El extraño eres tú

Los noctámbulos, de Edward Hopper, 1942., The Art Institute of Chicago.

Nos observaba sonriente y eso nunca es buen presagio. Fingíamos no verle.

En el círculo central del Madison Square Park terminábamos la sesión de fotos de una entrevista. Yo sujetaba el paraguas de luz, ella posaba y él disparaba. El extraño estaba clavado a unos cincuenta metros de nosotros. No reía, no se movía. Solo nos miraba sin discreción, empeñado en que fuéramos conscientes de su presencia.

Nosotros intercambiábamos nerviosismo levantando las cejas y apuntándolas hacia él. ¿Qué hace? ¿Cuánto tiempo lleva ahí? Los movimientos se volvieron urgentes y algo incómodos. Parpadeábamos en exceso, quizás por sabernos observados. Aunque lo desquiciante era su estatismo: confiábamos en que en algún momento hiciera algo. Lo que fuera. Que saludase, que mudase el gesto… o que desapareciera.

Pero el pelirrojo seguía ahí. Impávido. Con una mano en el bolsillo de los vaqueros y la otra tapando relajadamente la parte central de la boca. Las comisuras alzadas, dejando escapar aquella sonrisa turbadora. Parecía alguien que había encontrado exactamente lo que estaba buscando.

«Prohibida la presencia de adultos si no están acompañando a niños menores de doce años». A su espalda, se divisaba el cartel del parque infantil como un presagio turbio. Quizás en otro lugar, en otra ciudad que no acumulase el mayor porcentaje de chalados gritándoles a las nubes, el tipo podría pasar por algo más que un voyeur inofensivo.

Cuando empezamos a recoger los bártulos, se esfumó. O, más bien, perdimos de vista por dónde se nos estaba aproximando.

Una mano se posó suavemente en mi espalda y, de nuevo, la sonrisa. El extraño se tomó unos instantes para escrutar mi cara estupefacta, en silencio. «¿Qué quieres?», escupí. «Hola, no te asustes», dijo. Me pregunto si esa frase alguna vez ha conseguido lo que dice pretender. «Me habéis hecho pasar un buen rato mirándoos. Sois los únicos de la plaza que parecen estar disfrutando. Gracias». Aquello estaba atestado de neoyorquina normalidad: mujeres con tacones inclinadas sobre sus tuppers, hombres con portátiles en las rodillas, el trasiego de gente que lee mientras camina. Niños a la sombra del Flatiron. Enjambres de paloselfis paseando turistas. «De nada», piamos.

Nos ofreció su mano pecosa, que aceptamos con cautela y una sonrisa básica. Si dijo su nombre, no lo recuerdo. Noté un crujido en mi palma cuando me llegó el turno de estrechar. Había deslizado algo entre sus dedos y los míos. Un sobre blanco con un elegante lacrado rojo en una eme mayúscula. Por primera vez le miré directamente a los ojos. Tenía unas frondosas pestañas naranjas y blancas. «Léelo a solas», murmuró. Y se fue.

El sobre quedó hecho trizas en cuanto le perdimos de vista. Lo despedazamos como hienas ansiosas. Contenía una pequeña carta escrita en Times New Roman con doble interlineado. Apretamos las cabezas para leerla los tres a la vez:

¡FELICIDADES!

Debido a tu amabilidad hacia un extraño-pelirrojo, has sido invitado a La Cena del Misterio.

La Mysterious Mystery Society celebra esta cena mensual para diez personas, para así construir un tejido conectivo entre los subgrupos de Nueva York.

Como parte de eso, invitan a un extraño en veinticuatro horas. Ese extraño eres tú.

Sucederá esta noche, 27 de junio, a las 7:15 pm en un restaurante en el West Village.

La única regla es que no puedes decirle a nadie cómo has sido invitado. La cena será por cortesía nuestra.

Tienes cinco minutos para mandar un mensaje al XXX-XXX-XXXX o escribir a [email protected]

Sí, esto es real. No, no hay problema. Puedes hacer preguntas antes de comprometerse.

¿Serán todos pelirrojos en la cena? Qué excentricidad. Qué locura. Qué Manhattan resultaba todo. Qué estimulante y —para qué negarlo— qué difícil decidir si estaba más intrigada o halagada.Carcajada de alivio. Risotada de incomprensión y hombros elevados. Vistazos panorámicos en torno a nosotros para descubrir la ubicación de la cámara oculta. Recuento de enseres para descartar haber sido víctimas de un robo.

«¿Irás? El tipo tenía una pinta extraña».

Claro.

Masón, pelirrojo, idiota

Escribí al número indicado y me devolvieron al instante un SMS con una dirección de una cafetería de Chelsea que actuaría de «punto de encuentro». «¿Preguntas?», decía al final, junto a una carita sonriente. Por dónde empiezo. ¿Es mejor que pique algo consistente antes de ir porque vais a servir solo esos ridículos cuencos con crudités? ¿Habrá alguien que no sea pelirrojo? ¿Estará Damian Lewis? ¿Vaqueros o vestido? No he traído máscaras a Nueva York, ¿basta con el antifaz de dormir del avión?  ¿Vais a matarme?

En realidad, solo me atrevo a preguntar si puedo ir acompañada. «No, lo siento. Pero no te preocupes». Otra frase que no consigue el efecto deseado.

Mis compañeros dicen que vaya y que lo escriba. Todo aquel con quien comparto una fotografía de la misiva misteriosa se chotea de la situación: que haga testamento, que vigile mis riñones, que no beba de nada que no se descorche en mi presencia, que vaya depilada. Yo me hago la interesante mandándoles la ubicación del lugar —que automáticamente pasa a apodarse «Ginger Mansion»— a un par de colegas de la ciudad, como si realmente temiera por mi seguridad y contemplara seriamente la posibilidad de ser socorrida. Siempre he anhelado ser protagonista de un thriller psicosexual noventero y esta parece la ocasión. Tendría título como de admonición materna: «Nunca hables con pelirrojos», o cualquier otro bodrio de aquellos que trataban de emular a Brian de Palma.

Toda esa inventiva colectiva fue tejiendo la narrativa imposible de la cena misteriosa. Podría, desde luego, tratarse de un elaborado y vulgar timo o de una herramienta de marketing de un nuevo restaurante con espectáculo. No era en absoluto descartable una encerrona del tipo La cena de los idiotas, a la que yo acudiera como el esperpento escogido por el tipo del parque. O —y esta era la perspectiva más estimulante y con más apoyo del público— un guateque a lo Eyes Wide Shut, repleto de sicalípticos redheads con túnicas de armiño. ¿Y si había sido convidada a una logia masónica? No era tan descabellado. Uno de los primeros resultados de googlear sobre la «Mysterious Mystery Society» fue un artículo del New York Times que profundizaba en la búsqueda activa de nuevos miembros de la logia de Nueva York. Según esto, el cuartel general está en la calle 23 Oeste con la Avenida de las Américas, a solo tres manzanas del lugar en el que me habían convocado. ¿Y si la crisis de vocaciones ha hecho que los masones anulen su desfasada política sexista? ¿George Washington tenía la cabellera anaranjada? Un momento, ¿no había un relato de Conan Doyle llamado La liga de los pelirrojos?

