La gata vegana

Foto: DP.

Gloria Fuertes marcó, nos marcó la infancia a millones de personas. Y como todos saben, fue una especialista en gatos. El gato Pirracas y la gata Timotea, él de los tejados y ella de las azoteas; la gata Chundurata, que no había modo alguno de que se durmiera; o el famoso gato Garabato, ese gato astronauta que echaba de menos que no hubiera colinas en la Luna.

Del mismo modo, y aunque parezca una obviedad de esas que tanto le gustaban a la poeta de los niños, el perro ladra, la vaca muge, el burro rebuzna y el gato… maúlla.

Y esto no es todo. Podríamos continuar: el cerdo es omnívoro, la vaca es herbívora y el gato… carnívoro.

Llegados aquí y agradeciendo al lector que me haya permitido esta licencia para iniciar el texto, la condición fisiológica por la cual los animales se alimentan está directamente vinculada a su condición genética. Además de ser lo que comemos y que los alimentos sean capaces de modular la expresión génica de quienes los ingieren, e incluso dejar una huella para las siguientes generaciones, los genes también determinan qué debemos comer. Si carne, vegetales, frutas, insectos, un poco de todo… En el mundo animal casi todo está determinado. Sabemos que un león es un carnívoro estricto y que una jirafa es una herbívora estricta. Y lo condicionan sus genes, que permiten que, por ejemplo, se pueda digerir, o no, la celulosa.

Lo mismo ocurre con los animales domésticos. Un cerdo, como buen omnívoro, puede comer casi de todo; el perro es un carnívoro no estricto por lo que, además de carne, come otros tipos de alimentos. Y, frente a estos, el gato, como buen felino, es un carnívoro estricto. ¿Qué quiere decir? Pues que su dieta se basa fundamentalmente en el consumo de carne. ¿Significa esto que moriría si come eventualmente otro tipo de alimento? No. Puede consumir en alguna ocasión otro tipo de alimento, pero la base de la dieta debe estar constituida principalmente por carne. La carne le aporta los nutrientes necesarios para su vida, y otro tipo de alimentos no se lo pueden aportar: taurina, vitamina A o ácido araquidónico.

Que la necesidad dietética sea de un tipo u otro responde a la propia naturaleza fisiológica de cada especie, consecuencia de su adaptación durante miles de años. Al tipo de dientes o al movimiento mandibular; a la presencia o ausencia de determinadas enzimas digestivas; a la longitud y característica del aparato digestivo. Los gatos, por ejemplo, no han tenido la adaptación hacia la biología carnívora-omnivora que han tenido los perros tras treinta mil años de domesticación. Ni genética, ni bioquímica ni de comportamiento. Y por esto continúan siendo carnívoros estrictos.

Dicho esto, pasamos a ciertas tendencias nutricionales aparecidas en nuestro globalizado mundo fruto, en numerosas ocasiones, del estado del bienestar que nos ha traído a Occidente una oferta en cantidad y calidad de alimentos como no había ocurrido antes en la humanidad. Ahora podemos elegir. Entre ellas, la alimentación vegana. Una alimentación en la que se suprime cualquier producto de origen animal y que no solo responde a una tendencia dietética, sino que en numerosas ocasiones va unida a cuestiones de índole ética, en defensa de los animales, o incluso de índole medioambiental.

Lejos de mi intención adentrarme en el complejo debate vegano en el que algunos humanos, omnívoros, han decidido consumir solo alimentos de origen vegetal, sí me gustaría ahondar en las extensiones que este hábito alimenticio está propiciando. Porque como consecuencia de estas nuevas tendencias dietéticas algunos veganos, propietarios de mascotas, pretenden que sus mascotas se adapten al mismo modelo dietético que ellos. Y de aquí surgen los gatos veganos, olvidando la propia naturaleza fisiológica de estos felinos.

Comencemos por el principio. En estado salvaje no existen gatos veganos. No hay. En la naturaleza es imposible encontrar ejemplo alguno de gatos que se alimenten exclusivamente de vegetales. Y esto es consecuencia de la configuración fisiológica con la que los procesos evolutivos nos han ido diferenciando en la capacidad de digerir los alimentos para transformarlos en compuestos biodisponibles, asimilables. Los gatos tienen un tracto intestinal muy corto, y esto está relacionado con la capacidad y los patrones de fermentación, la digestión de los alimentos o la asimilación de nutrientes. O no disponen de determinadas enzimas necesarias para la producción de metabolitos esenciales. Por eso los gatos, como carnívoros, requieren obligatoriamente que se les aporte directamente a través de la ingesta algunos nutrientes que se encuentran en la carne, como la taurina, la vitamina A o el ácido araquidónico. El modelo dietético que necesita cada especie es el resultado de miles y miles de años de adaptación.

