitosos fracasos. Boris Bullski era un mando importante y ambicioso del Partido, lo que le granjeó muchas enemistades y el destierro a Siberia. Para congraciarse con sus superiores, Bullski obliga a los científicos (también deportados) a fabricar una armadura parecida a la Dínamo Escarlata, pero más sofisticada, con la que piensa retar a Iron Man. Stark acepta el desafío y lo vence en un combate televisado a medio mundo. El pobre Bullski intentará mejorar su armadura para vencerlo en sucesivos combates, pero nunca lo consigue. Los rusos lo abandonan y es recogido por el ejército vietnamita para montar un trío de supervillanos contra los Vengadores (los Tres Titanes), que también falla. 

2. Dínamo Escarlata (Iron Man, 1963).

El archienemigo de Iron Man es una armadura muy similar a la suya. La diseña por primera vez el científico Anton Vanko, y con ella puede cambiar el campo geomagnético del planeta. Esta colosal herramienta, pero tosca y de vivo color rubí (en contraste con la primera armadura de Iron Man, en tonos metálicos) la encarga el mismísimo Nikita Jrushchov, y con ella Vanko viaja a Estados Unidos para destruir las empresas de armas de Tony Stark. Pero este le convence de que el régimen comunista lo está utilizando. Vanko deserta de Rusia, no sin antes entregar al persuasivo empresario el oro que Moscú tenía previsto invertir en la guerra contra su emporio. Aquí no acaban las aventuras de la Dínamo: reaparecerá hasta en más de una veintena de aventuras, «pilotada» por diversos científicos y soldados a las órdenes de Moscú. Entre ellos, una mujer, Galina Nemirovsky, una de las mejores pilotos de Dínamos (la XV); una versión zombi (Army of Darkness) y otra que podía ser miniaturizada en microsegundos, la sofisticada Dínamo Escarlata Mark V.

3. Coloso (Patrulla X, 1975).

Se trata de un hijo del villano más famoso de la historia de Rusia. Piotr «Peter» Nikolaievitch Rasputín es un campesino que descubre que tiene el Gen X mientras trabaja en un koljós siberiano. Este le da una fuerza hiperhumana. El Profesor Xavier le recluta para luchar contra Krakoa en la Patrulla X, pero tras una serie de percances los abandona para unirse a los rebeldes de Magneto. Esta fase dura poco, Coloso se ve envuelto en una intriga por devolver a la vida al malvado Rasputín. Para evitarlo, el mutante tiene que renunciar a su familia y a su amada, y adopta el avatar de una entidad cósmica maligna, el Juggernaut (este conocido mutante luce el mismo traje que Coloso, pero se adorna con un espectacular y famoso casco de forma ovoide). Coloso sufre la traición de su hermana y tiene que luchar con este lado oscuro. Se unirá por fin a la Patrulla X, pero antes pasará una temporada en el escuadrón de operaciones peligrosas, los Factor X de Cable (el hijo de Cíclope).

4. Viuda Negra (Tales of Suspense, 1964).

La espía más famosa de Marvel desciende de la ilustre familia rusa, los Romanov. Natalia era una aplicada bailarina, hasta que se casa con un famoso cosmonauta, el Guardián Rojo. Cuando las autoridades le comunican que este ha muerto, ella no duda en ponerse al servicio del KGB, en colaboración con mercenarios como Ojo de Halcón. En estas operaciones, es secuestrada por una orden de ninjas japoneses, que la entrenan como experta luchadora y asesina. Rescatada por miembros de la Patrulla X, pasará de luchar contra Iron Man a unirse a los agentes de SHIELD como componente de los Vengadores. Las aventuras de la Viuda Negra han estado salpicadas de romances con superhéroes, programación y desprogramación para el bien o el mal, y es un ejemplo de la evolución de los papeles femeninos en el cómic: de la sosa pin up (ya hubo una versión primitiva de Black Widow en los años cuarenta) a la mutante genéticamente alterada de HYDRA en Los Nuevos Vengadores.

5. El Fantasma Rojo y los Super Simios (Los Cuatro Fantásticos, 1963).

La carrera por el espacio no solo llevó al hombre a la Luna, también avivó la imaginación de Lee y Jack Kirby para crear el grupo más formidable de superhéroes hasta la fecha, los Cuatro Fantásticos, y sus peculiares enemigos. De los más bizarros es el astrofísico Iván Kragoff, un comunista convencido y deseoso de llegar el primero a la Luna. Para ello diseña un cohete en el que viaja acompañado de tres simios. La tripulación es sometida al efecto de los rayos cósmicos y desarrollan poderes. El científico puede hacerse invisible y cada uno de los simios se vuelve un poderoso mutante. El grupo se enfrentará a los Cuatro Fantásticos, y más adelante los veremos luchando contra Hulk, Iron Man, los Vengadores y Spider-Man. Una de las mejores aventuras es cuando viajan a África para convertir el imaginario país de Niganda en una república comunista habitada exclusivamente por monos inteligentes, dejando de lado al pobre Fantasma, que siempre sale mal parado en todas las batallas y tiene que pedir ayuda a la Patrulla X.

6. Supersoldados Soviéticos (Hulk, 1981).

La respuesta del Kremlin a la Patrulla X. El Profesor Piotr Phobos abre su escuela para entrenar mutantes en Moscú, con los parabienes del KGB. Los primeros estudiantes son Mijaíl Ursus y los hermanos mellizos Nikolai y Laynia, hijos del científico Sergei Krylov (poco después, el mutante Presencia). El primero se puede transformar en un oso gigante. Nikolai (Vanguard) es capaz de repeler cualquier energía aplicada contra su cuerpo y maneja la hoz y el martillo como armas de destrucción. Layna (Estrella Oscura) puede usar la materia oscura, volar y teletransportarse. Lo que no saben es que Phobos no es un comunista leal a la causa, sino un chiflado que está desarrollando un horrible plan de dominación. Los Supersoldados pasan un calvario de persecuciones, primero de los mutantes norteamericanos, otras veces de las autoridades de su país, que los tratarán de traidores cuando abandonan la URSS, pero les suplicarán su ayuda para acabar con extraterrestres aún más malvados que ellos.

7. Sóviets Supremos (Capitán América, 1989).

¿Qué hace el Gobierno cuando sus mutantes se rebelan? Pues organiza un grupo de superhéroes para que obliguen a los primeros a volver a casa. Así nace este quinteto, dirigidos por la V Dínamo Escarlata, que cuenta entre sus filas con un dios de la mitología, Perun (la contrapartida eslava a Thor), el Guardián Rojo, Sputnik (un especialista en objetos mecánicos) y Fantasía (la hechicera, que puede transformar a unas personas en otras). La aventura en que los Sóviets luchan contra los Supersoldados en las calles de Moscú es extraordinaria. Fantasía hace pasar al quinteto por la Patrulla X para enfrentarse a los Supersoldados, pero Estrella Oscura desata su poder en forma de un monstruo que absorbe toda la energía y a punto está de acabar con todos. Tiene que llegar una autoridad: el Capitán América convence a los Supersoldados de que no maten a sus camaradas. Más adelante, con la perestroika, el quinteto pasará a llamarse Protectorado del Pueblo y sus componentes se unirán a los Supersoldados para formar, ya a finales de los noventa, la Guardia de Invierno.

8. Camaleón (Spider-Man, 1963).

Después del ladrón que mata a Ben Parker, el Camaleón es el primer villano que aparece en un cómic del personaje de Lee y Steve Ditko. Dmitri Smerdyakov es un emigrante ruso que se dedica al espionaje porque tiene la enorme habilidad de disfrazarse de cualquiera, incluido Spider-Man, para culparle de una serie de robos de planos secretos en instalaciones militares para vendérselos a los soviéticos. El todavía inexperto superhéroe casi no lo atrapa en su primera aventura, pero Camaleón es detenido y deportado al final. Poco después vuelve a Nueva York, esta vez aliado con su hermanastro, Craven el Cazador. El plan para descubrir la identidad del superhéroe mediante unos androides creados por el Duende Verde que se hicieran pasar por los padres de Spider-Man no sale bien, y la pareja de villanos tiene un final muy triste: Craven se suicida y el Camaleón, después de montar unas escenas en el puente de Brooklyn, es recluido en un psiquiátrico.

9. Soldado de Invierno (Capitán América, 1941).

Bucky Barnes, compañero inseparable de peleas del Capitán América, primer superhéroe de la factoría Marvel —antes incluso de que esta se llamara así (Timely Comics)—, le acompaña en la aventura final contra el Barón Zemo. Cuando ambos intentan desactivar la bomba que lleva en el avión, esta explota y los dos desaparecen en el mar. Muchos años después, al Capitán lo descubrirán los Vengadores dentro de una cápsula y en animación suspendida, pero Bucky, a quien se daba por muerto, reaparecerá en Marvel como un supervillano en 2005. Un submarino ruso habría recogido su cuerpo, implantándole un brazo biónico y manteniendo su cuerpo en tecnología criogénica para transformarle en asesino del Departamento X de Moscú. Bucky padece una oportuna amnesia que le permite emprender ataques terroristas en Estados Unidos. Allí se tendrá que enfrentar a su antiguo amigo. Una vez recobrada la memoria, Barnes es clave en la historia de la guerra civil de los Vengadores: cuando el Capitán es asesinado, Nick Furia le ofrece sustituirle para luchar contra el legendario Cráneo Rojo.

10. Hijo Rojo (Superman, 2003).

No todo va a ser Marvel en esta galería revolucionaria. El escocés Mark Millar planteó una pregunta fascinante. Cómo sería la saga del superhéroe más importante de todos los tiempos si su nave, lanzada desde Krypton, no se hubiese estrellado en Kansas, sino en una granja comunal de Siberia. Todo el universo DC cambia: Superman es aquí el extraterrestre con poderes increíbles que apoya los principios del comunismo. Por su estatus, está entre los íntimos de Stalin y los líderes del Presidium Supremo. Superman terminará siendo el presidente de la URSS y marido de Wonder Woman. Irónicamente, su intento de instaurar un sistema utópico y justo para todos los hombres terminará de muy mala manera, dominando el mundo bajo una horrible dictadura, en la que Lex Luthor, el archienemigo de Superman, tendrá que ser el salvador. Absolutamente deslumbrante.


Brujas, jueces, actores: diez hombres amotinados en Hollywood

Dalton Trumbo ca. 1968. Fotografía: Cordon Press.

Hubo dos testigos a los que les fue muy bien ante el Comité de Actividades Antiamericanas. Uno de ellos era actor, no muy exitoso, que cantaba y bailaba… su nombre era George Murphy. Se convirtió posteriormente en senador. Otro también actuaba, pero su carrera declinaba por entonces. Se llamaba Ronald Wilson Reagan y llegó a gobernador de California. Además, había un joven miembro en el Comité, apenas un novato… Era un tal Richard Milhous Nixon, que acabaría como presidente de Estados Unidos. Así que, bueno… creo que, después de todo, tuvimos suerte de que solo nos cayera un año de cárcel.

Al habla James Dalton Trumbo (Colorado, 1905-Los Ángeles, 1976). La cita pertenece a una charla que el escritor y guionista dio en UCLA en 1972 —por eso menciona a Reagan solo como gobernador—. Por entonces, Trumbo había ganado dos Óscar aunque prácticamente nadie lo supiera. Ninguno llevaba su nombre ni este aparecía en los créditos. Hasta 1975 no se le hizo entrega del premio por el guion de El bravo (1956) —justo un año antes de morir— y hasta 1993 la Academia no le otorgó de manera más que póstuma la estatuilla por Vacaciones en Roma (1953). Trumbo escribió ambos guiones aunque no los firmara. Estaba en la lista negra de supuestos comunistas señalados por el Comité de Actividades Antiamericanas después de la Segunda Guerra Mundial y trabajaba clandestinamente. 

«Trescientos sesenta y un represaliados en total, sesenta y cuatro delatores, veintiún rehabilitados sin delatar, treinta y cuatro inquisidores y colaboradores y veinte personas ajenas a los anteriores grupos», contabiliza el escritor Javier Coma en su libro Diccionario de la caza de brujas: las listas negras de Hollywood (Inédita). Una porción de la historia de la guerra fría algo menos conocida que el cuadro general de persecuciones políticas y sociales; y, en cualquier caso, rica en nombres y circunstancias, chismes y desgracias en el morboso mundo del cine.

Pero Trumbo no fue un simple represaliado. Formó parte de un grupo de diez hombres de la industria que, además de ser los primeros en pasar ante el Comité como acusados, no mintió, negó o dijo la verdad total o a medias, como harían decenas de hombres y mujeres. Trumbo y los otros nueve se negaron a responder a ciertas preguntas acogiéndose a su libertad de conciencia. Fueron los Diez de Hollywood. 

Entrevistas de trabajo

Es un error común vincular directamente el macartismo con la represión anticomunista en la industria de Hollywood. La acción del senador Joseph McCarthy poco tiene que ver con unos procesos que se produjeron antes, sobre todo a finales de los años cuarenta y principios de los cincuenta. McCarthy, por su parte, no obtuvo la presidencia de la Subcomisión Permanente de Investigaciones del Senado (desde donde llevaría a cabo su famosa labor inquisitorial) hasta 1953. Son, por tanto, historias diferentes. Aunque con semejanzas y vasos comunicantes inevitables. 

El cine estadounidense en los años treinta era un sector con altas cotas de sindicalismo y politización. Son los tiempos intervencionistas del New Deal del presidente Roosevelt. Una fuerte bajada de sueldos en 1932 y la posterior creación de varias asociaciones y grupos de presión (como el Sindicato de Guionistas) afianzaron al gremio como un colectivo fuerte y en ascenso; de difícil lidia para los directivos de los estudios y de los más izquierdistas del país, sin que ello signifique, como se dijo vulgarmente, que fuera un nido de rojos. En paralelo, y ante el crecimiento de ciertas ideologías, Estados Unidos se armó con algunos organismos y leyes (como el puritano Código Hays de censura en el cine o la Smith Act, que prohibía la enseñanza del comunismo) en defensa de su sistema político pero también de cierto tradicionalismo y celoso estatus. El estallido de la Segunda Guerra Mundial paralizó temporalmente un conflicto doméstico larvado, de fuerzas centrífugas, que, con considerable probabilidad, iba a despertar si tanto estadounidenses como soviéticos salían reforzados de la guerra. Como así fue. Un problema tanto dentro como fuera del país.

