¿Cuál es la mejor conspiración del cine?

Tal día como hoy hace poco más de cuatro siglos Guy Fawkes, o mejor Guido, como quiso llamarse tras haber formado parte de los Tercios españoles, fue —según una expresión ya acuñada— el último hombre honrado en entrar al palacio de Westminster. Concretamente se dirigió al sótano, repleto de barriles de pólvora, donde debía permanecer escondido hasta la mañana del día siguiente, cuando estaba previsto que el rey Jacobo I inaugurase la sesión parlamentaria y en tan solemne ocasión pasara a mejor vida junto a los demás presentes con el fin de dar lugar a una dinastía católica. Un inoportuno chivatazo hizo que el edificio fuera registrado, de manera que en torno a la media noche Guido fue descubierto y la llamada desde entonces «Conspiración de la pólvora» quedó desarticulada. La cosa acabó realmente mal, con la expulsión de todos los jesuitas de las islas británicas al ser señalados como cómplices —acusación que han compartido desde entonces junto con judíos y masones de casi cualquier complot en toda época y lugar— y con la condena a todos los implicados a ser públicamente ahorcados y descuartizados, para poner finalmente sus cabezas en lo alto de picas.

Aunque al menos nuestro protagonista alcanzó cierto grado de inmortalidad: desde aquel año 1605 pasó a celebrarse cada 5 de noviembre La Noche de Guy Fawkes, en la que se hace arder un muñeco que lo representa, por lo general pobremente vestido, de forma que el paso del tiempo llevó a que en inglés «guy» se convirtiera en una manera informal de referirse a alguien, como en castellano «tío». Más adelante, además, Alan Moore lo reivindicó en su cómic V de Vendetta, y particularmente desde su adaptación cinematográfica la máscara que representa a Guido se ha hecho omnipresente en muy diversas protestas políticas generalmente del ámbito anglosajón en las que, lo sepan o no, sus participantes están conmemorando a un soldado de los Tercios. Bien está. Así que aprovechando esta fecha vamos a recordar otras conspiraciones, en especial aquellas que hemos visto en la pantalla. Voten su favorita o menciónenla en la sección de comentarios.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

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The Conspiracy

Imagen de Resolute Films and Entertainment.

Las teorías de la conspiración podrán ser ciertas o no, pero lo importante es que son divertidas y conforman un amplio menú en el que cada uno puede escoger la que mejor se adecue a sus prejuicios. Tenemos a nuestro alcance desde bots rusos hasta reptilianos para rellenar los espacios en blanco de aquello que ignoramos, en un mundo tan endiabladamente complicado nos permiten trazar un patrón y hallar una causa última, un sentido. Una vez adoptada una como propia, los no iniciados en tal luminosa verdad nos parecen poco menos que borregos, el problema es que la opinión en sentido opuesto no es mejor. Es lo que le pasa al protagonista de este falso documental canadiense del año 2012: sabe que todos los grandes eventos de la historia están secretamente conectados, pero al proclamarlo a gritos por las calles los demás ¡le toman por loco! Hasta que dos jóvenes cineastas se fijan en él, más con ánimo de burlarse que de entenderlo. Poco después desaparece repentinamente dejando varios documentos tras de sí, es entonces cuando empiezan a sospechar que quizá no esté tan chiflado.

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Capricornio Uno

Imagen de  Associated General Films.

Claro que no todas las teorías de la conspiración alcanzan el mismo eco. Se puede calcular mediante una sencilla multiplicación: magnitud del hecho por extravagancia de la explicación (la navaja de Ockham se debió perder en algún picnic…). Cabe concluir por tanto que la mejor teoría de la conspiración jamás imaginada es esta, ¿será cierta? Qué sabe nadie. Tampoco le va a la zaga la idea de que el hombre no pisó la Luna y fue todo un montaje, si ya para añadir picante se aclara que además fue Stanley Kubrick quien se encargó del rodaje, pues cómo no preferirla a la realidad. Esta cinta de 1977, de un director que reincidió en el género con Atmósfera cero y 2010, Odisea dos,  jugaba con ese concepto aunque abordando un hipotético viaje a Marte.

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JFK: Caso abierto

Imagen de Warner Bros. Pictures.

«La misma palabra “secreto” es repugnante en una sociedad libre y abierta; somos un pueblo históricamente opuesto a las sociedades secretas, a los juramentos secretos y a los procedimientos secretos (…) Porque nos enfrentamos en todo el mundo a una conspiración monolítica y despiadada que se basa principalmente en medios encubiertos para expandir su esfera de influencia: en la infiltración en lugar de la invasión, en la subversión en lugar de las elecciones, en la intimidación en lugar de la libre elección, en la guerrilla nocturna en lugar de ejércitos a la luz del día». Hay cierta ironía en que el autor de estas palabras fuera poco después el protagonista de la conspiración más célebre y enigmática de la historia, sobre la que Oliver Stone dejó su particular visión.

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Luz que agoniza

Imagen de MGM.

Al taxista de Teoría de la conspiración no se la daban: Oswald reconocía haber disparado a Kennedy luego no podía ser él y a eso había que añadirle la fluorización del agua para controlar nuestras mentes, los chips que implantan a los perros y pronto a las personas, los helicópteros negros, el NWO, la CIA, la ONU… Claro que nadie lo tomaba muy en serio, pero a veces la realidad da la razón a los locos y por fin parecen cuerdos. Esta otra cinta planteaba justo la situación inversa: el personaje interpretado por Ingrid Bergman estaba en sus cabales, aunque su pareja pretendía hacerle creer que estaba perdiendo el contacto con la realidad. Esa clase de abuso psicológico es conocido como «luz de gas» precisamente debido a esta película (Gaslight es su título original) y a la obra teatral en la que se basó.

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El hombre que sabía demasiado

Imagen de Paramount Pictures.

No podíamos dejar de mencionar el cine de Hitchcock, que a menudo oscila en torno a una variación del argumento anterior. El protagonista de un momento a otro no sabe si está enloqueciendo o, peor aún, está en lo cierto y entonces la situación en la que se encuentra es tan extraña y peligrosa como parece. Los espectadores, por nuestra parte, somos conscientes de que algo raro está pasando y nos desespera que nadie crea al protagonista e incluso que este empiece a dudar de sí mismo, pero tampoco logramos encajar todas las piezas, lo que nos deja alerta y ansiosos por desentrañar el puzle. Ya nos tiene el director donde quería. En este caso un complot para asesinar al primer ministro inglés.

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Dark City

Imagen de New Line Cinema.

¿Podríamos decir que el mito de la caverna de Platón es la primera teoría de la conspiración? Para ser exactos el primero en acuñar esa expresión fue Chesterton en El hombre que fue jueves, en una fecha relativamente reciente como 1909. Los contubernios en torno al poder son tan viejos como la humanidad, como veíamos al inicio, pero la idea de que requieran un control mental colectivo y solo unos pocos tomen conciencia de lo que está pasando realmente parece muy característica del siglo XX: la época de Kafka, de la democracia, el totalitarismo y los medios de comunicación de masas. Películas como La fuga de Logan, Matrix, La isla y El show de Truman han especulado con estas ideas, pero quizá la más original sea Dark City.

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Invasores de Marte

Imagen de 20th Century Fox.

Quizá un efecto perverso de la democratización del poder este en que entonces para acceder a este o conservarlo debe controlarse cómo piensan las masas. Ahí se unen la conspiración y la paranoia. Las conspiranoias modernas inciden por tanto en una figura de poder lejana sino en los vecinos que nos rodean. Si su opinión y voto se vuelve tan determinante… ¿qué ocurre si estos se dejan llevar por una moda o idea peligrosa? ¿Y si es uno el que quiere cambiar pero teme la actitud vigilante de ellos? En tal caso habría que guardar las apariencias, pero entonces puede que los demás estén también fingiendo y sea necesario escudriñar cualquier pequeño cambio en sus hábitos o carácter. La invasión de los ladrones de cuerpos en sus sucesivas adaptaciones o Las esposas de Stepford inciden en ello. Pero ya en 1953 podíamos ver en esta otra película cómo una sigilosa invasión alienígena podía ir controlando subrepticiamente a quienes nos rodean.

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Valkiria

Imagen de United Artists.

Paradójicamente en ese aspecto los totalitarismos son bastante similares a las democracias en esa identificación plena entre el poder y el individuo. En esta sociedad tampoco debe haber secretos y cualquier discrepancia debe disimularse porque te va la vida en ello. Más aún si se participa en una conjura que sabemos que terminó fracasando, un spoiler que en todo caso no resta interés a la cinta.

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El mensajero del miedo

Imagen de United Artists.

No hay mentiroso más convincente que el que cree sus propias mentiras, así que el agente conspirador perfecto sería aquel que hace vida normal, sin despertar la menor sospecha, hasta que es activado de forma inconsciente cuando la ocasión lo requiera. Curiosamente, la novela que aquí se adaptó, sobre un soldado americano que sufre un lavado de cerebro durante el tiempo en que permanece prisionero en la guerra de Corea, contenía extractos plagiados de una obra en principio tan diferente como Yo, Claudio. Pero tal vez lo más llamativo sea que en la defensa del asesino de Robert Kennedy, hermano del presidente, se apeló a este argumento mencionando al programa de la CIA MK Ultra al que al parecer fue sometido (el mismo que sufrió el terrorista Unabomber).

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El jardinero fiel

Imagen de Focus Features.

Erin Brockovich, El dilema, The Big Short, Michael Clayton, La tapadera, Glengarry Glen Ross, Wall Street… No siempre son el Estado y los dirigentes políticos los malos de la película. Las empresas, particularmente las grandes corporaciones, también suelen llevarse su parte y son retratadas intrigando de la peor manera. En este caso las del sector farmacéutico.

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LA Confidential    

Imagen de Regency Enterprises.

Cuando hablamos de cine de conspiración cabe incluir el thriller, la ciencia ficción y el género policíaco y de espionaje, pero también proliferan lo que podríamos llamar el subgénero periodístico. Ahí está por ejemplo la más conocida de las películas de la denominada «trilogía de la paranoia» de Alan J. Pakula, Todos los hombres del presidente. O las más recientes Spotlight y Los papeles del Pentágono. Sorprende del cine de conspiración que dado su énfasis por hacernos desconfiar de todo, tenga sin embargo una percepción tan entusiasta de esta institución como garante insobornable de la verdad y la transparencia… Quizá por eso mejor concluir con un film que tenía cierta dosis de escepticismo al respecto y no confiaba mucho en que la verdad al final se esclarece, además de incluir un periodista particularmente aborrecible.

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L.A. Confidential (1997).


Por qué creemos en conspiraciones

Señales (2002). Imagen: Divisa Home Video.

Yo he visto armarse teorías conspirativas. Es quizás lo más divertido que he sacado de internet: ver cómo se levantaban conspiraciones donde yo sabía, con certeza, que no había motivos.

En 2010 me junté con gente que escribía en internet para montar un blog. Nos conocíamos de leernos y dejarnos comentarios —que era una cosa que se hacía—, pero la mitad ni nos habíamos visto en persona. No éramos de una asociación, no compartíamos universidad, ni vivíamos en la misma ciudad. Escribíamos de política con datos y a veces citando papers. Entonces llegó el 15M, la política rejuveneció y se puso de moda, Twitter creció… y de repente nos leía más gente. Nunca mucha, pero más.

Desde el principio empezaron a circular historias locas. Leía teorías conspirativas sobre nuestro «proyecto» —¿qué proyecto?—, sobre nuestra «agenda» —¡¿qué agenda?!— o sobre quién había realmente detrás. Cuando uno de nosotros dejó el grupo, leí una explicación exhaustiva sobre cómo otro compañero, molesto, había logrado que le echáramos. Primera noticia. Una noche, saliendo de un bar en Barcelona, se me acercó un chaval con una pregunta que, me dijo, discutía con sus amigos: ¿quién nos financiaba? Me quedé asombrado; ¿financiar? No teníamos ni gastos ni ingresos. Así se lo dije. No lo vi convencido. Supongo que la verdad era una historia peor: éramos siete veinteañeros que escribían por gusto y por ego. Después hemos sido más cosas, pero fue por accidente. Años después me sigo viendo en historias falsas. Siempre fui escéptico de las teorías conspirativas, pero nunca pensé que las vería en directo.

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Una teoría conspirativa es una explicación que hace referencias a fuerzas ocultas. Sirven para responder preguntas sin ofrecer argumentos, sin pruebas, sin nada. Un atentado, una epidemia y una injusticia pueden explicarse si uno asume que detrás hay siempre voluntad y culpables. La pobreza existe porque alguien quiere. El cáncer no tiene cura porque no conviene. El cambio climático no es un problema, es un invento para dañar a los Estados Unidos.

¿Por qué tienen éxito estas teorías? Localizar un culpable parece ser reconfortante. Como si la idea de un mundo caótico nos incomodase más. Preferimos creer en villanos antes que aceptar que el mundo está, en parte, en manos del azar y la incertidumbre. En cierto modo es comprensible: si existiese un culpable, bastaría eliminarlo para tener una solución.

Pero el motivo principal encuentro que es otro: estas teorías eliminan las dudas. Las personas odiamos las preguntas sin respuesta. Creer en teorías conspirativas es un fenómeno casi religioso. Sus creyentes construyen una cosmovisión donde nada ocurre sin motivo. Cuando las piezas encajan, se cargan de razón. Cuando chirrían, apelan al argumento circular: «Eso quieren que creas». Es un sistema total de pensamiento porque cualquier fisura puede taparse añadiendo un nivel extra de conspiración. Una sucesión de deus ex machina elimina cualquier herejía. Creer es una forma de ver el mundo: «El mejor predictor de creer en una teoría conspirativa es creer en otras teorías conspirativas», dice Viren Swami.

Explicarlo todo está en nuestra naturaleza. En términos evolutivos, debió de sernos muy útil conectar causas y consecuencias rápidamente. Si después de comer unas bayas anaranjadas tuviste vómitos, mejor creer que no fue casualidad. Y, si el ruido en la maleza suena como un león, mejor correr. Nuestro cerebro toma muchos atajos así. Sufrimos también de patternicity, encontramos patrones. Nos pasa mirando ruido: si enseñas a una persona una serie de números aleatorios y le dices que son las ventas anuales de refrescos, encontrará motivos para explicar cada altibajo.

Además, nos embalamos. Cuando tenemos una teoría favorita, por todas partes encontramos nuevas piezas. Es lo que se conoce como sesgo de confirmación: aceptamos mejor la información que confirma nuestros prejuicios (y olvidamos rápido la que los contradice). Lo habréis visto en cosas mundanas. Cuando tu pareja la toma con alguien, por ejemplo. Entra en guerra silenciosa: de golpe todo lo que hace el otro esconde un motivo. «¿Has visto lo que ha dicho? Como queriendo decir…». Y da igual que le expliques que tú crees que no lo decía por eso. «No le defiendas». Cuanto más lo piensa, más encaja todo: «Y fíjate lo que hizo ayer…».

La tentación conspirativa la sufrimos hasta con objetos inanimados. El coche se estropea «justo hoy», pensamos. «Todo me pasa a mí», sentimos. Como si el universo estuviese contra nosotros. Sabemos que no es verdad, pero lo sentimos. Solo pensamos en la suerte cuando nuestra moneda cae del lado desafortunado. Nadie da las gracias por vivir en el mejor de los tiempos, ni por nacer en un país o una familia privilegiada. Todo eso lo pasamos por alto (o peor: lo confundimos con el mérito).

Nadie está salvo de creer en conspiraciones. Hay algunas enormemente populares. Un 16 % de los estadounidenses cree que el 11S fue orquestado por su Gobierno, y un 7 % de la población mundial culpa a Israel. Un tercio de los americanos cree que Obama nació en Kenia, y el 31 % cree que las vacunas causan autismo pero se oculta. En Europa, hay un 22 % de ciudadanos que creen que los muertos del Holocausto se han exagerado. Hay teorías conspirativas para todos: no importan tu edad ni tu ideología.

El éxito de estas teorías a veces nos sorprende, pero quizás no debería. Mucha gente cree en cosas locas. Un 20 % de las personas sobre la Tierra cree que los aliens viven entre nosotros disfrazados. Lo creen especialmente los hombres, los jóvenes y los universitarios.


Demonios y arquetipos

Misión de propaganda a cargo de soldados de EEUU y Vietnam del Sur. Imagen cortesía de psywarrior.com
Misión de propaganda a cargo de soldados de EEUU y Vietnam del Sur. Imagen cortesía de psywarrior.com

No hay razones para creer que las PSYOP son invenciones modernas. En jerga militar, son las operaciones clandestinas que se construyen a partir del conocimiento cultural, histórico y antropológico del adversario, y pueden ir desde la entrega de propaganda para incitar revueltas sociales hasta el uso de audio y demás técnicas para el florecimiento de terrores atávicos y sobrenaturales, como ocurrió en Vietnam y Filipinas. Por su carácter, se llevan a cabo tanto en tiempos de paz como de conflicto, en naciones enemigas y aliadas, o incluso en la propia. Tampoco hay razones para creer que estos trucos son dominio exclusivo del ejército y las agencias de inteligencia, aunque cierto es que son los expertos. Cuando se llevan campañas de difamación dirigidas a sectores determinados, o cuando una ONG publica información adulterada, escandalosa, para manipular la opinión a su favor, se están implementando técnicas tomadas del manual de la guerra psicológica. A fin de cuentas, se trata de ganar el corazón y la mente de las personas.

En el siglo XVII, en la comuna de Loudun, una operación psicológica en todo su derecho se llevó a cabo para debilitar el apoyo público del sacerdote católico Urbain Grandier, un mujeriego carismático y soberbio que pensó no habría problemas si frustraba los planes, e insultaba el honor, de otro francés no tan carismático, aunque sí mucho más soberbio; el cardenal Richelieu. De haber sido Grandier otro tipo de clérigo, uno mucho más modesto, tal vez el pago por sus ofensas no habría sido tan notorio. Pero él no era un vividor cualquiera. Los hombres de influencia lo estimaban y sus mujeres lo codiciaban, la gente escuchaba extasiada cuando levantaba la voz y en poco tiempo pasó a ser la cara pública de una región rancia y empobrecida por el desprecio a los hugonotes. A pesar de una serie de enemigos que sus aventuras amorosas le ganaron, difícil fue deshacerse de alguien tan respetado por su pueblo.

Sin embargo, el mundo tiene sus maneras de hundir a las personas, y es cierto que a periodos de gracia le siguen desplomes. Por esos años estalló un caso masivo de posesión diabólica dentro de un convento de monjas ursulinas tras los muros de la misma ciudad. Cada una de las diecisiete religiosas prometió y juró que sus almas habían sido tomadas por una legión de espíritus, malas influencias venidas desde el abismo que día y noche les obligaban a imaginar y hacer toda clase de morbosidades con sus cuerpos, el tipo de cosas que en la mentalidad de la época eran peor vistas que el asesinato. Grandier, decían ellas, las había embrujado tras firmar un pacto con el diablo, y aquello se hizo pretexto caído del cielo, o venido del infierno, para al fin deshacerse de esa molestia en el camino del poder del clero.

