Paul Canoville: cuando tus hinchas son tu peor enemigo

Paul Canoville. Foto Cordon.
Paul Canoville. Foto: Cordon.

Ganar un trofeo en fútbol vale una buena onza de gloria. Venderlo, eso ya depende de lo enganchado que estés al crack. A Paul Canoville le bastaron un ticket de metro a Dalston, norte de Londres, cinco minutos en una joyería y setenta libras para empeñar su medalla de campeón de la Segunda División inglesa con el Chelsea. Por la recompensa, el joyero, o no era futbolero, o no era del Chelsea. Pero bastó: «Cogí ese puñado de billetes y me largué directo a comprar crack».

Canoville hizo historia en el fútbol sin darse cuenta. Fue el primer jugador negro en ponerse una camiseta de los blues en partido oficial y a nadie le importó un carajo. Una de esas páginas en minúscula que adquieren valor solo décadas después.

Fichó en diciembre de 1981. Los duros ochenta de Thatcher. El fútbol británico era obrero, frío y racista. En el Chelsea, todavía peor. Los hooligans del Chelsea eran una banda de ultraderechistas con malas pulgas, afiliados al National Front. El 12 de abril de 1982, cientos de ellos se desplazaron hasta Selhurst Park para seguir a los blues en el derbi contra el Crystal Palace. Mediada la segunda parte, el míster, John Neal, lanzó un silbido a Paul Canoville: «Canners, ¡calienta!».

«¡Lárgate, puto negrooo!». «¡Fuera de aquí, monooo!». A Canoville empezaron a caerle patadas de las que no dejan hematomas pero duelen durante años. Jamás pensó que la afición de Selhurst Park —donde, años después, Éric Cantona reventó la cara a un hincha listillo de una patada voladora— fuera tan despiadada con los rivales. Miró de reojo hacia atrás, a las gradas su banda. Los gordos desencajados que le mandaban a la copa de un árbol no llevaban bufandas del Crystal Palace. Iban de azul. Agitaban banderas del Chelsea. Eran los suyos, por así decirlo. Entonces, un plátano aterrizó a sus pies. Y los gritos aislados se convirtieron en un coro organizado: «No queremos al negro, no queremos al negro, lalalaaaa, lalaaaaa».

«Me sentía revuelto hasta físicamente. Estaba aterrorizado. El balón salió y entré por Clive Walker, que había marcado el único gol del partido. Los gritos fueron a peor. Por suerte, el partido acabó pronto y me refugié en el vestuario, con aquellas crueles voces persiguiéndome», escribe Canoville, en su autobiografía Black and Blue.

Sentado, con la cabeza entre las manos, recibió alguna palmada, algún prescindible «¿todo bien?» y unas palabras del entrenador: «Paul ¿qué tipo de gente crees que son? Pagan un dinero que les cuesta mucho ganar para ver a su equipo en casa y fuera, y abusan de uno de los jugadores que puede ayudarles. Así de estúpidos son». La única gasa que llevarse a la herida. Pensó que, partido a partido, la cosa cambiaría. Se equivocó. Cuando , con 0-0, marcaba, algunos coreaban: «Seguimos 0-0, el del negro no cuenta».

Pasó cuatro años y medio en Stamford Bridge: 79 partidos y 11 goles, incluyendo un hat-trick al Swansea. Era un esforzado comodín para las dos bandas del mediocampo. Un zurdo al que casi siempre le tocaba jugar por la derecha. Un tipo que siempre fue por el lado equivocado.

En una concentración de pretemporada, un compañero suyo de vestuario, un John Terry de la época donde todos eran John Terry, le llamó «puto negro» en una salida nocturna. Canoville se dio cuenta de que estaba borracho e intentó apagar el fuego. Impertérrito, su colega le repitió: «Puto negro». Volaron hostias, como es menester, y a la mañana siguiente el blanco le esperaba con un palo de golf, versión rudimentaria de Craig Bellamy buscando a John Arne Riise por un hotel en La Manga. En caso de duda, la culpa solía ser del negro. Y Canoville fue traspasado de inmediato, al Reading, por 50 000 libras. Al poco tiempo, una lesión le retiró.

Y aquí termina la parte feliz de la historia. Canners nunca conoció a su padre. Su madre, inmigrante caribeña, multiplicaba horas en el hospital. Paul dividía su tiempo entre la delincuencia y el balón, lo que no le dejaba mucho para sus estudios. No era el cliente ideal de una empresa de seguros, no. Ni tampoco un gran ahorrador. Cuando dejó el fútbol, sin un penique, empezó a trabajar como conductor, mientras sacaba unas libras como semiprofesional los fines de semana. Primero llegó el aburrimiento. Luego, la cocaína. Después, el crack. Casi sin darse cuenta, se gastaba quinientas libras a la semana en papelinas.

Cuando conseguía un trabajo precario, como guarda, repartidor o reponedor, le duraba unas semanas, hasta que llegaba drogado, y saltaba a la siguiente casilla. Como con las mujeres. Conseguía un lecho en casa de alguna chica, seducida por un exjugador de fútbol, la dejaba embarazada, y saltaba a la siguiente casilla. Así, hasta sumar once hijos con diez mujeres. Uno de sus pequeños, Tye, tuvo problemas de salud recién nacido. No dejaba de toser. Paul lo llevó al hospital. Falleció en sus brazos. 

Desafortunado en el juego y en amores, los refranes no suelen sonreír si eres pobre y negro. Tampoco su salud era de acero. Lastrado por las drogas, un cáncer casi acaba con su vida. En 1997, postrado en un hospital mientras se recuperaba de la quimioterapia, vio al Chelsea alzar la FA Cup. Su entrenador, Ruud Gullit, un negro con rastas, aplaudido en pie por todos los bufandas azules.

Hasta que un excompañero suyo en el Chelsea se topó un día en la calle con un fantasma que le recordó vagamente a Canners. Era Canners. Hablaron y decidió llevarlo a un centro de rehabilitación. Salió de la droga, consiguió un empleo como asistente en una escuela, superó un segundo cáncer, y se dio cuenta de que se le daba bien hablar con los críos. Poco a poco llegó lo demás. Su historia en los periódicos. Su fundación, llamada Motivación para Cambiar (MTC). El homenaje en el descanso de un partido del gran Chelsea de Drogba, Anelka, Essien y otros jugadores negros como él. Su vendida autobiografía. Las charlas a jóvenes del centro de formación de los blues. Y un solo recuerdo de su época en Stamford Bridge: el balón de su único hattrick. Su madre lo había escondido. Si no, también lo habría vendido por una papela de crack.


Mahalo Kaluhiokalani 

Montgomery «Botones» Kaluhiokalani. Foto po
Montgomery «Botones» Kaluhiokalani. Fotografía de Jeff Divine.

Charlie don’t surf. (Coronel Kilgore en ‘Apocalypse Now’)

Convendrán que es una las secuencias más oníricas de la historia del cine. Robert Duvall, bordando el papel del chiflado coronel Kilgore, obliga a sus soldados a surfear en medio de la guerra de Vietnam para hacerse con una playa del delta del Mekong tomada por vietcongs en Apocalypse Now al grito de «me sobran cojones para hacer surf en esta playa». 

Pero esta obscenidad surrealista, que muchos creen que el guionista (y surfista) John Milius introdujo en Apocalypse Now cuando estaba pasado de LSD, está basada en hechos reales. Más allá de la inspiradora escena del film de Coppola, no se ha grabado a día de hoy nada mejor, en lo referente al surf, que Between the Lines. Nada que ver con la perogrullada comercial de Le llaman Bodhi o la arquetípica El gran miércoles, escrita por el propio Milius. En el documental se cuenta la vida de Pat Farley y Brant Page, dos jóvenes que se enfrentan a un dilema: ¿Iir a Vietnam o huir para seguir surfeando? El primero se alistó como voluntario y regresó condecorado, pero también tocado de Vietnam. El segundo acabó detenido por el FBI tras escapar a Hawái tratando de evitar su incorporación a filas.

Sin embargo, el momento cumbre del documental es la confesión real de Tom Lucker, un soldado que cuenta cómo se adentró, junto a otro compañero (y surfista) en las líneas enemigas vietnamitas para coger olas en una playa cercana. Hacían turnos de vigilancia en la orilla y lograron sobrevivir, pero nunca se supo el nombre del compañero de Lucker. Entre los candidatos está un tal Buddy Kaluhiokalani. Un tipo reservado que nunca quiso hablar de lo vivido en Vietnam. A su regreso a Estados Unidos se compró una casa en la playa en Hawái, se dejó crecer una larga melena y se dedicó a fumar y surfear con un viejo tablón de más de diez pies. Un universo al que solo tenía acceso un pequeño de seis años e inconfundible melena afro, su sobrino Montgomery, al que su madre bautizó así por su devoción a Montgomery Cliff. Todos le conocían por Botones, debido a los tirabuzones de su alborotada melena. 

Botones, hijo de un militar de ascendencia africana y una hawaiana, comenzó a alternar el skate con la tabla redonda que le permitía desplazarse por la orilla haciendo giros imposibles que decidió adaptar al surf tan pronto su tío le regaló la primera tabla. Mientras el resto de jóvenes se conformaban con cabalgar las olas y dejarse llevarse hasta la orilla, él implantó un estilo mucho más agresivo incorporando figuras absolutamente innovadoras para una época, los 70, en la que no había límites y los hippies habían invadido las playas. En 1973, cuando Coppola aún andaba rodando El padrino y Apocalypse Now ni existía en su mente, Botones acudió al Campeonato de Estados Unidos en Malibú, donde quedó segundo, pese a ser un simple aficionado de trece años. El chico regresó indignado a casa, donde le habían preparado una fiesta. Se encerró en su cuarto y advirtió: «No volveré a competir. Ningún juez está capacitado para evaluar mis movimientos porque ninguno ha visto nada parecido ni comprende mi forma de entender el surf». Era la primera vez que el carácter indómito de Kaluhiokalani chocaba con el academicismo de los jueces. No sería la última. 

Botones no era un renovador, era directamente un transgresor. Una suerte de Muhammad Alí montado en una tabla o un Garrincha regateando olas. Así lo recuerda uno de sus mejores amigos, otro de los mitos del surf hawaiano, Micky Nielsen: «Fue el primero que se posicionó contra los concursos. La cuestión era que nadie sabía cómo evaluarle. ¡Qué cojones! Hacía cosas que la mayoría ni siquiera imaginábamos que se podían hacer. ¡Y lo hacía con una tabla de una sola quilla! Lo que hacen ahora los surfistas, él ya lo hacía en los 70con una tabla que medía y pesaba el doble y tenía una quilla». 

Botones dejó la escuela a los quince años y se centró en su pasión, el surf, aunque por entonces no era profesional. No se ganaba mucho dinero porque no estaba instaurado el circuito profesional todavía. Cuando Kaluhiokalani entraba en el agua, la multitud se arremolinaba en la orilla para verle hacer alguno de sus legendarios spots: el 360, los cambios de pie, el pocket surf… Su físico imponente, mitad africano y mitad hawaiano, y su incansable sentido del humor le hacían estar siempre rodeado de chicas. Botones comenzó a codearse con otros mitos del surf hawaiano como Abellira Reno, Rory Russell, Jock Sutherland, Jeff Hackman, Eddie Aikau o Larry Bertlemann.

Su fama le precedía y las fiestas se hacían interminables. Corrían los años 70, el consumo de drogas estaba normalizado, especialmente entre los más jóvenes, y el surf, paradigma del espíritu libre, era un reclamo perfecto. Botones fumaba desde los doce años y comenzó a consumir con frecuencia. Marihuana, LSD, cocaína, heroína… «Las drogas estaban aceptadas. El raro era quien no las tomaba. Botones solo quería pasar un buen rato, eso es todo lo que pretendía. Nos conocíamos desde los once años. Creció sin dinero, pero todo el mundo quería ir de fiesta con él porque era ¡Botones! Al principio es divertido, todos te dan esa mierda gratis, pero luego se convierte en una adicción. Y entonces toda la vida gira en torno a eso en lugar de girar alrededor del surf». Las palabras de Nielsen retratan la caída de Kaluhiokalani a los infiernos en los 80. 

Un día, uno de esos vomitivos reality show de máxima audiencia se propuso encontrar a Botones. Y lo hizo. El surfista estaba tirado en un callejón, agonizando con el mono por su adicción a la heroína. El hallazgo fue emitido en prime time. Todo el país pudo ver la lastimosa imagen. Un hombre sin alma se arrastraba por culpa de la droga. Sin embargo, lejos de hundirle, aquello supuso un punto de inflexión para el surfista. Una catarsis. Sus amigos lo sacaron del pozo e ingresó en una clínica de desintoxicación. Botones descubrió, viendo una y otra vez las terribles imágenes del reality show, el esperpento en que se había convertido. Una tarde paseando por la playa, a finales de los 90, comprendió que su lugar estaba en el agua. Luchó por subirse de nuevo a una tabla de surf para volver a ser el mismo que retrató el fotógrafo Jeff Divine dos décadas antes en una icónica imagen del surf que muestra a Botones con su peculiar melena haciendo el gesto de la paz con los dedos antes de coger olas.  

Pese a que ganó el Sunkist Malibu Pro con veintiún años y acabó acumulando más de cien victorias en su carrera, eso solo le reportó el dinero justo para dar de comer a sus ocho hijos y nueve nietos. El Progresista del Surf, el Style Master, el Innovador de la Ola, el Outsider… Muchos fueron los calificativos que recibió. Aún hoy, Kelly Slater, considerado el mejor surfista de la historia, sostiene que «si él hubiera competido con nosotros, difícilmente podríamos haberle ganado. Era un adelantado a su tiempo. Su medio natural era el agua y su forma de expresión, el surf. Había nacido para esto». A la edad de cincuenta y un años Botones tomó parte en la prueba más peligrosa del circuito mundial, la de Teahupoo, donde los surfistas son remolcados en motos de agua para poder coger olas de hasta doce metros de altura. Algunos profesionales del circuito rechazan participar por temor a las gigantescas olas y el suelo rocoso de Teahuppo. Botones disfrutó, como siempre, domesticando aquel muro de agua. 

Kaluhiokalani abrió una escuela de surf en North Shore, en la playa en la que comenzó a coger olas, para contagiar su pasión por el surf a pequeños y mayores. Hace unos años contrajo cáncer. Murió con cincuenta y cuatro años dejando un legado atemporal, una escuela de movimientos abierta hace más de cuarenta años que aún hoy se estudia en las escuelas de surf. Su sonrisa eterna y su físico hercúleo le conferían una imagen de ídolo pop que, de haber nacido un par de décadas más tarde, le habrían convertido en una figura de talla mundial que se rifarían las marcas deportivas. El Jimi Hendrix del surf. 

Mahalo Kaluhiokalan, (gracias, Botones).


¿Sos del River o del Boca? Una historia del superclásico

Sos del River o del Boca
Foto: Cordon Press.

Mientras los hinchas de River abandonaban el Monumental tras la derrota con Boca en 1997, Diego Maradona hizo pasar a un periodista al vestuario y explicó el partido: «Boca jugó a lo Boca y River a lo River».

Desdibujado, apenas estuvo cuarenta y cinco minutos en la cancha en lo que terminó siendo el último partido de su carrera. Su análisis futbolístico reconocía que cada equipo tenía un estilo propio. A lo largo de sus más de cien años desde sus respectivas fundaciones, los dos gigantes de Argentina compartieron una historia llena de encuentros y desamores.

El inicio del siglo XX en el país estuvo marcado por la llegada de los inmigrantes. Pasó de menos de cuatro millones de habitantes en 1895 a 7 800 000 en 1914, según los censos. La mayoría llegaba de Europa e ingresaba por el antiguo puerto de La Boca, en el sur de la Ciudad de Buenos Aires. A pocas cuadras alquilaban una vivienda, ponían su negocio y organizaban su vida en torno a actividades sociales, culturales o deportivas. 

En 1908, cuando se disputó el primer superclásico, todavía los dos eran del mismo barrio y estaban en el Campeonato de la Segunda División. Boca ganó el amistoso 2-1 con goles de un inmigrante gibraltareño, Rafael Pratts. La familia Priano tuvo intereses cruzados: en River jugó Francisco y su hermano Juan Bautista estuvo enfrente. Nacidos en Buenos Aires, su padre era un pizzero genovés que se había instalado en Argentina. Los jugadores también eran directivos, como Luis Cerezo, que jugó ese día y era el expresidente del xeneize.

Si algo caracteriza al superclásico argentino es la permanente tensión entre dos versiones. Respecto al primer cruce, River en su sitio oficial dice que fue en 1913. En realidad, ese fue el primero por los puntos. El Millonario, al que todavía no lo llamaban así, ganó 2-1. La rivalidad ya había nacido con el infaltable condimento de los medios de comunicación. Dos años antes, el diario La Mañana había realizado un concurso de popularidad y se publicaban incendiarias cartas de lectores de hinchas de ambos equipos, según reveló el historiador de Boca, Sergio Lodise.

Después de varios años deambulando sin sede, en 1923 River se mudó hacia la zona norte de Buenos Aires y terminó inaugurando su estadio a aproximadamente nueve kilómetros de su lugar original. Un año antes a pocas cuadras, como parte de la expansión de la ciudad, se había inaugurado el Cementerio de la Recoleta. La llegada al nuevo barrio y el abandono de la zona sur había sido el mismo camino que las familias pudientes habían optado años antes escapando de la epidemia de fiebre amarilla en los barrios de La Boca y el lindero San Telmo. Así nacería un nuevo motivo de enfrentamiento en el superclásico: Boca como el club «popular» y su alter ego de la clase alta. La masividad de ambos desmiente en la práctica esta idea que sobrevive en el imaginario. Otra vez con las dos versiones en tensión, el relato xeneize dice que la mudanza se definió en un partido que le ganaron a su eterno rival y lo obligaron a irse. 

Boca a lo Boca y River a lo River siguieron en su propio barrio y en su propio torneo, ya que entre 1919 y 1927 participaron en diferentes asociaciones de fútbol. Durante nueve años no hubo superclásicos, pero la rivalidad seguía vigente. En 1931 jugaron por primera vez en un torneo profesional y terminó en escándalo: el referí echó a tres jugadores de River que se negaron a abandonar la cancha y suspendió el partido. La revista El Gráfico publicó esa semana: «La mayoría atribuirá la culpabilidad principal al referee que pública y notoriamente es otra víctima propiciatoria del ambiente en que actualmente, y desde hace años, se desenvuelve el fútbol».

Durante la década de los 30 se dividieron la conquista de los diferentes campeonatos y cada vez que les tocaba enfrentarse lo vivían como un torneo dentro de otro. El superclásico se empezó a vivir de una forma más similar a la actual. River se ganó el apodo de Millonarios por comprar a Carlos Peucelle y a Bernabé Ferreyra en miles de pesos. Durante esos años también se tuvo que mudar y ocupó definitivamente el barrio de Núñez, donde actualmente tiene el estadio más grande del país y las instalaciones que lo transformaron en una referencia de los alrededores.

No son los títulos ni la historia de cada uno los que explican el fenómeno que supone este partido. Para el diario inglés The Guardian es el primero de los cincuenta espectáculos deportivos que hay que ver antes de morir y lo que destacan es cómo se vive. Si Buenos Aires es la ciudad con más estadios del mundo, el encuentro entre los dos más populares es el punto máximo de adrenalina y tensión futbolística.

Sos del River o del Boca
Foto: Cordon Press.

La alegría de unos supone la desgracia del otro. La construcción del relato circula en paralelo y mientras en Boca engrandecen la figura de Antonio Roma por atajar un penal en el último minuto a Delem (1968), en River recuerdan el triunfo con juveniles de 1971. En pocos hechos de la historia coinciden en la interpretación. Durante muchos años, se conoció al 5-4 millonario de 1972 como «el mejor superclásico de la historia», mientras que la mayor tragedia fue lo que pasó en 1968 con la Puerta 12: a la salida del Monumental, setenta y un hinchas de Boca fallecieron en una avalancha bajando una escalera. El promedio de edad de las víctimas era de diecinueve años. 

Las familias solían replicar el fanatismo de sus padres, pero nadie estaba exento de algún díscolo. Pudo serlo, nada más y nada menos, que Diego Armando Maradona. En mayo de 1980, la revista El Gráfico advirtió que River era la solución para destrabar su situación contractual en Argentinos Juniors. Su padre, fanático de Boca, hubiera sufrido un disgusto. Meses después cuando la negociación se cayó, el joven de veinte años llamó a un periodista del Diario Crónica y le manifestó sus deseos de jugar en el xeneize. Así, metió presión para que la transferencia sucediera. En su primer superclásico, en 1981, anotó un gol para el 3-0 final.

River, que había estado dieciocho años sin salir campeón entre 1957 y 1978, sacó el pecho en 1986 y dio la vuelta olímpica en La Bombonera antes de jugar. Después ganó 2-0 en un partido que se jugó con pelota naranja porque se esperaba que los hinchas tiraran papelitos para los festivos recibimientos de los equipos cuando salieran a la cancha. A fin de ese año, conquistó la Libertadores y la Intercontinental.

Durante los 90, Boca llegó a estar trece superclásicos invictos, pero River se las rebuscó para ser campeón ocho veces en torneos locales. En 1996, el Millonario ganó la Libertadores con figuras como Enzo Francescoli, Ariel Ortega y Hernán Crespo, pero tres meses después perdió el superclásico 3-2 ante un Boca deslucido que terminó festejando por un gol con la nuca de Hugo Romeo Guerra. Al terminar el partido, Ramón Díaz, director técnico del equipo derrotado, dijo: «Boca gana partidos y River gana campeonatos».  

El supuesto equilibrio se rompió en los inicios del 2000 con la llegada de Carlos Bianchi como director técnico. Boca siguió ganando clásicos y también empezó a ganar títulos internacionales. Levantó la Libertadores en 2000, 2001 y 2003 y se consagró dos veces campeón del mundo. 

En 2004, por semifinales de la Copa se jugó por primera vez un superclásico sin público visitante. Fue el inicio de una medida excepcional que se volvió regla desde 2013 en todo el fútbol argentino. La excusa fue la seguridad, pero la realidad indicaba que a los dos clubes más importantes les quedaba mejor, ya que habían alcanzado una cantidad de socios que no entraban en su propia cancha. 

