Jonathan Coe: «Poder vivir de escribir es una gran suerte. Más que haber seguido un plan prefijado, me veo como alguien con suerte»

Esta entrevista se encuentra disponible en papel en nuestra trimestral nº10 Especial filias, fobias y parafilias

Puede que los críticos ingleses no se tomen muy en serio a Jonathan Coe (Bromsgrove, 1961).Sus novelas reciben a menudo críticas tirando a tibias, y ocasionalmente incluso le llaman cosas feas como «el rey de la digresión». Eso sí, con sus diez novelas y la biografía de B. S. Johnson —Like a fiery elephant, que escribió en 2004— el inglés goza de gran éxito en Francia, Italia y Alemania (algo menos en España, pese a los titánicos esfuerzos de su editor y fan, Jorge Herralde). No, Coe no es el proverbial profeta en su tierra ni, por lo que parece, tampoco en la nuestra. Y eso que algunos apasionados lectores y forofos de su narrativa no hemos parado ni un solo día de dar la lata sobre lo suyo.

Coe publicó Expo 58, de nuevo en Anagrama, su hogar natural. Una gran comedia que es medio spoof sobre la guerra fría y medio sainete Ealing, con algo del suspense del Hitchcock británico de Los 39 escalones. En la charla que sigue hablamos con Jonathan Coe de estar en el medio exacto de la clase media, de rock progresivo, de la gloria de Monty Python y Spike Milligan, de los años cincuenta ingleses, de las novelas de esa época que envejecen mal, de los pijos que llevan el Gobierno británico en la actualidad y de la infección del posmodernismo. Y mucho más.

¿Cómo es tu familia?

No acostumbro a hablar demasiado del tema. Mi padre murió hace dos años, por eso le dedico Expo 58. Justamente murió cuando estaba a media lectura del libro, y le estaba gustando mucho, cosa que no era muy corriente; normalmente no le gustaban demasiado. Mi madre tiene ahora ochenta y un años y todavía vive en Birmingham, en la misma casa que compraron juntos en 1956, hace ya cincuenta y nueve años. Crecí en un entorno muy tranquilo, estable, provincial y residencial. De hecho, cuando me preguntan por qué escribí Expo 58, si es que quería revivir los años cincuenta, a veces contesto en broma que en mi casa, a lo largo de los años sesenta y setenta, todavía parecía que fueran los cincuenta. Y, de hecho, aún da esa sensación. Aún hay rincones como esos en la campiña inglesa: mi madre va a comprar la carne a su carnicero de confianza, conoce a todo el mundo en el pueblo… Cuando murió mi padre, hace dos años, mi madre me preguntó cómo funcionaba un cajero automático, pues nunca había usado uno, me preguntó cómo se ponía gasolina en el coche… Hasta ese momento su vida había sido la de un ama de casa tradicional de los años cincuenta, en el rol clásico de esposa. Y, hablando de mí, llevo casado veintiséis años, desde el 1989, y tengo dos hijas.

Hablas de esa Inglaterra inmutable en el tiempo, pero en La espantosa intimidad de Maxwell Sim escribes precisamente sobre los cambios que sufre la vieja Inglaterra.

Es que Inglaterra está cambiando, pero aún hay pequeños rincones muy chapados a la antigua, supongo que igual que en todos los países, y es algo que me fascina y sobre lo que no se habla en las novelas o en las noticias. Esos cambios sociales que se dan en la historia de los países son algo que me encanta. Gran parte de la cotidianeidad no dramática es inmutable o, al menos, cambia muy lentamente. Una de las cosas que me entristecerán cuando fallezca mi madre es que perderé todo contacto con esa parte de Inglaterra: ella no usa ordenador ni tableta, todavía escribe cartas, cuando la llamo y está viendo la televisión no sabe que puede apretar un botón y pausar el programa… Y encima no se lo cree cuando se lo digo. 

Le debe de sonar a ciencia ficción, como una especie de distopía enloquecida. El mundo al revés.

Sí. Pero a ella le encanta ese mundo, se mantiene lejos de toda innovación. Y eso, allá donde vive ella, no es particularmente complicado. 

¿Eras hijo único?

No, tengo un hermano mayor que tiene ahora cincuenta y seis años. Y me inspiré en él para el personaje de Maxwell Sim (más la idea del personaje que la personalidad como tal) porque es un comercial que viaja por trabajo y pasa gran parte de su tiempo en autopistas, comiendo en áreas de servicio…

Aún no ha empezado a conversar con su GPS, espero.

[Sonríe] Pues no lo sé, no se lo he preguntado. Esa idea para el libro se me ocurrió hace mucho tiempo, a principios de los años noventa, incluso antes de escribir ¡Menudo reparto! (1994). Durante esa época acompañé a mi hermano en algunos viajes para ver cómo era su día a día en el trabajo, y en aquellos tiempos aún no existían los GPS. No sé, quizá ahora haya empezado una intensa relación con su GPS, vete a saber [sonríe]. No tenemos mucha relación, mi hermano y yo, nuestros mundos no convergen demasiado: no lee narrativa, le gustan mucho los deportes… Realmente tengo un pasado muy poco común para ser escritor, pues mi madre lee, pero no lo hace para entender el mundo, como hago yo, sino que lo hace para distraerse. Toda mi familia piensa que lo que hago es bastante extraño.

Ya sé que tu juventud no fue precisamente como la de Irvine Welsh, pero ¿tuviste una época rebelde?

Mirándolo en retrospectiva, diría que mi adolescencia fue muy solitaria, pero en aquella época no me lo parecía. Quizá porque no conocía nada más. Vivíamos a seis o siete millas del centro de Birmingham, casi en el campo, en una parte del país muy tranquila. No recuerdo que mis padres se pelearan jamás, no recuerdo ni un solo grito, los desacuerdos se dejaban sin resolver, no se hablaba de sentimientos… Evidentemente había amor, pero no se veía a simple vista. 

Muy al estilo de los años cincuenta.

Exacto. Como mi colegio estaba en el centro de Birmingham todos mis amigos estaban repartidos por toda la ciudad, así que no nos veíamos después de las clases. Mi vida familiar era toda mi vida. Y hablamos de los años setenta, así que había tres canales de televisión, no existía internet, las tiendas y pubs cerraban los domingos… Era una vida muy tranquila.

¿Algo triste, quizá?

No, no la encontraba triste, porque tenía la tele, música, libros… Era un mundo diferente. Recuerdo los nervios de los domingos por la mañana al recibir The Sunday Times, ya que eran noticias del mundo exterior, un boletín que nos llegaba desde el mundo real, y aquello era un acontecimiento en sí mismo. Recuerdo que yo devoraba las reseñas de televisión, libros y películas. Luego no veía esas películas ni leía esos libros, pero me gustaba esa sensación de saber que había un mundo ahí afuera, un mundo que de otra manera jamás entraba en nuestro día a día. Era un entorno perfecto para convertirme en alguien introvertido que pasara mucho tiempo dentro de su propia cabeza, inventando historias; y eso es precisamente lo que empecé a hacer.

Por la manera como lo explicas parece lógico que acabaras siendo escritor. Como si todo hubiese conspirado para ello.

Hacia el final de Expo 58 empiezas a ver qué estoy haciendo en ese libro, porque nace el hijo de Thomas Foley, David. Thomas ya es un profesional respetado y se ha mudado a Birmingham, a la calle Monument Lane, que está justo al lado de la casa de mis padres en la vida real. Así que su hijo, David Foley, se convertirá en mí. Él nace en 1960 y yo lo hice en 1961, pero al margen de eso lo he dejado todo preparado por si quiero escribir mi autobiografía, mi Bildungsroman; he creado mi alter ego. Aún no sé si voy a hacerlo, pero si lo hago, todo está listo para ello. En el pasado he tenido otros alter egos como Benjamin Trotter, pero David es el definitivo. 

En todos tus libros hablas mucho de música. No sé si te viene de tu hermano; he descubierto que es una figura bastante común entre los ingleses. Siempre hay una hermana mayor que entra en casa con un disco de los Beatles, o Bowie…

[Ríe] Ya. Mi hermano tenía unos gustos musicales bastante particulares. Compraba muchos discos de King Crimson, y eso fue mi introducción al rock progresivo, que me acabó gustando mucho. Pero él ha dejado esa etapa atrás, y es irónico que ahora viva en un pueblo de las Midlands y sea vecino de Robert Fripp. Le dije que el guitarrista del grupo que tan loco le volvió durante un tiempo vive en su misma calle, ¿y sabes qué? No mostró ningún interés [risas]. Ha dejado todo eso atrás. El primer disco que me compré (esto va a sonar a prehistoria), lo compré en una pequeña tienda que vendía periódicos, conservas, productos de parafarmacia… Un poco de todo, pero era una tienda muy pequeña, como un colmado, y tenía un expositor giratorio de discos. No sé por qué vendían elepés, pero recuerdo que eran muy baratos, costaban setenta y cinco peniques. Y el primero que me compré fue un grandes éxitos de Bill Haley and his Comets. No sé por qué lo hice, porque en 1969 ya nadie los escuchaba. 

¿Quizás pasaron por televisión la película aquella, Blackboard Jungle, donde aparecía tocando «Rock around the clock»? En 1968 había una especie de rock revival en Inglaterra.

No, no. Jamás la vi. Fue una compra muy extraña. La primera música que recuerdo que me gustó fue el rock and roll. Compré discos de Bill Haley, de Chuck Berry, de Little Richard… Y ese tipo de música tampoco sonaba en casa de mis padres, ellos salían de copas a principios de los años cincuenta, antes de que el rock and roll apareciera. 

Cuando empecé a leerte no sabía muy bien dónde colocarte. Era obvio que no pertenecías a la generación más punk, como Welsh y toda la panda, pero tampoco encajabas bien en la escena más académica y «seria» de Martin Amis, Hitchens o Julian Barnes.

Cierto, cierto. Estoy en un lugar intermedio. Vengo del medio de la clase media-media, y del medio justo de la Inglaterra media: no podría ser más del medio. Mis padres no podrían haber sido más convencionales y conservadores. Con minúscula en el caso de mi madre y con mayúscula en el de mi padre: siempre votó por los tories y por Margaret Thatcher. Podría haberme adaptado a ese mundo muy fácilmente, pero los libros y la música me arrancaron de él. Supongo que ese proceso empezó a finales de los años sesenta. El primer fenómeno cultural que recuerdo amar y que mis padres no aprobaban fue Monty Python. Me entusiasmaron inmediatamente, y mis padres se preocuparon inmediatamente, porque veían que, en algunos aspectos, aquello era subversivo. Y lo que me encantaba es que era formalmente subversivo, que no solo se reían de los convencionalismos sociales, sino también de los televisivos. Era irónico, como algo que se comenta a sí mismo. Empecé a buscar libros que hicieran algo parecido, y así es como llegué a escritores no solo como David Nobbs, sino también B. S. Johnson o Flann O’Brien, escritores inquietos con la forma, inconformistas que querían replantearse y subvertir la narrativa. Todo eso me venía por vía Monty Python. ¿Es Spike Milligan conocido en España?

No, aquí no le conoce casi nadie. Solo un puñado de anglófilos locos. Tampoco a The Goons.

Es interesante, porque Spike Milligan y Peter Cook son, para mí, las dos figuras más importantes de la comedia británica después de la guerra. Y Monty Python, naturalmente, pero no podrían haber hecho lo que hicieron sin Spike Milligan y Peter Cook. De hecho, lo que hicieron fue una fusión entre lo que hacían ambos. Es curioso que Monty Python sean famosos en todo el mundo y los otros dos sean un fenómeno exclusivamente británico.

Me da la sensación de que Monty Python eran como la rebelión de la clase alta, el pijo que se porta pésimo en el colegio privado y empieza a mearse por las esquinas…

Es completamente cierto. No es algo aplicable a Spike Milligan, pero sí al resto de cómicos subversivos de los años sesenta y setenta, todos provenían del establishment. Era el establishment atacándose a sí mismo. En cierta manera, para que te resulte fácil mofarte del establishment primero tienes que entenderlo, y para entenderlo tan bien tienes que formar parte de él. El humor de la clase media y la clase trabajadora de los años sesenta y setenta no era tan subversivo, porque le daba miedo serlo. 

Probablemente lo más rompedor de Monty Python no era tanto el comentario social sino la forma absurda que aquel tomaba. Y creo que por eso no les gustaban a tus padres ni pretendían gustar a los padres en general.

Mucha gente no recuerda que Monty Python empezaron en un programa infantil. Se llamaba Do Not Adjust Your Set, en la ITV en 1968, y era a la hora de la merienda, a las cinco de la tarde, cuando los niños están mirando la tele. Ahí salían Eric Idle, Michael Palin y Terry Jones. Ahí fue donde les vi por primera vez. Era una llamada directa a lo infantil y a ese amor juvenil por lo absurdo. Mis padres lo veían como algo… inmaduro, supongo. 

Me has comentado que no fuiste especialmente rebelde, pero tus padres eran votantes tories, y en varias de tus novelas encontramos política, enfocada desde la izquierda. ¿Cuándo te diste cuenta de que tus ideas políticas y sociales diferían de las de tus padres?

Probablemente cuando estuve en Cambridge. Hay una tradición de radicalización en Cambridge, pero no creo que fuera por Cambridge en concreto, supongo que me habría pasado en cualquier universidad a la que hubiera ido. Fue simplemente salir del núcleo familiar, conocer a gente que pensaba como yo y tener las conversaciones que se tienen cuando eres un estudiante, que cambian tu manera de ver las cosas. Lo que sí me sorprendió de Cambridge fue ver que algunos me miraban por encima del hombro, cosa que nunca me había pasado. El colegio al que fui en Birmingham era muy competitivo académicamente, si ibas allí significaba que formabas parte de una especie de élite, y lo notabas. Recuerdo vivamente esa sensación. Pero cuando llegué a Cambridge me di de morros con el clasismo inglés, y a lo grande. Había gente de Eton, de Harrow, de Westminster… de esas escuelas tan prestigiosas de las que había oído hablar. Y eran muy esnobs conmigo: yo venía de Birmingham, de clase media, de una escuela de la que nunca habían oído hablar (y yo que creía que era una de las escuelas más famosas del país…). Durante aquellos tres años aprendí mucho sobre Inglaterra y su sistema de clases sociales. Y no ha cambiado nada. De hecho, ha involucionado a como era antes. 

Claro. No hay más que mirar a George Osborne. No se puede ser más pijo que eso. Uno lo imagina siempre en la caza del zorro, o azotando lacayos.

[Sonríe] Sí, Osborne es un cliché andante, pero a la vez es del todo real. Puedes pensar lo que quieras de Margaret Thatcher y John Major, pero intentaron hacer algo sobre la lealtad de clase de los tories. Las diferencias con hoy, en todo caso, son superficiales. El alcalde de Londres, Boris Johnson, es de Eton, el primer ministro es de Eton, George Osborne es de Saint Paul’s… 

Son The Eton Rifles, como cantaban The Jam…

Sí. Es increíble que estos tipos manden y que salgan cada día por la tele y la radio diciendo que no tenemos que gastar tanto dinero y que estamos todos juntos en esto. Y sobre eso habla precisamente mi nuevo libro.

Owen Jones se mofa de aquella vez en que David Cameron trató de adivinar cuál era el sueldo medio inglés, y soltó una salvajada como setenta mil libras o así.

Sí. Otro ejemplo sería… ¿Alguna vez has estado dentro de las Casas del Parlamento?

No.

Pero tienes una idea de cómo es.

Sí.

Bien, pues ayer emitieron un documental en la tele sobre ese edificio, con esos techos tan altos, las paredes recubiertas de roble… Y David Cameron dijo: «Te recuerda al colegio, ¿verdad?». Hombre, quizá sí recuerda al colegio al que él fue, pero no al que asistió la mayoría de la gente. Viven muy alejados de la realidad.

Así, no recuerdas discusiones de política con tus padres, sobre inmigración o lo que fuese. Fue más algo de la universidad.

No. De todo eso me di cuenta mucho más tarde. En los setenta me parecía normal, era el aire que respiraba. Tan pronto como salí de casa —aunque me encontrase en otro entorno cerrado, como era Cambridge— me bastaba con mirar a mi alrededor para decirme: caramba, así es cómo funciona el mundo. ¿Cómo puedo no haber reparado en ello? A partir de allí mi izquierdismo se convirtió en un asunto de puro sentido común, y ya nunca me ha abandonado.

¿Te convertiste en militante?

No. El Partido Laborista de 1983 estaba bastante a la izquierda. Cuando estaba liderado por Michael Foot tenía un manifiesto que se dio a llamar «La nota de suicidio más larga en la historia electoral» [sonríe] porque proponía cosas por las que la mayoría del país no votaría jamás, como el desarme nuclear universal. Durante los ochenta y noventa fui votante de Labour. Fui a manifestaciones contra Thatcher cuando estuve en la Universidad de Warwick, fui a las marchas del CND [Comité para el Desarme Nuclear]. Cosas bastante normales para alguien de izquierdas.

Volvamos momentáneamente a la escritura. Martin Amis, con su grandilocuencia habitual, dice que cuando empezó a escribir sabía que sería para siempre. ¿Tú también pensabas que escribir era tu destino?

Nunca tuve una sensación de destino, no. En todos los aspectos de mi vida tiendo a pensar a corto plazo, puedo pensar en el próximo libro y quizá en el siguiente, nada más. Como ya sabes, en mis novelas los planes siempre salen mal, frecuentemente de la manera más inesperada y cómica, así que nunca hago planes. Si me lo hubieras preguntado cuando tenía quince años quizá te hubiera dicho que quería ser escritor, pero más que una sensación de destino habría sido una esperanza. Simplemente me gusta escribir historias, desde que era pequeño. Empecé cuando tenía ocho o nueve años, y a los quince o dieciséis ya estaba escribiendo novelas enteras. Y parecía una tontería no enviarlas a una editorial. ¿Para qué escribirlas si no? ¿Qué otro motivo puede haber? Todo sucedió de una manera bastante improvisada, así que nunca he pensado que mi destino era ser escritor. De vez en cuando, al levantarme por la mañana, miro a mi alrededor y no me puedo creer que eso sea a lo que me dedique y que eso sea mi vida. Unas veces me resulta familiar, otras muy extraño. Podría haber acabado fácilmente de profesor. A finales de los años setenta incluso trabajé en un banco, así que ahora podría ser el encargado. El encargado socialista de un banco [sonríe].

¿Así es como te ves cuando te planteas los escenarios «Y si…»?

Sí. Poder vivir de escribir es una gran suerte, mucha gente querría hacerlo, pero muy poca puede. Más que haber seguido un plan prefijado, me veo como alguien con suerte. Podría haber terminado de oficinista.

Pienso en tu obra y me viene a la cabeza la letra de aquella canción de Johnny Mercer, «I’m old fashioned / but I don’t mind it». Nunca han parecido importarte las modas literarias. Tus gustos están un poco pasados de moda (y digo esto como elogio).

[Sonríe] Creo que mis gustos son bastante clásicos, sí. Más que pasados de moda diría clásicos. Me gustan las cosas bien hechas, me enfado bastante cuando veo que algo es una chapuza, que se ha hecho sin amor en unos pocos minutos. Si pienso en películas mis gustos también son clásicos. Las películas que me gustan de verdad son las de los años cuarenta, cincuenta o sesenta. Me gustan las películas de ahora, pero creo que hay un clasicismo que está desapareciendo en el cine, en la música clásica y en el pop y en la novela, y eso me hace sentir una cierta nostalgia.

Nunca te ha infectado el posmodernismo literario, al contrario de lo que sucedió con muchos de tus contemporáneos.

Me gusta la literatura posmoderna, y creo que en mis libros las autorreferencias van en aumento. En los últimos hay personajes de mis primeras novelas que vuelven a aparecer, y cosas así. Asimismo, me he dado cuenta de que muchas veces el posmodernismo cabrea a los lectores. Lo noté mucho en Maxwell Sim, cuando a mucha gente le desagradó visceralmente el último capítulo. Monty Python, The Goons, Flann O’Brien o B. S. Johnson eran extremadamente posmodernos en su forma, y ese es uno de los aspectos que me gustan de ellos. Esencialmente, lo que hago como escritor es realismo. Creo un mundo sólido y, mientras lo leen, los lectores sienten que pueden vivir y creer en él. Para mí fue una sorpresa descubrir que eso era lo que le gustaba a mis lectores, porque cuando escribo hay una parte de mi cerebro que no se cree lo que está sucediendo, porque estoy allí, sentado a la mesa con el papel delante, y lo estoy creando. Así que sé que no es real. 

Como un mago, tú conoces el truco.

Sí, pero una de las cosas que aprendí con la publicación de Maxwell Sim es que mucha gente desea y disfruta con esa ilusión de realidad, y si vas a romper esa ilusión tienes que ir con mucho cuidado con cómo lo haces. Ahora soy más consciente de ello.

Hablabas de la larga nota de suicidio de Michael Foot, pero el final de Maxwell Sim era bastante suicida, también. Literariamente hablando.

[Ríe] Sí. Ahora me doy cuenta. 

Una de las cosas que me disgustan del posmodernismo es que en ocasiones es puramente pirotécnico. La historia y los personajes pasan a un segundo plano y quien toma el protagonismo es el escritor demostrándonos los truquitos fantásticos que sabe realizar. Eso me irrita.

Muy cierto. A la vez, me interesa el posmodernismo como medio para representar y entender la realidad contemporánea, que está plagada de espejos, trucos e ilusiones. Lo puse en práctica por primera vez en ¡Menudo reparto! y fue uno de los motivos por los que el libro fue un éxito. Era posmoderno en cuanto a que mezclaba diferentes géneros, era muy paródico y, aun así, la gente veía por qué lo hice así, vio que estaba intentando representar la realidad de los años ochenta con más precisión. Si vuelvo al posmodernismo, esa debería ser la estética que lo motivara. 

La lluvia antes de caer es tu libro más triste, el que es menos «tú». No tiene traza alguna de humor.

Mi libro más popular en España, por alguna razón.

Quizá precisamente por eso, porque eliminaste todo el humor. He ahí una fórmula que puedes repetir si quieres volver a ser exitoso en España.

[Ríe] Bueno, es más fácil explicar por qué he vuelto al humor que por qué lo abandoné. En cierto modo, La lluvia antes de caer es uno de mis libros más posmodernos, porque es casi un pastiche de novelas de Rosamond Lehmann y esas otras escritoras británicas de los años veinte y treinta que reeditaba Virago Modern Classics y, para conseguir eso tuve que deshacerme de mi lado satírico y paródico. Porque en aquellas escritoras no encuentras nada de eso. Es algo bastante paradójico, porque es un libro muy personal —los paisajes de Shropshire que describo en el libro son los de mi infancia, es una parte del país donde vivían mis abuelos y que yo iba a visitar con cierta frecuencia…— y, a la vez, desde la perspectiva actual, veo que el libro es una especie de pastiche. Mientras que en Expo 58, que está lleno de parodia y de escenas de espías y guiños de ciencia ficción, es mi verdadera voz la que escribe.

No sé qué dicen las ventas, pero da la sensación de que los críticos continentales siguen apreciándote más que los británicos. Quizá no han sabido ver que esa es tu voz real, que no es algo impostado, ni una parodia forzada.

Los críticos británicos nunca pillan cuándo estoy siendo sincero y siempre están buscando en mis libros un nivel extra de parodia que no existe. Pero mis libros no tienen que leerse fijándose mucho, no los escribo así, los escribo de manera que los puedas leer en unas pocas horas, y lo que ves es lo que hay. Puedes reflexionar sobre el libro, puedes releerlo y ver otras cosas, pero la primera interpretación acostumbra a ser la correcta. En Expo 58 estoy recreando un pastiche de películas de Hitchcock y series de televisión como Los vengadores. Y lo hice simplemente para darme el gusto de hacerlo, no para demostrar nada sobre el género o la ficción. Supongo que hacer una reseña de mis novelas es algo frustrante para los críticos, ya que no encuentran demasiado donde morder. Escribo los libros para los lectores, no para los críticos. En cierta manera es los mismo que le pasaba a Billy Wilder con los críticos de Cahiers du cinéma, que le menospreciaban porque no hacía películas de género. Si hacías un western o una película de cine negro el crítico sabía a qué agarrarse y podía presumir de ver cosas en las que nadie más había caído. En mis libros cualquier lector puede ver qué hay, no necesita a ningún crítico que se lo explique. Quizá eso haga que las críticas de mis libros sean innecesarias, en cierto modo. Supongo que el crítico se siente redundante.

¿Cómo te afectan las críticas negativas?

El número de críticas positivas o negativas que he leído en los últimos veinte años y me han hecho reflexionar y ver cosas en las que yo no había caído, o que han dado en el clavo de lo que yo pretendía, es muy pequeño. No creo que, en este sentido, los críticos sean demasiado útiles para un escritor. Pero es un ruido de fondo con un volumen bastante alto, es muy complicado no oírlo, y si encima son críticas destructivas y malintencionadas realmente te tocan los huevos. Tienes que intentar bloquearlas. 

¿Alguna vez te has sentido tentado, como Jonathan Lethem hizo aquella vez con James Wood, a escribirle una carta de respuesta a un crítico?

La verdad es que no. Cuando era muy joven y se publicó The Dwarves of Death le envié una postal a alguien que había escrito una crítica negativa y es algo de lo que me arrepiento, fue una estupidez. Así que no, no le veo el sentido; el escritor casi siempre se rebaja si lo hace.

The Dwarves of Death, ahora que la mencionas, me gustó como novela, pero también como ejemplo de cómo escribir una novela.

¿De verdad? [Ríe con rictus de curiosidad]

A mí me fue muy útil. Fue como una especie de manual. Me sentí como cuando leí a Richard Brautigan, quien me hizo sentir por vez primera que aquello era algo que se podía intentar: la estructura, el ritmo, el humor, la brevedad, las referencias puntuales…

Evidentemente, The Dwarves of Death no es una obra maestra. Las obras maestras pueden ser bastante desalentadoras, lees Guerra y paz y dices: «A la mierda, no vale la pena ni que lo intente»; pero veo qué quieres decir con The Dwarves of Death. Me gusta que le hayas sabido encontrar esa utilidad. Releer mis libros me resulta extraño. Tengo cuenta en Twitter y recibo muchos mensajes elogiosos, sobre todo hablando de ¡Menudo reparto!, en los que me explican cuánto les ha gustado el libro y que lo han releído cuatro o cinco veces. Pero yo no puedo leer una sola página de ese libro sin pensar: «Oh Dios, ojalá hubiese resuelto eso de otro modo» o «Qué frase tan horrible». No hay ninguno de mis libros al que me gustaría regresar y releer, los cambiaría todos de arriba a abajo.

Pero quizá, aunque no estén escritos cumpliendo tus expectativas actuales, en ellos se intuye el entusiasmo juvenil. El entusiasmo del que empieza a escribir, que no creo que hayas perdido aún.

Sí, en eso tienes razón. Siempre pienso que lo voy a perder un día de estos, pero (toco madera) hasta el momento cuando me pongo a escribir un libro me doy cuenta de que estoy disfrutando de ello. El que estoy escribiendo ahora, por ejemplo, fue muy duro en los primeros meses, no me transmitía ningún furor ni pasión, pero en las últimas semanas todo está colocándose en su sitio y estoy tan metido en él que entre dos entrevistas me he escapado un cuarto de hora al hotel y he escrito media página; estoy enganchado a él. Y cuando eso sucede es fantástico, y más si ya vas camino de los sesenta años. 

Hanif Kureishi me dijo que una de las ventajas que tiene es que es capaz de soportar la soledad, y que eso es algo imperativo en un escritor. Porque (esto lo digo yo, no Kureishi) cuando empiezas con un libro sabes que tienes por delante, si eres afortunado, un mínimo de dos años de trabajo.

Hanif es afortunado y, en ese sentido le envidio un poco, porque tiene otra vida como guionista, escribiendo a dos manos con Roger Michell. Imagino que esa es la combinación perfecta de escritura sin soledad. Pero me gusta estar solo, y tampoco soy una persona particularmente sociable, así que una profesión que me permita estar solo en una habitación ocho horas al día ya me va bien. Dicho esto, la sensación de tener que escalar una montaña cada vez que empiezas un libro no disminuye con los años; de hecho se vuelve peor. Tengo la suerte de que mis libros son lo que da de comer a mi familia. Como dijo Samuel Johnson, «solo un mendrugo escribiría por motivos que no fuesen el dinero». Eso es lo que hace que me levante por las mañanas y me ponga a escribir. 

Las fechas límite de entrega del manuscrito.

Las fechas límite, los recibos de los bancos, las facturas… Cada vez necesito un mayor impulso inicial, pero una vez lo he recibido el entusiasmo acaba llegando siempre. Al menos hasta ahora. 

Voy a lanzarte una teoría un poco a lo loco, que se me ha ocurrido cuando has citado a Samuel Johnson. Antes te referías a tus gustos clásicos, y creo que una de las razones por las que algunos críticos no te toman en serio es porque tu canon no es su canon. Nunca citas a Beckett, pero sí a Keith Waterhouse, David Nobbs o Patrick Hamilton; autores semiolvidados que los críticos consideran «menores».

Muy cierto. Cuando menciono a David Nobbs en Reino Unido nadie sabe de quién estoy hablando. Creo que todo eso que comentas es parte de mi subversión silenciosa, mi rebelión discreta. Una rebelión que, me temo, irrita a alguna gente porque ni tan solo la presento como tal. Para mí —y remarco que para mí, porque cada vez me doy más cuenta de que todo es altamente subjetivo en la literatura— Henry Fielding es un escritor más importante que Charles Dickens. Decir eso en Reino Unido es casi una herejía, pero no quiero decir que el canon de la literatura inglesa esté mal, sino que no me interesa. Desde un punto de vista puramente egoísta, no me llama. No me dice nada. Para mí eso no es nada grave, pero quizá en el fondo sí sea algo grave para según quién. Quizá soy un cliente más raro de lo que parezco.

Quizá porque algunas de esas novelas de los años cincuenta no han envejecido bien. Estoy pensando en Colin Wilson, por ejemplo. Su obsesión con llevarse a una mujer al catre es muy de los años cincuenta. Da la sensación de que la única motivación del libro es la frustración por no haberse encamado con nadie aún. Y digo esto como fan; imagina si no eres fan.

[Ríe] Sí, tienes razón. Las políticas sexuales han cambiado mucho en los últimos cincuenta años, y a mejor. Y a muchos de los escritores de esa época no se les entiende desde la perspectiva actual. La definición de un verdadero clásico es un libro que te gusta pese a que los valores sociales que refleja hayan quedado obsoletos. Y probablemente Colin Wilson o Kingsley Amis no superan esa prueba. Pero como lector soy bastante indulgente si alguien realmente me gusta. Las políticas sexuales en B. S. Johnson son intolerables, es uno de los escritores más agresivamente sexistas de su época, pero se lo perdono; aunque quizá mucha otra gente no esté dispuesta a hacerlo.