En 1938 se creó la Comisión de Actividades Antiamericanas (HUAC por sus siglas en inglés), un comité investigador de actividad subversiva (tanto fascista como comunista) adherido a la Cámara de Representantes de EE. UU. Hasta 1947, con el nuevo mapa bipolar global y su creciente tensión, no se pone en marcha con verdadera virulencia. En el verano de dicho año, el presidente del Comité, John Parnell Thomas, supo dónde y a quién acudir primero. En una ronda de consultas en el Hotel Biltmore de Los Ángeles, Thomas obtuvo de los directivos de cine las primeras pistas para iniciar una limpia. Los primeros nombres para las citaciones del comité. Los primeros agraciados de un sector, en efecto, bajo sospecha.

En septiembre comenzó el show —y la palabra no está escogida por casualidad—. Las vistas del HUAC eran un ruidoso espectáculo con más de cien periodistas de todo el país, donde una palabra más alta o ingeniosa que otra provocaba vítores, aplausos o abucheos. Primero comparecieron los afines. Directivos como Jack Warner, productores como Walt Disney o actores como Gary Cooper. A este último le preguntó el comité: «Como persona relevante en su campo, ¿creería apropiado que el Congreso aprobara una ley que prohibiera el Partido Comunista en EE. UU?». Cooper respondió: «Creo que sería una buena idea. Pero no sé, nunca he leído a Marx y no conozco las bases del comunismo». Los actores Robert Taylor y Adolphe Menjou no fueron tan diplomáticos. «Si por mí fuera los mandaría a Rusia o a cualquier otro sitio desagradable», afirmó el primero. El segundo sentenció bravucón entre carcajadas de la sala: «Que se vayan a Texas. Allí los matarían nada más verlos». 

Sentar en un tribunal a personalidades del espectáculo (ya fueran testigos o acusados) garantizaba irresistibles cotas de atención mediática. Y por tanto de propaganda eficaz. «Es de esperar que los comunistas intenten desesperadamente hacerse un hueco en la industria del cine, ya que se trata de una poderosa arma de educación», aseguraba el mencionado Parnell Thomas. Con todo el país mirando, aquello no era un simple interrogatorio, sino una competición de adhesión y patriotismo. Una especie de entrevista de trabajo donde ganaba más réditos el más convencido anticomunista y el que fuera capaz de aportar más nombres pública o privadamente. Las delaciones eran la clave del mecanismo. «Sabíamos que no era solo cuestión de si tú eras comunista o no», explica el guionista Ring Lardner Jr, uno de los acusados. «Sabíamos que la siguiente pregunta iba a ser: “¿Y quién más?”».

Lauren Bacall y Humphrey Bogart lideran una marcha contra la caza de brujas en octubre de 1947. Fotografía: Corbis.

Los Diez de Hollywood

La primera lista negra la formaban diecinueve personas, aunque al final solo once fueron llamados a declarar. Eran siete guionistas, dos directores y un productor (Lester Cole, Dalton Trumbo, Alvah Bessie, Ring Lardner Jr, John Howard Lawson, Albert Maltz, Samuel Ornitz, Herbert J. Biberman, Edward Dmytryk y Adrian Scott). Además, el acusado número once era el dramaturgo alemán Bertolt Brecht. Trumbo, retomando esa conferencia en UCLA, explica bien la surrealista suerte de Brecht aquellos días de 1947: «Él ya tenía experiencia con ciertos comités alemanes… Su testimonio fue espléndido. La comisión intentaba descifrar el significado revolucionario de su poesía y Bertolt les corregía mezclando inglés y alemán, y no se entendía nada. A la mañana siguiente, estaba de vuelta en Suiza. Perdimos un gran artista». Fue el primero de muchos creadores que se marcharon en camino inverso a los Wilder, Preminger o Lang de los años treinta, que dejaban atrás la Alemania nazi. Brecht no fue el único. Charles Chaplin o John Huston también continuaron sus carreras en Europa algunos años después, así como muchos otros artistas de varias disciplinas.

Trumbo continúa el relato de aquellos días anteriores a la vista: «Hablamos entre nosotros, cerramos filas y decidimos, al modo sindical, votando por unanimidad, que si se nos preguntaba a alguno de nosotros sobre cuestiones de conciencia, nos acogeríamos a la 1.ª Enmienda. No responderíamos». 

Una vez delante de los magistrados, los Diez fueron fieles a lo convenido. «¿Perteneces o alguna vez has pertenecido al Partido Comunista?». El guionista Albert Maltz respondió: «Después me preguntará por mis creencias religiosas… y si no le gustan, presionará a la gente de la industria para que no me den trabajo». Asediados por estas cuestiones, unos callaban, otros hablaban de otra cosa y algunos replicaban airadamente mientras el presidente del comité agitaba furioso su mazo recriminando al acusado, casi como un reproche paternal, una regañina con público, que no estaba contestando. «Sí que estoy respondiendo», espetó Trumbo. «Reto a la Comisión a que presente pruebas contra mí». Cuando el interrogatorio degeneraba en una bronca sin final, se llevaban de allí al acusado.

«Nos dijimos a nosotros mismos que esto no debería pasar», dijo Humphrey Bogart. «Vimos a policías llevarse a ciudadanos como si fueran criminales tras negarles el derecho a defenderse (…) Cada vez que el mazo del señor Thomas caía, golpeaba la 1.ª Enmienda de nuestra Constitución». Unas quinientas personalidades del cine norteamericano, entre los que estaban Bogart, Lauren Bacall, Henry Fonda o Gene Kelly, entre muchos otros, apoyaron públicamente a los acusados. Veintiocho de ellos cruzaron el país para estar presentes en el lugar del juicio, Washington D. C., dando visibilidad aquellos días al llamado Comité de la Primera Enmienda.

Según cuentan los propios protagonistas en un documental de la cadena PBS estadounidense (Legacy of the Hollywood Blacklist [1987]), la moral era alta y había confianza en tumbar legalmente la acción del HUAC, que creían anticonstitucional. «Los mejores abogados de la ciudad pensaban que ganaríamos», asegura Trumbo. Pero la fuerza de la patronal era enorme. En noviembre, los directivos se reunieron en el Hotel Astoria para alinear voluntades. El mensaje posterior, emitido por televisión, produjo una descomunal disuasión. «Serán despedidos sin compensación, y nunca más volverán a ser contratados, ninguno de los Diez de Hollywood, mientras no sean absueltos, colaboren o declaren bajo juramento que no son comunistas», avisaba Eric Johnston, presidente de la Motion Picture Association. El aviso valía para todo el gremio. «Desde ese momento», asegura Ring Lardner Jr, «el apoyo empezó a decaer». Incluido el de un Humphrey Bogart que en pocas semanas terminó escribiendo un artículo titulado «No soy comunista».

Los Diez fueron condenados. El Comité de Actividades Antiamericanas los procesó por desacato al Congreso de Estados Unidos y obstrucción a la justicia. El recurso al tribunal de apelación de Washington no prosperó, como tampoco lo hizo la apelación al Supremo de EE. UU. —no resuelta hasta 1950—. La condena: mil dólares de la época como multa y un año de cárcel. 

Bodas y desgracias

Consumado el castigo, la voluntad de los Diez de Hollywood se acabó quebrando por uno de sus eslabones. Era previsible dada la presión y el coste personal. En la primavera de 1951, el realizador Edward Dmytryk reculó. Pidió testificar ante el HUAC, reconoció su breve pertenencia al Partido Comunista en 1945 y delató a veintiséis compañeros supuestamente subversivos. El premio: su pena de prisión se quedó en seis meses y pudo rehabilitar su carrera profesional con mucha mayor rapidez que sus compañeros. «No quise ser un mártir de una causa en la que no creía», aseguró. En 1954, Dmytryk estrenaba El motín del Caine, con un tal Humphrey Bogart como rutilante protagonista.

La suerte de los Diez fue cruel en general. Una vez salieron de la cárcel, quedaron estigmatizados personal y profesionalmente. Sus filmografías se ralentizaron, algunas se detuvieron y desde luego se volvieron precarias. El exilio y el trabajo clandestino fueron recurso obligado para la mayoría. Algunos guionistas siguieron escribiendo utilizando tapaderas, nombres de personas que prestaban su identidad para firmar y vender unos guiones que no escribían; una suerte de negro literario para el cine. Lo ilustra bien la película The Front (1976), en la que Woody Allen hace de un buscavidas que quiere notoriedad y se presta para firmar los guiones de su amigo perseguido, un tal Arthur Miller. Un caso cercano a lo real porque el dramaturgo neoyorquino también fue señalado en la época y llamado a declarar.

Acaso Dalton Trumbo, sarcástico y desafiante, quizá el gran talento de los Diez (como mordazmente insinuaría Billy Wilder), representa el mejor ejemplo de tenacidad y éxito posterior. Siguió trabajando en su retiro forzado en México, junto a su familia, utilizando una decena de seudónimos distintos. Su labor no palideció. Lo atestiguan los dos Óscar ganados en secreto, como contábamos al principio, y una contribución esencial y testaruda a que la realidad se fuera imponiendo a la psicosis. En 1960 culmina su progresivo regreso a la vida pública (con las mareas políticas ya más calmadas) de la mano del actor y productor Kirk Douglas. Douglas estaba empeñado en contratar a Trumbo para llevar al cine la novela Espartaco (su autor, Howard Fast, también acabó en la cárcel, por cierto) y, de paso, dinamitar en lo posible la creciente hipocresía de una industria que seguía contratando a los apestados sin reconocerlo ni reconocerlos. El objetivo principal era que el nombre de Trumbo volviera a iluminarse en una gran pantalla. Como así sucedió. El estreno de la película es la fecha que algunos historiadores utilizan para marcar el final de la caza de brujas como proceso en general.

No deja de ser irónico, en cualquier caso, que dos de los grandes impulsores de estos procesos (Parnell Thomas al frente del HUAC y McCarthy capitaneando su subcomisión del Senado) acabaran mal y prematuramente, el primero en la cárcel en 1950 por fraude y el segundo completamente chamuscado por la ambición de investigar y señalar a importantes militares. McCarthy murió solo en 1957 a los cuarenta y ocho años y entre grandes problemas con el alcohol. Acaso representan el furor de una época que quizá pudo haberse detenido bastante antes. «Si el Tribunal Supremo hubiera revocado en su momento la sentencia de los Diez, quizá el macartismo posterior hubiera perdido gran parte de su soporte y su fuerza», reflexiona años después Albert Maltz.

Para 1955, la lista negra de Hollywood había crecido hasta alcanzar una cifra cercana a las doscientas cincuenta personas. Posiblemente el récord de más nombres saliendo de una sola boca pertenece al guionista Martin Berkeley, con ciento sesenta y dos delaciones de supuestos comunistas. El número de damnificados se multiplicó, con casos especialmente duros como el de John Garfield, que falleció por un infarto a los treinta y nueve años (la leyenda negra asegura que producido por el estrés de su proceso de acusación), o el del matrimonio Rosenberg, ejecutados por espionaje en 1953. Hay también algún suceso simpático al otro lado del río, como el de la segunda esposa de Ronald Reagan, la actriz Nancy Davis, que formaba parte de las listas negras por error. Reagan consiguió que la borraran y decidió casarse con ella para evitar rumores. Con sus nupcias, medras y delaciones, la Norteamérica reaccionaria fue más o menos coherente consigo misma, aunque aquello de cazar brujas terminara quedando trasnochado en unos años. Al contrario, la izquierda, en célebre cita de Orson Welles, se traicionó para salvar sus piscinas.


Deportista-soldado soviético, superhéroe de carne y hueso

Atletas soviéticas durante un desfile en la Plaza Roja de Moscú en 1927. Fotografía: Arkady Shaikhet / Getty.

La Revolución soviética, en un inicio, aspiraba a cambiar toda la sociedad en su conjunto. Hasta el fútbol. Los primeros revolucionarios despreciaban el deporte por burgués. Eso de competir a ver quién gana y es el mejor y darle un premio les parecía de horteras y se propusieron eliminarlo. No es de extrañar, porque hasta entonces el deporte solo lo practicaban los nobles, con influencia victoriana, y no permitían que los trabajadores manuales se afiliaran a sus clubes. 

Cuando luego empezó a popularizarse el fútbol en las calles, los revolucionarios lo consideraban una degradación derivada de la explotación capitalista. Veían al obrero pateando la pelotita como un hámster en la rueda. Mención aparte que desde Inglaterra llegaban noticias, para ellos aberrantes, de equipos, como el West Ham United, que se formaron en las fábricas después de una oleada de huelgas en el sector para unir y confraternizar trabajadores con patronos. 

Un bolchevique, Boris Efimovich Evdokimov, sí vio el potencial del fútbol para que sirviera de cadena de transmisión de las ideas socialistas. Sin embargo, en los años veinte, la URSS rechazó el deporte occidental, por elitista, corrupto y orientado al consumo. Los comunistas querían un deporte proletario, una cultura física, que tuviese como objetivo la higiene y la salud. Para promover estos deportes, se creó la Sportintern en 1921, que también tenía como fin servir de entrenamiento temprano para los jóvenes que pronto estarían en edad militar. 

Una organización, la Red Sport International, inspirada por Nikolái Podvoiski, planificó el que iba a ser el deporte anticapitalista. Llegó a tener dos millones de afiliados en la URSS, Alemania, Checoslovaquia, Francia, Noruega, Italia, Finlandia, Suiza, Estados Unidos, Estonia, Bulgaria y Uruguay. Los Juegos Olímpicos que organizaba el COI entendían que eran un ejemplo de chovinismo y nacionalismo ridículo. Los suyos iban a servir para construir la ética del internacionalismo. Se llamaron Spartakiadas, en honor a Espartaco, y ninguna bandera nacional o himno hizo acto de presencia en la apertura o clausura de los huegos. Todos cantaban La Internacional y punto.

En este contexto, llegó la reforma del fútbol a la URSS en 1923. Tenía que ser un deporte educativo y formativo, no un espectáculo ni una competición. No solo contaban los goles, también puntuaba cometer menos faltas, tener menos expulsados, alinear jugadores que también hicieran otros deportes o fueran profesores de educación física en sus barrios. El Krasnaya Prensya fue el equipo que al final de temporada consiguió más victorias y quedó quinto. En la prensa, el debate giraba en torno a si era ético que alguien cobrase por hacer deporte. Se preguntaban si era lícito que alguien jugase en el club de un sindicato que no era el de su empresa. 

Este fútbol proletario no sobrevivió a la década. Cuando llegó Stalin, ordenó que había que competir con el capitalismo en todos los ámbitos de la vida, deporte incluido. El fútbol y los Juegos Olímpicos eran, en realidad, un escaparate precioso para impresionar a los gobiernos extranjeros con la fuerza soviética. El arma magnífica con la que contaban era el TsSKA, el club deportivo del ejército. 

