Dominic Thiem, Naomi Osaka y casi todo lo que nos dejó el US Open 2020

Alexander Zverev y Dominic Thiem tras la final masculina del US Open 2020. Foto: Cordon Press.

Más que una revolución, llamemos a este US Open 2020 un ensayo. Un ensayo algo triste, desangelado, sin espectadores comiendo nachos en las gradas y con unas audiencias miserables, pero valioso, incluso necesario. Así será el mundo del tenis cuando se vayan Novak Djokovic, Rafa Nadal y Roger Federer. Así serán los Grand Slam sin el famoso «Big 3». Un camino al futuro que en realidad es un regreso al pasado: a la incertidumbre, a los muchos nombres para un solo título, a las inseguridades, los nervios, la angustia ante las expectativas.

El tenis del futuro será un tenis en el que dos jugadores sensacionales —todos lo son, unos más que otros, pero todos lo son— se dejarán todo lo que tienen dentro por pasar a la siguiente ronda. Se verán dos sets abajo y pensarán que está todo perdido pero no se rendirán. Verán el cartel de favorito pegado a su nombre y les dará un ataque de ansiedad pero sabrán sobreponerse. O no. El tenis del futuro, ya digo, tendrá sus propias narrativas y sus propias figuras carismáticas. El problema vamos a ser nosotros. ¿Sabremos acostumbrarnos después de quince años de rivalidad casi exclusiva a tres bandas?

En fin, el US Open ha sido una burbuja en todos los sentidos. Una «meseta» que no sabemos si nos llevará de vuelta al dominio de los de siempre (en breve saldremos de dudas) o si permitirá que los jóvenes se den cuenta de que su lugar natural está en las últimas rondas de los mejores torneos del mundo. En lo que salimos de dudas, vamos a analizar lo vivido estas dos semanas:

1. Es difícil encontrar un ganador tan previsible que consiga el triunfo de una manera tan milagrosa. De todos los tenistas nacidos en la década de los 90, Dominic Thiem había sido el que más cerca se había quedado de ganar un título de Grand Slam. Apenas fue rival de Rafa Nadal en Roland Garros 2018, le hizo sufrir un poco más en Roland Garros 2019 y sintió que podía ser su momento este mismo año en Australia, cuando se puso dos sets a uno contra Djokovic en la final para acabar sucumbiendo en cinco mangas. En ese sentido, si a cualquiera nos hubieran preguntado quién iba a ser el siguiente ganador novato de un grande, todos habríamos dicho Thiem, pero las formas importan…

2. Y las formas en esta última semana del US Open nos han dejado momentos maravillosos. Thiem, la roca Thiem, el hombre del revés-bala a una mano, fue durante una hora y media de la final un hombre superado por las expectativas, nervioso, errático, incómodo. Tuvo que verse dos sets a cero abajo con break en contra en el tercer set para despertar. Incluso una vez forzado el quinto set, el carrusel de emociones continuó: Zverev llegó a sacar para ganar el partido con 5-3 pero el austríaco no le dio opción ni de lograr punto de partido. Luego, con servicio para el 7-5, el que se vino abajo fue el propio Thiem. Una auténtica montaña rusa de calambres y dobles faltas. 

3. Ahora bien, muchos nervios, mucha emoción y poco más. Eso hay que dejarlo claro. Tampoco vamos a hacer aquí una oda al tenis de calidad porque en la final no hubo nada de eso. El tenis «post-Big 3» va a ser un tenis de zozobras y en el fondo, durante un tiempo, eso estará bien. Los jugadores se escaparán vivos mil veces, como vivo se escapó Zverev de su semifinal contra Pablo Carreño-Busta, que también se vio dos sets arriba pero no pudo concretar la hazaña. Al finalista del US Open y semifinalista de Australia le hace falta un serio entrenamiento del saque y una mentalidad más ofensiva cuando hace falta. Parece que está siempre a la expectativa y que es incapaz aún, ya a los veintitrés años, de dictar su propio juego. El alemán se benefició de un cuadro bastante asequible y aun así pasó apuros en demasiados partidos. Su servicio sigue sin estar a la altura. No todo puede ser ace o doble falta. Eso le supone una presión tremenda en momentos en los que ya está presionado de por sí. Facilita mucho las cosas al rival.

4. El nombre sorpresa en las semifinales fue el de Pablo Carreño-Busta. Lo de Carreño es curioso: no tiene un palmarés demasiado brillante, lo más arriba que ha llegado en el ranking es el número 10, pasa buena parte de cada temporada entre algodones… pero tiene un instinto competitivo soberbio. El mismo instinto que le llevó a las semifinales de 2017 contra todo pronóstico y que le ha dejado este año a un set de la final cuando nadie daba un duro por él. Carreño es un jugador extraño, muy de ATP 500, pero que tiene la maravillosa cualidad en un mundo tan competitivo como este de no hacer tonterías. Cuando tiene que ganar, gana. Cuando el otro no está al cien por cien, él hace lo que debe. Le valió durante dos sets contra un Zverev empeñado en acumular errores absurdos. Le valió en el quinto set contra Shapovalov cuando el canadiense se creyó que la cosa ya estaba hecha. No te permite un descuido. Encomiable.

5. Nos queda un semifinalista: Daniil Medvedev. El ruso llegó a dicha ronda sin haber perdido un solo set en todo el torneo. Arrolló a todos los rivales que se pusieron a su paso y, de repente, se bloqueó ante Thiem. Tras un primer set espantoso, sirvió para ganar el segundo set y lo perdió en el tie-break. En el tercero le pasó lo mismo: se adelantó 5-2 y acabó también cediendo en el juego decisivo. Medvedev, como sus compañeros de generación, es errático. Tiene unos golpes maravillosos pero los tiene a ratos. Insisto en que hay que acostumbrarse, el tenis que viene tendrá ese sello.

6. Y, con todo, el gran protagonista del torneo no fue Thiem ni Zverev ni Carreño ni Medvedev. De nuevo, fue Novak Djokovic. ¿Qué queda por decir de su expulsión? Todos apreciamos la falta de intención, todos entendemos su frustración, todos podemos simpatizar con alguien que parecía no tener rival camino de su decimoctavo grande… pero el empeño de Djokovic por despreciar las reglas es tremendo. No se puede pegar pelotazos en la pista. No se puede. Y si le das a alguien, más aún a un juez de línea, te van a echar. No es algo nuevo, desde luego. Lo hacen muchos jugadores. Y lo ha hecho Djokovic durante años. Cuando la gente dice «lo que están castigando es su puntería», me parto de risa. De hecho, la puntería es lo que le ha salvado durante años.

7. Ante la ausencia por lesión de Federer, las pocas ganas de Nadal de andar viajando a otro continente y el auto-sabotaje de Djokovic, la lucha por ser el que más grandes ha ganado en la historia —debate que debería separarse del manido «GOAT»— queda como estaba. Es una gran noticia para el suizo y el español. Llega ahora Roland Garros y no sabremos qué encontrarnos. En mayo, con calor, y rodado, Nadal es imbatible. En septiembre-octubre, con días de nubes y viento, las gradas medio desiertas y solo un torneo (Roma) en siete meses, las cosas cambian.

8. Me ha gustado mucho el paso adelante que ha dado la next gen, cada cual dentro de su estatus. Tres años después de entrar en el radar y aún con veintiuno, Denis Shapovalov se quedó a un set de entrar en semifinales. Andrei Rubliov jugó un excelente torneo hasta que se chocó contra la muralla de un excelente Medvedev en cuartos, Borna Coric pareció por una vez acercarse al excelente proyecto de estrella que era hace un par de años y se quedó a un paso de las semifinales, igual que el vasco-australiano Álex de Miñaur. Incluso Felix Auger-Aliassime, a sus veinte recién cumplidos, se metió en octavos, que probablemente sea su límite hoy en día. Quizá se esperaba algo más de Taylor Fritz pero caben los que caben, tampoco hay que venirse tan arriba.

9. Podría incluir en esta última categoría a Stefanos Tsitsipas, pero cayó con otro next gen como Borna Coric, así que no se puede tener todo. Ahora bien, cómo perdió. Un jugador que se ha postulado abiertamente como campeón de futuro y ha mostrado tanta ambición en los micrófonos, no puede dejar pasar oportunidades así. El griego se puso dos sets a uno y ¡5-1! arriba en el cuarto. Son ventajas que no se pueden dejar escapar y menos en una tercera ronda de un Grand Slam en el que partes como uno de los candidatos. Tsitsipas dejó escapar seis puntos de partido en ese set, perdió tres veces seguidas su servicio y volvió a desperdiciar cinco bolas de break antes de perder el partido en el tie-break de la quinta manga. Hasta las zozobras tienen un límite.

10. El éxito de la generación de los nacidos en los noventa supone a su vez el declive de los que nacieron en los ochenta y habían venido eliminando sistemáticamente, grande tras grande, a las jóvenes promesas. Entre los dieciséis jugadores de octavos de final no había ninguno nacido antes de 1990 y solo el canadiense Vasek Pospisil había cumplido los treinta años. Bautista y Goffin, entre otros, perdieron la oportunidad que llevaban años pidiendo sin hacer demasiado ruido. También la perdió Monfils que prefirió no viajar. No tiene pinta de que vuelvan a repetirse condiciones tan positivas para ellos.

11. Aparte del escándalo de Djokovic sobre la pista, la gran polémica fuera de la misma tuvo que ver con las condiciones de la famosa «burbuja» contra el coronavirus. Flushing Meadows no fue Disneyworld y el US Open no fue la NBA. Ni mucho menos. El francés Benoit Paire dio positivo y fue apartado inmediatamente del cuadro, como lo fue su compatriota Kristina Mladenovic, probablemente la mejor jugadora de dobles del circuito. Al parecer habían estado jugando a las cartas y reuniéndose sin la seguridad suficiente. No parecía muy contento el francés cuando se enteró de la noticia: «no sé si decir la verdad sobre esta falsa burbuja», afirmó, insinuando que aquello era un cachondeo, algo habitual cuando juntas a un montón de veinteañeros en un mismo sitio y no los controlas lo suficiente. Por un momento, la sombra del Adria Tour y su reguero de positivos se cernió sobre Nueva York, pero al final todo fue bien: ni un solo positivo más. Qué suerte.

12. Buena quincena para el tenis español. Tal vez se podía esperar un poco más de Roberto Bautista, pero las semifinales de Pablo Carreño lo compensan todo. No solo eso: Alejandro Davidovich llegó a octavos de final, donde opuso más bien poca resistencia ante Zverev. Este torneo debería suponer un paso adelante en la confianza del malagueño, que a sus veintiún años tiene que establecerse cuanto antes en la élite. De entrada, sube al 70º puesto de la clasificación ATP. Acabar el año entre los cincuenta primeros ya sería un resultado fantástico. Desgraciadamente, no tenemos tan buenas noticias para Jaume Munar y Nicola Kuhn, que no acaban de despegar. 

13. En cualquier caso, cuando hablamos de promesas del tenis español, es imposible no hacer referencia a Carlos Alcaraz. Es cierto que el murciano, producto de la academia de Juan Carlos Ferrero, no viajó siquiera a Nueva York por cuestión de ranking pero, a sus diecisiete años, está empezando a fraguarse un palmarés en el circuito challenger envidiable y está muy cerca de meterse entre los ciento cincuenta mejores del mundo. Campeón en Trieste y finalista en Cordenons, hablamos de una perla a la que le puede venir de maravilla este cambio de ciclo.

14. En fin, vamos ya con el cuadro femenino: Naomi Osaka está de vuelta. Cuando enlazó el US Open 2018 y el Open de Australia 2019 parecía que se iba a pasear durante años, pero la WTA es como es y detrás de cada cuadro aguarda una amenaza. Tras un período relativamente largo de inseguridades, problemas físicos y necesidad de asumir lo que le estaba pasando (es probablemente la mayor superestrella del tenis femenino o al menos la mejor pagada), Osaka se plantó en la final de Cincinnati (decimos Cincinnati pero el torneo se jugó en Nueva York) tras encabezar varias protestas contra la violencia racial y se impuso en la final de Flushing Meadows en un partido que recordó en parte al vivido en la final masculina.

15. Su rival en el partido decisivo fue la bielorrusa Victoria Azarenka, precisamente la campeona del torneo de Cincinnati. La historia de Azarenka, en medio de la penosa situación política de su país, es digna de elogio: con veinticuatro años, ya había ganado dos veces el Open de Australia, había acabado 2012 como número uno del mundo, había sido medalla de bronce individual y de oro en dobles de los Juegos Olímpicos de Londres y tampoco se veía fin a su reinado. Así hasta que se la empezó a pegar con el muro Serena Williams. Derrota tras derrota, Azarenka fue perdiendo confianza y estabilidad en el juego. Hacía siete años que Viki no pisaba unas semifinales de Grand Slam, período negro en su vida en el que se ha dedicado más a luchar por su familia que otra cosa. Es hermoso verla otra vez luchando por todo a los treinta y uno.

16. De hecho, igual que Zverev, Azarenka estuvo muy cerca de ganar el torneo. Se paseó en el primer set y estuvo break arriba en el segundo. Igual que nadie había remontado dos sets para ganar un grand slam masculino fuera de Roland Garros, hacía veintiséis años desde la última vez que alguien remontaba un 6-1 en el primer set para ganar el campeonato femenino. El anterior caso se dio en 1994, cuando Arantxa Sánchez-Vicario derrotó a Steffi Graf y le quitó de paso la condición de número uno del mundo.

17. La historia del torneo femenino venía marcada desde el principio por la ausencia de seis de las diez mejores jugadoras de la clasificación WTA. Es difícil recuperarse de un golpe así, la verdad. Todas las miradas estadounidenses se pusieron en la gran campeona, Serena Williams, con sus treita y nueve años a cuestas, y en la jovencita Coco Gauff, la gran esperanza de futuro. Gauff apenas duró un partido, Serena llegó con ciertas dificultades hasta semifinales y ahí no pudo con Azarenka. Se sigue resistiendo el 24º grande y no sé sinceramente cuántas opciones le quedan de igualar a Margaret Court-Smith. Serena sigue teniendo la potencia y la experiencia pero le empieza a fallar, como es lógico, la gasolina. Son muchos años, muchas rivales y demasiados partidos seguidos. Aun así, sigue estando ahí, con lo que en cualquier momento…

18. La noticia del linfoma de Carla Suárez eclipsó por completo el panorama femenino español. Desde aquí todo el apoyo a la canaria, una clásica de estos resúmenes trimestrales. Como siempre, el peso de la expectativa recayó en Garbiñe Muguruza pero Muguruza estaba a otra cosa: cayó en segunda ronda ante Pironkova sin oponer demasiada resistencia. Garbiñe es así y ya lo hemos dicho muchas veces: finalista en Australia, aquellos felices tiempos prepandémicos, quizá se podía esperar algo más de ella, pero no conviene esperar nada de Muguruza, solo disfrutar de lo que te dé.

19. No le fue mucho mejor a la campeona más reciente de un Grand Slam: la estadounidense Sofia Kenin cayó en octavos de final ante una solidísima Elise Mertens. Al final, los americanos tuvieron que poner todo su entusiasmo en Jennifer Brady, una leyenda del tenis universitario que llevaba tres años sin pasar la segunda ronda de ningún torneo de Grand Slam. Brady, de veinticinco años, venía de ganar su primer trofeo como profesional en Lexington y su actuación la coloca entre las veinticinco mejores del mundo por primera vez en su carrera.

20. Detalles algo accesorios: qué raro el silencio entre punto y punto en Nueva York. Qué raro ver partidos de noche que no se eternizan entre el jolgorio de la grada. Si hay un torneo en el que el público se hace notar, ese es el US Open. Veías el estadio vacío y recordabas por un momento el mogollón por el que estamos pasando. Qué raro también ver un torneo de Grand Slam sin Fernando Verdasco. El madrileño se ausentó de Nueva York, poniendo fin a una racha de sesenta y siete apariciones consecutivas al más alto nivel. Sí estuvo el poseedor del récord, Feliciano López, que se quedó en primera ronda.

21. Vamos poniendo punto final con el palmarés, como siempre: Pavic y Soares ganaron los dobles mascuinos; Siegemund y Zvonareva (treinta y seis años, la rusa, finalista en 2010 de Wimbledon y el US Open en el cuadro individual) ganaron los femeninos y por cuestiones de seguridad esta vez no hubo ni dobles mixtos ni torneos de juniors, lo cual es una pena, pero hay que adaptarse a las circunstancias.

En resumen, nos vamos de Nueva York con la sensación de que el cambio de ciclo está cada vez más cerca pero la conciencia a la vez de que igual dentro de cuatro semanas tenemos otra final Nadal-Djokovic en Roland Garros. Muchas preguntas flotan en el aire: ¿Conseguirá Thiem la energía mental suficiente para buscar el doblete? ¿Saldrá por fin un nuevo especialista de tierra que pueda competir con los grandes? ¿Qué harán los Medvedev, Zverev y compañía en una superficie que no es la suya en principio? ¿Se resarcirá Tsitsipas de la debacle ante Coric? ¿Conseguirá Alcaraz una plaza en el cuadro principal? Ya queda menos para poder contestarlas.


