Cerebros malcriados: cómo caemos en la infelicidad por intentar no caer en la infelicidad

cerebros infelicidad Donna Cymek
Foto: Donna Cymek.

Toda generación está marcada por la búsqueda de una vida mejor, de un trabajo más lucrativo, de un estándar de vida más alto, pero siempre con particularidades. Si ahora mismo están envejeciendo los que tuvieron el éxito como objetivo, en las nuevas generaciones la obsesión es encontrar la felicidad. Antes importaban los ascensos, el sueldo, una casa más grande, luego el reconocimiento, pero ahora parece que, en líneas generales, solo basta con estar feliz. 

No hay más que comprobar la saturación de libros de autoayuda que hay en los estantes de las librerías. Volúmenes repetitivos que hablan de tener la felicidad al alcance, recomiendan maneras para ser más feliz o elecciones que pueden hacerte más feliz. No se trata solo de libros. El gimnasio también tiene la fórmula para que seas más feliz, o un taller, o un curso… hasta los bancos venden felicidad en lugar de dinero. Cada vez son más abundantes las empresas que ofrecen entornos de trabajo con futbolines y mesas de ping-pong, encuentros de happy friday y todo tipo de prestaciones para que el trabajo nos haga más feliz que sus condiciones. 

Todos estos detalles demuestran que la búsqueda de la felicidad personal se ha convertido en una obligación, atrás quedó tener una buena vida. Incluso los actos de bondad hacia los demás hoy también se venden como estrategias para alcanzar la felicidad personal. Como una sociedad capitalista bien entrenada, se le ha puesto precio al altruismo. 

Como explica Anna Lemke, autora de Dopamine Nation (Dutton, 2021), además de huir del dolor, ahora mismo hemos llegado a un punto de no tolerar ni formas menores de incomodidad. El anhelo de felicidad ha llegado a un punto que estamos buscando constantemente distraernos del presente, eludirlo con un entretenimiento continuo: «Todos huimos del dolor, algunos tomamos pastillas, otros navegamos por internet en el sofá mientras vemos Netflix, sin embargo, todo este intento de aislarlos del dolor parece haber empeorado nuestro dolor». Buscar la felicidad nos hace infelices. 

En su ensayo, la autora analiza la necesidad contemporánea de placer continuo desde un punto de vista científico y encuentra que, si hay algo que para ella simboliza toda esta tendencia, ese es el smartphone: la aguja hipodérmica moderna que administra dopamina digital. Una herramienta que se ha integrado en nuestras vidas tan estrechamente que a mucha gente hasta le produce ansiedad separase unos metros del teléfono. 

La dopamina es un neurotransmisor que tiene un papel fundamental en la motivación, pero, como explica la autora, está más relacionado con «querer» que con «gustar». Estudiada en ratas, se encontró que el chocolate aumentaba un 55 % la dopamina en el cerebro, el sexo un 100 %, la nicotina 150 % y la cocaína, un 225 %. En estas circunstancias, el reto que se le plantea a la población actualmente es cómo vivir en una sociedad en la que la tecnología te proporciona nada menos que todo. Es fácil inundar el cerebro de dopamina, pero en cuanto esta se esfuma, lo que ocurre es que nos sentimos infelices. 

Según cita en su libro, el Informe Mundial de la Felicidad, que clasifica a 156 países según lo felices que son sus ciudadanos, las personas que viven en Estados Unidos contestaron a las encuestas de forma que quedó de manifiesto que eran menos felices en 2018 que en 2008. Otros países con una riqueza similar y mayor esperanza de vida, como Bélgica, Canadá, Dinamarca o Francia, también experimentaron un descenso similar. En otro estudio en el que se entrevistó a casi 150 000 personas de 26 países para monitorizar la prevalencia del trastorno de ansiedad generalizada, se descubrió que en los países ricos había más que en los pobres. En todo el mundo, el número de nuevos casos de depresión aumentó un 50 % entre 1990 y 2017. 

La pregunta que cabe hacerse es por qué en una época de riqueza, libertad, progreso tecnológico y avances médicos sin precedentes, parecemos más infelices y sentimos más dolor que nunca. La conclusión de este ensayo es que la razón por la que somos tan miserables no es otra que porque intentamos con todas nuestras fuerzas no ser miserables. Solo sabemos querer, porque solo queremos más. La autora, Anna Lemke, es una psiquiatra estadounidense que imparte clases en la Universidad de Stanford, su tesis es que el dolor y el placer están estrechamente relacionados y en la sociedad actual se están confundiendo con demasiada frecuencia, pero no es difícil que suceda porque ambos se procesan en regiones cerebrales superpuestas.

Para explicarlo, recurre a casos extremos pero muy elocuentes. Cuenta la historia de un paciente suyo que estaba enganchado a la compra de productos on line. Decidir qué comprar, esperar la entrega y desenvolver el paquete constituía para él un proceso por el que alcanzaba verdadera euforia, pero no duraba mucho más allá del tiempo que tardaba en arrancar la etiqueta de Amazon y ver qué había dentro. Tenía habitaciones llenas de objetos inútiles y una deuda de miles de dólares. Como no podía mantener el ritmo de gasto, empezó a pedir productos cada vez más baratos, como llaveros y tazas. Al final, siguió pidiendo, pero en cuanto le llegaban los paquetes, los abría y los devolvía inmediatamente después. 

Más extremo era el caso de un tal Jacob. Había aprendido de joven a fabricarse máquinas para masturbarse. La primera, conectando a un tocadiscos una barra de metal envuelta en un suave pañuelo. Así lograba masturbarse en las tres velocidades que tenía el reproductor. Se obsesionó con este tipo de máquinas y en internet llegó a convertirse en una estrella de los foros dedicados a esta afición, donde publicaba sus manuales. Sin embargo, no quería hacer lo que más le gustaba hacer. Desesperado, tiraba las máquinas a la basura, pero a las pocas horas las rescataba del contenedor y las volvía a montar. Un círculo vicioso incompatible con la gente que vivía con él: su familia, cristiana creyente y practicante. 

Posiblemente, estas actuaciones sean excesivamente patológicas o excepcionales, pero otro caso arrojaba claves más aplicables al común de la población. Kevin, un chico de diecinueve años que acudió a su consulta obligado por sus padres. No quería ir al colegio, no quería hacer ningún tipo de trabajo y en casa se dedicaba a no hacer nada. La familia era aparentemente normal, no tenía ningún problema grave, pero sus padres estaban excesivamente preocupados con no «estresarle» ni «traumatizarle» pidiéndole que hiciera cosas que no quería hacer. 

Con menor intensidad, este fenómeno está bastante extendido, explica la autora: «Percibir a los niños como psicológicamente frágiles es un concepto esencialmente moderno. En la antigüedad, los niños eran considerados adultos en miniatura completamente formados desde que habían nacido. Para la mayor parte de la civilización occidental, los críos eran considerados malvados por naturaleza. El trabajo de los padres y cuidadores era imponer una disciplina extrema para socializarlos para vivir en el mundo. Era completamente aceptable usar castigos corporales y atemorizarlos para hacer que se comportaran. Ahora no es así (…) Hoy, a muchos padres que veo les aterroriza hacer o decir algo que le pueda dejar a su hijo una cicatriz emocional o les cause, según creen, un sufrimiento emocional que pueda derivar en una enfermedad mental en el futuro». 

A su juicio, esta es una creencia freudiana, pensar que el trauma en la primera infancia pueda influir en la psicopatología adulta. Es la convicción de que cualquier experiencia que constituya un desafío será carne de diván y psicoterapia. Hay infinidad de detalles que lo prueban en Estados Unidos, como cuando en la escuela se da el premio al mejor alumno de la semana, pero se hace por orden alfabético y no por ningún logro en particular. Una sobreprotección que se prolonga hasta la universidad, donde abundan los denominados espacios seguros, incluso se exige con antelación saber de qué se va a hablar en una conferencia por si algún matiz del tema pudiera herir la sensibilidad del alumno. 

No hay que engañarse, la autora obviamente está de acuerdo con que hay que impedir toda brutalidad física y emocional en los patios de colegio, pero a lo que se refiere es a que los espacios seguros deberían ser en realidad lugares donde se pueda pensar libremente, aprender y discutir. Las burbujas en las que sea imposible recibir cualquier tipo de molestia promueven una infancia sobrehigienizada y sobrepatologizada. 

Crecer en entornos así, que impidan el dolor por completo, lo único que consiguen es no preparar a los niños para el mundo que les espera. Se pregunta si no se es consciente de que al proteger a un hijo de cualquier adversidad, lo que se logra es que adquiera miedos invencibles. Reforzar una autoestima con falsos elogios y hacer que se desenvuelvan por la vida sin asumir las consecuencias de sus actos en el mundo real, sirve para que exijan ser siempre privilegiados e ignorantes de los defectos de su carácter, sentencia. Ceder a todos sus deseos ha llevado el hedonismo a una nueva era, la necesidad incesante de placer cuando se es adulto. 

En realidad, el placer es vital. Es imprescindible en el ser humano para reproducirse o alimentarse. A la vez, sin dolor, no nos protegeríamos de posibles lesiones o de la propia muerte. El problema es que al elevar nuestro ajuste neuronal con la reiteración de placeres, nos convertimos en personas que nunca pueden estar satisfechas con lo que tienen, siempre buscan más. Hacen falta más recompensas que antes para sentir placer y bastan heridas muy leves para experimentar dolor insoportable. 

A escala global, hasta la medicina habla de eliminar el dolor. Un cambio de paradigma que se ha traducido en la prescripción masiva de analgésicos, con el episodio abominable de la epidemia de opiáceos desencadenada por empresas farmacéuticas en Estados Unidos. En 2012, se recetaron tantos como para que cada estadounidense tuviera un frasco de pastillas en el cajón. Las sobredosis de opioides llegaron a matar más que las armas o los accidentes automovilísticos. Sin embargo, el problema contemporáneo no se trata desgraciadamente de algo tan tosco como prescribir opiáceos contra el dolor de muelas. Uno de cada diez estadounidenses toma medicación psiquiátrica diaria. Eso es más grave, aunque sea menos visible. El consumo de Paxil, Prozac o Celexa está aumentando en todos los países del mundo. Detrás de EE.UU., siguen Islandia, Australia, Canadá, Dinamarca, Suecia y Portugal. En Alemania hubo un ascenso del 46 % en cuatro años y en España, del 20 % durante el mismo periodo. Incluso en China, donde no hay datos de prescripción disponibles, se estima que las tendencias van también en aumento por el crecimiento de la facturación. 

Cuando es la propia rutina o el día a día lo que nos conduce a la ansiedad, la solución que ofrece la sociedad actual es medicarnos. Por el contrario, Lemke propone una alternativa estudiada científicamente: ayunos de dopamina. Para restablecer un balance adecuado de dolor-placer haría falta uno de un mes. Esta psiquiatra, por la experiencia con sus pacientes, durante los periodos de abstinencia recomienda practicar mindfulness, dedicar atención plena y exclusiva a una sola cosa: «Muchos de nosotros usamos sustancias y tenemos comportamientos que implican altos contenidos de dopamina con el fin de distraernos de nuestros propios pensamientos. Cuando dejamos de usar dopamina para escapar, esos pensamientos, emociones y sensaciones dolorosas se derrumban sobre nosotros. El truco es dejar de huir de las emociones dolorosas y permitirnos tolerarlas». Consejos que antes eran típicos para drogodependientes, ahora son válidos para el grueso de la población. 

Hay que partir de la base de que el uso compulsivo que hacemos de esas fuentes de dopamina se han acabado convirtiendo en la principal razón de ser de nuestras vidas. El propio acto de consumir se ha convertido en una droga. Si los padres no enseñan a sus hijos a no convertirse en adictos a la dopamina les están privando de herramientas para que puedan lidiar con estas situaciones en el futuro. En lugar de protegidos, lo que estarán es indefensos ante cualquier conflicto o situación dolorosa. Si no se aprende a colocar las barreras cuando sea necesario, imponérselas a uno mismo para separarnos de eso que consumimos compulsivamente, se repetirá el círculo vicioso. Debemos crear nuestras propias leyes y depender de ellas más que de las externas.

De hecho, si de lo que se trata es de la búsqueda del placer, no hay mejor camino que el dolor. Biológicamente hablando, el placer es una respuesta natural fisiológica al dolor. Con una exposición intermitente al dolor, es más fácil sentir placer e incluso llegar a ser menos vulnerable al dolor. Se trata de la adaptación hedónica, un reflejo de los seres humanos que les lleva a regresar a un estado medio de felicidad sean cuales sean las adversidades que afronten. Tanto si se recibe una alegría como si se sufre un contratiempo, hay una respuesta adaptativa por la que, al cabo de un tiempo, se vuelve a encontrar un estado anímico medio. Gracias a ella se siguen teniendo alicientes y se pueden superar las desgracias. Todo varía según la persona y las circunstancias, pero es así como funciona, concluye. Por eso, no es ninguna novedad que todo placer se convierte en esclavitud si se vuelve rutinario. 


El cáncer y sus relatos

Fotografía: Karen Pulfer Focht / Cordon Press.

En una época en que buena parte de los médicos utilizan cuestionarios para recoger la historia del paciente de forma rápida y estandarizada, y recurren a aparatos como el podómetro, que cuenta los pasos que da un niño, o el cojín estabilímetro, que mide el movimiento de la pelvis mientras está sentado, para recabar datos de utilidad dudosa, se agradece que otra parte de la medicina esté cada vez más interesada en el relato de la vida del paciente. Las facultades de Medicina norteamericanas llevan años incluyendo cursos de arte y literatura en sus planes de estudios para mejorar la capacidad de reflexión y empatía de los futuros médicos. En principio, la idea me parece buena. La lección de anatomía de Philip Roth dice tanto o más del dolor que muchos tratados de medicina y es más probable que uno se haga una idea de qué siente un paciente terminal leyendo La muerte de Iván Ilich que leyendo un manual de cuidados paliativos. Pero quizá lo más interesante de estos cursos de «medicina narrativa» es que prestan atención al relato del paciente, a cómo integra este la enfermedad en la historia de su vida. El escritor Anatole Broyard ya habló de la importancia del relato en Ebrio de enfermedad, donde aconsejaba a los enfermos de cáncer que adoptasen un estilo propio: «Adoptar un estilo para afrontar la enfermedad es otra manera de recibirla en nuestro propio terreno, de convertirla en un mero personaje, uno más de nuestro relato».

