Mantenerse al margen

Le Roman de la Rose. Ilustraciones de Jeanne de Montbaston.

Los libros están tan sacralizados que descubrir el rastro que dejó alguien en una lectura anterior en forma de nota o garabato nos puede servir de inspiración para trazar un retrato robot del autor de semejante ultraje y estimar el castigo que merece.

Es comprensible la reacción de repulsa que provoca lo que podemos considerar un acto de vandalismo causado al medio de transmisión del conocimiento por excelencia, pero ni todos los libros son intachables ni todo tachón es censurable. Dejar una alerta sobre una mala traducción, señalar un párrafo excelente, apuntar una referencia de otra obra o simplemente dibujar un caracol que amenice una posterior lectura propia o ajena puede convertir un libro en un ejemplar único, distinto a todos los clones que escupió la imprenta, y supone una ventaja del papel frente al lector digital que, sí, admite notas, pero no garabatos de puño y letra.

El hipervínculo analógico en forma de escolios y glosas es tan antiguo como la escritura y, de hecho, los primeros vestigios de una lengua, como el castellano, pueden proceder de la necesidad de añadir una nota de traducción.

La costumbre de anotar en los márgenes de un texto nos ha ido dejando testimonios históricos de escribas, lectores y estudiantes que nos aportan información por capas de la vida de ese escrito y de las manos por las que pasó, lo que demuestra que el mérito del garabato no reside solo en el prestigio de quien lo realiza, sino en el fruto que proporciona en su devenir. ¿Quién nos dice que dentro de unos siglos una lista de la compra improvisada en un margen no servirá para interpretar las costumbres del siglo XXI, cuando ya apenas se escribe a mano? ¿Y que los extraterrestres que presuntamente colonicen la tierra y acaben con nuestra especie no se pasarán años intentando interpretar el caracol que hicimos en una esquina de Alatriste? ¿No sería una revancha de mejor provecho que muchos de los miles de ejemplares que se editan cada año?

Algunos ejemplares de la Edad Media conservan, tanto en los márgenes como en las páginas de cortesía, rastros de pruebas de pluma —con las que el escriba tanteaba la fluidez de la tinta en el cambio de herramienta—, caras con gestos que recuerdan a los emoticonos actuales, garabatos producto del aburrimiento, breves frases para expresar cansancio o lamentarse por la torpeza junto a un borrón, un curioso repertorio de manecillas ☚ artesanales, así como dibujos no tan casuales —elaborados con posterioridad al texto en los espacios en blanco que dejaban los copistas en los códices y los impresores en los incunables a imitación de aquellos— que ilustran obras con todo tipo de imágenes, algunas tan divertidas que chocan con la idea que tenemos de la oscura sociedad medieval, menos lúdica que la actual en el imaginario común, y entre las que podemos encontrar pedos trompeteros, conejitos asesinos que se enfrentan a caballeros armados (inspiradores, respectivamente, de algunas escenas animadas y del sanguinario conejo de Caerbannog en Monty Python and the Holy Grail), monos psicópatas, perretes, personajes grotescos, fantásticos seres híbridos, clérigos impúdicos, un gran número de caracoles a los que los expertos llevan años buscando una explicación y, por supuesto, penes. Esta iconografía acompaña con frecuencia textos religiosos, hecho que resulta más sorprendente y dificulta su interpretación. Puede que no nos encaje el peculiar sentido del humor medieval o que realmente estas imágenes no tuvieran ninguna gracia, puede que fueran travesuras sacrílegas o inocentes paráfrasis simbólicas de las que no tenemos la clave para contextualizarlas.

Estas incógnitas no son un inconveniente para el objetivo que nos ocupa, que no es otro que la apología del garabato. Sea cual fuera su intención, gracias a estas monjas, monjes y artistas seculares que iluminaron aburridos manuscritos, hoy disponemos de un jardín de las delicias con toda clase de criaturas exóticas jugueteando por sus márgenes que cuenta con devotos estudiosos en varias universidades.

El impulso de aprovechar y reutilizar bienes tan preciados como el pergamino o el papel —en ocasiones por razones imperativas— ha cundido en todas las épocas y géneros. Uno de los ejemplos más famosos es el teorema de Fermat, conjeturado en 1637 por —sorpresa— Fermat en el margen de una edición de la Arithmetica de Diofanto, de la que no se conserva el original, cuyo reducido tamaño afirmaba que le impedía demostrarlo. Fermat dispuso posteriormente de tiempo y papel suficientes para hacerlo, pero parece que lo fue dejando y murió sin dejar constancia de haberlo logrado o siquiera de tenerlo en mente. Así, mantuvo entretenidos a muchos matemáticos que se empeñaron en demostrar su teorema durante más de trescientos cincuenta años, hasta que Andrew Wiles lo consiguió en 1995.

Lectores célebres de todos los oficios han ido apostillando la historia de la literatura, desde Quevedo hasta Marlene Dietrich, pasando por Jane Austen o Edgar Allan Poe, lo que ha dado lugar a un género en sí mismo: la marginalia, término tomado del latín por Samuel Taylor Coleridge, bibliófilo y prolífico autor de comentarios, para designar esta forma de literatura adyacente.

Este diálogo de los lectores con sus libros y con los autores de estos ha producido resultados especialmente interesantes. Es el caso de las notas manuscritas por Voltaire en numerosas obras de su biblioteca personal que, a su muerte en 1778, fue adquirida por Catalina II y se conserva en la Biblioteca Nacional de Rusia, en San Petersburgo. Entre los dos mil ejemplares pintarrajeados, ocupan un lugar especial varias obras de Rousseau en las que evidencia la animadversión por este autor. Podemos encontrar joyas como un ejemplar de El contrato social comentado en ocasiones vehementemente, en otras con lacónicas observaciones de desprecio como «supposition ridicule» y en otras, las menos, con escuetas señales de aprobación como «bon» (en referencia a su reprobación del despotismo).

Más inextricables son las anotaciones que nos dejó David Foster Wallace en obras de, entre otros, Don DeLillo, John Updike o Cormac McCarthy, a quien caricaturizó dibujando unos colmillos, bigote y gafas sobre la foto del ejemplar de Suttree. Unos trescientos libros que revelan una dicotomía personal entre su identidad pública como escritor y su identidad privada y que se encuentran en el Harry Ransom Center de la Universidad de Texas, en Austin, archivo que restringió el acceso a varios de los ejemplares anotados por Wallace, en concreto a los de temática de autoayuda, después de haber sido objeto de la investigación de la periodista Maria Bustillos, fruto de la cual esta publicó en 2011 «Inside David Foster Wallace’s Private Self-Help Library» en la revista The Awl, un artículo en el que interpretaba a través de las notas manuscritas la personalidad del autor y las relaciones con sus familiares, afectando a la intimidad de algunos de ellos.

Esta circunstancia pone de manifiesto hasta qué punto se pueden exponer los pensamientos en unas líneas junto a un párrafo impreso y cómo pueden trazar una biografía marginal, en el más amplio sentido de la palabra.

Posiblemente este último relato no anime mucho a lanzarse a romper el tabú del libro sagrado, pero no es necesario proceder al desnudo integral para iniciarse en esta estupenda técnica de análisis y concentración. Ni para perfeccionarla. Podríamos lamentar más ir a buscarnos un día en nuestros libros y no encontrar nada que haber pecado de exhibicionistas. Dejémonos pistas.  Se puede empezar con algo más ligero y en algo menos doloroso que un libro: la página instigadora de una revista.

Soy la página impresa que estás a punto de pasar. No lo hagas sin doblar una esquina para recordarme. Coge un lápiz para subrayar lo que te gustó o enmendar un error. Cuenta algo en el hueco que te dejé al lado o dibuja un caracol furioso. Implícate.


Bibliografía

Camille, Michael, (1992). Image on the Edge: The Margins of Medieval Art, Reaktion Books.

Roache, J., (2017). «“The Realer, More Enduring and Sentimental Part of Him”: David Foster Wallace’s Personal Library and Marginalia». Orbit: A Journal of American Literature.


«¡Hacedle una foto a Salinger!»

J. D. Salinger, ca. 1950. Fotografía: Cordon.

Pasaban los años y J. D. Salinger, asediado por el éxito de El guardián entre el centeno (1951), no daba señales de vida; ni publicaba, ni se dejaba ver. En cambio, se sabía que escribía, y que el resultado lo metía en un cajón. Lo admitía en alguna de las pocas entrevistas que concedió a los periodistas que subieron a lo largo de los años a hablar con él a New Hampshire. «Lo único que importa es la escritura», le dijo a Betty Eppes en 1980, cuando aceptó hablar con ella después de que la periodista le dejase una nota explicándole que estaría dentro de un Pinto de color celeste aparcado al lado del puente cubierto que había al lado de su casa.

En 1977, ante un silencio literario que empezaba a durar demasiado, el editor de narrativa de la revista Esquire, Gordon Lish, le escuchó decir a su jefe que no les vendría nada mal publicar un bombazo. Lish era un tipo expeditivo, y a la que pudo —pudo esa misma noche— se emborrachó y escribió «Para Rupert, sin remordimientos»; un relato cuyo título se inspiraba en «Para Esmé, con amor y sordidez», una de las piezas que componen Nueve cuentos, de Salinger. En la revista no lo pensaron dos veces y lo publicaron como «Anónimo» y muchos lectores creyeron que detrás se encontraba el auténtico Salinger.

El estilo lo imitaba burdamente, pero la revista se agotó en los quioscos. Aquel número fue uno de los más vendidos en toda la historia de Esquire. Levantó una gran polvareda. Periódicos, televisiones y radios se referían a todas horas al regreso de Salinger. Esquire había conseguido su bombazo. Pero un día Lish cometió la imprudencia de revelar a Dorothy Olding, la agente literaria de Salinger, que el autor del relato en realidad era él, y al poco, esa confesión se convirtió en noticia de primera plana. Fue otro bombazo, pero al revés. «Salinger me hizo llegar que pensaba que lo que yo había hecho era absurdo y despreciable. Y me dolió, porque a mí no me parecía ninguna de las dos cosas. Lo que yo pensaba era que, si Salinger no iba a escribir más relatos, alguien tenía que escribirlos por él», declaró a Shane Salermo y David Shields, autores de Salinger, una de las biografías más completas y sugestivas sobre el escritor neoyorquino.

Esta anécdota revela hasta qué punto se añoraba leer nuevas historias de Salinger, aunque no fuesen de Salinger. Pero, ¿y ver a Salinger? Esa fue otra obsesión de la prensa estadounidense, que cuanto más se empeñaba Salinger en no ser retratado, y aislarse, más deseaba aquella su fotografía. Es sabido que para la tercera reimpresión de El guardián entre el centeno, como si temiese la fama que se le venía encima, el autor ordenó a la editorial, Little, Brown, que retirase su foto de la sobrecubierta. En cierto sentido, ahí empezó su huida.

Harto de todo, un día dejó su apartamento en el East Side de Nueva York y se fue a vivir a Cornish, New Hampshire, donde adquirió una granja de treinta y seis hectáreas. La casa carecía de tuberías y caldera, y acometió las obras personalmente. En realidad, Salinger no deseaba romper con el mundo, pero sí protegerse de él, para seguir escribiendo con tranquilidad. Cuando supo que la granja vecina se había puesto en venta, y que iban a construir un camping para caravanas, «se horrorizó y se apresuró a hipotecar su propiedad para comprar las tierras y preservarlas», cuenta Kenneth Slawenski en J. D. Salinger. Una vida oculta. Sus vecinos nunca olvidaron ese gesto. Así como una vez había levantado una valla para protegerse de ellos, a partir de entonces estos se unieron para preservar su intimidad de los intrusos.

Los intentos de fotografiar a Salinger poseían a menudo estructura de novela. Newsweek fue una de las primeras revistas que se lo propuso. En 1960 encargó el trabajo a un fotógrafo local, al que en el último momento le faltó ambición. Después de llegar a las inmediaciones de la granja, aparcar su coche y agazaparse, vio aparecer al escritor con su hija. En lugar de fotografiarlo, sin más, se acercó a saludarlo. Salinger se mostró tan cordial, que no se vio capaz de contarle que estaba allí porque Newsweek lo había enviado, así que se fue sin retratarlo. No obstante, la revista reveló que Salinger había construido un búnker para escribir.

Un año después lo intentó Life. La redactora jefa se puso en contacto con Ted Russell, que se encontraba haciendo fotos en las Naciones Unidas. Le explicó que hacía casi diez años que nadie fotografiaba a Salinger, y que le daba tres días para hacerlo; ni uno más. Le pagarían cien dólares por día. Si se cumplía ese plazo y no disponía de la dichosa foto, podía olvidarse.

Russell se pasó dos días y medio esperándolo entre unos matorrales. Llovía y hacía frío, o al revés. Estaba a punto de perder la esperanza. Entonces, apareció. Llevaba puesto el mono que usaba para escribir y trabajar en el jardín. «Estaba tan cerca que me dio miedo que oyera el clic del obturador». Tuvo tiempo a sacar media docena de instantáneas. «Una de mis favoritas es una foto de su perro con el hocico metido debajo de la cerca. Me hizo gracia que Life pusiera al pie: “El perro de Salinger echa un vistazo nada salingeriano por debajo de la cerca”». El reportaje ocupó nueve páginas de la revista.

Definitivamente, no existía el lugar tranquilo. El propio Holden Caulfield lo vaticina cuando señala que no hay forma de dar con un lugar así porque no existe. «Cuando te crees que por fin lo has encontrado, te encuentras con que alguien ha escrito un joder en la pared».

Pasaron los años y Newsweek quiso volver a la carga. Esta vez envió a Michel McDermott. Era 1979. Salinger había dejado de publicar hacía mucho tiempo. Su última historia, «Hapworth 16, 1924», apareció en The New Yorker en 1965. Cuando el fotógrafo pidió el teléfono o la dirección del escritor, en la revista se rieron. «No es tan fácil —le dijo el director—. No disponemos de información personal… Solamente sabemos que recoge su correo en Windsor, Vermont». McDermott condujo su Volkswagen Rabbit hasta allí y estacionó al lado de la oficina postal. Empleó su paciencia para comer Cheetos y beber Pepsi sin parar, y al fin lo vio llegar. Sus fotos tuvieron gran impacto, y lo mismo ocurrió en 2008, cuando regresó a Windsor e hizo las últimas fotografías conocidas de Salinger antes de morir.

Junto a Life y Newsweek, Time fue la otra revista que publicó un extenso trabajo de investigación sobre el autor de Nueve cuentos. Lo hizo en septiembre de 1961, coincidiendo con la publicación de su nuevo libro, Franny y Zooey, dos relatos que habían sido ya publicados en el New Yorker. Para ilustrar el reportaje, la revista optó por un dibujo imaginario de Salinger.

El gran momento fotográfico en la vida de Salinger se produce, sin embargo, en 1988, cuando dos paparazzi freelancePaul Adao y Steve Connelly— cumplieron a rajatabla las órdenes de los editores del New York Post: «Hacedle una foto». En su perfil sobre Don DeLillo para New Yorker, David Remnick señala que «la razón de que el Post persiguiera a su presa no constituye ningún misterio. Por los motivos que sea, Salinger dejó de publicar hace mucho tiempo, y ha vivido como un prófugo desde entonces. Su retiro se convirtió para los periodistas en una historia que exigía resolución, intervención y exposición». Hicieron su trabajo y el periódico publicó a toda página una foto de Salinger con un puño en alto, como si se dispusiese a golpear la cámara, y bajo un titular exclamativo: «¡El guardián cazado!».

Pero, ¿cómo se hizo esa foto? Paul Alexander, otro de los biógrafos del escritor, cuenta que Adao y Connelly lo abordaron a la salida del supermercado Purity Supreme de West Lebanon, en New Hampshire. Detuvieron su coche al lado de su destartalado jeep, y cuando salía del establecimiento, con el carro de la compra, Connelly se bajó y empezó a disparar su cámara. Salinger estalló de irá, lanzó el carro contra él y se fue a por su compañero, que se encontraba al volante. Le pegó un puñetazo y, en ese momento, Adao obtuvo la foto de la portada. Salinger se tapó la cara y se introdujo en el jeep. Cuando los paparazzi dejaron de acosarlo, increpados por los clientes del supermercado, se fue a toda velocidad. Ya no sabía hacer otra cosa. Su vida era una huida continua, obstinada. Y todo porque un día escribió El guardián entre el centeno.

Los millones de ejemplares vendidos le acarrearon una fama insoportable. Pasó diez años escribiéndolo y el resto de su vida arrepintiéndose.


La extraña (y maravillosa) mente de William T. Vollmann

Fotografía: Chiara Vitellozzi (CC).

Decía un personaje de Don DeLillo que la verdadera motivación de la industria editorial es volver a los escritores inofensivos. Camus o Beckett fueron la horma de nuestra idea de absurdo, Kafka nos mostró que el terror empieza en casa, pero ahora, se lamenta el protagonista de Mao II, los escritores apenas influyen en nuestra forma de ver el mundo. De hecho, en su opinión, ahora son los terroristas los que han ocupado el lugar de los novelistas, son ellos los que «someten la conciencia humana a sus ataques». No sé si este personaje tiene razón, pero sí que buena parte de las novelas que se publican son de fogueo: hacen ruido, pero están huecas, no dicen nada nuevo y tienen poco impacto, por no decir ninguno, en el mundo real.

Por suerte, siempre ha habido escritores capaces de incomodar al sistema. En 1947 un «ciudadano preocupado» alertó al FBI de la existencia de una novela que no era más que «propaganda para que el hombre blanco aceptase a los negros como sus iguales». Según el informante, Sangre de rey, de Sinclair Lewis, era el libro «más incendiario desde La cabaña del tío Tom». Años antes Lewis había escrito sobre la posibilidad de un gobierno totalitario en Estados Unidos en Eso no puede pasar aquí. Los agentes del FBI llegaron a inscribirse en un club de lectura en el que participaba el escritor para valorar el alcance de la amenaza. Lo contó Herbert Mitgang en un artículo publicado en The New Yorker en 1987. También contó que los libros de Steinbeck fueron considerados peligrosos por los federales porque retrataban una América «extremadamente sórdida y devastada por la pobreza», cosa que podría ser utilizada indistintamente por los nazis o los comunistas como propaganda contra América. Según dicho artículo, Ernest Hemingway, Norman Mailer, William Faulkner, John Dos Passos, Thomas Wolfe y otros muchos fueron investigados por el FBI o la CIA como sospechosos de espionaje o actividades subversivas.