Solo parecen existir dos extremos: o son muy sexistas como B. S. Johnson o son muy remilgados, como Patrick Hamilton en Los esclavos de la soledad. Esa novela parece escrita por una señora de ochenta años. 

[Risotada] Una gran verdad.

Ya has comentado que te gustan los años cincuenta, pero leyendo tus novelas parece que también disfrutas con el vocabulario y el argot de la época. Old boy, crikey, y todo eso.

A finales de los años sesenta, cuando yo era un chaval, en la televisión pasaban constantemente películas de los cincuenta, eran filmes relativamente recientes y yo crecí con ellos, todos los de la factoría Ealing, los de los Boulting Brothers como I’m Alright Jack, las cosas de The Archers, y luego había una película que era increíblemente famosa, Genevieve, de Henry Cornelius, que iba sobre un rally automovilístico entre Londres y Brighton, y que expresaba fielmente el sentir de su tiempo, 1953. Las palabras de todas aquellas películas se quedaron en mi cerebro. Pero no confiaba en mi memoria, así que volví a ver esas películas para comprobar si realmente hablaban así. Y sí, lo hacían [sonríe]. Totalmente. Así que para mí fue un placer doble, poder escapar de lo contemporáneo y escribir usando esas expresiones tan pasadas de moda, y además fue muy fácil, me salía natural.

Las situaciones de choque cultural entre ingleses y norteamericanos que abundan en Expo 58 parecen sacadas de A Matter of Life and Death o The Life and Death of Colonel Blimp, de Powell-Pressburger.

Ya, no fue algo intencionado, pero es algo que llevo en el ADN por haberlo visto de pequeño tantas veces. Reino Unido no es un país especialmente cinéfilo, y Powell-Pressburger están muy subestimados. Muchos críticos los conocen, pero no diría que se tomen demasiado en consideración. Para mí, sin embargo, los dos filmes que mencionas son los grandes productos culturales británicos de los años cuarenta, no las novelas escritas en la época. Las calificaría como el culmen del arte británico del siglo pasado. Como he dicho, están en mi ADN, así que puedes entrever en cada página de Expo 58 mi amor por sus películas y, en particular, por las películas británicas de Hitchcock. Muchos críticos ven a Evelyn Waugh en la Expo 58, a Kingsley Amis, a Graham Greene, y claro que todo eso está allí, pero lo realmente importante es la influencia de esas películas. A Reino Unido siempre le costará hacer buenas películas; ocasionalmente saldrá alguna, pero no lo llevamos en la sangre, como sí pasa, por ejemplo, en Francia, donde se toman el cine muy en serio. En Reino Unido no es así. Por eso se marchó Hitchcock.

¿Conoces novelas españolas? Me han obligado a hacer esta pregunta, que conste. Conozco a suficientes ingleses para saber la respuesta de antemano.

[Sonríe] No, la verdad es que no, y es algo que me avergüenza. Sería absurdo hablar del Quijote, porque aunque es un gran libro ha habido mucha literatura española desde entonces, pero necesito hacer algo con mi ignorancia en ese aspecto respecto a los escritores contemporáneos y los grandes escritores españoles del siglo XVIII y XIX. Tendrías que darme una lista de lectura. 

Lo haré, te lo prometo. Pero quizá también es algo cultural inglés, en el sentido de que no se traducen tantos libros foráneos.

Nos llegan muchos libros americanos, así que no es que nos opongamos a leer libros de otros países ni que no nos gusten las traducciones, sino más bien que no estamos interesados en el resto de países europeos. Esa es la triste verdad. 


Ian Watson: «Gran parte de la ficción predominante trata de aventuras morales, y en términos sociales eso es muy restrictivo»

Ni una repentina fiebre puede evitar que Ian Watson (St. Albans, 1943) nos reciba en el hotel donde está alojado en su reciente visita a Barcelona con motivo del Kosmopolis 17. Este escritor de ciencia ficción, fantasía y terror con pasado docente —dio clases en la Universidad de Dar es-Salam, en la de Tokio, y en la Escuela de Historia del Arte de Birmingham— cuenta con una prolífica lista de títulos a sus espaldas, entre los que destacan Incrustados, novela psicolingüística, u Orgasmatón, primera obra que escribió y que, por motivos de censura, no publicó hasta más de treinta años después.

A riesgo de empeorar su estado de salud, decidimos reunirnos en la terraza descubierta para hablar del estado actual de la ciencia ficción, del brexit o de su colaboración con el cineasta Stanley Kubrick. Al finalizar la entrevista observo que la fiebre no le ha dado ni un minuto de tregua, pero aun así saca fuerzas para lucir su mirada más coqueta ante la cámara al acabar. Genio y figura.

Estás aquí en Barcelona por tu participación en el Kosmopolis 17. ¿Qué tal fue tu conversación con Kim Stanley Robinson? Trataba sobre la climate fiction, ¿verdad?

Conocí a Stan hace treinta años, así que ya nos conocemos bien. En anteriores ocasiones hablábamos de cosas de hace treinta años, de gente a la que conocemos y de ciencia ficción en general, pero al hablar de climate fiction cubríamos la mayoría de los temas importantes. En la actualidad la literatura de ciencia ficción es la única relevante, porque es la única que trata de la realidad de este entorno tan cambiante, mientras que gran parte de la ficción predominante trata de las aventuras morales de una persona, y en términos sociales eso es algo muy restrictivo.

La última novela de Stan Robinson, New York 2140, recrea una Nueva York convertida en Venecia, con canales. Es el caso más extremo que podemos imaginar, pero si Nueva York se convierte en Venecia, ¿qué será de Barcelona o la mayoría de las ciudades costeras? Veremos cambios dramáticos, migraciones de población masivas, mucha muerte y destrucción; y la situación puede empeorar. Incluso si evitamos la emisión de dióxido de carbono o la mantenemos bajo control, el metano, durante los dos primeros años tras su emisión, provoca el calentamiento global ochenta y cuatro veces más que el dióxido de carbono. Y ya hay alrededor de cinco mil cráteres en Siberia, y si bajamos hasta el fondo de ellos, la cantidad de metano en el aire es del 10%, mientras que lo normal es el 0,001%. Pero Stan es un optimista, un utópico. La única manera de tener un futuro aceptable es la deconstrucción del capitalismo, porque no hace más que aumentar la riqueza en una menguante cantidad de manos y no reacciona ante las necesidades de la gente. La cuestión es cómo llegar de aquí allí.

Puedes escribir una utopía situada en un futuro a dos mil años de ahora, pero ¿cuáles son las etapas intermedias? Otra cosa importante de la obra de Stan es que hace veinte años escribió la trilogía marciana (Marte rojo, Marte verde y Marte azul), hablando de la terraformación de Marte, con la que se intentaba crear un entorno habitable para los humanos en Marte, mientras que en la Tierra se creaba un entorno hostil.

Otra novela de Stan, Aurora, trata de una nave espacial, que aún no podemos construir —tendrán que pasar unos doscientos años hasta que podamos pensar en hacerlo—, que va hasta un sistema solar cercano. Si somos realistas, es casi imposible. La única manera de adentrarnos una distancia mínima en el universo es mandar a un primer grupo de pioneros que se reproduzcan y críen a una generación que conocerá solo el interior de la aeronave, y será la tercera generación la que llegará a ese sistema solar que, ojalá, tendrá un planeta habitable. Y, si todo eso se cumple, aún estará el problema de si ese planeta habitable ya tiene vida o no. Si no la tiene, tendrán que mantenerse en órbita o vivir confinados en la superficie en algo equivalente a la nave durante cientos de años, y si ya hay vida quizá sea una incompatible con nosotros, quizá haya una interacción destructiva. Así que la esperanza tampoco está en viajar a las estrellas, aunque pongamos todo nuestro empeño, a no ser que inventemos un medio de transporte más rápido que la luz. O que se pueda construir el warp drive [impulso de curvatura] de Miguel Alcubierre. Se trata de un físico mexicano que afirma que, teóricamente, se podría construir una máquina que reduciría el espacio ante ti y aumentaría el que tienes detrás, así que en realidad no estás acelerando, sino manipulando el espacio para pasar a través de él. Estos son más o menos los temas de los que estuvimos hablando.

De hecho, no hace mucho estuviste en esta ciudad organizando la BCon/Eurocon.

Sí, la primera Eurocon en la Península Ibérica. Hace cuarenta años que se celebran Eurocones y nunca había habido una aquí, lo que me parecía una locura.

Me han dicho que fue una de las mejores Eurocones que se han hecho.

Si tú lo dices no seré yo quien te lo niegue. Hubo algunas cosas que estuvieron muy bien. Creo que el libro de recuerdo estaba especialmente bien. Estaba muy bien producido y contenía muchos artículos interesantes, como uno sobre arquitectos catalanes que no son Gaudí, por ejemplo, otro sobre Manuel de Pedrolo, sobre George Orwell en España, la ciencia ficción en Portugal —es importante llevarse bien con nuestros vecinos…—, y a la vez también publicamos la primera edición en inglés de Mecanoscrito del segundo origen, lo que no habría sucedido si no fuera por la Eurocon. Fue un trabajo muy duro durante un año, que básicamente hice gratis.

Pero parece que te sientes muy cómodo organizando este tipo de eventos. Has coorganizado unas cuantas ediciones del festival de CF NewCon.

Sí, en el Reino Unido. No es que me vea organizando convenciones en el futuro. Ya he organizado una muy grande, y creo que eso es lo máximo que puedo manejar. Voy a ir a más convenciones, por ejemplo a la Eurocon de este año, que es en Dortmund, porque conocemos a los organizadores; y a la del año que viene, que es en Amiens (Francia), hogar de Jules Verne, porque soy invitado de honor y porque también conocemos a los organizadores. De hecho, conocer a los organizadores no es necesariamente algo bueno, porque tuve que aceptar traducir del francés al inglés una obra bastante larga de uno de los organizadores sobre un encuentro imaginario entre Verne y H. G. Wells en 1898. Hubo algunos problemas, como que, en la obra, Verne y Wells hablan sobre una nueva novela que Wells estaba preparando sobre un ataque a la Tierra por parte de Marte. El problema es que La guerra de los mundos ya se había publicado por capítulos en el Reino Unido y en Estados Unidos el año anterior. Pero eso se soluciona fácilmente tachando cualquier mención al año.

Ahora vives en Gijón. ¿Te imaginaste alguna vez viviendo en una ciudad así, habiendo nacido en Inglaterra y tras tu paso por Tanzania o Japón?

Durante treinta años estuve viviendo en un pequeño pueblo de Gran Bretaña, de unas trescientas casas, y eso era bastante aburrido y restrictivo comparado con Gijón. Para mí es una ciudad grande, llena de aventuras y diversión.

Me han dicho que, cuando vivías en Inglaterra, durante tres años consecutivos tu jardín ganó el primer premio del pueblo.

Sí, me gustan bastante las plantas. Todos los ingleses tenemos una extraña relación con los jardines. El sueño de todo inglés es tener una casa con un jardín en el que haya flores. Al final, mi jardín creció demasiado y no podía controlarlo, era demasiado trabajo.

Por cierto, ya que hablamos de Gijón, cuéntame un poco sobre ese problema que está teniendo la Semana Negra con Hacienda.

Lo único que he oído son los rumores que circulan por ahí, no conozco los temas técnicos en profundidad para creerme en posesión de la verdad. Se podría decir que la Semana Negra ha ido decayendo y ya no es tan ambiciosa y transnacional como antes. Ya han quedado atrás los días en los que Paco Taibo iba a buscar a la gente al aeropuerto y nos llevaba a la estación a coger nuestro propio tren, el único de Europa con vagón para fumadores. Íbamos con el chu-chu-chu hasta Mieres y un gaitero y un tamborilero nos guiaban por las calles que habían cerrado para nosotros hasta el banquete que el alcalde había organizado.

Las cosas han cambiado mucho, en parte por la política, ya que a las autoridades políticas gijonesas actuales no les gusta la cultura popular. El Principado también estaba en manos de Álvarez Cascos, que mandó a la orquesta de Asturias a tocar para el papa durante media hora. Para ellos eso es cultura de verdad. La Semana Negra no tenía una localización fija, y un año nos pusieron al lado del campus en Gijón de la Universidad de Oviedo y el decano estaba horrorizado, no fuera que la cultura popular dañara o contaminara su campus, así que gastó ochenta mil euros en alquilar una valla de acero de tres kilómetros de longitud que rodeara el campus. De hecho, el campus estaba vacío y no había nadie, los aparcamientos estaban vacíos, porque era periodo de vacaciones. Creo que aún podría demandar a la Semana Negra por hacerle gastar ochenta mil euros en algo tan inútil.

¿Y cómo ves tu tierra desde la distancia, ahora que ha triunfado el brexit? Me dijo tu esposa, Cristina Macía, que estás encantado con el resultado.

Es completamente absurdo, porque ese estúpido referéndum se supone que era solo una consulta, no iba a ser nada preceptivo, pero da la sensación de que todo el mundo se volvió loco, decididos a tirarse por un barranco hacia el desastre. Los más despreciables son los políticos, especialmente David Cameron y, después, Theresa May, porque han demostrado que harían cualquier cosa para seguir en el poder, aunque sea solo unas semanas más, sin importarles la destrucción del país. Los que votaron por el brexit no tenían ni idea de qué conllevaba realmente, ya que les mintieron, cosa que los propios políticos admitieron tras la votación. Así que la población no estaba cualificada para tomar una decisión así. Es simplemente un desastre, un suicidio nacional.

La política te toca más de cerca de lo que uno pensaría, tuviste una humilde carrera como candidato en las elecciones al condado por el Partido Laborista.

Efectivamente, fue muy humilde. Eso fue a principios de los años ochenta, cuando el Partido Laborista estaba muy perdido, sin poder alguno. Yo era miembro del partido y me presenté a las elecciones dos veces, simplemente para que la gente pudiera votar a alguien distinto a los conservadores. Cuando estás metido en unas elecciones realmente crees que vas a ganar, pero una semana más tarde, cuando ya has perdido, te das cuenta de lo horrible que habría sido ganar, debido a la cantidad de tiempo que tendrías que perder asistiendo a aburridísimas reuniones inútiles. Como no soy un político profesional me engañé a mí mismo. Gracias a Dios nunca gané.

He leído que en los años setenta estabas muy decepcionado con las organizaciones trotskistas, piensas que eran demasiado puritanas.

Mi relación era con la Socialist Labour League, que en realidad era una pequeña facción, pero basta con juntar a cien trotskistas para que se dividan y las distintas corrientes se ataquen. Supongo que yo era ingenuo y entusiasta. Llevaba copias del periódico, el Worker’s Press, a los barrios trabajadores cuando los trabajadores de las fábricas de automóviles volvían a casa. Y era bastante absurdo, porque tras una dura jornada de trabajo lo que quería esa gente era llegar a casa y cenar, no querían que un idiota con barba les pidiera que compraran el Worker’s Press y les preguntara, al día siguiente, qué les había parecido el periódico. Estaba bastante alejado de la realidad. Eso tuvo una consecuencia curiosa. Hacia 1974 había un hombre en la Socialist Labour League, Alan Thornett, que era así como el segundo de a bordo, y una vez fui a su casa —muy espartana, sin ninguna decoración ni nada por el estilo—. Hablamos de ecología, recursos limitados y blablablá. Ahora, cuarenta años después, es el líder de un partido verde trotskista.

Háblame un poco de aquellos primeros años en que estudiabas Literatura Inglesa [Balliol College de Oxford] y luego hiciste tu trabajo de investigación en literatura inglesa y francesa. Te centraste en obras del siglo XIX, ¿verdad?

Tras licenciarme en Literatura Inglesa, quería una excusa para leer literatura francesa, especialmente del siglo XIX, así que propuse escribir una tesis acerca de la influencia de la literatura francesa del siglo XIX sobre un ensayista llamado Walter Pater, que escribió sobre el Renacimiento y fue una gran influencia sobre Oscar Wilde. Así justificaba poder leer a Flaubert y Baudelaire.

¿Tus lecturas en casa se encaminaban más hacia lo decimonónico tradicional o ya tenían tintes de ciencia ficción?

Siempre he leído ciencia ficción. Cuando estaba en Oxford podía tener delante un libro de literatura, pero llevaba escondido un ejemplar de Van Vogt. Empecé a leer ciencia ficción cuando tenía doce o trece años.

Acabas tu etapa de estudiante y decides irte a dar clases a Dar es-Salam (1965-1967). ¿Te costó adaptarte?

No mucho, porque la universidad de allá estaba creada tomando como modelo las universidades británicas, de cuando había sido un protectorado. La única dificultad para adaptarse era la intensidad de la humedad y el calor. Durante todo el día había alrededor de 90% de humedad y 30 °C. A la que salías de la ducha ya estabas cubierto de sudor otra vez. De hecho, allí no tuve que trabajar demasiado, porque la suma de nueva universidad, nuevo país y nuevo dinero hizo que contrataran a demasiado personal, así que solo daba dos clases a la semana. Y lo que enseñábamos tampoco era muy relevante. Intentaban hacer que se fuera incluyendo algo de ficción africana moderna, pero en cuanto a desarrollo, la cultura de África oriental estaba muy por debajo de la de África occidental. De hecho, no se quejaban del imperialismo de la cultura occidental, sino del imperialismo del África occidental. Para mí allí no había nada demasiado estimulante, culturalmente hablando. El paisaje.

Pero fue el sitio donde fuiste consciente de las condiciones en las que viven en el tercer mundo.

Sí, claro. Pero en muchos sentidos en África oriental aún había cierto colonialismo. Cuando llegamos había un joven que venía con el piso de la universidad, pero no queríamos un sirviente. Lo que pasa es que no le podíamos despedir porque era su trabajo, ganaba una décima parte de lo que yo ganaba, así que se quedó.

Luego toca Tokio (1967-1970). Ni imagino la cara que se te pondría al ser profesor durante una huelga de estudiantes que duró dos años y medio y que no se te dejara de pagar ni un mes.

Sí, eso fue incluso mejor. Dos años y medio de huelga por la renovación del acuerdo de seguridad americano-japonés. Para cobrar el sueldo la mitad del tiempo teníamos que atravesar la zona ocupada por los estudiantes, hasta que la policía los desalojó a palos y con gas lacrimógeno. Y la otra mitad del tiempo atravesando la misma zona, ahora ocupada por la policía. Aún no existía internet ni la banca electrónica, así que teníamos que ir a buscar el sueldo en billetes que nos metían en sobres.

¡Pero es que incluso os subieron el salario cinco veces!

Sí, eso fue porque no todas las universidades estatales estaban en huelga, y estábamos en el sistema nacional de salarios, así que, si al personal de las otras universidades le subían el sueldo, a nosotros también nos lo tenían que subir.

Situación ideal.

Para mí, lo más estimulante de Japón no era la cultura tradicional, sino la interacción entre las costumbres populares japonesas y norteamericanas. Por ejemplo, el sintoísmo y los tebeos de superhéroes.  

Lo que te volvió loco de Japón fue su hipertecnologización, y dices que escribir ciencia ficción fue un mecanismo psicológico de defensa.

Cuando estuve allí la contaminación atmosférica era muy mala. Ahora no es mala, pero en esa época, si leías el Japan Times, que se publica en inglés, cada día había historias sobre enfermedades industriales: «Diez mil profesores de tal prefectura tienen problemas en las cuerdas vocales debido a la contaminación ambiental», «Se han colocado bolsas con nutrientes en los cerezos para intentar mantenerlos con vida». Una vez un profesor japonés me preguntó qué opinaba de Japón, y mi respuesta fueron dos minutos de clichés en forma de encendidas alabanzas; le hablé, por ejemplo, de la belleza del monte Fuji a lo lejos —en realidad se ve solo tres días al año, por las nubes— y de más cosas. Y al final, casi de pasada, mencioné el inconveniente de la contaminación. Se puso colorado, inspiró profundamente, y me contestó que ese día la libra esterlina estaba débil. Así que deduje que mencionar la contaminación era como un insulto nacional. Japón fue muy interesante, porque los japoneses son muy distintos y consideran que todos los extranjeros somos como alienígenas del espacio exterior.

Por su aislamiento.

Sí, por su aislamiento y por la homogeneidad cultural.

Y, claro, volviste a casa y no hacías más que pensar en ciencia ficción. Incluso fuiste profesor de Estudios del Futuro durante seis años en Birmingham.

Sí, este fue otro gran empleo [risas]. Volví en 1970 y me puse a buscar un trabajo relacionado con la educación. Vi un anuncio de la Escuela de la Historia del Arte de Birmingham en el que buscaban un profesor lector en estudios complementarios, lo que quiere decir «cualquier cosa relacionada con el tema principal de los estudios», que allí eran diseño, arte y moda. Resulta que solo se interesaron por el trabajo dos personas en todo el país, lo que ahora sería imposible, ahora habría diez mil candidatos. La entrevista fue muy corta. Me preguntaron qué quería enseñar y dije que ciencia ficción, porque los estudiantes que allí tenían eran los artistas y diseñadores del futuro, así que debían aprender a ser flexibles de mente y pensar en los múltiples futuros posibles. Les sonó bien y me ofrecieron el trabajo. [Risas].

¿Te lo podías creer?

No demasiado, era increíble que eso pudiera suceder en esa época. Tuve mucha suerte.

Y luego, el paso a ser escritor a jornada completa. ¿Sentiste miedo?

En esa época en Gran  Bretaña éramos unos pocos los que escribíamos ciencia ficción, y lo de dedicarnos en exclusiva a escribir era un deseo que compartíamos. Mis colegas en la Escuela de Historia del Arte me dijeron que estaba loco, pero desgraciadamente tres años más tarde se acabaron los años dorados, el resto de la organización se dio cuenta de que solo trabajábamos dos días y medio a la semana, y empezaron a utilizar a mis antiguos colegas para enseñar inglés para adultos y cosas así solo para llenar su tiempo. Así que tuve suerte. Pero cuando eres joven te arriesgas.

Ya llevabas años escribiendo, tampoco fue un salto al vacío. Habías publicado ya algunos relatos y la novela que te presentó oficialmente al mundo, Incrustados (1973).

Sí, y también la segunda novela, El modelo Jonás, había ganado un premio. Y habían salido algunas traducciones, así que económicamente tampoco era una locura tan grande. Pero, naturalmente, sí se convirtió en una locura, porque durante los años ochenta estaba en números rojos.

Podríamos decir que Incrustados es una novela de ciencia ficción psicolingüística, basada en el trabajo de Chomsky sobre la naturaleza del lenguaje.

Voy a hacer una simplificación muy grande, pero digamos que el modelo anterior se asocia con Sapir y Whorf, que basándose en su estudio de las lenguas nativas americanas dedujeron que los idiomas que hablamos condicionan nuestra visión de la realidad, diferentes lenguas condicionan diferentes visiones de la realidad. Pero entonces llegó Chomsky y lo negó, dijo que todos los idiomas humanos tienen una similitud estructural profunda. Al cabo de cuarenta años la gente no está muy contenta con lo que dice Chomsky. Hace poco vi La llegada, y allí se invoca a Sapir y Whorf como los únicos lingüistas importantes. Es decir, que han pasado cuarenta años y no ha cambiado nada, lo que me hace muy feliz, porque el libro aún es relevante. Pero por otro lado me entristece un poco, porque quiere decir que no se ha progresado demasiado.

¿Te gustaría que hubiera habido algún cambio, al menos para ver que la cosa avanza?

No, yo acepto todo tal y como viene. No puedes reescribir libros, no tiene mucho sentido matizar las cosas. Un dato interesante: un estadounidense, Daniel Everett, aprendió la lengua de una tribu amazónica, los piraha, y escribió al respecto un libro llamado Don’t Sleep, There Are Snakes. Es una lengua muy extraña que no tiene números ni oraciones subordinadas, incrustadas, mientras que, según Chomsky, todas las lenguas humanas deben tener necesariamente oraciones subordinadas. Así que Chomsky se enfadó mucho y dijo que Everett era un charlatán. Pero desde entonces más gente ha visitado a los piraha, y ahora Chomsky ha cambiado su discurso y dice que todas las lenguas humanas pueden tener subordinadas, pero no es obligatorio.

¿Qué apareció antes: el lenguaje o el pensamiento?

Creo que lo más probable es que aparecieran a la vez, porque no puedes pensar si no lo puedes articular de alguna manera. Puedes sentir emociones, pero ya dijo Wittgenstein que si un león pudiera hablar no podríamos entenderle.  

Hemos hablado de Incrustados, aunque, cronológicamente, escribiste antes tu primera versión de Orgasmatón. Una obra cuyas hazañas para su publicación ya valdrían para un libro.

Sí, costó un poco que se publicara en inglés. Se tuvo que reescribir tres veces y primero apareció en francés en una versión anterior, algo más breve.  

¿Qué problema tenía para que se censurara?

Iban surgiendo problemas mientras avanzábamos. Hacia 1980 firmé un contrato con Playboy Paperbacks para que publicaran el libro y me dieron un adelanto de diez mil dólares. Pero de repente Playboy perdió su licencia de casino en Londres, que era de donde venía gran parte de su dinero, así que el grupo editor decidió vender Playboy Paperbacks para conseguir algo de dinero. La nueva persona que pusieron a dirigir la editorial no iba a permitir que se publicara ese libro, consideraba una impertinencia que un hombre escribiera sobre asuntos de mujeres.

O sea, que no entendió la idea del libro.

Bueno, la corrección política estaba llegando, y no era un libro demasiado políticamente correcto. Cuando por fin hubo una reseña escrita por una autora británica, feminista y respetada, fue muy entusiasta.

¿Te gusta la definición que hacen de ti de escritor de ciencia ficción racionalista o prefieres escritor de ciencia ficción surrealista?

En realidad prefiero racionalista surrealista. Creo mucho en la racionalidad, pero tengo cierta tendencia a ver las cosas de cierta manera distorsionada y loca. Me interesa dar vueltas a las cosas hasta que pierdan su forma.

Lo de «delirios racionalistas» como subtítulo del primer volumen de tus obras publicadas por la Editorial Gigamesh me encanta.

Sí, es genial. Más ingenioso de lo que se me podría haber ocurrido a mí.

También he leído por ahí que tus ideas son geniales y tus argumentos demoledores, capaces de maravillar y, a la vez, decepcionar a un lector que puede acabar un poco confundido. ¿Crees que tus obras confunden? Y, sobre todo, ¿crees que confundir al lector es sinónimo de decepcionarlo?

Algunos se quejan de que no resuelvo las cosas, otros se quejan de otra cosa, otros de que no les gustan mis personajes, otros están completamente contentos con lo que hago… Cada lector es un mundo.

Quizá es que esa gente lo que quiere son finales fáciles.

Pero es que yo prefiero libros complicados o, al menos, exigentes.

Hablando de esa confusión en el lector, escribiste una historia para ampliar The Fire Worm (1988) llamada Jingling Geordie’s Hole, y después de publicarse en una revista fue votado como el peor relato del año y también como el mejor.

Según me dijeron, en algunos casos la misma persona votó esa historia como la mejor y como la peor.

¿Cómo se entiende eso?

A ver, la historia trata de un chico que queda embarazado de un monstruo y da a luz. Algunas de las escenas no son precisamente bonitas.

Y bueno, ya que hablamos de tus creaciones, tal vez por una de las que más se te dio a conocer al gran público fue por tu colaboración en la escritura de la screen story de A. I. Artificial Intelligence. ¿Cómo fue la experiencia de trabajar con Kubrick?  

Trabajé mano a mano con él durante nueve meses, dos o tres veces a la semana durante varias horas. Si Stanley Kubrick no me hubiera caído bien no lo habría podido soportar. Yo pensaba que la película nunca se haría, y que yo estaba viviendo una comedia surrealista en la que me habían encomendado tratar con un niño paranormal en su guardería. Y me salió bien precisamente por creer que la película no se iba a hacer. Otros se ponían muy nerviosos pensando que estaban tratando con «el gran hombre», la fama y el dinero adicional que les pagarían si la película se llegaba a hacer.

Tú te limitabas a trabajar.

Bueno, yo me divertía, hasta cierto punto. Pero también tuve que poner ciertas limitaciones. Le dije a Stanley que solo trabajaría de lunes a viernes y por las mañanas, excepto cuando le visitara. Y él lo aceptó. Al cabo de un par de semanas me pidió trabajar el fin de semana, y le dije que no, que habíamos acordado que no. Me dijo que si yo era una especie de sindicalista socialista, y le contesté que sí. [Risas].

¿Por qué se añadió a Sara Maitland al proceso creativo?

Stanley siempre quería conseguir lo mejor para su proyecto, y además era muy reservado; no daba explicaciones. Después de mí contrató a Sara Maitland para intentar darle un punto de vista feminista y por su conocimiento de las fábulas. Stanley quería que AI fuera un cuento de hadas para el futuro.

De hecho, recuerda mucho a Pinocho. ¿Qué te pareció el resultado final de la mano de Spielberg?

Es excelente. Básicamente es la película que a Stanley le habría gustado ver. Hay un poco de Spielberg en ella, pero no mucho; básicamente es la película de Stanley, producida y dirigida fielmente por Spielberg. Recibí un correo electrónico de una mujer de una universidad rusa que me dijo que iba a escribir una tesis doctoral basada en las diferencias entre la AI de Spielberg y la de Kubrick. Le contesté que no había demasiada diferencia, y me contestó que era una pena, que yo era la cuarta persona que le decía lo mismo, que qué iba a hacer ahora con su tesis. «No hay nada que investigar, todas mis fuentes me dicen que no hay nada».

¿Sigues sin interés en nuevas colaboraciones en el cine?

John Alan Simon, que convirtió la novela Radio Free Albemuth de Philip K. Dick en una película indie, está muy interesado en producir mi Visitantes milagrosos, pero soy algo escéptico en todo lo que concierne a Hollywood, así que no creo que esto vaya a suceder en los próximos cinco años.

Tenías esa misma sensación respecto a AI.

Sí, pero aquí no hay demasiado dinero detrás. Pero quién sabe. Tienes que tener mucho cuidado y evitar ofrecimientos de jóvenes directores. A mí ya me engañaron tres o cuatro veces. Te dicen que ya tienen el sí de varios buenos actores y que han conseguido financiación de Eslovenia… son todo mentiras. Te dicen que han hablado con XYZ Films, y en realidad lo que han hecho ha sido llamar por teléfono y hablar con la secretaria. Hay gente cuyas ambiciones son mucho mayores que sus posibilidades, y debes evitar que te hagan perder el tiempo.

Hablando de cine, he leído que piensas que Matrix está muy sobrevalorada.

Sí, me pareció que no tenía ningún sentido. Ignoremos el hecho de que los humanos están siendo utilizados como baterías, pero es que había muchas estupideces inexplicables. Tiene ínfulas de profundidad, juega todas las cartas a la vez sin orden ni concierto. Es un pase de modelos con pistolas.

Y, en cambio, Dark City, por ejemplo…

Dark City es maravillosa.

Y no se habla de ella tanto como de Matrix.

Sí, Dark City salió un año antes y se vio eclipsada por  Matrix. Es una lástima, porque Dark City estaba realmente muy bien pensada y filmada, es una obra maestra; mientras que Matrix es solo una película comercial de modelos con armas y kung-fu sin sentido.

