Inocencia y salvajismo en Darryl Dawkins

Spectrum, Philadelphia, 5/XII/1979. Foto: Steve Mix Archive (CC)
Spectrum, Philadelphia, 5/XII/1979. Foto: Steve Mix Archive (CC)

— Pat, tienes que venir a ver esto. ¡Es una bestia!
—¿Dónde estás?
—Apurando mis vacaciones en Orlando.

Llevaban años separados. Pero la amistad entre Pat Williams y Jim Kaat seguía cobrándose las mejores confidencias. Kaat era el pitcher de los Twins de Minnesota cuando Williams gestionaba su plantilla. Ahora hacía lo mismo para los Sixers de la NBA. Y tras el desastre de 1973 había libertad para hacer y deshacer porque más bajo no se podía caer. Solo había un problema. El técnico de Philadelphia, Gene Shue, era muy escéptico con los jóvenes y habría que convencerlo. O mejor, imponerle aquella visita.

—No tengo la más mínima intención de perder una elección en el draft con un niñato de instituto. ¿Os habéis vuelto locos o qué?

Williams le hizo el caso justo. En secreto envió a Orlando al asistente de Shue, el resignado Jack McMahon, con un nombre, una libreta, los ojos como platos y el teléfono de Kaat. Al llamar le atendió la criada, que no entendió nada de lo que aquel hombre le decía.

—Lo siento, yo solo hablo español. El «señol» no está en casa. Partió para su ciudad —y colgó el teléfono.

McMahon tuvo que recurrir al Sentinel local para averiguar el instituto del muchacho.

—Se llama Maynard Evans. Según el calendario mañana podrá usted verles jugar.

El centro quedaba a varios kilómetros al noroeste de la ciudad. McMahon llegó pronto, esperó a que la grada se poblase y empezó a preguntar a su alrededor. «Contadme cosas del tal Dawkins. ¿Es tan bueno como dicen?». Las entusiastas respuestas, ninguna de las cuales olvidó insistir en la fuerza, palidecieron cuando el mozo hizo entrada al pequeño pabellón, dejando a McMahon sin aliento. Aquel enorme semental no podía tener dieciocho años recién cumplidos, ni moverse como lo hacía, ni hundir todo balón recibido, ni soportar que dos o tres muchachos se le colgaran encima como si nada, motivo por el que en pabellones rivales algunos desalmados le arrojaban cáscaras de plátano y galletas, como si fuera un gorila. Hasta que un rival se metió con su madre y, entonces sí, el desdichado tuvo que escapar grada arriba con riesgo de muerte. Darryl Dawkins hizo cuanto quiso y ganó él solito el partido con cuarenta y cuatro puntos como si hubiera hecho falta el doble. Aquella noche McMahon redactó el informe más histérico de su vida. Cuando Gene Shue pudo leerlo levantó una mirada incrédula a McMahon y Williams.

—O sea que hay un nuevo Chamberlain y nadie lo sabe salvo nosotros —ironizó—. Supongo que esto me obliga a comprobarlo.

Curiosamente aquel nombre acompañaría como una sombra la carrera del jovencito. Shue acudió por fin a verle a Jacksonville, McMahon se quedó en Philadelphia y Williams hubo de acudir al torneo ACC en Carolina del Norte. El técnico disipó todas sus dudas en cuanto fue testigo de aquel descomunal cachorro, al que siguió para presentarse y arreglar un aparte con la mayor discreción.

—Escúchame bien lo que te voy a decir —ordenó—. Te doy mi palabra de que jugarás con nosotros. Pero necesito esconderte del resto de la NBA. Nadie puede verte hasta el día del draft.

Solo un hombre puso una condición. Su entrenador en el instituto pidió trabajar para los Sixers como ojeador prometiendo además hacer de niñera. En caso contrario él mismo contactaría con otras franquicias NBA. Shue aceptó. No tenía otra opción. De vuelta a casa a medianoche, Williams detuvo su vehículo, buscó una cabina y pidió línea con la habitación del hotel donde reposaba su técnico.

— ¿Ha ido todo bien?
—Mejor que bien. Es nuestro.

Williams estaba decidido a acometer lo impensable eligiendo a un chaval de instituto, una barrera que la ABA ya había derribado el año anterior con Moses Malone y que la NBA ignoraba desde el terrible caso Harding en 1963. Tras la elección de Malone el año anterior, McMahon había elaborado una pequeña lista de presas compuesta por Darryl Dawkins, Bill Cartwright, Marvin Webster, Rich Kelley, Joe Meriweather y Bill Willoughby. A la mañana siguiente del acuerdo verbal tachó a cinco de ellos. El 29 de mayo de 1975 los Sixers de Philadelphia elegían en la quinta posición del draft a Darryl Dawkins.

Así se gestó un hito. Ingresaba en la NBA un jugador sin pisar la universidad, maniobra que no vería una total explotación hasta pasadas dos décadas y transformar el panorama profesional, y volver a hacerlo después con el establecimiento de una edad mínima para dar el salto. Todo partió, pues, de un inocente protagonista de dieciocho años, una edad excesiva para un niño, el niño más grande imaginable, pero un niño a fin de cuentas. Y ya la primera conversación con el cuerpo técnico insinuaba algo tierno, algo puramente infantil.

—¿Cuándo es tu cumpleaños, Darryl?
—El 11 de enero.
—¿De qué año?
—De todos los años.

La figura de Darryl Dawkins es lo más cercano a Homer Simpson que ha dado el baloncesto. De las decenas de ocurrentes definiciones que se atribuyó en vida tal vez ninguna más honesta y precisa que «The Master of Disaster». El grotesco interior de su biografía deportiva no hace sino refrendar una analogía capaz de descubrir a generaciones posteriores la insólita condición de un atleta bestial y pueril, de una herencia asombrosa y marginal, de un abigarrado magma de highlights en lo más hondo de una era ya irrepetible que perfiló como pocos, tal vez como nadie. En la obra 101 historias NBA se le dedicaba un pequeño capítulo titulado «El niño salvaje» que apenas alcanzaba a delinear la extraña magnitud de su figura, transida de diversión, frustración y bizarras animaladas bajo canasta. En la demografía técnica del juego, si es posible asignarle ese crédito, Dawkins fue el último neandertal.

Como en otros muchos casos la necesidad de una familia quebrada exigió sacrificios tempranos. A los nueve años su abuela ya le había enseñado a lavar, cocinar, planchar y coser. «Puede que nunca te cases, así que es mejor que aprendas rápido. Y no lo olvides: si no trabajas no comes». Fue en el instituto donde se ganó sus primeros cuartos. Lo hizo en el mantenimiento antes de prometérsele el cargo de conserje, cuando en realidad querían aprovechar su tamaño como guardia de seguridad. Para el interior del centro, el mejor de todo el estado. En su presencia los altercados desaparecían y rara vez tenía que intervenir. Si en mitad de un pasillo dos pandillas, de costumbre una de blancos y otra de negros, estaban a punto de romperse la crisma Darryl ocupaba el centro. «El que empiece deberá vérselas conmigo». Asunto arreglado.

Foto: cortesía de NBA.
Foto: cortesía de NBA.

Semejante anatomía daba paso a cualquier universidad. En condiciones normales su destino habría sido Kentucky o Florida State. Pero ninguna atajaba la miseria tan rápido como la NBA. Quería comprar una casa a su madre y su abuela y poder enviar a la universidad a sus cinco hermanos. Que ellos tuvieran la educación que él sacrificaba. Porque Darryl era muy generoso. No podía ver a un pobre sin hacer algo. Y más si era niño. Llevarle a casa, invitarle a comer o a ver un partido. Cualquier cosa con los enanitos que antes que nadie le habían mostrado admiración. Los compañeros se habituaron pronto a no preguntar qué hacía un crío en un vestuario de hombres en paños menores. Cuatro de los veinte dólares que ganaba de mozo cargando naranjas iban a parar a los chicos del barrio. «Comprad unos helados. Y que yo los vea». A veces la cantidad era mayor. Eran las semanas en que únicamente la noche le libraba de cargar fruta, criar pollos, talar madera y pintar alguna casa en el vecindario, del que le separaban un par de kilómetros, lo suficiente para abaratar el nido familiar que lo vio crecer. Aquel amor por los niños marcaría su vida, al extremo de ostentar aún hoy un registro difícilmente igualable: participar en ochenta y cinco campus un solo verano.

En algún momento de la adolescencia su edad mental se detuvo. Y no recobró la marcha hasta muchos años después. Se presentó a firmar el contrato con un traje crema, pajarita y chistera. En silencio, alguno de los presentes hundía premonitoriamente la mirada. «Esto no puede salir bien». Muy pronto los compañeros le creyeron loco. Pero ninguno se atrevía a infligirle novatadas porque de un solo guantazo los habría tumbado a todos. No tardaron mucho en comprobar que Darryl no pretendía tumbar a nadie. Y que era poco menos que imposible hacerle perder los nervios, precisamente lo que iba a provocar él a los demás.

Un millón de dólares por siete años permitía cumplir su promesa de ayudar a la familia. Compró una casa a su madre y otra a su abuela, aliviando de paso la vida a sus hermanos. No así su obsesión por la pobreza, lo que explica que empleara aún su primer verano como profesional trabajando en una casa de neumáticos a dos pavos y medio la hora. Ante la atónita mirada del encargado podía cargar con dos llantas de camión de una tacada.

Nada más tratarle, Gene Shue dejó el caso en manos del cuerpo técnico dando a Darryl muy poca pista, lo que al joven parecía darle igual. Cuando veía a algún veterano como McGinnis echarse un cigarro en el descanso, él se cogía una cerveza para ponerse luego en el banquillo morado a chocolatinas, lo que enervaba al preparador Al Domenico, a cuyas miradas de reproche respondía Darryl con una mueca burlona. Disfrutaba entre mayores aquel mundo de comodidades. Y hasta se ganó un primer amigo, World B. Free, un alma libre como la suya, la primera que quiso entrar en su vida e invitarle a la suya, aunque a veces se arrepintiera. «No vas a venir conmigo vestido así», le objetaba el base antes de batir la noche.

Free ocupó durante meses la casa de Dawkins durmiendo en su sala, en un catre que Darryl pagó como si protegiera a un nuevo hermano. La relación que ambos estrecharon tenía algo de hermosamente marginal. Una noche de invierno había llegado a levantar el coche de Free, encallado en la nieve, con sus propias manos. Y cuando en los playoffs de 1977 el base colapsó por un fuerte golpe en el pulmón, lo asió desde el suelo llevándole en brazos hasta el vestuario como a un niño. Cuando al año siguiente enviaron a Free a San Diego, Darryl lo pasó mal. Además de perderle, sentía algo raro acerca de que tres largos años le hubieran deparado una sola amistad.

Un incidente durante las finales de 1977 vino a fortalecer aquella convicción. En el segundo partido fue expulsado por su amago de pelea a solas con Mo Lucas, lo que terminó enojándole de veras al entender que no había recibido ayuda de ninguno de sus compañeros. Como represalia tumbó un tabique de los baños y arrancó la pizarra y varias taquillas amontonándolas en barricada junto a la puerta del vestuario, cerrando así el paso a todo el equipo. Los Sixers perdieron los siguientes cuatro partidos y el título. Era muy fácil acudir a la bronca de Dawkins como el fatídico detonante. Invadido por la decepción, se dejó por completo aquel verano regresando con sobrepeso a la pretemporada.

El debut de Billy Cunningham en el banquillo abriría nueva página en un equipo aún recordado por la baldía acumulación de talento y por los años en los que Dawkins mejor se definió a la posteridad. Para comprobar la forma de sus jugadores, el técnico cronometró a cada uno de ellos una milla exigiéndoles bajar de los seis minutos. Dawkins tardó quince. «Lo siento, Darryl, pero vas a correr hasta que lo consigas». A la mañana siguiente apareció jadeando junto a McMahon, que informó a la plantilla del presunto milagro. «Todos sabíamos que no», confesaría años después su compañero Steve Mix.

Darryl recobró pronto el humor. Era su estado natural. Se hizo con un Corvette y lo pintó de colores. Adoraba llamar la atención y empezó a repetir que provenía del planeta Lovetron, a compensar con la boca su sangrante falta de juego. Portaba en todo momento un colosal radiocasete de más de treinta kilos que llegó a dañarle el hombro y a poner a prueba la paciencia del resto.

Más que el baloncesto, una prioridad relegada, Dawkins adoraba todo aquel mundo que la NBA conseguía abrir. Coches y lujos, mujeres y fiestas, le permitían además ser el centro de atención, lo que sin duda más disfrutaba. Con el temperamento de un padre, Cunningham se propuso enderezarlo, avivar su actitud, estimularle técnicamente, inflamar una ambición dormida. «Si realmente quisieras podrías dominar esta liga». Pero no tardó mucho en dejarlo por imposible. A los diez o quince segundos de charla Darryl perdía la atención, cualquier cosa le distraía y era motivo de broma. Durante un entrenamiento el técnico perdió los nervios, detuvo la sesión y a gritos le ordenó centrarse y triplicar su intensidad. Mientras escuchaba, el gigante pegaba su barbilla al pecho, como culpable y compungido. Pero fue dar media vuelta y propinó una zancadilla a Cunningham que le hizo caer. Todos rompieron a reír, incluido el sufrido entrenador, convencido entonces de tratar con un chiquillo de nueve o diez años. A menudo los compañeros se burlaban, más que de su ignorancia, de sus ingeniosas salidas.

—Eh, Darryl, ¿a qué no sabes dónde se firmó la Declaración de Independencia?

Todos jugaban para Philadelphia.

—Pues claro que lo sé, al final de la página.

Sus continuas incongruencias y un carácter incorregible despertaban una actitud benévola en el vestuario. Pero también esa prudente distancia a la locura que elude la amistad. «¿Sabes, Doug? Me gustaría casarme. Y formar una familia. No sé, eso de la estabilidad debe estar bien». Y Collins asentía escéptico. Al salir del vestuario Darryl volvía a la carga. «Eh, Doug, organizo una fiesta esta noche. Vente, lo pasaremos bien. Están invitadas todas las chicas de la ciudad». Durante las finales de 1980 los Sixers recibieron una llamada de la liga porque Dawkins lucía una zapatilla de Nike y otra de Pony. Había firmado con ambas. «Lo lamento —se resignó Cunningham al teléfono—, pero le aseguro que yo no puedo hacer nada. Nadie puede».

Mientras Darryl Dawkins estuvo en la liga no hubo fuerza que lo igualara. No hasta la irrupción de Shaquille O’Neal, a quien preludió (físicamente) como un molde indómito y menor. Como interior, su baloncesto era neolítico, con brutales estallidos atléticos de una intermitencia desoladora que lo disolvía. Pero entre 1977 y 1984 su estrecha relación con el aro procuró acciones de auténtica bestia, estragos por los que verdaderamente ha pasado a la historia. Su registro de salvajadas forma parte de una antología de su exclusiva propiedad. Envió a Bob McAdoo fuera de la pista al contacto en el aire de un mate; silenció las gradas de Portland recogiendo el balón desde el suelo para reventar el aro de espaldas; un rechace en Phoenix entrando al aro con la cabeza a su altura habría derribado a una decena de jugadores como si fueran bolos; en Washington machacó el balón asiendo con su mano izquierda el soporte de la canasta. En suma, un volcánico desfile de barbaridades y realidad descarnada, como erupciones de fuerza infinita que parecían diseñadas por un dibujante satírico. Ganó incluso alguna apuesta en privado machacando el balón con un compañero encaramado a sus hombros. Bobby Jones relató que en un partido de su segunda temporada remató el balón con tal fuerza que acto seguido olía a quemado en las inmediaciones del aro, fruto de la feroz fricción con la red. En otra de sus bravatas, amenazó en 1979 con cambiar la canasta por el cuadrilátero. Fue el año en que su figura se haría icono eterno tras destrozar dos tableros en veintidós días. Hizo estallar el primero en Kansas City antes de arrancar de cuajo otro aro ante San Antonio. Dotado además con el don de la elocuencia, bautizaba a sus mates de forma dadaísta. Y al hacerlo a menudo del tirón, como quien recita una estrofa, daba la impresión de que los versos precedían a la acción de que eran motivo, como quien cumple alguna promesa antes de saltar a la pista.

