Tulpenmanie: la locura de los tulipanes

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Detalle de Doble retrato de un matrimonio con tulipán, bulbo y semillas, de Michiel Jansz. van Mierevelt, 1609. Imagen: DP.

Cuentan que cuando la «manía de los tulipanes» estaba en su punto álgido, un marinero holandés confundió un bulbo de esa flor con una cebolla. Lo puso a hervir, cosa que le supuso dar con sus huesos en la cárcel. «Con lo que vale el bulbo que te acabas de comer», le dijeron, «podría comprarse comida para alimentar a toda la tripulación durante un año». La anécdota es muy célebre; apócrifa quizá, pero resume a la perfección la surrealista burbuja de precios que los tulipanes experimentaron durante unos pocos años, un proceso que se produjo al margen de la gente común y que enriqueció a unos pocos, arruinando a otros en el camino. Fue la primera burbuja económica moderna, o por lo menos la primera que dejó una huella profunda en el subconsciente colectivo. Después sería esgrimida por muchos movimientos políticos como el símbolo de codicia sin control, la parábola ejemplar sobre la necesidad de regular los excesos del libre comercio. Incluso hoy, cuando hemos visto y vivido burbujas mucho peores, continúa despertando ecos muy familiares.

En 1637 un bulbo de tulipán llegó a valer mucho más que el equivalente de su peso en oro. Mucho más. Es verdad que no es la única flor que ha experimentado súbitos aumentos de precio en diversas épocas de la historia europea, cuando determinadas especies eran vendidas como artículos de lujo y una elevada demanda podía multiplicar su valor durante un periodo breve. Por ejemplo, madame de Pompadour, amante de Luis XV (y lo que hoy llamaríamos «creadora de tendencias») puso de moda los jacintos a mediados del XVIII; los aristócratas y burgueses que imitaban los caprichos de la famosa cortesana pagaban altos precios por hacerse con plantas maduras y con las propias flores. Durante el siglo XIX los floristas holandeses y alemanes exportaban jacintos a gente adinerada de medio continente y durante los picos de demanda, el valor de los jacintos se disparaba, pero por poco tiempo. El precio bajaba otra vez tan pronto la industria de la floristería incrementaba la oferta para satisfacer a los compradores. Una «burbuja de los jacintos», con las características que tuvo la de los tulipanes, hubiese resultado impensable.

El tulipán fue la emperatriz de las flores en el mercado europeo, la joya indiscutible de la jardinería. Su precio era alto de manera sostenida porque, además de su particular belleza, la oferta nunca podía crecer de forma exponencial si sucedían esos picos de demanda. Era una planta que maduraba con lentitud y no producía demasiados retoños. Para colmo, las variedades más vistosas eran las más costosas de cultivar, debido a una curiosísima carambola biológica que explicaremos un poco más abajo. Así pues, ante un incremento de la demanda, la industria del tulipán tenía poca capacidad de reacción. En consecuencia, los tulipanes, al contrario que los jacintos, nunca dejaban de ser un lujo. Siempre se pagaba mucho por ellos; nadie hubiese imaginado que terminaría generando una fiebre monetaria parecida a los cracks bursátiles de nuestra época, pero desde luego no era un producto cualquiera. Para entender por qué el tulipán pudo provocar un fenómeno semejante tenemos que remontarnos a los tiempos en que los asombrados ojos europeos contemplaron aquella flor.

La joya persa

Johannes Bosschaert, Naturaleza muerta con tulipanes (c. 1630).
Naturaleza muerta con tulipanes, de Johannes Bosschaert, ca. 1630.

El tulipán entró muy tarde en los jardines occidentales. Hasta el siglo X fue una flor silvestre, confinada en su hábitat natural, las montañas de Kazajistán. El Imperio selyúcida la introdujo en la actual Turquía, donde los persas empezaron a cultivarla con intención de mejorar la especie. Para cuando se fundó el Imperio otomano, a finales del siglo XIII, ya tenía presencia habitual en los jardines de la corte otomana y en las residencias de los más ricos. Eso sí, continuaba siendo desconocida en Europa, donde no se tuvo noticia de ella hasta trescientos años más tarde.

En la corte turca las vio por primera vez Ogier Ghiselin de Busbecq, natural de Flandes y a la sazón embajador del Sacro Imperio Romano Germánico ante los otomanos. Aparte de su carrera administrativa, Busbecq era un hombre muy observador (durante su paso por Turquía escribió cartas muy interesantes en las que reseñaba los usos y costumbres locales) y sobre todo un entusiasta de las plantas. Lo fascinó de manera especial una exótica flor con forma de cáliz, cuyos pétalos lucían colores de una intensidad desacostumbrada en la jardinería europea. En su viaje de regreso a Viena se llevó unos cuantos con él para deslumbrar a la corte imperial. Pues bien, entre los amigos de Busbecq se hallaba un paisano de Flandes, Charles de l’Écluse, considerado uno de los botánicos más importantes del continente, si no el más. L’Écluse, que firmaba sus obras con el mejor conocido seudónimo latino Carolus Clusius, pasó más de dos décadas trabajando con los tulipanes, para aclimatarlos al entorno holandés y encontrar la mejor manera de cultivarlos; después resumiría todos sus hallazgos en una obra titulada Un tratado sobre los tulipanes. A finales de siglo, Clusius era el único especialista en tulipanes de Occidente.

En 1593, cuando tenía sesenta y siete años, recibió un importante encargo: poner en marcha el Hortus Botanicus de la ciudad de Leiden, el mismo que hoy es el jardín botánico más antiguo de Europa. Estimulado por este nuevo trabajo, Clusius reunió una colección de plantas que resultaba impresionante para su época. Llenó el jardín con especies que había coleccionado él mismo, o que le habían enviado otros botánicos e incluso nobles europeos. Hasta se hizo con ejemplares del Extremo Oriente: aprovechando que los holandeses comerciaban de continuo con Asia, encargó a la Compañía de Indias que le trajese especímenes de plantas raras en las bodegas de sus barcos mercantes. Con semejante colección, no es raro que el Hortus Botanicus tuviese un éxito inmediato. Pero, incluso en mitad de aquel despliegue de plantas extraordinarias, tan pronto llegó la primavera y los vivaces tulipanes florecieron se convirtieron en las grandes estrellas de la exposición. Los visitantes, sobre todo los burgueses adinerados y los nobles —para quienes los jardines de sus casas eran parte indispensable de su tarjeta de presentación en la alta sociedad— ansiaron hacerse con aquellas flores de colores tan vivos. Esto hizo que los cultivadores y floristas holandeses se interesaran por el tulipán. Empezaron a establecer las primeras plantaciones comerciales del tulipán holandés, aunque entonces, claro, era mejor asociado con los turcos.

La inexplicable magia de los bulbos

Jackson, Gilbert; A Lady of the Grenville Family and her Son; Tate; http://www.artuk.org/artworks/a-lady-of-the-grenville-family-and-her-son-199478
Detalle de Mujer de la familia Grenville y su hijo, de Gilbert Jackson, ca. 1640, donde se incluye el tulipán como símbolo de estatus. Imagen: DP.

En 1581, mientras Clusius todavía estudiaba los tulipanes en la sombra, varios territorios de los Países Bajos españoles abjuraron del rey Felipe II, abandonando la condición de colonia española y convirtiéndose en las Provincias Unidas. La coincidencia de varios factores políticos, sociales y demográficos, amén de la recién conseguida libertad de acción, produjeron una explosión económica basada en el intensivo comercio con Asia. Se estableció una fuerte cultura del emprendimiento y apareció una nueva clase burguesa, minoritaria pero muy rica, que no tardó en interesarse por cualquier mercancía que le pudiera servir para resaltar su nuevo estatus. Esto dio origen a la Edad de Oro holandesa, algunas de cuyas manifestaciones culturales, como la pintura, continúan despertando nuestra admiración hoy. No había nuevo rico que no encargase retratos y paisajes para sus viviendas. También los jardines se convirtieron en un símbolo visible de su prosperidad. Para un holandés adinerado, el presumir de jardín ante las visitas era tan importante como vestir ropajes caros y ofrecer enjundiosas comidas con cubertería de plata. Mantener un jardín era bastante caro, sobre todo si contenía flores exóticas. Y el tulipán, la más exótica de todas las flores, iba a convertirse en la joya de aquellos presuntuosos vergeles. Cuando florecían en primavera, la impresión que provocaban en las amistades sería duradera; así, los burgueses empezaron a competir por adquirir los más espectaculares ejemplares. Los cultivadores y floristas se esforzaban por satisfacer esa demanda, pero la oferta de determinadas variedades crecía con mucha lentitud.

La planta del tulipán podía reproducirse mediante semillas, como otras muchas, pero ello presentaba varios inconvenientes. Las plantas recién nacidas —las que provenían de las semillas— tardaban años en madurar y producir flores; demasiado tiempo para aquellos compradores que deseaban lucir aquellos colores en su jardín lo antes posible. Algo más ágil, y por lo tanto más viable desde el punto de vista comercial, era la reproducción mediante bulbos. Durante el verano, después de florecer, la planta dormía durante tres o cuatro meses; en ese periodo se podían desenterrar los nuevos bulbos que hubiese producido (nunca eran muchos) y trasplantarlos para obtener una planta que sí floreciese al año siguiente, sin necesidad de esperar a que madurase desde el estado primigenio de la semilla.

Las flores del tulipán común eran de un solo color (rojo, blanco, violeta, naranja, azul, rosa, etc.), pero había otras cuyos pétalos contenían vetas de dos colores; en algunos casos incluso bordes irregulares, parecidos a una labor de encaje, cuya magnificencia visual inspiraba a los pintores y despertaba el ansia de los compradores. Estas variedades irregulares no podían obtenerse mediante semillas. Las semillas de cualquier clase de tulipán, aun del más raro y vistoso, generaban siempre plantas con una flor común, monocolor. Para que las flores más extraordinarias conservasen las propiedades en sus plantas hijas debían reproducirse mediante bulbos.

Este aberrante fenómeno, el que las semillas de plantas con flores multicolores siempre gestasen plantas con flores comunes y monocromas, debió de dejar atónitos a los cultivadores de su tiempo. Era como si las semillas de tulipán no transmitiesen toda la herencia. Por entonces no se conocía la genética moderna, por supuesto, pero los cultivadores sabían que una semilla debería transmitir las cualidades de la madre. Los tulipanes irregulares que solamente heredaban sus cualidades en los bulbos eran un misterio incognoscible. Este fenómeno no fue explicado hasta siglos más tarde, cuando gracias al desarrollo de la microbiología se descubrió que los tulipanes irregulares, los más bellos, no tenían ese aspecto por un capricho de la genética, sino debido a la presencia de un virus, el Potyvirus, parecido al que provoca las plagas del «mosaico» que arruinan las patatas, lechugas, tomates, pepinos y otros cultivos. El virus contagiaba los bulbos, pero no estaba presente en las semillas. Así, de una planta enferma se obtenían tanto hijas sanas (semillas) como hijas enfermas (bulbos). La misma enfermedad que en otras cosechas empeoraba el aspecto del producto era la que en los tulipanes causaba la más singular belleza. Los cultivadores sabían que los bulbos de variedades raras, escasos en número, eran los más apreciados, y por tanto los más caros. Con el paso del tiempo cada vez más gente podía tener tulipanes comunes yendo a comprar semillas o plantas nacidas de semillas, pero no cualquiera estaba en disposición de pagar un alto precio para hacerse con un bulbo «noble», infectado por un enfermizo esplendor.

La burbuja

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Vagón de los locos, de Hendrik G. Pot, 1637. Los tejedores de Haarlem abandonan sus telares para seguir a la diosa Flora, cargada de tulipanes. Imagen: DP.

Las variedades multicolores, pues, continuaron siendo patrimonio exclusivo de las clases altas. La gente común no podía permitirse comprar un bulbo enfermo. Para resaltar esta condición de flor reina de los jardines, aquellas variedades raras eran bautizadas con nombres sonoros de personajes históricos, con títulos nobiliarios, etc. Hacia 1630 el negocio de los bulbos era ya rentabilísimo; los cultivadores los vendían a buen precio a los floristas, quienes a su vez los hacían llegar a las clases altas. Los precios de los bulbos holandeses, ya de por sí altos debido a la enorme demanda local, se dispararon todavía más cuando empezaron a ser reclamados también desde el extranjero. Sobre todo por los aristócratas franceses, que los acababan de descubrir. Pronto los tulipanes ocuparon el cuarto lugar en la tabla de exportaciones holandesas, solamente por detrás de sectores tan establecidos entonces en el país como los lácteos, la pesca y las bebidas alcohólicas.

La competencia entre los comerciantes que intentaban hacerse con bulbos se tornaba cada vez más feroz. Ansiosos por garantizarse una cantidad del producto cada año, empezaron a firmar contratos con los cultivadores, quienes meses antes de la cosecha se comprometían a entregarles los bulbos que todavía estaban bajo tierra. Estos contratos de compraventa no tenían por qué generar una burbuja, ya que eran una compra como cualquier otra, con la única diferencia de que el comerciante pagaba los bulbos en invierno o primavera, pero no los recibía hasta el verano siguiente. Como nadie en el negocio quería quedarse sin bulbos, apenas finalizada la cosecha de un año ya se estaba firmando la compra del año siguiente.

El problema empezó a gestarse en 1635, cuando quienes eran propietarios de un contrato de futura compra de bulbos empezaron a sentirse tentados por la idea de revenderlo a otro comerciante. La demanda prevista era tal que los precios que se firmaban aumentaban en cuestión de semanas; así, revender un contrato por un precio superior al estipulado permitía obtener un beneficio inmediato sin necesidad de esperar a la cosecha. A su vez, quien compraba el contrato, viendo que la demanda prevista continuaba creciendo, podía revenderlo por un precio todavía mayor. Este trasiego de contratos se convirtió en un nuevo y boyante negocio: el mercado de futuros de los tulipanes. Unos bulbos que no habían salido del suelo iban cambiando de propietario por cantidades de dinero cada vez más elevadas. Todo justificado por la creencia de que los precios de los tulipanes raros serían cada vez mayores en el mercado final. Este curioso mercado de futuros alcanzó unas dimensiones insospechadas en cuestión de meses. Atrajo a gente ajena al negocio de las flores; brokers especializados en la compraventa de contratos que jamás ponían las manos sobre un tulipán y que nunca vendían plantas a nadie. Su único interés era el intercambio constante de aquellos títulos, basado en la especulación.

Aquel negocio no era ilegal en Holanda, pero tampoco era legal, porque el país carecía de una regulación a favor o en contra. Se trataba de un fenómeno nuevo en el que las autoridades, embebidas por la mentalidad mercantilista de su tiempo, no deseaban interferir sin necesidad. Eso sí, sabemos que no todos en el Gobierno lo veían con buenos ojos, como demuestra el que algunos importantes funcionarios calificasen aquel intercambio de contratos como windhandel, «venta de aire». Desconfiaban sobre los posibles efectos secundarios de aquella escalada de precios. Aun así, en una nación donde la empresa mercantil era sacrosanta poco podían hacer para detener el proceso, sobre todo porque no se vislumbraba un final determinado. Era un fenómeno nuevo, pero parecía tener su base: el bulbo de tulipán era uno de los productos de lujo más buscados por la gente más rica de Europa, así que resultaba imposible concebir una inversión más sólida.

En la entonces reciente Bolsa holandesa se llegó al extremo de establecer puestos dedicados en exclusiva a este intercambio de contratos. Pero también las posadas y tabernas eran escenario habitual de compraventas, celebradas ante suntuosas cenas, a las que acudían hasta doscientos y trescientos inversores. Como se ganaba mucho dinero en esas veladas, no se reparaba en gastos; el alcohol fluía en abundancia, había espectáculos en vivo y tampoco era inhabitual la presencia de prostitutas. También hubo personas ajenas al negocio de las flores (artesanos, marinos, etc.) que se sintieron atraídas por aquella máquina especulativa de hacer dinero y acudían a los brokers en busca de beneficios rápidos, fáciles. Los agentes les recibían a cambio de una tarifa —bautizada, de manera muy significativa, «tarifa del vino»— y con un par de firmas ofrecían esa rentabilidad inmediata. Ya no había que esperar a que se cosechasen los bulbos para ganar dinero.

 Anonymous acuarela del siglo 17 de la Semper Augusto, famoso por ser el tulipán más caro vendido durante manía de los tulipanes
Detalle de una acuarela del siglo XVII de un Semper Augustus, famoso por ser el tulipán más caro vendido durante la tulipomanía. Pintor anónimo (DP).

El carácter no clandestino pero sí un tanto apresurado de aquel negocio hizo que apenas quedasen registros mercantiles que los historiadores puedan consultar. Sin embargo, se conocen datos muy impactantes, como que algunos contratos de compra de bulbos cambiaban de dueño más de diez veces en un solo día. Cada bulbo de tulipán multicolor que todavía estaba bajo tierra podía aumentar de precio una decena de veces en veinticuatro horas. Los más avispados brokers podían ganar hasta setenta mil florines en un mes; esto es, más de cinco mil veces el salario medio de un trabajador holandés, que percibía un sueldo de entre doce y trece florines mensuales (ciento cincuenta florines al año, el equivalente de unos mil setecientos euros actuales). El poder adquisitivo de las clases bajas no era muy elevado (aunque en otros lugares de Europa, desde luego la situación era mucho peor) y la vida era cara. Una pieza grande de queso o un barril de cerveza costaban unos ocho florines, más de la mitad de un sueldo mensual. Una oveja o un barril de vino valían diez florines; un cerdo, veinticinco; una vaca o un abrigo, cincuenta. Aún más costosos eran los caprichos de los burgueses: un traje caro o una única pieza de cubertería de plata costaban entre ochenta y noventa florines. Un buen mueble, no menos de ciento cincuenta. Pues bien, cuando en 1635 la fiebre de los contratos de futuros de los tulipanes entró en su apogeo, un único bulbo de alguna variedad muy buscada (como el llamado «Virrey») pudo llegar a costar dos mil quinientos florines, el equivalente de quince años de salario de un trabajador. Un único bulbo. Una remesa de cuarenta bulbos cambió de manos por cien mil florines; una auténtica fortuna con la que podrían haberse comprado diez mil ovejas, o dos mil vacas, o doce mil barriles de cerveza, o cincuenta toneladas de alimentos, o una cubertería verdaderamente palaciega consistente en más de mil trescientas piezas de metal precioso. En otro caso, un único bulbo de la variedad Semper Augustus fue adquirido a cambio de un terreno de cincuenta mil metros cuadrados, seis o siete veces la extensión de un campo de fútbol.

Durante 1636 y principios de 1637 muchos inversores ganaron fortunas sin hacer más que comprar y vender unos documentos que nunca parecían dejar de valer más y más. El gran problema de este negocio, claro, era que los precios crecían solamente sobre la base de expectativas, sin la seguridad de que al final, llegado el momento de la cosecha, habría de verdad gente dispuesta a comprar tulipanes por aquellos precios tan exagerados, inflados de manera tan veloz durante los meses anteriores. En principio nadie pareció reparar en este inconveniente, o por lo menos nadie lanzó una voz de alarma lo bastante sonora como para que aminorase la marcha del asunto, y como hemos visto, ni siquiera las reluctantes autoridades intentaron que se impusiera el sentido común. Todos parecían confiar en que las leyes del mercado estaban sosteniendo todo el proceso.

A finales de 1636 algunos empezaron a sospechar que quizá los precios eran tan altos que los compradores finales, aquellos que no querían adquirir contratos sino las propias flores, ya no iban a estar dispuestos a comprarlas. Los precios se habían encarecido demasiado, tanto, que se antojaría una adquisición insensata incluso para los bolsillos más pudientes. Durante los primeros meses de 1637 la especulación continuó sin freno, pero los tanteos del mercado hicieron patente que las mencionadas sospechas podían tener fundamento. Los tulipanes eran demasiado caros. Los comerciantes y los exportadores empezaron a tener problemas para colocar sus futuras remesas a los precios que se habían negociado en aquella «bolsa de valores». Cuando por fin se entendió que la oferta había sobrepasado por mucho los precios que la demanda estaba dispuesta a asimilar, cundió el pánico. Los contratos se habían convertido en un activo tóxico; su valor se desplomó. Hasta entonces, quien había tenido un título de compraventa en sus manos estaba en posesión de dinero seguro; ahora, de repente, sabía que nunca podría recuperar lo invertido. Un buen número de inversores quedaron atrapados en el estallido de la burbuja. El mercado de los bulbos de tulipán había saltado por los aires. Un montón de dinero que estaba «en el aire» desapareció de un plumazo.

Las consecuencias

A Satire of Tulip Mania by Jan Brueghel the Younger (ca. 1640) speculators as brainless monkeys
Alegoría de la tulipomanía, de Jan Brueghel el Joven, ca. 1640. Los especuladores son representados como monos. Imagen: DP.

La crisis de los tulipanes no produjo efectos económicos a gran escala en Holanda, o no tan terribles como se describió a posteriori. Hubo gente que se arruinó, por descontado, pero la burbuja tuvo efectos limitados. Este es un hecho que quizá pueda sorprender, sobre todo si la comparamos con algunas burbujas más recientes. Pero hay varios factores que lo explican. Para empezar, los inversionistas, que eran una minoría adinerada dentro del conjunto de la población holandesa, pudieron asumir el golpe financiero en buena parte de los casos. Los bulbos eran un producto no muy abundante, así que la base del castillo de naipes no pudo extenderse más allá de ciertos límites. Por otra parte, la clase trabajadora o las clases medias-bajas participaron muy poco en aquel negocio porque no tenían tanto dinero para invertir y no existía una «generosa» red de préstamos hipotecarios como sí sucedió en la burbuja inmobiliaria. Acudir a un prestamista de la época era mucho más arriesgado, y quienes lo hicieron sin duda terminaron en la más completa miseria. Pero no fueron muchos. A la mayoría de los trabajadores ni se les pasó por la cabeza invertir en un bulbo de tulipán que valía años enteros de salario. Con todo, el factor más importante que evitó mayores desastres fue la actitud de la propia industria. En las crisis recientes ha habido grandes empresas que se han salvado de la quema gracias a los rescates estatales; en la crisis de los tulipanes sucedió algo parecido, aunque no se produjo un rescate en forma de inyección de dinero por parte del Estado, sino de los propios productores y distribuidores.

Los primeros en entender que su sector peligraba fueron los cultivadores y floristas que habían vendido los bulbos en primera instancia. Supieron que los contratos de compra no se iban a formalizar, porque los bulbos no podrían venderse a tan alto precio. Dicho de otro modo: se arriesgaban a no cobrar un solo florín cuando llegase el momento de la cosecha. Algunos intentos de hacer cumplir los contratos por lo legal demostraron que la vía judicial iba a resultar ardua y, con frecuencia, desfavorable a sus intereses. Aquel tipo de especulación, desconocido hasta entonces, no estaba recogido por la legislación y los jueces no sabían cómo tratar la deuda adquirida mediante aquellos contratos; un tribunal llegó a dictaminar que era equivalente a una «deuda de juego», cuya devolución no podía ser forzada según las leyes holandesas (hasta tal punto resultaba inhabitual semejante sistema de inversión que podía llegar a ser asimilado con una especie de timba). Así pues, interponer una demanda podía terminar de dos maneras; los cultivadores la perdían, o, de ganarla, arruinaban a su cliente o como mínimo lo alejaban del negocio. Ante esa oscura perspectiva, los productores de tulipanes decidieron ser flexibles. El gremio de floristas propuso que los contratos a futuros se convirtiesen en contratos de opciones. Lo cual significaba que a quienes se habían comprometido a quedarse con los bulbos y ya no podían o no querían formalizar la adquisición, se les permitiría liberarse del contrato abonando un 10% del valor total, en concepto de indemnización. Esta parecía la única solución que evitaba el hundimiento total de los ingresos del negocio de los tulipanes y de muchos inversores que habían sido atrapados por la burbuja. Aunque la conversión de futuros en opciones no estaba recogida por la normativa vigente, el Parlamento holandés sancionó la decisión del gremio y le confirió legitimidad al proceso, entendiendo también que era la única salida. Esto hizo que los propietarios de contratos evitasen un 90% de sus pérdidas y que los floristas ganasen algo de dinero en vez de quedarse a cero.

El efecto sociológico, en cambio, fue bastante más profundo y duradero. La mayoría de los holandeses era gente humilde que se sintió insultada al conocer los precios que se habían estado pagando por aquellas flores. Quince años de salario, o más, por un único bulbo de tulipán. Una planta que no servía para nada (los bulbos ni siquiera eran comestibles, excepto si eran preparados de manera muy cuidadosa, porque eran tóxicos) salvo para adornar los jardines de los ricos durante dos o tres semanas al año. Aun así, se había convertido en el producto más caro del país. Esto, de manera sangrante, hacía patente la brecha entre clases sociales de Holanda. La famosa anécdota del marinero fue probablemente inventada (o por lo menos no existe indicio alguno de que se produjese en la realidad), pero la imagen de un hombre encarcelado por comerse un mísero bulbo de una planta de jardín ilustraba la indefensión que sentía el sufrido ciudadano común ante el capricho de quienes manejaban la economía. Quizá por ello, pese a que el estallido de la burbuja no fue catastrófico para el conjunto de la nación, la «locura de los tulipanes» se convirtió casi de inmediato en un símbolo de los peligros de la codicia incontrolada: fue denostada con frecuencia por aquellos que deseaban una economía más sensata; verdadera o no, fueron muchos quienes se sintieron identificados por la historia del marinero y su injusta condena.

En cualquier caso, aun descartando todo lo que pudiera parecernos hiperbólico en los relatos posteriores, aún hoy se la toma como ilustración del componente irracional que pueden tener los mercados en ausencia de regulación. Una visión que, de manera bastante curiosa, ha sido contestada en tiempos recientes. Un artículo de The Economist, titulado «¿Fue la tulipomanía irracional?», trataba de defender la noción de que los inversores del mercado de futuros de los tulipanes estaban actuando de manera responsable, usando el argumento de que ya anticipaban la conversión legal de los contratos de futuros en contratos opcionales, cuando en realidad esta conversión fue un parche que se puso a la crisis con posterioridad. Una nueva interpretación que busca desmitificar aquella crisis y su valor simbólico como potente argumento en contra de las inversiones no reguladas, pero que es dudoso que vaya a tener mucho éxito. La burbuja de las «puntocom», en concreto, hizo recordar la de aquellas flores que costaban miles de florines. También el hundimiento de la empresa Enron siguió patrones parecidos. Cualquier mercado, sujeto a los impulsos humanos, corre el riesgo de terminar manejado por decisiones irracionales y cortoplacistas, basadas en la idea de que el aire puede aumentar de precio indefinidamente.