Incluir el cáncer en nuestro relato, utilizando palabras propias, implica no dar por buenas todas las metáforas que habitualmente se usan para (no) hablar de él. En La hora violeta, Sergio del Molino cuenta los últimos meses de su hijo pequeño, Pablo, desde el momento en que le diagnostican una leucemia, y señala que «persisten demasiado lugares comunes y muchas ganas de esconder lo más feo de la enfermedad». También nos recuerda que las metáforas «no nos resguardan del dolor ni nos acorazan contra la realidad, que, impasible, avanza desnuda, sin tropos literarios». Al final de Wit, la obra de teatro de Margaret Edson, la profesora de literatura Vivian Bearing, que tiene un cáncer de ovario en estadio IV, se da cuenta de que las abstracciones de la poesía de John Donne ya no le sirven. Lo único que puede aliviarla es un cuento infantil despojado de metáforas. A Vivian no le interesan las interpretaciones metafóricas del cuento que hace su mentora, para quien el conejo es una alegoría del alma; sencillamente, el cuento del conejito la ayuda a dormir porque le recuerda a otro cuento que solía leerle su padre cuando era niña, un cuento que forma parte del relato de su vida.

Algunas de las metáforas que utilizamos con normalidad son particularmente dañinas. En La edad de hierro, J. M. Coetzee utiliza el cáncer de hueso que padece la protagonista como alegoría del mal que aqueja a la sociedad sudafricana. Sudáfrica sufrió varias invasiones coloniales y ahora los sudafricanos, parece decir Coetzee, llevan al bárbaro en los huesos. La anciana que protagoniza la novela, una mujer blanca, siente vergüenza por la pasividad de los blancos ante las injusticias cometidas con los negros durante el apartheid: «La acumulación de toda la vergüenza que he sufrido en mi vida me ha provocado cáncer. Así es como empieza el cáncer: el cuerpo se vuelve maligno de tanto sentir asco de sí mismo y roerse a sí mismo». La imagen que utiliza Coetzee funciona muy bien en lo literario, le sirve para diagnosticar de forma precisa el mal de todo un país, pero, además, deja entrever algunos prejuicios que ya desveló Susan Sontag en La enfermedad y sus metáforas (1). Decía Sontag que «metafóricamente» el cáncer «era el bárbaro dentro del cuerpo», y que la sociedad proyecta sobre la enfermedad lo que piensa sobre el mal. Según esta lógica perversa, el emperador de todos los males —y, por extensión, la persona que lo padece— encarna todo lo que la sociedad considera malo, incluso inmoral. A un enemigo de tal calibre, un enemigo público, solo cabe declararle la guerra. Los oncólogos dicen con frecuencia que los tumores malignos «invaden» y los tratamientos «contraatacan». Se ataca al objetivo con rayos o agentes químicos… La prensa habla de «artillería pesada contra el cáncer» y no es raro escuchar que, finalmente, alguien «ha perdido la batalla contra el cáncer». La imagen de la guerra contra el cáncer puede funcionar en las campañas para recaudar fondos para la investigación, pero no tanto cuando se aplica a un enfermo. Este tipo de imágenes bélicas, decía Sontag, no son inocuas, ya que «describen mucho más de la cuenta», además de contribuir a la estigmatización de los enfermos. Han pasado décadas desde que Sontag escribió su famoso libro (y su continuación, El sida y sus metáforas), pero seguimos hablando como si el cuerpo fuera un campo de batalla y los enfermos las bajas potenciales inevitables en toda guerra. 

Algo más sutil, pero íntimamente relacionada con la anterior, es la idea de la lucha. A algunos enfermos esta imagen les ayuda, les da fuerza. El problema de las luchas es que no siempre se ganan. Cuando se pierde una batalla, una partida, nos preguntamos en qué hemos fallado. ¿Ha fallado la estrategia?, ¿ha sido un problema de motivación, de actitud?, ¿por qué hemos sido más débiles que el rival? Estas preguntas pueden tener sentido en otros contextos, pero no en este. Aquí no hay personas fuertes o débiles, mejores o peores luchadores, solo personas que tratan de sobrevivir a una enfermedad. Unas lo consiguen y otras no. Eso es todo. No obstante, la idea está tan extendida que en países como Canadá existe el Cancer Fight Club, que a más de uno le recordará a los grupos de apoyo a los que acudía el protagonista del libro de Chuck Palahniuk llevado al cine por David Fincher

También apela a la lucha la oncóloga que trata a Olov Mathiessen en La desesperación silenciosa, novela de Daniel Dimeco: «¡Luche, Mathiessen, luche!, le gritó agitando los brazos al modo de una sermoneadora evangélica (…) Aproveche esta oportunidad. A través del dolor también se pueden aprender algunas cosas». Por supuesto, está muy bien animar a los pacientes, y cuanto más optimista se sea, mejor. Pero la lucha no puede ser solo un asunto individual. Por mucho que luche un paciente, por muy optimista que sea, va a ser difícil que sobreviva si no se invierte lo suficiente en investigación y tratamientos (en la novela de Dimeco, la seguridad social danesa rechaza la intervención quirúrgica del paciente alegando una larga lista de espera). 

Mención aparte merece la idea de que el dolor es una oportunidad que hay que aprovechar para aprender «algunas cosas». Personalmente, no creo que haya nada útil en el sufrimiento, pero no tienen que hacerme caso a mí, lean mejor a María Hernández Martí, que escribió una magnífica, y divertida, novela gráfica sobre lo que se aprende, o no, teniendo cáncer. Que no, que no me muero (ilustrada por Javi de Castro y publicada en Modernito Books) cuenta cómo cambia la vida de Lupe desde el momento en que le diagnostican un cáncer de mama y cómo cambia la forma en que los demás se relacionan con ella: «Cada vez que digo cáncer a la gente le falta tiempo para cerrar los ojos y darme el pésame» o «Mírala qué contenta va, peladita como está, la pobre; qué lección, qué lección»… El libro no da lecciones de nada. De hecho, huye de moralejas y de todo lo que huela a autoayuda: «Si buscan serenidad, rollo zen y buenos sentimientos, AQUÍ NO ES», dice la contraportada. Sin embargo, contiene un mensaje importante: subraya desde el título algo que deberíamos decir más: el cáncer no es sinónimo de muerte. 

Además de interponer una necesaria distancia entre el cáncer y la muerte, Que no, que no me muero muestra que se puede hablar con naturalidad, incluso con humor, del cáncer. También Bajo la misma estrella, de John Green, recurre con frecuencia al humor a la hora de contar la historia de dos adolescentes con cáncer. Teniendo en cuenta el público al que iba dirigida (adolescentes y jóvenes adultos), Green se pensó mucho el tono que le iba a dar a su novela; aun así, el libro no gustó a todo el mundo. Algunos medios ingleses pusieron el grito en el cielo al considerar que el cáncer no era un tema adecuado para una novela juvenil. El Daily Mail publicó un artículo alertando de los peligros de la sick lit, un tipo de literatura que trata de temas tan dispares como el cáncer, las autolesiones o el suicidio. Los detractores de la sick lit alegan que estas novelas pueden aumentar el riesgo de autolesiones o inducir ideas suicidas en los adolescentes, pero esta lógica difícilmente puede aplicarse a los libros que tratan del cáncer (que yo sepa, identificarse con los protagonistas no es un factor de riesgo de nada). Sin duda, hay que cuidar los contenidos a los que tienen acceso los adolescentes; sin embargo, los escritores y editores de novela juvenil son conscientes de esta responsabilidad y suelen ser especialmente cuidadosos.

Por otra parte, no creo que tenga mucho sentido considerar el cáncer como contenido «no recomendado para menores de dieciocho años» cuando la propia enfermedad no se caracteriza precisamente por hacer distinciones por razón de edad. Según el Daily Mail, «Mientras los libros de la saga Crepúsculo y sus imitadores son claramente fantasía, estos libros no ahorran detalles sobre las duras realidades de la enfermedad, la depresión y la muerte». Creer que los adolescentes solo están preparados para leer historias de vampiros es menospreciarlos. El paternalismo del Daily Mail parece ir en consonancia con el Zeitgeist. Vivimos en una época en la que todo, incluso el color rosa (2), es susceptible de considerarse inapropiado, o incluso ofensivo, y parece cada vez más evidente que está teniendo lugar una regresión. En el pasado los niños veían Bambi o Heidi aunque la muerte de los padres sobrevolara la trama o apareciera una niña en silla de ruedas. Y hace veinticinco años, Charles M. Schulz, creador de Snoopy y Charlie Brown, hizo un libro, ¿Por qué, Carlitos, por qué?, con los personajes de Peanuts para hablar a los niños de la leucemia y nadie se llevó las manos a la cabeza.

Otra cuestión implícita en el artículo del Daily Mail es qué sentido tiene leer una novela que hará llorar al lector o lo dejará «devastado», como se dice en algunas fajas. Se entiende que los escritores que han tenido que vérselas con la enfermedad o les ha tocado de cerca escriban sobre el cáncer (José Ángel Barrueco escribió sobre el cáncer de su madre en Angustia; Maite Núñez escribió sobre el cáncer de mama en algunos relatos de Cosas que decidir mientras se hace la cena o Todo lo que ya no íbamos a necesitar; Anatole Broyard empezó a escribir Ebrio de enfermedad cuando le diagnosticaron un cáncer de próstata; Harvey Pekar y su mujer, Joyce Brabner, escribieron una novela gráfica, Our cancer year; Jennifer Hayden escribió La historia de mis tetas…), pero ¿qué saca el lector de estos libros? Mortal y rosa, de Francisco Umbral, es desgarrador, pero al leerlo, además de tener la impresión de estar ante uno de los mejores libros de la historia de nuestra literatura, una siente que está leyendo algo real. A través de estos libros, accedemos a zonas del alma desconocidas para los que no hemos pasado por una situación así, nos aproximamos a un dolor del que apenas sabemos nada y del que procuramos mantenernos alejados, abrimos los ojos a una realidad que preferimos no ver. No me parece poca cosa.


(1) Este aspecto ha sido abordado en artículos como «Age of iron as a cultural text: the question of apartheid and the body», Neimneh, S. S. y Obeidat, M. M., en English Language and Literature Studies (2014); 4(3); o «Enfermedad y desplazamiento, una lectura poscolonial de La edad de hierro de J. M. Coetzee y Mi hermano de Jamaica Kincaid», Buksdorf, D., en Literatura y lingüística (2015); 32:63-84.

(2) «Breast cancer is serious. Pink is not». Artículo de Theresa Brown publicado en The New York Times el 28 de octubre de 2017.


Neurociencia de la tortura

Fotografía: JP Davidson (CC)
Fotografía: JP Davidson (CC)

Las historias de ficción, en el cine, la literatura y la televisión, nos enfrentan a las contradicciones reales que implica la práctica, más o menos oculta, de la tortura en nuestras sociedades, obligándonos como espectadores pero también como ciudadanos a cuestionarnos su validez y su permisividad. Estas ficciones, en las que a menudo se manipula emocionalmente al espectador, suelen instarnos a elegir entre unos principios morales que creemos incuestionables y la posibilidad de salvar las vidas de un grupo incierto de personas inocentes. Generalmente todo suele salir bien, la tortura se mantiene dentro de los límites de lo aceptable, a menudo basta con la amenaza, y el prisionero confiesa dónde han puesto la bomba y entrega a sus secuaces. Pero la realidad no suele ser así. Nunca es así.

Estos días, en los que aún estamos conmocionados por los recientes atentados en París y la escalada de alarma y peligro que han conllevado en nuestro entorno, se alzan las voces que piden medidas excepcionales para hacer frente a la amenaza terrorista: declaraciones de guerra, cambios en los códigos penales, restricción de derechos civiles, bombardeos preventivos o de castigo y un largo etcétera. El uso de la tortura con el fin de obtener información que permita evitar atentados o perseguir células terroristas es uno de estos límites, un límite marcado claramente por la Declaración de Derechos Humanos y otros convenios y que, sin embargo, ha sido ignorado y pisoteado repetidamente en situaciones como las que hoy vivimos.

Es necesario alertar de los peligros que implican para los ciudadanos, para nuestro Estado de derecho y para las libertades que son nuestro principal patrimonio, prescindir a conveniencia de nuestros principios éticos. También la ciencia, pese a que algunos aún la consideren como una mera herramienta, puede y debe participar en este debate en el que se ve inmersa nuestra sociedad, aportando argumentos y reflexiones, así como sus herramientas más valiosas, la objetividad, el espíritu crítico y el análisis y la contrastación de los datos. Veamos, por tanto, qué pueden decirnos sobre la tortura y su pretendida efectividad —principal argumento de quienes la defienden— los estudios realizados desde el campo de la neurociencia, ese área de la ciencia especializada en el sistema nervioso y, por tanto, en el cerebro.

En diciembre de 2014 se hizo público el resumen de una investigación impulsada por el Comité de Inteligencia del Senado de los Estados Unidos sobre las prácticas de tortura cometidas por la CIA en los primeros años de esta llamada guerra contra el terror. Las conclusiones son espantosas y aunque solo se ha hecho público un sumario de quinientas páginas de las más de seis mil del informe, el extracto asegura que se torturó a más personas y de forma más brutal de lo que se había admitido hasta entonces, que la CIA manipuló a la opinión pública y a la prensa, engañó al poder legislativo y que, en contra de algunas declaraciones interesadas, de todo ello no salió ninguna información provechosa, nada. Además, la reputación internacional del país quedó gravemente dañada, el incumplimiento de los tratados internacionales, patente, y las posibilidades de ser un agente principal para una evolución positiva en el mundo islámico quedaron prácticamente anuladas. Una lección que los defensores de «el fin que justifica los medios» no deberían olvidar.

No hay estudios científicos, es decir, realizados en un entorno controlado y siguiendo las pautas establecidas para poder contrastar resultados, sobre la tortura. La ética lo impide, incluso si hubiera voluntarios. Desgraciadamente hay numerosas víctimas en las que se han podido explorar sus efectos físicos y psicológicos y también se han dedicado muchos esfuerzos a estudiar la tesis de si la tortura produce información veraz y si esta práctica terrible es realmente más eficaz que un interrogatorio normal. Estas son las principales conclusiones:

El cerebro torturado no funciona con normalidad

Los neurocientíficos saben que el sistema nervioso central reacciona al miedo, al estrés, al dolor, a las temperaturas extremas, al hambre, a la sed, a la privación de sueño, a la privación de aire, a la inmersión en agua helada, es decir, a todas las prácticas asociadas a la tortura. El estrés prolongado provoca una liberación excesiva de hormonas como el cortisol. Estas hormonas dañan el hipocampo —una estructura cerebral clave para codificar y recuperar memorias—, incrementan el tamaño de amígdala —otra zona cerebral que une un componente emocional a la memoria, dirige la atención y se comunica con otras regiones cerebrales— y afecta negativamente a la corteza prefrontal —que se encarga de la toma de decisiones, el juicio y el control ejecutivo—. Estas intervenciones generan problemas en la memoria, alteran el ánimo y nublan  la claridad mental y la toma de decisiones racionales.

