Gürteland

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Celebración en la calle Genova frente a la sede del Partido Popular, vinculado a la trama Gürtel. Foto: Cordon Press.

Nicky Santoro, el descerebrado gángster que interpreta Joe Pesci en Casino, era capaz de apuñalar a un tipo con una estilográfica, enterrar el cadáver enrollado en un mantel de cuadros en mitad del desierto, dormir como un bendito y levantarse para desayunar unas tostadas con mermelada en el mejor sitio de Las Vegas. Ese era el mismo plato que elegía el ascético Michael Corleone en El padrino III junto a un zumo de naranja natural. Y el mismo que, rodeado del lujo barroco del Hotel Lexinton de Chicago, degustaba Robert de Niro travestido de Al Capone en Los intocables de Elliot Ness. Si te empeñas en que tu gente te llame «Don Vito» y aspiras a protagonizar el mayor caso de corrupción de la historia de España, no tienes mucho margen para pedir otra cosa. Ponme tostadas y zumo de naranja, anda. 

Estamos en España, año 2003. Se hace llamar Don Vito, sí, pero en realidad los camareros de la cafetería Serrano 48 lo conocen como el Chuloputas por sus maneras déspotas. Se mueve con la seguridad de Frank Costello en Infiltrados. Es el capo del barrio y aprovecha todas las mañanas para dejar propinas de cuarenta euros, comprar lotería para todos sus esbirros y hacerlos esperar mientras que el limpiabotas de la puerta le encera los mocasines de setecientos euros. El mantra que repite a diario ante su séquito: «Soy el señor Correa y estas son mis pelotas». 

Esos zapatos de setecientos euros pertenecen a su colección, que descansa en una de las suites que, a quinientos euros por día cada una, posee en el Hotel Fénix, en la madrileña plaza de Colón de Madrid. Durante meses, los mejores meses de su existencia, alquila estas habitaciones para disfrutar como John Gotti, el mafioso neoyorquino de los trajes elegantes, que hizo de la ostentación una forma de vida. El señor Correa hizo vaciar una de las estancias, comunicada con la otra, para llenarla con caballetes para sus mejores trajes. 

Hoy nadie conoce a nadie, pero esa es la época en la que Correa es reverencialmente saludado por todos en el cercano cuartel «popular» de la calle Génova. Bárcenas, Sepúlveda, Galeote, clin clin, caja. ¡Buenos días, señor Correa! Una mafia suele reemplazar al Estado donde este no existe, pero aquí el Estado está por todos lados. Audiencia Nacional, Tribunal Supremo, Ministerio del Interior, sede del Partido Popular, en esos momentos en el Gobierno… Gürtel parasita poco a poco el corazón del Estado, con la gran bandera de España de Colón como kilómetro cero de la metástasis.     

Estamos en 2003, sí. Y la burbuja se hincha con dinero del ladrillo, el paro roza mínimos históricos, se alquitrana la costa, Seseña es El Dorado y Marbella, Shangri-La. El señor Correa nunca lleva tarjeta pero sí cinco mil euros en el bolsillo. Los reparte durante horas entre restaurantes de lujo, garitos de copas caras, suites de hoteles de cinco estrellas, burdeles con chicas de catálogo y tiendas de la milla de oro de Madrid donde tiene cuenta. ¿Profesión? Lubricador de contactos, especulador de amistades, buscavidas, conseguidor. Nacido en los años 50 en Casablanca, su familia se arruinó pronto y él se puso a estudiar en la mejor universidad del don de gentes: botones de hotel con solo trece añitos. 

En la mejor época de Correa, cuando vestía chaqué en El Escorial como testigo de la boda de Ana Aznar y Alejandro Agag, tuvo que comprar varias máquinas de esas de contar dinero de los bancos porque se cansó de hacerlo a mano sobre la mesa del hoy desaparecido restaurante Sorolla (Hermosilla, 4). Después de salir de la oficina de Pablo Crespo, en Serrano 40, donde estaba la que llamaban la «caja madre», iban allí a comer. En un reservado llamado Velázquez, que parecía el King’s Court de Donnie Brasco, Don Vito y sus chicos se repartían fajos de billetes como en una partida de Monopoli, solo que este juego era real hasta en lo de ir a la cárcel. Allí Don Vito y sus secuaces se venían a diario con alcaldes corruptos del PP, consejeros de la Comunidad, concejales de aquí y de allá. Yo te hago este acto en tu ayuntamiento, o en tu consejería, o en tu campaña electoral, a precio de amigo. Amiguito del alma. Tú te pasas por la joyería Suárez y eliges un reloj. El que quieras, ¿me oyes? Solo di que vas de mi parte, del señor Correa. Cuando el alcohol subía le gustaba decir eso de «somos empresarios de Champions League». 

Quien dice un reloj dice un bolso para tu señora, o un traje para ti, que vas hecho un desastre. Ya puesto, llévate varios. La comida, que empieza sobre las 2:30 de la tarde, se alarga mientras desfila por allí media Comunidad de Madrid. Correa come y bebe frugal. Ponme un gin-tonic, con dos dedos de ginebra, como a mí me gusta, les dice a los camareros. Cuando el negocio crece y extiende sus tentáculos hasta la Valencia de Camps y Ricardo Costa, alias Ric, gracias a Álvaro Pérez, aka el Bigotes, ya se cuentan en la mesa millones de euros. Sí, con máquinas de esas de los bancos que hacen brrrrrr. Un fajo. Brrrrr. Otro. Brrrrr. Champions League.   

Cada generación tiene sus barras fetiche para comer y emborracharse. Mario Conde y De la Rosa iban al restaurante Jockey (Amador de los Ríos, 6) y acudían a los servicios a hacerse confidencias cuando sospechaban que ya les estaban espiando. Correa llega a filmar, con cámaras ocultas, esas comidas interminables. Así, cuando un alcalde corrupto se afloja, le ponen el vídeo en la tele. Mírate ahí lo guapo que sales con los billetes, tío Gilito. Y vuelta a empezar. Yo te monto este acto en la plaza de toros, tú me lo pagas a precio de amigo. O sin acto, qué más da. Nadie huele el peligro. Todo sucede en una burbuja de impunidad. Son amigos de Aznar, se sienta en la boda de su hija junto a Berlusconi, toman copas con jueces y fiscales, los contrata el Gobierno de Esperanza Aguirre. ¿Qué puede pasarles? Correa les dice a todos que, como mucho, el tema del dinero en negro es una multa de Hacienda. Pero no te preocupes y elige un bolso de Louis Vuitton. O un Patek Philippe. O un viaje al Caribe. O un Jaguar. Solo hay una persona que odia a Don Vito en Génova: es Miguel Ángel Rodríguez, exministro y tertuliano, que casi llega a las manos con Cascos por intentar echarlo. Pero Correa en Génova es el señor Correa. 

A veces las comidas empalman con las cenas. La agenda es amplia y muchos los compromisos. Varios móviles al lado del cubierto del pescado que no paran de sonar. Bandeja del mejor jamón, taquitos de merluza con gulas, ese pulpito de lujo. Y vino del bueno. Después de cenar van todos a los sillones acolchados del desaparecido Balmoral (Hermosilla, 10) al que Loquillo le dedicó un disco. Cortinas de terciopelo grueso, copas a media luz y negocios aún pendientes que el alcohol termina por cerrar. En la cresta de la ola, Correa alquilará este legendario garito para las fiestas navideñas de su empresa, a las que acuden ministros, banqueros, magistrados y periodistas. Muchos periodistas. En ellas, Correa se siente como Tony Montana en el club Babylon. «The world is yours». 

Pero Don Vito alterna momentos de euforia con un carácter taciturno. Los que están junto a él perciben que, quizá, todo esto se le está yendo de las manos. Sotogrande, La Finca, Marbella, un tren de vida de jeque árabe que, cómo no, acaba a altas horas de la noche y de sultanas. Eligen el Pigmalión (calle Pinar, 6) como su sopranesco Bada Bing, el mejor google de panteras de Europa del este, comparable a aquella Costa Fleming que describía Raúl del Pozo por la zona de Cuzco. En este burdel los actores secundarios de la trama gastan trescientos euros cada uno en una hora de sexo más las copas, pero Correa desea intimidad. Por eso paga una fortuna y se lleva a una chica paraguaya hasta una habitación del Hotel Sanvy (Goya, 3), donde primero le hará las pruebas del sida para así tenerla para su uso personal durante semanas bajo siete llaves. Como si fuera su limpiabotas o su camarero en el reservado, tendrá un detalle en forma de propina. Cuando ella vuelve a Paraguay Correa le envía remesas de dinero. Porque Don Vito, como Corleone, es el gran capo, pero un capo con corazón.   

Algunos alcaldes, fascinados con aquellas bacanales de alcohol y sexo, fantasean con repetir la hazaña en chalets con chicas aún mejores. ¡Aún mejores! Cocaína para pintarse la cara como los actores del teatro kabuki, alcohol de primera, autobuses enteros de vikingas, eslavas y zíngaras. Y todo el mundo quiere participar. ¡Claro que sí! Lo monta el señor Correa. ¿Qué nos puede pasar? 


La verdad está ahí fuera: muerte al Ctrl+C y Ctrl+V

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La verdad está ahí fuera. Fotografía: Riksarkivet (CC).

Este artículo se publicó en papel en nuestra revista trimestral nº26

El 16 de marzo de 2006, el juez titular del juzgado de instrucción número 2 de Marbella Francisco Javier de Urquía suspendió la emisión de un programa titulado Misión Imposible: Operación JAR, que había empezado a emitir en bucle de forma ininterrumpida una televisión local de Marbella. 

A la mañana siguiente, Juan Antonio Roca, JAR, cabecilla de la trama corrupta del municipio malagueño, conversó varias veces por teléfono con el dueño de una casa que quería comprarse Urquía en la urbanización Azalea Beach. Quería saber cuánto tenía que pagar en nombre del juez para agradecerle a este que hubiera evitado la difusión del programa que pretendía desgranar ante la audiencia marbellí su enorme patrimonio. 

Entre las 14.30 y las 15.00 horas de ese mismo día, 17 de marzo, una vez se marcharon los empleados, tras las puertas del número 65 de la calle Ricardo Soriano de Marbella, sede de la firma Maras Asesores, el juez Urquía recibía de manos de Roca 73 800 euros. Era «justo el dinero necesario para la firma del contrato de compraventa de la casa, aceptándolo este justo al día siguiente de haber estimado su petición de suspensión cautelar de la emisión del programa televisivo», dijo la sentencia del Tribunal Supremo reproduciendo los hechos probados por el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía. Se pagó en metálico y en dos sobres. Uno, con 63 000 euros, que era parte del precio fijado para la transacción (423 000 euros en total). El otro, con 10 800 euros, equivalentes a los intereses del tres por ciento derivados del aplazamiento del resto. 

El esfuerzo del juez por evitar una emisión televisiva que en principio no iba a tener más alcance que municipal no fue menor. De hecho, el apaño tuvo que hacerse dos veces. Roca había presentado una denuncia contra la emisión del programa. En respuesta, el juez Urquía dictó un primer auto ordenando «la inmediata suspensión de la redifusión» y requiriendo «la aportación al juzgado» de «los soportes mecánicos o magnéticos» en los que se encontrase la grabación. Serían las prisas pero el juez no cayó en que un procedimiento penal por injurias exigía ser presentado en forma de querella, no de denuncia, acompañada de una certificación que probase que se había celebrado un acto de conciliación entre las partes o al menos se había intentado. Urquía tuvo que archivar sus propias actuaciones, reconociendo en un segundo auto que había «padecido un evidente error» y empezar de nuevo el proceso. Esto dio margen a la emisora de televisión para volver a emitir el programa durante unas horas, las que necesitó el juez Urquía para informar a Roca del error y acordar con él el modo de subsanarlo.  

Lo hizo por teléfono. Epic fail. El otro lado de la línea tenía más de un final: el teléfono de Roca, en Marbella, y la terminal del sistema SITEL de los agentes de la Jefatura Superior de Policía de Andalucía Oriental, en Granada. El número de Roca estaba intervenido por orden del juzgado de instrucción número 5 de Marbella, que investigaba en el más absoluto secreto lo que dos semanas después, el 29 de marzo de 2006, saltaría a las pantallas de toda España en forma de registros espectaculares y detenciones que incluyeron la del propio Roca. La Operación Malaya salía a la luz.

Nada tuvo que ver aquel programa de televisión interrumpido. Malaya llevaba meses gestándose. Aquello no fue más que una prueba de cómo funcionaba Marbella, donde un policía local podía hacer las veces de periodista y emitir en bucle un programa sobre corrupción política y donde la inercia por acallar toda información que pudiera afectar a las sistemáticas mayorías absolutas que sacaban en las urnas los corruptos activaba de forma inmediata los resortes de bloqueo de toda información local contraria a sus intereses. 

También fue prueba de que el secretismo del juez instructor de Malaya, Miguel Ángel Torres, había funcionado. Sus cautelas, que incluyeron no abrir un nuevo caso sino usar el número de registro de uno ya archivado, los pinchazos telefónicos y sobre todo la documentación obtenida en Maras Asesores en los registros del 29 de marzo sirvieron para cazar a una parte de la mafia marbellí, incluido el cabecilla de la trama, Juan Antonio Roca; demostrar la máquina de apaños urbanísticos en que habían convertido la ciudad malagueña y poner fin a quince años de gilismo, iniciados con la primera victoria por mayoría absoluta en las urnas de Jesús Gil allá por 1991. 

Un secretismo imprescindible porque Marbella estaba agujereada. Los juzgados, la policía, el Ayuntamiento. Era un campo minado para quien no se integrase en la rueda. Para el juez Santiago Torres, para la abogada Inmaculada Gálvez… para los periodistas que no formasen parte de la máquina de propaganda municipal.

Al empezar el trabajo del libro Playa Burbuja: un viaje al reino de los señores del ladrillo junto con el periodista Antonio Delgado ya se nos hizo evidente que documentarse para tener el contexto suficiente con el que afrontar una investigación sobre los abusos del sector urbanístico en la costa peninsular mediterránea no iba a ser como en otras ocasiones. Coger la moto y recorrer la costa de punta a punta, quedarse días en un municipio, mezclarse con sus vecinos, sus políticos, jueces, abogados, conseguir documentación, estar, pareció indispensable desde el primer momento, pero ¿dónde estaba el contexto, la hemeroteca, el camino ya recorrido por otros periodistas para seguir avanzando sobre él? Y entonces aparecieron ellas y ellos. Periodistas locales, profesionales de ediciones regionales de periódicos nacionales, y periodistas de investigación acostumbrados al cuerpo a cuerpo, desplazados con tiempo y medios para trabajar la información allí donde estaba teniendo lugar.

Periodismo sobre el terreno. Periodismo de suela de zapatos. La primera trinchera, tan dura en ocasiones para quienes hacen su trabajo con honestidad como plagada de quintacolumnistas. Un mundo sin Ctrl+C y Ctrl+V, con teléfono pero sobre todo con «cariño y café» a las fuentes, que diría el maestro Antonio Rubio. «Te tienes que manchar los zapatos para saber de qué va la historia. Analizar la situación del País Vasco o de Cataluña sin estar allí no te permite contextualizar», pone como ejemplo. 

Rubio, autor de tantas conocidas investigaciones periodísticas que han marcado la historia de este país, también estuvo en Marbella trabajando para el diario El Mundo. «Yo me desplazaba allí continuamente. Me veía con uno, con otro. La gente necesita hablar, explicar los problemas, las circunstancias y cuando además en la prensa local no sale información sobre algo que está ocurriendo pueden ser más abiertos con gente que viene de fuera, porque identifican que ese periodista no está presionado por el entorno, no tiene vínculos familiares. Pero hay que estar allí. Tienes que ver la cara de la gente y que vean la tuya. Es muy importante la comunicación no verbal y el entorno». 

No vivir la presión de un residente en Marbella no les inmunizaba, ni mucho menos, de riesgos. «Nos teníamos que ver en El Palo, que está a las afueras de Málaga en dirección este, no hacia Marbella, con los funcionarios judiciales que nos ayudaron al principio. No podíamos desde luego quedarnos a dormir en Marbella porque estaba perfectamente agujereada por la gente de Gil y compañía. La mayoría de los hoteles estaban infiltrados, controlaban tus llamadas desde las recepciones, con quién quedabas, y todo le llegaba a Gil».

El 21 de octubre de 1999, El Mundo iniciaba la publicación de una serie de artículos desvelando cómo se desviaban decenas de millones de euros de las arcas municipales de Marbella a sociedades sin más actividad que emitir facturas falsas para aspirar ese dinero. Con el tiempo se conocería aquella trama como caso Saqueo. 

No todos pueden tomar las mismas cautelas. Mercedes Gallego, redactora jefa del periódico Información de Alicante y experta en corrupción e información sobre tribunales, recuerda las informaciones que escribió sobre un directivo de la Caja de Ahorros del Mediterráneo. Un viernes viajó a Madrid para cubrir que iba a salir de Soto del Real, donde se encontraba en prisión preventiva. Al día siguiente, sábado, como tantas otras veces, se lo cruzó en su urbanización. Normal, era su vecino. «Él disimula cuando nos cruzamos pero la mujer te puedo asegurar que no. No comparo en absoluto mi situación con la de los periodistas que realmente se están jugando el pellejo», los que cubren asiduamente los temas de narcotráfico, pone como ejemplo, «pero al ser entornos pequeños notas la repercusión que tiene todo lo que haces». 

Gallego coincide en que «la principal ventaja de estar sobre el terreno es la proximidad que te da a las fuentes». Los periodistas regionales forman parte del mismo ecosistema de personas sobre las que escriben. Es el caso de la exalcaldesa de Alicante Sonia Castedo y el empresario de la construcción Enrique Ortiz, ambos implicados en el caso Brugal. Su buena relación «era vox pópuli para los que vivíamos aquí. Alicante es una ciudad pequeña e ibas a un restaurante y te los encontrabas o ibas a tomar una copa y te decían que habían estado allí. La contextualización es muy fácil, no es como en ciudades más grandes, donde es más complicado acceder a ciertos personajes. Aquí te los encuentras».

Para bien y para mal. «Tienes la desventaja de que, precisamente por esa proximidad, te conocen. Aquí los periodistas somos los que somos. Si entras en un sitio donde está un político que está siendo investigado se pone automáticamente en guardia, te dicen que no hay mesa aunque las veas todas vacías. Eso lo hace más complicado».   

También reconoce la soledad que se siente cuando se cubre durante años una información de gran alcance y la prensa nacional no la recoge. «Te da la sensación de estar desamparado. Estás sacando la información trabajando como una hormiguita y ves que más allá del entorno local no tiene repercusión. Hasta que llega un momento que eclosiona». Pone un ejemplo. «Nosotros empezamos a contar cómo un señor de Orihuela decía que estaban pagando a empresarios de la basura que después pagaban al Partido Popular». Era el primer hilo de una madeja gigantesca que hoy se conoce como caso Brugal y tiene abiertas pendientes de juicio una veintena de causas.

La falta de repercusión en muchos medios no fue el único vacío que sintieron por difundir informaciones sobre lo que se consideraba antes «el milagro económico en la Comunidad Valenciana: Terra Mítica, la Ciudad de la Luz… Nos cortaron la publicidad institucional durante ocho años, a pesar de ser el medio con mayor difusión de la provincia. Aguantamos porque el editor aguantó, porque estábamos en época de vacas gordas y había ingresos pero ahora mismo creo que no habríamos aguantado».

Trabajando en Playa Burbuja aparecieron muchos otros periodistas regionales cuyos trabajos fueron base para iniciar la investigación. Es el caso de Miguel Ángel Ruiz, periodista de La Verdad de Murcia que desde las páginas del periódico y desde su blog Con los pies en la tierra lleva años escribiendo de desmanes urbanísticos, daños al medio ambiente y consecuencias del regadío intensivo, entre otros asuntos. Y campañas de publicidad históricas en medios, como La Manga está de moda, que alguno de los empresarios históricos del ladrillo en La Manga del Mar Menor acabó reconociendo con el tiempo que fue una táctica orquestada por el sector constructor para enfrentarse al primer intento serio de paralizar el caos urbanístico junto a la laguna salada de Murcia.

Pero merece la pena detenerse en un ejemplo que nos encontramos siguiendo con la moto hacia el norte, muy lejos ya de Marbella y de los comienzos del viaje. De repente, una zona con el mar a la derecha, naturaleza a la izquierda y ni rastro del ladrillo. Como si se hubiera pasado de largo un trozo de la provincia de Castellón justo después de la ciudad salida de la nada que es Marina d’Or, en Oropesa. Estábamos en Capicorb, pedanía de Alcalà de Xivert-Alcossebre. De allí saldríamos conociendo la historia de la asociación de vecinos que logró plantar cara a quienes querían urbanizar. La guerra tuvo muchos frentes pero una de sus armas más poderosas fue un periódico al que llamaron Anem Anant, el informativo mensual de Alcalà-Alcossebre. «De paginación mínima, complicada tipografía y casi nulos elementos gráficos, Anem Anant no necesitó ningún alarde tecnológico para cumplir con su función de influencia, que se mide en base a cuánto se tocan las zonas sensibles de la anatomía de quienes no quieren que una información se conozca». De distribución clandestina, nocturna, puerta a puerta y con elaboración completamente artesanal, maquetado a base de tijera y celofán, sobrevivió gracias a lo que, de ser un digital con pretensiones se habría llamado crowdfunding y ellos, a la antigua usanza, llamaron colecta. Hicieron mensualmente fact-ckecking y lo llamaron simplemente periodismo. Y acabaron recibiendo una lluvia de informaciones simplemente porque eran quienes contaban las cosas que ocurrían.  

«Cuando el periódico comenzó a tomar forma empezó a aparecer continuamente gente que nos pasaba información. Hasta de dentro del Ayuntamiento. De dentro de altas instancias. Nos daban todo tipo de detalles, materiales, documentos. Conseguimos parar cosas, acudir a los tribunales. Resistir», nos contó Juan Barceló, periodista retirado que tuvo la iniciativa de lanzar el periódico y que formaba parte de la Asociación de Vecinos de Capicorb.

De las cosas más cotidianas a las más cuestionables desde el punto de vista legal, a ningún político le gusta verse retratado en manos de sus votantes dejando sin salida seis viviendas por permitir la construcción de un edificio de apartamentos donde antes había una vivienda unifamiliar. Ni aparecer como administrador de una inmobiliaria recién inscrita en el Registro Mercantil siendo concejal de Urbanismo. Y muchísimo menos cuando se trata de diligencias abiertas en los juzgados. 

De ahí el empeño en controlar el periodismo local y regional, como en otros ámbitos pero en entornos de olla a presión. De ahí las cantidades destinadas a parar, a contentar y de ahí el nacimiento de cabeceras propagandísticas controladas por empresarios y políticos y dedicadas sin pudor a ser el azote de todo aquel que osase no formar parte de la fiesta. Jesús Gil tuvo su propio periódico, con una tirada de 50. 000 ejemplares que llovían de forma gratuita sobre los ciudadanos de Marbella. Francisco Hernando, el empresario del ladrillo más conocido como el Pocero, tuvo sus propios medios: La Voz de la Sagra, La Voz de Castilla-La Mancha. Intentos por copar los ojos y los oídos del electorado.

Pero mientras exista el periodismo local, cuya supervivencia lleva ya dos décadas en cuestión a medida que han ido desapareciendo fórmulas de ingresos como los clasificados, que han ido cerrando las rotativas que antes formaban un todo con el edificio de la redacción, que han ido menguando redacciones, siempre corren el riesgo de que haya un periodista en la mesa de al lado. Alguien enfadado que decida pasarle un papel, alguien que baja la guardia en el enésimo café. Siempre que existan periodistas sobre el terreno, locales o desplazados al lugar de los hechos, podrá ocurrir lo que escribía el periodista de ABC Ignacio Carrión que le ocurrió en agosto de 1978. Mientras entrevistaba a la condesa de Bismarck en el Marbella Club, escuchó a dos hombres discutiendo a voz en grito. Eran Jaime de Mora y Alfonso de Hohenlohe. ¿Qué ocurre?, le preguntó a la condesa. «¡Comisiones! El gran tema aquí», respondió ella. «¿Comisiones Obreras?», insistió él, pensando que se refería al sindicato y su fuerza redoblada con el final de la dictadura. «No. En absoluto. Comisiones de venta», respondió ella. 


Desde el país de los periodistas muertos

Ciudad de México, 2018. Fotografía: Cordon Press.

Este artículo está disponible en papel en nuestra revista trimestral número 26, especial periodismo

El cuerpo de Javier Valdez, tirado en mitad de una calle de Culiacán, capital de Sinaloa, podía reconocerse por el sombrero panamá que siempre llevaba en vida y que ahora le tapaba el rostro, protegiendo de las cámaras su última expresión. Acababa de salir de las oficinas de Ríodoce, el semanario que había fundado junto a su amigo Ismael Bojórquez en 2003. A solo una cuadra de ahí, fue detenido por dos individuos, bajado de su modesto Toyota Corolla, puesto de rodillas y acribillado con doce balas. Fue una conmoción dentro y fuera de México.

A Javier todos lo conocían. Era corresponsal del diario nacional La Jornada y de la agencia France Presse, autor prolífico de libros aplaudidos, como Miss Narco (2007), Huérfanos del narco (2015) o Narcoperiodismo (2016, todos en Aguilar), y su trabajo había sido reconocido con varios galardones, entre ellos el Premio Internacional a la Libertad de Prensa (2011) que da el Comité para la Protección de los Periodistas (CPJ, por sus siglas en inglés). Además, se hacía querer. Era divertido y generoso. Siempre estaba disponible para los compañeros de la capital y los corresponsales extranjeros que se acercaban a él pidiendo orientación, consejos y fuentes sobre Sinaloa, la región desde donde impera el cartel de drogas más poderoso de América. «Generoso absoluto», precisa la periodista española María Verza. «Era la puerta de entrada a Sinaloa de todo corresponsal».

