Asturias es leyenda y el resto, tierra conquistada

Florinda, de Franz Xaver Winterhalter. 1853. DP.

Las leyendas son criaturas de naturaleza caprichosa, fábulas traviesas nacidas de manera incierta que juegan a enredarse con la verdad para confundirse con ella. Relatos que ocasionalmente anidan con éxito en una sociedad dispuesta a creer que las funciones del rey de Ítaca incluyen clavetear el ojo a cíclopes de ascendencia divina, que en los bosques de Sherwood alguien calza mallas para prorratear entre los necesitados dinero sisado a los ricos, o que el rey Arturo ostenta el supremo poder ejecutivo porque una furcia natatoria le tiró una espada durante una absurda ceremonia acuática. Los cronistas transcriben los hechos, pero son las leyendas las que se encargan de convertirlos en historia.

La Conquista

Las paredes del Museo Metropolitano de Arte de Nueva York dan cobijo en la actualidad al óleo Florinda, elaborado por el alemán Franz Xaver Winterhalter en 1853. Un voluminoso lienzo que pincela una escena donde once lozanas zagalas matan la tarde junto al río sopesando darse un chapuzón mientras mesan sus cabellos, posan dramáticamente para la foto e ignoran por completo el hecho de que sus ropajes tienen problemas serios para mantenerse abotonados, un detalle que convierte la sentada campestre en una postal de nudismo pícaro. Una estampa bucólica que mutaba en algo mucho más perturbador cuando el espectador atento descubría, en la parte superior izquierda de la pintura, la corona atornillada a una cabeza barbuda que se esforzaba por permanecer oculta entre las ramas de los arbustos. Una testa que era propiedad de Don Rodrigo, rey visigodo del siglo VIII, que en aquel momento no estaba jugando al escondite sino stalkeando al corrillo de chavalas en toples tras haberse encaprichado de una de las jovenzuelas: Florinda la Cava.

Ella era hija del conde de Ceuta, un noble llamado Don Julián que había enviado a la primogénita a la corte de Toledo con la esperanza de que recibiese una buena educación y de paso localizase marido con posibles. Pero aquel plan de acercar a la chica a la nobleza y la joyería opulenta no se cumplió como los interesados esperaban: entre las filas aristocráticas Florinda acabó ocupando el puesto de encargada oficial de limpiarle la sarna a Don Rodrigo con un alfiler de oro. Aquella estrecha relación entre el monarca y la mujer degeneraría en algo mucho más desagradable: durante una escapada silvestre, muy similar a la reflejada en el lienzo de Winterhalter, el deleznable soberano forzaría a la chica a mantener relaciones sexuales. Un suceso que varios textos musulmanes y cristianos (los textos de Al-Razi, la Crónica de Alfonso III o la Crónica silense, entre otros) reflejaron en la sección de leyendas del romancero, con versos presuntamente escritos por algún pollavetusta de la época: «Florinda perdió su flor, el rey padeció el castigo / ella dice que hubo fuerza, él que gusto consentido / Si dicen quién de los dos la mayor culpa ha tenido / digan los hombres: la Cava, y las mujeres: Rodrigo».

Poco después, al buzón de Don Julián llegó una voluminosa misiva en forma de ofrendas con el nombre de Florinda apuntado en el remite. Un lote de obsequios entre los que se ocultaba un mensaje secreto para el progenitor: un huevo podrido como símbolo de que la joven había sido mancillada y desflorada. Con la sangre en ebullición, el conde encargado de custodiar el puntal sur del reino visigodo sacó a Florinda de la corte de Rodrigo y decidió vengarse a lo grande: se reunió con el militar yemení Musa ibn Nusair, prometiéndole barra libre de saqueos e invasiones en la Península y cediéndole las llaves de un puñado de barcos para efectuar el ataque. En el año 711 Musa embarcó en aquellas naves a su lugarteniente Táriq ibn Ziyad acompañado de seis mil hombres que, tras cruzar el Estrecho y antes de empezar a liarla en el reino visigodo, se asentaron sobre la roca más grande con la que se encontraron. Un peñón que en el futuro sería conocido con un nombre en honor al musulmán: «Gibraltar» es el derivado en español de la denominación árabe Ẏabal Tāriq, que significa ‘Montaña de Tariq’.

