El gran retrato

Retrato
Cortesía Everett Collection.

En su visionaria novela El gran retrato, publicada en 1960, Dino Buzzati cuenta la historia de un atormentado científico que intenta reproducir la mente de su esposa muerta en un gigantesco ordenador.

«Nunca había habido en el mundo nada semejante, que fuera a la vez montaña, fortaleza, laberinto, castillo y selva, y en cuyos innumerables recovecos de intrincadas formas se multiplicaran resonancias jamás oídas», dice el narrador refiriéndose a la enorme máquina pensante. Pero la frase bien podría referirse al propio cerebro humano, cumbre de la evolución (por lo que sabemos y hasta el momento), castillo y fortaleza de la mente, laberinto de innumerables recovecos e intrincada selva (esa «selva impenetrable en la que nos extraviamos», como decía Ramón y Cajal).

Hace tan solo sesenta años, la posibilidad planteada por Buzzati parecía una quimera inalcanzable, una alegoría filosófica más que un relato de ciencia ficción; pero según algunos investigadores, un «gran retrato» fidedigno de la mente humana podría estar listo a finales de la próxima década.

Deep Blue, el superordenador que en 1996 derrotó a Kaspárov y acabó definitivamente con la supremacía ajedrecística humana, fue la primera prueba irrefutable de que una máquina podía realizar funciones mentales al más alto nivel, y, en la misma línea, el Proyecto BRAIN (Brain Research Through Advancing Innovative Neurotechnologies) —al igual que sus antecesores, el Proyecto Cerebro Humano (HBP) y el Blue Brain Projec— pretende realizar una simulación informática completa, no ya de una función determinada, sino del funcionamiento cerebral en su totalidad.

Según el neurobiólogo Rafael Yuste, de la Universidad de Columbia, uno de los principales impulsores del Proyecto BRAIN, «dentro de unos años podremos descifrar el cerebro humano, y el cerebro genera la mente. Si entendemos el cerebro, entendemos la mente. Si podemos leer la actividad del cerebro, podemos leer la mente». Suena un tanto reduccionista, pero sin duda es —será— un gran paso, tal vez el comienzo de una nueva era.

Proyecto Brain
Fotografía: The Brain Initiative.

Ya se han desarrollado las herramientas necesarias para construir modelos cerebrales de cualquier especie animal en cualquier fase de su desarrollo, y ya se ha conseguido reproducir satisfactoriamente una columna neocortical, uno de los bloques fundamentales de la arquitectura cerebral. La idea general es fusionar los conocimientos biológicos acumulados en las últimas décadas con los recursos informáticos más avanzados para realizar un mapa detallado y operativo de los circuitos cerebrales.

La complejidad de la tarea es enorme. En el cerebro humano hay unos 86 000 millones de neuronas, cada una de las cuales se conecta con al menos otras mil, con un total de unos 100 billones de conexiones en el cerebro adulto (en el cerebro infantil pueden llegar a los 1000 billones, pero van disminuyendo con el paso del tiempo hasta estabilizarse en la madurez). Y el presupuesto del colosal proyecto no es menos impresionante: del orden de los miles de millones de euros. Pero los beneficios para la neurociencia, la medicina y la propia informática son incalculables. Entre otras cosas, en el cerebro virtual se podrían simular trastornos como el alzhéimer y experimentar en un tiempo mínimo todo tipo de tratamientos.

El Proyecto BRAIN no es una iniciativa aislada. En Londres, el Proyecto Conectoma Humano en Desarrollo se ha centrado en obtener imágenes por resonancia magnética (IRM) de los cerebros de quinientos fetos en el tercer trimestre de embarazo, así como de los de mil bebés a los pocos días de nacer. A algunos de estos niños se los escoge por tener un pariente próximo con autismo, y al cabo de unos años se podrán comparar las IRM de los niños autistas con las de los demás. Y el Instituto Allen de Ciencia Cerebral de Seattle, en Estados Unidos, también está desarrollando mapas tridimensionales que combinan datos de la actividad genética con detalles estructurales del cerebro humano y de otros animales, y ha presentado su propio proyecto para estudiar el cerebro en desarrollo mediante el examen de la estructura celular y la organización de la actividad genética en cerebros fetales post mortem.

«Dentro de cinco años seremos capaces de leer la actividad de 50 000 neuronas al tiempo« —afirmaba Yuste recientemente—. «Eso supone poder registrar el cerebro completo de algunos invertebrados; en diez años podremos hacer lo mismo con cerca de un millón de neuronas, es decir, el tamaño del cerebro completo del mamífero más pequeño del mundo, el de la musaraña etrusca. Y en quince años podremos leer grandes trozos de cerebros humanos involucrados en enfermedades como la esquizofrenia».

La terra ignota empieza a ser explorada y cartografiada, y el gran retrato va tomando forma. Las posibilidades son ilimitadas, y los problemas éticos y filosóficos implicados en estos proyectos no son de menor envergadura que sus logros potenciales.

De hecho, no todos ven el Proyecto BRAIN con buenos ojos, y que la DARPA (Defense Advanced Research Projects Agency) esté entre sus principales promotores estadounidenses no contribuye a disipar la sospecha de que su objetivo oculto podría ser más militar que sanitario.

En cualquier caso, la aventura del conocimiento es imparable, y la última frontera está en nuestro interior, en el corazón de esa «selva impenetrable» que Ramón y Cajal vio en el cerebro humano.


Viaje en cinco saltos hasta el mismísimo fin de los tiempos

El Ojo de gato, una nebulosa planetaria formada por las emisiones de plasma y gas ionizado de una gigante roja durante el último tramo de su vida. Fotografía: NASA / ESA / HEIC / STScI / AURA.

Si dos personas se diesen cita junto a un tablero de ajedrez y disputaran una partida tras otra hasta completar todas las que es posible jugar con arreglo a las normas tradicionales, esas dos personas jugarían un vigintillón de partidas. Un vigintillón es esto:

1 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000

No hace falta que pierda tiempo contando los ceros, ya le decimos nosotros cuántos tiene: ciento veinte. Por eso los números como este no se suelen escribir así, como una avalancha de cifras. Lo habitual es escribirlos abreviadamente recurriendo a la notación científica:

10120

Cuando se trata de números grandes, los divulgadores y los científicos suelen aportar comparaciones vistosas para ayudarnos a comprender sus magnitudes gigantescas. Algo frecuente, por ejemplo, es decir que hay una cantidad de tal o cual cosa mayor que el número de granos de arena que hay en todos los desiertos y playas de la Tierra. Esa clase de comparaciones, sin embargo, solo tienen sentido hasta que se alcanzan ciertas magnitudes, y dejan de tenerlo con las que son todavía mayores. Sería absurdo comparar un vigintillón (1) con el número de granos de arena que hay en todos los desiertos y playas de la Tierra, por ejemplo, o acaso con todos los granos de arena que hay en todos los planetas de nuestra galaxia. Un vigintillón es un número mucho mayor que el número de átomos que existe en el universo (2).

Esta es la razón por la que podemos derrotar a las máquinas jugando al ajedrez (3). No es posible construir un disco duro capaz de almacenar todas las partidas que se pueden jugar con treinta y dos fichas y el tablero reglamentario de sesenta y cuatro escaques. Incluso cuando fuese un disco duro extremadamente eficaz y emplease un único átomo de materia para almacenar una partida de ajedrez entera, sencillamente no hay suficientes átomos en el universo para construir ese disco duro.

A los seres humanos nos pasa algo muy parecido a esto. Somos incapaces de hacernos una idea de las magnitudes que representan realmente los números grandes. Aunque suele decirse que eso tiene mucho que ver con la biología y con nuestra propia evolución —entenderlos no representaba una ventaja cuando vivíamos en las selvas y en la sabana, por eso no nos hemos dotado con esa capacidad a través de la selección natural—, eso es cierto solamente en el caso de los números grandes «menos grandes», por llamarlos de alguna forma. En el caso de los números grandes «más grandes», la cosa es más sencilla: nos ocurre lo mismo que a los ordenadores. Incluso si nuestras habilidades matemáticas fuesen mejores de lo que son, estamos hablando de cantidades que exceden la cantidad de neuronas que hay en un cerebro o la cantidad de operaciones que puede realizar mentalmente un ser humano a lo largo de toda una vida.

En este artículo recorreremos el tiempo hacia delante y nos adentraremos muy profundo en el futuro, tan profundo que quizá lleguemos al punto en el que el propio tiempo se acabe. Encontrará usted muchas cifras y serán cifras muy grandes, pero no encontrará muchas comparaciones que le ayuden a comprender lo grandes que son realmente. La razón es que son números inimaginablemente grandes. Fuesen cuales fuesen esas comparaciones, sencillamente no les harían justicia.

El día que muera la próxima estrella (100 años en el futuro)

El 30 de abril del año 1006 apareció un punto de luz en el cielo y en cuestión de pocas horas se convirtió en el objeto más brillante del firmamento. Durante los tres meses siguientes pudo verse a todas horas, tanto de día como de noche, pero luego se atenuó lo suficiente como para aparecer solamente después de la puesta de sol, como hacen las estrellas y los planetas. En una crónica china de la época se dice que aquella «estrella invitada», como ellos la llamaron, brillaba tanto que los objetos arrojaban sombra durante las noches de luna nueva. Un astrónomo egipcio, Alí ibn Ridwan, precisó en sus comentarios al Tetrabiblos de Ptolomeo que emitía tanta luz como la luna durante sus cuartos. Y en la abadía de San Galo, en los Alpes suizos, los monjes anotaron que aquel resplandor variaba porque la estrella misteriosa, «de un modo maravilloso, algunas veces parecía contraerse, otras difuminarse e incluso a veces se extinguía» (4). Algunos creen que aparece retratada en unos petroglifos de la cultura hohokam, en Arizona, con la forma de un objeto celeste como radiante y expansivo, algo más parecido a una explosión (5).

Si la intención de los hohokam fue esa —retratar una explosión—, entonces fueron ellos los que estuvieron más acertados. Aquella estrella, en realidad, era una supernova, la detonación con la que terminan su vida los astros con más masa. Y se piensa que su magnitud aparente llegó a ser de −7,5, dieciséis veces mayor que la de Venus, el cuerpo más brillante de nuestro firmamento (6). SN 1006, como la conocemos hoy en día, fue la supernova más intensa que ha presenciado la humanidad a lo largo de la historia. Los restos de la explosión se redescubrieron en 1965 dentro de nuestra propia galaxia, a unos 7900 años luz de la Tierra (7).

Los restos de la supernova SN 1006. Fotografía: NASA / ESA / Zolt Levay / STScI.

Si le da envidia este acontecimiento y se dice que sería emocionante ver algo así con sus propios ojos, está usted de enhorabuena: la probabilidad de que llegue a hacerlo no es absurdamente remota, como suele pasar con la astronomía. De hecho, la posibilidad de que estalle una supernova en la Vía Láctea y de que sea visible desde la Tierra sin necesidad de instrumentos ópticos es del veinte por ciento en los próximos cincuenta años (8). Y si quiere mejorar su suerte, sabemos incluso en qué dirección debe mirar. Salga a la calle durante una noche despejada, vuelva la mirada hacia la constelación de Orión y busque la estrella rojiza que ejerce como hombro del cazador. Esa es Betelgeuse. Si alguna estrella cercana va a explotar pronto, es esa (9).

Palabra clave: cercana. Betelgeuse es la mejor candidata a convertirse en supernova entre las estrellas que conocemos bien y que están relativamente cerca de la Tierra. También es la que causaría una de las supernovas más espectaculares en nuestro cielo, ya que es una supergigante roja (la clase de estrella más grande que existe) y la estrella de esta clase que está a menos distancia de la Tierra (a unos 700 años luz). Es tremendamente improbable, eso sí, que lo haga mañana o pasado mañana o que sea la próxima en hacerlo (10), pero soñar es gratis y Betelgeuse nos está haciendo soñar últimamente. Hace unos cuantos meses era una de las diez estrellas más brillantes del cielo nocturno, pero ahora mismo ni siquiera está entre las veinte primeras. A finales de 2019 comenzó a perder luminosidad, y a mediados de 2020, cuando firmamos esta pieza, brilla un treinta y seis por ciento menos de lo habitual. Es normal que el resplandor de Betelgeuse cambie: a fin de cuentas, es una estrella variable (11), pero no es normal que lo haga tanto y con tanta rapidez.

Además, las estrellas como Betelgeuse tienen una esperanza de vida cortísima. Nuestro sol, por ejemplo, lleva brillando 4500 millones de años y lo seguirá haciendo otros tantos más, pero Betelgeuse tiene solo diez millones de años y seguramente le quedan unos cien mil, nada más. Las estrellas con tanta masa sencillamente son así, tan grandes y calientes que solo existen brevemente. Tienen más materia que las otras, pero también la fusionan a un ritmo mucho mayor y acaban con ella mucho antes. En el último tramo de su vida, cuando se dedican a fusionar elementos cada vez más pesados y lo hacen cada vez con más rapidez, sufren sacudidas parecidas a las que está sufriendo Betelgeuse. Pierden y ganan luminosidad, cambian de tamaño súbitamente y la temperatura en sus superficies experimenta variaciones vertiginosas. Son los estertores de una estrella.

El día que mueran todas las estrellas (100 años-1012 años en el futuro)

Cuando una estrella muere, expulsa sus capas exteriores hacia el espacio interestelar. Si la estrella tiene un tamaño modesto, parecido al del Sol y hasta diez veces mayor, lo hace mediante pulsos, contrayéndose y expandiéndose. Si la estrella tiene más masa, entonces se desata una única explosión violentísima, una supernova. El efecto es igual en ambos casos: los materiales esparcidos se mezclan con los restos de otras estrellas y con más gas interestelar, se aglutinan por efecto de la gravedad y dan lugar al nacimiento de nuevos astros y planetas.

Enrique III el Negro, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, observa la supernova acontecida en el año 1054 desde la ciudad italiana de Tivoli. Imagen: DP.