If You Ain’t-Grooving-Best-Get-Moving

Chocolate-Thunder-Flying Robinzine-Crying

Teeth-Shaking Glass-Breaking

Rump-Roasting Bun-Toasting

Wham-Bam Glass-Breaker-I-Am-Jam

El comisionado, Larry O’Brien, le llamó al orden imponiendo en adelante cinco mil dólares de multa y suspensión al que se atreviera a nuevos atentados, sirviendo de poco su objeción. «Lo siento, señor, pero hay veces que no puedo controlar mi fuerza». O’Brien alegaba peligro para la seguridad de los jugadores. Siendo cierto, recelaba en el fondo del coste económico y los parones para reponer la canasta, superiores a la hora. O’Brien no percibió que los actos de Dawkins estaban dando a la NBA la presencia mediática que tanto urgía entonces y que personalmente tanto anhelaba Darryl. A excepción de Julius Erving, el resto agradecía que les librara de los molestos reporteros, como mucho tiempo después ocurriría en los Lakers de Metta World Peace. Cuando supo del suicidio de Robinzine, el hombre al que llovieron trizas, Darryl se sintió culpable. Tuvieron que convencerle de que su muerte no tenía relación con haber sido víctima de sus excesos, por los que se granjeó el sobrenombre de «Chocolate Thunder» y cuyo origen, si hemos de creerle, tuvo algo de poético. Durante una velada en el Spectrum, en cuyas primeras filas no era infrecuente la presencia de Stevie Wonder, Dawkins se ensañó con el aro enloqueciendo una vez más al pabellón. El músico preguntó por lo ocurrido, mostrando gran interés por la respuesta de su acompañante. «The big chocolate guy just put down a thunder dunk». Después de una breve pausa, Wonder remató: «Dawkins is a Chocolate Thunder».

No fue hasta su llegada a Nueva Jersey en 1982 que su presencia en pista iría ganando fortaleza. Pero también su irritante producción de faltas, casi cinco por noche, la mayor conocida en toda la historia. Así con los árbitros terminaba su humor. A la vez que era víctima de su propia fuerza también lo era del excedente visual del silbato que sobrecastiga al más grande. Al contacto con él alguien salía siempre despedido y, a la menor duda, atraía las faltas como un gigantesco imán. «A veces bastaba que acudiera a colocarte un tapón sin tocarte —recordaba Free— que hasta el aire te envolvía», al modo de los coches que adelantan a un camión. Sus sentadas en el banquillo fruto de las faltas redujeron sus prestaciones cuando mejores admitían ser. Alcanzó en los Nets su madurez, y fue Larry Brown quien mayor empeño le dedicó haciéndole trabajar media hora a solas tras cada entrenamiento. «Pero si ya sé hacer eso, ¿para qué repetirlo veinte veces?». Tras una victoria en la que firmó treinta puntos y quince rebotes, un asistente se le acercó para felicitarle. «No esperes que haga esto todas las noches». Eran protestas que revelaban el sentido más desalentador de toda su carrera, como alérgico a corregir sus defectos. Y si le tocaban las narices su desahogo era machacar más fuerte el balón. Porque ninguna otra meta le motivaba salvo la diversión y la fama. «Todo el mundo me quiere comparar con Chamberlain y yo no tengo nada que ver con él».

Darryl Dawkins y Larry Brown. Foto: cortesía de NBA.
Darryl Dawkins y Larry Brown. Foto: cortesía de NBA.

Su carrera fue tan paradójica que tras disputar las finales de 1977, 1980 y 1982 acabó siendo traspasado a los Nets, ocupando su vacío Moses Malone y haciendo a los Sixers campeones, a los que el equipo de Dawkins eliminaría en la primera ronda del año siguiente. Promovía un absurdo bucle allá donde estuviera.

Su penúltima versión en activo, popularizada como «Baby Gorilla», seguía exhibiendo estallidos atléticos. Pero ya en menor número y aun de rango más mostrenco y animal, como precursor de las toneleras embestidas al hierro sin oposición del futuro O’Neal. A mitad de los ochenta no hubo fisonomía más monstruosa ni atemorizante. Bajo su enorme cabeza, como de huevo prehistórico y abultado por pómulos de roca, había ganado músculo y peso, presentando un torso titánico que ajustaba la equipación hasta lo grotesco. Sobresaliendo de unas largas muñequeras, sus manos envolvían el balón como una naranja. Nunca se reconoció en el seno de la liga que su ausencia del primer concurso de mates en 1984 se debió en realidad al temor de que la canasta no soportara sus excesos, recelando el recién llegado David Stern de un ridículo logístico ante la pantalla nacional. Porque, aun con aros de nueva generación, era perfectamente posible con un Dawkins motivado. El destino se privó así de contemplar a la bestia liberada, inflamada por la atención de las cámaras, instalando en el imaginario más curioso de la NBA una eterna culpa por la censura de una filmación única.

Foto: cortesía de NBA.
Foto: cortesía de NBA.

Tras la temporada de 1986 una hernia discal agravó sus problemas de espalda. Era el comienzo del fin. Dos aparatosas operaciones lo enterraron a doce partidos (de ciento sesenta y cuatro posibles) los siguientes dos años. Sendos traspasos a Utah y Detroit anticipaban una muerte lenta y dolorosa. Cuando reapareció, lo hizo con los Pistons del inmediato futuro en un partido de pretemporada. Al ingresar en la cancha parecía un sasquatch, como un homínido fuera de tiempo y lugar al que todo le quedara atrás. Daly le dio entrada en los minutos de la basura, cuyo único sentido residía en el masivo reclamo de los espectadores para brindarles un mate, uno de los suyos, lo que finalmente devolvió haciendo tiritar la canasta para regocijo del pabellón. Divertir seguía siendo una orden que no podía rechazar, su pulsión y prisión, la de un payaso de un circo pretérito.

El 23 de febrero de 1989, dos semanas después de pisar la pista por última vez, fue cortado por un equipo del que nunca formó parte y en cuyo vestuario la pareja formada por Thomas y Laimbeer le había marginado hasta la crueldad, tal y como años atrás sufrió Spencer Haywood en pretemporada. Menos de cuatro meses después el anillo terminaba en Detroit. La gloria deportiva le había sido vedada una vez más.

Contaba Tom Friend en un espléndido trabajo —el mejor junto a la divertida biografía de Charley Rosen y un extenso testimonio de su entrenador Dave Wohl— que, al poner punto final a su carrera tras cinco años en Italia y otro de despedida con los Globetrotters, decidió querer entrenar, y que, al enterarse, Cunningham se echó a reír. No era para menos. Nadie quiso contratarle en su país y emigró a Canadá, donde sorprendió con un gran papel en el equipo de Winnipeg (22-12 y playoffs). Sus jugadores relataban que la mayor aspiración del Dawkins entrenador residía en evitar que hicieran todo cuanto hizo él, demostrando no solo la vital honestidad que le acompañaría hasta el último día, sino la más profunda enseñanza que la vida le había devuelto.

Pero aquel destierro encerraba también una desgarradora soledad. La distancia remató su tercer matrimonio, con una antigua bailarina de los Nets. Eso fue once años después de que su padre se consumiera al tiempo que su segunda esposa, Kelly Barnes, decidiera quitarse la vida con un atracón de pastillas, sumiendo a Darryl en una depresión de un año durante el que vegetó entre las paredes de casa hasta ganar ciento cincuenta kilos y perder las ganas de seguir adelante.

En 1999 regresó a Estados Unidos, haciéndose cargo de los ValleyDawgs de Pennsylvania, a los que condujo a sendos títulos de la USBL en 2001 y 2004. Un año después, la NBA lo reclutaba como embajador para tareas benéficas destinadas a la infancia. Pero quien de veras iluminó su vida para siempre fue Tabitha, la hija de Janice, su cuarta y última esposa. Tabitha nació con síndrome de Down y, ya crecida, participó en los Juegos Paralímpicos, ganando varias medallas. Contaba Janice que, a cada nueva victoria en el tartán, la niña corría como loca hasta la primera línea de grada, donde abrazaba a su gigantesco padre gritando «daddy, daddy», una escena que conmovía a los testigos.

Darryl había encontrado la paz. Incluso su lugar en el mundo cuando pudo acceder al cargo de entrenador en un instituto del suburbio de Allentown, otra vez con Philadelphia al fondo. Padre, marido, entrenador y monitor de jóvenes privados de suerte. En diciembre de 2009 recibió la visita de Barack Obama. El planeta Lovetron, por el que el presidente le preguntó, quedaba ya muy atrás. Ahora Darryl vivía en el mundo real. Cuando el equipo empezó a funcionar y los jóvenes más delicados, el fruto inocente de familias rotas camino del peor desenlace, entendieron que el delito no era la solución, Darryl se sintió pleno. En una ocasión invitó a todos a cenar, animándose una vez más a rescatar al payaso que nunca abandonó su interior. Y nada le hizo más feliz que las carcajadas que iluminaron la mesa hasta la medianoche. No pedía más a la vida.

El pasado 27 de agosto su corazón se detuvo. Dos décadas atrás fue informado en consulta médica de una altísima presión arterial. Darryl sacudió la cabeza preguntando qué era eso. Inició entonces la toma de la medicación, que en adelante cumpliría en secreto. Como último embajador, su constante aparición en pabellones y eventos devolvía a los presentes una generosa sonrisa, una amable serenidad y la robusta y sobrehumana anatomía que, igual que vedada a la gloria, parecía estarlo a la muerte. De ahí la amarga sorpresa de que se lo llevara a los cincuenta y ocho años. La noticia apretó el corazón de quienes le habían conocido y no supieron nada más, de todos aquellos para los que el recuerdo de Darryl se había congelado en una caricatura.

Foto: cortesía NBA.
Foto: cortesía NBA.

A su inclasificable figura terminaría conociéndola toda generación posterior, a lo que contribuyó su rescate por la NBA como símbolo, como imagen embajadora de la porción más infantil y lúdica del juego. Pero mientras se prodigaron los escritos sobre los jugadores que forzaron la modificación del reglamento, apenas se reparó en el legado de Dawkins, en el resultado material de su monstruosa fuerza. Probada la fragilidad de la canasta en sus manos, la NBA apresuró una solución arrojándose con urgencia a los registros de patentes hasta la instalación en la temporada 1981-82 de los aros retráctiles. Un elemento nada trivial: la innovación en la tecnología del juego admite igual importancia que la del reglamento, así como un papel primordial en el ingreso de jugadores en la escena profesional a salvo del ciclo universitario. Incluso, a título anecdótico, pero no menos veraz, fue la prohibición de portar collares y abalorios en pista cuando el Dawkins de Philly acostumbraba a rodearse el cuello con dos cadenas de oro que brindaban a sus mates una canallesca de cómic.

Con un año de diferencia, la historia encadenó su caso al de Moses Malone convirtiendo a ambos en detonantes de una futura revolución. Un vínculo que hasta la muerte selló en macabra alegoría arrebatándoles la vida en apenas dos semanas. Como si nacieran y muriesen juntos tras haber pactado un desigual reparto del éxito.

Para que la personalidad de una época ingrese en el registro del tiempo deben darse arquetipos capaces de describirla. Dawkins fue su época y viceversa, como un símbolo de la oscura y encantadora era irracionalista de la NBA. Y que resultara una de las mayores decepciones de todos los tiempos no oscurece el resplandor de un territorio de su particular conquista, una de las escasas reservadas a los jugadores verdaderamente únicos. Descanse en paz.


Craig Hodges: el hombre que reinó entre Larry Bird y Michael Jordan

Celtics' Larry Bird is double-teamed by Milwaukee Bucks Craig Hodges (150 and Paul Pressey as Bird tries to pass ball off during 1st quarter action of the game at Boston Garden, 12/19
Larry Bird marcado por Craig Hodges y Paul Pressey en el Boston Garden. Fotografía: Corbis

Larry Bird lanza el último balón del carrito lateral y en plena curva ascendente, reflejo repetido mil veces, se vuelve hacia la grada, sin mirar siquiera cómo entra la pelota en la canasta, y levanta el dedo índice proclamándose el mejor tirador de la historia, el ganador de las tres ediciones disputadas del concurso de triples de la NBA: 1986, 1987 y 1988. Es un recuerdo imborrable. Bird con su chándal verde de los Boston Celtics, con esa apatía en los gestos que acaba en cuanto el balón llega a sus manos y solo queda concentración y mecánica, apalizando a todos los que se cruzan en su camino: ese año a Dale Ellis, el anterior al alemán Detlef Schrempf… un año antes, en la primera edición, al jugador de los Milwaukee Bucks, Craig Hodges, por un humillante 22 a 12.

El problema en 1990 es que Larry Bird ya no está para concursos. Si ha aceptado pasarse por Miami dos años después de su último triunfo no es tanto para mantener la jerarquía sino para multiplicar la publicidad del evento en una ciudad debutane. A las nuevas franquicias hay que cuidarlas y no confiar exclusivamente en el entusiasmo del recién llegado a la fiesta. Por eso, David Stern apalabra con Bird su aparición y después habla directamente con Michael Jordan para que defienda el trono de los mates que dejó vacante en 1988, aquella lucha a muerte en el Chicago Stadium con Dominique Wilkins.

Bird, a regañadientes, dice que sí. Tiene la espalda y los talones destrozados y a sus treinta años no es ya el dominador que fue a principios de los ochenta. Pero es Larry Bird y la gente de Miami se agolpa en los accesos para ver al gran ídolo blanco. El gran ídolo negro, sin embargo, se deja querer. No le apetecen más demostraciones de acrobacias y, además, si ya ganó en su momento, ¿qué le queda ahora sino perder? Después de varios tiras y aflojas, llega a Stern con una contrapropuesta: ¿por qué en vez de en el concurso de mates le inscribe en el de triples?

Jordan no es un gran lanzador de tres puntos. Lo irá siendo a lo largo de los años llegando al punto culminante de meterles seis triples a los Portland Trail Blazers en la primera parte del segundo partido de la final de 1992, pero en 1990 es un hombre con porcentajes bajos cuyo único interés en el torneo es estrenar unas nuevas zapatillas para Nike por las que ha cobrado unos tres millones de dólares.

Sin embargo, el reclamo funciona y cuando en la megafonía suena el nombre de Michael Jordan la grada se viene abajo. Más aún cuando anuncian el de Larry Bird y a partir de ahí una cierta indiferencia hacia Sunvold, Hansen, Ehlo, Price, Miller o el dos veces finalista, Hodges. Precisamente a Hodges le toca abrir la competición junto a su ahora compañero de equipo en los Bulls. El calentamiento de Jordan, nos cuenta Trecet desde Miami, ha sido lamentable. «No ha metido ni una», resume con su habitual franqueza, y cuando empieza la competición, música de Corrupción en Miami a todo trapo en el pabellón, imagen fugaz de flamencos volando despavoridos ante la sonrisa de Don Johnson, la mala racha de Jordan continúa hasta un punto patético: de veinticinco tiros posibles, solo anota cinco.

Pone cara de «no me importa, yo aquí he venido a jugar y divertirme», como cuando se fue al béisbol a probar en ligas secundarias, pero cualquiera que le conozca sabe que está jodido. Más jodido aún cuando ve que su compañero de equipo, el hombre de banquillo especializado en revolucionar partidos con sus lanzamientos lejanos, consigue un total de veinte puntos. Una cosa es perder y otra cosa es perder contra el filial, hasta ahí podíamos llegar.

