El dilema de Superman

All-Stars Superman.

Para cualquier guionista, el gran problema a la hora de trabajar con un personaje como Superman es el mismo que tienen los villanos de sus aventuras: enfrentarse a sus superpoderes. Porque la propia naturaleza del hombre de acero es un desmadre, sus habilidades son tan numerosas y tan pasadas de rosca que resulta especialmente difícil tanto idear retos a su altura como mantener cierta cordura con ellas dentro del universo ficticio. Y por eso mismo, la existencia de Superman ha provocado una interesante colección de cuestiones de los más variado, desde cómo puede el kryptoniano afeitarse un vello facial que se supone indestructible hasta cómo es capaz de mantener relaciones sexuales sin fusilar a la pareja durante la eyaculación, y pasando por los pormenores del vestuario de trabajo o todas las dudas morales que asaltarían a alguien con un estatus de deidad todopoderosa.

Elevado a once

Algunos superhéroes tienen un superpoder característico que los define, otros tienen un par en torno a los que crean su figura justiciera, y otros tantos tienen más de dos características sobrehumanas. Pero ocurre que Superman (también conocido como Kal-El en Krypton y como Clark Kent en la Tierra) tiene una cantidad demencial de poderes elevados a once. Y eso complica las cosas.

En realidad el repertorio de superhabilidades no siempre ha sido el mismo. El personaje nació en los años treinta con supervelocidad, oído envidiable, superfuerza y una vista asombrosa, pero ni era completamente invulnerable (la artillería pesada podía acabar con él), ni podía volar, en lugar de eso lo que hacía era saltar muy alto. A partir de los años cuarenta, los guionistas se fueron emocionando cada vez más a la hora de añadir nuevos poderes y potenciar los anteriores: Kal-El adquirió la capacidad de volar por culpa de los dibujos animados de Fleischer Studios porque era más sencillo dibujarlo volando que pegando botes de un lado a otro; su fuerza se incrementó hasta permitirle cargar con planetas enteros; a su vista telescópica se le sumó la visión de rayos X, pero también una visión térmica y otra microscópica; su aceleración se incrementó hasta alcanzar la velocidad de la luz; su cerebro se potenció para procesar información rápidamente, devorar libros como lo hacía Número 5, e hipnotizar a la gente; sus pulmones fueron capaces de producir un aliento helado que congelaba cualquier cosa y también de crear huracanes o permitirle contener la respiración durante eones, y su cuerpo adquirió el don de regenerarse a voluntad. A la altura de los años setenta, el personaje era prácticamente invulnerable a casi todo, con la excepción de la kryptonia, que podía matarlo, o la radiación del sol rojo, que lo debilitaba, llegando a sobrevivir a explosiones nucleares y siendo capaz de atravesar el núcleo de una estrella sin rasguños que lamentar. Sus superpoderes se convirtieron en una barra libre tan descarada que en muchas ocasiones los guionistas se sacaban de la manga cualquier tontería imaginable: Superman ha llegado a borrar la memoria de Lois mediante un beso y a demostrar que entre sus habilidades figuraba la superventriloquía.

En 1986, se le encomendó a John Byrne hacerse cargo del personaje para encarrilarlo y el hombre optó por aguar sus poderes porque con aquel desmadre de virtudes tan excesivas los escritores encontraban cada vez más complicado el idear hazañas a la altura del héroe. La época Byrne enfatizó el uso del sol amarillo de la Tierra como origen y potenciador de los poderes de Kal-El (a diferencia del sol rojo de Kyrpton que los anulaba), pero también decidió limitar dichas habilidades. El superhombre ya no era tan fuerte (aunque se estableció que poseía «telequinesis táctil» para justificar el transporte de grandes objetos por el aire), ni tan listo, ni veía tan bien, ni era tan invulnerable. Y, sorprendentemente, nadie mencionó nunca de nuevo el tema de la superventriloquia. Cuando Byrne se fue de la serie, los poderes se volvieron a potenciar, aunque sin llegar los niveles disparatados de otrora.

Inevitablemente, un repertorio tan amplio de superpoderes generaba entre los lectores un torrente inagotable de cuestiones: ¿por qué en Metrópolis los delincuentes seguían molestándose en disparar a un héroe invulnerable? (algo que el documental Superman 50th Anniversary resumía con un «Esa S tiene algo que hace que quieras disparar contra ella»). ¿A qué velocidad envejece Kal-El? ¿Cómo puede profesar la religión cristiana cuando conoce la existencia de otros dioses (Zeus)? o ¿Cómo se las apañan sus adversarios para conseguir pedrolos de kryptonita de un planeta que explotó tres décadas atrás en la otra punta de la galaxia?

Pero, curiosamente, las preguntas que afloran con más frecuencia son aquellas que se refieren a la pelambrera de Superman. Porque sus seguidores más puntillosos se preguntan a menudo cómo es posible que alguien con un organismo invulnerable se cortarse un pelo (tanto el vello facial como el de la cabeza) que se presupone indestructible. Uno de los cómics sorteó el asunto sentenciando que a Superman no le crecía el pelo en el planeta Tierra, una idea que no convenció a nadie. Por otra parte, decenas de guionistas se han tomado la molestia de aclarar que el superhombre afeita su férrea barba con su propia supervisión calorífica reflejada en un pedazo de la nave en la que llegó a la tierra, o en su defecto en un simple espejo. En ocasiones incluso otros kryptonianos son los encargados de pulirle el mentón tirando de superpoderes.

Una pequeña selección de la interminable cantidad de veces en las que Superman se ha segado los morros en las viñetas.

Lo cierto es que Superman ha sido visto más veces afeitándose con sus propios rayos que entrando en una cabina de teléfonos para cambiarse el traje. Porque esto último, a pesar de lo que suele pensar, era algo muy poco frecuente.

Afeitado en televisión.

El armario de Superman

Durante el clímax de Kill Bill: Volumen 2, el Bill interpretado por David Carradine a quien perseguía la heroína se marcaba un monólogo de villano inusual al alabar la mitología que rodeaba a Superman calificándola de no solo genial, sino única. Lo que más fascinaba a Bill era cómo el personaje se diferenciaba el resto de héroes de tebeo por la esencia que tenía su alter ego: «Batman no es otro que es Bruce Wayne, Spider-Man se llama Peter Parker. Cuando el personaje se despierta por las mañanas solo es Peter Parker. Tiene que ponerse un traje para convertirse en Spider-Man. Y esa es la característica que hace de Superman algo único. Superman no se convirtió en Superman sino que nació como Superman. Cuando se despierta cada mañana, es Superman. Su alter ego es Clark Kent. Y su traje, el que lleva esa enorme S, es la prenda en la que estaba envuelto cuando lo encontraron los Kent siendo un bebé, esa es su ropa. Y lo demás, las gafas, el traje azul, es su disfraz. Es un disfraz que Superman se pone para ser uno más de nosotros. Clark Kent es su visión de nosotros. ¿Y cuáles son las características de Clark Kent? Es débil, no confía en sí mismo, es un cobarde. Clark Kent, Superman, critica así a toda la raza humana».

Kill Bill. Imagen: Miramax.

El discurso era una excusa curiosa del guion de Quentin Tarantino para establecer paralelismos pop con la naturaleza asesina de Beatrix Kiddo (Uma Thurman), pero apuntaba a la interesante idea de señalar al hombre de acero como un superhéroe diferente a los demás, uno que necesitaba invertir el habitual truco del disfraz. Lo llamativo es que tanto el cambio de ropa como el propio outfit que lucía Clark Kent también han provocado preguntas entre el público. La primera gran duda es insultantemente obvia: ¿por qué nadie era consciente de que Kent y Superman eran la misma persona si la única diferencia entre ambos era el vestuario? Pero aquí tanto los cómics, series y películas utilizaban una treta popularmente aceptada por el espectador, la de recurrir a ese fabuloso artefacto conocido como las Gafas de la Fealdad. Un par de cristales totalmente comunes (ni siquiera de culo de vaso) que en la pantalla tienen el poder de transformar a tíos buenorros y tías buenorras en orcos de Moria a ojos del resto del mundo. Superman optaba por usar gafas como camuflaje principal porque, según la lógica del guionista, dichos cristales mutan en pardillo poco agraciado a su portador por muy tremendo que esté, una idea reciclada por posteriores comedias tontorronas para adolescentes. Alguien como tú y Princesa por sorpresa quisieron hacernos creer que Rachael Leigh Cook y Anne Hathaway eran feas por llevar gafas, e incluyeron secuencias donde para embellecer a las zagalas el primer paso siempre era deshacerse de las lentes. No es otra estúpida película americana parodió todo el asunto con gracia: allí Chyler Leigh dejaba de ser un patito feo y se transformaba a cisne gracias a un proceso de tunning limitado a quitarle las gafas y la coleta del pelo. En la película Superman IV una mujer le sugería al protagonista dejarse de monturas y probar suerte con las lentillas, pero para conservar su tapadera Kent se excusaba explicando que las lentes de contacto le irritaban los ojillos.

El resto de cuestiones sobre el ropero casual de Kal-El solían centrarse en el cambio de vestuario sobre la marcha cuando la situación lo requería, y sobre todo en qué coño hacía Superman con la ropa de Kent tras enfundarse el uniforme de superhéroe. Curiosamente, existe la creencia popular de que Clark Kent acostumbra a utilizar las cabinas de teléfono para cambiarse de ropa, lugares que no parecían el mejor sitio para ocultar la ropa de persona normal, pero esto es una suerte de leyenda urbana. En realidad, el héroe rara vez acudía a dichas cabinas para ponerse el traje de faena, y la primera vez que lo hizo fue en el cortometraje The Mechanical Monsters de 1941, una de las diecisiete peliculillas de dibujos animados paridas por los Fleischer Studios. De algún modo, quizás por culpa de un show radiofónico de aquella misma década llamado The Adventures of Superman, al público se le quedó grabada la idea de la cabina telefónica como útil cambiador superhéroico. Pero las posteriores aventuras del personaje no recurrieron tanto a ellas, y las escasas veces en las que lo hicieron también aprovecharon para comentar lo incómodo e inapropiado del lugar. Entretanto, en DC decidieron durante los años cincuenta y sesenta que a lo mejor era necesario aclarar qué hacía realmente Superman con los enseres de Clark Kent. Para ello, idearon una explicación tontuna al sentenciar que Kal-El acostumbraba a doblar con mucha maña todo el vestuario (camisa, pantalones, sombrero, zapatos, corbata y gafas) a la velocidad de la luz para introducirlo en versión ultracompactada dentro un bolsillo oculto de su capa.

En 1978, cuando las cabinas telefónicas ya habían comenzado a perder sus paredes, el Superman de cine protagonizado por Christopher Reeves se permitió un guiño simpático al hacer que Kent lanzase una mirada a un teléfono público justo antes de decidir que era mejor cambiarse de atuendo en una puerta giratoria. Jon Bogdanove, dibujante de Superman: The Man of Steel durante los años noventa, calificaba de mito el temita de las cabinas y aclaraba que los guionistas preferían que Superman se vistiera en algún almacén o habitación poco transitada para ahorrarse quebraderos de cabeza. En varias de las historias dibujadas por Bogdanove se acordó utilizar como cambiador la azotea del edificio del Daily Planet donde curraba Kent, al ser una ubicación mucho más vistosa, que daba más juego y que permitía que el kryptoniano dejase los trapos por ahí tirados sin temor de que alguien se los afanara. Y las versiones más modernas de Superman llegaron a idear trajes kriptonianos nanotecnológicos que aparecían de la nada.

Al margen de teléfonos y bolsillos secretos existe otra duda sin respuesta aparente que también asalta de tanto en tanto a los lectores más tiquismiquis. Si Superman viste el traje de héroe bajo las prendas de Kent, ¿cómo se las arregla para embutir la capa debajo de la camisa sin que la joroba sea evidente?

El esperma de Superman

Inevitablemente, las preguntas alrededor de la lógica del mundo de Superman tienden a acabar apuntando hacia la entrepierna e ideando escenarios que dan mucho juego para hacer bromas sobre cosas duras como el acero. Porque es natural que tarde o temprano el público acabe preguntándose cómo alguien con unos poderes tan ciclados puede apañárselas para no convertir en papilla a sus compañeros de cama. En una popular escena de la serie animada Justice League Unlimited (2004-2006) un Superman bastante encabronado le explicaba al supervillano Darkseid las virtudes de la autocontención, justo antes de proceder a dejarle el morro fino a sopapos a su antagonista. Durante dicha secuencia, Kal-El revelaba cómo habitar el planeta Tierra suponía en su caso algo similar a vivir en un «mundo de cartón», en un lugar frágil que podría romper si él no se andaba con cuidado. Sabiendo que sus pasos eran capaces de provocar terremotos, y que un bufido podía transformarse en un huracán, Superman confesaba que se veía forzado a vivir conteniéndose en todo momento, porque de lo contrario podría, sin querer, arrasar con todo lo que le rodeaba.

Trasladar toda esta información hasta el terreno de los arrumacos entre sábanas resulta aterrador, porque significa que echar un polvete con Superman sería el equivalente a acostarse con una escopeta cargada. Si tenemos en cuenta que estamos hablando de una persona que con un estornudo podría reubicar de golpe a toda la población de su Metrópolis natal, no es raro deducir que, a la hora de eyacular durante el clímax, los espermatozoides que salgan de su supercolita lo harán disparados a la velocidad de las balas. Y eso significa que Lois Lane lo tendría complicado para encamarse con Kal-El sin acabar en algún momento partida  en dos o con un butrón a la altura de la nuca. En Mallrats, Brodie (Jason Lee), un personaje tan obsesionado con los penes de los superhéroes como para desesperar al mismísimo Stan Lee, divagaba sobre todo lo anterior para acabar llegando a la conclusión de que el único modo que tendría Superman de echar un quiqui con chicas normales pasaba por enfundársela en un condón de kriptonita, una solución que lo mataría. Brodie también apuntaba que Lois no podría sobrevivir a la gestación en su vientre del hijo de Superman: «Es un extraterrestre, no lo olvides. Su anatomía kryptoniana se fortalece con el sol de la Tierra. Si Lois tomase el sol el niño podría romperle la barriga. Solo el útero de Wonder Woman es lo bastante fuerte como para llevar a su hijo».

Lo cierto es que la ficción ha decidido ignorar todo lo anterior de manera casi directa y, aunque algún medio (como la serie Lois & Clark: The New Adventures of Superman) sentenció inicialmente que el ADN de Krypton no es compatible con el terrestre, el superhombre ha logrado tener descendencia en tantas líneas temporales de sus correrías como para que sea difícil echar cuentas sin tener una lista a mano. Lois anunció su embarazo en Superman Dailies (1946), un superbebé destrozó la casa familiar en la portada del número nueve del Superman’s Girlfriend Lois Lane de 1957, existieron diferentes parejas de gemelos (Lyle y Lili, Larry y Carole, Kal y Jor) nacidos de la semillita de Kal-El la a lo largo de numerosas series (Superman, Superman’s Girlfriend Lois Lane, Adventures of Superman) y en general la camada de descendientes del héroe es de lo más variada: niños y niñas con Lois Lane (Lola Kent, Larry, Clark Jr, Kal-El Jr, Lisa, Laney, Krys, Laura Kent, Richard, M’R’R, K’R’K, Joel Kent, Kara Kent, Martha o Cir-El entre muchos otros), superzagales con Wonder Woman (Zod, Jonathan Kent, Bruce, Superboy, Supergirl), un puñado de vástagos adoptados (Christopher Kent, Gregor Nagy, Supergirl, Johnny Kirk, Jimmy Olsen, Tommy, Baby Bliss) y otros tantos fruto de sus relaciones con Lana Lang, Larissa Lenox, Lyla Lerrol e incluso con una sirena llamada Mooky con la que se insinuaba que podría haber concebido a un chaval medio niño y medio pescado. Un caso especial es el del personaje de Maxima por poseer un plan malvado de buscona intergaláctica: se trata de una «villana» cuyo objetivo es tirarse a Superman para tener un hijo suyo.

Parte de la camada alumbrada por Superman a lo largo de la historia.

Entretanto, los fans han sacado sus conclusiones propias sobre la viabilidad del coito seguro con kryptonianos y el consenso habitual es que el hombre de acero es capaz de controlarse lo suficiente durante el bombeo como para no convertir a la amada en pulpa. Y en lo que respecta al embarazo posterior, las trama del Superman & Batman: Generations de John Byrne ideó un colgante para Lois que, al imitar la radiación del sol rojo de Krypton, anulaba durante el embarazo los poderes alienígenas del feto y permitía a la mujer gestarlo con tranquilidad sin que una patadita de la criatura le provocase un boquete en la panza (algo que ocurría en una línea temporal alternativa del cómic Armageddon 2001).

En 1971, el escritor de ciencia ficción Larry Niven publicó un ensayo titulado Hombre de acero, mujer de kleenex basado exclusivamente en analizar, desde un punto de vista más cómico que científico, la vida sexual del superhéroe. Se trataba de la misma pieza que inspiró a Kevin Smith a la hora de escribir aquel descacharrante diálogo de Brodie en Mallrats sobre los condones de kriptonita y las cavidades interiores de Wonder Woman. A lo largo del texto, Niven divagaba sobre la posibilidad de que Superman fuese virgen, aunque «tiene visión de rayos X, sabe exactamente qué es lo que se está perdiendo» matizaba, porque sus superpoderes le impedían acostarse con seres humanos sin hacerles daño: «Los electroencefalogramas tomados a hombres y mujeres durante las relaciones sexuales muestran que el orgasmo se parece a “una especie de ataque epiléptico placentero”. Uno pierde el control sobre sus músculos. Se sabe que Superman ha dejado accidentalmente sus huellas dactilares marcadas en el acero y sobre cemento endurecido. ¿Qué podría hacerle a la mujer que tuviera entre sus brazos durante ese ataque epiléptico?».

Lo mejor del ensayo es que en el mismo se llegaba a una solución para que Lois y Superman tuviesen descendencia sin que la primera acabase convertida en un cromo. Niven proponía que Superman atrapase tirando de supervelocidad su propio esperma tras masturbarse en la luna (por aquello de la intimidad), para después guardarlo en un recipiente con la idea de inseminar artificialmente a la mujer. El escritor también imaginaba que soltar a tantos soldaditos del kriptoniano en el útero de Lois podría provocar que los superespermatozoides que no alcanzasen el óvulo se buscasen la vida por otro lado, y acabasen aterrorizando Metrópolis en busca de féminas. Y por eso mismo sugería que el propio Superman aislase, con su visión microscópica, a uno solo de ellos para evitar jaleos mayores. A la hora de lidiar con los nueve meses de gestación, y tras concluir que el cuerpo de Lois no estaba hecho para aguantar los embistes de un hijo de Krypton, el escritor opinaba que lo mejor era que el bebé los gestase en su interior el propio Superman y se tirase de cesárea en el momento de alumbrar a la criatura. «La mente se tambalea ante la imagen de un Superman embarazado patrullando los cielos de Metrópolis. Batman rechazaría ser visto con él, nuevos chistes circularían en las prisiones… y la raza de Krypton estaría segura al fin».

El dilema de Superman

Los cómics de la serie All-Star Superman se publicaron con frecuencia bimensual entre finales del 2005 y octubre de 2008. Guionizados por Grant Morrison, dibujados por Frank Quitely y entintandos por Jamie Grant, aquellos muy celebrados doce números (galardonados con los prestigiosos premios Eisner) jugaron a redibujar y reajustar el perfil del superhéroe. Algo que hicieron desde su propia portada con bastante éxito: la cubierta del primer número mostraba al caballero de Krypton contemplando la ciudad desde las alturas, pero no posando teatralmente con los puños apuntalando la cadera, sino de manera relajada y casual, dirigiendo una mirada cómplice al propio lector.

La trama de All-Star Superman presentaba a un héroe con fecha de caducidad, por culpa de una exposición excesiva a la radiación solar que chamuscaba lentamente sus células, reduciendo su esperanza de vida a doce meses. A lo largo de la serie, aquel superhéroe consciente de su condena se esforzaba por dejar su universo en orden para que la humanidad pueda apañárselas sin él. Y al mismo tiempo se esmeraba en cumplir doce tareas antes de palmarla, retos que elevaban su figura a alturas mitológicas al emparentarla con leyendas como la de aquel Hércules que también lidiaba con doce pruebas. El número diez de All-Star Superman contenía un par de ocurrencias especialmente interesantes, la primera de ellas era el concepto de la Tierra-Q, un miniuniverso que Kal-El construía donde existía una versión idéntica del planeta Tierra en la que no existía Superman. El experimento servía al héroe para indagar sobre cómo sería el devenir de los humanos en un mundo sin un superhéroe velando por ellos. Y lo bonito del asunto era que al cotillear cómo se las apañaba dicha Tierra-Q (que según Morrison vendría a ser nuestro mundo real), Kal-El descubría que la humanidad se fabricaba su propia versión del superhombre, a través de mitos y leyendas que acababan desembocando en la creación de un Superman que tan solo existía como protagonista de una serie de cómics.

El otro detalle a destacar de la décima entrega de All-Star Superman era la escena con el personaje suicida, esta página de cinco viñetas:

Los antecedentes del argumento: Superman escucha una conversación telefónica entre un terapeuta y su paciente, donde el segundo informa de que está a punto de quitarse la vida, y decide abandonar a Lois para evitar un suicidio. La puesta en escena de la página es perfecta, se presenta con una viñeta vertical donde el lector acompaña en las alturas a la persona suicida (Regan, un personaje deliberadamente andrógino), mientras esta arroja su teléfono al vacío tras hablar con el médico. Y continúa a lo largo de cuatro paneles más donde la aparición de Superman transforma la desesperación en sosiego evitando el salto fatal. Con el tiempo, esta secuencia se convertiría en la página más famosa de All-Star Superman, su estructura y mensaje sería analizado decenas de veces en medios sobre el cómic, sufriría tanto parodias como homenajes de la mano del mismísimo Batman, y en internet se haría especialmente famosa gracias a las declaraciones de lectores de tebeo ahogados por la depresión que aseguraban que aquella página les habían salvado la vida: «Lloré durante horas tras leer esto. Me identifiqué con aquella chica tanto que casi podía escuchar a Superman diciéndome que soy más fuerte de lo que yo creo. Ahora, cada vez que mi depresión comienza a asomar su fea cabeza, yo repito sus palabras y le imagino abrazándome cuando estoy al borde del precipicio. Me funciona mejor que cualquier terapia o medicación que yo haya probado. […] Y ni siquiera me importa que sea un personaje ficticio de tebeo, él me ha salvado». Dejando aparte lo quizás demasiado melodramático del asunto en la vida real (a esa persona que clamaba haber sido salvada por un personaje de tebeo probablemente no le salvó la vida tanto Superman como el hecho de haber encontrado el mensaje necesario en el momento oportuno), lo interesante es que aquí Morrison se molestaba en demostrar que el héroe no solo era capaz de enfrentarse a peligros a gran escala sino también de lidiar con conflictos más íntimos y personales. Que la figura del superhombre también podía prestar atención a los hombres y mujeres de manera individual. Porque con su superoído podía saber en todo momento lo que estaba pasando.

Homenaje a la secuencia de All-Star Superman por parte de DC Universe Rebirth: Batman #4. Aquí la cosa acaba peor.

Y es aquí donde aparece la lógica del frigorífico para sentenciar que el verdadero dilema de Superman viene provocado por su naturaleza de deidad: teniendo en cuenta que ocurren desgracias en todo momento, no es difícil aventurar que la oreja del hombre de acero captará continuamente llamadas de auxilio de cientos de personas a punto de espicharla. Peticiones que el héroe no será capaz de atender en su totalidad por pura logística, al suponerse necesario el tener que anteponer unas catástrofes a otras en el momento de prestar socorro. O, simplemente, porque en determinados momentos el personaje estará hasta las superpelotas de salvar a la raza humana e intentará relajarse llevando una vida anodina como Clark Kent, acurrucándose junto a Lois Lane o echando la siesta delante de la tele. Por eso mismo sus dones resultan aterradores, porque Superman es una criatura que evoca la naturaleza espeluznante de lo que significa ser un dios con la antena siempre puesta: alguien que está constantemente escuchando las oraciones de sus fieles y que tiene el poder de decidir a quién salvar y a quién no. Algunas historias han tocado de manera más o menos directa el tema, confirmando que el personaje selecciona las desgracias a auxiliar según determinados factores, como la existencia de otro tipo de ayuda en camino. Pero aun así, es obvio que siempre existirá alguna tragedia a gran escala en curso, o que algún adolescente estará a punto de suicidarse en algún lugar del planeta. La explicación más sencilla sobre cómo puede lidiar el personaje con todo esto es asumir que, en ciertos momentos, decida activar el Modo Avión y apagar por completo la cobertura.

Niven, en el texto Hombre de acero, mujer de kleenex, también divagaba sobre la posibilidad de que el joven Superman tuviese tantos agujeros en la cabeza como en el techo de su cuarto de adolescente amigo de autoexplorarse. El literato insinuaba que el personaje bien podría ser un esquizofrénico por culpa de la carencia de una figura paterna que fuese capaz de imponerse durante la edad del pavo, y también como consecuencia de muchos otros factores derivados de ser un alienígena en un planeta ajeno. Y quizás ese es el auténtico dilema de Superman: cómo mantener la cabeza en orden de un personaje que se ve obligado a desconectar sus sentidos, aun sabiendo que morirá gente que tan solo él puede salvar, y a contener sus poderes si no quiere reventar la pared vaginal de su querida con una ráfaga de espermatozoides.


La Liga de la Justicia o el tono del relato de superhéroes

Imagen: DC / Warner Bros.

Llegó la cinta que prometía estremecer los cimientos del universo cinematográfico de DC. Ya saben, lo de siempre: «Mundos morirán, mundos vivirán…». Pero al final, como en la fábula, los montes apenas parieron un ratoncillo, por más que el roedor en cuestión fuera pariente de Super Ratón. Y es que el debut de la Liga de la Justicia en la gran pantalla venía herido de muerte desde su misma concepción, en un proceso plagado de malas decisiones, improvisaciones y cambios de rumbo con más mentalidad de espionaje industrial que verdadera vocación creativa. A estas alturas, ya sabrán ustedes del arduo camino (una película iniciada por Zack Snyder y rematada por Joss Whedon) y del resultado: una avalancha de críticas negativas, alguna que otra opinión un poco más favorable, y unos resultados en taquilla que llevan a Warner camino de perder varias decenas de los millones invertidos. Los diagnósticos a posteriori siempre parecen muy fáciles, y del mismo modo que todo español de a pie esconde un entrenador de fútbol en su interior, cada friki lleva oculto su productor cinematográfico que saca a pasear oportunamente con cada nueva película.

Es por eso que a rebufo del estreno de la cinta del supergrupo ha surgido un pequeño clamor popular (en forma de change.org, que es, junto con el flame tuitero, la forma que toman hoy en día los clamores populares) para que se haga público el director’s cut de Zack Snyder de la Liga de la Justicia. Según esta escuela de pensamiento, el verdadero pecado original del film es esa mano de chapa y pintura final aportada por Joss Whedon, que parece ser responsable del cambio de tono de la película respecto a sus predecesoras El hombre de acero y Batman v. Superman. Y así, solo restaurando la visión original de Snyder se haría (no veo manera de esquivar el chiste fácil) justicia con el film. Frente a esa idea (en principio hasta loable, por lo que tiene de preservación de la obra de un auteur) cabe proponer otra alternativa, que es la que defiende este ensayo: la manera de salvar La Liga de la Justicia pasaría por extirpar todo el material de Snyder que sea posible y hacer un Whedon’s cut. Aunque acabásemos quedándonos con un cortometraje. A grandes males…

Es evidente que La Liga de la Justicia apuesta por un registro de mayor ligereza, que se traduce en un ritmo más ágil y a veces atropellado, menos grandilocuencia y pretenciosidad y bastante más humor. También es verdad que todo eso choca frontalmente no solo con las dos cintas anteriores, sino con buena parte de lo rodado por Snyder para esta: como ya ha resaltado buena parte de la crítica internacional, esas dos almas de la película, correspondientes a sus dos máximos artífices, no engarzan bien… y se nota. Pero si se elimina cuidadosamente la huella de Whedon del resultado final, lo que queda es (como no podía ser de otra forma) una prolongación en argumento, tono y estilo de Batman v. Superman. Y aquella era una película tan infame que para listar sus pecados no habría espacio suficiente en un artículo de esta web (y recuerden: estamos hablando de Jot Down). Es ese sustrato, que los sucesivos reshoots y reescrituras han sido incapaces de borrar, lo que impide que la película sea la aventura optimista e inspiradora que su otra mitad se esfuerza por ser.

Los apologetas de este universo cinematográfico de DC han expuesto hasta la saciedad que precisamente ahí residía la gran virtud de las películas previas: frente a las cintas livianas e intrascendentes de Marvel, sostienen, Warner-DC ha apostado por un tono «adulto», más «profundo» y «maduro». Faltan comillas en el teclado para expresar toda la ironía que puede despertar esa afirmación ante los resultados finales. De todos los problemas que plantea esa defensa, el principal estriba en confundir la oscuridad lumínica con oscuridad narrativa. Dicho de otro modo: quitarle dos focos al set no garantiza una narración compleja, sombría ni, por supuesto, profunda. Si a Batman v. Superman se le suman doscientos lumens, resulta que la película no deja de ser un team-up tebeístico de manual, donde dos superhéroes se calzan hostias mutuamente hasta que en las últimas páginas se alían contra un enemigo común: del mismo modo que si a Thor: Ragnarok se le baja el brillo a tope no se convierte en El séptimo sello.

Pero es que quizá ahí reside la clave: esta es una franquicia que no necesita oscuridad o existencialismo. A fin de cuentas, de lo que se trata es de reunir a un grupo de héroes bajo dos conceptos fundamentales: el de la esperanza que lleva Superman en el pentágono de su pecho y de la justicia que da nombre al equipo. Y ahí funcionan mal las paletas grisáceas. No en vano, entre los aciertos de Whedon está el reemplazar al músico Junkie XL por Danny Elfman: un compositor que, si bien no se encuentra en su mejor momento creativo, sí ha sabido entender que estos personajes funcionan mejor en su dimensión icónica. Por eso recupera su propio tema de Batman, compuesto para las cintas de Tim Burton, y también, aunque sea brevemente, algunos acordes del Superman de John Williams. De hecho, la mejor explicación posible de en qué consiste eso del tono superheroico no tiene plasmación en palabras sino en sonidos: escuchen del tirón The Helicopter Sequence de Williams como demostración práctica y emocional de lo que una película de (o con) Superman debería ser.

Y esto no ha de entenderse como una enmienda a las relecturas y deconstrucciones del género que se vienen llevando a cabo en las viñetas, sobre todo desde los años ochenta. Algo parecido le funcionó de maravilla a M. Night Shyamalan con la fascinante El protegido y, sin necesidad de irse fuera de la propia DC, Christopher Nolan abordó un enfoque «de madurez» para construir su imponente trilogía del Caballero Oscuro. Lo que pasa es que, como sucede a menudo con los grandes estudios, Warner Bros leyó aquel éxito de crítica y taquilla en términos absolutos y creyó que el tono solemne que había funcionado tan bien para aquel Batman sería una garantía de éxito aplicado a todo su plantel de personajes de tebeo. Pero ni Superman es el hombre murciélago ni Zack Snyder es Nolan. La mirada que sirve para un personaje no es apropiada para el otro, y sobre todo (y como siempre), es el talento tras la cámara el que acaba por marcar la diferencia. Por más que los rotulistas de los tráilers sigan intentando vendérnoslo como autor «visionario», el director de Sucker Punch solo tiene, en el mejor de los casos, una cierta habilidad para componer imágenes impactantes, pero sus dotes como contador de historias son nulas. Los planos de sus películas, aislados, pueden deslumbrar, pero a la hora de articularlos entre sí Snyder se da de bruces contra la dura realidad de la narrativa. Por eso la mejor parte de su Watchmen era el videoclip de los créditos iniciales al son de Bob Dylan, y por eso también las campañas promocionales de sus películas suelen prometer más de lo que ofrece luego el producto final.

¿Qué opciones se le abren al Universo DC a la vista de todo esto? Pues ante la improbabilidad de ver tanto ese «Snyder cut» que piden unos como el «Whedon cut» que se ha propuesto más arriba, lo que resulta evidente ante La Liga de la Justicia es que el golpe de timón ha llegado tarde y mal, pero también que era una medida necesaria. Sin entrar en lo puramente argumental (si harán un reboot total, si aprovecharán los presumibles viajes en el tiempo de la película de The Flash para hacer tabula rasa o si seguirán por la senda actual), la solución más interesante pasaría por consumar este cambio de tono en películas más acordes con el espíritu de optimismo que se asocia a los iconos del cómic: el mismo que emparenta directamente al Superman de Richard Donner con la Wonder Woman de Patty Jenkins. Y respaldar ese rumbo con una línea de producción clara (una visión creativa coherente y fuerte como la que Kevin Feige ha trazado en Marvel) y una serie de talentos incuestionables tras la cámara: el tipo de directores que de verdad tienen solvencia narrativa que aportar, y no solo una pose cool que pueda calar entre una parte del fandom. DC Cómics tiene miles de historias de las que puede nutrirse el medio cinematográfico, y a algunos de los personajes más icónicos de todos los tiempos; así que no hay excusa para no ofrecer a los espectadores un puñado de grandes películas. Y en estos tiempos que corren, no vendría mal un soplo de aire fresco en forma de justicia y esperanza. Aunque sea en una sala de cine.


