Ómicron, virus peligrosos, futuras pandemias y nuestra ineptitud para aprender de la historia (y 3)

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Figura influenza.

(Viene de la segunda parte)

Influenza virus

Antes de la COVID-19, el virus de la gripe (Orthomyxoviridae o influenza virus, descubierto en 1931 por Richard Shope) era el candidato numero uno a desencadenar la siguiente pandemia. Y posiblemente lo sigue siendo, aunque ahora, con las cercanas epidemias de SARS y MERS y la actual pandemia de COVID, se podría discutir si los coronavirus disputan a influenza el titulo de clase de virus más peligroso. Al igual que el SARS-CoV-2, el material genético de influenza virus es RNA, ambos se transmiten eficazmente por la vía respiratoria mediante aerosoles y ambos pueden contagiarse de persona a persona justo antes de que se presenten síntomas (aunque en el caso del SARS-CoV-2 el periodo de tiempo contagioso antes de presentar síntomas es más largo que el de influenza).

Todas estas características hacen que ciertas clases de coronavirus e influenza virus sean particularmente peligrosos. Influenza virus tiene una importante propiedad adicional: su genoma de RNA esta dividido en segmentos que pueden barajarse (reagruparse, en terminología técnica) de manera que si dos virus distintos infectan la misma célula se pueden generar nuevas partículas de virus con segmentos intercambiados, lo que incrementa la capacidad de variación y por tanto el potencial de generar nuevos virus peligrosos. La extraordinaria capacidad de variación de influenza virus por reagrupamiento de los segmentos de su genoma, además de mutación de los mismos, es la razón por la que las vacunas contra la gripe tienen que renovarse cada año.

Orthomyxoviridae incluye cuatro géneros de virus principales que infectan toda clase de animales terrestres y acuáticos. Dos de ellos, influenza virus A y B, son responsables de las epidemias estacionales en humanos, pero es influenza virus A la que causa pandemias globales, puesto que tiene superior capacidad de variación e infecta también otras especies. Patos, gansos, ocas y otras aves acuáticas son reservorios naturales de la mayoría de influenza virus A, pero también infectan aves de corral y muchos otros animales como cerdos, perros, caballos, focas, ballenas etc.

Influenza virus A se clasifica en distintos subtipos dependiendo de dos glicoproteínas de la superficie vírica: hemaglutinina (H), utilizada por el virus para unirse al receptor y penetrar la célula, y neuraminidase utilizada por el virus para salir de la célula infectada después de replicarse. Hay 18 subtipos de hemaglutinina (H1-H18) y 11 subtipos de neuraminidase (N1-N11), pudiendo dar lugar a un total de 198 combinaciones posibles, de las cuales se han detectado 131 en la naturaleza. Aunque tres combinaciones han causado pandemias recientes (ver tabla), solo dos de ellas H1N1 y H3N2, circulan actualmente de manera amplia en humanos. Variaciones en estas dos ultimas son responsables de las gripes estacionales que causan entre 290 000 y 650 000 muertes por año (dato de la Organización Mundial de la Salud), a pesar de cierto grado de inmunidad proporcionado por anteriores gripes. Las vacunas anuales están diseñadas contra epítopos en glicoproteínas de H1N1 H3N2 en influenza A, así como epítopos de influenza virus B, y su administración es esencial para prevenir muchísimas muertes y hospitalizaciones.

A diferencia de las típicas gripes estacionales, causadas por variaciones (mutaciones) relativamente limitadas en influenza A virus que circulaban ya entre la población, las pandemias están causadas por influenza virus A diferentes a los que circulan contemporáneamente en la población, por lo que hay pocas defensas contra ellos. Estos nuevos virus se pueden generar por procesos de intercambio de segmento (reagrupamiento) entre virus de animales (aves, cerdos) y virus que ya circulaban en poblaciones humanas. Para desencadenar una pandemia, estos nuevos virus deben de poder infectar a humanos y transmitirse entre ellos, lo que implica adaptarse a los receptores humanos de hemaglutinina; afortunadamente esto no ocurre de manera frecuente

Las pandemias de gripe seguramente han azotado a la humanidad de manera cíclica desde tiempo inmemorial, aunque antes del siglo XX no teníamos los conocimientos científicos ni la tecnología para distinguir influenza de otros virus que actuasen por vía respiratoria y causaran sintomatología parecida como vimos que pudiera haber sido el caso de la gripe rusa de 1889. 

Nombre de la pandemia Fecha Muertes Case Fatality Ratio Subtipo virus
Gripe rusa 1989-90 1 millón 0.1% ?
Gripe española 1918-20 40-100 millones 2-3% H1N1
Gripe asiática 1957-58 1-1.5 millones 0.13% H2N2
Gripe de Hong Kong 1968-69 1 millón <0.1% H3N2
Gripe porcina 2009-10 0.3 millón 0.03% H1N1

Tabla 1. Epidemias contemporáneas causadas por Influenza virus

La historia y periodicidad de las pandemias de gripe nos indican que, con seguridad, vendrán mas en un futuro mas o menos próximo. Afortunadamente, estamos mejor preparados para ella que en cualquier tiempo pasado porque la Organización Mundial de la Salud (WHO, Global Influenza Surveillance and Response System) y otras organizaciones constantemente vigilan y estudian los influenza virus A que circulan entre las aves y otros animales. Estirpes de influenza detectadas en aves en los últimos treinta años incluyen H7N7, H7N9, H9N2 y H10N3, pero los casos de humanos infectados con estas estirpes son de momento relativamente raros y producidos por repetido contacto con las aves y no por transmisión de humano a humano.

Las estirpes H2N2 causantes de la gripe asiática de los años 50 han desaparecido de la circulación, por lo que la inmensa mayoría de la población no tiene inmunidad contra esta estirpe. Esto la hace peligrosa, puesto que H2N2 perdura en aves salvajes y de corral y sabemos que tiene potencial pandémico como ya demostró en el pasado. El peligro mas cercano proviene de las variantes mas prevalentes que ahora circulan globalmente entre las aves acuáticas, variantes del tipo H5Ny (H5N1, H5N2, H5N6 H5N8). En varias ocasiones han saltado a aves de corral entre las que causa estragos con mortalidades cercanas al 100 %.

A causa de la alta prevalencia en aves, ha habido numerosos casos de H5Ny en humanos, causando muertes entre personas en contacto directo y continuo con las aves (WHO, Global Influenza Surveillance and Response System), pero afortunadamente parece que la transmisión entre humanos de esta variante es de momento extraordinariamente rara o inexistente. El gran peligro es que H5Ny se reagrupase con virus humanos en un animal y adquiriese la capacidad de infectar y transmitirse eficazmente en humanos. Con esto en mente, Estados Unidos y otros gobiernos han producido y almacenado vacunas en previsión de una futura pandemia H5Ny… aunque el virus que haga el salto pudiera escaparse por mutación a las vacunas almacenadas. 

La nueva tecnología de vacunas de RNA mejorará notablemente nuestra capacidad de defendernos contra las gripes, ya sean estacionales anuales o pandémicas. Un problema actual es que para producir a gran escala las vacunas convencionales se requieren al menos seis meses desde que los centros de vigilancia de la gripe distribuidos por todo el mundo, incluidos los de la Organización Mundial de la Salud (WHO), identifican nuevos virus de la gripe hasta que se produce una vacuna especifica contra esos virus (normalmente se generan vacunas contra los cuatro virus predominantes).

Esto se debe a que la mayoría de las vacunas se producen inyectando los virus en huevos de gallina que funcionan como incubadores. Los virus son entonces inactivados y el antígeno purificado. Aunque algo mas rápida, la tecnología de incubar los virus en células en cultivo es también lenta. Este tiempo a veces disminuye la efectividad de la vacuna, pues la estirpe predominante del virus ha cambiado. Las vacunas de mRNA son mucho mas rápidas de producir, y por tanto la capacidad de respuesta y la probabilidad de la vacuna de ser efectiva contra el nuevo virus será mayor que con las vacunas fabricadas por los métodos convencionales.

¿Es posible desarrollar una vacuna universal contra la gripe? Las actuales vacunas contra las gripes estacionales están dirigidas contra epítopos de alta inmunogenicidad que desafortunadamente resultan ser muy variables, por lo que las vacunas necesitan constante renovación. Los epítopos poco variables conocidos resultan ser de baja inmunogenicidad y por tanto no son ideales para el desarrollo de vacunas, puesto que requerirían constante reinmunización.

Una potencial vacuna universal debería estar dirigida contra un epítopo de alta inmunogenicidad y baja variabilidad. ¿Pero existen? Un argumento en favor de la hipótesis de que existen es la observación de que hay relativamente poca variación genética de influenza virus que circulan entre las poblaciones si consideramos todas las posibilidades teóricas de variación. Esta paradoja se puede explicar con la hipótesis anterior, puesto que la mayoría de nuevos virus no podría expandirse en las poblaciones animales y humanas debido a respuestas inmunes contra epítopos de limitada variabilidad. Un estudio reciente en grupos de niños demostró que tenían inmunidad natural contra estirpes de influenza virus del pasado a los que nunca estuvieron expuestos y que esta inmunidad se basaba en un epítopo conservado de H1 (PMID: 30242149). Si estos estudios se confirman, demostrarían la existencia de epítopos de alta inmunogenicidad y baja variabilidad y abrirían la puerta para vacunas universales contra muchos tipos de influenza virus. 

Otros virus amenazantes con potencial pandémico

Cuando pensamos en virus peligrosos, ébola y virus de Marburg nos vienen a la cabeza por las terroríficas consecuencias que conllevan sus infecciones, entre ellas fiebres hemorrágicas y mortalidades altísimas. Menos conocidos en Occidente, pero también letales, son Nipah y Hendra. Todos ellos tienen en común un origen zoonótico (sus huéspedes naturales son animales y en algún momento saltaron a humanos en estrecho contacto con la especie huésped), como lo tuvieron en su momento el virus del sarampión y mas recientemente el del sida.

En 1994, una misteriosa enfermedad respiratoria y neurológica causó estragos entre caballos y acabó también con la vida del veterinario que los atendía en Hendra, un suburbio de Brisbane en Australia. Media docena de personas más fallecieron después, todos ellos cuidadores de los caballos. El origen de la enfermedad resultó ser un virus transmitido por zorros voladores (murciélagos frugívoros del genero Pteropus) que frecuentaban higueras bajo las que pastaban los caballos. Poco después, en 1999, se identificó un virus relacionado con el de Hendra (de la familia de Paramyoxivirus) que causó estragos en millones de cerdos en Malasia, llegando a contagiar a granjeros que los cuidaban, pero sin que hubiese transmisión de persona a persona.

