Danilo Di Luca o el dopaje después de Lance Armstrong

Foto: Cordon Press.
Foto: Cordon Press.

En el penúltimo capítulo de Bestie da vittoria —la autobiografía del exciclista Danilo di Luca, campeón del Giro de Italia de 2007 entre muchas otras carreras—, Alessandro Spezialetti, su fiel gregario durante años y años, le echa en cara que haya dado positivo por segunda vez en su carrera, condenándole a una sanción de por vida. La conversación va como sigue:

Él me dice: «Qué chorrada». Después, se lanza al ataque: «Según tú, es normal meterte una microdosis (de EPO) a las doce de la noche y abrirles a los del control antidoping a la mañana siguiente… ¿Para qué haces eso?» Se está calentando…

Le contesto: «Si todos beben no puedes no beber porque eres el primero que se muere de sed».

Eso no le para: «No me vengas con tonterías. Sé perfectamente cómo funciona el ambiente. Te estoy preguntando por qué “esa” microdosis». Se levanta y empieza a dar vueltas por la habitación. «Se te habían vuelto a abrir las puertas del mundo, de la vida… Estabas a punto de entrar de nuevo en el World Tour». Parece un animal enjaulado. «Me pongo enfermo cuando lo pienso, no soporto verte fuera de nuestro mundo».

Le interrumpo: «Pero, ¿qué mundo, Spe? ¿Qué mundo? Nuestro ciclismo está muerto y enterrado. Cuando nosotros empezamos, el Giro era humano, los primeros cien kilómetros se hacían a treinta o treinta y cinco por hora y charlábamos, nos reíamos, nos parábamos a tomar un helado, luego íbamos a tope en los últimos ochenta kilómetros y ahí se disputaba la carrera de verdad. Ahora tienes que ir a rastras como un animal durante veinte días, a doscientos cincuenta kilómetros el día. ¿Cómo se hace eso? ¿Cómo se hace sin recurrir a medicamentos?

El libro es interesante a muchos niveles y los repasaremos, pero este diálogo es brutal… porque se produce en 2013. Casi todo lo que habíamos leído antes sobre arrepentidos, condenas, dopajes de equipo, necesidad de «hacer el trabajo» en el sentido más mafioso de la expresión… venía de antes de Armstrong o, como mucho, de la Operación Puerto. Años 2005-2006. De hecho, no hay autobiografía que valga más que la propia investigación de la USADA con sus más de mil páginas de llamadas, cobros, confesiones, etc.

Lo sorprendente del llamado «caso Armstrong» es que se cerrara con su primera retirada en 2005. Nadie quiso investigar qué había pasado después, cuando volvió en 2009 junto a los mismos sospechosos habituales: Bruyneel, José Martí y el añadido de Vinokourov, un hombre con su propio historial de dopaje en el Telekom y en otros equipos. De hecho, Astana fue el equipo en el que Alberto Contador dio positivo en el Tour de 2010 y el que acumuló casos y casos de dopaje en 2014 tras su exhibición en el Tour de Francia que ganó el italiano Vincenzo Nibali.

No solo eso, en el mismo 2013 le hizo una jugosa oferta a Di Luca, ya a los treinta y siete años, para que se uniera al equipo. El positivo paró toda la operación. El otro interesado era el Katusha. Lo mejor de cada casa.

Armstrong y el US Postal hicieron de dique como lo hizo en su momento el escándalo de Festina del Tour de 1998. La promesa de la redención, del deporte nuevo, del deporte limpio. Cuando se habla de dopaje en ciclismo siempre hay dos tótems que no se tocan: uno, ya lo hemos dicho, los años posteriores a la Operación Puerto. El otro, los primeros noventa, los años triunfantes de Miguel Indurain… como si la EPO se hubiera popularizado en 1995 y las autotransfusiones hubieran desaparecido misteriosamente cuando la guardia civil entró en la consulta del doctor Eufemiano Fuentes.

Di Luca nos dice que no. Que al revés. Que su ciclismo —justo el que va entre Indurain y Armstrong, el de las macrodosis de EPO, la hormona de crecimiento, la testosterona, la cocaína, las anfetaminas, incluso la insulina en determinados casos…— era humano y que ya ni con eso se sentía capaz de competir en 2013. Las medias de velocidad, año tras año, le dan la razón. La escasez de controles positivos viene a desmentirle: desde el positivo de Contador en 2010 y su sanción en el Giro de 2011, no ha vuelto a haber un escándalo de grandes proporciones. Ningún ganador de una gran vuelta ha sido desposeído a posteriori de su título e incluso los conspiranoicos han tenido que recurrir al «dopaje mecánico» —los famosos motores ocultos en las bicicletas— ante la falta de novedades en el convencional.

Los riesgos de una muerte prematura

He iniciado el artículo con ese diálogo porque me parece lo más original del libro. Lo que abre una puerta a investigar qué demonios estaban tomando los Di Luca de turno en esos años oscuros del «ciclismo a pan y agua». Vendrán más libros y sabremos más cosas. De momento, lo de siempre, silencio absoluto, y al que diga algo, piedras e indignación.

Sin embargo, el libro es mucho más. Es la historia de un gran campeón que no reniega del dopaje ni en sus primeros años. Normalmente, todos los arrepentidos quieren salvar algo de su carrera, algún triunfo de juventud, algo de lo que se sienten especialmente orgullosos y que prefieren mantener al margen de su historial farmacológico. No así Di Luca. Di Luca no solo está orgulloso de doparse con casi cuarenta años —«era mi trabajo»— sino que reconoce que lo hacía de neoprofesional y que incluso antes de entrar en profesionales ya sabía que había que pasar por eso, y estaba bien dispuesto porque no quería que le ocurriera lo que a otros tantos prodigios juveniles: que de repente el asno de turno se convirtiera en purasangre y le dejara a él atrás.

No, Di Luca habla del dopaje como una parte más de su carrera, inseparable de la misma. Parte todo el rato de la tesis de que «todos los demás lo hacían» aunque es cierto que no da ni un solo nombre ni aporta ninguna prueba. Eso es de chivatos y si no lo hizo ante el CONI cuando se lo pidieron para rebajar la sanción, menos lo va a hacer en un libro de divulgación. Incluso se regodea en su saber casi farmacéutico. Mientras Hamilton o Landis o Gaumont o incluso el tibísimo Millar daban la lista de fármacos como una condena, Di Luca la da como si fuera la lista de la compra, con una naturalidad asombrosa.

Es más, farda de ello ante las autoridades. Se deleita al ver que los expertos se miran con cara de «¿cómo puede saber este tío para qué sirve cada fármaco, cuánto tiempo tarda en eliminarse de la sangre, cuánto de la orina, qué efectos secundarios tiene…?». Tampoco rehuye las consecuencias. Di Luca, como Manzano, intuye que va a morir joven. O que tiene muchas posibilidades. Admite que sin adrenalina no puede vivir, que sin competición no es nadie y que el precio a pagar es ese: una enfermedad degenerativa, un cáncer, un infarto a los cuarenta años (a menudo, desgraciadamente, antes).

Y no solo eso, creo que también por primera vez en este tipo de libros, habla de un tema clave: el efecto que el dopaje tiene en la vida ordinaria de los ciclistas. No solo durante sus años de competición sino después, cuando lo dejan, cuando se convierten definitivamente en muñecos rotos.

Pantani y el Chava Jiménez, ¿la punta del iceberg?

En una reciente entrevista al diario El Mundo, el propio Di Luca afirmaba —y el periodista aprovechó para titular— que «Pantani y el Chava se pasaron con la coca». Sí, eso es obvio. Sobre Pantani se pueden urdir las tramas de conspiración que se quieran, pero sus últimos días de autodestrucción siguen siendo dramáticos. La admiración de Di Luca por «il Pirata» es enorme. «Pantani, con todos dopados, era el número uno; Pantani, con todos limpios, habría sido el número uno también». No es cierto, pero bueno. Cuando lo importante es la farmacia, la diferencia la marca el farmacéutico y no todos pueden tener el mismo.

En cualquier caso, sobre Pantani y el Chava se ha hablado mucho y son dos ejemplos muy potentes pero que ocultan otros casos menos espectaculares: cuando te acostumbras a que una inyección lo solucione todo, a que si estás bajo de forma te puedas meter esta pastilla o esta otra, a atiborrarte de somníferos cuando necesitas dormir pero estás aún bajo los efectos de la cocaína o las anfetas… es casi imposible que no acabes sufriendo algún tipo de adicción.

Di Luca dice que no es su caso. Puede que no lo sea, pero habla desde una proximidad alarmante. Debe de ser el caso, por tanto, de muchos de sus compañeros. Necesitas la competición, necesitas la adrenalina y necesitas las sustancias que te hacen disfrutar de todo eso al máximo. Cuando se acaba la bicicleta, la vida sigue y hay que buscar formas de recuperar las sensaciones perdidas.

La idea del ciclista como un yonqui es injusta, por supuesto. Estoy seguro de que muchos ciclistas compiten limpios —no solo el apestado Christophe Bassons— e incluso los que se dopan no tienen por qué convertirse inmediatamente en unos toxicómanos en su vida diaria. Sin embargo, no deja de ser un problema al que atender. Convendría ver la cantidad de ciclistas que efectivamente han muerto a los cuarenta, a los cincuenta, a los sesenta… Quizá no por consecuencia directa del dopaje sino por los hábitos de vida a los que el dopaje invita.

De ahí la importancia del tema, de ahí que cada seis meses más o menos les vuelva a dar la tabarra con esto de la EPO o la hormona o la autotransfusión: porque no es solo un problema deportivo, es un problema social. Es un problema que hay que investigar, que hay que tratar y que hay que erradicar caiga el ídolo que caiga. Di Luca, en ese sentido, lo tiene claro: «El dopaje acabaría en el momento en el que las farmacéuticas pusieran sustancias detectables en sus productos», es decir, lo que normalmente se llama «trazas».

«Ahora, a veces las ponen y a veces, no, por eso a veces te pillan y otras no y no hay manera de explicárselo». Sí, puede que al final el problema sea ese: no solo la enorme ambición del deportista, no solo la falta absoluta de escrúpulos de los que le rodean —directores técnicos, médicos, cuidadores…— sino de las propias mafias que se encargan de repartir esos productos. Un negocio que nadie tiene interés en poner fin.

A Di Luca le costó como mínimo una carrera y un divorcio. Él tiende a querer dar pena con ese rollo de «nos tratan como a criminales» pero en ningún momento reniega de su condición de criminal, sobre todo en un país como Italia en el que el dopaje, desde principios de siglo, es un delito. Le echa algo de morro, vaya. Habrá quien piense que sí, que tiene razón, que todo el mundo se dopa todo el rato y que si lo hacían en 2013, ahora mucho más. Habrá quien diga que era una oveja negra, que si ganó cosas fue precisamente por ir hasta arriba y que no merece más consideración.

La verdad, probablemente, esté en un punto medio. Lo interesante sería que alguien se pusiera a investigar y a buscarlo.


El dopaje en el tenis, más allá de Sharapova y las insinuaciones sobre Nadal

Maria Sharapova. Foto: Cordon Press.
Maria Sharapova. Foto: Cordon Press.

