Hype birthday

Imagen: Getty.

Jot Down para Hawkers

¡Acérquense, acérquense!

Conozcan la palabra sin la que no podrán vivir. La palabra que estaban esperando. El término que le hará lucir cool, le sacudirá la caspa y le sanará el cuñadismo más tenaz. ¡Apresúrense! quedan pocas unidades, lléveselas antes de que —quizás ya sea tarde— se agoten o caduquen. ¡Hágase con un puñado de hypes!

El primero es gratis, ya saben. Su manejo, sencillo: en lugar de lanzarse al vacío y contar lo que usted quiera contar, reformule la historia en forma de tráiler cinematográfico. Alcanzado un nivel razonable de atención, detenga bruscamente el relato y posponga su desenlace hasta mañana. Listo: habrá creado un hype de la nada. Porque en realidad, allí hasta donde alcanza la vista, todo es hype. To-do.

Los sumarios del telediario. El vestido de fin de año de Pedroche. La paternidad de la jedi Rey. El resultado de su declaración de Hacienda. Si la batería del iPhone 54Plus durará más que la independencia de Cataluña. ¿Encontrará un huequito George R. R. Martin para sentarse a escribir en 2018? Obradas las resurrecciones de Operación Triunfo, las Spice Girls y Ángel Garó ¿serán los siguientes El Bus, La Noche de los castillos o Sonia y Selena?

Todo eso es hype. Expectación masiva, euforia, emoción (rozando la necesidad), ansia viva ante cualquier acontecimiento, lanzamiento o cosa. Perspectivas obesas. Lejos queda ya la era en la que este apócope inglés de «hipérbole» se circunscribía al ámbito del marketing y la publicidad. Se consideraba que una empresa generaba hype cuando se rascaba los bolsillos para hacernos desear que pusieran a la venta el producto misterioso. Confeccionaban nuestros deseos con exageraciones. Paradójicamente, fue una compañía que —por entonces— hacía gala de no invertir un céntimo en autobombo la que sublimó todo aquello: Steve Jobs fue coronado «rey del hype».

Ahora ya no se trata necesariamente de promoción. Hype es un término tan flexible, tan amplio y pedestre; tan combinable —como unos vaqueros viejos— que parece desprovisto de toda sofisticación. Se dice que se trata del nuevo aceite de serpiente, un venta al por mayor de humo; y (reconozcámoslo) a veces tanta expectación es agotadora. ¿Le aburre el hype?

Bien. Porque es ahora es cuando la cosa empieza a ponerse verdaderamente interesante.

El «Hype Cycle»

Por Hollywood circula, desde hace décadas, uno de esos refranes glamurosos destinados a socavar venenosamente la moral de los aspirantes. Se dice que allí, en la ciudad de las estrellas, todo es circular. La carrera de un actor comienza cuando alguien pregunta con desdén «¿Quién es John Smith?», siendo John Smith básicamente nadie. Un número indeterminado de castings después, logrará cierta relevancia si algún director de relumbre, vocifera «¡Traédme a John Smith!». El intérprete conquistará el estrellato cuando los cineastas supliquen añadir a su elenco «Alguien del estilo de John Smith». Un reinado de fugacidad variable, que tocará sus últimos compases cuando vuelva a pronunciarse: «¿Quién es John Smith?» y solo le quede el olvido (o el In Memoriam).

En términos menos prosaicos, la tecnológica Gratner formuló las bases de lo que llamó el «Hype Cycle», originalmente aplicado a esa expresión tan roída de «nuevas tecnologías». Su objetivo no era tanto atrapar cómo se genera expectación sino de qué sirve y cómo se asimila. Sus dinámicas. En el estudio, fundamentalmente,  mapeó el ciclo de interés público en las novedades, una especie de la teoría de «John Smith» a gran escala. El resultado fue esta gráfica, donde se distinguen cinco procesos diferenciados, definidos por ilustrativas interjecciones:

  • Fase «Eh»: El público tiene vagas pero jugosas noticias de la novedad (John Smith aparece en un capítulo de una serie regulera interpretando al pizzero o al primo segundo del prota, pero consigue que le veas).
  • Fase «Wooow»: Empezamos a inflar las expectativas sobre la novedad (John Smith ficha por una franquicia potente y empieza a salir con alguien sustancialmente más famoso y ridículamente más joven).
  • Fase «Ugggghhh»: El producto nos bombardea y quizás no satisface tanto (empieza a ser un poco cargante ver a John Smith anunciando hasta pintauñas).
  • Fase «Ohhh»: La Pendiente de «Iluminación», cuando decimos que eso se ha quedado viejo, nos aburre y además no era tan bueno (John Smith se convierte en muso de Zack Snyder o todo lo que rueda tiene un sospechoso parecido con un culebrón de sobremesa bien presupuestado).

