¿Cuál ha sido la mejor serie de 2019?

Aquí no vamos a ponernos de acuerdo. En la época actual de fiebre desmesurada por el streaming, y en un panorama donde la comodidad de las plataformas de contenidos ha torpedeado a la piratería clásica, es dificilísimo encumbrar con total seguridad a una única producción seriada como lo mejor del año. Porque la oferta ha sido tan numerosa y ha ofrecido tanta calidad durante los últimos doce meses como para que cualquier podio posible pueda ser objeto de crítica. Pero, aun a sabiendas de que esta guerra no tiene vencedor claro y sí mucha gresca entre el jurado, vamos a intentarlo con la pregunta que ya anuncia el título de la presente encuesta: ¿Cuál ha sido la mejor serie de 2019? 

Obviamente, y como el espacio en internet es infinito pero la paciencia de los lectores no tanto, en la lista sugerida a continuación no están todas las que son. Por eso mismo, se anima a todos los lectores que lo consideren oportuno a añadir sus series favoritas en la sección de comentarios ubicada al final del texto.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)


Watchmen

Después de colársela a la audiencia con cosas como Lost o Prometheus ya nadie se fiaba un pelo de cualquier producción que llevase la rúbrica del guionista Damon Lindelof. Como en su nueva empresa anunciaba su intención de toquetear el universo de uno de los cómics más reverenciados de la historia, aquel Watchmen de Alan Moore y Dave Gibbons al que todos los críticos se acercan con rodilleras, el asunto ya olía a catástrofe desde cuatro calles más atrás. Lindelof pretendía agarrar el material original (que no la película de Zack Snyder) y continuar la historia treinta y cuatro años después de lo narrado en aquellas viñetas, en el 2019 de una realidad alternativa. La sorpresa llegó cuando la gente decidió darle una última oportunidad a todo aquello y descubrió que en esta ocasión el hombre había estado a la altura de su propuesta. Watchmen resultó ser la hostia, un What if… de calidad irrebatible que no solo era inteligente en sus guiones sino que además venía empacado de un apartado técnico espectacular, y de una banda sonora firmada por Trent Reznor y Atticus Ross.


After Life

Cuando Ricky Gervais se presentó con After Life en el regazo a todo el mundo le sorprendió que la criatura estuviese menos empapada en el cinismo y fuese más propensa al drama de lo que era habitual en su padre. Pero daba igual, el tono de comedia oscura y profunda melancolía funcionaba estupendamente, y era difícil no hacerle ojillos a la fabulosa premisa: tras la muerte de su mujer, un hombre (Tony, interpretado por el propio Gervais) decide que se la bufa todo y que antes de seguir siendo un buen chico es preferible dinamitar el mundo en el que vive a base de decir y hacer lo que le sale de las gónadas. Para su desgracia, todos los que le rodean tratan de ayudarle a ser mejor persona.


Chernobyl

Chernobyl sufrió el efecto Rosalía: en un determinado momento de 2019 era imposible entrar en un espacio público (físico o virtual) sin que alguien se te abalanzase encima para agarrarte por las solapas del abrigo y espetarte que si no la habías visto ya estabas tardando. Pero, pese a la pereza que suelen dar las cosas infladas a base de hype y altas expectativas, Chernobyl se las apañó para destacar por méritos propios más allá de las loas de los fans. Ideada y escrita por Craig Mazin, dirigida por Johan Renck y con un reparto liderado por Jared Harris, Emily Watson y Stellan Skarsgård, esta crónica de la catástrofe acontecida en la central nuclear de Chernóbil hilo finísimo a la hora de retratar una tragedia tremenda, diseccionando los embustes y corrupciones institucionales que la rodeaban. Y todo eso a pesar de que no había actores negros en el reparto.


Undone

La sinopsis reza: «Después de un accidente de tráfico que casi resulta fatal, Alma descubre que posee una nueva forma de percibir el tiempo y decide utilizar dicha habilidad para investigar la muerte de su padre». Detrás de la idea se encuentraba Raphael Bob-Waksberg, creador de BoJack Horseman, y por la pantalla se desplegó un imaginario visual, animado gracias a la técnica de la rotoscopia que vimos en A Scanner Darkly, tan poderoso como para convertirla en una de las experiencias televisivas más sorprendentes del año.


Lo que hacemos en las sombras

En principio, sonaba sospechoso lo de trasladar al formato serie Lo que hacemos en las sombras, aquella descacharrante película dirigida por Jemaine Clement (el 50 % de Flight of the Conchords) junto a Taika Waititi (director de Jojo Rabbit o Thor: Ragnarok) y protagonizada por un grupete de vampiros idiotas que compartían piso en Nueva Zelanda. Ocurría que la cinta original funcionaba tan bien por sí misma como para que revisitarla para expandirla, en una versión que trasladaba la acción a Norteamérica, se antojase sobre el papel como un intento perezoso de masticar demasiado el chicle. Pero la propia cinta original ya tenía tablas en eso de exportarse hasta la pequeña pantalla tras alumbrar en el 2018 un spin-off (por aquí no muy conocido) titulado Wellintong Paranormal, y centrado en una pareja de policías que se asomaba por el film. Finalmente, cuando Waititi y y Clement mudaron Lo que hacemos en las sombras a las calles neoyorquinas y al formato episódico, el resultado fue de lo más entretenido y desternillante. Sobre todo, gracias a la tremenda genialidad de incluir un nuevo tipo de criatura, tan sobrenatural como terrorífica, entre el reparto de chupasangres: el vampiro emocional.


Paquita Salas

Tercera temporada de lo que empezó como una serie de nicho y ha acabado convertido en un fenómeno. Con Brays Efe, Belén Cuesta, Anna Castillo, Terelu, Belinda Washington y Topacio Fresh en el reparto e Isabel Pantoja en la cabecera porque nuestra ensalada pop era esto. Javier Ambrossi y Javier Calvo supieron darle nueva cuerda a su artefacto estrella, una producción que sigue jugando a rebozarse en lo meta y que apuesta por agitar más el componente emocional que en las dos anteriores remesas. Paquita Salas III: Los Javis with a Vengeance.


Euphoria

Basada vagamente en una serie israelí de idéntico título, Euphoria se presentó con una cantinela que ya habíamos escuchado numerosas veces: adolescentes, sexo, drogas, redes sociales, amistades, traumas y amores. La diferencia es que en esta ocasión todo lo anterior no daba vergüenza ajena, como suele ocurrir en las radiografías de la juventud, sino que estaba maravillosamente contando y tenía muchísimo estilo propio.


Muñeca rusa

El concepto sobre el que se construyó Atrapado en el tiempo, presentar a un personaje atrapado en un bucle temporal y juguetear con sus desventuras dentro de cada repetición, ha sido explotado tantas veces en películas (Feliz día de tu muerte, Las últimas supervivientes, Código fuente o Al filo del mañana) y capítulos televisivos (Expediente X, Star Trek, Buffy, cazavampiros o Embrujadas) como para acabar convirtiéndose en un género propio. Muñeca rusa se enganchó a aquella premisa y la convirtió en su razón de ser: una mujer revive una y otra vez el día de su trigésimo sexto cumpleaños, una jornada donde siempre la acaba palmando de manera inevitable. Humor negro, filosofía pop y existencialismo en un loop ideado por Natasha Lyonne (que también ejerce como protagonista principal) junto a Leslye Headland y Amy Poehler.


State of the Union

Ideada por Nick Hornby (autor de la novela Alta fidelidad), dirigida por Stephen Frears (director de Las amistades peligrosas), protagonizada por Rosamund Pike junto a Chris O’Dowd y con una duración por episodio de insultante brevedad británica (diez minutos), State of the Union ha pasado desapercibida para el gran público porque la gente disfruta más tragándose tostones eternos de no muertos o tronos de hierro que dos horas de diálogos espléndidos. No pasa nada, aquí estamos nosotros para recordar que existe.