Podríamos pensar que estas cosas solo pasaban en la época de la «caza de brujas», pero, según parece, la vieja costumbre de espiar a los escritores no ha desaparecido del todo. En 1992 otro ciudadano igualmente preocupado puso al FBI sobre la pista de William T. Vollmann tras leer Fathers and Crows. La novela transcurre en el siglo xvii cuando los jesuitas franceses se establecieron en Canadá con la intención de convertir a los nativos al catolicismo. Una de estas tribus indias —los iroqueses— defendió su territorio con uñas y dientes. Como contó el propio escritor en un artículo de Harper’s donde desvelaba los detalles de la investigación del FBI (1), en su expediente figura que en Fathers and Crows «se recurre a actividades terroristas y tortura [por parte de los iroqueses] para expulsar a los misioneros franceses». Los federales prefirieron pensar que el escritor simpatizaba con el terrorismo en lugar de pensar que simplemente se mantuvo fiel a los hechos. Pero lo más delirante fue que vieran una conexión entre las iniciales del libro —FC— y la inscripción que figuraba en los artefactos explosivos del terrorista más buscado en Estados Unidos durante años: el Unabomber.

Además de su supuesto gusto por las escenas a lo Inglourious Basterds, al FBI le escamó que el señor Vollmann hubiera viajado tanto. Como corresponsal de guerra, había estado en los Balcanes y otras zonas en conflicto. Antes había estado en Afganistán. Precisamente el viaje que hizo a este país en 1982, y que cuenta en An Afghanistan Picture Show, hizo saltar todas las alarmas. En el FBI pensaron que en aquella época Vollmann podía haber aprendido a manejar explosivos. La sospecha de los agentes tenía cierta lógica; no obstante, ¿por qué iba a querer él atentar contra su propio país? Un libro que transcurre en el siglo xvii en el actual Canadá —cuando los Estados Unidos ni siquiera existían— no es una prueba muy sólida para acusar a nadie de antiamericano. Además, se trata de una novela. La ficción es un territorio sagrado en el que solo debería regir una ley: prohibido prohibir. En cualquier caso, en el FBI no pensaron lo mismo y siguieron vigilando a Vollmann incluso después de haber detenido al Unabomber. Así, como cuenta en el artículo de Harper’s, después de haber sido el «Unabomber Suspect Number S-2047» pasó a ser sospechoso de los ataques con ántrax perpetrados en Estados Unidos tras el 11S.

Para Vollmann, lo más hiriente fue leer los comentarios de los agentes sobre algunos de los episodios más íntimos, y dolorosos, de su vida: la muerte de dos compañeros periodistas en la guerra de Bosnia y el drama que vivió su familia cuando él tenía solo nueve años. Sobre estos hechos escribe en algunos relatos de El atlas (Pálido Fuego, 2018), un personal recorrido por el mundo «en el que piensa» el escritor. En el relato «Esa es bonita», el dueño de una empresa de alquiler de coches en Croacia le reclama al narrador, el único superviviente de una emboscada, que pague los daños que se han producido en el vehículo: «Usted tuvo mucha suerte, dijo. Por tanto, debe pagar». La imagen del narrador con la estimación de daños en la mano, escrita en un idioma que no entiende, sin saber si reír o llorar, resume a la perfección en qué posición dejó a Vollmann la muerte de sus compañeros. Más adelante, el protagonista de «Una visión» trata de elaborar el duelo por estas muertes cuando está bajo los efectos de unos hongos alucinógenos, tal vez porque ciertos hechos solo pueden ser encarados de un modo indirecto, sustancias mediante, por refracción.

Vollmann escribe sobre el drama ocurrido en su infancia en «Bajo la hierba». Sin entrar en detalles sobre lo ocurrido, cabe pensar que a partir de ese momento «el mundo se convirtió» para él «en un país extranjero donde ya no había necesidad de huir ni de volver a casa», como según Vila-Matas escribió Peter Handke en Lento regreso (2). En el magnífico relato que da título al libro viajamos de la mano de alguien para quien ya no hay mundo: «Nada más en ninguna parte nadie», «por todas partes nadie para siempre», «por todas partes ninguna parte arriba abajo alrededor»… repite como una letanía. El protagonista viaja en tren recordando a las mujeres que fueron importantes en su vida y los viajes que hizo en el pasado. Confiesa que «su mente y su alma han estado demasiadas veces en el extranjero, atrapado en cada ocasión en nuevas experiencias con las que, al luchar para liberarse o profundizar aún más en ellas, había enterrado su pasado». Tal vez como el propio Vollmann.

La búsqueda de una mujer con intención de salvarla, a menudo en los bajos fondos de la prostitución y las drogas, es uno de los leitmotivs del libro. Un periodista norteamericano busca a su esposa, Vanna, entre las prostitutas de Nom Pen; el propio autor y un fotógrafo rescatan a una prostituta menor de edad de un burdel en Birmania; el protagonista de «No hay por qué llorar» trata de proteger a una chica del sida en Tailandia… Al igual que en La familia real (Pálido Fuego, 2016), Vollmann no escatima en detalles sórdidos; sin embargo, su mirada no carece de empatía. Se podría decir que mira a las mujeres de la noche con la mirada de Toulouse-Lautrec. En las «casas de gozo», Vollmann guarda casi el mismo respeto que guardaría en un tanatorio. Así, en «Los rifles» habla de «las morgues de mármol y espejos, iluminadas de azul e insonorizadas que son los locales de sexo».

Más que un viaje por el mundo, en El atlas Vollmann nos propone un viaje por el submundo, donde habitan los hombres y las mujeres del subsuelo. Coloca en el centro del mapa asuntos que habitualmente permanecen en los márgenes, en la periferia de nuestra conciencia, donde no puedan hacer mella en nosotros. En sus obras, nos obliga a mirar de frente una realidad que preferimos ver por el rabillo del ojo: los pobres, los skinheads, los drogadictos, los pederastas… Mientras otros se sienten fascinados por la estética de la violencia, Vollmann escribe sobre su ética. En su libro Rising Up and Rising Down (no publicado en España), se plantea en qué circunstancias es justificable la violencia, cuándo es aceptable matar y, en ese caso, a cuántas personas… En ese sentido, es un escritor incómodo (afortunadamente). Pero, además, es uno de los escritores más libres que he leído. No en vano, una de sus frases de cabecera fue enunciada por el líder de la secta de Los Asesinos poco antes de morir: «Nada es verdad, todo está permitido» (3). Esa frase debería ser el lema de cualquier escritor de ficción; sin embargo, a menudo pesa más la censura, el political correctness, las convenciones literarias… Por suerte, Vollmann parece ser inmune a estas restricciones, muchas veces autoimpuestas. Esa libertad absoluta le permite escribir párrafos memorables, párrafos que en verdad son agujeros de gusano, de forma que el lector puede estar en Canadá al principio de un relato y a la frase siguiente encontrarse en Key West, Florida, para un par de frases después aparecer en Sarajevo. Al fin y al cabo, como dice el narrador de «El atlas», «bajo nuestros pies tienen lugar desplazamientos de tierra cuyas leyes nadie conoce».

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(1) «Life as a terrorist – Uncovering my FBI file». Publicado en Harper’s Magazine en septiembre de 2013.

(2) Aunque no hay que olvidar que muchas de las citas que aparecen en los libros de Vila-Matas son falsas.

(3) Vollmann escribió sobre esta frase en el artículo «Writers can do anything», que se publicó en The Atlantic el 16 julio 2014.


La locura del editor

Hubert Nyssenm 1992, Foto Cordon.

La bisabuela de Hubert Nyssen (Bélgica, 1925), el editor que tuvo que fracasar dos veces en su propósito de convertirse en uno, tenía como apellido de soltera Proust. Nyssen siempre pensó, en su juventud, que por esa razón «tal vez había conocido al autor de En busca del tiempo perdido». Se engañó. Al menos su abuelo, y con esto Nyssen se conformaba, «le había dado la mano a Anatole France en la Casa del Pueblo de Bruselas». Estos eran sus únicos antecedentes literarios cuando Nyssen decidió probar suerte en el mundo editorial. Fue en la época universitaria. La guerra había encontrado su final con los «monstruosos fuegos artificiales de Hiroshima tras los de Nagasaki y la Universidad de Bruselas había reabierto sus puertas», cuenta en La sabiduría del editor (editorial Trama). Se hizo a la idea de que «el hilo de la escritura permitiría volver a coser los trozos del mundo», y fundó una editorial que publicó un único libro «con el que el proyecto se malogró a causa de la nula experiencia, una autofinanciación imposible, un puñado de lectores y de ayudas… inexistentes».

Algunos años más tarde, la segunda tentativa editorial llegó gracias a un pequeño teatro que abrió en Bruselas. Se le ocurrió editar las obras que montaba, porque «se me había metido en la cabeza la idea de que en el momento en que el telón cae sobre la última representación no quedan más que cenizas del texto, si no está publicado». Fue otro proyecto sin recorrido. Entre esta tentativa y la siguiente ocurrió un acontecimiento inesperado: sus propios libros, los que él había escrito, empezaron a publicarse. En el Mercure de France un ensayo, Les voies d l’ecriture, y en Grasset una novela, Le nom de l’arbre. Eso le dio la oportunidad de ver o entrever lo que él deseaba de los editores, preparándose para cuando fuese uno de ellos. ¿Y qué deseaba? «No simplemente la publicación, sino también una complicidad a la par que una atención analítica que permite al autor descubrir y medir la distancia entre lo que cree haber escrito y lo que en realidad escribió, entre sus ambiciones y sus realizaciones».

A finales de los setenta, un geógrafo que lo asistía en la preparación de un libro sobre Argelia le sugirió crear una pequeña empresa de cartografía reflexiva. «Yo era un apasionado de la semiología, y me dejé convencer», cuenta Nyssen. Fue así que tomó la decisión de crear un taller sobre la materia y llamarle Actes. Unos años más tarde, la Universidad de Marsella le confió la confección de un atlas regional, y cuando estuvo terminado, comprendió que acababa de editar un libro. Ese fue el punto de partida a su tercera y definitiva locura editorial. Era 1978. «A mi geógrafo le dejé la gestión del taller de cartografía y, por mi parte, llevé los primeros libros de Actes de Sud a las fuentes bautismales». Empezaba ahí la historia de una editorial, con sede en París y Arles, que hasta hoy ha editado más de once mil títulos y que en 2005 consiguió su primer Goncourt, con El sol de los Scorta, de Laurent Gaudé, del que vendió cuatrocientos mil ejemplares, y que en 2009 superó el millón con la traducción al francés de Millenium, de Stieg Larsson. Pero hasta llegar ahí, debió hacer muchas apuestas arriesgadas.

Tres años después de la fundación, Actes Sud vivió la amenaza del «tijeratazo». O encontraba dinero o cerraba el negocio. Cuando superó ese trance, Hubert Nyssen vivió un momento luminoso, cuando una noche de 1985, leyó un viejo opúsculo titulado La acompañante, de Nina Berberova, una escritora para entonces ya olvidada. «No tardé mucho en comprender que había encontrado una joya». Consiguió su teléfono, y concertaron una cita en París. Nyssen le aseguró que estaba dispuesto a publicar la traducción al francés de su pequeña novela, y a publicarlo todo si, como sospechaba, había escrito más cosas después de La acompañante. Berberova le tendió una lista larga y apretada con su bibliografía. Los amigos de Nyssen le dijeron que estaba loco cuando encargó traducir un par de libros cortos de la escritora rusa. Si tenía varios, le decían, lo mejor era reunirlos y publicarlos en un solo volumen. Pero él se negó, y con La acompañante debidamente traducida, como mascarón de proa, todos los libros alcanzaron un gran éxito. Con la reputación de Berberova, arrancada del olvido, vino la de Actes Sud, que pasó de «la pequeña a la gran industria».

El siguiente gran hito editorial de Nyssen le llegó cuando, de paso por Nueva York, creyó en su suerte al oír hablar de un joven escritor que no encontraba en su país el reconocimiento que la lectura de Ciudad de cristal o La invención de la soledad habría debido proporcionarle. Un reconocimiento que esos libros, junto a otros que les siguieron, sí obtuvieron Francia, cuando los tradujo Actes Sud. Y desde ahí «la epidemia por Paul Auster se extendió al resto de Europa antes de atravesar el Atlántico y, como lo llaman allí, un feed-back permitió dar por fin a este escritor, en su propio país, el lugar que era suyo por derecho».

Nyssen se encontró con Paul Auster por primera vez en junio de 1987, en el restaurante La Gauloise, en Nueva York, junto con Christine Le Boeuf, que se iba convertir en su traductora. Auster entró en La Gauloise en compañía de Siri Hustvedt. Ese día Nyssen descubrió que ella también escribía, y con el tiempo, la convirtió en una autora relevante de Actes Sud. «Y como la locura lleva a la audacia, ella me inspira aquella noche la idea de preguntar a Paul por los escritores americanos de los que le gustaría estar rodando en nuestro catálogo. “¡Don DeLillo y Russell Banks!”, fue su respuesta, y era categórica. Don y Russell hacen hoy compañía a Paul» en Actes Sud.

En una carrera plagada de locuras, faltaba quizá la más grande. Se fraguó en 1990. Mientras esperaba la llegada de un metro averiado en un andén de París, el traductor André Markowicz le lanzó un serio desafío: reeditar la obra completa de Dostoievski en una nueva traducción. Cuando el tren por fin entró en la estación, traductor y editor habían alcanzado un acuerdo. «Mañana me pongo, diez mil páginas, diez años de trabajo», le dijo Markowicz. Comenzó por El jugador, y a la vuelta de diez años, estaba publicada la obra competa en Actes Sud.


Marginalia: el arte de joder un libro

Representación gráfica y medieval de la expresión «Que te la pique un pollo». Missa Domine quis habitabit (1542).

La gente que entiende la KALLAX de cinco por cinco ventanas como un altar moderno a la veneración de la celulosa, los aficionados a googlear «bookshelf porn» cuando nadie los ve, los psicópatas que ordenan por colores los lomos en la estantería y los que renuncian a utilizar un marca páginas por considerar que eso es lo más cerca que puede estar el ser humano de desvirgar un libro sin bajarse los pantalones, son también las mismas personas a las que les parpadea un ojo copiosamente ante la idea de realizar anotaciones a mano sobre una obra literaria.

Subrayar, anotar, apuntar o garabatear cualquier cosa sobre la página impresa tiene algo de maleducado y mucho de intrusivo, porque a lo mejor al autor no le hace tanta gracia que uno deje constancia en los márgenes lo que opina sobre su obra. Lo cierto es que la literatura parece ser el único medio que permite realizar este tipo de perversiones a la obra original, porque a día de hoy rotular sobre los cuadros para informar lo poco que nos gusta la paleta de colores no está muy bien visto, y hablar constantemente durante una película para decir obviedades es un don con el que la evolución solo ha bendecido a los septuagenarios y los youtubers.

Pero, al mismo tiempo, dentro del comportamiento aberrante que supone ensuciar la obra ajena existe una maravillosa paradoja: ¿qué ocurre cuando la marginalia (aquellas anotaciones al margen) sucede por culpa de la pluma de otro escritor de talento reconocido?

Mark Twain is in da house

Mark Twain, escritor, orador, humorista y caballero aficionado a vestir de blanco de pies a cabeza fue la pluma que según Ernest Hemingway marcó el punto de partida de toda la literatura estadounidense («Antes no había nada. Y no ha habido nada bueno desde entonces»). Y lo cierto es que a Twain, alguien que definió un clásico literario como «aquel libro que la gente elogia pero nadie lee», se le recuerda popularmente por firmar textos que se han acomodado entre las páginas más reverenciadas de la literatura americana: obras como Un yanqui en la corte del rey Arturo, El príncipe y el mendigo o Las aventuras de Tom Sawyer y su secuela Las aventuras de Huckleberry Finn. Pero además de ser un escritor insigne, el padre de Tom Sawyer tenía otro tipo de don menos conocido por el público e igualmente fabuloso, era un extraordinario, y divertidísimo, garabateador de libros.

Twain llegó a acumular más de tres mil quinientos volúmenes distintos en su biblioteca, una colección que destacaba sobre la de cualquier otro bibliófilo por un hecho extraordinario: pertenecía a Mark Twain. Un dato muy importante teniendo en cuenta que el escritor afrontaba sus lecturas armado con un lápiz y la costumbre de rellenar los márgenes con notas, correcciones, divagaciones, apuntes o pullas graciosas para regocijo propio. La primera página del volumen Vidas paralelas de Plutarco inicialmente anunciaba «Traducido del griego por John Dryde y otros. Cuidadosamente revisado y corregido por completo», hasta que un Twain muy crítico con aquella localización decidió transformarlo en un «Traducido del griego a un inglés nauseabundo por John Dryde y otros. Cuidadosamente revisado y corregido por completo por un capullo».

Primera página de la copia de Vidas paralelas que tuneó Mark Twain.

Obviamente, la fiesta no acababa en Plutarco. Mark Twain también agarró la pluma para destrozar el libro Saratoga en 1901 de Melville De Lancey Landon. Comenzó retitulándolo como Saratoga en 1891 o los babeos de un idiota y rellenó muchos de sus márgenes con opiniones agradables sobre Lancey Landon: cosas como «este hombre es corto de entendederas», «estos son los gemiditos de un idiota», «esto lo ha robado de otro» o un «evidentemente a este canalla lo han echado a patadas del Hotel Claredon en algún momento» en una página donde se hacía mención a unas jóvenes aristocráticas de Claredon. Twain remataba el repaso haciendo una observación sobre una editorial que ninguneó a Lancey Landon: «Evidentemente existe gente con suficiente cerebro como para valorar este feto en la medida que le corresponde».

