Bill Hicks: La risa y la rabia

American: The Bill Hicks Story, 2009. Imagen: Graham Haber / American the Movie / Jackamo Productions.

Un tipo que diga la verdad en este mundo de mierda vale su peso en oro.

Garth Ennis, por boca del reverendo Jesse Custer en Predicador.

Bill Hicks nació en Georgia el 16 de diciembre de 1961 y pasó su infancia en Houston, Texas. Si el constructo que llamamos Occidente tuviera verdadero sentido y fuera como una familia, el sur de los Estados Unidos sería ese primo con serias taras congénitas que encadenamos en el sótano para no asustar mucho a las visitas. Ese hecho es solo una de las prácticas pintorescas que conforman su cultura. Enviar a los niños a campamentos de verano donde se les educa en el uso de las armas y el fundamentalismo cristiano, la intemperancia en el beber cerveza mientras se compite en carreras ilegales de camionetas, mantener relaciones sexuales con parientes de primer y segundo grado, dirimir cualquier disputa con tus amigos organizando una barahúnda de hostias o violentar junto a tu amigo desdentado el ano de un turista obeso que vino a practicar piragüismo son algunas de las otras.

No termina aquí lo bueno: el sur también es la cuna de la mejor música que una cultura haya regalado al mundo. El blues que los negros pudieron parir a escondidas de las cruces en llamas del Ku Klux Klan, y el country de paletos blancos que no tenían gran cosa que hacer salvo tocar el banjo mientras se ablandaba la carne del guiso de zarigüeya. Sonidos que se mezclaron, crecieron y evolucionaron a lo largo de toda una nación y un planeta, y que en cierto momento volvieron a cristalizar en su lugar de origen en el llamado rock sureño, género distinguible de cualquier otro a simple vista porque sus integrantes lucían largas melenas y bigotes de general confederado mientras ejecutaban interminables melodías a tres guitarras, cantando amores bastante sospechosos a la madre y loas a los cielos de su tierra, de pronóstico despejado. Y que no venga un canadiense a tocarnos los cojones cantando sobre nuestra idiosincrasia. No queremos a gente así por aquí.

El sur, en suma, no parece un lugar precisamente abierto y progresista. Pero quizá este ambiente ayudó en la construcción del relato de Bill Hicks. Porque más que un hombre fue eso, un relato y un grito de furia escondidos tras unas gafas y un traje varias tallas más grande que parecía haberse arrojado sobre él por sorpresa. Un cómico solitario delante de una pared de ladrillos en tugurios de carretera, que contaba la Verdad conservando en sus monólogos esa belleza demente de quien encontró la mejor herramienta posible para enfrentarse al mundo. Porque Hicks, un hombre solo, jamás pudo vencerlo, pero no dudó en luchar, sin más ayuda que sus huevos, su amargura, su humor y su palabra. «Soy un cómico y un poeta, así que si en algún momento no se ríen, es que eso era una poema».

Con tal declaración de principios es evidente que Bill Hicks no fue el humorista de stand up moderno que tenemos en mente. Ahora quieren ofrecernos un humor amable e intrascendente, costumbrismo para treintañeros de clase media: tratan temas como los grandes problemas con la batería de su móvil o cómo comportarse en una cita, un humor de Comic Sans, en definitiva. Pero Hicks se encaramaba a los escenarios para bramar la verdad. Una verdad tan incómoda que escupiéndola logró un dudoso mérito: su última aparición en el show de David Letterman fue la segunda actuación censurada en el programa, tras el contoneo de Elvis Presley. Si lo escandaloso del Rey eran las caderas, de Bill fue la lengua. (1)

Quizá los chistes sobre matar a músicos pop, o su idea de un Jesús volviendo a la tierra y cabreándose cuando ve a todo el mundo con una cruz al cuello son cosas para las que el público americano no estaba preparado. Así que no dudaba en extender su palabra por el resto del mundo anglosajón y volver para narrar sus experiencias. «Estuve en Australia durante la fiesta de Pascua. Fue interesante comprobar que celebran la Pascua de la misma manera que nosotros: conmemorando la muerte y la resurrección de Jesús diciéndoles a nuestros hijos que un conejo gigante dejó huevos de chocolate por la noche. Bueno, me pregunto cómo es que la raza humana es tan gilipollas. ¿Alguien tiene alguna pista? ¿De dónde piensan que viene esa mierda? ¿Por qué esas dos cosas? ¿Por qué no un pez de colores dejando cagadas en tu cajón de los calcetines? Si estamos inventando a lo tonto, divirtámonos. Al menos un pez de colores con una mierda sobre la espalda caminando por el suelo de tu cuarto hacia tu cajón de los calcetines tiene una cierta connotación milagrosa. “¡Mamá, al despertarme encontré una mierda en el cajón de los calcetines!”. “¡Esa es la historia de Jesús, hijo!”».

En resumen, era un hombre que faltaba al respeto a grandes voces, un bufón montado en cólera. No eran sus cuitas a la hora de programar el vídeo lo que le tenía en ese estado. En el mundo solo hay una verdad y su evangelio consistió en mostrarnos cómo la distorsionamos. Si la capacidad de reírse de todo define a un hombre como inteligente, Hicks fue un superdotado. Aun oscurecida esa risa por su condición de cómico aparentemente nihilista y misántropo: «No quiero sonar amargo, frío o cruel. Pero lo soy. Y así es como me sale». El hombre, aseguraba, es «un virus con zapatos», y ante esa evidencia no pudo sino abocarse a un rencor casi divino. Y denunciarlo.

El humor como escudo, pero también martillo con el que abrirse paso por un camino abismal hacia el fondo de nuestra conciencia. Aquel ambicioso hombre que desde un escenario bramaba entre aspavientos histriónicos contra todo lo que consideraba podrido, que bromeaba sobre tabúes y fantaseaba con asesinar a Billy Ray Cyrus o Michael Bolton en riguroso directo como parte de su futuro e imaginario programa de televisión, no se conformaba con hacer reír. Deseaba diseccionar el cerebro de su público y desmontar cualquier pensamiento que sabía erróneo. La religión era una de sus grandes obsesiones:

El fundamentalismo cristiano es fascinante. Lo sé porque me crie en el sur. Esa gente de verdad cree que el mundo tiene mil doscientos años de edad. Os lo juro por Dios. «¿En qué os basáis?», pregunté. «Bueno, contamos a toda la gente de la Biblia y fuimos sumando sus edades hasta Adán y Eva: mil doscientos años». Su puta madre, qué científico, genial. No sabía que os habíais tomado tanto trabajo. La hostia. ¿Ustedes creen que el mundo tiene mil doscientos años de edad? «En efecto». Bueno, tengo solo una pregunta que hacer, ¿en una palabra, puede ser? «Ajá». Dinosaurios. Según vosotros el mundo tiene mil doscientos años de edad, y como los dinosaurios existieron en ese lapso de tiempo, supongo que deberían estar mencionados en la puta Biblia en algún momento: «Y he aquí que Jesús y sus discípulos caminaron hasta Nazaret, pero el camino estaba bloqueado por un gigantesco brontosaurio… que tenía una astilla clavada en la pata. Y los discípulos corrieron berreando: ¡La hostia puta, qué lagarto enorme, oh, mi Señor!. Pero Jesús no se amedrentó y arrancó la espina de la la pata del brontosaurio y el lagarto enorme se hizo su amigo. Y Jesús lo envió a Escocia, donde viviría en un lago durante siglos, propiciando que miles de turistas estadounidenses trajeran a sus putas familias gordas y su dinero. Y Escocia agradeció al Señor. Gracias Señor, gracias Señor».

Sin tacto y sin tregua: lo suyo no era la suave ironía de los que viven en ella por pensar que ese suspiro es más inteligente que los brutales eructos de este hombre que encontró en la desazón el estímulo para contarnos la verdad. Y chistes de pollas.

American: The Bill Hicks Story, 2009. Imagen: American the Movie / Jackamo Productions.

Tras cualquiera de sus poéticas broncas denunciando la hipocresía de la especie humana, ante el silencio incómodo de un público que acudía allí a reírse y se encontraba desnudo frente a sus miserias, contaba su chiste de pollas. El buen y viejo chiste de pollas, se sabe, es uno de los pilares del humor, por mucho que hayamos pretendido intelectualizar la comedia. Desde Aristófanes hasta nuestros días, siglos de chistes sobre pollas nos contemplan. «Tranquilos: en este show habrá chistes de pollas, sé lo que quiere mi público. Veo a ese tipo de ahí mirando impaciente a su esposa y diciendo “cariño, espero que este payaso tenga preparado un buen chiste de pollas para levantar un poco esto”. No os preocupéis, estamos a punto de embarcarnos en un maravilloso viaje a la isla de las pollas, donde descansaremos nuestras cabezas en esos reconfortantes y purpúreos troncos venosos. Tranquilos».

Como el rapsoda que adorna los márgenes de su cuaderno con penes garabateados, Hicks desmitificaba el milagro de la vida mediante referencias a la masturbación. ¿Qué tiene de mística la existencia de un individuo cuando yo he exterminado civilizaciones enteras limpiándolas de mi pecho con un calcetín gris? ¿Cuántas naciones han muerto secándose en los pelos de mi ombligo? La muerte, otra de sus grandes obsesiones: «Mi mayor temor es que algún día moriré, y entonces mis padres vendrán a despejar mi casa y encontrarán todo el porno que tengo acumulado». No es aventurado asumir que también encontrarían bastantes drogas. Su camino desde los tugurios de Texas hasta el circuito del espectáculo del mundo civilizado estuvo plagado de ellas. Alcohólico y fumador compulsivo durante la mayor parte de su vida, amén de clásico americano conspiranoico, estaba convencido de que la legalidad de unas sustancias frente a la ilegalidad de otras solo responde a un mecanismo de control más. «Nos mienten acerca de la marihuana. Dicen que fumarla te vuelve apático. ¡Mentira! Cuando estás ciego puedes hacer todo lo que sueles hacer. Igual de bien. Solo comprendes que no merece la puta pena. Hay una diferencia ahí». Por supuesto, alguien como él jamás podría resistirse a la apología:

Creo que las drogas han hecho cosas buenas por nosotros. De verdad. Si no crees que las drogas han hecho cosas buenas por nosotros, hazme un favor. Ve a casa esta noche y agarra todos tus discos, todas tus cintas y todos tus CD y quémalos. Porque, ¿sabéis cómo estaban los músicos que hicieron toda esa maravillosa música que ha marcado sus vidas a lo largo de los años? Completamente drogados… Los Beatles estaban tan jodidamente colocados que dejaron a Ringo cantar unas cuantas canciones. […] Así que me repugnan esas estrellas limpias e inocentes que nos meten por los oídos a todas horas.  Me dicen «Bill, son los New Kids On The Block, no la tomes con ellos, son tan buenos y dan tan buena imagen para los niños». Que se mueran. ¿Desde cuándo la mediocridad y la banalidad se convirtieron en una buena imagen para los niños? Quiero que mis hijos escuchen a personas que rockearon de verdad. No me importa si murieron ahogados por su propio vómito. Quiero a alguien que toque para sus putos corazones.

Lo que escribamos aquí jamás podrá siquiera acercarse a la magia de las palabras de Hicks; hay que verlo, escucharlo. Porque Bill, además de transformar el humor en un arma de agitación de conciencias, fue un sujeto genialmente gracioso. Es difícil ver sus actuaciones sin caer en una risa histérica, agónica tanto por la falta de aire como por la verdad (de nuevo) que escupía a bocajarro. Uno se condena sin remedio a guardarle una envidia eterna por esa magia para arrancarte de cuajo la carcajada aun situado frente a la desgracia de la condición humana.