Sin embargo, este nuevo virus, llamado Nipah, resultó ser el mismo responsable de brotes infecciosos anuales en Bangladesh y la India. Estos brotes afectaban a personas que habían bebido savia de palmera o comido fruta contaminada con fluidos corporales (orina, saliva, sangre) de los zorros voladores e incluso a personas que habían trepado a los arboles donde se refugiaban los murciélagos. A diferencia del virus de Hendra, hay abundante evidencia de la transmisión de persona a persona en el caso de Nipah; en un caso reciente y bien documentado un brote infeccioso en Kerala (India) en mayo-junio de 2018, llevó a la hospitalización de un paciente que contagió a familiares y a otros pacientes del hospital con el resultado de que fallecieron 21 de 23 personas afectadas (PMID: 30364984)

Afortunadamente, Nipah, Ebola, Margburg y otros virus peligrosos como el sida solo se transmiten mediante contacto con fluidos corporales, lo que limita enormemente su potencial epidémico. El contagio de persona a persona observado en múltiples casos de Nipah es sin embargo preocupante, porque que en algunos casos pudieran deberse a microgotas respiratorias producidas por infectados en contacto estrecho y continuado con familiares o en ambulatorios. Recordemos que los virus del sarampión y de las paperas, como Nipah también de la familia Paramyoxivirus, evolucionaron para transmitirse entre humanos con altísimas tasas de contagio. Son estos virus que se trasmiten eficazmente a través del aire en aerosoles (como por ejemplo influenza, coronavirus o el virus del sarampión), los de mayor potencial pandémico. 

Los virus transmitidos por vectores, por ejemplo, mosquitos, también tienen considerable potencial pandémico. Entre ellos están el virus del Nilo occidental, zika, dengue, fiebre amarilla y chikingunya, todos los cuales pueden causar un rango de patologías que van desde las leves o asintomáticas a las muy graves como microcefalia (zika), encefalitis (virus del Nilo), fiebres hemorrágicas (dengue), o artritis crónica (chikingunya) y en conjunto causan muchas decenas de miles de muertes anuales en zonas tropicales. Los países ricos del hemisferio norte han estado históricamente mas o menos a salvo, pero con el calentamiento global especies de mosquitos que solo habitaban zonas tropicales o subtropicales están alcanzando nuestras latitudes, como hemos visto recientemente con el mosquito del Nilo en Andalucía.

Virus X desconocido

Aunque sea complicado y lleno de múltiples obstáculos, podemos prepararnos para futuras pandemias de virus conocidos como influenza, coronavirus o virus transmitidos por mosquitos y otros vectores. En el caso de influenza, como escribimos más arriba, hay un sistema en marcha de vigilancia para supervisar su presencia en sus reservorios animales (Global Influenza Surveillance and Response System). Una posible opción para detectar nuevas pandemias de otros virus conocidos sería aprovechar muestras sobrantes de sangre recogidas por motivos rutinarios en ambulatorios y hospitales de todo el mundo para investigar la posible presencia de anticuerpos contra estos virus. De esta manera se podría medir la prevalencia de infecciones en distintos lugares del globo y detectar brotes infecciosos antes del estallido pandémico.

Esto solo es posible con los virus conocidos, puesto que sabemos reconocer los anticuerpos con los que nuestro sistema inmunitario se defiende de ellos. Pero ¿y si la próxima pandemia no proviene de un coronavirus, influenza u otro virus conocido sino de uno del que no sabemos nada? ¿Cómo defendernos contra un virus con potencial pandémico que desconocemos? En este caso no podemos detectar anticuerpos contra ellos, pero afortunadamente disponemos de tecnología genética para hacerlo.

La metagenomica es el estudio de una colección de material genético (genomas) proveniente de una comunidad mezclada de organismos. Gracias a las nuevas y ultrarrápidas técnicas de secuenciación del DNA y a sofisticadas herramientas bioinformáticas, podemos recoger muestras de cualquier medio ambiente, incluido tejidos o fluidos humanos, y secuenciar su contenido en DNA para después recomponerlo y clasificarlo como perteneciente a distintas formas de vida conocidas o desconocidas. Este tipo de tecnología fue de hecho la que permitió secuenciar el genoma del SARS-CoV-2 a partir de muestras del tracto respiratorio en pacientes con neumonía en Wuhan, China (PMID: 31978945).

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El Global Virome Project tiene como objetivo reducir el riesgo de nuevas pandemias de origen vírico a través de la secuenciación de todos los virus con potencial zoonótico para infectar humanos, un numero que se estima entre 621 000 y 827 000 (DOI: 10.1126/science.aap7463).


Ómicron, virus peligrosos, futuras pandemias y nuestra ineptitud para aprender de la historia (2)

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Una sanitaria con uno de las vacunas contra la COVID-19. Foto: Cordon Press.

(Viene de la primera parte)

Si los coronavirus humanos dóciles que causan resfriados fueron en principio feroces asesinos que con el paso del tiempo se domesticaron, no es descabellado pensar que ocurrirá lo mismo con el SARS-CoV-2. Después de un salto zoonótico son de esperar patologías graves de infección, puesto que nuestro sistema inmunitario no esta preparado para defenderse del nuevo intruso. Con el paso del tiempo (afortunadamente muy acelerado por vacunas que «enseñan» a defenderse al sistema inmune) la población adquirirá inmunidad de rebaño y la COVID-19 dejará de ser una epidemia. La extraordinaria propagación de SARS-CoV-2 y el precedente de los coronavirus dóciles sugiere que la COVID-19 pasará a ser una enfermedad endémica, pero con patologías leves. Las infecciones por SARS-CoV-2 en niños pequeños no inmunizados causaría mayoritariamente patologías leves como hace ahora que, a su vez, generarían protección a patologías severas en caso de reinfección cuando fuesen adultos. Los datos epidemiológicos indican que la inmunidad esterilizante (que previene infección) disminuye rápidamente, pero la inmunidad que reduce la severidad de la enfermedad (mediada en gran parte por los linfocitos T) es muy duradera (PMID: 33436525). Esto es lo que ocurre ahora con los coronavirus de resfriados, los niños pequeños sufren estos resfriados constantemente mientras que los adultos no tienen patologías severas, a menos de que su sistema inmunitario este debilitado. 

Antes de la actual crisis, nadie o casi nadie hubiese pronosticado el peligro potencial de los coronavirus para desencadenar pandemias globales. Ahora, después del SARS el MERS y la COVID-19, estamos bien avisados. Gracias a estudios genómicos recientes sabemos que hay una enorme diversidad de coronavirus distintos que son endémicos en los murciélagos de herradura, de donde proviene originalmente también el SARS-CoV-2, (PMID: 29190287). Estos estudios nos enseñan que muchos componentes del genoma de SARS-CoV-2 están conservados y presentes en esta familia de coronavirus, lo que constituye un argumento inapelable en contra de las teorías conspiratorias de que SARS-CoV-2 tuvo su origen en un laboratorio chino. El origen del SARS-CoV-2 probablemente fue un evento de recombinación entre varios de estos virus antes de que saltasen a humanos o a un animal intermedio. Por si fuera poco, aunque estos otros coronavirus tienen diferencias en la secuencia de la proteína Spike, muchos de ellos también pueden usar el mismo receptor ACE2 para penetrar en células humanas (PMID: 29190287).

El peligro más cercano proviene de la evolución natural del SARS-CoV-2 hacia variantes aún más contagiosas, algunas de las cuales pudieran además producir patologías más severas. Afortunadamente el coronavirus evoluciona de manera relativamente lenta cuando lo comparamos con otros virus de ARN como los de la gripe y el virus de HIV, probablemente debido a la presencia de correctores de copia en su genoma (ver figura 1).

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Figura 1. El análisis comparativo de los genomas de SARS-CoV-2 y SARS-CoV-1 nos muestra una conservación relativamente alta de proteínas estructurales entre las que se encuentra Spike (S), que es necesaria para la penetración en la célula infectada y que constituye la diana de las actuales vacunas contra la COVID-19, así como de proteínas no estructurales (NSPs en ingles, figura coronavirus). Por el contrario, otras proteínas (ORFS/ accesorio factores, figura influenza) están menos conservadas. Tanto entre las conservadas como entre las no conservadas hay seis o siete proteínas que interaccionan con el sistema inmunitario (PMID: 32353859) incluyendo proteínas que parecen inhibir diversas funciones celulares, como la señalización por interferón. Esto sugiere que estas proteínas del virus pudieran estar implicadas en desencadenar la tormenta de citoquinas que caracteriza los casos graves de COVID-19. Esta abundancia de proteínas que perturban la señalización por interferones es interesante, porque es consistente con la idea que estos virus están optimizados para la infectar murciélagos, cuyo sistema inmunitario depende de interferón tipo 1 más que el humano. Sin embargo, mientras que la supresión de este componente del sistema inmunitario no causa enfermedad en murciélagos, en humanos puede llevar al desequilibrio de la respuesta inmunitaria y la famosa tormenta de citoquinas

Sin embargo, la cantidad de SARS-CoV-2 circulando en el planeta es fabulosa (cada persona infectada produce entre 109 y 1011 copias del RNA vírico, PMID:34083352), y hasta la fecha ha habido al menos 250 000 000 de personas infectadas. Cada persona infectada da al virus más oportunidades para mutar en una variante más peligrosa que las actuales. Por otra parte, el porcentaje de la población con defensas contra este virus está aumentando muy rápidamente por el efecto combinado del enorme éxito infectivo del virus y la distribución de vacunas. Por tanto, la presión evolutiva sobre el virus para hacerse más contagioso, escaparse de las defensas y poder volver a replicarse en otra victima está también incrementando y esto favorece la expansión de nuevas variantes con mayor capacidad de escape.

Esto tampoco es una peculiaridad del coronavirus actual; conviene recordar que la mayoría de las pandemias de influenza (gripe) recientes, incluyendo las de 1918, 1957 y 1968, también vinieron en oleadas y que la evolución natural es que las variantes más infecciosas desplacen a las que lo son menos. También conviene recordar que algunas de las variantes más contagiosas pueden ser también más letales que las anteriores, como en el caso de la segunda ola de la pandemia de gripe de 1918 (que veremos en la tercera y última parte).

