Un dólar es un dólar

Foto: Chris Dlugosz (CC)

Piensa en un dólar, en cinco dólares, en veinte, en cien o en mil dólares. ¡Piensa en un millón de dólares! ¿A que es casi imposible no sentir que se está ante algo más que dinero? Hace tiempo que el dólar transcendió su condición de instrumento aceptado como unidad de cambio, medida de valor, medio de pago. Hace mover el mundo real, sí, pero también aquellos otros que no lo son en absoluto. El dólar es relato. Es algunas veces poesía. Es una imagen mental, que remite casi siempre a una historia de acción. Existe algo parecido a la belleza y eficacia incontestables del billete. El dólar es como un juguete insustituible para cineastas, novelistas, músicos… Da gusto introducir billetes en un plano, o simplemente leer su nombre en mitad de un párrafo. Dólar, dó-lar, d-ó-l-a-r. Tiene fuego en el cuerpo. Raramente pasa en balde. En nuestra mente de lectores o espectadores, los dólares funcionan como un botón estratégico: lo presionas y pasan cosas.

El dólar es ficción. Crea mundos, historias, personajes, atmósferas, diálogos, pasiones. Puede ser un mero efecto visual o puede ser una pieza clave para las tramas. Si de pronto desapareciese su imagen, si olvidásemos la palabra, una parte de la historia de la cultura se llenaría de vacíos, de espacios en blanco las novelas norteamericanas, de silencios los diálogos del cine, de fundidos a negro los metrajes, que puestos en fila quizá durarían años. Hay muchos relatos que sencillamente no pueden contarse, aunque sean inventados, si no es teniendo en cuenta que las cosas poseen un precio. Entenderlas requiere a menudo saber cuánto cuestan, en un sentido parecido al que emplea Richard Ford cuando dice que desarrollar un personaje, y hacerlo plausible ante los lectores, pasa por que sean capaces de ganarse la vida y contar a qué se dedican.

Un personaje dejando diez dólares sobre un mostrador. Alguien contando billetes dentro de un sobre, para comprobar que está todo. Un taxista quedándose con el cambio. El lobo de Wall Street arrojando al aire miles de dólares, solo por diversión, que después caen lentamente, como si fuesen copos de nieve. Una propina abandonada en una mesa, junto a un plato sin acabar. La empleada de un banco llenando una saca con el dinero de caja, mientras una pistola le apunta a la cabeza. Otro personaje apostando todo lo que le queda a la última mano de cartas. Y así hasta el infinito. Nuestra memoria está llena de imágenes de dólares que solo sirven para hacer mover nuestra imaginación, dólares de mentira, sin los cuales, sin embargo, dejarían de existir muchas creaciones de verdad.

A veces un dólar es un personaje en sí mismo. Un solo billete podría contarnos una parte de la historia de la humanidad. Sería interesante hacerlo confesar, y que nos hablase de los sitios en los que estuvo, lo que vio, los bolsillos en que se parapetó, las carteras de las que entró y salió, las cajas registradoras en las que pasó la noche, los bienes que adquirió, las veces que solo fue parte del cambio de un billete mayor, la cocaína que canalizó formando un cilindro, las monedas con que se mezcló, las vistas que tuvo cada vez que lo posaron en una superficie, los días que fue un regalo de cumpleaños, o una propina, los maletines en los que viajó, los estados que recorrió en coche, en avión, en tren, a pie, las manos que lo tocaron, los olores que se le pegaron, las bacterias que transmitió, el mercado negro del que salió y entró sucesivamente, y muchísimas otras aventuras que en realidad sirven para conocer no solo la vida del dólar, sino de las personas.


Futuro Imperfecto #9: 2020, el año en que se acabará el efectivo

Fran Hogan CC0

«Los Estados Unidos son un banco, y el negocio de un banco es vender dinero». Desde Richard Nixon a Donald Trump este ha sido el lema que ha guiado la política de los presidentes estadounidenses. Un show me the money que de nuevo parecía a punto de conducirnos a una Tercera Guerra Mundial, tras el asesinato del general iraní Soleimani. Trump dejó claro que la guerra es tanto económica como militar, rebajando la tensión bélica generada por los misiles no mortales contra sus bases, pero anunciando nuevas sanciones económicas. ¿Por qué? Uno de los motivos detrás del conflicto en Oriente Medio se relaciona con el dinero en efectivo. 