Cuando las tropas sarracenas se arrancaron a avanzar por el sur de la Península pillaron a Rodrigo de espaldas, en Navarra y tratando de contener un levantamiento de vascones. El monarca cruzó el reino y se enfrentó el 19 de julio del 711 a las huestes de Musa en la batalla de Guadalete, una contienda a la orilla del río donde el rey, traicionado por los nobles witizanos que lo flanqueaban, sería derrotado. La historia oficial supone que Rodrigo murió en el mismo campo de batalla. La leyenda afirma que el hombre deambuló tras el combate, lamentando sus errores y deseando purgar su culpa, hasta encontrar una sepultura abarrotada de serpientes entre las cuales se acomodó permitiendo que se lo comieran vivo. Las malas lenguas dicen que en realidad se fugó de puntillas hacia la antigua Lusitania disfrazado de seto, algo que explicaría por qué en la portuguesa ciudad de Viseu es posible encontrar una lápida que reza: «Hic requiescit rodericus rex gothorum» («Aquí yace Rodrigo, rey de los godos»).

Tras la victoria, el ejército musulmán se envalentonó y conquistó Medina-Sidonia, Sevilla, Écija, Córdoba, Málaga, Granada, Cáceres, Toledo, León, Zaragoza y, en general, toda la península ibérica en apenas dos años. Toda, a excepción de los terrenos norteños dominados por un grupúsculo de irreductibles cafres que, subidos a unas piedras, amenazaban con dar guerra al enemigo musulmán que ya había pillado sitio en Gijón.

La Reconquista

El rey Don Rodrigo arengando a sus tropas en la batalla de Guadalete, de Bernardo Blanco. 1871. DP.

Entre las tropas que formaron filas a las órdenes de Rodrigo, y ocupando un puesto destacado dentro de la guardia real, se encontraba su primo Don Pelayo, hijo del conde Favila, esposo de Gaudiosa, padre de Favila y Ermesinda, nieto del rey Chindasvinto, sobrino del rey Recesvinto y habitante de una época en la que parecía existir una competición por ver quién bautizaba a la descendencia con el nombre más espantoso. Se trataba de un hombre cuyos orígenes resultaban tan inciertos como para mantener a los historiadores más estudiosos debatiendo durante horas si sus raíces eran astures, cántabras o kryptonianas. Don Pelayo sobrevivió a la sangrienta gresca que tuvo lugar a la vera del río Guadalete, buscó cobijo en Toledo y acabó encaminándose hacia tierras asturianas.

Allí elaboró un discurso en que llamaba a la rebeldía contra el invasor, la defensa del honor de los ancestros y la necesidad de vivir en libertad. Unos ideales que lo encumbraron como líder y superhéroe medieval capaz de encabezar lo que ya se consideraba como una guerra de religiones, donde la Hispania cristiana ansiaba volver a imponer su fe. Resultaba irónico: el descendiente de una estirpe de antiguos invasores godos había sido elegido para capitanear la sublevación contra los nuevos usurpadores de las tierras. La leyenda, muy aficionada a estas alturas a meter unas faldas en la ecuación para justificarlo todo, aprovechó para afirmar que el gobernador musulmán Munuza comenzó a rondar y pretender a la hermana de Don Pelayo contra la voluntad de este, una situación que funcionó como detonador de los enfrentamientos contra los invasores.