Para quien no lo conozca, Paul Kimmage es un exciclista irlandés de finales de los ochenta, reconvertido al periodismo desde el mismo día en que colgó la bicicleta. Como corredor no destacó demasiado, más allá de hacer de gregario puntual para su compatriota Stephen Roche. Como periodista ha dedicado su vida a la lucha contra el dopaje, con las consecuencias que eso suele conllevar: incomprensión, insultos, demandas y la condición de paria durante muchos años, prácticamente hasta que Lance Armstrong se vio obligado a reconocer la estructura de dopaje masivo del US Postal, exonerando así a los Walsh, Kimmage y compañía que llevaban años denunciando sus mentiras.

Aparte, Kimmage escribió, nada más retirarse, un libro llamado Rough ride, que se puede considerar el pionero a la hora de hablar desde dentro de asuntos de dopaje. No era gran cosa. Visto veinticinco años después, es difícil comprender cómo pudo causar tanto escándalo en su momento. Por supuesto, se habla de anfetaminas, de cocaína, de dopaje de primera y de segunda… Pero al lado del libro de Tyler Hamilton, por ejemplo, aquello se queda en nada.

En ocasiones Kimmage exagera, es poco riguroso. Él parte de la premisa de que el éxito en el deporte profesional solo se puede conseguir recurriendo a sustancias prohibidas y siguiendo su lógica prácticamente todo el mundo es culpable o cuando menos encubridor. Es una mentalidad peligrosa, por supuesto. Yo mismo estoy dispuesto a admitir que la gran mayoría de mis ídolos se han dopado o se dopan, pero tengo cuidado de reconocer que no sé exactamente quién sí y quién no, que no es poca cosa.

Sin embargo, su temeridad le convierte en una buena punta de lanza para quienes quieran seguir investigando más tarde. Por ejemplo, aprovechando el positivo de Maria Sharapova curiosamente anunciado por la tenista antes que por el órgano sancionador— Kimmage ha aprovechado para rescatar en el diario irlandés The Independent una conversación que tuvo con Andre Agassi con motivo de la promoción de su autobiografía Open, esa en la que confiesa que dio positivo por cristal, que efectivamente lo había consumido poco antes de una competición y que la ATP no solo decidió no sancionarle al entender que no lo había hecho para aumentar su rendimiento, sino que decidió ocultar el caso hasta que el propio Agassi lo hiciera público.

Es una entrevista fascinante, porque Agassi tuvo el valor de escribir lo que ninguna estrella escribiría sobre sí mismo y Kimmage está dispuesto a cualquier cosa menos a dejarlo ahí y darle una palmadita en la espalda. En cuanto al uso «recreativo» de determinadas drogas, el periodista lo deja claro: «Yo he tomado anfetaminas para competir y créeme que mi rendimiento mejoraba mucho». Agassi esquiva esa bola con un razonamiento algo débil, que vendría a decir: «En el tenis, un deporte de resistencia, pero también de concentración, este tipo de drogas acaban perjudicando tu juego mucho más que beneficiándolo». Es una excusa que en fútbol también se utiliza a menudo.

La cosa no queda ahí: Kimmage no tiene problemas en preguntarle por su relación con el preparador físico de Las Vegas, Gil Reyes, y por el tratamiento físico al que se sometió a partir de su crisis de 1997. ¿Seguro que no hubo dopaje? ¿Recurres a «los mejores médicos y los mejores tratamientos» y ninguno te recomienda EPO o autotransfusiones o nada de lo que se está haciendo en otros deportes? La respuesta de Agassi, por supuesto, es no, y para un ciclista es difícil de creer, claro… Pero puede ser verdad, al menos en el caso de Agassi, concedámosle el beneficio de la duda.

Y es que el problema en el deporte profesional, y desde luego en el tenis, es precisamente la duda. El hecho de que nadie haga nada por atender los rumores, investigar en serio y separar la paja del trigo. Algo parecido a lo que tampoco está sucediendo con los casos de amaños de partidos. El artículo de Kimmage, dentro de su teatralidad habitual pero probablemente necesaria, se titula «El tenis podría darle lecciones de omertà a la mafia», y en buena parte tiene razón: nadie sabe nada, nadie ha visto nada, de vez en cuando algunos piden más controles y otros dicen que ya está bien, que así es imposible poder concentrarse en los entrenamientos.

Y, sin embargo, el sentido común, y determinados hechos, nos invitan a pensar que algo hay aunque no sepamos el qué.

El peligroso ridículo de Roselyne Bachelot

Roselyne Bachelot. Foto: Cordon Press.
Roselyne Bachelot. Foto: Cordon Press.

Ese «dar palos de ciego» es lo que ha llevado a la exministra de deporte francesa, Roselyne Bachelot, a cometer un error imperdonable, acusando sin pruebas al tenista español Rafa Nadal. Les aviso de antemano de que yo soy muy poco patriotero y que, insisto, observo la limpieza del deporte profesional en todos los sentidos desde una tremenda suspicacia. Por supuesto, ya había oído las declaraciones de Yannick Noah en 2011, cuando su hijo perdió el Eurobasket contra Gasol y compañía, había leído las de Köllerer y sobre todo la famosa entrevista con Christophe Rochus en la que decía claramente que la lesión de Nadal de 2012 había sido una sanción encubierta.

Ahora bien, aquello no dejaba de ser un rumor sin base alguna. ¿La ATP «recomienda» a jugadores que se retiren unos meses de la competición mientras se estudia un caso suyo de posible dopaje? Sí, lo hace, incluso con jugadores top y lo comprobaremos más tarde cuando afrontemos el «caso Cilic» en Wimbledon 2013. ¿Quiere decir eso que cualquier lesión, especialmente cualquier lesión larga, es tapadera de un caso de dopaje? Eso es ridículo. En ese caso, Juan Martín del Potro debe de ser el deportista más dopado del mundo, porque lleva cinco años sin levantar cabeza. Y así, tantos ejemplos que vienen a la memoria.

El problema es, ya digo, el silencio. Este modo de actuar que hace que cualquiera esté al amparo de los «rumores» sin más información que el «quelqu´un m´a dit», por decirlo a la francesa. Nadal va a querellarse contra Bachelot, o así lo ha manifestado públicamente en Indian Wells, y hace bien: así podremos saber en sede judicial de dónde salen esas insinuaciones y qué base tienen si es que tienen alguna.

Otra cosa es seguir negando la mayor: en una entrevista publicada en estas mismas páginas, Toni Nadal, tío y entrenador de Rafa, se mostraba convencido de que en el tenis apenas había dopaje, y comparaba su deporte con el ciclismo, donde los casos abundaban. Eso fue un golpe bajo innecesario. Si en el ciclismo se destapan constantemente casos de dopaje es porque se lo toman en serio. Sí, a la fuerza ahorcan, pero no se puede negar que es el deporte con mayor vigilancia sobre sus profesionales, tanto por parte de las autoridades como de la prensa.

Al tenis, en cambio, lo controlan pocos, y parece muy complicado que, compartiendo en ocasiones incluso los mismos médicos y sabiendo que las sustancias están ahí, a menudo indetectables, absolutamente nadie las utilice. Cuando Kimmage le pregunta eso a Agassi en la citada entrevista, Agassi se limita a apelar al honor: «Nunca se me ocurriría porque aunque no me pillaran sería hacer trampas». Eso lo hemos oído demasiadas veces en demasiadas bocas corruptas, así que mejor vayamos a los datos, a la lógica. Si hay una sustancia nueva, mejora tu rendimiento, es indetectable en un control antidopaje o directamente no está en la lista porque las autoridades ni la conocen, como es el caso del meldonio que Maria Sharapova llevaba diez años tomando, es muy probable que alguien la tome. Si son cinco, diez, cincuenta o cien, y cuáles son sus nombres y apellidos es lo que no lo sabemos. Bueno es que se sepa cuanto antes y no nos basemos en supuestos códigos de honor.

Porque lo triste es que hay casos de sobra como para tomarse la cuestión en serio. Muy en serio. Y siguen sin hacerlo. Solo las manos a la cabeza cuando algún caso se confirma o la indignación —comprensible cuando se da un nombre al azar.

Del escándalo de del Moral al cuarto secreto de Serena Williams

Mis problemas con el tenis profesional vienen de lejos, pero se han incentivado en los últimos años con la proliferación de casos digamos que extraños y que la prensa ha dejado pasar de largo. Es un clásico de la industria del deporte: los órganos reguladores a menudo son federaciones u organizaciones que se lucran con la presencia de las grandes estrellas, con lo que serían los primeros perjudicados en caso de que estas estrellas tuvieran que apartarse meses o años de la competición. Lo mismo pasa con los periodistas. Los hay que se matan por averiguar la verdad y los hay que, una vez han conseguido elevar a la categoría de ídolo a alguien, probablemente haciéndose su amigo en el camino, tienen muy complicado ponerse ahora a investigar lados oscuros.

Aparte, no olvidemos: o tienes los cabos muy atados o te expones a una demanda millonaria, como le pasó a David Walsh con Lance Armstrong. Tuvo que pagarla en su momento por su libro L. A. Confidential y a su vez el texano se la tuvo que devolver cuando admitió que todo lo que se contaba en ese libro y que Walsh no había podido demostrar ante el juez era verdad.

Vamos, en cualquier caso, con algunas de estas situaciones anómalas y que cada uno las juzgue como estime oportuno, más que nada para que nadie piense que todo esto del dopaje en el tenis empezó en enero de 2016 cuando a Sharapova se le olvidó leer su correspondencia un email, según ella; cinco, según la ITF y la AMA sino que viene de bastante atrás.

1) En su autobiografía, Tyler Hamilton definía al doctor Luis García del Moral como la clase de médico que entra en una habitación y antes de que te des cuenta tienes una aguja puesta en el brazo. En la investigación posterior de la USADA se señala a del Moral como pieza clave de la «mayor trama de dopaje de la historia» y se le sanciona de por vida, sanción que ha hecho extensiva la AMA. El propio Toni Nadal, en la citada entrevista con Jot Down, afirmaba que Lance Armstrong era un tramposo y «que lo sabíamos todos».

Del Moral era el médico de Armstrong, o lo fue en el período 1999-2003 al menos. Bien, ¿qué hizo exactamente del Moral como encargado médico de la academia TennisVal durante el período de 2006 a 2012?, ¿cuáles eran sus tratamientos médicos?, ¿aparte de Sara Errani, sorprendente finalista de Roland Garros que siempre dijo de él que «era el mejor médico deportivo que conocía», qué otros jugadores colaboraron con él?, ¿hay investigaciones llevándose a cabo para verificar que esos jugadores no han estado sometidos a tratamientos irregulares como sí lo estuvieron los clientes ciclistas de del Moral?

2) ¿Cuál es exactamente la «ayuda sustancial» que dio Wayne Odesnik a la ATP y la ITF que justificó en su momento la reducción de su sanción de dos años a uno? Hay que recordar que la sanción a Odesnik no era exactamente por dopaje sino por tráfico de sustancias dopantes: el amigo se presentó en el Open de Australia de 2010 con un cargamento de hormona del crecimiento que hacía complicado pensar que se tratara de dosis para él solo. ¿Quiénes eran, pues, sus clientes? ¿Es esa la información que dio a las autoridades y por la cual logró competir de nuevo durante cinco años hasta que en marzo de 2015 diera de nuevo positivo y fuera sancionado con quince años de inactividad? ¿Por qué el jugador siempre ha negado haber colaborado con nadie y menos en ese sentido?