Volviendo a tus creaciones, hay que reconocer que son de una diversidad pasmosa, hay hasta cuatro space operas góticas ambientadas en el universo Warhammer 40.000.

Me gusta mucho leer space operas desde muy joven, y nunca pensé que llegaría a escribir una —Incrustados no es exactamente una space opera—. Cuando me llegó la oferta de escribir Warhammer 40.000 al principio me resistí, porque era muy militarista, y es algo que no me gusta demasiado… pero entonces me di cuenta de que necesitaba el dinero, así que acepté. Ninguno de los otros escritores había escrito sobre 40.000, solo querían ocuparse de futuro cercano o ambientación medieval con fantasía. Así que fui el primero en 40.000 y descubrí cómo convertir a estos militares en personajes. Me lo pasé muy bien alucinando exóticas locuras tras el desayuno y volviendo a la realidad a la hora de comer.

Tu solución fue hacer personajes más profundos.

Demasiado profundos, en algún caso. Por ejemplo, en Space Marine añadí algo de subtexto homoerótico y me dijeron que todo eso lo quitara. De hecho la publicación se paró y cuando la reanudaron ocho o nueve meses más tarde había un distribuidor nuevo en Games Workshop, que no tenía ni idea de que me habían pedido que eliminara muchas cosas de mi novela y yo no se lo dije. Así que se publicó tal y como yo la había escrito. Les molestó mucho, pero me dio igual.

Y siguiendo con esa diversidad, tienes un libro de recetas escrito junto a Cristina: Cincuenta recetas con nombre.

Sí, eso fue muy interesante. Fue para la celebración del 50.º aniversario de Círculo de Lectores. La idea era recoger recetas que tuvieran el nombre de gente asociada con ellos. No es tan fácil como podrías pensar porque, en primer lugar, muchos de los platos con nombre están asociados a chefs franceses, y no queríamos llenar todo un libro así. Descubrí cosas muy interesantes, una especie de historia secreta del siglo XIX conectada con la gastronomía. Los británicos controlaban Mahón, y los franceses atacaron y los echaron. El general francés se trasladó allá y descubrió la mahonesa. La llevó a Francia y de allí llegó a Rusia, convirtiéndose en la base de la ensaladilla rusa —que, por cierto en Rusia no se llama así, sino Olivier—. Había muchas historias curiosas como esta. Estoy muy enfadado con Portugal, porque tienen mil recetas con bacalao pero solo una con el nombre de una persona, el bacalao Gomes de Sá, que era un hombre relacionado con el negocio del bacalao. Estuve en Portugal y vi que en un restaurante lo ofrecían, y me dije que, tras dedicarle dos páginas, tenía que probarlo, por fin. Pues habían eliminado toda la carne del bacalao y me sirvieron las espinas con patatas y cebollas, los muy cabrones.

Además de escribir sobre platos, Cristina y tú habéis fundado la editorial digital Palabaristas («Word-Jugglers») Press.

Edito un poco algunos textos, pero aparte de eso no estoy muy metido en el tema. Pero sí hemos publicado en Palabaristas una colección de mis historias.

¿Qué tal te llevas con la edición digital?

Tengo un Kindle y no lo uso nunca. Me gustan el libro en papel, soy muy anticuado. Me gusta abrirlo por primera vez, señalar las páginas… Me gusta tener papel y un bolígrafo para apuntar cosas que se me ocurren.

¿Entiendes a todos aquellos editores o escritores que están en contra del libro electrónico?

No estoy en contra, porque el fondo editorial de mis libros existe gracias al libro electrónico.

Entonces, podemos decir que simplemente no te sientes cómodo con el formato.

No lo sé, nunca lo he intentado. Bueno, mira mi teléfono [nos muestra un Nokia de los dos miles].

Cristina ya me dijo que te encanta la tecnología y el futuro, pero que para la BCon hiciste una tabla inmensa sobre la mesa, con metros y metros de papel.

Sí, y fue muy útil. Lo que pasa es que Excel no es demasiado flexible para ese tipo de diagramas de flujos.

Ya que hablamos del mundo digital, ¿qué piensas de todos esos espacios para la autoedición (desde webs especializadas hasta monstruos como Amazon)?

Soy muy escéptico al respecto por motivos de calidad. El hecho de que cualquiera pueda publicar un libro es un riesgo. Se puede hacer bien si la persona sabe lo que está haciendo. Si a un escritor le han publicado diez libros y de repente se le cierran las puertas de las editoriales, sabe qué tiene que hacer. Pero los amateurs tienen muchos números para que sea un desastre, y si hay muchos desastres tu libro desaparece porque nadie sabe de él.

Se suele decir que actualmente hay más escritores que lectores.

Sí, todo el mundo piensa que tiene un libro en su interior, y están equivocados. Yo no creo que tenga un cuadro dentro de mí, pero con las palabras parece que es distinto.

¿Y no crees que este tipo de plataformas digitales puede dar pie a un nuevo tipo de literatura pulp, por ejemplo?

No tiene el espíritu del pulp, que se basaba en la diversión. Hemos superado el pulp debido a los conocimientos científicos que tenemos. Yo no me leería ningún libro cuyo autor no supiera qué es una estrella, un planeta o un asteroide. No leeré cosas que contengan errores elementales de ese tipo. O literarios.

¿Qué tal tu relación con los escritores españoles de ciencia ficción?

¡Conozco a muchos!

Lo sé. Y sé también que les ayudas.

Espero que [Juan Miguel] Aguilera gane el premio de la Asociación Británica de Ciencia Ficción, porque diseñó la portada de mi colección de historias The 1000 Year Reich y está entre los seis nominados que han pasado la segunda criba.

¿Lees a autores como Emilio Bueso o Guillem López?

El número de autores a los que no leo es muy grande, porque si el libro es bueno quiero que dure mucho, así que leo muy despacio. No leo a toda velocidad solo para acabarlo y decir que lo he leído.

Y hablando en general, ¿cómo crees que está la salud de la ciencia ficción?

Creo que estamos mejor que antes.

Detecto que a mi alrededor hay mucha gente que no veía o leía ciencia ficción pero que ahora se está aficionando. Quizá series como Juego de tronos o Westworld están ayudando a llegar al público.

No calificaría Juego de tronos como ciencia ficción. En Inglaterra separamos la ciencia ficción, la fantasía y el terror, aunque ya sé que aquí se amalgama todo. Pero sí, están saliendo algunas cosas muy buenas hechas por HBO y otras, que son muy superiores en cuanto a calidad y no particularmente estúpidas. La llegada, por ejemplo, es una película maravillosa.

¿Continúa siendo Viaje a Arcturus tu libro favorito?

Sí, ¿por qué no? Si tuviera que llevarme un libro a una isla desierta sería ese, porque posee la mejor gama de reacciones emocionales posibles a diferentes filosofías de vida. Está publicado en español por una editorial pequeña. La introducción es de Alan Moore, y tiene las únicas fotos de David Lindsay que he visto.

Normalmente acabo la entrevista pidiendo algunas recomendaciones literarias. En tu caso lo haremos así y añadiremos que recomiendes un par de buenas cervezas.

No soy un experto en cervezas, pero tengo algunas que me gustan y otras que odio. En cuanto a escritores, Adam Roberts, recomendaría The Thing Itself, que es magnífico. Y tiene otros muy buenos libros. En cuanto a cervezas, ahora hay miles de buenas cervezas artesanales, así que es complicado recomendar una, pero me quedaría con cualquier cerveza Porter. El nombre, por cierto, viene de los porteadores de los mercados de Londres, que empezaban a trabajar a las dos de la mañana para llevar a la ciudad las verduras del campo y poder abrir a las seis. Y local, una Voll Damm.


Owen Jones: «Lo que ha ocurrido en Gran Bretaña es un aviso para Europa»

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«Socialismo y gatos», pone en su cuenta de Instagram como toda biografía. Y quizá sea la mejor manera de presentarle, porque no hay forma de hacerlo por la vía convencional. Por su título es historiador, pero le preocupa solo el presente; por su currículo es escritor, pero no le gusta escribir; y por su oficio es periodista, pero reniega frecuentemente de la prensa. Y desde la publicación en 2011 de su aplaudido Chavs. La demonización de la clase obrera es también una de las voces más lúcidas de la nueva izquierda británica y europea, pero incluso en eso hay cierta contradicción. La suya es la enésima nueva izquierda, porque él mismo se define como socialista de cuarta generación. Solo una cosa es segura: Owen Jones (Sheffield, 1984) no es un político. Aunque sea precisamente eso a lo que más se parece.

Nos encontramos con Jones en Gijón, donde acudió invitado por Unidos Podemos. Participó en varios actos electorales y pidió el voto para la formación. Los morados le ganaron el día que renunciaron a la liturgia, dice. Y por eso ha puesto sus armas a su servicio, que no son pocas. No hay celebridad progresista en Europa que no haya pasado ya por el canal de Owen Jones en Youtube, desde Yanis Varoufakis a Manuela Carmena, Ian McKellen o Michael Moore, en el año escaso que lleva en marcha. En Twitter le siguen casi medio millón de almas. En Facebook casi un cuarto. Y con esas cifras, mira por dónde, lo de menos es la columna fija en The Guardian. Es hijo de su tiempo, aporta él como explicación. Solamente ocurre que vivimos tiempos poco ortodoxos.

¿Analista? ¿Periodista? ¿Escritor? ¿Gurú? Ayúdame con las etiquetas.

Gurú seguro que no. Yo me considero un activista. Técnicamente soy periodista, porque escribo para periódicos como The Guardian. Pero no me gusta escribir. Lo encuentro aburrido. Y de todas formas tampoco soy un gran escritor [ríe]. No escribo porque me guste hacerlo ni para presumir de lo que pienso; lo hago con el objetivo de contribuir a un objetivo más amplio.

En realidad, todo lo que hago, ya sea a través de la tele, de la radio, escribiendo o en Youtube, tiene esa misma finalidad. Lo hago con una motivación política. Se trata de transmitir ideas, causas o creencias de algún tipo. O de hablar de gente que está siendo ignorada y no tiene una plataforma desde la que expresarse. Por eso me veo como un activista, como un elemento más dentro de movimientos más grandes. Unos movimientos en Gran Bretaña, pero también en Europa y en todo el mundo, que intentan construir —sin querer parecer presuntuoso— otro tipo de sociedad. Y mi idea de cómo conseguir ese cambio no pasa por los individuos, sino a través de gente organizada que intenta forzar un cambio colectivamente. Digamos que es un ataque en muchos frentes, que incluye a sindicatos, comunidades, movimientos sociales, gente en los medios, políticos, cultura… Todos tenemos nuestro papel. Aunque sea también escribiendo, como es mi caso, que es algo que no me entusiasma.

Sueles mostrarte muy escéptico con la prensa occidental, y en particular la británica. Con frecuencia has criticado su filiación con el poder.

Aquí el Gobierno no controla las televisiones y los periódicos, como sí pasa en Corea del Norte. Eso es evidente. No quiero establecer comparaciones porque en otros países los periodistas son perseguidos, torturados y asesinados, lo que sin duda es mucho más grave. Pero en Occidente, especialmente en Gran Bretaña, los medios son cada vez más propiedad de una serie de magnates políticamente muy agresivos, por una parte,  y quienes escriben y trabajan en ellos proceden cada vez más de un entorno social privilegiado y muy reducido, por la otra. Esto último se debe a cosas como las becas periodísticas no remuneradas, por ejemplo, en las que tienes que trabajar gratis. Es algo que se pueden permitir solo quienes tienes padres pudientes. También al hecho de que el acceso al oficio sea a través de cursos y procesos de cualificación que, de nuevo, solo se pueden permitir unos pocos. Y eso cambia la manera de hacer las cosas, evidentemente. Y las cosas que se dicen y las que no. Nos decimos que en Occidente disfrutamos de libertad de prensa pero en la práctica existe un repertorio de ideas políticas que resultan aceptables y existe otro de ideas que no son aceptables.

¿Tiene eso que ver con tu salto Youtube?

Youtube me permite llegar a la gente más joven, a muchos a los que no llego con las columnas en The Guardian. Empecé hace cerca de un año y hasta ahora ha ido muy bien. Cuando se trata de llegar a la gente creo que es el mejor camino. En particular a la gente más joven, que me parece algo importantísimo.

Hace tiempo una artista pop británica —Paloma Faith, en España seguro que se la conoce también, su familia es española— hizo una gira de conciertos por Gran Bretaña y me pidió que la acompañara, pero solo pude ir a dos: el del O2 Arena en Londres y el de Brighton. Y abrí los conciertos con un discurso político. Es algo muy inusual pero lo hice por eso mismo, para llegar a una audiencia distinta a la de los canales convencionales. Youtube presenta esa misma ventaja. Cuando voy a la tele es más una confrontación. Tienes que discutir con gente. En Youtube, sin embargo, hablas con quien quieres, estés o no de acuerdo con sus ideas, y te expresas con más informalidad. Y relajadamente.

En parte, tiene que ver con la misma razón por la que me llama tanto Podemos. Intento rebelarme contra las formas de la izquierda tradicional. Mis padres son trotskistas, mi abuelo era comunista y luchó en la Segunda Guerra Mundial, mi bisabuelo participó en la gran huelga general de 1926, etcétera. Conozco la historia, las tradiciones, la manera que tenemos de hablar, todo eso. Crecí rodeado de gente muy involucrada políticamente, en el sentido más convencional. Me interesa llegar a quienes están menos familiarizados con eso. No se trata de rechazarlo, sino de decir lo mismo de otras formas, porque se lo estás contando a otras personas, a otra generación. Y en Youtube puedo hacerlo. Es más relajado, es más directo y es más divertido.

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Y es eficaz, no cabe duda. De hecho, Pablo Iglesias ha hablado mucho de esa futilidad del discurso tradicional y de la necesidad de abandonar determinados símbolos si se quiere conquistar electoralmente. Es algo que ya no funciona, dice.

Es uno de los problemas de la izquierda tradicional. Si no usas sus símbolos y su lenguaje se sienten traicionados. Pero el hecho de que quieras llegar a la gente y para ello renuncies a la retórica tradicional y los símbolos no quiere decir que te estés rindiendo a tus enemigos.

Quizá no es algo tan nuevo, al menos en España. En la derecha se hizo antes, y por cierto con mucho éxito.

Exacto. Suele decirse que la derecha busca conversos y la izquierda busca traidores. Mi impresión es que en la derecha predican el individualismo, pero frecuentemente trabajan colectivamente; mientras que en la izquierda se promueve un enfoque colectivo, pero frecuentemente se comporta de forma muy individualista. También creo que a la izquierda le cuesta reconocer que la mayoría de las personas no piensa ya en esos términos, en derecha o en izquierda, sino que piensa en asuntos que deben solucionarse.

Einstein decía que la locura es hacer las cosas siempre igual y esperar resultados distintos. Y yo estoy cansado de eso, de esperar diferentes resultados. Tengo treinta y un años y solo he conocido derrotas. Derrotas, derrotas, derrotas. Mis padres son de una época en que la izquierda tenía un cierto optimismo, creía que la historia estaba de su lado. Pero yo no. Estoy harto de perder. Y no estoy interesado en perder y consolarme pensando que tengo razón. Lo que me interesa es hacer las cosas de manera distinta. Eso no es rendirse. No quiere decir que apoyes las privatizaciones o que optes por reducir los impuestos a los ricos, sino que pretendes comunicar de forma distinta para alcanzar los mismos objetivos. Pero no por eso eres una subcultura, como los hipsters. Eso no me interesa, quiero ganar. Quiero que gane la izquierda.

Por eso te encontramos hoy en España, entiendo, involucrado activamente en la campaña electoral de Podemos.

Estoy aquí por muchas razones. Creo que Europa se enfrenta a una crisis existencial. Nuestra generación da por sentado demasiadas cosas. Miramos a la década de 1930 como si fuera un universo distinto, como algo que está muerto. Pero lo cierto es que, desde la caída del régimen genocida de Adolf Hitler, la extrema derecha no ha sido tan poderosa en Europa como lo es hoy.

Por un lado hoy tienes a los políticos del miedo y del odio, como Amanecer Dorado en Grecia, la extrema derecha en Austria, el Frente Nacional en Francia o, en mi país, el UKIP; y por el otro a la política que se fundamenta en la esperanza, como los verdes austríacos, el fenómeno Corbyn en Reino Unido o Unidos Podemos en España. Y mi percepción es que si no triunfan las políticas que ejemplifican Unidos Podemos y el resto, se verá contestado por los otros. Políticamente, es ellos o nosotros. Y esto trasciende la escala nacional.

Hay una batalla en curso por el futuro de Europa. Para decidir si Europa quiere retar a los poderosos y ganarse el interés de la mayoría o si quiere culpar de todos sus males a los inmigrantes y a los extranjeros, a los propios vecinos, lo que supondría el final de la Unión Europea y un retroceso al estado en el que estábamos hace muchas décadas. En mi opinión, el enfoque que representa Unidos Podemos no afecta solo a España, sino a toda Europa. Si a Unidos Podemos le va mal será una derrota para todas las fuerzas europeas de izquierda y una gran victoria para todas las fuerzas de derecha radical. Lo que pase en España es de una importancia vital.

¿También para Reino Unido?

Como parte de Europa, sí. Esa es otra razón por la que estoy hoy en España, porque quiero aprender. Mira, la situación política en Gran Bretaña es terrible. Amo a mi país y nunca he temido más por su futuro, porque da auténtico miedo. Muchas cosas se han hecho mal hasta vernos en este punto, y en eso me incluyo a mí mismo.

En Gran Bretaña da la impresión de que la gente como yo no quiere hablar de inmigración, y eso es falso. Yo mismo y muchos como yo estamos encantados de hablar de los miedos y las preocupaciones de la gente asociados al asunto de la inmigración. Pero es que en mi país la gente tiene muchos problemas —la ausencia de viviendas asequible, la caída de los sueldos, la degeneración de los servicios públicos, etcétera— que tienen poco o nada que ver con la inmigración, que empiezan porque vivimos en una sociedad que pone los intereses del mercado por delante las aspiraciones de la mayoría. Y, sin embargo, hemos fracasado al explicar eso, y ese fracaso comporta que hoy todo ello se reduzca al prisma de la inmigración.

Ese fracaso dio alas a la campaña a favor de la salida de Reino Unido de la Unión Europea, el Brexit, que por eso mismo se fundamentó en odio y en intolerancia, cuando no sencillamente en mentiras. En decir que los extranjeros e inmigrantes son violadores, asesinos y criminales, sin más, o que Turquía está a punto de entrar en la Unión Europea, algo que es sencillamente falso. Es una retórica que estaba arrinconada en el espacio de comentarios de los diarios online y que ahora es una campaña mainstream. Y así vimos cosas como aquello que ocurrió un par de semanas antes del referéndum, cuando Jo Cox fue asesinada. Una diputada laborista proeuropea que venía defendiendo sin cesar la causa de los refugiados y luchando contra la islamofobia, asesinada a plena luz del día por un terrorista neonazi.

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Tristemente, aquello sirvió otro ejemplo de la importancia de la retórica, porque muchos euroescépticos se niegan todavía a calificar al asesino de terrorista.

En su momento lo calificaron como un enfermo mental, eso quisieron hacer ver. ¿Habrían hecho lo mismo si el autor hubiera sido un musulmán? Claro que no. Desde que supieron de este ataque terrorista entraron en pánico, porque pensaron que podía decantar el referéndum, y no tuvieron reparos en llamarlo de otra forma.

Por eso me preocupa tanto el futuro del país, porque han desatado un huracán, han liberado fuerzas que no pueden controlar. Gente como Boris Johnson, que es un charlatán. Ni siquiera él cree lo que dice, pero le da igual, y eso es lo que lo hace todavía peor. O Michael Gove, el secretario de Justicia con David Cameron y unos de los líderes de la campaña por el Brexit. Él sabe perfectamente que la adhesión de Turquía a la Unión Europea no es inminente, ni muchísimo menos, pero cuando se amplió el plazo para inscribirse como votante dijo que solo quedaban cuarenta y ocho horas para evitar que Turquía entrara en la UE y frenar la libertad de movimientos y evitar que los delincuentes turcos vinieran a Gran Bretaña. Es increíble, literalmente increíble, porque ni él mismo se lo cree. Sabe que es mentira y debería ser condenado por la historia por lo que ha hecho. Ha incitado y legitimado la intolerancia y unos prejuicios racistas muy, muy peligrosos.

No sé cuál es el futuro de Gran Bretaña. Crecí en un pueblo cuyo mayor problema es que la gente no se muda allí, el porcentaje de inmigrantes ronda el 4 %. La mayoría son irlandeses, país con el que tenemos un tratado de libertad de movimiento desde hace décadas. Después vienen los pakistaníes, que representan el 0,8 %. Y aun así mucha gente de allí dice que los problemas que afrontan, como la falta de vivienda, de trabajos estables y la caída de los salarios, es por culpa de los inmigrantes. Solo es un ejemplo, pero demuestra el fracaso de la gente como yo y tenemos que aceptarlo. Lo que ha pasado en Gran Bretaña es un aviso para Europa. Y por eso España es tan importante, un país del que debemos aprender. Tenéis unos problemas mayores que los nuestros y no culpáis de ellos a la inmigración.

Eso es cierto. Hay un grado de xenofobia en la política pero no es tan alto como en otros países de nuestro entorno ni llega a jugar un papel tan determinante. ¿A qué crees que se debe esta singularidad?

A muchas razones. Primero, que aún tenéis reciente en la memoria el sometimiento a una dictadura, y también que muchos españoles tuvieron que huir del país por pobreza o la dictadura. Eso mueve cierta empatía pero no basta por sí mismo, como demuestran los hechos. En muchos otros países también concurren estos factores. Grecia, por ejemplo. Muchos griegos han tenido que emigrar y también tuvieron una dictadura, pero allí tienes a los neonazis de Amanecer Dorado ganando espacio político.

Sí creo que el movimiento del 15-M ha sido decisivo en este sentido. Ese 2011 millones de personas se movilizaron en mayor o menor grado para recordar quién es responsable de los problemas que afronta España. Creo que ese movimiento es de importancia crítica para explicar el escenario actual. Y no creo que los españoles os deis cuenta de que sois un ejemplo, en este sentido, y de que habéis ofrecido un cierto liderazgo a las izquierdas en Europa. ¿Qué pasaría en Europa si no tuviéramos al menos un país importante en el que la gente se une en movimientos nuevos para denunciar que la culpa es de los que están arriba y no de los vecinos?

Pero el éxito de esa movilización cívica también es algo excepcional, sabemos que en Europa ha tenido efectos distintos. Tú mismo, al entrevistar a Yanis Varoufakis en tu canal de Youtube, decías que el júbilo que se desató en Grecia con el ascenso de Syriza al Gobierno fue lo que dio miedo a mucha gente y precipitó su derrota. ¿O es que a lo Grecia no hay que considerarlo una derrota?

Por supuesto que lo de Grecia fue una derrota. Mira, en enero de 2015 estuve en Atenas y viví en persona la alegría y la esperanza que despertaba Syriza, eso que tanto inquietó a las élites europeas. Donald Tusk, presidente del Consejo Europeo, dijo entonces que no les asustaba el contagio económico o financiero, sino el político. El razonamiento es sencillo: si consiguen algo, eso puede motivar a otros a intentarlo también. Naturalmente, esta gente no es idiota. Sabe que lo mismo que pasa en Grecia puede pasar en Italia, en Irlanda o en España. Así que el mensaje que lanzaron es claro: «Mirad qué os puede pasar, ellos lo intentaron y ahora están castigados. Si vosotros también lo intentáis os pasará lo mismo».

Y funcionó, al menos en parte. Castigaron a Syriza como ejemplo, y Podemos bajó entonces en las encuestas. La diferencia es que la economía de Grecia representa el 2 % de la europea y tiene 11 millones de habitantes. Es un país precioso, están orgullosos de su historia, inventaron la democracia, pero es un país muy pequeño. Es imposible que le pudieran hacer lo mismo a España. Si lo hicieran la UE se derrumbaría. España representa la cuarta o quinta economía de la zona euro, es inimaginable que pudiera suceder lo mismo. Así que es distinto.

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Hablando de las circunstancias singulares de España debemos considerar también el derrumbe del sistema bipartidista. Demos por sentado que en un hecho así siempre concurren muchos factores pero detengámonos en algo que te dijo a ti mismo Manuela Carmena, alcaldesa de Madrid, cuando la entrevistaste. Ella lo aducía a la «mediocridad» en la que se han instalado las dos fuerzas del bipartidismo, PP y PSOE, con el paso de los años. ¿Compartes esta visión?

No sé si usaría esa palabra, pero es cierto que se han vuelto unos partidos tecnócratas inflexibles y sin capacidad de maniobra. Y su base se ha reducido mucho. Son partidos dominados por tecnócratas de carrera y oportunistas, gente sin raíces que se toma la política como una carrera. «Si me hago político tendré contactos y experiencia, y acabaré trabajando para una gran empresa porque sabré cómo funciona el Estado». Ese es el problema: la democracia ya no es una vocación de servicio, sino un trampolín para conseguir contactos lucrativos en el sector privado y mejorar tu carrera.

No es que vengamos de una época dorada en la que esto no ocurría, pero inevitablemente es un problema que se agudiza cuanto más grande es un partido y cuanto más tiempo pasa en el poder. Y así aparecen las puertas giratorias. Eso ha minado al sistema bipartidista en España, porque la gente se da cuenta de ello. Por eso incido en la importancia que tienen partidos como Podemos, con un sustento firme en movimientos sociales como los de los indignados o las fuerzas antidesahucio. Si un partido no se nutre de eso, de una base amplia y diversa, se nutre de trepas motivados no por principios, sino por oportunismo. Es uno de los grandes problemas que tiene hoy la socialdemocracia en toda Europa, sin ir más lejos.

De eso quería hablar también. Decías antes que si la nueva izquierda no triunfa en Europa lo hará la extrema derecha. Hablas como si la socialdemocracia ya no existiera.

Hay que decir que los problemas de la socialdemocracia son muchos y comenzaron hace ya mucho tiempo. Piensa en el auge de la nueva derecha, el thatcherismo y todo eso, y la derrota entonces de los sindicatos, que venían siendo sido el pilar histórico de la socialdemocracia; piensa en la globalización, que redujo aún más el margen de maniobra de los gobiernos socialdemócratas; piensa en el final de la Guerra Fría, cuando se estableció en política la idea de que no existía una alternativa no solo al capitalismo, sino al libre mercado; piensa en la reducción de la antigua clase trabajadora industrial europea, que era la base electoral de la socialdemocracia; piensa en el crash financiero; etcétera. Hasta llegar al punto en el que estamos hoy, cuando fácilmente te encuentras con socialdemócratas apoyando la austeridad, e incluso poniéndola en marcha. Si eres socialdemócrata y no crees en la inversión pública no tienes nada más que decir. La socialdemocracia se ha derrumbado como fuerza política independiente con una visión del mundo coherente.

Y ese espacio que antes ocupaba la socialdemocracia, y que la reciente recesión económica ha contribuido a vaciar más, lo ocupan o partidos políticos de derechas populistas y antiinmigración —como el Frente Nacional francés, los Demócratas Suecos, los True Finns en Finlandia, UKIP en Gran Bretaña, Amanecer Dorado en Grecia— o nuevas formaciones de izquierda, como Podemos, Syriza, los verdes de Austria o Jeremy Corbyn en Reino Unido. Todos son productos específicos de la cultura política y la historia y el contexto de cada país, por supuesto, pero comparten esa característica. No nos hemos recuperado aún del crash financiero, claramente ha sido una década perdida, y todo apunta a que viviremos una nueva recesión en los próximos dos años. Todo el resentimiento que eso genera ha de canalizarse en alguna dirección. Pero eso digo que si no triunfa la nueva izquierda lo hará la extrema derecha.

Y por eso incido mucho en la importancia de la situación en España. Si a Unidos Podemos no le va bien en España a corto plazo eso tendrá un gran impacto en el resto de Europa, porque querrá decir que la extrema derecha, la antiinmigración, tiene más posibilidades de ocupar ese espacio. Y si le va bien servirá de ejemplo y aumentará la confianza de los otros en Europa. Hoy España es de enorme importancia desde el punto de vista político. Es un ejemplo de país europeo que sufre social y económicamente en el que la extrema derecha, sin embargo, no ha triunfado. Aquí no habéis sucumbido ante estas políticas, no tenéis un gran partido antiinmigración. Eso demuestra que aunque se caiga en una crisis económica de enorme magnitud no es inevitable que se acabe culpando a los extranjeros. España tiene una importancia crucial. ¿Cómo podría siquiera sugerirse lo contrario? Y, valoraciones políticas aparte, es algo de lo que los españoles debería estar muy orgullosos, aunque tengo la impresión de que internamente no se percibe así. Es algo que quizá se ve mejor desde fuera del país.

Como ocurre con frecuencia.

Y particularmente en la izquierda británica, que mantiene una relación con España y un cierto grado de atención del que aquí, soy consciente, no se está tan al corriente. El año pasado hablé en el Annual International Brigades Memorial y pude comprobar que aún persiste esta noción en Gran Bretaña de «si nosotros, las fuerzas progresistas, hubiésemos actuado en España, podríamos haber detenido la II Guerra Mundial». Es una simplificación enorme, por supuesto, pero piensa en lo que siguió a la caída de la República en España. Y persiste aún la idea de que mucho empezó aquí, en España, y de que podría haberse atajado. George Orwell, Ken Loach… Existe un cierto afecto en la izquierda británica por España. De hecho, no solo en la izquierda. Ted Heath, recordemos, que más tarde fue primer ministro conservador, apoyó en su día a la República y estuvo en España durante la Guerra Civil. Hubo gente entonces que tuvo la lucidez de comprender la importancia del caso español y su trascendencia a largo plazo, y hoy ocurre algo parecido. Hablamos de paralelismos, claro. No estamos en la década de los 1930, evidentemente hablamos de escenarios muy distintos, pero aun así resuenan ciertos ecos que recuerdan a aquella situación.

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Has hablado del populismo de derechas, pero no del de izquierdas. ¿Acaso no es Podemos un partido populista?

Ocurre que «populismo» es un término abierto a diversas interpretaciones, muchas de ellas peyorativas. Y se entiende de forma distinta en inglés y en español. Por ejemplo, aquí «radical» es un término con connotaciones muy negativas, mientras que en Gran Bretaña no es así. Es algo a lo que tengo que prestar atención en España, porque la palabra se entiende de forma distinta. David Cameron, ex primer ministro conservador, decía que sus políticas eran radicales. Del mismo modo, en Gran Bretaña «populista» puede ser algo negativo, pero no necesariamente. Ningún primer ministro se autodenominaría populista, pero eso no significa que no pueda significar algo positivo en según qué contextos.