En el 718 Pelayo se negó a pagar los impuestos musulmanes, el jaray y el yizia, y comandó una revuelta rebelde por la que sería apresado y trasladado como rehén a Córdoba, de donde escapó al año siguiente para refugiarse en los montes de Cangas de Onís. Acompañado de un grupo de entre cien y trescientos hooligans astures, vascos y cántabros, el líder de la nueva resistencia estableció su base de operaciones en el monte Auseva, entre los riscos de la Cova Dominica, futura Covadonga, colocando a dos tercios de sus tropas entre los acantilados y las laderas cercanas y parapetando al resto en la propia cueva para aguardar la comparecencia del enemigo. En el año 722, el ejército árabe envió a un general llamado Al Qama, junto a ciento ochenta mil guerreros, en dirección a los Picos de Europa con intención de limpiar la zona de morralla rebelde. Al Qama plantó el camping frente a la entrada de la cueva donde se refugiaban los norteños y envió al obispo Oppas, hermano del rey godo Witiza, como negociador para intentar llegar a un acuerdo entre el ejército árabe y los cristianos montaraces, pero los segundos no cedieron.

Instantes antes de iniciar la batalla, Don Pelayo sufrió un trenecito de visiones: contempló cómo emergía de entre los cielos un inmenso pendón bermejo (un estandarte godo perdido durante la batalla de Guadalete), se le apareció la mismísima Virgen para confirmar que la victoria sería cristiana o no sería, y recibió la visita de un ermitaño surgido de una bruma misteriosa que le entregó una cruz formada con dos ramas de roble (la Cruz de la Victoria) para lucir durante la pelea. Envalentonados, los rebeldes hicieron frente a los hombres de Al Qama desde las alturas, beneficiándose de aquellos acantilados estrechos que resultaban incómodos para los ejércitos organizados y aprovechando que la orografía de la zona ponía las cosas muy complicadas a quienes no estaban acostumbrados a trotar por el monte como una cabra. Los árabes, equipados con lanzas, saetas, espadas, hondas y catapultas, se toparon con fuerzas divinas jugando en el bando de Pelayo: la Virgen María, que habitaba la propia cueva, practicó su swing con los proyectiles enemigos y los invasores contemplaron atónitos como todas las rocas y flechas que disparaban contra los rebeldes retornaban de manera inexplicable para caer sobre el propio ejército musulmán. Los cristianos aprovecharon que los sarracenos estaban intentando asimilar lo potente de la contraofensiva para abalanzarse sobre ellos y diezmarlos definitivamente. La resistencia norteña dividió el ejército de un Al Qama que murió en aquella contienda junto a ciento veinticinco mil de sus hombres, apresó al obispo Oppas y persiguió hasta dar caza a los más de sesenta mil soldados árabes restantes que escaparon tomando la primera salida en dirección a Liébana. Don Pelayo se alzó como un glorioso héroe y su victoria supuso el inicio de la Reconquista.

Asturias es leyenda

Todo lo anterior es la historia sobre los orígenes de la Reconquista tal y como la dictan las páginas de la Crónica de Alfonso III y los diversos escritos cristianos que pretendían forjar a Don Pelayo como un superhombre. Textos de veracidad discutible que es necesario sujetar con pinzas de cristal por haber sido confeccionados ciento cincuenta años después de que los hechos hubiesen tenido lugar sin notario a la vista y redactados por gente muy aficionada a las hipérboles. En realidad, el ejército de Al Qama nunca estuvo formado por ciento ochenta mil personas sino por unos más modestos veinte mil soldados, Covadonga no se pavimentó con los cuerpos de millares de musulmanes sino con un puñado de hombres escaldados, y lo de la Virgen utilizando sus superpoderes para despachar al enemigo fue una evidente licencia de los cronistas para dotar de espectáculo y tono sagrado al relato. Mil años más tarde, el dibujante Forges aventuró en su Historia de aquí que todo aquello de las flechas recayendo sobre los arqueros que las habían disparado a lo mejor tenía más que ver con lo que viene a ser la fuerza de la gravedad que con las intervenciones divinas. 