Los torturadores esperan destruir la resistencia de la persona y obtener información fiable de un sujeto que no desea colaborar, pero el cerebro del sujeto está alterado en algunas de sus funciones básicas, con lo que es lógico suponer que su capacidad de proporcionar información fiable está gravemente alterada también.

Mural en San Francisco. Fotografía: Robert Cudmore (CC)
Mural en San Francisco. Fotografía: Robert Cudmore (CC)

La tortura altera los recuerdos

Con frecuencia el dolor y el estrés afectan al proceso de consolidación de lo que el detenido ha visto y vivido, es decir, distorsionan su memoria, haciendo que se incapaz —incluso aunque lo desee de recordar aquello sobre lo que se le pregunta. Las víctimas privadas de dormir están desorientadas y confusas y pueden convencerse a sí mismas de lo que los interrogadores están sugiriendo, creando pistas falsas. El sistema de muchos interrogatorios, repetir y repetir una historia bajo condiciones de estrés, es uno de los métodos más eficaces para introducir falsos recuerdos entre las memorias reales. Una investigadora lo comprobó con un grupo de personas, convenciéndoles de que siendo niños se habían perdido en un centro comercial. Comenzó diciéndoles, individualmente y de forma casual, que uno de sus padres se lo había comentado, después sugirió que imaginaran cómo podría había sido. Tras varias sesiones, un tercio de los voluntarios eran capaces de «recordar» cómo había sido esa experiencia que nunca existió.

La tortura pierde eficacia rápidamente

El dolor es un mecanismo de defensa que sirve para evitar al organismo un daño mayor. Cuando el daño ya es terrible, el dolor simplemente se apaga, algo que conocen muchas víctimas de un accidente de tráfico. Una tortura demasiado rápida causa normalmente que la persona pierda la sensibilidad o se desmaye. Además, diferentes personas tienen distintos umbrales para el dolor y algunos tipos de dolor enmascaran otros por lo que, aunque suene terrible, no es posible torturar de una forma científica, no hay forma de medirla y mantenerla dentro de unos límites. El torturador avanza a ciegas sobre las sensaciones de su víctima, las distintas sesiones suman abyección pero no avanzan en ningún sentido.

No hay niveles de tortura

Los torturadores lo saben y por eso siguen normalmente dos estrategias: aplicar el máximo dolor que su víctima pueda soportar, yendo al límite casi desde el comienzo y, en segundo lugar, explorar distintas técnicas, distintos tipos de agresión y dolor, intentando localizar las fobias y debilidades específicas de su víctima. Un resultado evidente es que las posibles normas sobre el grado de violencia aceptable se saltan siempre, no hay niveles aceptables de tortura, no hay nunca un uso limitado y medido, hay tortura y punto.

La tortura corrompe a la organización que la realiza y a todos los que participan

Los senadores norteamericanos, ante las conclusiones del informe, quedaron asombrados de la incompetencia de la CIA, con actuaciones que llevarían a la ruina a cualquier ferretería, como no saber dónde estaban las personas bajo su custodia, no atender a las quejas de sus empleados ni llevar a cabo estimaciones fiables del resultado de sus procedimientos. Rejali, un investigador dedicado al tema de la tortura, ha escrito que las instituciones que torturan, sea el ejército francés en Argelia, el ejército argentino en Argentina o la CIA en su lucha contra el terrorismo internacional, disminuyen su profesionalidad al mismo tiempo que hunden su estatura moral.

La tortura degrada también a las personas que colaboran

Un grupo de directivos de la American Psychology Association se asociaron con oficiales de la CIA y el Pentágono para evitar que la principal organización profesional de los psicólogos estableciera normas éticas que habrían impedido o dificultado la participación de estos profesionales en los «interrogatorios coercitivos» de Guantánamo. Tras la colaboración de estos directivos de enorme prestigio con las agencias de defensa existían intereses económicos, algo que ha sido un escándalo dentro de la profesión. Cuando estas actuaciones fueron conocidas, Nadine Kaslow, otra directiva de la APA, declaró que «sus acciones, políticas y falta de independencia respecto a la influencia gubernamental demuestran que no se estuvo a la altura de nuestros valores. Lamentamos profundamente, y pedimos perdón, por el comportamiento y las consecuencias que se derivaron. Nuestros asociados, nuestra profesión y nuestra organización esperaban, y merecían, algo mejor».

La tortura impide la recogida voluntaria de inteligencia

El factor principal, tanto para resolver un asesinato como para hacer caer a una red terrorista, es la cooperación de la población. La tortura rompe la confianza entre los ciudadanos y las fuerzas de seguridad —el respeto y la afección hacia estas últimas disminuye y el miedo no sirve de puente— y hace que lo que antes era una investigación normal, bajo un paraguas de colaboración y reconocimiento mutuo, sea ahora mucho más difícil y mucho menos provechosa.

Las víctimas de la tortura aportan información que casi nunca es fiable

Información que además para los servicios de inteligencia es muchas veces contraproducente, haciéndoles gastar tiempo, dinero y recursos humanos y materiales en callejones vacíos y pistas falsas. Los prisioneros rápidamente aprenden que cuando hablan no les tienen la cabeza debajo del agua; es decir, hablar significa menos sufrimiento. Por lo tanto, hay que hablar a toda costa y no importa si lo que se dice es cierto o no lo es. Algunos detenidos intentarán dirigir a los torturadores hacia antiguos enemigos suyos, muchos mentirán y dirán cualquier cosa con la esperanza de que la tortura termine. El informe del Senado encontraba numerosos casos en ese sentido. De hecho, cuando el interrogado daba información veraz, a menudo no era creído, algo que le pasó al senador John McCain, uno de los impulsores del informe, cuando fue prisionero de guerra en Vietnam del Norte. Los estudios realizados demuestran que las agencias torturadoras son incapaces de distinguir la información falsa de la fiable.

La tortura daña la causa del torturador

La disonancia cognitiva necesaria para infligir daño conscientemente a un semejante desarmado genera unos síntomas parecidos a los del trastorno de estrés postraumático. Según el libro None of Us Were Like This Before (Verso, 2010) de Joshua Phillips, muchos de los veteranos estadounidenses que realizaron torturas en Irak experimentaron una intensa culpa, cayendo un alto porcentaje en el consumo de drogas. Los ingleses que torturaron en Irlanda del Norte también declararon que lo que habían hecho estaba mal, con lo que ello implicaba de caída de la moral y confianza en la propia causa.

Un prisionero Viet Cong aguarda al interrogatorio (1967). Fotografía: National Archives (DP)
Un prisionero Viet Cong aguarda el interrogatorio (1967). Fotografía: National Archives (DP)

Muchos torturados son inocentes

Un estudio del programa Phoenix, un proyecto de la CIA bajo cuyo amparo se torturó y asesinó a miles de personas durante la guerra de Vietnam, encontró —según Ryan Cooper— que por cada guerrillero del Viet Cong torturado se torturó a treinta y ocho inocentes. Otros estudios han encontrado que la proporción era incluso mayor, de setenta y ocho a uno.

La tortura es en ocasiones una vía hacia el enriquecimiento personal

No solo tenemos el caso de los directivos de la APA que mencionábamos anteriormente. Los responsables sudvietnamitas del proyecto Phoenix eran a menudo burócratas incompetentes que se lucraron con las pertenencias de sus víctimas, dándose casos en los que incluso aceptaron sobornos para liberar a detenidos que sí eran realmente miembros del Viet Cong. Algunos militares argentinos obligaban a los secuestrados bajo su custodia a firmar contratos de compraventa de sus propiedades a su favor. La tortura es el negocio del torturador.

Por todo ello, más allá del ataque frontal contra los principios y valores sobre los que hemos construido todo aquello que hoy queremos defender, la tortura es un método burdo y de malos resultados para obtener información. Las fuentes de error son sistemáticas e imposibles de erradicar. Las memorias verídicas se borran, se distorsionan y se alteran por culpa de la propia tortura. Se ha llegado a decir que disparando al azar en una multitud hay más posibilidades de acertar a un enemigo que siguiendo las pistas obtenidas con la tortura de un detenido.

Así, más allá de los estudios científicos pero reforzados por estos, la perspectiva que nos proporcionan los últimos catorce años de lucha contra el terrorismo islámico nos dice claramente que en ningún caso debemos dejar en segundo plano los valores éticos y morales que nos constituyen como sociedad y como individuos, que lejos de sacrificarlos en pro de un bien mayor debemos reforzar nuestro compromiso con los derechos humanos y que la tortura nunca, jamás, es el camino. La tortura está prohibida porque es inmoral, cruel e inhumana, pero además es inútil, mina la autoridad moral de quien la practica, hace avanzar la causa de los terroristas y daña profundamente los estados de derecho.

Para leer más:

  • Childress S, Boghani P, Breslow JM (2014) «The CIA Torture Report: What You Need To Know». Frontline 9 de diciembre. Enlace.
  • Cooper R (2014) «Why torture doesn’t work: A definitive guide». The Week 18 de diciembre. Enlace.
  • Harris LT (2015) «Neuroscience: Tortured reasoning». Nature 527: 35–36.
  • O’Mara S (2015) Why Torture Doesn’t Work: The Neuroscience of Interrogation. Harvard University Press, Cambridge, Massachusetts.


Cariño, has caducado

«Candados de amor eterno» en el Pont des Arts que acabará retirando un empleado del ayuntamiento con una cizalla. Fotografía: Corbis
«Candados de amor eterno» en el Pont des Arts que acabarán siendo retirados por un empleado del ayuntamiento. Fotografía: Corbis

El filósofo Zigmunt Bauman defiende en su libro Amor líquido —un ensayo sobre el amor en los tiempos del consumismo asilvestrado— que la palabra dependencia nos molesta cada vez más, porque como homo consumers que somos, buscamos constantemente la satisfacción inmediata por el precio/inversión que estamos pagando. Adquirir compromisos a largo plazo (y de ahí la deriva inevitable a la dependencia) no es una característica de los seres líquidos, que vivimos acostumbrados al «si no le gusta el producto, le devolvemos su dinero». En la época de la obsolescencia programada, las relaciones de pareja no se libran de pasar cada cierto tiempo una ITV mental. «¿De verdad me compensa?». «¿Qué me aporta?». «¿Mejora mi vida?». «¿Es un lastre?». «¿Se esmera en cada cunnilingus?». Y en definitiva, ¿merece la pena el sacrificio? A día de hoy las relaciones son vistas como actos de constricción —y muchas veces, lo son—, porque la sociedad líquida nos ha enseñado que ahí fuera, en el salvaje oeste del capitalismo, siempre habrá algo nuevo esperándonos. Probablemente, peor; pero nuevo, al fin y al cabo.

Así que cuando el producto no nos satisface lo suficiente, normalmente, llega la ruptura, un proceso cada vez más sencillo gracias a las nuevas tecnologías y tan despojado de sentimentalismos que el dolor, le dirán, es una opción. Recuerde a los gurús de la autoayuda: usted está triste por su puta culpa, deje de necesitar a los demás, cansino. Ahí fuera está la libertad, la verdad absoluta, el encuentro con uno mismo. ¡Quítese ya esa asfixiante soga de la dependencia emocional! ¡Vuele libre y disfrute de los placeres de la soltería! El proceso mecanizado de la ruptura solo necesita un estudio de los manuales de independencia emocional, el cultivo de la resiliencia (palabra preferida de los psicólogos new age y que, básicamente, significa sobreponerse a la adversidad), la autonomía, el autocontrol, el amor al campo y al sexo y, cómo no, las cañas. El alcohol. Mucho alcohol. (Esto último no lo dice Eduard Punset, pero debería).

Los noviazgos y matrimonios están llenos de peligros. Las largas relaciones de pareja hacen casi inevitable que entre los dos (o más) miembros se generen muchas de esas cosas consideradas a día de hoy tóxicas por cualquier psicólogo decente, como la dependencia y la necesidad del otro, pero que han venido sosteniendo las relaciones humanas —no solo amorosas— desde que comenzaran a organizarse las primeras sociedades. Solo acusar cierta dependencia emocional hacia alguien (una amiga, su padre, su perro) es suficiente para que el terapeuta de turno lo convierta en un inútil incompleto que no puede vivir sin estar colgado de alguien y le recete un poco de Escitalopram con una pizca de Bromazepan, más setenta euros la consulta.

Curado de esa enfermedad llamada amor en el menor tiempo posible, usted descubrirá el apasionante mundo de las relaciones clínex, aquellas que se pueden consumir en caso de resfriado emocional, cuando la soledad apriete. Convertir en prescindibles a todos y cada uno de sus amantes es la estrategia que le ahorrará dolores de cabeza, preocupaciones y demás inconveniencias. La aventura del amar (hasta el verbo resulta molesto) convierte a los creyentes en productos de un mercado en constante fluctuación, en donde un potencial competidor con mejores prestaciones podría venir en cualquier momento a sustituir sus funciones. Del mismo modo, una también puede encontrar un producto que le encaje mejor, y esto no es literal —o sí—, en un momento puntual.

Mire a su alrededor: la sociedad líquida nos permite adquirir continuamente nuevos productos, más satisfactorios, en el menor tiempo posible. Y ni siquiera las garantías a medio plazo pueden parar esa nerviosa compulsión a la tenencia de objetos, que acostumbran a ser sustituidos antes de agotar esa protección legal (¿a quién le preocupan hoy las garantías?) por algo más nuevo, excitante y mejor. Las exparejas, examantes o examigos se suman así a la penúltima versión del iPhone, al Seat Ibiza del 2004 o a la ropa del Zara de la temporada pasada, a pesar de lo mucho que funcionó el pañuelo verde pistacho en el 2014. La caducidad (y la conciencia de que es inevitable) es la base del amor. «Cuando la calidad nos defrauda, buscamos la salvación en la cantidad. Cuando la duración no funciona, puede redimirnos la rapidez del cambio».

Según los nuevos consejeros amorosos, las relaciones deben diluirse para ser consumidas y cada vez más gente se manifiesta abiertamente en contra de la monogamia ya que «las “relaciones abiertas” son loables por ser relaciones revolucionarias que han logrado hacer estallar la asfixiante burbuja de la pareja». Según otro experto que Bauman cita «las promesas de compromiso a largo plazo no tiene sentido (…) Al igual que otras inversiones, primero rinden y luego declinan».