No, nos hemos vuelto locos. Aún no. En 1971 Richard Nixon convenció a Arabia Saudí y resto de grandes productores de petróleo en Oriente Medio de que hiciesen sus transacciones comerciales en dólares. Era importante seguir siendo la divisa hegemónica del comercio internacional, el cómodo lugar que se reservaron al final de la Segunda Guerra Mundial con los Acuerdos de Bretton Woods. Podrían seguir «vendiendo dinero» a cambio de protección militar. Kuwait pagó por la guerra del golfo, no fue gratis. 

Así que mientras China se compra medio mundo financiando megaestructuras, EE. UU. gasta dinero y reputación en Oriente Medio, generando también ingresos. Hillary Clinton se preguntaba hace diez años aquello de «cómo puedes negociar en serio con tu banquero». Irán, Corea del Norte y Venezuela cuestionaban el valor de la divisa de referencia, poco antes de pasar a integrar el eje del mal. Apenas el año pasado Irán daba preferencia al euro. Y en medio de todo este lío, el ejército estadounidense y sus aliados de la OTAN «protegen los mercados», y los presidentes Made in USA enlazan una guerra con otra. Esta semana los índices se hundieron, el petróleo subió, Trump dijo que son autosuficientes energéticamente y la historia ha terminado con millonarios ingresos para las entidades financieras que comercian en dólares, la divisa del 80 % de las transacciones. Controlada por el país con la deuda y el presupuesto militar más salvajes del mundo moderno.

¿Y Soleimaini? Había acudido a Irán invitado por su primer ministro, y a sugerencia de Trump, para desescalar la tensión con Irak. Dijeron que habían matado al mediador por terrorista, pero nos quedamos con el hilo de Adam David, colaborador de The New Yorker. En el mismo explicaba que existe una conexión entre la Trump Organization y los guardianes de la revolución iraní… general Soleimani incluido. 

Otro tuit sugerente fue el de Maxim A. Suchkov, uno de los editores del Al-Monitor, medio dedicado al análisis de Oriente Medio desde una visión menos occidental. Nos avisaba de que alguien se había forrado especulando con el oro horas antes del asesinato de Suleimani. No sé, Rick, una sola captura de pantalla de «un colega que trabaja en bolsa» no es una fuente contrastable. Lo que sí está claro es que el oro ha obtenido su cotización máxima en una década después del atentado, no antes

Aditya Vyas CC0

Rollos bursátiles y negocios sucios con aires de culebrón turco, pelazo incluido, que nos despistan sobre lo que verdaderamente estamos sufriendo. No otra guerra, ni siquiera mundial, sino el estadio casi final de la financiarización de la economía. Una etapa en la que las operaciones financieras tienen más valor e importancia que la producción de bienes o servicios. Razón por la que todas las grandes empresas aspiran a convertirse en bancos.

Las grandes multinacionales ya obtienen el 43 % de sus beneficios de operaciones financieras. No de vender productos y servicios, sino de dar crédito a sus clientes, y generar medios de pago, como la muy veterana tarjeta de El Corte Inglés, o los modernos acuerdos con visas «de marca» como las de Alcampo o Carrefour. Funciona siempre que los consumidores usemos esos medios de pago relegando el efectivo. Sí, Amazon tiene su propia tarjeta. Y Google ficha bancaria.

Algunas empresas aspiran además a un escenario donde usemos una divisa creada por ellos, al margen de la moneda estatal, y bajo su total control. Facebook lo ha intentado al crear su propia criptomoneda, libra. Prometió librarnos de los bancos, con el teléfono como medio de pago, y Calibra como «cuenta corriente» donde acumular tus libras, ahorrar, y en un futuro hasta invertir en bolsa. Visa y Mastercard, que fueron sus socios, han abandonado el proyecto, en parte por los escándalos de Cambridge Analytica —nuevos papeles filtrados de la empresa revelan que la manipulación global está fuera de control;  y en parte porque muchos gobiernos pusieron su grito en el cielo. Tanto da, la red social va a seguir adelante. Tiene el respaldo de sus dos mil ochocientos millones de usuarios, que podrían generarle ingresos millonarios si les cobran una pequeña comisión por usar libra. En los países donde su legislación ya está avanzada en la regulación de las criptomonedas seguramente no habrá problemas. En el nuestro, quién sabe.