Los siguientes en salir son Jon Sunvold y Bobby Hansen, que también acabaría ganando anillos con Michael Jordan en el futuro. Son dos chicos blancos, pulcros, aseados, de mecánicas muy distintas —Sunvold parece que empuja el balón hacia adelante en vez de hacerlo girar con la muñeca— que acaban empatados a quince puntos ante el jolgorio del público que ve en Sunvold a uno de los suyos, de los Heat, la única razón posiblemente por la que el chico está ahí.

Llega entonces el segundo gran momento de la velada: Larry Bird, de nuevo sin quitarse el chándal, con esa cara de indiferencia absoluta, se mide a Craig Ehlo, el tirador de los Cleveland Cavaliers, el que se comió en la cara el famoso lanzamiento de Michael Jordan en el último segundo del último partido de play-off la temporada anterior. Un lanzamiento que en Estados Unidos han decidido llamar «The Shot», así, en mayúsculas, recordando el otro «The Shot» que Michael Jordan encestó en 1982 para darle la victoria in extremis a la Universidad de North Carolina en el torneo de la NCAA.

Bird lleva casi un año entre algodones pero, cuando suena de nuevo la música ochentera, el ritmo sigue fluyendo: anota con facilidad hasta que de repente se va de la competición o el cuerpo simplemente no le responde. Los tiros se quedan cortos o largos o ladeados y Larry ni siquiera acaba el último carrito, completamente desmotivado y desganado, con doce puntos en su haber que le eliminan. Ehlo, con catorce, queda en la cuerda floja.

El último enfrentamiento de la velada reúne a dos estrellas emergentes: Mark Price, el letal base de los Cavs, y Reggie Miller, el hermano de la superestrella de baloncesto femenino, Cheryl, en su tercer año en la liga. Reggie ya tiene ese tiro extrañísimo, que empieza con el balón muy alto y muy atrás y acaba con los brazos extendidos hacia adelante, casi cruzándose. El de los Pacers pasa por los pelos, con dieciséis puntos. El de Cleveland se va a la calle, como su compañero. Toca el turno de las semifinales.

«Si no consigue ganar esta vez, se va a cortar las venas»

De los ocho que empezaron, quedan cuatro: Hodges, Miller, Sunvold y Hansen. Para ser honestos, glamour, el justo. De los cuatro, el único que apunta maneras de ser una estrella es Reggie, que viene de promediar dieciséis puntos por partido a la sombra del infalible Chuck Person. Sunvold está un poco de gorra, Hansen es un desconocido y Hodges queda de repente como único favorito. En palabras de Trecet, comentarista inmisericorde: «Si no consigue ganar esta vez, se va a cortar las venas».

Sin embargo, las expectativas nunca son buenas compañeras de viaje: Hodges está nervioso y fallón en su ronda semifinal. Tan crispado que el tiempo se le acaba y aún quedan dos balones por lanzar. Coge uno y lo anota; coge el segundo, el de valor doble, y justo antes de que suene la sirena, consigue lanzarlo a canasta casi de cualquier manera y hacer que entre: diecisiete puntos, los mismos que Jan Sunvold. Hansen queda eliminado con catorce y Reggie Miller ya es finalista con dieciocho.

Hay que hacer otra ronda de desempate, a solo veinticuatro segundos, y empieza Hodges. El de los Bulls se ha visto eliminado y parece estar más sereno esta vez. Elige empezar por el lateral derecho del aro y es todo un acierto: tranquilamente, prefiriendo más calidad en el tiro que cantidad incontrolada, consigue nueve puntos de unos doce lanzamientos. Sunvold lo ve y sabe que está en un buen lío. Escoge la táctica contraria: tirar muy deprisa para tener más opciones y, en efecto, casi completa un carrito más… pero con un porcentaje muy bajo que le deja sin opciones.

Hodges está en la final, como en 1986 ante Larry Bird o en 1989 contra Dale Ellis. Sus números en la liga lo dicen todo: después de dos años de adaptación en los San Diego Clippers, Craig fue el líder en porcentaje de lanzamientos de tres puntos tanto en 1986 como en 1988, el año que es traspasado fugazmente de los Milwaukee Bucks a los Phoenix Suns —«me enteré por televisión con mi hija», recuerda Hodges de aquel traspaso, «nadie me dijo nada, solo escuché que un jugador de los Bucks había sido traspasado a los Suns y resultó que era yo»—.

Tras unos pocos meses en Phoenix, Doug Collins lo elige para su proyecto alrededor de Jordan. Alguien que pueda amenazar desde lejos si la defensa rival se cierra a lo Bill Laimbeer sobre su superestrella. En su primer año, vuelve a estar por encima del 40% de acierto, una auténtica barbaridad.

Y en fin, que aquí está, en Miami, ante los ojos de Julio Iglesias y los demás propietarios de los Heat. La mejor publicidad posible para un hombre anónimo. Hodges, que viene de hacer dos rondas seguidas, incluyendo la de desempate, sin apenas descanso, no parece fatigado, sino al contrario, lleno de adrenalina. Va de menos a más: en el primer carrito anota solo dos, en el segundo mete tres; en el frontal, su especialidad, anota cuatro incluyendo el último, el que representa a la ABA en el concurso, con sus clásicos colores Spalding azules, blancos y rojos. Falla los dos primeros del cuarto carro pero encesta los tres siguientes, siguiendo la racha con los dos primeros del último para un total de cinco lanzamientos seguidos. Después de un fallo, los dos últimos triples le dan un total de diecinueve puntos. Suficiente para ganar.

De hecho, a Reggie Miller se le ve algo superado por el reto: sus primeros cuatro tiros van al hierro y solo anota el doble, pero luego se va entonando: cuatro en el siguiente, tres en el frontal, otros tres en el cuarto y tiene en su mano el empate o la victoria cuando llega a los diecisiete puntos con dos balones por tirar. Apurado por el tiempo, falla ambos. Craig Hodges, por fin, es campeón del concurso de triples de la NBA.

De los diecinueve triples seguidos a la carta para George Bush

Con todo, el triunfo no le da a Hodges el prestigio que él cree que merece. Larry Bird le vacila constantemente, recordándole que en los partidos solo le ve cuando mira al banquillo. Sus propios compañeros le apodan «Highway 14», para referirse a lo fácil que es superar su defensa. Hodges necesita dar un golpe sobre la mesa y ese golpe llega un año más tarde, en 1991, sin Jordans ni Birds ni leyendas de por medio. Solo él. Es el All Star que todos ustedes recuerdan: ronda semifinal, suena la bocina sin Sonny Crockett ni Ricardo Butts de por medio, y Hodges empieza a anotar un triple tras otro. Los cinco de una esquina, los cinco de la diagonal izquierda, los cinco frontales…

Una oleada de asombro recorre el Charlotte Coliseum de North Carolina mientras la racha llega a los quince y sube a dieciséis, diecisiete, dieciocho, diecinueve… y cuando parece que aquel hombre no puede fallar, el balón de colores se sale de dentro y el de los Bulls ya puede relajarse hasta acabar en veinticinco puntos, récord durante muchísimos años. En la final, acaba con Terry Porter sin exhibiciones pero con contundencia: 17-12.

De repente, Hodges es un icono de la liga. Pese a sus pocos minutos, es campeón en los Bulls de 1991 y repite en 1992, sumando el segundo anillo al tercer título como mejor triplista. Quizá algo crecido por tanta repercusión mediática, decide dar a su activismo social y político una vuelta de tuerca temeraria. A colación de las protestas que tuvieron a Los Ángeles en estado de sitio tras la muerte por apaleamiento del ciudadano negro Rodney King a manos de la policía, Hodges echa en cara a Jordan que no diga nada, que se quede ahí callado, en lo alto de sus contratos. «Tiene a todos los niños comiendo de su mano y no quiere mojarse en nada que tenga que ver con su propia raza».

Echar la bronca en público a Jordan no es una buena estrategia para continuar en los Bulls, más aún cuando la imagen pública de Michael está bajo mínimos tras la publicación por parte de Sam Smith de esa biblia del periodismo deportivo que es The Jordan Rules. Dispuesto a jugar al doble o nada, convencido de que lo que hace es lo que hay que hacer, Hodges acude a la recepción en la Casa Blanca con motivo del título de 1992 vestido con un «dashiki», prenda característica del islamismo negro, encabezado en Estados Unidos por el nada diplomático Louis Farrakah.

Además del traje lleva una carta para el presidente: no le gusta lo que ha hecho en el Golfo Pérsico, no le gusta lo que ha pasado en Los Ángeles y no le gusta, en general, el trato de su administración y las anteriores hacia las minorías raciales. La actitud de Hodges acaba como acaban estas cosas: los Bulls no ejercen su derecho a ampliar el contrato un año más, el mejor triplista de la NBA se queda sin equipo y absolutamente nadie llama a la puerta. Ley del silencio. Lista negra.

Desesperado, Hodges le dice a su agente que acepte cualquier oferta. Como bien explica Gonzalo Vázquez en su maravilloso libro 101 historias de la NBA, las respuestas brillan por su ausencia. Solo el mánager general de los Seattle Supersonics, Billy Mc Kinney, le dice: «Mira, yo no puedo hacer nada, aquí todos tenemos familias». Y así, la familia de Hodges y el propio Hodges pasan un año más en Chicago sin nada que hacer salvo entrenar y confiar en que suene el teléfono. Cuando está claro que no va a sonar, decide recurrir a los medios y a la piedad del propio David Stern: al menos que le dejen defender su título de mejor triplista, que le dejen superar al mítico Bird con una cuarta victoria consecutiva.

Sorprendentemente, le dejan. Con una camiseta sin nombre y solo con el logo de la NBA en el pecho. El único, junto a Rimas Kurtinaitis cuatro años antes, en participar en un All Star sin estar jugando en la liga. Es una actuación decepcionante. Un último baile algo triste: consigue pasar la primera ronda después de ganar el desempate a su viejo amigo Reggie Miller, pero en semifinales se queda en dieciséis puntos, que no está nada mal para un jugador que no juega, pero no basta para superar a Mark Price y Terry Porter.

A partir de ahí, la carrera de Hodges entra en una cuesta abajo de la que solo le salva su propio nombre, su leyenda. Se va a Italia, a jugar en el Clear Cantú de Antonio Díaz Miguel, pero todo sale mal y decide ganarse sus últimos dólares en Turquía, concretamente en el Galatasaray, donde pondrá fin a su carrera.

Esta puede parecer una historia triste y en parte lo es. Es la historia de una mafia que se defiende de los indeseados, de los que hablan mucho, tengan el estatus que tengan. Pero también es una historia de reconciliación: con una experiencia de solo dos años en Chicago State, Craig Hodges volvería a reunirse con Phil Jackson en los Lakers como ayudante del entrenador, especialista, cómo no, en el tiro. Juntos ganaron los anillos de 2009 y 2010 que consagraron a Kobe Bryant como uno de los mejores de todos los tiempos y convirtieron a Pau Gasol en el único español campeón de la NBA.

La relación acabaría en 2011, con el despido de Jackson y todo su equipo. De Hodges no se ha vuelto a saber demasiado. Sigue siendo un activista en la sombra, lo suficientemente concienciado como para que su lucha sirva para algo y lo suficientemente alejado de los focos como para que no le alcancen las balas.


La encantadora agenda de Silver

Adam Silver. Foto cortesía de www.nba.com.
Adam Silver. Foto cortesía de www.nba.com.

Un año es el tiempo que ha necesitado Adam Silver para demostrar que es posible el equilibrio entre todas las fuerzas vivas que componen la NBA; que es posible dirigir el imperio con iguales dosis de autoridad y flexibilidad, mando y pluralismo, dirección y escucha, y sobre todo valentía. Sabiendo que los cambios implican renuncias y que la tradición es testaruda, Silver admite no temer a ninguna de ellas.

Justo es recordar que el escándalo Sterling le concedió un crédito mayor del que sin su rápida resolución habría gozado. Pero también reforzó su seguridad, apresuró su gobierno y le permitió separarse con rapidez imprevista de su antecesor en el cargo, al que se le asignaba el papel de sombra, como si en una primera fase aún fuera Stern quien moviera los hilos. Todo eso ha quedado atrás y la idea de que el diseño futuro de la NBA lleva el sello personal de Silver ha sido fortalecida.

Con tal de mostrarse receptivo, a Silver le hemos visto improvisar todo medio. «A través de la osmosis he aprendido que las buenas ideas pueden llegar de cualquier sitio». De ahí que de la distancia abierta con Stern destaque su voluntarismo democrático, el honesto empeño por contar con todos los sectores hasta extremos casi asamblearios.

Un ejemplo. El domingo 16 de febrero, día del partido de las estrellas, Silver llevaba dos semanas en el cargo. Pidió a sus auxiliares reunir a los veinticuatro jugadores en una sala del Smoothie King Center de Nueva Orleans. Se presentó a todos, agradeció su presencia, les informó de que requería tan solo unos minutos y cuando ellos pensaban que sería solo cosa de protocolo formuló una pregunta que les cogió desprevenidos. Pero no a todos.

—Una de las tareas que me he prometido emprender es la que heredo de mi anterior cargo, seguir expandiendo esta competición por el mundo para beneficio de todos. Me gustaría mejorar nuestra liga en lo posible, cosa que jamás podría hacer sin vuestra colaboración. Así que mientras ocupe este cargo quiero que sepáis que estaré abierto a todas vuestras propuestas. Quiero escucharos y saber qué podríamos hacer para mejorar. ¿Alguna sugerencia?

Es imaginable la pausa que siguió a la pregunta, un silencio que, según testigos, rompió únicamente LeBron James, como durante las duras sesiones por el cierre de 2011 pero ya sin David Stern ni aquella insufrible tensión en el ambiente.

—Yo tengo dos. Me gustaría que la pausa del All Star fuera algo más larga. Creo que esto sería bueno no solo para los que formamos parte de las actividades del fin de semana. También para quienes se quedan fuera. Creo que parar dos o tres días más en mitad de la temporada nos daría a todos un descanso necesario.

—De acuerdo. ¿Y la segunda?

—La segunda es que el calendario sigue siendo demasiado duro. Y que tendríamos que encontrar la manera de reducir el número de back-to-backs. Eso es lo que más desgasta a los equipos física y mentalmente.

Los jugadores parecían asentir con mayor unanimidad a este segundo punto.

Ok. Tomo nota de todo ello. A esto me refiero con buscar propuestas que resulten positivas para todos.

Ha pasado un año. Y por primera vez los jugadores disfrutan una semana de interrupción. En ocho días naturales se acoplan únicamente tres partidos de Regular, uno a la entrada al periodo de descanso y dos en su salida. De modo que a los seis días sin competición se añade suavizar en lo posible los flancos del All Star.

Esta concesión no es en vano. Extender unos días ese paréntesis permite a los jugadores armonizar sus tareas comunitarias y los compromisos con fundaciones a las que dan nombre, brinda a los técnicos un mayor margen para reuniones y entrenamientos extra así como un mayor descanso para todos.

El problema derivado es simple. Se acometió la primera solicitud de los jugadores a costa de agravar la segunda: las apreturas del calendario. Para su solución Silver estudia ya dos medidas: 1) reducir la pretemporada a la mitad, y 2) retrasar el final de la liga regular.

Con ello se ganaría un tiempo precioso para aliviar la sobrecarga de partidos. De esto informó ya Zach Lowe en diciembre al decir que de manera informal la NBA venía estudiando reducir la pretemporada a una semana. Cambio que no vendría solo y que acaso permitiera ocupar otra semana en abril.

La idea consiste en ganar unos diez días al calendario de liga regular y reducir en lo posible los back-to-backs, con diferencia, el factor que más incomoda a los equipos. «Nuestra temporada está demasiado apretada ahora mismo aceptaba Silver, lo que requeriría de nosotros retrasar algo su comienzo. Pero al mismo tiempo es una temporada terriblemente larga. Por lo que no estoy seguro si queremos prolongarla aún más. Pero vamos a examinarlo».