El superclásico se originó como un fenómeno popular, pero a partir del siglo XXI presenciarlo se transformó en un espectáculo exclusivo. Los hinchas concebidos como consumidores generaron una altísima demanda que los clubes aprovecharon para generar ingresos económicos. La Bombonera inauguró costosos palcos y plateas preferenciales, se armó un ranking de socios para que los «más fieles» tuvieran prioridad y hasta se creó una categoría de «socio adherente», que es como una gran sala de espera para algún día ser «socio activo».

En 2011, River descendió por primera vez en su historia. Si la Era Bianchi ya había marcado una diferencia en la eterna competencia entre ambos, la pérdida de la categoría pareció juzgar de forma definitiva una lucha con más de cien años. No fue suficiente que volviera a Primera al año siguiente, porque los hinchas de Boca ya se habían aprendido una canción de memoria: «River decime qué se siente haber jugado el Nacional, te juro que aunque pasen los años nunca lo vamos a olvidar».

Sos del River o del Boca
Foto: Cordon Press.

Pero la historia no podía quedar ahí. En 2014, Marcelo Gallardo llegó a River como entrenador y empezó a escribir un nuevo capítulo en la historia del superclásico. Los títulos estaban directamente ligados a la desazón de su rival. Lo eliminó de la Copa Sudamericana 2014 y fue campeón; lo eliminó de la Copa Libertadores 2015 y fue campeón; y le ganó la final de la Supercopa Argentina 2017. 

La tensión llegó a su punto máximo en 2018, cuando se cruzaron por la final de la Copa Libertadores. Boca tenía la oportunidad de terminar con la supremacía millonaria moderna y volver a conquistar un título internacional, como no sucedía desde antes de que River descendiera. 

Luego del empate en la ida, el partido de vuelta se suspendió por un piedrazo al colectivo de Boca. Como en 1931, el superclásico fue reemplazado por largas editoriales y llamados a la reflexión sobre la manera de vivir el deporte. Aquella rivalidad nacida en 1908, alimentada por el diario La Mañana y sostenida durante más de cien años con hitos variopinto, tuvo uno de sus momentos más dramáticos. Símbolo de los tiempos, la resolución fue montar un espectáculo internacional en Madrid, ante los ojos del mundo y diferente a aquel primer partido entre inmigrantes. 

River ganó en tiempo suplementario, fue campeón y, en un intento de cerrar la histórica tensa relación con Boca, los hinchas empezaron a cantarle a su rival que «murió en Madrid». Por popularidad y rendimiento, el fútbol argentino quedó reducido prácticamente a los dos más grandes del país. En las redes sociales, los hinchas de los demás equipos empezaron a hablar del fenómeno «Bover». Después de tantos años de desencuentros, el acrónimo los unió como cuando compartían barrio.

Los medios de comunicación se alimentaron de la tensión y debatieron permanentemente por esa competencia hasta el día de hoy. De tanto hacerla en cafés, reuniones y paneles periodísticos, hay una pregunta que se volvió cliché: ¿es peor descender o perder una final continental contra tu máximo rival? 

En más de cuatro años nunca se pudo alcanzar una respuesta unánime. Esa es una de las claves del éxito que se puede ver a través de la historia del superclásico: la tensión se sostiene y se construye desde dos polos opuestos. Boca a lo Boca y River a lo River.


¿Cuál es el país más ciclista de todos?

naciones ciclistas
Apoteosis de Ramón Hoyos, por Fernando Botero.

Las bicis, ay qué bonitas las bicis. Que no son solo para el verano, las bicis, pero en verano lucen más, por lo del calorcito, y el Tour de Francia, y los paseos para ver a esa mozuca que te pone ojucos. Seguro que me entienden (y si no me entienden lo siento). Y cuando un montón de tíos en bici se ponen a hacer carreras eso se llama ciclismo, y es uno de los deportes más populares en el mundo (bueno, vale, uno de los deportes más populares sobre todo en la vieja Europa), y resulta estético como solo puede serlo la fotografía de un tipo achaparrao y famélico vestido con ropa muy ajustada. 

Lo del ciclismo viene de antiguo, y despierta pasiones gordas. Bien gordas. Tantas como para que salgan a pasear banderas, banderines y maillots nacionales. Por eso aquí les planteamos la pregunta. ¿Qué país es el más ciclista de todos? Con sus argumentos, con sus pros y contras, porque somos árbitro y juez, nunca competidor. Y menos mal, porque llegaría el último, también les digo.

Votad, malditos con casco y coulotte, u opinen en los comentario.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)


Francia

A ver… han inventado el Tour de Francia. Punto, ganadores, alonsanfans, viva Napoleón, viva Córcega, albricias y vítores. Vale que Desgrange, papi del Tour, es poco exportable a nuestros tiempos de corrección política, pero, en fin… quién no ha llamado a matar boches desde su periódico, ¿verdad? Corderillos. Tampoco hace falta que les alaben ustedes mucho, porque la grandeur, y el chauvinismo, y todas esas cosas. Qué más da… los galos tienen a Anquetil y su historia personal, tienen a un psicópata como Bernard Hinault, a un hijoputa legendario como Henri Pélissier, a ese Fignon que antes se odiaba y ahora añoramos. Por allí anda, incluso, el tipo que ganó a Eddy Merckx (también el tipo que agredió a Eddy Merckx, por cierto). Ah, y los adoquines del norte, menudo Enfer. Y el Tourmalet. Y el Galibier. Y el Mont Ventoux. Qué coño, es que eso es una catedral (gótica normanda, por supuesto) gigante. Cierren la encuesta. O no. 

A favor: Inventaron el Tour.

En contra: Inventaron a Virenque. Y a otros Virenques peores que Virenque.


Italia

¿Saben qué? Olvídense de Francia, porque ahora llega Italia. Ah, Italia. El país de la pasión, de las reacciones loquísimas, de los ciclistas comiendo helados, del líder deteniéndose para felicitar una boda ante la iglesia. Pueblos teñidos de color rosa, tifosi corriendo junto a pedalistas (pero sin hacer el imbécil casi nunca, ojo), montañas inabarcables, fríos infinitos. Italia. Amor sin complejos por el pasado, imágenes en blanco y negro, mira qué iglesia barroca, pasemos por ese arco que tiene dos milenios, aunque sea peligroso. Todo sea por la estética. Y allí la estética está más cuidada que en ningún otro sitio. Inventaron los cambios de marcha, además, que permiten a escritores de bici subir puertos en bici. Solo Italia pudo parir, casi al mismo tiempo, una elegancia con maillot arcoíris como Gianni Bugno y una fiera deslavazada e indomable como Claudio Chiapucci. Ah, y a Indurain le quedaba mucho mejor la maglia que el jaune, se pongan ustedes como se pongan. Y luego están Fausto Coppi y Gino Bartali, que son un universo propio. Italia, ah, l´Italia. 

A favor: Tienes más estilo que cualquier otra nación. En ciclismo también.

En contra: A veces pueden pecar de exagerados, ya saben.


España

Hubo una época en que España exportaba por Europa wolframio, tópicos del romanticismo y ciclistas que estaban mal de la cabeza. Qué tiempos, oigan, qué tiempos. Teníamos paisanos que corrían el Tour solos, como Trueba. Otros que quedaban en Francia por eso de ser afines a la República y luego volvían para chupar campo de trabajo, como Berrendero. Chiflados geniales e inconstantes, como Bahamontes. Chiflados noblotes pero algo chapados a la antigua, como Loroño. Chiflados guapos a rabiar, como Pérez Francés. Chiflados que fumaban sobre la bici, como Tarangu. Chiflados que… en fin, chiflados gordísimos como Luis Ocaña, que era el jefe de toda esta banda. Chiflados que llegaban dos minutos y pico tarde, como Perico. Y eso, la gracieta.

Luego llegó Indurain, y se jodió el asunto, porque Indurain era un tipo fiable, germánico, serio, inexpresivo. Tan imposible no admirarlo como difícil gritar por él. Quedaban ramalazos, oigan. El Chava, o esa fatalidad chistosa de Joaquim Rodríguez, que hizo pódium en Giro, Tour, Vuelta y Mundial pero no ganó por ningún lado de esos. Ahora está Landa, que tiene ojos tristes, sonrisa irónica y bastantes fotos de fiesta con tanque y sombrero mexicano (también algunas de ataques gordos, oigan). Y eso… historia, afición. Antes más, porque antes todo esto era monte, y ahora solo ves campos de fútbol, pero sigue habiendo. Mención especial al País Vasco, donde el asunto es una mezcla de religión, fiesta calimochera y locura colectiva. Me encanta. 

A favor: Una caterva de grimpeurs descerebrados.

En contra: A veces han bebido de fuentes poco claras, por utilizar un eufemismo.


Holanda

Tipos paliduchos con aspecto de poder ganar mucha más pasta en cualquier otra profesión, y cara de haber venido aquí a divertirse, a disfrutar, aprender, poco a poco, sin agobiarnos, mira qué paisajes, vaya vaquita guapa, tírame una foto así, poniendo morrucos. Jipismo con coulotte y maillot (en los setenta las camisas eran más ajustadas que la ropa de bici). Cierto aire de amateurs profesionales, facilidad innata para cagarla cuando lo más fácil es acabar triunfando. Pajarón en Luz Ardiden, hostia gordísima en Agnello, Mollema retorciéndose, Dumoulin deja un regalito en Suiza (aunque aquello terminó bien, menos para la cuneta en cuestión). Sus directores tienen tácticas… peculiares. Un poco Clemente cepillando a Lauridsen en Leverkusen, seguro que lo pillan. Bueno, eso y Johan van der Velde, pero es que Johan van der Velde es rara avis, y aún lo buscan bajando el Gavia, y escondan todos sus cortacéspedes, que viene Johan. 

A favor: Ligereza y frivolidad.

En contra: Son unos cenizos.


Bélgica

Eddy Merckx. Y ya está. Bien que os gusta el cuento del dinosaurio, y tiene menos palabras. Además, seguro que Merckx ganaba al dinosaurio, porque Merckx gana a todos. 

A favor: Eddy Merckx.

En contra: Los que no son Eddy Merckx. Menos Roger de Vlaeminck, que lo mola todo. Y Boonen. Y Maertens. Y van Looy. Qué coño, no hay puntos en contra. Bueno, sí, la Flecha Valona. 


Colombia

Les dicen «escarabajos». Es por un tío que montaba en bici como si fuera saltamontes. Cierto periodista se equivocó (los periodistas se equivocan muchísimo) y, ya ven, el asunto hizo carrera. Ah, ese ciclista en cuestión se llamaba Ramón Hoyos, y devoró puertos que ni de tierra eran, que resultan quebrada pura, que pasan ríos como quien pasa páginas de novelas. Tan grande fue, Hoyos, que le hizo una biografía Gabriel García Márquez, quizá les suena. Tan grande fue, Hoyos, que le hizo un cuadro Fernando Botero, quizá les suena. Luego se lo robaron al pintor y tuvo que pagar rescate, porque el mundo es un lugar rarísimo. Ganó cinco Vueltas a Colombia, tuvo duelos legendarios con alguien que le decían «Zipa». Más tarde llegan Cochise Rodríguez (que tenía pinta de conquistar victorias por madrugadas), Lucho Herrera, Fabio Parra y su cara triste, Chaves, Nairo, hasta Egan y el Tour. Son superpotencia, cuando décadas antes eran exotismo al que caían todas las culpas (¿frenazos?, colombianos; ¿caídas?, colombianos; ¿nace un niño con rabo de cerdo?, colombianos). Ahora son más exitosos, pero yo prefiero lo de Ramón, porque soy un romántico.

A favor: Fueron un soplo de aire fresco cuando yo era joven, y todo lo bueno pasaba cuando yo era joven.

En contra: A veces prensa y afición colombiana son un poquito… patrioteras.


Alemania

A ver, es una nación menor. En lo de la bici, digo, planteando conflictos mundiales ya tal. Pero sobre ruedas… En fin, que Jan Ullrich. Sobre todo, Jan Ullrich. De aquellas caía majete, luego tuvo evolución complicadilla. Vamos, que pinta feo. Pero a fines de los noventa y comienzos de este siglo, el bonachón gordinflas que adelgaza lo justo para poner en aprietos al yanqui maluto, pero no muchos aprietos, porque tenía una mentalidad tan férrea como las natillas de chocolate. En fin, era lo suyo. Fuera de eso, pues cositas. Thurau, que era un mercenario grandísimo, y tenía pinta de dormir pocas noches en casa. Ah, y otra leyenda, solo que a esta igual ni la conocen, porque es alemana, pero del este, y nos hemos tirado cincuenta años de no mirarnos los unos a los otros. Se llama Gustav-Adolf Schur, y todos le llaman Täve. Ganó Friedensfahrt, fue el tipo más conocido de su país, llegó al parlamento, le hicieron libros, pusieron su nombre a un cuerpo celeste. Sí, colegas, Täve es mayor que Ullrich, aunque les cueste creerlo…

A favor: En contra de su tradición nacional han producido bastantes campeones alocados

En contra: Poca cintura táctica, por decirlo suavemente. Inconstantes a lo largo de la historia en su afición por las bicis.


Suiza

Manos a la cartera, vienen los suizos. Mira que parece ordenadito, civilizado y, sí, algo coñazo este país desde fuera (luego ya te ves la historia y, oye, el asunto cambia), pero es que sus ciclistas son todo lo contrario. Perfecto, tienen a Hugo Koblet, elegante y seductor (también suicidado bien jovencito), y a Rominger y Zülle, que eran una chepa con babas y un cegato irregular (aunque dos tipos adorables, cada uno a su manera), pero hasta ahí. Luego… el horror, el horror. O el caos, si prefieren.

Un buen ciclista suizo siempre lleva braga en el cuello, para que no se le reconozca y atracar esa diligencia tan cargada que viene a lo lejos. Despluma al intendente, seduce a su esposa, es un truhan, es un señor. Vamos, Pascal Richard. O Ferdi Kübler, narizota, malos modos, gusto por las pastillas a puñaos, relinchos antes de atacar. O Beat Breu, que ganó etapas en el Tour, y luego se arruinó, y luego tuvo un lupanar, y luego se hizo monologuista (no establecemos conexión directa, ¿eh?). O Rui Costa, que felicita a Purito cada Nochebuena, qué tal, Joaquim, monstruo, fiera, crac. Ustedes me entienden. Nunca le den la espalda a un ciclista suizo. 

A favor: Son robaperas, y los robaperas molan.

En contra: Llevan sin catar el Tour desde antes de Bahamontes.


Unión Soviética

Aquí incluimos también a rusos, kazajos, uzbekos que mueven la bici muchísimo al esprint, letones calvos con mechón en la testa (estilo capilar Bulgaria en el Mundial 94, para entendernos) y hasta Andrey Tchmil, que ha tenido más nacionalidades que de Vlaeminck Monumentos (grosso modo). Durante décadas fueron los mejores ciclistas del mundo, porque nadie sabía muy bien cuánto andaban y cuánto no, y porque esa Carrera de la Paz sonaba a algo demoledor, con etapas por espacios de nombre acojonante como Montes Metalíferos. Luego, pues meh, pero sus cosas. Berzin corriendo en Ferrari y luego poniéndose lechón, lechón (yo admiro mucho a los exdeportistas gordos). Pavel imperturbable, subiendo con desarrollos imposibles y haciendo cortes de manga en meta, porque los tranquilotes molan. Menchov gritando como un loco después de caerse en la última recta del ultimo kilómetro de la última etapa de su Giro. En fin, Menchov. Tipos relajados, con el equilibrio por bandera. 

A favor: El misterio eslavo.

En contra: Se quedan a mitad de camino, por lo general. 


Reino Unido

La modernidad pija. Hasta hace una década Reino Unido era, para esto de las bicis, el país de Tom Simpson, aquel tipo que se quebró subiendo el Mont Ventoux, llenó de ambición mal entendida, alcohol y anfetas. Como mucho Robert Millar, tío flaquito y con pendiente que pilló por costumbre perder Vueltas a España de forma estrambótica a mediados de los ochenta. Y poco más.

Sucede que entró SKY con un montón de libras, y luego los medios de comunicación con más montones de libras, y más tarde pensadores y opinadores vendieron el ciclismo como algo cool, modernillo, apto para todos esos tíos que ganan sueldos astronómicos y necesitan soltar patucas el finde (la otra opción es mutar en Michael Douglas, Falling Down style) y, claro, pues todo cambió, porque los maillots son más caros, los coulottes son más caros y los british ganan Tours con sus patillas, y sus pistards, y sus evoluciones tirando a estrambóticas. Sea como sea, han llegado para quedarse, y a día de hoy hasta los carteles del Tour aparecen en inglés… O tempora, o mores

A favor: Tienen estilo, y pimplan bastante.

En contra: Carecen de historia, y nadie quiere montar en bici como Chris Froome.


Eslovenia

El primer esloveno que corrió el Tour de Francia se llamaba Franc Abulnar. Tenía orejas grandes, nariz chata y calva a lo Raúl Sénder. Vamos, que poco glamur. Era 1936, y nada. Oigan, que los eslovenos en estos asuntos tienen menos historia que una peli de Charles Bronson. El problema es que, joder, menudo presente, amigos. Pogačar cada vez se parece más a Hinault y menos a Ullrich. Roglič es Rominger con menos mocos y más cadencia. Mohorič lo mismo te gana Milán-San Remo que el Gran Premio de Cheste, categoría Moto 2. Y luego está Tratnik. Adoro a Tratnik. Es profesional y tiene menos pinta de ciclista que yo. Estas cosas son dignas de apreciar, porque la estética cuenta. Digamos que por tradición Eslovenia no pinta nada aquí, pero es que lo mismo tenemos dominio toda la década, y quiero que este artículo envejezca en condiciones, por si dentro de unos años el Instituto Cervantes edita mis obras completas.

A favor: Primož Roglič, Tadej Pogačar… tienen los nombres más acojonantes de la actualidad (Remco Evenepoel mediante). 

En contra: Demasiado nuevos. 


Estados Unidos

El más difícil todavía. Digamos que los yanquis no pueden hacer las cosas siguiendo un desarrollo normal, no. Destacas desde joven, vas subiendo pasito a pasito, te respeta la salud, cuentas con escuadra que te apoya en todo momento. Fruslerías, a los hijos del Tío Sam se les queda aburrido todo eso. Tres tipos han ganado la Grande Boucle bajo las barras y estrellas, solo que únicamente uno sigue constando en el palmarés, por aquello de las drogas y tal.

El privilegiado es Greg Lemond, que triunfó en 1986 después de mil puñaladas con sabor a Blaireau, y luego le confundieron con un pavo, y casi lo matan, y retornó convertido en chuparruedas de la hostia, pero, mira, otras dos Grande Boucle cuando parecía imposible.

¿Armstrong? Este volvió de la misma muerte, de un cáncer jodido, jodido, y se convirtió en el mayor tirano que contempló nunca el julio francés (bueno, igual Robespierre). Cada vez más cercado, cada vez más certezas. Una entrevista con Oprah (aquí hubiese ido a El Hormiguero, con las marionetas riéndose grotescamente mientras explicaba cómo ponerse un chute gordísimo de EPO) y caída a los infiernos. Es un sociópata de manual, y bien que lo sufrió Floyd Landis, tercero de la lista. Niño menonita (de esos que no ven la tele porque no tienen tele, ni electricidad, ni nada posterior a la época de «Snoopy en Acción de Gracias»), profesional esforzado, ganó su edición con la cadera hecha un cisco, no puedo andar, no siento las piernas, jamás seré el mismo, nunca volveré a la bici. Butrón y cierre perfecto. Solo que… positivo. Que dio positivo, vamos. En fin. Ahora tiene una empresa de marihuana, por si quieren seguirle la pista. Y eso son los Estados Unidos. Ah, tienen pruebas divertidísimas con carreteras muy anchas y cantidad de gilipollas disfrazados haciendo el idiota para salir por la tele. Gracias, Andy Warhol

A favor: Cuidan la imagen.

En contra: Cuidan la imagen, pero su imagen es color flúor. 


Australia

Australia ha regalado al ciclismo esprinters marrulleros, escaladores marrulleros, clasicómanos marrulleros, gregarios marrulleros y tipos todoterrenos con tendencia a, oh sí, marrullear. Tampoco se echen manos a la cabecita, porque si ven cine y literatura… en fin, un abrazo a Mel Gibson, George Miller y el inmenso Kenneth Cook (esas novelas donde se trasiega birra y se matan canguros para pasar el rato, qué momentos). En fin, que los aussies son tipos particulares, de esos que los ves sobre las bicis y te los imaginas con camisa de cuadros, cigarrillo en la boca y un taco de billar siempre presto para partírtelo en la espalda. Ah, tienen un Tour, ganado por Cadel Evans, voz de Valerón, nervios calmos a lo Hristo Stoitchkov. Divertidísimos.

A favor: Exotismo a lo Mick Dundee.

En contra: Tampoco es que tengan una tradición muy amplia.


Portugal

Portugal lleva una década dando ciclistas interesantes. Rui Costa, el típico sonrisillas que se levanta a la jefa de las animadoras, vende alcohol recién destilado en la casa del pueblo y aprueba el examen de estadística avanzada sin estudiar porque tiene unas fotos comprometedoras del profe. O João Pedro Gonçalves Almeida, que no puedes ser más portugués que alguien llamado João Pedro Gonçalves Almeida, macho. Pero hasta entonces el ciclismo en Portugal tenía un nombre. Joaquim Agostinho. Hostia, Joaquim Agostinho. Vaya mito, Joaquim Agostinho. Manos enormes, espaldas enormes, barriguita enorme, que tú lo ves y parecen deportes distintos, lo de antes y lo de ahora. Veterano de Mozambique, dirigido por de Gribaldy, agente provocador de Ocaña contra Eddy, casi le cepilla una Vuelta a Tarangu. Luego ganó en Alpe d’Huez, visitó el pódium del Tour, fue a cobrar una deuda por España pistola en mano. Falleció tras una caída en Algarve. El cirujano que lo intervino no pudo salvar su vida. Se apellidaba Lobo Antunes, y su hermano, dicen, escribe novelas. Historión. Y, además, Portugal lo mola todo. 

A favor: Agostinho y la saudade

En contra: Las carreras portuguesas tienen fama de… rápidas.


