Ray Loriga: «No creo que la literatura tenga que estar a la altura de los tiempos, sino a la altura de lo escrito»

Fotografía: Edu Bayer

Todo haría suponer que a un supuesto escritor generacional, a un símbolo de una época, se le habría llevado el viento con el tiempo. Pero no fue así. Ray Loriga (Madrid, 1967) ha seguido ahí, como un corredor de fondo. Para muchos está encasillado en una imagen, las fotografías que llegaron a ponerse en la portada de Héroes, su segunda novela. Pelos largos, anillos, cerveza en mano. Pero no es que hubiera mucho más, es que cada libro que ha escrito ha cambiado de género y de estilo. Ha ejercido su oficio como una búsqueda constante. Quizá solo ahora, con la publicación de Sábado Domingo (Alfaguara, 2019) haya vuelto a aquel Madrid a caballo entre los ochenta y los noventa en el que dio sus primeros pasos como escritor.

¿Hay un regreso a los orígenes en esta novela? Durante toda tu obra hay una búsqueda permanente, pero ahora has regresado al comienzo, a Madrid finales de los ochenta y a un estilo realista.

Siempre he tenido el defecto o la virtud o la manía de hacer una cosa distinta en cada libro. Si te fijas, ni siquiera Héroes está escrito en el mismo tono que Lo peor de todo, que es el anterior. Luego todos han sido distintos unos de otros. Ahora, de alguna manera, me apetecía mirar desde aquí al pasado, desde este maldito domingo a aquel maldito sábado, que es lo que es el libro. Ese juego me ha permitido recuperar o ver qué quedaba de esa voz inicial. Ha sido un ejercicio interesante porque no sabía si esa voz la tenía, si se había perdido para siempre, si me iba a sentir cómodo con ella, natural. Ha sido un poco como abrir el cajón de la ropa de deporte que me ponía a los dieciocho y ver si entra.

Se me hace raro encontrar a un niño bien al que llamen Chino. ¿Tan extendido estaba el apodo?

En todas las pandillas en las que he estado en mi vida siempre ha habido uno al que le han llamado Chino; en todas las pandillas y en todos los equipos de fútbol.

Aparecen reflejados en la historia dos aspectos de la vida nada más: comenzarla, los primeros deseos, vivencias y frustraciones e ir acabándola, mirar atrás, a cuando eras lejanamente joven. Todo lo del medio, casarse, vivir en pareja, hijos, horas y horas en el trabajo, se obvia. Es como en la propia vida, que pasa sin que te enteres.

Es una gran elipsis. Es curioso porque las horas de niño son eternas. Cuando vas al colegio ves las cinco horas que tienes por delante, más el comedor, y no se te acaba nunca. Luego, con los hijos y todo lo que te pueda venir, miras para atrás y se te ha pasado en un vuelo. Mi abuela decía que se acordaba de que era una niña que iba a patinar al Palacio de Hielo de Jaca y de repente miró para atrás y se dijo «ya se ha acabado». Qué terrorífico. Ya está, esto era. Como decía Marguerite Duras: «Esto era todo«. Y así es, salvo momentos puntuales que se eternizan.

Un personaje de tu libro Caídos del cielo o de la película La pistola de mi hermano decía «no quiero que llegue ese momento en el que esté sentada viendo la tele y me dé cuenta de que ya se ha pasado todo».

Precisamente, hoy cumplo cincuenta y dos años y estoy en esas edades, no en las que todo se ha pasado, pero ya tengo el suficiente tiempo encima para darme cuenta de la fugacidad de todo. Está escrito ya en todas partes.

Hay un personaje femenino de Venezuela, como tu madre. ¿Hay trazas autobiográficas ahí?

La peripecia es absolutamente inventada. El protagonista sueña con escribir y nunca lo consigue, y yo empecé con veintipocos años. Solo reproduzco algunos ambientes y algunas circunstancias. Mi madre se crio en Venezuela desde los nueve a los veinticuatro años, que es la edad en la que uno se forma. Aunque había nacido en Madrid, su juventud, adolescencia, primeros amores, todo eso sucedió en Venezuela. Luego vino a España y nunca más volvió por allí.

Pero el protagonista es epiléptico, como tú.

Soy epiléptico, lo que supone lo cuento en el libro. Desde niño, tienes la sensación de tener blackouts, de despertarte de repente en el suelo con todo el mundo mirándote y preguntando si estás bien. Es algo que visto desde fuera es bastante aterrador, yo nunca lo he visto. Cuando era pequeño pensaba que a todos los niños les pasaba lo mismo. Debe ser lo mismo que el que nace ciego, que hasta que se da cuenta de que su condición es particular pasará un tiempo. Tú solo ves la vida desde tu experiencia.

Lo mío no es tan grave, es como si te desenchufan, como un televisor, y luego te encienden. Solo tienes que aprender a lidiar con ello y domarlo. Cuando la tienes controlada, lo que te pilla es la narcolepsia, que el problema es que te coja en coche. Los desencadenantes normalmente son las tensiones, tanto positivas como negativas. El cerebro no diferencia si la tensión es positiva o negativa. Ahora cuando noto algo raro me tumbo en el sofá, siento un poco de olor a azufre y afasia. Te dan unos calambres y duermes muchas horas. Hará tres años que no sufro uno un poco gordo, pero pequeños episodios vienen de forma constante.

El protagonista es un héroe anodino, pasa por la vida sin dejar huella en nadie.

Ni en la suya propia. Es de estas personas que no se pueden considerar ni siquiera un perdedor según el cliché, porque realmente no lo intenta. Es más que conformista, es alambicado…

No hay nada exótico en él. Está a la orden del día un personaje así, lo que es una novedad en tus novelas.

Le mantiene a salvo cierto cinismo hacia todos los intentos y por ende logros de los demás. Intenta no meterse en esos lanchones de desembarco en los que van los héroes, no solo por cobarde, ha organizado un sistema de desprecio. Ese es su atractivo. No trolea, no insulta, solo desprecia de forma íntima.

La elipsis también comprende las crisis económicas.

La del petróleo de los noventa y esta de la que dicen que estamos saliendo. Pero es extraño que un libro represente algo, como lo del adjetivo generacional que me han puesto mil veces. A raíz de recibir el premio de Alfaguara viajé mucho por Latinoamérica y vi que muchos chavales conectaban muy bien con Lo peor de todo o con Héroes en condiciones sociopolíticas diferentes, que no cambian solo por el país, también por las épocas, no tiene nada que ver Medellín ahora con la de hace veinticinco años, ni Bogotá, ni Ciudad de México… Hay algunas cosas, sobre todo las emocionales, que son constantes, mientras que las económicas tienden a ser pendulares.

Es que Lo peor de todo era de principios de los noventa, pero se podría haber publicado perfectamente el 15M, con ese chico que ha estudiado tanto para acabar en el Burger.

Gente capacitada, que habla idiomas y luego va al Burger o a limpiar piscinas.

De hecho, no sé si esa novela era más propia de la generación de los jóvenes de cuando fue escrita o de la de veinte años después.

El gran drama de este país, aparte de otros evidentes como el machismo, es tener casi la tasa de paro más alta del mundo occidental. Una juventud que puede pasar su existencia sin haber tenido no solo la oportunidad de mostrar ese potencial, sino la oportunidad de acceder a la dignidad de montar tu propia vida, de tener autonomía. Vivir en casa de tus padres afecta a todo, a la vida sexual, a la construcción de los individuos.

Si miramos el perfil del tipo de personajes de la literatura española igual los tuyos han estado mucho más atormentados que otros de otras épocas que aparecían en contextos en los que se vivía mucho peor. Los tuyos han sufrido de forma muy intensa.

Nunca he visto la parte intensa, para mí era más bien tensa. Estaban en tensión. No intenso como un adjetivo peyorativo, sinónimo de exagerado, mis personajes eran autodesplazados, automarginados. Eran personas que miraban los intereses comunes, veían que no eran exactamente sus motivaciones y eso te suponía un desplazamiento. A veces un esquinamiento, un arrinconamiento, pero siempre me ha gustado destacar que había una motivación voluntaria en todo ello. Los personajes que yo he diseñado tenía la dignidad del libre albedrío, de decir: prefiero no.

Si miramos tu carrera en perspectiva, al margen de aquellas etiquetas que te cayeron al principio tan efectistas y persistentes…

Sobre todo persistentes.

Si miramos la carrera completa, más que de la generación X del grunge y demás, sí que pareces un escritor salido de El canto de la tripulación, el fanzine de Alberto García-Alix, de la libertad absoluta que había en esas páginas; es algo que encaja bien con todos los giros estilísticos que has dado.

Encajé muy bien ahí, la verdad. Me sentía como el niño de La isla del tesoro, me había escondido en un barril de manzanas y pude disfrutar de una aventura como grumete. Empecé ahí a escribir. De hecho, de esa tripulación los que quedan vivos, que han muerto muchos, pero empezando por Alberto, nuestro capitán, seguimos siendo todos muy amigos y muy próximos. Además, teníamos edades muy distintas, había gente con sesenta años y yo con dieciocho, con todo lo del medio, chicos y chicas, artistas, escritores y diseñadores, era un grupo muy variopinto. Siempre con una máxima, la libertad. Teníamos libertad, pero exigencia también. Había fiestas, pero trabajábamos muchísimo. Era un proyecto muy bonito, non profit, pero trabajabas en todas las facetas. Yo hacía maquetación, si se iban a sacar fotos yo les llevaba los cacharros, las lunas… Aprendías un poco de todo. A veces Alberto me invitaba al estudio y pasábamos la noche revelando fotos.

¿Cómo entraste?

Por una chica que era medio mi novia en aquella época y me presentó a Alberto en un bar. Había escrito mis primeros cuentos y Alberto me dijo que se los pasara, que justo estaba empezando una revista. Me llamó dos días después de aquel encuentro, que pasamos muchas horas hablando. Estaba también Susana Loureda, que fue su mujer luego, una sombrera estupenda y gran amiga. Cuando fui a verles estaban haciendo el primer número en El Sur Exprés, en la calle Almirante, donde la galería Moriarti. Conocí a Borja Casani, el editor de La Luna, que todavía es mi amigo y hemos estado juntos en muchos proyectos, como El Estado Mental hace poco. Caí ahí, encontré a un grupo de gente llena de talento, fascinantes, y me dejaron escribir.

Viviste en Ballesta en aquella época.

Vivía en Ballesta y trabajaba en Serrano, que es un sitio más fino, que era lo que me pagaba la vida y el apartamento que tenía con un colega.

Me extraña que vivir en Ballesta, que es una experiencia, no haya aparecido reflejado en tu literatura

Era otro mundo.

¿Cuántas novelas se podían escribir solo con asomarte a la ventana a las tres de la mañana y escuchar?