Y esa a su vez es la tragedia del cómico. La terrible paradoja de dulcificar y hacer tolerable mediante la risa el horror que se pretende denunciar. Así comenzaba muchos shows, con una cínica declaración de principios: «Buenas noches, mi nombre es Bill Hicks. He estado en esto de la comedia doce años, así que, acompáñenme mientras esbozo una sonrisa falsa e interpreto toda esta mierda una vez más. Estoy algo cansado de viajar, algo cansado de hacer comedia, algo cansado de ver sus rostros inexpresivos mirándome, queriendo que llene sus vacías vidas con humor e ideas que posiblemente no pueden pensar por sí mismos. Esta noche será mi última noche».

Ese arranque fue la única mentira en la vida de Bill Hicks. A los treinta y dos años le diagnosticaron  cáncer de páncreas — irónicamente no fueron sus pulmones quienes cedieron, a pesar de todas su bromas al respecto—: «Ahora que está de moda dejar de fumar yo no debería apuntarme, pero, mierda, lo conseguí. Y sí, lo echo de menos. Es difícil dejar de fumar. Cada cigarrillo que veo me parece buenísimo. Cada uno de ellos parece como si hubiera sido creado por Dios, enrollado por Jesús y humedecido para cerrarlo con el coño de Claudia Schiffer». Tras una vida de rabia vociferando la verdad, continuó con mayor fuerza declamando su mensaje al que quisiera escucharlo con la vehemencia de quien conoce la hora exacta de su muerte. El hombre que halló en la desazón el estímulo para cambiar el mundo al menos logró una fama significativa. Algunos conocemos su obra  por la impronta que dejó en la cultura popular: su aparición en el cómic Predicador, la rendida admiración de muchas bandas de rockMaynard James Keenan llegó a incluir parte de uno de sus monólogos en el disco de Tool Aenima—, no hay cómico anglosajón (y pocos no anglosajones) que no lo mencionen como influencia e inspiración, y disponemos de los maravillosos vídeos de sus actuaciones que podemos encontrar fácilmente en internet subtitulados en una traducción aún más infame que las ejecutadas por mí en estas líneas. Es preciso verlo en acción para creer que algo tan pequeño como el cuerpo de un hombre pueda contener tal cantidad de amarga grandeza. Acaso su despedida, cada noche, del escenario, nos hubiera servido para despedirnos de él:

La vida es como una montaña rusa en un parque de atracciones, y cuando te subes piensas que es real porque así de poderosas son nuestras mentes. Hay personas que han estado subidas por mucho tiempo, y empiezan a pensar, «Oye, ¿esto es real? ¿es tan solo un paseo?». (2) Se giran hacia nosotros y dicen: «No te preocupes; no tengas miedo, nunca, porque esto es solo un paseo». Y cuando nos dicen la verdad… matamos a esas personas. «¡Silencio! Tengo mucho invertido en esta atracción. ¡Calladlo! Mirad mis arrugas de preocupación, mirad mi enorme cuenta bancaria, mirad a mi familia. Esto tiene que ser real». Pero es solo un paseo. Y siempre matamos a las buenas personas que tratan de decirnos eso, ¿no lo han notado? Y dejamos a los demonios sueltos… Pero no importa, porque es solo un paseo. Y podemos cambiarlo por otro en el momento en que queramos. Es solo una opción. Sin esfuerzos, sin trabajo, basta de ahorrar dinero. Una elección simple, ahora mismo, entre el miedo y el amor. Buenas noches.

Bill Hicks murió el 26 de febrero de 1994, dejando al siglo xxi casi huérfano de ese incierto matrimonio entre la risa y la rabia, acaso el único sensato. La ironía se ha convertido en un cómodo sillón de orejas donde guarecerse de cualquier compromiso, estar de vuelta de todo y observar con superioridad a los semejantes sin intervenir en la realidad. Pero toda la ironía, el cinismo y el sarcasmo de Bill, toda su rabia, tenía un motor palpable: el amor. El amor por nosotros, sus compañeros en el paseo, y un dolor causado no por lo que somos sino por lo que hacemos. Y la intención de que, aunque no siempre estemos de acuerdo con lo que diga, despertemos. Escuchando una vez más a Bill Hicks solo puedo pensar que nuestro tiempo sería un poco mejor si diez, cien, mil sujetos como él invadieran las televisiones, los escenarios, los libros, las revistas, o se encaramaran a un barril en plena calle para, agitando el dedo y poniendo los ojos en blanco, escupir la Verdad. Y contar chistes de pollas.

_______________________________________________________________________

(1) Años después de la muerte de Hicks, y con la presencia de su madre en el plató, Letterman emitió en su programa aquella actuación completa, como disculpa y homenaje.

(2) It’s just a ride. Ride puede traducirse como «paseo», pero el verbo to ride puede implicar también montar en algo, en este caso una atracción de feria. El juego de significados puede quedar un poco cojo en castellano, pero ¿eh?, ¿qué importa?: It’s just a ride.


Óscar Díaz: «La gente que hace cosas importantes de verdad no sale en Saber y ganar»

Óscar Díaz para Jot Down 0

Óscar Díaz García (Madrid, 1971) con sus doscientos programas en antena acaba de batir todos los récords posibles en Saber y ganar, el programa cultural televisivo por excelencia, a punto de cumplir veinte años.

Sus conocimientos tanto en las artes como en las ciencias nos muestran a un clásico hombre del Renacimiento; o, como les llamamos en el siglo XXI, un auténtico friki. Al margen de concursante profesional, Óscar Díaz es traductor de ciencia ficción y videojuegos, editor de juegos de rol, apasionado del rock duro y ¡experto en golf!

Nos encontramos con un sabelotodo encantador, un catacaldillos —como él mismo se define— feliz y visceral en su dispersión, al que paran constantemente por la calle para agradecerle tantos buenos momentos vividos en la pequeña pantalla.

Imagina que acaba de sonar la sintonía de Saber y ganar. Atención, pregunta: ¿a quién nos referimos cuando hablamos de El hombre bicentenario?

Hombre, a Bradbury.

¿A Bradbury?

Es quien se lo merece. Los demás hemos ido heredando ese título.

Tú también eres bicentenario, ¿no? Cuéntanos en qué.

Pues en Saber y ganar, claro, donde he estado dando el coñazo durante doscientos programitas.

Seguimos: ¿en qué pueblo de la Comunidad de Madrid los trogloditas plantaron cara a los romanos?

[Risas] Supongo que te referirás a las cuevas de Perales de Tajuña, ¿no?

Esta pregunta era fácil.

Es que si esa no te la respondo bien, mi abuelo me deshereda.

El 6 de octubre de 2015 vuelves a las emisiones diarias de Saber y ganar, ya como emérito, y lo primero de lo que te acuerdas es de la gente de tu pueblo.

Sí, porque era algo que tenía pendiente. Cuando te pones a concursar, te metes en una burbuja y tampoco es que haya luego mucho margen de maniobra para salirnos de la rutina establecida en el concurso, y, haciendo recapitulación de los primeros cien programas, me di cuenta de que no había mencionado ni una sola vez a mi pueblo, al pueblo de mis abuelos, al pueblo de mis padres.

Un pueblo que tiene para ti un valor simbólico.

Claro. Es el pueblo de donde ha salido mi familia. Mis padres me tuvieron siendo ellos muy jóvenes, y mis abuelos, los cuatro, porque todos eran de allí, lucharon mucho para sacar adelante a sus hijos en dos familias muy humildes de agricultores. También veo el efecto que ha causado la tierra en mi abuelo. Y me emociona. Que haya gente que se haya dejado litros y litros de sudor, y alguna ración generosa de sangre, en un terruño, y que le brille la mirada cuando habla de su tierra… Yo no puedo remedar ese sentimiento, y me parecía justo acordarme de mi pueblo, y sobre todo de mi abuelo materno, que es el único que vive ahora mismo y quien quizás esperaba esa mención en los cien programas anteriores.

De hecho, el pasado 27 de febrero, tu abuelo cumplió nada más y nada menos que noventa y tres años. ¿De qué manera te ha influido su figura?

Ha sido decisiva. Mi abuelo es un hombre que, a pesar de haber salido más o menos indemne de la Guerra Civil, ha sufrido mucho. Y su figura, por circunstancias familiares, ha sido más que una figura paterna. Mi padre falleció cuando yo era muy pequeño, luego mi madre se casó en segundas nupcias y su segundo marido, mi segundo padre, también falleció, y quien ha estado ahí toda mi vida, a mayor o menor distancia, siempre ha sido mi abuelo.

¿Y dirías que tu abuelo es el origen de tus ansias por saber?

Sí. Además tiene un saber muy aferrado a la tierra. Mi abuelo tiene la cultura que pudo tener, no otra. La que le dieron las circunstancias, porque muy pronto tuvo que dedicarse al campo. Tiene una formación básica. Escribe muy bien, por cierto. Y tiene una cabeza impresionante. Uno de los recuerdos más bonitos que tengo de mi niñez es estar sentado con mi abuelo, pidiéndole que me contara cosas. Me hablaba de pájaros, de cantos de pájaros, me contaba cosas de la región, de su entorno, cosas interesantes, y nos íbamos de un tema a otro, sin orden ni concierto, y probablemente de ahí haya surgido mi curiosidad. Ese vínculo, esa generosidad… eso era el grado máximo de felicidad. Me hubiera gustado tener una grabadora entonces.

Tu abuelo era una persona culta de verdad.

Quien me conozca me lo habrá escuchado más de una vez. Sin quitarnos mérito a lo que hacemos en el programa, que tiene cierto mérito, evidentemente, lo que nosotros estamos demostrando es un saber puntual y superficial, pero hay cosas mucho más importantes, no solo en cuanto a fondo sino en cuanto a forma. Y a mí me maravilla el conocimiento que tiene mi abuelo de muchas cosas, cosas que además él no valora porque las da por sentadas: que pueda identificar el canto de cincuenta pájaros, o que sea capaz de darte nombres comunes de un montón de plantas… y luego esa habilidad manual, que por desgracia no he heredado. Me encantaba mirarle cómo trabajaba la tierra; o incluso cómo se afeitaba, el ritual de la antigua maquinilla, cómo metía la cuchilla.

El escritor Montero Glez suele decir que una cosa es la cultura y otra muy distinta la ilustración.

Estoy totalmente de acuerdo. Además, la cultura de mi abuelo es una cultura a la que no se le da el valor que merece. Su cultura parte de la vivencia, de una necesidad vital, y lo mío, por ejemplo, surge del roce con ciertos saberes. Sí es cierto que si tienes inquietudes las terminas integrando en tu vida. Para mí ahora mismo leer es una cuestión vital, pero claramente no es lo mismo.

¿Para qué sirve la cultura?

La respuesta fácil es para ganar al Trivial [risas]. O para ganar en Saber y ganar.

¿Crees que existe una relación directa entre cultura e inteligencia?

No. No, necesariamente. No conozco en profundidad el tema, pero es como cuando empezaron a dividir la inteligencia en diferentes facetas: la intelectual, la emocional… Y desde esa perspectiva, la cultura son muchas cosas: la relación con lo que tienes alrededor, con el medio, como esa cultura que puede tener mi abuelo, o lo que se te va pegando por el mero hecho de vivir. Y luego la inteligencia, ¿qué es? ¿Es saber aprovechar la cultura? ¿Demostrar ciertos recursos? Creo que la inteligencia es ese potencial que todos tenemos, para bien o para mal, y la cultura sería la manera de enfocarlo, de llevarlo a otros terrenos. En fin, no me quiero poner muy metafísico, que luego leídas estas cosas seguro que no tienen mucho sentido.

¿Y entre cultura y felicidad?

Sí, ahí sí puede haberla. Tampoco quiero ponerme en plan condescendiente pero sí creo que hay mucha gente que se pierde muchas cosas. Algunos, a pesar de tener ciertas inquietudes, puede que no tengan siquiera la oportunidad, pues su principal obligación en la vida es salir adelante. Por desgracia, la cultura está condicionada por las circunstancias vitales. Y se puede ser feliz sin tener una amplia cultura, claro, pero creo que la cultura es el complemento ideal de la felicidad: aporta mucho eso de poder disfrutar de un libro, de una película…

Óscar Díaz para Jot Down 1

Transmites una imagen muy serena, de ser alguien muy equilibrado, con sentido del humor. Feliz, vamos.