Novak Djokovic, Sofia Kenin y casi todo lo que nos dejó el Open de Australia 2020

Por extraño que parezca, ni Djokovic ni Federer ni Nadal habían remontado nunca una final de Grand Slam en la que estuvieran dos sets a uno abajo. Parte del misterio está en que esos partidos los habían jugado entre sí, pero el dato no deja de ser sorprendente. Después de hacerse con el primer set con cierta suficiencia (los tres primeros juegos recordaron a los de la final del año pasado contra Nadal), Djokovic se vio en la misma circunstancia que contra Wawrinka en Roland Garros 2015 y el US Open 2016: cada vez más empequeñecido y sin más recurso que defenderse ante los golpes contrarios.

Y es que Thiem golpeaba de lo lindo: de derecha y del revés. Siempre buscando la profundidad más que el ángulo. Bolas largas, potentes, que imposibilitaban el contraataque y mantenían al serbio metros detrás de la línea de fondo, donde más incómodo juega. Todo parecía preparado para la primera victoria de Grand Slam de un tenista nacido en los noventa (estamos en 2020), más aún cuando Thiem tuvo bola de break sobre el servicio del serbio con 1-1 en el cuarto set. Sin embargo, Novak resucitó. Sea por los batidos mágicos de su preparador o sea porque Thiem llevaba ya dos partidos seguidos de cuatro horas en las piernas, pero el partido se dio la vuelta por completo y Djokovic entró en ese trance habitual en los momentos decisivos: ni una bola fallada, ni un golpe mal pensado, ni un signo de fatiga.

Thiem perdió, sí, pero perdió con la cabeza bien alta. Como dijo el campeón en la entrega de premios, el austríaco fue el mejor sobre la pista. Puede decirse que el relevo generacional se alarga y por supuesto es cierto: trece grandes consecutivos se han repartido Djokovic, Nadal y Federer para un total de cincuenta y seis. Sin embargo, la competencia ya está ahí. Como Medvedev en el US Open, Thiem luchó hasta el último punto y no se limitó a felicitarse por haber llegado ahí. Fue en general un gran Open de Australia. Intentaremos resumirlo lo mejor posible:

1. Empecemos por el campeón, por supuesto. Diecisiete torneos del Grand Slam para Djokovic, ocho de los cuales han llegado en Australia. Obviamente, es un récord y no parece el único que pueda caer este año. Este lunes ha empezado su semana doscientas setenta y seis como número uno del mundo, es decir, diez menos que Pete Sampras y treinta y cuatro menos que Roger Federer. ¿Puede alcanzarlo este mismo año? Dependerá de Rafa Nadal. El resto está muy, muy lejos todavía. No tuvo el más difícil de los cuadros, pero lo solventó con una suficiencia espectacular hasta la final y esa supuesta deshidratación. Alguien en Twitter lo comparó con un robot. Puede. A veces parece una máquina perfecta, desde luego, pero no exenta de genialidad. Aparte, esa capacidad de resistencia… envidiable. Sabe que está compitiendo a la vez contra el rival y contra la historia. Y no está dispuesto a rendirse nunca.

2. ¿Cómo queda el debate de quién es el más grande de todos los tiempos? Animado. Si no fuera por el gluten y por Pepe Imaz, me temo que no habría dudas en cuanto a resultados. Esos dos años de respiro que se tomó el serbio entre Roland Garros 2016 y Wimbledon 2018 le han hecho mucho daño estadístico. Es difícil pronunciarse en términos absolutos sobre una cuestión subjetiva: habrá quien considere que la belleza del juego de Federer es inigualable o que la consistencia y la competitividad de Nadal le colocan en lo alto del ranking histórico. Nadie podría decirles nada. Los aficionados a Djokovic, por su parte, pueden citar los siguientes hitos: el serbio ha ganado los cuatro torneos del Grand Slam, los nueve Masters 1000 y las ATP Finals. Es el único en haberlo hecho. Llegó a ganar los cuatro grandes de forma consecutiva y tiene el H2H favorable con sus dos rivales. En lo que llevamos de década (2011-2020) ha ganado dieciséis Grand Slams por diez de Nadal y cuatro de Federer. En cuanto a semanas en el número uno desde 2011, el registro es abrumador: doscientas setenta y seis para Nole, ciento treinta y siete para Rafa y veinticinco para Roger. Hablar de «Big 3» en términos históricos tiene sentido. Si cerramos más el foco, llevamos diez años de dominio serbio con meritorias excepciones.

3. Si alguien parece decidido a romper ese dominio, ese es sin duda Dominic Thiem. Reconozco que siempre he tenido dudas sobre el austríaco. No ya sobre su condición de jugador de élite sino sobre su capacidad de disputar grandes. Lleva ya tres finales y el disparo cada vez queda más cerca del objetivo. Se ve que no es un Wawrinka sino un Andy Murray, es decir, necesita tiempo. Su torneo fue formidable, sobre todo teniendo en cuenta que tuvo que enfrentarse al número uno del mundo en cuartos (Nadal), al siete en semis (Zverev) y al dos en la final (Djokovic). No llegó ahí por casualidad y su tenis fue de un nivel altísimo, tanto al saque como al resto. Ese revés a una mano es una auténtica gozada y cuando lo hace paralelo es incontestable. Con todo, va a cumplir veintisiete años en breve. No puede seguir esperando mucho más tiempo. Muchos le dan ya como favorito para Roland Garros, pero eso parecen palabras mayores.

4. ¿Por qué? Porque Nadal y Roland Garros es un matrimonio demasiado unido. Thiem derrotó por fin a Rafa en un Grand Slam y lo hizo a lo grande, con un juego sensacional. ¿Bastará eso para derrotarlo en París tras dos finales consecutivas perdidas? Difícil saberlo. El periodista Pepe Rodríguez apuntaba recientemente en su podcast que Nadal «ya no dominaba» y que por tanto había entrado en su crepúsculo. No puedo estar de acuerdo. No por perder en cuartos de final de Australia contra un jugador tan bueno como Thiem. Mucho menos por los resultados de la cosa esa llamada ATP Cup de la que hablaremos más tarde. Nadal sigue siendo el campeón vigente de Roland Garros y del US Open y no es número uno del mundo por trescientos puntos. Hizo el torneo que tenía que hacer: ganó bien a los que tenía que ganar bien y llevó al límite al primero que encontró a su nivel. Hay que tener en cuenta que en dieciséis años disputando el Open de Australia, Nadal solo ha ganado el torneo una vez. No creo que esta derrota le afecte demasiado.

5. Por cierto, justo antes del partido de cuartos contra Thiem, Nadal tuvo que enfrentarse a Nick Kyrgios en octavos y se montó el habitual revuelo. Pocas veces he visto en deporte una rivalidad tan absurda en la que siempre gana el mismo. Kyrgios es un buen jugador, un top 25 que podría llegar a top 10 si se centrara. Punto. Toda esta atención mediática en torno a él ni le hace bien al deportista ni al deporte. Estoy harto de oír «podría llegar a ganar un Grand Slam» cuando hace años que no juega ni cuartos de final. No tiene el tenis suficiente. Su saque es muy bueno y de vez en cuando se saca alguna genialidad de la manga, pero ni le da el físico ni le da el revés ni es consistente con su derecha. En vez de pedirle milagros, aprendamos a quererle como lo que es: un buen jugador, ya digo, llamativo, punto.

6. Aparte del Nadal-Thiem, el otro gran partido de cuartos de final fue el Federer-Sandgren, en el que el suizo levantó siete match points para acabar pasando a semifinales medio cojo. Ya había hecho algo parecido en tercera ronda contra John Millman, cuando se vio 8-4 abajo en el super tie-break y acabó ganando seis puntos consecutivos. Por muy optimista que quiera ser con respecto al torneo, no puedo evitar ver lo de Federer con cierta resignación y bien sabe Dios que nadie le admira tanto como yo: que un tío de treinta y ocho años y medio, sin un solo partido de preparación porque había empezado tarde los entrenamientos debido a una gira eterna por Latinoamérica, en un estado físico deplorable, se plante en semifinales de un grande y encima lo haga solo con una pierna, no es buena señal para el tenis. De acuerdo que su cuadro fue cómico y que no se enfrentó a nadie mínimamente peligroso, pero eso no es culpa suya sino de sus rivales. ¿Dónde estaban los cabezas de serie de su lado? Perdiendo contra el número 100 del mundo. 

7. En cualquier caso, es curioso lo de Roger. Puede que esta sea su última temporada y tira de esta manera el primer grande, justo el único que ha ganado dos veces en los últimos siete años. Él sabrá por qué, ya es mayorcito. La gira con Zverev no le sentó nada mal al alemán, pero es que el alemán tiene veintidós años. A la edad del suizo, ganar un grande depende de una preparación exquisita. Se pasó noviembre jugando exhibiciones mientras los demás descansaban y se ha pasado diciembre y enero intentando volver a coger el ritmo de entrenamiento mientras los demás ya empezaban a competir en la ATP Cup. Así es muy complicado.

8. Por cierto, gran torneo de Zverev. Por fin. Cuánto queremos a Alexander Zverev cuando se concentra y deja de encadenar dobles faltas. Hay que recordar que hablamos de un chico de veintidós años que ya ha ganado tres Masters 1000 y unas ATP Finals. Ahora, por fin, puede añadir a su palmarés unas semifinales de Grand Slam y muy merecidas, sin apenas pasar apuros hasta esa ronda y presionando a Thiem hasta donde pudo. Tengo la sensación de que cuando gane su primer grande, el resto vendrán en cascada. Lo sorprendente, además, es que ya nadie contaba con él después de la ATP Cup tan desastrosa que se había marcado, con Boris Becker desesperado y su padre llorando. Así es el tenis. Cambia de un momento al otro.

9. Buen momento para reflexionar sobre la polémica ATP Cup- Davis Cup. Efectivamente, no tiene sentido que haya dos competiciones por equipos casi idénticas y que además se celebren con dos meses de distancia una de la otra. Una desaparecerá. Y tiene pinta de que será la Davis. O tendrá que volver al antiguo formato, eso ya no lo sé. La ATP Cup tuvo más o menos los mismos nombres pero el enorme atractivo de las fechas: jugar en noviembre, con todo el pescado vendido, es saturante. Jugar en enero, después de las vacaciones, da mucho juego mediático y puede anticipar tendencias para el año entrante. Aparte, tengo la sensación de que la ATP juega con mucho más margen económico que Piqué a la hora de afrontar pérdidas. Eso y un continente volcado. No es poca cosa.

10. Thiem y Zverev dieron el paso adelante. Bien por ellos. ¿Quiénes no lo dieron? Sobre todo, Tsitsipas, Berretini y en menor medida Medvedev. Lo de Berretini era esperable hasta cierto punto porque su aparición fulgurante en el US Open del año pasado no puede ocultar que el resto de su carrera hasta el momento no ha sido precisamente despampanante. Tsitsipas, campeón de las ATP Finals, se la pegó en la ATP Cup, con broncas y raquetazos de por medio. A todos nos gusta su competitividad y su inconformismo, pero incluso eso hay que gestionarlo bien. Cayó en tercera ronda contra Milos Raonic y además cayó sin oponer resistencia alguna. En cuanto a Medvedev, perdió en octavos contra Wawrinka. No es un resultado deshonroso, pero es que en torno al ruso se han creado unas expectativas algo desmesuradas. No faltó quien dijo que se había convertido en el mejor jugador del mundo. Puede serlo algún día, pero estamos en lo mismo que hace cinco meses: o mejora el saque y la derecha o seguirá siendo una moneda al aire. El hecho de que no haya ganado un solo partido a cinco sets invita a preocuparse por su resistencia mental y física.

11. En cualquier caso, más me preocupa Felix Auger-Aliassime. Llevamos años oyendo maravillas de él y poco a poco, aún adolescente, jugando torneos menores ante rivales menores, consiguió colarse en el top 20. Una vez llegado, le quedaba mantenerse, pero no lo está consiguiendo. Sus resultados en Grand Slam son muy deficientes para alguien llamado a ser un dominador del circuito. No le vamos a pedir que gane el Open de Australia con diecinueve años pero sí habría que exigirle que le gane a Ernests Gulbis. Está muy perdido y habrá que ver cuándo se encuentra. 

12. Acabamos con las decepciones: Denis Shapovalov pasó por algo parecido a lo que está pasando Aliassime hace dos años. Aún tiene veinte, así que es insultantemente joven. En la ATP Cup jugó de maravilla, dando continuidad a un esperanzador final de la temporada 2019 y convirtiéndolo en uno de los candidatos a llegar lejos en Melbourne, más que nada porque su cuadro era relativamente sencillo (solo Federer como rival serio hasta semifinales y este Federer, además). Sin embargo, perdió en primera ronda, totalmente desquiciado, ante Márton Fucosvics, número 67 del mundo. Me habría gustado mucho ver a Alex de Miñaur pero hizo la clásica jugada de novato de lesionarse en el intrascendente torneo anterior a un Grand Slam. Aprenderá.

13. Dejemos de lado las decepciones: qué bien pinta Andrei Rublev. Parecía que iba a quedarse en nada después de esa sorprendente eliminatoria de Copa Davis contra España cuando tenía diecisiete años, pero ya le tenemos entre los quince mejores del mundo. En Australia, hizo lo que correspondía: pasó tres rondas ante rivales inferiores y acabó perdiendo en octavos ante Alexander Zverev. Tarkovski estaría orgulloso. Tiene pinta de que esto no va a acabar aquí y pronto le veremos como top ten.

14. Una de veteranos que no se rinden: Milos Raonic, como siempre, apareció de la nada en Australia y se metió en cuartos de final. Qué jugador más difícil de catalogar. Va a cumplir treinta años y ha pasado por todas las lesiones posibles, pero es junto a Juan Martín del Potro, el gran «¿y si…?» del tenis de este siglo. Finalista en Wimbledon en 2016, nunca ha conseguido enganchar un año entero de salud y tenis. Solo Djokovic pudo pararlo, aunque lo hizo en seco, eso sí. Enorme mérito el del canadiense, enorme mérito el de Marin Cilic, que durante tres rondas recordó al campeón del US Open y finalista en Londres y Melbourne… y enorme mérito el de Stan Wawrinka. Tiene treinta y cuatro años, ha ganado todo lo que tiene que ganar, jamás volverá a competir en serio por un grande, tuvo una lesión devastadora… y ahí sigue el tío, llevándose por delante a jovencitos como Medvedev y en cinco sets, además. Un ejemplo.

15. Acabemos el análisis al cuadro masculino con una mención al tenis español, vigente campeón de la Copa Davis y finalista de la ATP Cup. ¿Qué encontramos? A Rafa Nadal. Punto. Ni siquiera Roberto Bautista, que llegaba invicto a Melbourne, pudo pasar de tercera ronda. El siguiente es Pablo Carreño, que sigue cayendo en el ranking, y ya hay que recurrir a Fernando Verdasco, a sus treinta y seis años. ¿Dónde hay algo parecido al relevo? Jaume Munar, que va para los veintitrés, cayó contra el local Popyrin en segunda ronda; Alejandro Davydovich (veinte años) ganó en cinco sets a Gombos pero solo le pudo hacer siete juegos a Schwartzman en segunda ronda. Por último, Nicola Kuhn (diecinueve), la tercera gran promesa del tenis español, se tuvo que retirar lesionado en la primera ronda clasificatoria. En medio, el vacío.

16. Antes de entrar a analizar el cuadro femenino, un comentario meteorológico: no hubo serios incidentes de salud relacionados con los fuegos que asolaron buena parte de Australia durante la celebración del evento. Nadie lo habría jurado cuando el primer día de clasificatorias se tuvo que retirar Dalila Jakupovic por no poder parar de toser. Sé de qué va el negocio del deporte profesional y sé lo poco que se puede hacer, pero si los jugadores y jugadoras no se plantan ante escenarios así, no sé a qué esperan. Todo acabó bien, al parecer. De hecho, sorprendentemente, no se volvió a tratar el tema públicamente.

17. Vamos con las mujeres: el jueves 16 de enero, Garbiñe Muguruza tenía que retirarse del torneo de Hobart por unas molestias. El martes 21, tras perder 6-0 el primer set ante la estadounidense Shelby Rogers, se sentaba abatida en su silla y llamaba al médico. Todo pintaba a que ahí acababa el Open de Australia para Muguruza, número 32 del mundo, perdida durante un año y pico en la intrascendencia. Lo que vino después fue de guion de cine: la remontada ante Rogers, el triunfo ante Svitolina, la victoria ante Bertens y el tie break imposible que le ganó a Simona Halep en las semifinales… De repente, dos semanas después de estar acabada para la práctica de este deporte, Garbiñe Muguruza volvía a estar en la final de un Grand Slam, la cuarta de su carrera. Y, por supuesto, todo el mundo la dio automáticamente por ganadora.

18. ¿Por qué? Porque enfrente no tenía a Serena Williams, ni a Bianca Andreescu, ni a Ashleigh Barty ni a Naomi Osaka… sino a Sofia Kenin. ¿Cómo no le iba a ganar a Sofia Kenin? El ninguneo a la estadounidense fue absoluto, pero la estadounidense ya había dado muestras de que no era una rival como para andar con tonterías:  a sus veintiún años, había pasado en 2019 del número 50 del mundo al 15, derrotando en el camino a todas las grandes raquetas del circuito, incluyendo a Serena Williams en Roland Garros. Kenin es una excelente jugadora y lo demostró en la final, especialmente en los dos últimos sets, cuando se le pasó un poco el susto. Podemos darle todas las vueltas a las dobles faltas de Garbiñe o a ese 0-40 que desaprovechó con 2-2 en el tercer set, pero el mérito es de Kenin. Supo subir el ritmo, ahogar a su rival, moverla de lado a lado y no decaer nunca en el entusiasmo. Enhorabuena.

