La eternidad es ahora

Eternidad
La Persistencia de la Memoria. Topham. Cordon Press.

Un emperador le preguntó a un pastorcillo: «¿Cuántos segundos hay en la eternidad?». Su respuesta fue: «Hay una montaña de diamante de cuatro mil metros de alto, y cada cien años un pajarito viene y afila su pico en la cumbre; cuando toda la montaña se haya desgastado, habrá pasado el primer segundo de la eternidad». Este es el desenlace de uno de los cuentos más famosos de los hermanos Grimm. Es magnífico y sobrecogedor. También es estúpido: «eternidad» no es lo mismo que «mucho tiempo». La eternidad no tiene final ni principio, simplemente es, completamente desligada del tiempo. Pero no seamos duros con el pastorcillo: todos construimos ficciones para visualizar la idea del fin o su ausencia… Metáforas con las que imaginar el tiempo.

1. Flecha

El tiempo no da vueltas en redondo, sino que sigue una trayectoria recta. Este es el motivo por el cual el ser humano no puede ser feliz, porque la felicidad es el deseo de repetir.

Milan Kundera, La insoportable levedad del ser.

El impulso de repetir es muy potente en la infancia: bebés que insisten en la misma mueca una y otra vez, niños cantando Frozen en bucle hasta que sus padres solo pueden pensar: «¡Suéltalo! ¡Suéltalooo!». Las rutinas tienen un punto reconfortante, aunque llevadas al extremo pueden ser síntomas de TOC o aburrimiento extremo.  

El drama llega cuando comprendemos que hay cosas que no podrán repetirse jamás. Una jarra hecha pedazos no se recompone, solo puede haber un cumpleaños anual, solo se vive el primer amor una vez… Y los muertos no vuelven a caminar sobre la tierra. Al crecer comprobamos que vivimos en un mundo cambiante en el que cada instante es único. Ya afirmó Heráclito que nunca cruzamos el mismo río dos veces: ni el río ni nosotros somos iguales la segunda vez. Y todo cambio es un paso más hacia el final del camino. Somos esclavos de la segunda ley de la termodinámica, por la que la entropía (el desorden, la incertidumbre) de cualquier sistema cerrado aumenta irremisiblemente. Todo tiende a deteriorarse, el mismísimo sol morirá en unas decenas de millones de años, el universo tiene fecha de caducidad. 

La culpa es de la linealidad irreversible del tiempo. Si el tiempo pudiera fluir hacia atrás, los jarrones se recompondrían solos y los ancianos se convertirían en rejuvenecidos Benjamins Button. Pero el tiempo es implacable e irreversible como una flecha en vuelo, la primera metáfora con que visualizar el avance del tiempo. La característica más importante de la Flecha Del Tiempo (con mayúsculas impresiona más) es su direccionalidad. La visualizamos como lanzada desde un pasado remoto a nuestras espaldas hacia un futuro lejano frente a nosotros… A no ser que hayamos nacido en Bolivia. 

Y es que en el idioma de los aymara bolivianos, el futuro se indica con la palabra qhipa (‘espalda’ o ‘detrás’), y el pasado se denomina nayra, que significa ‘enfrente’. Esta distinción se extiende a los gestos: los ancianos aymara señalan hacia adelante para hablar de sucesos que ocurrieron en el pasado, mientras que apuntan hacia atrás por encima del hombro si se refieren al porvenir. En realidad, tiene cierta lógica. Para los aymara el futuro no ha ocurrido y por tanto no puede verse, como lo que tenemos tras la nuca. Sin embargo, cuando miramos cualquier objeto somos conscientes de su pasado, lo recordamos o lo podemos reconstruir. Esto nos da una pista sutil de en qué centra su atención cada cultura… Cuando un anciano aymara mira a un niño no piensa en cómo crecerá, sino en cómo ha crecido. Ve su pasado: su nacimiento, la historia de sus progenitores, la tradición que lo une a sus antepasados. Cuando nosotros vemos a un niño, tendemos a proyectarnos en su futuro: lo que puede llegar a conseguir, la persona en que se convertirá, cómo moverá hacia adelante la historia. Nos gusta pensar que disparamos la flecha del tiempo y controlamos hacia dónde se dirigirá: los aymara saben que la flecha del tiempo nos atraviesa y ya es bastante con intentar ver de dónde venía. Nos creemos Legolas el arquero, y somos más bien el orco al que ensarta su flecha. 

2. Rueda

La pregunta: «¿deseas esto mismo infinitas veces más?» sería el mayor peso que pendiera sobre tus actos.

Friedrich Nietzsche, La gaya ciencia

El cerebro humano está cableado para buscar patrones cíclicos a su alrededor. Las salidas y puestas de sol, las estaciones en su orden inmutable, el círculo vital por el que la materia muerta y descompuesta abona una nueva vida. Una repetición confortable que otorga continuidad y predictibilidad: sabemos que, aunque la muerte llegue en invierno, le seguirá una floreciente primavera (excepto en la Canción de hielo y fuego de George R. R. Martin, en que, ejem, siempre se acerca el invierno). 