La duda es si la cultura es causa o efecto. Retomando la pregunta anterior, si partes de una situación tranquila, si tu estado mental es el adecuado, te podrás dedicar a desarrollar tus inquietudes culturales. Si estás agobiado por las preocupaciones, sean más o menos mundanas, te dedicarás a lo importante, y luego ya llegará esa «ilustración» de la que hablabas antes.

¿Cómo era Óscar Díaz de pequeño, en el colegio? Todo apunta a que fuiste el empollón de la clase.

No, no lo era. Era de los que sacaba buenas notas: notables y sobresalientes. Pero era bastante payasete. Me gustaba montar cierto cachondeíllo en clase. Tampoco me tenía que esforzar mucho, sobre todo en la época de EGB. El caso es que era un chico que iba sacando los cursos sin muchos problemas pero al que sus padres le insistían en que tenía que esforzarse más, porque era algo vaguete. Y seguramente tenían razón.

En ocasiones, al fallar alguna respuesta, has llegado a pedir perdón. ¿Te avergüenza equivocarte? ¿Tan férrea y disciplinada fue tu educación?

No, no, para nada. Es un acto reflejo. Sobre todo con la calculadora. Además, viéndolo luego en la televisión, queda raro de narices.

El propio Jordi Hurtado te reñía, porque perdías tiempo.

A lo mejor es que tengo un mecanismo cerebral extraño y en las cosas que se supone que hago bien… Porque luego he fallado muchas preguntas, algunas de ellas de lo más asequibles, y ahí no he pedido perdón, pero en la calculadora, claro, como que esa prueba la tenía que pasar, sí o sí. Tampoco es que tenga la sensación de estar «defraudando a mi público», ni mucho menos.

Vale, no te avergüenza fallar, pero ¿alguna vez has sentido vergüenza por saber mucho?

El conocimiento es un aspecto íntimo, de disfrute interno, de disfrute personal, no hay que ir por ahí contando batallas, y eso que yo soy más o menos parlanchín, pero lo de hacer gala de… Pero no me avergüenzo en absoluto de lo que sé. Voy a decir una barbaridad, pero ¿acaso me tendría que avergonzar por ser calvo o más o menos gordo? Por suerte o por desgracia, todo lo que llevo dentro, sea físico o intelectual, forma parte de mí y tengo que aceptarlo. De todos modos, sí que es cierto que en ocasiones hay que racionar la información: de aportar un dato puntual dentro de una conversación normal a ser el típico pedante que apostilla todo lo que se habla hay un trecho.

Te preguntaba lo anterior porque algunos de los programas televisivos más populares del momento han sido recientemente criticados por hacer «apología de la ignorancia». ¿Crees que está mal visto en España demostrar conocimientos?

No. Habrá gente a la que no le lleve el Demiurgo por ese camino, pero no creo que sea una actitud general. Evidentemente, el escaparate que tiene ese tipo de programas, por pura audiencia, es mucho más potente que el que tiene Saber y ganar y por tanto su influencia en el gran público es mayor. Por un lado está el negocio y por otro los mensajes que se pretenden transmitir, y no creo que la intención de los programadores sea hacer apología de la ignorancia. ¿Que es triste que esos programas se vean mas que otros? Pues posiblemente. También se puede recurrir a eso de «El pueblo es soberano», aunque ya nos metemos aquí en una dinámica peligrosa y acabamos incumpliendo la Ley de Godwin [risas], así que no vamos a ir por ahí.

Por otro lado, dándole la vuelta al planteamiento, no creo que nadie denueste la cultura, o a un concursante de Saber y ganar, o al propio programa. Más de uno y más de mil pensarán que somos unos frikis. Como esos comentarios cachondos que te encuentras en Twitter: «¿Estos habrán follado algún día?», «¿Dónde se compran la ropa?». El estereotipo de ratón de biblioteca que va a Saber y ganar como si eso fuera su máxima aspiración en la vida: pues no.

¿Te interesa la política? ¿Crees que las políticas culturales o educativas de un país sirven realmente para cambiar las cosas?

Sí. Y la inexistencia de ellas también. Y lo estamos viendo. Lo de deshacer lo hecho por haber cambiado de camiseta o de color no lleva a ninguna parte. Es fundamental el respeto al conocimiento, a los que imparten el conocimiento. Es la base de una sociedad. No quiero recurrir al tópico típico de Finlandia y su estructura educativa, pero lo demás son atajos. Y en España hemos cogido muchos atajos.

Durante mucho tiempo hemos pensado que la felicidad venía de una cosa cuadrada y naranja llamada ladrillo, y decidimos en ese momento que nuestro modelo productivo, aparte de ser un país de servicios, orientado al turismo y a cuatro cosas más, pasaba por ahí. Y ya hemos visto qué ha pasado. El problema es que cambiar de paradigma y reorientar el modelo de país y basarlo en la cultura no se consigue cambiando de Gobierno. Es una cuestión de decenios, casi siglos. En España ha habido pinceladas, atisbos, momentos coyunturales, pero nunca se ha realizado un esfuerzo sostenido en el tiempo. Cuando se ha intentado hacer alguna cosa, ¡pum!, llega la Guerra Civil, a tomar por saco. No quiero ponerme tampoco muy catastrofista, pero creo que en ese aspecto España es un país equivocado, porque no le damos importancia a lo que deberíamos.

¿Y qué opinas del sistema educativo español?

El actual no lo conozco, sinceramente, pues ya hace mucho que salí de él. Pero bueno, en mi entorno siempre ha habido gente más joven que ha estudiado bajo diferentes siglas, LOE, LOGSE, LOMCE, y sí sé cómo han acabado. Y han acabado en el paro. O fuera de España. Y son personas que tienen una formación muy superior a la que yo tuve. Quizás es que en mi época la formación era un poco más estable, porque los políticos se dedicaban a incordiarse de otra manera, pero tampoco lo puedo valorar con objetividad. El caso es que sí que veo una generación muy preparada sin apenas oportunidades.

Me da mucha pena tener una prima doctora en Bioquímica, con trabajos publicados brillantísimos, que ha tenido que irse a Bélgica. Y otro primo mío, que es arquitecto, está en una ONG, lo cual es maravilloso, pero ha optado por ese camino porque no ha encontrado una salida estable en lo suyo. O mis hermanas, las dos tituladas, y una en paro y la otra, a la que envidio mucho, trabajando en una librería, que es un trabajo dignísimo, pero, claro, sometido a los vaivenes del mercado editorial. En fin, que no puede ser que gente tan preparada tenga tantos problemas para encontrar trabajo.

¿Cuál crees que es la clave para que un alumno o una alumna se interese por la cultura?

Integrarla en su vida. Tuve un profesor en 5.º de EGB, don Albino, que daba clase de una manera completamente diferente: los viernes, en lugar de hacernos controles, nos hacía jugar con las asignaturas. Nos hacía una especie de remedo del Cesta y puntos de Daniel Vindel, y así aprendíamos la lección. También jugábamos al ajedrez, y teníamos un periódico. Este profesor me enseñó que era posible transmitir conocimientos de otra manera. No todas sus propuestas tenían éxito, porque teníamos diez años y dábamos por culo como niños de diez años. Por ejemplo, el periódico del cole me lo cargué: como era muy vago, dejé de hacerlo.

Luego no ha habido muchos más don Albinos en mi vida, aunque sí que me he topado con otros profesores que me han llevado a interesarme de forma especial por sus materias, a leer más allá de lo que te tenías que estudiar. Seguro que todos hemos tenido una figura que ha cambiando nuestra manera de afrontar la cultura o el aprendizaje.

Óscar Díaz para Jot Down 2

Nos decía hace poco Fernando Iwasaki que «quienes deseamos que los jóvenes lean, tenemos que adaptarnos a la realidad audiovisual». ¿Cómo piensas que debería enfocarse el conocimiento para que resulte atractivo a los jóvenes?

Ahora están de moda los asuntos «transmedia». Esto de que la avalancha de información te llegue por muchos frentes tiene sus ventajas porque, evidentemente, si lanzas un mensaje a través de diferentes canales, ya sea YouTube, redes sociales o la mera lectura, es más fácil encontrar un destinatario. Pero también se fomenta así la cultura del zapping.

No me quiero poner a pontificar al respecto, pero uno de los peligros que tiene la situación actual es que cada vez cuesta más pararse a pensar y hacer una lectura profunda y pausada, porque recibimos millones de estímulos: cuando no es el WhatsApp es el Twitter, cuando no es el Twitter es Facebook. Y luego, la propia naturaleza de la lectura digital, ya sea en ordenador o en tablet o en móvil, hace que nos estén llegando estímulos cada dos por tres. Estamos leyendo un texto y de repente vemos un enlace con pinta de ser interesante… Tienes así las dos vertientes: es más probable que le hagas llegar el mensaje a alguien, pero corres el peligro de que ese mensaje se disperse o difumine por la mera naturaleza del canal que has utilizado.

Culturalmente hablando, tienes gustos y conocimientos asociados tanto con la alta cultura como con la cultura popular. ¿Qué opinas de esta eterna dicotomía?

Yo llevo esa dicotomía con paciencia, naturalidad y tranquilidad. Y estoy encantado. No me voy a poner a hacer rankings de qué es más importante, si conocer la filmografía de Roger Corman o la de John Ford. La de John Ford, seguramente. Pero hay cosas de culturas más a ras de suelo igualmente disfrutables. Habrá a quien no le interesen, pero creo que se puede llevar con naturalidad eso de tener gustos amplios y complementarios.

Luego, evidentemente, hay ciertas cosas de las que solo puedes hablar con un grupo muy concreto de gente. Pero los cánones me suelen horrorizar, y eso que a veces es necesaria una referencia, gente con una voz ilustrada, no porque impartan magisterio sino porque te enseñen cosas. También puede responder a mi propia naturaleza ecléctica/epiléptica [risas]. Siempre me ha gustado estar a mil cosas.

¿Crees que existe una diferencia artística sustancial entre una composición de Mozart y una de Whitesnake?

Sí la hay a nivel formal. Otra cosa es que yo pueda disfrutar más a Whitesnake que a Mozart. No quiero soltar ninguna herejía, pero no soy musicólogo. No puedo ir más allá de lo que me ofrecen mis sensaciones, mis sentidos. No tengo un conocimiento tan profundo de la música como para denostar una música o alabar otra. Todo se reduce al disfrute, ya sea de una obra musical, de un libro o lo que sea. Doctores tiene la Iglesia para que se encarguen de poner cada cosa en su sitio. No te lo sé explicar, pero no por ello es menos disfrutable Whitesnake o los Hermanos Calatrava haciendo esa versión del «Space Oddity».

Lo que sí nos podrás explicar es que por qué Whitesnake es tu grupo favorito.

Es un poco extraño, lo sé. Llama un poco la atención, pero es una elección que viene de chaval, de esas etapas formativas en las que uno está buscando cosas que le gusten. Con ocho o nueve años cogí una hepatitis y estuve en cama tres meses, y lo único que hacía era leer tebeos y escuchar la radio. En aquella época salían The Knack, en Los 40, con el «My Sharona», y decía «Ostras, cómo mola». Pero también me tragaba a Lorenzo Santamaría. Pasan los años y empiezas a pensar que lo que de verdad te gusta es el rock, aunque a la vez tus héroes son Parchís, porque es lo que ves, lo que más escuchas.

Y a los doce años, mi tío Manolo, que era un aficionado a la música de esos heroicos, de los melenudos de tiempos de Franco, que se buscaba la vida para salir del pueblo e ir a Madrid a ver un concierto a un garito infecto, me enseñó su colección de discos de vinilo. Al principio lo que me gustaba eran las portadas, y yo le decía «pon ese», porque en la portada salía un bicho monstruoso y yo pensaba que el disco musicalmente tenía que ser como lo que se veía en la portada. El caso es que mi tío trabajaba en Amper y tenía un montón de cintas de contestador automático en casa, y un día me dio una caja con un montón de esas cintas grabadas. Y allí estaban Emerson, Lake and Palmer, estaba Jethro Tull, estaba Patti Smith, estaba Deep Purple. Yo, como sobrino obediente, me puse a escuchar. Y me explotó la cabeza.

