Palabra de ladrón

El Dioni en el aniversario del robo del furgón. Foto: Cordon Press.

Leo que El Mundo entrevista al Dioni en el treinta aniversario de su golpe. Como muchos recordarán, trabajaba en una empresa de seguridad que recogía o repartía en un furgón blindado sacas con la recaudación de comercios, nóminas de empresa y dinerales varios de bancos. El Dioni, fingiendo un ataque de ciática, en un momento en que sus compañeros se bajaron del vehículo, aceleró y se largó con alrededor de trescientos millones de pesetas, casi dos millones de euros. Al cabo de unos meses lo encontraron en Brasil, donde fue detenido.

En la entrevista, de titular «Soy el menos hijo de puta de todos los que han robado en España», anunciaba la salida de un libro de memorias que recopilaba todos sus recuerdos de aquella, la gran peripecia de su vida. Es curioso porque yo ya tenía un libro de esas características. Se titulaba Palabra de ladrón (Colección Documentos, Prensa Siete) y apareció en 1994. A partir de conversaciones en Alcalá Meco con los periodistas de El Periódico Jordi Gordon y Mariano Sánchez Soler, se había reconstruido toda la historia.

La verdad es que después de su paso por el mundo de la canción ligera y el cine porno el personaje ha quedado sobreexplotado, pero en los noventa ese libro estaba bastante bien. Había una historia de serie negra bastante cañí, pero con buenos tics literarios. No en vano, la obra venía recomendada nada menos que por el escritor y maestro del género Juan Madrid, que edulcoraba el suceso tal y como hace su protagonista actualmente: «En este país de ladrones nunca cayeron mal los ladrones que roban a otros ladrones sin matar a nadie ni hacer más daño que el que se hacen a ellos mismos».

¿Por qué cometió la apropiación indebida? Según contó en Palabra de ladrón, porque llevaba años en la empresa sin ver una hora extra y, a la hora de la verdad, después de tanto esfuerzo, le habían relegado a los furgones donde cobraba casi la mitad que como escolta; puestos que se habían cubierto con empleados que tenían enchufe. Como venganza, maquinó su plan.

Lo cierto es que si al leer lo mira uno en perspectiva, antes de tener el encuentro con su jefe en el que se planteó esta discusión, había tenido un incidente en una discoteca en el que le habían abierto la cabeza con un vaso y había terminado en comisaría porque le acusaron de sacar su arma en la pelea. En esas memorias se deja claro que le tendieron una trampa por una historieta pasada y bla, bla, bla… Pero por ese motivo, porque no podía ir de escolta de Miguel Durán, entonces director general de la ONCE, con la cabeza vendada por una trifulca, le apartaron de su puesto. Aunque él dice que fue cosa suya, que lo pidió. El lector, como en Elige tu propia aventura, puede hacer sus cábalas.

En el primer perfil que le dedicó El País justo después del suceso, el 4 de agosto de 1989, decía: «En 1980 ingresó como vigilante en Candi, pese a que la mayoría de sus vecinos pensaba que no duraría mucho en este trabajo debido a su afición a la vida nocturna (…) Cuentan en su barrio que Rodríguez había pedido presupuesto a un amigo manitas para que le fabricara una cama giratoria y un juego de luces adecuadas para un dormitorio de atmósfera excitante». En estas cuatro líneas está toda la esencia del personaje.

El motivo oficial, publicado en estas páginas, por el que decidió «hacerse un blindado» fue por los derechos laborales. De hecho, como alegó su abogado en el juicio, tuvo el detalle de no llevarse del furgón una de las sacas, que correspondía a la nómina de los trabajadores de una empresa. Siempre quiso dejar claro que no robó a trabajadores, dejando esas bolsas de dinero en el furgón, y se apropió del dinero del banco, como dice en esta última entrevista, con la intención de «meterle una preferente al banco antes de que ellos me la metieran a mí».

Sonar, suena bien, pero mejor pasemos a escenas irrepetibles. Cuando dio el golpe, se refugió en un piso de Vallecas. Ahí, rápidamente, presa de la angustia por la precipitación y falta de planificación con la que había realizado el robo, se arrepintió. Pensó que si huía al extranjero tal vez no volvería nunca a su barrio. Una verdadera lástima, porque la descripción que hace de aquel ambiente y años de juventud es única, es un mosaico imposible:

En el cuarto piso vivía Paco Valladares, en el portal de al lado, el Bombero Torero; y en casa de doña María, en régimen de pensión, vivían varios jugadores del Real Madrid. Fui muy amigo del actor Rafael Arcos, al que conseguía preservativos. Estudié hasta los catorce años en el colegio del Pilar, Santa Ana y San Rafael. Incluso formé parte de una tuna llamada Crisol de Arte, que dirigía el futurólogo Marqués de Araciel. Con todas aquellas imágenes en mi cabeza no pude evitar una sonrisa amarga. 

