Futuro Imperfecto #3: ¿Navidad en El Corte Inglés o en Amazon?

Protesta en contra de las condiciones laborales en Amazon, New York, 2018. Foto: Cordon Press.

Olvidaos de si consumir es un acto antiecológico, y de si debéis enseñar a vuestros niños que no pueden tenerlo todo, ni establecer las bases de su existencia en función de actos consumistas. Se acerca la Navidad, y, sed honestos, vais a comprar. Y no solo regalos, también vais a comprar más de todo. Vamos, qué leches, no nos quitamos culpa. Compraremos para todos. Para los pequeños y para los mayores. ¿Por qué? Por el «endorfinazo». Porque gastar y tener es una íntima satisfacción. Así que dejad a un lado por un momento la conveniencia de hacerlo, que no lo vamos a poder evitar. ¿Dónde vais a comprar? Según el lugar de compra elegido estaréis apoyando trabajo precario y condiciones en proceso de saber si son ilegales, o unas condiciones y retribución que permitan ser clase media. Optar por unos u otros no es una cuestión de ética, ni de decencia. No estamos aquí para moralizar. Lo que queremos es comprender cómo ha cambiado el mundo y si podemos evitar que ese cambio nos aplaste. O si preferimos seguir creyendo que existen Papá Noel, los Reyes Magos y el Amigo Invisible. En resumen, de que hagáis algo útil con vuestras compras, además de contribuir a la recaudación del IVA. A fin de cuentas, mientras tengamos capacidad de compra tenemos todavía alguna capacidad de influir, de decidir, de mandar un mensaje.

Avisamos, por si os cabe alguna duda una vez terminado este artículo, que no nos lo paga El Corte Inglés. Ya hemos intentado tener publicidad de ellos, pero sin conseguirlo. Quizá porque en su momento Nacho Carretero publicó aquí este artículo, «Ya no es primavera en El Corte Inglés» desvelando una de las cosas que más odia sacar a la luz esa y cualquier empresa: las condiciones laborales de sus trabajadores. Pero han pasado siete años desde esa publicación, la economía se ha «uberificado», y las opiniones también parecen haber cambiado.

La razón tiene mucho que ver con la edad. Los empleados de toda la vida siguen añorando el modelo paternalista de Ramón Areces, el fundador, y su promoción interna. No solo la población española se ha hecho mayor, los trabajadores de empresas tradicionales como esta también. Para lo bueno y para lo malo de realizar ciertas tareas. Los nuevos encuentran condiciones similares a otras empresas: la habitual presión brutal de los jefes, la obligación de trabajar los domingos o doblar turnos sin compensación económica alguna, y la temporalidad. De lo poco que trasciende podemos tomar de ejemplo las valoraciones en el portal de empleo Indeed. Su media es positiva, pero el 90 % de los que la dejaron, buena o mala, ya no trabajan allí. Si buscamos por la parte de los salarios, la cosa pinta muy bien… hasta que uno baja a la parte de comentarios de cualquier noticia publicada sobre ese particular. Es cierto que en general el mundo del comercio minorista vive bajo una gran presión: un día sin venta es un día perdido.

Tampoco parece ser una empresa a la que dirigir el currículum en estos momentos. Sus directivos preveían echar a siete mil trabajadores, pero una vez analizada su situación la consultora AT Kearney elevaba esa cifra a doce mil. Finalmente han anunciado que los despedidos serán solo quinientos, aprovechando jubilaciones y conversión de administrativos en dependientes. Y con todo, parece que es un  lugar de trabajo mucho mejor que otros. Por ejemplo, Amazon. Todavía hay multitud de personas mayores contratadas —mayores de cincuenta años, se entiende—, y un sistema que protege a los que mantienen un contrato indefinido de los antiguos. Es posible que el motivo de que sigan ahí sea el coste del despido. Quizá haya alguno más. Aun así, cuando compramos en ECI es eso lo que estamos protegiendo. La vida de miles de familias de clase media.

Pero también optamos por Amazon. En una de las más grandes empresas del mundo, el enfoque es diferente. Hoy te contrato y mañana te echo. Los despidos, como el trabajo, se han automatizado y los realizan algoritmos y robots en función de la productividad. El New York Times entrevistó a decenas de empleados actuales y antiguos para un artículo en profundidad sobre lo que supone trabajar en esta empresa. Un equivalente español, mucho más superficial, pero contado desde dentro, llega a la misma conclusión: lo habitual allí dentro son las ganas de llorar

El centro logístico de Amazon durante la campaña de Black Friday. Foto: Cordon Press.

Podríamos pensar que es algo puntual. Si prestamos atención a las tiendas experimentales Amazon Go y a las promesas de Jeff Brezos de que los artículos los repartirán drones, ese sufrimiento será pasajero. Pronto su trabajo lo harán máquinas. En 2017 Sam Korus anticipó que para 2019 el número de robots superaría al de empleados en Amazon. No ha sido así. Los robots superarán las doscienta mil unidades mientras que el equipo humano se espera que alcance los setecientos cincuenta mil empleados, según Vala Afshar. En Estados Unidos terminaron 2018 con seiscientos cuarenta y siete mil quinientos empleados y en septiembre tenían treinta mil ofertas de empleo abiertas a candidatos. Tienen que reponerlos, porque los queman. La rotación de producto, tan necesaria en retail, se traduce en rotación de empleados, quizá no tan necesaria. La presión por productividad empieza a pesar a sus trabajadores, y en España Amazon está enfrentando su mayor conflicto laboral

Ya que no a los trabajadores, ¿deja al menos al Estado un beneficio tangible la gran distribuidora online? En volumen de negocio, aparentemente sí. Decimos aparentemente porque la consultora Netquest calculó en cuatro mil doscientos millones de euros la cifra que su conglomerado de sociedades permite ocultar. Solo ha pagado por ellos cuatro millones en impuestos a Hacienda. Eso es menos del 0,00 1%. 

¿Es mejor el caso de ECI? Siguiendo el moderno «compromiso» de las compañías multinacionales con el país en que operan (grande cuando se trata de pedir ayudas o legislación, pequeño cuando se trata de otros temas menores), también intenta pagar lo menos posible. Este octubre perdía un largo pleito contra el impuesto de Cataluña, Aragón y Asturias a las grandes superficies. En sus últimas cuentas anuales se reservaron 119,73 millones de euros, que ahora tendrán que abonar, aunque sea obligados por la ley, a estas comunidades. Ya es mucho más que Amazon, y si a eso le sumamos sus noventa mil trabajadores, por los que también pagan impuestos, el saldo es favorable. Claro que quizá en el gigante online sea la ley la que falla, y con la tasa digital, tan discutida en la UE, pasaría a abonar, directamente y sin pasar por la casilla de salida, ciento treinta millones de euros. Quizá está haciendo lo mismo que haríamos los demás si estuviéramos en su lugar y nos lo permitieran.

No nos malinterpreten. No se trata de distinguir entre buenos y malos distribuidores, este mundo moderno está lleno de grises. El objetivo es ser conscientes, saber cómo afectará nuestra elección a las vidas cotidianas de mucha gente, a partir de conocer mejor las empresas en las que vamos a hacer nuestras compras navideñas. Para acabar de aclararnos al respecto, es imprescindible ver Sorry We Missed You, la última hostia, digo perdón, película, de Ken Loach. Ha explicado que lleva años viendo sustituir puestos de trabajo seguros por otros temporales y precarios, sueldos que mantenían familias en salarios variables y de miseria. No por casualidad el protagonista es un repartidor supuestamente autónomo, de esos completamente atados a una empresa, pero sin baja laboral, vacaciones y mucho menos jornada de ocho horas. En palabras del director, el modelo Amazon, Glovo, Uber o como lo quieran llamar, destruye al individuo y al planeta. Quizá no sea fácil verlo a corto plazo, pero no pinta bien a largo.