Sin embargo, las estrellas no diseminan todo su material por el espacio en el momento en el que mueren, solo el que integraba sus capas exteriores. Las capas interiores y el núcleo, en cambio, se contraen por efecto de la gravedad y forman un cuerpo caliente, pequeño y compacto que los astrónomos llaman «remanente» estelar. Las estrellas más modestas, que son la inmensa mayoría, se convierten de esta forma en una enana blanca, un cuerpo con un diámetro parecido al de la Tierra y una densidad monstruosa. Las estrellas de mayor tamaño, en cambio, se comprimen todavía más y forman una estrella de neutrones, un cuerpo celeste pequeñísimo, de diez o doce kilómetros de diámetro, e inimaginablemente denso. En el caso de las más grandes, la compactación no se detiene nunca y toda la materia se concentra en un punto infinitamente pequeño e infinitamente denso: un agujero negro. Estos remanentes, los tres, son estériles. La materia que acopian no regresará al medio interestelar y no contribuirá a la formación de nuevos astros (12).

Esto les pasará a todas las estrellas y esta es la razón por la que estas, simplemente, dejarán de nacer algún día. Aunque aparecen nuevos astros constantemente y lo hacen a partir de los restos de otros, la materia en circulación es cada vez menos. A medida que pasa el tiempo, a medida que las generaciones de estrellas se vayan relevando unas a otras, los remanentes estériles abundarán más y las fértiles nebulosas de gas donde se forman los nuevos sistemas estelares abundarán menos. Nacerán menos estrellas y serán más pequeñas y llegará un día en el que simplemente dejen de hacerlo.

No sabemos qué aspecto tendrá el universo entonces, dentro de 1010años aproximadamente, pero sí sabemos un detalle: que será rojo y mucho menos luminoso. Ya no quedarán estrellas azules, blancas o amarillas —como lo son ahora en función de su masa y su temperatura—, solo las más pequeñas de todas, las enanas rojas. Y las enanas rojas, ya lo dice su nombre, alumbran poco y lo hacen con luz roja. Eso sí: en lo tocante a la longevidad, no tienen competidor. Del mismo modo que las estrellas grandes viven poco porque fusionan su material enseguida, las enanas rojas viven durante un plazo de tiempo inconcebiblemente prolongado, ya que lo hacen a un ritmo muy lento (13). Se cree que las estrellas más pequeñas del universo, las enanas rojas de cerca de 0,1 masas solares, pueden vivir hasta 1012 años. Eso significa que las primeras enanas rojas que prendieron en el cosmos —y lo hicieron pronto, solo unos cientos de miles de años después del Big Bang— no solo siguen activas hoy en día; es que ni siquiera han superado el uno por ciento de su vida. Desde que el mundo es mundo, todavía no ha dado tiempo a que muera ni una sola de ellas.

El día que muera el último átomo (1012-1040 años en el futuro)

El día que se apague la última enana roja habrá acabado la era estelífera, la era de las estrellas, y dará comienzo la era degenerada. Que no le engañe su nombre, no se lo pusieron buscando dramatismo (14). En realidad, alude a la materia degenerada, la sustancia de la que están hechos los remanentes de las estrellas.

Parte de las estrellas que se acumulan en el centro de la Vía Láctea en una imagen tomada por el telescopio espacial Hubble. Fotografía: NASA / ESA / T. Brown.

Los cuerpos celestes que persistan para entonces serán estos mismos remanentes: enanas blancas, estrellas de neutrones (y las variaciones más exóticas de las estrellas de neutrones, como los púlsares, los magnetares y las estrellas de quarks) y agujeros negros (y sus propias variaciones exóticas: los cuásares). A los seres vivos, que solemos fijarnos solamente en los intercambios de energía, podría parecernos que esta no es la peor de las noticias. A fin de cuentas, las enanas blancas brillan, los púlsares también emiten grandes haces de radiación desde sus polos y los cuásares hacen fundamentalmente las dos cosas, solo que a una escala mucho mayor y con muchísima más potencia. Pero debe recordarse que estos objetos no generan esa energía, tanto si es térmica como cinética. La generaron en su día, cuando eran estrellas, y ahora solo la conservan. El brillo de las enanas blancas es más bien incandescencia, emiten luz debido a su temperatura altísima; los púlsares absorben y disparan la materia que hay en sus inmediaciones porque giran sobre sí mismos a una velocidad vertiginosa, hasta cientos de veces por segundo; y los cuásares, cuyos campos gravitatorios son potentísimos, ponen esa energía en circulación gracias a la fricción que se produce en sus discos de acreción descomunales. Pero ninguno de ellos ni ninguna otra clase de remanente estelar es capaz de poner en marcha la nucleosíntesis, de desencadenar la fusión de los átomos y de transformar materia en energía.

Poco a poco, las enanas blancas irán perdiendo temperatura, las estrellas de neutrones irán perdiendo velocidad y finalmente unas y otras se apagarán y se detendrán completamente. No sabemos cuánto tardarán en hacerlo. Una estimación muy repetida (15) dice que las enanas blancas podrían tardar unos 1015 años en convertirse en enanas negras, es decir, en cuerpos fríos e inertes constituidos por materia degenerada. El plazo en el que lo harán las estrellas de neutrones es incluso más incierto, pero el resultado será parecido.

Durante la era degenerada, el cosmos será un lugar oscuro, aunque habrá algún chispazo de cuando en cuando. En los sistemas binarios de enanas blancas, por ejemplo, las órbitas se acercarán hasta hacer que los dos cuerpos colisionen y estalle una supernova. Y algunas enanas marrones (grandes objetos gaseosos a medio camino entre un planeta y una estrella) que llegasen a colisionar de esta misma forma podrían reunir materia suficiente entre las dos como para empezar a fusionar y alumbrar alguna pequeña estrella tardía. Estas estrellas, las últimas estrellas del universo, serán enanas rojas y serán increíblemente longevas, pero da igual, el reloj tampoco se detendrá entonces. Poco a poco, eón a eón, también ellas se desvanecerán. El cosmos, ya sí que sí, será un lugar a oscuras.

Algunos creen que será entonces cuando la propia materia comience a desintegrarse. Aunque la longevidad de las partículas subatómicas es un tema muy discutido, algunos de los modelos de física de partículas más populares predicen que la vida media del protón (las partículas estables y con carga positiva que forman parte de los núcleos atómicos) es de 1038 años aproximadamente (16). El decaimiento de los protones es un asunto complejo y fascinante que daría para muchas páginas de curiosidades, pero aquí nos quedaremos solo con una: aunque el universo llegue a ser totalmente oscuro, no llegará a ser totalmente frío, al menos no todavía. A medida que sus protones decaen y sus átomos se desintegran, algunas de las enanas negras que sobrevivan irradiarían partículas subatómicas y la radiación podría alcanzar valores de hasta 400 vatios en cada una de ellas. El horno microondas de cualquier cocina emite el doble que eso y más, pero dentro de 1039 años ese será el poder que tengan las mayores estrellas.

El día que muera el último agujero negro (1040-1092 años en el futuro)

Dentro de 1040 años, un átomo se desintegrará en algún rincón del cosmos y será el último en hacerlo. A partir de ese momento ya no existirá nada mayor que un núcleo atómico en todo el universo.

Seguirán existiendo, eso sí, los agujeros negros, y dese cuenta de que eso no constituye una excepción. Aunque solemos referirnos a ellos con ligereza y los llamamos «grandes» y «pequeños», lo cierto es que los agujeros negros son infinitamente pequeños. Lo que es grande o pequeño es el diámetro de su horizonte de sucesos, el espacio alrededor de esa singularidad central en el que la velocidad de escape es superior a la de la luz y entonces ya nada puede circular en dirección contraria a la suya, debe hacerlo siempre hacia ella. Si pudiésemos viajar a las inmediaciones de un agujero negro y contemplarlo desde una distancia prudencial, ese horizonte de sucesos se dibujaría con nitidez frente al fondo luminoso y colorido que presenta el cosmos hoy en día y tendría un aspecto parecido al de una esfera negra, pero eso es algo engañoso. Lo que estaríamos viendo con los ojos seguiría siendo un espacio, una región, no un cuerpo sólido con masa. Masa tiene la singularidad central, y esa está confinada en un volumen infinitamente pequeño.

El agujero negro de la galaxia elíptica M87, primer objeto de su clase en ser fotografiado. Fotografía: EHT / ESO.

En 1974, el físico Stephen Hawking descubrió que los agujeros negros emiten una forma de radiación térmica y que al hacerlo pierden masa (17). Aunque ocurra con una lentitud que desafía al entendimiento, los agujeros negros también se evaporarán poco a poco y al final, puf, desaparecerán completamente. Hawking calculó que los más pequeños que se forman naturalmente, los que tienen el equivalente a tres masas solares, tardarían 1068 años en desvanecerse. Los mayores, los agujeros negros supermasivos que se encuentran en el centro de las galaxias, y que a veces toman la forma de cuásares, tardarán 1092 años en hacerlo. Merece la pena pararse a pensar un segundo en esta cantidad, 1092. Es un número mayor que el número de partículas subatómicas que hay en el universo.

Si pregunta usted a un astrofísico, a un matemático o a cualquier otro profesional del ramo por la muerte del universo, es probable que le digan que ocurrirá más o menos en esta fecha, dentro de 1092 años, o en todo caso cuando el último agujero negro se encoja y desaparezca. Con él se irá también la última fuente energética del cosmos, la última forma de radiación, y el universo se habrá parado totalmente, se habrá enfriado completamente, habrá tocado fondo y habrá cesado para siempre. El universo habrá muerto, larga vida al universo.

El último día del mundo (1092-∞ años en el futuro)

¿Y después? Después de eso, poco más. Fotones, partículas subatómicas y una eternidad, esos son los ingredientes de esta sopa. Los dos primeros no son gran cosa, pero el tercero sí lo es. Algunos dicen que con ese ingrediente se pueden hacer muchas cosas.

La energía oscura tiene mucho que ver con el destino final del cosmos. Si hubiese una cantidad suficiente de ella, es probable que la expansión del universo acabase desgajándolo hasta la mismísima escala cuántica. A medida que el propio espacio se expandiese y lo hiciese cada vez a mayor velocidad —ese es precisamente el efecto que parecer tener la energía oscura en nuestro mundo—, disminuiría progresivamente la cantidad de espacio con la que se puede interactuar. Pongámoslo así: un fotón saldría del punto A y se dirigiría hacia el punto B a la velocidad de la luz, pero el espacio mismo que separa A y B estaría expandiéndose a una velocidad mayor que esa. Nuestro fotón hipotético, por tanto, jamás lograría alcanzar el punto B. Se dedicaría a viajar eternamente en su dirección y, pese a eso, estaría cada vez más lejos de él y también del lugar del que salió, el punto A. El diámetro dentro del cual la materia interactúa es gigantesco hoy en día, pero se está reduciendo a medida que la expansión del universo acelera. Si esa expansión sigue acelerándose, llegará el día en el que la distancia entre los puntos A y B sea menor que una galaxia, menor que un sistema estelar, menor que un planeta y menor que un átomo. Todas las distancias se harán infinitas y esto impedirá que tenga lugar cualquier proceso, sea el que sea, y que tenga efecto cualquier fuerza. A eso se lo llama «Big Rip», el Gran Desgarramiento (18).

El Cúmulo de Pandora, un cúmulo de galaxias también conocido como Abell 2744, en una fotografía tomada por el telescopio espacial Hubble en 2014. Fotografía: NASA / ESA / STScI.

Si el Big Rip no tuviera lugar, entonces el espacio-tiempo podría acabarse de otras formas. Los partidarios de la teoría del Big Freeze, por ejemplo, se atienen al hecho de que el cosmos empezó siendo algo infinitamente pequeño, infinitamente caliente e infinitamente denso, y nos recuerdan que las leyes de la termodinámica son muy claras al respecto: algo así solo puede derivar hacia lo infinitamente grande, lo infinitamente frío y lo infinitamente vacío. Y cuando las magnitudes físicas alcancen ese valor, o valores muy cercanos a ese, no cabe esperar que pase algo, sea lo que sea. El universo simplemente habrá sufrido la muerte térmica, se habrá alcanzado el grado máximo de entropía y los procesos físicos habrán cesado permanentemente. No ocurrirá nada que arrample con todo ello porque en esas condiciones no podría ocurrir nada. El mundo no acabará por una razón sencilla: ya se habrá acabado. En el mejor escenario solo habrá fotones en circulación y los fotones no experimentan tiempo, así que incluso hablar de eternidad carecería de sentido. El tiempo, que ahora es real, entonces será una ficción matemática, algo que solo existe en el plano de lo ideal y lo hipotético. The End.

Los partidarios del Big Crunch, por el contrario, admiten que algo así tendrá lugar, pero sostienen que ese no será el final del cosmos. Después de separarse al máximo, dicen ellos, la gravedad será la única fuerza capaz de afectar significativamente a las partículas subatómicas, por lo que podrían comenzar a reunirse de nuevo y hacer que la materia volviera a concentrarse poco a poco. Primero habría átomos, después moléculas y después volverían a existir trazas de material sólido. Al final, toda la materia del universo colisionaría, se compactaría y se convertiría en algo infinitamente pequeño, infinitamente caliente e infinitamente denso. El mundo, en otras palabras, terminaría con una implosión, y su resultado sería la aparición de una nueva singularidad de proporciones cósmicas y el estallido, quizá, de un nuevo Big Bang (19).

