Historias de crímenes y monstruos

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The Idle Prentice Executed at Tyburn. (DP)

El segundo de la serie de doce grabados Industry and Idleness, titulado «The Idle Prentice Executed at Tyburn», creado por William Hogarth en 1747, representa una ejecución pública de la época. Junto con el verdugo, el reo, el ataúd y la horca, la multitud se agolpa alrededor del espectáculo. En el centro del grabado, una mujer con un niño en brazos muestra un papel en el que se puede leer «The last dying speech and confession of Thomas Idle». Era habitual en las ejecuciones que se imprimiera y vendiera el discurso del reo antes de morir o su confesión  del crimen y los motivos que le condujeron a la horca. 

Jack Sheppard fue ahorcado en Tyburn, una aldea del condado de Middlesex. El día de su ejecución empezó a venderse un relato autobiógrafico del popular delincuente, cuya autoría algunos atribuyen a Daniel Defoe. Sheppard fue detenido el 1 de noviembre de 1724 y ejecutado quince días después. Para entonces era ya una celebridad, un héroe popular, aunque su loca carrera criminal había durado apenas unos meses. Fue un ladrón de procedencia humilde que se fugó en varias ocasiones de prisión, una de ellas con su amante. Los carceleros cobraban para dejar a la gente entrar a verlo a la prisión de Newgate. El mismo día de su ejecución, su verdugo encontró un objeto punzante escondido con el que planeaba cortar la cuerda y volver a escapar.

Newgate era una sombría fortaleza cercana al Tribunal Penal Central de Inglaterra y Gales, más conocido como Old Bailey. Las ejecuciones allí continuaron hasta 1868. La prisión estuvo en uso más de setecientos años, fue cerrada en 1902 y demolida en 1904. Daniel Defoe, el presunto autor de la falsa autobiografía de Jack Sheppard que se vendió durante la ejecución, fue uno de sus inquilinos más ilustres. Es difícil asegurar con seguridad la autoría del panfleto sobre Jack Sheppard del mismo modo que es difícil atribuir a Defoe el relato periodístico que narra la historia de Jonathan Wild, el criminal que supuestamente entregó a Sheppard a las autoridades y que llegó a ser más famoso que él, pero en su novela picaresca Coronel Jack, el protagonista comienza su carrera delictiva teniendo como maestro a una especie de Jonathan Wild. Ambos ladrones tuvieron una popularidad extraordinaria en su época y han protagonizado novelas, narraciones como la atribuida a Defoe y hasta óperas. 

Muchos criminales de diversa índole fueron inmortalizados a través de la narración escrita de sus hazañas. The Newgate Calendar, The Malefactors’ Bloody Register fue una publicación mensual editada por el guardia de la prisión en la que se narraban las hazañas de los más notorios criminales que daban con sus huesos allí. Estos boletines fueron posteriormente recopilados en libros que se convirtieron en indispensables en los hogares ingleses. En 1774 apareció una edición en cinco volúmenes. En el siglo posterior los abogados Andrew Knapp y William Baldwin publicaron otras versiones, en 1824 y 1826. The Newgate Calendar competía en importancia con la Biblia en los hogares ingleses, y sus truculentas narraciones eran leídas a los niños por su contenido supuestamente aleccionador. The Newgate Calendar inspiró directamente las conocidas como novelas de Newgate, que partían de los casos originales para novelar los hechos añadiéndole exageraciones y en ocasiones glorificando al criminal. El calendario original no estaba exento de exageraciones e incluso de criminales ficticios.

Jack Sheppard, el capitán Kidd, Jonathan Wild o Dick Turpin fueron popularizados en el famoso almanaque. Todos ellos forman parte de la cultura popular en su tierra e incluso en la nuestra: Dick Turpin se hizo famosísimo en España raíz de una serie de televisión de los años ochenta, e incluso existe una película española anterior a la serie inspirada en la vida del highwayman o salteador de caminos, Dick Turpin (1974), dirigida por Fernando Merino, y que parte del personaje real para contar la poco probable y muy fantasiosa revuelta campesina contra el conde de Belfort encabezada por el bandido. Daniel Defoe, en Un viaje a través de toda la isla de Gran Bretaña», también escribió sobre el bandido inglés. 

En nuestro país, este tipo de literatura popular existió, la llamada literatura de cordel: pliegos sin encuadernar que se exhibían para su venta colgados de un cordel. Al menos desde el siglo XIV, las hermandades de ciegos se encargaron en muchas partes de la península de difundir este tipo de literatura. En el siglo XVIII, la hermandad de Nuestra Señora de la Visitación y Ánimas del Purgatorio, formada por los ciegos de Madrid, obtuvo en exclusiva mediante decreto del Consejo de Castilla las relaciones de los reos ajusticiados en la Corte para elaborar una relación en verso de la sentencia, que era previamente solicitada por la hermandad. Durante el siglo XVIII y XIX este tipo de literatura sufrió intentos de regulación y abolición. Carlos III promulgó un decreto en 1767 con la prohibición de, entre otras, las coplas de ajusticiados. Se consideraba lectura de poco provecho y moralmente perniciosa.  

Hay quien se pregunta de dónde sale tanto documental sobre crímenes reales, pero lo cierto es que lo único que ha cambiado es el soporte en el que se narran los crímenes. Incluso la intención moralizante o aleccionadora es evidente en algunos de ellos, como en la docuserie de Netflix Don’t F**k with Cats: Hunting an Internet Killer, en la que un grupo de internautas detectives de salón intenta atrapar a un asesino de gatos que exhibe sus atrocidades por internet, hasta que decide pasar a asesinar piezas más grandes. En él, al igual que en la más reciente Crime Scene:  The Vanishing at the Cecil Hotel, dirigida por el especialista en el género Joe Berlinger, hay un mensaje o advertencia sobre los peligros que puede conllevar la investigación casera de crímenes, en el primero el asesinato y en el segundo la destrucción psicológica de un inocente. 

En 1988 el psicólogo norteamericano Joel Norris, en su libro Serial Killers: The Growing Menace, advertía de la existencia de muchos, muchísimos asesinos en serie en su país. Esa creciente amenaza del título no ha hecho más que decrecer en los últimos años, y lo cierto es que ya en 2004, la psiquiatra forense Helen Morrison, una seria y respetada investigadora, en My Life Among the Serial Killers se burlaba de Norris y su aseveración de que la mala alimentación puede convertirte en Ted Bundy. Esto no quita para que Norris vendiera libros como churros. En nuestro país Valdemar publicó su ensayo sobre Henry Lee Lucas. Se tragó todas las fantasías que el supuesto asesino y su amigo deficiente Otis Toole contaron sobre crímenes que no habían cometido y sobre los que fueron incitados a confesar por cuerpos policiales de medio país. Algunos periodistas en su día alertaron de lo que estaba pasando, y en la miniserie de Netflix The Confession Killer, el mito de Henry Lee Lucas que Joel Norris y otros ayudaron a crear es desmontado con minuciosidad.

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Ottis Toole y Henry Lee Lucas. Imagen: MUBI.

Las narraciones y documentales sobre crímenes reales han ido transformándose durante el siglo pasado y lo que va de este. Los asesinos en serie han disminuido en número en parte debido a los avances en ciencia forense: hoy es más complicado mantener una carrera como asesino en serie básicamente por ser más difícil asesinar sin que te pillen antes del segundo crimen. El crimen narrado por Truman Capote en A sangre fría, publicado en 1966, parece un juego de niños al lado de lo que estaba por venir. Existen asesinos en serie documentados desde hace siglos, pero jamás les habíamos conocido con tanto detalle y su profusión en Estados Unidos o la Unión Soviética (cuando pudimos enterarnos) parecía señalar un franco declive de la civilización. El documental Asesinando Norteamérica, dirigido en 1981 por el escritor experto en cine underground Sheldon Renan, (guionista también de la indescriptible Lambada, fuego en el cuerpo, basada en su propio cuento), fue el alimento de mucha imaginería. Es un film sucio y asfixiante, un documental de género mondo con todo lo que eso conlleva: sensacionalismo, violencia explícita y moralina de saldo. El film es uno de los responsables de haber popularizado figuras como John Wayne Gacy, Ted Bundy o Ed Kemper, al que podemos ver en la cárcel diciendo «he querido asesinar a mi madre desde que tenía ocho años». En 1974, el fiscal del juicio del caso Tate-La Bianca, Vincent Bugliosi, publicó Helter Skelter, un monumental true crime sobre los asesinatos de la familia Manson que ha vendido más de siete millones de ejemplares desde su publicación a pesar de lo discutible de algunas de sus conclusiones.

Como si el sueño hippie no fuera más que un recuerdo, las crisis económicas y la supuesta pérdida de la inocencia alumbraron una época violenta en unos Estados Unidos sumidos en la paranoia y la pesadilla. El despertar del verano del amor alumbró la edad dorada de los asesinos en serie, las sectas criminales y las drogas duras. La Nueva York de Taxi Driver, las imágenes de los prostíbulos de Anchorage en Alaska o las de Los Ángeles en Asesinando Norteamérica no se diferenciaban mucho entre sí. Occidente ha cambiado mucho desde entonces y ya no tenemos en el mundo asesinos colosales que cuenten a sus víctimas por docenas, o al menos no con tanta frecuencia.

The Newgate Calendar contaba con historias de asesinos múltiples, violadores, estafadores y ladrones de todo tipo. El almanaque también reflejó las historias de ajusticiados injustamente y falsos culpables y narra algunos casos de ajusticiados que resultaron ser inocentes, como John Jennings, camarero ejecutado en 1742 que fue llevado a la horca por el testimonio de su jefe, James Brunnel, que le acusó del robo que él mismo había cometido. O el caso del posadero Jonathan Bradford, que acudió a la habitación de uno de sus huéspedes, uno muy rico, con el ánimo de asesinarle y robarle, encontrándose el cadáver del cliente ejecutado por uno de sus empleados que además tenía la intención de acabar con el propio Bradford. 

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Ilustración de un número de The Newgate Calendar. (DP)

Este subgénero, por llamarlo así, de falsos culpables o no tan culpables como pudiera parecer, ha dado algunos de los mejores libros del género. Lejos ya de la moral cristiana impostada del almanaque británico, Sombras de Reikiavik, del periodista Anthony Adeane, es una especie de reportaje sobre la desaparición de dos islandeses que cuenta cómo un cuerpo policial absolutamente incompetente para investigar supuestos asesinatos montó un circo para condenar a algunos jóvenes con antecedentes que confesaron bajo terribles presiones y tortura. Cuarenta años después se reabrió el caso y todos los acusados fueron declarados inocentes. Además del libro existe un documental en Netflix centrado en el mismo caso, Out of Thin Air, que es, además de un documental sobre crímenes, el retrato de una sociedad aislada del resto del mundo en los años setenta del siglo pasado. Uno de los aspectos que llama la atención es la asesoría que recibió la policía islandesa de un investigador alemán, Karl Schütz, que ayudó a «resolver» los crímenes con métodos muy discutibles.

La pseudociencia está muy presente en algunas investigaciones. Es habitual ver en programas estadounidenses de crímenes a personas sometidas al polígrafo, artefacto que jamás ha servido para nada y cuyos resultados en muchos lugares no puede presentarse en un juicio como prueba. En Thomas Quick, cómo se hace un asesino en serie, el periodista sueco Hannes Råstam cuenta cómo desmontó minuciosamente el caso de uno de los asesinos en serie más notorios de Suecia, Sture Bergwall, alias Thomas Quick. Eso provocó un escándalo en el país nórdico. Råstam cuenta cómo las aspiraciones de poder de un fiscal y algunos abogados sin escrúpulos, ayudándose de la pseudociencia de una terapeuta sectaria, convirtieron a un pobre enfermo mental en un monstruo. En circunstancias que recuerdan a las de Henry Lee Lucas, a Bergwall se le fueron inoculando falsos recuerdos  que acabaron en confesiones de crímenes que no había cometido. Fue condenado por ocho asesinatos, pero Råstam logró algo inaudito: que Bergwall fuera absuelto de todos ellos. Además, puso patas arriba el trato que se daba en Suecia a los enfermos mentales con un sistema sustentado en supercherías y drogas. El caso de Sture Bergwall se cuenta en el documental de 2015 The Confessions of Thomas Quick . En YouTube todavía se pueden ver algunas de las reconstrucciones dantescas de los casos por parte de la policía en los que se ve al acusado visiblemente drogado. 

Las confesiones falsas de Lucas o Bergwall no son algo aislado. William Heirens, el famoso asesino del pintalabios, lo sabía muy bien. Fue condenado por tres asesinatos, pero existen serias dudas sobre su culpabilidad. En el segundo de ellos apareció una frase escrita en un espejo con un pintalabios: «Por el amor de Dios, atrápenme antes de que vuelva a matar, no me puedo controlar». Heirens confesó ante la policía de Chicago. El problema es que en el asesinato del pintalabios la prensa llegó antes a la escena del crimen que la policía. El todavía sospechoso fue torturado salvajemente y se le administró pentotal sódico. El resto de su vida en la cárcel, Heirens no dejó de luchar para demostrar su inocencia, lo que no le sirvió de mucho, falleció en prisión en 2012. Su caso sirvió de inspiración para una novela de Charles Einstein de 1953 que fue llevada al cine por Fritz Lang en 1956 con el título de Mientras Nueva York duerme. La película se centra en la competición entre periodistas alrededor del caso y quién será el editor del periódico. Existe también un libro que intentó arrojar luz sobre Heirens y las sospechosas circunstancias de las acusaciones que le llevaron a la cárcel, William Heirens: His Day in Court/Did an Innocent Man Confess to Three Grisly Murders?, de Dolores Kennedy, autora también de una biografía sobre la asesina en serie Aileen Wuornos. La respuesta a la pregunta del título del libro sobre Heirens es un rotundo . La brillante psicóloga Elizabeth Loftus lleva décadas estudiando el fenómeno. Su libro Juicio a la memoria: testigos presenciales y falsos culpables es imprescindible para comprender el fenómeno, si bien se centra en cómo los recuerdos de los testigos de un crimen se transforman con el tiempo. Curiosamente, en los relatos del almanaque de Newgate sobre falsos culpables se advierte a los lectores de los peligros de confiar un caso únicamente al testimonio de testigos. Loftus también ha escrito artículos sobre cómo la privación del sueño puede conducir a confesiones falsas, método bastante frecuente en interrogatorios policiales norteamericanos. 

Cuando vemos un elegante y sofisticado true crime en Netflix o HBO, realmente no estamos viendo algo muy diferente de lo explicado más arriba. Si bien The Newgate Calendar pretendía, supuestamente, mostrar a la gente el único camino posible al que lleva la delincuencia, lo cierto es que la truculencia y la oscuridad empapaban sus páginas, lo que sin duda incrementó su popularidad mucho más que la moralina. Lo que ahora llamamos true crime no es más que algo que los seres humanos llevamos haciendo toda nuestra historia: cotillear. No importa el soporte, la tecnología solo ha añadido sofisticación y un envoltorio respetable a algo que siempre estuvo mal visto pero que como todo lo que suele estar mal visto, es algo común a todos nosotros. El discurso moral de las narraciones de crímenes varía dependiendo de la época en la que estemos: en el siglo XVIII era Dios, en el nuestro es la democracia y los derechos humanos. Los crímenes de Henry Lee Lucas o William Heirens son sometidos a revisión en nuestra época en la que se duda de todo, pero incluso esa revisión de crímenes, como vimos más arriba, no es nueva. 

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Rosemary y Fred West. (DP)

Hemos empezado este viaje necesariamente arbitrario con el grabado de William Hogarth titulado The Idle Prentice Executed at Tyburn, en el que se puede ver a una mujer vendiendo la narración escrita de los crímenes que llevan a la horca a un reo. En 1994, en Gloucester, el matrimonio de asesinos en serie, violadores y secuestradores Fred y Rose West vio cómo la policía desmontaba el suelo de su jardín y otras estancias bajo el que yacían nueve cadáveres, entre ellos el de una de sus propias hijas, Heather. En el Podcast Las cintas secretas de Fred y Rose West, el periodista Howard Sounes, autor del libro Fred & Rose, cuenta cómo se desarrolló el circo mediático en torno a la investigación forense en el tristemente famoso número 25 de Cromwell Street. Sounes trabajaba para un tabloide en aquellos entonces. Era habitual en la época pagar grandes sumas de dinero a testigos de lo ocurrido o a vecinos de un criminal. La policía estuvo haciendo todo lo posible para evitar la injerencia de la prensa en la investigación, pero desde las casas colindantes a la de los West se cobraba entre diez y veinte libras por acceder a la parte de arriba y poder fotografiar lo que estaba sucediendo. Una de las testigos más importantes del caso, Caroline Owens, que sobrevivió a su encuentro con el matrimonio asesino, cobró una elevada suma por vender su historia en exclusiva en los medios. Sounes cuenta que fue frustrante que se le adelantaran en eso. Owens tuvo que ver cómo su historia en los medios era utilizada en su contra durante el juicio. Aunque a muchos pueda parecerles inmoral, lo cierto es que cuando la prensa local publicó que había recibido una importante suma por su historia acudió al periódico y espetó al director que había pasado por una experiencia terriblemente dura (fue violada y torturada por Fred y Rose en los setenta) y que en los años noventa era madre trabajadora de una hija adolescente y que nadie tenía derecho a juzgar su decisión después de lo que le había ocurrido. Quizá no le faltaba razón. Cambian los tiempos, nosotros no tanto. 


Bonnie & Clyde (y II): La cacería

Bonnie y Clyde. Foto: DP.

Viene de la primera parte.

Bonnie y Clyde eran gente guapa,
pero os digo, amigos,
eran los hijos del diablo.

(«The Ballad of Bonnie & Clyde», Georgie Fame & Blue Flames, 1968)

Kansas City es una curiosidad geográfica. Sobre el mapa, las calles y los edificios se extienden a ambos lados de la división política entre dos estados, Kansas y Missouri, porque la frontera discurre justo por el corazón de la ciudad. Que no es una ciudad. Desde el punto de vista administrativo e histórico hay dos ciudades, y las dos se llaman Kansas City. Como dos mellizas de distintos padres, han crecido espalda con espalda, pero cada cual con su propio ayuntamiento, sus propios servicios y su propia idiosincrasia. En su mitad norte, como las antiguas Buda y Pest, están separadas por las aguas del río Missouri. En la parte sur, la frontera abandona la corriente y atraviesa una calle de dos carriles en la que, según la acera, el transeúnte camina por el estado de Missouri o por el estado de Kansas.

La ciudad más antigua es la que hoy pertenece a Missouri. Los colonos la bautizaron con el nombre de una tribu india local, los Kanza, y obtuvieron su estatus administrativo en 1853. Ocho años más tarde, en 1861, fue establecido el vecino estado de Kansas. Cierto número de pequeños pueblos que estaban al otro lado del río quedaron de repente bajo el gobierno del nuevo estado. Se unieron en 1872 para crear un nuevo municipio, la segunda Kansas City. A vista de pájaro, son un único núcleo urbano. Pero, aún hoy, los lugareños de ambas mitades suelen apresurarse en aclarar la diferencia cuando preguntados por forastero. La Kansas City antigua, la de Missouri, es tres veces más grande, más rica, y atesora los estadios, los museos y los grandes edificios. Se escora más a la izquierda en lo político y su voto acostumbra a decantarse por el Partido Demócrata. La Kansas City «nueva» es más dispersa y más pobre, salvo en suburbios acomodados como Overland Park. Suele votar al Partido Republicano.

La Kansas City de Missouri es también la de las atracciones históricas. Una de las más famosas, que hoy ya no existe, era el motel Red Crown Tavern. Situado cerca de Platte City, un modesto suburbio de las afueras, estaba compuesto por pequeñas casitas con garaje propio que podían ser alquiladas de manera individual. Fue demolido a finales de los sesenta, cuando los terrenos fueron expropiados para la construcción de una autopista. Antes, el Red Tavern había sido un bar de mala reputación —un prostíbulo, según las malas lenguas— regentado por Holt Coffey, antiguo sheriff de la localidad. Décadas antes, en aquel mismo motel, el propio Coffey se había batido a tiros con la banda de Clyde Barrow y Bonnie Parker. Y había vivido para contarlo, cosa que no podían decir todos los agentes de la ley que intentaron detener a la peligrosa pareja durante sus últimos meses de fuga. Unos meses marcados por tiroteos, accidentes de tráfico, desesperación, agonía física, agotamiento psicológico y muerte.