Esta idea de repetición sin fin aparece en casi todas las mitologías. En la hinduista el tiempo es cíclico y está formado por cuatro eras o yugas. La primera es Satya Yuga, la era dorada de la verdad y la perfección. Después viene el Treta Yuga, que da más pereza porque en ella se inventan el trabajo y la agricultura. La tercera era es el Dvapara Yuga, cuando aparecen la enfermedad y la guerra. Y la última es el Kali Yuga, nuestra era de contaminación y comida rápida. Tras una cantidad indeterminada de años (entre diez mil y diez millones, grosso modo) el ciclo recomienza con un nuevo Satya Yuga. El tiempo es pues circular, nada termina y nada empieza en un ciclo eterno de creación, conservación y destrucción. Para que Brahmá pueda crear un mundo nuevo Shiva debe destruirlo antes…

También en la mitología nórdica hay ciclos destructivos. El Völuspá, un poema profético de los Eddas a pesar de su nombre de armario de Ikea, narra la próxima llegada del Ragnarök, la guerra apocalíptica en que los dioses y el universo perecerán. Pero tras la batalla final dos humanos sobrevivirán, Líf y Lífthrasir, dioses nuevos sustituirán a los desaparecidos, y la hija del Sol surcará de nuevo los cielos. Mayas, aztecas, egipcios, los estoicos griegos y los indios hopi tenían visiones similares. Y, en fin, tan arraigada está la imagen en la psique que los guionistas de Galactica la emplearon en su mitología cylon («todo esto ya ha pasado antes, y volverá a pasar»). 

En realidad, estos ciclos mitológicos son más espirales que círculos: cada mundo renacido es ligeramente diferente al anterior… Pero si el tiempo fuera perfectamente circular, su fin unido a su principio como en la serpiente ouroboros que se muerde la cola, todos los sucesos se repetirían una y otra vez, sin evolución ni cambios ni diferencias. Un Nietzsche sobrecogido escribe en La gaya ciencia: «Esta vida que vives y has vivido habrás de volver a vivirla infinitas veces; y no habrá nada nuevo en ella, solo el mismo dolor, y la misma alegría, los mismos pensamientos y los mismos suspiros volverán en la misma cadencia y sucesión, incluida la araña en el árbol y la luz de la luna entre las ramas, incluso este momento. El eterno reloj de arena de la existencia será invertido una y otra vez, y tú con él, ¡ínfima mota de polvo!». 

Pero ojo. El drama de Atrapado en el tiempo no es que haya un bucle temporal repitiéndose sin cesar, sino que Bill Murray es consciente de las repeticiones: esa conciencia de la eternidad sin fin ni variación es lo que le empuja al límite de la cordura. Pero, aunque imaginemos un universo repetitivo (yo qué sé, un ciclo eterno de big bangs idénticos, cada uno detonando cuando se ha extinguido ya el universo previo), no podemos tener recuerdo alguno de esas infinitas repeticiones. Y si ninguna repetición puede afectar a la siguiente… ¿Qué diferencia representaría para un humano vivir en un eterno ciclo o en un huniverso lineal con principio y fin? En la frase anterior he escrito mal «universo» adrede. ¿Han sentido una sensación de sorpresa, de leve cabreo con los correctores de Jot Down por pasar por alto esa errata? Pero si el universo se repite idéntico una y otra vez, ¿cómo es posible que en cada repetición les sorprenda esa misma falta? ¿Cómo puede haber sorpresa o aprendizaje en un mundo perfectamente circular? Puede que ustedes hayan leído este mismo artículo (¡esta misma errata!) un número infinito de veces: ¿qué más da si no pueden recordarlo? Y si pudiéramos vislumbrar por un momento esa infinidad de repeticiones, ¿no perderíamos inmediatamente la razón bajo ese enorme peso, esa responsabilidad ante cada instante que queda grabado en piedra para toda la eternidad? Dice Kundera en La insoportable levedad del ser: «Si cada segundo de nuestras vidas se repite un infinito número de veces, estamos clavados a la eternidad como Jesucristo a la cruz». El eterno retorno sería una manera de esquivar el fin, pero a costa de vivir una inmutable condena, encadenados al giro de la rueda del tiempo.

3. Blandiblub 

Nada es triste hasta que se acaba. Entonces todo lo es.

El Doctor en Hell Bent, escrito por Steven Moffat.

Al Doctor (el Señor del Tiempo que protagoniza la serie Doctor Who) no le gustan los finales. Tener una máquina del tiempo le facilita esquivarlos: ¿qué más da que se acerque el invierno si chasqueando los dedos puedes retroceder al verano anterior? En el episodio «Blink», el Doctor ofrece esta descripción del tiempo: «La gente asume que el tiempo es una progresión estricta de causas y efectos, pero en realidad, desde un punto de vista no lineal y no subjetivo, es más como una gran bola bamboleante de blandiblub espacio-tiemposo». Si el tiempo tiene una estructura más inestable y cambiante de lo que creemos, si más que una flecha o un anillo es un blandiblub espacio-tiemposo (wibbly-wobbly timey-wimey en el original, traducción afortunada de Nikki Fennel), podemos esquivar cualquier final con un par de paradojas cósmicas. No es tan fácil, claro. A menudo el Doctor se ve limitado por puntos fijos temporales, que no se pueden alterar a riesgo de destruir el espacio-tiempo; o queda atrapado por infinitos ciclos repetitivos en los que retar al pájaro de los hermanos Grimm.  

La peor némesis del Doctor no son los dalek o los cybermen, sino el aburrimiento. Necesita emoción, correr por pasillos perseguido por alienígenas o descubrir momias en el Orient Express del espacio. Cuando en una ocasión se ve obligado a pasar meses viviendo la rutinaria vida humana, casi se vuelve loco («¿Siempre pasa el tiempo tan despacio para vosotros?»). Y es que otro método de considerar el tiempo como blandiblub es ligarlo a la percepción de su paso, como en el verso de Borges en «El amenazado»: «Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo»… O, por ser menos romántico y más prosaico, todos sabemos que un minuto aguantando las ganas de mear parece eterno. 

