Los elefantes blancos de Brasil

La policía protege el estadio Mané Garrincha de Brasilia frente a los manifestantes en junio de 2013. Fotografía: Ninja Midia (CC).

Hoy hace un año se abrían los fastos del Mundial 2014, el que más beneficios le ha dejado a su organizadora, la FIFA, y el que sin embargo ha tenido más contestación social en la calle. Con la perspectiva de doce meses, ambos extremos han cobrado un mayor sentido: la entidad sin ánimo de lucro más grande del mundo sigue guardando sus millones en Zurich, pero hoy tiene a una decena de gerifaltes acorralados por la justicia y a otro puñado aún más poderoso dando vueltas por despachos con las piernas temblorosas. Mientras, aquellos manifestantes tachados en su día de radicales y apocalípticos parecen tener razón en sus denuncias contra el despilfarro de dinero público. Esos que llegaron a ser millones en las calles, para luego irse diluyendo, acusaban a la clase política de vender su alma al diablo al dejar a Brasil en manos de la FIFA durante un mes con el fin de mostrar una imagen oropelada y falsa del país, y luego quedarse sin dinero, sin legado, sin vergüenza.

Hoy hace un año empezaba el Mundial y en Brasil hay una sensación de profecía desgraciadamente cumplida, de «te lo dije», de que todo el mundo sabía pero solo algunos lo decían. En breve: el Mundial costó un perú a las arcas de un país que entraba en declive –más de 8.000 millones de euros, 2500 de ellos dedicados a estadios– pero nunca recuperó lo esperado, ni por asomo. Y aún encima han quedado casi la mitad de las obras prometidas sin terminar –o sin empezar, en algunos casos–, mientras los faraónicos campos de fútbol, convertidos en elefantes blancos, se debaten entre una existencia surrealista y una muerte lenta.

Varios factores han confluido para el desastre generalizado. Por un lado, el pésimo plan de dotar a ciudades sin tradición futbolística de estadios cinco estrellas. Por otro, el brusco descenso de la actividad económica en el país, adobado con el mayor escándalo de corrupción investigado nunca en Brasil: el caso Petrobras arrastró –arrastra– al vertedero a las mayores constructoras del país por corrupción rampante. Nada nuevo, pero más descarado que nunca: un grupo de veintitrés empresas son acusadas de formar un cártel en el que se repartían los contratos multimillonarios de una de las mayores petroleras del mundo a cambio de untar con billete fresco a los responsables de las contrataciones dentro de Petrobras. Además, para tenerlo todo atado y bien atado forraban de reales, disfrazados de donaciones, a partidos políticos, que luego facilitaban más firmas suculentas y tratos de favor del poder. El caso dibuja un esquema de dinero contante y sonante que aumenta la indignación porque Petrobras, como la organización del Mundial, es pública. Y para rematar, el lío de la Fifa, que en realidad, y hasta el momento, cubre solo el escándalo del fútbol de América, pues todos los detenidos son americanos, del norte, del centro y del sur, y las investigaciones se dirigen en su mayoría a la financiación y organización de eventos desarrollados en ese continente. Y eso sin meterle cuchillo aún al Mundial 2014. Todo eso, bien enredado, ha ido formando una pira que deja más que en evidencia el modelo mundialista y alerta de lo que puede ocurrir en eventos venideros.

Para organizar el Mundial, la FIFA obligó a las sedes y sus diferentes administraciones a firmar una matriz de responsabilidad en la que se comprometían a construir infraestructuras de movilidad para llegar a los estadios y de paso se  reorganizaban las ciudades a través de planes urbanísticos cuando menos discutibles. Todo eso se rubricó, pero nunca llegó a término. En concreto, según el diario Folha de Sao Paulo, un año después hay 35 obras sobre 80 que aún no han sido concluidas, especialmente las referidas al transporte urbano y los aeropuertos. Atrasadas, paradas o sin comenzar, con la sombra de la corrupción encima y unas deudas mastodónticas, a medida de las obras. Repasar la lista de fechas previstas y dinero invertido es una invitación a la depresión. Y una constatación de que no iban desencaminados los que llenaban las calles gritando contra la FIFA y la entrega del país a un modelo de Mundial «elitista y privatizador». Ya no solo por esos criterios, subjetivos en todo caso, sino por los sobreprecios en las facturas, o simplemente por los gastos millonarios en obras que quedaron sin terminar, el Mundial al final ha resultado ser un negocio ruinoso para el ciudadano, que es el que paga.

Para los inversores privados, sin embargo, la carta a priori era suculenta. De los doce estadios, tres son privados y los nueve restantes siguen un modelo de sociedad público-privada (PPP). Se trata de acuerdos entre Estados (equivalentes a las comunidades autónomas) y empresas concesionarias que ganan un concurso para su gestión y explotación. En realidad, eso solo es la guinda del pastel, porque esas empresas suelen ser las propias constructoras de los estadios, con el consiguiente cambalache: un guateque de flechas, vectores y símbolos de dólar que termina donde estamos hoy, metidos en problemas graves, al mismo tiempo que en los estadios aparecen el óxido, los desconchados, los cortes de energía y los fallos estructurales. Y esto solo al cabo de un año. En realidad no es nada nuevo si nos fijamos en los precedentes. Para los Juegos Panamericanos de 2007, celebrados en Río, se construyó un estadio, el Engenhao, que se hubo de clausurar seis años después por deficiencias estructurales en su cubierta. Peligro de derrumbe. Hoy, ese mismo estadio ha sido reabierto, aunque solo parcialmente, y ahora lucha contra el reloj para llegar a tiempo de convertirse en el estadio de atletismo de los Juegos Olímpicos de 2016. Las fanfarrias suenan de fondo con melodía conocida.

Por eso los brasileños, aburridos pero no resignados, reclaman lo básico: que no les intenten vender más crecepelo, que bastante le colaron ya en el Mundial, y este que sigue es el resultado en algunos de los estadios. Los cinco ejemplos que vienen a continuación resumen el Mundial con más elocuencia que la célebre derrota por 7-1 frente a Alemania, la que dejó a Brasil fuera de su fiesta. Porque aquello era solo fútbol. Y las fiestas, al final, se pagan.

1. Estadio Mané Garrincha, Brasilia (500 millones de euros)

El Mané Garrincha en 2013. Fotografía: Copagov (CC).

El antes llamado Estadio Nacional es un precioso recinto circular con una columnata por fachada a modo de peristilo. Y también es una ruina de lujo. Fue el estadio más caro de la Copa del Mundo en términos absolutos, y no era nuevo, sino una reforma. Un año después encabeza esta antología del disparate. Para empezar, porque Brasilia no tiene equipos en la elite ni tradición futbolística. Ni historia, vaya, porque la capital de Brasil se fundó en 1960, cuando Pelé ya era campeón del mundo. Para seguir, porque su gestión no la lleva la Secretaría de Deportes del Distrito Federal de Brasilia, sino la de Turismo, quizás oliéndose la tostada. Desde el final del Mundial ha acogido 51 eventos, incluyendo los siete partidos del mundial, ahí sí, a aforo completo de 69.000 espectadores. En 2015, sin embargo, solo se han jugado cuatro partidos de fútbol, pero todos los aficionados sumados en esos cuatro choques no llenarían el estadio. Al último partido, que jugaron dos equipos de Río de Janeiro, el Botafogo y el Macaé, de segunda división, acudieron 7.822 espectadores. René Simoes, técnico del histórico club botafoguense, dijo después del partido que «lamentaba como contribuyente» el «horroroso» estado del césped, los vestuarios y las instalaciones de un estadio «tan costoso para todos». Levir Culpi, entrenador de Atlético Mineiro, actual campeón de América, que también jugó un partido allí, ante 9.000 espectadores, se quejó de que el agua de las duchas salía fría. Como en otros campos mundialistas, la idea es ofrecer partidos de liga a equipos grandes de ciudades a miles de kilómetros porque piensan que llenarán el estadio. Luego se estrellan, salvo excepciones, en las cifras de taquilla. ¿Y por qué no juegan los equipos locales, aunque sean de quinta división C, para amortizar las instalaciones? Porque el alquiler diario cuesta 20.000 euros. A otra cosa, entonces.

Ante tal tesitura, son los organizadores de otros eventos los que usan el Mané Garrincha. En este año ha habido karts, zumba-fitness y funambulismo –no es un chiste fácil–, e incluso ha sido escenario de bodas colectivas, con más novios que hinchas de fútbol en un partido. Ha habido también carreras de cross, que incluían tramos de las escaleras de las gradas, las rampas y el propio césped en su itinerario. Pero sin embargo no ha sido el propio estadio, sino su aparcamiento, el que ha tenido más éxito y proyección internacional. Desde hace meses funciona como cochera para una empresa de autobuses de la capital del país, y allí están, alineados todos como si estuvieran escuchando un himno en la previa de un partido. Y en ese mismo lugar, el aparcamiento, no el estadio, dio un concierto multitudinario el grupo norteamericano Kiss a finales de abril. Gene Simmons, Paul Stanley y sus muchachos maquillados nunca hicieron garage rock, pero en Brasilia no les quedó más remedio.

A alguna mente privilegiada se le ocurrió entonces que, ante el nulo uso del templo con el nombre del futbolista más genial y díscolo de la historia de Brasil, se podrían usar sus enormes dependencias para albergar oficinas del gobierno del Distrito Federal. La idea no es mala: en la ciudad con más funcionarios por metro cuadrado del hemisferio sur solo faltaba un estadio para albergarlos. No son pocos, cuatrocientos, pertenecientes a varias secretarías del Estado. Y además, por una vez, les sale gratis, si soslayamos los 500 millones del Mundial, claro. Si hubiesen aplicado la lógica del ahorro hace un año se habrían evitado ver cómo un hermoso estadio permanece vacío los fines de semana y de lunes a viernes es usado por cientos de humanos vestidos de traje que en su hora libre se asoman a las gradas rojas del estadio bautizado en honor al futbolista que apodaban «la alegría del pueblo». Si el pobre Garrincha levantase la cabeza se tomaba un trago más y volvía a dormir.

2. Arena das Dunas, Natal (130 millones de euros)

El estadio Arena das Dunas en 2012. Fotografía: Copagov (CC).

