Si te tiran una granada, no corras

Vietnam, 1967. Foto: Cordon.

De pronto la vida te empuja a una situación tan penosa como la de cortarte una mano. No cortarte en una mano. Cortarte una mano. Improbable, sí, pero factible. Podría ocurrir. Zas, adiós mano. Estas cosas pasan. Te queda el muñón, con un inimaginable dolor y un chorro de sangre saliendo al ritmo de lo que tu corazón bombea. Y sí, es como en las pelis: la sangre saldría como una especie de géiser mientras tú buscas tu mano que yace inútil en el suelo. Y no, eso es lo que no debes hacer. Lo que debes es centrarte en tu brazo, en lo que queda de él, y evitar desangrarte en, aproximadamente, quince segundos. No es fácil, no.

Por suerte, jamás experimenté tal cosa. Sí experimenté un simulacro de tal cosa. Fue en un pueblecito inglés a media hora de Oxford llamado Clanfield. Allí permanecí una semana asistiendo a un curso de seguridad militar, destinado a periodistas y trabajadores de ONG. Entre otras muchas cosas nos impartieron primeros auxilios. Una de las clases versó sobre cómo hacer un torniquete. Que es, precisamente, lo que habría que hacer si de verdad tu mano se separase de tu brazo.

A cada uno de los alumnos allí presentes (unos quince, éramos) nos dieron una especie de pequeña correa de velcro que, una vez colocada, podía apretarse dando vueltas a un apéndice de plástico. De esta forma, la correa bloquea, en gran medida, el paso de sangre. Todo muy agradable. En la primera parte de la clase aprendimos a colocar el chisme. Mi compañero —Emir, británico de origen egipcio— prestaba paciente su brazo y yo le colocaba la correa para salvar su vida. Después pasamos a la segunda parte, que consistía en colocarnos el asunto a nosotros mismos. En la pierna, concretamente. Al principio con calma. Después, la profesora, una enfermera militar escocesa que había estado en Afganistán, nos sugirió que espabilásemos. «Cada vez que yo diga “ya”, tenéis que colocaros el torniquete en quince segundos, antes de desangraros». Y gritó «ya». Y yo empecé a enredar mi torniquete bajo mi rodilla, metiendo la correa por donde no era y sintiendo que la vida se me escapaba por la pierna.

Avanzó la clase y la enfermera escocesa que había estado en Afganistán, sin previo aviso, volvió a gritar «ya». Esta segunda vez ni siquiera sabía dónde había dejado mi torniquete, así que morí rápidamente. Me propuse estar más atento en el siguiente «ya», y dejé el torniquete sobre mis muslos, ya colocado para poder introducirlo por el pie y subirlo, cual liguero. Solo tras el repentino «ya» me di cuenta de que había calculado mal y que la correa no entraba. Se me atascó en el zapato y morí de nuevo.

Creo que hubo dos o tres «ya» más. No importa, morí en todos ellos. Cinco muertes desangrado en una sola mañana.

*

El curso al que asistí se desarrollaba en una especie de granja en medio de la campiña. Dormíamos, desayunábamos, comíamos y cenábamos allí, como en un campamento. El director se llamaba Brenan, un veterano de guerra de refinada educación británica. El otro profe era Ian, de nuevo exmilitar y con un nada despreciable parecido a John Cleese, de los Monty Python. El elenco lo completaba Sylvia, la mencionada enfermera escocesa.

El curso simulaba que estábamos en Clanistán, un país ficticio sumido en una guerra tribal entre el Gobierno y la insurgencia con desplazados internos en campos y una red de check points. Teníamos visado, acreditación y en cualquier momento podía pasar cualquier cosa.

Por ejemplo, el segundo día Brenan nos estaba explicando cómo cambiar una rueda cuando, de pronto, llegó un tipo y le metió dos tiros. Dos tiros de fogueo, claro. Pero Brenan llevaba unas bolsas de sangre ficticia bajo la ropa y se puso a gritar. Así que los que estábamos asistiendo a la clase de cómo cambiar una rueda, tuvimos que atenderle para evitar su muerte.

Le vendamos, lo intentamos calmar y lo subimos al coche. Bueno, subirlo es una palabra. Por alguna razón la gente fue borrándose y acabé yo solo subiendo su pesado cuerpo al asiento de atrás. La posición en la que terminó contradecía cualquier manual de primeros auxilios: boca abajo encogido en el canto del asiento, a punto de caer al suelo del coche. Los pies por fuera, no me cabían, así que decidí empujarlos y cerrar la puerta rápido para que se le quedaran dentro. Un compañero británico que estaba en el asiento de delante esperando a arrancar, se giró y afirmó con exagerado acento: «Hum, probablemente no es la mejor posición». Y se fueron.

En otra práctica tuvimos que atender un accidente de tráfico. Caminábamos tranquilamente un grupo de cinco cuando escuchamos unos gritos. Doblamos la esquina y vimos un coche empotrado y al conductor inconsciente (fingido, recuerden) sobre el volante. El objetivo en este caso era sostenerle la cabeza para evitar movimientos de cuello. Me tocó a mí sujetarle. Creo que lo dejé parapléjico cinco veces consecutivas. El tipo que hacía el papel de inconsciente era John, médico militar (veterano de la guerra de Yugoslavia) y me pareció que al bueno de John se le escapaba la risa varias veces debido a mi sujeción de su cabeza.

Además de primeros auxilios, el curso se enfocaba a gestionar situaciones de riesgo. Enseñarnos a reaccionar en escenarios que uno se puede encontrar cuando acude a trabajar (en mi caso, a hacer reportajes) a lugares en los que existe cierta inestabilidad o inseguridad. Qué sé yo, por ejemplo, cuando te cae una granada.

Ian, el que se parecía a John Cleese, nos explicó que si alguien grita «granada» (y no está cantando) hay que tirarse al suelo. También taparse los oídos, abrir la boca y cruzar las piernas. Lo que no hay que hacer nunca es correr (como en las películas) y tirarse al suelo en plancha mientras la granada explota de fondo. Mucho menos hay que intentar patear la granada o cogerla para devolverla. Todo eso queda para Bruce Willis. El común de los mortales debe tirarse al suelo. Y punto. Pero no es fácil, creedme. Por alguna razón (no sé si contaminado por Hollywood) cuando salimos al exterior a practicar con unas granadas/petardos de fogueo, yo corría. Ian encendía una granada, la tiraba, gritaba y yo salía corriendo y me tiraba como un remate en plancha. «No corras, Nacho. Has corrido», me decía. Volvió a tirar otra granada y esta vez corrí menos. Pero corrí. «Has corrido otra vez». A la tercera fue cuando comprendí que no podía evitar correr. No podía. Ian gritaba granada y yo salía disparado para tirarme en plancha. En la última ya ni me dijo nada.