La historia de Grandier y sus endemoniadas fue llevada al cine por Ken Russell tras leer Los demonios de Loudon, de Aldous Huxley, publicado hace ya más de sesenta años, pero tan válido hoy como lo fue en aquel entonces. Una narración no muy diferente a otros cientos de juicios por brujería, pero una en la que Huxley inyectó reflexiones sobre política y religión, ciencia y ocultismo, psicología y metafísica. ¿Qué es el poder y qué significa rendirse ante él? ¿Y cuál es ese poder del que se habla? ¿Terrenal, sacro, o un impulso totalitario al que con voluntad nos entregamos? Grandier, hoy sabemos, fue víctima de una conspiración venida desde lo más alto, pero no de un reino celestial, sino de una cúpula corrupta que, aprovechando la cólera a la que las masas son propensas, sacó partido de una situación desafortunada.

Inquisidores fueron traídos para cuestionar al acusado, exorcistas cabalgaron desde Veniers y Chinon. Mientras Grandier era apresado y torturado, el convento de las ursulinas se transformó en un circo abierto. Los habitantes de Loudon, aburridos de la vida sosa de 1634, se dejaron entretener y espantar por las palabras de Leviatán, Asmodeo, Behemot, y Zabulón, además de otros tantos demonios que se hacían escuchar a través de las bocas de todas esas monjas desnudas que no dejaban de insinuarse a los exorcistas. Llegaron turistas desde toda Francia, también de Alemania e Inglaterra, las pensiones no daban abasto y durante meses las finanzas de Loudon no hicieron más que aumentar. La vehemencia católica sobre las poseídas fue tan extraordinaria que incluso varios hugonotes terminaron por adoptar la fe.

Contrario a lo que hoy creeríamos de quienes vivieron en aquellos tiempos, la mayoría de los involucrados en el asunto, los juristas, los investigadores, incluso los mismos religiosos que comentaban los hechos, estaban convencidos que el bacanal de las ursulinas era, a lo mucho, una histeria colectiva, a lo menos un fraude. La madre superiora, Juana de los Ángeles, había implorado a Grandier que se volviera confesor suyo y de sus protegidas, petición que el otro rechazó, pues prefería sus aventuras fuera de la Iglesia. Es posible que sor Juana sintiera la negativa como un rechazo a su persona, algo que Huxley está convencido de que fue así, pues dice que no había día o noche en la que ella no pensara encontrase en privado con el cura. Las supuestas posesiones tal vez comenzaron como un acto de venganza que, con el tiempo, pasaron a ser una auténtica locura de masas.

Pocas fueron las voces que culparon el desenfreno de las ursulinas a hechicería de Grandier. Voces carismáticas, para su desgracia, que resonaron en los palacios y las cortes. Y no solo eso; durante casi ciento cincuenta años los inquisidores llevaban haciendo uso de las instrucciones trazadas por Heinrich Kramer en su Malleus Maleficarum, un auténtico manual de persecución diseñado para extraer confesiones de cualquiera que fuera sospechoso de brujería o maleficios. Cargos que, sin importar evidencias, se solucionaban con la hoguera, pues incluso si el acusado era encontrado inocente o charlatán, los verdugos razonaban que los demonios eran hábiles en el engaño, por lo que incluso un juego inocente era guiado por las manos de Satanás. Un testimonio del tipo de bajezas a las que la autoridad está dispuesta a descender con tal de hacer cumplir su voluntad.

Urbain Grandier (izq,) y la prueba de su pacto diabólico (dcha.) Imágenes: DP.
Urbain Grandier (izq,) y la prueba de su pacto diabólico (dcha.) Imágenes: DP.

A pesar de que Huxley considera las supuestas posesiones como una histeria causada, entre otros motivos, por represión sexual, admite también las posibilidades infinitas de la mente para acceder a otras regiones psíquicas, regiones que en tiempos pasados bien pudieron ser llamadas sobrenaturales. Familiarizado con las facetas ocultas y sutiles de la existencia, para él los fenómenos psíquicos eran tan reales como la física cuántica, e igual de misteriosos. Cita ejemplos de estudios sobre percepción extrasensorial, telepatía, meditación, misticismo oriental y occidental, biografías de santos milagrosos. La vida, para él, es un paisaje que se extiende más allá de la experiencia diurna, esa del trabajo, los impuestos, las obligaciones y la economía. Los hombres, escribe, tenemos una profunda necesidad de trascendencia, la cual puede tomar cualquier forma y es esta, en parte, la responsable de algunos de nuestros peores males. Esta aspiración por dejar atrás lo unitario y mortal es algo que incluso puede verse hoy día en nuestras sociedades seculares, en las que la aparición de movimientos supuestamente racionalistas y ateos, como el transhumanismo, con sus libros sacros, padres fundadores y hasta disputas sectarias, nos recuerdan que no somos muy diferentes a esos antepasados nuestros que nos gusta creer tan supersticiosos.  

Aunque es cierto que en las condiciones adecuadas la religión, con su colección de símbolos, cánticos y oraciones rítmicas, puede ser un conducto a experiencias en las que lo individual se aniquila ante lo cósmico, también es cierto que bajo el yugo de un déspota carismático puede ser una vía directa a esas regiones que se ocultan en lo más profundo de todos nosotros, esas madrigueras llenas de lobos en las que es mejor no adentrarse. No significa eso que lo religioso mantenga el monopolio de acceso, sino que es solo una de cientos de rutas que están disponibles para el organismo. A fin de cuentas, solo se necesita algo de desamor y un poco de intoxicación alcohólica para convertir en un descuartizador al ser más dócil.  

Quienes persiguen a la religión como primera y última causa de la violencia humana, los Dawkins, los Hitchens, los Harris, quienes creen que una vez erradicada pasaremos a vivir en Utopía, olvidan que la violencia es algo primigenio, ligado a nuestro cuerpo animal como lo están su supervivencia y la lealtad al clan, con orígenes que se remontan a los pantanos del tiempo y el instinto. Solo se necesita que alguien agite un poco los cimientos de nuestros espectros para hacer florecer comportamientos por lo demás irracionales; apelaciones a la seguridad familiar, la continuidad de los valores culturales, la supervivencia de la raza. Como apunta Huxley, desde el siglo XVIII hasta épocas recientes, la mayoría de las persecuciones en Occidente han sido de orden laico, en otras palabras, humanistas, y los demonios han dejado de ser males metafísicos para volverse cuestiones políticas y económicas: minorías indeseables, migrantes, creencias opuestas a las del estado, preferencias sexuales reprobables.

No se trata de agentes aislados, pues creyentes y escépticos estamos dentro del mismo cultivo. Hoy día la violencia religiosa más vistosa es la del islamismo radical, pero quienes han ayudado a hacer un lodazal de Oriente Medio son brazos armados seculares, patrocinados por el Estado norteamericano, que decreta sus campañas de conquista alegando a la libertad y el patriotismo, respaldado por una campaña mediática que glorifica el botín de guerra y vuelve atractivo el combate gracias a películas, juegos y spots de reclutamiento multimillonarios. El mismo fenómeno detrás de los populismos de izquierdas y derechas, que, con solo algunos símbolos e himnos obreros o patrios, convierten en ganado a miles de hombres y mujeres, por lo demás racionales e inteligentes, dispuestos a tolerar y obedecer las necedades de caciques aprovechados que solo desean hacer una letrina de sus países y sociedades. Dicen los científicos que la naturaleza aborrece un vacío, pero también es cierto que en la naturaleza no hay masas inteligentes.

Todo en este mundo tiene su contrario, y hasta el más piadoso, en lo hondo, oculta su lado oscuro. Carl Jung escribió acerca de la sombra, ese repositorio de sentires y deseos reprobables que vive en el interior de cada uno, ese que de vez en cuando sale a relucir en nuestros sueños o en la vigilia si bajamos la guardia. Para Jung era importante reconocer este opuesto si se quiere llegar a una forma de conocimiento propio, aunque advertía que enfrentarse a esos océanos llevaba siempre a los terrores. Él lo supo. La posesión diabólica, decía, era la captura por una fuerza inconsciente, la posesión por el arquetipo de la sombra. Y no es necesario que nosotros creamos en la fuerza de los arquetipos para experimentar los efectos de su rapto. La misma humanidad se encarga una y otra vez de eso. Como bien apuntó Jung: los demonios existen, así como existe un Buchenwald.

Las ursulinas se curaron de sus espantos, pero Urbain Grandier terminó su vida detestado por la gente y con los huesos rotos dentro de una hoguera. Para quienes creían en su inocencia aquello fue lamentable, pero cierto es que el destino de sus verdugos tampoco estuvo favorecido por la gracia. Unos murieron en la enfermedad y la miseria, otros encontraron su fin con violencia, incluso los hubo quienes se fueron de este teatro poseídos por Leviatán y Behemot, por Asmodeo y Zabulón, los mismos demonios que años antes habían ayudado a exorcizar en Loudun. Esto no hace más que justifica a Nietzsche cuando escribe que quienes miran hacia el abismo, hacia la locura, se arriesgan a que el abismo los mire también.

¿Y qué fue de Richelieu, quien por su honor mandó deshacerse de un pobre sacerdote mujeriego en una comuna que a nadie le importaba? Años después de todo ese asunto, durante sus últimas horas, cuando los propios médicos pidieron al cardenal que se preparara para recibir la muerte y ni siquiera las reliquias santas ofrecieron el consuelo de un mínimo milagro, se mandó traer a una aldeana, ya abuela, que tenía fama de santera. Susurrando, la mujer se acercó a la cama donde yacía el religioso y, en palabras del propio Huxley, «administró su panacea: cuatro onzas de cagajones macerados en un cuartillo de vino blanco. Y así fue cómo, con el paladeo del excremento de caballo en la boca, rindió su alma aquel árbitro de los destinos de Europa».

Un fin penoso que recuerda al de ese otro arrogante enviciado por el poder, Allen Dulles, director de la CIA y padre de la PSYOP moderna, quien semanas antes de morir fue encontrado en su cama por un colega, idiotizado entre sus propias heces y orines, mientras su mujer celebraba con sus amigos, abajo en la sala, la Navidad del 68. Los arquetipos, parece, no solo están en la mente. Existen también en la historia.

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Jarod Delhotal, especialista en PSYOP, con un altavoz portátil que difunde mensajes en ruso. Fotografía: sargento. Kyle J. Cosner / US Army Special Operations (DP).


Conspira, que algo queda

Julio César, 1953. Imagen: Metro-Goldwyn-Mayer.
Julio César, 1953. Imagen: Metro-Goldwyn-Mayer.

Por mucho que se empeñe el vendemotos Paulo Coelho, el universo no conspira para que nuestros deseos se hagan realidad. Más bien al contrario, tendemos a pensar que la realidad se empeña en complicarnos la vida y que nuestra alma gemela es Calimero, aquel pollito negro italiano que se quejaba de que nadie lo quería. «¿Por qué me tiene que pasar esto a mí?», suele ser una muletilla habitual cuando nos dejamos las llaves dentro de casa o metemos la pata hasta el tobillo en un charco. Nos sentimos vigilados por algún duende esquivo, invocamos al maldito Murphy (y a sus secuaces) o pensamos que todo tiene que ver con algún tipo de rito de purificación kármica. Nos dejamos embriagar por el fatalismo cotidiano y no nos acordamos de las innumerables ocasiones en que la casualidad, la suerte o el destino (táchese lo que no proceda según las creencias del lector) nos han favorecido. Estas anécdotas cotidianas se afrontan con resignación, racionalidad o incluso con chispa, como hizo el humorista Paul Jennings al elaborar su teoría del resistencialismo, esa mezcla de resistencia y existencialismo que pretendía explicar el comportamiento rencoroso manifestado por ciertos objetos inanimados (las llaves que se esconden, los muebles que se empeñan en placarnos…). Pero estas pequeñas conjuras que hacen que nos sintamos, si acaso por unos segundos, el centro de las iras del universo poco tienen que ver con las conspiraciones reales que pueblan nuestras vidas… o las imaginarias que le dan saborcillo.

La letra de la ley

Pero, ¿qué es una conspiración? Sin duda es un término conocido, ubicuo en estos tiempos, si bien lo suficientemente escurridizo como para que su explicación se nos escape en una apabullante marea de significado. Es complicado alcanzar una definición satisfactoria sin apoyarnos en las habituales muletillas mediáticas, o sin recurrir a los estereotipos que la industria del entretenimiento nos lleva ofreciendo desde su popularización.

Si pretendemos encontrar una respuesta puramente lingüística y académica, el diccionario nos ofrece aridez y síntesis: «unirse contra un superior o un particular», mientras que entre las acepciones del término «conspirar» también encontramos «convocar, llamar alguien en su favor» y, de manera figurada, «concurrir varias cosas a un mismo fin». Sin duda, reconocemos algunos de sus elementos, pero tenemos la sensación de que hay más, algo que no puede ser encerrado en las endebles jaulas de las palabras. Las definiciones parecen fundirse con la materia que pretenden esclarecer, dejando vacíos e imprecisiones llamativas. Si dejamos atrás las restringidas definiciones del diccionario y recurrimos al derecho, la figura legal de la conspiración no arroja mucha más luz sobre nuestra duda.

En términos generales, una conspiración es un acuerdo entre dos o más personas para cometer un acto ilegal o lograr un objetivo lícito por medios ilícitos, aunque hay diferencias sustanciales entre las conspiraciones recogidas en el código civil (las llamadas colusiones en nuestras leyes, o pactos entre personas y organizaciones para perjudicar a un tercero) y las penales. Sin embargo, hay diferencias entre lo establecido en el Common Law (es decir, el derecho anglosajón, especialmente en Estados Unidos) y lo que aparece en la mayoría de los códigos europeos, muchos de ellos derivados del derecho romano: la definición, el contenido y el propio castigo de una conspiración difieren notablemente. En el caso del derecho penal angloamericano, la conspiración como figura legal tal vez sea el elemento más difuso y elástico de toda su legislación y está sujeta a todo tipo de interpretaciones. El acuerdo entre los conspiradores, por naturaleza, es lo primero que dificulta la clasificación de la conspiración y el reparto de las responsabilidades. ¿Es responsable uno de los conspiradores de los actos cometidos por otros, aunque no se conozcan? ¿Cómo debe ser el acuerdo alcanzado para que se considere conspiratorio? En la mayoría de las ocasiones, no hay manera de demostrar con pruebas fehacientes la existencia de este acuerdo y se aceptan las pruebas circunstanciales. Además, las legislaciones estadounidenses, tanto las estatales como las federales, suelen ser especialmente duras con las conspiraciones, considerándolas las peores amenazas para la sociedad a causa de la «acumulación de talentos delictivos» y al hecho de que la formación de un grupo dificulte la detección, pues la evidencia de la conspiración está circunscrita a los propios conspiradores y su reserva a la hora de testificar aumenta con el tamaño del grupo. También se tiene en cuenta que el propio acto del acuerdo sirve para cimentar y reforzar la resolución de personas que, por sí solas, carecerían de la decisión necesaria para cometer un delito.

Por todas estas circunstancias, en muchos estados norteamericanos el castigo para una conspiración que tiene como fin llevar a cabo un delito es igual de duro que la comisión de dicho delito (y si se lleva a cabo, su pena se suma a la del delito propiamente dicho; es decir, el castigo se duplica), lo que parece indicar que una parte importante de su legislación está teñida de un cierto talante paranoico. Sin embargo, en Europa, cuando existe el concepto de conspiración en el código legal correspondiente, el castigo suele ser el mismo o inferior al del delito implicado. En algunos países europeos la pena puede aumentar cuando el delito es cometido por varias personas que actúan en concierto, pero no existe el concepto de conspiración en sí mismo. En la mayoría de los Estados solo se castigan los acuerdos para cometer delitos (independientemente de si se llevaran a cabo o se quedaran en el intento) si se trata de delitos políticos contra el Estado, pero en ninguno se condenan los acuerdos para cometer actos que no fueran delictivos. Es decir, en algunos supuestos legislativos de los Estados Unidos se puede estar participando en una conspiración aunque el fin último de la misma sea la comisión de un acto legal, algo que parece un absoluto contrasentido a primera vista. No obstante, el término «conspiración» es grandilocuente y evoca imágenes de conjuras de poderosos y tramas de alto nivel, pero en la mayoría de los casos tienen raíces más mundanas y se ciñen a los acuerdos puntuales entre delincuentes de poca monta para cometer un delito.

Intrigas e intrigantes

Daniel Ellsberg, 1974. Fotografía cortesía de University of Wisconsin-River Falls.
Daniel Ellsberg, 1974. Fotografía cortesía de University of Wisconsin-River Falls.

Pero alejémonos de la maraña de tecnicismos legales y abordemos la cuestión desde otro punto de vista. Si nos atenemos a su naturaleza, y descartamos las intrigas más terrenales con fines puramente materiales, la gran mayoría de las conspiraciones de carácter político tienen como objetivo la consecución de poder o de conocimiento, cuando no de ambas cosas. De hecho, en la actualidad, las fronteras entre estos dos conceptos se difuminan cada vez más. La información es poder y el poder es información. A velocidad de vértigo hemos pasado de los sencillos mensajes codificados de épocas anteriores a las redes internacionales que se dedican a controlar los flujos de datos que recorren el globo. Detrás de todo ello hay pocos villanos al estilo de James Bond y abundan las tramas basadas en la eficacia, el secretismo y la técnica. Los bancos se ponen de acuerdo para manipular los tipos de cambio, las agencias de inteligencia criban océanos de datos privados para «protegernos», los poderosos evaden impuestos con la connivencia de bancos y multinacionales, las guerras sucias y a muchas bandas proliferan por todo el planeta… Ante estas maniobras a gran escala surgen adalides y francotiradores, figuras grises y a veces apisonadas por los hechos que desatan y por las organizaciones cuyas maniobras desvelan. La lista la tenemos fresca: Chelsea Manning, Edward Snowden, Julian Assange y Herve Falciani, entre otros, sin olvidarnos de su padre espiritual Daniel Ellsberg, que filtró al The New York Times y a otras cabeceras los llamados «Papeles del Pentágono» mientras ejercía de analista para la RAND Corporation y provocó una notable tormenta política durante la guerra del Vietnam.

La propagación y divulgación de estas maniobras podrían llevarnos a pensar que todo el monte es orégano y nos acerca al brumoso terreno de la fabulación y las teorías disparatadas (que abordaremos más adelante), pero no hace falta sumergirse en las procelosas aguas del misterio para encontrarnos con tramas y conjuras. El bíblico «que la mano derecha no sepa lo que hace la izquierda» ha sido la máxima descontextualizada por la que se han regido muchos protagonistas de la historia, sobre todo los que han rondado u ocupado posiciones de poder. Son innumerables los ejemplos, todos ellos merecedores de una mayor atención que la dedicada en estas pocas líneas: desde las repetidas conjuras promovidas en Roma por Catilina en la época tardorrepublicana al asesinato de Julio César a manos de Bruto y de sus compañeros conjurados, pasando por los numerosísimos complots renacentistas, en muchos casos originados por nobles de segunda fila demasiado embriagados por los escritos de Maquiavelo, o la conspiración de Amboise, intriga precursora de las sangrientas guerras de religión en Francia. Más cerca nos quedan el atentado contra el archiduque Francisco Fernando de Habsburgo, que pese a su torpe planificación logró su objetivo y sirvió de catalizador para la Primera Guerra Mundial, el Watergate o el asunto Irán-Contra, entre otros. Dondequiera que haya poder, habrá conspiradores.