El futurista Arena das Dunas daba aún mejor en cámara durante el Mundial que la cresta de Neymar. Allí, bajo el refulgente sol de Natal reflejado en el aluminio convexo de su cubierta jugaron Italia, México, Uruguay, Estados Unidos, entre otros, en los cuatro partidos para los que se construyó el estadio. Felicidad y armonía. Luego se apagaron las luces y vino el vacío, con el relleno de partidos de divisiones variopintas y la Copa de Brasil. Y enseguida llegó el verdadero cobro, el de las facturas. Desarrollado bajo el modelo PPP, este mismo mes el Tribunal de Cuentas del Estado de Río Grande constató una sobrefacturación de 800.000 euros en varias consultorías iniciadas en 2010. El método, infalible hasta que se encuentra a alguien con calculadora para dividir: según el contrato fraudulento, once personas trabajarían 77 horas por día en la construcción del estadio. El informe del Tribunal es demoledor por mortadelístico: «Teniendo en cuenta que el día solo tiene 24 horas, hemos identificado pruebas de sobrefacturación». Ahora bien, 800.000 euros, ¿qué es eso más que una gota en el mar de Natal? Dicho de otro modo, es calderilla en el bolsillo de la empresa que se hizo con la concesión en la sociedad con el estado de Río Grande. Su nombre es OAS y pertenece al selecto grupo que presuntamente se repartían el botín contractual con Petrobras. Hoy, tras la investigación a sus directivos, le han cortado las líneas de crédito, los clientes han dejado de pagar y las agencias de rating rebajaron su nota a basura. Acuciada por las deudas derivadas de la suspensión de contratos y acorralada por el fisco y la policía federal, ha puesto a la venta el Arena das Dunas, siempre que le deje el Estado, que alega que en realidad el dueño es él, otro dislate sin arreglo. En cualquier caso, interesados, razón aquí.

3. Arena Amazonia, Manaos (230 millones de euros)

El Arena Amazonia en 2014. Fotografía: Portal da Copa (CC).

Hay cuatro categorías de fútbol profesional y semiprofesional en Brasil, ochenta equipos en total. Pues bien, Manaus no tiene ni medio, apenas ha tenido últimamente al sin par club llamado Princesa do Solimoes, y en la serie D. Pero, eso sí, tiene un estadio mundialista. Hay más de 30 grados todo el año con humedades gigantes y una estación lluviosa que dura seis meses. Y tan anchos con su Arena. Por eso, y por mucho más, es el estadio donde menos se ha jugado al fútbol en 2015 de todos los paquidermos mundialistas: solo cinco partidos. Ante la tentación de coger la calculadora y ver cuánto cuesta el minuto de fútbol, mejor seguir. Y pensar en que solo alguna vez juega, de vez en cuando, un equipo de una categoría equivalente a la preferente. Lo bien que lo debe pasar es inimaginable. Por eso se ha rellenado con eventos como un concierto gospel evangélico o una misa a la que acudieron 20.000 personas, la religión salvando los muebles de un templo suntuoso. Claro que el delirio de grandeza de Manaos no es nuevo. Ha tenido épocas doradas, –la del caucho, especialmente– para luego caer en una decadencia interminable. De las vacas gordas quedan legados como el teatro municipal. Y referencias excelsas como el cinematográfico Fitzcarraldo de Werner Herzog. Y ahora, y mientras no se lo coma la selva, también tiene el Arena Amazonia. Consolarse es gratis. Desde aquí proponemos que de algún modo se pueda disputar allí el Peladao, un surrealista torneo amateur de fútbol en el que se entrecruzan mil equipos de aficionados a la vez que se disputa un multitudinario concurso de belleza femenina. Algo así capitalizaría, siquiera simbólicamente, la gigantesca obra. Al menos le queda una bola extra: aquí se jugarán varios partidos de fútbol de los Juegos Olímpicos de Río. A 3.000 kilómetros, pero como si fuera el mismísimo Maracaná.

4. Arena Pantanal, Cuiabá (180 millones de euros)

El Arena Pantanal en 2014. Fotografía: Copagov (CC).

Como Manaos, el estadio de Cuiabá ya apuntaba maneras antes del propio Mundial. Sin equipos en la elite, sin clubes profesionales al ciento por ciento y en una ciudad y un estado, Mato Grosso, apartados de los grandes centros del país, meterle una porrada de millones de euros a un estadio para cuatro partidos se acercaba más al gasto que a la inversión, más a la frivolidad del nuevo rico que a la realidad. No se tardó en comprobar, ya no por la falta de partidos –se disputaron quince choques de las cuatro divisiones durante meses– sino porque en enero de este año, seis meses después del mundial, el estadio quedaba clausurado por «irregularidades» y problemas estructurales: goteras, drenaje defectuoso, inundaciones y deficiencias eléctricas, que fueron carne de telediario cuando una yegua de la policía montada se electrocutó tras un partido. Consiguieron maquillarlo después para disputar partidos del actual liga brasileña de fútbol, pero solo a mitad de aforo y con las eternas goteras. Y a partir de ahí, o mientras tanto, el abandono. Las imágenes de los exteriores del estadio dan, más que pena, rabia. A cuántos hospitales, escuelas y servicios públicos se podría haber destinado el dinero de un lugar como este es la pregunta que más se hacían los vecinos en un reportaje televisivo reciente sobre el estadio. Usado por cientos de personas para hacer deporte, la explanada exterior hoy es una gran superficie con el suelo levantado, los cristales de la pasarela que lleva al estadio estallados o rotos, con una gran piscina de agua llena de basura, ideal para formar un criadero de mosquitos del dengue, dolencia frecuente en Mato Grosso, el estado donde se ubica Cuiabá. A la hora de reclamar se ha ido a hablar con el constructor, porque todavía no ha entregado al estadio más de un año después de inaugurado y de haber hecho goles James Rodríguez o Alexis Sánchez, porque no está terminado y falta dinero por cobrar. Del Estado, o sea, del contribuyente, en una sangría sin fin. Los poderes públicos afirman que el estadio es viable con eventos extrafutbolísticos, pero (o por) eso está previsto que se entregue en concesión a manos privadas. Pero como sucede en otras muchas ciudades, el mayor problema no es el estadio, sino las obras de infraestructura. El VLT, que viene a ser un metro ligero,  nunca se llegó a concluir, pese a las partidas de 700 millones de euros, que empezaron siendo menos de la mitad. Cuarenta trenes se encargaron y cuarenta se pagaron. Pero están paraditos sin salir, porque no tienen por donde ir. Ahora, los antiguos administradores del estado –hubo elecciones en octubre– están siendo investigados para depurar responsabilidades. Parecen frases hechas que se repiten ciudad tras ciudad, evento tras evento, pero aún hay más.

5. Maracaná, Río de Janeiro (400 millones de euros)

El Maracaná en 2013. Fotografía: Copagov (CC).

A Maracaná le sucede algo muy diferente al resto: es un símbolo futbolístico mundial, no una mole construida en medio de la nada y que sirve para que pasten las ovejas. Al contrario de eso, se construyó para el mundial de 1950 en tiempo récord –aunque también escondiendo montañas de cemento sin mezclar, claro que no había cámaras entonces– pero desde entonces ha protagonizado la peculiar historia del estadio menguante: en 1950 tenía una foro de 200.000 personas, 180.000 en los 80, 120.000 con la llegada del siglo XXI, 90.000 en 2007 y 78.000 para el Mundial de 2014. Y ahora, a calzón quitado, solo pueden entrar 55.000 personas: la policía no permite más por «incapacidad para garantizar la seguridad». A cada obra, una disminución. Pero si el problema era que estaban vacíos, ¿qué mas da si se achican? He ahí el error de simpleza: están vacíos, sobre todo, por el precio de las entradas. Cuanto mayor el precio, menos gente en las gradas, que de por sí han ido cambiando su fisonomía. Se elitiza el fútbol, lo que en Brasil significa, y así se dice, que se vuelve más y más blanco. El fútbol ya no es el pueblo y por lo tanto qué mas da 70 que 50 que 30. Y eso es lo que está ocurriendo, cada cuatro días, en Maracaná, casa de los grandes clubes de Río que no consiguen llevar, más que en partidos muy importantes, a más que unos pocos miles de personas. La sobrecarga de fútbol y los precios de las entradas han hecho que el hincha termine viendo los partidos en el sofá de su casa. Y olvidarse de estar en Maracaná, donde podría parecer que se han hecho las cosas como se deben con la remodelación del Mundial, pero fijémonos bien, porque en la letra pequeña está la trampa. Si Maracaná solo tiene 55.000 espectadores de aforo, y en las obras deportivas se comprueba la carga económica en el precio invertido por asiento, ahí lo tenemos. Cerrando el círculo, Maracaná, símbolo del Mundial y del fútbol brasileño, está de récord: es el estadio más caro del mundo. Por todo ello y por el año cumplido, felicidades, Brasil.


Brasil no se merecía esto

Luiz Gustavo se lamenta tras la derrota de Brasil ante Alemania en la simifinal del Mundial 2014. Foto: Crodon Press.
Luiz Gustavo se lamenta tras la derrota de Brasil ante Alemania en la simifinal del Mundial 2014. Foto: Crodon Press.

Cuando tenía trece años, en octavo de EGB, me inscribí en el equipo de baloncesto del colegio. Sospechaba que el curso de pintura al óleo en el que mi madre me había matriculado no iba a ser suficiente para convertirme en el chaval más popular del instituto, así que encerré el caballete y los pinceles en un sótano injusto y me compré un balón Spalding lo bastante caro como para tener que jugar siempre con el balón de los demás.

El año anterior había malgastado mi tiempo libre —el tiempo libre siempre se malgasta deshonrando el tablero de una cancha próxima a mi casa, y consideré que por fin era tan malo como para merecer un puesto de suplente en el equipo. Salesianos era un colegio con una gran reputación baloncestística. De sus aulas habían salido un par de buenos jugadores. En sus vitrinas, qué diablos, incluso se adivinaba algún trofeo. Cuando repartieron la equipación en septiembre, todos nos fuimos a casa habiendo ganado ya la liga.

Jugamos nuestro primer partido en A Rúa. El trayecto de noventa kilómetros en autobús se prolongó durante cuarenta días, con sus mañanas, sus tardes y sus noches en el desierto. El trámite posterior en ningún caso justificaba el sacrificio. Nosotros éramos salesianos. Ellos, sin embargo, no. Qué menos que haber tenido la decencia de venir a perder a nuestro campo en lugar de hacernos ir a vencer al suyo. Desconocíamos quiénes se habían creído que eran, pero se iban a enterar de quiénes éramos nosotros. Eso seguro.

La paliza que nos dieron aquella mañana de sábado todavía me duele algunas noches. Si no fuese porque no me fío de mi memoria, juraría haber visto a John Stockton asistiendo a Karl Malone delante de mis narices ese día. Jamás en mi vida he estado tan lejos de casa como durante aquel partido. Después de cada embestida me volvía atemorizado hacia la grada, esperando que mi padre irrumpiese heroicamente en el campo y se plantase frente al enemigo gritando: «No puedes pasar. Soy un servidor del Fuego Secreto, que es dueño de la llama de Anor. No puedes pasar. El fuego oscuro no te servirá de nada, llama de Udûn. ¡Vuelve a la Sombra! No puedes pasar», permitiéndonos huir a salvo de Moria mientras los contendientes caían a las profundidades del abismo para librar su postrera batalla en la cima del Zirak-Zigil. Por alguna razón u otra, eso nunca sucedió y fuimos destruidos por el Balrog.