Por qué es una estupenda noticia que Wonder Woman sea un filme mediocre

Wonder Woman, 2017. Imagen: Warner Bros.

No se puede creer: resulta que el nuevo Doctor de Doctor Who ya no va a ser Doctor sino Doctora. Con esta indigna ofensa, la BBC ha arruinado las infancias de millones de fans de uno de sus productos más longevos, plegándose así a esa patulea de voceros de la corrección política que nos invade. Y encima de una manera totalmente injustificable, porque todo el mundo sabe que los viajeros del tiempo extraterrestres transdimensionales son siempre hombres, vamos. ¿Cuánto más van a sufrir nuestras prístinas masculinidades como sigamos por este camino de decadencia y degeneración? ¿Qué será lo próximo? ¿Una mujer cruzando el mar a lomos de dragones? ¿Una mujer encabezando una rebelión armada con arco y flechas? ¿Una mujer a hostias contra alienígenas de sangre corrosiva? A poco que bajemos la guardia, son capaces de hacer un blockbuster de superhéroes protagonizado por una de estas advenedizas arpías; y eso ya sí que sería el acabose.

Exacto. Y además, para rematar la afrenta, parece ser que la peli en cuestión está dirigida también por una mujer. Así que allá que nos vamos para el cine a ver Wonder Woman, no sin antes habernos calado nuestros gayumbos de acero no sea que se caigan los alfileres con los que mantenemos sujeta nuestra virilidad. Espero que, al menos, la entrada sea más barata que la de los testosterónicos filmes que Mel Gibson rueda con su polla.

[No sigan leyendo si les asustan las mujeres protagonistas o si no quieren saber nada de la película porque, a partir de ahora, vienen unos cuantos SPOILERS]

Más de lo mismo

La cinta se desarrolla a principios del siglo XX pero comienza en la actualidad, con una elegantísima Diana Prince, a la sazón conservadora del Louvre parisino, haciendo referencia a lo único salvable de ese subproducto agresivamente estúpido llamado Batman v Superman, y que era, precisamente, el personaje de Wonder Woman. Se supone que el filme tiene que prepararnos para la futura Justice League porque forma parte del universo cinematográfico extendido que DC está construyendo para competir con Marvel —un fenómeno al que también se ha apuntado Universal con sus monstruos y que, como tengan éxito, me temo que acabaremos viendo hasta en las pelis de Michael Haneke.

Sea como fuere, la cosa enseguida cambia el foco temporal y se adscribe a la estructura de todas estas cintas sobre el origen de un superhéroe. Podemos entender la decisión porque el cine llega a un público bastante más amplio que el de los cómics y no es plan de colocarles delante al tío en mallas así sin más, por mucho que algunos ya estemos aburridos de ver caer el collar de perlas de Martha Wayne o a la simpática araña clavando sus fauces en el pizipireto Peter Parker. En este caso es incluso más comprensible porque, pese a que Wonder Woman forma parte del olimpo de DC, es un personaje mucho menos famoso que sus contrapartes masculinos, quién lo iba a decir. Además, el canon de los tebeos situaba la primera aparición de la superheroína del lazo en la II Guerra Mundial y, sin embargo, el filme de Patty Jenkins transcurre durante la guerra del 14.

Ahora bien, lo que quizá no era tan necesario es alargar la infancia, preadolescencia y adolescencia de la princesa de Temiscira. Sí, es importante para los acontecimientos venideros conocer las vicisitudes de su crecimiento, enseñarnos esa sociedad de amazonas inmortales que vive en una idílica isla del Mediterráneo separada del resto del mundo por una niebla que no sale en el pronóstico del tiempo, mientras se entrenan día y noche para hacer frente al mal entre mitológico y terrenal que se les avecina. El problema es que, cuando el mal de marras aparece en forma de apuesto piloto americano y malosos soldados alemanes, más de un espectador se había resignado a que Wonder Woman fuese un péplum.

Una vez las amazonas derrotan a los alemanes en la playa, no sin cierta dificultad, Diana decide que esa  «guerra que va a acabar con todas las guerras» de la que le habla el capitán Steve Trevor no es más que la ominosa profecía para la que la han preparado, además de obra de su archienemigo, el dios Ares. Así que se pira a Europa junto con nuestro piloto-espía de carismáticas —y pobladísimas— cejas, a demostrar que las carabinas, las ametralladoras y las armas químicas poco pueden hacer contra un buen escudo y una buena espada (además de fuerza y velocidad sobrehumanas, unos brazaletes mágicos y un lazo fluorescente que obliga a decir la verdad a quien se ve atrapado por él).

A partir de este momento tampoco tiene mucho sentido contar el resto del metraje porque sigue unas pautas tan eficaces como predecibles. A saber: la princesa llega a Londres, no entiende el mundo moderno porque es una mierda, va al frente occidental al que tampoco entiende porque es todavía más mierda pero, al menos, le sirve para hacer lo que mejor se le da hacer, que es proteger a los inocentes y liarse a mamporros contra los malos como buena superheroína de cómic que es. Luego, tras un par de intentos infructuosos y algún sacrificio trágico, Diana, ya definitivamente convertida en Wonder Woman, se enfrenta en combate épico al malvado final,  el cual, por cierto, no era quien nos habían insinuado que era sino un señor que había puesto cara de bueno siempre que había salido en el filme, lo despacha y tatachán, final de la peli; la Gran Guerra se acaba, los créditos suben, las niñas salen del cine deseando ponerse una coraza griega para luchar contra la injusticia, y los niños, bueno, los niños también porque la tía mola que te cagas.

Nada de esto es necesariamente malo y, de hecho, desde La reina de África hasta Kingsman, pasando por Terminator 2 o Aliens, hay un montón de magníficas cintas de acción y aventuras que siguen patrones clásicos sin ninguna otra ambición ni alarde estructural o lingüístico más allá de contar bien una historia y hacerla lo más disfrutable posible. Lo que pasa con esta Wonder Woman es que, comprendida como artefacto aislado, es una película muy irregular. Contiene secuencias formidables, como la batalla en las trincheras donde, con la mejor tradición superheroica, Diana se despoja de su gabán para enseñar no solo el traje de heroína sino su sentido de la dignidad y la justicia. También incluye algunos alivios cómicos bien divertidos, algo extraordinario en los enfurruñadísimos filmes de DC; y un par de esclarecedores mensajes para navegantes, con mención especial a la definición que Diana hace de lo que es una secretaria. Además, Chris Pine sabe arquear la mirada hasta el punto justo para ser un secundario perfecto, sin robar la mínima fracción de protagonismo a la verdadera estrella, una Gal Gadot que sostiene  todo el peso del metraje con una interpretación que mezcla candor y empoderamiento en una aleación tan robusta e indestructible como sus brazaletes.    

Wonder Woman, 2017. Imagen: Warner Bros.

En el lado torpe de la balanza, el guión de Allen Heinberg incurre en notables defectos de ritmo, alargando situaciones hasta lo pegajoso y contrayendo otras que merecían más tiempo en pantalla, lo cual da como resultado unos cuantos personajes descorazonadoramente desaprovechados, como los genéricos compañeros de armas de los protagonistas o, sobre todo, el interpretado por Elena Anaya, esa Doctora Veneno que apuntaba mucho más de lo que nos ofrece la película.

En definitiva, que Wonder Woman, considerada como blockbuster de superhéroes, es una cinta mediocre, al menos según la primera acepción de la RAE. Es decir, no es el tordo perpetrado por incapaces cognitivos que la precedió en el universo DC pero se queda a una buena distancia de la resplandeciente Los Vengadores. Pero, ¿saben una cosa? Esto es noticia estupenda.

El mundo necesita que el relato sea completo

Aquí es donde no podemos analizar a Wonder Woman de forma aislada, no podemos obviar que es un filme dirigido al público masivo, de un género dominador en el panorama hollywoodiense, con un presupuesto de ciento cincuenta millones de dólares, y que está protagonizado por una mujer y dirigido por una mujer. Todas estas circunstancias convirtieron a  la película en una cuestión simbólica desde varios meses antes de su estreno, desde el mismo momento en que se anunció. No podía ser un fracaso: tenía que ser buena, tenía que ser divertida  y, por encima de cualquier otra condición, tenía que reventar la taquilla. Es decir, por su propia naturaleza, tenía que demostrar más que otras películas similares. Una presión añadida que, de algún modo, sonará a millones de mujeres en todo el mundo.

Entonces, si Marshall McLuhan tenía razón y el medio es el mensaje, el mensaje último de Wonder Woman es que las mujeres pueden rodar taquillazos veraniegos tan bien (y tan mal) como los hombres. Sí, ha habido más filmes de acción exitosos protagonizados por mujeres y también ha habido más filmes de acción exitosos dirigidos por una mujer, pero es que la cinta de Jenkins lleva recaudados casi ochocientos millones de dólares en todo el mundo. No es solo la película dirigida por una mujer más taquillera de la historia sino que es la tercera película producida por Warner Bros. que más ha recaudado en los Estados Unidos, por delante de, lo han adivinado, Batman v Superman.

¿No significa esto que la verdadera buena noticia es que sea un éxito de público? Es razonable pensar que si Wonder Woman no hubiese conquistado la taquilla por mucho que sea casi idéntica a tantos otros filmes, las productoras, cuyo motor último es el dinero, se habrían fijado en lo único que la diferenciaba y, por tanto, serían aún más reticentes a colocar a una mujer en la silla de dirección. Pero también es razonable pensar que, con la enorme cantidad de dinero que pusieron en la promoción y el marketing de la película, el riesgo de fracaso económico era virtualmente despreciable. Es decir, que ya habían confiado en la batuta de una mujer. La única variable real, pues, era la calidad de la cinta; y si la cinta hubiese sido impecable, es igualmente razonable pensar que la presión a la que estuvo sometida se replicase a cualquier filme de género que, a partir de ese momento, fuese a dirigir una mujer.

Sin embargo, al firmar una película poco más que pasable, Patty Jenkins y por extensión, Warner Bros., abren (aunque sea levemente) la puerta a que otras mujeres puedan operar de manera similar a como lo hacen sus colegas hombres. Si Zack Snyder ha rodado estruendosos fracasos de crítica y público como Sucker Punch pero sigue al frente del universo cinematográfico de DC, y la última obra de Joss Whedon fue esa mediocridad llamada La era de Ultrón pero le siguen lloviendo ofertas, ya va siendo hora de que Jenkins y las que continúen su camino tengan las mismas oportunidades. Porque no sé si lo saben, pero la última película de Jenkins antes de Wonder Woman fue la multipremiada y multinominada Monster, y se estrenó  hace nada menos que catorce años.

Idealmente no necesitamos más películas pasables en el cine comercial pero, siendo realistas, eso es algo que va a seguir sucediendo. Si por cada cinco filmes mediocres aparece uno brillante, es difícil que esa proporción vaya a mejorar de forma ostensible. Pero, parafraseando a la cineasta Leticia Dolera, lo que sí necesitamos es que el relato sea completo; y sin las mujeres que guionizan, que dirigen o que son jefas de equipo, la narrativa del mundo de la cultura seguirá siendo parcial. Es ingenuo pensar que el foco de la industria va a girar por sí solo hacia las mujeres que hacen cine, pero si estas mujeres son más visibles, si se les permite hacer cine más visible y, en definitiva, si su número es mayor, el mundo no tendrá más remedio que acabar fijándose. El camino es muy largo pero es posible que Wonder Woman, siendo un éxito y siendo mediocre, ayude a que más mujeres se animen a intentar ocupar puestos de responsabilidad sin la presión sobrevenida. En todas las ramas de la industria y en todos sus géneros.

Además, ¿cómo sabemos que el relato no solo será más completo sino que será mejor? ¿Se han preguntado alguna vez cuántos genios de la cultura nos habremos perdido a lo largo de la historia solo porque eran mujeres, o de raza negra, o del país equivocado? ¿Cuánta gente fue invisibilizada, apartada o convertida en «anónimo»? ¿Cuántas personas con un talento inmenso ni siquiera se llegaron a plantear dedicarse a la disciplina para la que tenían ese talento porque sabían que nadie les tendría en cuenta? Es bastante probable que Patty Jenkins no sea el próximo Billy Wilder, pero la sociedad ya no se puede permitir perderse a alguien tan bueno como Wilder únicamente porque haya nacido mujer.

Patty Jenkins durante el rodaje de Wonder Woman, 2017. Imagen: Warner Bros.


Pablo Durá: «El cómic es un arte tan válido como la danza, el teatro o la poesía»

Fotografía: Alberto Gamazo

Pablo Durá saltó a los titulares cuando consiguió, junto a su colega David Abadía, la inhabitual hazaña de escribir para Marvel siendo un guionista español. En la actualidad prepara el lanzamiento de un cómic sobre la Brigada Lincoln, los voluntarios estadounidenses que lucharon junto al bando republicano en la Guerra Civil española. Hablamos sobre la llamativa historia de aquellos voluntarios, y de la maquinaria Marvel, pero también de otros asuntos relacionados con el mundillo: el estereotipo del fan de los cómics como individuo inadaptado o extraño, la relación entre cómic y cine, la diferencia entre la industria estadounidense y la europea, los arrebatos cascarrabias de Alan Moore, lo que sucedería si Pérez-Reverte escribiese un tebeo, la peculiarísima costumbre de los autores españoles de incluir a Chiquito de la Calzada o Marhuenda en cómics estadounidenses, el Nobel de Bob Dylan… de todo un poco.

La Brigada Lincoln estaba formada por voluntarios estadounidenses que combatieron en la Guerra Civil española. ¿Por qué precisamente esa historia?

Yo no les conocía. Sí, conocía cosas como Por quién doblan las campanas, de Hemingway, pero creía que habían sido cuatro voluntarios estadounidenses. No sabía que habían sido tantos. Y sí, sabía lo de las Brigadas Internacionales, pero pensaba que se reducían más al ámbito europeo, por aquello de la vecindad. Pero cuando supe que había muchos voluntarios americanos decidí investigarlo un poco. Empecé a leer sobre el tema. Me gustó mucho el concepto de unos tíos que viven otro lado del mundo y que quieren venir a España para luchar contra el fascismo… me dejó fascinado. Pensé que era una historia buenísima para un cómic. Y ya cuando conocí la biografía del protagonista, Oliver Law, dije «¡Ahora sí, ahora lo tengo que hacer!». Su historia me pareció totalmente alucinante. El primer afroamericano al mando de un grupo de soldados estadounidenses de diferentes razas, algo que sucedía por primera vez en la historia, y pasó en España. ¿Cómo nadie ha hecho una película de esto? Pensé: mira, yo películas no sé hacer. Pero voy a intentar hacer lo que yo sí sé. De esto hace ya diez años, pero entonces no tenía interiorizado que quería escribir, lo tenía más como un hobby. Creo que fue a partir de lo de Marvel cuando pensé: «Esto es posible. Vamos allá».

El personaje que mencionas, Oliver Law, era bastante carismático y desde luego podría dar para una gran película: antes de venir a España ya había estado en el ejército estadounidense, había sido sindicalista, tenía madera de líder… pero no es un personaje demasiado conocido, ¿verdad?

¡Qué va! Y ese es otro motivo para escribir esta historia. Yo no tenía ni idea acerca de estos voluntarios ni de Oliver Law, y estoy convencido de que otra mucha gente tampoco la tiene. Probablemente en Estados Unidos tampoco. Me gusta publicarlo en España, pero donde de verdad me hace ilusión publicarlo es en Estados Unidos, solo por decirles: «¡Mirad, mirad! Son antepasados vuestros, ¡mirad lo que hicieron!». Por intentar mantener viva la memoria de esos voluntarios. Mi idea es hacer una edición en inglés y otra en español, y gracias a eso hay mucha gente de fuera de España que ha puesto dinero en el crowdfunding.

¿Te gustaría que alguien hiciese una película con esta historia?

Joder, me encantaría. Lo que pasa con el cine es que se pierden tantos detalles… una serie estilo Band of Brothers, eso sería perfecto para desarrollar los personajes. Cada vez que le explico a alguien de qué va este libro, les digo que si han visto Salvar al soldado Ryan y han visto Band of Brothers, es ese mismo rollo. Sobre todo tirando más a Band of Brothers. Porque esto no es un libro de historia. He intentado documentarme al máximo, pero lo que he querido contar es el lado humano. Evidentemente va a haber tiros y algo de acción, pero se trata de contar la historia de esos voluntarios en un contexto muy particular.

En ese proceso de documentación has llegado a hablar con sus descendientes.

Sí. La verdad es que yo no sabía cómo contactar con ellos. Claro, sabes quiénes eran los padres, los abuelos, pero no sabes cómo se llaman los actuales familiares. Pero en Estados Unidos hay una asociación, ALBA, Abraham Lincoln Brigade Archives, de familiares de veteranos de la Brigada Lincoln. Tienen una publicación que se llama The Volunteer y un miembro de la revista me dijo que había visto el tebeo, que le había gustado mucho la idea, y me preguntó si podían entrevistarme. Yo les dije: «¡Claro! ¡Si esto es para vosotros!». A partir de ahí otros familiares contactaron conmigo. De hecho, uno de ellos es la hija de uno de los personajes que sale en el tebeo, Joe Dallet. Cuando te llega un e-mail de la hija de Joe Dallett, es como «¿Un momento? ¡Cerrad las puertas, tengo que leer esto, que nadie me moleste!». Porque se lo podrían haber tomado a mal, pero no… todo lo contrario. Les gustó mucho el proyecto e incluso han colaborado. Ella me dijo que no me preocupase: «Mi padre estaría contento de que quieras mantener viva su memoria. Hubiera estado encantado de hablar contigo y responder a todas tus preguntas». Eso es como tener el permiso, básicamente. Ya puedes concentrarte en escribir la historia, porque quieres hacer justicia a esa memoria y no quieres traicionar esa confianza.

En la Brigada Lincoln hubo nada menos que noventa combatientes afroamericanos. ¿Qué sientes cuando ves que en Estados Unidos sigue habiendo tensiones raciales, o noticias de policías que tirotean a ciudadanos negros, etc.?

Es una cosa que me llena de horror, sobre todo porque hay que tener en cuenta que esos voluntarios afroamericanos vinieron a España para defender unos derechos de los que ni siquiera ellos podían disfrutar en su país. Se sentaban en una parte distinta de los autobuses, no podían entrar en el mismo cuarto de baño, no podían beber en la misma fuente. Y sin embargo vinieron aquí a defender esos derechos. Cada vez que veo que siguen existiendo tensiones raciales, que incluso se agravan en algunas partes de Estados Unidos, me produce horror.

Has elegido para la parte visual un equipo artístico formado por Antonio Rojo, Ester Salguero y David Antón «Puste». ¿Por qué ellos? ¿Cuando concibes la historia y escribes el guion, visualizas ya el tipo de imagen que vas a buscar?

Es difícil, porque a lo mejor lo imaginas con un estilo concreto, pero ves a otro dibujante y piensas que su estilo también estaría bien. En eso soy bastante indeciso. Lo que sí tenía claro es que quería a alguien con buena narrativa, que supiera contar una historia solamente con dibujos.

La filosofía Hitchcock, que decía que una película debería poder entenderse sin los diálogos.

Sí. De hecho es como se mide que un dibujante tenga buena narrativa: mirando los dibujos sin leer el texto. Hablé con David Antón porque es de aquí, de San Vicente, y nos conocemos hace muchos años. Él me habló de Antonio, me dijo que había trabajado con él y es muy profesional. Le pregunté: «¿Su narrativa es buena?». Me dijo: «Sí». Antonio me envió unas páginas suyas y me gustaron. También le pregunté por coloristas y me dijo que Ester Salguero trabajaba muy bien. Ahora, viendo las páginas, en mi opinión personal creo que hemos acertado. Es una narrativa clara; creo que aunque haga veinte años que no te hayas leído un tebeo, o aunque no te lo hayas leído nunca, no es farragoso de leer. Entra fácil por el ojo.

Tiene un estilo muy cinematográfico.

Esa es la idea. Sobre todo pensando más en el lector ajeno a los cómics, que quizá sepa algo de historia y le suene lo de la Brigada Lincoln. Creo que hemos acertado porque hay mucha gente que no ha leído un cómic en su vida y en la campaña de crowdfunding se lo ha comprado. Pablo Iglesias hizo retweet a la noticia de El País sobre este tebeo. Estoy seguro de que, entre toda la gente que lo ha comprado en la campaña, lee tebeos un porcentaje muy pequeño. No sabría decirte cuántos, pero cuando aportan al crowdfunding les envío un mensaje de agradecimiento y muchos me responden sin que la palabra «tebeo» aparezca en ningún momento. «Ah, sí, me gusta mucho el proyecto, lo de los voluntarios, yo es que soy muy del rollo republicano, etc.». Pero muchos no leen tebeos. Y los que sí los leen y además simpatizan ideológicamente con el tema han puesto dinero, no los veinticinco euros que costaba, sino más. Eso te pone un peso sobre los hombros. Una vez lo tienes publicado y la gente se lo compra, es como: vale, ha gustado. Pero que te den el dinero de antemano… hostia, ahora hay que cumplir. Eso, la verdad, asusta un poco. Lo ideal habría sido poder pagarlo yo, haberlo publicado y después intentar darle toda la publicidad posible. Pero la campaña ha ido bien. Quedaba una semana y parecía que íbamos a llegar al objetivo de los trece mil quinientos euros raspados, y que a lo mejor me tocaba poner unos cientos de euros, pero fue hacer Pablo Iglesias ese retweet y llegamos al objetivo en cuestión de horas. Fue increíble.

Puestos a imaginar una película, ¿hay algún actor concreto al que imagines en el papel de Oliver Law?

Sí. A veces te imaginas cómo habla un personaje, entonces es más fácil tenerlo en tu cabeza. Uno que me gusta como actúa y creo que hasta se parece físicamente es John Boyega, el de Star Wars [ríe]. Es que se parece un poco. Y es joven, para interpretar la parte de unos años antes de la guerra, cuando Oliver está en Chicago y se inicia en el movimiento obrero y comunista. También podría maquillarse para parecer más mayor. Otro que también me gusta es Anthony Mackie, el de Capitán América.

¿Tienes intención de intentar mover la historia en la industria cinematográfica, de contactar con estudios?

No. Estaría muy bien, pero mi única preocupación ahora mismo es terminar el cómic y terminarlo bien. Que la gente, cuando lo haya leído, sienta que ha sido entretenido y que se lo ha pasado bien. Lo del estudio es una cosa que estaría bien, pero hay tanto cantamañanas en esta industria…

¿En la del cómic o en la del cine?

En las dos. Yo sigo a El Torres en Facebook [Juan Antonio Torres, guionista y editor de Amigo Cómics, N. del R.], aparte de que lo conozco personalmente, y muchas veces ha comentado ideas que después otros le han afanado. Proyectos que se parecen mucho a un cómic suyo. Lo primero es lo primero… ahí voy a hacer, salvando las distancias, como Alan Moore. Yo a lo mío, y al que pagan por preocuparse del tema del cine ya se preocupará. Además, el problema aquí es que el argumento no es una idea original. Cualquiera podría hacer una película biográfica de la Brigada Lincoln y yo legalmente no podría reclamar nada. Es como hacer una película sobre la II Guerra Mundial. No es cosa mía. Yo hago lo que yo sé hacer.

Es notorio que David Abadía y tú llegasteis a escribir para Marvel. Esto es algo excepcional, porque apareciste prácticamente desde ninguna parte. La historia de cómo lo conseguisteis es bastante curiosa.

Hace unos años yo estaba trabajando de comercial inmobiliario, en el mundo de la construcción. Lo dejé y le dije a David que quería dedicarme a escribir, porque es lo que me gusta. Llevo toda la vida leyendo cómics y me quedaba esa espinita. Me respondió: «Cojonudo, si te apetece, podemos intentar trabajar juntos» y consideramos varias posibilidades. El problema de las grandes editoriales como Marvel o DC es que, si no has publicado en otro sitio antes, ellos tampoco te publican. «Si no tienes experiencia, no te contrato». ¿Cómo coño voy a coger experiencia si no me contratas? Pero así funcionan las grandes editoriales estadounidenses. Tienes que haber publicado antes en otro sitio y ni siquiera tiene por qué haber sido un tebeo: incluso novelas, teatro, o cualquier otro medio. Nos dijimos: «Vamos a hacer algo que llame su atención, vamos a hacer una falacia de tebeo Marvel, un tebeo que parezca de verdad pero que no lo sea». Cogimos un personaje de Marvel, que era desconocido [El Águila, N. del R.], e hicimos una historia de veintidós páginas. A simple vista era como un tebeo Marvel de verdad, le pusimos hasta los logos. El diseño era impecable, lo que pasa es que cuando lo abrías se veían los hilillos, porque era en blanco y negro. Pero esa era la única diferencia. Lo mandamos no solo a Marvel, sino a todas las editoriales. No nos contestaron de ningún sitio. Entonces lo colgamos online, y la gente lo leyó. Una página web estadounidense de noticias se hizo eco… por el hecho de que habíamos cogido un personaje de Marvel, que si hubiese sido un personaje nuestro no nos habrían hecho ni caso.

¿Qué sentisteis cuando lo visteis reseñado en Estados Unidos?

Fue genial, porque además los comentarios decían que no era mera fan fiction, como ellos llaman a la ficción hecha por aficionados. Decían que era un paso más allá: «Si a esto le pones el sello y lo publicas, la gente lo va a comprar». Fue como sentir el voto de confianza del público y eso nos gustó mucho. Pero de Marvel, cero patatero. Ni de ninguna otra editorial. Solo El Torres lo leyó y nos dijo: «Sois la hostia, me ha encantado. Tenéis muy buen ritmo para la comedia, me gusta la historia. Esto es algo que yo quería hacer desde hace años, enhorabuena». Nosotros le contestamos: «¡Ah, pues muchas gracias!». Y él, en vez de no responder más, nos dijo: «Normalmente no hago esto, pero si os apetece publicar una historia con un personaje creado por vosotros en Amigo Comics, tenéis barra libre». Nos pusimos a trabajar, aunque al final, por circunstancias, el acuerdo no salió. Y fue hace dos años, en el Salón del Cómic de Barcelona, cuando le enseñé aquel falso tebeo a un editor de Marvel, Nick Lowe. Nos dijo: «Ah, sí, me gusta mucho, está muy bien, pero me lo leeré en el viaje de vuelta». Yo pensé que lo dijo porque los americanos son muy cumplidos para todo, muy cordiales, aquello no iría a ningún sitio. Pero a los tres días llegó la llamada, diciéndonos que estaban publicando un gran evento que se llamaba Original Sin y que tenían un hueco para nosotros.

Alguna vez has comparado Marvel con una «maquinaria». ¿A qué te refieres exactamente?

Estoy convencido de que en España las editoriales que son más conocidas —Astiberri, Dibbuks, Norma— son superprofesionales. Pero creo que la percepción que la gente, en general, tiene del mercado español, es un poco la de «aquí te pillo, aquí te mato». El Rancho de la Pacheca. Que aquí las cosas salen porque tienen que salir.

Pues entonces sería como tantas otras cosas en España.

¡Que estoy convencido de que no es así! Son profesionales que están haciendo su trabajo, y si la cosa no va mejor es porque no se vende más el tebeo en España, simplemente. Pero, claro, cuando te metes en una editorial como Marvel… ahí sabes que si falla algo, se va todo a la mierda. Hay mucha pasta detrás que no puede dejarse al libre albedrío. Todo tiene que estar muy controlado.

De hecho Marvel ya tenía vendido el ejemplar a las librerías incluso antes de que hubierais escrito la historia que iba a incluirse en él.

Sí. Es la manera en que funciona el mercado estadounidense. Los tebeos se ponen a la venta antes de que estén en las estanterías de las tiendas. Allí no es como en España, porque allí lo que compras no lo puedes devolver, te lo tienes que comer. Así que las tiendas piden un catálogo enorme, así de gordo, de Previews, que básicamente es la gran distribuidora americana de tebeos. Cuando a nosotros nos dijeron «¿Queréis guionizar una historia para este ejemplar?», en ese mismo momento ya hacía dos meses que el ejemplar había salido anunciado en el Previews. Normalmente salen a tres meses vista de su publicación, y de esa manera las editoriales, según los pedidos que reciben, pueden ajustar mucho más el tiro a la hora de imprimir. Si les han pedido cinco mil o veinte mil ejemplares, ya saben cuántos tienen que imprimir. Normalmente imprimen algunos más, para tener un remanente, porque siempre hay algunos que se estropean durante el envío, etc.

En aquella pequeña historia para Marvel, «Catharsis», hacíais un guiño muy curioso a Marcel Proust. El protagonista, que es el Capitán América, muerde una magdalena de la marca «Proust Muffins» y recuerda su infancia.

Ahí la verdad es que no me puedo atribuir el mérito, eso es cosa de David. Para nosotros era como decir: solo tenemos dos páginas, ¡vamos a meter en ellas toda la información que podamos! Que al que pueda leer entre líneas, cuando termine no le queden ganas ni de cenar, de toda la información que vamos a incluir. A Marvel les propusimos cuatro historias distintas y esa fue la que eligieron, la que más les gustó, pero si hubieras visto las otras… eran de locura, con guiños a historias de Marvel de las que nadie se acordaba. Ellos nos daban un montón de cancha, nos permitían hacer lo que quisiéramos, lo único que nos dijeron es que determinados personajes no los podíamos usar porque estaban apareciendo en la colección principal. Para no crear incongruencias. El Capitán América estaba en esa lista. Nosotros, aun así, ¡patapam! Metimos al Capitán América [risas]. Pero como era un poco de soslayo, era un flashback, al final no nos pusieron problemas.

Mencionas los guiños a antiguas historias de Marvel y en «Catharsis» hacíais referencia, si no me equivoco, al ejemplar número cuatro de Vengadores, publicado en 1964. ¿Significa esto que tenéis un conocimiento enciclopédico del universo Marvel y su historia?

¡Esto también es cosa de David! Él sí que es como una enciclopedia de los tebeos. Me habló del concepto: en una localidad de Nueva York llamada Rutland se celebra todos los años una cabalgata de superhéroes. En los setenta, antes de que se produjeran los grandes crossovers de editoriales (como juntar a Superman de DC con Spider-Man de Marvel), había una especie de crossovers no oficiales. La gracia estaba en que metían a superhéroes de distintas editoriales en esa cabalgata a la que iban tíos disfrazados. Un crossover de tapadillo, algo que nunca se había hecho hasta entonces. Incluso dibujaban a autores y editores de la competencia, un guiño a ellos mismos porque nadie más sabía quién puñetas eran. David dijo «¡Podemos hacer algo así!» y se empezó a montar una película enorme. Yo le respondí: «David, solo son dos páginas» [risas]. Aun así, decidimos incluir la cabalgata en la primera viñeta. Cuando se lo comentamos al editor, sus palabras fueron: «Que el tratamiento sea correcto, porque Rutland existe y la cabalgata es real». Entonces lo que hicimos fue ambientar esa misma cabalgata en un pueblo ficticio llamado Alacantown [Risas]. Y así se la metemos doblada a Marvel. Fue una forma chorra de hacerlo, pero nos lo pasamos muy bien.

Lo de Alacantown recuerda a aquello de «Marhuender», aquel personaje que salió en un cómic del Capitán América.

¡Marhuender! ¿Por qué los españoles queremos meter chorradas de estas? [ríe] No recuerdo quién hizo aquello de Marhuender [fue Daniel Acuña, N. del R.], pero David López metió en un número a Chiquito de la Calzada. Cuatro años después, ¡se lo siguen recordando! Él dice: «¡Si lo llego a saber, no lo hago!». Una cosa que querías incluir como de tapadillo, te la acaban recordando siempre. Lo mismo le pasará al de Marhuender.

Es verdad que es una cosa muy de españoles. Carlos Moyá, el tenista, después de perder contra Pete Sampras en la final del Open de Australia, dijo una frase típica de Chiquito de la Calzada. ¿Has visto alguna vez el vídeo?

No.

Pronunció el discurso habitual en inglés y se despidió con un «¡Hasta luego, Lucas!». Los comentaristas extranjeros no entendían nada. Algunos incluso pensaban que estaba dedicándole el subcampeonato a algún amigo.

Sí, es como decir «¡eeehhh!». No sé, ¡cultura paleta de España! [risas]. Quieres meter ahí tu gracia.

Aparte de La Brigada Lincoln, hay un nuevo tebeo que queréis hacer David y tú, ¿de qué trata?

De un grupo de superhéroes. Es como si mezclas a superhéroes con Guy Ritchie. Un poco ese concepto, rollo gamberro, de comedia. Son básicamente un grupo de perdedores, supervillanos que nunca se comen un torrao, y sin comerlo ni beberlo se meten en un embolao que les viene muy grande. Aunque cada uno es de su padre y de su madre, al final tienen que trabajar juntos para resolver el problema. Así a grandes rasgos, ese es el tema.

¿Tiene ya título?

Sí, lo llamamos Superbuddies. Supercolegas. El título completo es Superbuddies, los villanos con peor suerte del mundo. También quisimos hacer un homenaje: en los setenta y principios de los ochenta, había una serie de dibujos de DC, La Liga de la Justicia, llamada Superamigos. Y los Vengadores eran los héroes más grandes de la Tierra, pues estos son los villanos con peor suerte del mundo.

¿Es difícil sacar un nuevo proyecto adelante? ¿Se quedan muchos en el tintero?