Detalle de Naturaleza muerta con jarra de plata, tulipán, tetera de Yixing y globo, de Pieter van Roestraten, ca. 1690. Imagen: DP.
Detalle de Naturaleza muerta con jarra de plata, tulipán, tetera de Yixing y globo, de Pieter van Roestraten, ca. 1690. Imagen: DP.


El voto del miedo

Urne pleine dans un bureau de vote a Toulouse, FRANCE - 30/03/2014./LANCELOT_FLC022/Credit:LANCELOT FREDERIC/ SIPA/SIPA/1404050539 *** Local Caption *** 00680842
Fotografía: Cordon Press.

Una sensación de vacío, de abandono, de desamparo. No es tristeza, no es angustia, no es ira. Es más bien la situación de hallarse al borde del precipicio. De soledad absoluta, vinculada a nuestra condición de fragilidad. Cada uno lo vive a su manera, pero tiene elementos comunes. El miedo a la muerte, a la enfermedad, al paro. Está asociado a la pérdida de una —quizás falsa— sensación de seguridad, al descontrol, a la incerteza. La pérdida de la salud, del trabajo, de la casa, de un ser querido, de la vida.

Se trata de una de las emociones primarias y básicas, y tiene una función principalmente informativa. La de avisarnos de que existe un peligro. La de protegernos. El sistema límbico analiza de forma constante la información que recibe nuestro entorno, para identificar las posibles amenazas. A través de la amígdala cerebral, núcleo de estas emociones, evalúa el peligro, y activa la sensación de miedo en el caso que sea necesario. Se producen en este momento distintas reacciones fisiológicas. Aumenta la presión arterial, la velocidad del metabolismo, la glucosa en sangre, la adrenalina, la tensión muscular e incluso se agrandan los ojos y se dilatan las pupilas.

Nuestros cuerpos se preparan para afrontar el peligro. Por esta razón se detiene también el sistema inmunitario, así como las funciones no esenciales. Nuestro cerebro da preferencia a sobrevivir a una amenaza frente a otros procesos cognitivos básicos. Ya se puede tratar de un riesgo físico o psicológico, es en cualquier caso un ataque a un sentimiento de seguridad. Ante la percepción de este peligro nuestro cerebro prioriza la conservación, es decir, se prepara para una respuesta de huida, lucha o paralización.

Por muy desagradable que sea la sensación del miedo, se trata de una información útil que nos permite sobrevivir a un peligro. O, como mínimo, intentarlo. Nos hace alejarnos de él y buscar opciones más seguras. El problema ocurre cuando el miedo supera el riesgo real al que nos enfrentamos. Sigmund Freud hablaba de la ansiedad como un miedo neurótico, que no tiene relación con el objeto de peligro. Esta angustia por un riesgo inexistente, o inferior a la respuesta de nuestro organismo, puede llevarnos incluso al pánico, donde el cerebro se fija únicamente en la percepción de peligro, retroalimentando el miedo, y haciéndonos perder el control sobre nuestro propio comportamiento.

Esta falta de autonomía en la toma de decisiones en una situación de miedo extremo ha sido recogida también en la legislación. El derecho romano fijó en el 79 a. C. la actio quod metus causa, que permite demandar la nulidad de contratos o actos que han sido llevados a cabo bajo la influencia del miedo. E incluso nuestro código penal exime de responsabilidad criminal a aquel «que obre impulsado por miedo insuperable» (Ley Orgánica 10/1995, art. 20.6). Este miedo no tiene por qué ser real, puede ser incluso imaginario. Es decir, la ley considera que en algunas circunstancias en las que actuamos por miedo no somos responsables de nuestras decisiones. Esto es fácil de entender en casos como los de un matrimonio forzado, pero ¿qué ocurre cuando la decisión que tomamos no tiene que ver con nuestro estado civil, sino con nuestro voto?

Existe la creencia de que el apoyo a partidos de extrema derecha, como mínimo en Europa, está muchas veces sustentado en el miedo. El miedo a la inseguridad económica, a la inmigración, al caos. Este puede ser potenciado también por los propios políticos, magnificando los efectos reales de algunos riesgos económicos o sociales. Si nos vamos a los datos, vemos que los partidos de extrema derecha tienden a obtener mejores resultados en épocas de crisis económicas, o tras ataques terroristas. Por ejemplo, tres semanas después de los atentados de París el 13 de noviembre de 2015 el Frente Nacional liderado por Marine Le Pen obtuvo un porcentaje de casi el 28% del voto en la primera vuelta de las elecciones regionales francesas, su mejor resultado histórico, consiguiendo ser la primera fuerza política en seis regiones francesas.

Son varios los estudios que demuestran que tras ataques terroristas los ciudadanos son más proclives a dar su apoyo a políticas autoritarias a pesar de que estas recorten las libertades civiles, o a intervenciones militares. Los atentados aumentan también la preferencia por votar a partidos de derecha. En términos generales, en una situación de incerteza, la disyuntiva izquierda-derecha pone a la izquierda a aquellos más dispuestos al cambio, a asumir riesgos, y a la derecha a los más proclives a la estabilidad y a la necesidad de un orden. En este sentido, los votantes pueden dar su apoyo al conservadurismo político cuando este les sirve para «reducir el miedo, la ansiedad, la incerteza; para evitar los cambios bruscos y la ambigüedad». En un contexto de miedo, de cambios imprevistos, los ciudadanos pueden mostrar un apoyo mayor hacia los partidos de derecha.

Para entender el impacto del miedo en nuestro comportamiento político podemos ayudarnos de la teoría de la inteligencia afectiva, que analiza cómo las emociones afectan a los juicios políticos en escenarios electorales. Las estrategias por las cuales tomamos decisiones se basan en dos sistemas: el de disposición individual y el de vigilancia. El sistema de disposición está relacionado con nuestros hábitos, nos permite actuar en situaciones que nos son familiares. Lo eficiente en este contexto es seguir lo que nos dice la costumbre, no perder tiempo y energía en buscar nueva información. El sistema de vigilancia se activa cuando nos encontramos en una situación amenazante, a la que no estamos habituados. En este caso reconsideramos nuestras decisiones, buscamos más información.

El miedo aumenta nuestras percepciones de peligro, por lo que genera un comportamiento más adverso al riesgo. Nuestro sistema límbico nos lleva a querer huir de ese peligro, buscar nueva información, que en un contexto político se traduce en seguir más a los medios de comunicación, intentar aumentar nuestro conocimiento político. Los medios tienen, por tanto, una doble función. Por un lado nos permiten tener más información sobre las respuestas de los distintos candidatos ante la situación de incerteza, pero por otro lado pueden convertirse en un maximizador del mensaje de miedo más allá de los directamente afectados. La historiadora Joanna Bourke, autora de El miedo: una historia cultural, considera que los medios de comunicación se han convertido en el principal transmisor del miedo. Analiza por ejemplo el caso de la retransmisión radiofónica de La guerra de los mundos de Orson Welles, que consiguió en 1938 desatar el pánico colectivo en EE. UU. Pone como condición, sin embargo, la existencia de una sociedad crédula que se deje llevar por el miedo difundido por los medios de comunicación. Una relación similar puede existir entre el total de muertos por ataques terroristas, y la cobertura que los medios dan de los mismos, predictor mucho mayor de la preocupación social que existe sobre el terrorismo.

Los miedos de una sociedad son producto de su tiempo, ya se trate del temor a la sequía, a la guerra, a los que vienen de fuera o al cierre de fronteras. El miedo puede ser usado como arma para dominar, como mecanismo de control. El miedo lleva a pactos políticos impensables en periodos de certidumbre, y es un elemento común de muchos acuerdos, ya sean uniones económicas o políticas, que busquen la no agresión entre mercados o países.

Como votantes, el miedo tiene un papel fundamental, nos impulsa a no dejarnos llevar por la costumbre, a buscar más información, a protegernos. Sin embargo, ya lo dijo Franklin D. Roosevelt en plena Gran Depresión, «a lo único que hay que temer es al propio miedo». A diferencia de un mal matrimonio, o de un acuerdo comercial, hoy en día la ley aún no nos permite eximirnos de nuestra responsabilidad al votar cautivos del miedo.


Flint: cuando los políticos envenenan el agua

Fotografía: Michigan State Police Emergency Management and Homeland Security Division (CC)
Equipo de respuesta a la crisis del agua en Flint. Fotografía: Michigan State Police (CC)

Flint, Michigan, es la ciudad donde el agua del grifo ha envenenado a la población durante dos años. La situación es tan seria que la Casa Blanca ha declarado el estado de emergencia, la Guardia Nacional ha sido movilizada para repartir agua embotellada o filtros, y las poblaciones vecinas están organizándose para enviar agua potable a sus sufridos paisanos michiganders. Algunas voces solicitan incluso la evacuación de la ciudad. Todavía no se conoce el alcance de las consecuencias que tendrá para la población el haber consumido agua con plomo, microorganismos patógenos y otras sustancias tóxicas. Preocupa en especial el efecto sobre la población infantil, la más vulnerable. No se ha asentado la nube de polvo levantada por un escándalo que podría prolongarse durante meses,  que algunos comparan ya con el caos gubernativo que siguió al huracán Katrina, y quedan muchos cabos sueltos por explicar. Una cosa está clara; los responsables han sido los políticos que gobiernan Michigan. ¿Qué ha sucedido? Versión breve: las políticas de austeridad han envenenado a los habitantes de una ciudad entera.

A muchos de ustedes les sonará Flint por ser la ciudad natal de Michael Moore, cuyo documental Roger & Me denunciaba que la deslocalización de empleos había provocado la ruina económica y social de la región. La misma ruina que hundió a la metrópolis vecina, Detroit, como ya contamos en un artículo hace unos tres años. El municipio de Flint tiene cien mil habitantes censados, pero su área metropolitana se acerca a los cuatrocientos mil. Ha padecido un proceso de empobrecimiento paralelo al de Detroit. La espantada de la industria produjo la huida de la población con mayores recursos y eso provocó la caída en la renta per capita. Lo cual, a su vez, causó una caída en la recaudación de impuestos. La crisis de 2008 terminó de poner la puntilla a la economía local. En 2013, cuando comenzó la siniestra historia que vamos a relatar, el Ayuntamiento de Flint estaba sumido en la bancarrota y llevaba desde 2011 bajo la tutela de un comité gestor que recibía órdenes directas del gobernador de Michigan, Rick Snyder. El alcalde de Flint, Dayne Walling, tenía que someterse a los deseos del comité, aunque lo hizo sin demasiados aspavientos. Pues bien, los gestores sacaron la calculadora y decidieron que Flint debía recortar gastos, aunque para ello hubiese que ahorrar en servicios muy básicos. Incluyendo el más básico de todos: el suministro de agua potable.

Durante más de medio siglo, el que brotase agua de los grifos de Flint había dependido de la vecina Detroit, a cuya red de suministro estaba conectada. Flint carecía de un mecanismo fiable de depuración, aunque estaba en proyecto la conexión a una tubería que traería agua desde el lago Huron. Pues bien, en 2013 se decidió que Flint estaba gastando demasiado dinero en agua potable y se canceló el contrato de compra con Detroit, pese a que el acceso a la tubería de Huron todavía no estaba disponible. Así pues, ¿de dónde iba sacar Flint el agua para sus habitantes? A toda prisa y como medida provisional se recurrió a la única fuente de agua que tenían a mano: el río, también llamado Flint. Otra pregunta lógica que ustedes podrían formular es ¿por qué la ciudad de Flint nunca había usado el agua del río en vez de comprársela a sus vecinos? La respuesta estamos conociéndola estos días: no estaban preparados para depurarla por sí mismos. El agua de un río en una zona industrial no es un agua fácil de tratar. Los problemas que puede producir una depuración incorrecta son enormes, sobre todo si la red de tuberías de una ciudad es antigua. Eso sí, algunos graves problemas podían haberse evitado simplemente con haber pensado en ellos, por ejemplo introduciendo en el agua un agente anticorrosivo, lo cual se estima hubiese costado menos de cuatro mil dólares al año. Nunca se hizo.

Los posibles contratiempos no detuvieron el torrente de decisiones precipitadas. La nueva política de austeridad impuesta por los gestores iba a ahorrar mucho dinero, así que el cambio en la red de agua obtuvo el aplauso incluso del alcalde. Tras inaugurar el nuevo sistema de agua potable y por si los ciudadanos estaban intranquilos, que lo estaban, el departamento de calidad ambiental del estado de Michigan dictaminó que el nuevo suministro era apto para el consumo humano. La frase tranquilizadora, revisada hoy, parece más allá de todo cinismo: «la calidad de este agua habla por sí misma». Entretanto, Flint vendía los derechos sobre sus antiguas conexiones con la red de suministros de Detroit al condado de Gennese, del que es capital. Esto significaba que en caso de tener que volver a usar agua de Detroit, el coste se encarecería mucho. Más de lo que la ciudad podía pagar. Pero los gestores, al parecer, no contemplaban la posibilidad de que algo saliese mal.

Pese a los mensajes de las autoridades, los ciudadanos de Flint empezaron a mostrarse descontentos con el agua que salía del grifo. Tenía un aspecto nada tranquilizador: era turbia, incluso a veces espumosa. No olía bien. No sabía bien. En la primavera de 2014 estaban tan extendidas las sospechas sobre su posible condición insalubre que muchos habitantes de Flint optaban por beber agua embotellada, pese al coste que esto suponía para una población empobrecida. Ni siquiera les convenció la insistencia de las autoridades estatales sobre la seguridad sanitaria del suministro. Nuevos informes positivos del DEQ (organismo que, insisto, dependía de esas autoridades) arrojaban nuevos resultados positivos destinados a apaciguar esos miedos. Al agua de Flint, decían, no le pasaba nada. Pero la gente continuaba sin creérselo. Tampoco se lo creían en Detroit, cuyo Ayuntamiento ofreció volver a suministrarles agua para solucionar el problema… gratis, renunciando al precio de cuatro millones anuales al que antes se la vendían. El gesto de buena voluntad fue rechazado. Por entonces Flint, que como hemos visto ya no era dueña de la conexión con Detroit, no tenía fondos para recuperarla. El responsable de emergencias del Ayuntamiento de Flint, de hecho, fue claro al respecto: reconectar con Detroit costaría, en total, unos doce millones de dólares de los que su ciudad no disponía. Fuese exagerada o no aquella estimación de costes, lo cierto es que se dejó pasar una oportunidad de oro. El criterio económico predominó sobre el sanitario. Esto no impidió que cuando las quejas provenían de las corporaciones sí se actuase con celeridad: la fábrica de General Motors en Flint elevó una queja al Ayuntamiento porque el agua estaba corroyendo su maquinaria. Las autoridades, de manera excepcional, hicieron lo posible para que General Motors, en exclusividad, volviese a recibir agua desde una red ajena a la de Flint.

Fotografía cortesía de American Civil Liberties Union of Michigan.
Fotografía cortesía de American Civil Liberties Union of Michigan.

En verano el Gobierno de Michigan seguía en sus trece, asegurando que el consumo de agua embotellada era «innecesario». La credibilidad de aquel mensaje duró poco. Apenas unas semanas después se vio obligado a anunciar que había sido detectada la bacteria Escherichia Coli en el suministro y terminó aconsejando a la población que hirviese el agua del grifo antes de consumirla. La Escherichia Coli, que está presente en muchos ambientes pero sobre todo abunda en aguas fecales y de desecho, puede provocar infecciones urinarias e intestinales. Y son estas últimas, sobre todo en los niños pequeños o personas débiles, las que pueden llegar a resultar mortales. Aun así, esta bacteria iba a ser el menor de los problemas. De hecho, las autoridades la consideraron una contaminación pasajera y tampoco esta vez contemplaron reconectar con las tuberías de Detroit.

Los escándalos continuaron y ya no se podía culpar a las bacterias. Apenas iniciado 2015 empezaron a producirse casos de erupciones cutáneas en niños. A falta de una explicación epidémica, el principal sospechoso era el agua turbia de la red. La gente volvió a protestar en las calles y el Ayuntamiento se vio obligado a admitir que había detectado la presencia de trihalometanos en el agua del grifo. Estas son sustancias que aparecen tras una desinfección defectuosa, cuando el cloro de las depuradoras reacciona químicamente con los restos orgánicos de un agua que no está lo bastante limpia. Los trihalometanos son considerados perjudiciales para la salud, incluso cancerígenos, y su presencia está prohibida en todos los Estados Unidos por efecto de la principal ley federal sobre aguas potables (SDWA), aprobada en 1974. Pese a la preocupante confesión del Ayuntamiento de Flint, el Gobierno estatal insistía en que el suministro era seguro, aunque esto no evitó que el escándalo empezase a traspasar las fronteras de Michigan. Para defenderse de las acusaciones, el gobernador contrató un peritaje privado sobre la calidad del suministro, cuyo resultado fue un informe de apenas doce páginas que afirmaba que el agua, pese a su aspecto extraño y la presencia de sedimentos orgánicos, era apta para el consumo. El perito, eso sí, aconsejaba mejorar su aspecto: «Aunque la revisión de las mediciones de calidad durante el periodo de nuestro estudio indica que cumple con las regulaciones tanto estatales como federales sobre calidad de las aguas, se recomienda una variedad de acciones para conseguir mejoras en su calidad y su estética». En otras palabras: se afirmaba que el agua era fea, pero cumplía la legalidad estadounidense y por tanto podía beberse sin reparos. El informe también recomendaba inversiones para sustituir el sistema de filtros por otros de carbón granulado, que reducirían la presencia de los trihalometanos prohibidos. 

Una semana después, algunos técnicos del Ayuntamiento de Flint se descolgaron de las conclusiones del informe pericial encargado por el estado de Michigan y sugirieron que el suministro de aguas no cumplía con los mínimos de la ley federal. Es decir, que sí era peligrosa. Pese a esto, el alcalde de Flint, en una medida desesperada, afirmó que él y su familia consumían siempre agua del grifo. Naturalmente, nadie creyó una palabra de lo que decía.

¿Cómo explicar esta discrepancia entre instituciones, o que el Gobierno de Michigan no diese importancia a la presencia de los trihalometanos? Parece que el Gobierno estatal recurrió a mediciones realizadas en periodos muy breves, que podían coincidir con momentos en que las cantidades de trihalometanos eran un poco inferiores al máximo permitido. En cambio, una suma de mediciones a lo largo de un periodo algo más prolongado permitía afirmar justo lo contrario: que el suministro de Flint no cumplía con la ley y que los habitantes de la ciudad estaban bebiendo agua con demasiados tóxicos.

Era demasiado tarde, no obstante, para escudarse en lecturas parciales de los análisis químicos. Los trihalometanos tampoco eran el principal problema. La creciente repercusión del asunto había conseguido que las autoridades nacionales empezasen a indagar. Una semana después del dudoso informe del perito contratado por el Gobierno de Michigan, se redactó otro informe, esta vez encargado por el Gobierno federal. Un técnico de la Agencia de Protección Ambiental, dependiente de Washington sintetizó sus propios resultados y estos eran demoledores: el suministro de Flint contenía no solamente trihalometanos, sino también plomo, metal de efectos nocivos para la salud. La dureza del agua extraída del río estaba provocando la corrosión de las tuberías, como ya habían hecho notar desde General Motors. Dado que la mayor parte de tuberías eran antiguas y contenían plomo, este terminaba vertiéndose en la red y la gente se lo bebía. Pero el informe, realizado en marzo de 2015, no fue hecho público por motivos más bien oscuros. Solamente sería revelado en junio, cuando un miembro de la Unión Estadounidense por las Libertades Civiles habló con el autor del informe. Escandalizado por lo que esa conversación le reveló, consiguió filtrar los resultados a la prensa. Aun entonces, la oficina del gobernador respondió con un vago «no hay que sacar conclusiones precipitadas de ese informe».

Pero la crisis ya se había disparado y aquel verano de 2015 supuso la caída del castillo de naipes de las mentiras y ocultaciones oficiales. Aparecieron nuevos informes que empeoraban el panorama dibujado por el de la Agencia de Protección Ambiental, que ya de por sí era tétrico. Un prestigioso grupo de especialistas en ingeniería civil y medioambiental, llegado desde Virginia, estudió el suministro de diversas partes de la ciudad y denunció que por lo menos una cuarta parte de las muestras contenía niveles de plomo que requerían intervención urgente… pero los técnicos del DEQ, a sueldo del gobernador, discutieron sus resultados. No tuvo más éxito una especialista del Departamento de Salud de Michigan, que detectó un aumento en los niveles de plomo y lo comunicó a sus superiores, solo para ver cómo estos ignoraban su aviso (aunque el correo electrónico que ella les había enviado quedó ahí para ponerlos en evidencia más adelante). Aun con la malévola dejadez de quienes lo gobernaban, el estado de Michigan no podía continuar ocultando la gravedad de la situación. Llegó otro informe, que esta vez sí, iba a hacer sonar todas las alarmas porque procedía de un punto sensible: el principal hospital infantil de Flint. Una pediatra alertaba sobre la presencia de plomo en las muestras de sangre de los niños a los que trataban. Esto ya era demasiado.

Fotografía cortesía de flintwaterstudy.org
Fotografía cortesía de flintwaterstudy.org

La cascada de informes negativos (independientes, estatales y federales) atrajo la atención de la prensa nacional y se tornó imposible que las autoridades de Michigan pudiesen continuar mirando hacia otro lado. De repente, los técnicos del DEQ revisaron sus mediciones y admitieron lo que desde meses atrás estaba en boca de todos: que los niveles de plomo en el agua eran tóxicos. Llegaba el momento de la rectificación. El gobernador de Michigan, principal impulsor del calamitoso sistema de extracción del río Flint, recomendó que la ciudad volviese a recibir el agua de Detroit. ¿El problema? El ya consabido: reconectar iba a ser muy costoso y en Flint no tenían ese dinero. Obviando que la motivación argüida para embarcarse en semejante desastre había sido el ahorro, Michigan tuvo que transferirle seis millones de dólares al Ayuntamiento de Flint para que este pudiese recuperar sus conexiones a la red de suministro de Detroit. Con todo esto, pues, se ha gastado mucho más dinero del que se pretendía ahorrar, y está el terrible coste añadido de daños sanitarios cuyo verdadero alcance no se conocerá hasta pasados bastantes años. El 16 de octubre de 2015 Flint volvía  recibir agua de Detroit. ¿Había terminado el problema? No. Como estamos a punto de comprobar, ni siquiera eso era ya suficiente.

A finales de 2015 se celebraron elecciones municipales en Flint. ¿El principal tema de discusión en la campaña? El agua… en una ciudad estadounidense, cercana a dos Grandes Lagos, en pleno siglo XXI. El alcalde Dayne Walling perdió las elecciones, como se esperaba, y fue elegida una nueva alcaldesa, Karen Weaver, que había hecho del envenenamiento su gran baza electoral. Pero veamos por qué Flint seguía sin poder beber agua del grifo.

El 5 de enero de este 2016, tres semanas después de haber sido elegida para el cargo, la nueva alcaldesa cumplió su principal promesa electoral y declaró el estado de emergencia en la ciudad, con el objetivo de que Washington le enviase cincuenta millones de dólares con los que sustituir todas las tuberías de plomo de la ciudad. Aunque el agua ahora proviene de Detroit y es de buena calidad en origen, las tuberías están ya corroídas, por lo que el plomo continúa vertiéndose en el sistema. Los niveles han bajado un poco, pero no lo suficiente. El agua de Flint sigue sin ser segura. Para agravar la sensación de caos y paranoia, han aparecido informes hasta ahora ocultos o ignorados, que revelan por ejemplo cómo tras empezar a suministrarse agua del río se produjo (¿casualmente?) un aumento en casos de infección por Legionella, incluyendo una decena de muertes. Más bazofia en el sistema de tuberías de Flint, o en todo caso, más terror y vergüenza en el ánimo de sus sufridos habitantes. El estado de preocupación es tal que el gobernador Rick Snyder, forzado por las circunstancias, ha declarado también el estado de emergencia para todo el condado de Genesee. Esto supone movilizar a la policía estatal y el Departamento de Seguridad Nacional, pero también implica que Snyder está admitiendo que su gestión ha sido catastrófica. Ya veremos si alguien, en algún momento, dictamina que esa gestión haya sido también de naturaleza criminal. En cualquier caso, Snyder difícilmente podrá salir indemne del caos que ha contribuido a crear. Ha admitido que la situación en Flint es «una catástrofe» y no le ha quedado más remedio que bajar la cabeza y pedir disculpas: «Lo siento, yo lo solucionaré». Pero aunque lo solucione, lo cual está por ver, sus responsabilidades no desaparecerán. La prensa ya se pregunta por qué Snyder, en un ejercicio de transparencia con el que pretende salvar el pellejo, ha prometido revelar e-mails de 2014 y 2015… pero no del 2013. Porque ya se están buscando posibles responsabilidades penales y la fiscalía general de Michigan ha empezado a indagar sobre todo el asunto. La cosa ha llegado incluso al debate de candidatos del Partido Demócrata, por lo que el caso ha adquirido resonancia internacional. Llegado este nivel de repercusión es poco probable que el fiscal vaya a mostrarse contemporizador y no cabe descartar acusaciones muy serias. En el aspecto técnico, investigadores de diversas agencias federales están ocupándose de los detalles del desastre para encontrar soluciones, pero cualquier arreglo costará mucho dinero y llevará mucho tiempo. Un tiempo durante el que muchos miles de habitantes del área metropolitana de Flint van a necesitar beber agua embotellada.

El presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, ha firmado un decreto de emergencia para poner en marcha los planes de ayuda. Era una medida esperada. Entre tanto, tenemos una ciudad cuya área metropolitana está tan poblada como las de San Sebastián, La Coruña, Valladolid o Tenerife… y cuya agua no se puede beber. Iniciativas ciudadanas en otras ciudades intentan cubrir las necesidades de agua embotellada, pero esto, aunque muy loable y necesario, es apenas un parche. Se necesitan millones de dólares, y todavía se necesitarán muchos más, para intentar arreglar el cataclismo producido por las ansias de ahorrar en lo fundamental. Por ejemplo, la Agencia Federal de Gestión de Emergencias (FEMA) ha aportado cinco millones para obtener agua embotellada y filtros, pero se calcula que ese dinero alcanzará para febrero y marzo. El gobernador Snyder ha prometido veintidós millones para financiar la compra de agua embotellada, filtros, pruebas caseras para la detección de plomo y la asistencia de personal sanitario. Como decíamos al principio, algunas voces sugieren incluso la evacuación de la ciudad. Por el momento, cualquier medida transitoria parece costosa y problemática, pero algo se necesita hacer. Hay cuatrocientas mil personas en Flint que necesitan beber agua todos los días y tienen pocos motivos para confiar cuando alguien les diga que las cantidades de plomo han descendido a niveles seguros (sin duda esos ciudadanos se preguntarán: ¿qué otras cosas no habrá en el agua?). Entretanto, la prensa estadounidense formula preguntas sobre cuáles deben ser los límites de las políticas de austeridad, y en este caso concreto también resultará inevitable que terminen surgiendo viejos debates sobre la redistribución de la riqueza, el abandono de zonas pobres por parte de las autoridades o incluso la cuestión racial. En cualquier caso, el absoluto desastre que estamos contemplando en Flint nos da la medida de lo que puede llegar a ocurrir cuando los que gobiernan no piensan en el bienestar de sus conciudadanos, o cuando las decisiones se dejan en manos de gestores a quienes solamente les preocupan los números. Todo esto pudo evitarse. No se evitó, porque las cosas se hicieron con prisas y sin estudios preliminares serios. No se evitó porque las autoridades manipularon, ocultaron y mintieron. Y mucha gente va a sufrir sin necesidad por ello. Así que cuando abran el grifo, no den por supuesto que va a caer agua limpia. Como ven, incluso eso puede ser arruinado por la ineptitud y la corrupción de los gobernantes.

Governor Rick Snyder of Michigan applauds at a meeting with Chinese President Xi Jinping and four other United States governors to discuss clean technology and economic development in Seattle, Washington September 22, 2015. Xi landed in Seattle on Tuesday to kick off a week-long U.S. visit that will include meetings with U.S. business leaders, a black-tie state dinner at the White House hosted by President Barack Obama and an address at the United Nations. REUTERS/Matt Mills McKnightCODE: X02902
El gobernador de Michigan, Rick Snyder, con su botella de agua mineral. Fotografía: Cordon Press.


Belén Barreiro: «Podemos se ha sentado en la silla del PSOE y el PSOE de momento se ha quedado de pie»

Belén Barreiro para Jot Down 0

Belén Barreiro (Madrid, 1968) es socióloga y directora del Laboratorio de la Fundación Alternativas, que define como progresista y no viculada al PSOE. Fue la primera en predecir la irrupción de un fenómeno como el de Podemos en la vida política española. También es una adelantada al definir el cambio en el campo de juego tras la crisis económica: el debate derecha-izquierda ha dado paso a otro de ciudadanos contra élites. Fue asesora en el Gabinete de Presidencia con José Luis Rodríguez Zapatero y presidenta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) durante dos años, 2008-2010. Su defensa de la independencia de la institución la enfrentó con María Teresa Fernández de la Vega. A sus cuarenta y seis años es una emprendedora: creó MyWord, una empresa de estudios demoscópicos. La revista Tiempo la incluyó en septiembre de 2011 entre las cien mujeres españolas más influyentes del siglo XXI. La conversación tiene lugar en la sede de Alternativas. Hablamos de Podemos, del hundimiento del PSOE, de la ceguera de las élites y de la nueva realidad española.

El País publicó una encuesta sorprendente: el 62% de los españoles está a favor de un referéndum sobre la monarquía. Resulta increíble que en un período tan corto —no habían pasado ni quince días de la abdicación se generara esa masa de opinión pública. ¿Es una cifra real o está motivada por el momento?

En general, cuando se pregunta por refererendos, a los ciudadanos les gusta decir que quieren opinar sobre todo. Si se preguntase a los ciudadanos si quieren un referéndum sobre otro tipo de cuestiones es probable que encontrásemos cifras parecidas, lo cual es lógico. También es verdad que en este momento, los ciudadanos sienten la necesidad de exigir más democracia, porque viven con la sensación de que la democracia se ha vaciado de contenidos, de que se han ido estrechando los espacios de decisión ciudadana.

¿Es real esa percepción ciudadana?

Sí, es real. Es una percepción que afecta sobre todo al ámbito socio-económico. Perciben que la crisis ha producido unas políticas y unos resultados que ni comparten ni les benefician. Esto ha dejado la sensación de que llevamos demasiados años haciendo políticas económicas no compartidas por la mayoría, en España y en otros países europeos. Hay muchos datos de los ciudadanos oponiéndose a las políticas de austeridad. En el observatorio de MyWord para la cadena Ser (el ObSERvatorio) hicimos algunas preguntas sobre esto y salen mayorías abrumadoras.

Si los políticos deberían gobernar por el bien común y en nombre de la mayoría, ¿cómo es posible que algunos se empeñen en hacerlo en contra? Recordemos Irak en 2003.

La guerra de Irak es un ejemplo significativo de cómo un Gobierno podría haber decidido estar a favor de la mayoría y decide estar en contra, y pagar por ello un coste electoral enorme. El caso de la crisis económica es más complejo porque con la crisis se estrecha el margen de maniobra de los gobiernos. Cuando eso ocurre es importante que se den las explicaciones necesarias de por qué estamos decidiendo lo que decidimos. En democracia, los gobiernos no tienen que decidir siempre lo que quiere la mayoría. Pero cuando sus acciones de gobierno no coinciden con lo que quiere la mayoría es fundamental que haya explicaciones contundentes. Con este Gobierno es obvio que hay poco rendimiento de cuentas, pocas preguntas que se contestan a los periodistas porque no se dejan hacer, escasas comparecencias y explicaciones públicas. Eso daña a la democracia. El ciudadano no solo siente que se decide en contra de lo que quiere, sino que encima ni siquiera se explica por qué se hace así.

¿Esta ausencia de explicaciones es lo que hizo tanto daño al PSOE y a Zapatero?

Sí. En la evolución del voto a Zapatero, con los datos del CIS, se observan pérdidas suaves desde que España entra en crisis, y se aceleran a partir de mayo de 2010.

Hablé con el jefe de gabinete de un ministro. Saqué el asunto del referéndum con el argumento de que la monarquía ganaría en este momento de forma holgada. Estaba de acuerdo, pero afirmaba que eso era jugar con fuego. ¿Por qué tanto miedo a consultar algo importante que podría legitimar al rey durante décadas?

Porque en España las élites políticas, incluso cuando son progresistas, son enormemente conservadoras. Hay un miedo atroz a aceptar debates que cuestionen aspectos fundamentales de la Constitución. Por eso se utiliza la Constitución como ese gran acuerdo dentro del cual hay que tomar las decisiones, pero sin admitir que el acuerdo no es más que un acuerdo, y que como tal se puede revisar.

En la vida hay que revisar y actualizar los pactos; sucede en la pareja.

Con la monarquía existe un miedo objetivo porque los jóvenes no apoyan como los mayores a la monarquía. Cuando empieza a bajar la nota general en los estudios del CIS lo hace a causa de los jóvenes. Los jóvenes que no han vivido la Transición, el golpe de Estado y consolidación de la democracia, carecen de argumentos objetivos a los que agarrarse para defender la monarquía. Ven que es una institución que chirría con la democracia y que no produce buenos resultados. Lo que ha ocurrido desde 2007 no ha sido precisamente ejemplar. No la ven como una institución legítima. Abrir el debate sobre un referéndum que yo lo haría porque creo que es importante sin el apoyo de los jóvenes es delicado. Quizá ahora ganaría la monarquía, pero tal vez en diez o quince años, no. ¿Qué puede ofrecer la monarquía para convencer a los jóvenes de que es mejor solución que la república? Debe haber un ejercicio deliberado de introducir más transparencia, convertir la monarquía en una institución útil para los valores que compartimos, como la solidaridad y la cohesión social. Los resultados que logró Juan Carlos I pasaron; ahora estamos en otra etapa y hay que volver a trabajar; si no, se van a quedar sin los jóvenes.

¿Cree que Felipe VI puede dar ese impulso? ¿Qué debería hacer para recuperar el prestigio que tuvo su padre en los primeros años de reinado?

Tiene una gran ventaja que se aprecia en el último ObSERvatorio que hicimos hace unas semanas. La diferencia respecto a su padre es la ejemplaridad. Los ciudadanos le ven capaz de dotar a la institución de ejemplaridad, algo que no veían en el caso de Juan Carlos. Es uno de los caminos por donde debería trabajar: la ejemplaridad unida a más transparencia.

Juró vestido de militar, pero al menos quitó la misa pública.

Sí, es un paso importante para conectar con la sociedad. En un estudio muy amplio que he hecho ahora sobre la sociedad española entre dieciocho y sesenta y cinco años hay una pregunta directa, sobre si te defines religioso o no. El diecisiete por ciento lo hace. Este es el país que tienes y al que tienes que mirar. Es un país que en la cuestión religiosa no tiene nada que ver con la España de hace treinta años.

¿Vivimos en un país gobernado por una élite que no entiende a los ciudadanos?

La élite se ha quedado a años luz. Los ciudadanos no solo tienen la sensación de que la élite gobierna en contra de ellos, sino de que antes de la crisis la élite política ya se había quedado a remolque de la sociedad. El PSOE, como partido que siempre ha representado las grandes mayorías sociales o como dicen en el PSOE, el partido más parecido a España, hace tiempo que no sabe colocarse por delante de la ciudadanía, ni siquiera acompañarla. España se ha vuelto prácticamente laica y tenemos legislaciones que no se corresponden a lo que somos.

Solo uno de cada cuatro se declara religioso, y tenemos un Gobierno que introduce la religión en las escuelas, que impulsa una ley del aborto restrictiva. Pero Zapatero no se atrevió a sacar la asignatura de Religión de los colegios.

Es un ámbito en el que gobiernan mirando a una minoría poderosa representada por la Iglesia católica. El típico ejemplo en el que un grupo de presión, que en este caso es la Iglesia católica, tiene capacidad para hacer que los gobiernos no vayan en consonancia con las mayorías. El electorado del PP tampoco está a favor de la reforma de la ley del aborto. No hay mayoría social que acompañe a esos cambios legislativos.

Es un grupo muy poderoso financiado por el Estado. Es un poder histórico, no actual.

Sí, es histórico, pero también ocurre con la monarquía. Las élites conviven entre ellas: los políticos de los grandes partidos tradicionales, los representantes de las grandes instituciones incluyendo la monarquía, el poder judicial, las grandes corporaciones y la banca. A veces me da la impresión de que esa élite se comunica sobre todo entre ellos. Se han creado una idea de la realidad que es la suya, que no tiene nada que ver con la realidad que se ve en las encuestas o en la sociedad. Cualquiera que hable con mucha gente lo puede ver. Ellos tienen una realidad paralela; ya vivían en esa realidad antes de la crisis, aunque ahora esa realidad no solamente gobierna de espaldas a la ciudadanía en determinados temas, sino en contra de las mayorías ciudadanas en asuntos importantes como la cuestión socioeconómica.

Belén Barreiro para Jot Down 1

Sostiene que hemos pasado de un debate derecha-izquierda a un debate de ciudadanía-élites, y no solo en España; lo hemos visto en las elecciones europeas con distintas formas de protesta. Hay una ruptura ciudadana.

Esa fisura concreta es consecuencia de la crisis y de producir malos resultados sin tener en cuenta la opinión de las mayorías. En democracia eso es gravísimo, porque le quita sentido.

Este cambio radical, de un debate horizontal a otro vertical, siguen sin captarlo las élites; de ahí viene la sorpresa de Podemos.

Dos años antes, en julio de 2012 escribí en El País un artículo titulado Regreso del futuro en el que hablaba de unas hipotéticas elecciones generales en 2016 ganadas por un nuevo partido, al que llamaba el Partido Radical y que visto lo visto es Podemos y en las que se hundía el bipartidismo, más el PSOE que el PP. Explicaba que el nuevo partido nacía desde la ciudadanía para ofrecerse soluciones a sí misma. El partido estaba compuesto por personas que no eran políticos profesionales, sino gente de la universidad y distintas asociaciones. Nacía de dos fisuras: la generacional entre unos mayores con derechos sociales garantizados y unas nuevas generaciones sin derechos sociales y una crisis política e institucional enorme. Algo de eso es lo que ha pasado con Podemos. Y eso fue hace dos años. En los indicadores de opinión pública ya se veía que existía esa fractura entre la élite y la ciudadanía, y que si no se tomaban medidas el resultado iba a ser el nacimiento de un nuevo partido, que se situaba en la izquierda aunque en otros países ha sido en la derecha. Podemos gana porque sabe hacer un diagnóstico que coincide con el de los ciudadanos, no porque tenga soluciones. Los dos grandes partidos no han hecho el diagnóstico para saber cómo está la sociedad y qué necesidades tiene. Parece mentira, porque es el punto de partida básico de cualquier hoja de ruta de cualquier equipo político, luego ya verá cuáles son las soluciones. El diagnóstico es clarísimo: una desigualdad creciente, pobreza creciente y deterioro de una democracia que se vacía de contenidos y la sensación de no formar parte de los procesos. Ese diagnóstico, que es el que hace Podemos, lo vemos todos pero nada de esto está en boca de los grandes partidos. Hacen discursos sobre austeridad y desigualdad, pero no forma parte del núcleo central de lo que debaten.

El bipartidismo sigue sin entender; ataca y desprecia a Podemos. Les están haciendo una campaña tremenda. Parece que la élite de IU tampoco ha entendido el mensaje del todo.

Podemos compite más con el PSOE que con un IU. Según los datos, la media ideológica de Podemos es un 3,7; esa es la posición del electorado del PSOE. Los primeros análisis sobre el electorado de Podemos permiten decir que procede de varios sitios: de IU, de la abstención, del PP… Pero el grueso viene del PSOE. A la derecha le conviene el surgimiento de Podemos, si son cortoplacistas. Nadie le conviene a largo plazo. Hay demasiados factores sorpresa en una organización como Podemos. Puedes compartir sus principios generales, pero de esos principios a medidas políticas concretas hay un camino enorme del que todavía no tenemos pistas. A largo plazo, el crecimiento de Podemos es un riesgo para la democracia española, una aventura. Puede salir bien, pero también puede salir mal. La derecha debería entenderlo así, debería ver que más vale cambiar el sistema por dentro que introducir un elemento que no sabemos por dónde va a salir. A corto plazo, Podemos beneficia a la derecha porque implica un factor de fragmentación en la izquierda. Puede suponer que el PSOE sea incapaz de ganar elecciones mientras Podemos esté instalado en una cuota parecida a la que tiene o superior. A corto plazo, el PP tiene incentivos para presentar a Podemos como un partido radical, porque el electorado más moderado va a tender hacia el PP ante la amenaza de un Podemos que no se sabe muy bien qué es y que, aunque su electorado esté en las posiciones cercanas al PSOE, la gente lo percibe como un partido más radical. La derecha tiene incentivos a corto plazo para criminalizar a Podemos, pero a largo plazo no debería hacerlo. Por la izquierda, ha impedido a IU crecer todo lo que debería; puede empujarles a su posición de origen, muy minoritaria. Pero al PSOE le puede impedir ganar elecciones. Está situado en su hueco. Es como el juego de las sillas, Podemos se ha sentado en la silla del PSOE y el PSOE de momento se ha quedado de pie.

El 15-M fue la escenificación del hartazgo y el rechazo masivo de la ciudadanía. Se basó en movimientos asamblearios sin líderes. Todo es muy puro. Tras ocupar Sol, despareció, se trasladó a los barrios donde empezaron a activarse las asociaciones de vecinos y otras. La PAH nace del 15-M. Tiene objetivos muy concretos, una estructura, un discurso potente y una causa justa. Lo mismo se podría decir de los preferentistas. Podemos sale de ese magma. Su gran reto ahora es cómo mantener el movimiento asambleario que les da fuerza y les permite conocer el pulso de la calle y crear una estructura política con unos liderazgos claros que permita ganar elecciones.

Sí, es difícil porque la política tiene leyes universales, que son las de la naturaleza humana: hay gente buena y gente mala que tienen que convivir en una organización. Además, la política exige una cierta disciplina. Toda organización necesita una posición y para llegar a ella hay que hacer negociaciones y renuncias. Es inevitable. El éxito de Podemos depende en gran medida de lo que haga el PSOE y de su capacidad para convertirse en una organización ágil y capaz sin renunciar del todo a los principios que defienden.

En Alemania en los años sesenta, los Verdes eran un movimiento capaz de detener trenes con basura nuclear, pero no podían modificar políticas. Para cambiar las cosas era necesario transformarse en un partido. Hubo un debate interno que llevó años antes de encontrar el equilibrio entre un movimiento de base y una organización eficaz.

Ese es uno de los retos. El otro es trasladar los grandes principios a políticas reales, públicas y que se puedan aplicar, porque algunas cosas del programa de Podemos, como suprimir o limitar las puertas giratorias. Podría haber sido una iniciativa del PSOE, decidir que durante los diez años siguientes a dejar de ser ministro no puede ir a una empresa de esas características, en lugar de una limitación de dos años, que es poco tiempo. Hay cosas que dependen de los políticos, y esa es una de ellas. Ahí sí que se nota la falta de reacción de un partido como el PSOE, que no pensó antes que algo así era necesario. O la bajada de sueldos de los políticos, aunque sea un debate lleno de demagogia. Ya que la crisis económica coloca a la clase política frente a una sociedad que sufre, a lo mejor no es mala idea controlar los sueldos, más como medida de empatía que por los efectos económicos. El PSOE lo hizo al final de la legislatura y hasta donde sé se ha mantenido, pero la propuesta de Podemos es más radical. Si un eurodiputado gana ocho mil euros al mes, ellos deciden reducirlo a menos de dos mil euros; el resto lo donarán. Una cifra de ocho mil euros suena grotesca en una sociedad como la española.

Belén Barreiro para Jot Down 2

El Parlamento debería ser transparente. Se pueden entender las ayudas para el alquiler de piso, que quizá sea más barato que un hotel. Lo que no es lógico es que ese mismo plus lo reciba alguien que tiene una o varias casas en Madrid o Mariano Rajoy, que vive en la Moncloa.

Se trata de introducir racionalidad.

Ada Colau se presenta a la alcaldía al frente del movimiento ciudadano Guanyem Barcelona, en el que podrían estar Podemos y otros grupos. 

Sí, es lo que contaba en ese artículo hace dos años, un partido con esas características, y Ada Colau es su fichaje estrella. Para mí esto simboliza la evolución de la sociedad en la que se han producido dos grandes cambios con la crisis económica: por un lado la fractura entre la élite y la ciudadanía; por el otro, una sociedad que en lugar de volverse apática y encerrarse en su pequeña vida para sobrevivir como pueda, decide volverse activa y buscar dentro de sí misma las soluciones a los problemas que la élite no es capaz de dar. Por eso desde la crisis ha crecido el interés por la política. Es una sociedad que como aprende de política y economía, y participa en movimientos sociales, se siente preparada para ofrecer soluciones. En realidad Podemos y el movimiento de Ada Colau son productos de una sociedad que no se ha quedado pasiva, sino todo lo contrario. Se ha vuelto activa y solidaria, dispuesta a dar con las soluciones. Si no se las ofrece la élite política, las crea por sí misma. De ahí pueden nacer cosas positivas para la sociedad española, puede nacer una sociedad más vibrante.

No sé si fue Platón quien dijo que si el ciudadano no se involucra en la política le gobernarán los mediocres.

Por eso han decidido los ciudadanos tomar las riendas de la política.

El problema del PSOE no es solo de nombres e ideas, es de conexión.

Totalmente.

¿Cómo la podría recuperar?

Primero, debe hacer un diagnóstico correcto de la situación. Para mí, el diagnóstico es reconocer que la socialdemocracia tiene hoy en día limitaciones importantes en su capacidad de decisión. Esto tiene que ver, en parte, con el diseño del euro que obliga a los gobiernos a renunciar a la política monetaria. Pero tiene que ver también con la globalización. Lo que está pasando en España está pasando en otras democracias. Con la globalización se estén tomando decisiones sobre la vida de los ciudadanos en ámbitos que no son los de la democracia nacional. Para buscar una solución a este problema, si es que la tiene, lo primero es reconocer la existencia del problema, y contarlo con naturalidad y sinceridad. Lo peor que puede hacer un político es jugar a lo que están jugando ahora, decir que se tomó esa decisión en mayo de 2010 [la de los primeros ajustes] pero sin precisar si fue correcta o no. El PSOE aún no ha explicado si aquella decisión de Zapatero fue el primer paso en un camino correcto. Se mueve entre momentos en los que dicen que fue incorrecto y que ahí empezaron todos los males y los que dicen que ese era el único camino posible. La cuestión esencial es lo que está detrás: una democracia secuestrada. El primer paso para la izquierda es reconocer que la democracia está secuestrada, y que eso tiene difícil solución, pero puede tenerla. Lo que no puedes es negar que existe ese problema, porque si no estás permanentemente jugando con un lenguaje de cartón y hablas de cosas que no son las cuestiones centrales. Ese ejercicio de sinceridad es el primer paso para intentar buscar soluciones. El segundo es entender las prioridades ciudadanas, que son tres: empleo, desigualdad y pobreza. Me llama la atención que en los discursos de líderes salientes y entrantes no reconozcan que los asuntos centrales son una democracia secuestrada y tres problemas mal resueltos que han producido mucho daño. Abramos el debate sobre posibles soluciones, en España y fuera. En lugar de hacer ese diagnóstico hablamos de Cataluña, que no es un asunto prioritario para los ciudadanos.

¿Ni siquiera para los catalanes?

Para ellos sí, pero no para el resto de los españoles. Es un problema político, no ciudadano. Si haces de ese asunto el centro de tu discurso no pretendas que los ciudadanos se identifiquen con lo que dices. Si estuviese en política daría el paso de reconocer que hay cosas que no tienen solución o que se ha de empezar a trabajar en ella. Hay una mezcla de diagnóstico mal hecho con la de actitud de «Yo resuelvo todo». Hay cosas que no se pueden resolver así.

¿La fundación Alternativas está relacionada con el PSOE?

No, Alternativas es una fundación independiente y progresista, y en la medida en que es progresista se la relaciona con el PSOE, con IU…

¿Tiene relación económica?

No, no la tiene.

Fue directora del CIS en 2008 y dejó de serlo en 2010. En contra de lo que la gente piensa, no la destituyó el PP, sino el propio PSOE. Tuvo sus más y sus menos con la vicepresidenta Fernández de la Vega. ¿Por qué cuesta tanto respetar la independencia de los organismos?

No sé si es con todos los organismos, aunque es posible que algo de eso haya. Lo que sí tienen muchos políticos es un problema grave con las encuestas, porque también tengo fuera del CIS los mismos problemas por las encuestas. Es un clásico: el espejito de Blancanieves. Te miras y no sale como quieres. Como no dice que eres el más guapo, te cargas el espejito. Eso es lo que representa la encuesta. Detrás de lo que pasó en el CIS no es tanto el intento de manipular un organismo independiente sino de no querer ver la realidad que muestran las encuestas.

La última encuesta del CIS antes de las elecciones europeas ofreció un resultado falso: un auge del bipartidismo cuando se ha producido lo contrario, el hundimiento.

El hundimiento del PP y PSOE fue tal cual lo adelantábamos en el obSERrvatorio de febrero. En el caso del PP nos desviamos un punto y medio; el PSOE dijimos veintitrés por ciento del voto y salió. A la vuelta del verano se produce una división entre la mayor parte de los institutos de opinión pública, los que defendían que el bipartidismo no se estaba hundiendo tanto, y dos locos, los de La Sexta y yo, que decíamos que sí se estaba hundiendo.

La predicción para las municipales puede ser peor todavía.

Veremos, porque hay que ver qué efecto produce el cambio de liderazgo en el PSOE, que es muy importante. Y qué efecto tiene la incipiente recuperación económica. Los ciudadanos perciben que la economía irá a mejor —no que lo esté, sino que irá, y las expectativas económicas influyen en el voto.

Belén Barreiro para Jot Down 3

Un coronel estadounidense experto en contrainsurgencia me dijo durante una entrevista que sabía que los muros que habían levantado en Bagdad no aportaban seguridad, pero creaban percepción de seguridad. Si logras, decía, que la ciudad tenga percepción de seguridad, la percepción generará seguridad.

Algo así de retorcido es lo que pasa. El problema es que no hacer frente a la realidad de las encuestas te lleva a hacer cosas que profundizan tu declive porque no tomas las medidas necesarias ni haces los discursos necesarios. Es una falsa huida y me parece absurdo.

¿No se resolvería mejor la situación de Cataluña preguntando a los catalanes de forma clara? Quiere ser independiente, sí o no, sin rodeos.

Sí, soy partidaria del modelo canadiense. Creo que solo ese modelo es compatible con una democracia digna de ese nombre. No creo que haya que tenerle miedo a la democracia bajo ningún concepto. Si tu objetivo es que España permanezca unida no hay estrategia menos inteligente que la prohibición; es algo que ocurre en todas las esferas de la vida: basta que prohíbas algo para que entren las ganas. Si dejas que la gente reflexione y sienta que tiene la libertad para decidir y colocas argumentos encima de la mesa de por qué es bueno que nos quedemos en un país unido es probable que ganes la batalla. El independentismo catalán se ha mantenido estable durante todos estos años de democracia. Se dispara tras la sentencia del Constitucional sobre el Estatut. Es un mecanismo psicológico de rebeldía frente a una situación en la que no te permiten ser lo que quieres ser.

Si se le añade la crisis económica, el 15-M…

Claro. Ese sueño es Podemos en España; allí, el independentismo.

Hay un modelo de secesión, el de Montenegro. El referéndum lo organizó la Unión Europea, en concreto Javier Solana, cuando era Mr. Pesc. Impuso dos condiciones: una participación del 60% y un 55% de síes. Participó más de un 80% y ganó el sí con el 55,9%. En Cataluña, como no se discute de nada, tampoco se habla de las condiciones de la consulta.

Eso es lo que se debería entrar a discutir. La democracia debería funcionar en casi cualquier tipo de decisión, pero también es verdad que las mayorías tienen que tener sus limitaciones. Por eso se crean los tribunales constitucionales, con el objetivo de moderar las mayorías y que no puedan vulnerar los derechos fundamentales de los individuos. En el caso de un referendo tienes que templar la mayoría. Hay muchos modelos y soluciones. Desde decidir ahora que sí pero aplicarse dentro de seis u ocho años; decidir que sí pero que sea una decisión revisable o confirmarla al cabo de un tiempo antes de que puedas ejecutar esa decisión… Hay muchas maneras de enfriar a la mayoría.

