Iván Ferreiro: «Cuando llegó la crisis del disco, las ratas fueron las primeras en abandonar el barco»

Fotografía: Lupe de la Vallina

Por primera vez en veinticuatro años de carrera ha conseguido llegar al número 1 de ventas con Casa, su nuevo disco. Lo que resulta extraño y paradójico: ¿por qué no antes?, ¿por qué ahora? Y es que este último trabajo es cien por cien Iván Ferreiro (Nigrán, 1970): el mismo talento de siempre y magníficas canciones que llegan como si nada a quien las escucha, o llegan como una sacudida —dependiendo del tema y del momento—, pero que se quedan dentro y te acompañan. Hablamos con él de las difíciles condiciones en las que escribió este disco, de lo que hoy en día significa ser una estrella, de su pasado en Los Piratas, de sus amigos, de su papel de padre, del Nobel a Dylan o de cómo a los cuarenta y cinco años consiguió por fin entenderse gracias al diagnóstico de un médico.

A finales de 2014 te ibas a tomar un año sabático, vuelves a casa y sale un nuevo disco, ¿qué pasó?

Llevaba mucho tiempo de gira. Mi hermano y yo teníamos la obsesión de no parar. Queríamos tocar todo el tiempo. Pero estaba muy cansado. Además tenía problemas familiares, estaba en una relación que se venía abajo y un montón de cosas más. Mi mánager, Warner y todos en general me dijeron: «Estaría de puta madre que pararas, que te dieras un respiro. A nosotros también nos vendría bien redefinir tu carrera y que la gente te echase de menos». Me fui a casa. Esperaba tener un año en pareja supertranquilo, dedicado a escribir… Pero se torció todo, me vi en otra situación y poco contento.

¿En qué sentido poco contento?

Los primeros fines de semana fueron muy duros. Acostumbrado a estar siempre por ahí, de repente el viernes me pillaba viendo la tele, haciendo zapping y encontrándome programas horribles [risas]. Me puse a escribir lo que yo llamo mis mierdas. Realmente vivo de mis mierdas, la gente suele creer que es ambrosía, pero en el fondo son mierdas. Fue un año bastante interesante porque cuando estás con un mal karma y no te encuentras bien acaban pasando cosas. Me separé, me caí de la bici, me rompí la clavícula y no podía tocar, se me estropeó el ordenador, el estudio se me llenó de mierda…

¿Literalmente lleno de mierda?

El día que llegué a mi estudio y me lo encontré lleno de aguas fecales fue la mayor metáfora sobre cómo estaba mi vida [risas]. No se inundó entero ni se me estropeó nada, pero había un olor terrible y un montón de agua. Se estropearon solo algunas alfombras, el parqué y ese tipo de cosas… Y me dije: «Hostia, esto es una metáfora». Algo bueno habría también. Lo bonito es que siempre estuvieron mis amigos y mi gente. Me pasaban cosas que a uno le darían ganas de echarse a llorar y de repente tenía a un colega junto a mí haciendo un chiste. El día que se me llenó el estudio de mierda estaba mi road manager, Manolón, que además es mi amigo; estaba Luis Antelo, uno de mis técnicos y también amigo; estaba mi amiga Lucía… Me vieron la cara y no me dejaron ni limpiarlo. Me he sentido muy cuidado.

Y te pusiste a escribir.

Empecé a escribir un disco sobre que te deja tu novia, que te va mal, que tu hijo pequeño tiene problemas… Aunque este año me ha servido para solucionarlos. Las cosas de los hijos joden siempre y duelen mogollón. Es un dolor que los que somos padres entendemos. Es muy difícil estar a gusto cuando tu hijo no está bien y no es que mi hijo estuviera fatal, ni enfermo, ni que tuviera un problema muy gordo, pero te hace replantearte las cosas y te deja muy tocado.

En el disco abordas todo esto desde el buen rollo.

Sí, joder, no quería que fuera ese disco de «le fue todo mal, se encerró en no sé dónde y afloraron sus emociones». Pensé que estaba tocando fondo, pero si tocaba fondo luego iría otra vez para arriba. Me puse a escribir a partir de ahí. Quería que el disco tuviera muchos planos: que hablara de mi parte sentimental pero también de la amistad, de la música que hago. Me puse como una hormiguita, con mucha calma y con un montón de amigos músicos que me iban trayendo ideas maravillosas.

Has hablado antes de redefinir tu carrera, ¿lo necesitabas?

Más que redefinir mi carrera creo que mi mánager y mi compañía necesitaban que dejara descansar a la gente. Tengo un punto hiperactivo que a veces les revienta todos los planes [risas]. Ellos lo vieron y yo ahora me doy cuenta de que fue una buena idea. También tiene que ver con la parte comercial. Si tocas mucho tu caché no sube, y cuando alguien te va a contratar dice: «Mira, no te voy a pagar más porque has tocado ochenta y cinco veces en doscientos kilómetros a la redonda».

Y a nivel artístico, sí me hacía falta replantearme los conciertos. Iba sin técnico de luces, me basaba en el instinto y en la energía… Me apetecía montar otra vez la banda, poner un músico más, preparar los arreglos… No diría que quisiera redefinirla, pero sí apuntalar ciertas cosas.

En el disco hay un par de incursiones o guiños a la electrónica.

Sí, en mi casa hago música electrónica cuando me aburro, la tengo siempre muy presente. En Piratas hubo una fase muy electrónica. En Piratas había mucha electrónica. Hay días en los que no tengo una canción que escribir o grabar, pero la electrónica me permite hacer música y tocar; lo hago solo para mí. No es algo que vaya a sacar un día, no son suficientemente buenas, pero me divierte.

¿Qué tipo de cosas haces?

Me gusta la electrónica de tocar botones y secuenciar más que la de tocar teclas. A mi hijo pequeño le encanta, nos ponemos los dos y empezamos a hacer ruido. No importa si está afinado o si el ritmo es raro. Tengo un aparatito, el Tenori: es blanco, cuadrado y tiene dieciséis botones. Das a los botoncitos y vas haciendo música con otro planteamiento. En este disco lo he metido mucho.

¿Te preocupa exponerte mucho en tus canciones al tratar temas tan íntimos?

Creo que tengo que exponerme de alguna manera pero busco mis códigos para no contar nada íntimo de verdad, o lo cuento de forma velada.

Muchas de tus letras se pueden interpretar de mil maneras.

Una canción funciona cuando tiene por lo menos dos sentidos: lo que crees que dice, y lo contrario de lo que crees que dice. Trabajo con eso todo el rato. Por un lado, tengo cierto pudor e intento esconder las cosas, y por otro, como soy yo el que maneja la letra, trato también de salir muy guapo y sacar lo mejor de mí, vestirme bien y enseñar lo que me gustaría que los demás vieran. Y si me voy a comportar como un imbécil en la canción quiero que quede claro que estoy siendo un imbécil. La canción es un sitio que te permite un juego enorme, ser un hijo de puta si me da la gana; puedo ser quien quiera.

Me llama mucho la atención que en el videoclip de «El pensamiento circular» vuelves a destrozarte a ti mismo, algo que ya hiciste en «Extrema pobreza» o «Fahrenheit 451». ¿A qué responde?

Me parece bastante gracioso. Hay mucho humor en mis canciones. En este caso iba a ser al revés: iba a empezar hecho mierda y terminar nuevo, pero hay que confiar en el realizador, y yo creo que Jesús, de NYSU, quería contar su propia historia. El videoclip no es mi obra, es de otro. Ese juego de que te revienten está muy bien y creo que funciona en la cabeza del oyente. También me sirve para engañar, para dirigir a la gente cuando en la letra estoy contando lo contrario. A veces me estoy regenerando en esa canción y el vídeo muestra lo contrario. En «Extrema pobreza» acababas reducido a polvo. La destrucción tiene que ver con construir cosas nuevas, es un tema muy manido en el mundo del arte [risas], romperlo todo para volver a construirlo. Yo lo hago muchas veces a nivel mental: destruir todas las cosas en las que creo, romperlas y dudar de ellas para saber si de verdad merecen la pena. Estos días, viendo el repertorio para el directo, tuve que revisar todos los discos. Curiosamente siempre trato de destrozar todo lo anterior y, sin embargo, todavía estoy muy de acuerdo con las canciones que escribía antes; leo las letras y me sigo viendo en ellas.

Habrá canciones de las que habrás acabado harto.

No muchas. Tengo la suerte de tener tanto repertorio que las elimino un tiempo y luego vuelvo a ellas. Por ejemplo, de «Turnedo» nunca me canso. Y si un día estoy un poco aburrido, la reacción de la gente me da un subidón que te cagas. «Turnedo» es una canción de mandar a la mierda a alguien y a veces no tengo ganas de mandar a la mierda a nadie, pero cantarla sienta bien.

El vídeo de «Fahrenheit 451» era una parodia del de «Bitter Sweet Symphony », de The Verve, en el que Richard Ashcroft sale de puta madre, nadie lo detiene, todos se apartan… A ti, en cambio, te apaleaban. ¿Había un afán en el vídeo por redefinir qué es una estrella del rock?

La estrella del rock ya no va a ir en limusina nunca más, por lo menos en España. Los ingleses, a lo mejor, sí pueden tener esa chulería, nosotros no. Probablemente Richard Ashcroft tenga más que pagada su casa con los tres o cuatro discos que sacó, pero yo llevo veinticinco años y sigo pagando la hipoteca. La idea de la estrella del rock me hace bastante gracia. A veces me siento una estrella cuando toco en un festival y tengo a doce mil personas cantando mi canción, pero a la hora de la verdad tengo que bajar la basura todos los días e ir yo a hacerme la compra. Y además me parece bien, esa situación hace que tengamos que escribir canciones todo el rato y no dormirnos nunca.

Es importante que lo tengamos claro, la gente a veces dice cosas sobre mí como si hablaran de otro. Piratas es un gran ejemplo. Ahora todo el mundo cree que era la hostia, pero nunca viví eso. Éramos un grupo al que no nos hacía caso casi nadie. Desaparecimos y todo el mundo empezó a hablar de grupo mítico de los noventa y del indie, cuando en el indie nunca nos aceptaron.

Tampoco erais indies.

La gran pregunta es: ¿qué coño es ser indie? Molaría que viniera alguien a explicarlo. Estamos entre todos definiendo qué es el indie y no tenemos ni puta idea. Para mí, el indie es el desarrollo del pop español que empezaron Alaska, Radio Futura y los grupos que cantaban en español.

A Piratas, como a otros grupos de los noventa, ni os pilló la Movida de los ochenta ni luego el rollo indie; os quedasteis en tierra de nadie. ¿Tienes esa sensación?

Mi sensación con Piratas es de estar todo el rato solos en un sitio. De hecho, es en mi carrera en solitario cuando empiezo a conocer a más gente y a sentirme acompañado. Pero Piratas, entre que éramos gallegos y estábamos muy lejos, y que unos consideraban que éramos un grupo mainstream facilón, otros que éramos demasiado raros, hacíamos muy pocos festivales. Y cuando íbamos nadie hablaba con nosotros. Había una soledad importante. También está el tema de que no existían las redes, no veías inmediatamente la respuesta a tus canciones como ahora. Para mí fue una sorpresa saber que había tanta gente escuchándonos en sus casas. No teníamos ni idea, y nos hubiera venido muy bien a nivel anímico.

En Madrid llenabais siempre La Riviera.

Los conciertos en La Riviera eran espectaculares, nuestra gran noche del año. Superemocionante. Pero también hubo un momento en el que sentimos que ni siquiera nos entendía muy bien nuestro público, y luego está el hecho de que la dinámica de los grupos es un poco idiota.

¿Por qué idiota?

Te haces ideas preconcebidas de lo que deberías ser, de lo que te gustaría que vieran los demás. Yo hace tiempo que no espero que me vean de ninguna manera, de ahí los vídeos en los que me destruyo. Hubo un momento en el que pensé: da igual cómo me vean, no puedo controlarlo, no tengo el suficiente talento para que vean exactamente lo que quiero, y creo que es más divertido. Antes me parecía frustrante, pero cuando empiezo en solitario descubro que me da igual y que no tener claro qué ven los demás me parece más excitante, más emocionante y da mucho más juego.

¿Es justo que casi haya desaparecido la clase media de la música y que solo existan Beyoncés o trabajadores con muchas dificultades para llegar a fin de mes?

No espero que la vida sea justa. La única parte que me duele, y lo digo bromeando, es la parte económica. Me gustaría ganar más dinero, igual que a todos, pero por lo demás es mucho más divertido ahora.

Explícamelo.

Estoy contento. Antes había un montón de gente que estudiaba Económicas o Empresariales y decidía meterse en la música para hacer un montón de dinero. Cuando llegó la crisis del disco, las ratas fueron las primeras en abandonar el barco. Por ejemplo de Warner, aquí donde estamos, se ha ido mucho capullo, aunque también se ha ido gente muy válida y maravillosa, pero creo que ahora todos los que están aman su trabajo y les gusta lo que están haciendo. A partir de esa crisis, todos valoramos cada disco y cada entrada que vendemos, y me parece que está muy bien. Se había perdido la perspectiva.

¿Hay ahora más libertad?

No creo que hoy obliguen a nadie a hacer un disco de una determinada manera. Antes creían que tenían una fórmula y que si hacías una canción así y te la ponían en una emisora concreta ganaríamos dinero todos. Poco a poco se fueron dando cuenta de que era mentira, no tenían ninguna fórmula mágica. Ahora los artistas somos más libres porque tenemos unos presupuestos mucho más cerrados y somos mucho más razonables con lo que estamos haciendo, como cualquier empresario del mundo.

Hay que saber cuánto vas a fabricar, cuánto te va a costar el disco y si merece la pena. No te puedes gastar dos millones si vas a vender seis mil copias. Si quieres hacer música, también tienes que querer venderla y llegar a los demás. Me encantaría ser millonario, pero creo que ahora trabajo de una forma mucho más sensata. Antes no dejaba que nadie opinara sobre mi música.

¿No dejabas que opinaran?

La gente con la que trabajaba estaba vendiendo discos de Miguel Bosé y Alejandro Sanz. No me interesa que alguien que va diciendo que el disco de Alejandro Sanz o el de Bosé es cojonudo, cuando a lo mejor no es un buen disco, diga que mi música es estupenda. No comentes nada de mi disco, cállate, porque estás vendiendo un tipo de música que no me gusta nada.

Dentro de una discográfica es inevitable. La gente que recibe el mensaje también lo filtra.

Sí, pero ahora estamos trabajando con gente que lleva muchos tipos de música y lo hace con mucha más sensatez. Todos tenemos claro que Jorge Drexler hace lo que quiere, que Fito hace lo que quiere y que Extremoduro hace lo que quiere; antes había una manipulación que no molaba nada. Aunque tú hicieras el disco, manipulaban a la hora de vendértelo. Ahora me siento más libre artísticamente, siempre lo he sido, pero les pregunto qué opinan. Y sé que nunca me van a decir que hace falta un tema bailable o que lo latino es lo que pega. No, ellos conocen mi carrera, me conocen y yo les escucho y les hago caso, porque sé que les gusta hacer discos.

Lo de la crisis de la música también afecta a otros aspectos. Creo que te apuntaste a Tinder.

Ya me borré [risas], pero hubo un momento en el que estaba soltero, vivo en una ciudad pequeña, no me gusta ligar en los bares… Y leí un artículo que desaconsejaba estar en Tinder si eras alguien popular, así que me apunté inmediatamente. También creo que hay mucho mito sobre Tinder. La mayoría de la gente no entiende que solo es un sitio para relacionarse, no una orgía continua ni nada parecido. Charlas con gente y cuando alguien te cae bien, quedas.

¿La gente se creía que eras tú?

Algunas sí y otras no. Había tías que se mosqueaban porque creían que era un impostor. Y yo no sé qué sentido tiene mentir sobre esto, si luego en la cita te van a ver y se va a descubrir. Además, puestos a mentir, mejor hacerse pasar por un tipo alto y guapo, y no por alguien feo y pequeño como yo [risas].

Decías que estas canciones están escritas desde una perspectiva positiva, pero muchas anteriores las hiciste desde la mala hostia. ¿Echas eso de menos? ¿Te ayudada a escribir?

Me ayudó en su momento, pero este año lo quise eliminar; ya vivimos en un sitio con demasiada mala hostia. Igual es por mi afán de llevar la contraria, pero, joder, hay mucha crispación. Tenemos la manía de decir que el ser humano es lo peor, que somos una mierda, que la gente es terrible. Y no lo creo. Conozco a mucha más gente maravillosa que a hijos de puta. Hacemos lo que podemos, tenemos un sistema que no funciona bien pero es que todavía lo estamos montando. La canción «Todas esas cosas buenas» iba a llamarse «Soy un mono y tengo miedo». Creo que es lo que somos: monos en camino de ser otra cosa, monos que saben que existen y no mucho más…

Tenemos una pequeña capacidad de entendimiento pero un desconocimiento absoluto del universo. Flotamos en el espacio sin tener ni puta idea de cómo hemos llegado hasta aquí y estamos cagados porque somos capaces de mirar al cielo y hacernos preguntas. Aún tenemos rasgos tribales y, en cuanto aparece una frontera, brotan esos rasgos. Y no me refiero solo a cosas como el Dáesh, pasa en cualquier ámbito: gente quemándose a muerte con los catalanes o con los andaluces, los de Vigo quemándose con los de A Coruña… Seguimos siendo monos, más inteligentes, pero no mucho más.

Algo hemos evolucionado.

Éramos bastante peores en la Edad Media, o hace cien años. Y eso no significa que no vivamos en una sociedad llena de cosas chungas, como el machismo. Hay gente que cree que el machismo está superado y oye, no; vivimos en una sociedad terriblemente machista, y no solo porque alguien pegue a su mujer. Cuando pasa una chica y la miramos como no miramos a un chico, cuando hablamos a una mujer como no lo hacemos a un hombre…

Tu interés por la ciencia ¿en qué se concreta?

Me interesa todo porque me hago preguntas. No me gusta mucho la literatura, creo que lleva redundando sobre los mismos temas desde el principio de los tiempos. Desde los griegos estamos hablando de lo mismo. Me interesa la ciencia y, en literatura, la ciencia ficción, porque es el lugar donde se está aplicando la filosofía, donde se está pensando sobre qué y quién tenemos que ser, dónde vamos a estar dentro de veinte siglos o de cien mil siglos.

Recomendaría a todo el mundo que viese la serie Cosmos, la de Carl Sagan, pero también la nueva. En el primer capítulo te explican el tiempo y hacen un calendario de un año: el 1 de enero sería el día de la formación del universo y el 31 de diciembre sería ahora. Entonces te das cuenta de que toda la historia del hombre transcurre en los últimos dos segundos de ese calendario.

¿Qué te parece el Nobel de Dylan?

Me parece genial. Y aún me parece mejor que no cogiera el teléfono, que tardara tanto en responder [risas].

Leí un artículo en el que la autora, Nidia García Hernández, decía que si tuviese que darle el Nobel a algún músico español te lo daría a ti.

Lo leí, lo leí.

¿Qué pensaste?

Me hizo mucha ilusión pensar que alguien me daría el Nobel, pero vamos, no me concedería el premio Nobel ni de coña.

¿Cogerías el teléfono?

Seguro. Y luego iría a por la pasta directamente [risas]. Puede que Dylan no necesite el dinero, pero yo sí.

¿Quién sería tu candidato?

Hay muchos. Dylan cambió la lógica de las letras y debía ser el primero en conseguirlo. Los Enemigos se lo merecerían, Santiago Auserón también, y Morrissey o Radiohead. Me gusta este tema del Nobel porque estoy bastante en contra de creer que los letristas somos poetas. Ser poeta es una cosa muy seria y escribir poesía es muy distinto a escribir letras. No obstante, me gusta pensar que, de alguna manera, estamos dentro de la literatura. Además, la música suele llegar mucho más lejos.

No tengo nada contra Camilo José Cela, pero Dylan ha llegado a mucha más gente. El músico de pop mete ideas en muchas más cabezas y tenemos un alcance mucho más potente.

¿Qué autores de ciencia ficción te interesan?

Leo todos los días. No controlaba mucho y estoy profundizando. Hubo una época en la que estaba con Philip K. Dick a muerte, me lo leí casi todo; también Asimov, Arthur C. Clarke… Los clásicos. Ahora mi preferido es China Miéville, me vuela la cabeza; acabo de conocer a Alastair Reynolds, leo a Poul Anderson, a Robert J. Sawyer, un escritor canadiense que me encanta. Voy de uno a otro. Me gusta toda la ciencia ficción y todos sus géneros.

Hablabas antes de la importancia que había tenido la amistad en ese año tan malo.

Este año ha sido el primero en el que me dejé cuidar. Cuando me caí de la bici y me rompí la clavícula no podía vestirme ni cocinar, y a las nueve de la mañana llegaban mis amigos: uno me ayudaba a ponerme la ropa, otro a organizar la cocina… He tenido discusiones con gente sobre qué es la amistad.

Mi forma de ser amigo no significa llamar por teléfono todos los días o salir a cenar todas las semanas. No funciono así y en algún momento alguien puso en duda que fuese amigo de mis amigos, pero para mí los amigos son una de las cosas más importantes del mundo y creo que nos definen mejor que nuestra pareja.

La pareja puede cambiar, los amigos son más estables.

Perder una pareja te toca el amor propio, pero la traición de un amigo te mueve los cimientos, te socava de una forma mucho más profunda. Yo además tengo un hermano que es mi amigo y es el que viaja conmigo, por lo tanto tengo una referencia muy potente de lo que es la amistad.

¿Has perdido amigos?

Pocos, pero ha sido muy doloroso. Y conste que ha habido veces que los he perdido y he dicho «a la mierda, no pasa nada». Es después de unos años cuando de repente me pesa que te cagas.

¿Tienes amigos músicos?

Sí. Leiva es uno de mis mejores amigos y uno de los que menos veo. También soy muy amigo de los Love of Lesbian, los Lori Meyers, la gente de Second, la de Dinero, los Sidonie… Soy muy amigo de Dani Martín, lo quiero muchísimo, con locura. Aunque tiene una carrera muy diferente a la mía, cuando hablamos aprendemos un montón de cosas el uno del otro. Admiro a Coque Malla desde hace años, él me dice que me quiere y yo lo quiero a él. Últimamente estamos acercándonos mucho más los músicos, sería absurdo que no fuéramos amigos, nadie se parece más a nosotros, ni va a tener los mismos problemas. Ahora mismo en los festivales es una gozada, una cosa que echaba de menos de los noventa. Me parece normal querer ser amigo de gente a la que admiras.

Ya no hay tanto divismo.