Los militares introdujeron la gimnasia y la natación en los cadetes militares en 1844. Hasta entonces, habían reclutado a campesinos fortalecidos por las labores agrícolas, pero cuando las ciudades comenzaron a crecer, los chavales que les llegaban a filas dejaban mucho que desear. En 1918 se creó la Vsevobuch, una red para facilitar que todo el mundo hiciera gimnasia. Sus fines, más prosaicos, servirían para preparar a los jóvenes para el combate. Mijaíl Frunze fue en 1925 uno de los militares que más hizo por introducir el deporte en las fuerzas armadas. El Ejército contó con las mejores instalaciones y a los oficiales se les obligaba a dominar alguna disciplina deportiva. 

De esta manera, entre 1941 y 1945, miles de atletas fueron a la guerra. La lista es interminable. Por ejemplo, Aleksandr Spiridonovich Kanaki, participante en decatlón. En Stalingrado, fue gravemente herido al ir a arrojar una granada a las líneas enemigas. Con daños irreversibles en una mano, después del conflicto cambió de disciplina y llegó a ser campeón soviético de lanzamiento de peso. 

En un número de la revista Soviet Military Review de 1981 se publicó un artículo del teniente coronel D. Rostóvtsev, campeón de esquí de montaña, que contaba de primera mano la formación de una brigada de atletas. Una historia para hacer una película. En su caso, no se fue a las dependencias del CSKA, sino a las del equipo de la policía, el Dynamo. Reunió a deportistas como N. Shatov, levantador de pesas, A. Dolgushin, piragüista, los hermanos Georgi y Seraphim Znamenski, corredores de fondo y L. Mitropolski, lanzador de disco. El grupo recibió entrenamiento militar para actuar tras las líneas enemigas. 

Como en un cómic de Marvel, el teniente-coronel explicó que, al principio de la guerra, los cócteles molotov y las granadas fueron fundamentales contra los carros de combate alemanes. Un soldado convencional no podía lanzar una granada más de treinta metros; con estos hombres era otra historia. Para infiltrarse tras las líneas enemigas, los mejores eran los esquiadores y los escaladores. 

Un boxeador, Sergei Shcherbakov, fue herido en una pierna en una misión en el Cáucaso. Al cabo de un año volvió al ring y, con su pierna aún convaleciente, llegó a ser campeón de la URSS. Anatoli Ivanovich Parfyonov, luchador grecorromano, fue ametrallador, luego llevó un tanque T-34 y fue herido en el brazo en el paso del Dniéper. Nunca más pudo doblar el codo, sin embargo, consiguió ganar los títulos de lucha libre de la URSS de 1954 y 1957. Después se hizo entrenador y logró que Nikolái Balbosin se convirtiera en campeón olímpico. 

Ferdinand Kropf, nacido en Trieste, fue instructor alpino antes y después de la guerra. Durante la contienda, sirvió en unidades de partisanos en la Brigada Independiente de Fusileros Motorizados de Destino Especial, en la que, por cierto, hubo un centenar de españoles exiliados. Kropf luego diseñó los sistemas de rescate de montaña de la URSS. 

La unidad de Rostóvtsev atravesó el Cáucaso y los Cárpatos, entró en Hungría por Transilvania y llegó hasta Průhonice, a las afueras de Praga en Checoslovaquia. Para celebrar el final de la guerra, lo primero que hicieron sus hombres fue disputar un partido de fútbol contra el equipo de la localidad. 

Después de la contienda, el debut de la Unión Soviética en el gran escenario del deporte, hasta entonces burgués y decadente, se produjo en los Juegos de Helsinki 52. Buena parte del equipo soviético que ahora aparecía en ropa interior dando saltitos se había pateado el fuego y la nieve del frente oriental en una guerra de exterminio. 

Yuriy Nikolaevich Lituyev, plata en los cuatrocientos vallas, récord del mundo en 1953, del CSKA, había comandado una batería de artillería. Acabó la guerra como teniente. Vladimir Dmitrievich Kazantsev, del Dynamo, fue herido en el frente de Kalinin; ahora era plata en los tres mil obstáculos. Alexander Alexandrovich Anufriev fue herido en el frente de Carelia, luchando precisamente contra los finlandeses que ahora estaban en la grada; comenzó a hacer deporte para recuperarse de sus lesiones y llegó a ser bronce en los diez mil metros. 

En el equipo de baloncesto que perdió la final contra Estados Unidos por el escalofriante resultado de 36 a 25, estaba Ivan Fedorovich Lysov, que había luchado en la Séptima División de Infantería que recorrió Kalinin, Estonia y Leningrado. El caso de los gimnastas fue aún más espectacular. Viktor Ivanovich Chukarin, con tres oros y una plata, tras ver cómo su padre marchaba para el gulag en 1937, fue enviado a la guerra y capturado. Estuvo en diecisiete campos de concentración. Sobrevivió a Buchenwald, pero salió de ahí pesando cuarenta kilos. El armenio Grant Amazaspovich, con dos oros y dos platas, fue al frente voluntario en 1943 y volvió herido en una pierna. 

También en Buchenwald estuvo Ivan Vasilievich Udodov, oro en halterofilia. Cuando Estados Unidos le liberó del campo de concentración, estaba inmóvil. Tenía diecisiete años y corría el riesgo de quedarse postrado para siempre. Los doctores le recomendaron levantar pesas para recuperar el tono, y tanto fue así que acabó imponiéndose en los Juegos Olímpicos. 

Nikolái Nikolaevich Saksonov, que fue plata, fue herido tres veces en la guerra. Plata también en sesenta y siete kilos, Evgeni Ivanovich Lopatin había estado en Stalingrado al mando de una compañía antitanque con el rango de teniente. A finales de septiembre de 1942, en la batalla de Yerzovka, una ametralladora le estalló en la mano izquierda. Eso no impidió que diez años después se proclamara campeón de levantamiento de pesas. Otro levantador, galardonado con un bronce, Arkadi Nikitich Vorobyov, había sido buzo en la flota del mar Negro. Dejó el servicio tras sufrir una conmoción cerebral y fue condecorado. 

En lucha grecorromana, Yakov Grigorievich Punkin se llevó el oro. En 1941, sirvió como tanquista. Capturado en los primeros compases de la guerra, estuvo en el campo de prisioneros de Fullen y luego realizando trabajos forzados en Osnabrück. Se hizo pasar por musulmán osetio para no ser ejecutado, porque se intentó escapar sin éxito dos veces de su cautiverio. Al ser liberado, tuvo suerte. No fue enviado al gulag, como les pasó a muchos otros, pero se comió tres años de mili en Magdeburgo, tiempo que aprovechó para ponerse al día en su disciplina deportiva favorita.

El oro en lucha libre, Shalva Konstantinovich Chijladze, luchó en una brigada motorizada del NKVD, la policía militar; a él le dieron en una batalla en la aldea de Verjne-Kuklino, en Ucrania. Fue herido en el antebrazo izquierdo, donde sufrió daños nerviosos. Estuvo hasta 1942 en el hospital y luego fue enviado a tratarse a Tiflis. Tenía cuarenta años cuando fue incluido en el equipo olímpico que fue a Finlandia. 

Hasta las mujeres tenían su pasado bélico. La lanzadora de peso Galina Ivanovna Zybina fue superviviente del cerco de Leningrado y recibió una condecoración por destacar en la defensa de la ciudad. Se llevó el oro. La gimnasta María Kondrátievna Gorojóvskaya sirvió en un hospital en Leningrado. Se hizo con dos oros y cinco platas.

Patinadores profesionales soviéticos durante una sesión de entrenamiento en Irkutsk, Siberia, 1965.
Fotografía: Getty.

La Unión Soviética fue segunda en el medallero con setenta y una medallas frente a las setenta y seis estadounidenses. En la siguiente cita, Melbourne 56, la URSS logró ser primera con noventa y ocho, frente a las setenta y cuatro americanas. El propósito de Stalin de plantarle cara al capitalismo también en el deporte, en sus mismos términos, había sido un éxito. Sin embargo, en Finlandia hubo un borrón que le aguó la fiesta al secretario general. En el deporte rey, el equipo soviético fue a caer ni más ni menos que ante Yugoslavia, su peor enemigo en la geopolítica mundial en ese momento. Este tipo de enfrentamientos luego fueron habituales para Moscú, como el partido de waterpolo recordado como «el baño sangriento» en el contexto de la revolución húngara de 1956 o los violentos partidos de hockey contra Checoslovaquia tras la Primavera de Praga. 

Tito y Stalin rompieron en 1948. El yugoslavo era incontrolable y Stalin, mejor que pasarse la vida discutiendo con él, prefirió condenarlo y meter así en cintura al resto de democracias populares con su ejemplo. En todas ellas, hubo miles de purgas bajo la acusación de titismo. Yugoslavia, por su parte, quedó aislada y tuvo que recurrir a Occidente para hacer negocios. No obstante, estos días de enfrentamiento contra el imperio militar soviético fueron los de mayor auge del yugoslavismo en un país que, como es sabido, acabó saltando por los aires por sus dinámicas internas disgregadoras. 

Por los escritos de Vladimir Dedijer, miembro del Comité Central, sabemos que toda Yugoslavia estaba enloquecida con el partido. Antes de la ruptura todo habían sido elogios tras una visita del CSKA en 1945. La prensa dijo que todos los jugadores se habían distinguido en la batalla durante la Segunda Guerra Mundial; ahora eran oficiales, la mayoría tenientes. Eran un ejemplo de emulación dentro y fuera del campo. Así se hizo el Partizán de Belgrado, club del JNA, el Ejército yugoslavo, a su imagen y semejanza. 

Entre los yugoslavos se encontraba el luego famoso entrenador Vujadin Boškov. La selección soviética de Helsinki estaba basada en el CSKA, aunque uno de sus mejores jugadores, Konstantín Ivánovich Béskov, era del Dynamo y había hecho la guerra en el NKVD en Moldavia y en las Fuerzas Especiales en Moscú. Su preparación física era manifiestamente superior, como demostró la remontada que protagonizaron heroicamente. Yugoslavia se puso 5-1 y en la segunda parte los soviéticos empataron 5-5. En el tiempo extra nadie marcó y hubo que repetir el partido. 

El público finlandés iba con Yugoslavia, cuyos jugadores, conscientes de la importancia política del partido, según comentó Stjepan Bobek años después, los días previos ni comieron ni durmieron. Tito, personalmente, les envió un telegrama que fue leído en el vestuario justo antes de saltar al campo. Si Stalin hizo lo mismo con los suyos es algo que se ha comentado y puesto en duda. 

El desempate fue durísimo. El New York Times lo describió como un partido «cercano al fútbol americano». Los jugadores se insultaban con calificativos como «fascista», que se contestaban con «capitalista»; a los rusos les decían que acabarían en Siberia. Al final, 3-1 para los balcánicos. Cuando la URSS dio el partido por perdido, se dedicaron única y exclusivamente a dar patadas a los yugoslavos. Tampoco les dieron la mano tras el pitido final.

La plavi celebró el triunfo cantando canciones partisanas de la Segunda Guerra Mundial. Lo primero que hicieron los jugadores fue enviarle un telegrama de respuesta a Tito, donde decían: «Luchamos y vencimos». En una retransmisión de radio famosa en Yugoslavia, que aparece en la primera película de Kusturica, el locutor Radivoje Marković celebraba emocionado el «golpe a Stalin y a la Kominform» que suponía esa victoria. En todas las capitales yugoslavas salió la gente a celebrar el triunfo a la calle; nunca esa nacionalidad colectiva fue más querida por tanta gente en la federación como aquel día. 

De los soviéticos, en su momento, se publicó que todos habían acabado en el gulag. De hecho, ha quedado ese mito, pero no es verdad. Los más brillantes continuaron sus carreras con éxito. De hecho, dos de ellos, Ígor Netto y Anatoli Ilyin, estuvieron presentes en Melbourne, donde se tomaron la revancha contra Yugoslavia y la derrotaron en la final por 1-0, con Yashin de portero. Pero, para entonces, Stalin ya había muerto. Mientras aún seguía vivo, la prensa no informó del resultado del partido. A varios jugadores del equipo se les retiró la Maestría Deportiva, pero el que pagó el pato fue el CSKA. Bajo la posible influencia de Beria, que era fanático del Dynamo, Stalin se cepilló al club, que estuvo dos años desaparecido, hasta su muerte. Medio siglo después, el CSKA puede presumir de haber dado más de dos mil quinientos oros a su país.


FK Velež Mostar, los «soldados» de Tito contra «cualquier agresión nacionalista»

Red Army. Foto: Cordon.

En España es un club de referencia porque de él procedían dos extraordinarios futbolistas como han sido Meho Kodro y Vlado Gudelj. Entre los aficionados de las repúblicas exyugoslavas, se le recuerda como un equipo que hacía un fútbol vistoso y que tuvo a la BMW, Bajevic, Maric y Vladic (en serbocroata no existe la W), tres futbolistas míticos e internacionales con Yugoslavia. Pero políticamente tuvo mucho más relieve. Fue un club adscrito a la ideología comunista, en general, y al régimen de Tito, en particular. A su idea de hermandad y unidad, un lema para superar cualquier disputa interétnica, algo propio de primitivos para aquellos revolucionarios. La estrella roja sigue siendo su escudo.  

Tito siempre ocultó cuál era su equipo, hubiera sido impropio del líder de la nación tomar partido balompédicamente hablando, pero recientemente su nieto Joska Broz declaró en la prensa que era del Partizan. Algo que también cita Richard Mills en su historia del fútbol de Yugoslavia, The Politics of Football in Yugoslavia: Sport, Nationalism and the State, aunque exista la leyenda de que era del Hajduk, que había sido el equipo de la resistencia al fascismo italiano y el nazismo alemán durante la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, ninguno de estos clubes se ajustaba al discurso de los partisanos que expulsaron al invasor como el Velež Mostar. Un club que ya había sido comunista antes de la llegada del comunismo al poder. No en vano, Tito demostró que lo tenía presente en un discurso que dio en su honor en el 50 aniversario del club, en 1972, que recoge Mills en su estudio sobre el club bosnio publicado en Europe-Asia Studies. 

Camaradas, estáis en el camino correcto y no desde ayer, sino desde vuestro origen. Además, os habéis mantenido unidos políticamente. Quiero que en el futuro se fomente la hermandad y la unidad, que es lo que firmemente necesitamos para ser más fuertes y estar unidos. Quiero especialmente que vosotros, la generación más joven, os convirtáis en los primeros soldados que nos protejan contra cualquier agresión nacionalista. Tenéis que estar unidos. Tenéis que apreciar la hermandad y unidad de nuestra nación. Esa es nuestra vía al socialismo. 