A pesar de que no existe evidencia científica alguna que corrobore que una dieta vegana sea suficiente para los gatos, sino todo lo contrario, cada vez son más numerosos los gatos veganos en nuestra sociedad. Gatos veganos de dueños veganos. Y si el gato caza ratones, no hay problema. Pero si no, mis colegas veterinarios están empezando a encontrar patologías de origen nutricional en estos felinos ya que los gatos necesitan comer carne; en caso contrario hay un déficit de nutrientes y enferman. Alteraciones dérmicas, oftálmicas, cardíacas, metabólicas o reproductivas no esperadas en gatos domésticos bien alimentados.

¿A alguien se le ocurriría darle de comer un entrecot a un caballo aunque su dueño sea carnívoro? ¿Darle un tataki de atún, por muy bueno que sea, a una oveja cuyo dueño solo coma pescado? No solo no tiene sentido sino que podemos abocarlos a la muerte. No hagamos veganos a los animales que no lo pueden ser, a pesar de que los suplementos dietéticos que en ocasiones se aportan puedan amortiguar la deficiencias nutricionales de una dieta.

Ahora que cada vez comprendemos más la nutrigenómica sabemos que alterar el modo de alimentación no solo condiciona a los propios animales y su salud, sino que puede condicionar a las siguientes generaciones si es que las alteraciones reproductivas provocadas por trastornos en la alimentación permiten su reproducción. Son los metabolitos derivados de la dieta, o su ausencia, los responsables de cambios epigenéticos que modulan la expresión génica y dejarán su huella para futuras generaciones. Y son numerosos los hallazgos científicos en este sentido.

Así que finalizo adaptando la famosa sonatina de Rubén Darío: «La gata vegana está triste. ¿Qué tendrá la gata vegana? Que ha perdido la risa, que ha perdido el color…».

Ante esta pregunta la respuesta es evidente. Suerte tiene si no ha enfermado. Lo vegano no está hecho para los gatos. Así que, si me permiten una recomendación, les planteo una solución sencilla: pongan un herbívoro o un omnívoro en la vida de un vegano. Será mas apropiado y, seguro, su nueva mascota se lo agradecerá.


Referencias:

Dodd, Sarah A. S.; Cave, Nick J.; Adolphe, Jennifer L (2019). Plant-based (vegan) diets for pets: A survey of pet owner attitudes and feeding practices. PLOS ONE 14(1) e0210806.

Fox, MW (2005). More on vegetarian/vegan cat foods. Javma-Journal of the American Veterinary Medical Association 226 (7): 1047-1047.   

Kanakubo, K.; Fascetti, A. J.; Larsen, J. A. (2017).  Determination of mammalian deoxyribonucleic acid (DNA) in commercial vegetarian and vegan diets for dogs and cats. Journal of Animal Physiology and Animal Nutrition 101 (1): 70-74   

Knight, Andrew; Leitsberger, Madelaine (2016).  Vegetarian versus Meat-Based Diets for Companion Animals. Animals 6 (9): 57   

Rothgerber, Hank (2014). Carnivorous Cats, Vegetarian Dogs, and the Resolution of the Vegetarian’s Dilemma. Anthrozoos 27 (4): 485-498   

Wolf, Petra; Ewering, Cornelia; Rade, Claudia (2018). Classical and modern feeding trends in cats and dogs – Background knowledge for veterinary dietary consulting. Kleintierpraxis 63 (9): 525-538


¿Quién quiere vivir para siempre?

Jordi Hurtado. Imagen: RTVE.

Un hombre trabajado por el tiempo,
un hombre que ni siquiera espera la muerte
(las pruebas de la muerte son estadísticas
y nadie hay que no corra el albur
de ser el primer inmortal).

Jorge Luis Borges.