Luxemburgo

Lo chiquituco que es Luxemburgo y mira, cuatro ganadores del Tour. Vamos a ser cínicos: hasta 1988 habían conquistado la Grande Boucle más luxemburgueses que españoles. Toma ya, para que no se te suba a la cabeza. Tipos duros, inasequibles. François Faber, Nicolas Frantz. Hasta Charly Gaul, que tiene el privilegio de haber recibido halagos de Bahamontes. Halagos de Bahamontes, macho. Giros de Italia tienen varios ciclistas a lo largo de la historia, pero piropillos de Fede solo él. Uno de los tíos más legendarios de siempre, un chiflado de primera categoría con evolución posterior digamos que errática. Luego ya llegaron los hermanos Schleck, con sus sonrisillas, con su pelo rubio, con sus pintas de pijito capitalino bailando Taburete. ¿Cuándo se nos jodió Luxemburgo, Zavalita? Pero bueno, que siguen molando, porque los hijos del Gran Ducado combinan tradición y cierto exotismo. Y porque allí aplanó repechos Miguel Indurain, también por eso.

A favor: Charly Gaul.

En contra: Andy Schleck.


Dinamarca

El mérito de Dinamarca es que les sigan permitiendo competir en esto de las bicis. Digamos que reúnen, en su muy escasa extensión geográfica, a tipos peligrosísimos como Bo Hamburger, primer ciclista al que pillaron con más del cincuenta por ciento en su hematocrito; Bjarne Riis, que casi le revientan las quijadas subiendo Hautacam; e incluso Kim Andersen, propuesto para una sanción de por vida a causa de sus «repetidos controles irregulares». Ojo, en los ochenta, que eso tiene mérito, ¿eh?, controles irregulares en los ochenta. En fin, que tampoco voy a defenderlos mucho, porque aun me jode lo del 96, para qué engañarnos. Seguro que vinieron aquí esperando objetividad, claro.

A favor: Allí andan mucho en bici. 

En contra: Les Arcs y lo que vino después. 


Ruanda

Viene aquí Ruanda por varias razones. La primera es que el ciclismo les flipa, y tienen una carrera con auténticas multitudes en las cunetas… pero algo loquísimo, busquen imágenes, se escapa a cualquier cosa que puedan entender. Este deporte ayudó, además, a los ruandeses después del monstruoso genocidio de 1994, una historia alucinante que tienen en el magnífico La tierra de las segundas oportunidades, publicado por Libros de Ruta. En serio, no se lo pierdan.

Pero es que encima en Ruanda van a hacer los mundiales de ciclismo dentro de un par de veranos, así que prefiero prepararles con tiempo para que no les abrume todo el paroxismo colectivo que van a ver allí. Ah, Ruanda nos vale también como representación de todo el continente africano, desde las colonias francesas en los Tours heroicos (con ese Abdel-Kader Zaaf convirtiéndose en mito) hasta los eritreos y esos sudafricanos inesperados que hubo hace una década. Ah, y Chris Froome, pero es que Chris Froome es una rara avis en sí mismo, por eso sale en dos países.

A favor: La pasión.

En contra: Aún no han despertado, la verdad.



El castañazo: Paul Newman y el blues de los hermanos Hanson

El castañazo. Imagen Universal Pictures.
El castañazo. Imagen: Universal Pictures.

Lo bueno de que los setenta vinieran después de los sesenta es que ya nadie quería cambiar el mundo sino que podías conformarte con sobrevivir, cosa que, obviamente, tampoco era tan fácil. 

Así, si 1977 hubiera sido 1967, o incluso 1984, otra época de reprensión universal pero con hombreras, probablemente a George Roy Hill le habrían pedido encarecidamente que convirtiera a Paul Newman en algo parecido a lo que convirtieron a Robert Redford en El mejor, la historia del exjugador de béisbol que vuelve por todo lo alto y encarna toda la belleza del deporte. Sin embargo, en aquel momento, a nadie le importó que Newman hiciera de Burt Reynolds o al menos entrenara a un equipo de Burt Reynolds, esa panda de perdedores llamada Charlestown Chiefs que vagaban por las ligas menores cosechando derrota tras derrota y apelando al «viejo hockey», a la «vieja escuela».

Para los que no estén acostumbrados a los términos deportivos estadounidenses, conviene aclarar que la «vieja escuela» puede ser cualquier cosa: puede ser el veterano que se mete en mil broncas con el único fin de dar una lección al novato engreído o puede ser el reflejo de lo que un día fue el deporte, su esplendor, algo parecido al «señorío», ese latiguillo confuso de la prensa española. Uno podía esperar de Newman, Roy Hill y Hollywood una apología de la segunda definición, pero no, prefirieron elegir la primera y por ello les estaremos eternamente agradecidos.

El castañazo es la película que refleja todo lo que los niños no deberían saber sobre el deporte profesional. Es la película cazurra por antonomasia, si dejamos a un lado Rompehuesos, la joya del fútbol americano presidiario de 1974. Paul Newman como entrenador-jugador ya veterano —en realidad, el actor tenía por entonces cincuenta y dos años, así que «veterano» se quedaba corto— intentando aleccionar a sus jugadores para que jueguen «inteligentemente», el «hockey de siempre», el que los aficionados quieren ver… y los aficionados cada vez más lejos, el casillero de victorias más vacío y los gerentes del club intentando hacer de todo para captar la atención de la prensa: desfiles de ropa, entrevistas sonrientes en televisión…

Los Charlestown Chiefs intentaban caer bien cuando lo que pedía la gente era lo contrario: caer mal. Muy mal. Terriblemente mal. Enseñar el culo por la ventana del autobús a los aficionados del equipo contrario, patearles los dientes, provocarles constantemente, convertirse en una «puta banda» de verdad, disparar la adrenalina. Fuera guantes, fuera casco, fuera todo tipo de protección, caras ensangrentadas y sonrientes camino del vestuario, gritos primitivos de arenga y en medio de todo aquello, sí, Paul Newman, el buscavidas Paul Newman, encantado de que su «libreto» haya quedado anticuado, encantado de que el equipo gane y que todo sea gracias a esos chiflados que el mánager general contrató a mitad de temporada porque nadie les quería en ningún otro equipo: los hermanos Hanson.

Si el héroe tradicional del cine, el héroe tradicional del deporte moderno es guapo o intenta serlo, viste bien, cuida sus declaraciones, acude a actos solidarios y, como diría Blatter, es el hijo que todos querrían tener, los héroes de El castañazo son tres cretinos con gafas de miope, pelo largo sin peinar, dientes mal ordenados y de una inteligencia mínima, tan escasa que obliga a Paul Newman a llamar nada más conocerles en persona al mánager en cuestión para decirle: «Me has fichado a tres retrasados mentales».

Los hermanos Hanson, con sus juguetes infantiles, con su violencia soterrada y a la vez ese respeto absoluto a la autoridad, al entrenador, que les tiene en el banquillo olvidados hasta que decide «qué demonios, al menos vamos a intentarlo»… Y entonces, los tres Hanson convirtiendo el hielo en un infierno, sus palabras resonando en el vestuario: «Hay que ganar, para eso hemos venido» y las gradas cada vez más llenas, clubes de fans y chicas fáciles, el magnetismo del macho alfa aunque el macho alfa no sea más que un niño malcriado. La épica de la lucha y la épica de las victorias. Un equipo de patilleros perdedores convertido en un candidato al título, cualquier cosa con tal de ganar, cualquier cosa con tal de renovar el contrato o encontrar otro equipo.

Si en Los Goonies la única manera de que a aquellas familias no les quitaran sus casas era mandar a unos cuantos niños repelentes a un mundo de fantasía, en El castañazo los niños llevan sticks, rompen rodillas y están orgullosos de ello, porque al fin y al cabo la situación es la misma y lo dije al principio: sobrevivir. No mejorar la humanidad sino salir adelante. Intentar que el club no quiebre y que la caprichosa dueña —algo parecido a Jane Fonda en The Newsroom solo que con menos ideales, claro, es decir, algo parecido al hijo de Jane Fonda en The Newsroom— pueda vender el equipo sin cerrarlo y con la venta de franquicia, con el posible traslado, mantener el trabajo de todos.

En el fondo, ya ven, podría ser The Full Monty o cualquiera de las películas de mineros de Ken Loach, pero no, es El castañazo y son los setenta, insisto, y aquí no hay dulzuras. Hay ironía, sí, eso siempre, porque no vas a juntar a Roy Hill y a Paul Newman cuatro años después de El golpe y les vas a poner a hacer una película estúpida. Los albóndigas en remojo. No, la tensión está ahí siempre, pero por debajo de la diversión y por debajo de la voluntad de poder, si se quiere. Primero les machacamos, primero dejamos que esos tres hermanos y sus narizotas se dediquen a desconcentrar a los rivales y a volver el reglamento del revés, y, después, nos preocupamos de si lo que hacemos es bueno para el deporte.

Porque, por supuesto, Newman tiene dudas. Por supuesto, escucha a Ned Braden, el chico bueno que se abstiene de intervenir en las peleas, el jugador técnico, de calidad, que se queda en el banquillo, solo, con cara de aburrido, mientras sus compañeros se pegan uno a uno a puñetazos en medio de la pista y los árbitros no saben si separarlos o unirse a la fiesta. Braden como contrapunto de los Hanson, pero nunca como enemigo. Para Braden no vale ganar a cualquier precio porque lo que le importa no es la victoria sino el camino. Braden es Menotti en esto, pero con menos adjetivos, y eso también se agradece.

Braden ve pasar los partidos, ve cómo sus minutos se reducen, ve cómo las masas llenan el campo y piden sangre. Pan y circo, porque eso es el deporte profesional y que nadie se engañe: pan y circo, no necesariamente en ese orden. Braden, que, en el último partido de la película, el último partido del club porque al final, pese a todas las incorrecciones, la franquicia se va a pique, decide completar la burla con un striptease por todo el campo, un striptease sobre patines mientras la banda toca en las gradas una canción de cabaret, de night-club y el comentarista se indigna: «Espero que los niños entiendan que el hockey no es esto», y el Doctor Hook, apodo elegido para una especie de carnicero o gladiador o llámenlo como quieran, le grita al árbitro: «¡Parad eso, es asqueroso, esto es un juego serio!», y el árbitro le responde: «¿Qué quieres decir con un juego serio?» mientras se limpia la sangre que le salpica, «¿De qué estás hablando? Esto es hockey».

Y ahí queda la cosa, entre los que creen que el hockey es un tío dando vueltas en calzoncillos por su mitad vacía de la pista o el hockey son otros quince tíos pegándose como si les fuera la vida a puñetazos en la otra mitad. Esa es toda la licencia que se permite la película. La ironía, decíamos. Los niños no como virginales héroes sino como objeto de comercio y como un objeto no ya manipulable sino bastante puñetero, un objeto que también quiere ver sangre y si no hay sangre que haya música y desnudos. Niños de 1977. Niños que no esperan nada.

A todos nos gusta la belleza. A casi todos, al menos. A mí me gusta ver a Gene Hackman y a sus chicos superándose en cada partido, compartiendo el balón y las esperanzas para que los Hoosiers se acaben convirtiendo en más que ídolos. ¡Hasta el Tano Pasman le pedía a un River Plate moribundo que tocara como el Barcelona! Lo que quiero decir es que no siempre es posible y que en el deporte profesional es altamente improbable. El deporte profesional es negocio y dinero, y las victorias no son más que monedas de cambio, ritos de apareamiento. Ganas tres partidos, lesionas a tres contrarios y ya tienes a cinco chicas en tetas y cuatro moteros con sus Harleys y sus cervezas en las gradas. El deporte es un instituto de secundaria de un barrio conflictivo. Eso es lo que es. Un poco de animadoras pero mucho de navajeros.

El mérito de El castañazo, lo verdaderamente incorrecto de la película —y a la vez lo más correcto, los extremos se tocan tanto en estos temas que es complicado establecer categorías firmes— es que lo único asqueroso de todo lo que pasa es precisamente el negocio que lo rodea. Puede que Braden tenga su idea del hockey y los Hanson tengan otra, puede que Newman sea un entrenador veleta y puede que los aficionados sean unos descerebrados… pero todos disfrutan del juego, sea eso lo que sea, un tío en suspensorios, tres niños convertidos en leñadores o un expresidiario con el puño preparado. Para ellos, eso es serio.

Para los Jane Fonda del mundo, no. Y esa falta de seriedad desde arriba, esa finalidad sin fin en que se acaban convirtiendo todos los mamporros, es lo que lleva a la melancolía, a una cierta nostalgia, a un «para esto, podríamos haberlo hecho bonito»… solo que ellos no eran bonitos, qué le iban a hacer. Eran más bien feos. Setenteros. Passarella no se hubiera llevado a ninguno al Mundial de 1998. Estaban completamente perdidos y ya no buscaban referencias. Ni siquiera en el deporte.

Mucho menos, diría yo, en el deporte.

Y los niños, si quieren, si pueden, que busquen otros modelos. Yo qué sé, algún Teletubbie.


Ya nadie tira de gancho (Roland Barthes, la NBA y Luka Doncic)

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Kareem Abdul Jabbar ejecutando su skyhook. Imagen: NBA.

Pocas acciones de baloncesto reúnen tanta belleza y complejidad como un tiro de gancho bien ejecutado, en el que el jugador acomoda el cuerpo sobre una pierna mientras se gira buscando la canasta, sopesa el arco que tomará el balón, protege la jugada con el otro brazo, y efectúa el lanzamiento mediante un sutil golpe de muñeca, un tiro a una sola mano que deja al contrario sin defensa posible y que se cuela triunfante en la cesta. 

Pero ya nadie tira de gancho. Es un hecho. Una estadística si son de los que necesitan números para disfrutar este deporte. O una nostalgia si son de los que han vivido los años 80. Se argumentará que el baloncesto ha cambiado mucho desde entonces, que se ha alejado de la pintura para favorecer el juego exterior y el tiro de tres, y que los grandes pívots ya no trabajan tanto los viejos movimientos de poste bajo. Y todo eso es cierto, pero cualquiera que haya jugado al baloncesto también sabe que es mucho más difícil encestar un tiro de gancho a una pierna que presente cierta elegancia —o incluso sin ella— que cualquiera de los muchos mates y triples que vemos a diario en cada partido. Y lo peor de todo es que si algún jugador, en un arranque de nostalgia, lanzara uno de esos hermosos ganchos, pocos espectadores se levantarían de su asiento para aplaudir esa jugada del mismo modo que aplauden otras mucho más sencillas.

¿Y para qué habríamos de querer ganchos cuando tenemos un sinfín de triples, mates y alley oops que, sin apenas oposición, se suceden en cualquier partido de la temporada regular? ¿Para qué querríamos sumar de dos en dos cuando podemos hacerlo de tres en tres? Un tiro de gancho no sería hoy una jugada que entraría en los highlights de la jornada. Un simple vistazo a las consideradas mejores jugadas del día o de la semana —los famosos Top 10— y nos damos cuenta de cómo se maleduca y se pervierte el baloncesto señalando aquello que apenas tiene valor y que solo sirve para engordar la posterización de la NBA. A esto ha quedado reducida la temporada regular de la mejor liga del mundo: seis meses de un espectáculo que se asemeja cada vez más al catch, como después veremos.

Y sin embargo, hubo un tiempo en el que el tiro de gancho decidía partidos e incluso campeonatos. El gancho era entonces una jugada noble, elegante, bien apreciada por el público.

***

La historia del gancho conecta Lituania con California, dos lugares antitéticos, opuestos en casi todo menos en ofrecernos algunos de los mejores equipos de baloncesto de la historia. Dicen que el gancho lo inventó el lituano Pranas Talzünas durante el Eurobasket de 1937. Y dicen que fue Goose Tatum —pionero de los Harlem Globetrotters y hall of famer— el primero en usarlo en Estados Unidos durante sus circenses actuaciones a principios de los años 40. Lo cierto es que el gancho en el baloncesto profesional americano nació en los brazos de aquel gigante miope llamado George Mikan —2.08, cinco anillos, club de los 50— que jugó en los Lakers a finales de los 40 cuando la franquicia aún estaba en Minneapolis. George Mikan era hijo de una emigrante lituana afincada en Illinois, y su figura imponente fue tan dominante que se convirtió en la primera superestrella de la NBA, y el primer jugador en entrar en el Hall of Fame. Su famoso tiro de gancho está esculpido en bronce en la entrada del Target Center de Minneapolis.

Durante los años 50 quien más lo utilizó fue Cliff Hagan —alero de los Hawks y hall of famer—, y lo popularizó de tal forma que llegó a rodar un anuncio de televisión en el que lanzaba su famoso gancho. Otras leyendas de los 50 y los 60 como Bob Pettit, Jerry Lucas, Ed Macauley o Clyde Lovelette siguieron la escuela que había creado Mikan y Hagan e hicieron del gancho uno de sus movimientos principales. Pero fue en las calles de Los Ángeles donde el gancho se reinventó. Billy McGill era un muchacho de quince años que se pasaba los días jugando al rey de la pista en las canchas de Denker. Todo el mundo lo conocía y no había nadie en Los Ángeles capaz de echarle de esas pistas. Hasta que una mañana de 1955 se presentaron en el parque tres jóvenes de la liga universitaria que años más tarde sumarían trece anillos de la NBA: Wilt Chamberlain, Bill Russell y Guy Rodgers. Cuando entraron en las canchas de Denker el tiempo pareció detenerse.

—¿Hay siguientes? —dijo Bill Russell con una sonrisa irónica.

—Juguemos un tres para tres a cincuenta puntos —propuso Wilt Chamberlain cogiendo una pelota.

—De acuerdo. Ese chico jugará en mi equipo —dijo Bill Russell señalando a un sorprendido McGill.

Con sus 2.16 de altura —y 2.34 de envergadura— Wilt Chamberlain resultaba imposible de franquear. Harto de recibir tapones, y para poder superar a ese Apolo olímpico, McGill decidió avanzar en perpendicular hacia la canasta, hizo una parada en un tiempo, saltó con las dos piernas y lanzó un tiro de gancho desde el poste bajo que sobrepasó el muro de Chamberlain para anotar dos puntos. Bill Russell no podía creerlo y se burló de su compañero, Chamberlain miró para otro lado y el jump hook, o gancho a dos piernas —más equilibrado y sencillo de ejecutar—, acababa de inventarse en una de las pachangas de barrio más memorables de siempre.

Doce años más tarde, en 1967, ocurrió algo que cambiaría para siempre la historia del gancho y de paso la de toda la NBA. El organismo que regula la liga universitaria —la NCAA— prohibió anotar machacando la canasta. No se dijo abiertamente, pero la razón era que un chico de diecinueve años estaba destrozando todos los registros. Ese chico se llamaba Lew Alcindor, y con sus doscientos dieciocho centímetros intimidaba el aro y la competición. Lew Alcindor había aprendido a tirar de gancho en el instituto porque, según confesó, ese era el único tiro con el que podía evitar que le partieran la cara cada vez que entraba a canasta. Cansado de bracear y recibir golpes, el tímido Lew prefería tirar de gancho para mantener a los defensas a cierta distancia. Así que cuando prohibieron los mates, Lew Alcindor volvió a utilizar su viejo gancho y lo perfeccionó durante años de tal forma que se convirtió en el tiro más hermoso, efectivo e imparable de todos los tiempos. Para entonces ya jugaba en la NBA, se había convertido al islam y se hacía llamar Kareem Abdul Jabbar. En 1974 Eddie Doucette, comentarista radiofónico de los Milwaukee Bucks, observó que aquel gancho parecía venir del cielo —como si cayera desde el Olimpo— y el skyhook nacía para la historia.

Pero la gloria de nuestro lanzamiento llegó en los años 80, década en la que el tiro de gancho —y el baloncesto mismo— alcanzaría su cima. Durante estos años, los Lakers ganaron cinco anillos y el skyhook se convirtió no solo en el tiro más elegante y reconocible de este deporte, sino en el más difícil de ejecutar y casi imposible de bloquear. Taponar un skyhook de Jabbar era tan complicado que las pocas veces que sucedió —solo Wilt Chamberlain, Hakeem Olajuwon, Ralph Sampson y Robert Parish lo lograron— fue tan hermoso como el propio lanzamiento. En una entrevista, Abdul Jabbar dijo sobre su skyhook: «No era un tiro de machos. Sabía que pronto pasaría de moda». 

En esta época dorada del gancho muchos de los grandes jugadores lo utilizaban a diario: Kevin McHale, con su particular dinámica, lanzaba ganchos tanto a una como a dos piernas. Hakeem Olajuwon, maestro de maestros en el poste bajo, tenía uno de los mejores jump hook de siempre. Y Ralph Sampson poseía un estilizado skyhook, tal vez el único que podía acercarse ligeramente a la estética de Jabbar.

Un párrafo aparte merece el tiro de gancho a una pierna y en carrera de George Gervin, tan fabuloso como todo lo que hacía el que tal vez fue el más fino estilista —junto con Julius Erving— que haya dado este deporte.

Pero el segundo gancho más icónico de la NBA es el baby hook de Magic Johnson. No había una sola cosa que Magic no pudiera hacer en una cancha —podía jugar en las cinco posiciones— y adaptó el skyhook a sus propias posibilidades para dominar, junto a Abdul Jabbar, los años 80.

Y tal y como había anticipado el propio Jabbar, el skyhook pasó de moda en los años 90. Pronto se convirtió en un tiro anacrónico que nadie quería utilizar. Shaquille O’Neal lo confesaba en una entrevista: «Mi padre siempre me decía que practicara el skyhook. Que sería imparable con ese lanzamiento. Pero nosotros éramos chicos de hip-hop y no íbamos a tirar de esa forma. Queríamos ser diferentes, más cool». 

Sin embargo, el gancho a dos piernas continuó siendo un movimiento fundamental tanto en los 90 —Sabonis, Karl Malone, Olajuwon, Divac o el propio Shaquille— como en la primera década del siglo XXI, donde se convirtió en una de las mejores armas para pívots como Dwight Howard, Andrew Bynum, Shaquille O’Neal, Yao Ming o Tim Duncan. Kobe Bryant, otro de los grandes estilistas de este deporte, se permitía el lujo de demostrarnos de vez en cuando que el gancho a una pierna era un arte perdido.

En la historia del gancho hay tres que destacan por su belleza e importancia. Dos de ellos decidieron un partido; el otro, un campeonato. El primero sucedió en las finales del 74 y cayó del cielo en los últimos segundos para que el público pudiera pronunciar las que, según Bill Russell, son las palabras más hermosas de este deporte: séptimo partido. Su autor solo podía ser Kareem Abdul Jabbar. Y aunque a la postre no sirvió para ganar el campeonato, es ya una de las canastas más icónicas de las finales.