Es de puta madre. Por fin estamos ganando un poco de madurez. La misma que tienen los británicos. Recuerdo cuando en 2001 nos nominaron a los premios MTV, eran en Frankfurt. Lo que más me sorprendió fue ver lo bien que se llevaban todos. Está relacionado con que ellos tienen una industria muy fuerte. Veías a todos hablando con todos. Nadie le ponía mala cara a nadie. Me pareció increíble, en ese momento aquí nadie hablaba contigo. Llegabas a un festival, cada uno cerraba la puerta de su camerino y no quería saber nada. A veces incluso te acercabas a uno a decirle que te gustaba su grupo y te miraba como si fueras imbécil.

Trabajas con tu hermano Amaro, él tiene su carrera en solitario… ¿Cómo es vuestra relación?

Muy natural. Le llevo siete años, así que nos hemos ido uniendo con el tiempo. Cuando empezó a trabajar conmigo ya teníamos una relación muy buena. Tenemos una hermana, Elena, y los tres nos llevamos de maravilla. Nos cuidamos y nos gusta estar juntos. En el caso de Amaro, yo venía de Los Piratas, donde había una relación que estaba muy tocada a nivel personal entre todos los miembros, y de pronto tener el confort de un hermano es algo increíble.

Alguien que ha dormido en la misma habitación que tú desde pequeño, ha comido lo mismo… nunca hemos tenido ningún tipo de rivalidad. Cuando empecé a tocar con Amaro quería que fuésemos un grupo, fue él quien dijo que no, que era yo quien debía dar la cara. Es muy curioso, porque soy el hermano mayor pero creo que él muchas veces hace ese papel y se preocupa por mí. Habremos discutido tres veces en los últimos quince años.

¿Fue duro el paso a Iván Ferreiro?

No, fue un alivio. Venía muy tocada la cosa, era todo muy doloroso. Qué maravilla tocar, escribir y grabar con Amaro.

¿Mantienes relación con los miembros de Los Piratas?

Hay uno con el que no tengo ninguna gana de relacionarme. Con Fon Román me llevo muy bien, está en México y nos vemos todo lo que podemos, estamos acercándonos. El pobre Hal ya no está entre nosotros, y con Pablo tengo una relación cordial; ya no tenemos tanto que ver, pero hay cariño.

La muerte de Hal fue terrible.

Es una historia muy oscura. Se convierte en terrible cuando sale en los papeles. Estaba enfermo, tuvo un problema y no hizo nada. Hal era la persona más buena del mundo, pero al no poder solucionar una situación se enreda todo y acaba en un drama. Flipé bastante con cierta parte del periodismo.

¿Sensacionalista?

Yo estoy acostumbrado a tratar con gente como tú, hablamos de música. Nos necesitamos mutuamente y hay un respeto. Cuando pasó lo de Hal me iba al cine con mis hijos y me llamó por teléfono Fon; me dijo que me sentase, tenía que contarme una cosa. Me quedé temblando. Fue colgar y me llamó una periodista. Le respondí que no tenía nada que decir. Entonces la tía me picó diciendo que había malos tratos, cuando yo sabía que no los podía haber, conozco a Hal y conozco a su mujer. Le dije que él estaba enfermo, que no creía que le hubiera hecho daño a nadie y que no me mencionase porque no iba a contarle nada.

Al día siguiente vi que me mencionaban y que le daban más espacio a la parte chunga que a la verdad. Más tarde me llamó una compañera de esta chica explicándome que a ella le daba vergüenza lo ocurrido, que había mandado la noticia de una forma a Madrid pero se la cambiaron. No importa cuál es la verdad, solo quieren su puto titular. Juegan con el sufrimiento de una familia, y no estamos hablando de un político o un narcotraficante, hablamos de un chaval que tocaba la batería y tenía problemas, que tenía un hijo. Me dolió mucho.

«Abrázame». ¿Cómo se te ocurrió hacer una versión de un tema de Julio Iglesias?

Julio es el mejor. Teníamos una broma mi hermano y yo en esa época. Decían: «los que hacéis música lo hacéis para follar». Yo respondía que si todo lo que hacemos en esta vida es para reproducirnos, tal y como dicen algunos científicos, entonces el mejor es Julio iglesias. Ligarte a una chica de veinte años es relativamente fácil, lo difícil es ligarte a una señora de cincuenta y cinco años que ya tiene el culo pelado. Puede que no esté tan buena, pero es mucho más difícil. Y Julio lo consigue. Cuando hicimos esa versión mucha gente nos miró como si estuviéramos totalmente locos, pero no creo que ninguna banda británica tenga problema en hacer una versión de Tom Jones o un americano una versión de Johnny Cash. Aquí, sin embargo, seguimos teniéndolo en hacer algo de Miguel Ríos, Raphael o Julio Iglesias.

Has compuesto para Raphael y para Sergio Dalma, ¿cómo ha sido la experiencia?

Increíble. Una gozada. Para Sergio tenía ganas de escribir desde hace tiempo. Me gusta cómo canta y se lo curra en directo, es un estilo muy crudo y en mí hay algo de este tipo de cantante. Hago pop, pero incluyo esa parte dramática. Quería escribir para ellos y nadie me lo pedía. Debían de verme como un raro, o que les iba a decir que no. Hace un par de años, en México, me encontré a Sergio y antes de que le dijera nada me pidió una canción. La titulé «La ciencia», aunque al final se llamó «Si todo lo que siento se pudiera cantar». La de Raphael la escuché el otro día y es una maravilla.

Creo que es una de las mejores que he escrito, estoy muy orgulloso de ambos temas y me gustaría que me llamara mucha más gente. La de Sergio era una canción sobre por qué cantamos, por qué nos dedicamos a esto, y la de Raphael es vitalista, habla de seguir hacia adelante, y me pareció perfecta para alguien que tiene ya setenta años y esa energía.

Vigo tuvo su propia movida, ¿participaste?

Vigo es una ciudad muy pequeñita y nos conocemos todos. Cuando fue la explosión de la Movida yo era un adolescente con cara de niño, me pidieron el carné hasta los veintiséis años en las discotecas. Me costó, pero lo viví muy intensamente, con Siniestro Total y Golpes Bajos, que era mi banda preferida. De hecho tengo ahora a Pablo Novoa tocando en la mía, y ese es uno de mis grandes orgullos. Y Nico Pastoriza, que es uno de mis mejores amigos, era una parte muy activa de esa movida.

Los veía en el instituto y me gustaban esas bandas, me parecía increíble que esos grupos vivieran en la calle de al lado, pero en realidad lo que sé de la movida es lo que me cuentan mis amigos y ellos lo desmitifican. Todo se fue a tomar por culo cuando entraron las instituciones. Ahora mismo Vigo es una ciudad muy deprimida económicamente y es una pena; hay muchas bandas, mucha creatividad y es algo que se debería potenciar. Hay hip hop, soul, están los que hacen versiones de Metallica… hay de todo.

¿Te ves viviendo en otro sitio?

Vivo en Gondomar. Hago vida de pueblo, estoy en el campo. Voy a Vigo puntualmente, a hacer mis recados. Me veo viviendo en muchos sitios, pero tengo dos hijos y quiero vivir cerca de ellos. Vigo está tristona; vas a la calle del Príncipe, que es la zona comercial, y da la hostia de pena. Es una ciudad de trabajadores. Sin embargo vas a A Coruña, que tienen Inditex, y hay muchas más cosas. En Vigo estamos ahí, peleando, pero es una ciudad que vive del pescado, de los astilleros y de Citroën.

Vida rural.

Tengo mi casa en el monte. Es agradable, está la playa al lado, a veces pillo la bicicleta y me doy un paseo por un valle increíble que tenemos. Solo me quejo de mi conexión a internet, porque la fibra óptica aún no ha llegado.

¿«Años ochenta» era un himno contra la nostalgia?

Era una venganza para un cabrón que quería que escribiéramos un single. Cuando grabamos Ultrasónica nos dijeron que no nos sacaban el disco porque no tenía ningún single. Nos lo decía José Luis de la Peña, al que le tengo mucho cariño aunque parezca que no. Él venía del grupo Los Elegantes y quería un hit. Nos presionó hasta que hicimos «Años ochenta», que habla de él, de cómo querría volver a ser ese tipo que un día fue. Pensamos que íbamos a hacer hit pero también a putearle un poco [risas]. Durante mucho tiempo me dolió haberla compuesto, era la primera vez que hicimos algo por obligación. Un día en un festival la tocaron Amaral, y me reconcilié con ella. Ahora me encanta.

¿Cómo surgió «Mi matadero clandestino»?

Era una época muy cañera, escuchábamos mucho a los Smashing Pumpkins. La expresión es de El amor en los tiempos del cólera, de García Márquez; era el lugar donde el protagonista se follaba a su sobrina, lo llamaba su matadero clandestino. La letra habla de que estás con alguien, pero en el fondo estás haciéndole la avería todo el maldito rato. Había mucho de eso en aquella época, de escribir cosas que la persona que tenías al lado igual no se enteraba. Es la parte cruel de las canciones.

¿Te apetece hablar de política?

Sí, hablemos de política [risas]. Igual es que no entiendo la democracia, pero ¿por qué no les dejaron gobernar desde el principio? ¿No hubiera sido más fácil dejar que Rajoy fuera presidente y empezar a darle por culo ley por ley? ¿No hubiera sido más sensato? He de decir que admiro a Rajoy, no como político, pero realmente ha sido el más listo, les ha dado una lección de cómo se maneja esto. Ha gestionado mejor que ninguno.

Supongo que tenemos un problema con la izquierda muy grave, quizá la izquierda es más autocrítica, está más desunida. Nos hace falta ser más inteligentes. No hemos aprendido del pasado. Me decía mi hermano ayer que Franco también llegó al poder porque la izquierda se hizo la picha un lío y le permitieron llegar. Las peleas entre los republicanos terminaron dándole el espacio. Es una pena que fuéramos a las plazas e hiciéramos un movimiento tan bonito…

¿Participaste?

Me pilló de gira y participé en seis plazas: Madrid, Burgos, Murcia, Bilbao… Me pareció muy emocionante, pero nos lo hemos cargado. Me hace dudar de la eficacia de la democracia, eso me aterroriza. El brexit es el ejemplo más bestia. Igual no estamos entendiéndola bien y nos está separando en lugar de unirnos.

El que se queda inmóvil consigue lo que quiere y el que se moviliza, no. Siempre nos dijeron que era al revés: que había que participar, hablar…

No tengo ni idea de qué grado de poder tenemos eligiendo según qué cosas, cuando Europa y el mundo van hacia otro sitio. Supongo que hasta que no haya una democracia mundial…

Pero aquí volvemos a la ciencia ficción: el problema es que todavía somos monos y tenemos fronteras, seguimos siendo tribales.

¿«Ciudadano A» es la única canción política que has hecho?

La política tiene que ver con nuestra sensibilidad y con la parte más íntima de lo que somos. En este disco, «La otra mitad» es una canción muy política. Tenemos en muy alta estima nuestra opinión y realmente vale una puta mierda. En Facebook estamos todo el día opinando y no le importa a nadie. Y yo me incluyo. No me interesa la opinión de los demás y no espero que a los demás les importe la mía. Mi opinión es una entre cuarenta millones.

Estás menos activo en las redes sociales.

 

Twitter ha cambiado. Antes era divertido y ahora es un drama, un coñazo. No tengo ganas de pelearme con nadie. La última que tuve fue por culpa del doblaje, en la última de Star Wars faltan diálogos en español, hay un par de chistes que no están doblados. Hice una defensa de la versión original y me cayeron hostias de todos lados. Esto se supone que era un sitio en el que podías ser un poco irónico, pero hay días en que hago un chiste y para uno soy un fascista cabrón y para otro un rojo hijo de puta. A veces tengo la sensación de que la gente no sabe leer, es agotador.

El otro día leí un comentario que decía «Iván Ferreiro hace siempre la misma canción».

Mira, puedes meterme caña de muchas maneras, pero creo que mis discos son muy diferentes. También uno decía que solo canto canciones de otros. Oye, tienes internet para ver lo que he estado haciendo los últimos veinte años. Es algo tan gratuito… Ya no contesto, me cansa.

Tu papel de padre. Dices que no eres como los demás.

Nadie lo es. Es un tema que me atormentó mucho tiempo. Se supone que debes ser un padre que acompañe a su hijo al fútbol los sábados y decirle que es el mejor. Yo no creo en eso. Mi madre me dijo que no me agobiara, que cada uno es el padre que es.

Descubrimos hace poco que mi hijo pequeño tiene TDA, y que yo también lo tenía. Fue un descubrimiento maravilloso. Me salvó. Estaba harto de que me dijeran que era un mal padre. Todo dios tiene una puta opinión. De hecho, hay gente que dice que el TDA no existe. Hay que dejar de escuchar a los demás. Mi TDA me hacía sufrir a mí, y a mi hermano a veces también, cuando venía a componer y yo estaba a otra cosa. Ahora ya lo sé, y tengo una pastillita que ni siquiera me tomo todos los días.

¿Tan liberador fue el diagnóstico?

Siempre tenía la cabeza en otro sitio. Ahora sé que tengo un problema con mi atención y me digo a mí mismo: atiende. Si veo que no, me tomo mi pasti. Y con mi hijo fue increíble, porque pasé de verlo sufriendo a tener un hijo feliz. Quiero preservar su intimidad pero también creo que es importante hablar de estas cosas. Mi hijo lo pasó fatal en el último colegio que estuvo. Como yo. Mi médico me explicó que no me había dado cuenta porque tengo un trabajo que me encanta, y me preguntó qué hubiera sido de no haberme dedicado a la música. Me quedé pensando, y le respondí que probablemente el dealer de mi pueblo [risas], porque fui a la universidad pero no era capaz de estar delante de los libros. Me sentía imbécil y creo que no lo soy. El problema es que hay muchos niños que se creen tontos por no poder hacer lo mismo que sus compañeros, pero pueden hacer otras cosas. Tienen una cabeza que funciona de una forma distinta, no están enfermos.

¿Cómo descubriste que tenías TDA?

Estuvimos un tiempo con una psicóloga por el comportamiento del niño, y nos mandó a los dos al médico porque decía que teníamos TDA. Salí llorando de felicidad de ese médico. Pensaba: qué bien, no soy imbécil. Me lo explicó todo, y yo llevaba tiempo con un psiquiatra hablando de la relación con mi madre, de esto y de lo otro, preguntándome qué es lo que me pasaba. Un tipo me dio todas las soluciones en una hora: cuando tienes ese día de éxito tú no lo disfrutas porque estás pensando en lo que vas a hacer mañana; quieres ir siempre hacia el no, buscas el fracaso, y si sale bien, te sientes mal. Tenía un problema muy grande por la relación entre el aburrimiento y la depresión.

¿Eres depresivo?

No, pero si me aburría, creía que estaba deprimido. Y hubo un momento en el que no conseguía recordar las melodías. Llegaba mi hermano, tocaba un temazo increíble y yo no era capaz de recordarlo. No lo entendía, me agobiaba. Los amigos me traían un montón de ideas para las canciones y no les hacía ni caso, se iban y me sentía vacío y triste, culpable porque no había trabajado. Una mierda y un sufrimiento que te cagas. Pero fue entenderlo y ya está. El día que vienen a trabajar me tomo mi pastillita, un cuarto, y hoy por ejemplo he estado con vosotros todo el rato. Antes nadie se daba cuenta pero yo no estaba, pensaba en el siguiente paso. Era infernal.


Dani Martín: «El miedo me ha salvado la vida»

Fotografía: Lupe de la Vallina

Esta entrevista fue publicada originalmente en nuestra revista Jot Down Smart número 29.

Dani Martín (Madrid, 1977) ya no tiene mánager. Ni piercing en la ceja. Dice que no es un chulo, pero algo queda. Sobre todo, en el escenario. Ahí arriba sigue llenando estadios, cantando a voz en cuello con esa seducción macarra que, quiera o no, le caracteriza. Veintitrés años con los focos en la cara y el micro en la mano. Ocho en solitario, el resto como líder de El Canto del Loco. La lógica de las cosas dice que mucho ha cambiado desde que capitaneó la boy band española que forró las carpetas en los últimos noventa, dejando su impronta en el reinado de lo «canalla».

Aquí abajo, Dani es cada vez más lo que parece: un tipo con una inseguridad transparente. Solo bebe lo que le gusta, come menos de lo que quiere y ha dejado de intentar ser rockero. O parecerlo. Y lo dice todo así, como suena. Doblada la curva de los cuarenta años, lo de las poses se le hace bola. Los tatuajes, la presencia imponente, la pinta de mujeriego indomable fueron, una vez, reclamo de quinceañeras. Hoy dice que solo es fachada. «Coraza», lo llama él. Le gusta la palabra. Después de pronunciarla, todo lo que dice está libre de arrogancia y cuajado de algo que parece humildad pero es otra cosa: miedo. A no ser tomado en serio. A volver a sufrir la pérdida. A arruinarse otra vez. A que le timen de nuevo. A volverse gilipollas por llenar Las Ventas. A confirmar que eso a lo que tanto canta, existe, pero rara vez dura demasiado.

Dani ha sido siempre puro impulso, solo que ahora le ha puesto grilletes. Deja salir al granuja a ratos para que se airee. La mayor parte del tiempo es un hombre reposado, inquieto, al que le cuesta disfrutar del presente porque está pensando en lo siguiente. Que solo compone cuando está jodido y que posa de perfil en las fotos («salgo mucho más guapo») pero habla de frente. Con un cariño y reverencia casi animales: de sus padres, sus colegas, de otros músicos, incluso de los críticos musicales o los paparazzi. A lo largo de las horas, la idea que Dani tiene de Dani se va perfilando: «Cobarde», «imbécil», «gangoso», se escupe a sí mismo. Rechaza —además del gin-tonic— ser tomado por pijo o niño mimado de la industria. Habla de esfuerzo, no de dinero. Se presenta en la cafetería con el pelo de un azul pálido, vacilante. Se lo tiñó ayer él mismo y no sabe si le gusta.

«Me he pasado la vida intentando gustar», confiesa. Ahora ha renunciado. Y aun así, sigue gustando. Que no gustándose.

No te sientes cantante, ni compositor. ¿Qué etiqueta te ponemos, entonces?

A todo hay que ponerle un nombre y cuando compones canciones eres compositor. Utilizo la música porque tengo momentos en mi vida en los que estoy conmovido y necesito sacar eso por algún lado. El vehículo que me ayuda es la música y un papel, y a veces cojo una guitarra y simplemente le doy a grabar, es mi manera de componer. Lo hago porque estoy sufriendo, o porque estoy sensible…

¿Y porque estás feliz?

La euforia, a día de hoy, me cuesta más escribirla. Me sale mucho más cuando lo estoy pasando mal, que suele ser bastante a menudo porque soy muy sufridor. Mi amigo Nacho me decía el otro día: «Pero ¿por qué sufres tanto? ¿Cuál es el motivo? Explícamelo». Y no lo sé, tío. Soy muy autoexigente, muy heavy conmigo mismo, me pongo mucho encima y debería relajarme.

Cuando lanzaste el anterior disco dijiste que te habías pasado la vida tratando de gustar a todo el mundo, y que dabas por zanjada esa etapa. Salvo contigo mismo, por lo que dices.

Yo no me gusto mucho a mí mismo. Me doy bastante caña.

No es la imagen que proyectas.

A lo mejor en el escenario sí que me sale ese mensaje de «eh, me encanto, aquí estoy yo», pero luego soy un sufridor. No para que nos preocupemos, pero sí sufro con cosas a las que no debería darles tantas vueltas.

¿Cumples con el cliché ese de que «tú eres tu peor crítico»?

Bueno, a veces hay comentarios muy dolorosos. Pero he aprendido a valorarlos dependiendo de quién vengan. Por eso decía que gracias a la música consigo sacar las cosas que me pasan. Si mañana no me pasara nada, a lo mejor no sabría cantar algo que no ha pasado por la caja de mi sensibilidad. La euforia y la felicidad las tengo en el escenario o cuando estoy con cuatro colegas haciendo un viaje, como ahora que nos hemos ido a Chicago a ver a Green Day. O en parques de montañas rusas, que me encantan. Ahí sí siento euforia, me encanta sentirme como un niño de diez años que ha aprobado todo y le han regalado un viaje. Pero creo que me costaría mucho escribir una canción ahí, no sé de qué hablaría. Sin embargo, cuando estoy vulnerable o muy sensible me salen más cosas.

Cuando lanzaste Pequeño y empezaste en solitario, proclamabas la intención de acabar con esa imagen de tipo chulo, de tipo duro. ¿Crees que lo has conseguido?

No lo sé. La manera de protegerse de alguien tan sensible y tan vulnerable como yo es ponerse una fachada de «a ver si me van a hacer daño». Y a lo mejor en su momento me funcionó un montón, y en el escenario me sale ese toque de cosas que he visto a lo largo de mi vida que me han encantado. Desde Coque Malla a Mick Jagger, a Billie Joe Armstrong… Un montón de gente que tiene una manera de transmitir y de lanzar su discurso que pasa por decir «aquí estoy yo». Lo que ocurre es que a mí, creo, toda esa actitud siempre me ha nacido de un lugar simpático, aunque a mucha gente le haya chirriado.

¿Te da pudor escuchar algunos temas de El Canto del Loco como «Zapatillas» o «La madre de José»?

Teníamos veinticinco años. No te voy a engañar: me da pudor escuchar «Zapatillas» y «La madre de José» desde mi lugar de ahora. Son dos canciones de un momento muy concreto, que a la gente le encantaron pero que son canciones caducas. Sin embargo, hay otras como «Peter Pan» o «La suerte de mi vida» que siguen viniendo conmigo, las siento dentro de mi repertorio de hoy.

¿El público te pide que toques «Zapatillas»?

Te juro que no. Hace ocho años que decidí no tener la figura de un mánager, funciono del modo que me apetece. Y lo tengo muy claro: no me apetece hacer verbenas en verano. Gracias a las verbenas, probablemente, tenga una casa, un recorrido, he aprendido lo que es un escenario… y un largo etcétera. Gracias a eso también encontré a la gente con la que trabajo a día de hoy.

Ahora tocamos en los sitios en los que queremos tocar, y cuidamos todo al máximo. Desde la gente que va a entrar, la gente que está en la puerta para que trate bien a quien ha pagado una entrada, el escenario, la limpieza, mis técnicos, la manera de cobrar de todo el mundo… porque no solo es el dinero. También es el sitio en el que van a viajar, el sitio en el que van a dormir. Todo eso hace que las cosas funcionen como funcionan a día de hoy. Y eso sería imposible si existiera la figura de lo que yo he conocido como mánager —no quiero decir que todos sean igual—, que se resume en: «Gastemos poco, ganemos mucho». Nosotros llevamos a una persona que hace camerinos para ser felices.