La sociedad líquida diluye las relaciones de dependencia y las convierte en conexiones 4.0: lo importante, recuerde, es estar conectado. El antiguo concepto de relación está cambiando por el de conexión, en parte debido a la influencia de internet como principal suministro de «relaciones» en nuestras vidas. «Estar conectado» y «tejer redes» es lo más importante. Usted no padecerá las angustias de sentirse imprescindible para alguien cuando ya le haya aburrido: «Las conexiones se establecen a demanda y pueden cortarse a voluntad». De este modo, tampoco tendrá que dar la cara para echar a nadie de su vida, el botón block lo hará por usted: «A diferencia de las “verdaderas relaciones” las relaciones virtuales son de fácil acceso y salida».

Fotografía: Darwin Muñoz T. (CC)
Fotografía: Darwin Muñoz T. (CC)

Y así cada vez hay más gente busca romances por internet, esté o no ya en pareja, y más sitios web se dedican a este fructífero negocio. «Si “el compromiso no tiene sentido” y las relaciones ya no son confiables y difícilmente duran, nos inclinamos a cambiar de pareja por las redes. (…) Seguir en movimiento, antes un privilegio y un logro, se convierte ahora en una obligación».

El movimiento no es gratuito. A la mayoría de los seres humanos aún les viene grande el traje 4.0 y siguen buscando desesperadamente algo parecido al amor. Las felices personas solteras que conozco invierten gran cantidad de su tiempo y de su energía para mantenerse activas en el mercado del amor. El mundo líquido hace tan fácil entablar relaciones con otras personas que el concepto de amor se ha ampliado enormemente. «No es que más gente esté a la altura de los estándares del amor en más ocasiones, sino que esos estándares son ahora más bajos». De las larguísimas temporadas prerromance y citas previas a una relación de pareja, pasamos a escasos diez minutos de chat, una paja, y la creencia (real) de que nos encontramos ante el amor de nuestras vidas.

Y a pesar de ello, no tenemos relaciones más satisfactorias que las generaciones anteriores. Los divorcios han aumentando considerablemente y España es uno de los países de todo el mundo con mayor tasa de separaciones legales (exactamente somos el quinto en la lista). Los divanes de los psicoterapeutas están llenos de problemas de amor que pueden derivar en depresiones o grandes dolores emocionales. A la incertidumbre anterior que suponía poder ser abandonado por la pareja se suma ahora otra, tanto o más angustiosa: la de estar perdiéndose algo constantemente. Bauman lo dice así: «Los hombres y mujeres están desesperados por “relacionarse”. Sin embargo, desconfían todo el tiempo de “estar relacionados”, particularmente de “estar relacionados para siempre” (…) porque temen que ese estado pueda convertirse en una carga y ocasionar tensiones».

En ocasiones uno acaba escogiendo entre el agotador e incierto mercado de valores, o el gran amor de su vida, aquel por el que promete hacerse discípulo del Estado del Bienestar del Amor, renunciando así a una trepidante y agotadora aventura cada día. Lamento decirle que, inexcusablemente, al cabo de cierto tiempo, usted se volverá a encontrar ante el dilema del hombre líquido: el amor debería ser más intenso que eso, puede que se esté perdiendo algo ahora mismo, entre los cientos de amigos de Facebook y el festival de moda de este verano. No me malinterprete. No me refiero a relaciones que enferman mortalmente o donde uno de los miembros no es tratado como merece. Más bien a esa asfixiante sensación de que nuestra pareja, por la que hemos renunciado a la libertad (hagan hincapié en el verbo «renunciar»), nos parece ahora más un estorbo y la causa de nuestras desgracias que aquel compañero o compañera que habíamos decidido tener siempre al lado. La fiebre del enamoramiento parece haber encontrado fecha de caducidad.

Las reacciones químicas del cerebro tienen mucho que ver. La etapa iniciática del amor (con pensamientos repetitivos que nos impiden sacar de la cabeza a la persona amada) se parece mucho (se lo aseguro) a un trastorno obsesivo-compulsivo. «Estar enfermo de amor» no es solo una frase hecha: puede estar usted realmente enfermo. Por eso, para nuestra propia supervivencia, el estado enfermizo no puede mantenerse durante mucho tiempo, y la oxitocina y la adrenalina dan paso con el tiempo a la vasopresina, que provoca que estos sentimientos tan intensos evolucionen hacia una fase más relajada. Si este momento no llegase sería imposible criar a la descendencia y, por tanto, mantener una familia —núcleo central de la sociedad moderna y, curiosamente, del capitalismo—. Da igual cuántas relaciones inicie, el estado adrenalínico siempre se extinguirá una vez cumplido su cometido. Lo cierto es la destrucción de la familia tradicional es un proceso imparable, pero las causas distan mucho de encontrarse en los matrimonios del mismo sexo.

Pero el amor también es inevitable, y ahí reside su verdadera esencia. «La promesa de aprender el arte de amar es la promesa (falsa, engañosa..) de lograr experiencia en el amor, como si se tratara de cualquier otra mercancía». Al fin y al cabo, todavía no se puede traficar con los sentimientos, ni existe un mercado negro con dealers que vendan cachimbas de independencia emocional o gramos de indiferencia calculada. Cuando amen de verdad dense por perdidos, resígnense, dimitan. Porque amar es desaprender y también necesitar, depender, es tejer con hilo invisible cadenas que no debieran oprimir, sino fortalecer, dar paz. Lo sé: suena fatal. Yo también pago los setenta euros.

En cualquier caso, no tienen por qué creerme a mí. Lo que si podrían hacer es citar a Cortázar —los escritores, ensayistas, filósofos, poetas y monitores de crossfit ayudan a establecer interesantes conexiones en las redes sexosociales—. El autor escribía así sobre el amor en Rayuela, su obra más reconocida:

Amor mío, no te quiero por vos ni por mí ni por los dos juntos, no te quiero porque la sangre me llame a quererte, te quiero porque no sos mía, porque estás del otro lado, ahí donde me invitás a saltar y no puedo dar el salto, porque en lo más profundo de la posesión no estás en mí, no te alcanzo, no paso de tu cuerpo, de tu risa, hay horas en que me atormenta que me ames.

Claro que después de aquello, Cortázar se casó dos veces más. Me explico, ¿no?


El amor por el mal y viceversa

Imagen: DP.
Imagen: DP.

Me contó un hombre que relataba unas historias estupendas que durante sus años mozos en París le llamó la atención observar cómo, en los urinarios públicos, había de vez en cuando señores echando trozos de pan por el suelo. Se preguntó si sería con el noble propósito de dar de comer a las ratas, lo que ennoblecía enormemente al ciudadano francés, hasta que le dijeron que no: que se trataba de coprófagos. Los tíos echaban mendrugos de pan por el suelo de los baños para ir a recogerlos dos días después. Bien impregnados en orines, como los pastelitos llamados borrachos, se los comían en plan Saturno devorando a sus hijos de nuestro Francisco de Goya.

La verdad es que nunca he dejado de pensar en estos coprófagos parisinos. La razón es sencilla: me daban envidia. Alcanzar el éxtasis con tan poco. Qué suertudos. Me siento como Richard Burton en Equus. Ya saben, la película de Sidney Lumet sobre un chico al que de niño su madre le machaca con la figura de Jesucristo. Luego su padre, harto, retira el retrato de Jesús de su habitación y pone un ordinario cuadro de caza con un caballo en primer plano. Pero el chaval siguió rezando en la misma postura y en la misma dirección, obviando que el contenido del retrato había cambiado, hasta desarrollar una especie de religión nueva y personal en la que el objeto de culto eran los caballos. De mayor esto le ocasionó algún que otro problema que dio con su culo en el diván del psiquiatra, que era el aludido Richard Burton. Digo que me siento como él, porque en un momento del tratamiento se cuestiona todos sus principios y rompe a gritar (aproximadamente): «¡Pero por qué tengo que curarlo! Cuando está desnudo montado a caballo por la noche siente que… ¡está follando con su Dios! ¡Sexo con Dios!». Era cierto, ¿para qué quería ser normal ese chico? ¿Para hundirse en la rutina del matrimonio como su psiquiatra y despertarse todos los días sin ganas de vivir?

Pero estoy equivocado. No es tan fácil como parece. El señor que unta panecillos en pis está desafiando un esquema de valores que es de todo menos sencillo. Y para que el niño de Equus folle con Dios hace falta, primero, toda la religión cristiana desde que se vuelve organizada y su confrontación, segundo, con los valores emanados de la ilustración —el padre—. O sea, que no se puede hacer el experimento en casa porque le da a uno la gana. No puede uno ponerse a comer sus heces a ver si se le ponen los ojos en blanco del gusto ni rezarle a las bombillas para sentir que te la chupa el demiurgo cada vez que alguien da la luz. En cada acto, llamado o mal llamado de perversión o transgresión, necesitamos a toda la sociedad en su conjunto para que baile con nosotros.

Es lo que explica un libro de 2009, Nuestro lado oscuro, de Élisabeth Roudinesco, que me ha alegrado el verano. Habla de la perversión, de qué lo ha sido y qué lo ha dejado de ser con el paso del tiempo. Por ejemplo, flagelarse en la Edad Media acercaba a Dios, era una sana costumbre, hasta que poco a poco se fue bajando el látigo para azotarse en el culo porque aquello despertaba cierto interés sexual y pasó a ser perverso. Así como la homosexualidad, que fue cosa del diablo, ahora es lo más normal del mundo. O la pura masturbación, que durante los siglos XVIII, XIX y hasta bien entrado el XX se consideró por muchos médicos como una fuente de terribles enfermedades. Los que se masturbaban, bajo esa lógica, se estaban destruyendo a sí mismos, eran perversos. Pero luego ya se ha admitido que en el peor de los casos el masturbador es que está estresado o aburrido o simplemente conectado a internet una tarde lluviosa de invierno.

Los peligros de la masturbación. Imagen de Le livre sans titre (DP)
Los peligros de la masturbación. Imagen de Le livre sans titre (DP)

En la actualidad, dice Roudinesco, los dos tipos de perversos más destacados en nuestra sociedad son el terrorista islamista y el pedófilo. El primero es un tipo que meticulosamente se prepara para matar a cuantas más personas mejor y al mismo tiempo, en muchos casos, inmolarse también con ellos para irse al paraíso. El puro gozo de destruir y destruirse. En el caso de los niños, el rechazo que causa el pederasta se debe a que su crimen, la violación, lo perpetra con quienes por su propia naturaleza no pueden tener relaciones sexuales. ¿Cómo se remodelarán estas dos perversiones en el futuro?

Para plantear esta reflexión el libro se estructura, con las palabras que emplearían Faemino y Cansado, como un carromato de perversos fenómenos. Con el subtítulo «Una historia de los perversos», es un desfile de personajes de tal envergadura que uno se sentiría más cómodo leyendo el ensayo con pasamontañas. Pero, por si acaso, nosotros ampliaremos con más información las hazañas de cada uno de ellos que aporta el libro. Vamos allá.

La primera en aparecer es doña Margarita María Alacoque (1647-1690), monja salesa natural de Hautecour, que residió y se hizo famosa en el convento de Paray-le-Monial, en Borgoña, básicamente al lado de donde nació. Se conoce que era una monja muy limpia y muy pulcra a la que le repugnaba cualquier atisbo de suciedad, pero un día se le apareció Jesús increpándola por su actitud y se comió los vómitos de una enferma arrepentida y, en otra ocasión, los excrementos de una enferma de disentería. En el libro Antes del asco: excremento, entre naturaleza y cultura de Hilia Moreira se explica que la religiosa pretendía «mostrar la equivalencia entre boca y ano, adentro y afuera, alto y bajo, limpio y sucio. Todo es obra de Dios, según ella». Pero Luigi Cascioli, autor de La fábula de Cristo, considera que era un fervor menos religioso y más prosaico, tal y como se deja entrever en los fragmentos de estas vivencias que destaca de su biografía:

Cuando estaba frente a Jesús me consumía como una vela en el contacto enamorado que tenía con él (…) Yo era de un carácter tan delicado que la menor suciedad me levantaba el corazón (…) Jesús me regañó vigorosamente por mi debilidad y yo reaccioné contra ella con tanto coraje que un día limpié con mi lengua el suelo ensuciado por el vómito de un enfermo. Me hizo gozar tanta delicia en esta acción que habría deseado tener la ocasión para poder hacerlo todos los días (…) Una vez mostré cierta repugnancia en el momento de servir a un enfermo que tenía disentería. Jesús me regañó tan severamente que, con el fin de reparar, me llené la boca de sus excrementos, me los hubieses tragado si la Norma no prohibiera comer fuera de las comidas.

Sor Margarita fue santificada por el papa Benedicto XV en 1920.

Siguiente: Catalina de Siena (1347-1380) bebió pus de los pechos de una mujer cancerosa y en ese momento pudo escuchar a Cristo decirle «Mi bienamada, has mantenido por mí duros combates y con mi ayuda has salido victoriosa. Nunca me has sido tan querida ni tan grata (…) No solo has despreciado los placeres sensuales, sino que has vencido a la naturaleza al beber con alegría, por amor a mí, un horrible brebaje. Pues bien, dado que has realizado un acto que excede la naturaleza, quiero darte un licor que excede la naturaleza». Momento en el cual, le abre la herida del pecho de Cristo y le da de beber su sangre. «Algunos teólogos medievales presentaban esa herida como un seno, lo que hace de esa visión de la carne sangrienta-lactante de Cristo un símbolo de su profunda humanidad», nos cuenta el profesor de la Universidad Paul-Valéry de Montpellier, Louis Cardaillac.

Sor Catalina fue santificada en 1461 por Pío II. En 1939, Pío XII la declaró patrona principal de Italia, junto a San Francisco de Asís. En 1970, Pablo VI la hizo Doctora de la Iglesia. Y en 1999, Juan Pablo II la convirtió en Santa Patrona de Europa.

Pasaje de la vida de santa Catalina de Siena, de Cristóbal de Villalpando.
Pasaje de la vida de santa Catalina de Siena, de Cristóbal de Villalpando.

Con el número tres, Liduvina de Schiedam (1380-1433). Un caso contado en la obra de Roudinesco a partir de la biografía que escribió Joris-Karl Huysmans (1848-1907), libertino decadente, convertido al catolicismo por odio a la ciencia, a la modernidad y a la razón, un místico esteta fascinado por la abyección. Suya es la frase «el arte, junto a la oración, es la única eyaculación limpia del alma». Cuenta este caballero que Liduvina quiso salvar el alma de la Iglesia y de sus fieles «convirtiendo su cuerpo en un montón de basura». Tras caerse a un río helado, contrajo una penosa enfermedad. Durante treinta años estuvo postrada imponiendo a su cuerpo sufrimientos como gangrena, úlceras o dislocación de miembros. «La bienaventurada consideraba su estado como un don de Dios». Tras morir su padre, decidió seguir sin cama. Tirada en el suelo. «Vivió sobre una tabla cubierta de estiércol». Pero como no se moría, llegó a ser sospechosa de herejía. «A veces, por la noche sollozaba y desafiaba a su maestro, para luego reclamarle mayores sufrimientos todavía».