Lo simpático ocurría a la hora de repasar la historia desde el punto de vista del bando enemigo, porque los árabes ni siquiera consideraron lo acontecido en Covadonga como un suceso destacable. El historiador argelino Ahmed Mohamed al-Maqqari se hizo famoso escribiendo un tochazo de título cursi hasta niveles dolorosos: Exhalación del olor suave del ramo verde del Alándalus e historia del visir Lisan ed din ben Aljathib, una obra que, por un lado, estudiaba la figura del poeta, filósofo y político Ibn al-Jatib, y, por otro, recapitulaba la historia completa de al-Ándalus, desde la ocupación de la Península hasta el momento en el que les enseñaron dónde estaba la puerta de salida, pasando por los monumentos que se dejaron por el camino. En sus páginas, el enfrentamiento con Don Pelayo era poco más que una anécdota ridiculizada: «Los musulmanes se apoderaron de su país y no había quedado sino la roca donde se refugia un asno salvaje llamado Pelayo con trescientos hombres. El ataque no cesó hasta que los soldados del rey Pelayo comenzaron a morir de hambre no teniendo que comer sino la miel dejada por las abejas en las hendiduras de la roca. En su compañía no quedaron sino treinta hombres y diez mujeres. La situación de los musulmanes llegó a ser penosa, y finalmente los despreciaron diciendo “Treinta asnos salvajes, ¿qué daño pueden hacernos?”». Para los invasores la legendaria victoria cristiana había sido una escaramuza, una pelea a pedradas en el monte, un suceso que ni siquiera era destacable o significativo. 

Y el resto, tierra conquistada

Lo único real y verdaderamente importante de las leyendas siempre ha sido saber cómo creérselas. A pesar de lo fantasiosas que puedan llegar a ser las desventuras de Don Pelayo, la historia corrobora que en aquellos años los musulmanes, tras ser frenados en Francia, tuvieron que desviar tropas hacia el norte de la Península porque realmente estaba ocurriendo algo gordo entre los riscos de aquellos Picos de Europa. Los mitos se vuelven auténticos desde el momento en el que los aceptamos: Don Rodrigo condenó al reino visigodo y murió sobre una almohada de sierpes que devorarían sus entrañas, trescientos norteños se montaron su propia batalla de las Termópilas aniquilando a un ejército colosal, y las fuerzas divinas más sagradas acompañaron a un hombre llamado Don Pelayo en la batalla más gloriosa de cuantas tuvieron lugar en el país. Y el resto es leyenda.


Patria querida de quién

Fotografía: Flavio Lorenzo Sánchez (CC).

A veces, qué diablos, pienso en cómo moriré. En cómo será mi muerte. En cuáles serán mis últimas circunstancias.

No sin cierto remordimiento, suelo detenerme a considerar las posibles sensaciones que podría experimentar dependiendo de cuánto vaya a durar el momento. Entiéndanme. No es lo mismo sufrir un infarto fulminante que ser perfectamente consciente, hasta el último suspiro, de cómo uno deja poco a poco de existir. Lo cual me lleva generalmente a especular con los motivos más probables de mi deceso, y les puedo asegurar que jamás se encuentra entre ellos el empacho por fabada asturiana. Básicamente, porque la fabada asturiana no existe.

La historiografía se ha impuesto a la cultura popular negando a la Mata Hari espía y mostrándonos a cambio a una meretriz embustera con delirios de grandeza. El Beethoven japonés ha resultado no ser el autor de muchas de sus composiciones y, para más inri, al parecer el muy trolero ni siquiera es sordo. El queso de Cabrales, sostiene Rubén Caviedes, es una «vil copia del queso picón». Como ven, son muchos y muy serios los mitos que la realidad se ha encargado de derribar, pero ninguno quizá tan indignante y descorazonador como el de la fabada asturiana.