Para que se le subiera un poco la moral en esos momentos críticos, pidió a sus amigos que le consiguiesen casetes de «Pink Floyd, Julio Iglesias, Police…» pero quien llegó al apartamento fue un tal Celso. La persona que consiguió su traslado a Brasil. Era un ladrón de guante blanco que solo entraba en chalés de lujo. Se ganó la confianza del Dioni mostrándole un reloj Omega Constelation robado en el domicilio de Pozuelo de Rafael Gordillo, jugador del Real Madrid.

Antes de iniciar su periplo, se dedicó a arrugar los billetes del botín. Estuvo dos días sentándose encima de ellos, pisándolos, haciendo papiroflexia. Cuando los turistas se lanzaron a las carreteras el 15 de agosto, salió él también en dirección a Portugal. Tuvo dos opciones en su huida a Sudamérica, la que le ofrecía un matrimonio de acompañarles a Chile y la de Celso, que le propuso Brasil.

Rechazó el país andino «por la dictadura de Pinochet» y se dirigió a Río de Janeiro atraído, entre otros motivos más prosaicos, por la corrupción policial. Le dijeron que allí podría comprar un cadáver humano calcinado para que la policía, previo pago, diera parte de su fallecimiento en accidente de tráfico. Simular su propia muerte.

La frontera con el país vecino la pasó con su propio DNI, aunque estaba en todos los telediarios, sonando casetes de Julio Iglesias y Los Panchos en el reproductor del coche. En la capital portuguesa, mientras falsificaba el pasaporte para cruzar el Atlántico, tuvo tiempo de inspirarse viendo a Roberto Carlos en directo en la plaza de toros de Lisboa y se las arregló para pasar la noche en compañía de prostitutas dos veces. No hubo una tercera porque, desgraciadamente, antes de hacer un menage à trois, el sueño de su vida, el Chivas le pasó mala factura y las dos mujeres tuvieron que meterle en la bañera. Se bebía la vida de un trago, como se dice.

Con una resaca cósmica, atravesar el control de pasaportes era la parte más complicada. El relato de estas escenas sí que pertenece al pasado, hoy día nunca se haría, o no se debería hacer en esos términos, pero es otro de los momentos álgidos de una historia que llegados a este punto, el centenar de páginas, uno seguía leyendo enganchado más por lo inverosímil que por la crudeza:

Estaba un poquito pasado de copas, maquillado, con la peluca rubia de pelo largo, la mariconera cargada de billetes, un radiocasete estereofónico bajo el brazo y una ligera cojera causada por la ciática. Aparentaba cualquier cosa menos una persona normal; más bien parecía un gay, y yo me dispuse a interpretar mi papel (…) me armé de valor y, echándole un poco de humor al asunto, avancé con mi cojera y mi peluca rubia. Con un «hola» afeminado en los labios —que algunas veces usaba en broma con mis compañeros de Candi—, saludé al policía que sellaba los pasaportes. Este más que ninguno pensó que yo era un afeminado extremo, de los que rozan la locura. Con cara de pocos amigos y, quizá satisfecho de que un tipo semejante abandonara su país, metió un golpetazo sonoro al pasaporte y me dejó pasar.

Foto: Cordon Press.

En el avión las azafatas se rieron de él cuando, durmiendo la mona, se le cayó la peluca. Al llegar, no recordaba cuáles eran sus maletas y, en la cinta transportadora, esperó a que todo el mundo recogiera las suyas a ver si eran las que quedaban. El viejo truco. Con el nuevo pasaporte no hubo problemas en entrar en Río de Janeiro. Respirando sus calles, gritó libertad:

«¡Esto es como La Manga, pero a lo bestia!» —exclamé. 

En este segundo tercio del libro la trama detectivesca se difumina. Pasamos al relato de unos hechos muy difíciles de entender ni por la época ni por lo cañí. Después de haberle salido el plan de afanar trescientos millones de pesetas, un poco menos de lo que el FC Barcelona había pagado por Maradona en 1982, con su rostro en el telediario y en todos los periódicos y revistas de España, cuando la lógica más elemental conduciría a cualquiera a guardar cierta discreción, digamos que se le fue un poco el pinzón.

Alquiló un apartamento de lujo, según se publicó en este volumen, con vistas al mar y piscina. Iba en helicóptero, cuando no en avioneta. Realizó viajes en barco a las islas cercanas. Se hizo asiduo del restaurante al que iba a cenar su ídolo Julio Iglesias, se permitió el lujo de que una orquesta italiana tocase para él «Oh sole mío» en uno de los restaurantes más caros de la ciudad. Las amistades que hizo en los locales que visitaba le recomendaban «desparramar» cocaína por las sábanas de la cama para que cuando se acostase con alguien, al sudar, su cuerpo transpirase la droga y se pusiera en estado de «macaco nervioso». Para los trayectos cortos, alquilaba limusinas. Elegía el color del vehículo para que hiciera juego con el de la piel de la brasileña que le acompañaba «en cada momento». Porque, adornado o no, lo que queda claro en este texto es que en lo que gastó con más fruición fue en prostitutas:

Sus culos parecían hechos de mármol de Carraca y sus pezones eran duros como castañas pilongas. Cada vez que me miraba una de ellas, los ojos se me ponían como el coche fantástico (…) Frecuentábamos Help y Barbarella. Era asombroso la gran cantidad de mujeres jóvenes y preciosas que había allí y la facilidad para llevárselas a la cama. A los pocos días, mi generosidad se hizo tan famosa que ellas esperaban impacientes su turno. 