Ken Loach es un defensor del activismo, así que quizá la solución esté en sindicarse, no en echar la responsabilidad en los hombros de los consumidores. Esta opción la defiende Erica Hayes, directora de la serie de animación Rick&Morty, para los creadores, quienes deben, según ella, agruparse en sindicatos . La idea no es popular en EEUU, y tampoco parece serlo en Europa, donde, según el último informe de la OIT, solo seis países, de los 28 de la UE, tienen más del 50% de su fuerza laboral afiliado a sindicatos

Un repartidor de la empresa mexicana Chazki con un paquete de Amazon. Foto: Tharbadgemini (CC BY-SA 4.0)

El problema es que los sindicatos buscan la unión de trabajadores similares. Ya fue motivo de discusión su valor para pymes o autónomos, sobre todo enfrentados a los impagos de administraciones públicas. Las grandes empresas o industrias siempre contaron con sindicatos fuertes que podían presionar para intentar igualar el poder de negociación. En el mundo digital, donde hay una gran cantidad de empleados independientes, es más complicado sindicarse. 

Un estudio sobre los freelancers en Estados Unidos —aka jodidos autónomos— ha concluido que menos del 30% de los boomers han sido o son autónomos, pero que más del 50% de la generación Z ha pasado por ello. La duda es si entre los T habrá otra cosa que «emprendedores». Y si dudáis en la asignación de generaciones, recordad este orden de hitos: boomers -Woodstock; generación X – MTV; millennials – PC; generación Z – internet; generación T – smartphones. Sindicados o no, nuevas y viejas generaciones comprenden el valor de agruparse para reclamar derechos, y ahora ya hasta los youtubers lo intentan. Eso sí, tirando de un sindicato boomer de los de toda la vida

De toda la vida es también que cuando firmas un contrato de empleado en ECI te obligan a afiliarte a sus sindicatos, los afines a la empresa. Además es importante saber que en ciertas regiones los domingos no se abre, y en otras prácticamente todo el año. Algo más habrá que hacerse mirar. Sobre todo porque tienen tanto poder y autonomía que incluso han intentado introducirse en Zara. Podemos dudar de que si lo consiguen mejoren las condiciones de los trabajadores de Amancio Ortega, pero no de que las carcajadas de ECI serán épicas. Porque podrá influir sobre los empleados de un competidor en el sector de la moda y el hogar. 

En cuanto a Amazon, solo uno de cada diez de sus centros tiene comité de empresa. La propia compañía tiene un vídeo «educativo» para explicarte lo malísimos que son. No es la única. Esa maravillosa compañía tecnológica llamada Google, que no necesitaba sindicatos porque pagaba bien, la comida era gratis en sus oficinas, y te pone autobús hasta la puerta, ha contratado a la consultora IRI. Muy bien conocida en Estados Unidos por desactivar el sindicalismo. Es cierto que el sindicalismo vive en muchos sitios uno de sus momentos más bajos, pero la conclusión general es que si de lo que se trata es de vivir dignamente de tu trabajo, pintan bastos. 

Aceptémoslo de una vez, el modelo ha cambiado, y los viejos tiempos no van a volver. No es que ya no sea primavera en ECI, es que debido al cambio climático esa estación y el otoño están desapareciendo. Las rebajas tampoco son en enero, o no solo, y es casi más fácil saber cuándo viene el Black Friday. Compras online y te dicen que estás matando el comercio de toda la vida y el de barrio, pero vas a esas tiendas y te molesta no poder elegir entre un gran catálogo, buscar información del producto, y cotejar opiniones de otros compradores. O simplemente pagar más. Incluso involuntariamente, eres una víctima de algo llamado long tail

La fachada de El Corte Inglés de Sevilla durante la campaña navideña. Foto: Hannu Makarainen (CC BY-SA 2.0)

Long tail es un término inventado por el editor de Wired, Chris Anderson, y que define cómo internet ha cambiado a consumidores y empresas. Antes un gran almacén como ECI procuraba tener muchos productos de los más vendidos, porque eran los que generaban más ventas e ingresos. Ahora el 80 % de los productos menos vendidos —el long tail o larga cola— genera más ingresos que el otro 20 %, el de los bestseller. Compañías que no tienen almacenados productos pero pueden ponerlos a la venta online pueden satisfacer la long tail, como Amazon o Netflix. Imposible para el ECI físico o la cadena de TV de toda la vida. 

Esta idea tan bien resumida la cuenta muy bien mi compañero de redacción Guillermo de Haro en uno de los capítulos de este libro, del que es coautor. Añade además otras aclaraciones interesantes sobre el radical cambio del mundo en que estamos moviéndonos. Como esta, y cito: «decía Bruce Sterling, creador del término cyberpunk, que a día de hoy tenemos cinco grandes reyes feudales: Google, Amazon, Facebook, Microsoft y Apple». Nuevas empresas, nueva economía, y un trabajador con habilidades hasta ahora no conocidas, como explica el vídeo Did You Know 3.0, aquí en versión subtitulada en español

Maravilloso mensaje: trabajaréis en empleos que aún no existen, usando tecnologías que no han sido inventadas, para resolver problemas que todavía no sabéis que lo son. Tendréis que ser flexibles, olvidaos del trabajo para toda la vida, y de pasar en una empresa más de cinco años. Me encanta especialmente el apoyo en datos obtenidos del departamento de empleo de Estados Unidos, pero cuando pienso en España me pregunto ¿existen diez empresas para cada aspirante que le contratarán lo mismo cuando tenga veinte, treinta, cuarenta, cincuenta, sesenta años? ¿Y qué extrañas habilidades tendrá un mozo de almacén que lo mismo hace veinte años y ahora tiene que localizar productos y meterlos en paquetes? Intuyo que ser autónomo. Porque esa es la otra proyección de las predicciones, que habrá menos del 50 % de empleados por cuenta ajena.

Y si la solución no es comprar en ECI o en Amazon, ¿cuál es? Podríamos optar por darle a todo la vuelta, como sugiere el nobel de economía Joseph Stiglitz, que nos aconseja abandonar el PIB como patrón de medida de crecimiento de los países. El PIB solo es saludable si sigue creciendo a lo largo de los años, dicho de otra manera, si usted compra más esta navidad que la anterior. Necesitaríamos dos Tierras para dar abasto a tanta comilona, juguetería saqueada, y perfumería fuera de existencias. Pero este verano ya nos cepillamos la primera. Hemos tirado de la tarjeta de crédito del planeta y tarde o temprano llegaremos a la fecha de pago con los bolsillos vacíos. Y el asteroide de oro no va a solucionarlo.

Llega otra Navidad, y volveremos a decidir una vez más. ¿En El Corte Inglés o en Amazon? Nosotros creemos que las decisiones de compra son cada vez más importantes. Tomémoslas teniendo en cuenta su impacto. Es la mejor manera de dejar el mensaje de que deseamos que sea posible una vida digna, conciliada y no precaria. En todos los sentidos.

¿La conclusión? Comprad donde os dé la gana. Pero que entre vuestra lista de regalos esté una suscripción a Jot Down. No las encontraréis disponibles en Amazon ni en El Corte Inglés. Pero podéis estar seguros de que os harán, a vosotros y al que la recibe, tan felices como a los que trabajamos aquí. La Navidad, el Hanuka y el Solsticio de Invierno, en Jot Down


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Zombis al borde de un ataque de nervios

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La noche de los muertos vivientes, 1968. Imagen: Rey Soria y Cía. S.L.

Estoy preparada para sentir de nuevo. Lo que sea, bueno o malo. Quiero estar viva, ahora más que nunca. (Liv, iZombie, 1.5).

Cuando te moriste, todo se convirtió en una mierda. La vida dejó de tener sentido alguno. (Kieran, In the Flesh, 1.2).

Estaba equivocado. La muerte no tiene sentido. (Milan, Les Revenants, 2.8).