El problema, como en todo en esta vida, es la pasta. No es falta de imaginación, no es falta de talento: es falta de dinero. Por eso me he decidido a sacar La Brigada Lincoln mediante crowdfunding. Los dibujantes estaban dispuestos, yo estaba dispuesto, todos teníamos tiempo para hacerlo… lo único que faltaba era la pasta. Lo envié a editoriales en España y Estados Unidos; de la única que me contestaron fue de Panini. Les gustó y querían publicarlo, pero el problema fueron las condiciones, porque con el adelanto que me daban a mí no me llegaba para poder acabar el tebeo. Te estoy hablando sin cobrar yo, solo lo que necesitaba para pagar su trabajo al equipo artístico. Yo se lo expliqué: «Mirad, me encantaría, pero no puedo. Si voy a poner dinero y después no sé cómo lo recupero…». Paco Roca, por ejemplo, es un autor completo que se lo puede hacer todo él y que, si le debe dinero a alguien, es a sí mismo. En mi caso, como yo solo sé escribir, y no muy bien [risas] decidí tirar por el crowdfunding. Luego, una vez esté terminado, ya veremos. Lo puedo volver a enviar a editoriales para ver si alguna se interesa.

¿El haber trabajado para Marvel no te abre más puertas?

Por lo menos te da la audiencia, eso sí. Pero tampoco suelo usar esa tarjeta de presentación en plan «Oye, he trabajado en Marvel, te traigo esto, publícame».

Pero sería una tarjeta de presentación totalmente legítima, ¿no?

Hace poco fue el Salón del Cómic de Alicante, hablé con un editor y esa vez sí fue lo primero que le espolsé. «Hola, mira, he escrito para Marvel y te traigo esto». «¿Marvel? ¿Un guionista? ¿Y español?». No es algo que se haya dado mucho.

Los dibujantes lo tienen un poco menos difícil porque el dibujo es un lenguaje universal, pero un guionista…

Es jodido. Que yo tenga constancia, antes que nosotros únicamente había guionizado en Marvel Rafa Marín, de la mano de Carlos Pacheco. Creo que son los únicos. El resto tiende a ser angloparlante: estadounidense, británico, irlandés, australiano, neozelandés o canadiense. Tienen ese chip de que si el inglés no es tu primer idioma, no vas a entender muy bien el rollo. Hombre, evidentemente no puedes tener el lenguaje de la calle, a no ser que hayas vivido allí. Eso es muy difícil. Pero vamos, no es imposible.

Te puedes hacer asesorar.

Y en internet lo tienes todo.

Dices que solamente sabes escribir. ¿Nunca dibujas nada, ni aunque sea para ti mismo?

No. Solo garabatos. Además, cualquier intento mío de dibujo sería un insulto para cualquier profesional. [Risas]

¿Cuáles son los cómics con los que creciste?

Superhéroes. De Marvel, que era lo que leíamos siempre en el colegio. Patrulla X. Siempre me flipó Spider-Man. Y luego, con los años, Batman. Con diecisiete o dieciocho años conocí a David, que era muy fan de DC, y empezó a meterme en ese mundillo. Sobre todo Vértigo. También empecé a leer cosas independientes. De La Cúpula tengo un montón de cosas; muchas ni siquiera me gustaban, pero solo el hecho de que no fueran superhéroes me atraía mucho. Supongo que por la edad era una época en la que ya no quería leer nada de superhéroes. Sin City me impactó un montón.

¿Cómo le explicarías a un profano eso que se discute tanto dentro del mundo del cómic, la diferencia entre Marvel y DC? ¿La hay?

Sí, la hay. No sé cómo explicarlo. Los personajes de DC son como los dioses del tebeo, mientras los de Marvel son más como la gente común. Supongo que Stan Lee lo hizo aposta, para que los chavales pudieran identificarse con Peter Parker, que tenía sus problemas cotidianos, y a pesar de que se ponía la máscara, esos problemas seguían ahí. Quizá a la gente le cuesta más conectar a nivel emocional con los personajes de DC que con los de Marvel. Los personajes de DC son maravillosos, me encantan, pero Marvel tiene un no sé qué… te encariñas más con ellos.

Son más humanos.

Sí. Los de DC tienden a ser dioses, los de Marvel son más humanos. Creo que es la mejor definición que se puede dar.

Me gustaría tratar el tema de la respetabilidad del cómic como forma de arte. Con el cómic quizá termine sucediendo lo mismo que con la ciencia ficción hace décadas: el camino a la respetabilidad empieza cuando la gente que leía cómics en la niñez o adolescencia crece y los ha seguido leyendo, mostrando su influencia en sus respectivas actividades profesionales. ¿Crees que el cómic, y sobre todo el de superhéroes, ha logrado ya ese estatus «respetable» dentro del ámbito cultural, ese estatus del que ya goza la ciencia ficción hace mucho tiempo, o todavía es visto por muchos como algo pueril?

No sé si respetabilidad… el hecho de que el cómic de superhéroes tenga ese estatus comercial hace que cuando la gente ajena piensa en tebeos, ¿qué es en lo primero en que piensan? En superhéroes. Pero no tiene esa respetabilidad. Creo que para eso queda mucho tiempo. Por ejemplo, quien solo lee cómic europeo puro y duro, que no sea de superhéroes, creo que sigue mirando todo lo demás por encima del hombro. Pero bueno, por lo menos cuando la gente oye la palabra «cómic» ya pone la oreja. Ya se ha ganado algo, no está toda la batalla perdida. Incluso se han hecho adaptaciones a cine de cosas que venían del cómic y mucha gente no lo sabe, como Camino a la perdición, con un cast potente: Paul Newman y Tom Hanks. O Scott Pilgrim, una película que me encanta pero que en España, no sé por qué, no ha funcionado. Si se supiera más que son adaptaciones de cómics, quizá eso le daría más respetabilidad. El cómic, como medio, todavía no tiene ese respeto… pero estamos trabajando en ello.

Alan Moore hizo hace unos años unas declaraciones bastante llamativas, diciendo que los superhéroes nacieron a mediados del siglo XX como entretenimiento para niños y adolescentes, pero que ahora los leen adultos que prefieren analizar el universo finito de Marvel o DC antes que enfrentarse a las complejidades del universo real, lo cual le parecía potencialmente «catastrófico» desde el punto de vista cultural. También decía que los superhéroes, o el culto hacia ellos, le parecen una «abominación». ¿Entiendes estas declaraciones o crees que es una de las salidas de tono típicas de Moore?

[Ríe con ganas al escuchar las declaraciones, N. del R.] Entiendo lo que quiere decir. Lo que pasa es que muchas veces da la impresión de que Alan Moore es un eremita, que vive en su cueva y que una vez al año aparece con su bastón diciendo: «¡Malditos críos, salid de mi jardín!»

Es una gran descripción.

Evidentemente, algo le tienen que gustar los superhéroes. Supongo que pensará que eso ya lo ha hecho, que no solo hace superhéroes, que puede hacer otras cosas. Es cierto que los superhéroes son algo que estaba pensado para ser un entretenimiento infantil, y que cuando esos niños han seguido creciendo, el medio sigue orientado básicamente hacia el mismo tipo de público. Además, muchos lectores de cómics de hace veinte años se decantan hacia la industria del cine, y ya no son meros ayudantes, sino que están cada vez más cerca de los jefes de los estudios. Se han dado cuenta de que ahí tienen un filón, de que una adaptación de superhéroes bien hecha puede ser muy rentable. Muchos, supongo, están escarmentados a causa de aquellas adaptaciones mediocres —por usar una palabra amable— que se hicieron en los noventa. Ahora se han dado cuenta de que poniéndote las pilas pueden llegar muy lejos.

Ese sí es un proceso parecido al que siguió la ciencia ficción. Cuando la ciencia ficción se popularizó en el cine, aunque hubo algunas muy buenas adaptaciones desde el principio, mucha gente adulta la seguía despreciando como un entretenimiento pueril. Hasta que llegó 2001: Una odisea del espacio y los cinéfilos, incluso gente ajena a la ciencia ficción, empezaron a ver el género como algo adulto y respetable. ¿Crees que el mundo de los superhéroes ha tenido su 2001? Pienso en Watchmen, por ejemplo.

Quiero pensar que aún no. Watchmen supongo que debe de estar todavía en las listas de los más vendidos en las librerías estadounidenses, pero para lo que dices se necesitaría un escritor que tuviera ya cierta notoriedad previa fuera del mundo de los cómics. Iba a poner el ejemplo de Neil Gaiman, pero él ya había hecho cómic antes de ser novelista, para luego volver al cómic, y otra vez novelista, y después hizo adaptaciones al cine, etc. Esto es algo que Marvel ya intentaba hace años y ahora sigue intentando: buscar a novelistas. Incluso contrataron a Joss Whedon para guionizar X-Men, por darles a los tebeos esa notoriedad que necesitaban. El problema de esa gente famosa es que, escribiendo cualquier otra cosita, aunque sea una chorrada, ganan mucho más dinero de lo que ganarían con el tebeo. Joss Whedon es de los que más aguantó en los cómics, yo creo que por amor a los personajes. Pero ni siquiera Kevin Smith, que también guionizó algún tebeo, aguantó demasiado tiempo. Es como «si hago una película me lleva tres o cuatro meses y gano cien veces más de lo que me podéis pagar vosotros». Que sí, que puedes dedicar algunos meses a hacer algún cómic, pero ya está, una vez lo has hecho no es algo en lo que puedes permanecer mucho tiempo si tienes cierta notoriedad. Pero bueno, quiero pensar que el 2001 de los tebeos aún está por venir. [Piensa] No es de superhéroes, pero yo creo que Maus, de Art Spiegelman, aunque tiene ya unos años, hizo un poco eso. Joder, le dieron el Premio Pulitzer.

Es verdad que Maus fue un punto de inflexión para la percepción de mucha gente sobre el cómic, pero no parece haber tenido un efecto universal y duradero. Sigue siendo recurrente lo de asociar el tebeo con la puerilidad, con la inmadurez. Aunque de manera amable, lo podemos ver en una serie tan popular como The Big Bang Theory.

¡Mala publicidad! [Ríe]

También en Los Simpson. Cada vez que aparece el dueño de una tienda de cómics es un perdedor, un individuo raro. ¿Es esto un estereotipo?

Sí. Aunque estoy convencido de que todos conocemos a alguien que es así. Si los tebeos pagaran como pagan otras cosas, como se le paga a un banquero, probablemente tendría un nivel de respetabilidad similar. Pero como es una cosa que no se paga casi nunca —cero, o menos que cero— es como que cualquiera puede hacerlo. Como es gratis… hay chavales, lectores habituales, que luego se han semiprofesionalizado. Hay mucho amateur, pero coño, todos hemos empezado por ahí en algún momento. No hay que ser Alan Moore a la primera, ni te va a publicar Marvel a la primera. Aunque yo creo que soy la excepción [ríe].

¿De dónde vienen esos lugares comunes? Por ejemplo, a casi todo el mundo le gusta Star Wars, es incluso cool que te guste Star Wars, y sin embargo persiste la broma recurrente de asociar al fan de Star Trek, el trekkie, con la imagen de un friki inadaptado, lo que en América llaman nerds. Cuando en el fondo Star Wars y Star Trek no son tan distintos, hasta en la mencionada The Big Bang Theory hacen un chiste sobre ello: le preguntan a uno de los personajes, Penny, cuál es la diferencia entre ambas sagas, y ella responde: «¡No hay absolutamente ninguna diferencia!».

Si Star Trek hubiese tenido la misma cantidad de público que Star Wars, supongo que otro gallo les cantaría a los trekkies. En Estados Unidos no tanto, pero creo que el hecho de que en España Star Trek tenga un seguimiento de culto es porque no se ha prodigado mucho aquí. Yo soy trekkie, fui miembro fundador del Club Star Trek de Alicante, con eso te lo digo todo. Recuerdo que, cuando empezamos, mi única referencia eran las películas. Espacio Profundo 9, que habían emitido en Antena 3, y algo de Star Trek: la nueva generación que emitieron en Canal Nou. Y ya está. Comprábamos las cintas VHS de Inglaterra, a palo seco, en inglés, sin subtítulos ni nada. Yo tenía un inglés raspadito, raspadito. Gracias a Dios, con los años he mejorado bastante, pero entonces tenía un inglés chunguísimo. Pues era esa dificultad… como les pasa ahora a muchos hipsters: «Hay un grupo que me gusta, pero nunca habéis oído hablar de él» [risas]. Como dándose importancia por el hecho de que al grupo que le gusta no lo conoce nadie. Creo que a Star Trek le ha pasado lo mismo y creo que ha sido contraproducente. Con los cómics pasa un poco lo mismo, el que en España sea algo minoritario comparado con el cine o las novelas. Coño, si te gusta leer, te gustará leer de todo, ¿no? Pero a muchos les gusta leer novelas o ensayos, y cuando les enseñas un tebeo dicen: «No, es que a mí no me gustan los tebeos». Ya, pero ¿te has leído este tebeo? Es un poco como la gastronomía. «Es que los guisantes no me gustan». Ya, pero ¿has probado estos guisantes?

Es curioso, porque en España casi todo el mundo, al menos de ciertas generaciones, ha crecido leyendo Mortadelo y Filemón, Astérix o Tintín.

Sí, pero en España pasa con el cómic lo que en Estados Unidos con el tema del género. Allí se confunde el género con el medio. «Ah, esto está basado en un cómic, entonces es de superhéroes». No. Dentro del cómic hay muchas cosas. Aquí pasa lo mismo, con el género de los superhéroes y también con el género de la comedia: un cómic es Mortadelo, o Zipi y Zape, o es de superhéroes.

Sin embargo, hay cosas muy populares y muy oscuras que están basadas en cómics. Mencionabas Maus, que ya tiene años, pero ahora mismo está la serie The Walking Dead, que trata algunos asuntos bastante adultos, contiene mucha violencia, mensajes duros, etc., y está basada en un cómic. La ve mucha, mucha gente. ¿Esto tiene algún efecto positivo?

Conozco muchísima gente de mi entorno que no ha visto un tebeo ni de lejos pero les flipa The Walking Dead. Cuando les digo que está basada en un tebeo, dicen: «¿Ah, sí?». [imita una expresión de sorpresa, N. del R.]

¿No lo saben?

No. Supongo que si los títulos de crédito estuviesen en español… porque en los títulos lo pone: «Basado en el cómic de Robert Kirkman, Charlie Adlard y Tony Moore». Pero se necesita gente más notoria, como te decía antes. Imagina si a Arturo Pérez-Reverte le diese por escribir un tebeo, no me digas tú que no lo iba a petar… se lo compraba hasta el más detractor de los tebeos. Lo que hace falta es alguien que tenga tirón. Pero volvemos a lo mismo: si no hay dinero para pagar a los que lo hacen casi gratis, cómo vas a pagar a Pérez-Reverte. En España, un cómic promedio ya sabes lo que va a vender. Los lectores están contados. Puedes vender, con suerte, entre quinientos y mil quinientos ejemplares. A no ser que seas Paco Roca, o que seas Ibáñez, etc. Si eres Pérez Reverte y le das publicidad, puedes vender diez mil, fácil. Estoy convencido. Sobre todo si son temas que tocan a la gente. No he leído ningún libro de Pérez-Reverte, pero me gusta cuando cuenta de qué van sus libros, me digo: «Este libro tiene pinta de molar».

Tú eres guionista de cómics por vocación, eso queda claro, pero ¿te gustaría escribir para cine o televisión?

Estaría muy bien. El lenguaje es parecido. Pero lo bueno del tebeo es que, como se vende poco, nadie espera nada de ti y puedes hacer lo que te salga de las narices. Tienes total libertad, y más aún en un proyecto que ¡es tuyo! No tengo a nadie por encima de mí diciéndome «lo tienes que hacer así». En el cine tienes a cien mil por encima de ti. Te queda un guion que te parece la mar de bonito, pero te empiezan a pedir un cambio aquí, un cambio allá… «No, esto no, que no vende». Es algo que me gustaría pero a la vez me da fatiga. Entiendo que te lo tendrían que compensar de alguna manera. No sé lo que se paga a los guionistas en el cine; en España, probablemente, una miseria. Pero si te están pagando pasta, entonces pasas por el aro. El que paga, manda. Desde luego, si se llegaran a vender los derechos para hacer una adaptación, a mí me gustaría estar muy involucrado. Le preguntaría a Alan Moore si estoy en lo correcto o no, porque Moore es de los de «te vendo los derechos y a mí me dejas en paz, no quiero ni que aparezca mi nombre». Pero si me dieran la oportunidad de escribir un guion para una serie o película, o de coescribirlo con alguien que tenga más experiencia que yo, haría todo lo contrario que Moore. Intentaría involucrarme, por verlo todo de cerca, y sobre todo por aprender. Al final, el secreto de esto es «haz y mejora». La frase no es mía, es de alguien que conozco, pero no podría ser más cierta. Hazlo, termínalo, aprende de los errores y empieza con lo siguiente. Hay cosas, como lo que hicimos para Marvel, o aquel tebeo que colgamos en la red, que las veo con la perspectiva del tiempo y las cambiaría, pero sirven para más adelante solventar problemas parecidos. Si te empiezas a recrear en lo que estás haciendo, no lo acabas nunca. Es algo que les dicen a los novelistas: termínalo, aunque sea una mierda. Creo que lo dijo Stephen King: a veces te da la sensación de que no haces más que dar paladas de mierda, pero no importa: tú sigue adelante. Acábalo. Y una vez lo terminas, entonces reescribe. No recuerdo quién decía que puedes arreglar lo que ya está escrito, pero sobre una página en blanco no puedes arreglar nada.

Bueno, puestos a especular, si tuvieras que escribir desde cero una serie de televisión o una película, ¿qué tema elegirías?

Joder, si me dieran la oportunidad de escribir un capítulo de El ministerio del tiempo, me encantaría.

No la he visto, ¿está bien?

Está muy bien. No sé si es la mejor serie de España, no será perfecta, tiene cosas que no me gustan, pero yo me lo paso bien viéndola.

¿Cuáles son tus series favoritas? Además de Star Trek, claro.

Me gusta mucho Star Trek, sobre todo la nueva generación. Excepto la primera temporada, que es una mierda.

Por cierto, ya que eres especialista en el tema, ¿cuál es la película de Star Trek que más te gusta?

Esto es difícil, Creo que las películas no reflejan el espíritu de la serie. Tienen que ser más comerciales, claro. Las nuevas, por ejemplo, me entretienen y me parecen muy divertidas, pero del espíritu Trek hay poco. De las clásicas me gusta mucho la sexta, Aquel país desconocido, en la que el Imperio Klingon se va a la mierda y tienen que firmar un acuerdo de paz. Me gusta mucho porque refleja muy bien el clima político de entonces, con la caída del Muro de Berlín. Era básicamente una extrapolación al universo Star Trek de lo que estaba pasando en la vida real. En cuanto a otras series, me encantan Los Soprano, The Wire, Band of Brothers. De ahora, estoy viendo Juego de Tronos, The Walking Dead. Y Luke Cage, porque las series de Netflix… si Netflix fuese una mujer, probablemente me casaría con ella. Conmigo han dado en medio.

Entonces supongo que te gustó Stranger Things.

Sí, me encantó. Me gustó mucho. Pero no tengo tanto tiempo. Entre vida personal, padre, esposo, tebeos, trabajo… leer casi ni leo ya.

Hablando de leer, ¿cuáles han sido tus guionistas de referencia?

Si pudiera escribir como alguien en concreto, diría que Aaron Sorkin, el de El ala oeste de la Casa Blanca y The Newsroom. Escribe unos diálogos… yo me veo totalmente incapaz. Sabe reflejar muy bien el conflicto entre los personajes, sin que parezca raro. Tiene una chispa especial, sus diálogos están llenos de vida. En cómic me encanta Grant Morrison, aunque creo que tampoco podría escribir como él. No sé cómo lo hace, me encanta leerlo pero la manera en que enfoca el tebeo se me hace muy difícil. Hay gente que dice que siempre escribe estando drogado, y es posible que en algún momento haya abusado de sustancias. Hay partes de sus historias, como en Los Invisibles, que son más raras que un perro verde, muy psicotrópicas. A mí eso se me daría fatal, no sabría cómo hacerlo, pero Los Invisibles o All Star Superman me parecen obras brutales, sobre todo si te gustan los superhéroes. All Star Superman, en mi opinión, tendría que estar junto a Watchmen.

¿Te gusta escribir prosa?

Me gustaría intentarlo pero, como no lo he hecho nunca, creo que no se me daría bien.

Te lo pregunto de otro modo: ¿hay alguna novela, algún libro que te haga decir «ojalá esto lo hubiese escrito yo»?

Sé que va a sonar chorra, pero de crío siempre me encantó La historia interminable. Una novela de aventuras de ese tipo. O La isla del tesoro. A lo mejor la gente piensa más en libros de Kafka o algo así.

Bueno, La isla del tesoro es maravillosa, escritores como Borges o Marcel Proust la tenían como una novela de referencia.

Sí, sí. Y aunque tiene ya más de cien años, sigue vigente. ¡Si las mejores ideas de Piratas del Caribe están robadas de ahí! Y también del videojuego Monkey Island.

¿Te gustan los videojuegos?

Sí. Por falta de tiempo ya no juego tanto como antes, pero me gustan. Para mí, Monkey Island es el juego estrella. Ninguna aventura gráfica va a ser mejor que Monkey Island, jamás.

Es un videojuego al que he visto jugar a gente que nunca más ha jugado a videojuegos. Pero una vez lo prueban, se enganchan y lo terminan.

Me rompió los esquemas. La única referencia que tenía sobre aventuras gráficas eran los videojuegos conversacionales, pero ese me rompió los esquemas.

Volviendo a la literatura, y ya que el asunto está reciente, ¿qué pensaste cuando anunciaron la concesión del Nobel de Literatura para Bob Dylan? Fue bastante controvertido.

No me parece mala idea, pero cuando vi la noticia lo primero que pensé no era si el premio era adecuado o no. Lo que pensé fue: «Este tío no les va a coger el teléfono, seguro». Y días después no podían contactar con él. No soy muy seguidor de su trabajo, pero he leído sobre él y tiene pinta de ser el Alan Moore de la música. Un tío que vive en su cueva, un eremita. Cada cierto tiempo sale con su guitarra y canta algo. En cuanto al premio, no me parece mal. Creo que no es literatura, pero si se han querido ir un poco por la tangente, bueno, ellos sabrán: es su dinero.

Me gusta la definición de Dylan como «el Alan Moore de la música». El otro día hablaba con alguien que lo había visto en directo y describía su actitud de total desgana con la frase «solo le faltó escupir al público».

Tengo una amiga que lo vio hace unos años. Me dijo que sí, que es Bob Dylan, que lo estás viendo, que qué bien… pero que no es un gran comunicador ni se relaciona con el público. Interacción cero. El otro día leí una anécdota: Dylan hizo la banda sonora de la película Pat Garrett y Billy el Niño, y llegaba a salir en un pequeño papel. Por lo visto, el director, Sam Peckimpah, después de trabajar con él, dijo: «Mai més de la vida!» [«Nunca más en la vida» en valenciano, N. del R.]. Insisto, el premio no me parece mal pero es verdad que podrían haber creado un galardón nuevo y haberlo llamado Premio Nobel de la Música o algo así. Como sus canciones son casi como poesías, han utilizado la excusa para salirse por la tangente. Pues chico, ¡haz otro premio! Que serà per diners? [«¿Será por dinero?», N. del R.] Y el de literatura se lo das a alguien que sea novelista, o ensayista, etc. El hecho de que lo llamen «Nobel de Literatura» hace que esté más encasillado, es mucho más difícil dárselo a algo que esté fuera de ese ámbito. Algunos dicen que los Nobel ya no son lo que eran, y por otro lado están quienes dicen: «Este premio sí lo criticáis, pero el de química no… como no tenéis ni puta idea de química». Que probablemente mucha gente que lo critica tampoco tenga idea de música.

Te preguntaba lo de Dylan porque a raíz de esto se ha comentado que también se podría considerar a un autor de cómics para el Nobel —mencionando a Alan Moore más que a nadie—, ¿te parecería también un poco forzado?

Desde mi lado de la barrera se ve genial, claro. Hace años hubo una campaña para que se le diera el premio Príncipe de Asturias a Carlos Giménez. Se hizo bastante campaña, se recogieron firmas. Al final aquello no salió, pero creo que muchos nos hemos quedado con la espinita. Si alguien lo merecía en España, es Carlos Giménez. Pues bueno, si le quisieran dar el Nobel a Alan Moore, por mí perfecto. A pesar de la poca respetabilidad del cómic, o de la mala fama, o como lo quieras llamar, yo lo considero un arte tan válido como pueda ser la danza, el teatro, la poesía o lo que tú quieras. Coño, Hamlet no es una novela, es teatro. Lo que pasa es que la gente no lo ve representado casi nunca. Lo leen.

Ya que hablamos de superhéroes, te voy a nombrar a un par de personajes de la política y tú me dices cuál crees que sería su superpoder. Uno es Mariano Rajoy.

Diría —porque lo ha dicho él, no me estoy inventando nada— que es la persona que más rápido puede leerse el Marca.

¿Cómo salvaría el mundo con ese superpoder?

No creo que pudiera. Es como esta gente que no puede aspirar a nada más en la vida pero quiere salir en el libro Guinness de los récords. Comerse el mayor número de judías por minuto, o algo así. Pues esto es un poco lo mismo: «leerse más rápido el Marca»… pero, claro, mirando solo las fotos tampoco es muy difícil.

Creí que dirías que tiene el superpoder de que, sin hacer prácticamente nada, van cayendo sus rivales. Es como la kriptonita hecho persona.

Hay un ensayo que me gusta mucho que se llama Gangs, Bandas, de Tony Thompson. Habla del mundo del hampa, desde el robo a mano armada hasta los grandes traficantes, de cómo funcionan esos negocios. Pues mencionaba a un jefe del hampa al que llamaban «el hombre de teflón».

John Gotti.

Sí. No le podías pegar nada, nada se le quedaba pegado, todo se le caía. ¿Caso de asesinato? Se le cae. ¿Caso de soborno? Se le cae. Era imposible. Con Rajoy pasa lo mismo, es el hombre de teflón. No le puedes pegar nada, todo le resbala.

¿Y el superpoder de Pablo Iglesias?

Hombre, no sé si considerarlo un superhéroe, pero en mi caso ha sido mi salvador [risas]. Sin él, a la campaña de Kickstarter le habría costado bastante más llegar al objetivo. Habríamos llegado, pero habría sido muy raspadito.

Siempre comentas que le regaló a Obama un libro que trataba precisamente sobre la Brigada Lincoln.

Sí. Sobre todo lo uso como regla mnemotécnica: «Ah, esto de la Brigada Lincoln me suena de algo y no sé de qué». Yo menciono lo de Iglesias porque a lo mejor a la gente le suena más. Lo de la Brigada Lincoln es un asunto que en los medios no se comenta casi nada. De hecho me enteré que este pasado fin de semana homenajearon a familiares y herederos en Valencia, creo que en el Palau de la Música. Si lo hubiera sabido, me hubiera ido a Valencia.

Bueno, por si te sirve de algo, yo soy de Valencia y tampoco me enteré.

El enlace me lo envió un amigo. Me dijo: «Estate tranquilo, aquí tampoco lo sabíamos nadie».

Volviendo a los superhéroes, ¿qué superpoder tendría Donald Trump?

Iba a ser muy vulgar y decir que tiene la capacidad de convertir en mierda todo lo que toca. Pero es que no se aleja mucho de la realidad. Si la Fox quisiera meter en las películas a un político que implante lo del «Acta de Registro Mutante», Donald Trump sería perfecto.

Y ya que estamos, tu opinión sobre algunos personajes, relacionados o no con el cómic. De Alan Moore ya hemos hablado y era inevitable.

Si no el mejor, de los mejores guionistas de cómics que ha habido. Estoy convencido de que es un tío adorable. He visto charlas suyas donde da consejos a los chavales que quieren escribir y se le ve muy afable, pero él mismo se ha creado esa imagen de señor cascarrabias… y en mí ha conseguido el efecto contrario, ¡creo que eso lo hace todavía más entrañable! Pero sí, uno de los talentos más grandes del cómic.

¿Cómo resumirías lo que ha aportado?

¡Joder, todo! El cómic moderno no se conocería si no fuera por él. Entre otros nombres, pero creo que él llevó ese estandarte. Muchos han venido detrás, incluso coetáneos suyos, por ejemplo Grant Morrison. Le han quitado a los cómics ese polvo que venían arrastrando desde los años cuarenta.

¿Una de sus aportaciones es haber introducido más oscuridad en las historias de superhéroes?

Sí que es verdad que dicen que a partir de Alan Moore los tebeos se han vuelto más oscuros, más violentos. Sí, supongo que algo de verdad hay en eso. Es cierto que creó una tendencia. Luego, por ejemplo, vino Frank Miller y lo mismo: El regreso del caballero de la noche, Daredevil… que no me parecen tan oscuros con la perspectiva del tiempo, pero que a lo mejor en aquella época sí lo eran. Quizá Alan Moore creó esa tendencia, pero no sé si esa era su intención. Si lees La cosa del pantano, ese rollo tétrico es lo que le pega a ese personaje. En el caso de Watchmen se reflejaba un mundo hecho polvo, al borde del cataclismo nuclear, y los personajes distaban mucho de ser unos ideales de comportamiento. Era de lo que iba ese tebeo, y de la luz de esperanza que iban buscando. No creo que fuese su intención, pero sí, Alan Moore creó esa tendencia.

¿Te gusta el cine de los hermanos Coen?

Me gusta mucho. No me gustan todas sus películas, pero me gusta mucho su lenguaje cinematográfico.

Te pregunto por ellos porque con algunas de sus películas, sobre todo al principio, se decía que mostraban mucha influencia del cómic.

Quizá del cómic más independiente, rollo Robert Crumb, es posible. Está claro que los Coen trajeron sus influencias de otra parte y las trajeron al cine.

¿Qué te parece Robert Crumb, por cierto?

No soy fan suyo. No es que me disguste Tengo un libro en casa: él se va a cualquier lado y se pone a dibujar, y todo eso lo recopilaron y lo publicaron. Como dibujante me parece soberbio. Refleja el momento en que vivía el cómic independiente: no era de superhéroes, no era de comedia. Creo que junto a Harvey Pekar, el de American Splendor, llegaron al cómic en el momento adecuado y las historias que querían contar cayeron en gracia. Es lo mejor que te puede pasar, hacer lo que te salga de los huevos y que encima guste.

Crumb, con independencia de su trabajo, es todo un personaje. Se fue a Francia, casi como un exiliado, a dibujar cromos de bluesmen antiguos…

Sí. He visto un documental sobre él. Sale su hermano, que se traga un trozo de cuerda para «limpiar los intestinos», eso se me quedó grabado. No me extraña que Crumb hiciese lo que hizo, porque se había creado en ese entorno. Pero me parece fantástico que haya hecho algo que le gusta y eso le haya ofrecido independencia económica para seguir haciendo lo que le dé la gana. Es el caso de Grant Morrison, por ejemplo. Publica Arkham Asylum justo cuando sale la película de Batman dirigida por Tim Burton, en 1989. Se vendió como puñeteras rosquillas… creo que en torno a los cien o ciento veinte mil ejemplares. Una burrada, algo que no se ha vuelto a ver en los cómics, salvo con Watchmen. Hoy, si tienes suerte, un tebeo que vale tres o cuatro dólares vende cien mil ejemplares, y hablo de los que cuestan cuatro dólares, aquello costaba quince o veinte. El porcentaje de beneficio que le tocaba era de un dólar por cada tebeo vendido: ciento veinte mil dólares. Y él dijo: pues ahora voy a hacer lo que me salga de las narices. Cogió y se puso a dar la vuelta al mundo. Se fue a la India, se perdió por ahí. Como lo de Robert Crumb, que se fue a Francia a hacer lo que daba la gana. Y a tomar por culo.

«Y no quiero saber nada de nadie».

[Risas] Exacto. Eso merece todos mis respetos, la verdad.

Otra figura por la que te quería preguntar, que además ha ido ganando cada vez más importancia incluso fuera del mundillo del cómic, es Moebius.

Me dio pena cuando murió porque pensé: a este tío le quedan un montón de cosas por hacer. Miras sus tebeos de hace veinte o treinta años, y es como si se acabasen de publicar. Podrías ponerlos en las estanterías hoy y se venderían igual. No pasan de moda.

¿Se mantiene vigente aquello que llamaban «cómic adulto europeo» de los años setenta y ochenta?

En el caso de Moebius, sí. Él publicaba ese tebeo muy europeo, de ciencia ficción, pero siempre admitió que le flipaban los superhéroes. Cuando lo ficharon de Marvel para hacer Estela Plateada fue una cosa rompedora. Que un tío europeo, que tenía ese estilo tan europeo, esa narrativa tan europea, se metiera a hacer superhéroes… nunca se había hecho. Ahora parecería lo más normal del mundo, ya que hoy Marvel quiere buscar talento en cualquier sitio. Yo era muy pequeño cuando sucedió y no me acuerdo, lo supe después, pero en aquella época debió de parecer una cosa muy marciana.

Haciendo eso, además, Moebius se salía de la esfera de respetabilidad de la que hablábamos y de la que él sí gozaba, al menos hasta cierto punto, gracias a su trabajo más rompedor. Pero él estaba encantado de trabajar con Marvel, ¿no?

Es que era lo que le gustaba. Estoy convencido de que cuando Moebius hizo aquello, muchos que miraban el cómic de superhéroes por encima del hombro dijeron: «Hmmm… voy a echar un vistacillo, a ver qué es esto». Eso es lo que le hace falta al cómic de superhéroes y al cómic en general. La industria del tebeo es tan de mirarse el ombligo… pero, bueno, en ese caso de Moebius, solo por el hecho de haber dado ese salto, sí creo que supuso un antes y un después.