El pináculo del éxtasis de esta lectura se alcanza en las primeras cuatro palabras del capítulo diez. Podrían pasar fácilmente a los anales de la literatura universal. Pasaba uno la página suavemente, recorría con su vista la carilla en blanco y, al comenzar a leer el nuevo episodio en página impar, este se iniciaba así: «No todo era juerga».

Solo por ese instante merecía la pena experimentar esta lectura, aunque a partir de ahí fuese cuesta abajo. Contaba su visita a un cirujano para, según el plan, cambiarse la cara e iniciar una nueva vida con una identidad distinta tras, más o menos como se había anunciado antes, fingir su propia muerte. El problema es que un relato de esas características necesitaba, ya pasada la mitad del libro, un giro inesperado. Sin embargo aquí ya se habían acabado las sorpresas. Es más, lo que ocurría después era totalmente predecible. Un día cualquiera pasó lo que tenía que pasar y así lo narró:

Cuando abrí despreocupadamente la puerta, me quedé atónito. A la altura de mi nariz, seis o siete hombres, unos de rodillas y otros de pie, me encañonaban con sus revólveres y pistolones. 

Efectivamente, era la policía. Lo que pasa es que esta tenía cierto interés en que confesase dónde ocultaba el botín. Se lo llevaron a una playa y simularon ejecutarle. Llorando, entre orines y sus deposiciones del susto, se lo llevaron a un local, donde le aplicaron descargas eléctricas en los testículos. No confesó. O eso dijo aquí. Lo mismo sí lo contó y esos ciento cuarenta millones de pesetas que todavía faltan y nadie saben dónde están quizá son la jubilación de un coronel Nascimento de turno. Nunca lo sabremos, o no por ahora.

Aquí es donde se acaba el pacto con el lector que puede ofrecer Palabra de ladrón estirando el chicle al máximo y siempre y cuando sea de los que no buscan prestigio con lo que leen. Lo que sigue es su diario de la estancia en la prisión brasileña, periodo que no estuvo exento tampoco de hazañas sexuales irreproducibles, mucha ansiedad y un instante de alivio, cuando le cuelan en la cárcel un walkman con su cinta de Julio Iglesias.

Extraditado a España, un violador de menores le robó el aludido reloj cuyo legítimo propietario era el futbolista del Real Madrid. En Alcalá Meco estuvo con Carlos Goyanes, dice que iba a misa con Celso Barreiros, detenido en la Operación Nécora, y andaban también por ahí varios miembros del GRAPO, ETA y Terra Lliure, con los que tuvo que mediar, confiesa, para que dejasen jugar al baloncesto con ellos a Ricardo Saenz de Ynestrillas:

No seáis piojosos —me atreví a decirles a los boicoteadores—. Lo mismo que se hacen selecciones de fútbol de diversos países, bien podéis hacer una selección de diversas siglas, o de distintas bandas armadas. 

Esa es la traca final. Como es sabido, en el juicio fue condenado a tres años por apropiación indebida, lo que celebró como un éxito. La prensa, que alguna hubo que comparó su apropiación con los pelotazos que se pegan en los consejos de administración habría tenido más éxito hoy la analogía tampoco le consideró lo que se diría un Robin Hood, «subalterno resentido» (Interviu), «robamelones venido a más» (El Independiente), «cantimpalos con peluca» (Diario 16)… No obstante, ninguno de estos epítetos fueron óbice para que volviera a despreciar el peligro y tomase la decisión de presentarse a las elecciones municipales de El Molar (Comunidad de Madrid) que tenía tres mil trescienos habitantes en aquel momento. Obtuvo diez votos y, con ese crédito, se cerró la primera etapa de sus correrías.


Los Chichos, artistas del pueblo y para el pueblo

Fotografía: Philips / Jeros Chichos.

Los presos gritaban ¡otra, otra!, Jero se adelantó y les preguntó: ¿Qué queréis? Y todos a una contestaron a coro: ¡Co-ca-í-na!. (Concierto de Los Chichos en la cárcel Ocaña I de Toledo, 1985).

Emilio, el más largo de Los Chichos, apoyándose en un pelotazo de whisky para coger fuerza, me preguntaba cosas de mi contrato y me pedía consejos para sus reuniones, que siempre eran de pelas. También me contaba entre indignado y confuso que a pesar de estar en todas las gasolineras del país, y por lo tanto de vender muchas casetes, nunca estaban en las listas. Era verdad. (Miguel Ríos).

