Claroscuros de un trepa, mujeriego y egoísta que hizo grandes cosas por la paz

Richard Holbooke en Vietnam del Sur en 1967. Foto cortesía de editorial Debate/Vladimir Lehovich.

En Nuestro hombre (Debate, 2020), la biografía de Richard Holbrooke, hay dos páginas que producen escalofríos. Transcurría el año 1991. El diplomático norteamericano llevaba más de una década sin desempeñar un cargo importante en el gobierno y se acercaba su cincuenta cumpleaños. Dos amigos le propusieron una cena con los más íntimos; a lo sumo ocho personas.  Holbrooke, ya por entonces con el ego muy inflado y consciente de la importancia de las buenas relaciones en política, los convenció para que le montaran una fiesta por todo lo alto. Los organizadores reservaron una gran sala en el 21 Club de Nueva York, local en que solían cenar los presidentes cuando visitaban la ciudad y donde Donald Trump y Frank Sinatra tenían mesas con su nombre. El día señalado se reunieron más de cien personas para celebrar el aniversario. Entre ellos había directores de medios de comunicación, políticos, artistas y financieros de Wall Street. La «aristocracia» neoyorquina. Además, fueron invitados la madre, el hermano y los hijos del diplomático. 

Cuando todos los comensales habían ocupados sus sitios en las mesas y comenzado a servirse los primeros platos, los mejores amigos de Holbrooke empezaron a desfilar por el estrado para decir unas palabras sobre él. Lo que tenía visos de convertirse en una aburrida enumeración de los méritos del homenajeado salpicada con cuatro o cinco anécdotas simpáticas, sin saber cómo, se convirtió en algo horrible. Los amigos del diplomático, años después, se preguntaban cómo habían podido contribuir a que algo así ocurriera. Era como si un diablillo juguetón hubiera sobrevolado la sala y confundido con mala idea las intenciones de los allí presentes. Uno de los oradores se rio de su libido descontrolada y de su debilidad por las «mujeres de mundo». Otro recordó su afición a dejarse invitar y a no pagar los taxis compartidos. Una novelista chino-estadounidense señaló que Holbrooke había nacido en el año de la serpiente, lo que explicaba su carácter insidioso y sibilino. El más viejo de sus amigos contó una anécdota que lo señalaba como demasiado ambicioso y como trepa. El director de un periódico, en el cenit de la crítica maliciosa, se lució con lo siguiente: «Probablemente os habréis dado cuenta de que tengo el hombro izquierdo más bajo que el derecho. Es por hablar tanto con Richard, que siempre está mirando por detrás de mí para ver si encuentra a alguien más interesante». Hasta su hijo David se animó a relatar cómo lo había marcado tener un padre así.

Así lo explica George Packer, el autor de la biografía:

Aquello estaba torciéndose. Los oradores improvisaban y trataban de mejorar el discurso del anterior, lo que llevó a algunos a denunciar el alto peaje que cobraba Holbrooke por su amistad. No supieron ser ingeniosos y los chistes eran demasiado crudos y aludían a realidades muy en carne viva. Hicieron sangre y el olor de la sangre hizo que se saliera todo de madre. Holbrooke, que jamás se reía de sí mismo —según decía porque no se conocía lo bastante bien—, se reía a carcajadas desde su mesa, al pie del estrado. Entendía que era la única manera de sobrevivir a aquella catástrofe. Se reía y no dejaba de mirar alrededor para que el resto de los invitados lo secundara. No tuvo éxito. Nadie más reía.

Al final, le llegó el turno a su amigo más íntimo y no se le ocurrió mejor idea que bromear acerca de la condición de judío de Holbrooke, algo que este solía negar y sobre lo que no le gustaba hablar. A la conclusión del evento, el diplomático, fingiendo estar feliz, pero en el fondo muy dolido, dio las gracias y celebró los discursos. «Fue el peor día de mi vida», le confesó meses después a su hermano.

Richard Holbrooke (1941-2010) fue uno de los diplomáticos norteamericanos más importantes de la segunda mitad del siglo XX. Llegó a ser nombrado subsecretario de Estado para dos regiones, Asia y Europa. Fue embajador ante Naciones Unidas y en Alemania. Jugó un papel fundamental en la negociación de los acuerdos de paz de Dayton que pusieron fin a la guerra de Bosnia y fue enviado especial del presidente en la guerra de Afganistán. Además de todo eso, fue director de la revista Foreign Policy, financiero en firmas de primer nivel de Wall Street, miembro de clubs económicos y de asociaciones pro derechos humanos y asesor de diferentes lobbies y think tanks. Incluso fue durante quince años uno de los miembros más activos del controvertido Grupo Bilderberg. En los diferentes puestos de responsabilidad que ocupó realizó importantes servicios a su país y a favor de la paz mundial.