Y otros piensan que este Big Bang no es algo extraordinario, que ha ocurrido muchas veces en el pasado y que lo volverá a hacer indefinidamente en el futuro. La cosmología cíclica conforme, propuesta por Roger Penrose, es una de las tesis con más predicamento en los últimos años, en parte porque reconcilia visiones del futuro lejanísimo que parecían incompatibles hasta hace unos cuantos años. Este Big Bounce o Gran Rebote, como algunos lo llaman, tendría el mismo efecto que el Big Crunch, la reunificación de la materia, pero derivaría de algo más parecido al Big Freeze, la muerte térmica del cosmos. ¿Cómo? Ay, sería largo de explicar. A través de efectos cuánticos extravagantes y de procesos que tienen que ver con la geometría de la causalidad, fenómenos demasiado enjundiosos para detenernos de forma pormenorizada en ellos. Si le interesa, le recomendamos un par de lecturas en el capítulo de notas de este artículo (20) y le anticipamos que, de todos los cataclismos físicos y matemáticos que empiezan por «Big», este es el único que no acaba en la negrura y la nada. Al contrario: el cosmos podría haber existido una, dos, cuatro, mil, un millón y hasta un vigintillón de veces antes y después de nosotros. Y nuestros ajedrecistas hipotéticos, a fin de cuentas, sí podrían jugar sus 10120 partidas, todas las que permiten las reglas del juego. Si pensamos que no podrían, nos dice Penrose, fue porque pecamos de pocas miras, porque corrimos a echar cuentas sin levantar antes la mirada del tablero. Porque no nos dimos cuenta de que nosotros somos las fichas y de que el propio universo es el juego.

La región de formación de estrellas S106. Fotografía: NASA / ESA.


Notas

(1) Debe recordarse que, igual que un billón (en español) no es la misma cantidad que un billion (en inglés), tampoco lo son un vigintillón y un vigintillion. En lo tocante a los nombres de las cifras grandes, en los países hispanohablantes solemos usar la escala numérica larga (en la que cada nuevo nombre representa una cifra un millón de veces mayor que la anterior) y en Estados Unidos y en Reino Unido se usa normalmente la escala numérica corta (en la que cada nuevo nombre representa una cifra mil veces mayor). Cuando decimos, en español, «un vigintillón», estamos diciendo 10120. Cuando se dice, en inglés, «one vigintillion», se está diciendo 1063.

(2) Un vigintillón es 10120. El número de átomos en el universo oscila entre 1078 y 1082. Gott, J. Richard et al., «A Map of the Universe», The Astrophysical Journal, vol. 624, n.º 2, 2005.

(3) Algo que demostró Claude Shannon en 1950, razón por la cual hemos puesto su nombre a esta cifra y la llamamos «número de Shannon». Aunque él estimó que era 10120, hoy se cree que el número de Shannon es mayor, en torno a 10123. Shannon,  Claude E., «Programming a Computer for Playing Chess», Philosophical Magazine, ser.7, vol. 41, n.º 314, 1950.

(4) Aquellos monjes también precisaron en sus Annales Sangallenses maiores que la estrella apareció «in intimis finibus austri», tan al sur como el sur llega. Suiza es el punto más septentrional donde quedó documentado el fenómeno celeste y allí tuvo que verse solamente en junio y apenas por encima del horizonte. La constelación del lobo, donde apareció la nueva estrella, está ubicada en el hemisferio sur, pero en verano puede verse completamente hasta los 35° de latitud norte y solo parcialmente si es más al norte que eso. Stephenson, Richard F., Clark, David H. y Crawford, David F., «The Supernova of 1006 AD», Monthly Notices of the Royal Astronomical Society, vol. 180, 1977.

(5) Cuando se trata de petroglifos, pintura rupestre y otras formas de arte prehistórico, las interpretaciones son siempre especulativas. Hamacher, Duane W., d«Are Supernovae Recorded in Indigenous Astronomical Traditions?»,  Journal of Astronomical History and Heritage, vol. 17, n.º 2, 2014.

(6) La magnitud aparente de un objeto celeste equivale al brillo que tiene al observarse desde la Tierra, pero fuera de la atmósfera. La magnitud aparente progresa de forma logarítmica y representa más resplandor cuanto más pequeño es el número. Las estrellas más débiles que alcanzamos a ver con nuestros ojos tienen una magnitud aparente de 6; la estrella más brillante, Sirio, de -1,5; Venus, de -4,4; la Luna llena, de -12,6; y el Sol, de -26,8.

(7) Goldstein, Bernard R., «Evidence for a supernova of A.D. 1006», The Astronomical Journal, vol. 70, 1965.

(8) La última supernova que estalló en la Vía Láctea y fue visible desde la Tierra lo hizo en 1604. La última supernova visible desde nuestro planeta tuvo lugar en 1987 y estalló en una galaxia vecina, la Gran Nube de Magallanes. En nuestra galaxia hay dos supernovas cada siglo, aproximadamente, pero tres de cada cuatro no llegan a verse a simple vista. Es preciso que no ocurran demasiado lejos, que no duren demasiado poco y que no se interpongan entre ellas y nuestro planeta nubes de polvo y gas interestelar. Sobre la probabilidad de observar una supernova desde la Tierra en los próximos cincuenta años, Adams, Scott M. et al., «Observing the Next Galactic Supernova», The Astrophysical Journal, vol. 778, n.º 2, 2013. Sobre la frecuencia de las supernovas en la Vía Láctea, Diehl, Roland et al., «Radioactive 26Al from massive stars in the Galaxy», Nature, vol. 439, n.º 7072, 2006.

(9) En palabras del astrofísico Alex Filippenko, «ninguna estrella de la que tengamos noticia tiene más posibilidades de convertirse en supernova antes que Betelgeuse».

(10) Lo más probable es que la próxima estrella que se convierta en supernova dentro de la Vía Láctea sea alguna a la que no nos hayamos anticipado, bien porque la desconozcamos totalmente o bien porque esté muy lejos y sepamos poco sobre ella.

(11) Los registros de su brillo sugieren que Betelgeuse gana y pierde luminosidad siguiendo dos ciclos, uno de seis años y otro de cuatrocientos días, aproximadamente. Algunos creen que lo que ha ocurrido en este momento es que los dos ciclos han coincidido y que Betelgeuse está experimentando un pico a la baja del que comenzará a recuperarse pronto.

(12) Hay excepciones, en particular cuando estos remanentes interactúan entre sí o con astros ordinarios en el contexto de sistemas binarios.

(13) Hay otra razón que explica la longevidad de las enanas rojas. La convección hace que los materiales puedan circular y que todo su hidrógeno tenga acceso al núcleo, donde se transforma en helio. En las estrellas grandes, por el contrario, el hidrógeno de las capas exteriores no pasa por el núcleo y no llega a experimentar la fusión.

(14) El nombre lo pusieron Fred Adams y Greg Laughlin en The Five Ages of the Universe, una obra de referencia en lo tocante al tiempo profundo y el futuro lejanísimo. Desde su publicación en 1999 se ha normalizado el uso de la cronología de cinco eras que proponían Adams y Laughlin en aquel libro, incluso entre astrofísicos y académicos. Estas eras son la era primordial, la era estelífera, la era degenerada, la era de los agujeros negros y la era oscura.

(15) Barrow, John D. y Tipler, Frank J., The Anthropic Cosmological Principle (Oxford Paperbacks, 1986).

(16) Son predicciones que se hacen desde la teoría de la gran unificación, pero otras hipótesis con mucho sustento confieren al protón una vida de hasta 10200 años. Adams, Fred C. y Laughlin, Gregory, «A dying universe: The long-termfate and evolution of Astrophysical objects», Reviews of Modern Physics, vol. 69, n.º 2, 1997.

(17) Aunque se han aportado distintos cálculos y algunos de los procesos cuánticos involucrados están descritos solo de forma muy vaga, la mayoría de los astrofísicos y los matemáticos consideran que la radiación de Hawking es algo fundado y probado. Steinhauer, Jeff, «Observation of quantum Hawking radiation and its entanglement in an analogue black hole», Nature Phys vol. 12, n.º8, 2016.

(18) Con frecuencia se dice que, si el Big Rip tuviese lugar, sería dentro de 22000 millones de años aproximadamente. Eso es en algún momento avanzado de la era estelífera, muchísimo antes del momento en el que ocurrirían los otros «Bigs», como el Big Freeze o el Big Crunch.

(19) Todos estos escenarios son conjeturas y la del Big Crunch es la más especulativa de todas. De las cuatro fuerzas fundamentales que rigen los procesos físicos (la fuerza nuclear débil, la fuerza nuclear fuerte, el electromagnetismo y la gravedad) la gravedad es la que nos resulta más familiar y la que mejor comprendemos intuitivamente, pero también es la peor documentada en el modelo estándar de física de partículas y la que más desconocemos en grado fundamental.

(20) Penrose presentó su tesis en una conferencia de 2006 titulada «Before the Big Bang: An Outrageous New Perspective and Its Implications for Particle Physics», que puede leerse aquí. Se trata de un texto muy celebrado por sus dobles sentidos y su retórica informal, aunque resulta inaccesible sin conocimientos muy avanzados de física de partículas. Para los profanos es mucho más recomendable la lectura de su libro de divulgación Cycles of Time: An Extraordinary New View of the Universe, publicado en 2010.


¿Es posible el ajedrez perfecto?

Garri Kasparov contra Deep Junior, 2003. Fotografía: Cordon.

Todavía estoy intentando decidir si fue una maldición o una bendición que cuando conseguí el título de campeón mundial las computadoras de ajedrez fuesen flojas, cosa de risa, y cuando me retiré en el 2005 fuesen ya imbatibles. (…) Es interesante que las más grandes mentes de la ciencia de las computadoras, los padres fundadores —como Alan Turing, Claude Shannon y Norbert Wiener—, vieron el ajedrez como un test definitivo. Pensaron: «Oh, si una máquina consiguiese jugar al ajedrez y ganar a jugadores fuertes, no digamos ya a un campeón mundial, eso sería el signo del amarecer de la era de la Inteligencia Artificial». Con todo el debido respeto, estaban equivocados. (Garri Kaspárov, entrevista en Business Insider, 2017)

En 1997, año en que la computadora Deep Blue venció al campeón mundial de ajedrez Garri Kaspárov, una oleada de asombro recorrió el mundo, materializada en sensacionales titulares de prensa. Era un hito, sin duda. Hasta no muchos años antes habían abundado los escépticos con respecto a las posibilidades de victoria de una máquina frente a un Gran Maestro humano. Aquel escepticismo no era irrazonable, pues nadie imaginaba cuán rápido sería el progreso en la capacidad de cálculo y se sabía que las máquinas no sabían pensar, y siguen sin saber. Pueden calcular, pero sus análisis dependen de lo bien que las hayan programado sus creadores. Sin embargo, conforme mejoraba la tecnología, y también la habilidad y conocimiento de los programadores que enseñan a las máquinas cómo tomar decisiones, se alcanzó el punto crítico en que el mejor ajedrecista del planeta ya no estaba hecho de carne y hueso.

Hoy ya no sorprende a nadie que las computadoras puedan vencer al mejor de los ajedrecistas humanos. De hecho, visto en perspectiva, lo asombroso es que Kaspárov plantase cara con tanta dignidad a un ordenador que nunca se cansa, ni sufre la presión, ni es consciente de que las cámaras de todo el planeta están mirando, ni siente miedo a perder o ansia por ganar. Ahora tenemos «motores» de ajedrez lo bastante potentes como para que no podamos ni soñar con vencerlos. Eso sí, mucha gente podría albergar la equivocada noción de que las máquinas ya saben jugar ajedrez a la perfección, y lo cierto es que no es así. Las máquinas de ajedrez también se equivocan, incluso las mejores, aunque sus errores no sean tan obvios como los que cometemos los humanos. A día de hoy el ajedrez perfecto está fuera del alcance de los ordenadores más potentes que existen sobre la faz de la Tierra, y todos juegan cometiendo imprecisiones, por pequeñas que nos parezcan. El principal motivo de esto es la complejidad propia del juego, que escapa a toda capacidad de procesamiento de la tecnología actual. Lo interesante es que, pese a todo, se ha empezado a caminar en esa dirección, y ese camino pone de manifiesto la enorme diferencia que todavía existe entre el cerebro humano y las máquinas a la hora de procesar información y tomar decisiones. Las máquinas pueden calcular de manera asombrosa, pero nosotros, los humanos —incluidos aquellos que jamás han jugado al ajedrez—, poseemos armas de las que ellas, por ahora, no disponen.

La complejidad del ajedrez

En el primer tercio del siglo XX había quien pensaba que el ajedrez estaba a punto de ser «resuelto» por completo. Por entonces no existían ordenadores y nadie se había detenido a realizar un cálculo coherente de la complejidad matemática del juego, aunque existían algunos indicios, como la famosa fábula india de los granos de arroz. Cuenta la leyenda que un matemático inventó el ajedrez y se lo presentó a un rey; a este le gustó tanto que dejó que el sabio eligiese su recompensa; este pidió que se le pagase con arroz, poniendo un grano en la primera de las casillas del tablero, dos en la siguiente, cuatro en la tercera… así hasta completar la sesenta y cuatro. El rey, sorprendido por lo que creía una petición modesta, accedió. Sin embargo, cuando un ayudante del rey realizó el cálculo, reveló que el resultado final arrojaba una cantidad tal de granos de arroz que no había bienes ni tesoros suficientes en todo el reino para pagar al inventor del ajedrez. En efecto, el número total de granos sobrepasaba los nueve trillones.

Aun así, el número de la fábula es ridículamente minúsculo comparado con el total de partidas de ajedrez diferentes que pueden llegar a existir. Como es bien sabido, cada jugada de ajedrez da pie a un número de posibles jugadas subsiguientes, cada una de las cuales hace posible otro número de jugadas. Cada jugada individual, pues, es como un árbol que se va ramificando hasta que la cantidad de posibilidades se vuelve inconcebible. Imagine que va a jugar usted con piezas blancas. En la primera jugada tiene a su disposición veinte jugadas posibles (dieciséis jugadas distintas posibles con los peones, y cuatro posibles con los caballos, pues el resto de piezas están todavía encerradas en sus posiciones de salida). Su contrincante, que juega con negras, tiene también veinte jugadas posibles para responder a cualquiera que usted haya elegido. Esto es, veinte por veinte. Al final del primer movimiento (1 movimiento=1 jugada de blancas + 1 jugada de negras), hay cuatrocientas posiciones posibles. Este número se vuelve a multiplicar con la segunda jugada de las blancas, y de nuevo se multiplica con la segunda jugada de las negras; además, el resto de piezas van entrando en juego, lo cual aumenta todavía más las posibilidades. ¿Hasta dónde puede llegar la cifra total de posiciones? Bien, la respuesta es alucinante. El matemático Claude Shannon hizo una estimación, llamada «número de Shannon», sobre la cantidad de partidas diferentes que pueden producirse en un tablero de ajedrez usando jugadas legales. La cifra era enorme: 10120. Un 1 seguido de ciento veintitrés ceros:

10.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000 partidas posibles.