Según el Génesis, Matusalén vivió novecientos sesenta y nueve años. Su padre y su nieto, Enoc y Noé, murieron algo más jóvenes, el patriarca llegó a los trescientos sesenta y cinco y el vástago aficionado a la ebanistería náutica apenas vivió para cumplir los novecientos cincuenta años. Adán, el padre de todos ellos y de todos nosotros, murió con novecientos treinta años. Algo debía de haber en el agua antes del diluvio universal que se perdió con él. O puede que alguien confundiera los ciclos solares con los lunares, en cuyo caso Matusalen vivió, en realidad, setenta y dos años. Y el resto… Hagan ustedes las cuentas. Aun así, setenta y dos años es una edad nada desdeñable para los tiempos del Antiguo Testamento. No flotamos en datos sobre la esperanza de vida en los siglos posteriores a la creación, pero si tenemos en cuenta que antes del siglo XIX era poco probable superar los treinta y cinco años de edad, concluiremos que el Creador se preocupó más por la longevidad de las ballenas que por la de sus ojitos derechos.

Longevidad y esperanza de vida, no obstante, son conceptos que no deben confundirse. La esperanza de vida es una media, una cuestión estadística y de probabilidades, y la probabilidad de llegar a muy viejos crece a medida que sacamos de la ecuación la mortalidad infantil o juvenil y las muertes por epidemias o infecciones. La longevidad, o cuánto puede una persona poner a prueba los límites de su cuerpo, no tiene por qué haber variado sustancialmente a lo largo de la historia humana —pre y post creación—. Para aquellos con una genética a prueba de bombas y diluvios universales, los cien años parecen ser el límite, y los ciento veinte la anomalía. De acuerdo con Juan Martínez, impulsor del Registro Nacional de Centenarios de España, en declaraciones a La Vanguardia, «Ciento veinte años es un límite puramente estadístico. La probabilidad de llegar a esa edad es prácticamente cero». En efecto, que se conjuren en una misma persona —o más en concreto en una mujer, de largo las que más años viven— genética centenaria, hábitos saludables, ausencia de enfermedades o accidentes, es tan complicado como que esa misma mujer gane el Euromillón un día antes de su ciento veinte cumpleaños.

«La muerte es dulce; pero su antesala, cruel». (Camilo J. Cela)

¿Cuál es la verdadera clave de la longevidad? ¿Por qué envejecemos? ¿Por qué tenemos que envejecer y morir? Quizás esta última pregunta sea poco pragmática, así formulada, en el tono lastimero e impotente de quienes consideran que el tiempo del que disponemos es poco o de los que llegan tarde, como Gil de Biedma, a la conclusión de que la vida iba en serio. Aunque es una pregunta humana. Muy humana. Al fin y al cabo solo los humanos llegan a hacerse estas y casi todas las demás preguntas. Pero a preguntas, humanas o no, poco concretas les pueden —y les deben— seguir respuestas igual de genéricas. «La vejez y la muerte parecen ser la consecuencia lógica e inevitable de estar hechos de materia orgánica», afirma la doctora Marianela Zanolla, bióloga marina de la Universidad de Galway. Punto. Ningún organismo, por resistente y longevo que sea, esquiva al envejecimiento y a la muerte. Ni los extremófilos que se nutren del azufre al borde de las chimeneas termales del fondo oceánico, ni las secuoyas milenarias, ni siquiera Jordi Hurtado. Nada ni nadie se libra. Todo tiene que morir más tarde o más temprano porque, en cualquier caso, más tarde o más temprano las condiciones de nuestro planeta harán inviable la vida tal y como la entendemos. Hasta que finalmente todo lo que conocemos y lo que se conocerá se extinga «como lágrimas en la lluvia».

Sin embargo, cambiar la preposición al comienzo del enunciado puede ayudarnos a permutar entre un callejón sin salida que termine en filosofía/metafísica y respuestas más útiles o argumentadas. Probemos. ¿Para qué envejecemos y morimos? ¿Para qué propósitos la evolución y la selección natural fulminan el principio de supervivencia y dan pie a una cada vez más mermada capacidad reproductiva y a la muerte? Las primeras teorías a este respecto apuntaban precisamente a lo contrario; el envejecimiento no solo no anula la supervivencia sino que vendría a ser una suerte de programación celular encargada de limitar las poblaciones o de acelerar el relevo generacional, colaborando de esta manera a la adaptación de los individuos a entornos en permanente cambio. Es la especie la que debe sobrevivir, no tanto el individuo. La colmena, no la abeja. Y en cualquier caso, la evolución no es un plan maestro prediseñado para enseñarnos el camino hacia vidas confortables y largas. «La evolución no tiene ningún plan maestro. La evolución natural no es más que el resultado de mutaciones aleatorias. Unas nos ayudan a desenvolvernos en nuestro medio, a ser más aptos para la reproducción, más fuertes, más resistentes, y otras nos matan o no nos sirven absolutamente para nada. Pero esto no responde a ningún objetivo concreto ni, como decía, a ningún plan preconcebido», continúa la doctora Zanolla.

