¿Cuál es ese secundario que aparece en todas partes?

¿Qué tienen en común Ron Jeremy y Adolf Hitler? Solo uno de los dos era de familia judía y gozaba del prodigioso don de hacerse autofelaciones, probablemente ya sepan quién. Sin embargo hay un hecho crucial que hermana a ambos y que poca gente conoce: están entre los nombres más mencionados en la enciclopedia del cine por excelencia, IMDb. Por ahí también nos encontramos también a Shakespeare —notable guionista aunque algo encasillado en el cine de época, al misterioso Alan Smithee y a algunas leyendas de la pantalla como John Wayne. Junto a ellos, también, algunos actores que nunca han llegado a ser estrellas, cuyos nombres jamás hemos visto anunciados con grandes letras… pero cuyas caras nos resultan reconocibles de inmediato. Son actores no del método Stanislavski sino del Stajanov y a continuación mencionaremos algunos de ellos. Pasen y voten o añadan a quien estimen conveniente.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

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James Earl Jones

Conan el bárbaro, imagen de Dino de Laurentiis.
Conan el bárbaro, imagen de Dino de Laurentiis.

Aunque fue el corpulento actor británico David Prowse el encargado de interpretar a Darth Vader, si se hubiera conservado su voz original el resultado habría sido… juzguen ustedes mismos. Afortunadamente se evitó el desastre encargándole el doblaje a James Earl Jones, cuya voz de trueno también daría vida posteriormente a Mufasa en El rey león. Es, para entendernos, el Constantino Romero estadounidense. Pero además ha tenido una larguísima trayectoria como actor que comenzó como el piloto del bombardero en ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú, continuó en Barrio Sésamo y prosiguió en infinidad de papeles secundarios a lo largo de las décadas siendo uno de ellos, como ven sobre estas líneas, el de abertzale.

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Stephen Tobolowsky

Atrapado en el tiempo, imagen de Columbia Pictures.
Atrapado en el tiempo, imagen de Columbia Pictures.

El bueno de Steven Seagal tuvo una de sus frecuentes crisis espirituales justo al comenzar la producción de The Glimmer Man. Se trataba de un thriller repleto de acción, pero decidió de improviso que su personaje ya no mataría a nadie, no quería aportar más violencia al mundo. Una decisión que pudo haber provocado un colapso nervioso al director de la cinta si no hubiera contado el primer día de rodaje con Stephen Tobolowsky. Debía ser precisamente una de sus víctimas, así que se sentó con Seagal y le dijo que comprendía esa actitud pacifista pero que su personaje (un asesino perturbado) merecía morir porque así quedaría redimido y su alma podría reencarnarse en una vida mejor. Seagal quedó maravillado con la idea y la escena, finalmente, pudo rodarse. A Tobolowsky por su parte lo hemos visto en otras muchas ocasiones, desde series como Deadwood, Heroes, Californication y ahora Silicon Valley hasta pequeños clásicos contemporáneos como Memento y Atrapado en el tiempo.

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Richard Riehle

Imagen de Breathless, de Anchor Bay Films.
Breathless, imagen de Anchor Bay Films.

Lo que ocurre con este actor es que ya no podemos imaginarnos a un sheriff de algún pequeño condado con otro aspecto que no sea el suyo. Otro papel que le viene como anillo al dedo y que ha encarnado es el de Papá Noel. Entre los títulos más destacables por los que se ha asomado están Tomates verdes fritos, De ratones y de hombres o The Man from Earth. Aunque donde realmente ha centrado su trayectoria es en televisión, pues básicamente ha aparecido en todas las series salvo Bob Esponja. Por citar algunas podríamos decir Buffy Cazavampiros, Star Trek, Se ha escrito un crimen, Roseanne, Ally McBeal, Urgencias, El ala oeste de la Casa Blanca o Boston Legal.

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Luis Guzmán

Las aventuras de Pluto Nash, imagen de Castle Rock Entertainment.
Las aventuras de Pluto Nash, imagen de Castle Rock Entertainment.

Este puertorriqueño de rostro tan característico aparece acreditado en IMBd como actor en ciento treinta y ocho ocasiones. Si el llamado «Número de Bacon» establece que ningún intérprete está a más de seis grados de separación de Kevin Bacon (aquí pueden hacer la prueba), un hipotético Número Guzmán sospechamos que bajaría de cuatro. Ha puesto su voz en Grand Theft Auto y quien no lo recuerde de Atrapado por su pasado, tal vez lo haya visto en Boogie Nights, Traffic, Magnolia, Cocodrilo Dundee II, Un romance muy peligroso, El sustituto o en la reciente serie Narcos.