Una montaña rusa de emoción, resistencia, desilusión y… aceptación. Porque sí, hay una quinta. El estudio la denomina la etapa «Okay», la única con una leyenda: la Plataforma de Productividad. Cuando el bombo, la sobreexposición y los carteles luminosos han sido sustituidos por la aceptación calmada. Se rebaja la expectación, el ansia e incluso la desilusión y simplemente se asumen como ubicuidades. O como argumenta el teórico social Clay Shirky las cosas «no se vuelven interesantes hasta que se vuelven aburridas» en términos de hype. La expectación da paso al avance. Y es entonces cuando podemos divertirnos viendo a John Smith haciendo el garrulo en algo dirigido por Phil Lord y Chris Miller.  

Sin embargo, la teoría de John Smith carece de una quinta fase. Lanza a sus intérpretes desde la cumbre al suelo sin solución intermedia, en un descenso irrevocable, toscamente llamado «te has pasado de moda» o, en el caso femenino «eres vieja». Ayer furor, hoy… ¿olvido?.

Aquí es dónde la cosa se empieza a poner verdaderamente interesante.

Hype es Hope

El hype es un cebo, sí. Se ha abusado con reiteración criminal de sus múltiples estrategias para hacernos desear toda clase de buhonerías. Se han bastardeado nuestras expectativas y se ha ensuciado tanto internet con el anglicismo que es fácil asociarlo a patraña, vendehúmos o ruido. Y aun así, que algo esté envuelto en hype no es sinónimo de ninguna calidad. Ni buena ni mala.

El problema de Escuadrón Suicida no fue su hype, sino que el hype empezó a utilizarse para reformular lo que venía después. DC lanzó el tráiler de la película, en la que se auguraba una cinta rebosante de sentido del humor y aire desenfadado, que el público acogió con vítores y superlativos. Eso provocó que el estudio se sumiera en una espiral de rerrodajes y montajes locos, para adaptar una película filmada con espíritu oscuro e introspectivo por algo más parecido al tono del exitoso avance. Aquello petardeó, claro está, como tantas otros productos (culturales, tecnológicos…) que engrosan una larga lista de decepciones. El videojuego No Man’s Sky, las Google Glass… ¡El vídeo Beta!

La conclusión es de un obvio que chirría: la clave del hype no es crearlo, sino sobrevivirlo. Que el hype generado conjugue con el hope satisfecho. Como el (buen) sexo. Si no disfruta, ninguna cantidad de aceite de serpiente podrá mantener la máquina engrasada para siempre.

Y ahí va a dar igual los gruñones y levantacejas que vengan a lanzarle diatribas sobre la obsolescencia tecnológica, la vacuidad de las modas o el consumismo desenfrenado. Si le gusta, vendrá a por más, consciente y alegremente.  A algunos les merecerá la pena pasar la noche en un saco de dormir en una acera mugrienta para dejarse tres sueldos en un teléfono. Suscribirse a una revista impresa con un lema tan místico como tonto («hay método en nuestra locura») en pleno funeral del papel. Pintarse un rayo en la frente para ir a buscar el último ejemplar de una saga literaria. Temblar, de puro hype, con un atisbo de ella en pantalla. Cumplir cuatro años generando, disfrutando y satisfaciendo el hype con hope. Suscitando clones, vendiendo ejemplares y toqueteándole las narices a la industria.   

Ahora es cuando la cosa empieza a ponerse interesante.

Hype (and hope) birthday, Hawkers!


Gonzalo Vázquez: El telepibón deportivo

De un tiempo a esta parte el agitado panorama audiovisual, y especialmente el deportivo, subraya una tendencia cada vez más acusada. Lo ha hecho además sin disimulo ni cita previa, extendiéndose con la sibilina rapidez del contagio.

Mientras en las redacciones la proporción de mujeres y hombres no ha variado gran cosa se podría admitir una mayor presencia femenina en pantalla. Pero incluso ese posible repunte no explica el nuevo fenómeno que consiste, básicamente, en el aspecto, en exhibir un tipo de mujer muy definido, en la preferencia por un canon, o mejor, por un molde que antes asomaba, como el florero en decoración, y ahora además presenta. No es que la información haya pasado por el bisturí de la cirugía plástica. Es que información y cirugía empiezan a compartir el mismo principio. De ahí que nunca como ahora hayamos visto tanta chica mona en los espacios deportivos. No es otra la realidad a considerar.