El populismo negativo, tal y como suele entenderse aquí, se refiere generalmente a la demagogia, a apelar a los instintos más básicos de la gente, pero Podemos no hace eso, claramente. Lo que está intentando hacer es aceptar el hecho de que no puedes ganar si haces lo mismo de siempre, haciendo ondear banderas rojas y hablando de neoliberalismo, capitalismo y socialismo. Tienes que ir al lugar donde está la gente. Tienes que basarte en las experiencias de la mayoría de la gente. Lo que molesta a la izquierda tradicional, incluyendo la británica, es el mensaje que se lanza desde Podemos cuando dicen que no se trata de izquierda o derecha, refiriéndose en cambio a mayorías y minorías o a los de arriba y los de abajo. Incluso en la izquierda británica se ha criticado a Podemos por eso —aunque deberían ser más humildes, para empezar, porque si comparas el estado de una izquierda y de otra, no hay color—. Podemos acepta que nuestro interés común compartido es distinto del de los que están arriba, y eso es una manera muy lúcida de mirar el mundo. Y no creo que se trate de populismo, de verdad, sino de comunicar de una manera que llegue mejor a la gente. En Gran Bretaña y otros lugares la izquierda está en peligro, pienso. Mucha gente vive su ideología como si consistiera solo en tener una manera de hablar y una manera de vestir. Como si fuera una subcultura de la que resulta guay formar parte. Yo no quiero participar en eso. Y no creo que lo contrario, que es lo que representa Podemos, sea ser populista.

¿Y no crees que Podemos, a fuerza de evitar las terminologías, corre el riesgo de evitar los propios temas? Es un reproche que se les hace con frecuencia, su indefinición. Si evitas hablar de separatismo, si evitas hablar de la monarquía, si evitas hablar de socialismo…

Mira, yo me considero socialista y he comprobado de primera mano que, en el contexto británico, eso no le dice mucho a gran parte de la población. Sin embargo, esas mismas personas están de acuerdo conmigo en muchas cosas: en que los ricos deberían pagar más impuestos de los que pagan ahora, en que se debería luchar fieramente contra la evasión fiscal, en que el sistema de ferrocarriles es un bien que debería servir al interés común, en que la política de recortes que estamos viviendo debería cesar, etcétera. Eso es socialismo y sin embargo ya nadie asocia esas palabras, «socialismo», «socialista», con esas ideas. No veo por qué se tienen que usar esas palabras cuando estamos de acuerdo en que no sirven para comunicar nuestras intenciones, o por qué sería peor contar directamente nuestras intenciones. Y en cuanto al republicanismo, mira: yo creo en los jefes de Estado electos. ¿Qué mejor forma de celebrar la democracia que tener un jefe de Estado elegido democráticamente por el pueblo? Pero acepto que formo parte de una minoría en Gran Bretaña, de solo entre el 20 % y el 25%. Es una corriente muy marginal. La reina es muy popular.

Esa popularidad puede cambiar, es otro ejemplo que puede brindar España.

Sí, claro. Pero si fuera político e hiciera una lista de prioridades probablemente estaría en el puesto 526. Es una batalla que algún día me gustaría ganar, claro, pero antes tengo otras prioridades: que la gente rica pague más impuestos, acabar con los recortes, todo eso de lo que acabamos de hablar. Aneurin Bevan, el fundador del Sistema Nacional de Salud, un icono de la izquierda británica, dijo que el socialismo es el idioma de las prioridades. Y con eso quiso decir que no podrás conseguir todo aquello en lo que crees, que no tiene sentido que pretendas que se haga todo lo que quieres. Lo que hay que hacer es aceptar que tienes que empezar ganando algunas batallas, y entonces quizá, más adelante…

Sí, pero eso mismo debes decirlo. Debes explicar al ciudadano que evitas ese tema porque no es prioritario.

Pero es que no tiene sentido volver loca a la gente. Mira, uno de los mayores problemas que tiene España, y es devastador, es que la gente joven no encuentra trabajo. Y no es solo un problema ahora. Si pasas tu juventud sin trabajo en el futuro tendrás peores puestos, estarás más frecuentemente en el paro, disfrutarás de peores sueldos, etcétera. Con el desgaste que eso apareja psicológicamente y las consecuencias sociales que trae en el largo plazo. Es terrible. Es algo que debe atajarse sin demora porque, además de ser un problema fundamental en la economía, sencillamente trae sufrimiento y frustración a la gente. Muchas cosas más deben ir cambiando, claro, pero esa es la primera y la más urgente. Y la actitud responsable, como político, no es no ponerle solución porque lo quieres todo o nada. Uno, porque no es realista políticamente, no lo vas a conseguir; y dos, porque no se trata solo de ti, se trata de toda la gente que sufrirá las consecuencias. Ser progresista significa no satisfacerte a ti mismo, sino conseguir para la mayoría de la sociedad la justicia de la que ahora carece. Y ellos pagarán el precio de tu determinación ideológica si no aceptas que algunas cosas no sean como tú quieres. Si yo fuera un político y pudiera conseguir algo en Gran Bretaña, ya sea que los ricos paguen más impuestos, desarrollar una estrategia industrial para crear empleo seguro y de calidad, acabar con los recortes que están destrozando la vida de mucha gente… eso sería una transformación para la vida de millones de personas. Y solo entonces podría seguir con el resto de asuntos que quiero conseguir.

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Me gustaría hablar contigo del odio en internet, aunque intuyo que la palabra se queda corta cuando se trata de calificar muchas de las cosas a las que te tienes que enfrentar.

Hace poco, durante una charla, me hicieron una foto con una pizarra blanca en la que me dediqué a exponer por qué yo, como ciudadano británico, me quería quedar en la UE, incluyendo argumentos como que me gustaría ver a los pueblos de Europa unidos mediante instituciones más democráticas, etcétera. Los activistas de extrema derecha manipularon la imagen para que dijera que quería a Reino Unido en la UE para privar al país de independencia como castigo por el colonialismo. Y esa imagen trucada se hizo viral en Britain First —movimiento del que era afín activista el asesino de Jo Cox—, ya que la colgaron en su perfil, y la gente comenzó a discutir abiertamente cómo me iban a matar: degollarme, patearme la cabeza hasta que se me salieran los sesos, quemarme vivo, a golpes de machete…

A eso me refería. También he leído que se han llegado a distribuir imágenes del edificio en el que vives, señalando específicamente las ventanas de tu casa y la puerta que cruzas cada mañana, y que en ciertos foros neonazis en internet se ha llegado a hablar de la puesta en marcha de una campaña con el objetivo de infectarte con el virus del VIH. Intimidaciones como esta ocurren constantemente en internet y llamarlas «odio» o «troleo» es mostrarse condescendiente con ellas, y de esta forma darle alas. Es brutalidad, es criminalidad y es inaceptable. ¿Por qué lo consentimos?

Primero, creo que la mayoría son keyboard warriors [malotes de teclado], fracasados patéticos y, en algunos casos, gente con problemas mentales. Y segundo, yo no voy a cambiar porque algunos intenten cambiar las cosas a base de infundir terror. No me voy a asustar de ellos, tengo cosas más importantes de las que asustarme. ¿Qué se supone que tengo que hacer? ¿Encerrarme en mi piso, recubrirlo de acero y sentarme aterrorizado en un rincón? Yo me muevo por Londres en bicicleta, tengo más posibilidades de ser atropellado que de ser asesinado por gente de la extrema derecha. Evidentemente tengo que ser prudente hasta cierto punto, pero ni estoy asustado ni quero darles la satisfacción de estarlo. Tampoco se puede hacer mucho más, quizá es la propia naturaleza humana: hay gente a la que le gusta aterrorizar a otras personas. ¿Y qué puedo hacer al respecto? Nada. No sé, tengo que seguir viviendo mi vida, igual que todo el mundo, no voy a vivir con miedo. Más que miedo, me da pena la gente que ha hecho esos vídeos fantaseando sobre cómo me van a volar los sesos.

Imagino que no ha mejorado en fechas recientes. Hace poco, tras la matanza de cincuenta y nueve personas en una discoteca gay de Orlando, abandonaste el estudio de televisión de Sky News en directo cuando el presentador se negó reiteradamente a calificarlo como un ataque contra el colectivo LGTB y en su lugar hablaba de un ataque contra «personas», como si la homofobia no tuviera parte.

Soy la última persona que abandona en directo un estudio de televisión, me gustan muy poco ese tipo de cosas. Pero es que me rendí, no podía más. Orlando ha sido la mayor matanza de personas LGTB desde el Holocausto. Ese día estaba desolado, muy consternado, y no estaba de humor para discutir si había sido un ataque contra la gente LGBT, para discutir obviedades.

Si eres LGBT en Gran Bretaña o en España creces en una sociedad que te rechaza. Hemos avanzado mucho, pero ese prejuicio aún es endémico. No puedes cogerte de la mano con tu pareja en muchos lugares públicos porque te asusta hacerlo, oyes que la gente aún usa la palabra «gay» como insulto y en muchos casos eres objeto de amenazas y de violencia verbal y física. Un bar gay es un lugar, el único aparte de tu casa, y en muchos casos ni eso, donde todo eso queda en suspenso. Donde puedes ser tú mismo. Y para mí la idea de ser atacado y asesinado en un sitio así es insoportablemente angustiosa. Y no lo querían aceptar. Lo comparé con un ataque a una sinagoga en la que docenas de judíos fueran asesinados a tiros. A nadie se le ocurriría proclamar que aquello sería un ataque «contra personas» y negar que fuese un ataque contra judíos. Y, desde luego, no se le ocurriría negarlo si otra persona lo dijera, que fue lo que pasó. Cada vez que yo decía que era un ataque a gente LGBT me corregía diciendo que era un ataque contra la gente. ¿Qué intentas decir? ¿Por qué discutes eso? Los LGBT sufren prejuicios, discriminación, crímenes de odio e intolerancia, y entre quienes se supone que les apoyan te encuentras a mucha gente con actitudes así. «Ya habéis conseguido derechos, dejad de quejaros». Esa mentalidad existe.

Sí, se llama homofobia.

Exacto, homofobia. Falta seriedad en lo que concierne a las personas LGBT. A muchos, cuando salen del armario, se les traslada el mensaje de que no interesa su vida sexual, se cuestiona por qué tienen que decir nada acerca de ella o hablar de su vida en público. Antes era un «sois asquerosos» y ahora es un «deja de decírnoslo, es cosa tuya». Alguna gente no ve la gravedad de que maten a gente LGBT. Por eso Orlando se debe describir como lo que fue.

Al menos, me quedo con el apoyo que recibí, que no buscaba pero que agradezco. Nunca en mi vida he recibido tanto, me llamaron incluso parlamentarios conservadores, periodistas del The Telegrapah, Daily Mail, The Times… Todos me daban su apoyo. Así que no me arrepiento lo más mínimo, en particular porque también tuve muchos mensajes de gente LGTB joven, y si consigues infundir coraje de alguna manera, bienvenido sea. En todo caso, marcharme del plató de Sky News no fue un acto político, me marché porque no lo podía soportar, no estaba pensando como activista ni nada parecido. De hecho, hasta entonces muchas personas ni siquiera sabían que yo mismo soy gay. Creo que nadie debería salir del armario contra su voluntad pero, pese a que ya hacía años que yo lo había hecho, sentía que no había hecho suficiente, dada mi posición y plataforma. Y me conforta la idea de que aquello, al menos, haya servido para algo, aunque solo sea llamar la atención contra los esfuerzos que se ponen en negar la homofobia.

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Distopías muy británicas

National Anthem
Black Mirror: «National Anthem» . Imagen: Channel 4

Me remito a la prensa: la Audiencia Nacional llamó por segunda vez a declarar a Guillermo Zapata por el presunto delito de «humillación a las víctimas del terrorismo», mientras unos días antes se revelaba que David Cameron realizó, en sus años de universitario, actos sexuales con la cabeza de un cerdo. Así que llevaba algún tiempo dándole vueltas a cómo colar, un año después de su último capítulo, una reflexión actualizada sobre Black Mirror; cuando la realidad real, esa de ahí fuera, ha venido a echarme una mano. Porque Black Mirror, como sabemos sus seguidores más fieles, no es una serie distópica, ni mucho menos un intento de predicción futura: Black Mirror es una ficción retro, un relato que habla en pretérito. De hecho, el propio Charlie Brooker, asombrado por las semejanzas entre el testimonio de lord Ashcroft (quien destapó la excentricidad de Cameron) y el primer capítulo de su serie, tuiteó esa misma mañana: «Mierda. Ahora resulta que Black Mirror es una serie documental». Y es que ya saben el argumento de aquel «National Anthem» (este artículo está repleto de spoilers): el primer ministro británico copula con una cerda en prime time para, siguiendo las instrucciones del terrorista, salvar a una princesa secuestrada.

En otro capítulo, «White Bear», una presunta asesina de una niña expía su culpa a través de un reality diario en el que debe escapar de la maníaca persecución de un grupo de enmascarados, previa amnesia inducida y mientras es grabada en streaming por un público parapetado tras sus iPhones. En este caso, la continua reactualización del linchamiento, el que no exista ni antes ni después, responde a lo que podríamos bautizar como un «efecto Zapata», sobre todo si leemos las reacciones que su caso aún suscita en los foros de lectores, donde legiones de biempensantes olvidan que el verdadero humilladero para las víctimas se ubica, como bien refleja nuestra serie, en el propio medio, la máquina cibernética que también se comporta como un espejo del callejón del gato.

White Bear
Black Mirror: «White Bear». Imagen: Channel 4

Aquí podríamos recuperar al malhadado K. Stockhausen, quien seis días después del atentado contra las Torres Gemelas declaró hallarse ante «la mayor obra de arte de todo el cosmos», una frase por la que aún recibe su linchamiento, y eso que el eminente compositor murió en 2007, antes de imaginar siquiera el final de este «Nathional Anthem» donde se descubre que el terrorista que pone en jaque al primer ministro británico es un artista cuyo juego consiste en rendirle a la dictadura de los mil likes y el millón de reproducciones en YouTube. Y es que, como bien sabe el presidente, en esos dominios no se trata de principios ni de legalidad, sino de adaptarse a un campo de batalla con sus propias reglas y en el que el terrorista, como el artista, inicia procesos completamente insertados en la lógica cibernética: los medios de difusión hacen el resto.

Que los hechos de la vida diaria imiten a los de la ficción blackmirroriana reafirma la habilidad de esta para meter el dedo en la llaga y explorar, en cada uno de sus capítulos, los diferentes ángulos de las distopías contemporáneas, seducidas por un imperio cibernético sin controlador visible y causante de todo tipo de teorías conspiratorias, como corresponde a un espejo negro que solo devuelve reflejos por donde se abisman las certezas previas. En su Hipótesis cibernética, Tiqqun (un ensayo distópico de un grupo perfectamente distópico) habla de una «gigantesca máquina abstracta» que «propone concebir los comportamientos biológicos, físicos y sociales como integralmente programados y programables»: todo se mide, vigila, cuantifica y produce sistemas absolutamente dirigidos. ¿Acaso no es este el mejor sueño y la más acuciante pesadilla de nuestra época?, ¿la del ser humano reducido a su «datificación», valioso en tanto productor de datos que sumados a flujos de información y archivos de big data ofrecen un horizonte exacto y pacificado?

Bienvenidos a la utopía de una sociedad confiada a la máquina: de la smart city al coche inteligente, el GPS que saca del atasco o el reloj con sensores que regula las pulsaciones y el nivel de azúcar, maravillas de orden y progreso que también excitan una íntima aversión ante el avance de un modelo como el que narra «Fifteen Million Merits», donde cada gesto de los individuos de una gran máquina de habitar, desde cepillarse los dientes hasta contemplar un anuncio de detergentes, se registra para, al modo de Los Sims, sumar o restar «Merits» que prometen su participación en alguno de los tv shows más populares. La meta final reside en la autoexposición a un espectáculo total que recicla, como parte de su oferta, cualquier intento de ruptura (tras su éxito al amenazar con suicidarse en pleno plató televisivo, el protagonista del episodio logra su propio programa de peroratas subversivas).

Fifteen Million Merits
Black Mirror: «Fifteen Million Merits». Imagen: Channel 4

La distopía nos rodea, es una de las versiones más inmediatas de una máquina cibernética que no se limita al uso de los aparatos, sino que configura una forma de entender y construir la realidad, distribuir el tiempo y el espacio, vivir la identidad y las relaciones personales. Aunque no nos hayan implantado una «galleta» en el cerebro, como sucede en «White Christmas», o dispongamos de un nanomecanismo que registre cada una de nuestras vivencias, como en «The Entire History of You», los dispositivos que median nuestra experiencia diaria (redes de información, unidades de acceso, softwares, lenguajes virtuales o políticas de difusión) hacen del algoritmo una lógica autosuficiente, verdadera fábrica de códigos y lenguajes que, como ocurre con Black Mirror, decanta los procesos que actuarán sobre el universo analógico (si es posible establecer tales divisiones), donde primeros ministros «reales» copulan con cabezas de cerdo y concejales electos encaran linchamientos virtuales en horario ininterrumpido.

Black Mirror pertenece a una ilustre genealogía a la que un reciente programa de BBC Radio 4, Very British Dystopias, otorgaba carta de naturaleza como un género tan idiosincrático como la mismísima reina o el té de las cinco. Aunque son muchos quienes han avanzado teorías sobre el origen de esta inclinación nacional por la imaginación apocalíptica, es a Robert Lee Martínez a quien debemos la aproximación más iluminadora sobre el asunto. Según cuenta en su No future: The Realist Impulse in Dystopian Fictions in Britain, 1973-1987, a la II Guerra Mundial y la amenaza de los sistemas autoritarios, catalizadores de las más clásicas distopías (que podríamos remontar al Brave New World de Aldous Huxley o al 1984 de George Orwell), les sucede en Gran Bretaña un periodo donde el optimismo de posguerra pronto se verá traicionado por repetidas crisis económicas y políticas liberalizadoras que harán concebir el presente como un tiempo distópico (por otra parte, nada que resulte extraño en la España actual). La guerra fría y la era atómica ofrecerán el decorado a una programación que, en clave local, se llena de huelgas masivas, atentados del IRA, represión estatal, acciones de grupos paramilitares, conflictos armados y hooliganismo, todo ello en medio de la dramática desarticulación de la clase obrera.

Brazil, de Terry Gilliam (1985)
Brazil, de Terry Gilliam (1985). Imagen: Embassy International Pictures

Esta es la salsa en la que, tras la crisis del petróleo del 73 y el ascenso de Margaret Thatcher al poder (1979-90), se cuecen las principales estéticas del desencanto, una new wave que traduce musicalmente el malestar del día a día (Sex Pistols, The Clash, Joy Division, The Cure) y que en otros órdenes artísticos contempla la aparición de algunos de los últimos grandes narradores de ciencia ficción (J. G. Ballard, Arthur C. Clarke, A. Burgess), los grandes gurús del cómic distópico (Alan Moore, Grant Morrison) y los directores más celebrados del cine futurista con sello de autor (Stanley Kubrick, Terry Gilliam, Ridley Scott). Hablamos del periodo que sienta las bases éticas y estéticas de estas distopías tan británicas en las que se incluye Black Mirror y de las que podríamos trazar un pequeño (e inexacto) recorrido cinematográfico en cuatro fases:

  • La posguerra mundial y la era atómica dan lugar a la llamada «época paranoica» y sus relatos ubicados en un futuro de regímenes totalitarios, apocalipsis nucleares o invasiones extraterrestres, entre los que destacan programas televisivos como The Quatermass Experiment, 1984  (la primera versión cinematográfica y la adaptación televisiva), Dr Who o A de Andrómeda.
  • Las crisis de los años setenta y ochenta sitúan la crítica social en el centro de la imaginación distópica, con representaciones que exploran un presente alternativo donde se extreman las dinámicas cotidianas (no en vano, la segunda adaptación cinematográfica de 1984 se estrena en 1984). Fahrenheit 451 (de producción británica), La naranja mecánica o Brazil integrarían este ilustre conjunto.
  • Los años noventa y la primera década de los 2000 privilegian, por su parte, los efectos del cambio climático y los avances en la ingeniería genética. Recordemos que la oveja Dolly nace en 1996 y que en 2003 se presenta la secuencia completa del genoma humano, lo que motiva películas como Doce monos, Veintiocho días después, Resident Evil o Hijos de los hombres.
  • El último giro se produce tras la revolución de las tecnologías de la comunicación y sus repercusiones sobre la identidad personal (reaparece el cyborg), así como la crisis económica de 2008, que vuelve los ojos hacia la gobernabilidad económica y social. Aquí destacan V de vendetta (la película), Black Mirror, Ex-Machina o Humans (que camina por su primera temporada), mientras podríamos preguntarnos cuántas dosis de retrodistopía política contiene Juego de tronos.

De todos estos caminos, el que sin duda elige nuestra serie es el que se interna por el conflicto de identidades, el yo apegado a los valores de quien se era frente al yo que surge de las transformaciones tecnológicas. Como ocurre en «Be Right Back», quizás el mejor ejemplo de estas readaptaciones, el dilema se desencadena ante la necesidad de elegir entre diferentes alternativas de concebir lo humano, en este caso a través de una protagonista que, tras aceptar la convivencia con un software que se mimetiza con su pareja fallecida (el episodio servirá de base para Her, la película de Spike Jonze), no puede soportar, sin embargo, su formato androide, demasiado corporal para no suscitar su rechazo ante un completo, y aun inmoral, reemplazo del humano por la máquina (además de que esa versión no resulta totalmente satisfactoria, real).

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Black Mirror: «White Christmas». Imagen: Channel 4

La serie sitúa a personajes y espectadores sobre una precaria resistencia a las innovaciones, reacios a aceptar el escenario propuesto, en que la realidad digital se anticipa a una realidad física que aparece como consecuencia accidental de la primera. El impulso distópico de Black Mirror se refleja en el anuncio de la progresiva eliminación de los restos de humanidad, descritos como imperfectos y fallidos, que aún subsisten de la relación con la máquina. Si la serie no se interesa por los desequilibrios políticos es porque sugiere que el elemento que nos separa de la armonía social reside en nosotros, en una condición «demasiado» humana que ya no está a la altura de la eficacia y estabilidad de la máquina. De este desbalance surge la autodestrucción que persigue a los personajes, que o bien se ven superados por una tecnología que no saben manejar (en «The Entire History of You» el dispositivo de memoria extrema los celos, hasta el enloquecimiento, de un protagonista que no puede dejar de reproducir las escenas en que advierte la traición de su esposa), o sufren una condena social vinculada a la lógica de la repetición, como ocurre en «White Bear» y en «White Christmas», donde los individuos son sometidos a penas infinitas disfrazadas por la asepsia de lo digital.

Black Mirror testimonia la dirección única que adopta la utopía tecnológica en su impulso hacia el universo inmutable del androide, la renuncia a las pasiones y contradicciones en favor de la permanencia del sistema. Nada de desarreglos: las múltiples elecciones de las que dispone el nuevo hombre deniegan la entropía en favor del control y el cálculo: gimnasio diario, productos orgánicos, chequeos periódicos, hidratación, yoga, dejar de fumar, reducir el café, dormir lo idóneo para una existencia automatizada que contempla cualquier tentación dionisíaca como un desvío que resta «Merits».

The Waldo Moment
Black Mirror: «The Waldo Moment». Imagen Channel 4

Ya en Crash (1996), la película de Cronenberg basada en la novela de J. G. Ballard, se prefiguraba el deseo (en este caso sexualizado) de ser un androide, que en Black Mirror adopta la forma de una humanidad que se sabe débil, la faceta defectuosa del cyborg contemporáneo, menos asociado a la prótesis de acero que a una subjetividad tecnificada. Las máquinas nos miran, diría Günther Anders, para avergonzarnos de nuestra humanidad, algo que se ilustra con especial agudeza en Ex-Machina (2015), una de las últimas y más reveladoras aportaciones británicas al género, donde las diferentes versiones de los androides que se acumulan en la mansión de Nathan sugieren un punto de inflexión, quizás en el modelo 3.7 o el 15.8, cuya perfección supere en prestaciones al ser humano, instalado a partir de entonces en una versión 1.0 empequeñecida por su propia creación.

Giorgio Agamben dirá que la era digital reduce nuestras vidas a ciertas funciones de uso, entornos de cifrado y datificación que anulan la singularidad, la complejidad o la contradicción que tradicionalmente definían nuestra subjetividad. El algoritmo forja una realidad previsible que en Black Mirror provoca la reacción de casi todos sus personajes, cuyo deseo de ruptura se materializa en sus intentos de desconexión, ya sea separándose del maldito Waldo (en «The Waldo Moment»), extrayéndose el nanomecanismo implantado tras la oreja («That’s a political thing?», le preguntan a Helen cuando afirma no disponer del dispositivo de memoria) o abandonando al androide de compañía en el desván, a sabiendas de que no es posible cortar con el hilo, de que nuestra identidad cyborg aloja ya a esa otra rebelde y nostálgica en algún lugar residual.


Guía pretenciosa de Londres

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Shoreditch, en Londres. Fotografía: Ben K. Adams (CC).

Afrontémoslo: guías de Londres hay millones. Sin embargo, por alguna razón la mayor parte de la gente que visita Londres acaba con las mismas fotos en su Facebook. Basta ya de venir a Londres en Ryanair, comer fish and chips (y quejarse porque uno esperaba varitas de merluza Pescanova), beber pintas de San Miguel porque las copas son pequeñas y caras y hacerse selfies con el primer cliché londinense que se cruza en el camino.

Esto no aspira a ser ni un best of de Trip Advisor ni una puesta al día de las Historias de Londres de Enric. He aquí una guía pretenciosa de Londres. Una serie de lugares que pretenden ser más de lo que son, y por eso molan. Les rogamos que, si deciden hacernos caso y seguir nuestros consejos, hablen bajito y se abstengan de subir fotos a Facebook en cuanto roben una señal wifi.

CLUBES: EL LONDRES MÁS RANCIO

No, no hablamos del Ministry of Sound. De hecho, en estos clubes probablemente nunca consigan entrar. Los genuinos clubes de Londres son un agujero que transporta en el tiempo a una era en la que todo el mundo vestía de traje, no había teléfonos móviles y las mujeres no entraban a según qué sitios. Formar parte de estos clubes no es solo cuestión de dinero, sino más de paciencia: se tarda hasta ocho años en ser admitido y para ellos hace falta contar con un número de apoyos entre los miembros existentes. Y no, ni los padres pueden enchufar a los hijos ni se admiten invitados. Será por eso que los clubes son uno de los últimos reductos sin jeques árabes.

El rey de los clubes retro de Londres es Boodle’s. Fundado en 1762 por el que después sería primer ministro Lord Shelbourne, Boodle’s ha visto pasar por sus salones a personajes claves de la historia británica como el creador de James Bond, Ian Fleming, el economista Adam Smith y el incuestionable Winston Churchill. Se dice que fue en Boodle’s donde Beau Brummell, el tipo a quien debemos la palabra dandy, hizo su última apuesta que acabaría dando con sus huesos en el exilio francés por ser incapaz de pagar.

Boodle’s. Fotografía: Herry Lawford (CC).

El más antiguo de los clubes de Londres fue durante años la sede de los tories (mientras que los más progresistas whigs iban a Brook’s). En White’s la clientela del club incluye al eterno aspirante a rey de Inglaterra, que celebró en él su despedida de soltero bañada en botellas de champagne Bollinger antes de casarse con Diana Spencer (su hijo William es también miembro hoy día). Las mujeres no son admitidas y, aunque la reina fue invitada en 1991, David Cameron abandonó el club para ser más políticamente correcto.

Brook’s es el último de los tres grandes, y el único que dejó entrar una vez a una mujer: la reina Isabel. Semejante aperturismo es sin duda debido a que Brook’s es el más moderno de los tres: abrió sus puertas en 1764. El proceso de unirse a los otros mil cuatrocientos miembros del club incluye varios filtros que se alargan durante dos años… sin ninguna garantía de éxito. El penúltimo en ser rebotado por la gente de Brook’s fue James Murdoch, hijo de. Antiguos miembros incluyen a William Pitt hijo, el economista David Ricardo y el novelista Patrick O’Brian.

Si no han conseguido colarse en ninguno de los anteriores, siempre les queda la opción del Handlebar Club. Para lograrlo, eso sí, tendrán que olvidarse del afeitado durante un tiempo. Desde 1947, un grupo de fanáticos del bigote se reúnen el primer viernes de cada mes en el Windsor Castle Pub de Marylebone. Hace falta ser miembro, pero la entrada al pub es gratuita. Los miembros llevan corbata o pajarita color burdeos, y los amigos e invitados color azul oscuro. Las barbas están totalmente prohibidas; el Handlebar no es un club para hipsters

Handlebar Club. Fotografía: Eduardo Gaviña (CC).

EL CENTRO, SIN EL CENTRO

El centro turístico de Londres —más o menos el trapecio cuyos bordes son Hyde Park al oeste, Oxford Street al norte, Kingsway al este y el Támesis al sur es por lo general un sitio intransitable que no sabe lo que es la temporada baja. Sin embargo, si uno logra llegar se olvida de la columna de Nelson, los logos de Picadilly y el Primark de Oxford Street, hay cosas que hacer sin ser mainstream.

Presenciar una subasta

Una de las entidades británicas más clásicas es, desde hace dos décadas, propiedad de un francés. En Christie’s se ha subastado de todo, desde documentos de George Washington himself hasta el vestido negro de Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes. A principios de 2014 Sir Alex Ferguson anunció la subasta de su colección de vinos acumulada a lo largo de los últimos veinte años. Algún afortunado (y rico) aficionado del Manchester United se llevó seis botellas de Pétrus 2011 y una camiseta del club por 8ocho mil quinientas libras. Presenciar una de estas subastas es posible registrándose en Christie’s con un simple pasaporte. Levantar la mano para hacer una oferta ya es otro tema.

Una exposición en Christie’s. Fotografía: Monica Arellano-Ongpin (CC).

Hacer la revolución con un helado en la mano

¿Qué mejor manera de diferenciarse de Haagen Dazs que lanzar un helado hecho con leche materna y llamarlo Baby Gaga? Sanidad retiró el producto a los pocos días, pero el manifesto de The Icecreamists había triunfado. No es de extrañar que el logo de la compañía sea una variante de la Jolly Roger, la bandera pirata. Desde su sonado lanzamiento en 2011, The Icecreamists hacen la revolución bola a bola en su local de Covent Garden.

Cenar en una cripta

No vamos a mentir: la iglesia de St Martin in the Fields, en pleno Trafalgar Square, es bastante mainstream. Lo que sabe menos gente es que en ella se esconde The Café in the Cript, donde se puede comer y beber entre piedras sepulcrales. Los miércoles por la noche hay jazz en directo. Y todo a un precio bastante razonable. ¿Quién dijo que la Iglesia necesitaba ser financiada por el Estado?

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The Café in the Cript. Fotografía: Herry Lawford (CC).