Huysmans escribió esta biografía cuando la medicina del siglo XIX empezaba a calificar estos comportamientos transgresores de los santos, goce con la suciedad, excrementos y orina, como enfermedades mentales. El autor quiso glorificarla, aunque personalmente me quedo con la versión de Tomás de Kempis (1380-1471) escritor para monjes de vida contemplativa y cuya «postura medieval antiintelectualista haría que los críticos del racionalismo le acusaran de oscurantismo y apología de la ignorancia», dice la Wikipedia. Afortunadamente, en Global Catholic Network encontramos un resumen de su trabajo biográfico sobre Liduvina.

Hasta los quince años Liduvina era una muchacha como las demás: alegre, simpática, buena y muy bonita. Pero en aquel año su vida cambió completamente. Un día, después de jugar con sus amigos, iban a patinar y en el camino cayó en el hielo partiéndose la columna vertebral (…) La pobre muchacha empezó desde entonces un horroroso martirio. Continuos vómitos, jaquecas, fiebre intermitente y dolores por todo el cuerpo la martirizaban todo el día. En ninguna posición podía descansar. La altísima fiebre le producía una sed insaciable. Los médicos declararon que su enfermedad no tenía remedio.

Se ponía a llorar y a preguntar a Dios por qué le había permitido tan horrible martirio. Pero un día Dios le dio un gran regalo: nombraron de párroco de su pueblo a un verdadero santo, el padre Pott. Este virtuoso sacerdote lo primero que hizo fue recordarle que «Dios al árbol que más lo quiere más lo poda, para que produzca mayor fruto y a los hijos que más ama más los hace sufrir». Le colocó en frente de la cama un crucifijo, pidiéndole que de vez en cuando mirara a Jesús crucificado y se comparara con Él y pensara que si Cristo sufrió tanto, debe ser que el sufrimiento lleva a la santidad.

Santa Liduvina llegó a amar de tal manera sus sufrimientos que repetía: «Si bastara rezar una pequeña oración para que se me fueran mis dolores, no la rezaría (…) Y en adelante sus sufrimientos se le convirtieron en una fuente de gozo espiritual (…) La enfermedad fue invadiendo todo su cuerpo. Una llaga le fue destrozando la piel. Perdió la vista por un ojo y el otro se le volvió tan sensible a la luz que no soportaba ni siquiera el reflejo de la llama de una vela. Estaba completamente paralizada y solamente podía mover un poco el brazo izquierdo (…) Parecía que ya en vida estuviera descomponiéndose como un cadáver. Pero nadie la veía triste o desanimada, sino todo lo contrario: feliz por lograr sufrir por amor a Cristo y por la conversión de los pecadores.

Esta alegre muchachita fue santificada oficialmente por León XIII en 1890.

Liduvina de Schiedam. Imagen: DP.
Liduvina de Schiedam.(DP)

A continuación, en la obra aparecen los flagelantes. Cuenta Milagros León, profesora de Historia de la Universidad de Málaga, que el origen de esta práctica está en la peste negra que se extendió por el continente en el siglo XIV, la cual fue considerada un castigo divino. Estas buenas gentes, los flagelantes, para pedir perdón por los pecados que habían traído la ira divina, formaban «cohortes vagabundas» que se apartaban de la sociedad, renunciaban al sexo y dejaban de ingerir cualquier tipo de alimento superfluo para azotarse en la espalda y así «manifestar y sentir uno mismo que la carne es despreciable, que el propio cuerpo es de deficiente composición, pedir que otra corporeidad te sea concedida», tal y como explica Patrik Vandermeersch, profesor de Psicología de la Religión en la Universidad de Groningen.

Vamos, que zumbándose hasta perder el sentido tenían la sensación de que no habitaban en su propio cuerpo, entraban en trance por el dolor extremo. Y hasta ahí bien, lo que pasó es que a alguno se le empezó a ir la olla (tan solo un poquito más) y a finales del siglo XIV los flagelantes anunciaron la venida del Anticristo, dice Roudinesco. Entonces sus prácticas fueron condenadas y a la «idolatría del cuerpo» se opuso un cristianismo basado en el amor y la confesión. Se sustituyó la «punición exuberante de la carne» por el «autocontrol espiritual». Los otrora excelsos flagelantes de repente pasaron a ser considerados perversos. Un caso escandaloso fue el del rey Enrique III de Francia (1551-1589), que es el que trae Roudinesco en su libro.

Hacia finales del siglo XVI se vio, con un refinamiento digno de él y de su corte, al rey Enrique III flagelarse en público con sus favoritos en las procesiones en que participaban, vestidos con túnicas blancas, excitándose de ese modo en las orgías de lujuria a las que, después de la ceremonia, tan devotos personajes se entregaban en los aposentos secretos del Louvre.

Lo cierto es que a la autora se le olvida mencionar que este rey, que fue asesinado, sufrió varias campañas de descrédito por medio de panfletos que finalmente, como suele ocurrir, se convirtieron con los años en la verdadera historia, la cual actualmente es desmentida. No obstante, sí era cierto que Enrique III era patrón de los Flagelantes Blancos de la Anunciación, pero lo que parece que pasaba era que los parisinos, a esas alturas del siglo XVI, se tomaban a cachondeo sus romerías.

En España, sin embargo, nadie se reía. La Contrarreforma supuso un auge de este tipo de órdenes. El Concilio de Trento justificó la penitencia como buena obra para merecer a Cristo, en contraposición a esa cosa moderna, hipster y metrosexual que preconizaban los protestantes: «el sacrificio». Eso sí, aquí éramos humanos igual que en cualquier otra parte, y según recuerda Milagros León, la cosa también se nos fue de las manos por la vía sexual. Dice esta profesora que el arzobispo sevillano Cristóbal de Rojas se quejó a Felipe II en una serie de cartas en las que se «informa y evidencia la promiscuidad y falta de respeto mostrada por los fieles y penitentes a lo largo de los excesos y concurridos recorridos, siempre en horas nocturnas». Carlos III fue el primer monarca que prohibió decididamente estas prácticas flagelantes, pero como vimos el año pasado cuando recordamos la España negra, estas resistieron durante todo el siglo XIX hasta nada menos que ¡hoy!

Volviendo un par de siglos atrás, Roudinesco cita a Gilles de Rais (1405-1440). Había luchado a las órdenes de Juana de Arco, una doncella a quien guiaban unas voces y que llevaba ropas de hombre. Lo primero se lo podían perdonar en aquel tiempo, pero no, nunca, lo segundo. Entre otros pecados, atentaba contra su obligación mostrar su condición de mujer, ocultarla venía a ser como apropiarse de los derechos que no le correspondían por no ser varón. Ella dijo que los ingleses querían violarla, pero el tribunal no tragó y le prendieron fuego. Este suceso marcaría la vida de Gilles de Rais.

Biografiado por Georges Bataille, al morir un año después el abuelo de Gilles y heredar este toda su fortuna, brotó en él un intenso deseo de violencia y transgresión. Su abuelo había sido un individuo cruel y ahora Gilles, fuera de su dominio y cabreado con el mundo, solo querría superarle. Roudinesco en un parrafito se ventila este apartado de su vida:

Rodeado de sirvientes, que le servían de proveedores, secuestraba a niños pequeños, arrebatados a familia campesinas, y les hacía sufrir las peores sevicias. Seccionaba los cuerpos, arrancaba los órganos, sobre todo el corazón, y se aplicaba en sodomizarlos en el momento de su agonía. Con frecuencia, presa de frenesí, se agarraba el miembro en erección para frotarlo contra los vientres torturados. De ese modo entraba en una especie de delirio en el momento de la eyaculación.

Elegía siempre a los niños más guapos, porque estaba muy preocupado de escenificar sus maldades. Al final, como en trance, llegaba a invocar al diablo, pero siempre acababa chapoteando entre la sangre, el semen y los restos de comida. Se cepilló a unos trescientos niños, pero su aludido biógrafo explicaba el fenómeno, que iba más allá de la locura, o más acá, como contó el periodista Eduardo Chamorro cuando reseñó la obra en Triunfo: el crimen para él era algo «lúdico y orgiástico» donde el delirio se convirtió en «el cauce más adecuado para unas pasiones lóbregamente vitales y en el resorte fundamental de la fuente de la vida, que encuentra en su dilapidación inútil la forma espeluznante de erguirse sobre el orden humano e igualarse a lo sacro».

Ya ven. Al final todo se reducía a ese anhelo tan medieval del que hemos hablado de salirse uno de su cuerpo mortal, de la carne, para abrazar la divinidad. No es casual que cuando el Tribunal de Nantes le metió mano, coincidió con la iniciativa del rey Carlos VII que puso fin a los grupos de bandoleros a las órdenes de los señores feudales como De Rais, sustituyéndolos por un ejército regular y jerarquizado. Restauró el poder real y eso significó el final del feudalismo, una época que tenía que ver más con Mad Max que con laúdes y tortas de pan. Antes de ser sentenciado, Gilles de Rais se arrepintió de sus correrías y advirtió a los jueces sobre los nefastos efectos «del consumo de vino caliente, especias y estimulantes». Tras pedir perdón, se le reintegró en el seno de la Iglesia para luego ahorcarlo y prender fuego a su cuerpo, como al de su querida Juana. Aunque aquí fue solo un poco. Una vez socarrado permitieron a las damas de la nobleza que lo retiraran de las llamas para darle digna sepultura.

Gilles de Rais en el cómic Los viajes de Jhen, de J.Pleyers y Jaques Martin. Imagen: NetCom2 Editorial.
Gilles de Rais en el cómic Los viajes de Jhen, de J.Pleyers y Jaques Martin. Imagen: NetCom2 Editorial.

Muchos años después, la brutalidad de este personaje solo pudo ser igualada por la de Sade, pero en sus cuentos, no en la vida real. El marqués pertenecía a la nobleza del siglo XVIII, un estamento arrogante y que no conocía límites en la búsqueda del placer, pero que no hacía sangre. O no tanta. Niño consentido como pocos, ya en los primeros escritos de Sade aparece la figura del libertino, que lejos de cualquier filosofía del placer, el erotismo o la libertad individual, lo que reivindicaban eran los excesos de la naturaleza y en servirla siguiendo su ejemplo. Una lógica en la cual, si el acto sexual se basa en tratar al otro como un objeto, un objeto es siempre equiparable a otro objeto, de manera que el verdadero libertino debía buscar el último grado de la lujuria en los seres, humanos o no humanos, más improbables: «Un eunuco, un hermafrodita, un enano, una mujer de ochenta años, un pavo, un mono, un dogo enorme, una cabra y un niño de cuatro años, bisnieto de la anciana, fueron los objetos de lujuria que nos presentaron las damas de compañía de la princesa», escribió en su amena Historia de Juliette en 1797. Una vez presentado el equipo, el libertino debería ingeniárselas para gozar de todos ellos a la vez, y ahí residía la sensibilidad artística:

Una vez dispuesta la colección de tales anomalías, el libertino deberá disfrutar de ellas inventando hasta el infinito el gran espectáculo de las posturas más irrepresentables. Deberá encular al pavo y cortarle el cuello en el momento de la eyaculación, luego acariciar los dos sexos del hermafrodita, arreglándoselas para tener entre la nariz el culo de la vieja mientras esta defeca y en su propio culo al eunuco follándolo. Tendrá que pasar del culo de la cabra al culo de una mujer, luego al culo del niño mientras otra mujer le secciona el cuello al pequeño: «Me follo el mono, de nuevo el dogo pero por el culo, el hermafrodita, el eunuco, los dos italianos, el consolador de Olympe: todos los demás me masturbaron, me lamieron y salí de tan nuevas y singulares orgías tras diez horas de los más estimulantes goces».

Estas ideas no nacían solo en su poderosa imaginación. Su madre encasquetó los cuidados de su hijo a una de las amantes de su padre, que era sodomita de jóvenes de ambos sexos. Cuando su padrastro murió, pasó a custodia de su hermano, el conde de Charolais, conocido por su crueldad. En las cacerías, como quiso probar Fraga en su momento, disparaba a las personas, en especial a los obreros que trabajaban en su propiedad. El niño, por esas fechas, con tamaños ejemplos no manifestaba afectos ni sentimiento de culpabilidad, así que se lo pasaron a unas hermanas que se dedicaron a mimarlo sin freno, lo que le hizo ser aún más arrogante.

Después estuvo bajo la tutela de su tío Paul Andonse de Sade, apasionado de la flagelación y la pornografía, que vivía con dos mujeres, una madre y otra hija, de las que disfrutaba a discreción. También era erudito y volteriano, así que mientras el joven Sade se culturizaba en la literatura y la historia, su tío le iba pasando prostitutas para que se fogueara. Solo tenía diez años. Edad con la que entró en un colegio de jesuitas en el que le dieron a conocer el látigo y los castigos corporales y fue iniciado en la sodomía por parte de los profesores y los alumnos. Más adelante se casó y maltrató a su esposa todo lo que le permitió la imaginación. Por supuesto también se echó una amante, la obrera Jeanne Testard, y junto a ella se entregó a actos sacrílegos hasta encontrar por fin su destino, el talego, y su vocación, la escritura. Es muy simpático cómo lo cuenta Roudinesco.

Un día, mientras eyaculaba en un cáliz, le introdujo hostias en el ano y luego se hizo flagelar con unas disciplinas calentadas al rojo. Finalmente la obligó a blasfemar y ponerse una lavativa para que se aliviara sobre un crucifijo. Denunciado y después encarcelado en el torreón de Vincennes, tomó la decisión de escribir libros.

Con la Revolución llegaría uno de los más salaos: Franceses, un esfuerzo más si queréis ser republicanos, donde proponía que por el bien de la República debía invertirse la ley que hasta el momento regía las sociedades humanas. Ningún hombre podía quedar excluido de la posesión de mujeres, pero ninguno podía poseer a ninguna en particular, preconizaba. Además, ellas debían ser sodomitas y sodomizadas, a poder ser en cópulas múltiples, para que no pudiera identificarse quién era el padre de cada quién y así los niños que nacieran pudieran pertenecer solo a la República. «Hay que separarlos de la madre desde su nacimiento para convertirlos en objetos de placer». Imaginen el análisis de este programa político en tertulia de La Linterna en la cadena COPE.