El siguiente ejercicio consistió en simular un asalto a nuestro coche, el llamado carjacking. Nos dividimos por grupos: unos iban en el coche y otros hacían el rol de asaltantes. En realidad, nada hay que hacer cuando esto ocurre: simplemente obedecer y guardar silencio si no nos piden hablar. Lo curioso en este caso fue ver cómo interpretaba el papel de asaltante cada alumno, pertrechado con un pasamontañas y una pistola descargada. Los británicos tenían reparos en gritar demasiado, al contrario que un chico francés cuyas amenazas de muerte quedaron muy claras. Una alumna italiana mostró un maravilloso estilo camorrista al acercarse al coche apuntando con la pistola sin ni siquiera correr. La mejor, sin duda, fue la pareja formada por un alumno colombiano y otro argentino quienes, además de asaltar el coche, se llevaron los móviles y los pasaportes. «Muy realista», les dijo el profesor.

*

El último día de curso consistió en llevar todo lo aprendido a la práctica. Una jornada entera de simulacro. Teníamos que llegar a un campo de desplazados y por el camino nos pasó de todo, check points, controles y accidentes incluidos. La parte más lamentable fue cuando nos metimos en un campo de minas. Tuvimos que esperar media hora sin movernos del coche y yo me estaba meando. Lo pasé mal, pero aguanté. Cuando por fin salimos y avanzamos por un camino, nos encontramos con una señora que se acababa de estrellar en coche. Necesitaba ayuda urgente, pero para urgencia la nuestra. Así que, atónita y con un maniquí tirado en el suelo fingiendo ser su hijo en parada cardiorrespiratoria, contempló cómo bajábamos todos del coche raudos y directos a la cuneta a mear. Lo primero es lo primero, pensé mientras miraba el maniquí tirado.

Después de eso, y como colofón, nos asaltaron en el coche y nos secuestraron. Nos ataron las manos y nos pusieron una bolsa de tela en la cabeza. Una vez aislado, estuve como veinte minutos de rodillas contra una pared, sin saber dónde estaba ni cuánto tiempo tendría que esperar. A pesar del corto espacio de tiempo, fue bastante desagradable. Sobre todo, porque la imaginación actúa por su cuenta.

Terminó el curso. Me dieron mi —claramente inmerecido— certificado, cogí un autobús de vuelta desde Oxford hasta Londres, corrí por toda la terminal para no perder el vuelo, me senté en el avión sin aire y con sudor y decidí que algún día debería contar esta historia.  


Mónica G. Prieto: «Somos primarios, somos primitivos. Somos neandertales con smartphone»

Mónica G. Prieto es periodista de internacional. Ha trabajado con base en Roma, Moscú, Jerusalén, Beirut y Bangkok. Entre 2000 y 2005 estuvo en la redacción de El Mundo y era enviada especial a conflictos. El resto de su carrera ha sido freelance. Ha cubierto montones de guerras. Ahora ha parado porque sus hijos se lo han pedido, pero no descarta volver cuando pueda convencerles. Si alguien cree que el periodismo es cinismo y cariños con el poder, una charla con Prieto confirma al menos que hay excepciones. Lleva más de veinte años de carrera y sigue convencida de que el periodismo puede cambiar el mundo y que su papel es ayudar a montar sociedades mejores. Habla con una vehemencia celestial. Su bio de Twitter solo dice freelance journalist. Acaba de ganar el Cirilo Rodríguez, que premia a los mejores periodistas internacionales. Ha publicado en 2017, junto a Javier Espinosa, La semilla del odio. De la invasión de Irak al surgimiento del ISIS.

¿Querías ser periodista de conflictos de joven?

Sí. Tenía muy claro que iba a ser periodista internacional. Los conflictos eran un poco accesorios. A mí lo que me interesaba era asistir a la historia. Sacaba buena nota en Historia porque era muy estudiosa y me gustaba mucho.

¿En el instituto?

Sí. Me fascinaba leer de la Revolución francesa y me imaginaba cómo sería ver aquello, vivirlo. Estar en la Revolución rusa contra los zares. Era la única profesión que me permitía encauzar eso a un plano más práctico: no me gusta la faceta más académica, me gusta la acción. Otras corrientes que me atraían eran la antropología y la psicología: cómo se comportan los individuos bajo situaciones extremas. El periodismo internacional me permitía enlazar todos esos intereses.  

La primera vez que lo probaste fue en los veranos de la universidad.

Fue en el segundo año de la universidad. Me salió la oportunidad de trabajar en Canal+ en primero de carrera. Era muy jovencita, pero era un momento periodístico en España en que las cosas funcionaban de otra manera. Buscaban un equipo de cuatro o cinco personas, yo encajaba en el equipo, me hicieron varias entrevistas y me contrataron. Esto me permitía tener autonomía para mantenerme y para pagar una cobertura. Ahí decido que quiero ponerme a prueba a ver si valgo. Era muy consciente de que tenía que aclararlo antes de meterme en una situación demasiado grave. Me busqué un conflicto de baja intensidad, que fuera en castellano, porque mi punto débil eran los idiomas, y me fui a Chiapas un mes y pico.

¿En 1995?

Sí. Estuve en la Selva Lacandona buscando, evidentemente, al líder zapatista, al subcomandante Marcos. Viví las primeras situaciones de tensión. De pronto, en un checkpoint de carretera sin luz, aparecen cinco o seis soldados sudorosos y asustados preguntando quién anda ahí, pensando que podía ser una emboscada de los zapatistas, pero era una loca española de veinte años dando la brasa.

¿Ibas sola?

Iba con una colega, una compañera que decidió probar y que vio rápido que esto no era lo suyo después de intoxicarnos varias veces.

¿Dónde fue la siguiente cobertura?

Ya me fui a Italia.

¿Fuiste a Roma recién licenciada?

No, no, compaginaba la carrera. De hecho, tuve que hacer los dos últimos años juntos porque no tenía manera de acabar. Estuve seis meses en Roma. Trabajaba para Onda Cero y El Mundo.

¿El Mundo no tenía a nadie allí?