El segundo gancho —mismo autor, idéntica belleza— también cayó del cielo en el último segundo para ganar a los Clippers al inicio de la temporada regular de 1979. Pero no se trataba de un partido cualquiera, sino del partido en el que Magic Johnson debutaba en la NBA. Es de suponer que fue ahí donde Magic decidió que tenía que incorporar ese tiro a su infinito repertorio. Es simbólico el largo abrazo final que Magic le da a Jabbar porque inaugura la dinastía de los Lakers y la sonrisa eterna de Magic. 

Y nuestro tercer gancho vuelve a ser un tiro ganador para los Lakers, que parecen tener un idilio con este lanzamiento. Sucedió en unas finales y allanó el camino hacia el campeonato frente a los Celtics de Larry Bird. Creo que en esa jugada están resumidos los años 80 y todo lo que significaron para el baloncesto. Que un tiro de gancho propicie un campeonato dice mucho acerca de la importancia que tenía este lanzamiento. Al terminar aquel partido, Larry Bird dijo con su sorna habitual: «Cuando juegas contra los Lakers sabes que vas a perder el partido por un skyhook. Pero lo que no esperas es que ese tiro venga de Magic». Y es que el gancho más importante de todos los tiempos fue un baby hook que puso la serie 3-1 para encarrilar el campeonato de 1987.

***

Y así, a través de este viaje por la historia del gancho, llegamos a la actualidad en la que la obsesión por el triple y el mate han convertido la NBA en un espectáculo muy cercano al catch.

Roland Barthes, en sus célebres Mitologías, reflexionó sobre algunos mitos de la vida cotidiana francesa. Desde un simple entrecot al Citröen Tiburón o el Tour de Francia, Barthes destapó el discurso que opera en la construcción de estos mitos contemporáneos. En uno de sus artículos describió el mundo del catch de esta forma:

La virtud del catch consiste en ser un espectáculo excesivo. En él encontramos un énfasis semejante al que tenían seguramente los teatros antiguos. […] El catch no es un deporte, es un espectáculo. […] En el catch el público se pone de acuerdo con la naturaleza espectacular del combate, como el público de un cine de barrio. […] Al público no le importa para nada saber si el combate es falseado o no, y tiene razón: lo que importa no es lo que se cree sino lo que se ve. […] El espectador no se interesa por el ascenso hacia el triunfo; espera la imagen momentánea de determinadas pasiones. […] Dicho de otra manera, el catch es una suma de espectáculos, ninguno de los cuales está en función del otro. […] El catch propone gestos excesivos, explotados hasta el paroxismo de su significación.

Sustituyamos ahora la palabra catch por NBA y tendremos qué es lo que significa la temporada regular de esta competición.

Barthes continúa su artículo hablando de la importancia que supone el físico en un combate de catch:

El cuerpo del luchador, pues, es la primera clave del combate. Los luchadores tienen un físico tan concluyente que pregonan de antemano el contenido futuro de su papel. […] El físico de los luchadores de catch, por tanto, instituye un signo de base que contiene en germen todo el combate. […] Por encima de la significación fundamental de su cuerpo, el luchador de catch dispone de explicaciones episódicas pero siempre oportunas, que ayudan permanentemente a la lectura del combate por medio de gestos, actitudes y mímicas. […] Se comprende que, a esta altura, no importa que la pasión sea auténtica o no. Lo que el público reclama es la imagen de la pasión, no la pasión misma. […] Hay un agotamiento del contenido por la forma.

Y aquí tenemos de nuevo algunas claves de lo que vemos a diario en la temporada regular de la NBA: un público reclamando no la pasión del baloncesto sino una serie de imágenes; no la pasión de un partido sino una serie de explicaciones episódicas —el mate, el triple, el alley oop— que sustituyen a esa pasión. El contenido del baloncesto, sus fundamentos, han quedado agotados por la forma, la pasión por el póster.

 ***

La llegada de Luka Doncic a la NBA ha roto algunos mitos sobre este espectáculo. El cuerpo atlético y los mates ya no parecen una premisa fundamental, y Doncic se deshace de los rivales con una finta, un reverso, un pivote, un tiro a tabla, un Eurostep o una sencilla bandeja. El cuerpo del luchador ya no es la primera clave del combate y sí lo son sus fundamentos. El físico ya no pregona de antemano el papel del jugador, sino que son los fundamentos en los que se basa y se funda este deporte los que hablan por sí mismos. Unos fundamentos que han sido progresivamente olvidados e intercambiados por otros.

La temporada pasada vimos una jugada de Doncic que podría resumir esta idea. Doncic roba un balón en su campo y se escapa en solitario hacia la canasta contraria. El público —jugaba en casa— se pone en pie y comienza a murmurar esperando el inminente mate. Pero Doncic entra en la zona, da dos pasos y encesta con una sencilla bandeja apoyándose en la tabla. El público de Dallas, incluidos sus propios compañeros de banquillo, levantaron los brazos en señal de protesta y mostraron su rechazo a esa acción con un largo abucheo. Se sintieron defraudados porque Doncic no hizo lo que todos esperaban: el mate, la mueca posterior enseñando músculo, la sobreactuación y la mímica dirigidos a un público que jalea a sus jugadores en una teatralización del baloncesto. La misma parodia la vemos a menudo en el catch cuando el público abuchea a un luchador que no hace lo que de él se espera. 

El mundo de la NBA es ya un mundo de apariencias. El mate y el triple lo reducen todo y se han convertido en un recurso fácil que banaliza el baloncesto. El mate resulta burdo por momentos, y el triple aburre por repetitivo. En la NBA actual todo ha de ser estridente como en una superproducción de Hollywood llena de carreras de coches y grandes explosiones. Su narrativa es tan previsible como cualquiera de esas películas. La NBA se ha vuelto un deporte de género donde sabemos de antemano lo que va a suceder. Un baloncesto que tiene prisa por ofrecer al espectador las imágenes estereotipadas que está esperando.

Lo más interesante que nos queda del gancho se lo debemos a Nikola Jokic o a Joel Embiid. Y Kyle Kuzma a veces se atreve con un exquisito lanzamiento en carrera, para recordarnos que el gancho a una pierna sigue siendo una pieza de museo.

En 1967 prohibieron el mate para salvaguardar la competición. Tal vez deberían hacerlo de nuevo. ¿Se imaginan la cantidad de movimientos viejos y nuevos que surgirían para sustituir al mate? A Lew Alcindor no se le permitió machacar, y de esa prohibición emergió el skyhook. Tampoco pudo tirar triples porque no se introdujeron en la NBA hasta 1979. Sin embargo, Kareem Abdul Jabbar convivió diez años con el tiro de tres, pero solo anotó uno en todo ese tiempo. El resto de sus 38 384 puntos los iba a tirar desde el poste bajo. De dos en dos. Con su gancho caído del cielo.


El tercer tiempo

tercer tiempo Foto Kelsey E.
Foto: Kelsey E.

Hubo un tiempo primigenio en que lo más importante era cambiar cromos y desollarse las rodillas. 

Hubo un segundo tiempo en que la noche transcurría veinteañera con la única finalidad de que llegase la madrugada.

Hasta que vino un tercer tiempo, como una bahía enorme llena de cetáceos maduros adonde fuésemos a aparearnos: eres padre, un tipo vestido de blanco te dice que beses a tu hijo y allí estás tú, con un gorrito en el quirófano, contándole los dedos y cogiéndolo a cámara superlenta, como un Tedax que transportara una de esas bombas de alta sensibilidad que estallan en cuanto la cagas. Tic-tac. Tic-tac. Tic-tac.

El tercer tiempo.

Los partidos se jugaron a lo ancho y largo del cambiador, nos pilló a contrapié el asunto de los cólicos, se llenaba el estadio del salón con las suegras y los tíos, y cada noche acabábamos como Messi después de un marcaje de Ballesteros. Tentándonos la ropa y diciendo: estamos vivos, estamos vivos.

Sudamos la camiseta, vaya que si la sudamos. Cada vez que venían con un regate nuevo («¡papá, a todas las mamás les han cortado el pene!», «papá, yo de mayor no puedo ser policía porque no tengo gorra», «mamá, se te mueve la teta porque debajo tienes el corazón», «mamá, los caballos duermen en cuadras porque no pueden dormir en círculos»), mi mujer decía «mira qué ricos». A mí, con esto del júbilo (qué le vamos a hacer), no solo me salía la risa, sino que me entraban ganas de gritar gol. 

Gol. Lo que se dice en barrios decentes como Carabanchel para celebrar algo.

(…)

Cuando Mateo ya tenía cinco años y Martín dos, en casa había tres camisetas del Atleti que no se pusieron jamás, una bufanda del Barcelona virgen, un banderín del Livorno envuelto en su plástico, cuatro raquetas de tenis sin estrenar, tres balones de reglamento nuevos y uno de básquet que acabó deshinchado en el trastero, una pelota de goma con dibujos de dinosaurios y otra con la cara de Batman, y un bate de béisbol de gomaespuma, eso sí, que solo utilizaban para reproducir escenas de La naranja mecánica en el pasillo de casa. Con la imagen del pequeño corriendo detrás del mayor como un velocirraptor. Zas. Zas.

Para un padre que ha crecido viendo a Paulo Futre garabatear sueños sobre la cal del Calderón, la posibilidad del otorgar el libre albedrío a la prole en la materia dejaba abierta una sima de peligros, como un jabalí macho que soltara a los jabatos sin reparar en cepos ni en cotos de caza. Los peligros: 1) que renegaran del fútbol y ya no te dejasen ver más partidos; 2) que quisieran practicar golf (somos de Carabanchel, recuerdo); o 3) que se te hicieran del Madrid.

Mis sueños de Bill Shankly se vinieron abajo cuando supe que Mateo tenía los pies planos, y que por eso se le enredaban las piernas una y otra vez, y que por eso prefería leer a Gerónimo Stilton en el patio antes que echar una pachanga. 

Un día vi claro que Martín preparaba su infidelidad: allí, en su habitación, mirando una y otra vez el cromo de nuestro delantero, había encontrado un motivo para renegar del fútbol. «Oyeee, que Forlán es una chica…». 

Había que hacer algo y atajar este sindiós. Como un Sazatornil que disparase al cielo al ver una puesta contra natura.

—Deberíamos apuntarles a un deporte.

—¿Para qué?

—Bueno, es que yo siempre hice deporte de pequeño. Fútbol sala. Y eso…

—Ya.

Ana decía «ya», asentía, y luego me miraba la incipiente panza. 

Ya. 

Es cierto que la experiencia deportiva de la madre se reducía a una coreografía con hula-hop a los doce años (una actuación de fin de curso en su colegio de monjas) y que el mayor logro futbolero de un servidor fue una semifinal de aciago recuerdo contra Los Pajarones FC en la que metí tres goles en propia puerta a mi primo, que hacía las veces de portero. O de algo parecido a un portero. O de algo parecido a un bosquejo de portero. 

No era ya que el crío a lo mejor te saliese un Nadal o a lo peor te saliese un Mourinho. La cuestión era que uno creía romántico en la fuerza telúrica del esfuerzo, en el cemento que es hacer equipo y en la liana segura del deporte cuando lleguen la espesura de la adolescencia y otras selvas. 

De aquella conversación iniciática con el mayor solo recuerdo el final.  

—Vale papá, pero solo una cosa…

—¿Qué, hijo?

—Por favor, no me apuntes al fútbol.

Fue un peregrinar insatisfecho lo que vino, una gymkana sin premio, la búsqueda de un grial incierto.  

Mateo, Martín y el dilema de a ver cómo sudábamos.   

Efectivamente, en el equipo de fútbol del colegio (por el exceso de demanda) dividían a los críos como reses: estaba el hato de ganado de los buenos y estaba el hato de ganado de los malos. Los primeros pastaban en campos de hierba. Los segundos, en un erial. Los padres almorzaban árbitros crudos y el entrenador era asaeteado desde la banda. Mis hijos dijeron que no.

Con el tenis tuvimos un accidente. A raquetazos se dilucidó un desencuentro y aquello fue una pintura negra de Goya. Mis hijos dijeron que no.

Me los llevé a Vista Alegre para ver balonmano. A la tercera vez, me di cuenta de que solo iban por la bolsa de gusanitos. Mis hijos dijeron que no.

Baloncesto. Judo. Voleibol… Mis hijos dijeron que no. Y podríamos haber seguido con la halterofilia, la gimnasia artística, la lucha leonesa o las sevillanas. Porque el trance definitivo nos esperaba en otra parte.  

Fue cuando nos invitaron a participar en aquel torneo en Yuncos (Toledo). La cancha era un prado maravillosamente irregular, con sus margaritas saliendo y todo, como cuando te padre te llevaba de pequeño al campo. Había unos adultos preparando una perola con perritos calientes, porque el partido se celebraba al final. Qué mas daba el resultado. Y en vez de porterías habían unas estructuras en forma de hache.

A la entrada de las instalaciones, estuve leyendo un mural. «No olvide que usted no es el padre del Seleccionador Español en Miniatura». «No olvide que, sin equipo rival, aquí no habría ningún partido». «Los niños juegan para su propio estímulo, divertimento y desarrollo. No para el suyo».  

Yo me frotaba los ojos.

Los críos también. 

—Papá, el balón es como un huevo Kinder…

(…)

La primera vez perdimos. 

8-0 perdimos.

Perdemos casi siempre. 9-2. 7-3. 4-2. Y así.

Pero al que en clase le llaman gordo es el mejor del equipo y ya va más centrado por el pasillo. El de los pies planos vuela por la banda. El más canijo se crece. Ves a tipos de un metro de altura pidiendo perdón. A los que ganan haciéndole pasillo a los que pierden. A los padres llevando merienda para todos. Y a las mujeres/madres/novias de los árbitros, desinhibidas, aplaudiendo a tres bandas…

Martín, que tiene cinco años, apunta maneras de melé y el sábado tiene partido con su hermano en Orcasitas, sonríe mordiendo el protector bucal. 

—Cuando uno se cae, tiene que levantarse, eh —masculla.

Se lo ha dicho el entrenador. Como un abracadabra de la vida. Porque esto es rugby. 

También se lo dice su padre, todas las noches, justo después del beso de antes de acostarse.


Thanatos pone en jaque a Eros: el ajedrez en tiempos de guerra

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DP.

Blancas versus negras: el ajedrez apela a toda situación dilemática. Bien pueden referir a la paz y la guerra, lo bueno y lo malo, lo elevado y lo profano, a Dios y al Diablo, al día y a la noche. 

Cuando Freud, a inicios de los años 30, dijo que el destino de la especie humana será decidido por la circunstancia de si el desarrollo cultural logrará hacer frente a las perturbaciones de la vida colectiva emanadas de las pulsiones de agresión y autodestrucción, estaba a nueve años del comienzo de la Segunda Guerra Mundial y de su propia muerte.  

Siguiendo al padre del psicoanálisis, podría resignificarse la posibilidad de dualidad extrema que ofrece el ajedrez, en tanto la lucha eterna entre Eros y Thanatos. Fuerzas en ontológica y permanente contienda que pueden aparecer tanto frente al tablero escaqueado cuanto en los campos de batalla de guerras reales. 

Hitler y Stalin fueron dos referentes principales del último conflicto bélico a gran escala. Por momentos fueron socios y, siendo así, Hitler se sintió habilitado para invadir Varsovia, hito que marcará el comienzo de la conflagración europea (que se convertirá en universal). Luego serán adversarios, y el soviético será determinante en la caída del nazismo. En cualquier caso, y más allá de esa relación sinuosa, al cabo de todo estuvieron del lado equivocado en el tablero de la vida.

En su vínculo con el ajedrez ambos promovieron competencias y prohijaron jugadores que pudieran encarnar ante el mundo los valores deseados por los respectivos modelos: el delirio del pueblo ario puro; el sueño de un hombre nuevo (con pies de barro). Stalin, dando un paso más, incluyó al juego como una explícita acción de propaganda del sistema. 

De la probable cercanía de Hitler con el mundo de los trebejos existe un retrato icónico ambientado en Viena que lo muestra jugando una partida que pudo haber disputado con Lenin.

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DP.

Ya como Führer, habrá de designar como gobernador de los territorios ocupados de Polonia a Hans Frank, un ávido ajedrecista, que organizará torneos en los que participarán algunas figuras de la época. Entre ellas se verá al campeón del mundo, el ruso-francés Aleksandr Alekhine; al promisorio Klaus Junge, nacido en Chile, quien se sumará a la fuerza militar nazi, y al ucraniano Yéfim Bogoliúbov, que se afincará en Alemania pese a que su vínculo inicial con su país de destino se dio en forma poco agradable: cuando participaba del torneo de Manheim 1914, en los mismos inicios de la Primera Guerra Mundial, fue detenido al ser súbdito del Imperio ruso, nación enemiga. Las sinuosidades de las guerras entreveradas con los destinos personales. 

Esas pruebas deportivas bajo el omnímodo poder nazi (también habrá una Olimpíada de Ajedrez en 1936, año de los Juegos Olímpicos de Berlín avalados por el COI) fueron la contracara de otras menos rimbombantes en las que participaban los ajedrecistas confinados en los guetos e, incluso, de las informales partidas que se libraban en los campos de concentración. 

A las partidas que siempre es posible jugar apelando a la memoria, se les puede agregar las que se disputaron sobre improvisados tableros con piezas construidas con mendrugos de pan (usando harina de centeno para el caso de las negras). Hay un caso muy conmovedor, el de un prisionero que, con el material del garrote de uno de sus custodios en Auschwitz-Birkenau, cinceló un juego de ajedrez demostrando que un instrumento de castigo bien podía ser convertido en un luminoso elemento que apelara al goce. 

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Piezas de ajedrez talladas por el polaco Elhanan Ejbuszyc en el campo de concentración de Auschwitz-Birkenau. (DP)

La suerte de muchos ajedrecistas, gran parte de ellos polacos y judíos (aunque al analizarse la nómina exhaustiva se comprobará que la taxonomía no se agota en esas categorías), estaba echada. Habrán de morir en los campos de exterminio, ejecutados, o por desnutrición y, en caso de sobrevivir, estarán sometidos a las peores condiciones de existencia. 

Algunos pudieron emigrar; a otros el comienzo del conflicto los hallará fuera de casa, por lo que dispondrán de la opción de permanecer, temporal o definitivamente, en tierras más pacíficas. El comienzo de la final del Torneo de las Naciones de Ajedrez de Buenos Aires se verificó el día de la invasión nazi a Varsovia, los jugadores europeos que allí estaban compitiendo, habrán de considerar que el barco que les condujo cruzando el Océano Atlántico había sido una virtual Arca de Noé.

En el ajedrez de la guerra real se puede ganar o perder, pero nunca los que no participan directamente del conflicto pueden ser indiferentes. Por eso es que la reputación de Alekhine fue definitivamente dañada habida cuenta de su participación en aquellos torneos propuestos por los nazis y por haber aparecido en la prensa unos escritos bajo su firma en donde, muy peligrosamente, se atrevió a distinguir el estilo de juego de los ajedrecistas arios respecto del de los judíos. 

En ese contexto, la muerte posterior del campeón del mundo en soledad en su cuarto de hotel de Estoril será reputada de dudosa: se dijo que ello sucedió por haberse atragantado con una porción de comida, pero se sospecha que pudo haber sido liquidado por orden del servicio de inteligencia soviético o de la resistencia francesa, ¡quién sabe! La guerra, una vez terminada, sigue mostrando sus esquirlas. 

Stalin, tras liberar Berlín, se transformará en casa en lo que venía insinuándose: un autócrata sin moral. El ajedrez, a partir de su concepción, se transformará en un elemento central en el campo de batalla de las ideas. Una nueva guerra no declarada, considerada fría, pero aún más peligrosa (a partir de ahora acechará la destrucción absoluta gracias al poder atómico), implicaba que a Occidente había que demostrarle la superioridad del modelo soviético. 

Si Lenin y Trotski, como cultores del ajedrez, promovieron que se lo incluya como actividad formativa en los Centros de Pioneros, el dictador soviético dará un paso más. Si el sistema comunista era el deseable en términos de la igualdad declamada y de las mieles (solo iniciales, ya vendrá el momento del agotamiento y de la implosión) de su sistema productivo, también debía poder evidenciarse la superioridad en el campo de la cultura, las ideas y la inteligencia; y el ajedrez podía perfectamente encarnar unos valores quizás más abstractos. La maquinaria ajedrecística soviética debía ser montada para, gracias a la calidad y número de sus exponentes, pasar a dominar la escena mundial. 

Mijaíl Botvínnik, el patriarca del ajedrez soviético, será el emblema de Stalin y del régimen. Su primer título internacional, el de Nottingham 1936, será ofrendado públicamente al protector. El ajedrecista será elevado a la categoría de padre del ajedrez soviético, para lo cual la brillante escuela rusa previa será borrada de los anales y Alekhine, en tanto exiliado y por su origen aristocrático, no podía menos que ser considerado un traidor. A los principales rivales del primer campeón de la posguerra no les serán facilitadas las cosas: el estonio Paul Keres y el judío David Bronstein no pasarán la prueba ácida de pureza nacional y religiosa, respectivamente. 

Las carreras ajedrecísticas, para bien o para mal, serán digitadas o condicionadas desde el poder, con una federación deportiva que se la hará depender del Ministerio de la Propaganda, la que fue presidida inicialmente por Nikolái Krylenko. Este, como fiscal, instruirá la muerte de tantos compatriotas, para luego beber de su propia medicina al ser ejecutado tras ser incluido dentro de las clásicas purgas estalinistas, esas en la que desaparecerán varios ajedrecistas. Un episodio muy doloroso se dio con el gran jugador letón Vladímirs Petrovs, enviado a Siberia, donde perecerá en un gulag por inanición, siendo borrado de los libros de historia: primero se lo destierra, luego se le niega la propia existencia.

Al formular este repaso sobre cómo el ajedrez estuvo presente en Hitler y Stalin, y en ellos vemos a Thanatos en su esplendor, no podemos dejar de asociar esos nombres y algunas de sus acciones con el candente y preocupante escenario de la actualidad. La invasión ordenada por Vladímir Putin a Ucrania recuerda vivamente la de Varsovia en 1939. Un Putin que, por otra parte, como natural heredero de la tradición soviética (y del zarismo imperial), demostró su cercanía al juego, como ayer lo estuviera Stalin. Podría decirse que el Botvínnik de Putin es Serguéi Kariakin, alguien a quien se lo preparó para campeón del mundo (sin éxito) que, paradojalmente, nació en una Ucrania hoy tan sufriente.