En el programa de Radio Exterior de España Gitanos, dirigido por Manuel Moraga y Joaquín López Bustamante, dieron el año pasado la última cifra de venta de discos de Los Chichos en toda su carrera: veintidós millones de copias. Un número mareante y logrado, además, sin operaciones de marketing, con reticencias de los medios para radiar sus canciones y sin ni siquiera aparecer en las listas de los más vendidos, aunque lo fueron en muchas ocasiones.

Pero en realidad no les hacía falta. Les bastaba con el boca a boca para mantenerse en la cresta de la ola y, por supuesto, con un don, una cualidad que conquistaba los corazones de sus seguidores: Los Chichos tenían verdad.

En los barrios de aluvión, en los extrarradios, la juventud de los años setenta había visto a sus padres matarse a trabajar y pluriemplearse malamente para terminar con la espalda rota y poco más. Como explica el imprescindible artículo «Nos matan con heroína» de Juan Carlos Usó en La Web Sense Nom, esta generación no quería ganarse la vida como sus padres, prefería buscársela. Un espíritu sesentayochista pero a la española. Creció la delincuencia y a los pocos años todos ellos caían de lleno en el boom de la heroína. Este fue el público de Los Chichos.

Por supuesto, también los de su raza, los gitanos. Por aquel entonces confinados en barrios chabolistas en los que no entraba alegremente un payo si no era acompañado de uno de ellos. La mayoría no tenía ni DNI. La escolarización brillaba por su ausencia. Los Chichos fueron solo seis meses al colegio, lo justo para aprender a leer y escribir. Eran familias que tenían pocas opciones: o la venta ambulante o la delincuencia. Este también era el público de Los Chichos.

Y luego les seguía, claro está, todo aquel que no fuera sordo. Quienes supieran ver en ellos una evolución natural de Peret y el grande entre los grandes, Miguel Vargas Jiménez «Bambino». Entender que rejuvenecían el flamenco. Apreciar a un artista que cantaba a corazón abierto como era Jero… Pero mejor empezar por el principio de la historia.

Emilio y Julio eran dos gitanos nacidos en Ciudad Real que emigraron al Pozo del Tío Raimundo, en el barrio de Vallecas, Madrid. Emilio pronto sintió afición por la música y se ganaba unas perrillas cantando por los bares cuando solo era un niño. De adolescente, durante una etapa en Salamanca, no paró de trabajar en las fiestas de los señoritos por recomendación de todas y cada una de las prostitutas de la ciudad, a las que se había ganado con su encanto y que le consideraban «su protegido».

Empezamos en las barras americanas de Salamanca, siempre había un señorito que pillaba a una, ah, una prostituta y se le calentaba el paladar, quería que se montara una juerga a base de fandangos y bulerías y allí estábamos los gitanos.

Su hermano Julio por aquel entonces se ganaba la vida en el campo, iba a la vendimia y a la recogida del garbanzo. También trabajó en una fábrica en Santurce quitándole la cabeza a las sardinas. Era un gitano obrero.

Jero —para que se sitúen, es al que Estopa bautizó como «el del medio de los Chichos»—, había nacido en Valladolid. De pequeño vio morir a su padre a la puerta de su casa y por ese motivo su familia se reagrupó con unos parientes en el Pozo del Tío Raimundo. Allí, a los diecisiete años, se casó con Araceli, de catorce que le dio dos hijos. Para sobrevivir, se dedicaba a la venta ambulante de colchas y telas con su abuelo y también, en otros ratos, al trile. Ya saben, poner una bolita con tres cubiletes sobre una mesita en algún espacio céntrico y engañar a los incautos. Así acabó una vez, por trilero, en los calabozos de la Dirección General de Seguridad de la Puerta del Sol. Una detención que celebraremos durante toda la vida, no porque nos moleste el trile —más se roba a los tontos en la bolsa— sino porque en esa celda compuso «Quiero ser libre», hit inmortal donde los haya.

Los Chichos en 1974. Fotografía: Philips / Jeros Chichos.

Ahora situémonos en otro punto de Vallecas: calle Arroyo del Olivar. No muy lejos del fantástico parque de las tetas, seguramente el rincón más bello de Madrid aún hoy. El brillante piloto de motociclismo Ángel Nieto Roldán montó una discoteca con la aspiración de que fuese la más moderna del lugar. La cabina del pinchadiscos era un Seat 600 y las luces, de esas que permiten ver la ropa interior bajo los vestidos y que las dentaduras parezcan la Feria de Abril. El garito se llamó Lover.