Amazon no revela el número de sus clientes, pero sus ventas anuales sumaron 207 240 millones dólares. Si sus planes de negocio no fallan, este año dará el paso para convertirse en un banco. En Francia, Italia y España podrán pagarse impuestos, viajes, seguros, actividades de ocio y hacer donaciones. En Reino Unido, Japón y Estados Unidos las PYMES ya han recibido de Amazon tres mil millones de dólares en financiación. Incluso Amazon Cash permite retirar billetes en las tiendas físicas de la marca en EE. UU. Por cierto, Google, Amazon y Microsoft ya son fuertes inversores en el negocio del petróleo

¿Qué tiene esto que ver con lo de eliminar billetes y monedas físicos? Las empresas compiten por ser un medio de pago y distribuir crédito. Los Estados no son ajenos al fenómeno, y sus balanzas fiscales se alimentan de deuda —crédito al país, si quieren—. Obviamente nadie paga las transacciones internacionales con cajas llenas de billetes de dólar. El oro no se mueve de Fort Knox ni de la Reserva Federal, solo cambian los anotaciones en un ordenador. Son operaciones basadas en algoritmos y gestionadas a través de bancos. Quien pueda controlar ese flujo, ganará la guerra. La batalla sobre el terreno es opcional. Ya lo advertimos en un número anterior, su guerra es tu guerra. Esta va de recursos y divisas, lo otro es una cortina de humo.

Freddie Collins CC0

Y esta batalla tiene daños colaterales. Por ejemplo empobrece a la clase media y beneficia solo al 1 % más rico. Que acaparó el 82 % de la riqueza mundial generada, según el último Informe Oxfam. Afecta a los trabajadores españoles, más de la mitad de los cuales son, involuntariamente, temporales. Incluso los trabajadores de Podemos. España sigue siendo uno de los países de la UE con más paro. Los economistas nos advierten de que esta situación lastra a las generaciones jóvenes. ¿A alguien le importa? A Piketty, que dice que se arregla con ciento veinticinco mil euros para todos al llegar a los veinticinco años. Nosotros tenemos dos veces veinticinco, estamos a favor. Y al Congreso, donde nuestros diputados han montado un circo esta semana para anunciarnos que tienen dos soluciones: una, un gobierno progresista, origen de toda bondad, y otra, el derrocamiento del mismo por cualquier medio, incluso militar. Siguen en Babia, provincia de León, que dice que se separa.

No estamos en los años treinta, sino en los veinte. Los trabajos precarios conducen a sueldos que no permiten consumir bienes, y la rueda gira hacia abajo. Alemania prevé que su producción de automóviles va a reducirse drásticamente y todas las empresas que abastecen piezas y neumáticos piensan ya en sustanciales reducciones de plantilla. Podemos recordar, como un sueño loco, los coches de alta gama que se veían circular por carreteras y calles españolas antes de la crisis de 2008. Otra crisis más que, como los momentos históricos en Catalunya, se nos amontonan de tal modo que ya no generan la emotividad que uno espera de ellas. 

Quizá porque la sociedad ha cambiado, y felizmente no solo en lo financiero. Parece que la Generación Z no es peor que las anteriores. Hay mayor tolerancia hacia ciertos comportamientos. Aunque sigamos sin saber si esa exquisita forma de conducirnos a que ahora se nos obliga para no ofender a ningún colectivo o minoría es bueno o malo. Al escritor Matzneff el gobierno francés le ha retirado la ayuda económica que le prestaba como hombre de letras, y la editorial Gallimard deja de imprimir y retira de las librerías sus diarios íntimos. Pedófilo militante, nunca se escondió y siempre ha defendido sus relaciones sexuales con adolescentes. Su obra, para el que la encuentre, queda como ejemplo de lo que aplaudieron las élites intelectuales francesas de los setenta, ochenta, y noventa. La historia no le juzgará, ya lo ha hecho el presente. 