Nos merecimos aquella cura de humildad. Difícilmente aprende uno la lección más rápido que pegándose una hostia contra la realidad, y la que nos propinó aquel día el marcador fue contundente y certera, de un dolor y una elocuencia inmisericordes. Creímos, como Jersey Joe Walcott en el 52, que bastaría con vestirse de corto, que es un soplo la vida y que veinte años no es nada, hasta que Rocky Marciano surgió de entre las sombras y nos mandó amablemente a la lona con generosidad en el knock out más convincente de la historia. «Que alguien avise a mi familia», debió de pensar Luiz Felipe Scolari cuando él y su seleçao fueron atropellados en el estadio Mineirão por un Panzerkampfwagen VI Tiger que pasaba por allí. La diferencia es que nuestro linchamiento fue justo y el de la Canarinha no, porque ni siquiera se merecían estar allí.

Brasil comenzó a perder el Mundial en 1950. Creyeron que el Maracanazo les hacía acreedores de alguna suerte de indemnización deportiva ahora que el campeonato regresaba a casa décadas después, como si el fútbol estuviese obligado a satisfacer deudas. Como si existiese deuda alguna. Y comenzaron con buen pie marcando el primer gol del torneo en propia puerta. Aunque he de reconocer, no obstante, que en un primer momento la hazaña me pareció decepcionante. El gol que inaugura un Mundial es un acontecimiento singular que sucede una vez cada cuatro años. Uno siempre desea que el azar le sorprenda con la épica o la bella factura y no con la torpeza. Pero Juan Tallón y Diego E. Barros, que son mucho más gallegos que yo, en seguida me hicieron ver el valor de un tanto que pasaría a la historia precisamente por su excepcionalidad. Lo cual habría sucedido de forma mucho más enérgica si Alemania no hubiese terminado haciendo Bratwurst con los brasileños, qué duda cabe.

Pero más allá del gol de Marcelo no hubo nada. Ni brillo, ni clase ni buen juego. «Este no es el fútbol que hizo cinco veces campeona a Brasil», se lamentaba Pelé después de la victoria sobre Colombia, denunciando además el trato de favor de los árbitros hacia la selección de su país. Sin ideas ni orden alguno, los de Scolari debieron haber sido apeados del Mundial mucho antes del Mineirazo, pero por desgracia para ellos el equipo fue esquivando disparos a ciegas mientras bailaba samba en su autobús hasta que un puñado de virtudes prusianas repeinadas y de 1,85 metros de estatura media se lo llevó por delante sin ni siquiera decir guten tag. Un penalti inexistente a Fred contra Croacia que determinó el partido, un empate sin goles contra México y la victoria ante una selección de Camerún ya eliminada —eliminada antes incluso de aterrizar en Brasil— fueron el precedente de un enfrentamiento contra Chile en octavos de final en el que Pinilla estrelló el miedo contra el larguero en el minuto 120, habilitando la lotería. Del siguiente cruce ya ha dado buena cuenta O Rei.

España, que en los ensayos se contoneaba entre bastidores como las grandes divas, en batín de seda, viendo trabajar a los demás mientras recibía todas las atenciones, tampoco estuvo a la altura del primer acto y volvió a casa de un tomatazo. La misma suerte que debió haber corrido Brasil, cuyas ínfulas prometían un título que su fútbol no podía pagar hasta que se estrelló por volar demasiado cerca de la final, derritiendo sus alas.

Hace unos años vi una película de cuyo nombre no quiero acordarme en la que unos chicos, desafiando a la fatalidad, evitaban milagrosamente un accidente aéreo en el que debían haber muerto. El azar se confabulaba entonces para cobrar su deuda situándolos en disparatados escenarios letales, ajenos todos ellos a las leyes de la probabilidad, hasta que la acumulación de coincidencias dolosas hacía imposible la supervivencia. Lo que le ha sucedido a Brasil en este Mundial es algo muy similar. Debieron haber caído antes, mucho antes de donde cayeron, pero fueron regateando al destino partido tras partido hasta enfurecerlo tanto que decidió escarmentarlos plantándoles delante a una Alemania tan enorme que el balón estuvo orbitando durante noventa minutos en torno a sus pies. Hubo un momento, después del quinto gol, que noté cómo algunos jugadores se volvían atemorizados hacia la grada, buscando a sus padres con la mirada, esperando que los rescataran de las ardientes garras del Balrog. Nunca debieron haber jugado esa semifinal.

Brasil no se merecía esto.


Ganaron como alemanes

Final del Mundial de Brasil 2014. Foto: Cordon Press.
Final del Mundial de Brasil 2014. Foto: Cordon Press.

Alemania jugó fácil al fútbol, poniendo un artículo, un sustantivo, un verbo y un predicado. Es raro que, si escribes así, no acabes por hacerte entender con el gol. Por algo decía Josep Pla que la mejor frase que se ha hecho nunca es «La puerta es verde». Corta, clara, al pie. Argentina, sin embargo, opuso una severa resistencia hasta el minuto 113, cuando el invierno de la prórroga ya hacía estragos en las defensas. Pese a la nieve y el frío, Mascherano, Demichelis y Garay rechazaron todas las intentonas rivales de construir una oración con la palabra gol, bajo la disculpa de que en alemán ellos apenas sabían decir «guten morgen». Pero en una prórroga a menudo existe un segundo dramático, cuando pisas un trozo de madera podrida, en el que el suelo se hunde y la vida se precipita. Es irremediable. Ocurrió en el minuto 113. Schürrle recibió por banda izquierda un balón con el que se citó a ciegas. «Es bonito no saber nada el uno del otro», le dijo el delantero, como Marlon Brando a Maria Schneider en El último tango en París, mientras no se cansan de hacer el amor. En el último instante, sin mirar si un centrocampista acompañaría la ofensiva y estaría en su lugar a la hora señalada, Schürrle centró al área, casi haciendo una suposición. Por allí, salido de la niebla, aparecería el pequeño Götze, que controló el balón con el pecho, y sin dejar que cayese, por si se rompía en pedazos, lo mandó a la cama. Gol y Mundial de una tacada. El futbolista del Bayern, que salió del banquillo en el minuto 88, en forma de pieza de repuesto, es la clase de jugador desequilibrante ante el que Héctor «Bambino» Veira hubiese admitido que «este pibe es un fenómeno, te hace un asado debajo del área».

Para llegar hasta ahí Alemania y Argentina se batieron con un fútbol opuesto, pero sin reservas. La selección de Löw llegaba a portería después de dar treinta toques. Eso equivale a escribir una novela, con comienzo, nudo y desenlace. Al equipo de Sabella, en cambio, le bastaba con garabatear tres pases. El tiempo que tardas en encontrar un lápiz entre los cojines del sofá. Así, fulgurantemente, llegó su primera ocasión. Una cesión errática de Kroos dejó a Higuaín solo ante Neuer. La oportunidad de gol era tan clara que el Pipa la vio oscura, con forma de ecuación de segundo grado. En el fondo, parecía demasiado buena para ser verdad, y eso confundió a Higuaín, que se sacó un error histórico de la chistera. «Era poco matarte», debieron pensar sus compañeros, mientras el balón se perdía decepcionado y triste por la línea de fondo. Fue uno de esos fallos que se vuelven tatuajes. Te lamentas esa noche, y el día de tu boda, y en la comunión del niño. Te lamentas, por última vez, el día de tu entierro. Quizá por eso, cuando a los pocos minutos el árbitro anuló un gol en fuera de juego del propio Higuaín, el delantero corrió a celebrarlo hasta el más allá del córner, soñando que era el colofón a la jugada anterior, que en la moviola, a la segunda, había salido perfecta.

En previsión de que el partido pudiese ser fácil para los germanos, en el calentamiento se lesionó Khedira, y a los treinta minutos de la primera parte Kramer, su sustituto. Entretanto, la selección presionaba furiosamente, igual que esos funcionarios de correos que cuñan los paquetes sin compasión y el golpe se escucha en el extranjero, y a la recuperación de la pelota se lanzaban hacia el marco de Romero, que, claramente, parecía deber dinero cuando no a Müller, a Schürrle o a Klose. En esas, Kroos botó un saque de esquina, al grito de «queda inaugurado este córner», que dejó a Howedes solo, aunque atribulado, como si acabasen de pedirle el divorcio, y remató incomprensiblemente al palo. El gesto fue el de golpear con la cabeza no un balón sino una puerta que se resiste a abrirse.

Durante la retirada a vestuarios, se notaba que Higuaín, perseguido por los demonios, se iba lamentando en silencio. «Pero cómo pude…»

En la reanudación Alemania se hizo la muerta y de mano de un Leo Messi encendido los argentinos abordaron con fuego las inmediaciones de Neuer. Boateng y Hummels, inmensos, sofocaron las llamas a pisotones. Hasta ese momento, el delantero argentino había sugerido, con un par de desbordes, que tal vez estuviese de vuelta y que acabaría con todos, mujeres y niños incluidos. ¿Qué importa un pequeño retraso de meses, si al final llegas? Eso obligó a Alemania a doblegar la vigilancia, no fuese a cometer el chaval el error de una genialidad. La mordaza recordaba a los policías de paisano que en los años sesenta se sentaban en la primera fila de los shows de Lenny Bruce, el padre del stand-up comedy, preparados para saltar al escenario. En especial desde que un año antes tuvieron que detenerlo por emplear la palabra «chupapollas» en su monólogo. Pero todo fue un espejismo. La sensación es que el Mundial se acabó y todo el fútbol de Messi, que solía ser un pez gordo, se quedó en una caja sin desembalar. Y eso es durísimo. Ya decía Errol Flynn que «cualquier hombre al que a la hora de la muerte todavía le quedan diez mil dólares es un fracasado».

Poco a poco el partido fue adquiriendo aspecto de prórroga. El peligro no estaba a la vista, pero de pronto se oía el disparo de un francotirador, apostado en la sombra de una ventana, y lo siguiente que se veía era un sombrero que salía volando, y alguien que conservaba la vida de milagro. Alemania estuvo a punto de perderla ya en el tiempo extra, cuando Palacio se vio cara a cara con Neuer. Poco hablador, taciturno, y preparado para irse al infierno en cualquier momento, un delantero a menudo desprecia las obviedades, y un gol cantado lo es. Tras el fallo, Palacio retomó su posición, hablándose como un personaje de western que rechaza un buen trago alegando que él nunca bebe. «Juego, voy de putas y dejo esposas abandonadas. Beber sería demasiado». Precisamente porque lo interesante es topar con dificultades, y el placer del fútbol está en resolverlas, cuando olía ya a penaltis, Schürrle centró con los ojos cerrados y Götze, con dos monosílabos, cerró el Mundial.

Juan Tallón es autor del libro Manual de fútbol, editado por Edhasa.


Guía del hincha mundialista

Foto: Cordon Press.
Foto: Cordon Press.

A estas alturas de partido, cualquier futbolero con un mínimo de kilómetros de bus y de años de grada —de pie— se habrá dado cuenta de algo fundamental: en este Mundial no hay pancartas. Banderitas de países sí, fotogénicas caritas pintadas también, y crestas coloridas y mucho atrezo de parque temático, pero no pancartas, la salsa de la vida en el partido que se juega unos metros por encima del césped. Un Mundial sin palabras impresas en telas colgadas es como un partido sin goles. Especialmente en Sudamérica, donde se echan de menos las históricas leyendas argentinas y brasileñas, aunque también las italianas y hasta alguna inglesa y alemana. Pero sobre todo brota la morriña pensando en la pancarta por excelencia de los mundiales de los ochenta y noventa: en Brasil no se ve «John 3:16», y eso al hincha mundialista lo pone a la altura del portero titular de Holanda antes de una tanda de penaltis. No por la cita evangélica de Juan a la que aludía la leyenda en negro sobre amarillo, ni tampoco por devoción a su escribiente, el estrambótico Rainbow Man, que paseaba su peluca multicolor por los fondos de Dios, del estadio Corregidora de Querétaro al Pontiac Silverdome de Detroit pasando por el San Nicola de Bari.