En primer lugar, porque no es fabada. Se hace fuerte en los mentideros asturianos una teoría sin fundamento que sostiene que este plato ya se preparaba en Asturias mucho antes de que el Nuevo Mundo regalase a Europa las imprescindibles alubias, y que su ingrediente principal eran las raquíticas habas (en latín, faba), esas que odiaba Pitágoras y rechazaba Herodoto, y de las que el potaje en cuestión tomaba su nombre. De ser esto cierto que no lo es, significaría que estas impías gentes del norte repudiaron inmisericordes la humilde haba mediterránea, la base misma de su amadísima receta, y la sustituyeron sin miramientos por la lustrosa phaseolus vulgaris sin modificar ni una sola letra del nombre del plato… Qué vergüenza.

Prometer un puchero a base de habas y servir uno a base de alubias es como anunciar una brocheta de camarones y presentarse con una de langostinos como quien no quiere la cosa. Así cualquiera… Si quieren llamarla fabada, señores, sean coherentes. Y si no, no se lo llamen.

Claro que dirán ellos que oiga usted, que a ver qué va a ser esto y que hasta aquí podríamos llegar. Que fabas serán habas pero fabes son alubias. ¡Y un jamón con huevos escalfados y guisantes al horno! ¿Qué van a decir ustedes si les falta tiempo para sentarse a «les meses» a tornar compulsivamente aes en es? ¿Con qué suerte de importuna excepción a la regla pretenden hacernos comulgar?

Afortunadamente para todos, esta teoría casi una confesión— no tiene nada de cierto, lo que desvincula completamente el origen del término con la pobre vicia faba. O dicho de otro modo, la mal llamada fabada se ha preparado siempre con alubias. Siempre. Desde el primer momento en que un francés decidió cocinar en Asturias un potaje de judías con tocino, chorizo y morcilla. No me negarán que hay que ser muy mezquino para, a pesar de ello, estafar a los comensales bautizándolo como «fabada».

No, no vuelvan atrás. He dicho bien. Un francés. Porque la fabada no será fabada, pero lo que desde luego no es, es asturiana. Y no lo es por los mismos motivos por los que la absurda teoría anterior es una milonga. Verán.

El arte culinario no es tan remoto como algunos pudieran creer. La gastronomía, es decir, toda aquella parafernalia que va más allá de la mera necesidad de comer alimentos que no estén crudos, no ha superado la fase consistente en echar la carne sobre unas brasas hasta hace relativamente poco, por muchas especias que el cocinero de Nerón embutiese al cerdo correspondiente. Fue en el Barroco francés cuando comenzaron las vueltas de tuerca, y de la restauración no se tiene noticia hasta bien entrada la Revolución Industrial. Se le llama comida de la abuela y no de la tatarabuela por algo.

Nada se narra en La Regenta, a pesar del esfuerzo de Clarín por retratar los hábitos gastronómicos de Asturias. Ni un solo texto anterior a 1884 —la primera reseña, en el diario gijonés El Comercio, data de ese año— hace referencia alguna a la fabada. Ni siquiera el célebre gastrónomo catalán Néstor Luján, recordando que «toda la culinaria es mucha más moderna de lo que normalmente se cree» acepta la posibilidad de que la receta sea anterior al siglo XIX. ¿Cuándo nació entonces el plato «asturiano» por excelencia?

Permítanme que transcriba aquí un texto de Antonio Rubín que hace suyo el bloguero Apicius Apicio a propósito de una charla sobre gastronomía que ofreció en 1998:

¿Qué es la fabada? Según nuestros académicos de la lengua, la fabada es un potaje de alubias con tocino y morcilla. Aunque no es nada despreciable esta definición, el plato, así presentado por la académica, tiene algo de sintética parvedad, hasta el punto que nos atrevemos a calificarlo de fabada espartana. La fabada auténtica es algo más que eso, más copiosa y rica en ingredientes. Veamos: alubias, chorizo, tocino, morcilla, jamón, oreja, costillas, lacón y rabadal. La fabada sin trampa ni cartón, hecha como mandan los cánones, consiste en un cerdo lanzado sobre unas fabes, que así suena mejor, y que ellas son quienes dan nombre al manjar (…). Los distintos sabores de las partes del cerdo impregnan sutilmente las oblongas y finas fabes, conjugándose todo ello tan armoniosamente que un amigo, gran paladín del plato y fino gourmet, cuando me invitaba a comer una fabada siempre decía: vamos a comer un poema.