Un buen día, Emilio acudió al local y pidió un encuentro con el relaciones públicas, Eduardo Guervos. Para convencerle de su valía, le sugirió que le acompañara a verle tocar por los bares céntricos de Madrid. Concretamente, por la zona de Doctor Fleming, donde, como en Salamanca, también era amigo de todas las prostitutas. En el precioso libro que escribió Juan Antonio, el hijo de Juanito Valderrama, y Rosa Peña sobre Los Chichos, cuentan que tenía locas a las chicas de alterne. Era un gitano de 1,90, divertido, con el pelo azabache y los labios carnosos. Las chavalas que se buscaban allí la vida «sucumben ante su porte», explica.

A esa zona de bares acudían los altos ejecutivos del momento con la prosaica intención de irse de putas. Para mantener el decoro, se disimulaba la transacción con unos bailes y una invitación a una copa. No eran casas de putas propiamente dichas, de modo que ahí hacía falta un gitano con guitarra como Emilio para endulzar lo miserable. En un local llamado La Coquette, Eduardo Guervos quedó prendado de su salero y magnetismo con los presentes y le contrató para su discoteca.

A los clientes de Lover les gustó el muchacho y a él le siguieron saliendo actuaciones. De esta manera, Eduardo decidió convertirse en su manager, total, no tenía nada mejor que hacer. Y le propuso que se juntara con su hermano, el aludido Julio, para hacer un dúo, un formato más vendible. La cosa siguió funcionando, fue a más. Tanto que el padre de ambos gitanos se preocupaba cuando empezaban a llegar giros postales a casa porque se creía que sus niños estaban metidos en el crimen organizado. En su barrio, pocos de su generación se ganaban la vida honradamente en aquel tiempo. Pero lo rentable en esta familia fue la música, su grupo, al cual decidieron bautizar como «Los Chichos» ya que era el apodo, Chicho, que se trajo Emilio de Salamanca y que en plural le había caído a toda su prole.

Actuando sin descanso, les llegó una oferta para tocar en Vigo. La única pega era que les pidieron que fueran tres, un trío, para dar mejor en el escenario. Los dos hermanos eligieron para acompañarles a Jero, un amigo de toda la vida del Pozo. Le ofrecieron dos mil pesetas por ir a tocar con ellos y en ese momento, señoras y señores, nacieron Los Chichos.

En la discoteca Nueva Electra de Vigo, hasta donde viajaron en coche por las tortuosas carreteras del momento, se propusieron que la puesta en escena fuese moderna y rompedora. Un look de patas de campana a tope y abrigos de piel. Desgraciadamente, Jero no tenía abrigo, le tuvo que dejar uno rápidamente su hermana y, aunque le quedaba un poco entallado, la presentación quedó a las mil maravillas. Cobraron de la recaudación de la taquilla, en billetes marrones de cien pesetas, y ese día, lectores de Jot Down, nació el soul gitano.

El primero en advertirlo seriamente fue don Antonio Sánchez Pecino, padre de Paco de Lucía. Se los llevó a Polygram, compañía musical de Philips, porque estaba convencido de que estaban para grabar un disco; un disco que iba a hablar de marginalidad. El director artístico del sello, Alfredo Garrido, nada más verlos pensó: «No puede ser, son demasiado gitanos». En el aludido libro, Nosotros, Los Chichos de Ediciones B, el maestro Torregosa, responsable a la postre de la instrumentación de sus canciones, los describió así:

Eran tan pintorescos con aquellos trajes de pantalones acampanados, aquellas patillas, los enormes cuellos de las camisas abiertos por encima de las chaquetas con unos picos tan grandes que les llegaban casi hasta los hombros, y sobre todo, las cadenas de oro colgando en medio de su pecho.

No obstante, Garrido decidió apostar por ellos. Echó mano de un fondo que tenían reservado para producciones de riesgo y grabaron su primer single. Cara A: «Quiero ser libre»; Cara B: «Si tú pudieras estar conmigo». Dos temazos talegueros que volaron de los estantes de las tiendas. En Polygram llegaron a pensar que se trataba de un error contable. Al ver las cifras, confundidos, llamaron en persona al almacén a preguntar y no daban crédito: en un mes de ahí habían salido veinte mil copias. Su segundo single con «Ni más ni menos» ya supuso un crecimiento exponencial en ventas. Había empezado una leyenda.

Por estas fechas, Jero tuvo al primero de sus dos hijos, al que llamó Chaboli, «primogénito» en lengua calé —aunque en mi diccionario del habla de los gitanos de 1848 no viene el término—. Pero hay que citar al chico puesto que de mayor tocará en los discos en solitario de su padre y porque, de niño, jugaba con un tal Dioni, quien luego formaría Camela, otro grupo superventas ignorado por los medios y las listas durante muchos años. ¿Por qué? ¿Porque de verdad que España no es un país racista?

Los Chichos pronto notaron ese rechazo. El departamento de marketing de Polygram era incapaz de colocar sus canciones en la radio. En el mencionado libro señalan que en la SER y TVE les rechazaban aludiendo que eran «demasiado gitanos». Además, estaba el tema marginal. Como contó Emilio en el programa de radio Gitanos el año pasado, ellos le cantaban: «a la gente que veíamos por la calle, expresábamos la verdad». Y aquella realidad no molaba nada. Su propuesta no era nada escapista, el género que más se acomoda a las tiranías modernas.