¿Eso qué quiere decir?

Que si me vas a poner una tortilla de patata hazlo con amor o no me la pongas. Todo lo vocacional que puedas tener a tu alrededor es maravilloso. Si el jefe de producción lo es por vocación, va a ser el mejor, y yo voy a cantar mejor porque me voy a oír mejor. Si el backliner lo es por vocación, como Nitro y Piña, que les veo cantando cada canción, lo mismo. Gente que quiere estar haciendo lo que está haciendo. Se sienten involucrados en el proyecto. Este año hemos tenido vacaciones y hemos hecho cuarenta y tres galas; todo ha funcionado como un reloj suizo. Es como a mí me gusta currar.  

Que decidieras formar tú mismo la estructura tiene que ver con la experiencia que pasasteis en la época de El Canto con el que era vuestro representante, Tibu.

Sí, pasé la experiencia con una persona que hizo las cosas de una manera ilegal, la justicia lo demostró. Y es muy triste.

¿Cuánto te dañó?

Te daña mucho, pero nos quitaron dinero, no nos quitaron ilusión. La ilusión que tenía de sacar Pequeño no me la quitó. Y me robaron mucho dinero, ¿eh? Más de lo que pudimos demostrar, que es lo que salió en la sentencia. La realidad era otra mucho mayor.

No es la única vez que pasas por una situación económica delicada. Te has arruinado… ¿dos veces?

Sí, me he arruinado dos veces totalmente.

¿Esto es como la infidelidad, que la primera es culpa del otro pero la segunda es tuya?

[Risas] No sé, no sé. Ahora mucha gente me pregunta por qué soy tan desconfiado con lo que me proponen, y yo siempre contesto: «Porque vosotros me habéis enseñado a ser desconfiado». Y es cierto que con el tiempo ya no tanto. Con la gente de la que estoy rodeado y el discurso que hemos creado es muy difícil que haya una fisura por donde entre un agente externo a dar por el culo. Así que sí: me he arruinado dos veces económicamente. Económicamente.

¿Y no te quita las ganas ni por un momento?

No. No. ¿Sabes cuándo he querido dejar todo esto? Cuando he tenido diecisiete coches de paparazzis en la puerta de mi casa. Ese día sí que he dicho: «Uf. Yo quiero hacer canciones, no quiero salir en esas revistas». No sé por qué está tan amparado por la ley. Yo pongo la mejor de mis sonrisas y me he comido situaciones chungas. A veces he intentado darle la vuelta a lo que estaba sucediendo hablando con el paparazzi y diciéndole que no me interesa nada eso, aunque respete su trabajo. Así que te reconozco que eso sí que me ha hecho en algún momento pensar en dejarlo todo, porque soy una persona vulnerable y eso te da miedo. ¿Por qué hay un señor en la puerta de mi casa haciéndome fotos? ¡Si yo no quiero que se sepa nada de mi vida! Nunca he jugado a eso: no voy a estrenos de películas ni a estrenos de tiendas, ni entro en ese círculo de dineros y cosas. Que me parece de puta madre para el que lo haga, pero a mí me da mucho miedo, mucha cosilla.

Te dirán que «te va a en el sueldo».

Pues no sé si me va, pero me lo tomo a bien. Yo no estoy enfadado con este asunto.

Pero lo has estado.

No, no he estado enfadado: he estado asustado. Diciéndome «pero si yo soy el hijo de Manolo y de Carmen, que mi viejo trabaja aún con setenta y dos años», y no me siento identificado con alguien de la jet set. Que yo pudiera generar ese atractivo me ha hecho sentirme muy chiquitito. Pero, bueno, un día, sentado con mi padre, me dijo: «No le des tanta importancia porque no eres tan importante. Eres un puto llenapáginas». Y a partir de ahí me dije: «Hostia, es verdad». Si a mí hoy en día no me sigue nadie ya. ¿Cuándo me pueden sacar? Un día que vaya a una estación de tren, a un aeropuerto, o se encuentren conmigo. Pero sé que no soy un personaje atractivo para ellos, a no ser que mañana me enrollara con Catherine Zeta-Jones, que sería una noticia estupenda para ellos.

Y para ti.

Bueno, no. No me interesa. Prefiero conocer a una persona normal y corriente y que no tenga nada que ver con eso. No me mola el mundo de la exposición no elegida. Y encima te contestan: «Pero luego bien que os gusta que hagamos promoción». Sí, pero no vale todo. Al menos para mí. Aunque respeto mucho a lo que se dedique cada uno, solo espero que ellos me respeten a mí. Porque creo que con mis maneras, mis formas, siempre me he hecho respetar. Solo quiero hacer canciones, no quiero salir en revistas del corazón.

¿Podrías parar de hacer canciones?

No, no, y no. Me considero una persona inestable emocionalmente, con mucho remolino y mucho sufrimiento dentro. Eso me hace escribir. Creo que me va a costar mucho encontrar estabilidad en mi vida. Si te lo hubiera dicho con veintisiete años, me podrías haber dicho: «Bueno, ya conocerás a alguien, ya verás». Pero es que en febrero voy a hacer cuarenta y uno ya.

En las entrevistas siempre acabas sacando el tema de las parejas, ligado a la estabilidad. ¿Estás un poco obsesionado?

¿Con lo de encontrar el amor? Pues creo que ya no tanto. De hecho, no creo en el amor para toda la vida, ni me apetece tener hijos a día de hoy. Antes pensaba que sí. A lo mejor soy un egoísta, pero prefiero seguir haciendo canciones y seguir viajando cuando me dé la gana. Que mañana tengo cuatro días libres, pues me voy a Londres, que toca no sé quién. Me apetece mucho más eso que tener hijos.

No lo decía tanto por los hijos como por el tema pareja, enamoramiento, etc.

Creo que es muy difícil estar toda la vida con una misma persona. Creo que no somos lo suficientemente generosos, pacientes, autocríticos… Mis padres, que llevan cincuenta y seis años juntos, han sido muy generosos y muy pacientes. Sinceramente, creo que han aprendido a ser otra cosa que va más allá del amor, que están en ese punto de ser compañeros y amigos. Hay que aguantarse y dejar de hacer muchas cosas para llegar a eso. Mi pregunta es: ¿por qué y para qué? ¿Merece la pena? Seguramente, a mucha gente sí. Conozco gente que dice eso de «tengo novia» o «tengo novio» y a mí me parece que no están enamorados. Eso se nota.

¿En qué?

En que serías capaz de estar con otra persona, o desear a otra persona. Porque somos humanos.

¿Pero eso no son cosas diferentes?

Para mí el enamoramiento es una enajenación mental transitoria. Luego ya llega otra cosa, que a lo mejor es mucho más increíble que esa enajenación, pero yo nunca he llegado ahí. Creo. Creo que no me he atrevido. Soy un cobarde en el amor. Cuando llega ese día en el que la otra persona está al otro lado de la línea y te dice: «¡Venga, vamos!», y tú dices: «Ay». Y me cago.

¿De qué línea hablas?

De la línea de vámonos a vivir juntos, compremos una casa… No he hecho eso en mi puta vida. Y la verdad es que me da un miedo que me cago, es la verdad. En el fondo soy muy inseguro.

¿Cómo llevas que durante muchos años El Canto del Loco haya sido foco de bromas, convirtiéndose casi en un gag?

Creo que siempre, cuando a alguien le va muy bien, escuece. Y cuando eres muy joven, más todavía. Eres joven, te va bien, vendes muchas entradas y hay gente a la que le jode. No sé por qué razón.

¿Tiene algo que ver con el tipo de música que haces?

Nosotros, en El Canto, te juro que hacíamos lo que nos salía del corazón. No había nada premeditado.

Pero sabes que siempre sobrevoló esa idea de ser un producto fabricado para quinceañeras.

Sí, lo sé. Pero yo ahora me cuido más la camisa o el pantalón que me voy a poner de lo que lo hacía cuando estábamos en El Canto. Viajaba con una camiseta y salía a cantar con la misma camiseta. Con el paso del tiempo, y al ir evolucionando y avanzando y conociéndote, vas siendo más tú. Y con las vivencias y las cosas, ahora estoy más cerca de lo que realmente es mi verdadera personalidad y mi verdadero yo. Con El Canto era un chaval con una edad determinada que hacía cosas… Pero vamos, estoy superorgulloso de aquel momento de mi vida, me lo pasé que te cagas. Hicimos las canciones que quisimos…

Follasteis todo lo que quisisteis.

Follamos nosotros y las personas que follaron con nosotros, que también lo pasaron genial. Y fue divertido.

¿Qué clase de gente va a tus conciertos? ¿Siguen yendo las quinceañeras de entonces o hay un relevo?

Me sorprende mucho que hay muchísima gente joven. Y no se saben «Nada volverá a ser como antes» o «La suerte de mi vida», se saben las de ahora. Me gusta mirarlos y controlarlo todo. Cuando salgo, me encanta que el foco sea yo, y que estemos haciendo todo el rato lo que yo quiera. Me encanta el frontman que sale al escenario como si fuera la última canción. Salgo al escenario a conectar con la gente y a seducir. En eso consiste todo: en seducir a la gente.

¿Cómo fue subirte tú solo a un escenario, ese primer concierto tras disolver El Canto?

Fue muy raro. Porque me juzgué a mí mismo y me obligué a no hacer ninguno de los gestos que hacía con El Canto del Loco. Quería ser otra cosa. Intentaba cantar más, estar menos con el público y más con la canción… Así lo recuerdo. Como cualquier cambio en la vida. En ese primer día de tu nuevo trabajo te sientes observado y algo incómodo. Además, la primera banda que tuve tampoco era «mi banda». La de ahora sí, llevamos cinco años tocando juntos.

En la historia musical española reciente solo ha habido cuatro solistas que han superado el éxito que tuvieron con sus grupos. Calamaro, Iván Ferreiro…

Y Bunbury.

Y tú.

Y Leiva.

También. El punto es que no es lo habitual.

Nunca lo he pensado así, porque además no conozco el termómetro real para juzgar eso. Lo que sí que siento es que estoy haciendo mi carrera, que no he muerto después de ese gran éxito. Ahora estoy buscando, intentando encontrar mi camino desde hace ocho años, me apetece que mis discos suenen de una manera… Y sigo teniendo una conexión con el público cuando saco un disco o les digo que voy a hacer un concierto.

Y tienes las entradas vendidas desde el primer día.

Sí [se revuelve en la silla].

¿Lo dices con pudor?

No, no lo digo con vergüenza. Reconozco que hay momentos en mi carrera que son un supermegaéxito, que fue lo que le pasó a El Canto del Loco. ¡Hicimos tres noches Las Ventas! ¿Yo solo podía haber hecho dos noches Las Ventas? Seguramente. Pero ahora estoy en otro momento diferente y no me gusta compararme con ese superéxito. El momento que estoy viviendo es algo con lo que ni contaba, ni sabía que me iba a pasar. Con mi actitud, con mi manera de ser y de exigirme, me he fabricado una metáfora propia para explicármelo. En la vida, a casi todo el mundo nos pasa el tren y nos subimos. Hay gente que piensa que con ese tren ha tenido mucha suerte, y se sienta en el vagón y disfruta del paisaje. Hay otra que se va a la locomotora a echar carbón, y cuando tienen la chimenea llena, paran un rato y miran alrededor. Se secan el sudor y cuando ven bajar el carbón, vuelven a echar.

Esa es la gente que está conectada con su movida y con su historia. Y están todo el día buscando, mirando, intentando escribir, o hacen un viaje y ven otras culturas. Eso les mantiene todo el rato pensando, conectados. Dan una vuelta a todo, y otra, y otra. Para mí ese es el éxito, el caminito que yo estoy queriendo hacer, buscar. A veces me digo que soy un afortunado. Y sí, lo soy. Pero luego todos los días de mi vida riego con la manguerita, y corto las hojas secas a mi carrera. Intento decirme: «Por ahí no, eso es un atajo».

¿Cuáles son esos atajos en el mundo de la música?

Hay un montón. Si eres jurado de un programa de televisión te va a ver más gente y te va a dar la posibilidad de vender más discos, vender más entradas, llenar más sitios, ser más popular.

¿Te lo han ofrecido?

Sí, claro, y dije que no. La Voz me parece un formato de entretenimiento, pero para mí no es música. A mí me gusta la música, no me gusta ser presentador de un programa, ni decirle a un chaval: «Tú sí y tú no». ¿Por qué yo? ¡A lo mejor me lo dice él a mí!

Cuéntanos cómo fue esa oferta.

Fui a hablar con ellos, igual que hago cuando hay una marca que quiere patrocinar mi gira. No hay nadie mejor para contarles a los demás qué harías y qué no. Me senté con los de La Voz y les dije que no sería capaz de juzgar a nadie porque mi carrera no es lo suficientemente increíble como para decirle a un chaval si vocalmente vale o no. Si yo fuera Whitney Houston, Pavarotti o Plácido Domingo, a lo mejor. No me siento capacitado. Todo lo que suponía ese programa… me saldrían granos. Creo que La Voz sería un atajito maravilloso, venderíamos muchas más entradas y en muchos sitios podríamos meter a quince mil personas, no solo en Madrid. Pero me apetece hacer algo de largo recorrido: prefiero que vengan a verme mil ochocientas y que quieran estar viendo ese concierto.

En los conciertos has metido bastantes veces caña a los críticos musicales.

Te voy a contar una cosa sobre esto. Una vez, un crítico musical me dijo que había estado charlando con otro colega de profesión y se dijeron: «Joder, al Canto del Loco le dimos mucha caña». Y ahí me salió mi vena chula y le dije: «¿Sí? ¿En serio?». Él lo que me quería decir es que habían sido un poco injustos con nosotros, éramos una banda joven que estaba explorando, y nuestros sonidos no eran los mejores porque teníamos veinticinco años. Y seguramente a Tequila le pasó lo mismo, como a otras muchas bandas. Pero hacíamos lo que hacíamos con el corazón. Por eso me siento tan orgulloso.

Dices que con El Canto del Loco os faltó el asesoramiento de alguien que hubiera conducido más vuestra carrera hacia la madurez.

Había mucho más interés por ganar dinero con El Canto del Loco que por lo musical. El no habernos ido a América, por ejemplo, es una de mis espinas. Era más interesante ganar dinero aquí que invertirlo allí. Pero he aprendido un montón de cosas.

¿Te gustaría hacer más rock y menos pop, o crees que estás limitado? En alguna ocasión has dicho que «no llego al sonido rock porque no me sale».

Es así. Mira, vengo de Radio 3 de hacer un programa, yo solo, poniendo las quince canciones que me han acompañado toda mi vida. Yo, en mi prejuicio y en mi movida, miraba al técnico y tenía un pensamiento irracional, él debería estar pensando: «Joder, este tío escucha esto y luego vaya mierda de música que hace, ¿no?».

¿Pero qué has puesto?

Pues «Welcome to the Jungle» de los Guns, «Black Hole Sun» de Soundgarden, «El equilibrio es imposible» de los Piratas, «Guárdalo» de Los Ronaldos, «Buscando una luna» de Extremoduro… Un montón de cosas. Siempre he oído mucho rock: Metallica, Rosendo, Leño… pero luego cuando escribo y cuando compongo me sale lo que me sale.

¿Querías hacer rock o querías una vida de estrella de rock? Has dejado caer que envidias a esos rockeros con «una credibilidad de la hostia».

No, no, no. Estoy feliz en el momento en el que estoy y creo que la credibilidad es algo que no depende de mí. Me ha llevado un montón de tiempo asumirlo. Los prejuicios en nuestro país van por otra cosa: eres joven y te va bien, suenas mucho en la radio, eres agraciado, no te juntas con rockeros, no haces determinadas cosas, vas vestido de una determinada manera… Y luego también porque hay gente que toma demasiados atajos. Pero en mi presente, a día de hoy, no siento ese prejuicio. El otro día salí en el Festival Dcode a cantar con Iván Ferreiro y no sentí prejuicio alguno. Sentí amor, sentí un público emocionado.

Aunque no fueran a verte a ti.

No, no, claro que no. Ni en lo más remoto creo que nadie pensara que Iván Ferreiro dijera «Dani Martín» y apareciera yo.

O que cantaras con Joaquín Sabina.

Eso mismo. Y lo hice. En el Dcode salí pensando que me iban a tirar piedras, y no lo hicieron. Me tiraron una energía que flipas.

¿Te tiran bragas, como en los tiempos de El canto del Loco?

Hace mucho que no me tiran unas bragas [risas].

¿Lo dices con añoranza?

No, lo prefiero. Prefiero que vengan a escucharme a que me tiren bragas.

Cuenta Ozzy Osbourne en The End cómo a ellos también les estafaron un montón de dinero en sus inicios, como a otras muchas bandas. Pero a la vez lanza una reflexión cachonda: que menos mal que toda esa pasta no les llegó, porque probablemente estarían muertos. ¿Sientes algo parecido?

No. Ese dinero, no me gusta esa palabra, era mi esfuerzo. Me correspondía. La pena es que alguien va a la cárcel, pero tu esfuerzo no te lo devuelve nadie. Nadie devuelve la pasta aquí: ni en la música los mánagers, ni los que están robando a este país. ¿Qué cojones me interesa que un tipo vaya a la cárcel? Me parece un método antiguo. Que devuelvan lo que han robado, y si es dinero público, más. Aquí se declaran insolventes y a correr. O ponen la empresa a nombre de la mujer y del hijo, y a funcionar.

En muchas entrevistas metes cuñitas políticas, estás pidiendo a gritos hablar del tema.

Lo que no tengo es miedo a hablar de política. Forma parte de la vida, aunque para mí ahora es un negocio. Los políticos se han olvidado, desde hace mucho tiempo, de lo que es la ciudadanía. Estoy triste, estoy sorprendido, son movidas que ya no tienen nada que ver con el pueblo. Y lo de Cataluña del 1 de octubre, había un gran porcentaje de gente que no quería la independencia. Salieron a la calle dos millones y pico de personas por un hartazgo absoluto. Siempre pienso en el hijo del policía, el del político, el del independentista… Alguien del Estado debería pensar por qué hay dos millones de personas haciendo esto, cuál es el motivo real y qué estoy haciendo mal para que esto esté sucediendo. ¿Por qué el mundo está como está ahora mismo? ¿Por qué un tío desde una ventana se pone a matar gente en Las Vegas? ¿Qué pasa en este planeta? ¿Por qué hay tanta desigualdad, por qué somos tan malos vecinos? ¿Por qué hay una oposición en estado de pasotismo absoluto? ¿Por qué hay un partido en el Gobierno que está lleno de corrupción? ¿Qué cojones está pasando aquí?

Pues te devuelvo la pregunta.

No lo sé. Que estamos cabreados, pero llega la hora de votar y vuelve a salir el señor Mariano Rajoy. Yo no me siento representado por ninguna fuerza política. Y la alternativa que había, que ha sido Podemos, se ha basado en el error de los otros partidos. Tampoco he visto una propuesta muy real, ha sido todo el rato un «porque tú…». El resultado es que no veo a nadie preocupado por el pueblo, por la gestión, por los jóvenes, por la cultura, en la economía. Veo recortes y más recortes. Y creo que la gente está cansada, hay un sector muy apaleado que está hasta la polla.

Te van a decir que dices esto desde una posición privilegiada. Espero que tengas escudo antitroles.

Me considero una persona que trabaja, que respeta, que es un buen vecino, que paga a Hacienda, que paga a sus empleados con Seguridad Social… Así que creo que puedo decir lo que siento. Porque soy un currante. ¿Que tengo suerte? También. Pero trabajo y me curro las cosas, pago mi IVA, mi IRPF y mis historias. Intento vivir de la mejor manera, y me encantaría que todo el mundo pudiera hacer eso. Y creo que el más beneficiado, como soy yo, tiene que pagar más impuestos. Pues claro. Hay que pagarlos, y yo los pago.

Hay una cosa que no se conoce mucho, tu faceta de productor. Cómo ayudas a muchos músicos por los que ya pocos apostaban. Lo hiciste, por ejemplo, con Coque Malla.

Esto es una cosa que hago por mis amigos y ahí se queda. Ellos también me han ayudado mucho a mí. Y no voy contándolo, no quiero ninguna medalla.

¿Te han echado más manos que metido codos en tu carrera?

No me ha metido un codo nadie. Nunca. He cantado con Carlos Tarque, con Fito y Fitipaldis, con Iván Ferreiro, con Coque Malla, con Leiva, con Pereza, con Serrat, con Sabina, con Alejandro Sanz, con los Hombres G, con Sidonie, con Sidecars, con Ana Belén, con Raphael. ¿Dónde está el codo? Lo que hay es una unión de puta madre, sin etiquetas. Hay imágenes muy distorsionadas de lo que es el mundo de la música.

Iván Ferreiro nos contaba en su entrevista que ahora, en el panorama de la música española, reina otro ambiente. Que en el pasado todo se medía más por etiquetas, y ahora existe algo más parecido a una «hermandad».

Es cierto que de un par de años para acá hay mucha más hermandad. Y hay amistades muy auténticas.

¿Quiénes? ¿Todos esos cantantes, artistas que os juntáis en Zahara de los Atunes?

[Risas] ¿Cómo sabes eso? Sí, Zahara es un sitio mágico, y este año lo ha sido más. Tengo una casita ahí, y la gente que iba viniendo a tocar a Cádiz pasaba por casa. Hemos vivido noches de barbacoa, de música, de charlas… con Amaro, con Iván. Con Tarque y con Ricardo, Leiva… Hemos compartido mucho, y hemos compuesto también. Es un pueblecito precioso, especialmente en invierno, porque no hay nadie. Tiene las playas más bonitas que he visto en mi vida, se come que te cagas y la gente es increíble. Luego tienes una montaña que parece que estás en Cantabria, y una playa que parece que estás en el Caribe. Cuando giro Barbate y veo a la derecha el mar me cambia todo por dentro. Me da un buen rollo que te cagas.

Hace años, con El Canto del Loco tocasteis en las fiestas del PCE y aquello generó malestar entre ciertos sectores que consideraban que el festival se había «mercantilizado».

Recuerdo haber ido a los conciertos de las fiestas del PCE de pequeño, por eso nos hizo tanta ilusión que nos contrataran. Fiestas que iban más allá de la política. Si valoráramos lo comunista que era aquello veríamos que era en realidad un hartazgo de lo todo demás. En realidad, nadie era comunista, así con todas las letras. Era más un «esto es la alternativa al resto de mierda». Mi familia siempre ha sido de izquierdas, pero El Canto del Loco no tenía una ideología política.

¿Era un grupo para pijas?

Es una etiqueta. A los conciertos venían transportistas, pijos y auxiliares administrativos. Nunca me sentí identificado con esa etiqueta. David Broncano y Quequé también dijeron en un programa que éramos unos pijos [Se encoge de hombros]. Yo respeto.

