Brevísima historia del amanecer

Flint Castle, de J. M. W. Turner.

A veces a favor y a veces en contra, la contemplación del cielo ha generado su propia esté­tica en todo lo que va de Ruskin a Waugh y de Lorca a la Gran Guerra.

Siempre hemos buscado lecturas morales del amanecer y del crepúsculo: sin ir más lejos, la pro­pia marca comercial de seguros Ocaso se erige como poco sutil recordatorio de la fugacidad de las cosas y, en consecuencia, de la conveniencia de suscribir una póliza. A buen seguro, tal apropiación mercantil del sol poniente no hubiera dejado de parecerle adecuada a Evelyn Waugh: al contrario que a Thoreau, la contem­plación del «sol reflejado en una nube llorosa» no le recordaba precisamente al «jardín de las Hespérides». Véase que, tras describir con demorada pluma los fastos del atardecer sobre el Etna, allá en Sicilia, concluye que «nunca he visto, ni en el arte ni en la naturaleza, un espectáculo más repulsivo».

En verdad, como afirma Paul Fussell, la apreciación del cielo es «un desarrollo» estético «muy tardío», pero no es casual la postura de Waugh: el esnobismo siempre ha llevado muy a las malas esta cohetería celestial repetida a la mañana y a la noche. Es una hiperestesia demasiado obvia. Es una belleza tediosamente convencional y —por si fuera poco— es gratis. Y, como el sexo o los huevos con chorizo, su placer y su emoción están al alcance de casi cualquiera. Ya Ruskin había dicho que «el cielo es para todos» y, de modo inevitable, Wilde cargará su contemplación con la acusación más temible: sentir arrobos y transportes ante, por ejemplo, las nubes de la atardecida, sería cosa anticuada y filistea, un delito de pretensión solo propio de nuevos ricos del espíritu.

Pese a los esfuerzos del escepticismo, el alba y el ocaso han mantenido sin embargo algún prestigio entre las gentes. Quizá ya —sociedades urbanas como somos— no utilizamos los signos del cielo a los efectos de la predicción meteorológica, pero en los siglos XX y XXI no han faltado peregrinos para contemplar el «esplendor blanco» del alba whitmaniana o esos soles que, al decir de la Dickinson, se retiran «tal si hubiera pasado una duquesa». En su guía para la contem­plación de las nubes, Pretor-Pinney nos habla de los lugares más codiciados por los amateurs del asunto: Kenia, la costa oeste de Irlanda, el Uruguay, las islas griegas o —ante todo— Antillas menores como Santa Lucía, donde alba y crepúsculo tendrán la rapidez de un telón. Ahí suma puntos ver las mayores excentricidades de la bóveda celeste, notablemente ese «rayon vert» que —dice Pretor-Pinney— no es sino «el santo grial» de la pirotecnia del cielo. Por supuesto, entre rompimientos de gloria y altocúmulos de delicada carnadura, la ciencia ha ayudado a despejar los misterios de la física poética de alba y ocaso, y ahí no ha faltado quien lamentara este despojamiento del misterio, como el Keats que reprochaba a Newton haber dado explicación al arco iris. En todo caso, ya se sabe: «cuando vamos en busca de la luz púrpura, es conveniente mirar por el rabillo del ojo».

Más allá de entusiastas, sin embargo, la estética contemporánea no iba a ser mucho más grata que Waugh y Wilde con la salida y la puesta del sol. Es en el amanecer cuando Paul Celan bebe «la leche negra» del humo de los campos de concentración. T. S. Eliot, con «la niebla marrón» de sus mañanas, dejará atrás cualquier resabio idílico-pastoril. Y nuestro Lorca ve, en la aurora de Nueva York, a «gentes que vacilan insomnes / como recién salidas de un naufragio de sangre». Durante buena parte del siglo XX, en efecto, la vieja alba «de rosados dedos» se identificará más bien con las multitudes, con una desolación poshumana, cuando no —directamente— con los paseos o con los pelotones de fusilamiento. Más prosaico, el galicinio también será la hora de derrota de «el último de la fiesta», apenas como una naturaleza muerta o un muestrario de las «pistas forenses» que, escribe Dewdney, nos dejó la noche: los cristales rotos de un escaparate, las botellas de alcohol o la vomitona de un borracho. Incluso cuando Larkin retoma el género —primero clásico, luego medieval— de la albada, su sufrimiento no será el de los amantes obligados a aflojar su abrazo, sino el malestar urbano e insomne de quien, ante el nuevo día, ve «imposible / toda pregunta excepto esas de cómo, dónde / y cuándo moriré».

Tan contemporánea, la deploración del alba no deja de ser un mentís a la tradición que, desde las fugas de luz de Claudio de Lorena, había entrevisto en amaneceres y crepúsculos el vislumbre de una cierta belleza sublime, infinita, inaprensible. Toda la lírica romántica, de Wordsworth a Blake, buscará símbolo y significación en el renacimiento de la amanecida o en las connotaciones sugestivas de aquello que antes llegó a llamarse «prima noche». Siempre de la mano de Wordsworth, Ruskin será su adalid: en sus Pintores modernos, con capítulos tan expresos como «Del cielo abierto» o «De la verdad de las nubes», el sumo pontífice de la estética victoriana nos dice que los efectos del cielo han sido previstos por su Creador y Hacedor para nuestro gozo e instrucción moral. «El cielo», escribe, «nos habla al corazón»: «casi humano en sus pasiones, casi espiritual en su ternura, casi divino en su infinitud», no parece sino una pedagogía divina para «la perpetua consola­ción y elevación» del alma. Hombre quisquilloso, Ruskin no podía limitarse a alabar los cielos: también tuvo que lamentar cómo dejamos pasar albas y ocasos «sin contemplación y sin lamento», pese a ser «la parte de la creación en la que la naturaleza más ha hecho para complacer al hombre».

Era asimismo natural que, crítico del arte al fin y al cabo, Ruskin repartiera bendiciones e hisopazos a los intérpretes artísticos del levante y el poniente. Y es ahí donde les dará un salvoconducto de modernidad: tras una alabanza obligada y formularia a Claudio de Lorena y una condena de la escuela holandesa de Albert Cuyp —«¿cómo alguien que se llama a sí mismo pintor puede imponer tal cosa al público?»—, el magno esteta concluye que los fenómenos del cielo son asunto «demasiado delicado y espiritual para los viejos maestros». Su mejor exégeta será ese Joseph Turner cuya idea era «pintar la luz misma»: por la mañana o por la noche, en sus lienzos y acuarelas podemos apreciar, con los Goncourt, «un oro fundido, con una disolución de púrpura en ese oro». ¿Alba o crepúsculo? En una de sus novelas, Hardy nos habla de un alba que «se parecía al ocaso como la infancia se asimila a la vejez». Existe, por tanto, cierta ambivalencia entre los expertos. Como sea, la huella ruskiniana será tan intensa que cuando los guardias —1910— detienen al Barón Corvo errante por el Lido, este afirma, con toda naturalidad, que no está más que «estudiando el alba».

Hay un tipo de hombres, sin embargo, que miraron al cielo con una intensidad inaccesible para un Corvo o para un Ruskin. Vivieron hace un siglo, y tal vez tengan algo que decirnos. Son esos soldados de la Gran Guerra a quienes, allá en las trincheras, «solo el cielo podía decirles que no estaban ya en una fosa común». Fussell lo cuenta tan bien como acos­tumbra: en los campos de Flandes, el suelo llano no dejaba de propiciar una dramaturgia particularmente elocuente de los cielos, y la incertidumbre de sus nubes cambiantes abo­naba los efectos más extraordinarios. «Nunca he conocido vistas más gloriosas del alba o del ocaso que las de aquí», refiere Hugo Quigley. Y Sassoon, uno de los war poets del canon, reconoce que esa fascinación era «uno de los rasgos redentores» de la contienda.

También eran, amaneceres y crepúsculos, uno de sus momentos más solemnes: «desde las dunas del mar hasta las montañas», de Bélgica hasta la frontera con Suiza, las tropas de ambos mandos formaban precisamente a la salida y a la puesta del sol. Y en esos instantes, cuando «las trincheras nos cierran el paisaje y nos obligan a observar el cielo», había tiempo para sopesar una diferencia macabra: el contraste entre el esplendor de la naturaleza frente al horror de lo humano. «Al este, bombas británicas», apunta Blunden en sus Under­tones of War, «al oeste, serafines y querubines». Sin duda, esas albas y esos ocasos fueron la última clemencia que muchos soldados iban a llevarse de este mundo. Quién sabe si, como Baruzi, también sintieron que ciertas intuiciones estéticas «nos ayudan a identificar los signos de un amor más sublime». En todo caso, para ellos la estrella de la mañana era algo de una seriedad sin ironías. Y hoy, cuando nos atrae más un comentario subversivo o esnob sobre la belleza que la misma belleza, admiramos en ellos algo que nos falta: poder enfrentarse a la belleza con unos ojos ausentes de sospecha.


Atrezo ilustre: historias detrás de objetos de cine (y II)

Imagen: Walt Disney studios motion pictures.

(Viene de la primera parte)


La prima de Chucky en La saga crepúsculo: amanecer – Parte 2 (2012)

La franquicia cinematográfica de Crepúsculo es esa saga de películas protagonizadas por vampiros y hombres lobo donde lo que menos se ve en pantalla es sangre. Es decir, algo que en sociedades normales y civilizadas estaría penado por ley. Lo peor de todo es que la última entrega de la serie, La saga crepúsculo: amanecer – Parte 2, además tomó la lamentable decisión de eliminar de su metraje definitivo una de las únicas cosas que podían dar miedo en aquellas películas: Chuckesmee, una especie de prima bastarda de Chucky.

Los responsables de la película querían que la hija de Bella Swan (Kristen Stewart) y Edward Cullen (Robert Pattinson) se presentase en el film como un bebé extremadamente inteligente, tal y como lo había descrito la escritora Stephenie Meyer en los libros originales. Pero entrenar a un bebé real para que actuase ante la cámara siguiendo un guion resultaba complicado (y poco ético), por lo que al equipo no se le ocurrió otra cosa mejor que fabricar un muñeco animatrónico para controlarlo a su antojo. Un robot que en pantalla daba tantísimo mal rollo y resultaba falso de manera tan evidente como para que todos los implicados en el rodaje lo apodasen Chuckesmee en homenaje a Chucky, el protagonista de la serie de slashers Muñeco diabólico.

«Chuckesmee fue un error desde cualquier punto de vista. En serio, era una de las cosas más grotescas que he visto. Era terrorífico», explicaba el propio director de la película, Bill Condon, sin cortarse mucho durante las entrevistas promocionales. «En una de las escenas, cuando yo grité “¡Corten!” aquel muñeco giró la cabeza y se quedó mirando fijamente a la cámara. Fue tremendamente inquietante». Uno de los productores, Wyck Godfrey, estaba de acuerdo en que la idea de la bebita androide fue un tremendo desastre: «En el momento en el que sujetabas aquello en tus brazos te dabas cuenta de que no iba a funcionar […] Era uno de los bebés animatrónicos más horribles que nunca se han visto en el cine». Finalmente, se decidió enterrar a aquella monstruosidad en algún cementerio indio y optar por otra solución: crear al bebé por ordenador. Lo gracioso de todo esto es que la criatura CGI que finalmente apareció en la cinta también resultaba inquietante, y también estaba a kilómetros de parecer medianamente realista.

Ríete de Annabelle. Imagen: Summit Entertainment.


La trituradora de madera de Fargo (1996)

«A pesar de lo que todo el mundo piensa, Steve Buscemi no estaba realmente en aquella trituradora. En realidad era una pierna falsa, una prótesis», apuntaba en una entrevista un muy cachondo Peter Stormare al rememorar la famosa secuencia de Fargo donde su personaje convertía en pulpa al de Buscemi utilizando una trituradora de madera.

Fargo se gestó en 1996; los hermanos Joel y Ethan Coen venían de rodar la ambiciosa El gran salto y tenían ganas de hacer algo mucho más pequeño y personal. Una película de poco presupuesto, rodada en Minesota y marcada por el peculiar humor de unos realizadores capaces de estamparle un letrero que anunciaba «Basada en hechos reales» que era completamente falso. Durante la producción de aquella peliculilla nadie intuyó que a la larga la cinta se acabaría convirtiendo en un clásico del cine reciente. Uno que en Cannes recogió el premio a la mejor dirección y quedó finalista para la Palma de Oro, obtuvo siete nominaciones a los Óscar (de las cuales se llevó dos, el de actriz para Frances McDormand y el de mejor guion original) y ganó un BAFTA a mejor dirección. En 2014, aquella ya legendaria Fargo también inspiró una muy celebrada serie televisiva de idéntico nombre.

La escena de la trituradora coloreando la nieve con los restos de Carl Showalter (Steve Buscemi) ha calado lo suficiente como para convertir a aquella máquina en una imagen recurrente a la hora de recordar Fargo. Pero localizar la trituradora ideal no fue una tarea sencilla para el diseñador de producción Rick Heinrichs: «Joel y Ethan querían que aquel aparato pareciese útil y familiar. Investigamos varias trituradoras diferentes para intentar localizar la que se acomodaría bien en el plano junto a Peter Stormare. Y cuando localizamos la adecuada tuvimos que cubrir la marca porque ¿qué compañía nos iba a dar permiso para mostrar su potencialmente letal aparato siendo utilizada en un acto evidentemente letal? Había una marca de trituradoras llamada Wood Chuck, por lo que decidí llamar a la nuestra Eager Beaver. Luego la pintamos de amarillo y la cubrimos con pegatinas». La secuencia final (donde Stromae improvisó lo de empujar la pierna de Carl con un leño de madera) resultó redonda e inolvidable gracias a esa mezcla de horror, cine noir y humor macabro. Y el legado de la trituradora perduraría durante años venideros: en la actualidad, la misma máquina que fue utilizada en el largometraje se expone en el Fargo-Moorhead Visitors Center de Dakota del Norte, se anuncia orgullosa en la página oficial de turismo y cualquiera que se arrime por el lugar puede hacerse una foto junto a ella.

Imagen: Gramercy Pictures.


El periódico de El gran hotel Budapest (2014)

La manera que tiene Wes Anderson de rodar deja bien claro que el hombre es muy minucioso y tiquismiquis con lo suyo: simetrías constantes, encuadres con alma de postales en movimiento y planos donde todo está tan absurdamente ordenado como para dar la impresión de que el propio realizador ha colocado a mano hasta las moscas. Lo mejor de todo esto es que la meticulosidad de su trabajo alcanzaba incluso a los detalles más ínfimos de sus producciones. Y el periódico Trans-Alpine Yodel que aparecía en El gran hotel Budapest es un buen ejemplo de ello. Porque Anderson, en lugar de reutilizar el mismo periódico falso que utilizan todas las películas o limitarse a rellenar espacios con Lorem ipsum, se encargó de redactar personalmente los artículos (que se pueden leer tirando del botón de pausa en el DVD o Blu-Ray) que lo conforman. Cierto es que en algunas columnas el director había fusilado párrafos de la principal fuente de conocimiento de la humanidad: Wikipedia. Pero también es verdad que dichas líneas copipegadas tenían sentido en el contexto de los artículos. Y sobre todo, que el resto de crónicas estaban redactadas de manera elegante y hacían referencia a hechos que se enredaban directamente con la trama del film. Para uno de los diseñadores de producción, Robin Miller, tanta dedicación supuso un trabajo extra inesperado: «Meses y meses buscando tipos de letra».

El Trans-Alpine Yodel. Imagen: Fox Searchlight Pictures.

Tampoco era la primera vez que Anderson jugueteaba con el contenido de los periódicos: en Fantástico Sr. Fox el director había rellenado las páginas de un diario que aparecía en un suspiro por la pantalla con extractos de la novela El superzorro de Roald Dahl, el libro en el que se basaba la película.