Fugitivos a la desesperada y ácido de batería

Unos fugitivos a la desesperada, armados con metralletas, atan a varios oficiales tejanos a un árbol (…) Después, huyeron en compañía de una mujer herida.

Después de que sus fotografías hubiesen aparecido en todos los periódicos, Bonnie y Clyde pensaron que no podían dejar de moverse. Junto al hermano mayor de Clyde, Buck, su cuñada Blanche y el joven W. D. «Bud» Jones, viajaron primero hacia el norte del país. Para desplazarse, habían cambiado de procedimiento: localizaban un automóvil, pero no ya uno aparcado, sino uno cuyo conductor estuviese al volante. Lo secuestraban a punta de pistola y lo obligaban a acompañarles durante un tiempo, para que no pudiera denunciar el robo al instante. Después de atravesar la frontera de otro estado, soltaban al prisionero, buscaban un nuevo vehículo y repetían el proceso. Cuando la prensa publicó los testimonios de los secuestrados, estos hablaban del buen trato que habían recibido, describiendo a los fugitivos como personas educadas. Eso, junto al detalle de que les habían dado dinero al liberarlos para que pudieran volver a sus casas, marcó el pináculo de la simpatía popular hacia el gang de Barrow. Aunque algunos lectores tenían bien presentes los asesinatos que la banda ya había cometido, el hechizo de sus célebres fotografías perduraba todavía.

Mientras atravesaban Indiana, intentaron atracar una sucursal bancaria en una diminuta pedanía llamada Lucerne. Un banco rural de poca importancia que parecía un blanco fácil, pero donde encontraron más resistencia de la prevista; tuvieron que salir corriendo, cubriendo su huida con varias ráfagas de ametralladora. Aunque no hirieron a nadie dentro del banco, las balas atravesaron los cristales que daban al exterior, cruzando la calle y alcanzando las ventanas de una vivienda y un restaurante. Dos chicas jóvenes resultaron heridas. El único periódico de los alrededores, el Pharos Tribune, publicó una crónica del suceso, atribuyéndolo a «dos hombres y dos mujeres» (Blanche no participaba en los atracos, pero sin duda hubo testigos que la vieron en el automóvil). A nadie en la zona se le ocurrió que los autores hubiesen sido los famosos Bonnie y Clyde. El suceso se produjo en mitad de la nada, así que los grandes periódicos ni siquiera llegaron a enterarse.

Para su siguiente atraco, los Barrow eligieron otro banco rural en el pequeño pueblo de Okabena, Minnesota; apenas un puñado de casas cuya población no superaba los doscientos habitantes. Esa vez consiguieron llevarse dos mil quinientos dólares, el equivalente a unos cuarenta y cinco mil euros de la actualidad, aunque también tuvieron que huir entre los disparos de los vigilantes, esta vez sin heridos. El suceso también fue atribuido a «dos parejas» de identidad indeterminada. Sin embargo, cuando los periodistas locales supieron que en Indiana había tenido lugar un atraco cuyo modus operandi había sido idéntico, empezaron a componer las piezas del rompecabezas. La voz empezó a correr. Los grandes diarios, por fin, asociaron a Bonnie y Clyde con aquellos dos eventos. Todo el país acabó enterándose de que dos chicas habían recibido balazos en Lucerne, y la percepción de la opinión pública sobre la célebre pareja empezó a virar.

La vida cotidiana de los cinco fugitivos se había convertido en una pesadilla. Sabían que todo el país estaba pendiente de sus andanzas, y que era arriesgado pisar lugares públicos como restaurantes y hoteles, donde existía la posibilidad de que alguien pudiese reconocerlos, así que acampaban en lugares alejados de los núcleos habitados, con todas las incomodidades asociadas a ello. Cocinaban en una hoguera, dormían al raso y, cuando podían, se bañaban en los ríos que, incluso a finales de primavera, venían con aguas heladas. La tensión constante empezó a provocar roces entre ellos; Jones, ya recuperado de su herida, abandonó la banda después de una discusión y desapareció durante un tiempo, aunque terminó volviendo. Blanche, que después escribiría una crónica sobre todo aquello, describió esa etapa de huida constante como «miserable».

Foto: DP.

El 10 de junio de 1933 habían regresado a Texas. Clyde conducía por una tranquila carretera campestre, en la que no deberían haber encontrado grandes inconvenientes. Sin embargo, quizá por el cansancio o el estrés, ignoró una señal que advertía de la presencia de un barranco. El automóvil cayó por un desnivel y chocó con el fondo de la vaguada. Aunque el golpe físico no causó heridas serias, sí produjo la rotura de la batería del motor. El ácido que contenía se derramó sobre el habitáculo de los pasajeros, alcanzando la pierna derecha de Bonnie, que sufrió quemaduras de tercer grado (aunque nunca se produjo un fuego, como contaría después la leyenda popular). Con el automóvil inutilizado, llevaron a Bonnie en volandas hasta una granja cercana. Su presencia allí atrajo a dos policías locales, a quienes la banda consiguió reducir, atándolos a un árbol y usando su coche para huir, esta vez hacia otro estado vecino, Arkansas. En un primer momento, los periódicos de la región también publicaron la noticia sin asociarla a los Barrow, pero el testimonio de los dos agentes permitió deducir que habían sido ellos. Esto otorgó a los investigadores una importante ventaja: ahora sabían que Bonnie había sufrido quemaduras, así que empezaron a enviar mensajes a las comisarías de otros condados advirtiendo de que, si observaban a algún forastero comprando suministros médicos de los que se usan para cuidar una quemadura grave, podrían estar en presencia de los criminales más buscados de la nación.

En efecto, las heridas de Bonnie necesitaban cuidados. La banda ya no podía acampar en mitad de cualquier parte, así que alquilaron una habitación en un motel en los alrededores de Fort Smith, la segunda ciudad más importante de Arkansas. Acercarse a un núcleo urbano tan grande tenía sus peligros, pero no contemplaban la posibilidad de presentarse en un hospital así que necesitaban acercarse a comercios en los que hubiese material médico. Buck y Jones atracaron una tienda para conseguir provisiones y dinero, pero el golpe se complicó y apareció la policía. Consiguieron huir, pero mataron a un agente, lo que era como pegarle una patada al avispero de las fuerzas de seguridad de Arkansas. Escaparon y reaparecieron en la modesta ciudad de Fort Dodge, Iowa, donde provocaron el pánico durante una media hora, atracando varias gasolineras y robando hasta las monedas de algunas máquinas dispensadoras de chucherías.

Tenían que seguir moviéndose de forma constante. Se dirigieron a Oklahoma. Allí, Clyde perpetró uno de sus robos más atrevidos, entrando en una armería de la Guardia Nacional y haciéndose con un ejemplar del rifle militar de repetición M1918. Él mismo lo modificó para que pudiese disparar cincuenta y seis balas sin necesidad de recargar; además, se hizo con munición de acero, capaz de atravesar planchas de metal más fuertes que la carrocería de cualquier automóvil. Necesitados aún de cierto reposo para tratar las heridas de Bonnie, continuaron hacia el este y llegaron a Missouri con la intención de encontrar algún motel discreto en las afueras de Kansas City.

Este destino, sin embargo, fue motivo de discusión entre los hermanos Barrow. El mayor, Buck, no quería acercarse a la ciudad porque allí acababa de producirse la «matanza de Kansas City», un tiroteo entre la policía y la banda de otro famoso delincuente, «Pretty Boy» Floyd. Buck, con toda la razón, pensaba que las fuerzas de seguridad de la región estarían en alerta, porque Pretty Boy había huido y nadie sabía dónde estaba. Era un motivo poderoso para evitar la zona. Aun así, como de costumbre, se impuso el criterio de Clyde y se encaminaron a Kansas City. Pararon para repostar gasolina en Platte City. Mientras llenaban el depósito, Clyde vio un motel, el Red Crown Tavern, cuyas casitas estaban construidas con sólido ladrillo y tenían garajes adjuntos. Aquello le gustó. Si eran localizados y tenían que defenderse, las gruesas paredes los protegerían de las balas, y podrían subir a su automóvil sin necesidad de abandonar la casa. Decidieron alquilar dos de aquellos bungalows.

El tiroteo de Red Crown Tavern

Blanche Barrow, 1933. Fotografía: FBI / DP.

Neal Houser, el regente del motel, estaba detrás del mostrador cuando entró una mujer que llamaba la atención por su atrevido estilismo, pues vestía pantalones de jinete, algo muy inusual en el vestuario femenino de entonces, salvo quizá en el cine y en la alta sociedad; la actriz Carole Lombard y la aviadora Ruth Elder habían contribuido a ponerlos de moda, pero eso no significaba que las mujeres lo vistieran de diario. La mujer era Blanche Barrow, la cuñada de Clyde, a la que la prensa había bautizado como «la tigresa» debido a su belleza selvática. Siempre se preocupaba mucho por su aspecto, siempre había vestido a la última moda, y ni siquiera siendo una fugitiva consideró que fuese buena idea adoptar un vestuario más discreto.

Blanche alquiló dos casitas contiguas a nombre de tres personas. Más tarde, sin embargo, encargó cena y cerveza para cinco (la cerveza ya era legal; ese mismo año 1933, el presidente Roosevelt había impulsado una enmienda en la ley Volstead, la «Prohibición», para permitir la venta de cerveza de hasta un 4% de graduación alcohólica). Otro detalle que llamó la atención de Houser fue que la mujer lo pagaba casi todo con monedas; los Barrow estaban dando uso al cambio que habían robado de las máquinas dispensadoras de Iowa. Presintió que había algo turbio en torno a sus nuevos inquilinos y se acercó a las casetas para echar un vistazo a través de las ventanas. Descubrió que los recién llegados habían cubierto la parte interior de los cristales con periódicos. Preocupado, contactó con su amigo William Baxter, capitán de la policía de tráfico, que le prometió pasar por allí para cerciorarse de que todo estaba en orden.

Mientras tanto, Clyde y el joven Jones salieron para hacerse con provisiones. Entraron en una tienda y compraron comida, lo cual entraba dentro de lo normal, pero también pidieron vendas y medicinas de las que se usan para curar heridas. El tendero, escamado, avisó al sheriff de la localidad, Holt Coffey. Este escuchó alarmado el relato del tendero; como muchos otros policías de Missouri, había recibido mensajes desde comisarías de tres estados vecinos —Texas, Oklahoma y Arkansas—, sobre la presencia de forasteros que comprasen material médico. Cuando el sheriff habló con el capitán William Baxter y supo que también el gerente del Red Crown Tavern sospechaba de sus nuevos inquilinos, dedujo que se trataba de las mismas personas, y que esas personas eran la banda de los Barrow. Ordenó poner el motel bajo vigilancia. Después de una cuidadosa observación, ya no le cupo duda: allí estaban Bonnie, Clyde y sus tres compinches. El problema residía en enfrentarlos; cada vez que alguien había intentado detenerlos, habían respondido con feroz violencia. Y Platte City era una localidad tranquila cuya policía local no tenía medios o experiencia para efectuar una operación de ese tipo, así que Coffey recurrió a la capital. Telefoneó al sheriff del condado de Jackson (situado en la propia Kansas City, pero independiente del ayuntamiento; una curiosidad más de su administración territorial) en busca de ayuda. Este, al principio, se negó a colaborar por la sencilla razón de que no era capaz de creer que los fugitivos más famosos del país estuviesen en un lugar como Platte City. Ante la insistencia de Coffey, le envió un par de hombres provistos de metralletas y un coche blindado, parecido a una pequeña tanqueta de asalto.

Los Barrow no tenían la menor idea de que habían sido descubiertos, aunque la habladuría ya había circulado por el pueblo. El 20 de julio, Blanche salió a comprar por los alrededores y notó que la miraban con más insistencia de lo habitual. Estaba acostumbrada a recibir atención por su moderna vestimenta, pero esta vez sospechó que se trataba de algo diferente. Al volver al motel comunicó su inquietud a los demás, pero Clyde la tranquilizó diciendo que debía de tratarse de imaginaciones suyas, la paranoia inevitable producida por el estar sometidos a una persecución sin descanso. Como Clyde acumulaba una amplia experiencia en fugas, Blanche le hizo caso y los demás también dieron su equivocada hipótesis por cierta. Infravaloraron la capacidad de las autoridades locales para dar con ellos. Apenas una horas después, a las once de la noche, llamaron a la puerta de los bungalows. Eran policías provistos de escudos; un coche blindado bloqueaba la salida del garaje y otros agentes apuntaban desde cierta distancia.

Los Barrow, como era de esperar, se negaron a entregarse. Mientras Clyde y Jones ayudaban a Bonnie a caminar hasta el garaje, Buck empezó a disparar desde las ventanas para rechazar a los policías. Recibió un disparo en la frente. Cayó al suelo. La herida dejaba parte de su cerebro al descubierto, pero estaba vivo. Lo arrastraron hacia el garaje y consiguieron meterlo en el automóvil. Cuando Clyde vio que el coche blindado impedía la salida, demostró la terrible eficacia de las modificaciones que le había hecho a su fusil M1918. Empezó a disparar sobre la tanqueta y, con una facilidad que los agentes no habían previsto, la munición de acero atravesó las placas blindadas. Sus ocupantes se vieron obligados a arrancar para alejarse del alcance del fusil de Clyde. La casualidad quiso que una de las balas de acero estropease la bocina, haciéndola sonar de manera constante, cosa que los policías que estaban algo más lejos interpretaron como una señal de alto el fuego. En mitad de la confusión y con el camino despejado, el automóvil de los Barrow abandonó el garaje a toda marcha. Los policías trataron de detenerlo a tiros. No lo consiguieron, pero una de las balas atravesó una ventanilla haciendo saltar astillas de cristal que hirieron a Blanche en ambos ojos, dejándola casi ciega.

El coche de los Barrow se perdió en la distancia. Los agentes, que tenían heridos entre sus filas, no lo persiguieron. Uno de los heridos, aunque no grave, era el propio sheriff Coffey, que se convirtió en un héroe local después de haber sido rozado en el cuello por, según se decía, la metralla de un disparo de escopeta de los Barrow. El sheriff disfrutó durante años del carisma que le otorgaba esa herida de guerra y, como vimos más arriba, llegó a montar un negocio en el mismo establecimiento donde se había producido el tiroteo. Ninguno de sus compañeros quiso revelar la embarazosa verdad: Coffey había sido alcanzado por fuego amigo.

Bungalows de Red Crown Tavern, 1933. Fotografía: FBI / DP.

La muerte de Buck Barrow

Cuatro días más tarde, los Barrow estaban en Iowa. Robaron dos nuevos automóviles y acamparon en el Dexfield Park, un antiguo parque de atracciones que llevaba tiempo abandonado. Ofrecía un refugio tranquilo, en el que podían estar lo bastante cerca de la carretera en caso de necesitar huir, pero ocultos de las miradas indiscretas gracias a los arbustos que invadían el lugar.

El estado físico y anímico del grupo era lamentable. Bonnie apenas podía caminar sin ayuda, porque sus quemaduras, aparte de provocar un intenso dolor, habían contraído los músculos de su pierna derecha. Blanche llevaba gafas oscuras; uno de sus ojos había quedado ciego y por el otro veía de manera limitada. Buck, con la herida abierta en la cabeza, llegó a recuperar la consciencia y pudo comer un poco, pero los demás no se hacían ilusiones con respecto a su pronóstico. La intención de Clyde era la de llevar a su hermano mayor de vuelta a Texas, para que pudiese morir acompañado de su madre, promesa que ambos hermanos se habían hecho uno al otro. Mientras llegaba el momento de partir, cuidaban a Buck como podían; le desinfectaban la herida y le cambiaban los vendajes; los ya usados, ensangrentados, los quemaban en una hoguera para no dejar pistas.

Entonces sucedió otra de las casualidades fatídicas que, junto a las torpezas y decisiones irreflexivas de la propia banda, iban contribuyendo a su perdición. La única vez en que los fugitivos subieron al coche y se alejaron de su campamento durante unas horas para comprar provisiones, un habitante de la zona tuvo la ocurrencia de dar un paseo por el parque abandonado. Encontró los restos de un fuego, donde quedaban todavía algunos pequeños pedazos de tela manchados de sangre. El hombre había escuchado en la radio la noticia del tiroteo en el Red Crown Tavern y sabía, como casi todo el mundo a esas alturas, que el famoso gang de los Barrow tenía dos miembros heridos. Decidió comunicar su sospechoso hallazgo al sheriff de la zona. Unas horas después la banda estaba de regreso en el parque. Sentados en torno a una hoguera, preparaban salchichas y café cuando empezaron a sonar disparos que provenían desde detrás de los arbustos. Los habían vuelto a tomar por sorpresa.

Clyde consiguió alcanzar uno de los dos automóviles. Lo puso en marcha, pero cuando trataba de recoger a los demás, un disparo lo alcanzó en el brazo y le hizo perder el control. Terminó estrellando el coche contra un árbol. Salió ileso y vio que el segundo automóvil del que disponían también había sido inutilizado por los disparos. Él, Bonnie y Bud Jones salieron huyendo hacia una arboleda cercana; aunque Bonnie tuvo que ser ayudada a ir más deprisa, los tres consiguieron despistar a los policías. Blanche no pudo ni quiso huir: estaba casi ciega y, para colmo, su marido recibió cinco balazos en la espalda. Arrodillada, abrazaba a Buck y gritaba entre lágrimas: «¡Basta, dejen de disparar! ¡Se está muriendo!». Buck aún estaba consciente cuando terminó el tiroteo y los policías se acercaron a examinar su estado; existen varias fotografías de ese momento, incluyendo una inolvidable instantánea en la que Blanche, con sus gafas oscuras, parece estar gritando mientras un policía la sujeta. Parece ser que, al no ver bien, creyó que el fotógrafo que la apuntaba con la cámara tenía una pistola y la iba a matar allí mismo.

La captura de Blanche Barrow. Fotografía: FBI/DP.

Buck fue conducido a un hospital. El doctor que lo atendió aseguró que era «difícil de creer lo limpia que estaba la herida», desmintiendo el informe policial que hablaba de que la herida abierta estaba infectada «por falta de cuidados» y despedía «un olor nauseabundo». Buck, de manera sorprendente, continuaba despierto. Se quejaba de un intenso dolor en la espalda; una de las balas había penetrado entre las costillas, alojándose en un pulmón, en la cavidad pleural. Lo operaron de urgencia para extraérsela. Mientras, temiendo que Clyde pudiera presentarse en el hospital para recuperar a su hermano, la policía rodeó el edificio. Pero Clyde no apareció. Es posible, quién sabe, que planease hacerlo. Quienes sí se presentaron fueron su madre y su hermano más pequeño, que se quedaron con Buck en la habitación. Cuatro días después de la operación, Buck empezó a delirar; al poco entró en coma y ya no despertó. Una neumonía repentina había acabado con él.

Blanche fue encarcelada a la espera de juicio; de la ficha policial se conserva otra muy famosa fotografía en la que se aprecia que uno de sus ojos ha quedado en blanco. Cuando la interrogaron, se negó a ofrecer información que pudiese llevar al arresto de sus cuñados Bonnie y Clyde, pese a que se le ofreció un trato para aligerar los cargos que se presentaban contra ella: atraco y complicidad en homicidio frustrado. Fue condenada a diez años de prisión. Blanche desconocía que Coffey había recibido fuego amigo y que la acusación de homicidio frustrado, por tanto, no tenía fundamento. Le sorprendió ver que, durante el juicio, el fiscal de Platte City parecía no tener mucho interés en pedir una condena mayor. También quedó muy sorprendida cuando el propio sheriff la visitó en prisión y se interesó por ella. Con el tiempo, llegó a hacerse amiga de la familia Coffey al completo.