En diciembre del 2021, cuando escribimos estas líneas, la variante óomicron esta desplazando vertiginosamente a la variante delta (que ya causó estragos globalmente ente los no vacunados) por ser mucho más contagiosa. Ómicron es extraordinaria porque acumula muchas mutaciones, incluyendo un numero muy alto (32) en la proteína Spike. Esta sorprendente acumulación de mutaciones sin pasos intermedios conocidos ha sugerido un posible origen en una persona inmunocomprometida que permitió al virus mutar repetidamente durante un periodo relativamente largo de incubación; puesto que el origen de ómicron es Sudáfrica, esta hipótesis no es descabellada dado la alta incidencia de sida entre las poblaciones afectadas por el coronavirus en este país.

Otra posibilidad para explicar el origen de ómicron es la anthroponosis, el salto desde humanos a otros animales, porque permitiría al virus evolucionar en sus nuevas victimas antes de volver a humanos con un disfraz distinto (mutaciones en Spike) que le permita esquivar nuestras defensas adquiridas por previa infección o por vacunación. La hipótesis de anthroponosis tampoco es descabellada, puesto que el virus ha infectado a cientos de millones de personas a nivel global, favoreciendo por tanto los contactos de humanos con animales, y hay numerosos ejemplos de contagios a gatos, perros y animales salvajes, además de muchos ejemplos de visones contagiados en granjas de cría de estos animales. El peligro adicional de la anthroponosis es que los animales pudieran convertirse en un reservorio del SARS-CoV-2 desde los cuales pudieran desencadenarse nuevas infecciones después de que la actual pandemia haya finalizado.

La abundancia de mutaciones en la proteína Spike de ómicron disminuye la capacidad de los anticuerpos neutralizantes generados por las vacunas actuales para evitar la infección. Afortunadamente la respuesta inmunológica de las células T sigue siendo fuerte, de manera que, aunque las vacunas actuales no ofrecen el mismo rango de protección contra la infección que ofrecían contra las variantes anteriores, siguen protegiendo contra patologías graves en personas no inmunocomprometidas.

Ómicron es particularmente peligrosa para aquellos con sistema inmunitario débil o para los no vacunados, porque hace ineficaz uno de los mejores tratamientos contra la COVID-19 causada por las variantes anteriores: el tratamiento con anticuerpos monoclonales comerciales que neutralizan el virus. Todos estos anticuerpos monoclonales son ahora incapaces de reconocer el Spike mutado de ómicron excepto uno. La excepción es Sotrovimab, que fue generado contra un epítopo distinto que está conservado entre SARS-CoV-2 y SARS-CoV-1 y parece ser eficaz contra esta nueva variante. La existencia de anticuerpos que reconocen epítopos de los coronavirus no variables nos señala el camino a seguir para desarrollar futuras vacunas contra todas las variantes del SARS-CoV-2 e incluso otros coronavirus: vacunas universales con gran rango de protección contra posibles futuras variantes. Mientras tanto, el desarrollo reciente de fármacos antivirales que frenan la replicación del virus permitirá el tratamiento eficaz de patologías causadas por distintas variantes, puesto que su mecanismo de acción no depende de la proteína Spike.

Por todo ello es absolutamente esencial ganar esta carrera al virus: la carrera entre su velocidad de evolución y la inmunización por medio de vacunas a la población. Y aquí conviene recalcar que la carrera es a nivel mundial y no solo por razones éticas; sin vacunación global, los países ricos nunca estarían a salvo porque los pobres serian el reservorio perfecto para potenciar la evolución de nuevas variantes que volverían a asolar a los ricos que se creían protegidos. Y las revolucionarias nuevas vacunas basadas en tecnología de RNA (por ejemplo, Pfizer y Moderna), que han demostrado ser tan extraordinariamente eficaces contra el virus en los países ricos, no son adecuadas para vacunar el planeta. Debido a problemas logísticos derivados de tener que mantenerlas a temperaturas de ultracongelación es muy difícil administrarlas en lugares rurales lejos de grandes hospitales, y este problema es aún más grave en el caso de los países pobres.

Afortunadamente, otras vacunas más convencionales, pero también muy eficaces y además mucho más baratas, empiezan a estar disponibles. Por ejemplo Corbebax, que está fabricada en India. Las ultimas variantes que nos han asolado provienen de la India (delta) y de Sudáfrica (ómicron), demostrando lo esencial que es vacunar a todos los países, y aun así tendremos que estar atentos, pues siempre quedará un porcentaje de la población que por razones socioeconómicas, médicas o por rechazo a vacunarse no estarán protegidos, permitiendo al virus seguir evolucionando hacia variantes todavía más peligrosas. Los no vacunados por razones negacionistas representan una amenaza para la sociedad y muy particularmente para los pocos que no pueden vacunarse por razones medicas y para las muchas personas con sistema inmunitario debilitado (por ejemplo, pacientes en tratamiento contra el cáncer, recipientes de órganos trasplantados, personas tratadas con dosis altas de corticoesteroides, pacientes con sida avanzado o no tratado) porque las vacunas tienen sobre ellos un efecto limitado.

(Continua aquí)


Ómicron, virus peligrosos, futuras pandemias y nuestra ineptitud para aprender de la historia (1)

El triunfo de la muerte, Pieter Brueghel el Viejo pandemias
El triunfo de la muerte, de Pieter Brueghel el Viejo.

Con toda la tragedia humana y descalabro económico y social que conlleva esta pandemia, la COVID-19 y sus sucesivas oleadas que ahora nos parecen interminables, es un peso ligero comparada con otras que han azotado a la humanidad en el pasado. Otras pandemias, tanto de origen vírico como bacteriano, han sido incluso más contagiosas y mucho más letales. Y sin embargo no aprendimos de ellas, quizá porque nos parecen lejanas en el tiempo… o porque asolaron a otros. 

Por eso parece oportuno preguntarse, ahora que padecemos la enésima ola de COVID-19, si nos volveremos a olvidar y cometeremos en un futuro los mismos errores. Porque la cuestión no es si habrá otra pandemia, sino cuándo.

Y en un futuro muy próximo, antes de la siguiente pandemia, el peligro es el de una nueva variante del virus de la COVID-19 que llegue después de ómicron, que causa estragos ahora, a principios del 2022. Porque mientras no vacunemos al planeta entero, incluido del hemisferio sur donde se origino ómicron (Sudáfrica) o delta (India), el virus podrá seguir mutando, evadiendo nuestras defensas y haciéndose cada vez más contagioso.  

La historia, incluida la contemporánea, nos enseña que las pandemias han sido un constante azote a la humanidad. Empezando por pandemias prehistóricas que recientemente empezamos a desenterrar gracias a la genética, la peste bubónica que nos diezmó no una sino varias veces, desde tiempos de Justiniano hasta la Edad Media, la viruela producida por un virus mucho más contagioso y letal que el coronavirus actual, la polio que se transmite por niños asintomáticos causando parálisis y muerte en algunos, hasta las epidemias de sida, ébola, gripes aviares y porcinas y los coronavirus del SARS y MERS, también mucho más letales que el actual, pero no tan contagiosos. La ultima gran pandemia, la de la mal llamada gripe española, mató entre 50 y 100 millones de personas en 1918 1919 y desgraciadamente no hemos sabido recordar ahora, en tiempos de la COVID-19, mucho de lo que aprendimos entonces. Pero esto es otra historia (ver Virus. La guerra de los mil millones de años, Espasa) 

A pesar de las mucho mejores condiciones higiénicas de la sociedad contemporánea y de los enormes avances de la biomedicina, hay tres factores principales que hacen que la humanidad sea ahora más susceptible que nunca a las pandemias. Uno es el enorme incremento de la población en el planeta: los virus se transmiten mucho más fácil y rápidamente en condiciones de alta densidad de sus victimas. El segundo es que antiguamente los virus viajaban en unas pocas caravanas que transportaban mercancías entre oriente y occidente o en lentos barcos mercantes que cruzaban los océanos. Ahora los virus se propagan rápidamente de un rincón del globo a otro acompañando a sus victimas en cientos de vuelos transatlánticos diarios. Por ultimo, los virus que han causado epidemias recientes tienen un origen zoonótico, es decir, provienen de animales en los que no causan enfermedad porque ha habido una lenta adaptación, pero al saltar a humanos causan rápidos estragos porque nuestro sistema inmunitario no está preadaptado. Estos saltos entre especies son excepcionalmente raros porque los virus generalmente infectan de manera específica a una especie determinada; sin embargo, el constante asalto de los humanos al medio ambiente donde viven los animales ha incrementado enormemente el numero de contactos y por tanto la probabilidad de salto zoonótico. Ahora, más que nunca, somos presa fácil de las pandemias.

Estas consideraciones, más los recientes precedentes históricos de coronavirus SARS (2002-2004) y MERS (2012-) y gripes pandémicas (1957-58, 1968 y 2009) nos indican que, con toda probabilidad, la COVID-19 no será la ultima de las pandemias en un futuro más o menos próximo. Esta reflexión invita a preguntarnos cuáles son los virus que tienen mayor potencial para desencadenar las que vienen.

El grupo más sospechoso está compuesto por virus cuyo material genético es ARN. La razón es que la fidelidad de la maquinaria celular de replicación de estos virus es menor que la de virus de ADN, lo que hace más probable las mutaciones que permitan un salto zoonótico y un incremento de su capacidad de contagio (i.e., R0). Además, muchos virus de ARN no tienen, como los virus de ADN, maquinaria molecular que les permita corregir errores de copia del material genético, contribuyendo así a un potencial de mutación más alto (los coronavirus son una excepción, ver figura 1). Una característica importante de los virus con potencial pandémico es que se transmitan por vía respiratoria. Conocemos virus aterradores como el del ébola, de efectos devastadores y mortalidad altísima, pero que al transmitirse a través de fluidos corporales su capacidad de contagio es notablemente menor que los respiratorios. Considerando estas características, destacamos tres clases de virus como especialmente peligrosos por su potencial de desencadenar pandemias en un futuro próximo.

Figura 1.

Coronavirus

Gracias a la COVID-19, todo el mundo sabe qué son los coronavirus, los actuales supervillanos entre los virus con su famosa corona de espículas. Fueron descubiertos en los años 60, y hasta hace poco eran desconocidos para todos excepto unos pocos científicos especializados en virología. Entre los coronavirus humanos que se descubrieron primero figuran OC43 y 229E, pero en el pasado no atrajeron mucha atención, pues solo producen resfriados comunes y por tanto no son más que una molestia. Hoy sabemos de dos coronavirus más causantes de resfriado común: NL63 y HKU1. En conjunto se estima que estos cuatro coronavirus son responsables de ~25 % de todos los resfriados (PMID: 32501321), y estudios indican que la gran mayoría de los niños tienen anticuerpos contra ellos. Como veremos más adelante, estos coronavirus relativamente benignos pudieran haber tenido una historia más tenebrosa.