Tenían una persona que era mi compañero sentimental en aquel entonces y terminó siendo mi marido. Por las circunstancias me fui a vivir allí y estuve trabajando para Onda Cero como corresponsal. Luego le destinaron a Rusia y me fui con él. En aquel momento resultaba bastante fácil entrar en internacional. Había demanda y no había suficiente personal. En Moscú empecé a trabajar con Europa Press además de con Onda Cero, El Mundo y CBS Noticias. Con cada uno firmaba de una manera para que no hubiera un problema de exclusividad supuesta. De ahí que me quedara con Mónica G. Prieto, que era como firmaba para El Mundo. Mónica García era para Europa Press; Mónica Prieto, para otro.

¿Qué sacrificios comporta el periodismo internacional?

Muchos, pero todos asumibles. Pasas a ser lo contrario de una persona normal. Yo falté a la boda de mi hermano. No lo olvidará nunca y yo tampoco. Coincidieron varias cosas en las mismas fechas. Pero sobre todo es que empiezan a invadir Chechenia y el presidente de la República, que era un señor de la guerra, nos invitó a un reducidísimo grupo de periodistas a ir al palacio presidencial. A ver, yo quiero muchísimo a mi hermano, pero ¡me había invitado el presidente! Sacrificas muchas cosas, sacrificas la humanidad, te conviertes en un agente externo, un poco en un marciano. Llegas a Madrid y tus prioridades son diferentes. No entiendo la inquietud que puedan generar algunas cuestiones.

¿Cuáles?

Cada año que llegas ves que España es diferente. Hay un nivel de preocupaciones banales mucho más alto y una serie de valores que se han perdido. De pequeña, recuerdo que se defendía en España la humildad, la honestidad, el trabajo bien hecho, el antisensacionalismo. Que la gente fuera contenida en los sentimientos, ser estoico. Ahora cualquiera sale en la televisión por lo que sea.

Los conflictos ponen a la gente en situaciones extremas. ¿Has aprendido algo de cómo somos?

Sí. Lo de los seres humanos es terrorífico: somos primarios, somos primitivos. Somos neandertales con smartphone. Da un poco de pavor.

Estamos en el siglo XXI, pero somos animales.

Mucha ropa, mucho diseño, pero el contenido sigue siendo el mismo de hace dos mil años. El ser humano en condiciones extremas se comporta de manera extrema. El bien y el mal pasan a ser extremos. Por afán de venganza o por la impunidad, por el hecho de saber que nadie va a responder por crímenes, porque hay otros crímenes y nadie está respondiendo por esos crímenes. El ser humano se enajena en situaciones de conflicto. Pero, cuidado, que también te encuentras lo contrario. Eso es lo que te salva. Una de las cosas más importantes en el reporterismo bélico es que no te vuelves a casa con la sensación de desesperanza absoluta porque siempre hay alguien que te salva en la guerra. Siempre hay un personaje, un activista, un médico, un voluntario, un individuo que dices: por él confío en la raza humana.

Pero te encuentras a uno por conflicto.

Ese es el problema, que la proporción es miserable. Por mil malos te encuentras al bueno. Y, por lo general, el bueno entiende a los malos, convive con los malos y casi les justifica. Lo más duro de constatar es que se cometen los mismos crímenes que se cometían hace dos mil o tres mil años. La manera de matar suele ser la misma, como las decapitaciones del EI. No hay nada nuevo.

Has dicho: «Europa fue Siria hace sesenta años y volverá a serlo».

Por supuesto. La historia es cíclica. Todos los países pasamos por guerras civiles, guerras mundiales, problemas regionales. A mí me fascina en el fondo interpretar cómo es posible que los seres humanos, setenta años después —con muertos en las cunetas y con aún algunos supervivientes de la Guerra Civil—, estemos con ese discurso guerracivilista en los periódicos, o que se permita que individuos en televisión asuman el discurso guerracivilista con el tema de Cataluña o el que sea. Deberíamos ser mucho más cautos, más moderados. Y no ocurre, y me fascina. En el caso de los refugiados es aún más sangrante. Los españoles huían a Francia y les echaron a patadas. Nos hemos comprometido con la ley en convenciones internacionales a proteger a una serie de gente que huye por su vida. ¿Cómo podemos violar así nuestras propias convenciones internacionales? Es constatar el doble rasero: cuando a Occidente le conviene, aplica sus leyes, cuando no le conviene, deja de aplicarlas. Ese doble rasero justifica el EI. Nos ponemos a su nivel. Y si nos rebajamos a ese nivel, estamos en la jungla.

Cuando vas a un conflicto por primera vez, ¿crees que eres inmortal?

Total. Dejé de creerme inmortal hace cuatro telediarios. Y yo he tenido una muerte cercana no, lo siguiente, en este oficio. No es que lo viera, es que lo tuve aquí. Mi primer marido, Julio Fuentes, reportero de El Mundo, murió en Afganistán en 2001. Aun así, saber que puedes morir ni te lo planteas. Existe esa sensación de invulnerabilidad que es ficticia. También es cierto que si te creyeras vulnerable sería mucho más difícil hacer tu trabajo. No voy a decir que sea una coraza, pero sí que creo que es un sistema de autodefensa. ¿Por qué sigo animándome a ir? Porque tengo técnicas para comportarme en zonas de conflicto, porque ya tengo experiencia, porque ya controlo, porque ya no me voy a exponer tanto. Pero todo da lo mismo, siempre está el caso que te rompe los esquemas, del colega que está en una ofensiva de cuarenta días y, cuando ya no cae ni una bomba, justo le estalla una mina y muere. Eso pasa continuamente. No creo que por el hecho de acudir más tengas más papeletas. En nuestro caso hemos terminado siendo más conscientes por el hecho de tener hijos. A mí mis hijos me pidieron que dejara de ir a conflictos y eso es ya muy grave. Si le prometo a mi hijo que no voy a un conflicto, pues lo voy a cumplir, aunque me dé mucha rabia, pero por el momento voy a cumplir. Quizá cuando tenga dieciocho años igual se le pasa y puedo volver.

¿Has buscado tratamiento después de alguna cobertura?

Busqué tratamiento después de la guerra de Irak, tras la muerte de Julio Anguita y la de José Couso. La muerte de Couso es muy cercana, porque muere en el Hotel Palestina en Bagdad y está muy cercana en el tiempo a la de Julio Fuentes. Busqué asistencia, nunca lo había hecho, pero llegué con una sobredosis de vivencias. Fueron tres meses de cobertura de Irak, un mes y medio bajo la dictadura, un mes de bombardeos y quince días luego, y llegaba con mucha tensión. Llegó un momento en que decidí hablar con un psiquiatra. Fundamentalmente para evaluar. Pero no hubo necesidad de más.

¿Qué conocimientos tienen los directores o redactores jefe que te han mandado a hacer coberturas de política internacional?