Es una convención que el milenario ajedrez desde sus orígenes, y a lo largo del tiempo, estuvo asociado a la guerra. En el chaturanga indio las piezas estaban representadas por las cuatro fuerzas (angas) que participaban de la contienda. En la educación de los caballeros en el Medioevo, y siempre en el campo militar (de Tamerlán a Napoleón), se solía utilizarlo como simulación de acciones en combate. «Ludimus effigiem belli, simulataque veris», imagen de guerra, tal como vio al pasatiempo el poeta Marco Girolamo Vida en el siglo XVI. 

En definitiva, y volviendo a Freud, solo debería tratarse de que el juego, a nivel psicológico personal, y si se lo prefiere en forma terapéutica, oficie de forma tal de que las fuerzas destructivas se canalicen dentro una superficie de sesenta y cuatro escaques sin llevarlas a otros terrenos de la existencia real. Esta premisa, que vale para todos, mucho más aplica a quienes detentan un poder que debería solo orientarse a causas nobles. 

Pero ello, bien lo sabemos y sufrimos, no necesariamente sucede. Habrá quienes, como Hitler, Stalin y Putin, no se conformen con el simulacro. Siendo así, solo nos queda la esperanza de que, en estos escenarios bélicos reeditados del aquí y ahora, la fuerza de Thanatos no logre prevalecer respecto de la pulsión de vida, esa a la que siempre, aún en las peores circunstancias, evoca Eros.


Guerra y fútbol en Ucrania

Dinamo de Kiev v Shakhtar Donetsk ucrania
Jugadores del Dinamo de Kiev apoyan a uno del Shakhtar Donetsk tras sufrir insultos racistas. Imagen: F. K. Shajtar Donetsk.

La cuenta de Instagram del Dinamo de Kiev, el club de fútbol capitalino, ha estado subiendo fotografías de la ciudad bombardeada desde que comenzó la invasión rusa a Ucrania. La vida ha cambiado allí en todo sentido. Las últimas noticias que nos han llegado nos hablan del reciente hermanamiento, insospechado hasta hace unos años, entre ultras del Dinamo de Kiev y seguidores del Shakhtar Donetsk, enemigos acérrimos en los últimos tiempos. Se han hermanado por causa de la guerra y la visión común que ahora comparten sobre Ucrania. Putin los ha unido. Vivir para creer.

El devenir del Shakhtar Donetsk en este siglo XXI ha fluctuado entre la gloria deportiva y cierta logística del disparate. Antes de la invasión hacía uso del Olímpico de Kiev para poder disputar la liga ucraniana. Hasta hace dos años el equipo venía jugando sus partidos como local en el estadio Metalist, en la ciudad de Járkov (la segunda del país y una de las plazas más castigadas por los bombardeos rusos). Lo hacía muy lejos de su región natural, el fatídico Dombás, foco prorruso y excusa por parte de Rusia para invadir Ucrania. Cada fin de semana el club al completo tenía que hacer el trayecto de Kiev a Járkov para disputar sus partidos. Pero antes incluso de Járkov, recién estallada la guerra en el Dombás, el Shakhtar jugó sus partidos como local en la lejana Lviv (hasta 2016), también llamada Leópolis, la ciudad más occidental y europea de Ucrania. 

El forzado sello viajero del Shakhtar tiene su explicación en todos estos últimos y horribles años. Desde que en 2014 estallara la guerra en las regiones prorrusas de Donetsk y Lugansk, el equipo y su directiva se vieron obligados a emprender su peregrinaje por distintas ciudades de Ucrania. El Shakhtar instaló su sede administrativa en la propia Kiev, mientras sus bien pagados jugadores, incluidos sus muchos brasileños de color caoba, fueron distribuidos en pisos de lujo de la capital. En 2017 trasladó su sede a Járkov, más al nordeste del país y menos lejos de las separatistas Lugansk y Donetsk.

Por todo ello, la delicada situación de Ucrania ha tenido su peculiar influjo sobre el fútbol. Los citados Dinamo de Kiev (el más añejo e histórico) y Shakhtar Donetsk (el nuevo rico del siglo XXI) nos resultan conocidos por ser habituales en las competiciones europeas (sobre todo el Shakhtar y su vistosa elástica de color naranja). Pero otros equipos como el Dnipro o el Karpaty Lviv, con sus nombres casi impenetrables, nos resultan mucho más peregrinos, pese a que ahora la guerra nos permite redescubrir su historia y su avatar como parte de la génesis de este país doblado en dos: Ucrania.

***

Antes de esta guerra frontal y analógica diseñada por Rusia (incluso antes del conflicto en el Dombás siete años atrás), tuvo lugar una simbólica guerra de camisetas azules y naranjas entre el Dinamo de Kiev y el Shakhtar Donetsk. La guerra de las elásticas se produjo con la llamada Revolución Naranja de 2004, cuando el por entonces presidente y vieja momia política, Leonid Kuchma, fue desalojado del poder por corrupción. Tuvo que ceder su puesto al vicepresidente Víktor Yanukovich, líder del prorruso Partido de las Regiones (referente político de la rusofilia en la Ucrania del este). Las elecciones de 2004 fueron un fraude y su repetición hizo presidente al nacionalista Víktor Yúshchenko (el recuerdo de este buen hombre nos produce repelencia: envenenado con dioxina, su rostro se recubrió de bubas y deformaciones horripilantes).

La Revolución Naranja de 2004 tuvo su rocambolesco episodio en el fútbol ucraniano. El presidente del Shakhtar Donetsk, el millonario prorruso Rinat Akhmetov, obligó a sus futbolistas a jugar con atuendo blanco para evitar que los colores del club se identificaran con los de la revolución que impulsaban los ciudadanos más proeuropeos desde la capital. La ironía cromática consistió en que el Dinamo de Kiev vestía de azul y apoyaba a los revolucionarios naranjas, mientras que el Shakhtar de color butano apoyaba al Partido de las Regiones, asociado al azul. La otra gran ironía añadida y posterior es que diez años después el Shakhtar se vio obligado a hallar abrigo en Kiev por el estallido de la guerra en el Dombás.

A todo esto, ¿quién era y de dónde venía el tal Rinat Akhmetov? De origen tártaro, su familia había llegado en tiempos a la pródiga cuenca del Don para trabajar en las minas de carbón. Igual hicieron tantos y tantos trabajadores de lengua rusa venidos desde distintos enclaves de la URSS. Como otros próceres iguales a él, que de pícaros y trajinantes callejeros se transmutaron en potentados del gas, Akhmetov se hizo dueño del Shaktar Donetsk a medida que, con gran listeza y olfato, se iba convirtiendo en uno de los grandes referentes del poder en Ucrania.

Poco a poco los aficionados al fútbol fueron habituándose a las atrevidas formas del Shakhtar Donetsk, lo mismo en la Champions que en la Europa League. Aparte de su llamativo resol naranja, lo que lo hacía peculiar era su nutrido cuerpo de jugadores color tostado. Como dijimos, la mayoría de ellos eran brasileños, fichados a golpe de talonario gracias al ricachón Akhmetov. El Shakhtar era en sí mismo un mejunje enriquecido en una coyuntura frenética. Akhmetov levantó el elefantiásico estadio del Donbass Arena en 2008. Era el mismo estadio que sería bombardeado en la guerra de 2014 entre las milicias separatistas prorrusas y el ejército ucraniano.

Ajeno por entonces a la posibilidad de cualquier conflicto armado, en 2009 el prócer Akhmetov fletó de su bolsillo cinco aviones llenos de aficionados, muchos de ellos mineros, para presenciar en Estambul la final de la Europa League ante el Werder Bremen alemán (en semifinales el Shakhtar consiguió apear con todo su escozor al mismísimo Dinamo de Kiev). Los ucranianos del este se alzaron con el triunfo y, con ello, el frente prorruso del país consiguió extender su influjo político y deportivo hasta las entrañas de Kiev.

El equipo de Akhmetov siguió jugando como gran embajador del Dombás hasta que estalló la guerra en 2014, en respuesta a la revuelta conocida como el Euromaidán. El prorruso Yanukovich, ganador de las elecciones, fue desalojado del poder al ucraniano modo (quiere decirse sin muchas miras democráticas). El Euromaidán se produjo cuando Yanukovich decidió mirar más al lado ruso, lo que le llevó a suspender un acuerdo de acercamiento a la Unión Europea, la cual, de forma insensata, había ofrecido sus brazos a la antigua y mítica Rus de Kiev para enojo de Moscú.

Así las cosas, a Akhmetov el rebufo del Euromaidán lo llevó a un insólito giro político y logístico también. Defendió entonces la unidad de Ucrania (en parte para defender los intereses comerciales del Shakhtar Donetsk). Los separatistas prorrusos, muchos de ellos hinchas del Shakhtar, asaltaron e incendiaron las oficinas empresariales de Akhmetov. El prócer tuvo que exiliarse en Kiev en un clima de rareza y desubicación sentimental.

 Equipo medio huérfano y medio peregrino. Esta ha sido el sino del Shakhtar Donetsk en todos estos años, los que van de la primera guerra en el Dombás a la invasión total de Ucrania por parte de Rusia.

***

En 2015, el orbe futbolístico europeo conoció que existía un equipo con nombre parecido al de un cotizado mineral: el Dnipro. Hoy por hoy ya sabemos que Dnipro es otra de las ciudades que ha estado sufriendo los bombardeos rusos. Su nombre responde a la zona del óblast de Dnipropetovsk, cuyo contorno es atravesado por el curso del río Dniéper.

El caso es que en 2015 el desconocidísimo Dnipro alcanzó la final de la Europa League ante el Sevilla Fútbol Club. En semifinales consiguió dejar en la cuneta al Nápoles entrenado por Rafa Benítez. Un año antes había estallado ya la guerra en el Dombás entre el ejército ucraniano y los separatistas prorrusos de Lugansk y Donetsk. El Dnipro alcanzó la final espoleado por la fibra nacional y como homenaje a los soldados ucranianos caídos en el frente del este. Incluso algunos de sus hinchas se enrolaron en la guerra como voluntarios. De entre ellos los había afines a sectores radicales de la extrema derecha ucraniana (sus detalles los veremos más adelante).

En Varsovia, sede de la final, se presentó la heroica comitiva del Dnipro ante el Sevilla, quien al cabo logró su tercera Europa League. Pero para los anales quedó la hazaña deportiva y el halo bélico que por entonces envolvía al bravo y correoso equipo ucraniano. Cierto es que no todo el mundo conocía el pormenor de aquella guerra extraña y lejana que había estallado en el este de Ucrania, en la región minera del Dombás (ahora sabemos que agentes secretos rusos habían estado alimentando la secesión con triquiñuelas y un seductor aroma vintage a KGB).

A menudo el tiempo discurre como una ironía demoledora. Uno de los más finos estilistas del Dnipro, Yevhen Konoplyanka, acabó siendo fichado por el Sevilla Fútbol Club (jugará después en el Shalke 04 y hasta en el propio Shakhtar Donetsk). El entrenador Juande Ramos, que logró los primeros grandes éxitos del Sevilla a partir de 2006, acabó entrenando al propio Dnipro años después. Pero el mayor mazazo irónico fue que el propio club acabó desapareciendo en 2019 de la escena del fútbol ucraniano por sus desarreglos económicos.

Últimamente ha sido refundado en parte con los pocos pertrechos que quedaban tras la bancarrota. Ahora se llama Dnipro-1. Hasta que el oso ruso decidió echarse vorazmente sobre Ucrania, el Dnipro-1 figuraba en un meritorio tercer puesto de la Premier Liga ucraniana, tan solo por detrás de los poderosos Dinamo de Kiev y Shakhtar Donetsk (como detalle, el equipo de la castigadísima ciudad de Mariúpol ocupaba el último puesto en la clasificación).

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El equipo de fútbol del Karpaty no dice nada a casi nadie. Hasta ahí normal. Solo les sonará a los forofos y creyentes en el balón, ese dios redondo. Pero la ciudad de Lviv (Leópolis) ayuda a ubicar a este equipo que viste de blanco y verde y cuyo sonoro nombre remite a la región ucraniana de los Cárpatos, situada en lo que antaño fue la Galitzia oriental. Desde la histórica, mestiza y cultivada Lviv (también en ruso Lvov, en alemán Lemberg), muchos periodistas y enviados especiales a Ucrania nos han venido informando acerca de la triste mara de refugiados ucranianos que huía de la guerra hacia esta última ciudad fronteriza con Polonia.

La estación de trenes art nouveau de Lviv, de altiva traza austrohúngara, es la última parada para los expulsados por la guerra en Ucrania. El edificio tiene muchísimo más predicamento histórico que el estadio deportivo del Lviv Arena. Este estadio se erigió y bautizó con nula originalidad en cuanto al nombre para albergar una de las sedes de la Eurocopa de fútbol de 2012, que fue concelebrada entre Ucrania y Polonia (esta Eurocopa la ganará, por segunda vez consecutiva, un país llamado España).

El Lviv Arena es el recinto donde juega sus partidos el Karpaty. Actualmente juega en una división terciaria del fútbol ucraniano, la rudimentaria Persha Liga. Curiosamente, un equipo más nuevo y producto de varios refritos fundacionales, el Lviv a secas, sí que estaba disputando la Premier Liga, la máxima competición ucraniana, hasta que se produjo la invasión rusa. El Lviv ocupaba el honroso puesto número doce en la clasificación.

Como decíamos, solo los forofos del fútbol saben que existe el equipo del Karpaty. Pero puede que haya algunos más a los que sí les suene. De hecho, los seguidores del Sevilla Fútbol Club sí lo conocen desde hace unos años. Sí, el Sevilla otra vez. El club sevillano se enfrentó al Karpaty en los partidos de la fase de grupos de la Europa League de la temporada 2010-2011. En el estadio de Nervión los sevillistas vencieron por un ceremonial 4-0. En su visita al Lviv Arena ganaron por 0-1.

El viaje al oeste de Ucrania tuvo el añadido de dar a conocer la bella, historiada y monumental ciudad de Lviv, auténtico cruce de caminos en lo que en tiempos se conoció como el melting polt polaco. Por entonces, un periodista preguntó al futbolista argentino del Sevilla Diego Perotti si conocía algo sobre Lviv. El muchacho, que no obstante cursaba Criminología y no era ningún botarate, puso cara de alga. Normal.

La actual guerra en Ucrania nos permite desempolvar la historia del Karpaty. Su idiosincrasia ha estado asociada desde sus orígenes al nacionalismo ucraniano y al espíritu más europeísta, como es común en todas las regiones occidentales de Ucrania (a diferencia, claro está, de las regiones más orientales y declaradamente prorrusas).

Fundado en 1963, bajo la égida de hierro de la URSS, el Karpaty ofrece la singularidad de haber sido el único equipo que, aun jugando en la segunda división rusa, se alzó en 1969 con la Copa de la Unión Soviética. El glorioso triunfo ocurrió en el estadio Lenin de Moscú, tras derrotar al SKA Rostov del Don. El detalle añadido —y no menor— fue que sus hinchas, desplazados desde Lvov (su otro nombre en ruso) hasta Moscú entonaron en las gradas del estadio Lenin la balada conocida como «Cheremshyma», especie de oda romántica y nacionalista ucraniana.

En 1981 el Karpaty fue obligado a fusionarse con otro club de Lviv de aquel entonces, llamado SKA. Adoptó una equipación roja y blanca, que era por completo ajena a sus históricos colores albiverdes. Ya en 1991, con el desplome de la URSS, recuperó sus tintes de toda la vida. Incluso el estadio dejó de llamarse Druhzba (Amistad), de viejas resonancias socialistas, y tomó el nombre de Estadio Ukraina. El nuevo rumbo había empezado tras expirar el último hálito soviético.

El nacionalismo extremo de cierto sector de sus aficionados se asocia a movimientos de ultraderecha, que beben del antaño líder ucraniano y pronazi Stepán Bandera (radicales como Sector Derecho, paramilitares del Batallón Azov o afines al movimiento Svoboda). En los graderíos del Lviv Arena no era infrecuente ver ondear las esvásticas.

En la temporada 1996-1997 y en los años 2010 y 2012, el Karpaty lució como segunda equipación camisetas y pantalones en rojo y negro. Eran los colores asociados en la Segunda Guerra Mundial a la Organización de Nacionalistas Ucranianos y al Ejército Insurgente Ucraniano del controvertido Stepán Bandera. Para muchos ucranianos Bandera es un nazi que directa o indirectamente participó en el holocausto de los judíos ucranianos (Ucrania fue otra de las grandes fosas de la Shoah). Sin embargo, para otros muchos ucranianos de hoy, Bandera fue el líder de la Ucrania independiente y un mártir asesinado por la KGB en el tardío año de 1959, cuando su figura ya había entrado en cierta fase de olvido y patetismo personal.

Hoy por hoy la culta ciudad de Lviv lo recuerda con un monumento. Fue aquí, en Lviv, donde Bandera proclamó en junio de 1941 el Estado Independiente de Ucrania (los propios nazis, temerosos, lo confinaron en un campo de concentración hasta 1944, con la intención de domeñarlo en sus desmedidos propósitos). Otras ciudades occidentales de Ucrania también han levantado estatuas en honor a Bandera, como ocurre en Ternópil.

Igual que ciertos sectores de hinchas radicales del Dnipro, se conoce que los ultras del Karpaty y de otros equipos de fútbol de Ucrania marcharon a combatir en la guerra del Dombás de 2014 contra las milicias prorrusas. Por tanto, este es en parte el aguardiente pronazi y fascista que dio argumentos a la secesión en el Dombás (sin olvido del citado Euromaidán) y lo que hoy arguye el sibilino Putin al hablar de «desnazificar» Ucrania (en la era del envenenado presidente Víktor Yúshchenko, Bandera fue elevado a la categoría oficial de Héroe de Ucrania, título que revocó después Yanukovich, el posterior mandatario prorruso).

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No es difícil imaginar que ahora muchos de estos grupos forjados en los graderíos ultras de los estadios estén formando parte del ejército ucraniano, bien agrupados en temibles unidades propias (como ocurrió en el Dombás) o bien como soldados y voluntarios integrados sin distinción alguna en las fuerzas armadas de Ucrania. De igual modo, tampoco resulta impensable que hinchas aún fieles al Shaktar Donetsk o al Zorya de Lugansk estén luchando también en apoyo a los invasores rusos, igual a como hicieron en al anterior guerra del este de Ucrania de 2014.

Al igual que ocurriera en el sangriento aquelarre de los Balcanes de los 90, el fútbol casi siempre aporta su contorno a la cartografía general de la guerra. Ahora sabemos algunos de los intríngulis futboleros relacionados con Ucrania antes y después de la invasión rusa. Solo los buenistas creen que el fútbol es independiente de los ardores de la política y, llegado el caso, de la devastación que trae consigo la guerra. Pese a la situación del país, la Federación Ucraniana de Fútbol confía en poder jugar el Mundial de Qatar 2022 en caso de que su selección pudiera superar las eliminatorias que aún le aguardan. Por ahora, como dicen, solo están pensando en salvar vidas y en ganar otra cosa: la guerra.


Àlex Corretja: «Djokovic es un tío mucho más inteligente de lo que la gente cree»

Àlex Corretja

El Club Tennis de La Salut tiene en su interior una sala llamada «Masters» en honor a dos de sus miembros, Manolo Orantes y Àlex Corretja, los dos únicos campeones españoles del torneo de fin de año, ahora llamado ATP World Tour Finals. El problema es que esa sala está hoy en uso y tenemos que utilizar la adyacente, una más pequeña, con la pared llena de raquetas originales de distintos tenistas. Ahí es donde nos cita Corretja, dos veces finalista de Roland Garros, exnúmero dos del mundo, y actual comentarista en Eurosport y Teledeporte. Con un hilo de voz —está ronco, no sabe por qué—, Álex se muestra tal y como es: educado, simpático, generoso en la memoria y los detalles… Se sabe cómo quedó cada set de cada uno de los partidos decisivos que jugó en su carrera y solo discutimos por cuántos Abiertos de Roma ganó Pete Sampras. No rehúye ninguna pregunta ni regatea ninguna respuesta con tópicos. Tal vez por su condición de entrevistador en los grandes torneos, se ha convertido en un entrevistado ideal. 

El año que llegaste a ser número dos del mundo (1999) hubo cinco tenistas distintos que llegaron al número uno. Los mismos que en las últimas dieciocho temporadas.

Es que, por entonces, los de arriba estaban mucho más igualados porque no dominaban en todas las superficies. Por ejemplo, Sampras era el número uno consolidado, pero cuando llegaba la tierra, a excepción de una vez que ganó en Roma, no daba el nivel. Perdía muchos puntos respecto a los especialistas. La diferencia llega a partir de 2000, porque el ranking se unifica y ya no puedes sumar muchos puntos en tierra o en rápida y seguir arriba. Necesitas sumar puntos en todas las superficies porque pasas del «Best 14» que había antes a una serie de torneos obligatorios en tierra, hierba, cemento, indoor

Nadie duda del talento superlativo del «Big 3» o incluso «Big 4», con Murray, pero ¿no dice algo de sus rivales que el dominio se mantenga incluso en 2022?

A ver, es que cuando empiezan a surgir Federer, Nadal, Djokovic o Murray… resulta que dominan en todas las superficies. Eso es muy complicado y ya te digo que no pasaba antes. Son unos superdotados de ambición ilimitada y que se han retroalimentado para sacar lo mejor de ellos mismos. 

Obviamente, son superdotados, pero ver que el mejor jugador de lo que va de año, con diferencia, es Rafa Nadal, con treinta y cinco años y un pie roto, llama la atención.

Sí, sí, es atípico, es muy raro… y es sinónimo de que la consistencia sigue estando por encima de la potencia. En el tenis actual se juega con mucha más velocidad y con golpes mucho más potentes que antes, pero también con muchos más errores. Los que han conseguido jugar a un nivel muy alto y a una velocidad muy intensa, pero con pocos errores, siguen siendo los mejores. Además, ellos vienen de una generación donde la disciplina y el orden siguen primando por encima del desorden. En cambio, en los últimos diez-quince años han ido saliendo generaciones que, en buena parte, tienden al desorden. Eso es lo que está haciendo que les cueste mucho ganarles. Piensa que, cuanto más tiempo se juega, más difícil es que pierda el mejor. Si juegan una hora, puede pasar cualquier cosa, pero a cinco sets, no es solo una cuestión de físico, sino de cabeza. Lo que te va a hacer ganar es la cabeza y ahí es donde el «Big 3» te marca la diferencia.