Con una lista de posibilidades tan surtida, a la cena misteriosa no le queda otra opción que defraudar. Será una capilla sin gracia comparada con estas catedrales de fantasía. Lo peor era que, si no resultaba una realidad tan sofisticada, ya podía irme olvidando de la larguísima mesa con candelabros que me estaba creciendo en la cabeza.

***

Lo primero que pienso cuando llego —puntual— a la cita es que el grupo que parlotea en la puerta de la cafetería no son extraños en absoluto. Hay algo indefinible en la manera en la que gesticulan que nunca surge en los primeros encuentros. Tampoco tengo tiempo de estudiarlos demasiado porque rápidamente alguien me divisa ahí, plantada, dando ansiosas caladas al cigarrillo.

«Eh, ¿vienes a la cena del misterio?», inquiere un hombre menudo, bonachón. Tiene el nacimiento del pelo bañado en sudor.

Muevo la cabeza arriba y abajo, pugnando por no decir nada inadecuado, nada que revele el error de mi presencia. Me incorporo al semicírculo y el grupo me sonríe solo con la boca. Soy la más joven y aparentemente la única no norteamericana. O neoyorquina, más bien. Siento que he irrumpido en una conversación en curso y a cambio solo he traído frases sueltas. «Soy Bárbara», digo, titubeante. El resto asienten y no hacen nada. Nada excepto seguir sonriendo. Está claro que esa no era la contraseña. Noto la tensión alojándose en mi estómago y trato de domeñar el acceso de incomodidad en una rígida sonrisa. Cuento ocho personas, cinco hombres y tres mujeres. Cero pelirrojos.

El grupo se gira bruscamente al sonido de una palmada. Se acerca caminando el ginger stranger de esta mañana, que va sorteando el vapor que desprenden las aceras. Vuelve a palmotear y dice entusiasmado: «¡Ya estamos todos! ¡Seguidme!».

El grupo se dispersa naturalmente en parejas y grupos de tres, y me quedo en la cola de la procesión, sola. O todo da un giro sorprendente, o no tiene pinta de que esta noche vaya a acabar con máscaras de lentejuelas.

El extraño número uno y líder de esta desopilante reunión se detiene ceremonialmente ante un precioso edificio de fachada de ladrillo. La Ginger Mansion. De un brinco sube a la escalinata y engola la voz: «¡Bienvenidos a la Cena del Misterio! Por favor, pasad por la puerta de la derecha y dejad los teléfonos móviles donde está indicado. Soy Jeremy, el ginger stranger». La orden no provoca ningún disgusto palpable entre el resto de extraños, así que yo replico su naturalidad y cruzo la entrada con el teléfono en la mano. Parece un local de eventos privados, la clase de lugar donde los ejecutivos de Wall Street celebran sus bonus anuales. Un ¿camarero? con esmoquin y pelo negro sostiene una bandeja de copas de vino tinto. No pronuncia palabra, solo una exagerada reverencia con la cabeza. Al coger la bebida, apunta con el mentón hacia una caja de seda azul situada a su izquierda. «Phones». Obedezco.

Enfilamos un estrecho pasillo hasta detenernos ante una cortina, azul también. Luce la misma eme mayúscula que el sobre con la invitación, bordada con hilo dorado. Jeremy la retira con delicadeza y nos invita a pasar. «Tenéis un sitio asignado, por favor, sentaos donde os corresponda».

Una mesa redonda coquetamente dispuesta preside la estancia. Flota un intenso olor a coliflor. Sobre uno de los platos reposa otra elegante cartulina con mi nombre en letras rococó y la omnipresente eme. Encima de ella han colocado una llave de latón, que, según atisbo, también poseen el resto de extraños.

A mi izquierda se sienta una rubia de media melena y frente diáfana. A mi derecha, un joven con nariz de judío y pelo de Beatle. Me sonríen con un destello de ternura que me hace sentarme muy recta para espantar la sensación de pequeñez.

«Regla número uno», anuncia el anfitrión, al que tengo en línea recta. «Prohibido hablar de la “W”». Hace una pausa: «Es decir, de trabajo». Noto que la aclaración va dirigida a mí. Clavo la mirada en mis rodillas cuando añade que, si es posible, no revelemos nuestros nombres ni tratemos de descubrir los de los demás en las tarjetas identificativas. Vuelvo a sentir el peso de la desaprobación del resto de comensales. Todo mal.

Se hace el silencio.

«Menudo patatal», pienso. Me embobo mirando la tremebunda lámpara de araña que centellea sobre nosotros. Le da un toque Hitchcock a una situación muy Lynch.

Una mujer con un lacio cabello ceniza detona la engorrosa atmósfera: «¿Por qué no hablamos de Bill Cosby? ¿Cuántas de vosotras os habéis despertado en su camerino? Porque a veces me siento un poco excluida».

Explota el melón de la risa y de la conversación. Afortunadamente, todos hablan con un sarcasmo fluido que derrocha humor negro con cualquier asunto: departimos sobre Juego de tronos, sobre la tercermundista forma de apilar basura en la ciudad y sobre filosofía, así en general. Personalmente, no encuentro problema en obviar a qué me dedico ni cómo me llamo, pero estoy en clara minoría. El resto hace ímprobos esfuerzos por sortear la tentación y dejan frases a medias, presumiblemente porque topan con un obstáculo con uve doble. El vino y el palique empiezan a hacer su efecto y la sensación de aislamiento disminuye. Ni siquiera cuando llega el momento de pedir la cena me siento excluida al ser la única en elegir Wagyu mientras el resto opta por el pollo.

Con los platos vacíos, Jeremy recupera su rol de líder. Hasta el momento ha estado tomando notas en un cuaderno de cuadrícula y espiral, motivo por el cual sospecho estar asistiendo a alguna clase de experimento sociológico. A estas alturas lo único que me preocupa es que la sorpresa final sea que hay que pagar la cuenta, porque el vino sabe caro.

«Todos habéis sido invitados aquí de la misma manera. Pero solo hay un extraño entre nosotros. Ahora, os pido que cerréis los ojos y señaléis a quien creéis que es el extraño».

¿Qué se supone que tengo que hacer? ¿Señalarme a mí misma? ¿Esta era toda la gracia del asunto?

Ignoro la instrucción y dejo los ojos abiertos para contemplar cómo toda la mesa se cubre la cara con el dorso de la mano y dirigen sus índices en mi dirección. Esta era bien fácil, linces.