Las tres citas que abren este artículo no descubren, aparentemente, nada nuevo bajo el sol audiovisual. Evidencian personajes angustiados, preocupados por sus sentimientos y confusos en cuanto a su identidad. Son diálogos de personajes apáticos, deprimidos o existencialistas, rasgos habituales en cualquier drama televisivo contemporáneo. Pero hay una sangrante particularidad: los tres personajes que rumian estos pensamientos son… ¡zombis!

Si el vampiro actúa como metáfora del amor sexual y el hombre-lobo especula sobre la animalidad del hombre, el zombi apuesta por la lectura sociopolítica. Alessandra Stanley se acogía al estereotipo sexual en The New York Times para visualizar la diferencia entre monstruos: «Los zombis son de Marte y los vampiros de Venus». Desde el impulso de las novelas de Anne Rice en los setenta, el vampiro —apuesto y romántico— se ha ido humanizando, mientras que el zombi —un ente abyecto incapaz de sortear su propia corrupción corporal— le tomaba el testigo como máximo elemento de espanto. Su propia naturaleza de encefalograma plano y descomposición física bloqueaban cualquier empatía hacia el infectado. Un ejemplo: ni el espectador más avezado es capaz de atribuir entidad dramática a alguno de los miles de caminantes que infestan la popularísima The Walking Dead. Si acaso, el espejismo de lo humano —pura melancolía— que algunos se empeñaban en atisbar en Sophie o en la hija del gobernador. El zombi solo genera asco, miedo y terror, convirtiéndose en el mal por antonomasia.

Sin embargo, como el abuso de los crepúsculos vampíricos ha ido configurando un noctívago blandengue y vegetariano que ha dejado el pavor en offside, al zombi —enemigo público número uno en el ámbito del género de terror— le ha entrado la envidia mimosín: quiere que le quieran. Siguiendo la estela de la literatura y el cine, los relatos zombis de la televisión han comenzado a proponer muertos vivientes mucho más empáticos, emocionales y complejos.

The Night of the Living Dead y el cansancio narrativo

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The Walking Dead, (2010- ). Imagen: AMC / FOX.

Los expertos en zombis son legión y no es la tarea de este artículo enfadarles. Pongamos la venda antes de que empiece a supurar cualquier pústula. Seguro que existe un imprescindible remake iraní de Carpenter que se nos escapa, una esencial novela en verso polaca que encierra la piedra filosofal del subgénero zombi o un precedente comiquero donde hasta los superhéroes se zombifican (este último existe de verdad: Marvel Zombies, escrito por Robert Kirkman en 2005-06). Sin embargo, el propósito de este artículo no es el de trazar una cartografía, sino el de recoger un aroma y puntear una tendencia: cómo el giro afectivo de la cultura contemporánea ha llegado a domesticar, incluso, las pesadillas más escalofriantes y putrefactas.

Frente al encanto sanguinario de los vampiros y la animalidad piadosa de los Frankenstein, los zombis eran criaturas marginales del género de terror. Escasos precedentes literarios y adaptaciones fílmicas —Lovecraft, Matheson, Tourneur, Halperin— permitieron la sacudida que George A. Romero provocó con su The Night of the Living Dead (1968). Haití, el vudú, la esclavitud y el colonialismo dejaron paso a un relato mucho más hambriento, sangriento… y polisémico.

Guiado por una gula terrorífica, el cuerpo aberrante y en desintegración del zombi ni siente ni padece. Solo emite sonidos guturales y extiende una incansable amenaza de muerte infecciosa y caníbal. Por eso los zombis, en sí mismos, son los monstruos más aburridos del terror planet: originariamente lentos, inexpresivos, gregarios, primarios e instintivos. Precisamente en ese minimalismo y en ese carácter de horda reside su fructífera capacidad metafórica.

Aunque en ocasiones la crítica cultural se haya pasado de frenada, el zombi ha servido como alegoría del terror comunista, los deseos reprimidos, los derechos civiles de las minorías, el militarismo y hasta Vietnam. Lecturas que no se caracterizan por la sutilidad. Al contrario. Un botón: la crítica del consumismo y los medios de comunicación en Dawn of the Dead (Romero, 1978). Los cuatro protagonistas huyen de la ciudad y buscan protección en un gigantesco centro comercial. Mientras contemplan la jauría que rodea las instalaciones, Francine le pregunta a Peter: «¿Por qué vienen [los zombis] aquí?». Él responde: «Instinto. Memoria. Este era un lugar importante en sus vidas». O, más adelante: «¿Qué demonios son?», a lo que de nuevo Peter replica rotundo: «Ellos son nosotros. Eso es todo».

Ese ellos son nosotros es Hobbes destilado. Homo homini lupus est. «Todo este tiempo huyendo de los zombis… te olvidas de lo que los humanos son capaces de hacer», se lamenta Maggie Greene en The Walking Dead (3.8). El relato zombi clásico, ubicado en un paisaje agónico y apocalíptico, cabalga sobre una paradoja: para que la raza humana sobreviva ha de comportarse de forma salvaje, despiadada y utilitaria. Como un animal. Como un zombi.

Tanto la violencia brutal como la estructura narrativa survivalista son dos claves del género. Pero, como se sabe, todo género hace malabares entre la repetición y la novedad de unos temas y un estilo. Una tensión constante entre familiaridad y diferencia. Los géneros, como en aquel anuncio de Cucal, nacen, crecen, se reproducen, pero, en lugar de morir, desembocan en la parodia o la deconstrucción. El agotamiento narrativo provoca que una y otra vez se reinicie el ciclo, aunque no siempre de manera consecutiva. De hecho, lo habitual es que dentro de un mismo género convivan obras clásicas junto con otras que renuevan, trastornan o subvierten los códigos. Así, al mismo tiempo que el remake hollywoodiense de Dawn of the Dead (2004) gozaba de intenso eco mediático con sus enrabietados corredores, Shaun of the Dead le aplicaba una irónica y divertida mirada al género. Algo similar años después, en 2013: la World War Z de Brad Pitt o la hemorragia del tercer año de The Walking Dead cohabitaban con una «zombedia romántica» (Warm Bodies) y un tirabuzón clínico-afectivo (In the Flesh).

La humanización del zombi

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Fido, 2006. Imagen: Anagram Pictures / British Columbia Film Commission / Telefilm Canada.

El blanqueamiento que ha sufrido la representación pop del zombi se inscribe en lo que la sociología ha denominado «el giro afectivo» o la «cultura emocional». Esto es: la creciente presencia del discurso terapéutico y la sentimentalización en todas las esferas de la vida social; un «yo» obsesionado por conocerse a sí mismo a través de las emociones: siento, luego existo. Y por legitimarse socialmente mediante la exhibición de esos sentimientos. Porque solo partiendo de ese yo contemporáneo —que ejerce el conocimiento mediante la afectividad exacerbada— es posible entender cómo hasta lo espeluznante logra endulzarse. Esta domesticación de lo espantoso se manifiesta, además, como vehículo terapéutico para la superación del trauma, la convivencia con el duelo, el alivio de la pena o la pregunta sobre la propia identidad. Esta emocionalización de todas las esferas del ámbito público es lo que explica la conversión de los Dráculas en criaturas mansas, sociables y apoteosis de lo cool. Como estamos tratando de evidenciar en este artículo, el zombi también atraviesa en los últimos años un proceso análogo de civilización.

Como cualquier elemento de la cultura popular, el zombi ha sido reciclado en todo tipo de formatos: desde míticos vídeos musicales (el Thriller de Michael Jackson de 1983) hasta un divertido episodio de George of the Jungle («FrankenGeorge», 1.11). Sin embargo, más allá de esas refriegas lúdicas, el canon está asistiendo a una progresiva humanización del zombi. Para lograrlo es necesario que lo intersticial, lo impuro, deje de serlo y vaya recobrando la forma humana: es decir, que emerjan zombis capaces de pensar, poseer voluntad y exteriorizar emociones. Así se va facilitando la identificación del espectador y la simpatía hacia el monstruo. Los primeros pasos los transitó el vengativo Bub de Day of the Dead o, en una versión más sofisticada —donde los zombis pueden organizarse cuasi militarmente para asaltar la fortaleza en la que moran los hombres privilegiados—, el Big Daddy de Land of the Dead, ambas de George A. Romero. Incluso los zombis pueden llegar a convertirse en seres estimados por los humanos: en las comedias Fido y Shaun of the Dead los monstruos acaban «domesticados», como amigos de los protagonistas. El siguiente paso en la innovación genérica pasa por convertir al zombi en objeto de amor romántico. Es lo que propone Warm Bodies, donde, además, el relato está narrado desde el punto de vista de la aberración. La ficción televisiva ha sido la última en abonar esta tendencia, ahondando en la humanización de una criatura hasta hace poco temible y viscosa.

