¿Cuál es la mejor peor excusa ante un positivo por dopaje?

Admitir la culpa. Oye, mira, sí, lo hice. Qué pasa. «Lo siento mucho, me he equivocao y no volvedá a ocudid». Suena bien, ¿verdad? Pues no. Olvídense. Ciencia ficción, (casi) nunca sucede. Porque el ser humano es falaz por naturaleza, y lo que a los malos les falta en honestidad lo compensan sobradamente con imaginación. Qué coño, también es un arte. Admirable. Hermoso.

Me emociono.

Con el doping, lo mismo. Es difícil que alguien venga a decirnos vale, me han pillado, media sonrisilla, jejeje, qué le vamos a hacer, fue bonito mientras duró. No, es mejor inventar, crear conspiraciones. De las gordas, con la CIA, los reptilianos, cunnilingus de alta intensidad y hombres embarazados. 

No se crean, también hay excusas serias. O dichas con tono más grave, ceño fruncido, juramentos mirando al cielo, promesas por mi hidalguía y otras zarandajas. En fin, la mayoría de las veces el fondo es el mismo, pero eso no resulta divertido. Y aquí hemos venido a disfrutar, que ya llegará la vida con las rebajas. Así que buscamos lo extraordinario. Lo grotesco. Lo chabacano. Historias que coquetean menos con E.T. que con El E.T.E. y el oto (obra maestra incomprendida, aviso). 

Acompáñennos por este museo con las mejores peores excusas ante un positivo por dopaje. Intenten leerlas todas sin recurrir a sustancias estimulantes., y añadan en los comentarios las que consideren oportunas. 

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)


Era mi primerito día

Maria Sharapova. Foto: the_vhale (CC BY 2.0)

O, dicho de otra forma, cómo iba a saber yo esto, hombre, no ponga en entredicho mi buena voluntad, juez felón. Es habitual, por ejemplo, que en las grandes ligas de béisbol los jugadores latinos argumenten poco conocimiento del idioma para explicar esas cositas raras que salen en su sangre. A Fabio Cannavaro le picó una abeja y tuvo que ponerse una pomada… quién iba a pensar que tendría corticoides, ¿verdad? Xavier Florencio utilizó un antihemorroidal sin que lo supiera su equipo, desconocedor de que contenía efedrina (fue expulsado del conjunto). Lo mismo les pasó a un montón de rusos con el tema ese del Meldonium (quizá la más conocida sea Maria Sharapova). Y, en definitiva, el primer positivo de la historia en unos Juegos Olímpicos (dejando al margen a los rivales de Astérix) fue de Hans-Gunnar Liljenwall. Año 1968. ¿La causa? Él dice que dos cervezas.


Me llovió el dopaje del cielo

Fatima Yvelain. Foto: akunamatata (CC BY-ND 2.0)

Fatima Yvelain es una atleta francesa. Fondo, campeona europea y mundial de cross. Chica sin suerte, además. En 2012 fue cazada en un control antidopaje tras la media maratón de Perpignan. EPO, nada menos, ya ven. Que ella jamás llegó a consumir, claro, de ahí lo de poco afortunada. Verá, señor magistrado, es que aquel día llovió mucho, y entonces había un montón de agua por el suelo, y el agua debió arrastrar algún tipo de sustancia dopante que entró en mi organismo por las zapatillas, y los calcetines, y además contaminó la muestra de orina, e incluso pude tragar algo (de agua, no de orina) porque mis rivales pisaban charcos y salpicaban, las muy ladinas. Ya ven, cómo no creerla. Criaturita. Que fuese sancionada solo se explica por un exceso de positivismo legal que no puede hacerle bien a nadie.


Yo eso no me lo como ni loco 

«Clembuterol free». Foto: Valentin Magallanes H. (CC BY-NC-ND 2.0)

Ay, las intoxicaciones alimentarias, qué haríamos sin ellas. Desde el chuletón con clembuterol de Alberto Contador hasta el positivo por esa misma sustancia de Petr Korda. Gianni Bugno tuvo un problemilla con la cafeína, igual que Abraham Olano. Que tomaron mucho café y algún refresco de cola, y claro, si no cambias el agua al canario pues se te queda en el cuerpo todo lo malo. Con Gilberto Simoni fue mejor el asunto, porque tenía cocaína en la sangre y echó la culpa a unos caramelos que cierto familiar le había traído de Perú (ya se sabe que allí echan de todo a los dulces). David Martínez y David Meca presentaron altas dosis de nandrolona provocadas, según ellos, por comer casquería de no muy buena calidad. Un caso especialmente jugoso (vean el sutil juego de palabras) es el de Adrie van der Poel. Estricnina. Explicó que la causa era un pastel de paloma… paloma de las que criaba su padre para competiciones. Vamos que, para salvarse, echó la culpa al progenitor por andar dopando bichejos. Jijí, jajá.


Echáronme droja en el ColaCao

Justin Gatlin. Foto: Citizen59 (CC BY-SA 2.0)

Que José Tojeiro es el mayor filósofo español del siglo XX es, a estas alturas, algo que nadie en su sano juicio niega (vean el vídeo hasta el final, por favor… hay actores invitados bastante reconocibles). Mayor que Julián Marías, incluso que Ortega y Gasset (los dos). Su excusa de que aquellas prespiputas le echaron droja en el ColaCao para robarle es también muy usada, mutatis mutandi, por los deportistas cazados en doping. El atleta Dieter Baumann, por ejemplo, dice que sus rivales le pusieron nandrolona en la pasta de dientes. Sotomayor echó la culpa de su positivo por cocaína a un complot de la CIA. Justin Gatlin daba incluso el nombre del villano: Christopher Whetstine, masajista que aplicaba cremitas con sustancias dopantes sin él saberlo (por supuesto). Recientemente Ophelie Claude-Boxberger expuso que la EPO encontrada dentro de su organismo, septiembre de 2019, había llegado allí a través de unas inyecciones que le ponía alguien mientras dormía. Sin despertarse. La historia (muy turbia, con acoso sexual por medio) está aun investigándose.


La aparición del gemelo malvado

Tyler Hamilton Frank Steele (CC BY-ND 2.0)

Un clásico en las pelis de terror, las telenovelas de sobremesa y la narrativa pulp. Al ciclista estadounidense le pillaron en 2004 con sangre de otra persona en su cuerpo. Homotransfusión, vaya, que es cosa muy sencillita de comprobar, como ustedes seguramente comprenden. Pues bien, nuestro avezado narrador explicó que en su plasma había células de un ser humano distinto porque durante el período fetal había convivido durante unas semanas con otro feto que finalmente no se desarrolló por completo. El gemelo malvado, que ataca muchos años después. Ya ven, da para argumento de película. Lo mejor es que Hamilton también manejó por unos instantes la teoría del quimerismo (que es una cosa rarísima con nombre muy chulo) antes de reconocer su dopaje, pero sin admitir haber usado sangre de otra persona. Y eso que de aquellas su médico era Eufemiano Fuentes, por lo que las células que corrían libremente por sus venas podían pertenecer a medio deporte español, un cuarto del Congreso de los Diputados, el cartel completo del Derrame Rock ’04, la mula Francis y hasta un par de monstruos de la Hammer…


Besos de vino y farlopa

Richard Gasquet. Foto: Marianne Bevis (CC BY-ND 2.0)

Mira que el tenis parecía haber tocado techo con aquella rocambolesca historia de Boris Becker, la felación y el hijo inseminado artificialmente (resumiendo, que no es plan de extendernos). Pues bien, nada de eso. Nuestro nuevo héroe es Richard Gasquet, positivo por cocaína a finales del año 2009. Mire, señoría, yo no hice nada, que drogarse está muy feo, yo solo me di unos besos con cierta señorita mucho menos sana que servidor. Increíble o no, acabó absuelto. Mark Bosnich, un portero australiano que hacía cosas tan inteligentes como saludar a lo nazi mientras fingía tener bigotito, dijo que solo consumía cocaína para alertar a su novia sobre los peligros de las adicciones. Ella se metía una rayita de vez en cuando, así que él, responsable, le dijo que por cada tiro respondería con dos. Acabó consumiendo diez gramos diarios e intentando matar a su padre. Todo por amor. 


Embarazos no deseados (inexistentes, de hecho)

Junior (1994). Imagen: Universal Pictures / Northern Lights Productions.

Sesil Karatancheva era una tenista búlgara con la historia clásica del gremio: padre obsesionado con el éxito de su muchachita, presión y expectativas no demasiado cumplidas. A finales de 2005, cuando contaba solo dieciséis años, fue cazada con alta concentración de nandrolona en el cuerpo. Es normal, damas y caballeros del jurado, estoy encinta. El único problema fue que los resultados dieron negativo. Nada de ser madre adolescente, pero un par de añitos de sanción. También tenemos casos contrarios. Con hombres. Sí, sí, como lo leen. Donell Cooper, jugador de baloncesto, decidió usar la orina de su esposa durante un control antidopaje (se hace llevando una pequeña pera bajo la axila y haciendo bajar el tubo por… bueno, tampoco abundaré en detalles). Resultado: análisis limpio de sustancias dopantes (bien), pero resulta que el tipo está embarazado. Ya ven. Fruslerías. Dios te quita y Dios te da. 


Sex machine

Leukemans explicando que a veces los médicos llaman en el peor momento posible… Foto: Cindy Trossaert (CC BY-NC 2.0)

Hay casos y casos. Y ustedes, que son unos inoportunos. Eso pensó Björn Leukemans, positivo por testosterona. Es que verán… me han pillado ustedes en pleno lío, así que es normal que tengo los asuntos desbocados, ¿no? Dennis Mitchell proporcionó más detalles. Ayer fue el cumpleaños de mi mujer y claro… hasta cuatro echamos, no les digo más. Y hoy, pues eso… testosterona a lo loco. Lo entienden, ¿no? Daniel Plaza, marchador y campeón olímpico, dijo que el control antidopaje le sorprendió tras practicar un cunnilingus a su esposa embarazada, y de ahí que hubiese tanta nandrolona en su organismo (había llegado allí por vía oral). Años después, por cierto, fue exonerado de ese asunto por defectos de forma, tras recurrir a la justicia ordinaria, y llegó hasta a ser concejal de Torrevieja (dimitió después de ser cazado usando el móvil del trabajo para llamar a prostitutas). Quizá quien más claro tenía estos asuntos era el jugador de billar Junsuke Inoue. Tras ser cazado manifestó que su esposa estaba en su derecho de «quedar satisfecha». 


Crecepelos y crece… bueno… eso

Romario, o la demostración de que el crecepelo no es tan efectivo como decía el folleto… Foto:Senador Romário (CC BY-NC-SA 2.0)

Claro que a veces uno no se encuentra del todo confiado con su aspecto. O con sus posibilidades. No en el campo, no, sino después… en la intimidad. Le pasó a Mauro Santambroggio, que tenía testosterona de más porque tomaba un medicamento contra la disfunción eréctil. Los alargadores de pene también son muy populares como excusa. LaShawn Merrit o Roburt Sallie demostraron que son de esos que ven la teletienda de madrugada y pagaron por ello una bonita sanción. A veces el complejo es por alopecia (piensen que la mayoría de estos casos son de la época preimplantes turcos). Romario usaba un crecepelo con estimulantes (vaya) y lo acabaron pillando. Y usted, ese gordito que está ahí al fondo leyendo…  sí, sí, usted. Tampoco está libre de tentaciones, no se sonroje. Que se te ve muy fondón por la tele, cariño, le dijo su madre a Shane Wade, jugador de cricket. Así que este, coqueto, se puso dale que te pego con los diuréticos. Y vaya: positivo. 


Pienso para el perro, excusas varias y rayos mágicos

Frank Vandenbroucke. Foto: Eric HOUDAS (CC BY-SA 3.0)

Un mix, que gusta mucho para terminar. Desde el que no es pa mí, que es pa otro, de Raimondas Rumsas (tenía una pequeña farmacia en casa pero eran medicamentos destinados a su suegra) al perro enfermito de Frank Vandenbroucke (curiosamente necesitaba un tratamiento químico idéntico al de un deportista pro). O Ivan Basso, que dijo almacenar gran cantidad de productos dopantes, pero sin usarlos, solo por gusto. Igual le pasaba a Darío Frigo, por cierto, con el agravante de que le timaba su proveedor vendiéndole agua con azúcar a precio de química avanzada. Sí, ya ven, aquí también hay de eso. Ah, y no podemos irnos sin mencionar a cinco jugadoras de la selección norcoreana de fútbol, que dieron positivo durante el Mundial de 2011. Con catorce sustancias diferentes, lo que es récord, o casi. ¿La excusa? Un rayo cayó junto a su campo de entrenamiento y las dejó atontadas. Para espabilarlas los médicos usaron la sangre de un ciervo que solo vive en Siberia, Mongolia y el Pamir. Bicho que, a juzgar por su composición hematológica, bien podría sobrevivir a una explosión de rayos gamma.


Bonus track: Me la suda todo mucho

Foto: Doubleday & Cartwright (CC BY-ND 4.0)

«Es que no sabía que ese día tenía partido». Dock Ellis, jugador de béisbol. Dijo esto en 1970 tras hallársele en el organismo trazas de LSD. 


Récord de Poniente de lanzamiento de jabalina

Imagen: HBO.

Este artículo fue publicado originalmente en nuestra revista Jot Down Smart número 27.

Con la frialdad que le caracteriza, porte adusto y paso lento, el Rey de la Noche tomó la lanza de hielo que le pasó un esbirro y la arrojó, sin esfuerzo aparente y con una fuerza inaudita, contra el dragón Viserion, derribándolo. Y con este simple gesto se hizo acreedor con carácter vitalicio de la medalla de oro olímpica en lanzamiento de jabalina de Poniente. Impresionante, pero ¿plausible? Bien, en primer lugar, hemos de asumir que vamos a comentar desde un punto de vista vagamente científico ciertos aspectos de una serie de televisión, Juego de tronos, que es de género fantástico. Podríamos detenernos en algunas curiosidades genéticas, como que la estrecha endogamia de ciertas familias protagonistas se salda con descendientes muy bellos y no engendros contrahechos (aunque en ocasiones tienen graves problemas mentales o son directamente psicópatas, eso sí), pero somos personas de acción y reacción y nos va más la física que el físico.

Como decíamos, el Rey de la Noche ponía en práctica una mecánica de lanzamiento algo diferente a lo que estamos acostumbrados a ver en las competiciones de jabalina, donde, tras una carrera trotona de apenas treinta metros, los atletas súbitamente emiten un sonido gutural y la lanzan, sacudiendo el brazo como un látigo (no necesariamente en ese orden). Así, sale despedida la jabalina y, si se descuidan, los propios lanzadores, que tras la suelta han que controlar el impulso y tener cuidado de no rebasar la línea de lanzamiento (y hacer nulo). Seguro que este fenómeno les recuerda al mítico patinador sobre hielo que siempre se prestaba a ejercer de ejemplo para cuestiones de física elemental, tan pronto girando como una peonza abriendo y cerrando los brazos de forma ridícula como lanzando en estático sin motivo pelotas o bolos en mitad de la pista. Por su parte, nuestro ente sobrenatural de tez cerúlea, como buen villano, piensa que correr, aunque sea despacio, es de cobardes: mejor ir poco a poco, como regodeándose en su maldad. Tras el breve paseo, se cuadra a la manera clásica, afina la puntería (en jabalina este aspecto no es tan necesario), adopta un buen ángulo de lanzamiento de entre 30º y 45º, incluso realiza el gesto similar a mirar el reloj en la muñeca contraria al brazo dominante. Pero después, inexplicablemente, tira la lanza sin más, sin apenas doblar el torso ni despegar los pies del suelo, que además está helado para dificultar aún más su verticalidad tras la suelta (recuerden a nuestro infeliz patinador). Bastante inverosímil.

Pasemos al instrumental. En competición sénior, las jabalinas miden entre 260 y 270 centímetros de largo y pesan unos 800 gramos en la categoría masculina, mientras que en la femenina están entre 220 y 230 centímetros y 600 gramos. Los pesos y dimensiones se han mantenido más o menos constantes a lo largo del tiempo, pero el centro de gravedad se ha ido modificando para evitar que un lanzamiento se salga del anillo y ponga en riesgo la integridad física de los espectadores u otros atletas que pasen por allí (aun así, se han dado casos de accidentes mortales durante competiciones o entrenamientos). El adversario de Juego de tronos, en cambio, ostenta una vara que, si bien tiene unas dimensiones similares a las de una jabalina reglamentaria, da la sensación de estar compuesta de hielo macizo. En este caso, estaríamos hablando de un peso de entorno a cuatro kilos: es decir, su lanza pesa del orden de cinco veces más que una jabalina.

Imagen: HBO.