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Michael Ironside

Desafío total, imagen de Carolco.
Desafío total, imagen de Carolco.

Esta clase de actores que estamos mencionado suelen compartir dos características: generalmente resultan ser tipos bastante simpáticos, cercanos, quizá porque no protagonizar sus películas les dota de cierta humildad y al no ser grandes estrellas no necesitan marcar distancias para protegerse y, en segundo lugar, su dilatadísima experiencia los convierte en fuente inagotable de anécdotas muy jugosas. Un buen ejemplo de ambas cosas lo encontrarán en esta entrevista con usuarios de Reddit que Michael Ironside se prestó a hacer el año pasado. Nada menos que doscientos treinta y siete papeles ha acumulado este intérprete, entre los que se encuentra, como no, una caracterización de Lenin aprovechando su notable parecido. Es también digno de mención que se ha especializado en perder los brazos.

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Dee Wallace-Stone

Aullidos, imagen de MGM / UA.
Aullidos, imagen de MGM / UA.

Muy cerca de la marca anterior, con doscientos veinticinco papeles, se queda esta actriz que es, para ubicarla rápidamente, la madre de Eliot en E.T. Participar en semejante taquillazo no le permitió catapultarse a lo más alto pero logró mantenerse constante con el paso de los años en producciones medianamente conocidas como Critters o Aullidos junto a ignotas películas que ni ella misma habrá visto. Entre ellas son particularmente admirables aquellas segundas partes que alguien pensó que merecían ser rodadas para aprovechar no se sabe qué filón, como Aligator II: The Mutation, The Skateboard Kid II o Invisible Mom II.

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Ned Beatty

Rudy, Imagen de TriStar Pictures.
Rudy, Imagen de TriStar Pictures.

Aunque la ciencia aún no lo ha descubierto, lo cierto es que las leyes de la física están mal hechas y para algunos el tiempo transcurre más despacio que para otros. Solo así se entiende que este actor originario de Kentucky haya tenido ocho hijos fruto de cuatro matrimonios, y con una vida personal tan agitada aún le quedara tiempo para intervenir en ciento sesenta y cuatro películas. La más recordada para muchos será Deliverance por interpretar al personaje que se llevaba la peor parte, aunque también ha desfilado por Superman, Todos los hombres del presidente, El cuarto protocolo o La guerra de Charlie Wilson.

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Vincent Schiavelli

Ghost, imagen de Paramount Pictures.
Ghost, imagen de Paramount Pictures.

A los espectadores nos encanta reconocer un rostro entre la multitud anónima de una narración y unas facciones ordenadas caprichosamente ayudan a nuestra memoria. Muchos secundarios han logrado hacerse un hueco en Hollywood siendo feos de una forma original y aquí tenemos a Vincent Schiavelli, a quien además sus casi dos metros de altura tampoco le hacían pasar desapercibido. Alguien voló sobre el nido del cuco, Ghost, Batman Regresa, El mañana nunca muere… fueron algunas de sus más de ciento cincuenta interpretaciones.

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CCH Pounder

Sons of Anarchy, Imagen de FX.
Sons of Anarchy, imagen de FX.

La vimos de una forma difícilmente reconocible en Avatar, pero también en Bagdad Café, El honor de los Prizzi, Cara a cara, El orfanato o Robocop 3. Aunque es en televisión donde realmente ha destacado, piensen en alguna serie al azar y allí estaba ella: Canción triste de Hill Street, La ley de Los Ángeles, Corrupción en Miami, Expediente X, Urgencias, El ala oeste de la Casa Blanca, The Shield y, por supuesto, Sons of Anarchy.

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Lance Henriksen

Aliens, imagen de 20th Century Fox.
Aliens, imagen de 20th Century Fox.

No podemos imaginar ya qué otro actor podría haber interpretado a Bishop, aunque es lo suficientemente versátil como para haber acumulado doscientos veinticinco papeles. Cuenta además con un singular privilegio que lo hermana con Bill Paxton: ambos han muerto a manos y garras de un terminator, un alien y un predator. Quién quiere un Óscar teniendo eso.

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Frank Vincent

Los Soprano, imagen de HBO.
Los Soprano, imagen de HBO.

Al verle inmediatamente se nos viene a la mente el nombre Phil Leotardo, que no es solo su papel más reconocido, es que al fin y al cabo siempre lo ha interpretado en todas las series y películas por las que ha pasado. En aquel rodaje en el que se necesite un mafioso italiano allí aparecerá ese rostro esculpido en granito, con su característico gesto de estar pensando dónde podría enterrar el cuerpo de quien tiene delante.