Richard Holbrooke aprobó el examen del Servicio Diplomático en 1962. Había leído a Stephen Crane y a Ernest Hemingway y quería vivir una guerra. Entonces, la de Vietnam era la única disponible. Pidió destino en el sudeste asiático y terminó aterrizando en Saigón una noche de asfixiante calor y agotadora humedad del verano de 1963. En Vietnam se integró en el departamento de Asuntos Rurales. Este organismo, que dependía de la Agencia de Desarrollo Internacional, ayudaba a los campesinos del sur de Vietnam a mejorar su situación económica. Les entregaban semillas, fertilizantes, cemento y otros materiales y les enseñaban nuevas formas de agricultura. En el fondo era una forma de contrainsurgencia. Entendían los americanos que los humildes habitantes de aquellas zonas no escucharían los cantos de sirenas de los comunistas del Vietcong si conseguían aumentar su nivel de vida. Idealismo de los sesenta al estilo norteamericano.

La experiencia en Vietnam marcó profundamente a toda una generación de políticos y diplomáticos norteamericanos. En sus notas y diarios Holbrooke denuncia la arrogancia de su país y, en especial, de sus dirigentes. Como se terminó demostrando, intentar imponer aquellas políticas de laboratorio en un país tan alejado geográficamente y con una cultura tan diferente era descabellado. Nuestro hombre se queja con amargura en sus escritos de que los informes que relataban la realidad de lo que estaba ocurriendo sobre el terreno nunca llegaran a las mesas donde se tomaban las decisiones. Más todavía le duele que los calendarios electorales tuvieran más influencia sobre la gestión de la guerra que los números de soldados muertos y el sufrimiento de las incontables víctimas civiles. Finalmente, el que tuvieran que ser los periodistas los que terminaran relatando la verdad de aquel desastre enseñó a Holbrooke el poder y la importancia de los medios de comunicación. Tanto aprendió en este terreno que filtrar noticias a la prensa se convirtió en una de sus herramientas favoritas para ganar influencia y escalar en el escalafón. A pesar del fracaso de su misión en Vietnam, el contacto directo con familias de campesinos que al día siguiente podían ser masacradas imprimió en Holbrooke un sentimiento humanitario que nunca lo abandonó.

Donde se pudo ver la mejor expresión de Holbrooke como diplomático fue en la guerra de Bosnia de los años noventa del siglo pasado. Habían pasado los tres mandatos republicanos seguidos (dos legislaturas de Reagan y una de Bush padre). Holbrooke había aprovechado ese tiempo en que no gobernaron los suyos para ganar dinero trabajando como directivo de diferentes consultoras y bancos internacionales. El demócrata Bill Clinton ganó las elecciones y Holbrooke estaba convencido de que él sería nombrado secretario de Estado ( el equivalente a ministro de Asuntos Exteriores). Su decepción fue grande cuando designaron a Warren Christopher, un hombre poco brillante, pero con menos enemigos que Holbrooke. Aun así, el diplomático viajó a los Balcanes como miembro del Comité Internacional de Rescate (CIR), organización dedicada a la ayuda a los refugiados y de la que formaba parte a título personal. Esta visita, que realizó en el primer año de la guerra, le permitió hacerse una idea bastante aproximada de lo que estaba ocurriendo. Aunque no se los habían pedido, Holbrooke mandó numerosos informes a la Casa Blanca; quería estar en la pomada fuera como fuera. Sus buenas relaciones con personas influyentes del partido demócrata como Averell Harriman y su insistencia en ofrecerse como experto en conflictos armados terminaron dando el fruto deseado.

En 1994, fue nombrado subsecretario de Estado para Europa con especiales responsabilidades en los Balcanes. En sus informes recomendaba que Estados Unidos se implicara militarmente en la guerra. Había dejado de ser una paloma para pasar a ser un halcón. El equipo de Clinton, ante el miedo a repetir lo ocurrido en Vietnam y verse atrapado durante más de una década en un conflicto regional, era reticente a intervenir. Al final, cuando las salvajadas de los serbobosnios alcanzaron su punto máximo con varias masacres de civiles en mercados del centro de Sarajevo, el presidente Clinton entendió que no había otra salida; comprendió que la inacción le podía salir políticamente más cara que el uso de las armas. La ONU terminó aprobando la intervención de la OTAN. El 30 de agosto de 1995 comenzaron los bombardeos de los aliados sobre las zonas ocupada por las milicias serbobosnias. En ese momento, se encargó a Holbrooke reunir un equipo y trasladarse por unas semanas a la zona de conflicto. Se trataba de negociar un acuerdo de paz con los tres presidentes de las repúblicas en guerra: Alija Izetbegović (Bosnia), Slobodan Milošević (Serbia) y Franjo Tuđman (Croacia). Hasta sus más enconados enemigos en Washington entendieron que Holbrooke era el hombre perfecto para negociar bajo las bombas.

La misión del diplomático y su equipo comenzó de forma desastrosa. Llegando por carretera a Sarajevo en dos vehículos, uno de ellos, un blindado del ejército francés, se despeño por una ladera y fallecieron cuatro hombres. Holbrooke viajaba en el segundo automóvil. Aquel accidente lo enfureció y, en el viaje de vuelta a casa, con los féretros envueltos en banderas americanas, se prometió que acabaría con la guerra. Durante aquellos días de continuos viajes entre Belgrado, Sarajevo y Split, capitales de las repúblicas en conflicto, Holbrooke vivió intensamente. Pasaba noches sin dormir, comía a deshoras y bebía en abundancia. Presionaba a los dictadores balcánicos y los engañaba contando en cada ciudad versiones diferentes de lo acordado en las otras. En las reuniones Holbrooke daba puñetazos en la mesa, gritaba y amenazaba, pero sobre todo persuadía. Sus interlocutores sabían que tenía poder para parar los bombardeos o hacer que aumentaran; o al menos así se lo hizo creer a todos. En el lenguaje serbio llegó a acuñarse un nuevo verbo inspirado en su apellido, holbrukciti, que significaba abrirse paso a base de fuerza bruta. 