La trampa para fantasmas de Cazafantasmas (1984) poseída por el curling

Dan Aykroyd, Harold  Ramis e Ivan Reitman (guionistas y actores los dos primeros, director el tercero) idearon Cazafantasmas a partir de una idea que daba muchísimo juego: que los héroes de la historia capturasen a los fantasmas en lugar de matarlos. Tenían claro que las pistolas de protones servirían para tirar el lazo sobre los fantasmas pero, en una época donde todavía no existían las Pokéballs, necesitaban encontrar un sitio donde encerrarlos. El diseño de la trampa para fantasmas se basó en razones prácticas y lógicas: era un artefacto que los cazafantasmas llevarían colgado del cinturón al estilo del equipamiento militar contemporáneo, se activaba con un pedal porque lo del control remoto en los ochenta era algo que nadie parecía tener muy en cuenta, tenía pinta de ser un artefacto que los personajes habrían fabricado de manera casera y se arrojaba por el suelo. «Pensé que sería divertido que la trampa tuviese que ser arrojada como si fuese un objeto con ruedas que se colocaba debajo de los fantasmas para atraparlos. Bueno, ya sabes, yo crecí en Canadá donde el curling es muy popular, a diferencia de aquí [Estados Unidos]» aclaraba Reitman.


El nuevo/viejo Yoda de Star Wars: los últimos jedi (2017)

Para traer de vuelta a Yoda a las precuelas de Star Wars, George Lucas inicialmente se decantó por volver al mundo de las marionetas y fabricó un nuevo títere del maestro jedi. El resultado difería bastante del Yoda de la trilogía clásica y cabreó a algunos cuantos puristas de la saga entre los que se encontraba Nick Maley, uno de los artistas que trabajó en el Yoda original de El Imperio contraataca: «Lo remodelaron y lo fabricaron con un material más pesado. Y su piel era transparente en lugar de opaca, la luz no le afectaba del mismo modo y por tanto el color no era el mismo. Además, añadieron otros mecanismos internos más potentes y todo eso dio como resultado en un Yoda diferente que generó un montón de críticas. En el fondo no puedes diseñar a la abuela, porque la abuela es la abuela. Y puede que esté pasada de moda pero sigue siendo la abuela. Es mejor dejar las ideas nuevas para los nuevos personajes». Lo peor de todo fue que aquella marioneta tuvo fecha de caducidad incluso dentro de su propia película y solo se asomó por la primera versión de Star Wars: la amenaza fantasma. Porque cuando aquella entrega se editó doce años después en formato Blu-ray, el bueno de Lucas decidió eliminar la marioneta del metraje y sustituirla por un Yoda generado por ordenador similar al que aparecería en las secuelas de las precuelas (El ataque de los clones y La venganza de los sith). Y aquello tampoco gustó demasiado.

En 2017, llegó Rian Johnson al mando de Los últimos jedi emperrado en recuperar a la abuela pasada de moda. Para lograrlo se dedicó a escarbar entre los archivos de Lucasfilm hasta recuperar los moldes originales con los que se fabricó Yoda, y también se tomó la molestia de emular hasta el detalle más ínfimo de la marioneta original: «Cuando Neal Scanlan y su equipo hallaron los moldes originales se dedicaron a recrear el personaje de manera muy meticulosa. Porque aquello no era una marioneta, era una réplica exacta de la de El Imperio contraataca. Incluso fueron capaces de localizar a la mujer que le había pintado los ojos a Yoda en la película de 1980, para que le pintase los ojos a la nueva versión. Y trajimos a Frank Oz [titiritero y voz del personaje en la saga clásica] para trabajar junto a los ingenieros, equilibrar el muñeco, y hacer que todo estuviese en su sitio. Frank se encargó de controlar personalmente a Yoda en algunas escenas, y aquello fue mágico». En el fondo esto dice mucho de Johnson, sobre todo teniendo en cuenta que al menos tuvo el detalle de invitar a al legendario Frank Oz al set, y no hizo como Lucas cuando en el Episodio II se limitó a llamarlo por videoconferencia para que doblase al monigote CGI.

Yodas. Imagen: Walt Disney Studios Motion Pictures.


La bolsa de plástico de American Beauty (1999)

Uno de los personajes de American Beauty gustaba de filmar con su cámara de vídeo los bailes que realizaba por el aire una bolsa de plástico. Una secuencia cuya planificación parecía no suponer demasiados problemas porque ¿qué dificultad puede tener localizar una bolsa de plástico? Según Lynda Reiss, la encargada del diseño de producción, muchísima: «Sam Mendes fue muy específico con la bolsa de plástico. No debía tener nada impreso, ni el nombre de una tienda, ni un “Gracias, que tenga un buen día”. Él quería una bolsa de plástico completamente en blanco». El problema es que aquella película se estaba ensamblando en 1998, una época donde todavía no era posible comprar cualquier cosa por internet, y Reiss se veía incapaz de localizar un sitio en el que hacerse con una bolsa sin texto alguno impreso. Tras contactar con varios fabricantes, descubrió que la única opción para hacerse con una bolsa virgen pasaba por encargar una tirada personalizada de cinco mil bolsas de plástico. «Suponía un desembolso de quinientos dólares. Y aunque pueda no parecer mucho era inviable, American Beauty fue una película de bajo coste y yo solo tenía diecisiete mil dólares de presupuesto para comprar el material de la película». Reiss decidió dejar el tema para más adelante y se fue con su asistente de compras por Los Ángeles en busca del resto de objetos comunes que requerían los personajes. Tras visitar más de medio centenar de tiendas, llegar a casa y vaciar todo el atrezo recolectado, descubrió que una de las bolsas de la compra era exactamente la que estaba buscando. «La vi y pensé: ¡ESA ES LA BOLSA! Ni siquiera sabíamos de dónde había salido, pero había venido a mí. Me la enviaron los dioses de producción porque sabían que yo nunca sería capaz de localizar una».

Imagen: DreamWorks.


El solicitadísimo Walkman de Guardianes de la Galaxia vol. 2 (2017)

En el verano de 1979, Sony lanzó en Japón el walkman TPS-L2. Un bonito ladrillo que permitiría a los mortales caminar por la calle portando y escuchando su música favorita en formato casete. Más adelante llegarían el discman, el olvidado MiniDisc, los reproductores de MP3, los iPod y los móviles con los que en la actualidad todos los adolescentes pueden dar por el culo públicamente con su reguetón al renunciar a ponerse los cascos. Ante tantos avances, el walkman de tosca silueta acabó olvidado en los trasteros de todo el mundo. La nostalgia por aquel aparato ni siquiera se manifestó de manera evidente en años posteriores (como ocurrió con las consolas o los discos de vinilo) porque el cacharro era más incómodo que práctico y tampoco demasiado bonito. Hasta que llegó Guardianes de la Galaxia y Chris Patt se paseó por los planetas bailoteando con los cascos puestos y un walkman TPS-L2 colgando del cinturón. El éxito de las aventuras de Star-Lord, Gamora, Drax, Rocket y Groot propició que a las masas de repente se les antojase mucho hacerse con uno de aquellos prehistóricos walkman. Ante tanta demanda, los precios del TPS-L2 se dispararon a lo loco en eBay y ahora mismo es imposible encontrar uno de esos aparatos por debajo del centenar de euros en dicha tienda online, algunos incluso alcanzan los setecientos u ochocientos euros.

La anécdota de la fiebre retro se convirtió en problema cuando comenzó la preproducción de la secuela Guardianes de la Galaxia vol. 2. James Gunn, director de ambas entregas, se conectó a internet y descubrió que el modelo de walkman que necesitaba se vendía por varios miles de dólares. Entretanto, los productores contactaron con Sony para preguntar si tenían algún walkman ochentero por ahí tirado y desde la empresa japonesa les comunicaron que un desafortunado incendio había convertido en pegotes de plástico los que todavía reposaban en los almacenes. Al final, el equipo encargado del diseño de producción tuvo que hacer lo que nadie se esperaba: fabricar seis réplicas del walkman TPS-L2. Objetos que salía más barato construir desde cero (no era necesario que funcionasen) que comprárselos a la horda de frikis especuladores de internet.

El TPS-L2 original de 1979. Imagen: Binarysequence CC.


La suela de zapato comestible en La quimera del oro (1925)

La escena de La quimera del oro en la que un empobrecido Charles Chaplin se zampaba la suela y los cordones de su propio zapato se ha convertido en uno de los grandes momentos del cine clásico, pero llevarla a cabo supuso más dolores de estómago que de cabeza. Las botas utilizadas en el rodaje estaban hechas de regaliz y habían sido fabricadas por la American Licorice Company, una compañía fundada hace más de cien años que a día de hoy sigue en activo. Hasta aquí todo suena muy poco peligroso, pero el problema llegó cuando el perfeccionismo de Chaplin (protagonista pero también director del film) le llevó a repetir la toma sesenta y tres veces a lo largo de tres días hasta que estuvo contento con la secuencia. ¿Las consecuencias de devorar sesenta y tres suelas de regaliz seguidas? Un ingreso urgente en el hospital con el estómago hecho un Cristo y la hemoglobina bailoteando de alegría. Comerse zapatos de verdad hubiera sido menos dañino.


Hola soy Charles Chaplin, bienvenidos a Jackass.


Wilson en Náufrago (2000)

El guion de Náufrago incluía a un objeto inanimado como coprotagonista de la película porque era imposible tener a Tom Hanks con la boca cerrada durante dos horas y veinte minutos, pero también porque la gente que se encuentra aislada del mundo realmente tiende a buscarse un objeto con el que mantener cierta cháchara para no volverse tarumba. La idea se le había ocurrido al guionista, William Broyles Jr, tras toparse con una pelota de voleibol abandonada en una playa mexicana donde se había autoexiliado y comenzar a hablar con ella («Encontré aquella pelota Wilson de voleibol, le puse unas cuantas conchas encima y comencé a charlar con ella. Se me fue totalmente la pinza al estilo Kurtz»). En el propio libreto la pelota era bautizada como «Wilson», razón por la que el encargado de diseñar todos los objetos del film, Robin L. Miller, lo primero que hizo fue presentarse en las oficinas de la empresa Wilson Sporting Goods para ver si les interesaba meter uno de sus productos en la futura película de Robert Zemeckis. Pero ocurría que a la marca de equipamiento deportivo se la traía bastante floja el mundo del cine, y nadie en sus despachos parecía haber oído hablar de las ventajas del product placement, con lo que la compañía optó por rechazar amablemente la oferta. Miller no se dio por vencido y siguió dando la tabarra a los miembros de la empresa, explicando que se trataría de meter su pelota de voleibol en una película dirigida por el ganador de un Óscar y protagonizada por el ganador de otro. Hasta que consiguió que una mujer del departamento de relaciones públicas de la firma le proporcionase veinte balones Wilson blancos. «Me consiguió veinte, solo veinte. Era muy poco para un objeto que tenía que pasar por tantas encarnaciones diferentes. Algunos los reutilizamos todo lo que pudimos, y cinco estaban fabricados exclusivamente para los primeros planos. Wilson envejecía según avanzaba la historia y durante el tramo final su cabello debía aparecer completamente destrozado. Pero lo logramos con lo que teníamos. Yo protegía aquellos balones con mi vida. […] Los Wilsons estaban guardados bajo llave, prácticamente me los llevaba a la cama».

Hanks y Miller se pelearon con la pintura roja estampando la mano del primero sobre las pelotas de voleibol hasta crear el patrón ideal, aquel que era visualmente más vistoso y dejaba suficiente espacio libre para dibujar la cara de Wilson sobre el cuero. Fue un trabajo que a pesar de parecer sencillo conllevó semanas de estudio: Miller se había molestado en calcular la posición ideal de la mano, cómo debería de estirar los dedos el actor y qué costuras de la pelota debía de cubrir su zarpa. Un profesional de los pinceles se encargó de realizar cinco copias exactas de la jeta de Wilson y de pintarrajear el resto de bolas con menos detalle, «Aquellas se las entregamos a la segunda, tercera y cuarta unidad. Wilson tenía que estar en todas las lanchas del rodaje, pero yo no les iba a dar las mejores versiones».

Gracias a la obsesión del hombre por mimar sus pelotas todo salió bien y tras el estreno de la película Wilson se convirtió en parte del star system hollywoodiense. Hasta el punto de que uno de los Wilsons originales del rodaje acabaría siendo vendido en una subasta por dieciocho mil cuatrocientos dólares. Poco después, tras ver la fama que arrastraba su esfera repintada, la Wilson Sporting Goods decidió que lo más sensato era sacar su propia tirada de pelotas de voleibol con el careto del Wilson cinematográfico.

Tiene más registros que Keanu Reeves. Imagen: DreamWorks Pictures.


El «bebé» de Cabeza borradora (1977)

Lo de Chuckesmee en Crepúsculo era jodido, pero lo del bebé monstruoso de aquella Cabeza borradora firmada por David Lynch era directamente aterrador. La criatura es una de las props de cine más extrañas, admirables y misteriosas de la historia fílmica. Porque Lynch, como siempre ha hecho a la hora de hablar de la naturaleza o significado de sus obras, se ha negado a revelar cómo fabricó aquel engendro limitándose a comentar cosas como «es así porque nació demasiado pronto» o «lo encontramos por ahí». Y es lo incierto de su origen lo que la ha convertido en mito. Desde entonces todo son teorías, hay quien dice que aquello son los restos tuneados de un conejo, hay quien cree adivinar algo de vaca o cordero las sexis curvas del bichejo y hay quien ha insinuado que a lo mejor Lynch ha echado mano de fetos humanos.

Peroequécoño. Imagen: American Film Institute.


El viaje de ida y vuelta del lienzo al celuloide

Izquierda: La abadía en el robledal, de Caspar David Friedrich. Derecha: El renacido, imagen de New Regency.
Arriba: La abadía en el robledal, de Caspar David Friedrich. Abajo: El renacido, imagen de New Regency.

El renacido, la epopeya de supervivencia y venganza por la que Leonardo DiCaprio merece ganar por fin un Óscar, y Alejandro González Iñárritu, esta vez sí, también merece otro, tiene entre sus virtudes una presentación visual sencillamente espectacular: cuenta con algunas escenas de acción como hasta ahora servidor no había visto, grandiosos paisajes rodados en Canadá y Argentina, largos planos secuencia que ya no parecen gratuitos y unos encuadres de excepcional belleza inspirados, en algún caso, en clásicos de la pintura. Por si no afligieran suficientes calamidades al protagonista, cada vez que cierra los ojos tiene sueños desasosegantes como el que vemos arriba, con una iglesia en ruinas entre árboles desnudos en medio de la más absoluta soledad. Una imagen muy evocadora, que rinde homenaje a La abadía en el robledal, encima de la anterior, del pintor del Romanticismo Caspar David Friedrich. Curiosamente no es la primera vez que este artista sirve de inspiración a un cineasta. Veamos esta otra obra suya, Mar de hielo. ¿No hay un parecido más que sospechoso a la Fortaleza de la Soledad de Superman? Y qué decir de El caminante sobre el mar de nubes, tal vez la pintura más influyente de la historia del cine. Para hacerse una idea del número de escenas y carteles de películas que la han tomado como referencia basta echar un vistazo aquí. Puede que Friedrich no fuera consciente de ello, pero esas nubes ocultaban una invasión extraterrestre…

Aún siendo este un caso destacado, en realidad son legión los pintores y obras que han servido de inspiración a la hora de rodar. Desde sus mismos orígenes el séptimo arte ha visto al tercero con la codicia del invasor vikingo, dispuesto a llevarse hasta la última gallina; al fin y al cabo los pintores llevaban unos cuantos siglos imaginando nuevos mundos o nuevas maneras de ver el mundo que nos rodeaba. ¿Cómo no iba a saquear entonces semejante legado una disciplina tan joven en comparación, obligada a inventarse a sí misma sobre la marcha? Así que ha habido cuadros que han sugerido decorados, personajes, escenas, carteles e incluso películas enteras; también otros han sido protagonistas de la narración o más discretamente han acompañado el encuadre ofreciéndonos un sutil guiño; y finalmente, algunos incluso han sido pintados tomando como referencia algún film, cerrando así el círculo. De todos ellos haremos a continuación un breve repaso. Para ello hay que mencionar muchos nombres y títulos prestigiosos, aunque a veces uno puede encontrarse un hilo del que tirar en los lugares más insospechados. Es el caso de la mismísima saga Crepúsculo. En esta bonita historia de un señor de ciento nueve años que no tenía mejor cosa que hacer que acudir al instituto para ligar con una chica de dieciocho veíamos, concretamente en el comienzo de su segunda parte, Luna nueva, esta imagen:

Imagen de Summit Entertainment.
Imagen de Summit Entertainment.