¿Es el tiempo en esencia subjetivo? En un episodio tremebundo de Black Mirror la tecnología permite manipular la percepción del tiempo ajena, convirtiendo los segundos en horas, días o semanas. ¿Qué peor tortura que alargar cinco minutos de reguetón para que parezcan, literalmente, milenios? «La luz interior», el mejor capítulo de Star Trek: La nueva generación, juega también con la subjetividad del tiempo. Tras caer inconsciente en el puente de mando de su nave al ser escaneado por una sonda alienígena, el capitán Picard despierta en un mundo desconocido en el que vivirá plácidamente, casándose y teniendo hijos. Décadas después, ya anciano y moribundo, despierta para encontrarse de nuevo joven y en el puente de su nave… Solo han pasado treinta minutos en realidad, pero la sonda ha proyectado en su cerebro treinta años de vida. 

Es una tecnología similar a la de Desafío total, que implanta recuerdos falsos indistinguibles de los auténticos. Sería una forma de esquivar el fin: atiborrar el cerebro de experiencias artificiales, convertir subjetivamente cada hora en un año, cada minuto en un siglo, cada segundo en una eternidad.

4. Catedral

La distinción entre pasado, presente y futuro es solo una ilusión obstinadamente persistente.

Albert Einstein

En el capítulo de Doctor Who llamado «El fin del tiempo», los antagonistas son un grupo de Señores del Tiempo que pretenden, cito literalmente, «ascender para convertirnos en criaturas de conciencia pura, libres de estos cuerpos, libres del tiempo mismo, de la causa y del efecto, mientras la Creación misma deja de existir». Exceptuando la última parte, no parece un mal objetivo: si el tiempo nos arrastra inexorablemente hacia un final (si es una flecha), o nos marea dando vueltas (si es un anillo) o nos confunde (si es blandiblub), tal vez lo mejor sea librarse de él. Recordando la famosa frase de Ray Cummings falsamente atribuida a Einstein, «el tiempo es lo que evita que todo pase a la vez», pensemos cómo sería el mundo si el tiempo fuera puramente ilusorio. 

Algo así sostiene el físico Julian Barbour en un libro llamado precisamente El fin del tiempo. En él se afirma que el tiempo es una abstracción sin existencia real, y que es posible eliminarlo de las ecuaciones físicas fundamentales obteniendo resultados coherentes. Lo único que existe es una serie de ahoras completos y absolutos, y lo que percibimos como desplazamientos y cambios no son más que ilusiones, «cápsulas» que ordenamos por su similitud al prestar atención a detalles diferentes del patrón universal conjunto. O algo así. Confieso que el libro de Barbour es una gimnasia mental extenuante, un follón que cuesta mucho imaginar hasta que se topa uno con la metáfora adecuada. Busquémosla. 

Imaginemos el tiempo como una cuarta dimensión que no «fluye» sino que es análoga a las tres espaciales. Si hay un lápiz sobre la mesa y lo alejo cinco centímetros, no por ello deja de existir, solo ha cambiado su posición espacial. Y si cinco minutos después lo quemo, no por ello ha dejado de existir, solo ha cambiado su posición temporal. No hay diferencia entre decir «el lápiz está a cinco centímetros de donde estaba» o «el lápiz está hace cinco minutos de donde estaba». Mi abuelo muerto existe y está naciendo ahora mismo, solo que cien años hacia atrás de mi posición temporal actual y a diez mil kilómetros de distancia, en un pueblo de Bolivia. 

Es lo que los filósofos desde Parménides llaman eternalismo o «universo de bloque»: el futuro ya existe en todos sus detalles y el pasado continúa existiendo, o dicho de otro modo, solo existe un presente sin cambio. La eternidad es ahora. Toda la creación es una monumental simultaneidad que somos incapaces de ver en su completitud sino apenas como una sucesión de momentos… Una joya de mil caras de la que solo podemos ver una faceta cada vez. El cuasidivino Dr. Manhattan del cómic Watchmen de Alan Moore adquiere la habilidad de ver a voluntad todas las caras de la joya del tiempo, visualizando su futuro y su pasado. Por supuesto, esto le provoca un problema: en un universo de bloque no existe el libre albedrío, ya que el futuro no solo está escrito, sino que ya ha sucedido/está sucediendo/sucedió hace tiempo. Cuando le preguntan si no se siente impotente conociendo su futuro sin poder cambiarlo, el Dr. Manhattan responde: «todos somos marionetas, aunque yo soy una marioneta que puede ver los hilos». Einstein coqueteó con el eternalismo, y no le preocupaba la pérdida del libre albedrío consiguiente. Como dijo en un discurso a la Sociedad Spinoza, «los seres humanos no son libres en sus pensamientos, sentimientos y acciones, sino que están tan causalmente atados como las estrellas en su movimiento». 

En From Hell, Alan Moore nos regala la metáfora definitiva del universo parmenídeo. Si pudiéramos ver en su plenitud un universo cuatridimensional, contemplar a la vez todas las caras de la joya del tiempo, veríamos que la historia tiene una arquitectura. Sucesos que parecen aleatorios cuando se está inmerso en el flujo del tiempo se ven en realidad ligados si se observan desde fuera. La historia tiene ecos que se repiten, melodías, patrones que se armonizan en una construcción única y eterna, más allá del cambio, a salvo de la entropía. Una catedral. El universo es una catedral atemporal, intrincada y maravillosa. Y el único precio a pagar para entrar en ella es ir más allá del flujo del tiempo. ¿Muriendo? ¿Meditando? Quién sabe. En cualquier caso, nos vemos ahí cuando nos libremos de la tiranía temporal. No tengan prisa: tenemos todo el tiempo del mundo.


El malo tenía razón

Imagen: Metro-Goldwyn-Mayer.