Uno de los miembros de su equipo escribió esto en su diario:

No hay nadie más en el gobierno estadounidense que pueda sacar esto adelante. R. H. es incansable, intuitivo. No tiene miedo a Washington ni a la gente con la que tiene que lidiar aquí. Es un encantador de serpientes y sabe llevar a quien tiene enfrente por el camino que le conviene, con el enorme riesgo que ello conlleva. Tiene muchos enemigos y detractores. Si la misión fracasa, será el único responsable. Es muy valiente y hábil. Se esfuerza porque todos nos involucremos al máximo, pero manipula al equipo como a todos los demás. Es todo un personaje, no puedo evitar que me caiga bien. Hay que verlo en acción. 

Alija Izetbegović, presidente de la República de Bosnia Herzegovina y uno de los interlocutores con los que tuvo que negociar a cara de perro, no sintió nunca mucho afecto por Holbrooke. Sin embargo, escribió lo siguiente en su autobiografía:

Dicen que la diplomacia y el poder son los dos extremos de la misma escala. Cuanto más poder posees, menos diplomacia necesitas. En el caso extremo y según esta teoría, una verdadera superpotencia no necesita diplomacia de ningún tipo. Holbrooke refuta al completo esta teoría. Representaba a la mayor superpotencia, la única autentica superpotencia del mundo, pero era diplomático en toda la extensión de la palabra, y usaba sus habilidades de persuasión como la más poderosa de las armas.

Con el presidente serbio Slobodan Milošević mantuvo muchas y largas reuniones. Durante esos encuentros daban cuenta de grandes fuentes de cordero con patatas y los licores típicos de la tierra eran consumidos en abundancia. El dictador balcánico se excusaba siempre diciendo que no tenía autoridad sobre Karadžić y Mladić, los genocidas serbobosnios que estaban masacrando a los musulmanes dentro de Bosnia. En septiembre de 1995, a petición de Milošević, volvieron a verse. Lo hicieron a las afueras de Belgrado, en uno de los pabellones de caza de Tito, último mandatario de la extinta Yugoslavia. En el encuentro, el dictador serbio se quejó de que los bombardeos de la OTAN estaban causando víctimas civiles, entre ellos mujeres y niños, y pidió un alto el fuego general en Bosnia. Holbrooke objetó que parar los bombardeos estaba solo en la mano del general Mladić. Milošević, sorprendiendo al norteamericano, le dijo que se lo podría decir personalmente en unos minutos. Mladić y Karadžić se encontraban en la cabaña contigua. Holbrooke se quedó paralizado y pidió consultar a su equipo. Los norteamericanos discutieron si era ético darse la mano y sentarse a la misma mesa con dos asesinos en masa como aquellos. Decidieron hacerlo («Acabemos con esta pesadilla de una vez, Dick», le dijo uno de sus colaboradores) y aquella tarde se consiguió firmar un preacuerdo que dio lugar, meses más tarde, a los acuerdos de Dayton que pusieron fin a la guerra. Como siempre en su trayectoria profesional, los méritos de Holbrooke se vieron empañados por su afán de reconocimiento. Las presiones que intentó ejercer para que le concedieran el Premio Nobel de la Paz avergonzaron a quienes las conocieron. No consiguió su objetivo.

Richard Holbrooke y el fin del siglo americano

Al final del libro, en la página de agradecimientos, el autor cuenta que en 2010, un mes después de la muerte de Holbrooke, su tercera mujer, Kati Marton, le entregó el archivo personal de su marido. Allí había un tesoro: cuadernos de notas, diarios, grabaciones de audio, apuntes para artículos, informes confidenciales, fotos, correspondencia… Holbrooke lo anotaba todo, se desahogaba en sus diarios y guardaba cualquier referencia que se hiciera sobre él en los medios de comunicación. Kati Marton, además, animó a los amigos, compañeros y conocidos de su cónyuge a colaborar con Packer. Esto le permitió hacer más de trescientas entrevistas y disfrutar el privilegio de revisar los diarios, cartas y fotografías de importantes cargos de las administraciones Carter, Clinton y Obama y de otras personas que, sin dedicarse a la política, influyeron en la vida privada y pública de Holbrooke. Leído el libro, uno duda si lo que hizo la tercera mujer del diplomático (entregando los archivos al completo) fue más una venganza contra su esposo que una contribución a la historiografía. Dice el autor que la única condición puesta por Marton fue escribir el mejor libro de que fuera capaz. 

La personalidad de Holbrooke era compleja y densa. El autor de su biografía, con remarcable esfuerzo, utiliza la capacidad de análisis del mejor psicólogo y la persistencia de un buen detective privado para desentrañarla y hacerla comprensible al lector. Holbrooke fue inteligente, idealista, compasivo y un hábil negociador. Además, como quedó de manifiesto en su fiesta de cumpleaños, fue egoísta, manipulador, mujeriego y mezquino. Por encima de todo fue ambicioso, muy ambicioso; para lo bueno y para lo malo.