Con el estilo clásico de lanzamiento en competición oficial, el actual récord del mundo alcanza los 98,5 metros. No obstante, no es la distancia a la que más lejos se ha lanzado una jabalina: el intrépido Miguel de la Quadra-Salcedo llegó a 112 metros hace más de cincuenta años aunque su récord no fue homologado con la burda excusa de que no querían que murieran espectadores cuando se hiciera un lanzamiento o muy bueno o demasiado malo con su particular estilo. El método para conseguir esas distancias, del orden de ¡treinta metros más! que la mejor marca de aquel momento, consistía en, tras la carrerilla dominguera, girar sobre sí mismo con la jabalina apoyada en la zona lumbar para en el último instante aflojar el apriete de la mano y que deslizara por la palma toda su longitud, saliendo disparada. La clave estaba en dejar de apretar en el momento apropiado, con la punta preferiblemente orientada hacia la zona reglamentaria y evitando en la medida de lo posible ensartar seres humanos inocentes. Y, claro, visto desde fuera no parecía fácil. Dejémoslo entonces en torno a los 100 metros. Bien, Viserion estaba bastante más allá de un hectómetro del líder de los Caminantes Blancos: a partir de las tomas se puede estimar que el alcance ocurrió a una distancia de entre 500 y 1000 metros de lugar de lanzamiento ¡y la lanza aún se encontraba en trayectoria ascendente!

Y el impacto. Personalmente, creo que la forma más sensata de afrontar la loca tarea de cargarse a un dragón es herirlo desde fuera del alcance de sus llamas (porque si no escupe fuego no es un dragón, es una lagartija grande) con un objeto punzante que podamos lanzar con un mecanismo que potencie la fuerza. Bardo el Arquero, campeón olímpico en esta especialidad en la Tierra Media para desgracia de Smaug, lo puede atestiguar también. En la misma séptima temporada de Juego de tronos, un par de capítulos antes, habíamos visto que el Escorpión de Qyburn, una balista diseñada específicamente para penetrar en el cráneo de los dragones, apenas había hecho daño a Drogon, otro de los hijos de Daenerys Targaryen. En una ballesta la fuerza del lanzamiento depende de la deformación del conjunto cuerda-arco y de las características mecánicas de los materiales que la componen. A través de la ley de Hooke se puede calcular la energía potencial elástica que tiene una ballesta cargada y, a partir de ella, la energía cinética en que se transforma. Entonces, ¿es posible arrojar un proyectil con el brazo con más fuerza que con una monumental ballesta? Creo que no es necesario ni sacar la calculadora para responder.

En resumen: sin carrerilla, sin buena mecánica de lanzamiento, sin moverse del sitio tras la suelta, con una jabalina más pesada… y, aun así, llega cientos de metros más lejos que los campeones olímpicos y además impacta con más potencia que una balista. Dirán, ¿cómo es posible esto? La respuesta es clara: DOPAJE. No vamos a pedir al Rey de la Noche que nos orine en un vaso unos cuantos cubitos para analizarlos, ya que no parece ser ese el factor diferencial. En el deporte profesional existe dopaje químico y dopaje mecánico (bicicletas con motor, por ejemplo), y luego está este, que lo podríamos denominar dopaje místico. «Ha lanzado tan fuerte usando magia, es de no creer». No se indignen; coincido en que because magic como justificación es el segundo recurso más infame, tras el «todo ha sido un sueño», pero recordemos que estamos hablando de un tío que es azul, que ha revivido a todo el ejército de zombis que le acompaña y que está tratando de matar a uno de los tres dragones que le asedian. Un poquito más de magia no hace daño a nadie. Bueno, a nadie a excepción de Viserion, el pobre.


Deporte español y dopaje: hasta que la muerte nos separe

Foto: Cordon.

Lo que son las cosas. Alejandro Valverde se ha proclamado campeón del mundo de ciclismo a sus treinta y ocho primaveras, nueve años después de que el Comité Olímpico Nacional Italiano asociara el ADN de Valverde, conseguido en una jornada de descanso en tierras italianas durante el Tour de Francia de 2008, con plasma conseguido durante la Operación Puerto. Es significativo que tengan que ser unos italianos, con material conseguido durante una ronda francesa, los que consigan las pruebas suficientes como para culpar a un deportista español, implicado en la que es posiblemente la mayor trama de dopaje habida en tierras españolas. Hay que puntualizar lo de «posiblemente»: es por lo menos la mayor trama de dopaje en España que se haya hecho pública, y seguramente lo seguirá siendo, porque lo de Barcelona 92 queda ya muy lejos.

Gracias al hallazgo italiano Valverde fue suspendido durante dos años, entre 2010 y 2012. Fue durante ese lapso de tiempo, concretamente el 10 de enero de 2011, cuando apareció pendiendo del techo de su domicilio el cadáver de Alberto León, colgando de una soga al cuello. Exciclista profesional, decidió sumirse en las alcantarillas del deporte de la mano de Eufemiano Fuentes. León fue imputado por tráfico de sustancias estupefacientes tanto en la Operación Puerto como en la subsiguiente Operación Galgo desde 2006. Dicho de otro modo, hacía de correo de Eufemiano, que despachó con esta displicencia las preguntas sobre León en el juicio sobre la Operación Puerto dos años después de su muerte:

Las maletas del piso de Alonso Cano eran de Alberto León. No se abrieron nunca. Ni sabía que había medicamentos. Alberto León limpiaba, llevaba cajas y las traía. Le pagábamos ciento cincuenta euros semanales.

El piso de la calle Alonso Cano al que hace referencia Eufemiano es un apartamento en el que el médico adulteraba la sangre de sus clientes para centrifugarla, enriquecerla con sustancias dopantes, y finalmente congelarla para un uso futuro. Eufemiano trabajaba, de acuerdo con sus propias declaraciones, con deportistas de toda índole: ciclistas, futbolistas, atletas, boxeadores… no había disciplina alguna que se resistiera ante las tentaciones de las artes del médico canario. Había mucho en juego en la Operación Puerto. No podía permitirse en modo alguno que alguien cantara. Y menos un desgraciado al que se le pagan ciento cincuenta euros semanales.

Mucho en juego. Como es el caso de Marta Domínguez, esa atleta cuyo mejor rendimiento vino curiosamente ya pasados los treinta años, como el ciclista con el que abríamos este artículo. Célebre fue su portada en Marca proclamando su inocencia, tan célebre como su portada en el mismo diario, apenas siete meses antes, proclamando su culpabilidad. No es de extrañar el rotundo cambio de punto de vista entre ambas portadas, conociendo la trayectoria del diario y sabiendo además que el partido político al que servía Eduardo Inda —el entonces director de Marca— es el mismo que terminó acomodando a Domínguez en sus filas. Porque así es como premia el Partido Popular a los imputados en tramas de dopaje y otros corruptos. Un puesto de senadora por Palencia y portavoz popular de Educación y Deporte en la cámara alta de la mano del único partido posible en la vieja Castilla. Hizo falta que el TAS, ya en 2015, anunciara definitivamente su dopaje, sancionándola con tres años sin competir (aunque por entonces Domínguez ya estaba por cumplir los cuarenta) y anulando sus resultados logrados entre 2009 y 2013, para que el PP no tuviera más remedio que echarla del partido, porque en la lógica de los populares es admisible ser un corrupto y un sinvergüenza, otra cosa es que te pillen.

Pongamos un claro ejemplo de esta ofuscación general en cuanto se toca el tema del dopaje, como es el caso de las alegres declaraciones de Alejandro Blanco, presidente del Comité Olímpico Español, feliz porque de los once mil controles que hizo el COE en 2012, solo el 1,2 % dieron positivo. Esto es, ciento treinta y dos positivos en solo un año detectados por el Comité —sin mencionar ya otros controles—. Y el presidente dice que esto es un muy buen dato. Así es España.

Hay mucho en juego. Como la reputación del deporte rey. En los papeles de Eufemiano Fuentes aparecen las siglas «RSOC» aludiendo a la Real Sociedad, algo corroborado por ni más ni menos que Iñaki Badiola, expresidente del club, que afirmó que el club trabajó con Fuentes llevando una contabilidad B con la que pagaban sustancias dopantes. Nada de eso ha bastado como para que siquiera se plantee la posibilidad de la existencia de una trama de dopaje en el fútbol profesional español. La única postura vislumbrable ante el dopaje futbolístico es la más rotunda negación. Y no solo por parte de los clubes o la prensa, sino por los organismos que deberían combatir el dopaje, como la Comisión Antidopaje de la Real Federación Española de Fútbol, una comisión en todo caso puramente testimonial, que cuenta con cinco miembros, todos ellos designados por el presidente de la RFEF, no fuera a ser caso que se cuele alguno que quiera hurgar donde no debe. El mismo Lance Armstrong, que de otra cosa tal vez no pero de dopaje en España sabe un rato, dejó caer que grandes clubes de fútbol influyeron en la decisión final de la Operación Puerto.

Tal es el cachondeo que Eufemiano Fuentes, al ser preguntado si la denominación «RSOC» tenía relación con la Real Sociedad, contestó apenas conteniendo la risa que a lo mejor RSOC era el nombre de un buen vino. Se ríe de nosotros porque puede, porque se lo permiten. En otros países Eufemiano no tendría licencia para ejercer la profesión médica y estaría cumpliendo condena en la cárcel. Vayamos más allá: cualquier deportista que se pusiera en contacto con él sería automáticamente sancionado en países como Francia o Alemania. Pero en España Eufemiano salió del juicio de la Operación Puerto airoso y riéndose de nosotros, sin tener que pisar la cárcel, y por supuesto cualquiera puede contactar con él o con cualquier otro camello de su calaña sin que ninguna autoridad deportiva en España mueva un dedo ni levante la más mínima sospecha.

Pero no es solo que no se castigue a los criminales. Es que tampoco se premia a los muy extraordinarios casos de implicados que se vuelven en contra del mundo de dopaje que les rodea, renunciando a su vida tal y como la conocen para denunciar las irregularidades. Es el caso de Jesús Manzano, ciclista madrileño que denunció el sistemático dopaje en el ciclismo español, aportando multitud de datos y describiendo el lamentable panorama entre los bastidores del ciclismo profesional: médicos que inyectan a los ciclistas sustancias de cualquier tipo sin que los deportistas sepan qué les están haciendo y un caos de transfusiones en el que a un ciclista se le puede inyectar sangre de un grupo incompatible, causándole de este modo hipersensibilidad tipo II, que puede llevar a trastornos e incluso a una muerte súbita. Jesús confesó que llegaron a meterle hemoglobina de origen canino, bovino o lo que fuera, con tal de oxigenar la sangre. Y dominando todo este festival politoxicómano estaba el equipo, Kelme en este caso pero con tantos iguales en el deporte, que arrinconaba a los ciclistas diciéndoles que si no quieren trucar el motor se van a ir a la calle.

Manzano aportó numerosas pruebas que demostraban la veracidad de sus palabras, e inculpaban al equipo Kelme de los años 2001, 2002 y 2003, además entregó sustancias dopantes como EPO, la hormona de crecimiento o la testosterona. Aportó documentos firmados por médicos, entre los cuales destacaba Eufemiano Fuentes, entonces camello del Kelme. Adelantó los centrifugados de sangre y su congelación que años después se destaparían en la Operación Puerto.

Podría pensarse que tras semejante testimonio, especialmente dado el volumen de pruebas aportado, el mundo del ciclismo se vendría abajo y los imputados irían en masa a la cárcel.

Pero esto sucedió en España. De modo que el juez que lo interrogó, Guillermo Jiménez, decidió no abrir una investigación formal dado que el dopaje no era un delito según la legislación española.

A cambio, lo que recibió Manzano no fue un puesto en la Agencia de Protección de la Salud en el Deporte, ni en la Comisión de la Salud y Prevención del Dopaje de la RFEC, que es lo que probablemente merecería. Lo que recibió fue el más profundo desprecio por parte del mundo del ciclismo profesional y un corte de mangas de la prensa generalista, además de numerosas amenazas de muerte.

Incluso después de la Operación Puerto, que demostró la veracidad de sus acusaciones, no ha recibido compensación alguna por parte del deporte ni disculpa por los que en su momento lo acusaron de mentiroso.

Así es como España premia a los que tratan de luchar por la justicia en el deporte.

También ha recibido varias amenazas de muerte José Luis Korta, exremero y entrenador de la Kaiku de Sestao. Destapó una trama de dopaje en el mundo del remo relacionada con, albricias, Eufemiano Fuentes y otro médico estrella, Marcos Maynar. Este Maynar fue entre otras hazañas el responsable de velar por la salud del ciclista portugués Bruno Neves, que murió en plena etapa de un paro cardiaco. Con veintiséis años de edad. En Vizcaya no llegó a matar a nadie, pero sí trabajó con el club de remo bilbaíno Urdaibai, montando un festival de la droga incluyendo EPO y enmascarantes. Cuando Maynar empezó a inyectar a los remeros en 2010, Urdaibai pasó de cosechar malos resultados a conquistar la liga y ganar la Bandera de la Concha por primera vez en su historia. Según uno de los remeros de aquel equipo, Maynar preparaba multitud de jeringuillas para cada remero que, junto a una enfermera, administraba después de los entrenamientos y antes y después de cada prueba. El doctor había sido prometido una buena cantidad de dinero si conseguía drogar a los deportistas lo suficiente como para ganar la Concha, y así fue. En 2015 fue mandado a juicio junto a los demás responsables del dopaje planificado, pero fue absuelto a pesar de las numerosas pruebas presentadas, desde sustancias dopantes hasta el testimonio protegido de uno de los remeros. Marcos Maynar no solo no ha sido sancionado si no que sigue vinculado con el deporte, actualmente como médico del club de fútbol Cacereño.

¿Y cómo castiga España a los que usan el deporte para su propio provecho delinquiendo? Cojamos por caso la trama destapada por el periodista Carlos Ribagorda, el cual se infiltró en el equipo paralímpico español de baloncesto que participó en los juegos de Sídney 2000. Ribagorda jugó en el equipo de minusválidos pese a no tener ninguna discapacidad y sin necesidad de pasar un solo control médico. De hecho, solo dos de los doce integrantes del equipo eran discapacitados. Esto no solo se limitó al baloncesto paralímpico, sino que también afectó a otras disciplinas. No es de extrañar que España consiguiera treinta y ocho medallas de oro, más que Estados Unidos. Todo esto fue llevado a cabo bajo el consentimiento y promoción de la Federación Española de Deportes para Discapacitados Intelectuales (FEDDI), cuyo amor por el deporte limpio es mucho menor que el amor por las subvenciones derivadas de los premios y el mamoneo resultante. De entre todos los procesados, solo fue condenado Fernando Martín Vicente, presidente de la FEDDI por entonces, a pagar una miserable multa de cinco mil cuatrocientos euros. Ni una sola persona del equipo de psicólogos o médicos que debían de haber hecho los controles, ni el vicepresidente, ni su delegado ni el director médico de la FEDDI, ni cualquier otro de los que dieron el beneplácito para que semejante cerdada se llevara a cabo, ha sido condenado en modo alguno.

Pero ahí está el cadáver de Alberto León, colgando de su piso en El Escorial, que sirve de testimonio mudo de una realidad que más tarde o más temprano va a tener que salir a la luz pública, a pesar de los amparos jurídico, gubernamental, periodístico y —lo que es peor— deportivo de los que está gozando el dopaje en España.

La prensa ha tratado por todos los medios de echar arena sobre el cadáver de Alberto León. Sirva como ejemplo de la desesperación con que esto se llevó a cabo un artículo en el ABC del 11 de enero de 2011, firmado por José Carlos J. Carabias, en el que el autor se saca varias declaraciones cuanto menos sospechosas, sin citar jamás fuente alguna, como que Jesús era de «temperamento frágil y quebradizo según cuentan las personas que han convivido con él». De las cuales sabemos nada, por supuesto. Culmina su lamentable artículo con un bombazo que «no sorprendió a antiguos conocidos», siendo este que «ya había pensado más de una vez en el suicidio».

— Buenas, Alberto, cuánto tiempo, ¿qué tal todo?

— Pse, tirando, aunque he pensado más de una vez en el suicidio últimamente.

El típico comentario que uno suelta como quien no quiere la cosa. Diálogo de ascensor.

Jesús Manzano fue amenazado de muerte por destapar algo que no era entonces delito. ¿Qué no podría haberse hecho con Alberto León cuando el dopaje sí pasó a ser considerado una actividad delictiva? Un tipo que lo sabe todo de la trama, que tiene mucho que perder pero poco que ganar —y por ciento cincuenta euros semanales dudo que estuviera eternamente agradecido a la organización criminal que lo empleaba—.

Esa es la pregunta que permanece en el aire y que nunca encontrará respuesta. Porque la deslumbrante ilusión importa más que la asquerosa realidad, cuando el éxito de Valverde y la muerte de León no son sino dos caras de la misma moneda, la cara y la cruz de la Operación Puerto.