Estaba en un apartamento de estos que podías alquilar o por una hora o por dos meses, según el tiempo te hacían precio. Estaba todo lleno de prostitutas, traficantes y policías. Todo eran llantos a mitad de noche, clientes siniestros… Era gracioso porque dabas dos pasos, salías a Gran Vía y estaba llena de terrazas y abuelitos, pero esto detrás era el Bronx. Aunque una vez que vivías ahí se acostumbraban a verte y no te molestaba nadie.

Ahora todo eso ha sido borrado del mapa.

Es curioso, estuve viviendo en la calle Valverde un par de años, cuando ya estaba empezando a girar y, bueno, creo que ha mejorado. No creo que haya mucho encanto en la prostitución y los yonquis muriéndose. Es como en Nueva York. Cuando llegué, en el año 94, Times Square, la calle 42, todavía se parecía a Taxi Driver, ahora es Disney. O Alphabet City, que estaba el CBGB’s y detrás todo era at your own risk, como dicen ellos, y ahora está todo lleno de tiendas preciosas, floristerías… es otro mundo.

He leído en un artículo que escribiste en El Mundo a principios de los noventa donde decías con cierta sorna: «Ahora que somos todos alternativos». Clavabas ahí la gran contradicción de esa década en la que se llamaba alternativo a lo mainstream.

Es muy gracioso. Lo alternativo dejó de serlo. De hecho, lo alternativo años después ha llegado con una música denostada, que era la música latinoamericana. Lo que ahora es el mainstream, entonces era la bachata y todo eso, música marginal. Lo que se escuchaba en unas discotecas a las que solo iban lo que se llamaba en esa época «sudacas». Aunque fuesen mexicanos, que son norteamericanos, daba igual. Les llamaban a todos sudacas. Lo de los noventa era el indie de Rockdelux y esto que todos conocemos, pero la música latinoamericana viene de algo realmente alternativo socioeconómicamente, de una cultura realmente alternativa y despreciada. Unos iban a los festivales invitados por la puerta grande y los otros eran los mierdas. Es curioso ver cómo va dando vueltas la tortilla con estas cosas.

El editor Constantino Bertolo dijo en el documental Generación Kronen que cuando te vio llegar a su oficina en una Harley pensó que te tenía que fichar porque había un personaje que podía vender.

Es muy amigo, mi primer editor, un magnífico editor, pero eso no es verdad. Porque yo subí a su oficina en la calle Recoletos y entré sin moto, no soy el Motorista Fantasma. Iba así vestido, con la ropa que iba en la moto, pero es que me vestía así para la noche y para el día. Lo que no iba a hacer era cambiarme de ropa para entrar a una editorial. Quizá eso fue lo que les sorprendió. Cuando leyeron el libro y me llamaron no tenían ni puta idea de cómo vestía.

¿Por qué se le dio tanta importancia?

Porque en España, todavía hoy en cierta medida, la idea de que un escritor tenga un aspecto determinado, de alguna manera puede quitarle mérito a su supuesto éxito literario. No es cierto porque las críticas del Babelia o El Cultural no son de moda, sino literarias. Pero se empezó a correr esa cosa…

La Cofradía del Cuero os llamó Herralde.

Se lo he recordado mucho a Jorge, que se le podría haber ocurrido otra estupidez [risas]. No había tal cofradía, debíamos ser tres. Al mismo tiempo estaban José Manuel de Prada, que había ganado el Planeta, y Espido Freire, y otros como Casavella, que en paz descanse, o Félix Romeo, y escritores anteriores como Pisón, Marcos Giralt Torrente, que sigue escribiendo de maravilla, Belén Gopegui… Todos estos eran mis amigos. Luisa Castro también, que había ganado ya el Hiperión. Cuando quedábamos cada uno iba vestido de su padre y de su madre y nos juntábamos para hablar de literatura.

Ibas de cuero, eras motero, y quién iba a decir en esa época que diez años después ibas a estar haciendo cine de monjas. Películas de monjitas.

Y no fue un encargo, fue idea mía. Eso es lo más gracioso. Me decían que lo había hecho «muy bien pese a ser un encargo», pero no. Me levanté un día y decidí hacer una película de Santa Teresa de Jesús. Me gustaba ella, había leído sus libros de chaval, me atraía cómo era y cómo se contaba a sí misma. Fue una película que no fue mal para las entradas que se venden hoy, fue a muchos festivales, pero fue una pena que no llegase al momento MeToo, hubiese funcionado mejor.

Sí que es una película feminista.

La sensualidad de Teresa fue muy complicada en su época y lo sigue siendo ahora. Es como que si el dios que los católicos manejan solo aceptase a la mujer sin su sexualidad. Ahí tienes de ejemplo máximo a la Virgen María, una contradicción en términos, la madre virgen. La madre perfecta es una virgen. Es una idea que ha hecho mucho daño.

Hay escritores que programan sus obras según el share, los temas que están de moda, pero tú has sido más de anticiparte

Lo he hablado con colegas y es imposible calcularlo. Cuando hice mi última novela, Sábado, domingo, a la vez estaba escribiendo Rendición [una historia distópica; NdR] y a la hora de presentarme al premio de Alfaguara dudé cuál mandar, porque estaba El cuento de la criada, que lo había filmado Netflix, de una novela que yo había leído en 1985 si no recuerdo mal, y de pronto volvió lo orwelliano, hasta 1984 volvió a vender otra vez. Pero es imposible pillar una moda, porque en el tiempo que tardas en escribirla, editarla y publicarla, la moda ha pasado. O coincides por pura suerte o es imposible pillarlo.

Caídos del cielo te coincidió con Asesinos natos.

No vi la película cuando lo escribí y cuando luego hice mi película sobre ese libro, La pistola de mi hermano, ya había visto Asesinos natos y tuve que matizar un poco la novela. Intenté hacer algo más francés, de cine europeo, porque no podía competir con Oliver Stone.

Vázquez Montalbán escribió que tus personajes parecían venir «de una galaxia cultural donde no existe la cultura española».

Luego lo hablé con él, me he visto con él ochenta veces, pero no recuerdo haberme sentido ofendido ni molestado.

En el libro que recopiló a todos los autores de aquella época, Páginas amarillas, se decía que eras un ejemplo representativo de la colonización de la cultura estadounidense, «mimetización de patrones norteamericanos», de «clonación, uniformización, anulación de diferencias e identidades».

Ese territorio de la identidad lo he hablado con autores del la generación del crack mexicano, con Alberto Fuguet en Chile, con Fresán en Argentina, que nos conocimos todos cuando empezábamos con nuestros primeros libros. La identidad en una ciudad como Madrid o Barcelona, mi identidad, puede venir de Rumble Fish como para otros de los postres de Semana Santa, las torrijas o el chotis.

Yo de pequeño me iba al cine y veía Rumble Fish, una película de Francis Ford Coppola, basada en una novela de Susan E. Hilton que había leído, y esa era mi identidad sin entrar en conflicto con otras identidades, luego por supuesto que me tomaba un gazpacho en mi casa. Igual que David Bowie era mi identidad y otras muchas cosas. Esos carnés de identidad me parecen muy discutibles.

El primer viaje que hice fuera de España en mi vida fue a Londres a los once años. Mi padre, mi madre, mi abuela y mis dos hermanos. Nos fuimos a Londres y había una especie de revolución allí, acababa de salir el Nevermind the Bollocks. Volví con unas chapitas y con el disco. ¿Era o no era mi identidad? Además, lo he contado toda la vida, mi primera novela, Lo peor de todo, es la historia de un chaval contada por sí mismo como puede serlo El lazarillo de Tormes, aunque sean muy distintas. Pero el modelo de libro es muy similar a La Busca de Baroja, o El árbol de la ciencia, aunque le metiera las canciones venezolanas que me cantaba mi madre, los joropos, que para mí eran una influencia natural.

¿La literatura que se hizo en los ochenta seguía estancada en los mismos temas costumbristas hasta que llegasteis vosotros?

No creo que la literatura tenga que estar a la altura de los tiempos, sino a la altura de lo escrito. Kenzaburō Ōe, por ejemplo, un escritor japonés que me encanta, escribe siempre de la Segunda Guerra Mundial. Podrían decir que ese tema ya no sé qué… pero a mí me encanta por cómo está escrito. No creo que la literatura tenga que ser urbana o representar su época, todo eso son valores añadidos que te pueden gustar más o menos. De la guerra civil, que hay millones de libros, hay literatura maravillosa y otros que no me interesan tanto. La literatura no tiene que estar de acuerdo con ningún tiempo en concreto.

Fuiste un escritor celebrity.

Fue gracioso.

Por cómo has contado que no pagabas en Pachá y demás, lo que te pasó parece el sueño de todo concursante de Gran Hermano.

Y en Morocco y tal… la diferencia es que el ambiente era distinto, no había concursantes de Gran Hermano [risas]. Estaba Alix, Olvido… algún futbolista, pero pocos, había artistas, pintores, escritores. Era, por así decirlo, un pelín más elitista, quien andaba por esos sitios tenía un poco de talento. No era esta cosa de la televisión de ser famoso porque sí, de ser novia del novio de la madre de la novia. La mayoría de esa gente siguen siendo mis amigos.

¿Y por qué te quisiste ir a Nueva York? Según le contaste a Calamaro fue para sentirte desconocido.

Fue una broma que hice con Andrés, me pregunto por qué me iba allí, si allí no me conocía nadie y le contesté que precisamente por eso. Pero tampoco era para tanto, no éramos los Rolling Stones aquí. También es verdad que ahora la fama se ha atomizado y cada uno tiene su segmento.

No sé quién es famoso ahora, una vez pasé por un hotel, estaba todo lleno de gente, me dijo mi hijo «¡mira, Justin Bieber!» y yo no sabía quién era. Pasa con la edad. Antes, además, había pocos medios. El que salía en El País quedaba más expuesto, estaba todo más concentrado. Ahora hay un medio para cada uno.

Pero bueno, fue curioso. Nunca dejé que se me fuese la olla tanto como para no saber que mi trabajo era la literatura, yo seguía leyendo a Julian Barnes o a Donald Barthelme, no estaba haciendo el gilipollas queriendo ser famoso. Otra cosa es que saliera por las noches y me divirtiera, cosa que me pareció muy bien, por cierto.

No he sido muy famoso, pero en el momento en que me ha tocado un poco más, la mirada de los demás cambia radicalmente aunque seas exactamente el mismo y eso te afecta de alguna manera.  

¿Y en Nueva York?

Curiosamente, fue una vida más tranquila.

Te fuiste a la periferia de Madrid.

Era más tranquilo porque no me conocía ni cristo, alguna vez me invitaban a algún concierto o a alguna cosa, pero nunca tenía ninguna sensación de mi propia presencia en ningún sitio.  

La película La pistola de mi hermano estuvo ahí entremedias de Antártida, con guión de Casavella y John Cale por ahí danzando, y Barrio, de un año después. Las tres mostraban a jóvenes desubicados en contextos muy diferentes, pero todas tenían un denominador común: el estereotipo de policía cabrón modelo español.