La marginalia de Mark Twain: dibujos, anotaciones e incluso una aguja para sujetar notitas.

El escritor también rebautizó un libro sobre la fauna africana titulado Wildlife and Fashlight como Las aventuras de un asesino. Debatió sobre la naturaleza de un supuesto dios, el cielo y el infierno en las esquinas de Voices of Doubt and Trust de Volney Streamer.  Apuntó en la autobiografía de Lew Wallace (el hombre que firmó Ben-Hur) un «El inglés de este libro es incorrecto y descuidado y su dicción resulta, como regla, de distinción estéril. Me pregunto cómo será Ben-Hur». Dibujó su jeta en la dedicatoria inicial de un libro (Birds of Eastern North America de Frank M. Chapman) que regaló a su hija. Y también corrigió y adecentó infinidad de páginas de diversos autores que consideraba que podían estar mejor redactadas, llegando a elevar las anotaciones al nivel de post-its: en la página 372 de su ejemplar de The Earth’s Bounty de Kate V. St. Maur cuelga desamparada una aguja que sirvió en su momento para sujetar un pedazo de papel con apuntes, un recurso casero para una época donde las grapadoras no estaban tan a mano.

Marginalia ilustre

A la hora de elegir libros siempre opto por aquellos que tienen un margen amplio por  página. No es tanto por amor a ese formato, por agradable que resulte, como por la facilidad con la que me permite apuntar a lápiz los pensamientos que me sugiere, las opiniones que comparto y aquellas en las que difiero o unos breves comentarios críticos. (Edgar Allan Poe)

La metamorfosis de Kafka anotado por Nabokov.

Vladimir Nabokov (autor de Ada o el ardor, Pálido fuego o Lolita) salpicó su copia de La metamorfosis de Franz Kafka de correcciones varias, apuntes personales e incluso dibujitos de insectos. No fue el único libro al que Nabokov le pasó la pluma, el literato también se tiró un par de tardes muy entretenido garabateando una puntuación para cada uno de los relatos del libro recopilatorio Fifty-five Short Stories From The New Yorker, 1940-1950, una tarea donde solo concedió sobresalientes a dos relatos: uno de J. D. Salinger y otro firmado por (esto se veía venir) el propio Nabokov. Jack Kerouac subrayó la frase «El viajero debe nacer de nuevo en la carretera» en las páginas de Una Semana en los ríos Concord y Merrimac de Henry David Thoreau, aunque la mayor revelación que suponía aquel ejemplar era descubrir que el caradura de Keouac había sacado el libro de la biblioteca pública y nunca se molestó en devolverlo. Graham Greene aprovechaba los márgenes de los libros de su gigantesca biblioteca como una especie de diario personal donde apuntaba ideas para sus novelas, diálogos y tramas o divagaba sobre política y películas. Christopher Hitchens asaltó las hojas de El gran Gatsby de F. Scott Fitzgerald con una letra de médico que se puede intentar descifrar aquí mismo.

Watt de Samuel Beckett en versión beta.

El manuscrito original del Watt de Samuel Beckett es una maravilla que no solo está repleta de tachones y notas curiosas, sino también de decenas de dibujitos como aquellos que cualquier ser humano garabatea de manera natural mientras habla por teléfono. El ejemplar de El resplandor de Stephen King que poseyó Stanley Kubrick acabó rebozado en tantas notas del director como para ser considerado un laberinto en sí mismo. La afición de David Foster Wallace por escribir sobre libros ajenos también era digna de reconocimiento, porque sus copias de Jugadores o La Estrella de Ratner de Don DeLillo, The Man Who Loved Children de Christina Stead, Corre, conejo de John Updike, Los papeles de Puttermesser de Cynthia Ozick o Suttre de Cormac McCarthy nos llegaron con una sobrecarga tan acojonante de anotaciones y garabatos (Wallace llegó a pintarle gafas y bigote a la foto promocional de McCarthy) que casi podrían considerarse un género literario en sí mismo. John Adams, Sylvia Plath, Edgar Allan Poe y Oscar Wilde figuraron entre los amigos de pintarrajear divagaciones sobre lo ajeno.

La copia de El resplandor de Stanley Kubrick.

Uno de los ejemplos de marginalia más famosos y relevantes se encuentra en una antología de las obras de William Shakespeare. Concretamente, en el volumen que Sonny Venkatrathnam introdujo en la prisión sudafricana de la isla Robben de incógnito, forrándolo con dibujos del festival hindú Diwali y asegurando a los guardas que se trataba de una Biblia. Un libro que pasó de mano en mano entre los encarcelados y acabó formando parte de la historia cuando uno de sus lectores decidió destacar con un bolígrafo el pasaje que contenía la frase «Los cobardes mueren muchas veces antes de morir». El preso también apuntó el día en el que pintarrajeó la hoja (16-12-77) y firmó con su nombre: Nelson Mandela.

Nelson Mandela estuvo aquí.

El famoso último teorema de Fermat fue enunciado en los márgenes de una edición bilingüe de la de la Arithmetica de Diofanto. El anticuario Jeremy Parrott se llevó una alegría tras adquirir los veinte volúmenes del magacín All the Year Round editado por Charles Dickens y comprobar que estaban plagados de valiosas anotaciones, un descubrimiento que se calificó como una piedra de Rossetta de la literatura por ayudar a identificar la autoría de las diversas plumas que participaban en los escritos. La biblioteca de Walter White también se convertiría en objeto de culto literario por culpa de la numerosa marginalia con la que la regaría  su amigo Richard Porson, el que fuese ilustre descubridor de la Ley de Porson y también un hombre con un pulso tan fabuloso para la caligrafía (se decía que su letra natural era más hermosa que la impresa) como para inspirar la fuente de texto Porson.

George Whalley, un eminente profesor de la Queen’s University de Ontario, a la hora de hablar del poeta inglés Samuel Taylor Coleridge aseguraba que «no existe nadie que haya acumulado una cantidad de marginalia en inglés (y probablemente en cualquier otro idioma) comparable en volumen, rango, sensibilidad, profundidad o alcance a la de Coleridge». No le faltaba razón, porque el lírico mentado había llegado a garabatear más de ochocientas anotaciones a las orillas de centenares de libros, manuscritos y poemas de todo tipo. Cuando los editores avispados se dieron cuenta del valor educativo de aquellos apuntes y optaron por recopilarlos, la demencial cantidad de material generado por el poeta les dio para publicar seis volúmenes diferentes.

Medieval warfare

Al margen de tanta anotación rubricada en los costados por los consumidores también existe otro tipo de marginalia: la que nace junto al mismo libro, aquella que es premeditada y surge de la voluntad del autor en lugar de ser parida por los futuros lectores. Dibujos, garabatos y textos con los que los creadores rellenan los huecos de sus páginas, un campo donde los manuscritos medievales destacan especialmente gracias a unos siglos XII y XIV repletos de márgenes ilustrados con personajes colgando de ramas, unicornios, espadachines en duelo o incluso bocetos de caligrafía. Entre 1425 y 1450, John de Arderne elaboró un compendio médico llamado Mirror of Phlebotomy & Practice of Surgery, un libro que el propio Arderne ilustró con mucha maña, salpicando sus páginas con dibujitos que iban desde lo didáctico (herramientas quirúrgicas, órganos del cuerpo o miembros amputados), hasta lo cómico (juegos de palabras convertidos en imágenes o un retrato de un Eduardo III de Inglaterra bizco) pasando por lo perturbador (penes cercenados en una cesta). En el caso de Ardene casi todo respondía a un fin preestablecido y la idea general era que dichos dibujos sirviesen o como  guía, o como apoyos mnemotécnicos para recordar con más facilidad las enseñanzas del volumen. A lo mejor en este caso concreto el autor resultaba un poco excesivo con sus bosquejos, porque por lo general hasta el lector más despistado no suele necesitar de cuatro ilustraciones diferentes para acabar de entender el concepto de «fístula anal».

Ilustraciones en la obra de John de Arderne.

El tema de los culos y los penes parecía resultar especialmente gracioso para un montón de artistas medievales encargados de decorar con florituras variadas los márgenes de los libros. Porque ese instinto animal y primario de dibujar pollas y guarradas similares sobre las superficies se convirtió durante aquella época en una especie de subgénero propio: un manuscrito titulado Romance of the Roses aprovechó el borde de una página para pintar un árbol de penes que una figura vendimiaba con dedicación y una cesta. The Vows of the Peacock contenía una ilustración de un grupo de intelectuales jugando al ajedrez muy distinguidos junto a un señor desnudo metiéndose un dedo en el culo y también colocaba en otra de sus páginas a una persona de flexibilidad extraordinaria tocando una vuvuzela gigantesca con el recto. Algunos códices deslizaron entre sus párrafos a señores mostrando el pito o insinuando filias extrañas y en la Biblioteca Mazarino se acomodan manuscritos bordeados con monos que alojan flechas en el culo. Y luego está lo de los conejos, esa es otra historia.

Breve muestrario de humor medieval inteligente.

Por alguna razón oscura, a varios artistas ingleses del medievo les dio por amenizar sus manuscritos con ilustraciones ornamentales de conejos. Concretamente, conejos de modales asesinos, criaturas despiadadas, bestias que empuñaban hachas, cercenaban cabezas humanas con espadas, agujereaban perros con flechas, apaleaban seres vivos e incluso participaban en justas cabalgando caracoles con rostro humano. Perfilar conejos asesinos pasó de ser una anécdota a convertirse en una tradición, un chiste que se había ido de las manos. Existían incluso ciertos antecedentes históricos al tema de guerrear contra los conejos: durante el gobierno del emperador Augusto en las Islas Baleares, un lugar donde hace tres millones de años existían conejos gigantescos, estos animales se convirtieron en una plaga tan salvaje en Mallorca y Menorca que la propia población le solicitó a los romanos que enviasen tropas para combatirlas.

Conejos asesinos en tu zona.

Un buen montón de años más tarde, en 1975, los Monty Python convirtieron en la película Los caballeros de la mesa cuadrada a otro conejo encantador en una bestia sanguinaria de dientes afilados: el legendario Conejo Asesino de Caerbannog. Aunque en ese caso los cómicos británicos no se habían inspirado en códices ignotos sino en una fachada famosa, la de Notre Dame, y más concretamente en una estampa esculpida sobre la piedra donde se podía ver a un caballero arrojando su espada y huyendo acobardado del ataque de un conejo. Hace diez añazos, en Wired elaboraron una lista de los peluches más geeks existentes en el mercado y el Conejo Asesino de Caerbannog en su versión de felpa (y con dientes afilados) se instaló en segundo lugar, siendo solo superado por una deidad antigua: el peluche de Cthulhu. Mucho tiempo antes, la marginalia medieval ya había precedido todo esto.


Don DeLillo: Mao II

La pérdida de la fe. De eso se trata todo.
Don DeLillo

IlustracionEscritura y terrorismo. O mejor dicho; escritura y terror. Mao II, de DeLillo. Llevo días escapando de esta novela. La he leído con atención, con gusto. DeLillo tiene una prosa potente y maleable; se adapta al cambiante punto de vista como un guante. Más que ideas, mejor que ideas, aquello que decía Marguerite Duras:

Yo no tengo ideas; sólo tengo palabras y silencios.”

Publicada a principios de la década de los noventa. Años hermosos; las amenazas eran todavía lejanas. O al menos no tan recurrentes. Se habló del fin de la historia (el pobre Fukuyama) pero quizá se estaba hablando del fin del mundo; los ordenadores se volverían locos por el efecto 2000. Los ordenadores en cambio, tan sordos como despreocupados, seguirían a lo suyo. Etcétera. Fue el inicio de una sucesión de finales del mundo que se han ido alternando en nuestra conciencia colectiva. Una permanente crónica del fin de los tiempos. Puede que el terror incluso se haya vuelto aburrido, lo que, sin duda, ya sería el colmo.

Volviendo a la novela. Cito:

“Dice que el terror es aquello de lo que nos servimos para proporcionar a nuestras gentes su lugar en el mundo. Lo que solía conseguirse mediante el trabajo, nosotros lo obtenemos por medio del terror. […] Los hombres viven la historia como nunca lo habían hecho antes. […] La historia no está en los libros ni en la memoria humana. Hacemos historia por la mañana y la cambiamos después de comer.”

El argumento nos importa poco; los argumentos siempre son un poco la mentira, el resumen grosero de la novela. Podemos mezclar en la coctelera a un escritor, Bill Gray, “que ha perdido la fe” (ya no escribe, es incapaz); un hombre que hace de secretario neurótico; una mujer que ha vuelto al mundo tras su paso por una secta; una fotógrafa de escritores; un poeta belga secuestrado por un grupo terrorista maoísta. Me olvido del editor con pequeños problemas de próstata. El escritor es uno de esos escritores famosos sin rostro; PynchonSalinger. Esa vida de hombre recluido que teme que le roben el alma o le claven un cuchillo por la espalda mientras hace cola en el supermercado. El síndrome Lennon. O la foto como problema; ¿es posible escribir si han visto la cara de uno? En fin, es la novela, como forma literaria, la que está recluida. La novela sitiada por el terror. La novela, así como deshuesada, flácida, sin interés para casi nadie, a no ser para esos resignados nostálgicos de la aventura analfabeta que aparecen con sus tochos en los aeropuertos y salas de espera. La novela ha perdido su lugar. Se dice:

Las historias carecen de sentido si no logran absorber nuestro terror.”

Por supuesto el escritor sin rostro ya solo puede reescribir eternamente. Sus palabras van cayendo, no ya por el pedregal, sino al pozo negro de los desechos. La novela; he ahí la cuestión.

Bill está convencido de que los escritores se están viendo consumidos por la aparición de las noticias como fuerzas apocalípticas. […] La novela solía nutrir nuestra búsqueda de significado. Y cito a Bill. Se trataba de la gran transcendencia secular. La misa latina del lenguaje, el carácter, las nuevas verdades ocasionales. Pero nuestra desesperación nos ha conducido hacia algo mayor y más tenebroso, por lo que recurrimos a las noticias y a la constante atmósfera de catástrofe que proporcionan. En ellas encontramos una experiencia emotiva imposible de hallar en otras partes. No precisamos de la novela. […] Ni siquiera precisamos necesariamente de las catástrofes. Tan sólo necesitamos las crónicas, las predicciones y las advertencias.”

Pero qué cuestión. Una pregunta lícita al hilo de la lectura: ¿Sigue siendo la novela un instrumento adecuado para sondear la vida y al hombre contemporáneo? Y novela, no tanto como forma literaria, sino como ficción, esa otra verdad (y no es un eufemismo), o ese otro camino para llegar a la verdad. La verdad como una verdad más, posible. La verdad como una amalgama de verdades diferentes, incluso contradictorias. La novela, digamos. DeLillo plantea el papel del escritor/ terrorista en la sociedad. Por supuesto, no el escritor que usa la violencia o aboga por la violencia y el asesinato como coartadas para lograr unos objetivos políticos o religiosos. La admiración que despierta el escritor en la sombra es la misma que podría despertar el terrorista. Ambos, fanáticos de un modo de vida; la coherencia llevada al extremo. Y DeLillo, a través de esa voces que dialogan, insiste en que todo ha sido absorbido, procesado y asimilado; desde el artista hasta el loco callejero

Dale un dólar, contrátale para un anuncio de televisión.”

De todas formas el escritor protagonista es alguien que ya no puede escribir; contradice la idea de Kafka del sótano como el lugar perfecto para la escritura. Del sótano sólo sale más sótano; una especie de agujero negro que empieza y acaba en sí mismo.

Al lado del terror no hay nada en ese sótano que nos interese. Nada que se le equipare. Eso entendemos. Bill Gray sale de ese sótano en el que ha vivido encerrado corrigiendo una y otra vez la misma novela. Vuelve al mundo. El mundo, por aquellos días, era el Líbano. Siempre hay un cogollo; un centro benigno y un centro maligno. El Líbano, Beirut. ¡Y maoístas! Bueno, el terrorismo ya con sus brazos llegando a todas partes. De ahí quizá el carácter profético que se le atribuye a este libro. Ese terrorismo lejano y estéril de desiertos poblados de tanques y pedradas poniendo sus bombas también al lado de nuestra casa. Nuestro terror era un terror local, de vecinos mal nacidos luchando por incorporarnos a sus ficciones.

Así que el hombre sin fe, el escritor sin escritura, el hombre consumido por las catástrofes que le rodean (o por esas crónicas y advertencias, son suficientes), se enfrenta a un lugar devastado por los fanatismos. En realidad no se enfrenta; se limita a estar, incluso se deja atropellar por un coche en pleno Londres. La novela es atropellada, pero a la novela le importa un bledo desangrarse con o sin verosimilitud. Y es lo que parece decirnos DeLillo; ¡Sacad vuestras novelas a la calle! ¡Dejad que el hombre “con vida secreta” testifique sobre los problemas de la sociedad que le rodea! Vaya.

DeLillo cree en la novela, más allá de la forma, como otros creen en otras estructuras de ficción con apariencia objetiva. Quizá todo el problema planteado no sea más que el de la forma; es decir, de fe. Qué voces queremos escuchar. Acaso únicamente la voz del testigo que ha leído, que ha visto u oído; el hombre que cita, el sujeto que teoriza, que insiste en unas reglas sobre cómo puede ser y cómo no esa voz. Cosas del oficio; pero no, es más importante que eso. Metamos ahí también esa voz del que lee novelas y habla de las novelas desde la altura, cierta altura de lector literario.

Todos recordamos la cita de Kafka, esa carta a Oskar Pollak en 1904:

“Lo que necesitamos son libros que nos golpeen como una desgracia dolorosa, como la muerte de alguien a quien queríamos más que a nosotros mismos, libros que nos hagan sentirnos desterrados a los bosques más remotos, lejos de toda presencia humana, algo semejante al suicidio. Un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros. Eso es lo que creo”

¿Y qué libros son esos? Ahí están los periódicos dándonos un día sí y otro también la excitación del fin del mundo. El terror, el detestado terror ya, el necesario terror. Desayuno y terror, risas y terror. Y lágrimas, y el ir y venir de cada día. En realidad nunca llega a aburrirnos lo suficiente el terror. Pero habrá que ver qué se hace con todo ello.”