Para que se hagan una idea de la enormidad de esta cifra, se estima que la cantidad total de átomos en todo el universo (esto es, sumando todas las galaxias que conocemos) es de 1082. Ningún cerebro humano puede calcular todas posibilidades que se producen durante los movimientos iniciales de una partida, no digamos ya calcular todas las opciones posibles. Por fortuna, no es necesario conocer todas esas ramificaciones para jugar al ajedrez entre humanos con un nivel aceptable. Aunque, como veremos, este número sí es un obstáculo por ahora insalvable para que las máquinas puedan alcanzar la perfección.

Cómo piensan los ajedrecistas humanos

Bobby Fischer en una partida contra Boris Spassky, 1992. Foto: Ivan Milutinovic / Cordon.

Los seres humanos no juegan al ajedrez basándose en el cálculo, o, mejor dicho, el cálculo es una parte muy pequeña del proceso mental del ajedrecista. Para empezar, aunque cada jugada implique innumerables posibilidades futuras, un jugador experimentado puede descartar la mayoría de las ramas de ese colosal árbol de posibilidades. Una partida tiene tres fases (apertura, juego medio y final) y en cada una de esas fases se aplican diversas herramientas. Bobby Fischer lo resumía con una famosa frase: «En la apertura hay que jugar como en los libros; en el juego medio, como un genio, y en el final, como una máquina».

La herramienta fundamental para los inicios de partida es la «teoría de aperturas». Ya en el primer movimiento, al menos si usted pretende obtener un buen resultado, no puede optar por cualquier jugada de las veinte disponibles. Varias de ellas pueden conducir a una derrota rápida. Los errores en la apertura resultan fatales. Por ejemplo, está la partida conocida como «mate del loco»: si el jugador que lleva las blancas mueve el peón de alfil de rey a la casilla f3 y el peón de caballo de rey a la casilla f4, se arriesga a que le hagan jaque mate en solamente dos movimientos. Es el mate más rápido posible, así que ningún jugador con algo de experiencia hará esas jugadas. Existen otros errores gruesos (como el famoso «mate pastor») que solamente cometerá un novato, pero también hay trampas menos evidentes, conocidas como «celadas», en las que puede caer un jugador aficionado, a veces incluso después de años de práctica, a poco que le falle la concentración. Para evitar estos errores y esquivar las venenosas celadas se ha elaborado una teoría de aperturas que reúne las más razonables, las que merece la pena utilizar, bautizadas con diferentes nombres, como por ejemplo «apertura Ruy López», «gambito de dama», «defensa Philidor», «defensa india de rey», etc. Cada una de ellas tiene a su vez diversas variantes que también pueden tener su propio nombre (p. ej. «variante del dragón de la defensa siciliana»).

Algunas de esas aperturas existen desde hace siglos, como la apertura Ruy López o «española», y se siguen poniendo en práctica hoy; otras, sobre todo las variantes, son algo más recientes. Estudiarse estas aperturas ayuda a descartar los malos inicios de partida, lo cual reduce de forma drástica las ramificaciones del juego, al eliminar aquellas indeseables. La teoría de aperturas funciona de manera parecida al método científico. Las aperturas son puestas a prueba en el laboratorio de la competición y el análisis posterior de las partidas; algunas aperturas son abandonadas cuando se descubre su punto débil, otras se mantienen y son mejoradas, e incluso las hay que han sido rescatadas del olvido cuando alguien ha encontrado una forma de compensar lo que se consideraban sus puntos débiles. Existen unas mil trescientas aperturas y variantes recogidas en la teoría, que suelen cubrir los primeros quince o veinte movimientos de una partida. Es un número grande, pero asequible, sobre todo porque un ajedrecista puede especializarse en sus aperturas preferidas, y hay maneras de evitar aquellas aperturas de las que uno tiene menos experiencia o conocimiento.

Con todo, incluso si usted no conoce todas las aperturas puede manejarse con ellas, al menos hasta cierto punto, cuando aparecen sobre el tablero. Es verdad que distintas aperturas conducen a distintos tipos de partidas: las hay que favorecen un juego abierto y de ataque, otras favorecen un juego trabado y posicional, y le corresponde a usted elegir las que mejor se adapten a su estilo. Pero todas siguen ciertos principios estratégicos. A cualquier jugador novato le explicarán que lo primero que necesita aprender sobre la apertura es que necesita perseguir esos objetivos estratégicos. Por ejemplo, que se debe intentar dominar el centro del tablero, lo cual hace preferible mover en primer lugar los peones de las columnas centrales, o evitar que los caballos se vayan a los extremos del tablero. O que se debe conseguir una estructura de peones sólida, sin ningún peón aislado e indefenso; o que los caballos y alfiles no queden bloqueados y puedan maniobrar; o que el rey se enroque y quede protegido; o que la dama esté en una posición segura pero desde la cual pueda lanzarse al ataque cuando la situación lo requiera; o que las dos torres queden en comunicación entre sí para dominar la primera fila y así proteger el enroque del rey. Estos principios son útiles para cualquier novato que no conozca bien las aperturas y además le ayudan a descartar un montón de jugadas que no ayudan a conseguir esos objetivos. En cualquier caso, lo mejor es saberse el mayor número de aperturas posible, lo que Fischer llamaba «jugar la apertura como en los libros».

Cuando termina la apertura y el libro ya no cubre lo que sucede sobre el tablero, comienza el «juego medio». Aquí la ventaja ya no es del jugador que más ha estudiado, sino del que interpreta mejor la posición sobre el tablero. Es imposible memorizar el inabarcable rango de posiciones que pueden presentarse, pero también hay principios estratégicos que se aplican a las diferentes situaciones que se producen conforme avanza el juego. Los buenos ajedrecistas aplican estos principios estratégicos y eso les permite descartar un enorme número de malas jugadas para centrar su atención únicamente en aquellas que contribuyen a mejorar su situación, o por lo menos a no empeorarla. Los profanos suelen creer que los Maestros profesionales se limitan a calcular ramificaciones de jugadas todo el tiempo; en realidad, lo que distingue a los grandes jugadores es su capacidad para captar de un vistazo los puntos fuertes y débiles del tablero en cualquier momento dado. El ajedrez es un lenguaje; un jugador experimentado puede leer el tablero con rapidez y precisión, por eso vemos a los Maestros ofreciendo exhibiciones de partidas simultáneas frente a muchos jugadores más débiles, y ganar casi todas ellas, o todas. En estas exhibiciones, los grandes jugadores no necesitan estar calculando cuando pasan de un tablero al siguiente; ellos ven el tablero, leen la posición y rápidamente deducen qué jugadas pueden ser beneficiosas.

A los profanos esto les parece magia, pero en realidad se trata de la facilidad de los Maestros para reconocer patrones, como cuando un músico oye una canción por primera vez y es capaz de tocarla con la guitarra o el piano sin haberla ensayado nunca. Así, usted puede mostrarle a un ajedrecista una partida que él nunca ha visto, y aunque le muestre una posición a mitad de juego sin que haya visto cómo se ha llegado hasta ahí, él sabrá reconocer lo que está sucediendo sobre el tablero, como un músico reconoce la estructura de una melodía con solamente oírla. No conocerá esa canción antes, pero quizá sí conoce otras muchas en las que hay patrones similares. De igual modo, el ajedrecista verá qué piezas están en mala posición o amenazadas, cuáles pueden atacar, o qué casillas domina cada bando. Y basándose en eso podrá elegir la siguiente jugada en función de los principios tácticos y estratégicos que se derivan de su experiencia.

También se ayudará del cálculo, por supuesto, pero el ajedrez de competición se juega con reloj y el tiempo destinado a los cálculos mentales es reducido, así que antes de calcular posibles ramificaciones, el jugador ha de saber qué ramificaciones merecen ser calculadas. Una de sus armas, relacionada con el reconocimiento de patrones, será la intuición (que es un reconocimiento de patrones pero más subconsciente o, si lo prefieren, automático). Kaspárov ha explicado muchas veces que durante una de sus partidas más admiradas, la «partida inmortal» que jugó contra Topalov en 1999, inició su genial combinación de jugadas ganadoras por puro instinto, sin haber calculado muy bien a dónde iban a conducir, pero teniendo el pálpito de que el resultado iba a ser bueno. Sin esa intuición, que sin duda era producto de la combinación entre su experiencia y su talento, quizá no hubiese iniciado un árbol de jugadas que a primera vista podían parecer demasiado arriesgadas. Precisamente por la existencia de patrones, unos más bonitos que otros, el ajedrez es un juego tan «artístico». En el ajedrez, como en la música, las posibilidades «razonables» una vez iniciada cada partida son limitadas en número, y las posibilidades «bellas» todavía más limitadas, pero ahí estriba el encanto de su práctica. A esto es a lo que Fischer llamaba «jugar el juego medio como un genio», esto es, tratando de ver lo que otros no ven.

En la fase final de la partida, el ajedrecista también se apoya en principios estratégicos que en algunos casos pueden estudiarse. También hay una teoría de finales, pero esta ya no estudia secuencias fijas de jugadas como la teoría de aperturas, sino simulaciones de lo que puede suceder cuando quedan pocas piezas sobre el tablero. Saberse manejar en esas circunstancias también depende de la experiencia y la intuición, pero el cálculo gana importancia. A esto Fischer lo llamaba «jugar el final como una máquina», aunque lo dijo más como una metáfora que como un paralelismo con la manera en que las «máquinas» piensan (cuando Fischer pronunció esa frase, no existían computadoras de ajedrez dignas de ser tenidas en cuenta por su nivel competitivo).

El ajedrez entre humanos es pues una mezcla de estudio, capacidad para el reconocimiento de patrones —incluyendo la intuición— y una muy pequeña parte de cálculo. En general, se trata de ver quién lee mejor la partida, no quién calcula más jugadas de antemano. Si un ajedrecista tuviese que calcular todas las posibles ramificaciones de cada jugada, no existirían ajedrecistas porque la tarea sería inalcanzable. El ajedrecista humano sabe, ante todo, separar el grano de la paja. No lo hace a la perfección, pero sí lo bastante bien como para jugar a buen nivel. Para él, cada posición significa algo concreto, por eso algunos pueden recordar partidas enteras después de muchos años, o incluso jugar a ciegas. Esto es lo que las personas, por ahora, hacemos mejor que las máquinas: saber al instante por dónde debe y no debe discurrir la partida. El jugador humano, en primer lugar, evalúa la posición del tablero. Solo después de esa evaluación se preocupa de intentar prever las consecuencias de las pocas jugadas que su razón dicta como susceptibles de ser elegidas.

Cómo piensan las máquinas

Los ordenadores lo hacen todo justo al revés. Carecen de intuición, una herramienta que por ahora no puede ser programada. Lo que sí tienen es una enorme capacidad de cálculo. Primero elaboran un árbol de posibles jugadas —los ordenadores más potentes pueden calcular cientos de millones de posiciones por segundo—, y es después de haber realizado cálculos cuando evalúan las posiciones resultantes. ¿En qué se basa su evaluación, si carecen de intuición? Pues se basa en las reglas que sus programadores hayan introducido en su código; miles de reglas que, combinadas, producen un resultado numérico: 0 si la partida está igualada, un número positivo si las blancas tienen ventaja, y un número negativo si las negras tienen ventaja. Así, cuando un ordenador juega con blancas, calculará miles o millones de posiciones y elegirá la que arroje un número positivo mayor. Si juega con negras, elegirá la jugada que arroje un número negativo mayor. Las reglas que utilizan los motores de ajedrez son demasiadas para ser enumeradas aquí, pero su filosofía puede explicarse con algunos ejemplos. Por ejemplo, cómo calculan el valor de las piezas. El cálculo del valor del material del que dispone cada bando es una de las reglas básicas que deben utilizar para evaluar la posición. Por defecto, los valores son estos: peón=1, caballo o alfil=3, torre=5, dama=9 (el rey, cuya captura es el objetivo final del juego, es de valor incalculable, o más bien necesita reglas de evaluación distintas). Durante la partida estos valores pueden cambiar dependiendo de muchos factores. Veamos un ejemplo:

En la figura 1 vemos que cada bando conserva, además de su rey, dos peones. La máquina podría establecer que el valor del material para cada bando es de 1+1=2. La partida está igualada. En la figura 2, sin embargo, un peón blanco está en la séptima fila; cuando llegue a la octava —cosa que sucederá en la siguiente jugada, pues las negras no tienen forma de impedirlo— se «coronará», y podrá convertirse en otra pieza (siempre se elige la dama porque es la pieza más potente). Esto significa que ese peón está a punto de convertirse en dama y por lo tanto vale prácticamente lo mismo que una dama; esto es, ahora no vale 1, sino 9. En este caso, pues, la máquina calculará que la ventaja material del blanco es de 10 a 2. Ahora veamos la figura 3. El peón también está en la séptima fila, pero el rey negro le impide avanzar y, como además el peón está indefenso, el rey negro podrá «comérselo» en la siguiente jugada. Así pues, ese peón nunca podrá coronarse y su valor ya no es 9 como el de una dama, y ni siquiera 1 como un peón normal, sino prácticamente igual a cero, porque está a punto de desaparecer del tablero. Ya ven cómo cambia el valor de una pieza según la posición; pues bien, cuando hay más piezas sobre el tablero, la cosa se complica muchísimo más. Las reglas para calcular el material son muy numerosas. Un alfil que está bloqueado y no puede moverse (un «alfil malo») puede valer menos que un peón. Una pieza que amenaza con capturar a otra aumenta su valor intrínseco, mientras que la pieza amenazada lo disminuye. Una pieza que puede hacer jaque e iniciar una combinación ganadora aumenta su valor; las piezas defensoras, si no son capaces de detener ese ataque, pierden parte del suyo. ¿Cuántas reglas de este tipo puede emplear la máquina? Tantas como su programador haya querido o podido introducir. Así pues, el número final con el que la máquina decide qué jugada le conviene es el resultado de una compleja serie de fórmulas que, cuantos más y mejores algoritmos incluyan, más efectivo harán su juego. En conjunto, lo que determina cómo de bien jugará la máquina será la combinación entre la calidad de su programa (el «motor de ajedrez») y la capacidad de procesamiento de su hardware. Por esto existen competiciones entre ordenadores, que son como la F1 para los fabricantes de motores de automóvil: todo un campo de pruebas

Ahora bien, aunque una computadora actual pueda calcular millones de posiciones por segundo, siempre cometerá errores. Para jugar a la perfección debería saber cuál es la mejor jugada posible en cada posición posible. Como vimos antes, el número de partidas posibles es 10120, más que los átomos del universo. Es verdad que en muchas de esas partidas habría coincidencia de posiciones (a una misma posición del tablero se puede llegar por varios caminos), así que la máquina no necesita conocer todas las partidas posibles sino las posiciones posibles. Aun así, el número sigue siendo descorazonador: alrededor de 1045 posiciones legales. Una cifra inasequible para nuestra tecnología. Así pues, a las computadoras les sucede lo mismo que a las personas: llega un momento en que no son capaces de calcular más y han de tomar una decisión con cierto grado de incertidumbre. Eligen entre las posibilidades que han calculado, que son muchísimas (y por eso nos vencerán siempre a los humanos), pero hay otras posibilidades que no han llegado a calcular. ¿Qué implica esto? Que las máquinas juegan muy bien, pero aun así cometen imprecisiones.