19. En cuanto a Garbiñe, lo de siempre: «Es que mentalmente…». Claro. Muguruza no es una luchadora ni tiene paciencia para aguantar meses y meses jugando partidos de tenis ni aguanta estoica cuando las cosas van mal. De hecho, lo mismo se tira otros tres años sin jugar una final de Grand Slam o no la vuelve a jugar nunca. Lo que me molesta de este tipo de comentarios es que parezca que lo hace a propósito. La mentalidad se trabaja, claro, como se trabaja el físico, pero si eres David Ferrer no vas a sacar a doscientos treinta kilómetros por hora y si eres Garbiñe no vas a luchar como Carla Suárez. Simplemente, no puedes. Por qué se mata a unas y se entiende perfectamente las limitaciones de otras (no lo digo por la pobre Carla, es solo un ejemplo) se me escapa.

20. En un circuito ingobernable, donde once jugadoras distintas se han repartido los últimos trece torneos de Grand Slam y nadie defiende su título con éxito desde Serena Williams en Wimbledon 2016, es difícil saber dónde empiezan y acaban las sorpresas. Por ejemplo, la propia Serena venía de ganar en Auckland muy cómodamente y se plantó en Melbourne como favorita de las casas de apuestas… todo para perder en tercera ronda contra la china Wang Qiang. Sigue su búsqueda del vigésimo cuarto grande, el que le permita empatar con Margaret Court-Smith. A sus treinta y ocho años, no tendrá muchas más oportunidades.

21. Por cierto, Martina Navratilova y John McEnroe se la jugaron a la organización portando una pancarta después de su partido de leyendas en la que pedían el cambio de nombre de la pista Margaret Court por «Evonne Goolagong Arena». Fue un gesto valiente por el que tuvieron que pedir perdón varias veces porque al fin y al cabo no dejan de tener demasiados compromisos con Tennis Australia, pero el mensaje quedó claro: que alguien con opiniones tan descarnadas acerca de la homosexualidad siga dando nombre a una pista tan importante es cuando menos debatible. Cada cual que piense lo que quiera.

22. Con Bianca Andreescu de nuevo lesionada (¿nos tendríamos que empezar a preocupar?), la atención mediática volvió a volcarse en «Coco» Gauff, que pronto cumplirá los dieciséis años y que demostró su valía derrotando de nuevo a Venus Williams, como en Wimbledon, y llevándose por delante también a Naomi Osaka en tercera ronda antes de claudicar ante la campeona Kenin en octavos de final, pese a ganar el primer set. Hay un cierto consenso en que Gauff es «the next big thing», pero yo, como siempre, prefiero ser cauto antes de ponerme a romper juguetes.

23. El torneo vio la retirada definitiva de Caroline Wozniacki y la parcial de Carla Suárez Navarro. La danesa deja el tenis después de un año de malestar indeterminado en el mismo torneo en el que consiguió su único grande en 2016. En una época en la que los deportistas alargan sus carreras hasta casi los cuarenta años, retirarse con veintinueve es casi una desgracia. La carrera de Wozniacki, precoz número uno del mundo, siempre pareció que no estaba a la altura de su talento. Como es habitual, la sobreexposición mediática no ayudó. En cuanto a la española, el adiós fue parcial porque afecta solo a Melbourne. Carla está en su última temporada como profesional y solo pudo pasar una ronda antes de caer ante la desconocida polaca Iga Swiatek. La esperamos en la tierra batida.

24. Los dobles siguen siendo cosa de veteranos: Joe Salisbury y Rajeev Ram ganaron el cuadro masculino, lo que convirtió al estadounidense  en el jugador que más intentos ha necesitado para ganar esta especialidad en un Grand Slam, dejando la cifra en cincuenta y ocho. El femenino fue cosa de Timea Babos y la francesa Kristina Mladenovic. El mixto se lo llevaron la gran especialista checa Barbora Krejcikova haciendo pareja con la croata Nikola Mektic.

25. En cuanto a los juniors, la gran noticia fue la victoria de la andorrana Victoria Jimenez, tanto por lo exótico de su nacionalidad como por su edad: apenas catorce años. El cuadro masculino fue a manos del francés Harold Mayot, que ya ha anunciado su voluntad de pasar cuanto antes a profesionales.

En definitiva, llega ahora la pausa habitual hasta los torneos de primavera de Estados Unidos y la posterior gira de tierra. Dentro de cuatro meses, cuando acabe Roland Garros, nos volvemos a leer. ¿Habrá dejado para entonces Juan Martín del Potro (1988) de ser el jugador más joven con un grande en su palmarés? Es un reto interesante. 


Rafa Nadal, Ashleigh Barty y casi todo lo que nos dejó Roland Garros 2019

Rafa Nadal contra Dominic Thiem durante la final de Roland Garros 2019. Foto: Christian Liewig / Cordon.

Cuando acabó 2016, Rafa Nadal ya tenía treinta años, estaba lesionado y había caído fuera del top 5 del ranking ATP por primera vez desde 2005. No solo eso: aquel 2016 había sido el segundo año consecutivo sin sumar un solo grande, mientras Djokovic y Murray protagonizaban una batalla por el número uno que invitaba a pensar en algo parecido al relevo en la jerarquía del tenis masculino.

No había, por tanto, muchos motivos para el optimismo cuando Toni Nadal decidió dar un paso al lado y dejó entrar a Carlos Moyà como primer entrenador de su sobrino. Sin embargo, desde entonces, Nadal ha jugado seis finales de Grand Slam y ha ganado cuatro de ellas. No está mal para un jugador del que se lleva diciendo que va a reventar físicamente desde que tenía veinte años. El duodécimo título de Rafa en París tiene tintes inéditos: nadie ha conseguido jamás ganar doce veces un torneo de Grand Slam —Margaret Court lo consiguió once veces en Australia—y la verdad es que no tiene pinta de que la dictadura vaya a acabar aquí.

Repasemos el triunfo del mallorquín y muchas otras cosas que pasaron durante esta tormentosa edición de Roland Garros:

1. Algo ocurrió con Nadal después de la contundente derrota contra Djokovic en Australia y la retirada forzosa en semifinales de Indian Wells. Algo más que la propia lesión, quiero decir, una especie de estallido mental en el que uno se plantea si esto merece la pena, si de verdad hay que estirar el chicle hasta los treinta y cinco o los cuarenta mientras el cuerpo va dando señales de aviso cada mes y medio. Las derrotas en Montecarlo, Barcelona y Madrid no ayudaron, desde luego, y quizá la historia hubiera sido distinta si Djokovic le hubiera vuelto a ganar en la final de Roma… pero la historia es la que es y el serbio, desfondado, solo pudo competir un set en condiciones. Una vez ungido de nuevo como campeón, las dudas de Nadal se disiparon y volvió el dominador implacable que conocemos desde su adolescencia. En siete partidos se dejó dos sets que más parecieron dos accidentes. El famoso vídeo de Nico Almagro en el que le dice a la grada: «Este tío va a ganar cuarenta Roland Garros seguidos» empieza a sonar como algo más que una boutade. Obviamente, no serán cuarenta y no serán seguidos, pero es difícil discutir su capacidad de lograr quince a poco que mantenga la concentración y las ganas.

2. Más que nada porque seguimos en las mismas: no hay un relevo claro y sus compañeros de generación se van quedando cada vez más atrás. Empezando por lo primero, es posible que Dominic Thiem sea un formidable jugador de tierra batida y tiene un enorme mérito haber ganado a Rafa cuatro años seguidos sobre arcilla en partidos al mejor de tres sets… ahora bien, a cinco, la cosa cambia y Thiem no está preparado. El austriaco va para los veintiséis años y eso le convierte en el finalista de Grand Slam más joven del circuito, pero si a los veintiséis años solo eres capaz de ganar un set en dos finales y pierdes los otros seis sin oponer apenas resistencia, tienes un problema. A ver, lógicamente, mayor problema tienen todos los que ni siquiera llegan a esas finales, pero espero que se me entienda: si Nadal va a pasarse los cinco años siguientes jugando finales con Thiem, igual, en el peor de los casos, pierde una, pero no tiene pinta de que la cosa pueda ir más allá. Otra cosa es el torneo de Buenos Aires, claro.

3. Más allá de Thiem, se vislumbra Stefanos Tsisipas. De Tsisipas me gusta mucho su tenis y más aún su actitud. Es un hombre que se ve que sufre en la derrota y que no se conforma con triunfos puntuales o con ir pasando rondas y ganando puntos. Esa ambición es justo lo que se necesita en el circuito ahora mismo. Un inconformismo que el griego solo comparte con el mencionado Thiem, a la espera de que Zverev salga del bache. El problema es que, antes de ganar a Nadal, Tsisipas tiene que preocuparse en ganar a los Wawrinka de turno, jugadores que a los treinta y pico años siguen compitiendo mejor y llevándose los partidos importantes. De la larga tradición hispanoamericana sobre tierra batida no se sabe nada: no se me ocurre un solo jugador capaz de causar un mínimo impacto en los próximos años.

4. Vamos ahora con los rivales de su generación: los cinco triunfos consecutivos de Federer sobre Nadal invitaron a pensar en una semifinal competida. Se habló mucho de los progresos de Roger, de cómo había aprendido a jugarle a su gran némesis, de la ventaja que le daba el no partir como favorito… y al segundo juego ya llevaba cinco golpes de revés fallados. Al final ganó nueve juegos en tres sets. Si se compara con la final de 2008 es un éxito pero, por lo demás, está claro que esto no tiene vuelta atrás ni la va a tener nunca porque no creo que Roger se vuelva a pasar por la tierra batida mientras solo pueda aspirar a cuartos de final o semifinales. No tiene sentido. Los fans más irredentos de Federer podrán excusarse en el viento y las condiciones de la pista, pero es un mero empeñarse en no ver la realidad porque molesta: nadie puede competir en tierra con Rafa… y cuando se pudo (el bienio 2015-2016), Federer estaba muy lejos de su mejor momento.

5. Vamos entonces a los otros dos campeones de Roland Garros en activo: Stan Wawrinka y Novak Djokovic. Lo de Wawrinka tiene un mérito descomunal. No solo su torneo, que le llevó a cuartos de final después de un excepcional y larguísimo partido ante Tsisipas, sino la trayectoria que ha seguido en el último año, trepando poco a poco en la clasificación, sufriendo en cada torneo por llegar a algo parecido a su nivel anterior a la lesión. Hay que tener en cuenta que Stan tiene treinta y cuatro años y ha ganado Roland Garros, el US Open y el Open de Australia. No tiene mucho que demostrar y tampoco tiene el talento de Nadal, Federer o Djokovic para salir de una lesión y plantarse en finales a las primeras de cambio. Cuando la gente me pregunta por qué pasan las generaciones y nadie asalta el palacio de invierno, se me viene a la cabeza Wawrinka entrenando como un mulo y negándose a rendirse. Me temo que la diferencia es esa.

6. Por último, Djokovic. Sinceramente, tras ganar en Madrid y llegar a la final en Roma, el serbio era mi gran favorito. Su trayecto hasta las semifinales fue plácido, quedando así a solo dos partidos de repetir por segunda vez en su carrera el hito de lograr los cuatro torneos de Grand Slam seguidos. Sin embargo, ahí se cruzó con Thiem, perdiendo el partido que siempre gana: cinco sets, multitud de breaks, sensación de inferioridad… la típica situación donde Djokovic te gana el cuarto set 7-5 y se lleva el quinto después de salvar dieciocho match points. No pudo ser. Si algo hay que agradecerle a Thiem es que no tiene complejos contra Djokovic ni contra Federer ni contra Nadal. Otra cosa es que eso le dé para ser un supercampeón, pero hay que valorarlo y mucho. Djokovic sale de Roland Garros con más diferencia aún sobre Nadal en la clasificación ATP pero la agria sensación de que pasa un año más y no consigue acercarse en el total de Grand Slams ganados.

7. ¿Cómo está la cuenta ahora mismo? La habrán leído en mil sitios y que conste que yo me niego a establecer esta lista como único referente para determinar quién ha sido el mejor de la historia. Básicamente porque me faltan cinco años de Laver jugando en el circuito profesional y porque los Connors, McEnroe, Borg y compañía no solían tener el Open de Australia entre sus prioridades. Aparte, es difícil juzgar: Federer lleva veinte grandes ganados, Nadal lleva dieciocho y Djokovic sigue en quince… pero, claro, de los quince de Djokovic casi la mitad han llegado precisamente en Australia y el 66% de los de Nadal han llegado en un solo torneo y una sola superficie. Alguien podrá objetarle a Federer que solo ha ganado un Roland Garros —objeción absurda porque nadie, en la Era Open, ha ganado dos veces todos los torneos del Grand Slam— y que buena parte de sus veinte triunfos llegaron precisamente cuando Nadal y Djokovic aún no habían alcanzado su esplendor.. pero, si los triunfos contra Thiem o Anderson cuentan, ¿por qué no iban a contar los conseguidos ante Agassi, Safin o Roddick? En esto, me temo que no vamos a encontrar una interpretación única y válida y cada uno encontrará motivos para arrimar el ascua a su sardina.

8. Dejamos el monográfico Nadal con un apunte: se puede discutir durante días sobre quién tiene la mejor derecha, quién tiene el mejor revés o quién tiene el mejor saque del circuito. El caso es que Rafa ha conseguido durante quince años imponer un golpe letal que, en sí, no hace más que pasar desapercibido: la derecha con efecto al revés del rival. Una derecha liftada que cae a unos centímetros de la línea de fondo y se eleva más de un metro, lo que imposibilita la respuesta del contrario. No es un golpe para pasar a la historia ni para llenar vídeos de highlights. A Nadal los highlights le dan igual. Puede que haya jugadores mejores y más talentosos que Nadal, pero no pueden demostrarlo nunca porque están golpeando la pelota a la altura del cuello mientras se echan para atrás. Si fuera tan fácil, todo el mundo lo haría o al menos todo el mundo habría encontrado un antídoto. Estamos en 2019 y nadie lo ha conseguido. En general, cada partido de Rafa, conocido en sus primeros años por su despliegue físico, es un prodigio de táctica: no hay un golpe equivocado. Si puede ganar el punto de un estacazo, lo gana. Si no, tiene claro cómo conseguir que lo pierdas tú.

9. Vayamos a otras cosas. Por ejemplo, a otro debate habitual: ¿es bueno jugar un torneo menor la semana antes de un grande? A Zverev le vino bien. Ganó en Ginebra y consiguió ritmo suficiente para plantarse en cuartos de final de Roland Garros, algo que, viendo su trayectoria a lo largo del año, no hay que dar por hecho. Por supuesto, en el camino tuvo su habitual ración de sufrimiento y partidos insospechados a cinco sets… pero para un jugador de veintidós años que reconoce estar pasando una depresión no está nada mal. A Zverev se le ama o se le odia. Yo he elegido amarlo y no puedo dar muchas razones que justifiquen mi decisión. Creo que es el gran talento de esta generación pero por supuesto también contemplo la opción de que quede en nada.

10. Sin embargo, a Felix Auger-Aliassime no le fue tan bien. Del canadiense hemos hablado muchísimo en estos resúmenes… pese a que a sus dieciocho años aún no ha conseguido completar un solo partido de Grand Slam (se retiró contra Shapovalov en la primera ronda del US Open de 2018). Poco a poco y curtiéndose en torneos de rango inferior, Auger-Aliassime consiguió llegar al número 21 de la clasificación tras disputar la final de Lyon contra Benoit Paire. Sin embargo, en dicho partido se lesionó… y perdió así la oportunidad de dar mucho que hablar en París. Esto le pasaba mucho a Thiem al principio de su carrera, así que esperemos que el chico aprenda.

11. Algunas sorpresas favorables: Karen Khachanov, desde luego, que llegó a cuartos de final —apenas opuso resistencia a Thiem— y ya es el noveno mejor jugador del mundo; Kei Nishikori, más que nada porque lograr llegar a cuartos de final en cuatro torneos de Grand Slam consecutivos no es ningún regalo, por mucho que luego durara menos de dos horas ante Nadal; Benoit Paire, que llegó a octavos y a punto estuvo de eliminar al propio Nishikori, cediendo 7-5 en el quinto set y confirmando que, cuando quiere, puede; Fabio Fognini, que cumplió llegando a octavos y se despertó este lunes como número diez de la ATP, la mejor posición en sus muchos años de carrera…

12. Cabe incluir en esta categoría a un joven como el argentino Juan Ignacio Lóndero, que se plantó contra pronóstico en octavos y por supuesto al veteranísimo Nicolas Mahut. El francés, invitado de nuevo por la organización, remontó un dos sets a cero ante Marco Cecchinato, semifinalista de la anterior edición, y después se cargó a Philip Kohlschreiber, un especialista en arcilla. En tercera ronda no pudo con Leo Mayer después de perder dos tie-breaks. Apesadumbrado tras la derrota —cada Roland Garros de Mahut bien puede ser el último—, su hijo pequeño saltó a la cancha para abrazarle, protagonizando uno de los más tiernos momentos de la quincena… aunque no sea la primera vez que sucede.