Me choco con el rictus serio de Jeremy, que al menos tiene la delicadeza de no señalarme. Su mirada contiene un aviso: Acepta o atente a las consecuencias.

Resoplo y cierro los ojos, colocándome el índice en la sien en señal de culpabilidad.

«Podéis volver a abrirlos».

Todos se deshacen en risitas ratoniles al ver el pastel. Me molesta ser el centro de atención, soy más de coros que de arias. Me convierto en un personaje bobalicón de Woody Allen, qué espanto. Si no eras yo, supongo que la situación tenía su gracia. Aun así, la irritación me dura poco. Aproximadamente lo que tarda el ginger stranger en imitar con una teatralidad forzada a Hércules Poirot y desvelarnos el misterio —si a estas alturas puede llamarse así— de The Mysterious Mystery Society.

A los postres, claro está.

* * *

Se llamaban Chantel, Tony, Dan, Wendy, Jillian, Ben, Mary y Tony otra vez. Ellos también fueron yo una vez. Antes de hoy, algunos se conocían entre ellos, otros no. En el transcurso de los tres últimos años, una mujer tempestuosa o un pelirrojo inquietante les interceptaron por la calle y les entregaron el mismo sobre lacrado.

Ellos escogieron venir, equilibrando pánico e intriga. Otros, la mayoría mujeres, se negaron. Hasta el momento, casi doscientos neoyorquinos han formado parte de estas cenas, cuyo objetivo no es humillar al «extraño» ni culminar con una desenfrenada orgía. O no de entrada.

La meta es, según explica Jeremy, insubordinarse a la dinámica de la ciudad. Sublevarse contra esa obligación crónica de hablar de trabajo en cualquier ocasión social. Con conocidos, con extraños, con la familia. No es ningún secreto que en Estados Unidos, y especialmente en Nueva York, tu profesión te define. A la larga, charlar acerca del trabajo es como una profilaxis que inhibe el contacto más personal, desembocando en una sensación de competición angustiosa. Un abismo separa el carácter americano del que yo arrastro, pero consigo entender parte de lo que me cuentan. Es algo que se hace evidente en cuanto dejas de ser un turista en la ciudad.

Jeremy y otras dos chicas —a las que no conozco— compartían algo más que el hartazgo ante esa espiral social. Se sentían solos. Solos de una manera que les avergonzaba, porque en realidad no lo estaban. Se trata de esa clase de soledad que se parece más a una inquietante sensación de aislamiento en una multitud. El sexo la cura o la mitiga temporalmente, pero sigue ahí. Y no es fácil desalojarla.

Especialmente en una ciudad. Singularmente en Nueva York.

Me acuerdo del cuadro de Hopper Los noctámbulos. ¿Habláis de eso?

«Sí, pero sin el romanticismo», responde Mary, la mujer de la melena rubia. «¿Te has fijado en que la cafetería del cuadro no tiene puerta?», inquiere.

Es cierto. En cierta forma el pelirrojo y sus compañeras intentan abrir una. Una que desacelere el ritmo frenético de la urbe, en esa persecución constante de la meta. De ahí la regla de oro de la sociedad. De ahí que no se permitan teléfonos móviles. De ahí que todo opere por un gigante salto de fe: confiar en un extraño.

Como dice Olivia Laing en Ciudades Solitarias, en Nueva York, la soledad es un territorio muy poblado. Y casi siempre tú eres el extraño.

* * *

Regreso a casa mientras se encienden las luces de neón de la ciudad. Voy pensando que The Mysterious Mystery Society es una locura naíf, una fantasía bienintencionada y candorosa. Pero también es lúcida y alegre a su extraña manera. Y más barata que un psicoanalista.

Cuando reviso el mail tengo dos correos de comensales. Uno, de Jeremy, que este nos ha enviado a todos los invitados para mantenernos en contacto. Incluye algunos de los vídeos, artículos y títulos de libros que han surgido en la conversación —eso era lo que apuntaba en el cuaderno—, como una especie de acta de la velada. Se adjunta un escueto perfil de cada participante, sus nombres reales y su profesión. También una verdura que les identifica, a saber según qué criterio. Yo soy una alcachofa. Sigo sin saber para qué diantres es la llave, pero me maravilla descubrir que el anfitrión es actor en Barrio Sésamo.

El otro correo, de unos minutos después, es de otra de las asistentes, periodista del Washington Post. «¿Sabes ya cuál será la conclusión del artículo?», pregunta, burlona.

Pocas veces lo he visto tan claro: si se les acerca un pelirrojo, no se asusten.


Cinco grandes preguntas (y cuatro grandes respuestas) sobre el contacto extraterrestre

Imagen: Aladin Lite.

Bonita, ¿verdad? La estrella, digo. Y además tiene un nombre con mucho punch: Asterion. Luce en la constelación de los lebreles y está a ocho pársecs del sistema solar, algo más de veintisiete años luz. Suena muy lejos, pero de hecho es bastante cerca.

Además Asterion —o Beta Canum Venaticorum, si prefiere su nombre técnico— es uno de los pocos ejemplares conocidos de eso que los astrónomos llaman «gemelo solar», un título que habla por sí mismo. Y el más cercano de todos, una de las razones por la que los radiotelescopios de medio mundo apuntan en su dirección. La otra es que esta humilde estrellita, ahí donde la ven, es una de las que acumula más papeletas en la rifa de la biología compleja, incluyendo la clase de biología que sería capaz de ganar una partida de backgammon.

Cada vez que oiga aquello de que el universo es tan grande que la inteligencia debe de haber florecido en algún otro lugar además de la Tierra, estamos hablando de lugares como Asterion. Y también lo hacemos cuando elucubramos sobre la posibilidad real de contactar con ella, ya que pocos sitios nos cogen tan a mano como este sol. Por eso, además de ser una de las niñas bonitas del Instituto SETI —Search for ExtraTerrestrial Inteligence—, Asterion está en el punto de mira de las dos grandes iniciativas de búsqueda extrasolar proyectadas a corto plazo, el telescopio TPF —Terrestrial Planet Finder— de la NASA y el Proyecto Darwin de la Agencia Espacial Europea. Eso implica muchos millones invertidos en descubrir qué se cuece por allí.