Cristal oscuro: la era de la resistencia

Pese que la película Cristal oscuro se ha convertido en un icono ochentero con estatus de culto, lo cierto es que aquel film era muy poquita cosa narrativamente hablando. De hecho, si a la película de Jim Henson se le demuestra tanto cariño eso es porque sabía compensar lo sosaina que era la aventura principal a base de utilizarla como excusa para el porno de marionetas. Para el desfile continuo de todo tipo de títeres y criaturas fabulosas por la pantalla. Y nosotros teníamos que conformarnos con eso, con un apartado artístico maravilloso y algunos destellos de cuento oscuro por encima de una historia emocionante. Hasta que llegó Cristal oscuro: la era de la resistencia y demostró que se podían tener las dos cosas. Absolutamente espectacular y trepidante, esta continuación en formato televisivo de la historia original es todo lo que aquella tenía que haber sido. Aquella era porno de marionetas, está lo es más aún. Para ver con la boca abierta y sentir que en el fondo seguimos teniendo diez años.


Así nos ven

O la fascinante contundencia de Ava DuVernay (Selma, Un pliegue en el tiempo) al narrar en formato miniserie la historia de los Cinco de Central Park, un grupo de chavales que fueron acusados y condenados falsamente por violación y otros crímenes sucedidos en el Central Park de Manhattan durante 1989. Un retrato, estupendamente ensamblado e interpretado, de la pesadilla americana, de un país fracturado y repleto de desigualdades sociales, discriminación, brutalidad policial y pobreza. Curiosamente, la gestación de la propia serie comenzó con una pregunta en un tuit, una lanzada por uno de los protagonistas de la historia real.


Vida perfecta

Con lo incómoda que resulta la figura de Leticia Dolera para cierto tipo de público (mayoritariamente con pito) y tras el ruido mediático de las polémicas durante su producción, muchos deseaban que el estrenó de Vida perfecta sonase a batacazo gordo. Pero ocurrió lo contrario, y aquella producción que Dolera ideó, escribió, protagonizó y dirigió se llevó todos los halagos posibles, y de paso el premio a la mejor serie y mejor actriz en Canneseries. Tres mujeres, ocho capítulos, treinta minutos por sesión, sexo despreocupado, un libreto inteligentísimo (al que solo se le puede reprochar tocar demasiados palos al mismo tiempo) y ningún tabú. Un prodigio dentro de las producciones patrias del que ya está confirmada una segunda temporada.


Good Omens

Aquí somos muy de Terry Pratchett y muy de Neil Gaiman, por lo que andamos encantados con el hecho de que la adaptación de la novela Buenos presagios escrita a cuatro manos por ambos autores (o la película que Terry Gilliam nunca llegó a lograr levantar) acabase convertida en un entretenimiento bastante divertido. Es cierto que esta aventura apocalíptica con ángeles y demonios no es la producción más redonda del año, pero también es verdad que lo compensa teniendo como protagonista a la pareja más imposible y más molona de toda la temporada: David Tennant y Michael Sheen.


Creedme

Basada en el artículo, ganador de un premio Pulitzer, «An unbelievable story of rape» firmado por T. Christian Miller y Ken Armstrong. Creedme es una miniserie demoledora que nos arroja a dos líneas argumentales paralelas: por un lado, la denuncia de una violación que en 2008 que realiza una joven (Kaitlyn Dever) ante unos policías que no acaba de creerse el relato. Y por otra parte, la investigación de una serie de casos de violación llevada a cabo por dos detectives (Merritt Wever y Toni Collette). Ruda, metódica, bien ensamblada en el respeto a las víctimas y poderosa, Creedme fue lo que nunca suelen ser las historias basadas en hechos reales.


Kingdom

¿Qué pasa cuando desatas el apocalipsis zombi en la Corea del siglo XVII de la dinastía de Joseon? Kingdom es lo que pasa: que cuando crees que un género ya no da más de sí, de repente aparece una tropa de surcoreanos y te demuestran que lo que ocurre es que estas malacostumbrado a bostezar con The Walking Dead.


Fleabag

La pluma de Phoebe Waller-Bridge es una de las cosas más interesantes que le han ocurrido al mundo del entretenimiento reciente. Porque esta mujer no solo ideó la estupenda Killing Eve, sino que también ha remendado el libreto de la nueva película de 007 después de que Sam Mendes se bajase del carro por andar a la gresca con Daniel Craig (y por lo que parece el asunto se le ha dado bastante bien, porque ya la tienen fichada para escribir el próximo Bond). Pero sobre todo, Waller-Bridge es la principal responsable del fenómeno Fleabag, aquella comedia dramática basada en un monólogo propio que ella misma escribe y protagoniza. O las desventuras, en dosis de veinte minutos, de una londinense desastrosa, inconformista, y sexualmente disparada que gusta de demoler la cuarta pared con alegría. La primera temporada se estrenó en 2016 entre las loas del público, la segunda (y última porque no habrá más) se ha hecho esperar tres años pero el consenso es unánime a la hora de sentenciar que mantuvo el nivel bien alto. Además de todo eso, es el show que ha logrado que el público deje de llamar «Moriarty» a Andrew Scott, para comenzar a referirse a él como «el cura sexy».


The Boys

A los productores y guionistas Seth Rogens y Evan Goldberg los amigos de los tebeos no les han perdonado del todo que la adaptación del Predicador de Garth Ennis para la pequeña pantalla fuese tan decepcionante. Por eso lo de lanzar la pasta para producir The Boys, otra serie de televisión basada en otro cómic con muy mala leche de Ennis, ha sido una especie de redención. Una sátira de superhéroes ultraviolenta, gamberra, retorcida y divertidísima. O lo que nos viene haciendo falta en una época donde la mojigatería acostumbra a llevar capa y lucir superpoderes.


My Little Pony: La magia de la amistad

Cuidado con esto: en octubre de 2019, My Little Pony: Friendship is Magic nos dijo adiós para siempre. La serie cuqui que logró que rudos adultos hechos y derechos se declarasen bronies (fans fatales y muy dedicados del mundo animado de Mi pequeño pony) con el mismo orgullo con el que otros se declaran trekkies o potterheads. Un programa de dibujos que tiene más de doscientos secundarios, pero también caballitos con colas arco iris junto a homenajes a El gran Lebowski de los hermanos Coen. Puede que haya sido la despedida más importante y dolorosa de todo el 2019. ¿Dragones? ¿Eso qué es?



Cristal oscuro: porno de marionetas

Lo que Jim quería hacer, la visión personal que tenía del proyecto, era recuperar el tono oscuro de los cuentos de los hermanos Grimm. Él consideraba que estaba bien asustar a los más pequeños, pensaba que no era sano para los niños hacer que siempre se sintieran seguros. (Frank Oz)

En 1982 se estrenó en los cines norteamericanos la película Cristal oscuro, una cinta dirigida a medias entre Jim Henson y su amigo Frank Oz que resultaba curiosa por su naturaleza de juguete inusual: presentaba un cuento fantástico protagonizado exclusivamente por marionetas que, además de renunciar al tono de guasa que acompañaba habitualmente a las creaciones de la factoría Henson, se atrevía a asustar a los niños. Era la visión que tenía de las fábulas un hombre que en cierta ocasión se encontró a una pareja de cocodrilos acicalándose en una bañera.

Imaginando un cristal oscuro

A Henson la musa le sopló en la cara cuando se tropezó los dibujos de Leonard B. Lubin que acompañaban los versos de «The Pig-Tale», un poema firmado por el mismo Lewis Carroll que hizo que Alicia atravesara espejos. Una de las ilustraciones de aquel libro mostraba a dos cocodrilos en el interior de una estancia lujosa, siendo asistidos por aves serviciales mientras se remojaban en una bañera, con patito de goma incluido, y se secaban con una toalla. Aquella imagen de dos bestias de aspecto peligroso comportándose como nobles adinerados le pareció tan potente a Henson como para inspirarle a idear una raza engalanada de seres reptilianos habitando un mundo fantástico, unas criaturas que inicialmente bautizó «reptus».