Al final, lo que son las cosas, los republicanos no es que no comulgaran con estas tesis, no confluyeron, que se dice ahora, sino que terminaron también ordenando su detención. Si en un inicio le sacaron del manicomio gracias a la abolición de las leyes contra la blasfemia y la sodomía y trató de llevar una vida normal, volvió a ser detenido y encerrado en las letrinas de un convento con otros nobles. A estas alturas, tras la decapitación de María Antonieta, Sade estaba muy impresionado por el terror de Robespierre. Cuando las barbaridades las ejecutaba fría e impenitentemente el Estado, el poder establecido, le horrorizaban. A él le gustaba el crimen y las violaciones siempre que «emanaran de una pulsión soberana», que se institucionalizase el terror le parecía repugnante. Con solo estar ante el cadalso, se ponía a vomitar. La visión de los cuerpos decapitados le deprimía enormemente. Todo su catálogo de salvajadas estaba siendo exorcizado por el Estado. Se sentía… violado.

Al final Sade acabó en el manicomio de Charenton, donde, cuenta Roudinesco «tuvo una última relación con la hija de una enfermera, a la que inició en la sodomía al tiempo que le enseñaba a leer y a escribir», mientras que su caso sirvió para iniciar en la sociedad de la época un intenso e interesante debate que situaba a la humanidad en el siglo XIX: si Sade era un loco, debía estar en un manicomio, pero si era un pervertidor, tendría que dar con sus huesos en la cárcel.

Retrato imaginario del marqués de Sade, por H. Biberstein. (DP)
Retrato imaginario del marqués de Sade, por H. Biberstein. (DP)

Así, en el siglo XIX la medicina inventó una lista de términos sexuales que consideraba patológicos. Nace todo eso que busca usted en los Pornotubes de rigor cuando se siente un poco plof: zoofilia, masoquismo, sadismo, vouyerismo… Y otros tantos términos de connotaciones más duras: necrofilia, pedofilia, coprofagia, etc. El Dictionnaire des fantasmes, perversions, et autres pratiques de l´amour, dice la autora, contaba con quinientas entradas y cien ilustraciones. Los Estados nacientes de la modernidad decidieron que tenían que gobernar también las prácticas sexuales distinguiendo vicio de virtud. Era el programa histórico de la burguesía triunfante, surgida en oposición a una nobleza que había creado todo un ritual alrededor de la defecación y la ingestión de heces como quintaesencia del placer sexual. Había surgido el «higienismo», la sexualidad a partir de ese momento sería romántica: felicidad de las mujeres como madres, felicidad del padre como protector de la prole. Y punto. Perversos pasaron a ser entonces escritores como Balzac, Flaubert, Victor Hugo o Maupassant por su odio al régimen burgués, que no podía ser más perverso al tratar de domesticar las pasiones humanas, entendían. Y en este punto de la noria histórica, Roudinesco saca a colación a Freud, que analiza por fin el propio concepto de la perversión:

Es en cierto modo connatural al hombre. Clínicamente, constituye una estructura psíquica: no se nace perverso, se deviene al heredar una historia singular y colectiva donde se mezclan educación, identificaciones inconscientes, traumas diversos. Después, todo depende de lo que cada sujeto haga con la perversión que lleva en su interior: rebelión, superación, sublimación… o, por el contrario, crimen, aniquilamiento de uno mismo y de los demás.

Por eso el ensayo condena el puritanismo como otro tipo de perversión, pero el problema aún fue más allá, cuando en el siglo XX se empezó a hablar de valores de vida negativos, de vidas que no merecen la pena ser vividas, y todo lo que conocemos como eugenesia. Aquí Roudinesco se adentra en el nazismo y los comportamientos de los jerarcas de ese régimen. Desde los que consideraban que Alemania debía desaparecer para siempre tras perder la guerra, que no podía existir en un mundo que odiaban, como los que se suicidaban porque no podían consentir que esos a los que veían como abyectos e infrahombres, cualquiera que no fuese alemán al fin y al cabo, pudieran juzgarles. Y se cita a Hannah Arendt: la mayor parte de toda esta gente creía que hacía el bien.

El ejemplo que trae a colación es el de Rudolf Höss (1900-1947), comandante de Auschwitz. A petición de su abogado en los juicios de Núremberg, redactó una autobiografía para poner de manifiesto las cualidades humanas de su autor. Su mejor amigo de niño, arranca, fue un pony. Sus padres no le querían y no tenía amigos. Iba para misionero, pero cuando su confesor reveló a sus padres una pequeña confidencia, perdió la fe. Optó por el ejército y en 1915 pudo por fin matar a una persona en el frente turco durante la Gran Guerra. Un enemigo de la patria. Lógicamente se sintió humillado tras la rendición de Versalles y en 1922 se afilió al Partido Nacionalsocialista. Un año más tarde, pudo hacer el bien por Alemania asesinando a un maestro comunista, del que no sé quién había dicho que era espía. Höss no entendió por qué fue a la cárcel y se sintió una víctima del sistema, pero cuando salió merced a una amnistía, se había acostumbrado tanto a la disciplina de la vida penitenciaria que ya no podía vivir de otra forma y tuvo la feliz idea de ingresar en una secta, los artamanes, «que se han atribuido la misión de crear, en pleno corazón de la campiña alemana, firmes modelos en los que los humanos de raza superior podrían por fin cohabitar con sus émulos, los animales».

Sin embargo, lo crucial de esta autobiografía se ve cuando el protagonista se detiene en un episodio de su etapa como comandante de Auschwitz. Cuando se encuentra a un rumano, obeso y homosexual, con todo el cuerpo tatuado con dibujos pornográficos. Le interesaba tanto como le repugnaba, y le impuso los trabajos más duros que pudo imaginar. Cuando el rumano murió exhausto, Höss anotó que había fallecido por «vicio sexual» en su ficha. Y, además, ordenó que su madre contemplara el cadáver. Cuando detectó o se imaginó que esta se sintió aliviada, entendió que les había hecho un favor librándole de la vida. Madre e hijo encontraron la paz y él, Höss, era un enorme benefactor de la humanidad, escribía, gracias a su homicidio redentor. El comandante de Auchwitz, ahí lo ven, tan solo era una bellísima y sensible persona en el engranaje de un régimen perverso. A ver si en el tercer milenio rizamos el rizo y aportamos perversos en un sistema perverso, que es un fenómeno que no parece escasear hoy en día precisamente.

Rudolf Höss. Foto: Schutzstaffel (DP)
Rudolf Höss. Foto: Schutzstaffel (DP)


Los niños invisibles: el caso de Cristian

Cristian no puede dejar de moverse. Desde pequeño, en la escuela infantil, le llamaban Cristian el malo. Un psicólogo muy observador dijo: —Es como un animalito inquieto, nunca para, ahora está aquí y de repente allá.

Y como todo en la vida, lo que puede empeorar lo hace. Le hicieron un diagnóstico flexible: de hiperactivo para arriba.

Su agitación recuerda a la de quien quiere avisar de algún peligro.

Como si ese temblor esencial quisiera avisar de que su madre se va al garete, que detrás de esa forma suya de vestir infantil y trasnochada hay una niña que sigue pidiendo que le dejen concluir su infancia, que hasta que no la tengan en cuenta no dejará de insistir.

Como si esa agitación transmitiera que ve a su padre perdido en su propia mirada culpándose de todo.

Como si sus aspavientos quisieran airear secretos familiares de relato desconocido para él pero que percibe a todas luces por cómo se mueven todos en la casa. Porque cuando te ocultan algo, el secreto se desliza en el movimiento de los cuerpos, en una velocidad que tiende a la quietud, pero a una quietud que no acaba de detenerse, como si el cuerpo no pudiera experimentar la paz.

A veces, cuando esto se torna más evidente, él se agita más, como para compensar, para vehicular el secreto, como ocurre a muchos fantasmas que nos asustan por sus modales pero que solo vuelven para acabar la palabra que se les quedó a medias, o dar abrazos y besos de despedida.

Los especialistas quisieron acabar con esa excitación y le dieron medicación. Desde entonces él se agitaba menos por fuera y más por dentro. Un día se encontró lleno de una energía que no podía expresar. Aprendió que cuando se relajaba se ponía muy nervioso.

Lo que a menudo llamamos síntoma, desorden emocional o dificultad adaptativa es también una respuesta inconsciente para que la persona afronte la adversidad. Es discutible que las disciplinas del comportamiento se centren en eliminar los síntomas antes de escuchar el mensaje del que son portadores.

Cada síntoma físico o psíquico genera en su anfitrión tres perspectivas:

En primer lugar, el síntoma supone una experiencia de sufrimiento que vincula a la persona con su inteligencia emocional.

Por otro lado, una serie de reflexiones y razonamientos que buscan explicarse a sí mismos de dónde viene este problema, cuáles son sus causas y qué expectativas o creencias tenemos en torno al desorden que nos aqueja. Para ello utilizamos nuestra inteligencia racional.

En tercer lugar, el síntoma está relacionado con la acción. Con lo que nos impide o nos induce a hacer. Respuestas de afrontamiento, congelación o huida que desarrollamos a partir de la inteligencia exploratoria o de conexión a nuestros escenarios vitales.

El abordaje farmacológico tiende a detener este triple proceso. No se trata de un debate sobre si estamos a favor o en contra de los fármacos en términos absolutos, digo obsoletos. La farmacia ha salvado muchas vidas y mitigado una cantidad ingente de dolores. Ahora se trata del uso inteligente de los recursos, porque también es cierto que la industria ha convertido a los pacientes en clientes.

El doctor Allen Frances[1] afirma que el 34% de los niños holandeses entre cinco y quince años fueron diagnosticados últimamente de hiperactividad y déficit de atención: Uno de cada tres niños. Por otro lado, en Estados Unidos, diez mil niños tratados por este problema tienen menos de tres años.

El hiperdiagnóstico de la población es un fenómeno evidente y rapta el sentido que tiene la presencia del síntoma. En otros términos, las personas cuando se sienten en conflicto no suelen decir lo que sienten sino lo que elaboran a partir de lo que sienten.

Desde el componente racional antes citado, el síntoma es portador de otras imágenes o metáforas. Algunas de las más frecuentes son las siguientes:

En primer lugar, un conflicto o síntoma puede ser la expresión metafórica de un estado emocional de la persona. A veces un dolor de  estómago metaforiza otro tipo de problema, como la falta de motivación por acudir a la escuela. Dificultad que quizá el sujeto perciba como censurada.

Por otro lado, puede expresar el estado interno de otra persona. El temor de un niño a salir a la calle puede ser una analogía del temor de la madre.

También puede ser un intento fallido de resolver situaciones de doble lealtad. Imaginemos que un niño asiste a episodios violentos del padre hacia la madre. Si el niño se lo dice a su maestra comete deslealtad con el padre, pero si lo oculta es desleal con la madre. Un camino viable que le queda es manifestar un trastorno adaptativo de la concentración y la atención.

Por otra parte, el síntoma puede provocar alianzas en torno al conflicto y suspender momentáneamente la atención de otros problemas considerados quizá menos graves. Como es el caso de muchas drogadicciones que generan alianzas de ayuda de la familia hacia el sujeto y tapan otras dificultades familiares. Muchos casos de recuperación de estos casos destapan otros asuntos familiares hasta entonces dormidos, que estaban sepultados ante el gran problema de la adicción.

Por último, el síntoma puede servir como expresión de la travesía de un fantasma motivado por ciclos de vitalidad no concluidos, secretos familiares u otro tipo de hechos dolorosos del pasado.

En definitiva, la vía más adecuada para afrontar las dificultades adaptativas consiste en establecer contacto con ellas. Convertir el diagnóstico en un relato.

Las estrategias psicoeducativas más eficientes deben manejarse en la creación de alternativas adecuadas al contexto en el que las dificultades se generan.

Por último, es esencial que toda intervención educativa y toda terapia termine con una acción, un movimiento o una tarea que la persona pueda ejecutar para poner a prueba sus capacidades.

Algunas personas pueden decir: «Tú me produces dolor» y no padecer dolor, en tanto que otras deben desarrollar el dolor como un modo de declarar su situación. (Jay Haley).

invisibles

[1] Allen Frances, fue director del Manual Diagnóstico y Estadístico DSM y realizó una entrevista publicada en el diario El País el pasado 26-IX-2014.


La última carrera de Derek Redmond

Derek y Jim Redmon (Cordon Press)
Derek y Jim Redmon (Cordon Press)

La potencia se mide en kilogramos. La velocidad se mide en segundos. ¿El coraje? No puedes medir el coraje. (Vídeo promocional del Comité Olímpico, basado en Derek Redmond).

Derek Anthony Redmond no ganó ninguna medalla en Barcelona 92, pero sin embargo nos dejó una historia inolvidable, una demostración de sacrificio, fuerza de voluntad, y de amor entre padre e hijo. Los Juegos Olímpicos de 1992 debían ser la culminación de su carrera. Era el favorito para el oro en los 400 metros lisos, y llegaba en su apogeo físico y mental, tras una vida atormentada por las lesiones.

Derek Redmond irrumpió con fuerza en el atletismo británico cuando con solo diecinueve años batió el récord nacional en 400 metros lisos. Transcurría entonces 1985 y los Juegos Olímpicos de Seúl, a tres años vista, constituían el objetivo principal del joven atleta. Su preparación para los mismos fue impecable: ganó el oro en la prueba de relevos 4×400 con su país por duplicado en 1986, tanto en el Campeonato Europeo de Atletismo como en los Juegos de la Commonwealth, y al año siguiente conseguiría la plata en la misma categoría, por detrás de los todopoderosos Estados Unidos. A nivel individual se quedó siempre a las puertas del medallero, pero era aún demasiado joven y su progresión era magnífica. Su momento estaba aún por llegar.

Pero no sería en Seúl. Cuatro o cinco semanas antes de los Juegos Olímpicos de 1988, Derek empezó a padecer un fuerte dolor en el tendón de Aquiles. Dejó de entrenar antes de los Juegos, esperando a la desesperada que su cuerpo curara. Pero, solo minutos antes de los 400 lisos, mientras calentaba, el dolor volvió y abandonó antes siquiera de empezar la carrera. En los siguientes meses sería intervenido hasta cinco veces.

A través de este doloroso y desesperante proceso, Derek pudo contar con el inestimable apoyo de su padre, Jim Redmond, su mayor valedor, su mejor amigo y su sombra dondequiera que fuera. Estaría por supuesto a su lado en 1991, en los Mundiales de Tokyo, cuando en el culmen de su carrera llegó al ganar el oro en los 400 relevos, derrotando a los aparentemente invencibles Estados Unidos en una de las mejores carreras de relevo largo que se recuerden.

Y así llegamos a Barcelona, el 3 de agosto de 1992. Con un Redmond recuperado de su lesión tras una última intervención solo cuatro meses antes, en plena forma, con un trabajo descomunal a sus espaldas y con sed de metal. La semifinal era un trámite; un paso más hacia la final y tras eso una pista lisa hasta el metal colgante. Padre e hijo sabían por todo lo que habían pasado hasta llegar ahí. Sabían de lo que era capaz Derek. Sabían que iba a conseguirlo.