TV Zombi: las vísceras se hacen mainstream

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Les Revenants, (2012- ). Imagen: Canal+

Es lógico que la ficción televisiva esté generalizando la desnaturalización del zombi al dibujarlo como personaje atormentado y empático, con más aristas dramáticas que cicatrices físicas. El relato expandido durante decenas de capítulos permite —en lugar de centrarse en el shock y en la difusión repetida y explícita del horror— bucear en los miedos colectivos y las respuestas emocionales de los personajes ante sucesos paranormales, horrendos o sobrenaturales. Una retórica de la reacción, no de la acción.

Es el estilo que define varias propuestas recientes que lidiaban con los muertos que regresan: Les Revenants, su reciente remake americano The Returned y la fallida Resurrection. La premisa no es nueva y ya había sido abordada antes desde propuestas tan dispares como Yomigaeri (un film japonés de 2003), El cementerio de animales (una novela de Stephen King) o, salvando las distancias, el sci-fi de Los 4400 (2004-07), por sacar algo de músculo enciclopédico.

¡De acueeeeerdo, hay que poner otra venda!: el revenant no es un zombi, sino un fantasma que regresa para perseguir a los vivos que le dañaron. De acuerdo. Y, sin embargo, su trama, esquematizada, entronca con las típicas del género; lo que cambia es la forma, deliberadamente ambigua, de afrontar el prodigio de los difuntos que regresan en cuerpo y alma. La serie de Canal Plus Francia avienta un aura misteriosa, fascinante y lírica que la aleja del tono habitual del terror contemporáneo. La puesta en escena explora la suavidad estética y preciosista del melodrama, desterrando el sobresalto. Porque Les Revenants se vale de lo inexplicable para indagar en la pesadumbre de la ausencia, los lazos familiares, el ansia de maternidad, el estrés postraumático, la validez de la fe religiosa o el peso del pasado. En consecuencia, con Les Revenants la figura del no-muerto se desplaza desde la interpretación social y política hacia una lectura psicológica y espiritual.

Como explicaba Freud, lo siniestro emerge cuando lo que nos es cercano y familiar adquiere matices extraños y abominables. Los personajes que regresan de la tumba mantienen su apariencia intacta, «cercana» y «familiar», sin ningún distintivo externo que marque la distancia entre los vivos y los revenants. Esto permite, por un lado, que el juego de emociones se ensanche al interaccionar unos y otros, con el añadido del terremoto afectivo que supone volver a tocar a seres amados a los que se había perdido. Pero, por otro, el insondable misterio del regreso de los muertos y la imposibilidad para discernir el «nosotros» del «ellos» implica una siniestra fuente de ansiedad constante. Los resucitados ejercen como ventiladores emocionales: remueven el pasado agitando culpas, tuercen el curso del presente dislocando aflicciones y condicionan el futuro revolucionando un pequeño pueblo de los Alpes franceses.

«¿Cómo sabes que eres inmortal?» (2.2), le pregunta Virgil a Camille. Son seres existencialistas, atormentados por su identidad y atenazados por los remordimientos metafísicos. En todos los personajes —vivos y muertos— el regreso del pasado implica que su emocionalidad herida pasa a un radical primer término, en un vano intento por encontrar un sentido a lo inexplicable. Un tormento similar —más medicalizado que trascendente— comparten los protagonistas de In the Flesh, estrenada un año después en la televisión británica.

El zombi deprimido

Programme Name: In The Flesh - TX: n/a - Episode: n/a (No. 1) - Embargoed for publication until: n/a - Picture Shows: Kieren (LUKE NEWBERRY) - (C) BBC - Photographer: N/A
In the Flesh, (2013- ). Imagen: BBC Drama Productions.

Tras una guerra civil contra los zombis, los humanos han vencido y la sociedad ha conseguido dominar a los rabiosos —así los denominan aquí— y catalogarlos como enfermos crónicos. Los tienen confinados en gigantescos centros sanitarios donde médicos, biólogos y psiquiatras tratan a estos afectados por el «síndrome de parcialmente muertos». Cuando están «curados», los devuelven a sus vidas antiguas. La serie explora, en consecuencia, el regreso a casa, a una familia que no tiene manual de instrucciones para el retorno de los muertos; la confrontación con un hábitat hostil: un pequeño pueblo que creó una milicia para combatir a los salvajes; y, sobre todo, el drama adolescente de alguien que no encuentra su sitio.

No es casualidad que las primeras escenas nos muestren a Kieran, el protagonista, recibiendo una suerte de psicoterapia en la que el médico-científico le insta a reinsertarse en la sociedad cuanto antes: «Precisamente por eso estás preparado: ¡estás sintiendo!». La «cultura emocional» que citábamos antes se presenta como catalizador, de forma explícita: lo que convierte al zombi en hábil socialmente, incluso en aceptablemente humano, es su capacidad para sentir.

Poco después, cuando Kieran le expresa que sus padres no le aceptarán porque es un rotter y ha matado gente, el facultativo le obliga a repetirse a sí mismo una frase que ahuyente el estigma, incluso del propio apelativo «zombi»: «Sufro un “síndrome de parcialmente muerto” y lo que hice en mi estado sin tratamiento no fue culpa mía» (1.1). Esta escena del piloto explicita que los rabiosos doblegados por los humanos guardan memoria de las atrocidades que ejecutaron tras alzarse de las tumbas, lo que agrava la culpa y la vergüenza ante su regreso social y familiar.

Mas la memoria también es física. Kieran mantiene las cicatrices de cuando se sajó las muñecas y necesita, como todos los zombis rehabilitados, de lentillas y maquillaje para simular una apariencia externa humana. Es decir, la diferencia se esconde para aparentar normalidad. Los zombis de In the Flesh no solo luchan por recuperar su individualidad, sino por poder exhibirla en la esfera social, algo que logran al aprender a expresar sus emociones abiertamente. En este sentido, la serie se opone a esa pulsión de masa, asimilatoria, que caracterizaba al zombi tradicional. Una criatura, además, que buscaba contagiar esa radical despersonalización. In the Flesh traza el camino inverso: el del monstruo que restituye el «yo».

Hacia el superheroísmo zombi

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iZombie, (2015- ). Imagen: The CW.

Tras los revenants que regresan angustiados del más allá, los zombis que se enamoran y los rabiosos rehabilitados con síntomas de depresión, solo queda un último tramo por transitar: el del heroísmo. Es lo que propone la juvenil y amable iZombie: invertir el mito maligno del muerto viviente al contraponerlo con el altruismo valiente de su protagonista. Liv es una estudiante de Medicina que ve cómo su vida —amorosa, laboral— gira ciento ochenta grados cuando es misteriosamente infectada. Abandona a su prometido, se vuelve taciturna y comienza a trabajar en una morgue, para así poder tener fácil acceso a cerebros que la mantengan estable. Ahí radica la primera ruptura de la serie con las convenciones genéricas: la maldad puede contenerse mediante el libre albedrío del «infectado».

Es decir, los zombis conservan una apariencia normal, así como su personalidad, su memoria y su inteligencia… siempre que no descuiden su dieta a base de sesos humanos. Al igual que ocurría en los aseados vampiros de True Blood o The Vampire Diaries, Liv ha encontrado una fórmula para embridar su pulsión salvaje. La violencia caníbal, tan definitoria del género, ha desaparecido, dejando paso al humor negro para parodiar sus situaciones más potencialmente sangrientas. Los cuerpos purulentos, desfigurados y repulsivos han dejado paso a una zombi bella y joven, de modo que el espejo resulte mucho más asequible.