3) Odesnik aparece también en los papeles de la investigación que la Agencia Federal llevó a cabo en Miami y determinados gimnasios de Florida entre 2010 y 2014 con la intención de acabar con el tráfico de esteroides, anabolizantes, hormona del crecimiento y otras sustancias dopantes relacionadas especialmente con el béisbol. La investigación estuvo a punto de llevarse por delante la carrera de Alex Rodríguez, entre otros, una de las más grandes estrellas de los New York Yankees y del deporte. ¿Sabía algo la ATP de lo que estaba pasando en Miami, del papel de Odesnik en todo eso y por qué determinados deportistas trasladaron su lugar de entrenamiento a esa ciudad con éxito inmediato?

4) El torneo de Wimbledon de 2013 fue de los más raros que se recuerdan: de hecho, fue el que más retiradas tuvo en toda la historia, al menos desde que existe la Era Open (1968). A las pocas semanas, supimos que uno de los retirados por lesión, Marin Cilic, uno de los cabezas de serie en el torneo, no estaba lesionado sino que se le había recomendado apartarse por tener un asunto de dopaje pendiente desde el torneo de Munich en abril. Cilic estuvo en el limbo jurídico durante dos meses más, hasta que en septiembre de ese mismo año se decretó una sanción de nueve meses, que después el TAS redujo a cuatro, permitiendo al croata volver antes al circuito, recuperar puntos y un año después ganar el US Open. Ahora bien, la duda sigue: ¿por qué permitió la organización de Wimbledon que Cilic enmascarara su positivo con una supuesta lesión?

5) El de Cilic no es el único caso de sanción encubierta que pasa por lesión mientras vemos qué hacemos contigo. Ya hemos mencionado el caso de Agassi, y aunque ahí puedo creer que su intención no era doparse para mejorar rendimiento, desde luego es un indicio de cómo se toma la ATP la lucha contra el dopaje, de manera casi tan seria como cuando Richard Gasquet dio positivo por cocaína y la excusa «es que besé a una chica que había esnifado coca poco antes» se dio por buena. El caso se convirtió en una sucesión de pruebas y contrapruebas y al final, el TAS consideró que no había indicios suficientes para pensar que había tratado de mejorar su rendimiento. Gasquet mencionó un supuesto estudio de ADN que confirmaba que su organismo estaba limpio de cocaína: ahora bien, la cocaína de alguna manera tuvo que entrar en su organismo por mucho que luego desapareciera.

Cuando Kimmage pregunta a Agassi por este caso, el estadounidense, con algunas evasivas, viene a afirmar que a Gasquet se le dejó pasar ese positivo porque estaba en un mal momento y lo mejor era ayudarle a salir adelante. Otro caso menos conocido pero igual de escandaloso es el de Fernando Romboli, jugador que dio positivo en verano de 2012, se retiró de las canchas durante varios meses y solo en mayo de 2013, la ATP informó de que esa retirada se debía a una sanción por dopaje (furosemida) que el jugador había aceptado voluntariamente mientras se incoaba el expediente. Como la sanción era de ocho meses y medio, se le consideraba ya apto para competir de nuevo.

6) Viktor Troicki, jugador irregular pero que llegó a estar en el Top 20 y fue campeón de la Copa Davis con Serbia junto a Novak Djokovic, fue sancionado con dieciocho meses que luego se redujeron también a un año por negarse a dar una muestra de sangre en un control durante el torneo de Montecarlo en abril de 2013. Negarse a dar una muestra de sangre es motivo de sanción según el Código Antidopaje de la AMA, pero el propio Djokovic salió a defender a su amigo, como Nadal hiciera en su momento con Gasquet.

El problema de nuevo es que Troicki no es el primero en negarse a pasar un control antidopaje: en octubre de 2011, la tenista Serena Williams hizo algo parecido cuando unos inspectores se plantaron en su casa. La reacción de la estadounidense fue encerrarse en la llamada panic room y llamar a la policía, como si fueran ladrones que venían a asaltarla. A lo que se ve, no debe de ser fácil distinguir a un médico acreditado que hace su trabajo de un ladrón. Serena Williams escapó sin sanción. ¿Por qué se tratan los dos casos de distinta manera?, ¿a qué se debe el escaso número de análisis de sangre fuera de competición cuando sabemos por otros deportes que los tramposos suelen utilizar los períodos de entrenamiento para doparse más que las propias competiciones?, ¿es verdad, como dijo entonces Novak Djokovic, que el número uno del mundo llevaba meses sin pasar un análisis de sangre fuera de competición?, ¿cuáles son los criterios para estos análisis?

7) Entre 2001 y 2005, hasta cinco tenistas argentinos —Juan Ignacio Chela, Guillermo Coria, Martín Rodríguez, Mariano Puerta (dos veces) y Mariano Hood— dieron positivo, por estimulantes, nandrolona o esteroides, aunque sus sanciones, excepto en el caso de Puerta por reincidencia, fueron testimoniales y en el caso de Rodríguez no pasó de una multa. La tendencia a principios del siglo a usar esteroides y derivados, como se puede ver en el caso Odesnik, parece fuera de toda duda. No parece que la ITF ni la ATP se lo hayan tomado demasiado en serio ni hayan establecido un posible patrón de dopaje colectivo. Después de volver de su sanción, tanto Coria como Puerta fueron finalistas de Roland Garros. De hecho, a este último le detectaron su segundo positivo en la final de 2005 ante Rafa Nadal.

8) Por último, la ATP anunció la implantación del pasaporte biológico para la temporada 2013. Es una medida que yo creo que ha funcionado bastante bien en ciclismo. No es una panacea, no elimina a los tramposos, es fácilmente alterable por buenos médicos… Pero supone una importante criba. Lo que no sabemos seguro es si está funcionando de hecho o no. Las noticias son confusas. Algunos medios dicen que se empezó el mismo 2013, otros que a partir de septiembre de 2014 y desde entonces apenas hay referencia alguna al proyecto. Todos queremos suponer que, efectivamente, se está haciendo el seguimiento debido para configurar dicho pasaporte y que la ausencia de novedades se debe simplemente a que, para establecer patrones y alteraciones, hace falta esperar al menos unos años.

Serena Williams. Foto: Cordon Press.
Serena Williams. Foto: Cordon Press.

Sin paja, no hay trigo

Algo parecido a lo que hace Kimmage en el ciclismo y allí donde tiene oportunidad lo intenta hacer el administrador de la página Tennis Has a Steroid Problem, conocido en Twitter como @Tehaspe. Lo que pasa es que, partiendo de una misma base —el famoso «todos se dopan», no se preocupa demasiado en investigar antes de acusar. Quizá porque no puede o quizá porque prefiere limitarse a levantar sospechas para que otros lo hagan, de momento sin éxito alguno.

Es un ejemplo de lo que no se debe hacer desde el anonimato y que ya es directamente intolerable cuando eres exministra de deportes. Con todo, en un mundo que, como dice Kimmage, ha hecho del silencio en torno al dopaje y los amaños un modo de vida, no viene mal que de vez en cuando alguien dé el aviso. La sombra del meldonium se ha extendido por el circuito e igual que hace un par de meses todo el mundo era sospechoso de haber amañado un partido, ahora llueven los nombres de posibles consumidores.

No sería tan grave si dejaron de tomarlo antes de enero de 2016, cuando pasó a ser una sustancia dopante, pero obviamente el caso de Sharapova deja dudas: si el medicamento era tan bueno y facilitaba tanto la recuperación, ¿es posible que solo una tenista lo supiera y el resto no? En los últimos años hemos asistido a una longevidad sin precedentes entre los mejores jugadores del circuito. Puede ser talento, falta de competencia de las generaciones posteriores o simplemente una cuestión farmacéutica, que, insisto, no tiene por qué ser ilegal.

En cualquier caso, haría bien el mundo del tenis en tomárselo en serio y para tomarse las cosas en serio conviene no distraer la atención, es decir, no lanzar acusaciones sin fundamento y enredarse en el «te denuncio o no te denuncio», «es una ofensa o no es una ofensa». Trabajar duro para acabar o al menos mitigar la lacra y conocer exactamente el alcance del problema. Aquí están algunas de las pistas a seguir para entender el problema. No hace falta dar nombres y apellidos porque si de verdad es algo estructural los nombres y apellidos son lo de menos.

Confiemos en que no lo sea. La gente necesita héroes y tiene un aguante muy limitado para las decepciones. En un momento en el que se supone que el tenis vive una época de esplendor, con Djokovic, Federer, Nadal y Murray compitiendo al más alto nivel desde hace ya casi diez años, lo cierto es que este tipo de revelaciones no dejan el deporte en buen lugar. Eso puede parecer algo horrible pero en realidad es una noticia excelente porque detectar el mal es un paso irrenunciable si uno quiere apartarlo del cesto.

Otra cosa es que quieran. Sinceramente, eso es algo que solo descubriremos con el tiempo.


Vincenzo Nibali y la sombra del dopaje en el Tour 2014

Peraud, Nibali y Pinot en el podio del Tour de Francia 2014. Foto: Cordon Press.
Peraud, Nibali y Pinot en el podio del Tour de Francia 2014. Foto: Cordon Press.

A finales de mayo, Chris Froome bajó por fin del Teide y explotó en su cuenta de Twitter: «Tres favoritos al Tour entrenando en el mismo sitio durante dos semanas y ni un solo análisis antidoping». Chris Froome, el hombre que apareció de la nada en 2011 para quedar segundo en la Vuelta, luego segundo en el Tour y finalmente ganar la ronda francesa en 2013, a los veintiocho años, parecía realmente indignado. «Para aclarar las cosas, yo soy uno de esos tres favoritos, y cuando nos pregunten a cualquiera de los tres si nos han hecho pruebas y tengamos que contestar que no vamos a resultar poco creíbles», dijo posteriormente, aún caliente, a la revista Cyclingnews.

¿Qué habría visto Chris Froome en el Teide para reaccionar de esa manera? Como él mismo comentaba en la entrevista, había estado ya antes cinco o seis veces y probablemente se encontrara con medio pelotón en cada una de sus visitas pues es uno de los centros de peregrinaje habituales al menos desde que Michele Ferrari estableciera ahí sus campos de entrenamiento y dopaje masivo de los que tanto se aprovechó el US Postal de Lance Armstrong, un habitual de la zona.

Entrenar en el Teide puede estar bien sin necesidad de doparte: está la excusa de la altitud, la tranquilidad canaria, una buena comunicación aérea… pero es imposible, sabiendo lo que sabemos, obviar que todos los que suben al Teide bajan como motos y que hay demasiados médicos en la zona, factores que se suman a la tradicional y notoria falta de interés de las autoridades españolas a la hora de combatir el dopaje con controles continuos y eficaces. Miren cuántos ciclistas además de entrenar en las Canarias viven en Girona o en Andorra y luego intenten no ser suspicaces.

En cualquier caso, las declaraciones de Froome iban un paso más allá porque Froome no es ningún santo. Tanto él como su equipo como su hagiógrafo, David Walsh, quieren pasar por ello, pero las dudas están ahí: ¿Cómo es posible que un corredor que fue expulsado en 2010 por agarrarse de un coche subiendo el Mortirolo en pleno Giro, un tipo sin talento alguno para vueltas de tres semanas, se convirtiera de la noche a la mañana en el mayor especialista del mundo, atacando en la montaña sin apenas levantarse de la bicicleta?