La teoría de la programación con fines «renovadores» tuvo, de todas formas, poco recorrido. Como explica el gerontólogo Thomas B. L. Kirkwood en su estudio Why do we age? (¿Por qué envejecemos?), «la mayoría de las especies cuya muerte, a diferencia de algunas como el salmón del Pacífico, no coincide directamente con el final de su ciclo reproductivo, nunca mueren de viejas. En entornos salvajes la muerte sobreviene por múltiples factores externos; infecciones, depredadores, desnutrición, frío. Como norma, los animales salvajes no viven lo suficiente como para envejecer». Y aquí Kirkwood se da de bruces con una cuestión capital; solo el ser humano, de entre todas criaturas que habitan o han habitado el planeta, ha logrado que casi todos los individuos de su especie eludan esos factores externos. Por tanto, solo el ser humano y solo en un período de tiempo que en la escala evolutiva apenas representa un grano de arena en el desierto puede servir de «material de estudio» para la selección natural. Con nosotros la selección natural podría empezar a preguntarse cómo perfeccionar la senescencia celular, eso en el caso de que consideremos que dicha senescencia no ha sido ya perfeccionada y no sirve ya a intereses muy determinados.

En ese sentido, doctores Gilberto Pardo Andreu y René Delgado Hernández, de la Universidad de Camagüey, y a lo expuesto en su estudio Senescencia celular y envejecimiento, «la senescencia celular es un proceso que evolucionó para prevenir el desarrollo de tumores en células mitómicamente competenes en organismos jóvenes para garantizar, en última instancia, la supervivencia de la especie. Precisamente los mecanismo que la inducen pueden provocar crecimientos neoplásicos». Es por esto que «la vejez es, quizás, el precio que se paga por disfrutar de una salud óptima en la juventud», concluyen Pardo y Delgado. Así pues, ¿para qué envejecemos y morimos? Para dar lo mejor de nosotros en la juventud. Lo que nos otorga fuerza, resistencia y capacidad reproductiva, termina por destruirnos. Un proceso que quizá pueda revertirse o modificarse en un futuro. En un futuro lejano, por más que les pese a los charlatanes de la criogenización y la vida eterna. Aunque en el caso de estos últimos ya no estaría en juego la compleja reescritura de la senescencia celular y sus incontables dilemas adyacentes sino la resurrección. Despertar a los muertos. Fíenselo largo a Walt Disney.

Walt Disney, 1951. Fotografía: Cordon.

«La farmacia más efectiva está dentro de nuestro propio sistema». (Robert C. Peale)

Kirkwood va un poco más allá que Pardo y Delgado, o un poco más acá, si se quiere, pues sitúa las claves de la longevidad en un condicionante bastante cotidiano: la dieta. Si bien coincide en que «la energía y los recursos empleados en mantenernos vivos y en forma en las primeras etapas de la vida y hasta la reproducción conduce a un evidente deterioro en fases posteriores de la vida […] los períodos de hambruna a menudo producen cambios metabólicos que, paradójicamente, aumentan la esperanza de vida sin que ello afecte a la reproducción o a la supervivencia cuando vuelven a generarse condiciones favorables». «Está demostrado», además, «que una reducción de la ingesta calórica ralentiza el envejecimiento en los ratones de laboratorio». Y esto, la dieta, parece adquirir una dimensión capital a la hora de dar con estrategias realistas y no de ciencia ficción que retrasen la visita de la Parca. Así lo cree el biológo y genetista Preston Estep, de la Universidad de Cornell.