¿Les suena ese cuadro del fondo? Se trata de San Francisco de Borja y el moribundo impenitente, de Goya, y de él ya hablamos con detalle en este artículo. Fue encargado por la duquesa de Osuna para la capilla de la Catedral de Valencia y, como su título indica, muestra al santo asistiendo a un moribundo en un momento en el que podía ser tentado por el feo demonio que permanece junto a él acechando. Formaba pues parte de la tradición tardomedieval en torno al llamado «arte de morir», la manera en que el buen cristiano debía encarar su paso al más allá y que es precisamente de lo que están hablando los personajes en ese momento: de cómo a veces un vampiro en principio inmortal puede escoger su propio final. De manera que, sutilmente, la narración se ve reforzada por ese guiño que une en extraño matrimonio al genio aragonés con esta saga de vampiros y hombres lobo enamoradizos. El resto de la película es lo que es, pero no puede negarse que este es un buen detalle.

Descubrir pinturas célebres en películas y en algunos casos qué significado pueden aportar a la historia se ha llegado a convertir en un pasatiempo para algunos y tiene hasta su propia página web. Así por ejemplo en la segunda parte de Wall Street veíamos otro cuadro de Goya, Saturno devorando a un hijo, que no puede resultar más oportuno para describir la relación de Gordon Gekko con su hija y el novio de esta, a quien toma como pupilo. Otro caso interesante es el de Origen. En la primera misión del personaje de DiCaprio, Dom Cobb, en el subconsciente de un magnate japonés aparece por ahí su esposa, Mel, que se queda mirando un cuadro y lo comenta con él, a lo que este responde «al sujeto le apasionan los pintores británicos de posguerra». Pues bien, el pintor es concretamente Francis Bacon y la obra Estudio para la cabeza de George Dyer. Se trata de un retrato de su amante, al que conoció cuando intentaba robar en su estudio y le propuso que se llevase lo que quisiera a cambio de mantener relaciones sexuales con él. A partir de ahí mantuvieron una relación tormentosa durante ocho años marcada por las adicciones, que culminó con el suicidio de Dyer por sobredosis de alcohol y tranquilizantes. No es difícil trazar un paralelismo con la relación que mantienen Dom y Mel en la película, en la que esta, tras haberse suicidado, continúa apareciéndose en los sueños de su marido sin que él sea capaz de superarla. Tal como explicaba el director Christopher Nolan en esta entrevista la influencia de Bacon se extendería también a otras películas suyas como Batman, donde Joker estaría inspirado en el estilo de este artista. Curiosamente, otro Joker, aquel que interpretó Jack Nicholson, en el momento en que asaltaba el Museo de Gotham City para secuestrar a Kim Basinger, destrozaba sin piedad todas las obras a su paso, desde Degas hasta Veermer, haciendo una sola excepción cuando uno de sus secuaces iba a desgarrar una de ellas con un puñal y él mismo lo detenía diciendo «este me gusta». El cuadro en cuestión es Figure with Meat, y su autor, Francis Bacon.

Es interesante fijarse cómo en películas distópicas y posapocalípticas las grandes obras de arte suelen ser representadas con frecuencia, generalmente como símbolo de la civilización perdida o bastión de humanidad, belleza y libertad de pensamiento en una sociedad totalitaria que pretende erradicarlas. En Soy leyenda Will Smith quedaba como único superviviente en un Nueva York abandonado sin mucha compañía pero con cualquier objeto que desease a su alcance, de forma que optó por decorar su casa con cuadros de Van Gogh, Rousseau y Modigliani. El protagonista de V de Vendetta también tenía su particular galería de obras maestras, aunque en este caso era para protegerlas del Ministerio de Materiales Ofensivos, y entre ellas podíamos ver La dama de Shalott de Waterhouse, El Matrimonio Arnolfini de Van Eyck o Baco y Ariadna de Tiziano. En Equilibrium ocurría algo similar con la resistencia manteniendo ocultas algunas obras, aunque no pudieron evitar que La Gioconda terminara siendo quemada por las autoridades, mientras que en Hijos de los hombres eran estas las que protegían por medio del Ministerio del Arte pinturas como el Guernica de Picasso en un mundo que se desmoronaba.

Colaboración de Dalí con Hitchcock en Recuerda. Imagen de Selznick International Pictures.
Colaboración de Dalí con Hitchcock en Recuerda. Imagen de Selznick International Pictures.

En otras ocasiones el director no aprovecha una obra preexistente sino que logra contratar al artista para que aporte una específica para la película. El caso más notable es el de Giger y la magnífica criatura ya bosquejada en su trayectoria previa pero que en Alien conoció su esplendor. Por su parte, Alfred Hitchcock para la escena onírica de Recuerda dispuso del talento de Dalí, que ya había colaborado con Buñuel en Un perro andaluz. Pero lo más habitual, tal como veíamos al comienzo, es que el equipo artístico del rodaje o el propio director homenajeen, copien o tomen como punto de partida a algún pintor u obra concreta. Los ejemplos son ilimitados, aunque a menudo se cuiden de no hacerlo evidente.

Hace un millón de años, Jasón y los argonautas, La Tierra contra los platillos volantes, El monstruo de los tiempos remotos… Buena parte del cine de fantasía y ciencia ficción de hace unas décadas tuvo como productor y técnico en efectos especiales a Ray Harryhausen. Es un nombre fundamental en la historia del cine, dado que luego otros talentos como Steven Spielberg y Peter Jackson lo han tomado como referencia. Pues bien, Harryhausen tuvo como referente artístico fundamental a John Martin, pintor inglés nacido a finales del siglo XVIII, que se caracterizó por la espectacularidad de las escenas, a menudo bíblicas, que plasmó en sus lienzos. Superproducciones pioneras como Intolerancia también imitaron la estética de cuadros suyos como Fiesta de Belsasar. En Metrópolis, la enorme torre que preside la ciudad futurista estaba basada en La torre de Babel, de Pieter Brueghel el Viejo, quien a su vez se inspiró en el Coliseo romano. Y hablando de edificios, ¿recuerdan el siniestro motel de Psicosis? Seguramente sí, dado que era uno de los elementos más distintivos de ese film. Pues en realidad se la debemos al artista Edward Hopper, quien en 1925 había pintado House by the Railroad. Unos años después, en 1942, inspirado precisamente por el cine, concretamente el policiaco, pintaría su celebradísimo Nighthawks. Que además unas décadas después conocería una versión con estrellas de Hollywood. De manera que por fin el viaje también era de vuelta y el tercer arte también encontraría inspiración en el séptimo.

Nighthawks, de Edward Hopper.
Nighthawks, de Edward Hopper.

Pero a su vez Nighthawks sirvió de modelo a películas posteriores. Win Wenders lo reprodujo literalmente en El final de la violencia. Mientras que Ridley Scott lo tomó como una referencia fundamental para Blade Runner: «Estaba constantemente enseñando una reproducción de este cuadro a las narices del equipo de producción para demostrarles la estética y el estado de ánimo que buscaba». Precisamente del director que inicialmente iba a encargarse de Blade Runner, Martin Scorsese, cuesta imaginarse qué habría sido de ¡Jo, qué noche! sin ese mismo cuadro, dado que incluso parte de la trama tiene lugar en una cafetería prácticamente idéntica. Y si hablamos del cineasta de las grandes gafas de pasta no podemos dejar de mencionar a su pintor predilecto, alguien que ha influido extraordinariamente en él. Su fascinación por la violencia, el realismo sucio, los personajes grotescos, la religión, la iluminación con claroscuros, la composición de cada escena… todo está ya en Caravaggio:

Así que él estaba allí. Impregnaba la totalidad de las secuencias de baress en Malas calles. Él estaba allí en la forma en que yo quería el movimiento de la cámara, la elección de la forma de montar una escena. Se trata básicamente de personas que se sientan en los bares, la gente en las mesas, la gente levantándose. La vocación de San Mateo, ¡pero en Nueva York! Hacer películas con gente de la calle era de lo que se trataba realmente, como él hizo cuadros con ellos. Entonces eso se extendió a una película muy posterior, La última tentación de Cristo. La idea era representar a Jesús a la manera de Caravaggio.

La vocación de San Mateo, de Caravaggio o Scorsese en el siglo XVII.
La vocación de San Mateo, de Caravaggio o Scorsese en el siglo XVII.

En conclusión, como decíamos anteriormente los ejemplos son innumerables, pues al fin y al cabo eso es la tradición cultural: una larga cadena en la que cada generación copia a la anterior aportando cuando se ve capaz pequeñas variaciones. Pero no querría terminar dejar sin citar algún caso más, como la huella de M. C. Escher en Interstellar —concretamente el teseracto y en la mencionada Origen (como puede apreciarse aquí); el homenaje al citado Saturno devorando a un hijo en El laberinto del fauno; la toma final de Los duelistas basada en Napoleon Bonaparte de Benjamin Robert Haydon; el guiño a La última cena de Da Vinci en M.A.S.H. y en el cartel de Los mercenarios 2. Precisamente los carteles de películas han seguido a rajatabla aquello de que lo que no es homenaje es plagio, y de todos ellos mi ejemplo favorito es el de El exorcista, que tomó por modelo El imperio de las luces de René Magritte:

El imperio de las luces de René Magritte y El exorcista, imagen de Warner Bros.
Arriba: El imperio de las luces de René Magritte. Abajo: El exorcista, imagen de Warner Bros.


¿Cuál es la historia de amor más inverosímil que hemos visto en el cine?

Hollywood nos ofrece mitos y sueños que nos inspiran, ayudándonos a evadirnos de nuestras vidas mas o menos miserables o rutinarias según el caso, y de entre ellos los más recurrentes son sin duda los romances. Toda película debe tener uno como trama central o como guinda de la narración, pero en su afán por conmovernos algunos terminan siendo de traca. Llega el momento en el que nos hacen arquear una ceja y preguntarnos con escepticismo: ¿cómo? ¿En serio? En no pocos casos para que la historia funcione el espectador debe alcanzar una suspensión de la incredulidad próxima al estado vegetativo. Estas son las más desconcertantes a nuestro juicio, les invitamos a que voten o añadan sus favoritos.

Crepúsculo

Imagen de Summit Entertainment.
Imagen de Summit Entertainment.

El protagonista de esta apasionante saga vampírica tiene ciento nueve años y sigue yendo al instituto. Se ve que asimila despacio, por decirlo así. Allí conoce a una menor de edad con cara de chupar limones y personalidad lánguida a la que no puede leer la mente, sospechamos que por falta de actividad ahí dentro, pero él no lo ve así y cae enamorado sin remedio. No obstante ella no termina de decidirse entre el vampiro y un hombre lobo que anda siempre merodeándola con los abdominales al aire aunque vivan en la frontera con Canadá y semejante triángulo da para una trilogía.

Adivina quién viene a cenar esta noche

Imagen de Columbia Pictures.
Imagen de Columbia Pictures.

En esta película el protagonista era un médico de gran prestigio que centraba sus esfuerzos en los desvalidos del tercer mundo. Su rectitud moral era tan intachable en lo profesional como en lo personal, negándose a mancillar la flor de su prometida pues lejos de buscar el alivio puntual aspiraba al compromiso duradero. Era guapo como solo Sidney Poitier podía serlo y suponemos que gastaría buen trabuco, además de ser exquisitamente educado, culto, humilde, elegante, fiel, caballeroso… No había virtud de la que no estuviera bien servido, era ni más ni menos que el yerno definitivo. Pues nada, que el suegro aún tenía que andar dando por culo y poniendo pegas, en lugar de entregarle a la hija, a su madre y un reloj-despertador de regalo. Inverosímil es decir poco.

Desayuno con diamantes

Imagen de Paramount Pictures.
Imagen de Paramount Pictures.

 

Es todo un clásico del cine, sí, pero ver a George Peppard en la pantalla inevitablemente nos hace esperar que de un momento a otro se eche el puro a la boca y que diga aquello de «me encanta que los planes salgan bien». No hay manera de luchar contra ello, lo sentimos, pero si aún lográsemos vaciar nuestra mente como un maestro zen quedaría otro escollo. Ese desenlace en el que ella intenta ser una cazafortunas yendo tras el personaje interpretado por nuestro ilustre Grande de España José Luis de Vilallonga y Cabeza de Vaca y, tras ser rechazada, entonces prueba con Paul. La banda sonora, la lluvia y el gato le dan intensidad dramática a la escena pero ese personaje se quedará siempre con una idea martilleándole la cabeza: «yo fui su segunda opción». No durarán mucho.

Tal como éramos

Imagen de Columbia Pictures.
Imagen de Columbia Pictures.

 

Es tal vez la pareja con menos química de la historia del cine tras la formada por Roger y Jessica Rabbit. Barbra Streisand resulta difícil de creer en cualquier historia romántica que haya protagonizado, salvo en aquella en la que se disfrazaba de rabino que resultaba muy graciosa, pero este caso es especialmente sangrante. Veamos, ahí interpreta a una universitaria idealista que sueña con un mundo mejor, es decir, una pelma recalcitrante que tiene un retrato de Lenin en su habitación y se pasa todo el santo día sermoneando a sus desdichados compañeros. Entonces conoce a un joven deportista, carismático, de buena familia, escritor de éxito y con la cara de Robert Redford y él queda hechizado por sus encantos, que desde luego no están a la vista. Si se hubiera aparecido Gandalf montado en un águila gigante para llevársela nos habríamos metido más en la historia.

Manhattan

Imagen de United Artists.
Imagen de United Artists.

 

Podríamos mencionar la mayor parte de la filmografía de Woody Allen pues siempre pone de coprotagonistas a mujeres muy interesantes, que derrochan atractivo e inteligencia y él, en fin, ahí lo tienen. Pasan los minutos, parecería que van a relegarlo a la correspondiente friendzone de acuerdo al orden natural del cosmos y sin que sepamos cómo termina intimando con ellas. En esta película contemplamos con creciente estupefacción a Meryl Streep como su exmujer y a él en medio de un triángulo con Diane Keaton en su mejor momento y una adolescente de diecisiete años que, cómo no, se siente irresistible atraída por su… su… por lo que sea que tenga este personaje de cuarenta y dos años que escribe guiones para la televisión. Aunque siempre es posible ir un paso más allá y en La maldición del escorpión de jade una Charlize Theron cuarenta años más joven que él intenta seducirlo con todas sus armas.

Acoso

Imagen de Warner Bros. Pictures.
Imagen de Warner Bros. Pictures.