Me acuerdo de que me lo decía Karra Elejalde, que el policía que representaba no le caía nada bien. Y yo: «Ya, tío, es que es un estereotipo». Sí, es verdad lo de la figura esa del policía… A Karra tuvimos que ponerle calva y panza.

En tu película actuó también Viggo Mortensen.

Solo había hecho una película en España, Gimlet, ahí vi que hablaba castellano. Le había visto en Carlito’s Way, en el debut como director de Sean Penn, Extraño vínculo de sangre, sobre una canción de Springsteen. Su agente me lo sugirió, le ofrecí el guion y se vino. Luego su vida, curiosamente, se alambicó mucho con España. Lleva ya aquí unos años viviendo.

Trabajaste con Almodóvar en la adaptación de una novela de Ruth Rendell que fue Carne trémula, le ayudaste a convertir esa historia en algo que pudiera ocurrir en España.

Compró los derechos de la trama inicial y luego Pedro quería añadir sus cosas. Jorge Guerricaechevarría y yo le ayudamos con el guion. Fuimos limando la idea de Pedro hasta que estuviese contento y listo para rodar.

¿Qué fue de tu cosecha?

No me acuerdo después de tantos años. Había una escena de fútbol y puse yo el partido que estaba viendo Javier. A Pedro no le gusta el fútbol, solo el tenis. Y algunos de los diálogos entre Ángela Molina y Pepe Sancho puede que sean míos. Cuando la he vuelto a ver me han sonado. Pero cuando trabajas en equipo es un partido de ping-pong, cada uno dice una cosa, luego se modifican, se corrigen, al final es de todos lo que sale. Esa es la parte bonita de escribir con otro.

Luego la película sobre Puerto Hurraco de Saura.

Esa la escribí yo solo. Saura prácticamente no tocó el guion, solo en una escena y pidiéndome permiso, porque es muy respetuoso. Fue al llegar de Estados Unidos. Pasé de Nueva York a Puerto Hurraco. Fui al pueblo discretamente, que en realidad no es ni eso, es una pedanía. Es como este salón, una calle, un bar, un par de casas, las tierrecitas de cada uno y una ermita. El padre de las niñas todavía vivía allí. No salía de casa casi nunca, me dijeron. Traté de captar la atmósfera.

Lo que más me chocó es que esto ocurrió en el 92, no en el 68. La gente se piensa que es un crimen de la España negra, en pleno franquismo, pero ocurrió durante los Juegos Olímpicos de Barcelona. Con todo el planeta mirando cómo había cambiado este país, con el diseño, los edificios y La Fura dels Baus, pasó ese horror. Ese contraste me interesó mucho a la hora de escribir el guion. Ahora a los jóvenes el año 92 les parecerá el siglo pasado, pero entonces fue lo más.

Ahora estás trabajando con Agustí Villaronga.

He acabado una película con él y otro guionista inglés. El proyecto original es mío.

Empezó con Tras el cristal, que salía la gente del cine vomitando, y las últimas han sido sobre la guerra civil.

Cuando vi Pa negre fui con prejuicios, que si guerra civil, que si el despertar sexual de un niño, pero luego tengo que reconocer que me gustó a pesar de los pesares. A veces los temas que no te apetecen nada, depende del enfoque, te pueden cambiar la idea. Nosotros lo que hemos hecho es una película histórica rodada en la Inglaterra de primeros del XX. Es un niño del desierto saudí que va a convencer a Jorge V de que apoye a su tribu contra otra tribu. En Lawernce de Arabia, los de Alec Guinness, son el bando contrario.

Unas declaraciones tuyas en El Español: «Me molesta que en España se crea que cultura son los actores de cine».

No es por nada, tengo amigos actores. Pero cuando en España se dice «el mundo de la cultura» se piensa en ciertos actores de la alfombra roja de los Goya. Y hay academias, escuelas de danza y miles de cosas. Eso del actor que habla en nombre de todo el espectro cultural, universidades incluidas, me parece absurdo. No tengo nada contra ellos, pero es una simplificación. Luego la gente dice que está harta de los de la cultura y se está refiriendo no a los actores siquiera, sino a los actores famosos. Eso no representa a toda la cultura ni para bien ni para mal.

En Ctxt.es: «Estoy de la etiqueta rock and roll hasta los huevos».

Me preguntaron de qué estaba yo hasta los huevos, dije que de la etiqueta de rock and roll y titularon con la pregunta como si fuese mi respuesta.

En eldiario.es: «Me ofrecieron hacer lo de la ceja desde Ferraz y les dije que lo hiciera su puta madre».

Esto sí que pude decirlo. En no sé qué entrevista me decían «ustedes los de la ceja»… Tuve que contestar que a mí, de hecho, me habían ofrecido hacer esa campaña, me pareció absurdo y les respondí: «No me gusta esta idea, me parece ridícula y aparte pensadla muy bien porque me parece una estupidez, allá vosotros». Eso le dije a los que me habían llamado, me parecía una idea absurda, una gilipollez y me sigue pareciendo una gilipollez, qué quieres que te diga.

Según el CIS, a Vox le iban a votar los jóvenes, pero los que más lo iban a hacer son los que fueron adolescentes o niños en los noventa.

Me está sorprendiendo muchísimo. Lo he visto también en otros países, como Rumanía. Me han dicho que los jóvenes han empezado a mitificar a Ceaușescu, la gente mayor no se lo podía creer. Yo tuve tiempo de ver a Franco con nueve años, cuyo legado duró más. Fui consciente de lo triste que es todo esto, del tiempo que tardó en cambiar todo, sobre todo esas costumbres herederas de la dictadura fascista. Por eso me extraña que esa gente que fue joven en los noventa tenga nostalgia de algo tan siniestro. Allá ellos.

Muestras rechazo a que te denominen escritor generacional.

No sé cómo se montó eso. Los que tuvimos éxito en aquel momento tuvimos mucha presencia porque no había internet, se te ponía el foco y era abrumador. Pero yo nunca me he sentido como el flautista de Hamelín. Yo era más de eso que llevaban los motoristas de «a mí no me sigas que yo también estoy perdido».

Pero en Za Za Rey de Ibiza sí que escribiste una especie de epitafio a esa generación, o de esa época en que se puso todo el mundo de cocaína hasta las cartolas.

Así como la heroína era una droga condenada por toda la sociedad, hubo un momento en España en que la cocaína era una droga social. Eso sí que lo viví con sorpresa, fue la primera vez en la que el movimiento juvenil buscaba hacerse rico en un banco y había modelos que la gente joven admiraba como Mario Conde y figuras así, todo lo contrario para alguien que viniera del punk o con sus discos de los sesenta y sus beatniks. Siempre buscábamos la libertad y el hedonismo y de pronto llegó una corriente hedonista también, pero con un componente económico muy grande. Era extraño. Esto vino acompañado con una cocaína accesible y casi inevitable en casi todos los círculos sociales, de Vallecas hasta los Archy y los Pachás, incluso las oficinas. Abarcaba a toda la sociedad.

Lo retrataste todo eso como una gran resaca, a todos muertos de risa.

Como es esa droga. La cocaína es como coger un ascensor que lo pillas en la planta baja, subes al ático, pero cuando bajas no te quedas en la planta baja, sino en el quinto sótano. Consumimos mucho, te regalaban, si eras famoso no tenías ni que pagarlo y luego, cuando te das cuentas, ves que esto es como la vida de un futbolista. Tienes unos años buenos y luego te arrastras por el campo.

Viviste los dos 11, el 11S y el 11M.

Y también estuve en Londres en 2005. Tuve mucha mala pata. Ya me ponía paranoico pensando que me iban a meter en alguna conspiración.

A algunos no les hacía falta mucho para hacerlo.

Menos mal que no tengo afiliaciones yihadistas [risas]. El de Nueva York fue increíble porque parecía una película de Godzilla. Lo veías al mismo tiempo dentro y fuera. El espectáculo era impresionante, como si fuese una película. Pensabas que no te estaba sucediendo. Después de eso la ciudad se volvió histérica, estaban todo el día con las alarmas, vaciando el metro a poco que hubiera una sospecha. Todo el mundo estaba muy nervioso, de pronto había tiendas que vendían máscaras de gas, pastillas de potabilidad por si llegaba el fin del mundo. Estaba todo muy tenso. Volví a Madrid porque teníamos un hijo pequeño, para buscar el refugio y estar más cerca de casa, y entonces va y nos cae esa, que fue horrorosa.

Porque luego, lo que hace el terrorismo, aparte del número de muertos y heridos, es dejar un efecto de amplificación. Por eso existe. Se crea una situación de miedo. Siempre que pase en Occidente, claro, que luego hay atentados en Kabul y la gente ni se fija. Cuando nos pasa a los blancos la gente se pone muy nerviosa.

En Londres no vi cómo respondió la sociedad porque pasaba por allí, pero entre Nueva York y Madrid hubo una diferencia radical. En Madrid no hubo una ola antiárabe ni antimusulmana. Me pareció un ejemplo de decencia social. No hubo una reacción xenófoba. En Estados Unidos, sin embargo, lo noté más. Hubo una reacción inmediata y eso en Nueva York, una ciudad que siempre se había mantenido muy al margen de Estados Unidos en ese sentido.

Me contó Daniel Lorca, el bajista de Nada Surf, que le había dejado de piedra que en los bares alternativos y de modernos la gente empezase a gritar «bomb the arabs, bomb the arabs».

La gente empezaba a sospechar de ti por tu acento, te preguntaban de dónde eras, cosa que nunca habían hecho. España no ofrece muchas oportunidades de estar orgulloso de ella, pero ahí sí lo estuve.

En una de tus columnas en El País escribiste sobre la izquierda que: «hemos perdido el pie desde hace tiempo, desde la nostalgia de las barricadas y el periodismo de salón, el pensamiento pegatina, las canciones protesta y la arrogante superioridad moral, la paja en el ojo ajeno y la viga en el propio». ¿Sigues teniendo esta valoración?

Sigo siendo de izquierdas y con un poco de suerte lo seré siempre. Mi concepto de la izquierda es que dentro del sistema capitalista en el que inevitablemente nos movemos, debe existir una justicia social y que no haya una moral contra el diferente, que haya libertades personales y colectivas. Pero todavía creo que queda una rémora de superioridad moral inmediata por el mero hecho de ser de izquierda, que así parece que uno, sea cual sea su actividad real, está bendecido. Creo que hay que tener más una actividad de vigilancia que de militancia. Si me sale un partido de ultraderecha no me puedo pasar el día despotricando contra ellos y diciendo lo nefastos que serán, sino que debo cuidar de que nuestras ideas sean atractivas e inteligentes para vencerlos.