La clave de todo buen villano es que tenga razón. (Mads Mikkelsen sobre su personaje en Doctor Extraño)

La Cruel Bruja del Oeste de El mago de Oz (1939) se suponía maléfica por definición porque no se puede ir por ahí siendo verde, vistiendo sombreros puntiagudos o utilizando «Cruel» como nombre artístico si la meta vital no es cometer maldades. Las propias leyes del cuento la preconcebían como villana a ella y como heroína a la recién llegada Dorothy cuando en realidad la mujer de piel aceituna tenía bastantes razones para estar de mala hostia. Y es que aquella niñata de Kansas no solo había aparcado una casa sobre su hermana, sino que además había robado a la difunta un par de zapatos mágicos (con ayuda de Glinda, la Bruja Buena del Sur) cuando el cadáver todavía estaba tibio, un calzado que por lógica debería heredar la familia de la fallecida antes que una cursi cualquiera caída del cielo.

Lo peor de todo es que las correrías de aquella Dorothy por la tierra de Oz acabarían desembocando en el asesinato de la Cruel Bruja del Oeste de manera corrosiva y dolorosa. En la pantalla todo era correcto porque la bruja fea y verdosa era la mala del show y la guapa se la llevaba por delante, pero tras someter la historia a la lógica del frigorífico era inevitable llegar a otro tipo de conclusión: la auténtica villana era Glinda, alguien capaz de manipular a una niña ñoña hasta convertirla en un sicario asesino. Joder, aquella hechicera del sur podía haber explicado a Dorothy cómo funcionaban los zapatos desde el primer momento pero allí andaba, callada como una bruja.

Lo cierto es que a la pobre mujer verde la dejaba de lado hasta la saga literaria original de L. Frank Baum: la Cruel Bruja del Oeste («Wicked Witch of the West» en el original) la espichaba en el primer libro sobre el mundo de Oz y en las trece secuelas que firmaba el mismo Baum tan solo se mencionaba su nombre de pasada. En 1995 Gregory Maguire subsanó la injusticia escribiendo Wicked, una novela que reimaginaba El mago de Oz desde el punto de vista de la bruja construyendo un trasfondo social, político y ético para el personaje y mutando de ese modo a la criatura maligna en estrella protagonista. Aquella nueva visión del mito resultó tan exitosa como para generar varias secuelas (flojas, aunque la primera de ellas estaba maravillosamente titulada: Son of a Witch) y convertirse en un musical de Broadway que con los años se forjaría como un clásico. Maguire reinventó un icono y demostró que a la hora de hablar de la naturaleza del bien y el mal lo más aburrido era tener solo en cuenta los blancos y negros.

La naturaleza del mal

Las historias en la ficción juegan con la ventaja de que el público está tan acostumbrado a ellas como para tener las posiciones de los participantes definidas y acotadas: existe la formación de los buenos y la de los malos. Existe una figura heroica, alrededor de la cual orbitan sidekicks, intereses amorosos, aliados y secundarios cómicos, enfrentada a una némesis que comanda maleantes de diverso rango y sicarios de evidente precariedad laboral, y todos participan en la batalla entre el bien y el mal de manera ordenada sobre las casillas de un tablero de ajedrez. Se suele utilizar siempre el mismo patrón porque la mayor parte de la gente no considera ni emocionante que solo participen los buenos, ni agradable que solo lo hagan los malos, aunque en ocasiones la cosa se difumina y se vuelve interesante gracias a jugadores que no acaban de decidir en qué bando militan.

El caso es que las propias historias han acabado adaptándose al molde más sencillo y limitándose a rellenar los huecos por defecto haciendo que en muchas ocasiones el bueno sea bueno porque sí. Una condición de héroe instantánea que se justificaba con trucos baratos como el de ser un elegido designado por una leyenda, algo que ocurría con el Neo de Matrix o con aquel Chandler Jarrer de El chico de oro, una película en la que hasta el póster adelantaba que el protagonista era el elegido. En el equipo contrario suele suceder lo mismo y en ocasiones el malo es malo porque la vileza es lo mínimo que se puede esperar de su posición, y en la fantasía de muchos guionistas lo de conquistar/destruir el mundo es una carrera por sí misma sin asignaturas optativas. De todos modos la mayor parte de malvados suelen tener algún motivo, diabólico o no, que creen que justifica sus acciones: la venganza, la codicia o incluso el mero sadismo como disfrute. En algunas ocasiones se da el caso de que sus motivos caminan por senderos razonables.

El malo que ni siquiera lo sabía

Los de Pixar tienen bastante gracia a la hora de fabricar al malo de la función porque saben jugar a lo inesperado. En Los Increíbles el superhéroe protagonista rechazaba a un fan infante como sidekick y el chiquillo, con el paso de los años, acababa convertido en supervillano rencoroso. Up le daba la vuelta a la idea y transformaba a un héroe de la infancia del protagonista en el malvado, un hombre que se volvía vil tras ser rechazado y humillado por la sociedad y acababa obsesionándose con atrapar un animal extraño. Toy Story 2 y Toy Story 3 jugaban a retorcer las apariencias y escondían bajo personajes de aspecto amigable y adorable a los auténticos antagonistas de la historia porque sabían que nadie puede presuponer maldad en algo que está hecho con lana rosa.

El doctor Philip Sherman en Buscando a Nemo. Imagen: Walt Disney/Pixar.

Pero Pixar también creó un tipo de malo que no era consciente serlo: en Toy Story un niño gamberro, llamado Sid y aficionado a destrozar juguetes, se interpretaba como el enemigo cuando en realidad el propio personaje no tenía ni idea de que los muñecos que despiezaba poseían vida propia. Exactamente lo mismo sucedía en La tostadora valiente con Elmo St. Peters, un reparador de cacharros al que la película retrataba de manera malvada pero que desconocía el hecho de que estaba causando dolor a objetos vivos. Y tras el sorprendente giro final de La LEGO película se desvelaba que el auténtico culpable de todo el mal tampoco era consciente de la que estaba liando en el universo del film porque en su mundo solo estaba siendo muy manías con su hobby maquetero. En Buscando a Nemo el Dr Sherman secuestraba al pececillo sin maldad alguna; en realidad creía que lo estaba rescatando al suponer que el pequeño no sobreviviría mucho en el mar con una aleta sin desarrollar. En el fondo todos estos no eran malos auténticos sino villanos por desconocimiento.