Una partida de ajedrez entre dos máquinas que supieran jugar a la perfección, eligiendo siempre la mejor jugada posible, sería la «partida perfecta». Si no aplicásemos las reglas de competición entre humanos que determinan que una partida termina en tablas cuando se alarga más de la cuenta, para no agotar a los contrincantes, suponemos que una «partida perfecta» podría durar miles y miles de movimientos. El juego tardaría muchísimo en decidirse. No sabemos cómo terminaría esa hipotética partida perfecta. Sí se ha calculado el resultado de la partida perfecta en juegos mucho más simples. Por ejemplo, en el «tres en raya» la partida perfecta arroja un empate perpetuo. En el «conecta cuatro», la partida perfecta la gana quien haga la primera jugada. Pero, ¿en ajedrez? No se sabe. Las dos posibilidades razonables que se manejan son que la partida terminase en empate o que ganasen las blancas por tener la ventaja de salir primero, pero hoy resulta imposible de saber. Y, sin embargo, se han dado los primeros pasitos, todavía humildes, en pos de averiguarlo. Todo lo que se necesita es una herramienta nueva, cuya construcción quizá termine siendo la obra más longeva en la historia de la humanidad.

El largo, y quizá imposible, camino hacia la perfección

Para que una máquina pudiese elegir siempre la mejor jugada desde el principio y conseguir una partida perfecta, necesitaría conocer todas las posiciones posibles del ajedrez. Al principio de la partida, con treinta y dos piezas en el tablero y 1045 posiciones posibles, esto no puede ser calculado. Pero ¿y al final de la partida, cuando quedan muy pocas piezas sobre el tablero? ¿Puede llegar a construirse una tabla donde estén todas las jugadas posibles con unas pocas piezas, para que, con ayuda de esa tabla, la máquina pueda jugar un ajedrez perfecto al menos en la parte final?

Pues bien, esto es en lo que se está trabajando desde hace años. Se llama «base de datos de tablas de finales». En la actualidad existen bases de datos completas para posiciones donde hay hasta siete piezas sobre el tablero. La base de datos de siete piezas fue completada hace poco; se estima que la de ocho piezas podía estar completada hacia el 2020-22, pero de ahí en adelante, con cada nueva pieza que se añade, la complejidad se multiplica. Al ritmo actual, se tardará siglos en llegar a la base de datos completa, la de treinta y dos piezas. O, mejor dicho, no se llegará nunca, salvo que la tecnología informática avance lo suficiente como para almacenarla y manejarla. Con nuestra tecnología es y será imposible. La esperanza está depositada en el desarrollo de ordenadores cuánticos. Si ese momento llega, tampoco sabemos si se conseguirá o cuánto tiempo se tardará. En cualquier caso, ahora tenemos una pequeña muestra de «ajedrez perfecto», jugado con siete piezas como máximo. Es una muestra incompleta, pero ya arroja algunos resultados sorprendentes.

Garri Kaspárov comentó en una entrevista el asombro que le causó ver un final «perfecto» de pocas piezas jugado de acuerdo a esa base de datos, gracias a la cual una máquina, sin necesidad de calcular o evaluar posiciones, puede sencillamente elegir la mejor jugada posible en cualquier posición que se le presente. ¿Cómo era ese «ajedrez perfecto» con pocas piezas? Kaspárov tuvo la impresión de estar viendo un ajedrez jugado casi al azar. Las piezas se movían sin sentido, o, mejor dicho, sin seguir los patrones lógicos que los humanos estamos acostumbrados a reconocer sobre el tablero. Es evidente que el ajedrez perfecto usa una lógica tan, tan afilada que los humanos no somos capaces de seguirla. Esto es chocante, porque los ordenadores, cuando no juegan con ayuda de esa base de datos, sí juegan un ajedrez reconocible. Sin embargo, el juego perfecto sigue patrones cuya lógica se extiende a lo largo de centenares de jugadas, y eso escapa a nuestra comprensión. Es como estar viendo una partida entre dos alienígenas. Cabe preguntarse si una partida jugada a la perfección desde el inicio sería también irreconocible, o hasta qué punto seguiría la actual teoría de aperturas; o acaso viésemos un baile de piezas sin sentido (para nosotros), y más incomprensible cuanto más avanzada estuviese la partida. Es como si hubiésemos inventado una máquina capaz de componer música «perfecta» con unas pocas notas, pero al escucharla comprobásemos que nos parece un ruido sin sentido. En cualquier caso, la hipotética base de datos completa con treinta y dos piezas, que contendría el secreto de la partida perfecta, de la mejor partida posible, será inalcanzable durante generaciones. Quién sabe si la humanidad llegará a desarrollar la tecnología que lo permita.

Lo que sí sabemos es que, con bastante probabilidad, el ajedrez perfecto nos dejará fríos. La belleza del ajedrez entre humanos reside en su imperfección. Vemos que un jugador comete una imprecisión, y disfrutamos viendo cómo el rival aplica su talento para aprovechar esa imprecisión. No es la matemática del ajedrez lo que se disfruta, sino la humanidad de los jugadores, con sus errores e intuiciones geniales. Imaginemos que se fabricasen máquinas tenistas que nunca se equivocasen; obtendríamos el partido de tenis más aburrido de la historia. Lo bello del tenis entre humanos es que es imprevisible, que no hay un golpe igual a otro, y que los jugadores han de recurrir a su talento para afrontar lo imprevisto, ya sean imprecisiones propias o del contrario. En eso, el tenis o el baloncesto no se diferencian en nada del ajedrez. Sobre el tablero también suceden cosas imprevistas, y la emoción emana de la contemplación de los jugadores de talento sumidos en el trance de solucionar problemas sobre la marcha, con sus propias e imperfectas armas. Además, siempre hay una historia detrás: los jugadores pueden estar cansados, o nerviosos, o tensos, y eso es lo que crea el relato de la partida. En el último campeonato mundial, disputado por Magnus Carlsen y Serguéi Kariakin, tuvimos un buen ejemplo; incluso los empates podían llegar a ser muy tensos, porque la guerra psicológica entre ambos contendientes se hacía patente con cada nueva jugada. Así pues, el ajedrez perfecto quizá sea inalcanzable, pero nunca sustituirá al ajedrez imperfecto, del que emana la belleza del juego. La fotografía, que puede obtener una imagen perfecta de lo real, no acabó con la pintura, que es más bella cuando se aleja un poco de la realidad, porque lo que queremos ver y disfrutar en un cuadro no es la realidad, sino la interpretación del artista. Por ello sigue impresionando más el trabajo de Velázquez o Rembrandt que el de pintores hiperrealistas. En el ajedrez existe una verdad matemática, que no hemos descifrado, pero la verdad y el arte no son la misma cosa, igual que un lienzo con un paisaje no es el paisaje, sino otra cosa; es arte.

Quizá haya personas que nunca han jugado al ajedrez y piensan que se trata de una especie de pasatiempo matemático. Es difícil expresar la sensación de jugar a quien nunca lo ha hecho, pero sí se le puede decir esto: sería como pensar que hacer música es un mero pasatiempo matemático porque la materia prima de la música sean las frecuencias sonoras y las reglas matemáticas que determinan las armonías o los ritmos. El ajedrez, como la música, es un acto creador. En toda partida llega el momento en el que el jugador ha de tomar decisiones, y esas decisiones no están determinadas por el mero cálculo. Su propia personalidad, sus aspiraciones, su inclinación hacia la belleza o hacia el pragmatismo son los ingredientes que conforman el relato del ajedrez. No hay dos ajedrecistas iguales como no hay dos músicos iguales. Es un juego que, cabe recordar, no fue inventado por máquinas. Es dudoso que máquinas inteligentes hubiesen querido inventar algo como el ajedrez. Lo inventamos los seres humanos porque es una expresión de las luchas humanas. Así pues, si usted juega mal al ajedrez, no se desanime: sus partidas siempre serán más interesantes que las de una máquina.


Miguel Illescas: «Magnus Carlsen es un poco friki; si no lo fuera, seguramente no sería tan bueno»

Miguel Illescas para Jot Down 0

La lucha contra el destino, el que dibujan otros, es un tema clásico de la civilización occidental. El ajedrez, infinito en metáforas, abundante en luchas, define un paisaje de mentes solitarias dialogando en silencio. Frente a EDAMI, la academia de ajedrez del Gran Maestro Miguel Illescas Córdoba (Barcelona, 1965), hay una puerta grande, alta, con un motivo vegetal pintado de un verde sobrio, un tanto desganado: es una señal, el portal es humilde, hecho de una madera poco noble que se resiste a su destino de caja de frutas. «Antes seré un portal con intención que una puerta mediocre pintada y repintada», parece decir esa madera vieja y desvaída. Como el portal, Miguel nos cuenta cómo escapó a un destino oscuro, cómo luchó y cómo llegó a ser uno de los mejores ajedrecistas españoles, instalado aún en la élite mundial del juego ciencia.

Cuéntanos cómo empiezas en el mundo del ajedrez, cuándo te das cuenta de que tienes una capacidad especial.

Empiezo a jugar de pequeño, con siete u ocho años. Dicen que para desarrollar tu talento tienes que empezar a los cuatro o los cinco años. En mi caso, entonces, empecé tarde, y al principio, todo hay que decirlo, no presté mucha atención al juego. Recuerdo que empecé porque me puse enfermo de varicela: el vecino de arriba bajaba todos los días a jugar conmigo. Ahí fue cuando empecé a cogerle el gustillo. Luego empezaría a echar partidas con mi padre, que me pegaba palizas tremendas. Un día íbamos 13-0, y gané una yo… Me queda la duda, visto ahora en perspectiva, si fue que me dejó ganar, por aburrimiento.

Y ya fue en un cumpleaños, el 1 de enero del 77, cuando mi padre me llevó a un club de ajedrez. Acababa de cumplir los once. Ese mismo año empecé a competir, y tuve bastantes éxitos durante mis primeros torneos: quedé campeón infantil de Cataluña y estuve a punto de categoría en mi primera competición. Me acuerdo de aquel club, un lugar antiguo, los rivales me echaban el humo a la cara… Era un mocoso. Me atraía mucho la parte científica del ajedrez; tengo una mente muy analítica. Me enganché también porque veía que ganaba. Pero no es que supiera que tenía un don especial, tuve una infancia muy complicada, de la cual casi prefiero no acordarme; no tuve oportunidad de pararme a pensar en esto, en si tenía o no talento.  Estaba siempre muy ocupado haciendo cosas. Luego empecé a trabajar en informática, hasta que me dediqué profesionalmente al ajedrez cuando llegué a Gran Maestro.

Sí recuerdo que hubo un momento en el que tenía una sensación de invencibilidad. Iba a los torneos, a jugar las partidas, sabiendo que iba a ganar. Era superior a los rivales, hacía puntuaciones muy altas. Fue ahí tal vez cuando me di cuenta de que no jugaba mal. Tendría catorce o quince años.

¿Cuándo te das cuenta de que puedes llegar a maestro internacional?

Cuando me dedico profesionalmente es en el año 86. Participé en la Olimpiada de Dubai, y ahí ya jugué con los mejores del mundo, hice un gran papel. Al regresar —entonces tenía una cartera de clientes, una empresa informática— le pasé todo el negocio a mi socio para dedicarme de lleno al ajedrez. Tenía invitaciones de EE. UU., de Asia… torneos por todo el mundo. Era algo irresistible para un chico de veintitantos años. Hay que decir que gané partidas muy bonitas, y me sentí muy bien. Tomé conciencia de que podía ganarme así la vida.

¿Tuviste algún tipo de obsesión por llegar a Gran Maestro?

Todo el mundo que se dedica al ajedrez sueña con llegar a ser gran maestro. Pero esto es como el que quiere dejar de fumar: no basta con intentarlo. Y a mí lo que me pasaba es que tenía tan claro que iba a ser gran maestro que no me preocupaba el título. Era una rutina, algo que iba a conseguir: en el 86 llegó la primera norma y en el 88 ya me dieron el título. Me costó un año y medio.

Sin embargo, tengo un lapso entre los trece y los dieciocho, cuando aparte de a la informática me dedicaba a otras cosas; no aproveché bien unos años que son decisivos en la formación de un ajedrecista. Tal vez hubiera podido llegar a más. Fueron años… no digo que perdidos, pero sí fue una lástima. Ahora veo mis partidas y me doy cuenta de lo que pasaba, de cómo no daba el salto porque no me estaba dedicando seriamente al ajedrez.