Su asesinato, el 15 de mayo de 2017, marcó un hito: ni siquiera los periodistas reconocidos eran intocables. Era una anomalía dentro de otra anomalía aún más grande: que México ocupe año tras año uno de los primeros lugares en la lista de países donde matan a más periodistas, solo superado por Afganistán y codo a codo con Siria, Irak y Filipinas (archivos del International News and Safety Institute, INSI). Las cifras varían según la metodología utilizada por las distintas organizaciones no gubernamentales, pero van, desde el año 2000 hasta la fecha, de los cuarenta asesinatos cuyo móvil se probó relacionado con la actividad periodística de la víctima contabilizados por el CPJ —con móvil desconocido cuentan cien— a los ciento cuarenta recogidos por Reporteros Sin Fronteras (RSF), pasando por los ciento veintidós de Artículo 19. México es, además, el país con más periodistas desaparecidos del mundo, veintiuno. ¿Quién mata a los periodistas en México? ¿Por qué? No es solo un actor ni son únicas las causas.

Balbina Flores, corresponsal de RSF, había contestado para una entrevista publicada en Letras Libres en agosto de 2009: «Porque son incómodos. No solo para los poderes públicos, sino también para esos poderes fácticos que conforman el crimen organizado». En aquel entonces, México llevaba ocho periodistas asesinados ese mismo año, tres de ellos solo en julio. La situación parecía no dar más de sí, pero dio. En 2010, mataron a diez, igual que en 2011 y 2012. Hubo un relativo descanso en 2013, 2014 y 2015, años en los que México salió del ranking del INSI de los cinco países más mortíferos para la prensa, pero en 2016 volvió a entrar, con once muertos, y en 2017 alcanzó la cifra más letal, doce. Uno por mes. Balbina contesta a las mismas preguntas ahora, casi diez años después, y las respuestas se parecen.

«La mayor parte de las agresiones provienen de funcionarios públicos, sean policías, militares o políticos», dice Flores. Leopoldo Maldonado, subdirector regional de Artículo 19 para México y Centroamérica, lo corrobora: «Fluctúa cada año, pero en torno al cincuenta y dos por ciento de los casos, hay funcionarios públicos, sobre todo estatales y municipales, involucrados en las agresiones». Luego está el crimen organizado, conocido de manera breve y general como el narco. Y en medio, una delgada línea imposible de discernir que conforman los funcionarios públicos coludidos con el crimen organizado, lo que Jan-Albert Hootsen, representante del CPJ en México, llama «narcopolítica» y que a su parecer está detrás de la mayor parte de los homicidios de periodistas. «Si como dice el académico Edgardo Buscaglia —explica—, el ochenta por ciento de los municipios mexicanos está infiltrado de alguna forma por la delincuencia organizada, ya no podemos distinguir entre las dos categorías».

De esa delgada línea tampoco se libran los periodistas, aunque este cada vez sea un tema más espinoso de tratar: cuando un grupo delincuencial compra el favor de un reportero. La aclamada Alma Guillermoprieto se refirió ello en un artículo publicado hace años en The New York Review of Books:

Digamos que una conferencia de prensa de los Zeta impacta profundamente al reportero A, particularmente después de que el reportero B es asesinado por colaborar con la policía. El reportero A decide adaptar sus historias a lo que él se imagina sería del agrado de aquellos que lo están vigilando, e incluso acepta instrucciones específicas, directrices y solicitudes. Digamos que un día este reportero es asesinado por los enemigos de los Zetas, que lo señalaron como colaborador del enemigo. En el caso poco probable de que un observador externo logre realmente saber por qué y cómo fue asesinado el periodista A, la pregunta seguiría siendo: ¿Estaba involucrado con el tráfico de drogas o era víctima de un chantaje mortal? En cualquier caso, lo más probable es que los dos reporteros A y B estuvieran tratando simplemente de salvaguardar sus vidas.

Datos entre los años 2000 y 2018. Fuente: Article19. (Clic en la imagen para ampliar)

«Es muy difícil hablar del tema porque en México hay una tendencia por parte de la autoridad de criminalizar a las víctimas», dice Leopoldo Maldonado, de declarar que el homicidio en cuestión no tiene que ver con el ejercicio de la profesión y que simplemente, el periodista «andaba en malos pasos». Un ejemplo paroxístico fue el caso del fotógrafo Rubén Espinosa. Oriundo de Veracruz, de donde había huido por amenazas recibidas en su contra por parte de funcionarios del gobierno de Javier Duarte —hoy detenido por corrupción—, fue asesinado en el verano de 2016 con inusitada saña junto a las mujeres que compartían ese departamento en la Ciudad de México: su amiga la activista social, también veracruzana y desplazada, Nadia Vera, Mile Virginia Martín, Yesenia Atziry QuirozOlivia Alejandra Negrete. La investigación, a día de hoy, nunca ha seguido la línea de las amenazas contra Rubén, y tampoco ha determinado con claridad las circunstancias del homicidio múltiple.

En el caso de Javier Valdez, queda claro que su asesinato está relacionado con la guerra que se libraba dentro del cartel de Sinaloa, después de la (tercera) detención de Joaquín «el Chapo» Guzmán, entre los hijos de este —Iván Archivaldo y Jesús Alfredo Guzmán Salazar, llamados para abreviar los Chapitos o los Menores— y Dámaso López «el Licenciado», el exfuncionario de prisiones que había sido socio del Chapo desde que lo ayudó a fugarse por primera vez de la cárcel. En febrero, los Chapitos mandaron una carta a Ciro Gómez Leyva, un conocido periodista con un programa nacional en horario estelar, para denunciar que el Licenciado los quería matar. Dámaso buscó a Javier Valdez para concederle una entrevista y contestar así a los Guzmán. Valdez y Bojórquez pensaron mucho si hacerla o no, pero finalmente accedieron. Los Menores pidieron a los responsables del semanario que no la publicaran, y ante la negativa, se apostaron en los kioscos de Culiacán de madrugada y compraron toda la edición. Guerra en las calles y en los medios. Las amenazas por aquella portada atenazaban el estómago de Valdez. Tanto, que cuando en marzo mataron a la periodista Miroslava Breach en Chihuahua, le recomendaron irse de Culiacán. Se lo estaba pensando cuando, a principios de mayo, Dámaso López fue detenido. Ahí, ha contado Ismael Bojórquez, se relajaron. Menos de dos semanas después, mataron a Javier. «Desde que lo vi tirado en el piso, supe que había sido el narco», dice Ismael en un encuentro informal, al que llega serio y renuente (la última vez que un periodista le presentó a otro periodista para hacerle una entrevista, acabó, sin saberlo, en un documental de Kate del Castillo para Netflix). Además, está cansado del tema. Ya ha dicho muchas veces que cometieron un error: nunca debieron publicar la entrevista al Licenciado. Pero qué difícil es saber que una mala decisión editorial, que en un medio normal de cualquier país normal solo daría lugar a una reprimenda en la siguiente reunión, en algunas partes de México pueda costar la vida.

Reconocidos o no, son los periodistas de provincias los más vulnerables. Y dentro de estos, los que trabajan para medios pequeños. «Por muchas razones», enumera Barbina Flores: «Por sus condiciones laborales, por las condiciones de violencia que prevalecen en su zona, por el desconocimiento de medidas de protección, por la falta de una cobertura amplia de protección…». Muchos de estos periodistas asesinados lo que hacían, continúa Balbina, «ni siquiera era un periodismo de investigación, porque el periodismo de investigación es caro; hacían periodismo en su localidad con los recursos que tenían y se limitaban a la nota —así se le llama en México a la noticia— común diaria».

Es el caso de Moisés Sánchez, al que un grupo de hombres armados sacó de su casa y se llevó por la fuerza, junto con su ordenador y su cámara, en enero de 2015. Su cuerpo se encontró, irreconocible, semanas después. Moisés Sánchez se ganaba la vida como taxista en Medellín de Bravo, a quince kilómetros al sur del puerto de Veracruz, pero su verdadera vocación era la de periodista. Con el dinero que sacaba del coche, y cuando podía, mandaba a imprimir La Unión, un periodiquito que distribuía gratis y que se convirtió en un medio de denuncia ciudadana de la zona, uno de los territorios que controlan diferentes «franquicias» de los Zetas desde hace un decenio, donde los secuestros, las extorsiones y los homicidios son moneda corriente. Además, fungía como guía para reporteros que llegaban de fuera y, a veces, como una suerte de corresponsal para publicaciones de ámbito nacional, como Proceso o La Jornada, que le pedían información. Era un caso calcado al de Gregorio Jiménez, al que secuestraron y mataron un año antes en Coatzacoalcos, al sur del mismo estado de Veracruz, el más peligroso para los periodistas. De los ciento veintidós asesinatos registrados por Artículo 19 desde 2000, veintiséis ocurrieron ahí. El primero que llamó la atención fue el de Regina Martínez, en 2012, que tampoco ha sido resuelto (sí detuvieron a un individuo que se declaró culpable pero, un año después, se descubrió que había firmado su confesión bajo tortura).

Por no hablar del agujero negro informativo que es el estado de Tamaulipas, en la frontera noreste. Allí, la situación de guerra permanente desde 2010 entre los numerosos grupúsculos asociados bien al cartel del Golfo, bien a los Zetas, ha establecido un miedo que obliga a los ciudadanos a usar las redes sociales de manera anónima para poder informar de lo que ocurre. En octubre de 2014, fue noticia el asesinato de la doctora María del Rosario Fuentes Rubio, que denunciaba en redes sociales situaciones de violencia en su ciudad, Reynosa, bajo el pseudónimo de Felina. El grupo armado que la secuestró al terminar su turno en la clínica donde trabajaba usurpó al día siguiente la cuenta de Twitter de la doctora Fuentes (@miut3) y colgó como avatar la foto de su cadáver. «Cierren sus cuentas», decía el tuit macabro. «No arriesguen a sus familias como lo hice yo». Su cuerpo, por cierto, nunca fue encontrado.

«Un crimen así se comete porque el que lo comete sabe que no va a ser castigado», dijo Ismael Bojórquez en televisión poco después de que mataran a Javier Valdez. Y he ahí el corazón de la violencia en México, no solo contra los periodistas. «Es la impunidad lo que incentiva los crímenes contra la prensa», sentencia Jan-Albert Hootsen, coincidiendo con los análisis de Artículo 19 y RSF. Un grado de impunidad que llega hasta el inverosímil 99,75 por ciento.

Una protesta tras el asesinato del fotoperiodista Rubén Espinosa Becerril, Ciudad de México, 2015.Fotografía: Alejandro Ayala / Cordon Press.

En este sentido, Hootsen señala que es un mal que México ha sufrido siempre. Ya en los años ochenta hubo sonados asesinatos de periodistas, como Manuel Buendía en la Ciudad de México o Héctor «el Gato» Félix Miranda en Tijuana, ambos dedicados a denunciar la corrupción y la complicidad entre los poderes públicos y la entonces incipiente delincuencia organizada (muy bien documentada en la serie Narcos: México). Pero cuando se disparó el fenómeno fue en 2006, el año que el presidente Felipe Calderón decidió emplear por primera vez al ejército en operaciones contra las distintas organizaciones criminales, a lo cual la prensa ha llamado siempre, en su intrínseca tarea simplificadora y ruidosa, «guerra contra el narco». Fue la primera vez que México superó a Colombia en periodistas asesinados. «Desde ese momento —dice Jan-Albert— no hemos tenido un año sin por lo menos el asesinato de un periodista».

Ante la situación desbordada, el gobierno mexicano creó, en 2010, la Fiscalía Especializada en Atención a Delitos Cometidos Contra la Libertad de Expresión (FEADLE) y puso en marcha, en 2012, el Mecanismo de Protección para Personas Defensoras de los Derechos Humanos y Periodistas, bajo el que se hallan acogidos hoy más de trescientos profesionales. Balbina Flores pondera el hecho de que esos compañeros estén siendo protegidos, pero es contundente: «Si lo vemos en un sentido más amplio, no hay garantías para el ejercicio periodístico. No las hay porque el contexto violento no ha cambiado. El contexto de violencia se ha modificado de manera constante, y lo que antes teníamos detectado como zonas de alto riesgo solo en el norte del país, hoy lo tenemos en el norte, en el centro y en el sur». Por otro lado, lamenta, «por la Fiscalía han pasado más de seis fiscales, ha tenido varias modificaciones, y ahora con el nuevo gobierno también va a sufrir más modificaciones. No sabemos qué va a pasar, pero los resultados han sido raquíticos». Jan-Albert Hootsen se refiere a estas medidas con un dicho en su holandés materno: «Een druppel op een kookplaat, una gota en un plato caliente», porque «a fin de cuentas, el mecanismo federal de protección no puede resolver el contexto generalizado de violencia contra periodistas, pues el mecanismo no se enfoca en resolver crímenes, y si el principal factor que incentiva los crímenes contra periodistas es la impunidad, la única solución real es que el Estado de derecho mexicano vaya investigando y vaya resolviendo esos crímenes, incluso los cien asesinatos que se han dado desde 2000».

Y no se ha resuelto de manera completa ni uno solo. A veces, se ha detenido a responsables materiales, pero el autor «intelectual» nunca ha podido llevarse ante la justicia. Por dispararle a Javier Valdez, por ejemplo, detuvieron a un Juan Francisco alias el Quillo y a un Héctor alias el Koala, que resultaron ser sicarios de la facción del Licenciado. Ismael Bojórquez, que pensó en un principio que el crimen provenía de los Chapitos, enojados por la «publicidad» que Ríodoce había dado a su rival, sostiene hoy la hipótesis, en vista de las pruebas de la investigación, de que el crimen fue una reacción de ira por parte del hijo del Licenciado, Dámaso López Serrano «el Mini Lic». En concreto, por un despiece que escribió Valdez cuando detuvieron al Licenciado en el que se refería al Mini Lic como «narco de corridos por encargo y pistolero de utilería y de fin de semana». Esa sigue siendo la línea de investigación de la FEADLE, pese a que en el juicio contra el Chapo Guzmán en Nueva York el Licenciado declarara que los que mandaron matar a Javier Valdez fueron «los hijos de mi compadre», los Guzmán.

El asesinato de Javier pareció que iba a marcar, por fin, un antes y un después en la lucha por erradicar los crímenes contra la prensa. Cambiaron al titular de la FEADLE por un joven voluntarioso y dedicado que sí ha avanzado en algunos casos, e incluso el presidente entonces, Enrique Peña Nieto, se pronunció por primera vez—cincuenta y tres meses después de tomar posesión— sobre esta lacra.

El nuevo gobierno de Andrés Manuel López Obrador, que con treinta millones de votos generó una enorme expectativa, se ha reunido con las organizaciones dedicadas a la defensa de la libertad de expresión y ha expresado su intención de combatir estos crímenes, pero, duda Balbina Flores, no saben muy bien cómo van a hacerlo, puesto que a la vez ha reducido el presupuesto para el Mecanismo de Protección. Este requiere quinientos millones de pesos para operar, asegura Balbina, y solo se le otorgaron doscientos. Y advierte: «En el mes de junio vamos a tener una emergencia como la tuvimos el año pasado». Sea como fuere, en apenas dos meses de ejercicio de López Obrador, van dos periodistas asesinados.

El cuerpo de Rafael Murúa Manríquez, de treinta y cuatro años, fue encontrado el 20 de enero en una cuneta a cuarenta kilómetros del municipio de Baja California Sur donde vivía. Se lo habían llevado la noche anterior. «Sujetos desconocidos», dicen los reportes oficiales. Nadie vio nada más que su coche vacío con las puertas abiertas. Rafael tenía una pequeña radio comunitaria, Radio Kashana, y desde 2016 estaba adscrito al mecanismo de protección para periodistas porque había recibido varias amenazas de muerte. Ocho días después, detuvieron a un tal Héctor como autor material del asesinato, vendedor de drogas y «jefe de plaza», según el fiscal estatal, que declaró a Efe que la investigación sobre el móvil se centra en «situaciones relacionadas a actividades personales» y «ajenas a alguna represalia por su labor periodística». Hay 99,75 por ciento de probabilidades de que nunca sepamos quién y por qué lo mató, y no muchas menos de que Rafael, el primer periodista asesinado de 2019, sea el último en el momento en que usted lea estas líneas.


Simona Levi: «Ser víctima no te hace ser mejor persona»

Fotografía: Jorge Quiñoa

 

Si le preguntan a Rodrigo Rato, Simona Levi (Turín, 1966) es la mujer que le metió en la cárcel. Si le preguntan a ella, en cambio, les dirá que solo es una militante «de movidas». Desde la lucha a favor del aborto en la Italia de los primeros ochenta hasta la lucha contra la corrupción en la España del siglo XXI, no hay causa en la que no haya arrimado el hombro, hasta el punto de hacer de su vocación activista su profesión. Impulsora del colectivo Xnet, una de las primeras herramientas tecnopolíticas al servicio del bien común, bajó de su mano a las plazas en mayo de 2011 a compartir su minucioso plan para perseguir la corrupción. Desde 2012 hasta 2018 ese plan se ha conocido como caso Bankia. En esas mismas plazas del 15M se dio de bruces contra una izquierda que esperaba que fuera compañera de viaje pero que ha acabado por desesperarla. Acostumbrada a poner el foco sobre los corruptos mientras ella se escondía en las sombras que estos proyectaban, de un tiempo a esta parte está perdiendo la vergüenza y da la cara para explicarse y compartir sus métodos, de eficacia probada. Cuenta en su haber con grandes victorias de la acción colectiva, pero también con fracasos cotidianos: después de más de una década, incapaz de poner de acuerdo a su comunidad de vecinos, sigue viviendo en un quinto sin ascensor.

¿De dónde vienes?

Vengo de una familia militante de muchas generaciones. Casi toda mi familia paterna, los hermanos de la abuela ¡incluso la abuela!, fueron partisanos durante la guerra. Alguno comunista, otro socialista y otros eran simplemente antifascistas. Estaban en un grupo que se llamaba Justicia y Libertad. Yo siempre he sido educada en este ambiente de compromiso político. En la vida cotidiana se hablaba de la política, se comentaba la actualidad. Mis padres son historiadores. Mi madre desde muy chiquita me explicó la historia de las brujas, cómo la mujer era perseguida. Ella hizo su tesis sobre i briganti, sicilianos que se hartaron de pasar hambre y se echaron al monte, y cómo esto luego se transformó en la mafia. Me hablaba del carnaval, de cómo se hacía caricatura del poder y se atacaba al orden establecido. Luego estaba la hermana de mi abuelo paterno, por ejemplo, que fue la primera psiquiatra italiana, una de las dos únicas mujeres licenciadas en Medicina en esa época. O venía Primo a comer…

Primo Levi.

Primo Levi era primo de mi abuela, de la madre de mi padre. Se suicidó cuando yo justo empezaba a vivir en París. Fue muy triste, era un tipo muy muy majo.

No es el retrato de una familia que pasara necesidad.

No te creas; no eran pobres, pero tampoco ricos. Clase media. El hecho de estudiar era muy normal en la comunidad de origen judío, porque durante mucho tiempo solo se les permitía trabajar sin tener propiedades. El que más rico se hizo de la familia fue Carlo Levi, que se convirtió en un pintor y escritor famoso y a quien incluso dedicaron una película [Cristo se detuvo en Éboli, 1978, Francesco Rosi]. Mi bisabuelo subió el nivel de la familia. Era marchante de tejidos, no fabricante, marchante. Comerciaba con Inglaterra, parecido a lo que sucedía en Cataluña. Su hijo, mi abuelo, inventó la primera computadora de Olivetti, pero con las leyes raciales le impidieron patentarla y lo hizo un, digamos, ario por él. De hecho, mi abuelo fue expulsado de muchísimos sitios por las leyes raciales. Perdió su puesto de trabajo y más tarde, en la «democracia» [N. del E. enmarca la palabra con el gesto de comillas], fue expulsado del sindicato por oponerse a su corrupción. Esta generación no se arruinó, pero perdieron gran parte de su poder adquisitivo, vivían juntos, en casas chiquititas.

¿La tradición judía está muy presente en tu familia?

La parte de origen judío de mi familia es atea desde hace por lo menos cuatro generaciones, pero hasta hace muy poco las personas de origen judío vivían segregadas del resto. Por ejemplo, no podían casarse con no judíos. No por ley, sino por el qué dirán, de un lado y del otro. Mi tía abuela, la que después sería psiquiatra, fue educada como se educaba a una mujer entonces: sabía bordar, cocinaba para los hermanos, les hacía la cama… pero además estudiaba Medicina. Con veinte años se enamoró de un compañero. Pero él no era judío, era de origen católico. Y no se podían mezclar. Las familias impidieron que se casaran y se quedó soltera de por vida. Mi madre, también de familia católica, sí se casó con un chico con nombre judío, mi padre. Pero no por la Iglesia, porque ambos eran ateos —mi madre la primera de su familia—. ¡Pues mi abuela materna no asistió a la boda! Se conocieron porque las familias veraneaban juntas, en el mismo lugar, pero casarse con un ateo era demasiado. Sí, soy de origen judío, y siempre hay alguien dispuesto a llamarme «puta judía» sin conocerme, solo por el apellido que llevo, a pesar de que soy atea y provengo de una familia laica desde hace cinco generaciones. El antisemitismo siempre está presente.

¿Y nunca te planteaste rebelarte contra esa herencia familiar militante?

Es que yo me he rebelado mucho, de adolescente. Y si no he tenido hijos, entre otras cosas es para no tener que lidiar con una Simona como yo [risas]. Así que no es por falta de rebeldía, pero la manera de vivir el compromiso político en mi familia no era para nada un corsé o una obligación, todo lo contrario, era algo alegre y lleno de humor. Incluso Primo Levi, que pasó por el campo de concentración, era un tipo solar, un gran narrador, un tipo suave, agradable y sonriente. Recuerdo las grandes comidas familiares en las que se arreglaba el mundo, se hablaba de historia, de filosofía… pero no de manera pedante, ¿eh? Que los intelectuales son pedantes no lo descubrí hasta muchos años después [risas]. Era todo superdivertido, las brujas, los bandidos… A mí de pequeña, en lugar de contarme La Cenicienta, me contaban la historia de la Voce. Antes de irme a dormir me contaban cómo los vietnamitas se escondían en el agua para zafarse de los yanquis y respiraban con un tubo, y yo quería que me lo contaran muchas veces. Era una versión alegre de la desobediencia.

Entonces, esta rebeldía, ¿cómo la manifestabas? ¿Qué es lo que no quieres que te haga una hipotética hija que tú sí les hiciste a tus padres?

Lo típico, eso de «a casa a las doce». Yo fui la primera hija, con dieciséis años me hacían volver a las doce. Yo entraba en casa a las doce, pero luego volvía a salir, hasta las cinco, y siempre creí que me lo dejaban hacer. Y entonces, con cuarenta años, le dije a mi madre: «Ay, qué bueno lo de poner una regla pero que luego me dejarais saltármela», y ahí mi madre se cayó del guindo. ¡Primera noticia! No ahondé porque veía que se le descomponía la cara. De hecho, no sé cómo estoy viva, cómo superé la adolescencia. Hay una discreta selección natural. Estoy viva de milagro, entre las motos y, bueno… y todas las imprudencias de la adolescencia. A los dieciocho años me fui de casa. Me fui de Italia porque Italia es un país que no se puede arreglar. Me fui porque no se puede hacer activismo en Italia, por mucho que luches no cambia absolutamente nada. Yo he sido activista desde muy chiquita, hay una foto mía en una manifestación a favor de la ley del aborto con catorce años. ¡Todavía no había ni follado, pero yo iba a la mani por si acaso! [Risas] Y ganamos. Y me he beneficiado de esas conquistas. Pero creo que esta es la única lucha que gané en Italia. El resto, las perdimos. Eran años muy duros, y más en Turín. Cuando yo me fui de Turín se estaba desmantelando la Fiat, Turín estaba llena de heroína. Supongo que como Bilbao con la reconversión industrial. La juventud estaba hecha polvo.

¿Coqueteaste con el ambiente de la droga?

Drogas he probado muchas, pero con espíritu científico, de experimentación. [Risas] Nunca me enganché, ni tuve lo que se decía «temporadas», era un consumo puramente recreativo, por probar. Pero en Turín en aquella época todo el mundo tomaba, era brutal, el propio sistema metía heroína a toneladas para acabar con la lucha obrera y los movimientos estudiantiles. En aquella época se diezmó mi generación. Me acabé yendo no solo por esto, pero también. Todo era muy sufrido; gente majísima, pero la lucha era muy triste y no veíamos ningún resultado.

¿Desde ese Turín creías que la España de los ochenta era un país donde sí se podían cambiar las cosas?

Yo no tenía España en mi cabeza para nada. De hecho, antes de llegar aquí pasé por París. De chiquita había estudiado francés porque mis padres tenían que irse a vivir allí, pero luego no lo hicieron, así que me fui yo. Quería estudiar danza y teatro y París era el sitio donde tenías que hacerlo. Por aquel entonces, a España había ido, como todo buen italiano, de veraneo alguna vez a Barcelona, a fumar porros cuando todavía era legal y se podía hacer abiertamente en la plaza Real. Cuando yo me fui de casa, me fui a París pensando que iba a hacer teatro, teatro militante, eso sí. Estuve cinco años trabajando y estudiando. Luego, un novio que tenía me pegó una vez. Pensé: «Uy, me ha pegado, debe de ser un despiste». Luego, cuando me pegó la segunda vez, dije: «Ostras, hay un patrón». Entonces le dije que me quería separar y me dijo: «No te puedes separar porque eres mi mujer». No insistí. Pensé: «Obvio, tiene su lógica» [risas]. Hice la maleta y me fui para el sur. Llegué aquí, llamé a Ariadna, la única persona a la que conocía en Barcelona, una amiga de la escuela de teatro, y le pregunté si podía estar en su casa. Necesitaba poner tierra de por medio y pensé: «No voy al norte, que hace frío, voy al sur». Ariadna me acogió.