13. Vamos ahora con las decepciones: después de plantarle cara a Federer en Roma, quizá se esperaba algo más de Borna Coric. Cayó ante Jan-Lennard Struff en tercera ronda, evitando así el esperado enfrentamiento serbo-croata contra Djokovic. ¿Se acuerdan de Marin Cilic? De acuerdo, la tierra batida nunca fue su fuerte, pero entre lesiones y bajones mentales, el campeón del US Open y reciente finalista en Wimbledon (2017) y Australia (2018), se ha caído ya del top 20 y solo pudo avanzar una ronda antes de caer contra el renacido Dimitrov —al que el entusiasmo le duró un partido más, el que perdió en tres sets contra Wawrinka—. También hay que destacar las prontas derrotas de jugadores que venían con esperanzas de alcanzar la segunda semana como Nicolás Jarry, Christian Garín, Matteo Berrettini o Diego Schwartzman.

14. Seguimos sin noticias de Kevin Anderson. Sin duda, esta lesión ha partido el mejor momento de su carrera. Sobre la tendencia a que los mejores momentos de las carreras de los tenistas lleguen pasados los treinta años ya hemos hablado mucho. Tampoco hay novedades positivas sobre Milos Raonic —si le queda una última bala, la reservará para Wimbledon— ni sobre Hyeon Chung, cuya carrera parece condenada antes casi de comenzar. John Isner prefirió ni aparecer por París, misma decisión que tomó Nick Kyrgios, concentrado en la temporada de hierba y cuya valoración de la tierra batida se resume en un «tendrían que eliminarla».

15. No me gusta mucho detenerme en este tema porque creo que ya hay demasiada gente hablando todo el rato sobre Kyrgios, pero me sorprende la condescendencia con la que Roger Federer le trata. Todo ese «no pasa nada, no ha hecho nada grave» con el que, se supone, intenta ayudar al australiano. Creo que entre eso y la apelación constante de algunos analistas a que le expulsen del circuito hay un término medio. Kyrgios lanzó una silla a la mitad de la pista en medio de un descanso durante el torneo de Roma y fue descalificado. Ya arrastraba otros dos warnings en ese mismo partido. Es una historia de autodestrucción salvaje que no tiene nada de divertido y que va más allá del talento perdido. Huele a tragedia personal.

16. Cerramos el análisis del cuadro masculino con una evidencia: el tenis español está en mínimos históricos. Los continuos éxitos de Nadal tapan unas carencias brutales: solo Bautista, Verdasco, Carballés y Carreño llegaron a segunda ronda. La media de edad de los cuatro es de 32,5 años. Entre los cincuenta primeros de la ATP solo hay tres españoles: Nadal (treinta y tres años), Bautista (treinta y uno) y Verdasco (treinta y cinco). Los jóvenes no acaban de dar el salto: Munar perdió en primera ronda, igual que Davydovich, y eso que le habían repescado como «lucky loser», Nicola Kuhn está ahora mismo el número 250 de la clasificación… Desde los años ochenta no se vivía algo parecido y, desde luego, es preocupante.

17. Vamos al torneo femenino, que es algo así como el masculino pero justo al revés: en el mismo período (quince años) en el que Nadal ha ganado sus doce títulos, ha habido hasta once ganadoras distintas, empezando por Justine Henin en 2005 y acabando por la sorprendente Ashleigh Barty en 2019. Son dos perfiles completamente opuestos: en el masculino las «vacas sagradas» llevan diez grandes del tirón. En el femenino, de repente te aparece Osaka o Stephens o Halep o Muguruza o Jelena Ostapenko… y así llevamos tres años, de sorpresa en sorpresa. ¿Qué es preferible? Bueno, digamos que si aparte de tener a Nadal, Djokovic y Federer en semifinales, también tuviéramos a Serena Williams, Maria Sharapova y Kim Clijsters sería para apagar la tele.

18. Lo curioso del triunfo de Ashleigh Barty es que, en principio, era alérgica a la tierra batida. Todos sus títulos, incluido el reciente de Miami que le metió en el top ten, habían llegado en hierba o pista dura. En Roland Garros había participado cinco veces y nunca había pasado de segunda ronda. Tiene veintitrés años y una más que decente carrera como doblista a sus espaldas, pero el salto de este año en individuales era completamente inesperado.

19. Más inesperada aún fue su compañía en la final y en las semifinales. En penúltima ronda derrotó a la estadounidense Amanda Anisimova, de diecisiete años, en uno de los partidos más raros de la edición: Barty se puso 5-0 por delante y tuvo dos bolas para el 6-0 en el siguiente servicio de Anisimova. La estadounidense las salvó y ganó los siguientes seis juegos para colocarse 5-6 y saque. Por supuesto, no podía ser tan fácil, y perdió ese servicio, llevando el primer set al tie-break donde por fin consiguió imponerse a la australiana. En cualquier otra circunstancia, Barty se habría venido abajo… y eso es a lo que apuntaba el partido cuando Anisimova se puso 3-0 por delante en la segunda manga. Ahí estuvo el torneo: Ashleigh se negó a conformarse con unas semifinales, tuvo claro que esa era la oportunidad de su vida, se llevó el parcial por 6-3 y resolvió en el tercero no sin antes desperdiciar cinco bolas de partido.

20. Si Anisimova fue la gran sorpresa de la competición, no se queda muy atrás la presencia de Marketa Vondrousova en la final. La checa, de diecinueve años, venía de jugar la final en Estambul y llegar a cuartos en Roma… y además supo gestionar un cuadro de lo más amable para plantarse en el partido decisivo de un Grand Slam por primera vez en su carrera. Después de la explosión de Naomi Osaka el año pasado da gusto ver que siguen apareciendo jóvenes capaces de incordiar a sus mayores y que además pertenecen a tres continentes distintos.

21. Por cierto, Osaka perdió la oportunidad de ganar su tercer grande consecutivo cayendo en tercera ronda frente a Katerina Siniakova, otra doblista de lujo. En realidad, bien pudo haber caído en primera ronda o en segunda pero tiró de agallas y sacó esos partidos adelante jugando un tenis horrible. Hay algo alrededor de Osaka que no me gusta, como si a los veintiún años estuviera expuesta a un exceso de presión y se le notara demasiado. Veremos cómo evoluciona la que aún es número uno del mundo.

22. Con tanta invitada sorpresa en cuartos de final, pocos dudaban de que Simona Halep repetiría el título del año pasado. La finalista en Madrid, que venía de pasearse en tercera y cuarta ronda, cayó en dos sets sin oponer resistencia frente al vendaval Anisimova, confirmando que repetir triunfo en París es una hazaña: desde 1996 solo Justine Henin ha conseguido defender el título del año anterior. Sus tres triunfos en 2005, 2006 y 2007 suponen una anomalía en un palmarés de lo más variado.

23. Garbiñe Muguruza amagó pero no dio. Todavía no le toca. Sumida en una enorme crisis de resultados, mantiene ese aire imprevisible que hace que todas las alertas se disparen en cuanto gana dos partidos seguidos. Llegó con cierta comodidad a octavos de final, pero ahí fue derrotada por Sloane Stephens, la campeona del US Open de 2017. Garbiñe tiene ya veintiséis años y cumplirá veintisiete en octubre. No creo que haya que perder por completo la esperanza. En cualquier caso, repito lo de cada torneo: con un Roland Garros, un Wimbledon y el número uno del mundo ya tiene la carrera hecha.

24. ¿Qué tienen que hacer Karolina Pliskova y Madison Keys para ganar un grande?  La checa llegó como número dos del mundo y con el título de Roma en su bolsillo… todo para caer en tercera ronda ante Petra Martic. No es algo puntual. Desde su aparición en la final del US Open de 2016, Pliskova no ha vuelto a llegar a la última ronda de ningún grande. Un claro caso de miedo escénico. En cuanto a Keys, venía de las semis del año anterior, se le había quedado un cuadro más que asequible… y no pudo ni hacerle un set a Barty en cuartos de final. Ambas tendrán otra oportunidad en Wimbledon.

25. No sé si estamos ya ante el ocaso definitivo de Serena Williams. No lo sé, precisamente, porque no hay una gran dominadora en el circuito y si Ashleigh Barty puede ganar siete partidos seguidos sobre tierra batida, ¿cómo descartar que lo consiga Serena en hierba? Ahora bien, lleva sin ganar un grande desde Australia 2017 y las sensaciones no son buenas. Su actitud en pista ante la desconocida Sofia Kenin dejó mucho que desear y no mejoraron las cosas en la rueda de prensa posterior, cuando prácticamente desalojó de malos modos a Dominic Thiem para quitarse el trámite de encima cuanto antes. Es cierto que la televisión estadounidense alegó motivos de programación ajenos a Serena, pero el cabreo del austriaco fue monumental…

26. No podemos cerrar este resumen sin reflejar la tremenda injusticia que supuso el hecho de que las semifinales femeninas no se jugaran en la Philippe Chartrier y solo una se hiciera en la Suzanne Lenglen. Todos sabemos que los estragos del mal tiempo son a menudo impredecibles y bien vendrá ese techo retráctil el año que viene, pero relegar unas semifinales de Grand Slam a horario de matinal y en pistas secundarias no es propio de un torneo como Roland Garros. Bien podrían haberse jugado a la vez las dos semifinales femeninas en las dos centrales y luego las dos masculinas… pero, una vez más, las televisiones mandan a este respecto

27. Repaso de palmarés antes de marcharnos: los dobles femeninos fueron para Timea Babos y Kristina Mladenovic (la única alegría para el espectador francés) mientras que los masculinos se los llevaron los alemanes Kevin Krawietz y Andreas Mies. Yung-Jan Chan e Ivan Dodig se impusieron en los dobles mixtos mientras que los títulos junior fueron para el danés Holger Vitus Nodskov Rune y la canadiense Leyla Annie Fernández. Si alguien quiere saber qué ha pasado con el taiwanés Tseng Chun-hsin (también conocido como Jason Tseng), gran dominador del circuito junior el año pasado, comentar que ahí sigue, en el top 500 pero relegado aún a torneos ITF y Challengers. Todavía no ha cumplido los dieciocho años, así que me comprometo a ir actualizando su estatus según pasen los torneos.

Por lo demás, quedamos emplazados a la cita de julio en Wimbledon, donde todo lo que no sea ver a Djokovic, Federer, Nadal y otro cualquiera en semifinales será una sorpresa… Solo que algún día esa sorpresa tendrá que producirse, que nos pille atentos.


Novak Djokovic, Naomi Osaka y todo lo que nos dejó el US Open 2018

Novak Djokovic con el trofeo del US Open 2018.

A finales del año 2016, Roger Federer estaba apurando aún la rehabilitación de la rodilla izquierda en Suiza, Novak Djokovic arrastraba continuas molestias en el codo mientras coqueteaba con un espiritualismo difuso, y Rafael Nadal decía adiós a la temporada un mes y pico antes de lo necesario por su enésima lesión, esta vez en la muñeca. Desde entonces han pasado casi dos años y ocho torneos de Grand Slam. Los ocho, precisamente, ganados por el español, el serbio y el suizo.

Desde que se consolidaran en el top 3, allá por 2007, solo Murray y Wawrinka han podido hacerles cosquillas. El suyo es un dominio como no se ha vivido antes en el tenis y me atrevería a decir que en ningún deporte. Juntos han ganado trece Opens de Australia, trece Roland Garros, catorce Wimbledons y once US Opens. Desde la victoria de Marat Safin en Melbourne en 2005, se han repartido cuarenta y siete de los cincuenta y cinco grandes disputados. Seguimos sin saber si es que estamos ante los tres mejores jugadores de la «era open» o si es que el nivel medio de los otros jugadores es extraordinariamente bajo.

De hecho, hay otro dato que llama la atención. Si Juan Martín del Potro hubiera ganado la final, se habría convertido en el primer ganador de Grand Slam menor de treinta años desde que Andy Murray ganara Wimbledon en 2016. El argentino tiene veintinueve años y once meses, los mismos que Marin Cilic, el ganador más joven de un grande. Los dos nacieron en septiembre de 1988 y desde entonces no ha aparecido absolutamente nadie para tomar el relevo. Este US Open dejó muchos momentos memorables pero en lo esencial fue más de lo mismo: los jóvenes fueron incapaces de dar un paso adelante y hacer tambalear el statu quo. La única sorpresa digna de tal nombre la protagonizó John Millman, un australiano de veintinueve años.

Vamos, en cualquier caso, con el resumen de lo más relevante de este US Open 2018:

1. Empecemos con el ganador, Novak Djokovic. Llegó a Queen’s deprimido, planteándose si esto tenía sentido y en medio del pesimismo generalizado de la prensa, que le daba ya por desahuciado. En Queen’s llegó a la final —tuvo punto de partido para ganarla—, luego ganó Wimbledon, a continuación Cincinnati y ahora el US Open. Igual que había pasado de ser el nuevo Rod Laver tras ganar Roland Garros 2016 a estar acabado, en tres meses ha pasado de estar acabado a ser de nuevo el gran dominador del circuito. ¿Qué lección podemos sacar de todo esto? Que conviene ser algo moderado en los juicios cuando hablamos de enormes campeones.

2. ¿Cómo ha conseguido Djokovic volver a lo más alto? De entrada, igual que les pasó antes a Nadal y a Federer, sería absurdo no mencionar la escasísima competencia que ha encontrado. El circuito sigue igual o peor que cuando abandonó el número uno en 2016. Por entonces, Nadal y Federer tenían dos años menos y ahí estaban Wawrinka y Murray para dar guerra puntualmente. Ahora, Wawrinka y Murray están en su propio proceso de rehabilitación, Nadal sigue con sus problemas de rodilla y Federer tiene treinta y siete años, una cifra que lo dice todo. Ahora bien, el verdadero mérito del serbio ha sido reconocer sus errores: alejarse del misticismo, volver a la disciplina de Marian Vajda y luchar como luchaba antes sin buscar excusas. De tercera ronda en adelante, no cedió ni un solo set y de hecho solo le forzaron un tie-break, en la final ante Del Potro.

3. Lo que nos lleva al más que digno finalista. La historia de Juan Martín del Potro es la de un hombre cuyo afán de superación rara vez se ha visto en una pista de tenis. Hablamos de alguien que con veinte años ya era campeón del US Open y que poseía un talento descomunal, ejemplificado en la mejor derecha que yo haya visto en mi vida. A partir de ahí, todo se torció. Y se torció muchas veces. La cadera, la muñeca, el hombro… Del Potro ha intentado volver a estar entre los mejores muchas veces a lo largo de estos casi diez años y cada vez que lo ha intentado lo ha conseguido… para volver a lesionarse inmediatamente y tener que empezar de cero. En cuanto ha conseguido sumar un año más o menos tranquilo, ha recuperado su mejor golpe y ha reinventado su revés, no solo se ha vuelto competitivo sino que por fin es capaz de disputar de nuevo finales de Grand Slam. Un ejemplo para todos.

4. Ahora bien, la verdad es que la final tuvo poca historia. Contra Djokovic suele pasar. No tienes la sensación de haber jugado demasiado mal pero sencillamente es imposible jugar demasiado bien. Del Potro tuvo sus oportunidades en el segundo set, con tres puntos de break para ponerse 5-3 y saque, pero los desperdició. O el serbio hizo que las desperdiciara, que viene a ser lo mismo. En cualquier caso, fue inferior durante todo el partido y su derrota fue merecida, como merecido fue su triunfo ante Nadal en semifinales a pesar de la lesión del español. Incluso con la rodilla de Rafa al cien por cien, el torneo de Del Potro solo podía acabar el domingo decisivo.

5. Con Nadal nunca sabemos qué decir. Lleva jugando con las rodillas destrozadas desde 2005 y por el camino ha ganado diecisiete grandes y treinta y tres Masters 1000. Es algo increíble. Rafa debió haber perdido contra Khachanov en tercera ronda y ante Thiem en cuartos de final… pero les ganó a los dos. Medio cojo, frente a dos rivales en estado de gracia, acabó imponiéndose obligándoles a cometer los errores que él no comete nunca cuando el sol aprieta. Si esta nueva tendinitis le aparta solo un mes de las pistas puede tener alguna opción de mantener el número uno hasta diciembre. En cualquier caso, el año ha sido sensacional: cuatro semifinales en los cuatro grandes, incluyendo la victoria en Roland Garros, y otros tres Masters 1000, a la espera de lo que pase en Shanghai y París.

6. De hecho, hay cierto consenso en que el partido del torneo fue el que enfrentó a Thiem y a Nadal en cuartos de final. Un partido de cinco horas resuelto en el tie-break final después de que Rafa salvara una bola imposible y el austriaco fallara un remate relativamente sencillo. El partido tuvo de todo y fue bueno ver a Thiem tomando la responsabilidad en pista dura, donde hasta ahora no había destacado tanto. Desde la final de Roland Garros, Dominic estaba completamente desaparecido, como casi toda su generación, por otro lado. Con veinticinco años, ya debería de haber dejado de ser una promesa, pero en un mundo de treintañeros se le sigue viendo como tal.