Hablaba del modelo canadiense para Quebec.

Lo que más me gusta es el razonamiento que tiene la sentencia con respecto a esta cuestión en Canadá. En una democracia, una petición como la de la independencia, no puede obtener un «no» por respuesta porque es legítima. Una petición legítima tiene que tener una respuesta razonada en términos democráticos. Eso no significa «Sí, haced lo que queráis», sino que tiene que ser una respuesta que case con la democracia. La democracia no se puede permitir el lujo de rechazar peticiones que no vulneran derechos fundamentales. Hay un problema adicional, que es el del «demos». La democracia se construye sobre esta idea de «demos» o pueblo. Quizá los catalanes piensan mayoritariamente que forman parte de un «demos» diferente. Puedes acusarles de nacionalistas, pero está en la base de la constitución de las democracias: nacen porque se asocian personas que quieren convivir democráticamente.

Artur Mas llegó a decir que en el caso que hubiera un referéndum estaba dispuesto a aceptar un corte superior al 50%. ¿Cómo están las encuestas?

La última que hicimos en el obSERvatorio de la Cadena Ser da mayoría a estar a favor del referéndum, un 80%.

¿Y a favor de la independencia?

También mayoría, creo que era el 52%. Está en el límite. Hay una bolsa de indefinidos. Es un escenario de gran incertidumbre. Conforme más niegues que se pueda celebrar la consulta y más se insista en que la Constitución es sagrada y que ningún cambio es posible, más crecerá. Por una cuestión normativa y de pragmatismo, las soluciones que se están adoptando son irracionales. Echo en falta en el debate argumentos emocionales. ¿Has oído a algún político decir que quiere que Cataluña forme parte de España porque cuando viaja a Cataluña se siente orgulloso de lo que ve? A mí me encanta viajar a Cataluña. Cuando estoy allí me siento muy a gusto, pero nadie lo lleva a un terreno más emocional. En las relaciones humanas siempre se acaba expresando cómo se siente uno con respecto al otro. ¿Por qué nadie dice eso? Pones cualquier televisión de derechas y no te extraña que se quieran ir, porque todo son críticas. Es un «Os ponemos a parir y os quedáis, a la fuerza». ¿Has oído al presidente del Gobierno dirigirse a los catalanes para hacer una exposición de por qué estamos mejor juntos?

¿Decir que les queremos, que les respetamos?

Son cuestiones mucho más emocionales y de comunicación. Los catalanes necesitan que se les hable específicamente a ellos, porque sienten que tienen una demanda específica. No se les puede tratar como a una parte más. Necesitan una comunicación bilateral, no para insultar, reprochar o negar, sino una comunicación bilateral positiva.

Hay tres problemas estructurales: si la jefatura del Estado debe ser sometida a referéndum, cómo resolver el asunto de Cataluña y la reforma de la Constitución. ¿Hay espacio para la llamada tercera vía, para la refundación territorial en un Estado federal en el que Cataluña y el País Vasco se sientan a gusto?

Podría ser una solución. El problema es cómo concilias al PP en una solución así. Pero el PP tiene que cambiar su posición. Se ha metido en un discurso centralista que electoralmente le ha sido rentable, pero como no se muevan de ahí tiene difícil solución.

Belén Barreiro para Jot Down 4

También me gusta mucho Cataluña. Las últimas veces que he estado he percibido una especie de pensamiento único emocional que vive, más allá de lo racional, de una ilusión colectiva. La independencia no va a cambiar la realidad ni sus actores. Pasaporte nuevo, nacionalidad nueva, la misma casta.

Pasa igual con el debate de la Constitución. Estoy de acuerdo en que necesita modificaciones, pero es peligroso creer que la Constitución va a solucionar problemas. No va a arreglar el paro, la desigualdad, un crecimiento de la pobreza que no debería suceder en un país como España, y el secuestro de la democracia. Puede impulsar determinadas mejoras en la democracia, pero los problemas socioeconómicos no tienen arreglo con la Constitución. El problema de meterte —y pasa igual con el independentismo en ese tipo de debates es creer que los problemas prioritarios se van a solucionar como por arte de magia con cambios que no tienen nada que ver con esos problemas. Me da la impresión de que en España, cuando se habla con tanta insistencia de la reforma de la Constitución, se cae en un sueño mágico de que con el cambio de la Constitución vamos a estar mejor. Y no.

La negación de la realidad lleva a negar lo evidente, como que hay hambre en España, algo que denunció Cáritas, una organización próxima a Podemos como todo el mundo sabe.

Sí, en España hay hambre. Tenemos un estudio sobre la desigualdad en el que vemos un deterioro importante. Ha crecido la desigualdad hasta ponernos a la cabeza de los países europeos. La bolsa de pobreza ha aumentado. Hay un empobrecimiento generalizado. Una de las preguntas que hicimos en el obSERrvatorio y que luego repetí por mi cuenta fue si se cree que se ha descendido de clase social. Los ciudadanos creen mayoritariamente que sí, porque también están los que han sufrido bajadas de sueldo que les han colocado en una situación que, sin ser de pobreza, está al límite de lo aceptable. Luego está el fenómeno de cómo se ha distribuido el paro en esta crisis. Hay más hogares con los dos miembros en paro que en otras crisis. Hoy en día, los pensionistas, que hace unos años eran un problema, son el refugio de las familias. Es increíble.

Hay muchas familias que viven de la pensión de los abuelos.

Las pensiones subieron con Zapatero y se han mantenido; ahora parece que son los ricos de la sociedad. Acordémonos de lo que significaba una pensión hace unos años. Es dramático.

Las fotografías de Samuel Aranda, que publicó The New York Times, de gente buscando en la basura, son reales. Yo lo he visto.

Sí, yo también lo he visto.

Eran familias normales.

Sí, incluso de clase media.

Tuvo que denunciarlo la prensa extranjera. Hay también una élite periodística que compra el discurso completo de la élite política y se mantiene ajena a la calle. Son las redes sociales y algunos medios digitales los que están moviéndose en ese terreno.

Algunos medios han hablado de desigualdad, igual que el PSOE en varios momentos de la legislatura, pero es verdad que no tiene el reflejo en los medios de comunicación que debería tener. Es lo más importante y grave en términos del cambio social que ha sufrido España. Debería ser una noticia permanente, pero coges un periódico y no lo es.

En la ciudadanía existe la sensación de que los periódicos tradicionales han perdido la conexión. Hay excepciones; incluso en periódicos muy criticables hay excepciones todos los días, pero la sensación es que han perdido el contacto con la realidad y que esos medios están sufriendo el mismo rechazo que sufre la élite política y económica.

Sí, en una parte de los medios es así. También ocurre a una parte de las grandes corporaciones y a la banca. Hay nuevas exigencias por parte de los ciudadanos, que los colocan en el mismo saco que las élites que no están cumpliendo con sus expectativas. Sucede algo interesante con internet, que afecta a los grandes partidos: el PP y el PSOE se han quedado con la gente mayor. El PP más, pero también el PSOE. Todo el mundo entiende que la clase social debería ser un determinante del voto; que la gente vulnerable vote a la izquierda y los más protegidos, a la derecha. Es un clásico. Lo extraño es que desde 2011 se está abriendo también una fisura en términos de edad. Los dos grandes partidos se quedan con la gente de más edad. Podemos tiene un electorado más joven. Pero no me refiero a jóvenes de dieciocho a veinticuatrio años, el corte está alrededor de los cincuenta y cinco. Es la consecuencia de la revolución tecnológica. En 2004, la penetración de internet en España era del treintaypico por ciento; ahora está más allá del setenta. Ya hay casi tantos hogares con internet como con teléfono fijo. Si traduces la edad a la sociedad digital ves que los partidos grandes se han quedado con la sociedad analógica. No significa que entre sus votantes no haya gente con internet, pero he mirado el porcentaje de gente que tiene internet entre los electorados de PP y PSOE y es bastante menor que la media de españoles, y mucho menor que en el electorado de UPyD e IU; y ni te cuento Podemos, cuando salgan los datos. Eso no solo significa que te has quedado con una sociedad envejecida, sino que tu organización no está sabiendo responder al cambio de mentalidad que implica la sociedad digital. Puedes criticarla mucho, pero España es el quinto país en redes sociales. Y en las redes sociales las exigencias de información son enormes, así como la capacidad para contrastar informaciones falsas. Eso significa una sociedad más rápida y vigilante. Cualquier mentira se va a descubrir y denunciar. Es una sociedad a la que no te puedes dirigir con un eslogan. Es una sociedad más informada, más sutil, más vigilante y que exige que hagas las cosas mejor. No vale decir que vas a convocar primarias y luego hacer un congreso extraordinario. En una sociedad analógica podía no pasar factura porque había un control claro, la información llegaba a los ciudadanos a través de TVE por eso era tan importante el control de la televisión pública, y a través de los grandes periódicos, que a su vez tenían una relación estrecha con las élites políticas. Todo eso se ha terminado. La sociedad digital funciona con autonomía, no la puedes controlar.

Belén Barreiro para Jot Down 5

De ahí viene la campaña del Gobierno contra Twitter. ¿Por qué esa criminalización tras la muerte de Isabel Carrasco? No es la primera vez que hay insultos y amenazas.

Porque no lo controlan. La política siempre se hizo en España con un cierto control sobre los medios de comunicación. Eso no significa que todos los periodistas estuviesen comprados, había independencia, pero había un cierto control. No controlan las redes sociales porque es imposible. En lugar de hacer una lectura positiva y decir «como no puedo controlarlo voy a empezar a decir la verdad y a hacer las cosas bien porque no me van a pasar ni una», que es lo que debería suceder, se cierran en banda y tienen reacciones de ese tipo. Se están quedando con la sociedad analógica. La penetración en la sociedad digital depende de la impecabilidad de su comportamiento.

En España hay tolerancia de la corrupción. Se vuelve a votar a los corruptos.

No tengo tan claro si los ciudadanos la toleran. El éxito del PP en 2011 se debió a que en ese momento los ciudadanos creyeron que era un partido capaz de resolver los problemas económicos de España. No creo que ahora piensen lo mismo. Respecto a la corrupción hay un factor que pesa más, y muchos estudios lo demuestran: si te has ganado buena reputación como gestor de la economía puedes tapar todo lo demás. Y no es que no importe, es que al final tienes que decidir, votas o no votas.

Antes hablaba de democracia secuestrada debido a la globalización, pero también existe una sensación de democracia secuestrada aquí, por una élite que la ha vaciado de contenidos.

La sensación es real; tiene que ver con la impotencia en el ámbito de la política económica. Los ciudadanos han percibido que las grandes decisiones sobre el destino de España no dependen de la clase política española. Por si fuera poco, la clase política española no ha resultado ser ejemplar. Con la mezcla de las ambas cosas dices: «Mira, si no tienes capacidad para decidir y lo único que haces es enriquecerte, se acabó». Es una combinación letal.

José Mújica, el presidente de Uruguay, habló en una entrevista con Jordi Évole de un cierto infantilismo en la izquierda, no reconocer que está metida en un mundo global con claras limitaciones de maniobra. La izquierda aún parece perdida desde la caída del muro de Berlín. En el caso de la socialdemocracia es evidente. Lo que se descalifica como izquierda radical, Syriza en Grecia o Podemos aquí, encontraron un discurso fresco, menos dogmático y más próximo a la ciudadanía. No sé si la izquierda se está regenerando pero la socialdemocracia parece absolutamente noqueada.

Sí, está noqueada porque su planteamiento es no aceptar que los problemas existen porque no les ve solución. Es un bucle complejo. Podemos, al que de momento nadie le pide una hoja de ruta de gobierno, se puede permitir, como todos los partidos que no llegan al poder, decir lo que le da la gana. El problema es cómo hacer un diagnóstico certero y ofrecer soluciones reales a los problemas identificados. Ahí es donde está atrapada la socialdemocracia. La visión del ciudadano es que la socialdemocracia ni acierta en el diagnóstico ni tiene soluciones.

Existe una sensación creciente en el ciudadano de que su voto no sirve para nada; gane la derecha o la socialdemocracia, la política económica va a ser la misma. 

Eso es lo que ha pasado en España. Es una situación compleja para el elector. Por eso hace falta un cambio radical de discurso. Hacer política hoy en día conlleva una parte de impotencia que antes no había, pero hay ámbitos en los que todavía tienes capacidad para decidir. Por eso la ejemplaridad no es algo menor. Cuando tienes tantas limitaciones qué menos que ofrecer la ejemplaridad.

Puede que a Juan Carlos I le afectara más el elefante de Botswana que cualquier otra cosa. Aquello abrió la veda contra la monarquía.

La ejemplaridad es importante para la monarquía por distintas razones; en este caso es porque no tiene esa legitimidad democrática. Lo es también para la clase política en su incapacidad para buscar el camino adecuado. Esto se ha convertido en algo importantísimo. En Podemos son plenamente conscientes. Es volver a los orígenes de lo que debería ser la representación política: los representantes políticos no son consejeros en el consejo de administración de una empresa, son mandatarios de los ciudadanos, y ese vínculo se ha desvirtuado en el camino. El político no debería vivir como parte de la élite, debería vivir como parte de la ciudadanía, puesto que tiene que defender a los ciudadanos.

Los periodistas no deberíamos ser portavoces ni altavoces de esa élite.

Quizá porque en Madrid se ve más, pero llevo una época pensando que hay una élite de periodistas que se nutre de esa élite política y económica, reproducen los mismos clichés y problemas; tienen como prioridades los de una élite que no tiene nada que ver con la ciudadanía. Los periodistas se pervierten en su misión de transmitir información sobre la sociedad para convertirse en transmisores de información sobre los líos de la política, que al final, ¿a quién le importan? Hay mucho periodismo de ese.

¿Qué ha pasado en Francia con el Frente Nacional?

Pues lo mismo.

¿Es transitorio?

Depende de cómo reaccione el Partido Socialista. Ha pasado lo mismo que en España, con la diferencia de que allí gobierna el Partido Socialista. Los partidos denominados populistas aunque no me gusta la palabra se refuerzan porque cuando se produce la fractura entre la élite y la ciudadanía los ciudadanos buscan soluciones en partidos que dicen ofrecerlas, sea verdad o no.

En Italia empezó Beppe Grillo, pero ahora apareció Renzi como salvador.

Porque es el único partido socialdemócrata que intenta parecerse a lo que debería ser un partido socialdemócrata. Veo clarísimo el diagnóstico europeo: fractura élite-ciudadanía en muchos países europeos. Donde gobierna la derecha, el llamado populismo surge por la izquierda; donde gobierna la izquierda, surge por la derecha. El único sitio donde consiguen aplacarlo es en Italia porque han entendido desde dentro del sistema que hay que seguir cuatro recetas básicas que hagan creer que estás del lado de los ciudadanos. La política de Renzi tampoco les va a sacar del lío en el que estamos todos, pero los ciudadanos sienten que están de su lado, cosa que aquí no pasa. Mira la reforma fiscal que se acaba de aprobar en España: se baja el impuesto de sociedades a las empresas grandes. También hay desigualdad entre las empresas. No puede ser que una microempresa acabe pagando en términos efectivos más que las grandes empresas.

Arturo Pérez-Reverte considera que el origen del problema de España es Trento, elegimos el lado equivocado, el dios oscuro frente al dios comercial de los protestantes. Y que otro problema es que en España no hubo guillotina. En 1808 deberíamos haber ido con los franceses, que eran los que traían república, libertad e igualdad. Preferimos las cadenas a la razón. ¿Este país tiene un problema educacional básico que la democracia no ha sabido solucionar?

En esto estoy más esperanzada, pero es verdad que en parte es así. Hay datos de estudios históricos sobre corrupción que muestran que el nivel de corrupción de las democracias hoy en día depende de los niveles educativos de hace un siglo. ¿Estamos entonces condenados a ser un país de segunda categoría? Quiero pensar que no, pero hay unas inercias sociales muy peligrosas. Respecto a Francia puedes decir que el triunfo del Frente Nacional es un horror, pero la lectura positiva es que se trata de una ciudadanía que no está dispuesta a tragar. Sí, el Frente Nacional es mucho más feo que Podemos, al menos para mí, que soy progresista. Que la ciudadanía tenga un nivel de tolerancia bajo es positivo.

Belén Barreiro para Jot Down 6

El libro La nación inventada (Atalaya) de Arsenio y Nacho Escolar es un relato periodístico sobre la creación de Castilla. Defiende la tesis de Américo Castro: España resolvió mal su Edad Media. Seguimos discutiendo cosas resueltas por otros hace siglos. Somos un país sin símbolos: la bandera está en discusión, el himno también, la monarquía, más. Ya está en discusión hasta la selección de fútbol, el único símbolo compartido que funcionaba.

Mi hija, que tiene trece años recién cumplidos, estaba empeñada en comprarse una pulserita con la bandera española. Entré en estado de shock. Me dijo: «¿Mamá, no eras tan liberal? ¿Por qué no me puedo poner la bandera?». Le conté qué significaba, Cataluña, el problema de España, la derecha… Cuando acabé me dijo que de momento no se la iba a poner, pero que no acababa de entender por qué no se puede ser de izquierdas y llevar la bandera española. Y tiene toda la razón. A ver si empieza a ser la primera generación reconciliada.

También da la sensación de que somos un país con dos relatos distintos incompatibles sobre la historia reciente, y quizá ambos son falsos. No hemos sido capaces de crear un relato común en el que quepan todas las voces y matices. Somos capaces de ver que Sadam Husein era un déspota pero hay una parte de este país que no acepta que Franco era un dictador.

Somos de las pocas democracias con una pasado dictatorial cuyo Parlamento no ha condenado de forma explícita el franquismo. Y eso es gravísimo.

No hay un relato que reconozca la culpa de todos, la que corresponda: los paseos en Madrid en los primeros meses de guerra, la represión contra el POUM en Cataluña. En el caso del franquismo fue más grave porque siguió fusilando durante quince años acabada la guerra. Hay más de cien mil desaparecidos. Nadie hizo nada hasta Zapatero y muy al final.

Es increíble que cuando lo hace Zapatero hayan pasado tantos años, pero igualmente lo es lo costoso que fue sacar adelante la Ley de la Memoria Histórica, cuando debería haber sido algo normal. Si lees los debates parlamentarios ves que la actitud del PP no se ha movido en todos estos años de democracia, están en que no condenan el franquismo, y no lo condenan. Dentro del PSOE perjudica que el franquismo estuviera en todas las familias; se ha convertido en un aspecto casi personal. Si en España los que son progresistas fueran progresistas desde sus abuelos y tatarabuelos, la izquierda tendría menos problemas para imponer su posición.

La élite de la izquierda también procede del franquismo.

Y no es un asunto menor porque al debatir la memoria histórica, las élites progresistas siempre tienen en mente no darle un disgusto a su abuelo. Parece una tontería pero creo que no lo es. Pesa. Todos venimos de familias mezcladas y se mezclan elementos emotivos y sentimentales que impiden que hagamos un ejercicio sano que le debemos a las generaciones futuras: dejar una España con una historia clara y unos adjetivos claros de «Esto es negro y esto es blanco y esto es democracia y esto es dictadura».

Churchill dijo que en política un día es un año y un año, una eternidad, pero con el conocimiento que tenemos hoy ¿qué puede pasar en las municipales y en las generales?

Creo que el PSOE está en una situación de grave riesgo de que le pase como al PASOK y en las municipales se convierta en un partido superado por Podemos en algunos sitios, si no reacciona a tiempo y recompone su relación con la sociedad. Creo que el PP también está mal, pero es verdad lo que dicen ellos, que su electorado se ha ido a la abstención, y la abstención es un «me lo estoy pensando», algo menos peligroso que irse a otro partido.

¿E Izquierda Unida?

Mi sensación es que se les ha pasado el arroz.

¿También a UPyD?

Lo de UPyD es distinto. Creo que se han quedado sin oportunidad. Es un partido que nace con un discurso centralista, que en su momento tiene mucho apoyo. Una vez empieza la crisis tiene un cierto discurso anticorrupción que cala, pero tampoco tiene grandes soluciones que ofrecer en nada. El caso de IU es más dramático; si hubiera hecho los deberes a tiempo habría crecido más.

En Madrid, Podemos es la tercera fuerza; IU ha pasado a la quinta. En Rivas-Vaciamadrid, que es una plaza fuerte de IU, ha ganado Podemos. En Madrid Podemos puede superar al PSOE también.

Claro que sí. El PSOE está en una situación muy delicada. También es verdad que si consigue un líder con un discurso renovado, sin hilos conductores con el pasado, tiene cierta posibilidad de recuperarse. El problema de IU es que, puestos a votar estratégicamente a un partido de izquierdas, ese voto se lo quede Podemos.

Podemos ha captado la ilusión.

Frente a la democracia impotente y secuestrada, sí podemos. Es el discurso idóneo.

El magma del 15-M ya es una opción política. Habrá oportunistas que se quieran subir al carro, como le pasó al PSOE en 1982, pero si somete todo a primarias abiertas habrá menos accidentes.

Sí, pero es difícil, las organizaciones políticas son complejas. En las generales puedes crear un equipo cohesionado, pero en las municipales…

Una amiga me decía horrorizada sobre el programa económico de Podemos: «Esto de salirse del euro es un error». En realidad se puede debatir sobre todo, también sobre el euro. Un tuit bromeaba sobre esto: «Después de leer las recomendaciones del FMI [con más bajadas de salario] el programa de Podemos me parece una barbaridad».

Lo único que pido es que se debata. Todo el mundo se me echa encima cada vez que lo digo. En España hay temas que no están en el debate, y si los pones encima de la mesa te tachan de loco. ¿Pero qué democracia es esta? ¡Se podrá hablar de lo que a cada uno le parezca! Que Podemos genere ilusión es comprensible. Si como socióloga me pides que prepare un programa político con lo que marquen los estudios de opinión me sale el de Podemos. Está pensado al milímetro para ir con la mayoría… Incluso en el debate de monarquía o república está con la mayoría: pedir referéndum, no pedir la república. Está sacado de un laboratorio. Si además sabes que detrás hay sociólogos dices «¡madre mía!». Pero también: «los partidos grandes podrían haber espabilado». Los sociólogos existimos para todos.

Una de las cosas positivas del fenómeno Podemos es que una mayoría significativa de este país que está muy cabreada con la banca y la política y a la que podría darle por tomar palacios de invierno ha encontrado una vía de expresión democrática.

Sí, deberían estar encantados. En España ha habido protestas, pero no un estallido social. Podemos es probablemente el estallido expresivo de los ciudadanos. Criminalizándoles les das alas y fuerza. Creo que el PP quiere que crezcan para dividir la izquierda y por eso dicen esas cosas, porque si no no veo por qué lo hacen.

Una encuesta de El Periódico daba cincuenta y cuatro escaños a Podemos; otra de El Diario.es, treinta.

Es un mal momento para hacer encuestas. Hace unos días hice una encuesta y recuerdo que el voto salía trastocado. Tuvimos que eliminar el diez por ciento de la muestra y repetirla porque se te iba un diez por ciento al recuerdo de voto a Podemos en elecciones 2011 cuando no se había presentado. Tanto les quieren que la gente recuerda cosas imposibles.

La noche electoral la palabra más buscada en Google fue «Podemos». Había mucha gente que no sabía que existía.

Se tendría que haber preguntado entre las élites cuántos no lo sabían.

 

Belén Barreiro para Jot Down 7

Fotografía: Guadalupe de la Vallina


Regeneración, manipulación y sistema electoral

Foto: Rama (CC)
Foto: Rama (CC)

Desde que comenzó la crisis económica en Europa los Gobiernos de los países miembros han tenido que vérselas con la supervivencia del euro, la gestión de su deuda soberana y el devastador impacto que todo ello ha tenido en el desempleo y el bienestar. Ya no nos acordamos pero había un tiempo en el que el principal activo que podía presentar un Gobierno español era que no se hubiera intervenido nuestra economía (del todo). Eso, por supuesto, no ha salido gratis en ningún país de Europa, y mucho menos desde el plano político. El voto económico ha vuelto con fuerza y los Gobiernos europeos han sido sistemáticamente culpados por su gestión de la crisis. De hecho, casi todos ellos lo han pagado en las urnas desde 2008, si bien con alguna notable excepción como la de la canciller Angela Merkel.

Decía Josep M. Colomer que echar al Gobierno ante una crisis económica que no se puede controlar es como cambiar un entrenador cuando hay una mala temporada; uno nuevo no cambia mucho los resultados. Ahora bien, también es cierto que algún jugador más tenemos en la plantilla. No solo porque en el campo europeo Syriza, UKIP o el Front National pasen de defensas a centrales, sino porque Podemos o el Movimento 5 Stelle han saltado al campo con fuerza. La emergencia y/o refuerzo de partidos anti-establishment (porque es su rasgo más definitorio, luego cada cual es de su madre y de su padre) no debería sorprender a nadie; la insatisfacción de la ciudadanía con sus instituciones y el funcionamiento de la democracia, especialmente en los países de sur de Europa, ha tenido una traducción electoral. Ha permeado la idea de que el funcionamiento de nuestra política no es ajeno a nuestros problemas económicos y ello abre una importante ventana de oportunidad para la reforma política. Una oportunidad que muchos países no están dejando pasar.

Frente a la crisis, la reforma institucional

La narrativa de la crisis de la democracia como origen de nuestros males es poderosa y ha llevado a importantes debates sobre cómo funcionan nuestras democracias. No es que la llamada crisis de los cuerpos intermedios sea algo novedoso —parece que la democracia representativa está en crisis desde que existe— pero lo cierto es que en casi todos los países golpeados por la recesión han emergido discusiones sobre regeneración política. Por ejemplo, en Irlanda acaban de intentar abolir su Senado (no lo hicieron tras perder un referéndum) y tienen una convención ciudadana estudiando la reforma de la Constitución. En Islandia se impulsó una reforma constitucional con mecanismos de democracia directa. En Francia se han reformado las regiones. En Grecia se discute el papel del Parlamento frente al Ejecutivo. En Italia se ha abolido la financiación pública de los partidos y se debate sobre el Senado y el sistema electoral. Hasta el Reino Unido tuvo un referéndum sobre el cambio de su histórico sistema electoral mayoritario el cual también se perdió.