Depende del responsable. He tenido editores, directores de medios, con un instinto periodístico brutal. Daba lo mismo que estuvieran metidos o no en la política internacional, sabían definir lo que era un tema y sabían entender lo que era un tema, un buen tema, si tú lo explicabas, y sabían ver las prioridades y entender que una cobertura es mucho más que llegar con una historia: es buscar la historia que representa todo lo que estás intentando explicar y que puede transmitir toda la realidad. En cuanto al redactor jefe, he tenido de todo, pero evidentemente el mal redactor jefe es el que te pide que copies directamente.

¿Lo que ve en la prensa extranjera?

Claro. El que te dice: «He visto esto, háztelo tú». «No, no, tío, cómpraselo al Guardian y tradúcelo, yo no te lo voy hacer porque no hay fuentes. Tendría que irme a buscar esas fuentes». O, lo que es peor, una escena típica. Recuerdo que una vez estaba en Kut, una ciudad iraquí ocupada por tropas japonesas. Llega un momento en que se sublevan los chiíes y los suníes al mismo tiempo. Toman al asalto el cuartel general de los japoneses. Era la única periodista extranjera que estaba ese día allí. Entrevisté a todo el mundo. Los tanques americanos llegaron para el asalto. Los helicópteros. Era una película. Era visualmente brutal. Yo estaba sola porque había varias crisis simultáneas, y todo el mundo estaba en Faluya, pero yo tenía Kut. Llamé a la redacción y la responsable en ese momento me dijo: «Queremos que nos mandes una historia del convoy humanitario que va a salir de Bagdad a Faluya. Acabamos de escucharla en Radio Nacional y nos ha encantado». Yo le dije que tenía otra historia y que la suya no la había hecho.

¿Pero ella sabía que estabas en Kut?

Por supuesto. Recuerdo que la conversación acabó en grave discusión y me dijo: «Pues si estás en Kut, te vuelves a Bagdad y te vas a Faluya». Que está en la otra punta. Eso fue lo que hice y me comí la historia de Kut que ya había terminado, no recuerdo si acabé por publicarla. Yo nunca vendo el pescado antes de haberlo pescado. Llamo cuando ya tengo la historia acabada.

¿Y eso te ha pasado muchas veces?

Muchísimas. Tuve una más grave. Primer cerco de Faluya. Había intentado entrar muchas veces en Faluya: con jefes de la insurgencia, con grupos armados, pasando por ríos, nadando, campos de minas. Era terriblemente complicado. No había manera de entrar. Un mes después, cuando ya habían muerto mil quinientas personas, cuando el cerco estaba a punto de caer, volvimos a Faluya. Llegamos a las puertas de la ciudad y en el checkpoint nos sentamos allí a fumar. De pronto, te juro que fue surrealismo, a mí no me ha pasado en toda mi carrera, en veintitantos años de carrera, algo como esta escena, de repente veo que llega una especie de vehículo militar iraquí, un tipo vestido de general de Sadam Husein con el aguilucho baasista y con todas las insignias de general. ¡Los americanos se cuadran y le invitan a pasar! Mi traductor se queda desencajado, me dice que ese es el general tal, que se supone que estaba en la lista negra, y que cómo ha llegado hasta aquí. Los americanos no conseguían doblegar Faluya y la única manera que encontraron fue traer a un general de Sadam. Con mi traductor, empezamos a preguntarle. Nos acercamos y el tío encantado, ufanísimo con su uniforme del antiguo régimen. Lo que pasaba es que los americanos no conseguían doblegar Faluya, así que llamaron a un antiguo general del ejército de Irak, que se llevó a sus hombres de Faluya, para que entrara y negociara con los insurgentes un armisticio. Así se saldó la primera batalla en Faluya. No solo entrevistamos a aquel general, sino que conseguimos entrar. Fue una jornada maravillosa, de esas en las que termino comiendo con un grupo de wahabíes apoyada en un misil tierra-aire. La conversación era como de coña: «Tenemos unos cuantos de esos en casa y, oye, tú no serás espía, ¿verdad?». Cuando salgo de Faluya, con la excitación de tener la historia de mi vida, llamo al periódico. Todo lo que tenía era visual: jardines con tumbas abiertas, el campo de fútbol siendo excavado y llegando cadáveres cada dos segundos. El jefe de internacional me dijo: «Mónica, ya antes de que empieces a hablar, no tengo sitio. Ni hoy ni mañana, porque tengo una cumbre de no sé qué y no tienes sitio». Y yo: «Somos el primer medio extranjero que entra en Faluya. Para cuando lo des ya estará todo el mundo. Ya no es exclusivo».

Y no lo dieron.

Lo dieron dos o tres días después.

Por la cumbre.

Quizá si hubiera sido otro momento… Había cierto cansancio ya. Era 2004. Se comenzaba a entender menos. Ese cerco de Faluya fue cuando entra Abu Musab al Zarqaui, jefe de Al Qaeda, y empezó a haber confusión de términos. Aquellos tipos con los que hablé trabajaban para él y se plantearon la posibilidad de secuestrarme. Lo sopesaron y el que me estaba protegiendo dijo que no. Luego mi equipo me lo traducía. Había una serie de confusiones, demasiados factores que hacían que se atendiera menos al detalle. El factor de terrorismo desconcertaba a la opinión pública española.

Con tanto viaje, ¿cómo era la vida en la redacción?

Mi trabajo cuando estaba en la redacción era estar en la redacción. ¡Y me ponían a hacer breves! Como castigo por viajar tanto.

¿Te castigaban?

Porque el jefe que tenía era un tipo fundamentalmente fascista, machista.

Pero ¿era porque alguien que hacía algo guay luego tenía que sufrir, para que no se creyera una estrellita?

Era algo de eso. Se da en algunos individuos. Esta persona había sido corresponsal en el extranjero y tuvo un destino donde no destacó por su valor. Se sentía doblemente cuestionado por una chica diez años más joven que él que hiciera un trabajo en el que él nunca destacó. Me solía humillar bastante.

¿Por mujer? Has dicho que ser mujer ha tenido ventajas y desventajas sobre el terreno y en la redacción.