Hay una novela en la que un pianista de talento genial está obsesionado porque a los once años pierde seis meses y se dice que entonces ya no va a llegar al tope. Es un poco lo que estás diciendo, alguien como tú, que ha llegado a prácticamente todo en el mundo del ajedrez.

Aunque nunca he hablado de este tema, voy a hacerlo ahora, porque creo que se pueden extraer ciertas lecciones. Estuve algún tiempo rozando el mundo de las drogas, fueron cuatro o cinco años terribles para mi desarrollo ajedrecístico. Al mismo tiempo también estaba estudiando informática, trabajando en varias cosas. Recuerdo que con dieciocho años me contrataron para jugar como profesional en los casinos… La cantidad de horas que perdí contando cartas en el blackjack, y haciendo programas, estadísticas… Inenarrable.

Eres un chico de tu época, de los ochenta, que hubo de buscarse la vida.

Sí, claro. Estudiaba y trabajaba al mismo tiempo. Aprendí a programar enseguida. Cuando el profesor explicaba cómo era yo me decía: «Si esto es como el ajedrez». Tuve la suerte de que el ajedrez me ayudó mucho en toda esa etapa, primero a conseguir un trabajo y luego también a superar una fase perniciosa, a alejarme de aspectos muy negativos. Muchos de mis amigos acabaron muertos; yo salí adelante.

También es cierto que siempre he sido una persona a la que le ha gustado mucho aprender. Una vez asistí a una conferencia donde se hablaba del cerebro humano, donde se decía que aprender cosas nuevas es muy estimulante para el cerebro, se establecen nuevas conexiones neuronales, etc. Supongo que a vosotros, que sois del mundo de la ciencia, también os pasará. Me ha gustado, de siempre, el conocimiento puro. Tenía un profesor que me decía que me tenía que haber dedicado a la física o a la química. Me gustaban mucho esas materias en el colegio.

Para ser bueno en el ajedrez, sin embargo, tienes que ser un fanático, estar obsesionado con ello. Conozco a muchos grandes ajedrecistas. Y fuera del ajedrez por supuesto son personas inteligentes en unos ámbitos, pero no se trata de una inteligencia versátil que puedes encontrar en otro tipo de profesiones; es una inteligencia fanática, especializada en jugar al ajedrez. Y en ganar. Al final es un deporte, se compite; eso lo aleja de la ciencia.

No os voy a engañar, en fin, soy muy competitivo. Los finales de los ochenta, además, fueron muy buenos años para el ajedrez. Había buenos torneos, se cuidaba mucho el juego, tenía mucho prestigio. Veníamos de los setenta, del fenómeno Bobby Fischer, luego la rivalidad KarpovKasparov… Era algo muy popular, salía mucho en televisión. Yo tenía una página en el diario Marca, donde transmitía los torneos, etc. No era como ahora.

Miguel Illescas para Jot Down 1

Te sirvió también lo que tuviste que luchar, ese espíritu luchador.

Sí, sí. Mi principal cualidad era que tenía mucho carácter. Y lo usaba en el ajedrez. El otro día me preguntaban en una entrevista, dentro de las charlas que doy con relación al uso del ajedrez en la empresa, qué se le podía decir a una persona que está en paro, qué uso le podía dar al ajedrez. Hay una frase que no sé si he leído en alguna parte, y es que cuantas más dificultades tienes en la vida más fuerte te haces, inevitablemente. Si sabes usar esa fuerza en tu favor, en el momento oportuno, quizá llegará el día en el que podrás resarcirte, aprovechar y usarlo en tu favor. Sin duda, yo era un jugador muy competitivo, gracias en parte a lo que la vida me ha enseñado. Quizá me faltaba mucha escuela, me he dado cuenta después. No porque no trabajara, pero a lo mejor lo hacía en la dirección equivocada.

El primer entrenador que tuve, el ruso Boris Zlotnik, me sorprendió mucho. Yo ya era un gran maestro, y el hombre me hablaba en un idioma que no entendía. Me decía: «Venga, vámonos a correr». Y yo alucinaba… «Cómo que a correr», pensaba. Él me explicaba que teníamos que empezar la mañana corriendo. A cero grados, en León. Luego me decía que teníamos que hablar: «Vamos a hablar de tus rivales». Y comenzábamos el análisis, a desgranar un perfil psicológico que era algo a lo que yo nunca había dado mucha importancia. De pequeño, si no tienes una buena guía, adquieres muchos vicios. Yo, por ejemplo, era experto en aperturas que no valían para nada, aperturas muy malas. Tenía una educación ajedrecística malísima. Es algo de lo que me di cuenta mucho después. Intenté corregirlo… ya en el año 91, 92. Pasé de ser el número cien a ser el número treinta del mundo. Pegué un salto enorme. Me mantuve entre los treinta o cuarenta mejores del mundo  del 92 hasta el 93. Fue el periodo en el que yo jugué mejor. Ahora miro atrás y digo… «¡Qué tarde! Tenía treinta años ya». Pero es que realmente mi vida no me permitió llegar ahí antes: los errores que cometí, la necesidad de trabajar para ganarme la vida, la mala base que tenía.

Vamos ahora a dar un salto hacia el ajedrez en España. Empecemos con una serie de personajes, dinos qué significan para ti dentro del panorama del ajedrez: Luis Ramírez de Lucena.

¿Te refieres al inventor de la posición de Lucena? No lo conozco mucho, creo que no se sabe mucho acerca de su vida. Lo que sí conozco es su famosa aportación, la posición que dio la vuelta al mundo y que tiene un mérito enorme. Hay estudios exquisitos sobre esto. Además, ejemplifica muy bien la esencia del ajedrez, porque lo que lo hace más bonito es la lucha del espíritu contra la materia, el peón puede ganar a la dama, David contra Goliat… Es muy bella la posición de Lucena por cuanto tiene de sencilla.

Siempre, en todas las pequeñas incursiones que he hecho en otros campos aplico una máxima del ajedrez que casi siempre me funciona: las soluciones buenas casi siempre son sencillas.

Ramón Rey Ardid.

Hombre, le tengo un cariño especial. Le conocí personalmente. Era una persona muy educada; es quizá esa la primera palabra que te viene a la mente cuando piensas en Rey Ardid. Era también muy culto, muy modesto y muy estudioso. Tenía además un perfil  académico: como doctor que era, compiló una obra fabulosa, enciclopédica, sobre los finales de partida, una obra que aún hoy sigue siendo una referencia, de las mejores que se han publicado en la historia de la literatura, incluyendo la anglosajona y la soviética.

Arturo Pomar.

También le conozco. He jugado con él. Ahora está jubilado. Tuvo una vida muy difícil. Creo que acabó quizá un poco desequilibrado por las dificultades por las que pasó, lo mucho que abusaron de él, esa agenda imposible a la que le sometían. A un niño no se le puede machacar tanto. Como niño prodigio tuvo una agenda demasiado cargada.

Un Joselito del ajedrez…

Sí… y cuando llegó la hora de la verdad, cuando tuvo que jugar ya con los grandes, no tuvo el apoyo necesario. En aquel torneo interzonal, que era muy duro, él acudió sin ningún analista, cuando todos los jugadores, que eran de élite, iban muy bien pertrechados. En el caso de los soviéticos con todo tipo de ayudantes, masajistas, psicólogos, entrenadores… Arturo no podía competir con eso.

Miguel Illescas para Jot Down 2

¿Y Miguel Illescas? ¿Qué significa para el ajedrez español?

No sé… Creo que he hecho alguna aportación a la promoción del ajedrez en España, a su desarrollo. Creo también que siempre he sido muy respetuoso con este deporte. Quizá porque cuando amas algo lo respetas, nos hemos tratado con bastante cariño. Pero no me gusta pensar en pasado. Es mejor pensar en futuro, creo que me queda mucho por hacer todavía.

Sí que estoy en algún aspecto orgulloso, contento de lo que he hecho, siempre sin perder de vista lo que decía antes, que soy una persona muy exigente: conmigo mismo por fortuna, con los demás por desgracia. No estoy nunca del todo contento, siempre pienso que lo podía haber hecho mejor. Me considero un promotor del ajedrez, dirijo la única revista de ajedrez que se hace en España. Hemos desarrollado junto con otra gente como Carlos Penín un portal durante catorce años, www.jaquemate.com, que durante los años 99 hasta el 2012 contó con la colaboración de la Fundación Telefónica… Ha sido una fuente de conocimiento, de cursos gratis. Partidas ahí se jugaron millones, gracias un poco, entiendo, al trabajo que hicimos.

Como jugador creo sinceramente que no he conseguido tampoco nada especial. En España nunca ha habido tampoco un nivel muy exigente, no es Rusia, aun cuando ganar siempre es difícil. Pero, vamos, no voy a pasar a la historia del ajedrez. Pasé la barrera de 2600, cosa que no es nada especial.

[Esto último lo remarca con la misma seguridad con la que se siente pionero en la divulgación del ajedrez, pero nosotros sabemos que no debiera ser tan modesto. Los números no engañan: cuando Miguel consigue pasar esa barrera de 2600 puntos de ELO solo había treinta ajedrecistas por delante de él en todo el mundo. Y aún más importante que ello, Miguel abre la puerta del ajedrez mundial a España. De alguna manera, él representa, para el ajedrez, a la propia transición española desde los años oscuros de la dictadura hacia nuestros días].

En nuestros días tenemos ya grandes ajedrecistas como Paco Vallejo, que fue además alumno tuyo, ¿no?

La palabra alumno aquí… Descubrí a Paco (y digo descubrí porque él tenía cinco años) cuando llegué a Menorca; me dijeron: «Vas a jugar con un chaval que ya verás, ya». Recuerdo que le salí de caballo, a ver qué tal, le jugué un poco raro. Y me jugó muy bien, me hizo cinco o seis jugadas teóricas. Era evidente, claro, que él no sabía que eran teóricas. Pero tenía lo que tenía, he was a natural, que dicen los americanos. Muy pronto conseguimos llevarlo al mundial de edades donde en su primera participación creo que ya quedó tercero. Y lo hicimos sin apoyo de la federación, que no quería llevarle. Conseguimos fondos por nuestra cuenta. Fue de entrenador Javier Ochoa, yo no tenía tiempo.

Paco trabajó mucho el ajedrez, y ha conseguido cosas importantes. Ha logrado estabilizarse, lo cual es muy difícil. Lleva como diez años en la élite. La pena, quizá, es que no ha logrado desarrollar todo el potencial que apuntaba. Algo ha pasado. Tendríamos que preguntárselo a Paco. Hace poco me contó que le costaba ya pasar de esa barrera, que lo intenta, pero que no lo consigue. Llega un momento en la vida en que no basta con querer. Esto lo aprendí yo en un match contra Ljubojević: jugamos ocho partidas. Él me ofrecía tablas, y se suponía que yo, por respeto a las canas, debía acceder. Y me decía: «Oye, es que no basta con querer». Quedamos las ocho veces en tablas. A ese nivel todos trabajan mucho, hay mucho talento, la mayoría tiene muy buenos entrenadores, mucha escuela…  Ya depende de otros factores. Habiendo trabajado con Kramnik te das cuenta de las diferencias entre él y Vallejo. Las hay. Encuentra lo mismo, pero más rápido. Vallejo tiene la capacidad, la encuentra; pero Kramnik la ve enseguida. Creo que en parte es innato.

Antes, háblanos del fenómeno de Magnus Carlsen.

Hice con él tablas una vez, por cierto, cuando era un niño. Se dice que si no les puedes ganar de pequeños luego ya es imposible… Me acuerdo de que era muy tímido. He coincidido en varios torneos con él. Y quizá suene un poco raro, pero es un poco friki; si no lo fuera, seguramente no sería tan bueno. Recuerdo encontrarme con él en un ascensor y el tío ni me vio. Le quería saludar, pero te aseguro que no era consciente de mi presencia. Estaba como en otra galaxia.

Recientemente hemos publicado Magnus Carlsen, campeón del mundo. Tuve que analizar cien de sus mejores partidas. Esto, por un lado, me ayudó a conocerlo mucho mejor; y, por otro, me hizo aún más fan de Carlsen. No de él, sino de su juego. Me fascina. Es un paso evolutivo. Desde Kasparov, que fue el último gran campeón, por decirlo así, hasta Carlsen ha pasado algo.

El otro día me preguntaban quién era el mejor jugador de la historia. Y es Carlsen. Por esto, porque ha evolucionado. Es como comparar un móvil con un ordenador Olivetti de los ochenta. Ha conseguido un juego que de alguna forma integra el conocimiento humano con el conocimiento de las máquinas, y ha conseguido que ese cóctel funcione de forma natural. Nosotros, los de mi generación, o incluso los de la generación de Kramnik, nos hemos acostumbrado a convivir con las máquinas como un mal necesario, casi. Integramos las máquinas en nuestras rutinas: yo estoy en Twitter, me manejo de maravilla, le saco gran partido. Pero no es mi hábitat. Aprendí a escribir con el boli. Carlsen, sin embargo, lo lleva en la sangre. Ha aprendido con los ordenadores. Entonces, integra un cálculo de jugadas que no se ha visto antes, ni siquiera Kasparov o Fischer. Esto suyo nunca nadie lo ha tenido.

Me hacía gracia en una entrevista que leí. Le decían que igualaba partidas de la nada. Y él contestaba: «Bueno, usted cree que están igualadas». A veces ves una partida de Carlsen y te preguntas qué es lo que ha hecho mal el otro, dónde se ha equivocado.

Es verdad que ese estilo profundo, de estrategia que no es comprensible para el resto de los mortales, en Carlsen alcanza una brillantez que se pone de manifiesto de forma esplendorosa. Jugó con Aronian, que es algo mayor que él, y anterior a Kramnik, y es muy curioso, porque está aprendiendo de Carlsen, está adaptando para sí mismo el estilo de Carlsen, el más joven. Fue una partida muy muy buena. Acaba en tablas. Y es tan perfecta que da miedo. Increíble la calidad con la que están jugando.