George Packer, el autor de esta biografía, escribe en la revista The Atlantic. Previamente lo hizo durante quince años para The New Yorker, publicación de la que fue corresponsal durante la guerra de Irak. Entre sus libros destaca El desmoronamiento, (DEBATE, 2013). En este volumen, siguiendo la trayectoria profesional de quince estadounidenses (unos conocidos y otros anónimos), levanta acta del final del sueño americano. Su relato comprende desde 1978 hasta 2012 y muestra los pasos que han llevado a la mayoría de los norteamericanos a caer en el pesimismo. Explica cómo el dinero ha terminado haciéndose dueño de la política, lo que ha tenido como consecuencia que la brecha salarial entre las élites y las clases medias se haya agrandado hasta límites difíciles de tolerar. Cuando este libro se publicó nadie podía imaginar que Donald Trump llegaría a ser presidente. En una nueva lectura, el trabajo de Packer explica mejor que muchos ensayos más recientes los motivos que llevaron a muchos millones de norteamericanos a votar al millonario y los antecedentes que han conducido al país a la situación en que hoy se encuentra (masivas manifestaciones contra el racismo, treinta y tres millones de desempleados y más de ciento diecisiete mil fallecidos por COVID-19).

Con una estructura y un enfoque diferente, Packer completa el retrato de su país con la biografía de Holbrooke. Si en El desmoronamiento describía el declive americano dentro de casa, con Nuestro hombre se ocupa indirectamente de la decadencia progresiva de la política exterior norteamericana. 

El último libro de Packer ha sido mayoritariamente elogiado en los medios anglosajones. Walter Isaacson (biógrafo de Steve Jobs y de Henry Kissinger) ha dicho en The New York Times Review of Books que «si solo se pudiese leer un libro para entender la política exterior estadounidense y sus incursiones quijotescas en otros países a lo largo de los últimos cincuenta años, sería este». 

Hay dos asuntos dentro de esta biografía en los que la opinión de la crítica no ha coincidido: el regodeo del autor en el relato de la vida sexual y amorosa del protagonista y la afición que George Packer tiene a incluir su propia opinión sobre los errores y aciertos de Holbrooke.

Respecto a lo primero, es verdad que Packer parece disfrutar relatando chismes de la vida privada de Holbrooke. En una ocasión —Pág. 314— cuenta que el diplomático hizo el tramo final de un viaje en coche por Francia conduciendo con una sola mano. La otra mano «palpaba la calidez de la entrepierna» de la que en breve sería su tercera mujer (Kati Marton). Al comienzo del volumen desvela un affaire amoroso entre Holbrooke y Toni Lake, la esposa de su entonces íntimo amigo Anthony Lake (alto cargo de la administración Clinton). Hasta la publicación de esta biografía, esta relación extramarital que se produjo hace más de cuarenta años no se conocía. ¿Era necesario contar todo eso para escribir la mejor biografía de que fue capaz? Entendemos que, dado el profundo análisis psicológico que el autor hace sobre el biografiado, todos estos datos íntimos ayudan a ofrecer un retrato más preciso sobre su personalidad y su carácter. Es cierto que Packer se salta a la torera las reglas, pero también es verdad que, como lectores ávidos de conocer los motivos últimos que mueven a los personajes de la historia, debemos estar agradecidos al autor por su poca ortodoxia a la hora de componer su relato.  

Toda esa información (íntima, personal y profesional) que la viuda puso a su disposición es, además, utilizada con maestría por el autor para dar un salto mortal y realizar un ejercicio literario de altura pocas veces visto en una biografía. Lo más fascinante de este libro es disfrutar de algo muy sutil y al tiempo profundo: de la semejanza que, en diferentes planos, establece Packer entre la vida del biografiado y la política exterior de su país a lo largo de los últimos cincuenta años. Con esta comparación el autor trata de ejemplificar con los diferentes aspectos de la psique de Holbrooke los defectos y virtudes de Estados Unidos en sus acciones en el extranjero. Dicho paralelismo, aunque no es explícito, se percibe entre las líneas de las más de seiscientas páginas del volumen. A continuación, van algunos ejemplos de esta equiparación. El autor denuncia la arrogancia de los Estados Unidos en sus relaciones internacionales y para ello disecciona el gran ego y la prepotencia de Richard Holbrooke. En numerosas ocasiones a lo largo de la vida de Holbrooke la formula egoísmo+idealismo=eficacia (mérito de Packer) se convierte en la mejor manera de explicar sus éxitos profesionales; algo parecido ha ocurrido en la forma de actuar de los Estados Unidos fuera de sus fronteras cuando las cosas han salido más o menos bien. A través del relato de los años en que Holbrooke —que no tenía ni idea de finanzas— disfrutó de millonarias remuneraciones en bancos de inversión a cambio de sus contactos en la escena internacional, Packer encuentra la manera de subrayar cómo el poder del dinero acabó corrompiendo la política estadounidense y ensuciando los principios y valores de los padres fundadores. Dando un paso más en profundidad psicológica, el autor desnuda la inseguridad crónica del biografiado y la equipara al complejo de inferioridad que Norteamérica ha sentido siempre a la hora de relacionarse con países que tenían muchos más siglos de historia y culturas bastante más ricas y antiguas. Quien haya entendido el auténtico sentido de una película como Forrest Gump sabe a lo que nos referimos. La falta de seguridad suele disfrazarse de prepotencia y el complejo de inferioridad es a menudo un síntoma del narcisismo, aunque parezca un contrasentido. Eso ocurrió con Holbrooke y con el país que representó como diplomático.