Poco después de estallar en Twitter, Froome se fue a Francia a correr la Dauphiné-Libéré. Justo antes del último puerto de la segunda etapa, se vio a Froome inhalar de un respirador tipo Ventolin. Aquello fue inaudito porque el salbutamol y sus derivados están prohibidos y no se pueden utilizar en plena carrera… salvo que tengas una autorización médica de la UCI. Froome nunca había presentado problemas de asma anteriormente así que la sorpresa fue aún mayor: el chico ganó la etapa por delante de Alberto Contador y cuando el vídeo se propagó por internet, incluso su novia salió a decir que para eso no hacía falta autorización ninguna.

Obviamente, era mentira. Su equipo y la UCI fueron más listos y se sacaron de la manga una autorización exprés firmada por el ínclito doctor Zorzoli, que lleva dirigiendo la política médica del ciclismo mundial desde los tiempos del Festina y buen amigo de Lance Armstrong. La polémica, sin embargo, no dejó indemne a Froome: pocos días después apareció una lesión que le hundió en la general y un par de caídas le dejaron fuera del Tour al poco de empezar. Incluso en TVE se asombraron al ver con qué decisión se subía al coche tras la última de ellas.

El Astana del pavé, como la Gewiss de los locos años noventa

Dejemos una cosa clara: se puede ganar el Tour sin doparse. Se puede incluso ganar el Tour con ocho minutos de ventaja sobre el segundo sin doparse aunque eso requiera un talento descomunal. Lo que está en duda aquí es si se puede ganar el Tour con ocho minutos de ventaja recién bajado del Teide y con Vinokourov como referente de tu equipo.

Cuando Froome hablaba en su tuit de «tres favoritos a la victoria» hablaba de sí mismo, hablaba de Alberto Contador, cuyo pasado está ahí por muy difícil que sea de asimilar para el aficionado español, y hablaba de Vincenzo Nibali, el corredor de Astana, equipo kazajo de una reputación más que dudosa. Fundado a rebufo del Liberty Seguros tras la Operación Puerto, el Astaná de Vinokourov ha estado involucrado en decenas de casos de dopaje, empezando por su «alma mater», que no contento con aparecer en la investigación de dopaje masivo del Telekom de Ullrich y en la Operación Puerto, dio positivo por una autotransfusión en 2007.

Perdonado por todo aquello, aunque sin reconocer nunca su culpabilidad, Vinokourov aún tuvo tiempo para, como corredor, ayudar a Contador a ganar el Tour del clembuterol y hacerse con el oro en los Juegos Olímpicos de Londres 2012, probablemente uno de los momentos más bochornosos del ciclismo contemporáneo.

Por otro lado, la concentración de Astaná en el Teide no tenía nada de novedoso. Como he dicho antes, es una práctica demasiado habitual en el ciclismo. Junto a Nibali acudieron, según La Opinión de Tenerife, sus compañeros de equipo Jakob Fuglsang, Fredrik Kessiakoff, Alessandro Vanotti, Lieuwe Westra y Andrei Grivko. Kessiakoff se quedó fuera de la lista para el Tour y el papel de Vanotti ha sido más bien testimonial pero algunos de ellos protagonizaron el, para mí, momento más escandaloso del ciclismo en muchos años.

Quinta etapa del Tour: la lluvia torrencial obliga a la organización a anular tres tramos de pavé en un día que pretende ser algo así como una París-Roubaix veraniega. Las caídas son constantes, incluyendo la citada de Froome, que le obliga a abandonar. Pese a la amenaza del pavé, el verdadero peligro se da antes de los tramos o en los kilómetros intermedios, cuando el pelotón va como loco. Delante se ha formado una escapada con corredores como Gallopin, Tony Martin o Marcus Burghardt y detrás los especialistas quieren aprovechar su oportunidad.

Contador se queda cortado, Valverde se queda cortado, Talansky hace un Talansky y se cae… de pronto nos damos cuenta de que, llenos de barro, quedan unos diez corredores delante, en medio del caos. Está Cancellara, el gran favorito; está Peter Sagan, el chico que no se rinde nunca; están todoterrenos como Kwiatkowski o especialistas en carreras de un día como Trentin o Keukeleire. Más atrás, intentando cerrar huecos, amenaza Vanmarcke.

¿Quién coge la responsabilidad entonces? El Astana. Después de cien kilómetros de escapada, Westra hace el último servicio y pone el trenecito en marcha. Tras él, pura potencia, ni un solo ataque, todos sentados en sus bicicletas, Fuglsang y Nibali. Es un momento casi cómico: ninguno de los tres ha corrido nunca sobre pavé, pero llevan a todos los especialistas con el gancho hasta que el grupo se rompe: los tres Astana delante, el resto del mundo menos Lars Boom, que demarra en última instancia para unirse al expreso, detrás, impotentes. Parece una repetición de la Flecha Valona de 1994, cuando tres corredores de la Gewiss coparon el podio.

El médico de aquella Gewiss-Bianchi, la que alimentaría en su seno a Berzin o Riis, era Michelle Ferrari. Suya fue la frase después de la carrera: «Tomar EPO es tan malo como tomar zumo de naranja, solo te pone en peligro si la ingieres en grandes cantidades».

La buena noticia de Hautacam

Veamos el lado positivo, más allá de lo que no dejan de ser más que lógicas sospechas. Lógicas al menos para cualquiera que entienda lo que ha pasado en el mundo del ciclismo —y no solo del ciclismo, no seamos inocentes en los últimos años. Veamos un dato que es elocuente por sí mismo y que nos lleva mucho más adelante en el Tour de Francia, concretamente a la etapa decimoctava, la que termina en Hautacam, al lado del santuario de Lourdes.

Hautacam es una de esas cimas malditas del ciclismo de los noventa. Es el puerto donde Bjarne Riis decidió dar su exhibición en 1996 para ganar el Tour a los treinta y dos años. Riis, apodado «Mr. 60%» por sus valores habituales de hematocrito antes de que se instaurara el límite del 50% para poder competir, es la personificación del dopaje masivo de aquellos años locos: el hombre que nunca había destacado y que, de repente, dejaba a rueda a Induráin y a quien hiciera falta. Años después, obligado por la investigación de Friburgo, reconocería el dopaje. Por entonces, dirigía aún el CSC, donde Tyler Hamilton asegura que mandaba a todos sus corredores a la consulta de Eufemiano Fuentes, antes de pasarse al Saxo Bank de Alberto Contador y Rafal Majka.

Y es que Majka es importante en esta historia porque es de los primeros en atacar rumbo a Lourdes. Es un ataque que tiene como fin asegurarse el primer puesto en la clasificación de la montaña y, si eso, ganar su tercera etapa de montaña. Majka, polaco de veinticuatro años de indudable talento, viene de quedar sexto en el Giro de Italia después de coquetear con el podio. Acabó la ronda italiana tan agotado que decidió descansar con las miras puestas en la Vuelta hasta que Riis le llamó apenas una semana antes del Tour para sustituir a Kreuziger, cuyos valores «anómalos» en el pasaporte biológico le impedían participar.

La reacción de Majka estuvo a la altura de la de Froome al volver de Tenerife: «El equipo no se preocupa de mi salud», reacción que obviamente mitigaría en los días siguientes porque Oleg Tinkov es mucho Oleg Tinkov. Sea como fuere, el corredor que acabó el Giro agotado y que no había hecho sino descansar hasta junio, se mostraba como el más fuerte en los Alpes y en los Pirineos. «No me gustaría ser la vena de Majka», decía Sergio en su blog con su habitual ironía y el caso es que ahí seguía el polaco, en persecución de Mikel Nieve, el único superviviente de la escapada del día, cuando detrás se produjo lo que todos temíamos: un ataque de Horner que parecía tener como único objetivo lanzar a Nibali, como si sintiera que aún le debía algo después de quitarle la Vuelta 2013 en la penúltima jornada a los cuarenta y dos años.

Cuando Nibali aprovecha el rebufo de Horner para lanzar su propio ataque quedan más de diez kilómetros de meta. Los malpensados se echan a temblar: Riis tardó 34 minutos y 38 segundos en subir Hautacam en 1996, medio minuto menos de lo que tardaron Leblanc e Induráin en 1994. Viendo a Nibali subir a ese ritmo, superar a Nieve, luego a Majka, aumentar la ventaja sobre sus supuestos «iguales»: Peraud, Pinot, Bardet, Van Garderen… es inevitable suponer que el récord del danés está en peligro. Sin embargo, no es así, ni mucho menos. Nada más terminar la etapa, la cuarta en el zurrón del italiano, Ammattipyöräili, la referencia en estas cuestiones, descubre que ha tardado 37 minutos y 23 segundos, casi tres minutos más que Riis. De haber corrido en los noventa, Nibali habría perdido tiempo incluso con Fernando Escartín.

El segundo Tour más rápido de todos los tiempos

De acuerdo, son fechas distintas y exigencias distintas. En los noventa, Hautacam solía ser el único puerto de la etapa y en 2014 se llegó tras subir ni más ni menos que el Tourmalet. Además, es obvio que Nibali no forzó porque no lo necesitaba: el Tour y la etapa eran suyos sin necesidad de forzar. Con todo, hay algo que nos tranquiliza y es que, sea lo que sea lo que están tomando ahora los ciclistas no es lo que tomaban sus directores deportivos en los locos noventa. No es ni siquiera lo que tomaba Armstrong en los 2000.

Con todo, sería muy inocente pensar que en un vagón lleno de carteristas todos los bolsos llegan intactos a casa. El principal problema de Nibali se llama Vinokourov igual que el principal problema de Majka se llama Riis. Con esta gente metida en el deporte en puestos de responsabilidad es imposible fiarse de lo que estamos viendo y no en vano la UCI ha llamado a declarar a ambos no se sabe muy bien para qué.

¿Es Nibali superior a sus rivales? Por palmarés, por técnica, por talento… sin duda. ¿Es ocho minutos mejor que todos los demás, separados todos por apenas dos-tres minutos? No lo sé. ¿Es el mejor en todos los terrenos, todos los días, sobre pavé, en montaña, incluso contra el reloj? Si a sus casi treinta años se ha convertido en una superestrella, pues igual sí. Supongo que uno tiene tres semanas buenas y se le va la mano a veces…

Si quitamos los años de Armstrong, el de Nibali es el segundo Tour más rápido de la historia. Pese a la lluvia, pese a los Vosgos, pese a los Pirineos, los Alpes, la presencia testimonial de la contrarreloj, la media de la carrera ha sido de 40,679 kilómetros por hora, solo por detrás de la edición de 2006 cuando un Floyd Landis hasta las cejas fue desposeído de la victoria por dopaje. Contando a Armstrong, sería el cuarto más rápido. Supongo que eso se puede explicar por las mejoras técnicas en bicicleta y entrenamiento, pero los datos son los datos para lo bueno y para lo malo.

La duda, por tanto, sigue. Sigue con Nibali, sigue con Peraud, que a los treinta y siete años logra su primer puesto relevante en una carrera de tres semanas, sigue con Valverde, que a los treinta y cuatro y con la Operación Puerto detrás estaba convencido de que iba a hacer ahora el podio que no pudo hacer en sus años con Fuentes, y sigue incluso con el silencioso Haimar Zubeldia, que ha pasado por el Euskaltel de Jesús Losa y el Discovery Channel de Johan Bruyneel sin hacer ruido para acabar octavo en la general a los treinta y siete años. Detrás de ellos, el vacío del ciclismo español, solo amortiguado quizá por la promesa de Mikel Nieve si sale pronto del Sky… o si el Sky le lleva a Tenerife en condiciones y le concede las «ganancias marginales» que hicieron de Chris Froome todo un ganador de Tour de Francia.