El cambio fue muy radical: pasé de las canciones infantiles a escuchar cosas muy difíciles para un niño. Y de ahí ya empecé yo a hurgar en el glam o en el hard rock, aunque entonces no tenía dinero para comprar casi nada. Un día, en el instituto, me prestaron el disco Slide It In de Whitesnake, que fue el último que suena más a rock clásico, a hard rock, antes de volverse más metaleros. A mí David Coverdale siempre me ha parecido que tiene una voz muy potente y muy cálida a la vez, es una combinación muy curiosa. Y me enamoró. Y luego descubrí que la foto de David Coverdale en una carpeta hacía que ciertas chavalas miraran la carpeta. Así que era el pack completo, y decidí que iba a ser mi grupo favorito. Hasta ahora.

Siendo un reconocido fanático del rock duro y el heavy metal, ¿crees que tu ejemplo podría servir para desmontar, de una vez por todas, algunos clichés que hoy día siguen asociados a ese tipo de música?

Es que creo que hay ciertas cosas que te apelan a la víscera: te generan una reacción o no te generan ninguna reacción. Así que tampoco le voy a decir a la gente lo que tiene que sentir. También me gustan otros tipos de música. Me gusta el jazz, no siendo un experto en el tema. Por lo general lo que más me tira es el rock, en todas sus manifestaciones. Durante un tiempo estuve enamorado de System Of A Down, que me pareció que hacían cosas muy peculiares, muy raras. Ahora he descubierto a los Slaves, que es un grupo de punk, un dúo, que hace canciones de dos minutos y medio, y su música se siente, te genera una reacción. Con este grupo me entran ganas de bailar fuerte. En el terreno emocional es muy complicado llevar a la gente hacia algo que no van a sentir, que no van a compartir. Yo disfruto de la música en general, me gusta la música clásica, la instrumental, me gusta Kraftwerk, o me pongo un día a Sakamoto de ruido de fondo. La música ha sido una parte fundamental en mi vida.

De hecho, en tu programa doscientos pediste que te preguntaran sobre la historia del rock.

Sí, pero tampoco es que fuera un rollo reivindicativo. Dado que tenía la oportunidad de elegir tema en esa prueba del programa, pensé que sería bonito. Por suerte o por desgracia, tampoco hurgaron mucho, las preguntas eran accesibles, y pasamos un buen rato. Por ejemplo, cuando llegué al programa cien, el tema que elegí fue el cómic. A alguno le horripilaría que en un programa como Saber y ganar se hablara de cómics, pero no deja de ser un método de transmisión cultural perfectamente válido. La historia del rock, ¿por qué no?

Óscar Díaz para Jot Down 3

En 1992 fuiste uno de los fundadores de la editorial M+D, responsable de publicar en España los juegos de rol Far West (1993), Cyberpunk 2020 (1993), Mutant Chronicles (1994) o Kult (1994). ¿Cómo empezaste a interesarte por los juegos de rol?

En el instituto, durante una huelga de estudiantes. Un día que hacía frío y que no teníamos los ánimos tan reivindicativos nos quedamos en el bar, y allí nos pusimos a jugar con unos papelitos a una cosa rara que nos explicó un tipo que había allí. Era en la época mítica en la que en España solo había un juego de rol: el Dungeons & Dragons, publicado por Dalmau Carles Pla, que venía en una caja roja. Y aquello me maravilló. No sabía a qué me enfrentaba, pero me pareció una manera de contar una historia de forma colaborativa maravillosa.

Darío Pérez, un amigo del instituto, decidió ir más allá y se propuso hacer él mismo un juego de rol, el que luego fue Far West, y yo me comprometí a hacer el capítulo dedicado a los indios, porque me gustaba mucho la historia estadounidense, la conquista del Oeste. Pero el proyecto me encantó y me metí al final de lleno. Montamos la empresa entre cuatro: Darío, Gonzalo, Javier y yo. Pedimos un crédito a Banesto de un millón de pesetas ¡con un interés del dieciocho por ciento! [risas].

El caso es que el juego fue muy bien. Era muy marciano para la época, pues entonces casi todo era del género fantástico, y nosotros encontramos ahí un huequito muy extraño. Así que nos vinimos arriba: contactamos con algunas editoriales extranjeras para tratar de sacar aquí aquellos juegos que comprábamos en inglés, y conseguimos editar Cyberpunk, que se vendió de miedo, espectacular. Y claro, se nos empezó la cosa a ir de las manos, porque no éramos empresarios, no sabíamos nada de cuentas, ni de cálculos de costes…  

¿Sigues jugando?

No. Llevo muchos años sin jugar, y es algo que echo de menos. Las vidas se complican, se separan los grupos de juego: uno tiene un hijo, el otro está en paro, el otro está trabajando fuera. Sí que sigo engañando a Gonzalo, que es mi mejor amigo y lo tengo bastante cerca, con juegos de tablero o de mesa. Gonzalo sigue siendo mi compinche en esos escarceos lúdicos.

Has traducido a autores de culto de la ciencia ficción y la fantasía como Ramsey Campbell, Ellis Peters, Robert C. Wilson o Clemence Housman, así como los videojuegos Far Cry (2004), The Witcher (2007), Watch Dogs (2014) o Fallout 4 (2015). ¿Cuál es tu videojuego favorito?

Soy muy básico, y ahora mismo, con la avalancha de estímulos de la que hablábamos antes, juego muy poco. Trabajo más en ellos que juego. Como jugador soy un poco cutre: me gustan los de acción sencillitos, matar nazis en el Call Of Duty; los de coches de rally, tipo Colin McRae. Trabajo en la industria pero no soy un gamer. Esto alguno lo leerá y dirá: «Ostras, un tío que está traduciendo el Mass Effect y tal, que dice que no sabe…». Cierto es que no soy un jugador hardcore, pero eso no quiere decir que no me documente a la hora de traducir. Y sí que me interesan los mundos de los juegos.

En un juego tipo Mass Effect o Fallout hay millones de palabras detrás. Desde el momento en que creas el personaje, el jugador es soberano. Puede decidir ir por aquí o por allí, hacerse de esta facción o de otra, y todas esas opciones han de estar contempladas, con lo cual son muchas películas metidas en una película. Muchas potenciales películas. Es muy bonito, y muy divertido, pero también es un desafío a nivel técnico. Por ejemplo, en tal juego, aunque te puedas crear un personaje hombre o mujer, el texto tiene que ser neutro. No puedes meter carga de género en los sustantivos, tienes que rechazar fórmulas… En fin, no os voy a aburrir con dificultades propias del traductor. Ahora mismo la traducción de videojuegos es lo que más me da de comer. Echo de menos la traducción literaria, pero por desgracia está peor pagada. Y si metemos en la ecuación el esfuerzo que hay que dedicar a una novela, la balanza se descompensa bastante.

¿Y un libro de ciencia ficción favorito?

Pues es una gran pregunta a la que tengo que darle vueltas. Es el problema de tener gustos tan distraídos. Yo creo que el autor que más me llama la atención, por lo marciano, por tener un mundo muy suyo, es Philip K. Dick. Entonces, su libro señero es Ubik. Con Ubik me pasó lo que me pasa cuando descubres historias que nunca te las han contado así. Me pasó con Twin Peaks

[De repente, una pareja de mediana edad interrumpe la entrevista] Perdón, enhorabuena. ¿Vas a estar mucho rato por aquí? Es que queremos saludarte luego. Te sigo en el golf y en Saber y ganar

[Risas] ¡El pack completo! Sí, ahora nos vemos. ¡Gracias!

Ya tenemos dos lectores de la entrevista.

[Risas] ¿Por dónde iba? Ah, sí, que hay ciertas obras en las que descubres que eso no te lo han contado nunca así. Me pasó con Ubik, me pasó en su momento con Twin Peaks. Y me pasó también con Watchmen. En cuanto a forma, parece que utiliza los mismos elementos, pero te está contando otra cosa. Y eso te lleva a curiosear quién es ese señor que de repente te cuenta las historias de otra manera utilizando otros recursos, aunque con Philip K. Dick ya se sabe, todo es fruto de esa cabeza, que era tan rara y tan complicada, y así acabó el pobre, siendo además padre de muchas cosas que luego hemos visto en otros sitios, de forma más o menos reconocida u homenajeada.

Mójate y danos tu opinión sincera del Episodio VII.

Pues me ha gustado mucho, pero me he llevado hostias por decir esto. ¿Que es formulaica? Sin duda. No puede serlo más. Pero también es formulaica Jurassic World, y no por eso deja de ser disfrutable. Volviendo a Star Wars, no nos cuenta nada de particular, y efectivamente tiene una estructura calcada, donde este sustituye a este, y el otro al otro, y luego está el elemento nostálgico de volver a ver a Harrison Ford, y Chewbacca no tiene canas…

Bueno, pero salvando las distancias, Star Wars yo la vi de estreno, en el 77, con siete años, y es otra de esas cosas que te vuelan la cabeza. La sensación que me dejó entonces Star Wars de niño es irreproducible, y partiendo de la base de que jamás volveré a vivir lo mismo que aquella vez, con esta sí que creo haber avanzado bastante por ese camino. Me he descubierto otra vez ilusionado. Cosa que no me había ocurrido con la anterior trilogía, con la que me emocioné al principio, con la fanfarria de John Williams, y la cosa duró los dos primeros minutos… aunque defiendo las dos últimas películas. Pero el Episodio VII me ha gustado bastante, a pesar de haber leído críticas y reseñas más o menos sesudas, o al menos con mucha gracia, dándole mucha caña, y tienen razón.

¿E Interstellar? ¿También eres de los que piensan que es la película revelación de la ciencia ficción?

Yo es que con Nolan tengo una relación difícil. Porque hay cosas que me gustan, me entretienen y me divierten, y otras en las que me tira para atrás lo intenso que es el colega. Me pasa con cosas ligeras, como la última suya de Batman. Por ejemplo, prefiero Batman Begins a las dos siguientes. Origen sí me gustó.

Es muy Philip K. Dick.

Efectivamente. Mundos metidos en mundos. Quizás por eso me gustó. Pero con otras suyas, no he sido capaz.

Óscar Díaz para Jot Down 4

¿Cómo se conjuga todo este interés por el mundo friki con ser un ¡especialista en golf!?

Eso es muy raro, sí. Toda mi vida ha habido mezclas muy extrañas, y no en plan «gin-tonic con brócoli». También estuve, como el señor Almodóvar, trabajando diez años en Telefónica, mientras estaba metido en líos editoriales.

Lo del golf no tiene ninguna explicación lógica. No había nadie de mi entorno, ni del entorno de mi entorno que jugara al golf, ni sabía jugarlo, ni había tocado un palo de golf en mi vida. Sin embargo, lo veía en la tele y me quedaba hipnotizado. Con el tiempo me compré algún que otro libro, y descubrí que el golf tiene mucha historia. Es de los deportes con más historia. Tiene cinco siglos. Que si María Estuardo hizo esto, que si los Jacobos… y ya te lo llevas a otro terreno. Y con treinta años, a mi cuñado le regalaron un curso de iniciación, y un buen día nos apuntamos unos cuantos a ver qué era aquello, y así pasé de la parte teórica a la parte práctica.

Soy muy mal jugador, soy un paquete, pero sí descubrí que la coyuntura ha cambiado, que ya no es tan prohibitivo, por más que sigan existiendo clubes a los que resulta imposible acceder. Y con el paso del tiempo se me ocurrió juntarlo todo. Abrí un blog sobre golf pero para hablar de mil cosas: de cine, de cómics, de música… Teníamos al principio un resumen de prensa, mis artículos, y como siempre, se me volvió a ir de las manos, y terminó convirtiéndose, dentro del mundo pequeñito y endogámico del golf, en una referencia. Y a raíz de ahí surgió la colaboración con Canal + hasta el día de hoy, que tenemos un programa propio, un programa amable, cortito. Mi compañero Carlos Palomo además es una maravilla, hay mucha complicidad, así que nos lo pasamos muy bien haciéndolo.