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Eric Roberts

The Perfect Summer, imagen de UPTV.
The Perfect Summer, imagen de UPTV.

Aquí concluimos este breve recorrido clavando la rodilla en el suelo y alzando los brazos al cielo, pues estamos ante el mito hecho carne mortal. Es imposible mencionar su nombre y que no se le ponga a uno la carne de gallina: aparece en IMBd como miembro del reparto de cuarenta y dos producciones… solamente en 2016. No hay telefilm con el que rellenar cualquier parrilla en el que en un momento u otro no salga él, a menudo ejerciendo de psicópata o de ejecutivo adicto a la cocaína. Aunque no siempre ha estado relegado a papeles de secundario y podemos verle como protagonista por ejemplo en Sharktopus, sobre un tiburón-pulpo producto de un experimento militar. En fin, debe de ser fascinante vivir en la piel de Eric Roberts (ya se me han erizado los pelos), tumbarse una tarde cualquiera en el sofá, ponerse a hacer zapping y decirse «¡vaya, ahí salgo yo!, ¡anda, ese soy yo de nuevo!». Cuatrocientas veinticinco menciones en IMBd, en definitiva.

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Sonríe, Vader

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(No vamos a ser capaces de pedírselo).

David Prowse es de esas personas que ya solo sonríen con la boca. El David Prowse de ahora, claro. Sus facciones se han escurrido, derrumbando las cejas sobre una mirada clara y bisoja, dejando la afabilidad descolgada en la comisura izquierda. El David Prowse que no tenía ochenta años ni utilizaba muletas ponía cada pliegue de su rostro a sonreír, incluso —o especialmente— cuando se cubría con el casco negro de Darth Vader y escuchaba «acción». Sonreía como un gesto reflejo, el mismo que ataca a cualquiera que se ponga una máscara y se fotografíe con ella: nadie va a verlo, pero inexplicablemente, sonríes.

Al principio, David Prowse también pensaba que nadie lo vería. Su misión era encarnar al villano en una película de ciencia ficción, un malvado sin rostro de porte imponente. Nadie le previno de que haría historia, porque nadie lo sabía. Le esculpieron el traje sobre su talle de campeón de halterofilia y colocaron en sus manos un guion sucinto. Aunque en ese 1977 ya había trabajado a las órdenes de Stanley Kubrick y había entrenado a Superman, actuar era solo un sueño colateral que acabaría cambiando la vida de este hombre de Bristol. Su vocación y ambición, en realidad, era convertirse en Míster Universo. Lo supo desde que sufrió un accidente de rugby con quince años, y acabó en la consulta de un rehabilitador físico. Cuando se dirigía hacia allí tropezó con una revista de culturismo y contemplando la portada se dijo: «Eso es lo que quiero ser». Los años de competición y sudor y un trabajo como entrenador en el gimnasio de Harrod’s fueron la antesala a la dorada puerta de George Lucas.

Entonces sucedió Star Wars y lo demás es historia contada. Que Prowse escogió entre Chewbacca y Vader, y se convirtió en el villano más célebre de ambas galaxias. Sucedió el éxito pero también una decepción imperecedera. Sucedió que David se creyó Darth Vader, pero resultó que solo le permitieron ser su articulador, su maniquí. Sucedió que ni su voz, ni su torpe dominio de la espada complacían y se buscó a otros para cincelar el mito. Y nadie se lo dijo, aunque sí lo sabían. Sucedieron los titulares como dardos, los encontronazos con Lucas y el destierro en forma de escena en El retorno del Jedi. Sucedió David Prowse marginado del estreno del cierre de la saga y sucedió Prowse, días después en la oscuridad de un cine de barrio, descubriéndose invisible para siempre porque en su lugar estaba muriendo Sebastian Shaw.

Lo que no es historia contada en el Lado Oscuro se ha husmeado alguna vez desde ese 1983, tratando de iluminar el porqué de la felonía vivida por el actor, popularmente erigido como el verdadero Vader. Él mismo apunta alguna en su autobiografía Straight from the force mouth y otras se adivinan dentro del relato coral y controvertido del documental The people vs George Lucas. Pero es en 2015, el año del regreso, cuando irrumpe en las pantallas I am your father, la exploración de la historia no contada de Prowse que han dirigido los españoles Toni Bestard y Marcos Cabotá. Un documental que nos devuelve a Prowse, con una sonrisa distinta a la de entonces.