Tuviste otra columna en marzo de 2005 bastante premonitoria: «Me da la impresión de que la derecha se descentra a poco que le pisen las sandalias del pescador de Ferrol».

No me acordaba de eso, pero ha vuelto a pasar. Algunos han dicho ahora que la ultraderecha ha empezado con lo de tocar la tumba de Franco, pero eso estaba ahí larvado. Igual que en Rumanía, como he dicho antes. Un dictador derrotado por su propio pueblo y ahora tiene algo de épica entre los jóvenes. O Stalin, que ahora es más atractivo que los que lucharon contra esa Rusia con la Glásnost.

En tu libro de vampiros…

¡Que es de fantasmas, joder! No salía ningún vampiro. Alguien dijo que era de vampiros y se ha quedado, pero no. Ya veo que no se lo ha leído nadie.

Dijiste que lo escribiste porque necesitabas el dinero.

Sí, y se ha quedado hasta en la wikipedia, que no sé cómo se corrige, pero fue una conversación larga en la que expliqué que lo había hecho, primero, porque me divertía, segundo porque me gustaba el libro, porque tengo hijos adolescentes y así me leen algo que me parece más entretenido y, tercero, porque necesitaba el dinero. Pues se quedó solo esa frase. Me pasa a menudo en las entrevistas.

Había una distancia irónica con el género adolescente. ¿Por qué no abordarlo directamente?

Igual que Twin Peaks era una especie de vuelta a la serie de adolescentes dándole una vuelta, yo iba por ahí. Había una distancia irónica y que me parecía interesante. Sigo diciendo que el libro me gusta, no me lo leo todo los días, pero cuando lo leí me gustó.

¿Por qué has cambiado el estilo de cada libro? No es habitual.

Cuando escribo un libro se me ocurre otra manera de escribirlo y de ahí saco el desafío siguiente. No sé por qué. Quizá porque leo cosas muy dispares y estilos muy distintos. Me gusta averiguar cómo puedo ser en otras temperaturas, otras tramas. Soy yo el primer sorprendido, no hay ninguna planificación.

Eres un superviviente, desde que empezaste a escribir el mundo de la literatura ha cambiado mucho, habrás visto pasar muchos cadáveres, pero ahí sigues.

Ha sido duro y lo he observado porque tengo muchos colegas en este oficio. Muchos que estaban publicando en editoriales señaladas han ido cayendo porque el negocio es muy duro. Hay un número de ventas mínimo exigible, es como jugar en primera, si no metes un número de goles, no aguantas. No creo que la literatura independiente sea segunda división, pero no hay mínimos de ventas que tengas que cumplir para poder vivir de este oficio.

Ahora hasta los best sellers venden menos, todo eso supone un retroceso en las condiciones de trabajo y de vida. Pero es una crisis paralela a la que ha vivido todo el país, todos los oficios. Aparte, para buscar en la historia escritores que vivan de escribir ha habido muy pocos casos y siempre han estado trabajando en un sistema de comercio, antiguamente escribían por entregas. Jim Thompson, un escritor que me encanta, de novela negra, tenía que escribir una novela cada veinte días y, por cierto, eran todas buenísimas.

Ser escritor siempre ha sido difícil. Hay algunos que no llegan ni a publicar. Sí es verdad que llegó un periodo donde hubo más oportunidades, pero ante una crisis se hizo el embudo. Se han perdido muchas carreras, muchos no han podido seguir publicando o se han autoeditado y salido del mercado.

En una columna en El País escribiste: «Algo hemos hecho mal cuando el resto de sufridos trabajadores de este país nos percibe como una panda de llorones».

Eso lo he pensado siempre por esa idea de la subvención. Parece que hay unos oficios que tendrían que estar subvencionados. Y es verdad, un país que no aprecia su cultura no se aprecia a sí mismo, pero cuando pienso en cultura pienso en todo un entramado que va desde las escuelas a los museos, patrimonio, la danza, bellas artes, etcétera. Cuando se habla de que la cultura son rostros famosos  o conocidos del cine, hay una especie de perversión.

Aquí, el público general relacionó una cosa con la otra y vio que siempre estaban quejándose. Esto, cuando se han estado cerrando fábricas, pequeños comercios… cuando había un daño general. Yo siempre he preferido pertenecer a la cultura del que trabaja y se esfuerza, porque hay que tener en cuenta que nadie de los que nos dedicamos a esto nos han obligado a hacerlo a punta de pistola.

No es un trabajo de supervivencia.

No, es un trabajo de elección. Yo también he trabajado en una tienda. Antes de ser escritor trabajaba con un sueldo y con un jefe, con mis vacaciones y mi sindicato, como todos los trabajadores.

En Generación Kronen, Javier Azpeitia decía: «La sociedad ha decido que el escritor no debe existir como oficio, que si quieres escribir no puedes vivir de ello, que trabajes en un Telepizza».

Hay poca solución. No sé hasta qué punto la piratería nos afecta. Sí acabó con la venta física de discos, ahí sí que fue tremendo por una cuestión lógica, igual se escucha una canción en un aparato que en otro. Los músicos se han defendido con el directo, que es algo que los escritores no tenemos, no podemos llenar un sitio para que la gente cante nuestros libros. La masacre del descenso de ventas creo que ha sido mayor en la música que en el libro. También porque el libro nunca ha sido un objeto de consumo masivo en España.

Aparte,  hay que diferenciar entre libros y literatura. Porque los libros más vendidos incluyen al de Pedro Sánchez y los de los cocineros, youtubers, blogueros, cómo ordenar tu casa, qué pijama ponerte, etéctera. Todos estos son considerados libros, pero mi oficio es otro, es el de la literatura. Un pequeño mercado dentro del gran mercado del libro.

Mañas decía ahí que ahora los escritores están en las tiradas que antes tenía la poesía y Prada se quejaba de que se le había prometido un futuro que se había esfumado.

Yo nunca tuve esa sensación. Consideré cada paso un poco de suerte. Juan Manuel empezó con el Planeta, aunque ya hubiese publicado Coños, si te haces un cálculo mental de que cada tres años te lo van a volver a dar, te has creado unas expectativas de loco. No digo que esté loco, pero creo que cuando eres joven piensas que empezar es lo más duro, pero lo más difícil es mantenerse, tener una carrera larga. En cine y música siempre hay un flavour of the month, pero eso no puedes hacerlo todos los años ni cada dos, siempre va a venir algo nuevo. Esto es una carrera de fondo, no puedes pensar que si te dan el Alfaguara te lo van a volver a dar, primero porque no te puedes volver a presentar y solo te queda el Planeta y poco más.

En ese documental tú decías que en la Feria del Libro la mayoría de  los que firmaban pertenecían a la televisión, la fila más larga siempre la tenían los presentadores de TV, «a los escritores va a verlos su madre», sentenciaste.

Sigue pasando. Ahora está el nuevo fenómeno de los youtubers. Pero cuando yo empecé, hace treinta años, el padre Mundina, que hablaba de plantas en la tele, generaba más interés. La gente que va ahí suele querer ir a ver a alguien famoso. Igual pasó luego con Cuarto Milenio. Luego está ahí Don Wislow y no pasa nada porque la gente no lo conoce de cara. Pones a Pamuk y si no lo han visto en la tele no van a hacer cola. La Feria del Libro no se llama de la literatura, es la del libro. No tengo ningún rencor hacia este fenómeno porque no lo considero ni siquiera competencia.


Herralde on the Road

Fotografía: Alberto Gamazo.

En agosto de 1988, Jorge Herralde, que había estado editando en Anagrama a docenas de escritores norteamericanos, llegó a Estados Unidos dispuesto a conocer a muchos de ellos en persona. El viaje duraría tres semanas y alternaría coche y avión. En el aeropuerto de Washington DC, en el que aterrizó en compañía de Lali Gubern, traductora y editora, y también pareja, los aguardaban representantes de la Meridian House Internacional, una institución de liderazgo diplomático y global dedicada a los programas de intercambio de líderes, ideas y cultura. A través de una suerte de beca esta financiaba el viaje «por la atención que Anagrama había prestado a la literatura norteamericana» desde sus inicios, explica Herralde en Un día en la vida del editor, libro con el que celebra los cincuenta años de la fundación de la editorial.

La primera etapa lo condujo aTethford, en Vermont. «Fuimos en coche, para visitar a Grace Paley, de quien habíamos publicado sus tres libros de cuentos». Batallas de amor, centrado en las relaciones amor-odio entre hombre y mujeres, fue el primero. Herralde había oído hablar de ella «en los setenta, en una visita a Barcelona del gran cuentista Donald Barthelme», al que ya había publicado. En un almuerzo «entre vodkas y vodkas y más vodkas (antes de empezar a comer), me recomendó a una autora y un título, espléndido, que me apuntó en un papalito: Enormous Changes at the Last Minute».

Paley vivía en una cabaña en medio de un bosque con su esposo, el poeta Robert Nichols. Entre los dos prepararon una cena con las verduras y lechugas de su huerto, «que se limpiaron relativamente». Después fueron a conocer a las ovejas (docenas y docenas), atraídas por los estrepitosos alaridos del poeta, y tras juegos y revolcones con las demasiado amistosas bestias «nos pusimos a comer, beber, fumar, orinar en el campo (en suma, la vida sencilla, mientras hablábamos de política, feminismo, y de sus amigos los beatniks», recuerda Herralde.

Cuando dejaron Vermont se dirigieron a Nueva Orleans, donde la Meridian House Internacional les asignó un guía, profesor de literatura, llamado Kenneth Holditch, que presumía de no haber salido jamás de la ciudad. Suya había sido la primera crítica mundial de La conjura de los necios, de John Kennedy Toole, el mayor longseller de Anagrama, a la que dio equilibrio económico tras pasar por serias dificultades económicas. La primera noticia que había tenido Herralde de la novela fue a través de un catálogo de la Louisiana University Press, en el que se reproducía el prólogo del libro, del escritor y editor Walker Percy, donde contaba que un día entró en su despacho una señora con el manuscrito de su hijo, John Kennedy Toole, que se había suicidado al no lograr que el libro se publicase. «Ese texto de presentación era muy excitante, por lo que decidí pedir una opción», confiesa Herralde, que pasó una oferta de mil dólares. En la primavera de 1982 salió el libro traducido, en una tirada de cuatro mil ejemplares. Al regreso de las vacaciones se había agotado, y a partir de ese momento se convirtió en un superventas. «En aquel verano, en las playas españolas se podía observar un fenómeno curioso: gente agitándose espasmódicamente sobre sus tumbonas y toallas; si uno se acercaba, veía que estaban leyendo un libro a carcajadas: La conjura de los necios».