En realidad, el tema chirría por la uniformidad, una de las obsesiones de la FIFA. El ente futbolístico elaboró un código de conducta en el que se prohíbe entrar con pancartas de más de dos metros. Y entonces los pocos mensajes de ánimo supervivientes menguan hasta convertirse en cartulina A-3 de las de serie cutre yanqui con manifestación de cuatro personas delante de un juzgado. También se prohíbe, atención, llevar «rollos o grandes cantidades de papel». Así que ni se les ocurra soñar con algo mínimamente parecido a aquella catarata de papelitos que dejaron blanco el césped del Monumental de Núñez en la final del 78. Confórmense, a cambio, con jóvenes barbados pertrechados con cámaras GoPro embutidas en pértigas para hacer selfies a dolor, o japoneses cívicos recogiendo basura, bien por ellos, por cierto. Metidos en harina, los dueños de la fiesta también prohibieron las vuvuzelas —loado sea Blatter por una vez—. Y el tabaco y el alcohol. Bueno, el alcohol sí, pero no la marca de cerveza patrocinadora de la FIFA, vendida a precio de oro líquido, cómo si no. Pero ya no sorprende. La anestesia funciona. Reconozcámoslo, este tema es solo la puntita del iceberg de los asuntos realmente importantes derivados de un evento que por demás es un alarde de modernidad. Las treinta y dos cámaras por partido podrán mostrarnos maravillas a una fracción ínfima de segundo, frame a frame. Algunos tienen para sí, de hecho, que hay lesiones que no existen a velocidad humana pero que las cámaras luego revelan como intervenciones asesinas. Pero ni un millón de spiders ni superslows podrán registrar jamás el significado completo del abrazo de gol con los amigos ni la sutileza del rugido que baja de la tribuna en pleno contraataque. Hoy parece que lo único no restringido sigue siendo la voz, aunque va camino de ello por los inaceptables excesos discriminatorios de algunos pocos.

Las canciones futboleras son, dirán muchos, esos berridos de las tribus uniformadas por marcas millonarias que parecen no tener cerebro, borregos en masa que se dejan llevar por pulsiones irracionales. Seguramente sea eso, sin más explicación. Sí. Eso es el fútbol. Pero, curiosamente, lo socialmente inaceptable encuentra su indulto mayoritario en las Copas del Mundo, sobre todo cuando le toca ser el más fuerte a la selección del barrio. Por eso nos atrevemos a desglosar los tópicos de algunas aficiones del Mundial alrededor de sus comportamientos y también de sus cánticos. Muerto el tifo y la pancarta, queda la música, cada vez también más homogénea pero que también vale la pena conocer por países. Despójese de los prejuicios y déjese llevar.

Brasil

Ante la tesitura de arriesgarse al caos por el tráfico infernal que sufren las ciudades brasileñas o disfrutar de felices días de sol y fútbol, que ya el PIB se recuperará por otro lado, las autoridades locales tuvieron los olímpicos bemoles de entonar, con voz de jilguero, un pregón inédito: «Cada día que juegue Brasil es festivo». Item más: «Cada día que haya partido en esta ciudad es festivo». Y por supuesto se mantienen los días no laborables oficiales. O sea, que en los treinta y dos días de mundial, entre fines de semana y acueductos futboleros, en algunas sedes no quedaron días ni para ir a la playa. Pero es que en el Mundial en Brasil todo el mundo (todo el mundo) es futbolero. De repente se ve una masa amarilla por las calles. Los más visten camisetas, en barrios nobles el último modelo de la marca estadounidense que los viste, en suburbio y favela trajes más añejos y/o apócrifos, pero siempre de la selección canarinho (que no canarinha, un invento). El Mundial es para muy pocos y los que son, tienen. Así que en los estadios el gasto per cápita de cotillón verdeamarelo aumenta. Al fin y al cabo, si pagan entradas más caras que el salario mínimo del país bien pueden llevar anillos con la cara bruñida de Neymar o las botas incorruptas de Luis Gustavo, el estilista. Pero todos, dentro o fuera del campo, ricos o despojados, dominantes y dominados, repiten un cántico común. Lo compuso un señor llamado Nelson Biasoli, en 1949, para unos juegos entre un colegio brasileño y otro alemán y pega desde entonces cuando entra la selección pentacampeona en el campo. Se llama «Eu sou brasileiro» y la letra se completa con «con muito orgulho, com muito amor». Fácil y pegadiza, ayer, hoy y siempre, sinónimo de pasado de moda, a juicio de los hinchas. Las redes sociales estallan estos días intentando crear algo que iguale a los otros países latinoamericanos, que les adelantan por la derecha en cuestión de canciones. Marcas comerciales y canales de televisión se esmeran en inventar jingles disfrazados de himnos, pero no lo consiguen. Poco futuro le vemos en este apartado al magnífico tema crítico con el Mundial de Edu Krieger, el viralizado Desculpe, Neymar.

Mientras pergeñan nuevos rompepistas, sigue la cantinela del orgullo y el amor. Puro corazón. Y poco más.

Argentina

Muchos amantes de la literatura y el fútbol creen que el mejor intérprete de esa relación es el argentino Roberto Fontanarrosa. Con el afortunadamente cada vez más divulgado 19 de diciembre de 1971 superó el Negro las ya altísimas barrreras que él mismo se había impuesto. Se contaba en ese cuento que un grupo de chavales hinchas del club Rosario Central secuestraba a un señor achacoso y mayor, el Viejo Casale, conocido en el barrio porque nunca había visto perder a Central frente al otro equipo de la ciudad, Newell’s Old Boys. En la ficción, por cábala —superstición futbolística, en Argentina—, se lo llevaban de la ciudad de Rosario a Buenos Aires a ver el partido contra Newell’s que coronó la historia, hasta hoy, de Central, el del cabezazo en plancha de Aldo Pedro Poy. Curiosamente, no era una final, sino una semifinal. Pero era contra el eterno rival y qué importa el título. Argentina. El señor moría en pleno éxtasis del gol, pero los chicos, lejos de compungirse, festejaban que el Viejo Casale había muerto de la mejor forma posible. El reflejo de todo aquello llegó a este Mundial de la mano de otra familia fanática de Central, y de la selección. Lo cuenta Santiago Llach en la revista argentina Brando. El autor cuenta que los hijos de Michael Finn, sabiendo que su padre había asistido a los partidos que llevaron a la selección argentina a ser campeona en el 78 y el 86, y nunca más, le cortaron un mechón de pelo al cuerpo. Y lo entregaron a un amigo, uno de esos hinchas de River Plate que van de ciudad en ciudad brasileña pareciera que sin rumbo. Ese señor porta el mechón de pelo de Michael Finn con la única esperanza de que Lionel Messi levante la Copa del Mundo como antes lo hicieron Passarella y Maradona. Cada vez más creen, a pies juntillas, que eso sucederá por el mechón de cabello de Finn. Por ese folclore inexplicable para el resto del mundo la hinchada argentina llena libros, ocupa videotecas. Y por eso tiene más espacio en este texto.

Hasta este Mundial, la selección argentina tampoco andaba sobrada de cánticos. O al menos comparada con la mística de sus clubes. En los noventa triunfaban en las canchas argentinas Los Fabulosos Cadillacs, Los Auténticos Decadentes y hasta Fito Páez y Calamaro (con peligrosas incursiones de ay, Xuxa, y ay ay, el «Tractor Amarillo» de Zapato Veloz). Con el cambio de siglo se incorporó como una apisonadora la cumbia a las canciones. Siempre hubo cositas extranjeras (de Scorpions a Bonnie Tyler pasando por Roberto Carlos), pero las canchas argentinas no recordaban una irrupción tan brutal como el «Decime qué se siente», que no es otro que la adaptación criolla del «Bad Moon Rising» de la Creedence Clearwater Revival, incorporada al cancionero desde hace casi tres años ya, pero ahora multiplicado por el Mundial. Comenzó cantándolo la hinchada de San Lorenzo, con ganada reputación de pioneros de hits. Siguió River Plate, y enseguida llegó la contrapartida de Boca Juniors, que aprovechó el tirón del momento para mofarse del descenso del rival. Y así el tema alcanzó a todas las categorías del fútbol argentino y tuvo mil letras antes de que el mundo las descubriera. Y hasta llegó a la militancia juvenil kirchnerista, porque, para quien no lo sepa, en la política de ese país se canta en mítines y manifestaciones como en un estadio.

Hoy Internet manda. Muy al contrario de lo que sucedía cuando las hinchadas se copiaban cantitos cara a cara cada domingo en los estadios, ahora se tarda solamente unos segundos en ver la imagen del móvil de turno y se propaga más rápido que la cepa del virus de la gripe aviar. Ocurre que en Brasil ha explotado en la delirante legión que sigue a la selección argentina, la que llegó por caravana, bus reconvertido, un Citroën dos caballos del 72 (todo verídico) o de rodillas, y recorre una ciudad tras otra sabiendo que no van a entrar a ver el partido. Les da igual. Manifiestan el delirio en los banderazos (concentraciones multitudinarias para dar ánimo al equipo) como el que se precipitó en la playa de Copacabana antes del primer partido del Mundial, contra Bosnia. Las victorias y el efecto viral hicieron el resto.

No le sienta bien a todo el mundo la canción, incluso dentro de Argentina. Aducen los críticos que la letra se mofa de una selección —Brasil— y que desde el capítulo narrado en la canción, el gol de Caniggia en los octavos de final del 90, siguieron dos títulos mundiales brasileños por ninguno argentino. Pero también es cierto que por primera vez Argentina tiene un Mundial al lado de casa con el rival sentado al lado en todos los partidos. Y a eso no le pueden dejar de sacar punta. El resumen es que la canción se ha convertido en himno no oficial y parece que el equipo se contagia, si no en juego, en afinación y ritmo vocal al compás del bracito pendular. Tal está siendo el alcance del «Decime qué se siente» que hasta la marca deportiva de Brasil salió al frente con una animación de Ibrahimovic para desafiar a la hinchada de Messi que, sí, se llega a cantar a sí mismo junto a sus compañeros, los más hinchas de su hinchada.