Tu vida laboral resulta de lo más dispersa. ¿Es este hecho también un reflejo de tus inquietudes vitales o es que no terminas de encontrar tu ocupación ideal?

Yo creo que es un reflejo de cómo soy, para bien o para mal. Antes me dedicaba casi exclusivamente a traducir, y ganaba el mismo dinero que ahora, que tengo tres trabajos. Quizás sea también un reflejo del éxito que tenemos en Saber y ganar: hay gente que es superespecialista en un tema, que ha hecho un máster, que ha hecho una tesina sobre Andrea Camilleri, pero luego a lo mejor la tontería de la cultura pop no la manejan. Hay una frase que define muy bien a los concursantes de Saber y ganar, que me dijo Javi, un compañero del programa: «Somos un mar de conocimientos de dos milímetros de profundidad». Y es así.

Has demostrado ser un concursante de lo más versátil, mostrándote igual de solvente en cuestiones históricas y científicas, artísticas y deportivas. ¿Cuál dirías que es la materia o disciplina que más se te resistía en los programas?

Una de las bellezas de Saber y ganar es su carácter enciclopédico: un día te están preguntando sobre un saltador con pértiga y al día siguiente sobre Philip Roth. Es inabarcable. Cuando me preguntan si me preparo los programas, es que es imposible. ¿Por dónde empiezo? Entonces, ¿lagunas? Muchísimas. De música clásica, por ejemplo, me gustaría saber más. O a lo mejor de etapas concretas del cine, de ciertas tendencias en las que no he profundizado tanto.

En Saber y ganar priman las humanidades, con lo cual, si vas bien de historia, cine y literatura ya tienes mucho andado. Pero como mi formación ha sido muy caótica, porque me gustaban las letras pero terminé haciendo ciencias puras, y luego empecé estudiando Informática, pues en física, química y matemáticas también me manejo. De todas formas, yo creo que en Saber y ganar lo que se nos da muy bien es disimular que no sabemos mucho de ciertas cosas [risas].

Ahora que lo mencionas, ¿qué opinas de esa otra gran dicotomía de la educación: ciencias o letras?

No tiene mucho sentido. Hay materias más áridas que otras, y también puede ser una cuestión visceral, pero a mí me resulta igual de disfrutable un libro de mecánica cuántica que un libro de Montaigne. Pero reconozco que no es apto para todos los paladares, incluso por complejidades.

Cada uno ha ido por un camino y a lo mejor la base mínima de matemáticas o de física que se necesita no está al alcance de todo el mundo, y no digo que es por falta de capacidad sino simplemente porque no han ido por ese camino. La dicotomía es además injusta porque en Saber y ganar se priman las humanidades, lo cual es lógico, porque el espectador tiene también que participar en el programa, pero las ciencias en ocasiones quedan mal tratadas, ya que no siempre las preguntas que se formulan son precisas.

¿Y esa capacidad asombrosa que tienes para el cálculo mental es natural o es fruto de un concienzudo entrenamiento?

No hay preparación. Y supongo que la culpa la tienen nuestros profes en EGB, que no nos dejaban usar la calculadora. Es una habilidad además que yo he descubierto concursando, cuando empecé, en 2006. En casa estás acostumbrado a funcionar de otra manera, tomando la sopa y viendo Saber y ganar, y vas al ritmo del concursante. Así que hasta que no fui al programa no descubrí que se me daba tan bien, que era rápido con ello.

¿Utilizas reglas nemotécnicas, espacios visuales?

Es más eso último. Los números van apareciendo. También influye la memoria. Hay operaciones que si eres espectador habitual ves que se repiten. No es que sean muchas, pero el 196 entre 4 gusta. El 51 es entre 3. Ahora son más complicadas que al principio. Antes las operaciones eran más amables. Pero sí es cierto que se pueden detectar ciertas tendencias, y si las recuerdas, es como cualquier otra cosa, como recordar de quién es el disco Kind Of Blue.

¿Se puede vivir de los concursos en televisión?

No. Salvo que pegues un pelotazo en Pasapalabra.

¿Te veremos entonces en Pasapalabra?

Sí, si me vuelven a llamar, iré encantado. En Pasapalabra estuve hace no mucho con escasa fortuna. Y antes con Silvia Jato en el año 2000, que fue casi mi estreno en esto de los concursos. Digo casi porque la primera vez que aparecí en la televisión fue en un concurso llamado Toma nota, que presentaban Paloma Marín y Paco Arrojo en Telecinco, y en el que había que responder preguntas y cantar. Ni playback ni nada. Y palmé en la prueba musical, y eso que entonces era cantante de un grupo. Ese fue mi estreno.

Has batido el récord de puntos acumulados obtenidos por un concursante en Saber y ganar. Eso te convierte, de forma objetiva, en el mejor concursante de la historia del programa, que ya va camino de cumplir veinte años en antena. ¿Qué ha supuesto para ti participar en él?

El programa lo veía desde siempre, así que fui por curiosidad, para ver qué tal se me daba. Todos los que vamos allí somos espectadores. No voy a hablar de sublimaciones, pero el mero hecho de concursar fue un sueño cumplido. Y luego el conocer a Jordi Hurtado, el ver cómo se graba…

Aunque suena a tópico, el ambiente allí es fantástico, nos tratan muy bien. A lo mejor no es el programa más espléndido en cuanto a presupuesto, pero eso lo compensan con un trato, con un cariño, que no encuentras en programas más industriales. Recuerdo que cuando me eliminaron en 2006 fue como si me quitaran un juguete. Fue una reacción casi infantil, porque me lo estaba pasando de maravilla.

Hoy día Saber y ganar es casi un oasis dentro de la parrilla televisiva. ¿Cuál crees que es el secreto de su éxito? ¿España sería un país peor si no existiera Saber y ganar?

Sí, sin duda. Tampoco hay que ponerse muy místicos, porque la gente que hace cosas importantes de verdad no sale en Saber y ganar, pero como reflejo imperfecto de la sociedad, está muy bien que tenga ese éxito. Y creo que la clave del mismo es que todos los días se cuenta algo interesante. Y luego está la capacidad que tiene el programa de empatizar con los espectadores. A lo mejor un día están haciendo unas preguntas que no interesan nada a un determinado espectador, pero si el chaval que está concursando le cae bien, seguirá viéndolo. No siempre hay eliminados, lo cual favorece que la gente empatice con los que aguantan, y de esa forma nos colamos en la rutina diaria de mucha gente.

Para finalizar, no me resisto a preguntarte sobre Jordi Hurtado: ¿cuál es el secreto de su eterna juventud?

Pues no lo sé. Es un apasionado del chocolate, eso sí. Está muy sano, muy delgado. Tiene cincuenta y nueve tacos. ¿Dónde hay que firmar, por favor? Hay gente que piensa que su papel como presentador está algo estereotipado, que es una sonrisa, una serie de fórmulas, de muletillas. Pero al margen de eso, hay algo detrás. Hay mucho fondo. Y luego, lo gracioso es que él mismo se ríe del personaje que se ha creado, con el rollo de la inmortalidad y tal. Y se ha metido él en la dinámica: los memes suyos los guarda, y se los enseña luego a los amigos. Es un profesional como la copa de un pino.

Por cierto, que me acabo de acordar: antes te he dicho que El hombre bicentenario es de Bradbury, cuando es de Asimov. ¡Vaya forma de empezar la entrevista! ¡Eso son quinientos puntos menos!

Óscar Díaz para Jot Down

Fotografía: Ángel L. Fernández Recuero


Belleza artificial: defensa de Camilo Sesto

Camilo Sesto en una imagen promocional de Jesucristo Superestar, 1975. Imagen: Ariola.
Camilo Sesto en una imagen promocional de Jesucristo Superestar, 1975. Imagen: Ariola.

La carrera de Camilo Sesto, sus números uno, los millones de discos vendidos, la lista interminable de premios, su talento como compositor y cantante excepcional, todo eso ha quedado olvidado por un defecto de forma. Quizá «Vivir así es morir de amor» se salva de la quema, porque seguirá sonando en todas las fiestas, karaokes y Nocheviejas del mañana. Pero nunca ha sido cómodo demostrar admiración hacia Camilo Sesto. En los años de sus grandes éxitos, y cuando digo grandes éxitos estoy hablando de un estatus de estrella de la música que muy pocos han alcanzado y nadie volverá a alcanzar, la crítica y el público serio lo despreciaron, tachándolo de simple cantante para fans. Pocos se acordaron de sus comienzos como músico yeyé, cuando aún conservaba su apellido real, Blanes. Su debut en el cine fue con la comedia de Pedro Lazaga, Los chicos del Preu (1967), junto a Karina, otra de las estrellas de los años sesenta, en la cual interpretaba al hijo tarambana de José Luis López Vázquez, quien se desesperaba porque su primogénito en lugar de estudiar pasaba el tiempo «tocando la guitarra electrónica». En 1962 ya había sido el cantante de los Dayson, su primer grupo, formado en Alcoy, su ciudad natal. Inspirados por Bruno Lomas y los primeros Beatles, llegaron a Madrid a participar en los concursos de nuevos talentos, pero salvo un single apenas tuvieron repercusión. Tras dos años y varias actuaciones en discotecas de la periferia, los Dayson se disolvieron. Camilo se quedó en Madrid, sustituyendo una breve temporada a Daniel Velázquez como cantante de Cefe y los Gigantes, y poco después pasó por la última época de los Botines, cuando ficharon por Sonoplay.

Tras meses haciendo coros en innumerables singles, trabajando como músico de acompañamiento, incluso de gogó en las galas que organizaba Rosetta Arbex, Camilo debutó en solitario con el apellido Sexto y un desafortunado single, concebido por Juan Pardo como canción del verano, pero que salió en otoño. Habría que esperar al año 1972, cuando firmara con Ariola, el sello recién instalado en España, y deslumbrara al público con dos elepés, Algo de mí y después Solo un hombre, que lo consagraron como cantante pop definitivo, de look semejante al de Junior y rodeado de grandes músicos de sesión. «Algo de mí», la primera canción y el primer gran éxito, demostraba que Camilo ya no quería ser un cantante rock, ahora había diseñado perfectamente su estilo de canción melódica. Camilo demostraba sus dotes para las canciones ligeras y las baladas de gran intensidad, con influencias de la música disco, el soul y los ritmos mediterráneos. Sus canciones incluían reflexiones inéditas para la época sobre las relaciones amorosas. A partir de ese año, se sucederían los elepés, las canciones número uno y las giras multitudinarias. En una entrevista con Encarna Sánchez esta le preguntó por qué no se hacía llamar «Junior Segundo» por el parecido físico entre Junior y él. Camilo replicó que por qué no mejor «Camilo Sesto».

Eso es lo que ha hecho Camilo toda su vida, cantar y componer cientos de letras sobre el amor y sus circunstancias, sin pretensiones de autor profundo y sin miedo al ridículo. No solo para sus discos, sino para muchos otros artistas. Es uno de los autores más prolíficos del pop español. Le hemos escuchado haciendo spoken word, cantando en falsete agudo y desgañitándose como un rockero, incluso interpretando en inglés de manera impecable. La cantidad de confesiones íntimas pueden tumbar hasta al más sentimental, pero a diferencia de sus rivales directos, son canciones libres de afectación, sin forzar el tono, solo con la fuerza de una voz única. En los primeros setenta, su look mostraba detalles glam, pero a medida que pasaban los años, su imagen se hizo cada vez más sobria en el atuendo y peinado, siempre la media melena y el traje de vestir. Lo volvía muy raro en el carnaval de los ochenta, y no digamos en el astracán de los noventa. No se sabe cuándo el traje de chansonneir bohemio de Raphael se convirtió en una autoparodia, pero la pinta de Camilo Sesto es un anacronismo calculado, como salido de una orquesta de provincias, aunque sin llegar a la altura de la escuela de imitadores crecidos a su sombra y a la de Nino Bravo, de voces y peinados asombrosos.