Estos intentos de reforma, porque en su mayoría no son exitosos, se basan en el fundamento de que el statu quo es el causante de los males presentes. Por lo tanto, si se cambian las instituciones que lo han causado se podrían revertir los defectos del sistema. Y de entre las muchas instituciones cuyo cambio se pide, quizá una de las más recurrentes es el sistema electoral. No pocas veces se deposita la esperanza de que con unas nuevas reglas sea posible elegir a mejores representantes, menos corruptos o que la ciudadanía esté más satisfecha con su sistema político. Aunque muchas veces, por la propia naturaleza del debate, estas esperanzas suelen verse frustradas, sigue siendo una de las principales piedras de toque para la reforma.

Sigue pendiente una reflexión sobre cuál es la relación entre las crisis económicas y las políticas, pero lo cierto es que cuando se dan de manera simultánea las reformas electorales parecen más factibles. Por ejemplo, en Nueva Zelanda la falta de confianza en los dos partidos mayoritarios y la incapacidad de sus instituciones para gestionar su crisis económica fue la principal razón que espoleó el cambio en su sistema. Tanto el Partido Nacional (derecha) como los laboristas (izquierda) intentaron aplicar reformas económicas y planes de ajuste en medio de una importante crisis. Pues bien, el sistema electoral, mayoritario como el del Reino Unido, dejaba sin representación política a los partidos antiausteridad e incluso cuando los grandes partidos perdían gran apoyo popular, seguían disponiendo de cómodas mayorías absolutas al margen del descontento con sus políticas. Esto llevó a apoyar la reforma hacia un sistema mixto, más proporcional, la cual fue ratificada en referéndum.

En Venezuela, por ejemplo, se cambió a un sistema electoral en la misma línea que el anterior dada la descomposición de sus grandes partidos en un periodo de inestabilidad e incluso violencia. En Italia o en Japón, a finales de los noventa, fue la corrupción política masiva la que llevó a plantearse reformas en profundidad de sus instituciones. En el primer país con la caída de la democracia cristiana y en el segundo con la derrota —parcial— de los liberal-demócratas. En ambos casos, eran partidos que habían sido factótum en sus países desde la II Guerra Mundial y cuya hegemonía se acabó abruptamente. Eso sí, mientras que en Italia fue un referéndum el que puso la puntilla, en Japón el proceso vino totalmente pilotado desde arriba. No en vano, de la democracia cristiana ya no queda gran cosa, pero el LDP sigue en el poder.

Por lo tanto parece que el descontento facilita que la cosa se mueva en este campo. Sin embargo, la fuerza relativa de las élites y la ciudadanía no es la misma. Es verdad que en algunos casos la participación popular en el proceso es mayor como, por ejemplo, si hay referéndum obligado por ley o si los políticos delegan en una convención ciudadana, como en el intento de British Columbia. Pero al final son los partidos los que las pilotan, los que presentan el borrador que se discute, los que lo negocian. Siendo esto así, ¿por qué un partido que ha sido elegido con unas reglas electorales querría cambiarlas por otras? ¿Por qué cambiar lo que ya le beneficia? Haciendo un símil futbolístico, tan sencillo como que las reglas electorales marcan el terreno de juego y los partidos políticos son al mismo tiempo jugador y árbitro. De ahí que prefieran jugar al fútbol en una cuesta empinada que desciende hacia la portería del rival.

La manipulación del sistema electoral

Aunque los casos de reformas anteriores parecían ir dirigidos a solucionar problemas «sistémicos», sea problemas de representación o de corrupción, no es menos cierto que un descontento de la ciudadanía con sus instituciones puede servir como excusa para cambiar las reglas. De esta manera, cuando un partido anticipa que puede perder poder, si tiene los pocos escrúpulos y la suficiente mayoría puede decidirse por emprender la reforma. La manipulación electoral es un arte más o menos burdo, pero no es tan infrecuente como puede parecer.

Un ejemplo clásico de manipulación electoral defensiva es la de las legislativas francesas de 1986. Como es conocido, desde la instauración de la V República en Francia emplean un sistema electoral mayoritario a doble vuelta en distritos unipersonales (si el ganador no obtiene mayoría en la primera). Por aquel entonces Mitterand, presidente socialista de la República, estaba preocupado porque los gaullistas de Chirac los aventajaban en las encuestas de las elecciones a la Asamblea. Aunque él era presidente, el sistema semipresidencial francés hace que sus poderes dependan en parte de disponer de una coalición que le apoye en la cámara. Así, ni corto ni perezoso, el Partido Socialista francés impulsó una reforma electoral para pasar a un sistema electoral proporcional y, al menos, minimizar su caída. Fue en vano. Cuando Rassemblement pour la République (hoy UMP) obtuvo mayoría, lo que forzó la primera cohabitación en el sistema francés, Chirac como primer ministro restauró el sistema electoral anterior.

Manipulación más osada fue la que llevó adelante Berlusconi en 2005. La Casa de la Libertad no había tenido muy buenos resultados en las elecciones regionales de ese año y parecía que en 2006 las izquierdas ganarían las legislativas. Para evitar esto y aprovechando su posición de fuerza, Il Cavaliere decidió cambiar a un sistema electoral con bonos de mayoría. En el Congreso, el partido con mayoría simple a nivel nacional recibiría automáticamente la mayoría absoluta de la cámara. En el Senado, el partido que obtiene la mayoría en la región recibiría automáticamente la mayoría absoluta de los senadores por la misma. Si uno es jugador, y Berlusconi lo es, esto es jugársela todo a un solo voto. Esa apuesta se llamó porcellum (cerdada en italiano). Y aunque con una diferencia de 0.07%, la coalición de Romano Prodi ganó en el Congreso y obtuvo de manera inmediata el bono de mayoría absoluta. Por los pelos. Este sistema es una inspiración moderada para el sistema de bono griego, ese que regala cincuenta escaños al ganador de las elecciones y que incluso así hace sudar tinta a Nova Demokratia para mantenerse en el poder.

He aquí entonces una paradoja que tienen los partidos en el poder, en especial cuando pilotan ellos la reforma y disponen de la mayoría parlamentaria para cambiar la ley. Por un lado, pueden optar por la que podríamos llamar cartelización del sistema de partidos. Igual que cuando existe un cartel de empresas, estas levantan barreras para impedir el avance de la competencia, la misma dinámica puede ejercerse con el sistema electoral. Ante un incremento de la volatilidad o un aumento de la oferta partidista, los partidos insiders pueden levantar barreras de entrada para hacer que los nuevos lo tengan más difícil para conseguir escaños. Al menos, en el corto plazo.

Pero por el otro, podrían optar por una estrategia de apertura del sistema electoral al menos por dos razones. Puede ser porque el partido está anticipando el castigo en las urnas y obre como si tuviera un velo de ignorancia de Rawls. Si consideras que tu partido va a perder posiciones, una buena manera de asegurarte de que jugará algún papel en una coalición es hacer el sistema lo más proporcional posible. Pero también puede ser porque un partido mayoritario dependa para gobernar de uno minoritario perjudicado por el sistema electoral, el cual puede presionar para el cambio. Esto es semejante a lo que pasó en Alemania en 1987, cuando la CDU-CSU modificó el sistema por acuerdo con los liberales para hacerlo algo más proporcional. En el primer caso, el partido anticipa el resultado. En el segundo no lo ha hecho y ahora debe pagar un peaje para poder gobernar.

¿Cuál es la estrategia que están siguiendo los partidos en el sur de Europa? ¿Se está tendiendo a reformas que blindan a los partidos preexistentes o bien se fuerza la apertura del sistema electoral? La evidencia empírica que estamos recopilando, por el momento, parece apuntar a lo primero, pero creo que es oportuno ligar estas dinámicas con el caso español. Hay más reformas electorales abortadas o en curso de lo que nos parece.

Silvio Berlusconi. Foto: European People's Party (CC)
Silvio Berlusconi. Foto: European People’s Party (CC)

España; entre la apertura y el cartel

En España hemos visto reformas de la ley electoral bastante recientemente —mismamente en 2011— pero ninguna de su sistema, de su núcleo constitutivo. En esencia, seguimos con el mismo que se aprobó en el decreto de 1976 y que fue introducido, parte en la Constitución de 1978, parte en la primera LOREG de 1985. Sin embargo, las presiones para la reforma electoral han crecido notablemente desde que empezó la crisis. Aunque antes tan solo algunos partidos hablaban del tema, tras los indignados y hoy el fin del tabú el debate se ha generalizado en la opinión pública. Más aún, por primera vez se han realizado intentos o reformas electorales de calado en España si bien con las dos dinámicas contrapuestas, la de apertura y la de cierre.

De momento el incremento de la proporcionalidad, allí donde se intentó, fue derrotado. En Asturias, tras un acuerdo de legislatura, tanto IU como UPyD condicionaron su apoyo al Gobierno socialista a una reforma electoral. La propuesta registrada por el «tripartito» era muy amplia e incluía incrementar la proporcionalidad, desbloquear las listas, hacer debates y primarias obligatorios… Sin embargo, como la FSA supeditó su apoyo a conseguir que el PP diera su voto afirmativo, terminó siendo rechazada. Tras la ruptura del pacto el PSOE gobierna en minoría con el apoyo de los populares. Una segunda apertura en suspenso es la catalana, comunidad autónoma que no tiene ley electoral propia y aplica de manera subsidiaria la LOREG. Hasta dos comisiones ha arrancado desde 2007 para crear una ley propia, con informe de expertos incluido. Sin embargo, dado que la consulta es ahora el centro de gravedad de la política catalana, los acuerdos están encallados.

¿Hay más opciones de reforma a nivel autonómico? De momento parece que no habrá en el corto plazo. En Andalucía ha sido rechazada una ILP de UPyD pero arrancará una comisión en breve, aunque el PSOE ha dejado claro que sin el PP no se tocará la ley. En el caso de Extremadura, donde IU es fundamental para el Gobierno de Monago, pese a que la reforma se encuentra entre los compromisos para darle apoyo parlamentario no parece que vaya a haber ningún cambio antes de 2015. Tras las próximas elecciones veremos qué ocurre, en especial si Podemos entra en asambleas autonómicas. Es posible que las presiones para la reforma se redoblen pero también es cierto que en un escenario más fragmentado los acuerdos serán más difíciles allí donde hacen falta mayorías cualificadas.

Sin embargo, lo que de momento ha triunfado es el cierre. El Partido Popular hizo desde el primer momento bandera de la reducción de cargos electos. Así lo intentó con la reducción del 30% de los concejales o la propuesta registrada en casi todas las asambleas autonómicas de reducir diputados. Quizá su plasmación más efectiva ha sido la reciente reforma de Castilla La Mancha, aprobada en solitario por el Partido Popular con reforma estatutaria incluida. Según esta reforma los diputados de la asamblea regional pasarán a ser la mitad, de un promedio de 9.8 escaños por provincia a solo 5, una reforma restrictiva que perjudica a las terceras y cuartas fuerzas. Con esta jugada estratégica el PP busca, ante un contexto de erosión electoral, reducir la potencial fragmentación de la cámara y situando los escaños impares en las provincias en las que tiene más ventaja, consolidar su poder.

Cierto es que el PP ha impulsado otras reformas de corte distinto en Madrid. Allí quiere avanzar hacia un sistema mixto, dividiendo Madrid en cuarenta y tres distritos uninominales pero con una lista proporcional para toda la comunidad. El principio que defienden los promotores es buscar una relación más directa entre los diputados y la ciudadanía, si bien dependerá mucho de si el PP estaría dispuesto a impulsar la reforma en solitario. Básicamente todos los grupos desconfían de una propuesta que dibuja los distritos de antemano y no toca la barrera electoral en el ya muy proporcional sistema electoral madrileño. Probablemente esta propuesta tenga una historia dentro del PP madrileño que merezca la pena estudiar.

Sin embargo, si dejamos de lado este verso suelto, los conservadores apuestan decididamente por el cierre, porque primen las mayorías estables de un solo color político. Justamente en esta línea es en la que va la reforma del sistema electoral local. De momento no tenemos mucha idea sobre el tipo de diseño que se está pensando, pero parece intuirse que es un cambio de sistema proporcional a uno con «bonus de mayoría» como el que he descrito para Italia. Probablemente se podría ir a un sistema como el francés, a dos vueltas, o incluso uno que la haga condicional dentro de determinadas franjas de voto (como el nuevo propuesto por Renzi). En todo caso, el Partido Popular ha anunciado que estaría dispuesto a llevar adelante la reforma en solitario, ejerciendo de árbitro y jugador al mismo tiempo. Una reforma sin precedentes en la historia de nuestro país y que nos aleja de la norma en el resto de países.

Estas son las paradojas que tiene la situación actual. Nunca antes habíamos tenido tanta demanda de cambio en nuestras instituciones como ahora y, sin embargo, este mismo descontento se usa como ropaje para vestir reformas de corte restrictivo, justo en el sentido inverso que se demandan. Decía Earl Grey, primer ministro británico, en el debate sobre su reforma electoral de 1931: ‎«The principle of my reform is to prevent the necessity of revolution». La manipulación electoral que antepone los intereses partidistas, sin embargo, no hace más que dar un irresponsable paso hacia esta.

Foto: www.la-moncloa.es (CC)
Foto: www.la-moncloa.es (CC)


La «movilidad exterior», o cómo nos fuimos de España

Fotografía: Oyvind Solstad (CC).

Si levanto la vista un poco y miro más allá de la pantalla de mi portátil en el momento de escribir estas líneas todo lo que puedo ver es un Mediterráneo brillante que desfila a ciento cincuenta kilómetros por hora. Intermitente, deslumbra, entre túneles y calas. Cuento asientos y cabezas en mi coche del tren que me (que nos) lleva de Barcelona a Valencia. Me pregunto cuántos de mis compañeros de viaje no están yendo, sino que están volviendo a casa. Hoy es 29 de julio y, como quien dice, empiezan las vacaciones. También para nosotros, los emigrantes.

Fue en 2009 cuando comenzamos a ser más los que nos íbamos que los que llegábamos, pero es desde 2012 que la diferencia se ha convertido en algo más que anecdótica. Mientras que la caída de inmigrantes se ha relajado, la salida de residentes se viene acelerando. El año pasado fueron 547.000 personas las que salieron de España para no volver (pronto, al menos). Y hay que tener en cuenta que estos datos están, muy probablemente, lejos de las cifras reales: al fin y al cabo dependen de que quienes se van hagan el esfuerzo de registrarse en el lugar de destino, de decir que aquí estoy yo. Lo cual muchos no hacen por falta de costumbre, porque les conviene estar empadronados en su ciudad de origen, por no ver o no conocer los beneficios, o simplemente porque no lo necesitan.

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Cabe aclarar antes de proseguir que la mayoría de estas salidas no son tales, sino que se trata de retornos. Volver cuando las cosas van más mal que bien en la tierra de acogida, y más bien que mal en la de origen. El 87,6% de la emigración desde 2008 es de personas que no nacieron en España. Se trata en muchos casos de familias enteras, como atestigua el hecho de que la mayoría de emigrantes con pasaporte español son menores de quince años. Desde que comenzó la crisis, más de 140.000 chavales de esas edades se han marchado. En un país que hasta ahora había dependido de sus inmigrantes para no caer en un envejecimiento soporífero a la par que peligroso, esta es una pérdida que se pagará cara en el futuro.

Pero no es en esta sangría demográfica en la que se centran los medios, ni los debates de barra de bar. Son los jóvenes que se van quienes acaparan las conversaciones sobre la emigración, pobladas de padres y madres a medio camino entre el orgullo y la desazón. Los jóvenes y los no tan jóvenes: un tercio de las salidas del país entre 2008 y 2013 han sido de personas entre veinticinco y cuarenta y cuatro años. Sin embargo, apenas un 5,5% ha correspondido a los más benjamines (quince a veinticuatro años). Amparo González, que sabe bastante de estas cosas, considera que estos datos sugieren un perfil de emigrante patrio cualificado y preparado que no sale para mejorar y volver, sino para, simplemente, buscarse la vida. Por una vez, los datos confirman la impresión de nuestro entorno: el chico de veintitantos o treintaitantos (¡o la pareja!) que se larga porque aquí no tiene cómo ganarse el pan a pesar de disponer en su haber de todos los másters del universo conocido. No se escapa quien está aún estudiando ni quien no tiene la suficiente cualificación o conocimiento de idiomas como para encontrar un trabajo digno allá arriba. Tampoco quien se metió en una hipoteca con el dinero que ganaba alicatando otras. No. Se va quien puede.

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Se marcha el futuro, claman muchos. Se nos escapa el talento entre los poros de Schengen. Nos hemos pasado años invirtiendo en educar a nuestros cachorros para que se vayan ahora. Aunque, la verdad, no hemos invertido demasiado ni demasiado bien cuando nos comparamos con otros muchos países. Precisamente aquellos que ahora reciben sangre fresca española. Es, de acuerdo con este relato, el nuevo gran drama nacional. Lo mejor de cada casa se larga. Una generación perdida.

Pero la verdad, para variar, es más compleja. Para empezar, es necesario aceptar que la emigración tiene consecuencias ambiguas. Resulta relativamente fácil tildar de alarmistas, proteccionistas o dueños de mentes cerradas a quienes claman contra la fuga de cerebros. «Movilidad exterior», la llama el director general del INJUVE esta misma semana. Así la llamó primero Fátima Báñez con un descaro no intencionado que en realidad, me temo, pretendía ser lenguaje políticamente correcto. En 2012 lo hizo el ministro de Educación, Wert, de una manera más elegante, cuando afirmó que «el hecho de que haya jóvenes con capacidad y voluntad de movilidad, que dominen idiomas extranjeros, que tengan la voluntad de salir fuera, que quieran ensanchar sus horizontes profesionales, nunca puede considerarse un fenómeno negativo». Algo de razón no le faltaba. Pero en realidad depende de con qué situación alternativa comparamos la actual. Quienes esgrimen este argumento imaginan como alternativa un mundo de fronteras cerradas y países autosuficientes, sin intercambio de población entre ellos, así sea temporal. Están discutiendo con argumentos más del estilo de partidos como el Frente Nacional francés: Estados nación puros frente a una sana relación que enriquecería a ambas partes. Ahí pocos pretenden rebatirles. La trampa es que hay una tercera posibilidad de la cual no hablan, en la cual España atraería tanto talento como el que exporta. Un país abierto al exterior que no tenga que lamentar que sus jóvenes salgan a conocer mundo, tal vez para no volver. Pero esa no es la situación de hoy en nuestro país. Hoy quien se va lo hace porque se enfrenta a una tasa de paro absurda, a un 90% de contratos temporales mes a mes, a una desigualdad creciente. Se le llama «fuga de cerebros», aunque le ponga los pelos de punta a Urosa, porque se van más de los que vienen. Como dice Wert y sugieren otros, no cabe apenarse porque tengamos personas dispuestas a irse y a mejorar. Jamás. Lo que hay que lamentar es por qué lo hacen.

Permítanme que recurra de nuevo a Amparo González: quienes se van de un país no suelen hacerlo porque son pobres de necesidad, sino porque encuentran dificultades casi insalvables para cumplir con todas las expectativas que su educación y entorno inmediato les ha generado. La emigración tiene lugar por la sed de desarrollo. Y la realidad es que España ha puesto enormes barreras al crecimiento económico y profesional de sus jóvenes. Los costes de la crisis han sido soportados de manera desproporcionada por ellos, por los inmigrantes y por otros colectivos en riesgo de exclusión. Pero, como decíamos arriba, son jóvenes y emigrantes quien pueden escapar del castigo. Y lo hacen. Sin embargo, son pocos los que escapan a su país de origen de manera indefinida.

Siempre queda algo atrás. Familia, amigos, la tierra de uno, una cuenta de banco, la necesidad de volver para ir al médico, para hacer papeleo, para cuidar a un familiar o para llevar a cabo algún trabajillo. La expectativa de volver para labrarse un futuro donde uno quiera. Es por ello que cuando uno emigra los vínculos con su país de origen no desaparecen, sino que cambian. También en la forma en que uno ve y toma parte en la política nacional. La socialización política de una generación entera de españoles está siendo moldeada por la crisis económica y la falta de expectativas. Quienes no estudiaron se hallan perdidos esperando a una recuperación mágica que no acaba de llegar. Quienes ya no pueden seguir estudiando se ven obligados a saltar de trabajo temporal en trabajo temporal, de beca en beca o de país en país. Quienes ahora comienzan a estudiar y a ser conscientes de la parte más política del mundo que les rodea miran a sus hermanos mayores, a sus primos, a los hijos de los amigos de sus padres, cómo esperan o saltan. Y tragan saliva mientras cuentan los días que intentan alargar al máximo hasta que llegue la hora de que ellos también se enfrenten a la realidad. Esperando que para entonces la cosa haya cambiado.

Fotografía: CORBIS.

Que la cosa cambie. Expectativas, oportunidades y futuro es lo que falta en España y lo que sacó, probablemente, a tantas personas a la calle en mayo de 2011. La emigración de una parte de la juventud es la punta de lanza de esta falta de oportunidades. El fenómeno, además de servir como referencia informal para millones de jóvenes, ha sido y es uno de los argumentos más fuertes de entre los esgrimidos por aquellos que piensan (que pensamos) que estamos saliendo de esta crisis en falso. Pero la emigración joven no solo ha sido objeto político: también se ha convertido en sujeto. Muchos de los que se han ido lo han hecho probablemente hastiados y cansados de cualquier cosa que tenga que ver con España, pero otros han decidido aprovechar la oportunidad para activarse políticamente. Ahí van un par de ejemplos ilustrativos: «No nos vamos, nos echan» es el nombre de una campaña del colectivo Juventud Sin Futuro para denunciar lo que ellos consideran que es más una estafa que una crisis. La Marea Granate es una plataforma relativamente difusa con presencia en múltiples ciudades, en principio dedicada a informar y a defender los derechos de los emigrantes españoles (sobre todo los jóvenes), pero que en la práctica ha tomado voz en asuntos tan generales como los recortes o la corrupción. Incluso existen «círculos de Podemos» formados por emigrantes en distintas ciudades foráneas. El de la participación desde fuera, o al retorno, es un fenómeno relativamente bien estudiado en la literatura sobre emigración de países en vías de desarrollo. Los resultados parecen apuntar que un gran número de emigrantes suele construir y mantener redes de influencia política sobre el lugar de origen, muchas veces basadas en sus experiencias y aprendizajes más allá de sus fronteras, que pueden acabar influyendo de manera importante en un determinado proceso de reforma. Quizá, en la escala de un país desarrollado y democrático, cabe esperar algo similar en España.

El hilo conductor de las iniciativas mencionadas, así como de otras muchas, es una definición bastante particular, pero también cada vez más extendida, de la causa última de los problemas de España: un grupo relativamente reducido de ciudadanos privilegiados (una élite, una casta) ha montado un sistema en contra de todos los demás, que solo nos hemos dado cuenta del engaño, de la estafa, después de 2008. Los jóvenes han quedado particularmente mal parados en esta historia: tras toda una infancia y una adolescencia de altas expectativas y duro trabajo para convertirse en «la generación más preparada de la historia», se han quedado con un montón de promesas vacías desvaneciéndose ante ellos. Ellos, que no tuvieron la oportunidad de participar, de influir, de cambiar las cosas, se han encontrado con el sistema cayéndose sobre sus espaldas. AVEs, aeropuertos, pelotazos urbanísticos, Endesas, Iberdrolas, comisiones del 3%… todo iría en un mismo saco. Y aunque los jóvenes han sido quienes más han perdido, y por eso mismo muchos hemos tenido que poner tierra de por medio, en realidad todos nos hemos visto perjudicados. Menos los pocos privilegiados que dirigen el show, claro.

Cada vez que escucho un retazo de este relato (que no tiene por qué ser mayoritariamente aceptado, pero que sí planea sobre todas las discusiones y los debates) no puedo evitar revolverme en mi asiento. No me siento a gusto con el papel de inocente que ha tenido que huir, desplazando la responsabilidad a una entelequia malvada. Resulta difícil imaginar por qué reemplazar a los actuales dirigentes por otras personas supuestamente surgidas del «pueblo» (otra entelequia) va a producir un resultado distinto. Antes de 2008 la mayor parte de ese pueblo parecía bastante contento con los líderes existentes, otorgándoles incluso mayorías absolutas arrolladoras. Incluyendo muchos de los (no tan) jóvenes emigrados. Quizá sería útil pensar en términos de equilibrio beneficioso para ambas partes que en cierto momento se quebró, y asumir que aquellas reglas de juego necesitan reformarse para que no vuelva a suceder. Es bien cierto que la mayoría de los que ahora tenemos que elegir entre irnos o saltar de mata en mata en un mercado de trabajo caóticamente precario nos beneficiamos más bien poco del equilibrio de los años de la burbuja. Pero eso no nos exime de comprender en qué consistieron los errores de España para volver a caer en ellos. Al contrario: si acaso nos hace más responsables. No se trata de sustituir la leyenda de la casta malvada por una fiera lucha generacional en la cual todos saldrían perdiendo. Los jóvenes no pueden cambiar el sistema sin el voto de los mayores, los mayores no pueden pagar las pensiones sin que los jóvenes encuentren un futuro.

La emigración es un juego de redes. Muchos se van porque su entorno se ha ido antes que ellos, y la mayoría se dirigen hacia donde tienen amigos, conocidos que les puedan facilitar el aterrizaje. Eso quiere decir que cuando los primeros empiezan a irse, los siguientes cada vez se atreven más y más. Y quienes se quedan en tierra no pueden evitar, creo, una cierta sensación de desazón. Quizás incluso desamparo. O más bien melancolía de lo que no será. Mientras el tren entra en la estación prefabricada de Joaquín Sorolla en Valencia pienso en algo que mi madre me ha dicho varias veces desde que me fui: «si os vais todos, quién va a arreglar todo esto». Es una frase que contiene un país: una generación que se marcha o que piensa seriamente en irse (según datos ofrecidos por González, en 2012 el 48% de los españoles afirmaron ante una encuesta del CIS que estarían dispuestos a emigrar), otra que quedará atrás, y un futuro entre medias que queda suspendido entre interrogantes. Para darle una respuesta sólida hará falta algo más que lanzar un dedo acusador hacia un punto impreciso de España.

Fotografía: Robert S. Donovan (CC).


¿Cómo viven hoy aquellos directivos de Wall Street?