Cuando Floyd Landis intentó ganar el Tour y acabó perdiéndolo todo

Floyd Landis en el Tour de Francia de 2006. Foto: Colin Edwards (CC)

En la entrevista que mantuvo en 2011 con Paul Kimmage, poco antes de que estallara definitivamente el caso Armstrong tal y como lo conocemos, Floyd Landis aseguraba que solo se vio ganador del Tour de Francia de 2006 cuando habló con su gran rival, Óscar Pereiro, y se aseguró de que no tenía ninguna droga nueva, que los dos llevaban lo mismo. En idénticas condiciones, sabía que los treinta segundos de ventaja del español no le valdrían para nada en la última contrarreloj, en la que Landis estaba llamado a sacarle entre uno y dos minutos.

Por supuesto, Pereiro siempre ha negado esta conversación. El propio Kimmage, un activista de la lucha contra el dopaje desde que se bajó de la bicicleta a principios de los noventa, se sorprendió al oír la respuesta. «You´re kidding me», le soltó a Landis, como si una parte de él estuviera encantado de oír algo así y a la otra le pareciera demasiado bueno como para ser cierto.

A decir verdad, Landis estaba muy enfadado con Pereiro. El estadounidense no tenía problema en reconocerse un tramposo pero llevaba peor que se lo llamaran los demás. Había sido compañero de Pereiro un año en el Phonak, justo cuando salió del US Postal pegando un portazo, y no le consideraba trigo limpio. Siempre según Landis, su excompañero conocía los mismos atajos que él frecuentaba. Hipocresías, las justas.

Puede que fuera por su estricta educación menonita, sus constantes peleas con sus padres en torno al concepto del deber o por sus años obedeciendo con mala conciencia a Lance Armstrong y a Johan Bruyneel, pero el caso es que Landis se había convertido en algo así como un gato enjaulado entre la conciencia de que había hecho lo incorrecto y a la vez la necesidad constante de justificación, consistente en culpar a todos los demás de las mismas faltas.

Considerado un tipo raro dentro del pelotón, Landis había sido de maduración muy tardía: no vio su primera etapa del Tour —según sus palabras— hasta los veinte años, no debutó en el Tour hasta los veintisiete y no logró hacerlo como jefe de filas hasta los treinta. Enfrentado a Armstrong por su sonora salida del US Postal y por extensión enfrentado a la UCI, Landis era un hombre de pocos amigos entre sus compañeros, demasiado preocupados por asuntos que a Floyd le resultaban ajenos.

Todo en él era agonía, un desgarrarse entre lo que él quería ser —ciclista, famoso, ganador, cualquier cosa que le sacara de la mediocridad— y lo que los demás querían que fuera —rebaño—. Cuando se supo que el Tour de 2006, el primero sin Lance Armstrong desde 1998, tampoco iba a contar con Ullrich, Basso o Vinokourov, afectados por la reciente Operación Puerto, muchos vieron en el menonita de Pennsylvania al gran favorito para tomar el relevo del patrón. Sus rivales: Alejandro Valverde, George Hincapie, Cadel Evans, Dennis Menchov y, en un segundo plano, Iban Mayo, Carlos Sastre o los italianos Damiano Cunego y Gilberto Simoni.

Landis ya había ganado aquel año la París-Niza y un par de competiciones menores en Estados Unidos. Conocía el Tour al dedillo por su experiencia en el Postal y había quedado noveno el año anterior, el primero en el que pudo volar libre. Por experiencia y por calidad, nadie podía igualarle. Otra cosa sería la cabeza. Aquel estaba llamado a ser el Tour más igualado y espectacular en muchísimos años.

La escapada que cambió la historia

El ciclismo de principios de siglo se había articulado en torno a unos pocos equipos dominadores: el citado US Postal/Discovery Channel de Armstrong, el Telekom y sus derivados, con Ullrich a la cabeza, la ONCE y sus acepciones posteriores, expresión máxima del trabajo en grupo bajo la dirección de Manolo Saiz, y por último el Banesto o Islas Baleares o Caisse d´Epargne, según Unzúe y Echávarri fueran encontrando uno u otro patrocinador.

De los cuatro, solo este se presentó con sus mejores hombres en la salida de Estrasburgo y, desde los tiempos de Indurain, ya lejanos, no habían tenido que mostrarse realmente vigilantes en carrera, lo que dejaba la duda de quién iba a ser el encargado de controlar las etapas y marcar el ritmo al grupo. Caisse d´Epargne contaba como cabeza de filas con un hombre que acabaría involucrado en la Operación Puerto pero que había pasado indemne el primer filtro: Alejandro Valverde. El murciano, a sus veintiséis años, ya había entrado en la discutible espiral de sacrificar victorias en pruebas de un día para preparar vueltas de tres semanas y el prólogo pareció darle la razón: quedó tercero a pocos segundos de Thor Hushovd, primer líder de la carrera, mientras Landis solo pudo acabar noveno.

Aquello era indicio de que Valverde iba muy bien, como bien iba Hincapie, heredero de las ganancias marginales de Armstrong en el Discovery Channel, y que compartió mejor tiempo con el campeón noruego. De hecho, llegó a vestirse al día siguiente el maillot amarillo. Sin embargo, todo se vino abajo en la tercera etapa: Valverde cayó y se rompió la clavícula, un paso más en su tormentosa y a menudo accidentada relación con el Tour.

La decepción fue absoluta. Eusebio Unzúe no tenía palabras mientras Óscar Pereiro, uno de sus gregarios, afirmaba contundente: «Se nos han roto las ilusiones en el Tour». No le faltaba razón: después de la primera contrarreloj y la primera etapa de montaña en los Pirineos, con llegada a Val D´Arán, Landis se hizo con el liderato, dejando a Menchov y Evans a poco más de un minuto. El gallego, completamente desfondado, caía al cuadragésimo séptimo puesto en la clasificación general a más de veintiocho minutos y medio de su excompañero de equipo… Un margen bien calculado para poder intentar la victoria de etapa en alguna fuga sin llamar demasiado la atención de ningún líder.

Así, en la decimotercera etapa, el gallego consiguió colarse en un numeroso grupo de escapados que fue desgranándose entre puertos y ataques hasta acabar en un dúo junto a Jens Voigt. Hasta aquí, todo normal. Lo verdaderamente extraño fue el comportamiento del pelotón, el desentendimiento total de Phonak ante la amenaza de un hombre que había quedado décimo en la prueba los dos años anteriores, es decir, que tenía piernas y experiencia para aguantar tres semanas con los mejores. La ventaja de los fugados llegó a superar la media hora y se quedó en meta en 29 minutos y 57 segundos. Voigt se llevó la etapa, como era de prever, y Pereiro se vistió de amarillo, dejando la duda de si lograría convertirse en un segundo Roger Walkowiak.

De la nada de La Toussuire al todo de Morzine

Con todo, lo normal era que por mucho que Pereiro luchara, como lucharon en su momento Voeckler y otros tantos líderes inopinados con talento suficiente como para aguantar en la élite varios días, acabara cayendo en Alpe D´Huez dos días más tarde, como acabó sucediendo. En la cima más mítica del Tour, Frank Schleck se imponía a todos sus rivales y Floyd Landis atacaba para conseguir recuperar el liderato por tan solo diez segundos. Menchov y Sastre quedaban ya a más de dos minutos y Evans a casi tres.

Aquella fue una tarde de sensaciones agridulces: por un lado, Pereiro había cedido el maillot amarillo y no cabe duda de que le habría gustado pasar a formar parte de la lista de grandes corredores que salieron líderes de Alpe D´Huez, prácticamente todos ellos campeones días después en París. Sin embargo, su rendimiento había sido formidable: se había mantenido junto al resto de «gallos» y solo la evidente superioridad de Landis le había relegado al segundo puesto. Nada de lo que lamentarse. Si la cosa seguía así en las dos etapas alpinas restantes, el pódium estaba asegurado: Pereiro no solo se defendía en montaña sino que, sin ser un excelente contrarrelojista, tampoco solía venirse abajo en dicha especialidad.

Lo que nadie esperaba era lo que sucedió en La Toussuire, llegada en cima de la decimosexta etapa: tras un devenir más o menos tranquilo, un ataque de Sastre dejó a Landis con unos metros de retraso. Después de siete años viendo como es el maillot amarillo el que dejaba atrás sistemáticamente a sus rivales, la imagen llamaba la atención. No quedó ahí la cosa: Landis estaba en serios apuros. Intentó ponerse de pie en la bici, ajustar la respiración… pero no hubo manera. Los grupos le fueron adelantando mientras él tiraba de riñones para mitigar la desventaja. En un par de kilómetros había cedido ya dos minutos, pero eso no será nada: con Pereiro persiguiendo a Sastre y llevando consigo a Andreas Klöden y Cadel Evans, el menonita acabaría la etapa a más de once minutos del vencedor, el danés Rasmussen y con más de ocho minutos de desventaja sobre sus máximos rivales. En la general, pasaba del primero al undécimo puesto, a 8´08″ de Pereiro.

Como apuntaría el propio Kimmage posteriormente, aquello parecía la señal de que algo había cambiado en el ciclismo… para bien. Que los corredores volvían a ser humanos y no robots de rostro impávido que no fallaban nunca. Nada más lejos de la realidad. Lo que le pasó a Landis ese día nadie lo sabe, pero no duró más de veinticuatro horas. Al día siguiente, al margen de todos los pronósticos, que vaticinaban una lucha sin cuartel entre Pereiro y Sastre, con Klöden y Evans como posibles outsiders, Landis decidió atacar de salida, lleno de rabia. En sus palabras, «con el objetivo de ganar la etapa, nada más, como mucho llegar al pódium».

Para ello, hacían falta dos cosas: una actuación prodigiosa, heroica, que culminara con éxito ciento cuarenta kilómetros de fuga… y la desidia y falta de organización de sus rivales. Curiosamente, se dieron ambas cosas. Landis atacó en Saisies y ni Caisse d´Epargne ni CSC ni Telekom pusieron pega alguna, quizá como homenaje al héroe caído. En lo alto de aquel primer puerto de la jornada la ventaja ya era de tres minutos y medio, que serían casi seis en la cima de Aravis. Por entonces, Landis aún no iba solo sino con cuatro compañeros, el más destacado de todos, Sinkewitz, a la sazón compañero de Klöden en el Telekom, justo el hombre que en principio se jugaba el pódium aquel día.

Por detrás, todos se miraban: al Caisse d´Epargne no le quedaban hombres para controlar la fuga y el CSC se negó a hacerlo, por razones que se escapan al entendimiento. El equipo de Bjarne Riis, de lejos el mejor de aquella edición, solo empezó a tirar tímidamente cuando, en plena Colombière, la diferencia superó los ocho minutos y medio, lo que convertía a Landis de nuevo en líder de la carrera. A la desesperada, ya subiendo la Joux Plane, el último gran puerto del día, Carlos Sastre lanzó un ataque pírrico: ni conseguiría recortar lo suficiente la diferencia a Landis ni aventajaría demasiado a Pereiro en su lucha fratricida.

La hazaña era sospechosa, como todo en el ciclismo moderno, pero mayúscula. Landis no solo ganó la etapa sino que lo hizo con 5´42″ de ventaja sobre el segundo, tras una fuga de ciento cuarenta kilómetros y quedándose a apenas treinta segundos del liderato gracias a las bonificaciones. Con la citada contrarreloj final a dos días, el Tour era suyo… y lo fue, como ya sabemos. Sus padres fueron a verle a París —la segunda vez en toda su carrera que aceptaban dejar su rancho de Lancaster County— y su esposa Ambar lloraba como una niña pequeña.

Del oprobio a la redención

Solo que a los pocos días, el presidente de la UCI salió a los medios con una declaración inquietante: «Solo ha habido un positivo en el Tour de Francia y si se confirma, sería una decepción enorme». Era posible que Pat McQuaid se sintiera decepcionado por el dopaje del trigésimo cuarto clasificado en el Tour, pero todo apuntaba a una decepción aún mayor, a lo grande, es decir, un fraude del ganador.

Así fue. El laboratorio confirmó el positivo por testosterona y todos los sueños de Landis se vinieron abajo. Su primera reacción —como la de todos— fue negarlo. De hecho, no le resultó difícil porque él sigue asegurando a día de hoy que no utilizó testosterona en aquella edición del Tour, aunque sí lo hiciera en otras. Se fue a España, donde mejor se cubren estas cosas, buscó asesoría legal e inició un proceso que le costó un dineral, un divorcio y ser repudiado por sus padres, que ya veían mal lo de competir en bicicleta rodeado de pecados potenciales como para que encima el apellido Landis se vinculara a la trampa y el engaño.

A Landis le cayeron dos años de sanción en los que intentó rehacer su vida sin éxito alguno. El estigma de tipo raro le perseguía y su cadera no le daba para competir profesionalmente. Fue mendigando un equipo profesional pero todas las puertas se le cerraron. Landis fue el hombre elegido por la UCI para mandar un mensaje al mundo y el mundo se dio rápidamente por enterado. Cuando se filtró en 2008 que Bruyneel y Armstrong planeaban montar un nuevo equipo, acudió cual corderito a pedirles trabajo. Le marearon un rato, para divertirse, y al final se lo negaron, en recuerdo de la abrupta forma que tuvo Landis de marcharse del redil en 2004.

Desesperado, Landis decidió contar la verdad. Su verdad y la de su antiguo jefe. La contó en la prensa y la contó en privado, rehaciendo su vínculo con su familia. Nadie le creyó, menos aún teniendo en cuenta que en 2007 había escrito un libro reivindicativo, Positively false, en el que negaba dopaje alguno. Como fichas de dominó, el arrepentimiento desesperado de Landis fue empujando al de otros compañeros de los años locos del US Postal: Hamilton también sacó su libro, un catálogo farmacéutico de primera, y a ellos dos se les fueron uniendo Vaughters, Andreu, Leipheimer y, en el último momento, y bajo orden federal, George Hincapie, el gran lugarteniente y amigo de Armstrong.

Hay que entender aquello como una especie de redención. Las culpas comunes no eximen de las individuales, pero de alguna manera Landis debió de sentirse en paz al ver que todos pagaban, incluso el intocable. Una paz un tanto extraña, en cualquier caso, como todo en el menonita: volviendo a la entrevista con Kimmage, resulta curioso leerle que volvería a hacerlo todo igual, desde el principio, como si el éxito fuera una droga demasiado poderosa como para librarse nunca de sus efectos. Lo único que cambiaría, apuntaba, sería que esta vez no tendría problemas en reconocer su positivo cuando le pillaran.

Claro que, visto lo visto, igual habría que poner esa afirmación entre paréntesis.


«The Program»: el único tipo que no aplaudía

The Program (El ídolo). Imagen: Working Title Films / Vértigo.
The Program (El ídolo). Imagen: Working Title Films.

El periodista David Walsh se equivocó el día que conoció a Lance Armstrong. «¿Le ves futuro en el ciclismo?», le preguntó un colega de profesión. Walsh contestó con uno de esos noes vestidos de punto final.

También se equivocó el médico y preparador Michele Ferrari. «Has nacido para perder» le escupió a Armstrong en uno de sus primeros encuentros.

La medida exacta de ambas equivocaciones ya la conocen: ganó siete Tours de Francia y pedaleó desde la gloria deportiva hasta la celebridad, trascendiendo el deporte como icono de superación. Las recaudaciones de fondos, la lucha contra el cáncer, la consensuada hagiografía del tejano heptacampeón… Pero esto es 2016 y ahora también conocen la trampa: la confesión ante Oprah, la revelación del impostor, el imperio de amenazas y fraude levantados para sostener la mentira amarilla. El cambio de bando de la equivocación.

Walsh y Ferrari tenían razón. El segundo —la historia más conocida— hizo por contradecirse a sí mismo y refutar su premisa, construyendo un vencedor gracias a la química. Fue parte capital en la trama de dopaje, el genio de la EPO, las transfusiones y los millones en Suiza. Ferrari es uno de los vértices de la historia del Armstrong, considerado por USADA como el «inspirador oculto». Walsh es el otro. El tipo que no aplaudía en las ruedas de prensa, una presencia que es sencillo pasar por alto.

Pero sin ninguna de estas dos equivocaciones se explica nada de lo ocurrido durante los trece años en los que el maillot amarillo vistió el torso equivocado.

Esto lo supo el británico Stephen Frears bien pronto. Cuando recibió el proyecto para dirigir un filme sobre la caída en desgracia de Armstrong, al director de La reina o Alta Fidelidad la idea le provocó una infinita pereza. El cineasta no tenía el ciclismo como sujeto cinematográfico, y los Tours no le remitían a nada más que a cabezadas estivales. A ello se sumaba la pegajosa sensación de que todo estaba contado ya. Tras su largamente esperada confesión, el caso Armstrong derivó en una catarata lógica de documentales, literatura y reportajes que desentrañaban los detalles del programa de dopaje más profesionalizado y exitoso —de momento— de la historia del deporte. Un estruendo que acabó mutando en ruido blanco.

Frears cambió de opinión cuando llegó a sus manos Seven Deadly Sins: My Pursuit of Lance Armstrong, el libro de David Walsh. En él, el periodista relata la frenética lucha personal y profesional que duró la larga década en la que Armstrong era un prodigio médico invencible, y él, poco menos que un loco que pretendía empañar sus triunfos. El de Walsh era un nombre desconocido para los neófitos y distinguido solo a medias por el aficionado común. Frears entendió que había que hacer orbitar el relato en torno a estas dos grandes equivocaciones, y puso al frente del guion a John Hodge (Trainspotting) para rodar The Program.