Dices que la industria estadounidense del cómic ahora sí busca talento europeo.

Español, desde luego.

¿Crees que ahora esa industria estadounidense muestra influencia del cómic europeo, o ha seguido funcionando por sus propios cauces?

Tienen su manera de hacer las cosas, pero es innegable que cada dibujante que llega de fuera, cada guionista que llega, trae su propio bagaje. En el caso de los guionistas, cuando trajeron británicos —los que comentábamos: Alan Moore, Grant Morrison—, estos tenían su propio bagaje, de las revistas de ciencia ficción y terror, etc. Aportaron una frescura que no existía en los tebeos estadounidenses, que estaban anquilosados en su estilo. Su llegada supuso un golpe de aire fresco. Pero también es verdad que en DC y en Marvel tienen sus patrones, de los que no te puedes salir mucho. Aun así, algo hay. Y si no es en el cómic de superhéroes, es en el independiente. Ken Niimura dibujó un cómic llamado Soy una matagigantes, guionizado por Joe Kelly. Fue un bombazo, tanto que va a ser llevado a la pantalla, se está preparando la adaptación al cine. Pues Ken Niimura tiene un estilo que no casa para nada con el estilo americano. Es un estilo… no raro, pero atípico. No es manga, no es estadounidense, es algo que está como en el medio de todo. Y lo genial de Niimura es que puede publicar un álbum europeo, puede publicar manga en Japón, o puede publicar en Estados Unidos. Es atípico, pero encaja en muchos sitios. Al final, si no es en el cómic de superhéroes estadounidense, porque ya te digo que tienen unos ejes muy definidos, esa influencia les llega a través del cómic independiente. Pasa en los cómics, pasa en Hollywood y pasa en todas partes: los editores terminan copiando lo que ha funcionado. El problema es que, como nadie sabe qué es lo próximo que va a funcionar, casi nadie apuesta por lo nuevo. «Traigo La Brigada Lincoln». «Bfff, si fueras Paco Roca, te lo publicaría». Claro, es que Paco Roca vende la hostia. Yo, como soy un don nadie… a la gente le cuesta mucho apostar por ti.

¿Tiene el cómic español actual algún rasgo distintivo general? ¿Se podría hablar de una escuela española?

Quizá antes sí. En los años setenta, la quinta de Carlos Giménez, sí tenían su estilo muy particular, sus historias que contar. Hoy no sé si se puede hablar de una escuela española como tal, porque no hay un solo género, ni un solo estilo. El talento es tan variado que no puedes decir «el estilo español es esto». Es imposible. Lo mejor que le ha pasado al mercado español es que muchos han podido ganarse el pan fuera. Que haya gente como David López o Javi Rodríguez que están en Marvel o han pasado por DC. O que haya gente como Juan Díaz Canales y Juanjo Guarnido, autores de Blacksad, que en Francia, en Estados Unidos y en la Conchinchina sepan quién es Blacksad… dices, joder, por lo menos el talento español se mueve fuera y gusta. Es hacer patria chica. Como cuando la gente se pone muy contenta porque gana la selección española de fútbol. A mí el fútbol me toca un pie, me importa una mierda, no me gusta nada, pero en el caso de los tebeos también me alegro.

Lo hemos mencionado de pasada, pero no hemos hablado de la influencia casi universal que ha alcanzado el manga japonés.

No soy lector de manga, si te soy sincero. En la época en que empezó a pegar fuerte en España no me enganché y ya he ido un poco como a rebufo. Tengo Akira en casa, pero no la versión original, sino la que se publicó en Estados Unidos, coloreada. Porque me encantaba el color y me la compré. Pero de manga no leo nada. Es un lenguaje tan diferente, una narrativa tan distinta, que me cuesta engancharme.

Tampoco soy un conocedor de manga, pero algo que llama la atención es que parece más uniforme visualmente, ¿esto es así?

Ellos diferencian los estilos por edades. Es decir, si tienes de trece a diecisiete años y eres una chica, lo que te gusta es el shōjo. O por ejemplo, Dragon Ball, o Bola de Drac, es el estilo shōnen

Como pasaba aquí en los años sesenta, que había tebeos para niños y para niñas.

Sí, algo así. Va por edades y por estilos de dibujo, que son muy parecidos. Ahora tienen un estilo que está pegando fuerte, no recuerdo cómo se llama, que es «feo-bonito». Es como lo que yo dibujaba cuando tenía ocho años, pero que ha caído en gracia —en esta vida es mejor caer en gracia que ser gracioso— y en Japón es superventas. El otro día me enseñaron uno y pensé «Pero ¿qué es esta mierda? ¡Esto es lo que dibujo yo!» [risas]. Lo genial que tiene Japón, y en esto sí me quito el sombrero ante ellos, es que tienen tebeos para niños de seis años y para señores de ochenta años. Sea cual sea tu rango de edad o tus gustos, sabes que hay un manga para ti. Eso me parece fantástico. Otra cosa que me parece genial del manga es que muchos que empezaron leyéndolo se hicieron profesionales y terminaron incorporándolo a sus respectivos estilos. Cuando nosotros hicimos aquel primer tebeo, metimos un chiste de Mortadelo y Filemón. Los lectores españoles se daban cuenta, pero el resto no. O meter cosas del cine de Berlanga, ese humor tan surrealista. Supongo que todos los de mi generación somos de ese mismo palo. De Amanece que no es poco, otra película que me gusta. Al final es con lo que has crecido, tienes esas influencias que no te puedes quitar de encima. Meter ese tipo de humor, poder meterles ese golazo a los americanos… es lo mejor.

Hablando de Japón y humor surrealista, las series de animación japonesas son muy divertidas.

Me encantaba Dr. Slump.

Sí, esa te iba a decir. O Musculman. Tienen un humor muy efectivo.

Sí. Me partía. Me da miedo verlas otra vez porque no sé si me harían la misma gracia que cuando era chaval.

Antes hablábamos de los cómics que ha leído una generación entera en España. ¿Qué te parece Hergé, por ejemplo?

Me encantaba Tintín. Me flipaba, y de hecho tengo esa espinita de que me gustaría tener la colección completa en una edición bonita de tapa dura. Como tebeo de aventuras estaba muy bien. Hombre, hay alguno que levantó un poco de polémica, sobre todo en Estados Unidos, como el de Tintín en el Congo… pero supongo que habrá que ver cada cosa en su contexto histórico. También es verdad que lo leí de niño; a lo mejor lo leo ahora y digo: este mejor no lo pongo en la estantería. O a lo mejor digo: bueno, es un producto de su época.

Es verdad que siempre se comenta lo del presunto racismo de Hergé.

En El loto Azul, Tintín hablaba con otro personaje y decía «He oído que los chinos hacéis tal cosa», pero el personaje chino le respondía que no, que eso era una leyenda. Con la perspectiva del tiempo veo que Hergé estaba denunciando esos topicazos que podemos tener sobre las culturas de otros, y que no son ciertos. Hergé lo estaba denunciando, a pesar de que en alguna ocasión se le ha acusado de racista.

Como dibujante, en el plano visual, Hergé sí parece haber tenido muchísima influencia incluso en Estados Unidos. El «toque Hergé», esa sencillez de líneas, los colores planos, ¿crees que es así?

Sí, estoy convencido. En Europa. Y en Estados Unidos se ha vendido Tintín quizá no tanto como en Europa, pero desde luego es conocido, o no se hubiese hecho la película.

Lo que nunca terminó de triunfar en Estados Unidos fue Astérix y Obélix.

Lo desconozco… dicen que eras de los Beatles o eras de los Stones, pues yo era de Tintín, no de Astérix [risas]. No sé por qué. Quizá porque las historias de Tintín eran más realistas, yo conectaba más con ellas. Los de Astérix los he leído, me parece que están bien, me gustan. Pero ser fan, lo soy de Tintín.

Antes hablábamos de un posible 2001 del cómic, ¿qué te parece el cine de Kubrick?

Joder, me flipa. Una cosa que me parece genial de Kubrick es que, como era fotógrafo antes de dedicarse al cine, visualmente todas sus películas son la hostia. Es uno de mis directores favoritos. Si yo fuera dibujante, probablemente intentaría dibujar como Kubrick filma.

¿Y Alfred Hitchcock? También tiene ese toque visual muy de viñeta, lo que comentabas de narrar sin palabras.

Joder, ¡otro genio! ¿Qué se puede decir que no se haya dicho ya? Lo que tú decías antes: si Kubrick fue una revolución para la ciencia ficción, porque le dio total respetabilidad, creo que Hitchcock hizo lo mismo con el tema del suspense.

Es verdad. Pero ¿no le costó demasiado ser respetado? Era un director muy, muy exitoso, pero hasta que llegaron los franceses de Cahiers du Cinéma, Truffaut y compañía, para ensalzarlo, la crítica lo tenía un poco despreciado.

Sí, es verdad. Pero otras películas de suspense de la época solían estar a años luz de lo que hacía él. Lo grande de este tipo de personas es que hacen algo bueno, que es difícil, pero consiguiendo que parezca fácil. Por ejemplo, Psicosis. Una película que empieza de una manera, que crees que va por un sitio y de repente… ¿Eeeeehh? [finge cara de asombro, N. del R.]

¡De repente muere la protagonista!

«¡Un momento! ¿De qué puñetas va esta película?» [risas] Tuvo que romper muchos esquemas en su época. Cito Psicosis porque creo que es el ejemplo más radical. Creo que es una película moderna. Es de principios de los sesenta, es en blanco y negro, pero es muy moderna. A lo mejor veo otras, como Con la muerte en los talones o El hombre que sabía demasiado, y sí me parecen más clásicas. Pero Psicosis podrías estrenarla hoy mismo y no ha pasado de moda.

¿Crees que llegará un momento en que algún nombre importante empiece a hablar del cómic como lo hacía Truffaut de Hitchcock, y que eso cambie la percepción de mucha gente?

Ese momento a lo mejor todavía no ha llegado, pero es evidente que llegará. Como te decía, los que están cerca de la cúpula son los que han leído cómics toda la vida. Son fans que han llegado a un cargo. Eso va a pasar tarde o temprano. Muchos fans de los cómics acabarán siendo críticos, y algunos de ellos serán críticos muy respetados, ya sea porque tiran por el cine, o por la novela. Sucederá. A lo mejor no en los próximos diez años, a lo mejor no en mi generación, a lo mejor será en la generación de mi hija. Pero estarán ahí, como estaba José Luis Balbín en La Clave, con la pipa [risas], y se hablará de cómics.

Ya que mencionas La Clave, ¿qué te parece la televisión actual?

Es como todo. Depende de dónde te metas. Si te soy sincero, no recuerdo la última vez que puse la televisión. Desde que tengo Netflix, muy pocas veces. Creo que Telecinco hasta la voy a quitar. Mi entretenimiento de pantalla es Netflix y YouTube. Si tuviera que poner algún programa de televisión, probablemente sería Salvados o algo así, pero ya no me queda tiempo ni para eso. Tengo que racionar el tiempo. La gente me dice: «pues he visto no sé qué, he leído tal novela». ¿De dónde sacan el tiempo? O yo me organizo fatal, o la gente tiene mucho más tiempo. Probablemente sea lo primero, que me organizo mal.

Leontxo García, el periodista especializado en ajedrez, nos dijo que a la telebasura habría que llamarla «telemierda».

No es que la gente diga: «Yo pongo esto, y a ver qué tal funciona». La gente puede informarse, tiene internet, tiene televisión, puede leer. No es como hace cien años, que la cultura no estaba disponible para mucha gente, solamente para cuatro privilegiados. Hoy, el que ve Sálvame en lugar de Salvados es porque quiere hacerlo. Hay gente que lo ve y pone la excusa de que «No, es que lo tengo puesto por tener algo de compañía». ¡Lo tengo puesto de compañía, unas narices! ¡Estás ahí desde que empieza hasta que termina! Lo ven, igual que la gente que ve Gran Hermano, porque les gusta el caldo, la rapiña. A mí es una cosa que me da fatiga. No me gusta nada, no me entretiene. Puedo reconocer aquí que vi el primer Gran Hermano por pura curiosidad, a ver eso qué puñetas era. Y dije: vale, puedo decir que lo he visto y ahora podré criticar a gusto, pero no me van a pillar más. Pero bueno, en la tele, en general, me parece casi todo una mierda. Se salvan cuatro cosas. Lo bueno es que las cosas que te gustan las puedes encontrar en la red. Incluso la TV3, que en la Comunidad Valenciana nos la quitaron cuando estaba el PP; me encanta el programa APM, pero como no lo emiten aquí, lo veo por YouTube.

Es muy divertido, el montaje está muy bien hecho, ¿no?

Y se caga en todo ese tipo de televisión. Es con las redes no hace falta encender la tele para nada, podría tener un cuadro en vez del televisor, la verdad, si no fuera porque la necesito para ver Netflix.

Ya que mencionas el entretenimiento en las redes y que somos de la misma generación, no me resisto a preguntarte: ¿conectas con el fenómeno de los youtubers, lo entiendes?

Lo entiendo, pero aun así… por ponerte un ejemplo que conoce todo el mundo, el Rubius. Me gusta como fenómeno, lo que pasa es que no me interesa. El Rubius le habla a un público que no soy yo. No me está hablando a mí. Tiene millones de seguidores, pero yo no lo entiendo. Hay youtubers que cuelgan un juego y lo comentan, y yo pienso: «Eso, ¿por qué es divertido?». Supongo que es como lo de ver el fútbol, que te puede gustar jugarlo pero no verlo. Yo personalmente prefiero jugar a un videojuego que ver a alguien jugando. Recuerdo de más joven, hace mil años, cuando te ibas con los amigos a jugar a la Mega Drive o lo que fuese, y cuando le tocaba jugar a otro y tú te quedabas mirando, ¡era el momento más aburrido de la tarde! Para mí es eso. Pero bueno, a quien le guste me parece superrespetable. Es genial que YouTube y los podcasts hayan dado voz a esos comunicadores natos que antes no hubiesen podido hacerlo jamás; como mucho, a lo mejor, hubiesen podido hablar en uno de esos pequeños programas de radio de pueblo. Han surgido comunicadores que se han creado su fama, tienen su sueldo, no necesitan la televisión absolutamente para nada, y qué coño, ¡bien por ellos!

Por lo menos son más independientes.

Sí, pueden contar lo que les salga de las narices. Y encima les están pagando. Tengo unos conocidos que tienen un piso y se lo tienen alquilado a una youtuber. No es rollo Rubius, es más de crochet, cosas de decoración, etc. Yo no entiendo sus vídeos, pero tiene su público. Es como esto [señala el cómic de La Brigada Lincoln, N. del R.]. A lo mejor hay gente interesada solamente por los superhéroes a quienes no les interesará. Esto está más encajonado, pero habrá otros más interesados por la historia y tendrá su público. Sí, a lo mejor son diez en lugar de cien, pero son diez que sabes que van a estar ahí. Lo genial de YouTube o de internet en general es que puedes poner tu micrófono, soltar tu rollo, y el que quiera, que venga a verlo. Yo sigo a algunos youtubers con los que conecto más. El fenómeno youtuber adolescente no me dice nada, pero claro, es que yo no soy su público.

Esto hace pensar en las «revoluciones» culturales juveniles, aquellas que siempre iban asociadas a una corriente musical. Las hubo periódicamente desde los años cincuenta: el rock & roll, la beatlemanía, los hippies, el punk, el hip-hop, etc. Pero la última realmente grande fue el grunge, y eso supone remontarnos ya hasta principios de los años noventa. Sí ha habido movimientos de protesta política, como Occupy Wall Street o el 15M, pero no con el mismo componente artístico. ¿Quizá es que jóvenes que ahora buscan identificarse con un icono cultural lo encuentran en internet y ya no necesitan aquellos iconos musicales generacionales?

Tú como espectador ya no necesitas ir a los programas de música o la radio. Vas a internet y encuentras lo que quieras. Eso no quiere decir que no haya talento o que no vaya a emerger. A lo mejor pasa más desapercibido, porque no llega a los grandes medios. No se puede equiparar al grunge, pero está el movimiento DJ, ahora los DJ son lo más. A fin de cuentas es un tío que pone discos, pero no se puede negar que tiene su público. Probablemente sea el gran movimiento musical más reciente.

Pero quizá no tiene ese componente de rebeldía, estético, de actitud, de una manera de ver las cosas, hasta el punto de que los grandes medios y los sociólogos se ponen a intentar diseccionarlo, ¿no?

No, eso no. Entiendo lo que quieres decir. Quizá la próxima revolución esté por venir. No sé en qué formato llegará, pero es verdad que desde el grunge no recuerdo nada parecido. Bueno, a mitad de los noventa estuvo ese giro hacia los grupos británicos, pero a día de hoy no se me ocurre nada. Supongo que la gente ha encontrado otro canal. Hace algunos años los Arctic Monkeys se hicieron famosos gracias a MySpace. Y Justin Bieber se hizo famoso por un vídeo de YouTube que colgó su madre, ¿no? Es verdad que los grandes medios no se hacen tanto eco de los nuevos artistas, pero es que esos nuevos artistas tampoco lo necesitan. Tienen a su público a un solo clic. Una revolución musical con tanta repercusión social es verdad que, por ahora, no parece que la vaya a haber. Pero prefiero pensar que de momento está durmiendo. «Estamos trabajando en ello».

Decías que no eres muy fan de Bob Dylan, ¿qué tipo de música te gusta escuchar?

Soy un poco ecléctico, pero sí es verdad que lo que me gusta más es el rock. Aunque luego se dice por ahí que me han sorprendido cantando Rihanna [ríe]. Me gustan grupos como Weezer, Queens of the Stone Age. Si me empiezas a mentar grupos te diré: «Sí, sí, ese me gusta». Me gusta escuchar de todo. Desde maravillas de antaño hasta auténtica bazofia de hoy en día.

Pero sobre todo de los noventa hacia aquí, deduzco.

Sí. Porque si me voy hacia los ochenta, ya pienso en grupos de pop como A-Ha… ¡Eh! ¡Te gusta lo que te gusta!


Librerías con encanto: Akira Cómics

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Aquí, Dios es Stan Lee. Desde las nubes, alarga su dedo hacia su creación, que le extiende el índice arácnido vestido de licra azul y roja, esperando ser dotado de la chispa de la vida. No llegan a tocarse, como tampoco lo hacen Dios y Adán en la pintura de Miguel Ángel que aboveda la Capilla Sixtina. Aquí no hay ignudi, ni querubines. En esta constelación están Thor, Hulk, el Capitán América y también Superman —siempre supimos que Dios era marvelita, pero no un fanático— recibiendo desde el techo al visitante de Akira Cómics (Avenida de Betanzos, 74, Madrid). Los quince metros de Capilla Sixtina superheróica pintados por uno de los propietarios, Jesús Marugán, ofician de antesala y santuario de este local de dos plantas y trescientos setenta metros cuadrados. Porque vender cómics no es el único motor que movió a la familia Marugán Escobar a montar, hace veintitrés años, una tienda especializada. Cuentacuentos, museo, actividades, aplicaciones móviles, presentaciones, charlas… Hasta donde alcanza la vista, todo es viñeta.

En 2012 les nombraron mejor tienda de cómics del mundo con el Premio Eisner, el Óscar del cómic que reconoció su habilidad para hacer lo que mejor saben: ni ser los más grandes, ni los más céntricos, ni los que tienen las camisetas más frikis. Sencillamente, descubrirte cuál es el cómic perfecto para ti (que no te has acercado a ellos jamás y crees que «tebeo» es algo despectivo), o para ti (que sigues en Twitter a Garth Ennis).

Charlamos con Jesús Marugán, copropietario de la tienda y Miguel Ángel con chaleco rojo de Akira Cómics.

Estamos hablando con uno de los personajes del Fanhunter de Cels Piñol, nada menos. En la serie tú eras uno de los jefes de la resistencia contracultural, y tu némesis era Alejo Cuervo. ¿Viene esto de alguna rivalidad real, él era el bueno y tú el malo?

No, no, qué va. Si es que en realidad es a él al que le gusta ser el villano. En el 94, cuando empezó la serie, le decía: ¿te gusta ser el malo? Y él me decía que claro, que le gustaba mucho más que cualquier otra cosa. Y tiene razón, es algo que he entendido con los años: mejor un villano que un héroe. Tienen un encanto que no tienen los buenos.

¿Había algo de metafórico en ser jefe de la zona libre?

Lo que pasa es que Cels, por lo menos en los años noventa, dividió España entre los lugares donde lo tratábamos bien y entre los que le ignoraban. Por eso nos convirtió en núcleos de resistencia, como había hecho en Barcelona con Antifaz Cómics. Ellos son más protagonistas porque son quienes le dieron la oportunidad de vender su fanzine cuando era un don nadie. Por eso él los pone en los agradecimientos desde siempre hasta el fin de los tiempos. Reconoce que ser un don nadie y que alguien te diga: «Sí, sí, te lo vendo en la tienda» es lo que le permitió llegar a ser famoso. Y en el caso de Alejo, es el malo porque cuando Celso entró en Gigamesh la primera vez, y Alejo le empezó a hablar de títulos y tal, como hacemos aquí, se fue con un taco así de grande. De cosas imprescindibles. Y entonces dijo: «¡Este es un fenicio!». Como le gusta tanto Philip K. Dick le imbuyó en eso. Es algo muy frecuente cuando conoces a Alejo. Cuando le conocí confesé que no me había leído ninguna obra de K. Dick. «¿Es mucho pecado?», le dije. Y ya te imaginas lo que me respondió. Hoy en día, después de haber leído todo, pienso como él, que es el autor referencial, y eso que yo he sido siempre de Asimov. Cuando me llega algún cliente cojo el relevo y le evangelizo.

Acabáis de reabrir el Museo Akira Cómics, la joya de la corona de la librería, con originales de Watchmen, de Kirby… ¿Cómo surge el proyecto?

Sí, lo hemos recomenzado tras las Navidades. Iván es el comisario de la exposición, el que se encarga de contar el anecdotario de las obras que tenemos, porque todo está enfocado al visitante que desconoce el mundo del original, al que le llama la atención ver marcas de típex en un original, o ese tipo de cosas. Hemos renovado los originales, porque la iniciativa trajo un aluvión de gente, así que seguimos reinvirtiendo dinero en ellos. Esto es una cosa de la que no sacamos un duro porque no cobramos las visitas, y aun así vamos por la segunda fase: ahora tenemos un Will Eisner, tenemos un Superlópez de Jan, un John Byrne, un Lee de WildCats… Hay muchos compañeros y distribuidores del sector que piensan que estamos chalados. Porque claro, te preguntan qué sacas con esto, y dices la verdad: que la gente venga a la tienda. Y que lo disfruten, porque al final el arte original es una cosa muy chula donde se puede unir el mundo del cómic y el mundo del museo, pero no tiene una monetización más allá de eso realmente. Somos bichos muy raros en ese sentido.

Parece que en España empiezan a abrirse los museos al arte del cómic, ahora mismo la Fundación Telefónica ha abierto una exposición, y también el Museo ABC está programando cada vez más actividades.

Sí, parece que empezamos a abrir las fronteras, porque ya hacía falta y tocaba. Al fin y al cabo en países como en Francia tienen mucho terreno ganado con esto, no es raro encontrar piezas de cómic en museo.

El Louvre hizo su primera exposición incluyendo cómics en 2005, que no es hace tanto.

Sí, es cierto. Pero para ellos el cómic es más cultura que aquí, que el museo no lo tengan tan atendido si en global lo ven distinto. Aquí el cómic es algo que se ha entendido toda la vida como una cosa para niños, luego ya como para adolescentes que les gustan los superhéroes, y ahora se está empezando a ver que es un elemento narrativo y artístico adicional a la música, al teatro…

La categoría oficiosa del «noveno arte».

Estoy encantado con esa denominación. Una pregunta que nos hacen habitualmente es que cómo vemos el tema de las descargas y la piratería, con las nuevas tecnologías, si nos afectan. La verdad es que no le afectan mucho, porque el cómic es como la evolución de las especies. Es una hibridación de dos elementos, la narrativa y la pintura, y eso lo que le permite es resistir a problemas que tienen esos dos elementos por separado. En el caso de la pintura, que tenga reproducciones y no tengas que ir a un museo para ver un cuadro; y en el caso del libro, el libro electrónico. Y lo cierto es que el cómic aguanta muy bien y muy sano todo eso. Cuando voy a Estados Unidos y visito allí tiendas, secciones como la de cómic atrasado que nosotros tenemos abajo, ellos lo tienen multiplicado por diez. Y eso significa que goza de muy buena salud el cómic tangible. El día que yo deje de ver eso allí será cuando aquí nos empezaremos a preocupar. A lo mejor el cómic es el que es capaz de aguantar este devenir de nuevas tecnologías, de cambio de modas.

¿Y no es eso también por el propio perfil del aficionado, de cierto fetichismo por el cómic?

Claro, y por el coleccionismo también. De hecho, las editoriales y las industrias y los países que cuidan eso hacen vida, porque también es cuidar al propio público. El cómic es un producto que se publica muy bien por eso, porque el público no solo lo quiere para leer, lo quiere para cuidarlo, que tenga un aspecto chulo… Hasta el punto de que internacionalmente se considera al cómic español, en cuanto a impresión y edición, de los mejores del mundo en calidad.

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Has abierto el melón: como en tantas cosas, está mejor considerado fuera que dentro. Hasta que llega un bombazo como Blacksad, que triunfa fuera y entonces todo el mundo lo abraza como éxito propio.

Es tal cual. Es un camino que aún hay que recorrer. Justo el año en que estuvimos en la Comic Con de San Diego — en 2013, que fui jurado por el premio que habíamos ganado el año anterior— le dieron a Juanjo Guarnido el Premio Eisner por Blacksad. Y da gusto ver allí una sala de americanos, aplaudiendo todos, gente que son profesionales del sector, reconociendo la valía de ese cómic… ¡Cuando en tu propio país no había tenido eco! Te da una envidia sana. Y eso que no es un cómic americano, pero lo está reconociendo allí la industria más poderosa del planeta, reconociendo lo que vale, y es un orgullo. Pero fuera, claro.

¿Ha marcado un punto de inflexión Blacksad para la consideración del cómic español? Tanto dentro como fuera.

Sí. Porque por ejemplo ahora con Paco Roca ya lo veis, todo el fenómeno en torno a él está moviendo mucha prensa variada, mucha reseña cultural. El año pasado a la exposición que hizo fue mogollón de gente, y ahí es donde notas que algo está cambiando. A lo mejor un poco más lento de lo que debiera, pero sí que está habiendo un cambio. Y en eso el primer culpable es Blacksad. Y a partir de ahí genera un efecto ola que hace que el no conocedor del mundo del cómic entienda que es un elemento narrativo de comunicación cultural fundamental, que no es una cosa para que el niño se entretenga y nada más.

En ese efecto ola, ¿no ha influido mucho también el cine? Porque habrá mucha gente que se ha acercado a Roca después de ver Arrugas, sin tener idea de que eso venía de un cómic previo. Lo mismo que las adaptaciones de Hollywood.

Ni os lo imagináis. Bueno, igual sí. El año pasado yo entrevisté en San Diego a Joe Ferrara, porque estoy haciendo una especie de documental de eso, de un español en la Comic Con. Le pregunté cómo veía él que en Big Bang Theory se haga humor de sus gustos, en contraste con la gente que no es así. Y me respondió: «Es un chiste viejo, que ya no hace gracia. Porque ahora mismo en este país el raro, el friki, es al que no le gusta algo de todo esto». Por la impregnación cultural que tiene, entre otros factores por el cine. El éxito de Juego de Tronos, el no se qué… Está por todas partes. Eso allí, y creo que aquí acabará pasando lo mismo. Es una cuestión de tiempo, como el tabaco: en Estados Unidos los quince días que estoy me olvido de que existe el tabaco, no fuma ni Dios, pero es que ni por la calle. Aquí todavía no, pero en unos años pasará lo mismo. En esta cuestión, lo mismo.

¿Y crees que en España las editoriales aprovechan suficientemente el tirón?

Lo que a veces decimos a las editoriales y a las distribuidoras es que deberían aprovechar todavía más esa popularización que propicia la multimedia hoy en día, porque algunos no lo aprovechan del todo, algunos no se dan cuenta de que eso es un tesoro, parece que les da casi hasta como complejo. Es que no es una cosa mala, es positiva. Lo malo era cuando empezamos hace veinte años, éramos cuatro pringados, encima las películas eran cutres y te daba pudor que hubiera una adaptación. Ahora es una edad dorada que no sabes si algún día va a acabar, pero hay que aprovecharla. Si a partir de algo que sale en cine o el cine te la amplifica puedes hacer que una persona de cada cien conozca el mundo del cómic, cojonudo. Hay editoriales que no lo acaban de entender, parece que están más a gusto  en el gueto. Ahora mismo la gente de hasta veinte años, los millenials, como ya se han educado con todo el manga y el anime que está por todas partes, y los salones del manga y tal, no lo ve de esa forma. Una persona de esa edad lo ve mucho más pancultural, incluso una cosa tan japonesa como son esos fenómenos. Quizás de aquí a veinte años…

Es interesante lo de los jóvenes que mencionas. Porque nuestras generaciones hemos consumido siempre cómics sabiendo que era algo que estaba fuera del circuito cultural mayoritario, pero ahora para ellos no es así.

Y hasta la llegada de la democracia, directamente estaba considerado como un subproducto en este país. Encima, siendo vecinos de los franceses o de los italianos con el fumetti, aquí era un subproducto, era una vergüenza. Por eso pasó el boom de los ochenta con el Víbora, Cairo, y todas estas revistas, porque fue una forma de decir: oye, es que el cómic puede contar más cosas y puede contar cosas de adulto, cosas violentas, eróticas. Como el destape en el cine. Y todavía estamos recuperando ese tiempo perdido.

Ahora ya hay una generación que se está educando con el cómic como algo completamente integrado en la cultura. No hay más que ver la oferta que tienen las grandes superficies en cómic, que se ha ido engrosando en los últimos años.

El estado en el que estamos ahora no nos lo habríamos imaginado en los noventa. Entonces pensábamos que nos íbamos al paro todos, que acabaríamos cerrando, de hecho los americanos lo llaman «los oscuros años noventa». Porque era una década en la que en España, además de la crisis que sufríamos, el panorama editorial estaba muy mal. En el caso del mercado americano habían tenido el boom de especulación que se había ido todo a tomar por culo, Marvel y DC estaban hechas una porra, sus historias eran muy malas, cuando Marvel entró en bancarrota… Cada día decíamos eso, hablábamos así en casa: en dos años, tenemos que cerrar. Piensa que abrimos en el peor año que hemos tenido en este país, aparte del año 2008-2009, con la diferencia de que en esta segunda crisis ya sabíamos que había una crisis. Nosotros cuando abrimos la tienda no éramos conscientes de que sufríamos una crisis, veníamos del Barcelona 92, todo muy bien, y claro, pones un negocio y  la gente no entra a comprar ni a tiros. No sabes qué está pasando: si es que eres feo tú, si es fea la tienda, si el barrio no es el adecuado, si están todos en contra de ti… No lo sabes hasta que no empiezan a pasar los años y ves lo que ocurría. En esa época cerraron muchos puntos de venta por esa razón, porque venían de malacostrumbrarse al boom que hubo, brevemente, a finales de los ochenta, principios de los noventa cuando surge Image Comics, y cuando aquí en España se vivía de cómics de importación. Allí en Estados Unidos se llegaron a publicar millones de ejemplares de tirada de un solo número. Cuando ha llegado esta segunda crisis al menos pensamos que saber que tienes una enfermedad es el primer paso a la curación.

Así que: muchas gracias, Hollywood.

Sí, muchas gracias.

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Decís que hacéis las cosas al contrario, porque en lugar de expandiros, hacer franquicia, o mudaros al centro de la ciudad, habéis decidido abrir un museo. ¿Por qué?

Pues porque somos una familia rara y especial, en todos los sentidos. Y como libreros más todavía. Por eso somos como somos. Hay gente que no entiende nuestra localización, por ejemplo.

Sí, que no esté en un sitio céntrico donde aprovechar más afluencia de gente. Llama la atención.

Eso es. Es que nosotros no queríamos poner una tienda junto a todas las demás, como se suele hacer en esta ciudad, porque no era nuestra visión. Y no hemos querido montar una cadena de franquicias porque no es lo nuestro, porque además se pierde el know how que tienes como empresa. Y tampoco nos gusta que sea todo monetizado. El año pasado sacamos una aplicación para móvil, somos la primera librería que la tiene, precisamente por eso. Antes que gastar nuestros esfuerzos en montar cosas por ahí es mejor que la gente a través de un dispositivo que lleva encima pueda conocernos por cualquier lado. En el año 95 fuimos, junto con otra tienda de Barcelona, los primeros que desembarcamos en internet por la misma razón. Y se reían de nosotros. Nos ha gustado siempre mucho la informática, mi padre viene de ese sector, yo me he destetado leyendo manuales de informática desde pequeño, la llevamos muy integrada en el día a día. En cuanto conocimos internet supimos que algún día eso sería importante. Loa aplicación para móviles es igual, habrá un momento en el que será lo más habitual del mundo, y recordaremos cómo en 2015 nos lanzamos a ello. El móvil permite utilizar la tecnología iBeacon: entras en un establecimiento y el móvil te avisa de que tienes ahí un producto que te puede interesar. Pero también para el museo es muy interesante, porque te evita la audioguía.

Hablamos del móvil, de nuevas tecnologías, de cómo alguien desde Cuenca puede comprar un cómic aquí… Pero precisamente el Premio Eisner que os dieron en 2012 como mejor tienda de cómics del mundo no fue por vuestro fondo, ni por la innovación, sino por fidelizar a la gente a venir a la tienda.