Blanche demostró una clara voluntad de reinsertarse y salió en libertad condicional tras cumplir seis años. Regresó a Dallas, se puso a trabajar y contrajo matrimonio con un hombre llamado Eddie Frasure, cuya familia nunca vio con buenos ojos el matrimonio. Sin embargo, el amor entre ambos no se resquebrajó, ni siquiera cuando Frasure, ingeniero de la marina, se marchó durante tres años a combatir en la Segunda Guerra Mundial. La crisis más seria de la pareja, cosa curiosa, se produjo en 1968 por culpa del estreno de la película Bonnie & Clyde, protagonizada por Warren Beatty y Faye Dunaway. A Blanche, como a los otros supervivientes de la banda, le disgustó mucho el largometraje. La actriz que la interpretaba, Estelle Parsons, ganó un Óscar, pero Blanche dijo que su versión en celuloide la hacía parecer «una imbécil gritona». Con todo, lo peor fue la atención repentina de la prensa, que resquebrajó la discreción que Blanche trataba de mantener sobre su pasado de cara a su entorno social y laboral: «Esa película estuvo a punto de costarme el divorcio».

Blanche Barrow enviudó poco después, cuando Frasure murió de cáncer. Ella también moriría de cáncer, a los setenta y siete años de edad, en 1988. En 2004, de manera póstuma, salieron a la luz sus memorias, tituladas Mi vida con Bonnie y Clyde.

El asalto a la granja prisión de Eastham

Durante el verano de 1933, Bonnie, Clyde y Bud Jones pasaron mes y medio deambulando por distintos estados. Para no llamar la atención, se limitaron a pequeños robos en los que conseguían lo justo para comer. La única excepción fue un atraco en una tienda de armas, de la que se llevaron pistolas y escopetas, además de munición en gran cantidad. Durante esas semanas, consiguieron dar esquinazo a las autoridades. Su situación legal iba a empeorar cuando un tribunal de Dallas promulgase la primera acusación de asesinato contra Bonnie, por disparar a un sheriff meses atrás, aunque el autor material había sido Clyde.

Bud Jones estaba cansado de huir y declaró su intención de regresar junto a su familia. Clyde le advirtió «Chico, no puede irte; te acusan de asesinato, como a mí». Como eso no hizo que cambiase de idea, Clyde le aconsejó que, en caso de que lo detuviesen, dijese que lo habían obligado a participar en los atracos y robos de manera forzosa, a punta de pistola; así, podría quizá aprovechar el hecho de que aún era menor de edad cuando se había unido al grupo. Bud regresó a Texas y durante un tiempo trabajó recogiendo algodón y recolectando verduras en granjas de las afueras de Houston, hasta que alguien de la zona lo reconoció y lo denunció a la policía. Cuando Bud vio que venían a detenerlo, se entregó sin oponer resistencia. Lo acusaron del asesinato de un sheriff, que en realidad había perpetrado Clyde, pero Bud aceptó la acusación porque quería cumplir condena en Texas y no en Arkansas, desde donde reclamaban su extradición. Las granjas carcelarias de Arkansas tenían muy mala fama; se decía que eran lugares corruptos y crueles, donde los presos eran explotados, a veces hasta la muerte. Bud tenía razón al no querer ir allí: años después, el descubrimiento de fosas con cadáveres de presos asesinados por los funcionarios provocaría un gran escándalo (reflejado en la muy recomendable película Brubaker, protagonizada por Robert Redford). En el juicio, dada la juventud y buena actitud del muchacho, los policías recomendaron al tribunal que no aplicase la pena de muerte. El fiscal solicitó más de noventa años de prisión, pero el juez decidió condenarlo a quince. Se le otorgó la libertad condicional después de seis años, como a Blanche. En 1968, Jones concedió una entrevista a la revista Playboy, en la que recordaba muchos detalles de sus pasadas andanzas. También comentaba la película Bonnie & Clyde, afirmando que no le había gustado nada: «Lo única cosa de la película que no es completamente estúpida es la manera en que representan los tiroteos. Son lo bastante realistas como para casi conseguir que me doliese».

Buck había muerto; Blanche, Bud y otros antiguos compañeros de banda estaban en prisión. Bonnie y Clyde se habían quedado solos. También empezó a hacerles mella la nostalgia. Decidieron arriesgarse para visitar a unos familiares en la localidad tejana de Sowers; condujeron hasta la calle en que vivían sus parientes, pero la visita no se llegó a producir porque Clyde intuyó una trampa y aceleró sin detenerse, abriendo fuego en cuanto vio aparecer policías. Empezaron a llover balas sobre el automóvil. Consiguieron escapar, pero tanto Clyde como Bonnie recibieron un disparo en la pierna. La pareja volvió a ocultarse durante un par de meses para recuperarse de las nuevas heridas.

En la granja prisión Huntsville, en la localidad tejana de Eastham, seguían presos tres antiguos compinches de Clyde: Raymond Hamilton, Hilton Bybee y Joe Palmer. Justo en aquellos días salió en libertad otro preso, Jimmy Mullens, al que Hamilton comunicó un mensaje para Clyde. Le pedía que lo liberase. Clyde recibió el mensaje; era la ocasión perfecta para ejecutar su ansiada venganza del sistema carcelario. Se las arregló para enviar un mensaje de vuelta a Hamilton, en el que anunciaba la fecha y hora en la que intentarían su liberación.

El 16 de enero de 1934, Clyde, acompañado de Bonnie y Mullens (a quien llevaba consigo porque no se fiaba, conociendo su fama de drogadicto y confidente), condujo hasta los alrededores de Huntsville. Los presos, como siempre, salieron a trabajar en los campos, custodiados por guardias que iban a caballo. Uno de aquellos guardias era el mayor Joe Crowson, que disfrutaba pegándoles palizas a los reclusos. Joe Palmer había recibido alguna de aquellas palizas y sabía que Crowson, cuando desmontaba para pegarle a alguien, solía dejar la escopeta en su caballo. Ningún preso osaba intentar robar el arma, porque había más vigilantes y el mero intento se hubiera convertido en un suicidio, pero aquel día Palmer esperaba refuerzos del exterior, así que se atrevió a hacerlo. Cuando vio que Crowson desmontaba, se acercó al caballo con sigilo y consiguió hacerse con el arma. La escondió. A la hora convenida, Palmer se acercó a Crowson, quien, sin darse cuenta de que su arma ya no estaba en la silla, conversaba con otro guardia. Palmer los encañonó. Crowson hizo amago de resistencia y Palmer le disparó en el abdomen. El oficial, malherido, azuzó a su caballo y huyó al galope. De repente, desde unos árboles cercanos, apareció Clyde, disparando su rifle automático al aire, sin apuntar a nadie, pero a muy baja altura. Todos, presos y guardias, se arrojaron al suelo. Se oyó con claridad su voz: «Al primero que levante la cabeza se la vuelo de un disparo». Justo después, también desde la espesura, llegó el sonido de un claxon: era Bonnie, indicando a los tres presos en qué dirección estaban los automóviles. Un cuarto recluso, Henry Methvin, no estaba incluido en el plan de escape, pero aprovechó la confusión para salir corriendo también y de hecho terminaría uniéndose a Bonnie y Clyde en su etapa final. Todos subieron a los vehículos y huyeron.

Ningún guardia pudo ver con claridad al autor del asalto, aunque no les hizo falta un gran esfuerzo de imaginación para deducir que había sido Clyde Barrow. El mayor Crowson, hospitalizado, falleció once días más tarde. No era el primer policía que moría a manos de la banda, pero esta vez había sucedido en una prisión; los criminales más célebres del momento habían conseguido liberar a varios compinches, poniendo en ridículo al sistema carcelario y propinando tal bofetada mediática a las autoridades de Texas que estas situaron a los Barrow como su prioridad máxima. Lo mismo sucedió en los despachos de Washington, donde solían preocupare por el crimen organizado, pero donde ya no podían seguir permitiendo que aquellos dos forajidos continuaran poniendo a las fuerzas de orden en evidencia. Se redoblaron los esfuerzos; empezaron a circular más patrullas y se crearon grupos destinados a establecer nuevas emboscadas. Policías de medio país tenían como objetivo principal la localización y captura de Bonnie y Clyde. Durante los dos meses y medio que siguieron al sonado asalto de Eastham la pareja siguió dando vueltas de un estado a otro, acompañados por su nuevo e improvisado compañero, Henry Methvin.

El primero de abril viajaban por la ruta 114, cerca de Grapevine, en Texas. Como de costumbre, era Clyde quien conducía (cuanto más desesperada era su situación, menos le gustaba poner el volante en manos de otro). Su nuevo compañero de aventuras Henry Methvin ocupaba el asiento del copiloto. Bonnie iba detrás, durmiendo. De repente, dos patrulleros de la policía de tráfico les hicieron detener el vehículo, aunque es dudoso que supieran quiénes eran. En cualquier caso, y sin mediar palabra, Methvin les disparó. Ambos agentes fallecieron. El propio Methvin declararía más adelante que Clyde había salido del coche para auxiliar a los agentes; cosa sorprendente, porque siempre había sido Clyde quien se había resistido a tiros cuando se había visto acorralado. Quizá en este caso se daba cuenta de que no los habían reconocido.

Cuando los investigadores llegaron al lugar, encontraron una colilla reciente, en la que se apreciaban marcas de dientes. Observándolas, determinaron que eran dientes de mujer, así que salió a relucir el nombre de Bonnie Parker y dedujeron que la pareja había cometido los dos asesinatos. Se los achacaron a Clyde, aunque esta vez él no era el autor. La prensa publicitó el asunto con versiones de lo más florido: algunos pretendidos testigos aseguraban que tanto Clyde como Bonnie habían dado tiros de gracia a los dos agentes. Otros decían que Bonnie había soltado una malévola carcajada mientras vaciaba su cargador sobre uno de los policías porque su cabeza «se había puesto a rodar por el asfalto como una pelota de caucho». Nada de esto era cierto, como aclararía después el propio Methvin, pero Bonnie y Clyde habían cometido crímenes más que suficientes para que la percepción de prensa y público fuese así de oscura. Los periódicos, además, desvelaron que uno de los agentes fallecidos estaba a punto de casarse; todo el país se enteró, con la comprensible congoja, de que su prometida había acudido al funeral ataviada con el vestido de novia que ya no podría usar. Aquello colmó el vaso de la paciencia colectiva. El jefe de la policía de tráfico de Texas ofreció mil dólares de recompensa por sus cadáveres; el gobernador de Texas añadió otros quinientos dólares al botín.

El final

Frank Hamer y los cinco oficiales que abatieron a Bonnie y Clyde, 1934. Fotografía: FBI / DP.

El capitán Fran Hamer, una especie de llanero solitario de los famosos rangers, la policía estatal de Texas, acumulaba casi treinta años de experiencia en el ejercicio de la ley. Había empezado en 1906 como agente de vigilancia fronteriza y se había especializado en la persecución de prófugos. Era casi un ranger de novela del Oeste; sabía seguir huellas e interpretar rastros, y conocía la mentalidad de los contrabandistas y fugitivos que intentan aprovechar el terreno para moverse sin ser localizados. «El criminal», decía, «es como un coyote, siempre echando vistazos por encima del hombro». En principio, cuando le propusieron encabezar uno de los equipos policiales encargados de dar caza a Bonnie y Clyde, se mostró reticente. Era una tarea muy peligrosa por la que iba a cobrar menos que su salario habitual; además, estaba acostumbrado a trabajar solo. Sin embargo, terminó aceptando cuando le prometieron una parte sustanciosa de la recompensa.

Hamer no tardó en demostrar sus habilidades como sabueso. Recopiló toda la información que pudo sobre los movimientos de Bonnie y Clyde en el mapa: «Es bueno tener la estadística, pero necesitas algo más». Y él lo tenía: olfato. Para muchos otros policías, aquellos movimientos eran anárquicos y respondían a las circunstancias de cada momento. Pero Hamer descubrió que Bonnie y Clyde tenían un sistema. Era sabido que atravesaban las fronteras entre estados con tanta frecuencia porque los cuerpos policiales, salvo permisos especiales, no podían actuar más allá de su jurisdicción. Por ejemplo: si la policía de Texas perseguía a Bonnie y Clyde, pero estos entraban en Oklahoma, los policías tejanos ya no podían detenerlos. Si Bonnie y Clyde estaban usando ese principio para moverse, Hamer estaba convencido de que debían de seguir algún patrón, aunque fuese de manera intermitente. Al final, lo encontró. Después de sumergirse en una montaña de datos, descubrió que Bonnie y Clyde se movían trazando círculos. Hamer reunió a sus hombres, se puso en marcha y empezó a recorrer esos círculos. Y empezó a encontrarse con un rastro de atracos recientes a lo largo de Texas, Oklahoma e Iowa, que le demostraban que había empezado a pisarles los talones a sus presas. Aunque no iba a ser esto lo que le iba a permitir tenderles la emboscada final, Hamer estaba en el buen camino.

El trío formado por Bonnie, Clyde y Henry Methvin se separó de manera repentina el 19 de mayo. Methvin se dirigió a comprar unos bocadillos en un restaurante mientras Bonnie y Clyde le esperaban fuera, sentados en el automóvil. Cuando Methvin estaba pidiendo en el mostrador, un coche de la policía dobló la esquina. Clyde arrancó el motor y se alejó. Methvin se quedó solo. Sin embargo, tenían acordado un punto de reencuentro para cuando se diera el caso de que se vieran obligados a seguir caminos distintos: ese punto estaba en Lousiana, a pocos kilómetros de Ruston, localidad donde vivían sus padres. Methvin hizo autoestop hasta Ruston y le contó a su padre todo lo que había sucedido, incluyendo el que había matado a dos agentes de tráfico; también le dijo dónde estaba el punto de reencuentro. El padre de Harry Methvin, que había estado siendo presionado por la policía desde que su hijo se había fugado de la cárcel, contactó con el sheriff local y llegó a un acuerdo (según parece, a espaldas de su hijo) por el que, a cambio de revelar el punto de reunión, Henry no sería condenado a muerte. Fue así como el capitán Hamer supo del punto de reunión y dedujo en qué punto podría situar una emboscada. Acompañado de sus tres subordinados de Texas y de dos policías de Lousiana, se apostó en la carretera 154, oculto por los árboles.

La mañana del 23 de mayo, Bonnie y Clyde se detenían en un café de la cercana localidad de Arcadia para tomar el que iba a ser el último desayuno de sus vidas (aquel café es hoy un museo dedicado a ellos). En la carretera 154, después de un día y pico de guardia agotadora, los seis agentes estaban a punto de abandonar. El capitán Hamer creía que había errado en sus cálculos y que sus objetivos iban a dar un rodeo. Cuando estaba ya pensando en ordenar que cesara la vigilancia, apareció, para su sorpresa, el Ford V8 robado en que viajaban Bonnie y Clyde. A Hamer ni siquiera le dio tiempo a dar la orden de abrir fuego: uno de los policías locales que lo acompañaban, el joven cadete Morel Oakley, se adelantó y efectuó dos disparos por su cuenta. Al menos una de las balas debió de impactar en Clyde, porque perdió el control del automóvil mientras Bonnie gritaba. Los otros cinco hombres se unieron a Oakley y vaciaron sus cargadores sobre el coche. Cuando terminaron de disparar, los cadáveres tenían tantos orificios de bala que más tarde los embalsamadores tuvieron mucho trabajo para dejarlos listos de cara a los funerales. Bonnie y Clyde serían enterrados en su ciudad, Dallas, pero sus exequias y sus entierros se celebraron por separado.

Aunque la banda de Bonnie y Clyde, con catorce asesinatos a sus espaldas, había cosechado una infamia muy merecida, el comportamiento de los agentes durante la trampa policial empezó a provocar serias dudas, sobre todo cuando corrió la voz de que a los fugitivos no se les había dado el alto ni la oportunidad de rendirse. Diversas autoridades habían promovido, de manera implícita o explícita, que la pareja fuese cazada sin previo aviso y, como hemos visto, incluso habían puesto precio a sus cadáveres. Aun así, quienes se encontraron en el ojo del huracán fueron los seis agentes protagonistas (y únicos testigos) de la emboscada. Sus respectivos informes se contradecían entre sí. La desconfianza mutua entre los seis policías se agudizó porque unos pensaban que los relatos de los otros les podían perjudicar. Salvo algunos detalles básicos compartidos por las seis versiones —y aquellos otros que podían ser deducidos de la observación del lugar del crimen—, nadie sabía con total seguridad qué había sucedido en aquella carretera.

Dos de los agentes, el sheriff local Henderson Jordan y el propio Morel Oakley, expresaron a sus respectivos círculos de familiares y amistades que sentían remordimientos por no haber ofrecido a Bonnie y Clyde la oportunidad de rendirse. Por peligrosos que fuesen estos criminales, Jordan y Oakley pensaban que su obligación como agentes de la ley era la de haber intentado capturarlos con vida. Oakley, en particular, llegó a repetir esa misma opinión en público, admitiendo que se había precipitado al disparar sin dar el alto. El capitán Hamer, como líder de la emboscada, vio su reputación manchada por ello. Otro miembro del grupo, Ted Hinton, el mismo que tiempo atrás se había enamorado de Bonnie cuando esta trabajaba como camarera, aún creó más confusión durante sus últimos años, cuando rememoró la historia añadiendo detalles extraños sobre la conducta del capitán Hamer. Aseguró que este había «atado» a un árbol al padre de Henry Methvin durante toda una noche para conseguir extraerle información. Aún más raro, dijo que la famosa foto en que Bonnie fumaba un puro había sido retocada por los periodistas, y que en realidad Bonnie había sostenido una rosa entre sus labios. Esto último es difícil de creer, porque es una foto en la que Bonnie imita la pose de un gánster de película, con evidente intención jocosa. Sin embargo, Hinton parecía responder de manera póstuma a una de las quejas que Bonnie había formulado contra la prensa en vida: en una ocasión, cuando el gang de los Barrow liberó a un rehén, Bonnie le encomendó comunicar un mensaje a los periodistas: «Que dejen de publicar que fumo puros, ¡yo no fumo puros!».

Dos curiosos juicios tuvieron lugar poco más tarde. En uno de ellos, veinte familiares y amigos de miembros del gang de los Barrow enfrentaron acusaciones de complicidad y asistencia a fugitivos de la ley, porque habían tenido contacto con ellos sin comunicarlo a la policía. La madre de Bonnie, Emma Parker, y la de Clyde, Cumie Walker, tuvieron que cumplir un mes de prisión cada una. La hermana pequeña de Clyde, Marie, fue también acusada, pero como era menor de edad su condena fue simbólica: se la obligó a pasar una hora en la comisaría. Otro juicio fue aún más estrambótico, porque uno de los policías de la emboscada, el sheriff Jordan, trató de justificar su derecho a quedarse con el Ford V8 en el que Bonnie y Clyde habían muerto. El automóvil llevaba meses guardado en un garaje policial y aún estaba manchado de sangre. Su legítima dueña era Ruth Warren, esposa de un techador de Kansas, que se lo había comprado solo unas semanas antes del robo. La señora Warren, por descontado, quería recuperar su vehículo, en especial porque ahora era un cotizado objeto de culto. El tribunal decretó que la señora Warren tenía la razón, aunque no solo se vio obligada a ir a juicio para recuperar su Ford, sino tuvo que pagar a las autoridades una cantidad nada simbólica (ochenta y cinco dólares, el equivalente a unos mil trescientos euros hoy) en concepto de gastos de mantenimiento por el tiempo que el coche había pasado bajo custodia. Eso sí, pudo retratarse junto a su marido frente al automóvil repleto de agujeros.

Lo que de verdad nadie sabe es qué hizo el sheriff Jordan con lo que, decían, había sido su segundo botín; el maletín repleto de dinero que Bonnie y Clyde llevaban consigo en el automóvil. Pero es una de tantas historias que surgieron tras la muerte de Bonnie y Clyde, y que quizá merezcan ser contadas en otro momento.

Fotografía: FBI / DP.


Bonnie & Clyde (I): La poetisa y la serpiente

Foto: DP.

Algún día caerán juntos;
y serán enterrados lado a lado.
Para unos pocos será una desgracia;
para la ley, un alivio.
Pero será la muerte para Bonnie y Clyde.

(Fragmento de «El final del sendero», poema que Bonnie Parker escribió en la cárcel)

No ocurre todos los días que la policía tenga que intervenir para impedir el robo de una oreja.