Te duele.

Pues sí. Porque mis viejos son dos currantes que a partir de su curro han prosperado, no vengo de cuna. Ojalá hubiera venido de una familia de mucha pasta, pero no es la realidad. Lo que tengo, o lo que haya conseguido, ha sido con mucho esfuerzo. Pero somos muy envidiosos.

Leiva nos contó que hubo una época en la que se ganó muchos enemigos porque venía apadrinado por ti y por Summers. ¿Por qué?

Porque a lo mejor no éramos tan guays, tan cool

¿Tan indies?

No. Porque en aquella época el indie que conocíamos eran Radiohead y Los Planetas. No éramos guays, yo no era guay, simplemente.

¿Qué eras?

No tenía una pose, ni pertenecía a ningún movimiento musical. Pertenecía a lo mainstream, a lo que sonaba en Los 40 principales y a lo que vendía. Y para mucha gente eso es una mierda, lo he oído decir mucho: «Lo que suena en Los 40 principales es una mierda». Joder, tío. Qué generalización, ¿no?

¿No pasa lo mismo en otros ámbitos de la cultura? El best seller ha de ser malo por defecto.

Sí, es verdad. Hay mucho prejuicio con lo mainstream. A mí me encantan los Rolling Stones y los Beatles, las bandas más mainstream del mundo. Y también hay cosas indies que me flipan, también flamenco… El inteligente, el que es capaz de enriquecerse de las cosas, es aquel que se permite escuchar de todo.

Dicen que eres un gran melómano. Pero lo dicen con una coletilla delante, con un «no te lo creerás, pero…».

Sí, sí, lo sé. [Risas] El otro día en mi casa Carlos Tarque hizo un comentario muy gracioso: «¿En qué momento íbamos a pensar que Dani Martín iba a tener cuarenta años?». Qué cabrón. Pero, bueno, que eso que dicen es cierto: soy muy melómano y muy comprador de discos.

Acabas de grabar en Abbey Road. ¿Era un capricho?

Sí, un sueño. Está tal cual estaba en 1981. Es un lugar mágico con una energía increíble, con todos los aparatos originales. Hay unos compresores (en España solo tenemos uno), y cuando llegamos allí nos trajeron nueve en un carrito. Es un templo, una grabación para románticos. A mi madre le pones mi disco grabado en Abbey Road o el grabado donde el anterior y no lo va a notar. Pero yo sí lo noto. Es un gusto que me doy y un gusto que me apetece dar a la gente. Y tú le das a Carlos Raya o a Ricky Falkner esa grabación y sabe que está hecha con mucho mimo y con mucho amor. Luego habrá otro que, por el simple hecho de que esté grabado por Dani Martín, diga: «Eso es una mierda, una puta mierda. ¿De qué calidad hablas?». Pero dejo de pensar en eso, y pienso que es un disco hecho en un sitio donde han grabado los mejores músicos de este país.

Al principio no os dejaban entrar los de seguridad del estudio. ¿Era por las zapatillas? Perdón, teníamos que hacer la coña.

[Risas] Hay muchos turistas en la puerta que quieren pasar porque creen que es un museo. Y la primera semana, hasta que no te conocen, tardas en poder entrar haciéndote el flipado.

¿Qué decíais?

«We are recording here». [Risas] Eh, que también he cantado con Robbie Williams, una cosa que jamás me imaginé. Es un ser sensible a tope.

Has dicho varias veces que tienes una «enorme sensibilidad» tú también. ¿Cómo se sobrelleva eso?

Con una enorme coraza para no mostrarlo, para que no me hagan daño. Y desde hace tiempo permitiéndome mostrarlo más. Soy un sufridor, sí. Tooodo el rato. Tierno y sensible, pero también tengo mi parte de hombretón. Soy bastante primario. No llego a Torrente, pero tengo un lado muy borrico.

¿De eso forma parte el reconocer que te gusta que te manden privados chicas guapas, o reconocer que las sigues más en Twitter?

Sí, yo soy honesto. ¿Que las chicas guapas te manden privados es un halago o no? A lo mejor verbalizo demasiado las cosas, pero es así: me gusta que me manden mensajes chicas guapas, sí. Y prefiero decirlo o no hacer la entrevista. Y si me trolean, que me troleen: un abrazo para los troles, que a lo mejor es lo que necesitan, que les abracen más. Como a los que pegan porrazos y todo eso.

¿Eres el niño mimado de Sony?

Sé que lo dicen. Pero no. ¡El niño mimado de Sony es Sabina! [Risas]

Cuéntanos cómo fue esa llamada de Almodóvar.

Estaba en Los Ángeles y me llamó Luis San Narciso. Cogí un avión y me vine. Tal cual. Fue un halago que me llamara, aunque fuera para un papel muy pequeñito, pero me apeteció vivir esa experiencia. No era ni papelito: fue una secuencia. El regalo fue ver trabajar a Pedro Almodóvar, es como los grandes genios. Es un tipo que tiene claro todo; lo ha escrito, lo decora y lo dirige. Explica los movimientos al actor, y hasta casi la entonación. Es muy especial, como Sabina. Te sientas con él y no es igual que nadie: es Sabina. Te atrapa, te seduce. Para mí es más que un músico, es una persona que sabe transmitir cosas que sentimos todos y no sabemos describirlas. Y él sí.

¿Tu «Madrid, Madrid, Madrid» cuánto le debe al de Sabina?

Somos dos generaciones muy diferentes, pero Joaquín ha sido más gato que yo. Él ha sido y es más del centro, yo de la periferia. Me crie en Alalpardo, un pueblecito al lado de Algete. Pero mis padres tenían un negocio en Alcobendas, una tienda de fotocopias. Cuando acababa el cole pasaba todas las tardes ahí para no estar solo en casa. Hacía la tarea y luego jugaba al fútbol en el parque Murcia de Alcobendas. Ahora vivo en San Sebastián de Los Reyes. No soy un tipo de centro porque soy miedoso. Pasa mucha gente por el portal, y me da miedo que se sepa dónde vivo. Y seguramente a la gente se la suda, pero siempre he sido muy miedoso.

¿Por qué?

No lo sé. Tengo miedos y paranoias. Además, me gusta el campo y salir a correr. Prefiero tener aire.

¿Cómo se sobrevive a veintitrés años de éxitos sin que se te vaya la cabeza?

Teniendo miedo. Teniendo miedo a que no te vaya bien, a dejar de gustar a la gente, no creyéndote lo que te está pasando… Siendo inseguro. Colocándote en un lugar debajo de aquel en el que realmente estás. El miedo me ha salvado la vida. Pero no solo en esto, en todo. En no atreverme de más en determinadas cosas, en quedarme paralizado. Me ha salvado la vida.

¿Te la ha jodido también un poco?

Seguramente me he perdido un montón de cosas. Por ejemplo, cuando paró El Canto, empecé mi carrera y monté mi oficina, los que trabajaban conmigo me decían: «En Madrid hacemos el Palacio, ¿no?». Y yo les contestaba que estaban tarados. Habíamos hecho cinco conciertos llenándolo con El Canto, «¿Por qué no vas a hacer uno?», me decían. Y yo quería hacer el Arteria Coliseum, quería empezar por ahí. Eso es lo que me ha salvado: ser cauto. Sé que, en algún momento, en un giro que dé la vida, me voy a encontrar un fracaso.

¿Has tenido alguno?

Sí, joder, he perdido una hermana.

Eso no es un fracaso tuyo. Profesionalmente.

Es un fracaso personal muy grande. No ha dependido de mí, pero así lo siento. Pero, bueno, hasta ahora no me he encontrado ningún fracaso profesional, o al menos que yo llame fracaso. Hasta ahora no. Pero llegará, seguro que llega. Voy a poner las rejas, la alarma y lo demás para que no entren a robar; si luego entran, será porque tenían que entrar. Lo que pasa que tengo tan cerca de mí a las personas que me quieren de verdad, a mis padres, el lugar en el que estoy con mi gente… que me voy a sentir tan arropado y tan bien cuando ocurra que no va a cambiar nada.

¿Te vas preparando para el fracaso?

Todo el rato. Voy a ver la función del circo y me pongo a llorar porque en una hora y media va a acabar, en vez de disfrutarla. Soy así. No disfruto de las cosas, y es una putada. Me cuesta. Me cuesta, por ejemplo, estar en un acantilado sentado con tres colegas, y pasar una hora callado mirando al mar. Estoy siempre pensando en lo siguiente, en lo siguiente.

Eso lo tienes en común con Iván Ferreiro.

Sí, pero él tiene TDH. Yo no, aunque han dicho que lo tenía. ¡Está en libros y todo! A lo mejor si me hacen un diagnóstico sale, pero creo que no. Porque luego yo soy una persona de casa, de sentarme en el sofá y comerme tres temporadas seguidas de Breaking Bad. Con Iván me siento identificado en eso del «y después qué, y después qué», no estar disfrutando del momento. Ahora, que yo cuando no me interesa algo me desconecto. Y ahora estoy metido aquí porque me encanta, estoy interesado en esto. Pero hay entrevistas en las que me pongo a pensar en cualquier otra cosa.

La muerte de tu hermana te hizo atribuirte un papel que no te correspondía.

Lo que me pasó, viéndolo desde la distancia, es que agarré el rol «voy a salvar a mis padres para que estén bien». Yo también tenía pena, pero la guardé en una habitacioncita. Ellos me dieron una lección de vida que flipas: al día siguiente estaban trabajando los dos. Y al día siguiente, también. Y al siguiente. Entre los tres hemos conseguido que no nos sobrepasara la pena, algo que les pasa a tantas familias. He aprendido un montón de aquella situación, lo que me ocurre ahora es que me encantaría tener a mi hermana aquí. Que no me hubiera ayudado tanto a madurar esa situación. O a colocarme en un lugar diferente de aquel en el que estaba. Fue una lección, de mis padres y de la vida. Hace nueve años ya, ¿eh?

Dices que la terapia psicológica te ayudó mucho. ¿No persiste aún el miedo a reconocerlo?

Somos imperfectos y hay personas que nos enseñan cómo manejar nuestras herramientas. Y sí, creo que aún sigue asustando eso de «voy a ir al psicólogo», hay mucho tabú. Yo me siento superorgulloso de haber hecho la terapia que hice en su momento para vivir el duelo de mi hermana, y luego la que he hecho para colocar un montón de cosas mías que no sabía cómo colocarlas. Le cuento mis mierdas, mis miserias, mis errores a esa persona, y ella me da diferentes opciones. Así aprendes a caminar. Es maravilloso ir al psicólogo, yo he estado yendo hasta la semana antes de sacar mi último disco. Porque tenía todos los pensamientos irracionales más horrorosos que he tenido en mi vida: que mi carrera iba fatal, que iba a fracasar, que la gente no iba a querer escuchar mi disco, que me había pasado de moda, que la gente no me quería… Flipas.

Llegabas a pensar que…

No, no: lo llegaba a sentir. Eso entre otras muchas otras cosas.

¿No hay nada en tu trabajo que hagas solo porque lo necesitas? ¿Es la promoción lo peor?

Sí, pero también llega un momento en que decides qué tipo de promociones hacer y cuáles no. Hay gente que me pregunta si hago meet and greet antes de los conciertos, y sí, pero lo hago porque me gusta. Porque me apetece recibir a Laura y a Davinia de Málaga, o a otra gente que me lleva viniendo a ver dieciocho años. Que quieran pasar a saludarme me parece lo más bonito del mundo. Me encanta, no me molesta.

¿No hay nada que no te guste?

Hacerme fotos.

¿Y quieres volver a la interpretación?

No. No me apetece. Me encantaría si mañana me ofrecieran algo muy diferente a lo que he hecho. Desde que monté mi oficina se ha apoderado de mí una manera de hacer las cosas que hace muy difícil que yo pudiera funcionar con alguien escribiendo un guion y alguien dirigiéndome.

Si te vuelve a llamar Almodóvar…

¡Nos ha jodido! [Risas] Si me vuelve a llamar y me dice que tenemos que empezar el mes que viene a hacer una peli, seguramente le diría que no estoy preparado. Que estoy oxidado a nivel actoral. Tendría que prepararme el papel, trabajar durante bastante tiempo la colocación de la palabra, que es mi fallo de siempre como actor. He tenido un problema de dicción absoluto, también cantando. Hay mucha gente a la que le parece que es bonito que quede así mi gangosidad, pero es cierto que no vocalizo. Ahora ya más, pero al principio no vocalizaba nada cantando. Como actor era aún peor, no se me entendía nada. Así que tendría que trabajarlo bastante.

Le dirías «sí, pero dame un tiempo».

Bueno, a lo mejor me las estoy dando demasiado de listo…

No lo ponemos entonces, por si acaso nos lee Almodóvar.

No, ponlo, ponlo. Porque a lo mejor le resulta más atractivo así, más reto. «El poder del no» [Risas]. Y sobre la interpretación, hubo un día que de repente me dije: «O jodes o barres».

¿Y lo de componer para otros?

Es algo que surge muy esporádicamente. Si tengo una canción increíble prefiero quedármela yo a dársela a otro. En el disco actual sí llevo una canción que me escribió Leiva, estaba pasando un día jodido y hablamos. Al día siguiente me llamó y me dijo: «He hecho una canción que creo que habla de lo que me contaste ayer». Por eso la incluí.

¿Hay algo que no te atrevas a cantar?

Flamenco, porque me encanta y he crecido escuchándolo, mi padre es un gran flamenco. De pequeño he escuchado a Lole y Manuel, el Cabrero, el Agujetas, Camarón, Chocolate, Enrique Morente… Me encanta, pero creo que el flamenco viene de los testículos o de los ovarios. Tiene que nacer contigo, si no, es imposible. Yo te puedo cantar una rumba de Manzanita y nos partimos el ojete. Pero hacer algo más es casi profanar, así que es mejor respetar.

¿La música es caduca?

Hay mucha música que es muy caduca.

¿Crees que «un gran éxito conlleva una gran responsabilidad»?

En el éxito no. En lo humano. El aporte no siempre tiene que ser económico. A mí me apetece enseñarle a mi generación, y a la gente que viene a mis conciertos, que hay un montón de artistas en este país que tienen que conocer. Y llevo haciendo apología de ellos mucho tiempo: de Gabinete Caligari, de M Clan, de Ariel Rot, de los Ronaldos, de Sidonie, de Los Piratas… Esa es mi manera de ayudarnos y enriquecer la música española. Yo oigo todo tipo de música: me gusta Carlos Cano, Sidonie, Love of Lesbian y me puede gustar Conchita. ¿Y por qué cojones no puede ser así? Igual que de repente me puede gustar un párrafo de algo que diga un político de derechas, con eso no quiero ser políticamente correcto, todo lo contrario. He crecido oyendo Hombres G, pero también me gusta La Polla Records o Radiohead. Mucha gente se sorprendería de que haya crecido con Appetite for Destruction, y que tengo el vinilo con la portada original…

¿La fama o la popularidad te ha limitado a la hora de ir a conciertos?

No, ya no. Voy al fútbol los domingos con mi padre, tengo una popularidad bonita.

Llegaste a producir a otros grupos jóvenes como Sin Rumbo, pero no saliste muy bien parado.

Esa experiencia fue un tanto fea porque todavía estaba por en medio aquel señor, que no merece ni que le nombremos, y todavía quedaba su manera de funcionar.

En algún momento confesaste que tenías en la mesilla ese tipo de libros… autoayuda.

No, ya no. Es un timo, libro de aeropuerto. Prefiero ir al psicólogo que leer un libro de autoayuda. Me encantan las biografías, como a todos los músicos. Keith Richards, Mötley Crüe… Y, fuera de eso, Patria es el último que he leído. Es muy bonito y está contado muy fácil, aunque soy más cinéfilo y seriéfilo que de leer libros. Me encantan Ozark, Ray Donovan, Better Call Saul, Fargo y Shameless. Estas serían las series en las que me habría encantado actuar con veinte años.

Si tuvieras el poder de…

¿Un superpoder?

Vale.

Comer todo lo que quisiera sin engordar [Risas].

¿Hay músicos que te han mirado por encima del hombro?

Nunca lo he sentido. Creo que la única persona que ha hablado alguna vez mal de mí es Nacho Canut, pero yo contra él no tengo nada. De hecho, hay canciones de Fangoria que me flipan. Pero a él le jodía que saliéramos a Las Ventas y dijéramos: «Buenas noches, Madrid, viva la madre que os parió», o algo así. Con Olvido me llevo de puta madre, y él también me encanta. Pero, vamos, me parece genial; prefiero que lo digan a que finjan conmigo.

¿Estáis tan jodidos los músicos con el tema descargas?

Hay cosas ilegales y punto. Pero yo no soy juez ni policía.

¿Nunca te has bajado nada ilegalmente?

No. Ahora tengo streaming, pero antes me compraba también las películas y las series. El tema es el siguiente: si hubiera una tienda de barras de pan gratis iguales que las barras de pan que compramos todos los días y fuera legal como aparentemente parece, todos iríamos a por la barra de pan que no cuesta nada. Es ilegal de palabra, pero no está perseguido. Si entras en un concesionario y te llevas un coche, en una hora estarás en busca y captura. Pero te bajas toda mi discografía y no pasa nada, es algo aceptado. Luego está Spotify, que pagas nueve euros y tienes acceso a toda la música del mundo. Y genial, es el modelo que hay.

Luego está que los artistas y autores tengamos que luchar con las compañías de discos para que lo que nos devenguen anualmente por nuestros streamings sean una ruina o no. Esto lo estás haciendo por amor a tu profesión, pero también porque tienes que pagar el alquiler, ¿no? Pues yo igual. Lo que pasa que yo tengo menos derecho a quejarme porque vendo muchas entradas y no sé qué. Cuando das tu opinión sobre algo, si te va bien y tienes una solvencia económica por tu esfuerzo y trabajo, te dicen que te calles, que de qué hablas.

Aunque también te voy a decir otra cosa: a veces vivimos en un confort que nos hace estar menos pendientes de la SGAE, de las industrias… Porque vendemos tickets, porque nuestras canciones suenan en la radio… He vendido ochenta mil copias de mi disco en 2017. La primera semana de venta, el año pasado, fueron veinte mil personas a comprar el disco. Soy un afortunado, y lo único que puedo hacer es ayudar mucho, darle la mano a mi vecino y a mi compañero y quejarme poco. Ahora, también hay que hacerse autocrítica: pasamos mucho y tendríamos que estar más encima.

¿A qué cosas te refieres?

Al management, a la SGAE, a la industria… Deberíamos estar un poco más unidos entre nosotros, tener algo que nos ampare un poco más. Y que, por ejemplo, una entidad como la SGAE no se convierta en el coño de la Bernarda como se ha convertido. Que luego de cara a la galería, para todo el mundo, los que nos llevamos la mala imagen somos nosotros. Creo que hay cosas que hay que pagar y cosas que no.

¿Qué no hay que pagar?

Que por poner música en una peluquería o en un gimnasio tengas que pagar un canon a la SGAE. Eso me parece ridículo. Es absurdo. La SGAE lo que tiene que hacer es tener una contabilidad más transparente, algo que estuviera gestionado bien, que no hubiera tanta gente ahí dentro, parece una cooperativa.

Muchos músicos dicen con pesar que la única manera de ganarse la vida en este mundo es haciendo conciertos. ¿Es algo malo per se?

De la venta de discos, al final, tampoco saco mucho. Antes algo más, cuando vendías trescientos mil discos. Siempre he vivido de los conciertos. Siempre. Y es precioso. Vivo de la gente que viene a verme a un teatro y paga su entrada.


Fito Cabrales: «El éxito es grabar un disco cuando yo quiero, no antes»

Fotografía: Begoña Rivas

Iba para cura pero acabó como camarero en el burdel de su padre. Salió de allí gracias al rock. O gracias a Platero y tú, para ser más exactos, la banda que montó junto a otro tres chavales de su barrio. Luego se separaron y los fans aún siguen planteándose cuáles fueron los motivos, así como si volverán algún día o no. Le preguntamos por estos dos temas. También por sus veinte años con Fito y Fitipaldis, cómo vivió la llegada del gran éxito al mismo tiempo que su vida se desmoronaba, la política, la religión, su relación con las drogas… Y, por supuesto, el pánico que cogió al escenario al acabar su última gira y la crisis creativa que está pasando. Aunque viéndole nadie lo diría: Adolfo «Fito» Cabrales (Bilbao, 1966) sigue desprendiendo energía y buen rollo.

Cumples veinte años con Fitipaldis y lanzas Fitografía, una caja recopilatoria.

Estaba en casa intentando hacer canciones y no me salía ni una o, por lo menos, ninguna que me apasione. Me llamó Polako, mi mánager, y me dijo que habían pasado veinte años del primer disco de Fitipaldis, A puerta cerrada. Yo no lo sabía, pero tampoco le hice más caso. Pensé: joder, veinte años, qué bien, ya comemos un día [risas]. Hablé con Carlos Raya y me dijo lo mismo. Me propuso hacer una gira. Así sales del puto agujero, me dijo, que parece que das pena [risas]. La discográfica también empezó a pensar en celebrarlo con una caja para los fans, lo típico. El proyecto empezó a ilusionarme porque no se trata de un recopilatorio, de juntar las canciones, te doy mi gorra y la vendes en una caja. Hemos juntado también todas las colaboraciones que habíamos hecho. Salían más de treinta y hemos tenido que quitar porque eran demasiadas o por razones técnicas, o porque algunas bandas ya ni existían. Para mí esa es la parte más divertida. Se han implicado también muchos periodistas, músicos, y la caja ha cobrado sentido y he conseguido emocionarme lo suficiente.

¿Y te sientes orgulloso al ver todas esas canciones de estos veinte años o te pones en plan crítico?

Es difícil. Me resulta más fácil juzgar las canciones antiguas. En el último disco veo los fallos y me sigo planteando por qué lo hice así. En cambio, si hay un océano de tiempo, puedo escucharlo como si fuera de otro artista, ya no soy yo. Soy yo, claro, pero es como ver un álbum de fotos. Ya no siento la vergüencita de qué mal canto o cosas más técnicas, como por qué metimos este reverb o este ampli. La distancia me da el prisma adecuado. Pero yo creo que, en general, a nadie le gusta escucharse demasiado.

¿Tienes la sensación de que cantas mal?

No, yo no canto mal.

Lo acabas de decir…

Tengo claro que hay un abismo entre cantar bien y ser un excelente cantante, y yo no soy excelente cantante, yo defiendo mis canciones.

Excelentes cantantes hay mil y no le interesan a nadie.