Fue a finales de 2002 cuando estalló la primera epidemia de coronavirus, causada por SARS-CoV-1, que afectó a unas 8100 personas ocasionando cerca de 800 muertes. Afortunadamente, esta epidemia produjo un numero relativamente limitado de infecciones por dos razones fundamentales: el virus SARS-CoV-1 causa una enfermedad severa con mortalidad alta, lo que facilita aislar a los contagiados. Además, este virus se replica principalmente en el fondo de los pulmones, en lugar de la nariz y la garganta como el SARS-CoV-2, que se multiplica por tanto en un lugar más accesible y desde donde es más fácil de propagar. El SARS-CoV-1 ya avisó de que el peligro potencial de los coronavirus era mucho mayor de lo que hasta entonces sospechábamos.

Y estos temores se confirmaron con la segunda epidemia de coronavirus reciente, causada por MERS-CoV, que desde 2012 ha infectado a ~2520 persona,s entre los que ocasionó una enorme mortalidad: aproximadamente el 35 % de los infectados fallecieron. Por fortuna, la transmisión de MERS entre humanos es muy rara y ocurre solo en casos de estrecho contacto con pacientes. como el que ocurre en ambulatorios con escasas medidas de protección. La mayoría de los casos se produjeron en Arabia Saudí debido a contacto con dromedarios infectados, que constituyen la principal fuente de infecciones humanas.

Nombre de la epidemia Fecha Muertes Case Fatality Ratio Coronavirus
SARS 2002-04 ~800 10 % SARS-CoV-1
MERS 2012– ~888 35% MERS-CoV
COVID-19 2019– >5,5 millones ~2-3% SARS-CoV-2

Tabla 1. Epidemias contemporáneas causadas por coronavirus.

Los coronavirus tienen muchas victimas. Aunque no nos lo parezca, los humanos no somos particularmente atractivos desde su punto de vista. Hay cuatro géneros de coronavirus (alfa, beta, delta y gama) que infectan a toda clase de mamíferos y aves. Son bien conocidos en el mundo de la medicina veterinaria pues causan epidemias catastróficas en aves de corral. Por ejemplo, el IBV (Infectious Bronchitis Virus) causa una mortalidad alta y por tanto perdidas económicas grandes cuando infecta a granjas de pollos PMID: 17296157. Otros coronavirus son bien conocidos por sus estragos en el ganado porcino, como el SADS-CoV y PEDV-CoV, que causan diarreas mortales en cerdos (PMID: 29618817).

La alta mortalidad del SARS, el MERS y otros coronavirus que causan pandemias letales en animales de granja contrasta con el efecto relativamente benigno de los cuatro coronavirus humanos más «dóciles», que solo causan leves resfriados ¿Por qué SARS-CoV-1, MERS-CoV y SARS-Cov-2 son mucho más letales que OC43, 229E, NL63 y HKU1? ¿Cómo explicamos estas discrepancias? Una hipótesis atractiva es que alguno, o quizá todos los cuatro coronavirus dóciles, fuesen en el pasado, cuando saltaron a humanos, feroces asesinos. Pero con el paso del tiempo hubo una adaptación mutua: nuestro sistema inmunitario aprendió a defenderse mejor y ellos se volvieron más benignos, con lo que las dos partes salieron beneficiadas. 

Si esto es así, ¿cuándo tuvieron lugar estas antiguas pandemias? Aquí es donde la genética integrada con la historia puede arrojar nueva luz sobre los orígenes de los coronavirus benignos. La genética puede ayudar porque el análisis comparativo de las secuencias de distintos coronavirus nos permite calcular cuándo divergieron evolutivamente. La epidemia de SARS-CoV-1 en 2002-2004 desencadenó la secuenciación en gran escala de genomas víricos, y hoy sabemos las secuencias de los coronavirus humanos conocidos, así como muchos otros que infectan ganado y animales salvajes.

Estos análisis comparativos indican que el pariente más cercano a OC43 es un coronavirus bovino (BCoV), y que divergieron uno de otro hace unos 130 años PMID: 15650185. Esta fecha sugiere un posible salto zoonótico de ganado vacuno a humanos alrededor de 1890, que curiosamente coincide de manera precisa con la fecha de la ultima gran pandemia del siglo XIX que causo la muerte de un millón de personas, un numero de victimas mortales elevadísimo si consideramos que por aquel entonces la población total del planeta eran 1500 millones de personas.

Esta pandemia es conocida como la «gripe rusa» de 1889-1890, y como su nombre indica se atribuyó a influenza, el virus responsable de la gripe. Sin embargo, la coincidencia precisa con el calculo de un posible salto zoonótico ha sugerido la posibilidad de que fuese una pandemia provocada por coronavirus (PMIDs: 32501321, 34254725). Averiguar con certeza cuál fue el agente infeccioso es difícil porque no tenemos muestras de tejido de las victimas para analizar… A menos que haya víctimas congeladas debajo del permafrost siberiano y que ahora pudieran salir a la luz como consecuencia del cambio climático.

Análisis genéticos comparativos del coronavirus humano 229E nos enseñan que parientes cercanos a este coronavirus existen en murciélagos africanos y que en algún momento entre 1680 y 1800 pudieron saltar de los murciélagos en su camino a humanos, con un posible paso intermedio en camélidos (PMID: 26378164).

Más allá de épocas históricas más o menos cercanas, el genoma humano contiene información sobre su evolución que nos permite inferir el impacto de pandemias que debieron ocurrir en un pasado prehistórico muchísimo más lejano. Por ejemplo, un análisis del genoma de distintas poblaciones indica que hubo una fuerte selección evolutiva de determinadas variantes en genes humanos implicados en la infección por un coronavirus (o quizá otro virus con características muy similares). Estos datos nos permiten inferir una epidemia prehistórica que asoló a los humanos hace más de 20 000 años, dejando huellas indelebles en el genoma de las poblaciones que la padecieron (PMID: 34171302).

(Continúa aquí)


Futur antérieur: historia ligera del niputaideaismo (y 3)

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Ilustración de un ingenioso mecanismo para aliviar histerias femeninas. Imagen: DP. niputaideaismo 

(Viene de la segunda parte)

Un experto es una persona que ha cometido todos los errores que se pueden cometer en un campo muy limitado.

(Niels Bohr, premio nobel de física).

No todo error debe ser llamado necedad.

(Cicerón, filósofo).

Y recordad, chicos, la única diferencia entre andar jodiéndolo todo y la ciencia es… tomar notas.

(Adam Savage, artista de FX y cazador de mitos).

Ser mujer y sentarse ante un médico durante los siglos XVI y XVII era, por lo general, una actividad de riesgo. Porque durante aquellos años, las autoridades sanitarias tenían la costumbre de diagnosticar «histeria femenina» a todas las pacientes que se acercasen hasta la clínica aduciendo alguno de los siguientes síntomas: ansiedad, insomnio, espasmos musculares, falta de apetito, dolores de cabeza, disnea, retención de líquidos, desmayos, dolor abdominal, irritabilidad, inapetencia sexual o (también, sí) un exceso de promiscuidad.

Curiosamente, los médicos además se reservaban el derecho a declarar como histéricas a aquellas féminas que, según ellos o terceros, demostrasen «tendencia a causar problemas a los demás». En algún momento dado, un doctor llamado George Beard llegó a elaborar una tremenda lista de setenta y cinco síntomas diferentes que evidenciaban la histeria, una enumeración que él mismo consideraba incompleta. De este modo, la histeria femenina fue considerada durante decenas de años como una enfermedad, una que por lo visto se utilizaba a modo de comodín cuando el paciente portaba ovarios.

Para más guasa, según la ciencia del momento se presuponía todos esos malestares de las mujeres llegaban provocados por la retención de humor o de los líquidos en el útero, por la falta de sexo o (esta es buena) por la idea del «útero errante». Una antigua creencia nacida en Grecia, donde se estipulaba que el útero tenía tendencia a moverse por su propia voluntad a través del interior del cuerpo femenino, visitando a otros órganos, persiguiendo olores o huyendo de ellos, y en general removiéndolo todo y escacharrando el mobiliario de ahí dentro.

Lo peor de todo este asunto era el remedio propuesto para combatir esta supuesta enfermedad. Porque los médicos recetaban como tratamiento eficaz el matrimonio y los encuentros sexuales regulares con el marido. Según su fabuloso razonamiento, el coito purgaba el útero y el semen tenía propiedades curativas, pero solo si la eyaculación tenía lugar en el interior de la vagina. Los eruditos también prohibían, muy cucos ellos, que las pacientes se autotrataran echando mano de la masturbación. En su lugar, recomendaban a las solteras y viudas que el propio médico o una comadrona les estimulasen manualmente los bajos con ciertos aceites y aromas. En algunos casos, en lugar de recetar que los desconocidos les frotasen la pepita a las afectadas, se optaba por tratarlas regando su zona conflictiva con delicadeza y profesionalidad: disparándoles manguerazos de agua a presión sobre el toto.

Toda esta colección de disparates evidenciaba que el niputaideaismo, el no saber qué es lo que estás haciendo y errar por completo, era fuerte en la medicina de finales de la Edad Moderna. Desgraciadamente, las mujeres de aquella época no fueron las únicas personas a las que la ineptitud científica les tocó los genitales. Porque la historia de nuestras artes y disciplinas está plagada de desaciertos, incompetencias, calamidades y pifias similares. O incluso peores.

Física 101

Siglo IV antes de Cristo. Aristóteles publica Física: lecciones orales sobre la naturaleza, un tratado formado por ocho librazos sobre filosofía natural. En dicha obra, Aristóteles describía, entre otras muchas cosas, el éter como un elemento que rodeaba los cuerpos terrestres y era mucho más ligero que el aire. Un buen montón de siglos más adelante, físicos como Robert Boyle, Christiaan Huygens o el mismísimo Isaac Newton agarran la ocurrencia de Aristóteles y acaban elucubrando que existe un plano espacial de éter luminífero que vendría a ser el medio por el que la luz es capaz de propagarse con soltura.