El Velež Mostar tenía el pedigrí. Se había fundado en 1922 como un club de trabajadores. La historia oficial del equipo dice que la mayoría de sus integrantes ya entonces eran todos comunistas. Lo cierto es que cuando se inició la fase de la dictadura en la monarquía yugoslava de entreguerras, el Partido Comunista, que fue prohibido, puso en marcha una estrategia de fundación y también entrismo en diferentes organizaciones populares, entre ellas las deportivas. En el Velež de aquel entonces tenía en los puestos clave de la directiva a muchos militantes. 

Antes, el Congreso de la Internacional de la Juventud Comunista en Moscú había proclamado que los trabajadores jóvenes debían participar en organizaciones legales mientras llevaban en secreto su militancia ilegal. Por eso, con la prohibición de sus organizaciones en Yugoslavia, los comunistas crearon y se infiltraron en todo tipo de asociaciones culturales, musicales y, por supuesto, deportivas. En fútbol, el modelo del Velež ya se había puesto en marcha, por ejemplo, con el Radnicki (Trabajadores) de Belgrado, fundado en 1920, o el también bosnio Sloboda (Libre) Tuzla, nacido en 1919. Con estos clubes se captaban y reclutaban a jóvenes para el partido y se recaudaba dinero para los militantes encarcelados y sus familias. Muchos de los presos eran los propios empleados del club. 

En otoño de 1940, se produjo una manifestación antifascista masiva en Mostar por la invasión alemana de Polonia. Ocurrió tras un partido entre el Velež y la selección de Montenegro. Al acabar, la multitud que asistía al encuentro se dirigió al centro de la ciudad en lo que inicialmente era una protesta contra la guerra, pero acabó siéndolo contra las autoridades de la monarquía yugoslava. Los manifestantes estaban descontentos por los tratos del gobierno con el Eje y con que no se hubieran puesto en marcha mecanismos defensivos ante la amenaza que suponían los fascismos expansionistas. Gritando «Abajo el fascismo», «Queremos pan y trabajo», cuando llegaron al Neretva, la policía se enfrentó a ellos y dispersó a la multitud. Por la noche, detuvieron a todos los militantes que tenían fichados.

La brutalidad policial desencadenó como respuesta una huelga general en toda Mostar. Los trabajadores de las fábricas de tabaco, textiles y las minas se concentraron en la Casa del Pueblo. La policía rodeó el edificio y volvió a efectuar detenciones. Las movilizaciones tuvieron como consecuencia que se prohibieran todas las organizaciones en las que había presencia sindical o de trabajadores militantes o activistas y, en la oleada represiva, se ilegalizó su club de fútbol, el Velež Mostar. De su carácter contestatario da buena cuenta que, cuando finalmente se produjo la invasión de Yugoslavia por parte del Eje y el establecimiento del fascista Estado Independiente Croata, el club siguió siendo ilegal. 

Durante la Segunda Guerra Mundial y pese a las dificultades, el fútbol siguió siendo importante para los comunistas yugoslavos. En las ciudades liberadas se apresuraban a organizar partidos y torneos. En este periodo, Mills señala que durante la guerra la población local no cayó en la tentación de la violencia interétnica, aunque la prensa local matiza esa conclusión tan optimista. El día de la liberación se contabilizaron mil quinientos muertos por la violencia de los extremistas croatas y los chetniks, los monárquicos serbios. Murió uno de cada ocho ciudadanos de Mostar. 

En esas circunstancias, la vinculación de su club de fútbol con los comunistas siguió siendo patente. Nueve exfutbolistas que pasaron por su filas fueron proclamados héroes nacionales en la lucha de liberación antifascista. La historia oficial del club llegó a contabilizar que setenta y siete exfutbolistas y veintiún directivos y funcionarios del equipo murieron luchando como partisanos y seis lo hicieron en campos de concentración antes de que comenzara la guerra. En su memoria, se erigió un spomenik (monumento) al lado del estadio Bijeli Brijeg, además del famoso cementerio en el que descansan quinientos sesenta partisanos de Mostar y que ahora se encuentra en completo estado de abandono.

En los años de posguerra, Tito rompió con Stalin y sus planteamientos, lo que fue llevando a una descentralización del país y la asunción de los principios de la autogestión como vía al socialismo, una respuesta al estatismo soviético. Según Dario Bretin, autor de Sport in Socialist Yugoslavia, el deporte también tendría que haberse regido por estos principios, pero en este ámbito no se reprodujo el modelo que sí reflejó el sector industrial yugoslavo. Los clubes deportivos no llegaron a ser autosuficientes o funcionar independientemente del Estado. De hecho, en las ex repúblicas yugoslavas este problema se ha heredado no sin conflictos relacionados precisamente con el fútbol. 

El Velež, de hecho, intentó aprovechar su condición progubernamental y se erigía en órgano para difundir las consignas del Partido Comunista. Como muestra, desde 1965, organizó en Mostar un torneo anual con un enfoque revolucionario y conmemorativo de la lucha partisana. Las comitivas invitadas colocaban flores en los monumentos a los héroes y los participantes eran siempre equipos de Estados socialistas, como el Lokomotiv de Moscú o el Slavia Praga. En el aniversario de 1972, el primer ministro de Yugoslavia, Džemal Bijedic, natural de Mostar y expartisano, dijo en su discurso: «Si analizamos los cincuenta años de historia del Velež, podemos afirmar que no ha sido simplemente un club deportivo, sino un lugar en el que se han podido unir los jóvenes progresistas y la juventud trabajadora». Ese día, el club recibió la insignia de oro nacional de la Hermandad y Unidad. 

Con la aparición de grupos de hooligans, los de Velež aún hoy se llaman Red Army, aunque empezaron como Red Debils. . Tras la victoria en la Copa del General Tito del 81, un año después de su muerte, conseguida en Marakana de Belgrado ante el Željezničar Sarajevo, veinte mil aficionados recibieron al equipo con una pancarta que decía «Tito, nunca nos separaremos de tu camino» al grito de «Mi smo Titovi, Tito je naš» («Somos Tito, Tito es nuestro», la traducción aproximada se refiere a que Tito encarnaba las ideas del pueblo, una fórmula del culto a la personalidad). 

El primer éxito deportivo del equipo había llegado en la 69/70, cuando acabaron en tercer lugar. Por esas fechas, el club ya contaba con ochenta y seis equipos de categorías inferiores, casi mil niños jugando. El organizador de toda esa cantera de la que salieron jugadores como Gudelj, el viejo entrenador Sulejman Rebac, tenía la filosofía de que a los niños había que seguirlos cuando jugaban «descalzos en los descampados», seleccionarlos en ese momento y programarles trabajo organizado solo a partir de los once años. 

La BMW. Foto: DP.

El espíritu de aquella escuela se podía ver reflejado en unas palabras de Franjo Vladic (la W de la BMW) en febrero de 1976: «Pocas veces le presto atención a los fallos de mis compañeros e incluso si se equivocan no me lo tomo mal, intento ayudarles a cumplir su función en el campo sin dejar de lado mi papel, sin embargo, cuando yo me equivoco, tardo mucho tiempo en tranquilizarme. Por ejemplo, si me la pasan y pierdo la pelota por no estar suficientemente concentrado, tengo ganas de suicidarme. Me pongo a correr detrás de ella y corro con toda mi alma porque me da mucha pena haber estropeado el esfuerzo de otro compañero». 

Calificado como mejor jugador yugoslavo de 1973, el portero Enver Maric era la M de la BMW. En las entrevistas hablaba de sus maestros, como el portero Zarko Barbaric, «me enseñó a ser primero honesto y luego futbolista», y Mehmed Trbonja, un partisano, héroe nacional, que luego estuvo en la directiva del Velež, del que le impresionó cómo motivaba a los jóvenes de las categorías inferiores. Sobre la ciudad, decía: «En Mostar respetamos las viejas amistades y nunca nos ponemos uno por encima de otro». Mucho honor, pero tampoco eran vírgenes delicadas. En una ocasión, por ejemplo, en una partida de cartas en una concentración, Maric disparó a Vahid Halilhodžić —actual seleccionador de Marruecos—, que era su mejor amigo, y la bala le pasó a escasos centímetros de la cara. Pero era de broma pensando que había hecho trampas. Cosas que pasaban. 

Los subcampeonatos de la 72-73, tras el Estrella Roja, y la 73-74, tras el Hajduk, fueron los mejores años, aunque todavía llegaron a cuartos de la UEFA en la 74-75, donde cayeron ante el Twente holandés que también se cepilló a la Juventus en semifinales. A la aludida Copa de Tito del 81 hay que sumar también la del 86, ante el Dinamo de Zagreb, y el subcampeonato del 87, tras el Partizan. En esa época estuvieron arriba el extremo Semir Tuce y los delanteros Sead Kajtaz y Predrag Juric —a estos se les bautizó como la YUKATU— con los imberbes Gudelj y Kodro pidiendo paso.

Tuce y Kajtaz fueron luego discretamente a Suiza y Alemania, pero el croata Juric, como Gudelj y Kodro, también recaló en España, aunque fuese más mayor que ellos y su declive llegó cuando los otros dos iban como cohetes. Jugó en el Real Burgos, Marbella y Mérida. En el club rojipardillo castellano le metió un gol al Real Madrid en el Plantío, el de la victoria 2-1 en la 90-91, que es probablemente el gol más famoso de la historia del fútbol burgalés. Llegó a la capital castellana en un pack con Ivica Barbarić, que también estuvo tres temporadas. Ambos dejaron el equipo tras el año de Novoa, que estuvo a punto de clasificarse para la UEFA. Barbarić luego pasó por Racing de Santander, Badajoz y Almería. Mención aparte merece Goran Jurić, que aterrizó en Vigo previo paso por el Estrella Roja de Belgrado en el que se proclamó campeón de Europa.

Kodro tardó más en incorporarse. En el verano del 85, con su primer contrato profesional, su entrenador Dusan Bajevic (la B de la BMW) le recomendó que se fuera a la mili. Así lo hizo, en Belgrado, y su 1986 estuvo completamente en blanco. Cuando regresó, Juric seguía siendo el titular indiscutible hasta que logró hacerse un sitio en el once a finales de 1987. Su fútbol despuntó tanto que le dieron el brazalete de capitán, pero lo rechazó aludiendo que era demasiado joven para esa responsabilidad. Una muestra de la modestia de aquellos chavales educados en esa cantera y, también, del pánico a destacar o ser más protagonista de lo debido, que no estaba socialmente bien visto si no era muy merecidamente. Incluso hoy. 

Cuando las gradas de los campos de fútbol se volvieron insufribles porque reflejaban el enfrentamiento entre nacionalistas que empezó a intoxicar la vida yugoslava a finales de los ochenta y, especialmente, a inicios de la década de los noventa, en Mostar no se dejaron llevar por la deriva. Siempre tuvieron aficionados de todas las nacionalidades, esa era su divisa. No obstante, sí que hubo casos en su terreno de conflictos de este tipo, como cuando recibieron a la Torcida —ultras del Hajduk— en su estadio y estos acudieron al grito de «¡Esto es Croacia!». 

Poco después de que la selección yugoslava fuese pitada por su propio público en un amistoso en el Maksimir de Zagreb ante Holanda, fueron los Red Army de Mostar los que acudieron a Italia a apoyar a su equipo nacional en el Mundial, en el que se cargaron a España. En 1991, la ciudad no podía ser adscrita a ninguna comunidad nacional en exclusiva. Como tantas en Bosnia, su composición era de 35% bosniacos, 34% croatas y 19% serbios.

Tanto fue así que, cuando los equipos croatas y eslovenos abandonaron la liga yugoslava, el Velež decidió continuar con los clubes de Bosnia, los serbios, macedonios y montenegrinos. En ese momento, nacionalistas croatas amenazaron con volar el estadio si el club se mantenía en la liga de lo que llamaban «Serboslavia». Una tarde de agosto, horas antes de recibir al Partizan, estalló una bomba en las puertas del estadio. Nadie resultó herido, pero el presidente del club, Vid Culjak, croata, dimitió. No obstante, en las noticias que cubrieron el suceso, se podía ver que en las oficinas del Velež todavía estaba en el retrato de Tito y que los aficionados que se dirigían al campo portaban banderas rojas de la Liga de los Comunistas Yugoslavos. 

La temporada se inició igualmente, pero en unas condiciones dantescas. Guerra en la vecina Croacia y cada vez más barricadas e incidentes en Bosnia. En un partido ante el Spartak de Subotica, localidad al norte de Serbia, ocho jugadores se negaron a viajar. El único croata que acudió fue el entrenador Franjo Dzidic. Al regreso de ese desplazamiento, fueron los jugadores serbios los que no quisieron volver. Se quedaron en Nevesinje, Bosnia Oriental, una localidad donde eran mayoría étnica. Ya había miedo y tambores de guerra. Finalmente, los clubes bosnios se vieron obligados a abandonar la competición. En algunos casos, como el del Željezničar de Sarajevo, al quedarse sin estadio, el Grbavica, por los combates en la capital. 

Los últimos seis partidos de los equipos bosnios no se disputaron y se les dieron por perdidos 0-3. Al término de la 91-92, los equipos macedonios también abandonaron el campeonato. El único equipo bosnio que se mantuvo en la liga de la tercera Yugoslavia, compuesta ya solo por Serbia y Montenegro, fue el Borac Banja Luka, capital de la actual entidad República Serbia de Bosnia, que tuvo que jugar sus partidos como local en Belgrado y, además, quedó último en la tabla de la 92-93. 

Durante el conflicto, Mostar no logró mantenerse al margen. Vivió los enfrentamientos que reflejaba su diversidad étnica. Primero fue bombardeada por el ejército federal y paramilitares serbios y, después, a partir del 92, fue el escenario de un contraataque y limpieza étnica a manos de fuerzas nacionalistas croatas para imponer la República Croata de Herceg-Bosna, de la que Mostar sería su capital. Aproximadamente, un millar de musulmanes fueron asesinados desde 1993 y la inmensa mayoría de los serbios abandonaron la región para regresar en un número insignificante tras el conflicto.

La YUKATU. Imagen: Revista Tempo.

Una de las primeras medidas de la imposición nacionalista croata fue rescatar su equipo de fútbol de toda la vida, el Zrinjski Mostar, fundando en 1905. Un club que había sido disuelto por los comunistas en 1945, al término de la guerra, por haber colaborado estrechamente con el régimen ustacha. Su nombre deriva de un clan familiar que se había distinguido en la lucha contra los otomanos y el Imperio austrohúngaro en el siglo XVII. En la actualidad, sus aficionados ultras visten de negro en las gradas, como los uniformes fascistas de los años treinta, y el equipo ha llegado a ser uno de los mejores de la primera división bosnia. Luka Modric jugó cedido en la 03-04 y metió ocho goles en veintidós partidos. 