Hablando de tenistas «desordenados», ¿qué te pareció lo de Alexander Zverev en Acapulco?

Me pareció una ida de olla muy lamentable. No entiendo que no le hayan suspendido. Ellos sabrán por qué han tomado esa decisión. Desde fuera, viendo lo que ha sucedido, siendo extenista y presidente del Players’ Council durante dos años, es incomprensible que no le suspendan; es un muy mal ejemplo. Sí, le han puesto una multa, pero el problema es que ese dinero es absolutamente insignificante en comparación a lo que ese jugador factura. Le han hecho un flaco favor al deporte del tenis y a los jóvenes que suben. A mí siempre me han educado en los valores del respeto al rival, al público, al juez… y aun así también he roto raquetas. En momentos de desesperación, me mosqueaba y reventaba la raqueta. Yo no me considero un ejemplo de nada… pero, que yo rompa una raqueta, es mi manera de demostrar que no controlo mis nervios; otra cosa es que golpee la silla del árbitro una, dos, tres veces… y que, incluso cuando ya se supone que me he calmado, le dé una cuarta vez y le insulte. Es tan desproporcionado. Que eso no tenga un castigo directo me parece absurdo y da a entender que vale todo. Y no vale todo. 

Cuando Rafa Nadal ganó en Australia este año, te echaste a llorar…

Me eché a llorar porque no entendía cómo había conseguido hacerlo otra vez. Es incomprensible lo que hace. Me impresiona que sea capaz, a día de hoy, de tener la misma ilusión, las mismas ganas para seguir triunfando. Piensa que él venía de varios meses sin jugar, de pasar el covid en diciembre, y se va a Melbourne a jugar un torneo pequeño. Y lo gana. Entonces, pongo un tuit que dice: «Increíble lo que ha hecho» y recibo muchas respuestas —y eso que la gente es muy respetuosa conmigo en Twitter y en Instagram—y en plan «A ver, cómo no va a ganar a estos…» y yo les intentaba explicar: «Es parte del proceso y este proceso le va a ayudar a llegar luego a los grand slams con otra actitud». Ver que era capaz de remontar ese encuentro ante una muralla como es Medvedev y que era capaz de encontrar de nuevo una solución para escapar me pareció tan indescriptible… ¡Es que además pierde el saque con 5-4 a favor en el quinto! Ahí piensas «no puede ser que no vaya a ganar después de todo lo que ha pasado». Yo intento ser muy imparcial en los partidos que comento, pero eran demasiadas emociones. Por eso me eché a llorar.

Justo antes del torneo, comentaste en Eurosport que había que tener paciencia con Rafa, que aún no sabíamos si podría apoyar bien el pie, con cuánta fuerza, etc.

Claro, es que mi única duda era cómo se iba a poder mover. Porque si te mueves bien, llegas y golpeas… pero si no te mueves bien, ni llegas. Por eso, cuando le vi ganar fue como «¿en serio?». Y, luego, tirando hacia mí, yo he visto lo que cuesta llegar hasta ahí, he tenido una carrera en la élite y sé lo difícil que es. Jugué dos finales de Grand Slam y no logré ganar ninguna y este tío ha ganado veintiún títulos. En Roland Garros, por ejemplo, encadené cinco años jugando como mínimo cuartos de final, pero un día te viene una alergia; otro día, te sale un herpes; otro día, tienes una pequeña lesión… Cuando ves a alguien que uno por uno va venciendo todos los obstáculos, te llama la atención. Es una capacidad de sacrificio enorme: olvidarse de lo que ha hecho y volver a hacerlo. Esa es una de sus principales virtudes.

¿Qué te parece que el debate sobre el mejor de la historia se juzgue solo numéricamente y solo en un tipo de torneo? ¿No reduce demasiado las cosas?

Es que lo tienen que simplificar de alguna manera. A ver, para empezar, nunca habíamos imaginado que alguien fuera a llegar a veinte grand slams. Cuando Sampras ganó catorce, la sensación en el vestuario era que eso era inalcanzable, que iba a ser único. Pero es que además Sampras hizo seis años seguidos número uno, eso era lo que marcaba su supremacía. Históricamente, el ranking siempre ha sido muy importante; en cambio, ahora… Si yo pregunto «¿quién ha tenido mejor carrera, Thomas Johansson o Àlex Corretja?», unos dirán: «Johansson, porque ganó el Open de Australia y Corretja no ganó ningún grande», pero yo prefiero tener mi carrera que la que tuvo Johansson. ¿Quién ha tenido mejor carrera, Gastón Gaudio o David Ferrer? Yo prefiero la de David Ferrer, me ha transmitido más que otros que han ganado grand slams. No se puede medir una carrera solo por el número de grand slams que hayas ganado, pero, a día de hoy, que coincide que hay tres superdotados que han ganado muchísimos títulos, pues los tienes que desempatar de alguna manera.

El asunto es cómo eliges ese desempate.

Claro. Para mí, el número de grand slams cuenta muchísimo, pero también cuenta muchísimo el número de semanas como número uno o los Masters de final de año que hayas ganado. El H2H (enfrentamientos directos) no me dice tanto.

¿Y eso?

Pues porque son circunstancias de juego. 

De hecho, tú tienes el H2H ganado con Federer y con Nadal. Y con Djokovic, porque no jugasteis…

¿Y qué significa eso? Nada. Que mi juego, en su día, no le iba tan bien al estilo de Federer porque era muy joven y fallaba mucho con el revés y en tierra batida me bastaba con mandarle muchas bolas altas ahí. A Nadal le pillé muy, muy joven. Él no tenía experiencia y yo sí, pero es insignificante. Por eso, cuando la gente dice: «Federer ha perdido contra Djokovic y contra Nadal más veces y por eso no puede ser el mejor de la historia», para mí, es absurdo. Por los estilos de juego, Nadal, por supuesto que le va a hacer muchísimo daño a Federer. El único lunar táctico que le hace daño a Federer es la pelota alta al revés y el mejor golpe de la historia es la derecha cruzada alta de Rafa al revés del rival… Se junta lo mejor de uno con el único punto débil del otro. Pues es normal que le gane en muchísimas ocasiones. Y que Djokovic le gane también es normal: porque neutraliza su saque como nadie, porque le juega muy largo, porque no le deja coger su derecha como le gusta… es normal que le gane muchas veces. Lo que quiero decir es que son estilos de juego, nada más. 

Pasa también en otros deportes…

Claro, como culé, uno se puede alegrar mucho porque de las últimas diez veces que ha jugado el Barcelona en el Bernabéu haya ganado, pongamos, ocho. Muy bien, pero si miras el palmarés, el del Madrid es mejor que el del Barça.

Àlex Corretja

Vayamos un momento a Djokovic, ¿no hay algo trágico en él? ¿Ese empeño en caer bien y a la vez cometer todas las torpezas posibles?

A ver, él aparece en un momento en el que Federer y Nadal son los referentes. Y todos necesitamos referentes. Necesitamos a Lendl contra McEnroe o a Evert contra Navratilova o a Graf contra Sabatini… y el contraste de juego tan brutal de uno y otro provocaba esa atracción por parte del aficionado. La elegancia y la facilidad de Federer, su perfección técnica… frente a la potencia y la entrega de Nadal, que no se rinde jamás, que siempre persevera, que da su vida por ganar ese partido. Federer y Nadal van a ir juntos toda la vida. Yo creo que Djokovic ha sentido durante muchos años que él era tan bueno como Federer y Nadal, ha ido un poco a rebufo y cuando se ha puesto a su altura, ha visto que la gente seguía amando a Federer y a Nadal, pero que a él no le querían tanto. Y, de alguna manera, eso le frustraba porque, sinceramente, para mí, Djokovic es una muy buena persona. Es alguien que intenta siempre colaborar, que ayuda muchísimo, que es muy humano… y eso le dolía. Cuando él ha visto que, a nivel deportivo, ha conseguido incluso igualar a Federer y a Nadal sin que la gente se lo reconozca, es probable que se haya desesperado un poco. 

¿Eso sigue siendo así?

No, yo creo que él ya está por encima de eso. Sin ser amigo de Djokovic ni conocerle demasiado, creo que ya ha pasado página. Por ejemplo, ahora con lo de las vacunas, él toma su decisión y considera que tiene que hacerlo de esta manera y, como decimos en Cataluña, «peti qui peti». En la final del US Open del año pasado, cuando él va perdiendo con Medvedev 6-4, 6-4, 5-2, la gente se da cuenta de que estaba absorbiendo toda la presión de tantos meses con el rollo de ser el primero en lograr veintiún grandes, conseguir el Grand Slam en un mismo año… y en ese cambio de lado, la gente empieza «Novak, Novak, Novak…» y se ve que él se derrumba un poco, porque nota que hay miles de personas amándolo y para él eso es casi más importante que un título.

De hecho, empezó a llorar, porque él está en una filosofía de vida muy de encontrarse a sí mismo, estar en armonía consigo mismo y ve que no le entienden, eso le desespera. Creo que, a día de hoy, con todo lo que le ha pasado en los últimos años —el pelotazo del US Open 2020, la final que perdió el año pasado, lo de Australia de este año…—, él está más fuerte que nunca. Yo le admiro profundamente porque dice lo que siente. No dice lo correcto para que la gente le adore y eso le honra. Luego, puedes estar más o menos de acuerdo con su forma de pensar, pero no puedes criticar la forma de ser consecuente con sus principios. Él respeta que yo esté vacunado, pero, por los motivos que sea, él ha decidido no hacerlo. No sé, yo soy muy fan de Djokovic, de Nadal y de Federer. No solo de Nadal y de Federer. Djokovic es un tío mucho más inteligente de lo que la gente cree. 

De hecho, hay una cosa de Djokovic que es muy marciana y que sí creo que no se va a superar en muchísimo tiempo, que son las más de 361 semanas como número uno del mundo. Ha pasado desapercibido por completo.

Y es injusto. Porque si ese récord lo tuvieran Rafa o Federer, se recalcaría todo el rato como algo inaccesible, insuperable… A Djokovic no lo elevan a los altares porque genera mucha controversia y porque hay mucha gente que no está de acuerdo con su forma de vivir la vida. Eso debería ser independiente. Si tú quieres valorar lo que es su trabajo deportivo, has de valorar sus éxitos deportivos. Otra cosa es que hiciéramos una encuesta de quién te cae mejor o quién te transmite más.

Cuando miras hacia atrás y piensas que ya llevas diecisiete años retirado, ¿te da vértigo, alivio, alegría, nostalgia…?

Sorpresa, más que otra cosa. Me impresiona que haya pasado todo esto y, a la vez me alegra que todavía me recuerden. Hay gente que me dice: «Me encanta cómo comentas» y, luego, aclaran, «pero no te ofendas, también me gustabas como jugador». No me ofendo nada, porque ni yo pienso en cuando jugaba; es que, para mí, eso es pasado. Hoy en día, doy gracias a todo lo que aprendí como jugador porque me sirve para seguir aprendiendo como analista, comentarista o entrevistador. Me reconforta mucho más que me digan que les gusta cómo comento a que me recuerden porque gané el Masters. Por supuesto que me hace mucha ilusión cuando me recuerdan algún punto concreto o me preguntan por tal partido, cuando iba dos sets a cero… vale, pero han pasado diecisiete años. Si todavía estuviera pensando en cómo era yo cuando tenía veintiocho años y era el número dos del mundo… qué más me da, si es que no me acuerdo, ¿sabes? Para mí es mucho más importante pensar en lo que hago ahora y en lo que siento ahora. ¡Casi llevo los mismos años de comentarista que de jugador de tenis!

Tu último partido fue en Estoril, en 2005, contra un jovencito llamado Feliciano López… que, por cierto, acaba de ganar en Acapulco en dobles, con cuarenta años.

Feli tiene un físico privilegiado. Aunque ha sido un jugador de tenis exitoso, no sé si exprimió al cien por cien las capacidades que tenía. Se ha cuidado mucho en los últimos años y su físico le permite seguir ahí todavía. Quizá, cuando era más joven, no era tan consciente y a lo mejor no le sacó todo el rendimiento que pudo, porque para mí ha sido el mejor sacador español de largo y uno de los mejores de la historia del tenis. Ha ganado cosas, claro, pero yo creo que podría haber ganado alguna cosa más importante dentro de lo que ha sido una buenísima carrera. Ahí sigue, de hecho. 

Pocas cosas estéticamente más bonitas que ver jugar a Feliciano López en hierba.

Es muy elegante, tiene muy buena presencia, un saque que es un cañón, muy buena volea… y sí que es verdad que, en la zona del revés, siempre ha tenido más problemas, a la hora de pasar a los jugadores, de ser más consistente, pero, en hierba, si lo corta y se va para adelante, la bola bota muy baja y molesta mucho al rival. Su derecha, sin ser muy explosiva, hace daño porque la coloca bien, y tiene muy buen feeling con la pelota. Por eso digo que, en algún momento, aunque ha hecho dos o tres cuartos de Wimbledon, le ha faltado algo más. Ha jugado muy bien por equipos con España, ha sido muy bueno en dobles, pero…

También es verdad que, a jugadores como Feliciano López o Fernando Verdasco, que han sido habituales en otro tipo de publicaciones más del corazón, si se quiere, se les ha mirado siempre con excesivo celo, como si, por ser el número diez o el quince del mundo y no el número uno fueran unos fracasados…

Bueno, pero la gente piensa eso o se burla de ellos por desconocimiento o, directamente, por envidia. No tienen ni idea de lo que hay detrás, del sacrificio que hay que pasar para llegar hasta ahí arriba. Lo que pasa es que si tú tienes una serie de programas que dan mucha más importancia a con quién vas o dónde vas a cenar o qué llevas puesto, pues al final eso prima sobre tu carrera deportiva porque es lo que consume la mayoría del público que no conoce nada de lo que conlleva ser tenista. Y, por otra parte, en las redes sociales, hay mucha gente que no respeta, que se juntan y se ponen a insultar a alguien porque tampoco tienen nada que hacer. Que tú opines está muy bien, pero son opiniones que no tienen valor, como mucho te pueden afectar si el altavoz que se les da es grande. Aun así, con el potencial que tenían tanto Verdasco como Feli, yo sigo pensando que, siendo mucho mejores tenistas de lo que la gente cree, le podrían haber sacado algo más de jugo a su tenis, pero, por supuesto, son ellos los que tienen que decir si han dado siempre el cien por cien o si han preferido también vivir otras experiencias, que es totalmente lícito.

Àlex Corretja

Tu retirada fue algo inesperada, por decirlo de alguna manera.

Sí. Perdí contra Feli ese partido y en el siguiente entrenamiento, me di cuenta de que algo me pasaba en el ojo, que no veía bien, no calculaba las distancias. Llegué a jugar un challenger en Praga y, al volver, fui al oftalmólogo. Me dijo que tenía un derrame en la mácula y que tenía que retirarme. Bueno, en realidad, ese fue el empujón definitivo, porque es verdad que en aquellos tiempos cuando cumplías treinta ya lo normal era dejarlo. Tu tope era intentar seguir hasta los treinta. Pero en mi caso no fue decidido. A mí me hubiera gustado retirarme en el Godó o en algún torneo así especial, pero, ya ves, a día de hoy, me da absolutamente igual. En el momento me dolió más porque fue muy abrupto, pero tampoco fue traumático. Sentía que lo que había conseguido ya era lo que tenía que conseguir. La lesión en el ojo me privó de despedirme bien y de jugar más tiempo, pero no me privó de ganar nada grande.

Debutas en un torneo ATP en el Conde de Godó de 1992, poco antes de los Juegos Olímpicos, contra un crepuscular Sergio Casal…

En aquel Godó pasé la previa porque lo que querían mis entrenadores era que jugara previas, no que me dieran invitaciones al cuadro principal. Las previas son lo que te da experiencia, lo que te da rodaje. Para nosotros, Casal era un referente, sobre todo en dobles, aunque también le habíamos visto ganar a Boris Becker en la Davis aquella… pero sabía que en tierra y en individual tenía opciones. Creo que le gano 7-5 en el tercero y me arrodillo en la pista, porque es mi primer éxito como tenista. A las pocas semanas, me pasó algo parecido en Hamburgo: pasé la previa y gané a Emilio Sánchez-Vicario, otra leyenda de la época, que aún estaba cerca del top ten. Son partidos que recuerdas con mucho cariño porque te marcan un poco hacia donde tú quieres ir, ratifican que vas bien.

¿En qué momento te das cuenta de que no solo «se te da bien» el tenis, sino que te puedes dedicar a ello, que vas a ser uno de los cien en todo el mundo que pueden vivir de ello decentemente?

A ver, yo a los diez años ya entrenaba cuatro horas cada día: tres de tenis y una de físico. Y, por las tardes, estudiaba cuatro horas con profesores particulares, cara a cara, no en una clase, sin compartir nada con mis compañeros. Soy campeón de España a los doce, a los catorce, voy cumpliendo etapas, y a los dieciséis soy campeón del mundo, ganando la Orange Bowl, en Miami. Ahí ya estaba funcionando el Grupo Bimbo, coordinado por Manuel Orantes y con Javier Duarte como entrenador, y veo que tengo que tomar una decisión, incluso mis entrenadores me lo dicen: tengo que decidir si me quiero dedicar o no al tenis. Es el momento de definirse por una carrera. Tengo la gran fortuna de que mis padres me apoyan en todo y que, en ese momento, tanto la Federación Catalana de Tenis como la Española y el Grupo Bimbo empiezan a patrocinarme y ahí ya no tengo que ocuparme de nada más que de jugar al tenis. Ni yo ni mi familia.

Y todo cambia.

Claro. Ahí paso a entrenar ocho horas al día y, a los dieciocho, como te decía, empiezo a jugar previas ATP porque el año anterior acabo el año el 234 del ranking y con ese puesto ya puedes jugar previas. Ahí tengo la suerte de pasar la previa del Godó y ganar un partido, la de Hamburgo y ganar un partido, la de Roma y ganar un partido, la de Roland Garros… Luego, hago final en un challenger y ya estoy jugando directamente en cuadros de torneos ATP, va todo muy rápido. La parte más complicada de un tenista que empieza, que es la de los challengers y las previas, me la salto en seguida. Por ejemplo, yo no he ganado un challenger en mi vida porque he jugado muy pocos. De hecho, en una final iba 5-0 en el tercero y perdí el partido porque ya pensé que lo había ganado, contra Ronald Agenor.

¿Qué recuerdas de aquellos primeros años en el circuito? ¿Qué jugadores te intimidaban más, con cuáles te llevabas mejor?

Yo tenía dos posters en mi habitación: uno de Lendl y otro de Edberg. Lendl era mi ídolo por sus muñequeras, por cómo jugaba, por los passings que metía, y a medida que fui creciendo me fue impresionando mucho Edberg, por su elegancia, cómo sacaba y subía a la red, cómo vestía. Eran como dos contrastes, pero eran mis dos ídolos a nivel mundial. A nivel de España, tenía mucha cercanía con Jordi Arrese, era alguien que me daba muchos consejos, que me ayudaba, me recogía en coche y nos íbamos a correr juntos… Era muy disciplinado y muy buen referente para mí. 

¿Cómo era jugar contra esos ídolos?

Un día, me tocó jugar contra Lendl en Burdeos y perdí 6-1, 6-4. Recuerdo entrar en la pista y estar detrás de Lendl ya impresionado antes de jugar el partido. Estoy ahí con mi ídolo, con el tío del que tengo un póster en mi habitación… Eso no puede ser. Cuando acabó el partido, no había móviles ni nada, llamé a mis padres y les dije: «Acabo de perder con Lendl 6-1, 6-4, quitad inmediatamente su póster de mi habitación». Yo no podía jugar con un tío al que tenía idolatrado. Yo ya era uno de ellos. No me refiero a «uno de ellos» por calidad, claro, pero sí en el sentido de que tenía que jugar contra ellos. Dos años más tarde, me toca Edberg y le gano, en pista rápida, además, en Indianápolis. Un milagro, casi. 

Y ahí te das cuenta de que ese es tu sitio.

Al principio, cuando entras en el circuito, siempre tienes dudas. Si tendrás buen ritmo, si tus golpes serán suficientemente buenos, si vas bien de velocidad de piernas, si tu potencia te dará para jugar contra los grandes… y a medida que van pasando los años, te vas dando cuenta de qué es lo que necesitas. Yo observaba mucho y entrenaba mucho y cuando me eliminaban de un torneo, procuraba quedarme para poder entrenar con los buenos. Por ejemplo, Lendl me llamaba y me decía «Mañana entrenamos de 7 a 9». En Montecarlo, por ejemplo. Y yo pensaba: «Joder, ¿a las 7 de la mañana?» Y él decía: «Es que a las 7 de la mañana no hay nadie en el club, y así yo puedo entrenar tranquilo. No quiero que vengan tres mil personas a ver mi entreno». A las 7, yo llegaba y él ya estaba en el gimnasio, sudando, saltando a la comba. Me decía: «Ve entrando en calor, porque a las 7.15 o así entramos en pista y cuando entremos en pista, tenemos que estar ya calentitos…». Y así, un día tras otro. «¿Mañana a las 7 otra vez?» Ok. Y lo mismo con Muster o con Agassi. Les decía: «Oye, he perdido, si me necesitáis para entrenar…». Claro, yo metía mil bolas y era disciplinado. Si me decían «derecha cruzada, derecha paralela y luego subes», pues yo lo hacía al pie de la letra. Lo mismo que hice yo después con otros. Así les vas perdiendo el miedo a ellos. Les respetas, pero les pierdes el miedo.

Los primeros 90 son años de esplendor en el tenis español, los mejores probablemente hasta entonces: ¿qué recuerdas de los dos Roland Garros de Bruguera, el segundo contra alguien de tu generación, Alberto Berasategui?