El editor no se fue de Nueva Orleans sin hacerse algunas fotos fetiches, como una debajo del reloj de los grandes almacenes D. H. Holmes que figura en la primera página de la novela. Después emprendió viaje a Jackson, Mississippi, para ver a Eudora Welty, de la que había publicado Una cortina de follaje, El corazón de los Ponder y Las manzanas doradas. La misma semana que la visitaron Herralde y Lali Gobern, lo hicieron un equipo de televisión de Nueva York y un periodista francés. «¿Qué pasa con usted, Miss Welty? ¿Le van a dar el Nobel?», le preguntaban sus vecinos. Fue Welty quien le habló de Richard Ford, al que conoció de niño, cuando era vecino suyo en Jackson. Dos años después Anagrama publicó Rock Springs y El periodista deportivo, solo para abrir boca.

En San Francisco visitó a su amigo Lawrence Ferlinghetti, poeta, editor y propietario de la mítica librería City Lights Books, que en su día había se había hecho famoso con motivo del juicio por obscenidad al que fue sometido por publicar Aullido de Allen Ginsberg, más tarde también en el catálogo de Anagrama. Herralde había contado ya en Por orden alfabético que en agosto de 1976 estuvo en City Lights Books, y en esa ocasión Nancy J. Peters, mano derecha de Ferlinghetti, «me recomendó vivamente dos libros de Bukowski que habían publicado hacía poco: Escritos de un viajero indecente y Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones. Empecé a leerlos en el viaje de vuelta y ya no pude soltarlos».

En Nueva York lo esperaba el plato fuerte del viaje. Entre conciertos, museos y paseos, se reservó varias citas literarias y editoriales. La primera fue para conocer a Tom Wolfe, su gran fichaje norteamericano de los años setenta. Cuando Herralde y Lali Gubern llamaron a la puerta de su casa, abrió Wolfe en persona, «con su uniforme de Tom Wolfe». Bebieron vino blanco, hablaron de literatura, del nuevo periodismo y de la pasión del escritor por Zola, y su obsesión por la exactitud.

En 1972 Anagrama había publicado La Izquierda Exquisita & Mau-mauando al parachoques, que presentó en Bocaccio Manuel Vázquez Montalbán. Los anticipos «respondían al interés que entonces despertaba el autor en España, o sea prácticamente nulo: los de los cuatro primeros libros oscilaban entre ciento cincuenta y trescientos dólares… Con La hoguera de las vanidades las cosas cambiaron, dentro de un orden: veinticinco mil dólares. Rápidamente recuperados».

La siguiente cita fue una tarde en casa del matrimonio Gita y Sonny Mehta, el editor inglés que el año anterior había fichado por Alfred A. Knopf, tras destacar por su labor en Pan Books y sobre todo en Picador, sello en el que editó a comienzos de los ochenta a Ian McEwan, Salman Rushdie, Edmund White, Julian Barnes, Graham Swift o Michael Herr, muchos de los cuales llegarían a España de manos de Anagrama. «Después de tomar unas copas», cuenta Herralde, «nos fuimos Lali y yo, con ellos y su chófer, al piso de Bret Easton Ellis, que daba una party en honor de su gran amigo Jay McInerney, que acababa de publicar Story of My Life». Solo eran veinteañeros, pero McInerney, Easton Ellis, Tama Janowitz, también en la fiesta, y David Leavitt, «eran posiblemente el cuarteto de jóvenes más prometedores del momento». Anagrama acababa de publicar por entonces Esclavos de Nueva York, de Janowitz, y Menos que cero, de Ellis. La fiesta era, sin embargo, lo suficientemente grande para que también acudiesen George Plimpton, fundador de The Paris Review, o Harold Brodkey.

Parecía un final de ruta por Norteamérica perfecto, pero horas antes de tomar el vuelo de regreso a España, Herralde cumplió un último sueño, en el restaurante del famoso Hotel Algonquin. Allí lo esperaba Kurt Vonnegut, del que Anagrama había publicado cuatro libros de una tacada, incluido Matadero Cinco. «Empezamos a beber, y de entre las barbas de Vonnegut empezaron a salir historias inesperadas y entrecortadas, acompañadas de sonoras carcajadas. Nosotros sonreíamos con falsa complicidad, aventurábamos algún tema y rápidamente nuestro jovial amigo arremetía con nuevos chistes, risas y bromas crípticas sobre escritores». Herralde y Gubern no entendieron demasiado. «Nos despedimos con grandes abrazos, pero bastante deprimidos, sic transit gloria mundi, etc.», y sin más regresaron a España.


Editar en tiempos revueltos: Pálido Fuego

A José Luis Amores (Málaga, 1968) no le gusta el término «posmoderno», al menos aplicado al catálogo de Pálido Fuego, uno de los proyectos editoriales más atrevidos y quijotescos que ha habido nunca en lengua castellana.

Los molinos de viento contra los que lucha a diario este one-man band (que lo mismo edita que traduce) son los de un mercado editorial independiente que hace ya tiempo dejó de serlo, que hace también mucho que dejó de arriesgar, dejándose en el tintero unas cuantas obras maestras firmadas por autores imprescindibles de la narrativa anglosajona, como David Foster Wallace, Robert Coover o William T. Vollmann, a los que con éxito ha revitalizado.

Gracias también a su empeño personal pudimos disfrutar en castellano de uno de los grandes órdagos a la edición reciente: la sorprendente y aparentemente imposible de traducir La casa de hojas, de Mark Z. Danielewski, para colmo su actual best-seller.

Pálido Fuego solo lleva cinco años entre nosotros y ya nos ha dado a conocer a un buen número de autores extraordinarios de los que hasta ahora no sabíamos nada. ¿Quién es este José Luis Amores, que todo lo puede, y además lo puede bien? He aquí su sorprendente historia, la de un lector totalmente ajeno al mundo de la edición y de la traducción que con su empeño ha conseguido lo que todo el mundo creía imposible: convertir la literatura más compleja y exigente en un negocio rentable. Pasen y lean.

Explícanos cómo acaba un economista sin ningún tipo de conexión con el mundo del libro convertido en uno de los editores en castellano más osados del momento.

Ayer por la noche comentaba con Ana, mi mujer, también economista, que ambos hemos estado engañados todo este tiempo pensando que habíamos estudiado una carrera de ciencias como era entonces Empresariales, con tantas matemáticas gordas como tenía. Resulta que ahora Empresariales se considera una carrera de la rama social, así que, sin darnos cuenta, siempre hemos estado en el pelotón de las letras [risas].

El cómo me metí en esta aventura es muy sencillo. Siempre me ha gustado leer. Mi padre siempre tuvo muchos libros en casa, siempre tuvo una biblioteca bien nutrida, con cosas antiguas sobre todo, pero también novelas de García Márquez o Vargas Llosa, que fueron mis primeras lecturas «serias», por así decirlo. Hasta entonces, como todo chaval, yo había devorado mucho best seller, mucha novela de fantasía, así que el hábito de leer siempre lo tuve, y es algo que nunca desaparece del todo. Cuando empecé a estudiar la carrera, cada vez que tenía un momento libre, en lugar de ver cualquier bobada en la tele me dedicaba a leer. Con todo, debo reconocer que por aquel entonces yo era una persona muy conformista. Me pasaba igual con el cine. Me tragaba lo que fuera. Compraba lo que veía que la gente tenía en las manos. Lo mismo leía a Pérez-Reverte que a Dan Brown. Luego me daba cuenta de que aquello no era nada del otro mundo, pero no era beligerante. Lo leía y ya está.

Al acabar la carrera y empezar a trabajar como economista, mi tiempo libre curiosamente se incrementó por los muchos viajes que tenía que hacer. Eran en realidad momentos marginales: mientras esperaba para ver a un cliente, mientras viajaba en tren o en avión, mientras comía solo en un hotel… Todos esos ratos de mi vida los empecé a rellenar leyendo una cantidad de libros impropia para un sujeto común. Pero, ya te digo, mis lecturas eran al principio muy caóticas, poco selectivas.

¿En qué momento te pones a leer otro tipo de literatura, digamos más compleja, más arriesgada, más en la línea de Pálido Fuego?

Dentro de mi formación lectora tuvieron muchísima importancia los foros de internet. Recuerdo uno en concreto que se llamaba Libroadictos y que era superactivo. Estaba formado por gente como yo, gente que nada tenía que ver con la literatura pero que leía mucho, y esa gente fue la que me enseñó. Yo era entonces una especie de mirón, porque siempre he sido muy reservado. No me atrevía a hablar en los foros, pues veía que había mucha gente con grandes conocimientos y yo no sabía entonces nada de nada. Recuerdo que una del foro recomendó Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, de David Foster Wallace, y al día siguiente fui, lo compré y me lo pasé pipa leyéndolo. Así fue cómo conocí a Wallace y me fui metiendo en una literatura con mayor enjundia. Sin embargo, el libro de Wallace que más me impactó en su momento fue Entrevistas breves con hombres repulsivos, aquel libro de relatos que tomaban la forma de conversaciones a dos en las que faltaban los comentarios de una de las partes. El hecho de que alguien hubiera escrito semejante cosa, junto al hecho de que alguien lo hubiera publicado, me abrió todo un mundo. Me dije: «Coño, esto está muy bien. Yo quiero más cosas así». Y una lectura me llevó a la otra.

¿En qué sentido?

En el sentido más literal que te puedas imaginar [risas]. Buscando información sobre David Foster Wallace llegué a un artículo que había escrito Rodrigo Fresán para Página/12, en el que hacía eso que tanto le gusta de radiografiar todo un panorama literario, en este caso sobre la última literatura norteamericana. En aquel artículo descubrí un montón de nombres que desconocía, como T. C. Boyle o Lorrie Moore, y lo que hice fue imprimirlo, cribarlo un poco y comprar todo lo que pensé que podía interesarme. Fue algo así como un curso acelerado de narrativa avanzada contemporánea [risas].

Recuerdo que compré gran parte de esos libros aprovechando un viaje que hice a Londres, también por motivos de trabajo. Me metí en una librería a las seis de la tarde, un día de esos que llovía mucho, y a las tres horas salí con la maleta llena, a rebosar. Así empecé a leer otro tipo de literatura, y además en inglés, con mucho esfuerzo, eso sí, porque lo único que yo había leído en inglés hasta ese momento eran cosas de trabajo: manuales de informática, de contabilidad, textos que tenían un lenguaje muy repetitivo y en el fondo eran fáciles de entender. Ese era mi nivel de inglés entonces. En esa época no existían además los smartphones, así que para leer estos libros tenía que llevar siempre encima el Collins. Recuerdo ir al curro con el maletín del ordenador, pero dentro, en verdad, lo que llevaba era siempre un mamotreto literario de los míos y el diccionario [risas].