Al final, en un almuerzo con José María Íñigo, que dirigía el programa Estudio Abierto en TVE, el sello consiguió que por fin sus superventas fueran a salir por televisión. Sin embargo, a la hora de grabar el programa, Los Chichos no aparecieron. No estaban de juerga. El problema era que la Guardia Civil no les dejaba entrar a Prado del Rey. Íñigo tuvo que salir corriendo por el pasillo a decirle a los agentes que esos pobres diablos eran los músicos invitados de su programa. La benemérita les había retenido en la puerta y ya les estaba preguntando de dónde habían sacado los micrófonos que llevaban. De milagro, pasaron el control con Íñigo metiendo prisa desesperado, actuaron y tras aparecer en la caja tonta, se colapsaron los teléfonos de su manager. En pocas horas ya tenían cuarenta fechas contratadas.

Después llegó el primer disco, que también voló de las tiendas. Con el dinero, Jero le compró a todos sus vecinos lavadoras, televisores y neveras. Los problemas solo llegaron con la censura. La canción «Historia de Juan Castillo» llevaba originalmente el nombre del sargento de la policía nacional que había asesinado a un amigo. Tuvieron que eliminar la alusión directa. Esos eran los temas sobre los que cantaban. Los únicos que conocían.

Eran letras llenas de verdad. Por eso conectaban con su gente, con el pueblo; historias que llegaban hondo, que se respiraban a diario en aquellos barrios marginales: «Ahora veo la falsedad de tu amor por mí, cojo la cachimba y me pongo ciego; ciego solo de pensar en ti». O «no, nunca estuve enamorado; jamás supe del amor. Y ahora, que estoy enamorado, sé bien lo que es el dolor. (…) tengo un amor en la calle que pone precio a su cuerpo…». Este era el día a día de importantes sectores de la población por mucho que ahora algunos irresponsables hablen de aquella época como «de extraordinaria placidez».

Con sorpresa o sin ella, el estilo funcionó. Empezaron a sacar discos como churros y en el cuarto, al meter sintetizadores, consiguieron sonar en todos los billares y coches de choque, los puntos neurálgicos de las movidas de entonces. Aquello llegó a ser un fenómeno nacional.

Llama la atención en esta época de éxito la patosa y contradictoria introducción que les hizo Joaquín Prat, por primera y última vez en su vida nerviosa en televisión: «Sois gitanos de los buenos, de los que trabajan…. todos los gitanos son buenos, aquí no hay discriminaciones, todos somos hijos de Dios… los gitanos son una cosa que nos va sobre todo si hacen música como la vuestra».

En cambio, el público al que se dirigían no se andaba precisamente con moralismos de esa clase. Abarrotaba sus conciertos por toda la geografía y ellos no paraban de tocar. Llegaban a más de doscientas fechas anuales. En una ocasión, Julio viajó con su equipaje en bolsas de basura de las negras porque, con las prisas, era lo más a mano que tenía en ese momento para salir de casa. Todos los barrios populares de España les estaban reclamando al mismo tiempo.

Y por supuesto, se enamoraron de Barcelona. Una de las primeras veces que fueron les hospedaron en el Hotel Princesa Sofía, uno de los más lujosos de la ciudad, pero ellos se marcharon al día siguiente. Pidieron quedarse en los apartamentos Guttemberg, una pensión de La Rambla donde se sentían como en casa; un barrio que se volcaba con ellos. Cada vez que venían de dar un concierto, las vecinas les habían preparado siempre algo de comer. Dormían con las puertas abiertas. Las prostitutas, los huéspedes de vida errante, llámelos si quiere carteristas, entraban y salían de sus habitaciones. Todos estaban pendientes de ellos. Años después dijeron que eso sí que era un lugar lujoso, que ahí sí que les trataban como verdaderos reyes. Era tan mágico que en Barcelona fue donde Julio conoció a una chica de diecisiete años con la que estuvo ocho de relación y tuvo dos hijas. Echaron raíces en la que era la ciudad más especial de España.

Hasta en las carreteras encontraban guardias civiles que eran seguidores de su música. A veces hasta les perdonaban las multas por conducir de aquella manera cagando prisas de concierto en concierto. Y los viajes en avión les daban pánico. Emilio solía comerse tres kilos de marisco y una botella de albariño para quitarse la ansiedad y luego llegaba como llegaba, claro. Ya empezaban a vivir deprisa.

Su primera salida del país fue rumbo a Alemania, a tocar para la emigración. Esa misma que ahora ha vuelto para allá. Fueron con Marian Conde, entonces una vasca de San Sebastián que se empeñó en cantar flamenco, aunque fuera sin seseos ni trajes folclóricos, y que años después terminó de periodista del corazón en Con T de Tarde, en Telemadrid. Aquel viaje lo tuvo que hacer sola. Los Chichos no tenían pasaporte, no sabían lo qué era.