¿Cuál es el futuro?, ¿ciclismo o Pressing Catch?

Antoine Vayer, gran azote del dopaje, extécnico del Festina de los prodigios noventeros, es optimista. Él cree que la lacra ha quedado atrás. Yo, insisto, estoy de acuerdo en parte siempre que no olvidemos la otra parte. Vayer acostumbra desde hace años a calcular la energía que tiene que desarrollar cada corredor según su peso para hallar indicios razonables de dopaje. En sus radares han pitado prácticamente todos los ganadores, con estrépito Induráin, Riis, Ullrich, Pantani y Armstrong. Otros años podía haber tres, cuatro o cinco corredores cuyas actuaciones podían calificarse de «sospechosas», «sobrehumanas» o directamente «mutantes». Este año, solo uno ha corrido por encima del límite de la sospecha: ha sido Vincenzo Nibali y por los pelos.

Puede que el mismo hecho de que el ciclismo francés haya repuntado sea una buena noticia. Puede que, como ellos han pregonado siempre, sus fracasos se debieran simplemente a un «ciclismo de dos velocidades (médicas)» y que desaparecidos los médicos haya reaparecido la igualdad. Puede, insisto, pero no olvidemos que la última vez que el ciclismo francés repuntó fue en 1997-1998, con Virenque, Brochard, Jalabert, Moreau, Rinero, o ese pionero del US Postal llamado Jean-Cyril Robin. Prácticamente todos ellos eran unos tramposos. Yo no les voy a decir que no tengan héroes ni que no se emocionen. Solo quiero dejarles claro que durante años no han estado viendo una competición deportiva sino una especie de espectáculo a lo WWE en el que el ganador lo determinaba un señor con consulta en la Toscana o en la calle Caídos de la División Azul.

Si eso ha dejado de ser así, hay motivos para alegrarse mucho. Tengo la sensación de que Chris Froome no lo tiene del todo claro.


El dopaje en España: una historia de amor y muerte

Carlo Petrini mira a la cámara, a un punto medio y perdido entre el objetivo y el periodista, es decir, a un punto medio y perdido entre el documental y el testimonio, y dice, muy serio: «Cuando yo jugaba, disputábamos unos cuarenta o cuarenta y cinco partidos y nuestro ritmo era el de un FIAT 500; hoy, estos muchachos juegan sesenta o setenta partidos a ritmo de un Ferrari de Fórmula Uno. ¿Cómo pueden resistirlo? Dímelo tú». Y ahí el «tú» deja de ser Gaby Ruiz, periodista de Informe Robinson y pasa a ser el aficionado que recibe la pregunta como un bofetón imprevisto. «¿Cómo lo hacen?», insiste Petrini, «juegan cada tres días y no son diferentes a mí, físicamente son como yo. No tienen dos corazones, dos hígados o seis pulmones…».

¿Cómo lo hacen?

Cuando hace esta confesión a Canal Plus, Petrini está ya enfermo de un tumor cerebral que le ha dejado prácticamente ciego. Es de los pocos que habla. Habla tanto que se le ha dejado de escuchar. Habla sobre enfermedades neurológicas y extraños tipos de cáncer que han alcanzado a determinados exfutbolistas como Bruno Beatrice o Gianluca Signorini. Habla sobre la maldición del Estadio de Como pero habla sobre todo de la esclerosis lateral amiatrófica, la enfermedad degenerativa que mantiene en aquel 2009 a Stefano Borgonovo, exdelantero de Fiorentina y Milan, postrado en una cama escribiendo con las pupilas.

El reportaje causa un gran impacto en España. Es lógico. La palabra doping sobrevuela nuestro vocabulario desde hace mucho tiempo pero especialmente desde el fatídico 1988, cuando se coló en julio, con el positivo a medias de Pedro Delgado en el Tour de Francia, y volvió a irrumpir en septiembre, durante los Juegos Olímpicos de Seúl, con Ben Johnson cargado de esteroides. Una palabra, doping, que Petrini pronuncia con naturalidad pero que prefiere esconderla en su alegato final para que aparezca en la mente del otro, el que está ahí, entre el periodista y la cámara. Las consecuencias del dopaje, lo que nunca se cuenta. Algo más que el escándalo y la trampa. La salud.

Petrini morirá tres años más tarde, en 2012, un año antes de que lo haga Borgonovo. Desde entonces, en Italia los rumores de nuevos casos se repiten constantemente, aunque no dejan de ser invenciones, buffala, que dice Gaia Piccardo, la periodista del Corriere della Sera que participó en el citado Informe Robinson. «En Italia no hay casos nuevos, se habló de Batistuta, con pasado en la Fiorentina, pero era un invento. El problema ahora mismo es que el Gobierno ha recortado las ayudas a los enfermos y estos han amenazado con dejarse morir frente a las puertas del Palazzo di Governo», afirma, mientras promete investigar que hay de cierto en el caso de Fernando Ricksen.

Ricksen, defensa holandés que triunfó en el Glasgow Rangers, anunció en octubre de 2013, a los treinta y seis años, que estaba afectado por la ELA, un desorden neuronal también conocido como enfermedad de Lou Gehrig por haber afectado al histórico jugador de béisbol de los años treinta. No es el primer caso que se conoce en Glasgow, donde el mito del Celtic, el otro gran equipo de la ciudad, Jimmy Johnstone, ya murió en 2006 por la misma enfermedad. En el historial de Ricksen, aparte de muchos años de fútbol, una larga lista de excesos con drogas y alcohol, incluyendo varias visitas a clínicas de rehabilitación.

¿Qué parte de estas consecuencias tiene que ver con el dopaje y qué parte tiene que ver con el abuso de sustancias legales? Recientemente, Rafael Nadal declaró que tuvo que tomar antiinflamatorios antes de todos y cada uno de sus ochenta y dos partidos de la temporada 2013. ¿Hasta qué punto el deporte profesional es algo completamente insalubre? Sergio, el nombre detrás del blog Ciclismo 2005, elogia a los italianos en ese sentido: «Allí al menos los deportistas se toman en serio las consecuencias. En España, ni eso». Algo de verdad hay, desde luego, incluso en un país donde Berlusconi, en plena campaña electoral de 2001, declaró: «El doping es un invento de la izquierda» y se quedó tan ancho.

El enfoque español

Eufemiano Fuentes. Foto Cordon Press
Eufemiano Fuentes. Foto: Cordon Press.

¿Es cierto que en España no hay conciencia de los riesgos del dopaje? El juicio de la Operación Puerto parece apuntar en esa dirección, si creemos el testimonio de Jesús Manzano y los informes de la Guardia Civil acerca de transfusiones en hoteles de carretera, hemoglobina de vaca o de perro utilizada en humanos, estancias sospechosas en hospitales al borde de la tiritona… Carlos Arribas, periodista del diario El País y reciente biógrafo de Luis Ocaña, apunta a la temeridad juvenil: «No hay conciencia del peligro porque son jóvenes y todo joven piensa que va a ser inmortal». La relación entre España y el dopaje viene de lejos y no es un orgullo para este país saber que buena parte de sus médicos deportivos están bajo sospecha o que cualquier candidatura va a tener que soportar preguntas incómodas por parte de tal o cual miembro del COI.

Quizá los deportistas españoles no teman las consecuencias porque no las ven. O si las ven no las comentan en público, desde luego. «En España no se conocen casos de exdeportistas con problemas serios de salud», dice José Andrés Ezquerro, el joven periodista del diario As que destapó el caso Badiola y la presunta relación de la Real Sociedad con Fuentes durante la temporada 2002/2003. «No se sabe nada de eso, nadie habla de consecuencias más allá de las que tienen que ver con la adicción a lo que se llaman drogas sociales». Aguja llama a aguja. Las adicciones son frecuentes entre exdeportistas y han estado detrás de la muerte o el suicidio de algunos de ellos, pero desgraciadamente no es algo exclusivo de futbolistas o ciclistas y el concepto de «juguete roto» no se acuñó pensando solo en José María Jiménez. ¿Cuáles son, entonces, las verdaderas consecuencias de un doping sistemático?

«Los anabolizantes invitan a la depresión y muchos la combaten con cocaína y Prozac, recetada incluso por los mismos médicos que organizan el dopaje», afirma Carlos Arribas. «En los noventa y en los dos mil era habitual la hemocromatosis, un exceso de hierro en la sangre provocado por el manejo excesivo de transfusiones, que creaba problemas hepáticos de todo tipo… pero ya en los sesenta y en los setenta era habitual que los deportistas tuvieran hepatitis por compartir jeringuillas». La lista de peligros para la salud aumenta cuando hablamos con Enrique Gómez Bastida, Victoria Ley y Jesús Muñoz Guerra, expertos de la Agencia Española de Protección de la Salud en el Deporte, centro clave en la lucha antidopaje en España: «Hay muchas sustancias que llegan a manos de deportistas o su entorno directamente del mercado negro, sin haber sido correctamente testadas por los laboratorios, como por ejemplo el AICAR, una sustancia endógena que engaña al organismo haciéndole creer que está ejercitándose, de manera que puedes hacer deporte sentado en el sofá y que se ha demostrado que es altamente cancerígeno. Lo mismo sucede con los factores de crecimiento muscular o los moduladores de receptores androgénicos».

Hablando con la Agencia, queda claro que el objetivo, por mucho que eso desespere a la prensa y a las autoridades extranjeras, no es solo encontrar positivos —«van por delante de nosotros, es muy complicado encontrar casos en laboratorio», afirma Jesús Muñoz Guerra— sino intentar que lo que tomen los deportistas sea lo más «sano» y controlado posible a través del concepto de «inteligencia» al que volveremos más tarde. El propio Jesús remite a un estudio del doctor José Viña según el cual un ciclista del Tour de Francia tiene una expectativa de vida más alta que la del ciudadano medio, aunque Enrique Gómez Bastida matiza: «Lo que habría que ver es en qué condiciones».

Precisamente, el nombramiento de Bastida como director de la Agencia ha sido el último sobresalto dentro de un organismo relativamente joven: fundado en 2009 como Agencia Estatal Antidopaje antes de cambiar significativamente de nombre, ha tenido en los últimos cinco meses hasta tres directores distintos: Ana Muñoz Merino, quien pasara en octubre de 2013 a ser directora general de Deportes en el CSD; Manuel Quintanar, fichado este mismo mes de enero por la Liga de Fútbol Profesional para hacerse cargo del departamento de «integridad» y el propio Bastida, exresponsable de inteligencia de la AEPSAD, cuyo conocimiento y experiencia en la lucha contra el dopaje parece mucho mayor que el de sus predecesores. A sus treinta y seis años, Bastida fue el encargado de instruir la Operación Puerto llevada a cabo por la Guardia Civil, cuerpo del que fue nombrado recientemente comandante.

La dudosa eficacia del pasaporte biológico

Marta Domínguez. Foto Reuters Cordon Press
Marta Domínguez. Foto: Reuters / Cordon Press.