«Acto de justicia»

La sala prorrumpe en aplausos cuando se encienden las luces tras la proyección. I am your father no solo consigue despejar incógnitas, desvelar tramas de la intrahistoria de Star Wars o repasar cómo fue el destierro de Prowse y sus hipotéticas razones, sino que además cumple con la premisa que anunciaba Cabotá: «Esta película es un acto de justicia». Porque esconde un regalo en forma de escena en la que el verdadero tirano galáctico puede, por fin, morir en brazos de su hijo. Aunque es probable que nunca la veamos y el metraje se perpetúe como un ejercicio colectivo de mirar más allá de las máscaras, el colodión y el disfraz. Sin esquivar la mitomanía, los directores recopilan hechos y testimonios de productores y responsables vinculados a la trilogía original, recomponiendo lo que no es otra cosa que el relato de un desencuentro: el de Prowse con George Lucas – Lucasfilm. No es el único de la saga, pero quizá sí el más sangrante.

¿Qué ocurrió entre ellos? ¿Cuál fue la afrenta de Prowse a Lucas para que quedara sistemáticamente excluido de todo lo que tuviera que ver con la franquicia? ¿No parece todo un poco rabieta del hombre cuyos proverbiales ego y papada avanzan varios pasos por delante de él? Sí y no. En I am your father —en el que, por si lo dudaban Lucas declinó participar— , se abordan los motivos que tradicionalmente se han manejado para argüir que el director estaba castigando a Prowse por ser, sin rodeos, un bocazas. La teoría oficiosa sostenía que el actor filtró a la prensa que Darth Vader moriría al término de la trilogía, quizá como venganza al ostracismo al que había sido condenado quedándose sin cara y sin voz en las dos cintas anteriores. El documental es certero a la hora de retrotraernos al estado de psicosis y secretismo con el que se vivieron aquellos impás entre películas —subsanados hoy con inflexibles contratos que nos impedían también a nosotros desvelarles nada de El despertar de la Fuerza, por ejemplo— y eso brinda parte de la explicación. En el caso, claro está, de que la cosa fuera así y Prowse hubiera hablado de más y el pecado de Lucas se redujera a excederse con una mortificación al actor que continúa hasta el instante en el que se escriben estas palabras.

El problema es que eso es algo que nunca sabremos. Está condenado a permanecer siempre a oscuras, fundiendo todas las linternas de todos los exploradores que, como Cabotá y Bestard, traten de llegar hasta el fondo de la cueva. No (solo) porque uno de los contendientes se niegue a hablar de aquellos recuerdos, sobre todo porque el otro ya no los conserva. Él está vivo, pero la mayoría de sus recuerdos están muertos.

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«¿Queréis que me ponga el casco?»

David Prowse echa mano de ese gesto netamente británico de confortar a su interlocutor pidiéndole disculpas por anticipado: «No me preguntes mucho por el pasado, ya he dicho que no recuerdo casi nada. Lo siento», avisa cuando nos sentamos junto a él. El actor está visiblemente fatigado tras someterse a la ronda de preguntas que, tras la proyección, la sala albergaba sobre su desavenencia con George Lucas. El aspecto hoy vulnerable de Prowse, con su artritis, sus muletas y su mirada apagada despiertan la necesidad de arroparle bajo el manto del héroe castigado por un villano millonario; y es difícil sortear la tentación. Él lo sabe —casi dos décadas detallando la misma historia— y trata de zafarse: «Yo soy y he sido inexplicablemente feliz a pesar de que me hayan marginado de todo lo que tiene que ver con Star Wars, he tenido una vida plena llena de alegrías», asegura, con algo así como un asomo de sonrisa.

El actor aprovecha la tregua para explicar detalles de lo que para el público general siempre será su «otra» vida, porque los mitos solo viven una vez aunque sea en tres películas y enmascarado. Nos habla de su experiencia como «Green Cross Code Man» el hombre que la seguridad vial británica empleó durante años para hacer cruzar bien a los niños y que también era David Prowse. «Muchos de los amigos de mis hijos me reconocían más por eso que por Darth Vader, si te digo la verdad. Creo que fue un trabajo muy útil», explica. Y es que, en lo que respecta al capítulo familiar, el villano de Star Wars no es precisamente el personaje predilecto de los Prowse: «Ninguno de mis tres hijos es realmente fan de las películas, de las primeras que son en lo que debía haberse quedado. Hay uno al que le gustan, al más joven, pero nada más», señala. ¿Y a su mujer? «De eso ni hablamos. Está cansada de Darth Vader aunque esté casada con él», dice burlonamente.