Por otro lado, ¿puede establecerse un retrato robot del conspirador típico? Si se hiciese un listado con los rasgos de personalidad sobresalientes en los conjurados, ¿predominaría la ambición o la astucia? ¿La inteligencia o el sigilo? ¿La meticulosidad o la paciencia? ¿Es compatible el ingenio con la vehemencia? ¿Tienen algo que ver César Borgia y Montpensier, por poner dos ejemplos de lo más dispar? Además, cabría hacer una distinción global entre urdidores o ejecutores, titiriteros o marionetas. En resumidas cuentas, entre cerebros y peones. El destino de los primeros a lo largo de la historia ha sido diverso, pero los segundos suelen correr una suerte adversa, superados por los acontecimientos que desencadenan (aunque en otras ocasiones, las menos, quedan impunes). A veces, no obstante, la barrera entre conspirador y ejecutor se difumina y nos encontramos con personajes tan llamativos como Bruto o John Wilkes Booth.

En general, la historia se ha encargado de desenmascarar a las principales figuras de las conspiraciones, si bien se dan notables salvedades. Y, curiosamente, algunas de las excepciones más llamativas se han ido presentando a partir de la segunda mitad del siglo XX, coincidiendo con un fenómeno que no ha pasado inadvertido: la «nacionalización» de los servicios de inteligencia. En la inmensa mayoría de las conspiraciones históricas —dejemos de lado a nuestros queridos iluminados, rosacruces, templarios y demás sectarios que pueblan la pseudohistoria—, el paso del tiempo se ha encargado de identificar a cada uno de sus componentes y de diseccionar a conciencia sus movimientos y objetivos, desde la perspectiva desapasionada que proporciona la distancia temporal. A pesar de la magnificencia de los actos emprendidos o la grandiosidad de las consecuencias provocadas por la conjura, ningún conspirador de la historia ha contado con los recursos ni con el apoyo de las omnipresentes organizaciones de inteligencia gubernamentales que pueblan nuestro mundo contemporáneo; entidades que pueden derrocar gobiernos establecidos (o no) democráticamente, practicar sin recato asesinatos selectivos, iniciar guerras por motivos poco claros, crear listas negras de «desleales y antipatriotas» o convertirse en ejecutoras de la voluntad del gobierno que las financia; instituciones que, con su existencia a la luz del día y su volumen titánico, parecen contradecir la propia naturaleza sigilosa y oculta de las maniobras que ponen en marcha.

De la conspiración a la conspiranoia

Las Torres Gemelas en el World Trade Center, en abril de 2001. Fotografía: Anabela Gonçalves (CC).
Las Torres Gemelas, World Trade Center, en abril de 2001. Fotografía: Anabela Gonçalves (CC).

En siglos pasados, las conspiraciones políticas siempre afectaban a otras personas, estaban alejadas de la rutina diaria, y solo sus posibles repercusiones se hacían sentir en el pueblo llano, como olas provocadas por algún maremoto lejano. Para la gran mayoría de la población, todo aquello siempre les sucedía a otros. Sin embargo, el mundo moderno se ha encargado de demostrarnos que se puede idear una conspiración a nivel planetario a la luz del día, con consecuencias al tiempo titánicas y funestas. Y lo más preocupante para el ciudadano de a pie es que muchas de las confabulaciones que les han tocado de cerca, sobre todo las de carácter terrorista, se han puesto en marcha con una frugalidad de medios sorprendente y ante las mismas narices de esas entidades de inteligencia omnipresentes y casi todopoderosas a las que nos referíamos antes. Para una gran parte de la población mundial —sobre todo, para los ciudadanos estadounidenses— el 11-S sirvió para corporeizar los terrores ocultos que poblaban sus sueños. Se vislumbró la naturaleza y la cara de la bestia, pero esta identificación del mal con un personaje concreto (en aquel caso Osama Bin Laden), destinada a exorcizar gran parte de los miedos, apenas fue transitoria y acabó convirtiéndose en una reducción simplista y peligrosa. Al final el diablo cayó abatido con una parafernalia impropia y extraña —discutida, entre otros, por el pulitzer Seymour Hersh—, pero la supuesta decapitación de Al Qaeda no ha servido para acabar con la expansión talibán en Afganistán y además ha dado alas a un nuevo e impredecible enemigo, el Dáesh. La respuesta a la conspiración terrorista fue la puesta en marcha de otra trama cuyas claves se ofrecen sin recato en los noticiarios de todo el mundo y que pasa por la fiscalización de las libertades personales, la desinformación y la globalización (en el peor sentido posible de la palabra). Orwell y Foucault se maravillarían al ver lo cerca que estamos del New World Order que anticiparon. ¿Y cuál es la única vía de escape para muchos? La paranoia. En este mundo que vivimos, cualquiera puede ser partícipe, voluntario o no, de una conspiración, y de ahí que junto a las conjuras e intrigas documentadas proliferen las teorías conspirativas más descabelladas.

«La teoría social de la conspiración es una consecuencia de la desaparición de Dios como punto de referencia, y de la consiguiente pregunta: “¿Quién lo ha reemplazado?”», escribía Karl Popper en su obra Conjeturas y refutaciones. Mientras tanto, el politólogo Michael Barkun descarta el plano teológico y abunda en la naturaleza de las teorías conspirativas al afirmar que encarnan tres principios básicos: nada sucede accidentalmente, nada es lo que parece y todo está relacionado. La necesidad de justificarlo todo, un empeño aparentemente sano y empírico, se convierte en una obsesión para los teóricos de la conspiración. No existen los hechos impredecibles ni los fenómenos aleatorios; todo obedece a un acuerdo entre personas o entidades interesadas en alcanzar algún fin, por lo general de carácter oscuro. La causalidad apisona al azar.

No es casual que en los Estados Unidos la conspiración haya pasado de ser un elemento de alta política a convertirse en una aberración mediática. La existencia de conjuras al parecer patentes para muchos pero nunca demostradas (como los asesinatos de JFK, Martin Luther King o Robert Kennedy, o la convicción de que Pearl Harbor no fue más que el cebo que Franklin Delano Roosevelt puso al alcance de un Japón excesivamente ávido), han hecho que las conspiraciones formen parte integrante del modo de vida estadounidense. Se suele fijar como fecha de inicio de esta inmersión conspirativa la del hecho que muchos consideran «el final del sueño americano»: el asesinato de JFK. Tras el controvertido carpetazo al asunto, y quizá como consecuencia de la revolución a favor de los derechos civiles de los años sesenta, se inició una fiebre revisionista en la historiografía estadounidense, aunque a la fiesta se sumaron historiadores serios y una extraña amalgama de juntaletras de espíritu acrítico. Aun así, y aunque la muerte de JFK sirviera de catalizador y fuera en aquella década cuando la expresión «teoría de la conspiración» adquirió el matiz peyorativo que aún conserva, el fenómeno de la revisión histórica en clave conspirativa había estallado en Estados Unidos varias décadas antes, en los años treinta del mismo siglo, y estuvo centrado en el análisis de la figura de otro padre de la patria, Abraham Lincoln.

Lincoln antes que JFK

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Primer retrato presidencial de Lincoln, 1860. Fotografía: DP.

Es apabullante el volumen de la bibliografía centrada en la figura de Lincoln, que solo es superado por Jesucristo y William Shakespeare en el número de registros dedicados a él en la Biblioteca del Congreso, pero hasta los años treinta apenas se había tratado uno de los aspectos más llamativos de su biografía: su final. Ese hueco lo ocupó Otto Eisenschiml, un químico de origen alemán, con su libro Why Was Lincoln Murdered?, evangelio del que se nutrieron varias generaciones de supuestos divulgadores y que abrió las compuertas a una riada de textos fantasiosos que alimentaron la avidez del público por las conspiraciones y las traiciones en el seno del gobierno estadounidense.

Lo cierto es que la figura de Lincoln, ensalzada por innumerables volúmenes que rozan la hagiografía aduladora, es más controvertida de lo que los españoles medios pensamos. A pesar de su, para muchos, talante mesiánico y su elevación a los altares de la democracia como gran emancipador de los esclavos, Lincoln fue una figura discutida desde el primer día de su mandato. Fue su ascensión al poder la que provocó la secesión de los estados sureños, y su actitud en tiempos de guerra con respecto a las libertades podría calificarse, cuando menos, de polémica: fue el primer presidente que suspendió el habeas corpus y no tuvo reparos a la hora de encarcelar rivales políticos o poner fuera de juego, con muy poco respaldo legal, a potenciales alborotadores. Por otro lado, su primera proclamación de emancipación solo afectaba a los esclavos de los estados sureños —es decir, a esclavos cuya suerte estaba más allá de lo que pudiera decidir el Gobierno federal—, manteniendo en vigor la esclavitud en los estados fronterizos cuyo apoyo Lincoln necesitaba asegurarse. Tampoco era plato de buen gusto de la facción más radical de su partido, que pretendía tratar al Sur como una nación enemiga vencida, e imponer durísimas condiciones a los díscolos estados hermanos. Con todos estos antecedentes, no era de extrañar que, movidos por el afán revisionista, los «pseudohistoriadores» como Eisenschiml se centraran en el aspecto de la vida de Lincoln menos estudiado: su asesinato.

Como en casi todos los sucesos relacionados con un misterio, además de los trabajos serios a cargo de profesionales reputados se generó una corriente alternativa de opinión en la que se encauzaron numerosas hipótesis (algunas plausibles, otras directamente disparatadas): desde el asesinato como el acto de un grupo de patriotas sureños que actuaban por cuenta propia, al atentado como producto de una gran conspiración cuyos hilos movían las principales figuras del gobierno sureño (Jefferson Davis y Judah Benjamin), pasando por la conspiración interna en las filas del Gobierno (aquí los sospechosos habituales suelen ser el secretario de Guerra Edwin Stanton y el vicepresidente Andrew Johnson), o incluso que Lincoln fue asesinado por una conjura instigada por banqueros internacionales o por la mismísima Iglesia católica. Eisenschiml optaba por la conjura interna y culpaba a Stanton, pero la proliferación de sospechosos y posibles tramas nos recuerda a lo que ocurrió apenas treinta años después de la publicación del libro del alemán con la bibliografía dedicada a diseccionar el asesinato de Kennedy.

Miserias y justificaciones

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Expediente X , 1993-. Imagen: Ten Thirteen Productions / 20th Century Fox Television / X-F Productions.

El desarrollo de una poderosa subcultura propia que ha invadido diferentes medios (desde la proliferación de tabloides sensacionalistas al reflejo de la conspiración en el mundo del espectáculo, cuya máxima expresión podría ser la serie de culto Expediente X) nos hace preguntarnos si el público americano está especialmente necesitado de alimentarse de conspiraciones y si sirven todas estas conjuras de mera justificación de muchos pequeños fracasos que pueblan sus vidas. A pequeña escala, tal vez les resulte útil echarle la culpa a alguien ajeno de la frustración del sueño americano y sea un ejercicio de «limpieza mental» la creación de todo tipo de agentes externos culpables de sus desvelos. Aunque de origen inglés, Terry Pratchett, preclaro siempre en su tono humorístico, explicaba este fenómeno en su novela Voto a bríos:

Y entonces se dio cuenta de por qué estaba pensando así.

Era porque quería que hubiera conspiradores. Era mucho mejor imaginar a un grupo de hombres en una habitación llena de humo, enloquecidos e impulsados al cinismo por el poder y los privilegios, conspirando mientras se bebían su coñac. Uno tenía que aferrarse a aquella clase de imágenes, porque si no tal vez se viera obligado a afrontar el hecho de que las cosas malas pasaban porque la gente normal y corriente, la misma que cepillaba a su perro y contaba cuentos a sus niños en la cama, era capaz de salir después a la calle y hacerle cosas horribles a otra gente normal y corriente. Era mucho más fácil echarles la culpa a Ellos. Resultaba del todo deprimente pensar que Ellos eran Nosotros. Si eran Ellos, entonces nada era culpa de nadie.

También habrá quien piense que la invasión de conspiraciones descabaladas en los medios es una maniobra diversiva que nos aparta de otras conjuras más mundanas, peligrosas y reales. Tal vez esta exacerbación del fenómeno conspiratorio no sea más que un reflejo platónico e imperfecto de la realidad, una realidad oculta que, a pesar de todas las precauciones, consigue tiznar con sus sombras la rutina cotidiana.

Propagaciones y contagios

Fotografía: Hernán Piñera (CC).
Fotografía: Hernán Piñera (CC).

Por supuesto, un elemento fundamental ha contribuido a esta «socialización» de la conspiración y a la propagación de su subcultura. Gracias a los medios de comunicación modernos, y sobre todo a internet, cualquiera puede extender por todo el planeta una teoría descabellada. Y basta con que la información esté medianamente elaborada y tenga visos de verosimilitud como para que cale hondo en la mente de más de un incauto. El fenómeno no es nuevo: la policía secreta zarista creó Los protocolos de los sabios de Sion, un disparatado panfleto antisemita revestido de misterio pseudohistórico, a principios del siglo XX con el fin de justificar la persecución a los judíos. Años después, los Protocolos formaron parte del corpus que la potente maquinaria propagandística nazi utilizó como coartada ideológica para el Holocausto. De la conspiranoia interesada y creada ex profeso al genocidio…

A la inversa, en el otro lado del espectro, ciertos grupos de interés empresarial y político aprovechan el talante peyorativo de la etiqueta conspirativa para intentar desacreditar fenómenos como el cambio climático tachándolo de conjura sin base, generando un negacionismo que choca frontalmente con el consenso científico. Por otro lado, también hay ejemplos de conspiraciones basadas en elementos reales, como el Proyecto MK Ultra, el Área 51 o el Programa HAARP, convertidos en cajones de sastre que sirven igual para un roto que para un descosido en un panorama conspiranoico ávido de nuevas sensaciones. A su lado, conjuras risibles encabezadas por reptilianos, annunakis o astronautas ancestrales que encuentran un hueco en la sociedad gracias a los medios de comunicación modernos pese a contar con la misma credibilidad que el célebre Carlos Jesús

Internet es un océano de datos sin filtrar, es nuestra moderna biblioteca de Alejandría, pero cada vez es más complicado discriminar lo veraz de lo inventado. El acceso a tanta información pone a prueba nuestra capacidad de discernimiento, se difuminan los referentes de autoridad y cualquiera tiene voz para transmitir verdades o banalidades. Nos vemos asaltados a diario por un totum revolutum fomentado por una avalancha que solo nuestro espíritu crítico es capaz de cribar. Los efectos perniciosos son evidentes, aunque por otro lado, y como subproducto beneficioso, cada vez es más complicado impartir doctrina. Lo cierto es que la marea conspirativa se extiende y cada vez alcanza a más gente de todos los estratos sociales… e incluso a personas que en absoluto encajan con el perfil de crédulo o indocumentado, como les sucedía a Steve Jobs o a Gore Vidal. Casi nadie está libre de pecado, como puede confirmar el autor del libro Annals of Gullibility (Anales de la credulidad), el psicólogo Stephen Greenspan, autoridad en la materia de la detección de timos y bulos que, sin embargo, cayó víctima de la trama piramidal puesta en marcha por Bernie Madoff.

«A los teóricos de las conspiraciones de internet no se les suele hacer caso y se les considera un grupo “marginal”, pero las pruebas indican que una muestra representativa de los estadounidenses —independientemente de su etnia, sexo, educación, ocupación u otros aspectos diferenciadores— da credibilidad a algunas teorías conspirativas», escribía Harry G. West, profesor adjunto de antropología en su obra Transparency and Conspiracy. Los frentes se multiplican en forma de negacionismos de todo jaez o posturas acientíficas apoyadas en evidencias cuando menos endebles (y en la mayoría de los casos, inexistentes), pero cada vez es más fácil encontrar público para cualquier disparate concebido con cierto esmero.

Las brumas de la ficción

Fotografía: Ben Ostrowsky (CC).
Fotografía: Ben Ostrowsky (CC).

Como aprendieron a su pesar los protagonistas de El péndulo de Foucault, el libro sobre conspiraciones por antonomasia, es relativamente fácil crear una conjura. Lo difícil es pararla una vez puesta en marcha. Lo mismo le sucedió a Umberto Eco con su creación, que junto a su primera incursión en el terreno novelístico, El nombre de la rosa, abrió las compuertas a una riada imparable de obras de ficción histórica trufadas de misterios y confabulaciones. El recientemente fallecido escritor italiano fue, seguramente a su pesar, inspirador apócrifo de un buen número de textos de calidad variable (por lo general, escasa) que se apoyan en una fórmula más o menos fija: un misterio elaborado, una trama con gancho, un villano en las sombras y un enigma aparentemente indescifrable cuya divulgación haría temblar los cimientos de la civilización occidental… Pero no le echemos la culpa a Eco de todos los pecados cometidos por Dan Brown y sus imitadores. Él mismo se nutrió de un amplio surtido de fuentes para elaborar sus novelas: desde los folletines y las novelas populares al maremágnum de intrigas pseudohistóricas rescatadas en los años sesenta por «eruditos alternativos» como Louis Pauwels y Jacques Bergier, responsables del revival de los supuestos conocimientos ocultos con matices sobrenaturales. Según los autores del seminal El retorno de los brujos, libro que sirvió de combustible creativo para innumerables obras de ficción, son innumerables las conspiraciones en la sombra que la humanidad ha ido orquestando o imaginando con el paso de los tiempos, encabezadas por sociedades secretas, masones, rosacruces o alquimistas, y dirigidas en la mayoría de los casos por peces gordos del submundo ocultista, jefes secretos que aparecen de manera constante en las místicas orientales y occidentales. Estos pueden ser habitantes subterráneos o procedentes de otros planetas, seres extraordinarios y preclaros o incluso abominaciones ultraterrenas. Desde los Nueve Desconocidos encabezados por el príncipe hindú Asoka a los Superiores Desconocidos a los que Mathers, líder de la Golden Dawn, decía considerar jefes supremos de la secta, pasando por los delegados del colegio principal de los Hermanos de la Rosacruz, cuya voluntad supuestamente se manifestó en unos misteriosos carteles en el año 1622 en París, los iluminados de Baviera o el terrorífico escalafón de divinidades que pueblan diversas cosmogonías literarias.

Según Pauwels y Bergier, las capas de cebolla se superponen y en todas partes se ven indicios de intrigas y turbios manejos que nos apartan del auténtico saber y que, por tanto, nos impiden alcanzar un nivel superior de conocimiento y de poder. La historia se funde con la leyenda y se mezcla la destrucción de la biblioteca de Alejandría con el hundimiento de la Atlántida o la desaparición del supuesto tesoro templario. Desde la perspectiva conspiratoria, el verdadero conocimiento se nos muestra, se nos informa de su existencia, pero siempre queda un centímetro más allá de las puntas de nuestros dedos. Como se refleja en los textos gnósticos, estos datos extraviados, o excesivamente ignotos para ser interpretados de manera correcta, nos impiden acceder a nuestra divinidad perdida.

Como contraposición a este conocimiento elevado, a esta información pura que nos proporcionaría la divinidad, nos encontramos con los datos que sugieren otras clases de conspiraciones, igual de cósmicas pero, aparentemente, más aleatorias e irracionales. De ahí que Pauwels y Bergier reivindicaran la figura de Charles Hoy Fort y lo integraran en su panteón de hombres ilustres. Fort pasó de ser un mero recopilador de incongruencias, un chamarilero informativo especializado en hechos chocantes —lluvias de sangre, apariciones de animales fabulosos, icebergs volantes, bolas de fuego, objetos fuera de su tiempo— a un adalid que desafiaba la mismísima base del conocimiento aceptado y, por tanto, del poder establecido, un investigador que trataba de sistematizar y responder todos aquellos enigmas.