¿Le sorprende el grado de concreción? Pues no debería. La ciencia consiste en eso, en concretar. Y la búsqueda de inteligencia extraterrestre ha tenido décadas para hacerlo, aunque los profanos solamos olvidarlo y nos movamos entre convenciones de la década de los sesenta y setenta. En parte, la culpa la tienen un aforismo, aquel que habla de la muerte por éxito, y aquella ecuación tan exitosa que diseñó en 1961 quien fuera presidente del Instituto SETI, el astrónomo Frank Drake:

N = R*· fp · ne · fl · fi · fc · L

Con frecuencia se oye que este galimatías prevé el número de civilizaciones que pueblan la galaxia (1), pero eso no es estrictamente cierto. Aunque incluye ese factor —es el parámetro fi—, la N que intenta resolver esta ecuación tiene más que ver con los propósitos específicos del Instituto SETI: equivale al número de pueblos extraterrestres con los que la humanidad podría establecer contacto en un año. Recurriendo a los valores más optimistas, los que le asigna el propio Drake, arroja un resultado cercano al diez, aunque otros rebajan la cifra hasta 0.0000000676963, una cantidad tan dolorosamente parecida al cero como rigurosamente ajustada a la realidad. Lo cierto es que el propio SETI califica hoy la ecuación de Drake como «una herramienta eficiente para estimular la curiosidad intelectual sobre el universo», un eufemismo que también se aproxima dolorosamente al cero.

Pero es lo que pasa con la búsqueda de inteligencia extraterrestre, ¿no? Que la ecuación verdadera es Li = Le , donde Li equivale al lirili y Le al lerele. Que mucho ruido y pocas nueces, para entendernos. Mucha certeza de que están ahí, pero ninguna prueba que lo demuestre. En realidad, no sabemos nada sobre las circunstancias en las que se ha de producir un contacto, ¿verdad?

Pues no, mire. Tanto como nada, no.

Desempolve su antena de mano, su camiseta de I want to believe y luzca su mejor cucurucho envuelto en papel de plata, que vamos preguntarnos por cinco cuestiones fundamentales —dónde, cómo, cuándo, qué y quién— acerca del contacto con criaturas extraterrestres. Y desde ya le advertimos que, con los datos en la mano, quizá tengamos que piruetear por probabilidades científicas remotas, pero solo responderemos «imposible» en una ocasión. Disponemos de más razones científicas para esperar un contacto que para descartarlo porque el SETI, ya verá, no es morirse de frío. Y, además, las probabilidades no han hecho más que aumentar en los últimos cincuenta años. Literalmente.

Cuándo

Tanto así que, cuando Carl Sagan se propuso crear «una representación ficticia de cómo sería un contacto en realidad» —en palabras de su mujer, Ann Druyan—, dio prioridad a la cuestión del tiempo sobre la del espacio, que precisamente por eso le quedó, digámoslo con tacto, bastante menos realista.

Imagen: Warner Bros / South Side Amusement.

En Contact, el mensaje alienígena que captaba la intrépida directora del Proyecto Argus, Ellie Arroway, procedía de Vega, un sistema estelar a veinticinco años luz de distancia de la Tierra. En una galaxia de más de cien mil años luz de diámetro ocurre lo mismo que con Asterion: no dejaría de ser un caso de potra bastante, bastante severo (2).

Pero tenía que ser Vega, y la razón eran los plazos. La primera retransmisión televisiva efectuada por nuestra especie con potencia suficiente para salir al espacio —un discurso de Hitler, hurra por nosotros— abandonó la Tierra en 1936 y llegó  a las inmediaciones de Vega veinticinco años después, en torno a 1961. En su novela, Sagan jugaba a que nos era devuelta desde allí con la forma de un pulso de radio que alcanzaba el sistema solar veinticinco años más tarde, en 1986. Era la fecha aproximada en la que estaba ambientada la historia.

Y el principio no es ninguna fantasía. De hecho, Sagan inspiró su Ellie Arroway y el ficticio Proyecto Argus en la radioastrónoma Jill Tarter y su trabajos en la dirección del Proyecto Fénix del SETI. Entre 1995 y 2004, y con numerosos radiotelescopios de ambos hemisferios a su disposición, Tarter se dedicó a la búsqueda de señales artificiales analizando la emergencia de patrones en ondas de radio, pero no en cualquier lugar. De hecho, su equipo escaneó ochocientas estrellas situadas en doscientos años luz a la redonda solo para confirmar, en palabras de Tarter, que «vivimos en un vecindario muy tranquilo». Según el último director del proyecto, Peter Backus, la estrategia obedeció a una simple prioridad técnica: «Cuanto más cerca está la estrella, el transmisor requeriría menos potencia para producir una señal detectable» desde la Tierra.

Pero había otra razón para centrarse en los astros situados específicamente a menos de doscientos años luz. Los seres humanos comenzamos a interferir con el espectro electromagnético hace cerca de doscientos años. Si el contacto ha de ser una respuesta a nuestras radiaciones —y es un clavo ardiendo al que SETI se agarra completamente en serio, aunque haya quien no—, aritmética elemental: solo cabe esperar que sepan de nosotros en sistemas a doscientos años luz de distancia, y la respuesta no podría provenir más que de aquellos en cien años luz y menos.

Una representación del alcance de las radiaciones humanas en la Vía Láctea. Imagen: Adam Grossman / Nick Risinger. Clic para ampliar.

Contra esta conjetura obra la estadística, por supuesto. Un radio tan pequeño puede servir para soñar, pero no para ser realistas. De todos los sitios donde podrían estar —y en la escala galáctica son efectivamente todos los sitios—, sería demasiada casualidad que fuesen a estar precisamente en nuestro pequeño, pequeño circulito.

Dónde

Por eso el SETI prefiere ir a tiro hecho, que siempre es más rápido, y dispone de una lista con los sistemas específicos de los que cabría esperar una llamada interestelar espontánea —no necesariamente en respuesta a nuestras emisiones—. Entre ellos figuran algunos tan célebres como Alfa Centauri, 51 Pegasi o la propia Asterion. En total, son 17.129 estrellas. Ni una más, ni una menos.

Este es el número de soles que integra el Catalog of Nearby Habitable Systems, todos los que las astrónomas Jill Tarter y Margaret Turnbull consideran «potencialmente habitables por formas de vida compleja, incluyendo la vida inteligente», en nuestra sección de la galaxia. El HabCat, como se abrevia con frecuencia, es una ampliación de la primera lista de astros que Tarter y sus colegas rastrearon en el curso del Proyecto Fénix y servirá como guía en los trabajos del ATA —Allen Telescope Array, el radiotelescopio más potente del mundo y el más grande dedicado a la búsqueda de inteligencia extraterrestre, aún en construcción—, el futuro telescopio espacial TPF de la NASA y algunos de los principales programas de SETI, entre ellos [email protected] y SERENDIP —Search for Extraterrestrial Radio Emissions from Nearby Developed Intelligent Populations.

Para confeccionarlo, Tarter y Turnbull partieron de los ciento veinte mil sistemas estelares más próximos a la Tierra —consignados en el Catálogo Hipparcos de la Agencia Espacial Europea— y eliminaron del recuento las estrellas «cataclísmicas, eruptivas, pulsantes, rotativas o de rayos X», además de las jóvenes, las que no han permanecido estables durante los últimos tres mil millones de años —el tiempo necesario para formar planetas viables— y otras que presentan entornos hostiles para la biología por su composición química, tamaño y un sinfín de variables. Ellas mismas las pormenorizan aquí y la lista definitiva de candidatas es esta.