No creo que cantar bien sea tener una voz prodigiosa. Mis cantantes preferidos no la tienen, aunque algunos sí. Cuando digo eso es por modestia, pero también quitándole valor a tener una gran voz. Para mí, un cantante excelente es Eric Clapton, que cada vez canta mejor, pero como toca la guitarra parece que nadie se da cuenta. A mí lo que me gustaría es cantar como Otis Redding, tocar la guitarra como Eric Gales y tener un flequillo precioso, pero sé que no puedo [risas].

Has incluido una canción de Platero.

Es que son veinte años con Fitipaldis pero treinta con Platero. Es una canción de Platero versionada por Fitipaldis.

¿Por qué «Entre dos mares» y no otra?

La discográfica me propuso que metiera un canción nueva y yo dije ¡noooooo! ¿Cómo vas a joder un cumpleaños celebrando el de otro? No puedo incluir un tema nuevo, eso es otro proyecto. Pero tratando de mediar, en vez de ponernos en plan tú eres Puigdemont y yo soy Rajoy [risas], pensé en hacer algo que nos gustara a todos, y se me ocurrió hacer la canción de Platero. Yo sin Platero no habría llegado aquí. Pues celebremos a Platero. Pero imagínate cuando eso se lo cuentas a la gente y todo el mundo se pone a opinar: tienes que hacer esta, la mejor de Platero es la otra… Horrible. Ahí, democracia, cero [risas]. Dejadme en paz porque tengo ahora que revisarlo todo y menudo curro. Había varias candidatas, pero muchas no podía. Yo no me veo cantando ahora «Rompe los cristales» por la letra. Mañana cumplo cincuenta y un años. En cambio, otras sí, como esta, que tiene más de veinte años, pero lo que dice es lo que pasa ahora. Me resultaba muy cómodo.

Las colaboraciones en la música, ¿cómo funcionan?, ¿las propone el artista o se las marca la discográfica? En tu caso hay algunas muy lógicas: Extremoduro, El drogas… Pero otras, como Rosana o Pedro Guerra, parecen más lejos de lo que haces.

En la música parece que todos estamos alejados, pero España es un país en el que todos nos conocemos de muchos años y muchas giras. Esto no es yo soy de Alabama y tú de Nueva York. Aquí ves a todos en Burgos. España es muy pequeña, haces giras y te ves, te controlas, admiras a los demás. Los músicos admiramos mucho a los demás por temas artísticos o personales, y cuando se juntan ambas cosas es genial, no hay dudas. ¿Quieres hacer una canción conmigo? Sí, joder, vamos a jugar a dobles. Y a veces también pasa lo que dices tú y la discográfica te cuenta que no sé quién quiere que cantes en su disco, y tú no lo conoces. En mi caso siempre lo decide todo la canción. Si tú me presentas un tema y me gusta, lo quiero cantar. Aunque hay veces que estás más receptivo y otras te parece un exceso de trabajo.

Supongo que habrás dicho no a muchísima gente.

Pues sí, hace poco le tuve que decir no a Vito, de Sínkope, y a Rulo, y no por razones personales, porque en cuanto empiece la gira voy a llamar a Rulo para que cante conmigo, y a los Sínkope. Pero no podía, estuve mirando calendarios y no tenía tiempo, y llamar a un tío para decirle que no es una putada.

¿Y decir que no porque no te gusta la canción?

Sí, hay veces que dices que no quieres esa canción, que no te ves. Con Vito de Sínkope tengo confianza y se lo dije: mándame más canciones. Con Enrique El Drogas él me sugirió una canción y yo le dije que otra. Ahí no hay problema. Lo duro es decir no tengo tiempo y es verdad, a veces no te da tiempo a hacerlo todo.

¿De verdad hay tan buen rollo en el mundo de la música y sois todos tan colegas o también hay muchos malos rollos y grandes enemistades?

Me imagino que hay de todo. Bueno, yo he vivido de todo. Pero me gustaría trasladar que la mayoría no confundimos al enemigo. No sé por qué hay que enfrentar a la gente de la misma profesión, habrá quien se aburra o a quien no le interese la música y le interesen otros temas. Cuando a mí me vienen con que no sé quién ha dicho no sé qué, o por qué he grabado con este o el otro… Me da igual lo que digan de mí. Yo no voy a disparar a un músico. Mi enemigo nunca es un músico, nunca, aunque me ponga a parir, aunque diga que soy feo, que canto mal o que no le gustan mis discos… Esa es mi forma de entender la vida. Si yo estoy dispuesto a recibir aplausos, que lo estoy cada vez que me subo a un escenario, también estoy dispuesto a recibir cualquier comentario profesional, cualquiera, como «vaya mierda de disco has hecho». Pues claro, si yo hago los discos para mí.

¿Alguna vez te ha dicho eso alguien a la cara?

No, nadie te lo dice a la cara.

Al revés, eso solo te lo puede decir un amigo de verdad, ¿no?

Sí, y aun así, aunque te lo diga un amigo. Yo ahora estoy intentando hacer un disco y digo que el 90%, no, el 98% de lo que se me ocurre es una puta mierda, vaya mierda de canciones que hago. Eso lo digo yo el primero. Si cada vez que quiero hacer una canción me saliera, joder, es que yo sería la hostia, sería Paganini, o Mozart, o yo qué sé, Bob Dylan. Me imagino que a nadie que quiera hacer algo le sale siempre. Al revés, la mayoría de las veces soy incapaz de escribir o de tocar algo bonito que me guste. Lo que te quiero decir es que me da igual lo que los demás opinen porque ya paso mis propios filtros. Como si no te gustan mis pantalones, me da igual, el mundo sigue girando.

Hombre, una canción es más personal y más importante, lo de la canción duele más.

La canción me duele más a mí, pero tiene la misma importancia: una puta canción es una puta canción. Yo le doy todo el valor que tiene a una canción, pero, joder, no es la vacuna contra el cáncer, es una puta canción.

Estás insistiendo mucho en esa fase de bloqueo en la que estás. Hace años, hablabas de diarrea de canciones; ¿cada vez te cuesta más escribir?

Sí, sí, sí.

¿Es porque cada vez eres más exigente?

O porque tengo menos neuronas o lo que sea [risas]. No lo sé.

¿Tienes también la sensación, cuando te pones a escribir, de que eso ya lo has contado antes?

Hay de todo un poco, se juntan muchas cosas. De repente dedicas menos tiempo. Yo tengo tres hijos y no tengo seis horas al día, o siete, para tocar la guitarra. Cuando ellos se van, cada vez que se va mi mujer con los hijos, aprovecho y me da tiempo a todo [risas]. Te das cuenta en esos momentos. Yo con dieciocho años solo vivía para la música, ahora gracias a Dios mi mundo se ha hecho mucho más extenso, más grande. Eso seguro que es una de las razones: cuando menos tiempo estás trabajando, menos te cunde. También tienes razón en esa sensación de yo esto ya lo he contado. Luego, musicalmente te asaltan dudas. No se trata de hacer canciones, se trata de dónde quieres llegar. O sea, musicalmente cómo las quieres grabar. Eso es algo un poco inexplicable, tienes que pensarlo mucho. ¿Qué estás escuchando?, ¿cuál es la música que te acompaña y que te define en este momento? No hace cinco o quince años, ¿ahora mismo qué es lo que te define musicalmente? Y a veces no te define lo que escuchas. No son cambios radicales. Yo no pienso en cambios radicales, no pienso en hacer lo contrario de lo que ya he hecho, pero uno se tiene que plantear, como artesano, como músico, esos pequeños cambios de los que luego la gente casi ni se da cuenta, como que un contrabajo es mejor que un bajo o que ese ampli es mejor que el que usabas.

Pero eso ya es en la segunda fase, ¿no? Cuando te planteas grabarla.

Sí, pero es que cada canción puede ser de muchas formas y a lo mejor es el acento de la canción lo que hace que te guste, porque el principio, el big bang, es el mismo.

Ese principio sigues siendo tú en la cocina con la guitarra.

Sí, sí, sí, sigue siendo en la cocina la mayoría de las veces. El principio es el mismo. Es lo único que no ha cambiado: una melodía, con una letra que vas encajando de puro cabezón que eres. Eso es lo único que existe igual, el resto cambia y es también importante. [Un breve silencio en mitad de su discurso torrencial]. Es gracioso, porque luego alguien escucha la canción y dice me gusta o no me gusta, y así tiene que ser. Yo a veces pienso que he hecho cambios que se notan mucho y luego la gente no los nota. A veces también he pensado que el siguiente disco no lo voy a cantar yo y así todo el mundo dirá que ha cambiado la hostia. En el siguiente disco mantengo a los Fitipaldis, la producción, el estudio y no canto yo, y todo el mundo dirá que es diferente, pero simplemente porque he cambiado la voz. El resto de cambios que hagas en tu vida nunca van a ser suficientes para la gente, porque eres tú el que sigues cantando.

Sigues presumiendo de no haber grabado nunca una canción de relleno.

Sí, claro, a ver…

O sea, en todas tus canciones estás implicado, hablan de ti y para ti son necesarias o importantes.

Yo no digo que no haya grabado canciones de mierda, seguro que sí he hecho cosas de mierda, e incluso he hecho cosas peores que canciones, pero yo nunca sé cuándo voy a grabar, nunca he grabado cada dos años, o cada tres… Suelo tardar cuatro años. En este caso estoy tardando más. Será que me lo tomo en serio, joder, hostia.

Al hacer canciones tan personales, ¿alguna vez te has censurado o has dicho no quiero hablar de esto?

Sí, he tenido la duda de decirlo o no. Al final, creo que casi siempre lo he dicho. Ahora, por ejemplo, en lo que estoy escribiendo hay alguna canción en la que digo que la vida pasó muy rápido, a la velocidad de dos gramos por segundo. Lo tengo escrito, lo veo y pienso si a la gente eso le va a parecer ocurrente. A mí me resulta gracioso, pero visto desde fuera… Eso es una censura, ¿no? Porque te estás planteando qué piensa la gente de lo que has escrito, y cuando pasa eso digo «sí, tiene que ir» [risas].

Durante una temporada estuviste sin cantar «Corazón oxidado».

Hombre, porque decía que estaba enganchado al speed.

¿Era solo por eso o por algo más?

Y porque para mí es de las canciones más emotivas. Esa es la única que he hecho en una noche. Yo nunca he escrito una canción ni en una noche ni en un mes, y esa me salió de una forma que me quedé asustado. Tanto que guardé los folios donde la había escrito y se los regalé a un amigo. Fue emotiva hasta en la forma que me salió, y es una letra larguísima, no es de tres estrofas. Me salió como si estuviera poseído. Para mí es muy especial y hubo un tiempo en el que yo no estaba muy homologado [risas], me costaba cantarla. Supongo que les pasará a todos los músicos, que todos tendrán alguna canción que les resulta más emotiva.

Ahora ya la cantas.

Sí, la canto y me río.

¿Sigues diciendo que tu corazón está enganchado al speed?

Ahora digo que no está enganchado al speed. No me lo creo pero lo canto [risas]. Porque uno siempre es alcohólico y algo drogadicto para el resto de su vida.

¿Has dejado de cantar alguna canción porque te cansaras de ella?

«Rojitas las orejas» me cansó un montón, pero ahora la estoy recuperando porque esta gira va a ser para celebrar el veinte aniversario y fue la primera canción de los Fitipaldis. Antes de salir el primer disco, yo la cantaba por los bares y todo el mundo me preguntaba qué canción era esa. Pero luego ya no me moló. En esta gira me he vuelto loco porque la quería recuperar. Al final di con la solución: no me gustaba cómo sonaba con la banda y le he hecho un arreglo para tocarla yo solo. Ahora me gusta.

¿Te has planteado componer para otra gente?

Lo he hecho solo una vez, para Fernando Martín, de Desperados, pero no me volvió a salir nunca más.

¿Era una canción que ya tenías o la hiciste especialmente para él?

La hice para él. Me la pidió y le dije: «Joder, Fernan, con lo que me cuesta escribir para mí» [risas]. Pero a mí Desperados me encantaban y siempre he cantado muchos temas suyos, como «La tormenta». No sé si fue por eso o por la ilusión de poder componerle una canción, pero nunca más he podido hacerlo, y ya me gustaría.

¿Te llena más componer o actuar?

Son dos cosas completamente enfrentadas. Componer es «qué miedo me da», pero no me expongo ante nadie, estoy yo solo. Actuar es muy divertido, es una fiesta, pero me expongo y cada vez me gusta menos exponerme. Si me lo preguntas hace veinte años, te hubiera dicho que actuar. También es verdad que tocar es tocar, si no tuvieras la meta de salir de gira, esto no tendría mucho sentido. Muchas veces hemos dicho que los discos son excusas para salir a tocar.

En el libro Cultura de bar, le contabas a Darío Vico que cuando componías y te salían las cosas te sentías como si fueras Dios.

La recompensa de hacer una canción no es comparable con nada: el mundo gira porque tú le has dado la vuelta. Pero también el reconocimiento público de estar cantando una canción y que todo el mundo la cante es brutal. Yo a veces me planteo que es muy divertido cuando toco sin la necesidad de que pasen tantas cosas. Imagínate: desde que acabé la última gira tenía una especie de pánico a salir al escenario, lo pasé bastante chungo. Nos pasa a todos, tampoco soy raro…

¿Por qué tenías ese miedo? ¿Qué pasó?

Yo creo que cargas el cupo, no quieres exponerte más.

¿Es por miedo a cagarla en el escenario o por qué?

Yo creo que es sobreexposición, no querer ser juzgado, o miedo a no tener la voz… Yo qué sé… No me preocupo demasiado porque ya te digo que a todo el mundo nos ha sucedido alguna vez… Nos da una especie de pánico…

¿A alguien como tú, con más de treinta años de experiencia?

No, no es un pánico de fobia, es un hartazgo, es por qué cada vez que voy a tocar tengo que recibir a tres concejales o visito no sé qué sitio y no puedo salir del hotel… Con lo fácil que es tocar… Y pasó así, acabó la gira y dije no quiero tocar nunca, me llamó gente y le dije que no, sin problema, que no me apetecía nada subirme a un escenario, y todo el mundo lo entiende porque a todo el mundo le ha pasado… Y este verano, estaba tan tranquilo en Guernica y me llamó Amparo, de Amparanoia, que iba a tocar en las fiestas y yo había hecho una versión suya. Me llama y me dice que si tocamos. Pues sí, y me sale tan natural, porque además me mola mucho esa canción y me mola mucho Amparo. No había que avisar a nadie ni hacer nada, bajaba yo con mi ampli y mi guitarra, a cinco minutos de casa, montamos, ensayamos porque no habíamos tocado la canción juntos y de ahí al concierto. Hicimos dos canciones y me pareció tan sencillo que me gustó. El otro día también estuve en un aniversario de Harley en Basauri y había unos chavales que me preguntan si subo a tocar con ellos. Pues sí, vamos a tocar, ¿qué tocamos? Supermaravilloso. En el momento que haces una gira y tienes que prepararlo todo, la recompensa es brutal, pero para tocar un puto concierto me paso todo el puto día metido en una habitación del hotel, que no es nada divertido.

¿Por eso la próxima gira va a ser solo en veinte ciudades o es para no distraerte del nuevo disco?

No, es para no distraerme. Si estoy dos o tres meses de gira, no me corta, no me saca del disco.

Pero has dicho muchas veces que te resulta más fácil vivir cuando estás de gira que cuando paras y vuelves a la vida real.

Me refiero a que tienes que priorizar cosas. Cuando estás de gira lo único que priorizas es que tengas voz, no estar enfermo, y si tienes 38 de fiebre, buscas a un médico que te chute Urbason y que puedas salir. Es tu única prioridad, y el resto del mundo, como sabe que estás de gira, te olvida y no quiere saber nada de ti porque ni siquiera vas a coger el teléfono.

Es como la droga, ¿no?, como estar enganchado: solo te preocupa conseguir la dosis.

Sí, sí, claro, y la vida normal, la que tenemos que vivir todos, es más complicada.

Me llamó mucho la atención que, cuando entraste a desintoxicarte, a las dos semanas te mandaron de gira en lugar de mandarte a casa para que descansaras.

Es como la salvación. Se plantearon qué iba a hacer si me mandaban a casa. Eso es genial. Yo ahí tengo mucha suerte y mucha gente no, yo tengo algo que está por encima de todo: la música. Es lo que más quiero en este mundo y lo que me lo ha dado todo, y no hablo desde el punto de vista material. Hablo de todo: los amigos, mi mujer, mi vida, todo me lo ha dado la música. Hasta me ayudó en esa situación. Los médicos dijeron: «Suéltale de gira», porque cuando yo estoy solo en casa tengo más peligro que la hostia, pero luego soy muy responsable y, si estoy de gira, no se me ocurre beber, drogarme o foll… [empieza la palabra pero no llega a terminarla]. Tengo que salir delante de diez mil personas y quiero estar superman todo el rato. No puedo, no puedo…

Por lo que contaba José Bruno en el libro que escribió sobre la gira que hizo con vosotros, te preocupa mucho que los músicos estén bien, a gusto. Él decía, por ejemplo, que vuestra banda es con la que mejor se come.

[Risas] Pero en eso vamos a tirar de Ikurriña, aunque no me gusta tirar de bandera [risas]. Es por ser vasco.

¿Hay por tu parte ese afán de cuidar a tu gente y que estén bien?, ¿es importante para ti?

A mí me gusta, si voy a cualquier sitio, que se preocupen por mí o que me tengan en cuenta. Eso es dar valor a la gente, y luego exijo mucho también. Quiero que la gente se sienta agradecida, como yo estoy agradecido porque trabajen conmigo. A parte de eso, me considero un tío bastante sociable, y si vienes a mi casa y me pides una Coca-Cola, le pongo dos hielos, limón y un posavasos. No te digo que vayas a la nevera y la cojas tú. Eso también se traslada a tu vida profesional.

¿Seguís viajando todos juntos en la furgoneta?

Sí, pero ahora voy a romper esa norma. A la gira anterior no pudo venir mi mujer porque la niña era muy pequeña, pero ahora o me llevo a la familia o no salgo de gira. Voy con la niña y con Marisa, así que esa norma la rompo. Tenemos que ir los tres más alguien que conduce y alguien que nos ayuda con la niña, porque Marisa curra también en la gira. O sea, que de casa ya salimos cinco. Pero la furgoneta siempre me ha gustado. Para mí la furgo es rock and roll. Lo que odio son los aviones. No, los aviones, no. Odio los aeropuertos [risas], los aviones son geniales. La semana pasada vinimos a Madrid en avión y estaban todos hasta los cojones de aguantarme, yo en el aeropuerto diciendo que todo era una mierda [risas], encima soy como Ironman y me tengo que quitar los pendientes, las pulseras [risas], y luego hacerte fotos, la gente que te saluda… Aunque la verdad es que eso te entretiene. El resto es una chapa.

En Platero, en la última etapa, decías que habíais dejado de viajar juntos como un síntoma de que las cosas no iban bien y habíais perdido el buen rollo.

Es una de las sensaciones, pero no hay una única causa cuando la gente se separa. Platero se separó profesionalmente porque antes se había separado personalmente. Dejó de haber esa interacción entre cuatro chavales que ya no eran tan chavales, los ensayos dejan de ser la prioridad, yo voy con mis colegas a los conciertos y tú con los tuyos… Cosas normales.

¿Se nota en el escenario cuando ya no hay esa complicidad?

Yo creo que se debe notar, pero no lo sé, no tengo la garantía y me podría engañar cualquiera. Hay bandas como Police, que les ves, tocan de puta madre y luego se mataban entre ellos. O ves a los Guns N’ Roses y ni se saludan. Se puede disimular, pero yo no quiero llegar ahí, voy a hacer todo lo posible para no llegar a estar incómodo en un escenario.

¿Es difícil la convivencia entre músicos?

Yo llevo treinta años y ahora mismo es fácil, después de todo este tiempo, has pasado por mucho y has limado muchas cosas.

¿Por qué te cuesta tanto encontrar batería?

[Risas] Es lo que más ha cambiado.

¿Es un problema tuyo o es que los baterías son especiales? Siempre suele decirse que están detrás, un poco al margen de todo…

El culpable de la mayoría de los problemas soy yo, porque soy el que decido. En el rock, el pop y toda la música que viene del blues y del soul, la batería es fundamental. Están detrás, pero para nosotros están delante, y el bajista también… No sé por qué he cambiado tanto. Al principio cambiaba mucho de músicos porque, una vez que trabajas en solitario y puedes cambiar en cada disco, te lo tomas como una herramienta, pero ahora llevo ya unos años sin cambiar porque estoy muy a gusto.

Ahora, a diferencia de en Platero, el que mandas en la banda eres tú. Antes hablabas de democracia cero.

Sí o, por lo menos, si quieres que suceda algo, me tienes que engañar y convencer [risas], pero no mando yo, yo soy el que decido. Si no delegas, no puedes hacer nada en este mundo, yo no puedo ser el tío que lo dirige todo porque es muy grande. Si tuviera una banda para tocar en mi pueblo, lo haría todo, pero yo no soy nadie sin la oficina y todos los demás.

Dentro de la banda actual, Carlos Raya tiene un papel especial.

Su papel es muy importante. En la banda yo le doy la responsabilidad. No es estrictamente el director musical como puede ser el director de una orquesta o de una ópera, porque el rock es otra cosa: todos opinamos, todos somos músicos, es diferente, pero sí le doy esa responsabilidad: dirígenos tú. Además, es el productor de los discos. Y, en lo personal, es el padrino de mi hija.

¿Cuando acabas una canción le llamas a él?

Solo llamo a la gente cuando creo que tengo una canción, no suelo enseñar proyectos, y él es el primero que la escucha, además de mi familia. De lo que tengo ahora creo que sí ha oído algo. Tengo mucha confianza en él, quizá al principio me daba más vergüenza.

¿Es el mismo papel que hacían antes Uoho o Batiz?

Eso es, yo creo que es el mismo.

¿Se notan en tu carrera las diferencias entre cada uno y su influencia?

Creo que sí, porque son tres personas completamente distintas. A todos les flipa Johnny Winter, pero cada uno piensa la música de una forma: cómo se graba un disco, cómo se hace una gira, etc., y yo me dejo influir por la gente a la que admiro. No creo que se pueda progresar de otra forma. Tú solo frente al mundo, y sin más ayuda que tu puto talento, es muy complicado.

El proyecto de Fitipaldis ¿de verdad empezó como algo personal con las canciones que no encajaban en Platero? ¿Nunca te lo planteaste como un plan B?

De hecho, el primer disco se llama A puerta cerrada porque era eso, solo tocábamos a puerta cerrada. Yo siempre llevaba una guitarra en el coche, quedábamos en el bar de no sé quién y, cuando se iba la gente, la sacaba para cantar esos temas que luego grabamos en el disco, y el disco me lo grabaron porque era el cantante de Platero, no por otra cosa.