En la guerra, las oficinas del estadio Bijeli Brijeg del Velež fueron arrasadas y todos los trofeos y medallas comunistas fueron saqueadas y tiradas a la basura. Ahora las van recuperando poco a poco en mercados de segunda mano y de coleccionistas, pero solo se han logrado reunir alrededor de un 10% de las que había. Sin embargo, lo peor que pasó en el estadio fue que durante el conflicto sirvió de campo de concentración. Después de la contienda, aunque el Velež siguiera insistiendo en su carácter multiétnico, fue tachado de «equipo de musulmanes» y la mayoría de los croatas cambiaron de chaqueta y se pasaron al Zrinjski, pero no tuvieron ni que moverse. Le robaron el estadio al Velež.

La Mostar actual está divida por el río Neretva también étnicamente. Croatas a un lado y bosniacos —o de origen musulmán— al otro de la Avenida Principal, a unos cien metros del río y donde estaba el frente. El estadio quedó en el lado croata, por lo que el consejo municipal croata que gobierna su parte de la ciudad se lo arrendó en exclusiva al Zrinjski por noventa y nueve años. Además de hacer desaparecer cualquier vestigio de los años socialistas del Velež, el monumento a los jugadores y directivos que dieron la vida en la Segunda Guerra Mundial con los partisanos fue vejado y vaciado de contenido. En la actualidad, está pintado con los colores nacionales croatas. La paradoja es que el equipo que lleva el nombre del monte que está junto a ese estadio tuvo que dejar de jugar en él. 

Sin instalaciones, durante la posguerra el Velež tuvo que entrenar en los descampados en los que se encontraban los cuarteles militares del antiguo ejército federal yugoslavo, hasta que tomó posesión en 1996 de su nuevo estadio, el Rodjeni, con capacidad para menos espectadores que el Bijeli Brijeg. Anteriormente, se llamaba el estadio Vrapčići y pertenecía a los trabajadores de una fábrica cercana. Solo ha vuelto a la que fue su casa como visitante a partir de que se organizara la liga bosnia interéntica. 

En 1994, el Velež eliminó la estrella roja del escudo. No obstante, sin fondos en su nuevo estadio, solo con una tribuna, los ultras Red Army seguían y siguen cantando los mismos lemas titistas. Diez años después de los acuerdos de Dayton que pusieron fin a la guerra, la estrella de roja de cinco puntas fue restituida en el emblema del club. Lo exigían sus aficionados. 

Mills señala que en la actualidad los fans de este equipo han vuelto a mostrarse orgullosos de su historia socialista. Algo para lo que esa estrella sirve de «recordatorio conmovedor», de cómo «contra viento y marea, el Velež FK lucha para proteger su legado comunista» y «cumplir fielmente el mandato de Tito de defender el principio de hermandad y unidad». Y es cierto, pese al discutido legado del comunismo yugoslavo y su concepto de democracia, su lema y lo que ha tenido en llamarse el yugoslavismo, tal y como lo entendían ellos, es algo por lo que merece la pena luchar y seguir luchando. Paradójicamente, los actuales gobiernos locales han heredado muchos vicios de las estructuras de poder comunistas, pero esta virtud no se prodiga tanto.

Monumento vejado en el antiguao estadio del Velež Mostar. Foto: Cordon.


František Kriegel, uno que decía que no

Primavera de Praga, 1968. Estudiantes checos subidos a un tanque ruso expresan su deseo de democratización del régimen soviético. Foto: Cordon.

Ya han pasado más de cincuenta años de la primavera de Praga, el intento de ensayar un socialismo de rostro humano en 1968 que acabó bastante mal, y esta es la historia de František Kriegel, uno de sus protagonistas. La cuento por si acaso nadie se acuerda de recordarla, que podría ser. Cuando las tropas soviéticas invadieron Checoslovaquia, porque no veían claro lo del rostro humano, arrestaron a Kriegel y al resto de líderes comunistas del país y los llevaron a tortas a Moscú. Eran entre veinte o veintiséis, no he logrado concretarlo, y todos fueron obligados a firmar el llamado Protocolo de Moscú, una rendición y una humillación. Les pusieron un papel delante en el que admitían su equivocación y autorizaban la entrada del Ejército Rojo en su país. Pero antes de contar la escena en que firman, detengámonos un momento para saber quién era František Kriegel, porque para llegar aquí dio muchas vueltas, giros y saltos que en realidad marcan un camino bastante recto.

Kriegel ni era checo. Nació en 1908 el Imperio austrohúngaro, en un lugar que ahora cae en Ucrania, y era judío, y era pobre, y enseguida fue huérfano de padre. Se trasladó a Praga con dieciocho años a estudiar Medicina, huyendo también del antisemitismo de su tierra, y allí se afilió al Partido Comunista. Para pagarse los estudios trabajó en la construcción, en una zapatería, vendiendo salchichas en los partidos de fútbol. Cuando terminó la carrera empezó a trabajar de médico en Praga, pero a los dos años estalló la guerra civil en España. ¿Qué hacer? Fue un momento de grandes decisiones para él, que venía de la pobreza y quería un mundo mejor. «En sus ansias de hacer frente al sufrimiento humano no le bastaba con ser buen vecino y buen médico, necesitaba también entender el contexto social del sufrimiento y explorar la vía para eliminarlo». Esto lo dijo más tarde su amigo Václav Havel, que llegó a ser presidente checo tras la caída de la URSS. El 10 de diciembre de 1936 Kriegel tomó su decisión y emprendió viaje a España.

Estuvo más de dos años en el frente, hasta el final de la guerra, sirviendo como médico. Hay algunas anécdotas suyas. Una vez, en Tarragona, los milicianos encontraron una imagen del Sagrado Corazón de Jesús y comenzaron a burlarse, hasta que él les increpó: «Si usted no es creyente, camarada, no se burle, esta no es nuestra casa». Tras la marcha de las Brigadas Internacionales, Kriegel acabó en uno de esos horribles campos de concentración que hicieron los franceses para los que habían perdido la guerra en España. Y que luego, ya puestos, se usaron durante la Segunda Guerra Mundial. A Kriegel le tocó el campo de Gurs, cerca de Pau. Entonces se empezó a preocupar por China, que estaba en guerra contra el Japón imperialista desde 1937. ¿Qué hacer? «China me necesita, sus sufrimientos superan a los de España», decía entonces. No era el único, en los barracones de Gurs vivía con otros médicos extranjeros que habían trabajado en la guerra española, se habían curtido en el frente y, tal como estaba el mundo, querían seguir, no estaban dispuestos a pensar que no era asunto suyo y volverse a casa. En muchos casos también porque no podían, en su casa estaba Hitler. Cincuenta se ofrecieron voluntarios para ir a China, y al final fueron elegidos dieciocho, Kriegel entre ellos. En total, al final ascendieron a veinte. En agosto de 1939 partieron hacia la guerra chino-japonesa. En China los llamaron los médicos españoles, porque venían de la Guerra Civil, aunque ninguno era español.

Aquí hago uno de mis temibles incisos: ¿sabían que hubo chinos en la guerra civil española? Cerca de un centenar. Pero es que ni los chinos lo sabían. Lo cuenta un libro curiosísimo, Los brigadistas chinos en la Guerra Civil, de Hwei-Ru Tsou y Len Tsou, publicado en 2001 en chino y traducido al español en 2013 en la editorial Catarata. Los dos autores son científicos estadounidenses de origen taiwanés —nada que ver con la historia, son químicos— que a finales de los ochenta curioseaban en fotos de la Guerra Civil y, de repente, ¡allí había un chino! Se pasaron diez años, intrigados por la historia, rastreando la pista de los chinos en la contienda de España. Hablaron con veteranos de la Brigada Lincoln y de otros países hasta que reconstruyeron su peripecia. La mayoría eran chinos que en 1936 vivían en Europa, alguno en Estados Unidos, y acudieron a España porque pensaban que en el fondo era la misma batalla que en su país se estaba librando contra Japón. Es más, una carta de Mao al pueblo español de mayo de 1937 decía así: «Muchos camaradas del Ejército Rojo de China están dispuestos a ir a España para participar en vuestra lucha. De no ser porque tenemos enfrente el enemigo japonés, iríamos con toda seguridad a integrarnos en vuestras tropas». Aquellos chinos a los que les quedaba más cerca la guerra civil española que la propia China pensaron que venía a ser lo mismo y les venía mejor. Solo dos estaban ya en España. De uno apenas se sabe nada, el otro era vendedor ambulante en Barcelona. Seguramente era conocido en la ciudad. Se afilió a la CNT.

Por el camino de sus pesquisas, los dos autores del libro también descubrieron la historia de los médicos españoles en China, que desconocían. Y así llegaron a Kriegel. Estuvieron incluso en casa de su viuda, en Praga. De ahí he sacado parte de la información. En fin, estos dos señores químicos taiwaneses hicieron un trabajo colosal, buscando la historia de cien chinos olvidados hasta en su propio país que combatieron en Teruel o Guadalajara, y lo narran en su libro de forma detectivesca. También hicieron una labor encomiable para publicar la obra en España la Universidad de Castilla-La Mancha y el Instituto de Estudios Albacetenses, con la ayuda del Departamento de Traducción e Interpretación de la Universidad Autónoma de Barcelona. La idea que se me queda es que Spielberg haría sin pensar una película sobre esto si ocurriera en su país, pero aquí, más bien, lo que es una película de Spielberg son las penalidades para que esta historia, la nuestra, salga a la luz, y aun así casi nadie la conoce. No sé cuándo llegará el día en que podamos mirar a nuestro pasado con la atención que merece, no como si fuera una cosa que les pasó a otros.

Volvamos a Kriegel, que no miraba demasiado para otro lado. Se fue a China, montó unidades de campaña de la Cruz Roja y se enfrentó a los japoneses. Hasta que aquello ya se fue transformando en la Segunda Guerra Mundial en otro escenario, Birmania. Hacia 1942 los japoneses penetraron en el país y cortaron la línea de abastecimiento de las tropas chinas, que al final se acabaron aliando con ingleses y estadounidenses. Para Kriegel llegó otro momento de decisiones importantes. ¿Qué hacer? Se pasó al Ejército de Estados Unidos en Birmania, junto a otros médicos, para combatir a Hitler y sus aliados en Asia. Terminada la guerra, Washington le condecoró en 1944 con la distinción más alta para civiles, la Medalla al Servicio Civil Excepcional. 

En 1945 por fin pudo volver a su país, nueve años y tres guerras después. Fue recibido con honores y tuvo puestos de responsabilidad, llegó a ser viceministro de Sanidad entre 1949 y 1952, hasta que cayó en desgracia en las purgas estalinianas. En 1960 volvió a viajar, le enviaron a Cuba, al año de la revolución de Fidel Castro, para ayudar con su experiencia en la creación del nuevo sistema sanitario público de la isla. Se pasó allí tres años, es decir, vivió de cerca la crisis de los misiles. De regreso a Praga, rechazó puestos en el Partido Comunista y siguió trabajando de médico en un hospital de la ciudad. Con los nuevos aires reformistas, al final fue elegido miembro del Comité Central en 1966. Como tonto no era, y había visto mundo, se daba cuenta de lo que no funcionaba, de que aquello no era exactamente por lo que había luchado. Por eso impulsó con Alexander Dubček, el nuevo secretario del partido elegido en enero de 1968, la apertura del régimen hacia las libertades. Las sonrisas se adueñaron de las calles de Praga, hasta que en agosto entraron los tanques soviéticos.

Bien, ahora, la pregunta del millón. Habíamos dejado a František Kriegel, llevado a la fuerza a Moscú, en 1968, ante el papel de los rusos para que firmara su rendición. Sabiendo lo que ya saben, ¿qué creen que hizo? Pues Kriegel dijo que no. Fue el único de los veinte o veintiséis dirigentes checoslovacos comunistas que se negó a firmar, no renegó de la Primavera de Praga. Se explicó así: «Podéis fusilarme o mandarme a Siberia, pero no firmaré». Al final le dejaron volver a Checoslovaquia, pero fue expulsado del partido. Dubček, por ejemplo, fue relegado a agente forestal. Kriegel se convirtió en un apestado, un disidente democrático, y vivió bajo estrecha vigilancia policial hasta su muerte, en 1979, en accidente de tráfico. Murió en la oposición, como siempre había vivido. En su esquela se publicó una frase suya, a modo de despedida: «Hay que defender con firmeza la verdad y la justicia, rechazar la mentira y las acusaciones infundadas, afanarse en cuerpo y alma para que las personas no sufran más por las mentiras, para que la relación entre las personas y entre los países se base en la moral».

Si se preguntan qué fue de los brigadistas chinos de la Guerra Civil, una parte regresó a su país y combatió contra los japoneses. Pero a partir de 1966 muchos acabaron purgados en la Revolución Cultural, precisamente por haberse relacionado con extranjeros.

Es curioso, hoy tenemos la vida mucho más fácil y qué poco decimos que no.


Hoces, martillos y ladrillos

Torre Juche, Pionyang, Corea del Norte. Foto: Cordon.

Corea del Norte es uno de los últimos regímenes comunistas que quedan en el mundo. En su capital, Pionyang, entre plazas gigantescas y monumentos dedicados al líder, hay uno que destaca por su significado. Delante de la Torre Juche que domina la ciudad se puede ver una escultura de tres figuras de bronce. Un obrero vestido con su mono de trabajo que levanta un martillo, y una campesina que sostiene una hoz. Hasta ahí, normal dentro de la típica iconografía comunista. Pero la tercera persona, con traje y corbata, alza un pincel. Ese detalle marca la diferencia.

Fue una idea de Kim Il-sung, primer líder de la república socialista, con la que quería incluir en la ideología oficial del país a los intelectuales. El mensaje que pretendía dar a los artistas, escritores o filósofos, era que desde ese momento su papel en la sociedad iba a estar plenamente al servicio del partido. Su función consistiría en dedicar sus obras y trabajos a describir la grandeza del partido y del líder. Entre los gremios incluidos estaba, por supuesto, el de los arquitectos. Una de las profesiones más importantes para alcanzar el radiante porvenir, ellos reconstruirían las ciudades. 

Actualmente, el recuerdo que han dejado estos proyectos grandiosos es de bloques de viviendas sin ninguna ornamentación, una arquitectura monótona y triste. Ese es el estereotipo extendido de la ciudad comunista. Un modelo tan gris que ni siquiera se ha estudiado al detalle en los propios países socialistas. Jelena Prokopljević, arquitecta serbia, investigadora de la arquitectura de las repúblicas populares y soviéticas, vive en Barcelona. Nos encontramos en su casa y nos lo explica: «A nosotros nos enseñaban cómo hacer un edificio prefabricado, cómo funciona el sistema de prefabricación del hormigón, en madera o en metal, pero no nos hablaban de la historia de estos edificios, no había asignaturas de esto». 