En el otro lado de los libros está la muerte de Elizabeth Wurtzel, autora de Nación Prozac, una especie de Sylvia Plath que nos contó sin poesía la relación de EE. UU con las drogas. Es momento de recordar la crisis de opiáceos que sufre el país, y la familia responsable de ella, los Sackler. Su farmaceútica comercializó el OxyContin sin advertir que producía adicción. Hoy son asquerosamente ricos, a cambio de cuatrocientos mil muertes y muchas vidas más destrozadas por la adicción a una droga que, supuestamente, no lo era. Uno acaba por plantearse si no tendrá razón Escohotado, al pedir la legalización de estas sustancias

Aunque la hipocresía de este mundo moderno mantiene miles de presos por posesión y tráfico de marihuana en regiones de EE. UU. donde ya es legal su venta, venta que deja suculentos ingresos en impuestos al gobierno de turno, y que hacen aflorar dinero negro, dinero que dentro de poco dejará de existir en efectivo para ser electrónico y controlable. Afortunadamente Ricky Gervais, atizando a diestro y siniestro en los Globos de Oro, sermoneaba a las estrellas del entretenimiento con una realidad que muchos conocemos y sufrimos: son ustedes unos bufones que no tienen que dar lecciones de nada. Ya lo desvelaba el personal verso de Enrique Urquijo, en una canción de Los Secretos: «pero cómo explicar que me vuelvo vulgar al bajarme de cada escenario». Enrique murió de sobredosis. En Malasaña, Madrid. Nos negamos a transitar por la calle del olvido.


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Lleva usted un muerto en el bolsillo

Batman, 1989. Imagen: Warner Bros. / The Gubers-Peters Company / Polygram Filmed.

La versión mini del bolso Alma BB de Louis Vuitton cuesta dos salarios mínimos. Sotheby’s subasta, dentro de su lote «Antología del Rock & Roll», un bloc de notas manuscrito de Jim Morrison, datado el año de su muerte (1971, París), por el que estima que se pagará lo mismo que vale al cambio un piso de cincuenta metros cuadrados en el centro de Madrid: doscientos mil dólares.

Decía Sócrates, no el filósofo, un joven con rasgos de esquizofrenia y un chorro de verborrea que habitaba en la plaza de Sintagma en el verano de 2012, que el ser humano cometió uno de sus mayores errores cuando dejó que con lo mismo se pudiese pagar una cesta de verduras y un asesinato. Desde ese momento, añadía mientras hacía el pino, les regalamos a los malos el anonimato.

Dinero. Nombre de lagarto. Riqueza en modo papel, piedra o números en un servidor. Transferible de forma lícita o con un tirón de bolso, por el contacto de una navaja a la altura de los riñones en la boca de un cajero automático o apostándolo a unas preferentes para decirle después al cliente que… it´s gone.

¡Pss! No se asuste, pero ese papel por el que doblaría el espinazo y metería la mano en un charco, ese número que mira en la cuenta el día 1 y le cambia el gesto, o esos paquetitos que le dejó en una maleta en un altillo la generosa gente de IKEA morirán. Los mirará usted, o alguien como usted, como al cráneo de Yorick preguntándoles cómo se quedaron en tan poco. Basta que alguien haga creer a todo el mundo que eso no vale. Se deshará el hechizo. Se devolverá al dinero su débil forma de papel tintado y sucio. Y si no ha conseguido volver a llenar su bolsillo con un nuevo emblema de la riqueza y no puede esperar hasta que tenga valor para los coleccionistas, usted será pobre.

¿No se lo cree?

Los habitantes de la isla de Yap en la Micronesia vivían tan contentos ellos con sus piedras calizas de hasta tres metros de diámetro con forma de donut en las puertas de sus casas (al principio tenían forma de ballena, de ahí que se las llame rai, que allí significa ballena, pero se complicaba mucho su traslado). Eran el símbolo de su riqueza. Su dinero. Las piedras eran extraídas, transformadas y transportadas con gran esfuerzo desde la isla de Palau. En Yap no había. Allí lo que tenían en abundancia eran cocos, por eso no les daban mucho valor.