Estos sucesos eran lo bastante disparatados como para que ocuparan un mero pie de página o se convirtieran en carne de revista parapsicológica, pero terminaron empapando las páginas de un buen número de novelas y saltando a las pantallas de cine o televisión hasta hacerse un hueco en nuestra imaginación. Al fin y al cabo, estos medios necesitan un caudal incesante de elementos atractivos para satisfacer el verdadero y único fin de toda obra de ficción: la diversión del lector o espectador. Y las conspiraciones, reconozcámoslo, dan mucho juego. Por eso disfrutamos con las andanzas de Mulder y Scully y sus Expedientes X, o con la anaconda (más que culebrón) de intrigas políticas de la serie Scandal, o esbozamos una sonrisa más ante la aguda parodia de los tejemanejes de la NSA y de entidades similares que hemos visto en las dos últimas temporadas de The Good Wife.

La realidad supera la ficción

A estas alturas, y dada la longitud del texto, más de uno se estará preguntando —como Cicerón al ya mencionado Catilina— hasta cuándo seguiré abusando de su paciencia. El tema de fondo es inabarcable y el punto final se resiste a encontrar su lugar, pero hace poco finalicé el interesante El peligro de creer, un libro de Luis Alfonso Gámez de cuyo prólogo, escrito por José Antonio Pérez Ledo, tomo prestado un oportuno colofón. Pérez Ledo cuenta cómo ambos hablaban de la popularidad de las teorías conspiratorias que ponían en duda la llegada del hombre a la luna y defendía que a la gente que daba pábulo a dicha conjura tal vez le deslumbrara la dificultad de mantener en pie una farsa de tal envergadura durante cincuenta años, a lo que Gámez replicaba que lo verdaderamente maravilloso era haber llegado a la luna. Y, como acertadamente escribe Pérez Ledo, de eso trata ese libro (y, de manera mucho más modesta, este artículo): de cómo la verdad es siempre más maravillosa que la más maravillosa de las fabulaciones.


Especial thriller conspiranoico (I)

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Chacal, 1973. Imagen: Warwick Film Productions / Universal Productions France.

Poco importa que nos creamos o no una conspiración, lo relevante es que esté bien contada. Y va siendo hora de hacer un repaso a algunas de esas películas que nos sumergen en el fascinante mundo de los complots y los contubernios judeo-masones, que constituyen todo un género propio con características muy diferenciadas.

Como hay bastantes películas y necesitaré más de un episodio, había pensado en efectuar un repaso por orden cronológico. Pero he cambiado de idea. Creo que lo mejor es empezar por la década cumbre del género, los setenta, de la que proceden los largometrajes más conocidos y ejemplares. El cine de los setenta está repleto de películas conspiranoicas, generalmente inspiradas por novelas de éxito, y esto no es casualidad. Ya hubo cine conspiranoico en los sesenta, a raíz del asesinato de Kennedy y otros magnicidios, aunque en general se atribuían a criminales aislados y el público prefería creerlo así. También influyeron las revueltas europeas y las crecientes sospechas sobre los manejos en torno a la guerra del Vietnam. Pero el cine político siempre fue considerado difícil para la taquilla y el público todavía no había perdido esa ingenuidad que le impedía pensar que sus dirigentes podían ser una pandilla de mafiosos. Muchas películas de espionaje evitaban cualquier parecido con la realidad, y hasta las adaptaciones de James Bond cambiaban a los villanos soviéticos por otros pertenecientes a organizaciones ficticias, con tal de no mezclar política y entretenimiento. En los años sesenta hubo algunas películas conspiranoicas (las veremos en siguientes entregas), pero eran pocas. Se consideraba que lo mejor era dejar la actualidad geoestratética para los periódicos. Nadie quiere ver los grandes problemas del mundo mientras mastica palomitas. Esta percepción sufrió un vuelco con el cambio de década, tanto en Europa como en Estados Unidos. Hollywood terminó sucumbiendo al cine conspiranoico cuando las instituciones estadounidenses perdieron su credibilidad. A principio de los setenta hubo varios escándalos sonados que salpicaban a todos los ámbitos del poder: el ejército y los ministerios (escándalo de los papeles del Pentágono), el FBI (el caso COINTELPRO y similares), la CIA (el descubrimiento de toda una red de operaciones sucias) y la propia Casa Blanca (caso Watergate). Después de estos y otros escándalos, los estadounidenses perdieron la fe en sus dirigentes y el cine reflejó esta tendencia con todo un vendaval de películas que ponían en duda hasta el último tornillo del engranaje político y empresarial. Estas películas tenían rasgos comunes: tendencia más bien progresista, la consideración de la prensa como el único contrapoder activo y la idea del ciudadano común como un ser completamente indefenso al que resulta fácil aplastar y ningunear en pro de diversos intereses.

En los ochenta el cine daría un nuevo giro gracias a la llegada de Reagan y su patrioterismo cuasirreligioso, con lo que las pantallas se llenarían de películas de acción donde los malos volvían a ser extranjeros (preferiblemente comunistas). El resto del mundo, como de costumbre, siguió las tendencias de Hollywood, salvo los casos de películas pequeñas con más ambiciones ideológicas que comerciales. Tras la fiebre ochentera de la acción patriótica, el cine conspiranoico ha vuelto a producirse a ráfagas en Hollywood, aunque, salvo excepciones, bastante más matizado que en los setenta. Así, se produce la paradoja de que algunas películas setenteras nos parecen hoy mucho más realistas, maduras y clarividentes que las más recientes. Empecemos pues por lo más famoso de aquella década y en siguientes entregas incluiremos también otras anteriores y posteriores (amén de varias más setenteras que se quedan fuera aquí). Agudice su sentido de la conspiración: ¡el mundo está contra usted!

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Z (1969)

Título original: Z.

De: Costa-Gavras.

Con: Yves Montand, Irene Papas, Jean-Louis Trintignant.

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Imagen: ONCIC / Reggane Films / Valoria Films

De qué trata: Un político de la oposición es víctima de un atentado, aunque después la policía tratará de hacerlo pasar por accidente, mientras parte de la prensa llega a culpar al propio político del atentado que ha recibido, alegando supuestas provocaciones ideológicas. Cuando un juez empieza a investigar el asunto, descubre inquietantes conexiones entre la policía y la ultraderecha, además de recibir la advertencia de que intentar hacer bien su trabajo podría significar el fin de su carrera.

Comentario: Esta película causó un gran impacto en su día, sobre todo entre la crítica y otros cineastas. Ganó varios premios importantes y fue nominada en los Óscar como mejor película de habla no inglesa y también como mejor película en general (doblete de nominaciones que han conseguido muy, muy pocos títulos). No es extraño que resultase tan admirada. Su formato, entonces muy novedoso, se basaba en una narración veloz, casi periodística, y sirvió como molde para películas como Todos los hombres del presidente o JFK, y también para el estilo de otros muchos directores. Eso sí, la distingue su barniz deliciosamente mediterráneo, ya que aparecen personajes dignos de cualquier novela picaresca ambientada en barriadas marginales, que hubiesen encajado muy bien en cualquier comedia neorrealista. De hecho, las estrellas del reparto quedan eclipsadas por el carismático plantel de actores secundarios, encargados de dar vida a ese inefable ramillete de elementos histriónicos que hubiesen hecho las delicias de Cervantes. Pero más allá de su pintoresco paisanaje, Z es realmente la primera película de conspiración política moderna. Aunque antes ya hubo filmes conspiranoicos, aquí prima un mayor afán de realismo y una narración que contrapesa el drama tradicional con una vivaz descripción de los hechos. No en vano estuvo basada en hechos reales (la «Z», que significaba «él aún vive», era una pintada de protesta que recordaba al político asesinado), así que la película servía para que Costa-Gavras, radicado en Francia, denunciase la dictadura que acababa de imponerse en Grecia, su país natal. Con enorme verosimilitud mostraba la fina línea que existe entre una democracia y el advenimiento de un régimen fascista, dejando entrever que algo así puede suceder en cualquier parte a poco que ciertos poderes fácticos se conviertan en cómplices. Pero no piensen que esto es plúmbeo cine-protesta, ¡nada más lejos! Costa-Gavras dio una lección maestra, porque no renunciaba al entretenimiento propio del cine clásico (la película se sostiene como divertimento más allá de cualquier ideología) al contrario de lo que hacían otros cineastas politizados de su tiempo, que, al estilo de Godard, con frecuencia pecaban de una excesiva abstracción. Este fue el gran mérito de Costa-Gavras: demostrar que el cine político puede ser muy entretenido. Oliver Stone no se inspiró en la nada.

Lo bueno: Su ritmo de narración sin pausas, con guiños a un estilo casi documental, que se convirtió en un modelo a seguir para el cine político posterior y también para los Scorsese de este mundo. Ah, y la galería de personajes estrafalarios, a cada cual más hilarante pese a lo serio del asunto tratado.

Lo malo: Quizá hay algún momento (muy aislado, eso sí) en que el argumento se vuelve un poco confuso. Pero nada importante.

Una escena: El delicioso prólogo, una conferencia policial donde comparan el izquierdismo con la plaga del mildiu de la vid, secuencia en la que Costa-Gavras da buena muestra de una sarcástica agudeza expresada mediante planos inconvenientes, técnica que sería mil veces imitada en el futuro.

Especialmente recomendada para: Quienes deseen comprobar dónde dio el cine político su giro hacia la modernidad, o dónde nació el estilo de narración que emplearon muchas películas posteriores.

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Todos los hombres del presidente (1976)

Título original: All The President’s Men.

De: Alan J. Pakula.

Con: Robert Redford, Dustin Hoffman.

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Imagen: Warner Bros. / Wildwood Enterprises.

De qué trata: Narra la investigación del escándalo «Watergate» a través de los ojos de los dos reporteros que lo sacaron a la luz. Lo que en principio parecía un robo de lo más vulgar en la sede del Partido Demócrata —tan vulgar que ningún otro periódico o televisión le prestaba mucha atención—, termina sirviendo para destapar una tremenda conspiración de espionaje que salpica a la CIA, al poder judicial, al Partido Republicano y a la propia Casa Blanca.

Comentario: El Watergate fue el suceso que terminó de dinamitar la confianza de los estadounidenses en las instituciones. Ya habían sido testigos de magnicidios y escándalos, pero con el Watergate vieron atónitos cómo todo un presidente, Richard Nixon, se veía obligado a dimitir por causa del juego sucio. Dado que marcó un antes y un después en la sociedad de su tiempo, una historia tan importante pedía a gritos una adaptación cinematográfica. Hollywood se lanzó a ello y pudo haber salido mal, pero por fortuna el resultado fue impecable; la verdad es que en aquellos años era más fácil confiar en que hubiese inteligencia en las grandes producciones. Aquí no se mastica la historia para contentar a un público palomitero. Al contrario; es un largometraje que de verdad requiere atención y concentración, porque el argumento es enrevesado como el demonio. Menos mal que el director Alan J. Pakula ya venía entrenado, dado que esta fue la tercera y mejor película de la llamada «trilogía de la conspiración» o «trilogía de la paranoia» que rodó durante la década (las otras dos son Klute y El último testigo, de las que también hablaremos en adelante). Dirigió el film con firmeza, muy influido por Z de Costa-Gavras, pero aportando su visionaria inspiración visual. Añadió la dosis justa de estilismo en algunas escenas, eso sí, sin recrearse más de la cuenta; hay menos alarde de virtuosismo visual que en su film anterior El último testigo y también mucha menos acción, pese a lo cual esta resulta incluso más entretenida. Pakula tuvo el acierto de permitir que el argumento mandase sobre las veleidades artísticas y consiguió eso tan difícil que es una dirección «invisible» que, sin embargo, no deja un solo detalle al azar. Hay momentos en que consigue un gran efecto emocional con recursos casi imperceptibles que fueron imitados muchas veces en el futuro. Por citar un ejemplo muy conocido, las apariciones del confidente Garganta Profunda sirvieron como base para el personaje de «el fumador» en la serie Expediente X. En cuanto a sus estrellas, tanto Redford como Hoffman están perfectos en sus respectivos papeles. El resto del reparto brilla también, sin excepciones. Todos los hombres del presidente no solamente estuvo muy a la altura del importante asunto que trataba, sino que podemos considerarla una de las mejores películas sobre política y periodismo que se hayan rodado jamás. Es una de las obras maestras de Pakula, lo cual es decir bastante. Y es un ejercicio muy serio; parece casi una lección de historia, muy dinámica pero también muy rigurosa. Dado que en este caso los periodistas triunfaron sobre los políticos corruptos, es uno de los pocos thrillers conspiranoicos de los setenta que están infundidos por el optimismo

Lo bueno: Casi todo. El ritmo es perfecto, no hay un minuto de sobra ni ningún elemento que chirríe.

Lo malo: Nada. Pero por decir algo, el final es un poco precipitado, en el sentido de que la película narra al pormenor la investigación del caso Watergate pero omite todo lo referente al escándalo posterior, que es despachado con unas breves frases de teletipo. Entiendo que el público de su época lo tenía muy reciente y no necesitaba ver en pantalla cómo terminaba la historia, pero hoy se echa de menos un epílogo más elaborado. Otro pequeño inconveniente es que la historia es tan complicada que puede resultar difícil de seguir, sobre todo para quien no esté familiarizado con el caso Watergate o las instituciones estadounidenses. Pero tranquilos, la película gana con cada visionado, conforme se va entendiendo mejor, y jamás aburre ni aun habiéndola visto varias veces, porque cada secuencia está planificada y ejecutada de manera exquisita.

Una escena: La más recordada es el asombroso plano cenital de la Biblioteca del Congreso, aunque citaría también la secuencia en que el personaje de Redford sale de un aparcamiento, repentinamente consciente de que anda metido en un asunto de magnitud tal que podrían intentar asesinarle. Un momento de suspense breve y sencillo pero fantásticamente bien concebido, que también ha sido imitado muchas veces y demuestra que Pakula estaba aquí en lo mejor de su juego.

Especialmente recomendada para: Cualquiera interesado en la política o la historia. Y aspirantes a periodista que quieran comprobar que la idea romántica que tienen del oficio es algo prácticamente extinto.

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Chacal (1973)

Título original: The Day of the Jackal.

De: Fred Zinnemann.

Con: Edward Fox, Michael Lonsdale.

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Imagen: Warwick Film Productions / Universal Productions France.

De qué trata: La ultraderecha francesa contrata a un asesino a sueldo (el «Chacal») para matar al presidente Charles De Gaulle. El complot es descubierto por la policía, pero no saben quién es Chacal, ni de qué país procede, ni qué aspecto tiene, ni cuándo va a actuar, ni cómo planea el magnicidio, así que comienza una frenética y desesperada investigación contra el reloj para intentar averiguar su identidad y detenerlo antes de que cometa el asesinato.

Comentario: Basada en una novela de Fredederic Forsyth, esta película es una de las pocas que consigue narrar una conspiración político-criminal desde los dos puntos de vista, el del asesino y el de sus perseguidores, sin que se pierda el equilibrio. Además, es una película que va al grano: no hay elementos argumentales superfluos, ni romances innecesarios, ni interludios sentimentales ni diálogos que sobren. Los personajes apenas presentados, aunque esto, que podría ser un defecto en otras películas, funciona de maravilla aquí, porque el trasfondo personal de cada uno de ellos importa poco. Pese a la engañosa parsimonia de algunos tramos del film, siempre está sucediendo algo en pantalla, o, cuando no, se está preparando al espectador para lo siguiente que suceda. El veterano Fred Zinnemann dirige como en sus mejores tiempos, deleitándonos con un angustioso incremento de la tensión que recuerda mucho al de su película más famosa, la inmortal Solo ante el peligro. Incomprensiblemente, Chacal no funcionó en taquilla como se esperaba, por lo que Zinnemann se arrepintió de haber elegido a un actor poco conocido como protagonista, pero desde el punto de vista artístico no se me ocurre ninguna estrella de la época que hubiese podido bordar el papel de Chacal como lo hizo Edward Fox. De rostro inquietante, encarna a un elegante psicópata que parece amar el peligro asociado a su misión; le confiere a su personaje tal aureola de fría malignidad que es difícil imaginar a otro en su papel. También está fantástico Michael Lonsdale, que interpreta al inspector de policía francés encargado de dar caza al Chacal; pese a su aparente inexpresividad, Lonsdale consigue transmitirnos lo desesperado de su situación (el pobre inspector apenas duerme mientras intenta averiguar a quién demonios está intentando capturar). Por lo demás, resulta fascinante contemplar cómo Chacal planea su golpe paso a paso, con la minuciosa dedicación de un artesano; ese tipo de metódica reconstrucción de los preparativos de un crimen ha sido descrita en muy pocas películas, pero encaja de maravilla con el género del suspense.

Lo bueno: Todo. Esta película es una maquinaria de relojería en la que cada pieza cumple su papel.

Lo malo: No se me ocurre algo malo que decir. Bueno, sí, lo peor es el vergonzoso remake que protagonizó Bruce Willis y que no tenía NADA que ver con esto. De hecho, me produce sonrojo cada vez que recuerdo su existencia, y es una pena que haya gente que asocie el título «Chacal» con ese pedazo de mierda y no con esta maravilla de película.

Una escena: Cómo olvidar a Chacal practicando tiro al blanco con una sandía. También citar la manera en que Zinnemann integra en la película filmaciones reales de una celebración en París, que sería imitada (y ampliamente mejorada) por otra película de esta lista, Domingo negro.

Especialmente recomendada para: Amantes del suspense a fuego lento y de las conspiraciones ejecutadas por virtuosos del crimen. También para aficionados a construir cosas con Lego y, claro está, para detractores de las sandías.

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Los tres días del Cóndor (1975)

Título original: Three Days of the Condor.

De: Sydney Pollack.

Con: Robert Redford, Faye Dunaway, Max von Sydow, Cliff Robertson.

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Imagen: Wildwood Enterprises.

De qué trata: Un empleado de la CIA, apodado «Cóndor», trabaja en una pacífica oficina donde se dedican a analizar los libros y revistas en busca de mensajes ocultos de organizaciones terroristas y similares. Pero Cóndor no es un espía, sino algo más parecido a un funcionario cuyo monótono trabajo no conlleva ninguna clase de peligro. Sin embargo, un día vuelve a la oficina tras salir a comprar el almuerzo y descubre que todos sus compañeros han sido asesinados. Sin saber quién ha querido matarlos ni por qué motivo, intuye que él será el siguiente, así que empieza a imaginar una conspiración de alto nivel y trata de deducir qué está sucediendo mientras, a la desesperada, busca un lugar donde refugiarse.

Comentario: Adaptación libre de la novela Six Days of the Condor, que gira en torno a una conspiración bastante más prosaica, la película lleva la historia a terrenos políticos mucho más peliagudos. En su día, de hecho, mucha gente consideró que esta adaptación era demasiado fantasiosa. Sin embargo, hoy sabemos que el guion cinematográfico resultó ser muy clarividente, porque anticipaba sucesos políticos de gran magnitud que parecían imposibles en los setenta pero sí terminaron sucediendo veinticinco años después. Además de su carácter profético, nos hallamos ante un thriller de manual en el que Pollack imita (que no copia) a su admirado Alfred Hitchcock con una habilidad suprema como constructor de secuencias de suspense basadas en la premisa de un hombre inocente que corre peligro pero no tiene la menor idea de por qué. Robert Redford ofreció una de sus mejores interpretaciones —si no la mejor— encarnando al sufrido Cóndor, un hombre muy inteligente pero sin experiencia en el espionaje, que intenta mantener la cabeza fría en mitad de una atmósfera de paranoia constante. Incluso el interludio romántico del film, que en otro tiempo consideré una concesión comercial innecesaria, hoy me parece una subtrama retorcida que encaja muy bien en la historia, y donde los guionistas consiguieron introducir varias perlas de perversión emocional en forma de engañosas alusiones poéticas. Además de la mejor versión posible de Redford, Faye Dunaway brilla en todas las escenas donde aparece gracias a una interpretación memorable en un personaje difícil. El carismático Cliff Robertson (el mismo que ganó un merecido Óscar por interpretar a un retrasado mental en Charly) está impecable como el inescrutable jefe de Cóndor. Y, cómo no, mención especial para el gran Max von Sydow, que interpreta con impactante maestría a uno de los asesinos a sueldo más fascinantes de la historia del cine y que roba cada secuencia en la que aparece.