La mentira y la tortura

«Mi resolución para este año nuevo es contarles la historia de un gran tramposo». Así terminaba la última columna que Walsh escribió para The Sunday Times en el año 2000. Aún quedaban doce años para que la estafa de Lance saliera a la luz de los focos. La profética sentencia del periodista resume en cierto modo el leit motiv de la película, con la que es fácil equivocarse también. Porque lo que se antoja como un (otro) biopic sobre Lance Armstrong o una exploración de la mística del embustero, se asemeja más al thriller que indaga en los aspectos más oscuros de la trama en general, sin escarbar en la biografía de Armstrong.

El líder de mirada líquida que interpreta Ben Foster no es un héroe ni un villano, sino un magnífico y narcisista impostor. La cinta arranca con el primer encuentro mantenido con David Walsh (a quien da vida Chris O’Dowd), cuando Armstrong no tenía ninguna posibilidad de rozar el podio del Tour. A partir de ahí reconstruye la historia de ese joven que, frustrado, conduce hasta una farmacia suiza para comprar por primera vez —legalmente y por litros— eritropoyetina. Y entonces empieza la mentira (de Armstrong).

The Program (El ídolo). Imagen: Working Title Films.
The Program (El ídolo). Imagen: Working Title Films.

The Program satisface la curiosidad a las preguntas más superficiales de todo el embrollo. ¿Cómo comienza el tejano a doparse? ¿Antes o después del cáncer? ¿Quién le facilita las sustancias? ¿Cómo es posible que ningún análisis detectase nada? ¿De qué manera se burlaban los controles? ¿Quiénes estaban al tanto del embuste? Pero ni esas, ni el provocativo método de Foster para emular a su personaje —el actor siguió la escuela de interpretación de Viggo Mortensen, y se inyectó EPO para sentir cómo modificaba eso la fortaleza de su pedaleo— son lo verdaderamente relevante. Tampoco el misterio de por qué el Alberto Contador de la película habla con un perfecto acento francés.

La pregunta que palpita durante todo el metraje es mucho más sencilla. ¿De verdad nadie sospechaba nada? ¿Imperó la ley del silencio?

Si le preguntan a David Walsh, responderá que no y que sí, respectivamente. Probablemente él no fue el primero en poner en cuestión de los logros de Armstrong, pero desde luego fue el primero en manifestarlos. Inicialmente, entre los colegas de profesión, a los que alertaba de cómo Lance frenaba en las curvas, escrutando las grabaciones de las carreras en las que nadie parecía ver lo mismo que él: «Así que es intocable porque tuvo un puto cáncer», restalla. Después, a sus propios jefes de The Sunday Times, a quienes presentó los primeros testimonios (los de Betsy Andreu, esposa del ciclista Frankie Andreu o con la masajista Emma O’Reilly) que refrendaban sus sospechas. Porque, con los análisis de sangre y orina contradiciéndole, lo de Walsh solo eran indicios, no pruebas. «Yo soy Lance Armstrong y él es un jodido don nadie» resume Foster en una de las escenas.

Aun así, el periódico permitió al periodista publicar el fruto de sus investigaciones. Y entonces empezó la tortura (de Walsh).

El ciclista demandó a The Sunday Times en 2004 por las informaciones del reportero, en la que se detallaba las visitas al médico Ferrari, ya por entonces relacionado con la administración de EPO. Sus informaciones se sustanciaban en testimonios, pero tanto daba. Walsh perdió y el periódico tuvo que pagar un millón de libras a Armstrong, entre costes del proceso e indemnización. Aquello no satisfizo al campeón. Necesitaba ver caer a quien había osado cuestionar su limpieza, emborronar su gesta.

Walsh se convirtió en una más de las víctimas de Armstrong, a las que acosaba, amedrentaba y amenazaba sin disimulo para que no revelasen la verdadera intrahistoria de jeringuillas y transfusiones. A los del pelotón les mantuvo a raya. También al resto de empleados y colaboradores. Sobornó a competidores. Y con Walsh hizo lo que pudo, que no fue poco. En la película se recrea esa soledad podrida a la que el periodista se vio abocado, después de que el equipo del norteamericano instara al resto de la prensa a marginarlo, so pena de quedar fuera de la cobertura de los Tours. Una de las escenas más impactantes del metraje quizá sea esa en la que Walsh se queda fuera de la comitiva, abandonado por sus propios compañeros en mitad de Francia. Castigado por hacer las preguntas —que ahora sabemos— adecuadas. «¿No te parece raro que nos den la sopa en un abrevadero?», les suplicaba, en vano.

Intentó rendirse, por supuesto. Asistió a decenas de ruedas de prensa de Armstrong, que celebraban los títulos o resoluciones favorables de la USADA, manteniendo el tipo mientras sentía la compasión de todos en la nuca. Los periodistas enrojecían sus manos, aplaudiendo al mito que lideraba la recaudación de fondos para la lucha contra el cáncer. Y Walsh aguantaba, con la mirada al frente y las manos sobre el teclado, quién sabe si masticando aquella frase de Lincoln sobre el engaño colectivo. O repitiéndose en que ninguna omertá ha sido imperecedera.

Pero, ¿qué fue lo más extraño de todo? ¿La perniciosa imagen de salas de periodistas convertidos en forofos? No. Que después de pagar un millón de libras, de escuchar cómo su trabajador era humillado, y de ver reducida su credibilidad, The Sunday Times no aceptó la dimisión de Walsh. Muy al contrario, le conminó a seguir haciendo preguntas durante una década más, con una fe ciega en su instinto.

The Program (El ídolo). Imagen: Working Title Films.
The Program (El ídolo). Imagen: Working Title Films.

Porque de eso, y no de otra cosa, versa The Program. No del ciclismo, no de impostores y tramposos. Ni de vencedores, de maillots o de héroes caídos en desgracia. No de deportistas aupados como héroes morales colectivos. La historia de Armstrong nos provee de muchísimas conclusiones válidas, pero todas confluyen en una: que la manera más fácil de sumarse al pelotón de los cobardes es decir «ya sabes cómo van las cosas» cuando alguien hace notar que algo no encaja.

Stephen Frears comprendió a la perfección que cine y ciclismo comparten algo más que una sílaba inicial. En ambas, se le pedía al espectador una suspensión de la incredulidad. Pensar que lo que estaba viendo era real, que las piernas de Armstrong podían moverse a esas velocidades sin ningún apoyo externo. Que sus gestas eran posibles a pesar de su complicadísimo historial médico. Que Pantani, Ullrich, Virenque o las redadas del Tour de Francia no habían tenido lugar. El aficionado tenía que confiar en que todo lo que contaban de la limpieza del deporte y de los análisis negativos era cierto.

A David Walsh le tocó el papel de recordarle al mundo que en el deporte no deben regir las leyes de la ficción, que todo lo visto en los tiempos gloriosos del estadounidense no era más que un artificio muy lejano a los valores de la competición. Que todo era mentira.

Cuando Lance Armstrong se sentó ante Oprah Winfrey, esta le preguntó explícitamente por Walsh. «¿Se disculpará con él?», le inquirió. El ciclista prometió hacerlo. Dijo que se lo debía y que le llamaría. Por su parte, The Sunday Times recuperó su dinero cuando Armstrong se convirtió en lo que Walsh siempre había sospechado.

La ficción, ahora, es esa llamada de perdón, que David Walsh no ha recibido y dice que tampoco espera. Ahora, es a él a quien aplauden.

Puedes ver el tráiler de The Program aquí.

The Program (El ídolo). Imagen: Working Title Films.
The Program (El ídolo). Imagen: Working Title Films.


Danilo Di Luca o el dopaje después de Lance Armstrong

Foto: Cordon Press.
Foto: Cordon Press.

En el penúltimo capítulo de Bestie da vittoria —la autobiografía del exciclista Danilo di Luca, campeón del Giro de Italia de 2007 entre muchas otras carreras—, Alessandro Spezialetti, su fiel gregario durante años y años, le echa en cara que haya dado positivo por segunda vez en su carrera, condenándole a una sanción de por vida. La conversación va como sigue:

Él me dice: «Qué chorrada». Después, se lanza al ataque: «Según tú, es normal meterte una microdosis (de EPO) a las doce de la noche y abrirles a los del control antidoping a la mañana siguiente… ¿Para qué haces eso?» Se está calentando…

Le contesto: «Si todos beben no puedes no beber porque eres el primero que se muere de sed».

Eso no le para: «No me vengas con tonterías. Sé perfectamente cómo funciona el ambiente. Te estoy preguntando por qué “esa” microdosis». Se levanta y empieza a dar vueltas por la habitación. «Se te habían vuelto a abrir las puertas del mundo, de la vida… Estabas a punto de entrar de nuevo en el World Tour». Parece un animal enjaulado. «Me pongo enfermo cuando lo pienso, no soporto verte fuera de nuestro mundo».

Le interrumpo: «Pero, ¿qué mundo, Spe? ¿Qué mundo? Nuestro ciclismo está muerto y enterrado. Cuando nosotros empezamos, el Giro era humano, los primeros cien kilómetros se hacían a treinta o treinta y cinco por hora y charlábamos, nos reíamos, nos parábamos a tomar un helado, luego íbamos a tope en los últimos ochenta kilómetros y ahí se disputaba la carrera de verdad. Ahora tienes que ir a rastras como un animal durante veinte días, a doscientos cincuenta kilómetros el día. ¿Cómo se hace eso? ¿Cómo se hace sin recurrir a medicamentos?

El libro es interesante a muchos niveles y los repasaremos, pero este diálogo es brutal… porque se produce en 2013. Casi todo lo que habíamos leído antes sobre arrepentidos, condenas, dopajes de equipo, necesidad de «hacer el trabajo» en el sentido más mafioso de la expresión… venía de antes de Armstrong o, como mucho, de la Operación Puerto. Años 2005-2006. De hecho, no hay autobiografía que valga más que la propia investigación de la USADA con sus más de mil páginas de llamadas, cobros, confesiones, etc.

Lo sorprendente del llamado «caso Armstrong» es que se cerrara con su primera retirada en 2005. Nadie quiso investigar qué había pasado después, cuando volvió en 2009 junto a los mismos sospechosos habituales: Bruyneel, José Martí y el añadido de Vinokourov, un hombre con su propio historial de dopaje en el Telekom y en otros equipos. De hecho, Astana fue el equipo en el que Alberto Contador dio positivo en el Tour de 2010 y el que acumuló casos y casos de dopaje en 2014 tras su exhibición en el Tour de Francia que ganó el italiano Vincenzo Nibali.

No solo eso, en el mismo 2013 le hizo una jugosa oferta a Di Luca, ya a los treinta y siete años, para que se uniera al equipo. El positivo paró toda la operación. El otro interesado era el Katusha. Lo mejor de cada casa.

Armstrong y el US Postal hicieron de dique como lo hizo en su momento el escándalo de Festina del Tour de 1998. La promesa de la redención, del deporte nuevo, del deporte limpio. Cuando se habla de dopaje en ciclismo siempre hay dos tótems que no se tocan: uno, ya lo hemos dicho, los años posteriores a la Operación Puerto. El otro, los primeros noventa, los años triunfantes de Miguel Indurain… como si la EPO se hubiera popularizado en 1995 y las autotransfusiones hubieran desaparecido misteriosamente cuando la guardia civil entró en la consulta del doctor Eufemiano Fuentes.

Di Luca nos dice que no. Que al revés. Que su ciclismo —justo el que va entre Indurain y Armstrong, el de las macrodosis de EPO, la hormona de crecimiento, la testosterona, la cocaína, las anfetaminas, incluso la insulina en determinados casos…— era humano y que ya ni con eso se sentía capaz de competir en 2013. Las medias de velocidad, año tras año, le dan la razón. La escasez de controles positivos viene a desmentirle: desde el positivo de Contador en 2010 y su sanción en el Giro de 2011, no ha vuelto a haber un escándalo de grandes proporciones. Ningún ganador de una gran vuelta ha sido desposeído a posteriori de su título e incluso los conspiranoicos han tenido que recurrir al «dopaje mecánico» —los famosos motores ocultos en las bicicletas— ante la falta de novedades en el convencional.

Los riesgos de una muerte prematura

He iniciado el artículo con ese diálogo porque me parece lo más original del libro. Lo que abre una puerta a investigar qué demonios estaban tomando los Di Luca de turno en esos años oscuros del «ciclismo a pan y agua». Vendrán más libros y sabremos más cosas. De momento, lo de siempre, silencio absoluto, y al que diga algo, piedras e indignación.

Sin embargo, el libro es mucho más. Es la historia de un gran campeón que no reniega del dopaje ni en sus primeros años. Normalmente, todos los arrepentidos quieren salvar algo de su carrera, algún triunfo de juventud, algo de lo que se sienten especialmente orgullosos y que prefieren mantener al margen de su historial farmacológico. No así Di Luca. Di Luca no solo está orgulloso de doparse con casi cuarenta años —«era mi trabajo»— sino que reconoce que lo hacía de neoprofesional y que incluso antes de entrar en profesionales ya sabía que había que pasar por eso, y estaba bien dispuesto porque no quería que le ocurriera lo que a otros tantos prodigios juveniles: que de repente el asno de turno se convirtiera en purasangre y le dejara a él atrás.

No, Di Luca habla del dopaje como una parte más de su carrera, inseparable de la misma. Parte todo el rato de la tesis de que «todos los demás lo hacían» aunque es cierto que no da ni un solo nombre ni aporta ninguna prueba. Eso es de chivatos y si no lo hizo ante el CONI cuando se lo pidieron para rebajar la sanción, menos lo va a hacer en un libro de divulgación. Incluso se regodea en su saber casi farmacéutico. Mientras Hamilton o Landis o Gaumont o incluso el tibísimo Millar daban la lista de fármacos como una condena, Di Luca la da como si fuera la lista de la compra, con una naturalidad asombrosa.

Es más, farda de ello ante las autoridades. Se deleita al ver que los expertos se miran con cara de «¿cómo puede saber este tío para qué sirve cada fármaco, cuánto tiempo tarda en eliminarse de la sangre, cuánto de la orina, qué efectos secundarios tiene…?». Tampoco rehuye las consecuencias. Di Luca, como Manzano, intuye que va a morir joven. O que tiene muchas posibilidades. Admite que sin adrenalina no puede vivir, que sin competición no es nadie y que el precio a pagar es ese: una enfermedad degenerativa, un cáncer, un infarto a los cuarenta años (a menudo, desgraciadamente, antes).

Y no solo eso, creo que también por primera vez en este tipo de libros, habla de un tema clave: el efecto que el dopaje tiene en la vida ordinaria de los ciclistas. No solo durante sus años de competición sino después, cuando lo dejan, cuando se convierten definitivamente en muñecos rotos.

Pantani y el Chava Jiménez, ¿la punta del iceberg?

En una reciente entrevista al diario El Mundo, el propio Di Luca afirmaba —y el periodista aprovechó para titular— que «Pantani y el Chava se pasaron con la coca». Sí, eso es obvio. Sobre Pantani se pueden urdir las tramas de conspiración que se quieran, pero sus últimos días de autodestrucción siguen siendo dramáticos. La admiración de Di Luca por «il Pirata» es enorme. «Pantani, con todos dopados, era el número uno; Pantani, con todos limpios, habría sido el número uno también». No es cierto, pero bueno. Cuando lo importante es la farmacia, la diferencia la marca el farmacéutico y no todos pueden tener el mismo.

En cualquier caso, sobre Pantani y el Chava se ha hablado mucho y son dos ejemplos muy potentes pero que ocultan otros casos menos espectaculares: cuando te acostumbras a que una inyección lo solucione todo, a que si estás bajo de forma te puedas meter esta pastilla o esta otra, a atiborrarte de somníferos cuando necesitas dormir pero estás aún bajo los efectos de la cocaína o las anfetas… es casi imposible que no acabes sufriendo algún tipo de adicción.

Di Luca dice que no es su caso. Puede que no lo sea, pero habla desde una proximidad alarmante. Debe de ser el caso, por tanto, de muchos de sus compañeros. Necesitas la competición, necesitas la adrenalina y necesitas las sustancias que te hacen disfrutar de todo eso al máximo. Cuando se acaba la bicicleta, la vida sigue y hay que buscar formas de recuperar las sensaciones perdidas.

La idea del ciclista como un yonqui es injusta, por supuesto. Estoy seguro de que muchos ciclistas compiten limpios —no solo el apestado Christophe Bassons— e incluso los que se dopan no tienen por qué convertirse inmediatamente en unos toxicómanos en su vida diaria. Sin embargo, no deja de ser un problema al que atender. Convendría ver la cantidad de ciclistas que efectivamente han muerto a los cuarenta, a los cincuenta, a los sesenta… Quizá no por consecuencia directa del dopaje sino por los hábitos de vida a los que el dopaje invita.