Pero él es infatigable, al menos en eso. «Sigo viajando a todas partes del mundo para hablar de Darth Vader, de lo que significó formar parte de algo tan importante para tanta gente. Y me gustan los fans, me gusta hablar con ellos y hacerme fotos, siempre han sido muy cálidos conmigo», asegura. «Vaya donde vaya soy tratado como un rey, a veces es incluso un poco abrumador», confiesa, reduciendo el volumen de su voz. Cualquier convención extraoficial de la saga —las oficiales son territorio prohibido para Prowse— cuenta con la presencia del actor, que acostumbra a llevar su propio arsenal de bolígrafos para autografiar lo que sea menester: «He firmado de todo, hasta las películas de la nueva trilogía que no me gustan nada», bromea, para regresar rápidamente a su terreno natural de lo entrañable: «Ha sido en todos los países que he estado, pero creo que en España son especialmente cariñosos y amables conmigo. He estado en América, Australia, Nueva Zelanda… Pero nunca he visto un fenómeno fan como aquí», dice, como el abuelo que susurra a todos sus nietos que son el favorito. ¿De algún modo todo ese huracán de cariño ha suplido los desprecios sufridos por los responsables de la saga? «Lo ha sobrepasado», responde, contundente. «Me han dado mucho más de lo que podrían haberme dado ellos, o eso creo». Prowse deja patente que, lo que en algún momento fue desazón y dolor por verse excluido, hoy ya es solo un recuerdo tan nebuloso como todos los demás: «Ya no me causa tristeza que no contaran conmigo para nada, que no me dejen ir a las convenciones o que ni siquiera me invitasen a ver las películas. No soñaba con que me dejaran participar, lo entiendo, pero hubo un tiempo en que sí esperé algo de ellos, que me invitaran a comer para ver las películas o me dijeran algo. Una llamada, no lo sé. Pero durante todos estos años jamás he tenido ningún contacto con Lucasfilm ni con nada que tenga que ver con Star Wars», zanja. De hecho, ha roto lazos incluso con lo que algún día fueron esperanzas: «Supongo que hice algo mal, no lo recuerdo. Pero nunca nadie me dio una explicación de por qué se vengaron así», dice, capitulando.

Prowse se niega a abrazar siquiera una de las tesis que sostiene el documental, y que le sitúa a él como el artífice intelectual del giro de «Yo soy tu padre», que habría ideado por casualidad charlando con un periodista que lo publicó antes de que fuera rodado. «Puede que fuera así, pero no lo recuerdo. Era una idea brillante que Vader fuera el padre de Luke, pero no puedo decir si se me ocurrió a mí», dice prudente. «Siempre me ha gustado hablar con vosotros [con la prensa] y puede que dijera algo inconveniente, pero también es cierto que nosotros sabíamos lo justo, y que el guion no se nos daba hasta el día antes. Además, el mío ni siquiera es el que luego se grabó», dice.

Conforme discurre el tiempo a Prowse se le van borrando las certezas. Encadena lacónicos «no lo sé, no lo recuerdo» a muchos de los datos que revolotean en torno a Darth Vader y que en algún momento sostuvo, como un posible impago de los beneficios del Episodio VI del que hablaba en The people vs George Lucas. Con ocho décadas y una demencia diagnosticada, Prowse no fiscaliza a nadie y se aferra a lo que le queda, los legajos de las emociones que le provocó todo aquello. «El rodaje, especialmente de la primera película, fue una de las cosas más maravillosas que me han ocurrido en la vida. Las demás, diremos que fueron una experiencia y ya está», apunta. Dice que le gustaría hablar de eso que ambiciona el oído de cualquier aficionado, las anécdotas jugosas, las batallitas y los detalles; pero ya no sabe dónde están: «Recuerdo a todos con cariño, a Harrison, Mark y Carrie y a todos los demás, aunque es cierto que no puedo decir que acabasen siendo amigos míos. Ellos eran norteamericanos, y cuando rodamos la primera película en Inglaterra ellos se alojaban en un hotel y no teníamos tanto contacto», dice, con la voz ya avanzando a trompicones.

Aunque su cuenta oficial de Twitter asegure lo contrario, David Prowse anuncia que no verá el séptimo episodio de la saga, El despertar de la Fuerza. «La verdad es que no tengo ningún interés, me siento ajeno a eso. Ya me sentí de las tres anteriores y ahora también». De hecho, se desconcierta con solo mencionar a su nuevo director. «¿J. J. qué?», pregunta. «Ah, sí, tampoco se ha puesto en contacto conmigo».

El agotamiento ha ido contrayendo implacablemente sus dos metros de altura, replegando los hombros y haciendo su vulnerabilidad infranqueable. Con gran esfuerzo extiende su dedo índice en dirección al casco que llevamos con nosotros para fotografiarle de nuevo con él, para que vuelva por un instante a ser el hombre detrás del casco, el mito de la maldad redimida. «¿Queréis que me lo ponga?», pregunta con una inflexión de cansancio y súplica.