Lo bueno: Prácticamente todo.

Lo malo: No se me ocurre.

Una escena: Hay muchas memorables, pero nada supera esa apoteósica secuencia final que demuestra que lo sencillo, cuando es presentado de manera inteligente, puede ser mucho más poderoso que cualquier festival de efectos especiales. Además, su metáfora conspirativa resulta tan impactante hoy como cuando se estrenó. Hay cosas que no cambian.

Especialmente recomendada para: Amantes del suspense hitchcockiano. También para escépticos de las teorías oficiales del 11S, que se lo pasarán en grande cuando descubran la tesis fundamental de la película.

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El último testigo (1974)

Título original: The Parallax View.

De: Alan J. Pakula.

Con: Warren Beatty.

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Imagen: Doubleday Productions/ Gus / Harbor Productions.

De qué trata: Un senador es asesinado durante un acto público. Aunque la posterior investigación de un comité del Congreso dictamina que ha sido cometido por un enajenado que actuaba en solitario, varios de los principales testigos del magnicidio mueren por accidente o sospechosas «causas naturales». Una reportera que también fue testigo piensa que ella podría ser la próxima en morir, y, aterrorizada, acude en busca de la ayuda de un colega (Beatty). Este no la cree porque la mujer tiene un historial de desequilibrio emocional. Sin embargo, cuando ella también aparece muerta poco después por aparente suicidio, decide empezar a investigar por su cuenta y descubre que, efectivamente, parece haber una siniestra red detrás de todos estos sucesos.

Comentario: Aunque con otros nombres y situaciones muy diferentes, El último testigo hace un claro guiño a los defensores de la teoría de la conspiración en el asesinato de Kennedy. Sin embargo, se opta por trazar un vago paralelismo, concediendo más importancia a la acción y el entretenimiento inmediato que a la elaboración de la tesis conspiranoica. La película tiene muy buenos mimbres, pero se resiente por culpa de un guion desarrollado con prisas en mitad de una huelga de escritores, lo cual hace que el resultado sea irregular. Bueno, pero inconexo. La premisa inicial no es desarrollada con todo el ímpetu que requería, y la historia avanza a trompicones entre varias secuencias que están bien construidas por separado, pero donde se echa de menos un hilo conductor más consistente. No es casual que sea la única película de la «trilogía de la conspiración» de Pakula que no recibió nominaciones importantes en los premios Óscar. Aun así, la moraleja final es muy poderosa y la brillantez visual y narrativa de algunas escenas hace que merezca mucho la pena. Quizá el guion no sea perfecto, pero aquí tenemos arte cinematográfico de mucho nivel. Pakula estaba muy inspirado en los setenta y por momentos llega a causar asombro con su aparente facilidad para convertir casi cualquier entorno en una imagen hipnótica, y muchos fotogramas parecen cuadros cubistas. Aunque en su día esta película fue recibida con frialdad, porque la crítica se fijó más en las carencias que en sus aciertos, hoy se la valora bastante más, aunque sea por el efecto contagio de pertenecer a una trilogía inmensamente respetada, y por el hecho evidente de que Pakula tenía momentos de genialidad.

Lo bueno: La insólita capacidad de Pakula para imaginar encuadres inesperados de edificios y espacios varios, o para conseguir que algunas secuencias contengan un intenso significado, pero sin recurrir a metáforas facilonas ni poesía visual demasiado evidente. No recuerdo si los hermanos Coen han citado alguna vez a Pakula como influencia, pero no me sorprendería lo más mínimo porque, desde el punto de vista visual, algunos momentos de esta película casi parecen anticipar el estilo secamente pictórico de películas como Fargo.
Lo malo: La falta de un hilo conductor sólido es el principal problema, porque no se produce el debido crescendo del suspense. Y, bueno, que Warren Beatty no es un buen actor y menos para ejercer como protagonista absoluto en una historia de este tono. No es que su interpretación sea horrible hasta el punto de arruinar la película, como mucho puede decirse que cumple con aprobado raspado. Pero todo hubiese ganado muchísimos enteros teniendo en el papel principal a Dustin Hoffmann, Donald Sutherland, Robert Redford o algún otro de los habituales en el thriller político de la época.

Una escena: La del carrito de golf deambulando entre las mesas; apenas unos segundos de tétrica inventiva visual para mostrar algo que otros directores hubiesen comunicado de manera más prosaica. Y la escena de la presa vista desde el río; la clase de secuencia que jamás podría generar el mismo impacto simulada con efectos de ordenador. Que el espectador caiga en pensar que plantaron allí las cámaras para rodar esa escena (no sé si fue peligroso, pero ¡desde luego lo parece!) es una sensación que ningún FX puede emular.

Especialmente recomendada para: Los amantes del periodismo temerario.

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El síndrome de China (1979)

Título original: The China Syndrome.

De: James Bridges.

Con: Jane Fonda, Jack Lemmon, Michael Douglas.

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Imagen: Columbia Pictures / IPC Films.

De qué trata: Una periodista de noticias locales, junto con su cámara y su técnico de sonido, están grabando un reportaje rutinario en una central nuclear cuando por pura casualidad son testigos de una considerable agitación entre los ingenieros de la sala de control. Los reporteros no saben exactamente qué pasa, porque no pueden oír a través de los cristales, pero tienen la impresión de que ha estado a punto de producirse un accidente muy serio. Sin embargo, el supervisor de la central lo niega y la emisora para la que trabajan rehúsa airear la noticia. Cuando empiezan a investigar por su cuenta, descubren que en efecto la central ha sufrido un incidente muy serio y que todo se ha salvado in extremis. Entre tanto, el mismo supervisor que les ha desmentido el peligro empieza a preocuparse por una vibración extraña que se produjo durante el incidente y que solamente ha notado él. Sus propias indagaciones le llevan a sospechar que la central no es segura, lo que le empieza a generar serios problemas de conciencia ante la posibilidad de que otro accidente derrame radiactividad sobre millones de personas.

Comentario: La historia de este film es curiosa. Fue considerada una película panfletaria, porque Jane Fonda era una figura emblemática del sector más progre de Hollywood y Michael Douglas, que produjo el film, era un ferviente activista antinuclear. La industria nuclear atacó la película alegando que no tenía fundamentos para criticar un negocio de probada seguridad. Pues bien, menos de dos semanas después del estreno se produjo en una central estadounidense un incidente que recordaba mucho al descrito por el film. Así pues, la película adquirió un carácter siniestramente profético y su mensaje (que el dinero se antepone a la seguridad ciudadana y que el mundo está repleto de gente negligente) va más allá de la industria nuclear y puede aplicarse a multitud de industrias e instituciones. Además, El síndrome de China se sostiene más allá de lo que piense cada cual del asunto atómico, porque en la pantalla están sucediendo cosas casi desde el minuto uno, el ritmo es absorbente y algunas secuencias llegan a alcanzar un grado de tensión que roza lo insoportable. En cuanto al reparto, dos actores cargan con todo el peso: Jane Fonda está magnífica en su papel de reportera menospreciada por sus jefes, condenada a cubrir eventos estúpidos en zoos y acuarios y que, aunque quiere abrirse camino hacia las noticias serias, no termina de atreverse a romper con los convencionalismos. Y sobre todo Jack Lemmon, verdaderamente inmenso en el papel de supervisor de la central, que miente a la prensa por el bien de la empresa, pero al que vemos consumido por las dudas y un profundo sentido de la responsabilidad. Su rostro es el barómetro de lo que está sucediendo en los reactores de la central; está claro que Lemmon no tenía precio como actor y que en sus mejores momentos podía hacerse cargo de cualquier tipo de argumento sin el menor problema.

Lo bueno: Es una película casi redonda con un mensaje que, trascendiendo lo nuclear, puede aplicarse a muchas facetas de la vida. Y, claro está, Jack Lemmon, que eleva cada secuencia en la que aparece a un nuevo nivel.

Lo malo: Nada. Quizá el final me parece un tanto forzado, pero esto es subjetivo.

Una escena: Cualquiera de las que tienen lugar en la sala de control de la central, donde el espectador casi puede sentir en primera persona el peligro de desastre inminente.

Especialmente recomendada para: Amantes del suspense apocalíptico en general, y detractores de la energía nuclear en particular. Y para cualquiera que desee comprobar cómo un film podía anticipar la realidad con ¡dos semanas! de antelación.

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Domingo negro (1977)

Título original: Black Sunday.

De: John Frankenheimer.

Con: Robert Shaw, Bruce Dern, Marthe Keller.

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Imagen: Paramount Pictures.

De qué trata: Durante una redada, el jefe de un comando israelí descubre una cinta magnetofónica donde la organización terrorista Septiembre Negro reivindica un atentado en los EE. UU., con la peculiaridad de que el atentado no se ha producido todavía. Trabajando con los estadounidenses, tratará de detener el complot, aunque no sabe cómo ni cuándo planean atentar. Mientras, una terrorista palestina planea el golpe junto a un piloto estadounidense al que lavaron el cerebro durante su largo cautiverio en Vietnam.

Comentario: Aunque la estructura argumental pueda recordar a la de Chacal, con un atentado que debe ser desmantelado de antemano y una secuencia de clímax final entre multitudes, nos hallamos ante un film muy diferente. Aquí el factor humano tiene un peso mucho mayor, de hecho inusualmente cuidado para películas de este estilo. De manera admirablemente natural, nada forzada, se nos van presentando las motivaciones de los diferentes personajes, pero sin justificar ni censurar a ninguno de ellos, tarea que se deja al espectador. La parte emocional del guion está sumamente calculada, haciendo gala de algo tan raro en Hollywood como es el intento de neutralidad respecto a una historia cargada de polémica política desde el minuto uno. Cuando el factor humano ha sido exprimido y el argumento se acerca a la resolución, llega la última parte, tan repleta de acción que parece otra película completamente distinta. Frankenheimer lleva al extremo el uso que Chacal hacía de secuencias grabadas durante eventos auténticos, con multitudes formadas por ciudadanos y no por extras, lo cual produce una apabullante sensación de realismo (aunque claro, los efectos especiales de entonces no eran como los de ahora y encima esta película tuvo que compartir año de estreno con La guerra de las galaxias). Por lo demás, el reparto es perfecto. El carismático Robert Shaw se muestra contenido y eficaz como el despiadado agente israelí que entra en plena crisis de conciencia. El hoy olvidado pero entonces muy famoso Bruce Dern tiene grandes momentos interpretando al piloto con problemas psicológicos. Y la suiza Marthe Keller, con su cerrado acento, es de lo más inquietante en el papel de terrorista palestina.

Lo bueno: El análisis psicológico de los personajes y las apabullantes secuencias de acción.

Lo malo: No se me ocurre nada malo que decir.

Una escena: El tiroteo en un hotel y la persecución posterior, tan realista que parece casi una retransmisión televisiva. Y, cómo no, toda la apoteósica secuencia final con el dirigible. A los espectadores más jóvenes les chocarán los recursos técnicos que se usaban entonces (transparencias, etc.) que hoy pueden parecer risibles en algún plano, pero la verdad es que pocas veces se ha vuelto a rodar algo tan ambicioso. No sé qué debió sentir el espectador típico en 1977, pero a mí me parece impresionante incluso vista hoy, y más si tenemos en cuenta cuáles eran los medios de que disponían para afrontar un desafío tan enorme como el planteado por esa secuencia. Ah, también se debe mencionar el momento en que Bruce Dern muestra sus taras psicológicas durante una prueba de explosivos en un hangar, hasta el punto de que incluso su cómplice terrorista parece aterrada por su oscuridad emocional. Gran escena que hubiese encajado en algún clímax de Psicosis.

Especialmente recomendada para: Amantes del thriller psicológicamente retorcido. Y para amantes de las secuencias espectaculares con dirigibles y helicópteros, rodadas a una escala insensata.

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Traficantes de poder (1979)

Título original: Winter Kills.

De: William Richert.

Con: Jeff Bridges, John Huston, Elizabeth Taylor, Elli Walach, Beinda Bauer, Toshiro Mifune.

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Imagen: Winter Gold Productions.

De qué trata: Diecinueve años después del asesinato del presidente de los Estados Unidos a manos de un «lobo solitario», el hermanastro de dicho presidente descubre que todo pudo deberse a una conspiración. La hipótesis parece confirmarse cuando, tras iniciar la investigación, empiezan a producirse muertes a su alrededor.

Comentario: Otra película que usando otros nombres hace referencia, esta vez mucho más evidente, al asesinato de Kennedy. La teoría de que su asesinato fue fruto de una conspiración que implicaba a la CIA, las fuerzas policiales, la Mafia, Marilyn Monroe, etc., y que la investigación oficial había sido una farsa, es el leitmotiv principal. Esto tampoco se parece en nada a JFK. De hecho, el argumento aquí es un tanto estrambótico y cualquier defensa de la tesis conspirativa pierde credibilidad a base de hipérboles. Lo que debería parecer una conspiración seria termina adquiriendo, por muchos detalles, aire de vodevil. En JFK, compartamos o no sus tesis, se intentaba presentar una conspiración de manera estructurada y lógica. Tanto, que para muchos espectadores fue convincente. Winter Kills es bastante más estrafalaria, aunque su escaso realismo percibido no impide que sea entretenida. De hecho, funciona muy bien como narración; nunca aburre porque todo el rato están pasando cosas, muchas secuencias tienen un tremendo encanto y la galería de personajes alocados es deliciosamente delirante. El reparto, por cierto, es más que estelar. Aunque solo sea por contemplar a semejante plantel de actores —mención especial para Eli Wallach, que como de costumbre se las arregla para brillar con luz propia—, el visionado resulta más que recomendable. ¿Algo disparatada? Sí, pero en el buen sentido. Como nota al pie, hay que decir que su rodaje fue accidentado como pocos, pero tanto que la historia sobre ese rodaje es incluso más loca que la descrita por el guion. El proyecto, tras superar con mucho el presupuesto, llegó a ser suspendido en tres ocasiones distintas y la compañía se declaró en bancarrota. Cuando el rodaje fue interrumpido, el director, parte del reparto y el equipo hicieron una comedia con el único fin de recaudar dinero para regresar y terminar Winter Kills, que se había quedado a medias porque nadie quería ya financiarla. Incluso existe un documental sobre tan rocambolesca producción. En esas circunstancias, es verdaderamente milagroso que les saliera un film en condiciones.

Lo bueno: El continuo desfile de personajes encarnados por fantásticos intérpretes, unido a un punzante sentido del humor. Ah, y una joven Belinda Bauer, en la cúspide de su belleza, hablando con acento francés. Y, claro está, la alucinógena historia del rodaje en sí.

Lo malo: El carácter más bien inverosímil de la trama.

Una escena: El momento más entrañable y excesivo es cuando a Jeff Bridges le invitan a abandonar una propiedad privada, ¡a base de cañonazos! Es maravilloso que incluyesen escenas que parecían concebidas en mitad de una fumada.

Especialmente recomendada para: Amantes de la versión más burra del cine negro.

En la próxima entrega, más. Si la CIA no lo impide, claro.


¿Qué teoría de la conspiración consideras que podría ser cierta?

«Hay que tener la cabeza lo suficientemente abierta como para aceptar nuevas ideas, pero no tanto como para que se nos salga el cerebro» dice Michael Shermer. Nuestra mente no puede parar de elaborar patrones, conexiones causales entre dos fenómenos que cuando no son ciertas las llamamos supersticiones. Creencias erróneas que se resisten a desaparecer debido al llamado «sesgo de confirmación», por el que solo nos fijamos en los hechos que confirman nuestras ideas preconcebidas. A veces podemos menospreciar una idea solo por ser minoritaria y otras tomarla por cierta precisamente por serlo, y así complacernos en creer que todo el mundo vive engañado menos uno mismo, que ha tomado la pastilla roja.

De manera que quien considera risibles unas se toma muy en serio alguna otra y le molestará que lo suyo sea etiquetado peyorativamente como teoría de la conspiración porque, oiga, quienes creen en tonterías son los demás, no yo. Desde esta publicación mientras tanto nos mostraremos escépticos ante todas a la espera de una teoría de la conspiración unificada, por la que los chemtrails sean obra de reptilianos piperos vacunados por el Club Bilderberg con el fin de anestesiar a la población para la segunda venida de un Cristo modificado genéticamente para adoptar esta forma. Esa será la buena.

Todo este asunto de las conspiranoias, como vemos, abarca un terreno muy amplio en el que entran en juego ciencia, política, religión, sesgos cognitivos, sondas anales y otros muchos asuntos muy serios y dignos de análisis y discusión. Pero nuestra intención ahora es simplemente sondear a nuestros lectores —sus opiniones, se entiende— para ver qué teorías un tanto dudosas tienen más arraigo, en cuáles creen con más o menos firmeza o bien al menos les hacen musitar «ojo, algo de eso hay». Así que, por favor, voten con sinceridad y sin miedo o compartan algún otro disparate en los comentarios, si lo desean.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

Chemtrails

Foto: Cordon Press.
Foto: Cordon Press.

Estábamos advertidos sobre la amenaza que entrañaba la fluorización del agua, pero el mal acecha bajo mil formas y desde finales de los años noventa ha aumentado la concienciación en torno a este fenómeno bautizado con la contracción de «chemical trail». Las estelas blancas que vemos cada día en el cielo no serían, como quieren hacernos creer, fruto de la condensación que generan las turbulencias en el aire al paso de los aviones, sino que estos irían cargados de sustancias químicas con las que fumigan las ciudades. ¿Por qué si no se producen sobre los núcleos de población en lugar de sobre zonas deshabitadas? Porque es ahí donde están los aeropuertos, podrán respondernos, pero eso no nos vale. Queremos creer. Vean este vídeo que no tiene desperdicio, con ese «señora, cúbrase bien» que es oro puro. De acuerdo, ¿pero cuál sería entonces la finalidad de esos productos químicos dispersados desde tal altitud? Sabemos que hay una conspiración mundial, pero no muy bien para qué. Así que según unos u otros sería para esterilizar a la población, para cambiar el clima o para envenenarnos por Dios sabe qué motivos. Lo mejor en cualquier caso es tener orgonita a mano, esa sustancia parecida a los midiclorianos de la que habló el visionario Willhelm Reich.

Transgénicos

Foto: Cordon Press.
Foto: Cordon Press.

Uno se forma una opinión a la manera en que un gordo, perdón, un fofisano, se sienta en el sofá después de su primer día de correr por el parque: la postura en la que cae es en la que se queda, da igual lo que pase después. Según demostró este estudio aquellas personas que rechazaban los transgénicos seguían haciéndolo igualmente después de que se les mostraran evidencias científicas sobre su seguridad. Godzilla era un mutante, así que cualquier manipulación genética no puede traer nada bueno. Ya nos pueden decir que la población del mosquito del dengue se redujo en un 95% en un suburbio de Brasil tras soltar machos transgénicos que tras esa noticia seguro que solo puede estar conspirando la multinacional bautizada como «La semilla del diablo».