En cuanto a la segunda crítica de la prensa internacional sobre este libro, es verdad que están de más las incontables ocasiones en que Packer aprovecha para incluir sus comentarios subjetivos y reírse de Holbrooke. Ya en el prólogo lo llama «egoísta monstruoso» y en la página 312 lo compara despectivamente con el gran Gatsby cuando manipula a una familia de conocidos para que inviten a una chica a su casa de Los Hamptons (localidad de veraneo de la alta sociedad neoyorquina). Es curioso, parece que George Packer termina haciendo en su biografía lo mismo que los mejores amigos de Holbrooke hicieron en su fiesta de cumpleaños. Richard Holbrooke era un hombre tan inteligente y con una personalidad tan compleja que puede que la única manera racional de llevarse bien con él fuera criticándolo.


Kirk Douglas: 20.000 leguas de viaje diplomático

20.000 leguas de viaje submarino (1954). Imagen: Walt Disney Productions.

Apareció de nuevo, oh, prodigio. En silla de ruedas y sin revólver. El actor, ciento dos años de macho alfa, asistió a una gala que fue alegato feminista contra esos productores, directores e intérpretes que no entienden que el «no» es «no». Un año antes, en su gran fiesta-efeméride en Los Ángeles, estuvo Spielberg y otros colegas más jóvenes, claro. Debieron acudir Carlos Saura y Rafaela Aparicio, por aquello de que papá cumplía cien años. Tararabuelo Kirk Douglas sopló una vela hecha con la cera de un siglo. El mito aún da la cara. Acaba de acompañar a su vástago —un canoso Michael— a que descubra su estrella en el Paseo de la Fama. Tozudo y milagroso, el destino no le alcanza. Kirk Douglas ha hecho trizas más de cien calendarios. Solo le mira por encima de un hombro sin demasiado calcio Olivia de Havilland, récord de longevidad para otra leyenda vivita. Su obituario periodístico no se exhuma todavía de la carpeta que lleva por nombre «nevera». Lleva criogenizado en la sección de opinión de los periódicos unos treinta años. Se escribió a la vez junto al de Juan Pablo II y el de Billy Wilder, como vi teclear al mitómano Alfonso Basallo, antiguo jefe de opinión del diario El Mundo, hace unos lustros. Cada cierto tiempo y por aquello de las prisas del cierre, alguien en los diarios de papel recuerda actualizar esta necrológica que aún no es.

Kirk vive. Enganchado a este mundo cruel. Aún opina y analiza (detesta a Trump, demócrata recalcitrante), aunque ya solo tenga magro su pasado. Se le ha muerto hasta el comandante cubano con mortaja de chándal Adidas. Matusalén de programa doble, icono de la era fastuosa de Hollywood, Douglas salió airoso de la Segunda Guerra Mundial por unas amebas en las tripas (licenciado señor alférez y a casita); salió airoso de un padre desertor de la guerra ruso-japonesa que fue trapero en Ámsterdam (el de New York), por aquel entonces la mayor fábrica de alfombras del mundo. Salió airoso de los desprecios por ser jewish y pobre, un «don nadie» en la meca de los don nadies, donde de pobreza tan abyecta y abisal solo se podía emerger. «Como judío, tendrás que ser el doble de bueno para salir adelante en la vida», le aconsejaron. Recadero, camarero, universitario, promesa de la lucha libre… Ha sobrevivido a un accidente de helicóptero y a Stanley Kubrick, a su querido hijo Eric que falleció en 2004; a una embolia, a amagos de infarto que fueron meras indigestiones, a genuflexiones varias pese a dos rodillas de titanio (un profesor sobón durante su primer viaje a México). Su anatomía, libre de cualquier tatuaje por decisión propia, es la arrugada hemeroteca de la centuria de los tanques y las naves espaciales, el horror y el goce tontaina, la asunción del demonio capitalista, los mass media, el cine y el rock and roll.

De una beca en la Academia Norteamericana de Arte Dramático de New York saltó a las candilejas de Hollywood. Su irrupción se maceró en apenas seis años, entre 1935 y 1945. El resto de su peripecia, un transitar por la senda del material con el que se fabrican los sueños. «Hacer películas es una forma de narcisismo», solía repetir. Siempre fue actor atormentado y volcánico, tierno cínico con escasa habilidad emocional, el hiératico héroe de posguerra para un Hollywood que nunca acabó de entronizarle como sí hizo con Grant, Cooper, Stewart, Wayne, Newman o incluso Brando. «Nunca fui un tipo popular. Siempre me asombra cuando oigo decir que alguien piensa que soy un hijo de puta», confiesa en su autobiografía El hijo del trapero (Ediciones B, 1988). Le arañaban los recuerdos de una niñez desoladora en el más pútrido Manhattan. Tuvo que visitar al psiquiatra cuando ya era una celebridad para aventar tantos fantasmas.