Miguel Illescas para Jot Down 3

Volviendo al tema de la informática, esto de que los niños tienen ahora como hábitat internet, el ordenador… la gran diferencia tal vez sea que para ellos el ajedrez es como un videojuego. Tienen más facilidad para jugar, partidas rápidas, las que quieras. Es casi como un sitio virtual donde desarrollar todos los recursos cognitivos.

Sí, ha evolucionado, y es curioso cómo el ajedrez se adapta a cada época histórica. En el Renacimiento se cambian las reglas, se hace más vivo. Ahora la vida es más rápida, todo es velocidad, correr, actividad, incluso el periodismo está cambiando. El principal componente de los chavales hoy es la práctica. El ajedrez se ha vuelto mucho más concreto. Mi estrategia seguía más conceptos generales, pero ahora los ajedrecistas modernos van más a la jugada concreta, a actuar. También contribuye a eso el que los ordenadores han puesto el ajedrez en el punto de mira. Ahora ya se sabe que hay finales agotados, hay una gran base de datos. Todo esto está influyendo a los nuevos jugadores: un chaval de quince años tiene acceso a cincuenta mil torneos. Los chavales juegan y juegan y juegan. Carlsen, con veintitrés años, tiene un bagaje espectacular.

Ahora bien, cuando yo veía las dos partidas que ha jugado Caruana en Zurich, al ver los inicios de partida yo ya decía: «Se va a meter en problemas». No sabe algo de lo elemental. Cosas muy básicas como que dama y caballo es mejor que dama y alfil; que el alfil que parece muy bueno puede llegar a ser muy torpe en cierto tipo de estructuras de peones… y todo esto Caruana no lo sabe, y acaba haciendo tablas a base de esfuerzo y de cálculo, cuando yo habría hecho tablas mucho antes.

La escuela sí sirve. Ahora bien, en el ajedrez es más importante el cálculo concreto. Una sola jugada mala echa por tierra toda la partida.

El triunfo de la táctica sobre la estrategia.

Pasa en muchos campos, no siempre la persona más formada es la que triunfa. A veces triunfa el más terco. La pasión, la fuerza… influyen igual que la técnica al final.

Te iba a preguntar cuáles son las cualidades, desde el punto de vista cognitivo, que ha de tener un Gran Maestro. En lugar de eso, te voy a dar una serie de conceptos para que los comentes. El primero: la atención  como recurso cognitivo.

El ajedrez te enseña a escuchar. Esto lo decía nuestro querido amigo y colega Jorge Wagensberg. Decía que el ajedrez establece un diálogo entre las personas, y si no eres capaz de escuchar, de ver qué quiere tu rival con cada una de sus jugadas, no vas a poder ser nunca un buen jugador. Tienes que estar siempre consciente, siempre despierto.  Algo que los maestros hacemos de modo rutinario y que el aficionado no hace: yo cuando hago una jugada tengo un mecanismo, una especie de piloto automático que me hace pararme a pensar si estoy cometiendo un error, si me estoy dejando algo. El ajedrecista profesional, a fuerza de práctica y disciplina, desarrolla una serie de automatismos que mantienen esa atención al nivel necesario para evitar los tropiezos. El ajedrez es muy cruel en ese aspecto: un solo error y te echa por tierra toda una fantástica labor previa.

La pasión.

Para mí la pasión es imprescindible, porque creo que no se puede llegar a ser un gran jugador si no tienes pasión. La pasión es disfrutar. A veces, las palabras las utilizamos sin darles un contenido concreto. Recuerdo que cuando empezaba a jugar, también en exhibiciones, la impresión que yo daba era de estar pasándomelo bien. He conseguido pasármelo bien con mi trabajo. La pasión se puede buscar, se puede perseguir, y está muy relacionada con la felicidad en la vida.

La rapidez.

La rapidez mental es un lujo, no todo el mundo la tiene. En mi caso, no me considero una persona especialmente rápida y brillante. Lo compenso con otras cualidades. Por ejemplo, sé elegir el camino. Ahora casi siempre enfrento un problema del modo adecuado, tal vez me cueste tres segundos más que a otro, pero tal vez ese otro no elige tan bien como yo. Creo que la rapidez está algo sobrevalorada. Es más importante, creo, el acertar con los métodos, cuestiones como la actitud.

La belleza.

Belleza y pasión van muy unidas. Si no hay belleza es difícil que surja la pasión. La persona que juega al ajedrez y no aprecia su belleza es un infeliz en el sentido de que pierde algo muy valioso.

De todos modos, lo decía Carlsen, la belleza no es un objetivo en sí mismo.

La lógica, el pensamiento lógico.

La lógica es imprescindible, por mi naturaleza, en mi caso. Pero he visto a jugadores que llegan al mismo sitio sin usarla. La creatividad y la lógica a veces van unidas, pero a veces la lógica también va asociada a la rutina, que se pelea con la creatividad. La lógica es algo de lo que no se debe abusar.

Recuerdo una temporada, cuando empecé a trabajar con Alexei Shirov: la propia mesa era un caos. Encontrar el tablero, las piezas, el café, el ordenador, papeles por todas partes. «¿Cómo puedes trabajar aquí?». Comenzábamos a trabajar sin orden, sin ningún tipo de programa ni objetivo ni método. Pero los resultados salían. Era su forma de trabajar.

La creatividad.

Casi te lo he dicho ya: marca un poco el punto donde algunos no llegamos. Creo que es algo innato. Puedes pasarte horas buscándola… Es imprescindible. Cuando buscas jugadas buenas casi siempre acabas forzándote a ser creativo. Eso sí, se requiere ser valiente.

La valentía, el ímpetu, la audacia.

Parece que he leído tu guión, voy anticipándome… El valor va asociado, el no tener miedo al fracaso, a la creatividad y un poco a la gestión de las emociones, al éxito. Los jugadores que no asumen riesgos se quedan en un nivel medio. Se puede ser muy bueno, pero no llegar al tope.

Miguel Illescas para Jot Down 4

Acabamos la lista con la última de las muchas más que pensábamos preguntarte: saber perder.

Capablanca decía que se aprende más de una derrota que de cien victorias. Todos de pequeños creo que hemos llorado cuando hemos perdido alguna partida. La derrota en ajedrez duele mucho porque es algo muy tuyo. Además, cuando pierdes sabes que tenías que perder, que es de justicia, no hay paños calientes, no puedes hacer nada. Y es una de las cosas que tiene buenas el ajedrez en la educación. Te enseña a perder.

La única terapia que yo conozco contra la derrota es comprender por qué has perdido. Ahora ya no se estila tanto, pero toda mi vida al acabar la partida hacía el análisis post mortem. Ese análisis, aparte de lo que tiene de ejercicio intelectual es una terapia psicológica. Es algo que si se hace bien, si se logra convertirla en experiencia positiva, es muy valiosa. La derrota son nuestros demonios, nuestro aspecto feo, todo lo que hacemos mal. Y hay que enfrentarse a ella. El ajedrecista acostumbra a convivir con ella, aunque todo el mundo no lo lleva tan bien.

Recuerdo que tuve una época en la que enfermé porque no soportaba la tensión, tuve que aprender a aceptar la derrota. Y empecé a perder. Bajé del puesto treinta al cien, pero mi cuerpo agradeció la renuncia. Mi cuerpo no daba más de sí.

Pero me acuerdo por ejemplo de Kramnik, de la época en que trabajamos juntos, la derrota no estaba en el programa. Era un invitado que no podía entrar en casa. Y de Bobby Fischer es aquello que se cuenta, cuando le preguntaban si perdía, contestaba: «No me hablen de perder, no quiero hablar de eso».

El Gran Maestro Rowson tiene unos libros maravillosos para mi gusto. Habla de dos cosas que me interesan mucho: una, del sentido cómico de la posición, cómo quedan las piezas del contrario después del mate; otra, que tú también mencionas, es la idea de hablar con las piezas.

Rowson escribe muy bien, a mí me gusta mucho. Ajedrez para cebras, y otro que es Los siete pecados capitales. Para posición cómica la que tuvo Rowson conmigo [risas]. Jugamos una vez. Él jugaba con blancas y, en un momento dado, en un día inspirado, le monté un enroque largo. Y acabó con los caballos en «a1» y en «b1»… Fue una posición donde todo era absolutamente patético. Igual le inspiré para su libro.

El humor y el ajedrez, ya en serio, tienen poco que ver. No hay espacio para esos caprichos. Recuerdo que tenía un amigo que tenía setenta y cinco años y me llamaba: «¿Cómo puedo mejorar?». Y yo le decía que se tranquilizara ya, que se dedicara a disfrutar, que se divirtiera y dejara de intentar aprender.

Un ajedrecista, igual que un director de empresa, tiene que ser capaz de dos cosas: capaz de ver la posición como un todo y capaz de ver cada elemento de forma individual e independiente, y además de forma simultánea. Una torre quiere una columna abierta. Hay que ver la foto global y la foto de cada uno de los elementos.  Las piezas es verdad que tienen mucho que decir, hay que hablar con ellas.

Conectado con esto, en las simultáneas había un momento en que hablabas con un jugador, había un diálogo. ¿Cuando juegas al ajedrez estás conversando?

Tristemente, en ajedrez no se puede hablar. Es una de las cosas más difíciles de sobrellevar. Cuando se acaba se tiene la necesidad de comentar cosas. Creo también que por eso el ajedrez es tan interesante a nivel intelectual, porque es un diálogo en el que tenemos que adivinar qué está diciendo el otro. Es una conversación que no para, incesante.

Cambiamos completamente de rumbo ahora: ajedrez y escuela. Tú tienes mucha experiencia.

[Se levanta y coge algún libro de una estantería] Esta es nuestra colección, la que editamos aquí en mi escuela. Veréis que hay muchos ejercicios que no son de ajedrez. Es porque pensamos que el ajedrez realmente tiene que servir al ámbito escolar como herramienta de desarrollo intelectual, no para aprender ajedrez porque sea un juego muy bonito, sino porque te da una base para lengua, por ejemplo, para matemáticas, aritmética… Yo ahora lo veía con mi hija, que se ve que en cálculo mental no anda muy bien, y me decía que le tengo que enseñar ya. Cuando cambias una pieza por otra es una operación aritmética, cuando cambias un peón por iniciativa ya ni te cuento lo que eso significa a nivel mental. ¿Qué asignatura te enseña a valorar lo intangible como el ajedrez?

El ajedrez, siendo un juego relativamente simple de enseñar, tiene unos componentes educativos extraordinarios, tanto desde el punto de vista práctico, de formación del carácter, de toma de decisiones, como desde el punto de vista puramente intelectual. Te va a costar encontrar una disciplina que te enseñe lo que el ajedrez de una forma tan limpia. Son dos mil años de historia. Un juego inventado por el demonio [risas].

¿Qué hilos hay que mover para que el ajedrez pudiera entrar en las escuelas de una manera más directa?

Bueno, es una cuestión más de tiempo, creo. Y por supuesto de empeño de todos los que estamos en ello. Recientemente, no sé si lo habréis oído, el Parlamento Europeo dictó una resolución por la cual insta a los Estados miembros a adoptar el ajedrez como asignatura lectiva en los centros escolares. Se han dado pasos en muchos países. En Alemania se llegó a monitorizar esa experiencia en un aula. Los alumnos que daban esa hora de ajedrez estaban progresando más claramente en el resto de asignaturas y una serie de capacidades que se medían que los que no tenían esa hora semanal.

En España, en la Universidad de la Laguna, se publicó un estudio fantástico que incluso iba más allá, profundizaba en cuestiones de gestión emocional de los chavales, no solamente las puramente intelectuales. Los resultados fueron muy positivos. Las evidencias están ahí. Es además un deporte muy barato. Pero hace falta voluntad política, y ahí ya… Este tipo de iniciativas en educación están trasferidas a las CC. AA., con lo cual han de ser aprobadas por mucha más gente. Las cosas de palacio van más despacio. Sería fundamental, permitiría enfoques pedagógicos nuevos. Fijaos en que el título de colección es «El ajedrez enseña a pensar».

Miguel Illescas para Jot Down 5

Relacionado con lo que acabas de decir, en 2012 publicas el libro Jaque Mate en donde intentas analizar estrategias de pensamiento y acción para emprendedores. Me ha gustado que tu planteamiento va más allá de las analogías básicas con el ajedrez y lo que trata más bien es de utilizar la manera de pensar que exige el ajedrez para poder descubrir qué planes de futuro necesitas en tu negocio o en el mundo real.

Es un libro que escribí con mucho cariño.

Se nota.

Sí, bueno, pero lo escribí también atendiendo a una serie de requisitos que me hizo llegar el editor. Lo tenía que entregar en mayo, y me costó mucho. Lo conseguí, sí, pero en mayo del año siguiente… [risas]. Fue un problema, creo que perjudicó al libro, el que me dieran una extensión a la que tenía que acomodarme. Luego traté de acortarlo y al final queda muy esquelético, muestra las ideas desnudas… y esto vale para según quién. Se podía haber trabajado mucho más. Hay quien me ha dicho: en este libro das muchas ideas, y solo con una de ellas podía haberse hecho un libro. Aunque tenía que estar en principio más orientado a la empresa acabó siendo algo de carácter mucho más general. Como soy tan puñetero conmigo mismo, como no me gusta hablar de lo que no sé, quise hacerlo todo yo. Y como  tengo ciertas limitaciones en ciertos campos, estas acaban apareciendo en el libro. No usé a nadie. Es un libro muy sintético, con muchas anécdotas. Creo que para alguien interesado por conocer a un ajedrecista, el mundo del ajedrez por parte de alguien que lo ha vivido sí es interesante en el sentido de que va a encontrar un montón de ideas que luego hay que ver cómo se desarrollan.

Cuéntanos cómo estás viviendo esta experiencia de la empresa utilizando los recursos del ajedrez.