Para detener a los tramposos pero sobre todo para controlar los excesos, la Unión Ciclista Internacional fue la primera en instaurar hace unos años el llamado «pasaporte biológico». La AEPSAD lo considera una buena herramienta de monitorización pero, a la vez, un arma de doble filo que desgraciadamente no combate la trampa todo lo bien que uno podría desear: por un lado, los valores que se registran en ese pasaporte son fácilmente manipulables, salvo que se aplique a muestras retroactivas, como la IAAF hizo con Marta Domínguez y el Mundial de atletismo de 2009, por ejemplo, caso que, una vez más, sigue en el limbo administrativo español.

Por otro lado, este control tan estricto ha hecho que cada vez aparezcan más «balas perdidas», tipos que quieren triunfar a toda costa y que son capaces de buscar cualquier sustancia indetectable en cualquier lado, sin importarles las consecuencias. «Gente como Riccardo Riccò», apunta Bastida, haciendo referencia al ciclista italiano que estuvo a punto de morir por hacerse sus propias autotransfusiones de sangre con derivados de EPO (Eritropoyetina) de dudosa procedencia. En ese sentido, la AEPSAD ve este problema como algo parecido al de la drogadicción: si se cortan los suministros «seguros» de sustancias dopantes y se analiza constantemente al deportista, la mayoría entenderá que ese no es un camino viable, pero siempre habrá una minoría que se eche a la calle y busque su droga en cualquier esquina.

«El problema, de todos modos, no está en el deporte profesional, que tiene buenos médicos y buenos controles. El problema de verdad es el mundo de las competiciones amateur, el que está debajo de la pirámide, que apenas podemos controlar. Se dice que hay verdaderas animaladas, que la gente toma unas cosas sin control en pruebas Master de ciclismo, por ejemplo, que son un verdadero riesgo para la salud y que muchas veces ni nosotros sabemos qué son ni dónde las han encontrado. La hormona del crecimiento y sus derivados, por ejemplo, tienen un amplio mercado clandestino», apunta Muñoz Guerra.

Obviamente, el pasaporte biológico tiene sus problemas y tienen que ver con la propia sofisticación del dopaje, que cuenta con excelentes médicos y excelentes farmacéuticos cobrando mucho dinero por su trabajo: muchas de las sustancias que se utilizan en la actualidad son endógenas, las genera el propio cuerpo, de ahí que se hable de «dopaje genético». En palabras de Jesús, «no son como el clembuterol, que o viene de fuera o no puede estar en el organismo. Hay muchas sustancias que, para detectar si esconden un caso de dopaje, exigen mucho tiempo, muchos voluntarios, la medición de metabolitos en distintas situaciones para ver si un aumento o un descenso es natural o no…».

Sin embargo, si el pasaporte, con sus peros, ha servido para limpiar en parte la imagen del ciclismo profesional, ¿por qué no se ha instaurado en otras disciplinas? A principios de 2013, la ITF y la ATP mostraron su intención de desarrollar un sistema parecido en el circuito de tenis profesional. Un año después, la intención probablemente siga ahí, pero avances no ha habido muchos. Arribas está convencido de que para jugar al tenis no hace falta EPO y los expertos de la AEPSAD no lo incluyen entre los llamados «deportes de esfuerzo» sino de técnica, lo que le haría estar fuera del mercado de las sustancias más habituales en ciclismo. Si eso es verdad o no, imposible saberlo: pese a las insistentes quejas de numerosos jugadores, encabezados por Roger Federer, en 2012 se hicieron 63 controles de sangre fuera de competición, por 5218 en el mundo del ciclismo, a pesar de contar con un número similar de deportistas profesionales y muchas más competiciones.

El dopaje en el fútbol: la sombra de Eufemiano Fuentes

Considerado también un deporte «técnico», el fútbol ha conseguido mantenerse al margen de las recientes polémicas sobre dopaje bajo la habitual excusa de que no hay sustancia que te haga meter el balón en la escuadra. Eso es cierto, pero también es cierto que puede haber una sustancia que te permita hacerlo en el minuto ochenta y nueve con la claridad del minuto uno o al menos eso insinuó varias veces el difunto Petrini. «Yo no debería estar hablando con usted», decía el exjugador de Torino, Milan y Roma, para ejemplificar la omertà o «ley del silencio» dentro de este deporte.

Con esa ley no escrita se topó José Andrés Ezquerro cuando desveló el citado caso Badiola a raíz de la investigación de la Operación Puerto. En el sumario de dicha investigación se encontraba un papel, entre muchos otros, con unas cuentas de dinero entregado bajo el nombre «RSOC» y otras tantas bajo el de «ASTI». Badiola confesó a Ezquerro —y aportó documentación bajo notario a la AEPSAD— que dichas cifras encajaban con gastos en negro de la Real Sociedad cuando su presidente era José Luis Astiazarán. Badiola creía que había motivos suficientes para pensar que esos gastos no justificados podrían haber sido pagos a Eufemiano Fuentes por servicios prestados en forma de sustancias dopantes.

El caso mereció un par de portadas en el As y una cierta agitación mediática durante una semana o así, lo que tardó Astiazarán en marcharse de la presidencia de la LFP, pero no se ha vuelto a saber y no hay constancia de que nadie esté investigando dicha relación. Sí se sabe que Eufemiano Fuentes ha colaborado con otros equipos de fútbol de Primera División. Oficialmente, fue médico de la Unión Deportiva Las Palmas durante la temporada 2001/2002 y el Universidad de Las Palmas anunció su contratación como asesor médico a finales de la temporada 2010/2011, cuando el caso de la Operación Puerto parecía haber sido archivado definitivamente.

Fuentes, quien ya aparece en las hemerotecas como referente médico de la preparación olímpica española en los Juegos Olímpicos de 1984, 1988 y 1992, y habitual colaborador de equipos ciclistas como Orbea, BH, Vitalicio y sobre todo ONCE y Kelme en sus distintas denominaciones, fue el primero en mostrarse sorprendido por el empeño en reducir la trama de la Operación Puerto al ciclismo. «He tratado a deportistas de alto nivel de todo tipo de disciplinas, incluidas fútbol y tenis», afirmó tras su detención sin que ninguna autoridad le haya pedido oficialmente que especificara qué deportistas eran y a qué nivel les elevaba. Movido por lo que parecía un intento de colaborar con la lucha antidopaje, el periodista Stephane Manard, del periódico francés Le Monde, fue a Gran Canaria para entrevistar al polémico ginecólogo reconvertido a médico de familia. Según Manard, y así lo publicó, Fuentes no solo confirmó su relación con el fútbol sino que mencionó concretamente a Real Madrid y Barcelona entre otros clubes de primera y segunda división, aportando supuestamente material documental al respecto.

En dicha entrevista, además, Fuentes afirmaba haber recibido dos ofertas del Barcelona, una de ellas en 1996, negándose a revelar la otra «porque ya me han amenazado de muerte si hablo». Manard contó la historia sin caer en un detalle decisivo para todo periodista: no tenía copias de los supuestos documentos ni evidencias suficientes en caso de demanda. Esa demanda cayó, por supuesto, y Le Monde la perdió, teniendo que pagar a los dos grandes del fútbol español una indemnización de trescientos mil euros.

El «café anisado» de Juanito

contra el barcelona. Foto Cordon Press.
Juanito en un partido contra el barcelona. Foto: Cordon Press.

Más comedido en sus palabras pero igual de directo es José Ramón de la Morena, un hombre que lleva más de treinta años en el mundo del ciclismo y del fútbol y que ha visto de todo. De entrada, se muestra tajante: «Yo, de dopaje en el fútbol, no sé nada, no conozco casos de dopaje organizado», pero luego va reconociendo informaciones que ya había hecho públicas en su momento en su programa El Larguero. En concreto, sobre Eufemiano Fuentes, afirma recordar una conversación con Javier Mínguez en la que el exdirector de BH y Vitalicio, y actual seleccionador nacional de ciclismo, le cuenta que, reunido con el doctor en su casa de Las Palmas, la casa que la Guardia Civil nunca registró durante la Operación Puerto, salió por fax todo tipo de informaciones sobre jugadores de «un equipo que quedó segundo de la liga ese año y no la ganó de casualidad». Hablaríamos de 2003, la época en la que Badiola afirma que hubo pagos sin justificar que coinciden con las cuentas de RSOC en el sumario judicial.

También nos habla de Sabino Padilla, íntimo amigo y posterior enemigo, quien fuera médico personal de Miguel Induráin y que después lo fue del Athletic de Bilbao. «Ten cuidado, Sabino, que el fútbol no es como el ciclismo», le dijo el locutor a Padilla, quien, pese a todo, tuvo que enfrentarse al positivo por nandrolona de un por entonces juvenil Carlos Gurpegui. Según De la Morena, «Fuentes rechazó una oferta del Barcelona de mucho dinero (probablemente se refiere a la de 1996 que mencionó el propio Fuentes a Le Monde) y tras la negativa, Núñez fue a por Padilla, pero José María Arrate, presidente del Athletic Club por entonces, le convenció con menos dinero pero mejores condiciones personales».

De la Morena refiere también un encuentro casual con el doctor Michele Ferrari en Málaga, aunque prefiere no precisar mucho más. En cualquier caso, aclara, no cree que el fútbol esté manchado por el dopaje —«siempre se ha hablado de cosas sueltas, como el café con sabor raro, como anisado, que decía Juanito que tomaban en el Burgos [N.del R. En entrevista al diario Marca del año 1979, Juanito reconocía haber tomado centramina de manera habitual durante su etapa en el club castellano], pero no se sabía bien qué era aquello ni si era ilegal»— y exonera al deporte español en general: «Estoy cansado de que se hable de España como un paraíso del dopaje. Era algo que en su momento, en los noventa, hacía todo el mundo, y los españoles simplemente tenían más dinero y más medios». Para el locutor de la SER, el verdadero caso grave de dopaje es el de Marta Domínguez, absuelta como traficante en la Operación Galgo, grabada por la Guardia Civil en unas cintas que el juez no considera válidas en conversación con Fuentes y que recientemente, como decíamos, ha tenido problemas con su pasaporte biológico. «¿Qué pasa con la senadora?», dice Joserra, mientras afirma que el verdadero problema del fútbol son las apuestas.

En la misma sintonía se mueve Javier Tebas, presidente de la LFP, quien, pocos días antes de que se anuncie el fichaje de Manuel Quintanar, nos asegura que el doping no es un gran problema en el fútbol y que nunca habrá algo parecido a un caso Armstrong, en referencia al siete veces exganador del Tour, aunque «no reconocer que existe sería absurdo. Donde hay dinero, siempre hay pillos… ahora bien, hemos pasado a ser bandera de la lucha contra el fraude deportivo y así lo percibo en el exterior». Algo más tibio se muestra con la comprensión del pasado: «Sí, algunos jugadores tomaban centramina pero no lo consideraban hacer trampa, eran valores de la época, como si nos ponemos a juzgar la esclavitud con los valores actuales: obviamente, nos repugna, pero en el siglo XVI era algo normal».

Extrañas comparaciones aparte, Tebas critica lo que él llama «trivialización del engaño» para referirse a años y años de trampas. «Cuesta mucho encontrar gente que nos hable de dopaje o de amaños, nadie quiere ser el chivato», afirma Tebas, «para eso hace falta mucho tiempo, aprendizaje, cambiar toda la mentalidad no ya del fútbol sino del país, que la gente deje de pensar que amañar un partido no es como robar un banco. Sí que lo es, es un delito. Además, nos gustaría que se pudiera sancionar deportivamente a quien conozca un caso de fraude y no lo denuncie, aunque no tenemos competencia para ello».