No fuimos capaces de pedírselo.

Y entonces, Vader sonríe.

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Fotografía: Luis Gaspar


Elegía a las dos muertes de Darth Vader

Imagen: Lucasfilm / Disney.

Ojos de mosca, gesto de calavera. En el cráneo un casco alemán de la Segunda Guerra Mundial, esos metálicos que distinguían a los soldados nazis por el vuelo del ala sobre la nuca. Sobre el busto una pechera y en los hombros hombreras como las alas extendidas, brillantes y pulidas, de un dios escarabajo. En la diestra una guadaña hecha con la luz de los soles al ponerse y en la siniestra un garrote vil invisible. Zarpazos de rojo en la noche y los vuelos de una capa que evoluciona a borbotones, como el humo de un volcán. Plomo, años luz, retumbar de tambores. Era un terror perfecto. Un terror como el terror llega en nuestra era, no en la forma de un jinete encapuchado sino de soldados pertrechados con máscaras de gas. Era un cadáver de gelatina con exoesqueleto y la apnea fúnebre de un pulmón artificial. Era el insecto que anuncia la fatalidad, la parca robotizada, un espanto en armadura. Era la muerte con cara de tren a vapor.

Era, porque esta muerte murió. Y no de muerte natural, algo de lo que la muerte no muere. Murió de muerte lírica, que es peor porque es más definitiva. Y a manos de su padre, a quien nadie presentó en su lugar una piedra envuelta en pañales. Dos veces mató George Lucas a la mejor de sus criaturas pero solo debió hacerlo una, la primera. Fue en 1983 y como Dios manda, con un sable láser, redención final mediante y solemne quitada del casco, para aplauso del respetable y entronización triunfal de Darth Vader entre los dioses mayores del cine. Fue la muerte que mata a una muerte, la que somete un valor negativo a un signo negativo y lo convierte, matemáticas elementales, en positivo. Vader había muerto, larga vida a Vader.

No era para menos. Tenía el cuerpo marmóreo de David Prowse, la esgrima de Bob Anderson, la voz cavernosa de James Earl Jones y la cara de Sebastian Shaw. Cuatro actores —un culturista, un especialista, un doblador y un actor ordinario— compusieron el primer Darth Vader. Antes dos personas más, un ilustrador y un escultor, concibieron su figura. Ralph McQuarrie dibujó a Vader y Brian Muir esculpió su máscara, originalmente ideada solo como un casco espacial remotamente samurái. La decisión de que la llevara siempre puesta fue la última y correspondió a George Lucas. Así, y solo así, fue como parió realmente a Vader después de haberlo reescrito durante años. Con un toque de intuición, una guinda final que aportaba absurdo, rito y deificación. Vader ya no era un general del Imperio, sino su gran faraón.

Pocas lecciones mejores se han impartido a los entusiastas del concepto, pues la criatura visual resultó en la literaria y fue a mayor gloria de la segunda, que tuvo que cambiar para acomodar la primera. La necesidad constante de una armadura requirió una explicación y el director optó por la más evidente: se trataba de una carcasa biónica sin la cual Vader no podría sobrevivir. El personaje ya no sería más un antiguo jedi que se había pasado al Lado Oscuro: ahora lo había hecho después de sobrevivir a unos tormentos físicos que lisiaron su cuerpo hasta abocarlo a la monstruosidad y la robotización.

Imagen: Lucasfilm / Disney.

En cine, sin embargo, decir «después» es decir «porque». Y la primera pregunta de cualquiera ante la cicatriz ajena es preguntarse cómo, cuándo y quién. Lucas nunca se dio cuenta de ello o, si lo hizo, no le prestó la atención que debió. No nos dijo ni cómo, ni cuándo ni quién ni estableció ningún porqué, porque él mismo no se lo preguntaba. Su Vader original no los tenía y de este solo le interesaba que llevara el traje, nada más. El cambio en su pasado no imponía transformaciones sustanciales en su texto más allá de las deseadas, que era naturalizar su aspecto físico en las películas que se disponía a rodar. Estamos en 1977 y a George Lucas le salió un Darth Vader redondo, brillante en el presente y procedente, como corresponde, de un pasado mejor. La épica tiene reglas y Lucas cumplió con todas, incluyendo el sacrificio de semidiós y su ascenso final al cielo. Si se pregunta por qué Star Wars se convirtió pronto en la saga de películas más rentable de todos los tiempos, sepa que fue sencillamente por esto. Ni más, ni menos.