¿Te buscó?

Sí, él me buscó años más tarde, no enseguida. Otra mujer que tuvo después de mí desapareció incluso del catastro, se cambió de nombre y todo por las palizas que le metía. Yo apenas estuve con él menos de un año, y reaccioné con rapidez, probablemente por la educación que tenía. Luego estuvo con otra mujer con la que tuvo dos hijos, a ella no la pegaba porque era la madre de sus hijos, pero le cortaba la cama con una sierra eléctrica. Mientras estaba con esta mujer, no sé por qué, me buscó. Y aunque mis amigos me ayudaron, me encontró en la plaza Real. Se había hecho yonqui, con lo cual era bastante inocuo. Solo quiso hablar. Al poco tiempo me dijeron que había muerto. Yo creo que lo mató su mujer, pero, claro, nunca lo sabremos. Un alivio para todas, en todo caso. Tengo dos historias de maltrato y creo que no se han de ocultar.

¿La segunda ya sucedió en Barcelona?

Sí. Hay una cosa de los maltratadores que no se conoce bien. Hay una categoría de maltratador narcisista al que le gustan las mujeres fuertes. Es un patrón mucho más frecuente de lo que creemos, el maltrato no tiene por qué darse con mujeres inseguras o influenciables, como tenemos en la cabeza. Les gusta que las mujeres sean independientes porque beben de tu fuerza, a medida que tú la pierdes, ellos la ganan. Son como vampiros. Yo me dejé atrapar por uno de estos. Es una persona a quien mucha gente conoce, que ha sido muy conocido dentro de los movimientos sociales, incluso nuestra alcaldesa le conoce bien. Pero en estos entornos el maltrato es algo que no nos sucede a nosotras, ¡qué va!

No hay entornos ajenos al maltrato.

También en este entorno, como en todos los entornos, «son asuntos privados, cosas de pareja». Al final me ayudó el grupo Tamaia, un grupo contra el maltrato, durante dos años; ¡son muy grandes! Me sirvió de mucho y entendí un montón de cosas. De hecho, estoy muy agradecida a esta historia, porque creo que es algo fundacional para mí, para cómo soy ahora. Sí, el maltratador es un cabrón, pero ¿por qué nos dejamos atrapar en este bucle? ¿Por qué nos ponemos excusas? ¿Qué responsabilidad tenemos nosotras en lo que nos pasa? Cómo es él no lo podemos cambiar —que nos entre en la puta cabeza—, pero sí cómo somos nosotras. Yo soy muy feminista, muy militante, así que creo que las mujeres también tenemos que asumir nuestras responsabilidades. Por ejemplo, yo soy favorable al piropo. ¡Por favor, que no me quiten los piropos! Que sean recíprocos, eso sí, que yo te pueda decir qué guapo estás hoy, y que a ti te haga ilusión. Porque, sin piropos, ¿cómo vamos a ligar? Yo ahí veo un problema serio porque, si no, ¿cómo se plantea la cosa? ¿Se ligaría a través de contratos? Como nos quedemos sin piropos, estamos perdidos. Por eso yo soy muy escéptica con algunos aspectos del #MeToo. Por un lado, ha sido fantástico ver cómo ha empoderado a muchas chicas, sobre todo a las más jóvenes, que últimamente se las ve pisar muy fuerte, muy envalentonadas. Pero, por otro lado, cierto #MeToo evoca el camino hacia una sociedad puritana. Como el caso de Juana Rivas. La maternidad sagrada y porque sí. Yo también pienso que a ella hay que quitarle la tutela de los hijos. Me explico: ella ha tenido un hijo con un maltratador. El primero, vale, te puedes equivocar. Lo dejó. Pero luego volvió —vale— y tuvo otro hijo con él. Entonces, ¿por qué le exige a la sociedad que haga algo —renegar de él— que ella no estuvo dispuesta a hacer? Si ella ha vuelto y le ha perdonado, entonces ella también tiene una responsabilidad.

Esta no es la opinión dominante dentro del feminismo.

Por eso mismo. El tema es si seguimos con el victimismo o no. O sea, la cuestión es que somos víctimas. Perfecto. Esto es obvio, como los que lo son por su color de piel o como tantos otros, la discriminación es evidente e innegable. Ahora bien, si la lucha es solo alrededor de «soy una víctima y como tal tengo que ser reconocida y siempre tengo la razón», estamos perdidos. La cuestión es que hay que luchar contra quien te maltrata, pero abandonando tu posición de víctima. Lo que yo he aprendido de mi experiencia es que por ser víctima no puedo esperar nada de nadie, porque ni mi familia, ni los movimientos sociales creyeron nunca que a mí me hubiera pasado nada.

Cabría suponer que los movimientos sociales serían más sensibles en estos casos. ¿No te sentiste apoyada?

No, porque el maltratador es el más simpático, el más guapo, el más inteligente. No es como nos los imaginamos, no es el chungo baboso, no. Normalmente son los líderes de los movimientos sociales. Un ejemplo al azar: Picasso era un maldito cabrón a este nivel, pero todos le reían y le ríen las gracias, los comunistas, los no comunistas, el papa y todo dios. Pero era un maltratador, esto es así. Esto es una cosa que también tenemos que cambiar. Y las mujeres a las que maltrataba Picasso no eran todas chicas recogidas y depresivas. Tenemos que cambiar nuestro patrón. El #MeToo debería luchar contra el maltrato, me parece muy claro, denunciarlo, lo que haga falta. Pero contra el victimismo de la mujer también debería hacerlo. Este rollo de estar llorando por las esquinas, buscando excusas y pensando que tu identidad es ser una víctima a mí me parece un error brutal.

¿Crees que denunciar es ineficaz?

Hay que denunciar, sí. Pero luego las mujeres tenemos que trabajar también para cambiar aquello que hacemos mal. Esto pasa en general con todas las personas en situación de indefensión. Hablamos de las mujeres, pero también lo veo con otro grupo humano con el que he trabajado, los informadores contra la corrupción, los alertadores. Los informadores están en una situación de victimización real, grave y que hay que denunciar. Pero algunos de ellos, en cuanto se hacen mediáticos, creen que porque son víctimas tienen razón, aunque a veces sus análisis sean brutalmente equivocados, incluso peligrosos. Porque ser víctima y tener razón son dos cosas distintas. Yo siempre hago el paralelismo entre Obama y Hillary. A mí Hillary no me cae bien, pero si te fijas centró todo el final de su campaña en que su rival maltrataba a las mujeres y entonces, como ella era mujer, como era víctima, era justo que ella fuera presidenta. Es un salto lógico: las mujeres son víctimas, sí, pero ser víctima no te hace ser mejor persona. Obama, en cambio, siendo también parte de un colectivo oprimido y discriminado, en ningún momento basa su campaña en su «negritud», nunca tiró por: «Soy negro, por lo cual sería justo que me eligierais». Es así como yo lo veo. Está implícito, una vez dicho «esto no va bien y estamos hasta los huevos», a partir de ahí tienes que ofrecer otros méritos que hacen de ti una persona válida. Yo tengo grandes broncas con los informadores por lo mismo: que hayas destapado casos de corrupción no significa que tenga que apoyar una ley que considero liberticida solo porque tú la apoyes. Puedes ser el mejor alertando, pero puedes estar equivocado.

Estás describiendo un mercado moral: capitalizas tu condición de víctima para invertirla en otras causas y sacarle rédito.

Mira, participo en un montón de listas de correo, de varios temas, y a veces alguien pide que se expulse a otro participante: «Pero no voy a explicar por qué, es un tema personal». Y la mayoría de la gente lo acepta, «Sí, claro, faltaría más». Y yo esto no lo veo bien. ¿Qué te ha hecho? ¿Ha tenido una relación contigo sin tu consentimiento? ¿Te ha tocado el culo? Pero no, no se puede hablar, porque la denuncia se hizo desde la posición de víctima. Di: «Este señor me ha violado», ¿por qué no se puede decir? Si te hubiera apuñalado, lo dirías…

Parece una reinterpretación de aquello que «lo personal es político».

Y yo estoy de acuerdo con esto, y por eso está bien ponerlo sobre la mesa. Yo no estoy pidiendo que se tengan que conocer los detalles escabrosos, pero entre un piropo de mal gusto y una violación… Un piropo de mal gusto lo podemos discutir, no digo que los tengamos que aceptar, pero no mezclemos las cosas, ¡no me jodas! Porque, además, cuando te violen, ¿cómo vamos a llamarlo? Y este es el juego del victimismo.

¿Te han supuesto problemas con el colectivo feminista este tipo de posicionamientos?

No, porque yo no frecuento al colectivo feminista. Yo soy una librepensadora, respecto a este y a cualquier otro colectivo. Aunque no me meto mucho en estos temas, porque veo que no está el horno para bollos. Pero a veces me siento obligada, porque soy la única mujer que pide información, como se haría en cualquier juicio. No aceptaría expulsar a alguien solo porque quien lo denuncia sea una mujer, del gremio de las víctimas. Y es entonces cuando tengo que explicar que yo he sufrido maltrato, que yo he estado en tratamiento, con lo cual hay registro de que no me lo invento, que está certificado por una asociación especializada, que fui tratada gratuitamente por la gravedad de mi situación. Y desde esta posición digo lo que he aprendido. Y lo que he aprendido es que debemos dejar de hacernos las víctimas, porque, una vez que sepamos que son unos cabrones, podremos corregir nuestra actitud. Que es lo que yo he hecho. Y todo esto ha sido una experiencia muy útil en mi vida, porque he dejado de sufrir bastante.

Cuando doy charlas a las chicas jóvenes les digo, en broma, que la discriminación es lo mejor que me ha podido pasar. Cuando en 2010 dije: «Vamos a meter en la prisión a Teddy Bautista», nadie me prestó atención porque era una mujer. Si hubiera sido un varón de estos blancos, heterosexual, de Madrid, hubiera tenido todas las miradas encima de mí. Cuando yo dije en plaza Cataluña en 2012, ante tres mil personas y durante tres días seguidos, «Meteremos en prisión a Rodrigo Rato con este plan, tal cual», que es exactamente lo que acabamos haciendo, nadie me prestó atención porque era una mujer. Antes, cuando era joven, sentía rabia al pensar: «A mi compañero le escuchan mientras que a mí, que soy la que he hecho el trabajo de verdad, no». Era una rabia adolescente. Pero ahora sé que si hago tantas cosas es porque, como no sirve de nada lo que diga, las hago y ya está. He aprendido a ser más eficiente, y si lo digo es por honestidad. No querría que Rodrigo Rato pensara que le hemos atrapado por la espalda, a traición [risas]. Si nadie quiere prestarme atención porque soy mujer, pues, no pasa nada. Menos palabras y más acción…

Pero a medida que has ido cosechando éxitos se te ha prestado cada vez más atención.

¡Claro!

¿Te sientes cómoda con esta visibilidad? ¿No entra en contradicción con la supuesta horizontalidad de los movimientos sociales?

Esto es fruto de una decisión que tomamos hace dos años, por culpa de Podemos. Yo he hecho muchas cosas y la gente no sabe que andaba yo detrás. Durante mucho tiempo he hecho acciones de forma anónima, entre otras cosas por esta razón: porque si se sabe que lo hace una mujer, nadie se lo toma en serio, pero si es anónimo, la gente piensa que es un varón de Madrid, poderoso, que son miles de varones de Madrid haciendo cosas increíbles.

Y es una señora con su mantita y su ordenador.

Aquí, en Barcelona. Exitaliana, además. Y esto a mí me gustaba mucho porque funcionaba. Pero también lo hacíamos anónimamente porque no queríamos personalismo. Lo importante es el trabajo y el hecho de que, si todo el mundo puede sentirlo suyo, todo el mundo puede aportar en él. Una de las cosas que me gusta de 15MpaRato es que está liderado por una mayoría de mujeres y de gais [risas]. Y estuvimos durante dos años en el anonimato absoluto. Pero ¿luego qué pasa? Pues como les ha pasado a Anonymous y a otros, que, como nadie firma, siempre hay listillos como Podemos que aparecen para reivindicarlo.

Bueno, Podemos o Rosa Díez.

Por cosas así decidimos hacer visibles a las personas que formamos Xnet. Han pasado casi tres años desde que le hemos puesto cara, no solo la mía, a Xnet y 15MpaRato, para que nadie pueda hablar en nuestro nombre.

Y ahí se acabó la calma en tu vida.

No, porque calma ya no había. [Risas] Nosotros somos gente muy pragmática, decidimos muy claramente tener nuestras propias voces cuando vimos que gastábamos más tiempo en intentar que no nos robaran los listillos de un sitio o del otro. Si te fijas, en 15MpaRato nunca apareció un nombre en los primeros años, excepto un listillo que luego se fue a Podemos de cabeza. La prensa nos decía: «Si no me dices un nombre no publicaremos nada», y nosotros les respondíamos que, si no querían dar la noticia de que se había puesto una querella a Rodrigo Rato, que no lo hicieran. Así que exceptuando a los listillos de Podemos, 15MpaRato salió para adelante sin ningún nombre. Y de esto estamos muy orgullosos, nos encantaba poder dar la cara sin que saliera ningún nombre. Ahora tenemos dos portavoces, incluso tres, cada uno para según qué cosas y cada uno da su nombre. La transición ha sido por pragmatismo, por necesidad.

Aun así, intentas mantenerte bajo el radar en algunos aspectos de tu vida.

Si no tienes dinero y poder, es importante tener una cierta visibilidad mediática y esto siempre lo hemos trabajado, como marca colectiva y como marca individual. Si me pegan un tiro hoy es diferente de si me lo hubieran pegado cuando nadie sabía quién era. En realidad, yo no me preocupo tanto por mi anonimato como por mi seguridad, unos mínimos al menos. No me haré una foto en el portal de casa. Cuando salgo o cuando entro, siempre estoy atenta por si hay alguien. Este tipo de cosas.

¿Y alguna vez has visto a alguien sospechoso?

Solo sé con seguridad que han estado hurgando en nuestras vidas. Nos han buscado las cosquillas, nos han mirado nuestras cuentas. Sé que han investigado sobre nosotros para encontrarnos pegas…

¿Cuántas veces te han dicho —ante la creciente invasión de nuestra privacidad— aquello de que si no has hecho nada malo no tienes de qué preocuparte?

Bueno, si denuncias a los poderosos, se pueden mosquear. [Ríe]

¿Son hábitos recientes, a raíz de tu denuncia de la corrupción, o son una costumbre desde tus inicios militantes?

Desde muy pequeña, por ejemplo, intento no decir burradas por teléfono, de ningún tipo, incluso aquellas que podrían ser malinterpretadas, es una cosa que se aprendía en casa. He vivido los años de plomo en Italia. Cuando yo tenía trece años y mi hermano seis, vino la policía a mi casa a buscar a Aldo Moro, por si lo teníamos escondido. Así de exhaustivo era el control policial en esos años. Vinieron porque mi padre iba a las cárceles a dar clase; tenía estudiantes de extrema izquierda, algunos presos por estar involucrados, otros no. Mis abuelos eran partisanos… Protegerse es una costumbre en mi familia.

¿La tecnología hace más fácil que nos encuentren o nos lo pone más fácil para escondernos?

Las dos cosas. Es un empate perpetuo. Pero del teléfono olvídate, el teléfono es un coladero. Tengo teléfono, pero es un coladero.

Pero, de algún modo, has puesto la tecnología al servicio de tu causa.

Bueno, esto ha sido así toda la vida. Siempre hay un statu quo que quiere perpetuarse y no quiere que nadie proteste. Pero luego siempre hay una manera de seguir siendo humanos, curiosos y libres, o al menos intentarlo, incluso en las épocas históricas más oscuras.

Seguro que a alguien le sorprenderá saber que tu relación con la tecnología es solo «nivel usuario». Quizá mucha gente te imagine como una hacker.

No, no, ¡yo soy la tester del grupo! [Ríe] A mí me dicen «prueba este programa», porque si yo no lo sé usar significa que el programa es demasiado difícil. A mí me usan así. Yo soy experta en la filosofía de los protocolos de internet, pero de las herramientas soy solo una usuaria. Sé cómo funcionan, pero ni sé picar código, ni conozco la parte tecnológica. Para eso están otras compañeras. Nuestra jefa de tecnología estos diez años, por ejemplo, ha abierto una empresa de soberanía tecnológica, para dar protección a los usuarios. Ella es el top, en el grupo entremedias hay distintos grados, pero yo, yo soy la última.

Preguntarte a ti por los efectos del blockchain sería perder el tiempo.

Bueno, no creas. Es como cuando se inventó la imprenta. Podías no tener ni idea de cómo hacer la tinta o del mecanismo a través del que se imprimía, pero podías ser perfectamente una de las personas que hacía circular los libros, incluso los que el papa prohibía, podrías estar yéndote a Venecia, que era la gran ciudad contra la censura y para la libertad de expresión en aquel entonces. Si conoces la filosofía de la tecnología, la puedes usar y defender. Yo soy esa.

¿Tienes cierto optimismo tecnológico de cara al futuro cercano?

Se ha dado un nuevo salto de nivel en las democracias. Y ahora, como antes con la imprenta, el statu quo pelea como ya lo hiciera con la Inquisición, para evitar que usemos estas herramientas contra ellos. Nuestros gobernantes son igual de garrulos con la novedad como lo eran en la Edad Media. Tuvimos una lista de libros prohibidos hasta hace nada. Con internet sucede lo mismo, la curva de presión es exactamente la misma que con la imprenta. Durante cincuenta años hubo un descontrol brutal, guapísimo, en el que la imprenta se usaba como se quería, los libros viajaban y se imprimía lo que apetecía imprimir, hasta que se empezó a acotar y a perseguir. Luego siguió una represión brutal, y te tenías que ir a Venecia o a Ámsterdam para que no te encarcelaran o para encontrar ciertos libros que no se podían encontrar en ningún otro sitio. Y fue así hasta que, más o menos, se ha normalizado, pero hemos tardado cuatro siglos. Y ahora con internet estamos haciendo exactamente lo mismo, la lucha por el copyright de nuestros días es exactamente lo mismo. Después de una época de descontrol en la que hemos avanzado muchísimo en democracia, ahora nos pretenden volver a controlar. Y si no lo entendemos y no nos defendemos, no volveremos a tener libertad en internet en los próximos tres siglos, o en los próximos diez, depende.

¿Quién va ganando?

Yo, que me dedico a esto, tengo que pensar que estamos ganando nosotros porque, si no, me cuelgo de un pino. Pero la estupidez del género humano y la categoría de nuestros representantes políticos siempre me sorprende.

Ahora que dices que te dedicas a esto, ¿sería preciso definirte como activista profesional?

No es una profesión. Es una vocación. Me gusta dedicar el día a ello.

Y si no es una profesión, ¿de qué vive Simona Levi?

Bueno, depende del mes, del año, del semestre, del trimestre. A veces de los libros, a veces de hacer espectáculos, de montar festivales, a veces del activismo, de un proyecto concreto o de una investigación. Este mes, por ejemplo, tengo un curso en la universidad en un posgrado que dirijo, he hecho un espectáculo de teatro y vamos a hacer unos bolos. También tenemos un proyecto europeo que se está acabando, otro proyecto con una fundación de Gran Bretaña sobre libertad de expresión…

Participar tiene costes, sin un cierto nivel de ingresos no se puede ejercer el activismo.

Por supuesto. Y yo, de hecho, estoy muy en contra de lo que se ha llamado sueldo militante. Los proyectos hay que saberlos presupuestar y financiar. Incluso los proyectos militantes. Yo soy buena en eso. El primer crowdfunding político que se hizo en España fue nuestro. Cuando hice el esquema que propuse a los compañeros para 15MpaRato incluía las partidas presupuestarias, como debería ser en todos los Gobiernos, como todo el mundo. Siempre tengo en cuenta el cálculo de lo que nos va a costar, porque tenemos que vivir en condiciones dignas. Hay demasiados proyectos militantes en los que no se cobra o se cobra muy poco y muy mal. Por eso para mí es muy importante encontrar dinero. Ya sea pidiendo subvenciones o vendiendo servicios. Siempre tengo en cuenta que hay que pagar.

La sala de teatro que fundaste, Conservas, ha recibido este año subvenciones del Ayuntamiento de Barcelona. ¿En qué lugar te deja esto cuando tienes que enfrentarte a estas instituciones?

Siempre he flipado con esto, es otro de los problemas de los movimientos sociales, es una lógica repleta de estereotipos demenciales. Yo, y tengo a Dios por testigo, siempre he hablado mal de los Gobiernos si es necesario y sin cortarme en absoluto, independientemente de si estaba o no utilizando subvenciones que ellos mismos me daban. El dinero público está para pagar movidas que reviertan en lo público. Y el trabajo que hacemos nosotros revierte en lo público. Si la gente que recibe dinero público deja de criticar a quien se lo da, es que son unos siervos. El problema no está en el origen del dinero, sino en el hecho de que la gente se vuelve servil. Eso no significa que este dinero público tenga que darse a los siervos de estas instituciones, aunque la mayor parte del tiempo es exactamente así. Este Ayuntamiento nos ha quitado el 35 % de las subvenciones, algo que ni CiU ni el PSC habían hecho, y nosotros hemos criticado infinitamente más a CiU y al PSC que a Barcelona en Comú. No hay que quejarse de que la gente haga sus proyectos con dinero público, sino de que este dinero público se reparta solo entre los suyos, que es lo que está haciendo Barcelona en Comú. Si mucha gente ha cambiado su discurso por ello, es su problema, pero el dinero público no debería depender de ello, aunque en la realidad es así.

Entonces, si os subvencionan, ¿es síntoma de que hacéis mal vuestro trabajo de fiscalización o de que ellos hacen bien el suyo gestionando el dinero público? Es un tanto paradójico.

Nuestra relación calidad-precio, el retorno por cada euro de subvención es una brutalidad. Como somos adictos al trabajo, producimos muchísimo [risas], la gente piensa que somos un equipo de veinte personas, cuando somos solo tres o cuatro. Si alguien considera que no estamos haciendo un trabajo para lo común, lo podemos discutir. Lo único que nunca han vuelto a darnos ha sido subvenciones del Estado, desde que nos metimos con el copyright.

Rebecca Solnit critica que la perfección es un bastón con el que se golpea a lo posible. Esta renuncia por principios de los movimientos sociales al pragmatismo a la hora de financiarse puede limitar su eficacia.

Yo fui una de las primeras, relacionada con los movimientos sociales, que cogió subvenciones. Y de forma abierta, nunca lo he hecho escondiéndome. Mucha gente no estaba de acuerdo, aunque por lo menos aquí en Barcelona algunos de los que no querían hacerlo tampoco nos criticaron a nosotros por hacerlo. Y ahora, unos años después, son muchos los que están pidiendo subvenciones, porque es evidente. Toda la gente que está haciendo cooperativas está pidiendo subvenciones. ¿Para qué queremos un Estado si no es para estas cosas? Para que el dinero se reparta de manera que puedan emprender también los que no tienen un capital previo. Los que eran puros en este tema ya no lo son, aunque ahora hay puros en otras chorradas, por pureza que no quede [risa].

Hablando de pureza, has intentado poner patas arriba algunos lugares comunes de la izquierda actual, como por ejemplo la confianza en que la transparencia es la solución a todos los problemas.

¡Claro! Fuimos de las organizaciones pioneras en dar herramientas y pedir transparencia institucional. Pero es que se ha entendido al revés. La transparencia tiene que ser para el poder y la invisibilidad —léase privacidad—, para el ciudadano de pie. Transparencia no es que te pidan a ti tus datos. Yo estoy protestando contra el registro de lobbies y toda la izquierda se me tira al cuello. Me da asco. Se guían por proverbios, no por razonamientos. ¿Queremos que se registren los lobbies? Muy bien. Se registran los lobbies. Entonces, si tú ahora quieres hablar con un político, tienes que estar registrado. ¿Qué implica esto? Que quedes registrado. Yo puedo tomar todas las precauciones, me puedo esconder, puedo pedir que no me hagáis fotos, pero luego en el registro de lobbies dirá dónde vivo, qué he hecho. Si te ves con Siemens irás a su sede social, pero si es un activista vecinal no hace ninguna falta que se publique para todo dios su dirección y su teléfono, como si esto fuera la Stasi. Y esto le encanta a la izquierda, que no se ha enterado de la misa la mitad. ¡El problema no es de la gente, es del político! El político tiene que tener una agenda pública. Pero luego miras a esta misma izquierda y en su agenda pone «reunión» sin más, «paseo con gente»… A ver, no soy yo la que te tengo que decir dónde cojones vivo, eres tú el que me tiene que decir con quién te has reunido y para hablar de qué.

También has discutido las bondades de la participación, hasta el punto de decir, en tono provocativo, que el mejor ejemplo de participación reciente han sido las primarias del PP.

La derecha es la derecha, ¡pero la izquierda deberían ser los buenos! La participación que se hace ahora es el fanboyismo de toda la vida, no tiene nada nuevo. Incluso los emperadores romanos querían que la gente participara, que dijeran «bravo, bravo» a su paso, y eso es lo que se hace ahora. Si esto es participación, no hemos entendido nada y no hemos innovado mucho. Y la participación tampoco es preguntar: «¿Cómo queréis que sean las viviendas?», «¡Las queremos rojas! ¡Bien!». ¿Qué coño es esto? Hay milenios de investigación sobre cómo vivimos, desde las primeras cuevas hasta ahora, hay grupos de la sociedad civil, como la PAH por poner un ejemplo, que se ocupan de este tema y tienen unas demandas muy concretas. La participación solo puede ser para enmendar la realidad, no puede ser este rollo infantil de que todos tomemos parte. Todos los niños en un parvulario tienen que participar en un juego, pero en democracia la participación debería ser enmienda y corresponsabilidad. Todo lo que no sea eso es participación como lo eran las manis de Hitler. Y si esto es lo que se entiende por participación, no nos hemos explicado bien.