Prokopljević creció en Novi Beograd (Nuevo Belgrado). El lugar donde Tito planeó construir una gran capital para la República Socialista Federativa de Yugoslavia. En el proyecto, que tardó treinta años en llevarse a cabo, trabajaron ciento cincuenta mil voluntarios. Movieron treinta millones de toneladas de arena para levantar el terreno cinco metros sobre los ríos Sava y Danubio y evitar inundaciones. Allí establecieron la planta de la nueva ciudad. 

«Los principios entonces pasaban por la zonificación urbana. Este proceso también se tenía presente en Occidente, pero en los países comunistas resultaba mucho más visible. Dividieron las zonas de trabajo, las zonas de viviendas y las zonas verdes sin que hubiera mezcla de funciones, que es lo que hay en Occidente, donde debajo de casa tienes comercios, también hay centros de trabajo y una mezcla que hace que la vida sea más agradable y divertida. En Nuevo Belgrado había: vivienda, vivienda y vivienda. Igual tenías que caminar media hora hasta la primera tienda. En las zonas de oficinas era igual», explica. 

Foto: Sergey Norin (CC BY 2.0)

La zonificación urbana empezó en los años treinta con los arquitectos del movimiento moderno, pero fue en Europa del este donde el modelo se aplicó al máximo. Después de la Segunda Guerra Mundial se hizo urgente reconstruir todas las ciudades dañadas por los bombardeos, pero en el área de influencia comunista la ideología añadió un nuevo matiz a los planes: la idea de empezar de cero. Las nuevas ciudades estarían dispuestas de acuerdo a la nueva ideología y representarían su victoria. En la Unión Soviética, subraya Prokopljević, se llegaron a construir más de mil nuevas ciudades desde cero. Es el mismo plan que hizo Kim Il-sung con la capital coreana, absolutamente devastada por la guerra contra Estados Unidos. La destrucción de su ciudad la vio, está acreditado, como una oportunidad, no como un desastre. No obstante, el concepto de volver a empezar que extendió la ideología soviética no provenía estrictamente de la URSS. Tenía su origen más profundo en el alma rusa. 

Si atendemos a los estudios de Dak Kopec, del Boston Architectural College, que investiga sobre arquitectura y psicología, la arquitectura rusa está profundamente caracterizada por el uso que hacía de la comunicación ideológica para asentar el poder del Estado. Mientras que en otros países se construían majestuosas catedrales que se podían ver desde cualquier punto, en Rusia se minimizó el papel de la religión en favor de lujosos palacios que exhibían la estructura de poder de los zares. 

Con esta filosofía, lo que ocurrió con frecuencia fue que en muchas ocasiones el nuevo gobernante necesitase borrar el pasado y reforzar un cambio político empezando de cero. Esto afectaba a la arquitectura, que no integraba pasado, presente y futuro. Pedro el Grande, por ejemplo, rompió con la tradición porque consideraba que su país estaba atrasado e importó influencias extranjeras para acercarse a la «avanzada» Europa. Los cambios socioeconómicos no surtieron efecto, pero en arquitectura se inició una escuela que tenía como fin crear el nuevo estilo: el barroco ruso. 

La emperatriz Isabel y Catalina la Grande siguieron esta línea, y bajo Nicolás II, el último zar, penetró el modernismo en las ciudades rusas, donde crecía una clase media sin alojamientos apropiados. No obstante, con la Primera Guerra Mundial la construcción se quedó sin materiales ni recursos. Las penurias de la posterior guerra civil obligaron a los arquitectos a volver a la opción menos costosa, construir con madera. 

Con Lenin, a toda esta sucesión de cambios se añadió uno más: el nacimiento de la arquitectura socialista. Inspirado por los textos e ideas de Marx y Engels, llevó a cabo una serie de reformas de gran calado en el espacio urbano, como la confiscación de propiedad privada, la nacionalización de la industria y de la banca. San Petersburgo dejó de ser la capital, que pasó a Moscú, la que fue la primera ciudad socialista por su nueva planificación urbana. 

Foto: Asparukh Akanayev (CC BY 2.0)

Aparecieron grandes zonas verdes y rurales en la periferia de la ciudad. Con el rechazo a la vida individual, llegaron los bloques residenciales con cocinas y otras instalaciones comunes. Los edificios se estandarizaron para su construcción prefabricada y se estableció la figura del microdistrito. Barrios autosuficientes, con fábricas, guarderías y comercios, limitados entre sí por zonas amplias, de setenta y cinco o ciento veinticinco áreas, que alojaban a entre cinco mil y quince mil personas. La ciudad leninista tenía tres significados: debía ser ciudad de producción, ciudad de espacios verdes y ciudad simbólica. 

Este modelo fue adoptado fervientemente en la nueva Pionyang que se construyó tras la guerra, pero en la URSS, siguiendo la tradición rusa, iba a llegar otro cambio. Stalin de repente optó por otro tipo de ciudad. Al igual que el viejo zar, consideró que su país estaba cinco décadas atrasado y que tenía que alcanzar a Occidente en un corto plazo de tiempo. Desde ese momento, el llamado «estilo imperial estalinista» iba a basarse en la monumentalidad. Costosos proyectos que generaron privaciones a los que se deben las estatuas en honor a los sufridos y heroicos proletarios, sumidos por fuerza en la austeridad, como principal línea de la propaganda del sistema. La población estaba desmoralizada por la falta de bienes de consumo cotidianos, como la misma ropa, y proliferaron estos monumentos que ejercían como «antidepresivos». Un ejemplo paradigmático fue la estatua de Industria y Construcción que se levantó en Lituania. 

Y, a la hora de limpiar, lo primero que desapareció fue la iglesia de Cristo Salvador, diseñada por Konstantín Thon, para edificar en su lugar el Palacio de los Sóviets. Un plan megalómano que albergaría congresos y todo tipo de actividades del partido, pero que por la urgencia de otros costosos proyectos en la capital y la invasión del país por los alemanes en la Segunda Guerra Mundial quedó totalmente paralizado. 

La construcción de Nueva Moscú trazada por Stalin, con sus grandes rascacielos neoclásicos, no estuvo exenta de momentos hilarantes. Prokopljević recuerda cómo se llevó a cabo la fachada del Hotel Moscú, el único edificio asimétrico del realismo socialista: «Hay hipótesis sobre esa fachada, la más conocida es que el arquitecto encargado de diseñarla, Alekséi Shchúsev, el mismo que había hecho el mausoleo de Lenin, un arquitecto polivalente, que había tocado todo tipo de estilos, y un tío muy pragmático, para no dibujar dos veces el mismo proyecto, en los planos dividió la fachada en dos mitades como dos opciones de su propuesta para elegir. Sin embargo, como Stalin no era una persona muy culta, lo vio, no se dio cuenta de que tenía que elegir una y firmó el dibujo como que lo aprobaba, pero nadie se atrevió a corregirle, por lo tanto, de ahí nació el único edificio asimétrico socialista». 

La construcción del metro de Moscú fue otra de las obras heroicas de aquel periodo. Empezó en 1935 y durante la guerra sirvió de refugio antiaéreo para la población, e incluso el Politburó llegó a celebrar sesiones en su interior. Después de la contienda, Stalin siguió supervisando las obras. Prokopljević cuenta que de ahí surge una gran anécdota sobre el suburbano moscovita: «Hay quien cuenta que la línea circular que une el resto de las líneas surgió de la marca que dejó sobre el plano una taza de café que estaba tomando el líder soviético; no en vano, el color de esa línea en el plano de la ciudad sigue siendo el marrón. Son historias que no se sabe si son mito o realidad, pero todavía circulan». 

Leningrado, Rusia, 1984. Foto: Arnold Drapkin / Cordon.

Uno de los máximos exponentes de esta concepción de la arquitectura estuvo en Berlín Este. En el escaparate ante Occidente del triunfo del comunismo se iba a construir una de las obras más ambiciosas, el bulevar en honor del padre del socialismo mundial: Stalinalle. Las obras duraron nueve años, entre 1952 y 1961. Cuarenta mil obreros prepararon el terreno, devastado por la guerra. Por la calle, de dos kilómetros de largo y noventa metros de ancho, se celebraban los desfiles, en los bajos había tiendas y librerías y los edificios, con las fachadas rematadas en porcelana y relieves de obreros y otros héroes del proletariado, tenían trece alturas. Se los denomino «palacios para los obreros». Paradójicamente, durante su construcció una huelga de los trabajadores fue sofocada con tanques. 

Pero el curso de la historia rusa siguió su camino. La línea estalinista monumental fue, por supuesto, de nuevo interrumpida. Cuando Nikita Jrushchov accedió al poder, volvió a la dinámica de borrar el pasado. En este caso, la obra de Stalin. Jruschov criticó que, en lugar de resolver el problema de la vivienda, había dilapidado valiosos recursos en la construcción de obras mastodónticas como el anillo de rascacielos neoclásicos de Moscú. Su política fue la contraria. En vez de altos edificios de baja densidad y alto coste, dictó a los arquitectos que se centraran en métodos de construcción menos costosos y que pudieran albergar más población. El sistema elegido fue el de los bloques de apartamentos prefabricados en hormigón.  

El reto de los arquitectos fue dejar atrás todo lo que habían aprendido de neoclasicismo y establecer una doctrina teórica y práctica que eliminase la onerosa ornamentación de los edificios para establecer un estilo austero y estandarizado. Aquello tuvo un gran impacto en la profesión. Hasta entonces, según explica Katherine Zubovich-Eady, investigadora del espacio exsoviético en la Universidad de Berkeley, estos profesionales se dedicaban a dibujar en su mesa, pero ahora se les exigía que investigasen sobre materiales baratos y participasen también en el proceso de construcción. Para Zubovich: «El objetivo de la revolución en la arquitectura en el periodo pos-Stalin fue formar a los arquitectos para que pensaran en términos de eficiencia económica en lugar de en términos de estilo y simbolismo». 

Esto hizo que se regresara al concepto leninista del microdistrito. Bloques uniformes de residencias públicas, lo que ahora ha quedado en la cultura popular como arquitectura comunista. El modelo se extendió por toda Europa y países socialistas en el exterior, pero fue en Pionyang, donde el régimen aún persiste, donde ha seguido evolucionando, desbordando el marco teórico para abordar el filosófico. 

En el estudio de Prokopljević junto a Roger Mateos, Corea del Norte. La utopía de hormigón (Muñoz Moya, 2012) la autora explica que la ideología juche de la dinastía Kim proclama que la naturaleza no debe ser un impedimento para el hombre: «Toda transformación, tenga el coste que tenga, está justificada si sirve a los intereses del hombre». En resumen: «No existen obstáculos insalvables». 

Foto: Sergey Norin (CC BY 2.0)

Esta filosofía justificó proyectos como el Complejo Hidráulico del Mar del Oeste, un dique de ocho kilómetros cerca de la ciudad de Nampo, que corta la desembocadura del río Taedong y para cuya realización hubo que derrumbar una decena de montañas y excavar quince millones de metros cúbicos de tierra. Un proyecto similar al de Jrushchov de desviar el río Amu Daria para regadíos que harían autosuficiente a la URSS en cultivo del algodón, pero que dio lugar a la catástrofe ecológica de la desecación del mar de Aral. 

El líder norcoreano, Kim Jong-il, también tomó parte personalmente en las obras arquitectónicas. Por ejemplo, para instalar el saneamiento de las piscinas de balneario de Changgwang-won, los responsables del proyecto propusieron reutilizar el agua. Pero el Amado Líder quería que el agua se renovase al cien por cien, para lo que propuso una tubería que trajese el agua desde el río Taedong, a cientos de kilómetros, atravesando áreas residenciales. Era la opción más rebuscada y de ejecución más difícil, pero, según cita Prokopljević en su libro, Kim Jong-il contestó a los técnicos, que estaban boquiabiertos ante su decisión: «Es en nuestra época del Partido del Trabajo en la que se hace que el agua corra por donde quiera el hombre, ¿no es así?».

Kim Jong-il fue, de hecho, el único jefe de Estado que llegó a escribir su propio tratado de arquitectura. Hasta el momento, en otros totalitarismos, los líderes se habían metido en la materia, pero nunca habían sentado doctrina teórica con pautas sobre cómo seguir la filosofía juche en la construcción.

En uno de los pisos piloto ordenó cambiar el decorado porque la situación del espejo del salón no encajaba con la situación del reloj. Eso le llevó a establecer unas normas básicas sobre cómo acondicionar los espacios que él visitaba, donde tenían que armonizarse la ventilación, la iluminación y la acústica. 

Seguía personalmente cada paso de todo lo que se hacía. En Pionyang, en unos nuevos edificios, fue a inspeccionar cómo eran los retretes y se indignó por su altura. Ordenó que se bajasen en todo el edificio para que los niños pudieran hacer uso de ellos más a gusto. 

Fue tan lejos que, cuando entregaba oficialmente las llaves a los nuevos propietarios, participaba en la elección del mobiliario de sus pisos. Cuenta Prokopljević que llevaba regalos a las familias, incluidos rollos de papel higiénico que les entregaba en mano. 

Un sueño, como el comunista, que se esfumó, aunque aquí en Corea del Norte no cayera el régimen. Los microdistritos leninistas de la capital norcoreana, como ha investigado Dongwoo Yim en su reciente libro [Un]precedented Pyongyang, están siendo destruidos para la construcción de apartamentos de lujo para la nueva clase, los donju, ciudadanos enriquecidos por la liberalización progresiva del mercado, con el fin de aumentar la densidad de población y concentrar la actividad comercial. Al final, ni en el último régimen la revolución logró entrometerse en la pasión que el capitalismo siente por el ladrillo.

Pionyang, Corea del Norte. Foto: Cordon.


Emir Kusturica: «Decidí hacer cine porque hubiera hecho cualquier cosa para no ser un delincuente»

Fotografía: Dragan Karadarevic

Edición fotográfica: Ivana Todorovic

Muchas veces se habla de que la obra de un artista es el reflejo de su vida. En el caso de Emir Kusturica (Sarajevo, 1954) su vida es su mejor película. Como profesional, admite que es un mal compañero de trabajo, que no respeta ni horarios ni fechas ni presupuestos. Pero explica que eso se debe a la importancia que le da a su libertad personal. También cuando filma lo hace a lo grande. Sin escatimar en gastos. Así viven tradicionalmente los gitanos con los que ha crecido, sin saber qué harán al día siguiente, sin que siquiera les importe. Pero por estos motivos ha conseguido que su nombre se asocie inequívocamente a una forma de hacer cine: el estilo Kusturica.

¿Por qué se dedicó al cine?