Esto que a priori deja intacto el formato de ochenta y dos partidos, un molde estable desde 1967 que no pocos jugadores cuestionan pese a haberlo expresado muy pocos entre los que se cuentan Nowiztki o James, tiene también su revés. Y lo tiene entre aquellos propietarios que aplauden cada dólar que ingresan. El problema de asaltar la pretemporada pasa por reducir el margen para llevar la NBA a otros países. El escaparate ahora denominado Global Games sigue proporcionando beneficios netos a la vez que cumple anualmente el mantra de expansión y negocio.

Arrancar una semana a la pretemporada no frustraría estas salidas. Pero reduce tanto el margen que los equipos deberían aceptar pasar la mitad de su preparación fuera de casa, como en mitad de un viaje todavía de placer. Y nada incomoda más a un técnico escrupuloso. No obstante compensar esa pérdida es relativamente sencillo. Basta conceder mayor prioridad a los partidos de liga regular en el extranjero, abundar esas visitas en pleno calendario y no tanto en el colchón de octubre, hacia el que Silver muestra una complacencia fingida. «Esperamos jugar pronto un partido de pretemporada en Australia», respondía a un aficionado aussie en su reciente chat desde la Bay Area. Dicho esto, en la práctica sería posible reducir la pretemporada y retrasar el final de la liga regular. Si se pretende sanear el calendario no acude remedio más a mano.

Sin abandonar todavía el escenario del All Star, cuyo partido Silver está abierto a disputar fuera de Estados Unidos, una de las intenciones más veladas y apasionantes de su agenda tiene ya su preludio en esta edición de 2015. «El BBVA Compass Rising Stars Challenge firmaba la nota presentará un formato que enfrentará a jugadores NBA de primer y segundo año de los Estados Unidos contra jugadores NBA de primer y segundo año de todo el mundo». No es difícil intuir el órdago a la vista. Hacer exactamente lo mismo en términos totales. En la NBA más internacional de la historia enfrentar a estadounidenses y extranjeros admite por primera vez una posibilidad material, un doble sentido deportivo y comercial.

Cristalizar esta propuesta que tanto fascina a la mitología paneuropea, a la persistente aspiración de la identidad nacional dentro de la fortaleza NBA, supondría abrir una ventana de increíble atractivo sabiéndola más posible que nunca cuando el yacimiento internacional permite seleccionar un equipo a la altura de la idea. Una idea de tono más lúdico que las contadas y blindadas citas del mundo FIBA, cuyo comité ejecutivo, dicho sea de paso, se traslada a Nueva York estos días con fines consultivos bajo el mando de Mark Tatum, mano derecha de Silver y responsable de la unidad exterior de negocio (Global Marketing Partnerships / Global Operations & Merchandising / Team Marketing & Business Operations).

David Stern. Foto: Cordon Press.
David Stern. Foto: Cordon Press.

La tan manida expansión de franquicias al extranjero sigue quedando lejos, puede que tan remota como aquella primera mención de Stern en Italia el verano de 1984. Pero dado que no ocurre lo mismo con la sagrada International Basketball & Business Expansion, materializar anualmente ese partido bajo el auspicio NBA lo asume Silver también como negocio de alta prioridad. En otras palabras, consciente del crecimiento limitado del mercado NBA en los Estados Unidos, Silver observa como preferente el vasto territorio extranjero, un mercado infinitamente versátil y conquistable. Y tal y como sugieren los informes contables, un partido de esas características actuaría como detonante en suscripciones al League Pass en los países cuyos jugadores se vean representados, en nuevos derechos de TV y, en consecuencia, en el siempre presente botín de la mercadotecnia. Concentrar todo ello en un partido de alto nivel, un duelo con aditivos sanguíneos, satisface todas las premisas. A diferencia de Stern, que jamás atendió a mayor nacionalidad que la que dictan las tres siglas, Silver no teme patrocinar un evento al que arropar de cobertura planetaria. Y más que a los propietarios tan solo cabría convencer a los jugadores. Porque mientras reclaman mayor descanso habría que persuadirles de encajar ese partido en algún punto de un calendario que ya estiman saturado, bien como parte del All Star bien fuera de ese intermedio.

Al margen de especulaciones, Silver ha mostrado gran habilidad acometiendo, de primeras, el cambio de formato en el partido de los novatos, un evento evaporado tras veinte años al vulnerar su condición de partido y cuyas audiencias presentaban un descenso imparable. Este nuevo formato permite: revitalizar la competitividad perdida y observar índices de audiencia como banco de pruebas para estudiar un salto mayor. Incluso uno mayor al USA Vs Mundo en la fortaleza NBA.

Se explica.

Esta posibilidad guarda relación con una información aparecida el pasado mes de julio durante la Summer League de Las Vegas según la cual Silver siente una particular atracción por los torneos cortos de la escena internacional, torneos paralelos a la competición oficial que tanto enriquecen a otras ligas fuera de los Estados Unidos y a cuyo ejemplo acude la Copa del Rey en el baloncesto español. En la NBA esta hipótesis abriría un gran abanico de posibilidades una de las cuales pudiera agrupar a los cuatro u ocho mejores registros a mitad de temporada, estimulando así la primera parte de la competición. Una información sellada asegura que la presencia del comité ejecutivo de la FIBA, más cercano que nunca a la ULEB contra las pretensiones de la Euroliga, tiene entre su hoja de ruta alcanzar un preacuerdo para incorporar a mitad de temporada a cuantos equipos sean requeridos para la disputa de un torneo (llamémosle) de similar corte al Mundial de Clubes de fútbol en formato Final Four auspiciado por la NBA y cuyos derechos de TV gestionaría mínimo al 75 %, única condición que Silver estima ineludible.

Con el refrendo de la FIBA, importa a la NBA el concurso de la ULEB si han de negociarse las ventanas del calendario para la incorporación de un nuevo evento. Ventanas que la agenda de Silver contempla en cuatro fechas: septiembre, pretemporada oficial, paréntesis All Star y una última (de muy difícil encaje) inmediatamente posterior al título NBA.

La ULEB presta su apoyo a toda alianza entre los dos gigantes por su abierto interés en fuertes inversiones que aseguren la viabilidad en Europa y pongan freno a los planes de Euroliga. De otro modo, la ULEB observa como importables los ejemplos de inversión exterior NBA que ofrecen ya China, Brasil y Filipinas, y cuyo primer terreno, de acuerdo al proyecto inicial de Silver, tendría a Italia como banco de prueba. Una inversión en Europa de esta magnitud sería el primer paso a una colonización a largo plazo cuyo último objetivo sería, entonces sí, la fundación de una división europea, su primer embrión.

Al margen de factores políticos y financieros, de un peso colosal, seduce a Silver la idea de incorporar al palmarés anual NBA un título nuevo, un estímulo al mayor de todos y una alternativa al único que conoce la liga desde su origen.

Nada de esto es sencillo. El calendario de ochenta y dos partidos, que sigue resultando intocable, permite muy poca flexibilidad para materializar algo así. Pero ya es sobradamente relevante la realidad de estudiar la propuesta y el reconocimiento de no ser descartable de facto.

Todas estas mociones se suman a otras que, cristalicen o no, se admiten al menos a trámite. Y del año que cumple en su mandato la existencia de ellas es sin duda lo más interesante de cuanto, por el momento, representa la figura de Silver, de igual condición emprendedora que su predecesor en el cargo y con similar intuición a las necesidades de su tiempo. Pero de maneras muy diferentes.

La última propuesta en pasar a la mesa atañe nada menos que a la estructura de los playoffs. Silver admite ya como endémico el desequilibrio entre Este y Oeste así como la aplastante lógica de que sean los dieciséis mejores equipos los elegidos para disputar la postemporada. Por lo ya sugerido, se trataría de dar acceso a los seis campeones de división única cortesía a una cartografía histórica más los diez siguientes mejores registros. Para aliviar el engorro de los viajes Silver ha salido ya al paso recordando que cada franquicia cuenta hoy con su avión privado y que por logística no habría problema. «Queremos ver a los mejores equipos en playoffs», resume como preludio de una reforma que no vería cuerpo real antes de la 2016-17.

La magnitud del remedio incluso puede compensar un factor desigual que aún resistiría: la ventaja y desventaja de jugar cincuenta y dos partidos contra la Conferencia propia (y treinta contra la rival). Y como sugería Kurt Helin, al carajo con las rivalidades regionales cuando un Sixers-Knicks o un Knicks-Celtics pueda, en el mejor caso, importar solo a esos mercados locales mientras que un Celtics-Thunder en primera ronda pueda hacerlo con una audiencia mayor.

Pero como toda propuesta tiene su reverso, cabría aquí objetar el enorme peso de la tradición: la renuncia histórica a enfrentar en las Finales a Este y Oeste, de un ancestral simbolismo que vivió su cumbre cultural en la rivalidad Lakers-Celtics y que aún hoy goza de gran fuerza. Tampoco es despreciable el reparo que puedan oponer los propietarios de los equipos del Este, cuyo número de votos compensa administrativamente el irresoluble desequilibrio deportivo entre ambas Conferencias en lo que llevamos de siglo. Una disparidad que en 2008 vio a los ocho equipos del Oeste por encima del 60 % de victorias y a doce del Este por debajo de ellas y que el año pasado impidió clasificar a un equipo, Phoenix Suns, cuyo registro (48-34) equivalía al tercero del Este.

Preguntado por ello y como acostumbra, Silver elude cerrar la puerta. «No creo que esta discusión termine aquí». Como obra de ingeniería, el nuevo comisionado no olvida el arranque de Stern en 1984 abordando, de primeras, el rediseño del tramo decisivo de la temporada. «Con Stern nació el formato moderno de playoffs concediendo por fin la merecida relevancia a la primera ronda», a la que dotó de cinco partidos, permitiendo en su estreno la eliminación de los campeones y las mejores series finales nunca vistas y, de nuevo, en directo para toda la nación. «Consumado aquel primer acto tuvo la diligencia de escuchar las protestas de Auerbach sobre el exceso de viajes en el último tramo del año. Protestas que una vez consultadas con su comité resolvió admitir modificando el formato de las series finales al 2-3-2 que ha marcado los últimos treinta años de competición. Porque Stern nunca rehusó la consulta si le ganaba la intuición de que algo podía mejorar». («David Stern que estás en los cielos», Jot Down, feb. 2014). Cuando en 2003 aumentó a siete la primera ronda decía dotar a la postemporada de uniformidad. Pero hurtaba buena parte del factor sorpresa y sobre todo, la verdadera razón que motivó el cambio: más partidos procuraban mayores beneficios.

Todavía Silver no descarta cruzar nuevas fronteras, pequeñas y grandes. Incómodo por la primera ausencia de Lillard como lo habría estado por la de Cousins también ha postulado ampliar el número de plazas para acudir al All Star. Preguntado también por una posible caducidad de las rondas actuales del draft, Silver no faltó a la cortesía de mencionar el necesario paso por el CBA añadiendo: «Dado el enorme talento global podría tener sentido aumentar el número de rondas algún día». No obstante, es la problemática del tanking la que mayor quebradero de cabeza sigue dando sin que haya solución a la vista mientras se estudia una intervención eficaz.

Michele Roberts. Foto cortesía de www.nba.com.
Michele Roberts. Foto cortesía de www.nba.com.

Todas estas iniciativas, que en otros casos no pasarían de meros brindis al sol, hacen a Silver creíble por su inclinación experimental, al modo de aquel partido de cuarenta y cuatro minutos. Ha sido bajo su recién nacida égida que el nuevo contrato de TV ha triplicado casi al anterior, que el valor promedio de las franquicias se ha incrementado un 74 % en su primer año —el mayor repunte registrado nunca en una Major— y que hay constancia de lo mucho por hacer empezando por comprobar cuánto de pose hay en la beligerante Michele Roberts, nueva cabeza visible de los jugadores, y cuánto de real. «Roberts rechazaba los límites del tope salarial, la edad mínima de ingreso y el actual sistema de reparto (50-50) salido con sangre y sudor del cierre de 2011. Calificaba el actual calendario de temporada como excesivo y no descartaba defender su reducción sin que los jugadores sufran una devaluación salarial. El billonario contrato de TV alentó a Roberts a esta posible nueva cruzada». («Tiempo y dinero», Revista NBA, dic. 2014).

De entrada Silver se ha ganado la confianza del principal capital del imperio NBA: los jugadores, a cuyas demandas se ha mostrado sensible. Preocupa al principal legislador el obsceno desfile de lesiones y el modo de sanear un calendario que incrusta 1230 partidos en menos de seis meses. Y aquí es donde mayor influjo ejerce el peso de la tradición. No hay milagros pero tampoco temor ni pereza al cambio. La nueva NBA está en sus manos y su diseño ha comenzado. Esa firme voluntad de progreso destacábamos al inicio de estas líneas, de las que Silver se ha demostrado autor en un solo año. Multiplicado por los treinta de quien le precedió en el cargo, sería incluso concebible la audacia de abordar el cambio más relevante del siglo: la redimensión de la pista con prioridad a su ancho.

Silver sabe valorar la historia. Y la historia, las grandes ideas.


David Stern que estás en los cielos

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David Stern. Fotografía: DP.

Si veinte años no es nada treinta serán poco más. Y sin embargo cubren casi media historia de la NBA. Treinta son los años que David Stern ha estado al mando. Treinta y ocho los que ocuparon sus tres cargos precedentes —Maurice Podoloff (1946-63), Walter Kennedy (1963-75), Larry O’Brien (1975-84)—, honorables señores cada uno de los cuales fue fiel producto de su época.

Stern, en cambio, admite la doble condición de coetáneo y precursor, de conservador y visionario, de presente y futuro si es que alguna vez comprendió su tarea de manera diferente.

La fortuna y David Stern fueron siempre de la mano. El brillante abogado neoyorquino graduado en Columbia al que la prestigiosa firma Proskauer Rose echó el lazo tan pronto pudo ejercer, tuvo suerte desde el principio. De la mano del viejo O’Brien, al que los tiempos rebasaban tal vez porque nunca logró superar la muerte de JFK a cuyo ascenso a la presidencia contribuyó como director de campaña, Stern asumió el cargo en el momento en que alguien tocado por la varita divina debía hacerlo. El 1 de febrero de 1984 la NBA tenía exactamente todo lo necesario para hacerla estallar. Pero nadie daba un centavo por aquel tipo pequeño con gafas que remataba su aspecto anodino con un bigote ridículo.

Acaso fuera cuestión de ponerse manos a la obra.

Pocos días antes el joven Stern había visto materializada en el All Star la idea por la que tanto había insistido al viejo jefe desde que lo viera hacer en la ABA. Añadir actuaciones al fin de semana de las estrellas. «¿Has visto lo que hacen esos chicos? A la gente le encanta. ¿Por qué no hacemos un concurso?». Y los mates vinieron así como a bautizar una era.

Con Stern nació el formato moderno de playoffs concediendo por fin la merecida relevancia a la primera ronda. Y como predestinado el resultado no se hizo esperar. En ella cayeron los vigentes campeones Sixers a manos de los Nets, el maltratado equipo del estado donde Stern se había criado. Pero dos semanas después el recién llegado denegaba el recurso de los Nets por lo que estimaban una irregularidad del reloj en la jugada decisiva de su posterior eliminación ante los Bucks.

No era preciso más. En apenas dos gestos Stern delineaba ya la que sería su futura línea de actuación, su creatividad y firmeza en gestión política, de una autoridad muy precisa.

En su estreno disfrutó de las mejores series finales de la historia hasta entonces. El rescate del viejo enfrentamiento entre Lakers y Celtics añadía una nueva dimensión en la presencia de Magic y Bird. Si cinco años antes ambos habían protagonizado el duelo entre canastas más visto en la historia del país ahora ocurría lo mismo en la escena profesional, que contaba para colmo con la mejor generación de jugadores nunca reunida.