Margaret Mead decía que los cambios no los provoca el conjunto de la gente sino un grupo pequeño de gente comprometida.

Me alegra saber que Margaret Mead dijo esto. Nosotros defendemos la democracia en red, con un liderazgo distribuido. Y esto no es negar el liderazgo, como hace cierta izquierda dogmática que defiende la horizontalidad —sin practicarla en realidad—, y tampoco es centralizar en un único líder. Ahondando en las citas, el Che Guevara explicaba que los revolucionarios que se quedaban en el monte solían ser cuatro, pero eran los campesinos los que les daban de comer, eran los campesinos los que los ocultaban, o sea, la comunidad. Los cambios los provoca poca gente, pero con una red importante de otra gente de apoyo, si no, esos cuatro no podrían hacer nada.

¿Y estos revolucionarios tienen que ser la misma gente todo el tiempo o pueden cambiar en función del tema o del momento?

Todo y todos cambiamos todo el rato. A veces somos líderes, a veces somos de los que simplemente echan un cable, a veces no hacemos ni eso. Todo es variable. Y por eso la idea de la unidad, otro de los grandes proverbios que le encanta a todo el mundo, ha sido tan mal entendida, como la participación y la transparencia. Lo de que si estamos unidos estamos mejor es una paranoia. Teniendo en cuenta que «el 90 % del todo es una basura» —y no lo digo yo—, estar todos unidos significa aguantar un 90 % de basura [risas]. Nosotros somos partidarios de la federación, de que cada uno vaya a su bola y nos encontremos solo cuando nos apetece. No tenemos que estar fusionados como una sola carne. Cuando te apetece te ves y cuando no te apetece, pues no te ves. A mí lo que más me choca siempre en los grupos es este rollo de que es mejor ser más. Pero, a ver, ¡que este que ha pedido entrar es un asesino en serie! «No, pero cuántos más seamos, mejor». Pero, a ver, ¡mira el currículum! ¡Es claramente un asesino criminal! Y nada. El 90 %, casi todos los grupos, se destruyen por esto. Pero, como es más bonito que vengan todos, dejas entrar a todo el mundo y te arrasan el grupo.

¿Te da la impresión de que cierta izquierda persigue más ser virtuosa que útil?

No, no, ¡de virtuosa, la izquierda, nada! Mentirosa, sí. Exceptuando a la CUP, que no sé cómo se lo montan. Los que conozco de la CUP son realmente buenas personas y coherentes, y eso que comulgo con muy poco de su ideario y método. El resto nos venden la moto de la horizontalidad… ¡pero la horizontalidad no existe! Fuera de la geometría, no existe, ni siquiera existe en la naturaleza. No somos todos iguales. Es simplemente mentira. No es que sean virtuosos, es que son mentirosos. Dicen que son horizontales cuando no lo son. Yo, justamente porque vengo de una tradición de izquierda y he mamado muchas asambleas, hace mucho tiempo que no trabajo con grupos abiertos. Yo escojo mi compañía. Nosotros siempre defendemos que preferimos ser pocos a tener que gestionar espacios que acaban siendo casos clínicos. Que ser más sea mejor es un mito. Tres, cinco personas… está bien. Pero a partir de ahí, el 50 % del trabajo es gestionar el grupo, así que cuantos menos seamos, mejor. Porque otra idea mal interpretada es la libertad de expresión. La libertad de expresión no significa que yo te tenga que aguantar cualquier tontería. Es solo que tienes la libertad de poder decir lo que quieras. Pero, a partir de ahí, no tiene por qué aguantarte nadie.

Srdja Popovic, en su Cómo hacer la revolución [Malpaso, 2015], afirma que una revolución solo puede triunfar cuando dos o más grupos que no tienen nada en común se unen porque tienen algún interés compartido. ¿Cuál ha sido tu compañía más incómoda en todo tu periplo activista?

Por eso yo me muevo en grupos de afinidad y así tengo una buena vida: nos reímos, nos divertimos, en las dificultades nos cuidamos e intento reducir al mínimo las malas compañías. No somos abiertos en el sentido de que no tragamos con cualquier cosa, pero luego abrimos el código, compartimos lo que hacemos y tenemos muchos amigos, hay mucho roce. Desde que he cambiado mi forma de lucha aprendiendo de las comunidades online, trabajo de forma muy transversal. No hay compañía incómoda porque nos encontramos con la gente para solucionar problemas conjuntos, y ya no se pide el carné ideológico a nadie ni nadie me lo pide a mí. Yo no sé quién está detrás de un nickname, pero sé solo que está contribuyendo a arreglar un problema durante un corto plazo de tiempo. Esto, naturalmente, sin ser ingenuos ni imprudentes, o sea, no todo vale, claro.

¿Cuál es el límite del activismo? ¿Hay que entrar, en algún momento, en las instituciones para provocar cambios en la vida de la gente?

Me voy a hacer muchos enemigos en esta entrevista. Otro de los mitos actuales es que los políticos no deben ser profesionales, pero es que yo creo que los políticos sí deben ser profesionales, con todas las de la ley. Tienen que ser competentes en la materia. Xavi Domènech, por ejemplo, nos ha insultado a todos. Ha arrasado con Podem, ha apuñalado a sus amigos… y luego ha dicho: «Ay, es que esto es muy fuerte para mí, me voy a casa». Esto no es profesional. No pueden hacer de la política una afición, tienen que asumir la responsabilidad tanto si se quedan como si se van, y tienen que poder ser despedidos. Y, eso sí, luego tienen que tener paro como cualquier persona que trabaja. Si tratásemos a los políticos como si estuvieran ejerciendo una profesión —nada de sueldos vitalicios y sí competencias, responsabilidades, despidos y paro—, yo creo que tendríamos menos problemas.

¿Es compatible ser, a la vez, activista y político?

Es una de las cosas que hace mal Barcelona en Comú en particular y Podemos en general: los primeros, comportarse como si todavía fueran un movimiento social, y los segundos, fingir haberlo sido en algún momento. Si tú decides gobernar una ciudad o un país, has escogido esa tarea en ese momento y tienes que hacerla con un tipo de responsabilidad y transparencia profundas muy diferentes de las que tiene un movimiento social. Yo siempre he pensado esto así: la democracia solo puede ser la colaboración entre la sociedad civil organizada —lo prefiero a movimiento social, es mi manera de designar a los grupos de los que hablaba Mead— y los representantes de las instituciones. Fíjate en los diputados de la CUP: van a manis, hacen lo que tengan que hacer, pero reconocen el trabajo de la sociedad civil y lo recogen y lo llevan a las instituciones. Hay otros que también lo hacen bien, pero Podemos, no. Podemos coopta, dice que ellos han hecho el trabajo, lo desvirtúan e inutilizan, aniquilando el esfuerzo ciudadano, empujando a la gente a la pasividad, haciendo del «pueblo» del que tanto hablan un agente pasivo que solo está ahí para venerarlos. Y, todo sea dicho, muchos grupos de la sociedad civil pican y se prestan a este papel servil.

De Podemos has llegado a decir que son el cáncer de la transformación.

Fue como el genio que sale de la botella… y ellos lo han vuelto a meter dentro. ¿Por qué? Es lo que intentamos explicar con la experiencia del Partido X. Ya sabes, a mí me gusta más explicar con la práctica que con las palabras, [risas] así que hicimos un partido entero para explicar un par de cosas. Una de las cosas que decía al principio el Partido X era: «No somos el partido del 15M, porque el 15M no puede ser representado». Éramos claramente el partido del 15M, surgido del 15M, con su ADN… pero precisamente por ser el partido del 15M sabíamos que no podíamos pretender representar a los movimientos sociales. Y mira la diferencia con Podemos: Podemos decía que ellos eran el partido del 15M, usando todo su capital simbólico para hacer sus vídeos, a pesar de que la casi totalidad de los de Podemos —a excepción de los de Juventud Sin Futuro— habían estado en contra del 15M porque no era lo suficientemente anticapitalista ni radical. Pero a nivel electoral la narrativa es muy importante y les contaron esa historia a sus votantes. Y estos les votaron. Siguen practicando ese engaño continuamente con todo tipo de iniciativa social.

Por lo menos Podemos se ha demostrado viable en el mercado electoral, mientras que el Partido X…

Sin duda. Hay que tener una tele para que esa narrativa llegue a los votantes, esto es algo que hemos aprendido. Podemos tenía a La Sexta. Sin tele, hoy en día, no puedes ganar una elección. El trabajo que ellos están haciendo, avalando el discurso de la unión, hablando de confluencia, es el típico de la izquierda dogmática. ¿Qué es la unión? Es el pez grande que se come al pez pequeño, es la dictadura de la mayor de las minorías sobre la gran mayoría de minorías, es una forma de fagocitar. Lo que Podemos hace muy bien es sacar a los que son portavoces de los movimientos sociales y atraerlos con cargos. Los grupos realmente independientes ya son muy pocos. Pero la gran mayoría han deseado ser comprados porque el poder es fascinante. Y útil también, naturalmente, lo digo sin ironía. Hemos de ocupar puestos de mando para hacer que las cosas avancen.

Y tú, ¿sientes esta fascinación por el poder? ¿Veremos a una Simona Levi candidata?

Ya fui candidata [risas] ¡con el Partido X! Tienen que darse las circunstancias. Yo ya hago muchas leyes, produzco más leyes que muchos Parlamentos [risas], y me iría bien poder hacerlo con buenas condiciones, con un servicio jurídico que me apoyara. Estoy convencida de que haría bien el trabajo de diputada, porque ya tengo entrenamiento. Aunque ahora no se dan las condiciones, porque ni tengo partido ni tengo tele. Ni hay ningún partido con tele [risas] cuyos ideales y forma de funcionar pueda abrazar completamente, ni creo que en esta vida vaya a conseguir tener una tele propia lo suficientemente potente. [Risas]

Alberto San Juan, en el prólogo de tu Votar y cobrar [Capitán Swing, 2017], escribe: «El funcionamiento del sistema (…) no es algo complejo. Es sencillo. Simplemente, conviene que parezca complejo». Es sugerente, pero las experiencias de las fuerzas transformadoras que se han institucionalizado parecen contradecirle.

Yo en 2005 empecé a leer leyes, y hasta entonces pensaba que lo de las leyes era una movida. Pero, claro, no había leído ninguna. Y no, de repente te las lees y te das cuenta de que no hace falta ser jurista para entenderlas. Ni siquiera para hacerlas. De hecho, nosotros hemos hecho leyes, de nuestro puño y letra, hemos analizado directivas europeas en las que todas nuestras enmiendas han sido incorporadas. ¿Es complejo? Sí, pero quizás no tanto. Míratelo de este modo: si lo puede hacer un diputado, lo puede hacer cualquiera de nosotros. Ahora bien, hay que estudiar, hay que preparase, hay que leerse la directiva en inglés… A mí me apasiona, porque yo lo leo como si fuera un thriller. ¿Dónde está la trampa? ¡Aquí! ¡En este artículo! Léete la Ley de Propiedad Intelectual. No toda, pero sí el artículo 88.1. Es buenísimo, porque dice así: «Sin perjuicio de los derechos que corresponden a los autores, por el contrato de producción de la obra audiovisual se presumirán cedidos en exclusiva al productor…». ¡Se presumirán cedidos en exclusiva al productor! Pues nada, la ley da por descontado —y de hecho hace que pase sin que te des cuenta, porque lo hace ella por ti— que a ti ya te han jodido de principio y le has cedido los derechos a uno que pasaba por ahí. A raíz de encontrarnos con esto, nosotros hicimos una plantilla para que cualquier creador pudiera liberar sus derechos de manera muy sencilla. Y esto lo puede hacer cualquiera, incluso yo en la playa.

Alguna vez has dicho que «la revolución me da gusto, me da placer, me da satisfacción», pero no sé si lo que viene a la cabeza es imaginarte leyendo leyes en la playa.

Es que yo hago esto todos los días, no tengo hijos. A los treinta años mi madre me llamaba todos los domingos preguntando que a ver cuándo tendría hijos. Durante un breve momento de mi vida tuve ese dilema, pero me duró poco. Me pregunté si prefería tener hijos o coger taxis para ir más rápida [risas], dudé unos segundos y me dije «coger taxis». Las dos cosas a la vez no te las puedes permitir. No lo puedo comparar porque no soy madre, claro, pero para mí, Xnet y 15MpaRato son como mis hijos y con ellos yo tengo la responsabilidad. Si hay que levantarse por la noche porque el niño llora, porque Rodrigo Rato no sé qué ha hecho, pues te levantas. Y si tienes que estar dos días sin dormir porque el niño no sé qué, pues lo hago. Este es el nivel de dedicación con mis proyectos, es mi vida totalmente, y lo digo con cero espíritu de sacrificio. Muchas veces, conocidas que son madres me dicen: «Es duro, pero merece la pena». Y eso es lo que siento también, que esto es duro, pero que me llena de vida, de amor y de satisfacción.

¿Fue satisfacción lo que sentiste al ver entrar, al fin, a Rodrigo Rato en prisión?

Un ser humano privado de libertad nunca debe ser motivo de alegría. Y en este caso no es solo uno, en este caso son diecisiete. Pero, lado humano aparte, estas personas son el brazo ejecutor del entramado criminal organizado por todos los partidos políticos. Son los que han gobernado y gobiernan nuestras vidas. Estas personas han hecho y deshecho la vida de varios millones de personas. No se podía consentir la impunidad. En este sentido la noticia me ha dado mucho alivio. Sentía una gran responsabilidad en conseguirlo. Había hecho una promesa.

Si Rodrigo Rato no era el problema, sino el síntoma, ¿cuál es la mejor manera de acabar con el problema?

Cambiar la estructura y la idea de la función de los partidos. Ahora son redes clientelares, el caldo ideal para la corrupción.

¿Quién es el siguiente en tu lista?

Florentino Pérez, por lo que ha hecho con el Castor.

 


¿Sueñan los votantes con diputados eléctricos?

Estados Unidos, 1964. Fotografía: Getty.

Este artículo es un avance de nuestra revista trimestral #JD25 dedicada al futuro imperfecto, disponible ya en nuestra store.

Un informe de la OCDE y el FMI reveló en agosto de 2018 que el 45 % de los puestos de trabajo actualmente existentes son susceptibles de ser automatizados y que el 10 % de esos mismos empleos ya se encuentra en proceso de extinción. Sin embargo, para que los obreros y trabajadores del campo no piensen que sus funciones son las únicas que podrían ser asumidas por máquinas, androides u otros artilugios digitales, un grupo de científicos y técnicos considera que el trabajo parlamentario es el que tiene más posibilidades de ser reemplazado por una inteligencia artificial, porque un replicante diputado quizá no llegue a ser tan artificial como el original humano, aunque sin duda sería más inteligente.

En efecto, tanto el libre albedrío como las funciones cognitivas de los parlamentarios humanos suelen ser reprimidos por los jefes de sus respectivas bancadas, no vaya a ser que un diputado despistado se atreva a pensar por su cuenta o se le escape un renuncio ante las evidencias aportadas por los adversarios. Así, puestos a ser programados para votar sin rechistar, para ser indiferentes a la verdad e incluso para abuchear sin llegar a ser groseros, los científicos sostienen que los humanoides darían muchísimo más juego que unos humanos capaces de equivocarse de botón, entretenerse en la cafetería o —¡anatema!— convertirse en tránsfugas. Un cíborg nunca se apropiaría de su acta de diputado porque sabe que tanto el acta como él mismo le pertenecen al partido. Tal es el problema de ser humano y del ser humano: que uno le coge cariño a las cosas, que se acostumbra a la vida muelle y que propende a la propiedad privada, incluso militando en partidos que la repudian.

La segunda temporada de la serie distópica británica Black Mirror tuvo como protagonista a Waldo, un oso de dibujos animados que se presentó como candidato a las elecciones locales de Stentenford luego de haber triunfado como entrevistador de un talk-show político. Waldo no era propiamente un androide, pero aquel episodio de Black Mirror —«The Waldo Moment»— introdujo la posibilidad de presentar como candidato a una criatura artificial. No se me escapa que muchos consideran que Waldo fue el palimpsesto de Donald Trump, pero ¿y si fue más bien el precursor de un nuevo linaje de parlamentarios humanoides? Después de todo, los humanos parlamentaroides solo dan señales de vida cuando están en modo aplauso, chacota o abucheo.

El pasado 15 de abril de 2018 un robot quedó tercero en las elecciones de alcaldes distritales de Japón. Michihito Matsuda —de plateadas hechuras e inteligencia artificial— sacó 4013 votos y a punto estuvo de pasar a la segunda vuelta de las elecciones municipales de Tama, un distrito de Tokio de 150 000 habitantes. ¿Cuáles fueron los eslóganes de campaña de Michihito? El primero estaba cantado: «La inteligencia artificial puede cambiar la ciudad de Tama»; el segundo ya era más curioso: «Oportunidades justas y equilibradas para todos»; pero el tercero fue el que nos dejó traspuestos: «Inteligencia artificial contra corrupción». Un ser humano es sobornable, los robots hasta ahora no.

Al día de hoy existen 1,7 millones de robots diseminados por todo el planeta y por eso mismo el Parlamento Europeo ha creado el «Grupo de Trabajo de la Comisión de Asuntos Jurídicos sobre las cuestiones relacionadas con la evolución de la robótica y la inteligencia artificial en la Unión Europea», donde participan eminencias de la Comisión de Industria, Investigación y Energía (ITRE), de la Comisión de Mercado Interior y Protección del Consumidor (IMCO) y de la Comisión de Empleo y Asuntos Sociales (EMPL). No obstante, hasta ahora los principales temas de discusión de los europarlamentarios se reducen a preguntarse si los robots podrían tener derechos, si los androides deberían ser responsables civiles en caso de perjuicios a terceros o si procede gravar con mayores impuestos los beneficios económicos que los robots les reporten a sus propietarios. Todavía no existen respuestas para tales cuestiones, aunque el Parlamento Europeo sí ha parido una nueva definición legal para los robots. Ahora son «personas electrónicas».

Siempre que se habla de los puestos de trabajo que cíborgs y otros androides podrían ocupar en el futuro pensamos en obreros, campesinos, mecánicos y mediadores entre los usuarios y las distintas entidades como cajeros, telefonistas, vendedores, etc. ¿Y por qué no los parlamentarios? Después de todo, un robot no necesita tunear su currículum y se le podría cargar toda la legislación española, europea y planetaria sobre cualquier tema. Asimismo, los diputados digitales tampoco necesitarían dietas de alojamiento y movilidad porque permanecerían instalados en sus escaños acopiando información enviada por ciudadanos conectados online con esos legisladores de energía infinita, como los androides n.º 17 y n.º 18. Por último, los ciberparlamentarios no supondrían un costo desproporcionado a la sociedad y más bien obligarían a los militantes de los partidos a estudiar, trabajar y cotizar durante treinta y cinco años como cualquier ciudadano, pues jubilarse tras dos legislaturas con el 100 % del salario de diputado no lo haría ningún robot.

Estados Unidos es la primera potencia mundial del planeta, tiene una superficie de 9 826 630 km², una población de 300 millones de habitantes y tan solo 405 parlamentarios. Sin embargo, España tiene una superficie de 504 782 km², una población de 44 708 964 habitantes y un total de 1862 parlamentarios entre Congreso de los Diputados (350), Senado (264) y parlamentos autonómicos (1248). Por lo tanto, en Estados Unidos hay un congresista por cada 24 623 km², mientras que en España hay un parlamentario por cada 271 km². Y para que el horror sea perfecto —como escribió Borges en «La trama»— cada diputado supone un coche oficial, porque España es el sexto país del mundo en número de coches oficiales. Es decir, primero Estados Unidos (861 000), segundo Italia (629 000), luego Francia (72 000), Gran Bretaña (55 000), Alemania (55 000) y finalmente España (35 000), por delante de Japón, Canadá, Australia, China y Rusia, países no solo más ricos, sino más poblados. ¿Se imaginan lo que nos ahorraríamos en salarios, pensiones, combustible y mal humor recurriendo a un único robot por cada grupo parlamentario? No descarto que Podemos necesite un cíborg por cada una de sus Mareas, pero el ahorro se notaría hasta en la traducción simultánea porque cada ciberdiputado tendría preinstaladas —como C-3PO— todas las lenguas peninsulares y modernas.

Como se puede apreciar, no todos los futuros robóticos son distópicos y posapocalípticos, porque un diputado eléctrico siempre inspiraría más confianza que uno natural. Por lo tanto, si a un año del futuro fantaseado en Blade Runner los votantes ya sabemos que los parlamentarios funcionan en modo replicante, muchísimo mejor sería tener replicantes de verdad.


En Galicia no llueve

Foto: Douglas R. Witt (CC)

Cualquier paisano sabe que en Galicia no llueve. Y por eso las cosas importantes las hacemos siempre al aire libre: el churrasco, el carnaval, las procesiones, la feria, los pregones, los fuegos del Apóstol, la Santa Compaña, el pastoreo, la tertulia, el consumo de drogas. Naturalmente, también las verbenas. Un gallego medio, entre los ocho y los noventa años, puede citar veinte nombres de orquestas sin despeinarse. Son nuestros ríos. Panorama, París de Noia, Capitol, Cinema, Charleston Big Band, Filadelfia, Costa Oeste, Olympus, Sintonía de Vigo, Gran Parada, Los Satélites, Marimba, Gran Atlanta, Palladium… Hay más de trescientas para amenizar nuestras tres mil celebraciones populares al año. Estas son el tipo de cosas —y que procuramos tener un pozo ilegal para regar la huerta cuando el ayuntamiento nos corta el agua— que avalan que en Galicia no llueve. Y no las estadísticas. El abuso de la estadística, como decía Borges, conduce a la democracia. En todo caso, si resulta que la estadística es la solución, yo soy partidario de poner las cosas en su sitio: la serranía de Grazalema, en Cádiz, entre la sierra del Pinar y la depresión del Boyar, es el área de mayor índice pluviométrico de España. Eso es así. Grazalema recoge un registro anual de 2200 litros por metro cuadrado de media. Es decir, para tediosos chubascos, Andalucía.

No vamos a ocultar que durante décadas, tal vez siglos, se extendió la creencia de que en Galicia llovía sin parar, como si fuese una mentira acogedora. Pese a que nuestro himno lo desmentía, tácitamente. Ni una mención a la lluvia. Ni a un día nublado, gris o frío. En realidad, en la primera estrofa, se canta a la «costa verdecente, do prácido luar», y en la segunda a su «verdor cinguido de benignos astros, confín dos verdes castros e valeroso chan». Somos, traducido, un prado soleado y palpitante, con vistas al feliz mar. El siguiente himno gallego, surgido de la movida de los años ochenta, al fin nos deja intuir la pura verdad. Es ese minuto de 1986 en el que Os Resentidos de Antón Reixa cantan que en Galicia «Fai un sol de carallo». Ni que decir tiene que la canción se radió en todos los diales de España, y ese año se despacharon treinta mil copias del disco. Algunos al fin se rindieron a la evidencia.

Pese a todo, la idea de que en Galicia llovía caló. Casi nadie quiere la verdad en el desayuno. En los peores momentos del dogma, existieron hasta siete fábricas de paraguas en la comunidad. Es sabido que a veces, en el curso de una vida, solo tienes tiempo para las cosas inútiles, y nuestros emprendedores, vagamente erráticos, se lanzaron a invertir en un negocio que parecía próspero. Si llovía tanto, lo normal parecía protegerse mucho. Pero la realidad era otra. Después de todo, como advirtió Antonio Machado, la realidad también se inventa. Ineluctablemente, las fábricas fueron despareciendo una a una, como lágrimas en la lluvia. Y hoy solo queda en pie Paraguas Carballo, fundada en A Coruña, calle De la Torre, por un señor de Ourense. Allá por 1952. En realidad, trabajan con una idea de paraguas no tanto para el agua, como para la mode. Los fabrican con «un mango de madera noble, un varillaje bueno y resistente y una buena tela de poliamida». Es decir, un capricho de ciento veinte euros, que nadie echaría a perder abriendo bajo la lluvia. El género que despachan en Paraguas Carballo es «un complemento elegante, como lo puede ser un pañuelo de seda o un magnífico bolso de piel», admitía en una entrevista uno de los nietos del fundador. Creían en el paraguas como un adorno para los días en que la lluvia representa una vaga sospecha, nada más. Sería atroz echar a perder el complemento bajo un vulgar aguacero. En Galicia nos tomamos el paraguas como una bella ficción, sin más valor práctico que el monóculo. Hablando de monóculos, yo mismo tengo uno. Nunca lo uso para ver mejor, sino para parecer idiota y pretencioso ante ciertas visitas los domingos por la mañana.

Cosa distinta resultan las sombrillas. Son eminentemente prácticas. Todo gallego —así viva en un lugar remoto del interior— transporta una sombrilla en el coche. Sombrilla y papel higiénico. Por lo que pueda pasar. Paraguas Carballo las vende como si fuesen para comer. Se las quitan de las manos. Porque a la postre, como decimos, en Galicia tenemos sol y calor a raudales. No quiero resultar cargante con la estadística, pero es pertinente aclarar que solo en el último verano Ourense y Vigo alcanzaron sensaciones térmicas de cincuenta y cincuenta y dos grados centígrados respectivamente, según el departamento de Geografía de la Universidad de Santiago, que tomó como base la temperatura del aire, la humedad, la velocidad del viento, la radiación solar así como la bioclimatología humana y el índice de temperatura fisiológica equivalente. «Hablamos de una sensación equivalente a la de estar en el desierto del Sahara», expresó uno de los responsables del estudio. Eso es Galicia, un desierto con ríos y grifos, un lugar bello y absurdo, en el que Manuel Fraga inauguraba cascadas naturales.