De ahí la importancia del tema, de ahí que cada seis meses más o menos les vuelva a dar la tabarra con esto de la EPO o la hormona o la autotransfusión: porque no es solo un problema deportivo, es un problema social. Es un problema que hay que investigar, que hay que tratar y que hay que erradicar caiga el ídolo que caiga. Di Luca, en ese sentido, lo tiene claro: «El dopaje acabaría en el momento en el que las farmacéuticas pusieran sustancias detectables en sus productos», es decir, lo que normalmente se llama «trazas».

«Ahora, a veces las ponen y a veces, no, por eso a veces te pillan y otras no y no hay manera de explicárselo». Sí, puede que al final el problema sea ese: no solo la enorme ambición del deportista, no solo la falta absoluta de escrúpulos de los que le rodean —directores técnicos, médicos, cuidadores…— sino de las propias mafias que se encargan de repartir esos productos. Un negocio que nadie tiene interés en poner fin.

A Di Luca le costó como mínimo una carrera y un divorcio. Él tiende a querer dar pena con ese rollo de «nos tratan como a criminales» pero en ningún momento reniega de su condición de criminal, sobre todo en un país como Italia en el que el dopaje, desde principios de siglo, es un delito. Le echa algo de morro, vaya. Habrá quien piense que sí, que tiene razón, que todo el mundo se dopa todo el rato y que si lo hacían en 2013, ahora mucho más. Habrá quien diga que era una oveja negra, que si ganó cosas fue precisamente por ir hasta arriba y que no merece más consideración.

La verdad, probablemente, esté en un punto medio. Lo interesante sería que alguien se pusiera a investigar y a buscarlo.


Pantani, Berzin, Indurain y el Giro de nuestras vidas

Berzin, Pantani, Chiappucci e Indurain. Foto: Cordon Press.
Berzin, Pantani, Chiappucci e Indurain. Foto: Cordon Press.

Si le preguntas a un aficionado medio por los dos Giros que ganó Miguel Indurain en 1992 y 1993, es poco probable que le venga a la cabeza un recuerdo nítido. Quizá el duelo con Chiappucci del primer año, adelantamiento incluido en la última contrarreloj, quizá Bugno vestido de lo que por entonces se denominaba maglia ciclamino y por supuesto el mítico anuncio del compresor con el que nos deleitaba Telecinco en las pausas de publicidad o el «Nessun dorma» con el que TVE iniciaba sus retransmisiones.

Aquellos tres años de Indurain en Italia se suelen asociar con dos nombres: Mortirolo y Pantani, en alusión a la famosa etapa con final en Aprica que presentó en sociedad a «il Elefantino» de Cesenatico. No es mal recuerdo y la épica siempre será la épica, pero aunque se podría conceder que aquella etapa fue decisiva en la derrota de Miguel, no conviene olvidar que, igual que pasa con el gol de Redondo en Old Trafford —que lo metió Raúl— o el de Caminero en el Camp Nou el año del doblete —el balón lo acabó metiendo en la portería Roberto Fresnedoso—, el Giro de Pantani lo acabó ganando un semidesconocido, Eugeni Berzin, un hombre cuya fama duró poco y que representa probablemente lo peor de una época: la de la Gewiss-Ballan del doctor Ferrari.

No es que el ruso fuera un «piernas», precisamente. Con veinte años fue campeón del mundo de persecución en categoría amateur, título que revalidó al año siguiente. Pasó al profesionalismo con veintidós, al Mecair italiano, y demostró ser un buen contrarrelojista con ojo para las carreras de una semana siempre que la cosa no se pusiera demasiado dura. En 1994, ya corriendo con Gewiss en el maillot, Berzin asombró al mundo ganando la Lieja-Bastogne-Lieja, probablemente la clásica más propicia para los escaladores.

Aquello habría resultado sorprendente de no ser por el rendimiento de su equipo hasta ese momento: Giorgio Furlan, un ciclista con un palmarés interesante, ganador de la Flecha Valona y de la Vuelta a Suiza en 1992, además de contar con varias etapas en pruebas importantes, se había convertido de repente en el dominador absoluto del pelotón: ganó la Milán-San Remo sorprendiendo a los esprínteres, se impuso en la Tirreno-Adriático, una prueba generalmente dura, con Berzin de escudero en la segunda plaza, y todavía tendría tiempo de ganar el Criterium Internacional, una competición explosiva que combina en un fin de semana una etapa de fondo, una contrarreloj y un final en alto.

A partir de ese momento de esplendor, prácticamente desapareció hasta finales de año y durante el resto de su carrera apenas conseguiría una victoria más: una etapa en el Tour de Romandía del año siguiente.

Furlan no era el único que «producía» para la Gewiss, cuyo consejero médico, el citado Michele Ferrari, hoy en día sancionado de por vida por ser el gurú detrás de los triunfos de Lance Armstrong y el US Postal, llegó a asegurar que la EPO era «como el zumo de naranja. Solo te sienta mal si lo tomas en exceso». La gran estrella del equipo, o el líder en la sombra al menos, por su experiencia, era Moreno Argentin en su última temporada, un ídolo en Italia por haber sido campeón del mundo en 1986 y haber ganado decenas de clásicas importantes, incluyendo cuatro Liejas , un Lombardía, un Tour de Flandes y tres Flecha-Valonas.

Precisamente su victoria en esta última prueba en el mágico 1994 ha pasado a la historia como uno de los hitos del dopaje de equipo, un dopaje que se demostraría muchos años más tarde, en 1999, al hilo del escándalo Festina del año anterior. No solo ganó Argentin sino que el pódium fue enteramente del color azul cielo de la Gewiss: segundo, Furlan; tercero, Berzin. Ni siquiera hizo falta un esprint, se repartieron los puestos por jerarquía y punto. Hasta ocho italianos se colaron entre los diez primeros clasificados.

Después de esta apoteosis y por si lo contado no fuera suficiente, el desconocido Vladislav Bobrik ganaría Lombardía en octubre y Piotr Ugrumov, otro exsoviético, sería segundo en el Tour tras poner contra las cuerdas a Indurain. Nada, en cualquier caso, comparado con lo que se vivió en el Giro de Italia.

Una semana de exhibiciones constantes

Es tentador comparar el Giro di Italia con la Vuelta a España. Las dos son patitos feos comparados con el cisne del Tour de Francia y se han acostumbrado a vivir en la sombra. Sin embargo, lo que se vive en Italia con el Giro no tiene nada que ver con lo que se vive en España con la Vuelta. Los corredores italianos sueñan con ganar su carrera, una aspiración mucho mayor que la de ganar el Tour. De hecho, desde los triunfos de Felice Gimondi y Gastone Nencini en los años sesenta solo Pantani (1998) y Nibali (2014) han conseguido imponerse en París.

Durante muchos años, ganar el Giro siendo extranjero se podía considerar una heroicidad. Fignon lo sufrió en sus propias carnes en 1984, cuando la organización se valió de todo tipo de triquiñuelas para conseguir que Francesco Moser le levantara el triunfo en la última contrarreloj. También lo sufrió Stephen Roche en 1987, víctima del bullying al que le sometió su propio equipo, el Carrera, y la prensa italiana en favor de su compañero Roberto Visentini.

Desde los tiempos de Eddy Merckx ningún extranjero había conseguido repetir victoria hasta que llegó Indurain y se hizo con las ediciones de 1992 y 1993. No sentó demasiado bien pero el campeón era el campeón y así había que tomárselo. En la edición de 1994 no había un candidato patrio muy claro que oponer a Indurain —Bugno, Chiappucci y Chioccioli habían fracasado tantas veces que poco se esperaba ya de ellos— así que las esperanzas estaban puestas en el poder de Carrera y Gewiss como conjuntos y en el propio recorrido, extremadamente montañoso y con pocas contrarrelojes, es decir, al contrario de cuando era preciso que los citados Visentini y Moser o incluso un rodador puro y duro como Saronni ganaran la ronda.

El navarro llegaba después de cinco grandes vueltas ganadas de manera consecutiva, pero algo tocado de una rodilla y sin apenas resultados a lo largo de la temporada. Su actuación en Romandía había sido nefasta y en el equipo se apresuraron a aclarar que Miguel no había venido a ganar «sino a recuperar sensaciones».

El inicio de Giro de la Gewiss fue, como cabía esperar, fulgurante. En la primera contrarreloj de 7 kilómetros, Berzin consiguió ser segundo, entre De las Cuevas e Indurain. Al día siguiente, Argentin la liaba tras un ataque de Ugrumov y se colocaba líder, con el ruso de segundo clasificado. Tras una jornada de relativa calma, con victoria de Gianni Bugno en un grupo reducido, llegó la esperada etapa de Campitello Matese y ahí no hubo piedad: primero Ugrumov y luego el propio Argentin empezaron a imponer un ritmo en cada pequeña cota que rompió el pelotón en mil unidades.

Justo cuando las fuerzas flaqueaban, Argentin se echó a un lado y atacó como una fiera Berzin. Suya fue la etapa y el liderato. Las diferencias, para ser una etapa de media montaña resultaron enormes: cuarenta y siete segundos a un grupo con Rebellin, Pantani, De las Cuevas, Tonkov, Bugno, Indurain y Hampsten. Llevábamos solo cuatro días en Italia y la Gewiss ya había dado su puñetazo en la mesa ante la total inoperatividad del Banesto, con el típico equipo de circunstancias donde solo Gerard Rué y Montoya parecían salir un poco de la mediocridad.

En fin, la mala noticia era que no había acabado la primera semana y Miguel Indurain ya estaba a 1 minuto 05 segundos de Berzin. La buena era que la Gewiss había dejado de jugar a los cuatro líderes y tras la explosión de Furlan, Ugrumov y Argentin ya solo quedaba uno al que vigilar.

La primera semana acababa con una contrarreloj llana de cuarenta y cuatro kilómetros en Follonica. Antes de empezar el Giro, Indurain ya contaba con llegar algo retrasado a la cita. «Si estoy a unos cuarenta segundos y todo va bien podré aspirar a la maglia rosa», dijo en su momento. Sin embargo, todo fue mal. Desde el principio. A los once kilómetros ya cedía veintisiete segundos con respecto a un Berzin que volaba. A los veintidós, la desventaja se disparaba a 1 min 41 s y a la llegada a meta quedó en 2 min 34 s. La primera vez desde la Vuelta de 1991 en la que Miguel perdía una contrarreloj con algo en juego. De hecho, terminó cuarto, por detrás también de De las Cuevas y Bugno, apenas unos segundos por delante de Ugrumov.

La diferencia en la general era de 3 min 39 s. Tan lejos le veía Berzin que llegó a afirmar que Indurain «no era rival» y que temía más a «De las Cuevas y Bugno». Se dejaba al hombre más importante de aquel Giro.

Y en eso llegó Pantani…

En 1994, Marco Pantani no era nadie. Un gregario de lujo de Claudio Chiappucci con habilidad para la montaña pero poco más. A los veinticuatro años, no había pasado de un cuarto puesto en el Giro del Trentino como mejor clasificación en su palmarés y, después de una pésima contrarreloj, navegaba decimocuarto en la general, a más de siete minutos de Berzin. Peor le iba a su jefe de filas, perdido a casi once minutos del liderato.

Si la Gewiss tenía a Ferrari, el Carrera tenía a Conconi, que era el gran maestro de la medicina deportiva en Italia. Conconi no solo aconsejaba a la gran escuadra italiana de principios de los noventa sino que llegó a experimentar con ellos en la Universidad de Ferrara los métodos de detección de EPO que la UCI le había encargado. La historia de dopaje sistemático del Carrera en aquellos años bien valdría un artículo pero de momento creo que con este enlace les puede valer.

Conconi, por cierto, supervisó a Miguel Indurain en los primeros años de su carrera deportiva. Curiosamente, cuando llegaron los triunfos y Conconi empezó a colaborar más activamente con Banesto, Indurain prefirió desmarcarse y recurrir a médicos españoles, principalmente, como sabemos, a Sabino Padilla.

En cualquier caso, la era Conconi parecía terminar, fulminada por su discípulo Ferrari y sus «zumos de naranja» y del Carrera apenas se sabía nada. Pantani se coló en un par de escapadas, como un buscavidas cualquiera. En la décima etapa se juntó a Pascal Richard, Claudio Chiappucci, Michele Bartoli y otros, pero los Polti de Abdoujaparov les cazaron a poco de llegar a meta. Dos días más tarde, sucedió algo parecido. Seguía decimotercero, a siete minutos y medio de la general, y pocos medios prestaban atención a ese hombrecillo con una alopecia temprana y las orejas de soplillo.

Eso, por supuesto, hasta que llegó su apoteósico fin de semana en los Dolomitas. En la decimotercera etapa, consiguió por fin abrir algo de hueco junto a su inseparable Pascal Richard. Un minuto de ventaja que le colocaba por primera vez entre los diez primeros de la general. Al día siguiente, sábado, se escapó en la ascensión al Monte Giovo, alcanzó al grupo donde tiraba su compañero Chiappucci y en la bajada consiguió cazar y dejar de rueda de nuevo a Richard para conseguir su primera etapa en una gran vuelta, sacar cuarenta segundos a los hombres fuertes y quedarse sexto, aún a  5 min 36 s y con la mirada puesta en la siguiente etapa: la del Mortirolo, con llegada a Aprica.

La etapa que recordará toda una generación

Era domingo y, en París, Sergi Bruguera y Alberto Berasategui se disputaban el título de Roland Garros mientras Arantxa Sánchez-Vicario lograba su segundo entorchado en el cuadro femenino. El patrioterismo deportivo estaba preparado para que Indurain culminara la jornada, con todas las reservas que merecía el caso: Berzin y la Gewiss, sobre todo Argentin, parecían imparables, el navarro tenía que enjugar más de tres minutos… y aún estaban De las Cuevas y Bugno por delante dando guerra.

Parecía imposible pero durante unos minutos se hizo realidad. Solo unos minutos, los que todo el mundo recordaría después durante años y a los que siguió la primera gran «pájara» de Indurain y la consagración de Marco Pantani como el mejor escalador de la década.

En una etapa memorable, los corredores pasaron primero por el Stelvio, con Franco Vona en cabeza, seguido de Nelson «Cacaíto» Rodríguez. Tras el descenso, con los hombres de la Gewiss controlando, llegaba el Mortirolo, casi un desconocido para el aficionado español. Las cuestas eran descomunales y los ciclistas se retorcían, quedándose clavados en sus curvas. Ahí no había margen para el control y Pantani aprovechó para lanzar su primer ataque. Berzin y De las Cuevas le cogieron la rueda y se fueron del pelotón donde Indurain prefería seguir a su ritmo.

Hizo bien el navarro. Nadie sabía por entonces hasta qué punto podía reventarte Pantani cuando intentabas seguirle cuesta arriba. A los pocos metros, explotó De las Cuevas y poco más tarde hacía lo propio Berzin. Era la primera señal de debilidad del líder, un chico de veinticuatro años recién cumplidos, sin experiencia en carreras de tres semanas. Indurain vio que era su momento y subió el ritmo un grado más. Bugno desapareció del mapa, De las Cuevas desapareció del mapa y Berzin aguantó y aguantó… hasta que también tuvo que descolgarse del grupo del navarro, donde solo Ivan Gotti le seguía el ritmo.

En la cima del Mortirolo, Pantani tenía 51 segundos de ventaja sobre Indurain, que a su vez aventajaba en 47 sesgundos a Berzin, sin ningún corredor para ayudarlo. Lo que pasó después forma parte de la historia del ciclismo: el Carrera decidió esperar a Indurain y afrontar en compañía el llano entre puerto y puerto. La ventaja con Berzin no dejaba de subir: un minuto, minuto y medio, dos minutos… El Giro se le iba al ruso, completamente agotado y con la mirada perdida, acompañado de un grupo de corredores —Chiappucci, Belli, Gotti…— que no estaban dispuestos a darle un relevo.

La ventaja llegó a los 2 min 20 s, poco antes de afrontar la última subida: el Valico di Santa Cristina, en principio poco más que un trámite después de lo pasado. Ahora bien, en cuanto empezaron las primeras cuestas, Pantani volvió a ponerse de pie, a bailar sobre la bicicleta y a fijar la mirada adelante, sin concesiones. Indurain y Rodríguez le seguían como podían hasta que dejaron de hacerlo. El navarro había cometido el mismo error que Berzin en el Mortirolo: subestimar el ritmo del Elefantino. Poco a poco fue cediendo metros sin remisión.

Chiappucci saltó del grupo de atrás y adelantó a Miguel. También lo hizo Belli. Cacaíto se les pegó a la rueda mientras el de Banesto seguía con el rictus descompuesto. Esto no lo habíamos visto nunca. Por delante, Pantani volaba y por detrás Berzin se acercaba peligrosamente. En poco más de cinco kilómetros, el de Carrera consiguió meterle casi cuatro minutos a Indurain, que mantenía poco menos de un minuto de ventaja sobre Berzin. De repente, el Giro era cosa de dos y él era el tercero, el que sobraba. En meta, no cambiaron mucho las cosas: Pantani consiguió su segunda victoria consecutiva, con Chiappucci completando el doblete italiano casi tres minutos después. Indurain fue quinto, a 3 min 36 s y Berzin sexto a 4 min 06 s. Conservaba la maglia rosa por poco más de un minuto.