Yo nunca me he visto como una periodista o un periodista. Soy una profesional y punto pelota. No tengo ni idea de cómo definirme y además sobre el terreno me suelen tratar como una profesional, no como una mujer profesional, y yo me comporto como una profesional, no como una mujer. Tengo el mismo aguante que ellos. Todos trabajamos igual, midas 1,80 m o 1,50 m, tengas pecho o no. Pero cuando llegas a la redacción sí que noto que la sociedad española —que no creo que sea problema de España, creo que es un problema de la sociedad a secas—, la sociedad no lo admite, las mujeres no somos iguales que los hombres. Yo he oído: «Que se ponga a editar breves, no vaya a ser que se lo crea, que se le suba a la cabeza». No tengo ningún problema con hacerlos, pero a los hombres reporteros no les pasaba. A mí me molestaba el tono, ese tono paternalista del «qué se ha creído esta». A ver, que yo no me creo nada, no voy a demostrar nada, voy a hacer mi trabajo, y vuelvo y hago lo mismo. Lo que no voy a hacer es copiarte algo del Guardian. Te lo traduzco y te lo firmo como Guardian.

¿Estabas en un oficio muy masculino?

En aquel entonces fui la primera mujer reportera internacional de El Mundo. No lo había analizado nunca hasta ahora, pero es así. Cuando yo llego al periódico, y me temo que no ha cambiado nada, había unos usos machistas que representan a una sociedad, no solo el mundo de periodistas. Entiendo que El Mundo es un periódico nacional dirigido por una élite intelectual, que se han formado durante muchos años con décadas de experiencia y tienen estos micromachismos tan incorporados que llevan a estos comentarios. En El Mundo había dos jefes varones en internacional que dirigían un equipo solo de mujeres. En una época de mucho trabajo nos pusieron un refuerzo. Nos mandaron un becario de la sección de cultura. El tipo era el antimilitarista clásico. Un día llegó un directivo. Era 2001, y yo ya había cubierto Macedonia, Cáucaso norte, Chechenia, en suma, conflictos. Estábamos todas ahí editando y pregunta qué llevábamos: había un tema sobre la capacidad militar de los talibanes. Cuando se lo contamos, dijo: «Bueno, esto que lo haga el becario, que por lo menos ha hecho la mili». Entonces alcé la voz de forma exagerada para preguntarle a una compañera situada al otro extremo de la mesa algo así como: «¿Oye, un general es más o menos que un coronel? Es que como no he hecho la mili, no creo que pueda editar esta crónica». Ella respondió: «Pues no lo sé, yo ando atascada en la diferencia entre división y unidad, porque como no he hecho la mili…». Cuando se sumó una tercera voz femenina declarándose incapaz de editar y acumulando trabajo a un becario espantado, el directivo se fue echando pestes. Luego vino a matizar aquello: «No os pongáis así, no quería decir eso». Seguramente no quería decirlo, el problema es que está todo tan interiorizado… Cuando yo vuelvo de un conflicto, estoy muy morena, pero cuando vuelve un tío: «Joder, qué cojones tienes». Era el comentario recurrente: «¡Qué guapa estás, incluso más delgada!». «Sí, porque he pillado una neumonía, pero no te preocupes». Eso me ha pasado, literalmente.

Haciendo este trabajo como mujer en lugares en conflicto, parece más normal preguntarte por lo que te pase en Bagdad o en Nasiriya.

Sin embargo, me costaba mucho más esto. Porque lo otro me lo esperaba, y me encontraba de hecho la sorpresa de hallar mucha más tolerancia. También fue otro momento, porque Oriente Próximo ha cambiado mucho. El Irak de Sadam Husein no tiene nada que ver, religiosamente no tenía nada que ver. Era el Irak laico. La tolerancia era brutal. Yo iba por Bagdad en vaquero y con una camiseta. Me sentía aceptada. Empecé a cubrirme porque algunos integristas me lo pedían. Me chocaba más lo que ocurría aquí, que una mujer volvía de cubrir un conflicto y no se la trataba como a un hombre. A mí me choca mucho el machismo. Me sorprendía aquello: «Te llamo de tal revista por si puedes hacer un reportaje sobre fotógrafas de guerra mujeres». ¿Por qué es noticia? Desde que hay guerras, hay fotógrafas de guerra mujeres.

Cuando te dieron el premio José Manuel Porquet en 2011 te dijeron que eras la primera mujer que lo recibía, y dijiste: «Estoy sorprendida de ser la única mujer».

Lo último que he hecho ha sido Pionyang. El régimen nos invitó al desfile en honor de los cien años del fundador de Corea del Norte, y fácilmente el sesenta por ciento de las reporteras que estábamos allí éramos mujeres. No te digo ya reporteras, sino las cámaras, las que cargaban con el equipo, las lentes. La mayor parte de fotógrafas y camarógrafas eran mujeres: coreanas, japonesas, norteamericanas, chinas. Éramos mayoría. De hecho, me sorprendió que en imagen éramos la mayoría mujeres. Eso no debería sorprenderme.

¿Y sigue así?

Hace unas semanas vine a España a recoger el premio Cirilo y, en un momento dado, antes del fallo, un colega me soltó el comentario: «Tú ponte guapa y relájate». ¡Y le conozco bien! Pero ¿de qué cueva acabas de salir? Está incorporado, es muy difícil.

Fuera de conflictos claros, habrá habido también debates con tus editores sobre qué lugares escoger para cubrir. Si ir al país A, al B o quedarte en casa. ¿Cómo se elegían los destinos?

África era imposible. África no interesaba, me lo dijo la dirección: los negros no interesan, olvídate de los negros porque no interesan. «Es que están muriendo miles». «No nos interesa». «Es que es agosto y no tenéis nada con lo que abrir el periódico». «No nos interesa». «Es que hay cientos de miles de refugiados». «No nos interesa». Ahí fue cuando empecé a replantearme las cosas.

Encaja en esa leyenda del periodismo: interesa mucho un accidente si mueren un español, diez franceses, cien noruegos y mil chinos.

Claro, y serían diez mil árabes y cien mil africanos.

¿Esto es verdad?

Por desgracia, sí. Es muy frustrante, ese cálculo funciona. A mí, África me conllevaba bastantes broncas y luego tuve un par de desencuentros: una vez un terremoto al que yo quise ir, creo que fue en Irán, en Bam, y que por los motivos que fueran no pude ir, y un par de situaciones de estas que me empezaron a decepcionar un poco.

¿No pudiste porque no interesó Irán?

Porque me dijeron que no. Lo que yo solía hacer mucho era pedir visado primero y preguntar después. Una vez que tenía el visado, decía: «Oye, tenemos posibilidad de irnos a tal sitio porque no voy a necesitar una semana para el visado porque ya lo tengo». Y ahí creo que les molestaba que tuviera iniciativa y no les avisara. Pero la cuestión era que funcionaba y, si me decían «Sí, vete», era automático ir al aeropuerto. Es cierto que yo no era una periodista fácil para trabajar, yo no soy una persona de redacción que pregunta todo a sus jefes. Los que me han valorado me valoran mucho precisamente porque soy libre, y el jefe que buscaba controlarme como a una becaria mayor pues no lo ha conseguido.