En sus largos días sin lluvia, Galicia de vez en cuando se arroja a las llamas, al estilo de un mito griego. Es un impulso suicida, como esas personas que escuchan un pitido a todas horas en un oído que nadie más oye, y del que solo se libran arrojándose a las vías del tren. Cada verano, hartos de que no llueva, intentamos suicidarnos con un mechero. Entre los años 2001 y 2011, si en España se produjeron 187 239 incendios —perdón otra vez por la estadística— solo en Galicia se registraron 78 765. Es una forma de locura. A mí me recuerda a El extranjero, de Camus, donde nunca llueve y sus personajes vagan todo el tiempo bajo un sol tremendo. Me gusta creer que el protagonista no es Meursault, ni la ausencia de moral, sino el sol. Esa luz afilada, ese calor que suelta, y que persigue a Meursault desde que entierra a su madre hasta que, ya en la playa, todo su ser se tensa y su mano se crispa sobre el revólver. «El gatillo cedió —dice—, toqué el pulido vientre de la culata y fue así, con un ruido ensordecedor y seco, como todo empezó. Sacudí el sudor y el sol. Comprendí que había destruido el equilibrio del día».

Nuestro clima seco y benévolo moldeó nuestros hábitos, inevitablemente. Estamos en esa fase de la evolución en la que cultivamos kiwis neozelandeses. Me temo que ya solo los grandes ritos religiosos, como la eucaristía o el tute, se resisten a la intemperie. Será cuestión de tiempo que se rindan y salgan con las manos en alto. Ni siquiera el desnudo es algo que en Galicia tratemos en la intimidad. Nuestro nudismo es pionero y célebre, aprovechando el clima, precisamente. Empezamos a desnudarnos porque nuestro cuerpo reclamaba libertad, y porque no nos acatarrábamos. Nos desvestíamos acorralados por este calor perpetuo, asfixiante, a veces algo triste, y como quien se quita un peso de encima. De alguna manera, constituía un ritual para invocar a la lluvia. No somos muy distintos, por esa vía, de los cherokees o los zuñis.

Aún no había acabado la dictadura cuando nuestros nudistas ya se hacían detener en la playa de Barra, en Cangas. Después llegó el famoso episodio de 1983, en la playa de Baroña (Porto do Son), cuando un grupo de intelectuales y políticos se manifestaron en pelotas para reclamar su derecho al cuerismo y denunciar las primeras atrocidades urbanísticas en la costa. He ahí otra de nuestras actividades favoritas a campo abierto y seco: la destrucción del territorio y la corrupción. En el grupo había sociólogos, concejales, doctoras, filósofas, fotógrafos, historiadores. Cosecharon cierto éxito, incluyendo el calabozo. Uno de sus lemas era «Mente sana y no corrupta, en cuerpo sano, honrado, soleado y despelotado». En las fotos de esos días se les ve en cueros y con paraguas, para combatir la radiación solar, y acaso unas gotas rendidas a su invocación. Manuel Fraga llegó a dirigir a los nudistas el calificativo de «pendones», que delataba cariño y asco a la vez. Fraga. Precisamente Fraga. El Fraga cuya leyenda lo sitúa, en un día de calor espantoso, desnudo en una playa de Galicia, en compañía de Pío Cabanillas, cuando los dos eran todavía ministros de Franco. «Oye, Manolo, por qué no nos bañamos», le propuso Pío, desprejuiciado, en una de esas tardes vacías y solariegas en las que a veces cae un ministro. Ninguno llevaba bañador. Fraga no acababa de verlo claro. Pero su amigo lo convenció. Tenían ante sí un arenal solitario. Se bajaron del coche y se metieron desnudos en el agua. En ese momento, llegó a la playa un autocar con una excursión de alumnas de un colegio de monjas. Manuel Fraga fue el primero en salir despavorido, tapándose los huevos, con un instinto católico muy acentuado. Detrás, Pío Cabanillas le gritaba: «¡Manolo, la cara, la cara, los huevos no, la cara!».


Galicia, mundo y aparte (o por qué el PP arrasa)

Galician President and member of the People's Party (PP) Alberto Nunez Feijoo talks to reporters outside a polling station after voting in Galician regional elections in Vigo, northern Spain, September 25, 2016. REUTERS/Miguel VidalCODE: X01219
Fotografía: Cordon Press.

El lunes media Galicia se levantó de resaca, aun sin haber bebido una gota. Con la lengua hecha lija, los oídos pitando, la cabeza a reventar. De todo menos suave había sido la noche: el Partido Popular había goleado por enésima vez en unas elecciones gallegas, eso no era novedad, pero en esta oportunidad no solo se ofrecieron sesudos análisis desde los púlpitos mediáticos, sino que también hubo lapidación gratis en Twitter. O sea, que esa mitad de Galicia —la que no votó al PP—, además de perder, tuvo que comerse el improperio y la conmiseración ajena. Hubo un momento de la noche en que a algún iluminado se le ocurrió el hashtag #prayforgalicia, y no precisamente por los incendios o los trenes. Poco faltó para convocar una fila cero: «Tus amigos tuiteros no te olvidan».

Por resumir, que es lo que está de moda, el mensaje que recibieron fue: «Ya están otra vez los viejos paletos gallegos votando al PP». Quitando los dos epítetos, la sentencia está en lo correcto, pero antes siquiera de empezar a rascar habría que matizar dos cosas: una, que lo ocurrido en Galicia —la victoria repetida y continuada del PP— también sucede en las generales (cierto es, sin mayoría absoluta). Y dos, que no solo hay gaviotas en Galicia: sin dificultad vienen a la mente varias comunidades donde ya puede pasar Atila que ese resultado se repite sin remisión, eso sí, sin que nadie se rasgue las vestiduras por una desgracia provocada por la rústica senectud de sus votantes. ¿Qué pasaría si desde Santiago, por ejemplo, se empiezan a soltar lugares comunes sobre —es un decir— la política madrileña? ¿Qué ocurriría si redujésemos las últimas dos décadas —Gallardón, Aguirre, el tamayazo, Cifuentes— a dos frases sin más? Seguramente a alguien se le encendería la bombillita y diría: «Es que no se puede extrapolar». Pues esa es la base de todo. Y más, permítase, tratándose de Galicia: para no faltar a la puntualidad con el tópico, es un sitio distinto. O, mejor, un mundo aparte que conviene entender sin demora.

El lago azul

Los que tenemos de cuarenta años para abajo no hemos hecho otra cosa que ver ganar elecciones al PP (o predecesores). Y casi siempre por mayoría absoluta. Así que puede levantar la mano el que pensaba que esta vez sería distinto. Como mucho se discutía si serían más de cuarenta escaños o no (la mayoría absoluta son treinta y ocho). Porque esas cuestiones que se supondrían razones suficientes para un giro político (corrupción, precariedad, crisis, en definitiva) no suelen ser decisivas en Galicia: no somos un pueblo que se asuste por cosas que llevamos viendo toda la vida. Si se cambia el Gobierno es porque hay razones verdaderamente traumáticas pero, por lo visto, en Galicia ocurren con la misma frecuencia del cometa Halley.

En período electoral suele importar, más que el estado de la nación, el estado de la oposición. Y esta, aunque parezca increíble después de tanto tiempo calentando banquillo, estaba aún probándose el chándal. A saber: En Marea, una confluencia de partidos y agrupaciones de izquierda autóctonos acompañados, tras muchos vaivenes, por Podemos. Un PSOE penando cuitas internas, con un candidato ocupado, y con razón, en sacar palos de las ruedas. Y un Bloque Nacionalista Galego desplazado por la irrupción de En Marea. No debe de ser casual que la gran triunfadora opositora en la campaña y los debates haya sido precisamente la candidata del BNG, y su triunfo se tradujo en conservar grupo parlamentario a duras penas. Ah, y también estaba Ciudadanos, que en Galicia sigue rimando con marcianos.

Con semejante panorama, el PP se rechupeteaba antes de empezar a jugar, y en la campaña se floreó ante su entregada audiencia. Primero, el eslogan, un simple «En Galicia, sí». Luego, unos spots clásicos de corte navideño, alternado con modernidades como unos carteles con los colores de otros partidos. De postre, el sumun de una campaña: el primer día de la contienda se anunció —después de filtrarse convenientemente— que Alberto Núñez Feijóo, cincuenta y cinco años, iba a tener un hijo. En realidad, su pareja, de cincuenta y un años y ejecutiva de Inditex. En limpio: el candidato presidente da un hijo a Galicia —con la que dice «haberse casado»— y combate la baja natalidad que atenaza su futuro. Y lo hace con una triunfadora en la mayor empresa del país y de Europa. Superen eso.

Tras la campaña, los resultados: cuarenta y un escaños, los mismos que hace cuatro años. Extendido sobre una mesa, el mapa electoral de Galicia es hoy un inmenso lago azul moteado por nueve islotes rojos y uno morado, los únicos ayuntamientos de trescientos catorce que no ganó el PP. Nos dicen los medios que esa es la imagen que resume Galicia. Se repite el dibujo del derecho y del revés, sin contextualizar. Pero no se dice, por ejemplo, que el mapa siempre ha sido igual, incluso en 2005, cuando se quedó en la oposición. Cabría explicar que en las democracias parlamentarias no siempre gobierna el más votado. Pero el mensaje entra por los ojos, el cerebro compra y enseguida sobreviene el insulto, incluso desde dentro (ocurrió con un diputado de En Marea que enseguida se retractó). En un ámbito más doméstico, el discurso que se escucha no dista mucho de esta dramática escala: a) Nos lo merecemos, b) No tenemos remedio, c) Solución napalm. No se asusten, al oído foráneo los comentarios pueden parecerle exagerados, pero en Galicia eso se entiende como retranca, una mezcla de ironía con humor negro que casi siempre conlleva un mensaje de autoodio: nos va en la sangre. Quizás por ahí empiece a entenderse, yendo hacia atrás en el tiempo, qué diablos ocurre en Galicia.

La Galicia que no fue

Los gallegos que no votan al PP rumian, elección tras elección, el «por qué aquí no». Sería como la contraparte del «En Galicia sí» de la campaña del PP, y un capítulo más de La Galicia que no fue, una suerte de Arcadia perdida en algún lugar de la historia. Porque, poniendo el angular, en Galicia (casi) siempre han mandado los mismos: más o menos conservadores más o menos centralistas. Para el imaginario galleguista, todo se remonta a los Reyes Católicos, que resolvieron sus problemillas con parte de la nobleza local (sería, quizás también, la mitad) desplazándola por la castellana, así como centralizando la administración del Reino de Galicia. El cronista aragonés Jerónimo de Zurita lo intituló «doma». El político y escritor gallego Castelao le añadió, ya en el siglo XX, algo más gráfico: la «doma y castración» de Galicia.

Aunque discutido por algunos historiadores, aquel proceso se estudia en Galicia como punto de partida para los séculos escuros, del XVI al XVIII, solo aliviados con el Rexurdimento cultural del siglo XIX, y una sucesión de movimientos políticos (provincialismo, regionalismo, agrarismo) que culminaron, ya al inicio del XX, en el advenimiento del nacionalismo gallego, teorizado por Vicente Risco, que nunca dejó de separar su concepción política de la cultural (la mayoría de políticos eran, de hecho, intelectuales). Cuando parecía que la llama galleguista prendía, con presencia parlamentaria en Madrid durante la II República, La Galicia que no fue volvió a cobrar forma. En 1936 se elaboró el Estatuto de Autonomía, se plebiscitó y se llevó a Cortes para aprobarlo. Con un detalle macabro: era 15 de julio. Tres días después Francisco Franco se alzaba contra la República. Otros cuarenta años de oprobio, otra frase fatal: «A longa noite de pedra». Ojo: en Galicia, sin tejido industrial ni clase obrera, la guerra civil duró semanas; lo que duraron los fusilamientos y represalias a los cuadros republicanos y a los activistas anarquistas y nacionalistas que no consiguieron escapar. El resto, especialmente la clase intelectual y política, huyó al exilio, donde se encontró con la emigración, otro factor fundamental al que pronto llegaremos.

«Galego coma ti»

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Imagen cortesía de la Biblioteca de Comunicació i Hemeroteca General de la UAB.

El estatuto a medio aprobar de 1936 le permitió a Galicia cobrar estatus de «nacionalidad histórica» en la Constitución del 78. Dos años después, tras Cataluña y Euskadi (como siempre), se aprobó el estatuto vía referéndum, y luego se celebraron las primeras elecciones. Técnicamente, en ambos ganó la abstención: más de un 70% en el estatuto y un 55% en los comicios. Quizás eso también explique algunas cosas. Menos mal que en aquella época no había casas de apuestas. Porque, ya entonces, las elecciones gallegas se tomaron como termómetro de la política española, al ser las primeras tras el 23-F. Craso error. Contra todo pronóstico, ganó Alianza Popular —germen del PP—, la UCD fue la gran derrotada y el PSOE pasó sin pena ni gloria. Un año después, Felipe González arrasaba y se instalaba en Moncloa para los siguientes catorce años.

El desconcierto gallego, leído en clave de Madrid, no lo era tanto en Galicia: entre la descomposición de los que debían dar estabilidad —UCD— y la emergente fuerza del PSOE, Galicia prefirió la AP de Manuel Fraga, que desde Madrid saludaba radiante en los carteles electorales junto al candidato, Xerardo Fernández-Albor. El nacionalismo de izquierdas entraba en el parlamento, pero los diputados se negaron a jurar la Constitución española y fueron expulsados. Mientras, en Euskadi y Cataluña ya empezaba a gobernar el nacionalismo conservador. No es un detalle menor si queremos trazar un paralelismo que sería evidente en años posteriores: la derecha española era diferente en Galicia. Lo demuestra el demoledor eslogan de campaña: «Galego coma ti» (gallego como tú). Su creador, el expopular Xosé Luís Barreiro, sabía que esa frase contrastaba con la imagen de Fraga en Madrid, decididamente antiautonómico y ubicado en el centralismo más acérrimo. Pero ese acento galleguista —tímido y folclórico— los disparó en las urnas. Y hasta hoy.

En aquellos años no se creó un partido nacionalista moderado de peso, entre otras cosas porque los intelectuales galleguistas prefirieron integrar las filas del PSOE, e incluso de AP, antes que establecer una entidad propia. Y por ahí se quedó libre un espacio que fue hábilmente ocupado por AP, consciente de que había una mayoría conservadora y galleguista, igual que ocurría en Euskadi y Cataluña con el PNV y CIU. Tan lejos, tan cerca. En un alarde de contradicción, el galleguismo lo encarnó el partido más españolista, el más conectado con lo que quedaba del franquismo. Y aún fue más allá, cuando absorbió a la mayoría de un partido que intentó ocupar ese lugar en las elecciones siguientes. Se llamaba Coalición Galega y terminó dividiéndose, para ganancia popular. Tras un corto período de un tripartito de izquierdas y nacionalista, aupado por una moción de censura, se celebraron unas nuevas elecciones que lo cambiaron todo. Era 1989 y desembarcaba en Galicia el León de Vilalba.

Fraga y nada más

Fotografía Cordon Press.
Fotografía Cordon Press.

«O presidente para un gran pobo», rezaban los carteles, con Fraga silueteado, mirando hacia la derecha, sobre un bucólico fondo de ría. Así llegaba el exministro franquista, fundador de Alianza Popular y el Partido Popular, que sobrevivió políticamente haciendo en su tierra lo que no consiguió en Madrid: gobernar. En Galicia creó su pequeño país, más bien su land, pues a él le gustaba decir que era una Baviera en ciernes. Si acaso con un pelín menos de desarrollo. En cuanto se acomodó, soltó amarras en el partido en Madrid, dejando a Aznar al frente —«ni hay tutelas ni hay tu tía»— con un pequeño lío con el tesorero del partido, Naseiro. Déjà vu. A seiscientos kilómetros, mientras, el franquista se volvió galleguista, y como no podía ser de otra manera, quiso ser el número uno: reconoció el derecho de Galicia a ser libre, con su teoría —convertida en libro— de la «administración única». En ella abogaba, en un federalismo sui generis, por un autogobierno hasta el límite «para permitir la autoidentificación de la realidad histórica social y cultural». O sea, solo un paso antes que la autodeterminación. Lo diremos de nuevo: Fraga, se lo creyese o no, pedía por escrito más autogobierno de Galicia. Y con ello ganó elecciones hasta aburrirse.

En aquel 1989 ganó la absoluta por los pelos y con reticencias, con la inestimable ayuda del voto emigrante, por entonces poco o nada fiscalizado (ahí quedó, en el limbo, la historia de las sacas llegadas de Venezuela, vencido el plazo de recuento). En el 93 superó en cinco escaños la mayoría absoluta. Y en el 97 y el 2001 ya no bajó del 50% de los votos. En esos años se dio el primer sorpasso en la izquierda, al convertirse Bloque Nacionalista Galego en segunda fuerza. Ahí va otro toque diferenciador: con el voto al BNG, uno de cada cuatro gallegos pedía la autodeterminación, la independencia o incluso una república socialista independiente, según qué fracción del frente se tuviese en cuenta. El Bloque aglutinaba a todo el abanico ideológico nacionalista de izquierdas, de la socialdemocracia al marxismo, con organización bastante especial: en su comité nacional mandaba la UPG, autoidentificado como partido comunista gallego de liberación nacional, pero su portavoz y cara visible era Xosé Manuel Beiras, un intelectual más moderado, que sin embargo protagonizó encendidos debates con Fraga. El presidente de la Xunta cargaba las tintas contra la formación en cuanto podía. Se cuenta cómo en cierta ocasión en A Coruña tuvo un acceso de ira cuando desde el coche vio una pintada reivindicativa del independentismo a la izquierda del Bloque, que decía: «Galicia y Nagorno Karabaj, la misma lucha». Sus votantes le daban la razón, como si la hermandad caucásica formase parte del programa del BNG.

Fotografía: Merixo (CC).
Fotografía: Merixo (CC).

La izquierda galleguista, sin embargo, cobró más fuerza en la calle en 2002, el año del Prestige. La gestión del naufragio limó parte del voto al PP, aunque eso no se tradujo en un trasvase excesivo de votos en las elecciones municipales del año siguiente. Paradigmático fue el caso de Muxía, zona cero del desastre, y otros pueblos de la damnificada Costa da Morte, donde el PP repitió victoria sin resentirse en votos. El secreto estaba en el talonario: se repartieron indemnizaciones a diestro y siniestro, muchas en campaña electoral e incluso, como ocurrió en algunos concellos, se aprovechó para saldar cuentas pasadas de otro naufragio, el del Aegean Sea. La lluvia de millones del cacareado Plan Galicia no evitaron, sin embargo, el castigo en las urnas en las generales de 2004 y sobre todo en las gallegas de 2005. Definamos castigo: arrebatarle la mayoría absoluta al PP. Como decíamos arriba, solo ha ocurrido en circunstancias muy especiales. Y estas, con Fraga debilitado —ochenta y dos años— y el partido resquebrajado, lo eran.

Boinas vs. birretes

En Galicia la distancia entre la ciudad y el campo no se mide solo en kilómetros. Quedó demostrado en la lucha del poder en el PP de aquella época, acorde a la complejidad del partido. Aunque se tiñó de guerra de sucesión, en realidad fue una señal de los tiempos: a la siempre olvidada Galicia empezaban a llegar las autovías y algún que otro tramo de tren rápido, además de tres aeropuertos. Y a esa Galicia le correspondía, a juicio de Génova 13, una clase dirigente moderna, que el PP identificaba con cuadros muy diferentes a los que durante años habían mantenido el fuego vivo en las provincias del interior, Lugo y Ourense. Hasta entonces el PP (de Galicia, como se empeñaban ellos en diferenciar), había crecido y, sobre todo, se había mantenido gracias a Xosé Cuíña, José Luis Baltar y Francisco Cacharro, hombres fuertes de Pontevedra, Ourense y Lugo, que hacían política a la vieja usanza, exprimiendo el poder local hasta el límite, llegando a la última casa de la última aldea para ofrecer su ayuda a cambio, claro está, del voto.

En Galicia hay un gobierno, cuatro diputaciones y trescientos catorce ayuntamientos. Pero para entender los mecanismos de poder hay que coger el microscopio: primero está la aldea, luego el lugar, luego la parroquia y al final, solo al final, el concello. Qué lejos queda Santiago, cuánto más Madrid. Para entenderlo mejor, otro dato: en Galicia se ubican más de la mitad de los núcleos de población de toda España. De ahí se explica un localismo por veces feroz —pueblos vecinos rivales que en Galicia se tocan puerta con puerta—. Y ahí, en esa dispersión, quien maneja la llegada a cada nervio de cada rama del árbol, gana. No hace falta decir qué partido lo supo hacer mejor.

Hace un siglo, con el rural mucho más poblado, se confiaba en aquel que conseguía interceder ante las estructuras superiores para conseguir un beneficio para el pueblo. Ah, el caciquismo. Ni siquiera la tragedia franquista alteró apenas en lo micro la verdadera dinámica política de Galicia. Hoy se mantiene a pesar (o precisamente) por el despoblamiento de una sociedad que no ha avanzado en sus engranajes al mismo ritmo que el asfalto. El fenómeno del clientelismo político —caciquismo— no es nuevo ni es patrimonio gallego, pero aquí se ha redondeado una versión autóctona que le ha dado pingües beneficios políticos al partido en el poder.

En el caso de Baltar, por ejemplo, él nunca ha negado eso de ser cacique, pero, eso sí, «un cacique bueno». En Lugo ocurría algo parecido con Cacharro, si bien el corte del personaje era diferente. Y asimismo con Cuíña en el interior de Pontevedra, o fillo do muiñeiro que reinvidicaba el galleguismo del PP (de G) «al límite de la autodeterminación» y que cerraba los mítines con un verso de Ramón Cabanillas: «Galicia, Nai e Señora». Ante estos barones, aquellos otros políticos profesionales de corte moderno, estudiados y castellanohablantes, que habían pasado en algún momento por Madrid y que aspiraban a hacer buena letra para volver. No es de extrañar que hubiese encontronazos entre las boinas —los primeros— y los birretes —los segundos—, escenificados, por ejemplo, en el congreso en 1997, en el que Cuíña, entonces delfín de Fraga, mandó al poleiro, el gallinero, al ministro Mariano Rajoy y a Romay Beccaría. El segundo, en la sombra, tejió apoyos en Madrid y Santiago para ejercer como contrapeso a las boinas. Lo consiguió a partir de 2003, cuando después de caer Cuíña en desgracia, —precisamente por derivaciones del Prestige— pudo imponer a uno de sus pupilos, justo a tiempo, cuando se acercaba el ocaso de Fraga. Se llamaba Alberto Núñez Feijóo.

El poder de la Galicia exterior

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Fraga y Fidel sin embargo, 2012. Imagen: Bambú Producciones.

Cómo será Galicia de singular que su bandera e himno se utilizaron por primera vez a miles de kilómetros, en América. Cómo será de singular que, estando en Europa, el desafío no es tanto integrar a los que vienen de fuera (son pocos y no hay noticias de veleidades xenófobas), sino lidiar con el legado de los muchos que se fueron. La emigración es un hecho diferenciador de Galicia y ha condicionado su devenir. Quien lo vio rapidito, cómo no, fue Fraga: él mismo emigró de niño a Cuba y eso le sirvió, en un alarde de timing político, para irse a La Habana un buen día de 1991, ponerse la guayabera y abrazar al jefe de Estado cubano, un señor de barba al que reconoció, antes que nada, como gallego. A Fidel Castro, que le dispensó tratamiento de jefe de Estado, le hizo una queimada en la noche tropical y lo invitó a visitar Láncara, el pueblo de su padre, en Lugo. Al año siguiente, después de la consiguiente visita a la aldea, se fueron a jugar al dominó y degustar un orujo. Petardearon los flashes para una foto a la que no le hacía falta pie: para el paisano que vio la imagen —en todos los periódicos, en la omnipresente Televisión de Galicia— aquellos dos eran solo dos viejos gallegos, quíteme allá esas ideologías.

Todo gallego tiene un pariente en la emigración y por eso la pregunta —más bien el lamento— siempre vuelve: por qué no se ha capitalizado, por qué no tiene la fuerza de lobby que tienen otros pueblos cuya diáspora, como la gallega, ayudaron a construir América: italianos, judíos, armenios, libaneses. La explicación puede estar en la recreación de otra estructura sociopolítica en Galicia, un localismo de ultramar. En cierto modo, provocado por lo mismo que les permitió marcharse. Sostienen varios historiadores, con toda lógica, que en el minifundismo se encuentra una de las explicaciones de la emigración. Al contrario que otros pueblos agrarios de jornaleros y latifundistas, en Galicia todo el mundo era propietario de un trocito de tierra. Y, si hacía falta, se vendía para salir pitando en el primer barco.

Solo en Buenos Aires, hasta hace no mucho la ciudad más grande de Galicia, existen no uno, dos ni cinco, sino más de cuarenta centros gallegos. Cada uno con nombres ya no de ayuntamientos o comarcas, sino incluso de parroquias, hoy con casi toda su población desperdigada por la Quinta Provincia. En 1985 a toda esa gente se le dio el derecho de votar por su circunscripción de origen (incluso a fallecidos a los que llegaba la documentación electoral, hasta que se depuró el censo). Cuando se sumaron todos los censados gallegos en el exterior, una luz se encendió en los partidos: conforman cerca del 15%. Y allí acudieron raudos por tanto a buscar el voto.