Yo no daba crédito cuando al requerirles el pasaporte se miraron entre los tres y preguntaron al policía que para qué lo quería, que ellos no tenían de eso, que no les hacía falta (Marian).

Entonces llegó Caracas, en Venezuela. Viaje trágico porque fue en el que probaron la cocaína. En el libro no se incide en este aspecto que luego han confesado en entrevistas. Se dice que no podían estar separados de sus familias por más tiempo y obligaron a su manager a cancelar los contratos que quedaban en Ecuador y Colombia para regresar a España. «Lloraban como niños queriendo volver a su casa, casi ni comían por culpa de la pena». Se intuye que algo de bajona por la química parece ser que también había.

En 1984, cobraron cinco millones de pesetas solo por firmar el contrato de renovación con su sello, pero lejos de planificar una carrera de altos vuelos, siguieron con los pies en la tierra, o por debajo de esta, y se propusieron llevar su música a las cárceles; las pobladas cárceles de España donde contra su voluntad residían sus mejores fans. Todo esto surgió a raíz del encargo de José Antonio de la Loma de una banda sonora para su película Yo, el Vaquilla. Iniciaron una serie de contactos con el célebre reo de los que surgió una gran amistad. Al menos Jero estuvo escribiéndose con él durante años. Le conmovió lo poco que el Vaquilla, que había nacido en una cárcel, había podido ver a su madre a lo largo de su vida.

Una actuación de Los Chichos en la cárcel de Ocaña. Fotografía: Jeros Chichos (CC).

Llegaron a tocar gratis en veinte prisiones españolas. No contentos con eso, pidieron a Phillips que enviara a los presidios mil radiocasetes para que los presos, que se quejaban de que dentro no podían oír su música, les escuchasen. En Ocaña I, la cárcel del Vaquilla, Emilio le pidió al alcaide que le rebajara la condena a un preso, conocido de conocidos, que «no había hecho nada». El funcionario miró su expediente y se encontró con que había atracado ni más ni menos que una iglesia y había asesinado al párroco. Pero como se lo pedía un Chicho, accedió y le redujo la pena de sesenta a cincuenta y ocho años por buena conducta. Seguro que es todo mentira, le tranquilizaba el artista, mientras no sabía cómo ocultar su alegría por haber podido ayudar a alguien de los suyos.

Pero la enfermedad iba a más y, a esas alturas de la década de los ochenta, la cocaína era el ingrediente fundamental de su dieta. Julio fue detenido en Cádiz por llevar cuatro gramos encima, y reconoce actualmente que le soltaron «por ser vos quien sois», pero llegó a estar tres días incomunicado en un calabozo de Marbella. El agente que lo detuvo montó en cólera cuando Julio quiso explicarle, con toda sinceridad, que por su profesión se cansaba mucho y gustaba de recuperar el tono con cocaína. Solo quería aliviar la fatiga, trató de hacerle entender. Sin éxito, vaya por dios.

En Barcelona, en otra ocasión aparecieron unos policías que se identificaron ante su manager como miembros de la Brigada de Estupefacientes. Querían verlos en el camerino. Eduardo pensó que era el fin. De hecho, justo al entrar, les pillaron metiéndose unas lonchas, pero no había problema, esos maderos también eran fans. Saludaron, se acomodaron y llamaron a un confidente para que les trajera más material. El sujeto llegó a toda mecha y según recuerda el manager: «Era increíble, metían la mano en la bolsa y sacaban la droga a puñados».

El problema es que después de la coca llegó el caballo, y después de ambos, la base, cocaína preparada con amoniaco. Una mezcla que tiene un efecto mucho mayor, mucho más intenso e inmediato, pero que se va mucho antes, lo que la hace tremendamente adictiva, que no hay quien pare de darle buscando el subidón inicial y dejándose auténticos pastizales en el lance. Según vuelve a relatar Eduardo:

Si se les terminaba eran capaces de hacerse seiscientos kilómetros o los que hiciera falta, de día o de noche, para llegar a Madrid, a casa de Popeye, su camello habitual, al que siempre encontraban y que por cierto se hizo millonario con ellos.

Por supuesto, las paranoias estaban a la orden del día. A Jero había que hablarle con suavidad, explicarle todo muy bien y muy despacio porque tenía reacciones violentas. Emilio llegó a comprarse un piso encima del de su camello, el citado Popeye, para tener la historieta al alcance de la mano en todo momento. «Iba y venía tanto de su casa a la mía que me pareció más cómodo vivir en el piso de arriba», reconoce. Y tanto fue el caballo a la fuente que: «un día me creí que tenía una gripe y resulta que era el mono». Así lo ha revelado Emilio en varios medios.