Ilustración: Héctor Quintela


Antonio Muñoz Molina: “La imaginación humana es muy limitada”

Podría ser el inicio de un bestseller metaliterario, pero no lo es. Antonio Muñoz Molina entra en un café de Nueva York de estilo centroeuropeo y paredes forradas con portadas de libros que fueron escritos en estas mesas. Los clientes son jóvenes, algunos no tanto, que sueñan con el día en que sus portadas luzcan en alguna pared. Y nadie le reconoce. A Muñoz Molina parece no importarle porque, aunque sea un autor consagrado, miembro de la Real Academia y profesor de literatura en la Universidad de Nueva York, está encantado de su anonimato de bermudas, camiseta de letras trémulas “¿Dónde está mi cerveza?” y libro de Nietzsche que acaba de comprar por un dólar. En la entrevista habrá más risas de las aquí descritas, frases dichas con una determinación que escapa a las exclamaciones y una o muchas pruebas del amor que siente por Nueva York, la ciudad desde la cual mira el mundo seis meses al año.

¿Por qué estamos en esta cafetería, la Hungarian Pastry Shop? ¿Podría describirme la ubicación de este lugar en el mapa de Nueva York?

Este es mi barrio en Nueva York, un barrio al que tengo mucho cariño porque dentro de Manhattan es de los pocos sitios que todavía tiene un aire vecinal. Manhattan está muy embellecido por ese proceso que sufren a veces las ciudades en el que se va la gente normal y llegan las tiendas, las franquicias, los restaurantes de lujo y la gente normal se tiene que ir. Este barrio tiene todavía una vitalidad muy grande. Está muy cerca la Universidad de Columbia y de la catedral de St. John The Divine, que es la catedral episcopaliana de Nueva York y es extremadamente progresista. Son muy avanzados en cuestiones sociales, políticas y de costumbres. En la catedral, todos los años con motivo del Memorial Day, toca gratis la Filarmónica de Nueva York. Se forma una cola que no te puedes imaginar, nunca he conseguido entrar. Y ésta es la Hungarian Pastry Shop, el nombre remite al carácter que tenía el barrio de todo el Upper West Side y Morningside Heights, un sitio en el que se mezclaba la inmigración centroeuropea y, un poco más allá, en Amsterdam Ave., la inmigración puertorriqueña. Es un barrio muy mezclado. Hay una biblioteca pública a la que me gusta ir a trabajar. También hay puestos callejeros de libros, entre la 106 y la 116, me acabo de encontrar éste —El nacimiento de la tragedia de Friedrich Nietzsche—. Fatalmente siempre encuentro alguno; encuentras obras maestras por un dólar. El sitio éste tiene una intensidad vital muy grande, hasta el baño tiene los graffitis más cultos que hay en el mundo, todo son citas de Nietzsche o de Chomsky. Cada año lo repintan y empiezan otra vez las citas. Y en la pared ponen libros de gente que ha escrito aquí. Yo aquí he escrito bastante, pero no he dicho nada. Me gusta citar a la gente en la Hungarian Pastry Shop. A las personas cuando nos gusta una ciudad, nos gusta enseñar los sitios que son difíciles de encontrar. Hace falta que te lo diga alguien. Representa mucho la ciudad y el barrio y una idea de Nueva York que en España no se tiene, que es un Nueva York nada cool, ni nada de moda. Tonterías del tipo de Sexo en Nueva York han creado una imagen de la ciudad completamente falsa.

¿Qué ha escrito aquí?

Muchas cosas, he escrito borradores. No vengo con la computadora, así que escribo a mano, desde cuadernos de notas hasta conferencias, de todo. Claro, llevo viviendo en este barrio seis años.

El poeta y crítico literario Gonzalo Sobejano cuenta que a su llegada a Nueva York, por primera vez, de noche, vio un océano de luces y tuvo la sensación de haber estado antes en esta ciudad en otra vida. ¿Recuerda su primera noche en Nueva York?

Sí, perfectamente. Lo que más recuerdo es el momento de bajar de un microbús que nos había recogido en el aeropuerto, bajar a la acera del hotel – que estaba en la calle 49 y Lexington – y respirar el aire, ese aire tan particular, sobre todo cuando hace un poco de calor, un aire que casi se puede tocar, una mezcla de los respiraderos del metro, el olor de la lavandería, el olor de la comida barata, de la gasolina. Algún químico tendría que encontrar la mezcla. Una sensación especial, tanto el olor como casi lo tangible del aire. Lo recuerdo perfectamente y es el tipo de sensación que por mucho que uno se haya imaginado una ciudad sólo lo tiene en el momento de estar de verdad. Curiosamente, siempre que paso por esa misma zona me parece que el olor está esperándome allí, en esa esquina, aunque el hotel ya ha cambiado. De la primera noche también recuerdo el ruido, en la habitación del hotel, esa especie de vibración, como estar en un camarote barato de un transatlántico, que supongo que son los que más ruido tienen. Una maquinaria en continuo funcionamiento y ver desde la ventana ventanas de otros sitios.

¿En qué año fue?

En el 90.

En apenas dos semanas se cumplirá una década del 11-S. En su blog tiene varias fotos en Nueva York en septiembre de 2001, una a los pies de las Torres dos días antes del ataque y otras en las que comenta que “eran los únicos turistas en la ciudad”. Alfonso Armada, en su libro El deseo y la quimera, habla de una mitología de la catástrofe, una ciudad que se enfrentó a una pesadilla recurrente en libros y películas. ¿Qué recuerdos guarda, qué detalles, de aquel día?

Lo que pasa es que esa pesadilla sólo guarda una relación visual con lo que ocurrió ese día. En cien películas se han visto caer edificios, pero eso era completamente distinto a todo. La imaginación humana es muy limitada. Al año siguiente, en el aniversario del 11-S, me pidieron un artículo sobre los recuerdos que tenía y yo puse un verso de T.S. Eliot, de los Cuatro Cuartetos, que dice: “Human kind cannot bear very much reality”, es decir, la especie humana no puede soportar demasiado la realidad. El efecto que tenía aquello era la suspensión total… No se podía comprender. Yo estaba con mi esposa y con nuestros hijos, a los que habíamos traído para que conocieran la ciudad porque yo tenía que dar clases en octubre. De pronto, no había nadie del periódico aquí, nosotros éramos los únicos cronistas de lo que estaba ocurriendo, pero vivíamos en la calle 66 y Broadway y, esa mañana, lo veíamos todo a través de la televisión. Es decir, nuestra percepción de lo que estaba pasando era indirecta. Paradójicamente, lo que vimos al salir a la calle fue normalidad. Es muy llamativo eso: la normalidad y algunos cazas sobrevolando la ciudad muy bajo. Y mucha gente en las aceras, gente que subía con traje y corbata porque venían de la zona de negocios. Subían caminando por Broadway porque no había metro, ni autobuses, ni nada. La otra noche, un amigo nuestro de Brooklyn, párroco episcopaliano, rompió en llanto al contarnos la siguiente imagen: su jardín lleno de papeles quemados y el puente de Brooklyn lleno de gente, una muchedumbre que huía, cubierta de ceniza. Eso no se lo puede imaginar nadie. La literatura está sobrevalorada. La ficción está sobrevalorada porque hay experiencias que su rareza y su radicalidad no pueden ser imaginadas. Este hombre llamó a su hermana por teléfono, que vivía junto a la Zona Cero, y estaba viendo a la gente caer.

El reportaje The Falling Man de Tom Junod.

Claro. Don DeLillo hizo una novela que se llama Falling man (El hombre que cae). Tiene partes que están muy bien, pero lo mejor que se ha escrito sobre el 11-S es el informe oficial. Otro recuerdo que tengo muy poderoso de esa tarde del 11-S es bajar con Elvira por la Séptima Avenida hacia Broadway y ver todas las luces de Times Square encendidas pero sin anuncios. En Times Square no había nadie. De pronto, vimos un grupo de gente y nos fuimos hacia allá y era un tío que estaba vendiendo camisetas. Nadie, nadie, nadie. Y además veías en las ventanas las televisiones encendidas. Otra imagen todavía más rara es en la Quinta Avenida, un poco más abajo del Empire State, que estaba acordonado. El policía no nos dejaba pasar por la acera y le dijo a Elvira: “Para un edificio alto que nos han dejado”. Esto parece que es una cosa soñada, pero la Quinta Avenida estaba vacía y había un homeless con una sillita de plástico de playa; había conectado un televisor recogido de la basura a un cable de una farola y estaba viendo las noticias en ese televisor. ¿Eso quién se lo inventa? El olor a ceniza cuando llegabas a la estación de Canal St. A ceniza mojada y a otra cosa, y esa otra cosa era carne, carne humana.

La idea de la retaguardia de las guerras y de las miserias lejanas que también dejan su rastro aquí. ¿Cree que Nueva York es la caja de resonancia de lo que ocurre en el mundo?

Eso es así. Es como si hubiera terminaciones nerviosas al descubierto, como esos cables que no están bien protegidos. Yo recuerdo al poco del terremoto de Haití ir hablando con un taxista y contarme que acababa de volver y que iba continuamente a ayudar. El hombre se puso a llorar. Es un sitio raro, ¿sabes?, porque por una parte es una ciudad ensimismada. Aquí existe el mundo entero, pero el mundo entero tiene que venir. Por ejemplo, en Madrid o en Buenos Aires o en Berlín, la gente sabe lo que está pasando fuera, pero aquí la gente sabe lo que está sucediendo aquí. También hay muchas cosas que están en Nueva York y nadie sabe que están en Nueva York. La eterna frustración tanto de artistas como de funcionarios culturales europeos: todo el mundo quiere venir aquí a darse a conocer, pero ellos son los que deciden conocerte. Hay como una niebla que separa la ciudad del resto del mundo. Hay una manera provinciana de estar en Nueva York.

En el noreste de Congo, cerca de la ciudad de Bunia, hay una mina de oro cuyo propietario, John Paulson, ganó 15.000 millones de dólares apostando al colapso de las hipotecas basura en Estados Unidos y es uno de los responsables directos de la crisis financiera mundial. ¿Qué le sugiere esta historia?

¿Es el dueño de la mina? Eso es tremendo. Es la parte obscena de la ciudad, es decir, aquí está todo. Yo siempre lo pienso cuando veo las tiendas de lujo, aquí es donde los que han robado a los pobres del mundo vienen a gastarse el dinero. Un lujo metafísico con ese cristal blindado y un bolso, un bolso de mierda, por otra parte, que lo ha hecho otro pobre desgraciado en Bangladesh, pero que le han puesto el marchamo de una marca. El gran peligro de Nueva York es convertirse en París. Una ciudad escaparate para millonarios. Nueva York también me recuerda mucho a Venecia. Tengo una teoría absurda y es que Venecia era el centro del mundo cuando el eje del comercio mundial estaba en el Mediterráneo, llegaba la Ruta de la Seda. Cuando llega América se desplaza el eje a Nueva York y Venecia se queda convertida en una especie de teatro. El eje ahora se desplaza hacia el Pacífico, hacia Shanghai y, claro, Nueva York puede ser ahora Venecia. Ya tiene algo en su arquitectura de ladrillo… ¿No? Aquí he aprendido a ser libre, una libertad profunda. A hacer las cosas que quieres hacer sin mirar al vecino. En España estamos siempre mirando de soslayo y si eres un poco conocido, ya ni te cuento. La libertad de respetar de verdad la diferencia la he aprendido aquí. Hasta visualmente a cada momento estás ajustándote a la diferencia. Cuando vas a España, ahora un poco menos, hay una monotonía visual en el paisaje, todos nos parecemos extraordinariamente. Curiosamente, tenemos una clase política que se ha empeñado en inventar diferencias, en tu tierra, en la mía y en todas. Recuerdo a Arzalluz que decía en un mitin: “Qué tenemos que ver nosotros con esos de Logroño”. ¿Qué vas a tener que ver con los de Logroño? Tiene que ver todo, si son la provincia de al lado. Y no es que tenga ninguna idea centralista.

¿Le ha pasado factura vivir en Nueva York? En una polémica relativamente reciente el columnista del ABC Ignacio Ruiz Quintano criticó a usted y a su mujer, Elvira Lindo, por, entre otras cosas, ir al Carnegie Hall a escuchar a Bach. También el escritor Rafael Reig, en su artículo “Cosmopolitas y cosmopaletos”, hablaba de la sabiduría humilde de Josep Pla y Miguel Delibes y la contraponía a escritores actuales como Javier Marías, Pérez-Reverte y, de nuevo, usted y su mujer.

Son cosas tan… Estoy aquí ahora mismo, estamos tomando esto, ¿y qué? Quizá los que han escrito eso están en, qué más da dónde. Es tan penoso. Realmente tengo la suerte que se me olvida a los cinco minutos. Este señor Quintano hablaba de ir al Carnegie Hall. Al Carnegie Hall va todo el mundo, donde no va todo es al Teatro Real o al Liceo porque la mitad de los asientos están pillados por políticos. Al Carnegie Hall vas por 10 dólares, van estudiantes, todo el mundo. ¿No puede vivir uno donde le dé la gana?

¿Es un deporte nacional el de criticar al que se va fuera?

Pues qué deporte más triste. Luego está la mala leche española, la ignorancia voluntaria de decir que te lo has llevado crudo en el Cervantes. Estoy aquí trabajando, dando clases y escribiendo.

Hubo otra polémica con Almudena Grandes en torno a un artículo en el que la escritora insinuaba el placer sádico que la madre Maravillas hubiera encontrado en ser agredida por un grupo de milicianos republicanos. ¿Cree que la izquierda española ha utilizado la Guerra Civil como arma arrojadiza contra la derecha y que el guerracivilismo explica parte de la pobreza intelectual, económica y de tantos otros ámbitos de la España actual?

Es todo tan penoso. Hay que ser muy preciso en eso. Yo mandé una carta a El País por una columna que esta mujer había escrito haciendo bromas del gozo que sentiría la madre Maravillas, el viejo chiste de la monja violada, aquello de “ummm, sudorosos”. Escribí una carta ofendido, bastante educada. Luego resultó además que las dos cosas sobre las que bromeaba esta mujer era una frase que no era de la madre Maravillas sino de San Juan de la Cruz y quién hablaba era el alma, pero bueno. 75 años después, las personas progresistas, es decir, para ser progresista, ¿tenemos que negar que, en primer lugar, hubo una responsabilidad repartida en el desastre del fracaso de la República? Dejando aparte que los causantes inmediatos fueron los que dieron el golpe de Estado, los que conspiraron contra el régimen. Una vez sucedido eso, ¿no podemos reconocer lo que personas que estaban entonces comprometidos con la defensa de la República reconocían y deploraban? Esa es la pregunta que yo hago. Yo no te estoy diciendo dar la razón a Pío Moa, te estoy hablando de dos cosas distintas. Si tú lees La velada en Benicarló de Manuel Azaña, escrita en 1937, ahí ves como Azaña lamenta con un dolor trágico los crímenes cometidos en la zona republicana durante la guerra. Si lees a Manuel Chaves Nogales, republicano, socialista, director de Ahora, lees su libro A sangre y fuego publicado en 1937. Arturo Barea, republicano, socialista, exiliado en Inglaterra, el tercer tomo de La forja de un rebelde, que trata del verano en Madrid en 1936. Julián Zugazagoitia, director de El Socialista… Lee las cosas que escribieron ellos, yo sólo digo eso. Segundo paso: historiadores. Yo creo que 75 años después, lo historiadores han dejado claro lo que pasó. A mí me gusta poner siempre un ejemplo: el asesinato de García Lorca y el asesinato de Muñoz Seca. Los dos son inocentes. García Lorca era un escritor extraordinario y universal, comprometido con la República, no políticamente, pero en una época de divisiones políticas muy feroces te situabas tú y te situaban tus enemigos. Él estaba situado y visto como alguien muy vinculado con la República. Federico García Lorca es asesinado en Granada y es un horror y una vergüenza. Muñoz Seca está en Barcelona porque había estrenado una de sus múltiples obras de teatro. Era un autor muy popular, muy conservador. Lo detienen en Barcelona, lo trasladan a Madrid, lo encierran en el convento de San Antón y muere en Paracuellos del Jarama. ¿Una persona decente va a hacer distinciones entre crímenes? ¿Es menos crimen matar a Muñoz Seca? Pero no sólo es la izquierda, a la derecha le pasa exactamente igual, parece que tampoco hay manera de reconocer la responsabilidad de la derecha en la conspiración contra la República y del horror de la posguerra, del horror de la dictadura. Nadie quiere reconocer y yo me pregunto por qué.

Pero quizá la izquierda sí que ha esgrimido la bandera de la República y la derecha no se ha posicionado abiertamente como defensora del franquismo.