Jill Tarter en el radiotelescopio de Arecibo. Fotografía: Corbis.

En 2006, además, Turnbull entresacó de esta misma lista un top ten con las diez estrellas más prometedoras, cinco de las cuales centrarán los estudios del ATA de SETI y cinco los del TPF de la NASA. Entre ellas figuran celebridades astronómicas como Alfa Centauri B, una enana naranja en el sistema triple de Alfa Centauri —el más cercano al sistema solar, a poco más de cuatro años luz—; Épsilon Eridani, la tercera estrella más próxima entre las que se ven a simple vista; 51 Pegasi, en torno a la que orbita 51 Pegasi b, el primer planeta extrasolar que se descubrió en 1995; y Tau Ceti, un sol de tipo G cuya relativa longevidad lo hace más propenso a la vida. Según Turnbull, las dos estrellas más prometedoras de todo el catálogo son Épsilon Indi A, una pequeña a menos de doce años luz, y Asterion.

Cómo

Se han publicado teorías muy convincentes sobre cómo sería el mensaje extraterrestre más probable, aunque el verdadero consenso obra sobre todo aquello que podemos ir descartando. Además de lo obvio, que es el contacto físico vía nave o sonda espacial, también el contacto mediante alguna forma de comunicación superlumínica, como el famoso ansible que concibió la novelista Ursula K. Le Guin. Aunque desde los años sesenta se hayan propuesto varias formas teóricas de explotar la capacidad de los taquiones de superar la velocidad de la luz para crear dispositivos de intercambio instantáneo de información, existe una razón de peso para descartarlos: hasta nuevo aviso, son solo figuras hipotéticas. Si puede imaginar una razón mejor, me gustaría conocerla.

Por eso esperamos un contacto en una forma que nos resulta más familiar, las ondas, y concretamente mediante una clase de intercambio que rinde particularmente bien cuando se trata de las monstruosas distancias espaciales: la radiocomunicación por microondas. Este rango de frecuencia del espectro electromagnético, aproximadamente entre los 300 MHz y los 300 GHz, es el más despejado de interferencias naturales y aquel del que resulta más sencillo entresacar señales débiles. En SETI proponen que cualquier criatura razonable recurriría a él para enviar ondas artificiales específicamente destinadas a la comunicación interestelar.

Y para ejemplo, un botón: nosotros mismos. Desde el mensaje de Arecibo de 1974 al AMFE —A Message From Earth—, retransmitido desde Ucrania en 2013, todos nuestros mensajes viajan hacia las estrellas por esta frecuencia. Incluso en los que incorporan físicamente algunas de las sondas que han abandonado el sistema solar —más un ejercicio romántico que un intento de comunicación realista— se habla de esta frecuencia, por si acaso. En las placas que transportan las dos sondas Pioneer, por ejemplo, se propone una unidad de tiempo equivalente a 1420 MHz.

Y no por nada, ya que 1420 MHz es la frecuencia estrella de la comunicación interestelar. Tanto así que, siguiendo los consejos de Giuseppe Cocconi y Philip Morrison, la Unión Internacional de Telecomunicaciones de las Naciones Unidas prohíbe hoy la emisión de radio en la línea del hidrógeno o de veintiún centímetros, como también se la conoce, que queda así reservada para radioastronomía. La razón es simple: al no compartir con los hipotéticos alienígenas ningún código o sistema de medida para pautar las frecuencias del espectro electromagnético, hemos llegado a la conclusión —y esperemos que ellos también— de que las únicas referencias posibles entre ambos son las frecuencias de emisión de los elementos naturales, que son las mismas aquí, en la China popular y en Aldebarán. Y una, en concreto, es la idónea: 1420 MHz, la frecuencia natural de emisión del hidrógeno neutro. Entre otras propiedades, cae en el rango de las microondas, corresponde al elemento más común en el universo visible y además presenta una serie de curiosos fenómenos físicos, como las líneas de Balmer, que llaman la atención sobre ella.

La línea del hidrógeno monitorizada en Hat Creek Radio Observatory. Fotografía: Colby Gutierrez-Kraybill (CC).

Aunque haya quien empiece a poner en duda su idoneidad, la mayor parte de los radioastrónomos y astrobiólogos mantiene su fe en la línea del hidrógeno, aunque les haya acarreado algún disgusto. El primer falso positivo en la historia de la búsqueda de inteligencia extraterrestre, el del ocho de abril de 1960 durante el curso del Proyecto OZMA, tuvo lugar precisamente mientras se rastreaba esta frecuencia, aunque después se confirmó que se trataba de ondas emitidas por un avión. Y la señal presuntamente interestelar más famosa de todos los tiempos, la Señal Wow! de 1977, se registró en algún punto entre los 1420.356 MHz y los 1420.455 MHz, tan improbablemente cerca de la frecuencia mágica —1420.405 MHz— como para que muchos, magufos y no tan magufos, descarten la casualidad hasta el mismísimo día de hoy.

Qué

¿Y sabe qué otra cosa es muy improbable que encontremos pero que, no obstante, esperamos encontrar? π. O sea, pi. No abunda en la naturaleza y, sin embargo, es un número tan elemental que nosotros mismos lo descubrimos hace cerca de cuatro mil años, cuando media humanidad no había salido siquiera del neolítico.

Gracias a él le podemos poner puertas al campo del relativismo biológico, ya que respiren azufre, tengan cables o sean criaturas de silicio, los miembros de cualquier raza inteligente que intente comunicarse deben de conocer pi. Y caer en la cuenta, como nosotros, de que cualquier otra especie también lo habría descubierto. Resulta necesario en las matemáticas de cualquiera, y lo bueno que tienen las matemáticas es que siempre son de cualquiera.

Por esa razón buscamos mensajes a través de pi. ¿Cómo? Aquí es cuando volvemos a abrir las puertas de otro campo igual de grande, porque podemos imaginar muchas maneras de citarlo. «La frecuencia del hidrógeno por pi es algo en lo que piensa mucha gente», comentaba en 2010 Seth Shostak, del SETI. Es decir, que la hipotética señal alienígena fuera enviada a 4.462 MHz de frecuencia, al doble de esta o a cualquier que implicase las magnitudes, necesariamente ambas, de la línea del hidrógeno y de pi. Es el supuesto con el que trabaja actualmente el Allen Telescope Array, rastreando una selección se bandas emparentadas matemáticamente con la del hidrógeno, entre ellas algunas a través de pi. Huelga decir que sin éxito, claro, o nos habríamos enterado todos por los periódicos. Hasta la fecha, el matrimonio entre pi y el hidrógeno solo ha servido para vender camisetas.