¿Pero era porque no estabas de acuerdo o porque tenías la pretensión de estar tiempo sobre el terreno?

Era más bien el ímpetu periodístico de: «Esto hay que cubrirlo, no podemos dejarlo». O mandas a alguien o voy yo, pero que alguien vaya. A mí no me importaba ser yo o no, pero siempre hay una crisis que cubrir. Recuerdo que me mandaron a cubrir, hablando de esa proporcionalidad tan absurda, el secuestro de dos empresarios españoles en la República de Georgia, en el Cáucaso. Fueron quince días de cobertura por un secuestro de dos personas. Sin embargo, una situación que a mí me parecía que definía a todo un pueblo o que lo sometía a la vulnerabilidad no la veían.

En la visión peliculera del periodismo internacional también hay mucha parafernalia.

Tienes dos opciones: poner el foco sobre la gente o ponerlo sobre ti. Al principio hay gente que va arrastrada por la visión utópica y cinematográfica de esta historia, que no tiene nada que ver con la realidad, y luego en parte se depuran cuando ven que no es así. Porque es duro, huele mal, coges infecciones, pillas porquerías horrorosas, terminas hospitalizado en parajes terroríficos, puedes morir, y eso no mola. Hay otros que siguen sin verlo porque ven más el reto personal que les supone y lo que lucen. Pero, vamos, yo creo que eso se puede trasladar a todas las profesiones. Hay mucha gente que quiere ser protagonista en lugar de hacer su trabajo y punto.

¿Por qué pasa España a partir de los años 2004-05 de mucho periodismo internacional a poco?

No lo sé. El editor de tu medio no tiene por qué tener conocimiento de la política internacional. Muchos no tienen ni el conocimiento ni el interés que se merece la política internacional. España no juega en la división internacional. No juega en la división de Gran Bretaña, de Francia o de Estados Unidos, o como podía jugar Italia hace no tanto tiempo, de entender el conflicto internacional porque tiene intereses detrás y, por tanto, intentar dirigir la opinión pública dependiendo de sus intereses.

Eso es para bien y para mal.

Para bien y para mal. Para mal, porque se hace continuidad de Estados Unidos. O de donde venga el interés. Eso cambiará a China, finalmente, y pasaremos a otro eje, pero por el momento es el que es. Eso nos arrastra a una situación como la actual, donde tenemos al equivalente a Kim Jong-un pero en viejo y blanco en el poder en Estados Unidos, pero en potencia es tan peligroso como el original. Estamos todos siguiéndole porque toca seguirle, y por desconocimiento. Pero, en el caso de Irak en 2003, hubo manifestaciones de miles de personas gritando «No a la guerra» porque tenían el interés, la inquietud por saber lo que pasaba en Irak, y tenían el criterio de decir: «Esto es una invasión». Y ganaron. Esto, sin embargo, nunca ha ocurrido con Siria, pese a que la situación de Siria era tan obvia como la de Irak: hay un señor masacrando gente.

Pero no es norteamericano.

No, pero era lo mismo. El nivel de injusticia era el mismo. Era tan injusto lo que pasaba en Siria como que Sadam Husein reprimiera a su gente con aviación.

En España lo veíamos diferente.

Pero eso pasa en 2011, cinco años después de esta crisis del interés informativo. Donde, por ejemplo, la cobertura de Siria que existía, porque nosotros íbamos al terreno, yo no sé cómo se reflejaba aquí en los medios, pero el periodista español seguía yendo. Por un lado, me imagino que no se le da la cobertura que requiere la situación, pero, por otro lado, me temo que la sociedad estaba mucho más apática que con el caso iraquí, estaba más distante.

Veníamos de Túnez y Egipto, al principio de la Primavera Árabe, que fue algo más bonito, y luego con Siria dejó de entenderse.

No, yo creo que fue Libia. Fue la intervención en Libia más bien. Interviene Estados Unidos y se considera que es una intervención imperialista, cosa que no tiene nada que ver con el imperialismo, es más bien dictadores masacrando, pero yo creo que sí que pudo ser eso. Un exceso de información y un exceso de Primaveras Árabes. Era complicado para el lector de turno saber si aquello era positivo o negativo. Pero era blanco y en botella.


El oficio más jodido del mundo

Base Tynes, valle de Arghandab, Afganistán, 2009. Fotografía: Ricardo García Vilanova.

El 11S fue una bendición para el periodismo internacional. El mundo se agitó y había mucho que contar. El terror alcanzó incluso a España en marzo de 2004. La combinación era casi perfecta para la información internacional: fenómeno global que afecta al país y los medios vivían sus años más boyantes antes de las crisis de internet y económica. España estaba en auge y era importante mirar y preocuparse por el mundo, como Irak y Aznar o la alianza de civilizaciones de Zapatero.

La periodista Mónica G. Prieto estaba en Irak en 2003, antes de la invasión norteamericana: «Éramos más de veinte españoles, la nacionalidad más grande acreditada con el régimen de Sadam de todo Bagdad. Era un orgullo. Las teles, las radios, estaba todo dios, éramos una fiesta», dice. El periodismo es negocio y es servicio público. Irak en 2003 reunía ambas condiciones. Prieto estaba entonces en plantilla en un periódico nacional, donde iba de enviada especial a focos de conflicto. Pero quería hacer historias que estuvieran más lejos de la actualidad: «No me compensaba seguir de paracaidista —dice—. Es un concepto arriesgado: ves lo que ves, no te da tiempo a hacer background, pero así funciona el negocio». En 2005 optó por pedir una excedencia e irse a Oriente Medio de freelance.

Prieto canceló la excedencia a los tres años y lleva ahora una década de freelance especializada en conflictos. Antes del 2000 había sido freelance para cuatro medios en Rusia, con la guerra de Chechenia de fondo. Lo recuerda como una época dorada: «Las tarifas eran decentes, te pagaban los gastos de viaje. Había fórmulas para que saliera rentable y había tiempo para hacer las piezas», dice. Eso que parece tan sencillo para cualquier otro oficio en periodismo empezó a esfumarse. Aquellos años no han vuelto, de momento, y nadie los espera.

El periodismo internacional freelance en España es una broma. La CNT sacó un informe con tarifas de medios para piezas desde el extranjero: iban sobre todo de cincuenta a cien euros. Aquí cuentan su experiencia seis periodistas y fotoperiodistas que han sufrido o rechazado estos precios y a menudo han acabado publicando en medios en inglés. La mayoría han trabajado juntos o se conocen de coberturas. Todos subsanan la falta de ingresos fijos con algo que no es su trabajo esencial: clases, becas, vídeos, exposiciones, colaboraciones con ONG. Los españoles que se dedican por su cuenta a conocer bien los conflictos y a contarlos en su lengua o con su cámara sobreviven sin más apoyo que su interés o la creencia persistente en lo que hacen.