El miércoles 23 de mayo de 1934, a las nueve y cuarto de la mañana, la pareja de amantes más célebre del mundo del crimen tuvo el encontronazo final con su destino. La prensa los apodaba Romeo and Juliet in a getaway car, «Romeo y Julieta en un coche a la fuga», y sus fotografías, tomadas por ellos mismos en momentos de diversión, habían aparecido en todos los periódicos importantes del país. No había estadounidense que no conociese sus nombres. Durante meses habían protagonizado una intensa persecución a lo largo de varios territorios de los Estados Unidos, alimentando las portadas con los detalles morbosos, reales o inventados, de sus fechorías. Varias veces habían esquivado el cerco llevándose por delante las vidas de ciudadanos y agentes de la ley. Los mandos policiales habían transmitido un claro mensaje a sus subordinados: la pareja era demasiado peligrosa y no se contemplaba una detención sin incidentes. Ya no se trataba de capturarlos para llevarlos ante un juez, sino de darles caza como a animales salvajes.

La autopista estatal 154 de Lousiana, al sur de los Estados Unidos, no es una «autopista» como las que nos sugiere ese nombre en España. Es una carretera secundaria de dos carriles; sus ochenta y cinco kilómetros discurren entre una pedanía insignificante, Elm Grove, poco más que un puñado de casas dispersas, y un pueblo minúsculo, Athens. Poblaciones tan pequeñas que se las cita por su parroquia; en Lousiana, debido a la influencia francesa, el territorio no está dividido en «condados», sino en «parroquias». Viajando desde el norte, a la altura de Mt. Lebanon, la 154 vira hacia la derecha; por allí hay poco más que un par de iglesias baptistas, algunas casas y muchos, muchos árboles. La estrecha carretera sigue atravesando un paraje verde, pintoresco y anodino, todavía flanqueado por espesas arboledas, aunque con los arcenes bien despejados, durante unos ocho kilómetros. Allí, se eleva y vuelve a descender en una larga y suave recta. Junto al carril derecho, a mitad de recta, se erigen dos pequeños monumentos. El primero es una tosca lápida de piedra gris, con pintadas en el frente y los bordes picoteados por los turistas que querían llevarse un pedacito. El segundo, también de piedra, es el soporte de una placa que tiene grabada la imagen de seis hombres con traje, corbata y sombreros fedora. Son los seis policías que, aquella mañana de 1934, tendieron una emboscada en ese mismo punto.

Habían pasado todo un día y toda una noche haciendo guardia, ocultos entre los árboles, en una ubicación desde la que disfrutaban de cientos de metros de visibilidad hacia cada lado. Después de más de veinticuatro horas de agotadora vigilancia, escucharon a lo lejos el rugido de un motor. Por fin, divisaron el automóvil que habían estado esperando: un Ford V8 de color gris verduzco —lo que en la fábrica llamaban «gris Córdoba»— que, por supuesto, era robado. Cuando el automóvil estuvo a distancia de fuego, los agentes salieron de sus escondites y, sin dar el alto, sin que mediase aviso alguno, empezaron a disparar. Vaciaron la munición de sus escopetas sobre el lado del conductor. Después, vaciaron la munición de sus pistolas. En menos de un minuto, ciento cincuenta detonaciones retumbaron en un lugar donde, incluso hoy, lo único que suele escucharse es el canto de los pájaros.

El Ford perdió el control. Arrastrado por la inercia, avanzó todavía unos treinta metros, virando hacia donde estaban los policías. Se detuvo a muy poca distancia de ellos, cuando chocó con la ligera vaguada que trazaba el arcén. Las ventanillas estaban rotas, la parte izquierda de la carrocería moteada por decenas de orificios de bala. Romeo y Julieta, atrapados en su célebre coche a la fuga, murieron sin tan siquiera haber abandonado sus asientos. Aunque, según dijeron los agentes, a ella llegaron a oírla gritar incluso en mitad del ensordecedor tiroteo. Clyde Barrow tenía veinticuatro años; Bonnie Parker, veintitrés. Al instante, uno de los agentes filmó el automóvil. Las imágenes, en las que puede verse el cadáver de Bonnie, terminarían en todos los noticiarios cinematográficos.

La intensa jornada no terminó ahí. Cuando corrió la voz sobre lo sucedido, el más completo caos se apoderó del lugar. Los pueblos más relevantes de la zona, Gibsland y Arcadia, eran dos diminutas agrupaciones de casas en las que solía reinar la tranquilidad, pero que durante aquellas horas recibieron miles de visitantes. Parecían provenir de todas partes, atraídos por la sensacional noticia del sangriento desenlace de la cacería que había estado acaparando los diarios. Todos querían ver el Ford V8, aquel colador con ruedas en cuyo interior permanecían, todavía tibios, los cuerpos de Bonnie y Clyde, mientras la policía porfiaba por mantener el orden en un paraje por donde no acostumbraba a pasar casi nadie. Los inopinados turistas se agolpaban para llevarse lo que podían de aquella carretera, hasta entonces insignificante, pero convertida de repente en escenario de la historia. Recogían cualquier cosa que sirviera como recordatorio de que habían estado allí: los casquillos de bala y los pedazos de cristal procedentes de las lunas eran los objetos más perseguidos. Algunos, más atrevidos en su rapiña, optaron por un botín más llamativo y se acercaron al coche para intentar llevarse un jirón de la ropa de los difuntos fugitivos. Hubo quien lo consiguió. Una mujer llegó a recortar un rizo del cabello ensangrentado de Bonnie. Los policías, eso sí, impidieron que un hombre provisto de una navaja cumpliera su propósito de rebanarle una oreja a Clyde, para llevársela como souvenir, o quizá para vendérsela a algún coleccionista de curiosidades macabras.

La celebridad de la difunta pareja era inmensa. Cuando habían empezado a acaparar titulares el año anterior, el público estadounidense los miraba con simpatía, o lo hizo durante un breve periodo. Los amantes indómitos que recordaban a los forajidos del viejo Oeste. Libres, rebeldes, dos almas gemelas buscando la libertad al margen de las asfixiantes leyes que encorsetaban las vidas de quienes eran menos atrevidos y estaban condenados a una rutina insípida de nacimiento, escuela, trabajo y muerte. La libertad absoluta es siempre una ensoñación evocadora; las imágenes de la pareja bromeando con sus armas o dándose un beso habían alimentado la imaginación de todo el país.

El encantamiento no había durado mucho, sin embargo. El rastro de sangre que la pareja y sus cómplices dejaron tras ellos terminó agriando su aureola y la misma prensa que los había glorificado como a personajes de novela empezó a recrearse en las facetas morbosas de sus asesinatos. Una vez emboscados y muertos, el público quiso conocer hasta el último detalle que quedase por desvelar sobre Bonnie y Clyde. Y, como suele suceder en estos casos, los verdaderos personajes terminaron sepultados bajo un aluvión de habladurías y leyendas, de equívocos que no hicieron sino empeorar con el paso del tiempo, la publicación de libros oportunistas y el estreno de películas embellecedoras.

Los Capuleto y Montesco de Texas

Bonnie Parker. Fotografía: Cordon.

Bonnie Parker nació en 1910, en la localidad tejana de Rowena. Su padre, un obrero de la construcción, murió cuando ella tenía cuatro años, y su madre decidió que sería mejor abandonar el pueblo para buscarse la vida en Dallas. Se mudaron a un suburbio obrero conocido como Cement City por la presencia de dos grandes instalaciones cementeras que daban empleo a casi todos los habitantes. La madre de Bonnie salió adelante ejerciendo como costurera, mientras la niña iba al colegio y cultivaba un intenso amor por la poesía, afición que nunca abandonó. Cuando se convirtió en una adolescente, Bonnie empezó a sentirse atraída también por los tipos duros. En 1926, siendo una quinceañera, conoció a un joven maleante llamado Roy Thornton y decidió dejar el instituto para casarse con él (en Texas era legal casarse antes de los dieciocho). El matrimonio fue tormentoso y, después de tres años de constantes peleas, ambos jóvenes tomaron caminos separados. No se firmó ningún papel de divorcio y Bonnie jamás se quitó el anillo de casada, aunque no volvería a ver a su marido, sobre todo después de que este fuese encarcelado por un asesinato.

Tras la separación, Bonnie volvió a vivir con su madre. Encontró empleo como camarera y, por lo que sabemos, era muy popular entre la concurrencia masculina del restaurante donde trabajaba. Así lo recordaba al menos uno de sus clientes habituales, un joven empleado de correos llamado Ted Hinton, que reconoció haber desarrollado una fascinación platónica por la sonriente y carismática chica que le servía las comidas. Se iba a producir la extraordinaria circunstancia, digna de un guion cinematográfico, de que Hinton terminaría ingresando en el cuerpo de policía y, no mucho tiempo después, sería el más joven de los seis agentes que emboscaron el automóvil en el que Bonnie murió acribillada a balazos. El propio Hinton fue quien, con una cámara de 16 milímetros, tomaría las imágenes del cuerpo inerte de la antigua camarera de la que, en tiempos mejores, se había enamorado.

La existencia monótona y sin perspectivas de su barrio obrero asfixiaba a Bonnie, cuya imaginación bullía en persecución de sueños más elevados. Su temperamento artístico la inclinaba hacia una vida dedicada a la poesía, o hacia la fotografía, que se había convertido en la segunda de sus pasiones. Por desgracia, tales sueños se antojaban inalcanzables para una camarera de la Ciudad del Cemento. Si tenía que escapar, debía hacerlo por otras vías. Y la monotonía se rompió el mismo día en que una amiga suya se rompió el brazo. Bonnie empezó a visitarla para ayudarla con las tareas domésticas. Un día, mientras preparaba algo de comer, entraron en la casa unos conocidos de su amiga. Uno de ellos captó su atención. Era Clyde Barrow. Ya no se separarían nunca, excepto cuando la cárcel lo impidiese.

Clyde había nacido un año antes, en 1909. Era el séptimo hijo de una pareja de granjeros en las cercanías de la pedanía de Telico, en Texas. Durante su infancia solo conoció la miseria. Las cosas no iban bien en el campo, así que, cuando Clyde tenía diez años, sus padres decidieron probar suerte en la ciudad. Se trasladaron todos a un barrio chabolista de las afueras de Dallas, donde sus condiciones de vida no solo continuaron siendo paupérrimas, sino que fueron incluso a peor. Pasaron los primeros meses sumidos en la indigencia, viviendo todos juntos en el destartalado carromato con el que habían llegado hasta allí. Al cabo de un tiempo, el padre encontró trabajo y reunió dinero suficiente para comprar una tienda de campaña, lujo que la familia recibió con alborozo, como si fuese un regalo del cielo. Las cosas progresaban, aunque con mucha lentitud. Nunca dejaban de ser pobres; era solo que el grado de miseria iba tornándose un poco menos intolerable. Los pequeños Barrow crecieron rodeados de marginalidad. Siendo un adolescente, Clyde empezó a desempeñar diversos trabajos para ayudar a la economía familiar, pero también hizo sus pinitos en la delincuencia, influido por su hermano mayor Buck, que llevaba tiempo haciendo de las suyas por los alrededores. Su primer arresto se produjo cuando cumplió dieciséis años, la edad legal para conducir: la policía lo detuvo al volante de un automóvil que había alquilado para visitar a su novia y que no se había molestado en devolver. En su segundo arresto lo sorprendieron robando unos pavos. A los diecinueve años tenía ya un florido historial de pequeños delitos, aunque todavía nada lo bastante serio como para haberlo sentado en un banquillo. Resulta irónico que su antecedente más decisivo, el que ayudaría a mandarlo a la cárcel, era un episodio insignificante de varios años atrás, cuando había intentado robar un coche en la localidad de Waco, situada a unos ciento cincuenta kilómetros de Dallas. La policía local lo había pillado in fraganti mientras intentaba forzar la puerta de un turismo, pero como Clyde era aún menor de edad en aquel momento, se habían limitado a tomarle los datos y lo habían dejado en libertad. Un tropiezo que parecía haber quedado olvidado. A los veinte años, de hecho, Clyde ya había hecho cosas peores. Sin embargo, sería ese incidente secundario el que retornaría para amargarle el resto de su existencia.

La serpiente de cascabel

Clyde Barrow, ca 1926. Fotografía: Dallas (Tex.). Police Dept. (DP)

En 1929, cuando Clyde cumplió veinte años, sus andanzas delictivas ya incluían, junto a los consabidos robos de vehículos, atracos a tiendas y la apertura forzosa de cajas fuertes. Pero todavía no había recaído sobre él ninguna condena. Eso sí, era cuestión de tiempo.

Había estado delinquiendo por toda la región; entonces existía poca coordinación entre los diferentes cuerpos policiales, que no disponían de algo parecido a una base de datos conjunta. Los delincuentes sabían por experiencia que la movilidad era una de las claves para no acumular demasiados antecedentes en los archivos de cada una de las policías locales (las cuales solo se comunicaban entre sí cuando se producían casos urgentes como asesinatos o fuga de presos). Pero Clyde no era un delincuente tan hábil. Era demasiado joven e impulsivo como para calcular bien sus movimientos. Tentaba demasiado a la suerte, retornando a lugares donde acababa de perpetrar golpes o donde tenía algún antecedente. Y su suerte se terminó en Waco, cuya policía local andaba detrás de dos criminales que estaban en búsqueda y captura, William Turner y Frank Hardy. Los encontraron en un hotel de las afueras, junto a un jovenzuelo desconocido, Clyde, al que, por si acaso, metieron también en una celda. Según afirmaron después los guardias, Clyde pasó un par de días «berreando su inocencia entre lágrimas». Cuando el jefe de policía lo interrogó, Clyde aseguró que no conocía de nada a aquellos tipos y que estaba con ellos porque lo habían recogido haciendo autoestop. Los otros dos corroboraron su historia, así que Clyde quedó en libertad. Volvió a Dallas y fue entonces cuando conoció a Bonnie.

Mientras tanto, empero, las cosas se le estaban complicando sin que él fuese consciente. En Waco, durante los meses anteriores, se había estado produciendo una oleada de robos de automóviles, en los que Turner y Hardy habían estado involucrados. A alguien en la jefatura se le ocurrió indagar mejor en los archivos policiales de la localidad; descubrió la antigua ficha de Clyde Barrow, en la que constaba una única detención que se había producido justo por el robo frustrado de un automóvil. Aquello encendió una bombilla en la cabeza de los policías. El joven forastero al que habían dejado marchar dos veces quizá sí había tenido algo que ver con la reciente oleada de robos. Pronto consiguieron relacionarlo con la sustracción de veinte automóviles de un garaje. Clyde volvió a ser detenido y esta vez ya no era ni menor de edad, ni un joven ligeramente sospechoso; ahora había cargos en su contra. Cuando se produjo la acusación formal entendió que se enfrentaba a una condena carcelaria por primera vez en su corta vida. Viéndose atrapado, se declaró culpable de siete de aquellos robos, la única manera de evitar que se los adjudicaran todos. Se decretó prisión provisional a la espera del juicio.

Clyde fue encerrado en la cárcel de condado de Denton, en Dallas. Sus dos cómplices fueron ingresados en la misma prisión, en la misma galería y en celdas contiguas a la suya. Poner juntos a los miembros de la misma banda era una mala idea y, en efecto, menos de dos semanas después, conseguirían fugarse. Un funcionario de la prisión acudió a la celda de Turner para llevarle un vaso de leche, que este había pedido alegando un terrible dolor de úlcera. El funcionario fue sorprendido por los tres presos que, no se sabe muy bien cómo, se habían hecho con un arma de fuego. Luego, a punta de pistola, hicieron que el encargado de la entrada principal de la prisión los dejara salir a la calle. Se alejaron a la carrera mientras varios guardias abrían fuego sobre ellos, aunque ningún disparo hizo diana. Cuenta la leyenda que fue Bonnie, durante una visita a la cárcel, la que le había llevado la pistola oculta bajo la falda y sujeta a la pierna con una liga, o quizá dentro del sujetador; lugares recónditos de la anatomía de una dama donde los guardias no se habrían atrevido a registrar. En cualquier caso, los tres evadidos viajaron hacia el norte en automóviles robados: se llevaban uno, lo conducían durante un tiempo y después lo abandonaban. Robaban otro y repetían el ciclo. Así consiguieron llegar muy lejos, pues recorrieron unos mil setecientos kilómetros hasta la localidad de Middleton, en Ohio. Estando en el norte del país, a tanta distancia de Texas, quizá pensaron que lo peor había pasado. Sin embargo, unos delincuentes que habían escapado por la fuerza de una prisión se convertían en objetivo prioritario para las fuerzas de seguridad. Ya no se trataba de un robo de automóviles; ahora, diferentes cuerpos policiales se enviaban telegramas o se llamaban por teléfono. Aunque estuviesen al otro lado del país, el sheriff de Middleton estaba sobre aviso.

Clyde y sus dos compinches estaban saliendo de un restaurante en el que acababan de desayunar cuando vieron dos coches de la policía que se aproximaban con la aparente intención de cortarles la salida. Para despistarlos, trazaron un plan de fuga en cuestión de segundos: dos de ellos saldrían corriendo para atraer la atención de los agentes, mientras Clyde iba a buscar el automóvil, con el que después recogería a los otros en un punto acordado de antemano. Los policías, en efecto, persiguieron a los dos hombres a los que vieron correr, pero fueron más rápidos de lo previsto por los delincuentes, quienes fueron acorralados y tuvieron que rendirse. Clyde sí consiguió llegar al coche, pero, desconociendo que sus cómplices habían sido ya detenidos, empezó a conducir por el vecindario para intentar localizarlos. Al final, claro, topó con los dos coches de la policía. Se inició una persecución sobre ruedas que terminó cuando Clyde perdió el control y estrelló su vehículo contra una pared. Ileso, trató de huir a pie, efectuando disparos disuasorios en dirección a sus perseguidores. Cuando se le acabaron las balas, viendo que iba a ser detenido, arrojó su arma a un canal para eliminar la prueba de que había disparado y se dejó capturar.

Los tres prófugos fueron devueltos a Texas, pero ya no se los encerró juntos. Clyde ingresó en la prisión federal de Huntsville. De los archivos de aquella cárcel se conserva un informe que revelaba algunos detalles de su aspecto. Clyde no era muy alto, 1.70 metros. Tenía el cabello castaño y los ojos oscuros, aunque todo esto se puede percibir en las fotografías. El informe también describía sus tatuajes. Hoy los tatuajes son algo muy común, pero entonces eran un rasgo muy distintivo, propio, sobre todo, de marineros, soldados y delincuentes. En el momento de su internamiento, Clyde lucía unos cuantos, que hablaban de una intensa vida sentimental: la cara de una chica con el nombre «Grace»; otro nombre de mujer, «Anne»; las letras «EBW», que se interpreta como las iniciales de Eleanor B. Williams, una antigua novia suya. También llevaba tatuada una rosa con varias hojas y un escudo adornado con un ancla y las iniciales «USN» de U.S. Navy, aunque Clyde nunca había estado en la marina. Bonnie, por cierto, tenía también un tatuaje en el muslo, que rezaba «Bonnie & Roy», en referencia a su marido.

En Huntsville, Clyde descubrió que le había estado aguardando una desagradable sorpresa: la fiscalía pretendía juzgarlo por el asesinato de un hombre en Houston. Él no tenía la menor idea de lo que le estaban diciendo y esta vez era sincero, porque aún no había matado a nadie. La acusación era muy grave, pero no prosperó: resultó que la policía de Houston, que se había encontrado con un crimen difícil de resolver, supo de la fuga de unos presos en Dallas y aprovechó para cargarle el muerto, nunca mejor dicho, a uno de ellos (Clyde). Empleando testigos manipulados, presentaron el caso ante un juez. Si Clyde hubiese muerto durante su escapada, cosa no tan improbable, la policía de Houston hubiese «resuelto» un homicidio para el que no tenían ni una pista. Cuando Clyde fue capturado, sin embargo, la patraña terminó viniéndose abajo. Eso sí, nadie le quitó el mal trago de pensar durante un tiempo que podía acabar en la silla eléctrica por un crimen que no había cometido.