 

Michael Crichton ya había escrito por entonces novelas como La amenaza de Andrómeda, Devoradores de cadáveres y Parque Jurásico, pero aquí quiso ir aún más lejos y la adaptación al cine supo reflejar ese espíritu de fantasía desbocada. De tal manera que vemos a Michael Douglas siendo acosado sexualmente por una antigua novia y ahora jefa interpretada por Demi Moore, que se lanza a su entrepierna y comienza a hacerle una felación a traición… pero en el momento en que le toca la campanilla con la punta nuestro héroe toma conciencia de que eso no está nada bien y consigue zafarse de la moza con gran esfuerzo. Maldita sea, ¡qué se habrá creído esta fresca! En conclusión, hemos visto combates entre Hulk Hogan y el Poli Loco más veraces que esto.

Cincuenta sombras de Grey

Imagen de Universal Pictures.
Imagen de Universal Pictures.

 

Se ha despotricado tanto contra esta película y contra el libro en el que se basa que poco podemos añadir más, de hecho ni nos atrevimos a verla ni a leerlo, no vaya a ser que nos gustase y a ver cómo lo disimulábamos entonces. De la infinidad de disecciones, reflexiones y análisis minuciosos de su trama, motivaciones psicológicas, valores y contexto sociopolíticocultural de esos que hay que leer poniendo cara de apretar fuerte el más divertido sin duda fue este de La Página Definitiva.

Harold y Maude

Imagen de Paramount Pictures.
Imagen de Paramount Pictures.

 

Desde que Platón elaborara en su diálogo El banquete el mito de las almas gemelas nos lo han contado una y otra vez en infinidad de variantes. En este caso la pasión que une a los protagonistas es la asistencia a funerales. A partir de ahí irán desarrollando una amistad cada vez más estrecha que desembocará en una relación romántica aunque él ande por la veintena (aunque aparente trece) y ella tenga setenta y nueve años. Un film peculiar, de un extraño humor negro y que lleva demasiado lejos el tópico de que el amor no tiene edad. Esto tampoco es, ¿eh?

Pretty Woman

Imagen de Touchstone Pictures.
Imagen de Touchstone Pictures.

Ha pasado exactamente una semana desde la última emisión de esta bonita historia de ciencia ficción y ya se echa de menos. Ese poderoso arranque en el que una cosa lleva a la otra, las casualidades se encadenan y oye, el protagonista acaba llevándose sin querer una pilingui al hotel. Pero no es lo que parece. Luego surge amor del bueno entre ambos, ella tiene la ocasión de oír de una amiga el habitual «tía, te mereces algo mejor» y finalmente el personaje interpretado por Richard Gere regresa a su planeta junto con su nueva presa.

Lars y una chica de verdad

Imagen de MGM.
Imagen de MGM.

La soledad del hombre moderno y la japonización de Occidente parece un tema cada vez más recurrente y desde el pionero Berlanga con su Tamaño natural cada día abundan más las historias sobre enamorarse de una aplicación de móvil como Her, de un robot como en Las mujeres perfectas, Ex Machina o la serie Real Humans o, en este caso, de una muñeca de látex que cumple las funciones de novia del protagonista. Pero esas variantes no terminan de resultar satisfactorias, por lo visto.

Max, mi amor

Imagen de Greenwich Film Production S.A.
Imagen de Greenwich Film Production S.A.

Aludíamos antes a Japón, el país de las waifus, Tenga, los otakus, el hentai y la tasa de natalidad más baja del mundo y el director de esta cinta, Nagisa Oshima, es también de allá. ¿Casualidad? Todo lo que sea sexo pero no entre dos personas les encanta. En este caso la protagonista al menos opta por un ser vivo, que además está estrechamente vinculado genéticamente con el ser humano. Es casi una relación convencional y no muy distinto de lo que podamos ver en Telecinco, pero aun así provoca cierto desasosiego… y no poca envidia del condenado chimpancé, nada menos que a Charlotte Rampling tiene por pareja.

Precuelas de Star Wars

Imagen de Lucasfilm.
Imagen de Lucasfilm.

Nos creímos todo el rollo sobre la Fuerza, el Lado Oscuro, Darth Vader, que transcurra en una galaxia muy lejana mucho tiempo atrás, que convivan toda clase de criaturas alienígenas y mecánicas… daba igual, venga, de esta saga lo que nos echen. Pero esto hizo añicos nuestra suspensión de la incredulidad y ya no hubo forma de recomponerla:

Anakin: Eres tan bella.
—Padmé:
Es solo porque estoy enamorada.
—Anakin:
No, es porque yo estoy tan enamorado de ti.
—Padmé:
¿Así que el amor te ha cegado?
—Anakin:
Bueno, eso no es exactamente lo que quise decir.
—Padmé:
Pero es probablemente cierto.


Cómo ser un escritor de éxito

Agonía de la creación, de Leonid Pasternak.
Agonía de la creación, de Leonid Pasternak.

Ya se sabe cómo funciona la industria de las letras, 50 sombras de Grey vende unas toneladas de ejemplares y a la mañana siguiente tenemos, en la primera fila de las estanterías de cada librería del universo, una docena de novelas con amantes jugando a meterse bolas de billar por el culo. El código Da Vinci arrasa entre las lecturas del metro y nos llueve el marketing salvaje de cientos de thrillers que exploran el significado oculto de las dieciséis estampas de perros jugando al póquer de Cassius Marcellus Coolidge. Crepúsculo consigue aflojar la goma de las bragas de medio planeta y de repente tenemos legendarias criaturas terroríficas convertidas en pálidos adolescentes que suspiran profundo con mirada intensa y pinta de tener una rave en los intestinos. Los hombres que no amaban a las mujeres se corona como blockbuster y una colección de escritores de suspense brotan de golpe en los helados paisajes de Europa del norte. Paulo Coelho publica en papel la copia de seguridad de sus conversaciones de Whatsapp, se convierte en un éxito y sus lectores sentencian que tanta profundidad les ha cambiado la vida mientras miccionan en tonos arcoíris. Alguien escribe un flyer de bienvenida al pensamiento new age, lo titula El secreto, contrata al maquetador de Geronimo Stilton y acaba amontonado bolsas con el símbolo del dólar estampado. Un yuppie dice que una fábula sobre productos lácteos sustraídos es indispensable para cualquier empresa y una muralla de cuentos para críos, disfrazados de revelaciones para encorbatados, acabará atrincherando la sección Actualidad.

¿Cómo ser un escritor de éxito? ¿Quién coño lo sabe? Y sobre todo ¿a quién le importa?

Paso 1: Buscar un editor

En 1887 un poema titulado «Like a Giant Refreshed» llegó a las mesas de cinco editores. Tres lo rechazaron y dos aceptaron publicar la obra si el autor se hacía cargo de los gastos. Entre las respuestas oficiales recibidas se encontraban un «El mercado está lleno de cosas similares», un «Tenemos cubierta nuestra lista de ediciones para la siguiente temporada» y un «Es evidente que tiene algo especial, pero no lo suficiente para asegurar ventas». La persona que había enviado el manuscrito era un corresponsal de St. James’s Gazette, pero lo cierto es que no era el verdadero autor de la obra. En realidad había copiado palabra por palabra el poema «Samson Agonistes» que aparecía en Paradise Regain’d, una obra del poeta John Milton, para algunos el segundo literato más notable de las letras anglosajonas después de William Shakespeare. El objetivo era obvio, demostrar que los ojeadores de nuevos talentos no tienen olfato para detectar la genialidad.

John Milton, no tan bueno como para asegurar ventas. Imagen: DP.
John Milton, no tan bueno como para asegurar ventas. Imagen: DP.

Cien años más tarde, un ocioso Chuck Ross reescribió la novela Steps de Jerzy Kosinski. Firmó la obra como Eric Demos, metió el texto en catorce sobres y los lanzó a los buzones de catorce editoriales. A pesar de que el Steps de Kosinski se había llevado un National Book Award For Fiction, y que más adelante David Foster Wallace se pondría las rodilleras a la hora de elogiar esa obra y trazarle líneas paralelas con Kafka, el texto no pasó el primer corte de ninguna editorial, entre las que para más guasa se encontraba la que había editado originalmente Steps. Y entre las respuestas de rechazo Ross se encontró con esto:

Muchos de nosotros hemos leído tu novela admirando el estilo de escritura. Encontramos un punto de comparación con Jerzy Kosinski cuando leemos los crudos y escalofriantes capítulos que has construido. El problema del manuscrito, tal como está, es que no consigue llegar a ser una obra redonda. Tiene momentos muy espectaculares, pero da la impresión de ser un boceto incompleto. No vemos la manera de publicar este trabajo en particular en su estado actual.

En los ochenta la escritora Doris Lessing, futura nobel de literatura en 2007, sospechaba que su editorial aceptaba sus manuscritos por llevar su nombre estampado y no por la calidad de los mismos. Para corroborar esto presentó dos novelas bajo seudónimo (Jane Somers) y el resultado fue el esperado: ambas fueron rechazadas. En 1991 un periodista de The weekly llamado David Wilkening encargó a su secretaria (evidenciando un conocimiento borroso de las labores administrativas) que copiase la novela The Yearling de Marjorie Kinnan Rawlings, ganadora de un Pullitzer en 1939. El volumen se paseó por veintidós editores (incluyendo al editor original) retitulado como A cracker comes to age, para coleccionar hasta trece respuestas de rechazo. Solo una de las editoriales, Pineapple press, se dio cuenta de la fotocopia y reconoció la obra original. The Sunday Times repitió en 2006 la prueba con cuarenta editoriales, envió los primeros capítulos de dos obras ganadoras del premio Booker, In a free state de V.S. Naipaul y Holiday de Stanley Middleton, cambiando nombres de personajes y el autor. El resultado: una veintena de negativas y solo una respuesta interesada por una de las obras.

Paso 2: Autopublicación = Profit.

«Móntate un blog». Con la autopublicación online comenzó Manel Loureiro narrando un apocalipsis zombi en un blog y hoy el hombre pasea tres libros de la saga Apocalipsis Z y vende montañas en Estados Unidos. Erika Leonard (E.L. James) comenzó a escribir una fan fiction erótico-pornográfica-festiva de Crepúsculo (titulada Masters of the universe y sin relación aparente con He-Man) y la publicó en internet bajo el nick Snowqueen’s Icedragon. El éxito de visitas la animaría a retocar el trabajo para eliminar a los personajes crepusculianos y convertirla en una obra propia llamada 50 sombras de Grey. Aquella creación, pese a su prosa de Cash Converter y de ser una obra calificada despectivamente como mommy porn, le favoreció un contrato editorial y arrasó en ventas (arrebatando el puesto de best-selling author en el Reino Unido a la mismísima J.K. Rowling). Otra que tuvo suerte fue Amanda Hocking, una desconocida que se forró de golpe al poner a la venta sus párrafos en Kindle.

Y luego está el porno con dinosaurios.

Portada de Taken by the T-Rex. La escritora aseguraba que pagaba 5 dólares por el diseño de cada portada, y también que probablemente era demasiado dinero. Imagen: Christie Sims.
Portada de Taken by the T-Rex. La escritora aseguraba que pagaba cinco dólares por el diseño de cada portada, y también que probablemente era demasiado dinero. Imagen: Cortesía de Christie Sims.

Un género completamente nuevo y revolucionario, la dinosaur erotica. De repente varias historias con portadas terroríficas y títulos tan sugerentes como Taken by the T-Rex, Ravished by the Triceratops, Taken by the Pterodactyl o Dino Park After Dark se presentaron en los catálogos de lectura online y empezaron a cosechar lectores sedientos de un nuevo y dilatado tipo de erotismo: aquel que solía orbitar alrededor de dinosaurios montando damiselas.

El caso es que toda esa orfebrería literaria que encamaba lo sensual con lo primitivo era obra de Christie Sims y Alara Branwen, los seudónimos de dos veinteañeras universitarias y compañeras de habitación que, cansadas de sufrir para costearse los estudios, decidieron probar suerte con la autopublicación de la literatura erótica más absurda que se les ocurrió (basada en sus propias experiencias, aseguran). Entregas de extensión ridícula, algunas apenas llegan a las veinte páginas, y que obviamente se basan más en explotar lo disparatado de follar con una criatura prehistórica que en contar algún tipo de historia. El producto tuvo un éxito inesperado (las críticas en Amazon de los lectores de Taken by the T-Rex suelen ser descacharrantes) y como resultado las dos chicas comenzaron a amasar suficiente dinero como para dejar de lado los trabajos basura y dedicarse exclusivamente al noble arte de la escritura, abriendo su producción a nuevas entradas de protagonistas mucho más exóticos: Taken by the Pegasus, Riding the Dragon o Taken by the Gryphon.

A la vista de los beneficios, a las visionarias no les faltaron imitadores: desde la inquietante adaptación a la acera de enfrente de Turned Gay By Dinosaurs de Hunter Fox hasta lo descarado de alguna versión española del fenómeno.

Paso 3: Hacerse un nombre

En 1983 la televisión británica comenzó a emitir un ingenioso anuncio de las Páginas Amarillas de aquellas tierras. En el mismo se mostraba a un anciano recorriendo varias librerías de segunda mano preguntando por un mismo libro: Fly fishing de J. R. Hartley. Al no obtener ningún éxito en su redada librera, el protagonista del spot se refugiaba en su casa entristecido hasta que su hija le arrimaba una copia de las Yellow Pages. El anuncio finalizaba con el octogenario hablando por teléfono con una librería en la que había localizado el perseguido Fly fishing. Y entonces el espectador asistía al desenlace revelador cuando el hombre solicitaba que el libro le fuese reservado y escuchábamos su respuesta a una pregunta del otro lado del teléfono: «¿Mi nombre? Oh, sí. Me llamo J. R. Hartley».

La campaña era original pero para Roddy Bloomfield, escritor de deportes, era mucho más que eso. Era una maniobra publicitaria paralela y enorme de algo que ni siquiera sus responsables habían tenido en cuenta: otro libro. Bloomfield encargó a Michael Russell, un experto en pesca con mosca, la tarea de escribir en 1991 un libro. Lo tituló Fly fishing y lo publicó bajo el seudónimo de J. R. Hartley. En la cara de hormigón de Bloomfield se dibujó una sonrisa cuando el texto se convirtió en best-seller. Aprovechando la inercia y junto a Russell perpetraría otras dos secuelas: J.R. Hartley Casts Again: More Memories of Angling Days en el 92 y Golfing by J. Hartley en el 95, otros dos best-sellers.

J.K. Rowling, intentando despojarse de la maternidad del niño mago, se lanzó a construir una de detectives para un público adulto. El libro llamado The Cuckoo’s Calling (El canto del cuco) fue publicado bajo el seudónimo de Robert Galbraith y pese a las críticas favorables vendió una miseria (presumiblemente unos quinientos ejemplares de una tirada de mil quinientos). Cuando un columnista del Sunday Times investigó un poco se descubrió que el agente del tal Gralbraith era el mismo que el de la señora Rowling; y una vez arrebatado el disfraz (que muchos acusaron de maniobra publicitaria) las ventas de The cuckoos calling se dispararon de manera demencial: de ocupar el puesto número 4.709 en la lista de ventas de Amazon saltó directamente a la primera posición.

Paso 4: Trolling

A mediados de los cincuenta el locutor Jean Shepherd se colaba en los hogares a través de un late night radiofónico. Y se daba el caso de que Shepherd estaba cabreado con el sistema mediante el cual se confeccionaban las listas de best-sellers literarios en aquella época, utilizando tanto los datos de venta como las demandas de libros que estaban a punto de salir. A Shepherd se le ocurrió burlarse de este tipo de listas aprovechando las ventajas de la radio e invitó a todos sus oyentes a encaminarse hacia las librerías y preguntar por un libro que no existía de un autor que tampoco era real. Para hacer las cosas más fáciles el locutor ideó una sinopsis de la trama, un autor ficticio (Frederick R. Ewing) y lo enmarcó todo con un título prometedor: I, libertine. Los oyentes tomaron la empresa tan en serio que al final la obra ficticia acabó realmente entrando en la famosa lista de best-sellers del New York Times.