Hasta la reforma del voto en 2011, bastaba con fotocopiar el pasaporte, meter la papeleta en un sobre que llegaba a casa y enviarla por correo. Rápido se propagaron las suspicacias de quién votaba a quién, especialmente cuando se verificaba un excesivo número de votantes centenarios, por ejemplo. Ante los aplastantes resultados a favor del PP, la oposición reclamó el voto en urna, para que tuviera más fiscalización. Las acusaciones de pucherazo, sin embargo, se combinaban con mítines multitudinarios, también de la oposición, en los grandes centros migratorios gallegos: Buenos Aires, Montevideo, Caracas. En los años del fraguismo y su continuación las campañas se volvieron mucho más animadas que en Galicia: había pegada de carteles, cruce de acusaciones entre las delegaciones locales y piques a ver quién llenaba más los centros gallegos, no siempre con prácticas exquisitas («habrá cena gratis después del acto»). Algunos aseguran haber visto fotocopiadoras echando humo. A los que nos tocó cubrir durante años aquellos actos no se nos borra de la cabeza el fervor de las señoras que se echaban encima del candidato de turno. Durante mucho tiempo se llamó Fraga. Después el viento roló: el PSOE puso dinero en nuevas sedes y avivó un bipartidismo que no existía en la Galicia interior, también porque en la diáspora el nacionalismo siempre fue más activo en militancia que en resultados.

La emigración es conservadora en sentido estricto: vota mayoritariamente a quien esté en el poder en Madrid, lo que también habla de los flujos de información. Los hilos culturales y mediáticos entre la Galicia interior y la exterior no se trabajan, folclorismos al margen. Y eso le ha supuesto, incluso, disgustos al propio Feijóo, que perdió en el exterior en sus primeras elecciones, porque el PSOE gobernaba en Madrid y en Santiago, y no tocaba PP, según las cuentas. Hoy el censo de «residentes ausentes», esa gran expresión, sigue creciendo —se suman segundas y terceras generaciones— pero ya no es lo que era. Desde la reforma de 2011 el voto es rogado, o sea, hay que solicitar el voto siguiendo un proceso de varios pasos en el consulado, por lo que automáticamente la participación se ha vuelto marginal, para escarnio de los emigrantes de la última oleada. Ahora ocurre lo contrario. Incluso se ha dado el caso de que las papeletas no lleguen a pesar de haber rogado el voto en tiempo y forma. Lo atestigua el que escribe estas líneas desde Río de Janeiro, por cierto otro planeta de la Galicia exterior.

La lengua como arma arrojadiza

Socialist Party (PSdeG-PSOE) leader Emilio Perez Tourino (L) talks to Nationalist Party (BNG) leader Anxo Quintana before their private meeting in Santiago de Compostela, northern Spain, June 30, 2005. REUTERS/Miguel Vidal
Emilio Perez Tourino y Anxo Quintana. Fotografía: Cordon Press.

Mitos al margen, la identidad gallega se cohesiona principalmente alrededor de la cultura y especialmente la lengua, reivindicada como arma para supervivencia del pueblo. No quiere decir esto que solo los nacionalistas hablen gallego y los no nacionalistas solo castellano. De hecho, a pesar de la reducción sufrida en las últimos décadas, sigue siendo el idioma vehicular de más de la mitad de la población, principalmente en el rural, lo que nos viene a traer algo lógico: la mayoría de los votantes del PP son galegofalantes de cuna. Sucede al contrario en las ciudades, donde el nacionalismo y los partidos de izquierda tienen mayor predicamento, pero donde el castellano manda. Los jóvenes urbanos que hablan gallego lo han incorporado aprendiéndolo a lo largo de su vida: son los neofalantes. En las ciudades gallegas se dan circunstancias curiosas. Puede ocurrir que en un bar frecuentado por simpatizantes de la izquierda nacionalista se vean grupos de amigos hablando castellano entre ellos, pero dirigiéndose en gallego a sus hijos, exactamente lo contrario a lo que sucedió durante décadas, en las que la migración interior llenó los ensanches de las ciudades de matrimonios de aldea —galegofalantes— que fueron teniendo hijos a los que hablaban castellano.

Todo esto viene al caso, precisamente, porque en Galicia se vive una diglosia rampante, y aunque la lengua autóctona conviva pacíficamente con el castellano puertas adentro, su uso se ha visto reducido a depende qué ámbitos. Y a pesar de eso, el gallego ha sido usada como arma política… por el PP. Ocurrió especialmente desde 2009, en el estreno de Feijóo. En su campaña, el popular insufló el temor al votante urbano de que el Gobierno bipartito, en el poder desde 2005, quería poco menos que prohibir el castellano. Cabe recordar que la ley de normalización lingüística se aprobó en épocas de Alianza Popular porque se estimaba que el idioma era un patrimonio demasiado valioso como para no cuidarlo ante otra lengua dominante. Pero el mensaje de Feijóo caló: el PP cosechó un espectacular resultado en las ciudades.

No fue capital, pero abultó el resultado tras una campaña mucho más virulenta de lo habitual, en la que Feijóo denunciaba el «despilfarro» de los coches oficiales o los muebles del despacho del presidente, Emilio Pérez Touriño. Cámbieme unos audis que pongo unos citroën y asunto solucionado. Y arrasó. Habían pasado cuatro años, es cierto, en los que el bipartito no había tenido una convivencia pacífica. Los desencuentros le dieron gasolina al PP para apelar a un mensaje que se repite hasta hoy: con nosotros, estabilidad. Con ellos, el caos.

Conclusión: mayoría absoluta.

Para rematar, algunos medios le echaron el cable que le faltaba. El mayor periódico de Galicia publicó, poco antes de las elecciones, una foto del vicepresidente, Anxo Quintana, del BNG, en un yate con un constructor que había sido uno de los adjudicatarios del concurso eólico de la Xunta. Feijóo salió enseguida a pedir explicaciones y pidió la dimisión de Quintana, por «mezclar la política con los negocios». Quién le iba a decir lo que se destaparía años después en otras fotografías de yates.

El transformer

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Captura de la portada de El País.

Teníamos entonces a un joven veterano político de cuarenta y siete años que creció al amparo de Romay Beccaría y que se presentaba como representante del nuevo PP urbano, pese a haber nacido en un pequeño pueblo del centro de Galicia. Primero en la consellería de Sanidad, como secretario general de su jefe y mentor, Romay Beccaría, y luego, en Madrid, en el Insalud y en Correos. Estaba listo para la vuelta a Galicia, con un espíritu renovador que nada tenía que ver con la vieja política del PP gallego, o así lo presentaban. Ocho años después, Feijóo festeja su tercera mayoría absoluta, pero su imagen es otra: al birrete le ha limado las puntas y le ha puesto un rabito encima, tanto que parece una boina, en un eterno retorno siempre ganador, aunque existan escándalos de corrupción flagrantes que, como se ha visto, poco importan al fiel electorado. El Feijóo de aldea es la última jugada de una campaña, la de 2016, más personal que electoral, y no solo por el bebé. Dicen, analizan, sentencian —eso da para otro texto— que ya está todo preparado para que dé el salto a Madrid. Pero tiene alguna cuenta pendiente.

Al presidente gallego le persigue desde hace años la archifamosa foto de la cremita en el yate del contrabandista y narcotraficante Marcial Dorado, cuya amistad cultivó mientras él era número dos de Sanidad en Galicia, en los noventa. Las redes poselectorales se incendiaron (de tanto fuego, más que redes parecen la sede del PSOE) también por eso. ¿Cómo era posible que, además de todo, los gallegos votasen al amigo de un narco?

Y entonces hacemos como acto de contrición una recopilación de anomalías con las que crecimos: en Galicia se acodaba uno en la barra y pedía las copas de ron Cacique aplicándole el apellido del político de turno, se acompañaban con Winston de batea y se veían en televisión, entre chistes, las operaciones policiales en las que se detenían a señores de camisa raída y cara triste entre cajas de tabaco primero, fardos bien apiladitos después. Y se miraba para otro lado, incluso cuando se sabía que la clase política estaba relacionada con todo aquello y se iba de rositas. Decían algunos, formaba parte de nuestro folclore. No es lícito, pero son nuestros. Y así pasan los años y las décadas. Con diálogos inefables como este, escuchado en pleno Buenos Aires, entre gallegos llegados medio siglo atrás desde la misma aldea. Al encontrarse en una fiesta le decía uno al otro:

—E ti, a quen vas votar?

—Eu? Aos nosos. E ti?

—Tamén.

Más claro que el agua del Miño.


El mensajero

Foto: Jon S. (CC)
Foto: Jon S. (CC)

Como consecuencia de la publicación de unos mensajes privados intercambiados, al parecer, entre los reyes de España y Javier López Madrid, investigado por el uso de tarjetas black de Cajamadrid y relacionado con presuntas donaciones ilícitas al PP, se ha vuelto a plantear la eterna discusión sobre la privacidad y la publicación de ciertas informaciones y documentos en prensa. Para que no se me acuse de no dar mi opinión sobre el caso concreto, sostengo que esa publicación, al margen del posible origen delictivo de los datos, carece de relevancia pública: lo que opine la reina en una conversación privada sobre un medio no es relevante y el apoyo, también privado, a un amigo en problemas (con independencia de que se tenga o no merecidos esos problemas), es una reacción absolutamente humana. Tan humana que es la más habitual, incluso cuando se trata de delitos especialmente repulsivos. La mayoría de las personas, cuando se enteran de que un hijo, un cónyuge, un hermano o un amigo ha sido detenido por asesinato o violación, por ejemplo, suelen reaccionar dando su apoyo a aquel con el que tienen un vínculo. Esto no les convierte en cómplices, ni implica que justifiquen o secunden el crimen.

¿Queremos que los cargos públicos sean ocupados por robots, por tarados emocionales? ¿Queremos que sus emociones difieran tanto de las nuestras que construyan desde la adolescencia una biografía diseñada para recibir un escrutinio público completo? No estoy hablando de «perdonar» cualquier cosa o de justificar cualquier transformación. Estoy hablando de distinguir entre lo que hacemos y escribimos para el «público» y nuestro comportamiento informal, en un ámbito privado, siempre cargado de una información intransmitible, repleta de contexto y de signos que los demás son incapaces de comprender.

En resumen, de haber un error en esos mensajes, se limitaría a una cierta falta de prudencia. Ahora bien, un mensaje privado no es un mensaje en Twitter o un texto que publico en Facebook. No va destinado a todos.

Como de costumbre he terminado explayándome demasiado sobre una cuestión previa, cuando el tema que debería ocuparme en este artículo no es el de esa noticia concreta, que simplemente reproduce un mal absolutamente generalizado. Lo que quiero defender y explicar es que la prensa española (hablo de la española porque es la que conozco) está corrompida y deberíamos empezar a pensar en cómo resolverlo, ya que sin una prensa fuerte y libre es imposible la democracia. Este es un buen momento, ahora que la regeneración de la vida pública aparece, al menos formalmente, en la agenda.

Sé que alguien, relacionado con algún medio digital o un periódico local dirá, tras leer este artículo, «eh, no generalice, nosotros no estamos corrompidos». Asumo que puede haber contraejemplos, pero la tesis que defiendo es que las prácticas a las que me referiré están generalizadas en la mayoría de los medios y especialmente incluyo a los más importantes. Si no es su caso, estimado director de diarios, no se dé por aludido.

Desde hace décadas asistimos al espectáculo de que expedientes secretos aparezcan en los medios. En principio, secretos lo son todos (al menos hasta un determinado momento). Algunos no solo son secretos para el público en general, sino que incluso lo son para las partes. Esos sumarios declarados secretos aparecen, sin embargo, en los periódicos y se llega a la aberrante situación de que se pregunte a un investigado —o se le reclamen responsabilidades— sobre algo a lo que no tiene acceso su propio abogado. La prensa se convierte en una especie de juez omnímodo, que decide qué parte de ese sumario secreto publica, sin garantía de integridad, troceando la información y castigando a la persona afectada a responder a acusaciones que no conoce. No es El proceso de Kafka, es una práctica habitual en este enajenado país nuestro.

También asistimos a filtraciones de supuestas investigaciones policiales. Hemos visto en periódicos de todo signo extractos de «informes» de unidades policiales sobre supuestas investigaciones a personas relevantes por la comisión de gravísimos delitos. Luego nos enteramos de que esos informes —que nunca deberían ser públicos, aunque fuesen ciertos, pues una investigación tiene que terminar o archivada o en manos de un juez— son auténticos fantasmas administrativos. Las informaciones se llenan de insinuaciones, de medias verdades, en el mejor de los casos, a menudo de interpretaciones jurídicamente espurias. Los medios que las publican se remiten a sus «fuentes», que frecuentemente carecen de nombre y apellidos. Son «fuentes conocedoras del caso», «fuentes cercanas a la investigación» o «personas del entorno». No hay forma de controlar no la veracidad de las informaciones, sino —y esto es esencial— su integridad.

Si la información que adopta esos moldes es relevante, al menos nos consolamos. A menudo, sin embargo, es absolutamente irrelevante. Recuerden esos correos electrónicos de Iñaki Urdangarin en los que hacía bromas sexuales, por ejemplo. Es lógico que los medios sucumban al amarillismo: la impunidad es tan grande que la falta de relevancia pública, en el sentido noble de la palabra, ha dejado de ser un freno. Lo que vende, lo que te da influencia, lo que daña al enemigo político, se utilizará. Da igual que se saque de contexto o que se extraiga de un ámbito privado.

Tradicionalmente se decía que, en España, la mentira de los políticos no estaba castigada electoralmente, y era —vean que naíf soy que uso el pasado— verdad. En España, la manipulación de la prensa tampoco está castigada socialmente.

Todo esto, que es malo, no es lo peor. La verdadera corrupción de la prensa se produce en otro lugar tan negro como las tarjetas black, en el que nunca ponen su foco y su lupa. En España, la auténtica investigación periodística es irrelevante. Algo como lo que muestra la película Spotlight es impensable en nuestro país. No solo por los medios utilizados, y el tiempo y la intensidad invertidos, sino también por las consecuencias para el propio medio, en una ciudad, Boston, mayoritariamente católica.

La mayoría de las exclusivas, en España, son producto de una filtración interesada. Los medios y los periodistas siempre se justifican diciendo que, no por el hecho de que alguien filtre algo con la intención de sacar un beneficio, van a dejar de publicarlo si es importante y si es cierto. Yo les daría la razón si no fuera porque esa práctica casi siempre corrupta —la del que filtra información reservada, protegida legalmente— fuese también objeto de sus informaciones. Sin embargo, eso casi nunca sucede. Yo, como abogado, no puedo contar lo que me confiesa un criminal para el que trabajo. Eso no me convierte en criminal. Sin embargo, si soy testigo de un crimen, mi obligación es denunciarlo y testificar. En el caso de la prensa, esto se agrava por una razón muy sencilla: la prensa se dedica precisamente a esto, a publicar información cierta y relevante que tenga interés público. ¿No lo es la corrupción de los que hacen mal uso de la información, que deberían proteger, con la intención de dañar a alguien o sacar un provecho, del tipo que sea? Comprendo que el medio que publica la información proteja su fuente, pero ¿y los demás?

Si la policía, para obtener alijos de droga, pacta la impunidad con una organización mafiosa a cambio de información sobre otras organizaciones mafiosas, decimos que esa policía es una policía corrupta. Si los dirigentes y afiliados de un partido político pactan tratos de favor con empresarios a cambio de dinero para su partido, por mucho que ese dinero, en la mente del militante sirva para un bien superior —él cree que el ideario de su partido lo representa—, los demás decimos que eso es corrupción. En uno y otro caso hablamos de corrupción porque la impunidad, aunque se localice, no solo es mala por sí misma, sino que lo es porque la impunidad genera más crimen. El policía que empezó haciendo la vista gorda —y esto está mal— termina sacando tajada de la droga, y el político que se corrompía para su partido —y esto está mal— termina llevándose una parte a Suiza, a una cuenta personal. Esa derivación no solo está mal: está peor.

Los medios se nutren de informaciones interesadas, muchas veces obtenidas por sus fuentes mediante la comisión de delitos. Esas informaciones, lastradas por su origen, suelen estar amputadas. Y no solo es que el trato de favor sea no perjudicar al que filtra la noticia —el corrupto es «nuestro hijoputa»— sino que, como ese procedimiento favorece a todos los medios y todos tienen su particulares «hijoputas», no se pisan la manguera entre ellos. Se hacen protestas de indignación, todo lo más. Se dice «hay que hacer algo». Sin embargo, esta corrupción que beneficia a la prensa nunca es investigada por la prensa. Y esto puede terminar dando lugar a que el periodista o el medio terminen sacando tajada, sobornando al que puede resultar perjudicado con una publicación o incluso convirtiéndolos en actores en la sombra en la lucha por el poder. El hecho de que sean correas de transmisión de intereses inconfesables no es neutro. Puede que el medio pase de no preguntar por las fuentes corruptas de los demás a escoger entre lo que publica o no, según reciba favores del poder político o a cambio de simple influencia pervirtiendo, aún más, el proceso democrático.

El peligro de visitar tanto esa charca es que termines mudándote allí. Yo creo que la prensa española vive en la charca tan feliz.

Los partidos políticos nunca quisieron regenerarse. Cada vez que se aprobaba una ley de financiación de los partidos políticos, se aprobaba por unanimidad. Este escándalo, que no ha evitado la escalada de corrupción, se explica precisamente por el interés de los partidos en mantener habitaciones oscuras.

Lo mismo sucede con la prensa. La prensa española está corrompida por estas prácticas que describo, pero no tiene ningún interés en cambiar las cosas. Su propia crisis, y la carencia de medios para hacer su trabajo bien, les impide optar por una alternativa decente. Viven de vender información y al depender de tal manera de sus fuentes interesadas terminan pervirtiendo su finalidad original.

La particularidad de la prensa es que se presenta, en su condición de vocera de los programas de regeneración, como adalid y punta de lanza de la ética pública. Por eso es tan habitual leer en los medios enfáticos mensajes morales sobre lo malos y corruptos que son los demás.

Quizás haya que empezar a poner en primera línea de preocupaciones la preocupación por la corrupción del mensajero.


Ferran Torrent: «Escribir, como leer, es un estado de ánimo»

Ferran Torrent para JD 0

Ferran Torrent (Sedaví, Valencia, 1951) es uno de los novelistas en lengua catalana más leídos y el escritor valenciano de mayor prestigio. Personaje mediático, periodista y referencia lingüística, ha estado presente con gran éxito en el panorama literario desde la publicación de la novela No emprenyeu el comissari (No me vacilen al comisario). Gràcies per la propina (Gracias por la propina) fuea galardonada con el premio Sant Jordi en 1994, y La vida en l’abisme (La vida en el abismo) quedó finalista del premio Planeta en 2004. Novela a novela, Torrent ha construido un mundo de ficción que representa una estampa de la ciudad de Valencia si no real, muy creíble. Con un uso del lenguaje ágil, rico en expresiones populares y neologismos, moderno en la adjetivación y con gracia en los diálogos, su éxito representa la culminación de la normalización lingüística en el País Valenciano.

Nos citamos con él en el restaurante Carmina, en El Saler. Viene de rodar para televisión. Mientras comemos un fantástico arroz, charlamos sobre literatura, lengua, política, corrupción y juego. Después vuelve a su casa en Sedaví, a seguir escribiendo la segunda parte de su última novela, Un dinar un dia qualsevol, que ya va por la quinta edición.

Ferran, ¿debería la Guardia Civil disolver la Academia Valenciana de la Lengua?

Es una declaración que hice en el Diario de Levante, si mal no recuerdo. Fue una coña sobre la Academia, y supongo que lo dije porque a veces te hacen una entrevista y dices: «Bueno, voy a armarla». Entonces hice esa declaración, pero la verdad es que no tengo ningún problema con la Academia ni con los académicos.

Lo que te parecía mal eran los sobresueldos que se habían puesto en época de crisis.

Eso sí. Siempre. ¿Sabes por qué? Porque tengo treinta y seis años cotizados, once como trabajador y veinticinco como autónomo; no he pedido nunca una subvención y me jode mucho la gente que vive de la subvención. No quiero decir la gente dependiente, ¿eh? Entiéndeme. Gente de la cultura. Yo creo que la cultura debe estar subvencionada en el cine, en el teatro… porque tienen una infraestructura difícil de mantener. Pero si eres escritor y tienes un trabajo, los sábados y los domingos escribes.

En el mundo de las letras empezaste como periodista trabajando en la revista El Temps. Te encargabas de los reportajes e investigaciones más oscuras, ¿te dieron estas el marco contextual de tu primera etapa como novelista del género negro?

Sí. Recuerdo dos anécdotas. Quien se encargó de la prostitución de menores en el año 86 fui yo, y tuve la suerte de contactar con un abogado que tenía el sumario. Leí el sumario y me impresionó mucho. De ahí salió Un negre amb un saxo. Y el primero que entrevistó a Terra Lliure fui yo, pero después El Temps no quiso publicarlo, porque lógicamente era una entrevista delictiva. Fui con Jesús Ciscar, que era fotógrafo de El País. Nos convocaron en Perpinyà. A mí primero me convocaron en Andorra, y después fuimos a Perpinyà. Allí nos pusieron unas gafas oscuras y entrevisté a tres. Uno de ellos era mujer, evidentemente por la voz lo pude saber. Nunca supe quiénes eran, y después la entrevista no se publicó.

¿Ellos iban con capucha?

Sí, ellos con la capucha, en un chalet de Perpinyà, en las afueras. Llevábamos gafas oscuras, no sabía dónde me llevaban.

¿La tienes?

No. Quien tiene las fotografías es Jesús Ciscar. Ahora está retirado, entonces era fotoperiodista de El País. Yo tuve un contacto para entrevistar y lo aproveché porque a mí siempre me ha interesado este tipo de reportaje. Estuve a punto de entrevistar a Peixoto, el recaudador de ETA. Fui al País Vasco y llegué hasta Idígoras, pero de ahí ya no pude pasar. Me interesaba lo prohibido, era lo que realmente tenía atractivo para mí.

Como periodista, ¿qué te parece la entrevista de Sean Penn al Chapo? 

Tengo noticia de ello, pero no la he leído. Me parece sensacional. Yo lo hubiera hecho. Y tanto. Y a Bin Laden, y a quien fuera. Siempre que hay un tipo de entrevista así, evidentemente hay una negociación previa. Debe haber unos límites, pero no unas obligaciones. No puedo decir dónde estás, pero tú no me puedes decir qué preguntas tengo que hacer. Esos serían los únicos límites que pondría. Me comprometo a que si la policía me pregunta, no diré nada sobre ti, pero tú no me vas a marcar las preguntas. Las que no quieras, no las respondas.

Has dicho alguna vez que antes que escritor eres novelista. Decía García Márquez que un buen periodista puede ser escritor pero un buen escritor no puede ser buen periodista.

No. No tiene razón en eso. Cuando yo decía que antes que escritor soy novelista era porque no me creía capacitado para hacer de todo. Solo para hacer novela, pero no artículos, por ejemplo; sí para escribir reportaje, porque me interesa mucho, porque está muy unido a la literatura. Sobre todo porque el reportaje siempre tiene algo de vital, y mi literatura es muy vitalista. Me siento muy unido al reportaje. No estoy de acuerdo con la afirmación de García Márquez.

Dices que en la novela negra ya no se puede ser original, que es suficiente con ser entretenido. ¿Llegar a esa conclusión es lo que te hizo cambiar de registro como novelista?

Cambié por una razón: pensé que o cambias tú, o te cambia el público, es decir, te deja. Más vale que cambie yo a mi público. Y además por apostar. Soy un tío muy inquieto y prefiero equivocarme a quedarme quieto. Prefiero el fracaso a no experimentar. Siempre pienso que mi vida no puede ser rutinaria. Aunque hay rutinas que me gustan y las conservo, llega un momento en que me aburro. Antes de aburrirme, tengo que cambiar; porque si me aburro seguro que hago alguna barbaridad. Por desesperación. Antes de hacer el cambio, por ejemplo, a Gracias por la propina, hay cambio de registro. Antes de hacerlo, hay dos novelas. Esas dos novelas son de transición. Preparando el cambio.

Ferran Torrent para JD 1

¿Cuándo supiste que querías dedicarte a escribir ficción? ¿Qué te llevó a ello?

Cuando era adolescente, a los quince años. En la plaza del pueblo yo era el que entretenía a la gente contando historias. ¡Joder, era un plomo! Pero en ese momento no sabes que vas a ser escritor. No creo que ser escritor sea una cosa que tú proyectas en esta vida. Te viene. Vas haciendo pruebas. Yo hice un relato corto: El caso de la muñeca hinchable, creo que se llamaba, o algo así. En catalán: El cas de la nina inflable. Y entonces me dieron un accésit y a partir de ahí… No es como cuando de pequeño dices: quiero ser futbolista y acabas siendo minero.

Podrías ser camarero, ¿no?

Eso es una broma que hice. A mí siempre me han gustado los camareros porque me parecían como un símil de novelista. Me llamas, te sirvo, te cuento una historia, te cobro. Es como el novelista. Pero camarero es bastante duro.

Te consideras un narrador hiperrealista. ¿Usas la ficción para evitar querellas? ¿Estás más cerca de Patricia Highsmith o de Truman Capote?

No, no por evitar querellas. Al menos cuando en una novela cuento la realidad valenciana, no lo hago por evitar una querella. Lo hago porque creo que es una forma magnífica de poder contar la realidad de mi tiempo. En cuanto a Highsmith o Capote… me gustan mucho los dos. No me importaría estar cerca de uno o de otro, no tengo ningún problema porque son dos escritores a los que admiro.

Hay gente que estudia tu obra y la divide en dos etapas. ¿Estás de acuerdo con esta división? 