No se posicionan como defensores, pero saltan de una manera muy curiosa. En un artículo me sumé a la idea de que el Valle de los Caídos fuera usado como un museo de la guerra y de la dictadura. Tengo un amigo que acaba de volver de Alemania del Este y me ha contado que ha visitado el museo de la Stasi. ¿Tú crees que en Alemania hay quien reconoce los crímenes del nazismo pero no los del régimen comunista? Y es un ejercicio que hay que hacer, el convertir a la República en una especie de paraíso ideal es un disparate. Ahora el negarse a reconocer abiertamente el horror del franquismo también es una responsabilidad muy grande la derecha española. Entonces, personas como yo hemos conseguido una cosa perfecta y es que te odian en ambos sentidos, es decir, a Almudena Grandes sólo la odian en un sitio, a mí en los dos. Y dejando claro que esto sólo tiene que ver con las minorías políticas, porque la inmensa mayoría de la gente en España es mucho más sensata que la clase política, que la clase intelectual y que la clase periodística; es decir, la sociedad es mucho más sana, al igual que pienso que la media de los lectores es mucho mayor que la de los críticos. Tú seleccionas a cinco lectores de una novela al azar y seguro que sus críticas son mejores que la media de lo que escriben los críticos. Es tan triste que 75 años después no podamos sentir el mismo dolor ante la gente asesinada en Granada al principio de la guerra que ante la gente asesinada en Madrid. El argumento de la izquierda es que esas víctimas ya fueron reconocidas durante el franquismo. Oiga, es que a mí lo que el franquismo reconozca me da igual, es la democracia la que tiene que reconocerlos. Y te voy a decir otra cosa, soy socialdemócrata, no soy más de derechas… No sé qué relación hay entre ser de izquierdas y no sentir dolor ante los asesinatos cometidos en nombre presuntamente de la izquierda, no sé qué relación hay. Evidentemente, hay una responsabilidad de los militares traicioneros que se sublevaron. Menos opinar y más leer los libros de Historia. Hay un libro que no me canso de recomendar de Enrique Moradiellos, que se llama 1936, y es un resumen de todo lo que ha sido probado y en lo cual hay un consenso abrumador entre los historiadores. En España estamos todos locos opinando todo el tiempo.

¿Cree que ser un intelectual socialdemócrata le sitúa en una tierra de nadie en la España actual?

Bueno, me sitúa en la tierra en la que está casi todo el mundo. En España, la mayoría de las personas aceptan la democracia como un régimen normal, están de acuerdo con que haya una educación, una sanidad públicas, un imperio de la ley y una organización democrática de la sociedad. La palabra socialdemócrata tiene de bueno que sirve igual para definirse y para insultar. Yo me defino tranquilamente con esa palabra. Ahora gente como Arcadi Espada están haciendo bromas sobre los socialdemócratas. Entonces, en alguna discusión con algún amigo, le he dicho, oye, tú también eres socialdemócrata; cuando te pones malo, ¿a que te gusta ir a un hospital público de calidad? A todas estas personas que dicen que este régimen no sirve, cabe preguntarles: ¿qué régimen queréis?

¿Se refiere al 15M?

Sí, a gente que está ahí y a gente que dice ser muy de izquierdas y que dice que lo bueno era la República. Hace tiempo escribí un artículo Notas escépticas de un republicano que publiqué en El País y decía: ¿qué derechos políticos y sociales que reconoció la República no existen ahora en España? y ¿cuántos de los derechos sociales que tenemos ahora existían en 1931? Vamos a mirar la realidad, no podemos vivir en la adolescencia permanente.

Hablando de adolescencia, ¿ha sido Zapatero una decepción?

A mí no me ha decepcionado porque nunca me ha parecido… A mí alguien que se colocó en La Moncloa me llegó a decir que era “como estar con Kennedy en Camelot” (risas). No me despertó nunca grandes ilusiones. Hay cosas que se han conseguido y que han sido importantes, pero la verdad es que no me he llevado una decepción. Ni celebré su llegada ni lamento su marcha. Tampoco me gustan los que le van a sustituir.

Dígame si está de acuerdo con esta afirmación: la generación que vivió la Transición en su juventud, su generación, se ha anquilosado en el poder, en todos los ámbitos del poder, mediante el mito de que “fueron los que consiguieron la democracia en España” y las generaciones posteriores han tenido que cargar con el pecado original de no haber sufrido la dictadura y haberlo tenido todo muy fácil.

Fíjate que en política, lo que hizo el Partido Socialista con Zapatero y la gente de la que se ha rodeado fue que su bandera era dar un paso más allá de la Transición.

Sí, pero digamos que son un tipo de persona…

Incluso, el discurso que se ha hecho dominante en España ha sido el de la crítica, digo hablando de política, dejar de creer que aquello fue la célebre bajada de pantalones y que sólo ellos, con su juventud, eran los que iban a cambiar las cosas, iban a hacer justicia a la Guerra Civil, iban a abrir las fosas y todo eso. Yo creo que hay diferencias culturales y políticas. España es un país muy oligárquico y estoy de acuerdo en parte de lo que dices. Yo estoy en una posición generacional un poco más rara porque yo era un adolescente cuando murió Franco, entonces eran como mis hermanos mayores los que hacían eso. Ahora, es verdad en el aspecto de la cultura y de la música, no quiere decir que las cosas tengan que cambiar. En el deporte por razones naturales van desapareciendo generaciones, pero en otros ámbitos, las personas siguen teniendo derecho a vivir, pero sí hay un anquilosamiento cultural, sí, es verdad, estoy de acuerdo completamente. Hay cosas que, para bien, está bien que duren. Aquí, por ejemplo, en los medios de comunicación ves gente que lleva haciendo un programa 30 años y está bien, siempre que haya oportunidades, pero en España también hay un juvenilismo, en TVE o en RNE lo que ha habido es una especie de lobotomía…

De la gente más cualificada que podía enseñar más cosas…

Claro, es que las dos cosas no tienen que ser incompatibles.

Lo que planteaba es que ese diálogo generacional dentro de cada área es más bien un conflicto.

Eso es verdad, pero por ejemplo, en literatura, todas las generaciones parecen estar rebelándose contra una literatura costumbrista que, al parecer, había antes, ¿cómo puede ser que la rebelión sea siempre la misma? Lo que falta es verdadero rigor, oportunidades, falta honradez en los que tienen posiciones visibles e importantes. La honradez de no repetirte, de aprender, de cambiar. Y faltan verdaderos debates.

¿Cree que se instalará una cierta meritocracia en España algún día?

Ojalá. Hay un malentendido terrible en la sociedad española y es creer que el mérito comprobable y el esfuerzo no cuentan. Y es que en realidad no cuentan, ¿cuenta algún mérito para ser político? No cuenta nada. Ahora se dice eso de que ésta es la generación mejor preparada. En España hay gente muy preparada, mucho mejor que cuando yo terminé mi carrera, pero hay una diferencia, hay un vacío entre los que están muy preparados y una gran cantidad de gente que no está nada preparada. Una desigualdad profunda desde que vino la democracia. ¿Una persona preparada puede llegar a ser profesor universitario? ¿Para ocupar un puesto cultural en un país de habla no española se exige hablar la lengua de ese país? Es un problema gravísimo y fantasma, porque no se habla de él.

¿Cuál es su opinión acerca del llamado movimiento del 15M?

Eso es muy amplio. Hay una mezcla de cosas muy grande. Hay una evidencia y es que España necesita un cambio radical en muchas cosas, pero también hay que saber no sólo qué queremos cambiar, sino qué tenemos que conservar; porque hay cosas que tenemos que conservar y mejorar, y perdona que insista pero es la clave de todo: la enseñanza y la sanidad públicas y mejorar el sistema judicial. Tiene que ser un cambio pragmático, hay que tomar el ejemplo del Movimiento de los Derechos Civiles de este país, no nos podemos perder en las nubes. No puedes dedicar asambleas agotadoras a inventar la rueda. Una cosa práctica, según la ley en España: todos los plenos municipales son públicos y se puede intervenir. Vamos a ir a los plenos municipales a vigilar los acuerdos. Otra cosa que he aprendido aquí es la cantidad de cosas que uno puede hacer, el modo en que la gente se responsabiliza de ámbitos de acción cívica. Los community garden de este barrio los cuidan los vecinos.

¿Cree que el Estado ha invadido espacios de libertad del ciudadano?

El ciudadano también los ha abandonado. Lo que no podemos hacer ahora es siempre estar buscando que la responsabilidad la tiene otro. Es decir, el discurso nacionalista de que la culpa de todo la tienen en Madrid o que la culpa de todo la tienen los políticos, ¿y tú?, ¿y nosotros?, ¿qué hacemos? Tenía un hijo en la plaza del Carmen en Granada y otro en la Puerta del Sol al principio del 15M y yo les decía: ¿cómo está el tema de la basura?, ¿se recoge la basura? Si se recoge me lo creo, si no, no me lo creo. Yo soy muy radical en ese sentido, estoy hasta las narices de gente que habla y lo que habla no tiene nada que ver con lo que hace.

¿Y se recogía la basura?

Sí, cosa que me alegra. La ética de la responsabilidad personal, por ahí hay que empezar.

¿Puede comentarme sus dos años al frente del Cervantes?

Era bonito intentar hacer un servicio público. Me gustó hacer y mostrar ciertas cosas de la cultura española en buenas condiciones. El tener una exposición de Julio González y que el New York Times le dedicara una página o el Réquiem de Tomás Luis de Victoria llenando la catedral de Saint Patrick’s. Pero claro, era mucho trabajo y yo soy un escritor, no puedo dedicarle mi vida entera. Un trabajo agotador y muy mal pagado.

¿Ha tenido contrapartidas también?

Sí, claro. La contrapartida es que te dicen que te has quedado con dinero, que has vivido aquí, que era un privilegio. Cualquiera que compare el sueldo de un director del Cervantes y lo que cuestan los alquileres de Nueva York…

¿Y la Real Academia?

Ahora estoy más distante porque paso más tiempo aquí. Me gustaba mucho el trabajo que se hacía. La parte de la pompa me gusta menos, pero el trabajo del diccionario me gusta mucho y haber conocido a gente muy brillante y muy excéntrica, muy libre, como Lázaro Carreter, Emilio Alarcos, Francisco Ayala, Claudio Rodríguez

En Ardor guerrero narraba la experiencia que supuso para usted hacer la mili en el País Vasco en una época especialmente sanguinaria de ETA y desde entonces ha seguido con interés la situación política vasca. ¿Qué opina del fenómeno Bildu?

Tendrá que prevalecer el imperio de la ley. La democracia no es sólo que gobierne quien gana, sino también que se cumpla la ley.

De El invierno en Lisboa usted ha dicho que le cambió la vida, pero que se siente muy lejos de ella. Ha contado que era un funcionario municipal que escribía en sus ratos libres y “quería escribir como soñando una película o tocando una música de jazz y que el lector se dejara llevar sonámbulamente por la historia”. ¿Tienen la música o el cine alguna influencia en su prosa, la forma en la que está construida, su ritmo?

Me gusta mucho la música, me da mucha felicidad y claro, en ese momento, había que inventarlo todo. Yo no tenía experiencia de nada. Fui a Lisboa, en mitad de la novela, tres días de permiso que pillé entre Nochevieja, Año Nuevo y un día de fiesta en Granada y estuve paseando. Fíjate que con ese libro y con otros, me está pasando una cosa muy curiosa y es que pasa el tiempo y el libro se te olvida, pero lo que te reconcilia es la gente que lo lee, gente que no había nacido cuando yo escribí el libro y que me habla del libro con emoción, me reconcilia con él. Es una alegría muy grande.

En su página personal tiene una foto con Dizzy Gillespie en 1990 en Granada. “Él me hablaba y yo sonreía, pero entendía menos de la mitad”. ¿Cuál es su anécdota preferida de las grandes figuras del jazz que ha conocido?

Conocí a muchas. La que más traté fue a Dizzy Gillespie, pero lo que me gustaba de esa gente era su naturalidad. Es algo que he comprendido mejor viniendo aquí luego. Para nosotros eran como dioses y aquí están tocando en clubes normales, cosa que me parece un antídoto contra esta tontería del famoseo pop. La naturalidad y el sentido del trabajo. Me acuerdo una vez que estaba en Madrid, había visto un concierto de Johnny Griffin, un concierto extraordinario, y fui a felicitarlo y estaba el hombre allí desmontando el saxo y me dijo: “It’s my job!”. ¡Es mi trabajo! Es una ética, no sólo una estética. Esto no es una fantasía animada, éste es el trabajo que yo tengo y además de hacerlo lo mejor que puedo, también me permite volverme loco. A Dizzy le pregunté cómo se había inspirado para la banda sonora de El invierno en Lisboa, con ciudades que no había conocido y me respondió que para él, su inspiración era más bien la sensación de viajar entre ciudades, sin parar nunca. Una historia curiosa, hay una canción en mi novela, que está supuestamente compuesta por el protagonista, que se llama Lisboa y para imaginarme esa canción pensaba en otra de Paquito d’Rivera que se llama Brussels in the rain. Una vez se lo conté a Paquito y me contó que la compuso paseando una noche en Bruselas, después de saber que su padre se estaba muriendo y que el gobierno cubano no le había dado permiso para volver a La Habana a ver a su padre.

¿Cuál es su lugar preferido de jazz en Nueva York?

Hay muchos, pero uno de mis preferidos está al lado de casa, en la calle 105 y Broadway, el Smoke. Un sitio extraordinario. Hay un sitio misterioso que es el hotel Kitano, que está en la 38 y Park Ave., un hotel japonés en cuyo bar hay siempre música de jazz buenísima.

¿Nos ayuda la ficción a ser mejores personas? O, por el contrario, la ficción es un asunto juvenil que se abandona con la edad, como ha hecho el escritor norteamericano Philip Roth hace poco.

La ficción es una cosa muy seria. Yo estoy releyendo ahora La montaña mágica de Thomas Mann; es una explicación del mundo, tú puedes ser un canalla o puedes ser buena persona, no depende de lo que leas, pero la ficción tiene algo muy importante que es la posibilidad de ponerte en el lugar de otro, de hacer presente la vidas de otras personas que han existido en otras épocas o que no han existido. Te produce un consuelo, de que eso que a ti te pasa no es raro, no estás solo. Si la ficción no fuera muy importante no sería universal. No hay cultura humana que no tenga música, que no tenga ficción. Ni una sola.

Leí hace poco que no incluir a internet o los teléfonos móviles como elementos cotidianos en un relato de ficción es tan absurdo como esas novelas victorianas donde no hay sexo. ¿Qué le parece?

Toda ley sobre cómo ha de ser de antemano un texto literario es una tontería. ¿Que no hay sexo en las novelas victorianas? En una historia de ficción entran con naturalidad los elementos tecnológicos de su época, así que no hay nada de novedad en sacar ordenadores o mensajes de texto o internet en algo que sucede ahora. En el Quijote están los molinos de viento, que son una tecnología entonces recién importada de los Países Bajos, los batanes, etc, por no hablar de la imprenta. En Dickens y en Galdós hay ferrocarriles y telegramas. En un soneto de Lorca de principios de los años 30 hay una cabina de teléfono. Quien dice, como se oye decir, que la presencia de la tecnología es un rasgo singular de esta época es que ha leído poco.

Cada cierto tiempo la crítica habla de una nueva obra maestra absoluta y a la vez, regularmente, se plantea la cuestión de la muerte de la literatura (especialmente la novela, en este siglo va por el enésimo entierro) ¿Cree que puede defenderse cualquiera de estos dos extremos desde el momento presente, sin la perspectiva del tiempo?

La obra maestra tarda en saberse, es la que traspasa el tiempo, necesita del tiempo. ¿Cómo puedes saber si eso te va a gustar dentro de 20 años? La obra maestra no es algo que está ahí, sagrado, intocable, es aquello que está siendo continuamente sometido a pruebas y sale de ellas. Tú lees ahora una novela de Philip Roth, La mancha humana, que tiene ya 14 o 15 años, va teniendo un poso. Los libros tienen que durar.

¿Qué autores en inglés son sus favoritos?

Hay tantos. Roth está de capa caída, me parece, en los últimos tiempos, pero tiene novelas insuperables. Alice Munro, canadiense, me parece el mejor escritor vivo que conozco. Adoro a algunos poetas contemporáneos americanos: Charles Simic, Robert Haas, Mark Strand. Muchos más.

¿Qué opina de David Foster Wallace?

Cuando murió no lo había leído. Me he comprado The Infinite Jest (La broma infinita) y sus cuentos.

¿Y de Truman Capote?

Tenía un talento increíble y lo desperdició en parte. Pero hizo cosas maravillosas. Los cuentos de Music for Chameleons (Música para camaleones), por ejemplo.

Qué tipo de genio le gusta más, ¿el huidizo y neurótico Salinger o el público y excesivo Mailer?

No me gustan los genios, en general. Me parece que siempre hay algo de impostura por parte del autor y de papanatismo por parte de quien lo admira en exceso. Si uno vive con naturalidad no necesita esconderse, y si lleva una vida normal no tiene tiempo de dedicarse a histrionismos públicos. De Salinger lo que me gusta son, sobre todo, los Nueve cuentos, y de Mailer The Executioner’s Song (La canción del verdugo). En general, un escritor no tiene ninguna necesidad de esconderse para que lo dejen en paz. No hay tantas personas interesadas en conocerlo.

Vargas Llosa dijo justo después de recibir el Nobel que él, al principio, era un mal escritor, pero que lo apostó todo al método, el esfuerzo y las lecturas. ¿Cuáles son sus fuertes como escritor? ¿Qué es lo que más le ha costado aprender?

Yo no creo que todo dependa de la voluntad, ni mucho menos. Escribir bien implica siempre mucho trabajo, pero se puede trabajar mucho, leer mucho y no llegar a ser muy bueno por razones diversas: por el azar de no dar con los temas que son fértiles para uno o porque la falta de reconocimiento te desaliente. O simplemente porque el amor a la literatura y la vocación por escribir no garantizan que se vaya a lograr nada. Amar mucho a una mujer no garantiza que ese amor vaya a ser correspondido. ¿Mis fuertes? Quizá un sentido natural del idioma, que tiene el peligro de la facilidad. También el hecho de que me gusta mucho lo que hago, entonces le dedico muchísimo tiempo con poco esfuerzo. Creo que me gusta fijarme mucho en la gente y tengo mucha curiosidad por muchas cosas.

Cuando empezó a escribir Borges, Cortázar, Josep Pla o Juan Rulfo estaban vivos. ¿Se ha quedado vacío el panteón de la literatura? ¿Qué escritores vivos cree que gozan de ese estatus?

No suelo pensar en esos términos. El diálogo con los escritores es algo muy íntimo que no tiene mucho que ver con su presencia física. Muchos han muerto Bellow, entre ellos— pero otros están bien vivos, y en plenitud de facultades, o casi: Roth, Modiano, la inmensa Alice Munro, etc. Y otros que no conocemos y que serán extraordinarios.

¿Qué opina de la gente que dice que Shakespeare está sobrevalorado?