Para avistar con mayor claridad el contraste, cuya cresta atravesamos, basta echar un vistazo a una televisión anterior.

Entre la fiebre del destape en el cine y su resurrección por los canales privados en los años noventa, con la Telecinco de Lazarov en incesante desfile mudo de hembras danzantes, de carne a la parrilla, hubo en la pantalla española, que es lo mismo que decir TVE, unos años de tregua donde tal vez lo último a denunciar era esa ampolla conocida como sexismo.

Por aquel entonces, en ese como periodo de calma, la presencia femenina en televisión, de peso gradual y tono discreto, no tenía nada de género y sí de natural fusión con el medio. La mujer era en pantalla lo mismo que el hombre, un elemento básico de la comunicación, a su entero servicio, de manera que el sexo de los profesionales y su genuina forma eran accidentales y no fundamentales. Mensaje y contenido primaban en los programas por ellas presentados. Y que las elegidas fueran guapas o feas resultaba, como el género, cosa incidental. Que pudiera haber una preferencia, que la había, no desalojaba en ningún caso una competencia anterior. De ahí que hasta los ensayos por embellecer lo femenino en pantalla, como las azafatas en Ibáñez Serrador, vinieran precedidos de una rigurosa selección artística al modo de las actrices. Aquellas chicas podían ser hermosas. Pero tanto lucían muslamen como voz y resolución, de la vis cómica al arte dramático.

En el fondo, y ayuda mucho la perspectiva, fueron años de aparente inocencia felizmente a salvo de retorcidos yugos de audiencia o paridad. La mujer fluía en pantalla y su aspecto lo hacía al gobierno de la comunicación y no al revés.

Detrás del discurso filocomunista de La Bola de Cristal se ocultaba el cerebro creador de Lolo Rico así como la promoción del respeto al público infantil veía su encarnación en la enternecedora figura de María Luisa Seco. Aquel periodo cercano a la década es tan femenino como presentador, artístico o directivo. De ello dieron cuenta mujeres como Sandra Sutherland, Beatriz Pécker, Mayra Gómez Kemp, Verónica Mengod, Sonia Martínez, Isabel Tenaille, Mercedes Milá, Rosa León, María Teresa Campos, Rosa María Sardá, Victoria Prego, Mari Cruz Soriano, Marisa Abad, Tina Sáinz, Marta Angelat, Eva Nasarre, Paloma Chamorro o María Casanova. Y en deportes, donde más escueta era la cosa, Mari Carmen Izquierdo y Olga Viza.

Andando el tiempo el flanco posterior al 11 de septiembre, que también alteró la televisión, vendría vertebrado por un batiburrillo de formatos y pastiches donde lo informativo volvía a primer plano y la guerra al terrorismo como nuevo mundo servía de coartada para la escorada politización de las cadenas. El resto, a grandes rasgos, lo formaban el género ya fallecido del testimonio, la emergencia del reality, los shows de alto presupuesto bajo el hegemónico Noche de Fiesta, que rescataba en tono satén a bailarinas que luego hacer desfilar en lencería, la epidemia totalitaria del llamado corazón que todavía padecemos con fuerza y la futbolización del deporte, siempre el deporte.

Y es precisamente bajo el gigantesco manto deportivo que se asiste de unos años acá al género más reciente, un género televisivo en sí mismo: el telepibón deportivo, esto es, la incorporación a los espacios de deportes de una o más bellezas sin mayor prioridad que su mera exposición. Es crucial el matiz. No se incorporan especialistas mujeres. Lo hacen modelos.

No deja de sorprender que fuesen los medios más ligados a la izquierda, donde el feminismo anidó siempre, quienes tomaran la delantera en esta radicalización de la cosmética informativa que rápidamente absorbería el resto del espectro televisivo. Y la sorpresa proviene de la presunción en la izquierda teórica de unos principios donde el valor de lo profesional debiera preceder al aspecto exterior, donde el presumible talento y el espíritu de sacrificio quedaran como muy por encima de la simple belleza.