Otra singularidad matemática que podría indicar que tras determinada señal está la mano alienígena —dígase mano, dígase tentáculo— son los números primos. De nuevo mediante un amplio abanico de posibilidades, la más elemental de las cuales sería seguramente la que imaginó Carl Sagan, una señal de radio pulsante en intervalos de dos pulsos, tres, cinco, siete, once, trece, etcétera. La realidad podría ser algo más compleja y de nuevo el ejemplo somos nosotros. El Mensaje de Arecibo, remitido desde Puerto Rico en 1974 en dirección al Cúmulo de Hércules, contaba exactamente con 1679 bits de información, un número producto de multiplicar dos primos, 23 y el número favorito de Sheldon Cooper, 73.

Si alguien lo recibe dentro de 25.100 años, que son los que la señal tardará en llegar a su destino, confiemos en que sepa coger la indirecta.

Quién

Sabemos dónde hay que ponerse a buscar, vale. Y sabemos que resulta más razonable hacerlo ahora que antes. Incluso sabemos por qué frecuencias empezar y qué buscar en esas frecuencias. Dónde, cómo , cuándo y qué, resuelto. Pero campanas al vuelo, las mínimas. Ahora toca descifrar la incógnita del quién. Y, malas noticias: si se trata de comunicarse con una civilización alienígena, lo más difícil no tiene nada que ver con distancias monstruosas o plazos de tiempo inabarcables, sino con nuestras cabecitas. Las nuestras y las de ellos, si es que tienen.

No tenemos ni idea sobre quién podría estar al otro lado del aparato, y por tanto sobre qué cabe esperar que contenga su hipotético mensaje (3). ¿Sintagmas de algún tipo, y confiamos así en que sepan manejar símbolos? ¿Alguna clase de imagen o sonido, y confiamos entonces en que compartan nuestros mismos sentidos? ¿O acaso algo que carecemos de palabras para designar o acaso de recursos mentales solo para concebir? Estamos hablando de comunicarse con otra especie, y lo vamos a repetir: comunicarse con otra especie. Citando a Neil DeGrasse Tyson, siempre tan citable, es muy probable que «la vida en otro planeta, si se formó independientemente de la vida en la Tierra, sea más diferente de cualquier especie de la Tierra de lo que cualquier dos especies terrestres son entre sí». Y eso, dese cuenta, no es moco de alien.

Estrictamente, la verdadera dificultad no estriba en completar algún tipo de lenguaje universal que permita el intercambio de información, que de hecho es la parte más sencilla (4). Lo jodido es trazar un repertorio básico de axiomas, es decir, certezas para ambos sujetos involucrados en la conversación. Y a partir de ahí, llegar a lo que Alexander Ollongren, astrónomo y matemático, denomina «un sistema conceptual que podamos dar por sentado que cualquier especie inteligente y simbólica en el universo puede compartir con otra». Una noción que, más que inventarse, ha de descubrirse. En el caso de que exista, claro. Y el propio Ollongren lo duda.

Aun así, la exolingüística ha parido ya varios esperantos espaciales, intentos de lenguaje que pretenden resultar descifrables y comprensibles para cualquier criatura inteligente. El más completo es seguramente Lincos o Lingua cosmica, creado en 1960 por el matemático Hans Freudenthal y ampliado recientemente por  el propio Ollongren en Astrolinguistics: Design of a Linguistic System for Interstellar Communication Based on Logic. En todo caso, mueven poco entusiasmo entre los científicos dedicados al SETI, particularmente los astrobiólogos. Incluso si fuera razonablemente universal, la sola noción de un lenguaje resulta demasiado antropocéntrica, o demasiado terrestre, para su paladar. Y estamos hablando de gente que cree perfectamente lógico enviar mensajes a las estrellas, recordemos, y esperar una respuesta.  Para una vez que se ponen derrotistas, tendremos que fiarnos de su paladar.

Imagen: Warner Bros / South Side Amusement.

(1) Según Drake, se puede estimar reduciendo el número de estrellas aptas para la vida que se crean en la galaxia cada año —R*— al número de esas estrellas que disponen de sistemas planetarios —fp—, este al número de planetas en la zona habitable de esas estrellas —ne—, este al número real de sistemas habitados —fl—, este al número de sistemas donde se desarrolle la inteligencia —fi—, este al número de sistemas donde haya una civilización intentando comunicarse —fc— y este, finalmente, al número de civilizaciones haciéndolo en un momento dado porque estén en el intervalo de tiempo natural entre el alzamiento y la caída de las civilizaciones inteligentes —L—. Además de que desconocemos el valor de la mayoría de estos términos, a la ecuación le faltan muchos otros.

(2) En Prevalence of Earth-size planets orbiting Sun-like stars, una de las últimas investigaciones sobre supertierras con datos del telescopio espacial Kepler, Erik A. Petigura, Andrew W. HowardGeoffrey W. Marcya concluyen que entre todas las estrellas similares al sol —una categoría en la que incluyen el 10% de soles de nuestra galaxia—, el 22% cuenta con planetas de un tamaño aproximado al de la Tierra orbitando en la zona habitable del sistema.

(3) Para entender por qué, pruebe a realizar este sencillo experimento: envíele una carta a un perro. Comprobará que la parte más complicada, aunque lo parezca, no es hacérsela llegar, sino que no se la coma. No digamos ya que la lea y la comprenda. A la hora de contactar, para nuestra desgracia, lo más probable es que a la humanidad le toque jugar el papel del perro.

(4) Resumiendo mucho los términos, sostiene que «los mensajes destinados a la comunicación interestelar con sociedades extraterrestres inteligentes deberían consistir esencialmente en una (gran) parte de texto en alguna lengua natural y un suplemento de anotaciones en algún sistema formal en otro nivel». Ollongren descarta así las matemáticas elementales como fundamento de un lenguaje verdaderamente universal y propone un concepto híbrido entre el texto ordinario y un sistema parejo para construir axiomas que recurra a la lógica simbólica, la demostración y la computación. Este sistema, explica, «cumple la función de constituirse en un metanivel en el que están disponibles descripciones acerca del contenido del nivel básico», el de las formas textuales.


¿Cuál es la mejor novela de ciencia ficción?

Como quizá ya sepan, y si no los saben ahora se lo decimos, andamos enfrascados en la organización del Evento Ciencia JotDown 2014, que contará no solo con la presencia de un ingente número de lectores, esperemos, sino también con los ganadores del concurso de textos de divulgación y de narración científica. Pero valorar la calidad de una historia de ciencia-ficción exige tener previamente unas referencias con las que compararla, un canon. ¿Qué títulos incluir en él y en qué orden? No es sencillo, dado que pueden juzgarse según varios aspectos: su nivel literario, su rigor científico, su capacidad predictiva… etc. Todas estas cuestiones han provocado una animada discusión que ha ido ganando en apasionamiento hasta que uno de nuestros redactores ha intentado estrangular a otro. Cuando finalmente logramos separarlos hemos convenido que la mejor manera de resolverlo era apelando al comodín del público. Así que voten por favor, añadan algún otro título si lo desean e incluso envíennos su propio relato si se encuentran particularmente inspirados.