7. ¿Qué fue del resto de la «Next Gen»? Alexander Zverev decepcionó, como sucede siempre en los grandes torneos. Ni siquiera la hierática presencia de Ivan Lendl como entrenador en las gradas hizo que el alemán fuera capaz de superar la tercera ronda. El problema no es perder, sino perder contra Philip Kohlschreiber. Si su talento también acaba en nada, yo ya no sé con qué quedarme. Stefanos Tsitsipas, que tan buen verano ha tenido, nos duró dos partidos, aunque al menos cayó ante otro «joven», Daniil Medvedev, de veintidós años, y que a su vez fue eliminado por Borna Coric, el croata al que también se espera con ansia y que llegó por primera vez en su carrera a los octavos de final de un grande. Allí se encontró Juan Martín del Potro y solo le pudo ganar ocho juegos en todo el partido. La diferencia entre niños y hombres a día de hoy.

8. En el plano positivo, hay que destacar al citado Khachanov, que tuvo contra las cuerdas a Rafa Nadal hasta que se puso a coleccionar dobles faltas, y a Álex de Miñaur, el vasco-australiano, que a sus diecinueve años llegó a tercera ronda y dispuso de dos sets de ventaja sobre Marin Cilic antes de caer derrotado en cinco. Tampoco me disgustó Dennis Shapovalov, de la misma quinta: supo luchar para vencer a Andreas Seppi en segunda ronda y cayó en tercera ante el finalista de la anterior edición, Kevin Anderson, en cinco disputados sets. Es de suponer que los dos van en serio, pero lo mismo decíamos hace dos años de Zverev y hace tres o cuatro de Kyrgios

9. Vayamos ya a uno de los momentos de la competición: set y break abajo ante Pierre-Hughes Herbert, Nick Kyrgios empieza a enfilar su habitual camino de autodestrucción. Saca por sacar, no hace esfuerzo alguno por restar, se burla del público cuando el público le silba… Todo hace indicar que volverá a caer en segunda ronda cuando de repente aparece un salvador que le explica que esa conducta no es apropiada, que no puede hacer eso, que él es demasiado buen jugador para actuar así y, de repente, Kyrgios devuelve el break, gana el set y se pasea en los dos siguientes, imperial.

10. El problema de toda esta historia es que el salvador en cuestión no fue otro que el árbitro del partido, el sueco Mohamed Lahyani. Lahyani es un buen árbitro, con un excelente sentido del humor y cierta tendencia al protagonismo. Ahora bien, lo que hizo fue inaceptable. ¿Bajar de tu silla para intentar cambiar el curso del partido en favor de uno de los competidores? Inaudito. Nunca había visto nada parecido. Herbert no quiso hacer mucha sangre del asunto y tampoco la USTA ni la ATP, que concedieron que aquello era raro pero no fueron mucho más allá. Quizá influyó el hecho de que Kyrgios, ya sin Lahyani de consejero, perdiera el siguiente partido en tres sets.

11. ¿Y contra quién perdió? Contra Roger Federer. Aquí nos paramos, por supuesto. Algo pasa con Federer y es algo que va más allá de sus treinta y siete años y los problemas físicos que eso supone. Desde que consiguiera llegar al número uno de la ATP en Rotterdam, allá por febrero de este año, parece que se haya quedado sin objetivos que cumplir: ya tiene sus veinte Grand Slams, ya tiene sus ocho Wimbledons, ya ha demostrado que puede volver a lo más alto incluso con cuatro hijos y a una edad imposible… ¿qué le queda por demostrar? Desde entonces, su juego ha sido errático. Juega tenso, inseguro, con una cantidad enorme de errores no forzados y con serios problemas con su saque. No parece cansado, pero el caso es que sus golpes se van a menudo demasiado lejos del objetivo, incluso con la derecha. No queda ahí la cosa: sigue sin saber jugar bien con el marcador a favor. En su derrota ante Millman, ganó el primer set, tuvo break de ventaja en el segundo, set point en el tercero y de nuevo break en el cuarto. No sirvió de nada.

12. Lo más grave, en cualquier caso, llegó en rueda de prensa. Que alguien de treinta y siete años pierda en octavos de final de un gran torneo es lo más normal del mundo. Nos alarma porque le queremos mucho, pero en el fondo, insisto, es normal. Lo preocupante es que luego declare que la derrota ha sido «un alivio» porque hacía tanto calor que deseaba acabar cuanto antes. Desde luego, en Nueva York ha hecho mucho calor estos días y todos los tenistas se han quejado de las condiciones de extrema humedad y dificultad para respirar. Todos. Y ninguno ha salido a decir que, bueno, sí, ha perdido, pero casi mejor porque vaya calor… Son declaraciones impropias de un gran campeón y probablemente indiquen que Roger está cada vez más lejos de este deporte y sus exigencias. Nadie le culpa porque nos lo ha dado todo durante veinte años de carrera. De hecho, no convendría descartarle para futuros eventos: si el problema es mental, como parece, lo puede resolver en cualquier momento y volver a tener dos semanas mágicas en Australia, Londres… o Tokio.

13. Del excelente torneo del tenis japonés hablaremos más adelante, cuando nos refiramos a la campeona del cuadro femenino. Paremos antes brevemente en otro luchador, Kei Nishikori. La historia de Nishikori es, hasta cierto punto, parecida a la de Del Potro. Nunca ha tenido su talento y, afortunadamente, sus lesiones tampoco han tenido su gravedad, pero es encomiable ver cómo resiste y resiste. En su torneo favorito, aquel en el que llegó a la final en 2014, Nishikori alcanzó las semifinales después de batallar durante más de cuatro horas con Cilic. Es cierto que no tuvo rivales de gran entidad, pero eso no es culpa suya. Esta semana se queda a dos pasos del «top ten», pronto volverá a donde pertenece.

14. ¿Hace falta hablar de Grigor Dimitrov o mejor lo dejamos? El búlgaro va camino de los veintinueve y en cuanto le quiten los puntos de las World Tour Finals y alguno de los torneos indoor donde brilló el año pasado, probablemente no esté ni entre los veinte primeros del mundo. Otra bonita historia de autodestrucción. Algo parecido sucederá con Jack Sock, incapaz de ganar dos partidos seguidos en todo el año. Y con Lucas Pouille, otro prometedor tenista caído en desgracia.

15. David Ferrer dijo adiós a Nueva York de la peor manera posible: con una retirada. Al menos se dio el gusto de irse de la pista central con un juego de ventaja sobre Rafa Nadal en el segundo set, pero su futuro parece que está lejos ya del tenis. A los treinta y seis años, y según declaró a Rafael Plaza en El Español, la idea es jugar torneos muy selectos en 2019 —con su ranking actual no puede aspirar a Grand Slams ni a Masters 1000— y poner fin a casi veinte años de carrera. También puede que todo esto se acelere y la retirada llegue aún antes o que consiga un par de buenos resultados en Auckland y Buenos Aires, por ejemplo, y se anime a seguir hasta el Godó. Se va uno de los grandes de la historia del tenis español y deja a Nadal muy solo en el circuito: Carreño también tuvo que retirarse en su partido de segunda ronda y Roberto Bautista cayó a las primeras de cambio. Fernando Verdasco, a punto de cumplir treinta y cinco años, fue el único que cumplió, derrotando a Andy Murray en un partido no exento de polémica, pues el escocés le acusó de aprovechar una de las pausas para reunirse con su equipo técnico y hablar del partido en curso. El siguiente español en el ránking, Alberto Ramos, queda ya fuera de los cincuenta primeros.

16. Nos quedamos con Andy Murray para terminar con el análisis del cuadro masculino. Todavía está demasiado lejos de su nivel de 2016 pero empieza a dar señales de vida. La lesión de cadera ha sido devastadora y la cosa va ya para año y medio sin buenos resultados. Tal vez podamos esperar algo de él en 2019 si el invierno se le da bien. No habrá que esperar tanto para ver ganar a Stan Wawrinka. El suizo, cuya recuperación se nos antojaba imposible hace bien poco, llegó a octavos en Canadá y a cuartos en Cincinnati (derrotas ajustadas frente a Nadal y Federer, respectivamente) y se impuso a Dimitrov en Nueva York antes de caer en tercera ronda contra Milos Raonic. La mejoría ha sido impresionante en solo un mes, veamos cómo acaba la temporada.

17. Y vamos ya al cuadro femenino. Vamos, sobre todo, con el décimo juego del segundo set de la final. Naomi Osaka gana 5-4 y tiene el saque. A los veinte años, está a punto de ganar su primer grande —ya ganó Indian Wells en marzo, pero esto sigue siendo otra historia— ante la mejor jugadora de los últimos treinta años y quizá de la historia. Está jugando frente a quince mil espectadores y los quince mil quieren que pierda, jalean a su rival, celebran cada error suyo… El ambiente es irrespirable tras la trifulca de Serena Williams con el árbitro y Osaka quiere echarse a llorar, como hará inmediatamente después en la entrega de premios. Sin embargo, tira de orgullo, se coloca 40-15, pierde su primer match point y conquista el trofeo en el segundo. De Osaka llevamos tiempo diciendo que era una campeona potencial de lo que se le pusiera por delante pero nadie pensaba que el triunfo llegaría tan pronto. Conseguirlo de esta manera la hará, aún si cabe, más peligrosa cara al futuro.

18. «La trifulca de Serena Williams», acabo de escribir. No sé bien cómo definir lo que pasó durante esos locos cinco minutos en la pista central de Flushing Meadows. De hecho, no sé si merece la pena centrarse demasiado en eso porque para entonces Serena ya perdía 6-2, 4-3 y, de hecho, si no fuera perdiendo 6-2, 4-3 no habría perdido los nervios de esa manera. Williams acaba de pasar un año entero fuera de las pistas por su embarazo, posterior parto —un parto complicado, con unos coágulos que pusieron en riesgo su salud— y crianza de su hija. Está a punto de cumplir treinta y siete años, ha ganado veintitrés torneos de Grand Slam —más que Steffi Graf, solo uno menos que Margaret Court— y aun así lucha y lucha para llegar a la final de Wimbledon y ahora la del US Open. Solo que de repente ve que se le van a escapar los dos títulos y no soporta la idea y la mente se le nubla. Si hemos de quedarnos con lo positivo, es increíble que a esa edad y con ese palmarés se puedan tener tantas ganas de ganar. Compárenlo con el «alivio» que sintió Federer cuando perdió ante John Millman en octavos de final…

19. Ahora bien, si somos objetivos, lo que hizo Serena fue muy injusto y muy grosero. Injusto con el juez de silla, al que acusó de imparcial y de machista, e injusto con la rival que le estaba pasando por encima en ese momento. Una rival que no tenía ni dos años cuando ella ganó su primer US Open, en 1999. Los tres warnings que recibió la estadounidense fueron merecidos. Puede que el primero resultara algo estricto, pero su entrenador reconoció que le había dado instrucciones desde la grada y eso está prohibido. Punto. Pudo dejarlo ahí, pero prefirió destrozar su raqueta delante de todo el mundo y eso, en cualquier partido, es otro warning. Por último, consciente de su situación, decidió enzarzarse en una agria batalla verbal con el árbitro en la que el árbitro apenas si participó, más bien se limitó a aguantar, aguantar y aguantar. Serena Williams se pasó tres minutos seguidos gritándole, llamándole de todo, tratándole como basura y exigiéndole, básicamente, que no hiciera su trabajo si eso iba a perjudicarla. Solo cuando pronunció la palabra «ladrón», Carlos Ramos no aguantó más y la aplicó el tercer warning, lo que provocó la pérdida de un juego en un momento clave.

20. El asunto es que Serena lo llevó todo aún más lejos. Acusó a Ramos de machismo —«si fuera un hombre no me habría sancionado por llamarle ladrón»— y acusó al torneo de tener algo en su contra —«siempre que estoy aquí, pasa algo de ese tipo»—. Quizá se refiriera a cuando en 2009 le dijo a una juez de línea que iba a ahogarla con la pelota —descalificación inmediata— o a 2011, cuando insultó a una juez de silla durante minutos sin recibir sanción alguna. En ambos casos, mujeres, como ella. Utilizar el sexismo para defender un comportamiento así es deplorable. Ciertamente, los tenistas tienen mucho que aprender en lo que respecta a la educación y el respeto a los árbitros. Eso no quita para que la barra libre de insultos y desprecios sea el camino correcto. Serena Williams es capaz de insultar a un hombre como es capaz de insultar a una mujer o incluso amenazarla de muerte. Del mismo modo, es normal que un hombre o una mujer, sea quien sea, haga su trabajo y la sancione por ello.

21. Ahora bien, aún hay muchos asuntos que tratar en la igualdad entre hombres y mujeres en el deporte y más concretamente en el tenis. Alize Cornet recibió una sanción por quitarse la camiseta en medio de un partido, algo que los hombres hacen constantemente. Tal fue la protesta que la organización tuvo que retirar la multa. Del mismo modo, la propia Serena había vivido la semana anterior un desagradable incidente cuando desde Roland Garros se le informó de que no podía llevar el conjunto negro con el que protesta por la desigualdad racial y de género. Es difícil imaginar a alguien dicíendole a Novak Djokovic qué debe ponerse y qué no. Cambiemos eso cuanto antes y que el resto vuelva a ser tenis y no circo.

22. Tenis: Simona Halep ganó en Cincinnati, donde pareció intocable, y no duró más de un partido en Nueva York. Eso resume el estado de la WTA ahora mismo y, con todo, me gusta más que la monotonía absurda de la ATP donde nunca sale nadie nuevo y siempre ganan los mismos. El juego a veces es más brillante y a veces lo es menos, pero cada partido puede deparar una sorpresa y eso se agradece. De hecho, y al igual que sucedió en Wimbledon, a la segunda semana la parte baja del cuadro estaba libre de «top tens», ni una había llegado siquiera a octavos de final.

23. La campeona vigente, Sloane Stephens, quedó a un paso de enfrentarse a Serena en semifinales y revivir el famoso enfrentamiento de 2013 en el Australian Open, cuando con diecinueve años Stephens no solo derrotó a la menor de las Williams sino que desencadenó la furia de la campeona, que dejó de hablarle durante años. En su camino, sin embargo, se interpuso la letona Anastasia Sevastova, una jugadora que siempre ha tenido más talento del que su cuerpo le ha dejado demostrar. En cuanto a la finalista de 2017, Madison Keys, al menos llegó a semifinales, aunque cayó ante el ciclón Osaka.

24. De las demás favoritas, poco se puede decir: la campeona de Wimbledon, Angelique Kerber, cedió en tercera ronda ante Cibulkova, y la campeona de Australia, Caroline Wozniacki, perdió en segunda ronda ante Leia Tsurenko, una de las grandes sorpresas del torneo. Elina Svitolina, que parece haber mejorado su juego en las últimas semanas, llegó al menos a octavos esta vez, mientras Caroline García fue eliminada por Carla Súarez-Navarro en tercera ronda. Garbiñe Muguruza solo ganó un partido, siguiendo la línea a la baja de todo el año y de la que saldrá cuando menos lo esperemos.

25. La travesía de Carla por el cuadro duró apenas dos rondas más, hasta los cuartos de final. Es un resultado excelente teniendo en cuenta las dificultades por las que ha atravesado durante todo el año. La derrota ante Madison Keys le dejó un sabor muy amargo en la boca, pero con el tiempo aprenderá a valorar lo conseguido en Nueva York. No creo que sea justo pedirle más a quien se deja la vida en cada partido aunque a veces no le llegue para llevarse la victoria. En cuanto al resto de españolas, solo podemos encontrar a dos entre las cien primeras del ranking: Lara Arruabarrena (72), que cayó 6-0, 6-1 en segunda ronda ante Bárbara Strýcová y Sara Sorribes Torno (86), que solo jugó un partido en Nueva York: 0-6, 0-6 ante Daría Gavrilova.

26. En cuanto al resto de cuadros, hagamos un breve resumen: Mike Bryan y Jack Sock volvieron a ganar el torneo, como ya hicieran en Wimbledon. La lesión de Bob ha dado pie a una nueva pareja de éxito. En el caso de Mike no es ninguna sorpresa porque a sus cuarenta años acumula ya dieciocho grandes, pero lo de Sock sí que llama la atención precisamente porque su despegue en los dobles a una edad temprana (veinticinco años) ha coincidido con la caída en picado de su rendimiento en individuales. Los dobles femeninos fueron para Ashleigh Barty y Coco Vandeweghe. Lo de la australiana es un caso curiosísimo porque, además de ser una interesantísima jugadora en individuales —llegó a octavos de final—, puede presumir de una precocidad inusual en el terreno de los dobles: en 2013, con tan solo diecisiete años, llegó a tres finales de Grand Slam junto a su compatriota Casey Dellacqua… pero perdió las tres, como también perdió la final de Roland Garros del año pasado. Junto a Vandeweghe —semifinalista el año pasado en individuales— ha formado una pareja con excelente química, capaz de levantar dos bolas de partido en la final a uno de los mejores dúos del circuito, el formado por Timea Babos y Kristina Mladenovic.