Alemania

El hincha alemán es, sobre todo, numeroso. Y ruidoso. Entre las listas de países con más viajeros siempre está ahí y en este Mundial no es excepción. Ha sido la selección clasificada en semifinales que más ha viajado (Bahía, Fortaleza, Recife, Porto Alegre, Rio de Janeiro y ahora, Belo Horizonte) y allá por donde ha pasado ha encontrado la complicidad brasileña. Razones no le faltan: en un arranque marquetinero que le ha supuesto millones de euros, la marca que lo viste decidió lanzar una camiseta alternativa del equipo teutón con franjas horizontales rojas y negras, «inspirado», según nota oficial, en la camiseta del club más popular de Brasil, Flamengo, que dice tener tantos hinchas como millones de habitantes tiene España. Multipliquen los ceros en euros. Tal ha sido la dicha, imaginamos que coincidente, que Alemania juega contra Brasil vestida de Flamengo. Flalemanha, como la llaman ya en Brasil, conquista por corrección y fiesta estructurada. Como sus cánticos. En las antípodas de Argentina, van a lo fácil. Y se hacen escuchar explotando los hits sin letra más famosos de Europa. El «Seven nations army» de White Stripes, adaptado para el fútbol hace ya más de una década por hinchas del Brujas, sigue sonando entre los alemanes, que en general, y en los estadios, se conforman con el clásico «Deutschland, Deutschland», como suena. Los alemanes destacan, sin embargo, por todo lo contrario de lo que carecen otros hinchas: un respeto por las minorías, no solo raciales sino sexuales, más allá de lo institucional —la pancartita, ahí sí, de la FIFA contra el racismo—. Y mientras, siguen cantando. Y bebiendo. Y llenando estadios.

Holanda

Tener una reina argentina con miles de locos enfrente vestidos de celeste y blanco parece complicado. Para los holandeses es todo lo contrario: saben lidiar con situaciones de ese calado o peores. Y si no que se lo digan a Van Gaal. Como le sucede a los alemanes y a los países del norte europeo, la hinchada holandesa es de las pocas que representa la cara más típica del hincha de su país. Suelen ser agradecidos hasta el extremo con su selección, como ya demostraron en el multitudinario recibimiento que le dieron tras perder la final de 2010, como si fueran campeones. Se hacen acompañar de charangas —la más famosa, Factor 12—, hacen coreografías casi sudamericanas y casi siempre ejercen el hooliganismo light, de calvos en masa a topless en un país donde está prohibido y tienen una curiosa costumbre no siempre agradable: a cada gol tiran la bebida hacia el cielo. Siempre, eso sí, de naranja. Incluso la reina argentina.

EE. UU.

Mientras el equipo de Estados Unidos parece crecer (¿solo parece?), en la grada ocurre un proceso parecido. Al mismo ritmo que la MLS cobra entidad y sus hinchadas y rivalidades también (ojo al noroeste Portland-Seattle), hay una nutrida representación de aficionados que reproducen el nacionalismo que vemos en los Juegos Olímpicos. Vestidos de Elvis, de texanos o de Bruce Springsteen en Born in the USA, los estadounidenses futboleros son, sin duda, la cara más mestiza del país. Poco WASP, mucha mezcla y ciertos toques de animación propia, alejándose de modelos importados y apostando por sus clásicos estribillos («U-S-A») mezclados con un cántico creado, horror, por una cadena de televisión, que resume muy bien el estilo de animación estadounidense. Incluso el humorista Will Ferrell se animó a aleccionarlos a su estilo en un vídeo que suma millones en YouTube.. El «I believe that we will win» ya forma parte de Brasil 2014. Aunque eso sí, jugaron como nunca y perdieron como siempre. La próxima tal vez.

México

Los reyes del folclore. Viéndolos animar y moverse por las ciudades son hermanitas de la caridad si los comparamos a argentinos o ingleses, por ejemplo. Les gusta el atrezo: sombreros charros, bigotón a lo Pancho Villa y matraca. Si brasileños son añejos en cánticos qué decir de los mexicanos, que tienen el «Alavín alaván» (para ellos, alavío alavá) como estandarte y de ahí pasan al «Cielito lindo» sin pudor. Ingenuidad simpática que se vuelve obsesiva cuando al portero del equipo oponente le gritan «Puto» cuando saca de puerta. Aun en la insistencia de que no es un insulto homófobo, supieron driblar el intento de la FIFA por acallar el grito, y algunos pasaron entonces a gritar, cada vez que un arquero sacaba de meta… «Pepsi». Claro, la otra marca de cola que no patrocina al organizador del Mundial. Como holandeses y centroamericanos, son generosos con los esfuerzos de su selección por más que ni a tiros consigan colarse más allá de cuartos de final. De entre los latinoamericanos, sin duda los que se desplazan con más dinero en el bolsillo y los que más mullido duermen, con un dato que a veces pasa desapercibido: son la segunda hinchada más numerosa del Mundial, si sumamos los que vienen de México (décimo país en venta de entradas) y los que vienen de Estados Unidos (segundo, del que se calcula que casi la mitad son mexicanos de origen). Algún día esperan que el «sí se puede» se les haga realidad. En este torneo les sobraron tres minutos.

Colombia

Viendo el recibimiento que le brindaron a la selección cuartofinalista en Bogotá, en una estampa que parecía más una pintura expresionista abstracta que una foto de una plaza repleta, se entiende por qué Colombia fue lo que fue en Brasil. Más allá del campo, en la grada el interminable mar amarillo dio espectáculo como nunca hicieron. En avión, caravana, coche o a dedo, como tantos chicos que se alojaron en la estación de buses de Río de Janeiro durante semanas, los colombianos disfrutaron casi tanto como sus jugadores. Bailan como Armero, saltan porque si no «no vino al Mundial» y la fiesta es inolvidable y diversa en caras, matices y canciones como es el propio país cafetero. Hay banderas de Nariño, Armenia, Putumayo, Cali, Barranquilla. Cincuenta mil hinchas en el partido contra Costa de Marfil. Casi tantos en el resto, y si les dejaban serían cien mil. Bailan vallenato y salsa, de Rebelión a la Pantera Mambo, usan canciones folclóricas y les añaden el matiz futbolero argentino, como casi todo el continente. Y como casi todos, cambiándoles el tono. No importa. Y lo que más carne de gallina pone seguramente sea el himno a capella. Lo puso de moda Brasil en la Confederaciones de 2013, cantar más allá de la versión abreviada FIFA. Y lo continuó la arrebatada Colombia.

Inglaterra

Suele no entendérseles a la segunda caipirinha, o sea, a los cinco minutos: el hair of the dog, la primera copa que mitiga la reseca del día anterior, los deja borrachos de nuevo y arrastran —aún más— las erres. Se fueron rapidito con la clásica cruz de San Jorge. Pero esta vez los ingleses pasaron medio desapercibidos en las ciudades de los grandes focos del Mundial. Más Manaus y menos capitales. En Río, incluso, y a pesar de tener a su selección alojada y entrenando en dos puntos básicos para el turismo en la ciudad, no se dejaron ver como otras veces. Quizás por una tendencia creciente desde finales de los ochenta. La limpia de las gradas británicas después de Heysel y Hillsborough se hizo a la manera que más tarde copiaron otros países de Europa y hoy hace la FIFA: elevando el precio de las entradas porque al proletario los despachos lo presuponen violento. Aun así, y pese a todo, lo poco que duraron se les escuchó con su repertorio de atrezo (y de voz). Y se fueron como vinieron: sin entendérseles a los cinco minutos y con fair play generalizado. Pero dejaron sus perlas, como aguantar dos minutos un «Hey Jude» sostenido dedicado a England, que ya es mérito.

Chile
Al contrario de sus ídolos, no llevan tantos tatuajes y gomina, pero corren que se las pelan, como quedó demostrado en el inopinado asalto a Maracaná del 18 de junio. Es la hinchada chilena un reflejo en lo sociológico de lo que es el país: una mezcla de inmigración europea con una raíz poderosa de pueblos originarios. Hay camionetas 4×4 con rubios chilenos que son alentados desde la acera por un grupo de chilenos a pie, con mochila y malabares, de los que han dormido durante semanas en la estación de buses de Río, más morenos e igualmente educados, rectos y repetitivos en el cántico. El «chi chi chi, le le le», también llamada Ceacheí, también se convirtió en lo más repetido por los brasileños. No tenía una repercusión así desde el rescacte de los treinta y tres chilenos de Copiapó, tantos como el año en que se creó el cántico, ahora muy reformado, y que resume el tono nacionalista de un país que se alza entre accidentes geográficos y telúricos, el polo sur, el desierto de Atacama y el océano Pacífico. En el estadio también, a toque de rebato. Y así también en su interior, en una suerte de San Fermín sin toros al grito de «Vamos Chile» que se comió cualquier otra imagen hasta que fueron detenidos y deportados.

Uruguay

Instalados en una montaña rusa, empezaron sufriendo, continuaron festejando tras sufrir y terminaron casi muertos. Y no solo por Suárez y su boca indómita, sino por la violencia contenida entre las costuras de la camiseta más ceñida de la historia de los mundiales. Como dijo alguien, menos mal que los pantalones de los futbolistas uruguayos no siguen la moda de las camisetas. Con el tema del maracanazo, explotado incluso hasta por la marca que los viste, los charrúas confirmaron que los brasileños les tenían respeto, por no decir pánico, y en varios estadios se encontraron con carteles de hinchas con la imagen de los cazafantasmas, en alusión al espectro del 50, que nunca se terminó de ir. Como siempre, sorprendieron por su fiereza en el campo hasta que Luis se pasó de mordida, pero en la grada siguió escuchándose el rugido clásico del «Soy Celeste», ojo, una letra simple que también usan equipos de Argentina y que tiene una música inusitada, alejada de la tradición brasileña o chilena comentada antes: es el sesentero «Let the sunshine» —sin línea de bajos, eso sí—, segunda parte del medley con «Aquarius» del musical Hair, mucho antes de que Raphael le metiera más pasión que fonética anglo.

España

A falta de himno cantado, normalmente el hincha español tensaba las dos cuerdas vocales a partir de un «lo» y dos «lorolos». Con eso y el «Kalinka» travestido de rojigualda bastaba. Acompañaba Manolo el del Bombo y hacían coros hinchas barbudos vestidos de faralaes y toreros de tres en tres y un teléfono góndola por montera, si hace falta. Esta vez hubo pocos y pasaron un Mundial —una primera fase…— sin pena ni gloria, como el equipo. Brasil 2014 fue para los españoles como el clima de Curitiba: triste y gris. Rusia y su «Kalinka» está más cerca.


Fútbol para calvos

Semifinal entre Argentina y Holanda en el Mundial 2014. Foto: Cordon Press.
Semifinal entre Argentina y Holanda en el Mundial 2014. Foto: Cordon Press.