El atentado del 11-S

Foto: Cordon Press.
Foto: Cordon Press.

Una de las características de esta clase de teorías es siempre lo alto que apuntan y la magnitud de la trama que desvelan. Autodenominarse truther en torno a algún asunto turbio en el que esté implicado el conserje de la urbanización o un concejal del pueblo quizá resulta un tanto insatisfactorio y no es el archienemigo que uno merece. No, el acontecimiento debe ser histórico, la trama ha de tener escala mundial y la mano oculta qué menos que el Gobierno de los Estados Unidos. ¿Y qué acontecimiento más impactante y trascendental de los últimos años que el 11-S? El mundo entero lo vio y paradójicamente eso le resta veracidad, pues poder decir que todos fueron engañados menos uno mismo es un caramelo al que es difícil resistirse. Hay infinidad de asociaciones, webs, libros y vídeos que inciden fundamentalmente en dos ideas: fue un atentado de falsa bandera cometido por el propio Gobierno para justificar su política posterior y el derrumbamiento lo provocaron detonaciones en la base de los edificios. No nos queda muy claro por qué el organizador dio por hecho que un aparato de más de cien toneladas, cargado de combustible y estrellándose a toda velocidad contra el rascacielos no bastaría para derribarlo y era necesario añadir cargas que explotasen cuando habría miles de cámaras enfocando desde todos los ángulos. Pero qué importa, aquí se viene a creer.

El atentado del 11-M

Foto: Cordon Press.
Foto: Cordon Press.

Puede que el propio ministro de Interior, Ángel Acebes, dijera: «Al menos hasta el día en que dejé el ministerio, no había una sola pista que permitiera adjudicar la autoría del 11-M a ETA». Puede que hubiera una montaña de evidencias que relacionaran aquel fatídico 11 de marzo con terroristas islámicos. Puede incluso que Al Qaeda reivindicara no una sino varias veces la autoría del atentado. Pero la cinta de la Orquesta Mondragón en la furgoneta es un indicio demasiado poderoso como para dejarlo pasar y a los Peones Negros ya nos sirve para anular todo lo anterior.

Antivacunación

Foto: Cordon Press.
Foto: Cordon Press.

Que en este circo de tres pistas que es la actualidad política española tengamos monjas antisistema que hacen llamamientos al pensamiento crítico y a no dejarse manipular por el poder es la señal definitiva de que hemos llegado al final de la historia. Ya solo queda resetear todo y volver a empezar desde los fenicios o más allá. En cualquier caso, y aunque nos tomamos todo lo en serio que puede tomarse a tales mentes preclaras opuestas a la vacunación, tampoco está de más echarle un vistazo a esta entrevista.

Publicidad subliminal

Imagen: Alive Films.
Imagen: Alive Films.

Si echamos un vistazo a Google lo que la gente entiende hoy día por «publicidad subliminal» son básicamente las insinuaciones sexuales más o menos explícitas en anuncios. No es exactamente eso y su origen está en la leyenda urbana que promovió James Vicary en torno a un supuesto experimento en el que introducía fotogramas durante la proyección en un cine con el logo de Coca-Cola, imperceptibles de forma consciente pero que incrementaban el consumo de esta bebida en el público al terminar la sesión. La idea es sugerente y tiempo después John Carpenter supo desarrollarla como Dios manda, esto es, introduciendo alienígenas. Así que cómo resistirse.

Tiempo fantasma

The Taymouth Hours (DP)
The Taymouth Hours (DP)

Esta teoría ideada por un tal Heribert Illig no es (aún) demasiado conocida, pero el planteamiento es muy sugerente. Viene a decir que hay periodos de la historia que simplemente no habrían existido, concretamente desde el año 614 hasta el 911, debido a un error en el calendario juliano. Afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias y aquí, igual que tantos otros conspiranoicos, es donde flaquea. En cualquier caso dejamos constancia de su idea.

Los caballeros templarios

Imagen: Lucasfilm Ltd.
Imagen: Lucasfilm Ltd.

Basta echar un vistazo a la sección de novela histórica de cualquier librería para comprobar que la gente necesita caballeros templarios conspirando en sus vidas. Si se añade de por medio el Santo Grial y los nazis la fórmula se vuelve inmejorable, aunque hay quien prefiere la versión que ideó Umberto Eco.

El asesinato de Kennedy

Foto: DP.
Foto: DP.

Estamos ante la madre de todas las conspiraciones y desde luego no le faltan ingredientes para ello. Un magnicidio en una época de enormes turbulencias políticas, cometido por un francotirador que fue asesinado dos días después. A partir de ahí solo queda dejar volar la imaginación.

El viaje a la Luna fue un montaje

Foto: DP.
Foto: DP.

El 20% de los estadounidenses creen que la misión Apolo fue un montaje y, como no podía ser de otra forma, en internet abundan toda clase de argumentos al respecto, desde el supuesto movimiento de la bandera, pasando por la falta de cráter donde la nave alunizó, hasta un reflejo difícil de interpretar en el casco de un astronauta. Que la Unión Soviética diera por válida la misión en lugar de haber hecho escarnio de su rival es un detalle al que no daremos importancia porque esta teoría de la conspiración tiene una variante que nos la hace irresistible: el rodaje de las escenas habría sido llevado a cabo nada menos que por Stanley Kubrick. Un año antes estrenó 2001: Una odisea en el espacio, así que todo encaja.

Caso Roswell

Foto: Cordon Press.
Foto: Cordon Press.

En 1947 se estrelló en un rancho de Nuevo México lo que según la versión oficial era un globo meteorológico, pero según ciertos indicios parecía tratarse de un prototipo de globo espía para vigilar posibles ensayos nucleares en territorio soviético. El paso de los años es como el juego del teléfono estropeado, capaz de convertir un suceso más bien banal en un mito fascinante. De manera que el Área 51 con el tiempo quedó asociada en el imaginario popular a unos extraterrestres que ya cuesta imaginarse de otra forma que con esos enormes cabezones, piel grisácea y grandes ojos almendrados.

Los Illuminati

Imagen: DP.
Imagen: DP.

El antisemitismo tuvo su origen en la intolerancia religiosa, pero con el paso de los siglos fue derivando en una teoría de la conspiración en torno a miembros de una élite económica e intelectual unidos por una misma fe y, sobre todo, por una agenda secreta supuestamente nociva para el resto de la sociedad. Algo parecido ha ocurrido tradicionalmente con la masonería, dos grupos considerados tan afines que la misma expresión «judeomasónico» los hacía indistinguibles. Y ya en la propia élite de la masonería, como una conspiración dentro de una conspiración, los illuminati. Originariamente una sociedad secreta ilustrada de Baviera que pretendía promover la educación, la libertad y el progreso social y hoy en día, según la fuente que se consulte, al servicio de los reptilianos o de Lucifer. Ante tales referentes solo cabe esperar que se adore a ambos por igual, decantarse sería como tener que elegir entre papá y mamá.

El Club Bilderberg

Imagen de Jaime Sánchez-Rubio.
Imagen de Jaime Sánchez-Rubio.

El asunto comenzó con este artículo crítico con la llamada medicina natural. Por suerte una mente cósmica pasaba por ahí y supo desenmascarar el mensaje a favor de la eugenesia que encierra. Que tampoco es algo que se le pueda reprochar al autor, a veces empieza uno escribiendo un artículo sobre Mundodisco o una librería con encanto y te acaba saliendo una apología de la eugenesia y del genocidio. Un mal día que has tenido. Pero es que además en este caso era un encargo del Club Bilderberg —gente muy maja y campechana por cierto— que pidieron para empezar dos artículos, este era el otro. Ahora bien, puestos a tirar del hilo queremos ir un paso más allá: ¿quién está detrás del Club Bilderberg? ¿Son, por así decirlo, el monstruo final o encontraremos nuevas ramificaciones y poderes ocultos? En realidad todo forma parte de una red interconectada: el gráfico que ven sobre estas líneas muestra en rigurosa exclusiva toda la verdad, memorícenlo y difúndanlo… mientras les dejen.


Viaje al centro de la Tierra (Hueca)

Mapa-del-mundo-interior-en-The-Goddess-of-Atvatabar-de-William-Bradshaw,-1892.-Autor-C.-Durand-Chapman-(DP)
Mapa del interior de la Tierra en The Goddess of Atvatabar, de William Bradshaw en 1892. Autor: C. Durand Chapman (DP).

La historia de la ciencia abunda en revoluciones copernicanas que han derribado a martillazos lo que se percibía como verdades inmutables. En enero de 2014, el astrofísico Hans Neige blandió de nuevo el martillo al publicar un extenso artículo en Scientific American, barajando varias hipótesis sobre la formación planetaria y decantándose por el modelo de planetas toroidales huecos… Es decir, con una corteza relativamente ancha y aberturas en los polos, un espacio vacío en su parte media y un sólido radiante en el núcleo asimilable a una protoestrella. Este modelo coincide prodigiosamente con el modelo cosmológico de la Tierra Hueca, que se ha movido hasta ahora en los márgenes de la comunidad científica y que no tardará en volver al primer plano de la actualidad, si no lo ha hecho ya en el momento de publicarse este texto. Es pues un momento único para derribar aquí en Jot Down el mayor mito de todos: que la Tierra sea un esferoide sólido.

A través de los agujeros de Symmes

El concepto de una tierra subterránea, sea en la forma de un «continente perdido» interior o una Tierra Hueca de algún tipo, ha aparecido en la mitología y folclore de prácticamente todas las culturas. A menudo se sitúa allí el Reino de los Muertos, desde el Hades griego al Infierno cristiano o el Svartálfaheimr nórdico. Especialmente interesantes son las creencias del budismo tibetano, según las que existe un enorme reino subterráneo llamado Agartha, al que puede accederse desde entradas secretas repartidas por todo el planeta, y en cuya capital Shambala gobierna el Rey oculto del mundo. Y como suele ocurrir, la mitología esconde fragmentos de una verdad física subyacente.

A principios del siglo XIX, un capitán del ejército estadounidense y astrónomo aficionado llamado John Cleves Symmes empezó a preguntarse si sería posible que viviéramos en un planeta hueco. Le inspiró esa idea una lectura atenta de sir Edmund Halley (sí, el astrónomo que dio nombre al cometa), que escribió largo y tendido sobre la hipótesis de que existen cinco esferas concéntricas en el interior del planeta, cada una de ellas capaz de albergar vida y dotada de una atmósfera progresivamente más luminosa, causante de las auroras boreales. Los cálculos de Symmes redujeron esas cinco esferas internas a cuatro y estimaron las dimensiones del planeta: unos 1300 km de grosor para la capa externa, y dos aperturas polares de 2300 km de diámetro, bautizadas popularmente como agujeros de Symmes.

Su hipótesis creó una enorme controversia en la época. Para comprobar sus teorías, Symmes trató de organizar una expedición al polo norte, logrando el apoyo explícito del presidente de los EE. UU., John Quincy Adams. Por desgracia, la elección de un nuevo presidente detuvo bruscamente el proyecto por motivos que nunca han quedado demasiado claros. Expediciones subsiguientes no encontraron las aberturas previstas, pero por buenos motivos: como han comprobado investigadores como el húngaro Yann Zăpadă, las anomalías magnéticas en la cercanía de los polos son suficientemente potentes como para confundir las brújulas y aparatos de navegación de los exploradores, proporcionando lecturas falsas.

Ilustración de Mundus subterraneus, de Atanasio Kircher en 1665. Imagen: DP.

La teoría de Symmes fue desarrollada en muchos ensayos posteriores, como La hipótesis de las esferas de McBride (1826) o The Hollow Globe de W. F. Lyons (1868). En 1913 Marshall Gardner publicó Viaje al interior del planeta y patentó un globo terráqueo que mostraba la Tierra Hueca en todo su esplendor. La idea de que podrían aprovecharse aperturas similares a las de los polos para entrar en un continente subterráneo inspiró novelas de Edgar Rice Burroughs, Edgar Allan Poe o, por supuesto, El viaje al centro de la Tierra de Jules Verne, que va a comprobarse visionario.

Redescubriendo la Hohlweltlehre

En 1926, el famoso almirante Richard E. Byrd, de la Marina de los Estados Unidos, se convirtió en la primera persona en sobrevolar el polo norte, y tres años más tarde el sur. En su cuaderno de vuelo dejó anotaciones un tanto extrañas, describiendo no las gigantescas aperturas predichas por Symmes pero sí unos enormes cráteres de origen incierto en cuyo fondo se vislumbraban destellos verdosos. Los detalles fueron considerados confidenciales y por un buen motivo: la ascensión de los nazis al poder en Alemania y su nunca bien explicada ansia por las exploraciones polares.

Es bien conocido que tanto Adolf Hitler como varios de sus asesores más cercanos estaban muy interesados en las tradiciones místicas orientales, en particular la existencia del reino subterráneo de Agartha como capital de la Tierra Hueca o Hohlweltlehre. Es difícil saber hasta qué punto la jerarquía nazi consideraba como cierta esta teoría, pero hay constancia al menos de una operación militar que trató de obtener una ventaja estratégica de una variante de la hipótesis de la Tierra Hueca: la de la Tierra Invertida. Según esta teoría, vivimos en realidad en el interior del globo terráqueo hueco, y lo que percibimos como gravedad no es más que la fuerza centrífuga provocada por la rotación terrestre. Las estrellas son fragmentos de hielo centelleante suspendidos a gran altura en el aire, y la existencia del día y la noche se explica por la rotación de un sol central que, como un foco, tiene una parte luminosa y otra oscura. El alquimista de Utica que concibió esta teoría en el siglo XIX se llamaba Cyrus Teed, aunque se cambió el nombre por Koresh y fundó una secta… Pero esa es otra historia y será contada en otra ocasión. Volviendo a los nazis: un alto cargo del partido, seguidor de la teoría de la Tierra Invertida, convenció a Hitler de que enviara una expedición científica a cargo del doctor Heinz Fischer. Su objetivo sería espiar a la flota aliada desde la isla báltica de Rugen empleando una potente cámara telescópica, pero no apuntada hacia el océano sino hacia los cielos… Si Koresh hubiera estado en lo cierto, eso hubiera permitido observar el océano Atlántico y por ende la posición exacta de la flota. El inevitable fracaso subsiguiente fue achacado por Fischer a imperfecciones de la cámara, no a su modelo cosmológico.

De todas formas la creencia en alguna forma de Hohlweltlehre no terminó allí, y una de las muchas leyendas que rodean el fin de la II Guerra Mundial sostiene que Hitler no murió en Berlín, sino que escapó en un vuelo dirigido a la apertura antártica de la Tierra Hueca, donde se refugió junto a dos mil científicos y militares alemanes e italianos. Si la película Iron Sky imagina a los nazis habitando la Luna, otros los imaginan refugiados en el subsuelo.

Tras la guerra, en 1947, el almirante Byrd fue enviado de nuevo en misiones de reconocimiento aéreo a los polos. Como explica Raymond Bernard en The Hollow Earth (1979), ni Byrd ni ningún piloto han sobrevolado realmente el centro de ninguno de los polos: engañados por sus brújulas pueden creer que lo sobrevuelan, cuando en realidad están rotando sobre su borde magnético. El propio almirante Byrd lo reconoció en sus Diarios: «me encantaría contemplar la tierra más allá del Polo, esa área que podríamos llamar la Gran Desconocida».

Imagen: Max Fyfield.

En varias expediciones marítimas árticas (y, en algún caso, antárticas), se han registrado informes de aumento de la temperatura ambiente en la cercanía de los polos, en lugar de un enfriamiento progresivo como sería esperable. En 1892 el doctor Fridtjof Nansen diseñó su propio navío, el Fram, para explorar el polo norte. Durante su viaje se encontró con vientos cálidos procedentes del norte y restos recientes de madera de deriva, a pesar de la ausencia de árboles en cientos de kilómetros a la redonda. En 2007, el biólogo Ianto Schnee tomó abundantes muestras de agua del océano Ártico y encontró restos frescos de semillas, hojas e incluso flores propias de climas cálidos. En el mismo viaje analizó varios icebergs, confirmando que incluso los más gigantescos están compuestos de agua dulce y no salada, a pesar de la escasez de precipitaciones de lluvia o nieve en las regiones polares. Además, encontró restos de tierra, polvo y polen rojizo en dos de estos icebergs, sin que se localizara ninguna vegetación cercana. Todas estas anomalías pueden explicarse mediante la existencia de géiseres de agua templada procedentes de los ríos subterráneos de la Hohlweltlehre, que arrastran restos de la vegetación intraterrestre…

Una verdad más profunda

Un giro copernicano de esta magnitud levanta por supuesto muchísimas preguntas, no todas ellas al alcance del poco espacio de que dispongo en este texto. Por ejemplo: ¿dónde se encuentra el centro de gravedad de la Tierra Hueca? Obviamente, y como calculó con precisión el topólogo Jean Kar, se encuentra distribuido esféricamente en el centro de la corteza externa planetaria, ejerciendo su atracción tanto hacia la superficie interior como la exterior. Eso permitiría a los hipotéticos habitantes del interior de la Tierra Hueca experimentar una gravedad similar a la nuestra, y sitúa a seiscientos kilómetros de profundidad un disco de gravedad cero que…

Bueno, supongo que ya es suficiente. No, no creo que la Tierra sea físicamente hueca, y el artículo de Hans Neige en Scientific American con el que abría este texto me lo he inventado sobre la marcha. No es que estuviera intentando colar un Orson Welles/Guerra de los mundos o un Évole/23-F, sino que me interesaba ver qué ocurriría al llevar hasta las últimas consecuencias una idea que contradijera no solo el consenso científico actual sino también lo que damos por hecho sobre la estructura del mundo en que vivimos. Cuando me pica la curiosidad por una cuestión cualquiera, especialmente si alguna polémica la rodea, me gusta buscar primero argumentación que defienda la postura más inverosímil, políticamente incorrecta, improbable o incluso aparentemente absurda. No solo es un ejercicio mental fantástico, sino que ayuda a mantener el espíritu crítico y la mente abierta a cualquier hipótesis, por antiintuitiva que pueda parecer al primer vistazo.

Hay un capítulo muy bueno en El péndulo de Foucault, probablemente mi novela favorita, sobre cómo Agliè, uno de los protagonistas, reconoce píldoras de verdad en los lugares más insospechados, tanto en la antigua sabiduría mística como en el conocimiento científico más actual. Siempre he preferido esta actitud frente a la de quienes desprecian despectivamente a quienes sostienen visiones del mundo diferentes a las propias. Cuando lo hace un conspiranoico suele resultar irritante: a nadie le gusta que le griten a la oreja «¡despierta, oveja crédula!», en particular si lo que viene tras la imprecación es una sarta de tonterías a medio cocinar aceptadas acríticamente. También me disgusta quien emplea la deshonestidad intelectual para vender una presunta conspiración que encubra en realidad motivos espurios, políticos o de ganancia personal (véase el turbio afán de Luis del Pino con el 11M, por ejemplo).

Pero cuando quien se enroca en verdades absolutas se escuda para ello en una visión de la ciencia carente de imaginación o valentía, resulta muchísimo más molesto. Sostener que algo es evidente o autoexplicativo, o no molestarse siquiera en razonar los motivos de su falsedad, es en el fondo una indigesta mezcla de pereza argumentativa y matonismo intelectual. Y cuando me cruzo con alguien que usa la ciencia o su visión miope de la misma para mirar con desprecio y por encima del hombro a un creyente en la Tierra Hueca, la conspiración del HAARP o los ovnis, lo que me pide el cuerpo es espetarle: «tal vez lo que dice no es científicamente exacto, pero puede que en su error haya un razonamiento con mérito, una metáfora de una realidad más profunda o incluso un fragmento de verdad que tú hayas pasado por alto». So gilipollas, añado generalmente en voz baja. 