Cierto tiempo después, Shepherd compartía mesa con el editor Ian Ballantine y el novelista Theodore Sturgeon cuando el primero de ellos se ofreció a publicar una novela escrita por Sturgeon y basada en la falsa obra ideada por Shepherd. En 1956 I, libertine se convertiría en realidad y su portada (obra de Frank Kelly Freas) incluiría un chiste privado delicioso: en un cartel se podía distinguir un esturión y el bastón de un pastor. O lo que es lo mismo, Sturgeon (esturión) & Shepherd (pastor).

Mike McGrady era un columnista del Newsday de los sesenta que estaba convencido de que la cultura americana había abrazado un estándar de vulgaridad tal que cualquier texto de mierda podría llegar a ser un éxito monumental si se le añadían suficientes escenas de sexo. Para demostrar su teoría McGrady reunió a más de una veintena de colegas de profesión delante de una mesa, entre ellos a dos premios Pullitzer (Gene Goltz y Robert W. Greene), y propuso escribir entre todos un libro premeditadamente malo y espantoso. Cada participante se encargaría de un capítulo y eximiría cualquier tipo de calidad de las letras mientras lo rebozaba todo de sexo gratuito. Los implicados se esforzaron todo lo posible en divertirse construyendo un monstruo de Frankenstein incoherente sobre una esposa infiel de gira por las camas de vecindario, aunque hacerlo intencionadamente mal no resultaba sencillo: varios capítulos tuvieron que ser revisados por estar tan bien escritos como para no ajustarse al criterio de calidad en negativo exigido. El resultado final sería una pieza repleta de pasajes descriptivos vergonzosos: «En ese momento ella estaba masajeando su punto de mayor altitud suavemente con una botella de Johnson & Johnson baby lotion de color rosa» o «Entonces él la despojó de sus pantis negros, hubo un sonido de celofán como si estos hubieran sido pelados de las rodillas». Y como remate una soberbia dedicatoria en la primera página: «Para papá».

Varios de los autores de Naked came the stranger. Imagen: Cortesía de Newsday.
Varios de los autores de Naked came the stranger. Imagen: Cortesía de Newsday.

El grupo tituló la obra Naked came the stranger y atribuyó su autoría a una ficticia Penelope Ashe. La hermanastra de McGrady se atrevió a ceder su cara como imagen de la misteriosa escritora y se animó a pasearse por las editoriales con el libro en las manos y cara de buena persona. Lyle Stuart, conocido por fomentar una línea editorial con mucha teta suelta, accedió a publicarla y puso en marcha su procedimiento habitual de edición: mangó sin permiso una foto del culo de una chavala a una revista húngara, la estampó en la portada como reclamo de carnes prietas e imprimió aquello en 1969. El libro zarpó hacia las librerías y semanas más tarde la mujer que ponía rostro a la ficticia autora se paseaba por talk shows y entrevistas.

Cuando Naked came the stranger había vendido más de veinte mil copias, y McGrady ya empezaba a tener agujetas de tanto descojonarse en privado de lo cateto de la sociedad americana, se decidió que ya iba siendo hora de desvelar la broma y el responsable del hoax junto con el resto de implicados dieron la cara para explicar la naturaleza y origen del producto. El público lejos de tomarse a mal que lo hubiesen tratado como idiota reaccionó como era de esperar: saliendo disparado a reservar una copia. Mes y medio después la novela había cuadruplicado el número de ventas. Y unos años más tarde alguien rodaría una versión porno del material original a cuya proyección asistiría la autora de la Naked came the stranger original. O más bien diecisiete pedazos de ella.

Mucho tiempo después, inspirados por la iniciativa de McGrady, un grupo de escritores de fantasía y ciencia ficción acordarían escribir entre todos una obra tan horrenda e incoherente como les fuese posible con un único objetivo: demostrar que en PublishAmerica, una empresa que se jactaba de publicar solamente textos de calidad elevada, no tenían ni zorra sobre la exquisitez literaria. ¿La razón? Que dicha casa había menospreciado a los autores de ciencia ficción y fantasía.

James D. Macdonald escritor y crítico, dirigió el proyecto y coordinó metódicamente a cuarenta autores para gestar un libro prodigiosamente horrible. Se trataba de Atlanta Nights y las imperfecciones de su esqueleto eran una maravilla de la planificación: personajes que cambiaban de raza o género de golpe o resucitaban sin explicación alguna, un par de capítulos distintos creados por diferentes escritores explicando lo mismo, un chaparrón de faltas de ortografía, dos capítulos idénticos letra por letra, un capítulo ausente (el libro salta del 20 al 22) y otro cuyo número se repite (hay dos 12), un capítulo generado enteramente por un programa de ordenador que remezclaba secciones anteriores, un giro de guión en su etapa final que sentencia que todo ha sido un sueño para continuar como si no lo hubiese sido. Y la mofa definitiva: las iniciales de todos los personajes bautizados en la historia deletrean la frase: «PublishAmerica is a vanity press». Alguien definió perfectamente Atlanta nights: «El mundo está lleno de libros malos escritos por amateurs, pero este es un libro malo escrito por expertos».

PublishAmerica, ajena a todo esto, recibió la pieza y dio el visto bueno para publicarla en 2004. Los autores decidieron no seguir adelante con la gesta rechazando el contrato y revelando públicamente la trampa. PublishAmerica dijo que había mirado mal y que mira, que mejor no, nunca, nada.

Paso 5: Intentar no morir siendo objeto de mofa

En 1970 Jim Theis escribió con tan solo dieciséis años una de las novelas de fantasía heroica más emblemáticas de la historia. Publicó su criatura en un fanzine y de algún modo esta llego a las manos del escritor de sci-fi Thomas N. Scortia, quien fascinado con el descubrimiento lo remitió a otra escritora, Chelsea Quinn Yarbro, que a su vez enseñó el manuscrito a otro grupo de autores. Y así, poco a poco como una bola de nieve, el texto de Theis empezó a circular de forma furtiva entre los más selectos clubs de ciencia ficción y fantasía. Aquella novela se llamaba The eye of Argon y encandilaba a todo aquel que la leía. Pero por las razones equivocadas.

The eye of Argon era un accidente de tren literario, un desastre heroico, una pieza tan mal escrita (Theis parecía puntuar a ciegas y usaba tan erróneamente las palabras que muchos dudaban que el autor fuera una persona real y no un chiste) que su lectura resultaba involuntariamente cómica. Era el Ed Wood de la fantasía. Y lo mejor de todo es que la novela llegaría a convertirse en un party-game muy celebrado en el que un grupo de personas se turnaban para leer el texto en voz alta con una única norma: en cuanto el orador no pudiera contener la risa perdía su turno. Dave Langford explicaba cómo funcionaba el juego en las convenciones más importantes de sci-fi: «El reto de la muerte consistía en leer The eye of Argon en voz alta, con gesto serio y sin descojonarse. El reto Gran Maestro consistía en hacerlo tras haber inhalado helio».

Alguien localizó a Theis para entrevistarlo y este declaró que el cachondeo y la burla con los que se había recibido a algo que escribió treinta años antes le cabreaba hasta quitarle las ganas de volver a escribir cualquier otra cosa en un futuro. Theis murió en 2002 pero su obra alcanzo la inmortalidad, entre las carcajadas y convulsiones de sus lectores, por ser increíblemente mala pero involuntariamente jocosa.

Cómo ser un escritor de éxito

¿Cómo ser un escritor de éxito? Preguntádselo a alguien que lo sea.

O poneos a escribir, lo que sea, ahora mismo. Y dejad de perder el tiempo con artículos tramposos que plantean una pregunta para la que ni tienen respuesta, ni les interesa tenerla. Vosotros podéis ser el próximo Jim Theis, eso es lo único importante.


Juan Manuel de Prada: “La pornografía te va matando el alma”

Juan Manuel de Prada para Jot Down

Juan Manuel de Prada (Baracaldo, Vizcaya, 1970) saltó a la fama en el mundo literario con la edición casi clandestina de su obra Coños. Los escasos ejemplares pasaron de mano en mano hasta que Valdemar la reeditó para el gran público. A partir de ahí, el ascenso del autor fue imparable, hasta proclamarse ganador del Premio Planeta en 1997 con La Tempestad. No había cumplido aún los 30 años. Lejos de la imagen del autor joven y bohemio, De Prada cultivó con un esmero que parecería estudiado el aspecto de formal oficinista poco amigo de alardes que no fueran literarios, acorde con una faceta de columnista y tertuliano en la que hace gala de su catolicismo, aspecto de su personalidad que, como veremos, prima sobre cualquier ideología. Nos recibió en su domicilio de Madrid para conversar sobre este y otros asuntos.

¿Hay alguna diferencia entre su yo novelista y su yo articulista?
Son facetas de una misma vocación, pero en las que se trabaja con sustancias muy distintas. En una, con la imaginación; y en la otra, con la más cruda realidad. Naturalmente, el género del artículo tiene unas características que lo hacen totalmente distinto: se han de coger asuntos de rabiosa actualidad y se le ha de dar una lectura ideológica. Una novela también lo tiene, pero de otra manera, porque es una construcción imaginaria.

¿Con cuál se siente más cómodo?
Depende. Hay fases de la vida en las que te apetece más escribir una novela, otras en las que no. Indudablemente, aquello que requiere más esfuerzo y dedicación es aquello de lo que a la larga te sientes más orgulloso, y en este sentido no son comparables. Pero mientras lo estás haciendo puedes sentirte igual de a gusto o de disgusto con ambas cosas.

Al principio, usted tradujo literatura pulp. ¿Cuáles son sus autores favoritos del género fantástico?
Hay un escritor uruguayo muy poco conocido que me vuelve loco: Felisberto Hernández. También me gustan mucho los cuentos de Borges y Cortázar, que podría decir que fueron mi escuela. Me gustan los cuentos fantásticos y de fantasmas de Henry James. Pero sobre todo, mi maestro absoluto, el primer escritor que me provocó un fortísimo deseo de escribir historias de terror y fantásticas fue Edgar Allan Poe. En un grado menor, he disfrutado mucho con Arthur Machen, Algernon Blackwood o El hombre de arena, de Hoffman.

También le gusta el cine fantástico, de terror y de serie B. ¿Sigue el actual?
Sí, lo sigo, pero el gore me repele.

No sé si habrá visto películas francesas tipo Irreversible o Martyrs.
Las he visto y es un cine que no me gusta. Me resulta desagradable, tiene una connotación sexual psicopática. Es un subgénero del terror que cada vez está aflorando más, que mezcla sexo y terror.

Como Hostel, por ejemplo.
Hostel me parece, directamente, una aberración. Pero hay otro tipo de película que tiene más pretensiones, como Anticristo de Lars von Trier, en la que hay una relación entre la sexualidad y la depravación que me resulta indigesta.

Rosa Montero ha publicado recientemente un libro llamado Lágrimas en la lluvia, que tiene bastantes relación con Blade runner. ¿Usted cree que se debería dejar a los clásicos en paz?
No, los clásicos tienen que ser motivo de inspiración constante intentando no profanarlos. Lo que no me parece bien son los remakes innecesarios, que se han hecho tantos. Pero la cita, el homenaje, la inspiración…creo que está bien. Es imposible entender el cine de los hermanos Coen sin conocer el cine clásico americano. Pero otra cosa muy diferente es trivializarlo y hacer esos remakes y secuelas absurdas que se están haciendo.

A su entender, ¿cuál es la mejor versión de Blade runner?
A mí la que más me gusta es la primera, la edición comercial, reconociendo que el final era un poco “merengoso”. La voz en off le da un toque interesante de novela negra. Pero es una película que me gusta tanto que cualquier versión me parece bien.

Muchos opinan que el nivel actual de las series supera al cine. ¿Qué le parece?
Sigo series, pero creo que se está exagerando un poco. Yo sólo veo series de género: de acción, de terror…

¿Por ejemplo?
Prison break, Alias —que me gustó bastante, es una serie muy bizantina y peregrina—, Dexter… además he visto casi todas las que se han hecho de terror, como Fear itself. También he visto Espartaco, que me gusta, aunque me parece algo cargante con el tema sexual; Perdidos… lo que pasa con las series es que llega un momento en que la fórmula rechina, resulta reiterativa o, en el afán por ser inventivos, los guiones resultan inverosímiles. Pero sí, actualmente en las series de TV hay una creatividad impresionante. El problema del cine es que está en una situación angustiosa: las películas están reduciendo drásticamente sus presupuestos. Por ejemplo en los últimos Oscars, muchas de las películas tenían un presupuesto de menos de veinte millones de dólares, como El discurso de rey o El cisne negro. La gente se baja las películas por Internet, y eso mata las vías de recaudación, lo cual afecta mucho al cine, simplificándolo. Esto está “desnudando al rey”. Nos damos cuenta de que muchas películas de Hollywood que hace diez o veinte años nos gustaban, lo hacían por el despliegue de medios. Ahora las ves más despojadas y dices  “Bueno…”. Pero sí, las series están en un gran momento. ¿Y a ti, cuáles te gustan?

Por encima de todas Deadwood; o True Blood por lo demencial del argumento…
Sí, Deadwood también la vi. Me empezó gustando, pero llegó un momento en que me dejó de gustar. ¡Y True blood! Dejé de verla, hubo un cambio de género y no me interesó demasiado. Me pasé a Dexter.

Hablando de True Blood, usted escribió una sátira social protagonizada por vampiros, que ilustró Azpiri, Penúltima sangre. ¿Cómo ve esta moda actual de vampiros para adolescentes: libros, series, películas…?
Es parte del proceso de infantilización de la sociedad. Es bastante penoso. Fui a ver una de las películas de Crepúsculo y me quedé alucinado de lo mala, patética, penosa y absolutamente simple que era. Pero lo más curioso es que yo acostumbro a ir al cine a la Gran Vía, y allí no suele haber adolescentes, pero la sala estaba igualmente llena. Estos subproductos culturales tienen que ver con esta infantilización. Pero es muy interesante esa idea de que el vampiro deje de ser una criatura demoníaca para transformarse en un atractivo outsider. Los adolescentes siempre han tenido una propensión hacia la soledad y el apartamiento, pero con las nuevas formas de vida se ha intensificado mucho. Ahora el niño juega solo y el adolescente se pasa muchas horas recluido en su cuarto; eso crea una espejismo de clandestinidad, cosa que causa que se reflejen en  personajes que viven al margen de la ley. Me parece interesante sólo como fenómeno social, no como literario o cinematográfico, aunque sólo he visto una película, por lo que tampoco puedo juzgarlo.

¿Qué motiva esa infantilización de la sociedad?
Es un producto de las sociedades del bienestar. Son sociedades hiperprotegidas por los poderes públicos, con muchos “colchones” sociales -subvenciones, subsidios, estudios pagados…- y eso hace que la sociedad tenga miedo a salir del nido. Ha sido un fenómeno paulatino pero que ahora mismo es muy evidente. Y a eso se suma el miedo a envejecer, que es algo que no pasa en las sociedades religiosas.

Ahora que menciona el miedo a envejecer me viene a la mente Michel Houellebecq. ¿Qué le parece?
Me parece un escritor muy interesante, áspero, con un fondo de nihilismo y de nostalgia de otro mundo. Sobre todo sus primeros libros, con una veta locoide excelente, cosa que tienen todos los grandes creadores, una veta de disgusto con el mundo. Sin embargo, llega un momento en que se ha vuelto demasiado doctrinario. Se ha creído su papel, se ha puesto una toga y se ha puesto a hacer de esa veta la médula de su escritura. Por eso sus últimos libros me interesan menos.