A pesar de esta formalidad en el look y los gestos, seguía habiendo algo sin definir que lo volvía irresistible como personaje y artista. Además de estar todas las semanas en las listas de éxitos y los medios de comunicación, la vida privada de Camilo era una incógnita, siempre rodeada de preguntas y muy pocas respuestas, lo que generó rumores de todo tipo sobre su condición sexual y su comportamiento fuera de foco. La sociedad lo adoraba, pero no entendía por qué no se casaba o que fuera padre monoparental. Además, estaban los gestos de una estrella pop excéntrica: traslados de residencia a Estados Unidos, en lujosas mansiones de Hollywood y Miami, actuaciones en Disneylandia con cabalgata incluida, dúos con estrellas de la televisión norteamericana… Se ha perdido la cuenta de las veces que han anunciado su muerte, publicado enfermedades incurables y su implicación en sucesos, desde lo delictivo a lo paranormal. El artista siempre ha reaccionado con un humor poco frecuente en personajes de este tipo, mientras en los últimos años sus decisiones en lo musical le han llevado por el camino de la amargura. De todos los proyectos disparatados, nunca sabremos cómo hubiera sido un musical de Evita, con Camilo en el papel protagonista.

A pesar de ser un artista imprescindible en la historia de la música popular, no se le perdona a Camilo Sesto que se haya hecho la cirugía estética. Cada vez que el cantante y compositor hace una de sus apariciones, se desata una tormenta de burlas y chistes crueles, hasta el punto de expresar el «asco» y la «pena» que les produce su aspecto a los doctos comentaristas de las redes sociales. Pero este linchamiento inconsciente no lo hace solo el pueblo llano. Desde las tribunas más autorizadas se lo utiliza como materia para hacer reír.

Imagen: RTVE.
Imagen: RTVE.

Esta obcecación contra Camilo Sesto viene de lejos. En el 73, cuando iniciaba su primera gira por Sudamérica, varios elementos de la progresía emprendieron una campaña de desprestigio porque acudía al Festival Viña del Mar poco después del golpe de Estado de Pinochet, además de brindarle una tensa estancia en Santo Domingo, en donde se había celebrado un festival de la Nueva Canción. Contra el despectivo «Camilochet» con el que lo calificaban, Camilo hizo gala del apoliticismo común a todos los cantantes de su época, no sin antes recordarle a Víctor Manuel, uno de los instigadores, sus propios comienzos, alabando las bondades del general Franco en un disco —Un gran hombre, 1966—, cuyas copias se aseguró de destruir años después.

Las autoridades culturales siempre han desconfiado de Camilo Sesto, pero cuando el por entonces cuñado de un famoso entretenedor decidió convertirle en uno más de los objetos de chufla de su programa, empezó el divertido hundimiento de quien fuese la estrella pop más rutilante del país durante más de dos décadas. Muchos recordamos con tristeza a Camilo dando voces desde su casa de Miami, las chanzas a costa del asalto del que fue víctima en su casa de Madrid, o el enfrentamiento con los abogados de Andrew Lloyd Webber cuando presentó su versión alternativa del Fantasma de la Ópera, grabada a dúo con Isabel Patton. Nadie mejor que Camilo Sesto para esta historia excesiva y melodramática, igual que protagonizó (y financió) Jesucristo Superstar, el primer musical español, del que se cumplen cuarenta años en 2015. Un año entero de representaciones triunfales en el Teatro Alcalá, interrumpidas por las ovaciones del público y las amenazas de los Guerrilleros de Cristo Rey.

Algo está mal en la foto. No hay cura para el ensañamiento contra el que se sale de lo establecido, pero abusar de la ironía posmoderna empieza a tener un tinte macabro. El linchamiento contra el juguete roto y la actitud bronca contra aquello que no se entiende (y da miedo) siguen siendo universales. Llevar a una superestrella pop a la radio para hacerse unas risas a su costa y conseguir que la superestrella salga corriendo no es una anécdota de periodistas fuera de onda en la Transición que llamasen «peludos» a unos rockeros que venían a tocar, no, ha sucedido estos días en Madrid. Pero esto no solo es debido al peculiar humorismo español. Esta otra historia se dio en un entorno anglosajón, durante la gala de 1996 de los Brit Awards. Michael Jackson estaba en sus horas más bajas, después de las acusaciones de abuso infantil y los juicios, y mientras interpretaba «Earth Song» con un coro de niños, irrumpió en el escenario el cantante de un grupo indie para reventarle el número. Cantante cuya apariencia y pose pueden resultar a otros tanto o más desagradables que el difunto cantante norteamericano.

La ridiculización de la cultura popular, si alguna vez ha tenido algún fin —sé bien de qué hablo—, ya no sirve para nada. Hace mucho tiempo que falla en mostrar las costuras ideológicas de un sistema podrido. Ahora únicamente señala la miseria y el hastío de quienes la ejercen. Dicen que Camilo Sesto, por el hecho de haberse abandonado al extreme makeover, se ha convertido en un ser penoso, y siguiendo el razonamiento irónico, lo comparan con un cíborg con peluca caoba. No sé quién reparte los carnés de naturalidad, pero si hay algo que nos distingue, más allá de la dudosa capacidad de raciocinio, es nuestra condición de seres artificiales. Los resultados de la peluquería, depilación, tinte, cosméticos y gafas de moda, eso ya, son muy variables y dependen del capricho del observador. Que se lo digan a los que se presentan a ese concurso de televisión para cambiarse de imagen a manos unos supuestos expertos en transformaciones raras.

Y luego están las paradojas. A nadie se le ha ocurrido armar una crítica de la música ligera y las ideas que van implícitas sobre el amor romántico en estas canciones. Simplemente, linchan a Camilo Sesto por su aspecto y por no plegarse a la convención (no haberse casado nunca, ser padre monoparental, tener una imagen excéntrica, etc.) y mientras tanto asistimos a la mutación de Raphael de cantante popular en «artista total». Quizá una inexplicable omnipresencia en la televisión pública sea la causa, pero aparte de esto, los motivos son tan misteriosos como el milagro de la sangre de San Pantaleón. Ahí está el Niño de Linares, el cantante pop preferido del régimen franquista y de este también, adorado y respetado por todo el mundo como genial performer todoterreno, protagonista de especiales, conciertos indies y anuncios. Lejos quedó la época de las imitaciones por parte de todo el cuadro de cómicos patrio. Un referente, lo que se dice mundial, de nuestra Marca España. Por causas aún más desconocidas, Julio Iglesias se ha visto transformado del cantante melódico de éxito planetario que era en un ídolo premium. Ahora no solo es el protagonista de las revistas del corazón que ha hecho reír a varias generaciones con sus ocurrencias desde el Caribe, sino que aparece en memes que hacen las delicias del español medio y su smartphone. La prensa escribe artículos sobre su talento en alguna cosa, y lo que es más desconcertante, lo entrevista como voz autorizada acerca de los problemas de España. Que es como si a Mariano Rajoy, con todos mis respetos, le pidieran unas frases razonadas sobre el TTIP.

Esta es, efectivamente, la herencia recibida.


Julio Iglesias, el embajador universal

Fotografía: Cordon Press.

Desde niño, siempre he tenido la costumbre, quizá mala (buena no es), de fisgar entre los libros y discos de la gente nada más entrar en sus hogares. Se aprende mucho de sus criterios, aspiraciones y, a veces, algo sobre sus simpatías políticas. A pesar de tan sólido aprendizaje en encasillar a los demás por sus gustos o predilecciones culturales, cuando llegué a España durante mi año Erasmus no estaba preparado para la casi enfermiza politización de la cultura en todas sus manifestaciones. Si se encuentra un CD de Tom Jones y las memorias de Jackie Collins en las estanterías de una casa británica, es más probable que los propietarios sean partidarios de David Cameron que si tienen la novela homónima del tigre de Galas de Henry Fielding y un vinilo de Bob Dylan; aún así, la ciencia es menos exacta que, por poner unos ejemplos que vienen al caso, el tropiezo con los grandes éxitos de Julio Iglesias y la biografía de la reina Sofía en comparación con la última novela de Juan Goytisolo, y una grabación de Camarón de la Isla en directo.

No es una exageración afirmar que he podido fraguar una carrera a base de esta observación y su relación con idiosincrasias tanto mías como de los españoles que rayan en vicios. Hice mi tesis doctoral sobre la puesta en escena y recepción de los grandes dramaturgos del teatro áureo en la España contemporánea; una de mis conclusiones fue que la apropiación del Siglo de Oro por ciertos sectores de la derecha española ha tenido mucho que ver con el hecho de que hay más montajes de Shakespeare que de Calderón de la Barca, Lope de Vega y Tirso de Molina en su conjunto. Mientras el genio de Stratford se ve como popular en el buen sentido de la palabra, a sus homólogos españoles los tildan de populistas, un adjetivo que asume connotaciones mucho más negativas en España que en el Reino Unido; hay muchas explicaciones para este fenómeno, pero la apropiación de la cultura popular por parte de la dictadura franquista junto con la hegemonía de la doctrina marxista entre los intelectuales de oposición es clave. Por poner un ejemplo sobre la mesa, si nos fijamos en Reivindicación del conde don Julián (1970) de Juan Goytisolo, el polémico escritor despotrica contra lo que considera como el opio de las masas: tanto lo más rancio —ahora diríamos casposo— de la cultura nacional, entre lo cual figuran manifestaciones tan diversas como la exuberancia del barroco y los fans de Raphael, como lo que interpreta como una cutre invasión anglosajona a través de productos que van desde la Coca-Cola hasta los Rolling Stones. Se olvida muchas veces que la llegada de los Beatles a la España de 1965 —y la muy comentada posibilidad de que iban a rodar una película con Manuel Benítez, el Cordobés fue peor vista por la disidentes que por los fieles al régimen.

Un par de décadas más tarde, una colega mía coincidió con Goytisolo en una cena en un colegio de la Universidad de Cambridge; se quedó estupefacta ante la manera en que don Juan entabló la conversación con una curiosa pregunta retórica: «¿Qué piensas de la julioiglesiasificación del mundo?». Tampoco sabría contestar a tal interrogatorio: la superestrella siempre me ha dejado indiferente, pero no conviene ver los toros desde la barrera cuando la bifurcación entre los que quieren y los que odian a Iglesias es igual o mejor que muchas definiciones o explicaciones de «las dos Españas». Cuando se celebró un concierto en el Liceo en 2011, hubo ecos de antiguos y empedernidos conflictos de clase en el contraste entre la gente guapa dentro del auditorio burgués por antonomasia y los okupas de la plaza Catalunya en pleno fervor 15M.

Julio diría que la política platica con el cerebro y él canta para las almas; una afirmación de esta índole no solo da fe de sus raíces gallegas sino que también es buena prueba de la regla general de que el que se autoproclama como apolítico suele ser de derechas. De hecho, es el camaleón perfecto, un encantador maquiavélico del siglo XX. Recibió la primera oportunidad de salir a la palestra musical porque su padre, el celebrado ginecólogo Dr. Iglesias, tenía importantes amiguetes dentro del Movimiento Nacional, quienes tuvieron el poder para seleccionar a su hijo como candidato español para el Festival de Benidorm. Según el antiguo mayordomo, Antonio del Valle, Julio se trasladó a Miami entre otros factores porque no pudo aguantar el rumbo democrático que tomaba España después de la muerte de Franco; eso no evitó que el cantante diera un concierto de masas, subvencionado por el Estado, para coincidir con la celebración de la Copa Mundial en su país natal. El cantante ofreció varias galas en Sudáfrica durante el apartheid; a medida que fue mejorando su fama en los mercados occidentales y empeorando la imagen de la segregación racial se arrepintió y, en 1985, prometió que no volvería a actuar allí hasta que cambiara la política del país —como resultado, las Naciones Unidas le quitaron de una lista negra de cantantes que no acataban las sanciones que habían impuesto.