El problema es que tú no puedes ir en contra de los tiempos. Si la tecnología consigue facilitar las compras desde donde sea no puedes evitarlo porque es un tsunami que te arrasa. Ya que eso ocurre y es una realidad, lo mejor es tener una buena infraestructura. Eso no quita para que luego paralelamente hagas otras cosas. Porque aparte de esa inversión en la venta a distancia, a nosotros nos gusta que la gente disfrute con la experiencia de venir aquí físicamente. Pintar esta burrada [señala la Capilla Sixtina Superheroica, N. d. R.], que me llevó un montón de meses, o el museo, o la cafetería donde estamos, estar siempre tratando de diseñar de la forma más amigable el tránsito por la tienda… Y a la vez no debes olvidar tu salida al exterior porque eso permite que nos visite gente de fuera de Madrid, que viene porque te conoce. Pero lo importante es que no puedes dar un buen servicio a distancia si no das un buen servicio offline. Lo principal es que a la gente le guste la tienda y esté cómoda, porque eso es el objetivo original y siempre será la base de operaciones. Lo que más nos ilusiona es que esté bien provista bonita.

Es un poco esa definición de «mi librero de confianza» que también usaba Cels en Fanhunter. ¿Cómo tratáis de orientar, además de verbalmente, al que desembarca aquí sin tener ni idea?

Mira, en esos muebles europeos de arriba tenemos montada una cosa que importó Iván de las librerías de cómic belga. Allí tienen la costumbre de poner una especie de afiche en los cómics donde escriben una sinopsis y por qué a la librería le parece interesante. Yo cotilleo americanos y él cotillea belgas, y me dijo que eso es interesante para incluirlo. Porque hay mucho cómic americano y europeo muy bueno, y la gente recurre a ti para que asesores. Es una parte extra, además del boca a boca de «llévate este o este otro», añadir eso. En la planta de abajo, la de superhéroes, una buena orientación es no decir jamás que todo es maravilloso. Si me preguntan qué me parece algo que no me gusta, lo digo. Lo tengo que vender, pero si es una mierda, es una mierda. Que no te pueda el afán de vender.

¿Nos ha hecho internet más selectivos con los cómics o menos? Porque ahora cuando vamos a comprar un ejempla, venimos con mucha más información previa sobre él de la que teníamos antes.

La pregunta que yo creo que habría que hacerse es si no hay mucha más oferta que antes, y por eso necesitamos  organización. A vuestro alrededor tenéis cuarenta y cinco mil productos distintos.

¿Solo libros o contando merchandising?

Merchandising no hay casi nada. De esos cuarenta y cinco mil a lo mejor mil son merchandising, que no es casi nada. Aparenta mucho pero la mayoría son cómic y libros, que es lo que dice la base de datos. Darle una organización a eso en la tienda es muy complicado, en la web es más sencillo, y si además trabajas con sus cookies… Pero físicamente es más complicado si manejas un catálogo muy grande. Hace veintirés años la oferta era mucho más pequeña, Marvel publicaba muchos menos títulos, Norma tenía menos también, y ahora hay además muchas más editoriales. Entonces era muy sencillo, pero también más aburrido, porque ibas a un sitio a comprar y tenías sota, caballo y rey. Lo bueno es que ahora cualquier perfil de gustos va a tener un cómic a su medida. Tienes un espectro tan grande que no vale decir que no.

En cuanto al merchandising, en el año 2008, cuando llegó la crisis, hubo sitios que como tenían media tienda de merchan, y el merchan literalmente se desplomó, algunos cerraron y otros se quedaron a punto. Y nos contaban cosas terribles, porque tú mismo te has acostumbrado a depender de unos pies de barro muy grandes. En vez de que sea una cosa complementaria, que sirva de reclamo, metían más y descuidaban el cómic. Y te lo decían: esto cunde más porque vale cincuenta y lo vendo por el triple. Llega una crisis y cataplúm. Son vicios malos, una cosa que controlándola te es beneficiosa. También nosotros en eso somos raros, eh. Porque lo controlamos mucho, con papel y lápiz, sabemos que por ahí es por dónde cierras, o te vas a la ruina o te hipotecas. Y porque además somos libreros, y la tienda la pusimos por eso. Si eres librero eres librero, no es que quieras vender merchan. Hablábamos antes de Alejo, y cuando le conocí y me enseñó la tienda me sirvió también mucho en este sentido. Además de darme una serie de consejos supersabios me sirvió ver cómo él tiene la tienda, donde hay muchos libros. Y luego tiene el merchan, que lo trae por el previews, pero lo tiene muy controlado, y lo sigue teniendo así. Tiene claro que la venta principal es de libros. Para mí eso fue palabra de Dios.

No podemos obviar que has conocido a Stan Lee en la Comic Con. Cuéntanos algo.

Es un tipo majísimo, majísimo de verdad, más de lo que te esperas de alguien como él. Tuvimos mucha suerte, porque era un sorteo que hacía Marvel, y solo cincuenta personas pudimos conocerle en la Comic Con. Y me tocó. Ha dicho este año que ya no va a ir a la convención. Pero el mayor rendimiento que saco de la Comic-Con son las reuniones de libreros profesionales, el intercambio de ideas. A mí eso ya me paga el viaje, siempre vuelvo de allí con ideas chulas. Porque al final todos trabajamos el mismo producto, pero no es igual.

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De hecho Akira Cómics no reniega de tener una inspiración como tienda claramente americana.

Claro. Me las estudio y escruto todas. Mi opinión personal es que ellos son una sociedad que sabe muy bien cómo vender las cosas y cómo hacerlas atractivas. Al final, lo que me aportan es eso, gratuitamente me dan herramientas para poder embellecer la tienda. Nos inspiramos en un modelo de librería que en cuanto a exposición y cómo venderlo para mí son los mejores. Eso cuando lo hacen bien, porque a veces te encuentras un sitio que de guarro es el más guarro del mundo. En Nueva York está Midtown Comics, que te puedo hacer el plano sin mirar el papel. Me la tengo empollada de arriba a abajo. Aunque hay cosas que no, que aquí parecerían horteras o incómodas, en la mayoría son ejemplos para copiar.

¿Por ejemplo?

Cosas tan simples como la cartelería. Los españoles pensamos que la información la sabemos no se por qué, por ciencia infusa. Una cosa que nos dice la gente cuando pasea por la tienda es que tenemos una gran profusión de indicadores y carteles, y claro, pues sí. En este sector se comete mucho ese error, pensar que quien entra en la tienda ya sabe dónde está todo

¿Y eso no es porque sigue siendo endogámico, que se da por sentado que el que entra a la tienda es el friki más grande del mundo? ¿El que conoce desde lejos las portadas de Vértigo?

Exactamente. Por eso es un problema. Porque el público que más deseas captar es el casual, no el habitual, porque es el que más hay. Alguien que compre en la tienda no se cuál es difícil que me venga a comprarme a mí, podrá venir alguna vez porque le interese alguna cosa, pero cada uno tiene su parroquia. Por eso quieres captar a alguien que pase por la puerta y le resulte atractivo. Eso es lo que nos destacaron los americanos con el premio que nos dieron, no asustar al que pase por la puerta, sino todo lo contrario, que diga «coño, qué interesante» y que dentro se pueda desenvolver.

Es decir: no abrumar. Algo de lo que se quejan mucho los que no son aficionados cuando entran a una tienda especializada.

Sí. Un feedback muy chulo es ese: «He encontrado muy fácilmente las cosas, me he sentido muy acogido». Ves que lo que hacemos funciona. Que alguien que venía a comprarle algo a alguien no se ha sentido ni abrumado ni asustado, ni ajeno ni mareado. Que eso lo he conocido mucho por amigos que se habían ido de sitios porque se acojonaron. Sobre todo con mujeres, porque encima hasta hace no mucho esto eran sitios habitualmente de hombres, y todavía eso produce un choque más. Tuve una conversación en San Diego con Jennifer Haines, que ganó el premio con nosotros, ella es de Canadá. Esa librería de cómics la lleva una mujer y todas son trabajadoras. Hablando con ella de estas cosas me dijo que el enfoque que le daba a su librería es que la experiencia de compra sea lo chulo, porque nosotros normalmente como hombres no valoramos tanto la experiencia de la compra en sí como el producto. Por eso nos da igual que haya mierda en el suelo o lo que sea, vas a por lo que vas, te lo compras y te lo llevas. Pero a vosotras os gusta disfrutar, y entonces la tienda la tiene montada para eso. Eso me dio mucho que pensar.

No sé si estoy muy de acuerdo en eso de que la experiencia de compra es algo peculiarmente femenino, eso del «el hombre va a comprar algo y la mujer va de compras». He ido a comprar cómics con hombres toda mi vida y la experiencia es la misma…

Es una generalización, claro. Pero ya te digo que cuando voy a comprar algo para mi es una tortura y no quiero enrollarme nada.

Pero seguro que con los cómic no, con eso te puedes pasar horas comprando y mirando. Quizá dependa más de si te gusta lo que vas a comprar, o no.

Claro, puede ser. Pero ya que vas a comprar, lo que sea, buscas es que la experiencia sea lo mejor posible.

Y cuál es el balance desde entonces. ¿Han venido más mujeres a comprar?

No es presuntuoso, pero nosotros desde el momento en que abrimos no nos hemos podido quejar en ese sentido. Hemos tenido siempre muchas chicas, nuestro porcentaje está alrededor de un cuarenta por ciento de la clientela, es casi la mitad.

Ya solo falta que se equilibren más las autoras de cómic y estupendo.

Sí, eso va a costar más trabajo, como bien sabréis. Pero sí, en cuanto a fans, como desde el principio estamos muy implicados con el manga supongo que algo tiene que ver, porque ese es el canal que más mujeres ha aportado tradicionalmente. Ahí tienes todo el Shōjo, un género que los chicos no suele leer, y hay un montón de títulos. Hay una editorial como Ivrea que prácticamente ha construido su imperio alrededor de esos títulos. Abajo tenemos una selección específica, y si empiezas a ver todas las colecciones que hay no acabas, y solo lo compran chicas. Además chicas de unas edades que son perfectas para engancharse, que son adolescentes, jóvenes, para que luego a partir de eso puedan irse al europeo, al americano… y eso lleva pasando casi desde el principio.

Y en los títulos no específicamente femeninos, ¿ahí se nota?

Sí, con el auge de Hollywood además se nota mucho. Y luego las nuevas generaciones que al fin ya no tienen ese estigma de decir que esto es un hobby de hombres.

Tenemos muy claros cuáles son los referentes del cómic en nuestra generación, pero en estas que vienen, ¿son los mismos? ¿Persiste la lucha de Marvel y DC?

Claro, ellos también son permeables a la cultura popular y ahora Marvel y DC son cultura popular como tal. Como Star Wars.

Hemos visto también que acogéis presentaciones de libros que escriben youtubers, lo que imagino que os proporciona un contacto con el público que les sigue y viene aquí, y algo sabréis sobre sus gustos. ¿Leen algo de cómic español?

Creo que lo consideran aún un producto un tanto viejuno, pero por ejemplo Laura Gallego García para ellos es el alfa y el omega. Si hay un cómic de Memorias de Idhun lo compran. Pero tampoco hay muchos. Es una cosa que les decimos a las editoriales, que necesitan publicar y generar títulos que sean atractivos para ese tipo de público. Gente que se mueve ya en el entorno de YouTube, que no ve la televisión, que si la ve es porque están apuntados a series tipo Netflix. Hay un cambio generacional muy grande, más de lo que parece. Por eso en este tipo de gente que sean influencers es tan gordo, porque ellos una noticia en la televisión ellos no lo van a ver, pero si uno de los youtubers habla en su canal de ello lo van a seguir muchísimo. Y ahí lo tienes, y lo verás mil veces, porque vamos a seguir insistiendo en esa dinámica. Lo que pasa que se mueven también mucho en novelas de fantasía y tal, este chico, Javier Ruescas por ejemplo, escribe sobre ello. Tendrían que ser cómics que se entremezclaran con esos géneros, y no hay tantos. Es una cosa de la que adolece el mercado español y que todavía ganaría más lectores en el sector en el que las editoriales españolas más se quejan de que no lo tienen, en esas edades. Porque a partir de los veinte años ya, te enganchas y ya tienes dinero, y es otra cosa.

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Has colaborado, o colaboras, en medios generalistas, pero también en medios de cultura geek, digamos. ¿Cómo ves el tratamiento del mundo del cómic desde los generalistas? ¿Parte de la responsabilidad de haber extendido su consideración como arte menor la tienen ellos?

Sí, hay medios como el programa de radio de Laura que hacen mucho a favor, pero lo que se echa en falta es que esté en todas emisoras. Parece casi que sales medio llorando, cuando es algo que tiene su audiencia y tiene su público. Existe tanto producto que el público lo que quiere es que le informes y le dirijas. Hay periodistas capacitados perfectamente para ello, la cuestión final es la cabeza dirigente, el problema es que quien dirige es el que menos conoce el asunto. Todos los periodistas que han pasado por aquí me han dicho lo mismo, que son consumidores y les encanta; pero que les dicen «hay que enfocar esto desde la perspectiva de que son unos frikis». No son los profesionales de a pie los culpables del tratamiento, sino los jefes, los que aún lo ven desde un punto de vista displicente. O no le hace caso, o no le interesa la noticia. Pero creo que con tiempo se va cambiando. Las personas que van teniendo cierta edad conseguirán puestos de mando en medios, llegará un momento en que será una parte tan integrada en la cultura que surgirá la necesidad de darle más espacio. Quizá es que aún estamos un poco en pañales en ese sentido, llevamos escasamente treinta años desde que el cómic en España pasa de ser un subproducto para niños a ser una cosa con más entidad, y esto requiere un camino adicional. Quizá necesitamos unos veinte años más para que acabe, porque sí que es cierto que poco a poco va viéndose más. Antes era más complicado ver alguna reseña, pero ahora entre autores y público va introduciéndose, aunque lentamente.

Y vosotros, personalmente, me imagino que habréis notado mucho la repercusión del Premio Eisner.

Sí, Ferrara me lo avisó en su momento, que el premio es un antes y un después para el país que lo gana y para el sitio que lo gana. Es un amplificador. Y sí, lo hemos vivido tanto por parte del público como por parte de los medios, ahora nos atienden más porque al fin y al cabo estás representando un referendo internacional.

Al final, el mismo ejemplo de Blacksad que hablábamos antes.

Sí, exacto. Y eso es algo que les sorprende mucho allí, porque no conocen la idiosincrasia nuestra y hay que avisarles de que somos un país un poco peculiar para algunas cosas. Todas las comidas que hacemos allí me preguntan por esto. Porque eres el exótico, y siempre surgen estas cuestiones. De cómo se ve el fenómeno del cómic en España y cómo ha crecido. Para ellos es distinto. Cuando pones allí la tele porque va a empezar la Comic-Con aparece la reseña en todas las televisiones a escala nacional, lo llaman the number one american pop culture event, y lo tratan muy chulo. No es como aquí, que se ve ahí un tío mirando de forma desganada... La cobertura de ellos es superchula, y ahí es donde te das cuenta de que el propio medio sabe que es una cosa muy importante y que hay que tratarla con respeto. El gran acierto que se tuvo en la Comic-Con y en este tipo de eventos fue unir Hollywood y el mundo del cómic, que hasta ese momento era una cosa más reducida. ¿Por qué no se hace lo mismo en España? Porque al final es dinero. Y si quieres hacer negocio, pues joder, imita al que mejor lo sabe hacer haciendo un show bussines. O por lo menos coge su forma de enfocarlo. Y no se hace. A mí me han dicho: «Es que eso son los americanos, que son como son», y tú te respondes: «Y así nos va». Que te vas a un salón y el suelo es una guarrería, y allí está enmoquetado.

Bueno, aquí tenemos el Salón del cómic de Barcelona que…

Y aún así es feo. Porque no se cuidan ciertos detalles de estética, es lo que decíamos antes. Parece que pones un sitio y la gente tiene que entrar porque está obligada. Tendrás que ofrecerle estética, atractivo, glamur… Y esto se aplica a todo, a los salones de cómic pero también a las panaderías. Y los salones de cómic aquí en España podrían mejorarse mucho. Y no es cuestión solo de que haya o no haya dinero. Hay que buscar alternativas. 

Pero estás metido en el sector, también habrá gente intentando subsanar estos errores.

Los que más son los del Salón del Cómic de Gijón, que llevan dos años. Y el resultado es bastante mejor, porque lo primero es que traer autores, autores americanos. Editan también un cómic para vender allí con una portada especial. Tienen iniciativas que están inspiradas en sitios de fuera y tratan de seguir una guía que les separe de lo habitual, para que la gente no diga «otro salón más». El año pasado tuvieron bastante éxito con eso. Por el momento son los raros, pero bueno, se ve a alguien que tiene cierta intención de hacer las cosas de otra manera. Al final lo que mola es que este tipo de salones te oferten esta especie de glamur que no tienes habitualmente, ni en tu tienda, ni en tu barrio, ni en tu salón de aquí.

Otra cosa, fuiste muchos años el Darth Vader de la Legión 501, pero has colgado los hábitos.

Sí, en el 2008 fue la última vez que lo hice, y colgué el traje en ese maniquí y ahí sigue. En esos diez años participé como en cincuenta acciones, y se suda mucho dentro de ese traje.

Algo sabemos de lo mal que se pasa ahí dentro, sí.

De hecho en esa época estaba superdelgado, porque sudas un montón dentro de ese traje. Hay un corto rodado en Valencia con unos chicos, donde hacía de Vader y casi me caigo redondo. Me subieron a la peña de un cerro, encima en julio, tres horas para una toma en un secarral, y no tenían nada para que fuera bebiendo. Y en cierto momento digo: «Me parece que me voy a desmayar»; cuando vi al año siguiente en Baréin a Fernando Alonso que se le estropeó el agua y le pasaba eso pensé: «Efectivamente, puede pasar». Que en el podio ni se podía poner de pie. Desde entonces en verano ya no me lo volví a poner. Luego te quitas el traje y vas como el monstruo de la Laguna Negra, dejando huellitas de sudor.

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¿No te han entrado ganas de volver con el episodio VII? Imagino que en la tienda estaréis encantados con el repunte de interés en torno al universo con la nueva película.

Sí, un poco, la verdad. En el público se ha notado mucho el repunte de interés con Star Wars. Además de porque sea una película que está bien, porque como las preculeas eran flojas por mucho que tuvieran efecto amplificador enseguida se deshinchaban. Y además estaba Peter Jackson con El señor de los anillos metiéndole zascas continuamente, porque era una película que salía después y era mucho mejor. Y el regusto que quedaba era un tanto malo. Pero con esta, joder. Es una película de un director bueno, que le ha salido bastante redonda, una recaudación de la leche, en Navidades… Se nota mucho. Siempre es una cosa que te da la oportunidad en meter en la lectura a gente nueva.

Aunque se cargue el universo expandido y muchos títulos ya no sirvan para nada.

Ah, a míeso me parece buenísimo. El universo expandido no lo he aguantado nunca. En la 501 este era un tema habitual de debate y siempre estábamos en contra. Somos fans de edades parecidas y además de criticar la trilogía nueva, se critica el universo expandido, que en general quita más que pone. Son productos más comerciales que otra cosa. Porque a George Lucas el día que conoció a Rick McCallum se le fue la chola. Porque este tío, que no era su productor original, debió de decirle: «Tú no seas tonto, que de esto se puede sacar mucho dinero. Más». Y empezaron a hacer cosas raras: la edición especial…

Qué afán con descargar de culpas a Lucas…

¡Porque él no era así hasta entonces! Si lo único que había hecho es hacer una película con ewoks, porque ya quería terminar el asunto porque se estaba divorciando… En el fondo esas películas estaban seriamente enfocadas. Pero a partir de los noventa, se le empieza a ir y aparece un productor nuevo con quien se hace uña y carne, está claro que es el otro el que le llena de esas ideas comerciales. Que le dice que si quiere meter un personaje de compañía sea un bicho gracioso, que a la gente le va a gustar. Y toma, Jar Jar Binks, Y acabando ya con lo que casi se carga todo, las Clone Wars. Eso fue terrible. Y eso es lo que más daño hizo.

Por aquí tienes alguien que no está de acuerdo. Que la película era mala, pero defiende la serie.

Pero la peli es terrible, la del huttito, esa. La del hijo de Jabba. No te hablo de la serie, la película, cuando la vimos, nos cagamos como fans y como libreros, porque pensábamos que a la gente le iba a dejar de gustar Star Wars. Por eso cuando llegó la noticia de que se cargaban el universo expandido casi saco el champán, me pareció que era lo mejor que podían hacer. Venderle esto a unos que saben cómo trabajar estas cosas como nadie desde hace cien años, y encima su productora va a ser la mejor, la de Spielberg, la mejor productora que ha tenido Hollywood. Porque hacen una cosa que no se suele hacer, y es dejarle tranquilo al director que haga las cosas, ahí tienes Tropic Thunder: lo que hacen los productores es lo que hace el personaje de Les Grossman, meter el pescuezo, y así salen las películas. Y la productora que tienen ahora no hace eso. Cuando salía el tema del universo expandido en charlas y recordabas las novelas que empezó a licenciar, videjuegos y cómic…

También hay cosas buenas. En cómic había muy cosas malas, en novela el nivel (con terribles excepciones) era mínimamente potable, y con alguna cosa muy potente.

En general hay más malo que bueno. Pero el problema de esto es que tú hipotecas una línea temporal de productos, que ya no van a ser películas, tanto para adelante como para atrás. Y encima con cosas raras por muy bien que salgan. Como que Boba Fett resucite, que el otro se case con tal… A mí hay novelas de Timothy Zahn que sí me han gustado mínimamente, porque no mantiene un statu quo, sino que hace giros argumentales radicales.

Un poco lo mismo que J. J. Abrams, que tampoco ha tenido miedo de cargarse a personajes míticos.

Y si después hubieran puesto a Joss Whedon me habría parecido perfecto.

Necesitamos, definitivamente, unos episodios X, XI y XII dirigidos por Joss Whedon.

Me sumo. Porque el universo expandido anterior al episodio I es todavía es peor. En el origen de las películas partes de una situación un tanto sosa, los pesados de los jedi con sus rollos, y además con las Guerras Clon, que es una farsa. O sea, con el universo expandido estás leyendo algo que ya sabes que no va a ninguna parte, pero es que encima contar cosas anterioresde  cuando la galaxia está en paz pero de vez en cuando hay un chaval con sus discípulos dando la brasa, tampoco va a ningún lado. Hay que ser sinceros: este tío situó las películas originales en el punto más interesante de todos, un imperio malvado, una revolución en su contra… Por eso Abrams repite la estructura que funciona, de guerra civil. Y es acertado, porque fuera de eso es muy difícil encontrar nada válido.

Por último, hace poco publicamos una lista sobre lo mejor del cómic del pasado año, ¿Cuáles son tus títulos favoritos de 2015?

Los míos son: Jupiter’s Legacy (Panini Comics); La Casa —de Paco Roca— (Astiberri); Sally Heathcote, sufragista (La Cupula); Secret Wars (Panini Comics); Darth Vader (Planeta Comic); Tokyo Ghoul (Norma Editorial); La Casa —de Daniel Torres— (Norma Editorial); Corto Maltes: Bajo el sol de medianoche (Norma Editorial); Asterix y el papiro del César (Salvat); y Mortadelo y Filemón: El Tesorero (Ediciones B).

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Fotografía: Javier Nadales


¿Cuál es la mejor adaptación al cine de un cómic de superhéroes?

Puede uno pasarse toda la infancia y adolescencia leyendo tebeos que tarde o temprano llegará la madurez, entonces levantaremos la vista hacia el horizonte y se agolparán en nuestra mente las grandes preguntas que todos no hemos hecho alguna vez: ¿quién es más rápido, Superman o Flash? ¿Pueden las garras de Lobezno romper el escudo del Capitán América? ¿Qué pasa con los pantalones de Hulk? Las respuestas son: 1) Flash; 2) No. Las garras de Lobezno están compuestas de adamantio, pero el escudo del Capitán América es una especie de aleación de acero y vibranio. Este último es un material extraterrestre traído a la Tierra cuando se estrelló un meteorito en el país africano de Wakanda; y 3) Los pantalones de Banner están compuestos de moléculas inestables inventadas por Reed Richards para los trajes de los Cuatro Fantásticos, por eso no se rompen. Al menos esas son las explicaciones que nos da el divulgador James Kakalios en La física de los superhéroes, un libro muy ameno e instructivo pero que lamentablemente no da respuesta a esa otra gran pregunta que nos hacemos en el titular. Así que por medio de esta encuesta les convocamos a ustedes para encontrarla. Voten y si creen que falta alguna hágannoslo saber en los comentarios. Por cierto, aquellos que contengan la palabra «friki» serán censurados.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

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Deadpool

Imagen de Marvel Studios.
Imagen de Marvel Studios.

La descripción del aficionado a las historias de superhéroes como un chaval granujiento y pajillero con escasas habilidades sociales no siempre es cierta. En algunos casos sí, para qué engañarnos, pero el cliché ha sido claramente desbordado por dos aspectos de los que Deadpool es un buen ejemplo. En primer lugar porque muchas de estas historias se han ido volviendo más adultas, con una moralidad menos maniquea y con dosis crecientes de sexo, incorrección, humor autoparódico y una violencia cercana al gore (un detractor diría que han dejado de ser infantiles para ser rematadamente adolescentes). En segundo lugar, relacionado con lo anterior y llevándolo hacia el tema que nos interesa, sus adaptaciones al cine logran una y otra vez un éxito monumental: ya son mainstream. Partiendo de un presupuesto relativamente modesto que solo daba para dos escenas de acción —la del comienzo y la del final— Deadpool ha logrado más de un gritón de dólares en todo el mundo convirtiéndose en un fenómeno analizado incluso en la revista Forbes. ¿La clave? En lo que parecen coincidir todos aquellos que han leído el cómic es que la película recrea con acierto la personalidad sarcástica, verborréica y transgresora del protagonista. El personaje es la película.

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Watchmen

Imagen de Warner Bros. Pictures.
Imagen de Warner Bros. Pictures.

Continuando con lo que decíamos, otra de sus señas de identidad es su mayor interés por cuestiones políticas. Tampoco es que sea una excesiva novedad, al fin y al cabo el Capitán América comenzó luchando contra los nazis y luego contra los comunistas, mientras que en las adaptaciones televisivas de los años cincuenta Superman ya luchaba «por la verdad, la justicia y el modo de vida americano». Digamos entonces que la diferencia está en la manera algo menos ingenua de abordar el tema. Si bien el formato evidentemente tiene sus limitaciones y Watchmen no es que sea un ensayo de Montesquieu, pero sí que se percibe su sombra. ¿Quién vigila a los vigilantes? se preguntaba Alan Moore, y la adaptación cinematográfica ya desde sus espectaculares títulos de crédito recorría a su manera la historia reciente de Estados Unidos, resumiendo de una forma difícilmente mejorable una narración mucho más extensa y que incluía cómics dentro de cómics y más personajes y tramas de los que una película de dos horas puede soportar. Ese inicio es una clase magistral de cómo trasladar una historia de un formato a otro.

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El hombre de acero

Imagen de Warner Bros. Pictures.
Imagen de Warner Bros. Pictures.

Christopher Reeve es todo un icono en nuestro acervo cultural y despertó además muchas simpatías por su desgracia personal, pero hay que decir que las películas que protagonizó eran malas con avaricia. Retamos a cualquiera que las recuerde con simpatía de su infancia a que vuelva a verlas ahora. Se salva de ellas Gene Hackman como uno de los mejores villanos que han existido nunca, eso sí. Más adelante perdimos la ocasión histórica de ver a Nicolas Cage en el papel por Dios sabe qué inconveniente de última hora, y ya en 2006 Superman volvió al cine en una versión que ahora nadie recuerda. Con esos antecedentes era factible poner el listón más alto, además Zack Snyder ya había demostrado su pericia adaptando a la pantalla 300 y Watchmen, así que en 2013 se estrenó esta versión, que resultó ser la mejor adaptación al cine del personaje aunque solo sea por incomparecencia de las restantes.

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Batman v. Superman: El amanecer de la Justicia

Imagen de Warner Bros. Pictures.
Imagen de Warner Bros. Pictures.

En el momento en que tienes varios superhéroes el paso inevitable es hacer que se peguen entre ellos a ver quién gana. DC Comics lo llevó a cabo de maneras bastante estrafalarias, así que difícilmente una película al respecto podía decepcionar, sabíamos a lo que veníamos. En cualquier caso a unos ha gustado y a otros no, como verán en esta reseña, que al confrontar Marvel y DC ha provocado de paso un entretenido espectáculo de partidarios y detractores partiéndose sillas en el lomo al mejor estilo de salón del Oeste. Al final lo mejor para no meterse en jardines es hablar únicamente de terrorismo y Paracuellos.

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Hellboy

Imagen de Sony Pictures.
Imagen de Sony Pictures.

Ron Perlman es un actor que puede interpretar a un neandertal o a un tarado del medievo sin que parezca necesitar apenas caracterización. Lo cual es loable, aunque pueda sonar a otra cosa. El propio autor del cómic, Mike Mignola, supo ver ese talento y pensó en él como el más adecuado para dar vida a su personaje. Si a ello le añadimos que el director, Guillermo del Toro, era el mayor entusiasta de la obra a adaptar, entonces el resultado final difícilmente podía no estar a la altura.

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La trilogía de El caballero oscuro

Imagen de Warner Bros. Pictures.
Imagen de Warner Bros. Pictures.

De la versión de Tim Burton, pese a contar con Michael Keaton como un inverosímil héroe de acción, puede decirse al menos que no se tomaba demasiado en serio a sí misma y que era buena en comparación con sus secuelas, a cada cual más esperpéntica. El pobre Batman parecía ya muerto y enterrado hasta que llegó Christopher Nolan para darle una solemnidad y una grandeza épica como hasta entonces nadie se había atrevido a dar a un superhéroe, y que pasaría a convertirse en la norma. Si alguien está ya harto de este subgénero y de todas las convenciones que ha adoptado en los últimos años, aquí tienen al principal culpable.

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Kick-Ass

Imagen de Lionsgate Films.
Imagen de Lionsgate Films.

Basada en el cómic de Mark Millar y John Romita Jr. su punto fuerte era precisamente la parodia de todos los lugares comunes en torno a este género, que a la vista de los resultados que da en taquilla seguirá acompañándonos unos cuantos años más. Y además salía Nicolas Cage.

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Dredd

Imagen de Lionsgate Films.
Imagen de Lionsgate Films.

Tras el mal trago que supuso la versión de Sylvester Stallone llegó esta otra que contó con menos presupuesto y caras menos conocidas pero resultó notablemente mejor. Por desgracia en taquilla no fue demasiado bien, aunque podría llegar a contar con una continuación en forma de serie de televisión, a cargo, cómo no, de Netflix.

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Hombres de negro

Imagen de Columbia Pictures.
Imagen de Columbia Pictures.

Al no llevar un pijama de colores chillones con los calzones por fuera pueden parecer fuera de lugar en esta lista, pero al fin y al cabo tienen tantos cachivaches a su disposición para luchar contra el mal como Batman y desarrollan su actividad en Nueva York, la ciudad con más densidad de superhéroes del mundo. Así que no es descabellado incluirlos. La trilogía es la adaptación de la historieta de Lowell Cunningham.

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Spider-Man

Imagen de Columbia Pictures.
Imagen de Columbia Pictures.

La primera y segunda películas de la saga, protagonizadas por Tobey Maguire y dirigidsa por Sam Raimi son las más destacables de la saga, que luego tuvo un innecesario remake o reboot o lo que fuera que hicieron en 2012.

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Los Vengadores

Imagen de Marvel Studios.
Imagen de Marvel Studios.

De entre todos los personajes superheróicos y sus deslumbrantes superpoderes probablemente ante el que más cuesta mantener la suspensión de la incredulidad —para la mentalidad tan extendida en nuestro país, al menos— es Tony Stark, empresario millonario y filántropo a la vez. Que el anterior presidente de la CEOE esté ahora en la cárcel supongo que no ayuda. Sea o no un prejuicio desde luego los estadounidenses no lo comparten, y la figura de Iron Man interpretada por Robert Downey Jr posee un indudable carisma. Pero de todas las películas en las que ha aparecido es esta dirigida por Joss Whedon, en la que comparte el protagonismo con la Viuda Negra, Ojo de Halcón, Capitán América, Hulk y Thor, la más destacable.

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X-Men: Días del futuro pasado

Imagen de 20th Century Fox.
Imagen de 20th Century Fox.

De toda la saga de X-Men nos quedamos con esta no por capricho, sino porque así lo dicta el tomatómetro. Es que no le falta de nada: al florido repertorio de seres con superpoderes le añade una distopía futurista y viajes en el tiempo.

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V de Vendetta

Por eso hay que poner siempre tapa en la sartén. Imagen de Warner Bros.
Por eso hay que poner siempre tapa en la sartén. Imagen de Warner Bros.

La cultura popular es un buen termómetro para medir los temores, esperanzas y manías de cada época. A comienzos de los años ochenta el rebrote de la Guerra Fría trajo un temor que bordeaba el pánico al holocausto nuclear que se expresó en el cine, la música (a ella le dedicamos otra encuesta) y también el cómic, siendo el ejemplo más destacado esta serie de diez volúmenes de Alan Moore. Que además gobernase en aquel momento en Gran Bretaña Margaret Thatcher le dejó el balón a puerta vacía para su distopía futurista, pues la ciencia ficción es también otra forma de hablar de la actualidad. Quién sabe si la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca servirá a otros de inspiración… La cuestión es que por ahí pasaron años después las hermanas Wachowski y supieron capturar ese aroma inequívocamente adolescente que destila el cómic.