Al hilo de esto, recuerdo una anécdota que tuve con el alcalde de un pueblo, con quien había concertado una cita para hablar sobre un asunto de trabajo. Quedé con él a la una, pero la secretaria me dijo que estaba reunido y que iba a tardar, que si no me importaba esperar un poco. Le dije que por mí no había problema, porque yo había ido solo para hablar con él, no tenía otra cosa que hacer. De modo que me acomodé en un sofá, saqué mi mamotreto, que creo eran los Ensayos de Montaigne, y me engorilé [risas]. Me dieron las tantas allí leyendo. Cuando me di cuenta, tenía al alcalde delante pidiéndome perdón por la tardanza. ¡Eran ya las dos y media! El tipo se me quedó mirando, me preguntó por el libro que estaba leyendo y nos pegamos el resto de la reunión hablando sobre Montaigne. Casi no hablamos de trabajo. Ya al final, en dos minutos, le conté a lo que iba, que era a venderle un nuevo servicio que estábamos ofertando, y el tío casi nos contrató sobre la marcha. Y, de verdad, creo que lo hizo porque me vio leyendo aquello. Diría: «Un tío que lee estas cosas no puede ser tonto, ni tampoco un sinvergüenza» [risas].

¿No estaba ya detrás de esa gran compra de libros la idea de montar una editorial?

No, no, para nada. Fue una compra de puro placer. No tenía ni siquiera el prurito del postureo porque no conocía a nadie con quien hablar sobre lo que acababa de comprar, aparte de con mi mujer, claro, que también ha sido siempre una lectora furibunda: le encanta Thomas Bernhard, alucina con Ian McEwan. Pero, ya te digo, aquellos libros los compré para leerlos, nada más. Los devoré todos menos uno, que lo tuve que dejar porque no me estaba gustando: Un lento aprendizaje, de Thomas Pynchon. Es uno de los pocos libros suyos que no he sido capaz de terminar [risas].

Precisamente porque no tenía con quien hablar sobre mis lecturas abrí un blog, Bolmangani, sin pretensiones de ningún tipo, y allí me fui dando a conocer entre algunos lectores y editores. Como al principio nadie me leía, empecé a dar por saco en las redes sociales, en plan «¡Eh! ¡Estoy aquí! ¡Existo!» [risas], pero al final fue el boca a oreja lo que hizo que llegaran visitantes al blog. De todos modos, aquello nunca fue… Vamos, que en verdad no me leía nadie [risas].

Pero algún momento de gloria sí que tuvo.

Sí, y además sin polémicas, que como sabes es la vía fácil para conseguir visitas. Nunca hablé mal de nadie, más que nada porque si leo un libro y no me gusta, no pierdo el tiempo comentándolo.

Uno de los momentos más divertidos del blog fue el día que inventé una especie de entrevista con Thomas Pynchon, e hice creer que el propio Thomas Pynchon me había contestado en los comentarios. Aquello se me ocurrió, fíjate, de nuevo reutilizando mis herramientas de trabajo en el mundo real. Por motivos laborales tuve que aprender a utilizar el jQuery, que es un lenguaje que ayuda a encapsular de forma muy fácil el JavaScript. Me aprendí aquello a lo bestia, empollándome dos libracos a palo seco. Pero siempre trato de sacarle punta al lápiz: si aprendo algo por obligación, luego tengo que poder utilizarlo para cosas personales, más interesantes [risas], así que me di cuenta de que con el jQuery podía hacer un montón de cosas para el blog. Me dediqué entonces a tunear textos, y así fue como ideé la entrevista a Pynchon, y como hice que los comentarios a la entrada pareciera que los había escrito el verdadero Pynchon [risas]. Aquello trascendió un poco porque, como hay tanto pynchoniano suelto, alguno hubo que se lo creyó. Luego tuve que meter comentarios de Belén Esteban, Zapatero u Obama, para quitarle un poco de hierro a la cosa, y que se viera claramente que era una coña [risas].

Aquel blog lo empecé en 2010, en un momento en el que me encontraba muy asentado en mi trabajo. Echaba muchas horas, pero lo tenía todo muy controlado. Te diría que el ochenta por ciento de las entradas de ese blog las escribí en un hotel. A final murió por falta de tiempo, porque, además, dinero nunca dio. Sigo trabajando, aunque con menos intensidad, como economista, y todo el tiempo libre que tengo lo dedico a la editorial. Bueno, sería al revés: el poco tiempo libre que tengo lo dedico a ser economista. La editorial es ahora mismo lo primero para mí.

¿Cuándo surge la idea de montar Pálido Fuego?

Te diría que la idea de montar la editorial surgió en 2008, tras el suicidio de David Foster Wallace. Recuerdo que leí Extinción al poco de su muerte y pensé: «Se ha acabado. Este tío ya no va a escribir más». Así que empecé a buscar todo lo que había suyo que no se había publicado en España. Vi que estaba inédita su primera novela, La escoba del sistema; también un libro sobre raperos y otro sobre matemáticas. Y ahí ya fantaseé con traducirlos y publicarlos. No ya solo los inéditos de Wallace, sino todos aquellos libros maravillosos que había leído y que veía que nunca iban a salir en España.

De todos modos, el proyecto que me hizo tirarme de cabeza a la piscina fue La casa de hojas, de Mark Z. Danielewski. Para mí era incomprensible que ese libro no estuviera traducido, así que contacté con el único editor que conocía entonces: Ana S. Pareja, de la editorial Alpha Decay. A Ana Pareja la conocí precisamente a través de mi blog. Una vez le hice una reseña muy elogiosa a Las teorías salvajes de Pola Oloixarac, y ella me escribió muy amable, dándome las gracias. Aquello generó cierta relación, y de vez en cuando nos escribíamos correos y tal. En uno de estos le dije que había leído La casa de hojas y que me parecía un libro que encajaba muy bien con su catálogo. Ella ya lo había contemplado en su momento, pero me dijo que era muy caro de producir y desistió. No te sé decir en qué momento del día o de la noche, si estaba durmiendo o afeitándome, pero el caso es que al día siguiente me dije: «Vamos a ver: yo he sacado para adelante cosas tela de difíciles y sufridas. ¿Cómo no voy a poder publicar un libro?» [risas]. Esto, dicho con toda la ingenuidad del mundo, ¿eh? La de quien no tenía ni idea de lo que era editar un libro. Así que me lancé: le comenté a Ana Pareja que qué pasaba si yo montaba una editorial para publicar La casa de hojas, sabiendo además que luego tenía una lista alucinante de títulos que ya había leído y con los que podía formar un catálogo potente. Ana lo habló con Enric Cucurella, el dueño de Alpha Decay, y qué quieres que te diga: todo fue muy fácil.

Me cogió además en un momento en el que tenía mucho tiempo libre. Con la crisis, el trabajar para los Ayuntamientos se convirtió en un horror, porque no pagaban ninguna factura. Era un sinvivir. Así que, para quitarnos aquel mal sabor de boca, y aquí hablo ya de la familia, decidimos mi mujer y yo montar la editorial. Dijimos: «Tenemos ya una edad. A los dos nos encanta leer. A los dos nos encanta la literatura. Tenemos un montón de títulos posibles. Tenemos formación empresarial. Es ahora o nunca». Y así fue como nos metimos en esto.

Por tu relato se ve que siempre has sido todo un emprendedor. Aun así, ¿no te dio vértigo meterte en un sector que desconocías por completo?

Quiero que esto quede claro y que todo el mundo lo sepa: sin Ana Pareja no hubiera sacado Pálido Fuego adelante. Ella me dio al principio un pequeño curso de cómo dirigirme a los agentes extranjeros, porque a mí no me hacían ningún caso. Me costó mucho que me atendieran, que se comunicaran conmigo para hablar del tema de los derechos de traducción. Tuve también que provocar algunas situaciones para estar en el momento justo en el sitio adecuado. A la agente de Wallace ya le había escrito tres o cuatro veces preguntándole por los derechos de La escoba del sistema, pero ni me respondía, hasta que un día me escribió y me dijo: «Si quieres que considere en serio tu propuesta, antes te tengo que conocer». Me enteré de que iba a estar en Barcelona acompañando a otro autor suyo, y a través, de nuevo, de Ana Pareja conseguí concertar una cita con ella. Me planté allí, quedé con la agente de Wallace, y otra vez fue Ana Pareja mi salvadora, porque fue ella quien llevó el grueso de la conversación, ya que mi inglés hablado no era entonces tan bueno. Gracias a esa reunión conseguí los derechos de La escoba del sistema.

Como si prometo una cosa la cumplo, pues en este mundo si no tienes palabra no tienes nada, en cuanto vi que mi idea de editorial se estaba precipitando, que ya no había vuelta atrás, les dije a Enric y Ana que teníamos que hablar en serio de lo de La casa de hojas, que teníamos que hablar de dinero, básicamente. Así que justo el día antes de reunirme con la agente de Wallace comí con ellos en Barcelona. Sé que les caí bien, y ellos me cayeron de puta madre. Ese mismo día nos pusimos ya las dos editoriales manos a la obra con el libro de Danielewski.

Sin embargo, no fue ese el primer título que publicaste.

El primer título que sacó Pálido Fuego fue Conversaciones con David Foster Wallace y fue por pura planificación empresarial. ¡Por algún lado tenía que salir mi deformación profesional! [risas]. Me pregunté: «¿Cómo empiezo llamando la atención?» Tenía claro que había que llegar y dar una patada en la pared, fuerte, que tambaleara los muros. De la línea editorial que me había marcado, claramente el más famoso de los autores era David Foster Wallace. Para entonces, había leído ya todo lo que había escrito Wallace, incluido el libro aquel finito de las matemáticas, que era un coñazo, y el de Ilustres raperos, que ha sacado hace poco Malpaso. Tenía un gran conocimiento sobre la vida y obra de este señor, pero en España sus lectores de a pie no conocían en verdad gran cosa sobre él. Así que empecé por ahí. Vi que en 2011 había salido en una editorial muy selecta pero de gran prestigio como es la de la Universidad de Mississippi un libro que recopilaba las principales entrevistas con Wallace. Lo compré por internet y me costó ¡sesenta y cinco dólares! Imprimen tiradas cortas y el papel, como todo el mundo sabe, está carísimo. Y ellos son unos animales con los precios. El caso es que al leerlo me di cuenta de que eran las primeras entrevistas que leía de Wallace, y aluciné, porque ahí veías que el tío hablaba igual que escribía. No tenía pose ninguna.

En el fondo, publicar ese libro fue un coñazo, dio muchos más problemas que La escoba del sistema, porque no todos los derechos de las entrevistas pertenecían a la Universidad de Mississippi, sino que había algunas que eran todavía propiedad de las revistas en las que se habían publicado. Y estas publicaciones empezaron a subirse a la parra, pidiéndome un dineral por ellas. De hecho, hay dos que están incluidas en el libro original que no pudimos sacar porque pedían por ellas más de lo que pedía la universidad por todo el libro. Me acuerdo de que por la famosa entrevista de David Lipsky para Rolling Stone, de la que luego se ha hecho la película, me pidieron cuatro mil dólares, o una cosa así. Una burrada, vamos. Así que contacté con el propio Lipsky, que era y es profesor de universidad además de un tío encantador, y me dijo que de eso ni hablar, que aquella entrevista era suya, no de Rolling Stone, y que él me daba permiso para publicarla gratis [risas]. Y nada, el resto ya lo sabes: vamos por la cuarta edición.