27. Acabamos esta extensa recapitulación con los más jóvenes: el brasileño Thiago Seyboth Wild dio la sorpresa eliminando en semifinales al poderoso Chun Hsin Tseng, ganador de Roland Garros y Wimbledon y finalista en Australia. En la final tuvo menos problemas ante el italiano Lorenzo Musetti, de dieciséis años y con un precioso revés a una mano. Lo curioso de Seyboth Wild es que es cinco meses mayor que Felix Auger-Aliassime, que participó en el cuadro principal e incluso le arrebató un set a Shapovalov antes de tener que retirarse, algo preocupantemente habitual en el canadiense. En cuanto a las chicas, la ganadora fue la china Wang Xiyu, que, curiosamente venía de ganar los dobles en Wimbledon junto a su compatriota Wang Xinyu —no, no es un juego de palabras—. Su rival en la final fue la francesa Clara Burel, finalista en Australia este mismo año.


Novak Djokovic, Angelique Kerber y todo lo que nos dejó Wimbledon 2018

Novak Djokovic tras ganar la final masculina de Wimbledon 2018 Foto: Cynthia Lum / Cordon.

Han vuelto. Djokovic y Kerber, Kerber y Djokovic. El serbio ya había apuntado maneras en Roland Garros, perdiendo medio lesionado en cuartos de final, y se había quedado a un punto de ganar en Queen’s, pero pocos esperaban que consiguiera su cuarto triunfo en Wimbledon y el decimotercero en un torneo de Grand Slam. Igual que Federer y Nadal fueron el relevo de Djokovic, Djokovic lo ha sido del suizo y el español, que venían de repartirse los seis últimos grandes. De hecho, Nole fue el semifinalista más joven de esta edición a sus treinta y un años, pero de eso hablaremos —de nuevo— un poco más tarde.

En cuanto a Angelique Kerber, dominadora absoluta del circuito en 2016, se apunta su tercera gran corona derrotando ni más ni menos que a Serena Williams en la final, un plus. Para la estadounidense queda el dato casi heroico de haber sido finalista con casi treinta y siete años y después de disputar solo cuatro torneos desde que ganara la edición 2017 del Open de Australia. Si no es la mejor tenista de todos los tiempos, desde luego lo parece. Son ya veinte años de éxitos sin apenas decepciones de por medio. Llega el momento de analizar un torneo algo previsible pero que nos dejó partidos para el recuerdo.

1- Empecemos por el cuadro masculino y por el campeón: Novak Djokovic. Cuando logró completar a su manera el Grand Slam en 2016 —ganó los cuatro grandes seguidos, aunque no en el mismo año natural— pocos dudaban de que la cosa no iba a quedar ahí y que pronto superaría a Federer y a Nadal en la lista de tenistas más laureados. Por entonces, el serbio llevaba doce majors por catorce del español y diecisiete del suizo. Dos años después, Nole se presentaba en Londres con solo una final disputada en este periodo —el US Open de 2016, con derrota ante Wawrinka—, después de una molestísima lesión de codo, tras haber cambiado varias veces de entrenador y con una edad —treinta y un años— a la que las resurrecciones solían ser misión imposible. Mientras él seguía anclado en los doce grandes, Nadal ya sumaba diecisiete y Federer, veinte. No era exactamente un «ahora o nunca», pero los expertos tampoco parecían dispuestos a esperarle mucho más.

2- Ahora bien, lo consiguió. Pasó rondas ante rivales como Edmund o Nishikori sin atascarse más de lo aconsejable y viéndose relegado en ocasiones a la Pista 2, hasta que llegó a la semifinal contra Rafa Nadal. Después de años y años de dominio serbio, Nadal había ganado los dos últimos enfrentamientos y partía como número uno del mundo. Una victoria del español habría consolidado una tendencia más que peligrosa para Novak. El partido fue un espectáculo en todos los sentidos, probablemente el mejor del año: a la tensión del momento se le sumaron dos jugadores en estado de gracia y una emoción superlativa. Dos veces estuvo a punto Nadal de romper el servicio de Djokovic y sacar para ganar el partido pero fueron las dos únicas en las que no pudo conseguirlo. Nole aguantó y aguantó, y de repente se encontró con un 9-8 a favor y 0-40 sobre el saque del balear. De las tres oportunidades, le sobraron dos.

3- En cualquier caso, a Nadal poco hay que reprocharle: se pasó cinco horas en la pista contra Djokovic, divididas en dos días, después de jugar durante otras cinco horas contra Juan Martín del Potro en cuartos de final. Todo esto, a los treinta y dos años y después de la paliza que se pegó en primavera durante la gira de tierra batida. Tampoco jugó a su favor el hecho de que el partido se disputara con el techo cerrado. El español se medio quejó, con esa manera suya de «decir pero no decir pero a la vez decir». Wimbledon es un torneo al aire libre, así está catalogado, y así debería haberse jugado. Otra cosa es que sea justo que los cuatro torneos del Grand Slam sean en cubierto, que igual no lo es.

4- Una vez más, la resistencia mental de Nadal destacó sobre la de todos sus competidores. Es un atleta extraordinario en ese sentido. No sé si el mejor de la historia, pero por ahí debe de andar. No se rinde nunca, bajo ningún concepto y hace fácil lo difícil: ganar los puntos que cuentan. Si el partido ante Djokovic se fue a cinco sets y estuvo tan cerca de ganarlo fue por una sencilla razón: mientras el serbio había amenazado con el break en nueve de sus saques, consiguiéndolo solo en tres, él rompió las cuatro veces que tuvo oportunidad. Es cierto que esta fiabilidad le falló en el momento clave, pero para llegar al momento clave hay que pasar por muchas etapas antes y esas etapas también cuentan.

5- Hemos dicho que la semifinal entre Nadal y Djokovic fue la verdadera final porque la final duró más bien poco: Kevin Anderson llegó completamente agotado después de su maratón del viernes ante John Isner, con un 26-24 incluido en el quinto set y más de cien aces entre ambos jugadores. El partido reabrió el debate sobre la necesidad de acortar estas quintas mangas con un tie-break, como ya hacen en el US Open. Tiene toda la lógica del mundo, porque pasarse casi siete horas sacando y sacando no parece lo más sensato. Quizá se podría buscar un término medio, como ampliar ese posible tie-break a diez puntos o realizarlo a partir del 8-8 o incluso el 10-10.

6- Sea como fuere, a Anderson le pasó factura el esfuerzo y apenas fue competitivo en la final. Era de esperar porque el sudafricano tampoco es ningún niño, aunque extrañó la diferencia en condición física teniendo en cuenta que Djokovic también se había pasado cinco horas y media en pista ante Nadal, acabando menos de veinticuatro horas antes. El torneo de Anderson fue majestuoso, en línea con lo que está siendo su inesperada segunda juventud. Apoyado en su saque, como siempre, derrotó en octavos a un sólido Gaël Monfils, que venía haciendo su mejor torneo en Londres, y fue capaz de remontarle dos sets en contra a Federer en cuartos de final, sin duda la gran sorpresa del campeonato.

7- Nos paramos ahí un momento porque la oportunidad lo exige. Federer no solo cedió una ventaja de dos sets a cero por solo quinta vez en su carrera, sino que perdió el partido después de tener match point a favor en el tercer set. Según apunta @OnlyRogerCanFly basándose en las estadísticas del mítico foro Tennis Warehouse, esta es la vigésima vez que algo así sucede. Si aún no sabe si veinte veces son muchas o pocas, cabe decir que a Djokovic solo le ha pasado tres veces en su carrera, a Murray cinco y a Nadal, siete, aunque cuatro de ellas son anteriores a 2006.

Roger Federer en el partido contra Kevin Anderson. Foto: Kevin Quigley / Cordon.

8- Tras el partido, Roger afirmó en rueda de prensa que era una derrota muy dura: «Lo mismo tardo meses en recuperarme como me olvido a la media hora». Ver el nivel de Djokovic de alguna manera le habrá aliviado. Aunque Federer empezó el torneo de maravilla —llegó a sumar treinta y cuatro sets ganados de manera consecutiva si sumamos los de 2017—, la derrota ante Anderson no fue una casualidad: le habíamos visto torpe en Stuttgart, aunque se llevara el título, y algo incómodo en Halle, aunque llegara a la final. Está a días de cumplir treinta y siete años y, por muy campeón vigente que fuera del torneo, esa es una edad a la que es un poco injusto que te exijan la victoria. Viendo que no hay relevo digno de tal nombre, las posibilidades de Federer de seguir ganando grandes y luchando por el número uno dependerán exclusivamente de si Djokovic vuelve a su nivel de hace dos años.

9- Hemos pasado muy de puntillas por la actuación de John Isner y es un poco injusto, pero también es reflejo del nivel actual del circuito: que un jugador así haya ganado este año en Miami y dispute una semifinal de Wimbledon cuando debería haber empezado su declive indica que el nivel medio es mucho más bajo que hace cinco o diez años. Isner sigue siendo el jugador que siempre ha sido: un gran sacador, con un revés cortado decente y una derecha errática. En toda su carrera eso no le había servido más que para llegar a cuartos de final del US Open de 2011. Encontrárselo en semifinales sobre hierba es hasta cierto punto decepcionante, por mucho que nos alegremos por él.

10- Isner se impuso en cuartos de final a Milos Raonic, que pese a sus lesiones sigue dando guerra en Wimbledon año sí y año también. El canadiense, a sus veintiocho años, era el más joven de los ocho cuartofinalistas. De la tan esperada next generation solo cumplieron Stefanos Tsitsipas (perdió en octavos), Karen Jachánov (también en octavos) y Álex de Miñaur, que cedió en tercera ronda ante un avasallador Rafa Nadal. El resto, un desastre: Borna Coric, ganador en Halle, perdió en primera ronda ante Daniil MedvedevDominic Thiem se retiró lesionado también en primera ronda contra Marcos Baghdatis; Denis Shapovalov se quedó en segunda ronda ante un rival —BenoîtPaire— con el menisco desgarrado, y Francis Tiafoe cayó en tercera ante el citado Jachánov después de ceder dos sets de ventaja. Tampoco duró mucho más la aventura del ruso, que cedió en tres rápidas mangas ante Djokovic en octavos.

11- La gran decepción del torneo fue sin duda, una vez más, Alexander Zverev. Cabría esperar de su actuación en Roland Garros, con unos batallados cuartos de final, que por fin el alemán empezara a demostrar su talento en un grande, pero habrá que esperar al menos dos meses más. Zverev ya estuvo a punto de perder en segunda ronda ante Taylor Fritz y al final lo hizo en tercera frente al renacido Ernests Gulbis. Es imposible saber qué pasa con este chico. Ha ganado torneos importantes en tierra, en dura y en hierba… pero solo ha pasado una vez de tercera ronda en un Grand Slam. En cuanto a Gulbis, habrá que ver si ha sido flor de un día o si su recuperación va en serio. Sería una excelente noticia.

12- En el terreno negativo, destacaron también Grigor Dimitrov y Marin Cilic. Dimitrov perdió en primera ronda ante Stanislas Wawrinka. Si fuera sobre tierra y en 2015, lo entenderíamos, pero Wawrinka nunca ha destacado sobre hierba y en 2018 está casi retirado del tenis por sus continuas lesiones. Todos los avances del búlgaro el año pasado, incluyendo su Masters 1000 y las World Tour Finals, parecen haberse quedado en nada. Por su parte, Cilic, finalista el año pasado y campeón diez días antes en Queen’s, cedió contra el argentino Guido Pella en segunda ronda. Una enorme ocasión perdida para el croata, que al menos tuvo todo el tiempo del mundo para ver el Mundial a gusto.

13- En nuestra sección «¿Qué hacemos con Nick Kyrgios?» de nuevo tocan lamentos. Perdió en tercera ronda contra Nishikori después de enfrentarse públicamente con Marion Bartoli, la campeona de 2013. La francesa le reprochaba su actitud excesivamente despreocupada en pista y Kyrgios decidió burlarse de ella en Twitter. Todo venía a cuento de la multa de quince mil euros que le puso la ATP por fingir que estaba masturbando una botella durante las semifinales del torneo de Queen’s. Los esfuerzos de Kyrgios por convertirse en una continuación de Bernard Tomic no dejan de ser preocupantes.

14- Por cierto, Tomic se apuntó a la previa, se sacó su plaza en el cuadro principal, ganó un partido e incluso le arrebató un set en segunda ronda a Kei Nishikori. También ganó un partido —es decir, más que Dimitrov y Coric juntos— el veteranísimo Ivo Karlovic, que a sus cuarenta años parece más fuera que dentro del circuito. Lo de Karlovic fue especialmente doloroso porque cayó a continuación ante Jan-Lenard Struff después de cinco sets y un 11-13 en el quinto, incluyendo punto de partido a favor. En el camino dejó sesenta y un aces, la segunda mejor marca del campeonato después de los sesenta y cuatro de Isner ante Ruben Bemelmans.

15- Los españoles. Aparte de las semis de Nadal, lo único mínimamente celebrable fue el récord de Feliciano López de torneos de Grand Slam consecutivos disputados (sesenta y seis, desde Roland Garros 2002). La fiesta duró un partido porque en segunda ronda cayó contundentemente ante Del Potro, que cuajó un excelente torneo. Ferrer, Ramos, Carreño y Verdasco cayeron en primera ronda. García-López y Feliciano, en segunda. A las chicas no les fue mucho mejor.

Angelique Kerber en el momento en el que se proclama vencedora de la categoría femenina de Wimbledon 2018. Foto: Cynthia Lum / Cordon.

16- Vamos, pues, al cuadro femenino. Angelique Kerber estuvo fantástica durante todo el torneo. Ya el año pasado estuvo más cerca de lo que pareció de haber logrado un buen resultado, pero se le complicó el partido contra Muguruza cuando parecía tenerlo controlado y al final ella se quedó en octavos y la española acabó levantando el trofeo. Este año se aprovechó de la masacre de favoritas —de entre las diez primeras cabezas de serie, solo Karolina Pliskova llegó a octavos de final y ahí se quedó— para conseguir su tercer grande tras los triunfos en Australia y el US Open de 2016. Lo más impresionante de su victoria fue la manera de manejar a Serena Williams en la final. Una cosa es ganar a Serena y otra cosa es arrollar a Serena. Lo segundo está al alcance de muy pocas.

17- Por cierto, la menor de las Williams entró en el torneo rodeada de dudas: hundida en el puesto 181 de la WTA después de un año y medio casi sin competir por su reciente maternidad, tras tener que retirarse de Roland Garros con una lesión en el pectoral y con turbios problemas con la USADA, pocos confiaban en que la estadounidense fuera capaz de llegar tan lejos. La suya es una historia increíble. Ganó su primer grande en los años noventa y creo que eso lo dice todo. Es cierto que se benefició de un cuadro muy asequible, pero, como siempre digo en estos casos, la culpa no es suya, sino de quien pierde antes de que ella gane.

18- Gran torneo el de Jelena Ostapenko, que llegó a semifinales con cierta contundencia después de un decepcionante Roland Garros. La letona apenas le dio guerra a Kerber, pero se va consolidando como una jugadora hábil en todos los terrenos pese a su juventud. También destacó Julia Görges, aunque dio la sensación de que en la semifinal contra Serena podría haber hecho un poco más, como sí hizo Camila Giorgi en cuartos, por ejemplo. En cuanto a las sorpresas positivas, recalquemos la de Kiki Bertens, que por fin rompió el muro de los octavos de final sobre hierba.

19- En cuanto a sorpresas negativas, todas las que quieran: Kvitova, Sharapova, Caroline García, Sloane Stephens y Elina Svitolina perdieron en primera ronda; Muguruza y Wozniacki lo hicieron en segunda; Halep, Mertens, Barty, Keys y Venus Williams se quedaron en tercera. También cayó en dicha ronda Carla Suárez Navarro, pero me temo que tampoco se esperaba mucho más de ella en este torneo.

20- Nos quedamos con Garbiñe Muguruza por aquello de que era la campeona vigente y que venía de hacer semifinales en Roland Garros. Cayó ante Alison van Uytvanck de la manera más inopinada, después de ganar el primer set y sin oponer resistencia en los dos siguientes: 6-2 y 6-1. Digo ahora lo mismo que dije después de Roland Garros. Hablamos de una mujer que ya ha ganado dos grandes y que ha sido número uno del mundo. Todo lo que venga de más será un regalo y así habrá que tomarlo.

21- El momento emotivo de la quincena lo protagonizó la propia van Uytvanck cuando, después de vencer en tercera ronda a Anett Kontaveit, se lanzó a las gradas para besar a su novia, la también profesional Greet Minnem. Ver a dos mujeres besándose en una pista de tenis debería ser lo más normal del mundo, pero desgraciadamente no lo es. Que se recibiera, en medio de las manifestaciones del orgullo gay en todo el mundo, con alborozo es una excelente noticia. Sobre todo porque para ella fue importante, que es lo que cuenta. Hay que tener en cuenta que hablamos de un deporte en el que la jugadora con más títulos de Grand Slam —Margaret Court-Smith— es una conocida homófoba.

22- ¿Qué pasa con Elina Svitolina? No hablo ya de sus resultados deportivos, que son más que preocupantes, sino de su aspecto físico. Ha perdido muchísimos kilos en pocos meses o eso parece y uno empieza a preguntarse si no habrá algún tipo de enfermedad detrás de un proceso que sin duda está afectando a su tenis. La rusa no parece excesivamente preocupada, así que esperemos que la cosa quede en nada y pueda recuperar su mejor nivel cuanto antes.