El peso de las piedras entre otras cosas convertía el viaje en una aventura de riesgo, lo que daba más significado al esfuerzo de extraer, modelar y transportar las piedras hasta Yap. La riqueza equivalía a ese esfuerzo. Y como todos aceptaban la convención de ese valor, su traducción en riqueza y quién era su dueño, no hacía falta ni que las moviesen de la puerta de un fulano cuando había un intercambio y pasaban a ser propiedad de otro. Incluso cuando en alguna ocasión una de aquellas enormes piedras provocó el naufragio de la canoa que la transportaba, el testimonio de quienes vieron lo ocurrido bastó para que se diera por buena la riqueza del promotor del viaje, aunque el símbolo de la misma yaciese en el fondo del mar.

Pero llegaron los alemanes a finales del XIX, tras comprar la isla a los españoles, y se empeñaron en que los habitantes de Yap hicieran lo que no habían hecho hasta entonces: carreteras. No fue fácil. En Yap eran tozudos como para transportar una piedra caliza de tres metros de diámetro en canoa. Los alemanes solo lograron su objetivo tras pintar una cruz sobre las piedras rai (según contó William Henry Furness III). Lo que no habían logrado la lluvia, ni el tiempo, ni los naufragios lo había conseguido la pintura. El gesto de los alemanes equivalía a mostrar que aquello para ellos no valía nada. Rompieron la convención y con ello la estabilidad de la riqueza. Y los habitantes de Yap se sintieron esclavos, pobres todos e hicieron las carreteras.

Las famosas piedras de Yap, utilizadas para hablar de política monetaria y dinero por pensadores de todo pelaje, desde Milton Friedman a John M. Keynes pasando por James Tobin, murieron durante un tiempo como dinero. Se quedaron en piedra, en un objeto sin sentido tirado en el suelo y manchado de pintura.

Porque el dinero muere.

Unas décadas después fueron los alemanes quienes vieron cómo se les moría su propio dinero entre las manos. Murió de sobrepoblación, de ansia viva por darle a la tentadora máquina de imprimir billetes. El dinero es para hacer ricos y pobres, no puede reproducirse sin descanso y dispersarse y pretender que siga valiendo lo mismo.

«El precio de los tickets del tranvía y la carne, las entradas de teatro y la escuela, los periódicos y los cortes de pelo, el azúcar y el bacon, sube cada semana», escribió el escritor y periodista Eugeni Xammar en febrero de 1923 desde Berlín, donde había sido enviado como corresponsal por La Veu de Catalunya y donde conocería a su amigo Josep Pla. Sus crónicas casi diarias de aquellos tiempos locos en los que llegó un momento en que los fajos de billetes se quemaban para calentarse porque era más barato que comprar leña con ellos no solo están recopiladas en El huevo de la serpiente (Acantilado, 2005), sino que son citadas aún hoy por publicaciones alemanas como Der Spiegel como uno de los mejores retratos de lo que ocurrió en aquella época. Una sacudida que explica el trauma que aún aterroriza al país cuando se habla de políticas monetarias expansivas y se les aparece el fantasma del periodo de entreguerras vestido de hiperinflación.

«Nadie sabe cuánto durará el valor de su dinero y la gente vive en un miedo constante, sin pensar en otra cosa que en beber, comprar y vender. Solo hay un tema de conversación en todas las bocas en Berlín: el dólar, el marco, los precios… ¿Os dais cuenta? Por el cielo, ¡parad esto! Acabo de comprar salchichas, jamón y queso para seis semanas», clamaba Xammar desde una de sus crónicas.