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Contacto

contactCarl Sagan, además de haber sido un notable científico, excelente divulgador y maestro de Neil deGrasse Tyson, tiene otro logro, el mayor de todos ellos y que le garantiza la eternidad: fue el autor de las placas que portan las sondas espaciales Pioneer 10 y 11, que permitirán a los extraterrestres hacerse una idea de lo que somos. Con semejante tarjeta de presentación quizá se hagan muchas ilusiones creyendo haber encontrado a sus almas gemelas en el universo y tras aterrizar aquí se lleven una decepción gordísima, quién sabe. Es una cuestión sobre la que se podría especular largamente y el propio Sagan lo hizo en su único y muy celebrado escarceo con la ficción. En esta novela posteriormente llevada al cine sin mucho acierto, la radioastrónoma Ellie Arroway se encuentra un misterioso mensaje extraterrestre durante su trabajo en el programa SETI. Resulta ser una respuesta al discurso de Hitler emitido por televisión durante los Juegos Olímpicos de Berlín, pues esa es la única comunicación nuestra que les llegó a los alienígenas. Viendo la parrilla televisiva actual podría haber sido peor.

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Guía del autoestopista galáctico

guiaDurante millones de años ser escritor de sci-fi conllevaba en mayor o menor medida cultivar patillas optimistas y lucir una solemnidad inversamente proporcional a la capacidad de reconocer que quizá alguien que escribe sobre tostadoras con sentimientos no debería de tomarse el universo tan en serio. Tendría que llegar Douglas Adams y pasarle a todo el mundo una toalla por los morros para construir la epopeya más espectacular y descojonante del género. Robots depresivos, delfines agradecidos, comunas espaciales que llevan generaciones pillándose un pedo en la misma fiesta, viajes en el tiempo y antihéroes bicéfalos. Hay más ciencia ficción pura en la trilogía de cinco libros de Adams que en toda la literatura de ideas. La Guía arranca como debe de ser, aniquilando a la humanidad para construir una autopista, y en el fondo es el único libro de la historia que contiene la, universalmente reconocida como válida, respuesta a TODO.

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1984

1984De la más célebre distopía que se haya imaginado no es del todo exacto decir que sea profética, puesto que George Orwell al fin y al cabo se basó en lo que fue la vida cotidiana para millones de personas tanto en la Alemania nazi como en el régimen estalinista. Pero sí fue capaz de definir las señas de identidad del totalitarismo, hacérnoslo distinguible al caricaturizarlo y advertirnos de algunos de sus síntomas. Muchos de los términos de esta novela —la «neolengua», la «policía del pensamiento», los «dos minutos de odio»…— se han hecho tan enormemente populares que ya forman parte del discurso político contemporáneo. Y es que resulta curioso recordar por ejemplo esto cada vez que uno ve un informativo. ¿Se imaginan una sociedad en la que las autoridades y los medios de comunicación magnificasen alguna amenaza, fomentando la paranoia en la población, uniéndola frente a un enemigo común y dando lugar a un estado de excepción continuado? Mera fantasía, como este libro.

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La guerra de los mundos

guerraSi algún día vienen los extraterrestres será para invadirnos, matarnos y esclavizarnos, esa es la idea que tenemos firmemente asentada en nuestras cabezas. En parte se debe a nuestro conocimiento de la historia, ya que las sociedades más primitivas siempre han acabado calamitosamente tras contactar con otra más avanzada. Y por otro lado debido a las numerosas historias de ficción al respecto, puesto que siempre suele dar más espectáculo una guerra apocalíptica que un contacto diplomático pacífico con un señor verde. Esta novela de H. G. Wells de finales del siglo XIX fue la pionera en la representación de una invasión marciana. Pero no conforme con describirnos a monstruos llegados de muy lejos terriblemente destructivos y feroces, Wells también nos mostró a ese otro que llevamos dentro dispuesto a salir cuando el orden social se desmorona.

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¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?

sueñanLa ciencia ficción es sin duda el género que mayor profundidad filosófica permite alcanzar y esta novela de Philip K. Dick es un buen ejemplo de ello. Qué mejor manera de invitarnos a pensar sobre el sentido de la vida que hablándonos de una vida sintética. Aunque se le fue la mano con la fecha —1992 ya se nos hace un poco añejo para imaginarlo futurista— en nuestro tiempo rara es la semana en la que no aparece en los medios algún avance en torno a la manipulación genética. También aborda otros asuntos como la religión, la guerra nuclear y la contaminación, pero si hay algo a destacar en esta obra es el haber servido de inspiración a una de las mejores películas de la historia.

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Dune

duneEn el complejo universo ideado por Frank Herbert (y desafortunadamente precuelado sin descanso por su hijo), todo se mueve gracias a la especia melange, una sustancia con multitud de propiedades. La principal, mutar a los navegantes de la Cofradía Espacial haciéndolos capaces de plegar el espacio y, por lo tanto, de trazar rutas seguras para los viajes interplanetarios. Además la especia es más adictiva que el crack y la gente se coge con ella unos colocones impresionantes. Es decir, en «mundodune», conducir puesto hasta las trancas no solo no te quita puntos del carnet, sino que es la forma más idónea para viajar, tanto mental como físicamente. ¿A quién puede no interesarle un universo así? Pero no todo iba a ser perfecto. La especia es cara. No porque sea ilegal, como lamentablemente ocurre aquí con ciertas drogas, sino porque solo se encuentra en un planeta del Imperio: Arrakis, también conocido como «Dune, planeta desierto» (hay que decirlo todo junto, esto es importante). Allí los héroes de la trama, el clan Atreides, se enfrentarán por el control del negocio a los malvados Harkonnen, lo que da pie a seis tomos —casi todos tan gordos como el mismísimo barón Harkonnen— de conspiraciones, guerras, alianzas y traiciones, estraperlo, esclavitudes sexuales, condicionamientos hipnóticos y mutaciones genéticas delirantes con truchas de por medio. La HBO tendría aquí buen material para una serie, por cierto, que desde el fin de Galactica se echa de menos un culebrón interestelar en la parrilla.