Tener criterio hablando de gin & tonics

Para empezar, jamás le llamen gintonic, sino gin & tonic. El gin viene de Londres, pero en realidad el G&T en el Reino Unido es una bebida que no está de moda y la mayor parte de bares la sirven pequeña y caliente. The London Gin Experience, en cambio, propone un recorrido por la historia de algunas de las marcas más conocidas, desde Beefeater hasta Sipsmith. Y todo eso, cada sábado a las once de la mañana. 

Bubbledogs

No es casualidad que esté en Fitzrovia, junto a las agencias de publicidad, el que posiblemente sea el local más pretencioso de esta lista. Bubbledogs se sube al carrito de comida rápida deluxe como aquel Fast Good de Ferran Adrià y ofrece perritos calientes con champagne.

El exterior de Bubbledogs. Fotografía: Ewan Munro (CC).

Lo bueno: no ofrecen Moët Chandon (que en España se considera la rehostia cuando es champagne de supermercado). Lo malo: los perritos calientes son peores que los de cualquier puesto callejero de Berlín. La clientela es en su mayoría publicistas demasiado jovencitos como para pagarse una cena en Roka, el japonés al otro lado de la calle, que es el que de verdad mola.

Bounce

Situado en Chancery Lane, zona de abogados y consultores, Bounce es un bar erigido en el que —dicen ellos— es el lugar donde se inventó el ping pong. La comida es fullera pero a quién le importa: en el bar hay una multitud de mesas de ping pong donde emular al doble de acción de Forrest Gump. Ojo al momento en el que se apaga la luz y hay que jugar siguiendo las pelotas fluorescentes. With all due respect

TÉ: EL CLICHÉ INEVITABLE

Imposible evitar el cliché del té, pero lo cierto es que a diferencia del gin & tonic, el té lo bebe todo aquel que ostenta pasaporte británico. Si en Francia el Estado subvenciona el pan para evitar la revolución, en Inglaterra la clase dirigente hace lo mismo con el té: en muchos lugares de trabajo el café es de pago mientras el té es gratuito.

Prêt-à-Portea ofrece una experiencia de té tan pedante que dan ganas de atizar al maître. Situado en pleno corazón del pijerío londinense —en el hotel Berkeley, Knightsbridge no es tanto la bebida lo que cuenta como la repostería con forma de trench coat de Burberry o zapatos de Manolo Blahnik. La colección primavera-verano 2014 incluye una camisa con geometría gráfica de cereza y mousse de chocolate blanco cortesía de Victoria Beckham. A pesar de que ella no coma. 

Para compensar tanta modernez, nada mejor que irse a tomar el té a la tea room más antigua de Londres. El Brown’s Hotel, en Mayfair, lleva ciento setenta y siete años sirviendo el té; algo sabrán del asunto.

EL SOUTH BANK TAMBIÉN EXISTE

Hacer cima en el O2

El O2 es una especie de Palau Sant Jordi con esteroides. En el interior del O2 se celebran los conciertos más multitudinarios de Londres, y cada año se disputa en él el Barclays ATP World Tour Finals de tenis. Sin embargo, desde el verano de los Juegos está abierto Up at the O2, una experiencia que permite escalar la cúpula del recinto y disfrutar de una vista inédita al borde del Támesis. A pesar del traje y el arnés, la escalada es facilita, apta para familias con niños a partir de diez años.

Fotografía: Jack Torcello (CC).

Salir a la búsqueda de Banksy

No muy lejos de la estación de Waterloo (pronúnciese como la ciudad belga, «Waterlo» en lugar de esa horterada de acabarlo en u) está Leake Street, la única zona de Londres donde está oficialmente permitido el grafiti. En 2008, el túnel que allí hay fue dado a conocer por Banksy, pero desde entonces otros muchos artistas del espray de pintura han dejado su huella… sobre las de Banksy. Lo bueno de este túnel es que sus paredes cambian constantemente de aspecto, con lo cual siempre se puede hacer una foto única. O casi.

Leake Street. Fotografía: Bruno Girin (CC).

Y POR SUPUESTO, EL ESTE HIPSTER

Meca del postureo hipster, Shoreditch fue durante años un barrio que solo se puede definir en esa bisectriz entre lo cutre y lo peligroso que es el adjetivo dodgy. A medida que las agencias de publicidad se fueron moviendo desde el Soho hacia Shoreditch y el precio de la viviendo se disparó, el hipsterismo verdadero se desplazó hacia Dalston primero y Peckham después. Hoy Shoreditch está a punto de mainstream, pero mientras Zara no abra una tienda seguirá teniendo gracia. El término «Shoreditch twat» es parte del vocabulario habitual londinense para referirse a cretinos que van (disfrazados) de creativos.

Shoreditch. Fotografía: La Citta Vita (CC).

Entrar en el armario (y tomarse un gin & tonic en él) del Callooh Callay

El nombre viene de una expresión utilizada por Lewis Carroll, y el bar refleja la atmósfera surrealista del creador de Alicia en el País de las Maravillas: una vez dentro del bar se puede acceder a la Jub Jub room, una estancia oculta a la que se entra a través de la puerta de un armario. Para ganarse el acceso el barman exige recitar de memoria diálogos de la Alicia en el País de las Maravillas versión Tim Burton. Es broma, no son tan crueles como para recurrir a Tim Burton. 

Escalar un falso castillo

A pesar del rimbombante nombre, no se trata de un castillo de verdad, sino una estación de agua en el este de Londres creada a mediados del siglo XIX para evitar que la gente bebiese agua del Támesis. En los años noventa fue reconvertido en un insólito centro de escalada en el barrio de Stoke Newington.

Fotografía: Grahamc99 (CC).

Sobrevivir al Blitz

Si hay dos cosas que los ingleses adoran (además del football), son reírse de sí mismos y disfrazarse. Por eso que en Londres nadie levanta una ceja cuando el metro se llena de zombis, pin-ups, superhéroes y otras yerbas. Las fiestas de disfraces son tremendamente populares, pues resultan la ocasión perfecta de desihnibirse sin que a uno le reconozcan. La Blitz Party nos lleva de vuelta a 1940, días de pintalabios rojo y lluvia de bombas sobre Londres. Con música en directo en un búnker antiaéreo, las chicas se ponen vestidos de época y los chicos se visten de oficiales de la RAF. El único momento en el que los ingleses no se ríen es cuando uno se viste de soldado alemán. Y si no que le pregunten a Max Mosley


Mis hombres favoritos: Nick Davies

Nick Davies en 2011. Fotografía: PA Wire / Press Association Images / Cordon Press.

«Un caballo de batalla montado por tenderos». Esa es la definición de un periódico, según el cronista inglés James Cameron. Así lo escribió en 1960 en un obituario dedicado al cierre del News Chronicle, el periódico que envió a Arthur Koestler a cubrir la guerra civil española. A pesar de tener una tirada de más de un millón de ejemplares, el Chronicle fue vendido, como una caja de pescado, al mejor postor: fue absorbido por el tabloide Daily Mail.

Tantos años después, seguimos en esa misma tesitura: no sabemos si el periodismo ha muerto. Puede que no.

«Ink and rage». Tinta y rabia. A principios de 1960, un joven Hunter S. Thompson dejó escrito en su novela Los diarios del ron que esos serían los dos ingredientes que alimentarían su voz como periodista. Una afirmación que, tal vez sin saberlo, también ha firmado Nick Davies con letras de sangre.

Davies es un periodista inglés que trabaja desde hace ya muchos años para The Guardian. Es el autor y promotor de las más grandes exclusivas de este periódico y que, de paso, han moldeado nuestra visión de la realidad: Wikileaks y el robo y compra ilegal de información privada por parte del tabloide The News of the World. Estas dos extraordinarias historias, tan diferentes y, a la vez, con tantos rasgos en común entre sí, dinamitaron las reglas de juego del poder político, mediático y económico con las que se regía el mundo hasta ese momento.

En la primera, Wikileaks, fue Davies quien convenció a Julian Assange para llevar a cabo la filtración que determinó y marcó en adelante las relaciones entre los infinitos agujeros que ofrecen las nuevas tecnologías, su papel determinante en la fuga masiva de información clasificada por parte de los gobiernos y el conocimiento probado de las sospechas de manipulación, hipocresía y desprecio hacia sus ciudadanos, a los que teóricamente deben servir. Además, con Wikileaks Davies trazó el camino de alianzas entre periódicos para cubrirse las espaldas y publicar conjuntamente exclusivas contra gobiernos que, de otro modo, los podrían mandar a la cárcel. Wikileaks es también, en parte, la historia madre de otra de las exclusivas periodísticas más importantes de este siglo XXI: el espionaje masivo de la National Security Agency (NSA) a millones de personas.

La segunda gran historia de Davies fue la demostración sobre el robo y la compra sistemática de información —pinchando teléfonos, sacando datos de documentos privados— por parte del tabloide The News of the World, propiedad de Rupert Murdoch, a personas anónimas, celebrities y miembros del Gobierno. El imperio Murdoch, recordémoslo una vez más, es uno de los conglomerados mediáticos más potentes e influyentes del mundo, de un poder devastador sobre el periodismo serio. Davies llevaba años reportando pormenorizadamente que muchos tabloides robaban o compraban información privada sobre diferentes ciudadanos a detectives, policías y funcionarios corruptos. Pero el 4 de julio de 2011 fue diferente. Ese día The Guardian publicó una de las noticias más importantes de su historia: Davies y su colega Amelia Hill reportaron cómo periodistas de The News of the World habían llegado a hackear el buzón de voz del móvil de Milly Dowler, una niña desaparecida. Una historia insoportable. El artículo explicaba: «Los mensajes fueron borrados por los periodistas en los primeros días de la desaparición de Milly, para dejar espacio a más mensajes. El resultado fue que familiares y amigos de Milly llegaron a la conclusión de que la niña estaba viva. La policía teme que, a causa de esto, es posible que algunas pistas se borraran con este acto. Según una fuente, esta acción tuvo un efecto devastador: cuando familiares y amigos llamaron al número de Milly y descubrieron que el buzón de voz había sido limpiado, llegaron a la conclusión de que había sido la chica. Pero no. Esta interferencia creó falta esperanza y agudizó la agonía de la familia».

Davies ante la Cámara de los Comunes británica en 2009. Fotografía: PA Wire / Press Association Images / Cordon Press .

Tras este párrafo, The News of the World desapareció de la faz de la tierra. La ira, la rabia y el hondo desprecio por los abyectos métodos de The News of the World —incluso para su legión de ávidos lectores, habituales compradores de historias de lo más escabrosas— forzó a Murdoch a cerrar el tabloide en menos de una semana, para evitar que la repulsa popular contaminara al resto de sus publicaciones. (Tiempo después la policía llegó a la conclusión de que no quedaba del todo probado que los mensajes del buzón de voz de Milly Dowler fueran borrados expresamente por periodistas de The News of the World). Sea como fuere, a estas alturas, en forma de juicios, y a golpe de legislaciones, Gran Bretaña se está aún recuperando de las revelaciones de Davies y Hill.

Nick Davies siempre utiliza el término «cavar» a la hora de trabajar sus historias. Cuando más hondo cavas, mayor y mejor se desarrolla la investigación. Dice no considerarse especialmente inteligente pero sí tenaz. Para desarrollar ese tipo de labor periodística, que es la que a él realmente le interesa, va por libre: trabajó en plantilla en diversos periódicos hasta que en 1989 decidió que necesitaba tiempo y libertad y se hizo freelance.

Perro viejo y sabueso eficaz, Davies entendió que para conseguir buenas historias se necesitan tres cosas fundamentales: buen olfato, mucho tiempo por delante y contacto humano. Una tríada que, asombrosamente, casi todos los periódicos desprecian actualmente.

No es ese el caso de The Guardian y ni de su editor, Alan Rusbridger, un periodista fanático de las nuevas tecnologías que, a su vez, es un perro guardián de las esencias del mejor periodismo: la combinación perfecta para estos tiempos. En 1995 se erigió en el jefe del periódico, entendió antes que nadie que las redacciones digital y de papel debían fusionarse en una, creyó en la demanda de un periodismo serio y de calidad. Con el tiempo, ha convertido a The Guardian en el tercer diario en inglés más leído, solo por detrás del tabloide Daily Mail y el sacrosanto The New York Times. El talante tranquilo y pétreo de Rusbridger, íntimo de Davies —los dos entraron a trabajar en The Guardian exactamente el mismo día, en julio del año 1979— ha sido determinante para alentar las investigaciones de Wikileaks, The News of the World y la historia del espionaje masivo de la NSA y su contraparte británica, los Government Communications Headquarters (GCHQ), también revelada en su periódico.

Rusbridger y Davies son de los que presentan batalla. Poca broma con esto. Con sus historias han peleado contra los abusos de poder de los verdaderos gigantes —Tony Blair, David Cameron, Rupert Murdoch, George W. Bush y Barack Obama— y su conglomerado de acólitos en forma de ministros, jefes de prensa, abogados de los mejores bufetes del mundo, comandantes en jefe y espías de alto rango.

Sesentón con cara de leche agria, especialista en Filosofía Germánica, atento lector de Kant y Hegel, Davies también es admirador de otros clásicos: de Woodward y Bernstein y el caso Watergate.

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Bob Woodward y Carl Bernstein. Fotografías: Jim Wallace y Larry D. Moore (CC).

A su vez, es deudor de Ron Hall, Clive Irving y Jerry Wallington, el equipo de reporteros ingleses de la sección «Insight» del Sunday Times que una década antes que los de Washington, a principios de los sesenta, inventaron el periodismo de investigación, el que decidió retar al secretismo y al abuso de poder. Entre otras proezas periodísticas, el 1 de octubre de 1967, tras ocho meses de investigación, publicaron el escándalo y la inmensa mentira sobre la identidad de Kim Philby, uno de los jefes del espionaje inglés que resultó ser un doble agente de Moscú, en plena efervescencia de la guerra fría. Pero todo pasa: años después, en 1981, el Sunday Times se vendió, precisamente, al imperio Murdoch.

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La confesión de Kim Philby en The Sunday Times (DP).

El deseo de Davies de llevar justicia a aquellos que abusan de sus posiciones empezó en su infancia. De chiquillo, Davies era nervioso, hablador, uno de esos niños pesados. Y por ello le zurraron un buen número de veces, tanto en la escuela como en casa. «Aquello me dejó marcado, y desde entonces siento una profunda indignación hacia la gente que detenta el poder y abusa de él», explicó en una entrevista.

Davies empezó a leer The Guardian cuando tenía catorce años. Y también le pegaron por eso: «Entraba y salía de escuelas públicas y privadas, y acabé el bachillerato en un colegio pijo donde todos leían The Times y el Telegraph. Pensaban que yo era un bicho raro por comprar The Guardian», confesó una vez.

Nuestro amigo da un extraño consejo a los interesados en ejercer el periodismo: recomienda no leer periódicos. «Si lo haces tiendes a querer reproducir sus historias, a repetir lo mismo, y tiendes a no buscar historias propias». Además, está en total desacuerdo con la máxima de que hay que darle al público lo que quiere: «Por ejemplo, si estuviéramos haciendo un periódico en el sur de Estados Unidos para lectores blancos entre 1950 y 1960, sabemos que a estos no les gustará leer lo que está pasando al otro lado de la calle donde ellos viven. Pero el buen periodismo debe decir: “¡Te jodes, te lo voy a contar igualmente!”».

En Gran Bretaña ya hace años que, entre la profesión, Davies es amado y odiado a partes iguales. Como buen sabueso, husmea y escudriña todo lo que ven sus ojos, incluidas las redacciones de los periódicos. Y tampoco le han gustado muchas de las cosas que ha visto en ellas. Antes de Wikileaks y de The News of the World, un día decidió ejercer de insider y, como un policía que persigue a policías corruptos, investigar el funcionamiento de los periódicos con el mismo método con el que seguiría el rastro de un caso de pederastia: sin perdón.

Con la ayuda de un grupo de estudiantes de Periodismo, durante un tiempo se dedicó a llevar a cabo un análisis pormenorizado sobre cómo se nutren de noticias los periódicos serios, y llegó a una conclusión desoladora: el 60-70 % de las noticias de dichos medios proviene del trabajo de agencias de información y de relaciones públicas, y la propaganda, la distorsión y la mentira campan a sus anchas. Lo publicó en un libro extraordinario titulado Flat earth news. Muchos colegas lo admiraron por eso, pero son legión los que no le han perdonado. En las páginas de Flat earth news compruebas cómo las agencias de relaciones públicas realmente se han apoderado del periodismo de masas hasta convertirlo en una herramienta al servicio de los intereses de las empresas o instituciones que usan sus servicios, y presenta claras evidencias sobre hasta qué punto Tony Blair usó a ciertos miembros de los medios como cómplices para vender su postura en la puesta en marcha de la guerra de Irak.

En Flat earth news también explica historias menos histriónicas, pero muy significativas. Ese es el caso de la historia de Gary Webb, un periodista del San José Mercury News con dos premios Pulitzer. En los años ochenta Webb publicó una conexión entre la CIA, la Contra nicaragüense y el negocio de la cocaína, un bombazo que asustó a su propio periódico. Algo avergonzados, The New York TimesThe Washington Post y Los Angeles Times no dieron credibilidad a la historia —muchos años después confirmada en un documento de un alto cargo de la CIA— y Webb no recibió respaldo de nadie. En 2004, el periodista fue encontrado muerto con dos balas en la cabeza, y aún no se sabe si se mató o fue asesinado.

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Gary Webb (DP).

No hay duda de que Davies es un tipo atrevido. Por ejemplo, se aventura a dar la fecha exacta del día en que el periodismo empezó a irse al garete: fue el sábado 25 de enero de 1986. Ese día Rupert Murdoch se llevó sus periódicos a la zona de Wapping de Londres, separando así la redacciones de las rotativas, esto es, rompiendo la relación de lucha e intereses comunes entre los periodistas y el sindicato de los talleres, los compañeros más duros, los que tenían más fuerza para negociar y podían frenar la publicación de un periódico.

El periodismo es un milagro, un bien tan grande como la educación. Quizás no debería regirse por poderes económicos. ¿Quién debería pagar por información de fiar? Deberían ser los lectores, los consumidores. O algún organismo independiente. Puede ser un buen negocio, pero su lógica ferozmente mercantilista —la del tendero— solo da la opción de exprimir el producto. Eso significa abaratarlo, publicar información de pésima calidad y organizar una sangría de talentos que quieren ser pagados con dignidad.

Si no se apoltronan, si no se dejan encandilar por los que necesitan sus favores, si consiguen mantener su pasión primera, los periodistas, cuanta más experiencia tienen, mejores son. El asunto es que los periódicos se dirigen, forzando el volante, exactamente en dirección contraria.

Se habla de que estamos inundados de información, pero no es del todo exacto. Efectivamente, vemos como en muchos casos las noticias que circulan son repeticiones, refritos y burdas copias que se multiplican en el infinito.

The Guardian es un vetusto diario que está ahora a la vanguardia del periodismo. Fue fundado en 1872 —entonces llamado The Manchester Guardian— y C. P. Scott fue su primer director. Fue este quien escribió aquello de «la opinión es libre, pero los hechos son sagrados». Una frase importante: miles de personas fueron a rendirle homenaje en su funeral.

Hay otros grandes, sí. Ahora y siempre. Pero no siempre es fácil estar a la altura: Davies cuenta que el periodista Walter Lippman se tomó una vez el trabajo de contar cuántas veces el New York Times anunció, entre 1917 y 1921, el colapso inminente de la Unión Soviética: fueron noventa y una veces.


Juan Pablo Fusi: “La historia es un análisis de problemas, no la defensa de una causa”

Juan Pablo fusi para Jot Down 1

Es poco frecuente encontrar en la historiografía española un cierto decoro, de ironía oxoniense, en un gremio acostumbrado por diferencias ideológicas a la opinión más que a la siempre necesaria información. Juan Pablo Fusi Aizpurua (San Sebastián, 1945) es lo más cercano a ese tipo de viejo profesor inglés —con chalecos de rombos imposibles—, y por su educación y trato no sería difícil visualizarlo como secundario en un relato de Javier Marías. Pero detrás de esta impresión visual se encuentra uno de nuestros mejores y más reconocidos historiadores; experto en la formación de la nación española y los debates regionales, además de sutil crítico de las formas y maneras que han llevado a la disciplina histórica a una suerte de toros de guisando en pugna constante. Berroqueños, eso sí.

¿Cómo se empieza a interesar por la historia?

Creo que fui el único de mi grupo de amigos que al terminar el bachillerato hizo algo de Filosofía y Letras. Y no acierto todavía bien al discernir las razones de mi educación. En ese momento y posteriormente las vocaciones son bastante indefinidas y confusas, más allá de una cierta facilidad para entender cierto tipo de materias.

¿Hubo algún tipo de libro en especial?, ¿alguna obra histórica?

Me preguntan muchas veces sobre esto y suelen recogerlo muy mal. Lo que suelo decir siempre es que a diferencia de los compañeros y amigos a los que les gustaban mucho determinados libros, yo leí más dentro de la novela de aventuras, sobre todo a Walter Scott y a Stevenson. Los dos escribieron novela histórica, sobre todo Walter Scott; me divierte pensar retrospectivamente en esto… pero no puedo encontrar ninguna relación causa-efecto. Sería un principio intuitivo sobre temas históricos, nada más que eso.

Señalaría dos libros, citando obras, ya que las he conservado hasta la actualidad, y serían Ivanhoe y la Flecha Negra. Por cierto, de Scott y Stevenson hablo bastante en el libro Identidades proscritas. Los dos tienen mucho que ver con Escocia y la nacionalidad escocesa.

Walter Scott fue muy leído en España a mediados del XIX, lo cita Serafín Estébanez en el prólogo de la Campana de Huesca de Cánovas del Castillo.

Es un fenómeno más general, aplicado a toda Europa. Gran parte de la popularidad de la historia en el siglo XIX, su primer momento de popularidad, se deben a estas obras. Scott era un muy buen folclorista e investigó mucho, además de ser un escritor romántico, lo que añade un aventurerismo y una preocupación caballeresca; conocía muy bien la historia de Escocia.

Hace usted la carrera en Madrid. ¿Cómo se pasa del País Vasco a la capital en estos 60 de la dictadura?

Primero vine a estudiar y poco después se trasladó mi familia por razones laborales de mi padre. He mantenido el contacto constante, permanente, con el País Vasco, pero por las relaciones, por mi familia, me mantuve ya aquí en mi trabajo.

¿Cómo era la Universidad del franquismo?

Desde el punto de vista de la estructura de la carrera teníamos estudios comunes, tres años de historia con asignaturas anuales muy generales —estrictamente cronológicas— con moderna, medieval, contemporánea… Había nombres conocidos en aquel momento en el ámbito de la historia, Jover-Zamora, García Bellido, Romero de Armas, Vicente Palacio-Attard, Carmelo Viñas… En Latín, Geografía o Historia del Arte teníamos también nombres muy conocidos (Azcárate…)

Los nombres eran, por lo general, bastante importantes, y el momento de dedicación docente variaba mucho, a pesar de ser todos grandes historiadores. Yo, como casi todo mi grupo de la Universidad, recordamos a Jover-Zamora y a Manuel de Terán en Geografía como personas con una dedicación intensísima a la docencia, con unos programas exhaustivos, con bibliografías completas y amplísimas. Un primer ciclo en mi carrera debería mucho, entonces, a José María Jover-Zamora por dedicarme yo a la historia.

¿Estuvo en algún tipo de oposición universitaria en aquellos años?

Muy poco. Tengo una muy buena memoria gráfica retrospectiva sobre acontecimientos nacionales e internacionales y una enorme curiosidad y preocupación por España, desde muy tempranamente. En aquel tiempo era inevitable en los estudiantes formas mayores o menores de rebelión diversas al régimen de Franco. Yo, como muchísima otra gente, participé en aquellos conflictos y formas de oposición. Creo que suele haber un exceso de participación de la mayoría de gente del antifranquismo, y no quiero participar de eso.

Sus primeros trabajos han estado relacionados con el País Vasco, dentro de una visión constitucionalista. ¿Fue el clima político de Euskadi en los 60 y 70 parte de influencia?

No, no… mi interés una vez acabada la carrera era el periodo de la Restauración, que no solo era personal, sino también por el medio que me movía. El periodo nos interesaba, también de manera muy clara, en el año 69-70, influidos bajo un texto de Jover-Zamora en el famoso manual de historia Ubieto-Reglá-Jover-Seco. Tenía un énfasis en la Restauración, paralelo al libro de Raymond Carr de 1966. La Restauración nos interesaba como momento determinante, totalmente esencial, de lo que habría de ser luego la crisis de la República.

Recuerdo una frase de Jover que para mí, desde luego, fue muy importante: “Cánovas del Castillo fue el verdadero creador del estado español contemporáneo”. Era un interés por la formación del estado español contemporáneo. En aquel tiempo había una gran influencia de historiografías sociales, marxistizantes, obrero y conflictividad, que tenían su mirada en este tiempo.

Cuando estuve en Oxford, en el año 1969, con Varela Ortega —el presidente de la Fundación Ortega donde estamos y nieto de Ortega y Gasset— me presentó a Joaquín Romero Maura y a Raymond Carr, que trataban de montar un centro de estudios sobre España. Carr me dijo que había un gran interés por el anarquismo, por la CNT, con la herencia de Brenan… y me preguntó por la otra España, la que se parecía más a las regiones industrializadas europeas, y se refirió precisamente al País Vasco, con sus inmigrantes, trabajadores, grandes empresas, conflictos laborales. Fue, por tanto, una sugerencia de Raymond, bajo el supuesto de que nadie lo había trabajado, que trabajase en Vizcaya, la aparición del movimiento obrero y la conflictividad laboral allí en la época de la Restauración.

¿Cómo llega a Oxford?

Había acabado la carrera, y tenía ya un trabajo en un colegio de Madrid de manera incipiente. Fue insistencia de José Varela Ortega, con quien tenía una gran amistad, que pasara unos meses en Oxford, antes de iniciarme en el trabajo, en el 69. En enero de ese año llegué a Oxford y estuve hasta junio por incitación de Varela Ortega.

¿Qué diferencias había entre la Universidad española e inglesa en aquel tiempo? ¿Qué autores eran conocidos aparte de Carr y Thomas?

Eran nombres anglosajones, lo mismo ingleses o norteamericanos, muy conocidos en la historiografía española. El libro de Hugh Thomas de la guerra civil era muy conocido, aunque lo conseguíamos por las traducciones de Ruedo Ibérico, en París, y se podía conseguir por librerías clandestinas, y el libro circulaba. Yo lo leería en 1965-66. El libro de Carr no recuerdo si lo tenía en inglés, ni siquiera si Varela Ortega lo tenía. Circulaban artículos y conferencias, y Raymond Carr no nos era nada desconocido para los que éramos contemporaneístas profesionales en los alumnos de la clase.

Relaciones institucionales había pocas. El Centro de Estudios Ibéricos —creado en torno a Raymond Carr— fue dirigido por Joaquín Romero Maura hasta 1974, y yo lo llevé del 76 al 80, y era lo único. Del 70 al 74 estuvimos Varela Ortega y yo en Oxford como estudiantes de posgrado, investigadores, allí, lo que nos sirvió como trayectoria de investigación aquí… para sorpresa nuestra (risas).

En lo que se refiere a la historia, ese fue el primer centro que se creó, financiado por el banco Urquijo, y no había solo españoles becados, sino que había también ingleses, jóvenes hispanistas ingleses, en torno a Carr. Existía una cátedra en Oxford también llamada Alfonso XIII desde los años 20, centrada en literatura, donde estuvieron en su lectorado Vicente Molina-Foix, Javier Marías y otros escritores jóvenes.

Defiende un tipo de encaje en la diversidad, algo muy estudiado por Miguel Artola, el propio concepto de autonomía, que está siendo muy discutido en la actualidad. ¿Es lo propio del estado en España? ¿Hubo mayor prosperidad cuando el estado fue unitario (Siglo XVIII, o la propia Restauración)?

No creo que el crecimiento de España, en el periodo que conozco de la Restauración, dependiera del centralismo. Si te fijas, tanto banca, como economía pesquera, maquinaria pesada, industria, etc… donde se desarrollan más son justamente País Vasco o Cataluña. Si existía un estado centralizado, que lo había, los desequilibrios regionales aumentaron muchísimo con la industrialización diferenciada de Cataluña o el País Vasco.

En cualquier caso, creo que en la división de España en provincias en 1833 siempre estuvo detrás la idea de región, debatiéndose bastante en el siglo XIX. Esa idea de España con regiones, materialización física o jurídica, estaba como tema ampliamente discutido. Especialmente Ortega. En La redención de las provincias el propio Ortega afirma, sin ser sospechoso de nada, “Hagamos política desde las provincias para las provincias (…) Las provincias en pie”. Ortega pensaba que no había un gran nacionalismo en España, lo que había es localismo. Pensaba en que el localismo debía ser la gran fuerza de la nación.

Juan Ramón Lodares defendía en El paraíso políglota que la pervivencia de los idiomas autóctonos y regiones en España es consecuencia del analfabetismo a lo largo del XIX. Esto resulta evidente en comparación con la obra educativa y estatal francesa. ¿Es de este modo o es un debate con matices?

Es un debate con matices. Mi interpretación toma elementos de ciertos autores. Uno de Ortega y la fuerza del localismo que acabo de citar, y otro de Azaña, en 1939, que poco después de acabar la guerra tiene una serie de artículos muy interesantes sobre Cataluña, y viene a decir que la pervivencia de todos estos sentimientos regionales es porque España no ha tenido un Estado fuerte, no porque haya más o menos analfabetismo. Es una cuestión más amplia, del Estado. Esto hemos concluido otros historiadores, y es que el Estado del siglo XIX presentaba un centralismo oficial y localismo real. No tuvo fuerza suficiente para nacionalizar todo el territorio. Esta tesis, fuera de que yo la suscriba, es muy interesante en sí misma, aunque no fuera totalmente cierta. La tesis obliga a pensar en la aparición de los nacionalismos de otro modo: no es consecuencia de un Estado fuerte, sino que ha existido un estado débil.

Siguiendo la comparación con Francia, las levas de la convención en 1792 que devastan y ocupan regiones van acompañadas leyes de educación universales.

Esa es totalmente la tesis de Azaña. Con un Estado fuerte se habrían abierto escuelas, se habría intervenido las regiones y se habría nacionalizado por completo el país.

Los enemigos ponen en boca de Cánovas aquella frase respecto al punto nacional: “Son españoles los que no puede ser otra cosa“. ¿Es Cánovas el primero en aceptar la imposible uniformidad de la nación española con el concierto económico en Euskadi?

No sé si es el primer factor. Cánovas, además de esa frase y su conocida causticidad, era un hombre con un enorme sentido del Estado. Y con la abolición foral de 1873 entendió que esta debía ser compensada, redefinida. En 1878, con los conciertos económicos, se pueden interpretar como una nueva foralidad, mucho más eficaz, más oficial y menos simbólica. Puesto que no hay diputaciones forales, ni juntas… las provincias no se rigen por juntas de ayuntamientos, se utilizó esa solución, que fue clave por el poder económico que dio a Álava, Vizcaya, Guipúzcoa y Navarra —por otra vía, eso sí—. Ya que menciono Navarra, la ley foralista paccionada proviene de 1841, luego de la división provincial.