El problema se le presentó a Lucas cuando se dispuso a violar por primera vez las normas. Empezando por la más grave de todas, que es que nunca se debe regresar a la Arcadia. Desafiando aquella paradoja clásica de la ciencia en la que un sujeto retrocede en el tiempo y liquida a su padre cuando todavía es un niño, en 1999 este viajó al pasado para conocer a su hijo cuando aún era Anakin Skywalker, pero acabó con él por el camino. Tanto así que Vader, de hecho, no murió a sus manos, sino que sufrió un destino peor que morir: dejar de ser. Una muerte lírica, como decíamos. Menos literal que la otra, infinitamente más definitiva. Ocurrió cuando Lucas dio por cerrada su trilogía de precuelas, en 2005, con el momento en el que Anakin debía transformarse en Vader. En lugar de eso lo hizo en un esperpento que le gritaba «¡Nooooo!» al universo y movía, las cosas como son, al descojone. Fue la última palada de tierra sobre su tumba. La paradoja cuántica se activó y obró sus efectos retroactivos. Hasta entonces George Lucas era George Lucas solo gracias a él, pero cuando Vader dejó de ser Vader no es que Lucas dejase de ser Lucas; es que, resultó, nunca lo había sido.

La pregunta, porque muchos se lo preguntan, sigue sin respuesta desde aquel momento. ¿Es Lucas otro genio del cine prematuramente arrullado por los brazos amorosos del chocheo o el enésimo impostor con perfil de pelícano, mansión en Beverly Hills y una posición envidiable en la lista Forbes? Ni lo uno ni lo otro, en realidad. La Tierra no comparte las reglas cosmogónicas de aquella galaxia lejana, por fortuna, y ni George Lucas ni nadie que no sea uno de sus personajes acaba siendo excluyentemente bueno o malo. Y cabe reconocer, puestos a conceder, que no se puso jamás su propia galaxia por montera. Los vestuarios de las precuelas eran infinitamente mejores, la dirección de arte le dio mil vueltas y algo tan fundamental como la esgrima simplemente dejó la que habíamos visto antes, en las películas originales, a la altura del betún. Y a un director que dedica secuencias enteras de su space opera a tratar la política y sus intríngulis se le puede acusar de aburrir a las ovejas, pero no de buscar el espectáculo a cualquier precio, como suele hacerse a colación de sus efectos especiales. Una cosa es la decepción y otra negarle al césar lo que es del césar.

Imagen: Lucasfilm / Disney.

Pero son treinta años, claro. Tres o cuatro generaciones implicadas. Y seis películas. Y varias series de televisión. Beneficios que superan ya los treinta mil millones de dólares, derechos que valen lo mismo que el PIB de países enteros y merchandising para parar literalmente a un tren. O dos, o tres, o quince. Star Wars dejó hace tiempo de ser una película, o acaso una saga a secas. Es una zanja, una obra a cielo abierto. Una en torno a la que arremolinarse como jubilados ociosos para gritar a los albañiles que niño, eso no lo tienes que hacer así, que no tienes ni puta idea. O para asaetarlos con dardos, como hemos hecho nosotros hace un momento. El lector atento lo habrá advertido pero, por si acaso, aquí va la repetición: «Ni George Lucas ni nadie que no sea uno de sus personajes acaba siendo excluyentemente bueno o malo».

Porque así son sus personajes, o buenos o malos. Planos, como reza un adjetivo muy cacareado. Huecos, sin gracia, incapaces de contradicción. Como gente tonta, pero encarnados en ciencia ficción. En la primera ocasión no lo notamos, porque el reparto de las películas originales se encargó de enmendarlo y también con ellos, como con Darth Vader, Lucas sufrió un golpe de suerte. Cualquiera que haya visto a Carrie Fisher hablar en público sabe que la Leia lenguaraz e irreverente es ella, no una que Lucas crease. Y cualquiera que siga la rumorología de Star Wars sabe que la que seguramente es la mejor frase de toda la saga —cuando Han Solo replica el «Te quiero» de Leia con un «Lo sé» gloriosamente lacónico— no fue una idea del cineasta, sino una improvisación de Harrison Ford. El mismo actor, por cierto, llegó a confirmarlo por primera vez hace unos meses en una entrevista en el talk show británico The Graham Norton Show.