Sorprende que hubiera todavía textos de David Foster Wallace sin publicar en España, empezando por su primera novela. ¿Por qué crees que Random House no la sacó en su momento?

La verdad es que no lo sé. Al haberme movido en ambientes económicos y jurídicos, hice eso que hacen los abogados de pedir la venia. Le pedí la venia a Claudio López Lamadrid, a quien contacté de nuevo gracias a Ana Pareja. «¿Se cabreará si le pregunto?», le dije a Ana. Y ella me dijo: «No creo. A lo mejor no te contesta, pero eso es todo». A Claudio no lo conozco en persona, no sé cómo es, pero así de primeras me imponía mucho. Es una figura importante dentro del mundo editorial. Pero, para mi sorpresa, me contestó muy rápido y no solo no se cabreó, sino que se portó de puta madre. Me dijo: «Adelante, sin problema. Es más, no ofrezcas más de cinco mil euros» [risas]. Luego hubo que pagar más, porque el libro se vendió muy bien, pero el caso es que solo tengo palabras de agradecimiento para Claudio. No sé si es que pensó que mi petición no era más que una mera tentativa, un farol, o si es que simplemente la novela no le gustaba. Fíjate en que, tras publicarla y comprobar que fue bien, aún quedaba inédito Ilustres raperos, pero tampoco hizo nada por sacarlo. La única explicación que encuentro es que son textos que no le gustan, y punto. Porque, a ver, los números salen. No hablamos de grandes cantidades, pero salen. Si nosotros somos capaces de vender tres mil quinientos ejemplares de un libro de Wallace en un periodo de tiempo muy corto, una gran editorial como Random House puede colocar el doble. Estoy absolutamente convencido de ello.

La figura ya mitificada de David Foster Wallace os pone en el mapa. Me da la sensación, además, de que de algún modo se convierte en un pilar sobre el que pivota el resto de vuestro catálogo.

Bueno, no del todo, aunque un poco sí [risas]. El ejemplo más claro de lo que dices sería Mi primo, mi gastroenterólogo, de Mark Leyner. En Algo supuestamente divertido… se incluye un ensayo en el que Wallace pone a parir el libro de Leyner, lo pone verde. En aquel viaje iniciático a Londres, compré ese libro, por curiosidad, pero cuando lo leí dudé seriamente del sentido de las palabras de Wallace, porque el libro era buenísimo. Además, cuando murió Wallace, Leyner habló muy bien de él, contó que se habían conocido, que se habían caído muy bien, y que lamentaba muchísimo su muerte. Así que creo que Wallace escribió aquello por envidia. Así lo pienso. Con todo, Mi primo, mi gastroenterólogo no se ha vendido bien en España, y eso que en Estados Unidos fue un éxito apabullante. Pero estoy muy orgulloso de haberlo sacado, porque es un libro de relatos superrompedor, no es desde luego un libro al uso.

A Leyner sí es cierto que llegué por Wallace, pero a William T. Vollmann, por ejemplo, no. Otra cosa es que a Vollmann se le relacione con Wallace, ambos como hijos literarios de Thomas Pynchon, William Gaddis, Donald Barthelme o Robert Coover, a quien también hemos publicado. En ese sentido, sí, la estela de Wallace sigue, por un lado o por otro.

¿Cómo definirías la línea editorial de Pálido Fuego?

Ahora mismo me tengo que ceñir a lo que tenemos y a lo que prevemos que salga. Te lo digo así, en plan muy pedante: alta literatura anglosajona. A mí lo del posmodernismo no me gusta. Para mí el posmodernismo puro es Robbe-Grillet y tal, y esos autores me aburren. Un posmodernista puro muy bueno era William Gaddis, pero a mí lo que me gusta de él son Los reconocimientos, que es lo menos posmodernista que tiene. Esa es una novela exigente, pero es una novela «normal», entiéndaseme. En el catálogo de Pálido Fuego, salvo quizás Mi primo, mi gastroenterólogo o El cuaderno perdido (que para mí tampoco es posmodernismo, es otra cosa), no hay libros «raros». Podrán ser libros exigentes, por el lenguaje que utiliza el autor o porque gramaticalmente contengan, en plan bernhardiano, muchas estructuras anidadas y tal, pero, aparte de eso, me parece mucho más difícil leer una novela de Javier Marías que una de las que yo he publicado. Así te lo digo. En inglés, el término que se usa para describir este tipo de libros es «literatura seria». En mi caso sería entonces literatura seria anglosajona, aunque me gustaría ampliar esto en el futuro.

Luego también tenemos algunos títulos que responden a ciertas querencias mías. Me gustan mucho los libros que están escritos desde bases filosóficas pero con humor. Y en esa línea metería los títulos de Socrates Adams, Lars Iyer o Tom McCarthy.

Te habrán afeado alguna vez la falta de mujeres en tu catálogo.

Sí, sí, y con toda la razón, pero si no han salido antes es por circunstancias externas, ¿eh? No por nada mío [risas]. Durante los dos últimos años he estado muy empeñado en publicar El club de los mentirosos, de Mary Karr, pero al final no lo he hecho, lo han hecho Periférica y Errata Naturae. Quizás yo me lo pensé demasiado. Los derechos de traducción se vendían en principio como para tres libros , en el sentido de que seguramente sería una trilogía, porque luego hay dos libros de memorias más, pero a mí el único libro que me gusta de los tres es el primero, que es un cañón. Los otros dos, en mi humilde opinión de lector, son muy malos. Llegué incluso a plantearme comprar los tres pero solo para sacar el primero, pero, claro, eso ya son guarrerías editoriales que en mi opinión no se deben hacer. Pensé también en hacer una coedición, pero las editoriales pequeñas solemos ser muy cobardes. Editoras valientes como Ana Pareja hay pocas. Pero, vamos, que ya tengo una mujer para publicar en lontananza. Ya lo veréis.

Una de las cosas que más ha llamado la atención de Pálido Fuego es que el editor es también el traductor, un traductor además novel que se atreve con textos complejísimos.

Es cierto que yo no había traducido nunca antes nada de literatura, solo cosas técnicas y por trabajo. En la empresa en la que estaba nos encargaron una vez un informe para la remodelación de los servicios de una zona portuaria, así que tuvimos que estudiar trabajos hechos por otras consultoras extranjeras sobre el puerto de San Francisco. Los jefazos querían dichos informes traducidos y me encasquetaron aquello: «Dáselo al niño, que sabe inglés», lo típico [risas]. Y así me curtí en la traducción. En aquellos informes daba igual que la estructura gramatical fuera perfecta, sin embargo, yo, como había leído mucha narrativa, lo quise hacer bien y me pegué varias noches en vela trabajando en ellos. Era muy joven entonces y me podía permitir esos excesos [risas]. Visto ahora con perspectiva, aquel trabajo me ayudó sin duda a perderle el miedo a la traducción.

A ver, en esto de meterme a traducir no es que haya sido tampoco un inconsciente. Cuando traduje La escoba del sistema, que fue lo primero que hice así gordo, leí, releí, todos los libros de Wallace que había traducido Javier Calvo. ¿Por qué? Porque mi traducción de Wallace tenía que sonar como la de Calvo, a la que ya estábamos acostumbrados sus lectores. Claro que en primera instancia me planteé contratarlo, pero las cuentas no me salían. Quiero decir, no es que no salieran per se, simplemente desconfiaba de las ventas, por puro desconocimiento del mercado editorial. Por aquel entonces yo no tenía cash, no podía realmente afrontar el pago de un traductor, así que no me quedó más remedio que traducirlo yo. Luego es verdad que le he cogido el gustillo y ya no hay quien me pare [risas]. De todos modos, aunque la editorial no ha ido mal, lo cierto es que hoy por hoy sigo sin poder permitirme contratar a un traductor. La mayoría de los libros que publico son o muy voluminosos o de una complejidad excesiva, y no es que yo sea más listo que nadie, pero le dedico un tiempo a cada página que un traductor profesional no se lo puede dedicar. Como comprenderás, no tengo ningún miedo de que Javier Calvo me vaya a mandar un churro, con él voy a ciegas. Si pudiera contratarlo, lo haría, o contrataría a Marcelo Cohen, a Vicente Gómez… En España hay traductores y traductoras buenísimos, pero los márgenes de la editorial no me permiten acudir a ellos, y esto lo sé por experiencia. El único libro extranjero que he publicado y que no he traducido es Pórtate bien, de Noah Cicero. Fue Teresa Lanero, que como yo también vive en Málaga, quien lo tradujo. Ella estaba entonces empezando, e hizo un buen trabajo, pero con aquel libro perdimos al final dinero, y de algún modo me demostró que mi táctica de ser editor y traductor no iba descaminada. Además, si un libro no funciona, puede que como editor no ganes, pero al menos como traductor siempre te puedes lamer alguna herida.

Lo curioso de tu caso es que, viniendo de la nada, no pocos afirman que eres uno de los mejores traductores del inglés que hay ahora mismo en España.

No, no. No me lo creo. Me lo tendría que decir mucha más gente para creérmelo [risas]. Yo no soy mejor que nadie, simplemente juego con ventaja: no tengo ninguna prisa cuando traduzco, y eso es fundamental. A mí me ocurre al revés: alucino con las magníficas traducciones que leo hechas por gente que trabaja con una fecha límite, teniendo a su vez que pensar que necesitas acabar esa traducción porque tienes que comer.

Mi mujer me pregunta a veces: «¿Cómo vas?», y yo le digo: «Hoy he traducido cinco páginas». Y ella se echa las manos a la cabeza: «¡A ese ritmo no vas a acabar nunca!» [risas]. Entonces le leo lo que he traducido, y le digo: «Mira, aquí hay un juego de palabras que no podemos perder», y lo mismo me he pegado con eso toda la mañana [risas]. Puedo cometer algún fallo, porque es de humanos, pero como le puedo dedicar todo el tiempo que haga falta, sé que el resultado final será bueno sí o sí. De hecho pienso que, si no es para hacerlo de esa manera, mejor que no haga nada.

Todo apunta a que eres una persona extremadamente minuciosa y perfeccionista en todo lo que haces. No me quiero ni imaginar lo que disfrutaste editando La casa de hojas.

[Risas] Ana Pareja siempre dijo que La casa de hojas la editó el dream team. Primero, porque estaba Javier Calvo, que como tiene tanta seguridad en sí mismo nos fue enviando la traducción por capítulos. Cada vez que traducía uno o dos, los mandaba. Pero con una velocidad pasmosa, ¿eh? Se notaba que estaba el tío currando a saco. Empezó a traducir el libro en verano de 2012, y los correos que nos enviaba eran todos muy divertidos. Decía: «Esto me ha frito el cerebro, os voy a facturar el doble», cosas así [risas]. De hecho, para motivarlo, le fuimos pagando conforme nos enviaba los capítulos traducidos, sin esperar al resultado final.