Los arrepentidos necesarios

Jesús Manzano. Foto Cordon Press.
Jesús Manzano. Foto: Cordon Press.

Cuando Manuel Quintanar se hizo cargo de la Agencia Nacional Antidopaje en sustitución de Ana Muñoz Merino pronto se filtró que su tesis doctoral en Italia tenía que ver con la figura penal del arrepentido en relación con la mafia. «Lo que no se explicó bien», advierte Carlos Arribas, «es que su conclusión era contraria a que tuvieran beneficios, algo que dificulta mucho su colaboración». En cualquier caso, los llamados «arrepentidos» han sido clave para conocer las prácticas de dopaje sistemático en las últimas décadas. Como dice Sergio, de Ciclismo 2005: «Son fundamentales. Ten en cuenta que estamos hablando de una sociedad secreta con sus propias leyes y castigos, por lo que cualquier desafecto ayuda a iluminar nuestro conocimiento. Hemos aprendido más con Manzano, Landis, Frei y Sinkewitz de lo que jamás podrán decir Muñoz Merino, la UCI, la AMA o el Espíritu Santo».

Efectivamente, si la propia AEPSAD reconoce que los controles van por detrás de las prácticas médicas y que incluso el pasaporte biológico puede ser manipulado con una cierta pericia, la única manera de detectar casos de dopaje y controlar sus efectos sobre la salud sería recurrir a la citada «inteligencia», es decir, la colaboración con Policía y Guardia Civil y aquellos que quieran confesar sus pecados pasados, que en España son más bien pocos por no decir que es solo uno: Jesús Manzano, exciclista de Kelme-Comunidad Valenciana, cuyas declaraciones al diario As sirvieron para cerrar un poco más el cerco en torno a Eufemiano Fuentes y sus auxiliares.

De ahí que la figura de Bastida al frente de la Agencia encaje mucho más que el perfil eminentemente político de Quintanar.

Y es que en los últimos ocho años, la Guardia Civil ha llevado a cabo, entre otras, las siguientes «Operaciones» más o menos publicitadas mediáticamente: en mayo de 2006, la famosa Operación Puerto, con varios detenidos, entre ellos Manolo Saiz, director deportivo del Liberty Seguros, y el propio Eufemiano Fuentes; en abril de 2010, la Operación Galgo, que acabó con la detención de la atleta Marta Domínguez, vigente campeona del mundo de los 3000 metros obstáculos, su entrenador, el mítico Manuel Pascua Piquera, y Alberto León, acusado como «correo» de Eufemiano Fuentes e imputado también por la Operación Puerto. León se sucidaría en enero de 2011. Su cuerpo apareció colgado de una soga en casa de su hermano. Tenía treinta y siete años.

En noviembre de 2009 ya había caído el exdoctor del equipo Comunidad Valenciana, Walter Virú, cuyo destino azaroso merecería un artículo individualizado, en la llamada Operación Grial, con el marchador Paquillo Fernández como principal cliente, y aproximadamente por esas fechas era investigado el médico Jesús Losa, como parte de la Operación Chinatown, a raíz de los positivos por EPO de Maribel Moreno, ciclista olímpica, y Moisés Dueñas, quien participara como testigo protegido en la operación y cuyo destino ejemplifica lo distinto que se trata el arrepentimiento en España comparado con, pongamos, Inglaterra, donde David Millar, quien también recurrió a Losa para doparse según su autobiografía, es poco menos que un héroe nacional desde que reconoció sus trampas.

Esa es la pata que le falta a la «inteligencia»: conseguir que los deportistas hablen y no se sientan amenazados. Si de verdad quieren ser considerados víctimas del negocio y la codicia ajena, lo normal sería abrir la boca y denunciar la situación antes de dar positivo… o al menos después. Todo lo contrario sucedió durante el juicio de la Operación Puerto, en el que, mientras ciclistas extranjeros como Jaksche o Hamilton daban detalles de sus planes de dopaje, todos y cada uno de los españoles subidos al estrado, con la citada excepción de Manzano, negaban siquiera conocer dichos planes y no asumían ni una sola responsabilidad.

Si tenemos en cuenta que los que han confesado, como Manzano o Dueñas, inmediatamente han sido apartados del mundo del ciclismo y los que no han confesado en muchos casos han podido seguir con sus carreras, son jaleados en cada cuneta y encuentran con facilidad puestos de responsabilidad en distintos equipos una vez retirados o en la propia organización de las distintas vueltas ciclistas, uno podría pensar que confesar que te has dopado en España sale muy caro. «No solo eso», apunta Gómez Bastida, «es que además de quedarse sin trabajo, se les humilla, se les machaca, lo pierden todo». Igual que apuntaba Tebas para referirse al fútbol y las apuestas, Bastida recalca: «Nadie quiere ser el chivato y quedar así» y Carlos Arribas coincide: «A lo mejor es una cuestión cultural, por ser España un país de tradición católica, pero aquí la confesión pública se ve muy mal, como una deshonra».

«Hay padres que nos dicen cosas sobre sus hijos en edad amateur, confesiones anónimas, peticiones de que investiguemos a este o al otro», afirma Victoria Ley, también de la AEPSAD, «pero no es fácil saber cuáles de esas filtraciones son interesadas y cuáles no». Parece haber un consenso en que la figura del arrepentido merece más cuidado, pero no lo hay a la hora de definir qué se podría hacer para incentivar el arrepentimiento: un mejor trato de la prensa, un puesto de trabajo ajeno al deporte o dentro de él pero lejos del mundillo en cuestión y sus vicios; incentivos económicos, deportivos… Algunos piensan que lo mejor es que se les reinserte cuanto antes deportivamente o se reduzcan sus sanciones y otros piensan lo contrario, que un solo positivo ya debería conllevar la sanción de por vida.

Con todo, hay una duda: si el doping es tan peligroso, si tantas secuelas deja, ¿cómo es posible que nadie se niegue a doparse y denuncie esa actividad? En la AEPSAD lo tienen claro: «No pueden, hay una ley de silencio impuesta y no pueden salirse de ella». Jesús Muñoz Guerra es incluso más concreto: «Está el caso de José Luis Rubiera, que no ha dado positivo nunca pero estaba en el US Postal que según la USADA seguía un plan de dopaje sistemático y masivo. Bueno, pues Rubiera es médico [en realidad, Rubiera es ingeniero técnico industrial, pero desde luego su formación no parece la de un ignorante, NdR], sabe perfectamente los riesgos que corre con una sustancia y con otra, pero no ha dicho nada en público al respecto. La única que nos ha reconocido que sí, que se dopó, y no ha puesto pega alguna, es Virginia Berasategui, la triatleta vasca que dio positivo por EPO el año pasado. Le han llovido palos por todos lados: la prensa, los compañeros… Si se hubiera callado y hubiera dicho que era todo una persecución se habría retirado por todo lo alto».

Cabe matizar que era la segunda vez que Berasategui daba positivo y que en la primera, en 2005, no se mostró tan colaboradora.

¿A la fuerza ahorcan?

Lance Armstrong. Foto Everett Collection Cordon Press.
Lance Armstrong. Foto: Everett Collection / Cordon Press.

Si, al menos en España, está claro que no se puede contar con la figura del arrepentido y las investigaciones de la Guardia Civil —la más reciente, el 10 de enero de 2014, acabó con la detención de cuarenta traficantes y la incautación de 380.000 dosis dopantes— son muy fecundas a la hora de pillar a los «camellos» como dice Ezquerro, pero muy poco productivas a la hora de descubrir a quién iban dirigidas esas dosis —y 380.000 dan para mucho—, habrá que confiar en el análisis retrospectivo de muestras almacenadas, lo que sirvió por ejemplo para descubrir que Lance Armstrong había utilizado EPO en todas las etapas en las que fue testado durante el Tour de 1999 o para reconocer quince años después el uso generalizado de esta sustancia en el Tour de 1998 por parte de al menos una veintena de corredores, entre ellos Laurent Jalabert, Marco Pantani, Abraham Olano, Erik Zabel o Mario Cipollini.

La continua propagación de sustancias nuevas hace que los métodos de detección puedan ir hasta con varios años de retraso. Volvamos al ejemplo de la famosa eritropoyetina: ahora sabemos que ya a finales de los ochenta se utilizaba con cierta frecuencia y que en los noventa, al menos en ciclismo, atletismo y fútbol, era casi el pan nuestro de cada día. Sin embargo, la sustancia fue indetectable hasta el año 2000 y lo único que se hizo para evitar abusos fue introducir a finales de los noventa un límite del 50 % en el valor del hematocrito, indicativo por sí mismo de un probable uso de EPO. La introducción de ese límite tuvo consecuencias perversas: por un lado dio la impresión de que si no llegabas al 50 % y demostrabas así que tu salud no estaba en riesgo, no te habías dopado, reforzando el adagio del mundo del deporte: «Si no hay positivo, no hay dopaje». Por otro lado, los corredores eran simplemente retirados de la competición durante un cierto tiempo sin una acusación concreta, solo por razones estéticas disfrazadas de sanitarias, reforzando una sensación de falso castigo.

Recientemente, se ha sabido que los laboratorios de Colonia y Moscú están reanalizando muestras de 2012 y que los positivos se cuentan por centenares. Cuando salió la noticia se especuló mucho con que esas pruebas podrían estar centradas en los Juegos Olímpicos de Londres y que se llevarían por delante a varios grandes nombres. Eso mismo quiere pensar todavía José Andrés Ezquerro, que sigue el tema con innegable curiosidad, a la espera de que el listado sea definitivo y que el COI tome cartas en el asunto. Todo lo contrario opina Carlos Arribas, para quien los positivos que se están descubriendo demuestran un «dopaje de segunda clase», poco más que combinados de esteroides propios de países sin suficientes medios para un dopaje eficaz.

En cuanto a las nuevas drogas que se están utilizando, todos coinciden en que la citada y cancerígena AICAR lleva demasiado tiempo en el mercado y sin ningún control médico, así como el AICAr, una sustancia endógena que actúa sobre el ARN y que engaña al músculo haciéndole pensar que se está ejercitando, ideal para especialidades en las que no hay tiempo material para entrenar como es debido o cuando una lesión te impide hacerlo de forma constante. «Mucho ruido y pocas nueces», viene a decir Arribas, que cree que se está hablando demasiado de esas nuevas sustancias como si fueran revolucionarias pero no mejoran lo que había antes.

Arribas, precisamente, es de los que creen que la cosa está mejor ahora que antes. Desde luego, peor que en los noventa no va a estar. Antoine Vayer, periodista francés, lleva examinando desde hace más de treinta años el rendimiento de los ciclistas en las ascensiones de las grandes vueltas calculando la energía que desarrollan en watios por kilo, una fórmula que es la base de la programación física del doctor Michele Ferrari, la mano derecha de Lance Armstrong y de medio pelotón en los últimos veinte años. Según los números de Vayer, publicados en su revista La Preuve par 21 el resultado más irregular, calificado de «propio de un mutante», fue el del Tour de 1995, que ganó Miguel Induráin por delante de Alex Zülle y Bjarne Riis, hombre que, hemos sabido después, era apodado «Mr. 60 %» por estar habituado a correr con el hematocrito por encima de ese nivel, costumbre que compartía con Marco Pantani.