Pero el azar no siempre sonríe, porque en eso consiste su trabajo. Y a los protagonistas menos que a nadie. Igual que diversos factores se concatenaron para eclosionar en Darth Vader, como reseñábamos al arrancar, y que muchos escaparon al presunto genio de Lucas, otros tantos lo hicieron contra Anakin Skywalker veinte años después sin que su creador pudiera remediarlo. El primero de todos, por ejemplo, que Leonardo DiCaprio se negase a interpretarlo cuando correspondía su aparición, en El ataque de los clones, después de haberlo apalabrado y de que en La amenaza fantasma se hubiera elegido a un niño actor, Jake Lloyd, que se le parecía físicamente. Y que el segundo candidato al que obligó esta continuidad física, Ryan Phillippe, rozara los treinta años y fuera seis mayor que Natalie Portman —cuando su personaje es, se supone, bastante más joven que el de ella—. En 1977, plegarse a las exigencias que presentaba el aspecto visual de su personaje hizo que Lucas pariera un Darth Vader vigoroso y superior, pero hoy sabemos que fue porque tiró una moneda al aire y le salió cara. En 2002, la misma moneda cayó en cruz y hacer lo mismo con el de Anakin obró el efecto contrario. Lucas designó a Hayden Christensen para encarnarlo, el cuarto o quinto actor en su lista de prioridades y uno de las varias decenas que llegaron al corte final, a su vez seleccionados entre más de trescientos. Y seguramente no pudo hacer una elección peor.

Imagen: Lucasfilm / Disney.

El texto no ayudaba, por supuesto. Con diálogos así, actores tan acreditados como Ewan McGregor, Natalie Portman, Christopher Lee o Samuel L. Jackson aspiraban solo a la decencia y fue lo que consiguieron, porque poco más se puede hacer cuando tienes que anunciar en pleno clímax que tu plan de acción para conquistar un planeta entero es, atención, que «el capitán Panaka urdirá una estratagema». Christensen no pudo hacer lo mismo, pero también tenía más texto y no precisamente mejor. Puede que sea la clase de actor convencido de que para interpretar a un villano hay que bajar mucho las cejas, pero se tuvo que enfrentar a afirmaciones como la de que no le gustaba la arena porque «es tosca, áspera e irritante y se te mete por doquier». Que agüita, amiga.

No. La gran tragedia de Anakin fue habitar en una galaxia de maravillas incontables y gestas gloriosas, pero la misma densidad moral que un capítulo de Peppa Pig. O que la Odisea, por ejemplo. O que el Poema de Gilgamesh. Las epopeyas son así. Hay buenos y hay malos, y mientras eso sea así, seguirán siendo epopeyas. Que un personaje bueno se convierta en malo es algo fundamentalmente distinto, y es eso lo que Lucas no comprendió o —más probable— se negó a comprender. Pensó que seguía en el terreno de la épica y preñó la biografía de Anakin con todas las tragedias del mundo, confiando en que si sumaba el celibato, la orfandad, la marginación y el miedo a la muerte podría convencernos de que un monstruo es la suma de sus traumas. Pero no. El primer Darth Vader, el verdadero, no es, y nunca fue, una bola de traumas. Era un tullido, una amalgama de cicatrices. Alguien que ha vuelto de entre los muertos. El producto de una catástrofe física, no una psíquica. La víctima de quien se la infligió, que fueron los jedi. Por eso los jedi debieron traicionarle, aunque no lo hicieron. Y Anakin debía llevar la razón, aunque no la llevó. No debió merecerse sus heridas, como sí se mereció. Los buenos debieron no ser tan buenos para que el malo, a fin de cuentas, no fuera tan malo. Es lo que ya ponía en su pasado, pero Lucas nunca se dio cuenta de que Vader ya contaba con uno. En cine, decíamos hace un rato, decir «después» es decir «porque», pero esta es precisamente otra de las normas básicas que violó. Para él, Vader no tenía un pasado. Para él, era solo un pretexto para que llevara la jodida escafandra.

Así de tonta es la vida y así de tonta es la explicación, porque si le buscásemos otra más espectacular en lugar de la legítima estaríamos cometiendo el mismo error que Lucas. Darth Vader, 1977-1999.  O 1999-1977, dependiendo de cómo se mire. No es fácil, porque nació siendo adulto, murió, renació como niño y se convirtió en adulto. Los negacionistas niegan, porque en eso consiste su condición, y aseguran que solo hubo un Vader, el primero. O el segundo, dependiendo de cómo se mire. El que usted y yo sabemos, para entendernos. El otro, que respondía al nombre de Anakin Skywalker, no era Darth Vader sino un intento de sí mismo. Y todos sabemos que no hay fracaso mayor en la vida que intentar y no conseguir parecerse a lo que uno mismo fue. O será.

Imagen: Lucasfilm / Disney.

Artículo extraído de Jot Down número 8, especial Fundido a negro, disponible en nuestra store y en nuestra red de librerías.