Eurovision 1970. Fotografía: Nationaal Archief (CC).

Aunque nunca le ha tocado el papel de mariachi luchador metido en un golpe de Estado —como hacía Enrique, el benjamín del matrimonio Iglesias-Preysler, junto con Antonio Banderas en Once Upon a Time in Mexico, película de Robert Rodríguez—, la música de Julio casi constituyó la banda sonora de las dictaduras militares para muchos latinoamericanos. Los trabajos de Katia Chornik, una investigadora de la Universidad de Manchester, han revelado que solían torturar a muchos presos políticos en Chile con la música del español puesta a tope; aunque sería injusto echarle la culpa por los gustos de los matones de Pinochet, tampoco se debe olvidar que disfrutó de un trato personal y privilegiado del régimen dictatorial, bajo cuyo amparo volvió una y otra vez. Julio no ha dejado de ofrecer galas en países represivos en pleno siglo XXI; incluso ha llegado a cantar en directo con la hija del dictador de Uzbekistán. Ahora que se ha apagado un poco su estrellato en el llamado primer mundo, se puede notar un fenómeno bastante consistente en sus giras: cuanto menor es el PIB del país y peor su historial de vulneración de los derechos humanos, más cuesta una entrada para un concierto de Julio Iglesias. Para explicar este fenómeno hace falta entender su valor como icono de la supuesta modernidad y sofisticación.

Mi primer encuentro con su música fue cuando encontré uno de sus discos en las estanterías de la casa de mi tía; cuando le pregunté quién era, ella me contestó: «El hombre con quien debí de haberme casado en vez de tu tío». Hasta hace más o menos diez años, no había cena en su casa sin aceitunas y un disco de Julio, ambos buques insignia de cierto espíritu aventurero y cosmopolita que a ella le parece que la separaba de la mayoría de mis parientes más paletos. Tanto Raphael como el teatro del Siglo de Oro disfrutan de renombre internacional dentro de ambientes muy dispares, pero el caso de nuestro cantante es distinto y único: se ha convertido en un símbolo universal. Julio Iglesias era la marca España antes de que se le ocurriera a nadie acuñar tal término. Le pagaron dieciocho millones de dólares por aparecer en una campaña de Coca-Cola; su álbum Momentos vendió más ejemplares que Thriller de Michael Jackson en Brasil y a partir de su primer concierto en Beijing en 1988, visto por más de cuatrocientos millones de televidentes, Julio —o 胡利奥·伊格莱西亚斯, en mandarín— se ha convertido en el artista extranjero con más ventas en China; ha actuado en recepciones oficiales para presidentes tan diversos como Reagan, Chirac y Clinton. Digan lo que digan sobre Coca-Cola, los chinos o la Casa Blanca, saben invertir bien el capital tanto económico como simbólico, y Julio se ha convertido en un blanco atractivo y lucrativo. Para bien o para mal, el exportero de Real Madrid es, junto con la revista Hola, lo más parecido a la Coca-Cola made in Spain. Pero, ojo, el hecho de que algo o alguien sea un símbolo universal no quiere decir que signifique lo mismo en todos los sitios; a los guiris, por ejemplo, siempre nos parece raro que a veces haga falta en los menús del día pagar un suplemento por un refresco: no entra en nuestra mentalidad que una cerveza o un vino puede ser más económico que una Coca-Cola.

Cuando anunciaron que iba a dar un par de conciertos en Londres para coincidir con la entrega de un galardón por ser el artista latino con más éxito de todos los tiempos, hice el peregrinaje al Royal Albert Hall no solo para ver al español más universal en su salsa sino para observar la variedad entre la homogeneidad, es decir a su(s) público(s). Arrancó con «Amor», una de las canciones más emblemáticas en español para el mercado anglosajón. El público, muy entregado desde el principio hasta el final, quería que todo fuese apoteósico pero resultó obvio que algo no iba bien a pesar del apoyo incondicional de los fieles seguidores: casi no pudimos ni oír ni ver al gran ídolo, quien se ha quedado cojo y afónico. En una reseña de The Daily Telegraph, Neil McCormick, uno de los críticos más importantes y respetados de Gran Bretaña, echó la culpa a la mala acústica de la sala y dedicó elogios a la actuación en sí. Mi impresión, sin embargo, fue que los desajustes de sonido se hicieron adrede —no había problemas durante el recital del telonero, el aún más casposo Carlos Núñez— en lo que se puede interpretar como un sorprendente acto de humildad por parte de la estrella. Dio la impresión de haber trabajado mucho por disimular sus limitaciones: la aparición continua de un par de bailarines de tango sirvió para distraer la atención de su falta de movilidad; mientras que el bajo volumen de su micrófono durante la mayoría de la actuación permitió que una intepretación de «Hey» pareciera poderosa a base no tanto de las cuerdas vocales sino por la amplificación, muy bien manejada por su equipo de sonido. Un inciso: una pregunta que me surgió con la abdicación del rey Juan Carlos fue qué habrá sido de Hey, el cachorro de león que Julio compró para sus majestades a principios de los años ochenta.

Como acto de protocolo, el concierto no tenía parangón: todos supimos y desempeñamos nuestros papeles a la perfección. La canción del cachorro fue un desahogo emocional antes de que el público se pusiera en pie para la recta final, de temas más animados; también dio la oportunidad para un despliegue de hombres de seguridad, quienes iban a ser necesarios cuando una mujer bien entrada en años intentó subir al escenario para abrazar a su latin lover. Constituyó una versión esperpéntica del famoso cameo que hizo para un especial del día San Valentín del programa norteamericano The Golden Girls. El celebrado efecto que Julio inspira en mujeres de cierta edad ha sido apuntado por The Guardian, que ha comentado que da miedo a cualquier hombre cuya mujer ha mirado en los ojos de un camarero italiano más de lo estrictamente necesario. Sería un escándalo entre sus lectores si hicieran un comentario parecido sobre un rapero africano, y es muy llamativo que el periódico más políticamente correcto del Reino Unido no tenga reparos en mezclar lo italiano con lo español, reproduciendo en vez de desmitificar la facilona sexualización de los cuerpos y voces latinos por los anglosajones. Es solo un ejemplo entre muchos —el ejemplo más emblemático sería The Minstral Show— de cómo lo exótico puede conceder cierto protagonismo, pero siempre conlleva el riesgo de convertir al exótico en un payaso pendiente de los caprichos del público que manda. No sé hasta qué punto es verdad pero dicen que el galán italiano Eros Ramazzotti ya maneja el inglés demasiado bien y tiene que asistir a clases de enunciación para seguir hablando con el acento foráneo que exigen sus admiradoras; Julio no dejó de dar juego con su deje inglés durante todo la actuación y, antes de una canción típicamente latina según él, prometió que todas las mujeres del público iban a quedar embarazadas después del concierto y eso a pesar del hecho de que más del setenta por ciento del público femenino ya había pasado la edad en que incluso el doctor Iglesias hubiera podido facilitar los, digamos, trámites necesarios.

Iglesias en el Royal Albert Hall el pasado mes de mayo. Fotografía: Cordon Press.

Si uno se fija en los comentarios y las críticas de sus conciertos en las páginas web de Ticketmaster, muchos se quejan de que Julio cante demasiados temas en español. Hasta cierto punto, el cantante debe ser consciente de este chovinismo anglosajón: pasó por alto algunos de sus grandes éxitos en castellano —«De niña a mujer», «Soy un truhán, soy un señor»— para ofrecer versiones bastante mediocres de canciones ya anodinas de George Michael o The Cars. No es casualidad que sea en Benidorm donde hay un auditorio nombrado en honor de Julio, junto con una estatua: como la ciudad, es un cóctel que compagina lo familiar con lo exótico, y hace hincapié en las diferencias, pero siempre dentro de un discurso universal mezclado con idiosincrasias locales. Así invita a Carlos Núñez, quien ya había insistido en el espíritu celta de sus gaitas, para que vuelva al escenario para hacer juntos «Un canto a Galicia»; y antes de cantar —o, mejor dicho, susurrar— su tema más famoso en Inglaterra, «To All the Girls I’ve Loved», presenta a un joven desconocido estadounidense, quien reemplaza a Willie Nelson, como un «yanqui» —una palabra que no he oído desde la última vez que vi una película de John Wayne.

Soy consciente de que quizás he dado la impresión de que el concierto fue una birria total; hasta cierto punto lo fue y, según la prensa, un gran porcentaje del público en su siguiente concierto en Dublín pidió, sin éxito, que el promotor les devolviera el dinero. Sin embargo, en ningún momento me aburrió. En primer lugar, me quedé fascinado por la gente que había a mi alrededor: dos chinos adinerados, unas chicas cursis de Valladolid y dos abuelitas inglesas. Pero, más que nada, me sorprendió lo que había de entrañable y patético en la figura de Julio: se nota que es adicto al escenario y, en contraste con Bob Dylan —quien es igual o peor de voz, pero da la impresión de que no le importa para nada—, parece que echa mano desesperadamente de todos los limitados recursos a su alcance para que el público se lo pase bomba. Más que nada me recordó al protagonista de la película The Wrestler (El luchador), y no acabo de decidir si el cantante es más o menos patético que el personaje de Mickey Rourke por ser un multimillonario. Quizás el momento más trágico llegó cuando alguien tiró una bandera española al escenario y le costó mucho esfuerzo recogerla; minutos después durante una absurda pero pegadiza interpretación de «Bacalao» (si nunca has visto el videoclip para esta canción, merece la pena echarle un ojo en YouTube), una ayudante le colgó otra más pequeña en la solapa. Se hubiera podido preparar y defender una tesis doctoral sobre las distintas connotaciones que conllevó la bandera nacional durante aquel acto. Curiosamente, en estos momentos, la sonrisa y movimientos de Julio, acartonados por la edad y el exceso de cirugía plástica, me trajeron a la mente las figuras de Micky Mouse o el Pato Donald que andan por la Puerta del Sol.

A nivel anecdótico y sociológico, la experiencia me ha venido de perlas para hacer reír a la gente tanto británica como española después de un par de cañas. Pero soy funcionario y el Estado paga mis nóminas: ¿se puede justificar como trabajo? Contestaría que sí, tanto en lo que respecta a la investigación como a la docencia; lo digo no solo porque he llegado a la conclusión de que no solo es la cultura popular digna de nuestro estudio y respeto, sino también porque me gustaría sugerir, y sin ningún afán iconoclasta, que, como intentaré demostrar a continuación, no supone una exageración afirmar que no se puede entender cabalmente la Transición a la democracia sin tener en mente figuras como Julio Iglesias.

Existe una relación muy estrecha entre la política y la cultura popular en España. Después de haber trabajado para Adolfo Suárez como asesor personal y acuñado el eslogan electoral «Contigo, yo puedo» —una frase que serviría igual de bien para el titulo de una canción de Julio Iglesias—, Alfredo Fraile se convirtió en el representante del cantante durante quince años. Su siguiente trabajo importante: ser asesor personal de Silvio Berlusconi. Mientras redacto estas hojas estoy metido en una investigación sobre cómo y por qué el Ministerio de Turismo e Información apoyó las actuaciones de Raphael en la antigua Unión Soviética en 1971 cuando se habían roto las relaciones diplomáticas entre los dos países décadas antes. Otro tema que me fascina es la posible existencia de documentación que daría constancia de las airadas acusaciones de que el régimen franquista ofreció sobornos para garantizar la victoria de Massiel sobre Cliff Richard en Eurovisión. Estos son solamente un botón de muestra de la importancia que concedieron altas figuras del Estado español a la apropiación de las estrellas y los acontecimientos masivos por lo que solemos llamar en inglés soft power, es decir el uso de productos culturales para cultivar las relaciones internacionales.

Marina Pérez de Arcos, una joven y muy prometedora doctorando de la Universidad de Oxford, está sacando ahora mismo importante material sobre las relaciones bilaterales entre España y los Estados Unidos durante los años ochenta. Dentro de este material, hay una serie de telegramas entre miembros del National Security Council sobre Manuel Fraga y su obsesión con conseguir una foto con Ronald Reagan en 1983 —así, la disponibilidad que Aznar demostró para perder la dignidad a cambio de aprovecharse de cada oportunidad por salir en los medios con George W. Bush tiene un antecedente.