De hecho ninguna cadena actuó con igual fuerza detonante y animó más el contagio que LaSexta, la selección de cuya nutrida plantilla de presentadoras y colaboradoras apenas dista de la que Zara, Bershka o cualquier otra cadena de moda promueve con sus dependientas.

Para la perspectiva futura incluso es posible establecer un efecto llamada en el programa Sé lo que hicisteis, una porción nada insignificante de cuyo éxito reposaba en la espectacular puesta en escena de ejemplares como Patricia Conde, Pilar Rubio, Berta Collado, Cristina Urgel, Paula Prendes o Cristina Pedroche. Y como en un plano de aparente mayor rigor pero en el seno de la misma estrategia se añadían en informativos Mamen Mendizábal, Cristina Saavedra, Cristina Villanueva o Helena Resano. El pastel lo coronaba un equipo de deportes que incluía a Sandra Sabatés, Sara Carbonero, Susana Guasch, Carlota Reig o Karina Kvasniova.

Al amparo de la nueva ola Marca TV presentaba de golpe y porrazo un plantel de pasarela formado por Ana Cobos, Lara Álvarez, Carolina Bueno, Marina Palmero y Alba Lago. La llamada Televisión del deporte absorbía así la nueva estrategia y se animaba a llevarla incluso más lejos. Una corte de pibones sin trampa ni cartón.

Antes, durante y después se habían venido sumando al entero espectro audiovisual nuevos encantos de cámara en los nombres de Mónica Martínez, Noemí de Miguel, Fe López, Carolina Alcázar, Nira Juanco, Ainhoa Arbizu, Desirée Ndjambo, Lourdes García Campos, Marta Solano o Irene Junquera entre otras. En suma, no queda cadena que no se precie de ellas.

Se abre así con periodos anteriores una fractura reseñable, un salto cualitativo, como una revolución estética de la presentación, eso sí, exclusivamente femenina. Allá donde el hombre puede ofrecer una mayor diversidad de aspecto se encuentra el molde de la mujer cada vez más encorsetado y uniforme, más a salvo de alternativas.

Es evidente que todo ha cambiado mucho y nada cabal habría en recular a ningún sitio. Pero mucho más flagrante aún el reciente y como repentino ascenso del criterio estético, su total predominio sobre cualquier otra consideración, incluida la competencia profesional, en relativo suspenso en el proceso de selección.

No se trata de desgranar la capacidad de cada una de las profesionales citadas, que sería como hacerlo con la de sus homólogos hombres. Como en ellos las hay buenas y malas. Se trata de poner en la diana el denominador común, especialmente en las meras lectoras del prompter, de su cosmética poderosa, de la primacía del atractivo radiante, inmediato y gomoso, formando todas en conjunto una nueva generación, un género televisivo paradójicamente no basado en el género como ingenuamente pudiera parecer. Sino en la salvaje selección de género. Porque donde antaño pudiera haber una ligera inclinación ahora no cabe alternativa.

Es evidente que en televisión se cumple como en ningún otro sitio aquella máxima de Berkeley según la cual “ser es ser visto”. Ante la proliferación de canales y la fragmentación de las audiencias los directivos promovieron diferentes estrategias comerciales una de cuyas manifestaciones más compactas ha dado en el telepibón deportivo, un intento por redoblar la atención del espectador y hechizarlo a base de rostros bonitos, mejor cuanto más llamativos.

De la desvergonzada puesta en escena de las mamachicho a estas muñecas de la información puede haber, y de hecho hay, un mundo de distancia. Se ha pasado de la glotona carne muda en movimiento a la maquillada locución de estilismo patrocinado. El cuerpo femenino se ha visto, pues, cubierto por esta sorda filigrana. Y sin embargo la raíz del fenómeno dista de aquellos lodos mucho menos de lo que pudiera presumirse.

En el fondo de la percepción directiva reposa, en términos de audiencia, la certeza de que a la atracción de la colosal manada de machos es posible sumar cierto magnetismo femenino a la belleza femenina, sea cual fuere su reacción espectadora, de la morbosa expectación ante Carbonero al primitivo recelo misógino de la competencia natural al finísimo examen que en ellas causa el estilismo. El caso es quedarse. Y la belleza parece que lo consigue.

Hace tiempo que la televisión suplantó al medio de comunicación por el medio de exhibición, a la estantería por el escaparate. El cinismo y una calculada presunción demagógica han conseguido que enunciar esto, tan solo enunciarlo, suene a como represivo y anticuado. Y sin embargo nada explica mejor lo ocurrido en estos últimos tiempos que la cosmética actualización del espíritu del destape a través de esta como playmateización deportiva y su plétora indumentaria en generosos escotes, labios pronunciados, curvas definidas y cabellos de anuncio.