Las anécdotas que han circulado de aquellos tiempos en los que las fábricas paraban tras pagar a sus trabajadores para permitirles ir a comprar antes de que el dinero perdiese valor y ellos corrían cargándolo en carretillas hacia las tiendas son muchas. La familia que vendió su casa para emigrar a América y al llegar a Hamburgo comprobó que su dinero ya no servía para comprar el pasaje ni tampoco para volver a su ciudad. El hombre que pidió dos tazas de café y una le fue cobrada a cinco mil marcos y otra a catorce mil por lo que había subido el precio entre que pidió una y otra. El hombre que dejó unos minutos una maleta llena de billetes y cuando volvió le habían robado la maleta, no su contenido. La imagen de los niños jugando con los fajos de billetes como piezas de Lego sin que nadie considerase que usaban algo de valor. Son la traducción a la realidad de la caída del valor del dinero y consecuente subida de precios provocada por una decisión política: que las fábricas de moneda imprimiesen marcos las veinticuatro horas del día los siete días de la semana. ¿A qué se debió tan brillante idea?  

Tras el fin de la I Guerra Mundial, con la firma del Tratado de Versalles, se impuso el pago a Alemania de duras reparaciones de guerra, lo que avivó la eterna tentación que ronda a quien tiene en su poder la máquina de imprimir billetes, que no era nueva en el país. Alemania suspendió sus pagos a finales de 1922 y en enero del siguiente ejercicio las tropas francesas y belgas ocuparon el Ruhr. Ante los efectos devastadores de aquella ocupación, se optó por imprimir sin descanso para afrontar los pagos pendientes. Si al comenzar la contienda, en 1914, un dólar se cambiaba por 4,2 marcos, a finales de 1923 el cambio era ya de uno por 4,2 billones.

Ante semejante situación, la mejor opción es la eutanasia. Matar al billete moribundo para que nazca un nuevo rey. Eso hizo Gustav Stresemann, nombrado canciller en 1923 y muñidor del acuerdo entre Alemania y Estados Unidos junto al secretario de presupuestos estadounidense Charles Dawes. Este último fue el que dio las directrices al Reichsbank para mandar recoger y destruir los marcos devaluados, que fueron sustituidos por una nueva moneda, el Rentenmark, que se ligó a la riqueza del país. En 1924, el Rentenmark, que había cumplido su función de estabilizador, fue sustituido por el Reichsmark, ligado a las reservas de oro alemanas.

Lamentablemente, aquella estabilización temporal de la economía no bastó. El Plan Dawes incluía un crédito de Estados Unidos a Alemania para contribuir al relanzamiento de su economía cuya devolución fue exigida con carácter inmediato tras el estallido del crash de 1929. La miseria volvió. El descontento social y la desigualdad también. Y el sistema crujió. Adolf Hitler sería nombrado canciller alemán en 1933.

A los que tienen dinero, los que tienen de verdad, es decir, los que tienen capacidad de ahorrarlo y sobre todo si es en grandes cantidades, no les gustan los manejos con la moneda. En el mejor de los casos, las decisiones que tienen como objetivo aumentar la cantidad de billetes en circulación hacen que los suyos valgan menos. En el peor, el fantasma de lo ocurrido en Alemania durante la República de Weimar vuelve para llenarlos de temores.

Por eso es hora de dejar de pensar que fue casualidad que, el 31 de octubre de 2008, un mensaje saltase en meztdowd.com a la lista The Cryptography Mailing. Había pasado mes y medio después de la quiebra de Lehman Brothers, veintiocho días después de que se aprobase la Ley de Emergencia para la Estabilización Económica (Emergency Economic Stabilization Act), un rescate al sistema financiero estadounidense que iba a poner en circulación hasta setecientos mil millones de dólares.

En el mensaje soltado en internet aparecía enlazado un paper, un trabajo de alguien tras el seudónimo de Satoshi Nakamoto que decía que había «estado trabajando en un sistema de pago electrónico totalmente P2P, que no precisa de terceros para su verificación». Y añadía: «Hace falta un sistema de pagos electrónicos basado en pruebas criptográficas en lugar de en la confianza, que permita a dos partes cualesquiera realizar transacciones directamente entre ellas sin la necesidad de un tercero para verificar la transacción». El cambio que iba a traer aquel anuncio sería definido años después por Greg Kidd como el paso el lema «In God we trust», escrito en el reverso de los billetes de cien dólares, al lema «In math we trust». Las matemáticas, la computación, la criptografía podían sustituir a la confianza que hasta ese momento recaía en los bancos emisores de dinero y que se perdía por momentos.