En los libros de Houellebecq hay mucho sexo, casi siempre bastante perverso, y usted tituló uno de sus libros Coños. ¿Qué opina ahora del erotismo y la pornografía?
El erotismo ya es imposible, porque el grado de saturación pornográfica que tenemos es brutal. Es tan difícil como pasar miedo con una película de la Universal de los años 30; cuando has visto por ejemplo las películas que mencionábamos antes, tu sensibilidad ha sido tan acuchillada que es muy difícil volver atrás. Por eso admiro tanto esas películas que logran producirte una inquietud y zozobra a la vieja usanza, como algunas películas de M. Night Shyamalan. Con el erotismo pasa lo mismo, vivimos invadidos por la pornografía y es un juego peligroso, porque la pornografía te va matando el alma. Creo que la incapacidad del hombre contemporáneo para amar y ser amado tiene que ver con la saturación de pornografía.

Pero mientras que en el cine la frontera entre erotismo y pornografía es bien clara, en literatura no resulta tan sencillo definirla. ¿Es más permisible la literaria?
No, en literatura no es tan sencillo. Pero yo no estoy haciendo una valoración moral, sino una calificación en lo que significa esa saturación, que nos llega sobre todo a través de Internet. La grandeza que tenía el erotismo en la literatura era que activaba la imaginación, pero hoy en día ya no puede hacerlo porque estamos llenos de imágenes pornográficas. La pornografía descarnada de Sade, por ejemplo, que leí a una edad muy temprana, siempre me ha parecido muy aburrida y eso que detrás hay toda una visión filosófica del mundo. Pero lo pornográfico es puesto desnudamente y lo que provoca es hastío, esa tristeza de la carne de la que hablaban los viejos teólogos; porque cuando la carne se satisface siente tedio. Lo que sí se puede hacer a través de la literatura es el aprovechamiento de la sordidez del mundo de la pornografía, como hace, por ejemplo, James Ellroy en una serie de novelas. Pero la pornografía en sí misma lo tiene muy difícil.

Usted afirma que “ser progre consiste en tener siempre razón, si la realidad te lleva la contraria, peor para la realidad.” ¿Es un mal exclusivo de la izquierda?
No, es un mal de quienes han alcanzado la hegemonía. Hoy ese mal tiene que ver con el progresismo, que no tiene por qué ser de izquierdas, también hay un progresismo en la derecha; y en otras épocas ha tenido que ver con otros movimientos ideológicos, sociológicos o religiosos. Aquel que tiene la sartén por el mango es el que puede permitirse el lujo de amoldar la realidad a sus premisas ideológicas, y cuando la realidad se resiste, simplemente se niega esa realidad. Hoy esto lo encarna el progresismo, como doctrina o movimiento ideológico hegemónico.

Parece que la izquierda se rindió al orden económico. ¿Se centra ahora su esfuerzo en la esfera social y moral?
La obsesión y único objetivo de la modernidad, sea de izquierdas o derechas, es derruir el orden cristiano. El liberalismo tuvo más éxito que el marxismo porque, frente al dogmatismo del segundo, el liberalismo propugnaba la libertad soberana, es decir, lo que su voluntad le dictase era bueno;  además tuvo el hallazgo genial de excitar la avaricia humana a través de sus derivaciones económicas. Entonces hay un momento en el que la izquierda decide que, si no quiere quedarse en fuera de juego, tiene que aceptar la visión económica del liberalismo y hacer hincapié allí donde el liberalismo había sido más mojigato o menos beligerante contra el orden cristiano: los aspectos morales, sociales… así, la izquierda logró la ecuación perfecta para destruir el orden cristiano. Aprendió mucho de la contracultura de los años sesenta y descubrió que había una serie de anhelos que la derecha liberal no estaba satisfaciendo y que había que adoptar como banderas. Lo más dramático de todo esto es que a los desposeídos, a los desheredados, no hay nadie que los defienda.

Entonces piensa que el verdadero enemigo, tanto del socialismo como del liberalismo, es la religión cristiana.
Sí, sin duda, es el enemigo a batir; y más específicamente la católica, puesto que de alguna manera el protestantismo fue el caldo de cultivo del liberalismo para introducir el libre examen, la capacidad del hombre de juzgar su conducta y ser el dueño exclusivo de su conciencia. El protestantismo introdujo el veneno en el orden cristiano. Más allá de lo que yo piense, es una realidad; hay dos visiones del mundo en conflicto: la visión católica y el orden anticristiano.

¿Qué le ha llevado de sus inicios a este catolicismo militante que practica ahora? ¿Una evolución o una revelación?
No, un proceso natural. Soy una persona formada en una familia católica, provinciana, tradicional, de gente humilde… y eso pasa a ser parte de tu formación cultural, de tu bagaje. A medida que me hice un personaje público descubrí que en el medio literario y cultural, arremeter contra la Iglesia era un salvoconducto para ser admitido en sociedad y eso me causó gran perplejidad. Simplemente por llevar la contraria y transgredir empecé a profundizar en mi Fe de la infancia y adolescencia  Pero me pasó lo que a Chesterton, que esa curiosidad te lleva a profundizar más y más, a descubrir cosas que hasta ese momento te resultaban insospechadas y eso te lleva a repensar las cosas. Donde antes veías algo cansino e inerte empiezas a descubrir algo vivo.

Usted percibe entonces hostilidad hacia el cristianismo.
Sí, yo creo que la hay.

¿Se siente discriminado por ser católico?
Lo esté o no lo esté, uno tiene que hacer ver que no lo está, porque si no la vida sería muy dura. Pero sí, indudablemente. Hoy en día ser católico empieza a ser complicado. A mí, por ejemplo, por la calle me insultan, vendo menos libros…pero en la vida hay que seguir el camino que tienes que seguir, no hay que darle más vueltas.

¿Es peligrosa la búsqueda del placer inmediato y la satisfacción?
Nos convierte en personas compulsivas. La satisfacción inmediata de aquello que buscas es peligrosa porque te conduce al hastío vital.

Como el hombre estético de Kierkegaard.
Sí, hay algo de eso. El estar constantemente colmando tus necesidades te convierte en un ansioso compulsivo y te inunda el hastío vital. Es parecido a lo que ocurre con la tecnología: vivimos en un mundo muy tecnológico. Hace diez o quince años te podía costar mucho conseguir una película o un libro; podías tardar semanas o meses: lo encargabas en la librería, la librería no lo tenía, intentabas que te lo consiguiera algún amigo en el extranjero… ahora, apretando una tecla lo tienes y eso acaba produciéndote la sensación de hartazgo, que es una de las notas distintivas del hombre contemporáneo. Estamos saturados de todo; eso anestesia y abotarga la sensibilidad así como la búsqueda espiritual o el intento de ser mejor.

¿Hay algún elemento de la doctrina católica que usted no comparte?
En cuanto al desarrollo de los dogmas no, ya que yo me considero católico porque creo en su credo, pero en el magisterio de la Iglesia sí que hay muchas cosas con las que no estoy de acuerdo. Por ejemplo, en algunas declaraciones del Concilio Vaticano II. En Nostra aetate se dice que los cristianos y musulmanes adoramos al mismo dios, y yo no estoy de acuerdo. He estudiado la naturaleza del dios cristiano y la del dios musulmán y considero que no, adoramos cosas distintas. Sin embargo, en ese momento de buenrollismo y ecumenismo, la Iglesia dijo esto. El dios cristiano tiene unas características —empezando por su encarnación— que lo hacen algo totalmente distinto al dios musulmán.

Hay movimientos como “Somos iglesia” que se podrían considerar como catolicismo de izquierdas. ¿Tienen sitio en la Iglesia?
Chesterton lo dijo claramente: católicos eran todos aquellos que creían en los puntos del Credo y eran libres para discrepar en todo lo demás. En la Iglesia tiene que haber libertad para defender las más diversas posturas siempre y cuando se fundamenten en una visión puramente católica. Hay gente que se autodenomina católica pero que no cree en la virginidad de María, en la resurrección de Cristo… pero entonces es que no son católicos. Sin embargo, los católicos, como personas que estamos en el mundo, estamos muy contaminados de ideología. La ideología ha hecho muchísimo daño espiritual a la Iglesia. En los 60, 70 y 80 sobre todo, ideologías de tipo marxista. En la actualidad, ideologías de tipo liberal-conservador.

¿No es sano que haya un debate entre la jerarquía eclesiástica y el católico de base?
Según sobre qué sea. La fe católica es como una llave que te abre una puerta. Esa llave debe ser inmutable, porque la cerradura siempre es la misma. La propia Iglesia, en su afán por abrirse al mundo, muchas veces ha pretendido cambiar la llave. Me parece muy bien discutir todo lo discutible, que es todo lo que no forma parte del dogma transmitido desde hace veinte siglos; pero muchas de estas corrientes lo que proponen es una revisión del dogma.

Pero la doctrina de la Iglesia choca mucho con cosas vistas como naturales en la sociedad actual, como las segundas nupcias, la homosexualidad, el sexo prematrimonial…
Sí, pero porque quienes gobiernan, mandan o moldean la sociedad actual y las conciencias, como convivir con el error es muy difícil, tienes que convertir tus propios errores en aciertos, como presentar el divorcio como algo normal, que no pasa nada y es maravilloso. Pues no, el divorcio es una calamidad y es lo peor que le puede ocurrir a una persona, porque desbarata tu vida y la de tus hijos…es un horror. Lo que es un mal no puedes pretender convertirlo en un bien. Otra cosa es que la realidad humana está tocada por el mal, y entonces ésas son realidades que existen, y a las que habrá que buscar una salida.

¿Y si el amor se acaba?
No, el amor no se acaba, pero hay que alimentarlo. Naturalmente las ganas de follar con una mujer se te acaban, porque la tienes requetevista, y supongo que a una mujer con un hombre le pasa lo mismo, pero hay que reinventarlo, aprender a desear de otra manera y apuntalar la relación en muchas cosas. El amor no se acaba, lo matamos nosotros. Lo que se acaba son las expresiones exaltadas del amor. Es cierto que hay veces en las que las relaciones se hacen insostenibles e insoportables y hay que asistir a esa gente de alguna manera. La Iglesia siempre contempló la separación de los cónyuges y la nulidad de los matrimonios. Y la Iglesia debería seguir ahondando en esos temas, porque hay muchas personas divorciadas que quieren seguir perteneciendo a la Iglesia, y ésta debería esmerarse en el tema de la nulidad y la separación.

¿Y la homosexualidad?
La Fe de la Iglesia dice que “hombre y mujer los creó” y la dualidad de sexos es el hecho previo a la premisa para la unión que la Iglesia bendice, que es la unión matrimonial. La Iglesia nunca va a aprobar las uniones homosexuales. Otra cosa es que los homosexuales tienen que ser contemplados y admitidos como una realidad a la que la Iglesia tiene que abrirse, igual que con los divorciados. Son realidades que se tiene que aceptar y encajar, pero no por ello la Iglesia debe decir que la homosexualidad es fenomenal. El problema que veo en las corrientes que mencionábamos antes es que no postulan que los divorciados u homosexuales tengan que tener las puertas de la Iglesia abiertas, sino que dicen que el divorcio o la homosexualidad están fenomenal; cosa que la Iglesia nunca va a hacer.

Las relaciones prematrimoniales, las costumbres sexuales poco comunes… ¿se pueden considerar moralmente reprobables incluso si son consentidas?
La moralidad o inmoralidad de una conducta no tiene que ver con su consentimiento. Para el que cree en la autonomía del juicio personal sí es así, pero la Iglesia considera que hay unas leyes divinas a las que la conducta humana se tiene que someter. Básicamente, la Iglesia mantiene todas estas leyes morales porque son el producto de una sabiduría acumulada a lo largo de 2000 años. La Iglesia no tiene ningún interés en que los chicos se vayan a la cama antes o después de casarse. Si lo hace es porque, a lo largo de tantos años de experiencia humana, de personas que pasan por el confesionario…llega a la conclusión de que eso le hace daño a las personas. Antes hablábamos de cómo estábamos saturados de mensajes y vivimos en el mundo de la disponibilidad plena…la saturación sexual también mata la pasión amorosa; primero la exalta, pero luego la mata. La Iglesia va a seguir diciendo siempre que hay conductas moralmente reprochables y que hacen daño al Hombre, pero va a seguir aceptando y admitiendo que vamos a seguir haciéndolo. Ése es el misterio de la Iglesia: marca una conducta a los hombres pero sabe que somos débiles. Lo que nunca va a hacer es convertir nuestros errores y debilidades en aciertos. Yo, como casi todos los católicos, soy pecador, débil y frágil, y nunca me he tropezado con una incomprensión, ni por parte del cura más severo y exigente. La gente se queda con que sale el típico obispo que dice a los chavales que no se vayan a la cama, y olvida la segunda parte: que el chaval se va a la cama y es aceptado, porque se sabe que forma parte de nuestra debilidad. Pero nuestro mundo es hipócrita y puritano. El puritanismo es una degeneración de la hipocresía que primero se finge virtuoso y, cuando se da cuenta de que la virtud absoluta es imposible, intenta convertir sus vicios en virtudes, de tal manera que se niega absolutamente nuestra debilidad y se convierte en fortaleza. La posición católica es mucho más realista con la realidad humana: se acepta que es débil pero se señala esa debilidad.

Ha citado varias veces a Chesterton. Recuerdo que una vez dijo, tras un sermón bastante malo al que asistió, que “una religión que ha sobrevivido durante 2000 años a ministros tan deplorables, sin duda tiene que ser una religión verdadera.” ¿La COPE ha sobrevivido a locutores deplorables?
La COPE es una obra humana e, igual que tuvo su principio, tendrá su final. El hecho de que esté en manos eclesiásticas no la convierte en eterna. La presencia de la Iglesia en los medios de comunicación —cosa que no tengo muy claro que sea su misión, su misión es estar en el mundo, pero no necesariamente en todos los ámbitos— ha de ser para predicar el Evangelio en un sentido amplio, ofreciendo un periodismo católico.

Porque usted no estaba de acuerdo con la línea que tenía hace un par de años.
No, ni hace dos, ni hace diez, ni ahora. Yo creo en un periodismo católico, y eso significa que a los problemas que la realidad nos propone se les dan soluciones católicas, no ideológicas, progresistas, liberales ni conservadoras. Hay un largo magisterio de veinte siglos por parte de la Iglesia, que ha reflexionado sobre todos los problemas humanos, y eso es lo que tendría que hacer un medio de comunicación católico. Pero eso es algo que, desgraciadamente, hoy no existe.

Por eso lo comentaba. Antes ha mencionado que el liberalismo es uno de los enemigos de catolicismo, y durante algunos años Losantos y César Vidal han sido locutores de la COPE, siendo liberales.
Ninguna ideología debe ser enarbolada en un medio católico, pero menos que cualquier otra el liberalismo, que es la ideología más veces condenada por la Iglesia, a la que más Papas han dedicado encíclicas devastadoras. No tiene sentido. Pero vivimos en un mundo absolutamente enloquecido, como decía Chesterton: “el mundo está lleno de virtudes cristianas que se han vuelto locas” y eso afecta también a la Iglesia.

Fotografía: Gonzalo Merat


El sexo de los vampiros: True Blood

Como todo el mundo sabe, los vampiros nacen de la siguiente manera: un vampiro muerde a un ser humano hasta dejarlo agonizante pero, antes de que muera, le hace beber de su sangre —la eterna pregunta: ¿qué fue primero, el vampiro o el mordisco?—. El humano vampirizado es nuevo en el mundo de los no-muertos por lo que su creador, con quien a partir de entonces le ligará cierta relación de dependencia —como una madre con su hijo—, deberá orientarle: cortar toda relación con su entorno humano, “dormir” en un sitio resguardado de sol a sol, dominar las nuevas habilidades vampirescas, aprender a controlar la sed de sangre para no dejar a su paso un rastro de cadáveres con marca de colmillos… son varias las cosas que el vampiro recién nacido ha de conocer.