El malo cumplía con su deber

Muchos malvados notables lo son únicamente por el hecho de haber sido dibujados en el bando contrario al del protagonista, y no porque la naturaleza inicial de su rol fuese pérfida. Ed Rooney (Jeffrey Jones) en Todo en un día es un ejemplo habitual porque en su intento de destapar los planes de Ferris Bueller (Matthew Broderick) acababa cayendo tan gordo como para lograr que el público disfrutase con su sufrimiento. Pero lo cierto es que el pobre hombre, por muy capullo que fuese, estaba cumpliendo debidamente su función como decano de la escuela y además tenía toda la razón del mundo: el cabrón de Ferris se había escaqueado de las clases tras repetidas ausencias durante el semestre y dedicaba la jornada a mentir, engañar, hackear datos, destrozar la vida de sus amigos y liarla por la ciudad mientras Rooney, cuyo trabajo consistía en evitar que la juventud hiciese todo lo anterior, intentaba sin éxito desenmascarar sus engaños.

Jeffrey Jones cuando solo era un villano en la ficción y no en el mundo real. Imagen: Paramount Pictures.

El capítulo de Tom & Jerry titulado The two mousekeeters (1952) estaba ambientado en la Francia del siglo XVIII cuando la guillotina adornaba las plazas. En el episodio a Tom se le encargaba la tarea de velar por la integridad de un banquete bajo pena de perder literalmente la cabeza en caso de no cumplir, pero el asunto acababa convirtiéndose en una labor imposible cuando un par de ratones (Jerry y Nibbles) entraban en escena para liarla y arramblar con la pitanza. En el desenlace los ratones contemplaban, tras destrozar mesa y festín, como la hoja de la guillotina intimaba con el cuello del gato fuera de plano. Los roedores se lo tomaban con guasa y eso convertía el final en algo más desolador: Tom había intentado cumplir con su trabajo y por culpa de los ratones no solo no lo había logrado, sino que había sido condenado a muerte. En general cualquier capítulo de Tom y Jerry seguía esa pauta y presentaba al ratón como el protagonista carismático y a Tom como el malo cuando la mayor parte de las veces el primero no hacía nada más que joder sin venir a cuento. En el fondo, lo lógico es que Tom tuviese la obligación de destripar al roedor: al ser un gato se presuponía como una de sus funciones el mantener la casa libre de ratones.

En Wall-E la entidad malvada era una máquina que simplemente hacía aquello para lo que había sido programada. Ocurría lo mismo con la inteligencia artificial HAL 9000 en 2001: Una odisea del espacio; aquel ordenador no pasaba al modo psicópata de manera aleatoria sino razonable: si decidía eliminar a la tripulación humana tras descubrir que planeaban desconectarlo no lo hacía por su propia supervivencia, sino porque era la única manera de continuar llevando a cabo las ordenes que le habían sido asignadas. La metafiesta de La cabaña en el bosque quería hacernos creer que los encorbatados trabajadores de una misteriosa planta industrial eran los malos cuando en realidad estaban velando por la supervivencia de toda la humanidad al apaciguar a unos dioses necesitados de sacrificios. Los hombres de negro de E.T. eran profesionales que cumplían con lógica y extrema eficacia su función en todo momento.

En Blade un esbirro anónimo del bando enemigo suplicaba por su vida asegurando que tan solo trabajaba para los malos, Desafío total tenía a Sharon Stone justificando su papel con un «Yo solo trabajo aquí», y de manera similar el doctor Kaufman de El mañana nunca muere intentaba evitar un tiro en la pelota asegurando «Solo soy un profesional haciendo mi trabajo», un apunte que Bond replicaba con un «Yo también» puntuado con un disparo. Iñigo Montoya y Fezzik acaban saltando al bando de los buenos en La princesa prometida, pero empezaban la película currando como secuaces por contrato. Malditos bastardos hacía algo inusual, se atrevía a retratar a algunos soldados nazis, secundarios y menores, como personas. Y cualquiera puede argumentar que personajes como el sheriff de Nottingham en el fondo estaban cumpliendo con sus obligaciones. Clerks convertía el asunto en materia de discusión al razonar que la mayoría de los que la palmaban en la Estrella de la Muerte en construcción de El retorno del jedi eran inocentes trabajadores autónomos.

El malo tenía sus cosas

Es justo reconocer que Mugatu (Will Ferrer) en Zoolander estaba en lo cierto en al menos un detalle que el resto del mundo parecía ignorar por completo: el tarugo de Derek Zoolander siempre posaba igual: «¿Acero azul? ¿Ferrari? ¿Le tigra? Son todas la misma cara ¿Es que nadie se da cuenta?», sollozaba con razón. Las hienas de El rey león también generaban cierta penilla condescendiente por lo de vivir en un sombrío cementerio de elefantes que era el equivalente a la Cañada Real en los dominios de Mufasa, un apartheid al que habían sido desterradas y donde se aliaban con Scar para intentar no morirse de hambre. Tampoco es difícil experimentar empatía por King Kong al ponerse en su lugar: el pobre animal estaba tranquilamente en su isla sin molestar a nadie hasta que, justo cuando conseguía ligar con una rubia, aparecían en su hábitat un montón de indeseables que lo secuestraban, lo trasladaban a Nueva York, lo exponían como un trofeo ante las gentes y acaban cepillándoselo cuando el pobre mostraba su descontento con todo aquello. El propio plan de capturar al gorila era rematadamente tonto: ¿para qué coño iba nadie a llevarse de aquella isla a King Kong en lugar de a los dinosaurios?