Bruguera abre la lata. Nos mostró que, con nuestro estilo de juego, podíamos ser buenos. Emilio Sánchez había mostrado que podía ser un muy buen jugador, pero fallaba con el revés y los cuartos de final eran su techo. Era un muy buen doblista, junto a Sergio Casal, ganaron algún grand slam juntos, pero a nivel individual siempre había alguien que era mejor que él. Y Bruguera nos mostró que, jugando a «nuestra» manera: con una derecha liftada, tirando para arriba el revés, teniendo un buen saque, siendo disciplinados y con muy buen físico, se pueden ganar grand slams. Fue como un despertar para nosotros y, de hecho, Alberto Berasategui en 1994, con ese estilo tan peculiar, se dispara cuando parecía que yo estaba más preparado porque llevaba más años a las puertas. Lo que pasa es que yo no tenía su potencia, yo necesitaba ir pasando por distintas etapas poco a poco. Alberto, en cambio, con esa derecha que tenía, un revés y un saque efectivos y un muy buen juego de piernas, se dispara, queda entre los diez primeros, gana siete títulos y hace final de Roland Garros. Para nosotros, fue la confirmación de que uno de los nuestros, del Grupo Bimbo, podía jugar la final de París. Y eso, para Costa, para Moyà, para mí… es un aliciente más. ¿Si él lo ha hecho, por qué no lo vamos a hacer nosotros?

¿Estaba Félix Mantilla ahí también con vosotros?

Mantilla viene desde un poco más abajo. Mantilla llega un poco más tarde. Era muy duro, muy sólido. El año que gana Charly en Roland Garros, yo le gano a Pioline y él le gana a Félix en semis.

Àlex Corretja

Tu primer Grand Slam fue, cómo no, Roland Garros, en 1992, y perdiste en cinco sets ante una máquina de la tierra batida: el argentino Mancini.

Paso la previa, me toca Mancini y me pongo 3-0 en el quinto… Habíamos empatado a dos sets y se puso a llover, así que empiezo al día siguiente superagresivo, cojo esa ventaja, pero no soy capaz de mantener el ritmo ante un tío tan bueno… y me acaba ganando 6-3. Pero ya estaba ahí. Ya estaba entre los buenos. 

Por aquel entonces, era difícil imaginar a un español rindiendo a alto nivel fuera de la tierra batida, pero tú no te pusiste límites.

Yo estuve mucho tiempo con Duarte, también me asesoró mucho Orantes… y hubo un momento en el que nos dimos cuenta de que, salvo Roland Garros, Roma, Hamburgo y Montecarlo, todo lo demás era pista rápida. Si quería ser un jugador grande, el 80 % del circuito era en pista dura, así que, en vez de entrenar sobre tierra batida, nos íbamos a La Vall d´Hebrón, a La Teixonera… a entrenar en pista rápida. Al cabo de un tiempo, preguntamos si nos podían hacer pistas cubiertas en el CAR (Centro de Alto Rendimiento) y ese fue el cambio más grande. En el verano de 1995, en vez de irme a jugar torneos de tierra batida por Europa, me fui a Estados Unidos a jugar en pista rápida. No ganaba un partido, pero lo veía como una inversión. Muchos de mis compañeros me decían que estaba loco, que en tierra se ganaban más puntos… y tenían razón a corto plazo, pero, a medio plazo, si quería llegar a lo más alto, si quería aspirar a ser el número uno, tenía que jugar en todas las superficies. Era la única forma.

Ese mismo 1995, en segunda ronda del US Open, te pones dos sets a uno contra Andre Agassi, que parecía imbatible aquel año, ¿qué piensas?

Pues que no estaba preparado para ganar. Ni aun estando dos sets a uno arriba. Sabes que vas al límite, el ritmo de Agassi te dejaba con la lengua fuera, te movía como un péndulo. Parecía que jugaba al ping-pong: se metía en la pista y te tiraba cada bola a una esquina. Te hacía sentir como un conejo detrás de la pelota. Sí, iba dos sets a uno, pero era consciente de que, si Agassi no tiraba el partido, no iba a llegar. De hecho, hablo de memoria, creo que me gana los dos últimos sets 6-0, 6-2. Acabé acalambrado pero feliz, porque lo había dado todo en la pista central del US Open, en Nueva York. Al día siguiente, salí a la calle y me conocía todo el mundo (risas). Me paraban en la Quinta Avenida y todo, no entendía nada.

Al año siguiente, en cuartos de final, te toca Pete Sampras. Es el famoso partido de los vómitos, por el que seguro que mucha gente te recuerda en Estados Unidos. 

Yo ni soy consciente de que él vomita, porque estoy muy lejos. Veo que le pasa algo y pienso que se encuentra mal. Llevamos cuatro horas y media jugando y pienso «este está fundido», porque, además, yo estoy superbien de físico, jovencito, tal… y Sampras era un tío de saque-red, que no solía complicarse mucho en sus partidos porque ganaba siempre con mucha solvencia. Ese día, yo le llevo al límite porque le juego «pim-pam, pim-pam» y eso, a él, le destroza físicamente. 

Hasta que llegáis al tie-break del quinto set.

Y ahí yo sí estoy convencido de que voy a ganar. Le dan una advertencia, pero le tendrían que haber quitado algún punto, porque se tomaba muchísimo tiempo entre saque y saque para recuperar. Si hay veinticinco segundos, él se tomaba cuarenta o cuarenta y cinco. De media, se tomó cuarenta segundos, me lo dijo un periodista de aquí cuando se cumplieron los veinticinco años de aquel partido. Hay puntos en los que se toma más de cincuenta, pero, claro, es que era el número uno del mundo. El juez de silla le dio una advertencia y las veinticinco mil personas casi se lo comen, imagínate si le quitan un punto. 

Llegas a tener bola de partido a favor.

Con 7-6 y saque suyo. Voy en carrera y le tiro una derecha cruzada, pero el tío se estira, consigue volear y me deja la pelota muerta. Luego me hace el ace de segundo saque cuando se está muriendo y a mí eso me parte la cabeza porque pienso «este tío se está muriendo y me acaba de hacer un ace de segundo saque». Me descoloca hasta tal punto que pierdo el partido en el siguiente punto porque hago doble falta. Pierdo por completo la concentración, es el primer momento en todo el partido en el que pienso que no voy a ganar. Y estaba a dos puntos de ganar, pero ya pienso «nada, es imposible, no voy a ganar». 

¿Sientes que aquel torneo te pone «en el mapa» tenístico? Es uno de esos clásicos que sabes que la ESPN o la cadena de turno van a echar luego mil veces. 

Bueno, ese partido me sirve para confirmar que voy por el buen camino. Lo de la ESPN te importa tres pepinos, ni te lo planteas. Te pone en tu mapa. Te dices «estoy listo». Porque tengo veintidós años, porque estoy el 25 del mundo y porque ya veo que, incluso en rápida, puedo ganar al mejor. Seis meses más tarde, gano Roma y me meto entre los diez primeros del ranking.

De hecho, le ganas al «Chino» Marcelo Ríos. Poca gente he visto yo con el talento de Ríos y a la vez con la sensación de desprecio hacia el juego que tenía, como si no le pudiera importar menos todo aquello.

Un talento descomunal. «El Chino» te sobraba, te hacía sentir un inútil en la pista y a él le encantaba hacerte sentir un inútil. Lo flipaba y le encantaba fliparte a ti, incluso en los entrenos. Yo me llevo muy bien con él, jugamos diez veces y cada uno ganó cinco. Él me ganó en la final de Montecarlo 6-4, 6-4, 6-3 y dos semanas más tarde jugamos la final de Roma. Para mí, «el Chino» era un rival súper difícil, porque yo era disciplina, orden, entrega… y él era todo lo contrario. Me sacaba de mis casillas. Te pegaba un saque, te hacía una dejada, te metía un angulito, te restaba tres a la mierda, le daba todo igual… y eso a mí me volvía loco. Le gané 7-5, 7-5, 6-3, o sea, casi, casi, le devuelvo el mismo resultado. Era alguien muy único.

¿No crees que se arrepiente de haber sido tan indisciplinado? Llegó a ser número uno, pero solo jugó una final en Australia, creo.

No sé cuánto se arrepiente y cuánto no, no tengo ni idea. Está claro que él fue número uno y que ganaba en Montecarlo, ganaba en Roma, ganaba en Hamburgo… pero cuando llegaba a París, en cuartos de final no le daba para más, porque físicamente o mentalmente petaba. El talento te puede dar muchas victorias, pero siempre y cuando tú hayas trabajado mucho. Si no, solo con el talento, llega un punto que te acaban pasando por encima porque siempre hay alguien que también tiene mucho talento pero que ha trabajado más que tú.  Y eso es lo que le pasaba al «Chino» en Roland Garros o en los demás grand slams.

Otro tío con el que te enfrentaste mil veces, antes me hablabas de pasada de él, fue Thomas Muster, uno de los grandes referentes de la tierra batida de los noventa.

Muster era un calvario. Una versión desmejorada de Rafa. Era un drama jugar contra él. Ibas a jugar y te lo encontrabas calentando como una bestia en el vestuario. Te cambiabas de ropa pensando: «¿En serio tengo que jugar contra este ahora?». Tenías la sensación de que estaba grillado, pero tenía un físico descomunal y cuando entraba en la pista su táctica era llevarte de lado a lado, desgastándote durante media hora, aunque fueras 2-1. Y tú sentías: «Me voy a morir». Porque si llevas media hora corriendo y solo vas 2-1… A veces, tenía la sensación de que ni siquiera me ganaba los puntos porque no quería. Había bolas que se quedaban a media pista y en vez de ganármelas, me volvía a meter un angulito para que pensara que podía llegar y me diera otra carrera. La metía dentro y me volvía a meter otro ángulo. Y así, todo el rato. 

Un tipo peculiar.

Yo tengo dos anécdotas increíbles con Muster. Él me ganó muchas veces porque yo no tenía potencia suficiente para ganarle y una de ellas fue en México, no sé cuántas llevaba seguidas conmigo, puede que fuera la octava por lo menos. Y el tío me da la mano y me dice: «Sorry, Alex, I beat you one more time» (Lo siento, Álex, te he vuelto a ganar). Me contracabrea lo que me dice, me quedo flipado: no solo me ha ganado, sino que me lo ha pasado por la cara. Más adelante, gana Montecarlo, gana Roma, gana París, lleva como cuarenta partidos seguidos ganando en tierra batida y a mí me toca en primera ronda de Gstaad. 

Así, para empezar.

Sí, me recoge el chófer y tiene unos papelitos con el cuadro y empiezo a mirar por arriba, que él estaba de cabeza de serie número uno, y veo Muster-Corretja. Pienso: «La madre que me parió». Me podía haber tocado otro. Total, que juego contra él y le gano. Jugué un partidazo, subiendo mucho a la red, porque Gstaad tiene mucha altura y me venía bien esa estrategia… y, cuando le voy a dar la mano, tengo el atrevimiento de decirle «Sorry, Thomas, I broke your record» (Lo siento, Thomas, te he roto la racha). El pavo se me quedó mirando con ojos de fuego y a las tres o cuatro horas, yo estaba en la habitación y me suena el teléfono del hotel. Era su entrenador, Ronnie Leitbeg, que se ha muerto hace unos pocos días, y me dice: «Eh, Alex, ¿qué tal?». Yo estaba ahí todo agrandado, pensando que me llamaba para felicitarme porque me había cargado a su jugador, y me suelta: «Thomas me ha dicho que si podéis entrenar mañana a las diez». Y yo: «¿Qué? Pero si le acabo de ganar, ¿para qué voy a entrenar con él mañana?». Me explica que quería entrenar conmigo, que quería practicar cosas… en fin, yo llamo a mi entrenador, se lo explico y le parece bien, así que, al día siguiente, estamos entrenando y a los quince minutos me dice: «¿Jugamos un set?». Yo no entendía nada, pero, bueno, jugamos el set y me cascó un 6-1. Me dio la mano y ya se quedó tranquilo, en plan «me ganaste ayer, pero el puto amo soy yo».

En 1998, juegas tu primera final de Roland Garros, contra tu amigo Charly Moyá, que había disputado a su vez la final de Australia el año antes, contra Sampras. ¿Tuviste la sensación de no haber competido al cien por cien? ¿Te pudo el escenario más que a Charly?

A ver, lo que más influyó fue que Carlos tenía un juego muy difícil para mí: una derecha muy potente y un saque muy fuerte. Era muy alto, cubría muy bien la pista… Tenía un revés normal, pero no generaba casi potencia, cosa que a mí me venía casi peor. Y, luego, es verdad que había jugado la final de Australia el año anterior y eso le enseñó a no ser conformista. Aparte, en el camino a la final, yo juego el partido más largo de la historia de Roland Garros, en tercera ronda, contra Hernán Gumy, cinco horas y treinta y un minutos. Eso me deja fundido y, aunque me recupero, y de hecho hasta la final no pierdo ni un solo set, ya me quedo tocado. Había jugado final en Hamburgo, había hecho otros resultados y el caso es que llego a la final bien, pero no muy fresco… y Carlos me pasa por encima porque juega mucho mejor que yo. Mi único reproche es mi poca preparación para ese partido a nivel mental. No haberme reunido la noche anterior con mi equipo para dejar claro hasta qué punto esa era una oportunidad única. Lo quise afrontar como un partido más para no darle mucha trascendencia y salí a la cancha en plan: «Si pierdo, no pasa nada: he hecho final de Roland Garros, que es la leche, además contra un amigo…» y, de hecho, cuando pierdo, salto la red y le abrazo porque yo estoy viendo ahí un amigo, no un rival.

Pero no era un partido más.

No, y me tomó unas semanas darme cuenta de que entre ganar y perder ese partido había mucha diferencia. En muchos sentidos. En la forma que veía que trataban a Charly en los torneos, en el trato que le daba la prensa… y te das cuenta de que ser finalista no había sido un éxito. A lo mejor lo habría sido si hubiera perdido contra Agassi, porque aquí habría sido yo el protagonista, pero al sentir que había otro español que me había ganado, en el fondo, en el orgullo, me picó. Empiezas a pensar que llegar a la final, bueno, no es para tanto… cuando, en realidad, es la leche. 

Àlex Corretja

Ese año tuviste varios duelos con Moyà, que también te eliminó del US Open, antes de cruzaros en el Masters.

Carlos me ganó en Montecarlo en dos sets, me ganó en París en tres sets y en el US Open me volvió a ganar en tres sets. No le gané ni uno de esos ocho sets. Llegamos a la final del Masters, en Hannover, y se pone delante 6-3, 6-3… pero dentro de mi fuero interno, yo siento que puedo ganar ese partido. Porque es una pista cubierta, porque yo no he acabado de encontrar mi mejor versión y porque mi deseo de ganar ese partido es infinito, no como en París. A medida que va pasando el tercer set, el juego se iguala, hay un punto ahí con cinco iguales que él tiene la posibilidad de romperme el saque, no lo consigue, y yo siento que puedo, que estoy. Gano el tercero, el cuarto… y en el quinto voy 3-1 abajo, pero sigo sintiendo que puedo ganar. De hecho, saco para ganar el partido y pierdo el saque, como le pasó a Rafa en Australia con Medvedev, también por eso me emocioné tanto cuando lo vi, porque me recordaba a lo que me había pasado a mí. Me removió muchas cosas. Al final, acabo ganando porque él tira una derecha fuera y me dejo caer al suelo, agotado. Era un 29 de noviembre, llevábamos compitiendo desde el 3 de enero. Once meses viajando y jugando. Y ahí sí me vienen catorce años de mi vida: desde los diez, estudiando, con un profesor al lado; entrenando siete-ocho horas cada día. Me dejo caer como diciendo: «Vale, ha merecido la pena». Yo no necesitaba mantenerlo en el tiempo, necesitaba sentir en un momento concreto que yo era el mejor de todos. Y fue en ese torneo.

No ha vuelto a ganar ningún español el Masters, ¿no?

No. Lo ganó Orantes en los setenta, que salió también de este club. 

Igual que hablábamos antes de la poca importancia que se le da a veces a ser número uno del mundo, podríamos hablar de lo poco que se reconoce el título de «maestro» cuando el nombre lo dice todo.

A veces pienso que eso es lo que me ha hecho también ser diferente a mis compañeros. No gané ningún grand slam, eso es cierto, pero ganar Roland Garros ha sido más habitual en nuestro deporte y, en cambio, ganar el Masters, de mi generación, solo lo he conseguido ganar yo. Eso me ha hecho tener una consideración especial desde el punto de vista profesional. Es verdad, volviendo a lo que tú decías, que la gente no es ni consciente de lo que es ganar el Masters, porque como no lo ha ganado Rafa, en España se le da menos valor. Si lo ganara Rafa, lo pondría en alza, porque los que son muy entendidos en la materia dicen: «No lo ha ganado ni Rafa, fíjate si es difícil este torneo», pero los que no son tan entendidos piensan: «Bueno, no es tan importante, Rafa no lo ha ganado y lo ha ganado todo».

También es verdad que lo de Rafa y el Masters es, hasta cierto punto, raro.

Es una cuestión tenística. En pista cubierta, no hace ni la mitad de daño, y además se juega siempre al final del todo, cuando él ya está muy tocado físicamente. En cambio, para Federer, Djokovic y otros, jugar en esa pista es como para nosotros jugar en tierra. Es algo natural para ellos. Por eso, Rafa no lo ha ganado… y ojalá lo ganara, porque yo creo que realzaría el mío.

Pocos meses después, Charly llegaría al número uno del mundo. Tú te quedas a las puertas…

Yo voy avanzando poco a poco: en 1997, me meto entre los diez primeros y acabo el doce. En 1998, acabo el tres, y cuando acabo el año, me reúno con mi equipo y decimos: «Vamos a seguir igual, vamos por el mismo camino, porque estamos muy cerca del número uno». En el primer torneo de 1999, en Sídney, hago final y me meto el dos antes del Open de Australia. El uno es Sampras, pero Sampras no compite. Bueno, por ahí estaba «el Chino» Ríos también, ahora no recuerdo, puede que él estuviera por delante, lo que sí recuerdo es que soy el cabeza de serie número dos en Melbourne. Y yo no lo siento como una presión extra, sigo haciendo mis rutinas, mi trabajo… pero se empieza a notar el esfuerzo que llevo del 97 y del 98, en el que gané cinco títulos, hicimos semis de la Davis, gané el Masters de fin de año, di mil entrevistas, con el desgaste emocional que eso supone… El caso es que perdí en Australia, quedándome a tres partidos del número uno, y me fui a Dubai, porque aún sentía que estaba muy cerca.

¿Y qué pasa en Dubai?

Pues aún vivía con mis padres y le dije a mi madre: «Es que yo no iría a Dubái, pero estoy muy cerca del número uno y tengo que ir». Y ahí me equivoqué. Si sientes que has de ir, has de ir, pero si sientes que no has de ir es por algo. Voy, pierdo en primera ronda ante Andrew Ilie, con 7-6 en el tercero, y hay ahí un efecto boomerang: no solo me he ido a la otra punta del planeta, sino que además he perdido. Vuelvo aquí y me voy a Indian Wells. Yo ya estaba muy cansado, pero hice un último esfuerzo. Perdí con Philipoussis y ahí sí que me vine abajo. A Miami fui ya sin fuerzas y ahí ya dije: «No puedo seguir jugando, tengo que descansar» y me perdí Montecarlo y parte de la tierra batida. Me hicieron una analítica y tenía los glóbulos rojos por los suelos, en fin, que estaba agotado y me acabé perdiendo torneos que no me quería perder y que daban muchísimos puntos. Fui a Dubai, que no hubiera pasado nada si no iba, y me acabé perdiendo los que sí me importaban. En 1999 ya empieza mi bajón, porque empiezo a jugar por inercia, sin fuerzas. Acabo el año el 25 o el 26.

Pero en 2000 sí que haces un año muy bueno.

Sí, porque me voy recuperando. En las charlas motivacionales a empresas, hablo mucho del año 2000. Yo ahí hago cambios: de preparador físico, de raqueta, de mentalidad… y voy a Australia y pierdo 6-0, 6-0, 6-1 contra Hewitt. La gente pensaba: «Hostia, este tío ya no se recupera de esta». Pero yo siento que estoy bien otra vez, porque vuelvo a tener ganas de jugar. El siguiente partido es de Copa Davis, contra Italia, pierdo el primer set contra Andrea Gaudenzi 6-4 y luego le gano los siguientes 6-1, 6-1, 6-1. Me voy a Indian Wells y gano Indian Wells, en pista rápida, jugando contra tres «top ten». De repente, vuelvo a estar arriba.

El año es muy completo en muchos aspectos.

El gran objetivo era ganar la Davis e intentar ganar una medalla olímpica… en individuales. Lo primero lo consigo y lo segundo, atípicamente, lo acabo logrando en dobles. Gano cinco títulos y acabo «top ten», que era mi máxima ilusión.

Vamos con los Juegos de Sídney: bronce con Albert Costa en dobles.

Para mí, fue lo mejor que he vivido en mi carrera. La experiencia de convivir con los demás deportistas en la Villa fue lo mejor que me ha pasado. Fue súper enriquecedor: aprender de otras disciplinas, de otras formas de ser, de otros caminos… Estabas en el gimnasio, veías a los rusos, que estaban serios, concentrados, con un gesto duro, y al lado estaban los brasileños, que entrenaban con música, o los italianos, que entrenaban mirándose en el espejo (risas). Era un contraste tremendo. Yo soñaba con dos momentos: el de la ceremonia inaugural, que pensaba que iba a ser increíble, y lo fue: la gente llorando, abrazándose, dándose besos… A ver, yo había estado en pistas de tenis y en el campo del Barça haciendo un saque inicial, pero aquello era completamente distinto. Son miles de personas gritando cuando sales con la bandera de tu país. Y ahí abajo, miles de deportistas. No había redes sociales, cosa que probablemente nos hizo disfrutarlo más en aquel momento. Había gente grabando con sus cámaras, pero no era el rollo de ahora con los teléfonos.

¿Y el otro momento?

La medalla. Yo pensaba que iba a ser en individuales porque venía de un verano brutal: gané en Gstaad, gané en Kitzbuhel, gané en Washington y luego ya venían los Juegos. Estaba de la pera, pero me tocó contra Tommy Haas, que era un alemán muy bueno, y fue como «hostia, vaya oportunidad se ha escapado». Teníamos el dobles, pero nos lo tomábamos un poco de broma, con Albert Costa. Estábamos tan despreocupados que eso nos fue motivando, éramos muy amigos, y fuimos creciendo en el torneo. Fue un milagro, aquello, porque en segunda ronda ganamos a los bielorrusos, que tenían a Max Mirnyi, que era un pavo de 1.95, y otro que se llamaba Voltchkov, al que le daba igual todo, reventaba la pelota… Tuvimos bola de partido en contra y ganamos. Ahí pensamos: «Oye, pues igual podemos hacer algo grande». 