El fútbol a veces es tan impensado e indescifrable que en el minuto uno intuyes que el partido cruzará un largo y triste desierto, sin goles, habrá prórroga, penaltis, mientras das dos cabezadas de escándalo, y pasará tal vez el equipo que tú no querías. Esta podría ser la crónica del Argentina-Holanda, aunque escrita así, alguien pensaría que ocurrieron un montón de cosas. «Ganó Argentina. Fin», sí sería una buena crónica. Te ayuda a hacerte una idea de todo lo que pasó, y sobre todo no pasó, durante el partido. Pero continuaría siendo larga. No fue una semifinal célebre. Tristemente célebre, quizá. Pero en fútbol hay que saber jugar con el aburrimiento. El mundo está lleno de cosas que van mal, pero que funcionan. Se trata de una variante más de este deporte. Por un momento —somos humanos todos soñamos que volveríamos a los años setenta, de donde proceden los pleitos entre estas selecciones. Entonces, dos equipos formados por melenudos buscaban la portería rival con sed de mal, sin miedo a despeinarse o dejar los pelos en un alambre. Las greñas de Neeskens, Rensenbrink, Van de Kerkhof, Kempes, René Orlando, Luque o Valencia se desbocaban. Pero ayer holandeses y argentinos practicaron un fútbol digno de calvos, tactista, de culto, que no asumía el menor riesgo. En caso de duda se reculaba, retrasando el balón hasta volver al partido inaugural.

Era imposible no mirar atrás y recordar el vértigo del martes, con Alemania jugando a un fútbol en llamas. Si te escuchabas, por dentro te ibas diciendo, «Alemania sí que jugaba a vida o muerte», «Alemania sí que tocaba rápido», «Alemania sí que trenzaba», «Alemania sí que marcaba goles». Parecías aquella suegra que tuviste, que todo el tiempo añoraba al joven majísimo que había salido con su hija antes que tú. «Ignacio sí que sabía colocar una bombilla», «Ignacio sí que nos traía el cruasán por la mañana», «Ignacio sí que era simpático, no como otros», decía refiriéndose a ti.

Para animarnos, buscábamos a Messi con la mirada, por si al fin explotaba y se derramaba su genio a borbotones. Pero en este mundial Leo se parece demasiado a esos artistas de los que hay que esperar solo un detalle, como arreglarse el nudo de la corbata, llevar el reloj en hora o habilitar un gol con un pase corto, que evoque los goles de antes. Ni un gesto más. Me hizo pensar en el escritor egipcio Albert Cossery, que vivió durante cincuenta y seis años en el hotel La Louisiane de París, y cada mañana se levantaba a la misma hora, se tomaba dos horas para acicalarse y se sentaba a escribir en traje, corbata y pañuelo. Cuando al fin todo estaba en su sitio, escribía durante cinco minutos, y se iba a conquistar mujeres. El resultado eran dos frases a la semana.

No hay nada a lo que el individuo no se acostumbre, y enseguida los espectadores aprendimos a vibrar con la posibilidad de que se produjese un córner, o un saque de banda, incluso una falta bronca, a varios kilómetros de la portería, que condujese a una tarjeta amarilla. ¿Y si de ahí brotaba petróleo? Desde el banquillo no llegaban sino consignas medrosas, del tipo «no salgáis a la calle sin abrigo, muchachos». Versiones muy aguadas de aquel «si se mueven, mátalos» que entonaba William Holden en Grupo salvaje. En esta semifinal nadie iba a morir violentamente. Si acaso de tristeza. De pronto, añorabas el delirio de aquel marine que, en plena noche de Vietnam, le recordó a su oficial que «yo no he venido a la guerra a que me maten, sino a follar y pasármelo bien». Eso obligaba a pases cómodos, combinaciones elementales y amargas, que tenían su instante centelleante cuando Mascherano el mejor cedía el balón a su portero, por si fallaba. Los corazones se encogieron por primera vez en la prórroga cuando el portero holandés, Cillessen, recortó en seco a Agüero, como en aquellas noches que vaciábamos el vaso de tequila con un golpe de cuello electrizante.

El tiempo pasaba lentamente, mientras los espectadores vivían con el temor a que en cualquier lance pudiese llegar el empate a cero. Todo se reducía a aguardar un error, para que a los jugadores no se le enfriasen los pies yendo al ataque con remordimientos. Si por Val Gaal y Sabella fuese, sus selecciones habrían jugado en bata y doble calcetín. ¿Qué fue de aquellas expediciones suicidas al área rival que retaban a las gélidas noches de verano? En el 74, los melenudos holandeses no descansaron hasta ganar 4-0, mientras gritaban «¡banzai!»; cuatro después, los argentinos solo se quedaron tranquilos cuando le devolvieron la afrenta con un 3-1 en la final del Monumental de Buenos Aires. No había sitio para la alopecia en aquellos futbolistas. Pertenecían a esa estirpe que buscaba Ernest Shackleton en 1914 para una expedición a la Antártida, y que lo llevó a publicar en la prensa británica un inolvidable anuncio: «Se buscan hombres para un viaje peligroso. Sueldo bajo. Frío extremo. Largos meses de oscuridad absoluta. Peligro constante. No es seguro volver con vida. Honor y reconocimiento en caso de éxito». Pero todo cambia, y después de una tanda de penaltis, la Argentina de Messi se plantó en la final sin un estornudo.

Juan Tallón es autor del libro Manual de fútbol, editado por Edhasa.


Un trauma para toda la vida

Semifinal entre Brasil y Alemania en el Mundial 2014. Foto: Cordon Press.
Semifinal entre Brasil y Alemania en el Mundial 2014. Foto: Cordon Press.

Brasil duró un minuto, hasta que advirtió que Alemania no se metería en el cuarto de baño y tiraría la llave, muerta de miedo. En realidad, tan pronto cayó en su poder el balón, y este le concedió el primer baile de la noche, que duraría hasta el final, el centro de campo alemán empezó a tocar con los ojos cerrados, de memoria, bajo un gran resplandor, atravesando los muros brasileños, igual que en los dibujos animados. Tocaban y tocaban, apresurándose lentamente, electrizados, como si un fantasma le pisase lo talones, y su fútbol emitía ese ruido seco y perfecto de las máquinas de escribir que trabajan en mitad de la noche, en un bello monólogo de teclas. Así alcanzaron el primer saque de esquina, en el minuto once. La historia estaba a punto de abrir paso al cuarto de hora más salvaje del fútbol desde que se inventó. Pocos sitios más peligrosos que un córner. Cantan los búhos, y la muerte acecha siempre. No en vano, sacó Kroos y Thomas Müller hizo el primer gol. Dicho así, parece sencillo. Y sin embargo, lo fue. Müller remató con el pie, al primer toque, a placer, gustándose. Hay que ser muy italiano y muy guapo para hacer algo así; y estar en una discoteca.

Müller, definitivamente, es el típico Müller, solo que con las medias caídas, lo que, por otra parte, le proporciona todavía más aspecto de Müller. Y se lo dejó claro a Brasil, que llegó al estadio Mineirão con una idea arcaica y pánfila del fútbol, y el delantero alemán la hizo papilla en un segundo. «Todo el mundo tiene un plan hasta que le das la primera hostia», decía Mike Tyson en los años que ganaba en el primer asalto y se iba a casa. El plan de Brasil fue mandar balones largos a la tupida selva, para que Hulk buscase un claro. Si lo encontraba, quizás fuese gol. Pobre lenguaje parecía ese. Me recordó a Bernd Schuster cuando recaló en el Barça y hablaba un pobre español. Para el primer partido, sus compañeros le sugirieron que aprendiese la palabra «cabronazo», a fin de entenderse mínimamente con el árbitro. Y el medio centro se pasó el encuentro diciendo «árbitro, cabronazo», sin sabe lo que decía.

A medida que un mundial llega a semifinales el fútbol se vuelve un asunto solitario y peligroso. No importa que juegues en casa. El terreno de juego está minado y los espectadores, por mucho que griten, como dijo Obdulio Varela en la final del 50, «son de palo». Después del primer gol, Alemania concedió tiempo a Brasil apenas para atusarse el pelo, de pronto desgreñado. Enseguida apareció Klose y en el minuto veintitrés marcó el segundo. El veterano delantero había estado repitiéndose desde que llegó al Mundial aquella frase con la que Bette Davis conjuraba el paso de la edad: «No me voy a retirar mientras tenga mis piernas y mi maquillaje». A la postre, ese empeño lo convirtió ayer en el futbolista con más goles —dieciséis en la historia de los mundiales, desplazando a Ronaldo.

Alemania estaba dispuesta a empujar a la cuneta del fútbol a Brasil en todos los sentidos. Por lo pronto, dos minutos después, marcó Kroos, que, no contento, repitió a los sesenta segundos. Mi padre, en el tiempo que tardó en levantarse, ir a la cocina, sacar una cerveza de la nevera y regresar al salón, se perdió ambos goles. Llegó de milagro para ver el de Khedira en el minuto veintinueve. Cinco a cero. El fútbol a veces son unos minutos de locura y fulgores, y el resto del tiempo se emplea en hacer un recuento exhaustivo de los goles, como si se tratase de dinero robado.

El resultado no dejaba mucho margen para que en el vestuario brasileiro, al descanso, se pronunciase un discurso épico, que condujese a la remontada. Raramente el optimismo podría pasar de moderado. Tal vez en la línea del que mostró el emperador de Japón después de que dos bombas atómicas arrasasen Hiroshima y Nagasaki: «La trayectoria de la guerra dijo buscando un resquicio de luz no ha evolucionado necesariamente en beneficio de Japón».

En la segunda parte vivimos veinticinco minutos sin goles. Fue un lujo de millonario que quisieron darse los alemanes, supongo, como esos días absurdos que te dedicas a encender cigarrillos con billetes de cien dólares. Qué más da. Tienes más. Por otra parte, cuando has matado al equipo rival en la primera mitad, no cuesta nada ser educado y solo vagamente ambicioso en la segunda.

Entretanto, la grada emitía un pitido hosco y salvaje que hacía muy triste jugar al fútbol. Aún así, Schürrle, que acababa de entrar, se sumó al festival con dos tantos, muy aplaudidos por la afición local. En el séptimo, que atravesó la portería con la belleza de un verso redondo, en llamas, la selección canarinha cayó a la lona inerme y se rompió en trocitos igual que un vaso viejo. Se acababa de curar de golpe del maracanazo, sí, pero solo para agarrar algo mucho peor, tal vez un trauma de por vida. Cuando levantó la cabeza, desorientado, aún reunió fuerzas para preguntar: «¿Qué es el fútbol?». Fue una pregunta cargada de sentido común. En el fondo, no entendían muy bien en qué consistía ese deporte hermoso y mortífero al que jugaba Alemania, y que acabó en un histórico 7-1. Otra vez se había esfumado el sueño de ganar un Mundial en casa. En la vida humana solo unos pocos sueños se cumplen. «La gran mayoría se roncan», advertía Jardiel Poncela.

Juan Tallón es autor del libro Manual de fútbol, editado por Edhasa.


¿Cuál es la peor agresión vista en un campo de fútbol?

Tal vez recuerden que en la pasada final de la Champions el comentarista de TVE se vino arriba y nos decía admirado «qué emociones es capaz de generar el ser humano» ante dicho espectáculo, mientras justo en ese momento oíamos de fondo a un espectador clamando «me cago en tu puta madre». Una feliz coincidencia, pero no solo el público se arrebata por la intensidad del choque. A veces también los jugadores dejan de lado su profesionalidad y exhiben acciones directamente salidas de su cerebro reptiliano; en este mundial ya hemos podido ver alguna. No todo iban a ser canciones de Shakira y ceremonias de inauguración estereotipadas, la vida siempre se abre camino. Así que aquí va una breve selección de los momentos más atroces y difíciles de olvidar que hemos visto sobre el terreno de juego en los últimos años, voten, voten.