No parece por tanto, según los expertos, que los análisis retroactivos de Colonia y Moscú —la historia del laboratorio de Moscú es al menos tan rocambolesca como la del doctor Virú— vayan a cambiar en algo la historia reciente del deporte. Si ahora hay menos doping o no, no lo sabemos, lo que parece claro es que hay menos positivos. «Nada cambiará hasta que alguien que ha quedado segundo, diga: oiga, que el primero iba hasta arriba y yo me merecía ganar», dice Ezquerro, quien convive con el pelotón en las grandes vueltas y asegura que las sonrisas pícaras y los comentarios del tipo: «Cómo va fulanito, parece extraterrestre» son habituales, pero siempre con la prudencia de no acusar directamente.

Porque acusar, queda claro, resulta caro. Más caro que las consecuencias que tu cuerpo pueda padecer dentro de, ¿cuánto?, ¿veinte, treinta, cuarenta años? El interés por pillar a los tramposos, su propia consideración de tramposos, parece estar ahora mismo en un segundo plano. Con que no se destrocen la vida con sustancias improbables parece suficiente. El control de los médicos sigue siendo total. Jesús Muñoz Guerra, de la AEPSAD, pone el acento en el gran fraude: «Si un mismo médico lleva a cuatro o cinco deportistas y les cobra diferente, ¿quiere decir que lo que les da es diferente?, ¿que, en igualdad de condiciones, el que decide quién gana es él?». No queda ahí la cosa: Guerra insinúa que el propio médico es el que te puede tender una trampa y hacerte dar positivo cambiando una dosis o una sustancia por cualquier tipo de desencuentro personal o deportivo, de ahí la incredulidad de cada deportista cuando le pillan en un control si nunca le habían pillado antes.

La legislación ya no es la de antes y de algo han tenido que servir los tres intentos infructuosos de Madrid por albergar unos Juegos Olímpicos: con la ley en la mano, el dopaje en España no solo es fraude deportivo sino que es delito y se ha de perseguir penalmente tanto al traficante como al médico como al deportista. ¿Se persigue de verdad o nos limitamos a controlarlo como se controla el tráfico de cocaína? Esa es la gran pregunta que se hace el aficionado y, como habrán visto, es muy compleja. Tan compleja como la de Petrini, que ahí sigue, flotando en el aire.


Lance Armstrong y el desastroso anacronismo del castigo


El Tour de Francia de 1999 me dejó tres imágenes que sigo recordando de vez en cuando.

La primera de ellas fue una imagen indignante: Giuseppe Guerini ascendía el Alpe d’Huez en primera posición, bordando la que fue casi con total seguridad la mejor jornada ciclista de su vida, cuando un aficionado se colocó en pleno centro de la calzada con el propósito de sacar una buena foto del ciclista italiano. Este trató de esquivarlo desviando su rumbo hacia la izquierda, pero el mentecato del otro se desplazó en la misma dirección, colisionando así con Guerini y dando ambos de bruces en el suelo. Afortunadamente, el ciclista no sufrió daños mayores, se subió de nuevo a la bici perdiendo el menor tiempo posible y logró coronar primero. Ese incidente reabrió una de tantas veces el debate acerca de la seguridad de los ciclistas en las grandes etapas y la estupidez humana.

La segunda imagen para el recuerdo fue tan gloriosa como inusualmente emotiva para mí: un pelaire que iba para carpintero se montó en una bici y nos dejó un regalo a los aficionados en forma de etapa redonda tanto en lo individual como en lo colectivo: un buen trabajo por parte de Kelme dio con Fernando Escartín lanzando un duro ataque para separarse del pelotón, conectando unos cuantos kilómetros más allá con su compañero Javier Otxoa, miembro de una escapada previa, que tiró de su líder lanzándolo para que finalmente se quedara solo frente a la montaña, demarrando y sacando un abismo, más de dos minutos, a los pesos pesados del pelotón a la meta en Engaly. Ese año, Escartín terminaría el Tour en tercera posición de la general. El hito en la carrera de un ciclista tan sufridor como querido.

La tercera imagen fue hollywoodiense: un tejano de veintiocho años, que había superado un cáncer testicular con metástasis en pulmón y cerebro, se proclamaba campeón del Tour de Francia. Una victoria para la historia, uno de esos casos en los que la realidad supera la ficción, un reclamo maravilloso para el ciclismo, especialmente para el ciclismo en Estados Unidos. Todo era perfecto.

Por lo menos eso parecía. Yo no conocía apenas a Lance Armstrong por aquel entonces, básicamente solo sabía de él que era estadounidense, que le había birlado un Mundial al todopoderoso Miguel Indurain en Oslo, que había superado un cáncer y que de vez en cuando daba guerra en las grandes vueltas buscando un premio menor como era una victoria de etapa. Pero me tragué su historia de superación. Era tan bonita que era complicado resistirse, ¿verdad? Un tipo que hizo del cáncer su gasolina y que convirtió su desesperado afán de supervivencia en un desesperado afán de triunfo. Un luchador que pasó de los subterráneos de una enfermedad que le hizo mirar a la muerte a los ojos cuando los médicos le dieron un 40% de probabilidades de supervivencia, para emerger y pedalear hasta el cielo logrando la épica en aquel Tour de Francia de 1999. Una historia maravillosa.

Demasiado maravillosa como para ser verdad, tal vez. Pronto empezó a oler. Al principio solo fueron rumores. Rumores que probablemente hubieran aparecido de todos modos, llevara o no llevara agua el río. Pero en 2005, para cuando Armstrong ganó su séptimo Tour consecutivo, el río rugía, y ya conocéis el refrán. Resultados de análisis inconsistentes, compañeros de equipo que anunciaban la podredumbre que rodeaba al tejano, compañías cuanto menos sospechosas… todo eran malos indicios, pero no se hizo nada. Se dejó pasar. Algunos dicen que fue por intereses mediáticos (ergo económicos); a fin de cuentas bien podía merecer la pena permitir al de Austin pedalear más dopado que un plató de Telecinco, si con eso se conseguía acercar un mercado gigantesco como el de Estados Unidos al ciclismo. Otros dicen que había mucho untamiento, o que Armstrong es una especie de capo que tenía cogidos por los huevos a altos cargos en la UCI —Unión Ciclista Internacional— y la organización del Tour de Francia. Que tal vez por eso no corría en otra gran vuelta. Hipótesis hay miles, y debo ser sincero y admitir que no sé si alguna de ellas es cierta. Lo que sí sé es que no se hizo nada en su momento, y a pesar de que cada vez que ganaba un nuevo Tour tanto Armstrong como su equipo olían cada vez más a podrido, nadie actuó. Ni la UCI ni la USADA —United States Anti-Doping Agencymovieron un pelo entonces.

Pero sí lo están haciendo ahora. Trece años después de que Escartín nos emocionara en Piau – Engaly. Trece años después de que Alex Zülle, ese gran contrarrelojista que nunca pudo ganar un Tour, fuera víctima de una caída multitudinaria en esa misma edición. Una caída que le hizo perder una gran cantidad de tiempo y que dinamitó sus opciones a ganar el Tour ese 1999. Porque no lo ganó. Pero ahora es el vencedor, según parece.

Porque la agencia antidopaje de Estados Unidos no sé dónde ha estado husmeando durante estos trece años, pero de hace un tiempo para acá les ha dado por investigar lo que Armstrong hizo entonces. Y claro, han encontrado irregularidades. Qué coño, han encontrado lo que tiene todo el aspecto de ser un tongazo de tomo y lomo. El mismo que había en 1999, pero entonces los distintos organismos miraron hacia otro lado. Y la UCI y el Tour mismo. Porque había intereses mediáticos, ergo económicos o porque había untamientos o cogidas de pelotas o lo que fuera. Ni lo sé ni me importa.

Lo que sí sé y sí me importa es que esto ya no sirve para nada, o por lo menos para nada bueno. Descalificarán a Lance Armstrong de todas las competiciones en las que participó entre 1998 y 2005, dicen. Tus siete Tours, a la mierda, Lance. Sácalos de tu rancho tejano, de esa vitrina que ya estaba un poco vacía desde que Sheryl se llevó sus discos de oro y sus Grammys. Coge todos tus trofeos cosechados en ese lapso de siete años (aquí es donde haberlos ordenado cronológicamente podría haber resultado práctico) y mándalos vía US Postal a París. El envío lo pagas tú. O US Postal, da lo mismo. Podríamos haberte avisado antes, pero no, teníamos que esperar catorce años desde tu primer escarceo con el submundo más turbio del ciclismo. ¿Por qué? Bueno, según se dice, por alguno o varios de los motivos arriba expuestos.

Zülle recibirá una llamada: Oye, Alex, que sepas que eres el vencedor del Tour de 1999. Genial, dirá Alex, pero ganar así es mierda. También está Jan Ullrich, mi favorito de entonces, ese alemán con cara de ogro y sobrepeso que no soportaba el frío. El eterno segundón. Qué gracia le hará cuando se entere de que sancionan a su tiránico rival a posteriori. Porque de segundón pasa a tener en su haber tres Tours. Coño, incluso Joseba Beloki tiene uno en su haber ahora. Pero, incluso si se los concedieran a título póstumo, esos premios son mierda. Basura que no sabrán ni cómo interpretar los nuevos galardonados. ¿Se supone que tenéis que estar orgullosos, Alex, Jan, Joseba? ¿Sonreiréis en las entrevistas que bien seguro os harán en estos días venideros? Me temo que no. Porque lo sabéis igual que yo: una victoria en estas condiciones sabe a derrota. A derrota del deporte en sí mismo.

Incluso estos vencedores alternativos podrían ser provisionales: Zülle lo dio todo en el festín de Festina (sí, el nombre del equipo, junto a su turbulenta y dopada trayectoria, da lugar a muchos juegos de palabras lamentables), y tanto Ullrich como Beloki estuvieron metidos en la Operación Puerto, de modo que si se pusieran a rascar en el pasado, también ellos podrían tener que devolver los trofeos a su vez devueltos por Armstrong, que pasarían a otro que quizá debería devolverlos a su vez… esto no es deporte; es un desastre.

La historia se deforma, y de los que fueron para mí los tres momentos cumbres de ese Tour ya hay que borrar uno. Como de las famosas fotografías estalinistas, van desapareciendo personajes. Los podios se desdibujan en la memoria, el rostro del maillot amarillo se torna borroso. Armstrong no ganó ningún Tour, ni Virenque llevó el maillot a topos rojos, ni Landis ganó en 2006 ni nada es real ni uno sabe qué pensar ya de ese puto Tour del 99 porque está desmentido en sí mismo, pervertido y ultrajado. ¿Debemos empezar a imaginar etapas hipotéticas dentro de nuestras cabezas sin Armstrong para tratar de descifrar qué habría sido del ciclismo desde 1998 hasta 2005? Esto es un despropósito.

Porque esto llega catorce años tarde. Y lo de “más vale tarde que nunca” no funciona aquí. Este proceso solo consigue dañar más aún a un deporte moribundo. Mejor haberlo dejado todo tal cual estaba. Remover la mierda nunca es buena idea, porque la mierda sigue estando ahí y sólo se consigue que huela peor. Señores de la USADA, ya que no hicisteis acto de presencia cuando debíais, por lo menos podríais haber sido consecuentes y haber seguido mirando hacia otra parte. Total, ya llevabais trece años haciéndolo.