Pero se cruzan los «Woodies».

Woodbridge y Woodforde, dos australianos que eran intratables. Nos tocaron en semifinales y no pudimos hacer nada… La medalla de bronce nos la jugamos contra Adams y de Jager, dos sudafricanos. Ahí sentimos por primera vez la sensación de que esto va en serio. Perdemos el primer set 6-2, ganamos el segundo y en el tercero vamos 2-1 arriba y 15-30 sobre su saque cuando se pone a llover un poco. Ganamos el siguiente punto, 15-40, y se pone a diluviar. Fue como «hostia, no me jodas». Partido suspendido. Nos lo pusieron al día siguiente a las diez de la mañana con el estadio vacío porque las entradas ya no valían. Nos fuimos a la Villa Olímpica. Albert y yo dormíamos en la misma habitación. Yo estaba obsesionado con que él tirara el resto paralelo, le tiraran a la derecha o al revés, porque sabía que el de la red iba a intentar cubrir el centro para molestarle. 

¿Os pasasteis toda la noche dándole vueltas a ese golpe?

A ver, es que, si tiraba paralelo y el pavo no se movía, yo, que me iba a quedar atrás, podía pillar la volea. Y si se movía, era punto nuestro. Acordamos eso, apagamos la luz y, al rato, la vuelve a encender Albert y me pregunta: «¿De verdad crees que tengo que tirarla paralelo?». «Cien por cien», le digo. No lo tenía claro. Yo le insistí con lo del paralelo y además le dije: «Si ganas el punto, luego no te vuelvas loco, porque es solo 3-1 y me va a tocar sacar a mí y me desconcentras». Al día siguiente, calentamos y tal, y en el primer punto le sacan increíble, abierto, y te juro que pienso: «Es un ace», pero Albert llevaba una raqueta con un marco más grande de lo normal, así que consigue estirarse, llega a la pelota, la tira paralela y la gana. Yo me quedo flipado, y el tío viene corriendo, empieza a saltar, y le digo: «¡Vete, vete!» (Risas). 

Y, luego, en la Copa Davis, pasa algo parecido: llegas a la final como el español con mejor ranking, pero el punto que ganas es con Balcells en dobles.

Bueno, pero esa fue una táctica del G4, que eran los capitanes por entonces. La final era el 8, 9 y 10 de diciembre. Aún más tarde que la del Masters de 1998. Yo venía de jugar el Masters de ese año, que pierdo contra Sampras, pierdo contra Safin y gano a Hewitt. En la vuelta de avión, de Lisboa a Barcelona, Javier Duarte, que era mi entrenador y el líder del G4, me dice que me tiene que comentar una cosa: «Hemos hablado el G4 y el viernes no vas a jugar los individuales». Yo no entendía nada, así que me explica: «Queremos que Albert juegue el primer día, que tendrá menos presión, y creemos que tanto tú como Ferrero vais a ganar a Rafter… pero si a ti te desgastamos el viernes tres o cuatro horas, vas a estar muy tocado el sábado y eso te va a obligar a jugar el primer partido del domingo contra Hewitt. En cambio, si tú no juegas el primer día, el domingo tú puedes jugar el primer turno o el segundo. Como consideramos que el dobles es nuestro punto débil y las opciones de ganarlo son muy pocas, tienes que jugarlo tú, que eres el líder del equipo y el que más experiencia tiene. Y si llegamos con 2-1 a favor al domingo, el primer punto lo juega Ferrero y a ti te reservamos para un posible 2-2».

¿Y qué le dijiste? 

Pues le miré y le dije: «A ver, no juego el viernes, que creéis que es el partido más fácil; juego el sábado, que creéis que lo vamos a perder… y el domingo, solo juego si vamos 2-2, que es el punto más jodido de la historia del tenis español». Es que no habíamos ganado una Davis nunca. Me dice: «Sí, ese es tu rol el siguiente fin de semana» y yo pienso: «Joder» (risas).

Pero sale bien…

Sí, a ver, yo necesito unos segundos para asimilarlo, pero le digo: «De acuerdo, lo acepto, vamos a ganar». Porque no íbamos a perder en tierra contra Australia, estaba convencido. Eso me lo dicen a mí en el avión, y cuando se lo explican al resto del equipo en Barcelona, tanto Albert como Ferrero dicen: «No, no, no, Álex tiene que jugar el primer día». Ahí, yo les dije que estaba ya decidido y hablado. Desde afuera, parecía que yo no había querido jugar el primer día, que si estaba nervioso… Nada más lejos de la realidad, yo quería jugar todos los días, pero exponerme a jugar tres partidos al mejor de cinco sets el 10 de diciembre, teniendo en cuenta que tanto Ferrero como Albert tenían muy buen nivel era absurdo. Yo, lo que quería, era llevarme la Copa a casa, y que fuera Ferrero el que diera el passing decisivo y el que saliera a hombros, a mí, particularmente, me da igual. A otros, igual no, pero a mí, sí. Ferrero fue el héroe de la eliminatoria y así ha quedado para la historia, pero yo sé lo que aporté a esa Copa y los que estaban ahí, lo saben. Lo que opinen los de fuera me da igual. 

Àlex Corretja

¿Cómo fue ese partido de dobles contra Woodforde y Stolle?

Normalmente, Woodforde jugaba con Woodbridge, pero este iba a ser padre y prefirió no viajar con el equipo. Aun así, Woodforde era el número uno en dobles y Stolle era el tres, así que lo dábamos por perdido. En el primer punto del partido, nos saca Stolle y resta Balcells. Balcells era un tío que sacaba increíble, voleaba increíble, smashaba increíble… pero restaba justito. Y en ese primer punto, resta una, devuelve otra y a la tercera pega un passing de revés que supera a Woodforde en la red. Y yo digo: «Estamos». Siento que vamos a ganar. Porque si Balcells, en el primer punto, que está súper tenso, es capaz de hacer eso desde el fondo de la pista, que en principio es su punto débil, hostias… Y en el primer punto de break que tenemos, me saca Stolle a la derecha, la devuelvo y me volea tan abierto que me da la posibilidad de correr y pegar un revés paralelo que pasa entre el recogepelotas —que le podía haber reventado la cabeza— y el poste de la red y acaba entrando en la esquina. El otro día me dijo alguien en Marbella: «Es el mejor revés que he visto en mi vida» y yo le dije: «Es el mejor revés que he pegado en mi vida» (risas).

Y les acabasteis ganando.

Romper en el primer juego nos dio mucha confianza. Las sensaciones eran muy buenas. Quedaba mucho partido, lógicamente, pero empezamos a creérnoslo y acabamos 6-4, 6-4, 6-4. Nos poníamos 2-1 y al día siguiente Ferrero jugaba contra Hewitt. Un partido muy difícil, pero yo quería que entendiera que la presión la tenía yo, que si él perdía no pasaba nada, era yo el que se lo jugaba todo con el 2-2. Pero Juan Carlos jugó un partidazo y no hizo falta que jugara yo. Da igual. Lo que queríamos era tener la Copa en casa.

Por entonces yo tenía veintitrés años, llevaba toda mi vida viendo tenis y te reconozco que ya me había hecho a la idea de que nunca vería a España ganar una Davis. De alguna manera, es el comienzo de la famosa «edad de oro del deporte español».

A ver, está feo que lo diga yo, pero sí que, a nivel de equipos, abrimos un melón importante que ayudó a los del básquet, los del fútbol. Es verdad que estaba el waterpolo, nosotros teníamos muy buena relación con ellos, eran un equipo muy peculiar, muy curioso, con diferentes personalidades, y conocerlos a ellos también nos sirvió y nos ayudó a entendernos entre nosotros. Ahí estaba Estiarte, estaba Rollán… personalidades muy fuertes. Era un deporte quizá más minoritario, pero nos motivaron mucho a pensar que nosotros también podíamos ganar lo que ganaban ellos. Nos abrieron un camino, igual que nosotros lo abrimos entre los deportes quizá con más público. En el circuito, nos decían muchas veces que no íbamos a ganar la Davis, nos lo decían los suecos y tal, que a mí me fastidiaba un montón. «Vosotros sois buenos, pero en Copa Davis no sois un buen equipo», decían. Y, realmente, bueno, yo creo que lo conseguimos porque no hubo envidias. Todos teníamos muy claro lo que teníamos que hacer. Si yo hubiera sido envidioso y hubiera puesto mal rollo en el equipo o me hubiera enfrentado a los capitanes… pero, en fin, ellos ya sabían a quién se lo decían. Si yo no hubiera sido como soy, no me lo habrían planteado.

En 2001, llega tu segunda final de Roland Garros, contra Gustavo Kuerten, ¿dirías que ha sido el mejor jugador de tierra batida de la era moderna detrás de Rafa Nadal?

Sí, probablemente, sí. Era muy alto, tenía muy buen saque, muy buena potencia en la derecha, un revesazo… Era muy bueno. A mí me neutralizaba muy bien mi revés cruzado, me cambiaba al paralelo, hacía dejadas… Era súper difícil jugar contra él, y en Roland Garros, que la pista es tan grande, más difícil todavía. Esa final es el partido, sin duda, que más me duele de mi carrera.

¿Sí?

Sin duda. Porque es la final de Roland Garros, porque voy un set arriba, porque me había dejado la piel y la vida… El primer set lo gano 7-6, en el segundo llegamos a cinco iguales y ahí tengo punto de break. Estoy con viento en contra y pienso que, si gano ese punto y saco luego con viento a favor, me pongo dos sets a cero y le puedo ganar. Jugamos el punto y acabo fallando un revés paralelo que se me va por un centímetro. El siguiente punto, el tío me quiere hacer saque-red, pero le resto profundo y en una derecha suya, la pelota toca la cinta y se queda muerta en mi campo. Y en el siguiente, no sé qué hace también, que, en fin, me gana tres puntos de mierda que a mí me medio descolocan. Entonces, me toca sacar a mí con viento a favor que, en principio, te ayuda, pero estoy más temeroso para no tirarlas fuera y él aprovecha para soltarse y me gana el set.

Un palo tremendo.

Según acaba el set, me meto en el baño por una salida que tienen en Roland Garros, me miro al espejo y pienso: «No voy a ganar. No voy a ganar este puto torneo». Y pierdo 6-2, 6-0, no fui capaz de recuperarme. No pude olvidar lo que había sucedido. Tenía veintisieteaños y sentía que llevaba diecisiete años de mi vida intentando ganar ese grand slam… y cuando vi que se me escapaba, me dio igual perder 6-3, 6-3 que 6-2, 6-0. Me molesta porque no di todo lo que tenía todavía y porque es un partido que me podía haber dado un grand slam que al final no gané. Años después, hablando con Kuerten me dijo: «Hostia, es que yo pensé que, si me ganabas ese juego, me ganabas el partido, porque yo no tenía ni idea de cómo ganarte, eras una puta pared». Estaba a esto de conseguirlo y al final me quedé a millones de años luz.

En ese torneo, le ganas a Federer en cuartos y a Grosjean en semifinales. Hay una percepción en el aficionado español de que en Francia y en Roland Garros odian a los españoles, ¿tú lo notabas así?

¿Tú crees que los franceses odian a los españoles?

Hombre, «odiar», no…

¿Que les tienen manía? No te digo hoy, te digo hace veinte años.

Bueno, la cosa puede haber variado por Rafa.

A ver, no es un tema de que odien a los españoles, pero había un pique entre Francia y España a nivel deportivo, a nivel social… Ahora, creo que no, creo que no existe, pero veinte años atrás… Nosotros sentíamos que les «molestaba» que ellos, siendo una gran potencia, teniendo recursos y las facilidades que tenían, tuvieran que ver cómo llegaba un país con menos recursos y ganara con Arantxa, con Moyà, con Costa, con Ferrero… No era tanto que nos tuvieran manía a nosotros por ser nosotros sino en plan «joder, ¿qué hacen estos que nosotros no somos capaces de hacer?». En la final de Roland Garros, ellos adoptan a Kuerten como hijo predilecto porque ya que no tienen un francés y yo me había cascado al francés que tenían en semis… y en el año 98 también me había cascado al francés que tenían en semis (Cedric Pioline), pues van contra mí no porque me tengan manía, que a mí siempre me han tratado espectacular en Francia, de hecho, todos mis contratos eran franceses: Lacoste, L´Oreal, Biotherme… pero en esa final, ellos adoptaron a Kuerten como suyo, de ahí la historia del corazoncito.

¿Qué historia?

Pues él estuvo con match point en contra en octavos de final, que estábamos todos en el vestuario viendo el partido a ver si se lo cargaba Michael Russell. Acabó ganando y dibujó un corazoncito con la raqueta en la pista. En la final, cuando me gana a mí, hace lo mismo y todo el mundo: «Hostia, qué bonito», y, hoy en día, voy a Roland Garros y una de las imágenes es el puto corazón de Kuerten, que yo lo que quiero es meter un petardo en ese corazón (risas).

Tiene que pasar casi un año, hasta Roland Garros 2002, para encontrar un resultado a la altura: semifinales contra Albert Costa.

Yo ahí empiezo a perder la fe en que puedo ganar un grand slam, es cuando llego al límite. Mis fuerzas empiezan a bajar. En 2001, aún gano un torneo en Amsterdam, pero en 2002 mis resultados durante la gira de tierra son nefastos. Lo que pasa es que mi propia experiencia, mi propio juego, hacen que llegue a Roland Garros y vuelva a hacer un buen torneo. En semifinales, me encuentro con un Albert relajadísimo, al que todo le iba de cara, había sido padre de dos hijas, ya casi ni contaba con que iba a ganar un grand slam… Albert era un tío que tenía todos los golpes: el saque, la derecha, el revés, le salía todo natural. Empezamos a trabajar juntos físicamente, también, con el mismo preparador, porque me lo pidió él como amigo, y no solo me gana a mí, sino que luego le gana en la final a Ferrero. Pero es que mis semis están muy condicionadas, porque yo siento que, si gano y me toca jugar la final contra Ferrero, no tengo opciones. Si ves fotos de la época, yo tenía un herpes en la cara y físicamente estaba fundido. En mi fuero interno, pienso: «Joder, es que si llego a otra final y la pierdo con Ferrero… tres finales perdidas… casi prefiero perder en semis». Entonces, entre el nivel de Costa y que yo mentalmente estoy al límite, la cosa no podía ir bien.

Luego tienes un buen verano.

Sí, me recuperé, gané en Gstaad, gané en Kitzbuhel, y en el camino le gané a Costa, a Ferrero, a Gaudio, que fue el que ganó Roland Garros en 2004… Eso me da la tranquilidad de pensar que yo podía ganarles, que era tan bueno como ellos, pero en Roland Garros me faltaba algo más, me faltaba un golpe ganador que no necesitaba en Gstaad o en Kitzbuhel por la altura, que me ayudaba. 

Àlex Corretja

Todos los nombres que van saliendo en esta conversación: Costa, Ferrero, Bruguera, Moyá… han acabado como entrenadores de élite. ¿Tú nunca pensaste en dar el salto? 

Bueno, yo asesoré a Andy Murray tres años y sigo recibiendo ofertas para entrenar a jugadores y jugadoras, pero no me compensa. Con Murray, empecé unas semanas como asesor en tierra batida, y luego estuve con él de asesor general durante casi tres años. La gente me llamaba «coach», pero yo no era su «coach». El «coach» es una persona que se cuelga de ti, que no te suelta, que te conoce por completo: cómo vistes, cómo piensas, cómo te despiertas… Te ve la cara y dice: «Buf, hoy estás jodido, espabila». Y yo no quiero ese papel, yo no quiero estar fuera de casa tantas semanas. A mí me parece bien que cada uno siga vinculado al mundo del tenis de la manera que crea oportuno, pero no me compensa… y me ofrecen algunos jugadores de los mejores del mundo; muy, muy buenos. Pero no. Ya hago ocho semanas del circuito en televisión y eso me es suficiente. Solo me lo podría plantear si no hago esas ocho semanas, cambiar una cosa por otra, pero mi límite está en ocho-diez semanas. Al menos, a esta edad, igual luego pienso diferente.

¿Cómo surgió lo de dedicarte a la televisión?

Surgió cuando tuve el problema en el ojo; Emilio Sánchez-Vicario lo estaba dejando porque le habían nombrado capitán de Copa Davis o algo así, y en televisión me dijeron: «Àlex, ¿te gustaría comentar mientras estés de baja?» y yo dije: «Ah, vale». Comenté y como luego ya no volví a jugar, pues me gustó y me quedé. De jugador, ya me gustaba mucho analizar, así que surgió así, muy natural. Primero, con Televisión Española, que todavía hago el Godó y Madrid con ellos, y luego, con Eurosport, con los que tengo exclusividad para el resto de torneos. Les comenté un día que me gustaría hacerles una entrevista a los jugadores cuando acabaran los partidos, porque cuando acabas un partido de cinco horas, que te venga un periodista y te diga, «¿Qué tal, estás cansado?» es como… «¿En serio, tío, esto es todo lo que me tienes que preguntar?». Les dije que, ya que estaba comentando el partido, igual podía hacerles un par de preguntas al acabar, aunque tuviera que bajar corriendo las escaleras con el cámara y con el micro…

La verdad es que, si lo piensas muy fríamente, es muy complicado que salga bien, incluso que yo llegue a tiempo y sin jadear, pero, con el tiempo, he conseguido hacerlo con tranquilidad, me genera cero estrés, porque sé que voy a hacerlo bien y que lo que le voy a preguntar es algo que acabo de ver y que sé de lo que estoy hablando… A veces, ni sé lo que le voy a preguntar después, y casi prefiero ver qué me contestan para reaccionar.

Hay una serie de partidos por los que me gustaría preguntarte: el que le ganas a Sampras en hierba en Copa Davis, en Houston, en 2002.

Eso es incomprensible. Es incomprensible. Es lo que tiene la Davis y, además, hablamos de un partido. Igual que te dije antes que perdí con Illie a un partido en Dubai, le gané a Sampras a un partido en Houston. A un partido, todo el mundo tiene nivel. Él jugaba para conseguir su victoria número cien en hierba y yo creo que había ganado tres partidos en toda mi carrera. Entrené toda la semana muy específico: muchos saques, muchos restos… y aunque empecé perdiendo dos sets a cero, pensé: «Sigo, sigo, sigo…». Gano el tercero 7-6 sin romperle el saque, gano el cuarto 7-5 y en el quinto, ya empiezo a creer que puedo ganar, pero es de esas cosas ilógicas que pasan en la vida. Yo hubiera perdido todo mi dinero en ese partido. ¿Posibilidades de que Sampras pierda con Corretja en hierba? No sé, 98 a 2. ¿Posibilidades de que Sampras pierda con Corretja en hierba después de ganar los dos primeros sets? 99,9. Y le gané. Y Sampras, dos meses más tarde, ganó el US Open y se retiró.

Tuvisteis varias de estas Sampras y tú, ¿cómo te llevas con él?

Me llevo bien, lo que pasa es que es muy seco. Respetuoso, pero ni tú te metes en su vida ni él se mete en la tuya. Hemos coincidido poco desde que nos retiramos, dos o tres veces. Muy bien, muy educado… pero si fuera otro tipo de carácter, podríamos haber hablado del match ball que yo le tiro y de este otro punto y tal, pero no. Él no está en ese juego, le da absolutamente igual.

En 2003, jugáis final en la Davis en Australia y os ponen el «Himno de Riego» tocado a trompeta para presentar los equipos, ¿cómo os sentó aquello?, ¿fue una burla, un despiste, una provocación…?

Una equivocación, punto. Al pavo le pusieron la partitura equivocada y estaba todo orgulloso de haber tocado el himno de España con su trompeta. Nosotros desconocíamos al cien por cien lo que estaba tocando. Ni yo ni mis compañeros sabíamos que eso era el «Himno de Riego». Solo veíamos al secretario de Estado haciéndonos gestos. No fue ninguna falta de respeto, fue un error. No sé cómo el hombre no lo comprobó antes, simplemente salió así.

Y, por último, es inevitable, háblame un poco de los dos partidos que le ganas —en Barcelona y en Madrid— a Rafa Nadal cuando aún era un adolescente…

Bueno, a ver, yo recuerdo que él era muy descarado, muy agresivo, muy luchador, con muchísima intensidad… A mí me ayudó el hecho de que él había ganado a Costa la semana anterior en Montecarlo, fue como una alerta: ya no era un niño, era un buen jugador de tenis. A mí me pilló en un momento bastante malo, que ya estaba de bajada, pero aun así le pude ganar. De hecho, cuando me da la mano en el Godó, se ve que él está mal, no digo que fuera irrespetuoso, pero sí se ve que está cabreado, en plan «pero cómo he perdido con este pavo». Yo había entrenado con él una vez y la fuerza con la que jugaba era brutal, así que ya sabía que tenía que darlo todo para ganarle. Y la de Madrid… creo que él sentía que me tenía que ganar. Y jugó muy mal. Además, en pista dura, cubierta, lo tenía más difícil porque al principio su juego no se adaptaba muy bien: no sacaba muy fuerte, la derecha la liftaba mucho, con lo que no hacía tanto daño, el revés no lo jugaba muy largo, así que, tácticamente, no hacía tanto daño en ese momento. Fue mi manera de aprovechar mi oportunidad, porque un año más tarde, él ya se disparó y yo ya me vine para abajo.

¿A qué te dedicas ahora, aparte de a comentar torneos en Eurosport o Teledeporte?

Lo que estoy haciendo bastante es dar charlas motivacionales para diferentes empresas, de cualquier ámbito, y ahí cuento mi experiencia en el trabajo de equipo, la gestión de la presión, las derrotas, los objetivos… pero aplicado al mundo de la empresa. También hago clínics de tenis o de pádel, que está muy de moda, para las empresas, juego con ellos. Son muy entretenidos… Intento escoger el tiempo que tengo para seleccionar lo que me apetece y lo que no me apetece. Ir a buscar a mis hijas al colegio, eso es lo que más me llena, más allá del Àlex Corretja que la gente pueda conocer. A mí me ha encantado estar aquí y charlar contigo, pero si esta entrevista es a las cuatro de la tarde, yo no la hago. Si puedo escoger, intento que no me interfiera con llevar a mis hijas a las extraescolares o llevar a mi hija pequeña al parque. A mí me compensa más eso que cualquier otra cosa que haga.

Àlex Corretja