23- Una de las grandes alegrías del cuadro femenino fue volver a ver a Belinda Bencic disfrutando del tenis y jugando a un gran nivel. Aunque ya no nos acordemos, Bencic llegó a ser top ten hace apenas un par de años y desde entonces no se ha vuelto a saber de ella, afectada por una plaga de lesiones. En Londres recuperó su versión más ilusionante, derrotando a García, Riske y Suárez antes de caer contra la campeona en octavos y dando guerra. Confiemos en su recuperación. También sorprendió gratamente Eugénie Bouchard, de la que tanto se había hablado para mal últimamente y que se apuntó a la previa, consiguió pasar al cuadro principal y ganó su primer partido antes de caer frente a Ashleigh Barty. Esta semana, de nuevo a los torneos ITF.

24- En cuanto a las demás categorías, breve recuento de ganadores y ganadoras: Mike Bryan se impuso en el dobles masculino, pero sin hacer pareja con su hermano, sino con su compatriota Jack Sock, cuya crisis en individuales sigue vigente desde que se impusiera en el Masters 1000 de París. En los dobles femeninos ganaron las checas Barbora Krejcikova y Katerina Siniakova. Los dobles mixtos fueron a manos de Alexander Peya y Nicole Melichar, que derrotaron en la final a los grandes favoritos, Jamie Murray —el hermano de Andy— y Victoria Azarenka.

25- ¿Quieren mirar al futuro con un poco de esperanza, visto lo visto? Bien, apunten de nuevo el nombre del taiwanés Tseng Chun-hsin, el mismo que ganó en Roland Garros y fue finalista en Australia. Llegó a la final sin ceder un solo set y acabó derrotando al local Jack Draper, que estaba ante la posibilidad de ser el primer británico en ganar la competición júnior desde 1962. Tseng tiene dieciséis años y un futuro esplendoroso por delante. Sobre todo porque, para cuando empiece a ser competitivo, igual Federer, Nadal y Djokovic ya han decidido retirarse… En el júnior femenino, la campeona fue la polaca Iga Swiatek, una apasionada de Jane Austen a sus diecisiete años. Toma así el relevo de las hermanas Uwe y Agnieszka Radwanska, que no están pasando precisamente por su mejor momento como profesionales.


Rafael Nadal, Simona Halep y casi todo lo que nos dejó Roland Garros 2018

Fotografía: Chen Yichen / Cordon.

El 5 de junio de 2005, Manuel Fraga comenzaba sus últimas elecciones gallegas como candidato del PP con unas incendiarias declaraciones contra el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. El juicio contra Michael Jackson por abusos sexuales a menores llegaba a su fin ante el evidente deterioro físico del cantante mientras, en Bolivia, el líder indígena Evo Morales pedía elecciones para deponer al gobierno. En el mundo del deporte, el COI publicaba sus primeros informes de evaluación respecto a las distintas candidaturas para los Juegos Olímpicos de 2012: París y Londres aparecían como favoritas, con Madrid y Nueva York en un segundo plano. Moscú quedaba prácticamente descartada.

Todo esto sucedía el mismo día que, con diecinueve años recién cumplidos, Rafa Nadal se proclamaba por primera vez campeón de Roland Garros tras derrotar en cuatro sets al argentino Mariano Puerta, posteriormente descalificado por dopaje. Creo que es una buena manera de colocar las cosas en contexto: trece años después, Fraga está muerto como muerto está Michael Jackson. Tras Zapatero llegó Rajoy y tras Rajoy ha llegado Sánchez. Evo Morales lleva una década instalado en el poder y Madrid no solo perdió la votación por los Juegos de 2012 sino que volvió a perder las de 2016 y 2020 hasta que por fin decidió olvidarse del asunto.

El mundo cambia y cambia rápido excepto para algunos elegidos: por ejemplo, Rafa Nadal, campeón a los treinta y dos años de su undécimo Roland Garros, decimoséptimo torneo de Grand Slam de su palmarés. Como diría Tolstoi, cada una de sus tres derrotas en París tiene detrás una historia distinta, pero sus once victorias en catorce ediciones dejan un aire en común: paseo tras paseo hasta el paseo final. Nunca en el deporte de élite se ha visto un dominio tal sobre una disciplina como el de Nadal sobre la tierra batida. Analicemos en detalle lo que nos ha dejado esta edición.

1. A diferencia del año anterior, cuando Nadal no perdió ni un solo set ni estuvo cerca de hacerlo, esta vez Rafa se ha mostrado moderadamente humano. En primera ronda, Simone Bolelli le forzó un tie-break, lo mismo que Maximilian Marterer en octavos de final. En cuartos, Diego Schwartzman llegó incluso a ir ganando 6-4, 2-1 y 40-0 con su saque… pero se puso a llover y la cosa acabó 6-4, 3-6, 2-6 y 2-6. En semis, Del Potro rayó a un excelente nivel durante ocho juegos en los que debió haberse llevado el primer set. Ahora bien, no convirtió ninguna de las seis oportunidades de break y acabó sufriendo un suplicio. La final, una vez más, fue poco más que un trámite.

2. Éramos muchos los que pensábamos que el juego de Nadal era pan para hoy y hambre para mañana. Allá por 2006, 2007, 2008… cuando veíamos a ese postadolescente correr detrás de cada bola como loco y recargar su calendario hasta la exageración para acabar cada temporada con algún tipo de molestia o lesión, el veredicto común era que, a los treinta años, el mallorquín estaría ya más que retirado. Pues bien, tiene treinta y dos y ha ganado tres de los últimos seis grandes. Los otros tres los ha ganado Roger Federer, a punto de cumplir treinta y siete.

3. Por cierto, la última vez que Federer y Nadal consiguieron ganar seis Grand Slams consecutivos fue en el tramo 2008-2009. Rafa se impuso en Roland Garros 2008, en Wimbledon 2008 y en Australia 2009 mientras Roger lo hacía en el US Open 2008, en Roland Garros 2009 y en Wimbledon 2009. Por aquel entonces, Juan Martín del Potro fue el encargado de romper la racha en el US Open de 2009. Que los tres sigan entre los cuatro mejores del mundo una década después creo que dice mucho del nivel de las siguientes generaciones, pero ese es un tema ya mil veces tratado.

4. Se podría argumentar que Rafa no ha tenido grandes rivales camino a la final. Es cierto. Sin embargo, a diferencia de lo sucedido en el pasado US Open, donde levantó el trofeo sin jugar contra un solo rival de los veinte mejores del mundo, apelar en Roland Garros al ranking del rival es absurdo. A cinco sets solo hay un jugador capaz de ganar a Nadal en tierra y ese jugador es Alexander Zverev… solo que Alexander Zverev, que tiene el tenis para ello, aún no ha aprendido a manejarse en formatos largos. Cuando lo haga, veremos.

5. Tiempo para el finalista, Dominic Thiem. El austriaco es un buen jugador, sin duda. No me parece una estrella, pero sus resultados están ahí, sobre todo en tierra, y ha sido el único en ganar a Nadal en esa superficie en los dos últimos años. Ahora bien, la diferencia con el número uno del mundo cuando el número uno del mundo se lo toma en serio es abismal, como se mostró en la final: Thiem solo fue competitivo durante seis juegos. Con todo, Thiem se ha convertido a sus veinticuatro años y medio en el segundo jugador nacido en los noventa en llegar a la final de un torneo del Grand Slam y eso que su preparación no fue la idónea: en tres semanas ha tenido que jugar doce partidos por su decisión incomprensible de participar en el torneo de Lyon mientras todos los demás favoritos descansaban. Espero que, por muy bien que le haya ido, el año que viene se tome su físico más en serio.

6. Aparte de Juan Martín del Potro —casi 30 años, resultados mediocres en tierra batida durante las últimas temporadas, lesionado justo antes de empezar el torneo y aun así semifinalista—, la gran historia del torneo fue la de Marco Cecchinato, un habitual de los torneos challengers que puede encontrar por fin cierta estabilidad entre los cincuenta mejores del mundo ahora que ha dejado atrás sus problemas con las apuestas. Cecchinato jugó muy bien y mereció llegar donde llegó, especialmente después de eliminar a Djokovic en cuartos de final con una exhibición de garra y juego. Mi problema es que me cuesta mucho hablar bien de gente relacionada con el dopaje o con los amaños. Gente, en definitiva, que no entiende lo que debería ser el deporte. Por lo tanto, aquí lo dejo.

7. Novak Djokovic. Muy buenas sensaciones hasta cuartos de final. Ahí, un poco de caos y de cabreo. Pasó de afirmar que volvía a estar a su mejor nivel a cuestionar su presencia en Wimbledon por un nuevo problema, ahora en el hombro. Seamos prudentes: no sé si a los treinta y un años le va a dar tiempo a poner de nuevo en orden todas las piezas, pero después de lo visto en las dos últimas temporadas con jugadores que todo el mundo daba ya por acabados igual se lía a ganarlo todo a los treinta y cuatro.

8- Hablaba antes de Alexander Zverev como gran esperanza de futuro, o incluso de presente. Con Federer regulando su calendario y a poco que Nadal se relaje un poco en lo que queda de curso, el alemán podría incluso optar al número uno. Si le presento como el único capaz de poner fin a la dictadura de Rafa en París es simplemente porque ya estuvo a punto de ganarle en Roma —solo la lluvia lo impidió— y porque antes de Roma ya había ganado dos Masters 1000 en tierra batida, algo que ni Thiem ha logrado. Este Roland Garros tiene que suponer un antes y un después para él. A sus veintiun años se había chocado siempre con la muralla de los Grand Slams y los partidos a cinco sets. Este año ha demostrado que está dispuesto a no dejarse vencer. Su  juego fue horrible, de acuerdo, pero remontó en todas las rondas hasta llegar a cuartos de final, donde cayó exhausto y lesionado ante el posterior finalista. Son los pasos que todo el mundo ha de dar para llegar a lo más alto. Aprender a luchar y aprender a perder. Me cuesta mucho no imaginarlo como vencedor de un grande este año o el siguiente a más tardar.

9. Los otros jóvenes nos dejaron un sabor agridulce: Stefanos Tsitsipas sufrió más de la cuenta para derrotar a Carlos Taberner… pero puso en serios apuros a Thiem en segunda ronda. Con otro cuadro, igual podríamos haber visto más del griego. Dennis Shapovalov tampoco tuvo suerte: en segunda ronda se enfrentó a un Maximilian Marterer en el mejor momento de su carrera —veintitrés años cumplirá en pocos días— y cayó en cuatro sets. Alex de Miñaur llegó y se fue: tres mangas perdidas contra Kyle Edmund y a casa. En cuanto al prometedor Felix Auger Aliassime no fue capaz ni de llegar al cuadro principal, derrotado por el español Jaume Munar.

10. En Jaume Munar nos quedamos. Gran torneo el suyo, refrendado la semana siguiente con un meritorio y sufrido triunfo en el challenger de Prostejov, lo que le coloca este lunes a las puertas del top 100. Es de lo poco a lo que puede agarrarse el tenis español, que ve cómo la carrera de David Ferrer llega a su fin así como la de Feliciano López en individuales —otra cosa son los dobles, donde llegó a semifinales con Marc López y puede seguir jugando hasta los cuarenta si quiere—. El mal momento de Roberto Bautista sigue siendo preocupante y la gran actuación de Fernando Verdasco, que se impuso cómodamente a Grigor Dimitrov en tercera ronda, apenas compensa el patinazo de Pablo Carreño, que sufrió en primera ronda, sufrió en segunda y acabó derrotado en tercera, precisamente ante Cecchinato. Seguimos esperando a Nicola Kuhn, convaleciente aún de una lesión en un dedo, y a Alejandro Davidovich, reciente finalista del challenger de Lisboa.

11. Por cierto, hay gente que se toma esto en serio y gente que se lo toma con más ligereza. En una superficie tradicionalmente hostil para él, Marin Cilic se clasificó para cuartos de final y puso en apuros a Del Potro. En una superficie que debería adaptarse a su juego, Dimitrov hizo lo de siempre: marcharse a casa mucho antes de lo que su talento debería permitirle. Incluso Kevin Anderson y John Isner lucharon hasta llegar a octavos. Especialmente doloroso fue lo del sudafricano, que dejó escapar dos sets y un break de ventaja antes de caer ante Diego Schwartzman.

12. Fabio Fognini hizo un buen torneo teniendo en cuenta que la estabilidad mental no es lo suyo. Cayó en octavos, también en cinco sets. En el camino dejó unas declaraciones en las que se quejaba del trato preferencial que se le estaba dando a la «NextGen», relegando partidos de gente más consagrada como Garbiñe Muguruza a pistas con menos glamur. Supongo que en ese caso concreto tenía razón. Ahora bien, entiendo que Fognini también se estará dando cuenta de que el tenis profesional agoniza. Si sobrevive es solo gracias a las exhibiciones de dos tipos que sobrepasan con mucho la treintena, así que la única ilusión del aficionado está en ver si los muchachos de la «NextGen» consiguen hacer lo que la generación de Fognini nunca hizo: apartarles del trono.

13. Hablando de la «NextGen», qué buena pinta tiene Karen Khachanov. No copa portadas, no es el estandarte de nada… pero qué bueno es cuando quiere. Pasó por encima del alicaído Lucas Pouille antes de caer en octavos ante Zverev, en un partido que debió ganar.  

14. Vamos ya al cuadro femenino. Después de tres finales de Grand Slam perdidas, Simona Halep se encontró con un 3-6, 0-2 en contra en su cuarto intento frente a Sloane Stephens, vigente campeona del US Open. Fue uno de esos momentos que define una carrera: ¿iba a resignarse Halep a un nuevo «no pudo ser» y seguir la larga lista de números uno del mundo incapaces de llevarse un grande? No. La derrota habría sido demasiado devastadora como para permitírsela. Su juego durante el resto del segundo set fue de tal calidad que acabó desquiciando a Stephens, desaparecida en la tercera manga. Roto el dique del primer «grande» no sería de extrañar que la rumana consiga llevarse unos cuantos más… claro que lo mismo decíamos hace dos años de Angelique Kerber.

15. Sobre Stephens, poco hay que decir. La asesina silenciosa. Parece que no está, nunca llega como favorita, no coquetea con el número uno del mundo… pero se quedó a un paso de su segundo grande. En eso se parece a su compatriota Madison Keys, a la que derrotó en semifinales: a dos semanas, ambas pueden ser intratables. Las dos tendrán una nueva oportunidad en Wimbledon.

16. Me gustó mucho Garbiñe Muguruza. Siempre tengo la sensación de que le exigimos demasiado. Queremos que sea Nadal y no es Nadal, claro. Nadie es Nadal. Después de un año espantoso y lleno de lesiones, se plantó en semifinales de un torneo que ya ganó en 2016. Tiene veinticuatro años aún, ha sido ya número uno del mundo, ha ganado dos grandes y ha sido finalista en otra ocasión. Yo diría que no está mal. De haber ganado su semifinal, habría vuelto a lo más alto del ranking WTA; aun así, las semifinales la dejan en el número tres a la espera de defender título en Wimbledon.

17. La gran sorpresa fue, sin duda, la derrota de Jelena Ostapenko en primera ronda después de haber ganado el año pasado, confirmando una primavera más bien gris sobre tierra batida. No solo extrañó la derrota sino la rival ante la que cayó derrotada, Kateryna Kozlova, número 62 del mundo y que solo duró un partido más en el torneo. En el plano positivo, habrá que reconocer la mejoría de María Sharapova, capaz de llegar a cuartos de final de un Grand Slam por primera vez desde su sanción por dopaje. Con Sharapova me pasa lo mismo que con Cecchinato, así que, enhorabuena, pero no voy a extenderme más.

18. ¿Qué hacemos con Karolina Pliskova? Hace cosa de un año iba a comerse el mundo y no sé hasta qué punto el mundo va a acabar merendándosela. Finalista en el US Open de 2016, semifinalista en Roland Garros de 2017 y fugaz número uno del mundo el pasado verano, la checa cayó en tercera ronda ante Sharapova por un excesivo 6-2, 6-1. Llega ahora Wimbledon, un torneo en el que no ha pasado de la segunda ronda en ninguna de sus siete pasadas participaciones. ¿Será la hora de la remontada o de seguir con la depresión? Un talento así no puede desaparecer de buenas a primeras.

19. Serena Williams fue otra de las grandes protagonistas del torneo. En su primer grande desde que ganara el Open de Australia de 2017 ya embarazada, la campeonísima estadounidense llegó con cierta facilidad hasta octavos de final donde tuvo que retirarse por unas molestias en el pectoral. Para muchos, no ayudó el empeño en seguir disputando el dobles con su hermana Venus. Según ella, era la única manera de saber hasta qué punto era grave la lesión. En cualquier caso, si después de un año sin competir y medio lesionada, consigue llegar a octavos en tierra batida, miedo da pensar lo que puede hacer en hierba o en pista dura si no hay sobresaltos de por medio.

20. Apunten este nombre: Daria Kasatkina. Igual queda en nada, pero por si acaso, apúntenlo. Entiendo que a Naomi Osaka ya la tienen apuntada aunque no fuera ni mucho menos su mejor torneo.

21. Iba a hablar del tenis femenino español pero la verdad es que el tenis femenino español se ha visto reducido a Muguruza. La siempre fiable Carla Suárez Navarro cayó de forma sorprendente en segunda ronda y ninguna de las otras dos participantes en el cuadro principal —Lara Arruabarrena y Georgina García Pérez— consiguió pasar la segunda ronda. Ahora bien, son dos casos bien distintos. Mientras Lara ya es una veterana en estas lides, Georgina disputaba en París su primer Grand Slam y solo haberse impuesto en su primer partido es un recuerdo que le quedará para siempre, aunque Wozniacki la despertara a continuación del sueño con un 6-0 y 6-1.