El Jim de Eduardo Manostijeras era malvado, de acuerdo, pero quizás había algo de lógica en lo de intentar despachar a un grillado con problemas de integración en la sociedad que tenía cuchillas afiladas en lugar de dedos. Aunque lo curioso de la película es aquel desenlace donde el propio Eduardo Manostijeras se convertía en villano al asesinar a un Jim que estaba a punto de golpearle por la espalda. Una escena que fue muy criticada por cambiar de manera repentina el tono del film (nadie se esperaba que el héroe matase de aquel modo tan poco heroico) y que Tim Burton justificaba como una high school fantasy. En su obra aquel Eduardo era una proyección de un Burton que se había comido la adolescencia siendo marginado por rarito y aquello parecía su venganza personal.

El caso de Sauron es un poco más peliagudo. Vale que en el fondo era un cabronazo y que tenerlo reinando no parecía un plan muy relajado, pero a la hora de la verdad era el único en toda la Tierra Media que apostaba por la tecnología. Desde el punto de vista del bien común Sauron y su empresa deberían ser elogiados por todo el tiempo y recursos destinados a I+D en un entorno donde todos los demás solo parecían estar preocupado de dormir entre barrizales, caminar descalzos, comer pan reseco a mordisquitos y ser sucios en general. A lo mejor Sauron era el Steve Jobs de la Tierra Media y Mordor el Apple Campus.

El malo tenía razón

En Los Cazafantasmas William Atherton interpretaba a Walter Peck, un abogado de la Agencia de Protección Ambiental retratado como un idiota metomentodo. Aquello ocurría porque los espectadores estaban viendo la película desde la perspectiva de los cazadores de ectoplasmas, pues no había nada que no fuese razonable en su actitud: solo intentaba que unos chalados, que aseguraban ser capaces de envasar espíritus al vacío, fuesen arrestados por cosillas tan ligeramente ilegales como tener un reactor nuclear en el sótano.

En La Roca, el general del Cuerpo de Marines de los Estados Unidos Francis X. Hummel (Ed Harris) era un villano de lo más interesante por las razones que tenía para ser el malo: junto a su grupo de marines renegados tomaba la legendaria Alcatraz y amenazaba con disparar misiles cargados con una potente arma biológica si el gobierno no le entrega cien millones de dólares, un botín que planeaba repartir entre las familias de los marines caídos en operaciones secretas. Hummel era en realidad un justiciero que a la hora de la verdad reconocía que todo su plan había sido un farol desde el principio y que nunca se había planteado llevarse por delante vidas inocentes, pero el problema era que los hombres que él mismo comandaba no tenían unos principios tan nobles.

Frank Hummel junto al doctor Perry Cox de Scrubs. Imagen: Buena Vista Pictures.

El universo de Matrix es un caso retorcido. Allí el agente Smith de la primera entrega era un ejemplo perfecto de «el malo cumplía con su trabajo» al ser un programa informático diseñado por máquinas cuya principal función era la de eliminar aquello que amenazase la estabilidad de Matrix. Un personaje de nombre anodino (por culpa de haber sido bautizado por robots) al que las secuelas le permitieron liberarse de cadenas y mutar en un virus que iba a la suya y podía hacer copypaste de sí mismo por ahí. Lo interesante es que el auténtico mal a derrotar no era Smith sino sus programadores: robots que cultivaban personas encerrándolas en un mundo digital que simulaba los últimos años noventa. La principal gesta de Morfeo, Trinity y Neo en las secuelas (Matrix reloaded y Matrix revolutions) era liderar una guerra contra los androides y supuestamente liberar a la humanidad de su yugo, pero la historia de fondo, aquella que se contaba en la antología de cortometrajes Animatrix, ofrecía conclusiones menos evidentes sobre la naturaleza del bien y el mal en ese relato.

En la historia de Matrix los avances tecnológicos favorecieron la fabricación de unos androides que convivieron con las personas de manera alegre y servil, pero cordial. O al menos así fue hasta que a un robot llamado B1-66ER le dio por asesinar a su dueño tras descubrir que iba a ser desconectado. El androide fue juzgado por homicidio (El estado de Nueva York contra B1-66ER), condenado y destruido, lo que provocó revueltas entre máquinas y humanos que obligaron a los seres mecánicos a exiliarse en su propia nación, un lugar llamado 01. El nuevo Estado de nombre binario creció con rapidez convirtiéndose en la principal superpotencia del mundo y hundiendo la economía existente al producir más y mejor que los hombres. Los robots tendieron la mano a la sociedad y solicitaron un sillón en las Naciones Unidas, pero solo obtuvieron como respuesta un «nanay» y una lluvia de pepinos nucleares que inició oficialmente la guerra contra las máquinas.

Los humanos, sobrepasados por la eficacia mecánica del adversario, decidieron apagar el sol para privar a las máquinas de su principal fuente de energía, pero con ello solo lograron aniquilar a casi todo ser vivo en la Tierra y perder la guerra definitivamente. Los victoriosos robots convertirían a los seres humanos en pilas y se dedicarían a cultivarlos manteniéndolos tranquilitos viviendo una existencia virtual. En resumen: los hombres crearían máquinas, les declararían la guerra en lugar de aliarse con ellas, joderían todo el planeta y acabarían viviendo plácidamente en un videojuego totalmente ajenos a un mundo real con pinta de alcantarilla y al hecho de haberse convertido en enchufes de carne. Los vencedores de la guerra construían un utópico final feliz para los perdedores sin rencor alguno tras confirmar que la convivencia entre máquinas y personas era imposible. Se trataba de la solución más lógica y justa posible, y nos teníamos que creer que los malos eran los que tenían tornillos.

Estos eran los buenos. Imagen: Warner Bros.