Consumado aquel primer acto tuvo la diligencia de escuchar las protestas de Auerbach sobre el exceso de viajes en el último tramo del año. Protestas que una vez consultadas con su comité resolvió admitir modificando el formato de las series finales al 2-3-2 que ha marcado los últimos treinta años de competición. Porque Stern nunca rehusó la consulta si le ganaba la intuición de que algo podía mejorar. Razón por la que de aquel recurso de los Nets guardó en silencio en su despacho la objeción del técnico Stan Albeck: «We really need some sort of horn or a light that’s connected with the one that now indicates the end of the period. It would be a tremendous help to the officials and it would take away some of the judgment. Those things can be costly, especially in the playoffs». Nunca relajó la alerta ni la intuición de lo importante.

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Magic Johnson y Larry Bird. Fotografía: NBA.

Pero su primera obsesión tuvo raíz económica.

Pretendía evitar los males que azotaron la legislatura O’Brien y que cerca estuvieron de abismar la liga en la quiebra. Para garantizar la viabilidad del negocio, el fundamento más sagrado de su política de principio a fin, se estableció un límite salarial que perfiló entonces como el proyecto de un marco financiero que adecuar gradualmente a las necesidades del porvenir. Nadie lo sabía entonces. Pero arrancaba allí una fantástica obra de ingeniería sin fin para preservar los cimientos saneados y el edificio intacto. Edificio que añadiría pisos cada nueva temporada como si no hubiera cielo y sin aparatosas obras a la vista, el vivo ejemplo por el que algunos economistas mojaban la almohada.

Sumó a ello la lotería en el draft para evitar desmanes como el de Houston Rockets, en abierta sospecha luego de hacerse dos años seguidos con dos números uno —Sampson y Olajuwon—, para el segundo de los cuales perdieron catorce de los últimos diecisiete partidos y nueve de los últimos diez con una quíntuple traca final. Nunca el tanking, esa acusación tan repetida hoy, lo fue tan veraz y desvergonzado.

Y aun Stern fue lo bastante hábil para hacer creer que acometía aquella doble operación —tope y sorteo— en nombre de la igualdad, por su exclusiva razón, sabiendo mejor que nadie que la igualdad es un mito en mercados desiguales y encubriendo con ello su verdadera intención, que no era otra que limitar la tendencia natural de los peores propietarios al sobrepago a la estrellas con el consiguiente riesgo de contagio y dispendio, el atajo hacia el derrumbe. Porque la salud de la fortaleza por encima del mosaico de estancias, el control por encima de la igualdad, resumieron su credo diario durante treinta años. Credo que solo confesaba de puertas adentro.

Con Michael Jordan como caído del cielo el cuadro quedaba completo y el juguete más preciado estaba ya en sus manos. Y para lucirlo emprendió aprisa la tarea de instalarlo en todos los televisores del país. Comprobó que el cable era la primera solución para la emisión regular en los mercados locales y acordó con el magnate Ted Turner un contrato inicial de cincuenta millones por dos años, contrato cuyas sucesivas renovaciones reportarían a la NBA hasta 2008 cerca de cuatro mil millones de dólares. Ordenó la grabación, gestión y procesado de todos los partidos de la competición a través de un departamento (NBAE) que actuaba como productora y cuyo último término —Entertainment— resumía a la perfección el espíritu de una época, la suya, la primera Edad de Oro. La universalización del producto quedaría entonces en manos de gigantes tales como CBS, FOX y Warner entre otras. Pero las únicas siglas que brillaban en el primer plano eran otras.

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Michael Jordan. Fotografía: Diegoestefano97 (CC).

En 1989 el producto había dado tal salto que diez años atrás parecían un siglo. Y lejos de presentarse a las televisiones por la puerta de atrás, con sigilo y sudores fríos como habían sufrido los comerciales de la liga a finales de los setenta, Stern contaba con la seguridad de la demanda sin fin. Suplantó la vetusta CBS por algo más acorde a los tiempos conquistando un contrato a la NBC por más de seiscientos millones de dólares, una inyección que garantizaba años de estabilidad. Y no dejaría en adelante ni un solo detalle audiovisual que escapara al control de una NBA que tenía la lógica prioridad de alzarse a la vanguardia de las majors en tecnologías de imagen.

Para entender la magnitud del cambio pocos eventos comparables al draft. Durante décadas consistió en una cita entre ejecutivos que tomaban notas en una cuartilla mientras un coordinador deletreaba las elecciones por teléfono a la oficina central. Poco más que una timba privada de tantas horas como cigarrillos y rondas. Hoy en día el evento se ha universalizado convirtiéndose en una gala que santifica el destete de los nonatos con todos los ingredientes del espectáculo televisado, como unos Grammy que bautizan el acceso al Reino, ocupando la gorra el lugar de las aguas y Stern la mano obispal. Esta imagen, este sobredimensionado ritual es ya indisoluble de las pantallas apenas terminada la temporada. O iniciada la siguiente.

A Stern, no obstante, le tocó desde bien pronto el papel de aguafiestas.

El abogado puso fin a la orgía de droga que desde mitad de los setenta venía infestando las entrañas de la liga entre alcohol y cocaína. No le tembló el pulso para condenar al reincidente Micheal Ray Richardson, todavía una estrella, o a dos miembros del equipo subcampeón, Lewis Lloyd y Mitchell Wiggins, como no le temblaría nunca en una dura operativa a largo plazo cuya posible obstrucción terminó por disolverse con la tragedia de Len Bias en 1986 y el escándalo de los Suns un año después.

Pero como expulsar equivalía también a marginar y la condición de drogadicto equivalía a la de enfermo Stern supo también aflojar. No ya a través de algunos indultos. Sino con la destreza de la política amable estableciendo programas de prevención y ayuda que la NBA habría de abanderar. Desde entonces el número y cobertura de los servicios no dejaron de aumentar dentro de un marco de compromisos sociales que culminaría en 2005 con la creación del NBA Cares, un departamento con un presupuesto inicial en torno a cien millones de dólares que implicaba a jugadores y organización en programas de prevención y servicios benéficos, campañas de trabajo para la comunidad, programas educativos infantiles, recogida de alimentos, vida saludable, conciencia ecológica y prevención de enfermedades.

Precisamente una de ellas hizo sonar la bocina de que la fiesta, la genuina y programada, tocaba a su fin con el fatídico adiós de Magic Johnson como portador del virus del sida. Stern supo entonces situarse donde debía, facilitar las condiciones para que su estrella liderase una causa mundial y organizar una despedida de honor. Porque su aparición en el All Star Game de Orlando fue, como guionizada por Disney, una de las veladas más hermosas que el deporte haya ofrecido jamás.

Ese mismo año la presencia de la NBA en los Juegos Olímpicos era el premio que el baloncesto se permitía en la cumbre de un siglo de existencia con el mejor de sus productos. Stern no se arrogó la caída de la barrera más infame que había separado ambos baloncestos. No ahorró en elogios hacia Boris Stankovic como el promotor de la idea evitando la tentación de denunciar la mayor estafa administrativa que mantenía la FIBA hasta la votación de Múnich de 1989, que derogaba la cláusula por la que el baloncesto NBA era profesional y todo aquel bajo el marco FIBA amateur. Stern se opuso entonces a la decisión casi unánime del comité de propietarios, contrarios a la participación, convenciéndolos de que debían aceptar la invitación, de que eran otros tiempos, de que era bueno para todos, de que había llegado la hora de romper las fronteras y mostrar al mundo su tesoro en el mejor escenario posible. No era otra su ambición.

Aquella fue la cima, el fin de fiesta, y en términos personales, la cumbre más alta jamás conquistada en el mundo del deporte por un miembro de la comunidad judía, una minoría de tormentosa trayectoria que había resultado crucial en el desarrollo del baloncesto en la cuna del Noreste desde los albores de siglo hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial, duros tiempos en los que buena parte de la sociedad americana despachaba a los judíos como ratas suburbanas. Stern encarnaba así el umbral de los suyos.

Aquel año fue de paso el detonante de la mayor transformación demográfica en la historia de la NBA desde la integración racial en los años cincuenta.

No deja de ser curioso que su política expansiva tuviera un inesperado recorrido que en el fondo arrastraba décadas de retraso. Porque la fundación de una División Europea como precursora de un expansionismo auspiciado por la propia NBA es idea, acaso la más peregrina de su discurso, mencionada ya al poco de llegar al cargo en 1984. «Dentro de su inmensa política operativa estrechar lazos con Europa y las competiciones más importantes del espectro FIBA se convertiría en una prioridad estratégica que el paso del tiempo acabó confirmando como uno de sus principales legados. Ya entonces Stern insinuaba en Italia, a donde acudió en septiembre presidiendo la gira de Suns y Nets, que algún día la NBA podía extender sus dominios a Europa, una de las ideas más recurrentes de su personal figura en las siguientes tres décadas. Sin embargo el proceso de internacionalización emprendido entonces no brindaría los resultados previstos en los términos que Stern adivinaba. Irónicamente aquella política expansiva de la NBA por todo el globo acabaría traduciéndose en el masivo ingreso de jugadores internacionales en la competición, un paradójico proceso de colonización inversa por el cual la NBA no emigró hacia el exterior tanto como el exterior lo hizo hacia ella, configurando un panorama de integración diametralmente opuesto al que había conocido hasta entonces»Invasión o Victoria», p. 314). Hasta la fecha la realidad ha demostrado esta expansión como la válida y verdadera, como la única real. La otra no es sino mercado de consumo.

Y aquí el mayor éxito pudo concentrarse abriendo el nuevo siglo.

China era el mayor mercado del mundo que Stern pretendía abrir a través de Yao Ming, para lo cual hubo de negociar directamente con las autoridades orientales, que si bien relajaron sus defensas con el emblemático gigante no lo hicieron con el caso menor de Wang Zhizhi. De toda aquella operación hacia China, maniobra que ahora figura algo apagada, queda, y no residualmente, el interés de una audiencia que incluso menguante sigue siendo masiva.

Nadie escapa a la crítica, menos un alto cargo, y Stern no fue una excepción. Si bien su caso admite mejor hablar de críticas. Porque supo preservar el suficiente equilibrio para impedir la existencia de un sector unánime y regular en su contra. Así fue hasta el ocaso de su mandato, cuando sucesivos temporales hicieron zozobrar la embarcación por distintos frentes.

Cuanto mayor alcance sus decisiones, cuanta mayor firmeza y autoridad, más intensas fueron las críticas. Decisiones drásticas a sucesos drásticos, como la batalla del Palace (2004), cuyas sanciones el tiempo no demostró descabelladas para lo que pretendía imponer. Curiosamente aquel incidente, el más grave sufrido nunca en escena, tuvo lugar diez años después de presenciar en directo otro altercado, el célebre entre Knicks y Bulls en el tercer partido de las semifinales del Este. A unos pocos metros de la trifulca Stern gestaría una nueva restricción: la salida de los banquillos durante una pelea, medida que al cabo provocaría consecuencias deportivamente sangrantes, las dos más célebres de las cuales padecieron en plena batalla por el título los Knicks en 1997 y los Suns en 2007.

Para erradicar la violencia no escatimó métodos expeditivos.

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Fuente: WIzznutzz.com

En el fondo todo respondía a la visión panorámica de la que su particular óptica nunca se vio libre, como el jugador de ajedrez que antepone el tablero a las piezas. «La historia de la NBA es también la historia de una sucesiva y metódica represión de la violencia. No tanto de las pulsiones violentas como de su liberación. (…) En relación con tiempos pasados la NBA actual es una bucólica pradera de juego. (…) Peligros también autorizados para todos los públicos»El ocaso de la violencia», 2010). Por eso lo ocurrido en el Palace no fue una simple pelea por muy cruenta que resultara. Los sucesos consumaban un seísmo que agotó la paciencia del dirigente, obligándole a la difícil tesitura de cortar por lo sano aun a riesgo de enfrentarse, más que a la masiva, exhibicionista y desafiante cultura negra del hip hop, a su versión más vulgar y agresiva en el frente gangsta.

Para detener lo que entendía como peligrosa infantilización de la NBA del tono menos edificante acordó con la NCAA la implantación del límite de edad en diecinueve años —que su sucesor desea elevar a veinte— o una temporada de margen entre la graduación del instituto y el debut en la liga. Con ello conseguía encubrir una vez más otro de sus firmes propósitos: poner freno a la depredadora prospección de cachorros, con sus tiburones y marcas detrás, en los institutos y competiciones AAU del país. De otro modo: reprimir la creciente corrupción del sistema en su antesala.

Introdujo además una medida impopular, una nota menos cosmética que social y por la que hubo de hacer frente a sus primeros agravios de tipo racial. El código de vestimenta para los jugadores parecía no más que un paternalista lavado de chapa y pintura pero en el fondo encerraba un propósito muy superior al aparente: una imagen, siempre la imagen, que ofrecer al exterior. Se diría que en una escala de arquetipos David Stern y Allen Iverson así como la cosmología que ambos representaban ocupaban a enorme distancia la proa y la popa de la embarcación. Y el capitán impuso su autoridad una vez más.

Con el paso del tiempo aquella medida ha devenido en un inesperado mercado de firmas que visten y lucen a algunas de las estrellas de la liga, ejerciendo de paso su influjo y vanguardia en el frenesí de la moda, en el siempre vivo escaparate off the court. Y también aquí calmaron las aguas.

Porque como por arte de magia terminaba por extraer de cada conflicto un rédito comercial.

Stern hubo de hacer frente a tres cierres patronales en 1995, 1998 y 2011. Compartieron los tres el dinero como denominador común pero un diferente sector sublevado.

En el primero Stern consiguió establecer la rookie scale ante el recelo que despertó entre los veteranos el caso Glenn Robinson y su demanda contractual de cien millones de dólares. Fue el primer frenazo a la escalada que culminaría con otro cierre tres años después. Porque si en el anterior fueron los novatos quienes vulneraban la jerarquía ahora eran las estrellas quienes reclamaban la suya con el riesgo de absorber tres cuartas partes del pastel. Para evitarlo Stern atrajo hacia sí el apoyo de la clase media, contraria a resignarse a las migajas.

Su última gran batalla, la que más daño pudo causar a su biografía, fue el cierre de 2011. Siguiendo la línea de desgaste público iniciada a mitad de la década anterior Stern sufrió esta vez la desaprobación general de público y jugadores ante las demandas de los propietarios de mejores repartos. El dirigente apareció entonces como el ogro abanderado de la insaciable codicia de los dueños del circo, debidamente guarecidos tras el rostro del jefe luego de exigirle una total inflexibilidad en las negociaciones. Y la victoria fue para ellos, conquistando el anhelado reparto a medias entre empleados y empleadores. Pero Stern no saldría ileso. Fue diana de los peores y más intensos reproches que culminaron con la metáfora esclavista denunciada por Jeffrey Kessler, abogado del sindicato de jugadores: «David Stern trata a los jugadores como a los trabajadores de una plantación».

Para Stern nunca fue momento de sacar pecho por presidir la organización más avanzada en términos de integración racial de todo el país —y posiblemente del mundo—. Fue esta otra de sus obsesiones silenciosas. Que la masa social que ocupaba base y despachos estuviera integrada por una representación lo más amplia posible. No en vano la NBA terminaba año tras año obteniendo las mayores puntuaciones en la Racial & Gender Report Card, un informe anual que vela por la equitativa distribución racial y el respeto a las minorías.

Fue además durante su mandato, y no antes, cuando tuvo lugar un hermoso hito con décadas de retraso. El momento en que el calvario sufrido por la comunidad afroamericana en el deporte de la canasta durante la primera mitad de siglo tendría por fin su merecido reconocimiento nacional. En su sesión primera del 6 de octubre de 2005 el Senado de los Estados Unidos emitía una resolución compuesta por diecisiete puntos a través de los cuales la nación americana expresaba su histórico reconocimiento a la lucha de los afroamericanos por la igualdad y la integración en el mundo del baloncesto, el deporte a cuyo mando se encontraba el mismo hombre que resolvió absorber el Black History Month, el Martin Luther King Day, la Noche Latina o el Basketball without Borders. Programas, eventos y campañas que incorporar para siempre en el calendario NBA.