Portada de «The Pig-Tale» de Lewis Carroll e ilustración de Leonard B. Lubin.

Lo curioso es que, a la hora de tallar la historia que compondría el Cristal oscuro, Henson también encontró inspiración entre otro tipo de páginas que estaban alejadas de las fábulas y muy centradas en un misticismo de nueva era, o lo que es lo mismo: otro tipo de cuentos. Porque el hombre tomó mucho prestado del lugar más inusual posible, un libro sobre espiritualidad new age titulado Seth Speaks. Un volumen que formaba parte de una serie de escritos que tenían mucha tela: The Seth Material, el conjunto de los monólogos que un espíritu llamado Seth recitaba a la escritora de ciencia ficción Jane Roberts cuando esta sintonizaba bien su antena espiritual y entraba en trance. Textos transcritos por el marido de la literata, Robert Butts, donde aquella supuesta entidad hablaba sobre las vidas paralelas y las pasadas, la capacidad del pensamiento para crear materia, el karma, los espíritus guardianes, los mundos multidimensionales y la promoción a niveles de conciencia superiores. O las declaraciones estándar que uno espera de alguien que se enchufa espiritualmente a un ser con nombre bíblico para que le dé la brasa.

Desgraciadamente, a ningún editor se le ocurrió utilizar el gracioso apellido del marido transcriptor para darle más alegría a los volúmenes, porque un Seth Speaks to Butts Through Roberts suena a best-seller incontestable. El caso es que a Henson le hacían gracia las enseñanzas de Seth y en su casa acumulaba diversas copias de Seth Speaks. Un libro que iba regalando a los conocidos y que también entregó a David Odell y Brian Froud (el guionista y el diseñador del mundo de Cristal oscuro, respectivamente) recomendándoles que se inspirasen en su lectura para darle forma a la futura película. Tanta devoción por aquel texto suena a fanatismo tarado religioso, pero lo cierto es que el propio Henson admitía que ni siquiera había sido capaz de entender el libro. En realidad, las creencias espirituales del creador de los teleñecos estaban hechas a medida mezclando conceptos de la teosofía, el hinduismo, el taoísmo y las cosas que le resultaban más simpáticas del rollo new age.

Henson redactó el borrador inicial de Cristal oscuro junto a su hija Cheryl Henson, mientras ambos se hallaban encerrados en un hotel del aeropuerto Kennedy por culpa de una repentina tormenta de nieve. Una historia protagonizada por tres razas diferentes habitando un mismo planeta boscoso, que albergaba más sombras de lo que uno podía esperar de alguien que había pavimentado las calles de Barrio Sésamo. Aunque lo cierto es que la empresa del titiritero nunca había apuntado exclusivamente hacia el tono blando que se le supone al público más joven. El propio Henson concibió a los muppets como personajes para un público adulto y no le acababa de agradar que la audiencia solo percibiera a sus criaturas como protagonistas de programas educativos emperrados en repasar el abecedario. Durante los años setenta, la estrategia de la compañía Jim Henson se centró en embelesar al público adulto colándose en programas como el recién nacido Saturday Night Live. Un show donde las marionetas colaboraban con una sección exclusiva, llamada The Land of Gorch, compuesta a base de gags protagonizados por criaturas alienígenas que bromeaban con zumbarse a Rachel Welch («¿Estás hablando de hacerme el amor? Sois muppets, ni siquiera existís por debajo de la cintura» apuntaba la mujer).

Pero aceptar la participación en aquel programa acabaría acarreándole a Henson un buen montón de dolores de cabeza. Porque varios de los guionistas del SNL se consideraban demasiado gamberros y molones como para rebajarse a escribir sketchs para unos títeres: Alan Zweibel explicaba que el equipo creativo jugaba a sacar pajitas y aquel que elegía la más corta se encargaba de escribir el texto de la semana para los muppets. Y el guionista Michael O’Donoghue llegó a calificar a las marionetas de «pequeñas toallitas peludas» y «mucking Fuppets» al tiempo que sentenció: «Yo no escribo para el fieltro».

La familia de marionetas acabó acomodándose entre los mayores gracias a El show de los Teleñecos, y Henson considero que el siguiente paso lógico era contar una historia para todos los públicos que no estuviese exenta de ciertos terrores. Una idea nacida a partir de su admiración por los horrores que rodeaban a los cuentos originales de los hermanos Grimm, unas fábulas para críos que, antes de que Disney las esterilizase, tenían un punto terrorífico. Su colega Frank Oz (el marionetista que interpreta a Yoda en Star Wars) explicaría que Henson no consideraba sano mantener a los niños ajenos a lo que significa el miedo, y que el espíritu de esos cuentos con reverso tenebroso era lo que Cristal oscuro apuntaba a replicar.

Imagen: Universal Pictures.

Cuando el concepto de la película adquirió una forma más sólida, la trama se reveló como fruto de todo lo anterior: Henson agarró la imagen de B. Lubin para perfilar a los villanos, recuperó la idea de un mundo alienígena que había tanteado en aquella The Land of Gorch de Saturday Night Live, infiltró conceptos presentes en ciertas religiones, y se inspiró en la lectura de las chifladuras de Seth para imaginar a una casta de seres perfectos (los urskeks) que, tras la rotura de un poderoso cristal, se habían dividido en dos: una mitad afable y espiritual (los urRu o místicos), y otra malvada y materialista (los skeksis). La historia se situaba mil años después de la fragmentación del cristal y perseguía los pasos del penúltimo miembro de una raza de elfos (los gelflings, masacrados por los skeksis), un chico llamado Jen a quien se le había encomendado la misión de recomponer el artefacto legendario. Por la pantalla también se paseaba otra gelfling llamada Kira, un oráculo con ojo de quita y pon llamado Aughra, una horda de minions con aspecto de escarabajos gigantes (los garthim), un montón de exóticos bichejos-atrezo y los miembros de una tribu fiestera de idioma incomprensible (los podlings).

En las versiones preliminares del guion también hacía acto de presencia una tropa de criaturas mineras que acabarían siendo extirpadas del libreto definitivo, pero que no se arrojarían a la basura: dichos personajillos se reciclaron para pasar a formar parte de un show televisivo, de cierto calado entre los niños de los ochenta, llamado Los fraguel (Fraggle Rock en el original).

Imagen: Universal Pictures.

Tallando un cristal oscuro

En 1971, Tom Jones invitó formalmente a los muppets a viajar hasta a Londres para participar en su programa televisivo This is Tom Jones y los productores del espacio descubrieron que Henson y Oz eran mucho más humildes que las estrellas con las que estaban acostumbrados a lidiar: fueron los únicos invitados del show a los que hubo que convencer para que se dejasen recoger en el aeropuerto porque ambos preferían viajar en tren, acarreando las maletas que contenían a Gustavo y compañía, en lugar de que los fuese a buscar una limusina. Aquella sería la primera visita de Henson a la capital de Inglaterra, y al mismo tiempo la semilla del futuro El show de los teleñecos. Porque allí fue donde Henson entabló amistad con el exbailarín, cazatalentos, productor y empresario británico Lew Grade. Un caballero con experiencia a la hora de tratar con títeres (costeó Thunderbirds, una serie de ciencia ficción protagonizada por marionetas) cuya cartera financiaría las aventuras setenteras de los muppets. En 1976, Grade logró asentar a Henson en Londres para rodar la primera versión del programa televisivo El show de los teleñecos, y el éxito de la empresa propició que el productor invitase al papá de aquellos muñecos a dar el salto al cine. Pero en aquella época por la cabeza de Henson ya revoloteaba la idea de elaborar un cuento fantástico mucho más oscuro que los Mah nà mah nàs de su tropa de fieltro. Grade aceptó producir lo que fuese que maquinaba Henson, siempre y cuando primero se desvirgase a los muppets en la pantalla grande. El largometraje La película de los teleñecos se filmó y estrenó en 1979 mientras en el interior de las oficinas de The Jim Henson Company un pequeño grupo de titiriteros se tiraba los meses de espera perfeccionando las entrañas de otro tipo de criaturas. Cuando la cinta de los muppets arrasó en taquilla, los productores se lanzaron a azuzar con fuerza al equipo para que comenzase a parir la secuela. Desde el estudio decidieron no perder más tiempo y se lanzaron filmar aquel extraño Cristal oscuro al mismo tiempo que rodaban las nuevas correrías cinematográficas de Gustavo (tituladas El gran golpe de los teleñecos y dirigidas por Henson, a diferencia de la primera entrega).