Que lo lean. Que lo vean representado, a ser posible en su idioma original, o en una buena traducción y en un montaje digno. 

¿Prefiere a Lope de Vega o a Quevedo?

El que me gusta es Cervantes. Lope lo trató con el desprecio del escritor de mucho éxito hacia el que parece fracasado. Y Quevedo, que tenía un dominio maravilloso de la lengua, carecía por completo de compasión hacia los seres humanos. Cervantes tiene originalidad, talento, compasión y además una ironía bastante poco española, por lo sutil.

En su última novela La noche de los tiempos, sitúa a los personajes en un hecho histórico (el inicio de la guerra civil española) pero desde una perspectiva en la que el protagonista es apenas consciente de la situación por estar solo pendiente del encuentro con su amante. ¿Usted, parafraseando a Serrat, sólo ha escrito novelas de amor?

Sí, sí, sí. El amor es muy importante para mí. Fíjate que en la literatura española las cuestiones amorosas se tratan con miedo a quedar como sentimental. En las películas españolas siempre hay un momento embarazoso y es cuando hay que echar el polvo contra una pared. Yo digo, bueno, ya ha llegado el polvo contra la pared, una cosa acrobática, pero qué hay de la gente que se enamora. No me da miedo ser sentimental, creo que la exploración de los sentimientos es algo muy importante en la vida de una persona. Gente que va buscándose por sitios sin encontrarse. El amor, el deseo, el olvido. Uno no se cansa de escribir sobre eso.

Fotografía: Pablo Mediavilla Costa


Houellebecq y la felicidad

Si Balzac quería rivalizar en su Comedia humana con el registro civil, toda una chulería de escritor decimonónico, Houellebecq en su última novela —titulada El mapa y el territorio— parece querer competir con el catálogo de unos grandes almacenes, que es una chulería muy de escritor posmoderno. A Don DeLillo le quedaba bien, se mueve éste como un poeta verdadero entre los cachivaches —la magnífica Ruido de fondo (1984)—. Hay un afilado —y afinado— cachondeo en el clásico de DeLillo, además de toda esa respiración de las neveras que se nos presenta como metáfora del miedo a la muerte. Es el ruido eléctrico que no podemos dejar de oír, como tampoco dejamos de escuchar el rumor de la muerte, así, como abstracción que algún día se hará carne en nosotros.

La muerte también está muy presente en la novela de Houellebecq. En realidad todo está presente en la novela de Houellebecq; no se me ocurre nada que no esté presente en la novela de Houellebecq. Están los grandes y los pequeños temas. La muerte, el arte, el amor, el sexo, la paternidad, los coches, la enfermedad, la literatura, la ciudad y algún que otro paisaje bucólico adornado con excremento de vaca. Y a falta de figurantes ahí están las cosas, con más carácter que los personajes de carne y hueso. Cada objeto tiene su psicología, su historia mítica. En Houellebecq la obsesión por las mercancías con clase es, digamos, una nueva forma de vida. Un estar en la vida soñando con “los zapatos Parboot Marche, el combinado ordenador portátil-impresora Canon Libris y la parka Camel Legend”. No pocas veces el discurso parece más el de un publicista agradecido a dios por haberle hecho nacer entre tantas cosas bellas ofertadas en el Carrefour que el de un novelista escudriñando el alma humana, si es que los novelistas se dedican con sus frases a eso. Claro que si no hay alma humana que escudriñar, siempre podemos decantarnos por estudiar el manual de instrucciones de una cámara de vídeo o de un Mercedes.

El gran tema, una vez más, es el dinero. Tenerlo o no tenerlo, y en tenerlo o no tenerlo ya veíamos el drama y la acción de los individuos del diecinueve dentro de una novela. El dinero se comportaba previsiblemente, como amo y señor que da y quita vida; las fortunas pisotean cualquier abolengo y en el saltar clases sociales estaba el juego y la novela. En El mapa y el territorio el dinero es un misterio.

Toda novela presume su misterio y el dinero es un misterio como el que más.

Un dios caprichoso que se presenta sin avisar. El dinero lo ordena todo, pero no se sabe muy bien cómo lo ordena. No lo sabe nadie, aunque algunos menos que otros, por algo la mano invisible es invisible. El dinero se mueve por el mundo como una bandada de estorninos imprevisibles. ¿Arte? El arte es una sucursal, quizá la más absurda, de ese gran fluir extravagante de los dineros. El protagonista de esta novela, también millonario, añora al tío Gilito; quizá sus baños de monedas de oro, su certeza en el simple poseer por poseer, su sabiduría del saber ser rico.

Toda esa sociología del consumo y la publicidad circula por la novela como una introspección de los protagonistas y también como un relleno tedioso. El resultado es bastante pobre, en comparación con la gran novela de Perec Las cosas. La influencia de esta novela en la literatura yo creo que se pasa por alto. Ha sido una influencia perniciosa, más bien, pues las grandes obras amplían el mundo y destrozan la creación literaria de las generaciones posteriores, o al menos de las inmediatamente posteriores. La de Perec es una influencia muy correosa, y de ahí han salido todos esos lectores de manuales de instrucciones de electrodomésticos. Otros, Faulkner, y Proust, también han creado sus monstruos, pero menos, pues el individuo ha sido un terreno más fértil en la literatura que el hombre media o el hombre percentil de la literatura sociológica. De Las cosas hay que decir que está deliciosamente escrita y tiene la elementalidad que le falta a experimentos posteriores de Perec.

Al igual que Perec, Houellebecq también acepta la sociedad de consumo (qué insistencia, qué pasión) y aporta su grano de arena a la construcción de una mitología que la sustente, como todo hijo de vecino, por otra parte, tanto si quiere como si no. Pero la suya es una mitología de la mitología. Su Francia es ese país inventado por las guías Michelin, como ese artista de la novela que fotografía los mapas Michelin y va configurando un paisajismo de territorio cartografiados. Una Francia de segunda mano y un mundo de segunda mano. Su experiencia es una experiencia de consumidor. Claro que Perec nos trae un mundo amarillo como unas flores secas, el polvo de los trastos de un pasado que ennoblece siempre, porque lo viejo tiene la poesía casi invisible que deja el paso del tiempo, un poso de nostalgia que humaniza de alguna manera al objeto. Lo de Houellebecq huele a nuevo todavía, cuando no a cerrado y putrefacción cárnica (la obsesión por lo escatológico es muy de nuestro tiempo).

Posiblemente toda esta vuelta del autor hacia la estantería del supermercado sea una revisión más de la novela de Perec. Es lo mismo, arte o supermercado. La historia de la literatura también podría ser la historia de una reescritura. En este caso, una sociología en diálogos.

Afortunadamente, la novela de Houllebecq no se queda ahí. Ya digo, es una novela que opina de todo y que husmea todos los grandes temas con los que se ganan grandes premios. Sin ir más lejos el Goncourt. Se hace todo y todos los géneros calzados en la novela, disfrazados de novela, perdidos de novela. Con tropezones de Wikipedia, al parecer, o lo que es peor en una novela, con prosa de Wikipedia. No importan tanto que se cortaran y pegaran fragmentos, sino que esta prosa neutra y aséptica de la famosa enciclopedia web no se diferencie apenas del resto. Exceptuando algunos arranques de maledicencia estimable, Houellebecq suele caer en esa prosa que no va a complicar la vida a nadie y, menos que a nadie, a él mismo. Lo que da es un mundo descafeinado, ocasionalmente extraterrestre, de informe interplanetario (“Algunos seres humanos, durante el periodo más activo de su vida, intentaban además asociarse en microagrupaciones, denominadas familias, cuya finalidad era la reproducción de la especie…”). Y así, por ahí se deja llevar nuestro autor en cuanto al estilo.

Pero ese es Houellebecq. Lo que le interesa es la actualidad. Las ideas, o como las ideas. Huxley para todos los públicos. Pretende ser tan de su tiempo que parece escrita sin perder de vista los titulares de los periódicos. Y todo muy bien hecho, muy escrupuloso con su oficio; y gris, pop, tabaco y vino argentino. Entre meter el dedo en la llaga y cedernos el paso amablemente con su prosa/rampa va uno metiéndose en el asunto, sobre todo en la segunda parte de la novela, cuando aparece el personaje Michel Houellebecq, escritor francés de éxito, paradójicamente detestado, según dice, por los medios de comunicación franceses (1).

Una vez más se recurre en una novela a un personaje con el mismo nombre que el autor. Y en tercera persona; la autoparodia viene con la canción. Es un tipo casi simpático, depresivo, adicto a los embutidos. El juego está servido, y más en un autor que se ha creado una imagen tan conflictiva. Hay tres o cuatro provocaciones que dan la campanada y ya se nos mete en la tercera parte una novela policíaca. Un cadáver —un gran cadáver—, moscas y un comisario a punto de jubilarse. La vida era otra cosa. Está bien.

Quizá no haya nada tan inútil como intentar ser feliz (2).

(1) “No pasa una semana sin que una u otra publicación me cague en la cara.” (Página 129, editorial Anagrama, 2011)

 

(2) “Algunas veces consideraba que disponer del Carrefour para él solo se aproximaba bastante a la felicidad.” (Página 360, ídem)

 

http://camabarca.blogspot.com/

 


11 miradas, 11 párrafos, 11 libros, 11-S

El 11-S nos dejó su reguero de amargas guerras, lágrimas saladas, dulces revanchas y ácida inconvivencia. También dejó libros, cientos, de los que apenas sobresalen dos decenas. No buscan apenas respuestas; sí dejan muchas preguntas. Y como hasta las catástrofes viven de sus podios imaginarios, se dice que el mejor es El hombre del salto, de Don de Lillo. Se dice. Porque convendría no olvidar La Carretera de McCarthy, que escapa de los hechos, los ignora incluso, pero es una crónica deudora del 11-S y su huracán de civilizaciones erectas, de violencia con barba y también con after-shave, de supervivencia para los que vienen. O la valentía intelectual que Ian McEwan sitúa en un Sábado cualquiera, donde igual los buenos no son tan buenos. O la deliciosa y quirúrgica insolencia de Oskar Schell, un niño de 9 años, con el que Safran Foer afronta interrogantes con una mirada sabihonda e inocente, similar a la de ese otro Oskar que contempló el ascenso del nazismo en El tambor de hojalata. O el informe de la comisión oficial del Congreso, que fue best-seller en EE.UU. y está mejor escrito que muchos libros de ficción. O aquel desayuno en el piso 107 de la torre norte que Beigbéder inventa porque “es el mejor modo de saber qué pasó”. Quizá también el único.

Estas son, once años después, las once miradas, en once párrafos, de los once libros más destacados para Jot Down sobre el once-ese.

 

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DON DELILLO / DISECTOMÍA DE UN INSTANTE

El hombre del salto. Ed. Seix Barral

«Pasó junto a una hilera de coches de bomberos y ahora estaban vacíos, con las luces destelleando. No se hallaba a sí mismo en las cosas que veía y oía. Dos hombres pasaron corriendo con una camilla en la que iba alguien bocabajo, con el pelo y las ropas humeándole. Se quedó mirándolos mientras se perdían en la conmocionada distancia. Allí era donde todo estaba, a su alrededor, desprendiéndose, las señales de las calles, las personas, cosas que no lograba nombrar. Luego vio una camisa cayendo del cielo. Andaba y la veía caer, agitando los brazos como nada en esta vida.»

 

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IAN McEWAN / PREGUNTAS INCÓMODAS

Sábado. Ed. Anagrama

«Dan las noticias mientras muele los granos de café. La nueva locutora es una mujer atractiva y morena cuyas cejas depiladas, que trazan un amplio arco, expresan sorpresa ante el reto de otra mañana más. Primero, fotos de un puente en la autopista con veintenas de autocares que transportan a la ciudad asistentes a lo que calculan que será la protesta pública más grande nunca vista. Luego aparece un reportero en medio de una temporana aglomeración de manifestantes junto al Embankment. Todo este despliegue de felicidad es sospechoso. A todos les emociona salir juntos a la calle: la gente se abraza a sí misma, al parecer, y entre sí. Si piensan  ̶ y quizás tengan razón ̶  que la tortura incesante, las ejecuciones sumarias, la limpieza étnica y el genocidio ocasional son preferibles a una invasión, deberían estar tristes.»

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JONATHAN SAFRAN FOER / LA AUSENCIA

Tan fuerte, tan cerca. Ed. Lumen

«“Su espíritu está allí”, dijo mamá, y eso me hizo enfadar de verdad. “Papá no tenía espíritu —dije—. Tenía células”. “Su recuerdo está allí”. “Su recuerdo está aquí”, dije, señalándome la cabeza. “Papá tenía espíritu”, dijo ella, como si rebobinara un poco en nuestra conversación. “Tenía células —repliqué—, que ahora están esparcidas por los tejados, y por el río, ¡y por los pulmones de millones de personas de Nueva York que lo respiran cada vez que hablan!”. “No deberías decir esas cosas”. “¡Pero es la verdad! ¿Por qué no puedo decir la verdad?”. “Te estás descontrolando”. “Que papá muriera no significa que seas ilógica, mamá”. “Yo creo que sí”. “Pues no”. “Cálmate Oskar”. “¡Que te jodan!”. “¿Disculpa?”. “Lo siento, quería decir que te follen”. “Necesitas un respiro”. “¡Necesito un mausoleo!”. “¡Oskar!”. “¡No me mientas!”. “¿Quién está mintiendo?”. “¡Dónde estabas!”. “¿Dónde estaba cuándo?”. “¡Ese día!”. “¿Qué día?”. “¡El día!”. “¡Dónde estabas!”. “Estaba en el trabajo”. “¿Por qué no estabas en casa?”. “Porque tengo que ir a trabajar”. “¿Por qué no me recogiste en el colegio, como las otras madres?”. “Oskar, llegué a casa tan pronto como pude. Tardo más en llegar a casa que tú. Creí que sería mejor que nos encontráramos aquí en lugar de tenerte esperando en el colegio a que fuera a buscarte”. “Pero deberías haber estado en casa cuando llegué”. “Ojalá hubiera estado pero me fue imposible”. “Deberías haberlo hecho posible”. “No puedo convertir lo imposible en posible”. “Deberías haberlo hecho”. “Llegué a casa lo antes que pude”., dijo ella. Y entonces rompió a llorar.»

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MARTIN AMIS / EN LA PIEL DE…

Los últimos días de Mohamed Atta. El Segundo avión. Ed. Anagrama

«“Purifica tu corazón y límpialo de toda mancha. Olvida e ignora eso que llaman mundo”. Mohamed Atta no era religioso; ni siquiera era especialmente político. Se había aliado con los militantes islamistas porque la yihad era, en muchos aspectos, la idea más carismática de su generación. Aunar ferocidad y rectitud en una sola palabra: nada podía competir con eso. Se adhirió a la idea, e hizo cosas que impresionaron a sus padres: coleccionar citas, obras de caridad, peregrinajes, teorías conspirativas, etc., como otra gente colecciona autógrafos o posavasos. Y esa era una idea que se acoplaba muy bien a su carácter. Si quitabas toda aquella broza de fe, el fundamentalismo se acoplaba bien a su carácter, y con casi una siniestra precisión”.»

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FRÉDÉRIC BEIGBÉDER / CAFETERÍA CON VISTAS

Windows on the World. Ed. Grasset

«Ya conocen el final: todos mueren. Por supuesto, la muerte nos llega a todos, un día u otro. Lo original de esta historia es que todos morirán a la vez y en el mismo lugar. ¿Crea la muerte lazos entre los hombres? No parece: ni siquiera hablan entre ellos. Ponen mala cara, como todos los que madrugan y mastican su desayuno en una cafetería de lujo. De tanto en tanto, algunos fotografían las vistas, las más bonitas del mundo. Tras los edificios cuadriculados, el mar es redondo; las estelas de los buques dibujan formas geométricas. Ni las gaviotas llegan tan alto. La mayoría de los clientes del Windows on the World no se conocen entre ellos. Cuando sus miradas se cruzan accidentalmente, se frotan a la altura de la garganta y vuelven a hundir sus ojos de inmediato en los periódicos. A principios de septiembre, primera hora de la mañana, todo el mundo está de mal humor: las vacaciones han terminado, ahora toca aguantar hasta el día de acción de gracias. El cielo está azul pero nadie lo aprovecha”.»

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CORMAC McCARTHY / VIOLENCIA DESNUDA

La Carretera. Ed. Mondadori

«No, estoy diciendo verdades. Tarde o temprano nos cazarán y nos matarán. A mí me violarán. A él también. Nos van a violar y después de matarnos nos devorarán pero tú no quieres reconocerlo. Tú prefieres esperar a que eso pase. Pues yo no. No puedo. Se quedó allí sentada fumando un tallo enclenque de parra seca como si fuera una especie de extraño cigarro puro. Sosteniéndolo con cierta elegancia, la otra mano sobre sus rodillas recogidas. Ella le miró del otro lado de la pequeña llama. Antes hablábamos de la muerte, dijo. Ya no. ¿Y sabes por qué?

No. No lo sé. Porque la muerte está aquí. No hay otra cosa de qué hablar.»

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ANTONIO MUÑOZ MOLINA / BIOLOGÍA DE NUEVA YORK

Ventanas de Manhattan. Ed. Seix Barral

«“Yo oigo las sirenas y los murmullos de Nueva York”, escribe Lorca en una carta a su familia. De nuevo se oyen sirenas, pero ahora mucho más lejos, traídas desde otro extremo de la ciudad por un cambio del viento. Con los ojos abiertos, con la clarividencia neurótica del insomnio, veo como en un sueño los morros anchos y las hileras de luces rojas y azules de las ambulancias, la pintura roja y los cromados relucientes de los camiones de bomberos y sus luces destelleando en los escaparates de las tiendas cerradas y en el asfalto con brillos de grasa de las oscuras calles laterales, en el negro charolado de las bolsas de basura. La ventana de otro apartamento igual que éste se ilumina sobre el patio, sobre las máquinas y las tuberías del aire acondicionado, y un poco después de escuchan pasos y el ruido del ascensor. Quizás es más tarde de lo que yo imaginaba y la gente madrugadora ya empieza a levantarse para ir al trabajo. La ciudad entera parece que duerme un sueño agitado de alarmas, que permanece inmóvil en un duermevela de pesadillas posibles, ahora que se ha vuelto vulnerable.»