Para no ser un delincuente. Hubiera hecho cualquier cosa para no dedicarme a la delincuencia que me rodeaba. Todas las personas con las que crecí en Sarajevo han terminado siendo delincuentes. Yo también viví al margen de la ley en algunos momentos, pero sabía cuándo tenía que parar. Conocía dónde está esa línea que si la cruzas todo se te va a la mierda. Así que se me metió en la cabeza ser artista. Además, siempre he sido muy cabezota con mis ideas, incluso cuando no he tenido razón he intentado llegar hasta el final, mantenerme en mi posición a toda costa. Nadie pensaba que yo pudiera llegar a ser artista, era para mí razón suficiente para intentarlo. El barrio en el que crecí, la gente de la que me rodeé… Nada parecía indicar que de ahí fuese a salir un director de cine, alguien que se dedicase al mundo del arte, pero así fue.

Me gusta que la vida nos guarde ese tipo de sorpresas, de factores inesperados, contradicciones. Porque ahora veo que la vida está muy planificada. Cuando un joven cineasta filma su primera película ya se ve listo para ir a Cannes, se prepara para recibir premios. Los chavales están siguiendo todos un plan determinado. Hacen una cosita y pretenden ir de reconocimiento en reconocimiento, de festival en festival. Mi vida en comparación fue completamente inesperada. Y tengo que decir que me da pena lo que hay ahora. Creo que ya no se valora toda la riqueza de esta profesión, su complejidad, las nuevas generaciones solo tienen en cuenta las formalidades, lo superficial, lo que hay por fuera, en fin, lanzarse a por los premios.  

¿Cómo era ese barrio en el que creció?

Gorica, en Sarajevo, en aquella época era un lugar muy humilde, un barrio obrero en el que convivíamos con los gitanos. Te aseguro que cualquier vivencia allí era más intensa que en cualquier otro lugar. Con los años me he dado cuenta de que toda mi obra cinematográfica es una reacción a ese pasado. Pero no fue hasta el momento en el que empecé a estudiar cuando me di cuenta del valor que tenía mi origen. Mira, para que te hagas una idea de la reputación del barrio, la primera vez que me dieron un premio uno de mis mejores amigos estaba trabajando en un barco en alta mar. Escuchó por la radio que algo había pasado con Emir Kusturica, entre interferencias, y no sabía qué habría podido ser. Pensó que habría robado un banco, un atraco terrorífico, cualquier barbaridad violenta, pero en ningún momento se le pasó por la cabeza que sería una buena noticia. Se quedó muy preocupado y lo que había pasado en realidad es que acababa de ganar en Venecia por mi primera película ¿Te acuerdas de Dolly Bell? Vuelvo a lo de antes. En aquella época la vida no podía ser domesticada ni planificada. Antes era más fácil que cualquiera pudiera llegar a cualquier cosa. La sociedad era distinta a la actual.

Pero un chico humilde como usted entró en la Escuela de Cine de Praga.

Entré en Praga porque mis padres convirtieron su herencia y sus ahorros en esos estudios. Mi padre era asesor del ministro de Información. Eso ahora suena muy rimbombante, entonces todavía más, pero en aquel tiempo no se traducía en dinero. Casi al contrario. No éramos gente de pasta.

Pero antes de que eso sucediera, me tuvieron que aceptar en la escuela y para ser apto tuve que mentir [risas]. Dije que quería estudiar cine en Praga porque en nuestra sociedad ¡había poco realismo socialista! ¡Necesitábamos más! Luego basé mi cine en una ironía sobre el realismo socialista en sí mismo… [risas]. Cuando proclamé aquello se pusieron muy serios y me admitieron, pero no me bastó tampoco, no estudié en Checoslovaquia becado.

¿Por qué?

En mi familia no éramos buenos comunistas. En Yugoslavia existió un campo de concentración que se llamó Goli Otok. Ahí no solo iban los anticomunistas, también todos los comunistas acusados de apoyar a Stalin tras la ruptura de este con Tito o los que simpatizaban con la Unión Soviética. Muchos de los amigos de mi padre estuvieron allí internos. Es curioso, porque las atrocidades que se cometieron en Goli Otok no son conocidas en el mundo occidental. Nunca se denunciaron. Para Occidente nunca fue una causa. ¿Por qué? Porque no les servía para nada, no tenía valor estratégico denunciarlo. Pero por lo que sucedió allí mi padre era crítico con el sistema y en aquella época la imagen de Tito era como una señal de tráfico, estaba presente en todas partes y en buena cantidad. Era un problema esa actitud.

Aunque conviene no engañarse. Al final he entendido en parte a Tito. Con el paso de los años, sobre todo viendo a los políticos de hoy, es muy difícil que en nuestro  territorio, que es como un barranco, se cree algo que se sostenga. Creo que el suyo fue un momento realmente complejo y que al final, hay que reconocerlo, su labor fue valiosa. Ahora he cambiado mi opinión, de joven tenía otra.

Pero mi padre se significó por esto, tuvo sus diferencias, y ya sabes cómo somos en este país. Cuando dos se pelean, no hay ninguna posibilidad de que los que están alrededor se mantengan al margen. Se extiende el veneno y alcanza a todos. No hubo ninguna posibilidad de que hicieran ninguna excepción conmigo. Estaba tachado. No me hubieran dado la beca en la vida. Ya sabes cómo piensa la gente aquí: ¡para qué vas a hacer algo normal si lo puedes complicar! Entonces mis padres vendieron una casa que habían heredado y la invirtieron en mis estudios.

Sinceramente, ahora me alegro de que haya sido así. De todo aquello lo que me queda es ese gesto de amor y cariño de mis padres. Se sacrificaron por mí. También reconozco que no fueron una excepción. Es una característica muy común entre nuestra gente en Balcanes el darlo todo por los hijos. Dudo que haya otro lugar en el mundo donde esto sea así. Al menos yo no lo he visto. Mis padres podrían haber tenido una segunda residencia, la típica casa de verano, y se quedaron sin ella por mí. Al menos en Europa creo que estas cosas no pasan con frecuencia.

¿Por qué era tan importante la escuela de Praga?

Lo que te enseñaban no era tan importante. El valor estaba en estar allí. Era un espectro mucho más amplio, porque podías conocer a mucha gente, no solo empollar. En mi caso, fui un habitual de los teatros de la ciudad. Me hice amigo de todos los actores, los directores, los dramaturgos… Viví de primera mano cómo trabajaban.

Hasta entonces, en Sarajevo, solo veía películas americanas, muchas de Charles Chaplin. También es cierto que asimilé mucho cine francés, incluso ahora tengo la sensación de que cada vez que hago una película estoy haciendo una réplica de la obra de Jean Vigo. Luego también me influyó mucho la cinematografía soviética, pero si tuviera que decir por qué Praga fue trascendental para mí, es porque allí aprendí a medir la distancia irónica. Es decir, a abordar un drama sin estrés.

Digamos que los checoslovacos pintaban dramas y los enmarcaban en humor. No era solo el cine, allí tienen toda una tradición literaria en ese estilo que mezcla géneros tan dispares. Mucho tiempo después, cuando estaba en Estados Unidos, vi por casualidad una foto de una mujer en un coche que acababa de tener un accidente de tráfico ¡y estaba riéndose! Eso era Praga. En los momentos más estresantes, incluso cuando está tu físico en peligro, se puede utilizar la sonrisa como defensa. Esto marcó mi estilo y define el género de ficción de esta región de Europa. Peter Watkins dijo que era como un guion de Shakespeare interpretado por los Hermanos Marx.

Tu primer corto allí fue Guernica, una metáfora en torno al cuadro de Picasso.

Tampoco fue fácil. Para obtener la financiación tuve que recurrir al contrabando [risas].

¿De qué?

Checoslovaquia estaba entonces bajo dominación soviética. Después de la Primavera de Praga, de que metieran los tanques, a los jóvenes del Este no nos quedaba más remedio que aceptar todo aquello como hechos consumados, pero en esta ciudad todavía quedaban reductos alternativos herederos de aquellas movilizaciones, de la revolución democrática, que querían algo más. Bien, yo, que tenía un pasaporte yugoslavo, que en los años setenta era el pasaporte que más países del mundo te permitía visitar, podía salir de allí y comprar discos. Iba a Berlín, conseguía discos de jazz y rock y los vendía. Para los jóvenes checoslovacos todo este material era como una expresión de libertad. Pero no fui más allá. Podría haber seguido vendiendo tabaco y otras cosas, pero me paré.

Como a muchos críos yugoslavos, mis padres me educaron en el valor de la honestidad. Tenía muy claras las barreras que no podía cruzar. Ya no solo era por miedo a convertirme en un delincuente y las consecuencias que esto tiene, tenía más que ver con el amor a mi familia. La moral de la familia yugoslava era un factor que tenías muy presente. Nos enseñaban a ser honestos con los demás y esperar de ellos honestidad aunque no la tuvieran. Todo esto lo puedes ver en los personajes de mis películas. Aunque sean lo peor, siempre les he representado con un pequeño aspecto de bondad. No eran totalmente negros.

El caso es que mi tráfico de discos no me lo tomé como un delito, sino como un ejercicio de misión cultural. Yo era un misionero [risas]. Qué ridículo suena hoy en día, ¿verdad? ¿Te imaginas a alguien cruzando la frontera con un USB lleno de discos? Los jóvenes de mi época, antes de hacer algo malo, como drogarse o emborracharse, dudaban, pero hoy lo hacen todos. Al menos un noventa por ciento. Vete tú a sorprenderles con mi imagen cruzando la frontera con unos discos escondidos [risas].

Con los beneficios que sacaba gracias al contrabando pude reunir dinero para mi película, pero también pude tener el privilegio de ir a visitar a mi novia, la que ahora es mi mujer. Me tenía que meter veinticinco horas de tren hasta Sarajevo para verla. Era en unos ferrocarriles búlgaros horripilantes, ¡qué infames eran! Cogí la sarna una vez en un viaje y me la tuvo que curar mi madre echándome pomadas.

Pero lo importante es que logré dinero para Guernica, mi trabajo de fin de carrera. La rodé en un estudio y en un castillo de Praga. La inspiración no me vino directamente por el cuadro de Picasso, era por un relato del escritor serbio Antonije Isakovic. Un escritor maestro en las historias cortas. El relato, que me impactó, lo desarrollé como un niño que se queda solo en casa mientras a sus padres los van a identificar racialmente los nazis en una investigación antropológica para demostrar que los judíos eran fisiológicamente distintos que los arios. Antes de irse, los padres le explican al niño que son distintos por el tipo de nariz que tienen, lo que impacta al niño, y al quedarse solo coge todas las fotos de la familia y recorta las narices a todos. Entonces, con todas las narices recortadas que reúne, inspirado en el cuadro de Picasso, que lo había visto con su padre, hace una composición similar. Con esto cerraba el círculo, y creo que nunca he cambiado mi estilo. El cine es una obra colectiva, pero la misión del director es que el resultado tenga un sentido. Lo importante es que cualquier persona que vaya al cine, aunque no tenga ni la menor idea de qué va esta profesión, pueda salir de la sala pensando que la película ha sido un todo. Mientras rodé Guernica entendí que así debía ser. Fue la primera vez que lo sentí y aquí sigo.

¿Cómo era estudiar cine en un país en el que los soviéticos acababan de imponer una fuerte censura?

Fueron cuatro años los que estuve estudiando allí. Pero con el tiempo me he dado cuenta de una cosa: en aquella Checoslovaquia se impuso la censura, pero no sé si hoy, en el capitalismo, hay más limitaciones al pensamiento y a la libertad de expresión. Dicho de otra manera, puede que haya más censura hoy en día. Hasta George Lucas ha dicho hace poco que durante la guerra fría había más libertades artísticas que ahora. Creo que deberíamos reflexionar muy seriamente sobre la libertad que tenemos hoy día.

El nivel de libertad no se puede medir por la propina que le dejas al camarero, como está pasando ahora. La libertad en este modelo social es como un préstamo a corto plazo, no creo que tenga nada que ver con el elevado concepto de libertad del que hablaron los filósofos hace siglos. Vivimos en un mundo completamente distinto del que yo crecí. Hoy te pueden vigilar por todas partes. En cada cosa que haces. Y la gente se conecta a las redes sociales con toda alegría y muy buena voluntad para facilitar toda la información sobre su vida y sus movimientos. ¡Toda la humanidad está perdida!

La verdadera libertad es un privilegio de unos pocos nada más. Los que han cuestionado los cimientos de esta sociedad, los que han luchado para que no seamos un rebaño, una masa fácilmente manipulable, tíos valientes como Snowden o Assange, lo han pagado caro.

Su primera película, ¿Te acuerdas de Dolly Bell?, no pudieron censurarla en la Yugoslavia comunista, pero la etiquetaron como «No recomendable».

La censura existía, pero más dentro de la gente. Lo mismo que hoy en día se llama corrección política. Antes se era políticamente correcto pero con la receta bolchevique. Y hoy en día se es políticamente correcto en el sentido consumista. No se hacen muchas preguntas, se consume y se tienen hijos cuando toca.

En esa época no había muchos directores dispuestos a hacer películas comprometidas. Al empezar la década de los ochenta, las autoridades todavía protegían, más incluso que las pupilas de sus propios ojos, a la figura de Tito y al lema sagrado de Yugoslavia de «hermandad y unidad». Ahora suena muy gracioso, pero en aquella época ninguna de esas dos cosas eran para bromear. El nombre de Tito no se ponía en cuestión jamás. Bajo ningún concepto. Y punto.

Mi película no hablaba mal de él, no ponía mal a los comunistas, solo los dejaba un poco en ridículo. En los años sesenta en Yugoslavia hubo una generación de directores de cine que sí que cuestionaban el sistema comunista, eran los cineastas de la famosa «ola negra», terminaron todos mal. Pero yo no hacía nada de eso. No odiaba a los comunistas. Solo quería retratar a esa generación en la que un padre de familia podía olvidar que tenía una gotera en el techo del salón de su casa, que era su mujer la que tenía que agacharse a poner cubos de agua, porque él está preocupado en temas de mucha más envergadura e importancia, los problemas del socialismo en el mundo.

Esa gente era así, en serio. Pensaban que el comunismo iba a llegar hasta el año 2000. Eran idealistas. Tenían en mente los grandes problemas de la humanidad. Se preguntaban cosas en plan: ¿Deberíamos secar el océano Índico para plantar cosechas y acabar con el hambre en el mundo? Estaban dominados por el idealismo. Y fíjate ahora cómo ha cambiado el mundo. Si ahora te quieren ofender o desautorizar tus argumentos te tachan de idealista. Entonces era un orgullo serlo.