Comienza Estep por desmontar en cierta manera el mito de la cura del cáncer como pasaporte a la longevidad. Curar el cáncer solo eliminaría un factor de riesgo, pero lo cierto es que «el cáncer y otras enfermedades asociadas a la edad no pueden separarse del envejecimiento y la senescencia. Son resultado de procesos latentes. Mucha gente que muere de un fallo hepático, digamos, a los ochenta y cinco años, también puede tener cáncer, arteriosclerosis; pueden sufrir deterioro cognitivo como consecuencia directa de la esa senescencia y la degeneración de todos los sistemas y circuitos genéticos del cuerpo humano». Curar el cáncer, en el caso de los ancianos, no supondría más que acabar con un síntoma del envejecimiento. Y así con el resto de síntomas. Parches de masilla en un muro que se agrieta y se desmorona sin solución. Estep, como Kirkwood, prefiere hablar de la dieta como el verdadero plan maestro para mantener el cerebro en forma. Porque, sin un cerebro en forma, cualquier parche es inútil o cuando menos insuficiente. Por ello, en su libro The Mindspan Diet destapa, desde el rigor científico, falsas nociones y malos consejos de esos que circulan a todas horas por la red de redes o en el bar del gimnasio.

Estep escruta poblaciones donde longevidad y un buen funcionamiento cognitivo van de la mano —lo que llama la mindspan elite— y, sirviéndose de sus conocimientos en metabolismo y genética, nos ayuda a entender cuáles son los secretos de sus dietas. Por ejemplo, según sus investigaciones, una dieta basada en el hierro, los lácteos y los granos no refinados después de los cuarenta puede ser nociva para el metabolismo y contribuir a enfermedades habituales en la vejez, como la demencia. Comer solo pollo y arroz integral para marcar bien la tableta de chocolate pasada la cuarentena puede convertirnos en los pacientes con los abdominales mejor definidos del asilo para enfermos de alzhéimer. Por el contrario, una dieta basada en carbohidratos refinados, en arroz blanco, con pocos aportes de hierro, una dieta a la japonesa —el país que acoge a la gran mayoría de la mindspan elite—, puede colaborar no solo a alcanzar edades centenarias sino a alcanzarlas en plenas condiciones mentales, único salvoconducto conocido para transitar por la tercera y la cuarta edad en buena forma física.

«Si cambiar el mundo es jugar a ser Dios, será una prueba más de que Dios nos hizo a su imagen y semejanza». (Aubrey De Grey)

Pero hay quien no se conforma con estrategias «mundanas» y, como sucede en esas películas de científicos chiflados donde todo termina muy mal, insiste en coquetear con la idea de ser dioses. Dioses inmortales. De entre todos los gurús, iluminados y charlatanes varios que han propuesto teorías desde las que afirman poder posponer «la hora señalada», el gerontólogo y biomédico británico Aubrey de Grey ha enfadado de verdad, con su osadía, a buena parte del gremio científico. Desde su fundación, SENS: Strategies for Engineered Negligible Senescence —algo así como «las estrategias para diseñar una senescencia inocua»— lanza el humilde lema «Transformamos la manera en que el mundo investiga y trata las enfermedades relacionadas con el envejecimiento». A la pregunta de qué es lo que hace a SENS especiales, respuestas grandilocuentes, pero poco concretas. «La cantidad de dinero, tiempo y energía que se emplea actualmente en poner remedio a enfermedades como el alzhéimer, cardiopatías o diabetes, es enorme. Por desgracia, pese al progreso en el tratamiento de los síntomas, no se ha encontrado cura para ninguna de ellas». Pero tranquilos, porque «la Fundación SENS es la única organización sin ánimo de lucro que de verdad se empeña en un cambio de paradigma que dé pie a una verdadera industria de la biotecnoogía del rejuvenecimiento». Solo necesitan una cosa: nuestro dinero. De Grey lo tiene todo controlado. Una terapia para cada tipo de daño celular, y un nombre de producto de Avon para cada terapia: OncoSENS, GlycoSENS, MitoSENS. Suena parecido a poner parches de masilla en la pared que se agrieta, a atajar síntomas y no curar, pero en ciencia todos deben tener su oportunidad. Su oportunidad de probar que están en lo cierto.