The Land of Froud, recopilatorio de la obra de Froud y Columen admirado por Henson y portada del libro The Making of Dark crystal.

A la hora de diseñar el mundo, Henson recurrió a Brian Froud, un ilustrador que había descubierto gracias a Once Upon a Time: Some Contemporary Illustrators of Fantasy, una recopilación visual de varios artistas especializados en perfilar seres fantásticos con pinceles. Tras cenar con Henson y discutir el proyecto, a Froud le flipó tanto la propuesta como para que su participación en ella se le fuese de las manos: trabajó en el film durante un lustro («No sabíamos cuánto tiempo nos iba a llevar y al final fueron cinco años. Algo estaba haciendo bien porque no me despidieron») y además de concebir a las criaturas que habitarían aquel mundo también se encargó de diseñar los artefactos, los paisajes, la fauna, los pósteres y hasta la tipografía y el aspecto que luciría el rótulo del título. De hecho, el Cristal oscuro es básicamente el portfolio en forma de película del talento de Froud. El hombre ha explicado en alguna entrevista que incluso la existencia del propio cristal en el film es culpa suya, concretamente, de su propio empanamiento: según dice, la idea inicial de Henson era titular la historia The Chrysalis (La crisálida), pero Froud lo entendió mal y se presentó en las posteriores reuniones hablando sobre un cristal legendario y su posible diseño. A Henson aquello le hizo gracia y le añadió el adjetivo «oscuro» al artefacto porque titular la cinta con un El cristal quedaba demasiado soso.

Imagen: Universal Pictures.

Lo más complicado de la producción fue la creación de las propias criaturas, marionetas mucho más aparatosas que los muppets a los que la compañía estaba acostumbrada a meter mano por detrás. El equipo las fabricó tirando de mecanismos complejos en su ejecución pero primitivos en su naturaleza al estar construidos con cables, varillas y mecanismos clásicos, aunque más tarde se añadieron detalles animatrónicos por radiocontrol para dotar de mayor realismo a las expresiones. La gestación de tanto ser fantástico llevó meses de preparación: se contrató a un mimo suizo para coreografiar los movimientos de los personajes, y aquellos que controlaban o vestían a las criaturas tuvieron que entrenar muy duro durante el semestre previo al rodaje. Los disfraces de Garthim resultaban tan pesados como para que quienes los rellenaban no pudiesen cargar con ellos durante demasiado tiempo antes de requerir ser izados en el aire para aliviar los dolores. Y quienes se enfundaron en la piel de los zancudos (unos cuadrúpedos patilargos) se vieron obligados a mantenerse en muy buena forma para trotar con naturalidad sobre zancos a cuatro patas.

Bocetos de Froud para los zancudos y un hombre vistiendo el esqueleto una de las criaturas.

Los skeksis fueron imaginados por Froud como un cruce entre reptiles, pájaros y dragones. Inicialmente concebidos como una representación física de los pecados cardinales, su número se aumentó de siete a diez y cada uno de ellos requería de al menos dos titiriteros para moverse con garbo. En su interior, uno de los operadores controlaba tanto la cabeza como el brazo izquierdo mientras el otro se hacía cargo del brazo derecho y ambos cuidaban de no tropezarse con el escenario a través de un monitor. Los urRu se idearon como criaturas místicas vestidas con ropajes sacerdotales y entregadas a hobbies muy espirituales como dibujar en la arena, cantar en grupo o caminar sin mucha prisa. Froud se tomó la molestia de diseñar personalmente todos los detalles que rodeaban a la especie, desde las cartas astrales que consultaban hasta sus jeroglíficos, pasando por los tótems, las tallas de sus bastones o los murales con los que embellecían su villa.

Las marionetas de los urRu estaban rellenas de arneses para distribuir el peso y requerían que sus operadores adoptaran posiciones incómodas y dolorosas. Aquellas criaturas caminaban lentamente porque era imposible que alguien se moviese a mayor velocidad con tanto trasto sobre el lomo, y en algunas escenas varios marionetistas fueron necesarios para mover los brazos adicionales de cada bicho. Los gelflings, la raza de rasgos élficos a la que pertenecía el protagonista y su compañera, fueron imaginados y esculpidos por la artista Wendy Midener y eran mucho menos aparatosos que los skesis y los urRu, pero requerían de cierta maña al tener que realizar movimientos similares a los de los humanos. El aspecto de Aughra fue diseñado por Froud y sus pieles vestidas por un Oz que a su vez ideó a Fizzgig, el peludo ser multidiente que ejercía como mascota de Kira. Un perrete-pelota que realizó un par de cameos en su versión Hacendado en la serie Los fraguel. Froud abocetó las formas de los garthim inspirado por los restos de una langosta que se zampó junto a Henson y creó a los podlings basándose en una de las cosas más molonas de este planeta: las patatas.

Imagen: Universal Pictures.

Rodando un Cristal oscuro

Durante un viaje en avión rumbo a Londres, y seis meses antes de comenzar a filmar Cristal oscuro, Jim Henson le preguntó a Frank Oz, que por aquel entonces ejercía de titiritero en la tropa muppet, si le interesaba codirigir junto a él la película. «Le contesté: “Nunca he dirigido nada, Jim ¿por qué yo?” y él me respondió “Porque así será mucho mejor”. Era algo típico de Jim, a él no le preocupaba la autoría para nada, a él lo que le preocupaba es que la película fuese buena. Probablemente, él dirigió sobre un setenta por ciento de la película. Yo me dediqué a rellenar el resto», explicaría Oz.

Imagen: Universal pictures.

Las primeras sesiones del rodaje fueron desastrosas y casi conllevan accidentes que lamentar. El marionetista Dave Goelz, el mismo hombre que da vida a Gonzo en los muppets, recuerda la primera jornada como un bonito desastre durante el que casi se desnuca: «El primer día de rodaje filmamos la escena donde los skeksis desfilaban ante el lecho de muerte de su emperador, interpretado por Jim. […] Yo estaba en el interior de uno de ellos, junto a otra persona que se encargaba del brazo derecho. Como estaba totalmente ciego, más allá de un pequeño monitor en mi pecho, me salí de la plataforma y ambos comenzamos a caer. Afortunadamente, alguien nos agarró a tiempo librándonos de una horrible caída y nos dio un empujón de vuelta. […] Después de aquello pensé que Jim estaba intentando morder más de lo que realmente podía masticar. Nunca íbamos a lograr sacar aquello adelante, el optimismo de Henson iba a acabar con él».

Pero Goelz se equivocaba, y dos semanas más tarde el equipo le había pillado completamente el truco a las criaturitas. Henson se encargó de controlar personalmente a varios personajes entre los que se encontraba Jen, protagonista principal y el rol que el marionetista consideraría cómo el más complicado de su carrera: Henson explicaba que mientras los muppets televisivos eran personajes sencillos de interpretar, porque se movían por el mundo pegando botes, en el caso del gelfling era necesario simular gestos y movimientos humanos con muchísima naturalidad, una labor que acarreó cientos de tomas hasta que todo estuvo en su sitio.