16 de septiembre de 2008: agitación en la sede de Lehman Brothers, cinco días después de la quiebra. (REUTERS/Cordon Press)
16 de septiembre de 2008: agitación en la sede de Lehman Brothers, cinco días después de la quiebra. (Foto: REUTERS/Cordon Press)

La historia es bien conocida por todos: el 11 septiembre del año 2008 se produjo la quiebra de la compañía financiera estadounidense Lehman Brothers. La entidad no consiguió que el Barclays Bank británico la rescatase cuando la operación fue vetada por el Banco de Inglaterra y las autoridades financieras del Reino Unido. La consiguiente bancarrota de Lehman fue el momento cumbre (o deberíamos decir el momento sima) de un proceso de putrefacción interno en muchas compañías financieras y bancarias, incluyendo algunas de las más grandes de los Estados Unidos. A raíz de trabajar con productos inviables —como las famosas hipotecas subprime y todo lo relacionado con la burbuja inmobiliaria estadounidense— estas compañías llevaban meses arrojando pérdidas supermillonarias. Pero la caída de Lehman fue el detonante del pánico. A partir de ahí nos azotó una crisis económica global que varios años después seguimos padeciendo. Todo por causa de la expansión incontrolada de inversiones bancarias envenenadas que durante años enriquecieron a directivos y agentes de las grandes corporaciones.

Pensando hoy en aquellos tiburones de Wall Street que provocaron la crisis, en algún momento nos entra la curiosidad: ¿qué ha sido de los grandes directivos de Lehman Brothers, por ejemplo? ¿Y los de algunas otras de las enormes empresas estadounidenses que provocaron el estallido de la peor crisis financiera desde 1929? ¿Han terminado en la ruina? ¿En la cárcel? ¿Están trabajando como dependientes de una hamburguesería? ¿Han pagado la cuota de responsabilidad social que les correspondía? Pues bien, he aquí algunos de esos directivos y cuál ha sido su devenir en estos años. Hay muchos otros nombres que podrían citarse, pero eso alargaría el artículo hasta el infinito, así que valgan estos ilustrativos ejemplos de las capacidades adaptativas de los escualos financieros.

Dick Fuld, director ejecutivo y presidente de la junta de Lehman Brothers

REUTERS/Cordon Press
Foto: REUTERS/Cordon Press

En una ocasión Richard Fuld se quejaba amargamente de haberse convertido en «el hombre más odiado de América». Era el auténtico malo de la película para millones de personas que se vieron abocadas a una situación  delicada tras el estallido de la burbuja financiera. Naturalmente, Fuld no fue el único culpable, pero la bancarrota de su compañía desató el terremoto. Y claro, en un mundo que tiende a simplificar los mensajes, la verdad es que su amenazante rostro y su personalidad antipática lo convertían en el malvado perfecto para el guión de la tragedia. Por ejemplo, un congresista del Partido Republicano —poco sospechoso de seguir las tesis de lo que aquí algunos llaman «ideario antisistema» o, más perezosamente, «perroflautismo»— se lo espetó a Fuld durante su famosa comparecencia ante el congreso: «Si usted no ha descubierto aún cuál es su papel, es usted el villano». Una simplificación, sí, pero no exenta de cierta parte de verdad. Desde luego fue uno de los muchos villanos y uno de los principales responsables —al menos en el sector privado— de que millones de personas hayan perdido sus trabajos, sus hogares o sus esperanzas de futuro.

¿Cómo le ha ido a Fuld desde entonces? Veamos: solamente un año y medio antes de que Lehman Brothers se declarase en quiebra con una deuda acumulada de 613.000 millones de dólares, Fuld no tenía demasiados motivos para quejarse. Tal vez su empresa iba de proa al abismo —y él lo sabía bien— pero Lehman anunció una bonificación de más de 180 millones de dólares para el capitán del barco, a entregar durante la siguiente década y de los que Fuld cobró ya 22 millones en 2007. Esto es, los cobró meses antes de la bancarrota y cuando era perfectamente consciente de la caída en picado de la corporación. Pero no tardó en hacer uso de la bonificación: se compró un apartamento en Park Avenue —calle neoyorquina plagada de suntuosos edificios que ofrecen un versallesco hábitat a grandes directivos— que constaba de dieciséis habitaciones (cinco de ellas con chimenea propia), un salón de doce metros de largo, una decoración señorial que incluía grandes cantidades de carísimo mármol francés… el capricho le costó, entre adquisición y reformas, la modesta cantidad de 21 millones de dólares. Unos 15 millones de euros, por si necesita usted realizar la conversión para hacerse una buena idea de la cantidad, aunque no se sienta torpe si no consigue imaginar tanto dinero. Le confieso que yo tampoco. Con lo que le costó su apartamento, por ejemplo, podría financiarse diez veces el coste de urbanización del dique de Poniente en Torrevieja. Fuld también poseía una mansión frente al océano en una isla de Florida que costaba unos 13 millones de dólares. Y según reveló alguna de sus amistades, los gastos cotidianos del franciscano estilo de vida de Richard Fuld suponían un fijo de cinco millones anuales. Todo esto, claro, antes de la quiebra.

Un año y medio más tarde, apenas días después de la bancarrota de Lehman Brothers, Fuld entendió que podía verse sometido a una cascada de acciones legales. Y tomó medidas. Primero «revendió» la mansión de Florida a su propia esposa por el módico precio de 100 (cien) dólares. Es decir, por menos de lo que puede costar una PlayStation. Evidentemente era una manera de intentar poner su patrimonio fuera del alcance de las demandas judiciales y otros  grandes ejecutivos hicieron algo parecido, como veremos. También puso en venta el apartamento de Park Avenue pidiendo la astronómica cantidad de 32 millones… aunque finalmente tuvo que conformarse con malvenderlo por algo más de 25, lo que suponía un beneficio de únicamente cinco millones respecto a lo que le había costado. Entre otros bienes superfluos que ha ido liquidando por si las moscas, también se deshizo de una colección de dieciséis piezas de arte moderno que salieron a subasta por 20 millones. El precio fue establecido por los expertos tasadores de Christie’s. Al final, sin embargo, se vendieron por solamente 13’5 millones debido a la mala fama de Fuld, que parecía haber espantado a muchos posibles compradores. Y dado que el precio inicial de la tasación estaba garantizado por Christie’s, la casa de subastas terminó perdiendo mucho dinero. Hacer negocios con Fuld era sinónimo de peligro, desde luego.

Porque tras el estallido de la crisis la infamia del personaje lo convirtió prácticamente en un paria en el mundo de los grandes negocios. La sola mención de su nombre acarreaba una nefasta publicidad y para el pueblo estadounidense Fuld no era mucho más querido que Hitler. El hombre tuvo que rebajar su nivel de vida. Además de vender su apartamento neoyorquino estilo Lex Luthor y sus preciadas obras de arte, renunció a obtener el título de piloto porque poseer un avión privado podía suponerle demasiado gasto. Incluso tuvo que atravesar la vergüenza pública de desdecirse de una muy publicitada donación a su antigua escuela, costumbre habitual entre los millonarios americanos: había prometido 50 millones a su instituto pero finalmente le dijo a la dirección del mismo que «ahora solamente valgo 100 millones» (mentira; su fortuna personal era mayor) y nunca abonó la donación prometida. Eso sí, trató de paliar el sonrojo ofreciendo después donaciones menos cuantiosas.

Pero no padezcan, porque todos estos tropiezos no han enviado a Fuld a las colas de los comedores sociales. Aunque de manera poco publicitada, ha estado invirtiendo en la prometedora compañía química Gly-Eco. El negocio del reciclaje químico le ha salido rentable: en 2011, por ejemplo, Dick Fuld ganó unos 230.000 dólares en concepto de «asesor clave» de la compañía. No está mal, aunque nada comparado a los 500 millones que se estima ganó en Lehman mientras hundía la compañía, ganancias que nadie le ha tocado. Es más, pese a haberse deshecho de su principesco apartamento neoyorquino, pueden ustedes respirar aliviados porque Richard Fuld no duerme en la calle. Sigue teniendo la mansión de Florida a nombre de su mujer, otra en Connecticut que vale unos 8 millones de dólares, y un rancho de más de 160.000 m² en Idaho. Así que no le envíen una caja con paquetes de macarrones y ropa de segunda mano. Probablemente no la necesitará.

Joe Gregory, director de operaciones de Lehman Brothers

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Foto: DP

En sus momentos de gloria, el lugarteniente de Dick Fuld se hizo notar por ir desde su casa en Long Island hasta su despacho en Manhattan en helicóptero. Todos los días. Pero dejó su puesto, o fue obligado a dejarlo, en junio del 2008, cuando se hizo público que Lehman tendría pérdidas de 2.800 millones solo en aquel trimestre. Al día siguiente Gregory estaba fuera. Su jefe, Dick Fuld, dijo sin sonrojarse que Gregory se había retirado para estar más tiempo con la familia. Pero Gregory regresó de su retiro familiar tras la debacle definitiva de Lehman, ocurrida tres meses después. Lejos de parecer preocupado por las derivaciones que aquello podía tener para la economía mundial, consideró más oportuno reclamar a su antigua empresa, ahora quebrada, 233 millones de dólares en concepto de «indemnización en diferido» (puedo entender que se hayan sonreído al leer la expresión). Eso sí, mientras escribo estas líneas —principios del 2014— todavía no se ha salido con la suya.

Desde entonces, salvo aquella tardía exigencia de recibir una lluvia póstuma de millones por haber ayudado a provocar una crisis financiera mundial que ha enviado a millones de personas a los umbrales de la pobreza, Gregory ha mantenido un perfil más bien bajo. No ha vuelto a asomar por el mundo de los grandes negocios y la prensa apenas ha hablado de él excepto para hacerse eco de sus sonadas liquidaciones de patrimonio. Por ejemplo: en el año 2012 se deshizo de su fabulosa mansión de Long Island, 1500 m² construidos más 600 m² de estancias para invitados. La mansión contaba entre otras cosas con un garaje de siete plazas y un vestidor dúplex para los zapatos con su correspondiente escalera propia… en fin, un oasis de lujo rodeado de 36.000 m² de terreno. El precio de venta fue de 22 millones de dólares. También vendió un apartamento de más de 5 millones en Nueva York. En este sentido, una de las últimas informaciones aparecidas sobre él fue la subasta de diversas antigüedades —mobiliario dieciochesco y demás baratijas— por valor de casi 3 millones de dólares. Aún peor: terminó vendiendo incluso su querido helicóptero, tras lo cual suponemos tendrá que desplazarse a ras de tierra como el resto de los mortales. Se diría que no haber conseguido aquellos 233 millones de indemnización en diferido que reclamaba ha descuadrado sus cuentas. Curiosamente, gracias a esa demanda aparece listado como uno de los principales acreedores unipersonales de la quebrada Lehman Brothers. Eso sí, pese a sus sonadas ventas de viviendas de lujo no hay noticia de que haya hecho cola en algún albergue para pasar el invierno.

Erin Callan, directora de finanzas en Lehman Brothers

Foto: New York University
Foto: New York University

Ejemplo de mujer hecha a sí misma: hija de un policía neoyorquino, se graduó suma cum laude en Harvard y terminó siendo la jefa de finanzas de una de las más grandes compañías del ramo. Fue durante un tiempo la mujer más poderosa de Wall Street. Poco antes de la quiebra de Lehman se había marchado a trabajar para Credit Suisse, pero eso no evitó que la salpicaran los efectos de la bancarrota en forma de un buen número de demandas. No, no ha terminado en la ruina, pese a que en Credit Suisse no tardaron en deshacerse de ella. Eso sí, a raíz de todo el asunto reaccionó de manera bastante peculiar: experimentó una especie de renacer espiritual y decidió que haber sido un tiburón de Wall Street no le había compensado en la vida. Primero se retiró con su marido a una «modesta» casa en Florida (modesta según sus antiguos estándares de vida, porque estaba situada frente al mar y costaba más de 800.000 euros) e incluso escribió un artículo llamado «¿Hay vida después del trabajo?», en el que se arrepentía de todo el tiempo entregado a su carrera profesional. Se arrepentía, hay que decir, cuando ya las grandes compañías huían de ella. También expresaba su deseo de convertirse en madre biológica a los 47 años. Con todo este replanteamiento vital se ha empeñado en aparecer como la buena de la película de Lehman, o al menos como la versión femenina de Pablo de Tarso en toda esta historia. Vio la luz. Enhorabuena.

Hoy vive en una casa que le costó casi cuatro millones de dólares: tras varios intentos infructuosos de venderla —incluso después de sucesivas rebajas de precio que alcanzaron el millón— ha decidido que quizá sea mejor seguir habitándola. Eso sí, todavía está pendiente de diversas demandas judiciales y ha visto cómo se agotaban los fondos que Lehman Brothers tenía previstos para la defensa legal de sus antiguos directivos, así que ahora la pobre mujer tiene que pagarse los abogados de su bolsillo. Aunque hay que decir que ingresos no le faltan: está disfrutando de lo que, en esencia, es una cómoda excedencia remunerada a cargo de sus antiguos empleadores de Credit Suisse. En fin, si finalmente vemos que la buena de Erin necesita un empujoncito para costearse la defensa legal, quizá un día abramos una pequeña colecta.

Hugh McGee III, director de inversiones en Lehman Brothers

Foto: dominio público.
Foto: DP

Fue uno de los empleados más exitosos de Lehman —al inicio de la crisis interna, en 2007, su división de inversiones todavía facturaba cantidades astronómicas— pero no consiguió que alguna de sus medidas de bombero para salvar los muebles a última hora tuviese efecto. Como la de intentar dispersar los activos tóxicos de Lehman, algo similar a la «estrategia del ventilador» pero en activos financieros.

Pese a ello, McGee pertenece al bando de los grandes ganadores de esta historia. Fue uno de los principales arquitectos de la quiebra, pero conoció una segunda vida de éxito al ser fichado por Barclays Bank (recordemos que Barclays fue la entidad que intentó comprar Lehman hasta que las autoridades británicas pusieron el veto) y la gran pregunta es: ¿para qué lo querían en Barclays? Pues bien, entre otras cosas para seguir ejerciendo de bombero. Tras el escándalo Libor —que le costó a Barclays 489 millones de dólares en multas por manipulaciones en el mercado norteamericano— McGee ejerció como mediador para «ayudar a que mejorasen las relaciones entre Barclays y los reguladores estadounidenses». Es decir: McGee «reconcilió» a Barclays con sus antiguos perseguidores y la entidad bancaria se lo agradeció nombrándolo director ejecutivo de Barclays en América, por lo que cobra un salario fijo de —agárrense— 25 millones anuales, que lo convierten en uno de los empleados mejor pagados de Wall Street, si no en el mejor pagado de todos.

Aunque el momento más cómico en la carrera mediática de McGee es posterior a Lehman. Hablo de su reacción al saber lo que dijo una de las profesoras del colegio de su hijo de dieciséis años durante una lección de historia en la que se hablaba del origen de la crisis. La profesora calificó a los responsables de las inversiones bancarias de las grandes compañías financieras —o sea, los arquitectos de la crisis como el propio McGee— como «depravados» que habían obtenido grandes beneficios del desastre mientras otras muchas personas perdían sus trabajos y sus casas. Al saberlo, McGee dirigió una carta a los padres de alumnos más influyentes en el consejo de la escuela, pidiendo que presionaran para la profesora fuera despedida y calificando la lección como «invectivas izquierdistas que ni son correctas ni forman parte del currículum escolar». Al menos en parte no le falta razón: el calificativo de «depravados» no entraba en el temario, efectivamente. Decía también que durante la clase su hijo había tenido que defenderlo «entre lágrimas» señalando los ímprobos esfuerzos que su padre había hecho «por salvar once mil empleos». Todo esto según el propio McGee.

La carta empezó a circular entre los padres y finalmente saltó a la prensa. Pero lo más cómico es que no era la indignación por las «invectivas izquierdistas» el principal objeto de la misiva. McGee se quejaba porque se había desplazado a su hijo de una función escolar «de manera humillante», tras haberse presentado con un sketch que según la dirección del centro mostraba «estereotipos negativos de género» y que ya se le había prohibido representar. McGee se hacía la víctima con lo de las invectivas izquierdistas pero al mismo tiempo, por ejemplo, se cebaba con la condición de lesbiana de una entrenadora deportiva («¿Por qué un entrenador heterosexual y casado es considerado una rareza en esta escuela?»). La carta produjo un considerable revuelo en el colegio y diversos medios se hicieron eco de la pataleta del ejecutivo  mejor pagado de Wall Street, no sin considerables dosis de sorna. En fin, sirvan sus 25 millones de sueldo anual para atemperar en lo posible el disgusto y esperemos que ya se le haya pasado. De qué te sirven tantos millones si a tu hijo no le permiten representar un sketch con «estereotipos negativos de género». Lo próximo será que en ese colegio termine por estar mal visto el reírse de los pobres. Acabáramos.

Stanley O’Neal, director ejecutivo y presidente de la junta de Merril Lynch

Foto: dominio público.
Foto: DP

Como bien sabemos, no solamente Lehman Brothers estalló por efecto de las hipotecas subprime y los activos tóxicos sino que otras compañías financieras también terminaron en desastre, aunque algunas fueron rescatadas a última hora. En 2007 Merril Lynch anunciaba unas pérdidas de de 4.500 millones de dólares para el trimestre, cifra que veinte días después se transformaba mágicamente en 7.900 millones. Sin embargo, Merrill no sufrió el mismo destino que Lehman porque Bank of America salió al quite y compró la compañía (en el mismo fin de semana en que Lehman se iba al garete).

Pues bien, su director ejecutivo Stanley O’Neal había cobrado unos 70 millones durante sus ocho años de desastroso mandato, amén de unos 19 millones obtenidos tras una oportuna venta de acciones. Pese a todo, gozó de una salida bastante plácida incluso en mitad del desastre: se marchó de Merrill con una indemnización de 160 millones. Y casi por arte de magia obtuvo un puesto en el consejo de administración de Alcoa, multinacional del aluminio, donde hoy gana un salario algo más modesto de 221.000 dólares anuales que confiemos le permitan llegar a fin de mes. Dado que su actual contrato finaliza en 2016, esperemos también que sea capaz de ahorrar por si en el futuro vienen mal dadas. De todos modos posee un apartamento en Park Avenue valorado en unos 10 millones, que como Dick Fuld, también «revendió» a su mujer. Además de una mansión de 13 millones que figura a nombre de una sociedad dirigida por el matrimonio. Así que tampoco nos consta que haya tenido que dormir alguna vez en un banco del parque y es poco probable que lo haga en el futuro.

Kenneth Lewis, director ejecutivo de Bank of America

Foto: REUTERS / Cordon Press - Rebecca Cook
Foto: REUTERS / Cordon Press – Rebecca Cook

Lewis, entonces jefe de Bank of America, fue uno de los principales artífices de que Merrill Lynch no sufriera el mismo destino que Lehman Brothers. Convenció a los accionistas de su banco para que aprobasen la compra de Merrill, que estaba ya a punto de derrumbarse por completo… pero los accionistas de Bank of America no lo sabían y Kenneth Lewis sí. El precio de la adquisición fue de 18.500 millones de dólares. Y como era de esperar, la compra de Merrill puso al Bank of America en muy serios problemas. Pero apareció un príncipe salvador en forma de gobierno federal estadounidense: Bank of America recibió 15.000 millones de los contribuyentes en el año 2008 mientras otros 10.000 millones fueron dedicados al rescate de la propia Merrill Lynch. Aun así, Merrill anunció nuevas pérdidas (15.000 millones en el siguiente trimestre), así que en el año 2009 Bank of America recibió otros 20.000 millones de dinero público para asegurar que toda la operación de Merrill no la llevase a la bancarrota. Así, el gobierno se hacía cargo de las funestas consecuencias que la aventurera adquisición de Merrill tuvo para Bank of America.

Eso sí, el asunto de la compra envenenada de Merrill y de las mentiras de Lewis llegó a los los tribunales, aunque la fiscalía de Nueva York —principal instigadora del proceso— ya ha declarado que no va a pedir daños y perjuicios.

Entretanto, Kenneth Lewis abandonaba la dirección de Bank of America con una indemnización de 83 millones, a sumar a los 138 que amasó durante los años en el banco. Dado que ha seguido en el punto de mira del fiscal, ha estado también liquidando patrimonio por si acaso: vendió un par de lujosas casas, incluyendo un mansión de vacaciones en Aspen que valía casi 14 millones. Aunque tampoco deben ustedes preocuparse demasiado por su bienestar. En la actualidad, Lewis sigue teniendo a su nombre un edificio completo de apartamentos en Florida y sus cuentas bancarias intactas. Los tribunales no amenazan ya con echar mano a esas propiedades, así que tampoco creemos que lo vayamos a encontrar una noche durmiendo dentro de un cajero.

Lloyd Blankfein, director y presidente de la junta de Goldman Sachs

Foto: REUTERS / Cordon Press - Rebecca Cook
Foto: REUTERS / Cordon Press – Rebecca Cook

Menos de una semana después del colapso de Lehman, el banco de inversión Goldman Sachs también estuvo a punto de caer. Se salvó cuando la Reserva Federal le permitió transformarse en banco convencional, para más tarde recibir 13.000 millones de dólares del plan de rescate gubernamental. O sea, 13.000 millones de los contribuyentes. Como Richard Fuld, Lloyd Blankfein fue uno de los malvados más visibles de la crisis. Fue uno de los principales impulsores del trapicheo de activos tóxicos. Recibió muchísimas críticas y fue blanco de muchos odios. Pero él trató de defenderse diciendo en Goldman habían dado créditos con una función «social» —sí, pintándolo todo casi en términos de ONG. Sí, lo dijo con toda la cara— y que sus esfuerzos personales al frente de Goldman habían sido poco menos que una «misión de Dios» (God’s work, literalmente). En 2009, al parecer también inspirada por el Altísimo, la publicación Financial Times lo nombró «hombre del año».

En 2010 Goldman Sachs fue demandada por los reguladores de la U.S. Securities and Exchange Commission, quienes al parecer no terminaron de creerse lo de la intervención divina en todo el asunto de los activos tóxicos y las hipotecas subprime. Pero esta demanda terminó siendo poco menos que pólvora mojada o, siendo malpensados, una representación de cara a la galería: los reguladores demandantes llegaron a un acuerdo para solventar el problema mediante una multa de 550 millones de dólares. Así, Goldman y sus responsables se quitaban ese problema judicial de encima pagando como castigo apenas un 5% del dinero que habían recibido a cuenta del bolsillo de los contribuyentes en concepto de rescate. Dicho de otro modo: Goldman pagó a las autoridades una multa con el dinero que las autoridades le habían dado antes. Y todos contentos. Todos excepto los contribuyentes, claro está. Aunque hay que decir que sigue siendo un personaje muy detestado. Valga como muestra que apenas días antes de escribir este artículo, un bulo cibernético enviaba a Blankfein a la tumba. Una broma de muy mal gusto, no cabe duda, que no podemos aprobar ni aun teniendo en cuenta el siniestro perfil del personaje en cuestión. Pero esto ilustra el odio que todavía muchos sienten hacia él.

Sea como fuere, y con la considerable ayuda del árbitro, Blankfein se ha convertido en otro de los miembros del equipo ganador. Tras el rescate y la solución pactada a los chanchullos financieros, Goldman Sachs se vio libre de todos aquellos problemas que la propia entidad se había creado con su demente arrebato de avaricia. En consecuencia, la compañía empezó a remontar. Lloyd Blankfein, uno de los padrinos del desastre financiero y por tanto uno de los responsables de la crisis que a usted y a mí nos continúa afectando, volvió a ser una figura de éxito. En el año 2012 cobró de Goldman unos 26 millones de dólares entre salario y bonificaciones. Su fortuna actual se estima en unos 450 millones. Es el número 27 en la lista de personas más poderosas del mundo que confecciona la revista Forbes. También se ha rumoreado que podría ser uno de los candidatos a ser nombrado «hombre del año» por la revista Time. En cualquier caso, no les extrañe si algún día aparece en los libros de texto de sus nietos mencionado como uno de los grandes hombres de nuestra época. Cosas más raras se han visto.

En fin, este es únicamente un pequeño muestrario. Hemos citado unos pocos nombres. Pero hay otros muchos.


Físicos al asalto de Wall Street

cuando-los-fisicos-asaltaron-los-mercados_9788434411937En 1949 se inventó una máquina que predecía los movimientos de la economía. Se llamaba MONIAC —siglas de Monetary National Income Analogue Computer—, era hidráulica y reproducía con un circuito de agua la interacción del dinero en el sistema económico británico. Ajustando los volúmenes vertidos y el modo en el que fluían representaba las diferentes políticas monetarias posibles y, claro está, sus resultados.

Solo tenía una pega: no funcionaba en absoluto. O sí lo hacía, siendo justos, pero no servía para nada porque los productos que arrojaba poco tenían que ver con la realidad. Pecaba de simpleza y de idealismo matemático, aunque su creador, Bill Phillips, llegó a decir que el verdadero problema estaba en la sustancia. Cuando diseñó la MONIAC pensó que las leyes físicas que rigen la dinámica del agua se equipararían en su simulación a las que mueven el dinero, ya que líquido y capital comparten su característica fundamental: la falta de resistencia al esfuerzo cortante. Y se equivocó, claro. En su máquina, el dinero fluía dócilmente de un lado al otro dependiendo exclusivamente de la relación de fuerzas que lo sometiese, pero en la economía de Gran Bretaña no podría hacerlo de forma más distinta. Incluso en grandes cantidades se movía errático, caprichoso e impredecible como una bandada de pájaros, respondiendo ante leyes oscuras e indescifrables, si es que acaso hablamos de leyes y no de aleatoriedad o peor aún: de algún enigmático trasvase de la voluntad humana al plano de las matemáticas. Normalmente es aquí cuando los físicos se desesperan, tiran la toalla y le ceden el testigo a profesionales especializados en este tipo de relaciones: filósofos hermenéuticos, dependientes de tiendas de esoterismo, gente que viaja a la India y vuelve cambiada, Paulo Coelho y personas así.

Y no debe extrañar. El físico de profesión adquiere el rango de cosmólogo solo en las escalas extremas de la existencia, donde las cosas son tan grandes o tan pequeñas que no se pueden ver. Para nuestra desgracia, no obstante, los físicos pierden su estatus sacerdotal en los grados manejables de la realidad, en donde son habitualmente tipos capaces y seguramente leídos, pero poco más. En esta escala del mundo son otro tipo de especialistas quienes gozan de autoridad para explicar la esencia de lo que existe y para nuestra desgracia, una vez más, no lo hacen solo los profetas que la física tiene en la vida palpable, como los biólogos o los químicos; también están los sociólogos, los filósofos, los poetas, las vecinas de nuestro bloque, los cuñados de cada cual durante la sobremesa del domingo y los teleastrólogos de madrugada, por citar solo unos cuantos. En la escala humana del mundo los demiurgos son legión y así impera un amateurismo cuanto menos sorprendente tratándose de una raza, como la nuestra, cualificada para parir certezas cuando se trata de explicar cómo funciona lo que es muy grande y lo que es muy pequeño, pero incapaz alcanzarlas y aplicarlas allí donde más las necesita, que es en el reino de lo humano. Si lo hiciésemos, claro, no tendríamos el reino como lo tenemos, que es hecho una pena.