El empleo de la voice-over, además, nos presenta una zombi autoconsciente, que hace cómplice al espectador de sus dudas íntimas y sus problemas para adaptarse a su nueva situación. Con sus dosis de personaje alienado, obsesionado con ese narcisismo propio de nuestra cultura emocional: «¿Está probablemente mal que cada vez que veo un cadáver piense “qué demonios estoy hacienda con mi vida”?» (1.1). No es el único recurso narrativo que comparte con Warm Bodies. En aquel film, R. se enamoraba de Julie tras haberse comido los sesos de su novio. De forma análoga, en iZombie los cerebros del depósito de cadáveres de los que se alimenta Liv le permiten desarrollar una empatía extrema: es capaz de tener flashbacks de los recuerdos de ese muerto, compartir sus habilidades e, incluso, adoptar ciertos rasgos de la personalidad de los despojos que acaba de degustar. Esto convierte a la serie de The CW en un thriller psicológico stricto sensu: cada cerebro sirve para disparar el caso de la semana. Liv colabora con la policía, escondiendo su conocimiento de los secretos de tal o cual muerto bajo la excusa de que posee poderes psíquicos. La subversión genérica es total: el zombi, antaño paradigma de la repulsión, incapaz de sentir, desemboca ahora en alguien que puede encarnar la mente y el alma de otros. Con sus recuerdos, sus destrezas y sus afectos.

iZombie también desata un motín en la moralidad zombi: lejos de ser el malo, la amenaza, aquí emerge un personaje imprescindible para el bien común, con unas habilidades empáticas que rayan en el superheroísmo. El paralelismo es tal que Liv hasta cuenta con la complicidad de un confidente —el doctor Ravi Chakrabarti— que conoce su identidad secreta. De aquellas hordas grotescas, violentas y abominables hemos desembocado en una guapa superheroína capaz de desfacer cualquier entuerto, gracias, precisamente a su condición de muerto viviente.

Como los ejemplos analizados demuestran, el zombi está dejando de aventajar al vampiro como fuente de miedo y repugnancia; al contrario, está emulándole en su proceso civilizatorio, integrador, higiénico. Hace décadas que los colmillos del vampiro se perfumaron con Paco Rabanne y ahora son las vísceras del zombi las que se emboscan en lágrimas y buscan cobijo en el diván del psicoanalista. Hasta el punto de que cada vez es más fácil toparse en la televisión con un puñado de no-muertos que se encuentran, como cualquier hijo de vecino, al borde de un ataque de nervios.


Cariño, has caducado

«Candados de amor eterno» en el Pont des Arts que acabará retirando un empleado del ayuntamiento con una cizalla. Fotografía: Corbis
«Candados de amor eterno» en el Pont des Arts que acabarán siendo retirados por un empleado del ayuntamiento. Fotografía: Corbis

El filósofo Zigmunt Bauman defiende en su libro Amor líquido —un ensayo sobre el amor en los tiempos del consumismo asilvestrado— que la palabra dependencia nos molesta cada vez más, porque como homo consumers que somos, buscamos constantemente la satisfacción inmediata por el precio/inversión que estamos pagando. Adquirir compromisos a largo plazo (y de ahí la deriva inevitable a la dependencia) no es una característica de los seres líquidos, que vivimos acostumbrados al «si no le gusta el producto, le devolvemos su dinero». En la época de la obsolescencia programada, las relaciones de pareja no se libran de pasar cada cierto tiempo una ITV mental. «¿De verdad me compensa?». «¿Qué me aporta?». «¿Mejora mi vida?». «¿Es un lastre?». «¿Se esmera en cada cunnilingus?». Y en definitiva, ¿merece la pena el sacrificio? A día de hoy las relaciones son vistas como actos de constricción —y muchas veces, lo son—, porque la sociedad líquida nos ha enseñado que ahí fuera, en el salvaje oeste del capitalismo, siempre habrá algo nuevo esperándonos. Probablemente, peor; pero nuevo, al fin y al cabo.

Así que cuando el producto no nos satisface lo suficiente, normalmente, llega la ruptura, un proceso cada vez más sencillo gracias a las nuevas tecnologías y tan despojado de sentimentalismos que el dolor, le dirán, es una opción. Recuerde a los gurús de la autoayuda: usted está triste por su puta culpa, deje de necesitar a los demás, cansino. Ahí fuera está la libertad, la verdad absoluta, el encuentro con uno mismo. ¡Quítese ya esa asfixiante soga de la dependencia emocional! ¡Vuele libre y disfrute de los placeres de la soltería! El proceso mecanizado de la ruptura solo necesita un estudio de los manuales de independencia emocional, el cultivo de la resiliencia (palabra preferida de los psicólogos new age y que, básicamente, significa sobreponerse a la adversidad), la autonomía, el autocontrol, el amor al campo y al sexo y, cómo no, las cañas. El alcohol. Mucho alcohol. (Esto último no lo dice Eduard Punset, pero debería).

Los noviazgos y matrimonios están llenos de peligros. Las largas relaciones de pareja hacen casi inevitable que entre los dos (o más) miembros se generen muchas de esas cosas consideradas a día de hoy tóxicas por cualquier psicólogo decente, como la dependencia y la necesidad del otro, pero que han venido sosteniendo las relaciones humanas —no solo amorosas— desde que comenzaran a organizarse las primeras sociedades. Solo acusar cierta dependencia emocional hacia alguien (una amiga, su padre, su perro) es suficiente para que el terapeuta de turno lo convierta en un inútil incompleto que no puede vivir sin estar colgado de alguien y le recete un poco de Escitalopram con una pizca de Bromazepan, más setenta euros la consulta.

Curado de esa enfermedad llamada amor en el menor tiempo posible, usted descubrirá el apasionante mundo de las relaciones clínex, aquellas que se pueden consumir en caso de resfriado emocional, cuando la soledad apriete. Convertir en prescindibles a todos y cada uno de sus amantes es la estrategia que le ahorrará dolores de cabeza, preocupaciones y demás inconveniencias. La aventura del amar (hasta el verbo resulta molesto) convierte a los creyentes en productos de un mercado en constante fluctuación, en donde un potencial competidor con mejores prestaciones podría venir en cualquier momento a sustituir sus funciones. Del mismo modo, una también puede encontrar un producto que le encaje mejor, y esto no es literal —o sí—, en un momento puntual.

Mire a su alrededor: la sociedad líquida nos permite adquirir continuamente nuevos productos, más satisfactorios, en el menor tiempo posible. Y ni siquiera las garantías a medio plazo pueden parar esa nerviosa compulsión a la tenencia de objetos, que acostumbran a ser sustituidos antes de agotar esa protección legal (¿a quién le preocupan hoy las garantías?) por algo más nuevo, excitante y mejor. Las exparejas, examantes o examigos se suman así a la penúltima versión del iPhone, al Seat Ibiza del 2004 o a la ropa del Zara de la temporada pasada, a pesar de lo mucho que funcionó el pañuelo verde pistacho en el 2014. La caducidad (y la conciencia de que es inevitable) es la base del amor. «Cuando la calidad nos defrauda, buscamos la salvación en la cantidad. Cuando la duración no funciona, puede redimirnos la rapidez del cambio».

Según los nuevos consejeros amorosos, las relaciones deben diluirse para ser consumidas y cada vez más gente se manifiesta abiertamente en contra de la monogamia ya que «las “relaciones abiertas” son loables por ser relaciones revolucionarias que han logrado hacer estallar la asfixiante burbuja de la pareja». Según otro experto que Bauman cita «las promesas de compromiso a largo plazo no tiene sentido (…) Al igual que otras inversiones, primero rinden y luego declinan».