Luego, a través de Ana Pareja dimos con Robert Juan-Cantavella para la maquetación. Robert tenía mucha experiencia maquetando revistas y periódicos. Nosotros vamos por ahí diciendo que maquetar La casa de hojas fue muy difícil, pero ponte tú a maquetar un periódico o una revista de esas de moda. Eso sí que es una virguería. A su lado, La casa de hojas es un Talmud cutre [risas].

¿Cómo nos organizamos Ana y yo? Sabíamos que Robert se iba a encontrar con problemas, para empezar, los propios de la traducción: nos empeñamos en que la edición española tenía que tener exactamente las mismas páginas que la edición original en inglés, para que así toda la lógica interna de la novela se sostuviera sola. Pero, claro, el español tiene palabras muy largas, con muchas letras. La tasa que nos había dado Javier Calvo partía de la base de que toda traducción al castellano de un texto en inglés supone un diez por ciento más de páginas que el original, así que tuvimos que contratar a una correctora externa, para que eliminara las erratas mientras que Ana y yo nos dedicamos a pulir el texto, cada capítulo, para dejarle a Robert la cosa lo más limpia posible para la maquetación. Como Robert también es escritor y traductor, aquello fue un continuo de cambios, preguntas y sugerencias entre todos. Recuerdo que un día Robert me llamó tras haber maquetado un capítulo, y me dijo: «Fíjate que aquí, en el texto original, hay una viuda. Pero en nuestra versión ya no la hay, ¿eh?» [risas]. ¡Habíamos mejorado el original! Recuerdo también que Robert tuvo problemas con las notas a pie de página, sobre todo con las llamadas, que eran símbolos egipcios. Eso, claro, no lo encontraba por ningún lado, así que tuve que dibujarlos yo, directamente, en un papel. Los escaneé, los vectoricé y se los mandé. El tío flipaba: «Pero ¿de dónde has sacado esto?» [risas].

Tuvimos otro problemón con las fotografías, con las polaroids que se incluyen en el libro, que llevan dentro textos en inglés. Vimos que en otras ediciones, como la japonesa, por ejemplo, que utilizamos para muchas cosas, se reprodujeron esas fotos tal cual, en inglés, incluyendo al lado la traducción. Pero aquello quedaba muy feo, y encima descuadraba el número de páginas, que tenían que ser 736, no podían ser más ni menos. En ninguna traducción anterior habían preservado el número de páginas. Para solucionar aquello tuve que tirar de nuevo de mi pasado laboral, de mi experiencia redactando ofertas públicas para Ayuntamientos y tal, donde al final tienes que aprender a hacer de todo, así que lo que hice fue replicar la letra de Danielewski, así como la tipografía de la máquina de escribir que había utilizado para hacer sus tarjetitas y esos papeles quemados que salían en las polaroids… ¡Y salió perfecto! [risas].

A ver, estábamos invirtiendo tanto, tanto tiempo y dinero, aquello podía ser tal fracaso, que no nos quedó otra que estar atentos al detalle. El libro era bueno, así que tenía que ser un bombazo, por eso dedicamos también tanto esfuerzo a la promoción. Alpha Decay, que tenía muy buena relación con los medios en Barcelona, fue más insistente que nunca. Se entregaron un montón de ejemplares de prensa. Fue bestial el despliegue promocional, y eso se notó. El propio Danielewski vino a España, invitado por el CCCB. A día de hoy es nuestro libro más vendido.

También conseguisteis traeros a Robert Coover y a William T. Vollmann. ¿Cómo surgió aquello?

Los casos de Coover y Vollmann son curiosos, porque ambos son autores que habían sido publicados en España antes, pero que, inexplicablemente, dejaron de serlo. Sus admiradores se habían quedado entonces un poco huérfanos, se encontraban ahí larvados, y yo me he reencontrado ahora con ellos. Parecía que se habían ido, pero no. Siguen ahí. Se nota en las ventas y en la repercusión que han tenido sus actos promocionales en España.

El caso de Vollmann fue el más llamativo. Un día me escribió el gerente del CCCB, con quien ya había tenido contacto cuando trajimos a Danielewski, y me preguntó si sería posible traer a Vollmann al Cosmópolis de 2015. Yo, como comprenderás, me puse las pilas rápido, aunque fue muy difícil contactarlo, porque este hombre no tiene correo electrónico ni internet. Tan solo tiene un teléfono fijo en su estudio-taller, pero lo tiene siempre metido dentro de un armario [risas]. Tú llamas, suena, pero nadie lo coge, básicamente porque nadie lo escucha. Esto me lo contó su agente. Total, que la comunicación con él tiene que ser por fax, y como está viajando todo el rato, porque su actividad principal sigue siendo el periodismo, tarda mucho en responder. Al final, después de dar muchas vueltas, conseguimos que viniera a Barcelona pagándole todo el CCCB. Fue además un viaje nada barato, porque el tipo quería pasar antes por Zúrich, y aquello coincidió con Semana Santa. Un lío. El presentador del acto fue Juan Francisco Ferré. Cuando llegamos a Barcelona, el mismo día del acto, nos fuimos con Vollmann a comer. Y a partir de ahí fue todo un poco… [risas]. Vollmann es una persona incansable, no duerme, es un todoterreno. Decía que sí a todo. Lo llevamos a un sitio de menús, y el tío se puso a comer albóndigas y a pedir botellas de vino… Mientras comíamos le pasé una pila de libros de amiguetes míos, para que los firmara, y el tío los firmó allí todos, haciéndole además a cada uno un dibujo de una tía en pelotas [risas]. Él decía: «Women with no clothes». Luego habíamos quedado con Lisbeth Salas para un reportaje fotográfico, y Vollmann se la intentó ligar. Le entró, vamos. Le tuvimos que decir que la dejara en paz. Al final nos lo llevamos a tomar café, pero nos dijo que él no tomaba café, y ya entendimos que lo que quería era marcha [risas]. Acabamos en el Café Zúrich, donde se puso tibio de orujo. Pero al tío nunca se le subía, ¿eh? Nunca. Eso es lo curioso de él. Está todo el rato hablando y apuntando cosas en dos Moleskine gordas que lleva. Mientra apunta cosas, te dice: «Te estoy escuchando, ¿eh?». Luego llevaba en el bolsillo un cacharro medidor de radiación, porque está haciendo un estudio por todo el mundo sobre cómo afectan las radiaciones al cuerpo humano. Es alucinante. Las Moleskine esas, te puedes imaginar lo que habrá ahí apuntado. El día que este hombre muera deberían ir a un museo. Al final, nos fuimos a la presentación, luego se hizo más fotos, fuimos a cenar, luego a beber otra vez (en un pub pidió orujo, así: «¡ORUJO!», pero se tuvo que conformar con vodka [risas]), y ya a las tres de la mañana le dije: «Bill, me voy a la cama. No puedo más» [risas]. Muy bien, muy bien con él.

¿Por qué crees que los libros de Vollmann y Coover se dejaron de publicar en España?

Por ventas. Vollmann vende más que Coover, porque las temáticas de sus libros son como más actuales, más modernas, más fácilmente «hipsterizables». A cambio, sus libros son muy voluminosos y cuestan una pasta, solo de imprimir, ¿eh? La familia real, recién salido de imprenta ya cuesta un dineral. Súmale a eso la traducción y tal… Y con Coover sí que no me lo explico. Nosotros hemos publicado La hoguera pública y Pinocho en Venecia. De la primera se ha dicho que es la cuarta mejor novela del siglo XX, y se vendió bastante bien. En cambio, Pinocho en Venecia no ha tenido mucha suerte. Hay dinámicas del mercado que sigo sin comprender. Sé a ciencia cierta que Coover tiene sus seguidores, porque lo he comprobado con La hoguera pública, y por eso estoy convencido de que hay gente que no se ha enterado de que hemos sacado Pinocho en Venecia. Ayer mismo, aquí en Bookstock, estuve hablando con una lectora que me preguntó si iba a reeditar Azotando a la doncella y Zarzarrosa, que las sacó en su día Anagrama, y le dije: «Tengo aquí Pinocho en Venecia», y la mujer no se había enterado. Una lectora que estaba totalmente puesta en el autor, y no se había enterado. Se lo llevó, claro. Pero no sé cómo pasan estas cosas. Está claro que aún no sé llegar al público.

Tanto Coover como Vollmann tienen obras maestras sin publicar. Bueno, lo de «obra maestra» se dice ya de forma muy suelta, aunque creo firmemente que al menos La hoguera pública lo es, sin ningún género de dudas. Coover, por ejemplo, tiene The Origin of The Brunist y su secuela, The Brunist Day of Wrath. Juntas son mil quinientas páginas. Yo las quiero publicar, pero en la editorial nada más que estamos Ana, mi mujer, y yo. Valor le echamos, pero si un libro de esos no funciona, nos vamos a la mierda. Con La familia real, de Vollmann, pudo pasar. Publicar ese libro fue todo un órdago. Solo imprimirlo costó diez mil euros, así que, si hubiera salido mal la jugada, se hubiera ido todo al garete. No se fue, pero se podía haber ido.

Aun así, sigo pensando lo que te dije antes: si Anagrama o Random House sacaran alguno de estos libros venderían el doble o el triple que yo, seguro. Por tanto, no entiendo por qué dejaron de hacerlo. Con Vollmann además hemos tenido mucha suerte. Su agente se ha portado muy bien con nosotros, porque desde el principio tuve claro que quería publicar, además por ese orden, Historias del arcoíris, La familia real y El Atlas. Lo que ocurre es que no pude darle a la agente de Vollmann un timing cierto, porque no tenía ni idea de cuándo iba a poder sacarlas. Le expliqué mi situación económica, y se portó fenomenal: nos hizo un contrato por el primero con una reserva para el siguiente, y así sucesivamente. Al final han ido saliendo poco a poco. Solo falta El Atlas, que está ya a punto de salir.

Visto lo que publicas, me da un poco de pudor hacerte esta última pregunta, pero se la hacemos a todos los editores: ¿Qué clásico básico se te ha atragantado?

Se me han atragantado muchos títulos que se supone son de mi cuerda, para empezar Jota Erre de William Gaddis o El túnel de William Gass. En su día se me atragantó Ulises de Joyce, pero al final lo desatraganté [risas]. Creo que cada libro tiene su momento.

Pero si tengo que decirte un clásico, aprovechando que su autor está muerto, te diré El innombrable de Beckett. A mí ese libro me parece una mierda [risas]. No sé cómo la gente puede decir que es bueno. Al menos en Molloy sale un vagabundo chupando piedras, pero en El innombrable, con el hombre tronco aquel… ¡Anda ya, tío! [risas].