Lo que sí sucedió, como era de esperar, fue que el intento de fuga suponía un endurecimiento de su condena: catorce años de trabajos forzados. Fue trasladado a la granja-prisión Eastham, donde los internos tenían que partirse el lomo cultivando para ganarse la manutención. Aquel encierro cambió a Clyde para siempre. En Eastham descubrió las más penosas realidades de la vida carcelaria. Y allí cometió su primer asesinato. Por lo que sabemos, un preso de enorme tamaño y gran fuerza física sodomizó a Clyde en repetidas ocasiones. Para vengarse, Clyde se hizo con un pedazo de tubería, citó a su violador en las duchas y allí lo mató a golpes. No recibió castigo porque los funcionarios nunca supieron que había sido él: otro recluso, ya sentenciado a cadena perpetua, se atribuyó el homicidio. Aquel incidente traumatizó a Clyde y su temperamento se tornó explosivo e impredecible. Por lo general, era un joven de apariencia tranquila, que hablaba en voz baja y al que ni siquiera le gustaba decir tacos. Tras las violaciones y su primer asesinato, sin embargo, se volvió muy peligroso. Todos en la prisión supieron que había cambiado y que lo más sensato era evitar tener problemas con él. Ralph Fulls, uno de sus amigos en la cárcel y futuro miembro de su banda, recordaba más tarde que Clyde podía cambiar, en un instante, de tener «la personalidad de un colegial a la de una serpiente de cascabel».

Lo cierto es que Clyde no parecía pensar demasiado las cosas. Harto de los duros trabajos forzados, pidió a un compañero que usara una de las hachas que se les permitía tener durante las tareas agrícolas para cortarle dos dedos de un pie, simulando un accidente. El otro recluso así lo hizo. La mutilación sirvió para que Clyde fuese dispensado de los trabajos forzados… aunque al poco tiempo, para su sorpresa, lo pusieron en libertad condicional porque su madre, sin que él hubiese tenido noticia, había presentado una solicitud de excarcelación bajo fianza. La solicitud había sido aceptada por el juez porque Clyde no tenía antecedentes violentos. Así pues, se había cortado dos dedos sin ninguna necesidad, porque hubiera salido de la cárcel de cualquier modo. Durante el resto de su vida, Clyde caminaría con una visible cojera.

El Clyde Barrow que salió de Eastham no era el mismo que había entrado. Su familia sabía que su estancia entre rejas había sido dolorosa, pero, aun así, les sorprendió la profundidad de su metamorfosis. Era una persona diferente. Una de sus hermanas lo expresaría más tarde usando la misma la metáfora que Ralph Fulls: «Estaba claro que algo le había pasado en la cárcel, porque se volvió duro como una serpiente».

El rastro de sangre

Clyde Barrow y W.D. Jones, 1933 (DP).

Lo primero que hizo tras recuperar la libertad, no obstante, fue intentar reinsertarse. Se reunió con Bonnie en Dallas y obtuvo trabajo en una pequeña empresa dedicada al vidrio. El empleo no duró, aunque parece ser que no fue culpa suya sino de la constante vigilancia de la policía local, que inquietó a los jefes de Clyde, haciéndolos optar por prescindir de sus servicios. El despido fue la perfecta excusa para que Clyde volviese a las andadas. Formó una banda, que en el futuro se haría célebre como «gang de Barrow». En ella estaba el que había sido compañero en prisión, Ralph Fulls, y la propia Bonnie, además de otros individuos. Empezaron a atracar objetivos «seguros», como tiendas pequeñas y gasolineras.

La banda era algo más que un simple instrumento para ganar dinero, pues tenían un muy peculiar objetivo, producto de la obsesiva fijación de Clyde: estaba, según sus conocidos, «muy resentido» con el sistema carcelario. Juró que nunca volvería a dejarse capturar con vida, algo que lo haría peligroso en extremo cuando la policía pretendiera volverlo a detener. Y expresaba su deseo de vengarse de la prisión en la que tanto había sufrido, Eastham. Pretendía reunir dinero y armas en cantidad suficiente como para asaltar la granja carcelaria y liberar a todos los reclusos que pudiese. Robar armas, sobre el papel, no era mucho más difícil que robar cajas registradoras, pues rifles y pistolas se vendían en diversos tipos de comercios en los que no se guardaban especiales medidas de seguridad, sobre todo cuando estaban situados en poblaciones rurales. Pero también tenía sus riesgos, y el 19 de abril de 1932, Bonnie y Ralph Fulls fueron sorprendidos mientras intentaban sustraer varias armas de la ferretería de un pequeño pueblo. Aquello supuso la primera detención en la vida de Bonnie, que iba a pasarse dos meses en prisión preventiva, a la espera de juicio; para matar el tiempo, retornó a su antigua afición y escribió diversos poemas en un cuaderno cuya tapa negra, irónico detalle, mostraba el logotipo de un banco (el cuaderno procedía de la sede que el First National Bank tenía en la localidad tejana de Burkburnett). En aquellos poemas, Bonnie glorificaba la vida delictiva y, quizá impulsada por la imaginería romántica que envolvía a bandidos legendarios como Jesse James, imaginaba un final trágico, y profético, para ella y su amado.

Hasta entonces, que se supiera, Clyde no había estado involucrado en ningún crimen sangriento. Pero, once días después de la detención de Bonnie, el «gang de Barrow» se cobraba su primera víctima mortal. Clyde esperaba con el coche en marcha frente a una tienda, mientras sus compinches Johnny Russell y Ted Rogers la asaltaban a punta de pistola. El atraco se complicó. La tienda estaba regentada por un matrimonio, y el marido intentó plantar cara. Russell y Rogers le dispararon, salieron a la calle, subieron al coche y huyeron. El hombre murió como consecuencia de las heridas. Cuando la policía mostró a su esposa fotografías de criminales de la región, no estaban las de Russell y Rogers, autores materiales de los disparos. Pero ella vio la fotografía de Clyde y lo señaló como al hombre que había matado a su marido. Desde ese momento, Clyde sería buscado por asesinato. Su fiera determinación de no volver a pisar una cárcel lo haría revolverse como un gato sanguinario cada vez que se sintiese acorralado.

El 17 de junio, el juicio contra Bonnie terminó en nada porque la policía no pudo presentar pruebas convincentes en su contra y el juez decidió absolverla. Una vez en la calle, Bonnie se reunió con Clyde. Pasaron juntos parte del verano, en el estado vecino de Oklahoma. En agosto, Bonnie retornó a Dallas para visitar a su madre. Clyde, que se había quedado en Oklahoma, se las iba a arreglar para echarse a la policía encima una vez más. Lo más sensato hubiese sido tratar de mantener un perfil bajo; sabía, por la experiencia de su captura en Ohio, que no todos los policías eran tontos y que algunos, de hecho, tenían buen olfato para detectar a individuos sospechosos aunque proviniesen de otra región y nunca antes los hubiesen visto. Pero Clyde tenía ganas de divertirse y se presentó en una diminuta localidad de seiscientos habitantes, Stringtown, en la que todos los lugareños se conocían entre sí. Allí se celebraba una fiesta al aire libre en la que se servía alcohol, todavía ilegalizado por la famosa ley Volstead, la «Prohibición». Clyde y dos de sus compañeros de banda, Hamilton y Ross Dyer, se pusieron a beber en el aparcamiento, a la vista de cualquiera. Era obvio que existían muy altas probabilidades de que se presentase la policía local. Y así fue. El sheriff del pueblo y su ayudante vieron un automóvil desconocido en torno al cual había varios jóvenes forasteros, y se acercaron suponiendo que estaban bebiendo. Cuando comprobaron que los jóvenes tenían en su poder varias botellas de whisky, anunciaron que los iban a poner bajo arresto. Clyde y Hamilton sacaron sus armas y dispararon: el sheriff cayó herido de gravedad y su ayudante falleció. Huyeron, pero habían matado a un policía. Tarde o temprano alguien terminaría asociándolos con ese crimen.

Bonnie y Clyde celebraron la Nochebuena de 1932 en su propia ciudad, Dallas. Allí, un chaval llamado W. D. Jones, amigo de la familia Barrow, insistió en que deseaba formar parte de la banda. Solo tenía dieciséis años. La pareja decidió llevarlo con ellos bajo la condición de que robase un automóvil para demostrar que estaba hecho de la pasta requerida. Era como un rito de bautismo delictivo. Al día siguiente, viajaron hacia el sur de Texas. Se detuvieron en la localidad de Temple, a tres cuartos de camino entre Dallas y la capital del estado, Austin. Allí fue donde Jones intentó perpetrar el robo. El dueño del automóvil lo sorprendió in fraganti. Clyde acudió en ayuda de Jones; respondieron a balazos, matando al pobre hombre y después regresaron a Dallas. La ristra de cadáveres que iban dejando tras de sí continuaba en aumento.

Empezó 1933 sin que hubiesen tenido un encontronazo con las autoridades desde el incidente de la fiesta clandestina, pero quiso la casualidad que, mientras conducían su automóvil por los alrededores de Dallas, pasaran justo por delante de un dispositivo de vigilancia que la policía había preparado para capturar a otros criminales. Al percatarse Clyde de que estaban en presencia de una trampa policial, pensó que la habían montado para ellos y abrió fuego. El sheriff del condado, que estaba a cargo de la operación, murió como consecuencia de los disparos. Era el segundo agente de la ley abatido por el «gang de Barrow» en muy poco tiempo.

La fama

Cartel original de búsqueda de Bonnie y Clyde, 1934. Imagen: FBI (DP).

Clyde se marchó a otro estado vecino, Missouri, y Bonnie se marchó con él. En marzo recibieron la visita de Buck, el hermano mayor de Clyde, que tenía por entonces veintinueve años y de su mujer, Blanche, que tenía veintidós.

Buck acababa de salir de la cárcel y estaba intentando rehacer su vida. En 1929, tras ser tiroteado y detenido durante un robo frustrado, había sido condenado a cuatro años en la granja prisión de Ferguson. Una vez recuperado de sus heridas, Buck escapó de Ferguson por el más sencillo de los procedimientos: caminando por la puerta con total naturalidad, sin que nadie se lo impidiese. En 1931, siendo todavía un fugitivo, se casó con Blanche, a la que había conocido antes de su encarcelamiento. Ella provenía también de una familia pobre: cuando nació, su padre tenía cuarenta años y su madre dieciséis. Fue precisamente su madre la que, al cumplir Blanche los diecisiete, le concertó un matrimonio con un hombre mucho más mayor. La experiencia fue nefasta (Blanche achacó a aquellas primeras relaciones sexuales su incapacidad para concebir), así que terminó huyendo a los pocos meses. Se encontró con Buck, que con veintiséis años ya se había casado y divorciado en dos ocasiones. Se enamoraron y cometieron juntos algunos robos, pero, tras contraer matrimonio, Blanche insistió en que Buck debía abandonar la vida delictiva. Incluso lo convenció para que se entregase a las autoridades y terminase lo que le quedaba de condena, para poder empezar de cero sin ser un fugitivo. Buck se presentó en la cárcel de Huntsville; los funcionarios escucharon atónitos su relato y al principio se resistieron a creer que Buck estaba allí de manera voluntaria. Al final, le creyeron. Buck volvió a la cárcel como había salido de ella: caminando por la puerta con total tranquilidad. Su condena, debido a la fuga, había sido alargada a seis años. Su conducta en la prisión fue ejemplar. Aunque era analfabeto, dictaba cartas a otros presos, en las que decía a sus padres que estaba arrepentido, que deseaba reformarse y que pretendía traer al buen camino a su hermano pequeño. Cuando Buck llevaba dos años entre rejas, le concedieron la libertad provisional. Se reunió con Blanche, y una de las primeras cosas que quería hacer era convencer a su hermano pequeño para que se entregase también. Buck se sentía culpable porque había sido él quien había introducido a Clyde en el mundo del delito.

Clyde se ocultaba en un suburbio de la ciudad de Joplin, en Missouri, a unos cuatrocientos kilómetros de Texas. Recibió con alborozo a su hermano, pero cuando este le pidió que se entregara, no accedió. No estaba dispuesto a pisar otra cárcel. Buck dejó de insistir.

Las dos parejas vivieron un tiempo juntas. Ocupaban una casa situada en una tranquila calle donde cualquier cosa fuera de lo normal llamaba la atención. Pero eso no parecía preocuparles. Organizaban partidas de cartas durante las noches. La vivienda era transitada por individuos de diverso pelaje, ante la perplejidad de los vecinos de la calle. La Prohibición continuaba vigente, pero ellos compraban una caja de cervezas todos los días, y es muy posible que los vecinos los viesen cargando con ellas. Este tipo de fiestas con alcohol clandestino, en realidad, no eran inhabituales. ¿Molestaban a los vecinos? Sí, porque eran algo ruidosas, pero las dos parejas no hicieron nada que colmase la paciencia del vecindario. Al menos al principio. Hasta que un día, mientras limpiaban sus armas en el salón, una de ellas se disparó por accidente. Nadie salió herido, pero el disparo alarmó a los habitantes de las casas cercanas, que avisaron a la policía. Pensaban que la casa estaba ocupada por una banda de traficantes de alcohol y que estaba teniendo lugar un ajuste de cuentas al estilo Al Capone. Pronto llegaron dos coches patrulla de los que bajaron cinco agentes. Los ocupantes de la casa, al parecer, no habían considerado la posibilidad de que un disparo hiciese cundir la alarma. No se habían marchado. Cuando los policías anunciaron su presencia, Clyde y los suyos respondieron como de costumbre: a tiros. Buck, pese a su propósito de reformarse, tomó partido por su hermano y se unió al tiroteo. Dos policías cayeron muertos al instante; otro corrió a refugiarse detrás de un árbol, resultando herido en el rostro por las astillas que salían despedidas por los balazos en el tronco. Los Barrow salieron, disparando aún para contener a los policías, y corrieron hacia su automóvil. Arrancaron y se alejaron, no sin antes recoger a Blanche, que había salido en persecución de su perro (aterrorizado por el tiroteo, el animal había salido huyendo calle abajo).

Clyde había recibido un disparo, pero estaba ileso como por un milagro, porque la bala había rebotado en uno de los botones metálicos de su chaqueta. Buck tenía un rasguño porque una bala lo había rozado tras rebotar en algún objeto. El joven Jones, sin embargo, sí había recibido un disparo de lleno en el costado y sangraba con profusión. Tenían que buscar otro escondite.

Antes de aquel incidente, la banda ya había matado a cinco personas, incluyendo dos policías, pero nadie había oído hablar de ellos. En Joplin cambió todo. Al huir con tanta precipitación de una casa que habían estado ocupando durante casi tres meses, se dejaron atrás la mayor parte de sus efectos personales. Entre ellos, un poema de Bonnie. Y, sobre todo, una cámara con los negativos de fotografías que se habían tomado en momentos de asueto. La policía entregó el carrete fotográfico al periódico local, The Joplin Globe, para que lo revelase. Cuando los periodistas vieron la imágenes, entendieron que tenían una mina de oro entre manos. No eran las típicas fotos de criminales que abundaban en la prensa: se veía a Clyde alzando en brazos a una sonriente Bonnie; a Bonnie imitando una pose de gánster, con una pistola y un cigarro en la boca; a Bonnie apuntando con una escopeta a Clyde y quitándole la pistola de la chaqueta; incluso había una foto de ellos dos besándose. Hoy todo el mundo se fotografía a todas horas haciendo toda clase de posturas, pero entonces no era algo tan común, y menos tratándose de criminales en busca y captura.

El Joplin Globe publicó las imágenes y el poema de Bonnie. Ahí empezó un efecto cascada: otros periódicos de la región empezaron a publicarlas también, acompañadas de los correspondientes relatos, embellecidos a conveniencia, sobre los protagonistas. Aunque la banda hubiese asesinado a varios civiles y policías, el carisma que los dos amantes desprendían en las imágenes y la generalizada tendencia al sensacionalismo provocaron que la prensa los vendiese como forajidos de leyenda, más parecidos a los outlaws del Salvaje Oeste que a los gánsteres que en años recientes habían estado provocando el terror en las calles de Nueva York o Chicago. Cuando quisieron darse cuenta, Bonnie y Clyde eran famosos en todo el país. Ser retratados como figuras novelescas en los diarios, sin embargo, no tenía ningún lado bueno para ellos. Ahora todos los cuerpos policiales los tenían en la diana. Cualquier ciudadano podía reconocerlos y denunciarlos. La cacería estaba en marcha.

(Continúa aquí)


Las mujeres que aman a los hombres que matan

Richard Ramírez durante su juicio en 1985. Fotografía: Corbis.

«Viva Satán», vociferó. Y ella se deshizo en el asiento, mirando al hombre al que entregaría su virginidad en cuanto el Tribunal dictara sentencia. Estaba orgullosa y ansiosa. Dentro de poco podría poner la alianza de matrimonio en esas manos que meses atrás le habían arrancado los ojos a una mujer antes de violarla, las mismas que desmembraron y asesinaron a otra decena, incluidos niños. Los detalles se atropellaban en el periódico: las vísceras, el ritual satánico, el relato del macabro «Merodeador Nocturno» y su espeso reguero de sangre. Pero ella solo veía los profundos ojos negros de la fotografía que parecía observarla desde esas mismas páginas: Richard Ramírez, asesino en serie. Y su futuro marido. Le había enviado setenta y cinco cartas a la cárcel, confesándole su idolatría. Eran pocas, en realidad. Otras habían sobrepasado la centena, llenando sacos y sacos de encendidas misivas remitidas hasta la prisión californiana de San Quintín. Pero la había elegido a ella, Doreen Lioy, que ese 20 de septiembre de 1989 le vio en persona por primera vez, mientras el jurado pronunciaba el «culpable» y le sentenciaba a la cámara de gas. Su nido de amor sería el corredor de la muerte.

Groupies de los psicokillers, admiradoras de carniceros, Eloísas encandiladas por Abelardos ensangrentados. Las que en lugar de huir del que porta el cuchillo, corren hacia él. Ellas siempre aparecen, da igual la atrocidad de los crímenes o la voracidad del depredador. Un día, cuando esté entre rejas, un sobre desde algún lugar romperá las barreras de la celda para susurrarle al asesino palabras de amor y devoción. Y después de ese, otro y otro más. Desde Charles Manson hasta Joseph Fritzl, los buzones de los peores criminales de la historia se han visto rebosados por una corte de aficionadas, mujeres fascinadas por la oscuridad de estos seres exponentes de lo peor del ser humano. Pero ellas no tienen ninguna inclinación al crimen, ni fantasean con continuar el legado sanguinario del monstruo: quieren amarle, cuidarle, acostarse con él. Casarse. Por eso les envían su ropa interior, sus mejores fotografías, versos garabateados para ser refugio del convicto. Besos de carmín enmarcando sus intimidades de tinta. A veces creen firmemente en su inocencia, otras da igual. Ya conocen su necrófilo historial, o a cuántos niños enterró en el patio del jardín. Quieren que, de entre todas las cartas, elijan la suya. Recibir una respuesta aceptando la visita en prisión, para quizás así poder mirarle a través del cristal y constatar que del otro lado no habita el mal, sino la que en adelante será la razón de su existencia.

La psicología aún no ha dado con el porqué. Con la causa común que ha llevado a centenares de mujeres a dejarlo todo para amar a la bestia. Son abogadas, camareras, arquitectas, jóvenes, viejas, de alto y bajo nivel adquisitivo. Las hay con historiales de abusos en la infancia, pero también con expedientes psicológicos impecables y vidas trazadas en la pulcra normalidad. El único patrón es que no hay patrón. El criminalista francés Edmond Locard bautizó este trastorno como enclitofilia, una inclinación por liberar al hombre cuyos crímenes le han catapultado al estrellato del horror. Otras veces, esta propensión ha acabado en la lista de parafilias bajo el nombre de hibristofilia, como la definió el sexólogo John Money: «En ella, la excitación sexual y la facilitación y logro del orgasmo dependen de estar con una persona que sepan que ha cometido un atropello o delito como la violación, el asesinato o el robo a mano armada», asegura. Una de las escasas evidencias es que no hay reflejo del lado opuesto, y se trata de una inclinación que se da casi en exclusiva en mujeres. Otra, que el imán es la violencia contra el individuo —especialmente mujeres—, lo que las atrae, ya que los asesinos de masas no acostumbran a ser objeto de esta fascinación. Tan incognoscible es la respuesta al porqué que incluso revienta las costuras del determinismo evolucionista que preconiza que las féminas se ven atraídas por el macho más dominante de la manada. No es la dominación lo que las arrastra sin remedio, sino el más puro y genuino mal. El olor de la sangre.

Tampoco existen cifras fiables de a qué número de mujeres afecta esta patología o inclinación por involucrarse sentimentalmente con el asesino. Pero sobran estimaciones para el escalofrío: solo en el Reino Unido se calcula que más de un centenar de mujeres han iniciado relaciones con sádicos homicidas que cumplen pena en EE. UU. El nivel de devoción y sacrificio que exhiben es nitroglicerina para la comprensión, ya que un gran número llega a abandonar su país, vender su casa y pertenencias para cruzar el océano e instalarse en las medianías del edificio alambrado desde donde su amado responde las cartas, los e-mails o acaramela la voz a través del auricular.