Su hoyuelo es diván y sumidero que engulle toda la historia pop del siglo XX y su historicismo de mentirijillas. Una máquina del tiempo que mezcla vikingos, tentáculos gigantes y submarinos de Disney, pistoleros polvorientos con bigotillo, campos de Arles con oreja amputada, desertores de guerra, periodistas maravillosamente amorales o regresos a Ítaca mientras las sirenas te invitan a la última. El gran carnaval del cine se enterrará con los últimos clavos de su ataúd, ahora que las cenizas al viento las prohíben tanto el judaísmo como el papa argentino. Los hagiógrafos cursis comentaban en los sesenta que «su talento empieza en sus zapatos y se prolonga más allá de las estrellas». Es cierto. No faltó ni mala película cósmica en su filmografía, Saturno 3 (1979), junto a una riquísima Farrah Fawcett y un androide desobediente que atendía de mala gana al nombre de Héctor. De memoria nos sabemos quotes del comprometido Espartaco que despedazaba la listas negras de McCarthy, del Van Gogh estallando frente al espejo, del amoral productor y del íntegro oficial francés que justifica dejar el frente. Cómo olvidar al vaquero burlón y al ídolo de barro que acarició tres Óscar y que tocó a 1mil mujeres. De momento Issur Danielovitch «Demsky» —Kirk es un barbarismo artístico que se traduce como «Iglesia Presbiteriana» en escocés— solo ha palmado de mentira. Y la muerte más emocionante la rodó Richard Fleischer en Los Vikingos (1958): un drakkar hecho catafalco sobre el que llueven flechas de fuego. La entrada real en el reino de la Valhalla aún debe esperar.

Los vikingos (1958). Imagen: United Artists.

Echando la vista atrás, todo lo conseguido le ha sabido a poco. Sobre todo porque fracasó en los neones de Broadway con la obra Alguien voló sobre el nido del cuco, en 1963. Esa frustración aún le martillea la sesera. Sin embargo pudo hacer hecho carrera por otros derroteros aún más enloquecidos que un frenopático. Más de un consejero le planteó que entrara en política a finales de los setenta. Casi le convencen de pasarse a la retórica en plena cresta de popularidad y justo antes de que las ojivas nucleares apuntaran a la momia de Lenin y al Madison Square Garden. Fue incluso el propio JFK quien le conminó in pectore a que viajara fuera de Estados Unidos a hacer campaña por el país y generar una imagen positiva antes de que se tensara la política al borde del abismo, gélido conflicto contra el enemigo comunista repletito de tahúres de las relaciones internacionales jugando al ajedrez en el desfiladero.

Tras el magnicidio de Dallas, como póstumo deseo, fue citado el 30 de abril de 1964 por el Congreso para ser investido embajador de buena voluntad en nombre del Departamento de Estado y del Servicio de Información de Estados Unidos. No podía ser candidato a la Presidencia del país ni elegible para la Corte Suprema puesto que había confesado haber viajado a lomos del LSD y haber comulgado con cocaína en fiestas en Malibú —«un famoso astro me enseñó a usar una pajita o enrollar un billete de dólar para aspirar una línea de polvo blanco. Experimenté un leve efecto eufórico que no duró mucho. Tuve que volver a esnifar. Lo hice varias veces y me pareció demasiado trabajo para tan poca compensación»—. La elección de Kirk como embajador atendió a su fama planetaria, su campechanía y su saber estar en todo tipo de ambientes y ante todo tipo de personalidades, ya fueran egregias o de baja estofa. Un mimetismo social del estilo de nuestro rey emérito, hoy de gira haciéndose selfies junto a los menús degustación de esta España nuestra, cocido de Vallecas incluido.

Con un salario por película que rebasaba los trescientos mil dólares, en veinticinco años Douglas visitó decenas de países, convirtiéndose en un impostado experto de las relaciones internacionales. Se mimetizó en interlocutor de gran calado, diplomático y expeditivo a partes iguales. Y lo hizo para administraciones demócratas y republicanas indistintamente. Antepuso su deber a la nación a la promoción de sí mismo o de las películas que produjo con el sello Byrna, naming en homenaje a su mamá. Siempre se sufragó cada uno de los viajes de su propio bolsillo. El objetivo era mostrar allende los mares qué era realmente esa máquina de sueños y esperanzas llamada Estados Unidos. Se personificó, se cosificó en su propia nación. Lo hizo a través del rostro popular y los valores que traslucían sus propias películas, que siempre fueron un género en sí mismo, mixtura de acción con deontología. Entre rodajes y devaneos, la carrera cinematográfica de Kirk, su vida personal y familiar se entretejen y emulsionan con una tournee infinita a mayor gloria de un gran prescriptor de marca.