Sin embargo, De Grey y los suyos optan por una estrategia muy en boga entre chamanes e Hipócrates modernos: lo que digo será cierto hasta que alguien demuestre lo contrario. Ese cohete llegará a la Luna, salvo que explote. En 2005, la Fundación Methuselah —Fundación Matusalén, un nombre digno de Ibáñez—, de la que fue cofundador el propio De Grey, ofreció a la revista Technology Review un premio de veinte mil dólares para el científico o grupo de científicos que demostraran que SENS «estaban tan equivocados que no eran merecedores siquiera de debate en el ámbito académico». La propuesta tenía trampa, pues no se trataba tanto de desmontar a través de ensayos o investigaciones las teorías de SENS como de «probar» que sus tesis no merecían ser probadas. Claro, nadie pudo probar tal cosa. Decidir si algo merece o no ser debatido es una cuestión que navega profrusamente en las aguas de la subjetividad. Del reto de Technology Review se extrajo, eso sí, que Preston Estep, firme opositor de SENS, y sus compañeros hicieron la mejor exposición de todas —lo que les valió un accésit de diez mil dólares— y que De Grey y SENS, por su parte, se movían y se mueven en todo momento entre la pseudociencia y teorías robadas a otros y vendidas con una pátina de sensacionalismo para seducir a todos aquellos que desean comprar lo único que no pueden comprar: tiempo extra.

Nada de lo que proponen visionarios como los de SENS es nuevo. Las terapias antiaging o de regeneración celular se vienen investigando e incluso aplicando desde hace décadas, y es la industria cosmética la que más réditos saca de procedimientos que en realidad ofrecen mucho menos de lo que prometen, a menudo de manera cuasi fraudulenta. No es posible la regeneración a nivel superficial que aseguran ciertos laboratorios respecto a las cualidades rejuvenecedoras sus cremas, y mucho menos dar con una píldora mágica o procedimiento universal que nos convierta en Benjamin Button. Cualquier intentona de regeneración celular implica trabajar a un nivel genético; un enfoque mucho más profundo. Kenneth D. Poss, profesor de Biología en la Universidad de Duke, lo explica: «El debate sobre cómo y por qué se da la regeneración de los tejidos ha atraído a numerosos biólogos e ingenieros biomédicos. La capacidad regenerativa difiere enormemente entre los diversos órganos y organismos, y se han estudiado un amplísimo espectro de sistemas que utilizan diferentes estrategias regenerativas. Estudiando estas estrategias, comenzamos a entender algunas claves fundamentales en la regeneración. La propia capacidad regenerativa del órgano o del organismo, las células madre, o los mecanismos que controlan la proliferación de los patrones regenerativos». Se necesitarán décadas de investigación para llegar a comprender y acaso controlar una sola de esas claves que, hipotéticamente, puedan colaborar a rejuvenecer lo que ha envejecido y se está muriendo. Mientras tanto, no lo olvidemos, la senescencia continuará desempeñando su particular tarea.

«Desear la inmortalidad es desear la perpetuación de un gran error». (Abraham Lincoln)

Demasiados frentes abiertos como para que alguien ose afirmar que tiene en el puño de una mano el elixir de la eterna juventud. Hasta que el futuro esté aquí con sus promesas de regeneración y longevidad, coman poco, beban con moderación, y no fumen. Llegarán a viejos y, con suerte, para entonces, aún nadie habrá averiguado la fórmula del dichoso elixir. No tendrán que lamentarse en los mismos términos que aquel Winzy que imaginó Mary Shelley en su El mortal inmortal, que vio morir a todos los que le importaban y se quedó aquí para ver vivir a los que no le importaban nada:

Así he seguido viviendo año tras año… Solo, y cansado de mí mismo. Deseoso de morir, pero no muriendo nunca. Un mortal inmortal. Ni la ambición ni la avaricia pueden entrar en mi mente, y el ardiente amor que roe mi corazón jamás me será devuelto; nunca encontraré a un igual con quien compartirlo. La vida solo está aquí para atormentarme.


La salud vegetariana

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Fotografía: Geoffrey Coelho (CC)

La OMS, con su declaración alertando de los riesgos de un consumo excesivo de carnes procesadas y carnes rojas, ha generado revuelo. Aunque no hay motivo para el pánico, es evidente que existe una solución fácil: olvidarse de chuletones, jamones ibéricos, costillares y hasta de ese salchichón pequeñito que algunos llaman fuet y dedicarse a las lechugas, la coliflor y al brócoli. De hecho, un número pequeño pero creciente de personas no come carne por una decisión voluntaria y consciente. Entre los vegetarianos famosos están Paul McCartney, Antonio Gaudí, Mohandas Gandhi o Jane Goodall. En algunos países, como la India, la proporción de población vegetariana es muy alta, superior al 35%, por razones culturales y religiosas, mientras que en los países occidentales es menor; en torno al 1,6% en Alemania y cerca del 3% en Gran Bretaña y Estados Unidos. En España las estimaciones son algo inferiores. Sergio Fanjul en El País mencionaba un 0,5% de la población, y la encuesta ENIDE de 2011 hablaba de un 1,5% de españoles.