Pisotón de Stoichkov al árbitro

Corría el año 1990, se disputaba el partido de ida de la final de la Supercopa en el Nou Camp y Stoichkov quiso comunicar al árbitro su frustración de una forma que superase cualquier barrera lingüística. El mensaje le llegó, pero el jugador del Barça estuvo media temporada expulsado por ello. No obstante, en la entrevista que le hicimos afirmaba ufano: «No me arrepiento. Estoy orgulloso, joder».

Patada voladora de Cantona a un espectador

Tuvo lugar en la Premier League el año 1995, durante un partido entre el Crystal Palace y el Manchester United. La acción de Éric Cantona resultó muy fea, ciertamente, pero luego nos enteramos de qué clase de persona era el espectador y la pena que nos daba menguó apreciablemente… Digamos que la patada estuvo mal dada pero bien recibida.

Codazo de Tasotti a Luis Enrique

Italia nos eliminó en cuartos de final del Mundial de 1994 de la peor manera posible. Luis Enrique sangrando, llorando, gritando lo que se intuye como un «hijo puta”» y exigiendo un clamoroso penalti que el árbitro no quiso pitar era la viva imagen de la desolación más absoluta. Los incautos que con ingenuo optimismo nos asomamos a ese partido salimos más doblados que un veterano de Vietnam. ¿No podían simplemente haberse limitado a perder?

Simeone clava los tacos a Guerrero

Antes de ser un aclamado entrenador que ha llevado al Atlético a lo más alto, fue también un jugador a veces no muy diplomático, como en el partido disputado en San Mamés en 1996. Al capitán del Athletic le hizo un agujero en el muslo que requirió tres puntos de sutura y que para él supuso tres partidos de suspensión.

Puñetazo de Romario a Simeone

Tan bonito es dar como recibir y en otras ocasiones también le tocó a él. Esto ocurrió en 1994 en el Sánchez Pizjuán y al parecer fue el resultado de todas las provocaciones previas a lo largo del partido.

Cabezazo de Zidane a Materazzi

La final del Mundial de Alemania 2006 entre Francia e Italia fue una triste retirada para Zidane, al que el jugador italiano hizo una observación muy poco elegante acerca de su hermana que logró ofuscarlo.

Patada de Jong a Xabi Alonso

Junto al gol de Iniesta este otro momento fue sin duda el más recordado de la final del anterior Mundial. Un jugador como Xabi, que había sido una pieza fundamental del juego de la Selección a lo largo de todo el campeonato y que tantas alegrías nos había proporcionado, aquí adquirió directamente una talla heroica. Parecía un guerrero espartano dispuesto para cualquier sacrificio. Esa brutal patada de Jong, fruto de la impotencia de saberse inferior, hizo que la victoria española no fuera solo deseable sino también justa. Demostraba que nosotros éramos los buenos y ellos los malvados, contribuyendo así a que luego la celebración resultara más dulce.

Patada de Juanito a Matthäus con propina

Durante un partido de semifinales de la Copa de Europa entre el Real Madrid y el Bayern de Múnich en 1987, el legendario jugador madridista le quiso quitar un bicho de la espalda a Matthäus y ya puestos le dio otra patada en la cara. La acción le costó cinco años de expulsión de competiciones europeas.

El placaje de Schumacher a Battiston

Durante el Mundial de España de 1982 el portero de la RFA Harald Schumacher arremetió contra el jugador francés Patrick Battiston con tantas ganas que lo dejó inconsciente y con dos dientes menos. Es impresionante ver cómo fue con todo a por él.

Entrada de Monzon a Klinsmann

La final del Mundial de Italia 90 entre las selecciones alemana y argentina tuvo la peculiaridad de contar con el primer expulsado de una final, Pedro Monzón, por esta entrada que a juzgar por los aspavientos de Klisman debió doler bastante.

Rodillazo de Lewandowski a Hubocan

En este partido de la Champions celebrado este mismo año entre el Zenit y el Borussia Dortmund vemos una agresión de extraordinaria factura. Realizada en dos tiempos, primero le hace caer al suelo y luego deja acercarse su rodilla lo suficiente para golpearle sin querer. La cantidad de sangre que llena el rostro del jugador la convierten en una de las lesiones más aparatosas que se han visto.

Codazo de Javi Navarro a Arango

Durante un partido del Mallorca contra el Sevilla en 2005 Navarro propinó tal codazo a su rival que tuvo que ser ingresado en la UCI, llegando a peligrar su vida. Un pómulo roto, parada respiratoria, amnesia temporal y unas convulsiones en el terreno de juego que resultan sencillamente escalofriantes de contemplar.

Patadas de Pepe a Casquero

Durante este recordado partido del 2009 entre el Real Madrid y el Getafe, Pepe sintió la imperiosa necesidad de sacar del área a patadas a un jugador rival. Luego lo pisó un poco y ya de paso también soltó un puñetazo a otro y llamó hijo de puta al árbitro. En fin, casi tienen que sacarlo del campo con una camisa de fuerza. Se ve que estaba un poco nervioso ese día.

Mordisco de Luis Suárez a Chiellini

Qué les vamos a contar de esta peculiar agresión durante el partido de Italia y Uruguay de este Mundial, de la que no ha dejado de hablarse estos últimos días y sobre la que se han hecho ya todas las bromas imaginables. Desde luego es original.


La marca de una vieja bofetada

Neuer detiene un balón en el partido que enfrentó a Alemania y Francia en los cuartos de final. Foto: Cordon Press.
Neuer despeja un balón en el partido que enfrentó a Alemania y Francia en los cuartos de final. Foto: Cordon Press.

Todas las selecciones tienen en la cara la marca de una vieja bofetada de Alemania. No importa cuánto tiempo haya pasado. Si por alguna razón su rastro empieza a borrarse, viene otro alemán y se encarga de poner las cosas en su sitio. Ni te das cuenta. Es habitual que los defensas no vean venir nunca los goles germanos. De pronto, como en el tanto de Mats Hummels, notas en la boca sabor a sangre, y cuando te pasas una mano por los labios, descubres el gol, salado y ardiente. La falta tendida por Toni Kroos al área pequeña llegó tan planchada, por un lado y por otro, sin una triste arruga, que hasta Raphael Varane, que en ese momento marcaba a Hummels, sintió pena por que no acabase en la red. Estaba tan guapa, pensó el defensa de Francia.

Hasta el gol en el minuto 11, el partido parecía un seminario de filosofía, con Alemania hablando mucho, en alemán, y Francia asintiendo en silencio, en francés. En realidad, ese fue el gran error del equipo de Didier Deschamps. No aprendieron nada de Julio Ramón Ribeyro, el escritor peruano que tanto tiempo vivió en París, y que solía admitir que el mayor error que cometía en las discusiones era el de dejar hablar a sus contrincantes. Como buenos conversadores, de vez en cuando alemanes y franceses se interrumpían con una patada. Por ahí llegó el solitario gol. En realidad, un gol casi siempre empieza por una tontería: una pérdida absurda de balón, una entrada innecesaria en una zona desértica, que no sirve ni para deshacerte de un cadáver, un despiste en una cobertura. Incluso una miguita de pan. Sí, una miguita, qué pasa. En El Sur, de Borges, la violencia final del relato, cuando los protagonistas sacan los cuchillos, está precedida por «un leve roce en la cara» que siente Dahlmann mientras come. Junto «al vaso ordinario de vidrio turbio, sobre una de las rayas del mantel, había un bolita de miga» lanzada por la persona con la que, instantes después, peleará a muerte. Así, con una miguita de nada, se fraguó también el gol alemán. A medida que el balón se tendía en un bostezo hacia el área, comenzó a insinuar su envergadura, como un león que se levanta de la siesta. Hummels remató casi sacándose el balón de encima, como si se le estuviese metiendo en un ojo.

Las miradas empezaron a dirigirse a Karim Benzema. El mundo, de Alemania para abajo, exigía el empate y la prórroga. Prórroga de la buena. Nos habíamos acostumbrado al caviar y a los trajes a medida en los partidos de octavos anteriores. Por momentos, con el número 10 a la espalda, creímos que el delantero francés incendiaría Berlín. A veces basta un buen dorsal para ser un genio. Otras, incluso mucho menos. John Lambie, entrenador del Partick Thistle escocés, en cierta ocasión obligó a seguir jugando a un delantero con pérdida de conocimiento, después de un violento choque con un defensa. Ante la insistencia de Lambie para que su jugador se incorporase al juego, el médico que atendía al futbolista le dijo: «Pero es que ni recuerda quién es». «Perfecto —señaló el entrenador desde la banda. Dile que es Pelé y mándalo al centro del campo».

En fútbol, lo bueno comienza cuando el partido empieza a temblar y a desatornillarse solo, por el efecto de la vibración. Sin tuercas, los goles se abren paso más fácilmente. Francia, de hecho, reclamaba del banquillo destornilladores, así que en la segunda parte Deschamps metió dos de estrella, para aflojar al rival, y después un plano. Sobraban defensas, como Sakho. Al menos en el sentido que en las noches calurosas de verano sobran las sábanas, incluso la compañía. Lo malo es que Alemania apenas usa tornillos y arandelas. Es una ermitaña y fría mole de hierro, sin piezas.

Francia buscó el despliegue desesperadamente. Es un equipo de pocas palabras al que le gusta desvestirse rápido en ataque, siguiendo el ejemplo de esos amantes que encuentras en el bar del hotel, al caer la medianoche, mientras el pianista mete en la maleta las últimas notas. Casi por educación lo invitas a tomar una copa en tu habitación, y cuando te das la vuelta, con los vasos en la mano, está desnudo debajo de las sábanas, diciéndote si «vas a tardar mucho». Eso es Francia, el amante que bulle. La segunda parte, de hecho, vivimos a la espera de que el equipo de Joachim Löw posase los vasos en el aparador y se dejase seducir por las artes de Valbuena o Griezmann.

El olor a prórroga que había infestado el mundial hasta entonces aún seguía en el aire. Piensas que va a llegar, aunque sea en un gesto postrero, agónico. En el minuto 93, temerosos de que finalmente no llegase, los aficionados al fútbol que no se jugaban la vida saltaron de la silla y gritaron, impotentes: «¡Árbitro, prórroga, joder!». A punto estuvo el argentino Néstor Pitana de concederla, cuando Karim Benzema saboreó la última ocasión del partido, cuando ya la vida prometía acabarse. De pronto, se encontraron a solas él y Neuer, cara a cara. El delantero golpeó la pelota a tres metros de portería. El chut sonó a oro macizo. No tenía otro camino más que el gol. Pero el portero sacó la mano del bolsillo e interceptó el destino. «¿De verdad que no fue gol?», se preguntaban los franceses, con sus miradas perdidas, cuando ya el colegiado había pitado el final. «¿En serio?», insistían. Esta vez no pudo ser. En ocasiones, la épica es precisamente la falta de épica. Y eso casi siempre significa que gana Alemania.