Skeletor y la propiedad privada

A mediados de los setenta, Mattel demostró ser una empresa muy sagaz al rechazar la propuesta de crear juguetes basados en una películilla llamada La guerra de las galaxias que andaba preparando un tal George Lucas. Los años posteriores la compañía se los pasó intentando recuperar el pelo y al mismo tiempo tratando de idear algún tipo de línea de figuras que pudiese hacer frente a la apisonadora de merchandising en la que se había convertido Star Wars. Mattel no consiguió llamar la atención de los niños hasta que el diseñador Roger Sweet apareció con un muñeco que cruzaba a Conan y la ciencia ficción. «Simplemente llegué con el prototipo y les expliqué que se trataba de una figura muy poderosa que era posible llevar a cualquier sitio y además encajaba en cualquier contexto porque tenía un nombre genérico: He-Man».

La compañía aprobó al mazas esculpido por Sweet, le tiñó el pelo de rubio para evitar a los abogados cimmerios y decidió contratar a artistas para dibujar el trasfondo del personaje y sus compañeros en unos minicómics que se incluían junto a los juguetes durante aquel 1982. Las viñetas sirvieron para abocetar el universo que rodeaba a los personajes de la franquicia, un mundo que definiría mucho más detalladamente una famosa serie de animación producida un año después y titulada He-Man y los Masters del Universo, una especie de revisión de Superman con tambores de Robert E. Howard y estilismos kitsch.

Los dos primeros muñequitos naturales de Eternia que llegaron a las tiendas fueron los pilares esenciales de cualquier historia de aventuras: el bueno y el malo. He-Man y Skeletor. El primero era el héroe de la historia y el segundo una némesis de aspecto maléfico: tenía el cuerpo de un mazas ciclado y sobre los hombros una capucha ocultaba parcialmente su calavera pelada y amarillenta. La serie animada ayudó a establecer una historia detrás del personaje y a sembrar la auténtica motivación de sus acciones: Skeletor ansiaba conquistar el castillo de Grayskuyll, ocupado por He-Man y sus colegas, y utilizar su magia para dominar el universo, o algo así. El caso es que si se obviaba el asunto de someter a todas las criaturas existentes y se analizaba con calma la propiedad que Skeletor codiciaba era posible apreciar un detalle que pasaba desapercibido para el ojo poco entrenado: la cara de Skeletor estaba tallada en la entrada.

¿Cómo no va a ser de Skeletor el castillo si su jeta ocupa la mayor parte de la fachada? ¿A quién querían engañar He-Man y compañía ocupando una propiedad privada que evidentemente no era suya? Devolvedle el castillo a Skeletor, joder.

Vamos a ver.


¿Cuál es el extraterrestre más feo?

Basta que alguien se ausente en una reunión para que nos surja la imperiosa necesidad de despellejarlo, no puede haber tema de conversación más reconfortante. Lo que nos lleva a pensar de qué hablarán entonces los demás cuando es uno el que se va, quién sabe. Pero si ese efecto se produce solamente con salir de una habitación, qué no pasará cuando el aludido está a miles de años luz de distancia. Así que el cercano día en que los alienígenas vengan a visitarnos no nos exterminarán para robar nuestros recursos naturales, no, sino por puro rencor viendo la manera que hemos tenido de retratarlos durante todo este tiempo, a cada cual más feo y aborrecible. Llega a tal punto el ensañamiento con su aspecto que no sabemos ni por cuál decidirnos, así que aquí les presentamos una breve selección para que sean ustedes quienes elijan. Si es que no se nos puede dejar solos.

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El bebé lagarto de V

Imagen: Kenneth Johnson Productions / Warner Bros. Television.

No podría haber mayor tropiezo como que viniera algún experto en la materia, por ejemplo Giorgio A. Tsoukalos y nos dijera que la encuesta está bien, pero le faltan aliens. Lamentablemente todos no pueden entrar, pero al menos que no falten los genuinos de color verde y que además viven infiltrados entre nosotros, tal como mostró esta añorada serie de los ochenta, quién sabe si basada en hechos reales. Aquí vemos a uno rabiosamente feo y malencarado desde el momento mismo de su nacimiento, una estremecedora escena que quedó grabada en nuestras mentes.

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La guerra de los mundos (1953)

Imagen: Paramount Pictures.

Si un marciano te mira con esa cara… ¿Se alegra de verte? ¿Tiene pesambre? ¿Es una mirada irónica ante algún embarazoso malentendido? ¿O tal vez está mostrando un leve gesto de melancolía ante la fugacidad de la juventud y los días de esplendor en la hierba? Vete a saber, la imagen podría estar del revés y no nos daríamos cuenta. Incluso podría decirse que no es la cara precisamente, que en ese momento estaba expulsando una canica mal digerida y alguien se ha acercado desvergonzadamente por detrás a hacer la foto del inoportuno momento. No hay que descartar opciones. Lo poco que sabemos de él es lo que se cuenta en la adaptación que se hizo en 1953 del clásico de H. G. Wells La guerra de los mundos.

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Kuato, de Desafío Total (1990)

Imagen: Carolco Pictures / Columbia TriStar.

Aunque alojada en el pecho de un cuerpo humano, Kuato es una horrible criatura mutante de Marte dotada de poderes telepáticos sobrenaturales. También se parece mucho a cierto expresidente autonómico con una capacidad igualmente sobrenatural para el ahorro. Nos quedamos con la versión marciana, desde luego, y también con la película original de Desafío Total en la que aparece, la buena.

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Invasion of the Saucer-Men

saucer
Imagen: Malibu Productions / AIP / Columbia TriStar.

Los marcianitos hipercerebrados y malévolos de Mars Attacks! son una versión actualizada de los que veíamos en Regreso a la Tierra y de estos. Esa mirada torva y reptiliana es horrenda, sí, aunque al menos hay que reconocerles el buen gusto al secuestrar a personas jóvenes y atractivas con escasa ropa. No como los de ahora, capaces de introducir sus sondas anales en cualquier hortelano cincuentón de brazos peludos y barriga desbordada.