Cánovas era un hombre muy pragmático, que busca la estabilización de la política, la alternancia en el poder y la supremacía del poder civil. En fin, un Estado administrativo eficaz. No es poco lo que acabo de decir. Esto le convierte en uno de los políticos con mayor sentido del Estado que ha habido en España. Ese concierto económico es una nueva foralidad económica sobre todo para Álava y Guipúzcoa, para su desarrollo económico.

Gustavo Bueno suele decir que los constitucionalistas gaditanos “… se vistieron del medievo para establecer su legitimidad de manera continua”, de manera muy distinta a los franceses, que hicieron una ruptura total con la legislación medieval moderna, y se vestían de romanos, siguiendo la cita de Marx. ¿Está en la raíz de las constituciones españolas esta pervivencia de las viejas legislaciones, del foralismo?

No sé si tiene que ver con 1812, quizá no tanto. Efectivamente, ellos utilizan una palabra verdaderamente medieval, que es la palabra “Cortes.” Pero las Cortes de Cádiz actúan como la Asamblea Nacional Francesa a todos los efectos. Es casi una manera de edulcorar lo que es un cambio radical, quizá para no provocar a los poderes más tradicionales. En ese tiempo lo que hay realmente es una situación de vacío de poder, más que poderes constituidos. En principio, la apelación a Cortes” y la apelación a la tradición de Cortes castellanas es un enmascaramiento de la creación de unas Cortes Constituyentes y la proclamación por una Asamblea que se ha reunido casi unilateralmente.

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Pocos libros de historia mencionan que a las Cortes no llegaron los diputados designados, que fue una legislación en ocasiones ajena a muchos notables provinciales.

Ese es un tema de enorme importancia. No hay elecciones en España; sí en América. Solo eran posibles en las provincias sin ocupación francesa. Los diputados son nombrados por notables, a mano alzada, con electorados imprecisos. Los otros, los pocos centenares, son residentes en Cádiz: si hay cien vizcaínos, esos acaban siendo los diputados que representan a la provincia. Se suele pasar por encima en la carrera…porque pondría en entredicho la verdadera representación de las Cortes de Cádiz como origen de la soberanía nacional.

Volviendo a la pregunta anterior, donde reaparece una visión no jacobina del Estado Español es en 1833 con Javier de Burgos, con la división provincial. Era una racionalización de la atomización provincial del antiguo régimen, algo muy desconocido en la actualidad (seguimos sin saber qué es una universidad, un ayuntamiento, y los cien mil tipos de administración local de la Edad Moderna). Javier de Burgos, que era un afrancesado moderado, quiere hacer una división no jacobina donde la idea de región y de los reinos está muy presente. Contrariamente de lo que se ha querido acusar a Javier de Burgos desde el nacionalismo vasco, no tiene nada de jacobinismo. Comienza diciendo “el Reino de Galicia se compone de…” El propio País Vasco mantiene el nombre de las provincias como homenaje a la tradición foral, y Navarra exactamente igual.

El verdadero mapa jacobino de España es el de las prefecturas, basado en accidentes geográficos, que propuso José I sin llegar a aplicarse.

Exacto. El caso español en Francia es como si en el mapa regional se hubiera aplicado una división de reinos en los que apareciera Bretaña, Normandía, Saboya, Borgoña, etc. Por tanto, la clave es que es una reforma que ciertamente centraliza, pero que contiene, tiene ecos evidentes del Antiguo Régimen.

¿Cómo surge el nacionalismo en Euskadi? 

En el caso vasco, primero, existe una tradición foral que se enfrenta a una abolición para 1876. Es un sentimiento que dura poco, que no es masivo, pero que crea una conciencia foral. Luego se produce en Vizcaya un cambio rapidísimo, económico-social, con una industrialización de una celeridad absoluta. Espectacular. Esto conlleva la destrucción de la sociedad vasca antigua. El antiguo nacionalismo vasco, el primero, tiene unas características etnicistas y católicas muy claras. El lema oficial no puede ser más claro: “Todo para Euskadi, y Euskadi para Dios.” Es claramente la expresión de un movimiento, inicialmente pequeño, que ve la industrialización de Vizcaya como una amenaza a la identidad cultural vasca. Lejos de ser la expresión de la modernidad del País Vasco el nacionalismo surge como un movimiento “étnico-religioso”, o socialcristiano si se quiere, que quiere evitar la destrucción de la sociedad cultural vasca por la industrialización y la inmigración masiva de trabajadores.

Surge en Vizcaya, no en Guipúzcoa ni Navarra. Y esto es importante, ya que en Vizcaya la industrialización masiva generó el movimiento, mientras que Guipúzcoa —la más Euskaldún— no construyó un movimiento determinado. Coexiste una industrialización muy diversa que no amenaza la sociedad tradicional en Guipúzcoa. En Vizcaya es todo lo contrario.

Existe en la historia de Euskadi una especie de conflicto constante entre el campo y la ciudad, habiendo un campo rural y ultramontano, carlista, en oposición a la ciudad liberal y cosmopolita, de comerciantes —la propia familia de Baroja—. ¿Sobrevive este conflicto en los tiempos actuales?

Creo que ese conflicto ya no es tan marcado, podría serlo a finales del XVIII y el XIX. En la actualidad el País Vasco es un continuo urbano; ya no existe ese campo de décadas anteriores. Sí es verdad que la pugna liberalismo-carlismo se puede estudiar así, aunque no totalmente. Es más bien una metáfora este enfrentamiento, ya que existen muchas ciudades de tipo medio. ¿Hasta qué punto ciudades como Durango o Tolosa son campo o ciudad? Son ciudades conectadas fuertemente con el campo, muy ruralizadas.

Ahora bien, la historiografía tiene una gran tradición, muy marcada, sobre este conflicto campo-ciudad; el carlismo tuvo algún apoyo en las ciudades, a pesar de su marcado carácter rural. El nacionalismo vasco parecería, entonces, un movimiento social muy parecido al carlismo en su clientela, aunque esta también es urbana. A este movimiento le costó entrar en el mundo rural, que suele ser apolítico y depende de los notables locales o influencias. Luego hay muchas excepciones, porque hay bastante carlista con fábrica (risas). Una cosa es ser carlista-tradicionalista y otra chuparse el dedo, vaya.

¿Cuáles son las diferencias entre el nacionalismo vasco y el catalán?

En principio hay una distinción bastante clara: el nacionalismo catalán tiene componentes cívicos, y el nacionalismo vasco tiene como origen un componente claramente étnico. Por tanto, en el primero, en origen, esas tradiciones culturales están, mientras que el nacionalismo catalán no se apoya en una cultura de carácter étnico-folclórico. El nacionalismo vasco apoya todavía hoy la euskaldunización, el bertzsolarismo, el deporte rural… las manifestaciones culturales que considera puramente vascas. El nacionalismo catalán no era tan ultrarreligioso como el vasco, tenía mucha mayor implantación en el empresariado y clases medias acomodadas. En la actualidad son todos interclasistas, y lo que digo vale desde 1890 hasta 1960. Existía, de hecho, mucho cura en el sindicalismo nacionalista, cosa que no aparece con tanta intensidad en el nacionalismo catalán.

El nacionalismo catalán, hasta la Guerra Civil, tiene un sentido de España más acusado que el vasco, que se considera ajeno a las preocupaciones españolas. En Cataluña existe una preocupación española mucho más enraizada. Tiene mayor fundamento histórico, más congruente, puesto que no ha existido una unidad administrativa vasca para las tres provincias en la historia hasta tiempos recientes. Por eso se habla siempre del “pueblo vasco”, casi nunca de la nación vasca.

De esto escribía de manera precisa Miguel Artola: son pactos de cada provincia con la Corona, en el Antiguo Régimen.

Exacto. E incluso una unidad lingüística. El catalán es una lengua romance, con presidencia en ciudades, mientras que el vasco es una lengua más rural, un poco como el gaélico en Irlanda, con ámbitos territoriales muy pequeños.

¿Qué opina del advenimiento de Bildu? ¿Demuestra una pervivencia del nacionalismo?

Una cosa es la aparición de Bildu, y otra dónde ha ido sacando votos. Bildu, ETA, creó un movimiento social, cultural, más exitoso de lo que parece a primera vista. La izquierda abertzale, que nace para 1979, ha llegado a tener 250.000 votos. Nunca ha bajado de los 100.000 votos. Han sabido, a través de la violencia, socializar una cultura radical-nacionalista que ha cristalizado. Que el PNV o el PSE hayan realizado prácticas políticas que provoquen pérdidas de votos, y que Bildu haya capitalizado este descontento, no explica toda la totalidad de votos de esta formación. El observador puede lamentar esta situación, especialmente entre los partidos constitucionalistas, pero existe una realidad abertzale.

Llegó antes que ellos a Madrid, como nos acaba de contar, pero ¿se considera parte del exilio vasco en la Universidad de Madrid (como Savater, Elorza, Juaristi)?

Tengo muchísima amistad con todos ellos, con cada uno de ellos. Ahora, yo no me considero “exiliado vasco”. El hecho de no ser nacionalista me “segrega” de la cultura nacionalista como a algunas de las personas que citas, aunque seguimos teniendo amistades a título individual con gente que se mueve en el entorno nacionalista. Y no solo me ha podido satisfacer alguna distinción que me ha hecho el gobierno López, ya que también me ha incorporado a Academias Vascas. Ahora, lo que nosotros podemos representar como cultura no nacionalista y de cierto sentido intelectual, por tanto más visible que el no-nacionalista que vive instalado en San Sebastián o Bilbao, nos singulariza de una manera evidente. Intento ir con muchísima frecuencia al País Vasco y tengo muchísimos amigos allí. La historiografía que está en el País Vasco, en la Universidad del País Vasco, no es nacionalista; es una historiografía bastante seria. Me siento cercanísimo a ese grupo de la UPV, cerca de 15 o 20 personas; colaboramos muchísimo.

¿Se llegó a sentir amenazado?

Mentiría si te dijera que sí: nunca. Mi nombre ha aparecido junto a otros intelectuales en los periódicos en condenas a ETA, declaraciones públicas, etc. Ahora, la amenaza directa nunca me ha llegado de ninguna forma; ha habido otros que sin ninguna amenaza les han semi-agredido o increpado por la calle. Yo no he vivido esa situación inadmisible y violentísima. No se me oculta, eso sí, habiendo sido profesor en Vitoria de Historia, tener polémicas muy fuertes en congresos.

¿Puede citar algún ejemplo?

En dos o tres congresos que ha habido allí, en el País Vasco, ha tomado la palabra alguien diciendo “Lo que usted dice no es cierto porque…” con muchísima acritud. No simplemente alguien diciendo “Se equivoca usted”, era un tono totalmente distinto. Comentando después en algún medio de comunicación, o después del congreso… eso sí lo he tenido. Como muchos otros. Nunca he llegado a tener protección como Juaristi o Savater.

Recuerdo a Savater como profesor en la UCM, en el ínterin de la tregua de ETA, y al acabar esta su actitud abierta y afable en las clases cambió por completo.

Él ha ido a las clases con escolta, los tres: Savater, Juaristi y Cortázar… Fernando García de Cortázar, que daba clase en Deusto, siendo profesor de la Universidad tenía tensión con sus compañeros de pasillo, aun siendo estos vinculados a esa Universidad desde los inicios. Había un núcleo de gente muy radicalizada y ha tenido que llevar escolta hasta hace poco.

¿Son viables económicamente Cataluña o Euskadi independientes?

Creo que nadie lo puede saber. Lo que sí sabemos es que el precio de la independencia sería muy alto. No se puede saber el precio total de las economías porque no tenemos todos los datos. No sabemos si son tan dependientes del mercado español, en qué medida dependen de él. Lo que sí digo es que el precio de la independencia será altísimo, a corto plazo, y en el caso vasco Mikel Buesa habló de 50.000 millones de euros. Cataluña sería incluso superior a eso. Existiría, en cualquier caso, un impacto directo en la economía catalana.

Se habla poco de que tendrá que haber una negociación profunda en términos económicos. ¿Cómo se valora el AVE o los AVE que pasan por esos territorios? O el suministro de electricidad, o las autopistas que están en otra Comunidad Autónoma, financiada allí, y el beneficio es para el territorio independiente. ¿Quién ha hecho los aeropuertos? ¿Los grandes puertos? ¡Es un ámbito extremadamente complicado! Otra cosa son los pueblos aislados, pequeños… pero las grandes infraestructuras no han sido solo financiadas por el capital vasco o el capital catalán.

¿Cree que los historiadores deberían luchar contra la confusión de conceptos? Esto es, no puede existir Cataluña antes de cualquier declaración soberana en sentido liberal. Estrictamente igual con la España anterior a 1812.

Algunos de nosotros pensamos que lo que da carácter científico a la historia es la conceptualización, el rigor, y la lógica de la explicación. La aparición en el País Vasco y supongo que en Cataluña de una historiografía altísimamente divulgadora que recoge todos los tópicos nacionalistas, incluso un nacionalismo metodológico, a la historiografía académica no la anula, pero a corto plazo la dificulta. Con los medios de comunicación de ahora, su eficacia, dando pábulo e invitando a sus debates a personas generalizando, manipulando o simplificando, sean políticos o tertulianos, es complicado.

Decía Braudel hablando de periodismo e historia que sus tiempos eran totalmente distintos. La historiografía es mucho más lenta que el debate público periodístico, nuestros debates suelen ser más lentos, mucho más rigurosos intelectualmente.

Arcadi Espada suele criticar el uso y abuso del adjetivo, la conversión de la información en literatura. ¿Debería ser sacrílego a la hora de escribir historia?

Ese es un comentario… para alguien convencido de esto desde siempre. La historia es un análisis de problemas, no la defensa de una causa. Eso hemos creído muchos desde hace mucho tiempo, desde siempre.

Entonces, la historia sería más bien preguntas, y no respuestas.

Son hipótesis, argumentaciones, interpretaciones muy verosímiles… y en la medida de lo que pueda ser posible a través del uso de unos lenguajes y conceptos que tiendan, con prudencia, a cierta neutralidad, simplemente para comprender lo que está ocurriendo.

Ha trabajado tanto con Unamuno como con Ortega. ¿Quién pervive como pensador en la actualidad?

Creo que mucho más Ortega, sin ninguna duda. Lo cual no le resta interés a la personalidad extraordinaria y muchas veces irritante de Unamuno. En cuanto a movimiento, la racionalidad y modernidad del pensamiento orteguiano está presente. Los temas que importan a Unamuno siguen teniendo presencia, esa filosofía de la individualidad, y en ese sentido no hay la menor duda. Ahora bien, toda la preocupación, el sentimiento trágico ante la muerte, la perduración de quién es uno en Unamuno se han sintetizado muchísimo. Ortega, como crítico de la modernidad, tiene todavía una vigencia extraordinaria. La idea de razón vital y, ya que soy historiador, la idea de razón histórica. “El hombre no tiene naturaleza, lo que tiene es historia” que cita Ortega y Gasset, por lo tanto la historia es lo que da razón en el hombre. Los historiadores, entonces, son los que más tenemos que recabar y buscar.

Algunos autores dicen que tanto Unamuno como Ortega tienen resabios de clase, reaccionarios en ocasiones, en comparación con figuras como Manuel Azaña. ¿Qué opina usted?

Me parece una tontería supina. La lid intelectual no tiene connotaciones de clase.

¿Llegó a leer la biografía crítica de Ortega, El maestro en el erial, que escribió Gregorio Morán?

Sí. Primero parte de un error. Pero no me gusta ese libro ni los de otro tipo: la conciencia que tengo de la vida intelectual, y mis intereses amplísimos, no pasan por lo que llaman los franceses succès de scandale. Creo que esa literatura busca el escándalo, crearlo, y no me interesa lo más mínimo. Suponiendo que hubiera sido verdad el escándalo que intenta destapar Morán, que Ortega habría cobrado del régimen de Franco los últimos años de su vida —que no es cierto—, es irrelevante en el gran pensamiento de Ortega.

Un señor que habla de circunstancia, “la vida como realidad radical”, “teoría de las generaciones”, “el hombre y la gente”, “historia, sistema y razón vital”… Ortega dice muy claramente en el prólogo de sus obras completas del año 33 “toda mi labor se establece en que he comprendido dos verdades: que la vida es circunstancia, y que la vida es una realidad radical”. A eso se le he puede añadir la idea de razón histórica, y la idea de perspectiva de verdad, que no son solo de Ortega; no lo estoy convirtiendo en… Eso es, para mí, el centro de Ortega. No lo es ni España invertebrada, ni La rebelión de las masas.

Juan Pablo fusi para Jot Down 3

El gran debate casticismo y europeísmo entre estos dos filósofos ¿vuelve a tener importancia en esta década donde el “modelo europeo” se ha vuelto de nuevo loco como en los años 30?

¡No está tan loco como en los años 30! (risas) No hay ningún Hitler o ningún Mussolini. Creo que la Unión Europea tiene muchos problemas, es muy distante para el ciudadano medio, tiene una burocracia y una complejidad institucional enorme. No hay, digamos, una gran emoción europeísta… creo que no la hay. Uno de los cambios fundamentales de España en la Transición es que su ingreso en la Unión Europea prácticamente ha resuelto este debate. La realidad es que ahora España es una variable europea. Ese debate, que se planteó en su momento, ahora mismo no existe ya que España está dentro de la Unión Europea, que tiene muchísimos problemas, y que presenta un importante divorcio entre la calle y las grandes instituciones europeas.

Se ha discutido mucho la posibilidad de una “Tercera España” en palabras de Santos-Juliá. ¿Pudo existir una posición de centro, al estilo de Emilio Castelar o Alcalá-Zamora, a lo largo de la historia de España? ¿En el mismo 1936?

Claro que ha existido siempre. Incluso, creo que también en el 36 con Alcalá-Zamora, Miguel Maura y otra gente. En el año 33 y 34 la prensa discute mucho con la unión de los distintos partidos republicanos, no frentepopulista, de diversos partidos dispersos de centro republicanos. También se habló de la aproximación de la izquierda de la CEDA con ciertas formas de republicanismo para formar, en el 33-34, un partido de centro. Por tanto, electorado potencial, personalidades no radicalizadas… En la conferencia de Ortega Rectificar la República asisten políticos conocidos y los días posteriores la prensa especula con que se cree un partido nacional republicano en torno a Miguel Maura y las ideas del filósofo.

El problema en política es la no estructuración de esos valores, de ese electorado potencial, de esa gente equidistante. Cuando estalla la Guerra Civil, además de la división de las dos Españas, hay mucha lealtad geográfica. Es decir, no es que necesariamente se elige bando, sino que está en el lugar donde te ha tocado: era imposible casi siempre pasar a la otra zona. Creo que todo eso existía, también en el ejército y muchos sectores de la sociedad. Con todo, no sé si el propio Ortega está hablando del 34 como imposible la idea de revolución, en el sentido que nosotros entendemos.

El propio Ramiro Ledesma Ramos en La Conquista del Estado afirma que no va a haber fascismo en España, en el 34-35, ya que no existe nacionalismo español. Que en todo caso habría un clericalismo militar… que es lo que pasó. Que lo diga él, siendo de estos (risas), es muchísimo más creíble. Esto es una realidad, pero la historia o la política no funcionan así, y existe mucho error de percepción, mucho riesgo calculado, muchas diferencias personales.

En el siglo XIX existe una línea constante de centro democrático político de los doctrinarios a la Unión Liberal, pasando por Emilio Castelar, que no es conocida en la actualidad y que actuó como bisagra de las dos Españas. Nunca llegó a tener un gran impacto electoral en los tiempos de la República.

Sí, claro. Esta línea sí tuvo su impacto electoral con la Unión del Centro Democrático de Suárez, y se descompuso con tensiones internas, por la propia personalidad de Suárez. Ese tipo de partidos tienen un cierto riesgo, la propia indefinición ideológica, y en la UCD hubo un enfrentamiento entre demócrata-cristianos, liberales y socialdemócratas.

Ha trabajado poco la Guerra Civil. ¿Algún reparo moral o cansancio respeto a la tensión ideológica en ese periodo histórico?

No tanto. Siempre me interesó más 1876 y 1923. Solo he trabajado la Guerra Civil en la zona del País Vasco, y algún libro general, donde no se puede eludir. La Guerra Civil tiene tal cantidad de títulos, especialistas muy reconocidos, no veo que pueda hacer análisis más que prudentes o generalistas sobre este periodo.

¿Considera que hay una industria mitológica sobre la Guerra Civil en la historia reciente? 

Sí, ha habido dos versiones de la guerra. Una primera versión, oficialista, del régimen anterior, evidentemente, montada a una serie de lugares y hechos (Moscardó y el Alcázar, la propia creación del mito de Franco, la guerra como cruzada, el baleares…). El régimen anterior durante mucho tiempo, hasta el final, siempre se reconoció el régimen del 18 de julio, siendo incluso fiesta nacional, ¡incluso la paga de verano procede de ese día! (risas) Por tanto, dijo “nosotros tenemos legitimidad de origen”; no buscaban legitimidad democrática. Cuando había algún problema, con la gente joven, el régimen de Franco volvía a poner en la televisión las quemas de conventos del año 31, las escenas de la guerra, el comunismo, etc.

Paralelamente a esto, en el exilio se fue creando otra visión muy distinta, con el golpe militar contra la República legalmente constituida, la lucha contra la democracia, el pueblo español contra el fascismo… y esto se fue asociando a personalidades, batallas, acontecimientos, lugares de la guerra, etc. Después de la Transición, la visión más generalizada, más influyente, es la que simpatiza con la República, matizada, sin desconocer los problemas y tensiones del periodo, estableciendo al periodo como la primera experiencia democrática española, y que acometió reformas a los grandes problemas de la vida española. Esto provoca una polarización que acaba provocando una reacción que es el 18 de julio de 1936. Esta tesis de la Transición es la que se ha extendido más, y no es totalmente prorepublicana, pero es la que se ha acabado imponiendo.

Sobre el mito de la “primera experiencia democrática española” siempre hay que recordar los amplios sufragios de la Restauración, aún manipulados. Carandell, como cronista de Cortes, solía recordar que en España había una fortísima tradición parlamentaria.

Sin duda, claro. De hecho, todos los pronunciamientos militares del siglo XIX dan lugar a una situación constitucional. No es el ejército como institución; lo malo es que acaba haciendo del ejército el instrumento del cambio político hasta Cánovas, y que crea una legitimidad del pronunciamiento. Tanto Primo de Rivera como los militares del 36 se entroncarían en esta tradición de legitimidad.

Fue usted biógrafo del general Franco, ¿es difícil abordar una biografía de este tipo con desapasionamiento?

Es difícil, puede existir una pasión intelectual o historiográfica. Otra cosa es que Franco, por su forma de ser, por parecer poco distinguido, por su vida anodina, sin ninguna brillantez o visión de Estado, moleste… pero España cambió radicalmente en esos 40 años. Lo comenté en el prólogo del libro, apelaba a Max Weber diferenciando la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad, y yo había preferido la segunda. Hice un esfuerzo deliberado, no sé si por vender menos libros (risas) o por no satanizar la figura, porque me parece un error de interpretación histórica y porque desfigura la comprensión de los hechos. Fui mas historiador que antifranquista, que es lo que íntimamente mi propio equilibrio personal hubiera querido.

¿Cree que parece existir una ruptura en la biografía de Franco luego de 1936? Quiero decir, no parece ser una figura mesiánica como Hitler. De no haber intervenido en el 18 de julio habría acabado como otro general en la reserva.

No, no, él tiene una carrera brillante anteriormente. Ahora, cualquier análisis comparado personal entre Hitler, Mussolini y Franco es diverso. Esos análisis son importantes, porque los tres institucionalizaron las figura del líder; el Führer es un principio jurídico del régimen de Hitler, el caudillismo en el régimen de Franco y el Duce como magistratura excepcional está establecido por las leyes italianas. Las personalidades, luego, son radicalmente distintas: Mussolini es un hombre que procede de la izquierda, militante político, radical, bronco y agresivo, nada prudente; Hitler puede ser muchas cosas, pero es un iluminado, rozando el desequilibrio… mientras que Franco no tiene nada de eso. Es prudente, cauteloso, reservadísimo, nunca se aproximó a la política y nunca le gustó. Raymond Carr dice “…en Alemania e Italia el partido conquista el Estado; en España el estado crea el partido”. El régimen de Franco, con todos sus elementos fastistizantes, aspiraba a la desmovilización política.

Haga como yo, no se meta en política”, es una cita del propio Franco.

Exacto. Y creo que llegó a creer que no había hecho política nunca (risas). 40 años de jefe del estado, jefe de gobierno, y murió pensando “Yo no he hecho política nunca”. Él es un militar, y esos valores de orden, disciplina o unidad son hostiles a la política de partidos. Él tiene un paso anodino, de los últimos de su promoción, en la Academia de Toledo, y desde 1912 hasta 1927-28 está en la guerra de África, con algún año en la península, que es una guerra colonial durísima. Es una guerra de columnas, no mecanizada, en la que con suerte y por valor físico sobrevive incluso mentalmente. Siendo un general joven, le nombran director de la Academia Militar de Zaragoza, con apenas 43 años, y aunque se distancie con la proclamación de la República, prosigue su carrera militar. Es de los últimos en meterse en la conspiración, como todo el mundo sabe, con esa enorme cautela. Existe en su personalidad un Franco extravertido, hasta el 28-29, que comienza a aparecer este hombre retraído, tímido, extraño, que no aparece en ningún acto social.

Usted participó en el diccionario biográfico de la Real Academia de la Historia, en las correcciones. ¿Se podría haber hecho mejor?

Sin duda alguna el diccionario se podía haber hecho mejor. El incorporar personas vivas a un diccionario es siempre comprometido, y eso no ha salido por muchos sitios en prensa. La comisión llegó a saber cómo se distribuyeron las voces, participando academias americanas, corresponsales, de medicina o ciencias. La Academia diversificó mucho sus profesores en la realización. Pero es indudable que la Comisión sí encontró muy mejorables, rechazables algunas, de las entradas. Analizamos 500 voces en una especie de muestreo que correspondían a los años de la República y la Guerra Civil. Unas 50 fueron encontradas objetables o totalmente rechazables. Y por tanto, si una comisión fuera de la elaboración encuentra un 10% inaceptable es un balance que la Academia habrá tenido en cuenta porque recibió el informe.

¿La polémica es por lo chapucero del diccionario o más de tipo ideológico?

Sobre izquierdas y derechas, se buscaron determinadas voces de la guerra y el franquismo, no todas las de periodo. Y probablemente no se leyeron las otras, que eran muy contundentes contra el régimen de Franco, donde aparecían ejecuciones, represiones durísimas, muertos con torturas… Se centraron en las voces más conocidas, como Franco, Mola, Queipo de Llano, etc.

No soy quién para poner etiquetas; hay algunos historiadores muy serios que han objetado al diccionario y otros tomando todos los tomos nos pareció que la Academia había hecho un gran esfuerzo, pero que evidentemente había muchas cosas rectificables en la revisión, en la edición en línea, en nuevas ediciones, contraponiendo voces, etc. Ahora, en primer lugar, yo siempre he tenido muy buena relación con Julio Aróstegui, y siento su fallecimiento. Esas palabras las ha podido decir… Él era más matizado, prudente, discreto por escrito que en vivo, donde resultaba muy vehemente, polémico. Creo que no hace justicia este carácter polémico a su trabajo como historiador, y aunque leí aquello de “aceptar una chapuza”, me trae sin cuidado porque no es el caso. Me parece que la Academia decida por fin una tarea de este tipo, y que la haya acometido, el esfuerzo colosal, el número de voces, obtener colaboraciones y que lo hagan en el tiempo debido… Todo eso es la razón porque no quise entrar en la polémica. Tenía a muchos amigos, colaboradores, en la Academia, mucho mayores que yo, y preferí la vía de la rectificación que de la polémica.

Juan Pablo fusi para Jot Down 4

A más de 20 años vista, ¿cree que es necesario un revisionismo de la Transición?

Supongo que sí. Depende de qué queremos decir por revisionismo crítico: en la cuarta o quinta línea de mi primer libro aparece la tesis del revisionismo crítico. Que no es lo mismo que revisionismo a secas: esta palabra en España se identifica con los escritores pronazis que niegan el Holocausto. Y se usa en otras historiografías: en la norteamericana sería los historiadores que revisaron la guerra fría y culpabilizan tanto a EE. UU. como a la URSS, revisionistas son en Israel un grupo de siete u ocho historiadores que han revisado todos los mitos fundacionales del estado israelí, el ocurrido en la revolución francesa en los 80… Tiene cierta trayectoria y enlaza con lo que Tucídides decía que teníamos que hacer “sustituir mitos por conocimiento”. Las versiones poéticas que se hacen a expensas de la verdad; se refería a Homero y la guerra de Troya. Historia es lo que el historiador había visto, llegaba a decir esta cosa en que nosotros no creemos. La historia, por definición, es una revisión permanente; cada generación escribe su propia historia, pone énfasis en otras cosas…

Tampoco hay una visión “canónica” de la Transición que dice que esto ha sido “la obra providencial de unos hombres de Estado que entendieron perfectamente lo que debían hacer”. La Transición nace, primero, por los cambios económico-sociales anteriores, segundo, que puede responder por el Rey a legitimar una Monarquía cuyo único origen es el nombramiento de Franco. Termina bien, pero es muchísimo menos planeada: hay muchísima improvisación, sin ideas claras a donde se debe llegar, ha estado en la Transición y su análisis desde el principio. Es mucho más improvisada que planificada. Lo que es canónico es que existe una visión del Rey, de elementos que provienen del franquismo, y de un pragmatismo del antifranquismo que subordina en beneficio de la democracia reivindicaciones de tipo revanchista, radical o republicano. Esto se aplicaría a los socialistas y los comunistas, al propio Carrillo. Todo ello con una incertidumbre absoluta, con dudas y muchísimos baches.

¿Se puede defender la aprobación de la Constitución del 78 del País Vasco? 

No es una aprobación mayoritaria, esto es evidente, lo que tampoco quiere decir que haya un rechazo total. Lo que hay es una reserva por la Constitución superior al resto de España, pero el Estatuto de Autonomía —derivado de la Constitución, ley orgánicas de esta…— tuvo un porcentaje altísimo de votos, con gran participación electoral. Ahora, este tipo de cosas para los nacionalistas son variables. En un referendo pedirían solo la mayoría simple, no unos dos tercios por el censo. Creo que las constituciones o los referendos deben tener mayoría cualificada de dos tercios sobre el censo electoral.

Eso es una idea totalmente doctrinaria.

Totalmente doctrinaria (risas).

La respuesta al problema regional en España, las autonomías, ¿fue un parche que dio alas a la ruptura?

Hubo un debate enormemente interesante, muy interesante, con muchísimas publicaciones, que establecían dos modelos de Estado: o autonomía selectiva, o autonomía generalizada.

¿Nunca se llegó a plantear el Estado unitario?