La relación que se adivina entre la atrocidad de los crímenes, su publicidad y la atracción que generan difícilmente podría ser más perversa, por proporcional. La comunicación global no solo ha difundido las violaciones de un loco en un pequeño pueblo de Texas por todo el mundo, sino que también ha brindado a las hibristofílicas nuevas vías de acceso hasta su objeto de deseo. Pocas escriben ya a los diarios solicitando contactar con el asesino cuyo rostro está omnipresente en los telediarios. Ahora encuentran en Internet más de cuarenta webs dedicadas en exclusiva a conectar a convictos con admiradoras, una red articuladísima con una eficiencia estremecedora. Ellos cuelgan su fotografía, su fecha estimada de liberación, la prisión en la que se marchitan y un relato escabroso de sus crímenes. Ellas bucean por el retrato desnudo y culposo de las puñaladas, los secuestros y las mutilaciones. Saltan de ficha en ficha hasta que dan con el adecuado. Una subasta online de depravación en la que el espécimen más inhumano es el más cotizado.

Después llega la correspondencia cruzada, las visitas entre los muros. El construir un romance que a veces ni siquiera llega al piel con piel, como en el caso de Richard Ramírez y Doreen Lioy, que solo pudieron consumar su matrimonio con un casto beso en los labios. Ella de blanco, él de naranja carcelario. Otros, como Ted Bundy, uno de los criminales más letales y oscuros del siglo xx, se las apañan para dejar descendencia. Antes de morir en la silla eléctrica por el asesinato de un centenar de mujeres —cuyos cadáveres ni siquiera pudieron ser recuperados—, contrajo matrimonio con Carol Ann Boone, a quien las crónicas atribuyen un hijo o hija que hoy debería tener treinta y dos años. Pero aunque ella declaró a su favor en el juicio, en algún momento el macabro embrujo se desvaneció y Carol le vio como el monstruo que en realidad era. Simplemente, desapareció. Tuvo tiempo, a diferencia de las hermanas australianas Avril y Rose, cuya trágica historia quedó inmortalizada en el libro de Jacquelynne Willcox-Baily, Dream Lovers. Cuando rondaban los cincuenta, ambas se divorciaron de sus maridos para iniciar relaciones con sendos convictos. Les acompañaron durante toda su condena, cegadas por la defensa de su inocencia y soñando con el porvenir que les esperaba al franquear las puertas de la prisión. El que nunca llegó, porque una semana después Avril moría a martillazos y Rose era mutilada por su nuevo marido.

Sus lámparas blancas se apagaron en el charco de sangre. Y es que, la interpretación más amable de estas patologías también ha recibido el nombre de síndrome de Florence Nightingale, conocida como «la dama de la lámpara».

¡Mirad! En aquella casa de aflicción
Veo una dama con una lámpara.
Pasa a través de las vacilantes tinieblas
y se desliza de sala en sala».

(Henry Wadsworth Longfellow, «Santa Filomena», dedicado a Nightingale).

De acuerdo con ella, la pulsión que late en estas mujeres es la de convertirse en la antorcha que guíe al extraviado, abriendo las tinieblas para que pase el amor. Quieren ser, en esencia, el ángel salvador que les redima de sus atrocidades. Como hizo Nightingale, madre de la enfermería moderna, que tras la guerra de Crimea serpenteaba entre los catres durante la noches, tratando de aliviar la carga del enfermo.

Pero quien ha mirado a los ojos a una treintena de estas protagonistas de romances carcelarios no ha detectado esa concepción del amor como autoinmolación. De la experiencia de la periodista Sheila Isenberg se extrae una conclusión diferente de por qué estas se aproximan al sadismo y la oscuridad: el apetito de notoriedad. «Si escribes una carta a Brad Pitt es probable que no te conteste. Charles Manson, sí», asegura. Muchos criminólogos concuerdan con esa teoría, que sostiene que el foco de atracción es la celebridad del asesino más que sus crímenes. Conjetura que explicaría por qué la mayoría de mujeres que buscan marido tras los barrotes seleccionan a aquellos con quien jamás podrán sentarse en el sofá de un hipotético hogar. Los de la milla verde. Aquellos con quien quemarán horas, pero bajo estricta vigilancia; estableciendo una relación compacta y segura en la que siempre sabrán donde encontrar a su Romeo sanguinario. Quizá por eso, la mayor parte de misivas desesperadas a los asesinos en serie de la cárcel de San Quintín arriban desde Alemania y Gran Bretaña, donde no existe la pena de muerte.

El 5 de diciembre de 2005, el presentador estadounidense Larry King hizo la pregunta que palpitaba en la mente de todos los espectadores, que por primera escuchaban de viva voz a quien había escogido amar a un asesino. «¿Qué te hizo sentirte atraída por alguien que sabías a ciencia cierta que había hecho las salvajadas que había hecho?». La destinataria de la pregunta era una mujer rubia, de innegable atractivo. Joven, de sonrisa franca: Tammi. Una mujer que años atrás había visto en televisión el rostro de los hermanos Menéndez, quienes entraron en el dormitorio de sus padres en Beverly Hills y los asesinaron a bocajarro con una escopeta. Ella se fijó en Erik, y le escribió. La historia acabó en una boda telefónica con un twinkie como pastel nupcial. «Pensé que él era diferente. Solo quiero dejar claro que si él hubiera sido un asesino en serie o alguien que matara en la calle arbitrariamente, creo que nunca le habría escrito. Me di cuenta de que algo debería estar realmente mal para matar a sus padres, y creo que por eso mi corazón cayó prendado de él», contestó a King. En su libro Nos dijeron que nunca lo lograríamos detalló cómo es ser la esposa de un condenado a cadena perpetua, con quien jamás se acostará y a quien asegura haber perdonado el parricidio. Pero ni las agudas interpelaciones del presentador ni su relato en primera persona podían ser suficientes para responder a ese gigante porqué. Por qué amar a quien ha sido capaz de lo peor. Por qué escribir la primera carta y conducir ciento cincuenta kilómetros cada fin de semana para sentarse en una fría sala de espera, para que tu hija llame «Papá Tierra» al hombre que mató a los suyos y culpó a un ladrón.

Complejo de salvadora, ansias de notoriedad o atracción enfermiza por el mal. Masoquismo. Aberración. Negación de la realidad o simple locura. Groupismo psicokiller. Qué resorte se activa en el cerebro de estas flores raras para buscar aliento en el mal es una incógnita tan grande como el mal mismo. Y de este lado, solo hay quizás. Quizás sus historias de amor sean como la planta de invernadero, que germina en habitaciones sin ventanas al calor del artificio. Entre los muros alambrados. Lo que no es cierto es que los forajidos tocan en un lugar profundo del alma de todas las mujeres, cante lo que cante Waylon Jennings. Sigue habiendo una distancia entre ellas y nosotras que mejor mantener tal como está. Por si acaso Borges sí tenía razón y la única manera de entender la distancia que nos separa de ellos es uniéndonos a ellos.

Anthony Perkins en Psicosis, 1960. Fotografía: Paramount Pictures.


John Dillinger, el excepcional enemigo público número uno

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John Dillinger custodiado mientras es conducido a Indiana, 1934. Fotografía: Cordon Press.

22 de julio de 1934. Blackie es inculpado en un juicio por su propio hermano y es condenado a la silla eléctrica. Motivos no faltan: Blackie es un malhechor con un largo historial a sus espaldas y es considerado el «enemigo público número uno» de Estados Unidos. Aquella escena la ven decenas de ojos, entre los que pasan desapercibidos los del criminal más notorio de los últimos tiempos, que ve inquieto el final más esperado para los gánsteres en aquella época. Minutos más tarde, la muchedumbre sale del 2433 de la avenida Lincoln de Chicago. Entre la multitud, la tensión se abre paso y apaga el ambiente distendido de aquel domingo hasta silenciarlo con varios disparos. El primero atraviesa la cabeza de aquel hombre intranquilo que miraba el final de Blackie. El segundo, choca contra su pecho. El pánico se apodera del momento mientras el cuerpo de la víctima cae inerte en la acera. A medida que la sangre baña el suelo de Chicago, la ficción de Blackie, protagonista de Manhattan Melodrama, película que se acababa de proyectar en el Biograph Theatre de la avenida Lincoln, se desvanece y da paso a la realidad: en el suelo yace el verdadero enemigo público número uno de Estados Unidos, John Dillinger.

La vida no es más que una serie de circunstancias y en los años veinte se dieron dos: los años sin ley y John Dillinger. Ambas llevaban de cabeza a la FBI. La Oficina Federal de Investigación tenía serios problemas para erradicar los robos, el crimen organizado, a los gánsteres y la mafia italiana durante la ley seca. Dillinger, en cambio, tenía una facilidad innata para robar bancos: su estilo, asaltando varias entidades que se quedaron con los ahorros de miles de personas para superar la Gran Depresión, y su chulería le auparon a las portadas de los periódicos nacionales. Sus atracos y sus sucesivas fugas, a ser el enemigo público número uno de Estados Unidos. Dillinger fue para el FBI una amenaza a la moral nacional. Y también fue su obsesión.

La controvertida vida de John Dillinger ha traspasado las páginas de los periódicos y los libros biográficos para ser contada varias veces en la pantalla grande. Sin embargo, para entender la trascendencia del ladrón más mediático y polémico de las primeras décadas del siglo pasado hay que huir de las escenas de acción de las películas. Hay que ir más allá de los atracos de los bancos y las huidas de prisiones de alta seguridad y adentrarse en su presuntuosa vida y su temeraria personalidad. Más allá de la cinta de balas que descargaban enfurecidas las ametralladoras de la época y adentrarse en una mente astuta y pícara que quería ser diferente y que lo fue: Dillinger fue un mirlo blanco, algo excepcional entre los criminales.

Joven aprendiz de ladrón

Nacido en 1903, con una infancia ajetreada y sin figura materna, Dillinger comenzó sus fechorías en la adolescencia. Se convirtió en el líder de la banda Dirty Dozen y comenzó a robar carbón de los vagones del ferrocarril procedentes de Pensilvania que pasaban cerca de su barriada de Indianápolis. Como no podía ser de otra manera, la policía le paró los pies. Pero no por ello dejó de gamberrear: abandonó la escuela a los dieciséis años y entró a trabajar en una fábrica de chapa. Se cansó rápido y se puso a trabajar de mecánico. Tampoco duró. Descubrió la vida nocturna. Y las mujeres. Muchas mujeres. Por todo ello, su padre decidió mudarse con la familia a Mooresville, un pueblecillo de mil ochocientos habitantes cercano a la ciudad y que silenciaba el bullicio creado por las más de doscientas mil personas que por entonces levantaban Indianápolis. Volvió a la escuela y por segunda vez tiró la toalla. Pese a ser un mal estudiante, al joven Johnny le entusiasmaba el salvaje Oeste y leía todo lo que encontraba sobre ello. Le llamó la atención, ni más ni menos, el forajido Jesse James. Y quiso ser él. Los vicios siguieron y acabaron con un alistamiento en la Marina de los Estados Unidos tras robar un coche, ser perseguido por la policía y no poder volver a casa, donde le esperaba su padre desquiciado por su comportamiento.

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Cartel de «Se busca», 1934. Imagen: FBI (DP).

Obviamente, la vida de la Armada no fue del gusto de Dillinger: no esperó a que el barco atracara en Boston para salir corriendo y volver a Mooresville tras cinco meses de servicio militar. Desertor del ejército, con apenas veintiún años se casó y, lejos de formar una familia y sentar la cabeza, comenzó a firmar el principio del fin. Se convirtió en ladrón, malhechor y preso fugado. La historia da fe de que estas dos últimas aficiones jamás le abandonaron. Además, puso un punto de comedia en la tragedia y durante unos meses fue una estrella del béisbol local. Como todos los inicios, el suyo también fue difícil: entre sus primeros delitos se incluye el robo de cuarenta  y un pollos.

Como Jesse James

En septiembre de 1924 dejó atrás sus hazañas amateurs y pasó a pulir su trayectoria como delincuente profesional. Atracó a un tendero local con una pistola y un perno, pero, ante su sorpresa, el vendedor se resistió. Dillinger le golpeó, le disparó y echó a correr hasta donde debía esperarle su socio, que nunca apareció. Fue condenado a más de diez años en el reformatorio de Pendleton. Lejos de achantarse, no tardó ni un mes en intentar fugarse. Y su condena aumentó seis meses por ello. No por ello dejó de intentarlo una semana después en un traslado eventual. Sin éxito. Por última vez, cogió fuerzas durante cinco semanas y lo volvió a intentar. No cumplió con el dicho y a la tercera no fue la vencida y sumó seis meses más de cárcel. No le quedó otra que asumir la condena. Pero a su manera: organizaba partidas de cartas entre los presos, destruía el material de la prisión, hacía contrabando de alimentos y, de vez en cuando, se liaba con los puños. En 1929, solo y con el divorcio firmado por el mismo juez que le condenó, pidió el traslado a la cárcel de Michigan para reunirse con Harry Pierpont y John Red Hamilton, presos que conoció en el reformatorio. Fue allí cuando aprendió de los maestros de lo ajeno y lo ilegal, y se adentró en la técnica de robar bancos. Aprendió el diseño que tenían los bancos norteamericanos y ensayó los pasos a seguir para completar los atracos con la máxima rapidez. Además, el grupo puso a prueba su aprendizaje adquiriendo un coche rápido y definiendo una buena ruta de escape de la prisión. Solo faltaba poner el plan en práctica.

Toda la banda de la prisión, formada por Dillinger, Pierpont, Hamilton, Van Meter, Makley, Russell y Clark, tenía algo en común: estaban desesperados por salir de los barrotes de Michigan, así que idearon una huida en la que el soborno era la pieza central. Untaron a unos cuantos guardias, se hicieron con algunas armas, encontraron un lugar para esconderse después de la fuga y esperaron hasta el instante adecuado. Pero ese momento se adelantó para Dillinger: en mayo de 1933 le notificaron que su madrastra, a la que apreciaba, se estaba muriendo. Le concedieron la libertad condicional, pero no le dio tiempo a despedirse de ella. Se le removió la conciencia y prometió a su padre que se convertiría en un hombre respetuoso con la ley. ¿Adivinan cuánto duró la promesa? Dos semanas, catorce días de pura bondad en la vida del delincuente más buscado.

De cuarenta y un pollos a miles de dólares

ca.1933, Indiana, USA --- Original caption: IN-John Dillinger, notorius criminal in Indiana court, manacled to Sheriff Holley. At right is attorney Joseph Ryan. Photograph. --- Image by © Corbis
John Dillinger, esposado al Sheriff Holley (izq.) y custodiado por Joseph Ryan (dcha.) en la Corte de Indiana . Fotografía: Corbis.

Dillinger se juntó con dos amigos de Pierpont para comenzar a delinquir. Con el primer robo consiguió cien dólares. Bastante para entonces; miseria para él. Quería ser como Jesse James y probó su osadía ideando el primer atraco a un banco. Sin saberlo, en ese momento pasó de ser un ladrón del montón a forjarse como el enemigo público número uno de Estados Unidos. El primer saqueo fue en el New Carlisle National Bank de Ohio y el botín ascendió de diez mil dólares. La suerte del principiante, quizás. Pero cuando salen dados ganadores hay que seguir jugando y ese robo solo fue el primero de una larga lista: días después robaron un almacén de droga y un supermercado obteniendo tres mil seiscientos dólares. Ese robo sirvió para que Dillinger dejase atrás a sus socios y buscase a hombres más hábiles y astutos para cometer sus ansiados atracos. A un robo cada dos semanas, se hizo con tres mil quinientos dólares del Commercial Bank de Daleville, seis mil setecientos del Montpelier National Bank de la ciudad homónima y la friolera de veintiún mil dólares del Massachusetts Avenue State Bank de Indianápolis. «Esto es un atraco a mano armada», le dijo Dillinger al gerente del banco de Indianápolis mientras esperaba tranquilamente con la piernas cruzadas sobre la barrera de dos metros de altura y su sombrero de paja a que sus chicos llenaran las bolsas con fajos de billetes. Los tres atracos cometidos a grandes bancos del estado de Indiana, con un breve paso por el Bluffton Bank de Ohio para hacerse con seis mil dólares, lo pusieron en la diana del capitán Matt Leach de la Policía Estatal de Indiana.

Sus fechorías tampoco tardaron en llegar al FBI. La Oficina Federal vivía una renovación al mando del histórico director J. Edgar Hoover tras unos años salpicada por escándalos de corrupción. La Gran Depresión trajo consigo un aumento de la criminalidad y Hoover vio en esa lacra una oportunidad: se centró en atrapar a los enemigos del país consiguiendo un incremento del interés del público hacia los organismos de jurisdicción federal, cuyos resultados podían verse a menudo en los periódicos. Por eso, los gánsteres se convirtieron en el enemigo a batir. Y fueron cayendo, a excepción de Dillinger, que consiguió huir reiteradamente de la telaraña policial.

Con el botín de todos los atracos, Dillinger tenía un objetivo pendiente: perpetrar la fuga de Pierpont y compañía de la prisión de Michigan que habían planeado antes de salir con la condicional. Pero la policía se le adelantó: en lugar de conseguir la libertad de los suyos, consiguió su propia detención. Dillinger volvió a la cárcel, en esta ocasión a la de Lima, en Ohio. Para su suerte, la huida de sus compañeros ya estaba en marcha y el 26 de septiembre de 1933 se hizo realidad: se produjo la evasión más grande de la historia de Indiana. Consumado su plan, tocaba devolver el favor a Dillinger, por lo que Pierpont no tardó en idear su fuga junto con Makley y Clark.

La fuga de Dillinger fue rápida, pero no sin sangre: Pierport y Makley mataron a un carcelero. Apodados como The Terror Gang por su audacia y su descaro, la banda de Dillinger por fin estaba junta y no tardó en actuar. A lo grande. Haciendo gala del ego de Dillinger. En plena Depresión, del Central National Bank de Greencastle de Indiana se llevaron setenta y cuatro mil ochocientos dos dólares, del American Bank and Trust Co de Rice, en Wisconsin, veintiocho mil, y del First National Bank de East Chicago, en Indiana, veinte mil dólares. Los atracos incluyeron disparos y rehenes. El último, además, la muerte de un agente. Tras el reguero de sangre, tuvieron que darse un respiro. Después de un mes de paz en Chicago, su coche no pasó desapercibido y Red Hamilton mató a otro policía que se había acercado a detenerlos. Sin quererlo, en ese momento la banda de Dillinger sumó al agente Mel Purvis tras sus pasos. Nombrado por Hoover y respaldado por su brillante trayectoria, Purvis llegó a las oficinas de Chicago en 1932 con la misión de acabar con los criminales más buscados.

25 Jul 1934, Washington, DC, USA --- Original caption: July 1934 Washington, DC: J. Edgar Hoover, Chief of the Department of Justice, extends his hand in congratulation to his Chicago Bureau Chief, Melvin Purvis, when the latter arrived in Washington, 7/25, to give his report on the trapping and slaying of John Dillinger. It was annouced shortly afterward that Purvis and Samuel Crowly were rewarded with promotions and salary incresases for their excellent work on America's Public Enemy #1. --- Image by © Bettmann/CORBIS
Edgar Hoover extiende la mano para felicitar a Melvin Purvis tras la «captura» de John Dillinger. Fotografía: Corbis.

Tras la muerte del policía, Dillinger y sus hombres fueron a pasar la Navidad a Florida, pero su hacer ya había traspasado fronteras y diferentes estados se peleaban por atraparlos. Los carteles con el famoso «se busca» se apilaban en las comisarías y las recompensas por atrapar a los bandidos, vivos o muertos, se comían el papel. Para esconderse, la banda huyó a Arizona. Aun así, la policía les persiguió a la otra punta del país. Cosas del destino, el 22 de enero de 1934 se inició un incendio en el sótano del hotel Congress de Tucson y se extendió hasta el tercer piso, donde se alojaba la banda. No tuvieron escapatoria y Dillinger fue directo a la prisión de Crown Point en Indiana por el asesinato del policía de Chicago. Lejos de acabar con su trayectoria delictiva, su tercer paso por prisión supuso una de las fugas más célebres.