Un relevo sin demasiada continuidad

Obviamente, todo el mundo habló del relevo. La generación del 64, la de Indurain, Bugno, Breukink, etc. daba paso a la del 70, encabezada por Berzin y Pantani, pero con Bartoli, Casagrande o Belli como otros exponentes. El resto del Giro incluía muchas etapas de montaña, pero a Pantani le faltó gasolina. En la decimoctava etapa, una cronoescalada al Passo del Bocco, Berzin volvió a ganar, aunque esta vez Indurain estuvo a mejor nivel que en Follonica y solo perdió veinte segundos. Pantani se fue más lejos, a minuto y medio, y aunque consiguió conservar la segunda plaza, su desventaja con respecto a Berzin volvía a rozar los tres minutos. Todo un mundo.

Lo intentó en los Alpes, por supuesto. En la antepenúltima etapa, se quiso marcar «un Chiappucci», es decir, lanzarse en solitario desde casi la salida y superar a todos los colosos aumentando diferencias, esperando que alguien se viniera abajo. Junto a Hernán Buenahora pasó por el Agnello y llegó a tener dos minutos de diferencia en la base del Izoard, pero aquello, con Argentin tirando del grupo, no iba a ningún lado. En el descenso se dejó coger y ya subió Lauteret con Berzin e Indurain. En la última ascensión a Les Deux Alpes no hubo sorpresas, de hecho fue Indurain el que impuso el ritmo y Pantani, acusando el esfuerzo, a punto estuvo de quedarse rezagado. Al final llegaron con el mismo tiempo.

Berzin tocaba el triunfo con los dedos a falta de una etapa de montaña, la que separaba Les Deux Alpes de Sestrières, el santuario de Chiappucci. Apenas ciento veinte kilómetros. No pasó nada. Los favoritos se limitaron a vigilarse y a quedarse como estaban y ni la nieve ni las dos ascensiones al puerto final cambiaron la clasificación. Berzin estaba exultante y todos se preguntaban hasta dónde llegaría su dominio. Lo de Pantani se veía como poco más que una excentricidad que el tiempo corregiría y sobre Indurain se centraban todas las dudas… «El Tour lo ganará Rominger», dijo Berzin en un ataque de sinceridad, y muchos creyeron que así sería.

Pero no. De todos los miembros de la generación del 70, solo Pantani tuvo continuidad: ese mismo año fue tercero en el Tour, por detrás de Ugrumov… y de Miguel Indurain, ganador por cuarto año consecutivo. De Rominger no se supo nada, retirado casi a las primeras de cambio. En 1995, ganó otras dos etapas en el Tour, aunque no pudo repetir podio y logró la medalla de bronce en el también mítico mundial de Colombia. Tras un 1996 complicado, Pantani resurgió en 1997 ganando dos etapas en el Tour de Francia, donde quedó tercero tras Ullrich y Virenque, incluso optando a clásicas como la Lieja o la Flecha Valona.

Su gran año fue 1998, cuando derrotó in extremis a Tonkov en el Giro y a Ullrich en el Tour para conseguir un doblete histórico. Al año siguiente, cuando estaba a punto de conseguir su segundo Giro consecutivo, la organización le descalificó por superar el 50% de hematocrito en un control previo a la antepenúltima etapa. Últimamente se ha hablado mucho de conspiraciones y de mafias, pero seamos realistas: para pillar a Pantani no hacía falta excavar demasiado. Su relación con las sustancias dopantes y sus flirteos con las drogas recreativas acabaron hundiéndolo en un pozo que acabaría con su suicidio —o su sobredosis, no está claro— el 14 de febrero de 2004.

En cuanto a Berzin, ¿qué quieren que les diga? No tuvo ninguna continuidad. En 1995 y 1996 tuvo sus momentos puntuales, tanto en Giro como en Tour, pero siempre lejos de la victoria. El hombre llamado a dominar el ciclismo mundial, capaz de arrasar en clásicas, vueltas de una semana y grandes vueltas, de repente engordó hasta el punto de que parecía un esprínter más perdido en el grupo del coche escoba. En 2000 intentó participar en el Giro por última vez pero no consiguió pasar ni el primer examen de hematocrito y lo mandaron a casa.

Menos de un año más tarde, cuando ni siquiera había cumplido los treinta y uno, se retiró definitivamente del deporte.


Kenteris, Thanou y el suero del supersoldado

Konstantinos Kenteris ganando la medalla de oro en los Juegos de Sídney 2000. Foto: Corbis
Konstantinos Kenteris ganando la medalla de oro en los Juegos de Sídney 2000. Foto: Corbis

El dopaje, además de una lacra para la imagen del deporte profesional, es una fuente inagotable de diversión y espectáculo. Y no nos referimos a lo que las ayudas químicas suponen para la competición, ya sean musculaturas superlativas o cantidades de glóbulos rojos en sangre medibles en camiones cisterna, sino a las explicaciones de los dopados cuando los pillan con el carrito de los helados, que suenan como si tu pareja intentara elaborar sobre la marcha una excusa cuando vuelve a casa de una cena de empresa y al pasarle la luz negra brilla como un Gusiluz.

La argumentación e inventiva en el deportista de élite es una rara virtud, por lo que cuando se hacen públicas ciertas explicaciones a lesiones confusas, como que se rompió un frasco de perfume y el vidrio seccionó un tendón de la pierna o que se cayó una plancha y la cogió en el aire con las dos manos por la parte que quema, solo queda la sospecha y el escepticismo. Pero en particular, el tema del dopaje es una cosa formidable. Hay varias escuelas distintas (los del «Me han echado droga en el Cola Cao», los del «¡No sabía que contenía productos dopantes!», los del «Somos lo que comemos», etc.), aunque todos comparten una premisa: ¡soy inocente! Hay otro grupo, en los inicios muy aceptado pero hoy en día en vías de extinción, que defiende la técnica ninja: cuando hay que hacer control antidopaje son los que tiran una bomba de humo al suelo y desaparecen. Pero no adelantemos acontecimientos.

Retrocedamos hasta el año 2004. Los Juegos Olímpicos se van a celebrar en Atenas y estaba previsto que la efervescencia local llegara a su punto álgido con el atletismo, donde los griegos contaban con fundadas opciones de medalla en carreras de velocidad: en 200 y 100 metros lisos, en categoría masculina y femenina respectivamente, con Konstantinos Kenteris y Ekaterini Thanou. Recientes adaptaciones al cine de batallas históricas, con profusión de abdominales hipertrofiados en posproducción, pueden llevar a engaño, pero hace siglos que los griegos no son conocidos especialmente por su exuberancia física. Es más, en los últimos años, los mayores portentos del deporte heleno en este aspecto se personifican en los baloncestistas Giannis Antetokounmpo o Sofoklis Schortsanitis, que de oídas parecen pertenecer a familias griegas cuyas raíces se pierden en la historia helenística, pero cuando ves su fotografía te puedes llevar cierto desengaño.

Schortsanitis, apodado Baby Shaq por razones obvias. Foto: Klearchos Kapoutsis (CC)
Schortsanitis, apodado Baby Shaq por razones obvias. Foto: Klearchos Kapoutsis (CC)

Kenteris y Thanou tenían bastante en común: eran griegos, blancos, velocistas con un físico espectacular, compartían entrenador, eran esquivos con la prensa y triunfaban en los campeonatos internacionales donde en las últimas citas se subían al cajón: en el palmarés de Thanou destacaban el oro europeo (en Múnich 2002) y las platas olímpica (en Sídney 2000, aunque volveremos a esto más adelante) y mundial (en Edmonton 2001), mientras que su compatriota había dominado el doble hectómetro siendo campeón olímpico, mundial y europeo en esas mismas citas. Es decir, Kenteris aprovechó el vacío de poder dejado por Michael Johnson tras Atlanta 96 para dominar la distancia. Hablemos de Johnson, «el expreso de Waco», «el chico de las zapatillas de oro»; quien no lo recuerde, era aquel atleta objetivamente paticorto con un tremendo tren superior. Una aparente desventaja genética —tener las piernas cortas en proporción a su cuerpo— resultó una ventaja competitiva porque, según diversos estudios biomecánicos, su centro de gravedad bajo y su zancada corta apoyada en unos glúteos pétreos le permitían trazar con más eficiencia las curvas, de ahí que explotara al máximo su talento en 200 y 400 metros, donde logró récords mundiales. Otro tanto se decía de Michael Phelps, cuyo torso exageradamente grande favorecía su comportamiento hidrodinámico, lo que se tradujo en veintidós medallas olímpicas. O los pies enormes y flexibles, como aletas de buceador, que lucía el nadador australiano Ian Thorpe, otro coleccionista de preseas. Pero ser blanco, en pruebas de velocidad, más que una ventaja competitiva coincidiremos en que es un hándicap. No era algo que se dijera abiertamente en el mundillo o en la prensa puesto que podría sonar racista, pero extrañaba que dos atletas de esta raza procedentes de un país sin tradición velocista asaltaran así, de la noche a la mañana, el podio de las competiciones más prestigiosas. Además, no era frecuente verlos en mítines en el extranjero ya que solían andar desaparecidos realizando intensos y misteriosos entrenamientos en los confines del mundo. Por si fuera poco, su entrenador Jristos Tzekos había tenido problemas por algún asuntillo con productos dopantes. Vamos, que el tema olía bastante mal, si bien todos los controles antidoping a los que se les había sometido habían resultado negativos.

Estábamos en el verano de 2004. A finales de julio, la Asociación Internacional de Federaciones de Atletismo (IAAF) intenta localizar, infructuosamente, a Kenteris y Thanou en Tel Aviv, donde habían comunicado que se encontraban ultimando su preparación para los Juegos. Lo mismo sucede los días 10 y 11 de agosto en Chicago, el nuevo destino en el que supuestamente se hallaban. Un día más tarde los inspectores, cansados de que les dieran plantón, se presentan en la Villa Olímpica. Tampoco les pueden localizar en sus estancias y tienen los móviles apagados. Preguntado por su paradero, Tzekos alega que se habían ido a sus casas de Atenas, a unos cuarenta kilómetros, a por unos efectos personales que habían olvidado. El caso es que, unas horas más tarde, Kenteris y Thanou dan señales de vida en un hospital: están ingresados por las heridas producidas en un accidente de moto a treinta kilómetros de Atenas. El escándalo es mayúsculo.

A las puertas del hospital acampan decenas de periodistas haciendo guardia como cuando un Borbón rompe aguas o la cadera. Para animar la espera, viejos recortes salen a la luz: estas desapariciones del último mes no son hechos aislados. Un año y medio antes ya tuvieron algún problema porque dijeron estar volando de Qatar hacia Creta y de repente, tal vez por un despiste en una escala, Kenteris apareció en Irak alentando a las tropas griegas. Los rumores son incesantes y trasciende que los atletas tienen lesiones que, si bien no son graves, no les van a dejar competir.

Pasados varios días del accidente, en una comparecencia pública, Kenteris y Thanou anuncian oficialmente que no van a participar en los Juegos. El primero hace una declaración vagamente institucional: «Por sentido de la responsabilidad e interés nacional, me retiro de los Juegos Olímpicos. Insisto en que soy inocente: no fui informado de que tenía que pasar un test antidoping». Además, incide en que había «pasado más de treinta controles en los últimos cuatro años sin problemas». Hay quien lo vio como una maniobra desesperada por escurrir el bulto: al entregar sus acreditaciones el Comité Olímpico Internacional (COI) técnicamente no podía echarles mano. Pero sí el IAAF, quien a instancias del COI tomó cartas en el asunto. Y aquí comenzó una larga lucha judicial, tanto a nivel penal como deportivo.

Acreditaciones olímpicas de Tzekos, Thanou y Kenteris, Thanou. Foto: Corbis
Acreditaciones olímpicas de Tzekos, Thanou y Kenteris.
Foto: Corbis

Entre tanto, los Juegos dan comienzo tras encenderse el pebetero, aunque no es Kenteris el último relevista tal y como se rumoreaba: obviamente, no estaba el horno para bollos (curiosamente, Thanou había portado la antorcha en su llegada a Atenas desde Olimpia y había encendido el fuego ceremonial previo al recorrido mundial de la llama). Los aficionados griegos, que tenían al velocista por un semidiós, no encajan bien su ausencia, de hecho muchos creen que todo se trata de un complot, y lo vitorean mientras abuchean a los finalistas de los 200 metros lisos.

Nos vemos en los juzgados

A medida que se van desarrollando los diversos procesos judiciales se van conociendo más detalles. Según la versión de la defensa, los atletas no fueron informados del control que tenían que pasar en la Villa Olímpica y continuaron con sus recados. Cuando al fin se enteraron de que los estaban buscando, les entró el pánico por su posible eliminación de los Juegos y volvieron los dos en moto a toda pastilla creyéndose la reencarnación de Sete Gibernau (uno de los pilotos más carismáticos del momento). Y vaya si lo clavaron: tuvieron un accidente. A pesar de sus heridas, en el hospital se mostraron en todo momento con voluntad de colaborar e incluso de pasar allí el test que, como todos los que habían hecho hasta ahora, resultaría negativo pues ellos estaban limpios.

Por su parte, la versión de la acusación era bien distinta: contaban con el testimonio de uno de los representantes de la delegación griega, Manolis Kolimpadis, quien declaró que habló con Kenteris y Thanou un par de horas antes de que llegara el requerimiento oficial del test de antidopaje y los notó atemorizados y «temblorosos como palomas». Momentos después desaparecieron de la Villa Olímpica. Además, no se encontraron testigos viables que presenciaran el supuesto accidente (con una moto que curiosamente pertenecía a Tzekos), el cual, por cierto, era complejo de explicar basándose únicamente en el sentido común: la motocicleta presentaba daños en el lado izquierdo mientras que los atletas sufrieron heridas en su lado derecho. En cuanto a su ofrecimiento de facilitar muestras de sangre y orina en el hospital, este fue desechado por el COI porque aquel era un entorno donde se podía enmascarar fácilmente un positivo. Por si fuera poco, en los registros que se realizaron en algunos almacenes de Tzekos durante la investigación, se encontraron más de seiscientas cajas de productos farmacológicos con efedrina, una sustancia dopante. En fin, el mejor resumen de esta historia rocambolesca lo leí hace años en un extinto foro de internet, donde se realizó un certero análisis resumido en una frase: puto descojono la fuga del Kenteris.

En diciembre de 2004, la IAAF decide suspender provisionalmente durante dos años a los atletas mientras se finaliza el proceso que está llevando la Federación Griega de Atletismo (SEGAS) contra Kenteris y Thanou por haber eludido varios controles antidopaje en la antesala de los Juegos de Atenas. En marzo de 2005 salta la sorpresa: la SEGAS declara inocentes a los velocistas, si bien condena a cuatro años de inhabilitación a Tzekos por distribuir sustancias prohibidas. La IAAF, simple y llanamente, flipa pepinillos con esta sentencia y pone el caso en manos del Tribunal de Arbitraje Deportivo (TAS, por sus siglas en francés), manteniéndoles, eso sí, la suspensión de dos años. En junio de 2006, para llegar a un acuerdo con la IAAF, Kenteris y Thanou reconocieron haber evitado deliberadamente los controles citados de Tel Aviv, Chicago y Atenas. Así, el TAS finalizó el procedimiento, se evitaron más investigaciones (seguramente no les convendría rebuscar en la basura) y los atletas podrían volver a competir a finales de diciembre de 2006.

Pero en Grecia tenían abiertos sendos procesos penales desde noviembre de 2004 por el paripé del presunto falso accidente. Tras multitud de vistas y aplazamientos, en ¡mayo de 2011! se les condenó a treinta y un meses de cárcel (se enfrentaban a una pena de cinco años). Los atletas apelaron y en septiembre del mismo año ¡fueron exculpados de fingir el accidente! Como para no apelar. Tzekos, no obstante, fue condenado a un año de cárcel aunque quedó libre bajo fianza.

Hay un par de notas a pie de página, en paralelo a la causa principal, que son despachadas discretamente: la vinculación de Kenteris y Thanou con el mastodóntico caso BALCO (tal vez el mayor escándalo de dopaje destapado hasta el momento) y la financiación estatal del programa químico de Tzekos. En la primera de ellas, salieron a la luz varios correos electrónicos entre Victor Conte, fundador de los laboratorios BALCO, y el entrenador Ken McDaniel, donde se menciona a Kenteris y Thanou como consumidores de sus productos. Los velocistas griegos fueron exculpados por falta de pruebas. En cuanto a la implicación del Gobierno griego en la formación de superatletas mediante las ayudas farmacológicas de Tzekos, se produjo un mínimo revuelo, unas tibias amenazas de quitar la inmunidad a exministros o diputados para investigar a fondo y, al final, como todos esperábamos, quedó en nada.