No, la democracia y el antifranquismo buscaban siempre autonomías para Cataluña, País Vasco y Galicia. Es la idea de España como una unidad cultural con tres particularismos culturales está muy arraigada en España desde los años 30. La Asamblea de Cataluña es del 70… Lo que no estoy tan seguro es que la tradición anterior a 1931, liberal radical España, sea autonomista. Es muy tardía. Yo no veo a Largo Caballero o Prieto simpatizando con las autonomías regionales.

En Europa la descentralización es vista siempre de manera reaccionaria, unida a los conservadores, mientras que en España es completamente al revés. ¿A qué se debe esta excepción? ¿Por qué no llegó a existir una izquierda pequeño-burguesa jacobina en España?

No, no, yo creo que la hubo: lo que cambia eso es la dictadura de Primo de Rivera. Antes de 1923 no es tan marcado. Azaña, de hecho, no visita Cataluña hasta 1930, él lo dice, y es cuando la descubre. No se encuentra en las Obras Completas de Azaña referencias a las regiones… solo a Cataluña, que para él es el único gran problema. Pero no encuentras referencias en Pablo Iglesias a esto, referencias favorables a la autonomía regional. Eran, al contrario, mucho más regionalistas Antonio Maura o Francisco Silvela que sí tuvieron proyectos de regeneración, mientras que los liberales exaltados, canalejistas, se opusieron a la mancomunidad catalana.

En la propia crisis del 98, el gran programa regeneracionista de Polavieja es precisamente descentralizador.

La derecha española, el partido conservador, era menos centralista que el partido liberal. El republicanismo, el liberalismo, fueron más contrarios y hostiles a la autonomía hasta un determinado momento. Lo que rompe el equilibrio, lo que lleva a los republicanos y al PSOE, es la colaboración con el catalanismo en la oposición a la dictadura de Primo de Rivera. Todavía en la República alguien como Azaña es alguien que siente profundamente España, y que por razones políticas permite la autonomía a Cataluña, con gran prudencia respecto a las otras, y al final acaba con unas críticas feroces a la conducta de esta en la guerra tanto en La velada de Benicarló como en diversos artículos que publica en el exilio, a principios de 1939…

¿Existe también una tradición federal que se podría vincular a la izquierda?

Pero no es necesariamente pro nacionalista; es una forma extrema de republicanismo. En la España del XIX no fue una política identitaria, fue una manera de estructurar el Estado, que es otra cosa distinta.

En la revolución francesa el federalismo es visto como conservador, a diferencia del jacobinismo centralista.

La tradición liberal española y republicana está más vinculada a la soberanía nacional y la ciudadanía que no a concepciones diferenciadas que la derecha conservadora, que defiende los viejos reinos y provincias. El federalismo nunca fue tan popular, ni siquiera con Pi y Margall. Este último no habla de paisajes, lenguas o costumbres regionales; no siente lo regional. Es una plantilla, una estructura. EE. UU. es un país federal, una República federal, y no hay sentimientos identitarios locales o los hay minoritarios. No hay nacionalismos; hay federalismos… porque no hay nacionalismos estatales, y no al revés… Con nacionalismos estatales la República federal no existiría: es federal porque no hay políticas identitarias de los Estados, no al revés. Nunca las ha habido, no tiene nada que ver con lo nuestro.

Guillem Martínez ha popularizado el término “Cultura de la Transición” (CT) para la política de consensos ideológicos, culturales y económicos que produce una cultura “encadenada“. ¿Cuál sería la solución a esta cultura de la Transición? 

No estoy tan seguro sobre esto. En España hay unos debates esenciales, abismales… tenemos un entramado institucional, y unas distintas etapas de gobierno donde el ámbito de discusión es enorme. La Constitución española es reformable de la misma manera que la americana de 1776. No veo porqué hay que fijar unos clichés y establecerse en la búsqueda de nuevos consensos o rupturas. No acabo de entender esa simplificación.

¿Cabría un debate Monarquía-República en la Constitución?

Creo que ya se plantea y aparece, y vemos muchas banderas republicanas, y hay una Esquerra Republicana que está en el Congreso. No sé si lo habría o no, pero sí cabe. Ahora, si Guillem llama a esto “cultura encadenada”… no tiene el menor sentido histórico. Para estar en política, como decía De Gaulle, hay que tener dos cosas: sentido del Estado y sentido de la historia. Sin eso es bastante difícil, por no decir imposible. Uno de los grandes cambios que hace la izquierda en los 70 es no hacer de Monarquía o República, sino de democracia el verdadero problema de España. Esta es por definición siempre mejorable, variable, reformable, con posiciones enérgicas al requerir consensos, o buscar ningún consenso.

Margaret Thatcher detestaba la palabra consenso, y nadie ha pensado dónde nos llevaba eso. Lo que me distancia del debate español es esa manera apocalíptica, esencialista, de enjuiciar la vida política aquí, incluido el concepto de la Cultura de la Transición. Otro autor inglés, J.H. Elliot, decía “muchas veces los historiadores ven causas profundas en lo que es el error de un político”. En España hay errores de políticos; lo otro suelen construcciones artificiosas que no responden al buen análisis de la evolución histórica del país.

¿Cree que el nivel de los políticos es inferior al de la Transición? 

Lo que ocurre en momentos controvertidos, muy exigentes, de una dictadura de 40 años a una situación nueva que abre toda clase de incertidumbres, volvemos a la idea de Transición como algo no lineal, el que apareciesen una serie de personas brillantes o notables era normal. En la Transición, volvemos a comparar, no veo políticos de la talla de Cánovas del Castillo o el propio Manuel Azaña. Pero incluso un hombre con menos dotes, pero con un gran encanto y capacidad de organización como fue Suárez… o el descubrimiento de González como jefe de Estado, que en sus diez primeros años de mandato acomete sin vacilación la reforma industrial contra lo que podría esperarse por su juventud o formación. Recuerdo la aparición de David Cameron en la política inglesa, su primer discurso, que lo vi a través de Skype. ¡Parecía que había estado en los pasillos del poder toda su vida! Un hombre barbilampiño y jovencísimo que habla y se mueve con pausas, maneras, gestos de autoritas romana. Era una naturalidad que en la Transición española no era exactamente así. Suárez o González no tenían una formación política superior a los políticos que vemos ahora; el momento es distinto, y sus figuras, en sus responsabilidades, hubieron de agrandarse. Cuando la situación no es excepcional, te encuentras políticos más normalizados, menos destacados, tipo medio, de la misma manera que hay políticos que quizá sepan mejor la economía.

Rajoy es un buen parlamentario, pero eso no le convierte en una persona excepcional para el mando como Cameron. España no tiene esa tradición de jefes del estado, al estilo Francia y su Escuela Nacional de Administración —donde viene desde 1810 la burocracia francesa— o Inglaterra y Oxford o Cambridge, y eso se nota muchísimo. Eso crea estilos, maneras, redes de conexiones, familiariza con la administración del país y va creando una bien estructurada clase política. Eso no existe en España o Italia.

Le sospecho admirador de la serie británica Sí, Ministro, parece que necesitamos más Sir Humphrey

(Risas) La he visto, y sí, es eso.

¿Cree que la Transición vira de un choque imaginado, los militares y las izquierdas, a uno real e inesperado, los partidos unitarios respecto a los nacionalistas?

Estoy de acuerdo. Las expectativas eran esas: en 1975 las incertidumbres hasta el 23F. Con la reforma del estamento militar del socialismo, y la extinción del viejo militar de la guerra civil disminuye esa tensión. Se temió ese poder militar, y por eso se nombró al Rey jefe del ejército, al que estaban sujetos los militares, y no a la Constitución por el temor al ruido de sables. Existía también miedo a un peso excesivo de la izquierda que hubiera hecho imposible la estabilidad del sistema. Esos son los dos problemas principales. De ahí la importancia de UCD, que los observadores extranjeros no llegaron a prever. Se hablaba de una posible italianización de la política, demócratas-cristianos e izquierdistas. Los militares condicionan la Transición, pero el detonante no fueron las izquierdas sino el terrorismo de ETA.

Les golpea a ellos: los militares acaban identificando terrorismo de ETA con debilidad ante los nacionalismos. Pero todo ello se disipa en los 80. La reforma militar de Narcís Serra, discreta y bastante bien hecha, acabó en gran parte con estos militares. Es muy poco citada, por cierto. Es precedida por las medidas de Gutiérrez Mellado, que unifica el mando, y con la entrada en la OTAN el ejército adquiere otro carácter, de ejército profesional y planes estratégicos. Es ya sólo una rama más de la administración española.

Todo el proceso de la Transición, las discusiones constitucionales, tienen cierto carácter oculto que dificulta la escritura de historia sobre el tiempo. ¿Llegará alguna vez a poder accederse a los archivos de la misma manera que hacemos con la Restauración?

Sería muy necesario: no veo ninguna razón para que no sea así. Habrá mucha negociación, borrador, privado, pero no creo que pongan en peligro el sistema. Las únicas razones por las que se puede mantener el cierre de los archivos es por seguridad del Estado: no revelar quiénes son nuestros espías porque los van a matar. O si ha habido cosas de alcantarilla, relativa a grupos mafiosos. El dinero y financiación oculta de partidos políticos en la Transición, de mano, creo que ya no es tan secreto (risas). En aquellas cuestiones que no afecten a la seguridad del Estado, que no sé qué vigencia tendrán, como historiador no puedo reclamar más que la apertura de archivos.

Juan Pablo fusi para Jot Down 5


Tsevan Rabtan: Shangri-La

Dedicado a Manuel de Lorenzo,
que ha inspirado este artículo

Hace ya tiempo que se va desvelando, merced a estudios rigurosos y valientes, que la cultura catalana ha sido objeto de una forma de persecución mucho más insidiosa y sutil que la tradicional, sobre la que nada diré por obvia. Se trata del “borrado” sistemático de la filiación catalana de ciertas obras y hechos notorios. Así, al igual que hace unas décadas descubrimos que Beethoven formaba parte de las “gentes de la melanina” —usando esta feliz expresión acuñada hace poco por afroamericanos—, se ha ocultado que Colón era de nacionalidad catalana o que el Quijote había sido escrito originalmente en catalán y Cervantes, todo lo más, fue un traductor de esta obra germinal del género novelístico. ¿Qué hay detrás de estas maniobras? Es evidente. Ayer, Artur Mas, en misiva dirigida a David Cameron, el primer ministro del Reino Unido, dejaba constancia de un hecho indiscutible: los ejemplos más antiguos de parlamentarismo europeo se encuentran en Cataluña e Inglaterra; podría haber añadido que también se encuentran en Inglaterra y Cataluña el nacimiento y, a la vez, la culminación del drama y la novela modernos. Podría, de no haber sido por esa constante apropiación por el expansivo y violento centralismo castellano —con la complicidad de las grandes potencias—, de todos los logros de las culturas periféricas.

Yo quiero seguir esa senda de denuncia. Si el Estado español, en toda su “multiformidad”, es viable, ha de serlo desde la verdad y la balanza. Hablemos de Francesc Cabra.

Francesc Cabra nació en 1897 en Girona, en el seno de una industriosa familia de comerciantes. Desde muy niño se vio atraído por las maravillas del cinematógrafo y comenzó a producir pequeños cortos (aclaro que se trata de cortos pequeños considerando el hecho de que los cortos suelen, por definición, tener escasa duración) en los que lo ayudaba, cantando y tocando instrumentos diversos, un joven y dotado amigo de vecindad, llamado Xavier Cugat.

En la convulsa sociedad catalana de principios del siglo XX, el joven Francesc fue adquiriendo una conciencia social muy acusada, que le llevó a dirigir numerosas obras de denuncia, en las que latían permanentemente los tradicionales optimismo y solidaridad propios del pueblo catalán. Esas obras, hoy perdidas, tuvieron un éxito considerable, sobre todo en los vigorosos núcleos urbanos catalanes, y Cabra comenzó a ser visto como un peligro para el establishment, sobre todo por el trazo duro con el que el cineasta dibujaba el expolio que sufría el pueblo de Cataluña por parte del Estado español. Así, a mediados de la década de los treinta, Francesc Cabra filmaría la que muchos consideran su obra maestra, Que bonic que és viure, una obra audaz, que a primera vista podía parecer un simple cuento para niños, pero que adquiría, en sus momentos más lúgubres, el formato del cuento gótico, con gruesos y negros trazos al modo de Goya —del que también habrá que hablar en su momento—.

Que bonic que és viure es, en síntesis, una alegoría sobre la explotación del honrado e industrioso pueblo trabajador por las élites extranjeras, con la complicidad de algunos traidores. Como verán, el argumento es absolutamente actual; solo hagan el ejercicio mental de sustituir algún nombre por otro. Su protagonista, Jordi Mur, es un hombre repleto de ideales que se ve abocado a dar un paso al frente para detener al malvado banquero Puertas, que intenta hacerse con la pequeña casa de empréstitos de una localidad imaginaria, llamada Sitges, situada en algún lugar de la Cataluña rural. Cuando Puertas, del que no se dice origen, aunque este es fácilmente deducible por su marcado acento, se aprovecha de la buena fe de Mur para provocar, un once de septiembre, la bancarrota de la casa de empréstitos, el bueno de Jordi intenta suicidarse. Lo salva un bondadoso ángel, que le muestra qué habría sido de su ciudad si él no hubiera nacido. Así, el honrado protagonista recorre una ciudad fantasmagórica, ahora rebautizada como santo Domingo de Silos, en las que sobresale, ominosa, una abadía gigantesca con enormes cipreses, y en la que todos los nombres de las calles están escritos en español. Intenta hablar en catalán con los niños que encuentra por la calle y es respondido en castellano, con burlas hirientes, y observa chiringuitos en los que huele a pescado y estatuillas de toros o bailarinas flamencas y gente que baila apretando sus cuerpos de manera lúbrica. Corre desesperado por una calle gris, camino de su casa, en busca de su esposa, y se encuentra con una solterona avejentada y gris, que sale de la Biblioteca municipal Pedro Gimferrer y que huye cuando él la aborda de forma apasionada hablándola en catalán. El cuento tiene un final feliz: repentinamente, Jordi Mur se ve en su pueblo de siempre, oye las voces de siempre, la de sus amigos y vecinos, y descubre que toda la comunidad, incluso los funcionarios que debían arrestarlo, ha reunido los ahorros de toda una vida para evitar que Puertas se haga con el control de la ciudad. Al final todos entonan entre lloros de alegría y caras de felicidad, el rossinyol.

Esta obra no pasó desapercibida. El Gobierno de la época impidió su estreno e intentó secuestrar todas las copias. Algunas de ellas circularon de forma clandestina y la leyenda de Francesc Cabra se fue agrandando. Sin embargo, a la vez que se agrandaba su leyenda, las penalidades que comenzó a sufrir fueron espeluznantes: recibía llamadas a medianoche en las que voces anónimas le preguntaban por sus primos de Cuenca —primos inexistentes—, se producían misteriosos desabastecimientos de crestes en la pastelería de debajo de su casa, o recibía codazos con demasiada frecuencia al subir a los tranvías, por citar algunas.

Es comprensible que, cuando recibió la llamada de su viejo amigo Xavier Cugat, que había emigrado de niño a Cuba y logrado, más tarde, el éxito en Hollywood, decidiese emigrar a Estados Unidos, para poder trabajar libremente. Por desgracia, su salida no fue sencilla. Tuvo que entregar todos los rollos de sus películas, renunciando a su obra. Y tuvo, además, como consecuencia de un repugnante pacto entre la República española y el Gobierno estadounidense, que renunciar también a su biografía. Así, obligado a escoger, decidió inventarse un falso nacimiento en Sicilia y una emigración temprana a California.

Frank Capra, así rebautizado, hizo un remake de su obra maestra en 1946. Siempre respetó los términos del acuerdo, gracias al cual pudo adquirir la nacionalidad estadounidense, pero los que tienen ojos para ver, comprendieron la verdad, cuando nos mostró, una vez más, su país natal, en una de sus obras más evocadoras y hermosas, la primera que rodó en Estados Unidos: Lost horizon.

Francesc Cabra murió en 1991. No pudo, en vida, cumplir su sueño de regresar a una patria libre de opresión.

 


Javier Gómez: ZP, como Pep, por el centro y con la derecha

Así juegas, así eres. La ley vale para todo territorios. En el descampado del barrio, con dos jerseys como postes derretidos, un balón pelao y ese campar de sueños, pellas y hostias cuando toca. En los grandes estadios endomingados, con sus 70000 pares de ojos, un balón reluciente y ese campar de millones, gomina y hostias cuando toca. Y también en las moquetas de la política, con sus barrigas posacorbatas al abrigo de fotógrafos y ese campar de egos, subsecretarios, músculos caducados… y hostias cuando toca.

Los que no vieron a José Luis Rodríguez Zapatero jugando al fútbol con Pepe Blanco, en aquellas pachangas de los domingos por la mañana, se sorprenden por su volantazo hamiltoniano. Le acusan de mudarse al centro. O, peor incluso, de transitar directamente por la banda derecha. Un ultraje del calibre de ver a Guardiola en chándal y mordiendo un palillo. ¿Culpa de Merkel? ¿De los mercados? O quizá la querencia por el centro, ese veraneo ideológico, había quedado ya escrita sobre el césped sintético de un campo de Las Rozas hace ya unos años…

Corrían los tiempos de la oposición bajo égida aznarista y madridista. Rodríguez Zapatero, impenitente seguidor del Barça, se sentía entonces al frente del PSOE como Unai Emery en el Valencia de hoy: en sus manos tenía un equipo pintón al que nadie exige ganar la Liga porque es imposible, y tenía algún silbido asegurado de la vieja cuadra. ZP intentaba cerrar pactos y paseaba bajo el brazo con el Republicanismo de Pettit, pero los domingos por la mañana, nada de cumbres internacionales, ni Le Monde Diplomatique en el salón, no, no. Los domingos, partideli, y después unas cañas. ¿Somos o no somos del pueblo, joder?

Ahí se partía y repartía el poder del PSOE. Los equipos se echaban a suertes, como en el barrio. La bola relucía con brillo de ticket colgando, como en los grandes estadios. Y de vez en cuando caían hostias, como en todos los sitios. Zapatero ya mandaba. En el partido y en el campo, instalado en la posición de mediocentro y dándole con la derecha. Centro y derecha. Sí, estaba escrito…

“Como a él, culé confeso, no le gustaría que le compararan con Redondo, dejémoslo en que se ponía en el sitio de Guardiola. Repartiendo. Organizando. A izquierda y derecha”, recuerda a Jot Down uno de los jugadores. O sea, que Zapatero, centrojás del PSOE, secretario general del 7 vs 7 dominguero, qué más da, ya mandaba. A Guardiola le pasó tres cuartos de lo mismo. De capo de partido, terminó cuando nadie lo esperaba como primer ministro/entrenador. Y llegará a jefe de Estado de esa “República catalana del Barça” que Joan Laporta se inventó cuando se sentía Tarradellas y sólo le faltaba una cajita de cartón para entonado meritorio del Speaker’s corner futbolero…

¿A Pep le va de maravilla y Zetapep se ha estrellado? Corten. Analogía falsa. En España lo complicado es la segunda legislatura. Tras los tres años que Guardiola lleva en el Barça a Zapatero le pasaba igual: ponía un solo defensa en el once y la economía seguía creciendo.

Vida de Carrilero

Y como la vida tiene sus castas, por invisibles que sean, mientras Zapatero mandaba en las pachangas de Las Rozas, Pepe Blanco le hacía en el campo lo mismo que en Ferraz: zurcir rotos y descosidos ora en defensa, ora al ataque, cayendo a la derecha, cosas tiene la vida y sobre todo la de carrilero. Así hizo fortuna, de Míchel Salgado del PSOE. Perdón, Tomás Reñones, no faltemos a los colores. Y aunque no le guste el diminutivo, mejor Pepiño Blanco. No hay discusión, queda mejor en los Panini.

Para sumar 14 ya se arremangaban el diputado Pedro Sánchez, mirlo blanco del PSOE, siempre al quite y obediente, a ver cuándo le dejan jugar más arriba; Óscar López, secretario general del PSOE de Castilla-León, algún otro y luego completaban con los escoltas. Un partido dentro del partido. Rubalcaba, el esprinter convertido en corredor de fondo, no jugaba. Si montasen hoy una pachanga pondría campo, balón y hasta mandaba a ZP a la agrupación de Getafe, como Mourinho a Pedro León.

Dicen que el presi prefería siempre un pase a un regate, que era un jugador generoso, sin instinto asesino… Así juegas, así eres. Luego Zapatero se lesionó, se dio al basket y al footing en mallas con David Cameron y, cosas de las listas cerradas, a ver quién se atrevía a montar un partidillo sin el jefe. Ahí acabaron las pachangas de Las Rozas, donde ZP ya jugaba por el centro y con la derecha.


Pilar Rahola: “Twitter es el Gran Hermano”

Es una de las figuras más conocidas —hoy diríamos “mediáticas”— del periodismo de opinión en España. Feminista, catalanista, antitaurina… son sólo algunas de las etiquetas ideológicas que el público suele asociar a su nombre, pero hay mucho más. Hablamos de su paso por el mundo de la política —cuyo funcionamiento interno describe en términos bastante sórdidos— pero también, y profusamente, de su faceta como escritora (en concreto de su último libro, La república islámica de España, publicado recientemente), de sus afinidades  filósoficas y literarias, de los nombres que más han influido en su pensamiento, de la influencia de Internet, del poder de los medios, de lo que significó el siglo XX europeo en la Historia o de lo que significa ser aficionado del Barça. Una intensa conversación en la que pudimos escucharla citando nombres como Spinoza, Klaus Mann, Proust, Lincoln o Malatesta. Nos citamos con ella en las plácidas instalaciones del Club de Polo de Barcelona y este fue el resultado.

Pilar Rahola, figura política, figura mediática. ¿Es posible comprender la una sin la otra?

La verdad es que mi etapa política fue una transición. Aunque la recuerdo con intensidad —porque fue intensa— nunca pensé que fuera una profesión. Creo que fundamentalmente soy periodista. O comunicadora, opinadora, como quieras llamarlo. Lo que ocurre es que, en el mundo en que vivimos, esa capacidad de influir y opinar se hace a través de diversos medios. Entre ellos la televisión, que siempre es más superficial… aunque si tuviera que escoger y quedarme sólo con algo, me quedaría siempre con la palabra escrita. Fundamentalmente soy alguien que se hace preguntas.

Entonces, ¿cómo valoras tu etapa política?

La política fue más bien producto del azar. Yo no quería estar en política. Había tenido ofertas en su época, por ejemplo de Jordi Pujol, y siempre había dicho que no. Estaba ya en el periodismo y me gustaba. Después, cuando hubo la opción de defender valores republicanos y de defender el ser mujer, ser catalana, ser antitaurina, y de hacerlo en una España que era muy machista, que era monárquica, que era taurina… en fin, la verdad es que resultaba bastante divertido. Al final me lié la manta a la cabeza. Era, además, el partido de mi familia, históricamente hablando. En el proceso descubrí lo mejor y lo peor de la política. Lo mejor es la defensa de unas ideas, a veces en situación difícil. Lo peor son las guerras internas de poder. No valgo para eso. No valgo ni para lo uno ni para lo otro, porque esto de tener que defender cosas debido a que el partido las imponía nunca me gustó. Me ponía muy nerviosa ese dogmatismo que se da a veces en la disciplina de partido, y creo que realmente no sirvo para la política. Fue una etapa de mi vida a la que no volvería ni loca. Pero ni loca, ¿eh?

En cuanto a esas guerras de poder internas… ¿la política es aún más oscura de lo que ya piensa el ciudadano de a pie?

Las guerras internas de poder son lo más oscuro que he experimentado en cincuenta años de vida. Lo más oscuro. Vale todo. Mira, cuando te peleas con un adversario de otro partido político… recuerdo que en mi época discutía mucho con Vidal-Quadras, por ejemplo. Él era mi antítesis; él y el Partido Popular en general. Pero eso, en su dureza, era limpio. Era la pelea limpia entre dos adversarios políticos que tienen dos modelos radicalmente contradictorios a la hora de ver las cosas. En cambio, las luchas internas por el poder tenían más que ver con dossiers secretos —por supuesto enfermizos y mentirosos—, con tergiversaciones y manipulaciones, con criminalizaciones de personas, con utilizar la vida privada… y todo era siempre anónimo. Todo era con pasamontañas. De manera que lo peor que he vivido nunca es lo que he vivido allí. En Esquerra Republicana viví lo mejor —defender la república y Cataluña— y lo peor, que es lo que puede llegar a hacer un republicano catalanista por llegar al poder. Qué asco. Te lo diré de otra forma: en Esquerra Republicana había muchos reyes con vocación de Rey Sol y con mucha afición por la guillotina.

¿Los sigue habiendo?

Sí, sí, lo que pasa es que el Rey Sol se ha quedado sin cabeza.

Cuando vas por ahí a tomarte algo, ¿la gente intenta discutir de política contigo?

No. Bueno, la verdad es que llevo la cara puesta… como soy muy conocida siempre hay alguno que me dice cosas. Tengo que decir que en Cataluña la gente es bastante prudente; normalmente se acercan para elogiarte: que si me ha gustado este artículo, que si estuve de acuerdo con este otro, que si el otro día en la televisión no sé qué… si te quieren criticar, es raro que se te acerquen. Fuera de Cataluña, especialmente en Madrid, es bastante más divertido porque te encuentras de todo: uno que de repente dice “¡viva el rey!” o “¡viva el Real Madrid!”, y yo me lo tomo a coña, la verdad. Cuando alguno dice “¡viva Franco!” me cabreo más. En Madrid la gente es más suelta, se te acercan y dicen “ah, pues el otro día me gustó, pero de todas formas pienso que tal y tal”… la pequeña tertulia de calle, la tertulia de semáforo, la vivo más en Madrid que en Barcelona.

¿En Madrid son más abiertos para bien y para mal?

Los catalanes somos un poquito más demócrata-cristianos. Es decir: “cuidado, esto no lo toques, esto no lo digas”. En Madrid son más desinhibidos a ese nivel, lo cual tiene ventajas e inconvenientes. Al final uno se acostumbra a todo y tengo que decir que normalmente voy por la calle muy tranquila y muy bien. Habrá alguna vez en que te digan alguna cosa más antipática, pero es minoritario.

Tu último libro es La república islámica de España. Para quien no lo haya leído todavía: ¿cuál es el mensaje que pretendes transmitir?

Es un libro a favor del Islam, pero es un libro a favor del Islam libre. Después de casi quince años de seguimiento del tema he llegado a conocer —por suerte para mí y a través de viajes, del mundo internáutico que ahora es tan útil, y de muchos encuentros— a hombres y mujeres musulmanes extraordinarios. Auténticos héroes de nuestro tiempo. En el libro hablo de que algunos de los hombres y mujeres del Islam son los Nelson Mandela del siglo XXI. Por tanto creo que la gran lucha por la libertad, que en el siglo XX estuvo en Europa, en este siglo XXI está en el Islam. No tender la mano a esta gente, jugándotela un poco, diciendo “voy a hablar claro contra los fanáticos, los misóginos, los que alimentan el odio, los intolerantes, los que están contra una sociedad civilizada, los que quieren volver al siglo VIII”… no alzar la voz contra esto es una irresponsabilidad y un acto de profunda traición a la libertad.

¿Qué piensas, por ejemplo, de estas mujeres que en Francia se oponían a la prohibición del burka?

 Prefiero pensar en las muchísimas mujeres musulmanas, la mayoría de ellas exiliadas iraníes y algunas muy notorias argelinas, que han alzado la voz contra el burka y contra el hiyab. Hay una muy famosa que participó en la comisión de educación del senado francés que decía “poner un velo a una niña de ocho años es ponerla  en el mercado del matrimonio… y a partir de ese momento, todo el mundo podrá con ella”. Y esto no lo decía Pilar Rahola o cualquier otra occidental feminista, esto lo dicen mujeres musulmanas. Por supuesto, el opresor siempre encuentra oprimidos que defiendan la opresión. Los esclavistas encontraban negros que defendían la esclavitud. El Islam integrista, el Islam fanático, encuentra mujeres oprimidas que defienden la opresión pero nunca van a ser mis interlocutores.

Angela Merkel ha dicho que en Alemania el multiculturalismo ha fracasado por culpa de la minoría turca, el primer ministro David Cameron ha dicho algo parecido respecto al Reino Unido, ¿compartes este análisis?

El multiculturalismo ha fracasado. ¿Por culpa de quién? No sabría decirte. En todo caso, quien ha puesto en evidencia que el multiculturalismo ha fracasado ha sido el islamismo radical. ¿Dónde fracasa el multiculturalismo? En los atentados del metro de Londres, cuando se descubre que todos los terroristas han nacido en Londres. Son vecinos del Londonstan, que tienen pasaporte inglés, que son ingleses de pleno derecho, que han estudiado en escuelas inglesas… y que quieren destruir la sociedad inglesa para llevarla al siglo VIII. Entonces se descubre que el multiculturalismo ha sido un mal negocio para la democracia. Evidentemente, entre la inmigración musulmana hay de todo: hay gente que ama la libertad desde su propia identidad, porque es perfectamente compatible. Tener unos orígenes, rezar a un dios, ayunar de determinada forma, hacer las fiestas… y ser demócrata. Ser musulmán no significa estar contra la democracia. Ser un militante radical islamista, sí. El multiculturalismo ha creado guetos donde los imanes radicales se han convertido en auténticos reyes, en gobernadores de territorios. Hoy en día, en España por ejemplo, nos estamos encontrando con mezquitas donde se está defendiendo la aplicación de la sharia en suelo español. Con policías religiosos, con imposición, con violencia, con agresiones, etc. etc. Esto ocurre en España. Tanto en Inglaterra como en Alemania y Francia existen estos problemas. Y en Holanda, no olvidemos Holanda, donde murió asesinado Theo Van Gogh, donde Ayaan Hirsi Ali ha tenido que huir porque el gobierno no podía garantizar su vida, donde asesinaron al político Pym Fortuyn… Holanda es un país roto, absolutamente roto, que hoy tiene clarísimo que el multiculturalismo lo ha destruido. Es evidente que Europa nos está diciendo que por ese camino no vamos bien. Quede claro sin embargo que no hablamos ni de sociedad única, ni de pensamiento único, ni de religión única, ni nada parecido. Al contrario: hablamos de civilización libre en la que caben todos, pero con unas reglas de juego legales que son las que nos garantizan la libertad.

Cambiando un poco de registro, ¿crees que la crisis económica que estamos viviendo puede estar gestando algún movimiento cultural o artístico que aún no se ha manifestado?