Los estudios sobre la salud de los vegetarianos muestran que generalmente tienen un buen estado físico, comparable o superior al del resto de la población. La explicación se debe por un lado a la propia persona: es más consciente de lo que come y se cuida más. Por otro, a la misma dieta vegetariana, que soluciona algunos de los problemas más frecuentes de la alimentación general como son el exceso de grasas o la escasez de fibra. Además, los vegetarianos tienden a tener un estado de vida más saludable, están menos obesos, beben menos alcohol y hacen más ejercicio que los consumidores de carne. Sin embargo hay un ámbito distinto, menos comentado, y es el de la salud mental. Aunque ha habido resultados contradictorios, los últimos estudios señalan que los vegetarianos tienen un índice más alto de depresión, más trastornos de ansiedad y más trastornos somatomorfos (molestias diversas, difusas, sin una causa orgánica y que suelen ir acompañadas de dolor, inflamación, náuseas, vértigo o sensación de debilidad) que la población general.

La explicación no la sabemos. A nivel biológico, el estado nutricional puede afectar a la función neuronal y la plasticidad sináptica que, a su vez, podría influir sobre los procesos cerebrales involucrados en el inicio y persistencia de un trastorno mental. Por ejemplo, hay una clara evidencia de que la carencia de ácidos grasos de cadena larga omega-3 (ácido docosahexaenoico y ácido eicosapentaenoico) aumenta el riesgo de una depresión mayor, y puesto que se encuentran en especial en el pescado hay riesgo de que se consuman en menor cantidad por los vegetarianos estrictos. Además, aunque los estudios son menos concluyentes, la vitamina B12 es necesaria para la formación de glóbulos rojos y el mantenimiento del sistema nervioso central y los niveles bajos parecen ir también unidos al riesgo de depresión. Algunos vegetarianos —aunque bastantes suplementan su alimentación con esta vitamina— pueden tener una deficiencia de vitamina B12, lo que aumenta la posibilidad de sufrir un trastorno del ánimo.

Los factores psicológicos también pueden jugar un papel, tanto en positivo (muchos vegetarianos tienen una motivación ética que puede ser un refuerzo en su actitud ante la comida) como en negativo, y así es común entre los que siguen esta dieta definirse negativamente por lo que no son y sufrir cierto estrés crónico por no sentirse parte del pensamiento general ni compartir los principios o el modo de vida, al menos en la alimentación, del conjunto de la sociedad.

Otra posibilidad es que la conexión sea en sentido contrario: no es que el vegetarianismo te lleve al trastorno mental sino que una alteración en los procesos mentales induzca un cambio de costumbre en la alimentación y la adopción de una dieta vegetariana. De hecho, se ha planteado que las personas que estén sufriendo un trastorno mental puedan ser más conscientes del sufrimiento de los animales como reflejo del que ellos mismos sienten o pueden tener una tendencia apremiante a cuidar más su salud con el objeto de, en lo posible, acelerar su recuperación e influir positivamente en el curso de su problema mental.

Otras posibles explicaciones se basan en  las características sociodemográficas. Así, los vegetarianos son mayoritariamente mujeres, tienden a vivir en áreas urbanas y tienden a ser solteras. Las tres características muestran una correlación positiva con la depresión y los trastornos de ansiedad; es decir, tienen más tendencia a sufrirlos que los hombres, la población rural y las personas casadas.

Fotografía: Yannick B. Gélinas (CC)
Fotografía: Yannick B. Gélinas (CC)

Hay al menos siete estudios que analizan la salud mental de las personas vegetarianas. El problema es que en algunos casos se basan en lo que la propia persona expone sobre su estado de ánimo en vez de tener un diagnóstico inequívoco, y en otros las personas analizadas son una muestra específica, como adolescentes, adultos jóvenes, o formaban parte de una población especial. Pero aún con estas particularidades los estudios encontraban cosas como que los adolescentes vegetarianos tenían mayor probabilidad de haber estado deprimidos la semana anterior de haber contemplado o intentado un suicidio frente a sus compañeros de clase que tenían una dieta omnívora. También, los adolescentes vegetarianos tenían una mayor probabilidad de que su médico les hubiese dicho que tenían un trastorno de la alimentación, o de haber mostrado comportamientos alimentarios anómalos como dietas drásticas, vómitos autoinducidos, uso de laxantes o fenómenos de atracón con pérdida del control de la ingesta de comida.