Fraga y Reagan en 1985. Fotografía: RTVE.

Lo que los estadounidenses denominan «the Fraga Saga» es un auténtico sainete en el que el entonces líder de Alianza Popular queda muy mal parado; pero lo que más me llama la atención es que, en vez de solicitar la reunión a través de la Embajada española en los EE. UU. o la embajada americana en Madrid, emplea a Julio Iglesias como alcahuete. No cabe la menor duda de que el «Celestino» de la canción causó mejor impresión entre la flor y la nata de la sociedad estadounidense que el líder de la oposición; sus relaciones públicas también aseguraron que ganara a Camarón de la Isla, un competidor musical con mucho más talento pero mucha menos tenacidad o ambición. En una tertulia del club taurino de Londres —una organización que merece otro artículo— Roberto Elms, un locutor de la BBC, me contó cómo su amigo representó durante una época al gitano gaditano en los EE. UU. Organizó un concierto en el Radio City Music Hall en Nueva York con la esperanza de que su talento fuera de serie convencería a Quincy Jones —quien acababa de de producir Thriller— para que colaborara en su próximo disco. Al final de un concierto verdaderamente apoteósico, había una cola de gente que quería felicitarle. Camarón ya había saludado a Aretha Franklin cuando le tocó a Quincy Jones. En vez de darle la mano, soltó: «¿Quién es este moro?». El mismo año, la colaboración entre Diana Ross y un español más diplomático salió en todas las emisoras principales del país más poderoso del mundo.

Si a mí el año de Erasmus me supuso un gran número de choques culturales, es lógico suponer que funciona de una manera parecida para los que embarcan en el camino inverso. Entre las sorpresas que les espera a los españoles destinados a Leeds, imagino que entra el hecho de que van a estudiar a personajes como Julio Iglesias, Corín Tellado, Paquirri y Alaska; esto sería casi imposible en una universidad española. ¿Quién tiene razón? Si soy sincero, honestamente, no lo sé. Hice una carrera de Filología pura y dura en Oxford, y esto me ha facilitado los recursos tanto económicos como intelectuales que me permiten consultar no solo las confesiones del mayordomo de Julio Iglesias sino también las actas de las Jornadas del Teatro Clásico de Almagro cuando paso por la Biblioteca Nacional. Es decir, me parece más factible defender una tesis sobre Lope de Vega y después hacer investigaciones sobre Isabel Preysler que al revés; y esto es algo que la veneración de los llamados Cultural Studies —tan en boga en las universidades anglosajonas— no suele tomar en cuenta. En el peor de los casos, funciona como una enseñanza antidemocrática en la que un hereje consagrado reserva todo su conocimiento más ortodoxo para sí mismo, y se dedica a hablar con los alumnos sobre temas más guays como los reality shows que, en la mayoría de los casos, ya formarán parte de su vida cotidiana y de los cuales sabrán mucho más los chavales que el maestro.

Quiero que mis estudiantes sepan que «Quijote» no es solo una canción de Julio Iglesias sino también un personaje de Miguel de Cervantes. Bromas aparte, forma parte de mi vocación docente no solo exponer a mis estudiantes a la belleza del arte, entre comillas, culto, sino también facilitarles las herramientas para explorar la cultura popular desde una perspectiva crítica. No aspiro para nada a que dejen de escuchar música pop o ver películas de Hollywood por mis clases; lo que sí espero es ofrecerles una visión más global de la cultura que les deje elegir según sus propios criterios y ver que hay óperas buenas, malas y mediocres, como en el caso de las canciones melódicas. Incluso en el muy poco probable e hipotético caso de que la canción ligera sea mala en su totalidad, solamente podemos y debemos decirlo con conocimiento de causa; como constata el aforismo, tan añorado tanto por los marxistas como por los punkis, know your enemy, o sea, «conoce a tu enemigo». Por este razonamiento, me dan vergüenza ajena tanto los supuestos intelectuales que presumen de no tener una televisión en casa como los ignorantes de verdad que se burlan de cualquier cosa que se aparta un poco de lo corriente. En España, este fenómeno se exagera por el hecho de que la gran mayoría de los profesores y autodenominados intelectuales suelen infra y sobrevalorar la cultura popular nacional a la vez. Según ellos, la cultura de masas no es digna de la palabra cultura, pero a la vez funciona como un somnífero para casi la totalidad del país; para que fuera verdad eso, la gente tendría que ser mucho más tonta de lo que es. Este cuento ya viene de lejos: si lees los muchos ensayos y artículos sobre el fenómeno Raphael a principios de los setenta, la narrativa dominante es que su éxito es un síntoma de una combinación de la pobreza cultural del país y la pervivencia de un Estado autoritario; para bien o para mal, el niño de Linares sigue siendo aquel y, en una de estas contradicciones que parece inverosímiles, encabeza el cartel del festival indie Sonorama este verano en Aranda de Duero. Por un lado, este fichaje es el resultado del hecho de que, como Lope, Raphael es un verdadero monstruo de la naturaleza —tiene tablas de verdad, y sus conciertos no tienen nada que ver con los de Julio Iglesias— y, por otro lado, el pasotismo de la posmodernidad que ha dado pie al auge inexorable de la nostalgia. Yo estaré allí, entre otros motivos, porque me parece que acabar con el binomio culto/casposo es una de las grandes asignaturas pendientes, no solo de las humanidades dentro de la universidad española, sino también de la implementación de los valores democráticos en la sociedad en su conjunto.

Fotografías: Mayor’s Office, City of Boston (CC).

 Duncan Wheeler, doctor por la Universidad de Oxford, es profesor titular de la Universidad de Leeds y profesor invitado de la Universidad de California y de la Universidad Carlos III de Madrid.


Jordi Pérez Colomé: A la mierda con Karate Kid

large_karate_kid_

El protagonista de la película Karate Kid, Daniel, se muda a California y flirtea con una chica. El exnovio y unos amigos saben artes marciales, la toman con él y le dan una paliza. Daniel quiere defenderse y pretende aprender karate. Un vecino discreto, el señor Miyagi, acepta enseñarle. En unas semanas hay un torneo. Allí se enfrentará con sus rivales, alumnos aventajados en un gimnasio. Daniel gana porque Miyagi le ha convertido en cinturón negro en semanas.

Nadie se convierte en cinturón negro en semanas. Es una farsa. Y no es solo una película: Karate Kid es un hito. Fue una película ineludible para la generación X, la mía, nacidos en los setenta.

Sí que hay sin embargo una lección útil en las clases de Miyagi. Antes de empezar, el maestro pregunta a Daniel si está seguro de querer aprender karate: «Creo que sí», responde. Miyagi le contesta que así no:

Cuando caminas por la carretera, si por la izquierda, bien. Si por la derecha, bien. Si por el centro, te van a aplastar. En karate igual: lo haces o no lo haces. No hay «creo que sí».

Empiezan las lecciones. La primera es limpiar el coche. Es la frase más mítica de la película: «Dar cera, pulir cera» («wax on, wax off», en la versión original). Hay pocas frases de nivel «ET, mi casa». Esta es una. Karate Kid es más que una película. Es cultura popular.

*

Después de la  YY X, vino la Y. Son los Y —porque vienen después de los X— o millennials —porque crecieron en el cambio de siglo—. La definición de las generaciones es tramposa; nada cambia de repente. Pero algo hay.

El País publicó hace unos días un reportaje sobre estos millennials: se casan menos, tienen menos hipotecas, se fían más de los comentarios sobre productos en redes sociales. Nada que no sea normal en alguien que tiene entre dieciocho y treinta y tres años.

Pero el hecho de que hagan cosas distintas sí puede implicar que a la larga sean algo distintos. O quizá no. En septiembre, un joven español que vive en Londres, Benjamín Serra, publicó un post en Twitter y Facebook titulado: «Me llamo Benjamín Serra. Tengo dos carreras y un máster y limpio WCs». Lleva más de treinta y dos mil retuits.

Meses después, en enero, Serra salía aún en la cadena Ser y en la tele para hablar de su caso, que ha calado. Consiguió describir un problema con un magnífico eslogan. La novedad no es sobre todo el problema —todas las generaciones tienen dificultades— sino que su mensaje llegó lejos gracias a algo que existe hace poco.

*

El desprecio por Karate Kid lo tomo de David Wong, director de la web de humor Cracked. Wong es autor de uno de los posts más leídos en internet, con casi dieciocho millones de clics: «Seis duras verdades que te harán mejor persona». Se resumen en dos: «El mundo solo te valorará por lo que pueda sacar de ti» y «tu cerebro siempre encontrará excusas cuando tus limitaciones se hagan evidentes».

La sociedad espera algo de ti: que inventes el iPhone, que escribas Harry Potter, que marques goles, que conduzcas trenes, que mates enemigos, que arregles zapatos. Se te pagará en consecuencia. No solo eres eso, claro. Tu madre te quiere mucho, tu hijo te sonríe y a veces haces reír a algún amigo. Pero eso no sirve para encontrar trabajo.

Wong es generación X, pero Cracked es una web para la generación Y. Una generación no es mejor que la siguiente. Pero una o dos décadas de ventaja dan para más y nuestro paisaje es el más parecido por edad a los más jóvenes.

No se puede ser cinturón negro en unas semanas. Dos carreras y un máster hoy es cinturón amarillo-naranja. Los X ya lo hemos vivido y los Y aún sueñan. Una cosa es querer escribir una novela, otra es publicarla y ver las ventas. En la generación de nuestros padres ir a la universidad aún era negro, pero ya no. Ahora hay que seguir aprendiendo. Los millennials se enfrentan a un mundo difícil, con una crisis dura y distinta. Hay una buena noticia: mejorará. Hay una mala: el mundo siempre ha sido difícil.

*

Cuando la crisis amaine, la generación Y tendrá más oportunidades. En Estados Unidos la crisis nunca fue tan terrible para los más preparados. Marina Keegan fue a Yale y antes de salir ya la había fichado la revista New Yorker. Tenía una vida brillante por delante pero una noche su novio se durmió al volante y ella murió (él salió ileso, sus suegros le perdonaron y compartieron banco en el funeral de Marina). Una exprofesora de Keegan acaba de editar un libro con sus artículos. En uno que publicó en el New York Times habla sobre su generación y Wall Street.

Ya no es cool buscar explícitamente la riqueza. Nuestra generación heredó un tipo de odio empresarial de los años sesenta y setenta que disuade a la mayoría de estudiantes de escuelas como Harvard y Yale de trabajar en multinacionales tras la graduación.

Son frases que he oído antes. Luego cada cual hace su camino, si puede. También algo así, que escribió un alumno de dieciocho años en mis clases de redacción:

Whatsapp ha conseguido que nos sintamos cada vez más rodeados de gente y al mismo tiempo que estemos cada vez más solos. Esta es la paradoja de la era internet, y hasta que alguien no se vuelva loco y pare el carro, así va a ser el mundo de aquí en adelante.

No son los únicos jóvenes que quieren parar el mundo y volver al pasado, que es más seguro. En la generación de los nativos digitales hay de todo, como siempre. Las generaciones pasan junto a sus rasgos superficiales, la farsa de Karate Kid queda. Pero un buen trabajo será difícil de lograr, más en periodismo, que es la carrera más fácil.

El señor Miyagi hace milagros, pero no existe. Yo soy el primero en mi familia que va a la universidad. Mis abuelos no fueron ni al cole. Ellos trabajaron duro desde su niñez. Yo no. Es una suerte, pero hoy las expectativas están mal planteadas: «Antes de que me fuera mejor, había perdido las expectativas una vez y otra y otra y nada de lo que me había pasado en la vida me había preparado para eso. Nadie me había dicho cómo sería de duro», dice Wong. Nadie regala cinturones negros. Karate Kid, a la mierda.