Estamos viviendo un cambio de paradigma que, desde mi punto de vista, no va a llevarnos a una sociedad mejor sino peor. El tema no es la crisis económica en el mundo occidental —Europa o Estados Unidos— que resulta evidente que va a ser peor y más grave. El tema es que las economías emergentes que van a dominar el mundo no creen en las libertades. Lo que me preocupa es esto: el siglo XX europeo nos trajo el nazismo, el colonialismo, el estalinismo. Europa fue un desastre en el siglo XX, es un siglo para tirarlo a la basura. Sin embargo, ese mismo siglo XX europeo nos trajo el estado del bienestar, que significa jubilación, escuela y sanidad públicas, derechos laborales, derechos para la mujer… a ese siglo XX hay que ponerlo en el podio, en el museo de las grandezas. Bien, pues ese mundo occidental que ha creado derechos fundamentales y que ha basado su economía —a pesar de ser en muchos aspectos una economía salvaje— en una cierta solidez de esos derechos sociales y laborales, está en absoluta caída libre. Hoy en día, las economías más fuertes del planeta son países como la India, que basan su economía en que cien millones de extremadamente ricos viven por encima de novecientos millones de extremadamente pobres. Sin clases medias, sin autónomos, sin dinamizadores, sin prácticamente derechos igualitarios. No hay derechos ecológicos, ni laborales, ni sociales… eso no importa; importa que sea una economía fuerte. China es un caso parecido y también las mafias rusas derivan hacia ahí. Brasil, a pesar de ser una gran democracia, no tiene prácticamente derechos laborales garantizados. Está cambiando el mundo y el paradigma hacia el que vamos, que probablemente pondrá a China en el podio de la hegemonía mundial, ¿garantiza una sociedad más igualitaria o una sociedad peor? Yo creo que vamos a peor. En ese cambio de paradigma tan trágico y complejo, no hay duda de que los creadores van a ser los grandes pensadores de los próximos tiempos. Desde que el mundo es mundo, la creación siempre se ha basado en la crisis. Cuando acaba la Edad Media y comienza el Renacimiento aparecen los grandes en la filosofía, el pensamiento, etc. En el 1900, en el ámbito en que aparece Hitler, aparecen también Thomas Mann, Freud, Einstein. Los momentos más frágiles y vulnerables de la humanidad —donde hay más interrogantes, donde todo se trastoca— son donde los creadores crecen y se multiplican de manera extraordinaria. Por tanto estoy convencida de que hay una generación que está por despertar y que va a aportar muchísimo a la creación… pero porque el mundo está peor.

¿Crees que en estos tiempos el arte, la literatura, la filosofía todavía son un motor de evolución del ser humano?

No. El gran motor de cambio—y cambio no ha de ser evolución, puede ser regresión— del ser humano en el siglo XXI es, sin ninguna duda, Internet. La gente joven, mi hijo por ejemplo, no tiene televisión en su habitación. No la necesita. No la ve. Su mundo es Internet. El otro día escribí un artículo en La Vanguardia titulado El Facebook de mi sobrina. Mi sobrina tiene quince años: le pido una foto y me mira con cara de “¡vieja loca que no sabe dónde están las fotos!”. Porque, evidentemente, las fotos están en Facebook. Su mundo es mucho más virtual y claro, esto me preocupa en algunos aspectos: mi sobrina dice que tiene doscientos amigos y yo me pregunto si tiene uno sólo.

Esto en cierto modo podía ocurrir también antes de Internet, ¿no?

Pero yo creo que el mundo internáutico nos hace más solitarios. Pero bueno, tampoco quiero hacer un discurso nostálgico. Lo que sí es cierto es que la gran revolución mental de los ciudadanos en el mundo, a nivel global, es la mundialización de las autopistas de la información. El hecho de que lo que alguien escriba ahora lo estén leyendo, defendiendo y atacando en cualquier lugar del mundo —si entienden el idioma, pero ahora que los traductores empiezan a ser buenísimos, aún más— es un hecho que ha cambiado el mundo. Para bien, porque nos interconectamos, tenemos más información que nunca, todo es más rápido, más vivaz y dinámico, quizá más creativo. Para mal, porque lo peor de la humanidad también está más interconectado: hay más pederastas que nunca, están más interrelacionados que nunca. Hay más discursos totalitarios que nunca… puedes hacer una bomba mirando en Internet cómo se fabrica. Como pasa siempre en todo gran proceso de cambio, se magnifica lo bueno y se magnifica lo malo. Imagínate a Thomas Mann, o a Spinoza, con Internet… ¡wow! Pero, ¿te imaginas a Goebbels con Internet?

Preocupante. Sería uno de los que más provecho le sacaría a Internet, probablemente.

Ahí estamos. De hecho, de eso se aprovecha, por ejemplo, Irán. Sus contactos con Hezbollah en Sudamérica se producen a través de Internet, ya no hacen falta servicios secretos. O la Venezuela de Chávez. Que son personajes que, al menos a mí, me disgustan profundamente. Es Spinoza y Miguel Ángel, pero también Hitler.

Ahora que has citado a Spinoza, ¿qué filósofos o artistas han tenido influencia en tu vida, en tu forma de pensar, en tu forma de ver el mundo?

¡Oh! Soy una lectora voraz. Y un poco “psicópata”: hubo una época en mi vida en que cualquier libro que me pasaba cerca lo leía, y además, si no me gustaba, lo acababa. Uno de mis primeros libros complicados fue El hombre unidireccional de Marcuse, que lo leí con catorce o quince años… y no entendí el título. Me acordaré toda la vida, porque ¡me pasé medio libro intentando entender el título! Pero yo leía y leía como una loca. Recuerdo que en la biblioteca de mi padre había un libro de Menéndez Pidal, un estudio filológico sobre el Quijote… ¡y me lo leí! Evidentemente, hoy en día estas locuras ya no las hago. Ahora soy muy selectiva: si un libro no me interesa… ya sé dejar los libros, como ya sé dejar los amores. Es que uno se hace mayor, ¿no? Ahora sé decir que no a un libro, pero eso sí, todavía miro todo lo que me llega. Como he leído mucho y a veces muy en aluvión, en cada momento de mi vida ha habido gente que me ha influido mucho. En la adolescencia me influyeron muchísimo los franceses y especialmente la literatura. Tuve una época muy Proust, A la recerca del temps perdut me la leí entera, la disfrutaba y la releía. Leía ensayos sobre Proust, sobre el concepto de la memoria… me interesaba mucho. Leí mucho también a Stendhal, el concepto del espejo que va por el mundo me parecía algo extraordinario: yo quería ser una mirona y llevar un espejo… en realidad al final he hecho un poco eso, ¿no? Lo que pasa es que me he metido en el espejo. Y luego tuve una época Flaubert muy intensa. También Durrell, El cuarteto de Alejandría me influyó una barbaridad. Tuve mi época Kafka. Y también tuve mi época rusa, sobre todo Nabokov, que lo leí entero y del cual sólo hay un libro que no me gusta nada: Lolita. Es un libro que odio porque me parece una apología de la pederastia.

Sin embargo mucha gente opina que es uno de sus mejores libros.

Sí. Lo que ocurre es que cuando leo una buena obra literaria —y sin ninguna duda Lolita es un ejercicio literario extraordinario— no puedo evitar proyectar una cierta moral. Lo que subyace en esa mirada literaria, a mí que soy madre de una hija, me pone muy nerviosa… no puedo evitarlo. Es un libro que rechazo. Evidentemente nunca lo prohibiría ni lo sacaría de la biblioteca… es más, yo lo tengo. Pero no puedo evitar rechazarlo. Es como Hemingway: me cuesta leerle —a pesar de que he leído con placer El viejo y el mar, que es una obra extraordinaria—debido a ese gusto que tiene por la sangre y la violencia. Era un apasionado defensor de los toros, y no solamente eso. Me repugna profundamente. Tengo un problema ético que es culpa mía, no lo hago exportable. Como para gustos hay colores, de Nabokov me quedo con Ada y el ardor, del que soy una entusiasta, hasta el punto de que mi hija pequeña se llama Ada por Nabokov. Un pequeño homenaje. Y bueno, evidentemente siempre me han acompañado por la vida los autores castellanos y catalanes. Si me tuviera que quedar con un sólo autor de literatura española me quedaría sin ninguna duda con Valle-Inclán, y en cierta medida con el mejor Vargas Llosa. Pero también he tenido mi época García Márquez… no sé, es que son tantos. De catalanes, quizá me quedaría con Baltasar Porcel. Y también un poco con Mercé Rodoreda, y no precisamente con La plaça del diamant, sino con Mirall trencat… esa idea de que la verdad es un espejo roto y todos tenemos un trozo. Ese concepto de la realidad rota me parecía fascinante. También he leído mucha poesía. De grandes pensadores, también ahí he sido bastante promiscua. Soy promiscua con las ideas, sobre todo. Te sorprenderá quizá, pero tuve mi época Chomsky, que ahora es un autor que rechazo profundamente.

Sorprende un poco, sí.

Sí. Pero la tuve. Hubo una época en mi vida en que me interesó una barbaridad. He sido gran lectora de textos libertarios: de Kropotkin, de Bakunin… me los leí casi todos. Y por supuesto Malatesta, quizá de todos ellos el que me interesó más. Aún me siguen interesando. Te diré más: a diferencia de algunos textos importantes del comunismo que ya no me aguantan, algunos textos libertarios sí se sostienen. En el fondo la mirada libertaria del mundo, que nunca fue dogmática, resiste más el paso del tiempo que la mirada comunista, que es más dogmática. Y bueno, Klaus y Thomas Mann han sido también importantes escritores para mí. Los románticos alemanes, a nivel de poesía, también me han gustado mucho. ¿Filósofos? He leído también, bastante en aluvión, a casi todos. He tenido una época Kierkegaard, una época Nietzsche… pero al final me quedaría con Spinoza. No ha sido casual cuando lo he mencionado antes. También me quedaría con Camus. Nunca Sartre. Leí a Sartre y hay algunos textos de Sartre como Huis Clos (A puerta cerrada) que aún me sirven hoy en día: ese concepto, fíjate, de que el infierno son los otros. Qué cosa, ¿no? Pero Camus es el tipo que defiende la libertad en todo momento y cuando Sartre dice “viva Stalin” él responde: “no, Stalin no, por ahí no vamos bien”. Es un faro de luz.

Hablando de personajes e influencias, ¿a qué personaje histórico te hubiese gustado encontrarte para sentarte a cenar y conversar?

¡Uau! Qué cosa tan fascinante, hay tantos personajes históricos que me atraen tanto… (piensa durante un instante) Erasmo de Rotterdam. Porque vivió una época de crisis terrible y porque fue un pensador que cambió el mundo. No atacó a su emperador porque era quien le proporcionaba las lentejas, por tanto fue también pragmático, de otro modo no hubiésemos tenido sus textos. Pero dejando a un lado esa servidumbre inevitable, fue un tipo de una lucidez extraordinaria. Y a pesar de ser un antisemita y un misógino, como todos en su época, también me gustaría encontrarme con Voltaire. Y con Descartes.

Si pudieras viajar en el tiempo  y presenciar cualquier episodio de la historia humana…

El momento en que Moisés sube a la montaña, habla con alguien y le dan las tablas de la Ley. Ese día se fundó la civilización moderna. El momento en que alguien le dice a su pueblo “no matarás, porque no está bien. No robarás. Respetarás a tu padre y a tu madre”. Y crea un código de conducta civilizado, crea la modernidad. Quizá ese momento. Es un momento inexistente en realidad (risas), es una metáfora. También viviría la salida de la cárcel de Nelson Mandela. He presenciado momentos históricos: viví la caída del Muro de Berlin en la propia Berlín, estaba en la ciudad esa misma noche. Viví las revoluciones bálticas, el asalto del parlamento lituano —también estaba allí—, viví la guerra de Bosnia… que no fue demasiado bonita, la verdad. He vivido algunos momentos interesantes, pero si tuviera que vivir algo fuerte… el momento en que Lincoln llega a la presidencia americana. Eso también cambió el planeta. O el día en que unos cuantos tipos con una radio están escuchando la independencia de Israel. También me gustaría vivir el momento en que los palestinos pongan su bandera y crean un estado propio. Significará que ha terminado un conflicto terrible.

¿Lo viviremos?

No, lo viviremos mal. No creo que lo veamos en esta vida. Quizá lo viviremos de manera virtual, con una resolución en la ONU: mal hecha, con países en contra y países a favor, con fronteras imposibles… estamos lejos de solucionar el conflicto. Pero me gustaría vivir ese día, porque significaría que el mundo está mucho mejor. Y me gustaría muchísimo, muchísimo, vivir el día en que una mujer saudita se saca el velo completamente y en medio de la plaza de Riad dice: “soy libre”. Eso sí que no lo voy a ver.

Hablando de la situación de la mujer no ya en el Islam sino en España, hace poco entrevistamos a Arcadi Espada y nos dijo que el “techo de cristal” del que hablan las feministas es inexistente.

Yo no estoy de acuerdo con él. Arcadi Espada es de estas personas a las que a veces mataría, pero a las que siempre quiero leer. Porque me enriquece la gente inteligente incluso cuando estoy en discordancia. Y a veces lo estoy, sin duda. Otras no, ¿eh? Pero yo creo que se equivoca: el techo de cristal existe inequívocamente, entre otros muchos motivos porque hemos cambiado las leyes pero no hemos cambiado el paradigma social, porque no tenemos conciliación familiar, porque el peso de la familia recae en la mujer, porque la mujer que es competitiva profesionalmente tiene muchos más problemas y menos recursos, porque a pesar de tener los mejores currículums no avanzamos en las jerarquías sociales, porque todavía ganamos menos… cuidado. Pensar que esto no existe es pensar que hemos resuelto dos mil años de historia en dos días. Existe y es muy duro, ¿eh? Pero le daré la razón en una cosa: una parte importante de los constructores de ese techo de cristal son las propias mujeres. En mi generación, y en la generación anterior a la mía, las mujeres luchábamos por la igualdad. Pero las mujeres de la generación siguiente quieren volver a ser madres. Conozco a muchas mujeres que dicen “no” a un trabajo porque no es compatible con el horario de los niños, etc. La principal enemiga de la mujer a la hora de recortar sus aspiraciones profesionales, a veces, es ella misma, que se carga de culpa. Es verdad que la sociedad no ha cambiado el chip, pero tampoco las generaciones jóvenes juegan fuerte. Por tanto hay una responsabilidad femenina considerable, ciertamente. Las mujeres también hemos sido, en algunos temas, un poco inquisidoras. Por ejemplo, estoy a favor de la Ley contra la Violencia de Género, pero me preocupan mucho los abusos que esa ley ha facilitado contra muchos hombres. Me preocupan las acusaciones falsas. Me preocupa que un hombre, si una mujer dice que es un violador le cae toda la culpa del mundo y luego explícate y demuestra que no lo eres. Hay un sobrepeso de culpa en el hombre, y eso tampoco es bueno.

En otra entrevista, César Vidal defendía la definición incluida en el diccionario de la Academia de la Historia, en la que se dice que Franco no era totalitario. ¿Caben los matices lingüísticos en esta clase de discusiones?

Decir que Franco era medio dictador es como decir que uno puede estar medio embarazado. Uno, o defiende la libertad, o es un dictador. Franco utilizó los recursos legales, económicos, militares, policiales y sociales para oprimir a todo un pueblo. Fundamentó su dictadura en unos primeros años de matanzas indiscriminadas sin juicio. Mató a miles de personas, encarceló a otros miles, envió al exilio a centenares de miles, y destruyó completamente el futuro de un país. ¿Que después se volvió más blandito y mató menos? Dígame usted: ¿un asesino es menos asesino porque mata menos y se vuelve un poco más blando? Murió matando. Hasta el final firmó condenas a muerte políticas. Por tanto, sin ninguna duda, es un dictador totalitario. De lo peor que le ha pasado a España después de los Reyes Católicos. Fue, desde mi punto de vista, un auténtico constructor de odio. Me pasa con César Vidal lo mismo que con Arcadi, con algo más de diferencias. Yo leo a César Vidal, pero me cuesta mucho encontrar puntos de acuerdo. En estos temas sobre todo. Estoy de acuerdo con él en otros asuntos, pero no en el tema del franquismo.

Hablando de totalitarismo, ¿qué cara pondría George Orwell si levantara la cabeza y viera que su expresión “Gran Hermano” se utiliza para titular un “reality show”?

Pensaría que él acertó (risas). En realidad vivimos con el Gran Hermano. Mira, una cosa es un “reality show” de la televisión. Pero es que el Twitter es el Gran Hermano. El otro día estaba con mi madre y con mi hija en el dentista, le comenté a mi madre cómo serían las vacaciones… cuando salí del médico lo vi colgado en Twitter: “he estado al lado de Pilar Rahola en el médico y he oído que decía esto y aquello”. Yo me siento vigilada. Y como yo, cualquiera. Todos vivimos con el Gran Hermano. Mi sobrina, cuando cuelga sus fotos, no sabe quién las está viendo ni qué harán con ellas. No sabe que su vida la pueden controlar. Somos la aldea global. El libro de Orwell, como pasaba con Jules Verne, es una especie de anticipación del mundo que vendrá. Más que novelistas fueron casi visionarios. Por tanto, Orwell diría: “¡caray, qué desgracia haber acertado!”

Siguiendo con totalitarismo y medios, hay una frase de Eurípides que dice que frente a una multitud, los mediocres son los más elocuentes.

Sin ninguna duda. Los mediocres y los malos. Nietzsche ha escrito mucho sobre ello, quizá es quien ha escrito más y mejor. La masa es informe, siempre. Informe y deforme. En la masa, el individuo desaparece. Por eso me preocupa la mundialización de las cosas, la opinión global, el pensamiento único; cada día soy más disidente de todo, hasta de mí misma. Quiero disentir, quiero preguntarme, no quiero dogmas, me horroriza todo este mundo. Odio profundamente a los inquisidores del pensamiento, a los que les gustan las listas negras. Había una concejal de Iniciativa que pidió que me expulsaran de la televisión porque lo no le gustó lo que dije. Y yo digo: claro, es que la tía quiere resucitar al Pravda. Esto me parece horroroso. Vamos hacia un mundo de pensamientos únicos y sobre todo de estigmas para quienes no piensen igual. La masa siempre tiende a anular la personalidad, la individualidad, la iniciativa… es lo peor que existe, las masas, que siempre son deformes y monstruosas.

En la película Ciudadano Kane se muestra la fina línea que separa al periodista del inquisidor, del político, del hombre que busca poder. ¿Hay algún ciudadano Kane en España?

El problema es que los periodistas también buscan el poder, de manera que quien esté libre de culpa que tire la primera piedra. Frase que nos recuerda que la lapidación ya era bíblica, que era la forma de matar a todos. Se convierte en la forma de matar mujeres en la Penísula Arábiga —aún no era Arabia Saudita— a finales del siglo XVIII. Hasta ese momento no se lapidaban mujeres. Pero bueno, hecha esa disertación (risas), creo que demasiadas veces el periodista quiere: primero, estar cerca del poder. Y segundo, tener más poder que el poder político. Si no lo tiene, acercarse. Y si puede, tenerlo él y marcar las pautas del ministro, del diputado, del alcalde… hay muchos aprendices de ciudadano Kane en la política y en el periodismo en España.

¿Es difícil que existan periodistas que resistan esa tentación?

Mira, la única forma de mantener unos ciertos criterios de libertad en el periodismo es depender de muchas casas. Porque puedes decir “bueno, si este me falla…” Yo es lo que practico, la verdad. Practico una cierta promiscuidad de jefes, lo cual me da unos niveles de libertad muy envidiables. Al final eres de todos y no eres de nadie. Eres de ti mismo. Es siempre el dilema de Erasmo de Rotterdam: para poder decir que el mundo va mal, no puedo criticar al emperador, porque es él quien me da la capacidad de decir que el mundo está mal. Evidentemente, tú intentarás no meterle el dedo en el ojo a tu jefe de turno, y por eso aguantas. Pero si no dependes de uno sólo tienes bastante más libertad. He escrito artículos críticos sobre el rey en el grupo Godó, he hecho discursos críticos sobre TV3 en la propia TV3, le he dicho cosas a Julia Otero o a Jordi Gonzalez en sus programas. Quizá es que tengo la suerte de trabajar con gente que me da mucha libertad pero también tiene que ver con que no soy de nadie. Por ahí tendríamos que ir todos… pero a veces no se puede, claro.

Personajes como Gandhi o Martin Luther King murieron asesinados, lo cual es muy llamativo: ¿el promulgar cambios pacíficos es una mejor manera de buscarse enemigos que el ser violento?

Murió Gandhi asesinado, murió de forma violenta King, murió Kennedy por lo que murió, pero también murió Anwar Al Sadat porque firmó la paz. La paz siempre tiene un enemigo feroz que es quien ama la guerra, es decir, los que quieren imponer su razón por la vía de la espada, que siempre matan a la razón. Es la espada y la palabra. A pesar de todo, los grandes movimientos que han luchado por entenderse, por convivir, por tolerar y por imponer mediante vías no violentas han acabado triunfando de alguna forma, aunque generalmente dejando mártires. Los caminos de la paz siempre tienen mártires.

Si el paso del tiempo transforma la tragedia en comedia, ¿también transforma las ideologías políticas en chistes?

Es que niego la mayor: yo creo que hay tragedias que nunca son cómicas. El nazismo nunca lo será, Auswitchz nunca será una comedia. Te diré más, cuando Charles Chaplin hace su parodia de Hitler aún no sabe que existen los campos de exterminio. Estoy convencida de que nunca habría rodado El gran dictador después de conocer los campos de exterminio, porque Hitler fue cómico hasta un cierto punto. Y como esto te diría tantas cosas… la lapidación nunca será cómica, no me imagino un sketch sobre la lapidación.

Pero en La vida de Brian hay un gran sketch sobre la lapidación.

Sí, pero a mí no me hace reír. No, puede haber humoristas que se rían del mundo, de todo, ¿eh? Pero yo tengo límites con eso como los tengo con la literatura.

¿Crees que el humor debe tener límites?

Bueno, yo no los pondría legalmente. Pero si yo fuera por ejemplo dibujante de cómics, tendría límites. Nunca me reiría de un maltrato, por ejemplo. No podría. Me repugnaría profundamente. Hay tragedias que nunca me harán reír, pero puedo entender que la creación tiene que ser muy libre. Muy libre. Y muy rupturista a veces. Por tanto, puede ser muy provocadora y creo que el siglo XX europeo tuvo que ver con la ruptura de cosas, con el surrealismo, el quiebro y el romper todas las convenciones. Y no todo me gusta, pero ahí está, y en ese sentido defiendo la libertad creativa. Yo, personalmente, tengo límites. Bueno, también me preguntabas si el paso del tiempo convierte las ideologías políticas en chiste. Las ideologías del siglo XX que querían cambiar el mundo ya son un chiste. Son una caricatura y quienes aún defienden determinados dogmas de fe son payasos. Chávez, por ejemplo, es un payaso. Pero en cambio me preocupa que la sustitución de las ideologías sea el establecimiento de una única ideología que es la del pensamiento correcto. Todo el mundo tiene que pensar lo mismo, acerca de todo, en todas partes. Lo políticamente correcto es hoy la ideología que censura más y que crea más problemas a la libertad. Me preocupa más —en mi sociedad, recalco— la inquisición de lo políticamente correcto que la extrema derecha, porque la extrema derecha no tiene capacidad para taparme la boca pero lo políticamente correcto sí. O la extrema izquierda, que los extremos se tocan: no hay nada más parecido a un fascista que un fascista de izquierdas. Pero ya no hablo de fascismos en el sentido del espectro ideológico, te hablo de gente muy normal que convierte lo políticamente correcto en una forma de censura. Y esa es otra forma de ver el mundo, es otra ideología, y me preocupa.

Viendo la marcha que lleva el mundo, ¿deberíamos olvidar lo que hemos aprendido durante muchos siglos, retornar a La República de Platón o a las Analectas de Confucio y volver a empezar de cero?

Siempre releo a los griegos, de hecho tengo una muy buena colección: la Bernat Metge, desde mi punto de vista la mejor que hay para leer a los clásicos, con traducciones de gran categoría… cada traducción es una obra de arte. Alguien decía que, cuanto más mayores nos hacemos, más releemos y menos leemos. Me debe pasar un poco esto, porque permanentemente releo a los clásicos y casi nunca me fallan. Y bueno, el concepto de La República de Platón está vigente, pero absolutamente vigente: uno mira cómo está la política actual y dice “vamos otra vez a Aristóteles”, y en él encontramos lo básico. Como vamos al catecismo o a las Tablas de la Ley, como quieras llamarlo —hablo en términos cívicos y no religiosos— y encuentras lo básico. Te vas a una isla desierta, te llevas los Diálogos de Platón… y vuelves a fundar la civilización moderna. O te llevas las Tablas de la Ley: diez mandamientos… “usted, al vecino no le haga esto ni esto ni aquello”. Oye, pues el mundo iría un poco bien si haces caso. Quizá sí, quizá hay que volver a lo básico.

¿Hemos evolucionado demasiado?

Bueno, lo que menos ha fracasado de la evolución es la medicina y la ciencia, globalmente. Porque ha cambiado la cara al mundo para bien… aunque también nos ha traído el calentamiento global y la bomba atómica. Es el Ying y el Yang, siempre. Quizá sí que hay que leer a Confucio.

Hablemos un poco de fútbol. Nos decía Alfredo Relaño en su entrevista a este medio que el Barça es el nuevo equipo del régimen, ¿estás de acuerdo?

De qué régimen. ¿Sabes qué pasa? Creo que ni el Barça ni el Madrid son los equipos de ningún régimen porque, por suerte, no hay un régimen. Hacer este tipo de metáforas de una época  que fue trágica no me gusta. El Barça es un equipo muy influyente, como lo es el Madrid. Son equipos grandes que se basan en la pura irracionalidad: si tú me preguntas racionalmente por qué soy del Barça, no te lo puedo decir. Porque no tiene ninguna lógica. No tiene ninguna lógica que me vuelva una loca gritona viendo a once tipos en calzoncillos detrás de una pelota. No tiene lógica intelectual, ni tiene valores profundos, ¡no tiene nada! Pero me pasa.

¿Es folklore?

Es el cerebro reptiliano, que es el que vence ante el fútbol (risas), tiene que ver con los instintos primarios, con lo básico… que, si no haces daño a nadie, si no es violento y si es un divertimento, por qué no. También el sexo es muy primario. En el fondo, un orgasmo futbolístico y un orgasmo sexual se parecen bastante. Los dos son bastante irracionales. Yo, que soy muy culé, lo interpreto como una faceta muy irracional de mi propia personalidad. En mi vida tiene mucho peso lo racional, en todo: siempre me pregunto todo, me lo pienso e incluso los sentimientos pasan a veces por la razón. Después tengo este divertimento que es bastante irracional y me parece fantástico. Si no se me descontrola, ¿eh? Eso no me impide tener grandes amigos del Madrid: si lo derivas hacia el odio o la intolerancia, vamos mal. Eso no me pasa. Creo que el Madrid tiene que ser un gran equipo para poder ganarlo siempre, porque si fuera una mierda de equipo iríamos fatal y perdería la gracia. Pero bueno, hablando en esos términos tan poco racionales el Madrid ha sido durante mucho tiempo no el equipo del régimen —porque vivimos en democracia—, pero sí el equipo del poder. Ahora lo comparte un poquito, que no está mal.

¿Cuál es actualmente tu libro de cabecera?

Estoy leyendo en inglés Nomad, de Ayaan Hirsi Ali. Lo compré casualmente porque la conocí en Nueva York. Estoy a punto de acabarlo y tengo esperando La Barcelona progre de Xavier Rius, un buen amigo; es un libro que me interesa mucho. Pero en agosto sólo leo clásicos.

¿Qué harías si Pedro Almodóvar te ofreciese un papel en una película?

Por supuesto le diría que se ha vuelto loco. Soy una pésima actriz. Nunca sería una “chica Almodóvar” pero no por él; para mi suerte o mi desgracia soy auténtica, no tengo doblez, lo cual significa que si tuviera que hacer un papel lo haría fatal. Yo sólo podría hacer de Pilar Rahola. Hombre, si me ofreciera hacer de Pilar Rahola…

Por ejemplo.

No sé, ¿eh? No me veo. Aunque igual me divertiría. Tendría que pensarlo. Si me divirtiera, quizá. Pero lo veo raro, eh, lo veo raro.

Ahora un pequeño ejercicio: te digo unos títulos de unas películas, y tú me dices qué personajes públicos de cualquier ámbito te imaginas protagonizando estas películas.

¡Uau!

“Toma el dinero y corre”

Sin ninguna duda, los cabecillas de Gürtel.

“Dos tontos muy tontos”

Cualquier militante de grupos de extrema izquierda o de extrema derecha.

“El hombre que nunca estuvo allí”

Zapatero (risas)

“El resplandor”

Si me baso en el título tengo una idea, pero si me baso en el argumento tengo otra. Si sólo me baso en el título El resplandor, te diría que el nuevo presidente de Sudán del Sur: ha nacido un país y ha acabado una sangría. Resplandece. En el otro sentido, el torturado y terrible y maléfico… creo que Francisco Camps, que cada día está peor. Me lo imagino enloquecido gritando “¡mis trajes los he pagado yo!”.

“Misión imposible”

¿Misión imposible? Rubalcaba.

“El doctor Jeckyll y Mr. Hyde”

Un maltratador: puede amarte hasta la locura y puede matarte.

“El bueno, el feo y el malo”

El bueno es Bono. Le tengo un gran cariño y creo que ha sido muy injusto todo lo que le ha ocurrido. El feo es Salgado, sin ninguna duda, porque es muy feo todo lo que dice, así no vamos bien. El malo es Zapatero, ha sido un desastre.

Ahora una breve opinión sobre algunos personajes: Félix de Azúa.

Un tipo al que hay que leer siempre. Uno de los grandes. A veces cuando habla del catalán me pone muy nerviosa, pero es uno de los grandes.

Quim Monzó.

Me interesó más cuando era adolescente que ahora, curiosamente. Pero me gusta el articulista. Y es un gran escritor. Es un gran relatista.

Iván Tubau.

Un tipo libre, un heterodoxo. Divertido.

Jiménez Losantos.

Me parece un manipulador al que no le importa arrasar con todo. Un tipo que criminaliza gente, demoniza e impide el diálogo.

Salvador Sostres.

A veces cabalga en caballos muy inteligentes y bravos, a veces baja a los infiernos. Demasiado dual, me tortura.

Pérez Reverte.

Un buen escritor y un perverso opinador. Es histriónico, es barroco, es salvaje y sobre todo es indecente cuando escribe opinión. Le es igual, arrasa con todo. No me interesa nada como opinador, pero me interesa como escritor. Me pasaba también con Camilo José Cela: La familia de Pascual Duarte es un monumento literario y en cambio sus opiniones eran las de un misógino, carca, antiguo, retrógrado e insoportable. Pérez Reverte se le parece: es un misógino insoportable, pero un buen escritor.

Tenía a César Vidal en esta lista, pero ya me has dado tu opinión sobre él.

Es un tipo que a veces me interesa mucho y a veces me cabrea mucho. Diría que, sobre todo, mi problema con César Vidal es por mi condición de catalana y por mi condición de antifranquista. En otros temas… es un tipo al que escucho. En cualquier caso, me interesa.

Fotografía: Sergi Fuster