Dejar Platero, una banda que estaba en su mejor momento, para dedicarte a Fitipaldis ahora todo el mundo lo ve muy normal, pero entonces fue un salto al vacío.

Claro. Dejé Platero para volver a hacer bares, pero con esa ilusión que te dan los proyectos nuevos. Es como cuando te enamoras de alguien, lo dejas todo y te vas a vivir a Nueva Zelanda. En este caso fue igual, yo tenía una ilusión de la hostia, como con Platero al principio. Íbamos a tocar flipando en la furgoneta. También hubo el lado más cabrón. La redes sociales estaban en pañales pero ya existían y yo no me asomaba a un ordenador ni en broma. Parecía que había ocurrido un desastre.

¿Te interesan las redes sociales?, ¿sigues lo que dicen de ti?

No, no me atrevo. Por un lado, no me interesan, ni siquiera tengo WhatsApp, sigo mandando SMS y mis amigos se ríen. Lo único que me interesa es YouTube, pero soy capaz de entender que las redes sociales y las nuevas tecnologías transforman el mundo.

Con el primer disco que lanzas tras dejar Platero, Lo más lejos a tu lado, tienes un pelotazo impresionante.

Yo lo describo contando que nosotros siempre llamábamos a los sitios a ver si nos dejaban ir a tocar y, a partir de ahí, ya no tuvimos que llamar nunca, llamaban ellos siempre.

Pasaste del éxito como de culto de Platero, por llamarlo de alguna manera, al éxito mainstream que llega a todo el mundo.

Sí, el que llega a las familias.

Y enseguida llegaron las críticas de «antes molabas más».

Esas críticas siempre han estado, sé vivir con ellas como si fueran alegres duendecillos [risas]. La gente cree que te pueden ofender, pero no. Cuando hicimos el segundo disco de Platero, decían que el primero era mejor; cuando hicimos el tercero, el bueno era el segundo… Eso es así siempre. Son duendecillos simpáticos.

Al margen de eso, ¿cómo viviste ese éxito tan grande?

Lo del gran éxito a mí me pillo en la clínica, fue en esa época cuando me fui. Para mí fue increíble, no solo el disco, todo: la forma de crearlo, el estar en el local de ensayo con Batiz y una lámpara que se había inventado él para absorber los graves y no sé qué movidas. Era increíble, y recuerdo a la gente de la discográfica escuchar las canciones y decir que eran acojonantes pero que no había singles, que el disco era muy difícil… Yo estaba en mi mundo de alegría y de jolgorio, todas me parecían un single y creía que le iban a gustar a cualquiera. Lo tenía clarísimo. Pero también nos pilló por sorpresa completamente. Con «La casa por el tejado», el primer single, hicimos un vídeo con un robot que entonces era tope, yo iba con él y lo hacía fatal [risas]. Luego apareció por la discográfica Dani Martín, de El Canto del Loco, escuchó «Soldadito marinero», que era la canción lenta del disco, y no sé con quién habló, pero dijo que tenía que salir como single y ya jodí la vida [carcajada explosiva], ¡ahí jodí la vida!

¿Tienes esa sensación de haber jodido tu vida?

¡No! ¡Qué voy a tener! Al revés. A las canciones hay que darles siempre las gracias. Hay mucha gente que se ha acercado por «Soldadito marinero».

Me interesa mucho ese momento en el que estás grabado Lo más lejos a tu lado y de ahí te vas directo a desintoxicación. Has contado que estabas completamente obsesionado, que nunca lo habías estado tanto.

En mi puta vida.

No comías, no dormías, ¿cómo fue?

Puro amor, imagínate. Lo cuento así para que la gente que no graba canciones lo pueda entender. Como si ves a alguien, te enamoras y todo se reduce a eso. Para mí, el mundo se redujo a las canciones de ese disco. Por un lado es fatal, porque acotas mucho…

Te quedaste vacío.

Fue un exceso, un exceso de anfeta, de no dormir, de estar todo el rato, fue un exceso de fijar la mirada en un punto, con todas las cosas malas que eso conlleva. Te olvidas del resto: ser amigo, padre, compañero, olvidas la guerra de Irak, cualquier otra cosa. Está muy bien ser obsesivo, pero yo no quiero volver a serlo.

Es curioso que coincidieran ambos momentos: todas las alegrías que te trajo el disco y ese desmoronamiento.

Si te pones a pensar, no lo es tanto. Las cosas importantes en la vida suelen pasar así: lo aglutinan todo. Es lo que siempre se dice con los hijos: te dan todas las alegrías y todas las preocupaciones, y tu trabajo también.

¿Cómo recuerdas el paso por la clínica? Fue muy breve, solo dos semanas.

Como si fuera otra persona. Ahora es un recuerdo divertido que podemos comentar y tampoco fue tan traumático. La vida es así y ya está. El momento justo anterior, cuando tocas fondo, el de decir «llama a alguien que me ayude», eso sí que lo recuerdo un poco nublado, no tengo una sensación buena. Pero una vez que estás en la clínica, una vez que reconoces que estás jodido, ya todo va para arriba. La putada es decir «estoy jodido». El momento de la clínica lo recuerdo como algo divertido, estaba en Bilbao, no me conocía tanta gente… Ahora tendría que buscar una clínica cerca de París [risas]. Recuerdo una habitación y que venían todos los amigos, parecíamos una familia gitana, todo el mundo preocupándose… Me acercó mucho a Iñaki, a Uoho. No quiero centrarme en él porque me ayudaron todos, pero de la clínica salí a vivir a su casa. Lo recuerdo como algo chulo porque todo el mundo se portó muy bien.

De ahí, como comentábamos antes, sales y te metes una gira de ciento treinta y cinco conciertos, tu mayor gira. ¿Cómo es subirte al escenario sin meterte nada?

Imagínate. No es solo subir sin meterte nada, es pasar de la clínica al éxito del disco, del polo norte al Sáhara, y medicado. Tenía que tocar a ciertas horas, intentábamos que no fuera muy tarde porque tenía que dormir no sé cuántas horas, tomarme seis pastillas al día… Era complicado.

Me sorprende que te diera por el speed, siendo un tío tan nervioso, en lugar de marihuana, heroína o cualquier otra cosa para relajarte o que te bajara.

No es tan raro, yo luego me he informado y es frecuente. A un tipo normal que consume anfetaminas el corazón se le pone como si se le fuera a salir por la boca, pero a los que somos muy nerviosos nos centra.

Después de dejarlo, ¿has seguido alguna política respecto a las drogas en la banda, como decirles que no se metan o que no se metan delante de ti?

No, hombre, también es una cuestión de tacto de los demás y yo no he tenido que hacer nada: si alguien está dejando de fumar, no te pones tú a fumar a su lado. Y luego yo he recaído mil veces. Lo peor de las drogas no es ese momento del susto, cuando saltan todas las alarmas y tú te das cuenta de que tienes un problema. A partir de ahí, anda que no te queda. Lo peor no es la clínica, lo peor son las recaídas, lo peor es cuando haces algo que te pilla un poco bajo y vuelves a drogarte… Tú no tienes problemas con las drogas mientras eres coherente con tu vida y te sientan bien. En el momento que te planteas que no quieres hacerlo pero lo haces, ese es el momento malo. No eres libre para elegir sí o no. Esa es la gran putada de las drogas. Pero mientras no tengas problemas y las neuronas están ahí bailando es genial.

Nunca has tenido el típico discurso del converso de «las drogas son el diablo».

Es que el diablo son otras cosas [risas]. Yo puedo hablar de ellas porque lo he vivido en mis propias carnes y me tomo la licencia de ironizar, de casi hacer burla. Lo he vivido y alguien que ha vivido algo adquiere ese derecho, aunque es verdad que a veces no sabes medir, y lo que no me gusta es dar el discurso de «drogas sí» porque hay mucho engaño con las drogas, y en el mundo del rock hay mucha gente que piensa que Jimi Hendrix tocaba bien porque se drogaba, y eso tampoco. Yo creo que es bueno decirle a un chaval que no se drogue. Por lo menos que no lo haga buscando talento. Janis Joplin cantaba bien porque cantaba bien y luego se comía ácidos o lo que fuera, y si hubiera comido manzanas hubiera cantado igual de bien. Pero las drogas no son el demonio. Para mí el demonio es la violencia, es matar, es hacer el mal.

Hablando del demonio, de pequeño ibas para cura.

[Risas] Esas cosas a mí me las ha contado mi madre, yo no las recuerdo. Bueno, sí recuerdo que llevaba siempre un niño Jesús de esos del Belén en el bolsillo. Pero no sé, porque yo hablo y a veces no tengo claro si lo que digo es verdad. Y, desde luego, no sabía lo que era Dios, y la Iglesia mucho menos.

¿Ahora tienes fe? ¿Eres creyente?

Tengo fe porque me la autoimpongo. Es difícil de explicar. Todos tenemos esa sensación de «yo paso de la Iglesia, pero seguro que hay algo más». Es muy común en el ser humano y me gusta estar ahí, pero mis hijos no han hecho la comunión y yo con la Iglesia tengo muchas cosas que no, como la mayoría. Ahora, ¿quiero reducirlo todo a lo material y a lo científico? Es que me parece más sencillo creer en Dios que no creer, aunque solo sea porque prefiero sentir eso. Cuando estaba muy malito, decía «ay, Dios mío», y ya me valía. A veces creer en algo que sabes que es mentira mola mucho, pero sabiendo que es mentira, sabiendo que no es así. Hay que creer en la ciencia, la ciencia es lo que puede salvar a la humanidad, pero, joder, déjame a mí en mi nube azul.

Pasas de ese niño que quería ser cura a trabajar de camarero en un burdel o un puticlub, no sé cómo quieres llamarlo. Parece casi la trayectoria de un bluesman del Mississippi.

De un bluesman blanco [risas].

El local ese, El Palanca, era de tu padre, ¿cómo era?

Era un gran sitio. También todo hay que trasladarlo a esos años. Yo nunca he ido a un puticlub mas que a currar. Yo no sé cómo son ahora, solo puedo hablar de El Palanca. Es más, cuando empezó a cambiar es cuando me fui. Cuando yo entré, una chica era de Cuenca, otra de Santander, otra de Bilbao, una francesa… Tenían sus clientes y cada una hacía su vida. A mí me pilló un poco la transición, cuando empezó todo lo que se ha visto después: la mafia y que empiezan a venir chicas brasileñas o de no sé dónde. A la vez que yo empiezo a tener mucho curro con Platero y llega un momento en el que no estoy a gusto. Nunca habíamos tenido seguridad, imagínate, no hacía falta, y de repente hay porteros, hay hostias de vez en cuando… Era un ambiente que ya no era el de club de bohemia o de película en el que cada chica tenía sus clientes. Había clientes que ni siquiera subían con ellas, estaban allí, hablaban, le llevaban un regalo a alguna… A lo mejor llevaban quince años con ella y la chica estaba con varios clientes. Fue una experiencia bastante curiosa. Yo era muy joven, tenía veinte años y las chicas eran todas mayores, eran señoras. Me cuidaban, me hacían el nudo de la corbata… Era diferente.

Escribiste «Tras la barra», que es todo un himno para los camareros. ¿Hay alguna otra canción dedicada a la profesión?

No lo sé, pero seguro que alguna habrá.

¿Te la han agradecido muchas veces?

Sí, es como lo que hablábamos de las drogas: bromeo con el tema porque lo he vivido. Mi familia se dedicaba a la hostelería, yo he crecido en los bares y he sido camarero años y años. Tengo un punto de vista del oficio que alguien que sea solo cliente no puede tener.

La canción tiene un punto de reivindicación y de orgullo de clase.

Claro, yo dejaba el autobús en el que volvía del colegio y, en lugar de irme a casa, me metía en el bar, donde estaban mis padres trabajando.

Lo que no te gusta es hacer canciones explícitamente políticas.

Siempre he dicho que cuando se mezcla la música con la política, la música siempre pierde. La política intenta arrimarse para maquillar lo que pretende hacer. Esa es mi opinión.

¿El músico se siente utilizado?

Totalmente. Con Platero vivimos la época tan triste de ETA y las pocas veces que se juntó la música con la política… Yo he vivido las dos cosas: tocabas en un festival para las familias de los presos y entonces tú eras etarra, y no, no, era un festival para la familia de los presos. O ni siquiera pensabas que era para eso, pensabas que tocaba La Polla Récords y MCD, y tú querías estar ahí porque la Polla era la hostia. Era algo mucho más normal y cotidiano, pero desde fuera se veía diferente, veían que estabas apoyando una violencia que nunca has ejercido. Y pasaba al revés también. Si tocabas en un sitio que alguien pensaba que era españolista, te caían hostias por todos lados, y uno, que no tiene la cabeza para esas movidas, dice: que os den por culo a todos.

Pero sí te has definido como una persona de izquierdas.

Sí, aunque últimamente no sé dónde estoy. Es como todo. Si tenemos que hablar de lo social, claro que me encuentro más a gusto hablando con alguien de Podemos, porque sí entiendo que debería haber un bienestar general. No sé cómo hay gente que no puede pensar así. Eso me cuesta y ese pensamiento se conoce que es de izquierdas, pero ese pensamiento debería ser universal si hablamos de educación, de trabajo… Todo el mundo debería pensar lo mismo. No se debería pensar que es una élite la que tiene que estudiar, o que el trabajo debe ser remunerado, o si hablamos de igualdad de género… ¿Por qué nadie habla de putas? Ningún Gobierno se moja con la prostitución, o con las drogas… Se mojan sí, cárcel y fuera, a tomar por culo, ilegalizado. Por eso, si me tengo que definir de alguna forma, como creo que esos temas los plantea más la izquierda, pues digo que soy de izquierdas. Aunque he votado una vez a Izquierda Unida, a Anguita, y recientemente voté, fíjate qué acojonante, en las nacionales al PNV y a Podemos. ¿Cómo puedes votar al PNV, a Podemos y a IU? Pues yo qué sé… Lo que me pareció.

¿Notas que a raíz de la crisis, el 15M y de todo lo que ha pasado vuelve a haber interés por hacer una música más política? Incluso tú en «Nada de nada» incluías alguna referencia.

No sé si hay un interés por parte de los artistas, no lo sé, pero sí resulta más difícil. Creo que hay menos libertad para decirlo. No digo que haya alguien que te lo impida de forma tajante o que te corte, pero sí te cortan la cabeza de una forma más indisimulada.

¿Te refieres a los linchamientos en redes sociales?

Sí, yo puedo hacer la canción que me salga de los cojones, pero te van a juzgar echando hostias. Somos un país un poco paleto todavía. Somos incapaces de asumir que un tío que sea cantante pueda opinar de algo. Digo cantar o escribir o actuar o ser bombero. Hay menos libertad porque quieres exponerte menos. Te expones mucho hoy en día.

Tu suegra, Marisol Linares, fue diputada del PP en las Cortes Valencianas. ¿Cómo son las comidas familiares?, ¿discutís mucho?

No discutimos porque no hablamos de política. Para mí mi suegra es más maja que la hostia, me quiere un montón, me mima, quiere mucho a mis hijos… Lo único que me da es cariño y me hace unas comidas de puta madre. Pero con ella yo no puedo hablar de política.

En una entrevista ella presumía de los arroces que te hace.

Es de Castellón y sabe hacer arroces. A mí me hablas de mi suegra y solo me salen cosas buenas.

¿Qué te parecen las listas que han hecho algunos Ayuntamientos con canciones supuestamente machistas?

[Risas] Joder…

¿Han incluido alguna tuya?

Pues no sé, ni lo sé ni me interesa. Me parece tan paleto que alguien tenga la autoridad para decir lo que está bien y lo que está mal cuando hablamos de canciones, o que revisemos novelas, o chistes… Si eres yihadista, lo entiendo. Pero si eres una persona del siglo XXI, estás por las libertades y crees que una canción es un acto violento, pues tío, que te den por el culo. Yo el otro día le decía a uno que hay mucha gente que debería revisar lo que es el fascismo. Siempre lo digo: hay gente que no ha visto la esvástica en la Torre Eiffel. Chavalín, o no chavalín, tú mira eso e imagina que pasa ahora. Eso es fascismo.

¿Lo dices por las acusaciones a Serrat de fascista?

Eso, eso, tú imagínate hace diez años que alguien dice que Serrat es fascista. ¡Tío! Ese sí que se ha comido un tripi… Que a mí me digan que alguna canción es machista… Es que quizá lo es, pero no está agrediendo a una mujer, ni se está follando a un monaguillo… Un chiste sobre alguien que se folla a un monaguillo, ¡no se está follando al monaguillo! A lo mejor tiene que haber novelas que hablen de cosas horribles, pero son novelas, o son obras de arte, o una fotografía, o un dibujo…

¿Nunca te has planteado montar un bar?

Cada vez que acabo un disco [risas]. Mi mánager siempre me lo dice: «¿Qué, ahora montamos el bar? Esto no hay quien lo aguante…». O después de un gira. Además, lo tengo claro: tendría motos, rock y comida.

Parece que estás describiendo el Hard Rock.

Sí, pero tiene que estar un poco aislado, in the middle of the road [risas].

Y con comida de calidad.

Tiene que ser un poco Euskadi.

¿Eres muy aficionado a la gastronomía?

Me gusta comer bien, como a todos. El hábito que tenemos en España no existe en otros países, la comida es más que comida, es un espacio de tiempo maravilloso, le dedicamos muchísimo tiempo, y en Euskadi imagínate, todo lo hacemos alrededor de la mesa, todo…

¿Viviste el Bilbao chungo de los ochenta o estabas en Laredo?

El de los ochenta no lo viví del todo, sí viví los coletazos y ese Bilbao feo, que era feo y a la vez interesantísimo.

Me refería a las tensiones sociales, la desindustrialización…

Eso sí lo he vivido, las manifestaciones, los cierres de astilleros… Fue la conversión total de una región industrial no al 100%, sino al 200%, porque Bilbao era industria, no era otra cosa. Teníamos un ría para echar la mierda, no para pasear por ella. Había un amigo mío, eso se me quedó grabado, que me dijo que me fijara en cómo eran las aceras de Bilbao —ya no son así— y eran estrechas. «¿Sabes por qué? Porque son para ir a trabajar, no son para pasear». Joder, me dejó… Y ahora cada vez que voy a un sitio nuevo me fijo en las aceras.

Platero surge un poco como respuesta al rock radical vasco, borrachera y diversión frente a las canciones políticas, letras en castellano frente al euskera…

Sí, Platero surge como suelen surgir todas las bandas: no hay un guion. Yo vuelvo a Bilbao después de unos años en Laredo y retomo la amistad de pequeñajos con mi vecino, que era Juantxu, el bajista. Yo estoy trabajando y mi aita siempre me animaba, él ya murió y le debo muchísimas cosas. Un día me dijo que me fuera con Juantxu al local. Porque yo, con todo lo nervioso que soy, era muy pa dentro, me daba vergüenza todo, no sé si era vergüenza o algo parecido. Yo ya tocaba la guitarra y él tenía una banda en la que estaban Iñaki y Jesús. Había un tío que cantaba, el Mono lo llamaban, y que luego fue amigo nuestro. Iñaki me preguntó si sabía tocar algo de Leño y yo le respondí que de Leño me las sabía todas. Me puse a tocar y a cantar. No me comentaron nada y a la noche, o al día siguiente, vino Juantxu y me contó que Iñaki había dicho que si quería entrar en la banda. Esa fue la sensación más increíble que he tenido nunca, con todas las recompensas que he tenido luego, y han sido muchas. Yo paseaba por Bilbao diciéndome que tenía una banda de rock.

Sí que compartíais circuito con el rock radical vasco y la relación con ellos era buena.

La relación era buenísma. Aquí estaba la movida madrileña y allí era el rock radical, mientras en Vigo había otra historia y en Andalucía, otra… Aunque nosotros no fuéramos del rock radical, la suerte fue que usamos la misma logística: estaban los gaztetxes, las distribuidoras… Todo lo podías hacer por unos cauces que no eran los normales. Nosotros tocábamos todas las semanas, aunque no venía nadie a vernos.

Eso hoy sería impensable.

Te ponías a buscar conciertos. Llamabas, por ejemplo, al gaztetxe de Llodio. Preguntabas cuándo tenían libre. El miércoles. Pues apuntado concierto de Platero el miércoles. Te hacías todos los gaztetxes y había en todas partes. En algunos sitios hasta había más de uno. Las maquetas igual. No hacía falta que te fichara una discográfica. La grababas y la vendían en los bares, se vendían un montón. Nosotros vendimos cinco mil casetes. ¿Cómo se distribuían? Había una distribuidora en Vitoria, otra en Bilbao…

Vuestro lema era «Somos borrachos, drogadictos y tocamos rock and roll».

Eso nos lo tomábamos al pie de la letra [risas].

Pero luego la música la vivíais con una seriedad casi profesional, estabais volcados.

Con veinte años estabas todo el rato pensando en la música, era obsesivo. Uno hacía carteles, otro llevaba las maquetas… Era una cooperativa de cuatro tíos.

¿Hay algo que todavía no se haya contado del final de Platero?

La realidad es que acabamos en La Riviera de Madrid, haciendo tres conciertos.

El público en esos conciertos no sabía que os separabais.

No lo sabía. Nosotros sí. Cuando yo dije que quería dejar Platero y dedicarme a Fitipaldis me pidieron que no lo contara y me pareció bien hacerlo así.

La banda lo sabía, ¿no? Porque también se dijo que ellos no estaban enterados.

La banda lo sabía, ¡cómo no iban a saberlo! Y nunca ha habido mal rollo en Platero, ni antes ni después.

¿Sigues manteniendo el contacto con todos?

Con todos no. Pero no porque me lleve mal con nadie. Jesús rehízo su vida, se fue a vivir a otro sitio. Yo también me fui… Al principio vivíamos todos en Bilbao. Éramos vecinos. En la misma calle estábamos tres y Jesús en la siguiente. Estábamos todo el rato juntos… Y luego cada uno se fue distanciando por las cosas personales. No es que nadie huyera. Fue la vida. Yo encontré un piso de alquiler que me costaba lo mismo pero con un terreno. Vivía en Zabala, pagaba cuarenta mil pesetas y encontré una cosa en el campo por lo mismo. Iñaki buscaba un sitio grande para montar un estudio y se fue a Múgica… La vida…

¿Te ves mucho con Iñaki?

Estuvimos hace dos semanas viendo un concierto en Bilbao.

Has contado alguna vez que cuando conocisteis a Extremoduro os acojonaron, ¿cómo fue esa primera impresión?