Hasta que, en 1887, Albert Abraham Michelson y Edward Morley llevaron a cabo un famoso experimento para demostrar que el éter no existía y todas aquellas patrañas tenían la misma base científica que la magia en Hogwarts. En el siglo XVIII Antoine Lavoisier, a.k.a. «padre de la química moderna», también le echó imaginación y se sacó un nuevo elemento de la chistera para tratar de explicar la presencia del calor en cuerpos y combustiones: el «calórico», un fluido sutil que habitaba entidades y objetos y «era capaz de circular desde los cuerpos más calientes a los más fríos». Como concepto era regulero y cuestionable, pero eso no impidió que, poco después, otros científicos contraatacasen ideando el «frigórico», la némesis natural del calórico, es decir, el frío convertido en fluido.

El filósofo griego Empédocles estaba convencido de que todos los seres materiales del universo estaba compuesto a partir de cuatro elementos: tierra, aire, agua y fuego. Y también de que la diosa Afrodita creó los ojos humanos utilizando los cuatros elementos y colocando una llama encendida en su interior, una lumbre que brillaba hacia el exterior, permitiendo que la vista fuese posible. En un momento dado, un estudioso contemporáneo le comentó a Empédocles que su hipótesis patinaba porque de ser cierta, el hombre sería capaz de ver en la oscuridad. Pero Empédocles contratacó alegando que las llamas del ojo humano eran como Superman: funcionaban a la luz del sol. De este modo, y durante las centurias venideras, se asentó la «Teoría de la emisión»: un postulado que defiende que la percepción visual se produce gracias a unos rayos visuales que emanan de los ojos. En los libros de los intelectuales esta teoría llegó habitualmente acompañada de unas ilustraciones fabulosas: escenas cotidianas protagonizadas por personas que disparan alegremente decenas de rayos por los ojos como si fuesen familia directa del Cíclope que guerreaba con los X-Men.

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Detalle de una ilustración de la teoría de las emisiones en el libro System der visuellen Wahrnehmung beim Menschen (1687).

Medicina 101

Antes del advenimiento de la medicina moderna durante la segunda mitad del siglo XIX, la disciplina médica podía considerarse una especialidad de lo más exótica y abierta de miras, algo muy lindo siempre y cuando uno no se encontrase en la posición de ser el paciente que debe recibirla. Desde tiempos de Hipócrates, una de las bases sobre la que se apoyó la medicina fue la teoría de los cuatro humores. Un planteamiento que supone el cuerpo humano compuesto por cuatro sustancias líquidas básicas conocidas como humores: la bilis negra, la bilis amarilla, la flema (o pituita) y la sangre.

La teoría humoral sostiene que cada uno de esos humores se corresponde con una estación, con un elemento (fuego, tierra, agua, aire), con órganos del cuerpo y, lo más importante, con diferentes caracteres de la personas. El estado ideal supone que es necesario tener los humores equilibrados, porque cualquier desmadre en la cantidad de uno de ellos provocaría sacudidas en los temperamentos. Así, la gente con mucha bilis amarilla sería agresiva, los que poseyesen mucha sangre serían sociables, el exceso de flema indicaría una persona calmada, y la abundancia de bilis negra supondría un individuo melancólico. El exceso o deficiencia de cualquiera de los humores era interpretado como una enfermedad y se trataba con métodos a menudo tan espeluznantes como desangrar o aplicar calor extremo sobre los convalecientes para balancear sangres y bilis.

Más allá de estos malos humores, otras dudosas metodologías médicas fueron enunciadas o puestas en práctica a lo largo de la historia. La teoría miasmática formuló que las enfermedades eran causadas por la miasma, un aire sucio y nocivo. Los primeros dentistas creyeron que las caries las producía un gusano que anidaba entre los dientes para devorarlos y agujerearlos. La especialidad conocida como fisiognomía se basaba en estudiar la apariencia externa de una persona para conocer su carácter o forma de ser. Y la frenología estaba convencida de poder determinar la personalidad y los rasgos del paciente analizando la forma de su cráneo, sus protuberancias y sus facciones. Para ello, esta pseudociencia consideraba que la superficie del cráneo se dividía en una serie de secciones diferentes, cada una de las cuales representaba una función distinta. Estudiándolas, los partidarios de la frenología admitían ser capaces de hacer cosas tan cuestionables como descubrir de antemano si un individuo iba a convertirse en un criminal o certificar que los humanos de piel clarita estaban más evolucionados que los que lucían moreno natural.

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La frenología defendía que el cerebro estaba dividido en compartimentos para cada uno de los rasgos de su dueño. Ilustración de People’s Cyclopedia of Universal Knowledge (1883).

En el campo de la medicina universal, existe un terreno muy concreto en el que la gran mayoría de civilizaciones de nuestro planeta han estado de acuerdo durante siglos: ante la duda, lo mejor es tirar de trepanación como remedio. Agujerear la cabeza para liberar malos espíritus o aliviar dolores a base de meter algo dentro y remover el asunto. La historia evidencia, tras amontonar a través de las eras cráneos agujereados con mayor o menor éxito, que existieron todo tipo de médicos/chamanes/mecánicos/estudiosos que optaron por hacer un butrón en la testa como remedio ante las más variadas dolencias.

De hecho, la trepanación está considerada como el proceso quirúrgico más antiguo del que se tiene constancia. En Francia, se desenterraron cuarenta calaveras neolíticas, del año 6500 a. C., con boquetes en la azotea a modo de cirugía prehistórica para vete tú a saber qué. Mayas, aztecas e incas también jugaron a perforar los huesos de la cabeza, tanto en rituales como en procedimientos médicos oficiales que gozaban de un notable porcentaje de éxito. Entendiendo como «éxito» no el hecho de curar la enfermedad que los aquejaba, sino el detalle de no morirse después de ser trepanados. Los chamanes utilizaron la técnica para crear una salida de emergencia para los espíritus maliciosos y así intentar tratar la ceguera, las enfermedades mentales, los desvaríos varios o la epilepsia.

Según las evidencias, hasta en la antigua China, poco dados en su medicina tradicional a los procedimientos quirúrgicos, existieron algunos doctores amigos de la perforación craneal. Durante el Renacimiento, las convulsiones podían tranquilamente acarrear recetas que incluyese trepanar el melón. Un poco más tarde, el príncipe Felipe Guillermo de Orange-Nassau hubo de someterse unas diecisiete veces a este tipo de cirugía arcaica.

A principios del siglo XX, los hospitales psiquiátricos de las poblaciones civilizadas comenzaron a sobresaturarse con pacientes por culpa de la dejadez de unos médicos que llevaban años estancados en el nihilismo terapéutico, es decir, en la idea de que era imposible curar a ciertas personas. Hasta que un grupo de valerosos doctores del Viejo Mundo decidieron contraatacar utilizando la cabeza. Y más concretamente, la cabeza de otros: en Europa, la medicina comenzó a tontear con una serie de tratamientos mucho más bestias (terapias de choque con insulina, electroshocks o malarioterapias) entre los cuales brillaba especialmente la trepanación y posterior lobotomía de los pacientes. Una intervención que suponía horadar la tapa de los sesos para remover el cerebro o hurgar entre las conexiones neuronales a ver si sonaba la flauta y de ese modo al paciente se le arreglaba la azotea.

Con esa encomiable idea en mente, y a partir de los años 30, los matasanos se dedicaron a tantear diversas formas de alcanzar el interior del cráneo. El italiano Amarro Fiamberti se las apañó para acceder a los lóbulos frontales a través de la cuenca del ojo, y los americanos Walter Freeman y James W. Watts elaboraron una técnica que suponía taladrar un costado de la calavera. Mientras tanto, médicos como José de Matos Sobral Cid observaron que los intervenidos con dichas prácticas salían del hospital con una «degradación de la personalidad» y una apariencia «disminuida», es decir, que parecía que los habían reseteado y andaban sin los drivers actualizados.

En Japón el asunto era incluso más escabroso, pues la intervención se acostumbraba a realizar en niños con problemas de comportamiento. Las dudas y quejas relativas a la eficiencia del tratamiento no frenaron la práctica y hasta los años 70 la lobotomía no desaparecería del todo. Excepto en Francia, donde los muy cafres aún seguían experimentando con el unboxing de testas a la altura de los años 80. El recuento general es bastante loco: cuarenta mil personas fueron lobotomizadas en Estados Unidos, catorce mil en el Reino Unido, cuatro mil quinientas (en su mayoría mujeres) en Suecia, otras cuatro mil quinientas en Dinamarca y dos mil en Noruega. En la Unión Soviética alguien intuyó que aquello era una salvajada y se prohibió la lobotomía en la década de los 50, muchísimo antes que en el resto del mundo.

En 1796, un alemán llamado Samuel Hahnemann enunció que todas las enfermedades eran causadas por unos fenómenos llamados miasmas que podían ser atraídos por la mentalidad negativa. También sentenció que la medicina habitual no era útil para combatir las enfermedades, aunque en apariencia ocurriese exactamente lo contrario. Hahnemann no tardó en elaborar su propia teoría: la de que una sustancia que cause síntomas de una enfermedad en personas sanas curará lo similar en personas enfermas. Se trataba de una hipótesis revolucionaria por parte de aquel hombre, una que estaba muy firmemente asentada en lo que en el terreno científico se conoce como sus Santas Pelotas.

Amparado por dicha idea, y rebosando ilusión, Hahnemann estipuló que para crear un remedio a cualquier enfermedad bastaría con agarrar aquella sustancia nociva que provoca la dolencia en cuestión y diluirla una cantidad absurda de veces en agua (o alcohol) hasta que no quedase nada del producto original. El resultado, según Hahnemann, sus ya mentadas Santas Pelotas y ningún estudio que pudiese corroborarlo, sería un líquido insulso para beber a morro capaz de curar la enfermedad de manera mágica. Todo esto resultó tan demencial y absurdo como para que las correrías médicas de Hahnemann, y su carencia total de base alguna, estén hoy en día reconocidas como una de las más grandes gestas del niputaideaismo de la historia. Da la impresión que el caballero se las traía, pero ocurre que, sorprendentemente, sus seguidores y fanáticos son incluso más pesados que él.

Geografía 101

En algún momento del siglo XV los cartógrafos de Europa comenzaron a perfilar en sus mapas un enorme continente extraño etiquetado como «Terra Australis Incognita» (o «Terra Australis Ignota», o «Terra Australis Nondum Cognita»). Lo importante de este hecho es que ningún explorador conocido había puesto el pie jamás sobre dicha región y, sobre todo, que ninguno podría hacerlo nunca, porque aquel misterioso lugar era un terreno imaginario. Un continente que no existía, puesto que no había sido dibujado tras ser oteado a distancia durante alguna travesía, sino simplemente porque alguien tuvo la sensación de que en el mapa general del mundo toda esa tierra continental del hemisferio norte debería de estar equilibrada con una masa similar en el hemisferio sur. Así nació toda Terra Australis Incognita, como un simple modo de compensar la balanza.