La postproducción también arrancó con problemas. El realizador tuvo que podar veinte minutos del metraje original y redoblar numerosas escenas, donde algunos personajes hablaban un lenguaje ficticio, después de que un pase de prueba en San Francisco revelase que el público no se enteraba de nada. Finalmente, la cinta se estrenó en diciembre de 1982 promocionándose como la primera película de imagen real en la que no aparecía en pantalla ningún ser humano, pero aquella era una verdad a medias: en algunos planos generales eran unos actores disfrazados de gelflings, y no las marionetas, los que correteaban por el entorno.

Imagen: Universal Pictures.

Normalmente se suele mencionar que la película se estrelló en las taquillas, pero en realidad costó quince millones de dólares y recaudó cuarenta, lo cual no es un desastre pero tampoco un gran éxito. Y hay que tener bastante en cuenta que jugaba en un terreno (el de las cintas titiriteras) realmente complicado: a día de hoy es la quinta película de marionetas más taquillera de la historia, tan solo por detrás de tres entregas de los muppets y del gamberro Team America de Trey Parker y Matt Stone, padres de South Park. Y se sitúa muy por encima de la calderilla que recaudaría la fabulosa Dentro del laberinto, una producción que sí recibió una sonora hostia a mano abierta durante su recaudación. En el fondo, que Cristal oscuro hubiese hecho aquel montón de pasta era casi un milagro, porque ni los adultos tenían demasiada fe en sentarse ante una película de los creadores de los teleñecos en la que no había comedia, ni los padres la consideraban adecuada para que la viesen sus retoños. Para complicar las cosas, la competencia navideña de la cartelera incluía a dos imanes para las masas tan gordos como ET el extraterrestre o Tootsie.

Durante los años posteriores la película gozó de bastante éxito en el mercado doméstico y se consolidó como un clásico de culto. Su fama se debe más a lo inusual de su naturaleza, a ser una fábula extraña rodada por los responsables de los muppets, que a su propia calidad cinematográfica, que sin ser deplorable tampoco era nada del otro mundo. El propio Oz, a pesar de ser corresponsable del film, siempre ha admitido que su cristal estaba cubierto de imperfecciones: «Creo que la historia era demasiado floja, podría haber sido muchísimo más compleja y los dos personajes principales realmente no funcionaban. Pero como artefacto cinematográfico opino que fue algo absolutamente extraordinario». En esto último tenía razón. La historia, los personajes y la narrativa no eran nada del otro mundo, pero lo que ocurría en la pantalla era algo asombro, puro porno de marionetas.

Imagen: Universal Pictures.

Cristal oscuro: porno de marionetas

Es fácil localizar donde radicaba el descontento de Oz con su propia película: la trama que vertebraba aquel Cristal oscuro era flojísima, incluía el elemento terrorífico que perseguía Henson (con las escenas de tortura de los podlings, donde se les drenaba la energía vital) pero en general resultaba poco inspirada más allá de la naturaleza conectada de las dos razas de skeksis y urRu. El viaje del héroe iba demasiado ligero de épica, la relación entre los dos personajes principales resultaba superficial (la película utilizaba el truco gratuito de hacerles compartir recuerdos para esquivar presentaciones), la gesta del protagonista se basaba más en irse de senderismo por las montañas que en superar escollos e incluso carecía de set pieces aventureras.

Pero a pesar de todo eso, el cuento de Henson resultaba hipnótico a causa de todo el ingenio que demostraba en pantalla. Pornografía de títeres, un desfile de criaturas artesanales tan espectaculares como para lograr que el público olvidase que la historia estaba escrita sobre papel mojado. Seres fantásticos que cobraron vida en una época pre-CGI pero siguen resultando fascinantes hoy, porque en la actualidad es fácil deducir cómo se las apañan los equipos contemporáneos de FX para mostrar imposibles en el cine, tirando de ordenadores y modelos digitales, algo que despoja de cierta magia a los terrenos de la fantasía. En cambio, la puesta en escena que luce Cristal oscuro invita a preguntarse constantemente cómo coño se las apañaron para confeccionar a sus criaturas con tanto arte y maña. La cámara se recrea en exceso mostrando la fauna extraña y la atención a los detalles, desde el vestuario de los personajes hasta sus enseres y dibujos, resulta demencial. Es una película donde la forma está tan por encima del fondo como para comérselo, y al espectador no le importa lo más mínimo. Una producción imposible inspirada por las letras de una zumbada que sintonizaba con un espíritu y por unos cocodrilos en una bañera. Un aparatoso juguete, perpetrado por una asociación de mentes con talento, que es imperfecto como película pero maravilloso como obra de arte. Un descalabro fantástico.

Imagen:Universal Pictures.


El retorno de Cristal oscuro

Imagen: Universal Pictures

Lo que Jim Henson quería hacer era regresar a la oscuridad de los cuentos originales de hadas de los hermanos Grimm. Jim pensaba que es bueno asustar a los niños. No creía que fuese saludable que los niños se sientan seguros todo el tiempo. (Frank Oz, codirector de Cristal oscuro).

Para Jim Henson, una buena idea podía venir de cualquier sitio. Incluso de aquel tipo que, creo recordar, era el conserje del edificio y se le acercaba casi todos los días con una nueva ocurrencia. Y Jim se sentaba y lo escuchaba en serio. Y, si le gustaba la idea, la comentaba con él y terminaba diciendo: «Escríbela». (Alex Rockwell, ayudante de Henson)

Quienes pertenezcan a mi provecta generación recordarán el terrible sentimiento de orfandad y desolación que nos produjo la repentina muerte de Jim Henson. Apenas habíamos visto su cara —quizá un par de fotos en alguna revista y poco más—, pero estábamos muy familiarizados con su nombre. Y nunca mejor dicho lo de «familiarizados», porque Jim Henson era como parte de la familia.

Henson había creado los muppets, los «teleñecos», y ya solo por eso se había ganado un lugar en el bagaje cultural de toda una generación. O de más de una, porque sus marionetas aparecieron en programas para adultos desde los años cincuenta hasta finales de los sesenta; pensemos que el programa The Muppet Show no se estrenó hasta 1976 y fue a partir de 1969 cuando las creaciones de Henson se hicieron célebres entre el público infantil gracias a Sesame Street. Aquel fue un programa que Henson no creó, pero que jamás hubiese alcanzado la magnitud que tuvo sin su intervención. La creadora de Sesame Street y una de las dos mentes pensantes detrás del programa fue Joan Ganz Cooney, mujer que algún día (por desgracia, supongo que cuando fallezca) será reconocida como el coloso cultural que es. Ganz le pidió a Henson marionetas para su nuevo programa, que debían ser de diseño exclusivo porque ella quería evitar que los niños se confundiesen al ver los personajes de Sesame Street protagonizando un humor más afilado y adulto en otras franjas de emisión; la única excepción fue Kermit, nuestra «rana Gustavo», que salió en Sesame Street pese a tener ya por entonces un dilatado historial de escenas no muy infantiles en las que se comía a otros muñecos.

En cualquier caso, cuando se hicieron las primeras proyecciones de Sesame Street para comprobar la reacción de los niños antes del estreno, resultó que los pequeños prestaban atención embelesados cada vez que aparecían las marionetas de Henson, pero miraban hacia otro lado cuando no era así. Joan Ganz se dio cuenta de que las marionetas iban a ser las absolutas estrellas, pavimentando el camino para el estrellato de Henson. Lo que le sorprendió más fue el apoteósico éxito internacional de su programa, con más de treinta franquicias internacionales que incluían la versión española Barrio Sésamo. Ganz pensaba que había concebido un espectáculo «esencialmente americano» y que Sesame Street era menos complaciente que, por ejemplo, el trabajo de Walt Disney, pero terminó dándose cuenta de que a los niños de todo el mundo les atraían las mismas cosas. Y una de las cosas que más atraían a los niños eran los muñecos de Henson, quien terminó creando su propio imperio comercial con el programa The Muppet Show y sus adaptaciones cinematográficas. También creó la serie Fraggle Rock, un artefacto único que solo podía haber emergido de su, al parecer, infinita imaginación.