La sociedad líquida diluye las relaciones de dependencia y las convierte en conexiones 4.0: lo importante, recuerde, es estar conectado. El antiguo concepto de relación está cambiando por el de conexión, en parte debido a la influencia de internet como principal suministro de «relaciones» en nuestras vidas. «Estar conectado» y «tejer redes» es lo más importante. Usted no padecerá las angustias de sentirse imprescindible para alguien cuando ya le haya aburrido: «Las conexiones se establecen a demanda y pueden cortarse a voluntad». De este modo, tampoco tendrá que dar la cara para echar a nadie de su vida, el botón block lo hará por usted: «A diferencia de las “verdaderas relaciones” las relaciones virtuales son de fácil acceso y salida».

Fotografía: Darwin Muñoz T. (CC)
Fotografía: Darwin Muñoz T. (CC)

Y así cada vez hay más gente busca romances por internet, esté o no ya en pareja, y más sitios web se dedican a este fructífero negocio. «Si “el compromiso no tiene sentido” y las relaciones ya no son confiables y difícilmente duran, nos inclinamos a cambiar de pareja por las redes. (…) Seguir en movimiento, antes un privilegio y un logro, se convierte ahora en una obligación».

El movimiento no es gratuito. A la mayoría de los seres humanos aún les viene grande el traje 4.0 y siguen buscando desesperadamente algo parecido al amor. Las felices personas solteras que conozco invierten gran cantidad de su tiempo y de su energía para mantenerse activas en el mercado del amor. El mundo líquido hace tan fácil entablar relaciones con otras personas que el concepto de amor se ha ampliado enormemente. «No es que más gente esté a la altura de los estándares del amor en más ocasiones, sino que esos estándares son ahora más bajos». De las larguísimas temporadas prerromance y citas previas a una relación de pareja, pasamos a escasos diez minutos de chat, una paja, y la creencia (real) de que nos encontramos ante el amor de nuestras vidas.

Y a pesar de ello, no tenemos relaciones más satisfactorias que las generaciones anteriores. Los divorcios han aumentando considerablemente y España es uno de los países de todo el mundo con mayor tasa de separaciones legales (exactamente somos el quinto en la lista). Los divanes de los psicoterapeutas están llenos de problemas de amor que pueden derivar en depresiones o grandes dolores emocionales. A la incertidumbre anterior que suponía poder ser abandonado por la pareja se suma ahora otra, tanto o más angustiosa: la de estar perdiéndose algo constantemente. Bauman lo dice así: «Los hombres y mujeres están desesperados por “relacionarse”. Sin embargo, desconfían todo el tiempo de “estar relacionados”, particularmente de “estar relacionados para siempre” (…) porque temen que ese estado pueda convertirse en una carga y ocasionar tensiones».

En ocasiones uno acaba escogiendo entre el agotador e incierto mercado de valores, o el gran amor de su vida, aquel por el que promete hacerse discípulo del Estado del Bienestar del Amor, renunciando así a una trepidante y agotadora aventura cada día. Lamento decirle que, inexcusablemente, al cabo de cierto tiempo, usted se volverá a encontrar ante el dilema del hombre líquido: el amor debería ser más intenso que eso, puede que se esté perdiendo algo ahora mismo, entre los cientos de amigos de Facebook y el festival de moda de este verano. No me malinterprete. No me refiero a relaciones que enferman mortalmente o donde uno de los miembros no es tratado como merece. Más bien a esa asfixiante sensación de que nuestra pareja, por la que hemos renunciado a la libertad (hagan hincapié en el verbo «renunciar»), nos parece ahora más un estorbo y la causa de nuestras desgracias que aquel compañero o compañera que habíamos decidido tener siempre al lado. La fiebre del enamoramiento parece haber encontrado fecha de caducidad.

Las reacciones químicas del cerebro tienen mucho que ver. La etapa iniciática del amor (con pensamientos repetitivos que nos impiden sacar de la cabeza a la persona amada) se parece mucho (se lo aseguro) a un trastorno obsesivo-compulsivo. «Estar enfermo de amor» no es solo una frase hecha: puede estar usted realmente enfermo. Por eso, para nuestra propia supervivencia, el estado enfermizo no puede mantenerse durante mucho tiempo, y la oxitocina y la adrenalina dan paso con el tiempo a la vasopresina, que provoca que estos sentimientos tan intensos evolucionen hacia una fase más relajada. Si este momento no llegase sería imposible criar a la descendencia y, por tanto, mantener una familia —núcleo central de la sociedad moderna y, curiosamente, del capitalismo—. Da igual cuántas relaciones inicie, el estado adrenalínico siempre se extinguirá una vez cumplido su cometido. Lo cierto es la destrucción de la familia tradicional es un proceso imparable, pero las causas distan mucho de encontrarse en los matrimonios del mismo sexo.

Pero el amor también es inevitable, y ahí reside su verdadera esencia. «La promesa de aprender el arte de amar es la promesa (falsa, engañosa..) de lograr experiencia en el amor, como si se tratara de cualquier otra mercancía». Al fin y al cabo, todavía no se puede traficar con los sentimientos, ni existe un mercado negro con dealers que vendan cachimbas de independencia emocional o gramos de indiferencia calculada. Cuando amen de verdad dense por perdidos, resígnense, dimitan. Porque amar es desaprender y también necesitar, depender, es tejer con hilo invisible cadenas que no debieran oprimir, sino fortalecer, dar paz. Lo sé: suena fatal. Yo también pago los setenta euros.

En cualquier caso, no tienen por qué creerme a mí. Lo que si podrían hacer es citar a Cortázar —los escritores, ensayistas, filósofos, poetas y monitores de crossfit ayudan a establecer interesantes conexiones en las redes sexosociales—. El autor escribía así sobre el amor en Rayuela, su obra más reconocida:

Amor mío, no te quiero por vos ni por mí ni por los dos juntos, no te quiero porque la sangre me llame a quererte, te quiero porque no sos mía, porque estás del otro lado, ahí donde me invitás a saltar y no puedo dar el salto, porque en lo más profundo de la posesión no estás en mí, no te alcanzo, no paso de tu cuerpo, de tu risa, hay horas en que me atormenta que me ames.

Claro que después de aquello, Cortázar se casó dos veces más. Me explico, ¿no?


Las rebajas, el prozac y todo lo demás

Marilyn Monroe posando para los fotógrafos después de una actuación en el área de la División de Infantería. EEUU, 17 febrero de 1954. (DP).
Marilyn Monroe posando para los fotógrafos después de una actuación en el área de la División de Infantería. EE. UU., 17 febrero de 1954. (DP).

Sentada a las puertas del probador, abrazando bolsas, bolsos y abrigos que no me pertenecían, el otro día me vino a la cabeza la noticia que publicaba The Daily Mail hace poco más de un mes: «Un hombre se suicida en un centro comercial tras pasar cinco horas de compras con su novia».

Según el diario británico esto pasaba en China. Y como acostumbran las noticias que nos llegan de este país, la letra pequeña era tan digna de estudio como la de un contrato leonino.

Al parecer, Tao Hsiao de treinta y ocho años, decidió saltar por el balcón del centro comercial cuando su novia le reprochó a gritos que era un tacaño por no dejarla comprar más zapatos. Damos por supuesto que el hombre tendría más razones que esa bronca para acabar con su vida, pero, volviendo al tema de soportar un día de rebajas, me acordaba de Tao y llegué a entender su desespero.

Ir de tiendas, de compras, de shopping, o como se le quiera llamar se ha convertido en una forma de ocio. Pero aquí hay algo que no me cuadra. El ocio es, según la RAE, la diversión u ocupación reposada, especialmente en obras de ingenio que se toman regularmente por descanso de otras tareas. «Reposo, ingenio y descanso», tres conceptos que no encajan en lo que yo, a fecha de hoy, conozco como ir de compras, pero vamos, seguro que esto es solo cosa mía.