Después de visitar brevemente Colombia, sin mucho que reseñar, en otoño de 1952 Kirk asomó su hoyuelo por Israel. Ahí realmente se empezó a fraguar su carrera diplomática. El país acababa de estrenarse y el actor se alojó en el hotel King David de Jerusalén, un lujo erigido en 1920 y que aún se enseñorea en uno de los avisperos del mundo. Como buen judío, hijo de la miseria, se sentía devastado con la solución final nazi tras visitar campos de exterminio donde «unos seres humanos condujeran a otros a una sala y con la apariencia de ducharlos los llevan a la muerte asfixiándolos con gas, arráncandoles los dientes de oro, afeitándoles el pelo y convirtiendo sus cadáveres en jabón y su piel en pantallas de lámparas». David Ben-Gurión recibió al actor y se congratuló que la troupe yanqui que arropaba a la estrella fuera la primera en pisar, alborotar y filmar en suelo hebreo. El rodaje de The Juggler (Hombres Olvidados) fue un infierno, no del tamaño de la tragedia que contaba —un superviviente del Holocausto alcanza Israel—, pero sí que fue una pesadilla diaria en la que la escasez y mala calidad de la comida, las altas temperaturas del desierto y la hostilidad de un país con las cicatrices aún supurantes no conformaron el mejor escenario para el cinco y acción. El general Moshé Dayán echó un vistazo al rodaje —con su único ojo, el otro lo tapaba un parche, herida de guerra peleando con los ingleses— mientras que su propia hija acaramelaba a Kirk con la esperanza de hacer carrera actoral en Los Ángeles.

El loco del pelo rojo (1956). Imagen: Metro-Goldwyn-Mayer.

Kirk fue un meteoro constante y un fabricante de blockbusters, aunque nunca tuvo unánime aplauso de la crítica. Tres veces estuvo nominado al Óscar (Campeón, 1949; Cautivos del mal, 1952; El loco del pelo rojo, 1956) y parecía que apagada su buena estrella, en los setenta y ochenta encaminaría sus pasos hacia la política. Resulta irónico que el actor que dio vida a un militar que paraba un golpe de Estado en los pasillos de Washington (la enorme Siete días de mayo, de John Frankenheimer, desmenuzada en esta misma web), sugiera hoy un alzamiento para despeinar el flequillo pelirrojo de su gran enemigo Trump. La diatriba resulta deliciosa al extrapolarla con aquel estreno de 1964, cuya trama de alto voltaje puso en guardia hasta a JFK. Imaginar hoy a la guardia pretoriana de Trump cocinar una asonada (al constatarse el quilombo ruso en las elecciones americanas o las mordidas a starlettes porno entre otros escándalos que han de venir) sería el mayor espectáculo jamás retransmitido en streaming. Un niño chicano blandiendo un bisoñé presidencial en una imagen que vale el World Press Photo of the Year, la coreografía de tanques junto al Potomac, el apagón de la CBS, la suspensión de la liga de béisbol… Qué goce. Y sin Dino de Laurentis en la producción.

Otro de sus viajes más recordados aconteció cuando rasgó la cortina de Berlín en febrero de 1964. Primero visitó la editorial Axel Springer en el lado occidental. No obstante lo que más le interesaba al actor era conocer el distrito comunista. Cruzó el Checkpoint Charlie y se sorprendió mucho que los soldados les registraran el coche concienzudamente por si llevaba algo de contrabando. Y le llamó la atención que en el Berlín rojo las tiendas vendieran «lavadoras con escurridores». Aquel clima social y meteorológico le resultó deprimente, color «gris, gris, gris». Nada que ver con el delirante carrusel que escupía la película Un, dos, tres… la enloquecida parodia de Billy Wilder con directivos de la mefistofélica Coca-Cola de por medio rodada en 1960.

Por eso salió zumbando de Alemania rumbo a la colorista India. Allí tomo el té con Indira Gandhi (que no paraba de mirar el reloj por lo mucho que le molestaba aquella visita de los soberbios yanquis) al tiempo que Kirk se percataba de lo mujeriego que había sido Nehru. Regresaría a la India para rodar en 1987 la serie Queenie, basada en el best seller de Michael Korda. En esa ocasión cenó en Jaipur con el marajá, al que llamaban Bubbles por las burbujas de champán que se soltaron el día que nació (sic). Le agasajaron envolviendo su visita en una cápsula de oro para anestesiar ciertas realidades. Había pobreza por doquier… A finales de aquel 1964 Douglas regresó a Europa para recalar en Yugoslavia. Durante una charla en la Universidad de Belgrado persuadió a los vocacionales a entrar en el mundo del cine. Durante su almuerzo en la embajada pidió ver al mariscal Tito. No resultó fácil. Tuvo que llamarle directamente y disuadirle. Al final el dictador les mandó su avión privado y quedaron en Ljubliana (Eslovenia) al día siguiente. Bebieron vino en su casa de verano. Hubo una razón de peso para que cuajara la reunión con aquel yanqui. Tito adoraba Gunfight at OK Corral (Duelo de titanes, 1957).