Creo que lo bueno que tiene esa película es que sirvió para retratar cómo estaba la situación todavía a finales de los setenta y principios de los ochenta, las ideas de la gente de aquel entonces. El origen de la película está en los recuerdos de mi amigo Abdulah Sidran, que escribió mis primeros guiones. Describía todo este entorno mezclado con las vivencias de su familia de una forma muy poética.

La película obtuvo reconocimiento internacional, fue premiada en el Festival de Venecia.

Sí, y lo celebré emborrachándome de bar en bar y cagándome en Tito y en el Estado en cada uno de ellos. No por nada especial, solo para provocar. Ya te he comentado que siempre he sabido dónde estaba la línea que te arruina la vida, pues aquí estuve una vez más jugando con la frontera. Me he acercado y me he alejado muchas veces en mi vida. Aquellas provocaciones fueron más un rollo callejero que algo con sentido político. Me habían dado el premio, estaba inflado de éxito, me convertí en alguien y lo que me salió fue un vacile callejero. Ya ves. En vez de irme a las Bahamas a descansar, me apetecía más irme a las kafanas [restaurantes] a reírme de Tito.

Recuerdo que mi mujer en una de estas llamó a mi padre para que fuera a buscarme por los bares y mi padre lo que hizo fue aprovechar que salía en mi busca para emborracharse él. Al final llegamos los dos a casa ciegos y él fue a abrir una puerta que habíamos quitado del baño para pintarla y se le cayó encima [risas]. Para que te hagas una idea de lo que quiero decir de cómo era esa generación. Ahí, borracho, en el suelo, con la puerta del váter encima, seguía filosofando con lo suyo: «¿Y qué van a hacer los checoslovacos con toda la producción de hierro si se hunde la URSS?» [risas]. El hombre con toda la buena intención de ser racional e inteligente, al final lo que tenía era ese punto surrealista.

¿Vivían todos en el mismo piso?

Con el premio debajo del brazo solicité un piso al Estado para independizarme e irme a vivir con mi mujer, pero no me lo dieron porque no pertenecía al partido. Hubiera sido imposible, la militancia es algo que nunca me planteé porque, por mi naturaleza salvaje, no hubiera podido sobrevivir ni en los boy scouts, mucho menos en el Partido Comunista.

Respeto mucho mi libertad. Paso de las militancias; ni partidos, ni masones, ni sociedades secretas. Nada. Tengo un concepto muy elevado de mi libertad. No puedo soportar ningún tipo de organización. Y con el Partido Comunista las pasé canutas por esta razón, porque entonces no había forma de eludirlo, se colaba en todas las facetas de la vida. Hasta cuando hice la mili, tenía un comandante que me hacía prometerle cada fin de semana, cuando me iba a casa, que volvería afiliado al partido. Al final me metí en lo del cine y por fin pude ponerle como excusa definitiva que ya estaba demasiado atareado como para ocuparme de la política. Al poco tiempo se murió Tito y ya nadie tuvo que fingir nada.

El problema es que estábamos en una tierra de paso, rodeados de grandes imperios. Por eso nos han dado tanta caña, hemos sufrido tanto y somos tradicionalmente un lugar de conflicto. Yugoslavia como unión de pueblos tenía mucho sentido, fue un país importante lo miraras por donde lo miraras, pero cuando el capitalismo corporativo se abrió paso hacia el este tuvo que arrasarlo. Han conseguido que todo el mundo piense que destruir Yugoslavia fue un mérito exclusivo de Slobodan Milosevic, pero todos sabemos que fueron algunos países europeos y Estados Unidos los que reventaron la federación por muchos motivos. Ahora mismo tienes hasta los datos de cuánto dinero invirtieron en destruirla. Pero la globalización en los noventa destrozaba todo lo que encontraba a su paso y su receta era dividir lo máximo posible para poder dominar el planeta. Es mucho más fácil controlar esta zona si la tienes dividida. Un país de veinticinco millones de personas no habrían podido dominarlo tan fácilmente.

Cuando su siguiente película, Papá está en viaje de negocios, se premió en Cannes, no quiso recoger el premio. Dijo que se quedaba en Sarajevo cambiando el parqué de casa.

Fue una broma, no lo dije en serio. Mira, hace un tiempo estuve en la celebración del aniversario de la cadena de televisión Russia Today y me senté al lado de Putin. Cuando volví, los periodistas me preguntaron qué hablé con el presidente ruso. Para no tener que explicarles nada, dije que le había ofrecido el patio de mi casa para que instalara allí un cohete. Una chorrada, ¿verdad? Pues no. A la gente se le ha olvidado lo que es una broma, igual que con lo del parqué, que todavía me persigue.  

En aquel entonces, con lo de Cannes, ¡cómo podría alguien osar a bromear con la sagrada alfombra roja! Y, con lo de Putin, se lo volvieron a tomar en serio. Dijeron que soy un irresponsable, un diputado dijo que hasta ese día me apreciaba como persona, pero que había sobrepasado todos los límites. Hasta Aleksandra Joksimovic, que era jefa de gabinete del Ministerio de Relaciones con la Unión Europea, hizo unas declaraciones advirtiendo de que una persona física que no sea una empresa no tenía derecho a vender su espacio privado para poner la instalación de un cohete.

Creo que la gente debería tener un poco de sentido del humor, joder. ¿No? [risas]. No tampoco a cualquier precio, pero…

De todas formas, aquel Sarajevo de los años ochenta tiene fama de haber sido una ciudad muy divertida.

Hasta en la Rusia del zar había círculos anarquistas que promovían diferentes tipos de nihilismo. Incluso hoy día siguen existiendo. Los yugoslavos también tuvimos esa energía destructiva, o autodestructiva, de destruir sin sentido. En Sarajevo en aquellos días existían esas pulsiones y tuvieron como particularidad que se expresaban a través del humor. En Gran Bretaña, por ejemplo, estaban por un lado los Clash y Joe Strummer, que tenían su propia visión del mundo, y luego en televisión los Monty Python, que denunciaban con humor la hipocresía de aquella sociedad. En Sarajevo todo eso a la vez estaba en el movimiento «nuevo primitivismo».

Cuando en Londres todo el movimiento punk iba desapareciendo, en Sarajevo repuntaba. Pero ahora en la distancia me doy cuenta de que formaba parte de un porcentaje muy pequeño de gente. Toda esta oleada punk me sirvió para que mi cine fuera el primero de toda Yugoslavia en el que se empleaba el lenguaje que realmente se hablaba en la calle. Pero éramos solo una minoría los que teníamos ese espíritu y escuchábamos esa música. Nos juntábamos en un piso a poner un disco de Lou Reed y era un motivo de orgullo. Creíamos que era una revolución, pero con la distancia me doy cuenta de que en realidad éramos solo cuatro gatos. Si no, ¿cómo es posible que ahora tanta gente por aquí escuche turbofolk? ¿Hasta qué punto de vulgaridad hemos llegado en Serbia, Croacia y Bosnia? Ni es pop, ni es música popular… representa justamente todo contra lo que estábamos luchando en los años ochenta.

Trajo a Johnny Depp de visita justo antes de que estallara la guerra en Bosnia.

Fue una visita muy interesante porque fue la última vez que estuve en Sarajevo. Fue en 1992. Intentamos montar un festival de cine en Bosnia, fuimos a ver al ministro y pensó que Johnny era un gitano y pasó de nosotros. Pero a Johnny no le importaba dónde estaba, no se fijaba en los detalles. Vino por mí, que era su amigo, con el interés de ver cómo era el lugar donde había transcurrido mi infancia más que a conocer cómo era la capital de Bosnia y Herzegovina.

Intenté llevarle a que viera zonas de la ciudad que eran interesantes por la vida que había en sus calles, gente curiosa, pero se puso malísimo. Cogió fiebre. Le tuvo que cuidar mi madre y siempre le ha estado muy agradecido. Muchas veces le ha dado recuerdos. Mi madre le recordó mucho a la suya. Johnny se llevaba muy bien con su madre, los dos fumaban como carreteros y se sentaban a hablar durante horas encendiendo un cigarro tras otro.

Probó suerte en Hollywood con Arizona Dream.

Me costó rodar esa película. Tuve que parar porque sufrí unas crisis nerviosas tremendas. Una fue de tres meses. Pero Johnny Depp y Jerry Lewis me esperaron. Rechazaron otras ofertas que les llegaban. Eran los tiempos ya lejanos en que si alguien era tu amigo era tu amigo. Aunque, bueno, hoy también tengo amigos así, porque me llevó tres años para rodar On the Milky Road [risas].

Cuando se hace una película el equipo ve el sufrimiento que rodea al director, se identifican, y eso ayuda a que lleguen hasta el final del rodaje. Lo que fue interesante de Arizona Dream fue que tuvo éxito en Europa, pero no en Estados Unidos. Fui a filmar allí pero distanciándome de su lenguaje. A día de hoy, creo que no tengo nada que contar allí. Hollywood es una maquinaria gigantesca en la que no hay lugar para el individuo. Para hacer una película tienen que hacer antes un estudio analizando todos los gustos de la gente para poder reunirlo todo y que guste al mayor número de gente posible. Mi libertad de espíritu no me permite pasar por todo eso.

De vuelta de Estados Unidos volvió a triunfar en Europa con Underground, Palma de Oro en Cannes.

El otro día volví a ver la película, que es algo que no suelo hacer, ¿y sabes en qué me fijé? En el mono. Qué bien trabaja el mono, pero se lo cobró bien, eh. Mordió a Lazar Ristovski [uno de los dos protagonistas] y le llevamos al hospital con una infección tan grande que lo tuvieron que dejar ingresado. Y no solo le mordió a él, a mucha más gente; envió a muchos trabajadores al hospital. Parece ser que lo simios machos a partir de los treinta y cinco años pueden enloquecer y los tienen que sacrificar. Luego en Cannes bien, pero tuvimos un incidente y la prensa se quedó con eso. Fue una tontería, hubo una pelea entre gente del equipo, una chorrada; después de pegarse se fueron a tomar algo todos juntos, pero una revista americana aprovechó para darle más importancia a la trifulca que a nuestro premio.

El tiempo de los gitanos y Gato negro, gato blanco fueron dos películas que también tuvieron un gran éxito de crítica en toda Europa, pero a veces se escuchan críticas de gente de Balcanes; se queja de que en sus películas parece que siempre muestra a la gente del sudeste europeo como gitanos.

Sí que es verdad que especialmente los serbios se quejan mucho de que les comparen con los gitanos, y no entiendo el motivo de la queja porque la cultura gitana no me parece ni mucho menos algo rechazable. Los gitanos tienen una especie de elixir especial, una receta mágica, contra el fracaso. Parece que están fatal, pero nunca terminan de hundirse. Eso es bueno. Y no me refiero a algo meramente musical, va más allá de sus orquestas y sus canciones. Yo la verdad es que nunca escondo lo gitano que hay dentro de mí. Pero de diez películas que tengo, dos son sobre gitanos, tampoco creo que se pueda decir que mezclo la personalidad de la gente de aquí con la de ellos.

Estos son estereotipos promovidos por los ideólogos de la Academia del Cine de Belgrado, que se han pasado toda la vida diciendo a los estudiantes que yo no valgo como director y que presento a los serbios como gitanos. Han creado una falsa imagen de mí, que de la academia llegó a los periodistas, que lo han ido repitiendo y se ha quedado. Lo que pienso es que los que ponen el grito en el cielo con esta cuestión lo hacen porque tienen antepasados gitanos y no quieren que se sepa o que les relacionen con ellos de algún modo por sus complejos.

En España ocurre algo parecido con Almodóvar, hay gente que se queja de que retrata a la sociedad española como si todos fueran homosexuales, drogadictos…

Pues a mí me encanta Almodóvar. Y todas sus películas. No he visto las dos últimas, pero creo que consigue en un espacio muy pequeño, con una historia muy sencilla, sacar grandes reflexiones. Mientras tanto, yo necesito que en mi película se queme una casa, otro salga volando… [risas]. Él todo eso lo consigue con un par de intercambios sexuales. Pero ahora estoy tan metido en mi último rodaje que llevo años sin ver cine. La última película que recuerdo que me emocionara fue Le Havre, de Aki Kaurismaki, y es de hace cinco años.

En 2008 grabó un documental sobre Diego Armando Maradona. ¿Qué tal fue la experiencia?

Pues mira, el primer encuentro fue maravilloso, pero el segundo muy humillante. Me sentí como un paparazzi detrás de él. Pero al final surgió entre ambos una gran amistad. Nos queremos mucho. Él está muy agradecido porque justo después de presentarse el documental, después de caminar conmigo por la famosa alfombra roja de Cannes, parece que se volvió a situar en el escenario mundial. La película marcó un cambio en su vida, le dieron un trabajo poco después. Llegó a la última fase de sus adicciones y a partir de ese momento se convirtió en entrenador y ganó pasta con eso. Como sea que esté ahora, he visto que en programas de televisión le han enseñado mi foto y él se pone a darle besos.

¿Siente que existe una conexión mediterránea en el cine, un nexo que le une por ejemplo a usted con el español Buñuel y el italiano Fellini?

Mucho, muchísimo. Me siento más conectado a ese cine mediterráneo que al cine ruso o a otros del este de Europa, aunque también me hayan influenciado, por supuesto. De hecho, si te fijas en las giras de mi orquesta, la mayoría de las fechas las hacemos en ciudades mediterráneas.

¿Por qué le costó tanto terminar su última película con Monica Bellucci?

¡Me he caído del caballo al burro! [Expresión que significa que uno baja de nivel] En sentido figurado y real [risas]. Sí, me caí de un burro en el rodaje, aunque no me pasó nada. Me costó porque empleé tecnología con la que no estoy familiarizado y también era la primera vez que rodaba con cámaras digitales. Es la historia de un hombre y una mujer que se enamoran bajo circunstancias de guerra y les persiguen por su amor prohibido. Termina con la muerte de ella y él ordenándose monje.

Ha rodado un documental sobre José Mujica, el expresidente de Uruguay.

Es un trabajo que realicé con sumo placer. Me parece una persona maravillosa y un personaje de talla mundial. Aunque haya quien no lo entienda, es un luchador por su pueblo y creo que todo lo que promueve de economías autosuficientes, comunas, etcétera, es el camino que tendremos que seguir todos.

También ha publicado libros de relatos y memorias.

Sentía necesidad de embalsamar los recuerdos, mis imágenes del pasado. La memoria es lo único que confirma que somos personas en el sentido literal de la palabra. Los recuerdos son la base de la continuidad humana. Los míos son todos de carácter social. Cuando empecé a estudiar me di cuenta del valor que tenía mi pasado por haber sido en aquel entorno. Con esos libros he querido demostrar que no soy solo un vulgar director de cine, también alguien que puede transmitir la realidad de más formas, en este caso literaria.