Si alguna vez la táctica pudo encubrir un trasfondo comercial nunca lo hizo de manera más diplomática y de más admirable destreza.

No deja de ser llamativo que las sucesivas oleadas críticas de los jugadores tuvieran siempre como fondo sus particulares intereses. No solo ocurrió en los tres conflictos laborales, de los cuales dos quebraron el fingido acuerdo entre ellos. También cada vez que tocó a Stern maniobrar contra la posible existencia de las sustancias trampa. A escasas fechas de negociar el convenio de 2005 el dirigente fue igualmente claro ante el comité de congresistas reunidos en el Capitolio. Sometido a la Drug-Free Sports Act de 2005, de mayor cobertura que la Anabolic Steroids Control Act del año anterior, aclaró: «Nuestro programa será mucho más firme, pero si el Congreso estima oportuna una nueva legislación nos reuniremos [con los jugadores] para rebasar incluso el cumplimiento de cualquier normativa que ustedes dispongan». Nunca dio Stern un paso en este sentido que no despertara las inmediatas reservas del Sindicato de Jugadores y los peores nervios de su representante Billy Hunter, de agresivo recelo a los controles y sanciones.

No fueron pocos los conflictos en la última de sus tres décadas.

Las relocalizaciones siguen siendo una herida abierta desde que en 2002 los Hornets salieran de Charlotte camino de New Orleans previo paso por Oklahoma City a causa del Katrina. Y la ciudad aprovechó la ocasión para adjudicarse un equipo a costa de los Sonics, una de las franquicias más atractivas de la NBA que seguirá clamando contra su despido. Stern detuvo los intentos del entonces dueño de los Hornets, George Shinn, que empeoraba todo un poco más tras ser acusado de agresión sexual, de rematar New Orleans camino de Oklahoma. Pero Stern se mantuvo firme. El cruel paso del Katrina por la ciudad del jazz le inhibió de sacar de allí al equipo, aunque para ello tuviera que hacerse cargo de la franquicia entera, como así ocurrió. Es lo que no ha podido lograr aún la Seattle que perdió el suyo. Stern se marcha con pocas fisuras. Pero tal vez ninguna más desagradable que esta.

El escándalo Donaghy fue sin duda uno de los momentos más delicados de su gobierno. Porque lo ocurrido podía trascender incluso su cargo, ir mucho más allá.

El verano de 2007 el New York Post informaba que un árbitro —Tim Donaghy— estaba siendo investigado por el FBI por presunto fraude en el ejercicio de su profesión debido a las apuestas. La acusación fue probada. Y el caso había influido en las finales del Oeste de 2002 entre Lakers y Kings. Material suficiente para derrocar a un presidente. Pero las investigaciones posteriores, la comisión independiente encargada por la propia NBA y la colaboración del cuerpo arbitral lograron aislar a Donaghy como oveja negra en solitario antes de su ingreso en prisión. «I can tell you that this is the most serious situation and worst situation that I have ever experienced either as a fan of the NBA, a lawyer for the NBA or a commissioner of the NBA». En suma, que el cuerpo, como algunos sectores se habían arrojado ya a denunciar, lejos estaba de andar podrido. No obstante Stern implementó entonces un programa externo de gestión y control de su departamento arbitral. Y el silencio lo cubriría todo después.

Una de las aportaciones más valiosas y menos enunciadas de la era Stern pasa por su dirección en la ingeniería del juego. El Comité Colangelo nació para solventar el atrincheramiento de la pintura y la depresión del juego ofensivo fruto de los cuales el baloncesto NBA sufrió un infarto durante el oscuro periodo 1999-2004. Todo arrancó en la simple restricción del hand checking. Pero el marco de actuación propuesto era mucho mayor, de una gradual intervención quirúrgica prolongada en años que terminó liberando al cabo todas las potencias ofensivas reprimidas durante aquel lustro.

A lo que habría de acompañar, como de costumbre, un guiño divino. Porque igual que Magic y Bird echaron un primer cable a David Stern, así abanderó el cambio entonces el radiante experimento de Phoenix proyectado por Steve Nash, «el principal culpable de cuestionar muy seriamente el sustrato ideológico que había promovido la NBA durante más de una década hacia una colisión generalizada de las potencias defensivas y su paralela devaluación anotadora» (Una mente maravillosa, 2008). Era el alumbramiento definitivo de una nueva era.

El resultado de una operación semejante puede observarse hoy día en todo su esplendor. Y así el ritmo de juego —a medir en posesiones por partido— no ha hecho más que repuntar desde entonces, siendo el actual el más alto desde la primera retirada de Jordan, hace ahora dos décadas. Lo que en el cuadro de otra fabulosa generación de jugadores permite insinuar una segunda Edad de Oro.

Aun expirando su mandato, aun calientes los ánimos tras liquidar el cierre de 2011 a su favor, aun en sus índices más bajos de popularidad, tuvo arrestos de vetar el traspaso que daba con Chris Paul en los Los Angeles Lakers. Ocurrió que inmediatamente después de hacerse público los propietarios se le echaron encima en masa con el fin de impedirlo y Stern no hizo sino ejecutar el voto de la mayoría absoluta. Empleó para ello la coartada de que el traspaso múltiple dejaría a New Orleans, uno de los tres equipos implicados y propiedad de la NBA, como un solar, en la peor coyuntura posible para su venta.

Luego de presentar a su sucesor en el cargo aún tuvo tiempo de una última miel en términos de imagen cuando Jason Collins anunció su condición homosexual. Stern tomó el mando una vez más sin demora. «We are proud he has assumed the leadership mantle on this very important issue», cerraba el comunicado replicando igual orgullo al mensaje del hombre que lo había motivado.

Cumplido asegura quedarse también con el legado de otras dos competiciones de diferente signo: la NBA Development League y la WNBA, de cuya estabilidad, aun por encima de su fundación, dice sentir un orgullo especial mientras la NBDL va ganando anualmente en operatividad y son ya catorce de los diecisiete equipos que la componen los que ejercen como filiales de franquicias.

Obviamente el paso del tiempo suele ser favorable a los grandes productos, como si no fuera necesaria mayor intervención. Pero si algún legado magistral deja este hombre, si alguna destreza superior a cualesquiera homólogos en la historia del deporte, si algo mejora el regalo que cada competición pudo ofrecer a sus espectadores, es sin duda el envoltorio. Y el envoltorio de la Stern Era (1984-2014) es sin duda el más deslumbrante nunca visto. Como alquimista de la mercadotecnia nunca el espectáculo en el orbe deportivo dio mejores resultados.

Por nadie.

NBA owners talk a lot, but ultimately they deferred to Stern every single time they had a tough decision to make. For better or worse, he ran the league unilaterally (Tom Ziller).

No hay biografía intachable. Hay obras que juzgar o no las hay. Y aquí en pleno siglo XXI prosigue el cuerpo vivo y coleando, igual de joven y fresco, la belleza de esas siglas intacta y el valor por las nubes, de donde rara vez descendió. No mientras el piloto, que parecía serlo para siempre, continuara a los mandos.

Mandos que ahora asume Adam Silver adentrando la nave en la era digital y el futuro.

David Stern. Fotografía: MCT /Landov / Cordon Press.


Michael Jordan en 23 frases

“Bienvenidos al vuelo número 23 de Aerolíneas Jordan”
Andrés Montes (1955-2009), locutor deportivo

 

1. Estudia matemáticas, ahí es donde está el dinero. Profesora de Michael Jordan (década de los 70).

En uno de los numerosos vídeos biográficos de Jordan que se han editado, preguntaron a sus profesores sobre cómo era en clase, qué recordaban de él. Una de sus profesoras no pudo reprimir una carcajada cuando repitió ese consejo que dio al joven Jordan. A día de hoy, el sueldo que cobró de Chicago Bulls la temporada 1997-1998 es el más alto pagado jamás en la NBA (unos 33 millones de dólares… de la época). Es mucho dinero. Pero apenas es la mitad de lo que se embolsa por sus contratos publicitarios, que le siguen suponiendo del orden de 60 millones de dólares al año. Como decían 7 Notas 7 Colores, Jordan aprendió matemáticas viendo billetes.

2. Leroy Smith. Nombre en la lista del equipo de High School (1978).

En su primer año en el instituto, Jordan no pudo entrar en el equipo de baloncesto. La plantilla estaba prácticamente cerrada con jugadores de más edad y solo quedaba una plaza disponible. Irónicamente, la justificación para no elegir a Jordan es la misma que dio Portland en el draft del 84 (ver frase número 3): prefirieron un pivot a otro escolta porque ya tenían esa posición bien cubierta. Leroy Smith es el nombre de ese pivot. Jordan, que estuvo tentado de abandonar el baloncesto por este revés, quedó relegado al equivalente al equipo B donde pasó un año en el purgatorio. La temporada siguiente, aprovechando el estirón de unos 10 cm que dio en verano, Jordan consiguió plaza en el equipo, donde se convirtió en su mejor jugador. Este episodio quedó grabado en la personalidad de Jordan: durante años utilizó el seudónimo “Leroy Smith” al registrarse en los hoteles.

3. Jordan no va a cambiar el rumbo de esta franquicia y tampoco se lo vamos a pedir. Rod Thorn (1984), general manager de Chicago Bulls.

En aquel draft del 84 todos buscaban un hombre grande: Houston eligió en primer lugar a Akeem Olajuwon para formar una imponente presencia interior junto a Ralph Sampson. Portland, que ya tenía un gran escolta como Clyde Drexler, escogía en el segundo turno a Sam Bowie, en lo que con el tiempo se ha calificado como una de las pifias más grandes del draft. Los Bulls, que se habían quedado sin los dos centers más apetecibles de aquel año, no tuvieron más remedio que elegir en el número 3 a un escolta, un tal Michael Jordan, que según decía Thorn sí, era un gran anotador pero que tampoco era como para volverse loco. Las declaraciones del general manager de los Bulls, cubriéndose de gloria, dejan claro que ni en Chicago tenían puestas demasiadas expectativas en el potencial de Jordan.

4. Qué pueden hacer ustedes por Michael Jordan. David Falk (1984), representante de Jordan.

La llegada de Jordan a la NBA transformó para siempre no solo la liga, ni el baloncesto, sino el deporte profesional. Hasta entonces, tanto económica como publicitariamente, el baloncesto era un nicho relativamente pequeño. Apenas un grupo de los mejores jugadores de la NBA anunciaban sus botas deportivas Converse (la marca más famosa a principios de los ochenta) en unas promos bastante cutres, la verdad. En ese momento irrumpió Jordan acompañando a su representante David Falk en los despachos de los ejecutivos de marcas deportivas para negociar el contrato que le querían proponer a su representado. Converse les ofreció más del doble de lo que le pagaba Adidas a Kareem Abdul-Jabbar, ascendiendo el montante a un cuarto de millón de dólares al año y todas las zapatillas que quisiera (!!!). Todo eso estaba muy bien, pero para Falk no fue suficiente porque no tenían una estrategia global para su cliente. Nike les ofertó lo que ellos buscaban: convertir a Jordan en un icono publicitario a través de anuncios cuidados, transmitiendo una imagen irresistible de elegancia dentro y fuera de la cancha, vinculando su producto a los éxitos (posibles éxitos en aquel momento, no lo olvidemos) del jugador de los Bulls. La imagen de Jordan se asoció a inolvidables anuncios tanto de Nike (entre otros muchísimos, destacan Failure, Let your game speak o Tell me) como de Gatorade (be like Mike o Jordan Vs Himself) y, a un nivel más convencional pero muy gracioso, McDonalds (compitiendo con Larry Bird). Publicidad a la altura del mito… aunque incluso la realidad superó en ocasiones a la ficción.

Jordan Vs. Bird. Como en el mítico videojuego, como en el anuncio de McDonalds

5. Dios disfrazado de Michael Jordan. Larry Bird (1986), jugador de Boston Celtics.

Era el segundo año de Jordan en la NBA. Una lesión solo le había permitido jugar 18 partidos en la temporada regular, pero aún así, los Bulls se clasificaron para disputar el playoff por el título. En primera ronda les esperaban los todopoderosos Boston Celtics, con Larry Bird a la cabeza. Aquel 20 de Abril de 1986, en el segundo partido de la serie, se pudo ver una de las mayores exhibiciones individuales de la historia del baloncesto al máximo nivel. Tras dos prórrogas los Bulls finalmente perdieron, pero ese es un dato que casi nadie recuerda de aquella noche. Ni falta que hace. Porque lo que trascendió fueron los 63 puntos de Jordan (record aún vigente en la NBA en un partido de playoff) y la mítica frase de un Bird aún estupefacto: I think it’s just God disguised as Michael Jordan.

6. Cuando uno es competidor y quiere ganar, nada es trivial. Michael Jordan (1987).

Cuando se dice que Jordan es un gran competidor es un eufemismo de que no le gusta perder ni a las chapas. En un entrenamiento en octubre de 1987, Jordan abandonó la sesión porque, a su juicio, el entrenador Doug Collins no había llevado bien el marcador en un partidillo. El equipo perdedor tenía que correr como castigo y Jordan, que estaba muy enfadado, se retiró para no decir algo de lo que pudiera arrepentirse. Que se había picado a lo grande, vamos. El club multó a Jordan, que asumió el pago pero entre dientes seguía murmurando que su cabreo era justificado y totalmente legítimo.

7. ¿Ese era lo suficientemente grande? Michael Jordan (1987).

Jugando un partido en Salt Lake City contra Utah Jazz, tras meter una canasta relativamente fácil por encima de John Stockton (1,85 m), un espectador gritó a Jordan que lo intentara con alguien de su tamaño (1,98 m). Challenge accepted! Michael lo oyó y, envalentonado, en cuanto tuvo oportunidad realizó un mate espectacular sobre Mel Turpin (2,11 m) solo para poder responder al atrevido que había osado retarle. Muchos aficionados se plantean si fue el descomunal talento o el voraz instinto competitivo lo que hizo de Jordan el mejor jugador de baloncesto de la historia. Yo creo que Jordan es el resultado de un efecto sinérgico de las dos.

8. Si Jordan va al baño, nosotros vamos con él. Chuck Daly (1989), entrenador de Detroit Pistons.

A finales de los 80 Jordan era literalmente imparable. Los Pistons habían armado un equipo muy potente para aspirar al título, y los Bulls (es decir, Jordan) eran un obstáculo en crecimiento en su propia Conferencia. Chuck Daly y su equipo de ayudantes idearon una maraña defensiva que limitara, incluso con métodos expeditivos, la aportación ofensiva de Michael. La prensa, siempre propensa a etiquetar, denominó a estos sistemas Jordan Rules. En los partidos entre Chicago y Detroit se podían ver dobles y triples ayudas, defensores alerta e hiperactivos y persecuciones asfixiantes, pero también faltas personales sin contemplaciones, provocaciones verbales y hasta agresiones. Mientras estuvieran los Pistons, parecía imposible que los Bulls llegaran a la Final de la NBA. Pero ya sabemos lo que le gustan a Jordan los desafíos: tenía que acabar con ellos y, por extensión, con Isiah Thomas, al que le unía una amarga enemistad. Tras una derrota más, analizando el juego físico de los Bad Boys, Jordan se replanteó sus entrenamientos personales: para soportar esa carga de bloqueos, golpes, codazos y caídas, necesitaría una mayor masa muscular. Y comenzó a ejercitarse intensamente con pesas. Las Jordan Rules tienen gran parte de culpa de la forja (a nivel físico) del Michael Jordan ganador.