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Mapa dibujado por Abraham Ortelius en 1570, donde se puede observar un inmenso continente etiquetado como Terra Australis Nondum Cognita en la parte inferior.

La Terra Australis imaginaria no fue el único gran gazapo acontecido entre los planos de la disciplina cartográfica. Porque a lo largo de los siglos XVII y XVIII en numerosos mapas oficiales de los mares del mundo apareció dibujada una curiosa silueta en la costa oeste de las tierras americanas: la isla de California. O uno de los errores más famosos e inexplicables de los mapas vetustos, el de interpretar la península de Baja California como una isla separada del resto de América del Norte. Curiosamente, la fama de la falsa isla llegaba hasta el punto de ser mentada incluso en obras literarias como los libros de caballerías de Garci Rodríguez de Montalvo. En aquellas páginas de ficción, y también en las leyendas populares, se avivaba la idea de que la misteriosa isla de California era una suerte de paraíso en la tierra.

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La isla de California, por Johannes Vingboons, circa 1650.

Mapas aparte, las locuras relativas a la orografía de nuestro globo siempre han ofrecido conjeturas coloridas: la teoría de la expansión terrestre presupuso, hasta bien entrados los años 70, que el planeta se había ido hinchando a lo largo de millones de años, dividiendo y alejando los continentes a medida que engordaba la panza. La teoría de la Tierra en contracción defendía justo lo contrario, la acción continuada de un enfriamiento global que había ido encogiendo el planeta y formando durante el proceso accidentes geográficos como las cadenas montañosas tras arrugar la superficie terrestre.

Pero la ganadora entre todas estas presunciones es la creencia de la Tierra hueca o creencia intraterrestre: la afirmación de que nuestro mundo está completamente hueco. Una chalada ocurrencia que otrora formaba parte de los cuentos fantásticos de mitologías como la celta, la hindú o la griega, pero que a lo largo de la historia se ha ido reformulando continuamente, tanto por gente que realmente creía en ella, como por conspiranoicos dementes, o por autores de ficción que se sumaron al juego. Todo ello provocó que ahora mismo resulte difícil asegurar quién hablaba en serio y quién estaba troleando fuerte.

El erudito jesuita Atanasio Kircher especuló en su Mundus subterraneus que las tripas de la Tierra estaban compuestas por un intrincado mundo de cavernas y canales de agua. Edmond Halley conjeturó que el planeta podría tener la pinta de un enorme Ferrero Rocher: lo supuso como una capa exterior hueca de ochocientos kilómetros de espesor, con dos capas concéntricas dentro y un núcleo interno. William Reed postuló, en su libro Phantom of the poles de 1906, que la Tierra era hueca y su interior estaba repleto de vida animal, vegetal y probablemente también de alegres gentes intraterrestres. Además afirmó que tanto en el Polo Norte como en el Polo Sur existían grandes aberturas por las que acceder a las entrañas del planeta, algo que rebatieron poco después los exploradores que tocaron Polo pero no vieron socavón en la zona.

La escritora espiritualista Walburga Ehrengarde Helena von Hohenthal, lady Paget, amiga íntima de la reina Victoria, afirmó que existían imperios enteros bajo la tierra habitados por los antiguos habitantes de la Atlántida. Marshall Gardner imaginó un sol en el centro del planeta, el explorador Ferdynand Ossendowski escuchó historias sobre peña intraterrestre, Julio Verne fantaseó con un montón de espacio allá abajo en Viaje al centro de la Tierra, Peter Kolosimo reportó que en un monasterio de Mongolia existía un acceso a las profundidades de nuestro mundo por el que transitaban robots, y Walter Siegmeister aseguró que el centro del planeta era un enorme parking de ovnis. En la otra banda, un puñado de científicos de buenas notas se preguntaba cómo había gente que podía creer en todo aquello y al mismo tiempo en la fuerza de la gravedad.

Los que sí que demostraron fe y cabezonería fueron unos cuantos individuos que, a principios del siglo XIX, se presentaron formalmente en los congresos científicos con la Biblia bajo el brazo: los defensores de la geología diluviana. O el intento pseudocientífico de intentar conciliar la geología de nuestro planeta con la creencia totalmente literal de que un diluvio universal tuvo lugar en algún momento por aquí. Los partidarios de aquella idea, conocidos como geólogos bíblicos o geólogos mosaicos, eran en esencia un grupo de escritores, en su mayoría evangélicos anglicanos, que no tenían ningún tipo de formación geológica pero sí muchas ganas de encontrar pruebas del diluvio bíblico que nunca acababan de aparecer. Defendían la «la primacía de la exégesis bíblica literalista», la escala temporal corta de una Tierra joven y probablemente hoy en día serían los mejores amigos de Kirk Cameron.

Fueron ninguneados por los científicos, pero también por una comunidad eclesiástica que no estaba para tonterías. Parecía que la cosa se iba a quedar ahí, porque durante muchos años posteriores incluso los evangélicos cristianos defendían que lo del Viejo Testamento tenía mucho de imaginativo escenario metafórico y poco de catastrófico remojón literal. Hasta que en 1961 un par de creacionistas, John C. Whitcomb y Henry M. Morris, publicaron The Genesis Flood: The Biblical Record and Its Scientific Implications. Un libro donde defendían la veracidad del relato bíblico del diluvio, cuyo éxito impulsó de nuevo las teorías creacionistas en la época moderna. Según el historiador Michael D. Gordin, The Genesis Flood debería de considerarse como una de las obras más importantes en la cultura norteamericana de posguerra. Pero no tanto por lo que cuenta, fruslerías justificadas con más fe ciega que base científica, como por lo que refleja de una sociedad que gusta de bucear en el niputaideismo: «Fue leído por cientos de miles, dio lugar a sus propios institutos de investigación y sigue siendo totalmente rechazado por todos los biólogos y geólogos convencionales».

Virología 101

Diciembre de 2019, comienzan a aparecer diversos casos de neumonía en Wuhan, China, cuya naturaleza no son capaces de identificar los médicos. Siete días más tarde, se confirma que la enfermedad es provocada por un nuevo tipo de coronavirus muy contagioso, y la noticia comienza a dar la vuelta al mundo mientras la gente hace coñas sobre lo saludable de considerar al murciélago como chicha para el puchero. Pero la cosa se pone seria y en tan solo cuatro semanas en China alcanzan los diez mil casos, mientras el virus comienza a extenderse por Tailandia, Corea y Taiwán. Antes de que finalizase el mes de enero, el nuevo coronavirus ya se había colado a través de las fronteras de Estados Unidos y Europa. El primer caso notificado en tierras españolas se dio el 31 de dicho mes, en La Gomera. Durante los meses posteriores, el mundo se vio obligado a combatir una amenaza inesperada y, ante la impotencia de no poder controlar los contagios, los gobiernos optaron por tomar medidas extremas: cerrar fronteras, mantener a la población encerrada en sus casas, acotar limitaciones de movimiento o imponer el uso de mascarillas y gel hidroalcohólico. Soluciones de emergencia aplicadas por todo el planeta y muy cuestionadas por sectores de la población que, creyendo que aquellos médicos eran un ejemplo moderno de niputaideaismo, dudaban de su capacidad para localizar un remedio.

Cuando, meses más tarde, las primeras vacunas contra el covid comenzaron a presentarse en sociedad, un pequeño grupúsculo de autodenominados librepensadores anunciaron públicamente que sospechaban tanto de la naturaleza de las inyecciones como de la propia existencia de un virus mortal. Alentados por eminencias médicas populares como Don Diablo y La Muchacha de las Bragas de Oro, y con la certeza irrefutable que otorga el haberse leído un jotapegé conspiranoico en un grupo de WhatsApp, este equipazo de intelectuales fundó el movimiento negacionista escudándose por completo en la arrogancia. En la soberbia de creerse más listos que cientos de años de avances científicos, errores garrafales y aciertos monumentales. Convirtiéndose en la demostración más evidente de que el niputaideaismo funciona en todas las aceras y no solo es un asunto de gente leída. Sino también de catetos capaces de creerse que, en lugar de una pandemia, todo esto ha sido un plan de Bill Gates para convertir a la humanidad, vía nanobots administrados en las vacunas, en antenas de carne imantadas con bluetooth de serie. Porque la ciencia puede meter la pata, pero una cosa es no tener ni puta idea en un momento dado, y otra muy distinta ser gilipollas a tiempo completo.


Los que quedamos

Los que quedamos
The Leftovers. Imagen: HBO. Los que quedamos

But to recognize that the soul of a man is unknowable is the achievement of wisdom. The final mystery is oneself. (De profundis, Oscar Wilde)

Tenemos dos historias. En la primera, el 14 de abril de 2014 desaparece de repente el dos por ciento de la población, sin ninguna explicación posible. En la segunda, en marzo de 2020 comienza a decretarse en todos los países el estado de alarma por amenaza de pandemia global. Si leyéramos esto hace un par de años, ambas parecerían el argumento de una película distópica. A día de hoy, la segunda es nuestra realidad.

Con la desaparición del dos por ciento de la población arranca la serie estadounidense The Leftovers, basada en un libro de Tom Perrotta. Fue llevada a la pantalla por HBO entre 2014 y 2017, y la crearon Perrota y Damon Lindelof, quien es conocido por la igual amada y odiada Lost. Durante tres temporadas la serie explora no el motivo de la desaparición, sino cómo reacciona y cómo se enfrenta a ella la población restante: «the leftovers».

Quizás no sea una serie muy popular en España y esto probablemente se deba a que The Leftovers no acaba de ser un contenido comercial. Sí, tiene momentos románticos, de misterio e incluso alguno divertido, pero la trama gira alrededor de algo que no es tan agradable ver en televisión: el sufrimiento. Si nos preguntáramos por qué consumimos cine, la mayoría de las respuestas serían por entretenimiento, por diversión, para evadirnos un rato del mundo. De sus problemas. ¿Y qué ofrecen los veinticocho capítulos de The Leftovers? La cruda realidad.