Con una dosis significativamente inferior de poesía, la Wikipedia —si acepta donativos no tenemos más remedio que creer en ella— define al cassoulet francés como un guiso de alubias blancas cocidas con trozos de carne y embutidos tales como la costilla de cerdo, salchichas de Toulouse, morcilla, tocino, corteza de tocino e incluso pato confitado, según la receta familiar. En definitivas cuentas, un cerdo lanzado sobre unas alubias, salvando al pato. Qué casualidad.

Hasta el lector menos despierto se habrá percatado ya del pastel. Porque así es, efectivamente, como llegó la «cazuelita» francesa a tierras asturianas. Procedente de la región de Languedoc, fue abriéndose paso por el norte de España de peregrino en peregrino, sufriendo toda clase de infortunios a lo largo del Camino de Santiago y sirviendo de inspiración a las habas a la catalana, las alubias de Saldaña o las judías de El Barco de Ávila para ser finalmente secuestrada por los malvados astures. Esta olla de cristianos viejos que nada tiene de asturiano y nada tiene de fabada emprendió un día su viaje desde Castelnaudary, Carcassonne o Toulouse para no volver jamás y ser reclamada para siempre por Asturias como plato nacional con la innoble complicidad de los hijos de Don Pelayo.

¿Hasta cuándo, me pregunto yo, vamos a tolerar semejante asalto? La corona española tiene un príncipe del que hace tiempo estos bravucones se apropiaron. Las gaitas y los gaiteros fueron hurtados a Galicia y moran ahora más allá del río Eo. El queso picón de Caviedes. Woody Allen. La dignidad del castellano. El cassoulet francés, a pesar de lo aberrante de su rapto, no es más que la gota que colma el vaso de una sidra que hace siglos perteneció a los egipcios. No seré yo quien ponga en duda que Asturias es la patria querida, no teman. Pero atrévanse a contestarme esta pregunta: la patria querida de quién.


Amaya, una capital en la nada

Ciento ochenta grados de cielo azul, ciento ochenta de tierra parda. Y ya está, no hay nada más. Solo la geometría elemental del mundo, trigo y el zumbar de las chicharras. Aparte de eso, nada. Absolutamente nada.

Hay sitios donde la nada es una ausencia de todo lo demás, pero aquí presenta propiedades atmosféricas. Es densa y saturada. No es la que resulta de que no haya cosas, sino la que anega torrencialmente los lugares después de que las haya. La región misma carece de nombre y de fronteras precisas, una cualidad de lo que no existe en la que aventaja incluso a los desiertos más acreditados. Estamos en el norte de Palencia, el noroeste de Burgos y el sur de Cantabria, cerca de donde lindan las comarcas de Campoo, los Páramos y la Montaña palentina. Y sus confines son ausencias: si no hay relieve, no hay gente y no hay ruido, es que estás en este país. Es un lecho de mar sin mar, llanuras sin novedad hasta donde alcanza la mirada. Puede que estemos en algún sitio, pero este sitio no es ningún lugar.

Algo enmienda la nada, sin embargo. Es una montaña. Un macizo, en realidad. Y es inmenso.