Contemplado fisiológicamente el vampiro es poco más que un pellejo relleno de sangre. No tiene sistema digestivo porque no come. Tampoco necesita respirar a la vista de sus largas siestas diurnas dentro de ataúdes o bajo tierra. Cuando un vampiro muere empalado deja tras de sí un gran chorro de la sangre dadora de vida y una suerte de materia elástica similar a la de un globo explotado. Y sabiendo que se reproducen mediante mordiscos, con lo que tienen los colmillos hiperdesarrollados a tal efecto, salta como una liebre la pregunta: ¿por qué a los vampiros se les pone dura?

Después de ver las tres temporadas de True Blood la respuesta está clara: para pasárselo muy, muy bien. Lo que en los seres vivos funciona como garantía de la perpetuación de la especie en los vampiros es algo completamente gratuito, un don que sin duda la naturaleza quiso conservar en el cambio de estado de vivo a casi-muerto tan valioso como el pulgar oponible o el uso del lenguaje. O más. El creador de la serie, Alan Ball, ha declarado que no concibe unos vampiros castos como los de la saga Crepúsculo. Vive Dios que el deseo envenena a sus vampiros. Y no sólo el de sangre.

La convivencia entre humanos y vampiros parece imposible, pues la sed de sangre convierte a estos en depredadores naturales de las personas. Pero los japoneses, que tienen soluciones para todo, han dado con la vía de la reconciliación: una sangre sintética, la True Blood, que alivia la sed de los vampiros y les evita trances tan comprometedores como la caza de humanos —geniales los anuncios que promocionan la True Blood, en la línea de los que publicitaban los productos funerarios en la otra e inolvidable serie de Ball, Six Feet Under—. Aunque los vampiros que han probado la sangre artificial reniegan de ella como de una suerte de condón alimenticio útil únicamente en cuanto favorece la causa de la integración social. Pero la sed de sangre circula en dos direcciones: los humanos también desean la sangre vampírica. La V, como se la conoce popularmente, tiene unas supuestas propiedades afrodisíacas que la vuelven muy codiciada, aunque supone un comercio muy peligroso: la comunidad vampira persigue implacablemente a todo el que trafica con V, pues suponen que un humano sólo puede conseguirla esclavizando a un vampiro y extrayéndosela. Aunque hay otros modos, como demuestra el caso de Lafayette, el cocinero homosexual espléndidamente interpretado por Nelsan Ellis, quien consigue la V voluntariamente de un vampiro a cambio de su buen hacer como prostituto.

La relación entre humanos y vampiros está en un incierto proceso de normalización debido a la lucha de los últimos por conseguir derechos civiles —esta trama va cayendo progresivamente en el olvido, una de tantas decepciones que procura el desarrollo de la serie—, con lo que es rigurosamente asimétrica. Se consideran respectivamente animales y monstruos. Y sexualmente prevalece la visión cosificadora. Los vampiros usan a los humanos como surtidores ambulantes de sangre. Los humanos, por su parte, aprecian sobremanera el vigor y la resistencia sexuales de los vampiros, aderezados con suerte con unos sorbos de V. Estos encuentros son obligadamente clandestinos, por cuanto en la sociedad sureña de Bon Temps, Louisiana, donde se ambienta la serie, no está muy bien vista la confraternización de razas. Los paralelismos, a menudo paródicos por el uso de clichés con la lucha por los derechos civiles de los negros son constantes, además de ciertos motivos sesenteros —la liberación personal por las drogas y el sexo, la comunión con la naturaleza…— recurrentes en la obra de Alan Ball.

Aunque el deseo nivela muchas diferencias raciales y afectivas. Es el caso de Tara (Rutina Wesley), quien arrastra un largo historial de agravios contra los vampiros pero no es capaz de resistirse al magnetismo de Franklin —el siempre excelente James Frain—, un vampiro con el que protagoniza alguna de las escenas más ardientes de la serie —también algunas de las más delirantes—. Una sheriff del distrito de Dallas, Isabel Beaumont, está enamorada de un humano. En este caso se plantea el drama de la conversión: los vampiros no envejecen y pueden vivir, en teoría, para siempre, por lo que el humano ha de ser transformado si quiere vivir junto a su pareja más allá de la duración de una vida normal. Otro caso similar es el de los empalagosos protagonistas, Bill (Stephen Moyer) y Sookie (Anna Paquin), aunque aquí las cosas son más complejas por los descubrimientos acerca de la naturaleza de Sookie —no quiero desvelar nada para el que aún no haya llegado ahí.

El cuero, las correas y la estética de dominación son habituales en la serie. Además de los ambientes de alto standing, en los que el lujo y la lujuria corren en parejo desenfreno. Los vampiros de True Blood son doblemente atractivos: a una sexualidad omnívora le suman unos escenarios de revista Gentleman que contrastan vivamente con el ambiente paleto que les rodea. Hacen gala de una sofisticación y un spleen de los que desde luego carecen otras razas de la noche: los hombres lobo son retratados como bestias filonazis y endogámicas, un compendio de lo peor de la mentalidad sureña. En un nivel muy superior se encuentra la aristocrática sociedad de los vampiros, regida por un rey y una reina —ambos homosexuales y haciendo vidas separadas— y juzgada nada menos que por un inquisidor de la España prerrenacentista.

Así, el sexo en True Blood es apasionado, glamuroso, brillante, enriquecido con todo tipo de sustancias —especialmente sangre—, lujoso, promiscuo y muy gratificante. En otras palabras, de revista erótica. La noche perpetua en que viven los vampiros es el mejor escenario para cumplir los sueños más turbios y perversos que se guardan dentro. Locales como el Fangtasia, sólo para vampiros son, a pesar de lo que sostienen los fundamentalistas religiosos (God hates fangs), el inconfesable objeto de deseo de muchos humanos. Una de las grandes rémoras de la serie es haberse centrado en el porno blando, el gore, las muertes sangrientas y los zombis —en medio de una gran orgía— en vez de desarrollar más pormenorizadamente la sociedad vampírica.

A pesar de haberse convertido en una mezcla de dramón adolescente y película erótico-gore, True Blood sigue guardando el suficiente atractivo para darle una oportunidad a la 4ª temporada, que empezó el 26 de junio. Personajes secundarios como Eric (Alexander Skarsgard) han adquirido tanta relevancia que la serie podría seguir sólo gracias a ellos —de hecho, eliminar a los protagonistas sería una bendición, al menos para mí—. Pero véanla y juzguen ustedes mismos.  Al menos la 1ª temporada les dejará buen sabor de boca.


Fernando Savater: “Ser malo es mucho más divertido”

Fernando Savater no necesita presentación. Nos recibe en su casa de Madrid, repleta de lo que más le gusta: libros y monstruos. En tono risueño diserta sobre la actualidad, las -escasas- consolaciones de la filosofía, el cine actual y clásico, la literatura… Al escucharlo uno tiene la fastidiosa sospecha de que la persona que tiene enfrente es mucho más inteligente que uno mismo. Una sensación a la que ya debería estar sobradamente acostumbrado si saliera más de casa, pero que en este caso resulta flagrante.

La primera pregunta es obligada: ¿qué le pareció la legalización de Bildu?

El papel de los ciudadanos no es estar de acuerdo con la legalización de Bildu ni con ninguna otra medida de los tribunales. Los tribunales están, precisamente, para acabar con los desacuerdos; funcionan, están ahí, porque los ciudadanos pensamos cosas distintas. Los tribunales están para dirimir ese tipo de cosas; los que somos partidarios de las instituciones y las hemos defendido frente a los etarras y el mundo radical tenemos que aceptar naturalmente los dictámenes. Otra cosa es que luego te preguntes qué va a pasar, cómo nos las vamos a arreglar ahora que pululan por los ayuntamientos. Pero el ciudadano, después de que el árbitro ha pitado el penalti, no debería plantearse pitarle un penalti al árbitro.

¿Qué opina de la ejecución de Bin Laden? Quien se la cuestione, ¿tiene que hacerse mirar la cabeza, según ha dicho Obama?

No sé si tanto como dice Obama, quizá sea exagerado, pero hay que tener cara dura y una falta de conocimiento del mundo real muy notable. Las naciones no están como los ciudadanos sometidos a una ley; están entre sí como los ciudadanos estaban antes de que existiera un estado y una ley entre ellos. Todavía predomina en buena medida la ley del más fuerte. Los países que pueden defenderse, se defienden. Estados Unidos es el país más poderoso del mundo y por lo tanto es una acción de guerra: ha matado al general del ejército enemigo, lo mismo que se habría matado a Hitler si se hubiera bombardeado el bunker en el que se escondía en Berlín, etc. Cuando se dice “hombre, las leyes…” La suposición de un juicio en Estados Unidos a Osama Bin Laden mientras están estallando bombas de sus partidarios en el resto del mundo me parece una imagen escalofriante, así que me alegro mucho de que no lo haya habido. Por lo demás, en un circo no es lo mismo pegarle una patada en la espinilla al forzudo que al enanito. El enanito en este caso somos nosotros, que estamos muy orgullosos de cómo cumplimos las leyes, entre otras razones porque no podemos hacer otra cosa. Al forzudo del circo es más peligroso darle la patada. Bin Laden lo hizo y se ha llevado esta respuesta; en cierta medida es un alivio para el resto del mundo también.

Salman Rushdie decía que “ya no hace falta ser terrorista para conseguir cambios y que ser terrorista es algo pasado de moda” en relación a las revueltas del mundo árabe. ¿Está de acuerdo? ¿Al Qaeda está acabada?

Siempre me he opuesto a esa tontería de “la violencia es inútil”. No, la violencia es utilísima. En el País Vasco ha hecho posibles cambios enormes y si no hubiera sido por la violencia, la hegemonía nacionalista no hubiera sido la que es. Y, por supuesto, la violencia integrista islámica se ha impuesto en el mundo teniendo como efecto, entre otras cosas, la disminución de nuestras libertades en algunos casos. Es muy bueno ver que los países del norte de África apuestan más por esas vías democráticas, de resistencia pasiva o activa, pero no terrorista. Que el terror lo ponga el dictador, no uno. Es la única forma de llegar a la democracia. En la época de Franco todos los antifranquistas se pusieron muy contentos cuando volaron a Carrero Blanco; yo dije que el que volaba a Carrero Blanco era como Franco pero de otro orden. Nosotros lo que queríamos no era que ganaran otros militares, sino que ganáramos los civiles y esto es lo que ahora está ocurriendo. Quieren que ganen los civiles, no unos señores que sean lo contrario que Gadafi o Mubarak, pero en esa misma línea. Ahora bien, el terror es utilísimo, por eso hay que prohibirlo y perseguirlo, porque logra demasiadas cosas.

Se ha llegado a comparar esta cadena de insurrecciones como la caída del Muro de Berlín, ¿es una analogía exagerada?

Probablemente sí, en el sentido de que el muro representaba un poder único, grande, que era el poder del comunismo, la Unión Soviética, que hoy no existe como tal. Pero es verdad que es muy importante; una vez más se vuelve a esa mitología pragmatista y en el fondo hipócrita que hay mucho en Europa cuando se dice “no, ellos no son como nosotros, no quieren las mismas cosas, tienen sus propias tradiciones, a las mujeres les gusta ir tapadas hasta las orejas, a los hombres les gusta pasarse la vida obedeciendo al sultán…”. Pues se ve que no; los seres humanos nos parecemos mucho más de lo que nuestros folclores políticos dan a entender. Es una cosa muy sana recordarlo de vez en cuando.

Algunos reprocharon a Zapatero su apoyo al bombardeo de Libia recordando su “No a la guerra” de 2004. ¿Es comparable?

El “no a la guerra” me parece una tontería en 2004 y ahora. Es como decir “no a las operaciones de apendicitis”. Hombre, las operaciones de apendicitis se hacen cuando alguien tiene apendicitis. Las guerras llegan en los países democráticos, se supone, cuando hay una amenaza seria a las libertades, a la democracia. Decir “no a la guerra” en general no tiene ningún sentido. La guerra a veces es imprescindible. Ocurre que no es un plato de gusto. Vergonzoso es que Europa haya estado tanto tiempo pasando la mano por el lomo a Gadafi o a Mubarak y ahora quiera hacerse la justiciera. Es difícil borrar lo mal que uno se ha portado en estos casos. Pero bueno, al menos lograrán ayudar algo a esta pobre gente.

¿Cree que puede ser comparable de alguna manera Libia con Irak?

Es comparable en el sentido de que son dos dictaduras. Ahora se está ayudando a un pueblo que se está rebelando, pero en Irak no había una sublevación popular. De haberse dado el caso habría sido no sólo bueno, sino excelente, ayudarles a derrocar a Sadam Hussein. Pero dio la impresión de que era algo totalmente externo. Ahora no; se está apoyando a unos rebeldes, no se está inventando una rebelión.

En Finlandia ha logrado un gran avance un partido llamado Los Verdaderos Finlandeses. Su nombre lo dice todo, ¿no?

Claro, eso es el nacionalismo. Hay ciudadanos optimo iure y ciudadanos que no lo son. Es decir, “de verdad somos de aquí los que reunimos estas condiciones. Los demás ya iremos viendo si son humanos, si son medio ciudadanos o no…” Lo terrible de Finlandia para algunos que hemos defendido tanto la importancia de la educación para acabar con los males políticos, es que es uno de los países que siempre se ponen como modelo de éxito educativo. Que prospere un partido como este indica que es muy importante el conocimiento más o menos técnico, científico, pero que la educación es algo más. Abarca mucho más; podemos crear gente muy educada en especialidades científicas, pero es posible que su idea de comunidad sea nefasta.

Ha habido también un pacto del gobierno con un partido ultraderechista en Dinamarca. ¿Cree que este auge de partidos de extrema derecha son una amenaza real para Europa?

La inmigración es uno de los problemas. Los países que tienen riqueza quieren repartir mientras les sea beneficioso, mientras les sirvan de mano de obra. Cuando les desborda el asunto inmediatamente cesan las contemplaciones. Desgraciadamente Europa está fracasando en tantos aspectos… Lo que demuestra la posición de Dinamarca es que podemos retroceder. No sólo que no se avance, podemos perder por ejemplo el Tratado de Schengen.

Animales, ciencia, filosofía

¿Pueden estar en la biología algunas de las respuestas a las preguntas que plantea la filosofía? El primatólogo Desmond Morris, por ejemplo, dice estudiar a las personas como los zoólogos estudian a los animales.

Una cosa es la descripción de cómo funciona un ser humano en un sentido fisiológico, zoológico, etológico, etc. La filosofía se pregunta por el sentido de las cosas, no por su funcionamiento. Los biólogos estudian el funcionamiento de las cosas, no su sentido. Un cuadro de Rembrandt, por ejemplo, tiene un peso, unos pigmentos extendidos, pero el sentido del cuadro no es ese. Desde el punto de vista material lo consideraremos útil para la conservación en un sótano, para saber a qué temperatura ha de conservarse. Lo que la ciencia dice del ser humano es el tipo de cosas que son útiles, lo que necesitamos para mantenernos, para sentirnos más cómodos, funcionar mejor y más tiempo, etc.

En el llamado Proyecto Gran Simio para dotar de ciertos derechos a los primates o en el actual debate sobre los toros, en el cual ha participado usted con su reciente libro Tauroética, se habla de que debe haber una frontera moral clara entre humanos y animales.