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Capitán América: el soldado de invierno

Imagen de Marvel Studios.
Imagen de Marvel Studios.

Es una secuela de Capitán América: el primer vengador, aunque también está vinculada a Los vengadores, de manera que no es sencillo rememorar qué escenas y personajes le corresponden realmente (por suerte en esta casa tenemos un historiador y exégeta para ayudarnos con todo esto). Lo que sí recordamos es que era un film trepidante y muy bien realizado dentro de su género.

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Guardianes de la galaxia

Imagen de Marvel Studios.
Imagen de Marvel Studios.

Como buena parte de las anteriormente mencionadas esta también pertenece al denominado Universo Cinematográfico de Marvel, toda una constelación de personajes fantásticos que son protagonistas o secundarios en unas u otras historias, que colaboran o se enfrentan entre ellos, que son modificados o disfrutan de secuelas si la anterior fue un éxito. Algo de todo ello hay aquí, un cómic ideado en 1969 cuyos personajes fueron reinventados en 2008, que tuvieron esta adaptación cinematográfica y de la que el próximo año llegará su continuación. Pero de todo ello ya hablamos con más detalle aquí.

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Batman v. Superman: El amanecer de la Justicia (No apto para todos los públicos)

Imagen: Warner Bros. Pictures / DC Entertainment.
Imagen: Warner Bros. Pictures / DC Entertainment.

A mediados de la década de los ochenta, o eras de Marvel o eras de DC. Marvel tenía al Capitán América, Iron Man y los X-Men. DC tenía a Superman, Batman y Wonder Woman. Marvel era el mito por excelencia de la cultura pop. DC era el plan B. Y entonces llegaron los cómics El regreso del Caballero Oscuro y Watchmen. Y todo cambió.

Sobre las diferencias entre Marvel y DC se han escrito cientos de libros y artículos. Pero la principal de ellas es que Marvel ha sabido retorcer sus personajes a lo largo de su historia para encajarlos en las modas estéticas y políticas del momento gracias a una visión comercial de la que ha carecido cualquiera de sus editoriales rivales. DC no ha sido capaz de ello… Pero hace treinta años inventó un género nuevo.

Dicho de otra manera. Lo de Marvel han sido pequeñas y constantes mutaciones; lo de DC fue un salto evolutivo de muy largo alcance. Marvel es una Coca-Cola a la que se le añade o se le quita azúcar para acomodarla cada cuatro o cinco años al paladar de su clientela del momento; DC es un jerez Tres Palmas y si tu paladar no lo entiende te jodes y lo educas. Marvel es Madonna; DC es la Velvet Underground. Marvel es un producto comercial especialmente exitoso; DC cambió el paradigma.

Esa división tiene consecuencias en la práctica. Aquellos que en los años ochenta optaron por Marvel siguen hoy en día leyendo Marvel porque de un cómic de la Marvel se pasa a otro cómic de la Marvel. Los que optaron por la DC de la época, la de Alan Moore, Grant Morrison y Neil Gaiman, acabaron descubriendo a William Faulkner, H. P. Lovecraft, Stanislav Lem, Brian Eno, Timothy Leary, los Buzzcocks y Mikhail Bulgakov. Sin DC no existirían las novelas gráficas, los cómics de superhéroes continuarían siendo un producto para adolescentes con escasas habilidades sociales y la frontera con la literatura seguiría siendo una de las más férreamente custodiadas del mundo de la cultura. DC aportó profundidad, densidad y argumentos adultos a un mundo dominado comercialmente por los fuegos de artificio de la Marvel.

Esa diferencia continúa vigente hoy en día en las adaptaciones cinematográficas de los cómics de la Marvel y de DC. Mientras las adaptaciones Marvel se basan en general en cómics recientes, las de DC se inspiran en los publicados en la década de los ochenta. Narrativamente, pero muy especialmente en sus atmósferas. Marvel, como buena empresa de espíritu adolescente, sigue obsesionada con encajar. Y de ahí el tono infantiloide de Deadpool, Guardianes de la Galaxia o cualquiera de las entregas de Iron Man, Thor o Los Vengadores. DC, por su lado, ha preferido recurrir a directores adultos (Christopher Nolan, Zack Snyder o David Ayer).

La diferencia es abrumadora. De una película Marvel, es decir de una de Disney, sales con una sonrisa boba y el mismo hartazgo estomacal que produce un atracón de Tigretones. Los chistes son de encefalograma plano, no hay escena sin su guiño-guiño-codazo-codazo y los personajes son la viva encarnación de la fantasía de un adolescente onanista: el malote buenote, el chuloputas con encanto, el compinche enano pero gracioso y con armas grandes-que-te-cagas y la jamona que reparte hostias como panes mientras las tetas le rebotan desde el ombligo hasta las cejas y de ahí de vuelta al ombligo. Las películas Marvel son, en el mejor de los casos, un placer culpable. El conjunto final siempre da un poco de vergüenza ajena.

DC es otra cosa. A ello no es ajeno por supuesto el hecho de que Batman y Superman son dos héroes con una profundidad conceptual infinitamente superior a la de cualquier superhéroe de la Marvel. Superman es un dios caído en la Tierra: un alienígena superpoderoso educado con valores proletarios pero obligado a convivir entre una especie inferior que lo venera en la misma medida que lo teme. Batman es el arquetipo ultraderechista por excelencia: el überfascista.

Imagen: Warner Bros. Pictures / DC Entertainment.
Imagen: Warner Bros. Pictures / DC Entertainment.

Batman v. Superman: El amanecer de la Justicia no ha recibido buenas críticas. Robbie Collin, del diario británico Telegraph, ha escrito que Marvel puede descansar tranquila porque la película es incoherente, descerebrada y, aquí viene lo que realmente le molesta, «carente de sentido del humor». Kate Muir, de The Times, echa de menos «trama, personajes e ingenio». En los EE. UU., las críticas han sido generalmente malas. Yo se las resumo todas con una sola frase: Batman v. Superman no es una película divertida porque pretende ser una película seria.

Vamos a decirlo rápido para que nadie se lleve a engaño: Batman v. Superman: El amanecer de la Justicia no llega a los niveles estratosféricos de los tres Batman de Nolan pero es Dios Padre Nuestro Señor comparado con cualquiera de las películas Marvel.

La primera escena de la película le abre las tripas en canal al espectador. Bruce Wayne, a pie de calle, asiste a la batalla entre Superman y el general Zod como la ve cualquier otro ciudadano de a pie: a partir de fragmentos inconexos. Un borrón casi invisible que cruza a velocidad supersónica el cielo y se estrella en un edificio cercano, una explosión a sus espaldas, nubes de polvo colosales avanzando apocalípticas hacia él, caos y destrucción total. Mientras en una película Marvel la acción siempre se nos presenta desde el punto de vista del superhéroe, en la primera escena de Batman v. Superman nos es mostrada desde el punto de vista de la víctima. No hay primeros planos de Superman ni de Zod poniendo cara de estreñidos sufridos. Y ese es el origen del conflicto entre Batman y Superman: mientras el primero es solo un ser humano, el segundo es un dios capaz de desatar fuerzas devastadoras e incomprensibles y al que apenas puede entreverse en el cielo. Un dios tan lejano como dudoso.

Esa sola escena vale por sí sola por toda la filmografía Marvel. Pero hay más. La primera aparición de Batman, puro cine de terror. O el duelo entre Batman y Superman, en el que una sola frase pronunciada por el segundo cambia por completo la percepción que el espectador había ido formándose de él a lo largo de la primera hora y media de película. Ben Affleck da el perfil de Batman cuarentón al que su nada disimulado fascismo ya no le supone ningún conflicto interior. El Superman de Henry Cavill es mucho más ambiguo y oscuro que el de El hombre de acero. Gal Gadot es una Wonder Woman muy poco previsible, un gran acierto de reparto. La aparición por sorpresa de otros superhéroes DC tiene toda la épica de la que carecen Los Vengadores. Ese duelo de un futuro hipotético entre un Batman polvoriento, casi un líder terrorista al estilo de Bin Laden, y un Superman totalitario, apoyado por un ejército de estética nazi, pone la piel de gallina. Algunas hostias duelen solo de verlas y las peleas se intuyen verosímiles (sin serlo). La banda sonora de Hans Zimmer y Junkie XL, solemne y wagneriana, aporta gravedad al conjunto.

Por supuesto, Batman v. Superman tiene fallos. Jesse Eisenberg, el principal de ellos. No da la talla como Lex Luthor y sus tics, a medio camino de la tartamudez, la epilepsia y la idiotez, acaban cargando. Quizá es un problema de dirección de actores, pero se intuye que Eisenberg, lisa y llanamente, no ha sabido construir un personaje con entidad propia. Es muy probable que no sea tan buen actor como parecía en La red social. Doomsday resulta ser un mazacote de carne con mucho músculo pero escasa inteligencia. Carece de personalidad y no resulta amenazador en ningún momento, lo que lo convierte, paradójicamente, en un personaje más Marvel que DC. Es decir en un personaje prescindible, con el grosor de un folio. Algunos detalles de la película parecen apresurados o descuidadamente montados, y quizá los dilemas casi shakesperianos que se plantean en ella (el de la violencia, el de la justicia o el de cómo relacionarse con un extraño ajeno a nuestras pautas morales) podrían tener un poco más de filo. Pero Batman v. Superman impresiona cuando la película pide épica, conmueve cuando pide pausa y sorprende cuando parece a punto de caer en la monotonía.

Otra cosa es que no sea una película para niños ni una película adaptada a su época. Pero entiéndalo: todavía quedan cineastas y guionistas que se resisten a tratar a su público como si este fuera imbécil. No deja de ser una buena noticia. No para todos, claro. Para algunos quizá deberían haber escogido a una Wonder Woman con las tetas más grandes. Una que hiciera chistes malos sobre ellas. Eso siempre ayuda a recibir buenas críticas.


Albert Monteys y Marcos Martín: «No nos conformamos con vivir de la publicidad o donaciones. Queremos vivir del cómic»

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Conversamos con los dibujantes Marcos Martín (Barcelona, 1972) y Albert Monteys (Barcelona, 1971). El primero viene de los superhéroes. De la industria americana. De la ciencia ficción. El segundo, de los personajes cotidianos. Del mercado español. De la realidad más absoluta, la actualidad. Albert tiene más de veintiocho mil seguidores en Twitter. Marcos no tiene ni presencia en redes sociales, ni teléfono móvil.  Dos estilos dispares y dos orígenes muy diferentes, la Marvel y El Jueves, las casas donde se han forjado como artistas. Marcos salió de la Marvel para desarrollar sus propias ideas. Albert dejó El Jueves para  fundar  junto a otros compañeros Orgullo y Satisfacción. Ahora se han encontrado en Panel Syndicate, el proyecto de Marcos desde donde explora los devenires del cómic digital y para el que ha contado con una historia creada por Albert.

Empecemos por la génesis de todo: ¿cómo surge Panel Syndicate?

Marcos Martín: Me suelen preguntar si fue primero The Private Eye  o Panel Syndicate. ¿El huevo o la gallina? La verdad es que surgieron de manera separada y convergieron en una sola cosa.

La idea de Panel Syndicate es anterior, la tuve hace muchos años buscando una manera de distribuir los cómics de una forma más económica, más universal y que fuese más asequible para el público, ahí es donde entra la tecnología. Es el momento en que aparece Internet y una manera fácil de pagar, de llegar y de presentar contenidos. Pensé que ahí había una posibilidad de conseguir que el cómic llegase a más gente y así nació la idea de lo que luego sería Panel Syndicate.

Cuando yo tuve esta idea todavía estaba trabajando en Marvel y siempre me pareció que para que un proyecto como este funcionase se necesitaba el nombre de un autor muy potente detrás, porque la clave es la presencia, que la gente sepa que existes. Yo solo no tengo el peso para arrastrar a la cantidad de gente que se necesita pero si George Lucas monta algo, ya sabes que va a atraer a muchísimas personas tan solo con ver su nombre.

En esta época, debía ser 2009 más o menos, siempre pensaba que la persona ideal para hacer esto que no fuese Steven Spielberg sino alguien factible, alguien que conociera y que realmente tuviese ese peso, era Brian K. Vaughan.

Brian en ese momento estaba muy metido en el mundo de Hollywood, yo diría que estaba todavía con Lost, y yo me planteaba que si algún día él volvía al mundo del cómic estaría bien proponérselo. Era muy extraño que sucediera pero mientras le daba vueltas iba dibujando Spiderman y Daredevil hasta que se dio la casualidad. Un día me escribió y me dijo: «Oye que vuelvo otra vez a hacer cómics, si tú quieres en algún momento hacer algo…» y dije que sí porque justo se acababa mi contrato con Marvel.

La idea que me sugirió era The Private Eye y esto es una putada porque la otra idea que tenía era Saga pero se la quedó.

¿De qué os conocíais tú y Brian?

Éramos amigos desde hace años. Nos conocimos viviendo en Nueva York cuando los dos estábamos empezando. Casi coincidimos en el mismo apartamento, éramos vecinos, él estaba en el bloque de al lado.

Brian ha alabado alguna vez The Private Eye porque hacéis lo que queréis y precisamente con Saga había tenido problemas de censura.

M. M.: De hecho la apuesta del formato es para evitar la censura que se da en el papel. Creo que Brian tuvo problemas de censura con Apple en digital, ¿no?

Tuvo una historia muy rara. En un principio se dijo que la censura venía de Apple pero luego se descubrió que comicXology, que era la distribuidora, no se lo llegó a presentar a Apple porque pensaban que se lo censurarían. Básicamente comicXology no quería problemas. Entonces ahí la cuestión es si comiXology mintió o no mintió. Al final no pasó nada más allá de la polémica.

Albert Monteys: En todo caso, tanto en Panel Syndicate como en Orgullo y Satisfacción, somos responsables primeros y últimos de lo que hay y si hay censura será nuestra.

M. M.: Sí, yo te censuro.

A. M.: Constantemente.

Albert, tú vienes del humor y Marcos de los superhéroes, tengo entendido que entráis en contacto por medio del también dibujante Javi Rodríguez.

A. M.: Nos conocíamos de antes pero de situaciones más casuales, de los conciertos de Divine Comedy.

M. M.: De amigos comunes…

A. M.: Y sí, sobre todo de Javi Rodríguez que es muy amigo de los dos y cuando Marcos se estaba planteando añadir algún autor fue una sugerencia de Javi seguramente, ¿no?

M. M.: Si te digo la verdad yo pensaba que se me había ocurrido a mí pero ahora ya dudo.

A. M.: No sé, pero en todo caso quedamos un día a tomar un café con Javi, aunque incluso cuando nos conocíamos poco había buena sintonía.

M. M.: Es muy difícil que no te caiga bien Albert. Alguna vez me han preguntado cómo pensé en él pero a mí me pareció algo muy natural.

A. M.: A mí también me sorprendió cuando me llamaste. Yo estoy acostumbrado a hacer un teatrillo. En las páginas de El Jueves hacía un solo plano de un señor hablando todo el rato y ahí la narración que hay es la más básica; en cambio, lo que admiro de Marcos y la gente que trabaja con él es que están acostumbrados a hacer auténticas piruetas, cambiar de plano, hacer picados, una página con una buena composición… Eso lo estoy aprendiendo yo ahora en Panel Syndicate.

¿Os habéis inspirado desde Orgullo y Satisfacción en el modelo de Panel Syndicate?

A. M.: Totalmente.

Nosotros llegamos a esto por accidente, por lo que nos pasa en El Jueves. Decidimos que el editor de El Jueves no es alguien con el que queramos trabajar en esos momentos y cuando nos planteamos hacer otra cosa vemos que nuestra única posibilidad real es hacer un tebeo digital y el único modelo que hay por entonces, y que además nos gusta mucho, es The Private Eye. Le cogimos el formato, le cogimos el sistema de pago y aunque nosotros somos unos cobardes y le ponemos un mínimo de 1,50 €, hay que decir que la gente apuesta y pone más.

¿En cuánto os sale la media?

A. M.: Hay de todo pero la media pone 2 € y pico, claro que esto es entre los que ponen 1,50 €, 5 €, los que ponen 10 €… al final nos sale a céntimos de propina.

M. M.: A nosotros, incluyendo a quienes se lo descargan gratis, la media más o menos nos sale como si todo el mundo pagase un dólar.

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¿Cuál es el porcentaje de personas que pagan y el de personas que se lo descargan gratis?

M. M.: Yo diría que el porcentaje es 60% gratis y 40% pagando.

A. M.: Pero bueno, ya se ha puesto así para eso. Ahí te encuentras muchas historias distintas. Hay gente que se baja el primero gratis y nos escribe diciendo: «no te lo puedo pagar, estoy mal, para el segundo te pagaré el doble» o «no tengo PayPal», etc. Como no les sigues no sabes si luego lo hacen, estaría bien ver la evolución.

Hablando de esa evolución, ¿en el nueve se está pagando más, por ejemplo, que en el tres?

M. M.: No, yo diría que la media se mantiene.

A. M.: En los números uno la gente intenta ser más generosa.

Además en el caso de Orgullo y Satisfacción era una cuestión casi social, de defensa del periodismo libre.

A. M.: Sí. Nosotros pensábamos que la media iba a bajar con el tiempo pero no ha sido así. La media del número uno era más o menos la misma que la del siete, que es el último número que tenemos a la venta. La diferencia es que el primer ejemplar se lo bajaron treinta y cinco mil personas y hasta hubo alguien muy majo que puso mil euros. Ahí hubo una apuesta y se pagó el valor que habíamos tenido de abandonar la empresa.

M. M.: Bueno, yo tengo a mi madre que también me sube un poco la media. [Risas]

Albert dice en una entrevista que los amantes del cómic están cada vez más concienciados de que si quieren un buen contenido, tienen que pagar para que pueda seguir existiendo. Marcos señalaba hace un momento que la idea de Panel Syndicate es hacer llegar el cómic a un público masivo. ¿Hacer este producto más universal no trae consigo que se meta en el público gente que, en contraposición al «amante del cómic» que citaba Albert,  no valora el trabajo?

M. M.: Ahí entramos un poco en el tema de la educación. ¿Qué actitud tomas respecto a ese 60% que no paga? ¿Te cabreas mucho y piensas en poner una barrera? Digamos que lo que no puedes es ver a ese 60% como enemigos porque es ridículo e inútil. Tú lo que tienes que intentar es conseguir convencerles de que vale la pena pagar por tu producto. Y no lo vas a conseguir nunca con todos, es un problema de comunicación.

A. M.: Pero hay un mensaje en la web de Panel Syndicate que también hemos dado mucho por las redes sociales, y es que puedes descargártelo gratis pero que sepas que si te gusta el proyecto solo pagando garantizas su futuro.

M. M.: Hay una razón muy pensada por la que nosotros nunca pusimos el botón de donar. Generalmente cuando vas a estas páginas lo que te encuentras es un botón de donate que  yo no lo quería ni ver porque aunque la acción sea la misma,  el mensaje que tú estás dando es muy diferente. Estás diciendo «dame algo» y desde el otro lado se tiene la sensación de que no eres serio: «Si lo está poniendo así es porque los ingresos le vienen por otro lado o lo hace porque quiere».

Lo nuestro no es así. Se trata de que la gente entienda la corresponsabilidad entre el lector y el autor. Nosotros nos comprometemos a hacer un producto de calidad y el lector se compromete a pagar por ese producto en la medida que él considere que lo vale. Por eso siempre hay respeto hacia las características propias de cada uno. ¿Si tú estás en paro por qué tienes que pagar 10 € por un tebeo? pues paga uno, y si no tienes nada pues no pagas y ya pagarás algún día. La cuestión es que yo quiero que lo leas y claro que quiero vivir de ello pero que cada uno sea responsable de sus actos.

A. M.: Es lo que dice Marcos, es una cuestión de responsabilidad. Al final la gente hace muchas cábalas mentales para bajarse cosas gratis de internet que simplemente te las bajas porque puedes, porque están ahí y tienes los medios. Hay gente que se justifica diciendo que Alejandro Sanz tiene una piscina en Miami, pero en todo caso la diferencia entre bajarte mi tebeo y bajarte el disco de Alejandro Sanz es la misma que entre robar en El Corte Inglés y robar en una tienda de una señora mayor de tu barrio a la que le hace falta el dinero. El señor que paga o no, sabe que yo le estoy vendiendo el cómic directamente y cada euro que dé, y además es verdad, me hace falta porque al final los números me saldrán justos. Es otro tipo de relación con el cliente

M. M.: Pero incluso aunque nos hiciésemos millonarios la posición del lector tiene que ser siempre la misma, a ti eso te tiene que dar igual y tú pagas si te gusta.

A. M.: ¿Cuando decidiste poner 0 € de mínimo cuál era tu idea?

M. M.: Mi idea era que no tiene sentido poner un precio en internet porque no está pensado para eso. Es un dato objetivo. Si hubiéramos puesto un precio mínimo hubiésemos cerrado al tercer número seguro.

«Paga lo que tú quieras» me parece un buen reclamo.

M. M.: Claro, y además yo no veo otra manera, me parece la más justa para todos.

A. M.: Hay que decir que a la gente  también le inquieta mucho no saber qué precio poner y preguntan mucho qué precio es el justo. Creo que al final Marcos puso en la web que el precio de un cómic online en el mercado es de tres euros ahora mismo.

M. M.: Nosotros no ofrecemos ningún precio recomendado pero sí que informamos porque puede haber mucha gente que no tiene ni idea de lo que cuesta un cómic hoy en día, que son tres o cuatro dólares.

A. M.: El Orgullo lo teníamos a un euro y medio y al principio había gente que decía que era carísimo y flipábamos. Pero la que normalmente lo compra cada mes pone más.

¿Creéis que este método de que sea el consumidor el que pone el precio podría desarrollarse como un sistema generalizado que redujese la piratería?

M. M.: Bueno, en nuestro caso digamos que la piratería no tiene ningún sentido. Yo obviamente creo en el sistema, en el modelo, por eso lo aplico. Si es extrapolable a todos los ámbitos no lo sé porque no soy experto ni lo he estudiado tanto como para saberlo, pero me da la sensación de que ciertos productos —hablando siempre en el ámbito de la cultura y del entretenimiento—, como una película, que tiene un coste tan grande, yo entiendo que igual ahí tendrías que poner siempre un mínimo que ellos tendrán que saber cuál es.

Aquí lo que pasa es toda la industria española del cómic está basada en que el autor no va a vivir de eso y en que la mayoría de los autores españoles trabajan porque les apetece hacer un cómic.

A. M.: El mundo de la literatura funciona tal cual. La mayoría de escritores son profesores de instituto, señores que trabajan en la diputación, en correos… hay mucho funcionario entre los escritores.

M. M.: Yo desde la experiencia del mundo del cómic, que es de donde vengo, lo que quiero es que Albert haga un cómic y cobre por él un precio con el que se pueda ganar la vida con un número de ¡Universo!, no que gane mil euros por un álbum al año. Porque eso quiere decir que tú no eres dibujante de cómics, eres profesor o funcionario de lo que sea y en tus ratos libres eres dibujante. Entonces eso no es viable para ti, es viable para la editorial que tiene varios de estos y juntan el dinero que ganan con unos y con otros. Aunque nadie se hace rico, tampoco es que los editores estén ahí viviendo en mansiones con piscina. Al final es todo un poco cutre porque no estás hablando de dinero real.

¿Dónde se vende más Private Eye, en Estados Unidos o aquí?

M. M.: En EE. UU. Yo diría que España es el segundo país.

A. M.: ¡Universo! se vende más aquí, por ejemplo, porque en EE. UU. no me conoce nadie y la gente que apuesta por mí pone menos dinero que los españoles que obviamente son los que me conocen.

¿En EE. UU. sí se gana dinero haciendo cómic si trabajas para Marvel o DC?

M. M.: Sí.

A. M.: Ya no es lo que era pese a todo, porque ahora mismo Marvel y DC son más think tanks para hacer películas que editoriales en sí mismas.

M. M.: Sí pero son una industria, ahora mismo voy a Marvel y me pongo a hacer un cómic de yo qué sé, El Capitán Ruto, y me puedo ganar la vida.

Se suele decir que en España tendemos a la cultura del todo gratis mientras que en EE. UU. se respeta más el trabajo ajeno y se paga por él.

M. M.: Yo nunca lo he llegado a mirar pero es bastante impepinable que la gente de aquí tiende más a no pagar. Hay un poco esa sensación de que si lo ponen gratis será que no les hace falta ganar dinero. Los americanos no tienen esa percepción.

A. M.: Yo siempre he oído comentar esto pero por ejemplo en mi caso en Panel Syndicate, es al revés.

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¿Siendo punta de lanza del cómic por qué ya no traducís para los franceses? ¿No pagaban?

M. M.: Los franceses no nos salían muy a cuenta, no. El problema que tuvimos con las traducciones es que nos envalentonamos mucho y hubo una cosa que no acabé de calcular bien, y es que la rotulación la hago yo. Entonces claro, rotulo cada número tres veces como mínimo y de repente lo aumenté a cinco y a tener que hacer el dibujo, la tinta, la rotulación, la traducción al castellano… Empezamos a mirar cuánta gente se lo descargaba en Francia y vimos que si realmente ganábamos algo era muy simbólico.

Se nos ha ofrecido gente a traducirlo gratis a todos los idiomas posibles, incluso hubo una persona que se ofreció a traducirlo al malayo, que no dudo que en el mercado malayo haya gente pero que nos compre a nosotros… poca. Y esto está muy bien pero claro, nosotros aunque lo ofrezcamos gratis —aunque en teoría no, pero bueno, pagas lo que quieres y te lo puedes descargar gratis—, siempre ganamos algo. Si la gente paga ganamos dinero y tener un beneficio con el trabajo de otra persona sin remunerarle no nos parece que sea de recibo. Así que todas las traducciones que hemos encargado las hemos hecho pagando y cuando pagas ya ves si te sale a cuenta o no. Por eso el francés fue el primero que cayó.

Los portugueses también cayeron pero eran muy insistentes y querían hacerlo como fuera. Yo al final cedí y les dije que lo que sí podíamos hacer era una mínima promoción a los traductores personalmente y si realmente estaban tan interesados en hacerlo, pues adelante.

¿Sacaréis versión en comic book de ¡Universo! y The Private Eye cuando los tengáis acabados?

M. M.: No hay planes de momento pero todo puede ser.

A. M.: Yo tampoco lo había pensado de momento. Ofertas hemos tenido todos.

M. M.: Por ejemplo, con nosotros ya han contactado editoriales americanas para sacar el Universe! en papel.

A. M.: Y españolas que después te contaré.

M. M.: Pero hay una cosa que la gente no acaba de ver, que es lógico también, y es que Panel Syndicate no es una editorial. El hecho de que yo decida que The Private Eye no salga en papel no es política de empresa, no es que Panel Syndicate no acepte eso. Panel Syndicate en realidad es una plataforma donde los autores cada uno por separado hacen lo que quieren. Entonces esta editorial americana lo que debería hacer es hablar con Albert directamente, yo lo que sí puedo es pasarles el contacto y Albert libremente decide si lo quiere sacar en papel o no, con esta editorial, con otra… pero no hay normas.

A. M.: A ver, yo no me he planteado nada de entrada pero sí creo que como el papel e internet cumplen dos funciones distintas, internet está destinada a sustituir a lo que sería la prensa y el kiosko en el ámbito de los tebeos.

Es obvio que el papel desaparece, se muere. No sabemos si tardará cinco, tres o diez años pero está así la cosa. Pese a todo, igual que los comic books son el producto «económico», el producto de consumo que siempre tiene el trade paperback detrás; el libro es para quien quiera guardarlo o quiera leerlo en mejores condiciones. Yo en este caso sí que creo que una cosa no va en contra de la otra. En todo caso, hacer un tebeo digital a precios populares para el lector más casual y después sacar un tomo en papel cuando tengas quinientas páginas,¿por qué no? Es otro público. La razón por la que te compras el digital es para leerlo, por el ansia, por decirlo de alguna manera, y para pasar un rato. Lo otro forma parte del coleccionismo, de un consumo más pausado si quieres. De hecho hay un montón de webcomics que cuando sacan el libro funciona de forma individual y no invalida al otro modelo.

M. M.: Parece bastante probado que el público del digital y del impreso siguen caminos diferentes.

A. M.: También los cómics tienen una particularidad muy concreta respecto a por ejemplo, la literatura, lo que es el libro o la novela. Es obvio que el paso al digital ha sido mucho más fácil y con ello la piratería, pero el cómic sigue teniendo ese carácter de objeto y como tiene un componente gráfico y de placer visual sigue gustando tenerlo. Se puede hacer el zoom natural, que yo siempre digo que el zoom de máquina es una mierda, no funciona bien. Tienes que acercarte con los ojos.

El lector fan de cómics, ¿no debería darle más valor a la calidad y pureza del color que ofrece el digital antes que a la importancia de tener el volumen en una estantería?

A. M.: No es más pura ni menos pura, en realidad una es RGB y la otra es CMYK. Pero sí que es verdad que cuando lo pintas en pantalla…

M. M.: Está más cercano, yo opino igual.

A. M.: Puede ser. Sí que hay colores que he puesto en ¡Universo! que son imposibles de sacar en cuatricomía: naranjas, rojos, verdes, etc. son otro espectro pero pese a todo lo que estás viendo en pantalla cuando son colores muy potentes…

M. M.: Sí, nunca va a salir igual. ¿No coloreas en RGB, no?

A. M.: No, no.

M. M.: Nosotros tampoco.

A. M.: Pero bueno, es una cosa a la que estoy acostumbrado de toda la vida, los colores de pantalla siempre te salen un poco distintos, no le doy ninguna importancia. Al fin y al cabo, si la página funciona como conjunto, funciona también impresa.

En Panel Syndicate os sometéis a un formato y a unas leyes narrativas un poco distintas, ya no jugáis a pasar página, sino que hay un salto de página. En ¡Universo! #2 Albert hacía un juego con una escena que aparecía de lejos y luego un primer plano que asiste al lector. Luego Marcos en The Private Eye hacía unas viñetas larguísimas que quedarían prácticamente destrozadas en un cómic a doble página. ¿Hay un cambio de mentalidad muy grande respecto a trabajar en papel?

A. M.: Yo particularmente lo llevo todo un poco por intuición. No es que me haya parado a analizarlo pero sí que es verdad que es un formato distinto, empezando por el hecho de que sea horizontal que es un invento de Marcos, bueno, y de Hazañas Bélicas, que estaba antes.

La única norma que me he autoimpuesto es que se pueda leer sin tener que ampliar nada, quizás en un móvil no se pueda, pero sí en una tablet, y que la única interacción sea pasar página. Porque además yo entiendo que el cómic digital no tiene que pasar ni por efectos de sonido, ni por estas programaciones que van de viñeta en viñeta. Si una página está bien planteada ya sabes a dónde tienes que ir primero y a dónde tienes que ir después. La única norma es esta, que no haya que hacer zoom en ningún momento.

M. M.: Esta es una de las pocas condiciones que ponemos en Panel Syndicate en el caso de que hubiese más artistas interesados. Aparte de que el modelo tiene que ser el de paga lo que quieras, otro criterio es que lo que se presenta tiene que ser siempre un PDF normal, sin historias de ningún tipo, tiene que ser un tebeo, básicamente.

¿Entonces no os planteáis un cómic digital que explore todas las posibilidades que da ese soporte? 

M. M.: No.

A. M.: Siempre me ha parecido que cuando lees un tebeo no echas de menos un sonido porque cuando está bien hecho ya oyes —o entiendes— la lluvia o el motor de un coche. Es como si la novela al ser digital tuviera que llevar la música de fondo en una escena. Son formatos que ya funcionan como son y de hecho creo que la gran virtud de los tebeos es que son baratos y pueden ser todo lo grandes que quieras, solo están limitados por tu talento y tu imaginación. Si empezamos a añadir multimedia los estamos convirtiendo en otra cosa que además es más difícil de producir, con lo cual estamos saliendo del mundo del cómic y entrando ya en el videojuego o en el cine que son productos caros. Creo que la gran ventaja del tebeo como producto popular es esa.

M. M.: Además tampoco vas a poder competir nunca con otros medios, el cómic es lo que es y estos intentos de añadir voz, zumbidos y no sé qué más, al final se aproximan más a storyboards animados, una cosa que además ya es vieja y que están sacando ahora como «¡Uy, el gran invento!”» cuando al final te queda una cosa cutre porque no estás haciendo ni animación ni cómic, está a medio camino.

A. M.: Yo recuerdo un tebeo que no sé cómo llegó a mis manos, era un DVD de Los Vengadores de Millar, anicómic se llamaba, que es un cómic que a mí además me gusta. Me lo leí y lo disfrute pero el cómic era animado y los fondos se movían un poco, era directamente insoportable porque no era ni una cosa ni la otra. De repente se convertía en un cómic raro y con una animación muy barata.

M. M.: El cómic es un lenguaje y tiene sus normas, su gramática, y eso ya te sirve para transmitir todo lo que necesitas. El movimiento viene dado por el espacio entre viñetas y todo tiene lugar dentro de la cabeza de la persona, tanto en lo que le muestras como en lo que no.

Si hay un dibujante interesado, ¿qué tiene que hacer para formar parte del proyecto?