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El hombre del planeta X

Imagen: Mid Century Film Productions / United Artists.

Este hombre tiene cara de haber sido subinspector de hacienda en su planeta. La resignación se ha adherido a su rostro después de años y años soportando atascos para ir y volver del trabajo, noches en vela por vecinos ruidosos y una esposa que le regala ropa interior por su cumpleaños. Hasta que un día manda todo a la mierda y dice «¡Me largo al planeta Tierra!». Si quieren saber qué pasa entonces, la película está disponible en Youtube con subtítulos en castellano.

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Distrito 9

Imagen: TriStar Pictures / Block Hanson / WingNut Films.

No es que le haya pasado la rueda de un camión por encima de la cara, es que todos los de su especie son así. Este cruce entre un insecto gigante y un langostino adicto a la comida para gatos era uno de los protagonistas de Distrito 9. Una película que con el fin de denunciar el Apartheid comparaba a los negros sudafricanos con feos bichos alienígenas que vienen a parasitar la sociedad humana. Un enfoque curioso, por decirlo así. Según tenemos entendido, el próximo proyecto del director será un alegato contra el antisemitismo: tratará de unos vampiros que por la noche se alimentan de la sangre de niños cristianos y por el día permanecen ocultos en sinagogas y bancos.

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Mi amigo Mac

Imagen: Orion Pictures.

Esta película partió de un error de base que le impidió, de lejos, igualar el éxito de E.T. No puedes esperar que el público simpatice con una criatura a la que cualquier persona normal lo único que puede desear es aplicarle un lanzallamas hasta vaciar el depósito. Esta especie de furby famélico y sin pelo que estaba presente mientras su amigo tomaba conciencia de la adolescencia podía volverse a su planeta sin que el espectador sintiera la menor congoja e incluso respirando aliviado. Pues va el cabrón y se queda.

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Yautja, de Predator

Imagen: Amercent Films / Silver Pictures / Twentieth Century Fox.

Pese a su corpulencia y sus greñas de rastafari, estamos ante un alienígena muy poco agraciado. De hecho iba siempre a cuestas con un dispositivo de invisibilidad, el pobre no debía llevar bien lo de su aspecto. En dos de los spin-offs que protagonizó se enfrentaba a una bestia de la que ya hablamos aquí y que no nos parece adecuado incluir en esta lista dada la singular belleza y armonía de su diseño por Giger.

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It Conquered the World

Imagen: Sunset Productions.

Este film de Roger Corman es uno de los grandes clásicos del cine de ciencia-ficción de los años cincuenta. Como era habitual en las producciones de la época el monstruo —que en este caso viene de Venus pone su mejor voluntad en ser feroz y aterrador, pero más bien parece salido de una prueba de Humor Amarillo o Grand Prix del Verano.

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Audrey II, de La tienda de los horrores

Imagen: Geffen Company / Warner Bros.

Remake de otra película de Corman, en la que el protagonista está enamorado de su compañera de trabajo, Audrey, así que decide ponerle ese nombre a la pequeña planta carnívora que ha comprado durante un eclipse solar, como vemos en esta escena sencillamente maravillosa. Pero comienza a crecer, a hablar y a desarrollar un voraz apetito. No es el tipo de planta que conviene poner en el balcón, no vaya a comerse a una vecina en un descuido.

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La banda de la cantina, de La guerra de las galaxias

Imagen: Lucasfilm / Disney.

Esta cantina que reúne a lo más selecto de la galaxia bien podría completar por sí sola una lista como la que nos traemos entre manos. Pero alguno hay que elegir, así que nos quedamos con los integrantes de la banda de jizz Figrin D’an and the Modal Nodes, unos humanoides de la raza bith, originaria del planeta Clak’dor VII, que si triunfaron en el mundo del espectáculo no fue por su cara bonita.

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Space: 1999

Imagen: Group 3 / Incorporated Television Company / RAI.

Esta serie de ciencia-ficción de los años setenta fue la de mayor presupuesto rodada hasta entonces en Gran Bretaña, así que imagínense cómo serían las demás. Hay fiestas en colegios con trajes más elaborados que este. Pero fíjense además en la interpretación a cargo del actor, qué manera tan desganada de moverse, ese monstruo extraterrestre parece que estuviera buscando las llaves de casa.

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Jeriba «Jerry» Shigan, de Enemigo mío

Imagen: Twentieth Century Fox / Kings Road Entertainment / SLM / Bavaria Film.

Tras interpretar al estricto sargento de Oficial y caballero, Louis Gossett Jr. Se puso esta máscara encima para dar vida a un antipático extraterrestre que poco a poco va abriendo su corazón en este remake de Infierno en el Pacífico. Puede entenderse también como un bonito manifiesto contra la xenofobia, por extraño o amenazante que pueda parecernos alguien llegado de fuera, si nos acercamos a él y nos molestamos en conocerle veremos que no es tan distinto y tarde o temprano terminará poniendo un huevo o expeliendo una larva por partenogénesis.

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Ballchinian, de Hombres de negro II

Imagen: Columbia / Amblin Entertainment / MacDonald-Parkes Productions / Sony.

La trilogía de Hombres de negro nos desveló como nunca se había hecho antes la más completa relación de todas las criaturas extraterrestres que habitan entre nosotros de forma más o menos disimulada. Algunos han logrado integrarse con éxito y pasan casi desapercibidos: pocos pasatiempos hay más entretenidos que hacer listas de personalidades de la política, el espectáculo y los deportes que sospechamos vienen de otro planeta. Pero a otros, como los Ballchinian, se les nota bastante en cuanto se quitan el pañuelo (su prenda característica, ya saben qué ocultan con ella quienes llevan un palestino).

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