Reina en la llanura y viste sus mismas galas: suelo yermo y roca pelada. La geografía, dijo un cualificado observador del mundo, es física a cámara lenta con unos cuantos árboles clavados. Y eso es lo único que queda aquí: geografía. Como prueba, el nombre de esta montaña. La ciudad que anidaba en lo alto se llamaba Amaya, pero ya no hay ciudad. Su nombre ha fosilizado en toponimia y ahora se llama Peña Amaya, porque merecedora de un título solo queda la peña. Geografía solamente donde antes hubo ciudades y naciones, batallas y legiones y reyes y emperadores. Esta región del norte de Castilla no es un desierto ni un erial: es un postapocalipsis. Y Amaya es su capital.

El mundo se acabó muchas veces a los pies de esta montaña. César Augusto dirigió personalmente las legiones de Roma contra este castro, el gran bastión de las tribus cántabras, que tras su conquista recibió el nombre de Amaia Patricia. Fue en esta ciudad ubi Leovigildus rex Cantabros afficit, donde el rey Leovigildo castigó a los cántabros. Fue esta ciudad la que cayó dos veces ante el envite del general bereber Táriq ibn Ziyad, y la que arrastró en su caída al ducado de Cantabria, del que era capital. Fue de Amaya de donde huyó el dux don Pedro para refugiarse en los Picos de Europa, donde su linaje y el de don Pelayo engendraron a los primeros reyes de Asturias. Estamos frente a la misma ciudad que arrasó Hisham II, califa cordobés de madre vascona, con las huestes que mandaba su valido, aquel terrible moro Almanzor. La misma que murió de olvido después, empezado el segundo milenio, cuando el mundo emigró al sur y la ciudad quedó a merced del vacío castellano, de propiedades corrosivas. Un castillo sobrevivió en lo alto, pero los siglos acabaron también por barrerlo. De Amaya queda el viento, el silencio y la palabra. Y nada más.

Subimos a lo alto por la trinchera de una muralla, apenas la única cicatriz reconocible que dejaron en esta mole milenios de ocupación humana. Amaya no es Numancia, ni Recópolis, ni Segóbriga. No cuenta con caminitos para turistas, con los precintos delicados que despliegan los arqueólogos ni ninguno de los otros honores fúnebres con los que se honra a las ciudades muertas. Acaso un par de cartelitos prohibiendo obviedades y un vigilante ermitaño, su único morador, que intercepta al visitante al llegar arriba, donde la trinchera desemboca en la meseta central de la peña. Hace preguntas de esfinge —de dónde eres y tu edad, «para las estadísticas»— y procede con indicaciones incomprensibles, todas encaminadas a que disfrutemos de un buen paseo. El olvido se ensaña tanto con Amaya que la mayoría de sus visitantes no acuden convocados por su gloria, sino por sus vistas. Son senderistas. La ruta más popular, explica el guarda, consiste en subir hasta este mismo punto, bordear la montaña en redondo y bajar. Son tres horas andando.

Para los demás, lo primero es asomarse al borde y contemplar ejércitos imaginarios marchando hacia aquí por la llanura, porque para eso se viene a Amaya. Para admirar desde arriba la verticalidad de su perímetro de acantilados, más feroz que la mejor muralla, y todo lo que hace de Amaya una fortaleza natural perfecta. Como su meseta central, una segunda altura que se alza sobre la primera, también parapetada en acantilados. O el manantial que mana en lo alto, hoy domesticado en un bebedero para el ganado. Fuesen lobos u hombres, los horrores de la era antigua habitaban la llanura o venían por ella, invariablemente desde el sur. Amaya era la atalaya perfecta, con dos líneas de defensa sucesivas, una fuente de agua y una cumbre solo accesible a las nubes, que le rascan la panza. Cuesta imaginar que este jardín amurallado sea el resultado de fuerzas tectónicas y no un regalo de los dioses primigenios a algún pueblo elegido.

La cumbre de Peña Amaya es el Castillo, un macizo de piedra empotrado en la segunda altura como un asteroide inmenso.