No, yo creo que la primera inflexión es Gracias por la propina, y la segunda es Societat Limitada (Sociedad Limitada). La primera etapa es hasta Gracias por la propina, a partir de ahí es la segunda y a partir de Sociedad Limitada es la tercera. La gente que hace tesis sobre ti saca conclusiones que tú no tenías previstas, y es porque el subconsciente también trabaja. Creo que son tres etapas, pero la primera es más homogénea, y las dos siguientes son más heterogéneas. Después viene el crítico y dice que has hecho esto y… tienes que aceptarlo, no hay ningún problema. A mí me da igual. Como si quieren decir que tengo cinco etapas. Pues cinco. Lo que tengo claro es que quiero construir una obra, es lo más consciente que he hecho. Lo otro… hay muchas cosas que son inconscientes, salen solas y después el crítico o el estudioso te las saca. Pero consciente, no: yo lo que quiero construir es una obra de mi tiempo, de Valencia, de mi sociedad. Eso lo tengo claro. Y después con tres o cuatro ingredientes que casi siempre se repiten: un outsider, lo que es legal y lo que es moral.

Es curioso cómo Un dinar un dia qualsevol arranca en Mestalla, como si el fútbol fuera el motor que impulsa la sociedad.

Sí. Antes de responder esta pregunta te cuento cómo nació esta novela, porque es bastante curioso. Se publicó el año pasado. Hace un par de años, yo llevaba tres sin publicar ninguna novela y vino el director general de la división de catalán de Planeta a hablar conmigo, a ver qué coño estaba pasando aquí: tienes un contrato, no lo estás cumpliendo. El restaurante Carmina estaba cerrado y quedamos en un bar, en una calle paralela a esta, que se come muy buen pescado. Entonces viene el tío de Barcelona, muy amable, me invita a comer, un buen vino… Y yo pensaba: pobre tío, se va a ir sin nada, porque no tengo nada. Era Emili Rosales. Entonces llega un momento y dice: «¿Cómo llevas la novela?, ¿estás escribiendo algo?». Y le digo: «Sí, tengo una historia con cincuenta hojas, ya está en marcha». Eso era en abril. Él decía que se alegraba, que cómo no le había dicho nada, y yo… «Pues porque quería darte un sorpresón». ¡No tenía nada! Absolutamente nada. Tenía una idea vaga de lo que quería hacer, pero nada más. Entonces, llego a casa y me digo: «Pero qué insensato soy. Cómo he sido tan insensato de engañar a mi editor. ¿Ahora qué hago?». Y él me dijo: «¿Cuándo lo tendrás?» Y yo dije que en octubre estaría terminado, «porque claro, con la marcha que llevo… claro, con cincuenta hojas». «Así la ponemos para Sant Jordi de 2015». Y yo: «Seguro, seguro». Y llego a casa y tenía el personaje, y tenía sobre todo lo que siempre tengo para hacer una novela: la filosofía. Es decir: por qué quiero hacer esa novela (que es lo que siempre me planteo). Es la primera vez que he empezado una novela sin tener nada de argumento. Nada. Me pongo al día siguiente a escribir. Esa noche el Sevilla juega en Valencia, y está ganando el Valencia 1-0, y en el último minuto, en la prórroga, marca el Sevilla. Y entonces me voy a los telepredicadores, que a mí me interesan mucho, y me digo: «Así voy a empezar la novela». Ya veremos qué va a pasar.

Es un texto que finalmente tiene trescientas hojas, exactas, y yo tenía doscientas cincuenta y no sabía aún cómo coño iba a acabar la historia. Era muy periodística, en el sentido de que cada día yo hacía un reportaje en la novela. Cada día, ¿eh? Y es la primera novela que he escrito que me ha hecho replantearme el hecho de escribir novela. De hoy en adelante quizá voy a hacer como en Casablanca, que no tenían guion. Por ejemplo, quiero hacer la segunda parte. ¿Por qué la quiero hacer? Porque yo quiero explicar el segundo sistema, cómo la gente vive en un sistema B, pero no en el de Bárcenas sino en el otro: que hay un 20% de la economía española en el sistema B. Gente que no es antisistema, sino que se nutre del sistema para fabricar otro sistema. Y eso a mí me interesa mucho, porque lo conozco bastante bien y quiero contar esa forma de vida. Vale: pues ya tengo la filosofía, el porqué.

Y el final…

Es un final metaliterario. Ya lo hice en Bulevard dels francesos. Lo que hice entonces es narrarlo en tercera persona, y una parte en primera persona. Entonces lo que hice es coger dos personajes de la tercera persona para que narren en primera y completen lo que no ha dicho el narrador en tercera. Esto es lo que hago. La última novela tiene dos finales. Yo sabía que faltaba algo, y es ahí donde juega el subconsciente. Yo iba en el tren, a comer con Ferran Montesa, director de Le Monde Diplomatique. En verano quedábamos casi todos los días, y le pegaba unas palizas al pobre… Porque yo cuando empiezo una novela me obsesiono absolutamente, no existe otra cosa. Yo decía: «Falta algo». Y me respondía: «Déjame ya, vamos a hablar de política». Y yo con lo mío, que estaba con una novela a la que le faltaba algo. Porque el subconsciente te guarda cosas, el cabrón, hasta que un día te lo lanza: «Claro, ¿qué falta? completar. ¿Y quién lo va a contar?». Pues lo cuenta Ferran Torres, un escritor que apenas tiene papel en la novela pero como él es escritor y el protagonista, que es periodista, no puede contar eso, pues el escritor le dice: «Lo voy a contar yo, voy a empezar por el primer capítulo». Y el primer capítulo es el último de la novela.  

Ferran Torres, tu alter ego en Un dinar un dia qualsevol, también aparece en Gracias por la propina y en Només socis. En L’illa de l’holandés es más fácil identificarte con Dalmau. ¿Por qué te interesa la metaliteratura?

Fíjate que a mí me interesaba más el doctor Ferrús que Dalmau.

¿La isla es Tabarca?

No. Te voy a decir lo que hice. A un amigo mío, arquitecto, le dije que me hiciera un mapa de una isla que tuviera una calle sola. Me lo hizo, me lo puse delante para escribir y, cada vez que hablaba de la isla, veía el mapa. Pero yo no conocía Tabarca, la conocí después. Es horrorosa Tabarca, está llena de quillos estirados en la playa.

Siguiendo con la metaliteratura, al principio de tus novelas dices que tus personajes son ficción aunque parezcan reales. Y no es difícil que el lector identifique personajes. Por ejemplo, alguien que ahora ya no es tan polémico, Júlia Alexandre de Sociedad Limitada podría ser la exconsejera Alicia de Miguel. ¿Hasta dónde te atreves a hacer paralelismos con la realidad? ¿Y con qué objetivo? En Un dinar… hay un alto cargo sospechoso de pedofilia.

En la novela te atreves hasta donde sea, no hay ningún problema. En el tema de la pedofilia no pondré nunca el nombre, porque, si este personaje en cuestión estuviera acusado de pedofilia en la realidad, yo lo podría sacar, pero no antes. Te explico la base de todo eso: entre novela y novela, voy a muchos restaurantes. Hablo con mucha gente. Tengo dos o tres personas que me informan mucho. Una en particular está muy metida en muchísimas cosas. Entonces saco información, no tomo nunca notas porque la información que me dan es de contexto. Te pueden dar información concreta, pero lo que me interesa es por qué se producen las cosas. Me llegó una información de un alto cargo que todo el mundo decía que era pedófilo, y que además —cuando lo diga, él sí que sabrá que es él, pero los demás no— todos los días va a misa a las seis de la mañana. Y a mí eso me pareció fascinante en el sentido de que era un personaje ideal para una novela: alguien que a las seis de la mañana, todas las mañanas, oye misa, y es sospechoso o presunto pedófilo. Me gustó por todo lo que suponía en la sociedad valenciana del PP: mucha hipocresía; corrupción e hipocresía.

«El empresario valenciano, a diferencia de la burguesía catalana, ha preferido siempre las putas a la tradicional querida».

Así empieza Sociedad Limitada. El empresario de aquí es más pragmático. No se puede generalizar, pero es mi sensación. Lo que conozco es que prefieren las putas porque no tienen problemas: pagan y van a las cinco de la tarde, llegan a casa a las ocho, atienden a la familia, todo el mundo está contento, ¿entiendes? En cambio, si tienes una querida y te vas con la mujer a Dubái… tienes que llevar a París a la querida. Tienes que ir empatando continuamente. La prostituta no te exige nada. La particularidad es que pueden tener prostitutas como queridas. En casas de confianza, con madame y todo, tú tienes la tuya. Tú pagas, incluso te la puedes llevar de viaje, pero no estás obligado. Con la querida, ojo, tienes obligaciones. Porque le dices: «Mira, la semana que viene me voy con la mujer a Dubái». Ella primero lo consiente porque sabe que es la segunda, pero cuando llegues, te dirá: «Yo quiero ir a París». Una vez recuerdo que había que hacer un viaje con catorce tíos. Trece casados y yo. Y no se pudo realizar el viaje porque eran trece excusas. Y eso era imposible. [Risas] Dos, bueno… pero trece eran demasiadas ya. Recuerdo que incluso me vacuné. Era un viaje africano. Me sirvió para ir a Senegal, después.

Lo que he observado es que en los años sesenta el empresario era trabajador para después pasar a ser empresario; apenas sabían firmar pero tenían claras tres cosas: el chalet, el Mercedes y la puta de lujo. Eran los tres pilares del empresario de aquella época. Venías aquí en los tiempos buenos, hace diez años, y las marisquerías estaban llenas de macarras. Los notarios, llenos de macarras. Y las putas de lujo, lleno de macarras. Los tres pilares eran las marisquerías, las putas de alto standing y los notarios. Si estos tres puntales funcionaban, la economía iba bien; si no funcionaban, Valencia se hundía. Ese es el titular.

Ferran Torrent para JD 2

La corrupción en Valencia aparece con mucha fuerza en Sociedad Limitada (de hace unos quince años) y ahora en Un dinar un dia qualsevol. 

Hay veces que me he hecho una pregunta muy criminal: ¿qué hubiera hecho yo si no hubiera gobernado el PP en Valencia? [Risas] Es verdad. Desde el año 96 hasta el año pasado, mira mi bibliografía y verás que el 70% de las novelas son gracias al Partido Popular. Mientras lo hacía no me daba cuenta. Un día me digo, «Hostia, por qué me quejo tanto del PP, si yo he vivido de ellos». Yo escribo Gracias por la propina y después La mirada del tafur (La mirada del tahúr), que es una historia sobre el juego y sobre anarquistas. Pero a partir de 2000, que es el apogeo de la corrupción valenciana, sin el PP no tengo literatura. Es verdad que he hecho Bulevard dels francesos, que no tiene nada que ver; es verdad que he hecho La vida en el abismo, que tampoco tiene nada que ver; pero mi leitmotiv literario está en la corrupción y en la sociedad valenciana. Cuando estaba Lerma, que por cierto es amigo mío, era muy aburrido todo porque era honrado. Era todo muy gris y honrado: no pasaba nada. Pero es que ahora puede pasar lo mismo. Yo tengo esperanza en la especie humana de que de aquí a dos años haya algún corrupto de estos. Podemos, Compromís, PSOE. Demasiado buenismo. Fíjate, Ribó ha puesto los puntos céntricos de la ciudad a treinta kilómetros por hora. Haciendo footing te pueden multar. Vas por Guillem de Castro, y vas a más de treinta corriendo. ¿Tú crees que a treinta se salvan vidas? ¿Y cuántos psiquiatras vamos a necesitar? [Risas]. El otro día llegaba tarde, cojo un taxi en el pueblo —vivo a diez kilómetros de Valencia—, entramos en Valencia y le digo al taxista: «Vas a cincuenta». Y él me dice: «Es que no puedo ir más deprisa». Le dije que debía ir a treinta y dijo: «¡Y una mierda voy a ir a treinta! Cómo vamos a ir a treinta por Colón. Ve a treinta y te llaman hijo de puta y de todo». Pero a estos nuevos políticos hay que aprovecharlos durante dos años, que están limpios y tienen ganas de trabajar. Dentro de dos años ya bajará el sarampión de hacerlo todo y salvar el mundo. Ahora hay que aprovecharse de ellos: hay que pedirles de todo, que lo van a hacer. Después ya entrarán en la rutina política.

¿Crees que son dos años?

Como el amor. Dos o tres años, y después ya viene el encontrarte a gusto y ya está. Lo político es igual. Siempre hay excepciones, ¿eh? Un político que esté en el cargo treinta años puede ser honrado. Y puede haber una pareja que durante treinta años se amen. Pero yo creo que lo importante no es el amor, es la correspondencia, la solidaridad, estar a gusto. Lo del amor ya es muy liado. Eso es de adolescentes. No me miréis así, coño. A los treinta años haces el amor. A los cincuenta haces el guarro.

Tus libros se han traducido a varios idiomas, ¿cuándo empezaron a traducirse? Vendes más en alemán que en castellano, ¿por qué?

No recuerdo cuándo empezaron a traducirme. La primera traducción fue al castellano. En los años ochenta me tradujo Anagrama, y de la otra editorial no me acuerdo. Un negre amb un saxo fue la primera. Después ya empezaron con el alemán en Gracias por la propina. Y ahora ya están en alemán, en italiano, en francés, y en rumano. Estaba comprado en Irán. En farsi tenía un contrato. Leyeron la novela y dijeron: «No me jodas; esto no lo podemos publicar». Y estaba el contrato y todo, y yo más contento que la hostia pensando que me iba a Irán con la novela.

¿Quién traduce tus libros al castellano?

Escribo en catalán. Me aconsejaron que me presentara al Planeta, y al mismo que me corregía las novelas en catalán, Felip Tobar, le dije: «Ayúdame a traducirme al castellano». Yo no me atrevía a traducirme porque es muy difícil traducirse a uno mismo. Tienes muchas dudas. Preferí que la tradujera él y yo supervisar. Podría traduciros a todos, pero a mí no. Porque yo tendría piedad con los demás, pero conmigo… no.  

¿Cómo has evolucionado como escritor? ¿Cuándo crees que mejoras la técnica, el estilo?

A base de revisar tus defectos, o lo que tú crees que son tus defectos. También con la ayuda de gente de la que te fías y que saben de literatura. Y cuando lees te das cuenta de lo pequeño que eres cuando lees a otros que son muy grandes. Yo creo que es un aprendizaje que va con todo. Con la autocrítica, con la crítica de la gente de confianza y con el tiempo natural de maduración. Una cosa que tengo observada es que a medida que escribes más, tienes más problemas para escribir. Muchos más. Yo ahora tengo más problemas que hace veinte años, o quince o diez. Cada vez que pongo una frase, me parece que es una frase idiota, me parece que es una frase mezquina. Y eso debes controlarlo, porque si no, no escribirías. Al final tienes que decir: muy idiota no será porque yo muy idiota no soy. Me puede salir algo que no esté bien, pero muy idiota seguro que no porque yo soy un idiota normal. No va a salir nada más que alguna idiotez, como tiene todo el mundo en sus novelas. Pero cada vez tienes más problemas porque la exigencia es mayor, tienes más lecturas y reflexionas más sobre literatura. Yo creo que en Gracias por la propina está el cambio.

¿Cuál es la vida natural de un libro?

Suele durar un año. Mis libros más vendidos son dos: Gracias por la propina y Sociedad Limitada. Y Bulevard dels francesos también. Pero no te puedo hablar de cifras porque no las sé. No es que no me preocupen: soy un profesional. Pero eso lo sabe mejor la editorial.

¿El personaje del Rubio existió en tu vida?

Sí. No tal cual, pero sí. La vida en el abismo empieza con una partida de copo que pasó en la realidad y que para mí fue un trauma. Recuerdo que era el año 72 o 73, aproximadamente. Siempre que paso por allí me acuerdo de esa partida. El copo es un juego muy sencillo. También le llaman el hijoputa. Tú tienes tres cartas. Te sacan una… y el dinero encima: me juego doscientas pesetas. ¿Pierdes? Pones doscientas. Había nueve mil pesetas sobre la mesa en aquel momento. Yo estaba a mano del crupier, el crupier es cada vez uno de la mesa. El crupier me da y me entra una sota, un rey y un as. Y me digo: «Hostia, no puedo perder con esto». Nueve mil pesetas. Eso era todo un verano, ¿eh? Era junio. Me pongo blanco porque sé que voy a ganar. Y toda la gente se me queda mirando. Entonces digo: «Copo». Como sin querer insultar. Carta: pum. Me sale el caballo de la sota. Me cago en dios. En el copo tienes que tener dinero para responder, y yo no llevaba nada. El Rubio estaba allí, y me echan la bronca, me querían capar, me querían matar. Yo pongo un papelito: debo nueve mil. Y dice el Rubio: «¿Lleváis nueve mil?». Nadie las llevaba. Todo el mundo hubiera copado con eso. Él dice: «Voy a copar con tus cartas», a Juanito «el Moro». Y tenía una mierda de cartas… copa y lo gana: nueve mil y los de mi papelito. Entonces me fui con él y le dije: «Oye, esto voy a tardar en poder pagártelo». Por entonces me ganaba doscientas doce pesetas al día limpiando acequias. De la timba, a limpiar acequias. Doscientas doce pesetas. Y él me dijo: «Bah, no te preocupes, pero me lo tienes que pagar. Porque el juego se paga». Y lo pagué al final, poco a poco. A través de ese tío, conozco todas las timbas de Valencia. Entro en el mundo de la pelota bancaria, los pagarés… aunque eso ya no debe de existir.

Todavía existe, e incluso en formato electrónico. Ya no necesitas ni si quiera una firma.

Yo pensaba que eso ya no existía. Qué bueno. Ahora me interesa también el mundo del dinero electrónico. En Noruega solo se paga un 6% con dinero en efectivo. En Inglaterra lo van a hacer también. Cuando lo hagan aquí, que hay un 20% de economía sumergida, va a ser un desastre.

Un desastre para la economía sumergida, pero para el Estado es una maravilla.

Sí, pero no lo van a dejar hacer porque ellos saben que hay un 20% de economía sumergida. Y saben que no pueden hacer eso teniendo así el paro. Tengo un conocido que sale en La Sexta, se llama Juan Carlos Galindo. Lo conocí porque era el guardaespaldas de Paco Roig, el que fue presidente del Valencia. El tío se puso en contacto conmigo un día y me dijo: «Es que quiero hablar contigo, porque tú haces este tipo de novelas, y yo soy un experto en blanqueo». Sale en La Sexta a explicar el blanqueo. Me explica muchas cosas y un día me contó —que me lo tiene que volver a explicar, porque yo tenía prisa ese día— cómo funcionan los pakistaníes. Que funcionan de puta madre, pero con dinero.

¿Te consideras intrépido?

Yo soy un tío que si me pillas en un día loco, soy un loco. Pero generalmente soy alguien al que le gusta el abismo, pero estético. Llega un momento en que me digo: «Si doy un paso más, me estampo. De manera que me voy a quedar aquí para ver cómo se caen todos». No por gusto, sino porque voy a escribirlo. Si tú eres traficante de armas o sicario, seguro que me voy a quedar contigo toda la noche. No es que te admire, pero me interesa. Claro, hablar con camareros es normal, pero a un sicario no me lo encuentro todos los días. Me interesa mucho como novelista la cara B.

El valenciano Raúl Mestre, campeón del mundo de la IFP, nos contaba que la clave del póquer está en hacer estudios estadísticos de las jugadas que serán más rentables… Rompe un poco con la parte romántica que tú cuentas.

Yo no lo veo así. Pero él es más profesional que yo. Conozco una timba que son cinco o seis, y siempre son los mismos. Y siempre pienso: «¿Cómo pueden jugar siempre los mismos? ¡Se conocen!». Pues todavía se sorprenden, y juegan todas las semanas. Eso es lo que a mí me interesa. Si yo estoy jugando contigo al dominó durante diez años, ¿cómo es posible que todavía me sorprendas? Cuando hay profesionales pasa eso. Todavía hay capacidad para sorprender. Lo que dice Mestre lo veo muy intelectual. Muy matemático.

¿Has jugado al póquer online?

No. Nunca jugaría a nada online, ni a máquinas. Por ejemplo, ahora en el Casino de Valencia, si tú quieres jugar al black jack ya hay máquinas. Pero yo no voy. Prefiero con crupier. Y me gusta mucho jugar contra el crupier solo al black jack.

Hemos visto que te atraen los tipos que vulneran las normas, ¿también los políticos que vulneran las normas?

Eso es más complicado. Los políticos me atraen muy poco. Me atrae el poder, creo que está muy bien, pero yo no sabría utilizarlo. Sí que sería un buen asesor para el poder, en cambio. Me gusta asesorar al poder. No lo hago, ¿eh? Pero le echaría imaginación. Le veo tantas posibilidades. No puedo entender, por ejemplo, que los políticos en campaña vayan a los mercados y cojan un niño. Eso para mí sería denunciable. Yo, como asesor, diría: «Por favor, no me haga eso o dimito». Tiene una explicación, lógicamente, porque tienen sus sociólogos. La gente es tan gregaria que le gusta que coja a un niño. Pero yo, como novelista, siempre he pensado: «No insultes a la inteligencia de la gente, pero que te lea tu vecina Amparo también». Los políticos deberían hacer lo mismo. Quiero decir: no me insultes a mí, pero entiendo que mi vecina te vote. Yo creo que hay margen para eso. Pero no, todavía siguen haciendo cosas así. Por ejemplo, lo de Podemos: yo veo a Bescansa con el niño… Pero ¿cómo puede ser esto, cómo pueden ser tan demagogos? ¿Esa mujer no tiene a nadie que se quede durante unas horas el chiquillo? Hay una guardería en el Congreso. ¿Tú no has visto fotos, en los años veinte, que iban a coser y tenían al niño allí sentado? Eso no es nuevo. No me jodas. Es que a mí me molesta mucho el marketing en lo político. Sobre todo de la izquierda. Nos estamos quejando de la demagogia de la derecha y me salen ahora estos llevando el niño al Congreso. Ella ya sabía cuál era la foto. Si quería denunciar las políticas de conciliación, que lo diga: «Mira, vengo al Congreso porque quiero denunciar esto».

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¿Qué opinión te merecen las mayorías absolutas?

Deleznable, absolutamente. Deberían estar prohibidas. Cuando hay mayoría absoluta: segunda vuelta. En el Parlamento de Israel, el 1% ya entra. Está todo el mundo obligado a negociar. Esta democracia solo tiene cuarenta años. No es como en otros países que llevan doscientos años de democracia. Ahora les están obligando a negociar, a que sean demócratas, a que intercambien. Por eso las mayorías absolutas han hecho mucho daño. ¿Dónde ha habido más corrupción? Donde había mayoría absoluta: Madrid, Andalucía, País Valenciano, Galicia, la Cataluña de Pujol

A principios de 2015 dijiste que un partido transversal como Podemos se desinflaría. ¿Ha cambiado tu opinión al respecto?

Hasta yo me equivoco [risas]. Pensé que era coyuntural, sí.

¿Era por no ilusionarte?

No, no. No le tengo una manía especial a Podemos. Pero como son muy marketing, me jode. Entiendo que la demagogia es inherente a la política, pero tanta ya no me gusta. Es decir, trátame como a una persona normal. Entiendo que haya un poco de lenguaje populista, pero no me insultes a mí, que yo también contribuyo. Hay un equilibrio que se debería mantener. Cuando yo vivía en el campo —porque durante ocho años viví en el campo de verdad, no en una urbanización— todas las tardes me ponía a hablar con el pastor. Venía el pastor con las ovejas y yo me salía con él a fumarme un cigarro y hablábamos. Y era el tiempo de la OTAN, y me decía: «¿Qué coño es la OTAN?». Y seguía: «¡León, León!». Ese era todo su problema, que su perro, que se llamaba León, no se fuera a follar con otras perras. Y yo hablándole de la OTAN, y me volvía a preguntar: «¿Qué coño es la OTAN?». Y se lo contaba y decía: «Que le den por culo a la OTAN». Y yo pensaba: «Coño, si este va a decidirlo tanto como yo». Pero también está contribuyendo en la economía. Es complicado hablarlo. ¿Quién decide las cosas al final? ¿Por qué el PP con toda la corrupción es mayoría en Valencia y es mayoría en España? Esto hay que analizarlo.

También dijiste que en Valencia no hay sociedad civil y que no crees en los colectivos.

No hay sociedad civil. La sociedad civil no se construye de la noche a la mañana, necesita un proceso de tiempo.

¿Ni siquiera con Compromís?

Sí, es verdad que hay más movimiento. Estamos en un cambio, pero no hay que equivocarse: hay mucho voto de cabreo. Tiene que pasar un tiempo para saber si ese voto es coyuntural o si realmente se ha consolidado. Yo creo que no, creo que es de cabreo. Y que si la economía funcionara, las cosas cambiarían.

Compromís llegó al Congreso con una banda de música y la marcha «Chimo». ¿Es la izquierda con la que te identificas?

No, no. [Risas]. Me parece una payasada. Todavía hay algo peor: ¿Cuántas veces has escuchado: «Iré en bicicleta al Congreso»? Pero cabronazo, el primer mes… después ya no van. En invierno, a menos cinco grados, ya no van. Mira, un día estábamos en el hotel que está al lado del Ayuntamiento, y pasa Ribó a las seis de la tarde, con su mochilita, él solito, y pensé: «Si le pegan una paliza, me quedo sin alcalde durante seis meses». Fatal. ¿Para qué le quitas el trabajo a los guardaespaldas? Como aquellos alcaldes que decían que irían en autobús todos los días. Si yo fuera alcalde diría: «Iré una vez a la semana en autobús, otra vez en metro», para ver cómo funciona y hablar con la gente. Pero todos los días… ¿de qué? No. Porque yo tengo que hacer mucho trabajo para ti. Cojo el coche y voy al Ayuntamiento.

Con la propuesta del alcalde de Valencia sobre suprimir el toro embolado, ¿crees que se intenta eliminar poco a poco la fiesta? Supongo que te gustan las columnas de Manuel Vicent sobre los toros.