M. M.: Lo que nos iría bien es que artistas con mucho nombre, con un nombre igual al de Brian por ejemplo, quisiesen sacar cosas con nosotros porque esa gente viene con su público al que añadiríamos el nuestro. Al final la idea sería que con muy poca gente muy potente se pudiese crear suficiente público para que los más pequeños puedan luego beneficiarse. Quizás empezar con mucha gente muy pequeña funcionaría, la verdad es que no lo sé.

Estamos abiertos a propuestas pero somos muy poca gente. Aunque la página web es muy básica y con una estructura muy sencilla, supone un esfuerzo para nuestro informático, pobre, que es el pilar de Panel Syndicate y que lo hace todo por amor al arte. Es mi mejor amigo de la infancia, que es informático, y si Apple nació en un garaje Panel Syndicate nació en la cocina de mi casa hablando con él. Realmente él se ofreció desde el primer momento porque le gustaba mucho la idea y cuando surgió la posibilidad de hacerlo fue quien lo montó todo. Pero claro, cualquier cambio sobre esa estructura tan básica inicial es trabajo para él y yo ahora cualquier cosa que me llegue tengo que evaluar si es un esfuerzo que va a valer la pena tanto para ese dibujante como para nosotros.

Panel Syndicate se hizo para publicar The Private Eye y no teníamos ni idea de qué iba a pasar. El primer objetivo era que aguantaríamos un mínimo de tres números y que si no nos leía ni Ruto no haríamos más. El segundo objetivo era acabarlo si se podía. Y había un tercer objetivo: el sueño de algún día abrirlo a otra gente y convertirlo en una especie de Bandcamp. Lo que pasa es que convertirse en una plataforma de este tipo son palabras mayores. Ahora mismo estamos operando como una editorial enana con lo nuestro y lo de Albert. Hay gente que contacta con nosotros para publicar cosas y seleccionamos, por una cuestión de capacidad de gestión y de que todo lo que sea añadir a alguien, como decía, supone un trabajo.

A. M.: Yo desde fuera creo que la gente va a visitar una plataforma como Panel Syndicate si sabe que los tebeos que hay ahí le gustan, por lo cual a la fuerza tiene que haber  un cierto criterio de selección.

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Últimamente ha habido colaboraciones de otros autores como Natacha Bustos y David Aja y me daba la impresión de que a lo mejor estaban metiendo un pie.

M. M.: No, no. Si quisieran serían bienvenidos pero eso es una cosa que pedí yo como un favor personal a algunos artistas, unos lo han hecho y otros no. Además me costó mucho porque realmente tenía que pedir a profesionales que me hiciesen un dibujo por la jeta. Pero era una cosa puntual, no significa que ninguno de ellos esté preparando nada. Simplemente era una celebración con los amigos de que llegábamos al final de The Private Eye.

Albert, hablabas de Panel Syndicate pero, ¿habéis pensado en seguir su modelo y vender otros cómics a través de Orgullo y Satisfacción?

A. M.: Se podría hacer. De momento no se ha planteado porque publicar una revista mensual ya es un trabajazo y nuestro objetivo es consolidarnos y seguir funcionando. Tenemos el canal y a los clientes y si en algún momento se quisiera se podría hacer pero de momento el objetivo es seguir con la revista mensual e ir tirando.

Es cuestión de seguir un criterio en cada plataforma. Si de repente nosotros en Orgullo y Satisfacción publicamos cosas de un autor de tebeos de aventuras, entraríamos en cierta confusión porque somos una revista, una editorial incluso, que ha nacido del mundo del humor gráfico y de la sátira.

Ambos coincidís en la temática de ciencia ficción, ¿es un requisito para publicar en Panel Syndicate?

A. M.: La ciencia ficción la hice porque quise, tampoco tuve un encargo muy concreto pero bueno, me gusta el género y decidí hacerlo de eso.

M. M.: No, no. La ciencia ficción es un género que dentro del cómic es muy habitual. Realmente entre superhéroes y sci-fi, aunque se puede decir que los superhéroes son un subgénero,  hay un 80% de producto que cabría dentro de esta temática. Es bastante fácil que se dé la casualidad como se ha dado aquí. Los intereses de Albert tiraban por ahí y digamos que el mundo de los guionistas americanos también suele girar en torno al pulp.

De hecho Brian estaba interesado en sacar otro cómic que no tiene nada que ver, no nuestro sino de otro autor, que no está ni dentro del género de ciencia ficción ni dentro del estilo artístico en el que nos movemos nosotros. Yo también he pensado que esto está tan, tan, fuera de lo que hemos presentado hasta ahora que igual supone un poco de desconcierto para el público que tenemos.

El único concepto de Panel Syndicate es que sea una salida para los autores, que puedan controlar el producto y que puedan tener beneficios inmediatos y mayores de los que tienen ahora, pues no hay limitaciones de ningún tipo de géneros o contenidos, se mide la calidad.

Vosotros sois dibujantes y desde esta nueva plataforma estáis haciendo labores que no son propiamente de vuestra disciplina, ¿cómo lo estáis llevando?

M. M.: Yo de hecho me encuentro con que ahora acabamos The Private Eye y la gran pregunta para mí, por decirlo claramente, es: ¿cierro Panel Syndicate o no? No lo chapo porque tengo a Albert dentro.

A. M.: Estaba pensando por qué en España es la gente de nuestra generación la que está haciendo cosas en el mundo digital para poder vivir de esto de los tebeos. Creo que es porque los dibujantes más jóvenes que están haciendo webcomic se lo plantean en plan youtuber, vivir de la publicidad. Y creo que nosotros como sí hemos vivido de los cómics alguna vez, yo por lo menos llevo veinte años, no nos conformamos con tener que vivir de la publicidad, de las donaciones, de la inseguridad… no nos conformamos. Nosotros queremos vivir de los cómics tal cual. Yo tengo cuarenta y tres años ya, Marcos cuarenta y dos, le tocaría a la gente de veintipico hacer este tipo de apuesta.

M. M.: Ahora que dices esto de vivir del cómic, yo como siempre he trabajado para el mercado americano y eso sí que es una industria, sufrí un pequeño aneurisma el día que me explicaron un poco cómo funcionaba el tema de los pagos editoriales aquí en España. Claro, yo dije: «¿¡Cómo que los  royalties se pagan a un 10% o un 8%!?» Para ganar mil euros tienes que vender mil ejemplares, que es lo que vendes normalmente, de un tebeo que valga diez euros, que es mucho para un tebeo.

A. M.: Pongamos que en este momento de tu vida estás haciendo un tebeo o una novela gráfica de ciento cincuenta páginas que se venda a diez euros, vas a vender alrededor de mil euros, a no ser que seas uno de los tres autores que venden más. Hay tebeos y libros que se quedan en los quinientos ejemplares y hay algunos que superan ampliamente los diez mil, hay de todo, pero la media yo creo que sale por ahí. Al final si te han pagado algo más de royalties por adelantado acabarás cobrando mil quinientos euros con lo cual los tebeos si los haces a la hora no te sale a cuenta, los haces porque quieres, porque te ilusiona.

Yo, aunque no estaba en la industria americana, estaba en El Jueves que es una revista que vende cada semana —ahora no lo sé porque ya no estoy— unos cuarenta o cincuenta mil ejemplares y sí que daba para tener un buen sueldo cada mes solo cobrando la colaboración de ahí.

Albert, ¿cómo varía la responsabilidad de sacar un medio en papel a uno digital?

A. M.: Mi esencia es la misma, la diferencia es que yo en el medio digital como soy en parte dueño, asumo toda la responsabilidad. En el papel había un señor que ponía el dinero, en este caso un señor muy rico de RBA, que tenía una parte de responsabilidad y las cosas que él hacía me afectaban a mí. Aquí en cambio las decido yo, esta es la gran diferencia. En el cómic digital al ser mucho más barato puedo ser yo el empresario.

¿Al llevar toda la responsabilidad te autocensuras?

A. M.: No, en este caso no. En el momento en que eliges lo que vas a contar y lo que no, ¿ya estás ejerciendo autocensura? Habrá cosas que sí lo sean y cosas que no. Yo nunca he dejado de dibujar un chiste porque haya pensado que alguien no lo vaya a entender o le vaya a sentar mal, si lo pienso y me parece bien lo publico. En RBA podía pasar que un señor me censurara, en Orgullo yo puedo decidir lo que pongo y lo que no. La autocensura no es un problema, todos la ejercemos constantemente pero ese tipo de criterios solo tienen que venir de ti mismo o de tu entorno. Hablando de censura entendida como un criterio.

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¿Dirías que en Orgullo y Satisfacción os limitáis a hacer crítica social o se muestra también un posicionamiento ideológico y político?

A. M.: Esto es todo un tema con los humoristas. Estamos muy informados y viendo cosas constantemente con lo cual estamos muy posicionados. ¿Eso tiene que notarse cuando trabajas? Yo creo que debería notarse un poco y pese a todo no debería frenarte la mano, al fin y al cabo nosotros estamos obligados a hablar del poder y a hablar de la gente que manda.

Por ponerte un ejemplo, cuando mandaba Aznar era muy fácil hacer chistes, la mitad te venían hechos y además como la mayoría de los humoristas cojeamos por la izquierda, le teníamos más rabia y nos resultaba fácil. Cuando ganó Zapatero estuvimos todos unos cuantos meses que no sabíamos exactamente cómo hacer chistes. Nos pasa también un poco con Podemos, por un lado como humorista les puedes buscar las vueltas y tienen un montón de contradicciones y cosas que no funcionan; pero por otro lado, como hay gente que está muy ilusionada —y por otra parte, en abstracto es un proyecto que a mí no me disgusta—, te sabe mucho peor atacar a un señor de Podemos. Aunque tienen un punto que da rabia también, que a mí hay muchas cosas de Pablo Iglesias especialmente que no me gustan nada, pero en todo caso tienes que hacer un esfuerzo de profesionalidad para meterte con él, porque meterte con Rajoy te sale solo. Nuestro trabajo es procurar ser tan ácidos con unos como con otros.

Los temas políticamente incorrectos no los tocáis; no hacéis chistes de feminismo o de discapacitados, ¿os habéis centrado en política?

A. M.: Yo he hecho algún chiste también de minusválidos pero ha tenido que ser o un chiste tan bueno que no te lo puedan discutir o un chiste que esté muy justificado. Y de feminismo no me entran ganas porque yo en esto sí que siento un respeto que no me lo permite. El humor machista a mí me parece mal de entrada y además creo que es una guerra que está por ganar y tampoco ayudas. Y sí, mucho «¿pero qué pasa? hay que tener sentido del humor» y todo esto que te dicen pero yo particularmente hay chistes que prefiero no hacerlos.

También me cuesta mucho meterme con los chistes que hace la otra gente, con lo cual si alguien quiere hacer un chiste de lo que quiera me parecerá bien o mal, lo leeré o no pero creo que justamente la libertad de expresión no vale para las cosas con las que estás de acuerdo, tiene que valer para las cosas que te parecen despreciables y que puedas aceptar que existan. Si no te gustan no las leas y ya está.

Si hablamos de política, ¿qué crees? ¿Que la política es demasiado amargada o más bien poco inteligente?

A. M.: Superpregunta. Yo tengo una crisis particular con la actualidad y la política y es que ahora mismo me horroriza. Me informo por mi profesión y porque tengo que hacerlo pero me aburre absolutamente y me indigna de una manera tan tremenda que cuando estoy de vacaciones no abro un periódico ni me informo de nada porque no puedo más, me parece todo un absurdo, con lo cual seguramente me parece más bien aburrida aunque realmente sea una mezcla de ambas cosas.

No me lo había planteado pero es que incluso lo que os decía antes respecto a Podemos, a mí la escena de Pablo Iglesias llamándole Pantuflo a Eduardo Inda me pareció para no votar a Podemos directamente. Yo que soy público potencial o te montas un discurso un poco más elaborado o no me trates como un idiota, no vayas a las tertulias a hacer el ridículo, no toca. Dime algo que esté a la altura de lo que se espera de ti. Creo que la política es aburrida por lo poco inteligente.

¿Alguna vez un político te ha dado la enhorabuena por alguna de tus sátiras?

A. M.: Estoy pensando pero no lo sé. Si alguno lo hiciera sería por una sátira hacia otro. A mí lo que me llega siempre es que les sienta mucho peor de lo que pensamos. Nosotros creemos que esta gente ya lo tiene muy asumido y parece que no.

¿Llegan a ejercer algún tipo de presión o censura?

A. M.: La única censura directa que hay es la de la Corona. Ahí sí que hay un departamento o alguien sabedor de que esto es muy frágil.

Esta gente vive con la ilusión de que la estabilidad del país depende de el rey y sí que van con mucho cuidado. Cuando vas rascando un poco sobre lo que nos pasó en junio, ves que hay una orden directa no solo a nuestro grupo editorial sino a todos los grupos y medios de que si se trata el tema, se haga con un guante de seda absoluto.

Pero los políticos en general yo creo que no lo hacen precisamente porque la lección que nos da la historia esta con la Corona es que no sirve de nada. Al contrario, lo amplifica mucho más y se sabe mucho más que se ha intentado censurar. Asumen que hay una guerra y que nadie convence a nadie, que ese es el problema de este país. Al final si tú eres de izquierdas vas a mirar al Wyoming y los medios que te dicen lo que te parece bien y si eres de derechas pues verás tus tertulias de El gato al agua y todo eso. En realidad lo que hacemos los humoristas no vale para cambiar conciencias, vale como terapia.

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Sin embargo Marcos, en la previsión futurista de The Private Eye nos encontramos con que son los periodistas los que acaban haciendo de policía, por así decirlo.

M. M.: Sí, los que acaban siendo un poco los law enforcement.

A. M.: ¿Quizás es un punto de vista más americano, no? Allí la prensa es más independiente seguramente.

M. M.: Yo la verdad es que ese punto de los periodistas convirtiéndose en policías nunca lo llegué a entender y mira que Brian me lo explicó. [Risas].

Como la información pasa a ser el tema de mayor importancia, los que tienen el control sobre la información, que son los periodistas, se convierten digamos que en la policía porque lo más importante es proteger la privacidad. Pero claro, los paparazzis son esos que están dispuestos a saltarse la ley para hacer una foto, se convierten en detectives y descubren las verdades que no interesan al periodismo oficial.

Me pareció alucinante que The Private Eye, que salió antes del Frappening, anticipase el problema del alojamiento en la nube y la privacidad.

M. M.: Todo esto es mérito de Brian que tenía la idea clarísima. La casualidad es que Brian y yo compartimos el mismo punto de vista en este sentido hasta el punto de que ninguno de los dos tenemos presencia, digamos social, en internet. Y no es que no la tengamos, es que la aborrecemos.

A. M.: Marcos no tiene ni móvil.

M. M.: No, pero no es que no lo tenga por una cuestión ideológica, simplemente es que no lo necesito. Un dibujante de cómics está todo el día en casa, si me quieres llamar normalmente me vas a encontrar y si no estoy en casa ¡coño, no te voy a coger el teléfono! , estaré por la calle andando, como se hacía antes. Voy a estar fuera una hora o media hora y voy a volver a casa, me puedes localizar perfectamente.

Bien pensado, Brian y yo somos las peores personas para estar haciendo esto, no tenemos ni idea de internet, no tenemos Twitter, yo no tengo móvil, ni Facebook… nada.

¿Hay alguna ocasión en la que pueda establecerse un lenguaje común entre políticos y dibujantes?

A. M.: El único lenguaje en común que tenemos los dibujantes con los políticos es que se lo cogemos prestado para devolvérselo torcido. Otro aspecto que tenemos en común es que somos demagogos. Los dibujantes usamos la demagogia porque al final tienes que maximizar y simplificar un poco la realidad pero la ventaja es que somos honestos en eso, de entrada se sabe que somos demagogos. Todo el mundo debería entender que un chiste es pura demagogia, básicamente se trata de pulir la realidad y expresarla de una manera muy simple que no es 100% cierta. Los políticos en cambio, nos sirven la demagogia como verdad, que es la gran diferencia.

Últimamente la política da titulares que parecen una viñeta humorística, Manel Fontdevila ha dicho en alguna ocasión que prácticamente os hacen el trabajo.

A. M.: Eso es un problema del chiste de actualidad y es que cuando el chiste ya viene hecho con la noticia, tienes que pensar un poco más porque sabes que todo el mundo va a hacer lo mismo. Hay una serie de lugares comunes, cuando Charlie Hebdo, sale la noticia de que matan a los pobres dibujantes, se llena la red de dibujos de lápices y a los diez minutos empieza la gente a hacer los chistes de lápices, y pasados diez minutos de eso ya hay gente haciendo chistes sobre los chistes de lápices. La velocidad a la que internet se come los temas y les da la vuelta es pasmosa y el trabajo humorístico ahora mismo pasa por ir un paso más allá de las redes sociales. En la mitad de noticias de actualidad el chiste parece que ya te viene mascado y si algo debería distinguir a un buen humorista de uno no tan bueno es precisamente que te hace un chiste que no es tan obvio como el titular.

Al segundo de suceder algo la red se llena de chistes y ocurrencias, cuando publicáis vosotros esos chistes pueden estar ya obsoletos. ¿La inmediatez del digital os supone ser mucho mejores humoristas?

A. M.: Claro. Es que hay una mente colmena en Twitter, imagínate un millón de mentes pensando al mismo tiempo. Hay una máxima de toda la vida en el humor gráfico que dice que la primera idea no vale, pero ahora no te vale ni la primera ni la segunda. Incluso yo ahora mismo pienso un chiste y cuando ya lo tengo entro en Twitter y miro, si ya está hecho lo cojo y lo tiro.

M. M.: Yo no hago chistes pero a mí lo que me parece más fascinante de las redes sociales y que tiene mucho que ver con nuestro cómic, es cómo la noticia ya hace tiempo que ha dejado de ser importante. No importa lo que haya pasado, lo que le importa es lo que yo tenga que decir sobre eso. Y andamos todos en búsqueda del comentario que podemos hacer al respecto. La noticia no es que se haya muerto Steve Jobs, no, la noticia es cómo eso me ha afectado a mí. «Estoy muy triste porque se ha muerto Steve Jobs».

A. M.: Incluso hay otro factor en internet que afecta mucho en humor gráfico, ¿qué opinión tengo que sea popular? A mí me pasa que si hago un chiste y tiene treinta retuits digo, mira hay gente a la que le ha gustado pero si de repente tienes uno que tiene mil quinientos y no sabes por qué , coges el chiste y te lo miras y te lo remiras.

A internet le gusta mucho internet y tú en Twitter haces un chiste sobre el propio Twitter y lo petas, con lo cual al final te das cuenta de que inconscientemente empiezas a repetir patrones que te den likes. Yo voy a la panadería  y digo que tengo un mogollón de likes y no me dan pan, por lo tanto no valen nada, son basura. Pero en cambio tienen ese punto de alimento para el ego que te das cuenta de que poco a poco vas reproduciendo patrones que te van a llevar a tener más likes. Eso en el fondo no vale para nada porque además la gente tampoco actúa a partir de Twitter. Tú puedes hacer un chiste muy bueno y debajo poner «compra Orgullo y Satisfacción» y venderás tres aunque hayas tenido ocho mil likes porque la gente no sale de ahí. Las redes sociales empiezan y terminan en sí mismas, tú pones un link para afuera y nadie lo visita y si pones una imagen ahí dentro todo el mundo la ve.

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Cambiando de tema, ¿cuáles son los dibujantes españoles que te gustan y  en los que tú te has inspirado, Albert?

Siempre me dejo a alguien pero toda la factoría Bruguera, especialmente Jan, el de Superlópez, que era el que me tocaba por generación.

Y toda la cuadrilla de El Víbora; Gallardo, Max… todos estos dibujantes también me entusiasman. La verdad es que a mí me gusta mucho el tebeo de consumo, el tebeo pulp, el pop y tal pero me gusta mucho más el americano que el reproducido aquí. No hay tebeos de aventuras en español, la verdad es que cuando yo empecé a leer ya no había y no tengo referentes.

Además los primeros de Jan como El señor de los chupetes, según decías en una entrevista.

Sí, de los primeros hasta ese en el que hay unos aliens que se convierten en una estufa. [Los Alienígenas, 1980].

¿Cuál es tu favorito de Superlópez?

Mi favorito de Superlópez creo que es el de Los cabecicubos, además es el primer tebeo que leí que vi que tenía una lectura política. Ahí, no sé si os acordáis, crean un producto que le da forma cuadrada a los huevos para apilarlos, pero lo aspira no sé quién y luego hay parte de la población que tiene la cabeza cuadrada.

¿A quién lo asocias políticamente?

Yo de pequeño no lo sabía, ahora pienso conociendo a Jan que los cabecicubos son gente muy de derechas, pero vete tú a saber. Es la primera vez que dije «¡Ostras, pero esto y el telediario se relacionan de algún modo!». Además Jan, en comparación con el resto de historietistas de Bruguera, que venían de la posguerra y reproducían unos modelos muy antiguos, resultaba muy moderno, en los setenta claro, ahora igual ya se le ha pasado.

Tu dibujo en ¡Universo! a mí me ha recordado mucho al dibujo de Carlos Giménez…

A. M.: ¡Es curioso! Yo he leído mucho a Carlos Giménez y me gusta. Igual lo que tienen en común es que yo, que siempre he dibujado humorístico, aquí he empezado a dibujar más naturalista y me ha quedado esta mezcla de un dibujo naturalista pero con un punto en la caricatura… Igual sí, la verdad es que no lo había pensado. Yo era muy fan de Los Profesionales de Carlos Giménez, de Barrio, de Paracuellos y de todo esto. Qué curioso, pues no se me había ocurrido.

M. M.: ¡Ostras! Yo tampoco lo había pensado.

Fuera de los españoles Robert Crumb es uno de tus referentes.

A. M.: Sí  claro, lo chulo de Robert Crumb es que es un señor que nunca ha dibujado nada que no le apeteciera. Creo que es un tío con un talento tan demencial y tan desbordante que cada vez que leo alguna cosa de Crumb, tanto por dibujo como por lo que cuenta, me parece inalcanzable para mí. Es de estos fenómenos que ni siquiera aspiro a imitar, simplemente intento sacar alguna cosilla de ahí, para mí Crumb es fundamental.

De hecho tengo una historia, una vez estaba hablando con un editor francés y Crumb estaba como en la mesa de al lado. Él está siempre dibujando porque está loco y no socializa, solo dibuja. En las películas que hay sobre su vida está todo el rato dibujando. Pues estaba dibujando hacia mí, como mirándome, y claro, a lo mejor estaba dibujando a la chica de atrás, que sería lo más lógico, pero yo estaba todo el rato con la idea de que igual me estaba dibujando a mí y no podía ni hablar pensando en eso, y además mi francés es muy malo. Toda mi obsesión era pensar en cómo hacer la ruta para pasar por detrás de Crumb y ver lo que estaba dibujando, y ahí ya se me jodió la tarde entera. [Risas]

Para mí Crumb es lo más, es Dios.

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¿Y tus influencias, Marcos?

M. M.: Yo vengo de la tradición del cómic americano y siempre digo Mazzucchelli —que era el dibujante de Daredevil en la época, luego hizo Batman: Año Uno y después tiró por su propio camino—, que es el que me marcó a una cierta edad en la que entendí qué era el cómic en sí mismo como medio y como lenguaje. Es un hombre cuya trayectoria además me parece muy interesante por todo lo que hizo, empezar en el cómic comercial americano y a medida que fue evolucionando e iba teniendo otro tipo de inquietudes, encontró la manera de hacer otro tipo de historias.

A. M.: ¿Te interesa todavía Mazzucchelli, el Asterios Polyp y todo esto que ha hecho últimamente?

M. M.: Sí, lo que pasa es que últimamente es Asterios Polyp y ahí se ha quedado. Pero sí, a mí siempre me parece interesante. Yo lo veo siempre como la persona que me marcó, la referencia de ese momento en el que tienes quince años y de repente dices «hostia, ahora entiendo lo que es», ves como una luz. Antes te gustaba dibujar John Barry y superhéroes y de repente ves que hay algo más allá del tipo y el estilo del dibujo; es el cómic, lo que está contando, cómo lo cuenta…

Aparte de que tienes a uno de los mejores guionistas como es Brian K. Vaughan, ¿quién te gustaría que te hiciera un guion si tuvieras que elegir?

No pienso nunca en eso. Es un poco como cuando me llamaron de Jot Down y me dijeron que a quién quería dibujar en el Off the record, pues yo qué sé, dependerá de la historia. Igual te digo a Ana Pastor pero, ¿y si la historia que me manda no va conmigo? Pasada la ilusión de que me llame Jot Down, al final tú la tienes que dibujar y es trabajo, luego me voy a tener que sentar y dibujar las páginas, yo ya sé lo que es. Más que escoger yo, prefiero que sea alguien que quiera trabajar conmigo, que tenga interés por lo que hago, que le guste, porque así ya sé que nos podemos entender.

¿Un personaje que te haya influenciado? Creo que te gustaba sobre todo Superman.

Superman me gusta mucho, sí, pero me gusta por la película, me enganchó en esa tierna edad y me fundió el cerebro ya para siempre. La película de Superman es bastante responsable de toda una serie de decisiones posteriores que he ido tomando en mi vida. Probablemente me afectó negativamente, yo podría haber sido abogado, coño. [Risas]

También he leído que tú creías que no sabías dibujar, y de repente haces arte.

M. M.: Yo creía, no; yo creo que no sé dibujar. Quería ser guionista pero parece que se me da mejor el dibujo que escribir. Y ahora el tema es dejar de dibujar…

A. M.: Y ser editor. [Risas]

M. M.: O ni eso y vivir de ti.

A. M.: Si te llega… para mí la fórmula de futuro es que fuera el editor el que cobrase el 10% de royalties, ¿qué te parece?

M. M.: Me parece mucho, ya lo hablamos después.

M. M.: Hay que aclarar, no vaya a ser que me venga Hacienda luego, que en estos momentos no se paga nada o sea que el autor obtiene todo el dinero. Albert no nos paga a nosotros, entre otras cosas, porque en realidad el modelo está creado para ser una cooperativa de autores y digamos que uno ayuda al otro.

A. M.: El hecho de entrar yo a Panel Syndicate me sirve porque tengo todo el público de Brian y de Marcos y a ellos les beneficia que entre un público que no leía este tipo de cómics y descubra The Private Eye.

M. M.: En el momento en que Albert saca Universe! a nosotros nos supone unos ingresos extra que superan con creces el 10%.

A. M.: Y además yo, por la vida, que es así, la mayoría de mi carrera la he pasado haciendo cómic de actualidad y humorístico pero hay una parte que también me gusta mucho que es la de hacer tebeo de consumo, de aventuras, de historieta más narrativa y aquí tengo la oportunidad.

¿Por qué tiene que llegarte de un tercero la oportunidad de hacer lo que te gusta, si tú en Orgullo y Satisfacción eres tu propio jefe?, ¿por qué no haces ciencia ficción, o ciencia ficción de humor en tu medio?

A. M.: Igual porque yo soy una persona demasiado práctica. Mi  medio natural es el humor sea en el formato que sea y ¡Universo! aunque sea un poco más melancólico a veces, también es un cómic de humor.

M. M.: De hecho es mucho más melancólico de lo que yo me imaginaba.

A. M.: Sí, todo el mundo me lo dice.

M. M.: Las ideas que él tenía por separado yo me las imaginaba como historias de humor. Cuando vi el primer ¡Universo!, dije: ¡Ostras!

A. M.: Pero Universe! es un chiste alargado.

M. M.: Ya, pero el tono no es de tebeo humorístico.

A. M.: Bueno, para el caso lo que te decía es que al final llego a El Jueves porque siempre he hecho tebeos de humor. A mí la actualidad me interesa más por oficio, la descubro y es una cosa que se me da bien ahora, pero cuando llego a la revista a mí me interesa más hacer un humor surrealista, más loco y cuando entro aprendo a leer periódicos y a sacarle punta, a tener opinión, que es una cosa que tiene su truco. Pero al final en la variedad está el gusto y seguramente si llevara veinte años haciendo tebeos de ciencia ficción ahora mismo me apetecería hacer cualquier otra cosa.

Te ha gustado Her por lo que se deduce de ¡Universo! #2, aunque tú llevas la relación entre humanos y máquinas a un punto más divertido.

A. M.: A mí me parece que si Her hubiera durado media hora sería mucho mejor. Lo que yo planteo es distinto a Her, no he visto Ex Machina pero entiendo que también irá por ahí la cosa y tendrá puntos en común. Hay cinco temas en la ciencia ficción: robots, viajes en el tiempo, extraterrestres… y con esto tienes que ir recombinando todo lo que puedas.

¡Universo! #2  es el cómic más largo que has hecho.

A. M.: Sí y tiene solo cuarenta páginas,  yo el tebeo más largo que había hecho tenía veinticuatro.

M. M.: Estuvimos a punto de cortárselo por la mitad. Tuvimos una lucha ahí de editor y de autor.

A. M.: Y al final ganó el autor.

También se intuye de este segundo volúmen que todo es parte de un mismo universo.

A. M.: La idea es que todas las historias pasan en el mismo sitio. Y a veces se va a notar y a veces no, pero es una continuidad. Por eso pasan cosas como que los robots amantes o pareja de la primera historia, en la segunda son centrales, pero en la tercera no sale nada que tenga que ver con los primeros números. Aunque igual pongo algún guiño para que la gente lo vea.

No va a haber ningún personaje principal de referencia como en Carlitos Fax.

A. M.: No, en este caso había pensado, puramente por el tipo de formato, que entiendo que si la gente lo compra va a ser más por impulso. Por eso pensaba en hacer historias completas autoconclusivas y que no tuvieran que ver la una con la otra. Aun así, el otro día estaba pensando: «igual me he equivocado y tendría que hacer un personaje», y eso puede tener mucho tirón. Pero de entrada la idea es historias de ciencia ficción cortas.

Mucha gente me hablaba estos días de Black Mirror, que tiene la misma estructura: historias que no tienen que ver una con otra, pero con una temática común.  Aunque yo solo he visto un capítulo: el del cerdo y el político. Todo el mundo cree que es el mejor, por lo cual ya me da palo seguir.

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¿Qué proyectos tenéis para el futuro cercano? Supongo que ¡Universo! #3, el 10 de Private Eye, ¿y luego?

M. M.: Si cierro Panel Syndicate, esperaré a que salga Albert.

A. M.: Ojalá cerrarlo con el número 100 pero ya veremos.

M. M.: Es que para mí, asumir otras responsabilidades que exceden a mi trabajo de dibujante es demasiado. Hay una parte que me agobia mucho que es precisamente hacerme cargo de toda la parte de redes sociales. En definitiva a mí lo que me carga es eso, tener que estar pendiente de toda una serie de cosas que a mí no me interesan.

Lo que quiero es contratar al community manager de Jot Down. Ese Twitter es brillante, eso es una mina.

Pero alguna ventaja tendrá.

M. M.: La ventaja es que eres tu propio jefe. Si yo ahora mismo me planteo volver a Marvel se me haría muy cuesta arriba. Y eso que en Marvel siempre he tenido mucha libertad, siempre me han tratado muy bien y me han dado rienda suelta para hacer lo que quisiera y con unos márgenes de tiempo muy grandes para lo que es la industria americana.

Hay muchos autores que empiezan en Marvel, hacen nombre pero llega un momento en que les pasa algo parecido a lo que comentas, salen cargados.

M. M.: Claro, porque es una industria y no te están encima hasta que va a imprenta pero cuando llega ese momento están demasiado encima. Tienen unas fechas de entrega que queman a la gente.

¿Qué fechas de entrega son?

M. M.: En teoría un dibujante de cómic americano tiene que hacer un tebeo de veintidós páginas al mes. Ahora han bajado a veinte pero eran veintidós. Y claro, la gente no se da cuenta pero están aumentando el precio del cómic porque cada vez te dan menos páginas por el mismo precio, es menos producto y a nosotros nos pagan menos porque son dos páginas menos.

Francisco, de la librería Freaks, dice que para publicar en EE. UU. hay tres condiciones que hay que cumplir: ser el mejor dibujante del mundo, ser el mejor amigo del editor y cumplir con las fechas de entrega y no necesariamente en ese orden.

M. M.: Las tres reglas reales son: ser muy bueno, ser muy rápido o ser muy agradable. Y tienes que cumplir dos como mínimo. No vale solo una. Si eres muy bueno pero eres un capullo y no entregas a tiempo da igual, puedes ser el mejor del mundo que no tendrás trabajo.

¿En España cuál sería?

A. M.: No ser español ni ser bueno, que es condición sine qua non para vivir de los tebeos. La verdad es que no lo sé muy bien, hacer señores con corbata en la portada de tu libro… La verdad, no lo sé.

Lo que se dice es que en España hay muy pocas posibilidades de publicar un trabajo.

A. M.: Sí que es cierto que en España los editores actúan menos como editores. No solo los editores de Marvel sino cualquier editor literario de EE. UU. interactúa más sobre la narración y participa más sobre el proceso creativo. En España a veces se limitan a seleccionar. Yo sé que ahora mismo podría ir con cualquier tebeo y encontraría un editor y no tendría ninguna injerencia ni ningún problema para llevarlo a cabo; el problema es poder llegar a vivir de esto. Por otro lado, yo creo que casi nadie publica por ser amigo de un editor. Aquí hay un cierto tipo de autor amateur que no publica y que dice: «No, claro, es que siempre publican los mismos». Yo creo que si haces un tebeo que está bien te lo publican.

M. M.: Sí, eso es leyenda, un mito.

Con el anuncio de la incorporación de Spiderman a las películas de Marvel han surgido rumores de que podrían usar a Miles Morales en vez de a Peter Parker para darle vida, ¿qué te parece este nuevo giro?