Juan Tallón es autor del libro Manual de fútbol, editado por Edhasa.


Suave es la prórroga

Kevin Mirallas de Belgica y Tim Howard de Estados Unidos, durante el juego de los octavos de final de la Copa del Mundo de Brasil 2014 el 1 de Julio de 2014. Foto: Cordon Press.
Kevin Mirallas de Belgica y Tim Howard de Estados Unidos, durante el juego de los octavos de final de la Copa del Mundo de Brasil 2014 el 1 de Julio de 2014. Foto: Cordon Press.

«¿Tú viste la prórroga?», le preguntará un niño a otro en 2021, y este no responderá «¿qué prórroga?», como si hubiese muchas prórrogas. Sabrá, aunque no sepa nada, ni siquiera cuántas son dos y dos, o si Winston Churchill bebía, que su amigo se refiere a la prórroga de los octavos de final de Brasil 2014 entre Estados Unidos y Bélgica. Hay muchas prórrogas, cierto. La prórroga es el hecho más salvaje y reconocible de un mundial, si descontamos el tirón muscular en el gemelo. Algunas selecciones la juegan con miedo, rezando, y con el abrigo Chesterfield puesto, por si hay que ir a los penaltis. Muy pocas se disputan con la toalla en la cintura, a punto de desprenderse. ¿Faltó orden? Sí. ¿Faltaron las fuerzas? Sí. Faltó lo que tenía faltar. Pero, ¿y qué? «No sabe actuar, no sabe hablar», decía Louis B. Mayer sobre Ava Gadner, «pero es impresionante». Ganó Bélgica 2-1, pero en el ambiente quedará no el resultado, sino el olor a prórroga, mezcla de mucha pólvora y mucha colonia.

Con empate a cero, el partido se encaminó hacia la media hora extra de esa manera delirante y algo feliz que todos los años llega la cena de Nochevieja, inevitablemente, tal vez después de haber estado bebiendo algo por ahí. Y de pronto sopló el aire, los sombreros salieron volando y todo se despeinó. Lukaku abofeteaba a Howard, en respuesta Jones atizaba a Courtois, Lukaku de nuevo a Howard y así sucesivamente. El Mundial vivía en peligro, pendiente de que Frank Sinatra y el resto de la Rat Pack irrumpiesen directamente desde el bar para defender a los suyos. Era el caos. Pero apresurémonos despacio y volvamos al principio.

En el tiempo reglamentario Bélgica se impuso con cierta evidencia, como si guardase debajo de la mesa un pequeño artilugio para fabricar ocasiones clarísimas, aunque no lo bastante perfecto que las jugadas acabasen en gol. Oscuramente sospechabas que los ataques de Hazard, Origi, Martens y De Bruyne eran copias de gol fabricadas en China y por eso, en el último instante, nunca subían al marcador. Mientras el belga Courtois parecía sobrellevar los minutos leyendo novelas de John Steinbeck o Foster Wallace, para tomarle el pulso poco a poco a Norteamérica —con interrupciones puntuales en la lectura para atajar algún disparo envenenado, Tim Howard escribía en la portería de enfrente, en tiempo real, Las uvas de la ira o La broma infinita. No sin sofoco. Cada «uyy» de la grada era un remate llano de los diablos rojos, made in China, al que el portero estadounidense llegaba con su capa y los calzoncillos por fuera, y lo aplastaba igual que a una cucaracha. «No me gustan los goles», parecía decir con la voz dura e implacable del sargento Hartmann. Pero en el último minuto el fútbol es esencialmente el último minuto Wondolowski tuvo la oportunidad de meter a EE.UU. en cuartos de final al grito de «¡Se acabaron las gilipolleces!». En mitad del área pequeña, solo como la una, igual que esos martes que sales a tomar una copa y todos los bares están vacíos, hizo lo más difícil: fallar estrepitosamente, colocando el balón en el cielo.

Después de esa ocasión irracional y atroz, ambos equipos se abocaron a la prórroga con la sensación de que habían perdido la guerra porque la pistola se había encasquillado en el peor momento. El drama estaba servido. Pero mezclado con comedia. Todo me recordó mucho al día que un amigo acudió a dar un pésame. Hablamos de un trámite engorroso. Solo deseas que pase rápido. Cuando ya se despedía de la familia del difunto, y todo iba bien, les deseó «pasadlo bien». Eso hicieron belgas y americanos en la prórroga, correr felices en torno al agujero en el que una de las dos selecciones sería enterrada. Todo indicaba que EE.UU. sería el muerto, pues en el minuto 92 marcó De Bruyne y en el 105 Lukaku, acercándole una pala a Howard para que cavase más fondo, con brío. Pero existe algo que se llama Estados Unidos de América. Una casta de tipos que habían llegado a la Luna, creado Los Simpsons o escrito Suave es la noche no iban a rendirse así como así. Bradley, de repente, empezó a columpiar al equipo de un lado a otro, con cambios de orientación y pases verticales que parecían rayas trazadas con un bolígrafo, desde el centro del campo al área pequeña. En una de esas, Green atrapó un balón con el cazamariposas, siguiendo las enseñanzas de Nabokov, y puso la emoción del 2-1. Era el minuto 107. Faltaba una eternidad. Quizá algún día se escriba la enciclopedia de los trece minutos restantes.

Bélgica se alejó del partido, aturdida por la medicación de sus dos goles, mientras los espectadores rezaban «que no se acabe nunca; prometo ir más a misa». Fue La Prórroga. América, definitivamente, había desembarcado en el área belga: Bestley, Jones, Bedoya, Dempsey. No paraban de llegar compañías preguntando por el gol desesperadamente, locas de amor por el fútbol. No pudo ser, pero todos nos enamoramos de EE.UU. durante los trece minutos que vivimos peligrosamente. Nos gustó cómo, aceptando la derrota, los americanos se acercaban al final del partido a los rivales y les susurraban aquello de Dean Martin: «Querida, si te he amado, perdóname».

Juan Tallón es autor del libro Manual de fútbol, editado por Edhasa.


Un asesino anda suelto

Huntelaar celebra el gol de la victoria contra México. Foto: Cordon Press.
Huntelaar celebra el gol de la victoria contra México. Foto: Cordon Press.

Holanda mató a tu padre delante de ti, de cinco disparos, como si nada. No fue el único caso. Hubo más padres muertos después de España. Hablamos de una selección asesina, con una concepción errónea de la vida, pero ideal para el fútbol. Y anda suelta. El equipo de Louis Van Gaal remite a El Padrino, como todo en la vida. Mientras compra unas naranjas en un mercadillo, Vito Corleone también recibe cinco balazos. Ante la mirada atónita de su hijo Fredo, dos sicarios hacen cumplir las órdenes de los Tattaglia. Durante un tiempo, los Tattaglia anduvieron a su aire, libres y felices, con sed de mal, y así anda hoy Holanda. Después de acabar con España acribilló a Australia, a Chile, y cuando parecía muerta a manos de México, con un disparo en la espalda, se levantó y se puso a cantar «Caballo prieto azabache/ cómo olvidarte te debo la vida/ cuando iban a fusilarme/ las fuerzas leales de Pancho Villa/ Aquella noche nublada/ una avanzada me sorprendió/ y tras ser desarmado/ fui sentenciado al paredón…/ Recuerdo que me dijeron/ pide un deseo pa ajusticiarte/ yo quiero ser fusilado/ en mi caballo prieto azabache/ y cuando en ti me montaron/ y prepararon la ejecución/ mi voz de mando esperaste/ y abalanzaste contra el pelotón/ con tres balazos de máuser/ corriste azabache/ salvando mi vida».

No vi la primera parte porque estaba en una comunión, pero en el descanso corté amarras con la familia —tal vez para siempre y salí en busca de un bar. El resumen de esos primeros minutos, por lo que pude averiguar en la tasca, fue un penalti no pitado y los tres gintonics que me dio tiempo a apurar en la comunión. Así llegué a la segunda parte, ladeado no más. No tuve tiempo de entenderme con el camarero cuando Giovani propuso uno de esos lanzamientos que envías por Correos, certificado normal. No tienes prisa. En el fondo, sospechas que nunca llegará a destino. Lo que no esperas es que, de pronto, Correos funcione a las mil maravillas, y el disparo se envenene y acabe en la red. No tiene sentido, pero pasa. Es imposible no pensar en Herr Doctor, justo en esa escena de La jungla del asfalto en la que se lleva un tremendo chasco con la policía. «Cuando menos te lo esperas lamenta se pone de parte de la ley». En un sentido parecido, Correos se puso de parte del usuario y llevó el paquete de Giovani al fondo de la portería, aprovechando que Vorm estaba en el baño, con sus cosas.

Holanda parece esperar a ponerse por detrás en el marcador para ponerse a ganar. En el bar había paisanos que, viéndola caer, se notaba que estaban pensando: «Si Silva llega a marcar el segundo, estábamos en cuartos de final». No tardaron en despertar del insomnio, como dijo un locutor en San Mamés, con el remate a bocajarro de Vrij, que Ochoa se sacudió como si fuese un enjambre de avispas. Tan a bocajarro fue el remate que me hizo pensar en el intento de suicidio de Raymond Chandler. Un día quiso quitarse la vida a pistola y erró estrepitosamente el tiro, como Cardeñosa. Lo bueno es que siguió viviendo. Lo malo que ya siempre tuvo que aguantar cómo sus amigos lo humillaban diciéndole que «escribes buenas novelas, pero que no sabes suicidarse bien».

Pero como digo, los holandeses por detrás en el marcador son peligrosísimos. Despiertan igual que tu padre la tarde que le jodes la siesta porque se te caen unas monedas de nada al suelo. Baste decir que, con México achicando agua con calderos, para no ahogarse en su propia área, Van Gaal tomaba notas en su libreta, sentado y feliz. Tal vez sea cierto que escribir te templa los nervios, y el seleccionador aprovechaba estos momentos para avanzar en una novela. O quizá solo era que daba los últimos toques a su necrológica, anotando que «moriré, seguramente, pero no hoy». Sea como fuere, el portero mexicano seguía los consejos de sus padres cuando hizo las maletas para irse a Brasil: «No hables con extraños. Y sobre todo, no le abras la portería a nadie».

Holanda había estado matando a mucha gente, y en el segundo impacto a bocajarro no falló. El gol de Sneijder es un obús que acaba en magnicidio. Resulta demasiado bello y perfecto el gesto del remate como para no desembocar en una tragedia mayúscula. De hecho, cuando el balón se envuelve en la red, tal vez muerto de frío, no se oye «gol», sino «clic». Era el minuto 87. Es decir, los holandeses estaban a tiempo de evitar la prórroga y sudar baldíamente. Solo necesitaban perpetrar un nuevo crimen, cosa que hizo Rafa Márquez por ellos, cometiendo un penalti en el minuto 92. Robben está demasiado calvo como para no beneficiarse de un pisotón en el dedo del pie y caer al vacío, buscando los últimos pelos y gritando «¡son míos, míos!».

Juan Tallón es autor del libro Manual de fútbol, editado por Edhasa.