Sí, es un gran prosista. Es antitaurino, como yo. Yo soy animalista, además. El sur de Cataluña y todo el País Valenciano están impregnados de toros en la calle, una puta barbaridad. Ya hace dos años fui con Cristian Segura, un amigo mío catalán que es periodista de El País, a investigar. Él iba a hacer un reportaje sobre eso y estuvimos provocando un poco a la gente por allí, por la zona sur de Cataluña, las tierras del Ebro, y te das cuenta de cómo son. Pero los recortes me encantan. Los retallaors, que les llaman. No maltratan. El maltrato a los animales me parece que es de sociedades absolutamente retrasadas.

Caminarás entre elefantes es un libro sobre Mónica Oltra y la opción política que defiende y representa. ¿Lo escribiste como una forma de activismo político? En la actualidad, ¿tendrías que reescribirlo?

Lo reescribiría absolutamente. Entre otras cosas porque pondría condiciones. En aquel momento recuerdo que quedaba con ella, hablábamos, y hasta pasado un mes no podía volver a quedar. Esto no lo volvería a consentir porque pierdes mucho el hilo. Y por eso creo que el libro no ha salido como a mí me hubiera gustado. Creo que tiene muchas deficiencias; no por culpa de ella, sino de los dos. Yo tendría que haber puesto unas condiciones: «Si tú tienes un mes, quiero hablar contigo cada día del mes». Otra razón es que en aquel momento ella era una política de oposición, y ahora está gobernando. Claro, no es lo mismo opositar que gobernar. Ahora tendría otras preguntas que hacerle.

¿Por qué prefieres vivir en tu pueblo a una ciudad?  

Yo, que soy un desarraigado, en cambio soy muy arraigado para mis costumbres. Me gusta vivir en mi pueblo, entre otras cosas porque en mi pueblo puedes ser escritor, premio nobel, lo que a ti te dé la gana, pero sales a la calle y te dicen: «Mariconazo, ¿juegas al dominó hoy?». El respeto no existe. Y eso está muy bien. Si tienes humos, te los bajan enseguida y de la forma más natural. Es decir: tú eres Ferran. Punto. Por eso me gusta vivir en un pueblo. Vivir en Valencia sería diferente, porque iría por la calle y alguien diría: «Hostia, este es el Ausiàs March valenciano», o algo así, porque la gente desde su humildad cree que tú eres una gran persona, pero en los pueblos eso no ocurre. Cuando vas al casino a jugar todos los días, eres un puto ciudadano de Sedaví que va a jugar al dominó y no hay más. Está bien.

Militaste en el Partido del Trabajo de España, aunque dices que lo que menos te gusta es trabajar. Para alguien que «Trabaja como los obreros de la Ford: en tres turnos. ¡Mañana, tarde y noche!» debe de ser terrible…

Eso es una boutade: decir que no me gusta trabajar, que he trabajado toda mi vida pensando en no trabajar. Pero la verdad es que soy muy activo. Lo que pasa es que me gustaría hacer diferentes cosas. Por ejemplo, como te decía antes, yo ahora dejaría de escribir durante años y haría reportajes solo. El reportaje me interesa mucho. Pero eso no lo quieren las editoriales. Además, en los periódicos pagan fatal. Recuerdo cuando la revista Life envió a Truman Capote a entrevistar a Marlon Brando a Japón. Le pagaron tres millones de pesetas de la época. ¿Os acordáis de la entrevista, «El duque en sus dominios»? Se presentó en su casa de Japón; Marlon Brando estaba rodando una película y entonces va y le habla de que había tenido una madre muy conflictiva, empiezan a beber chupitos… y le saca la entrevista de ahí. Lo publica… y frase de Marlon Brando: «Mataré a ese enano hijo de puta». Eso es una entrevista, coño. La auténtica entrevista: borrachos y niños.

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Escribes en valenciano pero tienes muy claro que valenciano y catalán son variedades geográficas de la misma lengua. Esto también lo tienen muy claro en Cataluña. ¿Por qué no tanto en Valencia?

Los políticos no tienen por qué entrar en eso. Yo no veo que los políticos españoles entren en la RAE, ¿por qué tienen que hacerlo aquí? Eso es una cuestión de especialistas, y toda la vida ha estado muy claro para los especialistas que el valenciano es una variedad dialectal de una lengua llamada catalán.  

El castellano es tu lengua, dices que escribes en valenciano por cuestiones políticas. ¿Cuáles fueron esas razones?

En aquel momento en toda la oposición política el valenciano era una reivindicación. No simplemente por hablarlo, sino también por la recuperación de señas de identidad literarias. Entonces yo me añadí a esa corriente. Yo hablaba el valenciano en casa, en los jesuitas no, y me puse a escribirlo como una reivindicación, lo que pasa es que después lo normalizas y para ti ya es una lengua de vehicular literaria.

Con el incremento de estudiantes en valenciano, ¿crecerán también los lectores de literatura valenciana?

Sí, pero paradójicamente aquí ha habido una enseñanza en valenciano desde la época del PSOE, que entró en todos los institutos. En cambio la lectura en general, tanto en castellano como en valenciano, es muy baja, y en valenciano es bajísima.

¿Qué me cuentas de la llençolà?

Sale en el diccionario. Lo que pasa es que no sé cómo se diría llençolà en castellano. ¿«Sabanada»? Hay un diccionario de la Academia que han sacado de todo. Y una de las palabras es la «sabanada», que sería en castellano. Es una sábana puesta así, y hay cinco o seis tíos, y una tía ahí debajo, y si se la chupa a alguien y se ríe, paga. Eso ha salido en el diccionario. Es muy de aquí esa palabra.

¿Qué opinión tienes de la AVL? ¿Por qué es necesaria si ya existe el Instituto de Estudios Catalanes?

Por las particularidades. ¿Existe la Academia Colombiana de la Lengua? Sí. Supongo que porque hay particularidades colombianas del español, igual que hay particularidades del catalán en Valencia. Por eso es necesaria una academia.

¿Cómo ha tratado el Gobierno valenciano a la AVL?

¿El PP? Yo creo que con indiferencia.

¿Sigue Ferran Torrent la normalización que propone la AVL o es la AVL la que encuentra en los textos de Torrent propuestas de normalización?

No lo sé, porque… yo soy muy aficionado al neologismo. Cuando puedo, los meto en diálogos. Creo que un novelista también tiene que crear lengua. Aquí, con el valenciano, hay muchas posibilidades, porque como no es una lengua extendida, tienes más posibilidades de crear y de jugar con esa lengua. Mucho más que con otra que está muy impuesta en la sociedad y no te da tanto margen. Por ejemplo en Twitter hay un tuitero, Paraules en Xarxa, que está muy bien porque recupera vocabulario… se inventa algunas, o al menos yo no las conozco, pero también recupera palabras. Siempre que puedo me apunto alguna palabra y digo: «En la próxima novela la pongo».

En las primeras novelas utilizabas tiempos verbales que no son los actuales.

Eso no era cosa mía, es porque te fías de los correctores. Cuando tú empiezas a escribir eres un neófito, y por lo tanto ves la literatura y ves las editoriales como algo superior. Y entonces te dice un corrector que debes poner trencàs, en vez de trencara, y tú dices: vale, si lo dice él y es una especialista y un profesional, adelante. Ahora no. Ahora ya hablo con el corrector. En valenciano es trencàs, en catalán es trenqués. Pero a mí trencàs no me gusta. En lengua coloquial no se usa, es en la literaria. Pero todas las lenguas tienen habla coloquial y literaria. A mí me hace gracia cuando la gente coge un libro en valenciano y dice: «Es que hay algunas palabras que no entiendo». En un libro en castellano tampoco las entiendes, seguro. Es imposible que las sepas todas: sesenta mil palabras en la cabeza no es posible.

En Gracias por la propina ya cambias.

Sí, porque ya tienes más autoridad como novelista. Es como si tú ahora entras en la universidad a dar clase y los veteranos te dicen: la tuya la damos de cinco a seis. Cuando tú eres un neófito y entras en un mundo que no es el tuyo y hay especialistas… te adaptas. Yo no soy un especialista en lengua.

¿Por qué no estás en la AVL?

Yo no podría estar en ninguna organización así. No sirvo para eso. Estuve seis años en el Consell Valencià de Cultura y… Os cuento algo curioso: tomo pastillas para dormir desde hace veinte años. Nunca en mi puta vida he dormido. Si duermo cuatro horas, soy feliz. El único sitio donde me dormía era en el Consell Valencià de Cultura. Empezaban a hablar y me dormía. No hablo en coña. Pensaba: «¿Cómo puede ser que me duerma aquí?». Cuando empezaban los plenos, estábamos en una mesa grande y… «Hostia, me duermo, pero cómo puede ser, si yo no me duermo nunca». Me puedo meter catorce horas en un avión y no duermo ni un cuarto de hora. Ni drogado. Yo llego a casa ahora, me tomo un Orfidal… y a las once me tomo otro Orfidal para poder dormir cinco horas. Pues iba al Consell Valencià de Cultura y me dormía sin Orfidal ni nada. Y no es cachondeo, ese es el matiz. Y pensaba: «Si yo voy a un sitio de estos, ya sea la Academia o el Consejo de Ministros, y me duermo, tengo un problema con esas organizaciones». No estoy interesado. Tú me metes en la AVL y, excepto cuando estemos hablando de la llençolà, seguro que me duermo. [Risas]. Si vamos a hablar de la llençolà, me despierto: «¡Eh, estoy aquí!, ¡a ver, el llençol!».

Con el fin del Gobierno del PP, ¿se acaba la influencia de Lo Rat Penat en sus intentos de normalización de la lengua?

Claro. Normal. No tenía ningún sentido; la lengua tiene que estar en la universidad, que son los que dictaminan. Cuando la gente de mi pueblo me decía que el valenciano y el catalán no son lo mismo, yo respondía: «Pero ¿tú cómo lo sabes?». Les respondía: «Cuando estás enfermo, ¿adónde vas? Al médico, ¿verdad? Porque ha estudiado, ¿verdad? Pues para la lengua tienes que ir al que ha estudiado». Lo que me parece increíble, y ya no hablo del valenciano, es lo mal que se escribe en castellano. Leí en el Twitter de la RAE que solo hay un 5% de la población que escribe bien  «hay»,  «ay» y  «ahí». ¡El 5%!

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En el año 2000 Miquel Alberola decía en El País que eres «un Blasco Ibáñez sin calcetines de rombos», refiriéndose a la influencia de tus textos en la sociedad valenciana y a las ampollas que levantas en el mundo literario de tu comunidad. Quince años después la influencia sigue presente, pero ¿te han perdonado ya tus paisanos letraheridos tu merecido éxito?

No lo sé. No me interesa. Aquí en la mesa de al lado había dos críticos literarios que son amigos. Pero no frecuento los ambientes literarios. Si estás escribiendo horas en casa, cuando sales quieres hablar de otra cosa. Durante unos años, los ochenta, recuerdo que frecuentaba alguna tertulia literaria y todo eran quejas, quejas y más quejas: que si escribimos en catalán, esto no funciona… Era la cultura de la queja. Dije: «Soy francotirador, voy a la mía y ya está». Como soy individualista, supongo que es por eso también, aunque yo no tengo nada contra mi gremio, en absoluto. No estoy en ninguna asociación de escritores, no voy a tertulias.

¿Qué te parece que no se pueda cobrar la jubilación y los royalties?

Hostia, sí. Ahora ha salido ese tema. Es una barbaridad, por lo que he leído. Fíjate, un escritor se jubila y, si por ejemplo tú has hecho veinte libros antes de jubilarte y esos libros te están produciendo un dinero, si supera los nueve mil euros, no puedes cobrar la pensión. Vaya estupidez del Gobierno. Si yo tengo tres pisos en alquiler antes de jubilarme, y me jubilo, y cobro los tres alquileres… ¿Si me quedo con el dinero de los tres alquileres, que superan los nueve mil euros, me quedo sin la pensión? Eso es lo que no entiendo. Estoy seguro de que lo van a cambiar, porque es una injusticia evidente. Pero sí había mucha viuda en la literatura. Como ahora no me muevo en el ambiente no sé cómo estará, pero por las entrevistas que leo, la gente se queja. Ahora quizá haya algo más de razón para quejarse. Pero todo el mundo diciendo: hostia, la crisis. Pero no es la crisis… son los cambios de hábito. Tú antes entrabas en el tren o en el metro y veías que la gente, cada veinte asientos, llevaba un libro. Ahora están todos con el móvil y ahí lo leen todo.  

Algunas de tus novelas son lectura obligatoria en las escuelas, y Gracias por la propina tiene incluso una ruta literaria. ¿Por qué crees que eres lectura obligatoria? ¿Y por qué crees gusta tanto Gracias por la propina?

Lo primero que quiero decir es que es una aberración que haya lecturas obligatorias en los institutos. Hay gente que escribe para los institutos. En cuanto a Gracias por la propina, no hay un cóctel literario con un poco de esto y de lo otro para que así guste. El secreto es escribir lo que a ti te guste. Me han dicho que es entrañable. Joder, vaya crítica: entrañable. Ya ves, con lo que me costó de escribir.

Es abrir un libro tuyo y poder identificarte, ¿tienes conciencia de esto? ¿Qué te hace reconocible?

Eso es el estilo. Yo creo que es importante que un escritor tenga estilo. También por los temas. Por ejemplo, en la literatura en catalán poca gente toca los temas que yo toco. Y es la forma de tratarlos. Es importante que te reconozcan por el estilo y por la argumentación.  

¿Hay alguna novela tuya que te guste especialmente?

No lo sé. Gracias por la propina, Sociedad Limitada, La vida en el abismo, Bulevard dels francesos, L’illa de l’holandés (La isla del holandés). No lo sé. Es difícil. Me siento más escritor a partir de Gracias por la propina. Conseguí eclosionar, madurar. Yo creo que he madurado dos veces: una a partir de Propina y otra a partir de Sociedad Limitada. Bulevard es una novela que escribí en cuatro meses, y escribir, como leer, es un estado de ánimo. Sufrí mucho para hacerla; la primera escritura la hice en cuatro meses, pero después estuve un año y medio reescribiendo y aportando detalles; lo que está en primera persona… estaba en tercera.

Dices que el mundo está perdido y por lo tanto prefieres pasarlo comiendo cigalas. ¿Eres pesimista?

Sí, pero de formación vitalista. Soy pesimista, pero no me quedo en casa. Por ahora no he tenido ninguna depresión y creo que hay que vivir y vivo, pero soy muy pesimista con respecto al mundo. Desde siempre. Si yo fuera a oncología —pongo un ejemplo lamentable— y me dijeran: «Creo que le veo algo mal», pensaría: «Me voy a morir». De hecho, el año pasado, un amigo me dice: «¿Por qué no te apuntas, que es gratis, al IVO, que te hacen un tac?». Y voy, y va y me encuentran dos nódulos. «Me cago en la puta… esto me pasa por venir». Eso fue en febrero del año pasado. Recuerdo que la oncóloga me estaba hablando, y yo me fijaba en el canalillo y pensé: «Estas son las últimas tetas que voy a ver en mi vida». [Risas]. No eran las tetas, era el escote, pero la doctora me estaba hablando, diciéndome que no pasaba nada, que me hiciera otra prueba en dos meses y medio… Y veo los nódulos de cuatro y ocho milímetros. Consulto con mi médico y me dice que eso no es nada. Otro me dice que no será nada, pero que si lo es, me han cogido a tiempo. Estuve dos meses y medio pensando que me iba a la mesa de operación seguro. Y, cuando voy, me dicen: «¡No es nada!». Tenía Cruyff una frase cojonuda: «Cuantos más médicos, más enfermos». Es como el corrector: hago una novela, la paso, la corrige uno, la corrige otro, te la vuelven a pasar y la vuelven a corregir. Y digo: «Cómo puede ser, hostia». Los médicos, si vas y les pagas cien euros, te tienen que sacar algo. Si no te sacan nada, te están atracando.

Además de escribir novelas, haces reportajes en TV y participas en la radio. En tus palabras: «Como buen valenciano le saco rendimiento a todo». ¿Qué te parece la figura de tertuliano?

No sería tertuliano. Tienes que saber de todo. ¿Sabes eso de que te invitan a un programa de radio y te dicen: «Quédate a la tertulia»? Ya me han jodido, porque sacan un tema y no tengo ni puta idea, o no me interesa, porque soy muy selectivo para la actualidad. A lo mejor tú me preguntas por algo que es muy actual, pero a mí no me ha arrastrado y he leído de otras cosas y de eso no. Si eres tertuliano me imagino que tienes que leerte todos los periódicos, estar al día de todo, y tener un conocimiento de la historia para cuando te remontas al pasado. Me parece muy complicado.

¿Cuáles son tus próximos proyectos?

Me gustaría hacer la segunda parte de Un dinar un dia qualsevol.

¿Qué columnistas de la prensa escrita te parecen imprescindibles?

Leo muchos columnistas o reporteros que no conozco de nada si el tema me interesa No personalizo. O lo leo o lo archivo para leerlo más tarde. El que me gusta mucho es Enric González. Memorias líquidas me emocionó mucho. Es un tío que escribe muy bien y el libro me gustó mucho.

Dices que uno de tus autores favoritos es Graham Greene. Los escritores que entrevistamos nombran a Joyce, Proust o Kafka…

Kafka, sí. Aprecio el buen gusto de los colegas. Pero… yo es que prefiero la literatura vitalista. Greene lo es, es un novelista que viajaba. Highsmith, Hemingway, Coetzee, Capote, Philip Roth, Gay Talese, Richard Ford… Me gustan muchos. ¿Cuál es el mejor? Hay tanta gente buena…

¿Hay algún escritor actual que consideres por encima de los demás? ¿Qué te parece Coetzee? ¿Y Houellebecq?

Houellebecq me gusta mucho. Es un pesimista brutal, pero me gusta mucho. Y sobre todo me gusta Emmanuel Carrère. Me entusiasma. La última no me ha gustado, pero toda su obra es excepcional. De Coetzee me gusta Juventud.

¿Qué libro estás leyendo ahora?

Ahora mismo estoy terminando un ensayo sobre la formación de Al Qaeda, La amenaza de la torre, y para entretenerme estoy leyendo a Don Winslow. A mí lo que me gusta, de todos modos, es releer. Es cuando le saco jugo a los libros.

Recomiéndanos una novela escrita en catalán, preferiblemente que esté traducida al castellano.

No sé si Camí de Sirga, de Jesús Moncada, está traducida al castellano, pero seguro que sí. Es muy recomendable.

Ferran Torrent para JD 5

Fotografía: Jorge Quiñoa.

Documentación: Loreto Igrexas.


Si es de los nuestros es menos corrupto

Imagen: DP.
Imagen: DP.

Cada vez se hace más difícil abrir un periódico sin recordar aquella escena de Atrapado en el tiempo en la que Bill Murray repite ante las cámaras «hoy es el día de la marmota…otra vez». Cambiemos Granados por Rus, Pretoria por ERE, Taula por Aquamed. Y así podríamos seguir, tejiendo una larga lista de ejemplos que, bajo el nombre de «corrupción» o «escándalo político» implican el mal uso de los recursos públicos.

Puestos a repartir culpas y buscar remedios, ¿en quién debemos fijar la atención? Lo más sencillo es empezar por los propios corruptos. ¿Quién sino ellos deberían ser los primeros en responder ante la ley y la ciudadanía por el uso fraudulento del dinero de todos? Y seguir con los partidos políticos, que están obligados a garantizar la honestidad de sus miembros. Sin olvidarnos, claro está, de la propia Administración pública, que debería contar con mecanismos eficientes de control y supervisión de este tipo de escándalos. Pero, como votantes, ¿no tenemos ninguna responsabilidad en esta sucesión de escándalos de corrupción? Porque lo que no deja de sorprender es que, elección tras elección, muchos políticos denunciados por corrupción sigan siendo elegidos como si nada hubiese ocurrido. ¿Qué nos lleva a seguir votando por políticos corruptos?

Muchos son los factores que hay que tener presentes al analizar cuál es el impacto real de la corrupción en los resultados electorales. Uno de ellos es la difusión que hacen los medios de comunicación. Otro son las alternativas que tienen los votantes a la hora de depositar su voto. Estos dos factores parecen evidentes. Pero hay un requisito indispensable que es menos inmediato: para que los escándalos sean castigados en las urnas es esencial que los votantes conciban esos escándalos como una actividad corrupta. Es decir, como un abuso de poder público para obtener un beneficio particular. Esta conversión de un escándalo en una actividad corrupta implica un proceso mental en el que entra en juego un juicio de valor que depende de cada persona. En principio, parece razonable suponer que una persona juzgará de la misma manera dos casos idénticos de corrupción. Así, si un político es denunciado por un escándalo de blanqueo de dinero esperaríamos que la justicia le juzgase del mismo modo ya fuese del partido X o del partido Y. Sin embargo, ¿qué ocurre cuando somos nosotros los que tenemos que decidir si continuamos votando o no a un político acusado de corrupción y con el que compartimos la misma ideología? ¿Afectará esa coincidencia ideológica al juicio valorativo que hagamos del escándalo? ¿Nos hará más tolerante a la corrupción en el caso de que sea de «los nuestros»?

Una de las explicaciones de que los casos de corrupción no sean tan penalizados en las urnas como cabría esperar es que algunos ciudadanos puedan mostrarse más tolerantes con la corrupción en función de si el político o el partido es de los suyos. Este sesgo partidista vendría a implicar un ejercicio de disonancia cognitiva consistente en que si el acusado es «de los nuestros» decidamos relativizar la gravedad del escándalo. Si es así, la ideología o el grado de vinculación partidista jugará un rol crucial en cómo los ciudadanos perciben las denuncias de corrupción, y en cómo trasladan estas percepciones a su comportamiento electoral, ya sea decidiendo votar al mismo partido, abstenerse o votar a un partido rival.

Existen varios experimentos que han intentado evaluar esta hipótesis. Es decir, si realmente la ideología política y el nivel de partidismo afectan al juicio de valor que hacemos de los escándalos de corrupción. Los investigadores Eva Anduiza, Aina Gallego y Jordi Muñoz realizaron una interesante encuesta online en la que se enseña a los participantes una noticia sobre un escándalo político. De forma aleatoria asignaron este escándalo al alcalde del partido del encuestado, al alcalde de un partido distinto o a un alcalde sin una afiliación política concreta. Este estudio muestra que la evaluación de la gravedad de un escándalo de corrupción depende de que el votante comparta o no la ideología política con el acusado. Es decir, somos mucho más tolerantes con la corrupción si quien la realiza es de los nuestros.

También utilizando el caso español, que tan fructífero se ha vuelto en los últimos años para los que estudiamos las causas y efectos de la corrupción, he analizado el impacto de los escándalos en la participación electoral. Los resultados van en la misma línea que los obtenidos por Anduiza, Gallego y Muñoz. Aquellos ciudadanos con un menor grado de vinculación política con un partido en concreto son los únicos que, como consecuencia de la corrupción, deciden quedarse en casa el día de las elecciones. Un resultado que surge de este estudio es que los partidarios del partido acusado no solo no reducen su probabilidad de ir votar sino que ni siquiera consideran que haya tenido lugar la corrupción. De nuevo se observa que el grado de rechazo con las actividades delictivas depende en gran medida de que compartamos con ellos la misma ideología.

Pero no debemos sacar consecuencias apresuradas sobre el comportamiento de los votantes españoles. Este distinto grado de tolerancia a la corrupción en función de que sea o no la de los nuestros se da también en otros países. A partir de usuarios de Facebook un estudio para Brasil también identifica la ideología como un buen predictor de la ausencia de castigo electoral a los políticos corruptos. Aunque en este caso parece que la mayor tolerancia a la corrupción en función de que sea o no «de los nuestros» se produce solo en el caso de prácticas clientelares, pero no cuando el escándalo implica el robo de dinero.

Otro experimento aporta también información de interés sobre el comportamiento electoral en casos de corrupción. En México se repartieron de forma aleatoria papeletas informativas de las competencias y niveles de gasto público local días antes de las elecciones municipales de 2009. En algunos casos se informó también a los ciudadanos sobre la existencia de escándalos de corrupción en su localidad. Esta información tuvo un efecto general de reducir la participación electoral. Los votantes estaban menos dispuestos a participar en las elecciones si sabían que sus representantes se estaban beneficiando ilícitamente del sistema. Pero lo interesante de este caso es que cuanto más informados estaban los individuos sobre los escándalos de sus alcaldes menos probable era que se identificasen ideológicamente con ellos. El canal entre ideología y percepción de la corrupción parece que juega en los dos sentidos.

La conclusión que podemos sacar de todos estos estudios apunta en una misma dirección: los votantes evalúan de forma distinta un mismo caso de corrupción si el político implicado es o no de los suyos. Esto podría explicar, al menos en parte, por qué hemos visto en España la reelección de candidatos implicados en diversos escándalos. Si sus votantes no lo consideraban corrupción, ¿por qué castigarles retirándoles su voto?

Sin embargo, hay espacio para la esperanza. Por un lado, se observa que un mayor grado de información política reduce nuestra tolerancia a la corrupción aunque sea la de los «nuestros». A la vez, el número de alternativas políticas entre las que elegir reduce también el efecto de nuestra ideología a la hora de evaluar un caso de corrupción. En una situación en la que existen muy pocos partidos —o incluso solo dos, PP y PSOE— el coste emocional de votar al partido rival es muy elevado. El escenario multipardista surgido de las elecciones del 20D, unido a una información cada día mayor de los escándalos políticos, trae una gran oportunidad para que la corrupción sea finalmente penalizada en las urnas. Quizá podamos confiar en que, cada vez más, al abrir un periódico no nos sintamos atrapados en el tiempo de la corrupción, como le sucedía a Bill Murray con la marmota.