9. No mereces siquiera comer después de lo que has hecho hoy. Michael Jordan (1989).

Tras el quinto partido de la Final de la Conferencia Este de 1989, parecía que aquel año tampoco iba a poder ser. Chicago se había adelantado por dos veces, pero los Pistons habían conseguido empatar y ahora ganaban la serie 3-2. Jordan estaba realmente cabreado. Las llamadas Jordan Rules le habían dejado en 18 puntos y, sobre todo, solo había realizado 8 lanzamientos de campo en 46 minutos en cancha. Era obvio que alguien tenía que pagar los platos rotos. Cuando Jordan llega el último al avión de los Bulls puesto que siempre es el que tiene que atender a prensa, patrocinadores y aficionados, sus compañeros están sentados y a punto de comenzar a cenar. Al pasar junto a Horace Grant da un manotazo a la bandeja de éste y tira su cena al suelo. En opinión de Jordan, no se merecía comer tras haber realizado un partido bastante flojo (4 puntos y 1 rebote). Grant y Jordan tuvieron que ser separados por el resto de sus compañeros antes de llegar a las manos. En el sexto partido acabó la serie, las aspiraciones de Chicago y la era Doug Collins. Al año siguiente, el entrenador sería Phil Jackson.

The Shot. Pobre Craig Ehlo

10. Defenderle es como una pesadilla. No dejo de soñar con ello. Especialmente, cuando saca la lengua. Craig Ehlo (1989), jugador de Cleveland Cavaliers.

Uno de los mayores damnificados por Jordan a lo largo de su carrera fue el escolta de los Cavs Craig Ehlo. O dicho de otra forma, Ehlo tuvo la posibilidad de ver en primera persona y bien cerquita alguna de las actuaciones más recordadas de Michael, como por ejemplo, cuando le tuvo que defender el día que anotó 69 puntos (ver frase número 11). Pero también aparece de figurante de lujo en dos de las jugadas más famosas de Jordan: el tiro a la remanguillé tras un garrotazo de Ehlo y la increíble suspensión denominada simplemente como The shot, donde el escolta de los Bulls parece que se queda flotando en el aire hasta que Ehlo pasa de largo y le deja vía libre para lanzar sobre la bocina. Una canasta en el último segundo que valía el paso de ronda de playoff y que fue la guinda de otro partidazo individual: 44 puntos, 9 rebotes, 6 asistencias. Como para no soñar con Jordan (y su lengua).

11. Siempre recordaré esa noche en la que Mike y yo nos compenetramos para meter 70 puntos entre ambos. Stacy King (1990), pivot de Chicago Bulls.

En un encuentro, en principio anodino, contra los Cavs en la temporada regular 1989-1990 Jordan consiguió al mismo tiempo su record de rebotes y puntos en un partido. No es que sean cifras chamberlainianas, de hecho, desde aquel 28 de marzo del 90 han anotado más puntos un par de jugadores (Kobe Bryant y David Robinson), pero la planilla de Jordan es brutal: 1 tapón, 4 robos, 6 asistencias, 18 rebotes y 69 puntos. Y victoria para Chicago en la prórroga. Stacey King, pivot suplente de los Bulls y autor de la frase, solo encestó un tiro libre.

12. Esta es para ti, baby. Michael Jordan (1991).

El partido estaba prácticamente resuelto a favor de los Bulls a falta de unos segundos para su finalización. A la desesperada, los Nuggets intentan un imposible cometiendo una falta mediante un abrazo bastante viril sobre Jordan, que se lo toma con humor. Dikembe Mutombo, intentando desestabilizarle para que falle, le pica diciendo que a que no se atreve a lanzar con los ojos cerrados. ¿Eres un gallina, McFly? ¿Que has dicho qué? Jordan acepta todos los desafíos y le dedica la canasta al pivot de origen africano.

13. … lo conseguí. Michael Jordan (1991).

Siete largos años, para llegar a ese momento: había conseguido ganar por fin el título tras muchas temporadas en las que chocaba contra el muro que supuso primero el cénit de la dinastía de los Celtics y después el surgimiento de los Pistons, que acababan una y otra vez con las aspiraciones de unos Bulls que no llegaban nunca a la Final. A esas alturas, Jordan coleccionaba suficientes premios individuales para, incluso por separado, justificar toda una carrera: Rookie del año, máximo anotador, MVP de la temporada regular, MVP del All Stars, mejor defensor, mejor ladrón… pero era el anillo lo único que justificaba todo el esfuerzo. Regado de champán y abrazado al trofeo Larry O’Brien, Jordan lloraba en el vestuario mientras el resto del equipo lo celebraba a gritos. Con la mirada perdida, se gira hacia su padre, que lo acompañaba en ese momento, y murmura, como si aún no se lo creyera. El primer anillo, el de la canasta con cambio de mano en el aire, el de las lágrimas de Jordan.

14. Sentía que mis lanzamientos triples parecían tiros libres. Michael Jordan (1992).

El primer partido de las finales de 1992 duró el tiempo que tardó Jordan en anotar seis triples y alcanzar los 35 puntos. Es decir, los dos primeros cuartos: Jordan en fase de flujo. En un gesto para la galería, sabiendo que todas las cámaras y miradas le seguían tras anotar su sexto triple, Jordan se giró hacia la posición de comentaristas donde se encontraba Magic Johnson y se encogió de hombros, lo que venía a decir que “a veces soy tan bueno que yo tampoco me lo explico”. Los Blazers, hundidos moralmente, acabaron perdiendo de más de 30 puntos ese partido y la Final por 4-2. Segundo anillo y segundo MVP para Jordan.

15. Y Michael me dijo: hay un nuevo sheriff en la ciudad. Magic Johnson (2012), exjugador de baloncesto.

Con motivo de los 20 años del Dream Team se emitió un documental donde se recogen imágenes y declaraciones inéditas sobre aquellos días, sobre todo de la preparación de los previos a los Juegos Olímpicos de Barcelona. El partidillo de entrenamiento que realizó la selección norteamericana a puerta cerrada en Montecarlo se ha convertido en leyenda. Alguno de los presentes lo ha descrito como el mejor partido de baloncesto de la historia y todo a raíz de un error de cálculo de Magic Johnson: picar en exceso a Jordan, que se lo tomó, una vez más, como un desafío personal. El resto de jugadores se involucraron en la disputa sacando lo mejor de su repertorio. Michael jugó como si le fuese la vida en ello, hasta que su equipo ganó. Al retirarse a los vestuarios, se acercó a Magic y le dijo lo que ya era una realidad en la liga: la era de Magic y Bird había pasado y Jordan era el dominador de la NBA y el baloncesto mundial.

16. El mejor que hubo. El mejor que habrá. Inscripción en la escultura The Spirit frente al United Center (1994).

La presión de la prensa, el asesinato de su padre, la pérdida de motivación tras ganar tres anillos consecutivos o un pacto secreto con el comisionado de la NBA David Stern para evitar un escándalo mayúsculo derivado de los problemas de Jordan con apuestas. Ya sean los motivos oficiales, los rumores, o una mezcla de todos ellos, el caso es que Jordan se retiró (por primera vez) de la NBA en octubre de 1993. Aún sin recuperarse del disgusto, poco más de un año más tarde, los Bulls organizaron un homenaje a Jordan en el que retiraron su número y presentaron una escultura en su honor en la que se leía The best there ever was. The best there ever will be. En aquellos momentos, Jordan ya era unánimemente considerado uno de los más grandes e incluso, muchos ponían su nombre en lo más alto de la historia del baloncesto. Y eso que aún faltaba otro three-peat por venir, tras el extravagante paréntesis en el que Jordan quiso probar en el béisbol.

Jordan’s back

17. Se han creado 6.1 millones de puestos de trabajo desde que soy presidente. Y si vuelve Michael Jordan, serán 6.100.001 nuevos puestos de trabajo. Bill Clinton (1995), presidente de Estados Unidos.

La aventura en el béisbol no había sido todo lo satisfactoria que esperaba Jordan y el gusanillo del baloncesto (y, sobre todo, el sabor de la victoria y la gloria) le había comenzado a picar. Primero fue una visita aislada a sus excompañeros, después, que si unos lanzamientos; más tarde, algunos entrenamientos a puerta cerrada con los Bulls, que cada vez se hicieron más frecuentes. Al exterior se filtran comentarios: sigue estando en una forma física extraordinaria y, aunque un poco oxidado para lo que era antes de su retirada, sigue siendo un fuera de serie. Los periodistas se agolpan en las puertas del pabellón de los Bulls, los fotógrafos persiguen el deportivo en el que Jordan entra y sale del mismo. El 10 de marzo de 1995, su representante David Falk anuncia que Jordan deja el beisbol. En el partido de esa noche Scottie Pippen alimenta el rumor con una imagen puro marketing: sentado en el banquillo, cuando le enfocan las cámaras, levanta un pie para que se vea el jumpman de la suela de sus botas y señalándolo con el dedo, hace gestos para que vuelva. Parece que es cuestión de tiempo, pero no acaba de concretarse. Finalmente, el 18 de marzo de 1995, poco después de esa frase de Bill Clinton en plena comparecencia oficial, una nota de prensa consistente de 6 letras (I’m back) oficializaba lo que era un secreto a voces: Jordan volvía a los Bulls, volvía a la NBA. Diez días más tarde, le endosaba 55 puntos a los Knicks en el Madison Square Garden. Definitivamente, había vuelto.

18. Usted puede practicar el tiro ocho horas diarias, pero si la técnica es errónea sólo se convertirá en un individuo que es bueno para tirar mal. Mi filosofía del triunfo. Michael Jordan (1994).

A pesar de algunos incidentes aislados (como visitar casinos en Atlantic City la noche antes de algún partido importante o jugar al golf más de la cuenta), Jordan siempre ha sido responsable con sus entrenamientos, tanto de equipo como privados. A lo largo de su carrera fue puliendo defectos y añadiendo nuevas habilidades a su repertorio ofensivo. La evolución en su mecánica de lanzamiento en suspensión se puede observar al comparar dos de sus lanzamientos más famosos: el tiro ganador en la final de la NCAA en 1982 y la canasta que valió el título de la NBA en 1998 (ver frase número 20). Y en cuanto su físico, es aún más evidente la transformación desde aquel estilizado rookie que penetraba en las zonas como una exhalación al tipo con un imponente tren superior que en sus últimas temporadas que frecuentaba el poste bajo. Jordan se machacó hasta convertirse en un individuo que es bueno para ganar anillos.

19. ¡Estaré preparado! Steve Kerr (1997), jugador de Chicago Bulls.

En el sexto encuentro de las finales de 1997, a falta de pocos segundos para acabar el partido, el marcador refleja un empate a 86. Chicago pide tiempo muerto. La serie está 3-2 a favor de los Bulls, o lo que es lo mismo: si esa noche ganan, se llevan el anillo; si pierden, se jugarán toda la temporada en el séptimo partido. Evidentemente, la tensión en los banquillos es increíble. Las cámaras enfocan a Jordan, que está mirando fijamente a Steve Kerr. Pasados unos segundos le dice unas secas palabras inaudibles y Kerr responde que le pase la bola, que estará preparado. El balón se pone en juego y acaba en las manos de Jordan. Utah, que se lo esperaba, cierra la defensa sobre él. La estrella de los Bulls da un pase a Kerr que, libre de marca, anota el tiro. En la siguiente jugada los Jazz pierden el balón según sacan de banda, tirando por tierra cualquier opción. Chicago vuelve a ganar el anillo (el quinto) y, esta vez, por una asistencia de Jordan, que acabó el partido con 39 puntos, 11 rebotes y 4 asistencias. Más tarde, durante la celebración oficial del título, Kerr bromeó diciendo que él asumió la responsabilidad ya que vio a Jordan agobiado porque no está acostumbrado a lidiar con la presión. En perspectiva, si Kerr hubiera fallado no sería descartable que Jordan hubiera ido bastante más allá de un manotazo a su bandeja con la cena.

20. You’re fucking unbelievable! Steve Kerr (1998), jugador de Chicago Bulls.

Apenas quedan 42 segundos del sexto partido de la final de la NBA de 1998. Los Bulls pierden 86-83 frente a los Jazz, en ese polvorín llamado Salt Lake City. En seis segundos el marcador se ajusta aún más por una entrada de Jordan, así que, al menos, quedan un par de posesiones. Lo más razonable para Utah es jugar largo e intentar asegurar una canasta o cobrarse unos tiros libres. Y qué mejor forma que darle el balón a Karl Malone al poste bajo. Jordan, que parecía haberse quedado despistado en un bloqueo, le roba el balón a Malone. Ahora restan 18 segundos. Jordan rompe la cintura a Bryon Russell y anota un tiro abierto desde 6 metros, posando incluso para las fotografías con la muñeca flexionada. A falta de poco más de 5 segundos, Chicago gana de un punto. El lanzamiento final de Utah no entra y Jordan levanta seis dedos: ha ganado el sexto anillo y el sexto MVP de las finales, un colofón extraordinario previo a su segunda retirada. En 40 segundos, Jordan ha anotado 4 puntos (45 en total) y robado un balón a la estrella rival. En medio de la piña de celebración, la televisión capta el grito de Steve Kerr, que resume lo que todos pensamos: Jordan es jodidamente increíble.

Los gritos de Andrés Montes, el nudo en la garganta de Antoni Daimiel, los saltos en el estudio de Tres Cantos de Biriukov e Iturriaga… ¡Jordan! Quien lo vivió lo sabe.

21. Mi deseo de ganar siempre va a ser joven. Mi amor por el juego siempre va a ser joven. Michael Jordan (2003).

Aquel partido entre Wizards y Nets, en febrero de 2003, fue la 173ª ocasión que Jordan anotaba más de 40 puntos (43, esta vez); además, cogió 10 rebotes y robó 4 balones. Un partidazo individual, aunque no fue una estadística excepcional para alguien como Michael. Lo extraordinario de esta actuación es que Jordan tenía ya 40 años. Solo le quedaban 28 partidos de temporada regular, de su última temporada regular (esta vez sí) en la NBA, y aún conservaba talento y competitividad. Nadie ha alcanzado estos números con esa edad y creo sinceramente que es el record de la NBA más difícil de batir. Tal vez incluso por encima de los 100 puntos de Wilt Chamberlain.

22. There is “I” in the word win. Michael Jordan (2009).

Durante el discurso que dio con motivo de su entrada en el Hall of Fame, Jordan relató una anécdota referente a Tex Winter, ex-asistente en los Bulls y el padre del triángulo ofensivo que tanto gusta a Phil Jackson: en un partido que Jordan encadenó unos 20 puntos prácticamente consecutivos para dar la victoria a su equipo, Winter le recriminó que tenía que pensar en el equipo y no solo en él, con un juego de palabras en inglés: There’s no “I” in the word team (no hay “yo” –I en inglés- en la palabra equipo). Jordan le respondió que sí había “yo” en la palabra ganar (win). En resumen, que todo el rollo ese del equipo estaba bien, pero que para ganar necesitaban que Jordan estuviera en su línea estelar.

23. La gente apunta los errores, raramente los éxitos. Michael Jordan (2009).

En sus primeros años en la NBA, Jordan tuvo que convivir con la etiqueta de egoísta, de chupón. La prensa y los aficionados le ponían de ejemplo contrapuesto a Magic Johnson, paradigma de jugador que hace mejores a sus compañeros. Con el tiempo y los anillos, las críticas se diluyeron, pero en su labor como ejecutivo no parece que vaya a librarse tan fácilmente. Dos de sus elecciones más altas las utilizó en jugadores que han deambulado por la liga con más pena que gloria: el nº1 del 2001 con Kwame Brown y el nº3 de 2006 con Adam Morrison. Preguntado por estos drafts, Jordan asume que la controversia es parte del juego, pero que no se es justo con él. Hoy en día, como propietario de Charlotte Bobcats, sigue teniendo más críticas y derrotas que suerte y alegrías: en la temporada 2011-2012, su equipo acabó con el porcentaje más bajo de victorias de la historia de la NBA. El béisbol fue un fracaso, ¿lo será también su proyecto de crear una franquicia ganadora?

 

Fuentes principales consultadas:

Michael Jordan. El rey del juego, de Máximo José Tobías.

Página oficial NBA

Página oficial ACB

ESPN

Basketball Reference

Blog de Ramón Trecet



Objetivo: la final de baloncesto de Londres 2012

 Sabemos que nos pueden ganar.