Nadie me convencerá jamás de que los skeksis no son las criaturas más tiernas, bellas y adorables que hayan aparecido en una pantalla de cine.

En resumen: Jim Henson era un mago, un flautista de Hamelín, que había sido capaz de revitalizar las marionetas en lo más álgido de la era de los dibujos animados. En los años setenta y ochenta fue uno de los tres individuos que desde la industria estadounidense del entretenimiento marcaron las infancias de personitas de medio mundo (los otros dos ya los habrán imaginado: George Lucas y Steven Spielberg). Un mal día, Henson se negó a ir al hospital al notar los primeros síntomas de una infección pulmonar; le dijo a su mujer que sentía «que se estaba muriendo», pero no quiso modificar su agenda. Horas después, cuando por fin se decidió a buscar ayuda médica, ya era tarde. Su desaparición nos dejó a los más jovencitos con la extraña y desasosegante sensación de que todo en el mundo es transitorio. Uno ni siquiera necesitaba ser adulto para entender que Jim Henson no iba a tener sustituto. Y así fue: nunca ha tenido sustituto. Era un genio irrepetible en el oficio de cautivar la imaginación infantil, como lo fueron Walt Disney, Chuck Jones, René Goscinny, Stan Lee, o nuestro Francisco Ibáñez, etc. Todos ellos tienen en común, además, que su obra para niños puede ser disfrutada por adultos. Supongo que es parte del encanto de ciertas obras infantiles, que tienen varias capas y el niño, mientras crece, va encontrando nuevas cosas en las mismas historias de siempre. No he leído a J. K. Rowling, pero supongo que su obra también va por ahí.

Jim Henson era un creador de marionetas, pero no era un hippie alocado ni un histrión que viviese recluido en una burbuja infantiloide. Era un hábil hombre de negocios, como George Lucas. La diferencia entre ambos estribaba en que Henson era menos cínico con su propio universo. Él de verdad amaba su trabajo y se preocupaba mucho por lo que su público, al que trataba con respeto aunque estuviese compuesto de niños, percibía. Henson navegaba con facilidad por universos mágicos que fascinaban a los niños, pero al mismo tiempo era ambicioso. Su empresa, The Jim Henson Company, terminó siendo muy rentable. Él sabía bien cuál era el valor de su producto y de su talento, y nunca regalaba nada en sus negociaciones.

Mientras que Lucas abandonó la faceta artística del cine en cuanto entendió que los juguetes iban a ser el auténtico negocio, Henson nunca dejó de querer crear cosas nuevas y en ese sentido se parecía más a Spielberg. Tanto Henson como Spielberg ganaron suficiente dinero como para retirarse a una mansión y ejercer como meros inversores a la manera de George Lucas, pero ambos eran creadores natos y no podían renunciar a ese instinto. De hecho, en mi opinión, Henson tenía más imaginación que Lucas y Spielberg juntos. Eso sí, era más vulnerable a los vaivenes del negocio. Spielberg asumía riesgos en ocasiones y le dolieron los fracasos, pero tenía una personalidad pragmática y se recomponía con rapidez. Henson solo experimentó un verdadero gran fracaso en toda su carrera —con el que, de hecho, perdió menos dinero que Spielberg en sus tropiezos—, pero le amargó los últimos años de vida. Y eso que era un individuo muy reflexivo. Como jefe, recuerdan los miembros de su antiguo equipo, era atento y positivo, y «rara vez elevaba la voz por encima de un susurro». Tenía tanta paciencia que su mujer diría de él: «Era tan tranquilo que a veces me daban ganas de darle una patada». Como director de cine, su perfeccionismo lo llevaba a repetir el rodaje de determinadas secuencias una y otra vez hasta que todo le parecía en su sitio, pero no era un tirano como Kubrick. Todo lo contrario: mientras ordenaba esas repeticiones, Henson se reía a carcajadas viendo las sucesivas tomas; una risa ruidosa y tan contagiosa que, como contaba uno de sus guionistas, «todos en el estudio teníamos que parar lo que estábamos haciendo para reírnos con él». Siempre hablaba sobre lo positivo de cada toma y hacía como que no le importaban los errores.

Por una parte, estaba tranquilo porque, como productor cinematográfico, sabía que los teleñecos eran una tan apuesta segura en el celuloide como en las seiscientas veinticinco líneas. Durante su carrera estrenó tres largometrajes de la saga muppets; todos como productor y solo uno de ellos como director. Los tres fueron muy rentables. En especial el primero, The Muppet Movie (James Frawley, 1979), que fue la séptima película más taquillera de la temporada. El bombazo comercial permitió que Henson ganase una auténtica fortuna y no tuviese que preocuparse nunca más por el futuro de su compañía. La siguiente película de la saga, The Great Muppet Caper, fue dirigida por él mismo en 1981 y añadió unos millones de dólares más a su cuenta bancaria. Lo mismo sucedió con The Muppets Take Manhattan (Frank Oz, 1984). Ya ven que a Henson no le faltaba el dinero, gozaba de prestigio y respeto universales… así pues, ¿cuál fue el problema?

Sabemos por quienes le conocían —por sus hijos, en especial— que a Jim Henson le dolió mucho la fría recepción que tuvieron sus dos proyectos cinematográficos más personales, ambos repletos de marionetas, pero alejados en espíritu del mundo de los teleñecos: Cristal oscuro (1982) y Dentro del laberinto (1986). Fueron dos películas a las que dedicó cantidades ingentes de trabajo y no supo cómo reaccionar cuando el público no mostró entusiasmo por ellas. En realidad, Cristal oscuro no fue un fracaso como tal. En el ámbito del cine infantil quedó eclipsada por el musical Annie y, sobre todo, por aquel monstruo comercial llamado E.T. el extraterrestre, pero estuvo entre las veinte películas más vistas en los cines estadounidenses durante 1982. Lo que importunó a Henson no fue tanto el tema económico como la tibia recepción crítica. Cristal oscuro fue considerada por muchos un paso en falso que había atraído público solo porque el apellido Henson estaba detrás. Era demasiado diferente a lo que se esperaba de él. Una película de marionetas, sí, pero cuyo tono general era muy sombrío. Incluso contenía secuencias terroríficas.

Henson había sido considerado sinónimo de divertimento inocuo; no es que sus obras anteriores no hubiesen tenido cierto filo, pero dentro de los límites de lo amable. Buena parte de ello se debía no tanto a su idiosincrasia como a la tremebunda popularidad de Sesame Street, que había condicionado en parte los límites de The Muppet Show. Henson se sentía poco identificado con la blandura de muchos contenidos para niños y fue uno de los pioneros de la ola de oscuridad que estaba a punto de anegar el cine infantil durante los ochenta. Él entendía que la televisión infantil requería contenidos más suaves, al tiempo que pensaba que el cine era la oportunidad perfecta para cambiar el paradigma. Pero claro, no era el individuo «indicado». Spielberg podía incluir oscuridad en E.T. el extraterrestre porque se había hecho famoso con Tiburón. Todo el mundo sabía que la obra de Spielberg tenía filo. Nadie esperaba lo mismo de Henson.

En Cristal oscuro había humor, pero poco. De hecho, la historia era bastante lúgubre. No era una decisión gratuita: Henson quería recuperar el tono siniestro que, en realidad, siempre habían tenido los cuentos tradicionales y que la televisión había arrinconado en el olvido. Aunque a diferencia de aquellos cuentos, en su película no había moralejas claras ni un componente educativo evidente, Henson era partidario de que los niños pequeños pasasen algo de miedo y se familiarizasen con conceptos como la muerte, la injusticia, etc. Tenía razón, porque la historia funcionó bien entre los niños que la vieron (salvo entre los que quedaron demasiado traumatizados por ciertas escenas), pero los adultos no entendieron nada, incluyendo a muchos críticos. Cristal oscuro era un artefacto raro e inclasificable. Sí, ganó dinero y fue rentable, pero a Henson le preocupó la posibilidad de haber ido demasiado lejos. Fue un pionero incomprendido.