Un criminal audaz

3 de marzo de 1934. Nueve en punto de la mañana en Crown Point, prisión de alta seguridad de Indiana. John Dillinger rompe la calma imperturbable apuntando a un carcelero con una supuesta pistola. Consigue que le abra la celda, toma dos rehenes, encierra al resto de guardias y sale por la puerta principal de la prisión. La hazaña, perpetrada con una pistola de madera untada con betún, aunque este hecho nunca la confirmó el FBI, le aupó al podio de los más buscados.

Sin embargo, Dillinger cometió el error de robar el coche del sheriff, un flamante Ford V8, y conducir desde Indiana a Illinois en busca de su chica, Billie Frechette, a la que también consideraba un mirlo blanco entre lo común. Cruzar una frontera estatal supuso infringir una ley federal que daba pie al FBI a unirse a la cacería. Además, estaba solo: el resto de la banda había sido juzgada en otros estados por asesinato con fortuna dispar: Pierpont y Makley habían sido condenados a la pena capital y Clark a cadena perpetua.

No tardó en crear una nueva banda en Chicago con el objetivo de hacer dinero rápido y volver a llenar las páginas de los periódicos. Los elegidos fueron John Hamilton, Baby Face Nelson, un psicópata de gatillo fácil que había formado parte de la banda de Capone, Homer Van Meter, amigo de Dillinger en el reformatorio de Pendleton y la cárcel de Michigan, Eddie Green y Tommy Carroll. El resultado fue estremecedor: cuarenta y nueve mil quinientos dólares del Securities National Bank de Sioux Falls en Dakota del Sur, cincuenta y dos mil más en el First National de Mason City en Iowa y diecisiete mil en el de Fostoria de Ohio. Su último atraco fue en Indiana, donde comenzó todo: robó veintinueve mil ochocientos noventa dólares del Merchants National de South Bend el 30 de junio de 1934.

Acorralado y traicionado

Dillinger llevaba toda la vida robando, pero también huyendo. En abril de 1934 se dio cuenta de que estaba acorralado y más cerca de seguir el mismo destino de Pierpont y Makley que de salir impune del mazo de la ley. En Chicago, Purvis seguía todos sus movimientos gracias a contactos vendidos, chivatazos y vigilancias exhaustivas, e intentó detenerlo. Pero a esas alturas, el enemigo público solo temía por una cosa: por su mirlo blanco, Billie. El FBI conocía su punto débil y no dudó en usarlo. Idearon otra captura. Dillinger consiguió huir, pero Frechette fue detenida y condenada a dos años de prisión. Jamás volvería a ver a su amor.

El final se precipitaba. Lo que no intuía Dillinger es que sus más allegados empujarían la bala que le atravesó la cabeza. Una serie de chivatazos destaparon su escondite en el hostal Little Bohemia, aislado en Wisconsin y convertido ahora en un hotel y restaurante que rinde tributo al gánster para ganar dinero fácil. Esa noche volvió a acabar con disparos y otra huida épica. En la oscuridad también fracasó el FBI, ya que no planificó bien la operación. Dillinger volvió a huir, pero lo pagó caro. Atrapado y herido, recurrió a su gente de confianza, concretamente a Anna Sage, a quien la historia ha rebautizado como «la dama de rojo» y la mujer que le traicionó. El FBI, por su parte, ante el enésimo fracaso recurrió al agente especial Samuel A. Cowley para capturarlo.

Sage delató a Dillinger con un fin, el de evitar la deportación a su natal Rumania, país que dejó con su primer marido en busca de una vida mejor en el país de las oportunidades. Su oportunidad se limitó a cambiar de nombre, de Ana Cumpanas a Anna Sage, a ser una afamada prostituta de Chicago y a regentar un popular burdel de la ciudad. Su chivatazo fue clave. Cantó al FBI que estaba dando cobijo al malhechor y la policía ideó la captura final después de saber que al día siguiente acudirían al cine junto a una examante del criminal. De esa conversación también nació el detalle del vestido rojo. Sage dijo que iría vestida de ese color para que la identificaran fácilmente. La biografía Public Enemies: America’s Greatest Crime Wave and the Birth of the FBI, 1933-1934, publicada por Bryan Burrough, explica que se trataba de una falda naranja.

22 Jul 1934, Chicago, Illinois, USA --- Original caption: John Dillinger Killed in Chicago. Chicago, Illinois: Federal agents caught up with the elusive John Dillinger and killed him as he was leaving the Biograph movie theater in Chicago on July 22. This photo shows the front of the small theater after the shooting. The picture the arch desperado was seeing was Manhattan Melodrama, a crook picture. --- Image by © Bettmann/CORBIS
Curiosos en el lugar del asesinato de John Dillinger el 22 julio de 1934. Fotografía: Corbis.

Poco antes de las ocho de la tarde, Dillinger entró acompañado de las dos mujeres al Biograph Theatre para ver Manhattan Melodrama. Dos horas y media después, salió despreocupado, en mangas de camisa y con su inseparable sombrero de paja. Custodiado por una dama a cada lado, rápidamente palpó la tensión que se vivía en el ambiente. Purvis encendió un cigarrillo, señal para que comenzara la acción. Ante los movimientos, Dillinger entendió lo que pasaba. Sacó su pistola y corrió hacia un callejón anexo al teatro. Cinco disparos de tres agentes del FBI trataron de detenerlo, dos de ellos le alcanzaron. Cuando cayó fulminado en el suelo, aún tenía en la mano su Colt del calibre 38. No tuvo tiempo de disparar ningún tiro.

De aquel primer atraco al banco New Carlisle National Bank a esa cálida noche de julio donde acabó todo habían pasado siete meses. Tiempo suficiente para salir del anonimato, vivir una vida demasiado rápido, ser el criminal más buscado del país y morir a tiros en un callejón de la Windy City. Esos frenéticos siete meses fueron la historia del inicio del FBI. La muerte del enemigo público número uno supuso el éxito tras años de fracasos de la Oficina Federal. Hoover pasó del anonimato a la escena pública y ni siete presidentes de los EE. UU. consiguieron arrebatarle el poder en el FBI. Purvis no supo encajar la vida lejos de la acción y acabó suicidándose con la pistola que le regalaron sus colegas cuando se jubiló. Frechette cumplió su condena de dos años y comenzó una nueva vida. Anna Sage no se libró de la deportación.

Después de llenar páginas con los atracos de Dillinger y sus burlas al FBI, y de analizar su vida y su personalidad, el New York Times publicó que murió como comenzó: pobre, con siete dólares en su bolsillo, pese a que en los últimos catorce meses sus asaltos sumaron trescientos mil dólares y dieciséis muertos. Así, terminaba la historia del enemigo público número uno más mediático, de quien marcó un precedente en el FBI y popularizó la lista de los enemigos de Estados Unidos. Adiós al mirlo blanco.


Ocho apuntes sobre Jeffrey Dahmer, el carnicero de Milwaukee

Jeffrey L. Dahmer fue detenido por la policía en julio de 1991 y confesó haber abusado sexualmente, matado y descuartizado a diecisiete hombres, por lo que fue apodado «el carnicero de Milwaukee». Además, reconoció haber realizado diversas prácticas caníbales y necrófilas con los cuerpos. Fue condenado a novecientos treinta y seis años de prisión de los que apenas cumplió un par puesto que fue asesinado en la cárcel por otro preso.

Jeffrery Dahmer durante su primera comparecencia ante el tribunal. Fotografía: Condon Press
Jeffrey Dahmer durante su primera comparecencia ante el tribunal.
Fotografía: Cordon Press

1.  «Mi infancia no fue una tragedia griega»

Nada más empezar se desmorona todo el psicoanálisis convencional: Dahmer declaró en numerosas ocasiones que durante su infancia no hubo sucesos especialmente llamativos o fuera de lo común que justificaran sus acciones futuras; ni sufrió maltratos físicos ni abusos sexuales.

Si los vemos por separado, que fuera un chico solitario criado en una familia de clase media, que le gustara diseccionar animales muertos «para ver cómo eran por dentro» o que sus padres discutieran con frecuencia (y que acabaran divorciándose cuando Dahmer tenía dieciocho años), no parecen motivos suficientes para justificar un despertar homicida. Tal vez lo más llamativo fuera su interés por los órganos internos y los huesos (metía animales muertos en ácido para obtener los esqueletos, que luego guardaba en formol) si bien grandes cirujanos también comenzaron así. Es más, cualquiera que se haya criado en un pueblo recordará la existencia de algún pequeño sádico en su barrio que lo más naif que hacía era arrancar con fruición el rabo a las lagartijas.

Eso sí, en Bath (Ohio), el pueblo donde vivió su juventud, la homosexualidad era el máximo tabú (como en tantos otros lugares a mediados de los setenta, por otra parte). Dahmer se sintió desamparado cuando empezó a despertarse en su interior una inclinación sexual hacia los hombres ya que no conocía a nadie gay, pero también porque, en sus fantasías, sus amantes estaban inmóviles, inconscientes… muertos. Sabía que eso no era normal y le aterrorizaba, por lo que intentaba embotar sus pensamientos con alcohol. Empezó a beber en grandes cantidades en el instituto y sus borracheras fueron el motivo de su expulsión de la universidad y del ejército, donde se alistó por indicación de su padre. Pero sus impulsos eran demasiado fuertes como para adormecerlos con cerveza y ron o para engañarlos con sustitutos de cuerpos humanos inertes como un maniquí, que escondía en el armario durante la temporada que vivió con su abuela.

Foto realizada por un compañero durante la estancia de Dahmer en el ejército, donde encadenaba las borracheras. Fotografía: Corbis
Dahmer completamente borracho en su catre del ejército.
Fotografía: Corbis

Capturar vivo a un depredador así causó conmoción en el mundillo de psicólogos y psiquiatras. No eran pocos los que veían al carnicero de Milwaukee como un objeto de estudio que podría confirmar las teorías que manejaban de antemano. El psicólogo forense, por ejemplo, en sus sesiones con Dahmer, se empeñaba en que este reconociera que mataba a los que él consideraba malos para librar al mundo de su presencia. Y no era así. Dahmer se reafirmaba: no sentía una especial ira, ni culpaba a sus padres o a la sociedad y no sabía de dónde le habían surgido sus macabras fantasías que le impulsaron a matar; de hecho, durante muchos años pensó que jamás las haría realidad. Desgraciadamente, se equivocaba.

2. Los crímenes

(Nota: los que tengan el estómago sensible pasen al siguiente apartado pues este podría herir su sensibilidad).

La gran fantasía de Dahmer, recurrente desde su despertar sexual adolescente, era disponer de un amante sobre el que ejercer «control total» y tenerlo a su lado tanto tiempo como fuera posible. Pero era incapaz de conseguirlo de manera consensuada, así que su procedimiento estándar —o como él lo denominaba, «su plan»— consistía en captar a un hombre, llevárselo a casa, drogarlo para que perdiera el conocimiento, matarlo, tener relaciones sexuales con el cadáver y ya, en ocasiones, comer partes de su cuerpo o guardar trofeos con los que excitarse. Además, solía hacer fotografías de todo el proceso: la policía encontró en su apartamento ochenta y tres polaroids con distintas fases del proceso de descuartizado.

Sus dos primeros asesinatos ocurrieron sin planearlo. El primero, con dieciocho años, tuvo lugar cuando su madre le dejó solo en casa durante semanas (su padre vivía ya en un motel y no se enteró hasta más tarde de la marcha materna) y supuso la materialización de otra fantasía: recoger un autoestopista y ejercer control total sobre él. Así, se llevó a casa a un atractivo autoestopista y compartieron porros y alcohol, hasta que quiso marcharse y Dahmer lo impidió matándole con una barra de hacer pesas. La segunda vez, ocho años después, ocurrió sin proponérselo puesto que se llevó a un amante a una habitación de hotel y por la mañana se lo encontró muerto a su lado. Ya sea por el exceso de alcohol o por un estado disociativo, Dahmer no era consciente de haberlo asesinado aunque era evidente su autoría porque estaban juntos en la cama y tenía heridas defensivas en sus brazos. En adelante, cada vez cedió con más frecuencia a sus impulsos: cometió otros dos crímenes en 1988, uno en 1989, cuatro en 1990 y ocho en 1991, hasta que fue detenido en julio.

En paralelo a sus matanzas, con el fin de prolongar sus estimulantes sensaciones, buscaba nuevas experiencias. Por un lado, guardaba trofeos como calaveras u órganos con los que después masturbarse y rememorar a sus amantes, e incluso comer algunos trozos «para que formaran parte de él». En su detallada confesión que duró seis semanas y ocupó ciento cincuenta y nueve páginas, incluso comentaba la textura y consistencia de las distintas partes que comía; por ejemplo, un muslo le resultó excesivamente duro, y tuvo que comprar un ablandador de carne para hacer masticable la carne de unos bíceps. Por otro lado, experimentó con trepanaciones vertiendo directamente en el cerebro ácido o agua hirviendo para convertir a sus víctimas en zombis, cuerpos sin voluntad, buscando materializar su fantasía del control total (huelga decir que no consiguió nada). En su espiral de asesinatos pareja a su pérdida de contacto con la realidad, Dahmer proyectaba construir en su apartamento un centro de poder, con dos esqueletos completos y varias calaveras, a través del cual acceder a un nuevo nivel de percepción. Según contaba, estaba solo a seis meses de materializarlo cuando la policía le detuvo. Cuesta imaginar el impacto que supuso para los agentes que registraron por primera vez el apartamento lo que allí encontraron: cabezas en el frigorífico, órganos en el congelador, calaveras y huesos en los armarios, sangre por las paredes y un bidón de doscientos quince litros con ácido y tres torsos humanos en descomposición. Obviando las fotografías más escabrosas de la escena del crimen (que quien tenga curiosidad tiene a su alcance con una búsqueda en Google), una imagen especialmente perturbadora es la de dos agentes, con atuendo y cuidados similares a los que tendrían manejando residuos nucleares, sacando del apartamento de Dahmer ese bidón.

El descubrimiento de los horrores del apartamento de Dahmer produjo conmoción. No se trataba de un caso que había aterrorizado a la ciudad con un reguero de cadáveres por las esquinas como Jack el Destripador, con el que frecuentemente se le compara. Lo más inquietante era que se habían producido todos esos perturbadores crímenes en el más absoluto anonimato e indiferencia popular. La sensación era que nadie había echado en falta a sus diecisiete víctimas mortales y no se había establecido ningún vínculo entre ellas que pudiera llevar hasta Dahmer.

3. La policía falló más que una escopeta de feria

Dahmer pudo ser detenido en numerosas ocasiones pero la poca pericia de la policía le permitió continuar con sus orgías necrófilas. Por ejemplo, tras matar y descuartizar a su primera víctima, se dispuso a llevar los restos, que metió en tres bolsas grandes de basura, a un vertedero. Pero por el camino le pararon dos coches de policía porque iba pisando la raya continua. En una situación de máxima tensión para Dahmer, fue capaz de mantener la calma y a la pregunta de qué llevaba en las bolsas pudo convencerlos de que iba a tirar la basura. Pero ojo: todo esto sucedió a las tres de la mañana y desprendiendo el coche un olor nauseabundo a cadáver en descomposición.

En otra ocasión, Dahmer, siguiendo su plan habitual, drogó a una de sus víctimas (Konerak Sinthasomphone) y abusó sexualmente de ella mientras estaba inconsciente, tras lo cual le entraron ganas de bajar al bar a tomar una cerveza. Mientras estaba bebiendo, Sinthasomphone volvió en sí y escapó de la casa, muy aturdido por los somníferos, el alcohol… y la trepanación, ya que Dahmer le había hecho un agujero en la cabeza con un taladro y había vertido ácido directamente a su cerebro. A las dos de la mañana, al salir del bar, se encontró a Sinthasomphone sentado desnudo en la acera rodeado de policías, que se interesaban por su estado. Dahmer los convenció de que se trataba de su amante, que estaba borracho, y que ya se ocupaba de él. Los propios agentes le ayudaron a meterlo en su apartamento puesto que Sinthasomphone, que apenas podía articular palabra en inglés, aún tenía suficiente voluntad como para no querer volver allí. Los policías echaron un vistazo superficial y cuando vieron fotografías de ambos tonteando antes de que Dahmer lo drogara, creyeron su versión. Si hubieran prestado más atención al repugnante hedor del apartamento (del que dejaron constancia en el informe) o, simplemente, hubieran entrado al dormitorio donde había un cadáver tumbado en la cama, Dahmer habría ido a la cárcel en ese mismo momento. Por el contrario, se marcharon dejando a Sinthasomphone a merced de su verdugo, que lo estranguló pocos minutos después. El desgraciado Konerak, de origen laosiano, tenía en aquel momento catorce años (Dahmer declaró posteriormente que pensaba que era mayor de edad) y se da la casualidad de que era hermano de Keison Sinthasomphone, del que tres años atrás también abusó Dahmer. Keison denunció los hechos tras escapar corriendo del apartamento cuando Jeff comenzó a tocarle. Dahmer fue condenado a un año de prisión por abuso sexual a un menor (Keison tenía ¡trece años!), que cumplió en régimen semiabierto. Una vez más, Dahmer no fue investigado a fondo y mientras estaba a la espera de condena, en libertad bajo fianza, mató a otro hombre.

La inoperancia de la policía ya entra en el campo de la caricatura cuando el administrador de los apartamentos donde vivía Dahmer requirió la presencia de las fuerzas de orden público por el espantoso olor que había en la escalera. La policía, tras llamar a la puerta y no obtener respuesta, la echó abajo… Lástima que entraran en un apartamento contiguo al de Jeffrey que, como sospecharán, era de donde provenía el hedor a putrefacción. Obviamente, no encontraron nada en casa del vecino.

Otro par de víctimas potenciales pudieron escapar de las garras de Dahmer cuando ya estaban en su casa pero, sorprendentemente, en ambos casos la policía no prestó interés a las denuncias, incluso cuando una de ellas dio la dirección de su apartamento y el nombre (Jeff) de su agresor. Con estos antecedentes no es difícil entender que Dahmer fuera relativamente condescendiente con las fugas de sus presas ya que estaba visto que las denuncias no eran tenidas muy en cuenta por la policía. Hasta que en julio de 1991 Tracy Edwards consiguió escapar del apartamento esposado y parar a una patrulla de policía en las inmediaciones. Esta vez, cuando entraron en la vivienda de Dahmer, descubrieron las fotografías y los restos humanos de once personas diferentes. Jeffrey Dahmer, de treinta y un años, fue detenido por fin.

Ficha policial de Dahmer. Fotografía: Corbis
Ficha policial de Jeffrey Dahmer.
Fotografía: Corbis

4. El humor negro es como las piernas

(Nota: los que aún están enfrascados en el cansino debate sobre los límites del humor pasen al siguiente apartado, pues este podría herir su sensibilidad).

En su época de estudiante, Dahmer se hizo bastante famoso en su instituto por sus logradas imitaciones de retrasados mentales y enfermos de parálisis cerebral. Incluso cobró entradas para presenciar su denominada «Actuación Histórica», que consistió en pasar la tarde en un centro comercial haciendo literalmente el subnormal y escandalizando a la gente. Y creó tendencia: entre sus compañeros de curso eran frecuentes los dahmerismos dentro de sus bromas privadas.

Durante su época sanguinaria, una vez se equivocó de copa y se bebió la que tenía disueltos los somníferos. Cuando despertó, descubrió que le habían robado todo su dinero. Y en otra ocasión, él fue la víctima: lo drogaron y, cuando volvió en sí, estaba atado y tenía una vela metida por el culo. Reminiscencias kármicas, al parecer.

Ya en la cárcel, continuó mostrando destellos de un humor difícil de clasificar, advirtiendo a sus carceleros de que tuvieran cuidado con él puesto que mordía, o publicando un anuncio en el boletín de la prisión para crear un grupo de caníbales anónimos. Por cierto, no hay evidencias de que se influyeran mutuamente Dahmer y Hannibal Lecter. Las novelas en las que Lecter apareció en aquel tiempo (El dragón rojo —1981— y El silencio de los corderos —1988—) fueron anteriores a que Jeff se aficionara a la antropofagia, pero no influyeron en su comportamiento. Y la versión cinematográfica de esta última se estrenó pocos meses antes del arresto de Dahmer. Resulta casi cómico que, en marzo de 1992, ocho meses después de la detallada y mediática confesión de Dahmer, a la entrada de la ceremonia de entrega de los Óscars, un grupo de activistas homosexuales denominado Queer Nation se manifestaran contra Jonathan Demme, el director de El silencio de los corderos, porque a su entender en el film daban una imagen distorsionada de los gais con el personaje de Buffalo Bill. Vamos, venían a decir que rodar una película donde había un psicópata homosexual era atacar a la comunidad gay. Y como se suele decir, resulta que la realidad superaba a la ficción.