No importa si hay algo que decir. Porque igual que los sucesos despolitizan la realidad los pibones desustancian el mensaje. La banalización es así extrema: se banalizan ellas, se banaliza la información, se banaliza el espectador, se banaliza el medio. Y todo ello en un contexto donde el deporte encuentra en la futbolización su ideal banalizado.

En un informe realizado conjuntamente por la Facultad de Ciencias de la Actividad Física y del Deporte (INEF), la Universidad Politécnica de Madrid, el Consejo Superior de Deportes y el Instituto de la Mujer (El Deporte Femenino en los Medios de Comunicación, nov. 2009) se establecían una serie de objetivos preliminares y conclusiones. De los seis que vertebraban el primer punto uno refería “la influencia que los medios de comunicación tienen en la visibilidad de las mujeres en el deporte” más allá del deporte. De las nueve conclusiones la cuarta denunciaba “el efecto fagocitador del fútbol en los medios”; la sexta el tratamiento “impregnado de estereotipos de género y la información” propensa “a resaltar más a la mujer que a la deportista, una creciente tendencia a presentar a las mujeres deportistas como iconos eróticos más que como ídolos deportivos en sentido estricto”, un debate aparte. Y la octava, en clave lapidaria, “la aplicación de una mirada androcéntrica”, esto es, una política de hombres.

En el fondo, deportivamente hablando, esto siempre ha sido así dada la condición incorregible de la genética masculina, inflamada para colmo por las urgencias del mercado y las cuotas de pantalla. Pero mientras antaño esta selección hormonal de mujeres quedaba en petit comité y se obraba, en última instancia, con arreglo a criterios de mayor peso profesional ahora el criterio de mayor peso, tal vez ya el único operativo, es el estético. Y todo ello sin el menor disimulo. Dicho en claro: “Usted está buena, adelante; usted no lo está, fuera”.

La exclusión salta pues a la vista.

El caso de Sara Carbonero, por enconada intensidad, es tal vez el más representativo del fenómeno. Para empezar el problema de Carbonero, como el de todas estas jóvenes, no es suyo. Es que a través de ella ha estallado por fin la raíz misma de la ofensiva, resumida en que una jovencita mona es colocada a dedo por directivos cuyo único interés reside en absorber la atención de una audiencia mayoritariamente masculina, caldearla y extraer un rédito comercial de todo ello. Que las presuntas cualidades pesaran algo en su selección, incluso merezcan ser reseñadas sobre su aspecto, es un atentado a la veracidad.

En el caso Carbonero interviene además un añadido explosivo. Su presencia algo distante y fría, como una endémica falta de gracia natural y un tono de princesona aburrida podrían resultar válidos, en términos televisivos, en el borde de un sofá de programa matinal en, pongamos, sección de moda. Pero ocurre que esta figura de aspecto delicado ha sido arrojada al campo de batalla más masculino de todos, a la trinchera del fútbol y su sanguínea simbología vociferante, enérgica y grosera. Incorporar a esta joven de cristalinos ojos manga que susurra aristocrática mientras se mesa el cabello equivale a colgar una lámpara de palacio en una cuadra. Es tal el contraste que difícilmente el fondo del debate debiera ser distinto si Carbonero luciera un aspecto menos afortunado. Mientras no habría la menor disonancia en otros formatos de pantalla su artificial admisión por el fútbol insulta al sentido de la proporción.

Así ha ocurrido, para desgracia de la chica, que la española costumbre de la inquina, la infecciosa envidia, su natural tendencia al linchamiento y la espantosa potencia de las redes sociales han llegado a convertir a Carbonero, en el peor caso, en mártir de una causa que no merece. Hasta sería digno de reflexión el connivente silencio del género femenino, que termina viendo en ella a la quintaesencia del nepotismo estético y el desprecio al criterio profesional; una niña bonita colocada a dedo bajo retribución astronómica, una reina de la noche a la mañana, como una Letizia del fútbol.

Hay algo aún peor en todo esto. Un fenómeno también típicamente español que Bordieu denunció hace ya tiempo: “Incluso puede suceder que periodistas de televisión alcancen posiciones muy importantes en la prensa escrita, lo que pone en tela de juicio la especificidad misma de la escritura, de la profesión: si una presentadora de televisión puede convertirse de la noche a la mañana en directora, por fuerza hay que preguntarse en qué consiste la competencia específica del periodista” (Sobre la Televisión, Bourdieu, Anagrama, 1997, p. 72).