La primera vez que les vi fue en Plastic, un programa de televisión que era la hostia. De repente sale un tipo cantando «Jesucristo García» y fue una revolución. La Revolución francesa con una guitarra. ¡Qué es esto! ¡Cómo mola! ¡No se parece a nada! Me quedé muy impresionado y lo comentamos todos. Pues resulta que poco después tenemos un bolo en Burgos con Tuco y los Definitivos, una banda bastante curiosa que no sé si aún existe, y con los Extremoduro. No sé si fueron treinta personas a vernos. Ahí les conocimos. Eran un caos. Si nosotros éramos un caos, ellos nos superaban [risas]. El más normal era Roberto [risas].

¿Tu relación con él es tan buena como siempre?

Ahora la tengo un poco perdida. Por mi culpa, porque no nos llamamos o lo que sea… Él está superfeliz haciendo su proyecto en solitario y yo eso lo entiendo perfectamente. Roberto es un gran tío, tiene un imán, es un artista… Cuando yo me replanteé mi profesión en parte fue por su culpa, me di cuenta de que sus textos, su forma de escribir, a mí me enseñan muchas cosas. Yo nunca he intentado copiarle, pero cuando le descubro comprendo que hay cosas extramusicales que molan mucho. Querer a Roberto y admirarle es muy fácil.

Él fue muy generoso al llevarte de gira cuando empezabas con Fitipaldis.

Yo nunca le voy a estar suficientemente agradecido, cuando me dijo [imita la voz rota y el acento extremeño de Robe Iniesta]: «Fito, estoy pensando en salir de gira y necesito alguien que cante peor que yo, ¿quieres venir conmigo?» [risas]. A mí me dio un cague de la hostia, porque Extremo era Extremo, y Fitipaldis no era nada, nada, absolutamente nada. Teníamos A puerta cerrada y nos conocían tres. Qué vértigo. Pero como los Zigarros: a todo que sí.

La música que hacíais en ese momento tenía poco que ver.

Bueno, mi visión de la música siempre iguala todo y no encuentro tanta diferencia entre Motörhead y A puerta cerrada o entre Roberto y Fitipaldis. Yo solo veo una batería, un bajista, dos guitarras y un cantante. A lo mejor sí encuentro más diferencias si me hablas de música india, pero entre el pop y el rock son acentos lo que cambia. Otra cosa es que somos muy talibanes y pensamos que hay diferencias no ya entre Rosana y Metallica, sino entre Metallica y AC/DC. Claro que las hay, gracias a Dios, pero la música es mucho más universal que eso.

El hecho de que Iñaki se fuera con Roberto a Extremoduro, ¿a ti te dio libertad para acabar con Platero o alguna vez has sentido celos?

No, nadie lo sintió. Además, fue una cosa supernatural. Iñaki y Roberto, cuando se conocieron, se podían haber casado. Son totalmente complementarios. Todos vivimos ese momento. Iñaki y Roberto enseguida empezaron a trabajar juntos, Roberto estuvo años viviendo con Iñaki, él tenía bastantes problemas, digo problemas en general: la banda, todo… Iñaki le ayudó mucho a rehacer su vida. Estaban todo el día juntos.

La primera experiencia de Platero con una discográfica fue bastante mala.

Sí [risas].

Luego has seguido siempre con la misma compañía, ¿nunca te ha apetecido cambiar?, ¿siempre te has sentido respetado?

He tenido suerte. No puedo contar grandes maldades que me hayan hecho. Las discográficas son un mundo muy dado a que te sucedan cosas. Hemos tenido los rifirrafes normales en treinta años. Y digo que es una suerte porque, cuando uno se va de una compañía, en Estados Unidos a lo mejor es porque otra te ha ofrecido doscientos millones de dólares, pero en España, cuando uno cambia de discográfica, es porque ha pasado algo malo [risas], aquí no sales porque te han untado, sino porque tienes un cristo que no les quieres volver a ver. La primera experiencia fue con Welcome Records y hasta resultó graciosa.

Ahí sí que salisteis corriendo.

Fichamos porque nos ofrecieron un contrato de un disco y no queríamos casarnos con nadie, un disco está bien, pero fue un poco desastre. Fuimos a Barcelona con toda la ilusión a grabar, nos metieron en una pensión y recuerdo que, cuando nos volvíamos, la señora salió gritando que quién pagaba y nosotros diciendo que éramos de Welcome Records, que pagasen ellos [risas]. Todo fatal.

El cambio o el hundimiento de la industria tú lo has vivido, lo que era hace treinta años y lo que es ahora.

Se ha transformado.

¿Lo ves mejor o peor? Antes hablabas de YouTube.

A mí me encanta YouTube.

Ahí están todos tus discos. ¿Te parece justo el pago de derechos? Muchos músicos se han quejado. YouTube no es una ONG.

Para mí, lo ideal sería seguir vendiendo discos, pero vinilos, no CD. Si yo tuviera la varita mágica para transformar el mercado discográfico es lo que haría. Me sigue pareciendo mágico grabar discos y crear una cultura que no solo es musical. Si hay estudios buenos es porque había producciones brutales. Imagínate Rumors, de Fleetwood Mac, se pasaron un año grabándolo, o dos. ¿Cuánto cuesta eso? Hoy en día es impensable. Eso crea un montón de profesionales. El que ponía el micro, por ejemplo, no hablo del ingeniero, sino de ese señor, eran putos especialistas. Por eso no hay que confundir nunca. Si grabas en tu casa con un Mac, eso no es un disco, es una maqueta, y me parece muy bien y está de puta madre, pero un disco es otra cosa. Un disco es juntar a veinte tíos o treinta, cada uno con su profesión, que aporta su grano de arena. La pena es que eso desaparezca porque ya no hay producciones que den beneficios. Ya nadie está un mes grabando. Eso para mí sería lo ideal. Pero, por otro lado, yo antes veía la portada del Made in Japan de los Deep Purple y ya está, se acabó, me tenía que imaginar el resto. Ahora puedo oírlo en YouTube y eso crea también una cultura brutal, porque un chaval, cuanta más información tiene, mejor y más aprende de lo que es el mundo musical. YouTube no es una ONG, pero yo puedo ver ahí muchísima música que no puedo oír en la radio. Ahora, por ejemplo, viene a Zaragoza Cory Henry, un tío que toca el Hammond y es brutal. Yo solo lo puedo ver en YouTube, ni siquiera puedo comprar un disco, tengo que encargarlo a Estados Unidos.

¿No se ha precarizado todo mucho? No digo en tu caso, pero ¿vivir de la música no es ahora mucho más difícil que antes?

Nunca fue fácil. Cuando se grababa en vinilo, ¿quién grababa? Había unos filtros de la hostia. La música y ciertas profesiones nunca son fáciles. Si tu plan de futuro es ser músico, estás en la cuerda floja. O si eres actor, o pintor… Mi hijo mayor toca en una banda y yo siempre le digo que lo más probable es que no se pueda ganar la vida con su música, pero que se prepare porque hay muchas academias, hay tutoriales, hay información sobre equipos… Parecen tonterías, pero esa es la cultura de la música. Cuando yo me compré mi primera guitarra, en mi pueblo no vendían cuerdas y tenía que esperar a que mis padres fueran a Bilbao, y hablo yo, si hablaras con Miguel Ríos, flipas. No existían locales de ensayo en Bilbao, tocabas en un garaje hasta que los vecinos se cabreaban y te echaban. Los chavales de ahora tienen locales en cada pueblo y eso les permite ponerse en contacto y rodearse de gente que sabe más, todas esas cosas son mucho más fáciles. Cuando hablamos de YouTube me refiero a eso: tienes una ventana abierta a un montón de cosas y claro que es más difícil, porque el escaparate es tan grande que nadie se va a fijar en ti. En España, el circuito del rock no difiere mucho de cómo era hace unos años: salas, salas, salas… Lo raro es una banda que llene pabellones.

¿No hay ahora menos salas?

Sí, hay menos porque hasta ahora hemos tenido el IVA cultural y jodía un montón. Palmabas aunque llenaras, no daba. No podías tocar para menos de trescientas personas. Las ciudades además han cambiado. Antes había mogollón de salas en los barrios y ahora nadie quiere ruido, las ciudades han echado fuera las salas. Bilbao es una ciudad preciosa, pero suceden menos cosas, y me imagino que en el resto de ciudades pasa un poco lo mismo, y tampoco es malo del todo, las ciudades son para las personas.

¿Cuántas guitarras tienes?

Muchas más de las que puedo pensar y de las que necesito. A lo mejor treinta.

¿Les pones nombre?

Solo a una: Basurilla, porque la pobre está tan rota…

En otra entrevista decías que te podías gastar treinta mil euros en una guitarra, pero que no lo hacías por pudor, o que te comprabas revistas de coches, pero luego no te comprabas coches.

Ciertas guitarras, las vintage de los sesenta, no sé cuándo empezaron a ser obras de arte. Las compran coleccionistas, no músicos, y los músicos estamos un poco fuera del mercado. La primera Strato, del cincuenta y pico, cuesta una barbaridad.

Pero ¿tienes esa relación con el dinero de no gastarlo a lo loco?

No, no es gastarlo a lo loco. Ahora, por ejemplo, se me rompió el coche y me he comprado uno estupendo para hacer la gira, eso me parece bien. Pero guitarras tengo treinta, me he gastado una tela y me sigo comprando sin necesidad ninguna. Una Strato de las que uso yo puede costar en una tienda treinta o cuarenta mil euros, y me parece una aberración. Yo le doy ese dinero a mi madre y vive muy bien. También es verdad que los músicos no compramos en las tiendas. Hay gente que quiere cambiar de guitarra y las va vendiendo. Yo nunca he pagado esas barbaridades, pero tampoco he pagado menos de siete u ocho mil euros por la guitarra que tengo.

¿Cómo fue la gira con Calamaro?, ¿qué tal con él?

Con él, bien. Para mí salir con Calamaro era una ilusión de la hostia. Nunca hablamos de eso, pero no estaba en su mejor momento, se estaba reencontrando consigo mismo y le vino bien probarse en mi gira, ver que podía salir delante de veinte mil personas y que se sentía cómodo. Lo hizo arropado por su banda y por nosotros. Yo lo entiendo perfectamente porque a mí me sucede muchas veces.

¿Te has vuelto muy friki del deporte?

Es lo mismo que hablábamos antes de las adicciones. Yo me podría enganchar a comer galletas, o a lo que sea. Lo que pasa es que con el deporte tengo la excusa perfecta: ya he cumplido los cincuenta y quiero estar bien, porque tengo una niña de tres años y, cuando ella llegue a los treinta, yo estaré hecho mierda. También tengo que estar bien para las giras. Miguel Ríos contaba en su biografía que fue con su madre a ver a Antonio Machín y estaba mayorcísimo. Su madre se lo dijo: «Miguel, tú cuando estés así no salgas» [risas]. Pues yo igual. No soy coqueto, pero quiero estar bien para subirme al escenario, no quiero que me vean echar la pota. Así que tengo las excusas perfectas: mi profesión, los hijos y que me engancho enseguida.

¿Corres maratones?

Sí, bueno, medias, veintiún kilómetros.

Parece que es obligado preguntártelo: ¿vais a volver Platero?

¿Volver a qué, a liarlas? [risas].

A tocar, o un polvo esporádico, como ha dicho alguna vez Iñaki.

Es muy difícil. Yo no tengo ese pensamiento, no creo que sea una buena idea. Las bandas se suelen juntar a golpe de chequera y poco más. Si hubiera un proyecto real… Pero es que creo que sería un mierda, realmente lo pienso. O quizá no sería una mierda, pero no sería Platero y no iba a sonar como la gente espera. Muchas veces mitificamos las bandas porque mitificamos lo que nos pasó en esa época. La gente era muy feliz porque tenía veinte años, porque también se drogaban y bebían [risas], y piensan que eso puede volver. Pero no puede volver ni para Platero ni para el público.

¿No hay un público nuevo de gente joven que escucha a Platero?

Claro, por eso no hay necesidad. Yo siempre digo que las bandas no se mueren, se mueren los músicos. En el momento en que un chaval de dieciocho años lleva una camiseta de Platero y escucha A pelo, la banda no se muere. ¿No dicen que se ha muerto Tom Petty? Pues no se ha muerto, porque yo llego a casa y sigo oyendo sus discos.

¿Has tenido alguna vez la sensación de que el ego se te iba de las manos?

Sí, yo creo que esa es una pregunta que tienes que hacértela siempre y planteártelo para que no se te vaya.

¿En qué lo has notado?

Porque en este mundo es muy fácil que todo gire alrededor de lo que tú haces. Yo creo que no me siento superior o mejor que nadie. Esto no es el deporte, no se trata de llegar el primero ni jamás he tenido la sensación de lucha con los demás. A revés, casi siempre me siento intimidado por otros artistas.

¿Intimidado?

Sí, siento mucho respeto y admiración por mucha gente, y hago ese esfuerzo para que no se me vaya.

¿Tienes a alguien que te ponga los pies en el suelo?

No tengo esa necesidad. Todo el mundo que está conmigo me trata normal. Sí es verdad que, aunque suene a monje budista, a mí me gusta la gente que se para cinco minutos para plantearse si ha actuado bien ese día.

¿Tú lo haces?

Yo sí, me planteo todo el rato lo que hago, no puedo imaginar cómo puedes mejorar si no. Yo no tengo las virtudes a flor de piel, no soy un tipo virtuoso para nada, y por eso me lo planteo a nivel profesional y personal… Y la gente que está conmigo lo hace también.

Y el nuevo disco, cuando haya canciones, ¿no?

No hay otra [risas]…

Dice Polako que eres el único artista independiente que hay en España porque sacas los discos y sales de gira cuando te da la gana, ¿estás de acuerdo?

¡No! Lo que él quiere recalcar es que el éxito no significa vivir en una mansión en Miami, sino que el éxito es lo que nos permite descansar.

¿El éxito es la libertad?

El éxito es la libertad, por lo menos la libertad de que tus discos sean lo que tú quieres que sean. Llevo cinco años pensando en cómo va a ser el próximo. A los veinte no podía hacer un paréntesis tan largo porque no podía vivir, económicamente tenía que grabar un disco, y si me había salido mejor, bien, y si me había salido peor, pues había que grabar otro para compensar. El éxito es grabar un disco cuando quiero, no antes.


Violencia lírica: edición en español

Mecano. Imagen: BMG Ariola.
Mecano. Imagen: BMG Ariola.

(La versión internacional aquí)

Hay que tener el alma muy negra para rimar «boca» con «loca», y eso es una verdad universal que no impidió que en el año 2000 un artista llamado Raúl, que decidió que los apellidos artísticos eran para los cobardes, atronase el verano con «Sueño su boca», una canción que ya amenazaba con la rima forzada en su propio título. Años más tarde, un protoblog llamado Neuronas muertas, administrado por un tal Juan, que decidió que los apellidos eran para aquellos que buscaban la fama, se agazapa entre los pliegues y recovecos de internet dando cobijo a una recopilación fabulosa de otro tipo de horrores poéticos y musicales: una lista de canciones que, demostrando poseer unas gónadas de titanio forradas de adamantio, se atrevían a rimar «coche» con «noche». Como apuntaba John Tones en Canino lo más meritorio del asunto era que Nosoträsh casaban aquellas dos palabras malditas en hasta tres canciones diferentes.

Letras del averno

Hace unos días Dani Martín aseguraba en Twitter que en caso de tener que elegir entre componer un reguetón o fenecer, su opción inmediata era abrazar a la Parca muy fuerte. Resultaba un gesto muy digno por la parte que le toca a un exintegrante de El Canto del Loco que en algún momento interpretó esto:

Yo soy Sperman y he nacido en un local de ambiente
quiero tener el control de tu mente
quiero sentir que no soy el único indecente
te voy a robar la fantasía sexual
de la gente, de tu mente
¿Quién es? ¡Sperman!

(Tema: «Super héroe»)

Lo cierto es que resulta hasta lógico razonar que sentarse ante ciertas demostraciones líricas quizás supone un destino peor que la muerte inmediata. Y para demostrarlo la música en español se ha tomado la molestia de ofrecer a lo largo de su historia abundantes ejemplos de atentados poéticos. Amaia Montero se reveló como una beta de Turista En Tu Pelo al canturrear aquel «Quiero ser una emigrante de tu boca delirante / de deseos que una noche convertiste en mi dolor». El Arrebato entonaba un muy cuestionable «Búscate un hombre que te quiera / que te tenga llenita la nevera» que parecía condenar a la querida a la cocina y Rebeca, célebre por ser prima de Benicio del Toro, llevaría los escenarios un «Tú siempre fuiste duro de pelar, duro de pelar / Yo siempre en casa loca por amar, loca por amar» que digievolucionaría en anuncio de neumáticos.

En el fondo estamos tratando con una sociedad que ha vivido una etapa pop, que muchos insisten en bañar en oro, donde de algún modo retorcido se consideraban románticos versos como «Besarte es como comer palomitas de maíz / Corazón de melón, Venus salida del mar / del negro de un mejillón son tus ojos en su punto de sal» («Sabor de amor» de Danza Invisible). Y un panorama musical donde el «Quiero ser un bote de Colón / y salir anunciado por la televisión» de Alaska y los Pegamoides logró llegar más allá del estudio de grabación. Durante la época en la que Depeche Mode estaba alegrando los trastornos depresivos de todos los suicidas del mundo, en este país teníamos nuestro equivalente playero en un par de trovadores modernos de Badalona:

Tu piel morena sobre la arena
nadas igual que una sirena
tu pelo suelto moldea el viento
cuando te miro me pongo contento

(Viceversa – «Ella»).

Incluso sería conveniente señalar que a día de hoy Tam Tam Go! aún no ha pedido perdón por lo de «Atrapados en la red», aquella canción que hablaba como el geek noventero de la serie Nada es para siempre:

Te di todo mi amor arroba love punto com
y tú me arroba-roba-robado la razón
mándame un e-mail que te abriré mi buzón
y te hago un rinconcito en el archivo de mi corazón.

Jarabe de Palo asentó el fenómeno hater antes siquiera de que hubiese un nombre en inglés para describirlo gracias a cosas tan elaboradas como aquel «Bonito, todo me parece bonito / Qué bonito que te va cuando te va bonito, qué bonito que te va». Ainoha Cantalapiedra ganó la segunda edición de la fábrica de churros conocida como Operación Triunfo y acabó perpetrando «Tu mejor animal», una tierna baladita que contenía esto:

He limpiado los platos y de comer al gato,
nuestra última follada de ayer
dime qué tal.
[…]
Mi mayor deseo es estar en tu casa
atenta a todas las «cositas» que te pasan
lamer tu mierda como si me interesara
saber si te has ido con otra a pasear.

Dentro de ese burbujeante ecosistema musical la categoría erotismo completamente errado gozaba de participantes muy entregados cuyos esfuerzos solían provocar más complejos de avestruz que humedades en la ropa interior:

Me gustas tú, me pones a cien
y en tienda de campaña me levanto por tu piel

(Javi Cantero – «Me pones a cien»)

Ahora te debes callar
y vas a saborear
el exquisito manjar
que pongo en tu boca
sé que me harás disfrutar
que te vas a esmerar
como siempre lo harás, muy bien muy bien
[…]
Pero cariño no pares, tú sigue y no hables
que Dios te lo pague que lo haces muy bien
y mientras yo me concentro,
chúpala más adentro
que ya llega el momento y lo has hecho muy bien

(Semen Up – «Lo estás haciendo muy bien»).

[Actuación que incluye el bonus antierótico de ver a Alberto Comesaña poniéndose en el micrófono en el pito e invitando al público a arrimarse].

El columpio asesino. Imagen: Mushroom Pillow
El Columpio Asesino. Imagen: Mushroom Pillow

La rama indie tampoco se libraba de pelear por medalla en la competición de la vergüenza ajena. El tema «Toro» de El Columpio Asesino suele ser un habitual en las listas de canciones que provocan bochorno de manera instantánea:

Maraca loca piano ardiente
nunca fuimos delincuentes
gafas negras en la noche
vamos niño sube al coche
[…]
Con amigos y extraños
coincidimos en los baños
siempre te gustaron largas
amarga baja, amarga baja

Y mientras tanto la lírica a pie de calle del rap en castellano también ha sabido demostrar que no se quedaba corto en cuanto a cantera prometedora:

Parto, como parte tu cerebro la heroína
que me piden muchos yonquis por ser negro en cada esquina
soy un camello de ingredientes ilegales metalíricos
obviamente acompañados de sampleados metarrítmicos
[…]
No es una pintura, ni es una escultura
simplemente rima pura y dura
es la gran obra maestra

(Frank T  – «La gran obra maestra»).

Y ahora veo en la Fnac un nice price
yo tengo un flashback o me siguen las Girl Spice
la marca de guay es una fuerza que hay
bebidas light hay un joven nice
que sonríe a la life
la marca de guays de nuestra ropa el clímax
es una mancha de pis que todos adoramos

(Gris Medina – «Publicity»).

No entiendo lo que dices
no me toques las narices
da igual lo que me rimes
Vo-ca-li-za
¡Yo! vengo a darte un par de frases
de esas que me han hecho conocido en parte
por cuidar mi dicción El Chojin comparte
con todos los otros los que viven rap ¿o no?
(El Chojin – «Vo-ca-li-za»).

Aunque en la actualidad todas esas gemas del rap patrio palidecen ante la nueva corriente de trap en castellano alumbrado en chándal en los callejones más selectos. De las divagaciones de Kinder Malo:

Mi polla entre tus tetas es una cubana
Banana con arroz, arroz a la cubana
Si tú has nacido en Cuba eres una cubana
Cuando vas como una cuba eres una fulana
Una manzana grande no es la gran manzana
Yo follo con tu puta y me pone el pijama
Las putas te putean cuando tú las amas.

(Kinder Malo- «La ley de Eddie Murphy»).

Pasando por las jornadas playeras de La Zowie:

Besis
Pa toas mis bitches
Pa toos mis goonies
Yo soy pobre pero voy con veinte yolas
todas bonitas expertas liando bolas
Tamos fumando porro en la playita
comiendo molly como pica-pica
[…]
Bitch, quiero money
y tengo un montón de goonies
si tú quiere uno pay me
No tengo na pero toy pimpin
En mi casa toas tus bitches
yo haciendo tortelini
pa poner fuertes a mis goonies
(La Zowie – «Baby come n get it»)

El logro de la Zowie es cantar en uno de los lenguajes más difíciles de aprender, aquel que se sitúa por encima del alemán y por debajo del furbish: el suyo propio.