Por otro lado, el impacto mediático que tuvo Dahmer derivó en los consabidos chistes políticamente incorrectos, como por aquí tuvimos ocasión de comprobar con ocasión de atentados terroristas o riadas. No obstante, con alguno es inevitable sonreír; por ejemplo: ¿Qué le dijo Jeffrey Dahmer a Lorena Bobbit? (*)

5. Nunca sospechamos nada, siempre saludaba al tirar la basura

Callado y algo tímido, Dahmer era un hombre muy educado, que hablaba con calma y hacía gala de un raro carisma. Tenía un aspecto físico bastante atractivo (alto, rubio, ojos azules, en buena forma) aunque tenía una forma de andar extraña con los brazos pegados al cuerpo que se acentuaba por sus hombros caídos y echados hacia delante. No es de extrañar que quienes se guían con el dicho «la cara es el espejo del alma» se llevaran un chasco mayúsculo cuando salieron a la luz sus atrocidades. Y es que, seamos sinceros, si llaman al timbre y por la mirilla ven a Charles Manson con su mirada demente y una cruz gamada tatuada en la frente, seguro que no le abrirían la puerta. En el colmo de los colmos, los mismos vecinos que no sospechaban del majo de Jeffrey pensaban que este estaba cocinando callos cuando hervía los restos humanos para separar la carne de los huesos.

No obstante, varias mujeres se ofrecieron a Dahmer en matrimonio ante la imagen atractiva y angelical que mostró en sus comparecencias ante el tribunal. En un más difícil todavía del nadie es perfecto, no solo les daba igual que fuera homosexual, sino que también obviaban que era asesino, caníbal y necrófilo confeso. El amor es ciego. Y ese chico tan fotogénico, que a algunos les recuerda a la expareja de una famosa bióloga española que apareció en un capítulo del Equipo A, tuvo la frialdad de presentarse en su primera comparecencia ante el juez vistiendo la camisa de una de sus víctimas.

6. Cuidado: era fan de Star Wars

Tras la masacre de Columbine en 1999, donde un par de chavales entraron en su instituto portando varias de armas de fuego y disparando a discreción con el resultado de quince muertos, hubo quien culpó de estos actos a la música satánica que escuchaban, en especial Marilyn Manson. Pues qué dirían esos analistas de lo siguiente: Dahmer nunca ocultó su pasión por Star Wars y en especial le resultaba fascinante el personaje del emperador Palpatine, que encarnaba a la perfección su fantasía de poseer control absoluto (hasta se compró unas lentillas amarillas parecidas a las que llevaba en las películas). Y en el delirante centro de poder que proyectaba, las lámparas de globos azules que lo iluminarían tenían que dotar al ambiente de «una atmósfera misteriosa y oscura (…) como en las películas del jedi».

Supongo que todos coincidiremos en que alguien que idolatra la trilogía más reciente (del episodio I al III) no debe de ser trigo limpio. Pero que un enamorado de la trilogía original (del episodio IV al VI) sea un depravado asesino lo deja a uno intranquilo puesto que despierta la sospecha de que cualquiera que tenga de avatar a Darth Vader o Han Solo podría ser un necrófilo antropófago. Se le ponen a uno los pelos de punta. La vida era mucho más fácil cuando nos convencían de que los homicidas jugaban al rol o eran adictos a los videojuegos, o tenían un conflicto familiar por unas fincas o el honor ultrajado de una hermana.

7. Enajenado o no enajenado, esa es la cuestión

Ya sea porque por fin podía abandonar la doble vida que llevaba o porque las pruebas contra él eran indefendibles, Dahmer se declaró culpable de diecisiete crímenes. La cuestión era que se declaraba culpable pero enajenado, mientras que la acusación buscaba una condena de culpabilidad sin enajenación. Dentro de las leyes de Wisconsin, donde no hay pena de muerte, la diferencia estribaba en que, si bien Dahmer no iba a volver a pisar la calle nunca más, su reclusión se llevaría a cabo en una institución mental si ganaba la defensa o, de lo contrario, en un centro penitenciario. Hay extensa bibliografía especializada que trata de dilucidar lo que es estar enajenado, loco, no cuerdo, pero desde el punto de vista judicial era sencillo: Dahmer tenía que demostrar que tenía una enfermedad mental que le impedía diferenciar el bien del mal. La defensa lo tenía muy complicado puesto que su defendido había dado muestras de saber perfectamente lo que hacía y sus implicaciones legales y morales; lo único que desconocía era de dónde provenía ese impulso. Así, por diez votos contra dos, fue declarado culpable sin enajenación. Era algo difícil de comprender dada la naturaleza de los crímenes de Dahmer; hasta el psicópata John Wayne Gacy, condenado a muerte por la violación y asesinato de treinta y tres muchachos y ejecutado mediante inyección letal en 1994, dijo: «si Jeffrey Dahmer no ha superado el test legal de la enajenación mental, que Dios bendiga al que la supere. Si Jeffrey Dahmer no lo pasa, no lo pasa nadie». Le dijo la sartén al cazo.

Dahmer durante las comparecencias de su juicio. Fotografía: Corbis
Dahmer durante una de las comparecencias de su juicio.
Fotografía: Corbis

8. No soy racista, de hecho muchas de mis víctimas no son negros

Dahmer se solía indignar cuando le llamaban racista porque la mayoría de sus víctimas eran negras. Quería dejar claro que no tenía nada contra los negros y si mató, violó, torturó, etc. a hombres de esta etnia fue simplemente porque eran los más numerosos en los bares de ambiente donde se movía cuando su actividad asesina se desbocó. No confundamos las cosas, venía a decir: llamadme de todo pero racista no, por favor. Es más, su ideal de amante era «un hombre blanco bien desarrollado y complaciente». Y apostilla: «Habría preferido tenerlo vivo». Curiosamente, en la recurrente El silencio de los corderos, cuando el FBI elabora el perfil psicológico de Buffalo Bill, se dice que, como sus víctimas son blancas, el asesino es blanco «porque los asesinos reincidentes suelen matar dentro de su propio grupo étnico».

Pero dentro de la prisión la idea de que sus crímenes eran raciales había calado hondo. En agosto de 1994 fue atacado con un cuchillo por un grupo de presos negros aunque milagrosamente escapó con heridas leves. Pero cinco meses más tarde no tuvo tanta suerte: otro convicto afroamericano lo mató a golpes con una barra de hacer pesas, el mismo instrumento que Dahmer utilizó para su primer asesinato. Su cerebro se conservó en formol para su posterior estudio, como hacía el joven Jeff con los animales que encontraba muertos al lado de la carretera (aunque el cerebro fue incinerado por orden judicial tiempo después). Aquel 28 de noviembre de 1994 su historia quedó cerrada casi como empezó.

Para saber más

  • Mi amigo Dahmer (Astiberri, 2014), de Derf Backderf. Cómic en el que se retratan los años de instituto de Dahmer desde los ojos del autor, que fue su compañero de clase y, en cierto modo, amigo. Es muy interesante ver la percepción que tenían de Dahmer en aquel tiempo tanto los estudiantes como los profesores. Deja claro que no fue el carro de la leña de todo el instituto y que ni siquiera fue el primer nombre que se le vino a Backderf a la cabeza cuando le dijeron que un compañero suyo era el carnicero de Milwaukee.
  • Dentro del monstruo. Un intento por comprender a los asesinos en serie (Alba Editoral, 2010), de Robert K. Ressler y Tom Shachtman. Ressler fue agente del FBI durante veinte años dedicando gran parte de ellos a la Unidad de Ciencias del Comportamiento. De hecho, Ressler fue quien acuñó el término asesino en serie hoy en día de conocimiento popular. En este libro se recoge una amplia entrevista a Jeffrey Dahmer con motivo de una petición de la defensa para que Ressler testificara durante el juicio, puesto que Ressler sostenía que una persona con los impulsos de Dahmer no debería ir a prisión, sino a un hospital psiquiátrico. La entrevista está sazonada con comentarios, apreciaciones y explicaciones de Ressler, que justifican el interés criminalístico de las preguntas y ponen en contexto las respuestas de Dahmer. Además de su labor policial, Ressler ha sido asesor, entre otros autores de ficción, de Thomas Harris, el creador de Hannibal Lecter.
  • Entrevista a Jeffrey Dahmer por Stone Phillips, disponible en Youtube, la primera y última emitida en televisión. Dahmer, que ha ganado bastante peso tras dos años en prisión, se muestra tranquilo y reflexivo ante las preguntas. Es significativo que durante su cautiverio haya abrazado de nuevo la religión y culpe indirectamente a su época atea y a la teoría de la evolución de sus crímenes. La emisión aporta además las interesantes opiniones de sus padres.

(*) ¿No te lo vas a comer?


¿Qué mente criminal es todo un ejemplo a seguir?

Los malvados en la pantalla a menudo dan la sensación de ser más libres, de poder satisfacer sus deseos sin trabas éticas o legales y de ser, en definitiva, una compañía más amena que los buenos. Al menos mientras no te interpongas en su camino. Quizá si los tomáramos como ejemplo nos irían mejor las cosas, seguro que cada uno de ellos tiene alguna enseñanza que aportarnos. Así que hemos convocado a nuestros expertos en villanos para elaborar una lista en la que no sobra ninguno, aunque puede ser ampliada e invitamos para ello a los lectores a que incluyan los suyos. Y a que voten, claro, para que podamos determinar cuál es el malo más bueno.

Lex Luthor, de Superman

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En un mundo en el que la gente se define como dinamizador rural, personal shopper o community manager, alguien que se describe como «La mayor mente criminal del siglo XX» merece nuestro respeto. Eso es una tarjeta de presentación. La lucha de Lex Luthor contra Superman es la confrontación del ingenio ante la fuerza bruta, del mérito y el esfuerzo frente a los dones recibidos de nacimiento, del ser humano contra el invasor alienígena. Naturalmente nos quedamos con el que fue interpretado por Gene Hackman, uno de los más grandes actores que ha dado Hollywood.

Regina/La Reina Malvada, de Érase una vez

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Frente al aspecto de mosquita muerta de Blancanieves, una chica que parece entender los chistes un minuto más tarde que el resto, Regina demuestra tener sangre en las venas dándole así un poco de vida a la localidad de Storybrooke. Con ese gesto perenne de «pero qué mala soy» conspira y malmete todo lo que puede, demostrando estar a la altura de los cargos que ostenta, el de alcaldesa y el de reina malvada. Solo le falta ser  presidenta de la CAM, condesa de Bornos y Grande de España. Siempre da la impresión de que todo le sale según lo planeado, o al menos es la cara que le gusta poner. Serena y contenida, es además muy elegante en el vestir, no como la otra, que va por los bosques como una desarrapada.

Gus Fring, de Breaking Bad

gus

Aunque en España el término «emprendedor» es casi indistinguible de «abrir un bar», en realidad alude a la creación de cualquier empresa que genere riqueza, empleo y prosperidad para el conjunto de la sociedad. Que es ni más ni menos lo que Gus lleva a cabo, un negocio diversificado entre la hostelería y la química recreativa. Nuestro protagonista es un hombre hecho a sí mismo que además contribuye con generosas donaciones al departamento de narcóticos, siempre preocupado por el bienestar de la comunidad, queriendo devolver a la sociedad lo que esta le ha dado. Mírenle, qué porte, qué elegancia, qué saber estar, nunca se le oirá una palabra más alta que otra. Incluso cuando tiene que provocarse el vómito ante un retrete para no morir envenenado se lo toma con parsimonia, extendiendo antes una toalla en el suelo para no ensuciarse el pantalón. Lamentablemente al final vemos cómo termina perdiendo la cabeza, o parte de ella, pero merece ser recordado en sus mejores momentos.

Hans Landa, de Malditos Bastardos

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Sin duda el papel de este oficial de las SS destinado en Francia es lo mejor de la película. Junto a Mélanie Laurent, claro, que es mirarla y quedarse uno aturdido. Exquisitamente educado, Hans goza además de un notable sentido del humor, sabe idiomas y como buen alemán se toma muy en serio su trabajo. Es tenaz pero no fanático y quienes hemos leído ¿Quién se ha llevado mi queso? conocemos la importancia de la flexibilidad y de la capacidad de adaptación que todo trabajador debe tener. De manera que si el contexto requiere de uno ser Standartenführer pues a ello hasta que el viento cambie de dirección.

Hannibal Lecter, de El silencio de los corderos

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Una de las películas que marcarían los años noventa. Dejó la impronta del psicópata de hablar pausado, culto, refinado, tan extremadamente inteligente como cruel. Desde entonces todos los malvados del cine policíaco se ven en la obligación de dejar algún enigma en el escenario del crimen que requiera para interpretarlo a un exégeta de la Biblia, un antropólogo de la Sorbona y un matemático-ajedrecista. De él aprendimos que si te quedas mirando a alguien fijamente en silencio le darás la impresión de estar leyéndole el pensamiento y diseccionando su infancia, aunque en realidad estés intentando recordar cómo se llamaba.

Al Swearengen, de Deadwood

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Parecía llamado a ejercer de gran villano en la serie. Su fuerte carácter, falta de escrúpulos y obsesión por controlar hasta la mayor nimiedad que acontece en Deadwood dan a entender que actúa movido por el lucro y el beneficio personal, a costa de emborrachar pioneros, traficar con drogas, prostituir mujeres y llevarse una mordida de cualquier negocio legal o ilegal que se cierre en su territorio. Un proto capo mafioso de rotundo bigote, majestuosas patillas y elegante calzoncillo de cuerpo entero. Poco a poco, y frente a la obtusa actitud de los «buenos», su inteligencia nos conquistó. No se puede sino admirar esos larguísimos monólogos casi shakespereanos dirigiéndose a la cabeza de un indio muerto, con los que mediante unas retorcidas líneas de pensamiento imposibles de seguir por sus empleados adivinaba los planes de sus rivales y llegaba a la mejor solución para solucionar un problema. Todo encaminado no solo a su beneficio, sino a la protección del pueblo. Porque nadie es perfecto, claro, y mostraba una ambigüedad moral que tendía hacia el bien: el rudo cariño que trataba de ocultar por la prostituta Trixie o Jewel, la barrendera coja; la misercordiosa eutanasia  al reverendo Smith o su disposición a normalizar el entendimiento interracial. Y se convirtió en la única defensa frente a la verdadera bestia del mal, George Hearst. Será un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta.

Angela Channing, de Falcon Crest

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Una de las series que más dio que hablar en los ochenta y que como ocurre a menudo el título que le pusieron en Latinoamérica resulta más expresivo: Viñas de odio. Angela Channing era su gran protagonista, una viticultora tremendamente ambiciosa y maquiavélica que nos enseñó que para triunfar en los negocios no hay que tener piedad y que tenía un criado llamado Chu-Lí, que es un nombre muy gracioso. A lo largo de doscientos veintisiete episodios sus sinuosas tramas incluyeron amoríos, crímenes, traiciones, nazis, tesoros escondidos, infidelidades y, en fin, otras muchas cosas que ya no recordamos. Pero sí que se nos quedó marcada la sonrisa perversa de esta señora, como activada por alguna clase de engranaje mecánico interno.

Harry Lime, en El tercer hombre

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Ya hemos hablado en otras ocasiones de qué hace de El tercer hombre un clásico del cine, ahora es el momento de centrarnos en ese personaje interpretado por Orson Welles que centra la trama. Un traficante del mercado negro en la Viena de posguerra, que finge su muerte y que suelta un memorable monólogo que hace del cinismo todo un arte. No es un simple villano más recreándose en su maldad entre carcajadas, cuando lo escuchamos sabemos que eso que dice no es moralmente correcto, pero…

Darth Vader, de La guerra de las galaxias

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Un hombre con las ideas claras. Su aspecto es decididamente inhumano: una máscara inexpresiva con la mirada de plástico perdida en el vacío, respiración mecánica… y sin embargo sus ambiciones son tan puramente humanas que difícilmente podríamos confundirlo con un robot. Quiere gobernar, quiere poner orden, quiere transformar la galaxia en un lugar unido, cohesionado y fuerte. Quiere extender unos valores. No soporta la incompetencia, ni la dejadez, ni la deslealtad. Las cosas tienen que hacerse bien, y tienen que hacerse a tiempo. Además sabe cuándo debe obedecer en vez de mandar. Y, aunque ellos le rechacen, quiere gobernar junto a sus hijos: cree en la familia, en los lazos de sangre, en la dinastía. Es realmente la clase de hombre que puede sacar un imperio adelante. Y en fin, para ello ha de hacer estallar algún planeta de vez en cuando… pero porque los rebeldes se empeñan en no considerar los aspectos positivos de su gestión. ¿Qué otra manera puede haber de controlar el caos de miles de planetas donde cada cual tira para su terruño? En cierto modo, Darth Vader es nuestro padre, el padre de todos, el que nos recuerda que la vida no se compone solamente de bonitos sueños sino también de feas pero ineludibles obligaciones.

El señor Burns, de Los Simpson

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El señor Burns mezcla como nadie modernidad y tradición, energía nuclear y valores decimonónicos. De él podemos aprender el valor de la ambición, del ahorro y del trabajo duro (de tus empleados, se entiende), cosas que le han llevado a ser el hombre más rico y poderoso de Springfield. Aunque en ocasiones se le nota algo necesitado de cariño, en general podríamos decir que es feliz, miren si no esa radiante sonrisa que muestra.

Amélie Poulain, de Amélie

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Amélie es una mujer de aspecto de angelical, pero su costumbre de saltarse todas las normas sanitarias metiendo la mano en comida de venta al público, secuestrar enanos de jardín, vandalizar la vía pública con pintadas ñoñas, inmiscuirse en la vida del prójimo y, sobre todo, ese empeño en supurar dulzura hasta garrapiñar las hemorroides del espectador incauto que no tuvo la fortuna de caer dormido en el minuto cinco de metraje la convierten en el enviado del mal de cara más amable que el mundo ha visto. Por si esto fuera poco es de origen francés, cosa que ya debiera despertar cierto recelo en el español de bien. Pese a todo esto, el hecho de que se haya convertido en modelo a seguir u objeto de pasión de la comunidad hipster indica que algo admirable ha de tener aunque nos cueste captarlo.

El Joker, de Batman

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El Joker interpretado por Jack Nicholson y el de Heath Ledger tienen una cosa en común: son mucho más interesantes que su antagonista. Porque Batman es un personaje bastante sieso, y el hecho de que haya sido considerado por algunos como una especie de héroe anarcocapitalista hace que caiga aún peor. Por el contrario ambos Joker son divertidos, extravagantes y anhelan sembrar el caos y, si pueden, destruir el mundo, así que es difícil no sentir cierta simpatía por ellos.

Alex, de La naranja mecánica

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El duodécimo peor villano de todos los tiempos según el American Film Institute, y no es para menos. Alex viola, asesina y practica la ultraviolencia en general, como si la violencia a secas no fuese suficiente. Y si es con Beethoven de fondo, mejor. Eso sí: esta creación de Anthony Burgess acabará pasando por la cárcel y reciclándose en un ciudadano decente. O, al menos, nadie podrá decir que no lo intentó.

Tony, de Los Soprano

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Seremos pesados, pero comprendan que en una lista así no podía faltar. Ciertamente no es el colmo de la elegancia, su familia y el negocio no paran de darle disgustos y tiene sus achaques de salud, pero a pesar de todo no parece irle mal. Hambre desde luego no pasa: se trata sin duda del personaje de ficción al que más hemos visto comer. También bebe a menudo, se droga cuando la ocasión lo merece y desde luego su vida sexual es muy intensa y variada. Se ve que ser un sociópata con más empatía por los animales que por las personas no es obstáculo para medrar en sociedad, más bien al contrario. Mencionando a Tony podemos dar también por aludido a don Vito, con el que resulta comparable en algunos aspectos, aunque sin duda el último es mucho más elegante y un excelente ejemplo a seguir también en su manera de afrontar los negocios.