No se trata de dónde poner la frontera moral, sino que la propia frontera es la moral. Moralidad es distinguir entre los seres humanos y el resto de seres. A un ser humano no lo tratas como a un objeto o como a un animal; sientes una reciprocidad que no se da con los demás seres. Luego hay casos como el Proyecto Gran Simio; los monos se parecen mucho a nosotros y tienen muchos rasgos comunes aunque no haya reciprocidad. Ningún antropoide tiene ningún deber y, por tanto, tampoco tienen derechos. Como se nos parecen les extendemos por antropomorfismo: somos tan antropocéntricos que todo lo que se nos parece un poco lo consideramos humano. Al virus del sida nadie lo considera humano porque no se nos parece. Ese error de los derechos de los animales confirma hasta qué punto la moral es antropocéntrica.

Hace unos años se publicó un libro llamado Más Platón y menos Prozac. ¿Podría ser al revés en muchos casos?

Claro, la filosofía no es un libro de autoayuda; no sirve para salir de dudas, sino para entrar en ellas. Es verdad que la filosofía clásica griega y romana da recomendaciones sobre la vida no en el sentido clínico, higiénico, del término. Buscan una orientación general. Hay cosas que te calman los nervios mejor. Recuerdo un trozo muy bonito en las Cartas Persas de Montesquieu. Cartas que supuestamente escribe un persa que está en París y dice: “fíjate, los franceses son rarísimos; cuando tienen un dolor o una angustia que nosotros, ya sabes, tomamos un poco de opio y se nos pasa, ellos cogen a un señor que se llama Séneca y leen tres o cuatro páginas”. Evidentemente, leer a Séneca no tiene la misma función que tomar opio. Si te van a operar del riñón, es mejor que tomes cloroformo a que leas a Séneca. Las mentes inteligentes se alimentan de complejidad y lo que dan los filósofos es ese aumento de complejidad que alimenta nuestra mente inteligente. Por supuesto no calman los dolores, no resuelve los problemas, no ayuda a ligar…

Durante el franquismo a usted lo definían en su ficha policial como un “anarquista moderado”. ¿Esa etiqueta seguiría siendo válida hoy en día?

No me disgusta porque la combinación, esa especie de oxímoron, me hace gracia. No, el Estado es una necesidad de nuestra condición social, pero es una necesidad que como el dinero o el sexo, por ejemplo, tienden a independizarse de su función y a convertir en esclavitud lo que era camino de libertad. Si el Estado es, lo que decía Spinoza, solamente un garantizador del avance de las libertades, bien, pero probablemente nace con esa idea y poco a poco va convirtiéndose en el ogro filantrópico del que hablaba Octavio Paz. Y ahí ya sí, me vuelvo otra vez anarquista moderado (ríe), en el sentido de que hay cosas de las que uno se puede quejar y necesitamos cuidados paliativos de otras, como por ejemplo el Estado, pero eso no significa que lo podamos suprimir.

¿Qué máxima filosófica con el paso de los años le ha ido pareciendo cada vez más cierta?

Quizá la de Spinoza: “El hombre libre en nada piensa menos que en la muerte y toda su sabiduría es sabiduría de la vida”.

¿Y al revés? ¿Hay algo que siempre hubiera dado por supuesto que ahora esté comenzando a cuestionarse?

Muchas cosas. Mi problema es que siempre me he acercado muy escépticamente a las cosas y, de vez en cuando, alguna me sorprende porque me parece relativamente más cierta de lo que me parecía al principio. Quizá hoy el tono un poco bravucón y arrogante que tiene Nietzsche me aleja un poco de él. También hay que tener en cuenta que  la obra de Nietzsche está escrita en su juventud. El tono a veces excesivamente petulante me echa un poco para atrás.

¿Cree que la enfermedad influyó en su filosofía?

No, su enfermedad fue su juventud. Todos estamos enfermos de ser nosotros mismos, de eso no hay quien se cure. Pero yo lo que creo es que quizá habría sido interesante ver como escribía Nietzsche con 70 años.

Cine y literatura

Participó en un congreso sobre James Bond, del que dice que “es el héroe del consumo virulento: consume coches, mujeres, tiempo; por eso en aquella época -década de los 60 y 70- nos identificamos con él”. Pero este personaje, en la actualidad, ‘es lo habitual, lo esperado’…”

Es un consumista pero a la vez es héroe, un hombre que se arriesga, que se aventura. En su momento era un personaje moralmente dudoso y hasta escandaloso; hoy nos parece una trivialidad cambiar de coche, tener gadgets de todo tipo para comunicarnos con los vecinos… es nuestra vida cotidiana. Lo complicado hoy en día es que nos logre sorprender James Bond. En el fondo todos somos, sin los riesgos, sin Spectra, sin los peligros, pequeños James Bond en zapatillas. Es curioso, porque es un héroe muy moderno pero quizá ha envejecido más velozmente que otros; estaba basado en algo que ha pasado, el comienzo del tecno-consumismo.

¿Por qué los malos tienen tanto protagonismo en ellas?

Era la época en la que se empezaba a desdibujar la división por la Guerra Fría, sobre todo en las películas; en las novelas todavía estaba más presente. Es decir, la Unión Soviética se empezaba a desvanecer como único enemigo y había que buscar otro. Enemigos que estaban en contra de ambos bandos, depredadores de otro orden como los que ahora son habituales. Hoy buscamos enemigos que quieren trastocar el orden del mundo y que a veces son sobrenaturales: demonios, sectas satánicas… cosas que se salen del orden político. El orden político tradicional por lo que se ve ya no funciona así.

En ese sentido usted ha escrito Malos y malditos, una recopilación de los grandes malvados de la literatura. ¿Por qué nos fascinan tanto?

Bueno sólo se puede ser de una manera, pero malo se puede ser de muchas y es más divertido. Sabemos lo que es ser bueno, cumplir unas determinadas reglas, unas determinadas normas… por lo menos el estereotipo de la bondad. En cambio la maldad, las transgresiones, son múltiples, muy variadas. Están más ligadas a nuestros caprichos íntimos. Nuestra conducta recta está basada en las normas establecidas. Los malos, en cambio, siguen caprichos que son mucho más personales, distintos y por ello más divertidos.

Le gusta King Kong, Frankenstein… ¿Le resulta sencillo empatizar con ellos?

Me gustan mucho los monstruos. La idea del que está aislado y se rebela contra ese aislamiento, que busca compañía pero no vulgaridad. Ese personaje me ha gustado mucho siempre, aparte de que soy muy aficionado a la literatura popular, al cine de terror y de aventuras. Esos personajes únicos como Frankenstein o como King Kong, que no hay más, que no hay otro, me tientan especialmente.

Hollywood en los últimos años parece haber descubierto a Platón y a Descartes. Películas tipo Matrix, el Show de Truman u Origen, ¿ayudan a cuestionarnos cosas?

Detrás de la realidad hay otra cosa, es lo que se llama pensamiento. Me hace gracia cuando se habla de “realidad virtual” como si los seres humanos hubiéramos vivido alguna vez fuera de ella; pensar o soñar por las noches es realidad virtual. La filosofía se basa en la distinción entre fenómeno y cosa, el mundo de las ideas platónico. Ahora además estás jugando con la consola al tenis con un señor que no existe. Todo eso favorece que te des cuenta de cómo hemos vivido siempre. Freud, por ejemplo, decía que cuando una pareja discute en una habitación no hay dos personas, hay cuatro. Las dos personas reales y después la idea que cada uno de ellos tiene del otro, que es con la que está discutiendo.

También a menudo se plantean historias de vuelta a la naturaleza, con indígenas viviendo en armonía frente a una civilización depredadora. Avatar, por ejemplo. ¿Qué opinión le merece ese mensaje? ¿Toca alguna fibra profunda en la gente?

Te presentan una tribu perdida en medio del Amazonas y ves a unos señores tatuados desde la coronilla hasta la punta del pie, pintados de diversos colores, que dedican media vida a tomar pócimas extrañas y a bailes. Luego se dice que están en armonía con la naturaleza, cuando yo los veo completamente antinaturales. Están condenados a intentar hacer cosas para que se note que no son naturaleza: “oiga que yo no soy un bicho; me pinto, bailo canto, hago cosas que no tienen nada que ver con la naturaleza”. Los ejemplos más desesperados de querer alejarse de la naturaleza son precisamente los que viven en un entorno que les da pocas posibilidades de zafarse de lo natural. Nosotros hoy, como podemos dormir de día y vivir de noche porque tenemos luz, la sentimos con nostalgia. Se vuelve a hablar de los dioses porque ya no están, de la naturaleza porque ya no está. Esos cariños por los animales porque los hemos derrotado: ya no hay animales feroces, no pueden hacernos daño. Entonces claro, pobrecitos, ahora son víctimas; desde el tigre de Bengala al cocodrilo gigante.

Hablando de Avatar, ¿la vio? ¿Qué le parece el cine en 3D?

Me pareció malísima, horrorosa. Parece mentira que James Cameron, el mismo que dirigió Aliens, haya hecho una película tan mala, cursi y estéticamente horrorosa. Un pestiño de principio a fin.  Y lo de las tres dimensiones ya se ha intentado varias veces. En tres dimensiones ya vemos siempre; querer acentuar ese efecto… no sé. Me acuerdo que era más divertido cuando tenías las gafas aquellas de dos colores. En San Sebastián, cuando tenía 10 años o así, proyectaron Los crímenes del museo de cera con Vincent Price; era de las primeras que por entonces se llamaban “en relieve”. Decían que te daban mil pesetas si la veías sólo en el cine del terror que provocaba. Supongo que no era verdad, porque por mil pesetas habría habido muchos voluntarios para verla… Pero yo no lo veo. Si la película está muy bien hecha para tres dimensiones puede que tenga algún efecto gracioso, pero que Torrente tenga tres dimensiones (ríe) no suena nada bien.

Próximamente va a estrenarse La rebelión de Atlas, adaptación de la gran obra de Ayn Rand e icono del liberalismo. ¿Qué piensa de esta filósofa?

Sí, ya tiene películas como El manantial. Era una filósofa de la época del liberalismo heroico. Una superliberal en un sentido de pioneros, héroes, el individuo que  lucha contra el universo… tiene un vigor. Es un disparate en el sentido de que supone que los seres humanos, que son sociales, pudieran vivir cada uno como si fuera independiente de los demás. Es bastante difícil de creer. Pero es un sueño, una especia de visión heroica del sueño americano, muy diferente por ejemplo a este mundo que estamos viendo del liberalismo actual; vale la libertad frente a toda norma cuando las cosas van bien, pero cuando empieza la crisis todos los bancos ponen la mano.  Ayn Rand hubiera dicho: “todos esos bancos destruidos, Lehman Brothers, que desaparezca todo; que siga el que sobreviva”. En cambio ahora queremos las dos cosas, protección estatal y la libertad para los ratos buenos.

¿Qué distopía le parece más sugerente y define mejor la sociedad actual, Un mundo feliz o 1984?

Una combinación de ambas. En nuestra sociedades hay más rasgos de Un mundo feliz que de 1984. 1984 es más propia de otro tipo de sociedades más autoritarias, aunque hay rasgos de prohibicionismo, esa búsqueda del eufemismo y del cambio del lenguaje: “la paz es la guerra”, “las misiones de paz las hacen los soldados”… En general más bien supongo que nos parecemos en parte al mundo feliz, sobre todo en esa especie de infantilización. La idea de que todo el mundo tiene que ir en bicicleta con un chupa chups en vez de con un cigarro. Sin beber, sin decir malas palabras, cuidando animalitos. Esa tendencia hacia un afeminamiento general de la población, de parecernos no ya a las mujeres reales, que no son así, sino a ese ideal de la mujer decimonónica que está haciendo cositas y preparando el té.

En los últimos años se han puesto de moda las series. ¿Sigue alguna?

A mí me encantó Casablanca; fue una pasión mientras duró o mientras yo la hice durar. Luego me han gustado mucho las policíacas. Algunas no se han visto en España, como El inspector Morse, por ejemplo. También otras como las de Poirot que hizo David Suchet. Y ahora estaba viendo las tres peliculitas del Sherlock Holmes moderno de la BBC. Me fastidian mucho las series basadas en una especie de realismo sucio con un lenguaje que son exclusivamente tacos, crudas como la vida misma, tipo The Wire. Me aburren infinitamente. Todo lo que sea realismo me aburre enormemente.

Siempre ha sido un gran aficionado al género fantástico, ¿qué opina de la eclosión de la temática de zombis y de vampiros de los últimos años?

Nunca se han ido, siempre han estado por ahí. Pero la hipertrofia cansa un poco; cuando los vampiros se vuelven tan melosos, como hemos visto últimamente, son irreconocibles en su bondad. Pero sí, recuerdo que la primera película que logré ver fue Abbot y Costello contra Frankenstein, con Bela Lugosi. Entonces era rarísimo que una película de estas pudiera verla un niño, tenías que conformarte -que por otra parte estaban muy bien- con las de Ray Harryhausen como Simbad.

¿Ha leído Canción de Hielo y Fuego?

No, tampoco la saga de Crepúsculo. Me he quedado en Harry Potter.

¿Y alguna novela de Houellebecq?

Sí, me gustan. Las novelas que le he leído me parecen como un saco de adoquines; salen puntas por los lados, no es una cosa regular, homogénea, pero me han interesado. No con pasión, pero nunca con indiferencia. Y los artículos. Es un personaje que tiene cierta valía, no tanta como él cree, pero tiene valía. Nos pasa a todos.

Usted escribió una biografía novelada divertidísima sobre Voltaire, El jardín de las dudas. ¿Cómo sabe el lector qué partes son ciertas y qué partes inventadas?

Casi todas, quería que en esa novela todo lo que dijera fuera de Voltaire. No se podía hacer porque había que trazar uniones narrativas, pero vamos, yo te diría que el 75% o el 80% son literales. Los incidentes biográficos son también reales; varía alguna cosa que cuenta la señora. Pero en general iba a ser una biografía, no tenía la pretensión de ser ficción. Hay muy poca en ella.

¿Es jugar limpio narrar novelas o películas a partir de hechos reales?

No, yo creo que hay que distinguir. En el caso de un personaje histórico… lo que no me gustaría es haber puesto que Voltaire en secreto era muy piadoso y rezaba a la Virgen del Carmen. Puedes salirte un poco en una narración, pero siendo fundamentalmente fiel al personaje y a lo que hizo. No veo que interés puede haber en decir que yo cuento una cosa de la que me invento la mitad y la otra mitad la leo en el periódico. Me parece una estupidez. Ahora, por ejemplo, estaba leyendo la suite francesa de Irene Nemirovsky. Es una novela que está contando el impacto en la sociedad francesa de la invasión alemana en el año 40. Todo lo que cuenta está inventado por la señora Nemirovsky, pero por otra parte es una excelente reflexión y recreación del impacto que tuvo esa invasión, los egoísmos y las cosas personales. Pero no se supone que está hablando de una vecina. En literatura cada caso es único. Hay a quien le salen bien cosas que en principio rechazaría, pero de lo que conozco nunca me ha interesado.

Usted ha escrito ensayo, novela, teatro, artículos de opinión…. pero creo que nunca ha escrito cuentos pese a ser un gran admirador de Borges y de Chesterton.

Sí, he escrito algunos. Hasta eso he cometido (ríe). Tengo algunos cuentos publicados en Ediciones Libertarias y luego también hay un cuento en el primer libro de caballos que escribí: El juego de los caballos.

Si usted fuese Adso en El nombre de la rosa, ¿qué camino escogería en la encrucijada final? ¿El de la sabiduría o se quedaría con la chica?

Visto ahora no tiene mérito, porque lo que echo de menos es la chica (ríe); la sabiduría ya me aburre. En su momento, si tuviera esa edad, no lo sé. Ahora, desde luego, me divertiría más la chica, seguro.

Fotografía: Gonzalo Merat