A. M.: Últimamente hay una tendencia en el cómic norteamericano de diversificar mucho los personajes, ¿no?

M. M.: Sí, Miss Marvel es una chica musulmana, la Capitán Marvel es también una mujer, Thor también es una chica… ¿Qué pasa? Que la mayoría de estos personajes se crearon en una época concreta muy Mad Men, en la que todos son hombres blancos y han quedado un poco desfasados. Pero esos personajes son los iconos y han quedado marcados.

Lo ideal sería que fuesen capaces de crear nuevos iconos originales, negros, latinos, mujeres… El problema real es que ahora mismo les cuesta conseguir esas creaciones icónicas. En parte porque los autores ya no están dispuestos a dar sus mejores ideas a una editorial que se queda con todos los derechos.

Todos somos profesionales y haces tu trabajo lo mejor posible dentro de tus capacidades, pero ya no te planteas con mucha ilusión el diseño de un personaje nuevo para ellos sabiendo que tú de eso no vas a tener royalties. Lo peor es que ya viene escrito así y tú estás cediendo tus derechos a perpetuidad para el universo conocido y por conocer, y esto está en el contrato.

A. M.: Esta cláusula de los medios conocidos y los que se inventen es cierta, esto sí que está en los contratos.

M. M.: Sí, sí, ya se cubren las espaldas. Contestando a tu pregunta, a mí personalmente me da un poco igual, no me parece mal. Igual hacen a este personaje que es Miles Morales o igual hacen que Peter Parker sea negro. De entrada te choca porque tú lo relacionas con el icono pero luego realmente da igual; si lo haces bien resulta más natural de lo que pueda parecer en un principio.

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Fotografía: Jorge Quiñoa

Documentación: Loreto Igrexas

Prácticas: Alicia Arévalo y Paula Gil


Crónicas de la Mafia (V): el gran silencio sobre Berlusconi

Silvio Berlusconi. Fotografía: Cordon Press.

He esperado casi un mes pero nada, en Italia nadie dice ni pío. A veces en los países se dan extraños y unánimes silencios colectivos que en realidad dicen mucho. Sin ir más lejos lo hemos visto estos días en España con la abdicación del rey, sin que nadie en los grandes medios diga nada medianamente crítico. Sobreviene una especie de hipnosis general de responsabilidad o temor institucional. En el caso de Italia me refiero a algo más grave, la condena definitiva a siete años de cárcel de Marcello Dell’Utri por sus relaciones con la Mafia y por ser durante dos décadas el enlace de Silvio Berlusconi con la cúpula de Cosa Nostra.

La noticia salió a muy mala hora, el viernes 9 de mayo por la noche, a eso de las diez, y en general la mayoría de los medios la dieron bastante mal al día siguiente. Quizá es excusa en España, que tampoco, pero desde luego no en Italia. Solo La Stampa abrió el periódico con la noticia y los dos principales diarios, el Corriere y La Repubblica, no la daban en primera página o aparecía solo un titularcito. Un día después, con más tiempo para hacerlo mejor, nada de nada: el Corriere dedicaba el mayor espacio de la primera página a una foto preciosa de los colores de los anillos de Saturno y La Stampa ilustraba con otra foto que Venezuela ha prohibido el reguetón. Menudos temazos. Ah, se destacaba mucho en todas partes que el Vaticano condena con energía la corrupción, así que todos muy atentos. De las teles ni merece la pena hablar, llevan años en otro planeta.

Naturalmente, se daba la noticia en las páginas interiores, pero se limitaban a referir de forma neutra la condena de Dell’Utri, adornada con el vistoso culebrón de su fuga in extremis a Líbano. Hasta ahí bien, faltaría más, pero nadie iba más allá: las directas y evidentes implicaciones que todo esto tiene para Berlusconi, ex primer ministro, uno de los hombre más ricos de Italia, el mayor empresario de la comunicación del país, líder de la derecha y en ese momento en plena campaña de las elecciones europeas como cabeza visible de su partido. Por resumir y para quien no esté del todo enterado:

—Marcello Dell’Utri, de setenta y dos años, abogado siciliano, ha sido secretario personal y mano derecha de Berlusconi desde que ambos iban a la universidad en Milán en los sesenta. Luego él se fue a Palermo como empleado en un banco, un breve paréntesis que cerró a toda prisa cuando su amigo le volvió a llamar para que trabajara para él.

—Dell’Utri conocía a algunos mafiosos y a través de él Berlusconi organiza una reunión en 1974 con la cúpula de la Mafia de entonces. El futuro primer ministro se vio en su despacho con Stefano Bontate, entonces uno de los máximos capos de la Cosa Nostra, y otros mafiosos y cerraron un pacto de protección.

—Un potente capo mafioso, Vittorio Mangano, estuvo viviendo en la mansión de Berlusconi entre 1974 y 1976 como garante de la protección de la Mafia para evitarle secuestros.

—El imperio empresarial de Berlusconi estuvo pagando durante casi dos décadas periódicamente a la Cosa Nostra.

—En resumen, Dell’Utri ha sido «mediador» entre Berlusconi y la Mafia entre 1974 y 1992. De ahí en adelante no está probado.

Por todo esto y mucho más el Supremo italiano ha condenado de forma definitiva a Dell’Utri por concurso externo en asociación mafiosa. Esto ya se sabe de anteriores autos del Supremo; el texto de esta sentencia, las llamadas motivaciones (motivazioni), se conocerá en las próximas semanas, y dirá más cosas. Si es que no se hace de nuevo un silencio descuidado sobre ello, que suele pasar, porque el texto sale cuando ya se sabe la condena y es como agua pasada. Ahora bien, hasta un niño de cuatro años se daría cuenta de que, siendo todo esto importante, lo es aún más que queden por fin demostradas las relaciones de Berlusconi con la Mafia a través de este señor, Marcello Dell’Utri, con quien siempre ha sido uña y carne. Con sus consecuencias políticas, morales y públicas. Pues nada de nada. Ni palabra. Ni una pregunta. Ni sacar el tema. Y es curioso, sabiendo que:

—Berlusconi y Dell’Utri idearon, formaron y fundaron Forza Italia, el partido con el que el magnate entró en política y ganó las elecciones en 1994. Ha dirigido el Gobierno de Italia con mayoría absoluta en 1994, de 2001 a 2006 y de 2008 a 2011. Según varios arrepentidos, la Mafia, sin padrino político desde el derrumbe de la DC (Democracia Cristiana) entre 1992 1993, apoyó en 1994 a Berlusconi, a la espera de concesiones legales y penitenciarias. Esta cuestión está actualmente en los tribunales como parte del gran proceso de la Trattativa (Negociación).

—Una vez abiertas las investigaciones que han desembocado en la actual sentencia, Dell’Utri se ha beneficiado de un escaño permanente del partido de Berlusconi, tanto en el Parlamento italiano como en el europeo, para blindarse ante cualquier arresto cautelar. No iba nunca, era solo para eso y él mismo lo ha confesado.

—En los últimos años Berlusconi le ha pagado, según él por mera amistad, más de cuarenta millones de euros.

—En vísperas de lo que se creía que iba a ser su sentencia final, en marzo de 2012, Berlusconi le ingresó a Dell’Utri catorce millones de euros que terminaron en una cuenta suya en la República Dominicana, país sin convenio de extradición con Italia y donde Dell’Utri tiene casa. Al final, por sorpresa, el Supremo ordenó repetir el último juicio, lo que hizo demorarse dos años más el fallo final, hasta ahora, pero la jugada quedó al descubierto.

—Esta vez, de nuevo en vísperas de la sentencia final, la Fiscalía pidió dos veces la retirada del pasaporte de Dell’Utri por peligro de fuga, pero su solicitud fue desestimada. Se fugó, naturalmente, y fue detenido en Beirut, donde aún se encuentra a la hora de escribir estas líneas.

Qué decir. Conocidos los detalles, es para ponerse filosófico. Y es meterse en un berenjenal, pero me van a perdonar por un día que comparta mis ocurrencias. Porque todo esto nos lleva a un tema muy inaprensible, la mentalidad que lo hace posible, y de entrada advierto, a riesgo de parecer contradictorio, que en algunos aspectos estoy totalmente a favor. A ver cómo lo explico, y seguro que me pierdo. Como cualquiera que vive aquí, uno se pasa la vida intentando descifrar este país. En principio se parte de una regla: en Italia las sentencias no son definitivas hasta la tercera y última del Supremo, y hasta entonces el imputado se considera inocente, con todo derecho. Obviamente casi ningún político dimite antes de esa sentencia final y los demás políticos no suelen decir nada del tema hasta la resolución definitiva del Supremo. El problema es llegar a ella, como en este caso, porque la justicia italiana es una injusticia, lentísima, un desastre. Esta vez han pasado veinte años, y todos callados sin decir nada, pero cuando por fin llega la condena final, resulta que se sigue sin decir nada. Porque entre tanto ya se ha ido asumiendo y se da por ventilado. Ha pasado el efecto de sobresalto. Imaginen veinte años sobresaltándose. Es como cuando se muere alguien famoso que llevaba años olvidado y uno pensaba que ya estaba muerto.

Todo se desenvuelve en una atmósfera de sobreentendido y se hace como si nada, salvo que uno sea un pobre diablo y entonces te machacan. Dell’Utri y Berlusconi no lo son. Diríamos más bien que son uno rico. Berlusconi sigue siendo alguien muy poderoso y solo le pedirán cuentas cuando todos estén seguros de que no se vuelve a levantar, pero ni un minuto antes. Pasado un tiempo se empezará a hablar de esto como algo sabido, aunque no se hizo saber mucho en su día, pero en el fondo todo el mundo lo sabe. Este país es así. Ya saben, todos en auxilio del vencedor.

Hay un aspecto religioso, de la forma piadosa de vivir en Italia la fe católica, que yo siempre le veo a muchas actitudes públicas. La única sentencia definitiva, en resumen, debe de ser la del Juicio Final, cuando uno se muere, y si usted no es creyente pues tiene un problema, porque en este mundo difícilmente obtendrá justicia. En esta vida, pensando más en el culpable, que se suele considerar víctima, uno se confiesa y vuelta a empezar. Públicamente también se absuelve a la gente con facilidad, predomina la pretensión de perdón —aunque casi nadie lo pide, el sentimiento de culpa es muy tenue— y no la exigencia de castigo. En Italia hay pecados, no delitos, y nada es imperdonable. Cada uno se siente libre, con derechos pero sin deberes, en un alegre ambiente de irresponsabilidad general. En cierto sentido es un país casi infantil.

Ahora toco un factor mucho más etéreo y me meto aún más en el terreno de las generalizaciones, pero ya que estamos… Es algo así: en Italia hay terror a lo explícito, a lo irrevocable, a lo irremediable. Prefieren lo ambiguo, lo elástico, lo reversible, porque favorece el principal interés general, que no es el bien común, sino que cada uno pueda seguir haciendo lo que le dé la gana, su interés privado. El pavor a lo concreto se manifiesta muy bien en la superstición: enunciar literalmente una desgracia o una hipótesis negativa genera rechazo, como si fuera de mal augurio. Pero ocurre casi más con lo contrario, expresar un deseo equivale prácticamente a imposibilitar su realización. Decir ahora una frase como esta: «A ver si Italia gana el Mundial», es casi ofensivo, una afrenta, como echar un mal de ojo.

Los italianos son extremadamente concretos con lo que les interesa, pero en lo demás son de una extraordinaria laxitud e imprecisión. Por seguir con el símil, basta ver los partidos de la selección italiana: los amistosos les dan igual, pero luego no fallan una cita importante. Esa falta de definición es lo ideal, precisamente, para moverse entre la niebla en busca del propio interés y no cerrarse ninguna puerta. No me refiero solo a la política, también a la hora de fijar una cita, organizar una cena o un partido de futbito. O la incapacidad general para hacer una fila, se prefiere el mogollón y que gane el más listo. O la alergia a los carriles en las autovías, es mejor estar entre líneas, sin elegir, a la espera de ver cuál es el más rápido. Exigir una respuesta o una posición definida genera alarma y desorientación nerviosa, es casi una falta de tacto. Como no saber vivir. No saber vivir al menos en Italia.

Sí, es verdad, lo sabemos todos, en ese espacio vacío entre los átomos, en el terreno de nadie, los italianos se mueven, eso, como nadie, y han creado obras maestras del matiz: el carpaccio, el semifreddo, el agua ligeramente efervescente o el Estado Vaticano. Privilegian sobre todo la ligereza, el juego —lo jocoso—, y de ahí nacen pilares artísticos de la humanidad que todos conocemos, huyen de la gravedad y la solemnidad. Es bueno todo lo que haga la vida más llevadera. No se toma nada a la tremenda, no como en España, pero cuando llega algo tremendo, inapelable, imposible de eludir, que no se puede disfrazar, solo cabe el silencio. Quedan mudos y les invade, por un momento, un desfallecimiento vital, como cuando termina el carnaval y caen las máscaras. La realidad, tal cual, a menudo es deprimente o, al menos, como en este caso, tan vergonzosa que es imposible de tapar o disimular, así que se mantiene la respiración hasta que pase el mal rato. Una sentencia definitiva, algo remoto a ciertos niveles de la política, parece ser una de estas cosas. Al menos en los medios y las instituciones, que son quienes dan forma a lo público. Pasó lo mismo cuando el Senado aprobó en una votación la expulsión de Berlusconi tras su condena por fraude fiscal: en el hemiciclo se hizo un silencio sepulcral, como de funeral. Por cierto, que nunca hubiera ocurrido si no es por la cabezonería del Movimiento Cinco Estrellas del cómico contestatario Beppe Grillo.

Pero este desconcierto dura solo un instante, luego sigue la fiesta. Menos mal que luego está el alegre culebrón de Líbano, como decíamos, para seguirse divirtiendo. Por supuesto ahora lo contamos, que es interesante. Dell’Utri fue arrestado el 12 de abril en Beirut, en el lujoso Hotel Intercontinental Phoenicia, dos días antes de la sentencia final del Supremo (luego se volvió a retrasar un mes porque sus dos abogados se pusieron enfermos, sí, a la vez). Aseguró que no pretendía huir, aunque facturó cincuenta kilos de equipaje y llevaba encima treinta mil euros en un fajo de billetes. Pagaba seiscientos euros al día por la habitación. Salió de la celda al día siguiente y acabó en un hospital, por razones de salud. Se agenció un abogado famoso y carísimo, Akram Azouri, el mismo del dictador tunecino Ben Ali y del responsable de seguridad nacional acusado del asesinato del ex primer ministro libanés Rafik Al Hariri. En fin, que la extradición se empantanó.

Marcello Dell’Utri, en el centro. Fotografía: Cordon Press.

¿Qué tiene Beirut para que Dell’Utri decidiera irse allí? La prensa italiana ha sacado a la luz conexiones políticas en Líbano de la derecha de toda la vida que, en teoría, podían bloquear la extradición y garantizarle una especie de exilio dorado. Sobre todo con Amin Gemayel, de setenta y dos años, presidente de 1982 a 1988, de la dinastía que lidera las Falanges Libanesas, cristianos maronitas, ligada históricamente a la Democracia Cristiana italiana. Por ejemplo, Gemayel viajó a Roma hace un año a depositar unas flores en la tumba del histórico dirigente democristiano Giulio Andreotti. También, por cierto, relacionado en el pasado con la Mafia.

Esta tesis de Líbano como refugio seguro para políticos italianos de derechas huidos de la justicia se reforzó el 8 de mayo, con el arresto de otro peso pesado del partido de Berlusconi, Claudio Scajola. Le acusaron de ayudar en la fuga a otro colega del partido, el exdiputado Amedeo Matacena, condenado en agosto de 2013 a cinco años de cárcel por lo mismo que Dell’Utri, por sus relaciones mafiosas. En este caso, con la mafia calabresa, la ‘Ndrangheta. Matacena se escapó a Dubai, donde le quitaron el pasaporte, y se quedó allí atascado. Scajola intentaba ayudarle a llegar a Líbano, con contactos similares a los de Dell’Utri.

Lo que es fuerte, muy fuerte, realmente fuerte, incluso para Italia, es pensar que Scajola fue ministro de Interior de un Gobierno de Berlusconi de 2001 a 2002. Y luego lo ha sido de tres carteras más. Y este exministro de Interior, según los fiscales, formaba parte de una red secreta de apoyos institucionales a alto nivel a la ‘Ndrangheta, que en este momento es la mafia más potente y peligrosa.

Berlusconi se ha dicho muy dolido por Dell’Utri y ha defendido a Scajola: «Me parece absurdo arrestar a un exministro de Interior solo por haber ayudado a un amigo, ya huido, a moverse de un país a otro, en suma, la humillación de la cárcel por una cosa así…». En cualquier caso, ha sido Dell’Utri el que se ha defendido con los argumentos habituales de Berlusconi: «Es una sentencia política, soy un prisionero político». Añadió que si al final le extraditan no quiere ir a la cárcel, prefiere hacer unos servicios sociales, como Berlusconi, que atiende ancianos una tarde a la semana. De momento sigue en Líbano y la extradición anda parada. Se supone que han firmado todos los que tienen que firmar, pero ha entrado en un limbo imprevisible. Si alguna vez llega a Italia habrá que ver cómo Dell’Utri gestiona su silencio, que es el más grande de todos.

Que en este escenario la Embajada española en Roma haya impedido presentar en el Instituto Cervantes de la capital italiana el libro Crónicas de la Mafia, en el que se habla entre otras cosas de Berlusconi y Dell’Utri, no deja de ser una decisión coherente con el entorno.

El pasado 25 de mayo, en las elecciones europeas, el partido de Berlusconi obtuvo el 16,8% de los votos. Es el peor resultado de su historia y perdió casi tres millones de votos respecto a las generales de hace 2013, y en esas ya había perdido seis millones respecto a las de 2008. Aun así le han seguido votando 4,6 millones de italianos y es el tercer partido italiano, el primero de la derecha.

ÚLTIMAS NOTICIAS DE LA MAFIA (abril-mayo 2014)

—Un policía asignado a la Cámara de los Diputados y otro a la sede de la Presidencia del Gobierno han sido arrestados por pasar información reservada al clan de los Casalesi, de la Camorra.

—Detenido en la República Dominicana uno de los cien fugitivos más buscados en Italia, el capo de la ‘Ndrangheta Nicola Pignatelli, de cuarenta y tres años, huido en 2011. Tiene pendiente una condena de 13,5 años y es considerado capo de la cosca de Mazzaferro Ursino Aquino, uno de los más importantes del narcotráfico internacional.

—Polémica en Bari porque en la lista del candidato del PD, centroizquierda, hay tres jóvenes de conocidas familias mafiosas locales. Uno de ellos decidió retirarse.

—El capo de los Corleoneses, Totò Riina, será procesado como organizador del atentado contra el tren Rapido 904, que el 23 de diciembre de 1984 dejó dieciséis muertos y doscientos sesenta y siete heridos. El juicio empezará el próximo 25 de noviembre.

—La mujer más rica de Mónaco, Hélène Pastor, de setenta y siete años, dueña de un vasto imperio inmobiliario en Montecarlo, murió el 21 de mayo tras ser herida en un atentado el 6 de mayo en Niza. Su chófer también murió cuatro días después del ataque. El crimen, que conmocionó a Montecarlo, fue obra de un individuo con un fusil. Entre las hipótesis manejadas, según la prensa, aparece la ‘Ndrangheta calabresa, pero el caso aún está abierto.

—Los familiares del juez Giovanni Falcone, asesinado en 1992, entregan a la fiscalía de Caltanissetta un ordenador del magistrado, manipulado tras su muerte, como todos los demás que tenía, por una mano desconocida que borró todos sus archivos. Esperan que las nuevas tecnologías permitan rescatarlos y, tal vez, conocer sus secretos.

Antonio Iovine, uno de los grandes capos del clan de los Casalese, de la Camorra, ha decidido convertirse en arrepentido y empezar a colaborar con la justicia. Fue detenido en 2010 después de catorce años de fuga. Es el primero del clan que da este paso y se cree que puede desvelar sus complicidades históricas con políticos e instituciones. Es claustrofóbico, y se cree que esto ha pesado en su decisión.

—Se cierra con fuertes condenas, un total de cuatrocientos años, el «maxiprocesso Meta», abierto en 2010 con cuarenta y dos arrestos entre los principales clanes de la ‘Ndrangheta en Reggio Calabria, capital de Calabria. Ha sido uno de los más importantes contra esta organización desde el proceso «Olimpia» de los noventa. Entre los condenados, Giuseppe De Stefano (veintisiete años), Domenico Condello, «il Gingomma» (veintitrés años), Pasquale Condello, «il Supremo», Pasquale Libri y Giovanni Tegano (veinte años cada uno).

Nicola Gratteri, uno de los más reputados fiscales en la lucha contra la ‘Ndrangheta, ha sido muy crítico con el último plan del Ministerio de Interior para combatir esta organización. Asegura que en Calabria hacen falta mil agentes más y, por ejemplo, en Locri, el pueblo que es la capital histórica de esta mafia, necesitarían al menos otros ochenta.

Íñigo Domínguez es autor del libro Crónicas de la Mafia, editado por Libros del K.O.


Outlet de pijamas: Green Lantern

Go, go, ¿Power Lanterns?

 

De la punta de los pies hasta el cuello. Malla pura y antifaz. Green Lantern, la película, parece que se ha pegado un pequeño descalabrito de público y crítica en su estreno en los USA. Pero a la espera de que llegue a estas costas y poder valorar con nuestros propios criterios si es una buena adaptación y/o espectáculo de luces entretenido (las obras maestras, por estos casos, no se destilan) con la que deglutir palomitas en el cine o una tontería de proporciones sublimes que dormirá a los profanos y/o implosionará venas de fanboys de tres en tres… vale la pena estrenar esta intermitente sección dándole un repaso al superhéroe de los frikis entre los frikis. Porque puedes reconocerte fan de Superman o Batman (los clásicos encapados), que nadie te va a mirar raro: son los superhéroes del pueblo llano. Ahora bien, coméntate seguidor de Flash o Green Lantern y empieza a recibir miradas raras. Hablamos del ídolo de los listillos: cuando jugabas a superhéroes en el patio del colegio y decías “Soy Superman, te mando de un puñetazo a la luna”, el delgaducho cuatro ojos llegaba y te contestaba con un “Soy Linterna Verde. Campo de Fuerza. No me hace nada” y te dejaba a cuadros. Si aún te preguntas que es un campo de fuerza y qué hace un tipo vestido con mallas verdes y un anillo cósmico salvando el universo, sigue leyendo (aviso de spoilers mediante). Así podrás ser el listillo cuando vayas a ver la película. O lo que es lo mismo, ir de gafapasta a una de superhéroes : es el futuro.

 

Hal "Verde, que te quiero verde" Jordan, ilustrado por Alex Ross

Orígenes Secretos: a los alienígenas no se les caen los anillos.

Que no se me pierda nadie: el origen del pijama verde es sencillo si bien en setenta años de colección da para enredarse un rato. Téngase en cuenta, eso sí, que aquí hablaremos principalmente del Green Lantern de la Edad de Plata en los cómics de superhéroes, que es el que ocupa la película y el que hace que miles de fanboys nos gastemos los euros en anillos de plástico, a precios descarados, mientras andamos criticando los complementos absurdos en los que se gastan la pasta nuestras novias imaginarias.

Pues ahí estamos. Érase una vez Hal Jordan, piloto de pruebas estadounidense que es abducido de las instalaciones donde trabajaba, viéndose transportado hasta un lugar cercano en el que se había estrellado una nave del espacio exterior con alienígena y todo.

No, no era Superman. Kal-el ya había aterrizado años atrás en un terruño del medio oeste americano. Extraterrestre, sí, pero moribundo, el maltrecho tripulante se hace llamar Abin Sur y le cuenta al perplejo Hal que ha sido elegido por su anillo de poder, en base a su honradez e incapacidad para sentir miedo, para sucederle en la ardua tarea de llevar el manto de Green Lantern. Hal Jordan no se lo piensa mucho, la verdad. Después de que Abin Sur le suelte un rollo espectacular… ¡Hal acepta encantado! Y así, el novato superhéroe inicia unas cuantas aventuras en plan autónomo anónimo. Descubre que el anillo le permite volar, lanzar rayos, formar campos de fuerza alrededor de su cuerpo que lo protegen de ataques externos y crear objetos (herramientas, jaulas, mobiliario urbano o doméstico variado y un larguísimo etcétera) hechos de luz verde sólida para resolver situaciones diversas.

Pero lo de ir por libre se le acaba en breve. Un buen día Hal es reclamado a Oa, un planeta “en el centro del universo” donde se le explica su lugar en la organización de los Green Lanterns, a la que pertenecía su predecesor, y que existen como cuerpo de policías espaciales.

En Oa viven unos enanos azules en una ciudad dorada que gestionan una exótica energía verde. Estas ancianísimas criaturas, Los Guardianes,  velan por el bienestar de todo el universo y tienen dividido el mismo en sectores (como si de distritos o barrios se tratara) para su administración y protección. Y ahí empiezan las aventuras de Green Lantern, ahora ya, como agente de la ley y el orden, a una escala demencial. Evidentemente, esto sólo podía haber sido imaginado en los USA. Hablar aquí de policías espaciales vestidos de verde sólo podría evocar un sudor frío y rezar por tener los papeles del coche en regla.

Al margen de su rol como agente universal de la ley otra fuente de jocosidad típica en el personaje eran las limitaciones de su aparentemente infinito poder. La energía verde no podía afectar a nada amarillo (sí, una horda de monos con bananas lo podían poner en un serio aprieto) y, además, el anillo tenía una carga que se agotaba en 24 horas. Pasado ese plazo, Hal tenía que usar una batería de poder y recitar el juramento de la organización para recargarlo. Para que acusen de corporativismo extremo a los japoneses.

 

David Ben Gurion, Guardian de Israel… y del Universo.

Apuntes para la intelectualidad

Un empleado ferroviario en unas oscuras vías sosteniendo una linterna que cortaba o daba el paso con una luz roja o verde, fue lo que inspiró en el 1940 a la preconcepción del primer Green Lantern en la cabeza de Martin Nodell. Según contó el autor, a esa primera inspiración le añadió algunos elementos del ciclo operístico del Anillo de los Nibelungos de Wagner y otros de mitología griega y cultura popular china, para rematar la historia, a la que se uniría posteriormente Bill Finger en los guiones. Hay quien atribuye influencias de la obra de ciencia-ficción a Lensman, aunque Nodell lo rechazó en su momento.

No obstante, sí que tendría una clara inspiración futurista la reencarnación del superhéroe en Hal Jordan, en el 1959; si bien, de nuevo, los refundadores John Broome y Gil Kane, también negaron cualquier relación con las historias de Edward Elmer Smith.

En cuanto a la imaginería visual de los personajes, se simplificó el traje del héroe al pijama de cuerpo entero que conocemos actualmente y en cuanto a rasgos, Hal Jordan fue modelado en similitud al actor Paul Newman. Por su lado, los guardianes fueron diseñados bajo el aspecto David Ben-Gurión, proclamador de la declaración de independencia del estado de Israel , que también había sido primer Primer Ministro del mismo.

 

Distintos hombres, mismo anillo

Así, el origen primero de la cabecera Green Lantern no fue el futurista, sino uno “místico-mágico”. En el 1940, el primer portador del anillo —con un origen diferente en forma— fue Alan Scott; joven ingeniero que, guiado por una voz sobrenatural, forjó el anillo de poder a partir del metal de un meteoro convirtiéndose en el primero de estos enmascarados (éste sí, con capa, como mandaban las modas en pijamas del momento).  Aunque proveniente de una mitología bastante diferente, los guionistas de la DC establecieron muy a posteriori (después de la saga Crisis en Tierras Infinitas) un vínculo de unión entre el origen de Alan y el de los Green Lanterns contemporáneos, en pos de la continuidad y la eternidad de los personajes.

Los posteriores a Hal son varios. Probablemente, el más carismático y recordado por los fans es el impresentabilísimo Guy Gardner. El pelirrojo era también un candidato elegido por el anillo de Abin Sur para ser Green Lantern. Pero el anillo detectó a Hal más cerca y, llámale vago, lo eligió a él. Desde entonces, el chuloplayas de Guy a pesar de que ha sido portador del uniforme varias veces, no deja de tener unos ciertos resquemores con Hal. Con Hal y con media Liga de la Justicia. Inolvidable el día en que Batman lo tumbó de un puñetazo por bocazas y pesado (con media Liga aplaudiendo)

John Stewart, Hal Jordan, Kyle Rayner y Guy Gardner

Jonh Stewart, el siguiente portador terrestre, fue un intento por parte de la DC de colocar minorías étnicas en sus cómics en los setenta; ante el plantel más bien pálido de la mayoría de sus personajes incluyeron a un afroamericano, arquitecto y veterano marine, como sustituto de Hal; igualmente, llegaría a ser Lantern de pleno derecho. Kyle Rayner, en los noventa, que era un joven ilustrador gráfico, fue el último Green Lantern humano hasta la fecha. A los guionistas del momento (en una decisión nada bien llevada por el fan medio de la serie) les había dado por coger a Hal Jordan, ponerle canas, volverlo loco, pasarlo al lado oscuro y hacer que éste le midiera el lomo a todo el cuerpo de lanterns y casi todos los guardianes, por este orden. El último guardián superviviente le legó el último anillo a Kyle y se convertiría en el único Lantern que quedaría en activo tras la escabechina suprema.

 

Renacimiento : from Zero to Hero

Quien haya leído suficiente cómic de superhéroes conoce de sobra las estrategias con las que editores y guionistas (con mayor o menor presión de los primeros) montan lavativas cósmicas para renovar colecciones, inmortalizar a los personajes y aumentar o recuperar ventas. Algunas de ellas pasan por eliminar temporalmente a los protagonistas. Otras, suponen cambiar a los protagonistas principales pero interpretando la misma identidad superheroica. En otras ocasiones, les cambian los poderes y la apariencia de forma salvaje. Y así hasta un largo etcétera de recursos de rejuvenecimiento y liposucción para seducir al lector.

La nueva puesta en marcha de todo el apartado verde del Universo DC era fácil. Tras la casi completa desaparición de toda la mitología de las linternas cósmicas lo único que había que hacer era levantarlo de nuevo, como quien recoge las fichas tumbadas de una partida de ajedrez para empezar otra. Kyle Rayner ya había devuelto a la vida a los guardianes, así que quedaba dar una explicación a la locura de Hal (que sirvió para entroncar con historias futuras) y volver a montar los corps. Por otra parte, gracias a una historia que Alan Moore escribió para la colección Tales of Green Lantern Corps allá en el 1987, se pudieron empezar a preparar las historias que seguirían a ese reinicio de la colección y todo su entorno.

Y esa es la grandeza de los genios, amigos. Dieciocho años después, una de las tres historias cortas que llegó a escribir Moore permite devolver a la gloria a un título y una mitología superheroica que estaba tristemente olvidada.

Con ello, se produjo una expansión de todo el trasfondo “lanternesco” de la DC, altamente notable, que les daría para años de cómics. De casi un único superviviente portador del anillo se pasa a recuperar toda la estructura original (con todos los lanterns humanos en activo). Pero además, las nuevas historias empiezan a alimentar las grandes sagas de la DC del momento afectando a otros personajes fuera de la colección. Y por si fuera poco, en la expansión de esta mitología añaden el invento del “espectro emocional” (siete energías, siete colores, siete emociones) y se sacan de la manga seis corps más, convirtiendo el Universo DC en la verbena más espectacular jamás vista corriendo los anillos de colores como si fueran rebajas de mercadillo playero.

 

La demoledora portada del polémico Snowbirds don't fly que bien estuvo a punto de no publicarse

Recomendaciones varias

En los setenta años de historias del personaje se ha producido material de calidades diversas. Gran parte del material actual lo ha estado publicando Planeta de Agostini y, quitando alguna curiosidad inédita, aquí va una selección :

El Clásico – Green Lantern/Green Arrow de O’Neil y Adams

Una casi-novedad en su momento, la serie de historias de estos dos autores supusieron la inclusión de temas sociales más de a pie de calle. En lo que era un tebeo de superhéroes clásico, donde lo habitual era impedir una invasión alienígena o chafar los planes del villano de turno, los autores juntan al servidor de la ley, Hal Jordan, y al liberal contracultural Oliver Queen (Green Arrow) y los ponen a recorrer el país dándose de morros con diversas problemáticas que pueden tocar al lector de a pie como el racismo, la pobreza o las drogas. En su día, levantó alguna que otra ampolla. No todos los días salía en la portada de un mainstream superheroico al discípulo de un justiciero enganchado a la heroína.

 

Para ponerse al día – Green Lantern de Geoff Jones

No hace mucho que Planeta de Agostini ha empezado a publicar en España los tomos recopilatorios que recogen la reciente puesta en alto del personaje y su cosmología, además, con varios números ilustrados por Carlos Pacheco. Es una buena forma de recuperar la serie para aquellos que lo dejaron, o bien para empezar a leerlo desde la actualidad con el origen un poco acicalado, eso sí.

El Inédito – Green Lantern : Willworld

Pese a no haber sido publicado en nuestro país se hace difícil no recomendar esta curiosidad de J. M. DeMatties y el desgraciadamente fallecido Seth Fisher. Ambientada en los años mozos de Hal Jordan, DeMatteis resumía esta historia en una frase : “Green Lantern y Little Nemo en el País de las Maravillas Cuánticas”. Una historia surrealista en apariencia con un sobrecarga gráfica demencial que seguramente haría las delicias de Terry Gilliam. Estaría bien que a las recientes ediciones y reediciones de obras del personaje en nuestro país se sumara ésta que, además, se ha reeditado recientemente en Estados Unidos.