Lo de octubre de 2008 no desveló aún casi nada de lo que estaba por llegar, solo anunció su advenimiento. Era un mensaje para tranquilizar. Estaban trabajando en ello. En enero de 2009, Nakamoto envió un nuevo correo a la lista anunciando la primera versión de Bitcoin. Y añadió un enlace para descargarse el software. Aunque han cambiado muchas cosas desde entonces, la clave de la criptomoneda en su nacimiento, tal y como la describió Nakamoto, era que el ritmo de creación de monedas se iría ralentizando hasta detenerse en un máximo en torno a veintiún millones de unidades. Un antídoto contra la inflación. El secreto contra la muerte del dinero encerrado en un protocolo informático. Límite de unidades y sin la intervención de los bancos centrales.

Esa filosofía del Bitcoin ha sido muy del agrado de los economistas neoliberales, lo que contrasta con su animadversión a cualquier forma de moneda complementaria. El hecho de pensar que en los bolsillos de la gente ya no va a mandar la moneda en la que se denominan sus cuentas y que la nueva va a emitirse sin control ni respaldo en una riqueza concreta les pone los pelos como escarpias. Es el mismo miedo a que muera su dinero.

En las antípodas está uno de los arquitectos del euro: Bernard Lietaer. Para el autor de El futuro del dinero: cómo crear nueva riqueza, trabajo y un mundo más sensato, las monedas complementarias pueden resolver los problemas de liquidez que traen consigo las crisis. En su opinión, no tiene sentido que haya personas con tiempo para trabajar y otras que demandarían sus servicios y que ninguna pueda satisfacer ni su oferta ni su demanda por el hecho de que no tengan la moneda que se ha declarado, además de oficial, única.

Lietaer no habla por hablar. Ha experimentado con monedas alternativas y complementarias. De hecho, participó en 2010 en el proyecto desarrollado en la ciudad de Gante (Bélgica) para lograr que en un barrio con un alto número de inmigrantes se cumpliesen una serie de normas cívicas. Tras consultar a los habitantes de aquella zona qué era lo que querían y comprobar que aspiraban a tener un pequeño jardín como aquel en el que durante generaciones habían jugado los niños en su tierra natal, Lietaer pidió usar el solar de una antigua fábrica de propiedad pública para dividirlo en esos pequeños jardines. Pero su alquiler solo podría pagarse con una moneda creada expresamente para tal fin: el toreke. Y para conseguir torekes había que cumplir con las normas cívicas que la ciudad llevaba intentando lograr mucho tiempo. Y funcionó.

En sus conferencias, a Lietaer le gusta citar también el ejemplo suizo, un país donde, aunque mucha gente no lo sepa, circulan dos monedas: el franco suizo, conocido por todo el mundo, y el wir. Esta moneda complementaria fue creada en 1934 por los empresarios Werner Zimmerman y Paul Enz para hacer frente al cierre del grifo financiero provocado por la Gran Depresión. Nació solo para intercambios entre empresas y dice Lietaer que, al comportarse de forma anticíclica, es decir, activarse su uso cuando hay tensiones de liquidez en el franco, ha dado una enorme estabilidad a la economía del país.

Lietaer cree que los duros tiempos que se han hecho pasar a Grecia habrían sido menos si se hubiera permitido al país utilizar una moneda complementaria. Impensable con el euro de por medio. Aquella transfusión de almas de todas las monedas que se integraron en la unión monetaria europea no se hizo para que surgiesen alternativas. No se la llama moneda única por casualidad. Y no parece que se lo vayan a poner fácil tampoco a la ciudad de Barcelona. El Ayuntamiento que lidera Ada Colau anunció el lanzamiento de una moneda complementaria, lo que hizo sonar rápidamente las alarmas en el Banco de España. El plan era lanzar dicha moneda en 2017, pero los planes no parecen muy avanzados. Desde el Ayuntamiento no quieren dar detalles de cómo marcha el plan y dicen confiar en tener noticias pronto. El asunto es delicado. Sin el respaldo de una autoridad monetaria ni las matemáticas para generar confianza en una moneda les puede pasar lo más terrible que le puede pasar al dinero: que se pierda la confianza en él y se muera.