22. Herbert y Mahut, una de las mejores parejas de dobles del momento, se llevaron el torneo en su especialidad frente a Marach y Pavic. Es su tercer torneo de Grand Slam después de haberse llevado Wimbledon y el US Open en 2016. Curiosamente, siendo franceses, nunca habían destacado en Roland Garros. Para celebrarlo, la pista entera coreó «La Marsellesa» en su honor.

23. Agárrense con los ganadores junior porque vienen curvas. En el cuadro masculino, se impuso Tseng Chun-hsin, de dieciséis años, que venía de ser finalista este mismo año en Australia. Con Sebastian Korda compitiendo ya en los «futures», probablemente el taiwanés haya quedado como la gran promesa del circuito juvenil. En el cuadro femenino, la ganadora fue la estadounidense Cory Gauff. Lo impresionante de esta chica es que acaba de cumplir catorce años y de hecho ya había llegado a la final del US Open con trece. ¿Saben cuántas jugadoras de catorce años habían ganado ya un Grand Slam como juniors? Tres: Gabriela Sabatini, Jennifer Capriati y Martina Hingis. No les fue mal a ninguna.

24. Acaba por fin la temporada de tierra batida, una temporada que se lleva mal salvo que uno sea muy aficionado de Rafa Nadal porque la verdad es que competencia hay la justa desde hace ya catorce años. Lo curioso es que Federer puede arrebatarle el número uno del mundo solo con llegar a la final esta semana en Sttutgart, pero probablemente lo vuelva a ceder después de Queen’s y Wimbledon salvo nueva heroicidad. ¿Los demás? Al acecho. Puede que vuelva Murray, pero no hay que esperar gran cosa de él. A Wawrinka igual convendría ir dándole por retirado y Djokovic sigue siendo una incógnita, como hemos visto. En cuanto a los nuevos, habrá que esperar. Tarde o temprano, alguien llegará y acabará con este eterno retorno de los mismos nombres. Desde que Marat Safin se impusiera en la final del Open de Australia de 2005 solo siete jugadores se han repartido todos los torneos de Grand Slam (cincuenta y tres): Nadal, Federer, Djokovic, Murray, Wawrinka, Cilic y Del Potro. El más joven de todos cumplirá treinta años a lo largo de 2018.


Novak Djokovic y el último reto de la generación perdida

Novak Djokovic. Fotografía: Cordon Press.
Novak Djokovic. Fotografía: Cordon Press.

John McEnroe acabó 1984 como número uno del mundo con un registro impecable: ochenta y dos victorias y solo tres derrotas en diez meses de competición. Entre los trece títulos que sumó aquel año se contaban su cuarto US Open y su tercer Wimbledon. En Roland Garros llegó a la final pero cayó en cinco sets ante Ivan Lendl después de haberse apuntado los dos primeros parciales. Si no ganó en Australia fue simplemente porque, como era habitual en la época, decidió no participar.

El estadounidense tenía veinticinco años y una década por delante condenada a llevar su nombre. Sin embargo, no volvió a ganar ni un solo título de Grand Slam en toda su carrera. Estas cosas en tenis pasan más a menudo de lo que creemos. Por ejemplo, Roger Federer ganó su decimosexto «grande» en enero de 2010. Con veintiocho años y después de ocho finales consecutivas, ¿quién iba a suponer que en los siguientes seis años solo ganaría uno más, en Wimbledon 2012? Lo mismo se puede decir del Nadal que arrasó en 2013 a los veintisiete años y que acabó número uno después de ganar su segundo US Open. Desde entonces, dos años ya, solo ha conseguido sumar un Roland Garros.

Nunca hay que dar la victoria por sentada. El año de Novak Djokovic, que acaba de cumplir veintiocho, ha sido tan espectacular —tres Grand Slams, la Masters Cup, seis Masters Series…— que todo el mundo se ha dedicado a proyectar hasta dónde puede llegar el serbio. Efectivamente, no se ve alternativa, como no se le veía a McEnroe ni a Federer ni a Nadal… pero, cuidado, porque la alternativa se abre paso cuando menos te lo esperas.

Lo que sí parece claro es que mientras los rivales sean los mismos, no hay que esperar resultados diferentes. La media de edad de los diez primeros de la ATP está en unos excesivos 29,7 años y no se puede decir que los que vienen detrás sean jóvenes hambrientos de gloria. En el grupo que va del número once al número veinticinco de la clasificación el promedio apenas baja a los 28,8 años. Son edades a las que el jugador de tenis, al contrario que el futbolista o el baloncestista, suele empezar su declive. En los tiempos que corren, sin embargo, parece que es al revés: cuantos más años en el circuito, más posibilidad de mejora.

¿Quién será el encargado entonces de ponerle el cascabel al gato? De los presentes en la pasada Masters Cup solo el japonés Kei Nishikori aún no había cumplido los veintiséis años, cosa que hará en menos de un mes. Nishikori tiene también el «honor» de ser el jugador más joven del circuito con una final de Grand Slam en su palmarés. De entre los nacidos en la década de los noventa, solo Milos Raonic ha conseguido al menos clasificarse para una final de Masters 1000, el siguiente nivel de competición. Del resto, no hay noticias.

Estamos ante un extrañísimo caso de «generación perdida». No está nada claro que ellos vayan a ser capaces de tomar el relevo y desbancar a los Djokovic, Murray, Nadal y Federer pero lo mismo podríamos haber pensado de Stan Wawrinka el año pasado y, cercano al crepúsculo de la treintena, ha conseguido ganar en Australia y en Roland Garros. Por si acaso, vamos a hacer un repaso de quiénes son los nacidos en los noventa que más posibilidades tienen a corto plazo de dar guerra en grandes torneos.

Los últimos bastiones de la generación perdida

Si buscamos entre los treinta primeros de la clasificación ATP solo encontramos seis jugadores nacidos después del 1 de enero de 1990. Entiendo que si rozando los veinticinco años de edad ni siquiera te asomas por estos puestos es complicado que llegues a ser una estrella. Vamos a hacer un repaso de quiénes son y cuáles son sus posibilidades:

Milos Raonic (Canadá, 1990).- La gran decepción de la temporada, culpa sin duda de sus continuas lesiones. Es curioso que en una élite donde abundan los treintañeros las lesiones se ceben con los más jóvenes como Nishikori, Del Potro o el propio Raonic. Durante la temporada 2014 pareció que mejoraba su movilidad en la cancha, pero este 2015 ha dejado la mejora entre paréntesis. Si mantiene su efectividad al saque y esa derecha brutal como acompañamiento puede aspirar a algo, sin duda. Tendrá que mejorar (mucho) el revés y la capacidad de sufrimiento. Pese a todo, rascando aquí y allí y con los cuartos de final de Australia como mejor resultado del año, además de la victoria en un torneo menor como el de San Petersburgo, ha conseguido acabar el 14º de la clasificación.

David Goffin (Bélgica, 1990).– Lleva años amagando sin llegar a dar del todo. Jugador de fondo de pista, con un buen revés a dos manos y gran consistencia, brilló sobre todo en los torneos de verano, cuando las grandes estrellas descansaban antes de empezar la gira americana. Fue finalista en Gstaad y en Hertogenbosch, mostrando su capacidad de brillar en todo tipo de superficie. Por lo demás, en las grandes citas no se ha sabido nada de él: octavos de final en Wimbledon y cuartos de final en Roma, eso es todo. Da la sensación de que su físico le limita demasiado. Aún puede salvar la temporada llevando a Bélgica a ganar la Copa Davis. En la actualidad, ocupa el 16º lugar del ranking ATP.

Bernard Tomic (Australia, 1992).- Desde su irrupción como adolescente en el Open de Australia de 2011 siempre se ha esperado mucho de Tomic, enorme sacador y de una potencia descomunal. Cuando está entonado puede plantarle cara a cualquiera y así lo ha hecho a lo largo del año. Cuando no está entonado, olvídate. Puede ir perdiendo un set 4-0 y ganarlo como ir ganando 5-2 y perderlo. Completamente imprevisible, a su favor hay que decir que este año ha ganado en regularidad y que lo que parecía una bala perdida, un muñeco roto, vuelve a ser un rival de entidad. Ganador en Bogotá, ha acabado 18º en la clasificación.

Dominic Thiem (Austria, 1993).- Nadie daba un duro por Thiem hasta que de repente se fue colando en el top 100, top 50, top 25… No hay nada que haga especialmente bien pero tampoco tiene grandes carencias. Igual que le pasara a Goffin, centró sus esfuerzos en la parte intermedia del calendario, la más asequible, encadenando el título de Umag y el de Gstaad con unas semifinales en Kitzbuhel. Parecía que eso iba a ser el preludio de una brillante gira de cemento pero no se volvió a saber nada de él. Es el más joven del grupo, pero ha de aspirar a algo más que una tercera ronda en un Grand Slam. Ocupa el puesto 20º en la clasificación.

Jack Sock (Estados Unidos, 1992).- La crisis del tenis estadounidense es algo nunca visto en la historia de este deporte. Desde el triunfo de Roddick en el US Open de 2003, ningún compatriota ha vuelto a ganar un torneo del Grand Slam. El último en jugar una final fue Andre Agassi en 2005. Diez años sin saber nada de los americanos es mucho tiempo. El perfil de jugador que sale de su cantera es siempre el mismo: gran sacador, con buena derecha, cierta torpeza en el movimiento lateral y poca capacidad de sufrimiento en la pista. Sock, sin salirse del todo del perfil, parece que al menos intenta no caer en el estereotipo. En Roland Garros le dio mucha guerra a Rafa Nadal y eso no es cualquier cosa. Ganó en Houston y alcanzó semifinales en Basilea y en Newport. No pasó de tercera ronda en ningún otro gran torneo, terminando la temporada como el 26º del mundo.

Grigor Dimitrov (Bulgaria, 1991).- A su favor tenía hasta la magia de los números: Sampras nació en 1971, Federer en 1981 y él en 1991. La comparación con el suizo fue constante desde su triunfal época de junior y en algunos momentos del año pasado vislumbramos la posibilidad de que el búlgaro diera el gran salto. Sin embargo, los años pasan y, sí, la calidad esporádica, el revés a una mano a la línea o la derecha imposible están ahí, pero de la cabeza y el sacrificio seguimos sin saber nada. Ha sido para él un año horrible. Cuando más se esperaba su explosión, se ha hundido hasta el puesto 28º de la clasificación. No hay que descartar que de repente tenga uno o dos años brillantes, con títulos grandes incluidos, pero el tiempo pasa y desde luego nada apunta a que vaya a ser el dominador que todos pensábamos.

La generación sin miedo: abran paso a la adolescencia

Sinceramente, de los arriba mencionados solo veo a Raonic y Dimitrov como posibles ganadores de un torneo de Grand Slam, así que el relevo, que tarde o temprano tendrá que producirse, ha de estar en la siguiente generación. Jugadores entre los diecisiete y los veinte años que ya han ido apuntando maneras. Hacer un repaso de jugadores a estas edades tiene un punto de temerario porque siempre hay deportistas de explosión tardía que pueden romper cualquier molde. Sampras, por ejemplo, ganó el US Open con diecinueve años, pero con dieciocho nadie daba un duro por él, perdido en la competencia con los Agassi, Courier, Chang y compañía.

Por si acaso, vamos a poner aquí algunos nombres para que los vayan siguiendo. A su favor está que no llevan años y años estrellándose contra los veteranos y por lo tanto no deberían tener tanto respeto. En algún caso incluso se han saltado ya el escalafón con todo el morro del mundo.

Nick Kyrgios (Australia, 1995).- El enfant terrible del circuito. Una especie de Bernard Tomic pero aún más macarra. Kyrgios apareció casi de la nada para ganarle a Nadal en Wimbledon 2014 y este año derrotó a Federer en Madrid después de tres tie-breaks. Tiene una pinta estupenda a poco que calme determinados impulsos. Jugador muy agresivo, con gran saque, tiró su temporada a la basura en Canadá, cuando se impuso a Wawrinka después de dedicarse a hacer chistes sexuales sobre su novia. El mundo del tenis se le echó encima y desde entonces solo fue capaz de ganar seis partidos en tres meses. El año que viene será decisivo. Ya ha jugado cuartos de final en Australia y en Wimbledon y durante una semana pisó el top 25 de la ATP. Ahora es el 30º.

Borna Coric (Croacia, 1996).- Tiene los altibajos propios de un adolescente, pero muchos ven en él al próximo Novak Djokovic. Empezó el año al filo del top 100 y ya se ha metido entre los cincuenta mejores del mundo. En Dubai ganó a un Andy Murray en racha para perder contra Federer en semifinales. También llegó a semis en Niza y eliminó a Robredo en segunda ronda de Roland Garros, aguantando cinco sets ante uno de los ironmen del circuito. Es cierto que a partir de ahí bajó un poco el pistón pero aun así le ganó un set a Nadal en el US Open. El año que viene tiene pinta de ser clave. Lo empezará como el 44º mejor jugador del mundo.

Hyeon Chung (Corea del Sur, 1996).- Acaba de recibir el premio al jugador con mayor progresión del año y no es para menos: ha pasado en doce meses del 167º al 52º. Ahora bien, hay algo de truco: casi todos sus puntos los ha ganado en challengers —torneos de segunda división— y jugando en Asia y Australia. Cuando ha pasado por el circuito ATP apenas se le ha visto. Complicado pronunciarse con jugadores así, esperemos que el año que viene se decida a viajar más.

Thomas Kokkinakis (Australia, 1996).- No sé qué pasa con los jóvenes australianos hijos de inmigrantes pero parecen llamados a montarla cada vez que pueden. De Kokkinakis se dice que es el mejor de su generación, mejor incluso que Kyrgios, pero va más despacio y la propia amistad con Kyrgios ya levanta sospechas. En lo que podría haber sido sin problema un año muy bueno para él se ha limitado a quedar el 78º de la clasificación, aunque quizá sea demasiado joven como para pensar ya en un estancamiento. En el pasado Open de Australia ganó en cinco sets a Ernests Gulbis y perdió también en cinco con Sam Groth. Se ve que cuando quiere se agarra a la pista. No siempre quiere.

Alexander Zverev (Alemania, 1997).- Número uno del mundo en categoría junior, el talento y la contundencia de Zverev están fuera de toda duda. Queda, como siempre, la sospecha de su compromiso. Su hermano Mischa también iba a comerse el mundo y las lesiones le han acabado machacando. Para ser casi un niño tiene ya unas cuantas victorias contra rivales de nivel medio, incluyendo una heroica en Wimbledon contra Gabashvili que acabó con 9-7 en el quinto set. A partir de ahí, brillantes semifinales en Bastad y cuartos de final en Washington, ganando a Anderson y Dolgopolov. Después de perder en primera ronda del US Open, también en cinco sets, su temporada se vino abajo hasta acabar el 81º de la clasificación. El año que viene debería rozar el top 25.

Yoshihito Nishioka (Japón, 1995).- De Nishioka hablan verdaderas maravillas, aunque su ámbito de juego sigue siendo Asia y eso, a los veinte años, empieza a ser peligroso. Solo ha jugado nueve partidos a nivel ATP este año, perdiendo seis. Está en esa clase media, junto a Elías Ymer, Jared Donaldson o Kyle Edmund, que no se sabe por dónde van a tirar en el futuro. Sus puntos obtenidos en challengers no le han permitido pasar de la 142ª posición en el ranking.

Andrey Rublev (Rusia, 1997).- Otro niño con una pinta descomunal a poco que consiga centrarse. En principio, lo tiene todo, especialmente una derecha fantástica. El problema es que no ha tenido muchas oportunidades para demostrarlo más allá de la eliminatoria ante España en la Copa Davis, en la que pasó por encima de Pablo Andújar, por entonces número 32 del mundo. Cumplió los dieciocho hace solo un mes, así que es difícil evaluar una temporada en la que en vez de refugiarse en los challengers ha decidido participar en bastantes torneos ATP, fajándose en las previas para entrar en el cuadro principal. Eso ha dañado su ranking (173º) pero puede suponer una gran inversión cara al futuro.

Frances Tiafoe (Estados Unidos, 1998).- El benjamín del grupo. Para hacerse una idea, nació el mismo año que Federer debutaba en el circuito. De él se vienen hablando tales maravillas que cuando uno le ve jugar contra hombres no puede evitar soltar un «no es para tanto». A los quince años ya ganó la prestigiosa Orange Bowl y dos años más tarde se convirtió en el estadounidense más joven desde Michael Chang en participar en Roland Garros. Su experiencia duró un partido. Tres sets, en concreto. A veces, tiende a mostrar cierta apatía en la pista, algo muy adolescente por otro lado. Si se pone las pilas, tendrá su parte del pastel del futuro. Si se sigue dejando llevar, puede acabar como un Donald Young cualquiera.

Estos son solo algunos de los candidatos. Muchos de ellos no llegarán a nada. Otros puede que acaben con el dominio de los treintañeros. En cualquier caso, si se les ocurre alguno que debería estar en la lista y no está, no duden en presentárnoslo en los comentarios.