Prieto forma parte de este grupo de freelance españoles que dedican su trabajo primordialmente a zonas de conflicto. El nombre que cada uno usa para definirse no es una elección simple: «Soy muy reacio a etiquetas como corresponsal de guerra. Queda bien en Facebook, eso es todo», dice Karlos Zurutuza. La insinuación de un ligero chuleo diluye la candidez y entrega con la que trabajan quienes hacen uno de los oficios más venerados del periodismo: ir a ver sufrimiento para contarlo.

Prieto y Zurutuza sobre todo escriben. Pero ambos deben traer fotografías para que sus textos se publiquen. También han visto cómo se les pagaba mejor en el extranjero por una foto —que no hay que traducir— que por un texto. La variedad de tareas en una cobertura es más compleja de gestionar de lo que parece; aparte de conocimientos, requiere tiempo: «Ahora tengo que hacer texto, foto, vídeo y audio. No puedo pensar en cuatro lenguajes distintos. Me siento un fraude», dice Prieto.

El tipo de trabajo que necesita un texto o una imagen implica un planteamiento de viaje a menudo distinto. El frente de guerra puede ser la base de un reportaje gráfico, pero para escribir es insuficiente: «Yo no soy de frontline —dice Zurutuza—. Con ir una o dos veces me basta, para hacerme una idea, porque hay más información en la retaguardia. Me interesa saber si las escuelas están abiertas, qué hace la gente en los hospitales, si las tiendas están abastecidas. La última vez que estuve en el frente fue cuatro días en Sirte (Libia) y me sobraron tres».

Alberto Arce ha ganado premios por documentales y por coberturas con textos para una agencia. Su trayectoria es un repaso de las dificultades del oficio. A principios de los 2000, pasó unos años en Argentina. Colaboraba sobre todo con revistas sesudas, como Política Exterior o la de la Fundación Cidob: «Me pagaban más de lo que paga Jot Down ahora». Era la época precrisis. Fue entonces a trabajar para una ONG en Oriente Medio. Los buenos contactos en Irak le llevaron de nuevo al periodismo. Vivió la Operación Plomo Fundido israelí en Gaza. Escribió veinte piezas para un periódico nacional e hizo un documental.

Arce creyó que algún medio le abriría las puertas: «El documental ganó en un año más premios que los que la mayoría de directores de documentales españoles ganará en toda su vida», dice. Pero no le llamaron. Tampoco para escribir. Preguntó en redacciones: «¿No tendréis algo por ahí para mí? Dejadme empezar poco a poco. Pero me di cuenta de que ese tipo de enfoque, de meritocracia, llama a risa conmiserativa», dice. En resumen, recuerda Arce, en 2009 tuvo tuvo un «clac» que resume en esta frase que le dijeron en una redacción: «Esto no funciona así, chaval».

En esos años siguió cubriendo conflictos: Afganistán, Irak, Libia. Tuvo una hija, paró un poco, pero cuando necesitaba dinero volvía a la carretera. Fue por ejemplo a Misrata (Libia): «Me voy a hacer caja con Ricardo [García Vilanova, fotógrafo]. Llevamos una cámara de vídeo buena. Ni él vive de las fotos ni yo de los textos, pero te metes en primera fila, en trinchera, y vendes las imágenes a CNN, Al-Yazira o Euronews y te pagan setecientos dólares el minuto. En un mes haces dinero jugándote el pellejo», dice.

El trabajo del freelance es más difícil y peligroso que en plantilla. Los freelance solo ingresan si traen material: tanto traes, tanto vales. Y no siempre logran encargos. El método habitual de trabajo es buscar un destino donde hay o puede haber noticias —elecciones, guerras, revueltas—, avisar a tus contactos en medios —si los tienes— e ir unas semanas: «Voy a lugares donde creo que puedo tener ventas y sacar dinero. Vas con las buenas intenciones en una mano y la calculadora en la otra», dice el fotógrafo Manu Brabo. Luego puede ir bien o puede ir mal. Ricardo García Vilanova ha estado tres veces este año en Mosul. Así le fue: «El primero cubrí gastos; el segundo fue bien: galería de fotos con CNN, un vídeo para ellos, hice de cámara para una tele colombiana. Pero el último ha sido un desastre. Hay un montón de gente», dice.

Mosul, 2017. Fotografía: Ricardo García Vilanova.

García Vilanova acaba de volver de Libia e ir a Yemen le resulta carísimo. Los destinos se limitan: «Todo es un puto negocio. O tienes pasta o no curras. Es un modelo de negocio insostenible», dice. La competencia es extensa. Más en fotografía o en textos en inglés, donde se compite con periodistas de todo el mundo. La presión por publicar es difícil de asumir, más si eres joven. Esta competencia desigual hunde los precios, según Zurutuza:

A los freelance «de conflicto» se los ha santificado sin tener en cuenta los egos, disparadísimos, y que no valemos un pijo como colectivo. El compañerismo existe, pero también esa jungla en la que muchos se abren paso a codazos, como, por ejemplo, aceptando tarifas ridículas. No se deberían aceptar por pura dignidad, pero también por solidaridad con el resto porque esas tarifas acaban convirtiéndose en las de todos. Con la explosión de las redes hay gente dispuesta a trabajar casi gratis por hacerse un nombre y para que le aplaudan en Facebook. Y muchos de los que aceptan cacahuetes por reportaje se quejan, simultáneamente, de lo poco que se paga, e incluso se erigen en «defensores» del gremio. Más aplausos en Facebook. Antes era distinto. Se pagaba más y había gente haciendo un gran trabajo, y a muchos no los conocía nadie. Hoy es al revés. Nos suenan más las firmas que sus trabajos. Podemos echar la culpa a los medios de la precarización con razón, pero nosotros somos los primeros responsables.

Las redes sociales no han traído buenos amigos al mundo freelance. La guerra no es lugar para fardar. Allí hay gente que sufre de verdad: así que se va, se ve, se cuenta y se calla. El jugueteo emocional de las redes encaja mal en este panorama, según Mónica G. Prieto:

Se ha impuesto una generación de aparentar, «porque yo lo valgo»: soy tan bueno que te voy a contar una historia porque acabo de llegar a tal sitio. Muy bien, pero ¿cuál es tu historia? ¿Cómo me lo vas a contar? Se está imponiendo un tipo de periodismo simplista: Twitter aplicado al periodismo. Demos mensajes, no expliquemos, no contextualicemos. El mensaje suele ser «mi periodista está aquí, qué valiente es». Eso lo hacía la prensa turca en el año 90 y todo el mundo se reía de ellos, ahora los turcos nos dan mil vueltas. Ahora somos los españoles los que vamos a hacernos la foto: «¡Estoy en tal sitio!».