De ahí saltó a Grecia, en 1966, donde conoció al papá de nuestra reina Sofía que se encontraba empacando equipaje rumbo al exilio. Seguidamente en Polonia dio una charla en Lodz en la misma escuela de cine donde había sido alumno Roman Polanski. Le montaron un recibimiento en plan vaquero, con la réplica de un saloon y caballo blanco incluidos. Los chicos le filmaron un documental sobre su visita que puede verse en YouTube. Luego le maravilló Praga y departió con el director Milos Forman, al que sugirió el éxito que tendría llevar a celuloide Alguien voló sobre el nido del cuco. Le envió un ejemplar de la novela —Kirk tenía los derechos—y Forman nunca se lo agradeció, pese a ganar el Óscar en 1976 por la traslación y por la monumental actuación de Jack Nicholson. En Bucarest solo encontró espías, espías y más espías. Y pese a su rotunda negativa y enfado, en Moscú insistieron en pagarle por conceder entrevistas para que se comprara «algo de caviar y de vodka». Volvería a Rusia en 1977 para fomentar el intercambio de pelis entre ambos países, en plena guerra fría y con los prebostes rojos desconfiando de una insurrección popular al estilo Espartaco. El cierre a la gira por aquella Europa comunista fue una escala en Budapest. «(…) Estábamos profundamente deprimidos por la grisura de los países del telón de acero. (…) De dos cosas podías estar seguro en esos países: siempre se llevaban el pasaporte y siempre te volvías paranoide cuando lo hacían. ¿Y si te encontraban culpable de alguna ridiculez? ¿Y si algún demente te encabaja algo o te acusaba? ¿Y si…?».

Espartaco (1960). Imagen: Bryna Productions.

En los años ochenta asistió a una cena oficial en la Casa Blanca —en honor de Margaret Thatcher— invitado por su gran amigo Ronald Reagan. Tras su bagaje diplomático a más de un biógrafo y analista político le hubiera encantado ver a Douglas como huésped de la Casa Blanca en vez del soso actor de Tampico. Douglas no rehuía ningún debate, ninguna polémica, ninguna tensión retórica. En su periplo por Filipinas un muchacho le espetó: «¿Qué demonios haces aquí? No sabes nada de nada de nuestro país. No te necesitamos para nada», a lo que el actor respondió: «Oye, en Estados Unidos sabemos mucho de tu país. Tenemos conciencia de los trescientos cincuenta años de dominación española. Sabemos que durante cincuenta años habéis estado bajo nuestra influencia: Y ahora estamos orgullosos de que lo hayáis superado y seáis independientes». Douglas se preparaba a conciencia cada viaje, informándose y leyendo todo lo posible sobre la coyuntura actual y la trastienda política y social del destino. Eso le electrizaba tanto como rodar. «Es una grosería ir a un sitio y no saber nada de la gente con la que hablas. Muchos jóvenes con los que hablé en universidades hoy probablemente son dirigentes en sus países. ¿Habré tenido alguna influencia sobre ellos expresando mi punto de vista sobre Estados Unidos? Espero que sí», aseveraba.

A finales de los sesenta recaló en Hong Kong para la apertura de una cantina para pobres. Y en Tailandia les recibió un funcionario del Servicio de Información de EE. UU. Iban en misión de buena voluntad, y la agenda parecía poco apretada. Inauguraron un hospital junto a los reyes en unos días delirantes. Kirk donó una habitación del complejo que le costó como unos once dólares al cambio. Después del periplo asiático, del que subraya el exotismo de los restaurantes y la comida en cestas de mimbre, llegó el paroxismo. La visita a España resultó la más surrealista de todas. Un relato, no del todo fantástico, que incluye a Salvador Dalí, falos, coños y tríos sugeridos. Douglas pasó unos días en la Costa Brava con motivo del rodaje La luz del fin del mundo (1970), una de piratas con Yul Brynner de supervillano. La casa donde se alojó Kirk para el rodaje casi lindaba con la del genio de Cadaqués. El artista les invitó una noche a cenar. Compartieron mesa Dalí, Douglas, el actor francés Jean Claude Drouot y una hermosa joven cuyo nombre no importa. Conclusión tras la velada con el pintor y con su sexualizado universo: «Verdaderamente, estaba loco».

Posteriormente llegaron más películas, casi todas olvidables (Cactus Jack, El Hombre de Río Nevado, El final de la cuenta atrás, La Furia, estrenos directamente al videoclub...), donde Kirk empezó a ejercer de rolling stone siempre apurando la última gira, el último concierto, el último bis en el que revivía en cada rueda de prensa su rivalidad íntima con Burt Lancaster, como aquel mal remake canoso llamada Otra ciudad, otra ley, de 1986. Diez años más tarde Douglas recogía el Óscar Honorífico por toda su contribución al cine. En su expediente profesional noventa y cuatro películas, treinta como productor y dos como director y guionista. Un curiosidad patria: hace exactamente sesenta años se le concedía el Premio Zulueta en el Festival de San Sebastián por su papel en Los Vikingos. La gloria donostiarra no fue exclusiva. Tuvo que compartirla con un James Stewart enfermo de Vertigo. Hoy día, rodeado de su familia, el jardín de su casa en Palm Springs lo adorna con chatarra artística hecha en un kibbtuz hebreo, quizá en recuerdo de aquellos días de niñez recogiendo trapos y material de derribo por las calles de Nueva York. No falta ni un abigarrado Don Quijote, ni un caballo de bronce con las patas dobladas. Sin embargo su estatua favorita es una cigüeña. Está posada sobre una pata, estilo Miyagi en Karate Kid, encima de la caseta de la pista de tenis. «Cuando yo muera, saldrá volando».