Deseos humanos

El invento este español del día de Reyes tiene como único propósito acabar con los propósitos. Con los de año nuevo, naturalmente, que son los que uno se formula con mayor empuje. Como si fuera nuevo. El sabotaje de estos primeros días tontos hace que lleguemos al 6 de enero con el 2015 ya desperdiciado. Se acabó la Navidad y se acabó todo. Desde mañana, otro año viejo.

De niños no nos hacíamos propósitos: simplemente esperábamos los regalos. De adultos la cosa se complica. Georges Brassens dice en una de sus canciones más bonitas que la primera novia es «el último regalo de papa Noel». En efecto, con el amor (y el sexo) se abandona la infancia y los otros regalos pasan a un segundo plano: el que más deseamos es ese, con sus venenos. Me acuerdo del epitafio de un artista que hay en el cementerio inglés de Málaga: «El arte y las mujeres le hicieron la vida más hermosa, pero también más difícil».

En estos días de espera (desilusionada ya) de los Reyes Magos, me entregó un papelito un africano, que podría ser Baltasar vestido de calle. Era uno de esos anuncios de brujo, cuyas prestaciones se enumeraban. Lo cogí solo por cortesía (por hacerle ese regalo al hombre), e iba a tirarlo a la papelera unos pasos más allá cuando me di cuenta de que en que en él se resumían los deseos humanos esenciales. (Los deseos del humano adulto, claro está, porque el niño lo que quiere son sus juguetes). Así que me lo guardé. Lo tengo ahora delante.

africano

«No hay problema sin solución», reza el encabezamiento. Y a continuación el maestro Amadou, «gran vidente especialista en todo tipo de problemas y dificultades», enumera esos problemas, en tres bloques: «Problemas matrimoniales – sentimentales»; «Suerte en los negocios, en el trabajo y exámenes…»; y «Protección de vida de familiares». El amor, el dinero y los seres queridos. El más pormenorizado es el primero. La parte del león de la felicidad, como quien dice. Para quien ya goza de ella, resulta conmovedor lo de «amarres»: siempre está el miedo de que se pueda perder. Y si además de amor se tiene financiación (cosa que ofrece el segundo bloque), la cosa va que chuta. Al final se asegura que el «profesor» Amadou (ha pasado de maestro a profesor en once líneas) «arregla casos muy desesperados con rapidez y resultados positivos y garantizados».

Me imagino a esos desesperados acudiendo al brujo, y el alivio que sentirán solo por pensar, durante la consulta al menos, que lo suyo puede arreglarse. Pero hay que bregar con lo que no tiene arreglo. El psicoanalista André Green dice que la salud mental está en lo que él llama «posición depresiva»: no prescindir de la conciencia de lo que va mal, pero sin paralizarse por ello. Tenerlo como un trasfondo de (ligera) melancolía permanente.

Me he acordado del mejor párrafo de las Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, que no se engañaba sobre lo que no puede ser, aunque lo reincorporaba al encanto acre de la vida: «Cuando hayamos aliviado lo mejor posible las servidumbres inútiles y evitado las desgracias innecesarias, siempre tendremos, para mantener tensas las virtudes heroicas del hombre, la larga serie de males verdaderos, la muerte, la vejez, las enfermedades incurables, el amor no correspondido, la amistad rechazada o vendida, la mediocridad de una vida menos vasta que nuestros proyectos y más opaca que nuestros sueños: todas las desdichas causadas por la naturaleza divina de las cosas».  

Hay, pues, en contra de lo que promete el maestro o profesor Amadou, problemas sin solución. Aunque se le podría dar la vuelta, de un modo más profundo, casi zen, como hizo Duchamp: «No hay solución, porque no hay problema». No se trataría de frivolidad, sino de seriedad despreocupada. Para que el adulto vuelva al niño, según Nietzsche: «Madurez del adulto: significa haber reencontrado la seriedad que teníamos de niños al jugar».