Tras su viaje a Libia, los colegas de Arce van a Siria. Pero Arce se va con su familia a Guatemala. Allí le contrata Plaza Pública: «No puede ser que alguien que no me conoce de nada, en un país que no he pisado nunca, en un digital, sin amistades… En tres días me mandaron un contrato de trabajo», dice. Diez meses después pasa a cubrir Honduras para la agencia norteamericana AP. Tras unos años en Tegucigalpa, tiene ofertas de Los Angeles Times y el New York Times. Escoge el NYT y se establece en México. Cobra un salario de cinco mil cien dólares. Al cabo de pocos meses, las condiciones cambian y abandona el periódico. Arce trabaja ahora para una ONG canadiense en el proyecto de un cómic en Mosquitia (un hormiguero de narcos en Honduras) y, tras ofrecerse a varios medios españoles, acaba de recibir una beca de la Knight Foundation para estar un año en la Universidad de Michigan. Arce no entiende la situación:

Cuando sales de España entras a jugar con «las reglas». Me considero una persona de fuertes convicciones anticapitalistas, pero en el momento en que sales y ves que esas son las reglas, pues juguemos a las reglas. Las reglas de la competencia y del mercado funcionan fuera de España. En España hay otra cosa. Mi lógica es «déjame competir porque sé las reglas». Pero deja que haya competencia, que se valore el coste del trabajo, que se entienda la pertinencia del producto, la conveniencia de esta cobertura en la región. Ahí sé jugar. A lo que no sé jugar es a lo otro. Has tenido por tanto que invertir mucho tiempo en hacer amigos, no en trabajar.

Una vez en el circuito en inglés, el método de trabajo de los medios también es distinto. Los editores tienen labores más minuciosas. Mónica G. Prieto conocía a una persona que trabajaba en una agencia en Beirut (Líbano): «Editaba a un freelance español en Siria y decía que había que reescribírselo todo porque no sabía escribir agencia. Les daba igual. Cualquier cosa que mandara o que contara por Skype o teléfono servía. La disponibilidad de los editores es total. Eso no se lo cuentes a un español», dice. En España los editores tienen otra labor y se exige el producto terminado y con todos los apoyos: «En España van a requerir que el producto esté hecho, con foto y vídeo, que sea por el mínimo coste y le van a dar el enfoque que les dé la gana», dice.

La diferencia en el trato y el interés tiene consecuencias en la tarifa: «Una historia en inglés puede pagarse entre cinco y diez veces más que en España: el año pasado saqué una pieza de mil palabras en inglés con tres fotos pésimas y me pagaron setecientos euros. En España me hubieran dado cien», dice Karlos Zurutuza. Con las imágenes ocurre algo parecido, según Brabo: «Por dos días de encargo del Wall Street Journal en Ucrania puedo cobrar lo mismo que por un reportaje entero en un semanal español». Los medios en inglés ofrecen encargos con más frecuencia, no solo esperan en la redacción a que les lluevan las fotos o los temas: «Los medios extranjeros suelen ponerte encargos, que no suelen hacer los medios españoles», añade Brabo. Las tarifas tienen una repercusión obvia en el interés de los lectores, más allá de la categoría del periodista: «Si un medio ofrece cincuenta euros, recibirá un trabajo mediocre. Si lo publica, la gente no mostrará interés por eso —dice Zurutuza—. Es la pescadilla que se muerde la cola».

A pesar de la situación y de los peligros, estos periodistas van de fregado en fregado, con pausas temporales. El peligro de cada trabajo y cada región es difícil de entender desde fuera. La experiencia, por ejemplo, en Honduras puede ser más terrible que en los típicos agujeros de Oriente Medio, cree Arce:

Yo he llegado a las cotas más altas de miedo en Tegucigalpa, no en Libia ni en Gaza ni en Bagdad. No es lo mismo tener miedo a una bomba random que cae del aire que tenerle miedo a un hijo de puta que viene en motocicleta por detrás a robarte el teléfono. En Honduras no se reconoce que cubres un conflicto, pero he llegado a ver veinticinco cadáveres seguidos en una ciudad en veinticuatro horas. He visto fosas comunes dos veces: en Tegucigalpa y en Líbano. No había sitios donde poner los muertos de cada noche. Yo tengo estrés postraumático diagnosticado no por Gaza, sino por Tegucigalpa.

El riesgo es más difícil de comprender en tensión. Mónica Bernabé pasó siete años en Afganistán. En Kabul los extranjeros no pueden circular con calma. Ella se movía vestida de afgana, de negro y solo con el rostro descubierto: «Vives en estrés constante, aunque lo normalizas. Lo interiorizas», dice. Hasta que sales de allí: «Es como un maratón. Cuando corres no te das cuenta de que te duele el cuerpo. Cuando paras es cuando más te duele». Cuando Bernabé salió de Afganistán, fue a Roma. No quería saber nada entonces de países en conflicto. Pero la tensión del retorno no acaba de mitigarse. Así la explica Manu Brabo:

Hay trabajos que se hacen largos y que cuando terminas piensas «qué ganas tengo de volverme a mi casa». Pero también pasa que, cuando llegas a puerto y llevas un tiempo, lo que te pide el cuerpo o la cuenta del banco es salir a producir. Me cuesta mucho más estar en casa que estar allí. Estás un poco más irascible. Los primeros días cuando vuelves de, por ejemplo, dos meses en Irak cuesta asimilar este mundo, integrarse, volver a ser una persona normal y no un animal de conflicto.

Cuando la tensión está arriba, el país de origen parece un lugar de consentidos inconscientes del mundo real. Pero, cuando esa calma se apodera de uno, el cuerpo pide más. A la vez es el trabajo y lo que mejor uno sabe hacer: «¿Qué vamos a hacer si no? ¿Dejarlo en manos de quién? ¿En manos de sus propios activistas que no sabes si tienen una doble agenda? —dice Mónica G. Prieto—. Es lo único que sé hacer, les doy voz. Es una combinación perfecta: ellos lo necesitan, yo lo necesito».

Los periodistas citan siempre esa frase de que hacen el oficio más bonito del mundo. Algo hay. Pero a veces es bien jodido.