Y más desde 2008, que es cuando el joven James Weatherall confiesa haberse propuesto escribir Cuando los físicos asaltaron los mercados (Ariel, 2013), animado no tanto por el crac mismo de las finanzas como sí por el de las certezas, que es lo que a él le pilla más cerca. Filósofo como es además de físico y matemático, Weatherall cayó en la cuenta de que una verdad que deja de serlo no ha perdido su condición, sino que ni es tal ni lo ha sido nunca. Los mecanismos que regían la inversión de los hedge funds o fondos de cobertura, detonante mismo de la crisis económica a escala global, habían sido diseñados por físicos y cuadraban a la perfección, pero a la hora de la verdad sus ecuaciones y fórmulas se derritieron, falibles e imperfectas como si fueran palabras en una disciplina social, no números en una ciencia exacta. Ni siquiera los cacareados quants, los profesionales del análisis financiero cuantitativo a sueldo de los grandes inversores, fueron capaces de prever lo que se avecinaba pese a lo que cobran por pontificar en la gestión de riesgos, que por cierto es mucho.

Complicada como es la cuestión requiere una explicación larga, y por esa razón Weatherall prefirió no reducirla a un aforismo —un tic muy matemático, por cierto— y escribió en su lugar un libro. Cuando los físicos asaltaron los mercados repasa las contribuciones de la física a las finanzas a lo largo del siglo XX, aunque así dicho resulte bastante más frío que el contenido de sus páginas, inusitadamente cálido para tratarse, no nos engañemos, de divulgación científica y económica. Sin privarse de las convenientes remontadas a los visigodos —lo que recibe al lector es una comparación entre el funcionamiento de los derivados financieros en los hedge funds y la contabilidad en la antigua Sumeria, para hacernos una idea—, el autor glosa los términos del intrusismo de los científicos en Wall Street hasta explicar cómo, en la década de los ochenta, la naturaleza misma de la bolsa cambió irremisiblemente gracias a estas contribuciones.

Pero, ¿para bien? Es una pregunta que se deja en suspenso y a la discreción del lector, ya que al término del libro estará habilitado para responderla con un poco —solo un poquito— de conocimiento. Al menos si lo ha entendido todo, extremo factible para el lego en física y finanzas —el común de los mortales, vamos— si tiene a mano una conexión a internet con la que ir consultando conceptos y la disposición debida cuando se lee divulgación, que es la ir aprendiendo por el camino y no venir aprendido de casa. Hay quien ha intentado hacer dinero tirando de álgebra, de estadística, de geometría y hasta de cuántica, para hacernos una idea, por lo que el libro que resulta de compilar estas experiencias es necesariamente algo más que un paseo de anécdotas sobre físicos excéntricos e inversores imprudentes. Es más bien enciclopedista, como manda el canon en la divulgación comercial, y en el tono quiere parecerse a otros superventas recientes del género —en particular Una breve historia de casi todo (Bill Bryson, RBA) y Física de lo imposible (Michio Kaku, Debate)—, pero en todo caso es más exigente que cualquiera de ellos y, por lo tanto, bastante más pedagógico.

Pero, ¿son las finanzas —al menos, parte de las finanzas— asequibles a la ciencia? No desvelaremos, porque solo faltaba, si Weatherall acaba respondiendo a la gran pregunta, pero sí que al final del recorrido esta gran cuestión deja de serlo. Ilustrando muchas aventuras científicas cuyas conclusiones se han llevado a la práctica en operaciones financieras sin pasar por el debate de la propia comunidad científica, Cuando los físicos asaltaron los mercados acaba por convertirse en un canto ejemplarizante al método y a su necesidad en unos tiempos, a la vista está, en los que ha dejado de ser sagrado, quizá porque lo importante aquí era hacer dinero y no ciencia. En palabras del propio autor, «pensar como un físico es distinto de utilizar meramente los modelos matemáticos o las teorías físicas» y está sujeto a unos rigores que no son litúrgicos, sino necesarios, y cuyo escaqueo lleva al descalabro. Miren la calle si no, como está, y echen un ojo a las cifras de paro. De haber aplicado la ciencia a las finanzas y de haberlo hecho bien, con verdadera ciencia y finanzas verdaderas, es posible —y solo posible— que todo esto no hubiera pasado.


Javier Gómez: Las honradas putas de Pigalle

Pigalle no son solo las putas. Casi diría que es lo menos pintoresco del barrio. Las francesas de toda la vida trabajan de día con horario de oficina postal (evitemos el incómodo Correos), saludan al pasar y no se mueven de sus esquinas, como vigías cincuentonas del barrio. Las extranjeras no salen de los clubes y caminan cabeza gacha. Pero a mí me sorprendió más mi asesor inmobiliario marxista. Bueno, eso decía él, porque era socialista, por mucho que estemos en Francia.

Llegué a la agencia con mi pila de dosieres y registros, de documentos y fascículos, porque en Francia alquilar un piso convalida con pasar las oposiciones de registrador. El tipo, melena rizada, camisa abierta, traje de Sergio Ramos, me dijo que él se fiaba de los ojos de la gente. Y, sin mirar mi DNI, me alquiló un apartamento de 48 m2 en plena rue de Douai, en un sexto sin ascensor, cuyas ventanas traseras daban al Molino Rojo. En pleno epicentro de la canallesca de Pigalle. Donde las más honradas son las putas.

Poco me esperaba yo, el primer día, esa voz que salía de la minúscula portería: “Mesié Gómez…”, con inusitado acento en la ‘o’ y un deje en francés tan dulce como el eco de un aserradero a pleno rendimiento. Ese día conocí a Antonia. Una de tantas emigrantes que zarparon cuando en España no había trabajo ni esperanza. Cuando España era… como ahora. Era vallisoletana, bajita, regordeta, malhablada y odiaba a todos los vecinos del inmueble. A las hermanas solteronas del primero, más si cabe.

Murió el marido, español, con el que había salido hacia París cuando era poco más que una cría. Y se quedó, con su viudedad, sus dos hijas, las nietas y esos malditos seis pisos de escaleras de madera colgando del manojo de llaves. Una hija también se hizo portera, bajita, regordeta, malhablada y vivía en otra portería, también minúscula, también de Pigalle. La otra se había separado, no tenía trabajo, pero sí dos hijos, y se estrechaban todos en el cuarto, vivienda, oficina, morada, trastero, cueva, búnker de Antonia, dándose en el codo con la humedad, tendiendo de contrabando, moviéndose como sombras chinescas tras las telas que colgaban para soñar que tenían paredes.

Y les cuento yo mi historia a cuenta de los desahucios. A la hija de Antonia la habían desalojado de su casa, pero eso no tiene nada que ver. Mi portera llevaba una vida echando monedas a un lado, que nunca se sabe si le puede pasar algo al marido. Y cuando el mal augurio llegó, fue a por “sus duros”. La mujer los había puesto en el Fórum Filatélico, “donde los ricos de Valladolid”. Y claro, al dinero de los ricos nunca le pasa nada. Pero al de Antonia y las antonias de este mundo, sí. Me preguntaba siempre si yo sabía, si yo conocía, si un periodista podía, y todo conjugado en imperfecto, que era el tiempo verbal que más le pegaba al asunto.

Me he acordado de ella leyendo que el Gobierno y la oposición se han dado cuenta de que en España había un problema. Si Amaya, en Baracaldo, José Miguel, en Granada, y Manuel, en Burjassot, no se hubieran suicidado, ustedes y yo sabemos que algunos políticos, por nombrarlos en la frase que duele, no habrían hecho nada. Es el “poder propagandístico” del suicidio, dicho a la Jabois. Que incluso tiene su escala de Richter, porque lanzarse al vacío siempre asegurará más titulares y onda expansiva que ajustar la soga. Cosas de la escaleta de informativos y el “pudor mortis”. En Francia, según una ley napoleónica todavía vigente, ni siquiera se pueden ejecutar desahucios en invierno. Hace 200 años, algunos ya tenían más sensibilidad que ahora. Y no me vengan con guillotinas.

Pero, aunque ahora se repare la injusticia de que las personas tengan menos derechos que las empresas, que sí pueden declararse en quiebra y no afrontar los pagos pendientes (derecho que tienen los ciudadanos en Estados Unidos o Francia), yo me preguntaba quién va a mirar a la cara a las 400.000 familias que ya han sido desahuciadas y no se han suicidado. Igual malviven apiñados en la portería de la abuela, asustando el frío con mantas. Quién va a explicarles que si se hubieran atado con grilletes, a lo mejor estarían salvados. Que igual pagaron con la calle su exceso de pudor. Que si hubieran aguantado una vuelta más, habría salido el safety car.

Quién va a explicarles a los que en estos años han sido timados, como Antonia, o a las víctimas de las preferentes, o de todos estos mercachifles con bula, que España volvió a ser “el país donde más fácil hacerse millonario”, aunque esta vez no hubo ningún pardillo como Solchaga que pusiera título al vodevil. Quién les argumentará que la indignidad no es retroactiva y que lo suyo ya no tiene arreglo. Que son víctimas colaterales de los que miraban para otro lado.

En España ya casi no quedan putas españolas en las esquinas. Pero si las hubiere, serían las más honradas de la canallesca. Como en Pigalle.

 


Si Hitler levantara la cabeza se parecería a alguno de ellos

El diputado Jimmie Åkesson no es lo que parece. Apenas ha estrenado la treintena y lleva más de diez años en política, pero no es precisamente un repelente tiquismiquis. Diseña páginas web escondido tras unas gafas, pero no es un empollón sin carisma. Moreno de ojos negros, pero sueco. Traje chaqueta y corbata impecables y sonrisa a prueba de sarcasmos, pero no es un broker de éxito. Åkesson es el carismático líder del partido sueco de extrema derecha Sverigedemokraterna y es, en cierto modo, el paradigma de lo que los ultranacionalistas son hoy en día: modernos, integrados, transversales y con un discurso populista, aunque lejos de las bravatas militares de los líderes fascistas de principios de siglo.

Tampoco Marion es lo que parece. Rostro angelical enmarcado por una melena rubia, sonrisa agradable, amigos en el entorno progresista de su país… nada raro para cualquier estudiante de derecho de 22 años como ella. Nada raro, claro, si tu apellido no es Le Pen y acabas de convertirte en la diputada más joven de la Asamblea francesa y, además, en la tercera generación de una saga familiar que ha ido logrando hitos en el ultraderechista Front National. Antes que ella estaban el abuelo Jean Marie, que llegó a la segunda ronda de las presidenciales hace diez años gracias al hundimiento socialista, y la tía Marine, que empujó a la formación a su mejor resultado electoral, con un 17,9% de los votos.

Entre Jimmie y Marine hay varias semejanzas más allá del ultranacionalismo y la condena sistemática de toda forma de inmigración. Son jóvenes, carismáticos, educados y conectan de lleno con entornos urbanos y de formación intelectual elitista que, aunque se crea lo contrario, nunca ha sido el granero de votos de los ultras. Pero junto a ellos hay una enorme legión de líderes ultras de otros países. El referente es el Front National francés, el espejo en que mirarse, pero cada formación en cada país tiene su propia cruzada.

Hay partidos con apoyos en el mundo obrero y partidos con representantes aristócratas, partidos que pretenden recuperar fronteras de tiempos pasados que vieron recortadas, partidos que persiguen a los inmigrantes musulmanes, partidos que persiguen a los rumanos, partidos que buscan la abolición de la enseñanza de idiomas de otros países en sus escuelas, formaciones euroescépticas que se erigen como única alternativa ante la crisis, grupos de nostálgicos neonazis con representantes condenados por la Justicia.

La lista de paradojas no termina ahí. Hay algunos miembros destacados de estos partidos que vienen del entorno antisistema y okupa. Hay formaciones, como que los neonazis del BNP, que presentan a un inmigrante uruguayo como candidato a la alcaldía a Londres. Hay, incluso, partidos como el NPD alemán que tiene a un diputado en una comisión estatal de seguimiento del terrorismo neonazi, Arne Schimmel, y a dos suplentes, Mario Loeffler y Andrew Storr.

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Arritmias en el corazón de Europa (Vuelve al inicio)

Los movimientos ultras han conseguido llegar a paralizar durante meses el corazón de Europa. El mejor ejemplo es Bélgica, que estuvo 541 días sin Gobierno por culpa de la inestabilidad del país. En realidad más que un país es la unión de dos comunidades lingüísticamente diferentes, económicamente separadas y con partidos duplicados que operan sólo para su mitad del territorio. El resultado: hasta doce partidos se reparten 150 escaños y un caldo de cultivo perfecto para el nacionalismo radical y la xenofobia.

En ese contexto irrumpió el Vlaams Belang, partido nacionalista de corte racista que aboga por la separación de los flamencos, comunidad del norte del país que habla neerlandés y es rica, de los valones, los compatriotas del sur, francófonos y menos boyantes. Con 12 escaños en el Congreso y cuatro de los cuarenta senadores, ha bloqueado cualquier posible pacto con los partidos valones. Su principal fuerza está en Amberes, la segunda ciudad del país con medio millón de habitantes, donde aunque no gobiernan consiguieron sumar uno de cada tres votos. Y eso que han perdido empuje: en las anteriores elecciones consiguieron diecisiete escaños y cinco senadores.

Enfrente, en el bloque francés, partidos homólogos aunque rivales. Formaciones como el Front National, hermana de la formación francesa. Son mucho menos fuertes como era de esperar: en una región menos fuerte en lo económico el ansia separatista siempre es menor. ¿El futuro de Bélgica? Muchos apuntan a una ruptura definitiva, con un norte independiente o integrado en Holanda y un sur integrado en Francia, con Bruselas como ciudad-Estado, una capital sin país para un continente sin corazón.

A una situación de inestabilidad podría encaminarse también Holanda, que se ha visto abocada a convocar elecciones en septiembre tras la dimisión de su Gobierno sólo dos años después de los últimos comicios. En ellos el ultra PVV de Geert Wilders se convirtió en tercera fuerza política con un 15,5% de los votos y fue la llave que dio el Gobierno al VVD, el Partido Popular holandés, la fuerza más votada con sólo siete escaños más. Pero quien fuera el pasaporte hacia el Gobierno fue también la tumba del mismo: el socio del todavía primer ministro Mark Rutte se negó a apoyar su plan de austeridad y recortes, lo que propició el final de la legislatura.

Es una incógnita qué pasará con el partido de Wilders en septiembre, después de que en 2010 triplicara sus apoyos, pasando del 6% y 9 escaños de 2006 a los actuales 24 asientos en el Parlamento. Su formación, el ‘Partido de la Libertad’, ha hecho valer su mensaje xenófobo y antiislámico para controlar también 10 escaños de los 75 del Senado, más de un 10% de los representantes locales del país y uno de cada seis eurodiputados de los que aporta su país.

Pero la irrupción de Wilders no viene de la nada: un renovador de la derecha populista surgió hace una década haciendo gala de su homosexualidad al tiempo que clamaba contra el Islam. Pim Fortuyn, que así se llamaba, estaba en plena senda ascendente hasta que le asesinaron a tiros en plena campaña electoral en 2002. Su fallecimiento y el de Theo Van Gogh dos años después sacudieron a la sociedad holandesa. Ambos clamaban contra el Islam, que definían como retrógrado y esclavizante, y sus muertes dieron vida a ese sentimiento. Las imágenes de Fortuyn sin vida, tendido en el suelo, fueron un golpe a la conciencia de la sociedad holandesa. De hecho, el propio Van Gogh rodaba una película sobre el asesinato de Fortuyn en el momento de su muerte llamada 06/05, fecha del asesinato.

Aquel año 2002 la lista del fallecido Fortuyn se convirtió en la segunda más votada, pero acabó diluyéndose. Wilders aglutinó todo aquel sentimiento surgido y lo plasmó en Fitna, un documental xenófobo sobre el Corán que le sirvió para avivar aquellas brasas y erigirse como líder de un movimiento de evolución desconocida.

Entre tanta inestabilidad en la zona Luxemburgo destaca como un país sin sombras ultras en su plácido panorama político. Tan plácido que las dos primeras fuerzas del país gobiernan en una coalición innecesaria.

Fuera del Benelux en el caso de Austria es posiblemente el que más alertas desató cuando se empezó a notar el auge neofascista en el continente. Aún ni se intuía la crisis actual y ya el carismático Jörg Haider emergía entre las verdes montañas de Carintia. Arrancaban los años ’90 y el hombre que hizo que el partido liberal austríaco abrazara las posiciones más nacionalistas y xenófobas supo aprovechar el conflicto étnico que este estado al sur del país vive con la comunidad eslovena. Ocupó el cargo en dos etapas durante dieciocho años, rigiendo el destino de medio millón de austríacos, y llevó a su partido hasta el Gobierno: su candidata nacional logró el 26,9% de los votos en 1999 y fue vicecanciller a pesar del veto que intentó ejercer la Unión Europea contra el Gobierno austríaco.

Pero lejos de amedrentarse, este hijo de militantes nazis dejó el FPÖ que él mismo había reformado para fundar el BZÖ, un partido en el que dar rienda suelta a sus ideas. Entre ellas, dudar del Holocausto, elevar la consideración de la SS o atacar a los judíos. En las últimas elecciones presidenciales su partido logró un 11% de los votos, casi el triple que en su primera comparecencia dos años antes. Falleció en un accidente de tráfico en 2008 en compañía del que dijeron que era su compañero sentimental que, supuestamente, le había acompañado a un club homosexual. Quienes inspiraron esa idea que bajo su punto de vista ensombrecía el legado del líder fueron expulsados del partido.

Él murió, pero su legado permaneció: en 2010 la formación se convirtió en la segunda fuerza en Viena, con más de un 27% de los votos. Ahora, bajo mando de Josef Bucher, intentarán convertirse nuevamente en partido de Gobierno en las elecciones de septiembre.

En Suiza el auge ultra ha sido más sutil. Fue Christoph Blocher quien reconvirtió una coalición minoritaria de ganaderos y comerciantes en el SVP, que hoy por hoy es el principal partido del país con más de un cuarto de los diputados del Congreso y cinco representantes en la Cámara Alta suiza. Y eso, en gran parte, gracias a su paradójica fortaleza urbana, ya que controlan ampliamente cantones como Zurich o Berna y empatan con los socialistas en Basilea.

El cambio del ruralismo al populismo resultó tan rápido como sorprendente: figuras como Adolf Ogi, breve presidente del país y miembro del partido, disfrutan de un retiro en una especie de ONG para la paz apadrinada por el Principado de Mónaco mientras el partido al que pertenecen abanderan campañas en las que se criminaliza la inmigración. Más que eso, recientemente propusieron y ganaron un referendum para prohibir la construcción de minaretes en todo el territorio nacional.

El salto cualitativo llegó en 1999, cuando lograron un 22% de los votos y lograron cambiar la configuración del Consejo Federal, la cámara de Gobierno que se regía por la conocida como ‘fórmula mágica’ para designar a sus siete miembros en una proporción de ideologías, idiomas y orígenes equilibrados. Esa fórmula había permanecido inalterable durante más de medio siglo. Pero entonces llegó Samuel Schmid para cambiarlo, luego el propio Blocher y, en la actualidad, Ueli Maurer, responsable de Defensa de la neutral Suiza y ultraderechista declarado, granjero de origen y militar de formación.

El partido ha conseguido a lo largo de la década navegar entre dos aguas que le han dado estabilidad: el origen humilde, rural y trabajador y la oposición desde los despachos a la oleada de inmigración que la rica Suiza ha sufrido en los últimos años. En las sucesivas elecciones fueron manteniendo resultados, con uno 26,6% en 2003 y un 28,9 en 2007. Con el auge de la crisis pasaron a la acción: un polémico cartel en el que unas ovejas blancas echaban de Suiza a una oveja negra y el referéndum en el que se prohibió la construcción de mezquitas en el país, ambos eventos sucedidos en 2009, propiciaron que en las elecciones de 2011 sumara un 26,6% de los votos y se encumbraran como primera fuerza suiza. Sus carteles han recorrido medios de comunicación de todo el mundo.

La herencia ultra en las potencias europeas (Vuelve al inicio)

En las economías más fuertes del continente la ultraderecha también asoma la cabeza. El caso más conocido es el de la dinastía Le Pen en Francia, que ha conseguido hacer del ultraderechista Front National el referente ideológico de la corriente en toda Europa. Conseguir casi uno de cada cinco votos nada menos que en Francia bien lo vale.

En su historia reciente hay tres nombres. El de Jean Marie, que provocó una crisis descomunal al colarse en la segunda vuelta de las presidenciales de 2002, es el primero que viene a la cabeza. Agresivo, populista y maleducado, protagonizó una agresión a una candidata socialista que grabaron las cámaras de televisión en pleno tumulto.

Tras él han seguido sus descendientes. Primero Marine, actual líder de la formación y cabeza de cartel electoral en los últimos comicios, en los que el FN ha roto su techo de apoyo popular. Aunque en las legislativas se quedó sin escaño, la familia tendrá representación gracias a Marion, sobrina de Marine y nieta de Jean Marie, un perfil joven y algo más abierto: a sus 22 años y con la carrera de Derecho sin terminar, la que ya es la diputada más joven de la Asamblea francesa goza de cierta relación con círculos socialistas próximos al ámbito estudiantil, algo que sugiere una diversificación del perfil del futuro votante.

En Alemania la extrema derecha es mucho más testimonial. Lo es gracias, en gran parte, al sonoro fracaso de sus fuerzas de inteligencia. En tiempos de Gerhard Schröder el Estado inició una operación para ilegalizar al NPD, el partido ultra heredero del nacionalsocialismo de Hitler, que acabó en nada al descubrirse que la cúpula de la organización estaba plagada de infiltrados de los servicios secretos. Pero el debate sobre la legalidad de la formación nunca ha cesado. Allí los ultras tienen consideración de terroristas y están sometidos a especial vigilancia, especialmente desde la legislación que aprobó el Bundestag al respecto tras el 11S y tras el descubrimiento de la red ‘Clandestinidad nacionalsocialista’, que asesinó durante años y de forma impune a ciudadanos turcos en el país. Pero a la vez se viven ciertas contradicciones, como el hecho de que un diputado sajón del NPD sea miembro de la comisión de vigilancia a las redes terroristas neonazis de la cámara estatal y otros dos actúen como suplentes

La formación logró cierto empuje desde la pifia de la inteligencia del país y, aunque convive con sus serios problemas de financiación, ha logrado algo de presencia en los länder. De hecho tiene presencia en dos länder del país: en Sajonia, al este, donde en 2004 obtuvieron 12 escaños de los 120 totales, un empuje que no pudieron mantener en las últimas elecciones, en las que se quedaron con ocho, y en Mecklemburgo-Pomerania, el remoto estado rural al noreste donde los neonazis cuentan con cinco diputados y donde también tienen fuerza. Su influencia en las ciudades sajonas de Dresde o Leipzig se extiende también hasta Rostok. A nivel nacional, sin embargo, su presencia es testimonial: en 2005, cuando Merkel llegó al poder, obtuvieron un 1,6% y en las elecciones de 2009, las últimas hasta la fecha, mantuvieron un 1,5% de los apoyos que no les sirvieron para obtener diputados.

En Reino Unido, país que vivió en su propia piel el auge del fascismo alemán, también se combate contra sus fantasmas. Allí el auge radical se ha visto favorecido por circunstancias diferentes. Por una parte el BNP, liderado por Nick Griffin, ha conseguido algo de presencia en el cinturón industrial al norte de Londres, donde consiguió arengar a los obreros a una huelga que les dio empuje en zonas como Lincolnshire hasta el punto que lograron ganar en la pequeña ciudad de Boston, de unos 40.000 habitantes, de los que uno de cada cuatro son inmigrantes. Aunque localmente apenas tienen un par de representantes en la zona, en la proyección estatal han conseguido pasar de un 0,7% de los votos en 2005 a casi triplicar su presencia en las generales de 2010, cuando obtuvieron un 1,9%.

Pero mientras el BNP ha sabido abanderar el malestar obrero por la crisis y la inmigración, UKIP ha surgido como una fuerza aglutinadora de la idiosincrasia más nacionalista de los británicos. Desde un radical euroescepticismo, la formación de Nigel Farage se convirtió en la segunda fuerza nacional en las europeas de 2009, empatando a 13 escaños con unos laboristas en proceso de disolución tras el derrumbe del ex premier Gordon Brown. Si el BNP es la vertiente más nacionalsocialista, UKIP es el nacionalismo más moderno, arraigado en los valores tradicionales británicos, un discurso que les ha hecho contar con unos 25 representantes locales, hacerse con pueblos como Ramsey, de apenas 7.000 habitantes, o ganarse la simpatía de algunos nobles como David Verney, barón de Willoughby de Broke o Malcolm Pearson, barón de Rannoch, ambos representantes en la cámara de los Lores en Westminster. La progresión nacional es similar a la del BNP: pasaron de un 0,9% de votos en 2005 a un 3,1% en 2010.

Los neonazis llegan al Mediterráneo (Vuelve al inicio)

Aunque la crisis se está cebando especialmente con los países del extrarradio europeo, la ultraderecha no siempre está encontrando acomodo en esos países. Chipre, Malta o Irlanda carecen de formaciones políticas de este tipo. En países como Portugal hay una única formación neonazi, el PNR, que carece de representación, pero que ha crecido en influencia: pasó del 0,1 al 0,3% de los votos en las últimas legislativas, una cifra similar a la obtenida en las elecciones europeas.

En unas cifras similares se movían los movimientos ultras en España, donde la inmigración y la crisis han empezado a hacer efecto en la periferia de las grandes ciudades. Se dan anécdotas como que los ultracatólicos de Derecha Navarra y Española gobiernen en el diminuto municipio de Garínoain porque no hubiera otro candidato, o que consiguieran un concejal en Leiza, donde paradójicamente gobierna Bildu con amplísima mayoría absoluta. Pero hay tendencias que no son casuales: en las generales de 2008 más de diez formaciones de ultraderecha sumaron 62.000 votos, siendo Falange Española de las JONS la que más apoyos obtuvo, con 14.023; en las generales de 2011 se presentaron la mitad de formaciones, pero obtuvieron 74.809 votos, un 0,3% del total, con un emergente Plataforma Per Catalunya que ha aportado 59.949 votos y una España 2000 que ha subido un 33% en apenas tres años gracias al voto extraurbano de Madrid y Valencia.