La monumental esfera armilar de la astrónoma Aughra es un artefacto cuya magia no han superado décadas de efectos por ordenador.

Creyendo haber aprendido la lección, cometió el error de concebir su siguiente proyecto personal como un revulsivo con el que corregir la imagen proyectada por Cristal oscuro. Su siguiente proyecto personal, Dentro del laberinto, era casi el reverso de Cristal oscuro. Era el tipo de película que, pensaba Henson, la gente esperaba de él. Esto es: aventura, acción, mucho humor. Los mimbres de Dentro del laberinto eran prometedores. Henson quería que el protagonista masculino, que encarnaría a un carismático villano, el rey de los goblins, fuese un cantante de éxito. Hizo una lista de nombres: Prince, Michael Jackson, Sting, Freddie Mercury, Mick Jagger. Incluso pensó en Roger Daltrey de The Who, David Lee Roth de Van Halen y nada menos que en Ted Nugent. Sin embargo, el papel fue a parar a manos de David Bowie, quienes se mostró activamente entusiasmado con el proyecto. Bowie estaba en el pináculo de su carrera después del apoteósico éxito de su disco Let’s Dance, número uno en un montón de países, y la verdad es que hizo un gran trabajo (por más que sus canciones para la película fuesen mediocres). La protagonista femenina fue Jennifer Connelly, quien, pese a tener solo catorce años, contaba con una amplia experiencia ante las cámaras y por entonces era una de las mejores actrices en esa franja de edad, si no la mejor. El muy divertido guion, además, contenía un montón de humor y venía firmado nada menos que por Terry Jones, el de Monty Python. Jones aparece como único escritor en los créditos, pero el argumento fue retocado por tantas manos que él dejó de considerarlo «suyo». Pese a todo, el humor estilo Monty Python es más que evidente durante todo el metraje.

Henson, pues, pensaba haber hecho la película que se esperaba de él, pero Dentro del laberinto fue un tremendo fracaso en taquilla y ni siquiera llegó a cubrir costes. La pérdida monetaria no hizo tambalear las saludables finanzas de Henson, pero lo que sí se tambaleó fue su ánimo. Sus familiares desvelaron después que pasó por una etapa difícil, el momento más duro de su carrera. Es muy posible que Henson se sintiera repentinamente secuestrado por el universo de los teleñecos, como si el mundo no quisiera verle hacer otras cosas. De hecho, tres años después del fracaso de Dentro del laberinto (y solo unos meses antes de morir), Henson estaba negociando la posibilidad de vender su compañía a Disney. Estaba tan decidido a seguir intentando que el público lo reconociese por algo que no tuviese que ver con los muppets que ya consideraba deshacerse de ellos.

Irónicamente, Cristal oscuro y Dentro del laberinto se convirtieron en objeto de culto después de la muerte de Henson. Dentro del laberinto fue la única película con la que Henson perdió dinero, pero se volvió rentable gracias a sucesivas reediciones, proyecciones y retransmisiones, hasta el punto de que, contra todo pronóstico, terminó convirtiéndose en un activo rentable para The Jim Henson Company (empresa que hoy dirigen los hijos de Jim, Brian y Lisa Henson). En 2016 se anunció un remake de Dentro del laberinto que va a ser escrito y dirigido por el uruguayo Fede Álvarez. Ya saben, el director de Evil Dead y No respires, el mismo que saltó a la fama con aquel extraordinario corto llamado ¡Ataque de pánico!, del que ya hablé alguna vez.

He de decir que una secuela de Dentro del laberinto no me da mala espina. Álvarez es un tipo con talento, pero, más allá de eso, el universo de Dentro del laberinto admite fácilmente una expansión. Se podrá hacer mejor o peor, pero las posibilidades están ahí. No me cuesta imaginar una actualización de la historia a los tiempos presentes. En cualquier caso, se sabe poco sobre el proyecto. Pero poco: baste decir que la propia Jennifer Connelly se ha enterado de la existencia de una posible secuela solo unos días antes de que yo escriba estas líneas, cuando el proyecto lleva años en desarrollo. Vamos, que nadie ha contactado con ella para que haga un cameo como una Sarah adulta. Pero bueno, no me parece artísticamente irrazonable que Dentro del laberinto vaya a tener una secuela. Siempre me gustó esa película, especialmente por su sentido del humor, y aún me descojono viendo escenas como la surrealista batalla final. El remake no será lo mismo, pero podría estar bien.

Los místicos en plena rave.

Más delicado es que Netflix esté desarrollando junto a The Jim Henson Company una serie basada en Cristal oscuro. Eso  me plantea bastantes más dudas. Empezando por el desconcertante título que es, agárrense, The Dark Crystal: Age of Resistance. No quiero ser prejuicioso, pero lo del título seguido de dos puntos seguidos y palabras como «resistance», «revenge», «revolution» o «reloaded», es algo que quizá encaje con Marvel, pero no con el universo de la película de 1982. Para colmo, Brian Henson ha dicho que algunas de las influencias de la nueva serie serán Avatar (¿Qué?), The Last Airbender (¡¿Qué?!) y Juego de tronos (¿¿QUÉ??). De acuerdo, demos el beneficio de la duda, pero me cuesta procesar esto. ¿Qué demonios tienen que ver Juego de tronos y The Last Airbender con Cristal oscuro? ¡Absolutamente nada!

Vale, quizá no soy objetivo. Ver Cristal oscuro en pantalla grande fue una de las experiencias cinematográficas que más me impactaron durante la infancia. Aun así entiendo que quien no haya experimentado la película de pequeño y la vea de adulto por primera vez pueda encontrarla simplona. Porque es simplona. Los personajes no están desarrollados y los conceptos que se manejan son muy simples. La narrativa es bastante plana. Características como la lentitud y la sencillez, que para muchos espectadores pueden antojarse defectos, se convierten en virtudes cuando uno analiza la película como lo que es: «alta fantasía» para niños. La mitología de Cristal oscuro está concebida para que un niño pequeño la entienda, por eso es tan simple. Describe un mundo platónico cuyas reglas, a ojos de un adulto, son tan complicadas como las del tres en raya, pero que a un pequeño cerebrito le dan mucho que pensar.

La historia, como sabrán, está protagonizada por personajes de tres razas que representan conceptos diferentes. Los gelflings, parecidos a elfos, personifican la inocencia y la nobleza. Los místicos personifican la sabiduría y la bondad. Los skeksis, aquellas mezclas de pajarraco carroñero y lagarto, simbolizan el egoísmo y la ambición. Los personajes son estereotipos porque su raza determina cómo se comportan. El único personaje principal dotado de un carácter no estereotipado —aparte del hilarante «perrito» Fizzgig— es una astrónoma llamada Aughra que no pertenece a ninguna de las tres razas principales y que es la única expresión de auténtica individualidad en toda la película. Por así decir, ella es el «único» personaje como tal.

Esta uniformidad entre los miembros de cada raza, sin embargo, tiene muchísimo sentido. Durante el metraje (spoiler), el pequeño espectador descubrirá que entre los admirables místicos y los despreciables skeksis existe un vínculo muy estrecho; tanto, que terminarán revelándose como las mitades de individuos que fueron separados mil años atrás. Por eso una raza es malvada y la otra no. Esta división es todo un descubrimiento. Aún recuerdo la primera vez que vi a uno de los skeksis herido en una mano y cómo en el plano siguiente, uno de los místicos, que estaba en otro lugar, empezaba a sangrar también. Ese tipo de cosas te dejan atónito cuando eres pequeño porque nunca se te habría pasado por la cabeza un fenómeno semejante.