Mike Krzyzewski (1947), entrenador de la selección de Estados Unidos.

Los Juegos Olímpicos de Londres están en marcha, y con ellos, el torneo de baloncesto masculino. Hace seis meses, cuando aún había grandes interrogantes sobre la final olímpica de este deporte, veíamos las cosas de un modo; hace tres, de otro. Echemos el último vistazo ahora, cuando ya queda poco margen para la especulación.

A mi derecha: Aquiles (Estados Unidos)

Finalmente, los norteamericanos presentarán un equipo bastante más flojo que el esperado hace unos meses, lo cual no implica que dejen de ser los máximos favoritos para el oro. Su lista definitiva de 12 jugadores es la siguiente:

Carmelo Anthony, Chris Paul, Kevin Durant, Kobe Bryant, Kevin Love, LeBron James, Russel Westbrook, Deron Williams, Tyson Chandler, James Harden, Andre Iguodala y Anthony Davis.

La verdad es que siguen asustando a pesar de las ausencias. Para captar realmente el potencial que han perdido solo tenemos que pensar en el equipo que se ha quedado fuera por lesión o motivos extradeportivos: Rose, Rondo, Wade, Odom, Aldridge, Bosh, Howard, Bynum, Gay, Gordon, Billups y Griffin, una escuadra que, de competir en este mismo torneo, automáticamente sería candidata a la final. Son ausencias que han mermado notablemente su equipo, que no es el más fuerte que podrían haber presentado. Esta reflexión en voz alta viene al hilo de unas declaraciones de Bryant, en las que afirmaba que el equipo que irá a Londres podría ganar algún partido al Dream Team de Barcelona 92. Larry Bird, flemático, dio la razón a Bryant diciendo que todos ellos tenían ahora unos cincuenta años y que él hacía al menos 20 que no tocaba un balón. Fue y sigue siendo un grande. En fin, son discusiones absurdas generadas a partir de una afirmación gratuita (pero no descabellada) de Bryant, porque está claro que con el Dream Team formaron el mejor equipo que podían presentar (salvo Laettner, claro) y era insultantemente superior a sus rivales tanto por la calidad de su plantilla como por el retraso del resto del mundo baloncestístico respecto a la NBA. No olvidemos que era tal la diferencia entre el basket FIBA y el norteamericano que hasta 4 años antes les bastaba con llevar a los mejores jugadores universitarios para prácticamente asegurarse el oro en los JJ.OO. Y en sus declaraciones, el escolta de los Lakers solo dijo que este equipo podría ganar algún partido al Dream Team, quienes por cierto perdieron un amistoso-entrenamiento frente a una selección de jugadores universitarios antes de ir a los Juegos de Barcelona. Son datos que parece que se pierden en la memoria, como el supuesto fair-play del Dream Team original que no fue tal, con ese aire de sobraos, de risitas, de malabarismos frente a rivales que iban perdiendo de 30… sin olvidar a Barkley haciendo cosas como esta. Arrasaron a sus rivales, sí, pero no fueron precisamente un ejemplo de deportividad.

LeBron James, a por el anillo y oro olímpico en una misma temporada

La fase de preparación del equipo estadounidense ha servido para reafirmar dos sospechas:

  1. Cuando juegan bien, no hay equipo que sea capaz de ganarles.
  2. Cuando se atascan y su rival juega muy bien, se les puede llegar a tutear.

Los ejemplos de este segundo punto se han podido constatar en el primer cuarto contra Brasil (27-17) y contra España (23-21), y en el segundo y último cuarto contra Argentina (24-16 y 19-14, respectivamente). Ante un oponente que movía el balón con seguridad, hacía puntos en la pintura, aprovechaba los ventajosos cambios automáticos en defensa unido a una relativa falta de puntería de los norteamericanos, estos tres equipos (todos ellos candidatos a medalla, no lo olvidemos), les pusieron en aprietos…

… momentáneamente, claro. Porque después, lo ya sabido: minutos de defensa asfixiante al balón, incluso con 2 contra 1, y manos interceptando todas las líneas de pase para lanzar contraataques rapidísimos. Y cuando te quieres dar cuenta, te han endosado un parcial de 7-0 en dos minutos. Es muy difícil mantener la cabeza fría para evitar que el nerviosismo genere nuevas pérdidas y pararlos en la cancha cuando entran en ese ritmo de juego; a veces solo se pueden salvar los muebles desde la banda, ya sea pidiendo tiempo muerto en cuanto encadenan dos contraataques y hace falta espabilar a los tuyos o haciendo zancadillas desde el banquillo cuando salgan veloces a la contra. Una solución efímera, limitada al número de tiempos muertos o faltas descalificantes.

Por otro lado, un equipo estigmatizado porque juega gran cantidad de minutos sin pivots puros (porque puede ser una grave desventaja en defensa), ha demostrado que no lo es en contraataque e incluso, en ataque estático, como se pudo ver cuando Pau Gasol intentó defender a Anthony en la línea de tres y le enchufó dos en la cara. Y ese va a ser su planteamiento. En los partidos amistosos ha quedado claro que el núcleo duro del equipo lo forman James, Bryant, Durant y Anthony, con irrupciones puntuales de Paul, Williams o Westbrook. Love, Iguodala y Chandler tienen una labor mucho más oscura y el papel de Davis y Harden hasta el momento ha sido prácticamente testimonial. Su juego se basará en el talento individual, la potencia física y el acierto en el tiro exterior. Si no tienen un buen día en los lanzamientos triples (muy difícil teniendo a Durant, Anthony, Bryant, Paul…) pueden pasarlo mal ante defensas zonales muy cerradas con poderío interior, como Brasil o Francia (además de España, por supuesto). Aún así, que no nos engañen: con esta tropa, si jugasen 100 veces este mismo torneo, lo ganarían más de 95. Así que, efectivamente: ¡hay posibilidades!

Bueno, vale. Basta de risas. Quien dice 95 de 100, dice 99 de 100

 

A mi izquierda: Paris (España)

Tras tantos debates, el sustituto de Ricky Rubio ha sido la única sorpresa en una convocatoria continuista:

Pau Gasol, Rudy Fernández, Sergio Rodríguez, Juan Carlos Navarro, José Manuel Calderón, Felipe Reyes, Víctor Claver, Sergio Llull, Víctor Sada, Marc Gasol, Fernando San Emeterio y Serge Ibaka.

Hasta el día 12 de julio estuvo en la selección Rafa Martínez en vista de que Rudy y Navarro estaban tocados. Si bien el nuevo jugador del Real Madrid ya ha jugado buenos minutos, es más preocupante el estado físico de Navarro. No se puede fiar todo el futuro en el torneo al juego interior, por muy superiores que seamos sobre el papel: sin amenaza de lanzamiento exterior no se generan espacios para que nuestros pivots puedan sumar en la pintura. Por este motivo es imprescindible que el escolta barcelonista alcance un estado de forma apropiado cuanto antes; incluso por encima de Marc Gasol, ya que las posiciones interiores están mejor cubiertas -al menos hasta el partido contra Brasil (el último de la primera fase)- y, por supuesto, la de Sergio Rodríguez. Porque si queremos llegar a la final y disputársela a USA, necesitamos que los mejores estén bien: se ha notado un significativo bajón en algunos partidos cuando ha salido la llamada segunda unidad, sobre todo en los dos últimos (Argentina y USA) que comenzó con el equipo español como un vendaval pero se fue diluyendo con los cambios. Es muy importante que los partidos más sencillos se resuelvan cuanto antes para dar a los titulares descanso, y así, en los partidos decisivos utilizar el máximo de minutos a los 8-9 jugadores importantes, hasta que resuelvan el partido.

A pesar de nuestros esfuerzos, Carmelo Anthony nos hizo un hijo de madera en el partido amistoso del 24 de julio

Tras los encuentros amistosos no creo que quede nadie que piense que Mirotic debía haber sido convocado en lugar de Ibaka. Los rebotes, tapones e intensidad del jugador de los Thunder han sido de lo mejor de la preparación (junto con Pau, como siempre), aunque puntualmente  ha perdido los nervios en alguna refriega. Tanto Rudy (por la lesión) como Calderón (algo descontrolado los primeros partidos) han ido de menos a más, mientras que Rodríguez y Marc han estado a la altura de lo que se espera de ellos cuando han podido jugar. Llull, por la merma de minutos del convaleciente Navarro, ha tenido una gran presencia en algunos encuentros y es muy necesario para el juego de España, tanto en contraataques como en defensa y ocasionalmente en el lanzamiento exterior. Claver ha estado bastante activo y descarado, como si su fichaje por los Blazers le hubiera dado una inyección de autoestima, aunque todo sea que llegue la competición oficial y chupe banquillo en cantidades industriales como otros veranos. Por el contrario, Sada y San Emeterio (bastante apagado) no han respondido a las expectativas al menos en los amistosos, y tienen papeletas para ser los jugadores 11 y 12 de la rotación.

Los amistosos nos han permitido confirmar las sospechas sobre el sistema que utilizará la selección: en ataque, la primera opción será meter el balón al interior y a partir de ahí generar juego, hacia dentro o hacia fuera. Los mejores momentos de la selección han venido cuando han entrado los tiros exteriores, por eso es de capital importancia recuperar a Navarro… y acertar con los tiros libres (fallones ante USA), para disuadir al rival de la táctica del Hack-a-Shaq. En defensa no se aprecian muchas dudas, aparte de los legendarios teóricos problemas para defender al 3 contrario,  y los brazos interminables de Pau e Ibaka dificultarán gran cantidad de tiros, cuyos rebotes o rechaces habrá que aprovechar para lanzar contraataques. También parece que será frecuente ver la zona 2-3. En resumen, tenemos claro a lo que jugamos. Ahora hay que ponerlo en práctica.

El cuadro

Finalmente, el resultado del sorteo (1) dictaminó que el grupo de España lo completara Rusia, mientras que los otros dos equipos clasificados en el Preolímpico (Lituania y Nigeria –la sorpresa-) quedaban encuadrados en el otro grupo, el A. Demos un pequeño repaso a los rivales de la selección en su grupo, el B:

Shved, junto con Rudy, tiene uno de los cabellos más rebeldes del torneo

Rusia: El último en llegar se ha convertido automáticamente en el rival más duro del grupo. Peligro en todas las líneas, destacando al polivalente Andrei Kirilenko que una vez más será el jugador que más problemas nos dé en defensa y en ataque, tirando desde fuera o penetrando. Su temporada en la Euroliga ha sido imperial. Junto a él, la otra amenaza es el que ha sido su compañero este año en CSKA y en el futuro en los Wolves, Aleksey Shved, que puede reventar un partido en cualquier momento con su lanzamiento exterior y su creatividad, aunque por suerte su línea de juego es bastante irregular. Rusia también cuenta con jugadores interiores grandes y competentes, pero no deberían plantear excesivos problemas. Vence España por unos 10 puntos.

Brasil: Tal vez el único juego interior puro, junto el músculo de Francia, que puede tutear a nuestros interiores: Tiago Splitter, Nené Hilario y Anderson Varejao, contando además con las rachas de Marcelinho Huertas y Leandro Barbosa por el exterior, pueden hacer pasar una mala tarde a cualquiera (que le pregunten a USA). Un rival muy incómodo si está entonado. España gana de 10.

Gran Bretaña: La grada y presunto favor arbitral son sus grandes bazas. Y ya. No valen excusas, si vamos a por el oro Gran Bretaña no puede hacernos sufrir. En el amistoso del 9 de julio, el primero de la selección, se les ganó (con algo de esfuerzo) a pesar de jugar sin Rudy ni Navarro. España tiene que ganar de 15-20.

Australia: Un quinteto en el que estén David Andersen y Matt Nielsen nos podría dar problemas, con la amenaza en el lanzamiento de 3 del primero y los fundamentos en la zona del segundo, quien por cierto ha estado lesionado durante la preparación. Correosos, pondrán en apuros a todos los favoritos del grupo, pero España ganará de 10-15.

China: no hay disculpas, ya no está Yao Ming. Todo lo que no sea ganar cómodamente de más 15 puntos y dando descanso a los titulares, se debería considerar una sorpresa.

El último día de la primera fase (lunes 6 de agosto) se jugarán dos partidos que en principio son decisivos para que España se encuentre con USA solo en la final. En el Grupo A, los norteamericanos juegan contra Argentina, y en el B, los españoles contra Brasil. Podría darse la desgracia de acabar España invicta, que en el encuentro siguiente Argentina diera la campanada y que el cuadro acabase cruzando a los dos equipos antes de la final. Ídem si Brasil nos derrota. Pero todo apunta (al menos, mis pronósticos) que la clasificación de los grupos quedará del siguiente modo:

Grupo A: USA-Argentina-Francia-Lituania

Grupo B: España-Rusia-Brasil-Australia

De esta forma, España se cruzaría con Lituania en cuartos y con el ganador del Brasil-Argentina en semifinales.

Lituania: El torneo le llega muy pronto para el pivot europeo del futuro (Valanciunas) y demasiado tarde para el nuevo base del Barcelona (Jasikevicius). Sufrirán para entrar en la segunda fase, sobre todo tras la lesión del pivot Robertas Javtokas. Su jugador más peligroso será Kleiza, uno de los favoritos para el título de máximo anotador del torneo si está fino, que nos dará muchos problemas en los desajustes defensivos (si lo defiende un bajo, posteará; si lo defiende un alto, lanzará triples). No obstante, España debería ganar de unos 15 puntos.

Manu Ginobili frente a Kobe Bryant. Ambos, con un oro olímpico, quieren subir de nuevo a lo más alto del cajón

Argentina: El resultado del amistoso contra España fue muy engañoso. Los primeros minutos de los nuestros han sido de los mejores que ha jugado esta generación, tanto en defensa (aunque los argentinos también fallaron más de lo habitual) como en ataque, con puntos de todas las facturas. Es más justo para evaluarlos su partido contra USA, en el que no perdieron la cara en ningún momento. En su contra tienen que cuentan con una plantilla competitiva corta por lo que el cansancio puede ser un factor muy importante una vez llegados a semifinales, sobre todo tras el partido de cuartos que tendrán que jugar a cara de perro frente a Brasil. España, por descontado, gana, pero sufriendo y por menos de 10 puntos. Son mis favoritos para el bronce, partido en el que se encontrarían con los franceses. La generación argentina merece acabar su ciclo con otra medalla, por talento, garra y calidad.  Y por Manu Ginobili, un grande.

Y la gran final: USA-España. Insisto, 95% de posibilidades de que nos ganen, incluso sin apuros. Pero ese 5% nos hace albergar esperanzas. Que salgan los sistemas, que entren los tiros, no perder la calma si nos roban un par de balones, jugar con cabeza… Sinceramente, creo que perderemos la final. Pero por menos de 10 puntos y espero que brindando un espectáculo a la altura del precedente de hace cuatro años.

Por otra parte, tal vez deberíamos ignorar estos debates y centrarnos en otros más importantes: puede que estas sean los últimos (o penúltimos) JJ.OO. donde el baloncesto tenga tanto atractivo porque David Stern ha declarado recientemente que no quiere que las grandes estrellas participen en los Juegos, sino que lo hagan los jugadores jóvenes, a semejanza del fútbol. En ese caso, volverá la hegemonía norteamericana porque a medio plazo no se vislumbra ningún país que tenga suficiente potencial con su selección sub 23 para hacer sombra a los mejores norteamericanos de esa edad. Sean o no sean los últimos JJ.OO. con este nivel en la competición baloncestística, esperemos que para nosotros sean inolvidables. Positivamente, claro. El torneo está en marcha, veamos qué nos ofrece.

(1)  En efecto, al final las plazas del preolímpico se asignaron por sorteo y no según clasificación en el mismo. A pesar de que en su momento fue dicho así por el presidente de la FEB, Jose Luis Sáez, las bases de la FIBA lo decían así, aunque hasta unas horas antes del mismo se seguían con las dudas.