The Leftovers usa una situación hipotética y distópica como recurso para explorar el comportamiento social y la condición humana. Esta estrategia es bastante frecuente en cine y literatura, y resulta sorprendente como una situación ficticia puede hacernos sentir tan reflejados, tan desnudos y vulnerables. Pensemos por ejemplo en el inquietante Ensayo sobre la ceguera de José Saramago. De forma inteligente, Lindelof y Perrota dejarán de lado el aspecto más sobrenatural de la serie, la repentina desaparición, para enfocar nuestra atención en las personas que quedan. Si hay algo en lo que todos podemos vernos reflejados es en el sentimiento de pérdida. En la tristeza. En el dolor. En el vacío que deja. De alguna manera, resulta más aterradora la historia de los restantes que la de los que se fueron.

Muchas cosas de la vida no tienen explicación. Los grandes misterios siguen siendo misterios porque no encontramos respuesta que conforme a todos. La muerte pertenece a esta categoría. ¿Por qué una persona y no otra? ¿Qué ocurre cuándo morimos? Quien sobrevive a otro tampoco gana: la pérdida se experimenta como un dolor físico inaguantable. En The Leftovers las personas no mueren, desaparecen, lo que conlleva también una incógnita. ¿Cómo reacciona la sociedad ante algo así, ante la pérdida masiva de seres queridos? En nuestra historia ficticia el panorama es desolador: las familias se han roto, se multiplican los trastornos postraumáticos, hay un auge de grupos sectarios… En nuestra historia real la reacción tampoco se aleja tanto. Ha habido confinamientos domiciliarios, manifestaciones contra el Estado, violencia, noticias falsas, desesperación por productos básicos… Miedo por contagiar al otro. Miedo de morir en cualquier momento. Miedo de salir a la calle. Miedo de ver a otras personas. Y no empecemos con la tristeza. O con el duelo, la depresión, la soledad.

En el mundo ficticio de The Leftovers¸ la desaparición repentina del dos por ciento fue una bofetada a una humanidad que tuvo que enfrentarse no solo a la pérdida, sino al hecho de que su existencia fuera en esencia algo fortuito, sin significado, y fuera de nuestro control. Ante este recuerdo lo más propio del ser humano es empezar a racionalizar, a buscarle un sentido, a crear una historia con pies y cabeza. Algunos tienden a la ciencia, otros a la religión, otros al individuo.

But while there were times when I rejoiced in the idea that my sufferings were to be endless, I could not bear the to be without meaning. (De profundis, Oscar Wilde)

WW1 monument in Hungary
Monumento húngaro a las víctimas de la I Guerra Mundial. (DP)

En la serie, tras ese fatídico 14 de abril se crea un movimiento (que más tarde se acercará a la definición de grupo sectario) llamado «The Guilty Remnant» (en español vendría a ser como remanentes culpables, entendiendo remanente como algo que sobra). El objetivo de su organización es servir como living reminders o recuerdos vivos de la tragedia, no dejando que lo ocurrido y sus víctimas pasen al olvido.

After a time that evil mood passed away, and I made up my mind to live, but to wear gloom as a king wears purple: never to smile again; to turn whatever house I entered into a house of mourning, to make my friends walk slowly in sadness with me, to teach them that melancholy is the true secret of life, to maim them with an alien sorrow, to mar them with my own pain. (De profundis, Oscar Wilde)

Son personas que, clínicamente hablando, se quedaron atascados en la segunda fase del duelo, la etapa de la ira o el enfado. A través de actos de violencia pasiva y, según avanza la serie, violencia activa, impiden que la gente a su alrededor reconstruya su vida y siga adelante, conviviendo con el dolor. Los guilty reminders quieren que la tragedia sea lo que guíe sus vidas para no traicionar a aquellos que desaparecieron. Es la fase del duelo en la que no nos permitimos todavía estar alegres, reír, escuchar música, porque sería «una falta de respeto» hacia la persona que hemos perdido. Si avanzamos, pronto se comprenderá que se puede recordar sin dejar de vivir. De hecho, si se tarda mucho en pasar de fase, pronto surgirán las clásicas preguntas de: «¿todavía no lo has superado?». The Leftovers nos muestra qué puede ocurrir cuando alguien prefiere aferrarse al duelo.

Se supone que la muerte era el gran tabú de nuestras sociedades. Cuando alguien muere se intentan gestionar todos los «trámites» rápido para seguir adelante lo antes posible. Recordar la muerte es incómodo.

En nuestra sociedad la muerte es vista como una anomalía y el duelo, como una patología (…) Se dirá que la señora Hornsby, en su pena, está derrumbada, destrozada o hecha pedazos, como si hubiera algo estructuralmente incorrecto en ella. Es como si la muerte y el dolor no formaran parte del Orden de las Cosas. (La ridícula idea de no volver a verte, Rosa Montero. Pág 29)

Por desgracia, en los últimos meses está tan presente que aunque sigan tratando esconderla ya es imposible ocultarla. ¿Por qué no se hablaba de ella? Normalizar la muerte sería normalizar la idea de que podemos morir. Y no interesa. Ni al individuo que se enfrenta a la oscuridad del no saber qué hay (o no hay) después, ni a la población en su conjunto. La sociedad está hecha para los vivos. Sin embargo entre las pocas cosas seguras en nuestra vida está la muerte. The Leftovers saca a la luz aquello de lo que no queremos hablar. Y son estos los temas que nos hacen humanos y nos unen en igualdad de condiciones.

La serie de Perrotta y Lindelof, acompañada por la magnífica banda sonora del alemán Max Richter, acaba sin dar respuesta a los interrogantes que introduce desde el primer capítulo. Nunca sabremos el porqué de la desaparición. Pero tampoco sabremos nunca si hay algo esperándonos en el más allá. Estamos acostumbrados a que el contenido audiovisual que consumimos sea un paquete cerrado. Se plantean unas preguntas iniciales, un misterio, una trama que resolver, y esperamos que para el último capítulo todo haya acabado bien atado. Que no se dejen nada sin explicar. Nada sin sentido. Nos gusta que imite la realidad y sea verídico menos en este punto. Porque la vida fuera de la ficción es pura incertidumbre. Para muchos, la pandemia ha sido el choque con esta verdad. Nos ha tocado aceptar que por muy buenos que seamos, cosas malas pueden ocurrir. Y muchas veces no hay explicación tras ellas. No hay porqués, no hay siempre culpables. Nuestras vidas son tramas abiertas cuyos interrogantes nunca acabarán de cerrarse. Pero es que al final las respuestas no importan tanto como el camino que se hace, la evolución, el apoyo entre la gente para salir adelante, el buscar consuelo en cosas mundanas que si bien no son el significado, sí aportan sentido. Los que quedamos tendremos que honrar a los que se fueron, honrarlos viviendo.


No es la primera pandemia: una ojeada a la invasión de cólera de 1885 en Valencia

pandemia
València nevada, 1885. Fotografia d’Antoni García Peris.

No, no es la primera pandemia, eso ya lo sabemos. La referencia más cercana a la plaga que nos asola es la infausta y mal llamada gripe española, que asoló el planeta hace ahora poco más de un siglo, dejando tras de sí al menos cincuenta millones de muertes, un macabro récord del que todavía está lejos la COVID19. Por no hablar de enfermedades como la viruela o la tuberculosis, que asolaron el mundo siglo tras siglo, llegando al extremo de acabar, en algunas épocas, con el treinta por ciento de la población adulta europea. Solo la peste negra, en sus oleadas más cruentas, fue capaz de superar tan apabullante mortalidad. No es de extrañar que a este trío funesto (viruela, tuberculosis y pese bubónica) se le haya calificado con el nombre de capitanes de la muerte.

A menudo, la magnitud descomunal de estas tragedias nos hace olvidar que suceden en sitios concretos y afectan a personas de carne y hueso. Sobre todo hoy en día, cuando la prensa nos inunda con estadísticas cada día más huecas, hasta el punto de que ya no reaccionamos frente a los cientos de fallecimientos diarios, ni apenas nos conmueven las noticias que nos informan de la inminente saturación hospitalaria. Una de las facetas más dramáticas de la pandemia es que nos hace olvidar que, tras cada una de las cifras que cuantifican la devastación que provoca el virus (ayudado por nuestra propia estupidez), se esconde un drama humano.

Quizás sea necesario, para ganar algo de perspectiva, huir tanto de la persistente numerología como del vacío de perspectiva al que nos aboca la plaga. Una forma de hacerlo es echar la vista atrás. No hace falta irse muy lejos, de hecho, para encontrarnos con lo que ha sido, en realidad, una constante en la vida de nuestros antepasados. En las líneas que siguen, proponemos acercar la cámara a un escenario concreto, en un momento puntual, distinto al actual. En concreto, visitaremos la Valencia de finales del siglo XIX, durante la letal irrupción del cólera en 1885.

El cólera está provocado por una bacteria, Vibrio Cholerae, que produce una grave infección intestinal, que puede ser causa de fuerte diarrea y la consiguiente deshidratación del enfermo. Su difusión en condiciones de insalubridad es muy rápida, ya que la vía de transmisión preferente es oral-fecal, y por tanto el bacilo se propaga a través del agua insalubre, así como alimentos contaminados.

A diferencia de en la actualidad —dado que los países ricos entre los que nos contamos no habían sufrido epidemias de consideración en muchas décadas— la Valencia de 1885 tenía en su memoria varios episodios anteriores de cólera (hubo señaladas invasiones en 1834, 1854 y 1865), por lo que cualquier sospecha de reaparición era motivo de gran alarma. Con los medios actuales, si esa misma actitud de alerta hubiera seguido presente en toda Europa frente a la irrupción del SARS-CoV-2, la evolución de la pandemia podría haber sido muy diferente.

En junio de 1884 llegaron noticias de la enfermedad en algunas zonas de Francia, y se detectaron algunos casos en Alicante, aunque la falta de afectados en los meses siguientes llevó a suponer que la epidemia no había prendido. Sin embargo, en marzo de 1885 aparecen nuevos casos en Xàtiva. Tras el examen de los afectados por parte de las autoridades sanitarias, se consideró que no se trataba de cólera morbo, sino que se diagnosticó como un repunte de gastroenteritis entre los ciudadanos. Error de bulto, que, de nuevo, encuentra un eco en la historia reciente, cuando las autoridades sanitarias se empeñaban en restar importancia a la plaga que se nos venía encima. Entonces, como ahora, el intento de esconder la cabeza bajo el ala contribuyó a que no se prepararan los medios adecuados para un control temprano, con lo que la enfermedad se extendió inexorablemente por todo el territorio. En abril el cólera llegaba Alzira, al poco invadía Sueca y las poblaciones ribereñas de la Albufera y finalmente entraba en la capital por el barrio de Ruzafa. En mayo, durante los festejos de la Virgen de los Desamparados, ya cundía la alarma en la ciudad. A partir de ese momento la plaga se expande a toda velocidad. Esa rápida evolución (en cuestión de meses) por el territorio que hoy abarca la Comunidad Valenciana da cuenta de un fenómeno que hemos vivido amplificado en los tiempos recientes. Los patógenos viajan tan rápido como los humanos, ya que viajan con los humanos. De ahí que las dimensiones de la región que nos ocupa, cuando el medio de transporte preferente era desplazarse a pie o en caballería, sean casi equivalentes a las de toda Europa —incluso a las de todo el planeta— cuando el medio de transporte es el avión.