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NOAM CHOMSKY / LA OTRA AMÉRICA

11/09/2011. ¿Existía alguna alternativa?  Ed. RBA

«Si se quiere considerar la cuestión con seriedad, debe reconocerse que, en gran parte del mundo, Estados Unidos está considerado como uno de los principales estados terroristas. Y con buenas razones […] Ha quedado más bien claro que el problema debe ser afrontado para reducir la amenaza, antes que amplificarla. Cuando las bombas del IRA explotaban en Londres, nadie invocó el bombardeo de West Belfast o de Boston, fuente principal de gran parte del apoyo financiero del IRA. Al contrario, se arrestó a criminales y se intentó actuar sobre las motivaciones que explican el terrorismo. Cuando se atentó contra un edificio federal en Oklahoma City, hubo quien propuso bombardear Oriente Medio, y habría ocurrido probablemente si se hubiese descubierto que los responsables venían de allí. Cuando se supo en camb io que se trataba de una cuestión interna, relacionada con las milicias de extrema derecha, nadie pensó en borrar del mapa Montana o Idaho. Al contrario, hubo una caza al culpable, que fue arrestado, procesado, condenado, y hubo un intento de entender las reivindicaciones que originaron tales crímenes para afrontar el problema. Prácticamente, cada crimen   ̶  un robo por la calle como una terrible atrocidad̶  ̶  tiene sus razones, y por lo general se descubre que sólo algunas son serias y que merecerían ser tomadas en consideración. Frente a los crímenes, de cualquier entidad éstos sean, existen modos eficaces y legales de proceder. Y hay precedentes.»

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JOHN UPDIKE / OLOR ENEMIGO

Terrorista. Ed. Tusquets

«Ahmad ha notado cómo el hombre de acercaba, y luego el contacto osado, ponzoñoso, en el hombro. Ahora también percibe, demasiado cerca de su cabeza, el estómago del tipo, cuyo calor se desprende acompañado de un olor, de varios olores: un extracto compuesto de sudor y alcohol, judaísmo e impiedad, un perfume impuro agitado con la consulta a su madre, esa madre de la que se avergüenza y a la que trata de esconder, de guardar sólo para sí. Las dos voces adultas se han entrelazado de manera coqueta, repugnante, dos animales infieles y envejecidos simpatizando en el cuarto contiguo. El señor Levy, tras bañarse en la cháchara de ella, en su deseo insaciable de agobiar al mundo con la visión sentimental que tiene de sí misma, se siente ahora autorizado a desempeñar con su hijo un papel paternal, amistoso. La lástima y el atrevimiento han espoleado esa cercanía indecorosa, olorosa. Pero el Corán exige que los fieles sean corteses; y este judío, pese a haberse autoinvitado, es un huésped en la tienda de Ahmad.»

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ORIANA FALLACCI / TEORÍA DE LA BILIS RAZONADA

La rabia y el orgullo. Ed. El Ateneo

«No entendéis o no queréis entender que si no nos oponemos, si no nos defendemos, si no luchamos, la yihad vencerá. Destruirá el mundo que, bien o mal, hemos conseguido construir, cambiar, mejorar, hacer un poco más inteligente,  menos hipócrita e, incluso, nada hipócrita. Y con la destrucción de nuestro mundo destruirá nuestra cultura, nuestro arte, nuestra ciencia, nuestra moral, nuestros valores y nuestros placeres… ¡Por Jesucristo! ¿No os dais cuenta de que los Osama bin Laden se creen autorizados a mataros a vosotros y a vuestros hijos, porque bebéis vino o cerveza,  porque no lleváis barba larga o chador, porque vais al teatro y al cine, porque escucháis música y cantáis canciones, porque bailáis en las discotecas o en vuestras casas, porque veis la televisión, porque vestís minifalda o pantalones cortos, porque estáis desnudos o casi en el mar o en las piscinas y porque hacéis el amor cuando os parece, donde os parece y con quien os parece? ¿No os importa nada de esto, estúpidos? Yo soy atea, gracias a Dios. Pero no tengo  intención alguna de dejarme matar por serlo.»

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Comisión Nacional sobre Ataques Terroristas del Congreso de EE.UU / LOS HECHOS

The 9/11 commission report

«El martes 11 de septiembre de 2001 amaneció templado y casi sin nubes en la parte este de Estados Unidos. Millones de hombres y mujeres se disponían a ir a trabajar. Algunos fueron a las Torres Gemelas, la estructura arquitectónica emblemática del complejo del World Trade Center en la ciudad de Nueva Cork. Otros se encaminaron a Arlington, Virginia, hacia el Pentágono. Al otro lado del río Potomac, el Congreso de Estados Unidos celebraba sesiones de nuevo. En el otro extremo de Pensilvania Avenue, la gente empezaba a hacer cola para visitar la Casa Blanca. En Sarasota, Florida, el presidente George W. Bush salió para una carrera matutina.»


Antonio Orejudo: “La universidad española es casposa y grosera”

Antonio Orejudo para Jot Down

Un personaje que se llama como el autor de la novela, Antonio Orejudo, y que al igual que él es escritor y profesor de literatura en la Universidad de Almería tras su paso por Estados Unidos. Un antiguo compañero de universidad, Cifuentes, va a visitarlo a la caseta de la Feria del Libro, donde Orejudo firma ejemplares. Cifuentes pasa por una mala racha: problemas en su matrimonio, problemas con su hijo adolescente y problemas con una chica de la universidad que le ha puesto en graves aprietos. Ésta es la sinopsis de Un momento de descanso. La novela analiza el papel que representa el escritor y contiene una constante crítica de la universidad y los estudios de humanidades. Además de mucho sentido del humor, algo característico en todos sus libros.  No se puede desvelar nada más sin recurrir al “spoiler”, palabra con que en algunos foros españoles ha pasado a traducirse el carnicero destripamiento. Pero es suficiente para adentrarnos en la charla con Antonio Orejudo.

La charla tiene lugar en una taberna de la Plaza Flores, en Almería, donde en un banco se encuentra sentado un John Lennon de metal, recuerdo de su paso por esta ciudad en los años sesenta, donde dicen pudo escribir Strawberry Fields Forever. Cerca, en la plaza de Juan Casinello, transcurren los últimos días de las acampadas-protesta del 15-M, asunto que se tratará en la conversación con este escritor que recibiera el Premio Tigre Juan a la primera mejor novela con Fabulosas narraciones por historias (1996) o el Premio Andalucía de la Crítica con la segunda, Ventajas de viajar en tren (2000).  Luego llegaron La nave (2003), Reconstrucción (2005) y esta Un momento de descanso (2011) que el que suscribe estas palabras hace dedicar con una firma antes de pasar a desempeñar su labor como entrevistador:

A propósito de esta dedicatoria, en su último libro un personaje se dedica a estudiar a los escritores no a través de sus obras, sino precisamente de las dedicatorias a los lectores. Usted debe de haber firmado ya seiscientos millones de ellas. Supongamos que ese personaje decide estudiarle a través de las dedicatorias que ha hecho hasta el momento. ¿Qué conclusiones sacaría?

Que soy un tipo sin pizca de imaginación. La dedicatoria te coloca en una situación algo embarazosa. El lector espera un destello de talento… que no siempre se produce. No es posible ser brillante veinticuatro horas al día. Yo, si tengo una hora de lucidez a la semana, voy listo. Por eso, la conclusión que sacaría es que no sirvo para escribir.

La industria editorial está dominada por la novedad constante. Se editan muchísimos libros y además existe toda una guerra comercial para llevarlos a la “primera línea de batalla” del escaparate de las librerías. Usted sin embargo es un novelista que escribe lentamente. Ha editado novelas cada cuatro o cinco años. ¿Cómo se las apaña para escapar de esa dinámica que sí afecta a otros muchos escritores incluso cuando no son superventas, de ese “quítate tú pa ponerme yo” de los escaparates?

No ha sido una cosa que haya planeado. Publico cuando tengo un producto competente y competitivo, como diría el ejecutivo de una empresa. Para trabajar así de lento lo primero que se necesita es una fuente de ingresos en otro lugar, como es mi caso. Me gano la vida dando clases de literatura en la Universidad. Eso me permite ser tan chulo como para decirte esto que te estoy diciendo. Lo demás lo pone la escasa velocidad de mi intelecto. Hay gente que produce sin parar y produce además con calidad. Yo soy incapaz.

¿Cómo salva la tentación, llamémosla ególatra, de dedicarse de lleno a la literatura? De decir “dejo mi trabajo y solamente voy a escribir, que ya tengo un gran reconocimiento”.

Es más peligrosa otro tipo de tentación ególatra. Después de publicar una novela, durante la promoción, te hacen sentir el centro del universo. Y lo que sí puede ocurrir es que quieras publicar otra vez, cuanto antes, para seguir siendo el centro de ese pequeño universo. Eso se soluciona poniendo una calavera en la mesa para recordarte que eres mortal, como aparecen los sabios en los retratos del Renacimiento.

¿Tiene que hacer a cambio de esa libertad algún tipo de concesión al editor?

Lo único que tengo que hacer es soportar la llamada del editor al segundo año preguntando cada dos meses “¿cómo va lo tuyo?”. Bueno, en realidad existe un pacto tácito. En el fondo están de acuerdo con el principio general de que no se puede hacer una buena novela en menos de tres años.

¿Hay algún estudio realizado sobre la media de tiempo en la que un editor se cansa ya de llamar a su novelista?

Un editor nunca se cansa. Yo siempre les contesto lo mismo: “Es posible que no vuelva a escribir una novela”.

Un momento de descanso está llena de estudios literarios de diverso tipo, con nombres bastante rimbombantes. ¿No le causa “repelús” que dentro de un tiempo sea usted también objeto de estudios con un nombre igualmente rimbombantes para, por ejemplo, la tesina de alguien?

Bueno… alguno tengo ya. Lo que me gustaría es aparecer en los libros de texto, si tal cosa existe dentro de unos años, con bigotes y orejas de burro pintados por el alumno. Esa es la prueba inequívoca de haber alcanzado la gloria literaria.

O dar nombre a un colegio.

También, o a un complejo polideportivo.

A propósito de alumnos, en su última novela aparece una alumna vengativa. No sé si al ser profesor de Universidad y escritor, algunos alumnos a los que no les caiga especialmente bien tienen más fácil manifestar su resentimiento al estilo “buah, si es un mal escritor, fíjate”.

Algunas veces, en algunos foros, me ha parecido entrever en algunas críticas demasiada ira como para haberla provocado yo con mis libros. Esa ira sólo puede provenir de un alumno… o de un colega.

Una de sus características como escritor es que trabaja la estructura de la novela de una forma novedosa, o al menos muy alejada de la narración clásica.

Hay escritores que siempre escriben lo mismo. Su obra es un solo libro escrito una y otra vez. Yo soy más frívolo y procuro hacer algo diferente en cada novela. Pero no pensando en el lector, sino pensando en mí. Es que me aburro en seguida de mis obsesiones.

El otro día leí a un lector en un foro que comparaba esas estructuras con la de las películas de Spike Jonze.

¿Sí? (Risas) Qué barbaridad. Es sorprendente. Nunca lo había pensado. Pero bueno, el lector es soberano. Puede hacer lo que le dé la gana. Incluso tirar el libro a la basura. En el caso de mis libros y los de cualquiera. Se lo digo a mis alumnos. Que dejen los libros en la página cincuenta si no les gustan. Hay muchas cosas para leer.

Un momento de descanso también critica los estudios sobre humanidades y en general a la universidad española.

Hay una confesión de un estado de ánimo. Muchos colegas y yo decidimos dedicarnos a las humanidades al terminar C.O.U. Bien, pues estos saberes, que han estado en la vanguardia del conocimiento durante siglos, ya no sirven para nada en el nuevo mundo emergente. Resulta amargo saberse en el margen cuando uno creía estar mejor situado.

Y se trata de otro desengaño, el que llega a cierta edad cuando los hijos crecen y el matrimonio se tambalea.

Cerca de los cincuenta se produce una hecatombe. Da igual lo que hayas hecho en la vida. Seas rico o seas pobre, al llegar a los cincuenta tienes la sensación de haberte equivocado en todo.

Desde hace años se ha puesto de moda una pregunta en las entrevistas a novelistas: “¿Es autobiográfica?”. Esto no sucede en otros campos creativos. Ni en el cine, ni en el arte ni en los cómics. Al menos no con esa constancia machacona. En su novela uno de los protagonistas tiene su mismo nombre y se dedica a lo mismo que usted. Y no le voy a preguntar si la novela es autobiográfica, sino por qué cree que existe esa obsesión en preguntarlo casi siempre.

Pues mira, no me lo preguntas pero yo te lo contesto. Sí, es autobiográfica. Lo es en la medida en que todas las novelas son autobiográficas. ¿De dónde saca los materiales el escritor? De su memoria y su imaginación. Pero no es más autobiográfica que una novela escrita en tercera persona. Claro, hay un personaje que en lugar de llamarse Héctor o Clara se llama Antonio Orejudo. Además aparecen fotos mías. Entonces se produce un efecto óptico y se piensa que es más autobiográfica que si estuviese escrita en tercera persona. Dicho esto, mi idea de por qué ese morbo por preguntar a los novelistas por si su novela es autobiográfica se debe a que la novela ha perdido fuelle y peso social. Entonces la gente se las toma como una fantasía para niños: “este señor se lo ha inventado todo”. ¿Qué hace la novela para intentar recuperar la fe de quienes la han abandonado? Pues se encamina hacia dos lugares: uno es el reportaje o ensayo periodístico, y estoy pensando en las novelas de Javier Cercas. Otro es la auto-ficción: “este señor no me lo estoy inventando yo, esto me ocurrió a mí y para demostrarlo voy a llamar al personaje principal Antonio Orejudo… o Vila-Matas“. Hoy, la gente entra mejor en un testimonio que parezca real que en un testimonio inventado.

Precisamente Vila-Matas aboga en artículos recientes por las novelas llenas de imaginación e inventiva y critica a los que optan por el realismo.

El realismo es también una manifestación de la imaginación. Ni siquiera una fotografía es la realidad. Si haces una fotografía de esta calle, no es esta calle. Ha habido una selección de lo que aparece, una mirada. Contar una cosa —y tú lo sabes que eres periodista— implica también esa selección. Yo no hago esa distinción entre literatura de imaginación y literatura realista.

El sentido del humor es una constante en tus novelas. Recuerdo que hace unos años, no sé si en una entrevista que le hacían o en uno de sus libros autobiográficos, el escritor Martin Amis se definía a sí mismo como novelista-humorista. Eso creo que es impensable en España.

Me parece algo muy valiente, pero el mundo anglosajón es muy diferente. En el mundo cultural español, está prohibido. Y es curioso, porque si echas un vistazo a la tradición encuentras sobre todo libros de risa. ¿Por dónde empieza la cosa? Pues empieza por El libro del buen amor que es una especie de comedia de Lina Morgan pero situada en la edad media. Los personajes aparecen bailando, cantando… un número tras otro, como en una revista. La Celestina, que está muy mal explicada en el bachillerato, es también un libro de risa donde personajes que simulan estar enamorados lo que quieren es follar. El lazarillo de Tormes no invita a la carcajada pero es una sonrisa permanente… y la mala hostia que hay detrás. Y por supuesto el Quijote. Pero la risa parece prohibida en el siglo XIX y en el siglo XX, que es un siglo muy trágico. Y además en España hay una idea penitencial de la lectura. La gente cree que, o le duele, o la lectura no aprovecha. Es algo muy católico. Si alguien dice: “es un libro de humor”, a continuación otro añade “pero de humor inteligente”. Como si la característica fundamental del humor fuera la imbecilidad. Hay un exceso de solemnidad en las letras.

Utilizando la denominación de Amis, el caso de un novelista humorista español tan bueno como Eduardo Mendoza refleja esta situación. Sus novelas más serias son las más valoradas. Y eso que ha escrito varios monumentos al sentido del humor.

Sí, se valoran sus obras serias. Y sin embargo en El misterio de la cripta embrujada, considerada por la crítica sesuda una novela menor, es un intento de escribir algo que no se había hecho antes: una novela que funda la tradición policiaca con la picaresca. Es un experimento literario de primer orden, tratar de combinar el género negro americano con el género picaresco puramente español, a ver lo que ocurre. Esa novela tiene mucho valor. Pero como es de risa… parece mentira que esta cultura nuestra, con esa actitud, tenga al Quijote como su primer libro. Es alucinante la contradicción.

¿Qué autores basados en el humor puedes destacar en este momento?

Si hubiera escrito Desgracia de Coetzee, Ruido de fondo de Don DeLillo y Pastoral americana de Philip Roth no hubiera escrito nada más porque todo lo que tenía que decir lo hubiera dicho ya. Esos tres novelistas y esas tres obras me parecen un resumen envidiable de lo que yo querría hacer. De los tres, el menos humorístico es Coetzee, que aun así tiene su punto. Philip Roth tiene un humor soterrado. El más humorista es Don DeLillo.

Con la alumna vengativa en el instituto americano que aparece en Un momento de descanso podría pensarse en una adaptación en parte de Desgracia, que también tiene un profesor en apuros a causa de un problema con una alumna. Sólo que trasladado, como haría Eduardo Mendoza, a otro estilo de novela.

Cualquier persona que escriba sobre la universidad en Estados Unidos tiene que hablar de eso antes o después. No es una adaptación. Hay otra novela de Philip Roth, La mancha humana, que también habla de eso. Es que hablar de ese tipo de problemas en la universidad anglosajona es como hablar de los problemas de endogamia en la universidad española. Son los dos grandes problemas de un sitio y de otro.

Los anglosajones llaman a ese género o subgénero, como queramos denominarlo, “novela de campus”. En otras ocasiones ha manifestado que sería imposible hacer una aquí debido a las características de la universidad española.