Los precipicios dan un respiro a su vera y permiten el acceso plegándose en una ladera escarpada, corregida por los moradores de Amaya con una muralla de la que aún quedan restos razonablemente sólidos. Subimos guardando el resuello hasta arriba, antiguamente una ciudadela y hoy solo la cumbre de un accidente geográfico. Estamos a mil trescientos metros de altura y la perspectiva, como suele, invita a la lectura cierta de las cosas. A nuestros pies la gran meseta de Amaya, donde los restos de piedras esparcidos en el acceso al castro adquieren vagas formas geométricas y sugieren, ahora sí, que allí hubo edificaciones con viviendas y calles. También se ven los restos de algunas catas arqueológicas, recuadros de tierra pulcramente arrancados del suelo. Debajo de esta meseta, aún en las faldas de la peña, un pueblecito castellano y triste, de poco más de cuarenta habitantes. Se llama Amaya, como la antigua ciudad de la que es custodio. Conserva su nombre arcano entre las localidades de la zona, todas Valdealgo y Villaalgo rematados con el nombre de un río, normalmente «de Pisuerga». Nadie sabe qué significa exactamente «Amaya», aunque «ama» suena a madre en casi todas las lenguas que ha inventado el hombre. Hay quien dice que es euskera.

Llegamos contrariados por la desmemoria a la que vive sometida Amaya pero nos marchamos aliviados, porque el olvido es un conservante. Si aquí se practicase algún tipo de nacionalismo potente Amaya sería su Disneylandia, pero no es el caso. Esto es Castilla y León, dos antiguos reinos a cuya gloria Amaya no contribuye demasiado. Y por su nombre es cántabra, la gran ciudad de la antigüedad cántabra, pero no está en Cantabria. También el trazo administrativo de las modernas fronteras autonómicas ha dejado Amaya en tierra de nadie, y así es como nos la encontramos. Extrañamente virgen pese a ser la ciudad menos virgen del mundo. Más que del pasado, Amaya imparte una lección sobre la posteridad, pues estamos en su posteridad y su posteridad es esto: silencio, roca pelada y ovejas en el mismo suelo sobre el que nacieron y murieron generaciones, desde las edades remotas que denominamos con el nombre de los metales hasta hace unos cuantos siglos. Un postapocalipsis más triste y cruel que el que imaginan las peores fantasías de ciencia ficción, que son las únicas verdaderas.

Bajamos. Mientras lo hacemos, el cielo rompe el conjuro de vacío y nada que se cierne sobre Castilla y revienta, como cada noche, en millones de estrellitas. Tarde o temprano, el suelo que usted pisa será igual que este mismo suelo, un reino de viento y rumiantes sin otro techo que las nubes. Es el destino que espera a todas las ciudades de la Tierra y Amaya no hecho más que adelantarse. Quizá también se adelante cuando llegue una nueva edad en la que el terror habite las llanuras, y quizá vuelva a protegernos cuando perdamos nuestro estatus en la jerarquía trófica o vivamos a merced, otra vez, de hombres crueles al galope por lo que milenios antes se llamó Castilla. Si piensa que no ocurrirá, quizá está demasiado seguro de lo que piensa. Pero no se preocupe, que Amaya es sólida. Y no se va a ninguna parte, porque ahí es precisamente donde reina. En un lugar que dejó de serlo para convertirse en ningún lugar.

Peña Amaya está a quince kilómetros de la A-67, la Autovía de la Meseta, y a una distancia similar de Aguilar de Campoo y Herrera de Pisuerga. Haciendo zoom out, este mapa ilustra su situación singular frente a la Meseta y Google Street View permite apreciar sus relieves a ras de suelo. Una visita completa de los enclaves históricos despoblados en la misma zona incluiría el antiguo castro de Bergida en el Monte Bernorio, en la cercana localidad de Villarén de Valdivia, y la villa romana de Julióbriga, en las inmediaciones de Reinosa. 

Fotografía: Rubén Díaz Caviedes