Dicho de otro modo: evidentemente no creo que la Tierra sea físicamente hueca (la propagación de las ondas sísmicas prueba lo contrario), pero me encanta sopesar esa idea como metáfora, del mismo modo que Venus es a la vez, de forma muy afortunada, un símbolo del amor y un planeta rebosante de ácido sulfúrico. ¿Qué representaría pues la Tierra Hueca con su Sol interno en el mundo de los símbolos, en la Inmateria colectiva que tan bien describió Alan Moore en Promethea? ¿Los reyes de Agartha son los guías de nuestra sabiduría interior, oculta frecuentemente a nuestros propios ojos? ¿Muestra la Tierra Hueca la idea de que todos tenemos un centro cálido y luminoso, que ilumina una rica vida interior de la que no somos plenamente conscientes? ¿Qué criaturas inimaginables se ocultan en las selvas de nuestro corazón?

Pensando en este tipo de cosas me despido con un par de aclaraciones finales tal vez innecesarias: ya sé que si los icebergs contienen agua dulce en lugar de salada es por la estructura atómica de los cristales de hielo, sin espacio para partículas de sal. Lo mismo respecto a las otras inexactitudes científicas e históricas con que he trufado la primera parte de este texto. Y si alguien desea buscar más información sobre alguno de los nombres que aparecen en el artículo, debería tener en cuenta que cada vez que he querido inventarme un autor para dar más empaque a una afirmación sacada de la manga he recurrido a Jean Kar, Ianto Schnee, Hans Neige o Yann Zăpadă… Es decir,«Jon Nieve» escrito en diferentes idiomas. Y es que no he podido resistirme a la tentación de llevar Juego de Tronos al centro de la Tierra.

Una ilustración para Viaje al centro de la Tierra de Édouard Riou en 1864. Imagen: DP.

Fotografía de portada: Neils Photography (CC).


Vulcano, Caduceo, Faetón y otras pifias planetarias

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Fuente aquí.

El que tiene boca se equivoca y el que tiene un telescopio, ni te cuento. Para muestra, un botón: la portada del Chicago Daily Tribune del catorce de marzo de 1930, cuando se publicó el descubrimiento de un nuevo planeta gaseoso en la periferia del sistema solar «más grande que Júpiter, el mayor miembro de la familia solar, con un tamaño mil doscientas veces el de la Tierra».

Y no solo es que fuera gigantesco; es que además los astrónomos llevaban buscando este enigmático Planeta X, que así es como lo llamaban, desde 1846, cuando el hallazgo de Neptuno reveló que otra gran masa perturbaba su órbita y que tal masa debía ser un planeta desconocido. Un detalle tonto, sin embargo, deslució poco después la fanfarria y la tirada de cohetes. El recién descubierto planeta ni era un gaseoso ni era grande ni era, mira por dónde, el planeta en cuestión. El mundo que se acababa de descubrir era uno bastante menos espectacular: Plutón.

Y Plutón al menos existe, que es más de lo que podemos decir de Vulcano, por ejemplo, el supuesto primer miembro del sistema solar, o de Neit, una luna venusina avistada decenas de veces en los últimos siglos y que hoy, sin embargo, no aparece por ninguna parte. Incluso ha llegado a descubrirse, y en más de una ocasión, que la Tierra tiene dos, tres y hasta un pequeño enjambre de lunas, o que el sistema solar cuenta con una estrella extra. La astronomía es una carrera, a fin de cuentas, y ya se sabe que las prisas son malas consejeras. Estos son, de dentro afuera, algunos de los fantasmas que acumula hasta hoy la investigación de nuestro sistema solar.

Un planeta en el infierno

En enero de 1860 Urbain Le Verrier, un matemático y astrónomo especialista en mecánica celeste, ofició ante la Académie des Sciences Parisién el descubrimiento un nuevo planeta que orbitaba, según sus cálculos, a veintiún millones de kilómetros del Sol, lo que le convertía en el primero del sistema solar. Con la ayuda del prestigioso político y astrónomo François Arago, entonces ya fallecido, Le Verrier aseguraba haber descubierto este pequeño mundo del mismo modo que había encontrado Neptuno diez años antes: analizando las perturbaciones en el tránsito de su vecino orbital —las de Urano en el caso de Neptuno, las de Mercurio en este otro—, infiriendo de ellas el tamaño y la posición del objeto que las causaba y confirmando su existencia mediante la observación directa con telescopio, en este caso el de Edmond Modeste Lescarbault, un médico y astrónomo aficionado. Después de las críticas que recibió tras nombrar a Neptuno con su propio apellido —y la indiferencia, todo sea dicho, o no estaríamos llamando al planeta «Neptuno», sino «Le Verrier»—, el matemático bautizó su descubrimiento como Vulcano, en honor al dios latino de la fragua y los volcanes. Achicharrándose tres veces más cerca del Sol que Mercurio, parecía un nombre apropiado.

Aunque muchos también aseguraron después haber visto Vulcano directamente —entre ellos el eminente James Craig Watson, director del Ann Arbor Observatory de Michigan, que llegó incluso a confirmar que era de color rojo—, otros tanto lo intentaron sin éxito durante años, por lo que solo la irregularidad orbital de Mercurio —la precesión de su perihelio o corrimiento perihélico— avalaba realmente su existencia. La búsqueda se abandonó en 1915, cuando la relatividad general de Einstein resolvió el enigma y demostró que ninguna otra masa causaba el fenómeno. No se sabe qué vieron los que creyeron ver Vulcano, aunque lo más probable es que se tratase de estrellas o de cometas proyectados contra la corona solar.

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Un mapa de los «presuntos planetas intramercurianos» elaborado por el Smithsonian Observatory para buscar Vulcano durante un eclipse en el año 1900. Fuente aquí.

Hemos estado a un tris, no obstante, de tener un Vulcano en el sistema solar. Hace unos meses, cuando la Unión Astronómica Internacional organizó una votación para bautizar las dos nuevas lunas descubiertas en Plutón, prescindió finalmente del nombre de Vulcano, ganador por goleada entre el casi medio millón de votantes. Aunque se dijo, y mucho, que la UAI no quería un cuerpo celeste que se denominase igual que el planeta natal de Spock en el universo de Star Trek —la causa incluso venía patrocinada mediáticamente por el actor William Shatner, el capitán James T. Kirk de la Enterprise—, la verdadera razón de su descarte fue que Vulcano ya fue el nombre de un planeta, según explica la organización en su web, «y aunque finalmente se confirmó que este planeta no existe, el término vulcanoide se sigue usando para designar a cualquier asteroide dentro de la órbita de Mercurio». Los nuevos satélites de Plutón recibieron los nombres de Cerbero y Estigia.

Bromas pesadas

El uno de abril de 2012 la NASA publicó «la primera prueba de que Mercurio tiene un satélite natural». Era esta imagen, tomada un día antes por la sonda espacial MESSENGER.

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Detalle de una imagen de la NASA en la que se aprecia la superficie de Mercurio y su luna, Caduceo. Fuente aquí.

La NASA, además, proponía bautizar la pequeña luna como Caduceo en honor al báculo alado que portaba el dios Mercurio. El único problema es que la imagen era falsa y el descubrimiento, una inocentada. Era demasiada casualidad que la casa descubriese nada tan importante el April Fools Day, el día de las bromas en la cultura anglosajona.

Como todo en astronomía, sin embargo, la jugarreta tenía su enjundia y por eso muchos cayeron. Además de la MESSENGER, hasta hoy solo otra misión, la Mariner 10, ha visitado Mercurio, y los responsables de aquella sí que creyeron haber descubierto Caduceo en marzo de 1974. Lo hicieron porque la sonda detectó una súbita emisión de radiación ultravioleta en las inmediaciones del planeta —donde podría estar perfectamente una luna— que provenía de algo moviéndose a cuatro kilómetros por segundo —una velocidad ideal para un satélite—. Poco después, sin embargo, los instrumentos insinuaron que la fuente de la radiación se alejaba del planeta y finalmente se confirmó que se trataba de una estrella binaria, Crateris 31, con un periodo de 2,9 días. Por qué emite esta radiación, eso sí, sigue siendo un misterio.

Neit, ni sí ni no, sino todo lo contrario

Muchos científicos han pasado tristemente a la historia por descubrir mundos que que no existen, pero los grandes nombres de la astronomía también han patinado. Ratificando observaciones previas, Giovanni Cassini describió en 1672 un gran cuerpo que acompañaba a Venus y en 1686 confirmó que el planeta tenía un satélite de un cuarto de su tamaño, lo que hacía de él una luna casi tan gigantesca como la de la Tierra. No solo fue descrita durante siglos, sino que padres de la astronomía como Lagrange llegaron a pasar de puntillas por su estudio, ya que daban su existencia por demostrada.

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De izquierda a derecha y de arriba a abajo, Venus y su satélite según Johann Zahn —1696—, Fracesco Fontana —1646—, Giovanni Ricoli —1651— y Paul Stroobant —1887—. Los dibujos abarcan dos siglos y medio de observación y en ellos la luna venusina aparece exactamente en la misma posición durante la fase. Helge Kragh recopila las imágenes en este libro.

Pero un satélite que aparece y desaparece es, desde luego, un satélite muy raro. Intentando descubrir por qué la luna de Venus era inaccesible al telescopio de muchos —William Herschel nunca lo consiguió, por ejemplo—, un periodista y astrónomo belga, Jean-Charles Houzeau, especuló en 1884 con un teórico planeta que orbitase el Sol entre Venus y la Tierra, mucho más cerca del primero y adelantándolo cada mil ochenta días. Por esa razón Venus parecería —y solo parecería— tener una luna durante un breve intervalo de tiempo cada 2,96 años, cuando en realidad se trataría de una conjunción entre el planeta y uno nuevo que Houzeau bautizó, ahora sí, como Neit, en honor a la diosa egipcia de la guerra.

Su tesis era aparatosa pero resolvía la cuestión, ya que estos intervalos coincidían perfectamente con las fechas en las que Neit había sido observada y en las que había desaparecido durante los últimos siglos. La teoría, sin embargo, fue rebatida tres años después por la Académie Royale des Sciences de Bruselas, que analizó una por una todas las observaciones de la supuesta luna venusina y pormenorizó las estrellas con las que se había confundido, entre otras Theta Librae, Chi Orionis, 71 Orionis y M Tauri. Además en 1892 Edward Barnard catalogó una débil estrella de magnitud aparente siete —el ojo humano solo percibe hasta el seis, para entendernos— al lado de la órbita del planeta, que los observadores habrían confundido con Neit y que daba carpetazo, ahora sí, a la teoría de que Venus tiene una luna.

El problema —porque es un problema— es que Barnard erró. Los astrónomos de hoy no son capaces de detectar esa estrella ni saben qué es lo que vio Barnard para concluir que existía. Y por supuesto, sigue habiendo quien dice que se trata de Neit.

La luna de Petit, un sueño bonito mientras duró

Que la Tierra tuviera hoy un satélite natural extra no es, ni mucho menos, una idea descabellada, ya que bastaría con que fuese pequeña y rápida para que hubiese pasado desapercibida. Lo explica Julio Verne, por ejemplo, a través del personaje de Impey Barbicane en De la Tierra a la Luna: «La Tierra tiene dos lunas, aunque se piensa con frecuencia que solo tiene una. La segunda es tan pequeña y su velocidad es tan grande que los habitantes de la Tierra no la pueden ver. Fue gracias a las perturbaciones que causa que un astrónomo francés, el señor Petit, pudo confirmar la existencia de esta segunda luna y calcular su órbita. Según él, completa una revolución alrededor de la Tierra cada tres horas y veinte minutos».

En efecto un astrónomo, Frédéric Petit, anunció que había observado una segunda luna terrestre en la madrugada del veintiuno de marzo de 1846, que otros aficionados aseguraron haber visto también ese mismo día. Aunque nadie más dio por bueno su satélite, Petit estaba tan convencido de lo que vieron sus ojos que consagró su carrera a demostrar la existencia de la segunda luna terrestre y en 1861 publicó un extenso trabajo sobre las perturbaciones que causaba el satélite, según él, en nuestra luna de toda la vida, del que se hizo eco Verne en su novela de 1870. Recurriendo a este mismo principio, el astrónomo alemán Georg Waltemath anunció en 1898 que la Tierra tenía una segunda luna y un tercer grupo de pequeños satélites que él mismo había podido ver, aseguraba, con la ayuda de un telescopio. Tras él ha habido una serie de avistamientos similares, todos desacreditados.

¿Qué vieron, entonces, estos hombres? No lo sabemos, pero es probable que se tratase de satélites temporales o minilunas, pequeños cuerpos que orbitan alrededor del Sol pero que la Tierra, como los demás planetas, atrapa de vez en cuando para obligarles a describir varias órbitas irregulares antes de dejarlos marchar. Una de las minilunas más conocidas es 2006 RH120, que se convirtió en un segundo satélite de la Tierra durante más de un año entre 2006 y 2007, aunque la más recurrente es otra, 1999 JM8, que durante el siglo XX se enredó gravitacionalmente en la Tierra en más de siete ocasiones.

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Una aproximación del recorrido de 1999 JM8 durante una de sus etapas como satélite temporal terrestre junto a una imagen de la miniluna, de 3,2 kilómetros de diámetro, tomada por la NASA. Fuente aquí.

Según una gran simulación informática dirigida por los investigadores Mikael Granvik, Jeremie Vaubaillon y Robert Jedicke en la University of Hawaii y las conclusiones vertidas por ellos en 2012 en The population of natural Earth satellites, la Tierra debería tener en cualquier momento al menos una miniluna de más de un metro de diámetro, cuya vida media como satélite de la Tierra es de nueve meses. Lo más probable es que lo que Frédéric Petit vio el veintiuno de marzo de 1846 y después Verne citó en su novela fuera, de hecho, uno de estos cuerpos.

Faetón, el planeta necesario que nunca existió

Una ley matemática, denominada de Titius-Bode, permite conocer la distancia entre un planeta y el Sol partiendo de la posición que ocupa en la sucesión de los grandes cuerpos celestes, o lo que es lo mismo: si conocemos el número de planetas de un sistema podemos conocer las distancias que estos mantienen entre sí, y si conocemos la distancia a la que está un determinado planeta podemos conocer la posición que ocupa en la sucesión.

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Una aproximación de Dave Jarvisdel tamaño del Sol y de los ocho planetas y de la distancia que mantienen entre sí, aunque en la imagen el tamaño y la distancia están representadas a diferentes escalas. Clic para ampliar. Fuente aquí.

La ley pasó más bien desapercibida cuando se publicó en 1776, ya que según ella debía haber un quinto planeta a 2,8 unidades astronómicas del Sol, entre Marte y Júpiter, que no existía, y un noveno a 9,5, lo que parecía demasiado lejos. Cuando William Herschel descubrió Urano en 1781, sin embargo, la ley de Titius-Bode se convirtió de la noche a la mañana en un dogma científico: Urano estaba a 9,5 unidades astronómicas, exactamente donde la ecuación predecía que iba a estar el siguiente gran cuerpo celeste. Pocos años después, y animados por personalidades como Joseph Lalande y el propio Johann Elert Bode, varios astrónomos eminentes empezaron a rastrear la región del Sistema solar a 2,4 años luz en busca del quinto planeta y, bingo: en 1801 apareció Ceres, el quinto mundo, de nuevo justo donde se le esperaba.

Pero la alegría no dura en la casa del astrónomo. Solo un año después Heinrich Olbers descubrió Palas, un cuerpo que, con un tamaño parecido al de Ceres, tuvo que recibir su misma consideración, desbaratando así la sucesión planetaria. Olbers, sin embargo, cuya fe en el imperio de la ley de Titius-Bode era poco menos que ciega, afirmó que la existencia de su nuevo planeta y del anterior, Ceres, no contradecían esta ley natural, ya que ambos procedían de la destrucción de Faetón, un antiguo planeta rocoso y de grandes proporciones que orbitaba en la quinta posición, entre Marte y Júpiter. La aparición del pequeño Juno en 1804 y los descubrimientos posteriores de otros cuerpos cercanos —todos en lo que hoy llamamos cinturón de asteroides, todos considerados hoy planetas enanos— pareció corroborar la existencia de Faetón en el pasado y elevó el catálogo de planetas hasta los once miembros: Mercurio, Venus, la Tierra, Marte, Vesta, Juno, Ceres, Palas, Júpiter, Saturno y Urano.

Pues bien: la ley de Titius-Bode es falsa, según el consenso científico que obra hoy en día, y en todo caso no natural. De hecho Neptuno, descubierto por Le Verrier en 1846, no está siquiera remotamente donde predice la ley, que muchos aducen hoy a la casualidad y otros, al imperio de fenómenos gravitatorios como la resonancia, que podría reubicar a los planetas en determinadas posiciones, pero solo aproximadamente. Y aunque el hipotético Faetón fuera ahora necesario para explicar la formación del abundante cinturón de asteroides —de hecho recibió su nombre en el siglo XX—, hoy existen pruebas de que esta masa es, en realidad, lo que queda de un disco protoplanetario o de acreción que nunca cuajó en planeta. Faetón no fue más que un sueño.

Descubriendo en falso y por partida doble

Nadie se convierte en el epónimo de un cráter lunar por nada, así que a Hermann Goldschmidt, alemán, no hay que tomarle tampoco por el pito del sereno. Entre otros muchos méritos, en 1852 descubrió en París, desde el balcón de su casa, Lutecia, el gran asteroide que visitó la misión espacial Rosetta de la ESA en 2010, y Eugenia en 1857, otro asteroide que nombró así para honrar a la emperatriz Eugenia de Montijo, la esposa de Napoleón III, convirtiéndolo en el primero de la historia en tener nombre de una persona real. Con más de doscientos kilómetros de diámetro, Eugenia es un asteroide tan grande que tiene su propia luna, Petit Prince, descubierta en 1998 y bautizada así en honor al El Principito de Antoine de Saint-Exupéry.

Goldschmidt, sin embargo, ha pasado a la historia de la astronomía por anunciar en abril de 1861 que había descubierto una nueva luna en Saturno, a la que llamó Quirón, orbitando entre otros dos satélites, Titán e Hiperión. Quirón, sin embargo, no existe, aunque algo tuvo que ver Goldschmidt para lanzarse a la piscina. De hecho cuarenta años después, en 1905, el astrónomo estadounidense William Henry Pickering —que había descubierto unos años antes Febe, una luna de Saturno—, aseguró que había encontrado otra más precisamente en el mismo lugar, entre Titania e Hiperión, a la que llamó Temis. Como Quirón, Temis nunca existió.

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Las lunas Titán, Dione, Prometeo y Telesto junto a los anillos de Saturno, en una imagen captada por la sonda espacial Cassini en 2005. De haber existido, Quirón y Temis estarían por aquí cerca. Fuente aquí.

Dado que la nomenclatura mitológica grecolatina es limitada y se impone reciclar, en 1977 le dieron el nombre del legendario centauro a 2060 Quirón, un asteroide de grandes proporciones que orbita entre Saturno y Urano y pertenece, por tanto, a la categoría astronómica de los centauros. El nombre, qué duda cabe, le va mucho mejor.