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Snow Crash

snowUna de las novelas de ciencia ficción más vendidas en los noventa. Snow Crash lo tenía todo para molar mucho, petarlo muy fuerte. Sí, el Criptonomicon es la obra maestra de su autor, pero Snow Crash era rápida, directa a la yugular. Era cool justo antes de que lo cool dejara de serlo, porque también acariciaba la sátira en el proceso. William Gibson y Frank Miller se sentaron en el cerebro de Neal Stephenson para escribir una historia donde el protagonista era un repartidor de pizzas que en el ciberespacio —el Metaverso— era un príncipe guerrero, el malo era un esquimal gigante cuya leyenda afirma que iba por la vida con una bomba atómica a cuestas como quien lleva un arma de mano, la colega del protagonista era una adolescente patinadora que llegaba a vacilarle al héroe varias veces y había un perro que fácilmente podría ser una de las mascotas más adorables y decisivas que ha habido jamás en un relato de ciencia ficción. Ágil, ácida, divertida, Snow Crash no se paraba a reflexionar sobre la humanidad y su destino —aunque pudiera conseguirlo sin ser su intención— y otros grandes temas metafísicos que son lugar común en el género. No, Snow Crash era un blockbuster con acción, intriga y explosiones tremendamente entretenido.

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El juego de Ender

enderEn una sociedad futurista que ha sobrevivido al ataque de una raza alienígena con el aspecto de insectos, un niño de gran inteligencia y sensibilidad es adiestrado para convertirse en una máquina de guerra ante un posible nuevo ataque. Esta historia salida de la mente del misionero mormón Orson Scott Card cautivó la imaginación de millones de jóvenes y ganó todos los premios imaginables desde que se publicó a mediados de los ochenta. Recientemente ha contado con una adaptación al cine, que como suele ocurrir ha causado una gran decepción a algunos lectores, aunque es bastante apreciable.

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Mundo Anillo

mundoOtra novela que se basa en la expedición a un mundo extraño con la esperanza de salvar el pellejo, o lo que sea que recubra los cuerpos de los titerotes. Larry Niven, un autor cercano a la ciencia ficción dura, es decir a esa rama de la narrativa en la que cualquier atentado a una oscura ley de la física de partículas se paga con el desprecio de la raza terrible que forman los ingenieros e informáticos del mundo, esta vez descuidó un tanto la ciencia para escribir un relato de aventuras que resultó ser mucho más entretenido que nada de lo que hubiera publicado hasta entonces. Pero en una convención del género fue recibido con una pancarta que proclamaba que «Mundo Anillo es inconsistente» y su orgullo le obligó a parir una serie de secuelas que pusieran las cosas en su sitio, estropeando por el camino lo que aisladamente se puede considerar sin ofender a nadie una de las mejores historias de ciencia ficción que nos dejó el siglo XX.

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Yo, robot

robotUno de los escenarios más recurrentes de la ciencia ficción, tras la invasión alienígena, es el de la rebelión de las máquinas. Isaac Asimov, el mayor divulgador científico junto a Sagan, le dio muchas vueltas a este asunto elaborando sus célebres leyes de la robótica en esta colección de cuentos, que acabaría formando parte de su saga Fundación. Se trata de un libro sobre robots de 1950, cuando aún no existían. Era todo un visionario, sin duda, aunque nos tememos que ni en su ensoñación más febril y bajo los efectos de cualquier psicotrópico habría imaginado este esperpéntico sarao japonés: los robots han llegado a nuestro mundo y son así.

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De la Tierra a la Luna

tierraJulio Verne debía estar presente en esta lista y esta obra puede ser un buen ejemplo. Acertó al prever la llegada a la Luna y el lugar donde ubicar los lanzamientos espaciales (Florida), pero tampoco habría que exagerar señalando solo sus aciertos —a veces muy vagos— y pasando por alto los fallos, que por esa vía acabaríamos adorando a Nostradamus. Viajar en el interior de una bala de cañón lanzada lo suficientemente rápido como para salir al espacio causaría como mínimo ciertos problemas cervicales. Pero en cualquier caso esta historia sirvió de inspiración para esa película tan divertida de una galleta espacial con una bala en el ojo, que aprovechamos para recomendar aunque no la hayamos visto.

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Solaris

solarisUn académico —y además croata afirmó en cierta ocasión de esta novela de Stanislaw Lem que «tiene varios niveles, y es a la vez un rompecabezas psicobiológico, una parábola acerca de las relaciones y emociones humanas, y una demostración de que los criterios antropocéntricos son inaplicables en el mundo moderno». Esta definición bastaría para fundir las meninges de los incautos que se acercan a la ciencia ficción buscando espadas láser y marcianos con mala leche. Y además es una amenaza real, porque Solaris es eso y mucho más; es una de las obras literarias más compleja del siglo XX que, para empezar, en lugar de un malvado emperador galáctico nos enfrenta o no a todo un planeta oceánico y aparentemente consciente, que no se sabe muy bien si presenta una actitud apática, jocosa o directamente beligerante hacia los soberbios científicos que hacen gala de poder abarcarlo todo con el poder de unas fórmulas matemáticas. Una patada en la boca a materialistas y metafísicos. Una gozada. Y hay fantasmas.

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Hyperion

hyperionLa trama que Dan Simmons desarrolla en Hyperion es lo bastante compleja como para servirnos de ejemplo paradigmático de lo más apreciado por el aficionado medio a la ciencia ficción. Una Iglesia del Alcaudón que aporte su granito de arena místico, una nave templaria y con forma de árbol, las Tumbas del Tiempo —con su correspondiente inversión del flujo temporal, un puerto espacial llamado Keats, pues siempre son bienvenidas las referencias literarias más serias, y un monstruo con el cuerpo recubierto de cuchillas que promete un sufrimiento que deja la digestión del sarlacc a la altura de una sesión de hidromasaje. A la manera de Los episodios de Vathek o Los cuentos de Canterbury, siete peregrinos cuentan su historia personal mientras se dirigen al encuentro del monstruo con la esperanza de que pueda evitar el fin de los mundos. Un lío, claro. Hay historias mejores que otras, pero todas merecen la pena. Y los birukas. Ojo con los birukas.

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2001: Una odisea espacial

2001No es solo la mejor novela de Arthur C. Clarke, sino que en cierto modo es también la mejor de Stanley Kubrick. Aunque el cineasta y el escritor firmaron por separado la película y el libro, ambos participaron en un mismo y único proceso creativo que partía de un cuento de C. Clarke de 1968, «The Sentinel», e incorporaba las ideas Kubrick hasta convertir 2001 en la historia que es hoy. La película salió en abril de 1968 y el libro solo unos meses después, por suerte para quienes fueron al cine y se quedaron fríos. En él, C. Clarke evita las figuras poéticas de Kubrick y traslada su misma historia a las páginas en limpio y con claridad, despejando todo aquello que el cineasta había contado de una manera más lírica. Así es como 2001 se revela como lo que es: una historia sobre la naturaleza de la inteligencia, de su consustancia con la misma vida y sobre su papel en el universo. Quizá la mejor novela de ciencia ficción jamás escrita y con toda certeza la más ambiciosa de todas.

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