A la entrada del verano la enfermedad ya había sido declarada colérica, y se empezaron a adoptar medidas drásticas para combatirla. Curiosamente, los remedios más efectivos entonces siguen siéndolo ahora. La prescripción requería que, una vez conocido un caso, bien se aislara al enfermo en casa o bien se le enviara al hospital de coléricos. Si por desgracia el afectado fallecía, se quemaban ropas y sábanas y se desinfectaba la habitación. En este sentido, existía un completo servicio de dispensarios, lazaretos y depósitos sanitarios. En junio se había concluido un hospital de barracones en Patraix, denominado de San José. Igualmente se habilitó la alquería de San Pablo, a las afueras de la calle Quart. Y en la calle de San Vicente se dispuso un «lazareto sucio» que podía acoger a más de quinientos afectados. Por último, se levantó un campamento para más de mil personas en la partida de Arrancapins. Todas estas acciones fueron acompañadas de un férreo despliegue militar que acordonaba las poblaciones afectadas y nada tenía que envidiar a los controles policiales que limitan el acceso a la capital valenciana durante los fines de semana del mes en que escribimos estas líneas (febrero de 2021).

Aparte de la preocupación por la propagación del cólera en los hogares, inquietaba la incidencia que pudiera tener en los cuarteles, centros que contribuían al aumento de casos por el hacinamiento de soldados. Las autoridades militares, conscientes de la peligrosidad de la situación, fueron tomando medidas para evitar el contagio masivo. Del mismo modo, las autoridades provinciales reaccionaron rápidamente. Ya el 12 de junio se despacha una circular a todos los alcaldes para que envíen diariamente los datos de la invasión del cólera en sus respectivas poblaciones, bajo apercibimiento de sanción en caso de no hacerlo. Ese mismo día el Ministerio de Gobernación emite una orden por la cual se extreman las medidas tomadas hasta entonces. Así, se obliga al acordonamiento e instalación de lazaretos en poblaciones infectadas, desinfección y control de mercancías provenientes de zonas afectadas, medidas higiénicas de animales vivos o muertos procedentes de esos lugares, control de viajeros, desinfección de casas de invadidos, diseminación de la población, etc. Los lazaretos tendrían una función esencial en la recuperación del enfermo. De especial significación fue el que operaba desde 1720 en el barrio de Nazaret (del que se cuenta que precisamente dio nombre al barrio por derivación de la palabra valenciana llaçaret).

El día 14 el Gobierno Civil envía circular a los alcaldes de poblaciones por donde pasan los ríos Turia y Júcar, con la obligación de máxima vigilancia para que no se arroje nada que pudiera alterar las aguas, especialmente animales muertos. Se hubo de recordar, por incumplimiento, que estaba prohibida la matanza del cerdo durante los meses de verano. La guardia civil tendrá plena competencia para hacer cumplir estas medidas.

Debido al elevado contagio, uno de los lugares donde más se incidía en la necesidad de prevención era en los cementerios municipales, adoptando estrictas medidas sanitarias. Más adelante, ya en octubre, cuando estaba próxima la festividad de Todos los Santos se enviaría circular para que se evitaran las visitas masivas al camposanto, medida que fue más allá cuando una Real Orden del Ministerio de Gobernación prohibió la entrada a recintos de poblaciones que habían estado afectadas de cólera.

Leyendo los diarios de la época y repasando la batería de medidas adoptadas con no poca celeridad, la impresión persistente es que nuestra capacidad de reacción frente a una epidemia no ha mejorado sustancialmente. Si en 2021 ha bastado un año para desarrollar vacunas que en otros tiempos hubieran llevado décadas, no parece que podamos presumir de mayor capacidad logística o rapidez de reacción que hace siglo y medio. Resulta instructivo comparar la determinación de las actuaciones de antaño, con las dudas, titubeos y a menudo pusilánimes medidas que se han adoptado en la misma comunidad en los tiempos que corren.

Entonces, como ahora, al continuo incremento de casos detectados, se sumaba una angustiosa estadística de fallecidos. Si el 30 de junio se contabilizaron en la capital 134 defunciones, el 5 de julio se llegó al máximo con 217. La moral entre la población fue decreciendo a medida que las víctimas —que incluyeron al célebre doctor Juan Bautista Peset entre otros notables— aumentaban. Por ello, en innumerables parroquias se celebraron rogativas para que pronto llegara la cura. La confluencia religiosa más destacada fue la romería que tuvo lugar a principios del mes de julio en el Puig de Santa María. A esta población se desplazaron gran cantidad de fieles tanto de la capital como de los alrededores, todos ellos en busca del aceite que prendía en la lámpara de la Virgen llamada de los Carreteros, del que se contaba su poder milagroso. La capilla en la que se instaló la Virgen permanecía constantemente abierta, y fue tal la concurrencia que hubo de intervenir un piquete de carabineros para mantener el orden. Afortunadamente, la transmisión del cólera es por vía oral-fecal, con lo cual la devoción popular no se saldó —como habría sido el caso con el SARS-CoV-2, que se transmite primariamente por aerosoles— con un gran número de brotes asociados a las concentraciones humanas.

También resulta instructivo examinar el debate actual sobre las vacunas, a la luz de los hechos de entonces. Recordemos el discurso obsesivo que se repite en todos los medios de comunicación relativo a la seguridad de las vacunas y que ha llevado a que muchas personas duden de su efectividad, a pesar de las exhaustivas pruebas realizadas por las marcas principales, que garantizan unos niveles de confianza muy altos. Pues bien, en la época que nos ocupa se planteó en Valencia recurrir a una vacuna, formulada por el bacteriólogo Jaime Ferrán y basada en cultivos atenuados del patógeno. Ferrán era un científico notable y experimentado, seguidor entusiasta de las teorías de Pasteur y Koch y su vacuna tenía todos los ingredientes necesarios para ser efectiva y segura… excepto el tiempo y los recursos que se precisan en estos casos y de los que sí han dispuesto, a pesar de las prisas, las grandes multinacionales de hoy en día. De ahí que al estallar la epidemia de cólera en Valencia la vacuna aún estuviera en fase experimental. Esto no impide que Ferrán viaje a Valencia, donde inocula a cerca de 50 000 personas. Las comisiones científicas que tienen que evaluar la eficacia de su método no se ponen de acuerdo, aunque eventualmente prevalece la opinión de los que están en contra (entre ellos Santiago Ramón y Cajal, quien por entonces ejercía como catedrático de Anatomía en la Universidad de Valencia). A estas circunstancias se suma un cierto número de víctimas entre los inoculados, lo que conduce a una fuerte oposición entre las autoridades municipales, llegando el gobierno central a dictar restricciones al uso de la vacuna, que finalmente fue abandonada.

Jaime Ferran
Jaime Ferrán aplica la vacuna contra el cólera en España en 1885.

¿Fue peor el remedio que la enfermedad en este caso? Un elemento interesante, que de nuevo conecta con la actualidad, fue la negativa de Ferrán a publicar su método, negativa que él justificaba alegando que sus esfuerzos merecían una compensación económica. La actual controversia sobre si las farmacéuticas deben renunciar a sus patentes —y con ello a la «merecida» compensación por su esfuerzo e inversión— posibilitando, con ello, que la vacuna contra la COVID-19 pueda aplicarse ampliamente en el tercer mundo, halla un curioso eco en los argumentos del bacteriólogo español.

Una gran diferencia entre la epidemia de cólera que nos ocupa y la actual pandemia es su persistencia. La propagación por vía oral-fecal permite que las medidas clásicas que se adoptaron sean efectivas para abortar su propagación. Una vez que se controla el consumo de agua y alimentos contaminados, el bacilo lo tiene mucho más difícil para propagarse, lo que no es el caso con el virus de moda, capaz de viajar en diminutos aerosoles y transmitirse con alta probabilidad siempre que encuentre un grupo de personas, sobre todo en interiores. Así, mientras que la pandemia de COVID lleva un año ensañándose con todo el planeta (y no tiene visos de remitir, al menos hasta que las vacunas puedan ponerle freno), en la Valencia de nuestra historia la epidemia de cólera empieza a remitir a mediados de julio, aunque a cambio se propaga a otras poblaciones que se habían librado de la plaga hasta entonces (un fenómeno que también hemos observado en la actualidad, en particular en Valencia, que salió bien parada de la primera y segunda oleada de la COVID, solo para ser tremendamente castigada en la tercera).

En septiembre la epidemia se daba prácticamente por desaparecida, con alguna mínima excepción en poblaciones lejanas. El 18 de octubre se cantó el Tedeum en la catedral, dando por finalizada la epidemia.

En resumen, y atendiendo a las cifras que ofrecían los rotativos valencianos, en la capital, de una población de 143 000 habitantes, hubo 7084 afectados durante todo el periodo de latencia de la enfermedad, acabando en defunción 4919 de ellos (números trágicos si tenemos en cuenta que en ese lapso fueron 2564 las muertes por causa común). La alta letalidad se dejó sentir también en otras poblaciones. No obstante, conviene tomar estos números con un grano de sal. En el caso del cólera, también de manera análoga al patógeno actual, solo el 20 % de los afectados desarrolla síntomas y una fracción aún menor acaba con síntomas graves. De ahí que, muy probablemente, el número de personas expuestas a la bacteria en la capital excediera las 50 000, es decir, una fracción muy significativa de la población total.

Incluso así, la epidemia se cobró muchas víctimas y mucho sufrimiento, además de alterar la sociedad y la economía. La gran diferencia con la pandemia actual es la escala mucho mayor de esta última. Pero echar la vista atrás nos permite comprender que no es la primera vez que nos enfrentamos a plagas originadas por virus y bacterias. Y ciertamente, no será la última.