Disparo de salida.

Arrancan todos los corredores. Entre el público su padre está volcado sobre un asiento a mitad de grada, tenso como el acero. En cuanto a Derek… está volando. Arranca con una fuerza descomunal y pronto sus piernas patean el tartán a un ritmo espléndido, situándolo en una cómoda posición en la vanguardia. Lo dicho: un trámite. Es demasiado fuerte, ha sacrificado más que nadie para estar aquí, no hay forma de que la carrera se le escape.

Pero, a poco menos de doscientos metros para la meta, nota un chasquido en su pierna derecha, seguido de una explosión de dolor. Se echa la mano a la parte trasera de su muslo, respingando penosamente mientras todos los rivales lo adelantan.

En la grada, a Jim se le viene el mundo abajo. No puede creer lo que está sucediendo. No puede, pero sobre todo no quiere creer.

Derek se desploma en la pista sobre su rodilla izquierda, la mano derecha en el muslo y la cabeza gacha. Está hundido. Los ojos se le llenan de lágrimas, pero no por el dolor de la lesión. A su alrededor la carrera sigue, pero todas las miradas están puestas en él. Un equipo médico con una camilla corre hacia él para atenderlo. «No, no me voy a subir a esa camilla. Voy a terminar mi carrera». Y entonces se levanta. Con la cara distorsionada por el dolor, el llanto y la desesperación, empieza a avanzar penosamente, apenas apoyando su pierna derecha. Los sesenta y cinco mil asistentes captan la épica del momento, la brutal y despiadada metáfora de una vida que están presenciando en directo. Una sincera ovación empieza a gestarse.

Jim salta de su asiento y corre grada abajo, sorteando gente, chocando contra ella y al final logrando saltar a la pista. Las medidas de seguridad tratan de detenerlo, pero en ese momento nada ni nadie podría pararlo. Ha acompañado a su hijo durante toda su vida y en ese momento, el más doloroso de su vida, tiene que estar a su lado más que nunca.

Jim alcanza entonces a Derek. Preocupado por que su hijo se dañe todavía más, le pide que se detenga y ponga fin a ese sinsentido, pero Derek está resuelto: sabe que esta puede ser la última carrera de su vida y está resuelto a terminarla.

El padre agarra al hijo para, de nuevo, tornarse en su apoyo y avanzar junto a él hasta la meta. La realidad entonces cae con todo su peso sobre Derek, que por un momento deja de andar y abraza a su padre, su cara desgarrada por el dolor y la angustia. Pero se ponen de nuevo en camino. Para entonces, el público está en pie y la ovación es un estruendo, empujando con su fuerza a un cada vez más renqueante Derek Redmond. Tras un calvario, ambos cruzan juntos la meta. Entonces la fachada del padre se derrumba y se echa a llorar a su vez. Padre e hijo se abrazan, desconsolados.

Tras la carrera su padre declara a la prensa: «Soy el padre más orgulloso del mundo. Estoy más orgulloso de él de lo que lo estaría si hubiera ganado el oro. Hace falta tener muchas agallas para hacer lo que ha hecho».

Esa sería la última carrera de Derek Redmond. Un cirujano enunció el dictamen fatal: no podría volver a representar a su país como deportista. Pero no se rindió; aún menos lo haría su padre, que animó a su hijo a competir en otros deportes en cuanto el atletismo demostró ser inviable. Empezó a jugar al baloncesto, y… bueno, se podría decir que no le fue mal: llegó a jugar a nivel profesional y fue internacional con Gran Bretaña. Mandó una foto firmada del equipo al doctor que dijo que nunca podría representar a su país de nuevo.

Por si esto supusiera poco reto para alguien cuya carrera deportiva parecía sentenciada, decidió entonces dedicar su esfuerzo al rugby, con la intención de formar parte de la selección británica para así lograr representar a su país en tres deportes distintos. Sin embargo, en última instancia se quedó fuera de la convocatoria.

En la actualidad Derek cuenta ya con cuarenta y ocho años y se dedicar a dar charlas motivacionales, contagiando con su fuerza y emocionando con su historia a todo tipo de audiencias, desde trabajadores hasta estudiantes. Por supuesto su espíritu competitivo no ha decaído, y es paralelamente copropietario del equipo Splitlath Redmond de motociclismo, compitiendo en Manx TT, en el Gran Premio de Macao y en el Campeonato Mundial de Motociclismo de Resistencia.

Puede que nunca gane un título importante con su equipo. Desde luego, nunca cosechó un gran número de medallas, como sí lo hicieron Carl Lewis o Paavo Nurmi, y en aquella carrera en Barcelona 92 terminaría siendo descalificado por recibir la ayuda de su padre. Pero su historia evoca los ideales olímpicos tanto o más que las de los más laureados del deporte. Su carrera en el atletismo no fue como él la había planeado, pero sin embargo fue una de las más bellas.

El dolor es temporal, pero la gloria dura para siempre (Derek Redmond).


Belleza herida: reflexiones sobre el erotismo médico

No tengo carnet de conducir. 

Al cumplir los dieciocho me apunté a una autoescuela, tomé algunas clases y el primer día en que iba a coger un coche me torcí el tobillo al caer por unas escaleras. Una vez recuperado y cuando me disponía de nuevo a hacer una práctica, mi profesor de autoescuela fue atropellado al cruzar un paso cebra, lo que no supe si interpretar como ironía cósmica o injusticia poética. Intento estar atento a las señales que manda el mundo: no creo en Dios, pero sí en los muchos dioses que llevamos dentro los humanos… Así que les escuché y supe que me estaban recomendando amablemente que me olvidara de aquello y empezara a usar transporte público.

Y es que: ¿os habéis parado a pensar realmente en qué son los coches? Moles asesinas de acero y plástico de varias toneladas de peso impulsadas por explosiones periódicas, alimentadas con restos líquidos de dinosaurios muertos, lanzadas a velocidades absurdas por estrechas tiras de asfalto… Sólo una especie de hipnosis colectiva nos impide ver estos bichos como lo que realmente son: máquinas de matar con una sed de sangre insaciable y maligna. Bestias peligrosas. 

Pensado fríamente, eso me pone. 


1. Crash: el despertador definitivo

 
Para explicar el porqué de mi frase anterior debo remontarme a 1996, año en que 
David Cronenberg estrenó esa joya del malditismo cinematográfico llamada Crash, basada en una novela del gran J.G. Ballard. La premisa de la película es sencilla: un variopinto grupo de gente se excita sexualmente con los accidentes de coche y sus consecuencias, y se dedica no sólo al simple sexo automovilístico sino a reproducir con una minuciosidad extrema accidentes famosos como el que le costó la vida a James Dean (y puedo imaginarme qué hubiera pasado si el guión de la película se hubiera escrito tras el choque mortal de Lady Di en París). 

La polémica que rodeó a la película en su momento fue muy intensa… Especialmente exaltada en el Reino Unido, donde sufrió un asalto incansable de críticos escandalizados y tabloides que acudieron, como acostumbran, al olor de la sangre. Entre los argumentos esgrimidos contra la película (más allá de los estrictamente cinematográficos y subjetivos de ritmo, narrativa e imagen) figuraban reparos morales, fobias sexuales, escrúpulos políticamente correctos y paternalistas (“¡puede molestar a los espectadores que realmente hayan tenido accidentes de coche!”) o incluso miedos ridículos (en la línea de “¡estimulados por la película, los locos se lanzarán a la carretera a chocar entre ellos y follar sobre los cadáveres de honrados ciudadanos!”). Sin embargo poca gente parecía estar haciéndose las preguntas que más me interesaban a mí como fan de las sexualidades alternativas y fetichismos varios… Más allá de la literalidad del choque, ¿qué simboliza y encarna esa excitación sexual tras un accidente violento? ¿En qué otras circunstancias (fuera de la carretera, se entiende) puede experimentarse una sensación parecida?

Una de las secuencias de la película puede servirnos de pista. Tras un accidente de coche autoprovocado, James Spader (hay que ver cómo se las arregla este hombre para protagonizar películas pervertidas, no olvidemos su papel protagonista en Secretary) se acerca tambaleante hacia una herida Deborah Unger (la esposa de la que se había distanciado sexual y emocionalmente), y empieza a acariciarla con ternura… En ese momento de iluminación, ese satori psicosexual, ambos están resucitando, están volviendo a sentir tras mucho tiempo de verlo todo como desde detrás de un cristal, despegados de la vida y del placer. Sobrevivir a una experiencia cercana a la muerte despierta la sed de vida, y qué mayor prueba de vida que follar, sumergirse en el placer de los sentidos, celebrar que la sangre corre por las venas… Y tal vez por el suelo. El chorro de adrenalina y endorfinas nos despierta de golpe de la rutina de nuestro aletargamiento cotidiano, el dolor nos dice: “estás aquí en este momento, estás vivo, estás sintiendo”.

En el interesante libro-ensayo Los inadaptados, el escritor británico Colin Wilson emplea como hilo conductor de sus reflexiones las biografías de varios artistas con impulsos eróticos poco habituales, desde Sade hasta Swinburne. La mayor parte de sus conclusiones son erróneas y su tono perdonavidas resulta irritante y antipático, pero da en el clavo en su definición de sexo “hipercálido”: un despertador natural que la naturaleza ha proporcionado al ser humano a través de la excitación sexual repentina y explosiva para devolverle el sentido de la realidad, que se va embotando por las repeticiones cotidianas y la rutina.

En los círculos del sadomasoquismo es bien conocido que se puede llegar al éxtasis físico y psicológico (casi un estado alterado de conciencia) a través del dolor, o de la aplicación controlada y consensuada de dolor erótico, siendo precisos. Esa sensación de hiperrealidad, lucidez y placer intenso es frecuente en las sesiones más vivas e intensas…

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2. Belleza herida, belleza amenazada


En 2009 mi pareja y yo tuvimos la oportunidad única de asistir a la primera exposición oficial de 
Romain Slocombe en España, comisariada por Manuel Foraster en la Galería Fidel Balaguer de Barcelona… Slocombe es un fascinante novelista, cineasta, dibujante y fotógrafo parisino nacido en 1953 y especializado en retratar lo que él llama “arte médico” y algunos autores han llamado “belleza amenazada”… Aunque yo prefiera la expresión “belleza herida”. En sus fotografías Slocombe suele retratar hermosas mujeres vendadas, escayoladas, con parches en los ojos o collarines. A menudo son jóvenes japonesas: Slocombe siempre ha mostrado una gran fascinación por Japón… Durante sus estancias en Tokyo ha trabado amistad con pintores famosos como Tadanori Yokô, diseñadores como Makiko Azakami o fotógrafos como el notorio Nobuyoshi Araki.

Uno de los libros de fotografía de Slocombe ocupa un lugar de honor en mi biblioteca privada: City of the broken dolls. Publicado en 1996 (sí, el año del estreno de Crash, qué gran cosecha fetichista), el libro es un recorrido alucinante por un Tokyo subterráneo repleto de asépticas habitaciones de hospital, enfermeras misteriosas y, sobre todo, decenas de etéreas jóvenes escayoladas y vendadas, con una mirada generalmente penetrante e intensa.

Es evidente que en la fascinación de Slocombe por los vendajes, yesos y cabestrillos hay una componente estética y otra psicosexual. Por cederle la palabra a él mismo: “Los vendajes son un símbolo visual… Seas o no fetichista, cuando ves caminar a una persona herida por la calle llevando muletas o un brazo en cabestrillo, tu ojo se ve atraído por la fuerza de la escena, del color blanco… La gente mira a quien ha resultado herido en un accidente de una forma muy especial: esa persona ha sido separada de la realidad, tiene un aura a su alrededor. Para mí, por supuesto, es un fetiche”. Ya no estamos en el momento de hiperrealidad del accidente o el choque, ahora tratamos con las manifestaciones físicas de sus consecuencias.

Como muchos genios (y como muchos fetichistas), Slocombe ha sido frecuentemente malinterpretado y calumniado. Aún resuena la polémica del festival de fotografía de Arles, de donde fue expulsado tras una bronca moralista durante la proyección de una de sus películas, la interesantísima Un monde flottant sobre la subcultura sadomasoquista japonesa… Hay quien le tacha de machista o misógino, las mismas acusaciones indocumentadas que suelen recaer sobre su amigo  Araki.  Dice Slocombe: “Hay gente que no lo entiende y cree que lo que me excita es que la modelo sufra, o que tenga horribles cicatrices bajo las vendas. No es eso en absoluto. Estoy más interesado en la acción de envolver a la modelo, en la parte visual externa, en la imagen de vulnerabilidad. Lo que llamo broken dolls… Todo eso subraya la feminidad y belleza de la modelo. Los que no me entienden creen que debo ser anti-mujer, que debo odiar a las mujeres: al contrario, las amo, admiro su belleza y así la potencio”.

El suyo es el erotismo de la fragilidad, de la indefensión vulnerable que exige una respuesta protectora… La belleza herida despierta ternura. En una famosa escena de Indiana Jones y el Arca Perdida, la hermosa Marion trata de curarle las heridas a un muy dolorido y machacado Indy. “¿Dónde te duele?”, pregunta. “En todas partes”, contesta Indiana quejoso. “Algún sitio habrá en que no te duela”… “Aquí”, contesta él señalándose el hombro. Y Marion le besa en el hombro. “Aquí”, señalándose el codo. Y Marion, amorosamente, le besa el codo. “Aquí”, dice Indiana señalándose los labios…

Quien se vea sorprendido por este tipo de fetichismo no tiene más que pararse a pensar que esta asociación entre erotismo y medicina siempre ha vivido en el imaginario colectivo de otras maneras que le pueden resultar más familiares… Generaciones enteras de críos han descubierto sus cuerpos jugando a “médicos y enfermeras”, y no hacen falta muchas explicaciones para entender la potencia erótica de la imagen de la enfermera sexy (sea vestida de látex o carnavalesca) o del doctor de bata blanca que ordena a su paciente que se desnude. Slocombe recoge esta tendencia de nuestro inconsciente y le añade estilo, clase y glamour, la sublima convirtiéndola en arte sin que pierda por el camino nada de su capacidad de excitación fetichista. 