Thanou, en segundo plano, entra a meta tras Marion Jones en los Juegos de Sídney 2000. Foto: Corbis
Thanou, en segundo plano, entra a meta tras Marion Jones en los Juegos de Sídney 2000. Foto: Corbis

Mientras se dilucidaba este culebrón, otro llegó a su fin: en 2007 Marion Jones confesó su dopaje sistemático y le fueron retiradas sus medallas… sí, incluso la de oro en 100 metros lisos de los Juegos de Sídney. ¿Recuerdan quién quedó en segunda posición? Exacto, Thanou, quien no tardó en pedir que, como en el resto de pruebas, la expulsión de Jones le otorgara el oro. El COI ni olvida ni perdona y los 100 metros de Sídney fueron la única prueba del caso Jones en la que dejaron el oro sin asignar. Por si este agravio fuera poco, Thanou volvió a competir tras la sanción (Kenteris se quedó en un discreto segundo plano) y consiguió la marca mínima para los Juegos de Pekín, pero no fue admitida por el COI por «conducta impropia o por causar descrédito a la competición olímpica» con su performance con motocicleta de cuatro años atrás.

Para finalizar, evitaré el obvio paralelismo entre Tzekos y Eufemiano Fuentes y sus ayudas médicas (la hemeroteca es cruel) para incidir en otro más vistoso: Kenteris y Thanou eran oficiales del ejército griego (marina y aviación, respectivamente). Hay un personaje de cómic que también pertenecía al ejército y al suministrarle el suero de supersoldado se transformó en un prodigio físico. Es raro que nadie haya apodado sarcásticamente Capitán y Capitana Grecia a Kenteris y Thanou.


El sorprendente caso de Quimera

Quimera de Arezzo. Fotografía: Alex Berger (CC).
Quimera de Arezzo. Fotografía: Alex Berger (CC).

En la mitología griega, quimera (Χίμαιρα) significa «animal fabuloso» y era un ser feroz que vagaba por las regiones de Asia Menor aterrorizando a las gentes y devorando sus rebaños. Era un monstruo híbrido del que hay descripciones diferentes, la más común dice que tenía la cabeza de un león, el cuerpo de una cabra y la cola de serpiente o de dragón. A veces tenía también alas o escupía fuego por la boca pero siempre era un mal fario y, si no fuera suficiente con los estragos que causaba por su cuenta, solía ser avistada antes de naufragios, tormentas y erupciones volcánicas. Afortunadamente, el héroe Belerofonte montado en Pegaso acabó con ella metiéndole una flecha con plomo por la garganta que, al derretirse por su fuego bucal, obstruyó sus vías respiratorias y la asfixió.

Lydia Fairchild aprendió sobre las quimeras muy a su pesar. Esta mujer estaba embarazada de su tercer hijo cuando ella y su marido, Jamie Townsend, se separaron. Cuando ella le reclamó una pensión alimenticia en 2002 para sus hijos, Townsend pidió una prueba de ADN que demostrara que era el padre. Los resultados de los test confirmaron que sin duda él era el padre de los dos muchachos, pero indicaban también algo sorprendente: que ella no era la madre. Inmediatamente el juez tomó cartas en el asunto y acusó a la Sra. Fairchild de buscar beneficios usando a los hijos de otra persona o de participar en un engaño usando falsos embarazos o madres de alquiler. Aunque las historias clínicas de sus visitas al hospital recogían las revisiones ginecológicas durante los embarazos, no fueron tenidas en cuenta. La fiscalía pidió que la custodia de sus dos hijos mayores pasase a los servicios sociales y el juez ordenó que un testigo independiente estuviera presente cuando diera a luz al tercer niño y cogiera en ese momento muestras de sangre del bebé y de la madre. Dos semanas después del parto los test de ADN indicaban algo aún más sorprendente: que tampoco era la madre de ese niño al que había dado a luz bajo vigilancia judicial.

En 1998, Karen Keegan, una mujer de cincuenta y dos años, fue a ver a su médico, la Dra. Margot Kruskall, con su vida patas arriba. Necesitaba un trasplante de riñón y sus familiares más cercanos se habían hecho pruebas para ver si había algún donante compatible. Los test de ADN mostraban que su marido era sin duda el padre de sus tres hijos pero ella no era la madre de dos de ellos. Las primeras posibilidades pensadas fueron un error en los test, que rápidamente fueron repetidos y los resultados confirmados, o algo aún más aterrador cuando tus hijos son mayores: que fueron cambiados en el hospital por el hijo de otra mujer. Sin embargo, la probabilidad de que eso sucediera dos veces en la misma familia parecía ínfima. Pero es que además los muchachos eran hijos de su marido, con lo que ya la pobre mujer no sabía qué pensar. Los médicos examinaron otros tejidos, incluyendo folículos pilosos, células epiteliales del interior de la boca e incluso analizaron muestras archivadas de pequeñas operaciones quirúrgicas anteriores pero nada parecía encajar. Kruskall envió los datos a varios colegas y las explicaciones planteadas fueron pintorescas: uno propuso que Keegan había tenido un tratamiento de fertilidad a escondidas con una donante de óvulos; otro proponía que ella y su marido habían pactado con una hermana de ella que tuviera hijos con esperma de él y ahora les hacían pasar por suyos. El matrimonio negaba con rotundidad todas estas conspiraciones y los médicos, que conocían bien a la paciente, no creían en esas explicaciones retorcidas, pero había un problema básico, el ADN de ella no encajaba con el ADN de sus dos hijos.

Finalmente, los médicos encontraron la explicación: Karen Keegan era un quimera. En biología, una quimera es un organismo que presenta células procedentes de dos o más zigotos; es también por tanto una mezcla, un ser híbrido procedente de al menos dos seres. Una quimera es el resultado normal de una transfusión de sangre o de un trasplante de órgano, pero también puede producirse de forma congénita, por ejemplo por la fertilización de dos óvulos por dos espermatozoides y la agregación de los dos cuando son zigotos o blastocistos. El resultado es un organismo aparentemente normal pero constituido por células mezcladas que varían en su genética, una mezcla. Las quimeras parecen ser especialmente abundantes en los tratamientos contra la infertilidad.

En la mayoría de los casos, una persona quimérica puede vivir toda la vida sin saberlo ya que las diferencias pueden ser muy sutiles —ojos de diferente tono o tener más vello en un lado del cuerpo que en otro—, o ni siquiera eso y no mostrarían ninguna diferencia observable. No obstante, si los dos zigotos son de diferentes sexos y las proporciones entre las dos líneas se mantienen equilibradas, cosa que muchas veces no es así, pueden producirse anomalías en los órganos sexuales o cambios en la pigmentación de la piel.

ADN. Fotografía: MIKI Yoshihito (CC).
ADN. Fotografía: MIKI Yoshihito (CC).

En el caso de Keegan parte de sus células tenían unos genes y otras tenían otros. Todas sus células sanguíneas eran de la misma línea celular pero en otros tejidos había dos líneas mezcladas. La explicación es que en realidad su cuerpo era un híbrido de dos hermanas gemelas, concebidas simultáneamente pero que se habían fusionado muy pronto en el útero y se habían desarrollado y crecido como un solo organismo.

Uno de los miembros de la fiscalía en el juicio de Lydia Fairchild se enteró del caso de Keegan y se lo comunicó al abogado defensor de esta. Inmediatamente invitaron a los investigadores de Boston a que estudiaran su caso y tras las pruebas necesarias y los análisis de ADN vieron que esa era también la explicación, ella era también una quimera. Fairchild era la madre pero sus hijos provenían de óvulos de uno de los gemelos iniciales y su sangre o el epitelio bucal, lo que usaban para el análisis genético, del otro, y por eso no coincidían. Aquello fue un golpe al uso jurídico de las técnicas de ADN que se consideraban de una fiabilidad del 100% y son de amplio uso en los juzgados. «¡El ADN no miente!». De hecho, rompía con uno de los principios milenarios del derecho romano, «Mater semper certa est» («la madre siempre es segura»), algo que las técnicas de fertilización ya habían complicado pues ahora podía una mujer ser la donante del óvulo, otra la propietaria del útero donde se había desarrollado y una tercera la que había planificado y pagado todos los procedimientos y era la destinataria final del niño.

Lo más llamativo es que el quimerismo podría ser muy abundante, aunque no lo sepamos. Las quimeras al parecer no son raras sino que raramente se descubren.  Sin contar con que la gran mayoría o quizá todos llevamos mezclada entre las nuestras alguna célula de nuestra madre, se calcula que una de cada ocho concepciones son gemelares, dos espermatozoides se fusionan con dos óvulos, pero el número de gemelos que nacen es mucho menor por lo que mucha gente llevaría incorporado a su gemelo en las células de su cuerpo sin tener ni idea. Además, la proporción de las células en el organismo adulto no tiene por qué ser 50%-50%, sino que en muchos casos una de las dos líneas domina sobre la otra. Un estudio holandés decidió hacer una prueba sencilla: buscar células masculinas fáciles de identificar por la presencia del cromosoma Y— en el organismo de mujeres que no hubiesen tenido un trasplante. Los resultados fueron sorprendentemente altos: en veintitrés mujeres estudiadas se encontraron células masculinas quiméricas en los riñones de trece, en los hígados de diez y en los corazones de cuatro.

No sabemos qué hacen estas células, pero aun así es un tema importante. El quimerismo podría ser un factor a considerar en las transfusiones de sangre o en los trasplantes para evitar riesgos. Es posible que en algunos momentos pueda ser la causa de las enfermedades autoinmunes, cuando el cuerpo ataca a parte de sus células como si fueran extrañas, o que pueda ser un factor que determine el éxito o el rechazo de un trasplante. También puede causar problemas al fusionarse dos programas celulares diferentes en un organismo único y podría estar implicada en algunas asimetrías cerebrales, defectos en el tubo neural, defectos congénitos de corazón o en los paladares hendidos. Otra hipótesis planteada es que las células madre fetales presentes en la médula ósea podrían servir como una reserva a largo plazo de células jóvenes, útiles para reparar órganos dañados e incluso ser la explicación a una de esas incógnitas importantes que no hemos conseguido desvelar: ¿por qué las mujeres viven más que los hombres?

El quimerismo ha llegado a las dos grandes pasiones de las últimas décadas: la televisión y el deporte. En CSI hay un episodio donde Grissom y sus chicos consiguen en el último momento evitar que un violador escape impune cuando se dan cuenta de que es una quimera y que por eso no encaja el ADN de su boca con el del semen encontrado en la víctima. En House, un muchacho que cree haber sido abducido por extraterrestres tiene que enfrentase a algo más mundano y realista: es una quimera con distintas líneas celulares en su organismo. El quimerismo aparece en novelas, películas, series de manga e incluso en juegos para ordenador.

Tyler Hamilton en el Tour de Francia de 2003. Fotografía: Corbis.
Tyler Hamilton en el Tour de Francia de 2003. Fotografía: Corbis.

Con respecto al deporte, en un control antidopaje fuera de temporada se encontró que Tyler Hamilton, un ciclista norteamericano que había ganado la medalla de oro olímpica en la contrarreloj individual en Atenas 2004 y compañero de Lance Armstrong durante los Tours de 1999, 2000 y 2001, presentaba pruebas de transfusión sanguínea, un método básico de aumentar el transporte de oxígeno y que está prohibido por la legislación deportiva. Desgraciadamente, la muestra sanguínea de reserva había sido congelada por la oficina antidopaje griega, por lo que ya no era fiable, y el Comité Olímpico Internacional le permitió quedarse la medalla a pesar de las protestas de los rusos de que la medalla correspondía al medalla de plata Viatcheslav Ekimov. Sin embargo, Hamilton corrió la Vuelta a España de 2004 y los laboratorios antidopaje detectaron de nuevo poblaciones mezcladas en su sangre, y la agencia antidopaje americana le acusó de juego sucio. Hamilton se defendió diciendo que era una quimera, pero encargaron un estudio a Ross Brown, un científico australiano que analizó las muestras del ciclista concluyendo que no era cierto: si fuera una quimera no tendría sentido que Hamilton mostrase unas veces células mezcladas y otras no. Las células transfundidas desaparecen al cabo de un tiempo, por lo que todo encajaba con haber hecho trampas. Los jueces del tribunal antidopaje le condenaron, en una votación 2:1, con una prohibición para correr durante dos años, la máxima condena para un primer positivo. Mientras los científicos discutían las posibilidades de un quimerismo, con algún investigador de su parte, y sugerían que habría que analizar a su madre y a otros familiares, El País publicó que Hamilton había pagado a Eufemiano Fuentes por las transfusiones de sangre según se desvelaba en la Operación Puerto. En 2009 Hamilton volvió a dar positivo, en este caso por esteroides, y fue condenado a ocho años de suspensión, lo que fue la fea manera de terminar su carrera. En 2012 publicó un libro titulado The Secret Race donde admitía que él era el cliente 4142 en los documentos de Fuentes, lo que fue la palada de tierra final en la tumba de su supuesto quimerismo.

Para leer más:

Ainsworth C. (2003) «The Stranger Within». New Scientist 180 (2421): 34-37.

K. Koopmans M., Kremer Hovinga I. C., Baelde H. J., Fernandes R. J., de Heer E., Bruijn J. A., Bajema I. M. (2005) «Chimerism in kidneys, livers and hearts of normal women: implications for transplantation studies». Am J Transplant 5: 1495–1502.

Wolinsky H (2007) «A mythical beast. Increased attention highlights the hidden wonders of chimeras». EMBO Rep 8(3): 212–214.


El dopaje en el tenis, más allá de Sharapova y las insinuaciones sobre Nadal

Maria Sharapova. Foto: Cordon Press.
Maria Sharapova. Foto: Cordon Press.

Para quien no lo conozca, Paul Kimmage es un exciclista irlandés de finales de los ochenta, reconvertido al periodismo desde el mismo día en que colgó la bicicleta. Como corredor no destacó demasiado, más allá de hacer de gregario puntual para su compatriota Stephen Roche. Como periodista ha dedicado su vida a la lucha contra el dopaje, con las consecuencias que eso suele conllevar: incomprensión, insultos, demandas y la condición de paria durante muchos años, prácticamente hasta que Lance Armstrong se vio obligado a reconocer la estructura de dopaje masivo del US Postal, exonerando así a los Walsh, Kimmage y compañía que llevaban años denunciando sus mentiras.

Aparte, Kimmage escribió, nada más retirarse, un libro llamado Rough ride, que se puede considerar el pionero a la hora de hablar desde dentro de asuntos de dopaje. No era gran cosa. Visto veinticinco años después, es difícil comprender cómo pudo causar tanto escándalo en su momento. Por supuesto, se habla de anfetaminas, de cocaína, de dopaje de primera y de segunda… Pero al lado del libro de Tyler Hamilton, por ejemplo, aquello se queda en nada.

En ocasiones Kimmage exagera, es poco riguroso. Él parte de la premisa de que el éxito en el deporte profesional solo se puede conseguir recurriendo a sustancias prohibidas y siguiendo su lógica prácticamente todo el mundo es culpable o cuando menos encubridor. Es una mentalidad peligrosa, por supuesto. Yo mismo estoy dispuesto a admitir que la gran mayoría de mis ídolos se han dopado o se dopan, pero tengo cuidado de reconocer que no sé exactamente quién sí y quién no, que no es poca cosa.

Sin embargo, su temeridad le convierte en una buena punta de lanza para quienes quieran seguir investigando más tarde. Por ejemplo, aprovechando el positivo de Maria Sharapova curiosamente anunciado por la tenista antes que por el órgano sancionador— Kimmage ha aprovechado para rescatar en el diario irlandés The Independent una conversación que tuvo con Andre Agassi con motivo de la promoción de su autobiografía Open, esa en la que confiesa que dio positivo por cristal, que efectivamente lo había consumido poco antes de una competición y que la ATP no solo decidió no sancionarle al entender que no lo había hecho para aumentar su rendimiento, sino que decidió ocultar el caso hasta que el propio Agassi lo hiciera público.

Es una entrevista fascinante, porque Agassi tuvo el valor de escribir lo que ninguna estrella escribiría sobre sí mismo y Kimmage está dispuesto a cualquier cosa menos a dejarlo ahí y darle una palmadita en la espalda. En cuanto al uso «recreativo» de determinadas drogas, el periodista lo deja claro: «Yo he tomado anfetaminas para competir y créeme que mi rendimiento mejoraba mucho». Agassi esquiva esa bola con un razonamiento algo débil, que vendría a decir: «En el tenis, un deporte de resistencia, pero también de concentración, este tipo de drogas acaban perjudicando tu juego mucho más que beneficiándolo». Es una excusa que en fútbol también se utiliza a menudo.