PxC, que a punto estuvo de obtener representación en las últimas autonómicas catalanas, se ha erigido como el modelo más europeo de una ultraderecha española anclada en el pasado, las referencias al franquismo, la simbología cristiana y los guiños militaristas. A imagen y semejanza del Front National francés, Josep Anglada, líder de la formación, puso la inmigración y el islamismo en el centro de su diana y la crisis y las medidas sociales en sus discursos populistas. El resultado: 67 concejales con sus 108 candidaturas en toda Cataluña, fundamentalmente en Barcelona, multiplicando las 17 concejalías que obtuvo en 2007 y las cinco de 2003. Destaca especialmente su posición como segunda fuerza en Vic, municipio de 40.000 habitantes en pleno cinturón industrial barcelonés, tradicionalmente obrero y de izquierdas. Como sus ‘hermanos mayores’ europeos, la formación se ha apuntado a los spots polémicos, señalando al inmigrante musulmán como enemigo y aportando ese punto tan español de enseñar chicas en minifalda.

Multado en varias ocasiones por agredir a jóvenes de izquierda y nacionalistas, Anglada militó en Democracia Nacional con Blas Piñar en los ’80, y ahora se prepara para intentar conseguir el sueño de los focos ultraderechistas nacionales: crear una gran coalición que aglutine a la galaxia de pequeños grupúsculos ultra y presentarse a las próximas elecciones municipales, donde más fuertes son. El nombre, según reveló hace un par de semanas, será Plataforma por la Libertad.

En esa plataforma podría integrarse España 2000, la otra fuerza ultraderechista destacada en España, con quienes hay relaciones de colaboración puntuales desde Cataluña. Esta formación cuenta con cinco concejales en todo el país desde las últimas autonómicas, cuatro en municipios valencianos (Silla, Onda y Dos Aguas) y otro Alcalá de Henares. Fue fundada por José Luis Roberto, un conocido empresario valenciano dueño de Levantina, una compañía de seguridad con varias concesiones de organismos públicos. ¿Empresario de qué? De ropa y complementos “patrióticos” y de clubes de alterne, de cuyo gremio era jefe de la patronal hasta el año pasado. Pasó de los 6.900 votos de 2008 a los 9.266 en las últimas generales, ampliando su radio de acción a varias localidades del cinturón urbano de Madrid.

En Italia la ultraderecha tiene varias caras, pero todas fueron recogidas y convenientemente utilizadas por Silvio Berlusconi bajo la gran coalición que fue La Casa delle Libertà, predecesora de Il Popolo della Libertà. Entorno a la formación de centro-derecha del exprimer ministro se aglutinaron formaciones como la Lega Nord, un grupo ultranacionalista y separatista que opera en el norte de Italia, la zona más rica e industrial del país. Hasta hace poco bajo mando de Umberto Bossi, el partido controla la región del Véneto, es la segunda en Lombardía y la tercera en enclaves como Liguria, Emilia-Romaña, Venecia o el Piamonte, regiones que representan una cuarta parte del país. Sus posturas contrarias a la inmigración de la zona, de origen balcánico y del Este de Europa, les ha valido el apoyo del ciudadano medio de las regiones ricas del país, que ven con desprecio a sus compatriotas del sur.

Cuenta con un 10% de los escaños del Congreso, un 9% en el Senado y 9 de los 73 eurodiputados que elige Italia. Su momento de mayor fuerza fue a mediados de los ’90, cuando logró la alcaldía de Milán y se convirtió en la cuarta fuerza del país. Tras aliarse con Berlusconi y permitir su llegada al poder en 1994 consiguieron hacerse con uno de cada seis escaños del Parlamento italiano y cinco ministros, entre ellos el de Interior, el polémico Roberto Maroni, que años después volvería a ocupar la cartera y a animar a los inmigrantes rumanos a abandonar Italia e ir “a la permisiva España de Zapatero”. Hoy en día es quien dirige el partido junto a otros dos correligionarios.

Pero entre ese Gobierno de Berlusconi del ’94 y el más reciente, el que empezó en 2008 medió una significativa caída en votos de la que finalmente se repuso para regresar a la primera línea política aportando casi un 9% de los sufragios en aquellas elecciones. La fórmula se repitió con cuatro ministros secesionistas en un inverosímil Gobierno que acabó, como los anteriores tres de Berlusconi, diluyéndose en pugnas internas. Hasta el propio Bossi cayó tras Berlusconi y tuvo que dimitir al frente del partido por un escándalo económico, aunque rápidamente le colocaron como presidente honorífico.

Esa tumultuosa coalición también tuvo espacio para la neofascista Fiamma Tricolore, que sumó un 2,4% de los votos para la causa en las elecciones de 2008. Dos años antes también dieron acomodo a Movimento Idea Sociale y a Alternativa Sociale, el partido de Alessandra Mussolini, que gracias al cobijo de la formación de Berlusconi logró ser eurodiputada primero y diputada en la actualidad. Otros exfascistas como Gianfranco Fini, actual presidente del Parlamento, también acabaron por integrar la coalición.

Acostumbrado como está el europeo medio a la inestabilidad política italiana y sus peligros, la sorpresa ha venido desde la Grecia que amenaza a la UE con el caos económico absoluto. Chrysi Avgi, Amanecer Dorado, no es un partido populista, ultranacionalista o euroescéptico, sino directamente neonazi. Además no lo esconden: sus colores, su apariencia, sus manifestaciones con botas militares, cabezas rapadas y bengalas, hasta los símbolos que lucen y sus políticas. La deportación masiva de inmigrantes y el cercado de fronteras es su propuesta estrella, pero su declarada cercanía al dictador fascista Ioannis Metaxas, sus miembros acusados de asesinatos y agresiones a militantes de izquierda, la sombra de un sospechoso atentado en Atenas y sus múltiples incidentes contra macedonios, albanos o turcos jalean su trayectoria.

A finales de los 90 empezaron sus primeras agresiones, en 2002 su primera acción de guerrilla urbana contra militantes de izquierda y a mediados de la década pasada la facilidad con la que reventaban contramanifestaciones ante la pasividad policial empezó a levantar suspicacias de que miembros de la policía helena podría tener vínculos con ellos. Algunos de sus militantes comenzaron a lucir armas en sus manifestaciones con total impunidad.

En 2009 llegó su primera irrupción, apenas con un 0.29% de los votos en las legislativas. Un año después, sus oficinas sufrieron un atentado con bomba en Atenas que destrozó las instalaciones pero no causó baja alguna. Cinco meses después, en las elecciones locales, sumaron un 5,29% de los votos en esa misma ciudad, lo que les valió un asiento en el Gobierno local. Las sospechas sobre la autoría del atentado hicieron que algún comentarista político recordara el incendio del Reichstag que tan bien usó Hitler. En aquellas elecciones concurrían en las circunscripciones de Tesalónica, Peloponeso y Grecia Oeste, pero allí no obtuvieron representantes.

Con el estallido final de la crisis griega y los sucesivos planes de rescate y el gobierno de concentración lograron su empuje definitivo. Fagocitaron en votos a LAOS, la formación que hasta entonces capitalizaba el voto ultra. Sumaron el 7% de los votos en las elecciones del mes pasado, lo que les convirtió en la sexta fuerza de un parlamento muy dividido, con 21 de los 300 escaños, cinco de ellos en Atenas, dos en Tesalónica y otros dos en el Pireo. La imposibilidad de formar Gobierno llevó a la repetición de los comicios, donde perdieron tres escaños, pero se establecieron como quinta fuerza del Parlamento, a sólo dos asientos de la cuarta.

Y eso a pesar de que sus primeras apariciones públicas no han dejado lugar a engaños: una rueda de prensa en la que instaron a los periodistas a ponerse en pie para recibir al líder y un debate televisivo en directo que acabó con dos agresiones y mobiliario destrozado cuando intentaron retener al neonazi que originó la escena

Su líder es el sombrío Nikolaos Michaloliakos, exmilitar que fue detenido por tenencia ilegal de explosivos con 21 años, cuando ya era militante de la extrema derecha. Pero su carrera de detenciones comenzó a los 17 durante una protesta violenta contra el apoyo de Reino Unido a la invasión de Turquía de la isla de Chipre. Dos años después volvió a ser capturado por agredir a unos periodistas durante el funeral de un militar torturador griego. Su salto a la política vino de la mano de un coronel golpista que, durante la Segunda Guerra Mundial, trabajó para los nazis. Su portavoz y brazo derecho es Elías Kasidiaris, acusado de apuñalar a un profesor universitario en 2007.

Hasta el surgimiento de Chrysi Avgi dos escisiones de Nueva Democracia, el PP griego, asomaban como formaciones ultra: los nacionalistas Anexartitoi Ellines, que culpan a la UE de la situación del país con sus discursos populistas, y, sobre todo, LAOS. Esta formación, de corte ortodoxo y contraria a la inmigración de fuera de la UE, defiende una postura ultranacionalista respecto a Macedonia, Chipre o Turquía. A ella se unió al Frente Helénico, favorable a la pena de muerte como forma de garantizar la integridad nacional. Pasó del 2,2% de votos en 2004 a los 3,8 y diez escaños y, con el estallido de la crisis, al 5,6% y 15 asientos, que le valieron formar parte de la coalición de Gobierno de Papademos hasta hace unos meses.

El surgimiento neonazi le hizo retroceder al 2,9% y perder todos sus escaños, ya que se derrumbaron en casi todas las circunscripciones. Su poder regional es algo mayor todavía, ya que en las locales de 2010 fueron fuertes en Atenas, Egeo Norte y Epiro, donde concurrieron con ND, además de ser la tercera fuerza en el Pireo y formar una sorprendente coalición con los socialistas en el Peloponeso, donde fueron primera fuerza. Su líder Georgios Karatzaferis, que fuera vicepresidente del grupo de amistad greco-hispana a finales de los ’90, ha hecho fortuna con los medios de comunicación, que ha usado para difundir su ideología durante los últimos años.

La sombra nórdica de Breivik (Vuelve al inicio)

En julio del año pasado Anders Breivik colocó una bomba en Oslo, la capital de Noruega, cuya explosión mató a ocho personas al tiempo que se colaba en un campamento de verano de las juventudes laboristas y mataba a tiros a 69 más, en su mayoría adolescentes. Al ser detenido y confesar la autoría de los hechos, Breivik reveló también su ideología ultraderechista y su militancia en el Fremskrittspartiet, el partido ultra del país, hasta finales de la década pasada. Los psiquiatras que atendieron el proceso contra él también dictaminaron una aguda enfermedad psicótica. Aunque la formación se distanció de aquellos ataques, los focos se pusieron en ellos por lo sucedido y les pasaron factura dos meses después en las elecciones locales, en las que perdieron casi la mitad de su fuerza en plazas como la propia capital.

Pero el Fremskrittspartiet no acababa de aparecer en escena. De hecho es la segunda fuerza del país, con una cuarta parte de los escaños. Y no es un partido precisamente nuevo. Desde final de los ’70 y durante buena parte de los ’80 fue un partido minoritario en el Parlamento, hasta que en las elecciones de 1989 pasó de dos a 22 escaños y se convirtió en la tercera fuerza noruega. Cayó en 1993, pero repuntó con más fuerza en 1995, sumando un total de 25 escaños que le valieron ser por primera vez el principal partido de la oposición.

Desde entonces y hasta ahora su granero de votos ha ido en aumento de forma gradual, como en 1999, cuando aumentó un 33% y 2009, las últimas elecciones, cuando se consagró como alternativa de Gobierno. Su provocadora líder Siv Jensen, orgullosa de encarnar un mensaje populista, considera que Noruega se ha islamizado y que algunos enclaves obreros del país han sustituido la legislación local por una sharia “impuesta por los inmigrantes”. Ultraliberal, nacionalista y defensora de la existencia de Israel como muro de separación “contra los terroristas”, controla más de un 10% de los diputados regionales y concejales del país, especialmente en las zonas de Vestfold y Vest-Agder y las ciudades de Molde, Ålesund y Tromsø.

En Dinamarca ha existido tradicionalmente un movimiento euroescéptico y nacionalista representado por JuniBevægelsen, una coalición de agrupaciones que siempre han tenido representación en las instituciones europeas, pero con ideologías diversas y representantes de izquierdas como el Folkebevægelsen mod EU, la Unión Popular contra la UE. Pero más allá de esa tradición surgió a mediados de los ’90 el Dansk Folkeparti, no sólo euroescéptico, sino también populista y ultraconservador. Su líder, la carismática Pia Kjærsgaard, se ha ganado una posición destacada en la vida política de su país con amenazas de levantar fronteras en su país para evitar asuntos tan sensibles en la sociedad nórdica como las violaciones o el maltrato a la mujer. Pero Kjærsgaard no achaca esas cuestiones a la propia sociedad danesa, sino al multiculturalismo y la inmigración, a quienes culpa de todos los males del país.

Con ese discurso ha conseguido que su partido sea el tercero más fuerte del país, con un 12,3% de los votos y 22 de los 179 escaños. Ese resultado, obtenido en los comicios del año pasado, ha sido el primer retroceso electoral que ha vivido la formación desde su fundación, ya que en 2007 sumaron 25 escaños y un 13,8% de los votos, fundamentalmente gracias a la escalada de tensión que se vivió con el mundo árabe tras la publicación en el diario Jyllands-Posten de unas caricaturas de Mahoma a finales de 2005. La formación también tiene presencia en las instituciones europeas, con uno de los trece eurodiputados que elige su país, un 10% de los representantes regionales daneses, siendo las zonas más nutridas las dos regiones del sur, Sjælland con cinco y Hovedstaden —donde está la capital— y Syddanmark, con cuatro. Sus fuerza local es algo menor del 10% de los representantes, siendo especialmente fuertes en Slagelse y Kolding, localidades que suman unos 90.000 habitantes y en los que cuentan con cinco representantes respectivamente, y enclaves como Copenhague o Brøndby, donde tienen cuatro en cada uno.

En Finlandia, como en países centroeuropeos, el surgimiento de la ultraderecha ha tenido que ver con una doble lucha, primero contra Europa y después contra otra comunidad lingüística nacional. El mayor exponente de esta lucha es el Perussuomalaiset, el Partido de los Auténticos Finlandeses, que además de regular la inmigración, prohibir el matrimonio gay, la fecundación in vitro y pedir la salida de la UE, se opone a la obligatoriedad del sueco como segundo idioma. Con ese discurso Timo Soini consiguió hace un año convertirse en el tercer partido del país con 39 escaños, sólo tres menos que los socialistas. Además, tiene un eurodiputado y un 4% de las concejalías del país, siendo especialmente fuerte en Kaustinen y Veteli, en la parte central interior del país, con 17 ediles en total, y en zonas alrededor de Helskinki como Vanta y Espoo, con siete en cada uno, o en la propia capital, donde suman cuatro, como en Tampere.

El salto del Perussuomaaiset llegó con la crisis: del 4,05% de los votos y los cinco escaños obtenidos en 2007, cuando empezó la tormenta, ha pasado a superar el medio millón de apoyos y hacerse con casi uno de cada cinco votos emitidos. Y fue tal que hizo fracasar a los xenófobos Muutos 2011 en su debut electoral y a los ultras del Vapauspuolue, capitaneados por Lisbet Puttonen, que aboga también por eliminar la enseñanza del sueco, pide la prohibición de mezquitas y minaretes en el país y la eliminación de la ayuda exterior.

En Suecia existen dos pequeños partidos en el espectro ultra. El primero es Nationaldemokraterna, que cuenta únicamente con dos representantes locales en Röstfördelning, y el segundo es el neonazi Svenskarnas Parti, presente en Nykvarn, Mönsterös y Grästorp. Junto a ellos, un hermano mayor: Sverigedemokraterna, capitaneado por un Jimmie Åkesson que es la viva imagen de un joven bróker triunfador. Pero con mensaje xenófobo. Copó la atención de los medios antes de las últimas elecciones por un polémico spot en el que una anciana que avanza lentamente en busca de ayuda económica estatal apoyada en un andador se veía superada por un grupo de mujeres con velo islámico negro. El resultado: un 5,7% de los votos y 19 de los 349 escaños del Parlamento.

Nostalgias imperiales en el este (Vuelve al inicio)

Del mismo modo que los países que han vivido una dictadura militar conservadora tienden sociológicamente a apoyar a partidos de izquierda, los territorios que han vivido bajo el yugo comunista suelen decantarse por partidos conservadores. El mejor ejemplo es Hungría, que convive con una doble ascendencia radical. Por una parte está el partido del Gobierno, Fidesz, que pertenece al grupo europeo del Partido Popular, pero cuyas reformas distan mucho de identificarse con las de sus compañeros de filas continentales.

Lo primero que hizo Viktor Orbán cuando volvió al poder en el año 2010 (ya lo estuvo entre 1998 y 2002) fue emprender una reforma radical de la Constitución para limitar derechos de la ciudadanía, los medios de comunicación y los partidos políticos diferentes al suyo. Las medidas, que le han valido la reprimenda de las instituciones europeas, son posibles gracias al casi 53% de los votos obtenidos en las pasadas elecciones, casi el doble de los que obtuvo en su primera experiencia de Gobierno, y una enorme mayoría absoluta de casi el 60% de los escaños en el Parlamento. Parte de su éxito viene precisamente de cuando desalojaron al partido del poder en 2002 a pesar de que pasó de un 28% a un 41% de los votos, algo insuficiente para hacer frente a la coalición rival.

El poder del Fidesz es absoluto en los núcleos urbanos: todos son suyos salvo la villa universitaria de Szeged, al sur, la tercera de mayor tamaño. También llega a la UE: 13 de los 22 eurodiputados que elige su país son miembros de su partido y tiene mucho que ver con la influencia en el voto de la parte sudoccidental del país: las zonas fronterizas con el centro de Europa y los Balcanes, lejos de Budapest, son sus principales graneros de voto.

A mucha distancia por detrás están los socialistas y, como tercera fuerza, los ultras radicales de Jobbik. Creados en 2003 y envueltos en el recuerdo de la revolución antisoviética de 1956 y las enseñas fascistas de la Segunda Guerra Mundial, pasaron de un 2,2% de los votos en 2006 a un 14,7% en las elecciones europeas de 2009, lo que les dio derecho a tres eurodiputados. Convertidos en la tercera fuerza más votada del país, duplicaron sus votos en las generales de 2010, que tuvieron una participación mucho mayor, logrando seducir a casi un 17% de los húngaros. Su fuerza principal está justo donde la mayoría de Fidesz es un poco menos absoluta: en el centro y el este del país, justo en las zonas más cercanas a Ucrania y Rumanía.

El principal ariete político de su líder, Gábor Vona, es la defensa de la tradición húngara y de los ciudadanos ‘magiares’, los húngaros de dentro del país y aquellos que, tras la partición del Imperio Austro-Húngaro, quedaron fuera de sus fronteras. De hecho, solo una parte del mensaje del Jobbik responde a lo que el resto de ultraderechistas europeos hacen (antisemitismo, racismo, antiislamismo, políticas de migración estrictas…): ellos, como la Alemania de entreguerras, reclaman territorio histórico que quedó más allá de sus fronteras y actualmente se encuentra integrado en países balcánicos y Rumanía, contra cuyos emigrantes tienen una cruzada especial.

En otros países de la antigua zona de influencia soviética también tienen presencia fuerzas de extrema derecha, aunque con un poder más reducido. En Bulgaria existe Ataka, la cuarta fuerza del país con un 9,3% de los votos. Emergió en los anteriores comicios, cuyos resultados fueron muy similares a los actuales. Su principal fuerza le viene del entorno de la capital y en enclaves como Plovdiv o Pleven en el centro, y sobre todo en las zonas al este, las que lindan con el mar Negro. Comandados por el presentador de televisión Volen Siderov, sus ideas pasan por la oficialidad de la doctrina ortodoxa y su vinculación con las decisiones del Gobierno, el ultranacionalismo y el desprecio a las minorías éticas. Su simbología fascista ha sido objeto de ataques y críticas.

En Eslovaquia el Slovenská Národná Strana (Partido Nacional Eslovaco) limita su presencia a uno de los trece eurodiputados que aporta su país. Su brillo como formación hay que buscarla en 2006, cuando se convirtieron en la tercera fuerza del país con un 11,7% de los votos. En 2010 perdieron la mitad de sus apoyos y en los comicios del pasado mes de marzo se quedaron sin representación parlamentaria. Actualmente sólo conservan algo de fuerza en Žilina, la cuarta ciudad del país, donde el líder de la formación, Ján Slota, fue alcalde durante muchos años. De su boca han salido palabras como “anormales” en referencia a los homosexuales, amenazas contra las minorías rumana y húngara y halagos contra colaboradores nazis de su partido durante el ascenso de Hitler.

En la vecina República Checa la ultraderecha tiene en Dělnická Strana (Partido de los Trabajadores) su partido. Dirigido por Tomáš Vandas, comunicador e industrial de formación, el partido pasó de apenas 4.000 votos en 2004 a los 25.000 en 2009 y los 60.000 en 2010. No es una formación exclusivamente populista o nacionalista, sino filofascista y supuestamente vinculada con organizaciones supremacistas y neonazis a nivel mundial. Por eso el Gobierno checo promovió su ilegalización justo después de las últimas elecciones, pero salvaron su desaparición con un cambio de nombre y un retoque de programa. En octubre, cuando se celebran comicios parciales al Senado, podrían dar un paso hacia la representación parlamentaria.

Letonia tiene una gran coalición de distintas formaciones ultraderechistas que apoyan ideas como la repatriación de todos los ciudadanos rusos fuera de las fronteras del país. La formación, Nacionālā Apvienība (Alianza Nacional), es la cuarta fuerza con un 14% de los escaños y uno de los nueve eurodiputados que elige el país con medidas contra los homosexuales, las fronteras firmadas con Rusia, la inmigración, el consumo de alcohol o el uso del idioma. El joven periodista Raivis Dzintars capitanea la formación junto al veterano abogado Gaidis Bērziņš, y ambos han auspiciado desfiles de homenaje a las SS por las calles del país.

Al contrario de lo que sucede en Letonia, la ultraderecha en Estonia es favorable al acercamiento con Rusia: el Eesti Iseseisvuspartei (Partido de la Independencia) es una formación extraparlamentaria liderada por Vello Leito y Tauno Rahnu cuyo icono es directamente un símbolo nazi. Partidario de la reintegración en Rusia, apenas consigue un 0,4% de los votos en el país. En Lituania no existe una formación neonazi representativa, pero es la memoria colectiva de ese país la que mantiene vivo ese legado. Allí, durante la Segunda Guerra Mundial, gran parte de las ejecuciones las llevaron a cabo colaboradores nacionales que, como castigo, fueron masivamente deportados a Siberia. En un escenario así las instituciones locales han convertido el Holocausto judío en un tema cuestionable por ley y la esvástica nazi en un emblema cultural.

Otro partido ultra que ha sufrido un serio retroceso es el Slovenska Nacionalna Stranka de Eslovenia, que vivió su momento de auge en 1992, tras la disolución de la URSS, y se ha mantenido en un 5% de la representación parlamentaria hasta las últimas elecciones, las de 2011, cuando salieron de la Cámara. Su líder, Zmago Jelinčič, se autodefine como progresista y profesa admiración por el dictador comunista Tito, pero sus propuestas políticas distan de la izquierda: prohibición de los derechos homosexuales, control estricto de la inmigración, revisión de fronteras y reflexiones xenófobas especialmente dirigidas a los emigrantes rumanos.

En Polonia existen posiciones escoradas como el nacionalcatolicismo y el euroescepticismo liberal que propone Solidarna Polska, un partido que contaba con el 5% de los escaños nacionales, pero que fue absorbido por la formación que hasta hace poco gobernaba y ahora lidera la oposición. El Prawo i Sprawiedliwość (Ley y Justicia) de los populistas gemelos Kaczyński gobernó con la ultraconservadora Liga Polskich Rodzin (Liga de las Familias Polacas) y otras formaciones ultranacionalistas. Entre ambos hermanos se repartieron la presidencia y el cargo de primer ministro y, tras un polémico e inestable mandato en el que modificaron las leyes del país en materia social e inmigratoria e iniciaron investigaciones sumarias sobre programas infantiles por una supuesta exaltación de la homosexualidad, consiguieron salvar los muebles y dejarse apenas un 15% de sus apoyos. Fue en parte por la ola de solidaridad que tuvo lugar tras la muerte de Lech, el presidente del país, en un accidente de avión en el que fallecieron 96 personas, entre ellos varias decenas de importantes responsables políticos, militares y económicos del país.

Rumanía, cuyos emigrantes son posiblemente los más perseguidos por los movimientos ultra europeos, también tiene su cuota radical. El Partidul Noua Generaţie (Partido de la Nueva Generación) es una formación ultranacionalista y confesional cristiana liderada por George Becali, xenófobo, homófobo, eurodiputado y dueño del Steaua de Bucarest. Su fortaleza estriba precisamente en la capital del país, donde consiguieron sacar su único representante institucional en las pasadas elecciones europeas.

Pero el partido ultra por excelencia en el país es el Partidul România Mare, el Partido de la Gran Rumanía, fuerte en las regiones orientales de Tulcea y Vaslui y que cuenta con dos eurodiputados. La formación pasó del 3% de votos en las locales y las legislativas de 2008 a casi triplicar los apoyos en las últimas elecciones europeas, convertir a su candidato en el cuarto más votado en las presidenciales de 2009 y ser una gran incógnita en las legislativas que se celebrarán en el país el próximo mes de noviembre. Sus días de gloria vinieron en 2000, cuando disputó la presidencia del país en segunda ronda y cuatro años después, cuando inició su caída pero consiguió ser el tercer partido más votado. Bajo el sello del controvertido Vadim Tudor, un fascista que niega la existencia del Holocausto y que reclama territorios de Ucrania y la anexión de Moldavia para la construcción de su ‘Gran Rumanía’.

Falta por ver cuánto durará la crisis económica y si tendrá nuevos efectos en el electorado continental, especialmente en un contexto de erosión de la zona euro y de pujante euroescepticismo ante la falta de agilidad de las instituciones continentales por sobreponerse a la situación. Unos, en los países más ricos, señalan a los países periféricos como un lastre para su crecimiento. Otros, en los países más perjudicados, ven a los gestores de la Unión Europea como los responsables de su debilitamiento económico. Esos ingredientes bastan para que una convulsa Europa acostumbrada a la lucha fronteriza se enzarce en una ola aún más importante de nacionalismo excluyente.

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