El gran misterio en órbita

El Planeta X, de nombre tan dramático, es el mayor enigma del sistema solar y sin duda el más longevo. Aunque los astrónomos lo buscan desde el descubrimiento de Neptuno en 1846, cuando se descubrieron unas extrañas perturbaciones en su órbita que adujeron a la atracción de otra gran masa, el primero en llamarlo así no fue otro que Percival Lowell en 1905, cuando él mismo se entregó a su búsqueda. Aunque murió diez años después sin encontrarlo, fue su sucesor en el Lowell Observatory, Clyde Tombaugh, quien proclamó en marzo de 1930 que había encontrado finalmente el Planeta X.

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Un esquema con la posición del nuevo planeta descubierto por Clyde Tombaugh en la edición del Chicago Daily Tribune del catorce de marzo de 1930, cuando aún se creía que era el Planeta X predicho por Lowell en 1905. Fuente aquí.

Lástima que este mundo, como comentábamos al principio, no fuera el responsable de las irregularidades orbitales de Neptuno sino Plutón, el descalabrado benjamín de la familia solar que hoy ya no se considera siquiera un planeta, sino un planeta enano. Infructífera durante más de 80 años y teniendo por colofón semejante fiasco, los astrónomos respetables abandonaron la búsqueda del Planeta X, toda una fiebre del oro en el campo a finales del siglo XIX y principios del XX, hasta nuestros días. Cosa distinta, claro, son los astrólogos aventurados y los amantes de la conspiración, para quienes el esquivo mundo se ha convertido en un filón, revitalizado en particular desde el año pasado. Veamos por qué.

Tras el descubrimiento en 2005 de Eris, un planeta enano más grande y más lejano que Plutón —precisamente el que propició un año después la creación de una nueva categoría de planetas enanos, los plutoides—, la fiebre planetaria se trasladó a la región transneptuniana y allí un investigador japonés, Tadashi Mukai, dijo haber descubierto un nuevo planeta grande —dos tercios más que la Tierra, el planeta rocoso más grande que se conoce— en 2008. El nuevo mundo, aseguró, tenía una superficie de hielo, hielo de amoniaco y metano y una órbita inclinada y extremadamente elíptica, lo que le acercaba a las regiones externas del sistema solar solo muy de cuando en cuando. Tenía todas las papeletas para ser, según él, el dichoso Planeta X.

Al final, por supuesto, ni Planeta X ni nada —no, al menos, que haya podido confirmar nadie aparte de él—, pero da igual: uno de los compañeros del Mukai en su investigación, el astrofísico Koh-Ichiro Morita, fue asesinado en 2012 durante el robo en su domicilio en Santiago de Chile, donde vivía como colaborador del Atacama Large Millimeter/submillimeter Array —ALMA—. Y qué más quisieron, claro, aquellos para quienes los misterios no son misterios, sino pruebas. Para ellos, ahora el nuevo planeta descubierto por los japoneses es sin lugar a dudas el Planeta X, Nibiru o incluso una versión reeditada de Hercóbulus —ese que tenía que fulminar la Tierra en 1999, no sé si recuerdan—. Lo único es que la NASA, la CIA, el Mosad y quién sabe si también los pitufos makineros estarían ocultando su existencia. Lógicamente.

¿Dos estrellas en el Sistema solar?

En 1999 John Matese y Patrick Whitman, astrofísicos, propusieron la existencia de un gigante gaseoso que giraría alrededor del sol a quince mil unidades astronómicas. Esto es quince mil veces más que nosotros, en otras palabras, o quinientas veces la distancia a la que está Neptuno de la estrella. Lejísimos, vamos.

En su caso, referirlo simplemente como gigante gaseoso no es un descuido, ya que este cuerpo celeste tendría aproximadamente el tamaño de Júpiter pero le superaría por mucho en masa, por lo que podría tratarse no de un planeta, sino de una pequeña enana marrón de tipo Y, las más pequeñas y frías que existen.

Como comentamos hace tiempo en este artículo, los partidarios de la llamada Hipótesis de Némesis contemplan la posibilidad de que una pequeña estrella de este tipo —llamada genéricamente Némesis por tratarse de la contraria al sol— orbitase en las regiones exteriores del Sistema solar, cuyo efecto gravitatorio explicaría la aparente periodicidad de los bombardeos de cometas —y a falta de más pruebas, solo aparente— cada veintiséis o sesenta y dos millones de años. Matese y Whitman, por el contrario, coligen la existencia de su gigante gaseoso del ángulo de entrada de estos cometas de largo periodo en el sistema solar interior y porque creen que afecta a la órbita de un remoto planeta enano, Sedna, situado a tres veces la distancia que separa a Neptuno del Sol. Por esa razón lo bautizaron como Tyche —o Tique, en su forma castellana—, diosa del destino y hermana de Némesis en la mitología griega.

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La conceptualización artística de una enana marrón de tipo Y similar a Tyche. Fuente aquí.

Y hasta aquí, porque poco más sabemos de este enigmático cuerpo que solo con mucha precaución recibía el apelativo de hipotético en algunos manuales de astronomía y desde el año pasado, en ninguno. La razón es que, según afirmaron en 2009 los padres de la criatura, Tyche debería haber aparecido en los datos recopilados por el telescopio espacial WISE de la NASA, lanzado por aquella época, pero no aparece en su catálogo final, publicado en marzo de 2012. La enana marrón más cercana detectada por el instrumento es de tipo Y, como Tyche, pero se trata de WISE 0350-5658, a doce años luz de nuestra estrella.

 


Los pájaros

Siempre existe una solución clara, plausible y errónea para cada problema.
H. L. Mencken

Poco después de las campanadas de año nuevo de 2011, una lluvia repentina de pájaros muertos (turpiales sargentos de ala roja, puestos a entrar en detalles) cayó sobre los habitantes del pueblo de Beebe, en Arkansas. Cinco mil pequeños cadáveres precipitándose sobre casas, coches y carritos de bebé, como en un final alternativo de Los pájaros de Hitchcock.

La atención mediática que recibió el fenómeno, del que es fácil encontrar abundantes fotos y vídeos, llevó a que aparecieran en pocas horas decenas de teorías para explicar este miniapocalipsis ornitológico. Contaminantes industriales, un fenómeno meteorológico único como un rayo globular o un microtifón, un experimento del Gobierno con una variante del fosgeno (gas venenoso usado en pesticidas y guerra química), un estampido sónico causado por un OVNI o un avión experimental,  una prueba de funcionamiento del HAARP (la famosa estación de investigación sobre la ionosfera financiada por el ejército de los EEUU y que se ha convertido en el Santo Grial conspiracionista)…

Tras realizar necropsias a unos cuantos cadáveres y hallarlos, por usar terminología forense, “espachurrados por dentro”, un grupo de ornitólogos concluyó que ciertos fuegos artificiales ilegales espantaron a la bandada, que al estar poco acostumbrada a volar de noche habría chocado en masa y de forma letal contra paredes, tejados y postes de teléfono.

Yo me creo la explicación porque es lo suficientemente prosaica y absurda como para ser cierta, pero para cuando acabaron las necropsias la imparable rueda de la conspiranoia se había puesto en marcha. Pocos días más tarde apareció en un basurero el cadáver de John P. Wheeler III, un antiguo consejero militar de Reagan y los Bush, asesinado por causas desconocidas tras haberse comportado erráticamente en los días anteriores a su desaparición. Supuestamente Wheeler participó en la redacción de informes sobre las desventajas y peligros de la guerra bacteriológica. Los foros sobre conspiracionismo en internet que suelo consultar (AboveTopSecret, Godlikeproductions, Armageddon Online) empezaron a echar humo.

Antes de seguir se impone un full disclosure: siempre he sido fan tanto de la conspiranoia como del anticonspiracionismo; para ser precisos, de la dialéctica que se establece entre ambos. Hay varios motivos para ello, pero el principal es que la conspiranoia es un gran ejercicio aeróbico para el cerebro, un desentumecimiento de los músculos del razonamiento y una impagable gimnasia mental necesaria en un mundo en que cada vez es más sencillo ahogarse en el exceso de información. Tratar de probar la veracidad o falsedad de cualquier teoría de la conspiración permite ejercitarse en la búsqueda de fuentes fiables, separar el grano de la paja, asignar grados de credibilidad a afirmaciones contradictorias.

Tras la muerte de los turpiales (y del pobre Wheeler) empezaron a multiplicarse las noticias de fallecimientos masivos de animales: ocho mil tórtolas en Faenza, cuarenta mil cangrejos en Thanet, cien grajos en Falkoping, millones de peces en la bahía de Chesapeake. Resulta enormemente curioso consultar el mapa online de Google Maps que cualquiera puede ir actualizando con cada nuevo informe de muertes masivas animales. El único requisito para agregar una chincheta a este mapa virtual es adjuntar un enlace a algún medio de comunicación (sea el Pravda, La Vanguardia o El Mundo Today) que recoja la noticia. Casi esperaba cuando entré por primera vez adivinar un diseño significativo: las chinchetas formando un pentagrama satánico como en las pelis de Jack el Destripador, por ejemplo.  Pero lo que se deduce es más bien en qué zonas del planeta hay mejores conexiones de internet y mayor cobertura mediática. Y es que la mayoría de chinchetas están en Estados Unidos, unas pocas en Europa y el sudeste asiático, una sola en Brasil (mortandade misteriosa de peixes  no litoral, 100 toneladas), ninguna en todo el continente africano. El clásico dilema filosófico: si un millón de lenguados mueren frente a las costas de Angola y no hay nadie para verlo, ¿se pudren realmente ahí los cadáveres?

De nada sirve que biólogos de todo tipo se desgañiten repitiendo que siempre se han producido muertes animales masivas (“¡en 1986 murieron dos millones de peces en Maryland y nadie les hizo caso!”) y que lo que ha cambiado es la sobreexposición mediática de esta última hornada de casos. El titular lo alcanzan las ocho mil tortugas muertas de Italia, no el informe sobre parasitosis en quelonios. Tampoco importa que cada uno de los casos parezca tener su propia explicación: enfermedades, vertidos ilegales de desechos contaminantes, variaciones bruscas en el clima o el desplazamiento natural del Polo Norte Magnético de la Tierra, que altera periódicamente los delicados sistemas internos de navegación de ciertos pájaros y peces.

No son ese tipo de explicaciones las que se hacen populares, claro. Ya he mencionado algunas, desde el HAARP hasta la intervención extraterrestre o la cercanía del apocalipsis de 2012. Una de mis teorías preferidas es la que atribuye las muertes a experimentos con armas biológicas realizados como ensayo general del próximo exterminio masivo del 90% de la humanidad, necesario paso previo a la instauración de un Nuevo Orden Mundial a manos de una elite de empresarios, científicos y políticos. Los peligros del neomaltusianismo, supongo.

El mundo en que vivimos es una densa maraña de causas y efectos casi imposible de desenredar: una mariposa radiactiva mueve sus alas en la costa de Fukushima y mil estorninos caen muertos en la desembocadura del Guadalquivir.  Una consecuencia obvia de este retorcido ovillo kármico es que un mismo fenómeno puede estar provocado por mil causas diferentes en distintos momentos y lugares. La conspiranoia es la espada de Alejandro que parte en dos este nudo gordiano y señala una posible causa común para sucesos similares, ordenando y clarificando un mundo complejo. Einstein pasó gran parte de su vida buscando la “teoría del todo”, una sola ecuación que unificara las fuerzas físicas del universo. Cuánto más fácil le hubiera resultado de haber tenido en cuenta la fuerza física fundamental de los Illuminati, que igual te hunden un Titanic que le prenden fuego a un Hindenburg. Todo acorde a un Gran Plan como el que parodia Umberto Eco en El péndulo de Foucault: un designio secreto y semidivino que debe explicarlo todo o si no, no explica nada.

Un buen amigo fanático de las conspiraciones ha sabido llevar este tipo de pensamiento a su máximo nivel con una teoría brillante sobre las muertes animales, según la cual estamos viendo el efecto antes de la causa.  Se avecina un evento cataclísmico tan inimaginablemente potente y explosivo que sus primeras víctimas caen muertas antes incluso de que suceda. Un apocalipsis retroactivo. Tal vez sea cierto y todos hayamos muerto ya, aunque sólo unos cuantos bichos hayan empezado  a darse cuenta.

Y esa idea me fascina, aterra y divierte a partes iguales, porque como en gran parte de las tramas conspiranoicas, tras ese envoltorio absurdo de locura se adivina un núcleo terrible de verdad.


La Teoría de la Conspiración

Señales (2002). Imagen: Buena Vista Pictures.

Una herramienta de sospecha hecha caricatura por sus propias fórmulas

Ni siquiera internet las puso de moda; es muy probable que ya existiese alguna teoría conspirativa sobre la red antes de que ésta se implementara. Se puede definir de un modo sencillo a las teorías conspirativas como explicaciones —muy al estilo de las leyendas urbanas, aunque existen algunas muy sofisticadas— de acontecimientos pasados, presentes o futuros que surgen del escepticismo hacia las estructuras de poder y sus medios de comunicación, vamos, el folclore de nuestros días. Este folclore, como nos cuenta Miguel Ibáñez en su libro Pop Control, está relacionado estrechamente con el surgimiento de la MEDIASFERA — el ecosistema de los medios de comunicación—como entorno de la vida diaria de la mayoría de la población. Es en este terreno donde se dan las condiciones ideales para el rumor, esta tierra de nadie en que se funde la realidad y la ficción, las generalizaciones, las estigmatizaciones, en fin, nuestras tan mitificadas teorías conspirativas de la modernidad.

¿Es necesario conocer teorías conspirativas?
¿Una teoría conspirativa te llevará a algún tipo de conocimiento/verdad?

Uno de los problemas de las teorías de la conspiración es que tienden a pecar de lo mismo que critican: una fe ciega en la información, pero que en este caso es alternativa a la institucional u oficial. Esta fe en cualquier información que se adjudique como fuera del sistema, esta credulidad basada fundamentalmente en que los grandes poderes (políticos, empresariales, etc) tienen muy buenas razones para querer controlarnos como sea y ocultarnos sus verdaderas estrategias y mecanismos de manipulación masiva, nada que como concepto general suene rebuscado: todos sabemos de sobra que esto de la transparencia no es nuestra principal característica, y menos cuando nos traemos algo entre manos.

Tenemos derecho a sospechar
Y el conspiranoico (conspiración + paranoia) siente que es la única herramienta que posee para defenderse del mundo

Otro problema de las teorías de la conspiración es que tienden a ordenar los acontecimientos de un modo simplista, la idea del bien y del mal. Los buenos son muy buenos y los malos son muy malos. A partir de definir moralmente a los protagonistas se argumenta para reafirmar esta definición, este orden casi perfecto en que se suceden las cosas. Todo está planeado, definido: causas y efectos. No existen los accidentes, las inoperancias, los errores, las ineptitudes, los cálculos mal sacados, los desbordes, las causes múltiples sin conexión.

Su fácil asimilación las hace accesibles para cualquiera

Explicaciones de cuál es el verdadero enemigo o los verdaderos enemigos de la sociedad, por dónde van los tiros de las futuras organizaciones multinacionales, los planes para los países más pobres, las razones de por qué se ponen de moda ciertos problemas del medio ambiente, confabulaciones de empresas que combaten enfermedades que ellas mismas crean, cómo aquellos que “dominan el mundo” solucionarán el desabastecimiento de ciertas energías combustibles,  las estrategias para justificar algunas guerras e invasiones, asesinatos de líderes relevantes, ocultación de información sobre objetos voladores no identificados, conspiradores que crean conspiraciones para estigmatizar a una raza, y así hasta el infinito. Es nuestra versión no autorizada de los sucesos mediáticos, y es sencillo entender por qué: debido a la parcialización de la información, que condiciona la percepción de los hechos, tanto la propaganda, la publicidad, los noticieros, estudios académicos, por nombrar algunos, suelen deliberadamente proteger  intereses (comerciales, por ejemplo). Y aunque idealmente el periodismo debiese ser un contrapoder, se ha vuelto un tipo de poder sin contrapesos. ¿Qué le queda al resto? revelarse ante esto con sus propias versiones de la realidad.

Las conspiraciones han existido siempre según nos cuenta la historia tradicional

Desde izquierdistas extremos a derechistas pro-nazis, recibimos aportes teóricos/conspiratorios y no está de más resaltar que algunas teorías de la conspiración están indiscutiblemente ligadas a creencias religiosas que destacan el fin de los tiempos. Generalmente religiones que no creen en la estructura de poder actual y en todo este sistema de (des)organización mundial. Es así como contrastan las políticas reinantes con sus propias utopías post-apocalípticas.

Las teorías conspirativas vienen tomando fuerza como parte de nuestra cultura pop desde la primera mitad del siglo XX

Las teorías de la conspiración deberían venir etiquetadas con la siguiente advertencia: pueden provocar extraños sentimientos de alivio, como le contaba Jonathan Vankin en una entrevista a R. U. Sirus, editor de Mondo 2000: “la visión conspiratoria del mundo es, para cierta gente, confortadora”. Al no aceptar que la realidad muchas veces puede ser un cúmulo de mediocridades que se producen a través de inoperancias y equívocos,  que posteriormente son utilizados por algunos oportunamente para sus beneficios, como opina Julio Patán, autor del libro Conspiraciones: “es preferible creer que existe una fuerza más allá de nosotros mismos que lo ordena todo, así sea oscura y maligna, a aceptar que no hay un plan, que el mundo es caótico y que estamos solos en él . Es menos angustiante creer que existe Dios y un destino establecido.”

¿Eso significa que deberían desaparecer las teorías de conspiración? NO. Porque:

1.- Algunas teorías de la conspiración han demostrado ser ciertas o, al menos, no estar mal encaminadas. Por poner un ejemplo, el proyecto MK-ultra (un programa de investigación secreto de la CIA que trataba de descubrir métodos para controlar a la mente).

2.- Algunas teorías de la conspiración resaltan puntos ciegos en las interpretaciones comunes u oficiales de los eventos.

3.- Algunas teorías de la conspiración invitan al debate donde para contrarrestarlas se deben entregar o subrayar argumentos más contundentes que los que se informaron en una primera instancia. Como la famosa teoría de que el hombre no llegó a la luna.

4.- Algunas teorías de la conspiración son más divertidas que algunas novelas. Son un género narrativo en sí mismas.

5.-Podríamos decir que es un montón de información-basura no clasificada que podemos reciclar para cuestionar los paradigmas establecidos institucionalmente.

Para los iniciados que quieran algunas pautas simples para poder discriminar mejor entre tantas teorías las que podrían resultar más atractivas de profundizar, les recomiendo que busquen los consejos que da al respecto Michael Shermer de la revista Skeptic; entre ellos sugiere internalizar el siguiente concepto: “ la correlación no es causa”.

En el blog de Psicópatas Corp aparece el siguiente párrafo en el artículo La conspiración de los conspiranoicos:
“Obviamente no creo que existan las conspiraciones perfectas pero eso no hace menos auténticas o factibles las conspiraciones reales.
.

Nadie puede engañar a todo el mundo todo el tiempo

Las teorías de la conspiración, en cierto modo, realizan un análisis opuesto al institucional.  Les invito a usar la imaginación, necesaria y poderosa, sin olvidar el sentido crítico y una ausencia de fe en la información que llega a nosotros. Como proponía Miguel Ibáñez: “más que dar respuestas la invitación es a formularse preguntas”.

Una teoría conspirativa otorga al mundo un patrón, un significado y un propósito que pueden explicarlo.  Por eso la teoría conspirativa se ha convertido en nuestra forma de entender la realidad, casi la única posible. Porque instala certidumbres donde ya no las hay.” Dr. Zito