La cosa no queda ahí: Kimmage no tiene problemas en preguntarle por su relación con el preparador físico de Las Vegas, Gil Reyes, y por el tratamiento físico al que se sometió a partir de su crisis de 1997. ¿Seguro que no hubo dopaje? ¿Recurres a «los mejores médicos y los mejores tratamientos» y ninguno te recomienda EPO o autotransfusiones o nada de lo que se está haciendo en otros deportes? La respuesta de Agassi, por supuesto, es no, y para un ciclista es difícil de creer, claro… Pero puede ser verdad, al menos en el caso de Agassi, concedámosle el beneficio de la duda.

Y es que el problema en el deporte profesional, y desde luego en el tenis, es precisamente la duda. El hecho de que nadie haga nada por atender los rumores, investigar en serio y separar la paja del trigo. Algo parecido a lo que tampoco está sucediendo con los casos de amaños de partidos. El artículo de Kimmage, dentro de su teatralidad habitual pero probablemente necesaria, se titula «El tenis podría darle lecciones de omertà a la mafia», y en buena parte tiene razón: nadie sabe nada, nadie ha visto nada, de vez en cuando algunos piden más controles y otros dicen que ya está bien, que así es imposible poder concentrarse en los entrenamientos.

Y, sin embargo, el sentido común, y determinados hechos, nos invitan a pensar que algo hay aunque no sepamos el qué.

El peligroso ridículo de Roselyne Bachelot

Roselyne Bachelot. Foto: Cordon Press.
Roselyne Bachelot. Foto: Cordon Press.

Ese «dar palos de ciego» es lo que ha llevado a la exministra de deporte francesa, Roselyne Bachelot, a cometer un error imperdonable, acusando sin pruebas al tenista español Rafa Nadal. Les aviso de antemano de que yo soy muy poco patriotero y que, insisto, observo la limpieza del deporte profesional en todos los sentidos desde una tremenda suspicacia. Por supuesto, ya había oído las declaraciones de Yannick Noah en 2011, cuando su hijo perdió el Eurobasket contra Gasol y compañía, había leído las de Köllerer y sobre todo la famosa entrevista con Christophe Rochus en la que decía claramente que la lesión de Nadal de 2012 había sido una sanción encubierta.

Ahora bien, aquello no dejaba de ser un rumor sin base alguna. ¿La ATP «recomienda» a jugadores que se retiren unos meses de la competición mientras se estudia un caso suyo de posible dopaje? Sí, lo hace, incluso con jugadores top y lo comprobaremos más tarde cuando afrontemos el «caso Cilic» en Wimbledon 2013. ¿Quiere decir eso que cualquier lesión, especialmente cualquier lesión larga, es tapadera de un caso de dopaje? Eso es ridículo. En ese caso, Juan Martín del Potro debe de ser el deportista más dopado del mundo, porque lleva cinco años sin levantar cabeza. Y así, tantos ejemplos que vienen a la memoria.

El problema es, ya digo, el silencio. Este modo de actuar que hace que cualquiera esté al amparo de los «rumores» sin más información que el «quelqu´un m´a dit», por decirlo a la francesa. Nadal va a querellarse contra Bachelot, o así lo ha manifestado públicamente en Indian Wells, y hace bien: así podremos saber en sede judicial de dónde salen esas insinuaciones y qué base tienen si es que tienen alguna.

Otra cosa es seguir negando la mayor: en una entrevista publicada en estas mismas páginas, Toni Nadal, tío y entrenador de Rafa, se mostraba convencido de que en el tenis apenas había dopaje, y comparaba su deporte con el ciclismo, donde los casos abundaban. Eso fue un golpe bajo innecesario. Si en el ciclismo se destapan constantemente casos de dopaje es porque se lo toman en serio. Sí, a la fuerza ahorcan, pero no se puede negar que es el deporte con mayor vigilancia sobre sus profesionales, tanto por parte de las autoridades como de la prensa.

Al tenis, en cambio, lo controlan pocos, y parece muy complicado que, compartiendo en ocasiones incluso los mismos médicos y sabiendo que las sustancias están ahí, a menudo indetectables, absolutamente nadie las utilice. Cuando Kimmage le pregunta eso a Agassi en la citada entrevista, Agassi se limita a apelar al honor: «Nunca se me ocurriría porque aunque no me pillaran sería hacer trampas». Eso lo hemos oído demasiadas veces en demasiadas bocas corruptas, así que mejor vayamos a los datos, a la lógica. Si hay una sustancia nueva, mejora tu rendimiento, es indetectable en un control antidopaje o directamente no está en la lista porque las autoridades ni la conocen, como es el caso del meldonio que Maria Sharapova llevaba diez años tomando, es muy probable que alguien la tome. Si son cinco, diez, cincuenta o cien, y cuáles son sus nombres y apellidos es lo que no lo sabemos. Bueno es que se sepa cuanto antes y no nos basemos en supuestos códigos de honor.

Porque lo triste es que hay casos de sobra como para tomarse la cuestión en serio. Muy en serio. Y siguen sin hacerlo. Solo las manos a la cabeza cuando algún caso se confirma o la indignación —comprensible cuando se da un nombre al azar.

Del escándalo de del Moral al cuarto secreto de Serena Williams

Mis problemas con el tenis profesional vienen de lejos, pero se han incentivado en los últimos años con la proliferación de casos digamos que extraños y que la prensa ha dejado pasar de largo. Es un clásico de la industria del deporte: los órganos reguladores a menudo son federaciones u organizaciones que se lucran con la presencia de las grandes estrellas, con lo que serían los primeros perjudicados en caso de que estas estrellas tuvieran que apartarse meses o años de la competición. Lo mismo pasa con los periodistas. Los hay que se matan por averiguar la verdad y los hay que, una vez han conseguido elevar a la categoría de ídolo a alguien, probablemente haciéndose su amigo en el camino, tienen muy complicado ponerse ahora a investigar lados oscuros.

Aparte, no olvidemos: o tienes los cabos muy atados o te expones a una demanda millonaria, como le pasó a David Walsh con Lance Armstrong. Tuvo que pagarla en su momento por su libro L. A. Confidential y a su vez el texano se la tuvo que devolver cuando admitió que todo lo que se contaba en ese libro y que Walsh no había podido demostrar ante el juez era verdad.

Vamos, en cualquier caso, con algunas de estas situaciones anómalas y que cada uno las juzgue como estime oportuno, más que nada para que nadie piense que todo esto del dopaje en el tenis empezó en enero de 2016 cuando a Sharapova se le olvidó leer su correspondencia un email, según ella; cinco, según la ITF y la AMA sino que viene de bastante atrás.

1) En su autobiografía, Tyler Hamilton definía al doctor Luis García del Moral como la clase de médico que entra en una habitación y antes de que te des cuenta tienes una aguja puesta en el brazo. En la investigación posterior de la USADA se señala a del Moral como pieza clave de la «mayor trama de dopaje de la historia» y se le sanciona de por vida, sanción que ha hecho extensiva la AMA. El propio Toni Nadal, en la citada entrevista con Jot Down, afirmaba que Lance Armstrong era un tramposo y «que lo sabíamos todos».

Del Moral era el médico de Armstrong, o lo fue en el período 1999-2003 al menos. Bien, ¿qué hizo exactamente del Moral como encargado médico de la academia TennisVal durante el período de 2006 a 2012?, ¿cuáles eran sus tratamientos médicos?, ¿aparte de Sara Errani, sorprendente finalista de Roland Garros que siempre dijo de él que «era el mejor médico deportivo que conocía», qué otros jugadores colaboraron con él?, ¿hay investigaciones llevándose a cabo para verificar que esos jugadores no han estado sometidos a tratamientos irregulares como sí lo estuvieron los clientes ciclistas de del Moral?

2) ¿Cuál es exactamente la «ayuda sustancial» que dio Wayne Odesnik a la ATP y la ITF que justificó en su momento la reducción de su sanción de dos años a uno? Hay que recordar que la sanción a Odesnik no era exactamente por dopaje sino por tráfico de sustancias dopantes: el amigo se presentó en el Open de Australia de 2010 con un cargamento de hormona del crecimiento que hacía complicado pensar que se tratara de dosis para él solo. ¿Quiénes eran, pues, sus clientes? ¿Es esa la información que dio a las autoridades y por la cual logró competir de nuevo durante cinco años hasta que en marzo de 2015 diera de nuevo positivo y fuera sancionado con quince años de inactividad? ¿Por qué el jugador siempre ha negado haber colaborado con nadie y menos en ese sentido?

3) Odesnik aparece también en los papeles de la investigación que la Agencia Federal llevó a cabo en Miami y determinados gimnasios de Florida entre 2010 y 2014 con la intención de acabar con el tráfico de esteroides, anabolizantes, hormona del crecimiento y otras sustancias dopantes relacionadas especialmente con el béisbol. La investigación estuvo a punto de llevarse por delante la carrera de Alex Rodríguez, entre otros, una de las más grandes estrellas de los New York Yankees y del deporte. ¿Sabía algo la ATP de lo que estaba pasando en Miami, del papel de Odesnik en todo eso y por qué determinados deportistas trasladaron su lugar de entrenamiento a esa ciudad con éxito inmediato?

4) El torneo de Wimbledon de 2013 fue de los más raros que se recuerdan: de hecho, fue el que más retiradas tuvo en toda la historia, al menos desde que existe la Era Open (1968). A las pocas semanas, supimos que uno de los retirados por lesión, Marin Cilic, uno de los cabezas de serie en el torneo, no estaba lesionado sino que se le había recomendado apartarse por tener un asunto de dopaje pendiente desde el torneo de Munich en abril. Cilic estuvo en el limbo jurídico durante dos meses más, hasta que en septiembre de ese mismo año se decretó una sanción de nueve meses, que después el TAS redujo a cuatro, permitiendo al croata volver antes al circuito, recuperar puntos y un año después ganar el US Open. Ahora bien, la duda sigue: ¿por qué permitió la organización de Wimbledon que Cilic enmascarara su positivo con una supuesta lesión?

5) El de Cilic no es el único caso de sanción encubierta que pasa por lesión mientras vemos qué hacemos contigo. Ya hemos mencionado el caso de Agassi, y aunque ahí puedo creer que su intención no era doparse para mejorar rendimiento, desde luego es un indicio de cómo se toma la ATP la lucha contra el dopaje, de manera casi tan seria como cuando Richard Gasquet dio positivo por cocaína y la excusa «es que besé a una chica que había esnifado coca poco antes» se dio por buena. El caso se convirtió en una sucesión de pruebas y contrapruebas y al final, el TAS consideró que no había indicios suficientes para pensar que había tratado de mejorar su rendimiento. Gasquet mencionó un supuesto estudio de ADN que confirmaba que su organismo estaba limpio de cocaína: ahora bien, la cocaína de alguna manera tuvo que entrar en su organismo por mucho que luego desapareciera.

Cuando Kimmage pregunta a Agassi por este caso, el estadounidense, con algunas evasivas, viene a afirmar que a Gasquet se le dejó pasar ese positivo porque estaba en un mal momento y lo mejor era ayudarle a salir adelante. Otro caso menos conocido pero igual de escandaloso es el de Fernando Romboli, jugador que dio positivo en verano de 2012, se retiró de las canchas durante varios meses y solo en mayo de 2013, la ATP informó de que esa retirada se debía a una sanción por dopaje (furosemida) que el jugador había aceptado voluntariamente mientras se incoaba el expediente. Como la sanción era de ocho meses y medio, se le consideraba ya apto para competir de nuevo.

6) Viktor Troicki, jugador irregular pero que llegó a estar en el Top 20 y fue campeón de la Copa Davis con Serbia junto a Novak Djokovic, fue sancionado con dieciocho meses que luego se redujeron también a un año por negarse a dar una muestra de sangre en un control durante el torneo de Montecarlo en abril de 2013. Negarse a dar una muestra de sangre es motivo de sanción según el Código Antidopaje de la AMA, pero el propio Djokovic salió a defender a su amigo, como Nadal hiciera en su momento con Gasquet.

El problema de nuevo es que Troicki no es el primero en negarse a pasar un control antidopaje: en octubre de 2011, la tenista Serena Williams hizo algo parecido cuando unos inspectores se plantaron en su casa. La reacción de la estadounidense fue encerrarse en la llamada panic room y llamar a la policía, como si fueran ladrones que venían a asaltarla. A lo que se ve, no debe de ser fácil distinguir a un médico acreditado que hace su trabajo de un ladrón. Serena Williams escapó sin sanción. ¿Por qué se tratan los dos casos de distinta manera?, ¿a qué se debe el escaso número de análisis de sangre fuera de competición cuando sabemos por otros deportes que los tramposos suelen utilizar los períodos de entrenamiento para doparse más que las propias competiciones?, ¿es verdad, como dijo entonces Novak Djokovic, que el número uno del mundo llevaba meses sin pasar un análisis de sangre fuera de competición?, ¿cuáles son los criterios para estos análisis?

7) Entre 2001 y 2005, hasta cinco tenistas argentinos —Juan Ignacio Chela, Guillermo Coria, Martín Rodríguez, Mariano Puerta (dos veces) y Mariano Hood— dieron positivo, por estimulantes, nandrolona o esteroides, aunque sus sanciones, excepto en el caso de Puerta por reincidencia, fueron testimoniales y en el caso de Rodríguez no pasó de una multa. La tendencia a principios del siglo a usar esteroides y derivados, como se puede ver en el caso Odesnik, parece fuera de toda duda. No parece que la ITF ni la ATP se lo hayan tomado demasiado en serio ni hayan establecido un posible patrón de dopaje colectivo. Después de volver de su sanción, tanto Coria como Puerta fueron finalistas de Roland Garros. De hecho, a este último le detectaron su segundo positivo en la final de 2005 ante Rafa Nadal.

8) Por último, la ATP anunció la implantación del pasaporte biológico para la temporada 2013. Es una medida que yo creo que ha funcionado bastante bien en ciclismo. No es una panacea, no elimina a los tramposos, es fácilmente alterable por buenos médicos… Pero supone una importante criba. Lo que no sabemos seguro es si está funcionando de hecho o no. Las noticias son confusas. Algunos medios dicen que se empezó el mismo 2013, otros que a partir de septiembre de 2014 y desde entonces apenas hay referencia alguna al proyecto. Todos queremos suponer que, efectivamente, se está haciendo el seguimiento debido para configurar dicho pasaporte y que la ausencia de novedades se debe simplemente a que, para establecer patrones y alteraciones, hace falta esperar al menos unos años.

Serena Williams. Foto: Cordon Press.
Serena Williams. Foto: Cordon Press.

Sin paja, no hay trigo

Algo parecido a lo que hace Kimmage en el ciclismo y allí donde tiene oportunidad lo intenta hacer el administrador de la página Tennis Has a Steroid Problem, conocido en Twitter como @Tehaspe. Lo que pasa es que, partiendo de una misma base —el famoso «todos se dopan», no se preocupa demasiado en investigar antes de acusar. Quizá porque no puede o quizá porque prefiere limitarse a levantar sospechas para que otros lo hagan, de momento sin éxito alguno.

Es un ejemplo de lo que no se debe hacer desde el anonimato y que ya es directamente intolerable cuando eres exministra de deportes. Con todo, en un mundo que, como dice Kimmage, ha hecho del silencio en torno al dopaje y los amaños un modo de vida, no viene mal que de vez en cuando alguien dé el aviso. La sombra del meldonium se ha extendido por el circuito e igual que hace un par de meses todo el mundo era sospechoso de haber amañado un partido, ahora llueven los nombres de posibles consumidores.

No sería tan grave si dejaron de tomarlo antes de enero de 2016, cuando pasó a ser una sustancia dopante, pero obviamente el caso de Sharapova deja dudas: si el medicamento era tan bueno y facilitaba tanto la recuperación, ¿es posible que solo una tenista lo supiera y el resto no? En los últimos años hemos asistido a una longevidad sin precedentes entre los mejores jugadores del circuito. Puede ser talento, falta de competencia de las generaciones posteriores o simplemente una cuestión farmacéutica, que, insisto, no tiene por qué ser ilegal.

En cualquier caso, haría bien el mundo del tenis en tomárselo en serio y para tomarse las cosas en serio conviene no distraer la atención, es decir, no lanzar acusaciones sin fundamento y enredarse en el «te denuncio o no te denuncio», «es una ofensa o no es una ofensa». Trabajar duro para acabar o al menos mitigar la lacra y conocer exactamente el alcance del problema. Aquí están algunas de las pistas a seguir para entender el problema. No hace falta dar nombres y apellidos porque si de verdad es algo estructural los nombres y apellidos son lo de menos.

Confiemos en que no lo sea. La gente necesita héroes y tiene un aguante muy limitado para las decepciones. En un momento en el que se supone que el tenis vive una época de esplendor, con Djokovic, Federer, Nadal y Murray compitiendo al más alto nivel desde hace ya casi diez años, lo cierto es que este tipo de revelaciones no dejan el deporte en buen lugar. Eso puede parecer algo horrible pero en realidad es una noticia excelente porque detectar el mal es un paso irrenunciable si uno quiere apartarlo del cesto.

Otra cosa es que quieran. Sinceramente, eso es algo que solo descubriremos con el tiempo.