El mundo real es mucho más complicado que el ajedrez. Esto lo discutía una vez con Kramnik, que decía que el ajedrez era lo más difícil. En el ajedrez los muñecos van donde les dices, hay unas reglas. En una empresa intervienen elementos que no son cuantificables o medibles. Aunque lo hago con mucho interés, lo cierto es que me genera mucho trabajo el tener que dar charlas y demás. No tengo recetas milagrosas. Me gusta más cuando me invitan a dar charlas sobre ajedrez e inteligencia emocional. Esto lo domino mejor. Pero llevar el mundo del ajedrez a la empresa es algo que no lo puede hacer cualquiera. Lo seguiré haciendo, porque me gusta, y creo que tiene un valor.

Ya estamos llegando al final: ajedrez y ordenadores. Has sido testigo de excepción, ¿cómo fue la experiencia desde el punto de vista personal, el verse metido dentro de un mundo de científicos locos programando sus algoritmos y tú, como Gran Maestro, dándoles ideas?

Son dos años de mi vida que yo suelo resumir en conferencias de dos horas. Ahora me pides que lo haga en dos minutos… En el libro hablo bastante de este tema. Fue una experiencia fabulosa. Ahí aprendí qué es trabajar para una gran empresa. Trabajar para IBM fue increíble, la cultura del trabajo, el respeto, los medios con que se contaba… Cuando llegó el día D yo estaba absolutamente maravillado. Había una chica de comunicación que era la que de verdad cortaba el bacalao y te miraba y te chistaba: «Chst, no te rías, ¿eh? Nosotros somos una empresa seria» No querían aparecer como los malos. ¡Y me lo pasé tan bien! Aparte, fui testigo de un hecho histórico. Sentí pena por Kasparov, jugó muy muy bien. Para mí era el mejor jugador. Tenía sangre, era de carne y hueso. Era como ver a un monstruo desvalido.

Lo cierto es que se hizo un gran trabajo. Yo puse mi granito de arena… pero ahí Murray Campbell, por ejemplo, supo transformar en números conceptos ajedrecísticos. Conseguimos hacer cosas pioneras.

Os pongo un ejemplo. Vosotros que jugáis ajedrez lo vais a entender: ¿Cuánto vale un caballo? Vale tres peones. Pero si yo tengo una casilla débil cerca de mi rey, tu caballo, aunque esté lejísimos, ya no vale tres. Es un enemigo que ahora vale mucho más. Esto se te tiene que ocurrir, lo tienes que saber programar… Deep Blue fue el primer proyecto donde la tecnología alcanza su máximo esplendor: vamos a meter ideas humanas en un robot.

Los programas actuales, que calculan millones de jugadas por minuto, si tú les quitas el conocimiento lógico de estructura de peones y de patrones que durante estos últimos años se han ido acumulando no jugarían tan bien.

Eso que dices es muy interesante porque sabes que en la inteligencia artificial la programación de ordenadores siempre fue por los dos caminos: la fuerza bruta y la heurística basada en conocimiento. Y lo que dices ahora es que finalmente ha sido la integración de los dos caminos lo que ha hecho que realmente se pudiese lograr el triunfo total.

El precursor fue Deep Blue, y el sucesor es Magnus Carlsen [carcajada].

Creo que si jugara ahora Carlsen con Houdini, desde mi perspectiva, no podría hacer nada. ¿Qué piensas tú?

Es una pregunta interesante. Creo que las máquinas están sobrevaloradas. Llega un momento en que hoy en día cualquier aficionado enseguida dice: «tiene la partida ganada». Y no, a ver, la máquina da una valoración de +1.5 pero con un buen juego resulta que acaba con un caballo contra rey, que está fuera del horizonte de la máquina, y no está ganada, la partida acaba en tablas. Muchas veces se trata injustamente a los jugadores. Y yo, modestia aparte, que soy un experto en interpretar el juego de la máquina, la relación con el humano y tal, veo que casi siempre somos injustos con los jugadores, que muchas veces tienen ellos razón. El problema es que el ajedrez es un deporte y como tal premia la regularidad, el cansancio se paga. Carlsen podría hacer tablas con Houdini. Ganarle no. Los errores que comenten las máquinas son tan imperceptibles, y luego la defensa es tan tenaz, que está más allá de la capacidad del ser humano.

Hay todo un equipo humano que ha sabido plasmar un conocimiento.

Me gustaría que todo ese trabajo sirviera para algo. No sé si conocéis ese cuento, creo que es de Asimov, donde preguntan a la máquina si existe Dios, y contesta: «Ahora sí».

Juego, arte, ciencia… ¿Con qué te quedas?

Antes, cuando me ibas a preguntar qué se requiere para ser Gran Maestro, te iba a contestar que de esos tres tienes que tener dos muy buenos. Si tienes dos de tres eres alguien. Con uno solo no basta. Yo soy sobre todo científico, un científico que intenta dar valor al componente humano, por mi trabajo y por toda la experiencia que he vivido. Valoro mucho el arte en ajedrez, aunque me cuesta producirlo. Y, desde luego, soy un gran competidor. Es muy difícil decidir. Soy científico, ya lo he dicho.

Con qué definición de ajedrez te identificas más, ¿con la de Lasker de lucha, con la de Fischer de vida, la de Tarrasch de felicidad?

Desde luego con la de Fischer no. Siempre tuve claro que el ajedrez era una parte de mi vida pero no mi vida entera. Ahora que tengo una hija aún más. Soy un gran admirador de Lasker, por su aportación, porque jugaba también al bridge, me gusta que supiera de algo más que de ajedrez, yo juego al blackjack, me siento identificado tal vez… Creo que me quedo con la suya. La lucha.

¿e4 o d4?

Tengo una revista que se llama Peón Rey.  Creo que es la mejor jugada, matemáticamente. El peón de rey se dirige él solo al abismo.

En el último campeonato de España, te enfrentas a Olga, tu mujer. Si ganas vuelves a alzar la copa de campeón, si haces tablas no, pero tu mujer puede entonces conseguir norma de Gran Maestro. Tus tablas con Olga, en el campeonato de España, ¿es un éxito en la vida?

[Risas] Mi matrimonio es un éxito en la vida, sin duda.

Miguel Illescas para Jot Down 6


…Ae4 Ta2… El ogro de silicio

Kasparov

Disfrutaba tensando las costuras de sus adversarios hasta descoserlos. Arrancaba con aperturas consistentes y ganada la iniciativa, les torturaba sin descanso. Bailaba a su alrededor, entrando y saliendo en su distancia, como Muhammad Ali. O desataba ataques virulentos dignos de Bobby Fischer. Pasada la cuarta hora era raro que se mantuvieran de pie. Llegar más allá era quimérico. No por nada le llamaban el Ogro de Baku.

Pero en esta ocasión se enfrentaba a un desafío diferente. IBM le proponía una revancha con una máquina que le obligaba a cambiar su estilo de juego. Un reto para su capacidad de sufrimiento. Su fortaleza mental. Medirse a una máquina fría con un cerebro de silicio compuesto por 32 procesadores en paralelo capaces de calcular 200 millones de jugadas por segundo, más de las que jamás analizaría en su carrera. Un adversario implacable ante el error e insensible a las circunstancias. Un Kasparov inmune al cansancio. Suponía someterse a su propio castigo. Esta vez debía resistirse a convertir el tablero en un tsunami en el que despedazar al rival. Probar su paciencia. Convertirse en su némesis, jugar contenido como Karpov. Controlar, especular, evitar fisuras y cerrar flancos que disparasen las posibilidades de ataque del su rival. Solo una cosa le hacía superior a Deep Blue, su instinto, su humanidad. Si es que realmente Kasparov era humano.

Salió a correr por Central Park, donde había elegido una lujosa suite en un céntrico hotel. Después de la ducha mantuvo una conversación con su analista, Yuri Dejoian, y luego cumplió su habitual rutina ante la presencia inquisidora de Clara, su madre. No había ajedrecista que le intimidara más que ella. No existía.  

Pese a ganar la primera partida, no había dormido bien. Había cosas que le inquietaban. Después de repasar cientos de vídeos sobre el comportamiento de Deep Blue eligió abrir el duelo con una apertura contundente pero conservadora, el ataque de indio de rey, que le llevó a una victoria en 45 movimientos. Un ataque controlado para jugar en corto limitando la potencia del ordenador. En aquel primer envite ya dejó ver su imagen iracunda ante los 500 espectadores que habían pagado 25 dólares por acceder a la sala de reuniones de la planta 25 del Equitable Center Building de Nueva York. «El hombre ante la máquina. The Rematch». IBM había realizado una brillante campaña de márketing para un duelo del que la empresa saldría ganadora, más allá del resultado final.

Finalmente Kasparov logró derrotar en ese duelo inicial a Deep Blue, para el que las piezas no variaban su valor en el tablero a tenor de las circunstancias de juego. Cuatro horas y 45 movimientos después la máquina claudicó ante la tortura del ruso.

Gary encaró el pasillo satisfecho por un triunfo inaugural que confirmaba sus sospechas. Por muchas jugadas que calculase, el ordenador era incapaz de pensar, le faltaba instinto asesino. Pero Kasparov se marchó sorprendido por un movimiento en el que Deep Blue realizó una jugada de torre sin sentido. «En situaciones de inferioridad y presión, se bloquea», pensó. La partida estaba decidida, pero aquel movimiento era una señal de debilidad del ordenador. Algo que le reconfortó.

Nueva York despertaba en Kasparov un sentimiento encontrado, mezcla de curiosidad y pánico atroz. Finalizada la partida el Ogro de Baku cenó en su suite mientras en el cuartel de IBM, localizado en un bosque del condado de Westchester, un ejército de informáticos trabajaba contrarreloj para solventar un problema en el que nadie reparó durante la partida. Concretamente en la desafortunada jugada de torre, cuando Deep Blue se bloqueó, literalmente, haciendo saltar las alarmas. Murray Campbell, responsable del proyecto, logró reparar el fallo y horas después el ordenador estaba listo para medirse de nuevo a su rival.

Aquel domingo de mayo Kasparov notó que algo no iba bien desde el principio. Algo había cambiado en Deep Blue. Movimientos instintivos, decisiones arriesgadas. El ordenador eligió el patrón de juego con el que Bobby Fischer aplastó a Spassky en una célebre partida del 72, y lo desarrolló de forma implacable. Fue arrinconando a Kasparov, que veía aterrorizado como emergía ante sí un muro infranqueable. El ordenador eligió la apertura española, dobló las torres en el lado de la reina, infiltró a esta hasta la séptima fila… Deep Blue «pensaba» como Fischer y bailaba a su alrededor como Ali. El ordenador, inmune al cansancio físico y mental, convirtió la partida en un aluvión de golpes: 24.Ra3 25.Rca1 26.f4… Uno mandó a Kasparov a la lona. Corría el movimiento 37 cuando Deep Blue tomó una decisión impensable en una mente artificial programada para minimizar riesgos. Pudiendo elegir un movimiento que le daba una ventaja notable, prefirió una jugada de bloqueo que inutilizaba el contragolpe del rival. Una decisión casi humana: 37. Ae4 Ta2

Kasparov-Deep Blue

Aquello descentró al ruso, perplejo ante una variante fuera de toda lógica racional. Se sucedieron los movimientos y el ordenador cometió una imprecisión que Kasparov, fuera de sí, no detectó, desaprovechando un recurso de tablas para firmar una rendición que significó un punto de inflexión en la contienda. Un antes y un después en el mundo del ajedrez. La humanidad de Deep Blue había vencido a Kasparov, que dolido por la derrota escenificó un festival de desaires. Estaba tenso. No le hacía gracia verse señalado en carteles y anuncios como el héroe o villano en la lucha con los robots. Era una presión ajena al tablero, una sensación que no dominaba y eso le incomodaba profundamente.

El USA Today dedicó su portada al envite entre la máquina y el hombre con un sugerente titular: «El ajedrez es la guerra». Y Kasparov cuestionó públicamente la toma de decisiones del ordenador durante la segunda partida: «Deep Blue ha mostrado signos de inteligencia y ha tomado decisiones que los seres humanos tomamos por intuición». Tres grandes maestros habían diseñado el libro de juego de Deep Blue: Joel Benjamin trabajó durante seis meses el de aperturas, dedicándose Miguel Illescas y John Fedorowicz a dotar a la máquina de comprensión posicional, su talón de Aquiles. Desde entonces el ruso fue incapaz de centrarse en el tablero. Las tres siguientes partidas terminaron en tablas, pese a que Kasparov disfrutó de ventajas mínimas que Deep Blue contrarrestó con problemas.

Aperturas imposibles, sacrificios voluntarios de piezas para cambiar el curso de la partida, maniobras de despiste… Kasparov lo intentó todo, pero llegó a la última partida igualado a 2,5 con su contendiente artificial. Deep Blue salía con blancas y el grado de ansiedad del ruso era indisimulable. Estaba muy presionado por el ambiente, pero más por sí mismo. Para esta última y definitiva partida Deep Blue propuso una defensa Caro-Kann y Gary omitió un sacrificio de caballo en el séptimo movimiento, error imperdonable que desembocó en una derrota sin precedentes doce movimientos después. Apenas habían disputado una hora de juego cuando Kasparov levantó la vista, miró a su madre Clara con resignación y entregó la partida.

Minutos después, mientras Kasparov reunía fuerzas para comparecer en rueda de prensa, las acciones de IBM se disparaban en la Bolsa generando más de 6000 millones de dólares, de los que algunos mantienen que el ruso se llevó un buen pellizco. Leontxo García, testigo directo del duelo, no avala esa tesis: «Kasparov se metió en una conocida trampa de la Defensa Caro-Kann. En mi opinión, no hubo tongo. Él dio por seguro que el libro de aperturas de Deep Blue no incluía esa celada y se equivocó. Entre otras razones, porque su sistema nervioso estaba roto por la enorme tensión que sufrió durante el duelo». La comparecencia final del Ogro de Baku confirmó las teorías de los especialistas aquel histórico cuatro de mayo: «Estoy avergonzado y pido perdón. No soy yo mismo, no lo he sido desde que perdí la segunda partida». La segunda partida y aquel movimiento 37 que ya figura en la historia del ajedrez: Ae4 Ta2. Máquinas humanizadas.

kasparova