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3. Cuerpo y prótesis

Antes de continuar en esta exploración del reverso erótico de la parafernalia médica, se impone una aclaración semántica: se entiende como ortesis cualquier artefacto que apoye y refuerce una extremidad debilitada, mientras que una prótesis la sustituye por completo. En la película Crash, la bella Rosanna Arquette interpreta a una mujer con una enorme cicatriz en la pierna y una ortesis rígida que forma parte integral de su sexualidad. En algunas de las imágenes más conocidas del mítico fotógrafo Helmut Newton aparecen hermosas mujeres llevando aparatosas ortesis que lucen con un inconfundible orgullo…

La investigadora Paula Dinamarca ha explorado en su interesante artículo Playing, performing and living the orthotics el mundo de los artefactos ortopédicos empleados no sólo por motivos puramente médicos sino erótico-lúdicos, artísticos o de autoimagen corporal. Resulta interesante ver cómo desde un fetichismo médico similar al de Slocombe se pueden considerar las prótesis usadas en el juego erótico no sólo como complementos elegantes que cumplen una función inmovilizadora (un tipo diferente de atadura erótica), sino como accesorios con la capacidad de embellecer a la persona que las lleva, de forma similar a las joyas o adornos de la ropa. Una tendencia muy habitual en el mundo de los artefactos ortopédicos es intentar disimularlos para que parezcan “reales” o pasen inadvertidos: plásticos de color carne, formas redondeadas, materiales blandos recubriendo la estructura… Y sin embargo hay gente que opta por la solución contraria: ortesis personalizadas que destaquen, que formen parte de la personalidad y estética propias. Prótesis que no esconden sino que subrayan y autoafirman… Tal vez el mejor ejemplo de este tipo de actitud se vea en Aimee Mullins, atleta de nivel, modelo, actriz y analista estadounidense cuyas piernas tuvieron que ser amputadas apenas un año después de nacer. Hoy en día sus doce pares de piernas prostéticas incluyen prótesis de diferentes alturas, materiales y aspecto: completamente transparentes, de apariencia felina, atléticas o talladas en madera de fresno, como las que utilizó al hacer de modelo para Alexander McQueen en 1999, como se puede ver en la imagen inferior.

No es infrecuente que en locales y asociaciones BDSM -friendly se organicen fiestas dedicadas al fetichismo médico: en el mismo Nido del Escorpión (sobre el que hablaremos en un próximo artículo) mi pareja y yo rendimos homenaje de vez en cuando a Newton y Slocombe… No es sencillo encontrar atrezzo y vestuario para este tipo de encuentros: por ejemplo, las ortesis que más interesantes encuentro para el juego erótico son las de aspecto antiguo: hierro, madera y cuero viejo antes que plástico y fibra de carbono… Y sólo gracias a golpes de suerte inesperados podemos localizar artefactos similares. La búsqueda, sin embargo, merece la pena.

Cuando se oye por primera vez la expresión “fetichismo médico” un primer reflejo nos lleva a pensar en agujas, sangre, inyecciones… Pero como espero haber ido mostrando durante este artículo, el erotismo médico puede ser sutil y elegante, empleando códigos artísticos que recuperan para el mundo de la sensualidad un entorno a priori terrible. No parece un mal objetivo vital aprender a reconocer y valorar la belleza que se esconde en lo más improbable…

 


Javier Giner: El dolor, esa sensación obscena (y otras recomendaciones)

Harto como me siento (supongo que les pasa a muchos) de los tiempos de corrección política y de patrocinio cultural bienpensante por parte de grandes conglomerados empresariales privados (y públicos, que tiene cojones) en los que vivimos, siempre me ha atraído la idea de escribir una novela victoriana o histórica (a lo Ildefonso Falcones) y titularla Tu coño moreno o alguna sandez semejante que despiste al personal. No hay nada que me pueda resultar más estimulante que imaginar los escaparates de La Casa del Libro plagados de copias de mi Tápate el conejo, buscavidas o De ti sólo me queda una almorrana y en cuanto me la quite, te olvido. De verdad. La cosa es que allá por junio, llevaba ya tiempo jugueteando con la idea de escribir un texto realmente obsceno, muy cerdo, quinqui y divertido. Algo que supurase verdadero mal gusto (que no mala educación ni griterío tertuliano, eso es otra cosa). Hablo de un compendio de letras revulsivamente ordinarias a la par que exquisitamente elitistas. El verdadero mal gusto ha sido siempre, para mí, un ARTE (sí, en mayúsculas). Suelo dejarme empapar (mi personalidad dista mucho de estar fortificada contra homenajes) por las películas que veo o por mis lecturas (también por confidencias sin ropa a altas horas de la noche) y, a comienzos de verano, andaba yo despiporrao de la risa inmerso en el Majareta de John Waters (que ahora rescata Anagrama): una colección de textos desternillantes, libérrimos y refrescantes de la mano del Pope del trash. Eufórico y algo revuelto ante semejante despliegue de acidez y verborrea, quería, mientras leía las barbaridades cómicas perpetradas por el primer Waters (hablo del Waters de comienzos de los ochenta, que escribía en Rolling Stone, al que aún le permitían los ocurrentes excesos antes de ser relegado al olvido por la “falta de financiación”), escribir algo realmente asqueroso, taleguero, rompedor, iconoclasta, heavy, incómodo, escatológico, tronchante. Desgranando sus historietas de proyecciones de Female Trouble en penales de mala muerte, sus listas de cosas que odia y que ama (verdaderos manifiestos pop ineludibles para cualquier amante del medio), sus porno-entrevistas a actrices de duodécima categoría, sólo pensaba en emularle, teñirme de mala hostia, cultura de vertedero y conseguir parir algo parecido: un texto que se pudiera leer a carcajadas heladas, con crisis de histeria y deseoso de que no termine. Una barrabasada de altura que nunca pudiese dejar leer a mi madre y que me hiciese sentir heredero de la máxima condena en el infierno. Una nueva vuelta de tuerca al underground, si es que eso es posible con lo manoseado que lo tenemos ya. Por ejemplo: una diatriba de la colección de amantes inexistentes de mi verano, salpicado todo con descripciones sodomitas de comedia de quinta o escarceos sexuales con amazonas a lo Kathy Bates en cárceles del extrarradio o un estudio de las válvulas de escape ante la presión de los mercados del ojete de Zapatero o mis aventuras lisérgicas intentando conseguir las subvenciones del Ministerio de Cultura, a lo Berlanga con un toque de Tinto Brass y mucho Kenneth Anger (al referirme a los funcionarios y funcionarias). Algo así.

Pero, como digo, eso fue a comienzos de verano, antes de saber que Waters nos estaría visitando en el Festival Rizzoma en Madrid en septiembre (quién pudiera, joder) y después de terminar su Majareta (que recomiendo vivamente a cualquiera que sea lo suficientemente desprejuiciado como para poder divertirse en soledad y que aún conserve algo de la curiosidad, anti-saber-estar, lucidez y sentido del humor que se han empeñado en arrebatarnos).

Luego, sin embargo, como ocurre cuando te entretienes haciendo planes, construyendo rutas y estableciendo objetivos, todo cambió. La vida, supongo.

Y cambió, curiosamente, de la mano de otro gran prestidigitador de la palabra y las imágenes, otro extraterrestre rompedor de estereotipos, prejuicios y andamios sociales, otro enfant-terrible descarado y divertidísimo, esta vez nacional: Pedro Almodóvar. Tuve el inmenso placer y honor de acudir a uno de los primeros pases de su última película, La piel que habito. Y en el momento en el que abandoné la sala, desconcertado, emocionado, estimulado, superado, descolocado, supe que ya no escribiría algo divertido sino todo lo contrario. Supe que, después de darle vueltas y más vueltas, de que esa historia sobre un cirujano y su obra viva me empapase por dentro, tenía que escribir algo personal acerca de esa experiencia más allá de descripciones. En ese momento no tenía aún ni idea de que la mayor parte del verano (con permiso de Waters) giraría en torno a un tema recurrente en muchas etapas de mi vida: el dolor.

Han pasado casi dos meses desde que vi la película pero sin embargo la tengo fresca en la memoria como si la hubiese visto ayer. Tal es su poder de magnetismo, al menos en mi caso. Es extraña, preciosa, inquietante, magistral, libre, atípica, especial. Es un caramelo envenenado. Es una película de una maestría más allá de las palabras, con un sentido del riesgo suicida admirable, excesiva y diferente. No hay nadie en el mundo con el arrojo suficiente y el conocimiento del arte cinematográfico para levantar estas imposibilidades que no sea Almodóvar. A lo largo y ancho del verano he mascado la película (incluso he escrito entrevistas con su director y actores para otra publicación), la he digerido, me he sorprendido volviendo a ella una y otra vez (un milagro en estos tiempos de consumo instantáneo), la he cagado y estoy deseando de que llegue el día en el que pueda volver a la sala oscura a degustarla. Y vuelta a empezar. Me ha acompañado a lo largo de mis vacaciones calurosas de un modo casi me atrevería a decir que obsceno. La he hecho mía y la he revisado mentalmente. Me ha cogido las pelotas y las tripas y no me las ha soltado durante semanas. Y no ha estado sola en estos meses. Ha venido de la mano del otro descubrimiento veraniego, tan distinto y similar a la película más importante del otoño: la novela De vidas ajenas de Emmanuel Carrère (curiosamente, recomendada por Pedro en nuestra entrevista).

Ambas obras presentan universos distintos (opuestos incluso) pero con un denominador común: el intento de descripción de un dolor prácticamente inenarrable. El de la pérdida de la identidad a través de la venganza en el caso de La piel que habito y el de la muerte de dos familiares en el caso de la novela de Carrère. No son comparables, ya digo. El mundo de Pedro pertenece a la ficción (aunque suene y se sienta tan real y cercano) mientras que el de Carrère es brutalmente real. Las subtramas de ambos mundos son muy diferentes, aunque ambas estén construidas sobre los pilares del concepto de justicia. Son dos misiles poderosísimos defensores de la identidad, la supervivencia y la dignidad. Son dos caras paralelas de una misma valentía.

Poco a poco, según me imbuía tembloroso y emocionado en las páginas de Carrère, comprendía que el dolor en verano es tan obsceno como sentir tristeza en la visita del papa, cuando debería ser el sentimiento predominante ante la situación actual (Iglesia incluida). Se me escapa tanto fasto y bombo cuando la situación no puede ser tan miserable. De la misma forma, resulta casi pecaminoso estar degustando el dolor en una playa abarrotada a treinta y tres grados, rodeado por ingles brasileñas, depilación, tetas durísimas y mucho aceite corporal. Y reaggeton, supongo, porque yo a la playa siempre llevo cascos (en los que suele sonar una música melancólica y lánguida). Parece que bajo el sol no tiene cabida la tristeza, cuando realmente, quizá es el momento en el que es más necesaria. Al final, a través de varios vericuetos dignos de un melodrama algo increíble, terminaba escribiendo lo que pretendía: algo obsceno. Y esa obscenidad se trataba del disfrute del dolor en pleno verano.

Siempre, desde niño, me ha atraído el dolor en todas sus vertientes como concepto y experiencia. Mucho más que la alegría, lo cual no deja de ser tremendamente curioso y, supongo, revelador. No he llegado a convertirme en un intelectual sadomaso (aunque llevo piercings), ni siquiera en un drama-queen cabaretero. No escribo en mis estados del facebook lo mucho que sufro. Tampoco es que sufra demasiado. Lo justo, como todo hijo de vecina. Mis relatos, casi todos, comparten un dolor envenenado, aunque yo me conduzca en mi vida diaria con un positivismo existencialista la mar de vintage. Las historias que imagino normalmente están entrelazadas por esta sensación. He sido voluntario haciendo acompañamientos terapéuticos a enfermos mentales y toxicómanos: almas perdidas que conocen un dolor desgarrador inexplicable (y lamentablemente, para muchos incomprensible) para el resto de nosotros. Degusto a diario el dolor en muchas formas. Soy fan del dolor. De muchos dolores. El dolor durmiente de Carver, el rabioso de Salinger. El dolor, literal, empapado de Duras. El dolor incomprensivo de Burroughs. El divertido de Amis. El insolente de A.M Homes. El fatídico del noir de Ellroy. El neoyorkino de Price. El maricón-melodramático de Williams y Capote. El hiriente y mordaz de Houellebeq. El áspero de McCarthy. El frío de Jelinek. La impotencia medicoanalítica de la Didion de El año del pensamiento mágico. Y es que la realidad es que los seres humanos dolemos, por mucho que nos joda. Más allá de cinismos, autoayudas, el dolor, la tristeza, nos pertenece tanto como la alegría. Y quizás nos acerca mucho más, unos a otros, quiero decir. A no ser que seas andaluz y que vivas con las castañuelas por peineta. Siempre he visto la alegría como algo egoísta, que invita irremediablemente a la comparación y de ahí a sentimientos de insuficiencia. Mientras que el dolor no sólo nos humaniza sino que nos acerca. A través del dolor físico crecemos, nos dan a luz con dolor, evolucionamos emocionalmente doliendo y nos comprendemos unos a otros compartiéndolo con los que tenemos cerca. Quizás esa sea la característica de lo humano: ser capaz de doler.

Curiosamente, La piel que habito y De vidas ajenas comparten algo de todos estos dolores literarios que menciono, tan reales como los de la vida. También hablan de muchos otros aspectos que estos dos monstruos de la creación han tocado en varias de sus obras: el autoconocimiento, la familia, la aceptación, la lucha, la defensa de la diferencia. No son obras sencillas, ni siquiera veraniegas, todo lo contrario. Resultan algo obsceno en verano, ya digo. Acostumbrados como estamos a que el consumo de cultura sea cada vez más absurdo, más simple (en el peor sentido posible), más instantáneo, es de agradecer que Almodóvar y Carrère nos las hagan pasar putas, en más de un sentido. Y muchísimo más que sean capaces de insuflar sus creaciones de una esperanza callada y caliente que se esparce por el cuerpo una vez terminado el viaje. Parece que quieren decirnos que todo es posible, pero que al dolor se le vence, cuando te permites atravesarlo y que, lo que hay al otro lado, es una sensación de paz, entrega e identidad que nos hace ser quiénes somos, sin más adjetivos. Qué lástima que tomar por inteligente al público sea una práctica en desuso con la que sólo se atreven los verdaderamente grandes.

Me encantaría terminar este texto diciendo que me voy a hacer un pajote, que me estoy poniendo demasiado profundo para estar en verano y que necesito marcha para el cuerpo y algo de frivolidad. Pero si dijera eso, esto sería otro artículo, más en la línea del punk destroyer de Waters. Y hemos dejado claro desde el principio que no iba de esto. Así que me despido deseando que muráis de dolor, que os arañe por dentro, para que os sintáis fuera de lugar, rebeldes bajo estas temperaturas salvajes, degustando con masoquismo y placer De vidas ajenas y La piel que habito, esas dos obras maestras de la cultura internacional. Sin prejuicios, que es condición necesaria para poder disfrutar. Esta noche comienzo El mapa y el territorio, la última de Houellebeq que publica Anagrama con el premio Goncourt bajo el brazo. Promete un otoño de desgarro. ¿Por qué no? A divertirse sufriendo.