Es un poco cutre la universidad española, sí. Bueno, tú has estudiado ahí…

Lo lamenté mucho y todavía lo lamento.

Es muy casposa, es tan grosera que si haces una novela realista sobre la universidad española te sale una astracanada. Sale una película de Paco Martínez Soria… no, de Pajares y Esteso. Eso es lo que sale. Es otro tipo de desgracia. No, la universidad española no da para un El mundo es un pañuelo, de David Lodge o un Lucky Jim de Kingsley Amis, el padre de Martin.

Hemos hablado de ese desencanto o frustración que llega con la edad. Ahora asistimos a un tipo de desencanto, por ejemplo fijándonos en las acampadas-protesta, que llega a una edad joven. ¿Puede tratarse del mismo tipo de frustración sólo que acelerada por los acontecimientos económicos y sociales? Antes, alguien de veintitantos empezaba su vida laboral con ciertas perspectivas. Ahora antes de empezar ese camino parecen sentirse ya en una situación de desmoronamiento.

Es un desencanto diferente. El desencanto del que te hablaba antes es descubrir que todo aquello en lo que basaste tu vida no sirve para nada, que los saberes que estuvieron en el centro de la cultura están ahora en el margen. Estos chicos se encuentran con que no van a encontrar trabajo. Pero sí hay una relación: ambos desengaños forman parte de un mismo proceso. Desde hace quince o veinte años el mundo está cambiando de una manera brutal, como el paso de la edad media al renacimiento o del renacimiento a la edad industrial. Estamos viviendo un momento muy apasionante para los investigadores futuros. Nosotros, protagonistas de este momento, lo vivimos con mucha incomodidad. ¿Por qué? Porque nos hemos educado en unos principios que se están revelando inútiles e inservibles en el nuevo mundo. Tú menos, que eres más joven, pero yo por ejemplo he aprendido que el saber está en los libros…

Igual que yo. Me eduqué en esos mismos principios. De hecho durante la carrera no se había introducido Internet y he llegado a trabajar en algún diario que todavía no tenía Internet ya en el año 2000.

Entonces entenderás perfectamente lo que te estoy diciendo. Para mí el saber está en los libros. Pero en este mundo que empieza a emerger el saber no tiene que venir necesariamente de la información contenida en los libros. El hombre culto es una cosa mucho más compleja que el hombre culto del renacimiento, que es el que hemos vivido, un hombre que lee, que sabe lenguas. Eso por un lado. Nosotros, los de mi generación y también la tuya, consideramos como un valor la verticalidad y la profundidad. Tú coges un libro, te vas a tu habitación y lo lees en silencio y sin distracciones, en vertical. Y cuanto más profunda y concentrada sea esa lectura, más consideras que te aprovecha. Pues los nuevos cerebros, los de mis hijos o los amigos de mis hijos, han cambiado la profundidad y la verticalidad por la horizontalidad. Estoy pensando en Facebook, un ejemplo claro de horizontalidad. Y los niños, los jóvenes, cada vez soportan menos un producto cultural que les obligue a focalizar su atención en vertical, profundamente. Sustituyen la verticalidad, el enfoque y la profundidad por la diversidad y la horizontalidad. Eso cambia la manera de enfrentarse al mundo. Al final, lo que tenemos en común los de mi generación y los que están ahí acampados es un malestar ante un mundo que está cambiando y cuya forma final no conocemos. En su caso significa desempleo. En el mío significa desengaño.

Es usted profesor universitario y también padre, o sea, tiene contacto constante con gente joven. ¿Cómo ha vivido el asunto de las acampadas?

Cuando hice la presentación de mi libro en la universidad era el día siguiente de empezar las acampadas. Tomé la palabra y les dije “Estoy muy contento de que estéis aquí y hayáis llenado el aula magna para ver a vuestro profesor, del que tenéis que estar hasta los cojones, pero me hubiera gustado más que el aula magna hubiera estado vacía porque todos vosotros estuvieseis en la acampada que hay ahí en la plaza de abajo”. A mí me parece que es un buen indicio que incluso en Almería, que siempre ha sido una ciudad muy pasiva,  los chicos hayan hecho algo. Ahora bien, si nos quedamos en que hemos hecho algo pero no sabemos para qué sirve ese algo, hemos convertido esto en un folclore. Y me temo que se va a quedar en folclore. No veo a la familia Botín aterrada por las acampadas que se han producido en toda España. No, no veo a Botín inquieto.

¿Para qué cree que han servido al final las acampadas?

Esto ha servido para construir una tarima desde la cual quizá se puedan hacer cosas en el futuro. Si dentro de unos meses la plataforma 15-M decide convocar lo que sea ya no va a ser una platlaforma desconocida. Se ha construido la tarima y se ha puesto el micrófono para anunciar actos en el futuro. No creo que se haya hecho más.

Como profesor ¿cómo ve el futuro de esos alumnos que parecen abocados al paro? Para colmo es usted profesor de literatura, en cierto modo uno de esos valores que ha comentado que no sirven ya para nada, o al menos no en el modo en que servían antes. Casi tendría que advertirles. Recuerdo que en la carrera de periodismo, que empecé hace casi veinte años, ya había profesores que el primer día de clase te recomendaban dejar la carrera.

Me gustaría preguntarles cuál es el malentendido que se ha producido en su adolescencia para venir a estudiar filología a la universidad de Almería. Se debe de haber producido algún malentendido, quizá un enamoramiento, una mala canalización de algún impulso sexual… algo ha pasado ahí, pero no es normal que en la universidad de Almería haya más de cien tíos estudiando humanidades y filología en primer curso. Pero, por otra parte, estoy molesto con que nos hayan metido en un tipo de universidad sin comerlo ni beberlo y hurtándonos el debate. Se ha hecho una universidad que tiene que servir únicamente para satisfacer las necesidades del mercado. Ese es el Espacio Europeo de Eduación Superior, más conocido como Proceso Bolonia. ¿Qué quieren las empresas? Pues eso vamos a producir nosotros. Y estoy un poco decepcionado con que los estudiantes no hayan protestado ante el desmantelamiento de la universidad como centro de conocimiento y su conversión en factoría de mano de obra.

Y es un proceso imparable.

No se ha debatido, no se ha discutido. Se ha impuesto. Y lo que más me preocupa y me entristece es que los chicos no se han rebelado.

Quizá le pida demasiado a gente muy joven a la que desde el colegio han conducido a la carrera universitaria.

Es que el sistema es muy hábil. Esto se ha impuesto después de que se haya procedido —desde hace diez o quince años— a una infantilización brutal de la juventud. Recuerdo, cuando estaba en 6º de bachillerato, haberme puesto en huelga contra la selectividad. Eso que se hacía en el instituto ahora ni siquiera es posible en la universidad. Lo de las acampadas por ejemplo: cuando yo estudiaba, la universidad hubiese desempeñado un papel importantísimo en un movimiento con el 15-M. Posiblemente las acampadas se hubiesen hecho en la propia universidad.

¿Qué cabe esperar entonces de la universidad en el futuro?

Que funcione como un perfecto engranaje de mano de obra barata y diseñada para cuestiones concretas. ¿Qué necesita la industria de la energía renovable? Pues tome. ¿Qué necesitan los laboratorios farmacéuticos? ¿Qué quiere Microsoft? Quedarán desterrados todos los saberes que no tengan una aplicación inmediata y tangible. Con las humanidades pasará lo mismo que ha pasado con mis colegas de latín y griego. Se nos pide publicaciones de impacto, así las llaman. Pero ¿qué impacto puede tener hoy una nueva edición de La Celestina? Hasta que dentro de unos siglos (o quizás dentro de unas décadas, a causa de la aceleración histórica) descubramos el disparate y se viva un nuevo Renacimiento.

Esa crítica constante a las humanidades en Un momento de descanso, ¿parte del desengaño ante lo que ya se va a perder o crees que todavía pueden aplicarse de otra manera?

Las humanidades se pueden enseñar de forma que desarrollen el criterio propio y ayuden a no convertirte en un ciudadano fácil de engañar por la publicidad política y económica. Para eso sirven los comentarios de texto. Sí, los comentarios de texto. Los comentarios de texto como tales pueden parecer actividades aburridas. Es como hacer abdominales, una cosa que cuesta pero que es útil si quieres tener tableta. Del mismo modo, cuando desarrollas la habilidad de interrogar a un texto,  ya no creerás lo primero que intente decirte un político, un banquero o un jefe de personal. Has hecho una gimnasia y has desarrollado una capacidad para analizar los discursos y la retórica que envuelve la mentira. Y eso hace ciudadanos más responsables, con criterio, más difíciles de engañar.

Ese poder político que trata de engañar al ciudadano, como ha explicado, ya no se encuentra con esa especie de contrapoder que era la universidad. Pero tampoco los medios de comunicación ejercen de contrapoder, no hay cuarto poder. Es como si todos se hubiesen fundido, se hubiesen hecho uno.

Es como una maquinaria. Yo, que tengo una mente un poco conspiranoica, diría que realmente se reúnen en un sótano y deciden cómo va a ser el mundo en los próximos años. Es fascinante pensarlo así. Pero no creo que suceda de ese modo. Creo que el sistema está tan bien hecho que lleva a que confluyan las fuerzas sinérgicas. Y que todos quieren lo mismo. El proceso de infantilización no sólo en la universidad sino en la sociedad española en los últimos veinte años es abrumador. En el mismo kiosco donde yo compraba la prensa hace veinte años mi alumnos compran ahora chuches. gominolas, caramelos y regalices.

Aunque ese proceso llega a edades más altas, incluso a gente camino de los cuarenta.

O más. Mira, recuerdo que en los setenta, durante el proceso de transición, había un programa donde se preguntaba a la gente por los cambios políticos. Los periodistas salían con el micro y la gente respondía. Y hoy sorprende si consigues ver esos programas la facilidad de palabra, la diversidad de registros de vocabulario que tenía la gente de la calle. Decían de una manera tranquila “bueno, sí, esto lo que pasa es que tal, en principio…”. Y se explicaban como un catedrático. Ahora coges gente por la calle y es que no sabe hablar: “¡Ejj que yo…!” (imita a alguien que vocifera con voz ronca)

A mí me sorprende eso mismo cuando he visto entrevistas a gente muy pobre en algunos países sudamericanos. Tienen un español excelente.

Un español excelente y una exposición de ideas perfecta. Eso indica que son gente con un cerebro muy claro. Eso aquí ha desaparecido. Hasta tal punto de que ahora tengo que leer varias veces los titulares de los periódicos, donde cada vez hay más becarios, para saber qué diablos quieren decir.

Retomando el asunto de la profundización y la verticalidad y el contraste con la horizontalidad y diversidad de ahora, ¿considera que esa horizontalidad puede afectar al escritor en el estilo o en el proceso de creación de la novela? Hay blogs con respuesta inmediata de los lectores, foros donde unos y otro, lectores y escritor, pueden charlar al mismo nivel, está Facebook…

Sin duda, es lo más apasionante de todo. Eso va a tener efecto. Y no sé si lo voy a ver yo. Va a tener efecto en la estructura de la novela… si es que sigue existiendo. No tengo nada claro que mis hijos vayan a consumir ficción en forma de novela. No lo tengo nada claro. Que van a consumir ficción seguro, porque es una necesidad humana. Pero la ficción ya no se produce solamente en forma de novela. Está en blogs, en cine, en otros formatos de Internet, en videojuegos. La novela fue un género que reinó pero ha ido cediendo terreno en los últimos cincuenta años.

No será usted también un apocalíptico de la novela, a la que han matado muchas veces.

A ver. Yo creo que la ficción va permanecer y sus consumidores también. Pero no sé si en forma de libro. Mis hijos no leen, y no será porque en casa no hay libros.

¿No leen ni siquiera los libros de su padre?

Esos son los últimos que leerían. Para que entiendas lo que quiero decirte te pondré el ejemplo de un alumno, que me dijo: “Mira, Antonio, cada vez soporto menos un producto cultural que me exija una atención mayor de tres cuartos de hora”. ¿Qué hará mi alumno con  la obra de Proust? No veo a ninguno de mis estudiantes sumergidos en la lectura de En busca del tiempo perdido, un producto cultural que requiere atención profunda y vertical no ya durante tres cuartos de hora sino durante muchas semanas. A lo mejor la novela, que siempre ha mostrado una gran capacidad de metamorfosis, encuentra una forma que no requiera atención profunda, que no esté construida hacia dentro, sino que sea horizontal, como Facebook. Que no requiera de una atención profunda en algo porque enseguida ofrece otra distracción. De hecho mi novela es criticada por los más sesudos porque tiene muchas “cosas”, me dicen. YA-LO-SÉ. Pero no es un descuido, es una voluntad de hacerla así.

¿Ha probado ya a experimentar la escritura combinando recursos de la red como blogs, foros, Facebook y demás?

Sí. Fíjate que algunas novelas recientes, incluida la mía, tienen fotos. Esa es la influencia más elemental. Eso antes se hacía en los blogs y ahora empieza a entrar en la literatura. Pero yo creo que va a haber influencias más profundas, esa es muy superficial.

Antes hablamos de Cervantes. En alguna ocasión ha comentado que libros suyos son una copia o un plagio de las novelas ejemplares de Cervantes.

Ésta. Me costó mucho hacerla. Empecé en tercera persona y no me salía, y no me salía, y no me salía. Pensé en abandonarla. Me he atrancado y ya está, y hay que saber decir “me rindo”. Y logré sacarla a flote porque me pregunté: “Bueno, ¿ésto cómo lo hubiera solucionado Cervantes? Pues como ha hecho en toda su obra, hubiera puesto a dos tíos a hablar”. Puse a un personaje en la caseta de la feria del libro y al otro que llega y se ponen a hablar. De pronto, todo empezó a fluir de manera natural. Yo creo que Cervantes es nuestro escritor más posmoderno. Explica este mundo mejor que muchos contemporáneos. A él le ocurre una cosa parecida a nosotros. Él también se ha educado en un mundo que desaparece. La desazón por ello, el desengaño, está muy presente en sus libros. Se ha educado en las verdades monolíticas de un imperio que sin embargo se está desmoronando, alumbrando la España de los próximos quinientos años. Él también tuvo fe en unos principios que se diluyeron como azucarillos. Eso mismo nos sucede a nosotros.

En un mundo que como comenta no se va a leer profundamente, y casi seguro poco a Cervantes, podría convertirse en una especie de divulgador de su obra. A lo mejor hasta ha tenido esa intención.

Es que el escritor lo que tiene que hacer es mirar a las generaciones anteriores. Y hacer la lectura contemporánea de esos clásicos. Mi generación y sobre todo las posteriores han menospreciado un poco a los clásicos en castellano. No a los de lengua inglesa, a los americanos… pero sí por ejemplo a nuestros escritores del Siglo de Oro, tan mal explicados en la escuela. Cervantes no es cool. Cuando publiqué mi primera novela y en las entrevistas hablaba de Cervantes en vez de hablar de Carver, me miraban como a un antiguo.

Aquí llega el momento donde acabamos con el concepto de originalidad tan relacionado siempre con el arte. Aprovecho para retomar a Vila-Matas, quien siempre ha apoyado el uso de citas de otros escritores entre otras cosas.

Es que la literatura no es otra cosa que la reelaboración de materiales anteriores. Quien crea que puede crear de la nada es en primer lugar un tipo muy ignorante y además muy fatuo.

¿Entonces sólo es original el primero de todos si rebobinamos?

La originalidad es una nueva mirada sobre cosas existentes. Además es que en la literatura los temas son cuatro: la muerte, el tiempo, el amor y el sexo. Pensar que eres el único estupefacto ante la muerte, atraído por el sexo, enloquecido por el amor o angustiado por el paso del tiempo es una ingenuidad. Esos asuntos han interesado a muchísima gente de talento desde que el mundo es mundo. Un escritor tiene que ir de flor en flor por otros escritores libando lo que le gusta y regurgitándolo como la miel, dando un producto nuevo que esté relacionado con lo antiguo.

Además de la crítica ya comentada a las humanidades, aparece en Un momento de descanso una constante contraposición de dichas humanidades al saber científico, que según la novela explica mucho mejor el mundo actual. En los últimos años otros autores —por ejemplo Houellebecq— incluyen cuestiones científicas en sus novelas, que parecen muchas veces una especie de mezcla de ensayo y ficción.

Houellebecq me gusta mucho, también podría incluirlo entre los que interpretan muy bien el mundo actual. Hubo un tiempo en que los humanistas explicaban el mundo. Pero parece que ellos mismos han renunciado a seguir haciéndolo.  Y hoy el mundo no se puede explicar sin conocimientos de neurobiología o de computación. No se puede entender la culpa sin acudir a un neurobiólogo. Ya no basta con Freud. A mí me gusta cada vez más leer a estos escritores científicos estadounidenses que tienen una capacidad muy grande para explicar asuntos complicados, que son tan divulgativos, con perdón. Junto a la risa eso también está prohibido en España, ser divulgativo.

Precisamente hace poco he terminado un libro de Steven Pinker…

Steven Pinker es un buen ejemplo. ¡Con qué claridad explica cosas complicadas! Que alguien de la talla de Pinker se rebaje a explicarme a mí, que no tengo ni idea de neurobiología, cómo funciona el cerebro está muy mal visto en España.

¿Qué papel representa entonces la novela si antes explicaba el mundo y ya está un poco al margen de ese papel?

Pues sirve para hacerse preguntas: “Dios mío, ¿dónde diablos vamos?”. Y también a para dejar constancia del mundo, como ha hecho siempre. Lo que pasa es que hoy día no sólo la novela  deja constancia del mundo. También lo hacen las películas, las series de televisión y los blogs de Internet. Hay un montón de gente dejando constancia del mundo. La literatura también ha perdido terreno en ese aspecto. Los historiadores del futuro tendrán un montón de información para entender lo que pasa hoy. La novela ya no es la única fuente de información. Sin embargo seguimos creyendo que sí, que la novela es la fuente por excelencia. Pero hace mucho tiempo que ya no es así.