Si se supone que uno pasa sus ratos libres haciendo aquello que le gusta, que le divierte, que le inspira y esto es comprar, ¿por qué no veo a gente feliz mientras compra? Miraba las caras de esa gente en las tiendas y no desprendían felicidad. No veo gente sonriendo mientras hacen cola para pagar, ni mientras rebuscan entre las estanterías esa ganga que prometen los carteles del escaparate. Tampoco veo que la gente sea feliz cuando un fabricante decide tomar como modelo el palo de una escoba para diseñar vaqueros que no sientan bien a ningún cuerpo. Son cosas que no hacen gracia a nadie y, sin embargo, puede decirse que acumular pertenencias —y comprarlas— produce un no sé qué en el cerebro que nos hace sentir felices.

En un país como España con un 26 % de tasa de paro, fomentar el consumo para estimular la economía se sigue tomando como el modelo más viable para salir de la crisis. Esta idea ya la defendía a principios del siglo XX el economista Bernard London en su libro The New Prosperity. En 1933, cuando EE. UU. no sabía cómo afrontar la Gran Depresión y tenía un 25 % de desempleo, London propuso reactivar la economía fomentando el consumo entre la población mediante la obsolescencia programada obligatoria. Este concepto significaba poner una fecha de caducidad a todos los productos para, pasado ese tiempo de uso «legal», ser retirados y destruidos por el Estado. De esta manera la producción no cesaría y, como consecuencia, el empleo tampoco.

En el documental Comprar, tirar, comprar de Cosima Dannoritzer (2011), se explica el origen de la obsolescencia programada. Con la Revolución Industrial había que equiparar el ritmo de consumo al de la producción, así que por un lado se tenían que hacer productos menos duraderos y, por otro, hacer que el consumidor incorporase en su vida el hábito de compra como una diversión y no como un proceso por necesidad.

Hacia los años cincuenta en Estados Unidos la obsolescencia programada se instauró aunque ya no se trataba de obligar a comprar como proponía London sino de seducir al consumidor. Brooks Stevens, diseñador industrial americano, fue uno de los defensores de la obsolescencia programada, promoviéndola en charlas y congresos al definirla como el deseo del consumidor por poseer algo más nuevo un poco antes de lo necesario. Ahora, decía, nadie compra porque se le obligue, sino por su propia voluntad.

Bueno, lo de que nadie nos obliga literalmente, es cierto, pero es bastante cuestionable. Si no, ¿qué objetivo tiene la publicidad? No siempre compramos porque lo que teníamos se ha hecho viejo o se nos ha roto, verdad. Es cierto que nadie nos pone una pistola en la nuca diciendo que compremos, pero sí nos ponen la cabeza como un bombo a martillazos de mensajes publicitarios, ya sean en formato spot, en luces navideñas o a modo briconsejo desde el Ministerio de Economía para incentivar el consumo. El caso es que la mayor parte de las veces, compramos por evasión más que por necesidad.

Mujeres en un taller de confección de moda. Eslovenia, 29 Junio 1961. Foto: Danilo Škofič (CC).
Mujeres en un taller de confección de moda. Eslovenia, 29 junio 1961. Foto: Danilo Škofič (CC).

Robert y Edward Skidelsky, autores del libro ¿Cuánto es suficiente?, sostienen esto mismo que acabo de decir yo, pero de una manera más cruel. Dicen que el consumismo acalla la inquietud de los trabajadores sobre el ocio que desearían tener, así el acto de comprar es una compensación para aliviar su frustración fruto de sus jornadas laborales. Además, creando estas necesidades artificiales, se garantiza lealtad de los trabajadores a la ética del trabajo. Vamos, que si nos despiertan las ganas de tener cosas, le daremos un sentido a invertir gran parte de nuestro tiempo en trabajar para poder obtenerlas.

Por otra parte, la posesión está ligada al éxito y a la autoestima. Alain de Botton, en su obra Ansiedad por el estatus, dice que el que se nos valore más, el proyectar una imagen positiva de nosotros mismos a los demás está socialmente ligado a poseer cosas como indicador de éxito social. Nuestra felicidad y nuestra autoestima depende en gran parte de lo que los demás piensan sobre nosotros. Así, nos sentimos guapos cuando la gente nos dice que lo somos; más inteligentes si nuestro entorno piensa que lo somos, y nos hacemos nuestro propio mapa mental de quiénes somos por lo que nos llega de los demás, en lugar de lo que pensamos de nosotros mismos. Piensen si no, en el efecto que tienen las redes sociales en nuestro ego.

Si entendemos este concepto de amor propio y todo lo que conlleva, rápidamente comprenderemos qué nos mueve a hacer las cosas que hacemos en nuestra vida, pero lo que ahora nos ocupa es la relación que tiene nuestra autoestima con la manera en la que compramos. En este sentido, economistas y sociólogos han identificado tres categorías de bienes según el estatus:

Bienes bandwagon o bienes de subirse al carro: Son los bienes que se desean porque otros ya los tienen. Lo que nos mueve a tenerlos son la envidia o la necesidad de identificarnos con el grupo.

Bienes esnob: su deseo viene movido por la idealización de ser exclusivo y diferente porque poseerlos nos distinguen de la gran masa. Evidentemente, muchos de los bienes que empiezan siendo esnobs, acaban siendo del tipo bandwagon. Stephen Bayley, asesor de moda, reflexionaba en el documental Estado de ansiedad, basado en el libro de Alain de Botton, sobre la diferencia que existe entre que un producto te atraiga por su diseño o por lo que significa. Cuántas veces nos hemos comprado algo que nos encanta por su diseño, pero dejamos de usarlo porque nos sentimos parte del rebaño cuando vemos que lo lleva todo el mundo.

Bienes de Veblen (Throstein Veblen era un teórico estadounidense que acuñó el concepto «símbolos de estatus» en el libro Teoría de la clase ociosa): Estos bienes son los más caros de todos y lo seguirán siendo, porque son marcadores de riqueza. Viene de la mano del efecto bling, que consiste en que cuanto más alto es el precio de una marca, más exclusiva es y no pueden bajar el precio porque ese es su atractivo. Estos artículos significan que quienes los poseen prácticamente no tienen la necesidad de trabajar.

Las marcas saben esto, así que tienen el manual de instrucciones necesario para tocar con éxito la tecla de ganar clientes. Naomi Klein en su libro No Logo, teoriza sobre esta identificación de las personas con los valores de una marca de la que hablamos. Los logos y, por tanto, las marcas, venden ideas más que productos, hasta tal punto que han ido desplazando al pequeño fabricante anónimo ya que no importa tanto la calidad de lo que compramos sino los valores que transmite lo que poseemos.

La obsolescencia programada, la influencia de la publicidad, el materialismo como indicador de éxito social y las facilidades que tenemos actualmente para comprar cualquier tipo de producto inmediatamente, son factores estimuladores del hábito de compra que destaca la doctora Susana Jiménez, responsable de la Unidad de Juego Patológico y otras Adicciones Comportamentales del Hospital Universitario de Bellvitge (Barcelona). Estos factores, según la Dra. Jiménez, pueden llevar al consumidor a padecer trastorno de compra compulsiva.

La accesibilidad a la compra aquí y ahora también ha quedado recogida como estímulo del consumismo en el último informe sobre la Sociedad de la Información en España elaborado por la Fundación Telefónica. En este informe se revela que el smartphone impulsa las compras compulsivas hasta tal punto que el 81% de las adquisiciones realizadas a través del móvil no estaban previstas.

Aun así, no he venido aquí a sembrar el pánico. Todo esto son datos que he podido recopilar mientras acompañaba a mis amigas a que, como la novia de Tao, comprasen más zapatos de los que serán capaces de usar. Moraleja: las rebajas no solo pueden hacernos más guapos, más felices y mejor considerados, también nos hacen más listos. Si no, miren todo lo que he aprendido con mucho aburrimiento y un smartphone en un día de rebajas.