Usted quizá piense ¿y todo esto qué tiene de aliciente para un espectador adulto? A nivel argumental, la verdad, no mucho. Cristal oscuro es mucho menos entretenida que Dentro del laberinto. Hay poca acción y el humor es ofrecido con cuentagotas. Sin embargo, Cristal oscuro me gusta más por aquello que en fantasía y ciencia ficción se llama la «creación de mundo». Cristal oscuro debería ser uno de los primeros ejemplos que poner sobre la mesa cuando se habla de ese concepto en las escuelas de cine. Cada segundo de cada minuto de cada secuencia de la película denota un constante esfuerzo por erigir un universo ante los ojos del espectador. No hay plano que no esté cuidado al milímetro en ese aspecto. Cada ropaje, cada objeto, cada planta, cada criatura, han sido diseñados y situados en el decorado con el mismo cuidado que los elementos de un lienzo barroco.

La imaginación y el virtuosismo de Henson para las marionetas, su visionaria dirección en tándem con Frank Oz, y la manera en que los fabulosos conceptos artísticos del dibujante Brian Froud fueron hechos realidad, convierten este largometraje en un festival para los sentidos. Hablamos de varios talentos en el punto culminante de sus carreras, aportando sus prodigiosas imaginaciones para una película. Salvo algunos detalles puntuales como los primitivos efectos de postproducción (¡recuerden que fue hecha en 1982!), la película, como obra visual, sigue siendo impresionante hoy. Y aún más sabiendo que todo fue hecho con muñecos y decorados construidos o pintados. Nada de ordenadores. Un adulto ni siquiera necesita fijarse en la historia para disfrutar de la película, le basta con un poco de sentido estético y de aprecio por sus extraordinarios valores de producción. Sí, en Avatar todo era impresionante también, pero era el producto de una tecnología mucho más avanzada que permite crear mundos enteros desde la nada sin tener que clavar un clavo. En Cristal oscuro cada elemento está ahí, físicamente presente ante la cámara. Ha sido construido. Y lo deja a uno atónito.

En la portentosa escenografía de Cristal oscuro se cuida hasta el último detalle de un mundo de fantasía donde cada planta, cada piedra, cada bichejo del bosque están físicamente ante la cámara.

Ese mundo, sin embargo, no solo se compone de elementos físicos. La parsimonia de la narración le confiere a Cristal oscuro un aire onírico parecido al de un sueño o al de una fantasía infantil rememorada al cabo de los años. En esa película no serían concebibles grandes batallas ni diálogos elaborados. No hay más relaciones entre personajes que aquellas que puede entender un niño: cariño, amistad, apoyo, lealtad, rivalidad, envidia, miedo. Precisamente por esa simpleza tiene un aire de tradición folclórica, de canción popular, de historia que se cuenta alrededor de una hoguera y que no puede ser demasiado compleja porque nunca va a ser plasmada en papel y debe ser transmitida de boca en boca, dependiendo únicamente de la memoria. La mitología del cristal ha sido más apreciada con el paso de los años que en su momento, desde luego. En especial porque no ha habido equivalentes en el cine posterior. Nadie ha hecho algo que se le parezca. Cristal oscuro se ha revalorizado por los mismos motivos que La planète sauvage; se podrá decir lo que se quiera sobre su argumento, pero su universo es único.

La principal diferencia con respecto a Dentro del laberinto reside en que el universo de Cristal oscuro no puede ser expandido o replicado sin traicionar su espíritu original. Es un microcosmos demasiado restringido, demasiado infantil y demasiado atado a una parábola concreta. Narra un instante temporal determinado y ese instante es lo único importante. El pasado es apenas mencionado y el futuro es inconcreto. El único tiempo verbal que tiene sentido en esa historia es el presente. Como decía antes, los personajes no tienen biografía y la historia finaliza sin moraleja. De nuevo cosas que tienen sentido: los niños tienen tendencia a querer ver siempre las mismas historias (incluso cuando son ellos quienes las crean mientras juegan o dibujan) y Cristal oscuro está concebida bajo ese prisma. Es una historia circular sin antecedentes ni secuelas.

Jim Henson quiso mostrar un mundo como nunca se había visto en una historia protagonizada por marionetas.

¿Puede un universo circular e intemporal ser expandido en una serie? Aunque lo justo es otorgar el beneficio de la duda y es posible que el resultado me sorprenda, me inclinaría a apostar por que no será posible. Ojo, no digo que la serie vaya a ser mala. Podría ser buena, magnífica incluso, quién sabe. Pero anticipo que será otra cosa, una expansión demasiado artificial de algo que no admite secuelas (o precuelas, como en este caso). Eso sí, hay anuncios que tienen buena pinta; los productores han prometido que usarán marionetas y decorados, y que los efectos por ordenador solo serán empleados en aquellos momentos imprescindibles. No sé si creérmelo, pero si lo hacen bien, los CGI podrían ser un complemento visual fantástico a las técnicas heredadas de Henson. Podría ser que Dark Crystal: Age of Resistance resulte visualmente impresionante. Si lo es, yo sería capaz de verla solo por eso.

En cuanto al hipotético argumento, tengo muchos más reparos. Quizá me equivoque, pero será una explotación nostálgica de la marca dirigida a quienes conocen eso, la marca, y poco más. Rellenarán el vacío como puedan; al igual que Peter Jackson con El hobbit, pero con la diferencia de que en Cristal oscuro ni siquiera hay un material escrito más allá de la simplona historia de la película original. Así que será todo relleno. ¿Habrá batallas entre skeksis y místicos? ¿Veremos a los garthim, los escarabajos-cangrejos gigantes, masacrando a los gelflings? ¿Veremos peleas internas entre skeksis por hacerse con el trono, más allá del incruento «juicio por piedra»? Todas estas cosas se sobreentienden o se mencionan en la película de 1982, pero es innecesario convertirlas en imagen. No digo que no haya cosas que quizá sean dignas de contemplar, como el momento en que el cristal se rompe y los seres de luz son separados en skeksis y místicos. En la película se nos hablaba de ello y solo lo imaginábamos. Pero, ¿guerras? ¿Matanzas? ¿Politiqueos a lo Juego de Tronos? No se me ocurre como todo eso puede narrarse respetando la aureola etérea que era lo más característico de la película. Obviamente, la nueva serie tendrá que estar enfocada a un público adolescente o adulto que, para colmo, está acostumbrado a que la fantasía actual esté repleta de acción.

Por supuesto, algunos podrían decir: «Oiga, déjese de nostalgias, ¿qué más da si el resultado no se parece a la película si al final la serie está bien?». De hecho, admito la posibilidad de que la serie pueda terminar gustando a más gente que la película. Y me parece bien, no tengo nada en contra de que la gente disfrute con lo que quiera. Pero al mismo tiempo es innegable que la jugada está muy calculada y no porque estemos acostumbrados ya, es menos cínica. Se recicla una marca conocida, prestigiosa y/o nostálgica para crear un nuevo producto que con otro título tendría mucho menos efecto publicitario. El problema de eso es que, al modificar el mundo del producto original, se hace más difícil que veamos algo nuevo que de verdad reproduzca ese mundo. Por ejemplo: hoy es irrealista esperar una película de Superman que contenga largos pasajes de comedia romántica. Es irrealista esperar un Star Trek donde los tripulantes del USS Enterprise debatan tranquilamente sobre misterios espaciales. Y es irrealista esperar una historia de fantasía donde las cosas sucedan despacio, a paso de místico. El abanico de posibilidades en el mundo del entretenimiento es a la vez más extenso y más restringido que antes. Mucha oferta, poca variedad. Si, como cabe esperar de las declaraciones de Brian Henson, The Dark Crystal: Age of Resistance se acaba pareciendo a la fantasía actual y no al universo nacido de la mente de su padre, no tendremos más variedad, sino otra serie más. Y Cristal oscuro no era otra película más.

Espero que estos temores no tengan fundamento. Créanme, soy el primer interesado en clavarme ante la pantalla y disfrutar de la serie como un enano. Ojalá suceda. Pero de momento, me estoy mentalizando para disfrutar primero de la faceta visual y luego… ya veremos si termino berreando como Fizzgig cuando no lo quieren llevar de paseo.

Nota: todas las imágenes pertenecen a Universal Pictures.