Hasta aterrizar delicadamente sobre esa sensibilidad refinada de los alegres jovenzuelos que conforman Pxxr Gvng:

Tu coño es mi droga
tu coño es mi droga
tu coño es mi droga
tu coño es mi droga
tu coño es mi droga
tu coño es mi droga
[…]
Te entro con otro tema
pero tú sabe quiero droga
en la mirada me se nota
yo lo que quiero es tota
tu coño me produce fucking drogadicción

(Pxxr Gvng – «Tu coño es mi droga»)

Pero los incombustibles héroes patrios siempre serán Mecano, aquella milicia formada por Ana Torroja y los hermanos Jose María y Nacho Cano que llegaría a coronar cumbres en la historia de la poesía castellana encadenando composiciones maravillosas:

No hay marcha en Nueva York
ni aunque lo jure Henry Ford
no hay marcha en Nueva York
y los jamones son de York

(Tema: «No hay marcha en Nueva York»)

Ay dalái lama dalái lama dalái
ay dalái lama ay dalái dalái
Ay dalái

(Tema: «Dalái lama»)

Cuando me desperté y vi a otro tío acostao
De espaldas a mi lao. Me dije: ¿El pavo este? ¿Quién es?
Luego ya razoné, la culpa es del alcohol
Debí mezclar ayer hasta volverme maricón
[…]
Y por otro lao (Por el lao de atrás)
No debe estar tan mal (Pero si es lo más)

(Tema: «Stereosexual»)

Hawaii-Bombay, tumbado en mi hamaca
Hawaii-Bombay, toco una maraca
pachin, pachin, canto una de MachÍn.
Hawaii-Bombay a la luz del flexo
Hawaii-Bombay nos damos un beso

(Tema: «Hawaii Bombay»).

Mención especial para el dramático y rompedor desenlace del tema «Esto no es una canción»:

Con la mierda del caballo no hay quien pueda
si estás enganchao te quedan dos de dos
robar pa comprar o venderla y sisar
y las dos terminan antes o después
con el culo roto y el sida en Carabanchel

La canción del verano

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Georgie Dann. Imagen: TVE.

Por encima del punk escatológico que ofrecieron gourmets ilustres como GG Allin, e incluso más arriba de aquel metal noruego cuyos miembros tiene por hobby quemar iglesias y apuñalarse entre ellos, se acomoda el subgénero que más horrores innombrables ha generado en la historia musical: la canción del verano. Una epidemia propagada entre chiringuitos playeros y antros donde consideran normal poner sombrillas diminutas en las copas, una variedad musical que parece impensable que pueda ser disfrutada en la intimidad del hogar sin estupefacientes de por medio: la imagen de una persona civilizada sentada en el sillón de su casa escuchando por decisión propia «Mi vida. Los micrófonos. Las tetas. Los micrófonos. Los culos. Los micrófonos» es probablemente una evidencia clara de cierto nivel de psicopatía. Y si bien es cierto que biológicamente el ser humano parece demostrar un acercamiento innato hacia el ritmo, los bebés bailan antes de saber andar y el propio cuerpo tiene un metrónomo de serie llamado corazón, es difícil sacudirse ante un «Bomba (sensual) / un movimiento sensual (sensual ) / un movimiento muy sexy (sexy) / un movimiento muy sexy (sexy)» sin tener la sensación de que se están haciendo malabarismos con las leyes de la naturaleza.

Aquellas aberraciones sonoras estivales acabaron demostrando que toda canción que incluya un «este ritmo nuevo que traigo» entre las estrofas es indiscutiblemente un instrumento del mal, que cualquier inepto puede acabar sonando en una discoteca, que contra toda lógica es posible escribir «Quiero montarme en tu velero / ponerte yo el sombrero / y hacernos eso, ay ay ay ay» sin que se te pudran las manos, que ni siquiera es necesario que la propia letra tenga coherencia mientras muevas la cabeza mencionando un montón de banderas para que todo el mundo se sienta identificado, que a alguien que no ha salido de Vallecas en su vida le han colado que tiene un montón de sangre latina en plena ebullición y que en general es posible execrar una canción sobre la gilipollez más ridícula posible y acabar barriendo billetes:

Lo paró con una mano, lo paró que yo la vi.
cho-cho-cho-fer para el taxi,
cho-cho-cho-cho-cho-fer para el taxi
Ella está pa un accidente
no me importa si está crazy
no me importa si hace vino por ahí.

(Omani García, Pitbull y Sensato – «El taxi»).

O driblar las neuronas de la audiencia extrayendo de la chistera un idioma propio:

Chinga chinga a pelo piqué
bicho malo pillé
minga chunga ladilla pillé
chichi chungo trinqué
iba bolinga capucha no usé
chati mangui pringué
pica pica cocos y minga
lavo nabo con gel

(La Banda del Capitán Canalla – «Bicho malo pillé»).

Uepa
Wata negui consup
yupi pa ti Yupi pa mi
luli ruami wanaga
[…]
wata negui consup
wata negui wanaga
Si tú quieres bailar,
Sopa de caracol
(Banda Blanca – «Sopa de caracol»)

Ouyea
sea son yo macarron
yee macarron no
chacarron chacarron chacarron
nmygudlmnglmne
nmnmw nglmdmlmgmdmme gdlmn nmnlm
Chacaron chacarron tiniminin ron
chacarron chacarron tiniminin ron

(El Chombo – «Chacarron macarron»)

Lo de Georgie Dann ya era una titulación de grado superior en artes arcanas que el resto de mortales no alcanzábamos a comprender. Ese übermensch era capaz de dedicarle una canción a una escobilla de váter y lograr que las caderas se desintegrasen en Benidorm en pleno desenfreno, y cosas como aquel vídeoclip de «Kumbo» engalanado con comentarios solo existen en este mundo para demostrarlo. El propio Dann, consciente de cómo su mera existencia interfería con este plano de la realidad, llegaría a intentar estabilizar el equilibrio entre el bien y el mal con la metaflagelación de «Mecagüento», un tema donde se bajaba los pantalones y hacía de vientre sobre la época estival que le daba de comer y también, de manera poco discreta, sobre lo que vendría a ser toda su carrera musical. En el fondo todos los grandes genios tienen ese punto de locura.

Y entonces llegó Lorna y «Papi chulo» causó más estragos que la peste negra, el cólera y las actualizaciones del Avast juntas. Y el infierno en la tierra dejó de ser monopolio del black metal:

Tú quieres mmm,
te gusta el mmm,
te traigo el mmm,
y Lorna a ti te encanta el mmm,
que rico el mmm,
sabroso mmm
y a ti te va a encantar el mmm
[…]
Todos con las manos al cielo
no piense en el suelo
mujeres vírgenes que se quiten los pelos
como dice el barbero: pelo, pelo, pelo
(Tema: «Papi chulo»).

En la actualidad aún se espera que a Pitbull, King Africa, Enrique Iglesias y a los cabrones que estuvieron batiendo mayonesa durante todo el verano del 2000 se les juzgue por crímenes contra la humanidad, y mientras tanto al otro lado del charco se generan mutaciones de lo que aquí entendemos por ritmos veraniegos formando locuras difíciles de asimilar: Delfín Quishpe ideó el homenaje más espeluznante que se podía hacer a las víctimas del 11-S con «Torres Gemelas», una canción que le cantaba a un amor perdido que trabajaba en el WTC y cuyo videoclip también incluía el número de teléfono del artista para contrataciones varias.

Sé que te quedas
ya sepultada,
en los escombros
de Torres Gemelas
Cuanto quería
estar contigo,
nunca pensaba
que vas a morir
Diosito lindo
no puede ser,
solo llorando
podré olvidar

(Delfín Quishpe«Torres Gemelas»).

Perversiones

Haciendo la cobra al propio título del artículo, y dejando la puerta abierta algún tonteo con la lengua extranjera de artistas que normalmente cantan en español nos topamos con un Ramoncín que en su momento lo intentó con el «Come As You Are» de Nirvana y lo mejor que se puede decir de aquella actuación televisada es que la banda que lo acompañaba resultaba muy profesional al aguantar tan bien la risa. Pitingo también se ensañaría con la banda de Kurt Cobain al darle una paliza al «Smells Like Teen Spirit» y sin tener la decencia de llamar a una ambulancia tras el atropello (aunque lo cierto es que todo lo de Pitingo habitaba un plano de conocimiento superior al nuestro). El «Angie» de The Rolling Stones interpretado por Melendi haría desear que el asturiano incluyese la guitarra en su dieta habitual.

Enrique Iglesias sacó a pasear los gallos en un directo de «La chica de ayer», Seguridad Social no tuvo piedad con el «Wish You Were Here» de Pink Floyd y nadie en todo el planeta estaba preparado para el «Nothing Else Matters» de Metallica sonando a través de la nariz de Shakira. Los escalofríos llegaron con los Hermanos Calatrava surcando el cosmos y abusando del «Space Odditty» de David Bowie.

Aun así, todo lo anterior palidecía ante las versiones amateur de ciertos políticos latinoamericanos, desde Cúcuta un tal Jorge Acebedo despedazaría el «Gangnam Style» para su campaña con la profesionalidad de alguien cuyo único contacto con la música ha sido jugar al Sing Star. Y Walter Wayar proyectaba su luz interior a través de una minuciosa coreografía al contonearse sensualmente ante aquella revisión posmoderna, y absurdamente pegajosa, de «Voyage, Voyage».

Da igual si representa a una coalición entre Sauron, Lord Voldemort, Darth Vader, Satán en un mal día, tres profundos de Y’ha-nthlei y una conga de reptilianos. Mi voto lo tiene desde la primera estrofa.

Los madrileños Sándalo se convirtieron en semidioses del rumbakalao a principios de los noventa al encadenar una ristra soberbia de adaptaciones de éxitos internacionales. El «Informer» de Snow mutaba en un «Te informo» de letra profunda («Mira a esa rubia que buena que está, y la morena que viene detrás. Oye morena qué forma de bailar, como no pares me voy a desmayar») y «Tribal dance» de Two Unlimited renacía como un combinado de techno, rap y flamenco llamado «Ritmo tribal». La festiva formación llegó incluso a atreverse con Ace of Base, versionando «The Sign» por un lado y transformando su «All That She wWants» en un romántico «Desnúdate» («Desnúdate, y hagamos el amor, que ya no aguanto. Desnúdate, ya no puedo escapar a tus encantos»).

El tonteo de Azúcar Moreno con estilos ajenos a su carrera resultaría especialmente trágico cuando decidieron agarrar el «Paint it Black» de The Rolling Stones para untarlo con sintetizadores y palmeados flamencos transformando de manera instantánea un clásico en el hilo musical ideal para celebrar una misa negra.

No sé qué pasa que lo veo todo en negro / porque cualquier color se me convierte en negro.

Y por último, dos grandes artistas ofrecieron una lucha a muerte por crear el tema en inglés más glorioso: El Príncipe Gitano y su EX-QUI-SI-TA versión del «In the Ghetto» de Elvis Presley capaz de invocar la lágrima más sincera (la humanidad aún no ha agradecido lo suficiente que aquel vídeo incluyera subtítulos incorporados) y la FA-BU-LO-SA «The Age of Aquarius» a cargo de Raphael, un tema tan poderoso como para convertir a Muzzy en un amasijo de pulpa verde agonizante.

Es como Wagner, lo escuchas y te dan ganas de invadir cosas. Para empezar, la casa de Raphael. Con un lanzallamas.

Subjetividad y objetividad aplicada

En realidad todo lo que antecede a este párrafo nunca ha pretendido acomodar cualquier tipo de cátedra o verdad universal. Lo cierto es que es exactamente aquello a lo que le cantaban Los Punsetes en, esta vez sí, una de las mejores canciones del pop español reciente.

 


Restaurante Fuku

Restaurante Fuku
C/ Marqués de Villamejor nº8. Tel: 91 781 63 16

La búsqueda del mejor restaurante japonés de Madrid es un asunto muy serio. No hace mucho tiempo, antes de que las absurdas ínfulas de olimpismo lo contaminaran todo, cuando el Ayuntamiento tenía como sede una de las plazas más bonitas del mundo en lugar del horror babilónico en el que se encuentra ahora, el nivel cultural de la ciudad se medía mediante parámetros más convencionales. El Museo del Prado, el Reina Sofía (el Thyssen, oigan, siempre ha sido feudo de repipis); los teatros y los conciertos, Raúl Sender y las Copas de Europa del Real Madrid. Y, aún más atrás en el tiempo, como tótem de la elegancia y la seducción de una ciudad, Ava Gardner buscando juerga por todo Madrid a bordo de un taxi con el Fary al volante. Pero hoy en día el índice de alfabetización de cualquier sociedad lo marca la calidad de sus restaurantes japoneses.

El Fuku, que si tiene un departamento de marketing competente no tardará en abrir una sucursal de nombre obvio, se encuentra en una de esas calles que unen el Paseo de la Castellana con la calle Serrano a las que es imposible que jamás se haya prestado la menor atención a no ser que se forme parte activa de la comunidad financiera más abyecta. En un mundo más justo, por ejemplo un mundo regido por el sentido del honor japonés, el breve trayecto que se hace caminando desde la esquina con la calle Serrano hasta la puerta del restaurante debería ser, teniendo en cuenta los tiempos que corren, toda una lección práctica de cómo precipitarse al vacío con estilo y dignidad, un auténtico festival de sesos de ejecutivo, gomina y pavimento que alegrara las desoladas aceras y nos fuera poniendo en ambiente antes de la prometida cena kaiseki. Si algo de eso sucede a la luz del día, pongamos que a la hora del cierre de la Bolsa, cuando llega la noche no queda constancia de ello.

Cada vez que se abre un restaurante japonés en Madrid, y aún no se ha definido la unidad de tiempo lo suficientemente pequeña como para medir ese periodo, inmediatamente se corre el falso rumor de la comida kaiseki. En Fuku no la sirven y no se lo reprochamos, pues nos parece poco probable que esa celebración del orden y la mesura case bien con un grupo de amigos que salen a cenar un viernes por la noche, pero si uno tiene la curiosidad suficiente como para informarse de dónde se va a meter a comer, en la página web del restaurante la decoradora (¡toma!) ya le avisa con la típica pusilanimidad occidental de que “Queremos que nuestros clientes conozcan la comida japonesa al mismo tiempo que son educados por las Artes del Japón”. Ya no se sale a cenar con los amigotes, sino a educarse. No queda mucho para que llegue el día en que a la entrada de los restaurantes nos den un programa de mano al modo de los conciertos sinfónicos. Este es el horror que nos ha traído el siglo XXI.

Todo lo que viene de Japón es milenario, no se cansan de repetirnos. Por qué todo lo milenario es mejor, es algo que no alcanzamos a comprender y que nadie nos ha sabido explicar muy bien, entre otras cosas porque la explicación entraría en contradicción con el devenir de la Historia, el idealismo hegeliano y el materialismo histórico marxista-leninista; y no tenemos la cabeza como para reordenar nuestros principios revolucionarios por mucho que quieran educarnos en vez de darnos de cenar. El Fuku sigue la tendencia milenarista y por tanto casi nada sorprende y el cliente se ve tristemente abocado a los variados. Variado de sushi, variado de sashimi, variado de maki. Ensalada de algas y una sopa inocentemente picante. Gyozas. Solomillo troceado para los que aún mantengan gustos occidentalmente ancestrales. Tartar de toro (el pez) con caviar (de verdad). Tartar de atún a secas si se tienen remordimientos de conciencia y no se sabe muy bien si el toro está en peligro de extinción o si ha sido banderilleado con saña hasta la muerte en alguna plaza de pueblo. No pasa desapercibido que la invasión tártara se extiende de las hamburgueserías —que a su vez ya ofrecen carne de kobe— a los restaurantes japoneses, configurando un intercambio de ideas de cuyo propósito final sólo podemos aventurar imágenes bastante lúgubres. Todo está muy bueno, todo es muy correcto; la sucesión de platos sigue tan al pie de la letra la puesta en escena de tantos otros restaurantes asiáticos que uno siente que no le sorprendería que le ofrecieran una ración de pato laqueado en el momento menos pensado. Pero lo que aparece es sushi de foie.

Dentro del mundo de la gastronomía, el sushi de foie es sin duda la maniobra comercial más brillante desde la invención de la etiqueta gourmet, y en el Fuku, donde el cliente medio tiene al menos tres apellidos con guión y un latifundio, se consume con avidez y las comandas atraviesan la sala sin atisbo de vergüenza, ni propia ni ajena. El foie, el boletus y la cebolla caramelizada son los tres pilares en los que el Diablo se apoya con firmeza para llevar a cabo su Segunda Venida y dominar el mundo. Cualquier teólogo mínimamente instruido se lo podrá confirmar, y ahora que mediante esa siniestra idea llamada Fusión estos ingredientes mefíticos se han introducido en los menús japoneses, Su victoria es inevitable. Varios redactores de esta revista, renunciando a firmes principios y violando sagrados juramentos, han comulgado con esa combinación blasfema y la han disfrutado sin ningún tipo de mesura. Si ustedes tienen interés en probarlo, no se preocupen, no tardará en llegar a las barras de todos los bares de Madrid.

La otra gran baza del Fuku es la oferta de sake, que hará las delicias de los adictos a las cartas de vinos y los cursos de cata y sembrará el terror entre sus amistades, que verán el aprecio que sienten hacia aquellos sometido a una prueba que no están seguros de poder superar. Frío, tibio o caliente. Ginjo shu o daiginjo shu. Etcétera. Pidan el sake de la casa; se lo sirven en un frasquito que hará brotar las lágrimas a las almas más castizas, les ahorrará horas de conversación pedante en las que la estrella será la palabra “maridaje” y probablemente sea indistinguible de todos los demás.

Como en todo restaurante asiático de cierto nivel, el valor necesario para pedir un postre es sólo comparable al que hace falta para afrontar la cuenta con el aplomo, sosiego y serenidad indispensables para mantener la mente despejada y analizar con propiedad las distintas vías de escape. No es aconsejable optar por esa alternativa; el Fuku es demasiado largo y estrecho, los clientes de liquidez no contrastada siempre son acomodados en mesas del fondo y además es sabido que todo camarero japonés aloja un pequeño ninja en su interior listo para actuar a la menor ocasión, así que hagan acopio de toda la flema de la que sean capaces, paguen y salgan de ahí lo antes posible. Salgan ya mismo, aunque sea un mundo sin esperanza en el que Dani Martín es una estrella del rock lo que les está esperando fuera.


Paul

Nick Frost y Simon Pegg después de perpetrar la extraordinaria Shaun of the Dead (Zombies Party por estos lares) y la chekhoviana Hot Fuzz (retitulada Arma Fatal en castellano) caminan hacía tierras americanas sin la compañía de su director habitual Edgar Wright  sustituido aquí por Greg Mottola el ojo detrás de la cámara en Superbad (Supersalidos en España, cerrando el círculo absurdo de adaptaciones de títulos ideadas por un chimpancé con retraso).

En este caso y tras lidiar con zombies y Michael Bayadas en las anteriores cintas el dúo protagonista se lanzan a la parodia del género de la ciencia ficción enfocando la historia en una pareja de británicos que se encuentran de visita por las Americas para asistir a un evento tan digno como es la Comic Con de San Diego (o el nido de cultivo de freaks y todo espécimen respetable de la actualidad) y pasearse en caravana por los lugares más míticos de la paranoia alienígena estadounidense, hasta que se tropiezan con un auténtico extraterrestre que ha escapado de manos del gobierno.

La premisa es ocurrente: Paul es un marciano fumador y malhablado que tiene el mismo aspecto de hombrecillo gris que se nos ha vendido durante años porque como el propio Paul explica Estados Unidos se ha dedicado a bombardear a la gente con su imagen en todo tipo de productos para que llegado el momento nadie se asustara demasiado al verlo en persona. Durante un tiempo ha estado viviendo como asesor del gobierno y colaborando en algún vehículo de entretenimiento (la película tiene un fabuloso guiño situado en una localización mítica del cine de aventuras con cameo de voz incluido –en la versión original-) y por fin ha decidido que es el momento de regresar a su planeta cuando sus captores han empezado a interesarse por juguetear con sus células madre.

Pegg y Frost se aferran a la concepción simbólica de aventuras extraordinarias comandadas por el Steven Spielberg mágico de los 80 (ET el extraterrestre, Encuentros en la tercera fase) y como es habitual en la pareja salpican el guión de referencias a frikadillas propias del mundillo:  Cosplay en la Comic- Con, el Area 51, los orcos de El señor de los anillos, la pelea más lamentable vista en televisión, Regreso al futuro, Mi amigo Mac, las tres tetas de Desafío total, Alien (con cameo incluido de mención) o la ineludible Star Wars*.

El problema es que mientras sus anteriores películas funcionaban a un nivel cómico muy ocurrente y  tenían una estructura más sólida (aún con el cachondeo latente) Paul se presenta más deshilachada, sus personajes pese a apoyarse en referentes con potencial, como la ya muy crecida niña cuya vida fue destrozada por la visita en la infancia del extraterrestre o el hombre de negro que persigue a los protagonistas de manera implacable al que da vida Jason Bateman, son presentados de manera apresurada, confusa y no llegan a ser exprimidos del todo. Aunque roles como el de la estupenda Kristen Wiig den lugar a una buena pila de chistes ateos.

Paul resulta graciosa por momentos, cómicamente sencilla pero no descacharrante y por tanto menos notable que lo que Frost y Pegg habían comandado antes. Muy del montón.  Aún está por ver si en esto tiene que ver la ausencia de Edgar Wrigth como director o simplemente es culpa de un guión más flojo y menos pulido. A los seguidores de la pareja y fans de las anteriores películas este producto les sabrá a poco más que un aperitivo. Al resto se le antojará un entretenimiento ligero fácilmente olvidable.

Y sobre la criatura que le da título: El Paul infográfico es adorable y aunque la historia no le de toda la importancia que requiere al personaje más allá de los chistes sobre sondas anales  en lo técnico está francamente bien hecho. Pero en el doblaje han pecado de listos y si bien en la versión original Seth Roger se encargaba de dotar de voz a Paul en la versión doblada el trabajo de doblar al marciano recae sobre Santi Millán** consiguiendo un resultado igual de desagradable que cuando se le encargó al pesado de Dani Martín ponerle la voz a Jack Black en Escuela de Rock o cuando Emilio Aragón interpretó a Stuart Little: Cosas que de no ocurrir harían del mundo un lugar mejor.

Bien mirado, podía haber sido peor, podían haberle cambiado el título por Independence GayUn Marciano muy colgado.

*Todo un detalle entre tanto exceso de chiste a la obra de Lucas (algo quizás demasiado sobado) el colar a esa banda de country de la América profunda interpretando una versión de la tonadilla en la cantina de Mos Eisley.

** Y en una coincidencia interplanetaria absurda Paul tiene un gag con un par de donuts al igual que Santi Millán tiene aquel anuncio de la conocida cadena de bollería en el que aparecía con los calzoncillos de su abuelo.