Julio, por su parte, ahora también considera que la droga acabó con ellos como grupo. «La base fue la causa real de nuestra separación, mi carácter empezó a chocar con el de Jero. Hay que tener el cerebro muy fuerte para no ver hormigas donde no las hay».

Los rencores, en todo caso, eran más profundos. Jero se llevaba un auténtico dineral por los derechos de autor, no en vano era el mejor compositor de los tres, y tuvieron que llegar a un acuerdo para repartir la autoría de las canciones de cada disco. Empezaron incluso a grabar por separado. Julio no aceptaba ser un secundario del grupo que inicialmente había formado con su hermano. Mientras tanto, Jero no decía nada, llegaba al estudio y se sentaba a esperar a que acabasen de grabar sus partes los hermanos clavando una navaja contra el suelo. Lo que se dice un ambientazo.

En un concierto en Barcelona, Jero llegó tarde y le sustituyeron por Junior, el hijo de Emilio, desde entonces miembro del grupo. «El del medio de Los Chichos» lo vio como una falta de respeto inexcusable y decidió abandonarlos. Era 1989. Jero quiso intentarlo en solitario, convencido como estaba de que sus canciones eran las mejores de Los Chichos, pero calculó mal.

No era su grupo el que estaba en crisis, era la música española. La generación de Sabadabada/Dábadadabada y Torrebruno, en los noventa iba a preferir cantar en inglés. Pronunciando al azar, en muchos casos, pero en inglés. Los rumberos pasaron a ser «lolailos». Las drogas y la mitología de las clases populares cambiaron. Surgieron los «bakalas», con looks propios del espacio y músicas mecánicas, industriales, electrónicas. Hasta la Movida, en su momento lo más moderno, al inicio de la nueva década era considerada como lo más casposo. Ese pueblo, esas masas que adoraban a Los Chichos, ahora eran solo un nicho de mercado. Jero en solitario, más intimista, perjudicado físicamente por las adicciones, pero trabajando canciones sinceras y perfectas, como siempre, ya no tenía espacio.

El 23 de octubre de 1995, el diario El País relató su muerte.

Juan Antonio Jiménez, Jero, integrante hasta 1990 del grupo Los Chichos, murió ayer al caer de la terraza de su piso, un segundo, en la avenida de las Glorietas, en el distrito madrileño de Entrevías. Una de las vecinas del fallecido está convencida de que Jiménez se suicidió. «Ya lo había intentado otras veces; concretamente la semana pasada, pero se quedó colgado de la terraza y un vecino le cogió y le salvó (…)» .

Según esta vecina, Jiménez, para estar solo, mandó a su mujer «a comprar un chándal». Posteriormente, alrededor de las tres y cuarto de la tarde, se tiró al vacío, siempre según el testimonio de la vecina. Una ambulancia llegó cinco minutos después. Encontraron a Jiménez ya muerto. «El hombre tenía problemas con la droga», prosigue la vecina, que añade: «Nosotros bajamos. al momento, y solo alcanzamos a ver cómo su vientre temblaba un poquito; después murió. Desnucado. Era una buena persona. Siempre saludaba en la escalera, pero no trabajaba (…)».

Otros vecinos comentaban que Jiménez padecía problemas económicos porque «quería vivir por encima de sus posibilidades». El cuerpo fue trasladado al Instituto Anatómico Forense, en donde le será practicada la autopsia.

En una entrevista en televisión diez años después, Julio confesó que no creía que Jero se suicidase por problemas de droga. Emilio añadió más información: «no sé si sería la doble vida que tuvo, aparte de su mujer tenía otra mujer…». En el blog jerochichos.blogspot.com añaden «la muerte de sus dos hermanos —miembros del grupo Egipto (2)— por la droga le desquició completamente, y tampoco podía con los tratamientos de desintoxicación». Al final, sería una mezcla de todo.

Julio y Emilio lograron enderezar su vida y salir de la droga uniéndose al culto evangélico. Superaron sus adicciones y en los rezos se encontraron con alguna que otra gitana que les reconocía «haber vivido mucho de ellos» vendiendo sus casetes piratas. Su carrera siguió, junto a Junior, durante veinte años, y sigue, aunque los connoisseurs opinan que ya no es, ni de lejos, lo mismo.

Con su «Papa no pegues a la mama» de 1981, o su «Maldita droga», de 1987, entre otras muchas toneladas de canciones veraces como crónicas de sucesos, parece que Los Chichos estaban adelantándole al Ministerio de Asuntos Sociales la orientación de sus políticas para las próximas décadas.

Si Camarón era un Príncipe, con mayúscula, Jero fue el profeta. Los Chichos fueron testigos y protagonistas de una época. Nunca nadie pudo acusarles de fachada ni de no estar con su gente. Ellos y sus canciones eran el pueblo y el pueblo se volcó con ellos tanto como ellos con él. Será difícil que vuelva a aparecer un fenómeno de masas tan auténtico y tan real. Un grupo de música sin más ambición y sentido que el de la verdad.

Fotografía: Alterna2 (CC).