Solo hay un estudio que encuentra una mayor salud mental en los vegetarianos que en el grupo control y fue realizado por Bonnie Beezhold y su grupo de la Arizona State University. La particularidad de este estudio es que la muestra analizada era un grupo de adultos de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, una comunidad cristiana protestante que se caracteriza por su observancia del séptimo día de la semana, el sábado, y por su énfasis en la inminente segunda venida de Jesucristo.

Los sesenta y cuatro adventistas vegetarianos tenían menos emociones negativas que el grupo de setenta y nueve adventistas no vegetarianos, algo que se valoró usando dos cuestionarios diferentes para depresión, ansiedad, estrés y estado de ánimo. La diferencia puede deberse precisamente a la particularidad del grupo: aunque no todos los adventistas son vegetarianos, el vegetarianismo es muy valorado y practicado por un número importante de adventistas. Eso hace que los seguidores de la dieta sin carne tengan un buen estatus entre sus compañeros, un sentimiento de coherencia con las creencias de su comunidad y un intenso sentimiento de pertenencia al grupo. Por el contrario, muchos vegetarianos en los países occidentales sienten un conflicto entre su decisión y la opinión de la mayoría, y eso puede llevar a sentirse más aislados dentro de su comunidad. El resultado sugiere que es posible que los aspectos psicológicos pesen más que los biológicos, pues lógicamente las carencias de ácidos graso omega-3 o de vitamina B12 se darán igual entre los adventistas que en el resto de la población.

Finalmente, una pequeña digresión histórica. Hay personas que no eliminan el consumo de carne pero lo disminuyen conscientemente. Un ejemplo son los católicos que siguen las normas de abstinencia establecidas por la Iglesia durante la Cuaresma y la Semana Santa. Curiosamente, para una organización que se define como universal —eso es lo que significa católica—, las reglas varían bastante de un país a otro. En Estados Unidos es común la abstinencia parcial, que consiste en comer carne solo una vez al día, en la comida principal. España y sus antiguas colonias tienen importantes dispensas de las normas basadas en los privilegios establecidos en las bulas de la Cruzada, los documentos papales que concedían indulgencias por actuar contra los musulmanes, los paganos o los herejes. En algunas colonias europeas, las obligaciones de ayuno y abstinencia variaban según las razas, donde los nativos tenían normas más indulgentes que los europeos y los mestizos.

Lo más curioso son los criterios sobre las especies comestibles. En general, la abstinencia solo permitía el consumo de pescado y marisco pero hay algunas excepciones llamativas. En Sudamérica, y en particular en Venezuela, se permitía el consumo de capibara, el roedor más grande que existe y que se convirtió en un alimento popular durante la Cuaresma y la Semana Santa. Del mismo modo, en respuesta a una consulta de los colonos católicos franceses de Quebec, comer castor fue también considerado aceptable para cumplir con la abstinencia. Y no es algo solamente de hace siglos, el arzobispo de Nueva Orleans, demostrando más su manga ancha que sus conocimientos zoológicos, declaró en 2010 que «el caimán se considera de la familia de los peces», algo que recibió el apoyo de la conferencia episcopal norteamericana. La base legal para estas sorprendentes clasificaciones puede ser la Summa Theologica de Tomás de Aquino, donde los animales son clasificados atendiendo a su hábitat y no por su anatomía o su genética, que son los criterios fundamentales que utilizan los taxónomos. Capibaras, castores y caimanes son tres especies que pasan gran parte del tiempo en el agua y, por lo tanto, para capturarles muchas veces son «pescados».

Para leer más:

Beezhold BL, Johnston CS, Daigle DR (2010) «Vegetarian diets are associated with healthy mood states: a cross-sectional study in seventh day adventist adults». Nutr J  9: 26.

Fanjul SC (2012) «Comer en verde». El País 7 de mayo. Enlace

Michalak J, Zhang XC, Jacobi F (2012) «Vegetarian diet and mental disorders: results from a representative community survey». Int J Behav Nutr Phys Act. 9: 67. Enlace