Y es el caso. Porque la misma Carbonero, de quien se ignoraba todo escrito, aparece de súbito firmando columnas en un diario nacional, otra maniobra puramente comercial que actúa como contrapeso, un artificio revestido de compensación de la belleza, como una patética justificación de presuntas facultades.

Cabe preguntarse también por qué razón ocurre todo esto en el llamado periodismo deportivo. Una de las respuestas llega indirectamente de otra mujer, una periodista animal de la información, Àngels Barceló, recién entrevistada en estas mismas páginas. Preguntada por el fenómeno Carbonero la veterana periodista, a quien la dictadura estética le llega tarde, respondía por el desliz de Sara con el penalti de Iniesta. Y lo hacía a la presunta gravedad del error en contraste con otras esferas de la información: “Imagínate que alguien hace esto en el Congreso de los diputados, que llega un periodista y le pregunta a alguien que acaba de ganar la presidencia del Gobierno si le habría gustado ser presidente”.

Curiosamente, en un momento avanzado de la Eurocopa 2008, Barceló asumió el mando de la mesa que presentaba el especial Zona Cuatro desde la plaza de Colón. Una figura de informativos se colaba de pronto en el espacio deportivo de la cadena. Y lo hacía con rotundo acierto dada la poderosa versatilidad de la presentadora. Pero es el intercambio de escenarios lo que merece consideración. Porque resulta impensable en sentido contrario. Impensable que alguna de estas sports ladies ocupe de pronto papel prioritario en, pongamos, Internacional o Economía ante un evento de gran magnitud al modo en que Barceló lo hizo en la Eurocopa. La lectura de algo así pone en entredicho el presunto examen de cualidades y desciende el periodismo deportivo a su escala omnívora más baja, al ambiente del bar Manolo tras cuya barra parece admitirse todo: de Ronceros a Carboneros.

España no se ha abismado aún en algún ejemplo extranjero donde la presentadora de informativos o el tiempo va desnudándose frente a la cámara. Y tampoco el fútbol ha colado, de momento, una Marika Fruscio. No quepa duda de que si se diera el caso algún directivo, periodista orgánico o cualquier otro secuaz corporativo defenderían la maniobra en términos de imagen reiterando, como suelen sin más, que “es televisión”. Como si el lenguaje televisivo admitiera los hechos consumados como el militarismo los daños colaterales. Es lo que tiene la indiferencia ética.

La misma polémica Carbonero palidece ante ejemplos como los de Erin Andrews o la mexicana Ines Sainz. Pero en estos casos se observa cómo interviene lo peor masculino sobre lo frágil femenino. Cómo el encendido del negocio primario aplasta a un tiempo la entidad del valor profesional y del consumidor como sujeto inteligente.

Llevado esto a la realidad considere el telespectador cada vez que tenga frente a él a una de estas monadas lo verdaderamente ocurrido. Piense que en un momento de la selección que dio con una de ellas en pantalla, el momento decisivo, alguien a espaldas de la chica, alguien seguramente hombre, de traje, corbata, esposa, niños y buena reputación en el gremio, exclamó a otro igual o subalterno algo así como: “Ésta es la más guapa”, un mero formalismo que con seguridad se enunció al modo: “Joder, qué buena está”. Si esto es así, y lo es en, pongamos, la información deportiva, es de imaginar qué no ocurre cuando, sin restricción informativa por medio, la presa de caza tiene un cometido meramente ornamental.

Aquí es donde el sexismo de pantalla se dio siempre los mayores banquetes. Un fenómeno crudamente trazado por la socióloga Lorella Zanardo en el espeluznante documental Il Corpo Delle Donne (El Cuerpo De Las Mujeres) sobre las terribles consecuencias de la berlusconización de la TV en Italia.

Contra todo lo antedicho podrá alegarse que nada malo hay en disfrutar de una simple vista agradable con las informadoras de pantalla. Es posible. Pero entonces urge preguntarse dónde queda el sentido de la profesión, dónde el valor de la experiencia —Doris Burke o Jackie McMullan no cabrían en el modelo ibérico actual— y, dónde, he aquí lo grave, el derecho profesional de las menos agraciadas físicamente. Si no ha podido llegar para todas la fatídica hora de suplantar la Facultad por la Agencia de Modelos.