Artes de Ultratumba

 

1. El mundo contemporáneo funciona por adicción. De ahí que las claves de su sometimiento residan, básicamente, en “descubrir consumidores, excitar sus apetitos y crearles necesidades ficticias”. La frase citada es de un revolucionario, también un suicida, aunque no aparece en ninguna pancarta del movimiento Occupy Wall Street ni ha sido lanzada por alguno de sus oradores para encrespar el ímpetu de los acampados. En realidad, tiene casi siglo y medio y la escribió Paul Lafargue en El derecho a la pereza. Como buena parte de ese libro, se trata de un mensaje facturado al futuro. Para días como estos en los que, mientras más consumimos, más rápido queda certificada la prescripción de todo lo que nos rodea: automóviles y medicinas, construcciones y computadoras, creencias e ilusiones, secretos y mentiras, maridos y mujeres. Todo ha de ser cambiado. Y cuanto antes, mejor. Poco importa que, en la mayoría de los casos, esos objetos o seres sustituidos —incluido algún marido— conserven todavía sus facultades y desempeñen razonablemente bien sus “servicios”.

2. El hecho es que no producimos —artefactos o ideas, maquinarias u obras de arte— para competir en el mercado de la perdurabilidad, sino en el de la fugacidad. Desde ese “Imperio de lo efímero” —antes dominio exclusivo de la moda—, términos como “caducidad” y “obsolescencia” no son del todo sinónimos. Mientras más reciente y sofisticado es el artilugio, más rápida es la tendencia a declararlo obsoleto. Una situación que, en cualquier caso, no siempre corre paralela al declive de su operatividad. No es su decrepitud la que saca a nuestros “juguetes” de circulación, sino la pulsión de recambio que imponen las dinámicas adictivas de su consumo. Y ya instalados en el futuro —hemos cumplido casi todas las fantasías soñadas por la ciencia ficción—, nuestra nostalgia sufre, por así decirlo, un desplazamiento: no está dirigida al pasado, sino a un presente que parece prescribir a la misma velocidad de esos objetos que lo arman.

3. Obsoletos. Este es, ni más ni menos, el nombre de un dominio que da cuenta de esas expiraciones —verdaderas o falsas— alrededor de las cuales gira, paradójicamente, nuestra vida. Una Web que pone bajo sospecha el estatuto mortal de los residuos y, al mismo tiempo, despliega programas para acometer su reciclaje más allá del decreto oficial de su defunción tecnológica. En su Manifiesto, y en sus prácticas, queda demostrado que buena parte de lo que se considera “finiquitado” aún puede prolongar su rendimiento: a veces en otros mundos, a veces en otros desempeños. Artistas como Daniel Canogar y Daniel G. Andújar, proyectos colectivos como Basurama, arquitectos como Santiago Cirugeda, han conseguido darle continuidad a esos residuos “después de la muerte”. Y así como Lenin —otro revolucionario, aunque no suicida— sostenía su pragmatismo sobre la idea de que “los hechos son tozudos”, estos creadores parecen construir el suyo a partir de concebir que los “desechos” también lo son.

4. Si solo se tratara de aparatos y gadgets, bastaría con una ligera precisión en la escala de nuestro fetichismo. Sin embargo, el abanico de defunciones dictaminadas en las dos últimas décadas ha alcanzado otras esferas que la civilización, durante siglos, consideró sagradas. Así el fin de la historia y del arte, del Hombre y las ideologías, la cultura y la verdad… Resulta curioso, por otra parte, que mientras más muertes parecen prescribirse a nuestro paso por el mundo, mayor es la avalancha de imágenes que envuelven nuestra “vitalidad”. No puede ser casual que la Era de la Imagen coincida, en el tiempo, con eso que Peter Sloterdijkha aclamado como la Era del Crepúsculo. De manera que estamos condenados a una especie de continuidad postmortem; a perseverar como fantasmas de una cultura que se regocija en darse por vencida. Tal vez —secadas las lágrimas después de tantos duelos— valga la pena explicarnos bajo qué formas y con qué contenidos tanto la historia como el arte, la cultura y la palabra, han prolongado su existencia. Indagar, si cabe, en el misterio de sus funciones de ultratumba.

5. Joan Fontcuberta estrenó su Premio Nacional de Ensayo con un “manifiesto post-fotográfico”. Desde él, disecciona los usos actuales de la fotografía y los gajes de un oficio que considera a punto de desaparecer. Lo curioso es que esa muerte no sucederá gracias a la extinción de los fotógrafos, sino a su proliferación. Con la transformación de la fotografía en hobby, y de la cámara en un apéndice humano (incluso no humano; hay mascotas que hacen fotos), ha tenido lugar una mutación irreversible en la construcción de las imágenes mediante las cuales narramos el mundo. Resulta, pues, innegable que estas se han multiplicado infinitamente —“hoy Alonso Quijano no enloquecería en las bibliotecas devorando novelas de caballería, sino absorto frente a la pantalla calidoscópica del ordenador”—. Resulta asimismo irrefutable que, para la captura y circulación de esas imágenes, ya no serán imprescindibles los especialistas. En medio de este delirio, Ai Weiwei consigue un quiebro. Con Cámara de vigilancia, una escultura de mármol, reproduce, exactamente, el objeto que indica su título. Esa condición marmórea de la cámara contrasta con la debilidad del vigilado. Esa “cámara” deja de operar como una prótesis de nuestro organismo —lo que alimenta la tesis de Fontcuberta—, para quedar convertida, ella misma, en un fetiche, en otro objeto listo para el intercambio y la veneración estética.

6. Es lo que tienen los objetos. Y lo que tiene ponerse a contemplarlos, sobre todo si lo haces acompañado de un tipo como Marcel Duchamp. Aunque se trate de un avión, y aunque te llames Brancusi, en cualquier momento caerá el zarpazo: “¿Hay alguien capaz de hacer algo mejor que esta hélice? ¿Acaso sabrás tú?” La pregunta de Duchamp lanza un reto directo al escultor, y a su imposibilidad técnica para conseguir “algo mejor” que esa hélice. Lo que en apariencia es un ejercicio de humildad, en realidad no es otra cosa que una alerta sobre el peligro de decrepitud que flota sobre cualquier obra “terminada”: se trate de la Mona Lisa, una alfombra o, como es el caso, una hélice. Esa es la razón última de Marcel Duchamp en su larga ejecución del Gran vidrio: la conquista de una obra “definitivamente inacabada”. Y con ello —como vio Octavio Paz, permitirse el lujo de propinar “un puntapié contra la obra sentada sobre su pedestal de adjetivos”. Hay más: la pregunta a Brancusi está precedida por un rotundo “pintar se ha acabado”. De modo que Duchamp inaugura, de paso, una cadena prescriptiva en la que se inscribe el Roger Caillois que habló de Picasso como el gran liquidador del arte o el Milan Kundera que percibió a Bacon como el último pintor; el Adorno que negó la posibilidad de la poesía después de Auschwitz o el Fukuyama que decretó el fin de la historia con la caída del Muro de Berlín.

7. Nuestro dilema es que, si bien por otros medios, después de Picasso ha continuado el arte y hay pintura posterior a Bacon; poesía después de Auschwitz e historia más allá del Comunismo. Ante el desafío de esa continuidad postmorten, se planta un proyecto como By Default, de Juanjo Valencia y Lena Peñate. Para estos artistas, la clave de la obsolescencia de las imágenes está, ante todo, en la decrepitud de aquello que estas describen y, sobre todo, en los lugares donde estas se emplazan: los museos, pongamos por caso. El suyo es un tanteo acerca de un mundo que programa y rentabiliza la caducidad —By Defaultconvertido en Buy Default—. Este proyecto se apresta a horadar la superficie del arte hasta desvelarnos un síntoma de estos tiempos en los cuales ya ni siquiera son los objetos —un orinal, una aspiradora—, sino los sujetos y sus causas, los que terminan encapsulados en el museo. Un momento en el que los hechos, después de ocurrir primero como tragedia y más tarde como farsa (según la predicción de Marx), se han dispuesto para una tercera posibilidad: imponerse como estética.